NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

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La cubierta del libro fue agregada por el transcriptor y ha sido añadida al dominio público.

El Índice ha sido reposicionado al principio de la obra.

Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores tipográficos y de ortografía.

EDITORIAL-AMÉRICA

Director: R. BLANCO-FOMBONA

PUBLICACIONES:

I

Biblioteca Andrés Bello (literatura).

II

Biblioteca Ayacucho (historia).

III

Biblioteca de Ciencias Políticas y Sociales.

IV

Biblioteca de la Juventud Hispano-americana.

V

Biblioteca de obras varias.

De venta en todas las buenas librerías de España y América.


Imprenta de Juan Pueyo, Luna, 29, teléf. 14-30.—Madrid.

LA AMÉRICA

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BIBLIOTECA DE CIENCIAS POLÍTICAS Y SOCIALES


J. V. LASTARRIA

ENVIADO EXTRAORDINARIO Y MINISTRO PLENIPOTENCIARIO DE CHILE
EN LAS REPÚBLICAS DEL PLATA Y EN BRASIL, ETC.

La América

TOMO I

EDITORIAL AMÉRICA
MADRID

CONCESIONARIA EXCLUSIVA PARA LA VENTA:

SOCIEDAD ESPAÑOLA DE LIBRERÍA
FERRAZ, 25

ÍNDICE

Página
Advertencia [5]
PRIMERA PARTE
AMÉRICA Y EUROPA
I. —Errores de la Europa respecto á la América [9]
II. —Acción de esos errores durante la guerra civil de Estados Unidos [21]
III. —Influencia de esos errores en los liberales europeos [33]
IV. —Ignorancia de la Europa en materias de gobierno republicano [37]
V. —Estado de la ciencia política en Europa: teoría de G. Humboldt [47]
VI. —Continuación: Teoría de Mill [51]
VII. —Continuación: Teoría de Eotvos [70]
VIII. —Continuación: Jules Simón; Estado de la libertad en Francia,
en Suiza y en Bélgica; Situación política general en Europa
[83]
IX. —Continuación: Escuela americana: Tocqueville [108]
X. —Continuación: Laboulaye; Comparación del Estado de la ciencia
política en ambos continentes; Idea del Estado entre los antiguos y modernos
[115]
XI. —Continuación: Historia de la idea de libertad entre antiguos y modernos [134]
XII. —Continuación: Teoría de Courcelle-Seneuil [149]
XIII. —Comparación de los principios políticos de Europa y América [170]
XIV. —Del derecho internacional en América. Doctrina Monroe [179]
XV. —Continuación [197]
XVI. —La Europa y la América son en política dos extremos opuestos.
Unión americana. Doctrina del Brasil y del gobierno argentino
[210]

ADVERTENCIA

El chileno J. Victorino Lastarria es uno de los publicistas más eminentes que produjo la América en la primera mitad del siglo XIX.

Pronto va á celebrar Chile el primer centenario del nacimiento de Lastarria. Con este motivo el nombre del publicista se ha puesto á la orden del día y las nuevas generaciones solicitan sus obras. Entre estas obras ocupa lugar prominente la titulada La América, que se publica por primera vez después de 1867. En este libro, obra de un alto espíritu, de un conocimiento profundo de los problemas sociales y políticos de América y de un afecto apasionado al continente boliviano, Lastarria dejó algunas de las mejores páginas que se han escrito sobre la América de entonces. Es imposible estudiar la evolución de las repúblicas hispano-portuguesas del Nuevo Mundo sin conocer la obra de Lastarria. Como el tiempo no ha pasado en balde, como todas las repúblicas han crecido y progresado rápidamente, muchas de las observaciones de Lastarria han perdido su fuerza primitiva; pero queda en la obra, perenne, lo esencial de ella.

Las nuevas generaciones del Nuevo Mundo encontrarán en La América, de Lastarria, una de las columnas de fuego que necesitan.

Los editores.

PRIMERA PARTE
AMÉRICA Y EUROPA

I

La América y la Europa, aunque en general están pobladas de distinta gente, de condiciones sociales profundamente diversas, tienen, sin embargo, tradiciones, sentimientos y costumbres procedentes de un mismo origen, y sobre todo se encaminan á un mismo fin social. Ambos continentes están al frente de la civilización moderna, y ambos son enteramente solidarios en la empresa de propagar esa civilización y de realizarla hasta sus últimos resultados.

La América conoce á la Europa, la estudia sin cesar, la sigue paso á paso y la imita como á su modelo; pero la Europa no conoce á la América, y antes bien la desdeña y aparta de ella su vista, como de un hijo perdido del cual ya no hay esperanzas. Un solo interés europeo, el interés industrial, es el que presta atención á la América, el que se toma la pensión de recoger algunos datos estadísticos sobre las producciones y los consumos del Nuevo Mundo, sobre los puertos, las plazas comerciales y los centros de población de donde pueda sacar más provecho.

Pero los agentes de aquel interés, es decir, los mercaderes de Birmingham, de Manchester y Glasgow, de Hamburgo, del Havre y de Burdeos, de Cádiz y de Génova, llegan á la América creyendo que arriban á un país salvaje, y aunque pronto se persuaden de que hay acá pueblos civilizados, no consienten jamás en creer que los americanos se hallan á la altura de los europeos, y los suponen colocados en un grado inferior. El interés industrial domina desde entonces completamente la vida del europeo en América, y por larga que sea aquí su mansión, jamás llega á comprender los intereses sociales y políticos del pueblo en donde hace su negocio, y siempre está dispuesto á servir sólo á su negocio, poniéndose de parte del que le da seguridad para sus ganancias, aunque sea á costa de los más sagrados intereses del pueblo que le compra ó que le vende. He ahí el único lazo que hay entre la Europa y la América ibera. He ahí el único interés que los gobiernos europeos amparan y protegen, el único que su diplomacia y sus cañones han servido hasta ahora, el único que los inspira en sus relaciones con los gobiernos de la América que ellos llaman bárbaros y salvajes.

De vez en cuando las prensas europeas lanzan á la circulación un artículo ó un libro sobre alguno de los Estados ibero-americanos; pero generalmente, aunque esas producciones sean el resultado de un viaje á la América ó un estudio pagado por un gobierno americano, ellas están escritas bajo las inspiraciones de un mal espíritu, ó con tanta superficialidad, que sus datos son engañosos, si no falsos y contradictorios.

No hay más que abrir un libro de viajes en América, sobre todo si es escrito en francés, para encontrar harto de que reir, por lo maravilloso y lo grotesco; y basta leer una relación escrita por orden y bajo la protección de un gobierno, como las que frecuentemente se publican sobre el Brasil y la República Argentina, para ver desfigurada la verdad, en gracia del propósito de convencer á la Europa de que es bueno lo que no es, ó de que puede hallar un gran negocio que hacer en estas regiones.

Mas, bien poco deben leerse esos escritos en Europa, cuando la ignorancia de sus gobiernos, de sus congresos, de sus estadistas y de sus escritores acerca de la América, brota y rebosa en todas las ocasiones en que tienen que ocuparse en nuestros negocios y en nuestra situación. No tenemos necesidad de recorrer la historia ni de acumular hechos para probarlo: bastan los presentes.

¿Á qué se deben si no las tentativas de la España contra Méjico, contra Santo Domingo y contra el Perú, que hoy emprende de nuevo, mandando continuar la guerra en aquella isla, y exigiendo del Perú mucho más que lo que obtuvo por la Convención de Chinchas de 20 de enero de 1865; á qué la guerra atentatoria, inmotivada é injustificable que hace á Chile porque no le da explicaciones de actos lícitos é inofensivos, que le han sido dadas hasta la saciedad; á qué la invasión de Méjico por la Francia, con la aquiescencia y aplauso del gobierno inglés, esa guerra sin ejemplo, porque la historia de la humanidad “no registra una sola más injustificable por sus causas, más inútil y perniciosa por su objeto, más ilógica y contradictoria consigo misma, más condenada por sus propios alegatos y por la opinión universal, más deshonrada en sus alianzas y en todos sus medios, y quién sabe si más suicida”[1]; á qué, en fin, las tentativas de protectorado de Napoleón III en el Ecuador y todas las demás empresas políticas ó industriales, públicas ó privadas que la Europa ha puesto por obra en estos últimos años contra la independencia de la América ibera, contra su sistema liberal, contra sus ideas democráticas, contra todos sus progresos en la senda del derecho?

¿No hemos visto fundarse diarios y escribir libros para propagar la ridícula teoría de que la raza latina tiene una naturaleza diferente y condiciones contrarias á las de la raza germánica, y que, por tanto, sus intereses y su ventura la fuerzan á buscar su progreso bajo el amparo de los gobiernos absolutos, porque el parlamentario no está á su alcance? ¡Á qué esa mentira! Bien sabemos los americanos que el principio fundamental de la monarquía europea, la base social, política, religiosa y moral de la Europa, es un principio latino, es decir, pagano, anticristiano: el principio de la unidad absoluta del poder, que mata al individuo, aniquilando sus derechos; pero sabemos también que hoy no existen ni pueden existir ni en Europa ni en América la raza latina ni la germánica.

La raza latina desapareció ó se modificó y regeneró profundamente desde que los pueblos de raza germánica conquistaron los dominios romanos, y mal pueden llamarse latinos, después de quince siglos, los franceses que descienden de los francos, pueblo germánico que pobló las Galias, que hoy se llaman Francia; ni los españoles que fueron engendrados por los godos y visigodos, también pueblos germánicos que conquistaron y poblaron la península. ¿Qué tienen de latinos los alemanes que gimen bajo el yugo del principio latino, que consagra el poder absoluto; ni qué los descendientes de los lombardos que en Italia combaten por tener un gobierno que respete el derecho?

Germanas y no latinas son las monarquías europeas del principio latino ó pagano del absolutismo, y también los pueblos que están de rodillas delante de ellas, arrastrando una vida prestada en medio de las tinieblas de la ignorancia, en que la dignidad y los derechos del individuo han desaparecido.

Lo que se ha querido con aquel absurdo es hacernos latinos en política, moral y religión, esto es, anular nuestra personalidad, en favor de la unidad de un poder absoluto que domine nuestra conciencia, nuestro pensamiento, nuestra voluntad y, con esto, todos los derechos individuales que conquistamos en nuestra revolución; para eso se ha inventado la teoría de las razas. Pero tal pretensión sólo prueba una cosa, y es que la Europa está completamente á obscuras acerca de nuestros progresos morales é intelectuales; y que así como se engaña por su ignorancia cuando pretende volvernos al dominio de sus reyes, se engaña puerilmente cuando aspira también á imbuirnos en sus errores, en esos absurdos que hacen la fe de sus pueblos.

Un distinguido escritor americano levantó su voz en Europa para reprocharle esa ignorancia, en palabras tan elocuentes como verdaderas, que no podemos dejar de repetir para autorizar las nuestras[2]: “Las repúblicas colombianas—dijo—son un verdadero misterio para el mundo europeo, sobre todo desde el punto de vista político-social. Acaso son algo peor que un misterio, un monstruo de quince cabezas disformes y discordantes, sentado sobre los Andes, en medio de dos océanos y ocupando un vasto continente.

“Á Europa no llega jamás el eco de las nobles palabras que se pronuncian, la imagen de las bellas figuras que se levantan, ni la revelación clara de los hechos buenos y fecundos que se producen en Colombia (América española). ¡No! ¡Lo que llega es el eco estruendoso y confuso de nuestras tempestades políticas, la fotografía de nuestros dictadores de cuartel ó de sacristía, las proclamas sanguinarias ó ridículas de nuestros caudillos de insurrecciones ó reacciones igualmente desleales! Y como Europa no nos conoce sino en virtud de esos datos, ella ha llegado á concebir una opinión respecto del mundo colombiano que, sin exageración, se puede traducir con esta frase: ‘Colombia es el escándalo permanente de la civilización, organizado en quince repúblicas más ó menos desorganizadas’.

“¡Extrañas aberraciones en que suelen incurrir las sociedades civilizadas en su manera de estudiar, apreciar y juzgar á las que les son inferiores! Europa ha tenido gran cuidado de enviar al Nuevo Mundo muchos hombres de alta capacidad, encargados de estudiar la naturaleza física de nuestro continente: Humboldt y Bompland (sin contar los sabios y viajeros del siglo XVIII), Boussignault y Roulin, D’Orbigny y cien más, han hecho en ese vasto campo estudios y revelaciones de la más alta importancia.

“El mundo europeo conoce poco más ó menos las cordilleras colosales, los formidables ríos, las pampas y los páramos, los nevados y volcanes, los golfos y puertos, la flora y la fauna, la geología y meteorología del mundo colombiano. Si en sus pormenores curiosos la naturaleza americana ha sido apenas superficialmente explorada, al menos su conjunto y sus formas generales y características no son ya un misterio para las gentes ilustradas de Europa.

