LAS ILUSIONES
DEL DOCTOR FAUSTINO
JUAN VALERA
———
NOVELAS
Las Ilusiones
del Doctor Faustino
II
OBRAS COMPLETAS
TOMO VI
—————
Es propiedad.
Derechos reservados.
—————
| [AL ÍNDICE] |
XV.
LA TERTULIA DE LOS TRES DÚOS
Respetilla se apresuró á poner en conocimiento de Rosita que su amo iría aquella misma noche de tertulia á su casa. No podía dar á Rosita más agradable nueva.
Rosita, soltera, con más de veintiocho años, sin haber hallado nunca en el lugar hombre á quien sujetar su albedrío, dominando despóticamente en su casa, mil veces más libre y señora de su voluntad y de sus acciones que una reina no constitucional, no se aburría, porque su actividad y la energía de su carácter no eran para que se aburriese, pero se divertía poquísimo; asistía á la vida como quien asiste á la representación de un drama que le parece tonto y cuyos personajes no le interesan.
Era Rosita perfectamente proporcionada de cuerpo; ni alta ni baja, ni delgada ni gruesa. Su tez, bastante morena, era suave y finísima, y mostraba en las tersas mejillas vivo color de carmín. Sus labios, un poquito abultados, parecían hechos del más rojo coral; y cuando la risa los apartaba, lo cual ocurría á menudo, dejaban ver, en una boca algo grande, unas encías sanas y limpias y dos filas de dientes y muelas blancos, relucientes é iguales. Sombreaba un tanto el labio superior de Rosita un bozo sutil, y, como su cabello, negrísimo. Dos obscuros lunares, uno en la mejilla izquierda y otro en la barba, hacían el efecto de dos hermosas matas de bambú en un prado de flores.
Tenía Rosita la frente pequeña y recta, como la de la Venus de Milo, y la nariz de gran belleza plástica, aunque más bien fuerte que afilada. Las cejas, dibujadas lindamente, no eran ni muy claras ni muy espesas, y las pestañas, larguísimas, se doblaban hacia fuera, formando arcos graciosos. El conjunto de todo expresaba una mezcla de malicia, soberbia, imperio, alegría, ternura y deseo de amor, imposible de describir. Ojos negros y ardientes, lánguidos á veces, á veces activos y fulmíneos como dos ametralladoras, iluminaban aquella movible fisonomía.
Ramoncita, la otra hija del Escribano, era blanca, no tenía lunares, tenía la boca pequeña, era más alta que Rosita, y pasaba también por más guapa; pero ni en media docena de años revelaba Ramoncita, ni al alma ni á los sentidos, lo que Rosita en un momento. Rosita, sólo con mostrarse, daba idea de la gloria y del infierno; Ramoncita, del limbo.
Aunque Rosita tuvo tentación de adornarse un poco más que de costumbre para recibir á don Faustino, vencida la tentación por su orgullo, aguardó la llegada del nuevo visitante con el mismo traje de percal, con el mismo pañuelo de seda al cuello y con el mismo peinado que de costumbre. Ni siquiera renovó las rosas que tenía en el pelo desde por la mañana y que estaban marchitas. No hizo más que lo que hacía todas las noches antes de acudir á la tertulia; limpiarse los dientes, que ella cuidaba mucho, y lavarse las manos, que, por andar con las llaves de la despensa ó contando el dinero, ya para recibirle, ya para pagar á los trabajadores, requerían este cuidado en mujer tan pulcra. Conviene advertir, sin embargo, que ni las manos ni la cara de Rosita se echaban á perder fácilmente con las faenas caseras, con el aire del campo y de los corrales y con andar por las despensas y las bodegas. Rosita no era un ser delicado, era una hermosura de bronce.
El Doctor, acompañado de Respetilla, cumplió su palabra, y entró, poco después de las nueve de la noche, de tertulia en casa de las Civiles. Rosita, Ramoncita, la confidenta y acompañanta Jacintica, y el futuro médico, hijo del boticario, componían toda la reunión.
La conversación fué general durante diez ó doce minutos; pero languidecía cada vez más, por la visible propensión de D. Jerónimo, el hijo del boticario, á tener apartes con Ramoncita, y la no menos visible de Respetilla á entonar un dúo con Jacintica la viuda.
Esta propensión prevaleció al cabo; se apoderó de los ánimos de Rosita y del Doctor, y al cuarto de hora de estar el Doctor en la sala baja, alumbrada por un esplendoroso velón de Lucena, se habían ya formado insensiblemente tres grupos naturales. En un rincón estaban Ramoncita y don Jerónimo, charlando en voz baja; en otro rincón Respetilla y Jacintica, y en otro rincón, por último, se quedaron Rosita y D. Faustino, hablando con tanta confianza y de asuntos tan íntimos como si toda la vida se hubiesen tratado.
—Nada, Sr. D. Faustino,—decía Rosita,—conviene que cada cual se conforme con su suerte. Este lugar es un corral de vacas... convenido; pero... ¿dónde irá V. que más valga y menos gaste? Viviendo V. aquí tres ó cuatro años, si hay dos ó tres de buenas cosechas, podrá desempeñar su caudal y ponerse á flote. Ya desempeñado, y con el crédito de su ilustre apellido y de su mucho saber, tal vez no sea difícil que elijan á usted diputado. Así fuesen como Villabermeja los demás pueblos del distrito. Aquí manda mi padre, y, por consiguiente, mando yo. Si la ocasión se presentase y hubiese con quien contar en los otros pueblos, aquí volcaríamos el puchero en favor de usted. De este modo iría V. á Madrid como debe ir. Entre tanto, siga V. en sus estudios, escriba, medite, aumente sus conocimientos; pero no sea tan huraño. El arco no ha de estar siempre tendido. Bueno es que tenga el alma sus ratos de solaz y esparcimiento. Véngase V. por aquí, y charlaremos y seremos excelentes amigos. Yo no soy ninguna sabia, y sólo podré decir á V. cosas vulgares; pero tengo recto juicio y acertaré á dar á V. buenos consejos, y tengo además el genio tan alegre, que si logro no fastidiar á V., no hay término medio, he de lograr también disipar sus melancolías y ponerle regocijado, con el regocijo rústico y lugareño que por acá se estila.
—¿Cómo había yo de imaginar, querida Rosita—respondió D. Faustino,—que había de tener en usted una amiga tan buena? No llegaban á mis oídos sino las burlas que V. hacía de mí. Tenía miedo de presentarme á V. No debe V. tildarme de huraño.
—Es verdad—replicó Rosita,—estábamos mal informados. Nos estimábamos sin saberlo; y como no nos conocíamos, trocábamos en odio el afecto, y nos hacíamos la guerra. Ahora, que nos conocemos, se trocará el odio en amistad. ¿No es así?
—Por mi parte, yo no la odié á V. nunca. Ahora, que la conozco, la quiero mucho.
El Doctor cogió la mano de Rosita y la estrechó cariñosamente.
El diálogo entre el Doctor y Rosita prosiguió en el mismo tono afectuoso, prometiendo el Doctor acudir todas las noches á aquella tertulia de los tres dúos.
El Doctor estaba contentísimo de la franqueza, bondad y rapidez con que Rosita intimaba con él. Un recelo, no obstante, le atormentaba algo. ¿Pretendería Rosita que él fuese su novio, y cambiaría en mayor aborrecimiento la nueva amistad cuando en el pueblo se divulgase que él la visitaba, y Rosita se convenciese de que D. Faustino López de Mendoza no aspiraba á casarse con ella?
Movido por este recelo dijo el Doctor á Rosita:
—He dicho que vendré aquí todas las noches, sin reflexionarlo bien. Para mí no puede haber cosa de mayor gusto; pero ¿qué dirán en el lugar? ¿No comprometerán á V. mis visitas?
La hija del escribano soltó una carcajada, enseñando todos los blancos dientes de su fresca boca.
—No se apure V.—dijo,—que yo no tengo miedo de compromisos. Digan lo que quieran en el lugar, yo no temo perder mi colocación. Tengo veintiocho años cumplidos, y no me he casado porque no he querido ni quiero casarme. Soy libre como el aire y sé lo que me importa hacer, y hago lo que quiero. Á nadie tengo que dar cuenta de mi vida más que á mi padre, y mi padre no me la pide. ¡Bueno fuera que, siendo mayor de edad, reina y señora de mi casa, no pudiese yo tratar y hablar con quien me gusta!
El con quien me gusta fué acompañado de una mirada muy amorosa de aquellos ojos de fuego. Rosita, que era tan soberbia como apasionada, añadió después, deseosa de que el Doctor no temiese que ella aspiraba á casarse con él:
—¿Pues qué, no podremos V. y yo ser amigos, y charlar y reir y hacernos compañía en estas soledades, por miedo de que murmuren? ¿Con quién hemos de hablar, si no hablamos el uno con el otro? Las mujeres que como yo, llegan á los veintiocho años, pasan de la flor de la juventud á la edad madura, y no han querido casarse, ni han tenido novio, ni han tenido coqueteos siquiera, me parece que tienen derecho á que se las considere y respete. No faltaba más sino que yo no pudiese hablar con V. con frecuencia, á fin de evitar que dijese algún tonto que anhelaba yo enlazarme á la noble familia de los López de Mendoza.
—Y ser Condesa de las Esparragueras de la Atalaya,—dijo el Doctor riendo.
—Y no es mal título—respondió Rosita, poniéndose colorada de que el Doctor aludiese á su burla, pero recobrando al punto la serenidad:—además, que para titular no le faltan á V. tierras más productivas y de más bonito nombre. Y en todo caso, mi padre tiene la Nava, Camarena y el Calatraveño, que se prestan á ser títulos, como otras fincas de las mejores. Pero no pensemos en necedades. No titulemos ni contraigamos matrimonio. Seamos dos amigos leales que se quieren bien. Seamos Faustino y Rosita. Olvídese V. hasta de que soy una mujer. Yo lo tengo olvidado hace tiempo. Míreme V. bien: vestida de percal; despeinada casi; con estas rosas ajadas y marchitas—y se las arrancó de un tirón;—con esta facha de mayordomo, de aperador ó de ama de llaves. Vamos, ¿qué pretensiones he de tener yo con esta facha?—y Rosita se puso en pie, riendo, y dió una vuelta para que el Doctor mirase el descuido de su traje y su completa ausencia de adorno y coquetería. Luego prosiguió:
—Varias veces hemos hablado de V. Respetilla y yo, y hemos decidido que V. es un penitente del diablo. En esto nos parecemos. Yo soy una penitente por el mismo estilo. Salvo que no soy tan seria. Yo me río como una loca, hasta de mi penitencia.
