LAS ILUSIONES
DEL DOCTOR FAUSTINO
JUAN VALERA
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NOVELAS
Las Ilusiones
del Doctor Faustino
I
OBRAS COMPLETAS
TOMO V
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Es propiedad.
Derechos reservados.
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| [AL ÍNDICE] |
A MI QUERIDO AMIGO
DON RAMÓN RODRÍGUEZ CORREA
Te dedico esta novela como el matador dedica su obra antes de matar el toro. Ni él ni yo sabemos si saldrá bien ó mal lo que dedicamos. El público y tú habréis de juzgar y sentenciar, cuando la novela se imprima por completo, no bien se escriba. De todos modos, aunque la novela salga malísima, como es buena la voluntad con que te la dedico, tendrás siempre que agradecer, aunque no tengas que aplaudir. Verdad es que, como yo te debo tanta amistad desde hace años, apenas si empiezo á pagarte con esta muestra de cariño, y, bien miradas las cosas, tampoco tienes que agradecerme la dedicatoria.
Yo no diré al público, porque sería quitar atractivo á mi composición, que cuanto en ella he de contar será fingido. Villabermeja es una verdadera utopia: sus héroes jamás existieron. Con todo, no estará de sobra que tú divulgues esto por ahí, pues forjo mis creaciones fantásticas, como entiendo que hacen todos los novelistas, con elementos reales, tomando de acá y de acullá entre mis recuerdos, y me pesaría de que saliese algún crítico zahorí afirmando que hago retratos.
Harto sé que el río del olvido se llevará pronto en su corriente esta novela, con multitud de composiciones insulsas, escritas á escape para llenar las columnas de los periódicos. No hay miedo, por consiguiente, de que dentro de un par de siglos salgan los eruditos averiguando quiénes fueron todos los de mi cuento, como imaginan que averiguan hoy quién fué Sancho, quién D. Quijote, quién el rucio, y cuál el lugar de D. Quijote, dando por seguro que fué Argamasilla de Alba; pero lo que no ha de suceder dentro de un par de siglos, pudiera suceder al momento, y contra esto te suplico que trabajes, afirmando, como es la verdad, que carecen de originales en el mundo los pobres partos de mi fantasía.
Acógelos tú en tus brazos cariñosos y defiéndelos de las injurias á que van á exponerse, si, como sospecho, nacen feos y endebles.
INTRODUCCIÓN
DONDE SE TRATA DE VILLABERMEJA, DE D. JUAN
FRESCO Y DE LAS ILUSIONES EN GENERAL.
Mi excelente y antiguo amigo D. Miguel de los Santos Álvarez, pensador optimista, sereno observador de las cosas y razonable filósofo, sostiene con agudeza que en la vejez se gana por un lado lo que se pierde por otro, que no hay motivo ni razón para afligirse, y que es díscolo quien se aflige. El vulgo, dice él por vía de ejemplo, imagina que, cuando alguien se queda calvo, es porque falta el jugo que alimenta las raíces de sus cabellos y éstos se caen; pero como sucede siempre que al que se queda calvo le nacen pelos y aun cerdas en las narices y en las orejas, y las cejas crecen y se robustecen de modo que suelen dar sombra á la cara, no puede atribuirse la calvicie á falta de jugos. En las mujeres es más patente aún este fenómeno, apareciendo casi sin excepción en la que pierde el pelo de la cabeza un maravilloso y fecundo florecimiento de cerdas en la barba y labio superior, lo cual la hace digna rival de la condesa Trifaldi ó de Santa Librada, si bien á estas señoras les ocurrió milagrosamente lo de embarbarse, á una por duro castigo de un mal intencionado encantador, y á otra por especial favor del cielo, á fin de que salvase la joya de su castidad, puesta en grave peligro, mientras que por lo común es ordinaria operación de la caprichosa Naturaleza, sin que se vislumbre finalidad alguna, el embarbamiento de que aquí se trata.
Véase, pues, cómo no hay tal carencia de jugos en la vejez, sino cambio de dirección en ellos. Lo mismo sucede ó debe suceder con todo lo demás.
Traigo esto á propósito de que cuando joven era yo más severo en mis censuras que ahora que voy siendo viejo, lo cual se comprende, porque no había yo cometido tantos pecados, ni incurrido en tantos errores, ni dado en tantos extravíos como más tarde. Yo censuraba á los otros, no advirtiendo aún, con inocente petulancia, lo mucho que habría que censurar en mí. Hoy, que lo advierto, soy mil veces más benévolo é indulgente con todos, á fin de serlo conmigo.
Entre las infinitas cosas que yo censuraba, era una la afición de ciertos poetas y escritores á encomiar la áurea medianía, el retiro, la vida campestre y el encanto del lugarcillo en que nacieron, así como la propensión que muestran á volver á dicho lugar, y á vivir y morir allí tranquilos, ni envidiados ni envidiosos, lejos del mundo y de sus pompas vanas.
Cuantos así hablaban ó escribían se me antojaba que eran hipócritas, que eran como el usurero Alfio ó poco menos. Aquello de Martínez de la Rosa, que dice:
Padre Dauro, manso río
De las arenas doradas,
Dígnate oir
Los votos del pecho mío,
Y en tus márgenes sagradas
Logre morir,
me excitaba la bilis de un modo superlativo. ¿Por qué, murmuraba yo, ha de atolondrarnos este señor con sus ayes y suspiros, estando, como está, tan en su mano dejar la embajada de París ó la presidencia del Consejo de Ministros, ó su brillante puesto en las Cortes, y retirarse á los cármenes umbríos y á los solitarios verjeles que están entre los cerros del Generalife y del Sacro Monte, por donde corre mansamente el Darro, y donde la Fuente del Avellano vierte sus cristalinos raudales?
Más tarde me he convencido de que Martínez de la Rosa no suspiraba sin pasión por su Granada. He incurrido, en mi tanto, en el mismo defecto, si defecto es. Desde hace años, lo confieso, ando siempre diciendo que me voy á mi lugar, que deseo vivir allí, ut prisca gens mortalium, cuidando del pobre pedazo de tierra que me dejó mi padre en herencia, y casi, casi haciéndole arar yo mismo por mis bueyes, como Cincinato y otros personajes gloriosos de las antiguas edades. Esto lo decía yo y lo digo con sinceridad, hallando preferible á todo aquella descansada vida, deseando ser uno de los pocos sabios que en el mundo han sido, y no cumpliendo, sin embargo, mi deseo, cuando al parecer sólo de mí depende cumplirle y satisfacerle.
Ahora comprendo y noto las dificultades con que, hasta para cumplir tan modesto deseo, tropieza el más desembarazado y decidido, y perdono á los que hablan con amor y con saudades de la vida rústica desde el bullicio de las grandes poblaciones, y pido perdón para mí y que se considere que no es farsa esta ternura entrañable con que vuelvo los ojos y el ánimo al rincón tranquilo é ignorado donde están los majuelos que crió mi padre y el plantonar que, á fuerza de fatigas y de apuros, vió crecer y medrar hasta que, llenos de vigor y lozanía, empezaron á dar abundante fruto.
Mi lugar está en la misma provincia, y á corta distancia del lugar donde nacieron D. Luis de Vargas y Pepita Jiménez, á quienes supongo que conocen mis lectores; pero no voy á hablar de mi lugar, sino de otro, también muy cercano, á donde suelo ir de temporada, porque tengo allí una capellanía y otros bienes, que me producen, calculando por un quinquenio, cerca de medio duro diario. Este lugar es más pequeño y pobre que el mío y que el de Pepita, y su campo es menos bonito y ameno; pero sus naturales entienden lo contrario, y no dudan de que aquello es lo mejor del mundo.
Situada la población, cuyo nombre se guarda para mayores cosas, á la falda de un árido peñascal ó pelado cerro y rodeada de montes por todas partes, abarca sólo el espectador, aunque se coloque en lo más alto del campanario, un horizonte harto mezquino. Apenas hay huertas en las cercanías, sino viñas, olivares y tierras de pan llevar. Sin embargo, en las cañadas, por donde serpentean sendos arroyuelos, se ven hermosas alamedas, y todo aquel suelo parece á sus hijos, que enamorados le cultivan, tan fértil y bendito, que no aciertan á explicarse naturalmente su fertilidad generosa, y sostienen que el trono de la Santísima Trinidad está colocado precisamente sobre sus cabezas y que deja sentir su benéfico influjo por todos aquellos contornos. Creen, además, que el Santo Patrón del pueblo es muy celoso y activo, y que siempre está intercediendo con Dios para que todo lo prospere y mejore. Así, y no de otra suerte, logran, según ellos, mediante una especial providencia é intervención divina, la riqueza y hermosura del paraíso en que presumen que viven.
La imagen del Santo Patrón es de plata y no tendrá más de treinta centímetros de longitud; pero el valer no se mide por varas. Según tradición piadosa, en otro lugar inmediato ofrecieron una vez por este santo pequeñito quince carretadas de otros santos de todos linajes y dimensiones, y el cambio no fué aceptado. El santo pagó con usura el amor que sus ahijados le profesan. Los que ofrecieron las quince carretadas, viendo que no lograban por buenas la posesión del santo, es fama que le robaron una noche; pero el santo se escapó bonitamente del sitio en que le habían encerrado y volvió á aparecer en su nicho al otro día. Desde entonces está el nicho defendido por gruesas barras de hierro. Y no se crea que se toman estas precauciones por el miserable valor de la plata que pesa el santo, sino porque es el defensor del lugar y su refugio, remedio y amparo en todos los males, adversidades y peligros.
Confieso que el espíritu crítico de nuestra época descreída ha penetrado también en este lugar, amortiguando el entusiasmo por su Santo Patrono; pero aun recuerdo el frenesí, el profundo afecto de gratitud con que le aclamaban, años ha, cuando le sacaban en procesión é iba la fervorosa muchedumbre gritando delante de él: «¡Viva nuestro Santo Patrono, que es tamaño como un pepino y hace más milagros que cinco mil demonios!», expresión sincera de la persuasión en que estaban de que su santo, si es lícito buscar ejemplos en lo profano para lo sagrado y en lo material para lo espiritual, así como tal máquina de vapor tiene fuerza mecánica de tantos miles de caballos, tenía fuerza taumatúrgica nada menos que de cinco mil demonios, á pesar de lo pequeño que era.
Lo que yo no he visto nunca, lo que no quiero creer, lo que me parece invención y habladuría de los pueblos cercanos para dar vaya á los de este pueblo, es el exceso de familiaridad con que trataban en ocasiones á su santo, llevándole, cuando no llovía, á una fuente que llaman el Pilar de Abajo, y zambulléndole allí para que lloviese, lo cual, se añade, no dejaba nunca de ocurrir en el acto ó pocas horas después. Sobre esto de la zambullida devota tengo yo mis dudas. Los lugareños de Andalucía son envidiosos y burladores, y pueden haberlo inventado sin fundamento.
No es, por desgracia, lo de la zambullida la única cantaleta que dan á los del lugar de que hablo. Como hay en él muchos rubios, y hubo hasta pocos años ha un rico convento de frailes dominicos, los llaman, para exasperarlos, hijos del Padre Bermejo, lo cual ha ocasionado frecuentes pedreas entre muchachos de unos pueblos y otros, y mojicones, y á veces palos y hasta navajazos entre hombres, turbando la paz de que debe gozarse en ferias y romerías.
No es caso singular el que refiero. Apenas hay lugar en Andalucía contra el cual no se haya inventado algún chiste ofensivo en los lugares circunstantes. Del Viso, por ejemplo, se dice que es la tierra de las chimeneas, porque no las hay, y se pregunta si saben allí lo que son piñones, porque apenas si se produce algo más que piñones en todo su término. Sobre Valenzuela y Porcuna se difunden mil epigramas, porque no hay leña ni carbón en muchas leguas á la redonda, y se calientan y guisan con combustible poco oloroso. De Palma del Río aseguran que nadie almuerza allí más que naranjas, y que, no concibiéndose ni la mera posibilidad de que nadie almuerce otra cosa, hacen esta pregunta: donde no hay naranjas, ¿qué almorzarán? Á los de Tocina los embroman afirmando que la música de la misa mayor se acompaña con una guitarra, porque no hay órgano en la iglesia. Á los de Fuentes de Andalucía basta llamarlos de Fuentes de la Campana para que se enojen. De otro lugar donde hay una torre muy primorosa, se dice que á todo forastero que la ve y la admira, procuran los naturales inculcarle en la mente que la dicha torre, está hecha allí.
Para no pecar de prolijo no pongo aquí mayor número de ejemplos. Basten los citados para comprender que no es desgracia única la del lugar á que voy aludiendo, y que está en las costumbres andaluzas el darse vaya y cantaleta con algo por el estilo.
Sea como se quiera, creo que debe y puede considerarse al Padre Bermejo como á un personaje patriarcal, raíz y tronco de toda una casta lugareña; y así, para distinguirla y nombrarla, sin proferir el verdadero nombre, que ya he dicho que debo callar por ciertos respetos, llamaré á aquellos lugareños los bermejinos, y llamaré Villabermeja al lugar en que viven.
Procedo en esto como los doctos historiadores de los tiempos heroicos, y noto en nuestros días, tratándose de lugares de corta población, lo mismo que sucedía en el albor de la historia, en los siglos dorados y poéticos en que los patriarcas vivieron. Perseo dió nombre á los persas, Heleno á los griegos ó helenos, Heber á los hebreos, Chus á los chusitas, Jafet á los jaféticos, y así discurriendo, hasta llegar á nuestro Padre Bermejo, de donde arranca la denominación de bermejinos.
No debe colegirse de lo dicho que el Padre Bermejo fuese un personaje real. Tal vez fué la prosopopeya de todo un pueblo. Muchos sabios de ahora interpretan de esta suerte el nombre y la vida de algunos patriarcas citados en los primeros capítulos del Génesis. Tubalcain, pongo por caso, es para ellos, no un hombre que vive unos cuantos siglos, sino toda una raza humana: los turaníes, ó mejor diremos, un ramo ó varios ramos de los turaníes, llamados acadienses, protomedos, calibes y tibareños, los cuales fueron los primeros que trabajaron los metales y pasaron de la edad de piedra á la de bronce.
No faltan ejemplos tampoco de atribuir con malevolencia y en son de mofa un patriarca grotesco ó aborrecible á una nación ó casta. Los egipcios, v. gr., suponían que los hebreos nacieron en el desierto de un nefando consorcio de Tifón, dios del mal, cuando, caballero en una burra, iba huyendo de Horo, y no recuerdo bien si de su hermano Osiris, ya entonces resucitado. De este carácter malévolo se revisten, á no dudarlo, la fábula ó mito del Padre Bermejo y el apodo de bermejinos; pero no teniendo yo otro nombre mejor á la mano, repito que me he de permitir llamar Villabermeja al lugar que describo y bermejinos á sus habitantes, haciendo todas las salvedades posibles y jurando y perjurando que no trato de inferir la menor ofensa á mis semipaisanos.
Yo los quiero á todos muy bien; y además hay entre ellos una persona cuyo carácter, entendimiento y afable trato me encantan, y á quien me honro en considerar como uno de mis mejores amigos.