“Poco más ó menos, sucede otro tanto en lo económico. Los comerciantes de Londres y Liverpool, de Hamburgo y Amsterdam, del Havre y Marsella, de Génova y Trieste, de Barcelona y Cádiz saben que pueden obtener plata y cochinilla en Méjico, añil y café en Centro-América, oro, tabaco, maderas de tinte en Nueva Granada, café y cacao en Venezuela, sombreros de paja y cacao en Guayaquil, guano y plata en el Perú, cobre en Chile, quina y plata en Bolivia, cueros en Buenos Aires y Montevideo, etc.

“Y esos mismos comerciantes de Europa saben también á cuáles de nuestros mercados pueden enviar sus telas de algodón y lana, de lino y seda, sus vinos y otros líquidos, sus metales y artículos de quincallería y mil otros productos de las manufacturas europeas.

“¿Qué más? ¿Sabe Europa alguna otra cosa del continente, del mundo de Colón? No, ¿para qué? ¿Le importa saber algo más? Parece que no, si juzgamos por los hechos. Las sociedades europeas saben que tenemos volcanes, terremotos, indios salvajes, caimanes, ríos inmensos, estupendas montañas, mosquitos, calor y fiebres en las costas y los valles húmedos, boas y mil clases de serpientes, negros y mestizos y una insurrección ó reacción mañana y tarde. Saben también que producimos oro y plata, quinas y tabaco y mil otros artículos de comercio.

“Eso es todo. Pero, ¿conocen acaso nuestra historia colonial, la índole de nuestras revoluciones, los tipos de nuestras razas y castas, la estructura de nuestras instituciones, el genio de nuestras costumbres, las influencias que nos rodean, las condiciones del trato internacional que se nos da, las tendencias que nos animan y el carácter de nuestra literatura, nuestro periodismo y nuestras relaciones íntimas? No, nada de eso.

“¡El mundo europeo ha puesto más interés en estudiar nuestros volcanes que nuestras sociedades, conoce mejor nuestros insectos que nuestra literatura, más los caimanes de nuestros ríos que los actos de nuestros hombres de Estado, y tiene mucha mayor erudición respecto del corte de las quinas y el modo de salar los cueros de Buenos Aires que respecto de la vitalidad de nuestra democracia infantil!

“El contraste es bien triste y humillante, y por cierto que lo es más para las sociedades europeas que para las hispano americanas. Podríamos citar cien nombres de naturalistas que han ido á estudiar y explorar á fondo en el presente siglo la naturaleza hispano-colombiana. No tenemos noticias de uno solo (después del admirable Humboldt, hombre de genio universal) que haya ido á estudiar detenidamente la sociedad. Molien, que no hizo en Colombia estudios, sino colecciones de consejos ridículas, no escribió sino puerilidades y absurdos.

“La mayor parte de los viajeros, ó visitando apenas las costas, ó deteniéndose durante pocos días en algunas ciudades, ó tratando sólo con las clases inferiores de la sociedad, no han venido á propagar en Europa sino errores, nociones truncas y exageradas ó extravagancias, de que se ríen los lectores en Colombia. El hecho es que en Europa se ignoran profundamente las condiciones sociales, políticas, históricas de los pueblos hispano-colombianos...[3].

“Por otra parte, y esto es más importante todavía, los europeos se han equivocado deplorablemente en sus previsiones y apreciaciones respecto de la revolución colombiana de 1810. Ó la han temido ó la han despreciado sin fundamento. Unos, desconociendo las leyes que presiden á la aclimatación de los gobiernos y las instituciones, han creído que la democracia colombiana, al consolidarse y perfeccionarse desarrollando grandes progresos, podía tarde ó temprano hacer irrupción en Europa y destruir, ó, por lo menos, socavar profundamente, los tronos y las aristocracias é instituciones europeas. De ahí la guerra llena de antipatías, desdenes y ultrajes que algunos gobiernos le han declarado desde 1810 á la democracia colombiana, como si no hubiese entre las condiciones sociales de los dos mundos una distancia mayor aún que la que establece el océano entre la naturaleza de los dos continentes.

“Otros no le han tenido miedo á la democracia hispano colombiana, sino que (y éstos forman la mayoría) la han desconocido de tal modo, que la han despreciado, desdeñando creer en su vitalidad irrevocable, lógica, fatal como una necesidad para el equilibrio de la civilización y del mundo político y económico; democracia fecunda, dígase aquí (en Europa) lo que se quiera, que no podrá desaparecer sino con la ruina total de las sociedades colombianas.

“Los que han desdeñado nuestra democracia han sido cortos de vista, pero lógicos. Al ver que la revolución de 1810 fué un movimiento súbito, inexplicable y sin causas en apariencia, y al considerar la esterilidad de las revoluciones democráticas en Europa (esterilidad falsa que estamos muy lejos de reconocer), han creído que en Colombia todo era transitorio y subalterno, que allí sólo se trataba de un cambio de decoraciones: presidentes en lugar de virreyes, congresos en vez de audiencias, la dictadura de muchos en reemplazo de la dictadura única del monarca de España.

“Han creído que en esta nueva situación no asomaba una idea, sino apenas un hecho; que la revolución no era profundamente social, sino meramente política; la civilización no tenía interés en respetar esa situación y apoyarla, ó, por lo menos, en dejarla desarrollarse libremente y aceptarla como el punto de partida de una grande y saludable transformación; han creído, en fin, que esa revolución republicana podía con el tiempo producir, ó la monarquía constitucional entre nosotros, que fortificase las tradiciones europeas, ó una disociación que, haciendo necesaria la intervención de Europa, se prestase á la explotación y á la partija en beneficio de los fuertes, que tanto le habían codiciado á España su dominación en el Nuevo Mundo.

“Ese error capital en la manera de apreciar la transformación de Colombia ha hecho á los europeos hostiles respecto de nuestras sociedades. Y esa hostilidad no ha consistido sólo en suscitarnos conflictos y embarazos, y en infligirnos humillaciones numerosas por cuestiones ridículas. Han hecho algo peor que eso: nos han desdeñado, prescindiendo del deber de estudiarnos, despreciando nuestros propios esfuerzos por hacernos conocer, y perdiendo un tiempo precioso para la civilización”.

NOTAS:

[1] Cuestión de Méjico.—Cartas de D. J. R. Pacheco al ministro de Negocios Extranjeros de Napoleón III.—New York, 1862.

[2] En el Español de ambos mundos y en el precioso libro titulado Ensayo sobre las revoluciones políticas y la condición social de las repúblicas colombianas, París, 1861, nuestro amigo J. M. Samper repitió el pasaje preinserto. Samper llama Colombia á la parte del Nuevo Mundo que se extiende desde el Cabo de Hornos hasta la frontera septentrional de Méjico, y América lo demás del continente.

[3] Esto es tan cierto, que se puede asegurar que las obras más recomendables que se han publicado en Europa durante los últimos años sobre América, lo son por las nociones de Geografía física y de Estadística comercial que contienen, mas no por el modo como han presentado á la sociedad. El Brasil y las repúblicas del Plata han sido con preferencia el objeto de esos libros; pero si no son éstos una apoteosis mentirosa, como L’empire du Brésil, del conde de la Hure, son compuestos bajo las inspiraciones de un espíritu tan estrecho, ó son tan incompletos en sus apreciaciones históricas y políticas, que es imposible que los lectores europeos puedan sacar de ellos otro provecho que el saber si les conviene ó no emigrar para el Plata en busca de fortuna. Las condiciones sociales, políticas é históricas de la sociedad americana quedarán siempre ignoradas, á pesar de esos libros.

II

¡Para qué enumerar en comprobación de estas verdades los numerosos hechos que están en la memoria de todos los americanos, y que sólo olvidan los que creen que la Europa haría una excepción á su ignorancia y á sus preocupaciones anti-americanas en favor de los que se le manifestaran sumisos!

Esa ignorancia y esas preocupaciones jamás se han manifestado más arrogantes y más invasoras que en la época presente, ahora en los momentos de la gigantesca lucha que acaba de terminar en los Estados Unidos del Norte. Dejemos á un testigo presencial trazar el cuadro de la actitud de los europeos en aquella situación. J. Debrin escribía desde Nueva York en agosto de 1863 lo siguiente:

“La propaganda europea ha encontrado tantos y tan serviles criados, dispuestos á desfigurar la verdad en el continente americano con respecto á la gran revolución de los Estados Unidos de América, y tal ha sido el constante empeño de esos asalariados de los monarcas y del clero de Europa en difundir apreciaciones erróneas, y relaciones impudentemente mentirosas, sobre la marcha política y social y sobre los acontecimientos de la guerra de este país, que en verdad se necesita mucho celo y mucho talento, por parte de un corresponsal que quiere ser veraz, imparcial y concienzudo, para merecer crédito de los mal informados pueblos de la América del Sur.

“Europa—ó cuando menos las potencias occidentales europeas, Inglaterra, Francia y España, de mancomún con el obscurantismo teocrático del clero archipapista—, en una palabra, la Europa retrógrada, la Europa aristocrática y monárquica, la Europa esencialmente antiliberal, ha comprendido desde hace muchos años que contra la perpetuación de su predominio se había levantado en el continente de América un poderoso enemigo.

“El republicanismo americano ha sido durante muchos años la perenne pesadilla de los reyes, de los magnates oligarcas, y de la frailesca hueste esclava de la ambiciosa, hipócrita, despótica, anticivilizadora, absurda é imposible corte romana.

“Pero el republicanismo americano sólo era temible á los ojos de la Europa retrógrada, en cuanto podía presentarse grande, glorioso, fuerte, y por lo mismo, seductor.

“Por el contrario, el republicanismo de los pueblos de este continente que se mantuviesen débiles, poco populosos, tardíos en el progreso material, vacilantes en su marcha política, trabajados por discordias intestinas amenazados en su prosperidad por ambiciones personales, con preocupaciones sembradas en las masas por un clero ignorante y ávido de riqueza y predominio, con un mero simulacro de marina mercante, sin sombra siquiera de marina de guerra, con insignificantes relaciones comerciales, sin caminos de hierro, sin navegación fluvial, sin telégrafos y casi sin medios de recíproca comunicación, ese republicanismo poco asustaba á la gran facción antiliberal europea.

“En el último tercio del siglo XVIII, Washington el Bueno comenzó una revolución, cuyo complemento se halla hoy encomendado á Lincoln el Honesto.

“Esa revolución dió por primeros frutos la independencia y la libertad de gran parte de la América Septentrional—la emancipación del pueblo francés en 1797—, la difusión de las ideas liberales, así en el continente europeo como en todo el americano—el desprestigio de la ridícula teoría del derecho político divino—la civilización propagada por la revolución francesa—y finalmente la independencia y libertad de los más de los pueblos de la América del Sur y de todos los de la América Central.

“Merced á aquella gloriosa revolución, la democracia y la República echaron hondas raíces en el suelo americano.

“Erigióse triunfante, bella, colosal, la República de los Estados Unidos de América; y muy pronto desde Río Grande hasta el San Lorenzo floreció una nación independiente, pujante, vigorosa y cada día, cada hora creciente, en la cual el gobierno popular, libre, antimonárquico, antiteocrático, demócrata-republicano, presentó un admirable y seductor ejemplo de la prosperidad que pueden prometerse los pueblos que saben sacudir la opresión de los reyes, la dominación teocrática y el roedor despotismo oligárquico.

“Los Estados Unidos de América vinieron á ser el modelo de las repúblicas. Adolecían todavía de defectos debidos á la conservación de antiguos vicios, imposibles de desarraigar en un día ni en un año. La revolución no se había consumado; pero su fruto, la República hija de la revolución, llevaba en sí el germen de su propio desarrollo y la savia que, tarde ó temprano, había de operar naturalmente su mejoramiento y completar de suyo y por infalible necesidad su perfección.

“No pudo faltar un Washington para su principio y fundamento. No había de faltar, un día ú otro, un Lincoln, para su consolidación y completo remate.

“Washington llevó á cabo su tarea de creación. Lincoln llevará á cabo la suya de perfección. Ambas requerían patriotismo, espíritu de libertad y hombría de bien á toda prueba. La Providencia, que había decretado el establecimiento y la perfección del gobierno libre republicano en el suelo privilegiado de América, se hubo de crear los instrumentos para aquella obra revolucionaria: Jorge Washington—Jorge el Bueno—fué encargado de echar sus cimientos. Abraham Lincoln—Abraham el Honesto—tiene la gloriosa misión de completar la cúspide del gran monumento de la libertad moderna.

“En este monumento ha tenido fija la vista, por espacio de más de medio siglo, la Europa retrógrada.

