The Project Gutenberg eBook, Salta, by Juan Carlos Dávalos

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SALTA


Libros publicados por la Cooperativa Editorial "Buenos Aires"

I—Fernández Moreno.—Ciudad.
II—Horacio Quiroga.—Cuentos de Amor de Locura y de Muerte.
III—Carlos Ibarguren.—De nuestra tierra.
IV—Manuel Gálvez.—La sombra del convento (novela).
V—Ernesto Mario Barreda.—Las rosas del mantón (Andanzas y emociones por tierras de España).
VI—Carlos Muzzio Sáenz-Peña.—Versión castellana de La cosecha de la fruta de Rabindranath Tagore.
VII—Arturo Capdevila.—El libro de la noche.
VIII—Ricardo Jaimes Freyre.—Los sueños son vida.
IX—Luisa Israel de Portela.—Vidas tristes.
X—Pedro Miguel Obligado.—Gris.
XI—Mario Bravo.—Canciones y Poemas.
XII—Juan Carlos Dávalos.—Salta.
PRÓXIMAMENTE:
XIII—Alfonsina Storni.—El dulce daño.
XIV—Alvaro Melián Lafinur.—Literatura contemporánea.

JUAN CARLOS DÁVALOS

SALTA

Prólogo de MANUEL GÁLVEZ

"BUENOS AIRES"
SOCIEDAD COOPERATIVA EDITORIAL LIMITADA
AVENIDA DE MAYO 791
1918


A Manuel Gálvez.

El defecto capital de este libro es su personalismo.

Su mejor cualidad es la espontaneidad.

Esto proviene de que los artículos que lo componen fueron escritos en diferentes épocas, sobre temas asaz diversos, y nunca con el propósito de hacer un libro.

Al reunirlos en un volumen me propongo dar una idea de lo que es Salta; y de lo que puede ocurrírsele en Salta a un hombre que observa, aislado, y sin ambiente literario alguno. Representa, pues, un esfuerzo intelectual, no sé si estimable o necio.

Usted que conoce al autor y su medio provinciano, es el llamado a prologar este libro, y hacérselo comprender al público del país.

Sin un comentario previo de usted, no deseo que el libro vea la luz.

Así apreciará usted cuánto le estima como amigo y como escritor su afmo. y S. S.

Juan Carlos Dávalos.


PRÓLOGO

Hace diez años, era Salta una ciudad colonial. La visitaba yo entonces por primera vez; y no necesito exagerar, si afirmo que ninguna ciudad de nuestra tierra me había producido una igual impresión de carácter y de poesía. En Córdoba, en Santa Fe, encontramos algunas viejas casas características. En Salta lo eran todas por aquella época. Con sus techos de tejas, sus ventanas y sus puertas de formas coloniales, y sus altos balconetes de madera y de hierro, que parecían colgados de los aleros, las casas de Salta evocaban encantadoramente la vida argentina de hace un siglo.

Pero no eran sólo las casas lo que entonces recordaba el tiempo que fué. Eran también las calles, las iglesias, las gentes, las costumbres. No olvidaré nunca las sensaciones que me causaron ciertas cosas, tan exóticas para mí: el llanto trágico de la quena que un indio platero tañía maravillosamente; el reñidero, con su público heterogéneo y sus escenas pintorescas; y un baile de arrabal, donde silenciosos indios, calzados de ojotas y emponchados, miraban, con asombro estúpido y tenaz, cómo bailaban la chacarera y la zamba, al son de un arpa vieja y al ritmo de los versos quíchuas que cantaba el músico ciego, las mujerzuelas y los hombres de diversas clases sociales que atestaban el rancho.

Poco de esta Salta queda ahora. Sus casas no fueron derribadas, pero un absurdo y mal entendido espíritu de modernidad reformó las ventanas y las puertas, suprimió los aleros y ocultó los techos de tejas levantando las paredes delanteras. Pero a pesar de todo, permanece en Salta lo suficiente para que miremos a esta ciudad como la más completa y bella imagen del pasado argentino.

En aquella Salta apacible hice amistad con Juan Carlos Dávalos. El fué mi mejor guía, sobre todo en el sentido espiritual que podemos dar a esta palabra. Dávalos me refería leyendas y tradiciones, y me hablaba de la vida provinciana, cuyas cosas y cuyos tipos característicos conocía profundamente, juzgándolos con su humorismo benévolo y original.

Dávalos me recitó algunos de los pocos versos que hasta entonces llevaba escritos y me leyó varias de las páginas que componen este volumen. Convencido de las facultades de Dávalos, le incité con entusiasmo a que escribiera; y creo haber contribuído en buena parte a su dedicación literaria. Su conocimiento de la vida en aquella comarca salteña, tan argentina y tan ignorada en el resto del país, colocaba a Dávalos en una situación excepcional. El joven poeta amaba la tradición y la comprendía tan hondamente, que era lógico esperar de su talento, robusto y realista, páginas del más fuerte sabor vernáculo.

Su primer libro, De mi vida y de mi tierra, prologado elogiosamente por Carlos Ibarguren, fué para Dávalos un buen éxito. Su lenguaje, original, con algo de arcaico, su sentimiento personal y poético de las cosas del campo, y sus descripciones eficaces y vigorosas, sorprendieron. Luego ha escrito un interesante drama histórico. Y ahora realiza mi deseo de que publicara un libro en prosa, evocando la vida de aquella Salta, colonial y apacible, que tal vez pronto desaparecerá completamente; recordando leyendas y tradiciones; retratando los tipos característicos de la ciudad y de los campos y haciéndonos ver, con su talento descriptivo, escenas pintorescas del arrabal, de la montaña y de la selva.

Juan Carlos Dávalos tiene dos grandes cualidades literarias: humorismo y aptitud para describir.

El humorismo de Dávalos no es trascendental sino excepcionalmente, y en pequeño grado. No contiene amargura ni desilusión. En lugar de ejercerse sobre los defectos morales de los hombres, se aplica a las características materiales. Pero sin hacer apenas crítica, ni intentar corregir el mundo.

Si Dávalos desarrolla esta cualidad de observar el ridículo en los hombres y en las cosas, puede llegar a realizar notables caricaturas. Advierto que digo esto en su elogio, porque hay quienes imaginan que la caricatura es un defecto y se halla fuera del arte. Los grandes noveladores del siglo pasado son prodigiosos caricaturistas. Así Dickens y Thackeray en Inglaterra; Pérez Galdós y Palacio Valdés, en España; Daudet, Flaubert y a veces Zola en Francia; y Eça de Queiroz, en Portugal. Conviene recordar que no es preciso hacer reir para ser caricaturista. Hay también caricaturas trágicas, de las que son ejemplos algunos personajes de Dostoiewsky y de Balzac.

La aptitud descriptiva de Dávalos se muestra a la vez en los tipos, en las escenas y en los paisajes. He aquí como presenta a un jugador de taba: "... es un hombrón taciturno, un poco alcoholizado. Parece allí un toro, parado en dos pies entre la tropa. Usa enorme sombrero blanco y se alza el poncho del pescuezo para que le vean su charro cinturón de bolivianas de plata. Va quinientos pesos a su mano. Se escupe con calma las manos, refriega las palmas en el suelo, guiña el ojo izquierdo como si fuera a apuntar con escopeta, mira bien la taba con el otro ojo, la blande, la sopesa varias veces, echa un desafío a la redonda. Los espectadores, atónitos, se apartan. La taba vuela; la siguen con la vista, da tres vueltas justas y se clava".

