EL SUPERHOMBRE Y OTRAS NOVEDADES
OBRAS DE DON JUAN VALERA
- Pepita Jiménez; un vol. en 8.º, Ptas. 3.
- Doña Luz; un vol. en 8.º, 3.
- El comendador Mendoza; un vol. en 8.º, 3.
- Algo de todo; un vol. en 12.º, 2,50.
- Las ilusiones del doctor Faustino; dos vols. en 8.º, 5.
- Pasarse de listo; un vol. en 12.º, 2,50.
- La buena fama; un vol. en 16.º con grabados, 2,50.
- El hechicero. El bermejino prehistórico. Las salamandras azules; un vol. en 16.º con grabados, 2,50.
- Dafnis y Cloe (traducción del griego); un vol. en 8.º, 3.
- Estudios críticos; tres vols. en 12.º, 9.
- Disertaciones y juicios literarios; dos vols. en 12.º, 6.
- Cuentos y diálogos; un vol. en 12.º, 2,50.
- Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia; tres volúmenes en 12.º, 9.
- Tentativas dramáticas; un vol. en 12.º, 2,50.
- Canciones, romances y poemas; un vol. en 12.º, 5.
- Cuentos, diálogos y fantasías; un vol. en 12.º, 5.
- Nuevos estudios críticos; un vol. en 12.º, 5.
- Cartas americanas (primera serie); un vol. en 12.º, 1.
- Nuevas cartas americanas (segunda serie); un vol. en 8.º, 3.
- Morsamor; un vol. en 8.º, 4.
- La Metafísica y la poesía. Polémica con D. Ramón de Campoamor, 3.
- Pequeñeces... Currita Albornoz al P. Luis Coloma; un folleto en 8.º, 1.
- Las mujeres y las Academias, cuestión social inocente; un folleto en 8.º, 1.
- Ventura de la Vega, biografía y estudio crítico; un vol. en 8.º con el retrato del biografiado, 1.
- A vuela pluma, artículos literarios y artísticos; un vol. en 8.º, 4.
- Genio y figura; un vol. en 8.º, 3.
- De varios colores; un vol. en 8.º, 3.
- Juanita la larga (3.ª edición); un vol. en 8.º mayor con grabados, 6.
- Ecos Argentinos; un vol. en 8.º, 3,50.
- Garuda o la cigüeña blanca (edición ilustrada); en 8.º, 2,50.
- Florilegio de poesías castellanas (en publicación).
JUAN VALERA
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El Superhombre
y otras novedades
ARTÍCULOS CRITICOS
sobre producciones literarias de fines del siglo XIX
y principios del XX.
MADRID
LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ
Carrera de San Jerónimo, 2
1903
Es propiedad del autor.
Queda hecho el depósito que marca la ley.
Imprenta de Ricardo Fé, calle del Olmo, núm. 4
EL SUPERHOMBRE
Forcitan et majora audens producere tellus
Corumque, Enceladumque feret, magnumque Tiphoea,
Ausuros patrio superos detrudere cœlo,
Convulsumque Ossam nemoroso imponere Olympo.
Fracastorii: De Morbo Gallico.
La vida intelectual me parece que en Francia, más que en nación alguna, está reconcentrada en su capital, París. En Alemania hay muchos centros, como Berlín, Leipzig y Stuttgard, que persisten, a pesar de la unidad política creada por el Imperio. En los Estados Unidos, con no menor actividad, se escriben y se publican libros en Nueva York, en Boston, en Filadelfia o en Chicago. Y en nuestra España, aunque proporcionalmente se escribe menos y se lee mucho menos, la producción literaria no está encerrada en Madrid, sino que se muestra en varias ciudades de provincia, especialmente en Sevilla, Bilbao y Barcelona. Mucho me felicitaría yo de todo esto, aplaudiéndolo, si la manía del regionalismo no lo echase un poquito a perder; pero hoy quiero prescindir del regionalismo y no decir de él una palabra. Diré, sí, que Barcelona compite con Madrid, y aun se adelanta y supera a Madrid en muchos puntos. Y también diré que los madrileños y los que en Madrid habitualmente vivimos, no ignoramos ni desdeñamos, como tal vez hace treinta o cuarenta años, lo que en Barcelona se escribe y se publica, aunque sea en catalán o en francés y no en el idioma castellano, que prevalece desde hace cuatro siglos como idioma nacional, español por excelencia, que se extiende desde California al estrecho de Magallanes, y que se habla y se escribe, no sólo en esta Península y en las islas que son aún sus posesiones, sino también en dieciséis o diecisiete Repúblicas o Estados independientes. Cuando crezcan en todos ellos la población, la prosperidad y la cultura, bien podrá lisonjearse cualquier literato o sabio de mérito, si escribe en castellano, de que contará, naturalmente, con un público de los más numerosos y extendidos que hay sobre la superficie de la tierra.
Entonces, como ahora, todo cuanto se produzca escrito en castellano, vendrá a enriquecer el tesoro literario español, y, si vale algo, será recibido, no con celosa envidia, sino con satisfacción y con júbilo por todo el que se precie de español y sienta en el alma el amor de la patria grande, o sea de la casta.
Lo que es yo, y no me tengo por excepcional ni por raro, lo mismo celebraré la aparición de un buen libro, en verso o en prosa, en Caracas, en Bogotá o en Quito, que en Málaga o en Zaragoza. Niego, pues, ese desdén, esa rivalidad que entreveo que se nos supone, a los que escribimos en Madrid, contra los que escriben en español en otras ciudades, y singularmente en las de Cataluña. ¡Ojalá escribiesen allí cosas tan buenas que, sin excitar nuestra envidia, despertasen en nosotros emulación noble y nos moviesen a escribir con mayor tino, primor e ingenio que en el día!
Como quiera que ello sea, yo de mí puedo decir que cuando sé de un autor nuevo o leo un libro nuevo, en castellano, prescindo para elogiarle de la región en que está escrito o impreso, y le elogio cuanto merece y tal vez proporcionalmente más, según la distancia desde donde el libro viene, causándome por ello impresión más grata y peregrina.
Largo es el anterior preámbulo, pero no está de sobra, para afirmar aquí que, si bien no he leído yo La Muerte y el Diablo y Herejías, de D. Pompeyo Gener, ha sido por descuido y no por malquerencia regional, y que ahora, después de haber leído el flamante libro del mismo autor, titulado Amigos y Maestros, hallo que su autor es digno de consideración detenida y de extraordinario aplauso. Y aunque sea en cifra y resumen, por no tener lugar ni tiempo para más, voy a dar aquí alguna noticia de dicho libro, tratando de realzar las elevadas prendas de pensador ingenioso, de escritor elegante y fácil y de persona docta y discreta, que ha mostrado el autor al componerle.
Para gustar de un autor no es menester coincidir con él en opiniones y creencias, ni mucho menos dejarse convencer por sus razonamientos. A menudo suele sucederme lo contrario, y así me sucede con el libro de D. Pompeyo Gener. Mucho tengo que aplaudir en dicho libro, y muy poco de lo que dice me convence, aunque aplaudo el entusiasmo, el saber y él ingenio con que lo dice. Ténganse por dados mis aplausos, y permítaseme que contradiga yo algunos de los asertos del Sr. Gener, considerándolos completamente erróneos, o bien que ponga reparos y haga observaciones sobre los que hallo conformes a medias con lo verdadero y lo justo.
Amigos y Maestros es una colección de semblanzas o retratos de escritores franceses todos, menos uno, Joaquín María Bartrina. Justo sería el panegírico que hace Gener de este singular ingenio si no quisiera realzarle con odiosas comparaciones, tildando de palabreros, confusos y difusos a los demás poetas de España, y suponiendo que deben la fama de que gozan a que viven en Madrid, y sin duda forman parte de una sociedad de elogios mutuos. Yo no puedo convenir con el Sr. Gener en que España es madrastra y no madre de sus mejores hijos, cuyo mérito no confiesa hasta que los extranjeros le reconocen y proclaman; y que, en cambio, pone por las nubes a medianías y hasta a nulidades intrigantes. No fueron ni son nulidades, ni medianías, Quintana, Gallego, Espronceda, Zorrilla, Hartzenbusch, García Gutiérrez, Tamayo, Querol, Núñez de Arce, Ferrari y no pocos otros, que viven aún, y que no deben su reputación, ni a las alabanzas de los periódicos de Madrid, ni al descubrimiento y a la declaración que hayan hecho de su valer críticos extranjeros.
Crea el Sr. Gener que Bartrina no vale más en el concepto que se forma de él, después de leída su semblanza, que en el concepto que de Bartrina teníamos formado antes de dicha lectura. Tal vez sea más claro el primer concepto. Yo, al menos, no puedo conciliar que Bartrina se parezca al mismo tiempo al sencillo, elegante, sincero y clásico Leopardi y al afectadísimo, falso y extravagante Baudelaire. En el único predicamento en que pueden entrar a la vez los tres poetas, es en el de ser los tres incrédulos, enfermizos, tristes y desesperados. En todo lo demás se diferencian muchísimo. Y, si hemos de hablar con franqueza, así Baudelaire como Bartrina se quedan muy por bajo a infinita distancia de Leopardi, uno de los más admirables poetas líricos que ha habido en Europa en el siglo presente, tan glorioso y fecundo en este género de poesía.
Las demás semblanzas, según dejé ya apuntado, son todas de escritores franceses, y yo no puedo menos de alegrarme de que la crítica juiciosa se emplee en ellos y los dé a conocer en España. Celebro asimismo el apasionado afecto y la generosidad con que el Sr. Gener los colma de alabanzas. Yo convengo y he convenido siempre en que Francia posee amena y riquísima literatura, y en que es fecunda y dichosa madre de originales y elegantes escritores, cuyas obras son acaso las más leídas y celebradas en los países extraños, por donde el pensamiento y el idioma y hasta el sentir de los franceses se imponen y predominan entre los otros pueblos. Pero esta hegemonía de Francia en letras y en artes, no sólo da a Francia entre los extranjeros fundadísimo crédito, sino también prestigio deslumbrador, que los solicita y estimula a la admiración más ciega, a los encomios más hiperbólicos y muy a menudo a la desmañada imitación de lo peor, originando modas en lo que se escribe y en lo que se piensa, como las hay en lo que se viste y en el menaje de las casas. Contra esto importa precaverse y estar sobre aviso. De aquí que tal vez los personajes que el Sr. Gener retrata en su libro queden tasados en su justo valer si rebajamos siquiera una tercera parte de las alabanzas que el Sr. Gener les prodiga. Debe además decirse que todos ellos están bien estudiados, tienen el conveniente parecido en el retrato y éste es una bella pintura que califica de atinado observador y de hábil artista a quien acertó a trazarla.
En general, todavía tengo yo que poner otro reparo a las semblanzas del Sr. Gener, o más bien aconsejar a los lectores que se aperciban contra ellas de cierta cautela, más indispensable a los españoles que a los hombres de otros países.
En España, ya sea por nuestra natural condición, ya sea porque escribiendo para el público o siendo artista se llama menos la atención y se adquiere menos dinero y menos gloria que en otros países y, por consiguiente, hay poco incentivo para dedicarse con constancia a lo que llaman en francés la pose, la verdad es que entre nosotros la pose apenas se estila o se usa, y cuando se usa o se estila es de un modo superficial y efímero y no con la honda tenacidad y persistencia que suelen tener en ella los escritores y los artistas franceses. Digo esto a fin de advertir que no debemos tomar con seriedad la pose mencionada, y a fin de censurar al Sr. Gener, aunque muy blanda y amistosamente, de que a veces toma dicha pose muy por lo serio. Válganos para muestra muchas cosas que refiere de Sarah Bernard, aunque en este caso es disculpa y aun plena justificación la galantería. La simpática y encantadora actriz posee en toda su persona vencedor y misterioso atractivo; con él y por él seduce y hechiza, como si fuera más hermosa que la Venus de Milo; se viste con lujo, esmero y gracia admirables, y su voz es argentina y simpática y tiene matices, inflexiones y tonos propios para expresar toda pasión y todo sentimiento: la ternura amorosa, los celos, la soberbia y la ira. Su andar, sus gestos, las posiciones que toma y los movimientos que hace, todo está magistralmente estudiado y ejecutado con inspiración y destreza. En suma, para elogiar a Sarah Bernard, yo me conformo, o más bien me complazco, en ser eco del Sr. Gener o de quien más la elogie. En lo único que no soy eco y en lo único que resulta la disonancia es en lo que me parece afectada ponderación; algo que veo en mi espíritu como trasladado a la vida real desde lo sofístico y aparente del teatro. ¿Cómo he de creer yo con formalidad y sin risa que para representar bien a la emperatriz Teodora, mujer de Justiniano, necesita Sarah Bernard leer a Procopio en griego, atracarse de Pandectas hasta el extremo de desencuadernar el volumen que las contiene y hacer otros mil estudios profundos y enrevesados para enterarse de cosas que probablemente la misma emperatriz jamás supo? Chistes, rarezas y exquisiteces por el estilo hay en los escritores y en los artistas de todas las nacionalidades, pero en los franceses se notan más a menudo. El blanco, al que con esto dirigen la mira, es a pasmar y atolondrar a los burgueses, mostrándose en vida, costumbres y hábitos, muy apartados de lo usual, muy inauditos y tan fuera del camino trillado, hasta en los casos y accidentes más ordinarios y repetidos, que vienen a aparecer, no como seres humanos, sino como monstruos o criaturas de distinta y superior especie. Asimismo procuran inculcar en la mente del vulgo un concepto fantástico de las enormes dificultades de su arte, suponiendo que para vencerlas son menester requisitos muy singulares, por donde, en ocasiones, el escritor o el artista que así quiere señalarse, incurre en pueril pedantería o en charlatanismo a la Dulcamara. Si Sarah Bernard asegura que para hacer bien el papel de la emperatriz Teodora se atiborra de crónicas en griego, se traga el Digesto y hace de él una buena digestión, y hasta interviene en el tejer de las telas con que han de hacerle los trajes procurando que sean tejidos según el estilo y manera con que en la edad de Narsetes y de Belisario solía tejerse, yo doy por cierto que Sarah Bernard embroma a la gente a quienes semejantes cuidados y esmeradas faenas refiere. Al hablar de todo ello, debería empezar su discurso como el gracioso doctor de la ópera, exclamando: ¡udite o rustici!
El título del libro del Sr. Gener lleva implícita la justificación contra todo lo que pudiera decirse acerca del mérito relativo de los personajes cuyos retratos literarios ha hecho. No los ha hecho porque dichos personajes sean los más egregios, sino porque han sido o porque son amigos y maestros suyos. Aun así, yo debo convenir y convengo en que se da la dichosa coincidencia de que sean casi todos los unidos al Sr. Gener por lazos de amistad, autores de primera nota en Francia, descollando en aquella nación tan rica en ingenios entre los más famosos y aplaudidos. Tales son Bourget, Richepín, Taine, Renán, Littré, Claudio Bernard, Flaubert, Pablo de Saint-Víctor y Víctor Hugo.
Aunque yo no he leído ni estudiado detenidamente todo cuanto dichos autores han escrito, conozco de ellos lo bastante para tributarles el más rendido homenaje de mi admiración, poniendo sobre todos a Renán como prosista, y a Víctor Hugo como poeta.
A veces he censurado yo en Víctor Hugo no pocas extravagancias, pomposidades y relumbrones falsos y de mal gusto, pero, a pesar de estos defectos, que yo noto para que no se me acuse de idolatría, siempre me he complacido en reconocer y confesar que por lo fecundo e impetuoso de su abundante vena, por su maravillosa fantasía y por su destreza magistral en el manejo de la lengua, del metro y de la rima, Víctor Hugo es, si no el primero, uno de los mayores líricos y épicos de nuestro siglo, rico en poetas más acaso que ningún otro de los siglos pasados. Dentro del período que abarca la vida de Víctor Hugo conviene no olvidar que en las naciones cultas de Europa, en alguna de América y en la misma Francia, el autor de los Cantos del crepúsculo ha tenido rivales que, si por la fecundidad no le vencen, tal vez por la calidad y excelencia, pureza y perfección de determinado número de obras, se le anteponen y le eclipsan. Así, por ejemplo, Manzoni y Leopardi en Italia, y aun en nuestra pobre y hoy desdeñada España el glorioso cantor de la imprenta y del levantamiento de las provincias españolas.
Como quiera que ello sea, y con el debido y más profundo respeto a los personajes literarios y científicos que el Sr. Gener retrata, declaro que no llego a advertir en ellos la estupenda magnitud y la superioridad descomunal que me induzcan a presentir, a columbrar y hasta a profetizar el próximo advenimiento de una raza o casta de hombres muy por encima de los que en el día visten y calzan y andan por esas plazas, calles y campos.
A mi ver, ha habido bastantes épocas en la Historia en que la profecía de ese advenimiento pudo estar más fundada. Tomemos, por ejemplo, los cien años que van de 1480 a 1580. En seguida se ofrecen a nuestra memoria Colón, Vasco de Gama, Magallanes, Vives, Suárez, Victoria y Domingo de Soto, Ignacio de Loyola y Lutero, Rafael y Miguel Ángel, Ariosto, Camoens y Shakespeare, Galileo, Baccon y Copérnico, y otro centenar de varones extraordinarios, en toda clase de obras propias del ingenio y del entendimiento humanos y para todos los gustos, creencias y doctrinas. Comparados con los personajes que acabamos de citar, los del presente siglo, yo al menos lo entiendo así, se quedan tamañitos. Admirable y rico es el fruto que han dado los segundos, pero vale más y tiene superior importancia el fruto que dieron los primeros. Los modernos idiomas, balbucientes e imperfectos aún en la Edad Media, se desenvuelven con pasmoso florecimiento y producen obras maestras en varias literaturas; se agranda y llega a ser casi cabal, en la mente humana, el concepto del universo visible; se conocen por experiencia las cosas materiales de la tierra y del cielo; renace la antigüedad clásica, y al renacer, y al ser imitada, el prurito de la imitación engendra nueva y original poesía, divinas creaciones artísticas, flamantes sistemas filosóficos y hábiles métodos de observación y de estudio para interrogar a la naturaleza y al espíritu humano y arrancarles sus más hondos secretos. En parangón de lo que hizo el siglo XVI, resulta inferior la obra de nuestro siglo, aunque no olvidemos ni dejemos de incluir en ella ciencias que pueden llamarse nuevas, tan importantes como la Química y la Filología comparativa, y descubrimientos tan ingeniosos y útiles como los del vapor para fuerza motriz, la fotografía, el telégrafo eléctrico, el teléfono y el fonógrafo. Todo esto vale e importa muchísimo, pero importa y vale muy poco cuando se compara al transfigurado renacimiento del mundo antiguo y al descubrimiento del nuevo mundo. Y si entonces no se creyó que iba a surgir de enmedio de la triunfante humanidad un ser exquisito y perfecto a quien llamásemos el superhombre, menos razón hay de creerlo ahora porque Renán escriba la novela sentimental titulada Vida de Jesús, porque haya ferrocarriles y alumbrado eléctrico, y porque se inventen las máquinas de coser y las bicicletas.
Si yo me dejase dominar por mi fervorosa filantropía y por mi amor a todo progreso, me dejaría convencer por los argumentos que el Sr. Gener aduce, y creería, como él, que está próxima la aparición del superhombre; pero, aunque soy progresista, no lo soy tanto, y aunque quisiera creer lo que el Sr. Gener cree, acuden a mi espíritu multitud de dudas que me lo impiden, harto a pesar mío. Voy a poner aquí algunas de estas dudas según se me vayan ocurriendo. Y voy, además, a presentar varias enmiendas o modificaciones a la doctrina sobre la humanidad ascendente, tal como el Sr. Gener la profesa, a fin de que, si al cabo nos dejamos convencer y la aceptamos, sea modificada o enmendada, según a mí me parece más razonable y equitativo.
En primer lugar, yo me alegraría de que el ascenso del género humano a género superhumano fuese general o total, aunque en la superhumanidad futura hubiese también, como en la humanidad presente, y en la debida proproporción, ineptos y aptos, torpes y hábiles, y tontos y discretos, etc.
En el día, Inglaterra, Francia y Alemania, y tal vez alguna otra nación, no ha de negarse que nos llevan la delantera en este correr disparatado, en que vamos todos, en el hipódromo de la Historia, aproximándonos ya a la meta; y sería caso lamentable y necio que por llegar antes a dicha meta los pueblos del Norte, viniesen de súbito a convertirse en superhombres, teniendo nosotros, por ir ahora tan rezagados, no ya que adelantar, sino que retroceder hacia la animalidad o hacia la especie inferior de que hemos salido, acabando por ser, con relación al recién aparecido superhombre, lo que hoy es el mono con relación a nosotros. Con esto no me conformo a pesar de todos los discursos del Sr. Gener y a pesar de mi acendrado progresismo.
Se me dirá que el que yo me conforme o el que no me conforme no es del caso. Lo que conviene dilucidar es que el caso sea o que no sea.
Meditemos sobre su posibilidad.