“La pujanza y el engrandecimiento de la República democrática de los Estados Unidos han sido un mentís continuo á los asertos con que los monarcas de derecho divino pretendían presentar como imposible en la práctica el gobierno de los pueblos.

“La constante manía de la Europa retrógrada ha sido, durante cincuenta años, la destrucción de la República de los Estados Unidos de América.

“Por esto no ha cesado un punto de calumniar. Por esto ha tratado por todos los medios posibles—sin desechar los más bajos y deshonrosos—de desvirtuar su prestigio. Por esto su principal mira ha sido la de presentar odioso á los pueblos de la América del Sur y de la América Central el gobierno de los Estados Unidos.

“Por esto ha patrocinado y pagado en este país varios periódicos y un enjambre de mercenarios corresponsales, cuya misión exclusiva ha sido la de desfigurar la verdad, y la de inventar hechos y anécdotas, cuya lectura pudiese hacer concebir á los pueblos de las demás repúblicas de este Continente la idea de que el pueblo de los Estados Unidos era un pueblo de salvajes, sin virtudes cívicas, sin maneras sociales, sin conciencia moral, sin base alguna de vida estable, ni de prolongada existencia posible como nación.

“Temerosos los gobiernos de la Europa monárquica occidental de que la grandeza de los Estados Unidos pudiese alentar á las demás repúblicas americanas en su propósito de no dejarse subyugar otra vez por sus antiguos colonizadores, y, por otra parte, ávidos de restablecer en todas ellas su antiguo y ominoso coloniaje, han tratado de erigir una valla entre la gran República, ya próspera y potente, y las demás que, comparativamente hablando, son aún débiles, ó, por lo menos, no han tenido bastantes años de existencia para robustecerse y desafiar con sus solas fuerzas la ambición del filibusterismo británico, francés y español.

“Fenómeno digno de observación es el que han presentado en el último medio siglo aquellas tres potencias, ambicionando un mismo objeto, cada una para su propio provecho, con exclusión de las demás, y, sin embargo, de perfecto acuerdo en el empleo de los medios que para su objeto adoptaban.

“Inglaterra, Francia y España han estado deseando sin cesar la reconquista de la América Central y Meridional. Ninguna de ellas la quería sino para sí. Todas ellas habían de ver con disgusto las conquistas que las otras hiciesen en este continente. Pero, con la esperanza de coger para sí el fruto cuando estuviese maduro, todas han trabajado de mancomún para madurarlo.

“Así es como los intereses políticos de aquellas tres naciones (entre sí diametralmente opuestos) se han convertido en interés común, cuando se ha querido facilitar el robo de los pueblos americanos.

“El interés teocrático ha agregado á la maquinación de aquellas tres coronas el auxiliar poderosísimo del papismo y de la retrógrada ambición clerical.

“Y, ¡cosa extraña!, hemos visto en los últimos veinte años á Pío IX—el papa (masculino) de los católicos romanos—y á la reina Victoria—la papa (femenina) de los protestantes anglicanos—darse la mano, á pesar de su antipodismo espiritual, cuando se ha tratado de vilipendiar la República de los Estados Unidos y de preparar en la América del Sur terreno para la reconquista europea y para la muerte de la libertad democrática.

“La papa anglicana ha mantenido á sus satélites diseminados por toda la América Central y Meridional, sin otra misión que la de sembrar calumnias contra los Estados Unidos y presentar odioso el nombre de yankee. El clero del papa romano ha sido igualmente celoso en la misma misión.

“Supongo—aunque no me consta—que habrá algunas honrosas excepciones de respetables eclesiásticos amigos de la justicia[4]; pues es un hecho innegable que la generalidad del clero católico en las repúblicas meridionales de América se ha mostrado incansable en denigrar á los Estados Unidos y en presentar á los ‘americanos del Norte’ como herejes, enemigos de Dios y combustible infalible para el fuego en que han de arder eternamente los que no creen ó no observan lo que nos manda la Santa Madre Iglesia.

“En eso de crear un odio profundo contra los yankees en las masas del pueblo americano meridional han estado de plenísimo acuerdo el papa que se llama ‘ortodoxo’ en Roma y la papa que se llama ‘ortodoxa’ en Inglaterra. Ante este común propósito ha desaparecido su irreconciliable antagonismo.

“En los antagonismos políticos entre Inglaterra, Francia y España se ha hecho notar la misma desaparición fenomenal cuando se ha tratado de lanzar de común acuerdo un anatema contra los Estados Unidos.

“Francia y la Gran Bretaña se detestan cordialmente.

“España aborrece de muerte á Inglaterra. Inglaterra mira con el más altanero menosprecio á España. La escarnece desde Gibraltar. La insidia desde Portugal. La envidia en Cuba. La mortifica en su trata africana. Las dos naciones se abominan recíprocamente.

“Entre la Corte de Versalles y la de El Escorial existe el mismo afecto sincero que ha existido siempre desde Francisco I y Carlos V. Una corte que ambiciona y ejerce la tutela y otra que por temor se somete á su dictado no pueden mantener entre sí más afectos que los que engendran por una parte el desprecio y por otra el odio, la humillación y el deseo de venganza.

“En el Estrecho de Gibraltar las tres naciones (desde Gibraltar, desde Ceuta y desde Argel) se contemplan una á otra con el odio más sincero, y todas ellas están acechando el momento de la decadencia de sus rivales para poder exclamar con vengativo júbilo: ‘¡Por fin el Mediterráneo es mío!’.

“Y casi en todos los demás ángulos del mundo hay algún punto en que Francia é Inglaterra se odian como rivales.

“Ni pueden perdonar á España su antigua gloria en el continente americano, por lo cual vieran ambas con disgusto que en él volviese á sentar la planta la que una vez fué de él arrojada con merecida ignominia.

“Las tres codician colonias en América; pero las codician para sí. No las quieren para sus dos rivales.

“Se detestan en la Europa Occidental; pero no se odian menos cordialmente en la América del Mediodía.

“Á más de los aquí citados, tienen cien y cien otros motivos de inveterado y esencial antagonismo. Sin embargo, aunque su política trasatlántica se propone un objeto final tan distinto para cada una de ellas, admirable es la armonía que ha reinado entre las tres durante veincinco ó treinta años, cuando se ha tratado de calumniar á los Estados Unidos ante los pueblos de las otras repúblicas de América.

“La propaganda española y francesa contra todo lo que es yankee, en el continente meridional americano no ha sido menos activa, menos celosa que la propaganda británica y la propaganda clerical.

“Los emisarios de la reina Victoria y de lord Derby; los emisarios de Napoleón III y de Drouyn de Lhuys; los emisarios de Isabel II y de Concha, y los clérigos de Pío IX y de Antonelli, todos ellos movidos por distinto objeto final, han adoptado un medio idéntico, y con idéntico celo han trabajado en él.

“Este medio ha sido engañar á los pueblos meridionales de este continente, haciéndoles creer que la República de los Estados Unidos tenía infaliblemente que desmoronarse y reducirse á la impotencia; que su gobierno era una utopía imposible, y que su pueblo era un pueblo vándalo, sin ley y sin Dios, desprovisto de toda civilización, inmoral, ateo, salvaje, ominoso, aborrecible.

“Esta obra de falsedad no ha sido tarea de un día. Hace veinticinco años que se fundó en Nueva York el Courrier des Etats Unis; hace quince años que existe la Crónica de Nueva York. No menos fecha cuentan el Correo de Ultramar y el Eco Hispano-Americano. Durante diez y seis años continuos el Diario de la Marina, de la Habana, ha dedicado con incansable perseverancia cuatro ó cinco columnas cada veinticuatro horas á la inserción de artículos de fondo ó de cartas de sus corresponsales de Nueva York, en que á más de los defectos reales de los Estados Unidos se han inventado embustes sin cuento, para poner injustamente en ridículo sus pretendidas costumbres, sus pretendidas leyes, su pretendida política y su pretendida historia.

“Los falsos asertos de todos esos periódicos y corresponsales, devotos á la oposición sistemática de cuanto es ‘americano’, y desnudos de toda conciencia siempre que se ofrece oportunidad de propalar calumnias contra la República de los Estados Unidos, se han diseminado con pródiga asiduidad por todas las demás repúblicas del Continente, todo con el santo objeto de que éstas concibiesen odiosidad contra la mayor de sus hermanas, y lejos de confiar en ella para ayuda y de imitarla como modelo, se enemistasen con su gobierno, despreciasen á su pueblo, y antes que apelar para consejo ó para socorro á los Estados Unidos, se entregasen ciegamente á la tutela y dirección de los desinteresados ministros y de los cónsules inmaculados de España, de Francia y de la Gran Bretaña.

“Asombra la perseverancia con que, durante una larga serie de años, esa propaganda antiamericana ha persistido en su obra de imprudente falsedad.

“¡Cuán eterno fué el clamor contra los Estados Unidos porque, según pretendían la Crónica y los corresponsales del Diario de la Marina, esta República quería apropiarse la de Santo Domingo!... Y, sin embargo, hoy no existe república en Santo Domingo. España ha comprado al traidor Pedro Santana; y con la ayuda de aquel renegado ha representado una farsa ridícula, cuyo desenlace ha sido el robo de aquel país para la virtuosa corona de España.

“¡Cuántas columnas de infamias y de diatribas contra los Estados Unidos no ha publicado por años enteros el abyecto y bajo todos conceptos despreciable Courrier des Etats Unis, porque, según él falsamente pretendía, el gobierno de Washington atentaba contra la independencia de la República de Méjico!... Y, sin embargo, hoy no existe ya la República en Méjico. Invadió villanamente su territorio una triple horda filibustera, que no se avergonzaron de acaudillar la reina de Inglaterra, el emperador de Francia, la reina de España y el clero del Papa romano.

“Los ingleses y los españoles echaron pronto de ver que sólo trabajaban para el clero y para Napoleón. Retiráronse, no por justicia ni por vergüenza, sino por miedo y por conveniencia, y Napoleón y el clero, apelando á la más ignominiosa farsa que jamás la hipocresía y el latrocinio hayan presentado en su historia antigua ó moderna, han quitado á Méjico su nacionalidad, han degollado allí la República y han convertido aquel país libre, soberano é independiente en una colonia de Francia.

“En Guatemala las intrigas del filibusterismo europeo están trabajando para hacer de toda la América Central, mediante la estólida ambición del ignorantísimo y fatuo Carrera, una colonia europea.

“El Ecuador está ya vendido por un traidor innoble al monarca de Francia, y sólo falta que Napoleón III diga que ‘ha llegado ya la hora’, para que desaparezca de aquel suelo la República, y la traición y las bayonetas extranjeras impongan en él el coloniaje francés”.


“Ni se crean seguras, por más ricas, más prósperas y más unidas las Repúblicas Argentina, Chilena y Peruana. Son repúblicas, y esto basta para que su muerte esté decretada por la Europa retrógrada monárquico-clerical. Son países de América, y esto basta para que los monarcas occidentales europeos las consideren como colonias suyas, como patrimonio de sus coronas, como sus esclavas por derecho divino.

“¡Hasta cuándo se obstinarán en cerrar los ojos á la luz de los hechos los pueblos libres de la América meridional!”...

NOTAS:

[4] La única que se ha presentado es la del clero de Chile, que sabiendo que en España se contaba con su opinión, suponiéndolo monarquista, aprovechó la ocasión de la ocupación de las Chinchas para hacer alta profesión de su amor á la República y de su americanismo.

III

Con todo, no solamente los retrógrados, sino aun los que se precian de liberales en Europa, son también víctimas de una repugnante ignorancia acerca de nuestra situación. No extraña ver á los senadores del Imperio atribuir á Napoleón III el pensamiento de un Congreso americano, que nació aquí con nuestra revolución; lo extraño es oir en el seno de ese mismo Parlamento de Napoleón á M. Thiers tronar contra la perpetua anarquía en que vive la América y hablar de nuestras revoluciones como un mercader que se sintiera contrariado en sus especulaciones, sin comprender el origen ni los fines de los movimientos políticos que produce la regeneración de nuestro Continente.

Lo extraño es oir á Palmerston, el liberal por excelencia, el ministro que tiene por principio adelantarse á las reformas, y oir á Russell y demás estadistas ingleses cuando tratan de justificar su adhesión á las pretensiones filibusteras de la Francia en Méjico, ó cuando tratan de sostener á cañonazos una reclamación injusta en América, como la de Whitehead en Chile; y leer su prensa cuando trata de juzgar á las repúblicas americanas. Lo extraño, en fin, es ver la prensa liberal española cuando toma á su cargo las cuestiones americanas, sosteniendo que la España no puede ser potencia de primer orden en Europa, ni ponerse al nivel de la Gran Bretaña y de la Francia en América si no se hace respetar con sus cañones, si no intimida á las repúblicas del Perú y Chile, que han necesitado ser calumniadas para ser acusadas de dar á los españoles un trato que, si bien lo merecían, no se les ha dado jamás.

