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Viajes por Filipinas
De Manila á Albay

Por
Don Juan Álvarez Guerra

(Primera Edición)
Madrid
Imprenta de Fortanet
Calle de la Libertad, Núm. 29
1887

Al Excmo. Sr. D. Germán Gamazo

Dedica este libro como prueba de gratitud y respeto

Juan Álvarez Guerra.

ÍNDICE DE CAPÍTULOS

CAPÍTULO I.

Quietismo.—Fiebres termométricas.D. Francisco.—Una carta y una visita.—Proyectos de viaje.—El Sorsogon.—Fisonomía del capitán.—Cubierta del Sorsogon.—Faenas de levar.—En marcha.—Bandera de saludo.—Bahía de Manila.—Naig.—Bataan.—Primer almuerzo.—Luís.—Monomanía francesa.—Dos mestizas y un fraile.—Razas.—Gustos y aficiones.—El puerto y la isla.—Cavite y San Roque.—Enriqueta y Matilde.—Costas de Tayabas.—La oración de la tarde.—Francés y bicol.—Fuegos artificiales.—Discreteos.—El cementerio protestante.—Promesa.—Sueño.—¡Fondo!—Tierra de Albay.

CAPÍTULO II.

Provincia de Albay.—Situación.—Etimología.—Pueblo de Albay.—Su aspecto.—Casa Real.—La Administración de Hacienda.—El Tribunal.—La cárcel.—Su mala disposición.—Obras principiadas.—Principios humanitarios convertidos en inhumanitarios.—Monumento á Peñaranda.—La iglesia.—El Gogong y el Ligñion.—La raza bicol.—Estadística.

CAPÍTULO III.

El Mayon

CAPÍTULO IV.

Iraya.—Tabaco.—Sorsogon y Cantanduanes.—De Albay á Daraga.—¿Cagsaua ó Daraga?—Culebras domésticas.—Etimologías.—M. Montano y sus viajes por Filipinas.—Iglesia y cementerio.—Pintacasi de Daraga.—Gustos europeos.—Banquetes chinos.—La bandala.—Hospitalidad.—Recuerdos.—Días tristes.—Estadística.—Comparación de razas.—El _patadeon.—_La línea curva.—Mercado de Daraga.—Vendedoras de sampaguitas.—Tertulias al aire libre.—La casa de Aramburo.

CAPÍTULO V.

Mejoras.—Transformaciones llevadas á cabo por el canal de Suez.—Seis meses reducidos á treinta días.—Quietismo.—Mares bíblicos.—Orientales civilizaciones.—Nuevos gustos y aficiones.—Inmigración europea.—Comparaciones.—Notables variaciones.—La nipa y el hierro.—Maestrillos y arquitectos.—Sustituciones y copias.—Nivelación de gastos.—La Encarnación y la María Fidela.—Puertos del Pacífico y viejos continentes.—Intereses materiales y morales.—Reformas.—Escuelas municipales.—Lengua española.—Resistencia pasiva.—Desconocimiento del valor de las palabras.—Los enemigos del alma.—El discurso de un Gobernadorcillo. Y punto redondo.

CAPÍTULO VI.

Camalig.—Su etimología y situación.—Proximidad al volcán.—¡1814!—Barrio de Tondol.—Estadística.—Zonas abacaleras.—El padre Blanco y su Flora.—Muta textoria.—El ramio.—Urtica-nívea.—Competencia imposible.—Comparaciones.—Desconocimiento del abacá.—Exportación en 1885.—Núcleo de producción.—Abacá colorado.—Fuerza productiva—Beneficio del abacá.—Su riqueza.—Jornaleros.—Cotizaciones y ventas.—Márgenes.—Enfardaje.—Setenta y cinco por ciento de beneficio.—Precios del abacá.—El buntal, el nito y el cabo negro.

CAPÍTULO VII.

Guinobatan.—Etimologías.—Situación.—Estadística.—Mauraro.—Catástrofes originadas por el volcán.—Eternas amenazas.—La iglesia y la casa parroquial.—El bardo del Mayon.—Tacay.—El Padre Luís.—Aguas y nieblas.—El Banao.—El puente de Isabel II.—Destrozos originados por un tifón.—Un diminuto Galeno.—Los sobanderos.—El mediquillo herborista.—Cómica gravedad.—Pseudo enterradores.—Recetario.—Su copia.—Autógrafo inapreciable.—Descanso.

CAPÍTULO VIII.

Ligao.—Su situación.—Etimología.—Historia.—Fundación.—Los libros parroquiales.—Primeras partidas bautismales.—El Padre Crespo.—La fe y el patriotismo.—Veladas lírico-literarias.—Gramática bicol-española.—Ideas antitéticas.—Frey Pedro Payo.—Estadística.—Oás.—Su etimología.—Su fundación.—Jurisdicción de Oás.—Productos y estadística.—Párrocos europeos de la Iraya.—Polangui.—Su etimología.—Su fundación.—Estadística.—Campos de Polangui.—Libon.—Etimología, situación, historia, productos, obras y estadística.—Antigüedad de su iglesia—Regreso á la cabecera.

CAPÍTULO IX.

Prestación personal.

CAPÍTULO X.

Legaspi.—Correrías moras.—El comisario Juan.—Un viejo uniforme y una alma grande.—Cuatrocientas orejas moras.—Estadística.—El Tribunal, la iglesia y la casa parroquial.—La imagen de San Rafael.—Un deportado de tiempo de Narvaez.—El literato Fernández.—Alguaciles y maitines.—Las leyendas del capuntocan.—Teatro bicol.

CAPÍTULO XI.

Talía á la luz de un juepe.

CAPÍTULO XII.

La cueva de las calaveras.

CAPÍTULO XIII.

Partido de Tabaco.—Libog.—Su etimología—Situación.—Fundación.—Una antigua iglesia.—Tifones é incendios.—Piraterías moriscas.—Canal de Bujatan.—Acumulación de arenas.—Datos estadísticos.—Ríos.—Productos.—Bacacay.—Su etimología.—Vicisitudes de este pueblo.—Estadística.—Malilipot.—Significación de esta palabra.—Barrios y estadística.—Productos.—De Malilipot á Tabaco.—Situación de este último.—Su fundación.—El Padre Llorente.—Un reloj de buena marcha y un cementerio modelo.—Barrios y visitas.—Estadística.—Productos.—Edificios.—Ríos y puentes.—Puerto de Tabaco.—Malinao.—Su etimología.—Su administración parroquial.—Rancherías de negritos.—Estadística.

CAPÍTULO XIV.

Tigbi ó Tiui.—Etimología de esta palabra.—Situación.—Estadística.—Historia.—Rancherías de monteses.—Sus usos y costumbres.—Bautizos.—Casamientos.—Inhumaciones.—Day canama olang padagoson moan simong lacao.—El magnaguram.—El dumago.—El tolodan.—El monte Putianay.—Maravillas geológicas.—Solfataras.—Manantiales incrustantes de Maglagbong—Lago peligroso.—Formaciones silíceas.—Mr. Jagor ante los manantiales de Maglagbong—La solfatara Igabó.—El cono rojo y el cono blanco.—Geysers de Islandia comparados con los de Maglagbong.—La tierra de las maravillas.—Nombres y apellidos—Confusiones.—El libro de vitácora de Legaspi.—Caracteres físicos del agua de Tiui.

CAPÍTULO XV.

Los chinos en Filipinas.

CAPÍTULO XVI.

De Tabaco á Calolbon.—Isla de Catanduanes.—Su situación.—Clima, terreno y productos.—Los primeros misioneros.—Calolbon.—Etimología.—Estadística.—Clero.—Medios para que se aprendiera el español.—Birac.—Su extraña configuración.—Censo civil y eclesiástico—Formaciones auríferas—La bandera y la lengua patria—Bato.—Situación, etimología y estadística.—Puente y balsa.—Perecederas obras.—Viga.—Formas de locomoción.—El gran Cantilamo.—Expedicioncita de recreo.—Los altos plenilunios—El lintiance bicol.—Etimología.—Estadística.—Payo.—Origen de esta palabra.—Censo tributario.—Bagamanot.—Etimología, situación, estadística y temperatura.—Ocupación de aquellos habitantes.—Pandan.—Origen de este nombre.—Productos.—Estadística.—Caramoran.—El por qué de este nombre.—Estadística.—Falta de una cifra.

CAPÍTULO XVII.

La cédula y el tributo.

CAPÍTULO XVIII.

Último rincón de la Iraya.—Manantial de Borogborocan.—Quipia.—Su historia.—Estadística.—Donsol.—Situación.—Censo civil y eclesiástico.—Azcune y Melliza.—Un buen astillero.—Música y escuela.—De Donsol á Pilar.—Límites.—Caserío.—El remedio cerca del mal.—Censo tributario.—El Catalina.—Partido de Sorsogon.—Castilla.—Su fundación, y etimología.—Límites y estadística.—Magallanes.—La María Rosario.—Restos de un astillero.—Las armas de Castilla.—Estadística.—Bulan.—Seno de Sorsogon.—Límites.—Productos y censo tributario.—Matnog—Viaje por tierra y por mar de Bulan á Matnog.—Etimologías y estadística.—Bulusan.—Derivación de esta palabra.—Historia y cifras comparativas.—Volcán de Bulusan.—Barrios y población.—El indio y las galleras.

CAPÍTULO XIX.

De Bulusan á Barcelona—Situación y estadística.—Gubat.—Censo civil y parroquial.—Casiguran.—Su etimología.—Campos y productos.—Minas de azogue.—Estadística.—Juban.—Sus límites y población.—Sorsogon.—Puerto.—Iglesia y convento.—Su población.—Bacon.—Estadística.—Su párroco.—Isla de Bataan.—Minas de carbón.—Laguna de las Lágrimas.—El canto del calao.—Mantio.—Su población.—Resumen.—Retorno á la cabecera.—Últimos recuerdos.

CAPÍTULO I.

Quietismo.—Fiebres termométricas.—D. Francisco.—Una carta y una visita.—Proyectos de viaje.—El Sorsogon.—Fisonomía del capitán.—Cubierta del Sorsogon.—Faenas de levar.—En marcha.—Bandera de saludo.—Bahía de Manila.—Naig.—Bataan.—Primer almuerzo.—Luís.—Monomanía francesa.—Dos mestizas y un fraile.—Razas.—Gustos y aficiones.—El puerto y la isla.—Cavite y San Roque.—Enriqueta y Matilde.—Costas de Tayabas.—La oración de la tarde.—Francés y vicol.—Fuegos artificiales.—Discreteos.—El cementerio protestante.—Promesa.—Sueño.—¡Fondo!—Tierra de Albay.

Son las cuatro de la tarde del tres de Octubre de 1879 … 37° marca el centígrado, y doscientas y pico de muertes acusa la fúnebre estadística de la última semana, siendo originadas en su mayor parte por una fiebre que los médicos llaman no sé cómo, ni me importa, pero que yo le doy el nombre de fiebres termométricas, pues be observado que en casa donde un doctor aplica un termómetro, hay una baja en la vida, un pedazo de mármol menos en los talleres de Rodoreda, y una página más en los registros trienales de Paco.

El alquiler de cualquiera de los cuartos de los tres pisos que tiene la barriada de mi respetable Sr. D. Francisco, exige un pago adelantado de tres años; si al cabo de ese tiempo no se renueva el inquilinato, se hace el desahucio á golpe de piqueta, sin que nadie tenga derecho á quejarse, puesto que el casero, por boca de la Gaceta, tiene la magnanimidad de conceder un plazo de veinte días.

¿Por qué se llamará Paco al campo-santo? Pregunta es esta á la que jamás han podido darme contestación.

Mientras hago estas observaciones, espanto los mosquitos, rompo el varillaje de un paypay y empapo de sudor dos pañuelos.

Ha pasado un cuarto de hora y el calor es insoportable.

Mi bata, que para ser un completo caballero solo le falta haber nacido en una cuna más alta, me alarga una carta, cuyo contenido me anuncia una espera en la visita de un amigo.

Del recibo de la carta al taconeo de mi amigo medió una hora larga, hora que no puedo datar en mi diario de trabajo, pues la despilfarré con la prodigalidad propia de un millonario, ó de un escéptico de veinte años.

Mi amigo, que se anunció con un resoplido digno de mejores pulmones—pues el pobre no los tiene muy sanos—tomó sillón y alientos.

—¿Has recibido mi carta?

—Sí.

—¿Presumes á qué vengo?