Empezaré por un distingo. Si por progreso se entiende el acumulado capital de observaciones, estudios, sistemas y descubrimientos que las generaciones pasadas nos han ido legando, que nosotros conservamos y que sin duda acrecentamos y mejoramos, yo creo en el progreso a pie juntillas. El más obscuro bachiller del día sabe más gramática que Homero; el más humilde catedrático de Instituto sabe más Historia que Herodoto; y de las cosas naturales, de sus afinidades, composiciones, descomposición y cambios, sabe más que Hipócrates cualquier adocenado farmacéutico de aldea. Yo no niego esto. Lo que niego es que ese cúmulo, que esa ingente cantidad de doctrina, que ese esfuerzo y trabajo del espíritu de la humanidad, durante tres mil años, haya logrado infundirse en ese mismo espíritu por tal arte que se haya hecho consustancial con él, dándole valer y potencia superiores a los que antes tenía. Cierto que Homero, Herodoto e Hipócrates eran menos instruidos que Víctor Hugo, Taine, Renán y Claudio Bernard, pero, a mi ver, valían muchísimo más que ellos. Por donde yo infiero que el tal progreso substancial y personal, por cuya virtud ha de aparecer pronto el superhombre sobre la faz de nuestro planeta, no ha dado paso alguno desde hace por lo menos cerca de treinta siglos. ¿Cómo he de poner yo en duda que Hegel sabía más química, astronomía, zoología, mecánica, historia, etc., que el propio Aristóteles? Y sin embargo, con ser Hegel tan original y poderoso pensador, y con tener una tan fecunda y constructora fantasía y un vigor tan sublime para sintetizarlo todo armónicamente, combinando lo real y lo ideal y encerrándolo dentro de su idea, que eternamente se desenvuelve, todavía me parece Hegel pequeño cuando acerco la imagen que de él concibo a la imagen colosal con que se representa en mi mente el prodigioso maestro del magno Alejandro.
No iré yo hasta el contrario extremo del señor Gener, ni afirmaré que los hombres han degenerado. Me limito a presentar aquí, sin intentar resolverla, una contradicción que asalta mi espíritu. Yo quiero creer, y creo, que los hombres de hoy no valen, en el fondo, en lo esencial y por naturaleza, ni más ni menos que los de cualquier otro siglo; que por la educación y por la cultura, por lo que han heredado de sus mayores, por el tesoro que han reunido durante siglos, y sobre el cual se levantan como sobre un pedestal, los pensadores y escritores modernos valen más que los antiguos; que en determinado sentido, por la divulgación de los conocimientos, hay en el día más gente que valga. Y que en el día, no ya Napoleón I, sino el más torpe de los generales, derrotaría al hijo de Filipo desbaratando sus falanges con dos o tres cañones Krupp; el ateísta coronel Ingersol probaría a Moisés su ignorancia en química, en astronomía y en geología, y que toda la ciencia que había estudiado en los colegios sacerdotales de Egipto, no valía un pitoche al lado de la adquirida por él en las escuelas de Boston; y que el último maestro de escuela dejaría absortos y turulatos a Hesiodo, y tal vez al propio Píndaro, si se ponía a explicarles que los nombres son masculinos, femeninos y neutros, que pueden estar o están en nominativo, en acusativo, en dativo o en otro caso, y otras mil verdades científicas por el estilo, de las que es casi evidente que ni Hesiodo ni Píndaro se habían percatado. Pero aquí surge la contradicción. De esa misma ignorancia, de esa falta de educación, digámoslo así, y de ese cortísimo saber de los antiguos, nacen en nuestra mente el pasmo y la admiración que nos infunden sus obras. Mas que fruto de la reflexión y del estudio, nos parecen inspiradas, reveladas y divinas. No vemos en ellas el esfuerzo laborioso, ni la ciencia que de antemano se adquirió en el aula, o que se toma de repente y de prestado en un diccionario, o en cualquier otro librote, sino vemos la espontánea y fresca lozanía del propio ingenio, radiante de luz interior, a par que maravillosamente ilustrado por el numen.
El Sr. Gener traza un breve compendio de filosofía de la Historia, a fin de probar que se acercan los tiempos en que ha de aparecer el superhombre; pero, en muchos puntos, encuentro yo falsa su filosofía, y en ninguno la prueba de que dicha aparición esté cercana. Por el contrario, en varios párrafos del último capítulo de su libro, donde expone su doctrina, pinta con tan negros colores la sociedad del día, que si nos allanásemos hasta creerle, aseguraríamos que el género humano, en vez de adelantar moralmente, ha degenerado o se ha pervertido.
La culpa principal de degeneración tan lastimosa es, según el Sr. Gener, la errónea creencia de que todos los hombres somos iguales. Para el Sr. Gener nada más absurdo que la igualdad. A mi ver, el Sr. Gener tiene razón, si se entiende la igualdad de cierto modo; pero de ese cierto modo nadie entendió jamás la igualdad, ni ahora ni nunca, por donde el señor Gener crea él mismo un fantasma o estafermo para tener el gusto de derribarle con las lanzadas de su crítica.
El Cristianismo, según el Sr. Gener, vino a proclamar la igualdad de los hombres en la abyección y en la miseria, y la Revolución francesa y sus ideas, enseñaron y sostuvieron la misma igualdad, aunque nivelando a los hombres todos, por lo alto, y considerándolos igualmente capaces.
La acusación contra el Cristianismo me parece tan infundada como la acusación contra las ideas revolucionarias en este punto. Nadie que esté en su juicio, por fervoroso cristiano o por tremendo revolucionario que sea, ha desconocido jamás la desigualdad de los hombres, ni ha dejado de advertir las diferencias que hay entre ellos, porque unos son bajos y altos otros; débiles unos, y otros fuertes; algunos listos, y torpes muchísimos; y en lo tocante a inteligencia, agilidad y natural disposición para diversos oficios, artes y menesteres, se dan y se darán siempre escalas de muchísimos grados.
La igualdad que el Cristianismo y la Revolución coinciden en reconocer, está por bajo, o mejor dicho, está antes que toda doctrina religiosa o filosófica: es la igualdad radical y esencial de la naturaleza humana, con los derechos y deberes que de ella nacen y que en ella se fundan, con tal evidencia, que basta el sentido común para que la reconozcamos, si bien importa que la religión la consagre y que las leyes, revolucionarias o no, la sostengan y amparen contra la violencia y la injusticia. Igualdad tan justa no se comprende que pueda ser destruida por la doctrina de la humanidad ascendente, que el Sr. Gener sostiene con tanto entusiasmo.
En el modo de entender la igualdad cristiana, el Sr. Gener, obcecado por la pasión antireligiosa, incurre en varios errores. Ni en el cielo ni en la tierra, ni en la vida presente ni en la futura, reconoce el Cristianismo que el necio y el sabio, y menos aún el santo y el vicioso, sean iguales, a no ser radical y esencialmente. Y entonces, esta igualdad no está fundada en la vileza y en el menosprecio del propio ser humano, sino en el altísimo concepto que hace formar de él el Cristianismo, enseñándonos que toda alma de hombre es imagen y semejanza de Dios, que debe aspirar a ser perfecta como Dios mismo y que es de Dios tan amada que se sacrificó por redimirla, y tan estimada, que quiso unirse con ella y hasta con el cuerpo mortal donde ella se encierra. Sin duda que el alma fervorosamente cristiana, cuando se dirige a Dios en sus rezos y hablas interiores, se pone muy humilde, se califica de indigna, de pecadora, de perversa, de todo lo malo y ruin que pueda imaginarse; pero de sobra se comprende que esto lo dice y lo confiesa el alma cuando se compara con un ideal supremo de perfección, de rectitud, de bondad y de hermosura, término altísimo de todas sus aspiraciones y blanco inasequible de sus miras y anhelos. Cuando esta misma alma cristiana, no por los actos virtuosos que ha realizado, porque esto sería faltar a la modestia, sino por la capacidad que en sí siente y por el noble destino para el que Dios la crió, se contempla y examina a sí propia, en vez de ser bajo el concepto en que se tiene, es tan sublime concepto, que no se le aventaja el de ninguna criatura de las que ve o puede ver, ni de las que imagina o finge, ni de las que por fe o revelación conoce. El alma de la más cuitada criatura humana puede elevarse, cuando no por inteligencia, por amor, hasta el Ser divino; puede subir al cielo y sentarse, como se sentó Francisco de Así, en el trono en que se sentaba Lucifer antes de su caída. Arrepiéntase, pues, el Sr. Gener de su declamación contra la igualdad cristiana fundada en lo miserables que somos. Si lo dicho es confesión de ruindad y de real menosprecio de sí mismo, venga Dios y lo vea, como vulgarmente se dice. La igualdad, por consiguiente, se da en el Cristianismo en potencia: en la potencia infinita que tenemos todos de ser llamados hijos de Dios y herederos inmortales de su reino y de su gloria. Y lo que es en acto, como la igualdad sería absurda, desigualdad es lo que hay, ya que unos son réprobos y santos otros; unos justos y otros pecadores, y unos monaguillos y sacristanes y otros Abades mitrados, Arzobispos y hasta Papas.
Sobre la igualdad democrática, que también condena el Sr. Gener, declamando contra ella suponiéndola rémora del progreso, harto llano es hacer defensa parecida.
La igualdad democrática, racional y discretamente entendida, no está en el ser actuado, sino en el poder llegar a ser y en que ese poder no se ahogue ni se limite merced a privilegios odiosos. En este sentido, la igualdad democrática es justa y razonable en teoría, y no sirven para invalidarla los abusos y males que pueden nacer de ella. ¿De qué no pueden nacer males y abusos?
La más clara manifestación de la igualdad democrática es el sufragio universal. No refutaré yo los mil argumentos que contra él se hacen: los aceptaré como fundados; pero, sobre todos esos argumentos, hay una razón poderosa que los invalida y destruye. Sin duda que en una asociación de hombres para determinada empresa, a cuyo buen éxito concurren unos con el capital, otros con la inteligencia, otros con su habilidad, pericia y destreza en tal o cual arte u oficio, y otros sólo con el rudo trabajo de sus manos, el sufragio universal por igual sería absurdo, así como también lo sería el igual reparto de las ganancias y provechos. Pero la sociedad política, la ciudad o el Estado, es asociación de muy distinta índole y propósito. Su principal fin es amparar a los hombres en el libre ejercicio de sus derechos, reprimir toda violencia que los merme y no poner la menor traba a la actividad benéfica de cada individuo. En esto no cabe la menor desigualdad entre los asociados. Casi estoy por decir, o sin casi lo digo, que el jornalero que gana dos o tres pesetas al día tiene el mismo derecho, y acaso mayor interés, que el capitalista que goza tres mil duros de renta diarios, en que el Gobierno sea bueno, atinado y juicioso. Porque si el Gobierno lo hace mal y sobreviene la ruina, lo probable es que el Capitalista salve gran parte de su fortuna y siga gozando de ella, o en la propia patria semiarruinada, o en país extraño, donde acaso tenga fondos o bienes, mientras que el jornalero se morirá de hambre si se hunde la industria que le daba trabajo y jornal; y mientras más castizo sea él, y mientras más propio y peculiar de su patria sea el oficio que ejerza, mayor será su miseria y su desesperanza, pues no es llano ni cómodo emigrar a tierra extraña, sobre todo con familia, en busca de trabajo y sustento. En vista, pues, de la anterior consideración, yo tengo por evidente que el pobre ganapán, el obscuro y desvalido destripaterrones, está por lo menos tan interesado como el Fúcar o el Creso, en la prosperidad y buena gobernación de la república. Para el rico es esto negocio de mayor o menor comodidad y de más o menos exquisitos goces, y para el pobre puede ser negocio de vida o muerte, de no poder ganar las dos o tres pesetas que antes ganaba, y de tener que recurrir a la mendicidad o a la poca eficaz beneficencia pública en la tierra cuya riqueza fomentó con su trabajo, y por cuya integridad y por cuya honra tal vez derramó su sangre.
Entiéndase que, por amor a la verdad y a la equidad, y no para adulación o lisonja del vulgo plebeyo, me atrevo a afirmar lo que afirmo, en contra de la flamante y curiosa aristocracia cuyas doctrinas sostiene el señor Gener, y que se funda o cree fundarse en la egregia cultura de aquella pequeña parte de nuestro linaje, que, a lo que parece, es humanidad ascendente y se acerca ya a formar núcleo o grupo de superhombres.
La flamante aristocracia, o dígase la superhumanidad, no quiere el Sr. Gener que surja por revolución, sino por evolución, siguiendo el camino del progreso, que sin dada llevamos ahora; pero si no seguimos el buen camino y nos hemos extraviado, no se comprende de qué suerte hemos de llegar al superhumanismo por más evoluciones que se hagan. Mala traza tienen de entronizarse los superhombres, si hemos de juzgar fiel la pintura que hace el señor Gener de la sociedad presente: «Los más astutos, dice, escalando el poder directamente, o con la protección de las leyes, amparándose del dinero, se han impuesto, y las sociedades hoy gimen en una esclavitud mil veces peor que la antigua. Una piratería mercantil, un feudalismo industrial han venido a afligir a la humana especie con unos Gobiernos de nulidad, juguete de la bancocracia, que protegen sólo a los ineptos adherentes y dificultan el desarrollo de todas las verdaderas fuentes de vida. El prosaísmo ha tronado en soberano (sic): los valores han caído en poder de los malvados. Hoy día, en general, riqueza es sinónimo de nulidad moral, de egoísmo y de mediocridad perfecta; a lo más significa refinada astucia; en suma, una cualidad criminal punible.»
Si tan feos rasgos son exactos, si es así la sociedad presente, o bien no vamos por el camino del progreso, o bien hemos caído, con el carro que nos conduce, en un barranco o atolladero de todos los diablos. No veo, pues, que estén cerca el advenimiento y el triunfo del superhombre, ya que, según el Sr. Gener, son una caterva de majaderos, criminales y bellacos los que triunfan, se encaraman y lo gobiernan todo, mientras que los superhombres andan por ahí desperdigados, con poquísimo dinero, sin poder y sin influjo, y tal vez haciendo observaciones y experiencias, y escribiendo librotes que casi nadie lee. ¿Y cómo ha de leerlos nadie cuando la sociedad gime hoy, según el Sr. Gener, en la peor de las esclavitudes bajo el yugo infamante de esos tíos ordinarios y de esos ricachos vulgares y pícaros, que, según nos cuenta, nos mandan y nos oprimen? Si por virtud de la evolución hemos de salir de tan horrible estado, la aurora superhumana, en vez de estar cerca, está lejísima; tardará millones de años en amanecer. Ahora comprendo lo que leí tiempo ha en cierto libro de Sociología, que me hizo honda impresión y que no he olvidado nunca: «La humanidad, dice el referido libro, considerada en su vida colectiva, no ha nacido aún.» Tratando luego de cuando nacerá, y después de larga investigación y de cálculos sutiles, pronostica que nacerá dentro de catorce mil y quinientos años sobre poco más o menos. Y si la humanidad colectiva anda tan reacia en nacer, yo recelo que la superhumanidad triunfante siga en gestación doble tiempo, y sólo salga a luz, no ya dentro de ciento cuarenta siglos, sino dentro de trescientos, si para entonces no ha tenido nuestro planeta algún mal encuentro o tropiezo en la amplitud del éter por donde voltea y va valsando, o si no le falta agua porque se combine la que hay con sustancias sólidas, o si no se enfría y apaga su fuego interior, o si, a fuerza de rodar, no acaba por agujerearse y por tomar forma de buñuelo o de anillo, como el de Saturno.
Prescindamos ahora de los mencionados reparos; quitemos valor a los argumentos que el mismo Sr. Gener suministra contra el progreso rápido y contra la persuasión de que estamos ya cerca de la meta. Y en este supuesto, cavilo yo y me inclino a creer que el resultado del dichoso movimiento progresivo, en vez de ser la aparición del superhombre, será el allanamiento y nivelación de la raza humana, la igualdad aborrecida por el Sr. Gener, y si no la imposibilidad, la dificultad mayor cada día de que nadie sobresalga y descuelle.
Como no habrá tiranos crueles e intolerantes, nadie podrá ganar la palma del martirio. Cada uno podrá predicar y difundir la doctrina que se le antoje, a sus anchas y sin peligro alguno. La supresión de los castigos largos y dolorosos impedirá que alguien se distinga por su resistente energía para sufrirlos: los Régulos y los Príncipes Constantes no podrán reaparecer. Extinguida la pobreza, la caridad, el generoso donativo y las más bellas obras de misericordia no llegarán a ejercerse y se olvidarán o quedarán atrofiadas en el alma. Si la paz perpetua se realiza y las guerras se acaban, adiós virtudes bélicas, grandes capitanes y héroes valerosos. Descubierto y averiguado lo que queda aún por descubrir y por averiguar, todos seremos sabios y no habrá peregrina invención que realce a un mortal con un centímetro de altura sobre los demás mortales. Agotados y manoseados ya todos los asuntos épicos, líricos y dramáticos, probados todos los sentimientos, y empleados para expresarlos los más naturales, sencillos y propios primores de estilo, los prosistas y los poetas tendrán que repetir lo que ya se ha dicho, y ser plagiarios o imitadores, exponiéndose por el prurito de ser originales, a caer en las mayores extravagancias y ridiculeces: a ser decadentes, delicuescentes, impresionistas, simbolistas y naturalistas. Con los escultores ocurrirá lo propio, cuando pretendan superar por nuevos senderos a Fidias y a Praxíteles. Y los pintores, si ambicionaran ser entre sus contemporáneos príncipes o reyes de su arte, como ya lo fueron en otra edad Rafael, Velázquez y Rembrandt, caerían en los amaneramientos más disparatados. En suma: la igualdad nacida del progreso y de la difusión de la cultura, nos acosará a todos, y el que no quiera someterse a ella, sino elevarse y lucir sobre sus semejantes, llegará a volverse loco y pondrá en cuanto haga el triste sello de su locura.
Por dicha o por desgracia, este término del progreso está remotísimo aún y quizás no llegue nunca. Ya sabemos que la completa igualdad es imposible. Sólo queremos dar a entender que un adelanto indefinido en la marcha del linaje humano, no puede llevarle sino a la aproximación de la igualdad, y no a que unos individuos desciendan del grado en que hoy se hallan, y a que se conviertan en superhombres los individuos más selectos.
La civilización, al compás que crece, propende a nivelar a los civilizados. Y esto en todo y para todos. El macedón Alejandro es cien veces mayor y más transcendente por sus actos que Napoleón I. En el día no se concibe la posibilidad del caso estupendo y único de una ciudad como Roma, que llega a enseñorearse de más de la mitad del mundo entonces conocido. Hoy no se explican las rápidas conquistas de los muslimes y la difusión del Imperio del Islam, desde la India y las fronteras de la China hasta más allá por el Norte de los Pirineos, y por el Occidente hasta las olas del Océano, donde entró Ocba a caballo y la cimitarra en la diestra para dominarlas en nombre del profeta Mahoma. Ni menos se concibe cómo Cortés, Pizarro y Jiménez de Quesada, cada uno con un puñado de aventureros, penetraron hasta el corazón de las más incógnitas regiones, derribando y apoderándose de Imperios populosos y ricos. Hoy, por el contrario, los medios que se emplean son enormes; la acción, desmayada y lenta; los resultados, mezquinos. Más de 200.000 soldados y centenares de millones de duros, no bastan para domeñar a unos cuantos negros y mulatos rebeldes. Sin duda, la civilización niveladora e igualitaria de que hemos hablado tiene de esto la culpa.
El desdoble del linaje humano en porción de superhombres y en porción de menos que hombres o de hombres decaídos, que es una de las fases de la profecía disyuntiva del señor Gener, no da indicios de que llegue a realizarse. Y lo que es yo me alegro en lugar de sentirlo. Me dolería en extremo quedarme entre los individuos de la humanidad decaída: y también me dolería, porque soy filantrópico, cariñoso y bueno, aunque me esté mal el decirlo, encumbrarme y darme tono entre los seres superhumanos, dejando a tanto cuitadillo prójimo mío cayendo lastimosamente y degenerando hacia la animalidad primitiva.
Caso muy diferente será, y satisfactorio para todos, si la otra faz de la profecía es la que se cumple: esto es, si todo el linaje humano, sin excepción, se convierte en superhumano. Quiera Dios que así sea. De su bondad infinita esto, y más si cabe, puede esperarse, aunque el Sr. Gener no lo profetice.
Lo que es yo quiero esperarlo, lo espero y desisto de hacer nuevas observaciones y de presentar otras dificultades y dudas, porque entonces sería mi artículo el cuento de nunca acabar; pero, a fin de determinar mi esperanza, fijándola, arraigándola, cimentándola y no dejándola en el aire para que el aire se la lleve, voy a poner aquí las principales conclusiones que yo saco de todo, ora sean favorables, ora adversas a la tesis del Sr. Gener y a su doctrina del superhombre.