Esta persona es conocida con el apodo de Don Juan Fresco, y así la llamaremos, seguros de que no lo tomará á mal. Don Juan Fresco es un verdadero filósofo.
Cuando chico le llamaban Juanillo. Se fué del lugar y volvió riquísimo, ya muy entrado en años y con un don como una casa. Atendidas la novedad y la frescura de este don, la gente dió en llamarle D. Juan Fresco, y no de otra suerte se le conoce y distingue.
Pasa con razón por un potentado; pero como no quiere mezclarse en política, ni en elecciones, ni en nada, no es el cacique como debiera serlo. Villabermeja, contra la costumbre y regla general de los lugares de Andalucía, está descacicada ó acéfala.
Al volver á su país natal, este varón excelente ha dado, en mi sentir, la mayor prueba de amor á la patria que puede imaginarse, ó cuando no, ha dado muestra de una portentosa despreocupación.
En cualquiera otra parte pasaría por un caballero; allí tiene por primos ó sobrinos al carnicero, al alguacil, á media docena de licenciados de presidio y á otra gente por el mismo orden. Pero de esto no se le importa un ardite. ¿Merecería llamarse D. Juan Fresco si no tuviera tanta frescura?
Por el contrario, mi amigo D. Juan saca de lo desastrado de su familia ciertas deducciones lisonjeras. Asegura que no es casta la suya de ganapanes ó destripaterrones humildes, sino de gente del bronce, hidalga, de ánimo levantado, en quien prevalecen los bríos y el vivir heroico y el gran ser de los bermejinos de la Edad Media, que eran guerreros fronterizos de tierra de moros. Los Frescos, llamémoslos á todos así, no sirven para cavar: tienen que revestirse de la toga ó empuñar las armas, y por eso, no habiendo habido mejores medios de satisfacer tan nobles instintos, uno es carnicero, alguacil el otro, y no pocos se han echado al camino, en varias ocasiones, ya de contrabandistas, ya de desfacedores de agravios de la fortunilla ciega, enmendando, hasta donde les es dable, el mal repartimiento que de sus presentes y favores ella tiene hecho.
En tales razones funda D. Juan la apología de su familia; no sé aún si con toda seriedad ó de broma, porque es el mayor socarrón que he conocido en mi vida.
Tendrá ahora sus setenta años muy largos de talle; pero está más firme que un roble y más derecho que un huso: no le falta diente ni muela, y conserva todo su cabello, que, por ser rubio como de legítimo bermejino, disimula ó encubre las canas. Monta á caballo como un centauro y dispara su escopeta con tanto tino como si poseyera las balas encantadas de Freischütz, ó fuera un Filoctetes á la moderna.
Don Juan vive con esplendidez nada común por aquellos lugares. Su casa está situada en la plaza, y como todas las de los ricos de por allí, se compone de dos: una destinada á la labranza, donde hay lagar, bodega, candiotera, molino de aceite, cochera, alambique y caballerizas; otra de comodidad y aparato, con patio enlosado, fuente y columnas de mármol, flores, muebles elegantes, y, ¡cosa extraña! una escogida y rica biblioteca. Esta biblioteca no es sólo de adorno. D. Juan lee mucho y sabe mucho también.
De su vida y del origen de su riqueza diré en resumen lo que él me ha contado, excitado por mí, porque es hombre que habla poco de sí mismo.
Nació casi con el siglo y no conoció á su padre. Su madre era viuda ó algo parecido á viuda. En estos pormenores no entra nunca D. Juan, á pesar de su filosofía.
A la edad de siete años ya se ingeniaba para contribuir con su óbolo al gasto de la casa. Ora cogía cardillos, espárragos ó alcauciles, que luego vendía; ora se encargaba de vender zorzales, anguilas ó zancas de ranas, que otros cazaban ó pescaban. Más entrado en años, esto es, de diez á catorce ó quince, iba á escardar ó á coger aceitunas, y hasta llegó á cuidar de una piara de cerdos. En este último oficio le conoció su tío, el famoso cura Fernández, una de las mayores glorias del lugar.
La guerra de la Independencia había terminado; nuestro deseado Fernando VII reinaba ya, y el cura susodicho se reposaba sobre sus laureles y había depuesto las armas, después de haber sido, durante cinco ó seis años, en la serranía de Ronda, y por casi toda la extensión de las provincias de Córdoba y Málaga, caudillo animoso de una cuadrilla de patriotas, que los franceses apellidaban brigantes.
El cura Fernández había sido y era el clérigo más jaque, campechano y divertido de que puede jactarse Andalucía. Tocaba con primor la guitarra, cantaba como nadie la caña y el fandango, y tenía la corpulencia y los puños de un jayán. Nadie le había vencido jamás ni en tirar á la barra, ni en luchar á brazo partido, ni en pulsear, ni en poner los labios en el borde de una tinaja de 160 arrobas de vino, bien llena, y rebajarla medio dedo ó uno, sin que ni la cabeza ni el estómago padeciesen. Hablaba caló con primor, tenía una conversación muy amena, y contaba mil chascarrillos graciosos.
No se crea, sin embargo, que era un cura inmoral é ignorante. Si era un Viriato de sotana, bajo las apariencias de bandolero había en él un fervoroso católico, un buen sacerdote y un humanista, teólogo y filósofo muy instruído. Hablaba latín con la misma facilidad que castellano, aunque todo con ceceo y acento andaluces. Era terrible en las controversias, argumentando en materia y en forma, como ninguno de su tiempo; y, aunque tomista y escolástico, conocía el movimiento filosófico de los últimos siglos, desde Descartes hasta Condillac, y los más recientes sensualistas y materialistas franceses, á quienes refutaba.
Acabada la guerra, el cura Fernández, que aun no era cura, aunque le llamaban así, se retiró á Archidona, donde daba lecciones de Latín y de Filosofía, auxiliando más bien que compitiendo con los escolapios. El Obispo de Málaga fué por allí á hacer su visita pastoral; y si bien había sido compañero de seminario de Fernández, fijó poco en él su atención. Fernández no se picó, conociendo que las preocupaciones y cuidados del Obispo tenían la culpa de todo; pero, como era chancero y alegre, quiso embromar á su antiguo condiscípulo, proporcionándose también ocasión de tener con él una larga entrevista. Cuando el Obispo salió en coche de Archidona para proseguir su visita, ya el cura Fernández había salido y le estaba aguardando en la Peña de los Enamorados. Iba el cura con traje de campo muy majo; se había puesto unas patillas postizas de boca de hacha, y llevaba como acólito á un foragido, á quien con sus amonestaciones había traído á mejor vida, alcanzando su indulto. El foragido, ya con esta jubilación, se empleaba en hacer de ángel; esto es, en acompañar á viajeros tímidos ó inermes, á fin de salvarlos en cualquier mal encuentro que en el camino se les ofreciera.
Tanto el cura Fernández como su compañero iban en esta ocasión para poner miedo en los pechos más valerosos: ambos á caballo y con sendos trabucos.
Salieron, pues, de improviso al camino, cuando pasó el coche de su Señoría Ilustrísima; desarmaron con rapidez á los dos escopeteros que iban custodiándole, y el ángel dijo con buenos modos al Obispo que echara pie á tierra. Obedeció el santo varón y bajó con su secretario, aunque bastante atribulado. Extraordinaria fué su consolación y grande su contento cuando el cura Fernández se quitó las patillas postizas y procedió á la anagnórisis ó reconocimiento, mostrándose como condiscípulo afectuoso y lleno de respeto, que sólo deseaba echar un filete á la amistad y tener un rato de palique. Llevó el cura al Obispo á una especie de tienda de campaña que á un lado del camino tenía preparada, y allí le regaló con rosoli y mistela, con bizcochos y mostachones, y con rosquillos de Loja, que son los más delicados que se comen.
Estuvo tan discreto el cura Fernández, lució tanto en la conversación y dijo tan buenas cosas, así de filosofía como de teología, que el Obispo salió encantado y halló agradable hasta el susto que había recibido.
Pronto, con la protección del Obispo, llegó el cura Fernández á ser cura en Málaga, en el barrio del Perchel, donde tenía feligreses muy á propósito para que él los catequizara, y ovejas levantiscas que bien requerían pastor de sus hígados y arrestos.
Siendo cura en Málaga, vino Fernández á Villabermeja á ver á los de su familia y á respirar los aires patrios. El sobrino porquerizo le pareció despejado y apto para cualquier cosa, y llevósele á Málaga consigo. No se engañó el cura. Su sobrino aprendió á escape cuanto él sabía y más, así de música como de gimnástica, esto es, así de ejercicios corporales como de ciencias y letras. El cura Fernández estaba embelesado de transmitir con tanta prontitud su saber y de ver qué sobrino de tanto mérito era el suyo, por lo cual quiso que se hiciera clérigo, seguro de que llegaría á obispo cuando menos; pero D. Juan no tenía vocación y declaró repetidas veces que no le llamaba Dios por dicho camino.
Toda su pasión era ver mundo y buscar aventuras, recorriendo tierras y mares. Merced al influjo del tío, entró, pues, en el colegio de San Telmo, donde, á los cuatro años, salió consumado piloto.
Las navegaciones de D. Juan, durante largo tiempo, compiten con las de Simbad, y si, como sospecho, él las tiene escritas, serán libro de muy sabrosa lectura el día en que se publiquen. Por ahora sólo importa saber que, habiendo llegado D. Juan Fresco, en Lima, al apogeo de su reputación, fué nombrado capitán de un magnífico navío de la compañía de Filipinas, que debía hacer varias expediciones á Calcuta con ricos cargamentos. Había entonces piratas en los archipiélagos de la Oceanía. La tripulación del navío era harto heterogénea y nada de fiar; los marineros, malayos; chinos los cocineros y calafates; el contramaestre, francés; inglés el segundo, y sólo cuatro ó cinco españoles. Con esta torre de Babel ambulante y flotante, hizo D. Juan tres viajes felices á las orillas del Ganges, donde, mientras se despachaba el navío y se preparaba y cargaba para la vuelta, vivió como un nabab, yendo en palanquín suntuoso, servido por lindas muchachas, querido de las bayaderas, cazando el tigre sobre los lomos de un elefante corpulento, y siendo agasajado por los más poderosos comerciantes de aquella plaza opulenta, emporio del extremo Oriente.
Como, á más de un sueldo crecido, tenía derecho á llevar una gran pacotilla, D. Juan acertó á hacer su negocio, y á la vuelta á Lima de su tercer viaje se encontró millonario.
La independencia del Perú le obligó á escapar de aquel país con otros muchos españoles; pero, en vez de volver á Europa, se quedó en Río Janeiro, donde abrió casa de comercio. Cansado, por último, de vivir en tierras lejanas, volvió D. Juan á Europa; y después de viajar por Alemania, Francia, Italia é Inglaterra, el amor del suelo nativo le trajo á Villabermeja, donde yo le he conocido y tratado.
Ha comprado cortijos y olivares y viñas, y está hecho un hábil labrador. Nadie descubrirá en él al antiguo y audaz marino. Apenas habla de sus viajes y aventuras.
Ha permanecido soltero toda su vida, y no es de temer que al cabo de ella haga la locura de casarse.
D. Juan Fresco es la providencia de toda su fresca y numerosa familia, si bien no parece hombre de mucha ternura de corazón. Jamás le oí, durante meses, recordar amores ni amistades, ni de América, ni de la India, ni de ninguna parte. A la única persona que recordaba á cada momento, con verdadera efusión de gratitud y cariño, era al cura Fernández, que murió en Málaga querido de todos, pobre porque daba de limosna cuanto tenía, y digno de ser canonizado, si hubiera sabido guardar mejor las que, valiéndonos de un galicismo, se llaman hoy conveniencias; pero como contaba chascarrillos poco decentes á veces, y había hecho la guerra, y había dado bromas como la que dió al Obispo, y hasta más pesadas, era harto difícil la canonización.
A pesar de la idolatría que profesaba D. Juan á su tío, no me atrevo á afirmar que le imitase en punto á ser religioso y buen católico. D. Juan era positivista. Sólo daba crédito á lo que observaba por medio de los sentidos y á las verdades matemáticas. De todo lo demás nada sabía, nada quería saber; hasta negaba la posibilidad de que nada se supiese. Era, no obstante, muy aficionado á las especulaciones y sistemas metafísicos, y le interesaban como la poesía. Los comparaba á novelas llenas de ingenio, donde el espíritu, la materia, el yo, el no-yo, Dios, el mundo, lo finito y lo infinito, son las personas que la fantasía audaz y fecunda del filósofo baraja, revuelve y pone en acción á su antojo. D. Juan, no obstante, distaba mucho de ser escandaloso ni impío. Aunque para él no había ciencia de lo espiritual y sobrenatural, esto no se oponía á que hubiese creencia. Por un esfuerzo de fe, entendía D. Juan que podía el hombre ponerse en posesión de lo que el discurso no alcanza, y elevarse á la esfera sublime donde por intuición milagrosa descubre el alma misterios eternamente velados para el raciocinio.
Cuando yo estaba en Villabermeja solía dar largos paseos por las tardes con D. Juan Fresco, viniendo luego á reposarnos los dos en un sitio llamado la Cruz de los Arrieros, á la entrada del lugar. Esta cruz de piedra tiene un pedestal, de piedra también, formado de gradas ó escalones. Allí, al pie de la cruz, nos sentábamos ambos.
A veces nos acompañaba Serafinito, joven de veintiocho á treinta años, soltero, huérfano de padre y madre, bastante rico para lo que es la riqueza de los lugares, y muy dulce de carácter, aunque melancólico y taciturno.
Desde la Cruz de los Arrieros, sostenía D. Juan Fresco que se disfrutaba de la vista más hermosa del mundo. Yo me sonreía y le miraba con atención para ver si se burlaba al afirmar aquello. En su rostro no se notaba la más ligera señal de que hablase irónicamente ó de burla. Era, sin duda, una alucinación patriótica.
Una tarde del mes de Septiembre, D. Juan, Serafinito y yo estábamos sentados al pie de la Cruz de los Arrieros. El sol se había ocultado ya detrás de los cerros que limitan la vista por la parte de Poniente, y había dejado el cielo, por todo aquel lado, teñido de carmín y de oro. Sobre los cerros que están á espaldas del lugar, y aun sobre el campanario, mientras que yacía en sombras todo el valle, daban aún los rayos oblicuos del sol, reflejando esplendorosamente en la pulida superficie de las peñas que coronan la cima de dichos cerros. Pocas y blancas nubes turbaban el limpio azul de la bóveda celeste, vagando á merced de un viento manso y arreboladas y luminosas con los reflejos del sol. La luna mostraba ya su rostro pálido muy alto sobre el horizonte, y algunos luceros empezaban á columbrarse en la región más obscura del éter y más apartada del disco solar.
Por el lado por donde la vista, en este bajo suelo, podía espaciarse más, se espaciaba una legua. Los cerros terminan allí el horizonte. Paz suave reinaba por donde quiera.
Los olivares y las viñas cubren la mayor parte del terreno cultivable. Los peñascos áridos, que forman las cumbres, no tienen cultivo ni pueden tenerle. Las diversas heredades y haciendas están separadas entre sí, y de los caminos y veredas, por vallados de zarzamora y pitas. Tal vez, en los terrenos más fértiles y húmedos, se muestran en estos vallados la madreselva, el granado y las mosquetas. En los sitios más resguardados del frío invernal crece también y fructifica la higuera chumba.
