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OASIS EN LA VIDA.
DE LA MISMA AUTORA:
| Sueños y Realidades | 2 tomos en 4º |
| Panoramas de la Vida | 2 idem en 4º |
| Miscelánea | 1 idem en 4º |
| El Mundo de los Recuerdos | 1 idem en 8º |
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Perfiles históricos.
Perfiles divinos.
Perfiles contemporáneos.
JUANA MANUELA GORRITI.
OASIS EN LA VIDA.
BUENOS AIRES.
FÉLIX LAJOUANE, EDITOR.
(LIBRAIRIE GÉNÉRALE)
1888.
(Derechos de propiedad reservados)
Impreso por la Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco
160—CALLE SAN MARTIN—160
INTRODUCCION.
Economía Política.
El sombrío Prudhon, imbuído, sin duda, en las ideas de los Santos Padres de la Iglesia que predicaban el desden por los bienes terrenales, decía que la pobreza es una ley de nuestra naturaleza, ley bajo la cual hemos sido constituídos, de donde se deduce que el pauperismo es mal que no tiene remedio ni cura.
Muy desconsolados debieron quedar los menesterosos con tan ingrata noticia, pero la actividad humana, que no siempre se lleva de teorías, ha venido á confortar á los aflijidos trayéndoles más plausibles nuevas y muy eficaces promesas. La industria, con sus innúmeras palancas de impulsion; las ciencias, con sus multiplicados alfileres de exámen; el cálculo, con su prevision y su aritmética; todos estos agentes de la vitalidad social, han venido á operar el milagro de la multiplicacion del pan y el aumento del vino, sustentando anchamente á los hambrientos y engordando, hasta más no poder, á los hartos.
La manera de realizar el prodigio lo ha dado á conocer esa venerable matrona, que los entendidos en materias graves creo que denominan Economía política. Esta tutriz moralizadora de la sociedad, evidenciando la fecundidad del trabajo y los beneficios del ahorro, se ha propuesto dignificar al hombre otorgándole los medios de sacudir el vasallaje servil de la indigencia.
El ahorro, tomando forma colectiva, ha dado orígen á la más preciosa de las combinaciones especulativas: á la que tiene por objeto asegurar el bienestar individual en vida y garantir el porvenir de los que quedan, despues de concluida la jornada.
Este tema, abstracto de suyo, y que parece ageno al dominio del arte, acaba de ser desenvuelto por la ilustre escritora cuyo nombre ocupa tan elevado rango en la gerarquía del movimiento intelectual americano.
Es atributo de las inteligencias creadoras trasformar y embellecer las ideas que pasan por su espíritu; parece que poseyeran ese don vivificador de la lujuriosa primavera que todo lo hermosea, lo cubre de flores y lo esmalta de celajes.
Por si existe incrédulo que ponga en duda el aserto, invoco por testigo, en mi abono, el presente libro.
Su autora comprueba, bajo la forma atrayente de la novela, los beneficios que reportan el trabajo, la perseverancia y el ahorro; nunca un tema económico ha sido tratado con más galanura, con más gracia picarezca, ni con más natural é ingénua intriga.
Despues de recorrer este trozo de historia social, cuya trama la forman las peripecias de dos caractéres nobles y fuertes, se encuentra no sé qué de consolatorio, de purificador, en medio de la arenosa senda por donde nos conduce diariamente la mano de la tristeza.
Si la mision de los cultores privilegiados del arte es la de alentar, la de consolar, la de dilatar el horizonte de la esperanza, la prestigiosa autora de estas páginas ha sabido encerrar en ellas, suficientes rayos de luz para satisfacer la ansiedad de las almas soñadoras, y bastantes rosas para coronar, aunque ellos no lo quieran, la adusta efigie de los más hipocondriacos economistas.
S. Vaca-Guzman.
Diciembre 22 de 1887.
Oasis en la Vida.
Á «La Buenos Aires»
La Autora.
I
—¡Bah!—exclamó Mauricio Ridel, arrojando la pluma despues de escribir la palabra Fin bajo la última línea de una cuartilla marcada con el guarismo 60.
—¿Qué es eso?—interrogó un jóven que escribía allí cerca.
—El postrer párrafo del folletin—respondió Mauricio, alargando la hoja á un cajista que aguardaba.
—¡Cómo! ¿Mañana acaba Chamusquinas de Amor? Hoy quedaba su héroe en una situacion extrema: la mano armada de un revólver, esperando para morir el primer rayo de sol; y ya, este comenzaba á dorar las copas de los árboles; y al verlo, «Enrique apoya el arma contra el corazon, enviando á María su último pensamiento; á Dios su última plegaria.»—¿Muere?
—No; porque—«De repente, un brazo cariñoso rodeó su cuello; un rostro pálido y mojado de lágrimas se apoyó en su rostro...
—¡Perdon!
—¡Perdon!—se oyó á la vez...
«Y el primer rayo de sol aguardado como una señal de muerte, fué la aurora de su felicidad».
—¡Bien! ¡oh! ¡Qué bien!—aplaudió el otro; y añadió con dramático ademan:
—¡Ah! que no haya para nosotros, párias del destino, ¡un rayo de sol que venga á redimirnos!