En efecto, el Doctor miró detenidamente á Rosita, y vió que tenía razón. No había en ella el más ligero asomo de coquetería ó de estudio, ni en el vestido ni en el peinado. No había más que la salud y el aseo. Parecía, como ya se ha dicho, una estatua de bruñido bronce. La intemperie no había ajado ni sus manos ni su cara, que tenían algo de la pátina que da el sol de Andalucía á las columnas y á otros monumentos artísticos. Su cuerpo, sin corsé ni miriñaque, se dibujaba bajo los pliegues del percal, tan gallardo y airoso como el de Diana cazadora.
—Todo cuanto ha dicho V.—contestó el Doctor,—me parece la discreción misma. Sólo hay un mandato, pues sus insinuaciones son mandatos para mí, que creo que no podré cumplir.
—¿Y cuál es ese mandato?
—Que me olvide de que es V. mujer. Ese es un mandato imposible. Es V. mujer, y mujer muy bonita, y V. misma lo siente y lo sabe.
Las rosas marchitas que Rosita había arrancado de sus cabellos y tirado al suelo, estaban entre las manos del Doctor.
—Estas rosas—dijo,—más bien que de haber sido cortadas, se han marchitado de envidia de esa cara tan graciosa. Yo las he de guardar como recuerdo.
—¡Qué bobería!—dijo Rosita.—¿Para qué ese recuerdo? ¿No vamos á vernos diariamente?
—Sí; pero ¿y de día? ¿Y cuando no nos veamos?
—Dé V. acá esas cosas—dijo Rosita; y se las arrancó al Doctor de entre las manos y las echó muy lejos de sí.—Para recuerdo, ya que V. necesita recuerdo á fin de no olvidarme, yo le daré otro mil veces mejor.
Abriendo, al decir estas palabras, un poco el pañolito de seda que tenía sobre el pecho, metió la mano Rosita y sacó un escapulario de la Virgen del Carmen que llevaba pendiente y oculto en aquel sitio.
—Tome V. este escapulario y guárdelo como recuerdo mío. Está bordado por mí y bendito por el señor Obispo. Bese V.
Y le puso el escapulario en la boca para que le besase.
El Doctor le besó con la mayor devoción, notando que conservaba aún el grato calor de quien se le daba.
En estos coloquios se pasó el tiempo hasta que dieron las once.
Jacinta, auxiliada por Respetilla, sirvió entonces la cena á los cuatro señoritos, echando los manteles sobre una mesa que había en medio de la sala, y trayendo cubiertos, vasos y una limeta de vino añejo. La cena consistía en un plato de lomo de cerdo, conservado en manteca y bien aliñado, y en otro plato de espárragos trigueros en salsa, con huevos estrellados encima. De postres, higos, pasas, peros y arrope.
En la cena reinó la mayor alegría; la conversación volvió á ser general; la limeta, que era de cristal y triple que una botella ordinaria, se fué quedando vacía; y ya cuando los señoritos estaban en los postres, Jacintica y Respetilla se sentaron patriarcalmente en la misma mesa y dieron fin de cuanto había quedado.
Á poco volvió de arrullar á su tórtola el Escribano y rico propietario D. Juan Crisóstomo Gutiérrez; y alegrándose mucho de ver á sus hijas en tan buena compañía, hizo mil cumplimientos al Doctor Faustino.
Á las doce terminó la tertulia, y se retiró el Doctor á su casa, seguido de Respetilla, su escudero.
Durante seis noches más siguió el Doctor acudiendo á la casa, cenando con las hijas del Escribano, y formando con Rosita uno de los tres dúos en que la tertulia estaba dividida.
En la séptima noche, nos permitiremos oir parte del coloquio entre Rosita y D. Faustino. Poco antes de las once, hora de la cena, hablaban ambos de este modo en un rincón de la sala:
—Ya que te empeñas, te tutearé—decía Rosita:—pero soy tan distraída, que temo que he de tutearte en público. ¿Qué dirá entonces la gente? Vaya, que digan lo que digan. Yo te tuteo..... ¿Y el escapulario, le llevas siempre?
—Aquí le llevo—contestó el Doctor,—sobre el pecho, por debajo de toda la ropa.
—¿Me quieres mucho?
—Con toda el alma.
—Mira, Faustino, querámonos así; pero no nos preguntemos cómo nos queremos. Hay un encanto en quererse sin saber cómo, que se desharía si nos obstinásemos en definir este afecto. ¿Es amistad? ¿Es amor? ¿Qué es?
—Es todo. Es algo de indefinible y poético—contestó D. Faustino.—Ignoro cómo te quiero, pero sé que te quiero.
—Pues abandonémonos á ese sentimiento indefinible, sin averiguar lo que sea en lo presente—dijo Rosita,—sin preveer á dónde nos lleva en lo porvenir. ¿No hemos convenido en que somos dos ermitaños, aunque algo diabólicos; dos penitentes de extraña condición? Pues bien: yo he oído contar de otros dos penitentes que se encontraron una vez en un frondoso bosque, desierto y florido, por donde corría un río de claras ondas. Atada á la margen estaba una ligera y frágil barquilla. Los ermitaños tuvieron el valor de embarcarse, de desatar la barquilla y de abandonarse á la corriente, sin saber á dónde los llevaba.—¿Sabes á dónde fueron?
—¿Pues no lo he de saber?—respondió el Doctor.—Fueron al Paraíso terrenal. El querubín que le guarda con una espada de fuego, ó estaba dormido ó los quería bien, y no se opuso á su entrada, y entraron, y se regalaron allí como unos bienaventurados que eran.
—Veo que sabes la historia lo mismo que yo.
—Y dime, Rosita, ¿por qué no hemos de tener igual valor y confianza que los otros ermitaños? ¿Por qué no nos hemos de embarcar en la barquilla y dejarnos llevar de la corriente?
—Allá veremos—replicó Rosita.—Eso es para pensado. Por lo pronto no estamos mal. Nos hallamos en el bosque frondoso, en el florido desierto, á orillas del río de ondas claras. ¿No es ya bastante regalo? ¿No te contentas? Anda, ermitaño insaciable, ten calma. Oye cantar los pajaritos en el bosque, contempla las florecillas, sueña arrobado mirando cómo va corriendo el agua con manso murmullo, coge alguna campanilla ó violeta de las que brotan á la orilla del río, y no pienses aún en lanzarte á la navegación, ni pidas Paraíso, como quien no pide nada. Pues qué, ¿vale tan poco lo presente? El Paraíso mismo, ¿no tiene precio, para querer llegar á él sin más ni más? Y el querubín, ¿no podrá oponerse á que entremos?
—No hay más querubín que tú. Tú eres á la vez ermitaño, querubín y Paraíso.
Á este punto llegaban, cuando Jacintica los interrumpió, llamándolos á la cena, que estaba ya dispuesta. La conversación tuvo que hacerse general. Aquella noche fué más animada que nunca. Jacintica y Respetilla se sentaron á la mesa sin ceremonia, poco después de los señoritos. Hubo gran tiroteo de chistes y de bolitas de pan. Respetilla, que tenía mil habilidades, lució algunas de ellas: cantó como el gallo, ladró como el perro, maulló como el gato, zumbó como la abeja y la mosca, rebuznó como el burro, é imitó los brincos y movimientos de la rana y del mono. Jacintica, que remedaba muy bien á las personas, puso en caricatura á varias de las más conocidas en el lugar. Hasta D. Jerónimo, aunque era formalísimo, se salió algo de quicio, y procuró contar dos ó tres cuentos; pero todos eran sabidos, y, como por allá se dice, se los espachurraron con alboroto y risa. Rosita, por último, viendo á todos tan amenos y alegres, y considerando que estaban en el mes de Mayo, propuso una expedición á la magnífica casería que tenía su padre en la Nava.
Los tertulianos aprobaron y aplaudieron con frenesí.
—Iremos mañana mismo,—dijo Rosita.—Estas cosas, si se retardan, no se hacen. Saldremos de aquí á las tres. Á las tres de la tarde, todos á caballo, á mulo ó á burro, en la puerta de casa.
—No faltaremos,—contestó el Doctor.
—No faltaremos,—repitieron los otros.
Cuando llegó, á poco, el Escribano, Rosita le dió parte del proyecto, y el Escribano le aprobó.
—Claro está, papá—añadió Rosita,—que tú vendrás acompañándonos.
—Pues ¿cómo había de ser de otra suerte?—dijo D. Juan Crisóstomo.
—Iremos—prosiguió Rosita,—todos los que estamos aquí, y además, papá me permitirá que yo convide á una amiga mía.
—Haz como quieras.
—Pues, entonces convidaré á Elvirita, y seremos ocho. Buen número, ¿no es verdad?
—¡Buen número!—exclamó Respetilla.—No hay más que pedir. ¿Qué mejor apaño?
Con estas profundas y filosóficas exclamaciones de Respetilla terminó cuanto de importante se dijo aquella noche en la tertulia de los tres dúos, y los tertulianos se separaron hasta el día siguiente.
XVI.
EL PARAÍSO TERRENAL
Alguien pensará quizás que, estando de por medio los amores poéticos del Doctor con su inmortal amiga, había mucho de profanación y de miseria humana en enredar con Rosita, la hija del Escribano usurero, otros amores bastante vulgares. El Doctor pensaba lo mismo, sobre todo cuando no estaba bajo la influencia de Rosita. Cuando hablaba con ella, era el Doctor hombre perdido. Desde la cumbre serena y clara de las sublimes especulaciones se precipitaba y hundía en un abismo tenebroso.