Los liberales franceses nos calumnian porque no nos estudian ni comprenden, ó, más que todo, porque ellos mismos no tienen ideas exactas del sistema liberal, preocupados como están por los principios monárquicos que han profesado ó que pretenden asociar con la libertad.

Más tarde demostraremos este hecho, cuya enunciación parecerá temeraria á los que se imaginan que los sabios franceses ven claro en materia de libertad.

Los liberales ingleses, sin embargo de que son los únicos que comprenden que la libertad no es otra cosa que el uso de los derechos individuales que les asegura la Magna Carta, no conciben que éstos puedan coexistir sino con la monarquía aristocrática que se los ha concedido, y que aman por tradición y por costumbre, con la pasión que el poder del hábito inspira á los ingleses, y nos calumnian porque esas ideas los preocupan contra la República, y porque en sus relaciones con la América no quieren admitir otro interés que el de sus factorías y el de sus mercaderes, y aspiran á que todo se sacrifique á semejante interés.

Los liberales españoles nos insultan porque no alcanzan á comprender, en su estrechez de miras y en su preocupado espíritu, que para ponerse al nivel de la Inglaterra y de la Francia necesita la España en América importar y exportar tantas mercaderías como ellas, y no olvidar la historia de ayer para venir á hacerse amar á cañonazos, cuando no consiguió hacerse temer con todos los horrores de su despotismo y los de la guerra. Por lo mismo que la España tiene pocos intereses comerciales en América, nos conoce menos, con ser como somos sus hijos, no sus hijos perdidos, sino hijos que hacemos honor á la familia.

Y es tal la ignorancia, y son tales las preocupaciones con que allí se consideran las cosas de América, que se cree que hemos perdido social y moralmente con la independencia hasta el grado de haber degenerado y de haber caído en la miseria y aun en la imbecilidad.

No hace mucho tiempo que nuestro amigo y maestro D. Joaquín de Mora publicó en la América, de Madrid, un prolijo y elocuente escrito, para probar que los americanos éramos capaces de gobernarnos y capaces de vivir en sociedades organizadas.

Basta de hechos que prueban la ignorancia de la Europa sobre la América española. Los americanos los conocen y no hay entre ellos quien no refiera alguna anécdota auténtica de las infinitas que han ocurrido á los hijos de este Continente en la civilizada Europa, cuyas gentes se han quedado estupefactas al hallar un americano que no era salvaje, que no vestía plumas ó que no era rojo ó cetrino, como los indígenas de la conquista.

IV

Lo peor es que aun cuando los europeos estudien á la América, están condenados por sus preocupaciones á no juzgarla bien. ¿Qué saben ellos de gobierno republicano, ni de libertad, ni de derechos, para comprender nuestra situación?

Los europeos no pueden ni quieren comprender lo que pasa en América; no pueden, porque están connaturalizados con los principios fundamentales de la monarquía latina (no hablamos de raza), que han llegado en ellos á ser un sentimiento que los preocupa y los apasiona, cualquiera que sea la elevación de su inteligencia y la nobleza de sus aspiraciones; y no quieren, porque están habituados también á despreciar á la América y no alcanzan á concebir que ella tenga algo que enseñarles en moral, en ciencias sociales.

De la América inglesa han imitado el sistema penitenciario, é imitan diariamente su industria poderosa, llevando á sus talleres las máquinas de guerra ó las industriales, y hasta las prensas de imprenta de los norte-americanos; pero no pueden convencerse de que esa República admirable pueda servirles de modelo para su aprendizaje social y político.

¡Cuánto no ha errado la sabia Europa al apreciar la situación de los Estados Unidos durante la guerra civil! Ahí están las opiniones de la prensa y de los primeros hombres de Inglaterra, los discursos de Gladstone, ministro de Hacienda, y los de otros estadistas, sobre aquella cuestión, para probarnos que si los ingleses dicen desatinos cuando tratan de juzgar á su propia nación bajo la forma republicana en América, mal pueden comprenderla mejor las demás naciones europeas; y que si no pueden ver claro á ese gigante de las naciones, ofuscados como están por sus vicios y preocupaciones, mal pueden siquiera divisarnos á nosotros, los hispano-americanos, que somos verdaderos liliputanos distribuidos en repúblicas microscópicas para los ojos de la Europa.

Los más encopetados sabios del Viejo Mundo tienen una clave, que ha llegado á ser popular, para explicarse la existencia y los progresos de la República en Norte-América, y es la de suponer que son las condiciones territoriales y las de su población la que obran tal prodigio.

“¡Cuántas gentes, en efecto—dice Laboulaye[5]—, en lugar de rendirse á la evidencia prefieren engañarse á sí mismas, declarando que el gobierno de los Estados Unidos es una especie de anarquía que se mantiene desde setenta años merced á la inmensidad de su territorio, á la raridad de su población, á la facilidad del trabajo, que son otras tantas condiciones que faltan á nuestro viejo Continente!”

¿Qué escritor, qué estadista, qué panfletero, qué diarista, qué politiquero, qué mercader, qué industrial de Europa no está imbuido en tal error? Lord Macaulay, el gran historiador inglés, que con sus elevados talentos y su alto criterio no sólo ganó fama, sino que conquistó un título de nobleza, escribía á Mr. Rand, de Estados Unidos, juzgando las instituciones democráticas bajo el imperio de aquel paralogismo.

“Desde mucho tiempo atrás—le decía—he tenido el convencimiento de que las instituciones democráticas, tarde ó temprano, deben destruir la libertad, ó á la sociedad, ó á ambas á un tiempo. En Europa, donde la población es densa, el efecto de tales instituciones sería casi instantáneo.

“Lo que sucedió en la Francia poco ha es un ejemplo. Pueden pensar ustedes que su país está exento de estos males. Yo francamente le confesaré que soy de una opinión enteramente diferente. La suerte de ustedes la creo infalible, aunque diferida por una causa física.

“Mientras que posean ustedes una ilimitada extensión de terreno fértil y desocupado, sin población proletaria, serán más ventajosamente acomodados que la misma clase de personas en el viejo mundo; y mientras esto suceda la política de Jefferson podrá existir sin ocasionar ninguna calamidad funesta. Pero vendrá el tiempo en que la nueva Inglaterra esté tan poblada como la vieja. El jornal del trabajador será tan reducido y fluctuará tanto entre ustedes como entre nosotros.

“Tendrán ustedes sus Manchesters y sus Birminghams, y en esos Manchesters y Birminghams centenares de miles de artesanos estarán sin duda en algunas ocasiones sin poder hallar trabajo. Entonces las instituciones de ustedes serán puestas á una prueba completa. La escasez y la miseria en todas partes del mundo, ponen descontenta y turbulenta á la gente trabajadora y la inclina á prestar fácil oído á los agitadores, quienes la enseñan que es una iniquidad monstruosa que un hombre tenga un millón de pesos mientras que otro no consigue con qué comer.

“En los años malos hay por acá bastantes murmuraciones, y en algunas ocasiones alborotos; pero poco importa esto, porque los que padecen no son los gobernantes. El poder supremo está en manos de una clase de la sociedad, verdaderamente poco numerosa, pero selecta y educada; de una clase que tiene la conciencia de estar profundamente interesada en la seguridad de la propiedad y en el mantenimiento del orden.

“Por esta razón los descontentos están firmes, pero benignamente refrenados. El mal tiempo pasa sin que se quite nada á los ricos para aliviar á los indigentes.

“Las fuentes de la prosperidad nacional principian á correr de nuevo; el trabajo se aumenta, el jornal sube, y todo recupera su tranquilidad y alegría habituales.

“He visto á la Inglaterra en tres ó cuatro ocasiones pasar por épocas tan críticas como la que acabo de indicar. Por tales épocas tendrán que pasar los Estados Unidos en el trascurso del siglo venidero si no en el presente. ¿Cómo pasarán ustedes por ellas?

“De todo corazón deseo á ustedes una salvación feliz. Pero mi razón y mis deseos están opuestos entre sí, y no puedo menos que presagiar lo peor. Es muy evidente que el gobierno de ustedes no podrá refrenar jamás á una mayoría agitada por la miseria y el descontento, porque entre ustedes la mayoría es el gobierno, y que tiene á los opulentos que siempre forman la minoría, absolutamente á su merced. Vendrá día que en el estado de Nueva York una gran multitud de gentes de las que ninguna haya tenido más que un medio almuerzo ni espera tener más que una media comida, elegirá una legislatura.

“¿Es posible dudar de la clase de legislatura que en tales circunstancias sería escogida? Á un lado hay un estadista predicando la paciencia respecto á los derechos legítimos y una observancia estricta respecto de la fe pública. Al otro hay un demagogo voceando y disparatando sobre la tiranía de los capitalistas y usureros y preguntando por qué á un individuo debe permitirse beber champaña y andar en coche, mientras que millares de gentes honradas carecen de lo necesario para mantenerse.

“¿Cuál de los dos oradores lleva más probabilidad de ser elegido y escuchado? Yo seriamente temo que ustedes en alguna ocasión de adversidad como la que dejo indicada cometerán algún acto que alejará la prosperidad de su país. Algún César ó algún Napoleón arrebatará con mano fuerte las riendas del gobierno, ó la República de ustedes será tan espantosamente robada y devastada por los bárbaros del siglo XX como fué el imperio romano en el V, con la diferencia de que los hunos y los vándalos que asolaron el imperio romano vinieron de afuera y que los hunos y vándalos de ustedes habrán sido engendrados dentro de su propio país y por sus propias instituciones[6]”.

Nos hemos complacido en copiar la opinión del escritor moderno más caracterizado de la Inglaterra, porque es la que predomina en todos los grandes hombres de aquella nación, la que aparece parafraseada y expuesta en todas formas en su prensa y en sus discursos. Pero como el noble lord se ha equivocado tan afortunadamente, todos los demás, prensa y estadistas, se acaban de llevar un chasco tan soberano con la terminación de la guerra norte-americana, que todavía no se reponen de su espanto.

¿Necesitaremos demostrar en América aquella equivocación? ¿Necesitaremos decir que la República ha triunfado en una portentosa crisis á la cual no pueden compararse, en magnitud y en poder, las que producen esos motines del hambre que con tanta frecuencia amenazan á la monarquía y á la aristocracia en la Gran Bretaña?

¿Y por qué no se realizaron los temores del sabio historiador en la crisis política que en medio de la producida por la guerra tuvo la República con motivo de la elección de presidente? Entonces hubo una numerosa clase hambrienta que explotaron á sus anchas los demagogos del partido demócrata, auxiliados por la autoridad del gobernador de Nueva York y por el oro que los esclavócratas y los ingleses y franceses protectores de los esclavócratas derramaban á manos llenas.

Entonces llegó el tiempo que para más tarde esperaba el lord de la literatura inglesa; entonces fueron puestas las instituciones democráticas á la prueba que él temía: el gobierno no se ocupó absolutamente en refrenar á esa mayoría agitada por la miseria y por el oro corruptor, y confió en el poder de aquellas instituciones y en el juicio del pueblo; y las instituciones triunfaron, y el pueblo republicano probó que quería la abolición de la esclavitud, con la reelección del viejo Abraham, y que el gobierno que se funda en la libertad, es decir, en los derechos individuales, no se bambolea siquiera por la demagogia ni por los motines.

El motín es una manifestación de la vida democrática en Norte-América; la autoridad casi nunca se toma la molestia de refrenarlo, y deja al interés individual, al pueblo que vive de sus libertades, que está interesado en la existencia de las instituciones y del gobierno que se las asegura, al pueblo que no ve sobre sí á un ente que está de más, con el título de rey, y que vive de la fortuna pública; al pueblo que no tiene una aristocracia que lo explote, que sea dueño de las tierras, que bebe champaña y anda en coche á costa del pueblo que muere de hambre; al pueblo libre, en fin, á la americana y no libre á la inglesa, el cuidado de sofocar y aun de castigar los motines.

Mas los ingleses se atendrán siempre á la opinión de Macaulay, á pesar de su falsedad, porque ellos no comprenden otra libertad que la suya, esa libertad que deben á los privilegios conquistados por su aristocracia. Sus nobles conquistaron para sí y para el pueblo la libertad individual, el derecho de votar sus impuestos, el de ser juzgados por sus iguales, y más tarde se aumentó ese caudal de derechos con la libertad de conciencia, aunque limitada por una iglesia oficial; la del pensamiento y la de asociación, aunque sujetas á trabas que las modifican, pues que las opiniones pueden ser justiciables, y el derecho de asociarse depende de condiciones que lo restringen.