—Sí: y más que uno: dos—repuso Mauricio.—La resignacion y el trabajo.
—¡La resignacion! ¡el trabajo!—replicó el interlocutor con forzada risa.—Solo tú puedes decir eso; tú, que no contento con la tarea diaria, la has subido á catorce horas. Catorce horas, pluma en mano, encorvado sobre la implacable cuartilla, y precisamente, apenas en convalecencia de la terrible herida que casi te lleva al sepulcro.
—Sin embargo, ya lo vés: estoy sano y fuerte. Un poco de sueño; á veces, un poco de fatiga; pero se piensa en el fin propuesto, y todo eso vuela y se desvanece.—
Hablando así, Mauricio consultó su reloj.
—Las siete—Y levantándose, fué á tomar de una percha su sombrero.
—¡Las siete! ¡Con qué desenfado lo dices! ¿Sabes que has estado sentado ahí, escribiendo desde las nueve? ¡Diez horas! ¡Ah! hombres como este son un pésimo ejemplo en la Redaccion.
—Y tú, que así hablas, querido Emilio, eres uno de sus mejores obreros.
—A más no poder: Sábelo.
—Notificado—dijo Mauricio, sonriendo.—Ruégote que al salir digas al Regente que me tenga listas las pruebas para las once.
—Y correccion hasta las dos de la mañana. Suma: ¡catorce horas!... ¡Adios, escriba!
—Adios, fariseo.—
Y ambos rieron.
Mauricio cerró su carpeta y se fué.
Emilio se extendió perezosamente en su silla; encendió un cigarro, que aspiró con ánsia; y arrojando una larga espiral de humo, entornando los ojos—¡Deliciosa fruicion!—exclamó:—¿qué no haces tú olvidar?... Y sin embargo, Mauricio te desdeña. Uncido á un rudo trabajo, pegado ahí, á esa mesa de redaccion, hasta los codos en la seccion editorial; cronista, traductor, folletinista, corrector de pruebas: ¿á qué móvil obedecerá ese anhelo de aglomerar sueldos? Él, no es avaro ni derrochador; no frecuenta clubs ni bailes; por tanto, ni juega ni galantea. En los teatros tiene las entradas de periodista. ¿A qué tanto afan de ganar dinero? ¿qué hace de él? No es mucho, en verdad; pero ¿qué hace de él? Enigma insoluble es para mí este jóven, tan franco, sin embargo, y tan bueno...
Y Emilio dejando la pluma en largo holgorio, quedóse engolfado en sus pensamientos y en el humo de su cigarro.
II
Mauricio se alejó con el paso presuroso, habitual en aquellos que tienen contado el tiempo.
Aunque en la plácida edad de veinte años, y bello y apuesto, hay en la expresion de su semblante esa gravedad melancólica, signo de un destino adverso.
En verdad, adverso había sido el destino para Mauricio: adverso desde la cuna, mecida por manos extrañas, desierta de cuidados y caricias.
Y no fué esto solo ¡ay! no fué esto solo.
Cárlos Ridel, subyugado por una pasion que causó la muerte á su esposa, llevando todavía el luto de la viudez, dió una sucesora á la difunta; á su hijo una madrastra.
¡Madrastra! Al solo pronunciar esta palabra de aspereza siniestra, compréndese la tristura de esos pobres niños que crecen temerosos, acoquinados, bajo aquella sombra fatídica.
Para ellos no existen las alegrías del hogar. Siempre espiados por la mirada suspicaz de un fiscal inexorable que les achaca á delito su gozosa turbulencia, su inocente espontaneidad, vuélvense taciturnos, desconfiados; ocúltanse para reir; ocúltanse para llorar; y en el primer albor de la vida, aprenden esa triste ciencia de la vejez: el disimulo. ¿Ni qué otro recurso les queda? ¿A quién volver sus ojos?
La casa paterna se ha tornado para ellos en campo enemigo, donde todo les es hostil, hasta su mismo padre á quien no le es dado mostrárseles propicio, so pena de despertar celos retrospectivos, que empeoren la situacion tristísima de esos náufragos de la vida.
Tal suerte cupo á Mauricio.
Víctima de una semejanza que importunaba á su padre como un remordimiento, á su madrastra como una vision de ultratumba, vióse un dia arrebatado de su casa y entregado al capitan de un buque inglés, que lo llevó á Europa y lo encerró en un colegio.
Aunque del hogar de sus padres, el pobre niño, solo guardara crueles recuerdos, la lengua materna, el suelo de la patria, su aire, su luz, éranle necesarios, y languideció, echándolos de menos.
Por dicha suya fué el «bello país de Francia,» la hospitalaria Paris, el lugar de su destierro.
La bondad característica de los hijos de aquella tierra, tiene, en todas las clases sociales, desde el aristócrata hasta el obrero, una gracia irresistible que cautiva el alma y mata toda nostalgia.
Desde el sábio Blain, director del colegio donde fué el niño consignado, hasta el ama de llaves, la buena Colombe; desde los alumnos hasta los profesores: todos acogiéronlo con tan benévola conmiseracion, que primero la serenidad y luego la alegría, vinieron como nunca, expansivas á aquel pobre corazon, por tanto tiempo oprimido.
El desterrado comenzó á encontrarse feliz en su nueva familia.