Las hazas del ruedo y demás tierras de pan llevar estaban ya segadas, y sobre la negrura de la tierra amarilleaban el rastrojo, los cardos y toda la yerba seca, que el polvo y los ardores de la canícula habían hecho como yesca. En algunos puntos habían sido incendiados los rastrojos, y la llama corría formando una línea tortuosa, dejando negro el suelo en pos de sí y levantando densa humareda.
La viña, que es el plantío que allí más abunda, verdeaba aún cubierta de pámpanos lozanos. Estaban ya vendimiando, y por varias sendas y caminos venían al lugar carros y reatas de mulos con el último acarreo de uva de aquel día, que había de quedar amontonado en los lagares para empezar á pisar en la madrugada siguiente. Volvían asimismo á descansar de sus trabajos los vendimiadores, y de vez en cuando se oía una canción alegre, cantada en coro, ó se escuchaba allá á lo lejos una copla de playeras con que distraía sus pesares un arriero que tornaba solo con su recua de alguna expedición, ó un gañán que volvía de arar con los bueyes ó las mulas uncidas aún al arado.
En las cañadas hay arroyos cuyas orillas están cubiertas de mimbrones, álamos blancos y negros, adelfas, juncos, mastranzos y otras yerbas de olor. Hay asimismo ocho ó nueve huertecillos, que no tiene el mayor una fanega de tierra; pero esta tierra está bien aprovechada, y se alzan en ella nogales gigantescos, higueras pomposas, que dan los más dulces higos que se comen en el mundo, y otra multitud de frutales.
El arroyo más caudaloso de la cercanía está á un cuarto de legua de la población, y las mozas que iban allí á lavar, volvían también, terminada ya su faena, con el lío de ropa lavada puesto sobre la cabeza, y con la alegría de la juventud en el alma y el donaire y el brío campesino en todos los gallardos y libres movimientos del cuerpo, bien dibujadas sus formas robustas y elegantes bajo los pliegues de las breves y ceñidas enaguas de percal ó del más ceñido y corto refajo de amarilla bayeta antequerana.
D. Juan Fresco contemplaba toda esta escena como en éxtasis, y se ratificaba más y más en que Villabermeja y sus alrededores eran lo mejor del mundo. Creció su entusiasmo, recordando los mejores años de su vida, al ver cierta polvareda que se levantaba en el camino principal. Á poco se empezaron á oir mil regocijados gruñidos en todos los tonos, desde el más tiple al más bajo, y luego se distinguió una floreciente piara de cochinos de todas edades y de ambos sexos, guiada por un hábil zagalón de catorce á quince años. Cada vecino del lugar, cada bermejino, tenía alguna dulce prenda en aquella piara, tenía el futuro regalo suyo y de toda su familia entre aquellos sabrosos mamíferos, que habían de convertirse en jamón, tocino, morcillas, longaniza, lomo en adobo, manteca y otros artículos, custodiados en la despensa y preparados para todo evento digno de celebrarse y para cualquier día en que acude un huésped á la casa ó repican recio é importa echar el bodegón por la ventana.
Bastaba el zagalón para ser capitán de aquella tropa, cuya disciplina era admirable. Ningún cerdo se descarriaba jamás. No bien llegaban todos á las primeras casas, tocaba el pito el zagalón, y la piara se dispersaba en seguida, trotando y galopando cada uno de los que la componía y cruzando calles y callejuelas hasta meterse en la casa de su amo, saltar por el zaguán y la cocina baja, sin cuidarse de no echar á rodar cualquier trasto que encontrase por medio, y parar sólo en el corral, donde nunca faltaba su pocilga ó lagareta.
Pasado un poco el éxtasis de D. Juan, no pude menos de decirle:
—Confieso con franqueza que cada día me maravillo más del sincero entusiasmo que tiene usted por Villabermeja. Se comprende que por ser el pueblo de V. le guste más que ningún otro, que viva V. en él contentísimo, que prefiera esta rustiquez á todos los esplendores y á todas las elegancias de Madrid ó de París. Lo que no se comprende es la ceguedad con que un hombre que no es como muchos bermejinos, que jamás salieron de aquí, sino que ha visto las más bellas comarcas del globo, se empeñe en sostener que este paisaje es superior en hermosura á todo lo que ha visto.
—¿Qué quiere V., amigo mío?—contestó don Juan Fresco.—Yo no digo que esto sea mejor que todo, sino que tal me lo parece. Mis viajes y mis estudios, y el haber visto la bahía de Río-Janeiro y las costas fertilísimas que la circundan, y sus lagos interiores, y las cien islas de la bahía enorme llenas de perenne verdura, y sus sierras gigantescas, y sus florestas seculares, y sus bosques fragantes de naranjos y limoneros, y el haber vivido en las orillas feraces del Ganges y del Brahmaputra, con sus pagodas, palacios y jardines, y el haber visitado las márgenes del golfo de Nápoles, tan risueño y lleno de recuerdos clásicos, no destruyen en mí la arraigada condición del bermejino, quien jamás cree ni confiesa que haya nada más bello, ni más fértil, ni más rico que su lugar y los alrededores de su lugar. ¿Qué me importa á mí que el horizonte sea aquí mezquino? Mejor: más allá de ese horizonte pongo con la imaginación lo que se me antoja. Si quiero ver en realidad, no ya lo grande, sino lo infinito, ¿no me basta con alzar los ojos al cielo? ¿Desde qué punto penetra más la vista en las profundidades de sus abismos, que desde aquí, donde el aire es diáfano y puro, y rara vez las nubes se interponen entre mis ojos y las más remotas estrellas? Además, aunque sea pequeña la extensión de tierra que abarco con los ojos, ¿no la agranda el conocerla toda punto por punto y el poblarla de memorias y de casos, mil veces más interesantes para mí que los de Rama, Crishna y Buda en la India, y los de Eneas, Ulises y las Sirenas en Nápoles? ¿Qué encanto no tiene el poder exclamar, como exclamo: Cuantos olivos se divisan por toda aquella ladera los he plantado yo mismo; todo aquel viñedo es también creación mía; aquella casería colorada es la de mi amigo Serafinito y sé cuántas tinajas de vino da cada año; más allá blanquean las tierras de la capellanía de V., que son algo calizas; aquel huerto le tuvo arrendado mi madre, y allí pasé algunos de los mejores años de mi niñez? ¿Ve V. aquel cañaveral que está en medio del huerto, á orillas del arroyo?—Y D. Juan Fresco señalaba con el dedo.
—Sí le veo,—contestaba yo.
—Pues allí tuve yo la primera revelación de la belleza artística, la inspiración primera, mi mayor triunfo y la satisfacción del amor propio más pura, más completa y más sin pecado que he tenido en la vida.
—¿Cómo fué eso?—preguntó Serafinito.
—El cañaveral—respondió D. Juan,—está ahora como á principios del siglo presente, cuando tenía yo diez años ó menos. Yo era entonces tan ignorante, que más no podía ser: no sabía leer ni escribir, ni tenía idea cierta de nada. Me figuraba el cielo como una media naranja de cristal, donde estaban clavadas las estrellas á manera de clavos, y por donde resbalaban la luna, el sol y algunos luceros, movidos por ángeles ú otras inteligencias misteriosas. En el seno de la tierra suponía yo un espacio infinito; unas cavernas sin término, un abismo sin límites, lleno de diablos y condenados; y más allá de la bóveda celeste, otro infinito de luz y de gloria, poblado de santos, vírgenes y ángeles, y donde había perpetua música, con la que se deleitaban el Padre Eterno y toda su corte. Según la creencia general de los de mi pueblo, estaba yo persuadido de que precisamente encima de Villabermeja, que es donde más se eleva la bóveda azul, estaba el trono de la Santísima Trinidad. La música celestial era allí mejor que en ningún otro confín de los cielos; y yo me recogía en el silencio de las siestas, y me retiraba al cañaveral, y cerraba los ojos, y reconcentraba todos mis sentidos y potencias á ver si lograba oir algo de aquella música, que no imaginaba muy distante. Á tal extremo llegó mi entusiasmo, que pensé oirla algunas veces. Yo era aficionadísimo á la música, y si mi manía de ver mundo y mi vida agitada de marino y de comerciante lo hubieran consentido, quizás hubiera sido un excelente artista. Lo cierto es que un día corté una caña del cañaveral; hice varios canutos, y á fuerza de pruebas y tentativas, ya horadando con mi navajilla los canutos de un modo, ya de otro, acerté á dar su justo valor á cada nota, y logré formar una acordada y sonora flauta, con la que tocaba cuantas canciones había oído, y muchas sonatas que se me figuraba que no había oído jamás en el mundo, porque las inventaba yo mismo ó eran como reminiscencias vagas de la música del cielo que había logrado oir en mis arrobos. Mi invención de la flauta y mi habilidad para tocarla fueron muy celebradas en todo el lugar, y me valieron un millón de besos de mi pobre madre. Consideren ustedes ahora si, teniendo éstos y otros recuerdos aquí, no me han de parecer Villabermeja y sus alrededores más hermosos que todas las zonas habitables del globo terráqueo.
Nada tenía que replicar á esto Serafinito, más convencido que el propio D. Juan de todas las excelencias de Villabermeja. Sólo yo replicaba; pero D. Juan Fresco me sellaba los labios con nuevos argumentos, en los que aparecía un carácter poético que jamás había yo sospechado en aquel hombre.
En vista de esto, dí otro giro á la conversación diciendo á D. Juan:
—No quiero disputar más con V., y doy por valederas y firmes las razones que alega, á pesar de ser tan sofísticas. De lo que me permitirá V. que hable es de la extrañeza que me causa ver á usted lleno de un sentimentalismo tan subido de punto y de tantas ilusiones poéticas, impropias de un positivista.
—Paso por lo del sentimentalismo—replicó don Juan.—Jamás he presumido de tener el alma de alcornoque, si bien no me jacto tampoco de tierno de corazón. En lo que no convengo es en lo de las ilusiones. En mi vida tuve ilusiones, ni quise tenerlas, ni me he lamentado de esta falta, ni he llorado el haberlas perdido. Nada me repugna tanto como las ilusiones.
—¿Cómo que no tiene V. ilusiones? ¿Pues acaso no se apoya un poco en ilusiones su amor de V. á este lugar?
—No se apoya este amor en ilusiones, sino en realidades. Discutir sobre esto sería, con todo, volver al tema de la primera disputa, y no quiero volver. Quiero, sí, demostrar á V. que no tengo ilusiones y que me importa no tenerlas: que no hay mal mayor que tener ilusiones.
—Pues qué—dijo entonces Serafinito,—¿será un absurdo lo que dice el poeta:
Las ilusiones perdidas
Son las hojas desprendidas
Del árbol del corazón?
—El dicho del poeta no es absurdo—contestó D. Juan Fresco,—si se entiende de cierta manera; pero convengamos en que todo el género humano nos está aburriendo en el día con tanto lamentar la pérdida de sus ilusiones, las cuales bien pueden ser hojas del árbol del corazón, mas no son ni el fruto sazonado ni las flores fragantes y salutíferas.
—¿Qué entiende V. por ilusiones?—dije yo.
—Un concepto sugerido por la imaginación, sin realidad alguna—contestó D. Juan.—Ilusión equivale á error ó mentira. Perder las ilusiones es lo mismo que salir del error y alcanzar la verdad. Y la adquisición de la verdad, que es el mayor bien que apetece el entendimiento, no debe deplorarse.
—Me parece que V. se contradice. ¿No nos decía V., poco há, como sintiendo haber perdido aquella ignorancia, que su ignorancia de niño le hacía ver entonces el cielo y la tierra de cierto modo poético? Claro está que, con el saber de V. en el día, no verá ni la tierra ni el cielo del mismo modo.
—Sin duda que del mismo modo no los veo. Pero ¿de dónde infiere V. que los veo ahora de un modo menos poético que entonces? ¿En qué se opone á la poesía, no ya mi poco de ciencia, sino toda la ciencia que atesoran y resumen cuantas academias y universidades hay en el mundo? Para saber yo que una ilusión es ilusión, y perderla ó desecharla, importa que la ciencia me demuestre su vanidad y su falsedad, y aún no me ha demostrado la ciencia la vanidad ni la falsedad de ninguna ilusión cuya pérdida merezca ser llorada. Otro poeta ha dicho: El árbol de la ciencia no es el árbol de la vida; pero yo sostengo lo contrario: el árbol de la vida es el árbol de la verdadera ciencia.
—No comprendo bien sus pensamientos de usted.
—Veamos si los comprende V. ahora. Dígame V.: el concepto de lo conocido por la experiencia en el día, ¿no es mayor, más bello y más sublime que el concepto de lo conocido y sabido por experiencia en cualquier época de la historia, anterior á ésta en que vivimos?
—Eso no se puede negar procediendo de buena fe. V. habla sólo de lo conocido por experiencia. Lo malo está en que, al conocer por experiencia, se pierde la facultad de imaginar y de creer, y de esto nos lamentamos.
—Veo, pues, que V. conviene, como no puede menos de convenir, en que lo conocido ahora por experiencia vale más que lo antes conocido. Debemos presumir, por lo tanto, que mientras más se conozca, más bello, más sublime, más noble será el concepto de las cosas todas, en cuanto conocidas.
—¿Pero lo imaginado en ellas no desaparece?—repliqué yo.
—¿Por dónde ni cómo ha de desaparecer? Aunque yo vea ahora el cielo como un espacio inmenso y los astros separados unos de otros por distancias enormes, más allá de donde llegan los ojos y el telescopio, ¿no me queda campo en qué imaginar lo que guste y creer en lo que quiera?
—Al menos me concederá V. que tendrá que poner muy lejos, muy lejos, cuanto imagina ó cree.