En el goce de todos esos derechos el pueblo inglés se siente ligado á la aristocracia y la monarquía, y ambos saben que deben su existencia al goce de tales derechos por el pueblo, puesto que si el pueblo inglés no los poseyera, otra sería su situación y día había de llegar en que el hambre y el despotismo le hicieran despertar para tomar severa cuenta á la corona y al sistema feudal. Los derechos individuales son, pues, allí la salvaguardia de la monarquía y de la aristocracia, y el pueblo, que los ama, no tiene otra ambición que la de sostener esos poderes que se los aseguran, haciendo consistir su gloria en las distinciones sociales, que desea con avidez, porque nunca ha necesitado de la igualdad para ser libre, y siempre ha visto que la igualdad puede ser sacrificada sin mengua de su bienestar y de la libertad.

¿Podrá una sociedad semejante concebir un gobierno sin monarca hereditario, sin aristocracia y con un pueblo que posea esos mismos derechos en mayor extensión, que administre por sí mismo todos los negociados sociales y políticos y que posea la igualdad como base fundamental de tal organización? No, la República no cabe en la cabeza de un buen inglés, y por eso la nación entera mira con desdén á sus hijos de América, y no alcanza á concebir que en la América española pueden organizarse repúblicas duraderas. ¿Para qué se tomarían sus estadistas la pensión de estudiar á nuestros pueblos y de conocerlos? Somos en su concepto simples nacionalidades anárquicas, que tenemos una vida efímera, y que estamos destinados á servir de pasto á un gran imperio.

¿Serán capaces de comprender mejor que los ingleses la República de América las demás naciones de Europa cuyo evangelio político es la unidad y omnipotencia de la monarquía latina, esto es, el poder absoluto que domina la conciencia, el pensamiento, la voluntad, y que aniquila al individuo para engrandecer la autoridad, sea que ella esté en las manos de un monarca, de una aristocracia ó de un cuerpo de representantes del pueblo?

¿Quién ha comprendido en Francia al escritor más amante de la libertad, al simpático Tocqueville, al patriota más sincero, que consagró sus mejores años al estudio de la democracia en los Estados Unidos, para convencer á sus conciudadanos de que no eran libres, y de que estaban engañados al creerse tales porque habían conquistado la igualdad?

Veamos si no la situación actual de la ciencia política en cuanto al Estado y á los derechos individuales en Europa, y podremos calcular la inmensa distancia que separa en política al Nuevo Mundo del Viejo. Llama ahora la atención el publicista más notable que jamás haya tenido la Francia, M. Laboulaye, quien acaba de presentarnos un cuadro de las teorías de Guillermo Humboldt, de Mill, de Eœtvœs y de Jules Simón, que son, sin duda, los escritores contemporáneos que más profundamente han tratado la cuestión de la libertad y del Estado en Alemania, en Inglaterra y en Francia. Siguiendo á Laboulaye vamos á exponer y juzgar esas teorías, y después juzgaremos al mismo sabio escritor[7].

NOTAS:

[5] Alexis de Tocqueville, por Laboulaye.

[6] London Quarterly Journal, julio 1861.

[7] L’Etat et ses limites, por Laboulaye, 1860.

V

Humboldt no podía dejar de tomar como base la gran verdad que sobre el fin del hombre nos ha revelado la filosofía alemana; es á saber, que el fin más elevado que el hombre puede proponerse aquí abajo, que le prescriben las reglas inmutables de la razón, es el de desarrollar el conjunto de sus facultades, porque sólo en ese desarrollo puede consistir su perfección, como hombre, como cristiano, como ciudadano. Á juicio del gran escritor alemán, este mejoramiento no puede ser completo, ni el desarrollo armonioso, sino con dos condiciones: libertad de acción y diversidad de situación[8].

“El ideal de la Edad Media, como del siglo de Luis XIV es la unidad, la unidad en todas las cosas, en religión, en moral, en ciencias, en industria. Se procura obtener esta unidad por medios artificiales; es el Estado el que la impone y la mantiene. De este modo se consigue, no la unidad verdadera, que consiste en el acuerdo de los espíritus, sino la uniformidad, es decir, una regla exterior, una fórmula vacía que se hace aceptar á viva fuerza, domeñando toda oposición.

“El pueblo no cree, pero se calla; este es el reino del silencio y de la inmovilidad. Hoy no es así. Una concepción más exacta y más verdadera del alma humana nos ha dado una idea más justa de la unidad. En el hombre como en la naturaleza, admitimos variedades infinitas, y sólo podemos buscar la unidad viviente en el conjunto, en la armonía de esas notas diversas... Estas nuevas vistas han arruinado la antigua política.

“Al fin se ha comprendido que imponer la uniformidad por el despotismo de la ley es proseguir una obra mala y estéril. Para que un país sea rico, industrioso, moral, religioso, es necesario que nada estorbe á la expansión infinita de las aptitudes humanas; en otros términos: es preciso antes de todo considerar y respetar la libertad de los individuos. ¿Cuál es entonces el papel del Estado? Humboldt lo reduce á dos cosas: en el exterior, á proteger la independencia nacional; en lo interior, á mantener la paz. He aquí los límites del gobierno. En otros términos, Humboldt atribuye al Estado el ejército, la marina, la diplomacia, las rentas, la policía suprema, la justicia, la tutela de los huérfanos y de los incapaces; y le quita la religión, la educación, la moral, el comercio, la industria; y todo eso en virtud de estos dos principios: libertad de acción y diversidad de situación”.

Á nuestro juicio, como al juicio de todo americano, el escritor alemán comprendía el punto de partida, y de él sacaba un criterio seguro para apreciar debidamente las relaciones en que deben existir el Estado y la sociedad; pero las preocupaciones monárquicas, el espíritu estrecho que ha creado en Europa la dominación secular de esa misma doctrina de la unidad del poder extraviaron aquel criterio, y dieron una prueba más de que las nuevas vistas no han arruinado todavía la antigua política en Europa, y de que la concepción exacta y verdadera del alma humana, que ha dado á algunos sabios una idea más justa de la unidad, no es ni popular ni bastante poderosa para vencer en esos mismos sabios las preocupaciones.

Establecer que la misión del Estado es proteger la independencia en el exterior y mantener la paz en lo interior, no es limitar el gobierno, sino dejarlo en posesión de todos los poderes que hoy se atribuye para llenar aquellos fines, puesto que esos fines son el pretexto que los partidarios de la unidad del poder alegan para sostener el sistema absoluto. ¿Qué no se han permitido los gobiernos para defender la independencia nacional y para mantener la paz? ¿Acaso no han sacrificado siempre todos los derechos individuales, todas las facultades activas de la sociedad para constituir un poder fuerte que pueda conservar y defender aquellos dos fines supremos?

No, la misión del Estado es otra; es la de representar el principio del derecho en la sociedad, tanto en sus relaciones exteriores, empleando la fuerza, cuando sea necesario defender ese derecho, como en lo interior, para facilitar á la sociedad y á cada uno de sus miembros las condiciones de su existencia y de su desarrollo. Cuando el Estado limita su acción de esta manera, la paz interior es un resultado, y no un fin del Estado, como lo supone Humboldt; y si alguna vez se altera, no necesita el Estado traspasar las vallas del derecho, como no lo ha necesitado en los Estados Unidos del Norte durante la guerra de cuatro años, la más portentosa que han presenciado los siglos, y en la cual por primera vez en el mundo se ha presentado un gobierno que sin salir de los límites del derecho ha sabido llenar su misión.

NOTAS:

[8] Ensayos sobre los límites de la acción del Estado, por Guillermo Humboldt.

VI

Dice Laboulaye que las ideas de Humboldt han inspirado visiblemente el libro de Stuart Mill sobre la Libertad, que éste contiene á la sociedad en los mismos límites que Humboldt traza al Estado, y que el único reproche que él le haría, dejándole la responsabilidad de ciertas ideas particulares, es que su libro no muestra sino un lado de la cuestión, porque se ve allí la libertad, pero no se ve al Estado. “El gobierno aparece como un enemigo que es preciso combatir, la Administración como una llaga que es necesario reducir”.

Este reproche es injusto. Es verdad que Mill se propone principalmente, como él lo declara, “investigar la naturaleza de los límites del poder que la sociedad puede legítimamente ejercer sobre el individuo”; pero á cada paso también estudia y fija los límites que en su concepto separan la acción del Estado de la libertad individual.

Mill cree que la naturaleza humana no es una máquina invariable en su marcha y en su trabajo, sino una cosa viviente que crece y varía sin cesar, que tiene necesidad de independencia para desarrollarse en todo sentido; y aludiendo á los políticos que sostienen que el Estado debe reglar este desarrollo, porque dispone de todas las luces, de todos los recursos de la sociedad, se pronuncia enérgicamente contra semejante error.

El Estado vive del pasado, dice, no sabe nada del porvenir, todo lo que él puede hacer con su pretensa sabiduría es detener á la sociedad en el surco ya trillado, condenarla á la inmovilidad, lo que para un sér viviente es la muerte. Ahí está la China: los chinos son un pueblo de mucho talento, y, bajo ciertos respectos, de mucha sabiduría; ellos han tenido la fortuna de recibir en los tiempos antiguos muy buenas costumbres, obra de hombres á quienes no se puede rehusar el título de filósofos.

Los chinos han inventado un excelente sistema para imprimir su sabiduría y su ciencia en el espíritu de cada ciudadano, asegurando los puestos, el honor, el poder á los que mejor poseen aquella antigua sabiduría. Un pueblo que ha hecho eso habría, sin duda, descubierto la ley del progreso humano y debería estar á la cabeza de la civilización; pero, por el contrario, está estacionario y ha quedado en un mismo punto desde millares de años, y si alguna vez mejora, lo deberá á los extranjeros.

“Los chinos han alcanzado, más allá de toda esperanza, el objeto que persiguen con tanto celo los filántropos ingleses: han hecho un pueblo absolutamente idéntico; las mismas máximas, los mismos usos reglan el pensamiento y la conducta de cada uno de los chinos.

“Se ve cuál es el efecto de este sistema. Pues bien: no hay que engañarse. El despotismo de la opinión es el régimen chinesco, menos la organización; y si la individualidad no sacude su yugo, la Europa, á pesar de su noble pasado, aunque se dice cristiana, acabará como la China”.

No es esto todo. Mill, como lo reconoce Laboulaye, condena la intervención del Estado en la libertad individual á nombre de este principio de Economía política: “Siempre que la cosa pueda ser mejor hecha por los particulares que por el Estado, lo que sucede de ordinario, confiaos en la industria privada”.

También agrega que hay multitud de cosas que tal vez los particulares no harán tan bien como la administración, y que, sin embargo, deben remitirse á los ciudadanos, tales como el jurado civil, la administración municipal, los hospicios, las administraciones de beneficencia, las cajas de ahorro.

Sobre todo, Mill se pronuncia abiertamente contra la centralización administrativa, como el sistema más invasor de la libertad individual. “Toda función nueva—dice—atribuida al gobierno aumenta la influencia que ejerce y le atrae todas las ambiciones, todas las envidias. Si los caminos, los ferrocarriles, los bancos, los seguros, las grandes compañías por acciones, las universidades, los hospicios llegasen á ser otros tantos negociados del Poder; si además las administraciones municipales y las oficinas que de ellas dependen llegasen á ser otros tantos departamentos de la Administración central; si los empleados de todas estas empresas diversas fuesen nombrados y pagados por el Estado; si les es necesario esperar sólo del Estado su progreso y la fortuna, ni la libertad de la prensa, ni la constitución popular de nuestra legislación podrían impedir que la Inglaterra dejase de ser libre. Mientras más ingeniosa y eficaz fuese la máquina administrativa, tendría más inteligencia y energía y el mal sería mayor.

“Si fuera posible que todos los talentos del país fueran enrolados en el servicio del gobierno, si todos los negocios que en la sociedad requieren un concurso organizado y miras vastas y comprensivas estuviesen en las manos del Estado; si los empleos públicos estuvieran desempeñados por los hombres más hábiles, toda la inteligencia y toda la capacidad del país, además de la pura especulación, estarían concentradas en una numerosa oficinicracia, hacia la cual el país volvería sin cesar los ojos: la muchedumbre para recibir de ella la orden y la dirección, y los hombres capaces y ambiciosos para obtener un ascenso.

“Entrar en la Administración, y una vez entrado ascender, sería la única ambición. Bajo semejante régimen, no solamente el público, á quien falta la práctica, es inhábil para criticar ó contener en su marcha á las oficinas, sino que además reforma alguna se puede hacer si contraría el interés de la oficinicracia, á no ser que las circunstancias conduzcan al Poder á un jefe que tenga el gusto de las reformas. Tal es la triste condición del imperio ruso: el zar puede desterrar á la Siberia, á quien quiere, pero no puede gobernar sin las oficinas ni contra ellas. Sobre cada uno de los decretos imperiales las oficinas tienen un veto tácito, pues les basta no ejecutarlo.