Igualmente eficaces son los retratos del gaucho Cruz Guíez, del Serapio Guantay, de la dueña de la casa donde se celebra el baile de villorrio, de la Juana Figueroa. Entre los tipos que en dos palabras describe al pasar, nos impresionan particularmente los opas, esos pobres imbéciles que tanto abundan en el norte. En el capitulito La decadencia de los opas, título del más fino humorismo y que constituye un admirable hallazgo, se refiere, en un estilo lleno de gracia, a varios de ellos, que eran populares en Salta. Pero en otros capítulos nos habla también de aquellos infelices. Así en El baile de villorrio, donde nos pinta uno en esta forma: "En el patio, un opa de ojos clarísimos y cara pálida y gorda, que había bebido en demasía, mascaba asnalmente un bollo, y servía de diversión a unos muchachos...".

Como narrador, Dávalos muestra también notables cualidades. Hay en su libro escenas de una gran belleza: la de los burritos leñateros, que pasan lentamente por las calles, curioseándolo todo y metiéndose dentro de las casas; la de la riña de gallos, que tiene tanto movimiento y tanto color como las descripciones análogas de Sarmiento; y aquella en donde cuenta los amores del Serapio Guantay, página penetrada de la honda poesía de las montañas salteñas y que basta para revelar en Dávalos las aptitudes de un gran escritor.

Sus paisajes son generalmente muy breves, simples anotaciones hechas al pasar. Pero en todo el libro está latente el aspecto de la ciudad y de la naturaleza. He aquí una de las mejores descripciones, donde recuerda la vieja Salta que él debió conocer en su niñez: "Evocad el Salta de sesenta años atrás, con su pobre y pesada arquitectura colonial; con sus tejados de alero volado a la calle; con sus enormes portales cuadrados y recios; con sus altas veredas, entre cuyas lajas desiguales brotaba el pasto del campo; con sus hondas y tortuosas calles de piedra bola. De noche, ardía en las esquinas del centro un candil de sebo. El sereno, encargado de varias manzanas, pasaba lentamente, cantando la hora y el aspecto del tiempo. En las casas donde había quedado alguna luz, revoloteaban encandilados, sobre los anchos patios, murciélagos errantes y siniestras lechuzas".

Dávalos aparece en este libro como un espíritu multiforme y una sensibilidad compleja. Algunos de sus relatos son más que trágicos, macabros; otros humorísticos, otros sentimentales y poéticos. Con la misma eficacia descriptiva con que nos relata una proclamación política en el arrabal o reconstruye la riña de gallos, nos evoca la vida de las montañas. Nos hacen reir sus siluetas de los cocheros, su desfile de los opas; nos estremece de terror y de misterio el recuerdo de aquella noche en que murió su amigo apodado el Chivo Pedro; y nos hace comprender el alma de la raza vencida, impregnándonos de honda emoción territorial, en los párrafos donde describe a un indio que desciende de la montaña haciendo sonar el erque.

Pero en todas estas páginas de índole tan diversa, Dávalos, como escritor moderno que es, demuestra que busca en las cosas, no una belleza más o menos convencional, sino su carácter. Sus paisajes, sus escenas, sus cuadros, sus tipos son llenos de individualidad y nos revelan uno de los pedazos más interesantes y originales de la tierra argentina.

He mencionado sus relatos macabros, y quiero dar mi interpretación de ellos. Los cuentos espeluznantes de Dávalos no nos hacen daño ni nos desagradan. Nos producen, sí, la sensación completa que el autor pretendió producir, pero al acabar de leerlos no quedamos impresionados, disgustados, hasta enfermos, como después de leer ciertos cuentos de Quiroga. Tal vez contribuya a esto, los detalles humorísticos que Dávalos encaja hábilmente en medio de sus terroríficas narraciones. El caso es que estas páginas nos hacen el efecto de una broma, de una broma bien hecha, por otra parte. Parece que el autor se hubiera dicho: "Voy a escribir unos cuantos cuentos espantables para que vean que soy capaz de escribirlos, y, sobre todo, para reírme pensando en el efecto que producirán en las gentes pacíficas".[1] Y los ha escrito, pero permaneciendo él sano, fuerte, sereno, y sin ennegrecer el ánimo del lector. Porque una de las características de Dávalos es su sanidad de espíritu. Y es un escritor sano, no solamente porque nada hay en él de enfermizo, sino porque tiene todas las cualidades morales que acompañan a la perfecta salud espiritual.

Juan Carlos Dávalos posee verdadera imaginación, profundo sentimiento poético, comprensión de la realidad y, más que nada, sensibilidad. Pero no una sensibilidad como la de cualquier escritor distinguido, sino una sensibilidad como sólo la tienen los verdaderos artistas. ¿Me permitirá mi amigo que revele al público cierto detalle un poco íntimo, pero que demuestra su valer? Bien: yo he visto a Dávalos emocionarse hasta las lágrimas ante una lectura, y no por tratarse de cosas tristes o impresionantes, sino por la sola belleza de lo que se leía.

Dávalos es también un psicólogo. Pero como todos los temperamentos realistas, revela el alma de los seres por medio de sus gestos y de sus actos. Es muy interesante su psicología de los opas, de los gauchos, de los indios y de los perros.

Su estilo es incorrecto y a veces duro. A mí me place, no obstante sus defectos, porque se acerca a la palabra hablada y porque hay en él color y movimiento. Tiene escasa armonía, salvo en ciertos raros instantes, pero mucha sencillez y sobriedad. Estilo corto, escueto, muy preciso y vigoroso, es excelente para las descripciones de escenas y de cuadros realistas. Pero cuando se habla de una cosa poética se torna poético. Y según el asunto, es hondo, emotivo, florido, brillante o melancólico, y cobra, cuando el relato adquiere vuelo, una penetrante elocuencia. He aquí cómo empieza a narrar los amores de un pastor y una vaquera: "El azar los había puesto cerca; el instinto los juntó. Y en el filo de una loma, sobre el pastizal oliente a berbena y anís, la india, más aviesa, lo inició al indio, más ingenuo, en el raro misterio que cumplen las cabras y las vacas, que trajina el polen en las patas diminutas de las abejas, que puebla el soto de inquietas y esmaltadas mariposas, y que hace cada primavera florecer el amancay blanco y la begonia escarlata entre las breñas. Desde aquella tarde los dos indios volvieron a encontrarse siempre, y juntos divagaron por los cerros, descubriendo el encanto de los callados sitios, oyendo al eco repetir sus gritos en las altas barrancas, mirando rodar por los precipicios las gruesas galgas que aflojaban al borde, triscando a la par de los chivos en las paradas laderas, o escondiéndose a veces de algún viajero que cruzaba, allá abajo, en su mula, el áspero pedregal del torrente".

Pero trate de un asunto o de otro, la prosa de Dávalos es siempre viviente, moderna, muy argentina y sin afectaciones de ninguna índole. Dávalos, felizmente, se encuentra libre de literatismo, ese veneno del que no logramos desprendernos los que hemos sido educados en la literatura francesa contemporánea.

Sin afectaciones, dije, e insisto en ello. Porque no faltará quien acuse al autor de Salta como afectado de arcaísmo. La prosa de Dávalos está matizada de palabras que nos parecen viejas o demasiado castizas. Pero no son palabras que Dávalos haya aprendido en los libros. Las ha adquirido del pueblo, del campesino salteño, que habla un hermoso castellano, un castellano con algo de rancio y a la vez algo de quíchua. Al usar, pues, aquellas voces, Dávalos, lejos de mostrar afectación, hace obra rigurosamente argentina.