—¡Ah!—pensaba, recordando el pasado—¿así se ama, se acaricia y se protege? ¿Por qué no he conocido yo hasta hoy, estos bienes?
Y refugiábase en esa atmósfera de calurosos afectos; y sentía el dulce bienestar del que renace á la salud despues de una larga enfermedad.
III
Los años trascurrieron así, con sus épocas clásicas, en la vida del niño. Los exámenes; los premios; el paso á estudios superiores; el del vestido infantil al traje viril; la primera comunion.....
¡Qué ceremonia, á la vez tan imponente y tierna!
Cumplido en él, el divino misterio, de rodillas ante el altar, el niño tiende la mano sobre el Sagrado Libro y jura ser virtuoso y bueno.
El celebrante lo bendice y coloca en su pecho una reliquia.
La voz del órgano derrama gozosas notas; nubes de incienso se elevan á lo alto de la bóveda; y en la nave central, las madres aguardan con el llanto en los ojos, en el lábio la sonrisa.
Mauricio vió á sus compañeros ir hácia ellas y caer en sus brazos.
¡Ay! ¡él estaba solo!
Ni padre ni madre que lo aguardaran; solo en esa hora solemne de la vida.
¿Solo?
No: ahí estaba Mr. Blain que le sonreia; ahí estaba la buena Colombe que le tiende los brazos y lo contempla enternecida.
—Ama—díjole Mauricio—¿Quieres que te dé mi reliquia? Mírala: es muy linda: Notre Dame du bon Secour.
—No, hijo mio—respondió la vieja sirvienta, volviendo la reliquia al pecho del niño.—Este recuerdo le es debido á mamá. Envíaselo dentro de tu primera carta.—
La hora, el lugar, la escena imponente en que acababa de actuar; la voz del órgano; el humo del incienso; las sagradas preces; todo esto despertó en el alma del niño una emocion profunda, al oir las palabras de la vieja Colombe. La luz de un lejano recuerdo brilló en su mente, mostrándole allá, como entre las nieblas de un ensueño, la figura angelical de una mujer que lo miraba sonriendo.
Sonrióle él tambien, y dos lágrimas se desprendieron de sus ojos.
Colombe las comprendió. Besó la santa imágen; guardóla en su seno; y en la noche, á la hora de acostarse, Mauricio la encontró á la cabecera de su cama.
IV
Desde ese dia un notable cambio se efectuó en su carácter. A la inquieta turbulencia del niño, sucedieron la mesura y la reflexion del hombre; al gusto por los juegos, el amor al estudio; á su indiferencia cosmopolita, el sentimiento exaltado de la nacionalidad.
Cuando en los dias clásicos, al flamear de la bandera tricolor, sus compañeros cantaban: «Allons enfants de la patrie,» Mauricio buscaba en el cielo, el azul pabellon; y del fondo de su alma exhalábase el grito sagrado del himno nacional. Allá, surgiendo de las brumas del lejano pasado, la imágen de la patria aparecíale con su inmensa pampa, su magestuoso rio, sus cerúleas lontananzas, llamándolo con poderoso reclamo.
Pero ¡ah! siempre que estas luminosas imágenes visitaban su mente, un siniestro recuerdo venía á oscurecerlas.
Este sentimiento de repulsion creció más todavía, cuando Mauricio comprendió por las cartas de su padre, la humillante dependencia en que yacía. Cada frase parecía consultada, corregida ó dictada por el déspota que leía sobre su hombro.
El jóven vertía sobre ella lágrimas de indignacion y de dolor; y una palabra de uno ú otro, contenían sus respuestas.
Así, la correspondencia entre padre é hijo tomó un carácter de acritud que, poco á poco, degeneró en frialdad.
Y, cuando á la edad de diez y ocho años, acabados sus estudios y rendido con brillo el último exámen, su padre le habló de regreso.
—Amo á mi patria y anhelo volver á verla—respondió Mauricio,—amo á mi padre y deseo estrecharlo en mis brazos; pero no podría presenciar el espectáculo vergonzoso de su servidumbre; y porque lo amo; y porque lo respeto, prefiero un eterno destierro.
A esta declaracion siguió un profundo silencio; y como única respuesta Mauricio recibió una carta que contenía inesperadas revelaciones. Suscribíala el escribano D..., uno de los hombres más honorables de Buenos Aires.
—«Alejados y sin conocernos uno á otro—decíale éste—únenos, sinembargo, el mandato de una persona que ya no existe; y que para mí fué por esto, más sagrado.—Y proseguía:
—«Hace quince años, fuí llamado un dia á casa del señor Cárlos Ridel, cuya esposa, en trance de muerte, debía otorgar testamento.
«Mi colega, el señor R..., autorizaba el acto; y yo creía haber sido requerido como testigo, cuando la testante, habiendo declarado que dejaba á su hijo único, Mauricio Ridel, el valor de doscientos mil pesos en propiedades urbanas y rurales, volviéndose á su esposo, pidióle permiso para instituirme á mí, hasta la mayoría de aquel, guardador de dichos bienes.
«Repugnábame una mision visiblemente motivada por disensiones conyugales; pero los ojos de la moribunda enviáronme una mirada de angustioso ruego, que me hizo aceptarla.