¿De qué le valía meditar teóricamente en las cosas eternas, en lo permanente y absoluto, en el origen, destino y último fin de lo creado, si en la práctica venía á caer en ser un camarada de Respetilla y de D. Jerónimo, con quienes hacía no ya partida cuadrada, sino partida cúbica ó casi cúbica?
No pocas razones hallaba el Doctor para disculparse, algunas de las cuales no estará de más consignar aquí. María, la amiga inmortal, era sin duda una mujer que le amaba de un modo noble; pero el Doctor, en vista de que ella misma se había descubierto y se había mostrado sin ningún prestigio de elevación y tan envuelta en la realidad impura, no podía convertirla en una como diosa, en un símbolo de todo lo santo y lo bueno: no podía hacer de ella lo que Dante de Beatriz y Petrarca de Laura. Exigir además amor exclusivo y fiel, aun siendo posible el endiosamiento del ser amado, era empeño superior á nuestra condición terrenal, ocultándose como el ser amado se ocultaba. El propio Dante había tenido mil prosaicos extravíos, á pesar de Beatriz, y Petrarca, á pesar de Laura, no se había descuidado tampoco.
El Doctor, por otra parte, aunque amaba lo ideal, no estaba muy seguro de lo que fuese, porque de nada estaba seguro.
—Si lo que amo y quiero amar está abstraído, sacado por mí de lo real, como si fuera una esencia ó un espíritu destilado ó más bien evaporado en el alambique del entendimiento, cierto que sería un absurdo dejar la realidad y la substancia por la apariencia, el vapor y la sombra. Ello es que no acierto á concebir nada más bello que la forma de una mujer bella. Si quiero poética ó artísticamente representarme á una diosa, á una ninfa, á una sílfide, á la religión, á la filosofía, tengo que darle forma de mujer. Verdad es que le quito imperfecciones y que le añado bellezas, que las mujeres que he visto tal vez no tienen; pero, en lo esencial, lo que me represento es una mujer. Luego la forma, el ser de la mujer es lo más hermoso, deseable, poético y artístico que puede concebir y amar el hombre.
En cuanto á las perfecciones y á las imperfecciones, también había mucho que dilucidar. El Doctor abrió una vez el libro del orador romano, De natura deorum, donde se toca magistralmente este punto, y halló que hasta los lunares de Rosita pudieran pasar por divinas perfecciones. El poeta Alceo estuvo perdidamente enamorado de un lunar: ¿por qué no había él de enamorarse de dos lunares?
Hechos estos estudios filosóficos, el Doctor, si bien creyó ver en el retrato de la coya ciertas miradas severas, desechó los escrúpulos que le asaltaban y se decidió á imitar á su modo al ermitaño de la leyenda, entrando en la barquilla y dejándose llevar de la corriente.
Doña Ana sabía ya las visitas de su hijo en casa del Escribano, y estaba contrariada; estaba como sobre ascuas. Era duro exigir de un joven que se enterrase en vida, que no tratase con nadie. De tratar con alguien en Villabermeja, era evidente que lo más comm’il faut, la high life legítima, el verdadero mundo fashionable residía en la tertulia de las Civiles. Y, sin embargo, Doña Ana (tan cogotuda la había hecho Dios) se avergonzaba de que su hijo cenase con las Civiles y las tratase familiarmente, y se asustaba previendo mil compromisos y enredos. Algo de esto expuso á su hijo con notable circunspección y prudencia; pero todo fué inútil. Á la hora convenida, el Doctor, caballero en su jaca, y Respetilla en su mulo, estaban á la puerta de las Civiles para ir á la gira campestre.
Rodeada de multitud de chiquillos, salió y se puso en marcha la expedición. El Escribano y don Jerónimo iban en sendas mulas con aparejos redondos. Rosita á caballo, á la inglesa, con traje de amazona hecho en Málaga. Y por último, Ramoncita, Elvirita y Jacintica iban en burros con jamugas. Resultaba, pues, que Rosita y el Doctor, que iban al lado la una del otro, parecían los reyes de aquella pompa, y los demás el séquito ó comitiva. Aquello era lo que vulgarmente se titula dar una gran campanada. El lugarcillo se alborotó. Todas las mujeres salían á las ventanas para ver pasar á las Civiles y al Doctor Faustino, que desempedraban las calles. Se diría que era el triunfo de Rosita, que iba luciendo á su cautivo enamorado.
Durante todo el viaje Rosita fué delante siempre con el Doctor al lado, el cual le daba la derecha, mientras la anchura del camino lo consintió.
No hacía ni calor ni frío. El tiempo era hermosísimo.
Por medio de viñas y olivares fueron subiendo la falda de uno de los cerros que tanto limitan el horizonte bermejino. Á la media legua no se veía á un lado y otro ni planta ni hierba alguna, sino piedras enormes. El cerro, casi como cortado á tajo, era una masa de áridos peñascos, sin capa vegetal. Formando mil revueltas, se prolongaba el camino, que más que camino pudiera calificarse de escalera. Sólo caballerías muy acostumbradas, como las de que se servían nuestros expedicionarios, podían ir por allí sin venir al suelo y derrocar á los jinetes.
Cerca de una hora duró esta ascensión dificultosa. El horizonte iba extendiéndose á medida que subían. Al rayar en lo más alto, se descubrían desde allí provincias enteras, iluminadas por un sol refulgente, y claras y distintas, merced á la transparencia del aire, limpio de nieblas y nubes. Se veían en lontananza Sierra Morena, al Norte; hacia el Oriente, el picacho de Veleta, cubierto de nieve, y la serranía de Ronda hacia el Mediodía. Dentro de estos límites, poblaciones blancas y alegres, caseríos, huertas, viñedos, ríos y arroyos, bosques de olivos y encinas, santuarios célebres en las cimas de varios cerros, y muchísimos sembrados, que verdeaban entonces con todo el esplendor de la primavera.
—¡Bendito sea Dios!—exclamó Rosita.—¡Qué vista tan hermosa!
—Yo no veo más que á tí—contestó el Doctor.—¿Para qué buscar la hermosura remota cuando la tengo á mi lado? En tí se cifra todo lo mejor de la tierra y del cielo. ¿Para qué cansar la mirada y la mente recogiendo la belleza difusa, y para qué abarcar tanto espacio y cuadro tan extenso al concebirla toda, si la tengo en tí en compendio y resumen?
—Cállate, lisonjero, mentiroso; cállate, que me voy á volver tonta y presumida con tus elogios. ¿Ves todos esos campos? ¿Ves todas esas tierras que desde aquí se divisan? Pues en verdad que nada de por sí vale tanto como la Nava, á donde pronto vamos á llegar. El verdadero Paraíso terrenal está en la Nava.
—Donde quiera que estés tú, estará para mí el Paraíso.
Entre el Doctor y Rosita se cruzaron estas pocas palabras en un momento en que pudo el Doctor aproximarse á ella. Casi siempre, durante la subida, tenían que ir uno en pos de otro, pues la senda no tenía anchura para más, y aspirar á ir dos en fondo por allí hubiera sido exponerse á bajar derrumbados.
Respetilla, que iba detrás de Jacintica, como no podía tener apartes con ella, se distraía cantando coplas de playeras muy amorosas. En todo era Respetilla jocoso, menos en esto de cantar las playeras. Las cantaba con mucho sentimiento. Era un gemido prolongado que ansiaba llegar al cielo; era un suspiro melodioso que traspasaba los corazones. Así iba cantando entre otras coplas:
Cuando yo me muera
Dejaré encargado
Que con una trenza
De tu pelo negro
Me amarren las manos.
Esta oración jaculatoria, esta melancólica saeta hería sin duda el alma de la divinidad á quien se dirigía, que no era otra sino Jacintica; mas no por eso dejaba de agradar á los demás oyentes. No hay nada que, en medio del campo, en la soledad de un camino, cuando se va andando paso á paso, tenga mayor hechizo que una copla de playeras bien cantada.
Por último, llegaron todos á lo alto. Un hermoso espectáculo se ofreció entonces á sus ojos.
Aquellos peñascos áridos y desnudos se diría que forman como un enorme vaso lleno de la tierra más fértil. La Nava es una meseta que tendrá por la parte más ancha dos leguas de extensión. Por unos lados se sube á la meseta desde terrenos más bajos; por otros, se levantan soberbios montes, desde donde descienden varios arroyos abundantes, que fertilizan aquel lugar delicioso. En las laderas, que se inclinan hacia la Nava, hay viñas, almendros, acebuches y encinas; en la misma Nava, prados cubiertos de hierba y de mil géneros de flores silvestres. Los arroyos se han abierto cauce, al parecer sin que intervenga la mano del hombre, y en sus orillas y cerca de sus orillas se han formado sotos frondosos, donde resplandecen los alisos, los álamos blancos y negros, los fresnos y los mimbrones. Cuando un arroyo hace remanso, crecen los juncos, las espadañas y la juncia; y por todas las orillas embalsaman el ambiente los mastranzos, el toronjil y la mejorana.
Florecía entonces todo en los prados, merced á la primavera; y sobre el fondo verde de la hierba fresca y tierna lucían, cual rico esmalte ó cual bordado primoroso, las nigelas azules, los lirios morados, la salvia purpúrea, la amarilla gualda y las blancas margaritas.
Otras mil flores y plantas brotaban espontáneamente por toda aquella llanura y al borde del sendero por donde iban ya caminando el Doctor y Rosita. Las marimoñas y las mosquetas se podían segar; las adelfas arbóreas empezaban á abrir sus capullos y mostrar el color sonrosado de sus más tempranas flores, y el romero y el tomillo perfumaban el aire puro.
Buscando sombra y frescura, habían acudido allí mil linajes de pájaros, como pitirojos, vejetas, oropéndolas, verderoles, gorriones y jilgueros, los cuales parecía con sus trinos que saludaban á los recién llegados.
Rosita estaba entusiasmada de todas aquellas bellezas y muy satisfecha de mostrar á D. Faustino los encantos de los dominios de su papá, en los cuales ya habían entrado. Aunque gentes de otros lugares tenían fincas en la Nava, la mejor y más grande era la del escribano D. Juan Crisóstomo Gutiérrez.