—Pues se equivoca V. también en eso, porque no se lo concedo. ¿Qué es lo que yo veo y noto, qué es lo que yo averiguo por experiencia, sino algo de extrínseco y somero? De accidentes sé algo; pero la misteriosa esencia de los seres, ¿quién la ve y quién la conoce? ¿Son tan torpes y necias las ondinas y las sílfides, que se dejen aprisionar por el químico para que, al descomponer el agua y el aire, haga su análisis en retortas y alambiques? ¿Qué microscopio, por perfecto que sea, podrá descubrir el espíritu de vida que fecunda los estambres de las flores y pone en ellos el polen amoroso? El duende, el genio, el demonio que me inspira, que directamente se entiende conmigo, que toca sin intermedio en mi alma y se comunica con ella, ¿á qué ley de física ó de matemáticas obedece? ¿Dónde está la demostración que me pruebe su no existencia? ¿Quién midió jamás y señaló los linderos de la percepción humana, hasta el punto de afirmar: nadie ve ó advierte más allá? No sólo con el sentido interior, sino con los exteriores, ¿ha demostrado alguien que no haya personas que vean y sientan y se comuniquen y traten con otras inteligencias ocultas? ¿Pues qué, no es inexplicable en el fondo el que V. y yo nos entendamos hablando, revistamos nuestro pensamiento de una forma sensible y nos le transmitamos, no en realidad, sino en un signo material y convencional que le representa, y que se llama palabra, y que es un mero son que agita el aire, y por medio de sus vibraciones llega á nuestros oídos? ¿Quién sabe cómo se entenderán y con quién se entenderán otras personas? Se habla de continuo de lo sobrenatural y de lo natural, como si se conociera perfectamente la distinción, ó se marcara el término ó la raya, que separa lo uno de lo otro, como si hubiésemos explorado en lo extenso y en lo intenso á la naturaleza. No, amigo mío: la frontera entre lo natural y lo sobrenatural ó no existe ó está borrada. Donde ponemos mugas y señales y hacemos apeo y demarcación es sólo entre lo sabido y lo ignorado, lo cual es muy diferente. Nada más infundado, por lo tanto, que llamar edades de la fe á las antiguas edades y edad de la razón á la nuestra, contraponiendo la razón á la fe, como si el imperio de la fe, que es infinito, se menoscabase en lo más mínimo con las conquistas y anexiones que la razón va haciendo en su pequeño imperio. Ciertas ilusiones, que no lo son, no se pierden, pues, con la ciencia. Al contrario, la grande y efectiva ilusión está en creer que la ciencia mata lo que vemos con la fantasía ó con la fe, calificándolo de ilusiones. Esta es una ilusión de la vanidad científica. Tal vez sea la más perjudicial de todas las ilusiones, aunque no es la más bellaca.
—¿Cómo es eso?—dijo Serafinito.—¿Con que tener ilusiones es una bellaquería?
—Casi siempre—replicó D. Juan.
—V. habla así—dije yo,—porque llama ilusiones á las malas, y no á las buenas.
—Ya he dicho que no me ha probado nadie todavía, que esas que llama V. ilusiones buenas, nacidas de la fe, de un alto sentimiento religioso ó de una bien ordenada y discreta fantasía poética, sean tales ilusiones en lo esencial. Quedan, pues, ilusiones malas, ó dígase verdaderas ilusiones. Contra éstas combato, y afirmo que no las he tenido nunca, y que si las hubiese tenido alguna vez, no me quejaría de perderlas.
—Ponga V.—dijo Serafinito,—algunos ejemplos de esas ilusiones.
—Nada más fácil—contestó D. Juan.—Hay una señorita en Madrid, elegante, algo coqueta, no muy rica, y que ha llegado á cumplir veinticinco años sin casarse. Las ilusiones de esta señorita consistían en coger un marido rico, titulado si fuese posible, sufrido de condición, poco gastador á fin de que ella lo pudiese gastar todo ó casi todo, etc., etc. Como estas ilusiones no se han realizado, la señorita exclama á cada momento que ya no hay amor en el mundo; que pasaron los tiempos de Isabel y Marsilla y de Julieta y Romeo; que vivimos en un siglo de prosa y que ha perdido las ilusiones. Hay una dama casada con un funcionario público, cariñoso, afable, buen papá, marido tierno y enamorado; pero da la maldita casualidad de que uno de sus compañeros, quizás con menos sueldo y quizás con más intermedios de cesantía, se arregla de suerte que tiene para butacas en los teatros, y para más moños y trajes, y tal vez hasta para el palco en la ópera ó para ir á Biarritz á veranear, mientras que él trabaja que trabaja siempre, y sin salir de apuros y ahogos. La dama, que en vista del ejemplo se había forjado sus ilusiones, conoce al cabo que es imposible hacer carrera con su marido, y las pierde. Desde entonces se lamenta á cada instante de que no ha realizado su ideal, de que los maridos son monstruos ó zotes, de que la poesía del hogar doméstico no es dable en esta edad infecta en que vivimos, y de que ya no volverán á la vida Baucis y Filemón. Entra á servir en cualquiera casa una cocinera. El ama toma la cuenta todos los días, y procura, informándose de los precios, que la cocinera sise lo menos posible. La cocinera pierde entonces sus ilusiones; dice que la hidalguía, el desprendimiento, la magnanimidad de los señores bien nacidos pasaron para siempre, y que ahora vivimos en un siglo metalizado, ruín, plebeyo y cicatero. Va á Madrid un joven bien plantado, chistoso, ameno, que se viste con el mejor sastre y se pasea en la Castellana. No se enamoran de él las duquesas ni las marquesas; las ricas herederas le dan calabazas, y sólo se le muestra propicia, si acaso, la hija del ama de la casa de huéspedes donde vive. Este joven pierde también sus ilusiones, y decide que las mujeres del día no tienen más que vanidad y soberbia y carecen de corazón. Pierden, por último, las ilusiones, el coplero insufrible que presume de poeta y no haya quien lea sus versos; el periodista ambicioso que no llega á ministro; el autor dramático que es silbado; el médico que no tiene enfermos; el abogado que no tiene pleitos; el hipócrita á quien no creen sus embustes, y hasta el que juega á la lotería y no saca el premio gordo. Para todos éstos la corrupción de nuestro siglo es espantosa, la falta de ideal evidentísima, la carencia de religión horrible, y un destino ciego y perseguidor de la virtud gobierna y dispone los acontecimientos humanos.
—Infiérese de cuanto V. alega, que sólo los tunantes, torpes ó desdichados, tienen ilusiones y las pierden.
—Son los que más ilusiones tienen y las pierden—prosiguió D. Juan contestando á mi interrupción.—No niego, sin embargo, que hay multitud de personas honradas que se forjan ilusiones y que se lamentan luego de haberlas perdido; pero si no implica falta de honradez el tener cierta clase de ilusiones y el lamentar su pérdida, implica al menos falta de juicio y poca entereza de carácter.
—Aclare V. eso también con ejemplos,—dijo Serafinito.
—Voy á aclararlo. Hay una señora pobre y muy virtuosa y honesta, que sabe resistir á toda seducción, y que sufre con su marido molestias y privaciones sin cuento; pero pasan los años, no la saludan con más respeto á causa de su honestidad, porque la fama no ha de ir publicándola á son de clarín, y nadie le da joyas, ni palco, ni coche, porque eclipse á Lucrecia; de manera que sigue tan desvalida y poco considerada como antes. Aquí encaja entonces el que la buena señora empiece á rabiar, á lamentarse de que ha perdido las ilusiones, y á decir que la sociedad es un lupanar inmundo, donde sólo las malas mujeres consiguen ir en landó y vestir sedas y encajes, y adornarse con diamantes y perlas. Las ilusiones de esta señora habían consistido en creer que la virtud podría y debería traer satisfacciones de amor propio y ventajas y regalos materiales, como si la virtud, con tan vil precio, fuese verdadera virtud, y proporcionando su ejercicio lo que la señora quería, no viniese á ser prenda de los más bribones. Este segundo modo de ilusionarse es una terrible enfermedad que se apodera á veces de generosos y nobles espíritus, aunque falsos y extraviados. Consiste en rebajar las más nobles prendas y excelencias de nuestro ser buscándoles una finalidad vulgar, queriendo convertir en útil lo bello ó lo sublime. La virtud, el genio, la ciencia, la poesía, podrán ser útiles en ocasiones al individuo que los posee, pero no es su fin principal la utilidad. Es más: el que se propone sacarla de su virtud, de su ciencia ó de su poesía, deja al punto de ser sabio, virtuoso ó poeta. Para fines bajos importa emplear bajos medios: los medios elevados conducen sólo á fines que lo son también.
—Pero, ¿y el trabajo, la constancia, el valor y la economía, no son virtudes, y no son nobilísimas virtudes, y no son ellas las que procuran el bienestar material?
—Sin duda que á veces le procuran para el individuo, y siempre para la sociedad entera; pero yo hablo de otras virtudes más altas, más espirituales, y por lo mismo más fáciles de imaginar que las tiene uno sin tenerlas. De modo que en este orden de ilusiones hay dos grados: primero, el de atribuirse las tales virtudes; y segundo, el de empeñarse en que han de tener un valor en el comercio y se han de cotizar en la Bolsa.
—Según V., por consiguiente—interrumpió Serafinito,—es verdadero el refrán que dice: Honra y provecho no caben en un saco.
—Lo que yo afirmo nada tiene que ver con el refrán. El refrán es falso. En mil honrados oficios puede cualquier hombre honrado sacar provechos y no pocos. Harto me aproveché yo de la fortuna, y disto mucho de creerme sin honra. Lo que yo afirmo es que hay prendas de entendimiento y de carácter, y obras humanas de tal excelsitud, que no miran al provecho, ni pueden ni deben pagarse; y condeno las ilusiones de los que poseen ó creen poseer esas prendas y obrar esas obras, y piden la paga y se desesperan porque no la reciben. Coincide con esto, en la mente de los así ilusionados, un concepto pueril del orden del mundo y de la Providencia divina, la cual ha de estar siempre premiando al bueno y castigando al malo, y disponiendo las cosas de suerte que lo pasemos muy bien. Los que así discurren están de continuo pleiteando con Dios y pidiéndole cuenta de todo. ¿Para qué me criaste? ¿Por qué he de morirme? ¿Por qué me he de poner viejo? Esta muela, ¿por qué me duele? Este mosquito, ¿por qué pica y arma una música tan molesta? ¿Por qué las perdices no se vuelven todo pechuga? ¿Por qué ha de tener el jamón menos magras que tocino y hueso?
—Vamos—dije yo sonriéndome,—lo que deduzco de todo es que á mi amigo D. Juan le ha pasado algo desagradable con alguien que tenía ilusiones ó que se lamentaba de haberlas perdido, y por eso declama tanto contra el tener y perder ilusiones.
D. Juan Fresco puso una cara tan grave al oir mis palabras que me pareció otro; puso una cara hasta melancólica, y exclamó dando un suspiro:
—Es verdad: algo desagradable, y más que desagradable, me ha pasado. ¡Malditas sean las ilusiones! ¡Infeliz doctor Faustino!
No bien pronunció este nombre, Serafinito, que ya estaba muy cabizbajo y triste, se echó á llorar como un niño de siete años.
Aumentada con esto mi curiosidad, pregunté á D. Juan quién era el doctor Faustino, que tan dolorosos recuerdos suscitaba.
D. Juan entonces prometió contarme la historia del mencionado doctor, y cumplió su promesa, no estando presente Serafinito para que no llorase.
La narración de D. Juan Fresco, arreglada luego á mi modo, es la que voy á referir; pero entiéndase que no pretendo probar, al referirla, ninguna tesis contraria á las ilusiones.
D. Juan Fresco sigue su opinión y yo la mía, que aquí no es del caso.
Yo, terminada esta introducción, me retiro de la escena donde me he entrometido como personaje secundario, y me limito á mero narrador de los sucesos.
I.
LA ILUSTRE CASA DE LOS LÓPEZ DE MENDOZA
Villabermeja, como ya queda indicado, ha sido por más de dos siglos lugar fronterizo de tierra de moros.
Aun está en pie el castillo ó fortaleza que tenía allí el duque, señor del lugar. Los negros y espesos muros de toscas piedras, las almenas encumbradas, los torreones cilíndricos, todo subsiste aún. Un arco, en cuyo seno hay un pasadizo, pone en comunicación el castillo con la iglesia. Esta es, con todo, mucho más moderna que el castillo, y bastante posterior á la época guerrera de los bermejinos. Cuando andaban batallando sin reposo contra los moros de Granada, se encomendarían á Dios en el castillo mismo ó en medio de los campos. Después de la conquista de Granada fué, sin duda, cuando se pensó en la iglesia, y vinieron á edificarla los hijos del glorioso padre Santo Domingo.
La casta belicosa de los bermejinos fué desde entonces doblando poco á poco el cuello al yugo de la teocracia frailuna, y de aquí proviene, en mi sentir, el chiste de hacerlos descender del padre Bermejo.
Durante los siglos de la monarquía absoluta, aquel lugar de hidalgos peleadores se amansó, se emplebeyeció y se democratizó. El duque se fué á la corte, y nadie volvió á verle por el lugar. Ni amado ni odiado, nadie volvió á pensar en él. El administrador del duque era quien arrendaba ó daba á censo las tierras.
A principios de este siglo, salvo el ausente é invisible duque, apenas había en Villabermeja, ni siquiera en espíritu, tres ó cuatro familias hidalgas. Todo lo restante era plebe, olvidada ya de la gloria de sus ascendientes heroicos. Desde principios de este siglo hasta hace unos treinta años, época en que empieza nuestra historia, esas mismas familias hidalgas, ó se habían confundido con la plebe, agobiadas por la pobreza, ó habían emigrado, Dios sabe dónde, en busca de mejor fortuna. Sólo quedaban los López de Mendoza, alcaides perpetuos de la fortaleza, desde los tiempos de Alamar el Nazarita y del santo Rey D. Fernando.
La hermosa casa solariega de estos López de Mendoza bermejinos se apoya en los propios muros del castillo. La sencilla y elegante fachada, obra del siglo XVI, es de piedra de sillería, y tanto la puerta como el balcón del medio del piso principal están adornados con airosas columnas de mármol blanco. Coronando el referido balcón, resplandece el limpio y complicado escudo de armas de la ilustre familia, primorosamente esculpido sobre mármol blanco también.
Aunque no tanto como la familia misma, la casa ha decaído y da muestras claras y tristes de la estrechez de los dueños. En muchos balcones faltan cristales; las antiguas puertas, prolijamente labradas y cubiertas de graciosos clavos de bronce, están descuidadísimas; y el amarillo jaramago publica la afrenta de aquella fábrica arquitectónica, brotando por entre las grietas que se han abierto al separarse varios sillares. Las grietas son tan anchas y profundas en algunos sitios, que ofrecen sobrada capacidad para que en su seno se aniden las lagartijas, las salamanquesas asquerosas y los feos y medrosos murciélagos, y para que nazcan, se arraiguen y crezcan allí no pocas higueras bravías y hierbas y maleza. Esta vegetación parásita se desenvuelve mucho en primavera y da á la fachada el aspecto de un jardín vertical. El alero del tejado es tan ancho, que deja un espacio grande entre su extremidad y el muro donde las golondrinas fabrican con predilección sus rústicos nidos.
Sobre el piso principal de la casa hay otro piso de graneros y zaquizamíes; pero como, de mucho tiempo há, apenas hay granos que llevar á aquellos graneros, sólo los habitan algunos buhos y lechuzas melancólicos, y algunos ratones parcos y ascetas.
Todas las casas del lugar, aun las más pobres, se enjalbegan tres ó cuatro veces al año, y están más blancas que el ampo de la nieve. La casa de los Mendozas ofrece, pues, una gran contraposición, comparada con ellas, y tiene un aspecto sombrío, con sus piedras, si algo doradas por el sol, más ennegrecidas aún por las lluvias, el descuido de los amos, el transcurso del tiempo y la inclemencia de las alternadas estaciones.
La casa de los Mendozas está además en el sitio más esquivo y apartado, á la espalda del castillo, en un callejón sin salida, mientras que las blancas y alegres casas de los plebeyos más acomodados están en calles abiertas ó en la plaza, donde hay fuente con cuatro caños y algunos álamos, y por donde discurren hombres, mujeres y chicos, y se nota movimiento de carros, carretas y caballerías.