«Ella entónces suspiró como aliviada de una grave preocupacion; estrechó mi mano con gratitud, y murió en paz.
«Yo he cumplido fielmente el deber que me impuse: he administrado esos bienes con el acierto que dá una larga experiencia en los negocios; los he conservado, los he hecho fructificar: pero siempre en el limite que mi delicadeza me prescribía: no como guardador, sino como administrador, rindiendo cuentas de mi cometido y entregando al señor Ridel las fuertes sumas que producen.
«Hoy me ha hecho saber que V. se ha emancipado; y que, por tanto, la ingerencia que yo le daba en los asuntos de su hijo, ha cesado.
«Por consecuencia, y persuadido de que él habrá informado á V. del estado floreciente de su fortuna, no solo por mi buena voluntad en su administracion, sino á causa del subido precio que ha adquirido la propiedad, réstame solo ponerla á su disposicion, y pedirle se sirvo impartirme sus órdenes».
Esta carta de un tutor hasta entónces ignorado, fué un rayo de luz en el misterio que rodeaba el pasado de Mauricio, y efectuó un cambio favorable en su destino.
Alejado de su padre, por la funesta influencia que se alzaba hostil entre ambos, el hijo desechado, bendijo la ternura previsora de aquella madre moribunda, que viendo cernerse la desgracia sobre la cuna del niño que le era forzoso abandonar, había querido, asegurándole una fortuna independiente, preservarlo en los azares del porvenir.
Mauricio expresó su profunda gratitud al honrado escribano; confióle los dolorosos motivos de su doble ostracismo; y le suplicó, en nombre de aquella cuyo encargo había tan noblemente cumplido, quisiera favorecerlo á él, continuando en la administracion de aquellos bienes, para lo cual le confirió un pleno poder.
V
Las lágrimas de una infancia desamparada y las tristezas de su juventud, sin patria, ni hogar, habían dado al carácter de Mauricio una gravedad melancólica que, alejándolo de los placeres bulliciosos de sus compañeros, lo preservó de la disipacion.
Así, cuando libre y en posesion de una fortuna independiente, podía entregarse á los goces que Paris ofrece con mano pródiga, él, sin esfuerzo, sin sacrificio, consagróse, á una vida de labor intelectual. Frecuentó la Sorbona, los Institutos, las academias y las bibliotecas. Arrojóse en el periodismo y tomó activa parte en los trabajos de uno de los principales diarios de Paris, haciéndose notar por su brillante estilo y la originalidad de sus ideas.
Ensayó la novela; y muy pronto los folletines firmados por Valerio—su seudónimo,—fueron leidos con entusiasmo, sobre todo por las jóvenes, que encontraban en sus páginas, á vueltas de los pálidos excepticismos de la época, el color ardiente de la pasion.
Era que el ideal evocado en sus creaciones despertaba y hacía palpitar un sentimiento que hasta entónces yacía latente en el alma de Mauricio:
—El amor.—
Y aunque más de una vez, las seducciones de la mujer habían deslumbrado sus ojos, rozado su epidermis, jamás lograron llegar á su corazon.
Tres años pasaron para Mauricio en aquella vida activa del espíritu. Proponíase ensancharla con viajes de recreo en torno á Europa y con la fundacion de un periódico de espíritu americano, que uniese en un contacto intelectual más íntimo, los dos continentes; trasfusionando en la savia cansada y empobrecida del uno, la savia rica y jóven del otro.
¡Ah! de todas las vanidades que deplora el Sagrado Libro, ¡ninguna tan vana como nuestros proyectos!
Creo haberlo dicho ya, en otra ocasion. No importa: las frases son las mismas, cuando es idéntica la situacion.
En el momento que Mauricio preparaba la realizacion de tan lisongero propósito, una carta de Buenos Aires, portadora de fatales nuevas, vino á destruir sus proyectos y sus esperanzas.
«Deber del hombre es ser fuerte y resignado, mi querido Mauricio—decía el escribano D... en aquella carta.—Por tanto, valor y resignacion.
«El padre de Vd. ha muerto.
«Envuelto en una quiebra producida por la fuga de un sócio bribon, falleció víctima de una congestion fulminante.
«Los acreedores se presentaron munidos de sus derechos, y obtuvieron la liquidacion.
«Pero como el sócio (hermano de la señora Ridel) había sustraido en su fuga todo el numerario existente en caja, quedó un enorme pasivo, que toda la fortuna particular de Cárlos Ridel, no ha sido bastante á cubrir.
«Bajo el peso de tres catástrofes: la infame fuga de aquel hermano, impuesto por ella á la sumision de su marido; la súbita muerte de éste, y la miseria que le aparecía con su séquito de humillaciones, la desventurada mujer enloqueció.
«Silenciosa, sin lágrimas, huraño el ademan y fija la mirada, escuchó la intimacion de desalojo; y cuando intentaron hacerla salir de su casa, subióse á lo alto del mirador que coronaba el edificio, abrió un balcon y se arrojó á la calle.
«Cuando la levantaron de la vereda estaba muerta».
La carta cayó de las manos de Mauricio, que lloró con lágrimas de dolor á ese padre de quien no había recibido ni cuidados, ni caricias, pero cuyo desvío disculpaba, atribuyéndole su verdadera causa: la debilidad humana.