El ser humano, tal como hoy existe y tal como ha existido siempre desde que tenemos noticia de él por la Historia, dista infinito de Dios, para quien en Dios cree, o de la razón impersonal o de la super alma, como la llama Emerson, para los descreídos. En los tres o cuatro mil años que conocemos de historia, debiera advertirse que por sus pasos contados vamos acortando esta distancia. Yo, sin embargo, lo advierto poco. Todos los inventos, adelantos y mejoras que el hombre ha hecho, me parecen, si de acortar esta distancia se trata, como la cantidad de agua que un niño sacase del mar con una escudilla para dejarle en seco. La mejora y el progreso, además, (pues no he de negar que los ha habido), vienen de fuera y se sobreponen y no se adhieren a nuestro íntimo ser, engrandecido él mismo y mejorado. Aunque ya lo he dicho, repito ahora que, en mi sentir, Alejandro vale más que Napoleón y Aristóteles más que Hegel, Píndaro o Isaías más que Víctor Hugo, y Fidias y Praxíteles más que Canova y Thorvaldsen. En todo esto hay negación de progreso. El superhombre era más superhombre hace dos mil o tres mil años que en el día. La distancia, con ser infinita, que de la inteligencia soberana le tiene separado, puede salvarse en cualquier época, por favor del cielo, por rapto de amor divino, por galardón precioso concedido a una singular persona y que nada tiene que ver con el progreso. Lo que es como serie de grados que nos acerque a la perfección, no se ve el camino que nos conduzca al punto en que la superhumanidad aparezca. Ni casi con otros seres de diversa casta que el hombre acierto yo a poner jalones en dicho camino. Casi estoy por afirmar que, en lo radical y substancial, entre Dios y el hombre, no se descubre excelencia intermedia. Después de Dios, se diría que el hombre es lo más elevado que hoy se concibe y que se ha concebido siempre. Todos los seres con apariencias de superiores a nosotros, se nos someten y se ponen a nuestro servicio. Por medio de conjuros evocamos a los demonios; por medio de exorcismos los arrojamos de donde no conviene que estén; las sílfides y las ondinas se mueren de amor por nosotros; los dioses y las diosas de todas las religiones suelen prendarse de los mortales y casarse con ellos; los genios acuden a valernos, a protegernos y a inspirarnos poesía, prosa y otros primores; las hadas tejen ricas telas, fabrican brillantes joyas y favorecen a las princesas y hasta a las fregatrices; los ángeles son nuestra custodia y vienen a nosotros como embajadores y aun como mandaderos; y los arcángeles, ya son paraninfos, ya a modo de escuderos y guías que en nuestros viajes nos acompañan. ¿A ver, pregunto yo, si es lícito pedir o esperar más, después de alcanzar o de haber alcanzado todo lo dicho?
En otras mejoras, que pudiéramos lograr con el tiempo, noto yo que surge en seguida la contradicción. Pongamos por caso que se generalizase entre los hombres el ser tan hermosos como el Apolo de Belvedere, y entre las mujeres el ser tan guapas y bien formadas como la Venus de Milo o la Calípiga, y al punto los elegantes y aristócratas hallarían vulgar y ordinario el ser así, y para distinguirse ya se deformarían el cráneo, comprimiéndole o llenándole de burujones, ya incurrirían en otras empecatadas extravagancias. Y pongamos también por caso que al fin se arregla tan hábilmente el organismo de la sociedad, que el vicio siempre es castigado y la virtud premiada siempre. Pues en mi sentir, no podría ocurrir nada peor. Entonces sí que la virtud no sería sino un nombre. Los cucos y los galopines, movidos por la segura recompensa, serían los más virtuosos; y cuando alguien, desdeñando el propio interés, se entregase a los vicios más feos y perpetrase crímenes de marca mayor, nos inclinaríamos a creer, o bien que estaba loco, y que por consiguiente era irresponsable, o bien que era una criatura de condición elevadísima, cuyas pasiones briosas y sublimes le impulsaban a desprenderse del vulgar egoísmo y a salirse fuera de la pauta común en que todos nos habríamos encerrado.
En resolución, y para no cansar más, diré que no columbro por parte alguna el advenimiento del superhombre, sin que sobrevengan a la vez contradicciones irresolubles. Posible es, no obstante, que el superhombre sobrevenga. Pero, ¿quién me asegura que sea mejor moralmente que el hombre de ahora, y que no sea, con más saber y poder, desmandado y perverso? Fracastoro, en los versos que me sirven de epígrafe, considera posible el advenimiento de una casta de superhombres; pero no serán buenos, sino que serán descomedidos y feroces gigantes que no dejarán títere con cabeza, que se levantarán contra Dios, y tratarán de arrojarle del cielo, y que de nosotros harán sus víctimas y sus esclavos. Ya Swedenborg, cuando estuvo en el planeta Venus, vio y trató a los hombres de allí, y por lo que nos cuenta de ellos, y por lo apurado que entre ellos estuvo, podemos calcular lo mucho que padeceríamos y el inmenso infortunio que vendría sobre nosotros si una casta semejante, tan engreída, soberbia y poderosa, apareciese en este globo terráqueo en que habitamos.
Concluyo, pues, (y no porque se me acaban las razones, sino porque se me acaba la paciencia y porque temo que la de los lectores se acabe también), que lo más acertado y prudente es no desear ni esperar que el superhombre sobrevenga, y contentarnos con ser hombres regulares y como se han usado siempre, si bien enriquecidos, cada vez más, con invenciones ingeniosas, como la ya conseguida del alumbrado eléctrico, y como las que, sin duda se conseguirán, de dar dirección a los globos, sacar en las fotografías los colores de la cámara obscura, y quién sabe si llegar a alimentarnos con extractos y alambicadas quintas esencias, sin esta grosera alimentación de ahora, por la cual, al cabo del año, engulle cada hombre un montón de substancias, centenares de veces más pesado y voluminoso que todo su cuerpo. En fin, mucho, muchísimo se puede inventar y mejorar aún antes de que llegue el momento en que la aparición del superhombre se nos venga encima. Lo que es de las habilidades de Sarah Bernard y de los ingeniosos escritos de Juan Richepín, aunque yo los celebro porque me deleitan y me encantan, no me atrevo a inferir que dicha aparición esté próxima.
LAS INDUCCIONES
DEL Sr. D. POMPEYO GENER
Entre las mil desventuras que afligen hoy a la madre España, no es la menor el prurito de remediarlas que se ha apoderado de multitud de personas. Brotan de este prurito, como de abundante venero, arengas políticas y sociales, artículos de fondo, novelas y dramas y no pocos libros científicos, o casi científicos, que bien pudiéramos calificar de terapéutica política o de psicoiatría endémica. Y no se entienda que condene yo el prurito, que es natural e invencible, ni menos el resultado, que, si no llega a ser provechoso, es sin duda, o puede ser, ya divertido, ya interesante. ¿Y cómo condenarlos sin condenarme yo mismo, que me he metido también a curandero escribiendo o dictando modestamente algunas recetas? Lo que a mí me desagrada, o más bien me asusta, no son las mismas recetas, ya pronunciadas, ya escritas, en la tribuna, en el teatro, en los periódicos o en gruesos volúmenes, sino que la gente se apasione de lo que las recetas prescriben, mire en ello la más excelente panacea y se empeñe en aplicársela a la patria enferma, turbando el reposo de que necesita más que de nada para convalecer y recobrar la salud y el vigor antiguos.
De todos modos, los libros escritos y publicados ya, con el intento de curarnos y de regenerarnos, merecen detenido estudio, al cual, si Dios me da vida y buen humor, pienso yo dedicarme, no sin esperanza de recoger algún fruto, de ilustrarme un poco y de contribuir teóricamente, ya que para la práctica estoy inválido, a la regeneración deseada.
Por lo pronto, me limitaré a indicar aquí varias dudas que se me ofrecen, porque yo creo que en toda ciencia o en todo arte de medicina lo primero ha de ser el conocimiento de la enfermedad, y lo segundo hallar y aplicar el remedio.
La enfermedad permanece oculta a menudo, y sólo se conocen síntomas, fenómenos externos, visibles o tangibles, que son efecto y no causa. Y si tomamos por causa el efecto, ¿no nos exponemos a errar la cura? Tal es la consideración que me desalienta, que me retrae del oficio de curandero y que me mueve a no dar mayor crédito que el que me doy a mí mismo a otros curanderos más confiados.
Diré aquí, sobre el particular, lo que me inspira el sentido común precientífico y rastrero.
¿Quién no convendrá conmigo en afirmar, como repetidas veces he afirmado en otras ocasiones, que España es hoy más rica, sustenta más gente, cultiva mejor sus campos, tiene más industria y comercio y puede jactarse de poseer hijos ilustres, tan listos, tan bien hablados, tan discretos y habilidosos como en cualquiera otra época de su historia? La decadencia, la postración, la degeneración, o como queramos llamarla, no es, por consiguiente, absoluta, sino relativa. En el camino del progreso, por donde van las naciones de Europa guiando y mandando al resto del linaje humano, y esto desde hace veinticinco o treinta siglos, España se ha quedado últimamente muy atrás, y de aquí el aislamiento desdeñoso en que nos dejan los que van delante, nuestra desconfianza y el abatimiento tan propio en quien de sí mismo desconfía.
Por algo a modo de violenta reacción espiritual, hay momentos en que para no estar abatidos nos ensoberbecemos más de lo justo, ponderamos el mérito de nuestros hombres y de nuestras cosas de los tiempos pasados, y hasta llegamos a hacer la apoteosis, o al menos los más superlativos encomios, ya de esto, ya de aquello de los tiempos presentes. Entonces calificamos de invicto al general que nos entusiasma; de más elocuente que Cicerón y Demóstenes a nuestro orador favorito; y al autor de la comedia o del drama que hemos aplaudido de mucho más sublime que Shakespeare, cuyas obras por lo común hemos tenido la precaución de no leer.
Por desgracia, este laudatorio entusiasmo se apaga pronto como fuego de estopa, y postración más honda vuelve a enseñorearse de nuestras almas, contristándolas y humillándolas.
Hay cierta manera de discurrir de la que muchos sujetos no se dan cuenta. Discurren sin percibir que discurren, y las consecuencias que sacan suelen ser muy crueles. De la inferioridad patente, visible y clara en los asuntos y casos de la vida práctica, deducen nuestra inferioridad en cuanto hay de más sustancial e importante en el ser y en la vida de los pueblos. Pongamos un ejemplo que aclare y explique mejor esta idea.
Figurémonos a una dama, hermosa y rica, que quiere vivir y vive en España con todos los refinamientos y primores que ahora se estilan. Esta dama hará venir de Inglaterra sus coches y sus caballos, y de Francia sus tocados y vestidos. Tal vez, recelando que una cocinera española la envenene, hará venir de tierra extranjera, conformándose con la opinión de un aristocrático vate, a
Cierto químico excelente
Que estudió y ganó la borla
En el Café de París,
De cocineros Sorbona.
Realizado todo esto, sobreviene fatalmente el discurso antes indicado. Cuando aquí, discurrirá la dama, ni se teje con el primor que en Francia, ni se hacen coches como los ingleses, ni se crían tan hermosos caballos, ni se confeccionan sombreretes y vestidos como en París, ni se condimentan siquiera los sabrosos guisos que deleitan mi paladar, es indudable que en otras tareas de mayor empeño y en otras producciones más altas no habremos de lucirnos. Me conviene, pues, desdeñar por que deben tener poquísimo valor y ser muy latosas, como se dice ahora, las novelas, las poesías y hasta las filosofías de mi tierra. En virtud de tal consideración, o la dama no tomará jamás un libro en sus blancas y lindas manos, o si despunta por lo literata o lo filósofa, traerá también de París su pasto espiritual, como trae sus primores, adornos, elegancias y materiales regalos.
No se me tilde de delator. Yo no delataría ni acusaría a la dama, si ella sola pecase. Cuál más, cuál menos, todos pecamos por el mismo estilo. Tire la primera piedra contra la culpada quien se considere inocente.
Profundas raíces tiene en nuestro suelo el árbol de nuestra antiquísima y castiza cultura. Las semillas exóticas, aunque sean alimenticias y gustosas, y la mala hierba también venida de fuera, no ahogan dicho árbol, ni cercándole y abrasándole le secan y le chupan el jugo todavía; pero ya empiezan a deteriorarle un poco. El galicismo de pensamientos va invadiendo nuestras mentes más de lo que debiera. No repruebo yo en absoluto la imitación; pero es menester que el recto juicio se adelante a desechar lo malo y a elegir lo bueno para que después se imite. Lo lastimoso es que imitemos sin la mencionada previa selección, que toda simpleza o extravagancia transpirenaica nos seduzca, y que nos dejemos arrebatar por el entusiasmo sin que haya criterio razonable que nos refrene.
Días ha que vive aislado quien escribe este artículo y sin prestar atención, por su vejez y sus enfermedades, a casi nada de lo que ocurre fuera de España, a las más flamantes doctrinas filosóficas, a la dirección que toma y sigue la mayoría de los espíritus y a la corriente de ideas y opiniones que informan la novísima literatura; pero lo ve todo, retratado como en fiel espejo, en las producciones literarias españolas de ahora, sobre todo cuando presumen de contener o de ser filosofía. Siempre condeno yo o deploro este remedo, esta carencia o escasez de originalidad castiza; pero me parece difícil o imposible de evitar que así sea, y absuelvo al escritor o al pensador en quien noto esta falta. ¿Cómo no cometerla aceptando el concepto que de la filosofía generalmente se forma hoy? ¿Y por qué digo se forma hoy, cuando debiera decir que se ha formado siempre? Ya desde muy antiguo sonaba en las aulas cierto familiar proverbio que he de atreverme a citar aquí, porque viene en apoyo de mi aserto, aunque se vale de palabras nada bonitas ya de puro vulgares. El proverbio dice: La Gramática con babas y la Filosofía con barbas, lo cual significa que en el orden dialéctico podrá ser la filosofía el principio y el fundamento de todo saber; pero en el orden cronológico la filosofía es lo último que se aprende o puede aprenderse: es el firme asiento, el trono solidísimo y seguro donde la reflexión pone o cree poner a la ciencia que experimentalmente y por larga serie de observaciones y de análisis ha adquirido y ordenado.
Muéveme a decir esto la lectura de un libro reciente titulado Inducciones, debido al notable y cultivadísimo ingenio y al elocuente entusiasmo del Sr. D. Pompeyo Gener.
Mucho me complace coincidir con autor tan entendido en tener el mismo concepto de la filosofía. Indiscutible es para mí que no se filosofa bien sin previo conocimiento empírico de aquello sobre que se filosofa, y que cuando no filosofamos sobre algo, la filosofía tiene que ser vana y mero juego de palabras vacías de sentido. Ahora bien: como desde hace mucho tiempo, y sea por lo que sea, no nos hemos lucido los españoles en las ciencias de observación y en el estudio de la naturaleza o del universo visible, bien se puede inferir que la corona de dichas ciencias y de dicho estudio, o sea la filosofía, o tiene que ser entre nosotros anacrónica y fuera de moda, o hasta cierto punto tiene que ser importada, como el telégrafo eléctrico, la fotografía, el teléfono, el fonógrafo y no pocas otras invenciones sutiles y pasmosas.
No se extrañe, pues, que importemos en España filosofía como importamos las invenciones mencionadas. Conviene, no obstante, hacer una distinción. Tomemos para ejemplo cualquiera de los precitados artificios: el teléfono, pongamos por caso. Su utilidad y su realidad se hallan tan probadas, que no hay medio de que nos engañemos. Podrá ser que en la práctica seamos más torpes, lo hagamos mal y resulten inconvenientes; pero al fin y al cabo aprenderemos a telefonear. Yo creo que ya hemos aprendido, y que en España telefoneamos tan bien como en cualquiera otro país del mundo. Pero la filosofía, y perdóneseme lo rastrero y humilde de la expresión, es harina de otro costal: es asunto mil y mil veces más complicado y misterioso, y bien puede acontecer, y a mi ver acontece, que tomemos por verdad la mentira, por realidad el sueño y por razonamiento juicioso los mayores delirios.
Puede acontecer igualmente algo contrario a lo que acontece con los inventos de las ciencias naturales, que van todos de acuerdo y no se oponen unos a otros ni braman de verse juntos, como vulgarmente se dice. En las doctrinas filosóficas, si las tomamos de aquí y de allí, sin mucho criterio, y nos empeñamos en amalgamarlas, resulta o puede resultar una mezcla desatinada e informe, un conjunto de ideas que se rechazan y se excluyen. Algo de esto entiendo yo que hay en el libro del señor Don Pompeyo Gener, por más que me deleite leerle y aplauda el fervor propagandista y filantrópico que le ha dictado, y la elocuencia, el saber y el alto y claro entendimiento que en todas sus páginas resplandecen.
Antes de criticar este libro, mal o bien según mis fuerzas lo permitan, pero sin prevención adversa, debo y quiero hacer dos observaciones. Es la primera, que me valdré sólo de mi razón natural, colocando con mucho respeto las creencias, adquiridas por educación, tradición y revelación, en una a modo de arca santa, de donde tal vez necesite sacarlas más tarde, si yo mismo, imitando a Noe, no me introduzco y refugio también en el arca para huir del diluvio de disparates que podrá salir de mi estudio, como el famoso diluvio de las aguas salió de las rotas o abiertas cataratas del cielo.
Es la segunda observación, que aun suponiendo todo cuanto yo encuentre en el libro del Sr. Gener contradictorio y absurdo, no se amengua el valor estético del libro ni se deshace el encanto que su lectura produce. No necesito yo creer que irritado Apolo por la ofensa hecha a su sacerdote, bajó furioso del Olimpo y mató a los aquivos a flechazos, ni que Ulises y Pirro se escondieron en el hueco vientre de un caballo de madera, para deleitarme leyendo las hermosas epopeyas de Homero y de Virgilio.
Hechas tan convenientes observaciones, empezaré tratando de lo que en el libro del señor Gener me parece más consolador y satisfactorio: la afirmación del progreso indefinido de nuestro linaje; el convencimiento de que se vencerán y salvarán los obstáculos todos, y de que la humanidad irá elevándose más cada día a las regiones serenas de la luz, del bien y de la belleza.
Recientemente, disipadas las dudas enojosas que solían atormentar su alma, el más enérgico, inspirado y elegante de nuestros líricos, Don Gaspar Núñez de Arce, ha dado a la estampa un admirable poema, donde el referido convencimiento se manifiesta y brilla en imágenes y símbolos maravillosos, revestido con todas las galas y adornado con todos los dijes y primores de la poesía, y no por eso menos terminante ni menos claro que si en prosa metódica y didáctica apareciese expuesto. Aunque en la noche obscura, en el tortuoso y áspero camino y en la larga y cansada peregrinación, busquemos en balde reposo en las ruinas del templo, y pidamos inútilmente consolación y fe a los monjes difuntos, todavía una fe más radical y más íntima persiste en el ápice de la mente, surge del abismo del alma y no nos abandona. Todavía nos asiste Dios, nos guía y nos conforta. Las ruinas no deben entristecernos ni arredrarnos. No hay revolución ni cataclismo que baste a derribar el edificio erigido por esa nuestra fe superior e inmortal, ni que pueda conmover la base
De la admirable catedral inmensa,
Como el espacio transparente y clara,
Que tiene por sostén el hondo anhelo
De las conciencias, la piedad por ara
Y por nave la bóveda del cielo.
Impulsado por esa fe superior y por la esperanza que de ella nace, desecha el hombre temores y dudas, dice ¡Sursum corda!, prosigue con valentía su camino y logra al fin llegar a la cumbre, si no término, porque no le tiene su anhelo infinito, lugar excelso de descanso desde donde percibe, bañado en la radiante luz de la verdad, el no soñado objeto de sus más altas aspiraciones.
Doctrina semejante por lo progresista a la que expone el poeta en sus bellísimos versos, es la expuesta más ampliamente por el señor Gener en prosa llena de lirismo y en un libro o tratado cuyo título es Evangelio de la vida, no publicado aún por completo, pero del que su autor nos comunica por lo pronto el prefacio y algunos magníficos trozos como muestra o anuncio.
Contra las afirmaciones en que conviene Gener con Núñez de Arce, nada tenemos que objetar; pero Gener complica dichas afirmaciones con no pocas otras de diverso carácter y procedencia, y éstas, o las negamos, o aplicando a su examen un circunspecto escepticismo, las ponemos en cuarentena.
¿Quién ha de dudar ya de que el linaje humano progresa, apropiándose y acumulando la espléndida herencia de muchas generaciones, custodiando en los libros cuanto ha averiguado y sabe y divulgándolo por medio de la imprenta, y valiéndose además de mil útiles o deleitables artificios con los que se recrea, o de los que se aprovecha para hacer más cómoda, más amena y más grata la vida? En este punto capital todos estamos de acuerdo. Toquemos ahora aquellos otros puntos en que no puede menos de haber discrepancia.
No hemos de discutir aquí el transformismo de Darwin. Aceptemos, como si lo hubiésemos presenciado, como si hubiésemos sido testigos oculares de sucesos tan felices, que, en determinado momento, de súbito o con lentitud, por evolución suave o como se quiera, el mono de cierta clase se transformó en antropoide o en antropisco, estúpido y alalo todavía, y que un poco más tarde, por procedimientos análogos, el antropisco o antropoide adquirió la palabra, se soltó a hablar y se convirtió en hombre hecho y derecho. Humanado ya, bien podemos cifrar toda su ulterior historia en estos hermosos versos del ya mencionado poeta:
Adán caído o transformada fiera
(¿Quién su origen conoce?) inventó el hacha,
Derribó el árbol, encendió la hoguera,
Arrancó al bosque sazonados frutos,
Hizo la choza, desgarró el misterio,
Mató los monstruos y domó los brutos
Tras prolongada y formidable guerra,
Erigió la ciudad, fundó su imperio,
Surcó la mar y dominó la tierra.
Y por último, ya que no debamos citar aquí más largo trozo de tan admirable composición, el hombre, después de sorprender el rumbo de las estrellas y de dar firmeza y duración a la palabra fugitiva,
Alas resplandecientes a su idea;
Valor al débil, libertad al siervo,
según expresa el poeta valiéndose de una atinada paráfrasis del famoso epitafio de Franklin, consiguió arrebatar
A las entrañas de la nube el rayo
Y el cetro a la infecunda tiranía.
