NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
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Sin embargo, en instancias en que el autor cita textos de otros autores el criterio seguido fue el de preservar la forma de escritura original. Es posible que debido a esto se pueda encontrar una misma palabra escritas con ortografía diferente.
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El Índice de capítulos, incluido al final en la publicación original, ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.
JULIO CEJADOR Y FRAUCA
CABOS SUELTOS
Literatura y Lingüística
PERLADO, PÁEZ Y COMP.ª
SUCESORES DE HERNANDO
Arenal, 11, y Quintana, 31 y 33.—Madrid.
1907
CABOS SUELTOS
LITERATURA Y LINGÜÍSTICA
JULIO CEJADOR Y FRAUCA
CABOS SUELTOS
Literatura y Lingüística
PERLADO, PÁEZ Y COMP.ª
SUCESORES DE HERNANDO
Arenal, 11, y Quintana, 31 y 33.—Madrid. 1907
Esta obra es propiedad del autor.
Queda hecho el depósito que marca la ley.
Á MI QUERIDO DISCÍPULO
DON JOSÉ ORTEGA GASSET
Allá te van dedicados, mi querido Pepe, esos articulejos, que según iban saliendo en revistas y periódicos con tanto gusto leiste y más de lo que ellos se merecían me alabaste. Niñerías habrán de parecerte ahora, según son de hondas las filosofías en que andas metido por la docta Alemania, y ricas y cada día más nuevas las humanidades que te traen tan sabrosamente entretenido. Pero como lleven alguna doctrina, para aquí algún tanto nueva, me ha parecido recogerlos en un tomito, que, si no á los maestros, pudieran ser de provecho á los que ya comienzan á aficionarse á estas cosas por esta nuestra España. Y ya era hora que retoñase en ella, ó apuntase al menos, algún renuevo de aquellas tan arraigadas aficiones filológicas que dieron lustre á nuestras letras, renombre á nuestros humanistas y donosura á nuestra lengua castellana. Con ser tan corrientes y molientes fuera de aquí las más de mis doctrinas lingüísticas, tiénenlas no pocos por desusadas y aun revolucionarias: tan recio es el tesón de nuestra casta, tan grande el apego á lo que una vez se le asentó, tan no hacedero el desasirla y destrabarla de lo que con empeño aferró y prendió.
Por otro cabo, la gente moza, que siente en el rostro las blandas caricias con que le halagan los aires extranjerizos que corren, más que en el corazón las grandezas nacionales que pasaron y ellos tienen por áurea y embustera leyenda, bien así como tiene por quimera el ver aquel que nació ciego, ó por quijotismos extravagantes cualquier empresa levantada el que se crió con pecho apocado y mezquino, no saben ni quieren apreciar nuestra lengua en lo que se aparta de la francesa, ni reconocer la reciura del sentir y la naturalidad del fantasear de nuestros añejos escritores.
Traer por acá lo bueno de lo moderno y despertar las ganas de conocer lo bueno de lo viejo y castizo, son los dos intentos que, como siempre me he propuesto, espero se dejen traslucir en estos ligeros escritos. En los cuales en lo tocante á la manera del decir no poco te desagradará, como á mí mismo me descontenta, por ser algunos ya trasañejados y de mis primeros escritos. Supla la sinceridad y buena intención mía, y la indulgencia tuya y de mis amigos que los hayan de leer.
Tu siempre afectísimo amigo,
Julio Cejador.
ÍNDICE
DE LOS CAPÍTULOS QUE CONTIENE ESTE LIBRO
| Pág. | |
| Dedicatoria: á D. José Ortega Gasset | [v] |
| Lingüística y Filología | [1] |
| Estudio del castellano | [19] |
| Idolillos de gramáticos | [37] |
| Los orígenes de la lengua castellana según un libro reciente | [61] |
| Los simbolistas | [81] |
| La ironía y el gracejo en los refranes | [111] |
| El imperfecto y el futuro de subjuntivo en el «Quijote» | [139] |
| La concordancia gramatical en el «Quijote» | [159] |
| El mitógrafo D. Estanislao Sánchez Calvo | [175] |
| Motes ó apodos | [189] |
| Á propósito de un libro | [215] |
| Ortología castellana | [233] |
| Sir William Jones y Lorenzo Hervás y Panduro | [245] |
| El primer Congreso de la Lengua catalana | [255] |
| Extravagancias del lenguaje | [265] |
| Criterio del casticismo | [303] |
| Navarro Ledesma: el hombre y el literato | [345] |
| Chocano y los demás poetas jóvenes de América | [351] |
| El castellano en América | [367] |
| El neologismo | [437] |
| El alma de Santa Teresa en su estilo y lenguaje | [469] |
| El latín y la evolución del castellano | [493] |
Lingüística y Filología
Ha tiempo que un servidor de ustedes anda buscando en las revistas que se publican en España, ya que buscarlo en los anuncios bibliográficos sería pedir cotufas en el golfo, algo que sepa á esa nueva ciencia del lenguaje que nuestros vecinos los franceses llaman Lingüistique; los italianos, más comunmente, Glottologia; los ingleses, Science of language; pero en balde. Eso sí, se ve estampado en letras de molde, y se oye á cada paso, el nombre de Lingüística, y más aún, el de Filología; pero ni siquiera parece que se entienden (digo del público en general) estos términos, puesto que se truecan indistintamente el uno y el otro, y suelen aplicarse al estudio práctico de las lenguas ó á las obras que miran á ese blanco, lo cual ni es Filología, ni es Lingüística, propiamente hablando. Fuera de los rótulos en las bibliotecas y de los títulos de secciones en las revistas, donde, de pocos años á esta parte, aparece más á menudo el de Lingüística, sin duda por copiar á los franceses, en las conversaciones, y aun en los libros, se halla, sobre todo, el nombre de Filología. Todo lo cual da bien á entender que hemos oído campanas; pero..., y que, si del nombre no se nos alcanza gran cosa, de lo que el nombre suena se nos alcanza menos. De los contados escritores que daban alguna esperanza de traernos acá algunas ideas de esa nueva ciencia alemana, á unos hemos tenido la desgracia de perderlos, como Ayuso y Simonet; otros, andan desperdigados, y no hallan favor, ni arrimo, ni medios, ni aun público para emprender tamaña empresa, que lo ha sido siempre en España todo buen deseo de traer algo nuevo.
Cansado, pues, de buscar y de esperar, me he resuelto yo á ser el primero. Voy á darme, pues, el gusto de leer un artículo de Lingüística en una revista española, aunque para ello tenga que escribírmelo yo mismo.
El asunto es muy vago; tan vago, que muchos ni distinguen, como digo, la Lingüística de la Filología, ni podrían declarar buenamente lo que son una y otra; por eso lo he tomado yo también tan vagamente como reza el título del presente artículo. Luego que hayamos echado hoy una ojeada sobre esta nueva región, aunque sea tan ligera como la del turista, que la ve al vapor desde la ventanilla del tren, y después que la hayamos deslindado y dividido en sus términos naturales, podremos estudiarla más en particular, parcela por parcela, si es que los lectores no se cansan, y tampoco yo.
Pero, ante todo, ¿qué se entiende por Lingüística y por Filología? Porque, fuera de España, semejante pregunta sabría ya á rancio; pero aquí, ogaño, todavía es pregunta que puede y debe hacerse, y, sobre todo, merece la pena de que se le dé alguna respuesta.
Siempre que he puesto los pies por vez primera en una ciudad, lo primero que he hecho, si mis ocupaciones me lo permitían, ha sido irme á las bibliotecas públicas, como los pretendientes á las porterías, y los que por primera vez llegan á la Corte, á la Puerta del Sol. Y en las bibliotecas me voy derecho á las secciones de Lingüística y de Literatura.
Ésta última, en las bibliotecas españolas de provincias, suele reducirse á dos docenas de libros viejos, que tuvieron la dicha de acogerse allí como á sagrado, cuando la exclaustración de los frailes, y á unos cuantos menos de autores modernos, menos todavía de los que de camino se habrán podido ver en el escaparate de cualquier librero. Si los Gobiernos no abastecen nuestras bibliotecas públicas de obras literarias, será, sin duda, porque las tendrán por obras ligeras, que los españoles, según somos hechos, diz que nos damos de preferencia á estudios más serios. Pero, consolémonos, que la sección de Lingüística estará mejor surtida, aunque, al parecer, no es más que una hijuela de la anterior, allá en el último rincón. En ella daremos, de hecho, con cuatro ó diez, ó, si á mano viene, veinte Gramáticas de Ahn, Ollendorf, etc., para aprender á las mil maravillas y sin maestro el francés ó el inglés, por si alguno, aprovechando la serena quietud que allí reina, y la no interrumpida soledad, tan á propósito para el estudio, se decide á frecuentar aquel silencioso cementerio de la ciencia antigua.
También topará allí el sabio con no pocos Auctores latinatitis de las Escuelas Pías ó de otros coleccionistas, y buen golpe de Gramáticas latinas, de esas que corren hoy de texto, y que los muchachos, ratonadas y todo las puntas, y con originales glosas en las márgenes, suelen abandonar en las profanas manos de bedeles ó de ilustrados libreros de viejo. ¡Y sobre todo eso se lee el pomposo rótulo de Lingüística ó el de Filología! Gracias que los conserjes, como personas de algún sentido común, al preguntarles por dicha sección, suelen responder con toda llaneza: «De eso que usted busca hay muy poco». ¡Y tan poco!
Con que, á los encargados de rotular los estantes, plúteos y anaqueles de nuestras bibliotecas, si no lo llevan á mal, me atrevería á decirles quedo y al oído, para que no se escandalicen los extranjeros que las visiten: «Pongan todos esos libracos en la sección del desecho ó del rastro; pero, ¡por honra de la cultura española!, no les ocurra llamar á eso Lingüística, por más que lean el título de esa sección en algún Manual del Bibliotecario, aunque éste sea el del Congreso de los ídem de Bélgica; y mucho menos lo llamen Filología».
¿Qué se entiende entonces por Filología y Lingüística?, porque ahora lo entiendo menos. Si fuéramos á atenernos á la etimología de estas dos palabras, y no al sentido en que se toman en el mundo literario, que es lo que tratamos de aclarar, no tendríamos poco que reponer. Filología vale afición al lenguaje; como Filosofía, afición á la sabiduría. Llevado de un sentimiento de modestia, se llamó á sí mismo por vez primera filólogo el eruditísimo Wolf, como por parecido sentimiento se había llamado filósofo el sabio Pitágoras. En otra acepción muy distinta usó el término filólogo Platón[1]; y el de sofistas ó profesores de sabiduría, aplicándoselo á sus propias personas, sus conocidos adversarios Protágoras, Gorgias y Compañía.
Lingüística suena propiamente arte del lenguaje; pero la Lingüística moderna no es un arte, es una ciencia del lenguaje. Para deslindar el sentido corriente que hoy tienen estos dos términos, menester será acudir á la Historia, puesto que histórica es la discusión del valor de cualesquiera términos, y más de los términos de que tratamos.
La Filología y la Lingüística son cosas muy distintas: la primera, es ya de antiguo abolengo, nació en Alejandría antes de la Era Cristiana, aunque tomó nuevos y desusados vuelos, y se la bautizó con este nombre, en Alemania por los tiempos del renacimiento de la Crítica; la segunda, es ciencia de ayer, nació el siglo pasado, de la Filología.
En la época del renacimiento de los estudios clásicos, renovóse, por decirlo así, el de la Gramática greco-latina, como base indispensable para los estudios de Humanidades y Retórica clásica, que tanto empuje tomaron con los bizantinos llegados por entonces á Italia. En aquel movimiento helénico, los ojos se volvieron á la antigua Atenas y á la antigua Roma; la belleza serena del Apolo de Belveder y de la Venus de Milo, los extremados poemas de Virgilio y Homero, las elegantes líneas y el viviente relieve de aquel divino Partenon, que resalta como una síntesis simbólica de la Atenas del siglo de Pericles en el riente azul del cielo de la Grecia, eran el único ideal artístico de aquellos cristianos, que olvidados de las fuentes en que habían bebido sus doctrinas los Santos Padres, abrieron con ansia los ojos á la nueva luz étnica que se levantaba á alumbrar el siglo de los Médicis y de León X, después de una noche de diez y ocho siglos. Todo el afán se ponía en remedar las obras clásicas, y era natural que la institución de la juventud siguiera la norma de los nuevos Quintilianos. Se necesitaba saber manejar el instrumento propio de aquel arte consumado, el griego y el latín; se quería hablar y escribir como Cicerón y Virgilio, como Demóstenes y Homero; así que la Gramática greco-latina y el ejercicio de composición se pusieron en práctica con mayor fervor que en los tiempos de Quintiliano y de Donato.
Pero aquel primer empuje, venido de fuera, sea que lo acabado del modelo hiciera caer el cincel y la pluma de mano de los artistas, desesperanzados de alcanzar lo que ansiaban, sea que la plasticidad y la galanura de la forma no llenase los anhelos que la cultura cristiana, más espiritual que plástica, más subjetiva que objetiva, más lírica que épica, había hecho nacer en los pueblos de Europa, lo cierto es que, llegado á cierta altura de su trayectoria, torció luego el camino, y volvió á entrar en la atmósfera del mundo cristiano.
El alma cristiana se había empapado del lirismo de David, de la profunda y filosófica poesía de Job y del Cantar de los Cantares; la elocuencia arrebatadora de los profetas, que lleva en alas de lo sublime misterioso á la vida inmortal y al reino eterno de Cristo, henchía el alma cristiana; y ni los dioses del Olimpo, ni las arengas del Foro lograron otra cosa más que despertarla de su adormecimiento y hacerla volver á la más honda inspiración cristiana, ó, por lo menos, al arte espiritualista del sentimiento, que de ella procede.
Esta inspiración, incubada en el corazón de las razas europeas durante toda la Edad Media, el romanticismo en lo que tiene de sincera aspiración y quitada toda la hojarasca de que hubo de vestirse en un principio, el arte subjetivo del vuelo hacia lo infinito, el arte del corazón, en fin, estalló y prendió fuego á los mismos dioses paganos y al arte clásico que le había servido de despertador.
Tras unas cuantas frías y amaneradas muestras que, más bien como alardes y escarceos de escuela, que como obras imperecederas de un arte espontáneo, dió aquel primer movimiento clásico, el romanticismo, el arte cristiano, brotó como por ensalmo y volvió á recobrar sus antiguos fueros. En vano las vallas francesas quisieron atajarle los pasos: el seudo-clasicismo, en que había de degenerar necesariamente el clasicismo al ser trasplantado entre cristianos, feneció con la mentida pompa de la corte de Versalles para no volverse á levantar jamás.
Á nuevo arte, nuevo instrumento: las lenguas nacionales tomaron el lugar y vez de las lenguas clásicas; porque el hervor y la vida no se dejaban encerrar en aquellas lenguas muertas, que no daban de sí nuevas formas sin mudarse por el mismo hecho y dejar de ser lo que eran bajo el sol de la cultura antigua. La inspiración romántica y moderna rebosaba en aquellos tiesos y viejos moldes, y la Gramática greco-latina sólo se siguió estudiando con la única mira de penetrar en la Literatura clásica, no con el de crear obras artísticas.
Pero precisamente mientras el griego y latín iban perdiendo tierra como instrumentos de hablar y escribir, acrecentábase su valer y dignidad, y hacíanse más fáciles, primero gracias á la Filología y luego á la Lingüística.
El movimiento romántico en las artes, y sobre todo en la Literatura, fué al principio algún tanto brusco y hasta brutal, como el de toda reacción; pero pasados los primeros ímpetus, se ciñó al renacimiento de las literaturas nacionales. Todas ellas, bañadas del espíritu cristiano y fraguadas en el crisol de la civilización europea, hija de ese mismo espíritu, se distinguieron hasta lo infinito por su propio natural, conforme á la manera de ser de cada pueblo. Shakespeare, Calderón y Schiller, nos ofrecen tres facetas muy distintas de un mismo prisma, por reflejar ingenios de pueblos muy diferentes, siquiera todos tres lleven el sello de una misma idea cristiana y de una misma civilización europea.