Mas, luego, secando sus lágrimas, escribió rápidamente, cual si temiera que su carta no llegara á tiempo:
—Ponga Vd. inmediatamente á la órden del Juez que entiende en la liquidacion de los bienes de Cárlos Ridel, todos los que de mi propiedad están bajo la administracion de Vd.—
Aquella carta iba acompañada del poder especial para el acto.......
—«Todo se ha perdido, menos el honor—escribía á Mauricio el buen tabelion.
—«Puestas en remate las casas de Victoria y Cuyo y los campos de El Rosal, han producido ciento cincuenta mil pesos oro. Había además en mi poder diez mil nacionales, valor de alquileres cobrados de las dos propiedades y que tambien entregué.
«Canceladas las deudas con el valor de los bienes que durante diez y siete años he administrado, el síndico del concurso me devolvió dos mil pesos moneda nacional, importe de la letra adjunta.
«El noble sacrificio que Vd. ha hecho á la memoria de su padre, es solo el cumplimiento de un deber: lo sé; pero, como tales virtudes son cada dia más raras, permítame felicitarlo.
«Si la experiencia de un anciano mereciera ser escuchada, yo aconsejaría á Vd. el regreso. El regreso es tambien un deber para Vd. El hombre se debe á su país, que reclama su presencia y todos los actos de su vida. Además, en Buenos Aires que se agita á impulsos de un inmenso progreso, podrá Vd. con el trabajo rehacer su fortuna».
Así tambien pensaba Mauricio.
Solo en el mundo, sin familia, sin fortuna, ningun vínculo ligaba su vida, sino era el sentimiento nacional, que mal grado el tiempo y la ausencia, vivió siempre, puro y ardiente en su alma.
Y cuando las puertas de la patria se abrieron para él, aunque por la mano severa de un desastre, el pobre desterrado apresuróse á volver á ella.
Sin embargo, Mauricio amaba tambien la Francia.
Allí su niñez desamparada, había encontrado el calor de una benevolencia tutelar; allí comenzaron á formarse sus ideas y sus sentimientos; allí se abrió su alma á la vida intelectual.
Sangraba su corazon al dejar aquel país riente y hospitalario; al decir adios á sus amigos, á sus compañeros en las tareas del espíritu; á sus antiguos profesores; al sábio Blain y hasta á la buena Colombe: á ella sobre todo, tan buena y maternal para él, en la orfandad de su infancia.
Al separarse de ellos, al alejarse de Paris, llorando, Mauricio recordó el dia que, llorando tambien, allí llegara: un dia helado de Diciembre.
El pobre niño seguía penosamente, con sus pequeños pasos, el tranco largo del capitan inglés que lo había traido á su bordo, con el mismo despego que ahora lo guiaba á pié, al través de largas calles. Tenía frio, tenía cansancio, tenía miedo. Lloraba, sintiéndose solo en esa ciudad inmensa, entre una multitud que hablaba un idioma desconocido; bajo un cielo gris, de donde llovían copos de nieve que caían sobre sus mejillas y coagulaban sus lágrimas.....
Manos piadosas lo recibieron de aquel hombre, que lo entregó con indiferencia, y se alejó sin dirigirle una mirada.
Acojido con amor, tratado con los tiernos cuidados que la piedad consagra á la infancia, su alma, hasta entónces reconcentrada, entumecida, abrióse á los afectos de la amistad, de la gratitud; y echó dulces raíces en esa plácida etapa del bienestar y de bonanza que era ahora necesario abandonar.
Así es la vida: ¡perpétua nostalgia!
VI
Mauricio llegó á Burdeos cuando el vapor «Senegal» aguardaba á sus pasajeros en la rada de Pouillac.
Quedábale una hora, que empleó en la visita de adios á un amable anciano, un digno funcionario argentino, que, más de una vez, habíalo halagado con su aprobacion y felicitaciones, cuando en la prensa francesa, Mauricio había alzado la voz para defender los intereses del Plata.
¿Quién no conoce por su patriotismo y su caballerosa hospitalidad al Sr. Santa Coloma, Vice-Cónsul Argentino en Burdeos?
El distinguido porteño acojió al jóven compatriota con cariñosa conmiseracion.
Por los diarios de Buenos Aires y su propia correspondencia, éranle conocidas sus desgracias y su noble abnegacion.
Deploró los desastres con que la Providencia había querido—díjole—probar su fortaleza. Y mezclando á sus frases de condolencia, palabras de aliento, exhortólo á la entereza, á la serenidad, á oponer á la desventura, el valor y la resignacion.
Conociendo su fuerza en el periodismo, aconsejóle seguir en él, y preferir para ofrecerle sus trabajos un órgano neutral, en que pudiera alejarse de la política de partido, que tanto amengua al hombre, y militar en la de ecleptisismo, que lo eleva y dignifica.
—Ahora—terminó, consultando su reloj—venga un abrazo.... fuerte.... así, bien fuerte.