—No.

—Pues vamos al grano. ¿Quieres acompañarme á un viaje?

—¿Por mar ó por tierra?

—Por mar.

—Pero ¡hombre! tú estás empecatado. Es la época de los baguios. El Comercio no duerme por observar las burbujas del Pasig, La Oceanía mira de reojo á su vecino de enfrente, y el Diario profetiza, por boca de no sé quién, que el tifón está poco menos que soplando en los aldabones de la puerta de Santa Lucía, y piensas en viajitos por mar. Vaya, vaya, tú estas malo y tratas de contagiarme.

—Pero, en fin, ¿me acompañas ó no?

—Te lo diré cuando contestes á varias preguntas: ¿Adonde vamos, ó mejor dicho, adonde piensas que vayamos?

—Vamos—dijo mi amigo con todo el entusiasmo de un touriste de pura raza—á la cuna del abacá, á la tierra de los volcanes, á dormir dos noches á la falda del Mayon, á pisar la boca de su cráter, á ser posible; á Albay, en fin.

—¿Quién manda el vapor? Pues presumo no pensarás en barco de vela.

—El barco se llama Sorsogon y lo manda X. Conque ¿te decides ó no?

—Te repito que cuando contestes á todas mis preguntas lo haré á la tuya. Deseo saber de dónde es el capitán, su edad, estado, carácter, circunstancias de su mujer, sí es casado, si tiene suegra, hijos, fortuna y….

—Quién es el sastre que lo viste y qué come, ¿no es verdad? Ni que esto fuera una oficina de policía ó una expendeduría de pasaportes. Ya estoy acostumbrado á tus genialidades, y como quiera que conozco perfectamente al capitán, puedo decirte es andaluz, joven, de buen humor, casado, su mujer es guapa y lo hace completamente feliz; tiene un chiquitín muy mono, algunos miles de pesos y no conoció á su suegra.

—¿Cuándo sale el vapor?

—El sábado cinco á las nueve de la mañana.

—¡Quico!—grite á mi criado.—Ten todo listo para embarcarnos el sábado de madrugada.

—¿Luego vienes? ¿Luego no tienes miedo á los baguios?

—¡Baguios! Baguios montando un buen barco mandado por un capitán inteligente, y por ende andaluz y joven, y rico, y con mujer guapa, y con hijos, y feliz, y sin suegra, no hay temor; yo no tengo nada de eso, su vida responde de la mía, de modo que él cuidado; por otra parte, me seduce este viaje, pues estoy aburrido de Manila y deseo conocer los pueblos bicoles. Toca esos cinco, y hasta el sábado á bordo del Sorsogon.

Mi amigo se marchó, yo me vestí y….

* * * * *

Han pasado dos días. Son las siete de la mañana y nos encontramos sobre la cubierta del Sorsogon. Un prolongado silbido pone en movimiento cadenas, cuerdas y motones.

El complemento de la humana actividad, lo representa el acto de levar un barco. Todo se mueve, todo cruge, todo rechina. El ancla desgarra con sus dientes el lecho de algas en que ha dormido, el carbón chisporrotea en las parrillas dando aliento á los pulmones de acero de la caldera, los engranajes se ajustan, las dobles poleas hacen alarde de su potencia, las burdas, cabos y calabrotes, prueban su elasticidad, las cadenas hieren la cubierta, y en medio de toda aquella vida y de aquel movimiento en que nada está quieto, el barco se columpia libre de toda traba, combinando las palas de la hélice en el fondo de las aguas espirales remolinos que llevan á la superficie entrelazadas ondulaciones en las que se tejen las filigranas de espuma que deja en pos de sí la bullente estela.

El Sorsogon, que obedece las riendas de su timón con una precisión matemática, dobla el malecón del Sur plegando su bandera de saludos, con la que ha dado un cariñoso adiós al Marqués del Duero, una de las más hermosas naves de la Marina española.

De la bandera que saluda en lo alto de un trinquete á la que flamea en lo elevado de un muro, encuentro la misma diferencia que en el pañuelo que absorbe una lágrima al que reprime una sonrisa. El muro acusa confianza, su enseña define una patria; la nave indica un peligro, su bandera constantemente escribe en sus pliegues un desconsolador adiós de despedida. El primero, es la quietud, la segunda, el errante viajero que termina sus días ó en la inhospitalaria playa que sepulta sus despojos, ó en las embravecidas ondas que en vertiginoso remolino lo llevan á dormir el sueño eterno á sus misteriosos lechos de coral….

El Sorsogon navega á toda máquina por la extensa bahía.

Manila se achica, se contrae, se confunde, y por último, al aclararse las costas de Cavite, solo una faja de bruma señala en el horizonte el lugar de partida. Después, solo el anteojo percibe cual blanca gaviota posada sobre un copo de espuma, el torreón del faro: más tarde, la espuma se funde en el Océano, la gaviota desaparece en los mundos de la luz, la bruma se disuelve en los cielos, y al borrarse en la retina la última línea de la ciudad murada, se abre un nuevo registro en los misterios de los recuerdos.

A la banda de babor tenemos las costas de Naig; á estribor las agrestes sierras de Bataan, y á proa la isla del Corregidor.

Once campanadas resonaron en la cámara, y tres golpes fueron picados en la campana del castillo de proa.

El almuerzo estaba servido.

La presentación oficial á bordo se hace siempre en la primera comida. Al tomar posesión de un barco, cada cual se ocupa en arreglar su camarote, y en los pequeños detalles que trae en pos de sí la instalación en un nuevo domicilio, por más que esté reducido á un cajón de dos metros en cuadro.

En la primera comida á bordo no se descuida ningún perfil por parte de los viajeros. Luego más tarde entra la confianza y con ella el desaliño; pero lo que es la entrada primera en el comedor de un barco es irreprochable. Ellas se rodean de todos los pequeños detalles de la coquetería, estrenando, por supuesto, el indispensable traje de viaje. Antes de ponerse en marcha tienen que anunciarlo á las amigas, y al anunciarlo es preciso enseñar unas cuantas varas de tela cortadas y cosidas con arreglo al último figurín. El traje de viaje es tan indispensable como el de boda. Decir á una joven ó vieja que encienda la antorcha de himeneo sin recubrir previamente su cuerpo con trapos nuevos y de seguro no da chispas: anunciarle un viajito, que tenga siquiera un trayecto de una veintena de millas y no le presentéis antes un muestrario, y no hay viaje posible. Para una mujer en viaje, su verdadero pasaporte es una factura pagada ó no pagada de una tienda de modas.

Parapetado tras una tripuda botella de lo tinto, y haciendo boca con media libra de salchichón, esperaba pasar una escrupulosa revista á cuanto se pusiese al alcance de mi vista.

Puesto que entre personas de tono, lo primero es la presentación, voy á ir presentando á mis bellas lectoras, y digo lectoras porque ellas son siempre más curiosas que ellos, los bocetos de mis compañeros á bordo. Seis blancas servilletas oprimidas en otros tantos aros de marfil, se ven sobre la mesa. Tres son las desconocidas ó desconocidos que me toca bosquejar, pues en cuanto al capitán y á mi amigo, ya los han visto ustedes, siquiera haya sido á la ligera. En el boceto del capitán poco tengo que añadir. ¿Quién de mis lectoras no conoce á un andaluz joven, buen mozo, bullanguero y galante? De seguro todas. Por lo tanto, al capitán ya lo conocemos. En cuanto á mi amigo, completaremos el cuadro con cuatro brochazos. Se llama Luís, tiene 26 años, es rubio, alto, delgado, viste á la francesa, come á la francesa, piensa á la francesa, y no es francés porque su madre tuvo la debilidad de aligerar su carga en cierto lugarejo del prosáico garbanzo y de la judía, que Luís jamás nombra porque cree es poco francés.

Luís se llama literato; pero conoce más á Balzac que á Cervantes, tararea música, pero á buen seguro que no podrá recordar un aire de Barbieri más siempre una cancionette de Ofembach. La revolución francesa, las jornadas del imperio y las encrucijadas de la Commune las recorre sin tropezar; en cambio da sendos traspiés al entrar en el campamento de Santa Fe ó al pasear los campos de Almansa y de Bailén. A nuestras góticas catedrales y á nuestros moriscos palacios les encuentra el defecto de que al pié de sus muros se alce la albahaca silvestre y el agreste tomillo, circunstancias poco en consonancia con los monumentos franceses.

Luís, no tocándole la cuerda del chic, el esprit y el confort, es un perfecto hombre en su juicio; pero en cuanto se traspasa el tabique de los Pirineos, enristra la lanza de Don Quijote y demuestra que en todos los siglos nacen andantes caballeros. Luís tiene todas las condiciones para ser feliz, y sin embargo, no lo es. Continuamente le atormenta la idea de que no le planchan los cuellos á la francesa, y la de que no toquen los barcos de las mensajerías en Manila. La probabilidad de tenerse que ir en un barco español y el ponerse un cuello planchado con morisqueta le hacen completamente desgraciado.

En el tiempo que he invertido en dar los anteriores brochazos, han ocupado sus respectivos sitios dos mestizas, una vestida de saya y otra á la europea, y al lado de aquellas un anciano y reverendo padre franciscano.

El almuerzo era servido sobre cubierta, gracias á la amabilidad del capitán. Un doble toldo nos preservaba del sol, mas no de las brisas marinas que acariciaban los festones de la lona y de la potente luz de los trópicos que descomponía sus rayos en las talladas copas.

Las dos mestizas comían y callaban, el capitán servía, el fraile se reservaba, Luís mascullaba el prosáico español cocido, y un servidor de ustedes espiaba la ocasión para tomar un buen punto de luz que llenase por completo á mis modelos. Sobre la paleta tenía combinadas dos tintas desde que principié á analizar á las dos mestizas que comían frente á mí. Es imposible contemplar en criatura humana unos ojos más negros y aterciopelados, cual los que tenía delante, un pelo más en armonía con los ojos, y unos dientes más en contraposición con el color del pelo. Las dos mestizas indudablemente eran hermanas y no diré gemelas, pues á simple vista se notaba entre ambas una desproporción de edades, que si no llegaba á la suposición de que fuesen madre é hija, en cambio completaba la de que eran hermanas. En sus fisonomías había rasgos salientes y notablemente acentuados, que denunciaban la unión de la raza europea con la raza india. La mestiza que lleva en sus venas una sola gota de sangre china, jamás puede confundirse ni con la cuarterona ni con la mestiza de india y europeo. Es imposible encontrar en las razas humanas una fuerza de atracción como la que se nota en la china y japonesa. Que haya unión de chino y europea ó viceversa, y de seguro los hijos son chinos; que la haya de india con chino y la prole es china y siempre china, no dándose ni aun el caso del salto atrás, pues tan chino es el biznieto de chino como el tataranieto, por más que este nazca en Europa y no se conozca en la familia el más leve recuerdo del Celeste Imperio. Los ojos chinos no los corrige ni las conjunciones de sangre, ni el bisturí del operador, ni los cosméticos del tocador. La hija de mestiza europea y de padre europeo, ó sea la cuarterona, también se distingue y se define perfectamente, no dando lugar á que se confunda con la mestiza pura de india y europeo. Esta última es morena, sus ojos por lo regular son negros, su nariz algo deprimida, su pelo largo y de gruesa hebra y sus labios ligeramente abultados. El rasgo característico que define á la cuarterona de la mestiza, es que esta última conserva en toda su pureza las tradiciones de su airoso y pintoresco traje. La saya suelta, la diminuta chinela, la bordada piña, el alto pusod, la aplastada peineta y los pequeños aretes, constituyen su atavió, que jamás deja, á no ser que la Epístola de San Pablo se encargue de modificar trajes y costumbres, cosa que suele acontecer, casándose con europeo. En este caso, una de dos: ó el europeo se hace indio ó la india se hace europea; y digo india, pues que las costumbres de la mestiza por regla general, son las mismas de su madre. Las impresiones, hábitos y costumbres de la infancia no se borran con facilidad; así que la morisqueta, el lechón, el pequeño buyito, el lancape, el petate en el suelo, el cigarrillo á hurtadillas, el pelo suelto y la decidida afición al poto, á la bibinca, al sotanjú, á la manga verde y al gulamán es muy difícil hacerlas olvidar: en cuanto á que dejen de coser sentadas sobre el petate y á que hablen castellano con sus criadas, eso es imposible. En cambio en la cuarterona es muy común encontrar tipos que no solamente no usan chinelas, sino que aun dentro de casa están oprimidas con el corsé y las botitas; cuarteronas que dicen no hablan tagalo, ni comen lechón ni morisqueta y que tienen cama en alto, suscripción á La Moda Elegante, batas encañonadas, pendientes largos y escote cuadrado. En reserva les diré á ustedes que con mucho sigilo me dijo en una ocasión una india que servía á una mestiza cuarterona, que ó pesar de todo cuando decía su ama, de cuando en cuando mascaba un chiquirritín buyito y saboreaba un cigarrillo; pero que siempre lo hacía teniendo cerca el cepillo de los dientes y el agua perfumada. En cuanto al lechón—me dijo la doméstica—que solía comerlo, pero pura y exclusivamente por no desairar á alguna amiga.