No paró aquí esta nueva tendencia literaria. Los europeos recorrieron el mundo, se entraron por todos los pueblos y razas, dieron sacomano, una tras otra, á todas las literaturas, y el rico botín tomó el nombre de Filología. Verdad es que sus más preciados tesoros el codicioso Renacimiento no los había podido desenterrar en Grecia é Italia: las antigüedades helénicas y latinas, apuradas y acrisoladas con el trabajo de la crítica, con el fehaciente veredicto de la numismática, etcétera, etc., encaminaron más derechamente al filólogo para conocer y penetrar el espíritu de las antiguas gentes y pueblos clásicos, harto más acabadamente que lo que alcanzaron los humanistas del Renacimiento. Pero, fuera de la Europa clásica, los estudios orientales descubrieron nuevos veneros en el hebreo, el siriaco y el árabe, el copto y los caracteres geroglíficos del Egipto; dieron con las desconocidas y no sospechadas lenguas y alfabetos cuneiformes de Besitun, Nínive y Babilonia; llegaron á señorearse de las ricas literaturas persa, china y japonesa; coronándolo todo el trascendental hallazgo de la lengua, de la literatura y de la sabiduría de los indios, que abrió la puerta á la comparación del sanskrit, del zend y de las lenguas europeas.
El estudio de la Gramática, dado de manos por los literatos, cayó entonces en las de los filólogos y más tarde en las de los lingüistas. No sirvió ya de mero instrumento para hablar ó escribir en lenguas muertas, sino para buscar los restos literarios de todos los pueblos de las pasadas generaciones, restos que nos daban á conocer las variadas manifestaciones del ingenio y de la belleza en toda la humanidad, no ya en un solo rincón de Grecia: la Gramática vino á ser el instrumento de la Filología. Y mientras la Estética nacía entre las manos de Hegel al abarcar con su mirada los varios monumentos que de todos los rincones del mundo le ponía delante el incansable afán de los filólogos; mientras la Psicología de los pueblos se delineaba ante la vista de los Steinthal y Lazarus al abrazar de una ojeada estos mismos monumentos de la humanidad entera; mientras la Etnología se aprovechaba de los datos aportados por los viajeros y descubiertos en los libros indígenas de todas las naciones; mientras la Literatura se iba embebiendo de todos los colores y matices que le traían las maneras de ver y fantasear de todos los pueblos, ¿quién se iba á entretener en aprender griego y latín para escribir ó hablar con los muertos, sino sólo para entender la Literatura clásica, como se estudiaban el sanskrit y el árabe, el chino y el asirio, el godo y el celta, para seguir el movimiento filológico más universal ó para crear obras de arte, cada cual en su lengua patria, allegando ideas y elementos estéticos de todo el universo? Otro fué, pues, el rumbo de la enseñanza gramatical en Europa, porque otras eran las miras á que se enderezaba, otro el gusto artístico que la dirigía, otro el espíritu que la alentaba.
La Filología es, pues, el estudio de todos los monumentos de un cierto pueblo, mayormente de los literarios, para calar más á fondo en el ingenio y las ideas, en el espíritu y la cultura, en una palabra, en la civilización de ese mismo pueblo.
Pero de la Filología nació la Lingüística. Al rebuscar y escudriñar las literaturas y los demás monumentos de las gentes que pasaron con el intento filológico de hacer revivir las antiguas civilizaciones, se preguntó el hombre pensador si no era por ventura el habla el de mayor momento y valía, el espejo que retrataba el ingenio y la cultura de cada raza, el tesoro de todos sus conocimientos é instituciones, la obra de las obras humanas, no sólo como instrumento literario, sino como monumento propio de cada raza y de cada pueblo. «Nada presta tanta luz á la investigación de los orígenes de las naciones, como el estudio de las lenguas», dijo Leibnitz. Y Creuzer: «El lenguaje es el documento más fidedigno de los pueblos». Die Sprache ist die treueste Urkunde der Völker. De esta suerte consideraron el lenguaje los fundadores de la Lingüística, Leibnitz, Hervás y G. Humboldt, y creyeron que en su estudio hallarían solución los más intrincados é interesantes problemas de Psicología, de Etnología, de Historia.
De aquí á mirar el lenguaje como objeto propio y particular de estudio, prescindiendo hasta de las luces que su estructura, sus palabras, sus conexiones con otras lenguas podían derramar en las investigaciones etnológicas, psicológicas, en una palabra, filológicas, no había más que un paso. Y ese paso se dió, y lo que antes había sido puro arte, se remontó á la categoría de ciencia, y el estudio de las lenguas, que hasta entonces sólo se emprendía como un medio para ser literato ó filólogo, que sólo era simple instrumento literario ó filológico, se tomó como objeto final y propio, constituyendo la Ciencia del lenguaje ó Lingüística.
La Ciencia del lenguaje ó Lingüística prescinde, por lo tanto, de cualquiera aplicación práctica que se quiera hacer de sus consecuencias á las demás ramas de la ciencia. Teniendo su objeto propio, es una ciencia ó arte, de cuyas conclusiones puede valerse el filólogo, ya para conocer el espíritu y la civilización de los pueblos, ya para aprender mejor la lengua que le ha de servir de instrumento en sus investigaciones propias.
El lenguaje es medio para el filólogo y objeto propio de estudio para el lingüista. Además, el filólogo sólo mira al uso de aquella lengua particular que le puede servir para su propósito; el lingüista abarca todas las lenguas en general, aunque se ciña á una sola familia, ó tal vez á una sola lengua; y no para usarlas, sino en sí, en su naturaleza, causas, mudanzas y origen, como término final de investigación. ¿Quién no distingue el oficio del droguero, que echa mano de los cuerpos para otros intentos, y las ciencias Química y Botánica, que se detienen á desmenuzar y estudiar las substancias y las plantas en sí mismas, y no por su aplicación práctica para confeccionar drogas?
Ya lo dijo bien claramente Castrén (Ethnologisch. Vorlesung, 3): «Die Sprachenkunde in ihrer hochsten, wissenschaftlichen Bedeutung, tragt den Namen Linguistik, und ihr Zweck ist die Sprache selbst als solche». «El conocimiento del lenguaje, en el sentido más elevado y científico de la palabra, se llama Lingüística, y su fin es el lenguaje mismo, como tal».
Muy de otra suerte se han desgajado en ramas especiales de la Ciencia filológica la Numismática, la Crítica, la Arqueología, etcétera; pues semejantes disciplinas, por más que se ensanchen, siempre quedarán como ayudadoras del filólogo y del historiador, siempre serán ciencias auxiliares; mientras que la Lingüística, aunque pueda servir, en parte, como ciencia auxiliar (puesto que en su aplicación utilitaria principal entra como indispensable instrumento de la Filología y queda bajo el dominio del filólogo y del literato), pero en sí tiene su objeto propio y dignísimo de estudio, que la convierte en ciencia aparte; bien así como la Zoología y la Botánica son ciencias separadas y no caen bajo el dominio de la Agricultura y de la Industria, aunque su principal aplicación práctica esté en la Industria y en la Agricultura.
Tampoco es objeto propio de la Lingüística el aprender á leer, entender, hablar y escribir una ó más lenguas, para todo lo cual vale el arte gramatical. La ciencia y el arte son cosas bien distintas: la una es conocimiento especulativo, el otro es conocimiento práctico. Lo cual, por claro que parezca, lo confunden, con todo, no pocos. Hay quien no alcanza cómo pueda darse un lingüista que no sepa hablar, ó por lo menos entender las lenguas, en las cuales trae puesto su estudio. Pero menos alcanzo yo cómo haya quien sepa hablar una ó más lenguas, sin tener un solo átomo de ciencia Lingüística: cosa, sin embargo, que vemos todos los días.
Si hay muchos, que leyendo, y aun oyendo, entienden una lengua, la cual no saben hablar, porque les falta, como se dice, el ejercicio; más hacedero es que, sin saber hablar y aun sin entender una lengua, puedan darse cuenta de las leyes que la gobiernan, de su estructura y cambios fónicos y morfológicos. Y si esto no fuera así, nunca podría lingüista alguno pretender que conocía el lenguaje científicamente. A lo más conocería alguna ó varias lenguas; pero no las bastantes para poder decir que conocía el lenguaje. Yo no sé que Bopp supiese hablar y escribir las lenguas que estudió en su Gramática comparada: creo que no; y con todo eso fué el primer fundador de la Lingüística indo-europea. ¿Y quién es capaz de aprenderse, hasta entender y hablar, ni la vigésima parte de las lenguas que tiene que conocer el que desee poseer á fondo la ciencia del lenguaje?
Max Müller, cierto que no sabía así todas esas lenguas de que trata ó que trae á colación en sus obras; en cambio el Cardenal Mezzofanti, que dicen sabía tantas lenguas, era, en verdad, un gran hablista, si puede pasar el término, pero no creo fuera ni aun pequeño lingüista.
Hay personas que poseen una potencia asombrosa de asimilación para aprender lenguas; y que, sin embargo, por falta de ingenio comparativo y raciocinador, no se dan cuenta de la trabazón que encadena entre sí las diversas lenguas que tan bien manejan, y serán capaces de derivar lacayo de leguleyo, á la manera de Lope de Vega: tendrán excelente memoria mecánica y de papagayo, pero no ingenio ni cabeza de lingüista.
En resumen, la práctica de las lenguas y su conocimiento científico distan toto coelo: tanto como las Gramáticas de Ahn, Ollendorf, etc., de las de Bopp, Brugmann, etc.; á pesar de los rótulos de las bibliotecas, que llaman Lingüística á las primeras y... nada á las segundas, porque están ausentes.
NOTAS:
[1] En las Leyes de Platón, filólogo vale amigo de echar discursos (I., pág. 641). Así dice hablando de Atenas: Todos los Griegos tienen á nuestra ciudad por amiga de echar discursos, y más discursos.
Estudio del castellano
Tan seguro andaba yo de que en España no había quien se diese á la ciencia Lingüística moderna, que ni por pensamiento me había ocurrido jamás enterarme de los libros que aquí se publicaban, hasta que por acaso venían á caer en mis manos. Bien chasqueado quedé el otro día y bien pagué la pena de mi presunción. Tres tomos nada menos de color de rosa se me vinieron á los ojos; no acababa de abrirlos ni de dar crédito á lo que leía: ¡Primera Gramática española razonada! ¡Al fin y al cabo! Mi extrañeza y asombro subió de punto al ver que era Segunda edición, corregida y aumentada. Décima tirada. Me engullí las primeras hojas; pero presto me quedé más que helado. Del estilo no hablemos, desleído, sin color; pero ¡la doctrina! ¡Por los clavos de Cristo y qué novedades! La primera cita es de Roque Barcia. ¿Á ver la última? De Roque Barcia. Abro por donde cae el primer tomo: Roque Barcia. El segundo, el tercero: Barcia... Barcia... Roque Barcia. ¡Y yo, desdichado yo!, ¡que tenía á Barcia por un triste saqueador del Diccionario de la Academia, que ni ha saludado las obras más elementales de Fonética, ni supo en su vida que hubiese en el mundo estudios románicos! ¿Á dónde irá á parar este señor Misántropo, como se firma el autor de los tres tomos de color de rosa, guiado por tan amaestrado lazarillo? Á la torre de Babel, donde dice que «principia la Historia de las lenguas... Desde el año 2244 antes de Jesucristo (ni uno más ni uno menos) principia este gran estudio, no cabiendo la menor duda que la lengua primitiva fué dada por Dios al hombre»[2]. Luego vienen autoridades y notas de Cantú y más Cantú, de Rousseau, ¡hasta del P. Isla! Y todos entre Roques y Barcias, que es un pisto, verdaderamente manchego.
«Lo que podemos afirmar ahora, sin temor de errar, es que el lenguaje no le hemos recibido tal y conforme hoy le poseemos»[3]. ¡Valor necesitaba para afirmar, sin temor de errar, que Adán no habló el castellano del siglo XIX! Pero mayor se necesita para añadir: «Todas las lenguas son analíticas, porque preciso es descomponer el pensamiento para enunciarlo, además que la palabra es un instrumento de análisis, no un principio; es la expresión un medio para la consecución de nuestro fin, y por esta razón las primitivas lenguas son sintéticas, porque dejan en el pensamiento muchos puntos que analizar»[4]. ¿Quieren más?
«En el Asia había siete lenguas, entre éstas estaba el sánscrito propio de los indos, llena de dialectos, todos derivados de este idioma... De los muchos dialectos que de él se derivan hay dos principales, que son el hammiar ó de Oriente..., y el de Occidente, que fué el de la Meca, ó sea el coreisch, idioma en que Albu-Bekr escribió el Korán». Todas estas noticias las sabe el Misántropo de muy buena tinta, como que las ha leído (sin estar escritas, que es lo notable) en Cantú.
Otras más estupendas. Dice que como «el idioma originario de los españoles no era grato al oído, ni se prestaba fácilmente á la pronunciación, adoptaron (los españoles) el del Ejército romano»[5]. ¡Por manera que no se prestaba á la pronunciación la lengua que únicamente habían sabido pronunciar hasta entonces!
Bastan estas citas para entrever los insondables repliegues de la sabiduría de este eruditísimo autor. Y para no despedirnos de él dejándolo á solas, justo será le acompañe su mejor amigo ó inspirador el Sr. Barcia, cuyo solo nombre elogio complido es asaz: «La celebérrima obra del Sr. Barcia, dice al hacer el recuento de los que han escrito de nuestra lengua, obra nueva en su género, nueva en su doctrina, nueva en su forma, nueva en su estudio, nueva en su formación y hasta nueva en sus conclusiones; pudiéndose afirmar sin temor de errar que es un justo tributo á la Literatura Española y engrandecimiento de nuestras Letras el Primer Diccionario de la Lengua Española etimológico, distintivo que honrará siempre á su autor, que por satisfecho puede darse, viendo que su trabajo, tan magnífico, tan excelente, ha cubierto el inmenso vacío que verdaderamente quedaba en el vasto campo literario»[6].
Conste, pues, que en España se leen las obras de Lingüística, aunque sean tan rematadamente lastimosas como la misantrópica que ha tenido la honra y gloria de llegar á la segunda edición, décima tirada; que si no se leen mejores, es porque no las hay.
No, no las hay, duelo da decirlo; somos los españoles unos grandísimos perezosos. Los estudios románicos están á la hora que corre en su mayor esplendor fuera de España, hasta los americanos han sido arrastrados en ese movimiento general. Pero en la Península no se sabe siquiera si han venido al mundo. Lo saben muy contados, pero cogidos entre la masa glacial de los que les rodean, no hacen esfuerzo alguno para desasirse y quédanse entre ellos formando el témpano nacional. No hay, aun entre la gente instruída y que lee libros ó revistas, quien apechugue con un artículo del Zeitschrift für Romanische Philologie.
Dicen algunos que se les cae la revista de las manos al pensar que de nada les ha de servir todo aquello, ya que no han de ponerse á escribir, so pena de gastarse los cuartos en imprimir lo que nadie ha de leer, que sus mejores deseos se estrellan en el menosprecio y las aviesas aficiones de nuestro público que no gusta se le hable de tales cosas. Y sin embargo ahí está la 2.ª edición, décima tirada, cobrando el barato. Si en vez de esas insulseces, se diera al público una buena Gramática histórica del castellano, razonada si es preciso, la cultura lingüística iría filtrándose en todas las capas sociales.
He oído por ahí que el ilustradísimo don Eduardo Benot, uno de los pocos que han tenido el atrevimiento de dar á luz un libro de estas cosas, tiene de la Academia el cargo de hacer una Gramática castellana. Mucha filosofía del lenguaje tiene en su cabeza el Sr. Benot para no salir con la empresa, si, como supongo, está además al tanto del romanismo moderno y ha revuelto muy bien revueltos y estudiados nuestros clásicos. Allá veo venir con la visera muy calada, acicateando los ijares de su tordillo, al no menos insigne D. Francisco Navarro Ledesma. Bienvenido sea. Si no hiciera más que desbaratar vejeces lingüísticas allanando el terreno, no hiciera poco.
El Sr. Alemany acaba de publicar un compendio muy á propósito para que el público se vaya enterando en la faena que ha de verificarse acá abajo en el coso. Pues digo, y lo que promete aquel otro de vistoso y variado plumaje sobre chispeante casco, cuyo corcel caracolea que no se da manos el caballero á sujetar tan fogoso bruto: por las señas es D. Edmundo González Blanco, autor de un artículo acerca del lenguaje en la «España Moderna», que parece va á ser el primero de una gran obra de Lingüística general.
Pero hay otro lidiador que aguarda para entrar en la liza la última hora, á quien puede temer el mundo entero. No hablo del señor Múgica, que ha tiempo anda acicalando sus armas allá por la sabia Alemania, aunque bien pudiera ser que se nos presentara el día menos pensado. Hablo del originalísimo fundador de la ciencia cocotológica. Bohordos parecerán sus pajaritas, pero tras ellas vendrán las huestes revolucionarias de una juventud modernista, que acata sus órdenes y espera una señal de sus negras y brillantes pupilas. Tiene hechos, al decir de algunos, hondos estudios sobre la evolución del castellano, y me sospecho que su libro el día que aparezca, si es que amanece ese bienhadado día, ha de estallar como una bomba.