Me privo del gusto de presentar á Vd. mi gente, porque están tristísimas con la despedida de una amiga que se marcha, precisamente, por el mismo vapor que Vd..... ¡Ah! hé ahí, por ejemplo, un modelo de valor y de resignacion: esta jóven hija de Buenos Aires, vino hace tres años para perfeccionarse en sus estudios musicales. Su padre, ingeniero en comision, regresó á Buenos Aires dejándola en casa de una parienta lejana.
En estos tres años, hizo Julia progresos que maravillaron á pianistas de fama europea.
Pronta estaba ya para el regreso; pero su padre, que vino á buscarla, á su paso por Rio Janeiro contrajo una fiebre, y murió apenas llegado aquí.
La pobre niña ha quedado sola en el mundo, hundida en el dolor; pero no se ha desalentado. Rendidos al padre los últimos deberes, vuelve á Buenos Aires, donde vá á buscar en el trabajo la subsistencia......
Pero, ¡qué charlar de viejo! dirá Vd.
—¡Oh! no señor, que me interesa profundamente esa jóven.
—Y si puede Vd. serle útil, durante la travesía, nos obligará mucho, á mí y á mi familia. Además, la señorita Julia Lopez, merece por sí sola toda suerte de atenciones.... Pero, hijo mio, pronto, pronto, márchese Vd., que apenas tiene tiempo de tomar el trasporte y llegar á Pouillac.
—Adios, hijo mio. Escríbame V.; y déme siempre ocasiones de serle agradable. Por su parte: «contra mala fortuna, fuerte corazon», y no olvide Vd. que el trabajo, impuesto por Dios al hombre como un castigo, es la mayor de sus bendiciones....—
Mauricio se apartó profundamente enternecido de aquel noble anciano, tan servicial y benéfico, no solo para sus compatriotas, sino para todos los americanos que aportan á Burdeos.
Al llegar á bordo del vapor, pronto ya á partir de Pouillac, Mauricio encontróse en medio de una escena de adioses entre los viajeros que se iban, y los que venidos á despedirlos, regresaban.
Lejos del tumulto, sola, sentada en un banco de popa, estaba una jóven vestida de luto.
Al verla, el nombre de Julia Lopez vino á la mente de Mauricio.
Anochecía; y la sombra de la hora y un largo crespon negro velaban el rostro de la viajera. Pero Mauricio adivinaba dos grandes ojos negros que lloraban, fijos en el lejano paisaje que él, tambien con dolor, contemplaba.
Un mismo duelo apenaba aquellos dos corazones: el uno dejaba un sepulcro; el otro, la tierra de caluroso afecto que reemplazara la patria y la familia.
Catorce años antes, á esa misma tristísima hora, el anochecer, un niño, angustiado el semblante, asomábase á la borda de un buque inglés que echaba el ancla en el puerto.
Sus ojos contemplaban con terror el país desconocido que tenía delante; y volvíanse llorosos hácia las azules lontananzas que en pos dejaba.....
¡La vida es una perpétua nostalgia!
VII
El vapor dejó las aguas de Pouillac y siguió su derrotero entre las brumas de la noche.
Cuando la luz del faro de Pouillac desapareció en el horizonte, un sollozo exhalóse bajo el velo de la viajera, que se alejó con lentos pasos.
La campana del comedor llamó á los pasajeros, que bajaron en bullicioso tumulto y ocuparon la mesa, alegres y despabilados, cual si poco antes no dieran dolorosos adioses: en el rostro la placidez de la comedia; ocultos en el corazon los dolores del drama.
Como ellos, Mauricio rió tambien, entregóse á las ruidosas é insignificantes pláticas de á bordo, guardando para la hora solitaria del camarote, las tristezas de su incierto porvenir.
El recuerdo de la jóven enlutada vino algunas veces á la mente de Mauricio; pero en vano la buscaron sus ojos entre los pasajeros, á la hora de las comidas y en los paseos nocturnos de toldilla.
Muy luego supo que no se había equivocado al verla: que era Julia Lopez, la jóven artista de quien hablase el Vice-Cónsul Argentino en Burdeos.
Supo tambien que á causa de su duelo, no salía de la cámara de señoras.
En efecto, por más que la acechara, dirijiendo miradas indiscretas al sagrado recinto, Mauricio no logró verla.
Y solo en la noche que el «Senegal» paró en la rada de Rio Janeiro, cuando los pasajeros hubieron ido á tierra y el buque se quedó solitario, Mauricio la divisó de léjos, cubierta con su largo velo de crespon negro, sentada en el mismo banco en que se sentara la vez primera.
¡Ah! ¿no era aquella ocasion para dar al diablo las prescripciones de la etiqueta, que le prohibían presentarse á sí propio á la interesante jóven, invocar el nombre del anciano Vice-Cónsul, y ofrecerla sus servicios?
Mauricio se sorprendió anhelando una tempestad, la inminencia de un peligro, que le diera el derecho de salvarla en sus brazos.
Pero ¡ah! una implacable bonanza acompañó al «Senegal» en esos temibles mares, el resto de su viaje; y una mañana nublada, pero ya con asomos de primavera, amaneció surto en Balizas Exteriores........
VIII
Mauricio aspiró con ánsia el aire natal. Nada más había para él en aquella soledad, que la ausencia y la muerte habían hecho en torno suyo.
Ni parientes ni amigos: extraño en su patria.
Al entrar en la Avenida Montes de Oca previno al cochero que debía alojarse en un hotel.