Todo esto está muy bien. ¿Quién no lo aprueba? ¿Quién no lo aplaude? Lo que yo no apruebo, lo que yo no aplaudo, aquello con que no me conformo, porque si llegase yo a ser de los favorecidos me daría muchísima lástima de los que no lo fuesen, y si no llegaba a ser de los favorecidos, tendría yo grandísima lástima de mí, lo cual casi es peor, es que se desdoble el género humano el día menos pensado, y elevándose unos a la condición de super-hombres, se conviertan los demás en sub-hombres y vuelvan a ser antropiscos, retrocediendo hasta el mono, o mereciendo la calificación de superfluos con que el Sr. D. Pompeyo Gener ya los designa, calificación ominosa, anatema lanzado sobre ellos y que al sacrificio y a la desaparición los predestina.
Mi filantropía, mi piedad y la arraigada creencia de mi espíritu en un Dios omnipotente y misericordioso, me llevan a repugnar en toda su brutal extensión y en sus crueles consecuencias eso que llaman la lucha por la vida. Ya se arreglarán las cosas de suerte que, por mucho que se aumente la población, quepamos todos con holgura en este planeta y no nos falten buenos bocados para alimentarnos, casas en que vivir y lindos trajes con que vestirnos, salir de paseo e ir a las tertulias, a los teatros y hasta a los toros, si este espectáculo no se suprime por bárbaro en las edades venideras. De poco o de nada valdría el progreso; el progreso sería espantoso sarcasmo si viniese a parar en ser sólo para unos cuantos: para la glorificación y la bienaventuranza terrestre de razas privilegiadas, que necesitarían someter a las razas inferiores o tal vez exterminarlas, no bien se multiplicasen demasiado y no cupiesen ya sobre el haz de la tierra. Abominable, perversa y sin entrañas es la tal doctrina, aunque la haya predicado Federico Nietzsche, apoyándose en ideas y sentencias de aquel antiquísimo profeta del Irán, a quien llamaron los griegos Zoroastro. El Sr. Gener adopta en parte la opinión de Federico Nietzsche, y en parte la reprueba.
Vamos a ver si lo ponemos todo en claro.
Si en efecto llegase a aparecer el super-hombre, en lo que como Nietzsche cree a pies juntillas el Sr. Gener, todos cuantos no alcanzásemos la super-hombría, según Nietzsche, que es poco caritativo, caeríamos en abyecta animalidad, seríamos como esclavos del super-hombre, y nuestra raza se extinguiría al cabo por inútil o por nociva. Ocurriría con el hombre de ahora lo propio que, después de la aparición del tal hombre, ha ocurrido con el antropisco, de quien no se encuentran ya ni señales ni rastros, aunque los busquemos con un candil o con la linterna de Diógenes. Más compasivo el Sr. Gener, me parece o entreveo que se inclina a que el sub-hombre o el supérfluo se conserve y viva, bajo la tutela o protectorado del super-hombre triunfante. Bien podrá éste echarse a cavilar y hasta repetir el antiguo proverbio: cuando las barbas de tu vecino vieres pelar, pon las tuyas en remojo. Las cosas no han de parar aquí: la evolución no puede darse por terminada. El progreso es indefinido. Nadie columbra la meta o el término:
Amplius et volvens fatorum arcana movebo.
En pos del super-hombre, por evolución y selección surgirá de su seno el archisuper-hombre, el cual podrá tratar tan desapiadadamente al super hombre como éste al hombre haya tratado. Y así sucesivamente sin que se vea el fin de las mudanzas y de los ascensos, per omnia secula seculorum.
Ora nos agrade o nos desagrade, ora nos tenga cuenta, ora no nos tenga cuenta, si el super-hombre ha de venir, vendrá pese a quien pese. Ni conservadores ni retrógrados podrán impedirlo. Sobre este punto Nietzsche y Gener se hallan en perfecta consonancia. Veamos ahora en lo que disienten y en lo que Gener, en mi opinión, con muchísimo juicio, enmienda a Nietzsche la plana. Digamos algo primero sobre este filósofo, el más original y el más estupendo que, según asegura Gener, ha florecido en la segunda mitad del siglo XIX. Era polaco de nación, súbdito alemán y profesor de Filología clásica, no nos importa saber en qué Universidad o Instituto. Sobrevino la guerra entre Alemania y Francia, en la que Francia quedó vencida. Y Nietzsche entonces, en cumplimiento de las leyes, se vio obligado a tomar las armas y a ir a la guerra. Antes de aquellos días Nietzsche apenas se había distinguido; pero, hallándose en el cerco de París, un casco de granada hirió y derribó su caballo, y Nietzsche mismo cayó por tierra maltrecho y con una profunda conmoción cerebral. Afirman discípulos de Nietzsche que esta caída del maestro fue semejante en sus efectos a la que tuvo San Pablo en el camino de Damasco. Lo cierto es que al recobrarse de la caída, Nietzsche se convirtió en otro hombre: apareció profeta, apóstol y, por último, loco.
Recuerdo yo, no haber leído, sino haber oído contar, en el aula del Seminario donde estudié Filosofía, sin averiguar más tarde en qué autoridad, documentos o testimonios se apoyaba la historia, que el doctísimo Cornelio a Lápide fue en su niñez una criatura casi tonta o insignificante por lo menos, pero que paseando un día por los alrededores de su lugar, tuvo la desgracia o la fortuna de encontrarse en medio de dos partidas o bandos de muchachos, que estaban apedreándose, y de recibir en la cabeza una tremenda pedrada. Este golpe le trastornó y le modificó tan dichosamente el encéfalo, que, no bien sanó de su grave y peligrosa herida, se convirtió en uno de los más agudos y sublimes sabios jesuitas que hubo en el siglo XVII: escribió luminosos comentarios del Pentateuco, y otras obras no menos útiles que forman juntas diez o doce tomos en folio; y, por último, murió en Roma en olor de santidad. Sin duda a Nietzsche hubo de sucederle algo parecido. «Opinan algunos fisiólogos alemanes, dice Gener, que la contusión que recibiera al caerse del caballo enfrente de la capital del mundo civilizado, fue, como la caída de San Pablo en el camino de Damasco, el origen de su inspiración y de su genio. Sea de ello lo que se quiera, lo cierto es que su visión filosófica especial del Universo se le desarrolló tan sólo después de esta época.»
Si Nietzsche hubiera sido polaco puro, completamente ario, su visión filosófica del Universo, su sistema se ajustaría con exactitud al del Sr. Gener; pero el Sr. Gener sospecha que en el organismo o en la sangre de Nietzsche había no poco de mogol o de tártaro, producida tal vez dicha mezcla cuando invadieron el Oriente de Europa las hordas de Gengis-Kan, de Timur o de otros fieros conquistadores turaníes. La verdad es que en Nietzsche hay dos elementos o factores de su genio, procedentes ambos de atavismo: uno ario, y Gener acepta todo el producto de este factor; otra turaní o mogol que mueve a Nietzsche a ser despótico, cruel y sin entrañas.
Es menester que aparezca el super-hombre. Cuantos obstáculos se opongan a su aparición deben ser destruidos. Nada de piedad, nada de conmiseración. Tales sentimientos son mera y vil flaqueza indigna del grande hombre, del super-hombre en ciernes. Derríbense tronos y altares, niéguense como absurdas todas las religiones reveladas, y anúlense o deróguense cuantas son las constituciones sociales y políticas, si sólo sobre las ruinas y escombros de todo ello ha de fundar su imperio la superhumanidad futura. Nietzsche acepta el dolor, el padecimiento, la conquista, la tiranía más ruda, si por tales medios se abre camino para el advenimiento del super-hombre. Nietzsche gusta en cierto modo de la libertad, pero detesta la igualdad y considera ridículo que los hombres pretendan ser iguales, ni siquiera ante la ley, ni ante la justicia, ni en una vida futura y ultramundana en que no cree, ni ante un Dios cuya existencia niega. Y como niega también la distinción entre lo bueno y lo malo, la moral que le parece una disciplina sub-humana y atrasadísima, y el deber que en la moral se funda, nadie acierta a comprender, y en este punto el Sr. Gener tiene razón que le sobra, por qué Nietzsche se somete con gusto a toda clase de padecimientos y de malos tratos con tal de que se consiga la aparición del super-hombre. ¿Qué le va ni qué le viene con dicha aparición, si él no ha de ser el super-humanado, si él no ha de pasar de un cualquiera, de un pobre diablo, de simple profesor, con poquísimo dinero, con menos consideración y campanillas, y terminando al cabo porque le encierren en un manicomio? Se comprende la abnegación del asceta que espera alcanzar la eterna bienaventuranza. ¿Pero qué espera Nietzsche para mostrarse y ser tan abnegado? El Sr. Gener y no Nietzsche es quien está en lo firme. El super-hombre ha de venir de todos modos. No debemos, pues, atormentarnos, molestarnos, ni trabajar para que venga. Según el Sr. Gener, debemos divertirnos, holgarnos, pasarlo lo mejor que se pueda en este mundo, y el super-hombre ya vendrá sin que le traigamos nosotros.
Aceptando las opiniones en que Nietzsche y Gener concuerdan, Nietzsche es ilógico, y es muy lógico Gener. Según asegura Nietzsche, Jehová ha muerto. Y en cuanto a Gener, aunque a menudo se contradice y hasta llega a mostrarnos al Padre Eterno, que se le aparece y le echa un largo y pomposo discurso, todavía este Padre Eterno es tan raro, que viene a ser como si no fuera. ¿Y negado un Dios personal y providente, cuál será el fundamento de la moral, de la bondad y de la belleza absolutas, y hasta de la verdad misma en lo que debiera tener de permanente e invariable? El Sr. Gener niega todo esto al negar a Dios. Y no soy yo quien saca la consecuencia: el mismo señor Gener explícitamente la saca. La contradicción está en que el Sr. Gener nos habla mucho del amor y se muestra fervorosamente enamorado. ¿Pero dónde está el objeto que de tanto amor sea digno? A la verdad que no se descubre ni se comprende.
Toda criatura racional que cree en un Dios infinitamente bueno, sabio y todopoderoso, sin duda le ama y debe amarle sobre las cosas todas. Y por virtud de este amor, que es caridad, ama también a los hombres, hechos a imagen y semejanza del Dios que ama. Sin ser por amor de Dios, sin este lazo supremo de comunión íntima, de hermandad y de unión amorosa de las criaturas, ¿qué razón hay para que amemos a nadie? No digo yo que aborrezcamos; pero ¿por qué hemos de amar?
El Sr. Gener, sin embargo, por lo que ya se prevé que va a ser su Evangelio de la vida, nos anuncia el imperio del amor en el mundo, siguiendo y adoptando las ideas de algunos extraviados discípulos del entusiasta y seráfico Padre San Francisco de Asís.
Según éstos, ya interpretadas sus palabras con exactitud, ya heréticamente exageradas o torcidas, en el mundo de los espíritus ha habido, hay y habrá tres reinados: algo a modo de turno pacífico para las tres personas de la Santísima Trinidad. Como la letra con sangre entra, el primero que reinó fue Jehová, Dios severísimo, vengador y tremendo, que destruye con un diluvio de agua a casi todo el linaje humano, que pisotea a los pueblos en su ira, que arrasa y quema ciudades enteras con fuego del cielo, y que abre el seno de la tierra para que se trague a cuantos son rebeldes a su mandato. El segundo que reina es Cristo, y con él la compasión y también el amor; pero un amor mezclado, con mortificaciones, penitencias, ayunos, lágrimas, vigilias y hasta azotes, de todo lo cual el Sr. Gener gusta poco o nada. Pero afortunadamente, y para que el Sr. Gener quede complacido, el tercer reinado va pronto a empezar cuando menos nos percatemos de ello. Será el reinado del Espíritu Santo, o sea del amor puro, sin disciplinas ya, sin abstinencias, sin cilicios y sin duelos y quebrantos, sino todo deleite, holgorio e incesante gaudeamus.
El estilo del Sr. Gener, lleno de lirismo, aunque escribe en prosa, produce en el lector no pocas dudas. ¿Hasta qué punto quiere el Sr. Gener que mucho de lo que dice sea realidad o se limite a ser símbolo, alegoría, imagen o vana figura retórica? De todos modos, aun suponiendo símbolo y no realidad algo de lo que el Sr. Gener nos pinta en sus magníficos cuadros, todavía podemos y debemos nosotros escudriñar en el símbolo la oculta realidad que en él se encierra. Ahora bien: si es cierto, como el Sr. Gener afirma, haciendo hablar al mismo Padre Eterno, que éste no es providente y que la verdadera providencia es la del hombre, Nietzsche tiene razón, y no la tiene el Sr. Gener al aconsejar al hombre que se divierta y no se afane porque el super-hombre aparezca. ¿Cómo ha de aparecer, si nosotros que somos la providencia no le traemos?
El dios del Sr. Gener, dice en su largo discurso, que el bien y el mal le son indiferentes; que él se limita a producir la vida, y que si crea flores, hermosura y salud, frutos sabrosos, palomas y tórtolas inocentes, mariposas y libélulas y lindos y pintados pajarillos que melodiosamente trinan y gorjean, crea también tigres y hienas, arañas deformes, ponzoñosos escorpiones, terremotos, huracanes y pestilencias y prolífica multitud de microbios, causa de las más asquerosas y mortíferas enfermedades. Tal es el Dios que habla con el Sr. Gener y que le declara que no es para nosotros ni salvador ni providente. Nuestra eficaz salvación y nuestra verdadera providencia está en nosotros mismos. A nosotros nos incumbe, según asegura el Sr. Gener, por boca del Padre Eterno que imagina, convertir el veneno en bálsamo, el dolor en placer, las espinas en rosas y los microbios patógenos en microbios deleitosos. Pero, si nos incumbe hacer todo esto, no está bien que nos crucemos de brazos y prescindamos de nuestra incumbencia. Nietzsche, por este lado, tiene razón, y el señor Gener no la tiene; y, por último, si bien se mira, tampoco tiene razón el Sr. Gener en negar la providencia de Dios, ya que Dios, en virtud de un plan sapientísimo, se vale del hombre para vencer obstáculos, para destruir el mal o convertirle en bien, y para que nos mejoremos y perfeccionemos en lo posible.
Si no hay plan ninguno, no sé por dónde podrá afirmar el Sr. Gener que hay progreso, mejora, advenimiento de super-hombres y otras futuras bienaventuranzas. Y si por dicha hay plan, y todo eso y más puede afirmarse, el plan no es humano, sino divino. ¿Qué más alta providencia de Dios puede concebir el Sr. Gener? ¿Cómo imaginar que el plan es humano? ¿Cómo el hombre que nace y muere y que vive tan corto tiempo sobre la tierra ha de haber trazado ese plan? Concedamos que le columbra, que le descubre, pero no que le establece.
No decidiré yo que sea verdad o que sea mentira, pero sí que nuestro entendimiento no halla absurdo cierto plan a grandes rasgos concebido e imaginado, ya que no para que nos representemos en una serie de muchos siglos el desenvolvimiento y la historia del universo todo, para que nos representemos al menos lo ocurrido en nuestro planeta desde el instante en que empezó a girar en torno del sol hasta el día de hoy. A mi ver, es idea en extremo poética e ingeniosa la de que los átomos, impulsados por el prurito de vivir que los mueve, lleguen a producir la vida; y que, una vez la vida creada, se vaya hermoseando, completando y perfeccionando cada vez más. Pero ¿quién ha puesto en los átomos esa inteligencia, que no tiene conciencia de que entiende, ese prurito infatigable e infalible que crea la vida y que después la mejora? Todo ello se explica presumiendo al Dios que Nietzsche y Gener niegan, cuya voluntad soberana y cuya suprema inteligencia lo preparan, lo gobiernan y lo disponen todo. Sin él, jamás podrá concebir la mente humana, por muchos siglos que emplee en la transformación, cómo podrá nacer lo más de lo menos, de lo que no se mueve lo que se mueve, de lo que no vive lo que vive, de lo inconsciente lo consciente, y de lo que no entiende la inteligencia. Todo ello es más inexplicable, es más contrario a la razón que la más ridícula de todas las mitologías, que la más rudimental y primitiva de todas las religiones. Y, por el contrario, no bien afirmamos la existencia de Dios, todo se aclara y todo en el transformismo nos parece más hermoso y más conforme con la omnipotencia y la sabiduría de Dios que en cualquier otro sistema cosmogónico. Es más antropomórfico y, por lo tanto, menos divino, entender que Dios arregla el universo como el relojero arregla la máquina de un reloj, y que da, por ejemplo, alas a los pájaros para que vuelen, ojos a los que ven para que vean, y a los que entienden entendimiento para que entiendan, que entender que Dios pone en la substancia, en la materia, en los átomos o como queramos llamarlos, un anhelo indefectible y un movimiento en dirección segura, firme y sin posible extravío, por cuya virtud, el anhelo de vivir crea la vida, el de volar, las alas, y el de ver, los ojos.
Repito que yo no afirmo ni niego la evolución y el transformismo. No me declaro contrario ni partidario de Darwin. Me limito a afirmar que Darwin no invade los dominios de la metafísica ni de la religión, diferenciándose así de su infiel discípulo Haeckel, y más aún del Sr. Gener y de Nietzsche. Ya Monseñor Van Weddingen, en sus Elementos razonados de la Religión, se expresa de esta suerte. «La fe y la ciencia de acuerdo podrían aceptar un transformismo en el cual quedasen a salvo la noción de la causa creadora y la del alma espiritual y libre.» De aquí se infiere que hasta el católico más ortodoxo puede ser darwinista, apoyándose en textos y sentencias de San Agustín, de Santo Tomás de Aquino y de otros Doctores y Padres de la Iglesia, según lo demuestra, o procura demostrarlo, el egregio poeta y filósofo italiano Antonio Fogazzaro en un reciente y muy interesante libro titulado Ascensiones humanas.
No se infiere, con todo, de la aceptación de la doctrina del transformismo, la seguridad de que ha de aparecer el super-hombre el día menos pensado. Lo más que podrá inferirse será la posibilidad algo remota de dicha aparición. Por lo pronto, el super-hombre no se ve venir. Al contrario, los adelantamientos morales y políticos, la multitud de invenciones que hacen hoy más cómoda y más agradable la vida y el inmenso cúmulo de estudios, ya experimentales y de observación, ya teóricos y especulativos, que se custodian en los libros y que la imprenta divulga, hacen hoy más fácil que un hombre cualquiera descuelle, aunque diste muchísimo de ser super-hombre y aunque tenga menos valer moral e intelectual que los hombres de antaño.
Cuantas sublimidades puedan ocurrírsele hoy a un poeta que ha estudiado mucho, no son tan pasmosas, ni implican tan rara super-hombría como la que tuvo, pongamos por caso, allá en las primitivas edades, el inspirado autor del libro de Job o el richí o poeta que compuso el himno del Rig-veda, al Dios desconocido. Trajano y Marco Aurelio, a pesar de ser gentiles, no hallan monarca que valga más que ellos en toda la prolongación de la historia. En puro y fervoroso amor a Dios, a los hombres y a cuantas criaturas aparecen en el universo visible, será difícil que nazca ya quien venza y supere a San Francisco de Asís. Y si Kant, Schelling y Hegel nos parecen profundos filósofos, abarcándolo y explicándolo todo, aún nos parece superior inteligencia la de Aristóteles por lo mismo que tenía muchísimos menos medios de información. Y lo que se afirma aquí de los individuos, con más razón puede afirmarse de grupos o colectividades organizadas. ¿Qué ciudad moderna, sin excluir a Florencia y a París, crea una cultura filosófica, literaria y artística, tan original y con tan pocos precedentes y elementos exóticos, como la de Atenas en tiempo de Perícles? ¿Ni qué nación, por último, por dominadora y fuerte que sea en el día, podrá soñar con gloria y poder que equivalgan a los de Roma, que no siendo más que una ciudad se enseñoreó de lo mejor del mundo, le dio leyes e idioma y fundó un Imperio que duró no pocos siglos? Y cuando ni en Atenas ni en Roma apareció el núcleo de los super-hombres, bien podemos esperar que no aparezca en el día ni en Inglaterra, ni en Francia, ni en Alemania, ni en Rusia, ni en los Estados Unidos. Conformémonos y contentémonos todos con ser esencialmente iguales, aunque, por circunstancias momentáneas (porque momentáneas deben de ser dada la secular amplitud de la historia), las mencionadas naciones prevalezcan hoy, se sobrepongan y hasta dominen a las otras.
En fin, allá veremos cómo explica todo esto el Sr. Gener y lo que más claramente profetiza en su Evangelio de la vida, que aparecerá por completo en francés, y dentro de poco, y del que sólo conocemos el Prefacio y tres odas o ditirambos elocuentísimos a la Soledad, a su hermano el Silencio, y a la Noche, madre fecunda de ambos. Unido amorosamente el señor Gener con la precitada Soledad, tendrá de ella o ha tenido ya un hijo, que viene a ser sin duda el verbo de su Evangelio. El Silencio se le está criando, y, no bien esté criado, el Sr. Gener se le echará a la multitud para desatontarla, removiéndolo todo.