Con arreglo á los anteriores apuntes, no nos cabe duda que nuestras dos desconocidas son mestizas de pura raza: el traje de la mayor hace suponer que es casada, y casada con europeo.

Durante los primeros platos que se sirvieron no tomaron parte en la conversación.

Miraban y comían con el embarazo propio de quien sabe es observado. Varias veces que la hermana menor alzó los ojos, encontró frente á frente los míos, que procuraban investigar lo que se albergaba tras aquellas negrísimas pupilas. El fondo de todo abismo es negro. Los ojos de la primera mujer que pecó no sé de qué color serían, pero los de la primera que obligó á pecar, de seguro eran negros.

Habiendo notado que por momentos se cubría de palidez el rostro de la más joven, no pude menos de interrogarla; su hermana se fijó un ella y repitió mi pregunta, con las circunstancias de hacerla más familiar y concluirla con un nombre.—¿Qué tienes, Enriqueta?—Nada,—replicó la interrogada,—sin duda un poco de mareo.—Vamos,—continuó aquella,—está visto que no puedes embarcarte ni en un bote; y es extraño; pues figúrense ustedes,—añadió dirigiéndose á nosotros,—que está bien acostumbrada á la mar, pues ella es del Puerto y yo de la Isla.

—¡Caramelo!—dije en mi interior,—pues menudo chasco me he llevado, yo que creía habérmelas con dos hijas de este extremo Oriente y me encuentro de manos á boca con Cádiz y San Fernando disfrazados de saya y candonga.

—Bien, pero esta señorita se embarcaría en ferrocarril.

—¡Cá! No señor—replicó aquella con la mayor naturalidad,—siempre nos hemos embarcado en baroto ó en parao.

—Pero, señora, ni en Cádiz ni en San Fernando hay barotos, ni menos paraos.

—Pero sí en Cavite y en San Roque.

—¡Ah! vamos, con que esta señorita es de San Roque y V. de Cavite.

—Cabal, ella del Puerto y yo de la Isla.

Entonces recordé que las caviteñas se llaman andaluzas, conociendo á Cavite por el nombre de la Isla y á San Roque por el del Puerto, siendo tan marineras y tan resaladísimas las dichosas niñas, que en una ocasión una de aquellas, que veía que á un chiquillo lo iba á tirar el caballo que montaba, le gritó:—¡Fondea, muchacho, fondea!

El mareo de Enriqueta debió ir en aumento, pues antes de concluir la comida se levantó, diciéndole á su hermana:—Acompáñame, Matilde.

Enriqueta y Matilde, pues ya sabemos sus nombres, abandonaron la mesa, quedando solamente el sexo fuerte.

El almuerzo terminó, y siguiendo la añeja costumbre, el fraile se despidió de nosotros para buscar una tranquila y cómoda digestión en unas horas de siesta. En la ligera conversación que tuvimos durante el café, supe que aquel reverendo padre hacia la friolera de cuarenta y siete años que arribó á estas playas. Mientras saboreó el café habló largamente con su criado, quien en su larga práctica de quince años que estaba á su servicio, debía conocerle perfectamente sus gustos y necesidades. Siento no poder trasladar ni una sílaba de lo que se dijeron, pues lo hicieron en bicol, única forma de entenderse, pues el criado no conocía ni una sola palabra de las que forman la rica y armoniosa lengua castellana.

Sentados en cómodos sillones de bejuco y aspirando, sino el aroma, por lo menos el humo de un segundo habano, quedamos sobre cubierta, Luís, el capitán y mi persona. Se habló del viaje, de las costas que íbamos perdiendo en los horizontes y de varios episodios de abordo, quedando, por último, en silencio, aletargados de esa dulce somnolencia á que predispone un buen almuerzo, una temperatura agradable y una retorcida hoja de Cagayan.

Las horas de la tarde fueron anunciándose una á una en los golpes del bronce, dados por el vigilante guarda de proa.

A las cinco se sirvió la comida.

Las mestizas no se presentaron.

La mar se había rizado á las caricias de un fresco Noroeste.

Los balances cada vez más sensibles avivaron la comida, que fué servida en la cámara.

Cuando subimos sobre cubierta se desvanecía en los horizontes del Poniente la luminosa transparencia del día, yendo poco á poco borrándose los contornos de los monstruosos grupos que dibujan en las nubes los últimos destellos del sol.

A la tenue y melancólica luz del crepúsculo divisamos á la banda de babor una cenicienta faja. Eran las costas de Tayabas. Sobre aquellos picachos de eterna verdura fijaba mi vista con la misma insistencia con que lo hace el que trata de reconocer á larga distancia las facciones de un sér querido.

La campana de proa anunció la oración.

La marinería cesó en sus faenas, reinó el silencio y la plegaria alzó su vuelo á otros mundos. La mía fué un recuerdo para los seres queridos que habitan aquella lejana tierra que iba perdiéndose entre los crespones de la noche. El nombre de Tayabas arrancará siempre una vibración á nuestra alma.

Concluída la oración nos dimos las buenas noches, siguiendo las legendarias costumbres de nuestros abuelos, cubrimos nuestras cabezas y tomamos asiento al abrigo de la camareta del timón.

En una de las discusiones que se suscitaron, Luís, siguiendo su eterna manía, trató de convencer al Padre de que el guingón que se fabricaba en Francia aventajaba en mucho al que producen los telares de Barcelona; el buen Padre que no conocía Francia, ni su guingón, que era español rancio y por ende castellano viejo, que se levantaba invariablemente á las cinco, comía la prosaica olla con mucho azafrán, sobra de jamón y falta de huesos, á las doce, que la monumental jícara de espeso chocolate le era tan necesaria al cuerpo á las cinco, como necesarios para la guarda de su regla los maitines á las doce, oía sin pestañear á mi buen amigo Luís, sonriendo maliciosamente. En el curso de la conversación, Luís mezclaba no pocas palabras francesas. El Padre tenía constantemente detrás de su sillón á su criado, quien encendía más de una caja de fósforos para cada tabaco que fumaba su amo. Siempre que este dirigía la palabra á aquel lo hacía en bicol, de modo que como el abuso del francés en Luís era muy frecuente y los fósforos en el doméstico no lo eran menos, puede asegurarse que la lengua española estaba en minoría. En un momento en que Luís se separó de nosotros, no pudo por menos de decirme el Padre:—Pero, diga V., ¿por qué no quita á su amigo ese vicio de hablar en otra lengua que la nuestra?—En aquel momento cortó la interrogación la centésima vez que se le apagaba el tabaco, volvió la cabeza y en perfecto bicol sostuvo una conversación con su criado, conversación que sin duda debió versar sobre lo incombustible de la hoja, ó lo combustible del fósforo, pues tan pronto señalaba la escueta caja como estrujaba la mascada colilla que para llegar á tal estado había pasado por la llama de cien palitos.—Con que decía V. Padre, cuando se le apagó el cigarro, por qué no procuraba quitar á Luís el resabio de hablar francés con españoles, pues es muy sencillo—le dije muy bajito—porque todos tenemos nuestra correspondiente viga en el ojo, viendo la paja en el ajeno; la viga de Luís es el francés, la viga de V. es el bicol. Quince años dice que le sirve ese criado, pues bien, en ese tiempo él debía hablar español y no V. bicol. Esta razón le debió parecer tan fuerte que se sonrió, sacó de la manga otro tabaco, y … en efecto, pidió en bicol á su criado el primer fósforo, inaugurándose la segunda parte de fuegos artificiales.

Veinticinco Säkerhets-Tandstikor, que es como si dijéramos veinticinco émulos de Cascante habían rozado el amorfo betún de la caja cuando sonaron las diez en el reloj de la cámara. Políticamente dimos las buenas noches, y en efecto, buena la fué para mí, pues no tardé en quedarme dormido el tiempo que invertí en contar unos cien golpes de la hélice, golpes que entre sueños los asemejaba yo á otras tantas pulsaciones de aquel monstruo de hierro, en cuyas entrañas dormía con la tranquilidad del que jamás había roto un plato.

Aquí vendrían bien dos líneas de puntos suspensivos, ó el obligado cuentecito de duendes y aparecidos; pero como no se me apareció nadie, ni soñé que me cogía un toro, ó cosa que lo valga, renuncio á los puntitos y á soporíferas relaciones, limitándome á decir que con la luz del alba de un nuevo día volví á la vida real, entrando en el concurso social, como diría un aprendiz á objetivo subjetivo, habiendo previamente cubierto mis calzoncillos con telas menos ligeras.

Salí de la cámara. La mar estaba tan perfectamente dormida, cual yo lo había estado dos horas antes. Una brisita impregnada de puras emanaciones azoadas daban elasticidad y bienestar á todo el cuerpo. Bienestar que en mí se aumentó al ver el inverosímil pié, por lo pequeño, de Enriqueta, la que subía por la escalera de la cubierta recogiendo ligeramente su saya de fuertes colores.

Con la confianza que da el vivir bajo un mismo techo, y la que presta todo viajero, me acerqué á la mestiza, sirviéndome de introductor su pasado mareo. Hablamos de varias cosas, indiferentes al principio, acentuadas después, é intencionadas más tarde. Enriqueta tenía suelto su rizado y hermoso pelo, este arrancó de mis labios la primera palabra del arriesgado lenguaje de las personalidades. La mestiza por lo general es muy susceptible, así que es difícil abordar esos sabrosos discreteos en que entran en juego la galante frase, la emboscada promesa y las incipientes sensaciones.

—Con tanto pelo como V. tiene no me extraña le duela la cabeza.

—Gracias por la lisonja,—contestó Enriqueta sonriendo, al par que instintivamente jugaba con las espirales de uno de sus hermosos rizos.

—No hay lisonja alguna, pues presumo no aceptará como tal el que la duela la cabeza.

—Antes de los dolores que solo son presuntivos se ha ocupado de una abundancia que por mucha que sea, jamás creemos excesiva las mujeres.—Esta contestación me hizo comprender que no solo tenía á mi lado una mujer hermosa sino también una mujer discreta.

A las dos horas de conversación estoy completamente seguro que Enriqueta lo estaba también de no haberse equivocado al conceptuarse bonita, circunstancia que la sabe toda la que lo es, antes de que la pongan el primer vestido largo, pero que las gusta comprobar siempre que se presenta ocasión, no en la luna del espejo sino en la frase y en los ojos del hombre con quien hablan. La mujer hasta los treinta años, constantemente está alerta, á la primera palabra que se cruza con un individuo del sexo opuesto, se pone en guardia; si no le agrada contrae las cejas y su contestación fría y displicente le dice atrás paisano, siguiendo imperturbable su camino; si por el contrario le agrada, entonces el disimulo es imposible, en este caso procede una proclama incendiaria y el motín es casi seguro.

La impertinente voz de Matilde llamando á su hermana cortó nuestra conversación.

Hasta el almuerzo no volvió á salir Enriqueta de su camarote. Mientras duró aquel se habló de distintas cosas, sin que pudiese reanudar la conversación pendiente, pues no bien se sirvió el café se volvieron á la cámara las dos mestizas.

Por la tarde tuve ocasión de acercarme á Enriqueta de quien supe varios detalles de su vida. Aquella era mestiza inglesa, su padre respetable comerciante escocés había heredado de sus mayores toda la rigidez de los principios puritanos, en cuya doctrina hacia dos años había bajado á la tumba, dejando á Enriqueta bajo la guarda de Matilde, casada hacia algún tiempo con un comerciante español quien á la sazón se encontraba en la provincia de Albay dedicado á su profesión.