¿Y qué hacen otros dos caballeros, por apellido Robles los dos, que no vienen, de Santiago el uno, á continuar sus trabajos fonéticos, el otro de Ávila, á mostrarnos los que tiene preparados acerca de la prosodia castellana? Y no quiero citar arabizantes y otros filólogos de más recóndita erudición. Yo tengo mis esperanzas de que los estudios lingüísticos han de acabar por levantarse en nuestra patria de la postración en que han caído hace más de tres siglos.
Lo que más se echa de menos en los autores que escriben por acá acerca del castellano, es esa gimnasia bien enderezada y duradera en la Fonética, tal como la enseñó Bopp y la han ejercitado los lingüistas alemanes en las lenguas indo-europeas. El análisis concienzudo del griego y del latín, amén de algunas correrías por las lenguas ario-iranias y aun por las germánicas, aunque sin hacer en ellas tanto asiento como pretendía Ayuso, es el fundamento de la educación lingüística. Sin él se podrá florear y parlar más ó menos elegantemente á lo Max Müller, bien que sin ahondar como él, ó endilgar algún artículo de revista; pero no hay poder dar un paso en la etimología ni en la gramática. No son estos asuntos de pura erudición, cuyos datos quepa tomarlos confiadamente de mano ajena. Siempre me pareció la Lingüística muy semejante á las Matemáticas en esto del rudo y largo aprendizaje que entrambas requieren. Lo bueno es que en España no se ahonda en el latín ni en el griego, por lo menos de esa manera maciza y sosegada, especie de gimnasia intelectual que se hace descomponiendo vocablos en sus temas, raíces y sufijos, cotejándolos con los de otras lenguas emparentadas y con los antiguos de la misma lengua, entresacando las leyes que rigen las mudanzas y la evolución fonética, y todo lo demás que abarca la verdadera lingüística hoy en uso. Aquí hemos de sonrojarnos confesando llanamente que nada de eso se nos alcanza, y mucho será que no lo tengan algunos que pasan por lingüistas como cosa baladí y de menos valer.
En lo que toca al estudio del castellano, el aprendizaje y preparación para entrar en él con buen pie, abraza todavía algo más.
No basta el estudio del latín, como lo entienden los romanistas, que se ciñen á él y cercenan lo que el primer maestro Dietz y el sentido común piden no se cercene. El caudal de las lenguas románicas, mayormente del castellano, se deriva de otras varias fuentes, que han de tenerse bien conocidas. Acaece no saber los romanistas nada ó poca cosa de las lenguas germánicas, es muy corriente no entender jota de árabe, y menos del habla prerrománica de España, del eúskera ó vascuence.
En cambio los arabizantes no poseen bastantes conocimientos en lo que atañe al indo-europeismo y al romanismo. Desvíanse así á la una ó la otra banda, y no hay quien pueda mirar á entrambas y juzgar por sí del conjunto.
Del eúskera no hay para qué traerlo á colación. Cuando no se halla etimología llana ó forzada en las demás lenguas, aunque sea en la de los zulúes ó patagones, se coge á Larramandi, y se sale del atolladero sin poder aquilatar lo que él diga, porque el eúskera es lengua endiablada, cerril y que no merece la pena de acordarse de ella. El elemento latino es del mayor momento para el castellano. Pero para un romanista es tan claro como el agua en nuestro romance. Ábrase, si no, el Diccionario y hágase la prueba de analizar cualquier término derivado del latín. Convengo en que tropiezos los habrá; pero lo ordinario es que la comparación fluya limpia y segura, que los cambios fónicos se expliquen con toda facilidad. ¿En qué consiste, pues, que los autores hallen tan espinoso el camino que parece de suyo tan llano? En que creen ser latino lo que no lo es, en que no se tienen bien en cuenta las demás fuentes del castellano, como vamos á verlo en seguida. Y no se atemorice alguno con que le vaya yo á salir ahora con el indispensable conocimiento del árabe, de las lenguas germánicas y célticas, del persa, del sanskrit, hasta del frigio y del gálata: ya que á todas ellas acude el Diccionario de la Academia para desembrollar las etimologías. El sanskrit no explica ninguna palabra castellana, si no son de esas contadísimas que han pasado antes por toda Europa; el sanskrit aclarará los radicales greco-latinos, no las palabras castellanas. En cuanto al griego no sé cuantos vocablos nos habrá dado directamente sin pasar por el latín, á no ser del tecnicismo moderno: creo que ni uno solo; para las verdaderas dificultades etimológicas del castellano, el griego no da ninguna luz.
El elemento arábigo no toca á la Gramática, fuera del sabido fenómeno de la prefijación del artículo al-, a- en vocablos conocidos. El caudal léxico que el castellano tomó del árabe ha ido disminuyendo pasmosamente hasta quedar reducido á contados términos pertenecientes á la industria y agricultura. Los trabajos de Simonet y de Eguilaz y Yangüas nada dejan que desear: hay que desechar en ellos algunas etimologías, que no son arábigas ni orientales, pero no que añadirles, tal vez ni una sola. Es, pues, un trabajo de selección, que requiere el conocimiento de las lenguas semíticas, pero no exige profundos estudios especiales. El sello de raza se echa de ver, por lo demás, al momento. Sólo sí se necesita conocer bien los sonidos arábigos y sus correspondientes al pasar al castellano las palabras orientales. Los trabajos de los citados autores, los de Baist, los de los textos aljamiados y la obra de P. de Alcalá son guías seguros que no dejan lugar á duda.
La dificultad empieza en una multitud de vocablos, comunes á la mayor parte de los romances, inexplicables por el latín, y en otra todavía mayor, si cabe, exclusivos del castellano.
Y aquí se nos vienen con sus credenciales más ó menos valederas las lenguas germánicas con el derecho de conquista, y las célticas con el de posesión del territorio románico en España y Francia. La cuestión está en la autenticidad de esas credenciales en cada caso particular. Las lenguas germánicas nos son más conocidas, por lo menos en cuanto á lo que pueden interesarnos para el caso de que se trata; las célticas están rodeadas de nebulosidades, bajo las cuales corren á guarecerse ciertos etimólogos en los trances apurados, que son tratándose de nuestra lengua, en la cuarta parte, por lo menos, de nuestro vocabulario: ¡ahí es nada!
No sólo conocemos la evolución de las germánicas casi tan bien como la del griego y latín, sino que los términos góticos quedan limitados á muy corto número, pertenecientes á la guerra. La mayor parte de los derivados germánicos vinieron, ó del godo medio latinizado, ó por Francia del bajo alemán.
En francés son abundantísimos, y repito que del bajo alemán, sobre todo del antiguo frisón, y algunos del sajón antiguo. Hay que estudiarlos, pues, en el francés, antes de darles aquí carta de naturaleza germánica, y más todavía hay que estudiarlos en los patois de allende el Pirineo. ¿Llegarán á 500 las raíces germánicas del castellano? Mucho lo dudo. Quedan todavía casi la mitad de las raíces castellanas por aclarar. Esta sola enunciación escandalizará á los romanistas. Apelo á los hechos. Abran el Diccionario por la ch, por la j, por la z y aun por la b y la g: tropezarán en cada 20 vocablos de las primeras y en uno sin otro de las segundas de estas letras: quiero decir que para un término claramente latino en las letras ch, j, z, hallarán 20, por no decir 40, que no sabrán explicar si no es á fuerza de contorsiones, y por uno latino en la b ó en la g, hallarán tal vez otro que no lo parece tanto.
Y aquí es donde yo quisiera ver á los más aguerridos romanistas valerse de las leyes fonéticas, tal como se aplican en la escuela de Bopp, Curtius, Schleicher y Brugmann. Dejarían pronto el latín á un lado, confesando paladinamente que el latín de nada sirve en tales casos. No falta quien en ello convenga, prefiriendo la ignorancia al error. Pero algunos están por el latín á todo trance. ¿En virtud de qué leyes fonéticas se sacan empatar de impedire, baile de baiulus, cecina de kigen, chicha de scissa, chichón de cicer, chinche de cimex, china de stein, chillar de ululare, zarpar de harpadzo, chivo de capreolus, chorro de sorctus? Ni por el sonido ni por la idea tienen atadero. De iocus se han sacado nada menos que chiste, chueca, chusco, chacota, jugar... ¡qué se yo cuántas palabras más!
«Chalán: del arábigo challab», que no suena así en árabe, sino djalãb. «Chapaleteo: de kolaptein, golpear de plano». ¡Cambiando ko en cha, lap en pal! «Chaparra: del vascongado chabarra, derivado de abarra, encina, roble»; sólo que abarra no significa ni tiene que ver con eso, ni la Fonética puede aquí nada con todos sus bisturís y algunos más. «Churre de escurrir, churro de spurius, chirumen de saturamen...»
Paréceme que todo esto es maravilloso en grado superlativo; pero por el descaro en reirse del público. Eso no lo escribe el de Coria, aunque se lo paguen, y eso lo ha escrito no la Academia, porque es imposible que hombres tan eminentes jugueteen tan puerilmente; eso lo ha escrito alguno que quería pasar por filólogo y lingüista. Tener la frescura de derivar cha-morrar por esquilar de caput mutilum, ya es tener frescura, é ignorancia del castellano, donde morra vale cabeza, y el prefijo cha-, za-, sa-cortar ó un pedazo en sa-humar ahumar un poco, za-herir herir un poco, cha-purrear estropear el habla (apurra desmenuzar en eúskera), cha-podar podar un poco, etc., etc.
Ya he dicho que la etimología castellana necesita algo más que el latín. El celta y el germánico, el teutón, el gálata y el frigio son burladeros y nada más.
Otro burladero es la onomatopeya. ¿Podrán decirme ustedes qué onomatopeya ó remedo natural hay del objeto en cháchara? ¿A ver? Imitemos la «abundancia de palabras inútiles», por ejemplo, la abundancia del «voz imitativa», que pega á multitud de vocablos el etimólogo del Diccionario oficial. ¿Qué voz imitativa hay en chacón, en chapurrar, en chasquido, en chicharrón, en chirlar, en chirriar, en chisguete? ¿Qué significará chisguete? ¿No les suena á ustedes á... chisguete? «¡Es voz imitativa!» Yo al menos no sé de qué. ¿Y chuchear, churrupear, zambomba, zangarrear, zaparrazo...?
Verdaderamente, eso no es serio: es lo menos que se puede decir.
¿Hay más fuentes de donde pueda derivarse el castellano? El vascuence. ¡Ya pareció el fantasma! El vascuence, ó mejor dicho el eúskera, es el fantasma, el coco de los etimologistas. «Más difícil es todavía, dice Meyer Lübke[7], determinar lo que el vocabulario español debe á los antiguos iberos, á causa de que el vascuence actual, lo mismo que el antiguo ibero, nos son todavía mucho menos conocidos que el celta». Pues señor, les diría una vieja vascongada que yo conozco, pues apréndalo usted. Mejor sería, digo yo por mi parte, que aprendiera primero el castellano el que pretende enseñarlo. Las obras francesas que tratan de nuestra lengua, no sé por qué ó por qué no, estropean nuestros vocablos con la mayor desfachatez del mundo. ¿Pueden achacarse á erratas de imprenta los innumerables deslices que se notan en tan sabia Gramática? Es imposible que lo sean: no los hay, cuando se trata de otras lenguas. El castellano es la cenicienta de la Lingüística. Pero, en fin, si no conocen el vascuence es porque no se toman la molestia de aprenderlo. Y á fe que merecía bien la pena. El castellano y el francés han vivido largos siglos junto al vascuence: ¿hay quien crea que no se les ha pegado nada? Sería un caso excepcional en la vida de las lenguas: no hay una que no deba algo á sus vecinas.
¡Ah!, ¡pero el vascuence! ¡He ahí el fantasma!
No sé si llegarán á una docena los términos castellanos que la Academia deriva del eúskera; Unamuno y Múgica dicen que sólo derivan cuatro, y aún se los regatea el segundo de estos autores. El cual añade: «Y vamos ahora á dar un mal rato á los vascófilos españoles, que se empeñan en hacer derivar el castellano del vascuence de esta manera: augurio de agur, báculo de maquila, chapeo de chapela, chiquito de chiquera, chorizo de charri, mutilar de mutil, relincho de irrintzi, vía de videa, etc.» Y en una nota de la Gramática del antiguo castellano pone estas palabras de Unamuno: «El vascuence es inferior al castellano en todos conceptos; es más pobre, más obscuro, más embarazoso».
Para desagraviar á la Lingüística básteme apuntar que el Sr. Múgica no conoce el eúskera, que si lo conociera, no se riyera de que á mutilar lo deriven de mutil, de donde deriva manifiestamente, ni diría lo de chiquito de chiquera. La Academia trae un cicus latino como etimología de chico, que tal vez agrade más al Sr. Múgica[8]. Chiquito y chico no sé qué vascófilo ande trayéndolos de ninguna parte, puesto que si sabe vascuence, sabe que ni chiquera es término vascongado, ni chiquito necesita tomar la boína por el sombrero para serlo. Si en esa etimología alude, según creo, á Larramendi, el Sr. Múgica, cegado por la inquina anti-vascófila, no supo leer á Larramendi: «Chico, -ca, es voz vascongada, chiquia, chiquerra, tipia, mendrea. Lat. parvus, exiguus». Tal es el texto, en el cual no se lee chiquera, ni se trae á chico de chiquerra, como no se trae de mendrea, ni de parvus.
El vascófilo que derive augurio de agur ó chapeo de chapela no merecía ser citado para nada. ¿Son parecidas todas las etimologías que aducen los vascófilos? Hinque, pues, el diente el Sr. Múgica en las que yo haya de traer, que no serán cuatro, sino cuatrocientas y bastantes más. La etimología castellana está envuelta en nieblas impenetrables. No hay lengua en Europa que tenga tales misterios á estas fechas. ¡El fantasma, señores, el fantasma! No parece sino que los más avisados lingüistas, arredrados ante tamaña esfinge, se quedan á competente distancia.
No sé á qué otro motivo atribuir el que el insigne Díez, tratando de la etimología de los romances, pase de largo y se deje en el tintero casi la mitad de las raíces castellanas, sin mentarlas siquiera, como parece lo pedía la empresa acabada con tan feliz suceso, por lo menos para confesar que eran inexplicables. Cuando trae etimologías vascongadas se ciñe á copiar á Larramendi: y así salen ellas.
Pero esta cuestión del iberismo y del influjo del eúskera en el castellano tiene más hondas raíces y he de tratarla despacio, porque la creo de gran momento para el conocimiento de nuestra lengua y de nuestra etimología.
NOTAS:
[2] Tomo I, pág. III.
[3] Tomo I, pág. V.
[4] Tomo I, pág. IX.
[5] Pág. XIII.
[6] Pág. XIX.
[7] Grammaire des Lang. Romanes, tomo I, pág. 47.
[8] Para que haya donde escoger nos ofrece chiqui y exiguus en la última edición, y en el Suplemento añade cicum.
Idolillos de gramáticos
Es todavía muy corriente entre personas no iniciadas en la Lingüística moderna el creer que la gente del pueblo habla mal el castellano, que corrompe los vocablos y pronuncia de cualquier manera. Si esto es verdad, el castellano debe de ser una jerga horrible, puesto que antes de nacer la Literatura y de que ésta influyese en el habla vulgar estuvo nuestra lengua á merced del pueblo. Pueblo eran hasta los más linajudos señores de horca y cuchillo, que encerrados entre sus almenas en invierno y lanza en ristre, cabalgando por las tierras del señor vecino, en verano, estaban tan ayunos de lo negro, que apenas si sabían firmar, si no era con dos palotes en forma de cruz. Y pueblo fueron también los primeros españoles, que pronunciando malamente el latín, digo, pronunciándolo á la española, dieron origen á nuestro romance.
En su nacimiento y evolución durante muchos siglos, el castellano estuvo á merced de ese pueblo que habla mal, corrompe los vocablos y pronuncia de cualquier manera. ¿Acaso desde que nació la Literatura, el romance vulgar se ha pulido y perfeccionado? ¿Lo ha sacado la Literatura de manos de villanos quitándole esa corrupción con que nació y se crió y esa pronunciación aviesa de los que lo engendraron y criaron? Á mí, por lo menos, se me cae de las manos la Historia de la conquista de Méjico que escribió con mano muy enguantada el atildadísimo Solís, á pesar de lo que el asunto me halaga; y me voy en busca de escritores que tiran á copiar el habla vulgar, del autor de la Celestina y del Quijote, de nuestros primeros dramaturgos Juan del Encina, Lope de Rueda y Lucas Fernández. Juan de Mena, que salido del polvo, fué persona de cuenta en la corte, si se hubiera ceñido al habla que aprendió en Córdoba á las faldas de su madre, hubiera sido algo más ameno y castizo de lo que fué en su Laberinto y en su Coronación.