Poseía éste, en las laderas contiguas á aquel llano, muchas fanegas de majuelo, que estaban á la sazón binando más de cincuenta hombres que habían venido de varada; y en la misma meseta, muchos prados, donde tenía toros bravos, vacas, novillos, ovejas y carneros. El Escribano había asimismo circundado de un seto vivo de granados, zarzamora y lentisco un buen espacio de tierra, donde tenía un huerto con frutales y muchas legumbres. Á la entrada del huerto se parecía la casa de campo, capaz, limpia y bonita. Allí había bodegas, lagar, tinado para los bueyes, y algunas habitaciones cómodas para los señores.
La placeta, que se extendía delante de la fachada, estaba empedrada de redondas chinitas ó piedrezuelas, formando dibujos con sus varios colores, como si fuese un rústico mosaico, y todo alrededor había higueras, nogales, floridas acacias y una multitud de rosales de todos géneros, llenos entonces de rosas blancas, rojas y amarillas.
Una torre de la casería servía de palomar, y las mansas palomas bajaban á la placeta y venían casi á posarse sobre las personas, y á tocarse los picos y á arrullarse allí sin el menor recelo. Multitud de golondrinas habían formado sus nidos entre las tejas salientes y el muro de la casería. Aficionadas á la sociedad humana, las golondrinas prorrumpieron en jubilosos chirridos cuando llegaron Rosita, el Doctor y los demás de la expedición.
La casera, el casero y sus hijos salieron á recibirlos y á tener las caballerías, que llevaron á los pesebres.
Ya todos á pie, se formaron cuatro parejas, asidas de los brazos, y se fueron á ver el huerto, que era precioso. Aún no había más fruta que alguna fresa; pero el lozano y pródigo florecimiento de mil frutales, como cerezos, manzanos, membrillos y albaricoqueros, prometía abundante cosecha. Quedaban algunas violetas tardías, que era la flor de que más gustaba Rosita, y en busca de las violetas se fué Rosita con el Doctor á los umbríos, donde, penetrando poco los rayos del sol, se mantenía más fresca la tierra y consentía que las violetas durasen.
Allí dijo el Doctor á su compañera:
—Todo esto es amenísimo, hechicero; mas, si tú no me amas, me parecerá horrible.
—¿Pues no te he dicho que te amo?—contestó Rosita.
—No basta decirlo—replicó el Doctor.—Mira tú cómo se aman todos los seres en esta venturosa estación. Imítalos amando. El aire que se respira parece un filtro de amor, y en todos, menos en tí, obra sus mágicos efectos.
—Déjame ahora tranquila—contestó Rosita.—¿No puedes gozar de la felicidad presente, ambicioso, inquieto, anhelante de mayor bien? Oye, Faustino: yo no soy calculadora; yo no reflexiono mucho cuando me mueve la voluntad algún poderoso estímulo; pero un pensamiento triste me conturba á veces. Imagínate que estamos á orillas de aquel río misterioso de que habla la leyenda; que esta acequia, que riega el huerto, es ese río; que esta hoja seca, que está cerca de la margen, es la barquilla que nos convida á aventurarnos en la corriente, y que ya nos hemos aventurado. ¿No será posible que nos castigue el cielo, y que en vez de ir al Paraíso terrenal vayamos á caer en un precipicio?
—Cruel—dijo el Doctor,—si tú me amases no pensarías tanto en lo futuro: reconcentrarías tanta felicidad en el momento presente, que bastaría con ella á llenar todos los siglos. ¿Qué martirio, qué desengaño, qué mal, que viniese más tarde, podría igualar la ventura de ahora?
Así se explicaba el Doctor cuando D. Juan Crisóstomo y Elvirita llegaron al sitio en que estaban. Luego vinieron también las otras dos parejas, y todas juntas rieron y charlaron.
La hora del crepúsculo fué encantadora en aquel sitio. Las flores dieron más perfume; el aire se llenó de más grata frescura; los pájaros despidieron al sol, que se sepultaba entre nubes de carmín y oro, con trinos y gorjeos más amorosos y suaves.
Volvieron al tinado los bueyes y las vacas, y al corral, que servía de aprisco, los novillos más tiernos y muchas ovejas con sus recentales. Los cincuenta hombres que habían estado binando se vinieron á la casería, con el aperador á la cabeza. Todos traían las azadas al hombro, menos el aperador, que llevaba la vara, signo de su autoridad y como bastón de mando con que dirigía las faenas agrícolas. De la vara, sin duda, proviene que cuando van jornaleros á una finca distante de la población y duermen en ella, durante algunos días, hasta que terminada la obra vuelven al lugar, se diga que van de varada.
La varada debía terminar al día siguiente. Los cincuenta hombres aún dormían aquella noche en la casería, donde tenían para dormir una cámara espaciosa.
Todo era, pues, animación y bullicio rústico en la puerta y placeta de la casería, cuando llegó la noche. Con la venida de los amos no pudo menos de prepararse una gran fiesta. La noche convidaba á ello. El cielo despejado dejaba que la luna y las estrellas derramasen su luz pálida sobre todos los objetos, orlando los árboles con perfiles de plata y difundiendo por donde quiera una incierta y vaga claridad. Los ruiseñores cantaban en la espesura; los arroyos murmuraban con cierta monotonía, y lo apacible y regalado de la noche convidaba á tomar el sereno.
Pronto se improvisó un magnífico baile en la ya descrita placeta. Entre los jornaleros había dos que habían traído guitarras y que las tocaban bien, no sólo de rasgueado, sino de punteo. Cantadores sobraban, y no faltaba por cierto gente que bailase. La casera que era joven, las Civiles y Elvirita y Jacinta gustaban todas del fandango. Los jornaleros más ágiles bailaron con ellas; pero ni D. Juan Crisóstomo, ni D. Jerónimo, ni el propio Doctor, á pesar de toda su gravedad filosófica, pudieron excusarse de dar unos cuantos brincos y de hacer dos ó tres docenas de piruetas y mudanzas.
Respetilla estuvo inspirado, sobre todo hacia lo último de la función, porque en medio de ella todos cenaron corderos en caldereta, guisados por los pastores, con lo cual se despilfarró el Escribano, cocina de habas con cornetillas picantes, y un salmorejo rabioso de puro salpimentado. Con estos llamativos de la sed nadie desdeñó el vino de las bodegas de la casería, que circuló con profusión en jarros para los jornaleros y criados, y en vasos, para los señores. Con el jaleo, regocijo, confusión y general tremolina, Rosita y el Doctor pudieron decirse cuanto quisieron. El Escribano se puso alegre, y Respetilla recitó muy bien, y sin esforzarse, la relación del borracho que habla con su novia, y recitó además la relación de El Ganso de la botillería.
Para que nada faltase, hubo juegos, que Respetilla sabía dirigir y aun componer admirablemente. Por juegos se entienden algo como representaciones dramáticas, en su forma más ruda. Los actores son cómicos y poetas á la vez, y cada uno inventa lo que dice. Uno solo, y aquella noche lo fué Respetilla, es el que dirige y compone el argumento y plan del drama.
Dos juegos ó dramas hizo y representó Respetilla aquella noche: uno histórico y otro fantástico. Versaba el histórico sobre las burlas que la reina María Luisa hacía á muchas personas, porque era muy chistosa y amiga de burlas. Solo Quevedo puede y sabe más que la reina en esto de burlar, y acaba por hacer á la reina una burla más aguda, con lo cual quedan las otras vengadas. En este juego hizo Jacintica de reina María Luisa, y Respetilla de Quevedo.
El otro juego fué más común y ordinario; fué de los que más se usan en las caserías y cortijos. El protagonista es un jornalero decidor, enamorado, valeroso y algo borracho; en suma, un Don Juan Tenorio plebeyo. Respetilla hizo este papel. Nuestro héroe, aunque comete doscientas mil insolencias, se gana la voluntad de San Pedro, de San Miguel ó de otro santo; y cuando viene el diablo en su busca para llevárselo al infierno, hace que el diablo pase la pena negra y se mofa de él á casquillo quitado. Para diablo se busca siempre en estos juegos al más bobo que se puede hallar en toda la compañía. Aquella noche había, por fortuna, uno muy bobo, y Respetilla hizo reir á su costa, obligándole á salir dando bramidos, con unas trébedes en la cabeza, como corona del monarca del abismo, á cuatro patas, todo tiznado con hollín de la chimenea, y luciendo en cada pie de las trébedes un trapo mojado en aceite y encendido como una antorcha.
Todos rieron y celebraron mucho lo mortificado, vejado y rendido que quedó el diablo en aquella contienda.
Con esta representación diabólica terminó la función.
En la casa había cuartos de sobra para los señores, y todos fueron á acostarse, á su cuarto cada uno, á fin de levantarse temprano y ver amanecer en la Nava.
D. Faustino estaba tan embelesado de la fiesta del campo, de aquellas escenas primitivas y agrestes, y sobre todo de Rosita, que se creyó trasladado á la Edad de oro; se olvidó de sus ilustres progenitores de Mendozas, de la coya y hasta de María, y se tuvo por un pastor de Arcadia y tuvo á Rosita por su pastora.
Á la mañana siguiente salieron todos á caballo á recorrer la Nava, á ver los toros y á visitar el majuelo, donde los trabajadores terminaban ya la bina.
El Doctor iba al lado de Rosita, como encadenado por el amor y la gratitud. Rosita parecía una reina que mostraba su favorito á los demás vasallos. Parecía la reina de Cilicia, Epiaxa, pasando revista con el joven Ciro á los bárbaros y á los griegos, ó Catalina II presentando á Potemkin á toda su corte.
Por la tarde volvieron los señores al lugar. Los jornaleros, que habían ido de varada, volvieron también, y no quedó casa en que no se refiriese y comentase el triunfo de Rosita.
Por la noche se suprimió la tertulia de los tres dúos. Á la puerta de la casa del Escribano se despidieron todos.
—¡Adiós, hasta mañana!—dijo Rosita al Doctor.