Enriqueta varias veces había significado sentimiento por ausentarse de Manila; traté de indagar la causa y á vuelta de algunos rodeos supe que aquella iba todos los sábados al cementerio protestante, en cuyo solitario recinto descansaban los restos de su padre, cuya tumba tenía limpia de ramas y malezas el filial cuidado de Enriqueta, quien me dijo que el pequeño enverjado que cierra el mausoleo estaba recubierto de las rojas campanillas de las trepadoras enredaderas, á cuya sombra se resguardaban gran número de macetas en las que se criaban pintadas y caprichosas flores.

—Siento no estar en Manila en esta ocasión,—dije cuando concluyó
Enriqueta de darme aquellos pormenores.

—¿Y por qué lo siente V.?—me replicó aquella.

—Lo siento porque quizás cuando V. vuelva á Manila encontrará secas y mustias las flores, mientras que si yo estuviese allí las hallaría cual las dejó.

—Mi ausencia será corta, pues mi cuñado trata de realizar su negocio, y nos volveremos en seguida; entretanto he dejado bien gratificado al guarda, con promesa de aumentar el premio, si á mi vuelta encuentro en perfecto estado el pequeño jardín que sombrea los dorados caracteres que señalan sobre el mármol el nombre de mi padre.

Enriqueta al pronunciar aquellas palabras se quedó callada, vagando su mirada por el Océano en cuyo majestuoso desierto quizá evocaría su querida memoria. Hay silencios que deben respetarse. Enriqueta por largo tiempo no separó sus negrísimas pupilas de las azules ondas, cuya movible superficie retrataba las cenicientas nubes que preceden á la noche. Esta bien pronto nos envolvió con sus sombras.

—¿Conoce V. la provincia de Albay?—dijo Enriqueta rompiendo el silencio.

—No, señora; es la primera vez que voy á ella, y lo hago como el que nada busca ni desea.

—Ya deseará y buscará.

Yo no pude sondear toda la intención de aquellas palabras.

—¿Y piensa V. describir su viaje?—añadió Enriqueta.

—No pienso escribir una línea más. Todos los hombres nacemos con una cruz que llevar y un calvario que recorrer, la cruz del escritor es muy pesada y su calvario muy largo, así que creo imposible el que vuelva á emprender tan espinoso camino.

—Creo haber oído ó leído no sé en donde, que la palabra imposible no estaba en el diccionario español.

—Si V. la borra del mío, de seguro no estará—repliqué no con malicia sino con ingenua seguridad.

—De modo que si yo borro esa palabra, no habrá imposible para V.; pues bien,—me dijo con gran viveza,—queda borrada, escriba V.

—¿Lo manda V.?

—Si tuviera derecho para ello lo mandaría; Como no lo tengo solo me limito á expresar un deseo.—Al decir esta última palabra, sin duda creyendo había ido más allá de lo que se proponía, se levantó, dándome las buenas noches, al par que me tendía una de sus manos.

—Puesto que V. me manda que escriba, escribiré—la dije, reteniéndola un momento,—y es más, la prometo que el primer ejemplar de mi nuevo libro será para V.

—No lo hará V.

—Juro que sí.

Al alejarse Enriqueta de mi lado experimenté un triste vacío dentro de mi alma.

A los pocos momentos oí se cerraba su camarote.

Dormí aquella noche, pero no cual la anterior: soñé que Enriqueta y yo arrancábamos juntos las gramas de la tumba de su padre.

* * * * *

Al amanecer del día 7 teníamos á la vista un extenso caserío.

El Sorsogon disminuyó su marcha, evitando con grandes precauciones los bajos de que estaban sembradas aquellas mares.

Una boya que se balanceaba á un tiro de pistola de un rústico pantalán de madera se puso al alcance de las maniobras del barco y … ¡fondo! gritó el capitán, confundiéndose él ruido de hierro de la cadena, con el del bronce de dos campanas que tocaban en tierra. La una se alzaba en el torreón de la iglesia, la otra en la puerta de un almacén de depósito. La religión llamaba al cristiano, el trabajo convocaba al obrero. Aquel pueblo se despertaba á la voz de la fe y á la voz del trabajo. ¡¡Sacrosanto lenguaje, que hace feliz á todo el que comprende!!….

Quico quedó en el encargo de recoger los equipajes. Luís y yo pusimos el pie en la plancha; nos columpiamos dos minutos sobre las movibles tablas del pantalán y pisamos tierra de Albay.

Estábamos en Legaspi.

CAPÍTULO II.

La provincia de Albay.—Situación.—Etimología.—Pueblo de Albay—Su aspecto—Casa Real.—La Administración de Hacienda.—El Tribunal.—La cárcel.—Su mala disposición.—Obras principiadas.—Principios humanitarios convertidos en inhumanitarios.—Monumento á Peñaranda.—La iglesia.—El Gogong y el Ligñion—La raza bicol.—Estadística.

La provincia de Albay se encuentra situada en el extremo S. de la isla de Luzón; palabra cuya raíz es Lúsong, nombre con que se conoce el mortero en donde descascarilla el indio el palay; antiguamente el lúsong no solo era un utensilio doméstico, si que también un instrumento de guerra. Cuando había alarmas batían la cavidad del mortero con el mazo de su servicio, dando en sus broncos sonidos voces de alarma.

Luzón según algunos cronistas se llamó isla Manila, tomando el nombre de la capital; otros, entre ellos el erudito Padre Colín, tratan de aclarar la noche de los tiempos queriendo ver en las islas Maniolas que marca Ptolomeo á los 142° long., en sus tablas geográficas formadas en el segundo siglo de nuestra era, el origen de la palabra Manila: sea de esto lo que quiera, es lo cierto que en la llamada hoy Isla de Luzón, y en su extremo Sur, se encuentra la provincia de Albay.

El nombre de Albay, es una corruptela según unos, de Ibat, régulo que imperaba á la llegada de los españoles en dicha parte de tierra, y según otros se la hace derivar de Ibalón, voz que procede del término local ivald, que quiere significar toda cosa que está al otro lado de algún río ó brazo de mar.

Con el nombre de Ibalón se conocía de antiguo la provincia de Albay, tomado sin duda de su primitiva cabecera así llamada, situada en Gaditaan—hoy visita de Magallanes;—este barrio lo separa un brazo de mar de sus vecinas islas de San Diego, Tinacos y Bagatao, como asimismo se interpone entre aquel y las islas de Ticao y Samar, el estrecho de San Bernardino; separándole por último la bocana de la bahía de Larsogon de Tumalaytay y Macalaya, donde estuvo también algún tiempo la capital de la provincia, siéndolo hoy el pueblo de Albay que le da nombre.

La palabra albay, es corrupción de albay-bay; al preposición castellana, y bay-bay palabra bicol que significa playa; de modo, que unida la palabra española á la bicol, resulta albay-bay, ó sea á la playa. Sabido es que antiguamente se vivía por lo general tierra adentro para evitar las sorpresas de los desembarcos moros ó de los mismos barangayanes enemigos, y acaso entre aquellos habitantes habría algún europeo que al mandarlos á la playa, construiría la palabra albay-bay. El abuso que hace el indio del apócope, justifica que la palabra albay-bay quedase reducida á la de Albay. El primitivo pueblo fué el conocido hoy por el de Legaspi, y al cual muchos naturales le siguen llamando Vanuangdaan, ó sea Albay viejo.

El lugar que ocupa en la actualidad la cabecera, se denominaba tay-tay que significa fila ó hilera.

Albay, ó sea la capital de la provincia de la que toma el nombre, se encuentra situado entre los pueblos de Daraga y Legaspi, distando de este último, y por consiguiente de la mar, 3 km. escasos. El aspecto del pueblo no demuestra ser la cabecera de una de las provincias más ricas del archipiélago filipino. La Casa Real, residencia del Gobernador, es una destartalada vivienda de construcción mixta, predominando en ella la tabla y la nipa. La Administración de Hacienda tiene techo de hierro, y el Tribunal, pobrísimo edificio, es al par que casa municipal cárcel de partido. Esta cárcel dividida en dos reducidas cuadras, ocupa los bajos del Tribunal y alberga no solo los presos preventivos, si que también los que procedentes de causas sustanciadas en aquel juzgado, fueron condenados á menos de dos años de prisión. La provincia que nos ocupa tiene una gran masa de población, y aunque su criminalidad no es mucha, siempre hay que contar entre los detenidos por el Gobierno, juzgado y administración, y los que extinguen condena, con unos 150 á 200 individuos por término medio, amontonados en los sucios sótanos de aquella cárcel. Es de advertir que Albay es una de las provincias que más rendimiento llevan á las cajas locales, siendo la última que dejó de pagar la contribución llamada tanorias, importante unos 25.000 duros. Estos ingresos, visto el desamparo y la carencia absoluta de edificios públicos, prueba no se les da su verdadero destino; cierto es que á saliente de la plaza del pueblo se alzan los muros de una soberbia cárcel, pero ciertísimo es también que ya se han agotado no sabemos cuántos presupuestos, y que los muros siguen poco menos que en cimientos, que las maderas acopiadas se pudren y que los hierros y sillares desaparecen. Y al hablar de la cárcel no podemos pasar en silencio un hecho que se verifica, no solamente en la de Albay, si que también en la mayoría de las de Filipinas. Un Gobernador general práctico y conocedor de las necesidades del indio, consiguió del Gobierno supremo un Real decreto por el que se le autorizaba á dar permisos á los jefes de provincias, para que á los presos preventivos no solamente se les dejara salir de las cárceles, con la competente custodia, á bañarse, lavar la ropa y hacer aguada, si que también á ocuparlos en trabajos moderados que revistieran caracteres puramente higiénicos. Esta concesión como se ve, teniendo en cuenta la estrechez, malas condiciones de las cárceles y fuertes temperaturas de aquellos climas, era benéfica y humanitaria: pero en efecto, el tiempo y las circunstancias han convertido el principio humanitario en inhumanitario y cruel, y el trabajo regenerador, higiénico y voluntario del preso preventivo, en el infamante, durísimo y forzoso del condenado. Se dirá, ¿y el indio por qué no reclama? Pues es muy sencillo; el indio de cárcel pertenece á la clase desheredada que ni defiende derechos ni muchas veces los conoce, y á falta de ese conocimiento, elevamos nuestra débil voz á los poderes públicos pidiéndoles hagan desaparecer este monstruoso abuso que ha introducido la costumbre en no pocas provincias filipinas.

Frente á la Casa Real hay un hermoso y espacioso jardín en cuyo centro se alza un sencillo monumento dedicado á la memoria del Gobernador D. José María Peñaranda. La iglesia es de una sola nave, y tanto su construcción como cuanto contiene, es muy pobre. Su administración corre á cargo de un clérigo indígena.

Nada tiene este pueblo de particular que, de contar sea, salvo recordar la bellísima vega en que se asienta, y las aguas termales del Gogon, cuyo manantial se encuentra á las faldas del Sigñion, heraldo del grandioso Mayon, que se alza á su espalda.

En Albay como en toda la provincia se habla el bicol siendo esta raza inferior á la tagala, y así se ve que donde quiera que aparece un tagalo, bien pronto se impone.

El espíritu de provincialismo no está tan arraigado como en otras provincias, no siendo por lo tanto extraño ver votar para Gobernadorcillos á individuos de corta radicación, hecho que jamás se registra en los pueblos tagalos, en donde las cartas de naturaleza tardan muchísimo tiempo en otorgarse.

Albay tiene 56 cabecerías, 1.052 tributos y 4.365 almas. Según los libros parroquiales, se consumaron 40 casamientos, 410 bautizos y 282 inhumaciones. Hay en su población 11 europeos y 12 chinos; asisten á las escuelas unos 230 niños y 85 niñas, siendo escaso el número de las que hablan español. Se procesaron 15 individuos.

Sería una verdadera profanación tourista, ocuparse de Albay y no consagrar las primeras páginas al gran Mayon ó Buquid, como le llaman algunos indios.

Cumplamos, pues, con este deber, en el siguiente capítulo.

CAPÍTULO III.

El Mayon.

Al hablar de Albay no es posible dejar de consagrar un recuerdo al Mayon. El Mayon es uno de los montes más bellos que se conocen en el mundo. Se alza á más de 8.000 piés en una inmensa cañada, formando su cono desde la base hasta los límites de su altura, suaves é iguales ondulaciones por todos sus lados, lo que hace que á cierta distancia se asemeje á una gigantesca tienda de campaña. Al darle esta configuración el autor de lo creado, parece quiso recordar al mortal lo pequeñísimo de sus obras. La justicia humana acampa sus legiones en un puñado de tierra cubriendo sus ejércitos con cuatro varas de lona; la Divina justicia hace dormir bajo dilatadas sábanas de candente lava, poderosas fuerzas cuyo solo aliento remueve montañas llevando la muerte y la destrucción por doquier.

