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GRANADA
POEMA ORIENTAL
PRECEDIDO DE LA
LEYENDA DE AL-HAMAR
POR
DON JOSÉ ZORRILLA
TOMO SEGUNDO
NUEVA EDICIÓN
MADRID
IMPRENTA Y LITOGRAFÍA DE LOS HUÉRFANOS
Juan Bravo, 5.—Teléfono 2.198.
1895
INVOCACIÓN
Dixit autem Dominus: si habueritis fidem, sicut granum sinapis, dicetis huic arbori moro: Eradicare, et transplantare in mare: et obediet vobis.
Evang. seg. Luc., cap. xvii
Fe, de toda virtud inspiradora,
Manantial del valor y el heroísmo,
Del tiempo y de la muerte vencedora,
Espanto de los genios del abismo,
El sér en quien tu fuego se atesora
Lleva el poder de Dios consigo mismo:
Los prodigios, las glorias, las hazañas,
Herencia son de los que tú acompañas.
Nada en el mundo tu poder resiste;
Á la luz de tu antorcha luminosa
El Edén á los mártires abriste:
De Oriente á la región caliginosa
Las legiones de Cristo condujiste,
Y, á través de la mar tempestüosa
Alumbrando su espíritu profundo,
Descubriste á Colón un nuevo mundo.
Nada hay grande sin ti, nada completo;
Desde Nembrod á Napoleón, tu esencia
Del genio ha sido el talismán secreto:
Nadie logró sin ti grande existencia,
Ni fué grande sin ti ningún objeto:
Polvo fué cuanto fué sin tu asistencia:
De la fuerza de Dios tu fuerza viene
Y en tus hombros el orbe se sostiene.
Tu soplo es impetuoso torbellino
Que, al alma ardiente á quien su impulso lleva,
Hasta la eternidad abre camino
Y sobre el polvo terrenal la eleva.
Del fuego santo manantial divino
Que en el fuego de Dios sus fuentes ceba,
Tú das irresistible atrevimiento
Á sér á quien inflamas con tu aliento.
Para ese son efímeras empresas
Las más peligrosísimas hazañas:
Disípanse á su voz como pavesas
Las torres, las ciudades, las montañas:
Las marcas de su pie conserva impresas
La tierra para siempre, y sus entrañas
Cobran fecundidad bajo su paso,
Y un reino brotan donde había un raso.
Alma del universo, cuanto existe
Con tu poder se crea y robustece:
Cuanto á tu influjo creador resiste,
Como leve vapor desaparece:
Á la nación do tu favor no asiste
Sorbe otra á quien tu mano favorece:
Y así es como del tiempo en los misterios
Pasan unos sobre otros los imperios.
¡Desdichada nación la que te olvida!
Su esencia mina la carcoma lenta,
Y no siente que se hunde carcomida
La débil base que su pie sustenta;
Otra nación que aguarda su caída
La empuja al fin y en su lugar se asienta:
Y así Castilla, por su fe amparada,
Pasó como un turbión sobre Granada.
Dame ¡oh potente fe! tu auxilio santo:
Tú por quien pudo rescatar á España
La ilustre Reina cuya gloria canto,
Dame su fe para ensalzar su hazaña:
Y, el himno rudo que en su honor levanto
Al entonar, mi espíritu acompaña,
Porque me escuche en la celeste esfera
La augusta sombra de Isabel primera.
LIBRO CUARTO
AZAEL
I
Zahara cayó: sus tristes moradores
Víctimas van de tan fatal jornada
Esclavos de los Moros vencedores,
De ganado rüin como manada.
Muley envió delante corredores
De su victoria nuncios á Granada,
Y, con victoria tal alegre y fiera,
Al vencedor Hasán Granada espera.
Preparan las familias principales,
Á los guerreros y sangrientos fines
Del anciano monarca más parciales,
Zambras, saraos, himnos y festines,
Unas en sus salones orientales,
Otras en sus balsámicos jardines:
Prodigando sin duelo sus tesoros
Para ensalzar el triunfo de los Moros.