Ahora, sólo falta que el revelador de la tierra salteña ponga su talento y su corazón al servicio de una obra más orgánica que la presente. Tiene todas las cualidades para ser un verdadero novelista. Reclamémosle, para bien del país, que lo sea muy pronto.

Manuel Galvez


I
LA CIUDAD


LOS BURRITOS LEÑATEROS

Ellos traen a la ciudad modernizada un poco de la paz de los campos, la sobriedad rural, la lentitud de los días siempre iguales y hermosos bajo el infinito azul, en las praderas apacibles.

Con su pasito tácito, su leñita a la espalda, y su peluda ropa de anacoretas, arreados por un muchacho que monta una triste jaca cerril, pasan lentamente por la calle los burritos leñateros.

Son las nueve de la mañana.

En una puerta asoma una mujer, y trata con el muchacho por la leña.

Los burros siguen viaje. A ellos, ¿qué les importa el negocio? Lo que les gusta es andar, curiosear, ver novedades.

El muchacho corre a toparlos, y ellos, adrede, trotan calle arriba. Un auto los ataja en una bocacalle. El muchacho se les planta por delante: silba, grita, les pega ponchazos, y la recua vuelve frente a la vecina que espera la leña.

Mientras el muchacho desata la leña, los borricos merodean.

Uno, se cuela por un zaguán, raspando al pasar, los reboques con los torcedores. En el patio, una sirvienta lo baraja a escobazos. El burro ceja, y al salir, muy despacio, tumba una maceta.

Alguno se acuesta a descansar en media calle, lanzando resoplidos de desaliento, al pensar que a él no le toca el turno todavía.

Hurga otro, con su belfo suave y azulado, el cordón de la vereda, donde una cáscara de banana se adhirió a la piedra. Después se come una cáscara de naranja, mientras un camarada, más feliz en hallazgos, se empeña en tragar un diario abandonado, envoltorio de cocinera, saturado de oliente y sabrosa grasa.

Durmiendo los ojos beatamente, un burrito ensaya lamer un hilo de agua inmunda que mana de un albañal.

En un grupo, alguno, cariñoso y prolijo, le rasca con los dientes a un congénere la sarnícula del apolillado pescuezo.

Le toca luego el turno al que se echó: el muchacho lo quiere hacer levantar para descargarlo; pero el burro no quiere. ¡Se siente tan cómodo!

El muchacho, impaciente, la emprende a puntapiés. El burro se limita a menear la cabeza y pestañear, hasta que el dolor de la tunda le llega al alma. Entonces, cachaciento, ayudado por el muchacho, se incorpora.

El lento paso de la tropilla, su mansedumbre, el ligero vaivén incesante de las colillas exíguas, las cabezas pensativas, los dulces ojos, las tranquilas orejas, hacen del burrito leñatero la nota más simpática de la calle salteña.

¡Ay! pero no cuando uno de estos animalejos deja oir un bárbaro rebuzno.

El bucólico encanto se rompe de pronto ante esa desapacible resonancia, ante las grandes quijadas abiertas en la plenitud de la bestialidad, y ante el brutal regocijo que sacude el mísero y flaco cuerpo del asno, en espasmos de un grosero naturalismo.


UNA PROCLAMACION

Un mes antes de la elección el arrabal pulula en el comité. Y una noche, a son de bombas, se hace la proclamación del candidato. Es la noche cívica, merienda de negros, aquelarre, agrio candombe.

Cuando los adherentes se congreguen, y desborden por los cuartos y patios del comité, que es siempre un despacho de bebidas, en medio de la gente se mostrará el candidato, y hablará; y hablarán los amigos del candidato.

Ansioso esperaba el arrabal la noche de la proclamación. No bastaba el haber sorbido, durante veinte días seguidos, el vino del candidato. Ahora que la elección se acerca es preciso también oir la palabra de los políticos, que pagan la fiesta; de los blancos, de los ricos cholos, de los eternos explotadores del Juan Pueblo, como dijo cierto gringo que habló en el teatro, y que se fué.

Y esta noche, siendo de estruendos, y de discursos y de cerveza, hay que aprovecharla, y beber por el triunfo del partido.

¡El triunfo!... palabra imprecisa, mero ruído verbal en la cabeza del elector.


Entremos en el club político la noche de proclamación, en el momento de los discursos. Es en el patio entoldado de una pulpería de arrabal.

Parado sobre una mesa, enguantado, bien vestido, el candidato inicia la tanda de los discursos.

La multitud escucha: trescientos y tantos ciudadanos, de los cuales doscientos por lo menos están beodos.

El candidato infunde respeto. Su galano estilo, su clara dicción, caen, como lluvia de rosas en un lodazal, sobre un apeñuscamiento de cabezas hirsutas, sobre un campo de bocas abiertas en rictus alcohólico, sobre un oscuro lago de miradas atónitas.

Pero el espectáculo sugiere al punto esta reflexión: el respeto no es a las ideas, que no se alcanzan. Es el respeto atávico al blanco, es decir, al amo ancestral; es el respeto a los guantes, al jaquet, al botín de charol; es el respeto fetichista del indio por las cosas que su instinto presiente como signos de excelencia.

Un borracho aprueba con amplios gestos los párrafos del orador. Y exclama en alta voz:—¡claro!... ¡eso es!... ¡Me gusta!...

Lo veo esforzarse por fijar la atención. La mona, en su estrabismo, le muestra dos oradores, y él se obstina en mirar uno. Luego, cansado, vuelca la cabeza sobre el pecho impotente, y la sonrisa del arlequín que hay en todo borracho, divaga por el rostro enorme, moreno, pingüe de grasa y de sudor.

En medio de este grotesco silencio, en medio de esta trágica atención de beodos, aquí y allí se sofoca un juramento, se contiene una réplica inconsulta, se acalla un intempestivo monólogo. Entre tanto, algunos se desprenden furtivamente del grupo, para ir a beberse una copa más en el mostrador. ¡Qué diablos!... Lo único positivo es el vino; el vino que permite olvidar el crimen del ocio y de la ignorancia.

El candidato acaba su discurso entre palmoteos y alaridos. Todos se mueven, algunos quieren verle, tocarle. Y la multitud al revolverse apesta más, como si se hurgase la basura. El alcohol se espande en vaho con los gritos, la roña se embravece con el calor y el roce.

Después del candidato habla un estudiante. Su palabra es vehemente, vibrante, sincera. Se imagina que el pueblo es quien le escucha; el pueblo teórico de los libros. Y le habla de deberes cívicos, de libertad, de honor ciudadano, de justicia social y regeneración política. Pero él no conoce al pueblo: es un ingénuo.

Le han dicho que en ese comité hay muchos tocados por el otro partido, y que esos vienen sólo a embriagarse, y que votarán en contra, a pesar de hallarse afiliados.

Y exclama con gran énfasis oratorio:

"¿Es posible, es creíble, ciudadanos, que entre vosotros existan tránsfugas, que vengan aquí nada más que a beber nuestro vino y comer nuestra empanada, y que mañana nos den la espalda en el cuarto oscuro? ¿Es posible que haya aquí uno, uno solo tan... sin vergüenza?"

Una voz aguardentosa replica a gritos:

—¿Uno?... ¡Varios! ¡Aquí hay varios, sí señor! ¡Varios sinvergüenza! ¿Sabe?...

Lo obligan a callar. No se debe interrumpir al orador. Los borrachos dicen siempre la verdad.

Este club contaba con trescientos cincuenta adherentes. Pero en el día de la elección, más de la mitad votó contra su partido.