Eso de subverter muros, de Pierio subsidio, de ignoto, de vecina planura, de medios especulares, de magnos clarores, de templo immoto, de gran pudicicia ó inimicicia, de docta ductriz, de carbasos, de nueva pruina, de morir sepelidos, de rostro jocundo, etc., etc., sería todo lo jocundo que se quiera para los que creían que fuera del latín no existían más que lenguas bárbaras, las cuales era preciso pulir y ataviar con tales joyas; pero á los ojos de un español todas esas joyas no podían dar gran brillo ni tales terminachos sonar más que cual bronca y desapacible jerga ignota, poco ductriz de movimientos y de clarores poéticos.
Pero le dió por saquear el vocabulario latino españolizándolo como pudo. ¡Gran letrado! Sólo que como pronunciaba mejor que el pueblo, no supo dar á esos infinitos términos latinos, que incrustó en su lenguaje literario, el corte y la pronunciación genuinamente castellanos. ¿Por qué? Porque lo genuinamente castellano es lo vulgar, la pronunciación castellana es la del pueblo, que fraguó nuestro romance. Juan de Mena pronunciaba, pues, y escribía, no mejor que el pueblo, sino horriblemente mal los términos latinos que nos regaló. Y claro está: cuando el pueblo al terciar con la gente culta se ve precisado á emplear algunos de esos términos, que le han querido regalar los eruditos, los estropea y corrompe. Pero los corrompe, como se corrompe el mosto en el lagar, para trasformarlos en términos castellanos, para darles el corte y la pronunciación que pide el fonetismo del castellano. Y eso sin reflexión ni principios; sólo por lo que se ha llamado genio particular del idioma, por ese carácter fonético propio de cada raza, que lo poseen las gentes que hablan cada idioma, las gentes del pueblo tan bien y mejor que las personas ilustradas. El labriego de tierra de Campos no se ha metido nunca á distinguir una letra de otra en su habla, no sabe si pronuncia m ó n al decir á su mujer que se va al campo, ni siquiera ha analizado campo en la raíz camp y en el sufijo o. Pero el que tenga buen oído, notará que ese labriego no dice campo, sino canpo.
Así lo pronunciaron nuestros padres, puesto que canpo escribieron hasta que se le ocurrió á algún erudito que en latín era campus, y que, por lo mismo, había que decirse y escribirse campo. Si se lo hubiera advertido á nuestro labriego, le hubiera tal vez respondido: «¿Y qué tengo yo que ver, ni qué tiene usted que ver con ese latín y con esos romanos de que usted me habla? ¿Son acaso los maistros que vienen de los Madriles? Porque entonces, bien podrá ser que tengan razón».
Hasta ahí llega la docilidad de nuestro pueblo, que da la razón á cuantos llegan de los Madriles ó ven que manejan la pluma ó que saben por lo menos leer. El sacristán, á quien acudían en tiempo de Sancho Panza para que les redactasen una carta, era un sabio profundo. ¿No lo había de ser, si sabía de letra? Y lo cierto es que los que tienen razón son ese nuestro labriego y los demás plebeyos, que os escucharán con la boca un palmo, y con movimientos afirmativos de cabeza, siempre que les habléis en nombre de los sabios, aunque esos sabios sean de los que saben muy á ciencia cierta que campo debe pronunciarse y escribirse con m y no con n. ¡Herejía ortográfica! Y dígame usted, por vida de los romanos, que bien podridos y repodridos estén en tierra, ya que no en gloria: ¿Usted pronuncia realmente campo con m? Repare un momento y pronúncielo usted con m, á buen seguro que se echa usted á reir. Como que tendrá usted que cortar el vocablo y decir cam po. Lo cual si es muy castellano, venga el labriego y lo diga, ó vengan los romanos, que son los que para usted tienen más voto en la materia.
Recuerdo que un tío, que tenía alguna confianza conmigo, en cierta ocasión, habiéndome oído pronunciar esta misma frase, se me quedó mirando sin pestañear, y luego murmuró entre dientes: ¡materia! ¡materia! Él no entendía por materia más de lo que sale de un dedo enconado ó de otra apostema por el estilo. Y eso porque los médicos han llevado el vocablo hasta las alcobas de los últimos barrios; que antes, digo, cuando los primeros españoles oyeron á los romanos el término materia aplicado á los materiales de construcción, les sonó á madera, y tal lo pronunciaron. Así corrompieron los españoles el latín, formando el castellano, y, según he dicho al principio, madera será vocablo mal pronunciado. Lo es ciertamente: latinamente, no castellanamente hablando. Los médicos, como gente sabiada, no han querido corromper tan feamente la materia latina al cogerla del Diccionario latino para expresar el pus, ni los literatos para expresar el asunto de una obra literaria. Pero el caso es que madera, si no es tan latino como materia, es en cambio más castellano. Toda t latina entre dos vocales sonó en España como d: lado de latus, pedir de petere, amado de amatus, verdad de veritatem, miedo de metus.
Tal es el ingenio fonético de nuestro romance. Los médicos y literatos tienen más ojo al ingenio latino: he ahí por qué después nos dicen que el pueblo corrompe los vocablos. Los corrompe, claro está, para mudarlos de latinos, como ellos se los traen, en castellanos. Pronuncia, no de cualquier manera, sino á la castellana; mientras que ellos quieren pronunciar á la romana. Pronunciar á la castellana llaman ellos corromper, echar á perder el habla. Tienen grandísima razón: es corromper, echar á perder el habla latina; pero ellos corrompen y echan á perder el habla castellana, pretendiendo que hablemos medio en latín y con pronunciación latina. Total, que el pueblo pronuncia mal para los que tienen por ideal el latín. Es chistosísimo: el ideal del idioma castellano debe ser el latín. ¿Y por qué no ha de ser el ideal del latín, que ellos nos traen, nuestro castellano? ¿Los muertos han de vencer y señorear á los vivos? ¿En la ley general de la lucha por la existencia sólo el lenguaje ha de andar patas arriba, quedando vencidos los sobrevivientes y vencedores los que sucumbieron? Eso es querer resucitar á los difuntos y matar á los vivos.
No parece, pues, tan cierto que el pueblo corrompa los vocablos y pronuncie de cualquier manera. Los que corrompen la pronunciación castellana y pronuncian de cualquier manera el castellano son los que, por pruritos de erudición, pero pruritos morbosos que exigirían una nueva soba ó un francesísimo masaje, pretenden que dejando el ingenio propio del fonetismo idiomático del habla de los españoles, resucitemos el ingenio fonético del latín, que murió hace ya una buena porción de días. La cultura literaria debe servir para elaborar rotundos períodos, si á alguno le gustan, ó abrillantar con vistosos epítetos y cortar y recortar de mil maneras la frase, y sobre todo para crear obras artísticas encarnando ideas peregrinas en el material lingüístico que el lenguaje ya hecho le ofrece. Pretender dar nuevo natural y otro colorido fónico á ese lenguaje, es mucha altanería y mayor insensatez. El pueblo, que labra y remuda el habla, hace uso instintivamente de una sabiduría tan honda, que desconcierta á cuantos se paran un momento á estudiar lo que un idioma cualquiera significa. Pero me llevaría demasiado lejos este nuevo punto de vista, y lo dejaré para otro día.
Al decir en mi anterior artículo que el lenguaje formado por el pueblo encierra profunda filosofía, no me refería á esa filosofía vulgar de dichos y refranes, que de ordinario más tienen de gramática parda que de filosofía moral ó metafísica, y que se deben al fin y al cabo á la reflexión, á algún individuo particular que tuvo una buena salida ó que supo cifrar en breve fórmula una verdad de experiencia, que ya estaba en el ánimo de todos.
Donde se descubre esa profunda filosofía es en el mismo lenguaje que inconscientemente elabora el pueblo, concurriendo todos á la vez, sin creer nadie que concurra en particular. Nosotros mismos, que al parecer conservamos el idioma castellano como nos lo entregaron nuestros padres, lo estamos sin saber trasformando, y no lo entregaremos á nuestros sucesores tal como lo recibimos. Compárese el habla del siglo XVI con la actual, prescindiendo de los escritos, pues la letra puede ser la misma cambiando la pronunciación: las diferencias saltan á los ojos. Hemos reducido al actual sonido j los dos sonidos franceses de j en jamais y de ch en chat, que ellos tenían y que hemos perdido, y á la actual z los dos sonidos, que ellos pintaban por ç y z, y que se distinguían entre sí y ninguno se pronunciaba mordiéndose la lengua. ¿Vamos á ser nosotros los primeros que podamos oponernos á la corriente que va trasformando incesante, aunque inconscientemente, el habla?
Ni cien Academias, ni todos los literatos juntos, podrían lograr que los españoles digan obscuro con b, Septiembre con p. Los mismos literatos y Académicos, cuando hablan como españoles, dicen oscuro, Setiembre, y los que mejor pronuncian dicen escuro.—¡Eso es del pueblo bajo!—Y... de Granada, León y Cervantes. Y no es que en esto haya evolucionado el castellano. En esto habrá evolucionado la reacción erudita, como en decir afuera por el ajuera vulgar, ó el ahuera del siglo XVI, que sonaba casi lo mismo; en decir fué por el jué vulgar ó hué antiguo; en decir fuerza por el juerza de la gente del campo y de nuestros literatos de antaño; en decir indigno por endino é indino, como los tíos de hoy y Calderón y Cervantes. Pero el habla castellana en nada de eso ha evolucionado, porque sería esa la evolución del cangrejo, sería volver al latín, cosa en que los españoles no tienen gran comezón por seguir á los eruditos.
Hay ciertos principios fonéticos que rigen la idiosincrasia de cada idioma, y que arraigan en lo más hondo de la fisiología y de la psicología de la raza, contra los cuales las Academias nada pueden, si no es mostrar á veces un tremendo desconocimiento de las leyes y principios del lenguaje. De esos principios arrancan las leyes fonéticas que se observan dentro de cada idioma con una filosofía y regularidad que pasman. Contra esas leyes pretende levantarse el dómine, henchido de toda la arrogancia que le presta el nombre romano. El lenguaje no es la manifestación del pensamiento y de la razón individuales, ni aun de la prepujante arrogancia del dómine que se nos viene encima con todo el peso del Imperio cesáreo; es la manifestación de la razón y del pensamiento de una raza, de la raza española, que no es lo mismo que la raza latina. No es el lenguaje la voz de un individuo, aunque ese individuo se llame Cervantes ó Calderón, es la voz de la sociedad entera, mejor dicho, es la voz de raza.
El idioma es la propia é inmediata creación de un pueblo. Es el mundo ideal, en el cual viven las inteligencias de todos sus individuos, y cuya atmósfera común lleva á todos los pensamientos de todos, armonizando en íntima unidad el pensar y el sentir de los particulares, y haciendo latir de la misma vida espiritual todas las inteligencias. En sí mismo, el lenguaje es algo impalpable, que no vive en uno ó en otro individuo, sino en el conjunto de todas las inteligencias, en la fusión íntima del pensamiento, del espíritu de un pueblo con el material fónico de su idioma. El mayor talento queda aniquilado, cual gota echada en el océano, ante la potencia intelectual de toda la raza, acumulada en su idioma. Las tendencias fonéticas, que hacen evolucionar la pronunciación, siguen los mismos pasos, obedecen á los mismos principios, son tan producto de raza como el habla en su elemento ideal.
No pronuncian, pues, á capricho y de cualquier manera los tíos que hacen reir al erudito inconsiderado. No hay fenómeno en la naturaleza que no tenga su razón de ser; el acaso es la receta con que se consuelan el ignorante ó el perezoso. Esa pronunciación del rústico, que al gramático se le antoja corrompida, no es sino muy regular, harto más regular que la que él quiere enseñarle, aprendida del latín: obedece á leyes fonéticas tan ciertas y regulares como el movimiento de los astros, puesto que son producto, no del capricho individual, sino del carácter y de las tendencias fisiológico-psíquicas de toda la raza durante centenares de generaciones. ¡Cuán ridículo no aparece el gramático que, pagado de su latín, mejor ó peor aprendido, pretende dar una lección de pronunciación al pueblo! ¿Qué vale ese átomo de reflexión gramatical ante los principios de raza que le hacen pronunciar al rústico de una manera instintiva é inconsciente?
Se ha disputado y sigue disputando entre los partidarios de la Lingüística novísima y los de la antigua escuela de Bopp y Schleicher, sobre si las leyes fonéticas son leyes sin excepción. No basta para llevar la negativa el considerar la variedad fonética que distingue á los dialectos, la cual llega á veces hasta diferenciar el habla de dos poblaciones vecinas. Eso no arguye más que una cosa, que los factores han sido distintos en naturaleza ó en intensidad, y que á veces nos es difícil averiguar esos factores y la potencia con que concurrieron al efecto total.
Esa debatida cuestión de la universalidad de las leyes fonéticas tiene una solución clarísima, que sólo puede descontentar á los que se empeñan en buscar tres pies al gato. Por cuanto acabo de decir, el fonetismo de un idioma ha sido producto inconsciente de toda la raza. No se convirtió el latín materia en madera porque así se le ocurrió pronunciarlo á Juan ó á Pedro, como se le ocurre pronunciar un vocablo latino á un erudito, cuando lo trae por primera vez al léxico castellano. Si así fuera, á Antonio y á Esteban se les hubiera ocurrido pronunciar ese término materia de otra manera, lo cual no sucedió. La prueba es manifiesta: en castellano toda t intervocal se ha hecho d: luego no hubo tales ocurrencias individuales para que resultase madera y resultase mudo de mutus, y boda de vota, etc., etc. El individuo es impotente; los cambios fónicos resultan de toda la masa de la nación, provienen de causas comunes y generales, que arraigan en la fisiología y psicología, no del individuo, sino del pueblo, puesto en tales circunstancias y con su carácter y civilización propias. Pero, así como en un fenómeno físico entran á veces como factores muchas leyes físicas, hasta el punto de no poderse deslindar el influjo de cada una de ellas en la resultante total, y de que mucho menos se pueda prever un efecto determinado puestas varias causas, por ignorarse las que pueden intervenir en esta colisión y lucha de leyes y fuerzas, así es difícil llegar á conocer todas las leyes que intervienen en la producción de un fenómeno fonético, y mucho más el poder predecir de antemano la resultante de varias leyes fonéticas.
Las leyes obran sin excepción cuanto pueden. Si después su acción queda neutralizada por otras más ó menos opuestas, ¿llamaremos excepción á la resultante que no se atiene enteramente á las leyes que creíamos nosotros que únicamente intervenían? Llámense, si se quiere, excepciones: en este supuesto, la naturaleza es un caos, un montón de excepciones, no es un cosmos, un mundo ordenado. Pase ese término, como hijo de nuestra ignorancia; pero en la pura y cabal inteligencia del universo, ese término carece de sentido.
El rústico que dice madera hace uso de harto más profunda filosofía, bien que inconsciente, que el necio gramático que pronuncia materia. El gramático está solo con su capricho, con el capricho de pronunciar el castellano á la latina, que es capricho tan respetable, ciertamente, como el de aquellos ostrogodos que les daba por servirse de cráneos de difuntos para beber en sus festines. Ese gramático será un gran latino, pero también es un gran ostrogodo. En cambio el rústico se apoya sobre el inquebrantable cimiento de las leyes de la naturaleza, y tiene tras sí la masa imponente de toda la raza.
El infeliz se ve un día precisado á llamar al médico para que vea á su hijo que se le muere: señor Dotor, le dice. Y al grave Doctor con c se le escapa una doctorísima sonrisa. Durante diez y nueve siglos han evitado pronunciar todos los españoles el grupo ct, hasta lo evitaron los mismos eruditos del Renacimiento. No sé desde cuándo las personas cultas han dado en pronunciarlo diciendo Doctor en vez de Dotor. ¿Quién es el necio? En su primera evolución castellana ct dió ch, pecho de pectus, lecho de lectus, hecho de factus, lechuga de lactuca. Cuando después los eruditos trajeron nuevos términos latinos con ct, al llegar al pueblo, y aun entre los mismos eruditos, dejóse siempre la c y sonaban Dotor, dotrina y dotrino, afeto, bendito, maldito, y no bendicto, maldicto. Hoy día es tal la fuerza de la cultura, que aprovechándose de ella, los nuevos eruditos han conseguido que Doctor, doctrina, afecto, etc., lleguen á pronunciarse así á la latina, contra el ingenio del castellano, en la clase elevada y en la clase media; sólo quedan doto y afeto, ó afeuto (ó lo que ustedes quieran, con tal de no decir afecto) para el ínfimo pueblo, cuando se ve necesitado á emplear estos terminajos, que á nada les suenan, y sólo sí les descerrajan los oídos.