“En países más adelantados ó menos pacientes, en que el público está acostumbrado á que todo se haga por el Estado, ó, por lo menos, á no hacer nada sin pedir al Estado su permiso ó su dirección, se echa naturalmente la culpa al gobierno de todo el mal que se sufre; y cuando el mal es más fuerte que la paciencia, el pueblo se subleva, se hace lo que llaman una revolución, en virtud de la cual se instala en el trono real otra persona que envía sus órdenes á las oficinas, y todo sigue marchando como antes, sin que las oficinas cambien y sin que nada sea capaz de reemplazarlas.

“Un pueblo habituado á hacer sus propios negocios ofrece un espectáculo muy diferente. Dejad á los americanos sin gobierno: al punto improvisarán uno y dirigirán los negocios comunes con inteligencia, orden y decisión. Así debe ser un pueblo libre; todo pueblo que tenga esta capacidad está cierto de ser libre; no se dejará jamás dominar por un hombre ó por una corporación, porque él sabrá siempre manejar las riendas de la Administración central. Pero en un país en que todo se dirige por las oficinas, no se hará jamás nada contra su oposición.

“Concentrar la experiencia y la habilidad de la nación en un cuerpo que gobierna al resto del país es una organización fatal: mientras más perfecto sea el sistema, con más facilidad se alcanza á dirigir y á enrolar á los hombres capaces, y es mayor la servidumbre de todos, incluso la de los mismos funcionarios públicos. Los administradores son tan esclavos de su máquina como los administrados lo son de sus administradores. Un mandarín de China es el instrumento y la cosa del despotismo tanto como el más humilde paisano. Un jesuita es el esclavo de su orden, aunque la orden exista por el poder y la importancia colectiva de todos los miembros.

“Lo que acaba siempre por hacer el valor de un Estado es el valor de los individuos que lo componen. Un Estado que sacrifica la elevación y la elasticidad intelectual de los ciudadanos á un poco de más habilidad administrativa ó á esa apariencia de habilidad que da la práctica de los detalles; un Estado que aun con miras bienintencionadas subyuga á los individuos para hacerlos instrumentos más dóciles, verá al fin que con hombres pequeños no se hacen grandes cosas: la perfección mecánica, á la cual lo inmola todo, acabará por no servirle de nada, por falta de aquel elemento vital que arrojó para que la máquina marchase más fácilmente.

“Tal es la conclusión de Mr. Mill—exclama Laboulaye, después de copiar lo que se ha leído—; es un desmentido dado á la sabiduría del día; el autor se pone á través de la corriente, resiste á una opinión poderosa en el continente, que aún gana terreno en Inglaterra”...

Entonces, si Mill defiende la libertad individual de las invasiones del Estado y de la Administración, ¿por qué se le reprocha que en su libro sobre la Libertad no se ve el Estado? Él no señala, porque no entra en los propósitos de su libro, el modo cómo debe organizarse el Estado para dejar á la libertad individual toda su acción; pero determina todos los vicios de que adolecen hoy los gobiernos constituidos en Europa para considerarlos como verdaderos enemigos de los derechos y de las facultades activas de la sociedad, en cuya ruina fundan aquellos gobiernos su imperio.

No está allí el defecto de la obra de Mill, sino en que con su teoría justifica los mismos vicios que él reconoce, ó á lo menos les presta una cómoda defensa, como lo hace Humboldt al señalar los principios que en su concepto deben oponerse al sistema que predomina en el Viejo Mundo. Á Humboldt y á Mill les ha pasado lo que á los sabios con la electricidad y el magnetismo: que conocen estos elementos de la naturaleza, pero no los comprenden ni pueden explicar sus leyes.

Aquellos políticos conocen también la libertad, estudian sus aplicaciones y aun ven sus resultados benéficos, pero no la comprenden, porque están preocupados por los errores que el sistema viejo, el sistema de la fuerza, el de la unidad absoluta del Estado, hace pasar como verdades inconcusas en la sociedad europea.

Si así no fuera, ¿cómo podría establecer Mill que “en una sociedad civilizada, el Estado no puede intervenir en la vida de un individuo sino para impedirle dañar á otro?” ¿Cómo podría sostener que la libertad del individuo debe limitarse por el daño que puede hacer á los demás? El individuo, dice Mill, es dueño de sí mismo, de su cuerpo y de su alma, y esa es una soberanía que ningún extraño tiene derecho de trabar; pero desde que él mismo establece que el Estado puede intervenir en el uso de esa soberanía para impedir que el individuo dañe á otro, semejante soberanía desaparece en presencia del poder del Estado, que es el único que puede juzgar de aquel daño y que tiene poder de encontrarlo allí donde á él le convenga verlo.

Tal concepción de la libertad es tan falsa, que en América no hay quien no reconozca su absurdo. Una hábil escritora americana preguntaba á propósito de esta doctrina, á qué podrían quedar reducidas la libertad de imprenta, la de asociación, todas las demás libertades de que tanto se enorgullecen los ingleses, desde que le fuese lícito al Estado calificarlas como dañosas y limitarlas en virtud del daño que en su concepto produjeran á la sociedad ó á otros individuos.

Esta teoría no señala al Estado sus verdaderos límites; de modo que aun cuando ella reconozca que la libertad es el derecho de los individuos y de la sociedad, reconoce también como legítimo el poder absoluto, cuyos vicios, cuyos extravíos y cuyas invasiones contra la libertad señala el mismo autor con tanta verdad y con tan admirable precisión.

Mill no tiene una idea clara de la libertad, á pesar de que la descubre y la reconoce en todas las esferas de la actividad humana, así como los físicos ven la electricidad en todos sus fenómenos sorprendentes sin comprenderla. Para él la libertad no es otra cosa, en último resultado, que la protección del individuo contra todas las tiranías, sea que éstas vengan del Estado ó de la sociedad. Mas procede suponiendo la existencia de un gobierno irreprochable en su origen y en su organización, y hallando el peligro solamente en la opresión de las mayorías sobre las minorías ó el individuo, se propone buscar el punto en donde comienzan la competencia de la sociedad y la del individuo, que hasta ahora no han sido netamente definidas; y encuentra ese principio salvador en la protección de sí mismo, que es el único objeto que autoriza á los hombres, individual y colectivamente, á intervenir en la libertad de acción que pertenece á sus semejantes. El criterio que establece para reconocer esa protección de sí mismo, para descubrir cuáles son los casos en que el daño causado por la libertad individual puede autorizar la intervención de la sociedad para limitarla, es el principio de utilidad.

“La utilidad—dice—es la solución suprema de toda cuestión moral; pero la utilidad en el sentido más extenso de la palabra, la utilidad fundada sobre los intereses permanentes del hombre como sér progresivo. Estos intereses, yo lo afirmo, no autorizan la sumisión de la espontaneidad individual á una presión exterior, sino en cuanto las acciones de cada uno tocan á los intereses de otro. Si un hombre hace un acto dañoso á los demás, hay evidentemente motivo de castigarlo por la ley, ó bien, si las penalidades legales no son aplicables en conciencia, por la desaprobación general.

“Hay también muchos actos positivos para el bien de los demás, que un hombre puede ser justamente obligado á ejecutar; por ejemplo, el de ser testigo ante la justicia, el de tomar parte en la defensa común... Además, se puede, en justicia, hacerle responsable ante la sociedad si él no cumple ciertos actos de beneficencia individual, que son por todas partes del deber de un hombre, tales como salvar la vida de su semejante é intervenir en la defensa del débil. Una persona puede dañar á los demás, no solamente por sus acciones, sino también por su inacción, y en todo caso ella es responsable del perjuicio”.

Tenemos, pues, que el hombre, según el filósofo inglés, está sujeto en todos sus actos y omisiones, en todo lo que hace y deja de hacer á la utilidad de los demás. Pero ¿en qué consiste esa utilidad, quién la define y califica? ¿Consiste en el bien del mayor número, como decía Bentham, ó se funda en los intereses permanentes del hombre como sér progresivo, según dice Mill?

Mas ¿cuál es ese bien, cuáles son esos intereses? ¿Ha habido jamás en el lenguaje político palabras más vagas y más susceptibles de servir tanto al despotismo como á la libertad que esas en que la desacreditada escuela utilitaria ha creído encontrar la panacea salvadora, el gran criterio de la filosofía moderna?

No reproduciremos aquí los formidables argumentos ante los cuales la escuela de Bentham había enmudecido por tantos años, para hacer callar á su restaurador.

Bástenos notar lo que con tanto acierto ya ha notado el traductor francés del libro de Mill, esto es, que son tantas las excepciones que se ve precisado á poner á su teoría el economista inglés, que al fin la destruye y la hace inútil en sus aplicaciones.

“El deber de hacer el bien—dice Mill—debe ser impuesto con reserva”; “la asociación—exclama—, derecho individual, derecho inviolable y sagrado, debe ser leal é inofensiva”. Pero, ¿qué de reglas no son necesarias para ajustar la primera de aquellas excepciones á la teoría y para reglamentar aquel derecho sagrado, á fin de que no llegue á ser dañoso? ¿Qué derecho individual, por sagrado que sea, no queda entonces sujeto al poder absoluto del Estado, que á nombre de la sociedad es el que tiene el poder de señalar el punto en que esos derechos comienzan á dañar la utilidad general, el bien común, los intereses permanentes?

Si Mill hubiera comprendido que la libertad no es otra cosa que el uso del derecho, como lo comprendemos prácticamente los americanos; si hubiese advertido que el derecho es todo aquello que tiene el carácter de una condición voluntaria de nuestra existencia y desarrollo; si se hubiera fijado en que el fin del hombre sólo consiste en el desenvolvimiento de todas sus facultades físicas, morales é intelectuales, se habría salvado de ir á buscar la base de sus teorías en el sistema de la utilidad y en la multitud de excepciones contradictorias de que ha necesitado echar mano para evitar la vaguedad peligrosa de este sistema. Entonces habría comprendido mejor el papel que le corresponde desempeñar al Estado en presencia de los derechos de la sociedad y del individuo, reconociendo que el Estado no tiene otro fin que la aplicación del derecho, y que, por tanto, está limitado por la justicia, sea que esté constituido en un monarca, en una oligarquía ó en un gobierno popular. Hace años que los americanos tenemos como un artículo de nuestro evangelio político: que “la soberanía tiene su fundamento en la justicia, y sólo en ella debe el poder que la ejerce buscar la sanción de todos sus actos; que, por tanto, las autoridades que ejercen la soberanía no pueden desviarse de este principio, ni pueden tener otras atribuciones que las que sean indispensables para llenar su objeto”[9].

Cuando se conciben de este modo la libertad y el Estado se ve claramente cuál es el punto en que principia la competencia de la sociedad y la del individuo, punto que el filósofo inglés y los más adelantados publicistas europeos no pueden definir netamente, porque buscan la solución de las cuestiones políticas sin salir de la esfera de las preocupaciones que han engendrado allí el sistema de la fuerza y la monarquía, que es su expresión más genuina.

Pero en donde aparecen más en relieve los errores de Mr. Mill es en el libro que ha consagrado al estudio del gobierno representativo, en el cual, creyendo haber comprendido el gobierno republicano ó democrático, no ha hecho otra cosa que presentarnos la aristocracia representativa de la Gran Bretaña, explicando sus ventajas y vituperando sus vicios. No rechazamos, no, el modo de ver enteramente británico, ni el elevado criterio inglés con que el autor juzga su propio gobierno.

Antes bien, reconocemos, y tenemos como una gran verdad, que la América española se habría ahorrado muchas revoluciones y mucha sangre si en lugar de seguir los funestos errores de los políticos franceses, que tanto la han preocupado, hubiera tomado sus ejemplos y sus modelos de los publicistas ingleses. Lo que ahora criticamos en el libro de Mr. Mill es la pretensión que tiene de juzgar el gobierno democrático, que no conoce, porque esa pretensión podría extraviar á los americanos hasta al punto de condenar lo bueno que tienen y de adoptar arbitrios contra vicios que no tienen, y que sólo serían buenos allí donde existen esos vicios, es decir, en la Gran Bretaña.

Mr. Mill reconoce que el gobierno democrático es el mejor, no porque en él esté limitado el poder al ejercicio justo de la soberanía, de modo que puedan coexistir con él los derechos del individuo y de la sociedad, que es lo que llamamos libertad, sino porque en su concepto el gobierno democrático tiende á aumentar la dosis de las buenas calidades de los gobernados colectiva é individualmente. Este es su criterio para saber cuál es el mejor gobierno, pues á su juicio el mejor gobierno para un pueblo es el que tiende más á darle aquello sin lo cual no puede el pueblo adelantar.