No hace muchos años, aun no se había construído, á tiro de escopeta del lugar, el nuevo cementerio, y los muertos se enterraban todos al lado de la iglesia, en un corralón, frente á la casa de los Mendozas. Sólo se enterraban en la iglesia misma los frailes y los mencionados Mendozas, quienes tenían allí bóveda subterránea y una magnífica capilla con retablo lujosísimo de madera dorada, del tiempo y gusto de Churriguera, lleno de profusas é intrincadas labores de talla. En el camarín de esta capilla hay un Jesús Nazareno, con su cruz á cuestas, vestido con túnica de terciopelo, bordada de oro, de quien el mayorazgo de los Mendozas es hermano mayor. Después del santo de plata, patrono del pueblo, esta imagen de Jesús es la más querida y la que pasa en el lugar por más milagrosa. El artificio con que la imagen está fabricada no denuncia el mayor ingenio por parte del autor en punto á mecánica; pero ha sido de mucho efecto, y lo es todavía, al menos para las mujeres. Nuestro Padre Jesús, merced á una cuerda de que tira el sacristán, separa el brazo derecho de la cruz que tiene asida, y desde el balcón de las Casas Consistoriales, que da sobre la plaza, echa la bendición á la muchedumbre de los fieles, una ó dos veces cada año, cuando le sacan en procesión.
Pero volviendo á la casa solariega de los Mendozas, fácil es de comprender lo fúnebre que será con esta vecindad del antiguo cementerio y de la iglesia, bastante ruinosa ya, y depósito asimismo de osamentas.
La familia de los Mendozas había ido decayendo y no era más alegre que su habitación.
El sino y el estado de esta familia, y sus relaciones con el resto de los bermejinos, tenían algo de extraño. Se diría que, desde que vinieron los frailes dominicos al lugar, y el lugar se fué enfrailando, ésta fué la única familia que luchó contra ellos y quiso conservar la secularización, por decirlo así. En lucha tan descomunal había acabado por sucumbir, y eso que había contado, hasta lo último, con varones de notoria aptitud y denuedo.
Nadie en el lugar quería mal á los Mendozas, porque no había memoria de que hubiesen hecho daño á la gente menuda. Nadie tampoco les tenía envidia, porque estaban pobres y empeñados. No obstante, contábanse cosas que podían ofender á la familia.
De un antiguo Mendoza, del tiempo de los moros, se referían ciertos amoríos escandalosos con una cautiva mora y hechicera. De otro Mendoza, no menos ilustre, que estuvo en las Indias, se afirmaba que se había casado con una judía ó con una coya ó princesa peruana, que sobre esto no se estaba muy de acuerdo, aunque, si bien se nota, no implica contradicción, pues para nuestros lugareños, judío ó moro es equivalente á todo lo que no es cristiano, y así de un niño que no ha recibido el bautismo, se dice que está judío ó que está moro aún.
Lo evidente para los bermejinos era que la cautiva mora primero, y la coya ó judía más tarde, infundieron en la sangre de los Mendozas cierta levadura de impiedad. En cambio, la judía ó coya trajo en dote á su marido una gran cantidad de dinero, con la cual se edificó la casa solariega de que hemos hablado, y se compraron no pocas fincas, perdidas ó empeñadas después.
Como complemento ó añadidura se aseguraba que la judía ó la coya trajo de allende los mares, de aquellos bárbaros palacios en que moraba, multitud de perlas y diamantes, los cuales estaban escondidos y emparedados en un rincón de la casa que nadie llegó jamás á saber. En varias ocasiones, sin embargo, habiéndose enriquecido de repente algún vecino del lugar, sin saber á qué atribuir su riqueza, habíase supuesto que dicho vecino había encontrado parte del tesoro, burlando la vigilancia del espíritu de la princesa india, que le custodiaba, ó venciéndole ó dominándole por artes diabólicas.
Murmurábase también de la aparición casi diaria, en les desvanes de la casa, de un célebre comendador Mendoza, el cual había estado en Francia durante la gran revolución, y por su impiedad, por varios lances trágicos y misteriosos, y por la manera con que vivió los últimos años de su vida mortal, andaba penando con el manto blanco de su encomienda y la roja cruz de Santiago en el pecho, aunque sin brazos la cruz, porque, no estando en gracia, no podía llevar cruz perfecta en la otra vida, no faltando quien afirmase que no era cruz sin brazos lo que en el manto llevaba, sino la figura de un sapo sangriento.
Suponían los liberales del lugar que todas éstas eran hablillas que habían difundido los frailes para desacreditar á los Mendozas, los cuales eran de su partido nada menos que desde los tiempos del emperador Carlos V, en que uno de ellos peleó entre los comuneros. D. Francisco López de Mendoza, muerto en 1830, había sido, en efecto, liberalísimo, siguiendo; según en el lugar se afirmaba, el ejemplo de sus antepasados. Desde el año 1823 hasta que murió, fué muy vejado y perseguido.
En cambio, algunas personas de las más licurgas del lugar y serviles, como por ejemplo, el Escribano, aseguraban que los López de Mendoza eran una casta de gente díscola, contraria al espíritu del tiempo en que vivieron, durante más de tres siglos, y que sólo por sus hazañas en las guerras y por su posición habían sido tolerados. Casi todos ellos habían ido á servir al Rey, habían corrido el mundo buscando aventuras y garbeando por estilo heroico cuando se presentaba, y habían vuelto al cabo al lugar, á la casa de sus mayores, con aumento de su fortuna y con mujer legítima forastera. Aunque contrarios en el fondo del alma al pensamiento político de los españoles de entonces, le habían servido con brillantez por su amor á la vida inquieta; pero en la administración tranquila de sus bienes jamás se habían empleado con acierto, de suerte que, decaída España de su antigua pujanza, sin Flandes, Indias é Italia donde ir á rehacer ó á mejorar patrimonios, el de los Mendozas había caído por tierra del modo más lamentable.
Ya el D. Francisco de que hemos hablado contrajo infinitas deudas, empeñó muchas fincas y vendió algunas de las vinculadas, cuando quedaron libres, de 1820 á 1823.
Su heredero, el actual mayorazgo, llevaba trazas de consumir cuanto del caudal quedaba, exento ya de toda amortización y vínculo.
Aunque vagamente, bien entendían y daban á entender los críticos que el espíritu liberal de los Mendozas era el espíritu anárquico de la Edad Media, que coincidía algo con el de los tiempos modernos; que su despreocupación ó poca piedad tal vez, no había sido tan grande en épocas anteriores, y que por lo menos había aumentado mucho desde que el comendador Mendoza estuvo en Francia en tiempo de la gran revolución; y que lo que más caracteriza los tiempos modernos, el orden en el manejo de los negocios, el afán legítimo y atinado de aumentar en paz los bienes de fortuna, lo que llaman algunos el industrialismo, era del todo contrario á aquella familia.
Los ricos nuevos del lugar se burlaban de esto sin compasión, pero el vulgo amaba á los Mendozas. El fondo democrático y algo socialista de la educación frailuna del vulgo no se volvía ya contra ellos, porque no tenían más que deudas, ni contra el señor del lugar, cuyos administradores habían sido siempre generosos con el pueblo y con ellos mismos á costa del magnánimo duque; el cual andaba en Madrid hecho un Mendoza de la corte; esto es, con más trampas que pelos en la cabeza. El furor de la porción menos sana de los bermejinos era contra los ricos de reciente fecha; contra los que se habían enriquecido dando dinero á premio ó con el tráfico de vinos, aceites y granos. Muchos de estos ricos nuevos habían hecho su fortuna aumentando el bienestar general, acrecentando el acerbo común del haber de la nación, creando riqueza; pero los resabios inveterados de los bermejinos más aviesos, mezclados con la envidia, si bien no de concierto todavía con predicaciones venidas más tarde de fuera de España, no les dejaban ver en los bienes adquiridos por otros un aumento del bien colectivo, sino una dislocación ó una absorción de bienes que á todos pertenecían, verificada con infernal astucia. El antiguo refrán que reza: Los ricos en el cielo son borricos, los pobres en el cielo son señores, se oía con frecuencia en los labios de los bermejinos, como pronosticando, en son de amenaza, que la habilidad pecaminosa de los ricos no prevalecería en el cielo, donde al fin sería castigada, si antes algún hombre de corazón no adelantaba el castigo, echándose á la vida airada con armas y caballo.
Entiéndase bien que hablo de la gente peor bermejina. La mayoría es sufridísima y razonable, y lleva sin envidia y con paciencia el encumbramiento de los ricos nuevos, por más que no haya habido toda la limpieza que fuera de desear en el modo de enriquecerse de no pocos.
Había, sin embargo, una razón para que hasta los ricos nuevos mirasen con afecto á los Mendozas. Merced á la actividad fecunda que la moderna civilización imprime en todo, á pesar de nuestras inacabables discordias civiles, cierta cultura de costumbres se había difundido por todo el lugar; y no pocas familias de arrieros ó de gañanes, que habían hecho dinero y fundado casa principal, empezaban á tener humos aristocráticos, recordando con orgullo que descendían de valerosos adalides, y yendo á ver con satisfacción en los libros de la parroquia que llegaba su ascendencia por línea recta de varón en varón, y por legítimo matrimonio, hasta uno de los compañeros ó hermanos de armas que vino con el primer López de Mendoza á custodiar aquella fortaleza y á molestar á los moros, entrando en algarada por sus tierras y talando sus panes. De aquí nacía un espíritu de igualdad y de dignidad en perfecto acuerdo con el cariño respetuoso á la casa de los Mendozas, gloria común de todos y monumento del antiguo caudillo.
Doña Ana, viuda de D. Francisco, aunque forastera y anciana ya de sesenta años, vivía en el lugar rodeada de finas atenciones. En medio de sus apuros sostenía esta dama respetable el lustre señoril de la casa. El caballo que montaba su marido permaneció regaladísimo en la caballeriza hasta que murió de viejo. Varios retratos al óleo de los López de Mendoza que más brillaron, unos con relucientes armaduras, otros con cuera de ante, bizarros todos, y con plumas, y alguno que otro con bengala, como insignia de mando militar, lucían en la cuadra ó salón cuadrado, autorizándole como era justo. Los antiguos criados no se despidieron. Y, por último, la jauría de perros de caza se conservó, hasta que pachones, podencos y galgos, fueron todos sucumbiendo al peso de la edad, siendo ejemplo muchos de longevidad perruna.
En esto de los perros, y sobre todo en los podencos, era donde más había resplandecido el afecto de los bermejinos á los López de Mendoza. Los podencos son golosos y ladrones siempre, y más aún cuando están á media ración ó á menos de media ración. Los podencos de López de Mendoza se hicieron, por consiguiente, famosos en todo el lugar, por sus latrocinios é inesperados asaltos. No había morcilla ni longaniza segura, ni pedazo de jamón ó de carne con que se pudiera contar, ni lonja de tocino á buen recaudo. Las travesuras de los podencos, no obstante, más eran solemnizadas con risa que refrenadas con dureza. Sirva de prueba lo que ocurrió una vez con la madre del tendero, señora de cerca de setenta años, la cual yacía postrada en cama con un pertinaz dolor de estómago, donde le habían puesto como reparo lo que es muy frecuente en Andalucía entre los remedios caseros, media docena de bizcochos con canela y empapados en vino generoso. La fragancia atrajo á los podencos en ocasión que la tendera se hallaba sola en su alcoba. En balde ella, defendiéndose con las manos,
Clamores horrendos simul ad sidera tollit;
la descubrieron, á pesar de sus gritos; y sin que el pudor les pusiese el menor reparo, se comieron el otro, dulce y aromático, que en tan oculto sitio había. La gente de casa acudió tarde para evitar que este reparo pasase al cuerpo de los podencos; mas no acudió tarde para contemplar á la excelente matrona en una inusitada y vergonzosa desnudez.
No puede negarse, á pesar de éstas y otras muestras de simpatía, que la tal simpatía se entibiaba con harta frecuencia por un defecto involuntario, casi fatal de la señora Doña Ana, cuya cortesía no tenía límites, pero cuyo entono, circunspección y retraimiento ponían á raya toda familiaridad y toda confianza. La señora Doña Ana, encastillada en el fondo de su caserón, apenas salía á la calle, recibía de tarde en tarde visitas con todo cumplimiento y ceremonia, y las pagaba con exquisita urbanidad. No había medio de quejarse de que fuese grosera, ni algo tiesa de cogote; pero no intimaba con nadie, y era arisca y poco comunicativa.
Las otras señoras del lugar se despicaban propalando que Doña Ana era bruja, aunque no con brujería plebeya de untarse y volar al aquelarre, sino con brujería aristocrática, recibiendo en su estrado á diablos y almas en pena de distinción y alto coturno, y entre ellos á varios individuos de la familia, como la mora cautiva, la coya y el comendador, con los cuales tenía sus tertulias.
Del mayorazgo Mendoza, del hijo de Doña Ana, que vivía también en la casa solariega, y que era sujeto menos tratable aún y más retirado de la convivencia de sus compatricios, á pesar de sus veintisiete abriles, se decían cosas mucho más raras; pero tanto lo que de él se decía, como lo que era en realidad, merece capítulo aparte por su mucha importancia.
II.
¿PARA QUÉ SIRVE?
No se asusten los lectores timoratos al leer el epígrafe que antecede, ni se den á sospechar que intento promover cuestiones impías. Harto se me alcanza que en toda la resplandeciente y complicada máquina del mundo no hay cosa alguna que no sirva para algo: todo tiene un fin; todo concurre al orden perfectísimo y á la total armonía. Para creerlo y afirmarlo, importa lo mismo decir que vemos porque tenemos ojos ó que corremos porque tenemos piernas, que decir lo contrario: esto es, que porque vemos tenemos ojos y porque corremos nos han nacido piernas y todo lo conveniente para correr. Casi, casi redunda en mayor alabanza de las leyes providenciales el contemplar y explicar las cosas de este último modo. Y si no, vaya de ejemplo: ¿quién sería mejor relojero, el que fuese fabricando prolijamente todas las ruedecillas, cada una con su fin y propósito, y luego las ajustase y ordenase entre sí, y luego diese cuerda al reloj, y luego el reloj marcase y sonase las horas, ó el que pusiese en un poco de metal un movimiento y una idea y un propósito de dar las horas, que agitasen todas las partecillas de que el metal se compone, y las forzasen á no parar en sus giros, vibraciones, brincos y sacudimientos, ya agrupándose de un modo, ya de otro, hasta que juntas se concertasen en marcar el tiempo y en señalar las horas con un punterito y en hacerlas sonar en el momento debido, hasta con música ó por lo menos con cuco?
El prurito eficaz, triunfador é infalible, puesto en los átomos, de organizarse de suerte que se formen seres que corran y que vean, ó es aserto misterioso y confuso como el dogma más ininteligible de la más metafísica de las religiones, ó presupone en la idea primera, cuyo desenvolvimiento produce el universo, una voluntad y una inteligencia soberanas, no menos grandes que las del ser personal que nos hiciese ojos para ver y piernas para correr. Repito, pues, que casi afirma más esta inteligencia y esta voluntad increadas, no el pensar que se nos dieron ojos para que viésemos y piernas para que corriésemos y alas á los pájaros para que volasen, sino el pensar que desde el origen hay en la materia un afán de volar que produjo al cabo las alas, y un afán de correr que produjo las piernas, y un afán de ver que produjo los ojos.