La costumbre es una segunda naturaleza; no me extrañará, pues, que aquí el gramático erudito vuelva á su tema: Eso, por más que digan, es corromper los vocablos. Corromper es un término muy vago, propio de épocas ignorantes en cosas de química: hoy se prefieren los términos mudarse ó evolucionar, ú otros más conformes á los nuevos conocimientos. Repito que eso es corromper los vocablos latinos, pero que también el mosto tiene que corromperse, si hemos de seguir saboreando el vino en nuestras mesas. Convendría que esos tales gramáticos, sin tener en cuenta la evolución que ha sufrido el vestido, se echaran la túnica y la toga, en vez de las prendas que acostumbren llevar, y se marcharan muy satisfechos en pernetas á la Puerta del Sol. Otras consecuencias, no ya vestuarias, sino puramente gramaticales, las dejo para otro día.
El pueblo no pronuncia bien.—Aunque someramente, he procurado hacer ver en mis anteriores artículos que los que no pronuncian bien son los eruditos, cuando por mirar al latín se apartan de la pronunciación del pueblo. Las consecuencias de tal manera de pensar son tan graves, que no un artículo, sino un libro, estaría bien empleado en declararlas. Para mí nunca ha tenido sentido el símbolo ó cifra, empresa ó mote de la Real Academia Española. No digo que no lo tenga: los claros varones que en las primeras juntas del año 1713 resolvieron que el escudo y sello de la Academia, que con tanto acierto, y tan patriótico interés acababan de fundar, había de tener por cifra Limpia, fija y da esplendor, hubieron de saber muy bien lo que se hacían. Veamos si llegamos nosotros también á saberlo. Toda cifra pide se des-cifre. El crisol puesto al fuego alude, dice la primera edición del Diccionario (p. XIII) «á que en el metal se representan las voces, y en el fuego el trabajo de la Academia, que reduciéndolas al crisol de su examen, las limpia, purifica y da esplendor, quedando sólo la operación de fijar, que únicamente se consigue apartando de las llamas el crisol y las voces del examen». El crisol es, pues, el examen académico. Pero para que el crisol sea bueno, por lo menos es menester que sea de barro muy refractario: lo cual en nuestro caso entiendo que debe ser la fijeza y estabilidad de principios á que atenerse para juzgar y examinar los vocablos. Sin principios fijos el juicio no puede ser certero: quiébrase el crisol, y la materia fundida se derrama sin limpiarse el buen metal ni separarse de su escoria. Pues bien: la pronunciación vulgar va por un lado, la erudita por otro. El pueblo conserva sus vocablos pronunciándolos como los pronunciaron los antiguos españoles ó con las modificaciones debidas á la evolución lenta y natural; los eruditos de un golpe, sin encomendarse á Dios ni al diablo, sino todo lo demás al Dius Fidius de los Quirites, quitan ó ponen letras, admitiendo nuevos fonemas que riñen batalla campal en labios del desdichado labriego que se ve precisado á emplearlos. Luego, no hay principios, á no ser que se tengan por tales los del fonetismo latino, que caen tan bien al castellano como el traje romano al que dijimos se fuera á tomar el fresco un rato por la Puerta del Sol. No les bastará, pues, la mejor intención del mundo á los Sres. Académicos para que á lo mejor de la función no se les quiebre el cacharro entre las manos. Por sabios, discretos y bien intencionados que sean (¿y quién pondrá peros á los mejores hablistas castellanos?), tienen que volverse á sus casas sin haber limpiado dos adarmes de idioma castellano. ¿Qué digo? Sin haber logrado llegar á la indispensable fusión: porque faltó cacharro. Aquí sí que viene de perillas aquello de que No se quiebra por delgado, sino por gordo y mal hilado, que reza su Diccionario. Lo primero es lo primero, es decir, los principios, que lleven en una ú otra dirección el juicio de los examinadores.
Abro la última edición, en la página 370 leo: «Dotor, m. ant. Doctor. Dotrina, f. ant. Doctrina. Dotrinar, a. ant. Doctrinar». En la primera edición aquellos insignes Académicos pusieron dotor, dotrina, y no como anticuados, pues así lo pronunciaban ellos y el pueblo y así lo habían pronunciado y escrito los clásicos. Cierro para hacerme cruces con calma y espacio, y ¡para mi santiguada! me digo y pregunto: dotrino no lo hallo, y á buen seguro lo habrán dicho bastantes veces todos los Sres. Académicos; y al volver de la primera esquina oirán, aunque no sea á Luis Taboada: chica, voy en casa del Dotor. ¿Por qué se han dejado dotrino en el tintero y han anticuado los Académicos esos nombres que se oyen á cada paso? ¿Por creer que así limpiaban el castellano, convirtiéndolo en latín? No, porque se les quebró el cacharro, y esos nombres, que sin duda les había tocado estar en él, se derramaron por las calles.
En la misma página: «Doy (Contracc. de de hoy), adv. t. ant. De hoy, desde hoy». No es antiguo. En el habla vulgar se evitan este y otros hiatus. Sólo que los antiguos escribían como hablaban, que es lo que dicen se debe hacer, nada menos que Valdés y Nebrija y... todos los Académicos; y hoy queremos inventar una nueva lengua cuando escribimos, lengua que bien pudiéramos llamar culta-latiniparla, ya que no podamos llamarla española, por el hecho de apartarnos en ella del habla de los españoles.
No exagero: en toda la página siguiente (371) no hay más que una palabra de uso vulgar, dragón. Lo cual no quiere decir que se hayan de borrar las demás del Diccionario. El habla, como todos los organismos, necesita alimentarse durante su vida, el neologismo y el arcaísmo son condiciones indispensables de su existencia, son los materiales de su asimilación y desasimilación. Pero si el vegetal se mantiene de principios minerales y el animal de vegetales, el lenguaje tiene su mantenimiento apropiado, cada cual el suyo. Los términos antes de asimilárselos cada idioma los digiere dándoles el colorido fonético que le es propio. Doctor, doctrina son indigestos; dotor, dotrina dijeron y escribieron todos nuestros autores que tenían uso de razón y dice todo español que no ha sido tocado de esta enfermedad ya endémica. Claro está que doctor y doctrina diré y escribiré yo, como todo el que hoy escribe y habla cultamente. Pero convengamos en que los que trajeron esta epidemia, hoy convertida en endemia, hicieron mucho daño, puesto que dividieron en dos el idioma antes único, lo partieron por el eje. Los sabios Académicos ¿qué habrán de decidir entre tan encontrados principios? Atenerse á lo que yo, á lo culto y poner un anticuado á lo que no lo es. Esto significa más de lo que parece: es matar oficialmente, no sólo cuatro palabras, dotrino, que se omite, y dotor, dotrina, dotrinar, que se jubilan, sino el fonetismo castellano que es evitar ct. Y como el que á hierro mata á hierro muere, al portarse así con indefensos individuos, aunque sean golfos sin hogar lujoso y culto, se dan muerte á sí mismos: desechan ese principio fonético que les serviría para limpiar, fijar y dar esplendor, y se hallan metidos de cabeza en medio de un Babel: nosotros diremos doctor, el pueblo dirá dotor, pese á quien pese, y pueblo y nosotros diremos dotrino. Eso no es fijar, sino poner en danza unas y otras variantes; no es limpiar, sino revolver el cotarro; no es dar esplendor, sino oscuridad y vaguedad al idioma.
La primera edición del Diccionario dice que uno de los capítulos de su plan era «desterrar las voces nuevas, inventadas sin prudente elección, y restituir las antiguas, con su propiedad, hermosura y sonido mejor que las subrayadas: como por inspeccionar, averiguar». Nuevo es inspeccionar, como todos los que comienzan por la preposición in, que en castellano se hizo en, an, añadir de inaddere, entender de intendere, antruejo de introitus, amparar por imparar. Ese amontonamiento de consonantes en inspeccionar, tan parecido al de doctor, pugna con la sonoridad propia y natural que distingue al castellano entre todas las lenguas de Europa. Y esa sonoridad no es hija de la reacción latina, sino del fonetismo vulgar. Entre esas dos tendencias ¿á cuál nos atendremos? Á la más bárbara. Hoy todo el mundo progresa, que es una barbaridad.
La Academia Española no pudo mostrarse más modesta, discreta y avisada en esta solemne declaración. «El poner estas autoridades (en el Diccionario) pareció necesario, porque deseando limpiar, purificar y fijar la lengua, es obligación precisa que la Academia califique la voz...: pues con este método muestra la moderación con que procede, y desvanece las inventadas objeciones de querer constituirse maestra de la lengua...: que la Academia no es maestra, ni maestros los Académicos, sino jueces...; sólo da censura á las que por anticuadas, nuevas, supérfluas, ó bárbaras la necesitan». ¿Dotor es palabra anticuada? Ya hemos visto que no. ¿Doctor es nueva? Por lo menos para el pueblo, penes quem..., y para nuestros clásicos, que decían dotor. ¿Es doctor supérflua? Supongo que sí, habiendo dotor. ¿Es bárbara? Sí, aunque sea muy romana, y por el mismo caso de serlo. Bárbaro no es lo no latino, sino lo no idiomático en cada lengua. Barbarismo sería decir en castellano collocare por colgar, como decir en latín colgar por collocare. No hay, pues, reglas fijas. Repito que el cacharro se quiebra, y los Académicos no pueden limpiar ni fijar nada, mientras no desechemos esas prevenciones añejas, y estudiando bien el ingenio del castellano tengamos principios ciertos á que bandearnos.
¿Qué ingenio es ese del castellano? Si aquellos primeros Académicos, á pesar de su autorizado saber y juicioso aviso, declaran que no son maestros, menos lo soy yo. Ni es fácil, por lo demás, declararlo en unos artículos. Con todo, algo pudiera apuntar escudriñando y poniendo en claro esa misma pronunciación vulgar tan menospreciada. Si la sangre popular dicen los sociólogos que es la que renueva y vigoriza siempre la masa gastada de las clases altas, los lingüistas por su parte afirman que el habla popular ha de llevar siempre nueva vida, nuevos bríos, al lenguaje erudito y literario, so pena de quedar éste convertido en una lengua muerta entre los papeles de los literatos. Tal sucedió al griego y al latín clásicos desde el momento que dejaron de arraigar en los dialectos vulgares, y tal sucedería á nuestra lengua, si fuera creciendo esa divergencia entre el lenguaje escrito y el habla del pueblo español.
Los orígenes de la lengua castellana según un libro reciente
La Gramática y Vocabulario de las obras de Gonzalo de Berceo, obra premiada en público certamen por la Real Academia Española, acaba de salir publicada á sus expensas. Su autor, D. Rufino Lanchetas, no ha menester nuevos elogios. Bien conocido como uno de los buenos filólogos españoles, y como el que mejor ha comprendido la fonética del verbo castellano, en esta monumental obra de 1.042 páginas ha vertido todos sus conocimientos y erudición lingüística acerca de las evoluciones de nuestra lengua.
No conociéndose los códices manuscritos que tuvieron á la vista el P. Sarmiento y D. Tomás Sánchez, y no habiéndose hecho la edición crítica de las obras del poeta riojano, trabajo indispensable que debiera haber precedido al de su estudio lingüístico, ha debido acogerse á las tres conocidas colecciones de los Sres. D. Tomás Sánchez, don Eugenio de Ochoa y D. Florencio Janer y á otras obras particulares por otros publicadas, llenando en cuanto ha podido esta falta de texto crítico y depurado con los conocimientos teológicos y bíblicos necesarios para interpretar á un poeta erudito-religioso, que en medio de las guerras y glorias nacionales de su época no salió de su rincón de la Rioja, tratando con los monjes como uno de ellos, aunque sólo fuera sacerdote seglar, y ocupado solamente en cantar el sentimiento religioso por sus dos caras, positiva ó del bien, y negativa ó del mal, de la gracia y del pecado, del cielo y del infierno. Pero, en lo literario, nos ha dado á conocer á Berceo D. Marcelino Menéndez y Pelayo en el tomo II su Antología de poetas líricos castellanos tan cumplidamente, que en pocas páginas al poeta castellano más antiguo que conocemos nos lo ha hecho ya familiar y agradable por la suavidad y delicada unción mística, por el realismo de la narración, por el candor del estilo, no exento de cierta socarronería é inocente malicia, y por la armonía con que supo combinar y disponer las palabras de su lengua, como dijo Puymaigre.
Lanchetas se ha ceñido á la parte lingüística. Para mí, lo más original, fuera de las doctrinas que ya conocíamos por su tratado del Verbo castellano, es el Apéndice que versa sobre la versificación de Berceo. Parece que para los postres ha querido reservarnos el mejor plato. El asunto es difícil y cuya solución nunca podrá pasar las lindes de cierta probabilidad; pero creo que el autor, enterado, como pocos en España, en los secretos de la Métrica antigua, y encariñado con esta cuestión, la ha aclarado cual ninguno. No hay que pensar en el pentámetro al querer buscar el origen del alejandrino. De ritmo dactílico, por su naturaleza y origen, puesto que derivó del epos ó exámetro, este metro exigía necesariamente la base de la versificación antigua, la cantidad prosódica. No sé cómo Sánchez, Amador de los Ríos y Revilla pensaron y se detuvieron en él. El dímetro yámbico cataléctico, compuesto de dos dipodias yámbicas, la segunda incompleta, con los golpes fuertes propios de los yambos en la segunda parte de cada uno de los pies, y precediendo el golpe más fuerte al que lo es menos, fué muy usado en los himnos eclesiásticos, por ser de los que mejor se acomodaban al principio de la nueva versificación, basada solamente en el acento espiratorio. Reunidos de dos en dos estos dímetros yámbicos, que rimaban por pares como el romance, es decir, que eran versos heptasílabos de rima consonante alternada en los pares, resultó la serie de alejandrinos. Desdoblando un cuarteto alejandrino, resulta, por el contrario, una octavilla de rima consonante en los pares:
Dabán olór sabéio
Las flóres bién oliéntes.
Refréscabán en ómne
Las cáras é las miéntes.
Manában cáda cánto
Fuentés clarás caliéntes,
En véranó bien frías,
En yviernó caliéntes, (Milagros, 3).
Compárese ahora con el Θέλω λέγειν 'Aτρείδας | Θέλω δε Κἁδμον ᾅδειν en dímetro yámbico cataléctico de la conocida anacreóntica, y con el himno ante Somnum de nuestro Prudencio:
Adés Patér supréme
Quem némo vídit únquam,
Patrísque sérmo Chríste,
Et Spíritús benígne.
Los hemistiquios esdrújulos alejandrinos corresponden naturalmente al dímetro yámbico acataléctico completo: «El fruto de los árboles» (Mil., 15), y «A sólis órtu cárdine» (Himno de la Virgen). El paralelismo no puede estar más claro. Lanchetas ha desenvuelto, pues, y redondeado la doctrina ya emitida por Bello y Benot, y la ha declarado con todo el aparato de la técnica métrica de Christ (Metrik d. Griech. und Römer).
Este autor emplea el término griego θέσις en el sentido etimológico en que lo emplearon los griegos, en el de golpe fuerte, que correspondía al bajar de la batuta ó dar un golpe con el pie en el suelo, conforme al tecnicismo de la música y de la orquéstrica, de donde tomaron sus términos los poetas. Lanchetas llama á ese golpe fuerte arsis, siguiendo á Bentley y Hermann, que lo tomaron de los gramáticos latinos posteriores (S. Isidoro, Orig., I, 16), los cuales confundieron los dos vocablos arsis y thesis, dándoles opuesta significación á la que entre los griegos habían tenido. Es lo único que tengo que advertir, además de los dos deslices siguientes que noto en este apéndice. En el final del verso, dice en la página 1.027, está la norma de nuestra versificación, «así como el de la metrificación clásica estaba en el comienzo de ellos» (de los versos). Y en el final, que es el que daba precisamente el tono. En la página 1.038 dice que el pentámetro «pasó de Grecia á Roma, donde se le usó también con el exámetro, pero destinado casi exclusivamente á los asuntos de carácter triste. De aquí el llamarlo también pentámetro elegíaco». Este nombre viene de elegos, que era el propio del dístico, compuesto de exámetro y pentámetro, fuera del cual nunca se empleó. Por lo demás, el elegos se usó en todo linaje de poesías, que nada tenían de tristes, tanto en Grecia como en Roma.