Estas son pobres vaguedades, que podrían servir tanto al sultán de Turquía, al zar de Rusia y al emperador de Francia para creer que sus gobiernos son los buenos, porque dan á sus pueblos aquello con lo cual pueden adelantar, como á los americanos para sostener que sus repúblicas son mejores, porque tienden á aumentar la dosis de las buenas cualidades de los gobernados, y Mr. Mill llega á ellas imaginándose que ha descubierto una gran verdad, y que ha salvado la gran dificultad con que han tropezado los políticos que, buscando el criterio del buen gobierno, han dicho que es el mejor aquél que concilia el orden con el progreso.

El publicista inglés examina prolijamente estos dos términos, y, asustado de su vaguedad, porque ve que el orden y el progreso son palabras acomodaticias que se prestan á mil acepciones, cae en otras vaguedades mayores, creyendo que con ellas ha definido con precisión las ideas que representan orden y progreso en su sentido más justo.

Su error consiste en creer que realmente orden y progreso son los fines sociales y políticos de todo gobierno; pues no se da cuenta de que tal error es una invención francesa, con la cual se ha pretendido defender la doctrina de la unidad del Estado, es decir, la monarquía latina, que á nombre del orden y del progreso aniquila y sacrifica los derechos individuales, la libertad de la sociedad.

El orden, ó, mejor dicho, la permanencia de las instituciones á merced de la obediencia y amor de la sociedad; y el progreso, el adelanto, la mejora de la sociedad, no son ni pueden ser los fines políticos del Estado, el objeto de su acción, sino que son puros resultados de la armonía que existe cuando el Estado se limita á representar el principio del derecho y á suministrar las condiciones de existencia y de desarrollo á todas y á cada una de las esferas de la actividad social.

El autor ha columbrado confusamente esta verdad, cuando ha dicho que: “encontrándonos obligados á tener como piedra de toque de un gobierno bueno ó malo un objeto tan complejo como los intereses colectivos de la sociedad, de buen grado trataría de clasificar esos intereses en grupos determinados, indicando las cualidades necesarias que debe tener un gobierno para favorecer cada uno de estos intereses”. Pero he aquí cómo una de las reminiscencias de la monarquía europea ha venido á ocultar la verdad á la poderosa inteligencia del filósofo inglés.

Es cierto que en el desarrollo de los diversos intereses de la sociedad debe hallarse el criterio de un buen gobierno; pero no es cierto, como creen los monarquistas europeos, que el gobierno debe poseer las cualidades especiales necesarias para regir cada uno de esos intereses. Nada más funesto que suponer que el gobierno puede y debe dictar sus leyes á la moralidad, á la educación, al pensamiento, á la industria y á cada uno de sus diferentes ramos, á la religión y aun á la vida del individuo y de la sociedad, debiendo poseer conocimientos especiales para cada uno de esos objetos.

No, esas ideas fundamentales de la sociedad son otras tantas esferas de la actividad humana, en las cuales es necesario dejar al individuo toda su acción, debiendo limitarse la del Estado simplemente á facilitar á cada una de ellas las condiciones de su existencia y desarrollo; porque todo lo que hiciera el Estado para reglar la actividad del hombre y someterla á prescripciones más ó menos sabias, no produciría otro efecto que el de coartar esa actividad y sujetarla á leyes que la naturaleza no le ha impuesto.

Así, pues, no hay necesidad de acometer la empresa que arredró á Mill, de estudiar cuál es la especialidad de cada uno de los elementos ó intereses de la sociedad, para clasificarlos y distribuirlos, y “poder construir la teoría del gobierno con las teorías distintas de los elementos que componen un buen estado de sociedad”; pues basta comprender que la verdadera teoría del gobierno consiste en dejar á cada uno de esos elementos en entera libertad, porque el Estado no tiene absolutamente otra misión respecto de ellos que la de facilitarles su existencia y desenvolvimiento, sin necesidad de estudiar ni de comprender la especialidad que cada uno tiene.

Por otra parte, el autor cree que los gobiernos se hacen por los hombres, que se puede escoger entre sus diversas formas la que mejor convenga á un pueblo; é inducido por este error se detiene largamente en establecer las reglas que deben observarse al excogitar una forma de gobierno, dejándose llevar por sus arbitrarias teorías hasta suponer que el gobierno representativo no puede sentar bien sino en el pueblo que sepa obedecer y que tenga la capacidad de hacer lo necesario para mantenerlo.

Mas todavía, preocupado por el sistema de representación de su país, en que la aristocracia de la nobleza ó de la industria se apoderan de las elecciones para elevar las mediocridades que se ponen á su servicio y dejar á las minorías sumidas en su pérdida, sin acción ni voz para hacer valer sus intereses, cree que éstos son vicios comunes de todos los gobiernos representativos, y no vacila en declarar que todas las democracias que actualmente existen, inclusa la norte-americana, son falsas, porque son un gobierno de privilegio de la mayoría sobre la minoría.

Tendríamos que escribir un libro tan voluminoso como el del autor inglés para enunciar y confutar sus errores, errores que pueden ser funestos á los americanos si no se aperciben de que todas las falsas miras del filósofo inglés y todos los absurdos que él presenta como remedios de males que no tiene la democracia, son efectos de que no la conoce, y que trata de juzgarla por la aristocracia representativa de la Gran Bretaña, atribuyéndole todos los vicios de ese fenómeno que entre los ingleses ha producido la transacción de la monarquía, de la aristocracia y de los plebeyos.

Dejaremos, pues, aquella tarea, y nos limitaremos á observar que es bien extraño que el autor que ha reconocido que “uno de los beneficios de un gobierno libre es esa educación de la inteligencia y de los sentimientos que baja hasta las últimas filas del pueblo, cuando es llamado á tomar parte en actos que tocan directamente á los altos intereses del país”, se empeñe al mismo tiempo en convencernos de que el gobierno representativo necesita en el pueblo que lo adopta condiciones especiales que nunca será posible hallar reunidas, y en las cuales figura la capacidad de obedecer, como si hubiera pueblos más ó menos rebeldes, y como si la obediencia no fuera el resultado genuino del triunfo del derecho en los pueblos libres, así como lo es el terror en los pueblos esclavos.

Una forma de gobierno no se escoge, y aunque no brota como una producción de la naturaleza, según la expresión de Mill, brota, sí, de circunstancias sociales independientes de la voluntad de los que creen escogerla á su arbitrio. Los hombres más sabios de la revolución hispano-americana creían también que no siendo nuestros pueblos como los de Atenas ó Esparta ó como el de los Estados Unidos del Norte, no podía plantearse la República; pero la unidad del Estado absoluto estaba despedazada y en su lugar se levantaban los derechos individuales sobre la ancha base de la igualdad social y política; la sociedad mudaba de vida, regeneraba sus ideas, sus creencias, sus hábitos; el principio de autoridad desaparecía del Estado, de la religión, de la moralidad, y la individualidad recobraba sus fueros para convertirse en egoísmo, en ambición y para elevar el señorío de las pasiones: el fanatismo religioso dejaba su imperio á la incredulidad; las falsas costumbres sociales y domésticas iban á convertirse en una escandalosa desmoralización; no bastaba vencer á los ejércitos del rey, era necesario vencer á la sociedad vieja, para crear desde luego la nueva; y entonces sucedió lo que tantas veces hemos repetido: que la forma republicana vino como un resultado lógico, imprescindible, á pesar de que todavía hay americanos bastante ciegos para no reconocerlo.

“La república, hemos dicho, debía completar lo que las balas habían principiado. El gobierno republicano, fundado en la soberanía y en el interés de la nación, era el único medio de restablecer de un modo legítimo y conforme á la dignidad humana el principio de autoridad en el Estado, en la religión, en la moralidad. El gobierno republicano sólo podía tener el poder de restablecer la unidad social, de encaminar y ennoblecer las ambiciones y de fundar la nueva sociabilidad americana en bases fijas, en ideas exactas y verdaderas. El gobierno de los privilegios, el gobierno de uno solo ó de varios no habría traído otra consecuencia que la de perpetuar la lucha, contrariando los intereses generales, haciendo difícil la regeneración. Por eso es que siempre hemos visto la anarquía y el combate de la revolución en dondequiera que los americanos, olvidando esta verdad, se hayan apartado de los principios de la verdadera República”[10].

La República representativa se estableció, pues, en América porque brotó de las circunstancias; y si todavía no sale de sus ensayos, no es porque se haya faltado en su establecimiento á las reglas del filósofo inglés, sino porque, aparte de circunstancias que más adelante estudiaremos, los errores de los publicistas europeos nos han alejado de la verdadera base fundamental de aquella forma de gobierno, esto es, del principio del derecho.

NOTAS:

[9] Véanse nuestras Bases de la Reforma, octubre 28 de 1850.

[10] Nuestra historia constitucional del Medio Siglo, cuadro cuarto, II.

VII

No es menos europea, y, por consiguiente, errónea, la teoría política que ha desarrollado en su obra De la influencia de las ideas reinantes sobre el Estado en el siglo XIX el barón alemán Eœtvœs, húngaro notable en la revolución de 1848, y, por consiguiente, liberal. El problema que él se propone resolver es la coexistencia del Estado todopoderoso con la libertad individual, la libertad religiosa, la libertad de enseñanza, la libertad de la prensa, la libertad municipal y la libertad de la asociación, y cree haberlo conseguido con limitar la acción del Estado á la defensa de la independencia nacional y á la protección de los intereses morales y materiales de los ciudadanos. Para defender en lo exterior la independencia nacional y para proteger en lo interior los derechos de cada uno, es necesario que el Estado tenga un gran poder, una fuerza considerable, y como no puede haber fuerza sino en la reunión de los medios y de la voluntad, la única organización, el único sistema que puede dar esta unión de los medios y de la voluntad es la centralización, una centralización enérgica.

Pero esta centralización tiene sus límites: el Estado no es la sociedad ni el individuo, pues hay una vida especial é individual que no es de su resorte; mas en todo aquello en que él debe obrar es necesario que su poder sea absoluto, centralizado: Imperium nisi unum sit, esse nullum potest. Los grandes imperios son necesarios como garantía de la nacionalidad y de la independencia.

Las ideas de la Edad Media, las ideas municipales y federales han hecho ya su tiempo: el problema no está ya en romper la fuerza central con los privilegios locales, sino en favorecer el desarrollo del individuo sin debilitar la legítima autoridad del Estado.

Con perdón de la admiración con que M. Laboulaye expone y comenta esta teoría, para nosotros es tan absurda y tan imposible como aquella en que M. Guizot se propuso dar á la iglesia romana la libertad de examen, para convertirla en racional, y á la iglesia protestante un papa, con el fin de que adquiera la unidad católica.

Organizar el Estado absoluto, de centralización enérgica, el imperium unum de los romanos, en presencia de los derechos ó libertades individuales y sociales, es pretender aunar el despotismo con la libertad, al papa de Roma con el protestantismo, la luz con las tinieblas, el fuego con el agua. ¿Cómo se podría inventar un mecanismo que mantuviera al Estado absoluto y poderoso en la esfera á que desea limitarlo el liberal húngaro, sin que jamás pudiera invadir los derechos del individuo y de la sociedad, ora con el pretexto de defender la independencia nacional, ora con el objeto de proteger los intereses de los ciudadanos por medio de la reglamentación y de la limitación de los derechos de éstos?

Semejante ilusión sólo puede ser efecto de la concepción incompleta que tiene de la verdad un espíritu sojuzgado por las preocupaciones políticas que dominan en Europa. El publicista húngaro ha concebido que el Estado no es ni la sociedad ni el individuo, que hay una vida social é individual que no es de su resorte, mas no ha comprendido que el Estado es parte integrante de la sociedad, porque es una de sus esferas de acción, que está ligada con todas las demás en que se ejercita la actividad humana, en cuanto tiene por objeto y fin representar el principio del derecho y aplicarlo á todas, no para dirigir y gobernar la vida social é individual, sino para facilitarles las condiciones de su desarrollo respectivo, esto es, para que el derecho sea respetado y cumplido en cada una de ellas.

Así, pues, la acción del Estado no se limita á la defensa de la independencia nacional en lo exterior y á la protección de los derechos de cada uno en lo interior, sino que se extiende á representar la justicia en todo y en toda la inmensa latitud de la vida humana, sea que un interés extranjero pretenda violarla, sea que aspire á invadirla un interés nacional, cualquiera que sea su dominación, llámese interés de una mayoría, de la moral, de la religión, de la industria, de la educación, de la municipalidad ó de una clase cualquiera.