Así es el mulato, la canalla abyecta, borrachona, pechadora, que aprovecha la ocasión política. Son la hez de la ciudad, el desecho de las faenas rurales, el desperdicio de los gremios honrados, la resaca de las pequeñas industrias laboriosas y probas. Son seiscientos, quizá mil gandules que determinan la suerte de los partidos, poniendo del lado adonde los vuelca el acaso, el peso vil de la cantidad.

Es la carga de papas en la cala, capaz de tumbar el buque.

Y en presencia de tales espectáculos viene a la mente un recuerdo irónico: "El pueblo no delibera ni gobierna", etc.


EL REÑIDERO

En el Salta de antaño el reñidero era una diversión popular. Aunque en decadencia, la de las riñas es aún una manía en mucha gente, por lo común ricos doctores y acomodados artesanos.

Ya no encuentra uno como antes por la calle algún distinguido señor con un gallo bajo la chapa, pero si vamos un domingo al reñidero comprobaremos la existencia de una verdadera pasión organizada en garlito, con su edificio apropiado, especie de templete de redondo techo adonde van los sabios gallólogos a parar por un gallo hasta la camisa.

El reñidero está en un barrio excéntrico. Es un corralón con varias dependencias: pulpería, reñidero y cancha de taba. La entrada permite el acceso a cualquiera de ellas.

La reunión empieza a las dos de la tarde. Un negro inválido, gordo y barrigón, cobra el boleto en la puerta. Individuos de toda catadura van y vienen por el gran patio de tierra y el viejo corredor de ladrillos.

En un extremo del patio una mulata hornea la primera tanda de empanadas. Aunque hay mucha gente que se mueve, lo hace con grave cachaza: uno pesa un gallo en una romana colgada del techo por un alambre; en un grupo se concierta una riña; un opa amarillo, palúdico, de barbas ralas, afirmado a un pilar, escucha estúpidamente las condiciones que se estipulan; algunos revisan en las galleras sus gallos, les dan los últimos toques, los acarician, los hablan; otros limpian y pulen un juego de chuzas de acero; por ahí, disparatando, se bambolea el eterno beodo de todos los domingos; y sobre este desacorde rumor humano, continuamente irrumpe, vibrante, marcial, el sonoro cocoricó de los gladiadores ansiosos de ir a la arena.

La preparación de un gallo es una ciencia. Se pesa y pela el trigo; se mide la dosis de agua y maíz; se le despluma al animal el trasero para ver cuándo está robusto, en cuyo caso esta parte se le enciende en intenso rojo de pimiento. Hay que separarlo de las gallinas para que no se ponga cailón y flojo. Hay que baquetearlo, o sea hacerlo topar con otros gallos para que tome estilo. Si es demasiado picador se le pone una piquera en el pico, estuche de cuero que le permite entrenarse sin morder, hasta que se acostumbre a pelear a revuelos.

Si el gallo está capioso, es decir, si no tiene buena pluma, se lo ensambla, lo que significa una obra de paciencia china, pues se hace preciso cortar las plumas de la cola y alas al canuto, y encajar en éste, pegándolas con goma, nuevas plumas largas y tersas, con lo que el gallo obtiene agilidad en el asalto, ya que las plumas lo equilibran.

Además, a fin de fortificar los pulmones y las patas, hay que corretearlo metódicamente una hora diaria; y hay que sacarlo a tomar sol por la mañana; y si se sofoca y agita mucho, hay que zamparle agua a buchadas por la cabeza y bajo las alas. Todo esto se practica a diario, fuera de las precauciones y medidas que aconseja la taumaturgia profesional cuando se quiere ganar con trampas una riña.

El número de tongos no tiene límites. Gallero hay que le embadurna de sebo a su gallo la cabeza para que el del contrario se despique al morder; algunos al desgolillarlo le cortan en escalera la golilla, lo que produce el resultado dicho, si el gallo contrario gusta de morder la golilla y no la cabeza.

Es gallo ligado si le amarran tan fuertemente las chuzas que el pobre animal camina apenas apuñando la pata. Es gallo desvelado cuando le hallan en los ojos cierta espumita, que prueba que para debilitarlo lo han hecho pasar una noche atado a la estaca entre dos luces. Muchos le untan al gallo en las axilas grasa de zorro, pues profesan la superchería de creer que por este medio el contendiente dispara, avisado por el instinto.

Todo esto y mil detalles más debe conocer y lo conoce al dedillo el juez del reñidero, quien cuida de que las riñas sean legales y se respeten los compromisos.

Bajo el techo circular está la arena, circular también, rodeada de una gradería de tablas, que sube en anfiteatro hasta el techo.

Suena una campanilla.

Más de cien jugadores se precipitan a las gradas. Se instalan. Tosen, esgarran, escupen. El circo tiene una barda enana de madera, bordeada por un colchado de trapo rojo. El juez se para a la puerta. Agita su campanilla. La riña va a empezar.

Los dos largadores contrarios, sostienen cada uno su gallo por el pecho, le friegan las patas y le dan el último vistazo.

El momento es solemne. Las apuestas se cruzan, breves y seguras. Algunos que apostaron ya, están callados, la mano puesta en el mentón, y así estarán hasta que acabe la riña. Los conocedores observan; los botarates elogian y desafían. Los dueños de los gallos guardan un digno silencio, prueba de sendos temores.

La campanilla suena de nuevo. Se larga la riña.

Un gallo da dos pasos, se para, se iergue y canta. El otro lo vé y lo embiste. Las rojas cabezas se agachan, los cogotes se estiran, arrogantes; los dorados, pequeños ojos bravíos brillan; las alas semiabiertas se aprestan al salto. Primero es el saludo bizarro de los dos picos, frente a frente, en línea recta, arriba, abajo, cautelosamente; después es el revuelo formidable, y en fin, la seguidilla, el entrevero, la riña; la riña tenaz, obstinada, furiosa, de una belleza ejemplar, de un denuedo heroico.

Cada riña es un poema épico: los sucesos, naturalmente, difieren; la heroicidad es la misma.

A veces un gallo queda ciego. Entonces el silencio de los espectadores se vuelve absoluto. El animal pelea a oído: se lo vé inclinar la cabeza, mas no para huir, sino para esperar escuchando al adversario. De nuevo lo halla, lo pica, se afirma, se solivia en las alas y le encaja con fragor las chuzas en el cráneo.

El adversario se abate lentamente, las alas ajadas, el pico abierto. El triunfador, ciego, se para tambaleante en la arena y lanza a las tinieblas su trágico, ¡su titánico cocoricó!

Se dió una vez el caso de dos gallos que cayeron muertos, primero el uno, el otro en seguida. El uno tenía traspasada una arteria junto al corazón: el otro no presentaba heridas, pero los entendidos dijeron que había muerto de rabia.

El papel de los entendidos es admirable. En cuanto el gallo cae a la arena, en cuanto se mueve un poco, ya saben si está ido, es decir si está acobardado, vencido al empezar la pelea.

Después de la riña sobreviene una febril agitación: los perdedores, resignados, oblan. Un ganador cruza el patio con un montón de billetes en la mano. Un individuo lava un gallo, le busca prolijamente las heridas, se las cura. Otro se come una empanada recién salida del horno. Quien pondera aquí las condiciones del paraguayo; quien sostiene allá que al giro tal le mordieron el pico antes de largarlo. Y junto al pozo, un individuo le chupa un ojo a su gallo para que no se haga tuerto y procede después a sangrarlo de la pata contraria, según una prudente cábula profesional.


LA TABEADA

En un canchón contiguo al reñidero está la tabeada. Siendo juego menos noble que las riñas, la taba tiene entre los decentes sus adeptos vergonzantes. La riña es como una ciencia, la taba es como un arte.