Es tan curioso y tan poético cuanto el señor Gener anuncia, y lo anuncia con elocuencia tan avasalladora, que yo me siento hechizado y casi seducido, inclinándome a creer en el advenimiento del super-hombre y hasta a desearle, aunque me quede entre los sub-hombres y los superfluos; pero el último artículo del libro del Sr. Gener viene a desvanecer mi esperanza, a marchitar mi deseo y a derribar la fe en el super-hombre que empezaba ya a nacer en mi alma.
El último artículo del libro del Sr. Gener, que se titula El hiper-positivismo, debiera titularse El hiper-negativismo, porque lo niega todo, echando a rodar cuanto se sabe: todo fundamento de saber, todo criterio de verdad, toda afirmación de que exista algo. No se contenta el Sr. Gener con que sea todo espíritu, como quiere Berkeley; ni con que sea todo materia, como quieren Büchner y Moloschot; ni con la substancia única de Spinosa; ni con que el tiempo, el espacio y la inmensa cantidad de cosas que coexisten en el espacio y que se suceden en el tiempo, sean más que formas de nuestro sentir y de nuestro entender, fantasmagorías sujetivas que no se sabe hasta qué punto concuerdan o no con la realidad que las produce. El Sr. Gener va más lejos y duda de que haya tal realidad exterior: casi la niega. Afirma que hay representación, pero no asegura que haya representado. Su duda o su negación es más radical aún. No destruye sólo lo representado, sino también el teatro en que la representación aparece y al espectador que la contempla. El Sr. Gener va más allá de Schopenhauer, que sólo ve en el universo representación y voluntad. El Sr. Gener halla que la voluntad está de sobra, que no es más que apariencia. Todo queda, pues, reducido a representación, al más completo nihilismo: a representación sin teatro, sin actores, sin espectadores y sin nada substancial y real que sea representado.
Si después de quemarse las cejas y de estudiar matemáticas, física, química, botánica, zoología, antropología y otra multitud de asignaturas, que el Sr. Gener ha estudiado de un modo sobresaliente, hemos de venir a parar en el extremo en que el Sr. Gener para, casi es lo mejor no abrir un libro ni aprender cosa alguna. Todo es incognoscible. Ya no nos atrevemos a figurarnos lo conocido como una pequeña isla en medio de un Océano inexplorable e infinito que sólo pueden atravesar la imaginación o la fe. La isla misma y hasta nosotros los habitantes de la isla, caemos bajo el predicamento de lo incognoscible: somos puros fenómenos; la substancia y la causa son ficciones, palabras sin sentido. No hay más que movimiento. La electricidad, la luz, la vida, la fuerza, el sentir y el pensar, todo es movimiento, sin motor, sin objeto movido y sin lugar ni tiempo objetivos y reales, por donde y en el cual el objeto movido se mueva.
¿Qué nos queda que hacer en tan aflictiva situación? ¿Cómo nos consolaremos después de haber perdido toda la realidad? Pues nos consolaremos con la poesía, con la música y con las otras bellas artes. De un modo pasivo, nos limitaremos a ser público y nos deleitaremos asistiendo a la representación. Y de un modo activo, seremos comediantes, poetas o compositores de música, y representaremos nuestras óperas y nuestros dramas. Tal es el punto final a que ha llegado el Sr. Gener después de todos sus estudios.
Lo malo, o al menos lo que yo no me explico todavía, es cómo ha de gustarme la representación ni cómo he de componer algo para que se represente cuando el Sr. Gener empieza por quitarme el sustantivo. No nos queda verbo que no sea impersonal, sin agente y sin paciente. Vibra, ve, huele, anda, come, etc.; pero no sabemos quién come, quién ve, ni quién vibra, ni qué es lo vibrado, ni lo comido, ni lo visto. Todo es incognoscible, y hasta podemos recelar que no exista. No sólo el super-hombre, sino igualmente cuantos hombres existen o han existido y de quienes el Sr. Gener nos habla, arios y turaníes, polacos y mogoles, romanos y griegos, no pasan de ser una mera representación. Carece, pues, de fundamento y de verdad científica todo cuanto el Sr. Gener nos cuenta en los demás artículos de su libro sobre historia de las religiones, socialismo, etc. Todo se reduce a poesía, según el mismo Sr. Gener paladinamente lo confiesa. Y ahora digo yo para terminar que, considerando su libro como poesía, es digno del mayor aprecio. Es elocuente en alto grado; ameno a veces, a veces sublime, y tan rico siempre de doctrina, de atrevimientos, de ideas originales y de clara y bien ordenada exposición de las ideas de otros, que sugiere, despierta y suscita en cualquier espíritu, aunque sea pobre e infecundo como el mío, tan grande tropel de pensamientos y tan enmarañada madeja de raciocinios, que si no fuese por miedo de fatigar a mis lectores, no me aquietaría yo con escribir este artículo, sino que escribiría una docena, y aún se me quedaría mucho por decir. Pero no lo digamos y quédese en el tintero para no hacer interminable este escrito.
LA IRRESPONSABILIDAD DE LOS POETAS
SOBRE LAS «ODAS» DE D. EDUARDO MARQUINA
Mucho podrá decirse en pro y en contra de las Odas del Sr. D. Eduardo Marquina, pero no que son un libro insignificante. A mí me dan no poco en que pensar, suscitando en mi espíritu ciertas contradicciones filosóficas o antinomias estético-morales, que no acierto a resolver y que voy a exponer aquí sin rodeos y con franqueza.
Con grande entusiasmo pondera Horacio, en su Epístola a los Pisones, la virtud docente de la poesía. Por ella se muestran los rectos caminos del vivir, los oráculos dictan sus sentencias, se levantan los muros de las ciudades y se congrega en paz el linaje humano, sujetándose a leyes sabias y justas. Pero este mismo Horacio, que da a la poesía tan singulares alabanzas, nos cita la rara afirmación de Demócrito sosteniendo que es menester ser loco para ser poeta, y que es expulsado de Helicon quien está en su cabal juicio.
Ajústeme usted tales medidas, digo yo ahora; y perdónese lo vulgar de la frase. ¿Cómo compaginar que los poetas son la luz del mundo, nuestra guía y nuestro faro, y que son al mismo tiempo locos? Todo se entiende si consideramos la tal locura como frenesí divino, como furor sagrado que el estro infunde, clavando su aguijón agudo en el pecho del vate. Este, poseído entonces del numen, llega a decir cosas de sentido muy superior al vulgar, revela misterios y abre a nuestros espantados ojos, en la amplitud luminosa de un horizonte ideal, la sucesión ordenada y prescrita de los futuros casos.
Yo me conformaría y me aquietaría con esto si todos los poetas que pronostican, que enseñan o que amonestan estuviesen de acuerdo; pero, como no lo están por desgracia, me hunden en un mar de confusiones. Así es que exclamo allá en mis adentros: quizás estén locos, verdaderamente locos, y sean con su locura perjudiciales a la república. Por eso Platón los desterró prudentemente de la suya, ya fuese por precaución, ya fundado en el refrán que reza: el loco por la pena es cuerdo.
Hechas las anteriores reflexiones, todavía en vez de ver claro este asunto le veo obscuro y contradictorio.
En el bello elogio que hace Enrique Heine de nuestro egregio compatriota el Rabi Jehuda ben Leví de Toledo, después de ponderar las altas dotes de aquella alma, llega a suponer que el mismo Dios al crearla, la besó prendado de su hermosura, y que el eco del beso divino resuena con inmortal resonancia en los versos del vate toledano. No es de maravillar, por lo tanto, suponiendo a Jehuda ben Leví tan sobrenaturalmente favorecido y amado, que Heine le proclame rey del reino del pensamiento y rey, por la gracia de Dios, inviolable e irresponsable. A nadie sino a Dios tiene que dar cuenta. El pueblo, dice Heine, podrá matarnos, pero no puede juzgarnos nunca. De esta suerte pone Heine la obra verdaderamente poética por cima de todo humano criterio y proclama con su genial desenfado la irresponsabilidad de los poetas. Veamos nosotros en qué sentido y hasta qué punto menos desenfadadamente tal irresponsabilidad puede y debe ser entendida.
¿En qué consiste que a veces no nos enamore ni hechice lo que el poeta niega o afirma, ordena o prohíbe, encomia o censura, sino la manera elegante, sincera y enérgica de afirmar o de negar y de expresar la censura o el encomio?
Quintana y el duque de Frías, pongamos por caso, retratan a Felipe II con los más opuestos rasgos y colores y propenden a infundirnos las ideas y los sentimientos más contrarios sobre la religión y política de los españoles del siglo XVI y sobre las causas de la elevación y de la decadencia de nuestro pueblo; pero nosotros nos deleitamos y nos entusiasmamos casi por igual con los versos del uno y del otro poeta, ora estemos de acuerdo con el duque, ora con Quintana, en juzgar al vencedor de San Quintín y de Lepanto, ora cortemos por camino que nos parezca más recto entre los dos extremos que ellos tocan.
¿Hemos de inferir de aquí la completa indiferencia de la doctrina que expone la poesía, con tal de que la poesía sea verdadera y que la doctrina se exponga con y por la gracia de Dios? Esto sería llevar hasta sus últimos límites la negación de que los poetas enseñan, y declararse decidido partidario del arte por el arte. Más aún se fortalece en mi espíritu este modo de pensar, cuando examino las obras de poetas acaso demás valer y más radicalmente discrepantes. Sean estos poetas los tres italianos contemporáneos, Manzoni, Leopardi y Carducci. ¿No es raro fenómeno que nos encante el himno sacro a La Pentecostés, lleno de profunda fe católica y de la viva esperanza de que la religión de Cristo es la definitiva religión de nuestro linaje, informando y causando todo su progreso y mejora; que nos encante también la oda A las fuentes del Clitumno, cuya inspiración es enteramente contraria, saludando con júbilo el poeta a la humanidad que supone regenerada porque reniega de creencias que la envilecen y adopta algo a modo del gentilismo antiguo; y que nos encanten, por último, no ya las esperanzas católicas de Manzoni, ni las esperanzas gentílicas de Carducci, sino la desesperación sublime y el pesimismo de Leopardi, que niega a Dios, o le llama con espantosa blasfemia feo poder que impera oculto para daño de todas las criaturas?
Harto he cavilado yo y cavilo para explicar este fenómeno. Voy a ver si atino a exponer aquí en cifra el resultado de mis cavilaciones.
Sin duda, me digo, el fundamento mental de la poesía es como el fundamento mental de las matemáticas y de la dialéctica. Hay en el alma humana ciertos primeros principios, evidentes por sí, inconcusos e indemostrables, cierta idea en suma, cuyo desenvolvimiento constituye la ley del pensar y la ciencia del cálculo. Y no es la tal idea puramente sugetiva, mera forma o condición de nuestro entendimiento, sino que por fe irresistible tenemos y damos por seguro que en la mente de cuantos seres superiores al hombre hay o pueda haber en otros mundos, y aun en la misma mente suprema, ha de residir la idea misma aunque más ampliamente desarrollada, abarcándolo y penetrándolo todo y bañando en su pura luz lo infinito y eterno.
La tal idea, por desgracia, aunque está en nosotros, sólo está limitada y como en germen, y no nos vale para ver bien lo que hay fuera de nosotros, sino para discurrir sobre aquello que fuera de nosotros suponemos que existe o sobre las ideales construcciones del pensamiento puro. De aquí que no afirmemos que esta cosa o aquella, que el Universo todo, que cuanto es o puede ser, sea como nosotros lo percibimos o lo imaginamos; pero ya imaginado o percibido, o dígase dado el supuesto, todo se encadena, y compone un conjunto armónico de verdades dentro de nuestro mundo ideal, si bien no se adecue tal vez ni responda con exactitud a la realidad del mundo que está fuera de nosotros, del que sabemos poquísimo y del que tal vez tenemos noticias equivocadas por ministerio de los sentidos.
No responde el geómetra de que sea o no sea esfera, cubo o cilindro el sólido que le presentan, ni de que sea círculo o triángulo de esta clase o de aquella lo que en un papel le dibujan; de lo que responde es de la exactitud de sus teoremas y de la certidumbre de sus demostraciones, dado el supuesto. Ni respondo el algebrista de lo que valen en realidad, las letras del problema que ha de resolver, sino responde sólo de que el problema esté bien resuelto. Al que le aplique a la realidad, incumbe luego o ha incumbido antes determinar el valor de cada letra. Así, siendo la resolución del problema verdadera y siempre la misma, bien puede en la práctica, descendiendo a la realidad de las cosas, tener multitud de diferentes resultados.
¿Será la poesía, me pregunto yo, algo por el estilo: creación hermosa, verdadera y exacta en el mundo ideal en que ha sido creada, aunque en la realidad sea falso todo porque lo fue el supuesto o porque el supuesto fue por lo menos incompleto?
A mi ver, entendiendo así la poesía, tienen explicación y disculpa no pocas cosas de las que se dicen en verso, las cuales, si en prosa se dijeran, parecerían absurdas o abominables y podrían llevar a su autor en una sociedad algo severa a la prisión o al manicomio.
La culpa de todo ello estriba, a lo que a mí se me alcanza, en que la poesía, cuyo objeto es la manifestación de la belleza en una forma sensible, sólo puede darse imitando lo real o lo que nosotros imaginamos real, elemento en que cabe error o mentira. De aquí la ventaja que la música, arte primogenia, lleva a la poesía, arte secundaria. La música, en la perfección de su pureza, crea lo bello, sin necesidad de imitar nada. Lo crea en el tiempo, por medio del sonido, sin enseñar ni amonestar, pero sin inducirnos en error, ni equivocarse tampoco.
Toda la antedicha meditación, expuesta a escape para, no pecar de prolijo, ha valido para aquietar mi espíritu, después de leer las Odas de D. Eduardo Marquina, y para afirmar, sin escrúpulo de conciencia, que me parecen bien y que son obra de verdadero poeta. Para conceder, no obstante, a tal poeta la irresponsabilidad de que habla Heine, es menester no tomar por lo serio, en la realidad práctica, la virtud docente de su poesía. Los que tomaron por lo serio a Esquilo, en su Prometeo encadenado, supusieron que Júpiter se vengó de sus blasfemias ordenando a su águila que desde lo sumo del aire dejase caer una enorme tortuga que llevaba entre las garras, sobre la venerable calva del glorioso dramaturgo, y le saltase los sesos. Tomemos, pues, menos por lo serio las Odas de D. Eduardo Marquina para dejarle en paz con los poderes celestiales y prevenir cualquier milagro que le perjudique.
Con tal limitación bien puede afirmarse que las Odas tienen algo a modo del Prometeo encadenado, de Esquilo, y algo también, sin que las aceptemos como profecías, de las visiones de Ezequiel y del Apocalipsis del Aguila de Patmos.
Aunque todos convenimos en que el estado de la sociedad y del mundo deja mucho que desear, y que el mal físico y el mal moral no escasean sobre la tierra, yo tengo por seguro que las cosas están en nuestra edad menos mal que en las anteriores edades. Yo no dudo del progreso. Lo que sucede es que el adelanto moral ha sido grande en las relaciones de unos individuos con otros, mientras que apenas ha habido adelanto en la vida colectiva, poco en el organismo social, ninguno en las relaciones de unos pueblos con otros pueblos. En esto último ni asomo se ve de generosidad ni de justicia. La fuerza prevalece sobre el derecho, los poderosos humillan y tiranizan a los débiles y los grandes saquean, asesinan y devoran a los pequeños. De tamaña discordancia, de tal desequilibrio entre la moralidad social o colectiva y la que preside a las relaciones individuales, nacen, sin duda, la vehemencia con que la iniquidad se siente y se anatematiza y el anhelo fogoso de remediarlo todo, no con lentitud y con calma, sino con rápidos y violentos trastornos.
Ignoro, y no pretendo investigar aquí, de qué doctrinas filosóficas, religiosas o irreligiosas, sociales y políticas, expuestas en prosa por pensadores extranjeros, o de qué exaltadas composiciones poéticas, venidas de otros países, proceden el sentir y el pensar de don Eduardo Marquina. Claro está que no tiene principio en él el impulso que le mueve. Claro está que hay una corriente de pensamiento en la que él se ha lanzado y que le arrebata. Pero esto no le quita cierta originalidad ni desvanece su carácter propio. Vate apocalíptico amenaza con destrucción y muerte, ruina e incendio, las instituciones, los altares y los tronos y cuanto hoy descuella sobre la faz del mundo y mantiene el orden, más o menos digno de censura o más o menos capaz de lenta modificación y de enmienda, dentro del cual vivimos todos. Lo que vendrá después de la pronosticada revolución radical se columbra confusamente o más bien se desentraña o se descubre a través de los símbolos y de las imágenes colosales, y en las figuras alegóricas que va creando y mostrándonos el poeta.
A lo que parece, no han de quedar ni Papa, ni rey, ni obispos, ni jueces, ni sacerdotes. Cada uno de nosotros será Papa, rey, juez, obispo y sacerdote de sí mismo. No sé de fijo si las grandes ciudades con sus palacios, monumentos y fortificaciones, deberán ser arrasadas, según el programa; pero en lo que no cabe la menor duda es en que serán arrasados los templos. Yo deploro que San Pedro en Roma y las catedrales de Burgos, de Toledo y de Sevilla en España, tengan que convertirse en ruinas para que no se rece en latín, que ya casi nadie entiende, y para que en aquellos antiguos y obscuros santuarios penetre de lleno la luz y venga a animarlos la vida. Los chivos, según afirma el poeta, brincarán sobre los derribados pilares y sobre las estatuas yacentes de los fundadores egregios; las cabras se encaramarán sobre los altares y en los camarines y hornacinas, y las vacas mugirán y se tenderán a la larga en el coro y en otros lugares más venerandos. El nuevo templo estará en la cumbre de los montes; los pinos serán sus columnas y su cúpula el cielo.
A la nueva faz que tomarán todas las cosas ha de preceder cierta universal conflagración de amor, tan vagamente descrita, que no acierto yo a interpretar lo pronosticado por el poeta, y si la conflagración será en efecto amorosa y suave al destruir lo antiguo, o si lo destruirá con materiales incendios, estragos y muertes. Como quiera que ello sea, sobrevendrá después de la destrucción algo por el estilo de lo que los milenarios fantaseaban. La humanidad será feliz y vivirá en deliciosa anarquía y en perpetua huelga. No habrá nueva Jauja ni nueva Jerusalén que baje del cielo, porque don Eduardo Marquina gusta más de lo rústico que de lo urbano, y las fiestas y regocijos que pronostica y apercibe para nuestro regenerado linaje serán campestres: una candorosa bacanal, un idilio enorme.
A pesar del tema constante que presta unidad a las Odas, no puede negarse que el poeta acierta a evitar la monotonía y que hay bastante variedad en sus cuadros. La hermosura y la fertilidad de los campos están bien sentidas y a menudo dichosamente expresadas. Viva y honda es casi siempre la percepción que el poeta tiene de lo grande y de lo hermoso de la naturaleza, y no pocas veces sabe comunicarnos el propio sentimiento suyo con maestría y sobriedad vigorosa.
Aprobemos, pues, las Odas de D. Eduardo Marquina. El poeta es irresponsable, porque sus teorías se realizan, no en el mundo real, sino en los espacios imaginarios y en un tiempo fantástico también. Mis escrúpulos de conciencia renacen a pesar de todo. ¿No podrá ocurrir que el poeta haga daño sin querer, que sea contagioso su delirio y que la gente adopte su programa como realizable en la práctica? Las Odas en este caso serían espantosamente revolucionarias, subversivas de todo el orden social vigente en el día.
Yo no quiero comprometerme dando a semejantes cosas una aprobación que nadie me ha pedido. Suspendo, por consiguiente, el dar mi aprobación hasta que demuestre en otro artículo que no hay el menor peligro en aprobar las Odas, porque la virtud purificante de la poesía convierte el rejalgar en triaca.
LA PURIFICACIÓN DE LA POESÍA
SOBRE LAS «ODAS» DE D. EDUARDO MARQUINA
En la poesía hay sin duda pasmosa virtud purificante. No quiero yo entenderla con todo, como he oído decir que la entendía Gœthe. Tal modo de entenderla es sobrado egoísta. El poeta, por ejemplo, siente ganas de suicidarse, y en vez de hacerlo y a fin de desechar tan perniciosas ganas escribe el Werther. De esta manera, no sólo consigue sanar de la manía del suicidio, sino también que le aplaudan y se admiren de su talento. Lo malo es que el libro con que el poeta ha sanado y donde ha vertido el veneno que le atosigaba puede emponzoñar a los que sin precaución le tomen y lean y producir una abominable epidemia de suicidios. No estriba o no quiero yo que estribe en esto la virtud purificante de la poesía. Su legítima y santa virtud purificante lo mismo ha de valer y vale para el poeta que para sus lectores.
En la epopeya y en el drama se concibe esto con toda claridad. Tiranos, refinados traidores, monstruos de iniquidad podrán aparecer en el drama o en el poema épico, pero en el pecado llevarán la penitencia, y la reprobación universal será su castigo. Ha de entenderse además que los crímenes y los horrores representados en una obra poética no deben tomar la apariencia o semejanza completa de los sucesos reales, como pretende hoy lo que llaman naturalismo. El deleite estético no se daría entonces. Al contrario, tendríamos un grave disgusto. ¿Quién puede deleitarse al ver en realidad al alguien que se arroja por un balcón desde un quinto piso y se hace una tortilla, o a gentes que se dan de puñaladas, que toman veneno o que se mueren de hambre, de miseria, de tisis o de otras enfermedades contagiosas y feas? Representado todo esto muy a lo vivo y sin la idealidad conveniente, es lo contrario del arte: no purifica la compasión y el terror, como quería Aristóteles. Será cuadro más vivido, como se dice en el día, pero de arte perverso y vicioso. El Laoconte ceñido y oprimido por las serpientes está mil veces más lejos de lo real que la figura de cera representando a Catón con las sangrientas manos metidas en el desgarrado vientre y arrancándose las entrañas. Tal modo de conmover con la imitación exacta y brutal de las cosas reales dista mucho de ser el arte verdadero. Sólo los menos que medianos artistas deben apelar a tal recurso. El refrán lo dice: a mal Cristo, mucha sangre.