—¡Adiós, bien mío!
—¿Me querrás siempre? ¿Estás contento de mí? ¿Eres dichoso?—añadió Rosita en voz baja.
D. Faustino le apretó la mano con efusión y contestó:
—Te adoro.
XVII.
MÁS PUEDEN CELOS QUE AMOR
El Doctor, de vuelta á su casa, fué á ver á su madre y le dió el gusto de estar de conversación y de cenar aquella noche con ella, de lo cual la tenía muy deseosa, por acudir á la tertulia de las Civiles.
Después de la cena, y retirada el ama Vicenta, que la servía, Doña Ana y su hijo hablaron de sus negocios, nada florecientes, y al cabo dijo Doña Ana:
—Mal estamos, hijo mío; pero te aseguro que hoy me arrepiento de que no te hayas ido á Madrid, y sueño con buscar medio de que te vayas, aunque sea empeñándonos más.
—¿Y por qué, madre mía, quiere V. ahora alejarme de sí?
—Voy á decírtelo claro, sin andar con rodeos, como una madre debe hablar á su hijo: porque tus relaciones con Rosita me traen sobresaltada.
—¿He de vivir como en un desierto, sin tener relaciones con nadie?
—Tienes razón. Yo debí pensar en eso, y, no ya detenerte, sino estimularte para que te fueses de este lugar. Aquí tenías que avillanarte por fuerza.
—Madre, esa palabra es muy dura. ¿En qué y por qué me he avillanado?
—Faustino, no creas que te culpo; casi te excuso. Conozco que no habías de vivir, en la flor de tu edad, como vive un anacoreta. Sólo un fervor de religión, que por desgracia no tienes, podría haber hecho tal milagro. Los hombres, ó por educación ó por naturaleza, carecéis del santo pudor; carecéis del estímulo de quien cifra en el recato la honra, que es lo que salva á las mujeres.
—Aun así, madre mía—dijo el Doctor,—no todas las hermanas de mis abuelos, cuando tuvieron hermanas, acabaron por meterse monjas, á fin de no emparentar con gente baja y deslustrar el brillo de nuestra familia. Algunas se casaron con arrieros enriquecidos, con labriegos dichosos y con afortunados contrabandistas. Parientes tenemos por este lado entre lo más ruín del lugar.
—Lo sé, hijo mío; pero sé también que ningún López de Mendoza, ningún varón de tu casta, desde hace siglos, se ha casado jamás con mujer que no sea de su clase. ¿Serás tú el primero?
—Y á V., madre mía, ¿quién le ha dicho que yo me voy á casar?
—Pues entonces, ¿á qué esas visitas? ¿Á qué esos amores? ¿Me negarás que los hay? ¿Qué fin, qué desenlace van á tener?
Don Faustino se puso rojo como la grana y bajó los ojos al suelo, guardando silencio.
—Todo me lo explico—prosiguió Doña Ana;—pero has caído en un error harto peligroso; no has comprendido los mil inconvenientes de tu conducta. Quiero prescindir del pecado, de la vergüenza, del escándalo de unas relaciones amorosas que no se piensa en que tengan por término el matrimonio. Quiero suponer, además, que esa Rosita es tan descocada y sin decoro que te acepta por amigo, y que no piensa siquiera, por amor á su libertad y por seguir siendo señora de sí misma, de su casa y de sus bienes, en convertir á su amigo en dueño y marido legítimo. Todo esto quiero suponer. ¿Has reflexionado tú el papel que vas á hacer, el papel que probablemente estás ya haciendo?
Don Faustino entrevió todo el peso de la acusación de su madre. Se sintió abrumado bajo él. No contestó palabra.
—Los vicios de un caballero—prosiguió Doña Ana,—no dejan de serlo aunque sean de un caballero; pero aún es mayor dolor cuando se llega á ser vicioso sin nobleza y sin hidalguía.
—V. se propone martirizarme. V. está afrentándome, madre. ¿Qué pretende V. decir con eso?
—No, hijo de mis entrañas: tu madre, que te ama, no puede afrentarte, diga lo que diga. Si mi voz es hoy harto severa, acalla tus pasiones, oye en silencio la voz de tu conciencia, y lo será más aún. Lo que yo quiero significar (estamos solos y voy á hablarte con crudeza) es que si tu mocedad te incitaba á tener amores groseros y vulgares, hubiera sido menos indigno, menos impropio de un caballero, buscarlos en una mujer pobre, de lo más infeliz del pueblo, á quien, sin engañarla nunca con necias esperanzas, hubieras en cierto modo elevado hasta tí: cuya miseria hubieras socorrido. Aunque pobre y empeñado, todavía podías permitirte este lujo en nuestro miserable lugar. Ante Dios hubieras cometido un pecado gravísimo; para los hombres hubiera sido un escándalo; pero sobre el escándalo y el pecado no hubiera venido la humillación, como viene ahora. La hija del Escribano usurero es rica, te agasaja, te lleva á sus posesiones, te muestra á sus criados como si tú fueses su criado favorito, su Gerineldos, su... chulo. No falta ahora más sino que digan por ahí que te mantiene, ó que te mantenga en efecto.
Tal vez un orgullo aristocrático desmedido exageraba las cosas; pero en el fondo había mucho de verdad en lo que Doña Ana estaba diciendo. Don Faustino lo sentía así: le irritaba la fiereza de expresión y de sentimientos con que su madre le zahería; pero allá en lo más hondo de su conciencia se declaraba culpado.
—Los jornaleros que han estado binando en la Nava—prosiguió la tremenda matrona rondeña,—vuelven contándolo todo según su estilo. Todo ha llegado á mis oídos como lo cuentan. La señorita Doña Rosa Gutiérrez te obsequia, te favorece, te regala, te encumbra hasta ella, te elige por su favorito, te luce como pudiera lucir un brinquillo, se muestra espléndida por tu causa, dando á todos para cenar cordero y vino generoso; en fin, aparece á los ojos de todos como reina ó emperatriz que saca de la nada á uno de sus vasallos, porque le ha caído en gracia.
Los que hayan vivido en una aldea y conozcan sus usos y costumbres, comprenderán el furor de Doña Ana, dado su carácter. La malicia de los campesinos es sin piedad; y cuantos habían visto á Don Faustino y á Rosita en la Nava habían vuelto explicando aquellos amores del modo que Doña Ana decía. Por el ama Vicenta y por otros criados sabía Doña Ana los comentarios lugareños, y estaba fuera de sí, herida en lo más sensible de su alma: en su orgullo aristocrático y en su amor de madre.
Consternado el Doctor, permanecía silencioso y con la cabeza baja.
—Créeme, hijo mío, es muy cruel para tu madre lo que está sucediendo—prosiguió Doña Ana.—Ya te consideran todos en el lugar como el amigo, el protegido de la hija del Escribano. Esta gente soez imagina que tú eres para Rosita algo parecido á lo que el vulgo de Madrid imaginaría de Godoy con relación á una gran señora. En que te tengan por tal han venido á parar todos nuestros sueños ambiciosos, todas nuestras ilusiones. Mira qué princesa te tiende la mano y te levanta á su altura. Mira qué emperatriz te da su privanza, gentil y valeroso caballero. ¿Fué para eso para lo que te concibió y te parió tu madre?
Jamás había visto el Doctor á aquella señora tan irritada y violenta. Quería el Doctor disculparse y hasta vindicarse; mas no acertaba á decir palabra. En medio de todo, Doña Ana no sospechaba siquiera que las relaciones entre Rosita y el Doctor estuviesen tan adelantadas. Amores tan por la posta no cabían en la cabeza de la severa hidalga. Temeroso Don Faustino, ó de tener que mentir, ó de tener que revelar algo que molestaría y afligiría más á Doña Ana, seguía callándose, en actitud humilde.
Más mitigada la furia con el silencio y la humildad que con la contradicción ó la apología que el Doctor hubiera podido hacer, continuó Doña Ana en tono menos acre:
—Ten valor, Faustino. Acuérdate de quién eres. Deja de ir todas las noches en casa de esas mozuelas. Ve apartándote poco á poco de su trato y familiaridad. No te digo que rompas de repente, porque no es justo ofender á nadie. El Escribano, además, es malo para enemigo. En un instante, si quisiera tomar venganza de tí, podría concitar á nuestros acreedores, ejecutarnos, hollarnos, perdernos. Pero si tú, sin faltar á la cortesía, pretextando enfermedad ú ocupaciones, vas dejando de ir á su casa, ni él ni sus hijas tendrán razón de quejarse. Su venganza se limitará á alguna burla tonta como la que hacen de mí. Dirán también de tí que eres brujo; que te tratas, como yo, con el Comendador Mendoza, con la coya Doña María y con otras almas en pena de nuestra familia.
—Madre—contestó al fin el Doctor,—nada puedo prometer á V. ahora; pero no dude que deseo complacerla. Por lo pronto sólo diré que no tengo yo la culpa de que los jornaleros y las comadres de este lugar interpreten mis acciones aviesamente. Baste saber que yo no he dado motivo para la censura acerba que V. ha formulado. Podrá haber habido imprudencia en mí; pero nada he hecho indigno de un caballero. Si el Escribano es rico y nosotros somos pobres, tampoco es culpa mía. ¿Cómo quiere V. que me enriquezca en este lugar? Por consejo y excitación de V. fuí á vistas de mi prima Costanza y salí desairado. No tema V. que, después de aquel escarmiento, vaya yo por mi iniciativa á buscar, ni en la hija del Escribano, ni aunque fuera en la hija de un rey, remedio ó alivio para la pobreza en que vivimos.
Doña Ana amaba con pasión á su hijo: empezó á sentir que había estado con él cruel en demasía; el recuerdo del desaire que por culpa suya había sufrido el Doctor de Doña Costancita le ablandó más el corazón; y dándose por satisfecha con lo que el Doctor acababa de decir, se levantó Doña Ana de su asiento, se echó en los brazos de su hijo y le dió muchos besos, vertiendo á la vez amargo llanto.
—¡Qué desgracia, hijo mío! ¡Qué desgracia! ¡Somos unos miserables: nos miran como á unos pordioseros!