Depende del pulso y en parte de la cancha. Existe un canchero que prepara la tierra y la rocía de modo que ni se haga barro ni esté dura. Los límites opuestos los marca un cordel hundido en tierra. Dos hileras laterales de bancos de tabla son los asientos de los jugadores que esperan turno.

Reina en el corro, grande algarabía. Mientras un individuo pulsa la taba en una punta, el contrincante aguarda el tiro en la otra.

Formúlanse las apuestas entre el tabeador y su contrario, entre el tabeador y el público, y el público entre sí, por fas y por nefás, por cara o culo, con ventaja o sin ella: es un enredo de términos y dichos especiales, tan claros para el profano como si fuesen griego.

En media cancha han ido amontonando el dinero de las apuestas, apretado bajo una piedra para que no se vuele. Algunos empuñan rollos de billetes ajados y mugrientos. Los ya desplumados, se sientan a mirar, como fascinados, el manoseo de la plata.

De varias partidas atrás, un chaqueño emponchado mantiene la taba: es un invencible. Ha pelado a muchos. Ahora "la va derecho" con un mulatón compadre y hablador.

El invencible es un hombrón taciturno, un poco alcoholizado. Reconcentra en su juego favorito toda su grande alma de animalote. Parece allí un toro parado en dos pies entre la tropa.

Usa enorme sombrero blanco y se alza el poncho al pescuezo para que le vean su charro cinturón de bolivianas de plata. Va quinientos pesos a su mano.

Se escupe con calma las manos, refriega las palmas en el suelo, guiña el ojo izquierdo como si fuera a apuntar con escopeta, mira bien la taba con el otro ojo, la blande, la sopesa varias veces, echa un desafío mudo a la redonda. Los espectadores, atónitos, se apartan. La taba vuela: la siguen con la vista, da tres vueltas justas y se clava.

—¡Culo!... ¡Culo clavado! ¡El primer culo!

La agitación es intensa. Algunos juran. Otros se preparan a recibir su plata. Hay quien comenta a gritos las alternativas de aquella "mano".

El chaqueño saca un pañolón colorado y se limpia el sudor del seboso rostro. Echa luego mano al bolsillo y paga de un grueso puñado de billetes. Ha sido un "batacazo". ¡Quinientos a la olla! ¡Jué pucha! Pero no es nada; él puede jugar hasta diez mil pesos. Este hombre tiene quince mil cabezas en el Chaco.

La concurrencia es de un cómico abigarramiento. Vense galeras, guantes, bastones, botas, alpargatas y hasta patas peladas: la ancha pata pálida y roñosa del opa que atisba una moneda, del típico opa salteño, del infaltable de todas las aglomeraciones.

Vense levitas verdinegras. Una casaca con dos botones al rabo, que muestra que en sus tiempos fué jaquet; chalecos multicolores de una antigua moda, camisas que rebalsan y pechos pelados al descubierto.

Tampoco se libra de la manía el turco exótico, que ladra el idioma, pero que se hace entender y juega; ni el gringo, el delicioso gringo que masca tabaco y dice insolencias con la mayor soltura; ni tampoco faltan el mulatillo amanerado y compadrón del centro y el honrado maestro de escuela que viene a echar una cana al aire.

Además, en la tabeada merodea el "colero", furtivo borrachín que simula entusiasmarse por el juego y traba apuesta con este y con el otro, para abrirse a su hora, con cualquier pretexto. Lo que le interesa al colero es la bebida que circula a rodo, el desperdicio de las ganancias. Agradece antes de que le brinden. Su afabilidad comunicativa es una ganzúa; su entusiasmo por el juego un taparrabo de la impudicia.


LOS PERROS

En las grandes ciudades los perros son objetos de adorno o de lujo, cuando no seres esclavizados por el egoísmo del hombre, y que sirven en las tiendas para cazar ratones, o en las policías para perseguir malandrines.

En las grandes ciudades los perros pertenecen a alguna raza definida; y hasta los hay de abolengo.

Existe allí el perro de alcurnia, mimado y regalado; el galgo raro, el San Bernardo, el terranova, el fox-terrier, etc., etc. La monótona vida de estos perros no tiene allí sino un aspecto más o menos sentimental o decorativo, o francamente utilitario.

Para apreciar el papel de los perros en estado libre, de los perros como partido zoológico, disputando al hombre sus derechos a la vida, hay que venir a verlos en Salta.

Es un día de verano, a la hora de la siesta, en un suburbio casi desierto del pueblo. El sol reverbera blanco en las piedras de la calle y en las veredas de laja: es la hora de los perros.

No se ve más que perros, como si una universal metempsicosis hubiese substituído los habitantes por perros.

Por las entornadas puertas de calle, asoman sus hocicos. Las puertas de calle, donde la gente sale a tomar fresco al caer la tarde.

La perrilla de la esquina congrega los pretendientes del barrio. Primero es el festejo, el contoneo afable, el menear de rabos y el olerse. Y después la gresca galante que acaba en dispersión y derrota, cuando la mulata, dueña de la joven coqueta, asoma escoba en mano.

Un inquieto perdiguero, que los domingos suele ir de caza con el albañil, se ha escapado con la piola al cuello, y pasa, trotando al sesgo, al viento las narices, que recuerdan por lo largas el cañón de una escopeta.

Bajo el tropical ardor del día, entornados los ojos, la lengua afuera, cruzan por la calle grupos de perros de todos tamaños.

Uno que los mira pasar desde su puerta, se avispa, y sale a toparlos: se cambian los saludos de regla.

Se huelen, se gruñen; la pandilla sigue viaje, y el de la puerta vuelve lento sobre sus pasos, y alza la pata, desdeñoso, contra la pared corroída...

Los grupos circulan por todas direcciones. A ratos viene el rumor de una algarabía lejana. Alguna pedrada, alguna dentellada. Y los corridos huyen haciéndose los rengos.

En los días patrios y festividades populares los perros no saben dónde meterse. La gente de Salta padece la monomanía de las bombas. En cuanto se reunen doscientos manifestantes, sueltan innúmeras bombas. Entonces los perros, muertos de miedo, huyen a buscar un escondrijo, por entre las piernas del pueblo.

Al amanecer, desde las campiñas cercanas invaden la ciudad pandillas de perros. Vienen en alegre turbamulta a escarbar los cajones de basura que los sirvientes colocan en la vereda para que los levante el basurero municipal.

No hay casa arrabalera que no albergue tres perros por lo menos. ¡Y qué perros! Son perros de anónimas, azarosas razas, monstruosas combinaciones anatómicas, a veces espectrales y desconcertantes.

Vénse perros largos y chatos, en forma de locomotoras. Otros, lanudos, pequeñísimos, llamados cuzcos, que al trotar parecen con cuerda. Vénse los pilas, es decir, unos que carecen en absoluto de pelos.

Y esos tres tipos fundamentales al entreverarse en las cruzas, forman la interesante población perruna de mi pueblo.


DEFENSA DE UN PERRO

Mister Oscar Asterplat es un inglés que no me conoce, pero sabe que yo escribo, y ha venido a casa para encargarme un pequeño trabajo.

El otro día, un bruto de chauffeur atropelló al bull-dog de M. Asterplat, y éste desea que yo escriba un artículo en favor de su perro, y contra los automovilistas.

Accediendo gustoso a tan justo pedido, he mandado a un diario las siguientes líneas:

Señor director: persigamos a las vizcachas que arrasan los sembrados; matemos a las ratas que comen documentos y propagan la pulmonía y la peste; organicemos ejércitos langosticidas; fumiguemos los árboles arrugados por la diapsis pentágona, y hagamos guerra a los gatos ardorosos que gritan en los tejados. Todo eso es razonable y bueno. La vida es una eterna lucha del hombre contra los viles engendros de la naturaleza.