Los cadís á su vez tienen dispuestas
De fuegos, de pandorgas y de cañas,
De sortija, de toros y de apuestas,
De bohordos, de gallos y cucañas,
Para la plebe revoltosa fiestas
Cual nunca alegres, como nunca extrañas:
Porque deje tal triunfo en su memoria
Largo recuerdo de placer y gloria.
Engalanan los altos miradores
Lujosas colgaduras y doseles,
Flotantes plumas, enredadas flores,
Lazos de palmas, arcos de laureles,
Damascos de vivísimos colores,
Tapices festonados de caireles,
Y ocupan ajimeces y ventanas
Nobles, jeques, walíes y sultanas.
Viejos, mancebos, niños y mujeres
Abandonan curiosos sus hogares:
Dejan los artesanos sus talleres,
Olvidan los sederos sus telares,
Cierran su mostrador los mercaderes,
Los armeros sus fraguas: los lugares
Vecinos se despueblan, y doquiera
Bulle la muchedumbre novelera.
Corren plazas y calles tañedores
De sonajas, adufes y panderos,
Rawíes de romances narradores
Al compás de la guzla, cuadrilleros
De diversas comparsas conductores
Y parejas de enanos, y gaiteros
De Marruecos y Fez, cuyos cantares
Recuerdan del desierto los aduares.
Circulan por doquier profusamente
Roscones de Jaén, tortas de Alhama,
El alhajú de Ronda, largamente
Saturado de especias, á quien llama
El mostillo su hermano, y el caliente
Buñuelo hinchado que la sed inflama:
Y, pese al libro del Korán divino,
Templa la sed el malagueño vino.
En la jornada de tan fausto día
De fiesta real y universal holganza,
La ley á la licencia da franquía
Y destierra el placer á la templanza:
Y la plebe, sin coto en su alegría,
Canta ruidosa, descompuesta danza:
Pues nada hay que desdore ó avergüence
Al celebrar sus triunfos á quien vence.
Es ley universal. ¡Ay del vencido!
Cantad, pues, ¡oh triunfantes Africanos!
¡Ignominia y baldón para el rendido!
¡Mengua y esclavitud á los Cristianos!
Mas no olvidéis que encomendada ha sido
De la venganza á las sangrientas manos
La ley de los vencidos inhumana.
¡Ay de vosotros si lo sois mañana!
¡Gloria á Muley! La multitud que llena
Las torres y alminares ve á lo lejos,
Á través de la atmósfera serena,
De las moriscas armas los reflejos.
Un grito inmenso de placer resuena
Con nueva tal: mujeres, niños, viejos,
Se agolpan á las puertas de la Vega
Á recibir al Rey que en triunfo llega.
Ya avanzando en hileras ondulantes
Se ven los ordenados escuadrones:
Parecen con el sol cintas brillantes
Las filas de los árabes peones:
Sobre el blanco montón de sus turbantes
Tremolan sus enseñas y pendones,
Y desgarran la atmósfera sonoros
Los atabales y clarines moros.
He allí á Muley Abul-Hasán. Su frente
Sombrean los flotantes lambrequines
De su penacho real: cuelga esplendente
Su escudo del arzón: y, hasta las crines
Embarrado, el caballo bufa ardiente
Y piafa, conociendo los confines
De los cotos rëales y la dehesa
Donde, potro, pació la hierba espesa.
«¡Alahú akbar! ¡Loor al Rey valiente!»
Gritó la multitud al divisarle,
Y aglomeróse atropelladamente
Bajo su estribo mismo á vitorearle:
Mas la mano de Dios omnipotente
Que hasta este día se dignó ampararle
Le retiró su auxilio, y en su seno
Del infortunio derramó el veneno.
Tornóse contra él cuanto en pro era:
Cambióse en vencimiento su victoria,
Su popularidad en pasajera
Fama de un día, y en baldón su gloria.
La muchedumbre, en su verdad entera
Al leer de Zahara la sangrienta historia,
Retrocedió, por Dios iluminada,
El porvenir leyendo de Granada.
Con repugnante ostentación impía,
Un gigantesco negro de Baeza,
Del pelo asida, junto al Rey traía
Del buen Arias la lívida cabeza.