Las zonas del monte son dignas de estudio por distintos conceptos. En las primeras estribaciones fructifica toda la flora filipina. Desde la delicada sensitiva al añoso tronco de la pintada marra, y desde el agreste lagundi á las poéticas casuarinas, tienen allí su representación. La artemisa con las tradicionales virtudes de sus jugos; la yerba buena con las delicadas emanaciones de sus ásperas hojas; el adusto romero con su salvaje independencia, adornan las faldas del coloso, esparciendo á su alrededor finísima fragancia.

Cuando el ábrego hiere las copas de las casuarinas produce en sus delicadas ramas una armonía extraña y conmovedora. Varias veces hemos recorrido los bosques de casuarinas que adornan al Mayon, y al perdernos en aquella revuelta vegetación, hemos caído en esos misteriosos ensueños á que tan propensos son todos los dolores, y en medio de aquellos sueños en que el corazón palpita con fuerza y la imaginación vuela á otras regiones, hemos encontrado una bienhechora sensación en las extrañas vibraciones producidas por las casuarinas. Estas tienen un no sé qué indefinible, imposible de expresar. Las raíces de las casuarinas se extienden entre las muertas cenizas, y los raros filamentos que forman sus ramas dan sombra á extensos campos de ruinas. La sombra que proyecta la casuarina, parece encerrar un hálito venenoso. Al pie de su áspero tronco no crece planta alguna; solo sus ramas se alzan sobre las candentes arenas sembradas de monstruosos bloques. La casuarina tiene en el balete un hermano que gusta de las ruinas tanto como ella. En la dilatada planicie que se encuentra á la derecha del camino que dirige de Daraga á Camalig, llama poderosamente la atención del viajero, tres grupos de exuberante vegetación que se destacan sobre la monotonía de aquel movedizo arenal. Saliendo del camino y tomando la dirección de aquellos canastillos de verdura, se divisa primero un roto torreón, cuyas grietas son otras tantas macetas en que la potente vegetación de los trópicos encuentra vida y alimento. Más cerca, los grupos de follaje descubren las antiguas ruinas de tres edificios. Las retorcidas ramas de los baletes ocultan los restos de una noche de luto y de lágrimas. Aquellos desunidos sillares formaron en otro tiempo la iglesia, el tribunal y la escuela de Cagsaua, pueblo que fué sepultado en la memorable noche del 1.° de Febrero de 1814. Noche de terror y espanto en que el Mayon lanzó sobre los dormidos pueblos todos sus gérmenes de destrucción. De la populosa y rica Cagsaua, solo queda la tradición escrita en informes restos. Estos desaparecerán ante el poder del tiempo, si antes no son sepultados por nuevas avalanchas de lavas y cenizas, y entonces Cagsaua ira á dormir el sueño eterno del olvido al lado de otros cien pueblos que á su vez desaparecieron en otros siglos ante las espantosas y rojizas llamas del volcán.

En las faldas del Mayon crecen adheridas á las rocas ó abrazadas á los añosos troncos gran variedad de orquídeas y parásitas, á las que llaman dapos los naturales. La leyenda, la poesía y la medicina tienen en aquellas especies maravillosas páginas. Según Homero con los jugos del Nepenthes—ó sea el dapo que llaman los indios jarro—hizo el rey de Egipto olvidar á la bella Helena todas sus amarguras. La palabra Nepenthes deriva de la partícula negativa Ne y de penthes que significa duelo, aflicción, melancolía. Hablando de esta parásita que tantísimo abunda en el Mayon, dice en su Flora filipina el Padre Blanco lo siguiente: «Esta planta singularísima y hermosa, es parásita y fácil de enredarse con otros árboles por medio de los jarros ó vinageras; estos casi hacen una taza de agua, y tanto el cordón de la boca, como el del tallo y peciolos de las hojas, son encarnados. Cada hoja tiene su jarro, lo cual hace una perspectiva, rara y extraordinaria. No es del todo cierto que estos jarritos se abran y cierren todos los días. Lo más singular es la tapadera que cierra tan exactamente la boca que es imposible se derrame una gota de agua, aunque haya vientos fuertes, ó se vuelva el jarrito boca abajo: á esta firmeza de la tapadera contribuye el diente ó laminilla, que tiene por debajo, hacia donde suelen estar los goznes de una vinagera, la cual encaja entre una pequeña abertura que dejan entre sí los extremos del cordón. Es, pues, este vegetal digno de admiración y asombro por su estructura tan singular.»

En los jarritos de la parásita que queda descrita, encuentra el cansado viajero donde saciar su sed. El agua que aquellos contienen se conserva fresca, sin que le den mal sabor las paredes que la guardan. El dapo mariposa es de lo más fantástico que puede verse: es de largas y flexibles ramas, oscilando en cada una de ellas cientos de menuditas flores completamente blancas. Cuando el viento mueve las ramas y las miles de florecillas tiemblan bajo sus flexibles tallos, se asemejan á una bandada de blancas mariposas, revoloteando alrededor de un canastillo de verdura. A más de la anterior orquídea se encuentran en las zonas del Mayon gran variedad de aquellas que vienen siendo hace algún tiempo objeto de comercio, exportándose con grandes cuidados á Europa, figurando en los suntuosos salones como uno de los más bellos y raros adornos.

No solo se encuentran en el Mayon curiosísimos ejemplares de la flora, si que también los hay de la fauna. En las hojas de los árboles se halla una gran variedad de esos monstruosos y misteriosos seres, llamados por la ciencia Fasmidos, los mismos que son conocidos en el lenguaje vulgar por bichos hojas, bichos palos y bichos troncos. Quien no haya visto uno de estos extraordinarios animales, no es posible pueda figurarse la absoluta semejanza que tienen con los vegetales. Son, ni más ni menos, una rama, un tronco ó una hoja más del vegetal en que viven. El bicho hoja, produce durante la noche un canto agudo y monótono, parecido al del grillo de Europa, si bien el del primero guarda intermitencias más cortas que el del segundo. Los indios llaman á aquellos fasmidos, garau-garau.

El balor, el bató-bató, la tórtola y una gran variedad de palomas tienen su nido en los bosques del Mayon. El milano de las regiones intertropicales bate sus alas por cima de los precipicios, siéndole difícil remontar el vuelo hasta contemplar la cabeza del coloso.

A medida que se hace la ascensión del Mayon va desapareciendo la vegetación, hasta que, por último, se entra en la zona de las muertas cenizas. De allí, solo aridez, solo precipicios, solo lagos de movedizas arenas, salpicados de ennegrecidos bloques. En las cavidades de las masas basálticas habita el más terrible de los reptiles. Entre el hueco de dos piedras suele verse la chata y verde cabeza del Upon, reptil que figura en la familia de los votrofídeos, cuya mordedura es mortal.

Al Mayon constantemente lo adorna un penacho de humo, que unas veces lo abate el viento, en cuyo caso se revierte por los dentados cortes del cráter, y otras se alza orgulloso y altanero por cima de la región de las nubes. El humo del Mayon revela que los gigantescos cíclopes de los oscuros antros vigilan al pie de hirvientes lagos las enrojecidas montañas de candentes bloques, cuyas monstruosas y desiguales masas son azotadas de continuo por abrasados torrentes de cenizas y escorias.

El coloso del Estrecho con la regularidad matemática á que necesaria y fatalmente sujeta toda ley perfecta, acumula en sus calcinadas entrañas gérmenes de espanto y desolación. ¡Desgraciado el día en que abra la válvula! ¡Infeliz del pueblo en que sacie su cólera!

Todo lo que la ilusión reviste de sombrío y terrible el fondo del Mayon, la realidad lo presenta en su exterior de sonriente, grandioso y sublime. Dentro, impenetrables misterios, medrosas tinieblas, luto y espanto; fuera, límpidos horizontes, aires purísimos, melancólicas armonías, luz, perfumes, espacios sin fin y caricias eternas de una mar bravía que viene sumisa y obediente á besar los pies del coloso, cual besan los blancos copos de las altas nubes su altanera cabeza. Dentro, la noche sin fin; fuera, el día sin crepúsculos.

* * * * *

¡La muerte y la vida, la sonrisa y la lágrima, la fuerza que destruye y el botón que germina, el mal y el bien, el arcángel rebelde y el arcángel sumiso!

CAPÍTULO IV.

Iraya.—Tabaco.—Sorsogon y Cantanduanes.—De Albay á Daraga.—¿Cagsaua ó Daraga?—Culebras domésticas.—Etimologías.—M. Montano y sus viajes por Filipinas.—Iglesia y cementerio.—Pintacasi de Daraga.—Gustos europeos.—Banquetes chinos.—La bandala.—Hospitalidad.—Recuerdos.—Días tristes.—Estadística.—Comparación de razas.—El patadeon.——La línea curva.—Mercado de Daraga.—Vendedoras de sampaguitas.—Tertulias al aire libre.—La casa de Aramburo.

La provincia de Albay se divide en cuatro distritos ó partidos llamados Iraya, Tabaco, Sorsogon y Catanduanes: el primero lo componen los pueblos de Cagsaua ó Daraga, pues con ambos nombres se le conoce. Camalig, Guinobatan, Ligao, Oás, Palangui, Libon, Quipia, Donzol y Pilar. El segundo, ó sea el de Tabaco, lo forman los de Albay, Legaspi, Libog, Bacacay, Malilipot, Tabaco, Malinao, y Tiui. El tercero, denominado como hemos dicho, Sorsogon tiene los pueblos de Castilla, Sorsogon, Casiguran, Juban, Magallanes, Bulan, Matnog, Bulusan, Barcelona, Gubat Bacon, y Manito: y en el cuarto, ó sean las Islas Catanduanes, se encuentran los pueblos de Calolbon, Virac, Bato, Viga, Payo, Bagamanoc, Pandan y Caramoran.

Con el tiempo y en plazo no muy lejano, esta inmensa provincia está llamada á ser dividida en tres, formando la Iraya y Tabaco una de término, y Sorsogon y Catanduanes, otra de ascenso y entrada respectivamente.

Para proceder con método vamos á hacer una correría á toda la provincia, visitándola por partidos. Damos la preferencia á la Iraya, y al efecto y puesto que ya conocemos el pueblo de Albay, trasladémonos al de Daraga recorriendo en coche y en veinte minutos la pintoresca y bien conservada carretera que los une.

Daraga ó Cagsaua, pues con ambos nombres se conoce á este bonito pueblo, debía ser, dada su importancia, la cabecera de la provincia.

Cagsaua es término compuesto de Cag- (dueño) y saua (culebra). En el sitio que ocupa el pueblo habría quizá alguna culebra domesticada, y en ese caso de aquí vendría la etimología de aquella palabra, deducción lógica, siendo como es costumbre tener en muchas casas de Filipinas grandes culebras completamente inofensivas y en domesticidad, que hacen el oficio de gatos ó perros ratoneros.

Lo mismo sucede en las bodegas de no pocos barcos filipinos, siendo de notar que tales huéspedes son conceptuados como de buen agüero para los dueños de las casas y barcos donde moran.

La etimología de Daraga la encontramos más adaptable que la anterior, puesto que significando dicha palabra bicol, virgen, y teniendo el pueblo por titular la Natividad de la Virgen, lógico es que se le llamara daraga ó virgen, en recuerdo de la pureza de la Madre de Dios.

El comercio, la industria y la vida de Albay, afluye á Daraga en donde radican las casas más ricas de la provincia.

Mi querido amigo el doctor Montano en su precioso libro de Voyage aux Philipines et en Malaisie dedica no pocas páginas á Daraga, siendo justo en sus apreciaciones, hecho digno de consignarse por escasear obras extranjeras que juzguen á nuestras provincias de Oriente en su verdadero valor.

La plaza del pueblo que nos ocupa está asentada á las faldas de un montecillo en cuya amplia meseta se levanta la iglesia y el cementerio. Como se ve, los muertos no pueden estar más cerca de los vivos.

Las fiestas ó pintacasis de Daraga son renombradas en toda la provincia, pero al objeto de nuestro trabajo poco podremos de ellas decir, por cuanto nuestra misión es dar á conocer costumbres indígenas y no europeas, y es lo cierto que en aquel pueblo se van perdiendo las primeras por el gran número de españoles y extranjeros que allí viven ó transitan. Los bailes, los convites y hasta los gustos líricos ó dramáticos buscan recuerdos europeos, y para oir el característico cutang-cutang indio hay que dejar el pueblo.