¡Pero pidamos al público que respete a los perros!

A los pobres, a los buenos, a los leales, a los nobles, a los dignos perros, estos amigos prehistóricos de nuestra malvada especie; que en el fondo de sus ojos, siempre despiertos, tienen un destello de luz para cada caricia, y un rayo de rebeldía para cada injuria.

El activo perdiguero que por las calles husmea sin descanso una escopeta; el airoso, elegante pila, juicioso en la iglesia, y caliente en el lecho de la viejecilla reumática; el miserable caschi que en las mañanas de invierno brinca delante de la cocinera, camino del mercado; el can flaco del pastero que a la sombra del carro va, paso a paso, del campo a la ciudad y de la ciudad al campo; el perro sucio del pordiosero, comensal en la olla de mendrugos, y lamedor cirujano de incurables lacras; el cuzquito centinela de los ranchos sin puerta; el perro del rico y el perro del pobre, el de la casa y el de la calle, cada cual llena un vacío en nuestros caprichos, en nuestras necesidades, en nuestros achaques, en nuestros infortunios. ¡Ningún perro está de más en el mundo!

Estas reflexiones, señor Director, me las sugiere el atentado de que fué víctima, el domingo de tarde, en la avenida Sarmiento, el perro "oso" de M. Oscar Asterplat, por parte de un miserable manejante de automóvil.

¡Este bruto le ha hecho pasar las ruedas por la barriga, y lo ha dejado extrachato, en media calle!

Yo protesto de semejante atentado, ante el público, en nombre del señor Asterplat y en el mío propio.


LA CONDENADA

Hace mucho años, andaban de boca en boca, entre la gentuza de mi pueblo, relatos extraordinarios acerca de una luz ambulante que vagaba por avenidas y caminos urbanos.

Precisamente, en las noches más tenebrosas, veíasela pasar, con diferencia de minutos, tan luego por las inmediaciones del cementerio como por los arrabales próximos al río.

La velocidad hasta entonces no vista que la animaba, y el intenso fulgor rojizo que despedía, dieron pábulo a la medrosa fantasía popular, que acabó por atribuirle sobrenatural origen.

Y a las viejas supercherías de duendes y mulas ánimas y viudas y almas en pena, vino a incorporarse la misteriosa leyenda de la condenada. Así habían dado en llamarle a la luz, sin duda porque se creyó que el panteón era su morada. Y salía de allí a deshora de la noche para emprender sus locas, desaforadas carreras, que espantaban a los malos y horripilaban a los inocentes.

Una noche, camino de la Caldera, iba un pobre indio paso a paso en su mancarrón, con las alforjas cargadas de bote en bote, cuando en un recodo topó de repente con la luz infernal. Indecible pavor hizo presa de jinete y cabalgadura, que, dando cara vuelta, fueron a sujetarse, perdiendo alforjas y calchas, a la plaza "9 de Julio".

Contaban que una negra que vivía cerca del cementerio mantenía macabras relaciones con la condenada, y esto, y el aislamiento en que sus íntimos la dejaron, motivó el trastorno mental de la infeliz catinga, sospechosa de brujería.

Una noche la policía tuvo noticia de una descomunal parranda en el barrio de tucumancito. Enviado un vigilante al lugar del desorden, se le apareció la condenada, se le espantó el caballo, y el porrazo y el susto fueron tales, que el cobarde policiano sufrió un desmayo de varias horas.

El número de perseguidos y preocupados era muy grande.

El cochero de un amigo mío tenía su cuarto lejos del centro, por el barrio del matadero, y aunque no era manco pa las cosas de este mundo, las del otro le inspiraban serias desconfianzas, por lo que prefería, si no había luna, quedarse a dormir acurrucado en los almohadones del carruaje.

Las niñeras les contaban a los chicos, haciéndoles poner los pelos de punta, las fechorías de la condenada; y las viejas beatas de correveidile averiguaban del cura si cometían pecado creyendo en ella.

Hasta entonces había limitado el espectro sus andanzas a los arrabales; pero héte aquí que una noche, como a las doce, se presenta en plena plaza Belgrano, desierta a esa hora, donde se pone a dar vueltas en persecución del único mortal que a la sazón la atravesaba; el cual, en fuga despavorida, logró saltar las barandas que cercaban la plaza, y llegar sin resuello a guarecerse en la tienda donde era dependiente.

¿Y no adivinas, lector, quién y qué pudo ser aquella condenada que en mi pueblo metió tanto susto?

Pues era el más pacífico de los hombres: un relojero italiano, el que llevó a Salta la primera bicicleta.

Fatigado del trabajo del día, montaba por la noche en su aparato, encendía la linterna fuera de la ciudad, y comenzaba su pedaleo de la manera más divertida del mundo.


LA CRECIENTE

Don Ventura Perdigones era un gallego verdulero que había en Salta.

Desde Vaqueros, donde tenía su hortaliza, llevaba todas las mañanas al pueblo una arganada de verduras frescas para vender por las calles.

Vaqueros es un lugar que dista dos leguas de la ciudad, y está situado en la margen izquierda del río de ese nombre.

Y digo río, porque se llaman así en mi tierra, mal que pese al estricto sentido del vocablo, los que en invierno apenas parecen arroyos apacibles, y en verano se tornan, con las lluvias, en formidables avalanchas de barro y piedras.

Una mañana venía el Vaqueros por demás crecido, como dice la gente de mi provincia. La noche anterior había caído una tormenta en los cerros, y, con tumultuoso estrépito, las turbias aguas arrastraban gruesos troncos y pesados pedrones.

A lo largo de la orilla, numeroso paisanaje a caballo esperaba que pasase lo recio de la crecida para atravesarlo.

Perdigones, encaramado en su asno, estaba allí, con las árganas repletas de repollos y lechugas. Quería pasar cuanto antes, sin atender a los consejos de algunos que le señalaban el peligro; y porfiadamente taloneaba a su bestia, y se paraba en los estribos a ver por dónde se lanzaría.

Y Perdigones que sí, y el jumento que no, bruto y hombre pugnaban por hacer cada cual su gusto, con grande regocijo y mofa de los presentes.

—No dentre Don Ventura. Mire que la creciente lo va a trapiar,—decía uno.

—De ande lo han de convencer, si este gallego es más porfiau que una clueca,—gritaba otro.

—Asojitesé bien, no sea que pierda los yolis,—vociferaba un tercero.

—¡Vaya, vaya hombre!—contestaba Perdigones.—Paréceme a mí que no hay motivo pa tanta alharaca. Pero lo que es éste, a mí no me gana,—decía del asno, y le molía de firme.

Al fin triunfó Perdigones, si bien más le valiera no haber triunfado, porque zamparse el burro, desquiciarse de la montura los yolis, y hacerse una balumba de hombre y bestia y arreas y verduras, todo fué uno. La rápida corriente los arrastraba.

Los gauchos armaron al punto sus lazos, y se los arrojaron al infeliz Don Ventura, que a manotones y zambullidas y vueltas de carnero en medio del agua, ni pudo ni atinó con los auxilios.

Y mal acaba el lance, si no logra prenderse, con todas las fuerzas que le restaban, a las raíces de un sauce ribereño.

Y ya en tierra firme, pasado el susto, un paisano le dice al gallego:

—Velay pues, ño Ventura aura que se ha salvao, dé gracias a Dios, porque esto ha sido un milagro.

Y el gallego, malhumorado y tiritando, le contestó:

—Hombre, dí tú gracias al sauce, que las intenciones de Dios fueron ahogarme.