El pobre Doctor consoló á su madre lo mejor que supo y pudo, aunque él también tenía harta necesidad de consuelo.
Á poco se retiró Doña Ana á descansar, y el Doctor descendió á sus habitaciones del piso bajo. Estaba agitadísimo y no quiso meterse en la cama.
Respetilla, según costumbre, acudió á desnudarle. Don Faustino le despidió y se quedó en el salón de los retratos.
Don Faustino no pudo ni estudiar, ni escribir, ni leer. Andaba á grandes pasos por la sala; meditaba y cavilaba con tal exaltación, que á menudo pronunciaba las palabras que acudían á su mente con las ideas, y accionaba y manoteaba como un loco.
—Tiene razón mi madre—decía,—tiene razón... y eso que no lo sabe todo. Me he comprometido neciamente. Es una embriaguez de los sentidos, una pasión vulgar la que me ha llevado á tal extremo. ¡Si yo la amara, si yo la estimara, aunque fuese hija de Satanás, y no ya del Escribano usurero!... Yo la sacaría del lugar, yo me casaría con ella, yo haría prodigios para elevarme y conquistar un nombre, una posición, á fin de que no se dijese que todo se lo debía. Pero ¿la amo acaso? ¿Es esto amor? La violencia de afectos, el delirio que sentí á su lado, ¿en qué se parece al amor verdadero? ¡Ah! Yo comprendo el verdadero amor, hasta le siento... pero sin objeto. Estoy condenado á llevar en el alma, en embrión, todas las excelencias y virtudes, todas las grandes pasiones, todos los nobles sentimientos, y no realizo más que lo bajo, lo pedestre, lo ínfimo, lo truhanesco, como si fuese el hermano menor de Respetilla. Mi Laura, mi Beatriz, mi Julieta, mi Isabel de Segura, ¿en quién se han convertido? Y, sin embargo, ella es mejor que yo. Yo soy un infame, un embustero, un ingrato. Por amor, sea como sea; por amor á su modo, pero ardiente, sincero, generoso, ella me ha mimado, me ha lisonjeado, me ha regalado, me ha rendido su voluntad, sin condiciones, sin promesas, con ciego abandono. Y yo, aunque la deseo aún, y aunque el recuerdo vivo de su ternura conmueve mi ser y le excita á nuevo deleite, me atrevo á menospreciarla, en virtud de no sé qué pasiones ideales que no realizaré nunca. Cuando miro el centro de mi alma, el abismo que tal vez el orgullo abrió allí, me finjo que soy grande como un Dios. Cuando miro mis actos y los resortes de mi voluntad, que á tales actos me inducen, se me antoja que soy más vil que un perro.
D. Faustino se echó en un sillón que estaba junto á un velador, en medio de la sala. Una sola bujía iluminaba aquel recinto.
Allí se entregó el Doctor á nuevas, tristes y profundas meditaciones.
Volvió á mirar en lo más hondo de su alma, y se encontró capaz de toda grandeza. ¿Por qué, pues, no hacía sino lo que pudiera hacer el más vulgar y bajo de los hombres? ¿Qué resorte le faltaba?
El Doctor discurrió entonces que le faltaba la dicha, que era víctima de una fatalidad. Esta fatalidad sólo con la fe podía romperse; pero el Doctor no poseía la fe sino á medias. Creía en sí mismo y no creía en nada exterior que le llamase, moviese y estimulase.
El mundo no le ofrecía los triunfos, los sublimes amores, la gloria pura, las victorias brillantes con que él había soñado y soñaba. El mundo hasta entonces no había hecho sino trocar algunas de sus ilusiones en desengaños, y hacerle pagar cualquier deleite efímero, cualquiera satisfacción de amor propio, con una humillación. El Doctor, por otra parte, al descender desde las alturas de sus ensueños, de sus esperanzas y quizás de sus ilusiones; al tratar de dar consistencia á todo aquello en el mundo real, sólo había logrado rebajarse á sus propios ojos, hallarse indigno de sí, desfigurar y manchar y afear el ídolo hermoso, el tipo de perfección que de sí mismo había creado en el seno de su conciencia, y al que pugnaba por acercarse y por identificarse.
Lleno del espíritu de nuestro siglo, comprendía que el destino, la misión del hombre, era realizar en esta vida todas las virtudes, potencias y facultades de su alma, contribuyendo así al humano progreso, poniendo su piedra en el monumento de la historia, y completando con su propio ser, activo, noble y generoso, la dignidad y magnificencia de las cosas creadas, entre las cuales y sobre las cuales debía descollar y resplandecer el espíritu, la inteligencia, el fuego divino, de que su cabeza y su corazón eran foco, templo y morada.
Si nada de esto podía hacer, ¿por qué no huía del mundo? ¿Por qué no se ocultaba en un desierto? En vez de ir á Madrid debía ir donde nadie le viese. Aquel hastío, aquel odio á la sociedad humana, que en otras épocas pobló los yermos y despobló las ciudades, ¿es quizás ahora un absurdo anacronismo?
El Doctor imaginaba que sí y que no; imaginaba que el hastío y el odio llenaban las almas de muchos hombres; que por momentos llenaban también la suya. Pero, ¿dónde estaba la fe, la creencia en un objeto fuera del alma y fuera del mundo, ante quien postrándose y humillándose, y con quien viniendo á unirse luego, se limpiara el alma de todo pecado, desechase toda bajeza y se levantase al fin á aquel grado de perfección á donde había aspirado en vano á llegar por sí sola? No; ni el alma del Doctor ni otras almas atormentadas como la suya, podían ya huir á la Tebaida y renovar los tiempos y los prodigios de los Pablos, Antonios, Pacomios é Hilariones. ¿Qué iban á adorar allí, como no fuese el espectro de su mismo ser, sublimado y endiosado por la orgullosa fantasía?
Para un tormento como el de su alma, se le figuraba á D. Faustino que no había más que un remedio: la muerte. Y, sin embargo, apenas pensaba en la muerte, todas las esperanzas, todas las ilusiones, todos los propósitos de su lozana juventud surgían como de un abismo, y se presentaban á sus ojos llenos de luz y belleza, y hacían llegar á sus oídos una encantadora armonía. Eran como el cántico de la resurrección que su semitocayo el Doctor Fausto creyó oir á los ángeles cuando iba á apurar la copa de veneno.
Además, el horror á la nada podía más en el ánimo del Doctor que el miedo de las penas eternas, si le hubiera tenido. Quería vivir, pero vivir de una vida grande, noble, poderosa, fecunda; de una vida que dejase en pos de sí un rastro luminoso é indeleble. El no ver hasta entonces el medio de lograr este deseo era lo que le atormentaba; pero la confianza en sus propias fuerzas y la risueña esperanza vivían aún en su corazón.
Se sentía con bríos para remover todos los obstáculos, para vencer todas las dificultades. Sólo un estímulo poderoso le faltaba. Sólo le faltaba un agente que pusiese en actividad aquellos bríos; un objeto que infundiese en su espíritu la fe, el amor, el entusiasmo suficientes. Costancita había sido una coqueta sin corazón; Rosita, aunque graciosa, discreta y apasionada, no podía adecuarse al ideal soberbio de sus aspiraciones; la amiga inmortal permanecía casi invisible.
¿Por qué no acudía en su auxilio la amiga inmortal, cumpliendo repetidas promesas? Fuese quien fuese por su material origen, por su posición entre los seres humanos en el momento presente, el Doctor comprendía que había en aquella mujer un espíritu igual al suyo, que era cuanto encarecimiento podía hacer de ella en su mente presuntuosa.
Mil extrañas ideas cruzaron entonces por el cerebro de D. Faustino. Mil deseos y propósitos se ofrecieron á su voluntad. Si hubiera creído en la posibilidad de pactar con el diablo, hubiérale dado cuanto hay que dar al diablo, á trueque de un ferviente amor, de un punto fijo y radiante, que fuese estrella polar en el mar tempestuoso de su vida, y al mismo tiempo centro poderosísimo de atracción que le agitase y encaminase.
Era tal el orgullo del Doctor, que uno de los irrebatibles argumentos que contra lo sobrenatural se le presentaban era la no intervención de nada sobrenatural en su vida. Si no merecía él que los poderes superiores buenos ó malos, que el principio de la luz ó el de las tinieblas, acudiesen á sus evocaciones y conjuros, le prestasen solícitos su apoyo, empleasen en él una providencia especialísima, ¿qué otro ser humano había de merecerlo? Quizá no existían tales poderes, cuando no se doblegaban á su voluntad ni á su llamamiento respondían.
Postración melancólica abatió al fin el ánimo de D. Faustino, tan exaltado hasta entonces. Se juzgó una de las más infelices y cuitadas criaturas que había sobre la tierra. Se alucinó hasta creer que la coya y las demás imágenes de sus progenitores ilustres le miraban compasivas. Lágrimas de despecho brotaron entonces de los ojos del Doctor y corrieron por sus mejillas. Aunque por lo común no estén bien las lágrimas en un rostro varonil, el dolor que á D. Faustino se las arrancaba era tan alto, aunque extraviado, que, sellando su rostro con expresión maravillosa, le hacía parecer bellísimo en aquel instante.
Eran más de las dos de la noche. El sombrío aspecto de aquel gran salón; el silencio profundo que en torno reinaba; la cercanía del cementerio; los retratos mismos, apenas iluminados entonces por una sola bujía; el recuerdo de la última aparición de la mujer misteriosa, todo convidaba á amarla, á desear aparición nueva.
Iba el Doctor á levantarse del sillón y á abrir la ventana, casi seguro de que María estaba junto á él, de que se hallaba parada, con lágrimas en los ojos, como la otra vez, de espaldas á la tapia del cementerio, cuando se abrió suavemente la puerta y volvió á cerrarse en seguida, dando entrada á un bulto negro, cuyos contornos y formas el Doctor no distinguía. Sin embargo, así como había presentido que su amiga inmortal estaba cerca, antes de que la viese, así reconoció que era ella, antes de verla y distinguirla por completo.