Defender la independencia nacional y proteger los derechos morales y materiales de los ciudadanos son propósitos vagos é indefinidos; porque así se puede defender la independencia iniciando una guerra injusta ó por interés de una dinastía, como se pueden proteger los intereses de los ciudadanos limitando los derechos de los unos en favor de los otros, so pretexto de que su latitud es dañosa ó de que es perjudicial al orden y á la estabilidad de un gobierno.

La representación del principio del derecho ó de la justicia no tiene esa vaguedad peligrosa, porque es fácil concebir que sólo es justo lo que es conforme al fin natural del hombre y de la sociedad, es decir, al desarrollo de sus facultades físicas, morales é intelectuales; y en dondequiera que el hombre social prosiga ese desarrollo, ahí debe estar el Estado para favorecerlo ó suministrarle las condiciones de que depende, una de las cuales es la seguridad de que no será coartado en el ejercicio de sus derechos, cuyo ejercicio es la libertad.

De consiguiente, si son condiciones de aquel desarrollo los derechos que se llaman libertad individual, libertad religiosa, libertad del pensamiento ó de la palabra escrita ó hablada, libertad de asociación, libertad de enseñanza, libertad política, el Estado debe dar la ley para que tales derechos sean siempre y en todas circunstancias respetados y ejercitados ampliamente, sin que puedan limitarse en favor de intereses extraños que no pueden tener el mismo carácter de condiciones del fin social, y sin que el hombre pueda jamás estar sujeto á la penalidad legal si no perturba las condiciones de la existencia y del desarrollo de su semejante, lo que sucede en el orden material solamente y nunca en el intelectual y moral, en el cual la naturaleza no ha puesto límites, como en el mundo material. Para ejercer ese poder, el Estado no necesita ser el imperium unum, ni grande imperio, ni todopoderoso, ni tener una fuerza poderosa por el sistema de la unidad de los medios y la voluntad, por la centralización administrativa, que tanto encanta á Eœtvœs y de cuyos vicios, tan prolijamente enumerados por Mill, se deduce que es el sistema más antisocial y más contrario á todas las condiciones de la existencia ó del desarrollo de la sociedad.

Por otra parte, tratar de hacer todopoderoso al Estado con el pretexto de la defensa de la independencia, es creer que la sociedad debe ser organizada para la guerra. “La sociedad debe ser organizada para la paz y sólo en vista de la paz; no para la guerra.

“Si se considera en detalle en qué puede consistir el interés del género humano, no se podrá encontrar en la guerra: ella ha podido ser en los siglos pasados un medio de progreso y de mejora, pero un medio oblicuo, poco eficaz, útil solamente en los tiempos en que no se sabía qué era progreso y mejoramiento, y contra las sociedades malhechoras que ignoraban ciencia y justicia y rehusaban reconocer los preceptos que garantían á los demás contra el mal. La guerra llamada la última razón de los pueblos es la razón de los que no tienen otra”[11].

Á la verdad, el publicista de quien hablamos parece que se limita á desear que la monarquía austriaca no se despoje de su poder absoluto, y se resigne á tolerar el ejercicio de aquellos derechos individuales; y por eso sostiene que el gobierno constitucional no le satisface, puesto que es un gobierno de mayoría, y también puede mostrarse inicuo y violento, de modo que sus instituciones no pueden dar garantía.

“Una representación nacional, una prensa y una tribuna libres atemperan el gobierno en lo interior, y le hacen todopoderoso para defender el honor nacional contra el enemigo; pero por grandes y necesarias que sean estas garantías, ellas no bastan para la protección del individuo. Cuando las pasiones religiosas ó políticas inflaman al país, ¿qué puede impedir á la opinión el ser violenta, ni quién puede impedir á las Cámaras el votar la persecución?”

Enhorabuena, lo que se llama en Europa gobierno constitucional, esa transacción de la monarquía latina, del imperium unum con el sistema liberal, ese gobierno de transición, de interinato, en el cual se reconoce como condición de su existencia que el rey no gobierne (en cuyo caso el rey está de más), porque si gobierna puede hacerlo todo, desde que su perpetuidad y su irresponsabilidad, que es la consecuencia, no pueden coexistir con la represención del pueblo[12]; un gobierno así, decimos, no basta para la protección del individuo, porque sus instituciones llamadas constitucionales, que tanto amor y tantos sacrificios le han merecido al escritor húngaro, no reconocen sino á medias los derechos individuales, cuando los reconocen; y porque su decantado mérito sólo consiste en atribuir á los representantes del pueblo el ejercicio de una parte de la soberanía, limitada en toda su extensión, pero absoluta en todo lo que puede decidir.

Por eso es que cuando esa representación anómala es elegida por el ejecutivo y se convierte en un simulacro embustero, ó cuando se liga á él por intereses políticos, el despotismo de ambos, sus poderes absolutos, se aúnan y pesan como el despotismo de un solo tirano sobre una minoría del pueblo y sobre los derechos individuales. No es raro, pues, que los amantes de la libertad en Europa comiencen á desencantarse de aquel sistema, que tanto se parece á los despotismos de partido ó de caudillaje que se han organizado tantas veces en la América española con el pomposo nombre de república, y que también han desacreditado aquí las instituciones constitucionales. En esas parodias sacrílegas del gobierno representativo es claro que las minorías no pueden hallar sino persecuciones, y que los derechos individuales, en lugar de protección, solamente pueden esperar la muerte del capricho de un déspota y de los secuaces que á nombre de una soberanía absoluta sancionan la barbarie y la injusticia.

Y si la pasión política ó la ambición rastrera se han abierto paso al través de las instituciones liberales y se han revestido de las formas del gobierno representativo para disfrazar y legitimar sus iniquidades, ¡cuán fácil no les sería hacerlo mejor en el sistema que se propone organizar el Estado absoluto dentro de ciertos límites, que serían una vana fórmula cuando él quisiera ejercer más allá su autoridad todopoderosa!

¡Es lamentable que inteligencias tan elevadas y corazones tan sinceros como los de Humboldt, Eœtvœs y Laboulaye se alucinen con la incomprensible esperanza de que á la centralización, que creen buena y legítima cuando defiende la independencia y la paz del país, y despótica y revolucionaria cuando sale de su dominio, se pudiera oponer, para mantenerla dentro de aquellos límites, el libre gobierno del individuo por sí mismo, el Self-government de los norte-americanos!

No, el gobierno de sí mismo no puede coexistir con el Estado absoluto, con la soberanía ilimitada ejercida por un monarca, temporal ó perpetuo, ó por un Congreso, ó por ambos á un tiempo. El gobierno no necesita de un poder considerable, de una centralización enérgica para llenar sus fines; y antes bien, lo natural y lógico es que no los llene justamente cuando tiene un poder vasto, aunque sea limitado á su objeto, porque ese poder lo conduce á la invasión de los derechos individuales. No, los grandes imperios han pasado, ellos son los que han hecho su tiempo, y no las ideas municipales y las federales, por más que pretendan los sabios europeos demostrarnos lo contrario, con la historia en mano. Ahí está la historia viviente, la historia contemporánea, demostrándonos que la independencia se puede defender y que la paz se puede restablecer con el triunfo de las instituciones, cuando el pueblo es grande, aunque el Estado sea limitado: nosotros conquistamos nuestra independencia cuando la sociedad y el individuo sintieron la omnipotencia de sus derechos; los mejicanos reconquistarán la suya mientras haya un puñado de hombres libres que amen sus derechos; los norte-americanos acaban de salvar sus instituciones, mostrando, á todos los que tengan ojos para verlo, que no es necesaria una centralización enérgica ni débil como el único sistema de dar unidad á los medios y á la voluntad, que constituyen la fuerza.

Esos medios abundan y esa voluntad sobra cuando existe el self-government; y el Estado no poderoso, el gobierno limitado, un presidente temporal, sin más facultades que las necesarias para representar el principio del derecho, es bastante para dar unidad á los medios y á la voluntad, para asombrar al mundo con la fuerza titánica de los pueblos, para sacar de la mediocridad un Washington, un Lincoln, y de las filas populares un Grant, un McClellan, un Sherman, un Sheridan, un Bolívar, un San Martín, un Sucre, que en virtudes y en genio obscurecen á los Césares, á los Napoleones, á todos los héroes de la fuerza despótica, á todas las celebridades de los grandes imperios.

Á nuestro turno repetiremos también con Eœtvœs y Laboulaye, pero no en el sentido de sus falsas ideas, sino en favor del sistema americano: ¿Qué es lo que se opone á esta reforma, en la cual nada tiene que perder el Estado, puesto que gana en influencia y en fuerza verdadera lo que pierde de sus prerrogativas embarazosas y peligrosas? Lo que se opone es la preocupación. Estamos imbuidos en las ideas griegas y romanas, que son las que se encuentran en el fondo de las teorías democráticas y socialistas.

Todos esos sistemas que se dicen liberales dan al pueblo una soberanía ilusoria y en realidad no hacen más que fundar el despotismo del Estado. Si se quiere que la civilización entre en su vía de progreso, si se quiere desarmar la revolución, es necesario independizar al individuo, es preciso desarrollar las libertades personales.

“Los que tienen poca fe ó poco valor nos repiten sin cesar que hoy el progreso es imposible. Se compara nuestra edad á los últimos tiempos del imperio romano, se habla de una decadencia que también salió de un exceso de civilización; el mismo apetito de goces materiales, se nos dice; la misma ausencia de principios en el individuo y en las masas; la misma bajeza delante del Poder; el mismo desprecio de todo lo que los siglos han respetado; el mismo vacío en el alma humana. Felizmente son superficiales estas vistas; hay un abismo entre las dos sociedades.

“Cuando pereció la antigua civilización su obra estaba acabada, ella había subyugado el individuo al Estado. Todos los famosos jurisconsultos, los Papinianos, los Paulos, los Ulpianos no enseñaron jamás que el ciudadano, en su cualidad de hombre, tuviese derechos que el emperador debiera respetar; esta santidad del individuo es una idea cristiana, el paganismo ni tan siquiera la sospechó[13]. Hoy esta idea hace el fondo de nuestra civilización. El dogma se ha debilitado quizás, pero los sentimientos de humanidad, la fraternidad, la igualdad, que son la esencia del cristianismo, son más vivos que jamás.

“En los últimos tiempos del imperio, la estrechez del despotismo había sofocado el amor de la Patria y de la libertad, el alma de la antigua civilización se había desvanecido. Hoy la pasión de la libertad, de la libertad civil, individual, cristiana, se aumenta y gana terreno. Al través de todas las revoluciones, bajo el nombre de igualdad, de nacionalidad, de Constitución, ¿qué buscan, qué piden los pueblos, sino libertad? Una sociedad que tiene semejantes deseos no es una sociedad que se extingue. Una civilización cae cuando le falta la idea que la hacía vivir; por el contrario, nosotros estamos en el penoso parto de una idea nueva; ella es la que perseguimos; sin que ningún estorbo nos canse, sin que ninguna miseria nos abata. No nos dejemos asustar por vanas apariencias. Un vino viejo que se altera, un vino nuevo que fermenta, están igualmente turbios; pero del uno sale la corrupción y del otro un licor generoso. Tengamos fe en el porvenir.

“La lucha es difícil, el día está tenebroso; lo que conmueve al Continente no es un combate entre dos partidos que se disputan el poder; es un combate entre dos civilizaciones. Roma y la Germania recomienzan su duelo eterno; una vez todavía la idea pagana y la idea cristiana, el despotismo y la libertad se disputan el imperio del mundo; pero por terrible que sea la prueba, el triunfo no es dudoso.

“Cuando una verdad sale á luz, cuando los ojos se vuelven hacia un astro nuevo que se levanta, el triunfo no es sino una cuestión de tiempo.

“Las pasiones envejecen y cambian, los partidos se debilitan, la verdad no perece jamás. Sin duda, en un país como la Francia, en que se ha destruido toda organización particular, en que se ha habituado al ciudadano á la tutela del Estado, en donde, por decirlo así, se ha quitado al individuo la capacidad de gobernarse á sí mismo, será necesario más de un día para cambiar un sistema viejo. El árbol que durante medio siglo se ha podado á la francesa no echará ramas libres y vigorosas en una sola noche y hará esperar largo tiempo una sombra protectora. ¿Pero qué importa? La idea hará su camino, se apoderará de los espíritus; el Estado acabará por comprender su verdadero interés, y la revolución será consumada; tan pronto como el Estado no pese sobre el ciudadano, la libertad saldrá del suelo con una prodigiosa energía”.

Pero que no se engañen los que así esperan en la envejecida Europa; el combate no será entre las dos civilizaciones; la idea pagana no desaparecerá en presencia de la idea cristiana mientras los liberales busquen allí el triunfo del derecho á la sombra de la monarquía, que no vive ni puede vivir sino del poder absoluto y bajo el amparo de las ideas griegas y romanas.