Un escuadrón entero le seguía,
En cuyas lanzas con brutal fiereza
Se ostentaba sangriento igual trofeo,
Medroso al alma y á la vista feo.
En medio de los árabes soldados
Y los Gomeles negros, lastimeros
Suspiros arrancaban despechados
Los cautivos Cristianos, por sus fieros
Vencedores heridos y arrastrados
En confuso tropel como carneros:
Y á marchar ó morir les obligaban,
Y dichosos al fin los que expiraban.
Las fuerzas de los viejos no bastando
Á soportar ultrajes tan crüeles,
Al Dios de las venganzas invocando
Caían á los pies de los corceles:
Sin compasión sobre ellos, espoleando
Sus caballos, pasaban los Gomeles,
Apresurando su postrer instante
La aguda lanza y yatagán cortante.
Traían muchas madres en los brazos
Los hijos muertos, y ocultar querían
Su fin bajo los sórdidos retazos
De los rotos harapos que vestían,
Pues sus tiernos cadáveres pedazos
Los guardias negros de Muley hacían,
Y con horror de los maternos ojos
Quedaban insepultos sus despojos.
La mora multitud, aunque villana
Civilizada, á compasión movida,
Del Rey maldijo la impiedad tirana y
En odio la alegría convertida.
Circundó á la feroz guardia africana
Con agresivo impulso, y, encendida
La furia popular, por un instante
El paso barreó del Rey triunfante.
Sus hijos á los míseros cautivos,
«Dádnosles, los dijeron: sus señoras
Os les tendrán esclavos, pero vivos.»
Comenzaron cien manos vengadoras
De las bridas á asirse y los estribos,
Y á brillar comenzaron los puñales
Debajo de los jaiques y almaizales.
Á cundir comenzó la infausta nueva
Entre las turbas y á crecer la ira:
Doquier la multitud, que se renueva
Y que sus fuerzas acrecienta, gira
Del Rey en torno, quien sus olas prueba
Con su caballo á hender y torvo mira
Venir la tempestad y acrecentarse
El popular furor, pronto á inflamarse.
Sus feroces Gomeles, que le vieron
Afirmarse en la silla, adivinaron
Su resuelta intención: se rehicieron,
Y á sostenerle fieles se aprestaron.
«¡Adelante!» gritó: tras él vinieron
Á alinearse y las lanzas enristraron.
Se abrió la plebe: y, rota ya la valla,
Dijo Hasán: «Dispersad esa canalla.»
La multitud, compuesta de artesanos
Inermes, de mujeres sin defensa,
De cobardes ociosos y de ancianos,
Tan débil é impotente como densa,
Se abrió ante los jinetes africanos,
Retrocediendo en oleada inmensa
Como el círculo que abre el haz del río
Ante la quilla corva del navío.
Turba que ceja un pie, fuerza vencida.
La hueste de Muley siguió adelante
Y en la ciudad entró; mas, convertida
La alegría en terror, fué con semblante
Sombrío y en silencio recibida
Por el vulgo, ó medroso ó inconstante:
Y Hasán, seguido de sus negros fieles,
Subió al trote la cuesta de Gomeles.
Deshízose del pueblo; mas siguióle
Hasta el recinto real su descontento,
Y á par con él su indignación mostróle
De modo asaz visible el firmamento.
Repentino nublado encapotóle,
Se negreció su azul, rebramó el viento,
Con la fortuna de Muley en guerra
Declarándose á un tiempo cielo y tierra.
En la Alhambra rëal los cortesanos
Le vitorearon al llegar; empero
¡Ay del Rey á quien guardan los villanos
Odio ó temor! Apenas el postrero
De los temidos guardias africanos
Transpuso el Bib-Leujar, el pueblo entero
Rompió en inmenso sedicioso grito
Que en el espacio azul vibró infinito.
Aparecieron por doquier audaces
Cabezas de motín: gestos feroces
Que revelaban ánimos capaces
De realizar los planes más atroces.
Santones venerados y sagaces
Dervichs alzaron por doquier sus voces:
Y el populacho, en grupos dividido,
Dió á sus discursos por doquier oído.
Y he aquí que, en el centro de la plaza,
Se alzó sobre las turbas de repente
Viejo santón de venerable traza,