En la poesía lírica, si bien se considera, acontece lo mismo que en la epopeya y el drama. Es cierto que todos los desatinos que el poeta dice o hace, que su irreligión, su inmoralidad, sus blasfemias y sus teorías antisociales, aparecen por cuenta propia, sin que haya tirano, traidor o demagogo que las haga o que las diga; pero pronto se advierte, si se ahonda un poquito, que el poeta rara vez deja de duplicarse antes de romper los diques y soltar el torrente de su inspiración apasionada; y digo que se duplica, porque al mismo tiempo que conserva el juicio y la serenidad del ánimo para describirnos la pasión propia y los propios extravíos, se pone él como modelo en quien los tales extravíos y la tal pasión ejercen su deletéreo influjo, y acaso producen mil y mil desventuras. Entendidos de este modo, los más audaces raptos líricos son ejemplares y moralizadores: pueden servir y sirven de escarmiento.
Carlos Baudelaire es, sin duda, uno de los más endiablados poetas que en estos últimos tiempos ha nacido de madre. En cuerpo y alma, y sin la menor reserva, se entrega al demonio. Le reza muy devotas letanías y le pide favor y auxilio. Si el demonio se condujera generosa y decentemente haciendo dichoso a Baudelaire, Las flores del mal, que así se titula el tomo de sus versos, serían muy peligrosas, pues no habría de faltar quien quisiese entregarse también al demonio dándole culto para conseguir las mismas o mayores ventajas. Afortunadamente ocurre todo lo contrario. Baudelaire es el autontimoroúmenos por excelencia, el rigor de las desdichas, el que se castiga y atormenta a sí propio como el más cruel de los fakires de la India. No bastándole ser él su verdugo, acude al demonio y se vale de él para inspirador y colaborador de los refinados y espeluznantes suplicios a que se condena y somete. ¿Quién, por lo tanto, ha de querer endiablarse como Baudelaire para ser tan horriblemente desgraciado? Las flores del mal son, pues, muy moralizadoras: son un veneno, pero saludable veneno tomado como revulsivo. En menor escala son revulsivos también los versos quejumbrosos de multitud de poetas contemporáneos que nos pintan el horror de las dudas con que batallan y tratan de persuadirnos de que, a causa de estas dudas, son sus almas un infierno. Lo natural es que el tal infierno nos asuste y que para no tenerle nosotros procuremos creer cuanto hay que creer, sin meternos en averiguaciones ni en honduras. Espronceda, en una de sus más populares composiciones, se nos presenta en una orgía bebiendo vino, acariciando a cierta dama a quien dirige más insultos que piropos, y mostrándose desesperado, negándolo todo, sin creer y sin esperar nada sino la paz de los sepulcros; pero el poeta nos indica en seguida la causa de tanto mal y nos deja turulatos. Supone que tanto mal es castigo de Dios porque el alma ha intentado adquirir el conocimiento de las cosas divinas: verdad velada, arcano insondable en el que es insania el mero propósito de investigar y de descubrir algo. El remedio, en esta ocasión, casi nos parece peor que la enfermedad. ¿Por qué ha de castigar Dios a quien anhele conocerle? ¿Por qué ha de coincidir el poeta con quien inventó en prosa esta célebre frase: la funesta manía de pensar? ¿Por qué, desde el empleo de nuestras más nobles facultades en el estudio de la metafísica en general, y singularmente de la teodicea, hemos de descender, con inevitable descenso, a la borrachera y a los amores libidinosos, y todo ello sin regocijo, sino con furia, rechinar de dientes y maldiciones como de precito?
Bien examinado todo, me consuelo yo y me aquieto creyendo disipadas mis contradicciones, y viendo en la poesía sincera, por absurda que la juzgue el prosaico y rastrero sentido común, innegable y alta enseñanza, la cual estriba en la purificación, así de la compasión y del terror trágicos, como de otras pasiones, errores y desvaríos.
Lo que importa para que la poesía sea buena y legítima es, por consiguiente, la sinceridad: que todo se exprese con la natural sencillez que no excluye, sino que requiere, la elegancia, y que nada se sienta, ni se piense, ni se diga con afectación para aterrar a los burgueses, para alcanzar la originalidad por la extravagancia, para seguir la última moda de París o para imitar novedades germánicas, rusas o suecas. No hay peligro ni inconveniente en desatinar por cuenta propia. Me jacto de haberlo demostrado. El inconveniente y el peligro están en la admiración cándida de los extranjeros y en remedar, acaso desmañadamente, lo que los extranjeros piensan o dicen.
Si no creyese yo que en las Odas de don Eduardo Marquina se revelan muy envidiables prendas de poeta lírico, no hubiera disertado tanto con ocasión de su lectura.
Cuanto hay en ellas de bueno procede del propio ser del poeta. Y cuanto en ellas puede censurarse nace de la escuela que sigue y del empeño de superar y de extremar sus rarezas, tanto en el sentir y en el pensar, como en el estilo o modo de expresarse. Lo colosal y enorme de las imágenes delata el prurito de aturdir y de sorprender, y produce, hasta en los más eminentes poetas, hasta en el mismo Víctor Hugo, un amaneramiento barroco. Cuando lo sublime corre sin freno, suele tropezar en lo ridículo y caer en la caricatura.
¿Qué no puede, sin embargo, el brioso ingenio nativo, aunque se lance y se despeñe por los más extraviados vericuetos? Barroca, caricaturesca es la oda titulada El monstruo. Pero, ¿quién no se divierte leyéndola y poniendo en duda si el poeta habla con toda seriedad o ríe o se recrea componiendo una alegoría satírica llena de chiste?
El ser humano aparece como un monstruo de dos cabezas y de dos opuestos instintos y propensiones. Una cabeza es como de hipopótamo, y no aspira sino a comer, a reposar, a revolcarse en el fango y a disfrutar otras delicias bestiales; pero, por cima de la cabeza de hipopótamo, hay otra cabeza de águila en que duermen
los grandes pensamientos de los dioses.
La horrible situación para el monstruo procede de esta doble y antitética naturaleza. Lo que hay en él de hipopótamo no logra gozar con sosiego de las cosas materiales, y lo que hay en él de águila pugna en vano por levantar el vuelo y subir a las regiones etéreas. El águila y el hipopótamo se contraponen como fuerzas contrarias; y como se estorban y se perjudican, todo o casi todo lo hacen siempre mal o si se quiere menos bien de lo que pudieran hacerlo. Disgustos, rabietas, lágrimas y furores sin fin, por consiguiente. El monstruo, además, se desacredita y se hace odioso a cuantos seres existen. Así es que exclama lleno de angustia:
...............devoro
un ultraje perpetuo de los mundos
y un eterno desprecio de los cielos.
¿Qué resolución adopta el monstruo para salir de tan abominable conflicto? La más tremenda de las resoluciones. Con el pico de su cabeza de águila, que es agudo y recio, perfora el cráneo del hipopótamo y se consuela sorbiéndole los sesos.
Por dicha, aunque no entrevemos bien si merced a tan feroz resolución o independientemente de ella, el conflicto pasa, las cosas toman mejor cariz, los tiempos se acercan, la esperanza luce y el poeta escribe su flamante apocalipsis y nos anuncia su Buena Nueva en no corta serie de animados cuadros. Según él, la miseria que nos rodea es la noche
que precede a las grandes claridades.
El idilio enorme, la huelga universal y constante no tardará en llegar. El poeta conjura y evoca y convida a los seres todos para que acudan a la fiesta y contribuyan a su lucimiento.
Por convidado me doy yo también, pero recelo mucho que los preparativos de la fiesta han de ser enredosos y difíciles. La fiesta tardará, pues, en realizarse, y como ya estoy harto viejo, no podré asistir a ella a pesar del convite. Me contento con el programa. Le hallo interesante y ameno. Pero francamente, yo le hallaría mucho mejor si el Sr. D. Eduardo Marquina, en quien reconozco y aplaudo muy altas prendas de poeta, emplease menos el acicate y mucho más el freno al dirigir a su Pegaso, y sólo llevase a las ancas cuando cabalga en él a su propia Musa, legítima y castiza, y no a la aventurera venida de tierras extrañas y cuyo prurito de llamar la atención la induce a vestirse a menudo con vestiduras un poco extravagantes y con exótico amaneramiento. No estará de sobra tampoco que el Sr. D. Eduardo Marquina cuide con mayor detención y esmero del aseo y aliño de su Musa cuando la saque a relucir nuevamente.
DON CRISTÓBAL DE MOURA
PRIMER MARQUÉS DE CASTEL-RODRIGO
I
El libro cuyo título nos sirve de epígrafe, no puede menos de llamar poderosamente la atención por varios motivos. Es un trabajo histórico llevado a cabo con esmerado tino y con la más infatigable diligencia para allegar y compulsar documentos, poner en claro muchos puntos obscuros y darnos idea exacta y justa de los sucesos más importantes en la historia de nuestra Península desde la conquista de Granada hasta el día de hoy.
Realzan el mérito del libro los pocos años de su autor, que no ha cumplido aún los veinticuatro de su edad, y que se ha empeñado en realizar una empresa llena de grandes dificultades, en mi sentir insuperables algunas de ellas.
Una narración histórica, lo mismo que un poema y lo mismo que una novela, puede considerarse como obra de arte, con unidad de acción en su conjunto y donde todos los casos que se cuentan y todos los personajes que figuran aparecen en segundo o tercer término y como esfumados para que el héroe principal o protagonista no se confunda ni se pierda y atraiga y fije las miradas y persista en el pensamiento de los lectores. Tal debiera ser la vida artísticamente escrita de todo personaje célebre. Tales son las que escribió Plutarco en la edad antigua, y las que entre nosotros ha escrito recientemente Quintana.
Esta condición, con todo, era imposible de cumplir, dado el asunto elegido por el joven historiador D. Alfonso Danvila, y dado el personaje o el héroe cuyos actos se propuso historiar y ha historiado.
D. Cristóbal de Moura, hidalgo portugués, que a la edad de catorce años entró en calidad de menino al servicio de la princesa doña Juana, conquista la estimación, la confianza y el afecto de aquella egregia señora, la sigue desde Portugal a Castilla, desempeña por su mandado muy difíciles comisiones y muestra en todo rara discreción y singular destreza y tino. El prudente rey Don Felipe II reconoce entonces la capacidad y el valer del servidor de su hermana y se aprovecha de tan altas condiciones, empleando a aquel hidalgo portugués en los asuntos más arduos. Hábil y dichoso D. Cristóbal de Moura, los desempeña a gusto y satisfacción del soberano, y es delicado, fino e inteligente instrumento de sus artes políticas y de su prudencia cautelosa.
En el mayor acontecimiento de nuestra historia, en la realización, por desgracia harto poco duradera, de la más alta aspiración patriótica de los españoles, D. Cristóbal de Moura interviene con pasmosa y feliz eficacia. Más que a la pericia militar del gran duque de Alba, y más que al formidable ejército que conducía, se debe acaso a la buena maña y sutil diplomacia de don Cristóbal la unión de Portugal y de Castilla, y sobre todo, que esta unión se lograse con poca violencia, sangre y estrago, haciéndose así apta para contraponerse al poder disolvente de los malos gobiernos ulteriores, adormecer y calmar la enemistad inveterada entre castellanos y portugueses, y conseguir que al menos durase sesenta años la unión de ambas naciones, a pesar de nuestra rápida y lastimosa decadencia.
La acción de D. Cristóbal de Moura es evidentísima en todo esto y su evidencia se manifiesta con perfecta claridad merced al detenido relato que hace el Sr. Danvila, ilustrándole con gran copia de documentos, no pocos de ellos desconocidos e inéditos hasta ahora y sacados de los archivos.
D. Cristóbal de Moura no pasa, sin embargo, de ser mero instrumento de superiores voluntades humanas; su figura se hunde y se anega, digámoslo así, en el torrente impetuoso de los grandes sucesos, y su personalidad queda obscurecida y eclipsada por las de aquellos príncipes y señores que intervienen en los sucesos, que los dirigen o los determinan, y cuyos caracteres, talentos, virtudes y vicios, despiertan más nuestra curiosidad y llaman hacia ellos nuestro pensamiento con mil veces mayor atractivo. La princesa doña Juana y el rey prudente Don Felipe se interponen casi de continuo y nos encubren o no nos dejan ver a D. Cristóbal. Hasta los personajes de tan corto valer moral e intelectual, como el rey cardenal D. Enrique y como D. Antonio, Prior de Crato, descuellan por el pedestal en que están colocados, y por la posición social que ocupan, y tapan también a D. Cristóbal de Moura.
No digo yo lo que antecede en son de censura contra el libro del Sr. Danvila. No acierto yo a concebir cómo el libro hubiera podido escribirse de otra manera; cómo su autor hubiera podido relegar a segundo término al rey Don Sebastián y la catástrofe de Alcazalquivir; la caída de una nación tan heroica, casi en el momento de su maravillosa expansión y de su mayor auge. No era dable que el autor reprimiese su deseo de pintarnos detenidamente sin dejar indicados con vaguedad en el fondo a tantos y tantos importantes personajes, a fin de que apareciese en primer término, sin apartarse de nuestra vista y como centro y principal objeto de todo, D. Cristóbal de Moura, a quien, sin embargo, es menester confesar que se debió más que a nadie el buen éxito de la unión de Portugal y de Castilla y que esta unión fuese menos violenta y mucho más durable de lo que hubiera podido temerse y de lo que, sin duda, Felipe II temía.
El Sr. Danvila escribe sobre una de las épocas en que es más difícil para el historiador la imparcialidad previa, o sea escribir para contar y no para probar. La primera alabanza que debemos dar al Sr. Danvila, es porque consigue sobreponerse a todo prejuicio y retratar a los personajes, y narrar sus actos tales como fueron, dejando a los lectores que juzguen, califiquen y fallen.
A menudo, no obstante, por muchos y muy preciosos datos que un historiador acumule y ordene, los lectores, aunque sean muy entendidos, no logran formar juicio y dictar sentencia. Contrario al del novelista es el método que el historiador sigue. El novelista imagina a su antojo a los personajes de su novela, tontos o discretos, malvados o bonachones, débiles o briosos, y luego por ineludible dialéctica los mueve a que lo digan y lo hagan todo en consonancia con lo presupuesto. En cambio el historiador ni crea a sus personajes, ni posee una llave mágica para penetrar en su corazón, para escudriñar los aposentos de su cerebro, y para descubrir y mostrarnos sus intenciones, sus sentimientos y sus propósitos. Todo esto tiene que inferirse de lo que cada personaje dice y hace: inducción, en mi sentir, muy sujeta a engaños, por donde se ha dudado y se ha disputado siempre no poco sobre el valer moral e intelectual de muy célebres figuras históricas.
Sobre D. Cristóbal de Moura no hay, no puede haber duda ni disputa. Hábil y fiel servidor, cumple bien con los mandatos de su amo, y su arte de cortesano perfecto y de negociador discretísimo, y su flexibilidad y su paciencia se revelan en todas sus acciones y singularmente resplandecen en el arte con que conlleva y sufre el poco apacible humor del rey D. Felipe y conserva y acrecienta la confianza que le ha inspirado. Pero, como ya hemos dicho, en el extenso cuadro trazado por el Sr. Danvila, D. Cristóbal queda, y no puede menos de quedar, relegado a segundo y a veces a tercero o cuarto término. El cuadro encierra casi toda la historia de España y de Portugal desde 1538 hasta 1613. Ante las figuras sobresalientes y conspicuas de D. Juan III, la reina doña Catalina, la princesa doña Juana, el mismo emperador Carlos V, el duque de Alba, el rey D. Sebastián, Isabel de Valois, el príncipe D. Carlos, y en fin, el propio rey don Felipe, el discreto hidalgo portugués no puede menos de resultar obscurecido. En bastantes capítulos del libro apenas se le nombra: a veces se presume pero no se asegura que sale a la escena. Quien está siempre en ella presente y activo es el rey D. Felipe.
El libro del Sr. Danvila viene a corroborar una vez más el concepto que yo tengo de este rey, contra el cual, durante su vida y después de su muerte, se han lanzado las más duras acusaciones y las más apasionadas injurias, sin que yo acierte a conceder que fuese menos benigno, más hipócrita o más desalmado entre multitud de otros monarcas, príncipes y magnates del Renacimiento. Felipe II era la propia bondad, la dulzura y la mansedumbre personificadas, sinceramente religioso y amante de su patria y modelo de reyes paternales, si le comparamos con Juan II de Portugal, apellidado el príncipe perfecto, con Luis XI de Francia, con Catalina de Médicis y sus hijos Carlos IX y Enrique III, con Enrique VIII e Isabel de Inglaterra y con no pocos otros que pudieran citarse, sin excluir acaso a su padre el César.
Yo presumo que la rara y excepcional perversidad que a Felipe II se atribuye toma origen y fundamento en las prendas de su carácter y en los actos de su vida que más le ensalzan e ilustran: en la guerra sin tregua que hizo al protestantismo, pugnando para que no se rompiese el alto principio que informaba, dirigía y daba unidad a la civilización europea. Si para lograr este fin se valió de la Inquisición, quemó herejes e hizo no pocas otras atrocidades e insolencias, muy mal hecho estuvo; pero ¿dónde fueron entonces los príncipes y los gobiernos más clementes y humanos? Ni en calidad ni en cantidad pueden compararse las víctimas sacrificadas por Felipe II a las que sin Inquisición se sacrificaron en Alemania, en Francia o en Inglaterra. No fue menester, por ejemplo, de la Inquisición de España para el suplicio de Vanini, de Bruno, de Miguel Servet, de Tomás Moro y de María Estuardo. Si hiciésemos la exacta estadística de todos los herejes quemados vivos en España, acaso sería menor su número que sólo el de las brujas y brujos que en Alemania fueron quemados. Demos gracias a Dios de que ya no se quema vivo a nadie por tales motivos y de que cualquiera puede ser ya impunemente hereje y hasta brujo; pero no acusemos a los españoles del siglo XVI ni a su monarca don Felipe II, de más fanáticos y crueles que a la demás gente de su época.
Como cierto y aun como evidente pongo yo lo antedicho. Donde empiezan mis dudas, a pesar o a causa de la circunstanciada y minuciosa relación del Sr. Danvila, es en la idea que debo formar del talento político que el rey D. Felipe mostró en los tratos, negociaciones, intrigas, rodeos tortuosos, lentitud y cautela con que vino al cabo a apoderarse de Portugal y a someter la completa extensión de nuestra Península bajo su dominio. Tantas idas y venidas, tantos embajadores o emisarios diferentes, ya simultáneos, ya sucesivos, frailes, santos, grandes de España y jurisconsultos, que ya se movían de acuerdo, comunicándose sus impresiones, ya se recataban unos de otros por orden del mismo rey, ya se entendían directamente con éste, ya unos con un secretario y otros con otro, porque el rey recelaba de todos, todo esto, me pregunto yo: ¿era indispensable, para apoderarse de Portugal sin gran violencia y sin ofender demasiado a los portugueses? ¿Se debió entonces a la rara circunspección del rey la tan deseada unión ibérica o se debió a que la ocasión era propicia: a que estaba de Dios, como vulgar, sabia y cristianamente se dice?
¿No experimenta el lector cierto cansancio, a pesar de lo bien escrito que está el libro y de las curiosas y bien ordenadas noticias que nos da de personas y de cosas, al internarse por aquel laberinto de enmarañados rodeos por donde el rey D. Felipe persigue sus fines? Seduce a muchos portugueses con promesas y compra a otros con dinero para impedir la guerra y la efusión de sangre, y sin embargo, no logra anular al Prior de Crato ni apoderarse de él, ni evitar que se rebele, y necesita sofocar la rebelión con dura mano y tremendo castigo, sin que lleguen a evitarse los abominables desafueros de un ejército invasor casi siempre mal pagado y famélico en España y en aquel siglo, aunque le mandasen caudillos de tanta autoridad y energía como el duque de Alba y Sancho de Avila.
Yo nada afirmo. Me limito a dudar. Y de lo que dudo es de si en estos sucesos conviene celebrar a Felipe II por circunspecto, prudente y ladino, o si hay más razón para calificarle de vacilante, indeciso y enrevesado en los medios y hasta de pesado y de engorroso, si se me permite lo familiar y bajo del vocablo.