La persona que acababa de entrar traía en la mano una linternilla, que, vertiendo luz delante de sí, la dejaba en obscuridad ó sombra confusa; pero la persona colocó en seguida la linterna sobre la mesa donde estaban los búcaros y los vasos de china. Al volver luego la cara, D. Faustino, extático, absorto, reconoció á su amiga inmortal, más hermosa, más gallarda que nunca. Si su mejor concepto de poeta, si su más egregio pensamiento hubiera tomado cuerpo humano, no le hubiera parecido más bello.
La luz de la bujía, que estaba sobre el velador, dió de lleno en el rostro de la amiga inmortal y trajo con el reflejo sus facciones armoniosas y nobles á los ojos y al ánimo del Doctor, embelesado y mudo de espanto.
—Los celos son más poderosos que el amor—dijo María con voz dulcísima y triste.—Impulsada por ellos, lo he olvidado todo, lo he atropellado todo: he venido á verte. Aquí me tienes.
D. Faustino no pensó en el modo con que aquella mujer había llegado hasta allí. Poco le importaba que se hubiese filtrado, como un fantasma, por los espesos muros de su casa solariega; que el diablo, para que él no se quejase de que no le socorría, se la hubiese traído por el aire, ó que hubiese penetrado por un medio natural y sencillo. Lo que le importaba era tenerla allí, y sentir, al tenerla allí, una pasión que jamás había sentido en toda su plenitud; no una pasión incierta y vaga, cuyo valor no resistía al análisis ni al escalpelo de su espíritu crítico, sino el amor evidente, perfecto, irresistible, vencedor de las otras pasiones y digno de su alma.
—Aquí me tienes, Faustino—volvió á decir María.—Una fuerza superior á mi voluntad me trae á tí. Soy tuya. ¿No valgo más que... esa otra? ¿No lograré que me ames?
El rubor encendió el rostro de D. Faustino. Pensó en que todas las palabras de amor, todas las expresiones de ternura, todas las frases de afecto y hasta de adoración que pueden dirigirse á una mujer, habían sido profanadas en sus labios la noche antes. Nada respondió á María. Voló hacia ella y la estrechó frenético entre sus brazos.
XVIII.
PACTO AMOROSO
Los primeros albores empezaron á penetrar por las mil hendiduras que había en las viejas maderas de las ventanas de aquella habitación. El canto alegre con que los pajarillos celebraban la venida del día llegó á los oídos de D. Faustino y de su amada.
Movida de los celos, atropellando respetos morales y religiosos, roto el freno de la prudencia, con ímpetu irresistible de amor, de amor que rayaba en fanatismo y que la hacía creer que estaba enlazada al Doctor con vínculo eterno, María había caído entre sus brazos.
—No me detengas más—dijo desprendiéndose de ellos—; debo partir: no me sigas. Cumple el pacto que hemos hecho.
—Le cumpliré, por más que sea difícil cumplirle; pero ¿no me dirás la razón, el fundamento de ese misterio en que te envuelves?
—La razón del misterio es el misterio mismo, y no puedo revelarle. Antes quiero que de nuevo me prometas no seguirme; no pensar siquiera en explicarte cómo he llegado hasta aquí, y si te lo explicas, ocultártelo á tí mismo, si es posible. Por último, no quiero que hables á nadie de mí ni de nuestras ocultas entrevistas. ¿Me lo prometes?
—Te he dicho que sí, y no faltaré á mi palabra, contestó el Doctor.
—Yo te amo con todo mi corazón y soy tuya para siempre—añadió María—. Sin embargo, entiéndelo bien: guardo mi libertad para huir de tu lado, cuando deba, sin que aspires á detenerme. Cuando yo crea que debo huir, no pondrás obstáculo, no preguntarás la razón. Bástete saber que estoy ligada á tí con eternas ligaduras. Mi huída te devolverá todo tu albedrío; pero yo, aunque de tí me separe un mundo, me consideraré siempre como tu fiel compañera, como tu esclava. Tú eres, tú has sido, tú serás mi único amor. Tenlo por delirio, pero yo creo que te amo eternamente, al través de mil existencias; que eres el alma de mi alma; que soy, no ya tu inmortal amiga, sino tu esposa inmortal, la esencia dulce y suave de tu propio espíritu.
—No, bien mío; tú eres su energía, su vigor, su gloria, la estrella que ha de guiarle, el imán que debe atraerle, la virtud divina que es y será principio, raíz y manantial constante de todos sus excelsos pensamientos y de todos sus actos mejores. El tormento de no amar me destrozaba el alma; la sospecha injuriosa de que era incapaz de amar mi corazón amargaba mi existencia. Tú has desvanecido la sospecha injuriosa; tú has acabado con el tormento. El amor del amor era mi martirio. Sin objeto que mi alma juzgase digno de ser amado, mi alma se consumía. Hoy mi alma vive en tí: te amo. Esta breve frase, te amo, profanada mil veces, mil veces pronunciada sin conciencia y sin sentimiento, tiene ahora un valor infinito, absoluto.
—Otra de las condiciones de nuestro pacto—continuó María, aparentando frialdad que su voz trémula desmentía—, condición fundamental para que mi orgullo quede tranquilo, y en cierto modo serena mi conciencia, á pesar de mi pecado, que Dios con su misericordia quizás me perdone, es que yo á nada te obligo ni te comprometo. Tú no debes hoy tal vez, casi de seguro no deberás jamás, hacerme tu mujer legítima en esta vida transitoria. Tú no puedes tampoco tenerme á tu lado como tu amiga. Aunque las causas que me llevan á hacer vida tan misteriosa desapareciesen, yo misma no consentiría en agravar el pecado con el escándalo. Así, pues, quien no puede ser ni tu amiga ni tu esposa, debe quedar libre para huir de tí cuando una imperiosa obligación la llame á otro punto.
—No me atormentes, María—dijo el Doctor—. No sé quién eres; pero no me importa desconocer estas ó aquellas circunstancias vulgares de lo menos esencial de tu ser. María, yo conozco tu alma: mi alma se ha confundido con tu alma. Quiero ser tu amante, tu esposo ante los hombres, como ya lo soy ante Dios.
—No blasfemes, Faustino. El delirio de amor que nos une no tiene la santidad de un sacramento.
—Pues ¿no dices tú misma que eres mi esposa inmortal?
—Sí, lo digo y lo creo. Nuestras almas están unidas; pero ¿hemos de matarnos impíamente para que esta unión valga? ¿Hemos de prescindir del ser corporal que tenemos? ¿Quién ha santificado la unión de Faustino y de María, tales como son ahora en la tierra? Esta unión no es posible: yo no la quiero. No puede santificarse.
—Y ¿por qué?—dijo D. Faustino—. Tú eres libre, tú eres hermosa, tú eres sublime. Has venido inmaculada á mis brazos. Me has hecho dueño de tu beldad y de tu corazón sin exigir nada en cambio. Yo ahora te lo doy todo: mi mano, mi nombre, mi vida. ¿Quieres casarte conmigo?
—Nunca.
—¿Quieres vivir á mi lado?
—Tampoco.
—Y ¿por qué te niegas á casarte conmigo? ¿Por qué dices que nunca?
María estuvo un instante suspensa, silenciosa y como meditando. Luego dijo:
—La sinceridad y el fervor con que me hablas me inducen á proponerte una cláusula más en nuestro pacto amoroso. Me has preguntado si me casaré contigo, y he contestado: «Nunca». Retiro el nunca. Yo estoy tan cierta de que siempre te amaré, que te prometo ahora solemnemente que, si pasada tu mocedad y realizados ó deshechos tus sueños ambiciosos, eres libre, me amas aún, me buscas y vivo, seré tu esposa. Antes no es posible... Tú no te comprometes á nada. Sola yo me comprometo.
—Pues yo te juro que me casaré contigo cuando quieras.
—No jures. No acepto tu juramento. Dios no le aceptará tampoco y le tendrá por vano. Adiós.
D. Faustino estrechó de nuevo entre sus brazos á la mujer querida. Ella logró al cabo desprenderse de aquellas amorosas cadenas, corrió hacia la puerta y desapareció sin que el Doctor se atreviese á seguirla.
María había prometido volver á la noche siguiente.
XIX.
LOS MILAGROS DEL DESPRECIO
Ya no vacilaba ni dudaba D. Faustino. Su alegría era grande. Sentía verdadero amor. Creía haber puesto en actividad el enérgico resorte que antes faltaba á su alma, y se juzgaba capaz de acometer todas las empresas y de abrirse camino al través de todos los peligros y dificultades.
Sólo un escrúpulo de conciencia, casi un remordimiento, le atormentaba.
Era cierto que nada había prometido á Rosita; que ningún juramento le había hecho; que ninguna palabra le había dado. Pero esto mismo ilustraba y ensalzaba más la generosa confianza de la hija del Escribano.
D. Faustino estaba decidido á no volver á verla; á sacrificarla á María, á quien amaba con pasión, á quien pensaba amar siempre, aunque llegase á saber que era la hija del verdugo; pero no podía menos de lamentar el inmerecido desdén, el cruelísimo abandono de que iba á ser víctima Rosita. Su resolución de no volver á visitarla era, no obstante, inquebrantable.
Llegó aquel día la hora de la tertulia de los tres dúos, y Respetilla fué solo. Rosita lo extrañó mucho y estuvo triste. Respetilla remedió el mal por su cuenta, asegurando con un aplomo envidiable que D. Faustino estaba enfermo, en cama. El disgusto de Rosita pasó entonces, de ser algo colérico, á ser tierno y piadoso.
Durante cuatro días tuvo Respetilla la habilidad de seguir entreteniendo á Rosita con la ficción de que D. Faustino estaba enfermo. Rosita le enviaba con Respetilla los más cariñosos recados. Respetilla fingía, de parte de su amo, otros recados no menos cariñosos.
Rosita pensó en escribir al Doctor; pero era tan mala su letra y tan anárquica su ortografía, que para no desacreditarse no se atrevió á escribirle.