Por lo dicho, se me antoja con frecuencia que la tal doctrina de los materialistas novísimos pudiera purificarse de toda mancha de impiedad, y hasta convertirse en piadosísima doctrina, muy consoladora además y muy rica en pronóstico de progresos, mejoras y adelantamientos indefinidos. La antigua duda del padre Fuente la Peña, sobre si los monstruos lo son ellos ó lo somos nosotros, se resolvería en favor de los monstruos, que tal vez aparecerían como síntomas del prurito ó conato de crear nuevas especies; y, siempre que fuera este conato legítimo, y no capricho pecaminoso, caso en el cual el ser monstruo sería un castigo, ¿quién nos había de privar de la razonable esperanza de echar alas y volar, si nos empeñábamos, ó de tener cola ó trompa ó un ojo más, como Furier pretendía?
No se argumente en contra sosteniendo que la vida, el instinto, el brío de los átomos, de las impalpables é invisibles esferillas que llenan el aparente vacío con las ondas del éter, es un instinto ciego, coeterno con la substancia. ¿Cómo dimana del instinto ciego la inteligencia que después explica sus leyes indefectibles? Estas leyes, además, ó están en cada átomo, que las conoce y las impone, ó están fuera ó por cima de los átomos, ó están á la vez en los átomos y fuera de ellos; por donde vendríamos á parar, después de calentarnos la cabeza más de lo justo, en aquello que nos enseñaba en la escuela el catecismo del padre Ripalda en que Dios está en todo lugar, animándolo y ordenándolo todo.
Por dicha, el ¿para qué sirve? de nuestro epígrafe, no requiere que ahondemos tanto. Este ¿para qué sirve? era la pregunta que Doña Ana se hacía á menudo con referencia á su único hijo el mayorazgo Mendoza. Y era también la pregunta que se hacía á sí mismo dicho mayorazgo, diciendo: ¿para qué sirvo? y no sabiendo qué contestar.
Nadie imagine, sin embargo, que era cojo, sordo, ciego, tullido ó tonto el mayorazgo Mendoza. Tenía sus sentidos y potencias más que cabales; era robusto; estaba sano y bueno, y como ya se ha dicho, ó si no se ha dicho se dice ahora, acababa de cumplir veintisiete abriles; pero nada de esto impedía que la señora Doña Ana y el mismo mayorazgo se preguntasen con ansiedad si él servía para algo, y no atinasen con la contestación.
Menester será, para que el lector comprenda bien estas cosas, que le ponga yo en algunos antecedentes.
Doña Ana era una dama, hija de un hidalgo de Ronda, de los más ilustres de aquella enriscada ciudad. Baste decir que Doña Ana se apellidaba de Escalante. Entre sus gloriosos antepasados, contaba á uno de los fundadores de la Maestranza; y los timbres de la Maestranza y sus grandes servicios en la guerra de sucesión, en el sitio de Gibraltar, en la guerra del Rosellón y en la de la Independencia, fueron desde entonces los timbres y servicios de la familia de Doña Ana.
Aunque nacida y criada en lugar tan alpestre y retirado como es Ronda, Doña Ana fué educada hasta con refinamiento; y no sólo por el gusto castizo y exclusivamente español, sino de un modo que pudiéramos llamar cosmopolita. Un discreto sacerdote francés, de los muchos que durante la revolución emigraron, vino á parar á Ronda y fué el maestro de Doña Ana, enseñándole su idioma y bastante de historia, geografía y literatura, y haciendo de ella un prodigio de erudición para lo que entonces solían saber en España las mujeres.
Todo el saber de Doña Ana no le valió, sin embargo, para negocio alguno; y al fin, cuando ya tenía veintinueve años cumplidos, recelando quedarse para tía ó para vestir santos, y estimulada por su padre y hermanos, que ansiaban colocarla, ó dígase deshacerse de ella, se resignó á casarse con el Sr. D. Francisco López de Mendoza, no menos ilustre que los Escalantes, mayorazgo, alcaide perpetuo de la fortaleza y castillo de Villabermeja, Comendador de Santiago y Maestrante también de Ronda, como el padre y los hermanos de ella lo eran. Quieren decir ciertos autores que ya los Mendozas y los Escalantes tenían algún parentesco, y que esto contribuyó á facilitar el matrimonio; pero como no importa la tal circunstancia á la esencia de nuestra historia, la paso por alto, sin entrar en detenidas investigaciones.
Doña Ana tomó su partido con valor. Aunque había visto á Sevilla y había pasado largas temporadas en Málaga y en Cádiz, se enterró en vida en Villabermeja, sin quejarse lo más mínimo, sin dejar sentir á nadie, ni una vez siquiera, el sacrificio que hacía. D. Francisco, aunque muy caballero, era rudo, ignorante y violentísimo. Doña Ana supo amansarle, pulirle y civilizarle un poco á fuerza de paciencia y dulzura. El amor de Doña Ana á Don Francisco, dicho sea entre nosotros, si por amor hemos de entender algo de poético, no existió jamás; pero Doña Ana tenía muy elevada idea de sus deberes, y se miraba en su honra con verdadero orgullo patricio. Fué, por consiguiente, una esposa modelo. Achican un tanto el encomio que por esto merece, dos notables consideraciones. La primera es que el orgullo de Doña Ana, aunque rebozado en cortesía, no le dejaba estimar, ni siquiera como á prójimos, al resto de los bermejinos. Es la segunda la ferocidad y vigilancia de D. Francisco, el cual anduvo siempre ojo avizor y con la barba sobre el hombro, como quien no quiere la cosa; y si hubiera cogido en un renuncio á Doña Ana, ni el Tetrarca ni Otelo se le hubieran adelantado en vengar el agravio.
Lo que en manera alguna se achica por nada, en lo que no cabe escatimar el elogio, es, ya que no en el amor, en el afecto que engendra el trato, en la confianza que de la convivencia nace, y en la delicada amistad y constante devoción con que asistió siempre Doña Ana al lado de su marido, cuidándole cuando estaba enfermo, consolándole cuando triste, templando su furia cuando irritado, y compartiendo sus alegrías y haciéndolas mayores con su regocijada conversación cuando él estaba alegre. Doña Ana perdía la gravedad y el entono en el seno de la familia, y solía ser muy amena.
El fastidio, terrible y peligrosa enfermedad en las mujeres, no se apoderó nunca del alma de Doña Ana, pues sabía emplear su tiempo del modo más variado. A pesar de que había leído á Racine, á Corneille y á Boileau, le encantaban los poetas españoles más conceptuosos, sobre todo Góngora y Calderón, y hasta Montoro y Gerardo Lobo. La Historia de España, de Mariana, las obras del venerable Palafox, y el Teatro crítico y las Cartas eruditas de Feijóo, eran sus libros predilectos en prosa.
Siempre estaba ocupada en algo. Cuando no leía, cosía ó bordaba; y cuando no, cuidaba de la casa, donde el orden y la limpieza luchaban con lo triste y aislado del sitio y con lo vetusto de los muebles.
Desde la muerte de D. Francisco tuvo Doña Ana ocupación más importante: la educación completa de su único hijo.
Mientras D. Francisco vivió, la tal educación se había ido haciendo con tres impulsos diversos. D. Francisco enseñó al niño á montar á caballo, á tirar con la escopeta, y otras habilidades pertenecientes á la gimnástica. Cuando D. Francisco murió, tenía su hijo doce años; pero en dichas cosas estaba bastante adelantado.
El aperador de la casa era un antiguo criado, á quien, por la majestad con que trataba de que todo lo perteneciente á sus amos se respetase, habían puesto el apodo de Respeta; pero el hijo de Respeta, á quien solo por ser su hijo llamaban Respetilla, era de lo menos respetador y de lo menos amigo de infundir respeto por las cosas de sus amos que puede imaginarse. Este Respetilla, que tendría seis ú ocho años más que el mayorazgo Mendoza, fué su confidente, escudero, lacayo, ayo y preceptor, todo en una pieza. Con él aprendió el mayorazgo á jugar á las chapas, al cané y al hoyuelo, á tocar la guitarra y cantar la soledad, el fandango y otras canciones, y á referir una multitud de cuentecillos verdes. Por último, Doña Ana enseñaba al mayorazgo historia, y el mayorazgo se aficionó más que á ninguna otra á la de Grecia y Roma, soñando, siempre que no jugaba al cané ó á las chapas, con ser un Scipión, un Milciades, un Cayo Graco ó un Epaminondas, según él conocía á estos héroes por el libro de monsieur Rollin traducido al castellano.
Muerto D. Francisco, Doña Ana tomó la férula educadora y no quiso compartir con Respetilla la educación de su hijo. Era ya tarde, sin embargo, para apartar á Respetilla y para desarraigar del corazón y de la mente del ilustre mayorazgo todos los vicios y resabios de un señorito andaluz de lugar. Doña Ana hubo de contentarse con tratar de ingertar, digámoslo así, en el señorito andaluz y lugareño el saber y los sentimientos propios de un hombre culto y de un perfecto caballero.
Como D. Francisco había sido negro, esto es, muy liberal, á pesar de preciarse de tan linajudo, y había estado mal con Narizotas, como él llamaba á Fernando VII, siempre se había enfurecido ante el proyecto de que el niño fuese á servir al rey, entrando de cadete en un colegio. Doña Ana siguió con facilidad, en este punto, el humor de su dulce esposo, porque idolatraba á su hijo; no quería separarse de él; suponía aún que, teniendo que gozar de su mayorazgo, no tendría que servir á nadie, y además pensaba en que ni Milciades, ni Epaminondas, ni Cayo Graco, ni ninguno de los Scipiones, fueron cadetes nunca, ni subieron paso á paso, ridicula y prosáicamente, hasta llegar á generales, sino que fueron oradores, hombres políticos, guerreros y magnates á la vez, y ya empuñaban la espada, ya tomaban la pluma, ya se revestían de la toga, ya se armaban con la loriga y con el casco. Así quería Doña Ana que fuese su hijo, y aunque no tenía más que uno, entendía que valía por dos, y se juzgaba otra Cornelia.
Doña Ana comprendió, á pesar de todo, la utilidad de que el niño siguiese una carrera; y después de meditarlo bien, eligió la de abogado, no para que ganase la vida haciendo pedimentos, sino para que aprendiese las leyes, y supiese reformarlas y darlas á su patria cuando llegase la ocasión.
El mayorazgo estudió, pues, latín con el dómine del lugar, y llegó á traducir casi de corrido algunas vidas de Cornelio Nepote. Fué luego al Seminario conciliar de la capital de su provincia, donde aprendió filosofía con el padre Guevara, y sacó siempre nota de sobresaliente. Y, por último, cursó el Derecho en la Universidad de Granada, donde, por arder entonces la guerra civil entre carlistas y cristianos, no había severidad en cuanto á la asistencia.
Nuestro mayorazgo se pasaba, pues, en Villabermeja la mayor parte del tiempo que duraba el curso. Luego iba á examinarse; y, merced á la longanimidad de los examinadores, siempre obtenía buena nota.
En las excursiones á Granada acompañaba al mayorazgo el fiel servidor Respetilla. Allí se portaban ambos con cierto rumbo y elegancia. Hubo temporadas en que hasta la jaca castaña, en que cabalgaba y viajaba desde el lugar el señorito, se quedó en Granada, para que el señorito la montase y luciese. Bien es verdad que entonces todo estaba aún barato en Granada, mereciendo esta ciudad llamarse la tierra del ochavico. Con veinte reales diarios se hacía todo el gasto de vivienda, comida, camas y servicio de amo, criado y jaca.
Aun así era un lujo estupendo. Lo más que solía gastar entonces en el pupilaje un estudiante en Granada era la suma de siete reales diarios. Seis era el precio corriente de las mejores casas, donde las patronas más aseadas y bonitas daban almuerzo, comida y cena, cama, luz, agua y otra multitud de regalos.
En fin, el ilustre Mendoza terminó en Granada su carrera, y se graduó de licenciado y doctor in utroque. Doña Ana le bordó una primorosa muceta y le hizo una borla riquísima para el bonete.
El miniaturista más hábil que había entonces en Granada pintó por seis duros, sobre cándido marfil, el retrato del mayorazgo Mendoza, con su muceta, su toga y su bonete emborlado, y el mayorazgo Mendoza, cuando volvió á los brazos de su madre, hecho un doctor, le trajo dicho retrato de presente, puesto en un marco de ébano con adornitos de bronce.
Ya desde aquella época, como el mayorazgo Mendoza se llamaba D. Faustino y era doctor, empezaron á llamarle el doctor Faustino, título y nombre con que se hizo famoso en lo futuro y con que en adelante le designaremos.
El doctor Faustino se doctoró en el año de 1840. Volvió á su casa lleno de ilusiones y deseoso de ir á Madrid á realizarlas. Por desgracia, su ciencia era vaga y sus ilusiones eran tan vagas como su ciencia.
El doctor sabía de todo y de nada sabía. De todo sabía más que de leyes, que era, al parecer, lo que había estudiado.
El título que le habían dado en la Universidad era un título huero.—¿Para qué sirve el título?—se preguntaban el Doctor y su madre.
El Sr. D. Faustino López de Mendoza y Escalante, alcaide perpetuo de la fortaleza y castillo de Villabermeja, Caballero del hábito de Santiago, Maestrante de Ronda, descendiente de una multitud de héroes, ¿estaría bien que fuese á Madrid á ponerse de pasante con un abogado? Doña Ana y el Doctor reconocían que la profesión de abogado era honrosísima; sabían que Cicerón y Catón habían sido abogados en Roma, y nada razonable tenían que objetar contra la abogacía; pero una estética irresistible, un sentimiento superior á todo raciocinio les hablaba poderosamente al alma, clamando: «D. Faustino no puede ser abogado;» D. Faustino, además, si bien se creía capaz de inventar las mejores leyes, fundándolas en la filosofía, no se sentía con fuerzas para aprender las leyes inventadas por otros, al menos en sus pormenores y menudencias. Esto, parodiando la sentencia de Triboniano ó de no sé qué otro jurisconsulto, anterior á las Pandectas, sostenía D. Faustino que era carga más á propósito para muchos camellos que para un hombre sólo, y más siendo este hombre Alcaide perpetuo y Maestrante.
—¿Iré á Madrid á pretender un empleo?—se preguntaba D. Faustino. A esto no se oponía sólo lo ilustre de su nacimiento, el hábito de Santiago y la maestranza, sino el mismo título de Doctor, que D. Faustino y su madre tomaban por lo serio. ¡Qué vergüenza, qué degradación, pretender ó tomar un empleo de ocho ó diez mil reales, que era lo más que podían darle, é ir á confundirse y aun á quedar por bajo de tantos y tantos pelafustanes plebeyos, que sin ser doctores, ni maestrantes, ni alcaides perpetuos de ninguna fortaleza, disfrutaban de mucho más sueldo y de mayor categoría en las oficinas del Estado!