II
Cada cual ve las cosas a su manera. La historia enseña poquísimo. Nunca es bastante la semejanza de accidentes en dos grandes sucesos para hacer valederas y legítimas las comparaciones. Atrevámonos, con todo, a comparar, a pesar de lo inseguro. Humillado Portugal, vencido en Africa por los marroquíes, muerta allí la flor de su heroica nobleza y de sus valientes soldados, poco podía resistir a la ambición de un monarca que, para hacer valer su derecho hereditario, era señor de vastísimos reinos y provincias y estaba al frente de la nación española, preponderante entonces en Europa. Si hemos de prestar, pues, al rey Don Felipe el testimonio de nuestra admiración porque se anexionó a Portugal, digámoslo así, valiéndonos del verbo que hoy está en moda, ¿qué pasmo, qué asombro, no debe inspirarnos, el rey Víctor Manuel con su Cavour y con su Garibaldi, cuando, después de tomar el Milanesado por mano de franceses y por mano de alemanes el Véneto, príncipe poco antes derrotado y multado por Austria, se atreve a derribar y derriba varios tronos, sin excluir el temporal del Papa, se apodera de Nápoles y de Sicilia y funda la unidad de Italia, aspiración secular jamás cumplida desde los tiempos del rey bárbaro Teodorico?
Aunque la comparación se me rechace, negando la paridad de las circunstancias y alegando el muy diverso carácter de las épocas, todavía inclina un poco el ánimo a tener por algo problemática la habilidad del rey Don Felipe. Su circunspección pecaba de minuciosa. Tal vez dificultaba sus empresas la abundancia de medios que empleaba para darles cima. Algunos de estos medios eran inútiles: otros contraproducentes o perjudiciales. Sirva de ejemplo la misión, embajada, o como quiera llamarse, de fray Hernando del Castillo al desdichado rey cardenal D. Enrique. ¿A qué podía conducir sino a mortificar el amor propio, a ofender y agriar al pobre monarca portugués el desvergonzado sermón de aquel buen fraile para persuadirle de que no debía contraer matrimonio? Buena y santa es la libertad cristiana, pero no debe confundirse con la insolente grosería. E insolente y grosero anduvo el fraile, predicando al rey durante dos horas lo pecaminoso y escandaloso que sería su casamiento, lo inútil porque era incapaz de consumarle, y lo peligroso porque bien podría la señora reina dar al trono herederos cuya legitimidad hubiera de negarse.
Como D. Cristóbal de Moura se opuso, aunque en balde, al impolítico sermón de fray Hernando del Castillo, bien se puede afirmar que en dicha ocasión, así como en algunas otras, venció en prudencia a su augusto amo.
Es singular, a mi ver, la patente superioridad del pueblo, en la época del mayor valer de España, sobre los príncipes que dirigieron sus destinos, salvo los Reyes Católicos. Bien supieron éstos con mano de hierro dominar la anarquía, aunar las fuerzas de la nación y dirigirlas y ordenarlas todas a su mayor engrandecimiento. En aquella labor se emplean sirviéndoles, varones eminentísimos en las artes de la paz y de la guerra: grandes capitanes, aventureros audaces, navegantes y misioneros, astutos hombres de Estado, sabios jurisconsultos y teólogos; y, por último, para que la elegante brillantez corriese parejas con el encumbramiento político, gloriosos y fecundos poetas e inspirados artistas.
El fermento de decadencia y corrupción, antes que en el pueblo, apareció en la dinastía. En la dinastía casi desde el principio se advierte. La locura, poetizada y llamada de amor en la reina Doña Juana, se diría que como afección nerviosa, más o menos latente, se transmite por herencia a casi todos los individuos de la familia, hasta que se manifiesta por último con todo el carácter de notoria imbecilidad en el rey Don Carlos II. Por muy simpáticos, heroicos o virtuosos que sean algunos personajes, siempre se trasluce en ellos algo, y a veces mucho, de insano y desequilibrado. El príncipe Don Carlos y el rey don Sebastián se parecen en esto, como buenos primos hermanos. La misma princesa, madre de Don Sebastián, tiene no poco de extraño y de misterioso. Hermosa y apasionada mujer hubo de ser sin duda cuando inspiró amor tan ardiente al príncipe su marido, que a separarse de ella prefirió la muerte. Contra el parecer de los médicos, murió el príncipe en los brazos de Doña Juana. Y sin embargo, esta señora era tan austera y esquiva, que no consentía que le vieran ni el rostro. Tapado le tenía cuando daba audiencia como gobernadora del reino, hallándose ausente su hermano Don Felipe II. A veces como dudase alguien de que hablaba con ella, se descubría con rapidez, preguntaba si era la princesa Doña Juana, y no bien contestaban que sí, volvía a taparse.
Tal vez el que tuvo menos rarezas entre todos los príncipes de aquella familia, el más juicioso y razonable, el que más amó a su patria y el que procuró su grandeza con mayor tenacidad, consecuencia y estudio fue el rey Don Felipe. Ya que no por el rápido vuelo de la inteligencia y por la pronta energía de la voluntad, Felipe II es digno de aplauso por la constante solicitud con que mira al bien de su pueblo. Lejos de creerle yo hipócrita, le creo convencido con perfecta buena fe de que era el representante de Dios sobre la tierra y de que el nuevo pueblo de Dios era el de España. Considerándose Don Felipe encargado de cumplir la misión civilizadora de este pueblo, fue el campeón de la Iglesia católica, y bajo sus auspicios, desplegando hasta mayor generosidad que con España con los países sometidos, ya el mismo monarca, ya sus vasallos imitándole, protegieron las ciencias y las artes, erigieron monumentos, fundaron templos, palacios y establecimientos piadosos y favorecieron, en vez de reprimir, todo progreso, toda mejora material y toda teoría o sistema científico o filosófico que no se opusiese al dogma revelado, oposición entonces harto menos frecuente que en el día. Porque en el día el mismo empeño con que muchos se valen de la ciencia como de arma para combatir la fe, vuelve sobrado recelosos a los que son de la fe defensores y se diría que centuplican sus catorce artículos.
Ello es lo cierto que con aplicación y estudio sería fácil demostrar que en el siglo xvi apenas hubo audacia científica o filosófica, condenada en otras naciones, que a pesar de la Inquisición no hallase acogida entre nosotros: sistemas de Copérnico y de Galileo, transformación de las especies, generación espontánea, seres racionales distintos de la prole de Adán y de los ángeles, y en suma, cuanto a un escritor o pensador se le ocurriese soñar, probar o dar por demostrado, como no transcendiera a judaizante, morisco, luterano o calvinista. La ulterior decadencia intelectual de España no nace, pues, de la compresión del pensamiento por los inquisidores. Otras causas tuvo. Su investigación es ardua y prolija.
Incurriendo nosotros en la misma falta, que si no censuramos, reparamos en el libro del Sr. Danvila, vamos hablando de todo en estos artículos y a D. Cristóbal de Moura nos le dejamos olvidado. Volvamos a él y recordémosle.
Después de su campaña diplomática en Portugal, D. Cristóbal, colmado de honores y mercedes, llega a la cumbre del crédito y del valimiento cerca de su soberano. Para sostenerse en tan envidiada posición, no le valieron sólo su discreción y rara aptitud en los negocios, sino también su celo, su decidida lealtad y su profunda y sincera devoción al príncipe a quien servía. Nunca dieron mayor razón de sí ni brillaron tanto estas prendas como durante la última, lenta y penosa enfermedad del mencionado rey, a quien asistió D. Cristóbal, desvelado y solícito, hasta el instante de su muerte. Menester fue, sin duda, que D. Cristóbal tuviese salud de bronce, voluntad firme y extraordinario vigor de alma y de cuerpo para resistir la fatiga, dominar el asco y no amilanarse ante el horror de la espantosa escena que presenció y en que tomó parte durante cincuenta y tres días. En la estancia modesta, al lado del presbiterio, y desde donde pueden verse el altar mayor y el magnífico templo del Escorial, su austero fundador, atendido y cuidado por D. Cristóbal, pasó los referidos cincuenta y tres días en martirio tan cruel, que apenas parecía posible que pudieran resistirle fuerzas humanas. La entereza pasmosa con que sufrió el rey sus males y la nunca turbada y serena majestad que conservó en medio de ellos, exceden a la capacidad de la más acendrada virtud estoica. El mismo Job queda eclipsado por el rey Don Felipe. Jamás hubo de exclamar éste, como el piadoso varón de Hus: perezca el día en que nací y la noche en que se dijo: concebido ha sido un hombre. El rey, sin embargo, padeció tanto o más que el patriarca de Oriente. Su fe y su esperanza le sostuvieron. Bien puede asegurarse que el rey creyó que tanto tormento fue prueba y no castigo: no anticipado infierno o purgatorio, sino crisol candente del oro de sus virtudes. No se me ocurre que al rey le remordiese la conciencia pensando en los que había hecho morir por razón de Estado, en cumplimiento de un deber y para bien de la religión, de la patria y del humano linaje. Ni menos le remordería la conciencia por haber excitado con sus consejos y amonestaciones a la matanza de la noche de San Bartolomé, ni por haberse holgado de ella extremadamente, escribiendo a la reina Catalina: ¡bien ha mostrado Vuestra Majestad lo que tenía en su cristiano pecho! Sólo se explica la serena majestad del rey en aquel duro y largo trance por el claro convencimiento que de su dignidad tenía, sin que pudiera menoscabarla ningún dolor ni ninguna miseria, y por su conformidad perfecta con la voluntad de Dios, conformidad que en cierto modo endiosa el alma de quien la adquiere, convirtiendo las más acerbas penas y la más lastimosa humillación en deleite y en gloria.
Todo el cuerpo del rey, donde la hinchazón de los tumores no le deformaba, era sólo huesos y piel cubierta de llagas. Los tumores se vaciaban por varias abiertas bocas que arrojaban pus hediondo. El muladar de Job había sido más limpio que el lecho inmundo del señor absoluto del mayor imperio que hasta entonces había habido sobre la tierra. Con la húmeda podredumbre de las úlceras, se pegaba a las sábanas el cuerpo del rey. Asquerosos insectos parásitos devoraban en vida su carne, y corrían bullendo por toda ella. Hedor insufrible llenaba aquel recinto. Cirios encendidos patentizaban su lobreguez y su tristeza. Le santificaban las más preciadas reliquias que para consuelo del rey se habían traído. Y el ataúd abierto, que aguardaba para recibir al rey, estaba allí junto a su cama para que el rey le contemplase.
Tremendos son los pormenores de aquella lenta agonía, relatados por el Sr. Danvila, así como por Cabrera de Córdoba y por otros historiadores. Baste aquí lo expuesto en resumen.
D. Cristóbal de Moura, hasta que el rey exhaló su último suspiro, gozó de su plena confianza. En su poder estaba la llave del escritorio donde se guardaban los más íntimos y secretos papeles. Lamenta el Sr. Danvila que D. Cristóbal quemase muchos por orden del monarca. Yo, harto menos curioso, en vez de lamentarlo, me alegro de ello. ¿Para qué queremos saber más de lo que ya se sabe?
El concepto que de Felipe II podemos formar, entiendo yo que por muchos otros papeles que se hubiesen conservado y que descubriésemos y estudiásemos, no cambiaría en lo más mínimo. Sus admiradores exageran en demasía sus talentos y su aptitud política. Y en demasía también sus enemigos ponderan sus maldades. No pocas de ellas, cuando no absueltas, aparecen atenuadas por los sentimientos e ideas de aquella edad en que la razón de Estado propendía a justificarlo todo. Porque siendo la moral harto menos dulce que hoy y menor el respeto a la individualidad humana, los llamados a dirigir los pueblos se creían realmente señores de vidas y haciendas. El fin, más que hoy, justificaba entonces los medios. En el pensamiento de los hombres de aquella edad el éxito lo justificaba todo. Menester era, pongamos por caso, de la pasión patriótica de Góngora cuando cantó la Invencible Armada, para que llamase a Isabel de Inglaterra
Reina no, sino loba
libidinosa y fiera.
Los que escribían en prosa, sin prevención y con la franqueza del sigilo, no condenaban a Isabel por loba, sino que la admiraban como gran reina. D. Juan de Silva, en una carta política dirigida a D. Cristóbal de Moura, habla así de aquella digna rival de Felipe II: «Los cuarenta y dos años que la reina de Inglaterra ha gastado en servicio del mundo, serán en su género la cosa más notable que se halle escrita, porque no teniendo más ayuda que la de nuestros pecados, y la de su consejo, ha salido con hacerse amar y temer en su reino más que todos sus predecesores. Ha ayudado como le ha placido y convenido a los enemigos de Francia y España, reinando en la mar como en la isla, cortando cuantas cabezas le podían dar estorbo, y la de otra reina entre ellas, paseando con sus navíos el mundo a la redonda y bailando y danzando como si no hubiera tenido que hacer.
En todo este elogio, no hay la menor censura sobre la moral de la reina, sino profunda admiración al buen éxito de sus empresas: envidia casi, no porque Felipe II hubiera sido más cruel y más tirano, sino porque fue menos hábil.
La vida de D. Cristóbal de Moura, y por consiguiente, el libro del Sr. Danvila, se extienden aun algunos años por el reinado de Felipe III.
No se me alcanza bien por qué el Sr. Danvila se inclina a mostrar a D. Cristóbal harto caído y desatendido por el nuevo monarca. Natural era que hubiese entonces turnos pacíficos, como los hay ahora, aunque durando muchísimo más cada vuelta. Natural era también que el nuevo rey tuviese nuevo privado, pero nunca con mayor exaltación y reconocimiento de méritos que D. Cristóbal cayó nadie de la privanza. Los favores regios vinieron sobre él en aumento de su estado y de su casa. Don Cristóbal fue, por último, el primer virrey que Portugal tuvo, a despecho y con envidia de príncipes y de grandes señores que hubieran querido serlo. En todo lo cual, si supo don Cristóbal desplegar las más raras dotes de talento y de carácter para sostener su crédito y su importancia, no debe negarse tampoco que Felipe III y su valido el duque de Lerma fueron consecuentes y estuvieron acertados.
Prolijo sería exponer aquí en compendio los actos de D. Cristóbal en el virreinato y los demás sucesos de su vida hasta que llegó a su término, y con ella el libro del Sr. Danvila.
Libro es este de grandísimo interés, rico en noticias curiosas y en nuevos datos y de muy envidiable lucimiento, no ya sólo para quien empieza a escribir de historia y es muy joven, sino para el más curtido y avezado en este linaje de estudios.
No tiene la falta, sino la sobra, en moda hoy; moda de la que parece imposible prescindir para componer una mera biografía. Por eso suele ponerse en la portada de esta clase de libros, aunque el Sr. Danvila no lo ponga, como aditamento al nombre del héroe y completando el título, ora y su tiempo, ora y su siglo, aunque ni el tiempo ni el siglo quedase muy descabalado o muy inexplicado si el héroe mentalmente se suprimiera.
De todos modos, el libro del Sr. Danvila, calificado como se quiera el género a que pertenece, es desde luego muy importante trabajo, y cierta y brillante promesa además de otros sazonados frutos que el ingenio y la laboriosidad del autor han de producir en adelante.
EL ESPECTÁCULO MAS NACIONAL
I
Mi querido amigo y tocayo el conde de las Navas, ha publicado recientemente con el mismo título que damos a estos artículos, un libro, tan ameno como erudito, sobre la historia del toreo.
En más de seiscientas páginas que el libro contiene, entiendo yo que está dicho cuanto en pro y en contra de la tauromaquia puede decirse, y que está contado por estilo muy elegante y ligero cuanto al ejercicio del mencionado arte se refiere, desde sus orígenes, que van a perderse en la noche de los tiempos, hasta el día de hoy, en que sigue floreciente y en auge, sin que necesite ni pida regeneración, como otras artes, cosas y personas.
Casi imposible, al menos para mí, que me considero incapaz de tamaña empresa, sería exponer aquí en resumen, con claridad y orden, lo más importante y sustancial del libro mencionado. Baste afirmar que el señor conde ha apurado la materia y ha logrado componer una verdadera enciclopedia taurina. Nada se le queda por investigar, aclarar, contar y discutir sobre las corridas de toros, desde que empezaron en España, tal vez antes de la fundación de Cádiz y de la venida de Hércules fenicio, que erigió sus columnas, no sé si en Calpe, o en Avila, o en ambos cerros.
No hay personaje histórico que haya toreado de quien no nos hable el señor conde. Hasta Francisco Pizarro, conquistador del Perú, y hasta el muy glorioso emperador Carlos V, resultan toreros.
Las fiestas reales, en que con mayor o menor lucimiento se han lidiado toros para solemnizar algún suceso fausto y aumentar el regocijo público, están mencionadas en el libro del señor conde con escrupulosidad y con prueba de documentes fehacientes, desde las que hubo en el año de 1144 en León para celebrar las bodas de doña Urraca, hija del rey Alfonso VII, hasta las que hubo en Sevilla en 1877 para obsequiar al rey D. Alfonso XII.
Demostrado con toda evidencia deja el señor conde que el espectáculo más nacional en España es el de las corridas de toros. Demuestra además con gracia, discreción y abundante copia de razones que las tales corridas no son feroces, ni inmorales, ni merecedoras de la censura acerba que no pocos sujetos autorizados y varios escritores de nota han lanzado contra ellas en épocas distintas. Los que más se han señalado y extremado en el siglo presente por su reprobación de los toros han sido el ilustre don Gaspar Melchor de Jovellanos y el ingenioso poeta y marino don José Vargas Ponce, y recientemente D. Luis Vidart y el marqués de San Carlos. Contra todos ellos combate valerosamente el conde de las Navas, y logra, en mi sentir, completa victoria.
Como quiera que sea, así los partidarios como los enemigos de las corridas de toros, no podrán menos de deleitarse y de instruirse con la lectura del libro de que aquí damos cuenta. Toda persona de buen gusto y aficionada a saber, si no se convence leyendo este libro, se divertirá de seguro y adquirirá multitud de curiosas y peregrinas noticias, sin sentir nunca cansancio ni hastío. Esta es la mayor alabanza que podemos dar y que damos con sinceridad y satisfacción a la flamante obra del conde de las Navas, muy conocido y celebrado ya en la república literaria, así por otros trabajos de erudición como por sus cuentos y novelas.
Otra alabanza, no obstante, merece también el libro del señor conde, que yo consignaría aquí aunque no quisiera, ya que la calidad envidiable que en el libro alabo me sirve de fundamento para cuanto voy a decir, y aun para mucho que yo diría y que me callo, receloso de fatigar a los lectores.
El libro del señor conde de las Navas es muy sugestivo. ¿Quién, al leerle o después de haberle leído, no siente invencible deseo de hacer examen de conciencia sobre el punto capital que el libro trata, de declarar con franqueza si condena o aplaude las corridas de toros y de exponer los argumentos en que se apoya su reprobación o su aplauso?
Dejándome yo arrebatar por el antedicho deseo, voy a consignar aquí mi opinión, aunque nadie me la pida, interviniendo en la disputa, con independiente juicio y sin previa inclinación de ningún lado.
¿Las corridas de toros pecan gravemente contra la filantropía o dígase contra el afecto y el respeto que todo ser humano debe inspirarnos? Tal es la primera cuestión. La respuesta es clara, pero no puede darse sin distingos. Sin distingos no cabe duda que se debe condenar una fiesta en la que para divertirnos exponen su vida unos cuantos prójimos nuestros. Pero cuando se considera que hay otra multitud de fiestas en que las vidas de nuestros prójimos se exponen más aún, no podemos menos de considerar inocentes, o si se quiere poco nocentes las corridas de toros. No aventura menos que el torero el domador de leones o de tigres, que entra en la jaula en que ellos están, los fascina con su mirada y los doma y amedrenta a latigazos.
El acróbata que en lo más alto del circo, salta de un trapecio a otro trapecio, queda pendiente de un pie sin otro asidero, y vence aun mayores dificultades y arrostra mayores peligros, a mi ver arriesga la vida, más aún que el que se lanza a la arena del circo, sereno, ágil y fiado en su arte, a luchar con el toro más bravo. Y todavía es menos filantrópico el arte del titiritero que el del lidiador de toros, si se piensa en la educación con que cada cual es menester que se prepare. La gimnasia del torero es sana: no tuerce ni violenta la naturaleza. Basta con que los pies sean ligeros, el cuerpo flexible, la vista perspicaz y diestro y robusto el brazo. En ninguna de estas condiciones se requiere nada que raye en lo anormal o en lo monstruoso: que exponga al que procura adquirirlas a la dislocación o a la rotura de los órganos y aparatos de su cuerpo, a fuerza de querer darles empleo contrario al que naturalmente tienen. Los descoyuntados, los que se tuercen y doblan de manera insólita, los que alzan con los dientes enormes pesos y hacen otras habilidades por el mismo estilo, aunque nos maravillen, repugnan por lo antinatural del ejercicio y más aún por la perversa preparación que el ejercicio presupone, y en la cual es probable que hayan sucumbido no pocos antes de llegar a ser maestros y de poder lucirse.
El pugilato o riña a puñadas entre dos o más hombres es espectáculo muy frecuente aun en Inglaterra y en los Estados Unidos, y del que mucho gustan ingleses y angloamericanos. En estas riñas los espectadores se apasionan por uno de los dos combatientes, juegan y apuestan dinero. No hay para qué ponderar cuanto menos humanas son estas riñas que las corridas de toros. En las corridas, de cada cien veces, una a lo más, saldrá un hombre herido o muerto, pero en el combate a puñetazos no se concibe que queden nunca ilesos los campeones, uno de ellos al menos saldrá con las narices rotas, con un ojo destrozado o hinchado, o con tales contusiones en el pecho que le lastimen las entrañas y le hagan vomitar sangre o le causen la muerte. Dignas de la epopeya son tales luchas, pero no se puede negar que son brutales y harto impropias de la civilizada y filantrópica edad en que vivimos. Bien están en la Iliada los juegos que celebra Aquiles en honor de Patroclo y la lucha del hijo de Panopes con el gentil Eurialo, a quien sus amigos retiran de la arena vencido, arrastrando
el mísero los pies, y de la boca
sangre arrojando turbia. Sobre el hombro
la cabeza caída, y delirante.