LA DECADENCIA DE LOS OPAS

Como se ha cumplido para la historia del arte el "esto matará aquello", de Víctor Hugo, se ha cumplido en Salta esta otra fórmula: el progreso ha matado al opa.

Y no hablamos aquí de los opas que seguirán existiendo pese a todos los progresos, sino "del opa" como género social, del opa como factor social.

Todo ha conspirado, desde unos años a esta parte, contra los opas.

El advenimiento de las cloacas los ha emancipado de ciertos oficios de acarreo, que les era propio.

Después, un jefe de policía los ha expatriado en vagones y ha sembrado las vías, Salta afuera, con nuestros opas. Así fueron a parar, en este movimiento centrífugo de reacción colectiva: "Leche de Burra" a La Quiaca, el "Coto Zapallo" a la tumba, "Ripitipi" a Buenos Aires...

Y en nuestros días, apenas si al paso del opa Panchito, con su cara de macho alfalfero, su andar vacilante y sus inmensas alpargatas, nos asalta un recuerdo borroso de los opas de otros tiempos, de aquellos que apedreamos siendo niños. El opa de hoy es como el espectro del opa de entonces...

El opa de hoy, ha tomado carta de ciudadanía y hasta se le ha visto votar en las elecciones. Y luego, se le respeta, o quizá se le compadece; y se ha vuelto mendigo, como "Achoscha" y como Enredadera, o masitero como Panchito.

Pero antes, antes los opas eran algo muy nuestro, muy popular, muy típico, y a ellos les debemos buenos modismos, que han quedado estratificados en la memoria social. Así decimos de un tonto cualquiera; es un "Chupa-charqui". Y del que se contenta con falsas promesas: está Fulano como el opa del cura Arias, aquel opa famoso, excelente servidor, pero lunático, cuyo sabio amo, conociéndole su pasión por la ropa nueva, lo mandaba a lo del sastre a que le tomasen la medida, en cuanto lo notaba de mal talante.

El opa de las procesiones ha desaparecido. No había procesión sin su opa a la cabeza, provisto de un rebenque de carrero, espanto de muchachos y perros. Y es que no había iglesia sin opa, fiel criado del cura y auxiliar devoto de la sacristía. Quasimodo es así un tipo universal de campanero. Sólo un opa podía repicar con toda el alma, bajo la campana, sin temor de romperse las orejas.

No hay quien no haya asistido en Salta a la escena estruendosa de una misa o un sermón edificante, interrumpido por una trocatinta de azotes a los perros que asistían a la iglesia. Los aullidos repercutían por las bóvedas sagradas con sonoridad apocalíptica. Era el decoro de las cosas santas defendido a rebencazos. En cuanto un perro ultrapasaba la linde de la compostura, se le venía el opa al humo, rebenque en mano; y hubo el caso de una vieja que resultó zurrada por demasías de su pila. Y era cosa corriente en aquellos tiempos que la beata llevase su pila escondido bajo el manto.

Pero el jubileo, la apoteosis de los opas salteños tenía lugar el día del lavapiés.

En el patio de la Catedral, esa mañana, junto al pozo, el sacristán les arreglaba las barbas, cuando la tenían, les daba un traje nuevo, de piel azul, y el opa, dignificado y elevado a la categoría de apóstol, ocupaba su trono de honor al pie del altar.

En una de aquellas ceremonias, en que el opa Viborón hacía de apóstol, es fama que los muchachos le trazaban víboras en el aire, con el dedo, y el infeliz, olvidando su sagrado papel, se descolgó del entarimado, presa de inaudita cólera.


LOS COCHEROS

Al mirarlos pasar desarrapados, blandiendo el largo flajelo de verdugos sobre los lomos enjutos del mancarrón placero, se diría que son asesinos que se escapan y no aurigas que pasan.

Estos son los más zaparrastrosos cocheros del mundo. No pretendemos, no, que vistan de gala, ¡así quedarían!, pero que, al menos, adopten en su pescante traza de cristianos. Ora es un gigante doblado en tres, con las canillas fuera del pescante, los botines rotos, el sombrero increíble, las barbas desparramadas; el judas de La Merced, el opa Viborón de cochero. O es un mico, un mequetrefe, metido hasta la nuca bajo la capota, llevándose por delante las vacas lecheras y la chinita que corre al mensaje. Pero todos, o casi todos precisan una lavada de cara.

¿Por qué no se les exige un mínimum de compostura personal? Si el traje hace a la persona, tal vez así se los haría gente.

Aquí es útil ser medio psicólogo, hasta para tomar coche. Primero hay que semblantearlo al cochero y no meterse con los que tengan cara colorada, porque esos andan mal de la mollera y habrá que pelear a la hora del arreglo.

Sobre todo, cuando se os ocurra viajar a San Lorenzo, fijaos si vuestro cochero no está con los ojos irritados y la nariz roma, pues al fin de la fiesta, cuando volveis por los precipicios de las lomas, él estará más borracho que Baco y os sepultará en alguna zanja, con vuestros deudos queridos. Y lanzará a los vientos, levantando las piernas a la luna, en cada barquinazo, un juramento que hará ruborizar a las señoras. Habeis puesto la vida a merced de un energúmeno, y sólo Dios y la buena suerte podrán salvaros. Que no es cosa simple contratar un cochero.

Y si al salir de un baile o del teatro llueve, y hay que tomar coche, ya no será dado elegir, porque los coches del servicio nocturno están que dá grima. Subís y empieza el calvario. Si no se zafa una rueda, media cuadra más allá la jaca que os arrastra cae extenuada. Y entonces, en el silencio de la calle, sin testigos, sin misericordia, comenzará el martirio zoológico de la pobre bestia, que a cada puntapié que recibe, de su guía, en el cráneo, gime con gemido profundo, mil veces más triste que el sollozo humano. Y la gloria del baile o del festival se disipa de vuestra mente, y el cuadro de la miseria de todo lo que vive se os impone al punto.

Y cochero y verdugo son una sola y misma cosa. Verdugo vuestro, porque pagais la hora con exceso, del sudor de la frente, y verdugo de los flacos, de los inocentes, de los desgraciados caballos que caen en sus manos.


Nota.—Este artículo produjo en el gremio un efecto extraordinario. Hubieron conciliábulos y discutieron si me darían o no una paliza. Yo esperaba ansioso los resultados. Al fin publicaron una protesta que decía así, poco más o menos: "Habiéndonos reunido los conductores de carruajes a deliberar sobre el temperamento a seguir contra el insolente articulista que así nos detracta en el diario "La Provincia", hemos acordado no adoptar medidas violentas por tratarse de un loco irresponsable, cuya familia, sin embargo, nos merece consideración y respeto".


UN BAILE DE VILLORRIO

No me olvido de aquel baile que congregó tanta "gente bien" en casa del comisario.

En un rincón de la sala, zahumada por el grueso tufo de kerosene de las lámparas, un músico, traído ex-profeso de Salta, galopaba sin piedad un viejo valse, sobre el no menos viejo y desvencijado piano.

En los ángulos restantes de la sala había frágiles mesitas de felpa calva, atestadas de ramos de flores de papel, cuajadas de pintitas negras, obra evidente de las moscas.

Contra las paredes, hileras de sillas de variadas formas y tamaños, donde descansaba la numerosa concurrencia; y en el suelo, mal disimulando las asperezas del bárbaro enladrillado, retazos de alfombras descoloridas.