De citar es, sin embargo, los convites chínicos de Daraga en sus días solemnes, por figurar en las mesas de sus festines platos tan originales como los de orejas de ratón, nidos de golondrina, aletas de tiburón y cabezas de culebra.

En Daraga, como ya hemos dicho, hay establecidos ricos comerciantes cuyo tráfico se circunscribe á la bandala ó sea el abacá, filamento del que extensamente nos ocuparemos en otro lugar.

La hospitalidad que se dispensa en Daraga no tiene límites, y si á relatar fuéramos nombres y atenciones de que fuimos objeto mientras permanecimos en aquel pueblo, llenaríamos no pocas cuartillas. Estando en aquella provincia, pasamos por amarguísimas penas á consecuencia de pérdidas de seres queridos ausentes, y seríamos harto ingratos si no recordáramos á Aramburo y á su bella y distinguida señora é hijas; á toda la colonia que forman la casa comercial de los Muñozes, al chispeante al par que misántropo Avila, al decidor Carrascoso, tan olvidado de la política que le llevó á aquellas tierras, como ingrata fué con él, al cáustico José María, al servicial Rufino, al inteligente Pasiano, y á tantos amigos y amigas á quienes mandamos en estas páginas un profundo recuerdo de gratitud.

Daraga cuenta con una población de 19.252 almas, repartidas en su caserío, sumando 5.025 tributos. A las escuelas concurren por término medio unos 150 niños y 120 niñas, sabiendo el español 15 de los primeros y 5 de las segundas. Hay radicados 10 europeos y 77 chinos. Se registraron 869 bautizos, 111 casamientos y 631 defunciones. Fueron procesados 9 individuos.

Ya hemos dicho que los bicoles son de raza más inferior que la tagala, y aun la visaya, y buena prueba de ello está en Daraga, en donde si nos es admisible aplicar la palabra caciquismo, diremos que este lo ejercen los tagalos é ilongos allí establecidos.

El bicol es más humilde, más modesto, y menos aparatoso que los tagalos; no predominando ni en sus fiestas, ni en sus trajes la riqueza de que hacen gala los primeros. El patadeon, ó sea esa feísima y única prenda de vestir que usa la mayoría de las bicoles, es casi desconocida en las provincias del centro de Luzón. El patadeon es desde luego muy cómodo, tanto que consiste en una faja de tela más ó menos ordinaria, que da las bastantes dimensiones de largo y ancho para que una mujer se dé con ella una vuelta, sujetándola á su cuerpo bien con una cuerda ó correa, ó bien, y esto es más general, haciéndola un nudo por cima de los pechos.

De algún tiempo á esta parte el característico patadeon bicol principia en la cintura, habiéndose aumentado el traje con la camisa y candonga tagala, pero de todos modos el patadeon es tan poco honesto como buen agente escultural, no escapándose á la flexibilidad de aquellas ligeras telas ni las más ocultas de las líneas, y sabido es que la línea que predomina y define la belleza en el eterno femenino es la curva. Creemos que la coquetería en la mujer es innata en todas las razas, y esto es tan cierto que generalmente la bicol que más usa, abusa y oprime el patadeon á su cuerpo, es la que lo tiene más bonito y esbelto.

En los nocturnos mercados de la plaza de Daraga, se ven no pocos irreprochables patadeones festoneados de hilo de seda, llevados con toda la desenvoltura que consiente la escasez de la tela, por graciosas vendedoras de olorosas sampaguitas, delicadísima flor que crece en gran abundancia en aquellos campos.

En la plaza de Daraga, y tomando por lugar de cita la puerta de cualquier establecimiento, se forman tertulias á las que todas las tardes concurren cuantos europeos viven en aquel pueblo y en los de Legaspi y Albay.

En esas tertulias se derrocha ingenio, agudeza, y hasta su poquita maledicencia, á pesar de tener á la altura de las narices, y muchas veces dentro de ellas, el vecino cementerio que parece debía ser con su presencia valladar á ciertos y arriesgados discreteos.

En época de lluvias, las tertulias al aire libre se trasladan bajo cubierto invadiendo indistintamente cualquier casa de las muchas y buenas que tiene Daraga, descollando entre ellas el verdadero palacio en que Aramburo ha sembrado el dinero á manos llenas; habiendo dirigido la decoración y pinturas al fresco que allí se admiran, el inspirado pintor italiano César Alberoni. Lo que Filipinas ha adelantado en confort y buen gusto de pocos años á esta parte, merece otro capítulo.

CAPÍTULO V.

Mejoras.—Transformaciones llevadas á cabo por el canal de Suez.—Seis meses reducidos á treinta días.—Quietismo.—Mares bíblicos.—Orientales civilizaciones.—Nuevos gustos y aficiones.—Inmigración europea.—Comparaciones.—Notables variaciones.—La nipa y el hierro.—Maestrillos y arquitectos.—Sustituciones y copias.—Nivelación de gastos.—La Encarnación y la María Pídela.—Puertos del Pacífico y viejos continentes.—Intereses materiales y morales.—Reformas.—Escuelas municipales.—Lengua española.—Resistencia pasiva.—Desconocimiento del valor de las palabras.—Los enemigos del alma.—El discurso de un Gobernadorcillo.—Y punto redondo.

La apertura del istmo de Suez, necesariamente había de llevar grandes transformaciones al extremo Oriente, no solo en su vida moral y material, si que también en la política y gubernamental. Los seis meses de pesadas navegaciones por los derroteros del cabo de Buena Esperanza quedaron reducidos á los treinta días que hoy separan las costas Filipinas de las playas españolas. La facilidad, comodidad y relativa baratura de la travesía, despertó primero la curiosidad del viaje, y tras aquella el deseo de conocer el país que lo termina. En la historia de los pueblos una veintena de años poco ó nada significan, cuando aquellos marchan dentro del universal concierto. Filipinas por su situación, sus tradiciones, sus costumbres, su falta de necesidades, su desconocimiento de lo supérfluo, yacía hasta hace pocos años en perfecto quietismo. Aquellas provincias con su privilegiado suelo y su hermosísimo cielo, con su verano constante y sus escasas necesidades, dormían sin que el atronador ruido de cercanas civilizaciones las despertaran en los largos siglos en que han permanecido estacionadas.

El rumor de unirse las tranquilas aguas de los mares bíblicos con las revueltas que recuerdan grandes epopeyas, llegó poco á poco al extremo Oriente; y el Japón dando el ejemplo avanzó en tres lustros lo que no había hecho en muchos siglos; y el rutinario chino abrió sus infranqueables murallas, rompiendo muchos de los antiguos moldes de sus costumbres, al par que perfeccionaba y daba novedad á las líneas en que modela sus bronces y cerámicas. Junto á estas orientales civilizaciones se alzan pueblos de gran contingente europeo que les despiertan y avivan todo género de aficiones, no ya solo de lo que constituye lo necesario y cómodo de la vida, si que también á cuanto la embellece, adorna y distrae.

La creciente inmigración europea en Filipinas que en pos de sí lleva todas las necesidades y superfluidades de Occidente; el conocimiento de aquellas por los naturales; el apreciarlas comparándolas con las suyas tan sencillas como primitivas, fueron causas más que suficientes para operarse la radical revolución que de pocos años á esta parte se viene observando en la manera de ser de aquellos pueblos. La pobre casa de torcidos y ásperos harigues, de irregular distribución y peligrosa nipa, que por todo ajuar mostraba en las cañas de sus tabiques media docena de pintarrajeados cuadros de asuntos místicos, cuatro toscos bancos en su caída, dos ollas en el fogón, unos cuantos petates en el suelo, y un desvencijado aparador en la sala, hoy ha sufrido una notable transformación. El harigue se oculta, se talla ó pulimenta; la nipa deja el campo al hierro ó la teja, quedando aquella relegada á zonas especiales; el lugar del maestrillo lo ocupa el hábil arquitecto imprimiendo gusto y seguridad á las nuevas construcciones, que guardan dentro de sus muros ricos mobiliarios que responden á las nuevas aficiones tantos años desconocidas. El autor de este libro conoce las Filipinas desde hace diez y ocho años, ha recorrido constantemente sus campos y visitado sus poblaciones, y puede asegurar que en ese tiempo la transformación de aquellos pueblos ha sido marcadísima. Todo viene sufriendo sensibles evoluciones, no solo á virtud de las nuevas costumbres que lleva el europeo que se radica en aquellas comarcas, si que también por el gran número de sus hijos que son mandados á educar á los grandes centros de la civilización, quienes al retornar á sus hogares importan en ellos refinamientos completamente desconocidos. Y no es solo en la casa del que va ó en la del que vuelve, donde se cambia el desnudo petate por la torneada cama, el comistrajo indígena por los sazonados manjares, las humildes telas por las costosas sedas, si que también esos mismos cambios se operan en las casas de los vecinos que observan y copian con orgullo todo cuanto procede de Europa.

Este cambio de vida exige mucho dinero, y ante el deseo de poseerlo se perfecciona el arte, se ensancha el comercio y se aumenta la industria, buscando aquel honrado pueblo en el trabajo, la nivelación de sus nuevos gastos.

En comprobación de cuanto queda expuesto, no hay más que comparar el número de barcos que de altura arribaban á Filipinas hace diez y ocho años, y los que hoy echan anclas en sus puertos. En aquella época hacían la derrota del Cabo media docena de embarcaciones, algunas de ellas como la Encarnación y la María Fidela de 400 toneladas. Hoy, por el contrario, dan fondo en aquellos puertos, poderosos vapores cuyas inmensas bodegas ocupan constantemente todo lo que las modernas civilizaciones americanas acumulan en sus puertos del Pacífico, y cuantos productos se refinan y perfeccionan en los viejos continentes, retornando esas mismas naves cargadas de valiosos productos filipinos.

Ese rápido y creciente desenvolvimiento en intereses materiales, poderosamente había de influir en los morales, sintiéndose no pocos vacíos en la vida jurídica de aquellos pueblos, y de aquí tanta y tanta reforma como de día en día se lleva á Filipinas, y de aquí el que el código indiano resultara deficiente, y el que aquella imperecedera recopilación de Carlos II, base y fundamento del derecho escrito ultramarino, no respondiera á las necesidades de las nuevas civilizaciones, imponiendo la necesidad la promulgación de nuevos códigos y leyes.

Lástima grande es que en este camino de adelantos no podamos incluir datos que revelen la extensión de la lengua castellana en aquellas provincias españolas. En vano se crearon las escuelas municipales y en vano se pensionaron jóvenes de ambos sexos para que una vez terminadas sus carreras difundieran en sus respectivos pueblos, la lengua de la madre patria, y en vano se dictan uno y otro día extensas circulares encaminadas á ese fin; todo es inútil y todo se estrella ante la resistencia pasiva y ante imaginarios temores entre no pocas influyentes personalidades que creen de buenísima fe sí, pero de fatales resultados, que tal adelanto podría debilitar la base de nuestra dominación. El remedio de este mal no hay que buscarlo en las circulares, el remedio está en que el sacerdocio de la conciencia hermanado con el de la ley, emprendan esta beneficiosa reforma, que la llevarían indudablemente á cabo en poquísimo tiempo dadas las aptitudes del indígena, siempre que emprendieran la obra con verdadera constancia.

Los que sigan la lectura de este libro podrán comprobar en los datos estadísticos el escaso número de niños de ambos sexos, de los que asisten á las escuelas que hablen el español, siendo de advertir que la provincia de Albay costea la educación de maestros y maestras; pero estos al encontrarse al frente de la enseñanza en sus respectivos pueblos, se olvidan en absoluto de sus compromisos y emprenden sus explicaciones en la lengua local, y para cubrir las formas y en previsión de las pocas visitas del Inspector provincial, fijan en la memoria de sus educandos algunas contestaciones en español, y como el significado no puede apreciarlo la inteligencia por no conocer el valor de las palabras, de aquí el que en una ocasión presenciáramos la gran imperturbabilidad de un maestro que oía decir en forma coreada á sus discípulos, que los enemigos del alma eran mimoria, intindimiento y voluntad.