Del Vocabulario, lo que podemos decir es, que para los estudios lingüísticos del castellano nos hacía muchísima falta; bastantes etimologías habría que corregir; pero, por no entrar ahora en menudencias, lo dejaré para hacerlo en otra ocasión. Tampoco me detendré en particularidades tocantes al estudio gramatical del autor. Sólo sí me parece debo hacer notar algunos conceptos poco apurados vertidos en la Fonología, por ser de consecuencia y tocar al método.
El que mira una lengua extraña al través de un Diccionario y de una Gramática, natural es que se forme un concepto inexacto de esa lengua. El tal Diccionario es para él un almacén donde se guardan los términos; y la Gramática, un inventario donde, por orden de clases, se describen las particularidades de los mismos términos; esa lengua es una colección de objetos, determinados en número, hechos y acabados, que no admiten retoque. Semejante concepto del lenguaje es, sencillamente, una niñería. Un idioma no es más que un conjunto de temas y de sufijos; pero la infinidad de combinaciones de estos elementos no está ya hecha de una vez. El pueblo que lo habla lleva en su cabeza tantos conceptos generales como son esos temas, y tantas clases de relaciones como son esos sufijos; pero de la combinación de esos conceptos entre sí, y de esas relaciones entre sí, y de esos conceptos con esas relaciones surge un mundo ideal sin riberas, al cual responde otro mundo fónico tan sin cabo de vocablos que, al brotar cada nuevo concepto, lo viste de una forma sonora, resultando una nueva palabra, una nueva frase. Es, pues, el idioma, no un almacén de cosas contadas é inventariadas, sino una herramienta que puede fabricar, ó un campo que puede dar de sí cuanto necesite la mente. Es tan imposible que en un Diccionario puedan inventariarse todas las palabras, como que puedan almacenarse en un lugar, por grande que se le suponga, los géneros que pueden salir de una fábrica bien organizada. Además, renovándose las ideas de la sociedad continuamente, á la continua se renuevan las calidades de esos géneros.
Por eso, ó yo no entiendo este párrafo de Lanchetas, ó la idea que él tiene del lenguaje no es la que acabo de exponer. «Berceo floreció, dice, en un tiempo en que la lengua castellana no tenía para las transformaciones más freno que el de la comprensión de los que con él hablaban la misma lengua»; de donde infiere un dualismo lingüístico en el poeta riojano. Ese único freno de la comprensión, si freno ha de llamarse, lo ha habido siempre en el habla, sin que empezca para que los idiomas sean algo uno y bien trabado, sin esa dualidad lingüística, un verdadero sistema fónico.
Yo veo en esas palabras el efecto de otra ilusión óptica del que mira el castellano antiguo como algo ya muerto, y lo coteja con el actual. Parécele que aquellos sufijos y aquellas formas, que hoy no tienen ya vida, eran como dañinos chupones en el tronco, que una Academia hubiera podido y debido podar. Los fenómenos lingüísticos del castellano de entonces, por no parecerse á los del actual, se le antojan como sin norma ni principios, cual excrescencias irregulares. Es otra ilusión: ésos son géneros que producía en aquel momento histórico la misma fábrica que hoy produce los que nos parecen más regularizados. No es mucho extrañemos los trajes y modas pasadas; pero lo mismo extrañarán mañana los de hoy nuestros nietos. Ni en Berceo ni en el habla vulgar de su tiempo se dió tal dualismo lingüístico; el que sí se dió y se da hoy es el apuntado después por el Sr. Lanchetas, y que el mismo Berceo da bien á entender: el del habla erudita, tomada del latín, que contrasta con el habla vulgar. Pero aquella habla vulgar, como la de hoy, créame Lanchetas que era muy regular, y tan sistemática en sus principios como cualquier otro idioma. Los dialectos literarios y eruditos, que en parte arraigan en el habla vulgar y en parte se les estira hacia otra lengua, como el castellano escrito hacia el latín, ésos son los que llevan en su seno la dualidad lingüística, la disparidad de tendencias, la hibridez de sistemas.
No hay que darle vueltas: el hombre es una gran cosa, sus obras son una grandísima cosa, pero la naturaleza es algo más grandísima cosa. Todo lo artificial es un juguete que remeda toscamente, y hasta de una manera visible, como un muñeco, á la naturaleza; y el habla natural es el habla del pueblo, y los muñecos que la remedan, todos esos pegotes de la erudición.
Es que se considera el idioma cual si fuera un artificio tan hechizo como la Literatura, distando de ella cien leguas. La Literatura, hablo de la erudita, como la Pintura y todas las demás artes, son, al fin y al cabo, muñecos, bebés, carrillos, toros, caballos de cartón, de madera, de cualquier otra cosa, menos de carne y hueso. Á la verdad que son juguetes de personas de edad, con los que muy honestamente podemos entretenernos. Pero no por eso hemos de parear, y aun preferir, los cartones pintados, los ojos de vidrio y aun el serrín embutido en el bebé, á un angelito que sola la naturaleza supo fraguar en el seno de una inconsciente é ignorante mujer. Sólo que, como cada cual alaba sus agujetas, desde que hay hombres, con todas sus necedades metidas en el cuerpo, se han forjado la candorosa opinión de que los muñecos que él se fabrica para su honesto solaz ó para sus apremiantes menesteres son más hermosos y acabados que los de la madre naturaleza. Por eso llama artes, cultura, civilización, progreso, á esos juguetes y á su manufactura, dejando para los salvajes primitivos el cielo estrellado y los prados vestidos de verdura. El niño se regocija y embebece con un caballo de cartón y se estremece ante un caballo que, sin darle cuerda, puede y sabe relinchar; la niña besuquea un burujo de trapos pintados y riñe con su hermanito chiquito. El habla vulgar es la expresión natural en la que vierte un pueblo sus ideas; el habla erudita, en cuanto de esa habla vulgar se aparta, son trapos y cintajos con los que, por un pudor mal entendido, queremos encubrir la belleza natural de las formas. Otrosí: el cake-walk parece tan saleroso y bonito danzado por estirados ingleses, como el latín que han traído los eruditos, pronunciado por un manchego. Pero quede aquí esta digresión.
Es un crasísimo error el creer que las lenguas tienen un período de formación en el que domina la anarquía; otro de perfección, y otro de caduca vejez. En cualquier momento histórico que se le considere, un idioma es un sistema único y, por consiguiente, acabado en su género; un instrumento de expresión no sistematizado, sino en plena anarquía, no ha existido jamás, porque no serviría para el caso, y porque el idioma no es una mesa que los bárbaros del Norte puedan desvencijar de un par de hachazos y dejarla coja; sino un instrumento de expresión que va evolucionando en mejor ó peor dirección, pero que está sistematizado y organizado en todas sus piezas, en cualquier momento histórico que se considere. Mirándolo en aquel momento hacia atrás, parece que aún se hallaba informe y sin acabar, y para cada época el idioma en las épocas precedentes se halla en vías de formación. De ahí todos esos epítetos que se derrochan contra las antiguas maneras de ser del idioma: Cicerón llamaba informe, bronco y rudo al latín de Enio; León lo repetía respecto del castellano del siglo XIV; Salvá respecto del del siglo XVI y XVII, y en el siglo XXI lo repetirán de nuestro castellano de hoy. Son ilusiones. Claro es que cada estado del idioma es preparación para los que le han de seguir, y en este supuesto puede decirse que se halla en un estado informe; pero tan acabado está en una época como en otra. Algo de esto parece tenía en la cabeza Lanchetas, cuando en la página 34, al describir la historia del castellano, llama á sus tres períodos Morfológico, en el cual se forma; de Perfeccionamiento fonético, y de Fijación. Lo más chusco en esta clasificación falsa, si las ideas anteriores no lo son, está en ese último término de Fijación. Ni el castellano ni ningún otro idioma llega á fijarse jamás; el día que se plante, es porque hay que cantarle sin remedio el gori, gori.
Otra ilusión todavía más generalizada, á pesar de ser más tonta. Por no haberse escrito en castellano hasta la época en que aparece el Poema del Cid, hay quien tiene la candidez de creer que el castellano no había nacido hasta entonces, y todo lo más se le concede un siglo atrás para que pudiera formarse. Y en esa candidez han caído nada menos que nuestros mayores eruditos; no hay para qué citar nombres. Como si la Literatura naciera con el idioma, ó no hubiera más idioma que el escrito. «Al primero (período), aunque no tiene comienzo bien definido, puede señalarse para su desarrollo la invasión de los bárbaros del Norte, y con especialidad el siglo VIII, que coincide con la venida de los árabes á España y la gran decadencia en la antigua cultura, y su término puede fijarse provisionalmente en el Poema del Cid». ¿No hay alguna punta de esa candidez en fijar estos dos mojones?
Para cuando vinieron los bárbaros, el castellano era ya tan buen mozo, que no le tocaron los nuevos huéspedes ni un pelo de la barba. De haberse formado el castellano por efecto de aquel choque, hubiera tomado no pocos elementos germánicos, y no ha tomado ni uno morfológico, y sólo cuatro términos, tan cuatro y contados, que tiene más del inglés que no del godo cogidos entonces. Menos me explico el segundo mojón, si no es por confundir el habla con la escritura. El tercero nos lo planta el año 1492, fecha en que se publicó la Gramática de Nebrija. Pero una golondrina, digo una Gramática, aunque sea la del más alto y esclarecido lingüista que ha producido España, como para mí lo es Nebrija, no hace verano. Precisamente el fonetismo castellano había de dar un vuelco tremendo desde Nebrija hasta principios del siglo XVII. El mojón había que ponerlo donde el vuelco se dió; y como las lenguas tardan años y años en dar un cuarto de vuelta para ese vuelco, el mayor que ha dado el fonetismo castellano durante toda su vida, necesitó nuestra lengua un siglo, años más, años menos: el mojón es todo el siglo XVI, pero no la época de Nebrija, en la que siguió el fonetismo antiguo.
«En el período morfológico, es decir, desde el siglo VIII, continúa diciendo Lanchetas, se consuma todo lo más esencial de nuestras flexiones; en él se transforma la declinación sintética y pospositiva en perifrástica y prepositiva». Con perdón de mi buen amigo, esa trasformación hacía tiempo se había ya verificado, como que se ve la enfermedad (y no ya los síntomas, que están en el antiquísimo uso de las preposiciones) desde que se conocen documentos del latín vulgar, y en la época del Imperio ya éste había sustituído los casos por preposiciones. «Se pierde la pasiva sintética y se uniforma, haciéndose toda ella perifrástica; desaparecen los deponentes, se pierden ciertos tiempos de la conjugación activa, y se crean dos nuevos futuros». Todo eso se ve ya iniciado hasta en los autores clásicos, y ya existía en el latín hablado de la época imperial, á pesar de la reacción que el lenguaje literario y oficial ejerció por entonces sobre el vulgar latino, del cual nacieron los romances. El día en que se disolvió el Imperio quedaba ya deshecho el latín, y de muy atrás habían comenzado á evolucionar las románicas, sobre todo el castellano, que fué de las primeras y que con el sardo conserva huellas del latín vulgar republicano, anterior á la formación de las otras románicas. El castellano puede asegurarse que nació y pudo bautizársele con su nombre de pila desde el primer momento en que el habla de los conquistadores pasó á labios de españoles de pura raza. Cuanto á la pérdida de la cantidad y al cambio del acento musical en respiratorio, es un fenómeno de la época imperial, y en España yo tengo para mí que jamás los españoles distinguieron las largas de las breves ni salmodiaron el latín. Los cambios de ŏ breve acentuada en uo, ue, y de ĕ breve acentuada en ie, son tan antiguos como nuestro romance, pues sería casualidad se hubieran formado tales diptongos en las vocales o, e, que habían sido breves en otro tiempo y que ya no se oían como tales.
Los fenómenos de asimilación y disimilación en vocales y consonantes fueron, realmente, efecto posterior de la eufonía castellana; pero las trasformaciones fónicas esenciales son tan antiguas como el castellano, el cual nació bastante antes de los siglos VIII y VII.
«El tercer período, dice, viene á ser como una especie de estacionamiento fonético y formal». ¿Es decir, que desde la Gramática de Nebrija ya no ha habido evolución fonética? Pues desde entonces hasta los comienzos del siglo XVII es cuando la hubo más pujante y extraordinaria que nunca, ya que varios sonidos, que Nebrija describe en su Ortografía, se perdieron, naciendo otros que él no conoció. Me refiero á los sonidos antiguos ç, z, x, g=i, y á los modernos z, j. Hoy no tenemos el fonetismo de principios del siglo XVI; de modo que no es exacto el que «los elementos que en el período anterior no terminaron su evolución fonética, por regla general quedaron fijos y estacionados, y hoy se hallan regularmente con poca diferencia de lo que eran cuando penetraron en el siglo XVI». Precisamente los cuatro fonemas indicados comenzaron entonces á perderse, originando otros dos nuevos, y h, f, ó ff, que hasta entonces sonaban como una aspiración que nada tenía de dental ni de labial, se cambiaron de suerte que h ya nada sonó, y f, ff sonó como labio-dental por influjo erudito del Renacimiento. No era nada lo del ojo y... los traía en la mano.
Al hablar de la analogía, vuelve el autor á su idea sobre el origen del castellano: «sin la barbarie de la Edad Media, las lenguas románicas son inconcebibles». Trae como ejemplo de la analogía la formación del pretérito en i conforme al tipo de partivi, partí, y cree encontrar en los documentos latinos de los siglos XI y XII esa trasformación: cadierit, por ceciderit; poterit, por potuerit; morierit, por mortuus fuerit; perdissent, por perdidissent; sequire, por sequi, etc. «Todo lo cual prueba que en las diferentes regiones de España, como si obedeciesen á una consigna, todos iban uniformando los perfectos y otras formas del verbo». Pero ese ¿era el castellano que se iba formando y uniformando? De aquella época tenemos nada menos que las Partidas y Berceo y el Cid, donde el castellano es castellano; eso es mal latín. La única consigna á que obedecían en toda España era la de no saber bien latín; y como lo que sabían era el castellano, escribían el latín castellanizándolo. El sequire estaba calcado en seguir; sequire no era del castellano; cadierit, poterit, morierit, ni las demás en erit, fueron jamás formas románicas, sino del latín clásico, que es lo que pretendían escribir los que tal escribieron; sino que no lo sabían bien. No es que iban todos á una unificando los perfectos castellanos; sino que, no sabiendo latín, al escribirlo les reteñía dentro de los cascos su román paladino, y les salía un latín romanceado.
En la Fonología es sensible que el señor Lanchetas, dejada la doctrina corriente del timbre en las vocales latino-vulgares, continuación de la cantidad clásica, quiera explicar el vocalismo castellano por el acento, y acento latino. No encuentro pruebas suficientes para apoyar este nuevo método. «La o tónica latina, por regla general, se ha conservado», dice en la ley 2.ª, y en la 3.ª: «la o tónica latina se transforma en ue en gran multitud de palabras». Como se ve, ambas reglas pugnan entre sí. «Puente, ruego, tienen ue, por ser tónica latina la o de pontem, rogo». Pues tan tónica latina era en pontarrón y rogar, y no se ha diptongado. Es que aquí no se trata de la tónica latina, sino de la tónica castellana, y la ley debe formularse así: «Toda ŏ abierta del latín vulgar, ó breve del literario, cuando en castellano lleva acento, se abre en ue; y no se abre, cuando no lleva acento». La pugna entre las dos leyes de Lanchetas queda disuelta con esta ley: «Toda ŏ cerrada del latín vulgar, ó larga del literario, cuando en castellano lleva acento, permanece como o». Como se ve, todo pende del acento castellano (que de ordinario conviene con el latino) y de la cantidad latina de la vocal en el literario, ó del timbre correspondiente en el vulgar. El acento latino no es la madre del cordero; es una tatarabuela, en cuanto que originó el acento castellano, y éste es uno de los factores que producen ese cambio fónico.