Rosita preguntó al médico por la enfermedad de D. Faustino. El médico contestó que no le había visitado y que no sabía de tal enfermedad; pero Respetilla disipó la sospecha, asegurando que su amo se curaba á sí propio.
Como D. Faustino no salía de casa, ni nadie le veía, lo de la enfermedad era verosímil.
El Doctor, entre tanto, se calentaba la cabeza discurriendo el modo menos malo de romper con Rosita. Pensaba escribirle una carta llena de amistosos sentimientos de gratitud y de ternura, despidiéndose de ella con razones alambicadas y sofísticas, con quintas esencias y tiquis-miquis, más fáciles de inventar así en pelotón que de explicar cumplidamente en un escrito.
Arduo empeño era el de escribir la tal carta. El tiempo pasaba y D. Faustino no la escribía.
Cuando Respetilla interpelaba á su amo, como varias veces lo hizo, sobre los motivos que tenía para no ir á ver á Rosita, D. Faustino, no teniendo qué contestar, daba un sofión á Respetilla.
Hasta Doña Ana hallaba mal aquel rompimiento brusco y grosero; y aunque no sospechaba cuán estrechos y apretados eran los lazos, extrañó que su hijo no volviese en casa de las Civiles; y le excitó á que fuese, y á que se apartase del trato de ellas con suavidad y cortesía.
D. Faustino, á pesar de estas juiciosas amonestaciones, estaba tan prendado, tan en éxtasis perpetuo, tan elevado en los amores de su amiga inmortal, que sentía repugnancia invencible por volver á visitar á Rosita y á hablar de ella.
Aceptando por bueno el embuste de su criado, el Doctor explicó á su madre el súbito abandono en que dejaba á las Civiles, alegando también que estaba algo enfermo, pero que iría á verlas cuando estuviese mejor.
Para todos los de la casa, ignorantes del misterio de los amores, la enfermedad del Doctor parecía verdadera. Ya no había paseos, ni á pie ni á caballo; ya no había combates al sable, y el Doctor, cuando no hablaba ni hacía compañía á Doña Ana, se encerraba en sus habitaciones.
Rosita, entre tanto, estaba llena de inquietud. Á veces dudaba de que fuese cierta la enfermedad de D. Faustino. Su orgullo y la persuasión en que estaba del valer de su ingenio y de su belleza apartaban de su mente el horrible recelo de que un tedio súbito, una saciedad desdeñosa, un desprecio invencible, hubiesen suplantado en el alma del Doctor aquel fervor amoroso que ella había compartido y al que había cedido la noche de la Nava. La soberbia montaraz de Rosita y su vanidad de labradora rica y de reina de aldea no habían consentido que pusiese condiciones al Doctor ni que exigiese de él promesa ni juramento alguno. Rosita no había pensado distinta y claramente ni en que D. Faustino se casase con ella, ni en nada parecido; pero tampoco había pensado, ni temido por un instante, que el amor, satisfecho y pagado, había de alejar de ella á aquel hombre, sino que había de aprisionarle más y más y hacerle para siempre su siervo... ¡Tan poderosa se creía!
Ahora recelaba, ahora temía, ahora tenía celos, si bien todo de una manera vaga y confusa. Cuando esta pasión se apoderaba de su pecho, forjaba planes de venganza; maldecía en su interior á don Faustino; volvía á llamarle D. Pereciendo, conde de las Esparragueras y abogado Peperri; se sentía humillada de haberle querido; deseaba matarle, y faltaba poco para que no rugiese como una leona.
Respetilla, imperturbable, intrépido, pertinaz en mentir, seguía sosteniendo la enfermedad de su amo. Así templaba la furia de Rosita; así lograba aún que su ánimo pasase de los ímpetus iracundos á la compasión amorosa.
Por último, Rosita no pudo sufrir más; quiso salir de la duda que la atosigaba. Una noche, al llegar Respetilla á la tertulia, tomó Rosita por auxiliar á Jacintica, é intimó, ordenó y mandó al buen escudero que las llevase á ambas á casa de don Faustino y que la hiciese entrar á ella de oculto en la estancia del Doctor, mientras éste cenaba ó conversaba con su madre en el piso alto. Así quería, saltando por cima de todo respeto, ver á su amigo y cerciorarse de su desgracia ó de su dicha. Respetilla aguzó en balde el ingenio para excusarse; Jacintica suplicaba: Rosita exigía con imperio. Una y otra sabían que Respetilla tenía la llave de la casa en su poder. No hubo más que rendirse. Además, Respetilla decía para sus adentros:
—¿Qué mal ha de haber en esto? Quizás luego me lo agradezca mi amo. Él no viene por aquí por alguna extravagancia que no comprendo. Esto será sin duda algo de filosofías que no se me alcanzan. Pero en cuanto mi amo vea á Rosita tan guapa, así de repente y como caída del cielo, en su propio cuarto, á las once de la noche, vamos, no le parecerá mal. De fijo que se alegra.
Hechas estas reflexiones, Respetilla cedió, y cedió con gusto: llevaba en su compañía á Jacintica.
Se dispuso que otra criada se quedase haciendo de dueña, y autorizando con su presencia los coloquios de Ramoncita y de D. Jerónimo. Al mismo D. Jerónimo, que era un bendito, se le persuadió de que Rosita tenía un jaquecazo de todos los diablos y que debía irse á acostar. Jacintica se fué con Rosita como para cuidarla. Respetilla se despidió á poco rato, y las dos mujeres, que estaban aguardándole, en un rincón obscuro del portal, con los pañolones por la cabeza, se escabulleron con él, sin ser vistas de nadie.
XX.
CONTINÚAN LOS MILAGROS.
Eran las once de la noche cuando el Doctor bajó de la estancia de su madre y entró en el salón de los retratos. Como había dado licencia á Respetilla para que no viniese á desnudarle, le creía aún en la tertulia de las Civiles, que terminaba á las doce. La amiga inmortal debía llegar á las once y media. El Doctor solía luego encerrarse con llave. Tenía además prohibido á Respetilla que entrase en su cuarto, como él no le llamara. En suma, estaban tomadas todas las precauciones, ó al menos así lo creía el Doctor. El triste no sabía lo que se preparaba. Rosita estaba ya escondida detrás de una cortina, que cubría la puerta que desde el salón de los retratos iba al dormitorio.
Cuando vió entrar al Doctor, bueno, sano, alegre y recitando unos versos de Zorrilla, que decían:
Si eres recuerdo, endulzarás mi vida;
Si eres remordimiento, te ahogaré,
le dió rabia de no hallarle enfermo y triste, y tuvo, no se sabe cómo, el desesperado pensamiento de que el recuerdo era el de su amor y de que el remordimiento que anhelaba ahogar era ella.
Rosita continuó, pues, en acecho, esperando, ó mejor dicho, temiendo la aparición de su rival. Ya pensaba que esta rival sería alguna criada de la casa, alguna fregona; ya imaginaba que el doctor podría tener su poco de brujo, y esto le infundía cierto terror de verse frente á frente con espectros, y de figurar en escenas del otro mundo, entre hechiceras, magas ó almas en pena; pero su ira era tan grande y sus bríos tan varoniles, que estaba resuelta á vengarse del mismo demonio, si venía con faldas y en forma de mujer á tener pláticas tiernas con D. Faustino.
Hasta sentía Rosita haberse venido desprovista de un par de pistolas ó de un puñal siquiera, por lo que pudiese ocurrir. Mucho confiaba, no obstante, en su lengua y en sus manos.
El Doctor, según costumbre, puso la bujía sobre el velador, se arrellanó en el sillón y siguió recitando versos en voz, aunque sumisa, clara:
—Yo no sé de tu esencia el misterio,
Tu nombre y tu vago destino no sé,
Ni cuál es tu ignorado hemisferio,
Ni á dónde perdido siguiéndote iré.
¡Oh! si gozas de voz y de vida,
tienes un cuerpo palpable y real,
Deja al menos, fantasma querida,
Que goce un instante tu vida inmortal.
Los versos hicieron el efecto de una evocación.
La puerta se abrió sin ruido. El bulto negro apareció en la sala. Una voz argentina contestó á los versos que el Doctor decía, con estos otros versos:
—Tras de tí por las sombras camino,
Ni noche ni día descanso sin tí:
Ser tu esclava, adorarte es mi sino;
Ya postrada me tienes aquí.
María cayó de rodillas á los pies del Doctor. Éste la levantó entre sus brazos, dándole mil besos en la frente y en las mejillas sonrosadas y hermosas.
Rosita no supo contenerse por más tiempo. Casi creía aún que el ser á quien D. Faustino abrazaba y besaba tenía algo de sobrenatural y de diabólico; pero su forma era de mujer, y la tempestad de los celos hizo á Rosita superior á todo miedo supersticioso.
Salió de su escondite, se arrojó sobre ellos como un tigre, los separó, y encarándose con D. Faustino, que atónito y estupefacto la miraba,
—Malvado—le dijo,—¿Así pagas mi amor? ¿Por qué me has engañado vilmente? ¿Por qué no guardaste para este demonio todas las dulces mentiras, todas las emponzoñadas ternuras con que me lisonjeabas y cegabas? Y tú, maldita de Dios, ¿de qué aquelarre vienes? ¿Dónde dejaste la escoba? ¿De qué lupanar te has escapado?
Antes de que D. Faustino se repusiese del asombro; antes de que nadie la respondiese, tomó Rosita la luz, y llevándola hacia la cara de María, se quedó contemplándola de hito en hito, devorándola con ojos que arrojaban fuego y rayos de ira. De súbito soltó Rosita una carcajada sarcástica. Su memoria, iluminada por el odio, le había sido fiel. Acababa de reconocer á María, á quien desde muy pequeña no había visto.
—¡Ah! Ya te conozco, infame; ya te conozco, digna manceba de este perro judío, hereje, asesino. Tú eres María la seca. ¿Dónde has estado desde que tu abominable madre bajó al infierno? ¿Y al ladrón de tu padre no le dieron todavía garrote?
Dicho esto, y sin dejar tiempo para que nadie la respondiese, Rosita volvió á poner la bujía en el velador y se lanzó sobre María, como para despedazarla entre sus uñas.