En el techo de cañizos, sustentados por ciclópeas tijeras, techo hondo y lóbrego, tejían en silencio las domésticas arañas. Y en las alturas adonde no llegaba la luz de abajo, algunos murciélagos absortos comentaban con chillidos a la sordina la inusitada animación de la fiesta.

La concurrencia daba vueltas flemáticamente a la sala, al compás meloso y cursi de esa musiquilla de aldea, triste y desorejada. La dueña de casa, orondamente sentada en su sofá, contemplaba con aire satisfecho el desfile de las parejas.

Era una vieja robusta y ancha como una olla de chicharrón, que sudaba a mares y se hacía viento con uno de esos monstruosos abanicos de satín negro, que más parecen alas de Satanás que abanicos. A la vieja nadie le dirigía la palabra; pocos la conocían. Pues como se trataba de un baile de suscripción y ella había cedido su casa por pura condescendencia, nadie tenía nada que ver con ella.

Bien pronto me expliqué aquella cortesía, cuando ví que una chinita escamoteaba furtivamente las botellas de cerveza compradas por la comisión organizadora.

Algunas señoritas que confundían la sencillez con la vulgaridad, lucían trajes ajados y sucios, que hubiese rechazado una sirvienta. Y tal era el entusiasmo del día, que no habían tenido tiempo de arreglarse los cabellos ni quitarse el barro de las cabalgatas.

El "¡cállese, no sea atrevido!", el "¡vean esto, por Dios!" el "pucha", el "velay", las mil ordinarieces que florecen en las vendimias, se mezclaban, ensordeciendo el aire, en una sola cháchara vulgar y aturdida.

Una chinita zaparrastrosa y mugrienta se paseaba por entre las parejas, brindando cerveza en copas tres veces sucias; y un muchacho "quiscudo" como un cepillo, luchando por no dormirse, ofrecía en una frutera caramelos chupados de antemano, a medias, quizá, por los bebés de la casa, y "tortitas de leche" partidas aritméticamente a cuchillo.

En un extremo del corredor, alumbrado por una lámpara sombreruda, en derredor de una mesa, conversaban parejas de enamorados que nunca acababan de barajar sandeces. En el otro extremo, escondidos en la penumbra, los bebedores del pueblucho hacían su agosto en complicidad con los sirvientes, mientras parecían acalorados en una disquisición acerca de las virtudes del cura.

Por todos lados iban y venían los mosqueteros abribocas, o se acumulaban junto a las puertas, estorbando el paso.

En el patio, un opa de ojos clarísimos y cara pálida y gorda, que había bebido en demasía, mascaba asnalmente un bollo, y servía de diversión a unos muchachos...


EL DUENDE

La creencia en el duende era, quizá, la más arraigada en la ciudad, hasta hace treinta años. Demonio familiar y burlesco, más molesto que terrible, la plebe, y en particular los sirvientes y criados de las viejas casas, teníanle por espantajo familiar.

Para explicarse aquella superchería, fomentada sin duda por la ignorancia, se hace preciso recordar la arquitectura de los caserones coloniales.

Casi no había casa patricia que no fuese un verdadero laberinto de cuartos, pasadizos, altillos y corredores, intrincados y oscuros. Ocupaban los fondos, el corral, el gallinero, la huerta, las pesebreras y los cuartos destinados a la gente que traía de las estancias abastos y provisiones para varios meses.

En muchas casas, se carneaban reses en el corral.

El duende merodeaba en las cocinas y despensas; escondíase en los tunales y silbaba a los que iban al corral; dormía entre las petacas de cuero crudo, en zarzos y altillos; y aun a las veces poníase a frangollar en el mortero, a media noche.

Un anciano señor, ya chocho, y además célebre por sus mentiras, solía contar a sus relaciones—en alguna tertulia íntima de barrio, cabe la estufa monumental del comedor,—los trajines y fechorías del duende.

—Una vez—decía el anciano,—determiné mudarme de casa con mi familia; pues el duende no nos dejaba en paz. Apedreaba a hurtadillas a quien quiera que entrase en la huerta, volcaba las ollas en ausencia de la cocinera, hacía pudrir el charqui y engusanaba los quesos del zarzo... Habíamos trasladado a la nueva casa muchos muebles, cuando entré una tarde en la despensa para ver lo que todavía quedaba por acarrear. En esto se me presenta el duende, cargando el mortero, y me dice, con tamaño descaro:

—¿Y a dónde nos mudamos?...

Era un hombrecillo enano y cabezudo. Provenía de algún ignorado infanticidio; o era el alma de un niño muerto a los siete años, sin bautizar.

Usaba enorme sombrero y tenía una mano de fierro y la otra de lana. Aparecíase a los malos y desobedientes, a los pendencieros y mentirosos, y les preguntaba entonces, con potente y ahuecada voz:

—¿Con qué mano quieres que te pegue?... ¿Con la de hierro?... ¿Con la de lana?...

Y al vivo que elegía la de lana, le asentaba terrible mojicón con la contraria.

El duende era compadre y amigo del gato. Nadie sabe si el par de ojazos fosforescentes que vió en la noche serían los del duende o los del gato. Que también sucedía que el duende, convertido en gato, se echaba a dormir en el rescoldo del fogón.

Apadrinaba él, solícito, las gangolinas y grescas de los tejados, que, en noches de luna, ponían en la mente de los desvelados, terrores de la otra vida.

Caminaba con pesados y resonantes pasos a deshora, en los corredores, como si un grueso pisón golpeara los ladrillos.

Había, sin embargo, un medio para librarse de él. Sabido era que su finísimo olfato no toleraba los ingratos olores. Y quien quisiera andar seguro de noche, había de llevar preparada en los bolsillos cierta porquería...


LA VIUDA

Por todo el valle de Lerma se creía en la viuda; pero es cerca de la ciudad donde he recogido la leyenda de boca de unos indígenas.

Las supersticiones tienen, como característica, esa indeterminación de las versiones anónimas. Y asumen, según el sujeto que las refiere, contornos más definidos y reales, o se diluyen y esfuman hasta no ser más que una idea fantástica o una emoción de misterio.

Ignoro si sea ésta una leyenda salteña de origen y si el decir vulgar: "salirle a alguno la viuda" se usa en otras provincias, como aquí, para denotar el contraste imprevisto con que topamos en una empresa inadecuada a nuestras fuerzas.

Pero abandonemos los circunloquios y oigamos al indio viejo que me la contó:

"Una noche tormentosa y muy oscura, cuando yo era muchacho, el patrón me mandó a La Isla, con un recado urgente para don Nicanor Vallejos.

La Isla es una finca, a legua y media de Salta, entre el río Arias y el Arenales.

Yo conocía bien el camino, que no era de coche, como ahora, sino una senda angosta que atravesaba pequeños bosques de tuscas y algarrobos, harto tupidos a trechos.

El terreno es bajo y pantanoso y en algunas partes había que ser baqueano para no hundirse en los fangales.

Aunque nunca he sido flojo para las cosas de este mundo, no me sentía entonado para las del otro aquella noche, lo confieso. Así que en mitad del viaje, y en un punto en que más cerrado estaba el monte, al caer la senda a un bajío, puse el caballo al tranco y empuñé el cuchillo, que lo llevaba en el guardamonte, colgado de la vaina.

Al acercarme a unos sauces llorones que están ahí todavía, de un costado del camino, donde principia la bajada, se me atravesó como sombra un perrazo negro...

El caballo se avispó, bufó; y se pegó una tendida que casi me larga de hocico.

Por serenarme, mordí la hoja del cuchillo, la hice "tincar"[2] en los dientes y me afirmé en el apero, tiritando... En esto, ya sentí que un bulto me saltaba a las ancas y me echaba los brazos al cuello.