¿Aspiraría D. Faustino á entrar en la carrera judicial? Pero, ¿qué puesto obtendría, contando con favor y humillándose á pretender del Ministro? Una promotoría fiscal. A lo sumo, un juzgado. Esto era inaceptable. D. Faustino se resignaría á ser oidor, pero no podía ser menos. Para vivir en un lugar, bien estaba en el suyo, donde vivía en su casa solariega, y cerca del castillo de que era alcaide perpetuo, donde su nombre se respetaba, donde se acataban sus blasones, y donde, si los destinos del mundo no hubieran cambiado tanto, podría ejercer mero y mixto imperio, y ser, por delegación del duque, cuando no por derecho propio, señor de horca y cuchillo, pendón y caldera.
¿Se dedicaría D. Faustino á la literatura? Mucha afición tenía á esto; pero, ¿cómo ganar dinero con la literatura en España? D. Faustino, además, seguía sobre el particular la opinión de Alfieri, literato casi tan noble como él. El poeta que reviste la belleza ideal de una forma sensible, y el sabio que enseña la verdad severa á los hombres, no deben pensar en remuneración alguna; no deben tener Mecenas ni entre los próceres ni en el vulgo. Si buscan Mecenas, se exponen á caer en el servilismo, profanan el sacerdocio de las musas, degradan un magisterio sublime y convierten la misión de hierofantes en el bajo oficio de aduladores de los príncipes ó de las muchedumbres. Había que pensar también, si, aun allanándose á lisonjear el gusto de muchedumbres ó de príncipes, toparía el Doctor Faustino con algunas ó con algunos que quisieran leer y pagar lo que él escribiese. Esta duda la resolvía el Doctor prometiéndose escribir para un público eterno, sin atender á la corriente de la opinión, al gusto dominante en un momento dado, á la moda ó al capricho. Pero como el público eterno no paga, el Doctor decía, con Alfieri, que valía más ejercer un oficio mecánico para ganar pan, y escribir para alcanzar laureles inmortales, que no fundar en los escritos la menor esperanza de mejorar la situación económica.
Varias veces pensó el Doctor Faustino en meterse á periodista, tomándolo por aprendizaje y propedéutica de hombre de Estado y de literato á la vez; pero ¿cómo sujetarse á los antojos de un director, tal vez rudo, ignorante y necio? ¿Cómo un alcaide perpetuo, caballero del hábito de Santiago, con tantos ascendientes venerandos, con un árbol genealógico tan hermoso, y con mil otros títulos y distinciones, había de dejarse asalariar por cualquier zascandil que tuviese dinero para fundar un periódico y se dignase darle veinte ó treinta duros al mes para que escribiera lo que al periódico conviniera, ya que no le obligase á pasar algún tiempo de novicio (el Doctor se estremecía y horripilaba sólo de pensarlo), traduciendo el folletín, tomando de acá y de acullá noticias para compaginar el correo extranjero, ó recortando, armado de unas viles tijeras, sueltos y gacetillas de otros periódicos, y pegando con obleas en cuartillas lo recortado, á costa de la propia saliva, para mayor ignominia? El Doctor Faustino no era posible que fuese periodista tampoco.
En suma, la madre y el hijo se pasaron muchos meses cavilando, discurriendo y discutiendo qué podría ser, á qué podría dedicarse, para qué podría servir el Doctor Faustino, y no hallaban la solución de tan arduo problema. Ambos entendían, no obstante, que el Doctor servía y valía para todo, dándole dinero con que llegar. Esta especie de viático para el primer encumbramiento, esta peana indispensable para alzarse entre las turbas y hacer que resplandeciese el verdadero mérito, era lo difícil de hallar, así para el Doctor como para su madre.
No había medio, ó al menos era muy aventurado, que el Doctor Faustino se lanzase á Madrid, á la buena de Dios, sin ánimo de buscar en la redacción de un periódico, en una oficina ó en el estudio de un abogado alguna ayuda de costas mientras llegaba á personaje.
El caudal de los Mendozas hacía tiempo había menguado mucho. Don Francisco, con su desgobierno, le había disminuído más y le había empeñado.
Aunque D. Francisco había amado y respetado siempre á Doña Ana, sus pasiones de hidalgo, y su vanidad quizás, le habían arrastrado primero á tener relaciones con cierta ninfa á quien llamaban la Joya, y más tarde con otra ninfa á quien llamaban la Guitarrica. Ni la Guitarrica ni la Joya gastaron nunca brazaletes y collares de diamantes y de perlas, ni se vistieron con Worth, ni con la Honorina, ni con M. Augusto, ni anduvieron en coche; pero en cambio tuvieron ambas una dilatada parentela de padres, tíos, hermanos y primos, que ya sacaban aceite, ya vino, ya morcillas, ya lomo, ya trigo de la casa del ilustre mantenedor. La Joya, además, lo mismo que la Guitarrica, se vestían bastante bien para lo que en el lugar se usaba, y todo esto consumía la hacienda de D. Francisco.
Por último, habían costado caras y contribuido al atraso de la casa las mismas bizarrías de Don Faustino siendo estudiante en Granada, donde había tenido luneta en el teatro, y había jugado al monte y había perdido, y donde se había vestido en casa de Caracuel, haciéndose, no ya sólo fraques y levitas, sino vestidos de majo, y dos uniformes, uno de maestrante y otro de oficial de lanceros de la Milicia Nacional. Este último uniforme, sobre todo, había costado un ojo de la cara, por lo complicado y pintoresco. No le faltaban perfiles ni requilorios.
Cuando la expedición de Gómez, se había movilizado en Granada la Milicia, y á D. Faustino le había hecho el capitán general su ayudante de campo; de suerte, que el uniforme hasta portapliegos tenía, el cual iba pendiente de unas correas muy lustrosas. El charol del portapliegos era exquisito, y se veía uno la cara en su bruñida superficie. La multitud de cordones y bordados de oro no era de menos precio y elegancia, y el chascá polaco, con un plumero blanquísimo, y el sable truculento y la lanza con banderola, habían importado asimismo buenos dineros.
D. Faustino no estaba muy seguro de que ni este uniforme, ni el de maestrante de Ronda, ni los dos vestidos de majo que tenía, con chupa llena de caireles y marsellé remendado de mil colores, y botines de becerro, bordados por los más primorosos y prolijos presidiarios de Málaga, y zahones, y calzones de punto ajustados con dobles botones de muletilla, de la más rica filigrana de oro que en Córdoba se fabrica, fuesen vestimentas y galas de grande uso y provechoso efecto en las calles y reuniones de Madrid; pero de lo que sí estaba seguro es de que en estas cosas y con otras se había gastado la moneda, y ya había leído él en las obras de un profundo economista, y si no lo hubiera leído, lo hubiera adivinado, porque era hombre de muy agudo entendimiento, que la moneda es indispensable al hombre desde el momento en que el hombre vive en sociedad.
Esta necesidad de la moneda se aumentaba tratándose de ir á vivir en Madrid, donde todo cuesta un sentido, en comparación de lo que valen las cosas en los lugares, y donde D. Faustino López de Mendoza tendría que hacer su epifanía, como importaba al lustre de su apellido y á dos ó tres marquesas y condesas, amigas y parientas de su madre, que habían de recibirle como sobrino y presentarle en todos los salones aristocráticos.
Hubo ocasiones en que madre é hijo pensaron en que D. Faustino fuese á Madrid de incógnito, tomando un pseudónimo, hasta que hubiese más dinero, ó bien se viniese á descubrir quién él era por su mismo esplendor y por las bellas acciones ó escritos que hiciese ó compusiese; pero este arbitrio se abandonó por impracticable.
Ir á Madrid, sin ir de incógnito, era una temeridad, no yendo á pretender. El vino, principal riqueza de la casa de los Mendozas, estaba á peseta la arroba. ¿Qué menos podía gastar en Madrid D. Faustino, asistiendo en la sociedad comm’il faut, y viviendo con extraordinaria economía, que ochenta duros al mes? Pues bien; ochenta duros al mes suponen cuatrocientas pesetas, ó sea cuatro tinajas de vino, que importan al año cuarenta y ocho tinajas; cerca de cinco mil arrobas; la mar de vino, la cosecha entera de los mejores años, no habiendo oidium ni honguillo. Y si el señorito se lo gastaba todo en Madrid, ¿con qué se pagaban las contribuciones? ¿Con qué se hacían las labores? ¿Con qué se satisfacían los intereses del dinero tomado á rédito (al 20 por 100) sobre buenas hipotecas? Hic opus, hic labor est, según el profano.
A pesar de todo, el Doctor Faustino no se resignaba á no ir á Madrid, donde, echando pecho al agua y arrostrando y venciendo mil dificultades, se lisonjeaba de conquistar, ni él mismo sabía por qué caminos, gloria, posición y fortuna. La idea de que muchos hombres, con menos medios que él, se habían encumbrado, le estimulaba perpetuamente. No había género de ambición que el Doctor no tuviese. Andaba como toro picado del tábano.
En punto á oratoria esperaba ser un Demóstenes, no á la pata la llana y sencillote como fué el de Atenas, sino con todos los floreos que privan en nuestra edad, más retórica. En efecto, nadie había salido tan apto como él para imitar el estilo de su célebre maestro de práctica forense, que era el más poético orador de Granada. Mentira parece que acertase á adornar con tanta pompa y galanura la explicación de los procedimientos civiles y criminales. Sirva de muestra cuando decía: «Señores, el juicio civil ordinario es un cristalino arroyuelo que nace en la amena gruta del derecho de cualquiera persona, y se desliza con suavidad por apacible llanura, esmaltándola de flores y causando blando murmullo al quebrarse entre menudas guijas, hasta que llega á su término dichoso, fecundando con su riego el árbol de la justicia absoluta. Por el contrario, el juicio ejecutivo es un torrente impetuoso que, despeñándose de la escarpada cumbre, donde mora la inflexible obligación, todo lo arrastra en su rápido curso, hasta que baja á perderse en el hondo foso que circunda, ampara y hace inexpugnable el alcázar de la propiedad sagrada.» Cuando este señor hablaba en estrados era más elocuente todavía. Las exigencias del estilo didáctico no ataban entonces sus ímpetus ni abatían su vuelo, y se remontaba á las nubes, combinando diestramente lo metafórico con lo patético. En cierta ocasión, en que su cliente era un barbero, que antes había sido rico, atinó á expresarse así hablando de él: «Este desventurado, que en el naufragio de su fortuna tuvo que asirse á la dura tabla de su navaja;» con lo cual arrancó aplausos y hasta lágrimas. El Doctor Faustino, aunque de suyo no era muy propenso á tantos tropos y lindezas, se sentía capaz de eclipsar á su maestro, si en ello se empeñaba.
De poesía aun se le alcanzaba más al Doctor Faustino. Era aquélla la época del romanticismo, y el Doctor se había hecho romántico de los más furiosos. Casi todos sus versos eran desesperados y sujetivos; esto es, el Doctor hablaba siempre de sí. No había compuesto aún ningún poema ni ningún drama; pero podía reunir ya un par de tomos abultados de Fantasías, Meditaciones, Plegarias, Orientales y Fragmentos. Afirmaba que no hacía caso de la forma, y que, como verdadero poeta, sólo atendía al pensamiento y á la pasión; pero es lo cierto que hacía mil combinaciones raras y nuevas de rimas y de metros, y que á veces en una misma composición ponía versos de una sílaba, y de dos y de tres y hasta de veinte, y luego descendía hasta versos otra vez de una sílaba, lo cual les daba extraña lindeza esquemática, pues la composición venía á figurar un lenguado. El Doctor Faustino, no obstante, tenía un espíritu crítico y descreído que aun contra él mismo se volvía. Cierto que se juzgaba capaz de ser un sobrehumano poeta, un genio, y está dicho todo; pero los versos, ya escritos y realizados, se sometían á su propia crítica, con más facilidad que las tenebrosas profundidades de su alma; y, en honor de la verdad y del pobre Doctor, hemos de declarar aquí que dudaba mucho de que los versos fuesen buenos. A pesar de su romanticismo, había una sentencia de un clasicastro aborrecible, de Moratín hijo, que le estaba siempre zumbando en las orejas y acobardándole. La sentencia era: «¡Ay, amigo Pipí! ¡Cuánto más vale ser mozo de café que poeta ridículo!» El Doctor Faustino, por consiguiente, aunque parezca el caso inverosímil, no contaba para nada con sus versos; y los guardaba en cartera hasta que los hallase buenos con toda evidencia, ó hasta que tales los compusiese.
Sólo un verso, que él repetía á menudo entre dientes, tenía mérito singular, fuera de toda duda, porque reflejaba el estado de su cerebro.
¡Siento sobre mi frente arder el caos!
decía el verso espantable.
Había un caos de ideas y de pensamientos en aquella frente.
En ocasiones pensaba el Doctor que todo lo ignoraba; que no había estudiado, que había perdido su tiempo, y que era un mueble que no servía para nada, ni especulativo ni práctico. Pero con mayor frecuencia entendía al revés que no había cosa que él no supiese ó que no adivinase, y esto, en vez de alegrar su corazón, le afligía más aún.
—¿Con que no hay nada que yo no sepa? ¿Con que nada nuevo pueden enseñarme los libros? ¿Con que todo lo que leo, ó es un hecho insignificante, que lo mismo da saber que ignorar, ó es eco ó fórmula ó mera enunciación de lo que estaba ya en mi conciencia? Cada escritor pondrá en el orden que guste ó arreglará, según el método que quiera, sus doctrinas; pero yo me las sabía ya antes de leerlas en sus libros. De lo que no sé y de lo que anhelo saber es de lo que nada hallo en los autores.
Siempre que los pensamientos y cavilaciones del Doctor tomaban este rumbo; siempre que se juzgaba harto, saturado, repleto de ciencia humana, no estimándola en un pito, le entraban vehementísimos deseos de comunicar con otros seres superiores, á ver si sabían más que los humanos, y con su favor y auxilio acertaba él á penetrar en los misterios del mundo visible y del invisible.
El Doctor Faustino se juzgaba tan principal y tan noble, que no se explicaba el desdén de los espíritus, y se consideraba agraviado de que no comunicasen con él ni atendiesen y cediesen á sus conjuros.
No se crea por eso que el Doctor estuviese loco. Tenía momentos de exaltación, pero no de locura.
Al descender de sus puras especulaciones y al tocar de nuevo la realidad, se olvidaba de la magia porque no creía que hubiese ya un diablo tan estúpido que se dejase engañar como Mefistófeles se dejó engañar por Fausto, su semi-tocayo, proporcionándole gratis dinero, placeres, fama y buenos lances de amor y fortuna. Esto deseaba alcanzar, y para alcanzar todo esto no confiaba el Doctor ni en el diablo, ni en la magia, ni en la ciencia, ni en la poesía, sino en un arte vulgar que despreciaba, que miraba como indigno. No obstante, le daba rabia de dudar si le poseía ó no le poseía.
Para salir de esta duda, para hacer experiencia de sí mismo, queria el Doctor ir á Madrid. Villabermeja se le caía encima con todo su peso.
Hablaba entonces el Doctor con su madre y le comunicaba su propósito.
La prudente señora preguntaba siempre al Doctor:
—¿Qué plan llevas?
—Ninguno,—contestaba el Doctor.
—¿Quieres quizá dedicarte á la abogacía?