El indio copia la escritura española sin entenderla, [1] y se aprende de memoria con gran facilidad relaciones ó discursos más ó menos largos. Esa facilidad de emitir palabras que no entienden, puso á un Gobernadorcillo en una ocasión en lance bien apretado. Visitaba un General los pueblos del Sur de Luzón y en plena recepción oficial en uno de ellos, le preguntó el General al Gobernadorcillo sobre el estado de la localidad, á lo que con gran claridad y precisión le contestó: Con el cólera, la langosta, las viruelas y la visita de V.E. el pueblo está al pelo. Esta extraña salida produjo el efecto consiguiente, y aquel pelo por poco se le atraganta al munícipe que en mal hora quiso hacer un discurso con media docena de palabras españolas cuyo valor no conocía.

Y con esto creemos que en ninguna ocasión está más justificado el hacer punto y punto redondo.

CAPÍTULO VI.

Camalig.—Su etimología y situación—Proximidad al volcán.—¡1814!—Barrio de Tondol.—Estadística.—Zonas abacaleras.—El padre Blanco y su Flora.—Musa textoria.—El ramio.—Urtica-nivea.—Competencia imposible.—Comparaciones.—Desconocimiento del abacá.—Exportación en 1885.—Núcleo de producción.—Abacá colorado—Fuerza productiva—Beneficio del abacá.—Su riqueza.—Jornaleros.—Cotizaciones y ventas.—Márgenes.—Enfardaje.—Setenta y cinco por ciento de beneficio.—Precios del abacá.—El buntal, el nito y el cabo negro.

Cuenta la tradición que en el sitio que hoy ocupa el pueblo de Camalig, encontraron los primeros españoles que pisaron aquel suelo un extenso camarín, á cuyo alrededor se formaron algunas viviendas, dándoseles el nombre de Camalig, ó sea camarín, y de aquí la denominación de la provincia de Camarines, á la que perteneció este pueblo hasta 1847, en que se agregó al de Albay. Linda con Daraga, Guinobatan y Quipia, distando del primero 2,50 km., del segundo 3,75 y del tercero 9,50. Se encuentra situado en las estribaciones del Mayon, en sitio bastante elevado, siendo el pueblo que se halla más cerca del cráter, así que es el que más ha sufrido en las distintas erupciones de aquel, hasta el punto de haber desaparecido en 1814, en que todo el pueblo quedó envuelto en fuego y cenizas. Los habitantes que escaparon de la catástrofe formaron barrio en Tondol, de donde se trasladaron á Quilaponte y Baligan, para ir por último, olvidando antiguos siniestros y no previendo los venideros, á situarse en 1838 en el mismo lugar que ocupó el primitivo pueblo.

Camalig, con sus cinco barrios, contiene 17.457 almas y 8.889 tributos, repartidos en 92 cabecerías, habiendo entre sus habitantes 5 europeos y 25 chinos. Se verificaron en el año á que se contraen estos datos estadísticos 134 casamientos, 581 bautizos y 301 inhumaciones. A las escuelas asisten, por término medio, 250 niños y 130 niñas, hablando muy pocos el español. Fueron procesados 14 varones y 1 hembra.

Camalig es uno de los pueblos más ricos de la provincia, y en él tienen las casas abacaleras, uno de los centros más activos de acopio. Posee buenos y sólidos edificios, descollando la iglesia y casa parroquial.

La jurisdicción de Camalig es sin disputa una de las zonas abacaleras más ricas, siendo el abacá, ó sea la bandala como se llama en bicol el producto que constituye la riqueza de la provincia.

El abacá lo define el sabio botánico filipino Padre Blanco de la siguiente manera:

«Musa trogloditarum textoria. Musa de los trogloditas de telares. Corola, el labio inferior, casi sin escotaduras. Estambres cinco, sin rudimento del sexto. Fruto con tres costillas y muchas semillas perfectas. Este plátano llamado abacá le reputo por variedad del Musa trogloditarum errans; él es de los más útiles, y se cultiva con cuidado en la provincia de Camarines y en otras partes. A primera Vista no se diferencia de los otros. El fruto es comestible y muy pequeño, pues el que yo he visto apenas pasaba de dos pulgadas de largo. Las semillas llegan á su perfecta madurez. El uso que se hace de este plátano es inmenso. De él se fabrican cuerdas, cables y tejidos de una finura extremada. Para esto se corta el tronco por el pie y por el extremo, cuando está próximo á dar fruto, quitándole las hojas. Quítanse también uno á uno los peciolos, y se les hace por la parte de adentro una incisión en el medio al través con un cuchillo, para quitarles la corteza que les cubre interiormente. Despojado ya el peciolo de su corteza interior, todavía se hace tiras de dos dedos de ancho, las cuales se colocan una por una debajo del corte de un cuchillo, fijo en una caña larga, que hace el efecto de un resorte, y cuyo extremo más largo está afianzado en la tierra. Puesta, pues, la tira del abacá debajo del cuchillo, de modo que la corteza exterior mire arriba, se tira de ella con fuerza por una punta, lo cual se practica una ó dos veces, y entonces aparecen claros los hilos; pero con este método se desperdicia la mitad del abacá. Todavía hay que pasarlos por una especie de sierra, que hace el oficio de un rastrillo, como los que se usan en Europa para el hilo; esta segunda operación no la he visto hacer, pero sí la otra. Allí quedan ordenados los hilos, pero unos son más finos que otros, y por eso las mujeres tienen el cuidado de separarle en varias clases, antes del tejido, lo cual ejecutan con suma destreza, aunque sea á oscuras.

Si el abacá se ha de emplear en hacer telas, se forma de ellos primero un ovillo apretado, como la cabeza de un niño de grande, el cual se echa en el mortero en que pilan el arroz, y allí le dan muchos golpes con la mano del mortero que es de madera. Esta operación hace muy flexible el abacá, y menos expuesto á quebrarse.

Hecho esto, no hay más que ir atando un hilo con otro por los extremos, en lo cual se ocupan generalmente las mujeres y las niñas. El tejido se hace como el del algodón; pero si el abacá es demasiado fino se meten las mujeres dentro de un pabellón para tejerle, porque el viento quiebra fácilmente los hilos.

Hechas las telas, se meten por un día y una noche en agua, con un poco de cal de conchas. Se lavan después, y se estiran.

El abacá se da muy bien en la provincia de Batangas, y en otras partes; pero no es tan bueno como el de Camarines, y este parece que es inferior también al de Panay y Marinduque; bien que sobre esto hay opiniones. Pero tengo por muy probable, que estos otros son distintos del de Camarines, pues la fruta de este es amarga y no se come, y las de los de Batangas sí.

El agua, que se recoge en un hoyo que se hace en el pié del tronco que se ha cortado, se dice ser buena para la contracción del miembro viril, enfermedad singular (colo-colo), que no deja de ser frecuente en las provincias visayas, y que regularmente viene acompañada de contracción en la lengua.

El inglés Dampierre, según se lee en la historia de los viajes del abate Prevost, se engañó cuando dijo que el abacá era solamente conocido en Mindanao.

El abacá se tiñe fácilmente de azul y de encarnado. Para teñirle de azul se empleaban ya desde tiempos antiguos las hojas de un arbusto ó enredadera que en Camarines llaman payanguit y aringuit, según la sabía relación que de esta enredadera ha hecho á la Sociedad Económica de Manila, el curioso y diligente observador P. José de la Mata, religioso de San Francisco; que es quien la ha dado á conocer en estos tiempos á los europeos de Filipinas. Las hojas de este arbusto dan un color azul muy abundante.

Para teñir el abacá de encarnado, he oído que se cuece en Camarines la corteza de la raíz de la morinda con un poco de cal ó de alumbre, hasta que se logra el color deseado, y con esto se procede al teñido. Pero es mejor teñirle del modo usado con el hilo de algodón; esto es, con legía y aceite de ajonjolí.»

En la esfera textoria ha aparecido recientemente un producto que lo suponen algunos superior á todos los de su clase. Este se llama el ramio y sus partidarios creen ver en la siembra de este textil la salvación de la riqueza agrícola, no solamente de España si que también de las provincias ultramarinas.

Desearíamos que las Granjas modelo de Luzón y Visayas, ensayasen el cultivo del ramio tal como hoy se practica en Europa, siquiera esos ensayos solo den por resultado emular ante los ojos del indio toda la riqueza que atesora la diversidad de textiles que se crían en sus campos. Hemos dicho tal como se cultiva en Europa, puesto que el género Urtica al que pertenece la especie Utilis, ó sea el ramio, de antiguo es conocido en Filipinas en donde crece y se desarrolla sin que para nada entren los cuidados del hombre; y esa misma Urtica es seguramente la que ya describió en 1837 el sabio botánico Frey Manuel Blanco, en su Flora Filipina con el nombre de Urtica Nivea, de la que dice en la primera edición de su obra «que la corteza preparada se hila y sirve para hacer telas.» Y nada tiene de extraño que la tan renombrada ortiga fuese de tiempo inmemorial conocida en Filipinas, pues que de sus vecinas costas de China procede. Nosotros creemos que por razón de precio y por otras no menos atendibles, el ramio jamás podrá competir con el abacá. Las largas preparaciones, labores hondas y cruzadas, estercoladuras, extracción de raíces y piedras, formación de caballones, riegos, abonos, delicadas faenas en la siembra, escogimiento de tiempos y lugares, toldos, abrigos, tanto contra el frío como del viento, trasplantes, viveros, escardas, peritación en los cortes, desecación al sol, almacenajes, complicadas máquinas desfibradoras y tantos y tantos gastos y operaciones como necesita el ramio, forzosamente han de resaltar ante la simplicidad y baratura del cultivo y faenas á que se presta el abacá desde que lleva su germen á la tierra, hasta que extraídas de su tronco sus finísimas y blancas hebras salen al mercado prensadas formando fardos á servir de importante factor en múltiples industrias de Inglaterra y América. Este filamento no tiene entre los de su clase más competidor que el cáñamo, y esto solo en algunas propiedades de la cordelería, superándole el abacá en cambio en cuanto se refiere á trabajos de telar, del que salen piezas tan finas que se confunden con los estimados paños de la seda de China [2].

El abacá es poco conocido en España, adonde el año 1885 solo se importaron 20.340 kg., y de estos solo 3.064 en rama, de los 53.331.009 kilogramos que salieron por los puertos filipinos. Este textil es tanto más rico cuanto que no tiene que luchar con la competencia. Lo produce un plátano propio y peculiar de las Filipinas, y eso solo en la parte Sur, radicando el núcleo de su producción en la volcánica provincia de que venimos ocupándonos.

Ni los ingleses en la India, ni los holandeses en Java, ni los franceses en Saigon y Conchinchina han podido dar vida en sus campos á tan preciada planta.

No teniendo los abacaleros competencia en mercados extranjeros, no comprendemos que este producto sufra depreciaciones, siempre que la ambición no ciegue al agricultor, desprestigiando el filamento con su codicia, beneficiándolo fuera de sazón ó llevándolo colorado al mercado; signo evidente de que se ha hecho mal la sencilla operación de la extracción de la hebra, dejándole pulpa ó carnaza que si bien la hace subir de peso la hace bajar de precio.

El abacá se produce todo el año, y las plantaciones una vez en beneficio se reproducen á medida que se cortan de una forma, y con una exuberancia tal, solo concebible en la fuerza productora de aquellas tierras. No exige cava, ni arado, ni abono, y con solo el indispensable desbrozamiento que necesariamente ha de hacerse en campos que continuamente están en producto, se comprenderá la riqueza de este filamento.

El jornalero dedicado á las faenas de la extracción del abacá, no recibe salario, compartiendo el producto con el propietario. Una familia india compuesta del matrimonio y un chico, puede muy bien extraer al día una arroba de filamento: cantidad que al declinar la tarde y dejar en reposo la cuchilla del tosco aparato que limpia la hebra se parte entre el trabajador y el dueño de la plantación á quien generalmente vende con arreglo á la cotización del día, pues es de advertir que el precio del abacá es objeto de fluctuaciones que diariamente comunica el telégrafo, imponiendo precios los mercados de Inglaterra; dando esto lugar á que con los acopios de abacá se concierten verdaderas jugadas, en las que el dueño del almacén hace adelantos al dueño del textil, y según que los telegramas señalan bajas ó alzas, así se cobran ó se abonan márgenes, nombre que equivale á lo que aquí se llaman diferencias.