—¿A qué hotel quiere ir el señor?—preguntó el automedon.
—Al que á Vd. mejor le parezca, amigo.
—¿El señor es forastero?
—¡Forastero!—repitió Mauricio, con amargura.—Sí, forastero.
—Entónces vamos al Gran Hotel, que tiene muy buenas condiciones para los extranjeros.
—Pues, al Gran Hotel, mi amigo. Lleve Vd. allí mi equipaje y entréguelo con ésta tarjeta.
—¡Cómo! ¿el señor no viene tambien?
—Yo iré á pié para mejor ver la ciudad. ¿Dónde está el Gran Hotel?
—Cangallo entre Reconquista y.........
—Bien, bien: ya lo hallaré.—
Y Mauricio echó á andar á lo largo de la Avenida Montes de Oca y desde allí siguió entre quintas, chalets, jardines y vergeles.
Los tristes pensamientos que al llegar lo asaltaron, desvanecíanse ante el grandioso espectáculo que contemplaba.
De la Buenos Aires de sus recuerdos, solo reconocía el nombre: tan grande y bella, la gloriosa metrópoli habíase tornado. Sus calles niveladas, llenas de luz, surcadas por vias férreas, con anchas veredas y rico pavimento; sus casas renovadas, ó transformadas en palacios; sus plazas en jardines adornados de estátuas; con avenidas de palmeras, que recuerdan las grandiosidades fabulosas de la India; sus escuelas que remedan suntuosos alcázares; sus teatros visitados por las primeras celebridades del mundo, con un público de gusto esquisito, que juzga con rigor y paga con régia generosidad.
Como un talisman de preservacion tutelar, en las puertas de esos millares de edificios aglomerados en aquel vasto conjunto, brillaba la placa de la Compañía de Seguros «La Buenos Aires», poderosa asociacion que cuenta en su seno á los más fuertes capitalistas nacionales y extranjeros.
IX
El desterrado vagaba entre esas grandezas, solo, pobre, desconocido, como un alma en pena; pero el orgullo nacional sobreponíase á estas mezquindades, y llenaba de gozo su alma.
Antes de entrar en la morada de los vivos, Mauricio quiso hacer una visita á los muertos y dirijió sus pasos al cementerio.
En los alrededores de éste, habíanse tambien efectuado suntuosas trasformaciones. Grutas, lagos, jardines, estátuas, habríanle hecho creer que se había extraviado, si más allá no se alzara ante él, la lúgubre fachada.
Mauricio penetró en el triste recinto.
Un sepulturero lo llevó al mausoleo de su familia.
Mauricio despidió al cicerone y quedóse solo.
Delante de él, colocado en un lecho de hierro, estaba el ataud que guardaba los restos de su padre; y ¡oh! ¡amarga ironía de la casualidad ó de la providencia! el despojo de aquella que lo dominara en vida, encerrado ahora en una caja de ébano, pesaba, todavía, como una obsesion sobre sus heladas cenizas.
En el extremo opuesto, Mauricio divisó aislado y solitario, el sepulcro de su madre—muerta á la edad de veinte años—decía el epitafio.
A ella dirijió su plegaria y la efusion filial de su alma.....
Dió una severa mirada á las otras dos tumbas, y se alejó murmurando un requiescant in pace de perdon.
X
El dia siguiente á su llegada, Mauricio dejó el hotel, caro para la exigüidad de sus recursos, y tomó alojamiento en una casa de huéspedes, indicada por el que fué su tutor.
Una vez instalado, buscó trabajo en uno de los diarios más acreditados de Buenos Aires.
Su director, que es un distinguido literato y, además, un hombre de corazon, hizo al jóven una acojida tan amable como alentadora. Ofrecióle su amistad, y desde ese dia, dióle trabajos importantes en la seccion editorial del diario....
No había pasado una semana de la instalacion de Mauricio en la casa de huéspedes, cuando por una de esas evoluciones de barrio, tan frecuentes en esta época de transformacion material, aquel edificio fué expropiado é intimada órden de desalojo.
Los huéspedes se dispersaron; y Mauricio, habiendo de buscar nuevo domicilio, recordó que en la guia había visto la existencia de un pensionado que una señora francesa, madame Bazan, tenía en la calle mas cercana á las oficinas de su diario.
Contento de esta circunstancia y anhelando volver á vivir en un interior francés, fué á pedir hospedaje en aquella casa.
Madame Bazan, una amable vieja, entre cincuenta y sesenta, recibió con agrado á Mauricio.
—Con gran pesar mio—le dijo—me es imposible recibir á usted. Mi pensionado es rigurosamente femenino y de familias en las que no hay varones.
Capricho ó razon, por acuerdo general, los hombres están excluidos de este gineceo, verdadera sucursal del antiguo Port Royal de célebre memoria.
—¡Ah! lo deploro... Pero—insistió Mauricio—mi querida madame, paréceme que siendo yo por mi contínua ausencia de la casa, un huésped invisible, bien pudiera relajarse en mi favor, algo de ese terrible rigorismo.
—Es verdad. Yo lo desearía, por lo menos. Pero ¿qué hacer? Así lo quieren estas señoras. Son veinte, entre ancianas y jóvenes; ocupan toda la casa: tienen, por lo tanto, derecho á vivir segun su gusto.