—Nunca.
—¿Ganarás dinero y posición como periodista ó como empleado?
—Tampoco.
—¿Ganan algo los poetas?
—Ignoro si soy poeta; pero no ignoro que los mejores poetas ganan poco ó nada.
—Para escribir, por otra parte—añadía Doña Ana,—alguna obra en prosa ó en verso, que haga tu nombre inmortal, lo mismo puedes escribirla aquí que en la corte.
—En eso no cabe duda,—tenía que contestar el Doctor Faustino.
—Pues entonces, quédate en Villabermeja. No abandones á tu anciana y cariñosa madre.
El Doctor se dejaba convencer á fuerza de ruegos y caricias. Reconocía que, de irse, se exponía á consumir en cinco ó seis meses todo su miserable caudal, quedándose luego á pedir limosna. Bajaba la cabeza y sonreía melancólicamente.
Cuando estaba solo decía entre sí:
—Vamos,—¿para qué sirvo? ¡Voto al diablo, que no sirvo para nada!
La madre también decía entre sí cuando se quedaba sola:
—Este hijo mío (no me engaña el amor de madre) es hermoso de alma y de cuerpo, elegante, gallardo; parece capaz de todo; pero ¡es tan raro! ¡es tan soñador! ¿Para qué sirve? Mucho me temo que para nada ha de servir, como no sea para ser su propio tormento.
III.
PLAN DE DOÑA ANA
Un año hacía que el Doctor se había graduado. Un año hacía que pensaba en ir á Madrid, y no iba por falta de dinero. Y un año hacía que, casi de diario, con variaciones y ampliaciones, pero con la misma substancia, se repetían el diálogo y los monólogos que acabamos de apuntar en el capítulo anterior.
La muceta, el bonete, la borla y demás insignias y vestimentas doctorales; el vistoso uniforme de oficial de lanceros, y el no menos vistoso de maestrante, descansaban en un armario, muy en peligro de apolillarse. Con los fraques y las levitas de Caracuel sucedía lo propio. Ni siquiera de majo se vestía el Doctor Faustino. No veía á nadie; descuidaba mucho, no el aseo, pero sí el exterior adorno de su persona, y andaba siempre con el traje menos doctoral y menos aristocrático que puede imaginarse: de chaquetón y de sombrero hongo, y en el invierno, envuelto en su capa.
Era el Doctor tan llano, tan amable, tan caritativo con los pobres, que le adoraba la gente menuda; pero los ricachos del lugar le aborrecían y procuraban burlarse de él. No los visitaba, no acudía jamás al Casino, y no había una entre todas las señoritas elegantes de Villabermeja que pudiera jactarse de haber oído un solo requiebro de sus labios.
Las hijas del escribano eran las que más le odiaban, porque eran las que presumían de más bellas y distinguidas. Eran las que gastaban más fantasía, valiéndonos de los términos mismo del lugar.
El escribano, llamado D. Juan Crisóstomo Gutiérrez, se había hecho muy rico con su profesión y dando dinero á premio. Rosita y Ramoncita, sus dos hijas, parecían dos princesas. Hacían venir vestidos de seda de Málaga y hasta de Madrid, y aparecían siempre en público con tanto entono y autoridad, que más tarde, cuando llegó á establecerse la Guardia civil, no hallando el pueblo nada más autorizado y venerable que un guardia de aquéllos, con su sombrero de tres picos de frente, dió á Rosita y Ramoncita el apodo colectivo de las Civiles, con el cual hasta ahora son designadas.
Las Civiles, pues, se desataban en sátiras contra el desdichado Doctor. Le llamaban el ilustre Proletario y D. Pereciendo; y en vista de lo poco ó nada que le valía el haber estudiado ambos Derechos, le llamaban también el abogado Peperri.
El Doctor no parecía jamás en el paseo público, que estaba en la plaza, sino que daba largos paseos á pie por los andurriales y vericuetos más solitarios, mostrando singular predilección por subir al cerro de la Atalaya, donde se conservaban aún los restos ruinosos de un torreón, desde el cual se oteaban los campos y se descubría mucho horizonte. Era aquel cerro tan estéril y pedregoso, que sólo producía algunas matas ruines de amarga retama, tomillo, gayomba y romero, lirios silvestres que brotaban en las hendiduras de los peñascos, otras flores moradas y de un sólo pétalo, que llaman por allí candiles, y sobre todo, multitud de esparragueras. Las Civiles dieron, con este motivo, otro título al Doctor, llamándole el Conde de las Esparragueras de la Atalaya.
No faltaba quien informase al Doctor de todas estas burlas; pero el Doctor permanecía invulnerable, sin procurar ganarse la voluntad de las Civiles con una sonrisa, sin dignarse siquiera tomar represalias y decir alguna burla contra ellas.
El Doctor vivía absorbido en sus tristes meditaciones, que eran de dos géneros principales: las meramente especulativas, y las que tenían un fin práctico.
En las meramente especulativas, prevalecía el pensamiento de que el Doctor lo sabía todo, ó sea de que la ciencia humana era vanidad, y de que, después de leer millares de libros, no estaría más avanzado que se hallaba entonces. Soñaba, pues, el Doctor con entrar en relación con los espíritus. Si él llegaba á conseguir esto, lo mismo le daba vivir en Villabermeja, que en París ó en Londres; desistía del empeño de ir á Madrid.
Mientras esto no se le lograba, y aún distaba mucho de logrársele, todos los apetitos, todos los estímulos, todos los deseos de un joven de veintitantos años, hablaban poderosamente al corazón del Doctor y le excitaban á ir á Madrid. Amor, ambición, sed de placeres, ansia de gloria y nombradía, duquesas bellísimas sonriéndole y amándole, salones espléndidos donde mostrarse, encantadores y misteriosos gabinetes donde penetrar para una cita por una puertecilla oculta debajo de un rico tapiz flamenco, aplausos de la multitud cuando él recitaba sus versos, que ya serían excelentes, ó cuando pronunciase un discurso, mejor que los de su maestro de Procedimientos; admiración de damas y galanes al verle muy gentil, haciendo trotar y hacer corvetas en el Prado á un caballo fogoso y magnífico: éstos y otros mil triunfos más se ofrecían con viveza á su imaginación y le sacaban de quicio. La maldita carencia de dinero derribaba tales castillos en el aire. El Doctor se juzgaba más infeliz que el príncipe Segismundo. Era más humillante, y por lo tanto más cruel, que el verse encerrado como una fiera por un padre rey y tirano, el sentirse detenido y confinado en Villabermeja por la plebeya inopia. El Doctor, ya en la soledad de su estancia, ya en la cumbre de la Atalaya, entre las esparragueras, cuyo dominio le concedían las hijas del escribano, recitaba, glosaba y comentaba con amargura las décimas de
Apurar, cielos, pretendo...
—¡Qué lástima—pensaba Doña Ana,—que este hijo mío no logre vencer sus sueños de ambición y no se resigne á vivir á mi lado! ¿Dónde hallará quien le quiera más que yo? ¿Dónde será más respetado y estimado que entre estos fieles y antiguos servidores de su casa, y aun entre todos los humildes y honrados jornaleros de Villabermeja? ¿Dónde le dirán con mayor efusión de cariñoso respeto, siempre que le vean pasar: «Vaya su merced con Dios, nostramo.»—«Dios bendiga á su merced, señorito?»—Un dulce y afable «A la paz de Dios, caballeros,» pronunciado aquí por mi hijo, le gana más voluntades que cuantas tal vez pueden ganarle todos los discursos, todas las poesías y todas las prosas que acierte á componer en Madrid.
—Además, ¿qué le falta aquí á mi hijo?—seguía cavilando Doña Ana.
Y en verdad que, en cierto modo, le sobraba razón.
La casa solariega, si bien en lo exterior parecía ruinosa y sombría, era por dentro espaciosa y cómoda.
Doña Ana moraba en las habitaciones altas. El Doctor, con toda independencia, en el piso bajo.
Allí había una sala con sillones hermosos y antiguos, de nogal, cubiertos de cuero labrado ó guadamaciles, y exornados con tachuelas de bronce; cuatro enormes cornucopias doradas; varios retratos al óleo de Mendozas ilustres; un árbol genealógico, pintado también al óleo; un brasero de reluciente azófar en el centro, y una mesa con búcaros y vasos de China.
Más en lo interior había otra sala sin más muebles que un tablado para tirar al sable y al florete y un trapecio para hacer ejercicios gimnásticos. En un rincón se veían sables de palo forrados de vendo, floretes, caretas de alambre, petos de estezado y guantes ó manoplas, y en otro rincón, unos zancos y dos balas de cañón, con asideros, para levantarlas á pulso.
La biblioteca y el gabinete de estudio del Doctor ocupaban otra tercera sala. Libros de distinta procedencia y carácter llenaban varios armarios de pino pintado. Los que trajo de Francia el endiablado Comendador Mendoza, que andaba penando en el desván, eran casi todos impíos: Voltaire, los enciclopedistas, etc. Los que sirvieron para la educación de Doña Ana, ó adquirió ella del clérigo francés, eran como el contraveneno de los libros del Comendador Mendoza. Allí estaban las refutaciones de Bergier y de otros contra los impíos de su época, y las obras de Fenelon, Massillon y Bossuet. Ni faltaban El hombre feliz, el Eusebio y El Evangelio en triunfo. Había en otro lado algunos libros de la carrera del Doctor, y grande abundancia de libros antiguos, castizos, españoles, desde las Epístolas familiares del Obispo de Mondoñedo, hasta los primores poéticos del cura de Fruime. Y completaban la biblioteca todas las obras de Medicina, Química y otras ciencias naturales, que el Doctor Faustino había comprado á la viuda de un médico muy estudioso, el cual había muerto del cólera en el lugar, el año de 1834.
En la alcoba donde dormía el Doctor había otro estante, que contenía á los poetas predilectos, desde Homero hasta Zorrilla, Espronceda y Arolas.
Pero aun había otro cuarto en que el Doctor permanecía más, sobre todo en invierno. Se llamaba este otro cuarto la cocina baja de los señores; no porque allí se guisase nada, sino por una gran cocina ó chimenea de campana, en cuyo fogón podía arder, y ardía con frecuencia, medio olivo, mucha pasta de orujo, y gavillas enteras de secos sarmientos.
La ancha losa, sobre la cual se quemaba tanto combustible, salía del muro más de una vara, y daba lugar, á un lado y otro, á dos rincones cómodos, donde había sillones de brazos, en uno de los cuales se pasaba el Doctor horas y horas escribiendo, leyendo ó meditando. En la pared había una alacena, cuya puerta caía como una mesa sobre dos gruesos palitroques, que también salían, ó más bien se apartaban de la pared, de modo que el Doctor se encontraba en el rincón de la chimenea como sentado en su bufete. No tenía más que sacar de la alacena y poner sobre la mesa los papeles, el tintero y los libros.
En el sillón de enfrente solía venir á sentarse Doña Ana para conversar con su hijo. Y los viejos podencos, galgos y pachones acababan á veces de cerrar el círculo y completar la tertulia, sentados sobre los cuartos traseros en torno del hogar.
No carecía esta cocina de cierto encanto entre rústico y señoril. El escudo de los Mendozas estaba esculpido en piedra sobre la campana de la chimenea. En un lienzo de pared descansaban sobre repisas cinco jaulas con perdices cantoras. En otro lienzo se veían muy bien colocadas escopetas y otras armas, como pistolas y cuchillos de montería. En varias partes, por último, había cabezas de venados, zorros, lobos y garduñas, que por lo mismo que estaban mal disecadas, parecían y eran verdaderos trofeos de caza, y no vano ornato comprado en alguna tienda.
Poseyendo y disfrutando todo esto, ¿por qué se obstinaba el Doctor en ir á Madrid? ¿En qué pícara casa de huéspedes viviría con más decoro y anchura?
En cuanto al regalo del pico, poco ó nada tenía que envidiar tampoco, á pesar de su pobreza. Sin ir al mercado, había en casa de todo, merced á la crianza y labranza: buen vino añejo en la bodega; exquisitos jamones, morcillas, chorizos y salchichas, lomo en adobo, pajarillas y otros mil artículos de matanza, condimentado todo por Doña Ana; un palomar de palomas de pueblo en la torre de la casa solariega, y otro palomar de zuritos en la casería; doce colmenas en la misma casería, que rendían tributo de miel olorosa; frutas á manta, y un corral lleno de conejos, gallinas, pavos y patos que se alimentaban con las echaduras del trigo y otras semillas.
Todo esto, á pesar de las dudas y miserias de la casa, podía sostenerse aún, gracias al arreglo, orden, vigilancia y severa economía de Doña Ana, que no había cosa de que no cuidase.
Allí no había mueble antiguo que se hubiese arrumbado, ni colcha de damasco que se hubiese roto, ni sábana, mantel ó toalla que no se zurciese y durase con notable aseo.
Doña Ana cuidaba mucho de la ropa blanca y la tenía muy en orden, sahumada con alhucema.
El Doctor Faustino, sin embargo, quería irse á buscar aventuras.
Todo un invierno estuvo meditando Doña Ana. Luego escribió varias cartas y sostuvo una correspondencia, sin decir nada á su hijo. Al cabo, una noche, cuando ya había llegado la primavera, estando madre é hijo á solas en el salón de los sillones antiguos, de los retratos y del árbol genealógico, Doña Ana se explicó de esta suerte:
—Estáme atento, hijo mío, pues voy á hablarte de un asunto de suma importancia.
El Doctor prestó la atención más respetuosa; y sentados ambos en un ángulo de la gran sala, prosiguió hablando la madre:
—Harto advierto y deploro que eres infeliz con esa vida que llevas. Aquí hay tranquilidad y algún bienestar; pero te faltan objetos que satisfagan tu ambición, tu sed de gloria y hasta tu amor. No me quejo de tí porque quieras abandonarme é irte á Madrid. Nada más natural. Pero tú mismo convienes en que sería demencia irte á Madrid sin un real, como se va cualquier aventurero. Dicen en este lugar la pobreza no es deshonra, pero es un ramo de picardía, con lo cual enseñan que la dura necesidad obliga á veces, hasta á los hidalgos y bien nacidos, á hacer bajezas en que yo no quisiera que incurrieses nunca. Por eso he buscado un medio de que vayas á Madrid, sin exponerte á vivir allí como un perdido, ó sin acabar de arruinarte.
—¿Y cuál es ese medio?—preguntó el Doctor Faustino, todo alborozado.
—Voy á decírtelo—contestó la madre.—Ya sabes que en la ciudad de..., distante de aquí catorce leguas, vive mi prima queridísima, Doña Araceli de Bobadilla. Aunque tiene más de sesenta años, la siguen llamando la niña Bobadilla, porque nunca ha querido casarse, no habiendo hallado sujeto de su condición en quien emplear su voluntad y á quien dar su mano. Tu tía Araceli vive con bastante desahogo en una hermosa casa. En su pueblo va á haber bailes, toros y otras diversiones, con motivo de la feria, que será dentro de una semana, y Araceli te convida á que vayas á su casa á ver la feria y á pasar el tiempo que quieras.
—¿Y qué voy ganando yo con ver la feria y estar de huésped en casa de la niña Bobadilla?