Apártase luego Lanchetas de Meyer y Cornu en creer que uo no fué el paso de o á ue. El problema no es tan evidente como el anterior, pero no veo fuerza alguna en los argumentos de Lanchetas, los cuales prescinden, y aun se oponen, á la evolución de e en ie. Ahora bien: o en ue, y e en ie, son dos fenómenos paralelos que hay que explicar á la vez. Así como e se abre en ie con la i próxima en la serie natural u o a e i, así o en ue no debió abrirse sino por intermedio del uo con la u próxima. Y de hecho uo existe en la mayor parte de las románicas: en italiano nuovo-nuevo, duolo-duelo; en francés, antes del siglo XI, buona, duol (Sta. Eulalia y S. Léger), y después de principios del siglo XI ue, avuec, duel (S. Alexis); en León y Asturias, uortu-huerto, tuorto-tuerto. En cambio, ¿en qué se funda el que o se hiciera oe de repente, tomando una e que no tiene razón de ser, y luego ue? Ese boeno que habrá oído, es el bueno descuidado; moete es el mocete, empleado juntamente con moete en Navarra. Hay más; el paso de o á uo y de e á ie es el único explicable fisiológicamente. ¿Por qué fĭde da fe y pĕde da pié? Por la acentuación intensiva la duración de la vocal es doble, y la e abierta latina de pĕde da pèède; pero, obrando la refracción de vocales, la primera parte de esa vocal tiene un timbre cerrado; la segunda, que es la más intensa, un timbre abierto, resultando piède. Al revés, en fe, de fĭde, con el acento suena fééde, cuya é es cerrada, pasándose del timbre más abierto al más cerrado, y resulta fe con e cerrada. Lo mismo de bóno, bòòno, por refracción buono; mientras que bŭcca da bóóca, bóca. La acentuación alarga la vocal; y si ésta es abierta, su articulación comienza cerrada para abrirse en la segunda parte de la duración, que es la más intensa; si es cerrada, comienza abierta para cerrarse en la segunda parte. De esta manera, las dos leyes opuestas de la o y las otras dos de la e, «la é tónica latina se conserva con mucha frecuencia», y «la é tónica latina se transforma en ie en muchísimas palabras», quedan reducidas á una: «Las o, e breves, al llevar el acento castellano, se abren en ue, ie, y no cambian cuando desaparece el acento; y las o, e largas subsisten».
Pero estos y otros pequeños lunares, efecto de no haber modificado algunas ideas desde que publicó su obra acerca del verbo castellano, en nada amenguan el mérito principal del concienzudo trabajo del Sr. Lanchetas. Él solo sabrá apreciar debidamente el tiempo y las molestias que le habrá costado entresacar, interpretar y ordenar cerca de 4.000 palabras, estudiando las 100.000, poco más ó menos, de que constan las obras de Berceo. Los que nos dedicamos al estudio del castellano, no sólo tendremos que agradecerle los inmensos servicios que prestó á la Lingüística española con su estudio acerca del verbo, por el cual con toda justicia merece ser llamado el iniciador y maestro del romanismo en nuestra patria, sino que nos veremos con mucho gusto precisados á tenerle siempre en la memoria al acudir á ésta su nueva obra en busca de los imprescindibles datos que habremos de necesitar del más antiguo poeta español que conocemos.
Los Simbolistas
No sé qué juveniles bríos llevan consigo las ideas nuevas, que remozan las más añosas osamentas y prenden fuego en el mismo hielo de la vejez. Testigos, las últimas Conferencias ó discusiones del Ateneo de Madrid. Las ideas eran viejas, pero acá en España, que caminamos tres leguas rezagados de Europa, eran como flamantes. Tampoco es un viejo helado, sino un manojo de nervios siempre recio y bullidor, el chispeante antiguo escritor Sr. Zahonero. Perdóneme si no le pongo entre la gente moza; pero el otro día se echó de encima cuarenta abriles como cuarenta soles. Lo que puso fuego á aquel que debiera ser severo areópago fué una idea, para acá nueva, la del simbolismo, lanzada á deshora por unos cuantos jóvenes, mal avenidos con el soñoliento tema que se ventilaba.
Pero ¿qué simbolismo es ese? Por de contado, el del Ateneo fué simbolismo español rabioso, simbolismo á raja tabla, á palo limpio. En España no hay simbolistas, y ya ni siquiera los hay en Francia. Lo que hay aquí es un montón de jóvenes muy estudiosos, de grandes arrestos, muy amigos de que se desestanque nuestra parada y caída literatura, que tienen sobrada razón de verla agonizar, muy aburridos de hallarse en plena Siberia entre literatos eminentes que fueron, pero que ya no tienen alientos ni ganas de renovarse ni de enterarse de lo que pasa al otro lado de los Pirineos. No es sino muy de loar que esos jóvenes se vayan en busca de vida literaria, fresca y flamante, adonde se barruntan que la han de hallar, siquiera hayan de atenerse á las revistas, y en vez de traernos un clavel esponjoso y lozano, nos regalen con un ramillete marchito y ya polvoriento.
Confesemos que en Francia florece la literatura como nunca, y que en España andamos agotados ha tiempo. Será un florecimiento el francés, en el cual haya no poca hojarasca que barrer, mucha madera que pide hierro, hartas matas que no se harían á nuestro temple, á ser traspuestas en esta tierra de fuego y de hielos. Pero el hecho es que la lengua francesa, con su cortedad de doncella y su claridad de aguachirle, va soltándose de sus clásicas trabas y coloreándose con sus ingenios modernos, cuyo estilo se atilda, se robustece, cobra nervio, soltura y delicadeza cada día; mientras que nuestro lenguaje literario, como dice Navarro Ledesma, se va avejentando y convirtiéndose en ropa vieja, que no entalla al psicologismo moderno. No que el habla castellana no dé de sí para todas las delgadeces y honduras del pensar de hoy, pues les bastó á nuestros clásicos para hilar más alambicadas sutilezas y calar más adentro todavía de lo que se figuran los que no los conocen; sino que nuestra poltronería y descaecimiento rehuye el trabajo de darle nuevo temple y sacarle los aceros, engastando en él las modernas ideas y acomodándolo al pensar que muda en matices con los tiempos. Si el lenguaje literario no sigue de cerca al pensamiento, llega un día en que se queda atrás, porque el pensamiento adelanta á la continua y no sabe quedarse estancado. El anhelo de esos jóvenes es, por consiguiente, muy loable y merecedor de aplausos. Enséñeseles, norabuena, el camino, en vez de ponerles tropiezos y tirarles del faldón de la levita; hágaseles ver cómo se podrán naturalizar entre nosotros las ideas artísticas extranjeras, haciéndolas españolas; pero ahogar esos alientos y matar esas aspiraciones, eso jamás. Toda aspiración en un joven es un germen caído en tierra virgen, que el sol primaveral ha de fecundar, si extraños estorbos no le hacen sombra ó la sequedad de la tierra no lo agosta. No seré yo quien haga tan feo oficio; antes desearía contribuir á esa lozanía y pujanza, que me hace simpáticos á cuantos veo ganosos de aprender y hasta de enseñar y de crear tal vez antes de tiempo. Las obras magistrales, fruto son de los años y de la discreción, los únicos que maduran una doctrina y asientan las ideas en el cerebro después de cernerlas, apurarlas y acendrarlas poco á poco, para que puedan contrastar el embate de todas las pruebas y pasar á la posteridad.
Pero si la rosa que aún no se ha abierto del todo, no ofrece en toda su galanura aquel rojo vivo que pintó el sol en sus pétalos, no por eso es menos agradable, antes más delicada, cuando saca su tímida cabecita de tierna niña del entreabierto capullo, y como avergonzada se para sonrosada y ligeramente ruborosa, con esos suaves matices que le dan mayor realce. ¿Que los jóvenes no han de crear una Divina Comedia ó una Iliada? Dejadlos hacer, que siempre serán brotes naturales los que de ellos salgan, y si les falta el vivo carmín y el rico aroma de la rosa, tendrán en cambio el inmaculado candor y el encanto no buscado del capullo. En España no hay simbolistas á la francesa, ni los habrá nunca; pero esos jóvenes buscan algo, y el simbolismo, que hasta en Francia ya pasó de moda, encierra algo que no estará demás escudriñar y poner en claro. Hablemos, pues, del simbolismo y de los simbolistas.
«Nombrar un objeto, es suprimir las tres cuartas partes del placer estético... Sugerirlo, tal es el ideal». He aquí la fórmula del simbolismo, si hemos de dar crédito á Stéphane Mallarmé, el jefe menos controvertido de la escuela. No sé si veré claro ó turbio, pero para mí esas palabras encierran no poca filosofía del arte y mucha filosofía del lenguaje. Lo primero lo dejo á los artistas filósofos; me atengo á lo segundo, que es de lo que se me entiende á mí algo. Bien que, si el fondo y la forma no son como el gabán y el sujeto que lo lleva, querer separar la filosofía del arte literario, de la filosofía de su material técnico, es querer dar mandobles contra entes de razón.
Todo el mundo conoce la obra trascendental del Lombroso de la literatura, de Max Nordau. Dégénérescence es un libro de clínica sociológica, que ha condensado los síntomas de la vida moderna. Su autor ha tomado el pulso á la sociedad actual, ha formulado el diagnóstico y redactado la correspondiente receta. Un siniestro movimiento de cabeza del Doctor hizo presagiar á los asistentes que la receta era una simple orden de trasladar al paciente á alguna casa de orates. Yo no juzgo el trabajo. Lo creo trascendental, admirable. Su autor tiene ojo médico en verdad. Pero todo libro que vale, y precisamente porque lleva una idea grande, anda á riesgo de exagerar en el desarrollo de la teoría que encierra. Yo hallo algo de exagerado en lo que atañe á los simbolistas. No es que los defienda en todo y por todo, ni mucho menos; pero ó la tinta del Doctor era demasiado negra, cuando escribió el capítulo III del libro II, tomo I, ó le había revuelto la bilis la caterva de Prerafaelitas que acababa de pasar unos momentos antes por delante de sus ojos. Lo cierto es que los presentimientos aciagos y los juicios pesimistas se le debieron de amontonar en las células grises y blancas de su doctoral cerebro, cual nubes borrascosas que estallan sin orden ni concierto. Y los míseros hidropatos han tenido que aguantar el chubasco que les ha calado hasta los huesos y los ha dejado hechos una sopa.
Por el pronto entran á formar parte del inmenso tropel de seres vivientes y semovientes, que Max Nordau ha calificado de místicos, y en el cual, dicho sea de paso, se ven revueltos y dándose codo con codo Mahoma con San Ignacio de Loyola, Baudelaire con Zola y con Santa Teresa de Jesús, Ibsen con Maeterlinck y con Nietzsche, Tolstoï con Wagner: todos son unos degenerados.
La médula del simbolismo está en aquel sugerir, que á Max se le antoja quisicosa indescifrable: «le suggérer voilà le rêve». Y Mallarmé lo comenta en estos términos, que nada tienen de oscuros ni de enigmáticos: «El empleo perfecto de este principio constituye todo el misterio del simbolismo: evocar poco á poco un objeto para manifestar el estado interior del alma, ó por el contrario, escoger un objeto y descubrir en él un estado del alma por una serie de desciframientos». No sólo me parece muy claro y muy bien dicho como clave del simbolismo, sino también como cifra de toda honda poesía y de todo el arte. ¿Qué es el arte sino un simbolismo, un modo de expresión por signos externos de un estado interno del alma? Desenvolver esta idea creo que es desenvolver el concepto del arte. Margarita, Fausto, Mefistófeles, son tres creaciones de Goethe, que si algo valen es porque son la expresión de tres mundos morales, que cuajaron en tres personalidades. ¿Dicen algo esas personalidades? Esto equivale á preguntar si algo significan, expresan y simbolizan. El cielo, la lluvia, la tierra, son tres nombres: el arte los simbolizó en Zeus, Indra y Hera. Otras tres personalidades, producto de la Mitología, es decir, del arte popular, y tan artísticas como simbólicas, y que por ser simbólicas son artísticas. Muchos diablos han producido el arte popular y el arte literario. Si Mefistófeles los ha oscurecido á todos, es porque en la pujanza expresiva de su concepción Goethe los incorporó á todos ellos con todos sus cuernos, colas y artimañas en la plasticidad más saliente que pudo producir poeta alguno. La riqueza poética de un Fausto está en la condensación expresiva de toda una sociedad incrédula. Ese Fausto, de hecho y en realidad de verdad, no es más que un montón de palabras arrebujadas en forma de maniquí; pero es un maniquí artístico, es decir, un ser que viviendo en el mundo ideal del arte literario, ya deja de ser un mero arrebujamiento de palabras, trasformándose en una personificación del estado interior del alma de un pueblo, en la cual bullen las doctrinas y opiniones todas que han cruzado por una generación de filósofos y sabios: ese personaje endiablado es el atizador siempre curioso, el ansia de conocer, hasta dar por resultado el escepticismo altanero de la ciencia moderna. Si Fausto es una creación artística, lo es por su expresión intensa de la conciencia de un siglo, lo es por su simbolismo.
Eso es sugerir, expresar. Pero las cosas, se me dirá, se expresan por sus nombres, que para eso los tienen, y esa es su expresión más clara; lo demás es decadentismo, misticismo literario. La fuerza expresiva de los nombres se gasta al roce de los siglos: al arte toca rejuvenecerla, y para rejuvenecer la expresión hay que acudir al mismo procedimiento que emplearon las primeras gentes al acuñar los nombres, á la metáfora. Es decir: al simbolismo. Llamar luna á la luna será muy claro, exacto, preciso: así debe llamarla en sus libros todo astrónomo que quiera declararnos los eclipses. El poeta «evoca poco á poco otro objeto», acude á la idea del lucir tenue y mortecino. No hicieron otra cosa los antiguos al forjar el término luna, por luc-na, la de luz tan tenue como la que se filtra por entre los árboles en un espacio en que se han cortado para practicar á media luz los ritos religiosos. Ese espacio á media luz en lo más cerrado del bosque se llamó luc-us ó templo, y por lucir á media luz se dijo de aquí luc-êre lucir, y por la luna luc-na la que así luce. Ese es el arte del poeta: el mismo arte del pueblo que creó los nombres, aplicado á quitarles la pátina y herrumbre de que los ha cubierto el tiempo. «Yo definiría el arte, dice Paul Adam, otro simbolista de segundo orden, diciendo que es la inscripción de un dogma en un símbolo; es un medio de hacer que prevalezca un sistema y de poner en claro una verdad». Del modo de entender el simbolismo hablaré después; pero que arte sea expresión, ó por otro nombre simbolismo, ¿hay cosa más clara? Oigamos á otro de la escuela, á Charles Morice: «El símbolo es la fusión de los objetos, que han despertado nuestro sentimiento, y de nuestra alma en una ficción. El medio es la sugestión: se trata de comunicar el recuerdo de algo que otro no ha visto ni sentido jamás».
Yo no veo hasta aquí en nada de esto «la locura y el charlatanismo», que ve Max Nordau. Si los simbolistas no han hecho más que eso, no han hecho más que lo que han hecho siempre los poetas y los artistas todos. Es muy socorrido eso de meterse en las intenciones y llevar la literatura hasta el terreno crematístico. Hay un partido de descontentos y de gente apurada. ¡Es el boulangisme literario! Hay que vivir. Hay que buscar un puesto, darse á conocer. Buen redoble de tambor, ya que no se tenga bombo á mano... Ese es su verdadero símbolo: «bulto urgente». Todo el mundo toma asiento en el tren rápido. Destino: «¡la fama!» Así Haraucourt. Y Quillard: «no hay escuela simbolista; bajo esta denominación se han reunido arbitrariamente poetas de talento verdadero y verdaderos imbéciles». Pero esas citas no vienen á cuento, señor Doctor.
«Hicimos un ensayo sobre la inteligencia condescendiente de las vocales coloreadas...» Confesión de un simbolista, de Laurent Tailhade. Es un pasatiempo como otro cualquiera. ¿Consiste en eso el simbolismo? Creo que no; si en eso consistiera, á fe que no hubiera poetas simbolistas; sería una tertulia de muchachos que se entretenían honradamente en discutir una cuestión psicológica. Entre ellos dice Max Nordau que hay «poetas de talento verdadero». Pueden, pues, muy bien ponerse á ventilar ese punto, sin dejar por eso de ser artistas. Y hacen bien en ventilarlo, pues no son las vocales tan condescendientes que lo mismo les importe ir vestidas de blanco que de negro. La audición coloreada tiene un fundamento más científico y sólido de lo que cree el mismo Sr. Tailhade, y es un elemento estético del lenguaje y del arte literario que bien merece la pena de estudiarse.