No obstante.... quizá pueda yo arreglarlo de algun modo.
Desde luego, y con sentimiento le digo que no puede ser V. mi pensionista.
—Me contentaré con que usted me admita como inquilino invisible.
—Contando, desde ahora, con fuertes resistencias, voy sin embargo, á proponerlo á mis huéspedas; por supuesto, alegando en gracia del solicitante, las razones por él expuestas.
Venga usted á verme mañana.—
XI
Desde que lo vió llegar, madame Bazan tendió á Mauricio las manos.
—¡Triunfamos!—exclamó, con la espontánea alegría francesa.
—Reunido anoche mi areópago á la hora del té, expuse el caso con todas sus atenuantes modificaciones.
¡Quién lo creyera! La seccion jóven fué á V. adversa.
¡Y dicen que la juventud es indulgente! ¡Qué error!
Apenas, las viejas, en mayoría, lograron triunfar, no sin el rigoroso aditamento de—forzosa ausencia de la casa, desde primera hora hasta la hora del sueño.
Venga usted á ver el cuarto que le destino. Es el único que un hombre puede habitar en esta casa, verdadero monasterio, dónde solo faltan la toca y el sayal.
Y empujando una puerta que abría en el zaguan, hizo entrar á Mauricio en una pieza pequeña, pero aseada; cubiertas sus paredes con papel de ramajes azules en fondo blanco.
Frente á la ventana, que recibía luz de la calle, una puerta empapelada como las paredes, clavada una percha en lo alto del marco y oculta bajo una cortina de damasco azul, hacía veces de ropero, cegando la comunicacion con la vivienda vecina.
Cubría el piso un tapiz de hule; y el mobiliario componíanlo una cama de nogal con dos colchones, dos almohadas y mosquitero de gasa blanca; un velador, un lavabo con juego de porcelana, una cómoda, dos sillas y una mesita central.
—¡Magnífico! Hé aquí cuanto necesito—dijo Mauricio, estrechando gozoso la mano á madame Bazan.
XII
Aquel mismo dia mandó allí su modesto equipaje, que la camarera instaló, arreglando el pequeño cuarto, á pesar de su deficiente mueblaje, con el realce de un buen gusto enteramente parisiense.
Cuando Mauricio vino aquella noche, á la hora del sueño, quedó encantado de su nueva morada.
Todo estaba en su lugar: el gas encendido dentro de una bombita de cristal, sobre la mesa del centro; la bugía en el velador, al lado de la garrafa de agua y el vaso de cristal de roca; la cama abierta, mullidos colchones y almohadas; sábanas y cobertores sahumados con alhucema; en el lavabo preparado el baño.
La puerta-ropero guardaba los vestidos de Mauricio, bajo la cortina de damasco azul; la cómoda sus corbatas y ropa blanca.
Sentíase allí la mano de la mujer y su benéfica influencia en todo: hasta en un lindo ramilletito de violetas que desde el fondo del baño de porcelana, enviaba su perfume al pobre huésped proscrito.
Mauricio, apoyado el codo en la mesa y la frente en la mano, leía, ó más bien, distraido, divertíase en hojear un libro, señalando con los dedos, á la ventura y á largas distancias en la página, frases que, reunidas, formaban absurdos ó sentencias, que lo hacían sonreir ó meditar.
En una de esas casuales agrupaciones, leyó:
—En toda existencia humana hay un minuto esperado ó fortuito, solemne ó trivial, que decide del destino entero.
Mauricio sonrió.—¡Perogrulladas!—iba á decir, á tiempo que una ráfaga de melodía, que parecía venir detrás de la puerta-ropero, invadió el silencioso cuarto.
De seguro pertenecía á un Steinway, el teclado que una mano ligera, experta, suavísima, recorrió con un arpegio ténue como el rumor de la brisa, seguido de las primeras notas del valse de Julieta.
Mauricio, inmóvil, comprimiendo el aliento, escuchaba aquellas notas que como una misteriosa corriente, llevaban su pensamiento léjos en el tiempo y en el espacio, allá, á bordo del «Senegal,» al caer el crepúsculo, en la rada de Pouillac; y en la bahía de Rio Janeiro, en una noche primaveral.
Pero como si la artista hubiera adivinado su presencia, el piano calló.
—Es una de las enemigas que rechazaron mi admision—pensó Mauricio.
Aquella noche, fantásticas visiones visitaron su sueño. Ora bajo la aérea forma de una vírgen, sonreíale el valse de Julieta; ora, en letras de fuego llameaba la misteriosa leyenda....
Desde entónces, en vano Mauricio aguzaba el oído; el cuarto vecino permanecía silencioso.
—Quizá para alejarse de mí, su habitante lo habrá abandonado—pensaba Mauricio, no sin consagrar un tierno recuerdo al encantado arpegio, y al bello valse de Julieta.
XIII
Cierto dia, encargado de redactar una memoria en que le era necesario compulsar leyes y decretos, Mauricio, huyendo de la cháchara de sus compañeros, resolvió hacer aquel trabajo en su habitacion.
Encerrado y sin dar al exterior señal de vida, escribía en la holgura del silencio y la soledad.