Hasta la última operación que precede al embarque del abacá, deja un gran rendimiento, consistiendo este en los beneficios del enfardaje que se verifica en bultos de á dos picos, ó sean 11 arrobas. El coste del bejuco, petate y trabajo que representa cada fardo asciende á unos 25 céntimos de peso que con el recargo de un 5 más en bulto que puede apreciarse por deterioro de material y tanto por ciento del capital invertido en el almacén, suma un total de gastos de 25 céntimos de peso por fardo. Y como quiera que es cosa corriente é invariable el que se recargue un peso por enfardaje, solo esta operación como vemos produce un 75 por 100 de su coste, y producirá más el día que estos trabajos dejasen de hacerse á brazo realizándose per medio del vapor.

El precio del abacá tiene constantes fluctuaciones, habiéndosele visto subir en poco tiempo de 4 á 12 pesos el pico, ó sean las cinco arrobas y media. El agricultor que vende su abacá á peso la arroba, ya le queda un buen producto al capital empleado; vendido á 10 ó 12 pesos, aquellos serán muy cuantiosos é importantes.

El ramio sin quitarle toda su bondad y mérito, no tendrá nunca gran desarrollo en Filipinas, en donde con muchísimos menos gastos que los que origina aquel producto se obtienen otros que los reemplazan, pues no hay que olvidar que aquellos campos contienen la variedad de textiles más numerosa del mundo, no solamente en sus especiales plátanos, si que también en la diversidad de palmas de que se extraen el buntal, el nito, el incorruptible cabo negro, y tantos otros que se emplean en finísimos tejidos y preciadas cordelerías. Antes que el ramio tratara de hacer competencia á los textiles filipinos, ya lo intentaron sin resultado los yutes y sisales de América.

CAPÍTULO VII.

Guinobatan.—Etimologías.—Situación.—Estadística.—Mauraro.—Catástrofes originadas por el volcán.—Eternas amenazas.—La iglesia y la casa parroquial.—El bardo del Mayon.—Tacay.—El Padre Luís.—Aguas y nieblas.—El Banao.—El puente de Isabel II.—Destrozos originados por un tifón.—Un diminuto Galeno.—Los sobanderos.—El mediquillo herborista.—Cómica gravedad.—Pseudo enterradores.—Recetario.—Su copia.—Autógrafo inapreciable.—Descanso.

A seis kilómetros escasos de Camaling, se encuentra Guinobatan, palabra cuya raíz gubat tiene tres significados, dando á conocer lo mismo el terreno desmontado que el lugar en que se ha verificado un asalto, ó conseguido una conquista. Nos inclinamos á creer que la verdadera etimología hay que buscarla en el primer sentido, teniendo en cuenta la necesidad que habría de hacer cortes y talas para formar aquel pueblo.

Guinobatan confina por Este con Camalig, por Oeste con Ligao: Tabaco por el Norte, dejando al Sur Quipia y los mares de Burias.

Tiene con sus barrios un total de población de 15.994 almas, que forman 88 cabecerías con 4.131 tributos. Se registraron 689 bautizos. 111 casamientos y 400 defunciones. Asistieron á las escuelas por término medio 340 niños y 260 niñas, conociendo medianamente el español 40 entre unas y otros. Hay radicados 4 europeos y 57 chinos. La criminalidad figura con 15 procesados.

El pueblo que nos ocupa es uno de los mejores de la provincia de Albay; en lo antiguo fué barrio de Camalig de quien dependió hasta 1688 en que adquirió propia autonomía. El año 1814 fué destruido por el fuego del volcán, formándose el nuevo pueblo en la que hoy es visita de Mauraro. Nueva catástrofe hizo que el caserío se fijara en las playas Panganiran: volviendo por último al primitivo sitio, pesando sobre el pueblo la eterna amenaza del vecino Mayon.

Guinobatan tiene bonita iglesia y espaciosa casa parroquial, morada que fué muchos años del Padre Melendreras, inspirado poeta que ha dejado escritos no pocos versos llenos de melancolía y sentimiento. Este poeta ha sido el bardo de las comarcas del bicol y en todos sus escritos palpitan tiernos recuerdos. La siniestra luz de las rojizas llamas del Mayon, los monstruos y quimeras del Lignion, la flora de sus campos, las leyendas de sus bosques, y sobre todo la originalísima Tacay, hermosa flor ninfácea de sus lagos, de la que hizo el poeta motivo y tema de sus versos, fueron las fuentes en que el Padre Melendreras bebía la inspiración de sus cantares inéditos en su mayoría, y casi podríamos decir en su totalidad, consecuencia de su extremada modestia que á todo trance rehuía la publicidad.

La casa parroquial de Guinobatan tiene suerte con sus inquilinos. Preguntad en toda la provincia de Albay, lo mismo á indio que á castilla por el Padre Luís, y no oiréis más que bendiciones para aquel párroco que durante las últimas epidemias fué la providencia de Guinobatan.

Aguas constantes y tenaces y espesas nieblas hacen que en aquella localidad la humedad sea muy grande, circunstancia que favorece el desarrollo del plátano abacá cuyo textil es el principal producto de su suelo.

El Banao riega la jurisdicción de Guinobatan y sobre dicho río se levantaba hasta hace pocos años el magnífico puente de Isabel II. Tenía 1.500 pies de largo por 54 de ancho, formándolo dos grandes ojos. Este puente fué destruido por un tifón. Igual suerte sufrió el Tribunal. En este pueblo conocí un celebérrimo mediquillo. La rama de este diminuto Galeno era general en el partido de la Iraya. Lo vi por primera vez maniobrando sobre un paciente que seguramente quedaría sin hueso sano. En los distintos sistemas curativos que los mediquillos filipinos emplean, figura el de la soba, ostentando los que la practican el poco tranquilizador título de sobanderos. Líbrelos Dios de caer en manos de uno de esos asesinos, y preferid antes que tal os aconteciese, un vuelco, un despeño, ó un choque de trenes en la seguridad que de estos no saldríais tan magullados como de los aceitosos, largos y apergaminados dedos que la emprenden con vuestras carnes con una fe tal que no hay dolor que no desaparezca, por aquello de que baza mayor quita menor, y de seguro que en aquel juego, la menor es siempre la dolencia, y la mayor la que os propina el sobandero en medio de resoplidos, apretones y magullamientos.

El mediquillo á que me refiero era herborista-sobandero, es decir, que participaba de ambos sistemas curativos, dejando las sobas cuando el paciente prefería las hierbas. Y no se crea que el mediquillo ejerce su noble profesión con el descreimiento del charlatán, no; la practica con la misma fe que el más concienzudo hombre de ciencia, rodeando todos sus actos de una solemne y cómica gravedad, tan rayana al ridículo, que no he podido menos de reirme siempre que he tropezado con alguno de esos pseudo enterradores. El mediquillo de Guinobatan tenía para las funciones de herboristería un recetario, sacado de su propio caletre, recetario que de su puño y letra guardo una copia, como un tesoro, entre otros autógrafos de igual mérito. No quiero privar á mis lectores de tan sabrosísima lectura, y en el mismo castila en que está escrito, y con su propia puntuación y ortografía, lo traslado aquí, y que Dios me perdone.

Dice así:

«Recetario de yerbas y flores de Guinobatan.

«Las hojas del arbol Calongay es medicinal para muchos padecimientos, especialmente para los que provienen de ayre como dolores de Barriga con ventocidad pues tomando de ellas lo necesario y después de piladas esprimir y en el sumo meter una purcion de sal hecho ascua y dando en seguida de tomar al paciente se sanará, Es un activo vegigatorio la corteza de este arbol, pues raspando y mesclando después un poco de sal, y calentar en el fuego y aplicar á la persona que quiere se le ampolle alguna parte del cuerpo no hay duda que se conseguirá el deseo.

«Las hojas ó cogollos de Guayabas colorado también es medicinal para el que esté atacado de ayre, pues se mastica bien y después se traga, verá que después de momento eruptará aire. El cocimiento de las hojas de este arbol es útil para lavatorio á las heridas se evita de gangrena y se cura pronto.

«La cáscara de Narangita mezclando en el cocimiento de té, y calentito se toma y después se arroja bien el que padece de tos por efecto de romadizo mal curado se corrije pronto.

«La fruta del arbol Sampaloc tomándola á manera de cagelada con caramelo, no solo antivilloso sino también cura al que padece ofrecion de pecho hechando sangre por la boca.

«El cosimiento de la corteza del arbol Agoyo tomándolo la muger que se le haya retenido el período, se consigue bajarlo.

«Para el que tiene trastornado la memoria por causa de haber recibido mucho frío se tomara muchas frutas de Limoncito osua y se pone al fuego y cocido, se parte y se aplica á la cabeza del paciente y sanara.

«Para el que padece dolores de dientes por cauza de Gusanos ó irritación, se debe tomar cocimiento de la corteza del arbol Molare ó Santol,enjugando con el únicamente la boca. El mismo cocimiento del Santol es útil lavar] con el la parte llagosa ó canserosa para curarse mas pronto como con el cocimiento de la corteza del Afenic para disolver el lamparon.

«Las hojas de algodón ó Cayo calentándolas un poco en el fuego y aplicándolas á la parte dislocada se cura.

«El pasmo provenido de calor también se cura raspando la corteza del arbol Dapdap y después de calentado al fuego se aplica al vientre y á la espalda, para curar la ventosidad y vapor de tierra, debe rasparse la corteza del arbol Manugal y su cocimiento se da de tomar al paciente.

«Para contener la hemorragia en alguna herida se debe aplicar á ello raspadura de la corteza del arbol Nanca, Baje, ó sea Palmabraba.

«Para el que padece ronquera se le dará de comer fruta del arbol Sua ó limoncito á las cuatro de la madrugada, partiéndose y secándose antes al sereno y verá que la ronquera se quitará.

«Para el constipado mal curado se debe tomar de la fruta de Bayasong ó Leimon y se asa entero en ascuas, y cocido se parte en estremo, y el jugo se unta en el pecho abrigándose después el cuerpo.

«Para el que padece pasmo por el calor del Sol, se le debe aplicar la corteza del arbol Borobarira raspada, y cocida en el fuego envolviéndolo en hojas de plátano se pone en el vientre.

«Para volver su color natural al cutis que lo tenga amarillento á causa de irritación y frío, debe tomarse el paciente el cocimiento de la corteza del arbol Malobayo.

«Para cortar los pujos no hay más que tomar cocimiento de las hojas del arbol Manga.

«Para disolver tumores en cualquiera parte del cuerpo, se consigue sacando un poco de calamasado con el jugo del arbol Ditadita se unta en la parte que trata del tumor para disolverlo. El cocimiento de la corteza de este mismo arbol, sirve para corregir un tanto las tercianas, y para lavatorio de heridas.

«Con el cocimiento de la corteza del arbol del Mambog se lava las implamaciones elifanticas para curarse.

«Para curar la enfermedad que llaman culebra no hay mas que coger pepitas en sazón del arbol Sapran y amasadas con un poquito de agua para estraer la parte colorada que las envuelve, y untado con dicha agua desaparece la enfermedad.

«Con el cocimiento de le corteza del arbol Layoan tomándolo, es un medio de cortar la sangre por la boca.

«Untando en la herida el jugo del arbol Balite sana pronto y revive la carne.

«La suciedad que la lengua demuestra por efecto de alguna calentura, se quita enjuagando la boca todas las mañanas con el cocimiento de la corteza del arbol Ciruelo.

«Es muy útil dar de tomar á las paridas cocimiento de la corteza del arbol Tanag al objeto de echar fuera la sangre coagulada. Para este mismo padecimiento las hojas de la Yerba Daloydoy se pasan un poco al fuego para ahuyentar la frescura y se aplican al vientre. También á falta de Daloydoy suple las hojas de la yerba Peregrina bajo el mismo método de aplicación de la Daloydoy.

«Para calmar los dolores de Barriga, se debe aplicar á ella hojas del arbol Alom.

«Se cura el espasmo tomando el cocimiento de la corteza del arbol Yba.

«Para un constipado mal curado se saca corteza del arbusto Taló ó talago se ajusta ambos estremos de ella y después se pone en forma de rosario para que el constipado salga.

«Con el aceite del arbusto Tagnan-tagnan misturado con polvos de pimienta, se cura la cojera que proviene de tumores.

«La hernia ó sea la potra también se cura con la fruta de papaya asando esta, y cuando esté bien caliente se aplica hasta que se enfrie.

«Cuando la matriz estuviese hinchada á causa de la obstrucción de periodo, se cojen hojas del arbusto Cipris se pasan al fuego y calentito se aplica al bajo vientre y se calmará la hinchazón.

«Para las enfermedades de punzada es muy util las hojas del arbusto Quilala que después de piladas se aplican á la parte dañada.