No muy inferior belleza épica tiene el canto del poeta ruso Lermontoff, donde se refiere la lucha, en presencia de Ivan el Terrible, del joven mercader que mata a puñadas al guardia favorito del Czar. Pero todo esto, que es agradable y bello y no disuena contado en una narración de tiempos antiguos, o de pueblos semibárbaros, es abominable e impío en el siglo presente. En su comparación, la más sangrienta corrida de toros es menos cruel, y menos peligrosa para el hombre que muchos juegos y ejercicios, como la caza de leones, osos y tigres y hasta como las mismas carreras de caballos, donde tal vez los jockeys están más expuestos que los toreros y pueden reventarse o romperse la nuca.
En otro concepto, en el que podemos llamar ortopédico, lejos de ser censurable el ejercicio del toreo, es más digno de recomendación que casi todos los otros ejercicios varoniles, porque no deforma el cuerpo o desarrolla algunas de sus partes a expensas de otras, como la danza, que suele enflaquecer los brazos y desenvolver demasiado las piernas, sino que propende a robustecer por igual todo el cuerpo humano, prestándole vigor, ligereza y gallardía.
En un buen torero es casi indispensable condición cierta proporcionada harmonía de los miembros, cierta vigorosa y elegante esbeltez, mientras que un jockey, por ejemplo, puede ser feo como un mico, patizambo, y giboso y hasta conviene que sea ruin y desmedrado a fin de que no pese mucho.
La hermosura varonil del torero puede y debe ejercer influencia benéfica en el ánimo de la muchedumbre, en quien un inveterado espiritualismo ascético y después otras varias causas han hecho que se descuiden por demás en España el esmero y cuidado del cuerpo. Nuestra clase media le atiende y le ejercita poco. Todavía es de maravillar cómo los individuos que a ella pertenecen no están más enclenques y decaídos, mereciendo el apodo de D. Pereciendo o de D. Líquido con que suele motejarlos la baja plebe. El gallardo tipo del torero debe estimularlos con emulación. Bien lo da a entender el poeta cuando dice en elogio del insigne Pedro Romero:
Das a las tiernas damas mil cuidados,
y envidia a sus amantes.
Vale, por último, la tauromaquia para conservar ciertos usos y costumbres muy útiles que sin tauromaquia acaso se hubieran ya perdido. Agradecidos debemos estar al arte de Pepe-Hillo y de Montes, aunque no sea más que porque contribuye a que sigan poniéndose mantilla las mujeres. El sombrerete y otras modas de París lo invaden todo, y nada, a mi ver es más contrario a la regeneración que tanto anhelamos hoy.
Las tales modas, singularmente en nuestra pobre e inferior clase media, ejercen el más funesto y deletéreo influjo. A un empleado, pongamos por caso, que tiene tres o cuatro mil pesetas de sueldo anual, y es padre dichoso de dos o tres niñas, que gastan sombrerete y otros primores parisinos, ¿qué le queda para pagar la comida y el alquiler de la casa si han de ir las niñas medianamente emperegiladas? Y es todo ello más digno de notar y más lastimoso, si se atiende a que los tales perejiles cuestan en España doble o triple que en otras tierras. Porque aquí tenemos que pagarlo doble o triple a fin de proteger la industria o la producción nacional.
Bien podemos decir, aunque sea entre paréntesis, y por vía de desahogo, que restando de lo que pagamos por ciertos artículos, el exceso que se paga para proteger la industria nacional, tal vez resulte que con este exceso, salga la tal industria, más asalariada por el Estado, que cualquiera otra función u oficio público, y que, con lo que nos cuesta, pudiéramos sostener todos los empleados que hay en Madrid, y dar su paga íntegra a los generales, aunque pasen de setecientos.
Creo, pues, que convendría volver a las mantillas y abandonar los sombreretes y demás primores parisinos. Yo gusto del lujo. ¿Quién no gusta del lujo como no sea un asceta o un esparciata? Pero el lujo no debe ser a expensas de la alimentación. La cocina nacional, que sin duda hubo de estar floreciente y adelantada en el siglo XV, como lo atestiguan D. Enrique de Villena y Ruperto de Nola, ha venido a caer en espantosa decadencia en el siglo XVII por el beaterio, penitente y devoto, y en el día por la afición y prurito de gastarlo todo en trapos transpirenaicos. Con razón exclamaba un elocuentísimo y famoso orador español, no sin suspirar y verter lágrimas: ¡yo no como, yo me alimento! Nuestra cocina... esa sí que está degenerada. Y así por lo poco apetitosos que son los platos, como por lo mucho que hay que gastar en el lujoso aparato exterior, es lo cierto que suele comerse poco y mal, por donde la anemia y la cacoquimia son las enfermedades más comunes de ahora. La esplendidez y el regalo sibaríticos de los toreros, manteniendo y haciendo florecer colmados, figones y tiendas de andaluces y de montañeses, pone ya y seguirá poniendo a este mal oportuno reparo y castizo remedio.
Por todas las razones que dejo expuestas me atrevo yo a decir que las corridas de toros sobre ser filantrópicas, son patrióticas y regeneradoras, y que, por lo tanto, deben ser aprobadas y hasta celebradas y fomentadas.
Veamos ahora si las condena y si justamente las anatematiza la piedad que debe inspirarnos todo ser viviente, sensible al dolor, aunque no sea racional como nosotros. Pero este asunto es tan vasto que requiere artículo aparte, aunque discurramos sobre él y tratemos de dilucidarle con rapidez compendiosa.
II
¿Qué opinión tendrá de las corridas de toros la Sociedad protectora de los animales, sociedad existente hoy en todos los países civilizados? La tal opinión de seguro ha de ser muy mala; ¿pero será lógico el razonamiento en que se funde? Me parece que no, y procuraré demostrarlo.
Rechacemos la doctrina de Gómez Pereira y de Descartes, quienes acaso intentaban disculpar con ella la voracidad y la crueldad de los hombres, que sin chispa de compasión comen vacas, carneros, cerdos, perdices y otros muchos seres animados, vivíparos y ovíparos. No incurriré yo tampoco en el contrario parecer, atribuyendo a los animales alma semejante a la nuestra, lo cual huele a herejía, o suponiendo, y esto es peor, que trasmigran las almas humanas, y se cuelan, viven y funcionan en diversa clase de bichos.
Lo discreto, a mi ver, es colocarnos en un justo medio. Sin meternos en honduras, sin investigar qué es espíritu y qué es materia, cosas ambas en lo sustancial igualmente desconocidas, no queremos ni podemos negar cierta dosis de entendimiento y bastante sensibilidad a los brutos que harto saben dónde y cómo les duele y se quejan y lo deploran a su modo. El dolor en ellos ha de asemejarse no poco al dolor en nosotros, por donde es justo que los compadezcamos y que si no les tenemos compasión se nos acuse de dureza de entrañas.
No poco he leído yo en El ente dilucidado del padre Fuente la Peña, y en El gobierno general, moral y político hallado en las fieras, etc., del reverendo padre Valdecebro, sobre las virtudes e inteligencias de los brutos, y más he leído aún en autores novísimos, sabios y poetas, entre los que se distinguen el doctor Jonatas Franklin y el novelista Mery por las habilidades, honradez y talento que atribuye a un elefante en su novela El paraíso terrestre.
Sin ponderar tanto las prendas casi personales de no pocas aves y cuadrúpedos, menester es confesar que el elefante es pudoroso y muy aficionado a la música; el perro fiel; paciente el buey, agradecido el león y muy listos algunos monos. No recuerdo yo dónde he leído, pero sí que he leído, de un mono que jugaba muy bien al ajedrez y que casi siempre ganaba. En suma, los animales no son máquinas, sino que tienen alma, aunque no sea inmortal, sino perecedera, y piensan y discurren, y sobre todo sienten y padecen, que es lo que importa afirmar aquí. Al matarlos, pues, para comérnoslos, no procedemos con ellos amable y generosamente. La Sociedad protectora de los animales, para ser lógica en su conducta, debía tratar de que fuese herbívoro el linaje humano.
Los indios, mil veces más compasivos que nosotros en este particular, dicen que se abstienen de comer carne, sin que haya bula entre ellos que los habilite para comerla. Muy celebrados son su piedad y su afecto a todo ser viviente. Del rey Usinar cuenta la leyenda que vino una paloma a pedirle amparo contra el gavilán que la perseguía. El rey quiso ampararla y amonestó al gavilán para que no la devorase. Contestó el gavilán que la naturaleza había dispuesto que él se alimentase de carne y había creado las palomas para que los gavilanes las devoraran. Sólo consintió el gavilán en perdonar a la paloma la vida, si el rey le daba de su propia carne cantidad igual en peso al peso de la paloma. Aceptó el rey el convenio y empezó a cortar pedazos de su carne y a ponerlos en una balanza, en uno de cuyos platillos estaba ya la paloma. Pero por más que el rey se despedazaba, nunca igualaba el peso del ave. El gavilán y la paloma eran nada menos que Indra y Agni, poderosísimos dioses, que habían querido demostrar y habían demostrado la inmensa piedad del rey y tal vez lo inútil e inconducente de su sacrificio, ya que por ley natural e ineludible en este bajo mundo nos devoramos unos a otros, y la muerte en unos es en otros principio y causa de vida.
Yo me alegraría de que el sacrificio del rey Usinar hubiera tenido mejor resultado, pero como no le tuvo, los hombres siguen siendo peor que los gavilanes y se comen sin escrúpulo cuanto de vivo cogen por delante y les parece suculento y apetitoso.
El mundo está convertido por nuestra gula en una carnicería. ¡Y de qué medios tan traidores no nos valemos para matar a los que nos comemos después! ¿Hay nada más abominable que atraer con reclamo a las aves para que acudan movidas por el amor, y en vez del amor hallen la muerte?
No quiero describir aquí con todos sus pormenores la infame matanza del cerdo, como yo la he presenciado en mi lugar siendo niño todavía: aquel río de sangre brotando con ímpetu de la herida garganta y cayendo en un lebrillo, donde una robusta moza le agitaba para que no se cuajase; la más gentil zagala se entretenía en menear el rabo al cerdo para que se desangrase mejor, y el cerdo daba roncos, lastimeros y desgarradores gruñidos. ¿No sería posible valerse del cloroformo o de otro eficaz anestésico para ejecutar tan cruenta operación sin que la víctima padeciese? ¡Quién sabe! Acaso el dolor penetre en los átomos de la materia y los haga sabrosos, así como el dolor cuando penetra en el espíritu le purifica, le acendra y le presta bondad, hermosura y merecimientos que nunca sin el dolor alcanzaría. No deberíamos entonces decir como Epícteto: ¡oh dolor! nunca confesaré que eres un mal; sino ¡oh dolor! tú eres un bien y el crisol de las mayores excelencias y virtudes.
Cada cual dirá lo que se le antoje. Lo que todos tendrán que decir, sin discrepancia, es que dar muerte en buena lid y en ancho circo a seis o siete toros bravos es mucho menos cruel que matar a una perdiz atrayéndola con reclamo o que matar a un cerdo o a un pollo.
Se me objetará que esto último no se hace por diversión, sino por necesidad o por casi necesidad de alimentarnos.
Concedámoslo. ¿Pero no nos divertimos más cruelmente que con los toros con otros animales? ¿Las riñas de gallos son menos feroces que la tauromaquia? ¿En algunos países de Oriente no se deleitan los ociosos en echar a pelear, en cierta mesita redonda que sirve de circo, a dos escarabajos de muy belicosa condición que por allí se crían?
Una de las declamaciones más hipócritamente sentimentales que se hacen contra las corridas de toros estriba en ponderar lo útil que es el toro para la agricultura y su mansedumbre y sufrimientos en el trabajo; pero los declamadores hipócritas olvidan o aparentan olvidar el método nefando de que el hombre tiránico se vale para infundir en el toro la tan decantada mansedumbre convirtiéndole en buey. Esta es una de las más abominables maldades que comete el hombre, no sólo con los toros, sino con otros muchos seres sensibles.
¿A quién debe detestar más la Sociedad protectora de los animales, a un torero de Córdoba, de Ronda o de Sevilla que mata al toro caballerescamente,
Cara a cara y con razón,
como Sancho Ortiz a Bustos Tavera, o a cualquiera de esos pícaros franceses, que pasan los Pirineos para ejercer en España sus traicioneras habilidades, y vienen pitando con son más medroso que el de la flauta de Pan, y estremeciendo de miedo a toda criatura masculina? ¿Cómo la referida Sociedad protectora nada dice contra estos asesinos de lo que está por venir y se desata en injurias contra el torero que mata en buena lid y a un individuo solo?
Recuerdo que allá en mi niñez y en mi lugar y casa, había una sirvienta llamada Frasquita. Era natural de Torbiscón o de Cártama, porque de esto no estoy muy seguro, aunque por dicha importa poco. Frasquita era linda y graciosa, aunque pasaba ya de treinta años y había tenido mil desilusiones y pesares. Un criado gallego había hecho con ella el papel de Jason, dejándola el pérfido en abandono y trasponiendo no sé si a Montevideo o a Buenos Aires. No imitó Frasquita a Medea: no mató a sus hijos, sino los crió con esmero y cariño. Yo sospecho, sin embargo, que ella, también como la hija de Minos,
Indomitos in corde gerens Ariadna furores,
concibió desmedido aborrecimiento, no a un individuo solo, sino a todo el género masculino. Ora sea por esto, ora sea por la rara disposición que ella tenía, lo cierto es que Frasquita hacía prodigios en el vasto corral que teníamos en casa poblado de pollos.
Aunque poco cuidada, Frasquita tenía la más bien formada mano que puede imaginarse. Sus dedos fusiformes darían envidia a la más empingorotada Princesa. Y de estos dedos, el índice y el del medio de su ominosa diestra eran como truculentos alicates, que penetraban por una pequeña incisión y arrancaban a los volátiles lo que no es decible, con rapidez inaudita. Los volátiles engordaban luego que era un contento y yo me complacía en comerlos; pero el espectáculo previo, causa de la gordura, me afligía bastante. Todavía al pensar en aquello, suelo exclamar con el poeta:
Labitur ex oculis nunc quoque gutta meis.
Dígaseme ahora con sinceridad si aquellos dos dedos de Frasquita no eran más fieros y traidoramente destructores que todos los rejones, banderillas, garrochas y espadas que contra los toros se esgrimen.
Pero algo hay aún, mil veces más abominable y tremendo: el método de que, según he oído contar, se vale el hombre para producir el hígado gordo de ganso. ¿Cabe mayor infamia que la de crear artificialmente una enfermedad para deleitarnos luego comiéndonos el resultado? El poeta Marcial aseguraba ya que en su tiempo se hacía crecer tanto el hígado que venía a ser tan grande como el ganso todo.
Adspice, quam tumeat magno jecur ansere majus,
Miratus, dices: hoc, rogo, crevit ubi?
¿Qué diabluras, qué perradas, qué judiadas no se harán con el ganso, para que el hígado le crezca con tan estupenda hipertrofia? Los franceses tienen alguna disculpa, ya que puede decirse que al tratar así a los gansos, se vengan de ellos, porque graznando, dieron la voz de alarma e impidieron a los galos que se apoderasen del Capitolio: pero los romanos, a quienes los gansos salvaron, no tuvieron perdón de Dios, cuando mucho antes que los franceses martirizaron a los gansos para hacer el jecur anseris, que hoy llamamos foie gras. Delicioso manjar es por cierto, pero yo declaro que todo el que se regala comiéndole sin escrúpulo de conciencia, no tiene derecho para maldecir de las corridas de toros. Y yo sé de buena tinta que los señores marqués de San Carlos y D. Luis Vidart gustaban del foie gras y le comían a menudo.
La atroz conducta del hombre con los animales, lejos de ser un atraso, puede y debe considerarse como un progreso, si nos apoyamos en la sentencia de Don Hermógenes, de que todo es relativo. Quiero yo significar con esto, que no hay crueldad ni horror de cuantos el hombre hace con seres animados irracionales que no haya hecho o haga con sus semejantes cuando no tiene animales silvestres o domésticos de qué valerse. En todo país, como por ejemplo, en la América precolombina, salvo el Perú, cuando no había bestias de carga, el hombre convertía en bestia de carga al hombre. Y cuando la caza no daba suficiente provisión de carne, y no había carneros, bueyes y cerdos que matar, el hombre muy candorosamente, ya con el pretexto de sacrificar a sus ídolos, ya sin pretexto alguno, solía adoptar la mala costumbre de matar a otros hombres y de comérselos luego.
Comparado, pues, con las corridas de toros todo cuanto hemos dicho a escape y desordenadamente sobre la ferocidad humana, así en la edad antigua como en la moderna, lícito es inferir y afirmar que las tales corridas distan mucho de ser un signo de barbarie en el pueblo que se complace en ellas, y que hay sobrada hipocresía, o por lo menos afán de mostrar un sentimiento refinado en censurarlas y condenarlas resueltamente.
Prescindamos, no obstante, de comparaciones. No digamos, como D. Hermógenes, que todo es relativo. Y sin exageración veamos lo que se debe sentir, pensar y afirmar de las corridas de toros, no en otro siglo, sino en el nuestro, y no en remotos países, sino en la culta y cristiana Europa, de que forma parte nuestra España.
Tal vez hay mucho de chiste y de broma en cuanto se alega en favor de las corridas de toros en el precioso libro del señor conde de las Navas. Tal vez en el bellísimo prólogo del mencionado libro, escrito por D. Luis Carmena y Millán, cuya autoridad en tauromaquia es indiscutible y casi infalible, se trasluzca también algo de burla y de ironía. Yo mismo me he dejado dominar del buen humor y he desechado mi natural seriedad al escribir estos artículos.
Tratado seriamente el asunto, alguna razón, aunque no por completo, tendremos que dar al doctor Morgades, obispo de Barcelona, y a la asociación que en aquella ciudad se está formando para oponerse a las corridas de toros.
Yo me limitaré a decir, aunque se me tilde de poco patriótico, que prefiero el toreo portugués al castellano. Los infelices caballos, que se van pisando las tripas, y que todavía en las ansias de la muerte, andan por el circo a fuerza de palos, que un rudo ganapán va sacudiendo sobre sus costillas, será el espectáculo más nacional de todos, pero es espectáculo feo, villano, horrible y repugnante por todo extremo. Si este martirio de los pobres jamelgos pudiera evitarse, acaso no habría que decir mucho contra las corridas de toros. Y si adoptásemos el toreo portugués, nada habría que decir sino grandes alabanzas, por ser un ejercicio ecuestre en que el caballero y el caballo igualmente se lucen.
«EL EXTRAÑO»
ÚLTIMA MODA DE PARÍS
Sin pecar de jactancioso, me parece que puedo creer y decir que España, desde fines del siglo XV, y tal vez durante todo el siglo XVI, fue la primera nación del mundo. Y no sólo lo fue por su material predominio, descubrimientos, conquistas y extensión territorial de su imperio, el mayor que ha habido nunca, sino por la excelencia en las artes de la paz y de la guerra, de los ilustres varones que entonces produjo.
Nuestra decadencia fue rápida. Los autores que han procurado explicar sus causas no me satisfacen. Lejos de mí la soberbia presunción de querer enmendarles la plana. Lo único que me atreveré a indicar, no ya como causa única, sino como una de las causas de nuestra decadencia en el pensamiento, fue el habernos aislado, o bien por engreídos o bien por recelosos, de que nos inficionasen las herejías, contra las cuales combatió España gallardamente, procurando conservar o reanudar el lazo unificante de la civilización europea y el soberano espíritu que hasta entonces la había informado.
Muy decaídos ya, vinimos a dar en el extremo contrario. Nos creímos atrasadísimos y entendimos, hasta cierto punto con razón, que para salir del atraso era menester alcanzar e imitar a las naciones que se nos habían adelantado.
Largo sería, y más difícil que largo, explicar aquí cómo deben ser esta imitación y este alcance. Lo único que yo diré es que en lo científico, el imitar y el alcanzar se comprenden, porque en lo científico cabe y hay progreso; pero en lo puramente literario y artístico no se progresa nada. El progreso no trae escultor que valga más que Fidias, ni lírico mejor que Píndaro, ni trágico mejor que Sófocles, ni orador más elocuente que Demóstenes, ni poeta más inspirado y elegante que Virgilio.
Considero, pues, absurda alucinación la de creer que las artes del dibujo y de la palabra, cuyo fin es crear la belleza, vayan perfeccionándose y mejorándose con el tiempo. Antes bien, me inclino a maravillarme más por lo mismo que son menos reflexivos y artificiosos, y más inspirados y espontáneos, de los himnos de Rig Weda que de las odas de Víctor Hugo, y del Prometeo de Esquilo que de Hernani o de Lucrecia Borgia.
Traigo a cuento todo lo que va dicho, con ocasión de las Academias del Sr. D. Carlos Reyles, notable escritor uruguayo. Academia viene a ser equivalente de novela corta, y se funda este título en uno de los significados que da nuestro Diccionario a la palabra academia, y que es como sigue: figura desnuda diseñada por el modelo vivo.