Más diré, y voy á manifestar lo que siento de los simbolistas. Los extremosos de la escuela toman el rábano por las hojas, como suele decirse. Pero en esa escuela bulle algo de muy trascendental para la literatura, bulle el germen de la literatura del porvenir, es su primer atisbo. Aquellas figurillas retóricas de los antiguos van á convertirse en nuevas fuentes de estilo chispeante, nutrido de vida. ¿Cómo? Por la ciencia psicológica. La ciencia, que algunos fantasean cual amarillo hermitaño, seco de carnes, cejijunto, intratable y adusto, que algunos se figuran que jamás ha de volver á cohabitar con el arte desde que se divorció al parecer para siempre, la ciencia ha de volver á ser lo que fué en Platón, ha de alentar la estética del porvenir y la ha de realzar cual nunca lo hizo. Lejos y asomos de esto es lo que yo vislumbro en el Simbolismo, y mis esperanzas estriban en que la ciencia ha enderezado por nuevas veredas todos los acontecimientos, todos los procedimientos, todas las empresas. Su fuerza avasalladora ha triunfado de todo y triunfará de la rutina en el arte. En una palabra, digo que el Simbolismo me parece que es (ó pudiera ser) la ciencia, enderezando al arte y el arte acogiéndose al regazo maternal de la ciencia. Harta falta le hacía á esa pródiga, después de tantos desengaños recogidos en los falsos oropeles del pseudo-clasicismo, en la pseudo-filosofía y falsas sabanas americanas, ó dígase chatobrianescas, y entre los falsos salvajes á lo Rousseau, y entre las lechuzas y cementerios del romanticismo, y entre las podredumbres del naturalismo de entre cuyos harapos acaba de escapar. En la ciencia está la salvación del arte, como está la salvación del espíritu del hombre y de todas sus aspiraciones. Max Nordau se ha atenido á los del rábano por las hojas, porque servían á completar su diagnóstico social; no ha caído en la cuenta del elemento subconsciente que latía en esa aspiración modernista, que yo desearía se convirtiese en conciencia pública, y que vendrá un día en que se convertirá.
«Hay pocas poesías en la literatura francesa, dice Max Nordau, comparables á la Canción de otoño de Verlaine. La calma melancólica de la estación está expresada en versos ricamente cadenciosos y llenos de música».
«Les sanglots longs
Des violons
De l’automne
Blessent mon cœur
D’une langueur
Monotone».
Esa melancolía expresada tan magistralmente en esta estrofa, ni Max Nordau, ni tal vez Tailhade saben de qué depende. Analícese el mismo término melancolía y se verá si la audición coloreada es ó no elemento estético. Melan-colía vale bilis negra, que abate al individuo hinchéndolo de honda y oscura tristeza; bien que no removiéndose las fibras del alma, como sucede con las pasiones vehementes, esa tristeza tiene algo de la calma y del abatimiento de la naturaleza en otoño. Semejante afección nos la pintamos como algo de sombrío y oscuro, cual el otoño y la bilis. Ahora bien, esa oscuridad es la que consigo llevan las vocales o, u: la u es más profunda de color, la o es más bien gris. Cada verso de esa estrofa contiene dos oes, fuera del penúltimo que tiene dos ues, y el último que da el golpe final lleva tres oes en sus tres sílabas. Añádase el timbre oscuro de la nasal que acompaña á la mayor parte de esos sonidos oscuros, y el que estando en las sílabas acentuadas resalten y den el tono á todo el ritmo, y se tendrá descifrado el enigma. Realmente el otoño es el tiempo gris, la calma que lo caracteriza parece alargar más y más las horas, que caen y se aploman pausadamente, cual tristes y oscuros sollozos, comparados maravillosamente á los pesados golpes del violón. Oscuro es el otoño, oscuro es el sollozo, oscuro es el sonido del violón. Dígase en su lugar los vibrantes suspiros de un violín, y la luz parece desgarrar de repente las tinieblas que nos envolvían: estamos en primavera.
El sonido u no encierra armónicos, es el más igual, el más simple de los sonidos vocales; su característica es la nota más baja, que crece en este orden: u o a e i.
Síguele la o, que no es tan oscura: u es negra, o es gris. Hablándose del invierno yo preferiría la u, para el verano la a, para la primavera la i, para el otoño me quedo con la o de color gris.
El nombre violón con sus dos oes en las dos sílabas más salientes y acentuadas y con su oscura nasal al fin tiene realmente el color del sonido que produce.
Pero, ahora caigo en la cuenta de que estoy hablando en castellano y de que en castellano violón significa violón; violon en francés es el violín. No tengo para qué borrar lo escrito. ¿Verlaine tuvo en su imaginación el violín? Pues el violín por sonar en in es mejor para la primavera.
La lengua francesa no le fué propicia. Yo no pintaría los largos y grises sollozos del otoño con chirridos de violín que me suenan á iiiii y á gorgoritos de jilguero; sino con el bronco retumbar de corpulento violón, que suene ooooo! Anduvo, pues, mal acertado y fué mal simbolista. La estrofa tiene un pero; la teoría de la audición coloreada queda en pie.
Y si no, juzgue el lector, respondiendo sinceramente á esta pregunta: ¿suena oscuro el violín? Nada de eso, contestará seguramente: el violín suena agudo, y su cuerda más gruesa chilla más agudamente que la cuerda más delgada del violón. Como que la altura del tono, según las leyes de la Acústica, está en razón inversa de la largura y del grosor de las cuerdas, y de la cantidad de la masa vibrante de la caja de resonancia.
¿Cómo ha de sonar más agudo un bombo que un parche ó caja, un helicón que un cornetín de órdenes, un fagot que un pito? Cuanto mayor sea el instrumento, mayor es la masa vibrante y más grave es su sonido.
Ahora bien; sonido agudo llamamos al más alto, y grave al más bajo; y lo agudo y alto es más claro, lo grave y bajo es más oscuro. La audición coloreada tiene, por consiguiente, alguna razón de ser, y no van tan descaminados los simbolistas, como pudiera creerse á primera vista.
La cuestión de la audición coloreada la han tocado varios autores; pero de propósito la trató un oculista francés, llamado Suárez de Mendoza, en un libro que intituló: L’Audition colorée: étude sur les fausses sensations secondaires physiologiques. Véase cómo la define: «Es una facultad de asociar los colores á los sonidos, por la cual toda percepción acústica objetiva, de una intensidad suficiente, y aun su simple evocación mental, puede despertar y presentar á algunas personas cierta imagen, luminosa ó no luminosa, constante para la misma letra del mismo timbre de voz ó de instrumento, de la misma intensidad y de la misma altura de sonido». Esta definición no la creo exacta; René Ghil describe el valor cromático, no sólo de las vocales por separado, sino también de los instrumentos músicos. Pueden, en efecto, despertar distintas imágenes todos los elementos componentes de un sonido. Un sonido idéntico en todo, dado por un violín, tiene otro color que el dado por una corneta: lo cual quiere decir que cada timbre tiene su color, tanto, que los alemanes llaman al timbre Klangfarbe, color del sonido.
Y yo estoy por que el timbre es la esencia, por decirlo así, de los sonidos y que cada timbre es un color acústico. La intensidad no es más que un grado mayor ó menor de fuerza en el sonido, y que también puede sugerir variedad de colores, aunque no tan fácilmente como el timbre. Algo mejor sugiere esa variedad el tono ó altura, pues efectivamente los tonos bajos nos parecen oscuros, y brillantes los muy elevados.
Como los diversos instrumentos músicos sólo se distinguen en el timbre, que es precisamente en lo que se distinguen cada una de las vocales y cada una de las consonantes del habla, el grupo de la escuela simbólica, que admite la propiedad en las vocales y consonantes de despertar un color determinado, pudo muy bien llamarse de los instrumentistas. Su jefe René Ghil, en el tratado que escribió del Verbo, expone el valor cromático de cada instrumento: «Las harpas, dice, son blancas; azules los violines, enmuellecidos á veces por una fosforescencia que lleva al paroxismo. En plena oración, los cobres son rojos; las flautas, amarillas, que modulan ingenuamente, extrañándose de la luz mortecina de los labios; y los órganos, ensordeciendo la tierra y los púlpitos, como cifra y suma de los instrumentos sencillos, con sus roncos plañidos ennegrecen el aire». ¿Quién va á negarle á René Ghil que esos son los colores de cada instrumento, si así lo afirma? Lo más que se le podrá reponer es que á otros las harpas se le antojan de color violeta; los cobres, amarillos; el órgano, rojo; los violines, verdes, y las flautas, de color de ala de mosca.
Cuanto á las vocales, hízose famoso el soneto Les voyelles de Arthur Rimbaud, que comienza:
«A noir, E blanc, I rouge, U vert, O bleu, voyelles,
Je dirai quelque jour vos naissances latentes...».
Paréceme que Ghil tenía más sentido acústico-cromático que Rimbaud: puedo asegurar que ese verso está lleno de disparates. Juzgue por sí mismo el lector. Cuando oye pronunciar ¡ah! á uno que se extraña, ó que se ríe, ó que se pasma, ¿le viene á las mientes el color negro? Tal vez no le venga ni el negro ni ningún otro; pero si es de las personas que realmente poseen la audición coloreada, estoy seguro que el negro no le ocurre al oir la a. Al menos á mí la vocal a me parece tan blanca como clara. Es la vocal más clara: eso lo sabe todo el mundo: y todo el mundo sabe que lo más claro es lo blanco. Pero, en fin, si Rimbaud da en que es negra la a, será que así se lo parece, por lo menos hoy por hoy y hasta que se ría y tome á broma lo que antes escribió. De colores no hay nada escrito. Entretanto que ellos se tiran los trastos á la cabeza ó discuten graves y serios atusándose los bigotes en señal de que no creen del todo lo que dicen, el maestro Mallarmé sonríe olímpicamente. Y hace bien, pues si todo libro tiene tantos ejemplares distintos cuantos son los que lo leen, y si la vista de la campiña tiene tantos visos cuantos son los que por ella se pasean, bien podemos barruntarnos que cada sonido podrá tener tantos colores cuantos son los que lo oyen.
El fenómeno llamado sinestesia por Millet, ó sea de la asociación de las sensaciones, está hoy admitido por todos los psicólogos, y podía bien presuponerse, dada la teoría corriente de las representaciones, de la asociación de las imágenes y de las ideas, de la convivencia de éstas en las células del cerebro y de la comunicación constante que tienen entre sí, recorriendo mutuamente cada una todas las celdas en esa especie de casa de vecindad encerrada dentro del cráneo. Binet y otros psicólogos, en L’année psychologique y en otras revistas, van allegando datos que podrán condensarse un día en teoría precisa y razonada.
Cuanto á la coloración, no hay duda que hace el papel principal, como lo hace la vista entre las demás sensaciones y la fantasía óptica entre las demás fantasías. Los que poseen gran potencia de fantasía visiva, la mezclan con todas las demás: toda sensación, toda representación es para ellos visiva ante todo.
Viene después la fantasía acústica, hoy más desarrollada que nunca en Europa merced á la gran cultura musical moderna. ¿Qué extraño, que colores y sonidos se confundan, si se confunden sonidos, olores y gustos? «El kirsch suena cual furibunda trompeta, el gin y el whisky le arrancan á uno el paladar con sus sones estridentes de pistones y bombardinos, el aguardiente lanza rayos y centellas con el ruido ensordecedor de las tubas[9]».
Desdígase, pues, Rimbaud y ríase de su propia obra; Baudelaire previó ya la teoría:
«Comme de longs échos, qui de loin se confondent,
.............................................................................
Les parfums, les couleurs et les sons se répondent».
Y todas las demás sensaciones y objetos. ¿Qué es la analogía? ¿Y qué es la inteligencia humana, sino la gran fabricadora de analogías? La analogía es una relación; relacionar es atar cabos: la inteligencia es tejedora por excelencia; el cerebro el telar. Cuando Remy de Gourmont en las Oraisons Mauvaises compara cada afecto, cada acción de Jesús á una piedra preciosa, está en pleno simbolismo, y en pleno trabajo textil. El ópalo es el último suspiro de Jesús, el triste y doliente ópalo; el zafiro es su última mirada, el jacinto su último amor, el topacio su último deseo, el rubí su última herida, la amatista su último estremecimiento.
En suma, el Simbolismo es una Retórica más refinada y más científica. Los antiguos clasificaban sus figuras en figuras de palabras y de ideas; los modernos han encontrado un nuevo tropo, cercano á la metonimia, la sinestesia. El tropo es un modo de hablar con viveza á la fantasía y al sentimiento, haciendo más sensible, más pintoresca la idea abstracta, por medio de una imagen, de una comparación.
El objeto del lenguaje es expresar el interior: cuanto con mayor viveza y colorido, mejor logrará su objeto. Eso es el estilo: los modernos lo han afinado y además han ahondado más en su concepto, valiéndose de la ciencia. Tal es la sinestesia: la ciencia ó el arte, ó lo que queráis, de hallar el porqué de las figuras retóricas y de perfeccionarlas. «Sí, el racimo de las sensaciones, estrujado en la prensa del espíritu, da el vino fuerte de la expresión... El arte se ha completado haciéndose sintético, sinfónico»[10]. «Habiendo reunido y cotejado entre sí nuestras sensaciones, el campo doctrinal se ha dilatado. Pues en la escala infinita de los movimientos vibratorios, sólo algunas modalidades son materia. Podemos extenderlas, no contentándonos con los siete colores del espectro, con los siete grados del diatonismo... Hemos hecho que los rayos ultra-violeta nos revelasen nuevas gamas: pasemos más allá y nos veremos anegados en un nuevo mar de ondulaciones desconocidas, cuyos ritmos serán nuevos alicientes del arte y del placer estético».
Como escribo para españoles, que generalmente no están al cabo de lo que se escribe por allá afuera, voy á detenerme un poco más en la audición coloreada, aplicada por los simbolistas á la literatura. Nada de nuevo diré para los que leen libros franceses de filosofía y arte.
El hecho es innegable, la audición coloreada se da en todos los individuos en mayor ó menor grado, y se da en toda la humanidad; pero al tratar de hallar el porqué del fenómeno, los autores se dividen. Unos se lo preguntan á la Psicología, otros á la Fisiología. Es una pura asociación de ideas, dicen aquéllos; engranaje de los centros, comunicaciones ó irradiaciones intercéntricas, responden los otros. Lo que sí engranan son ambas teorías. La asociación de ideas ó de imágenes no puede explicarse sin ese engranaje de centros y comunicación intercéntrica. Por lejanas y disparatadas que estén entre sí dos imágenes, la una visual, la otra auditiva, no pueden menos de despertarse y llamarse mutuamente las unas á las otras, cuando coinciden en algún punto que se refiere á los movimientos internos, es decir, cuando son corrientes que tienen que cruzarse por necesidad á causa de los puntos comunes afectivos en que convienen. Pero dejando estas filosofías abstrusas de la cerebración, vengamos á los hechos.
La boca es una cavidad, que podemos ir estrechando ó ensanchando más ó menos. Alargándola lo más posible y echando los labios hacia adelante, toma la forma de una botella: es una caja de resonancia honda, que produce la vocal más oscura u. Por el contrario, estrechándola lo más posible, de manera que se forme un delgado tubo entre la lengua y el paladar, la caja de resonancia es estrecha y produce el sonido más delgado y claro i.
Entre estas dos conformaciones extremas están las que producen las demás vocales, en este orden, que es el que se encierra en el mieaou del gato, cuando va abriendo cada vez más la boca: i e a o u.
Si hablamos metiendo la cabeza en una tinaja, la caja de resonancia es mayor y mayor la masa vibrante, y por consiguiente la voz es más oscura. Otro tanto sucede cuando voceamos en una caverna. El timbre de la voz es entonces del mismo timbre que el de la vocal u. Pero poniendo junto á la boca un tubo estrecho, la voz saldrá aguda, del timbre de la i. Las vocales son diversos timbres que una misma voz formada en la laringe toma en la boca, según se conforme su cavidad, mudándose, por consiguiente, la caja de resonancia. Tal es la razón fisiológica de la coloración de las vocales.
La razón física hay que buscarla en la naturaleza de las mismas.
En mi obra Los Gérmenes del Lenguaje he tratado de demostrar que el timbre nasal expresa la quietud, el ningún movimiento, el Nirwana de las voces del habla. Es el único, efectivamente, que resulta del reflejarse y volverse atrás el aliento espirado por encontrar cerradas las puertas. Vuelto atrás da en el velum pendulum ó galillo, y rechazado se vuelve adelante, reflejándose cien veces en la cavidad cerrada, como pelota que resurte de pared en pared. Siendo el conducto nasal el único que da alguna salida á ese vaivén de la onda sonora, por él resuena como por una chimenea. Es lo que acontece en una caverna sin salida, que la voz se refleja cien veces, resultando un timbre oscuro y triste. Por eso la n es la nota de la negación, y la de lugar en donde en muchísimas lenguas, y la del yo, cuya idea es la de la reflexión: nosotros no damos en ello.
¿Quiere el poeta simbolizar en sus versos la dejadez, la pereza, la galbana del estado físico y anémico del que acaba de despertar? Óigase á Maeterlinck en su piececilla Ennui: todos son sonidos nasales y oes graves y pesadas.
«Les paons nonchalants, les paons blancs ont fui,
Les paons blancs ont fui l’ennui du réveil;
Je vois les paons blancs, les paons d’aujourd’hui,
Les paons en allés pendant mon sommeil,
Les paons nonchalants les paons d’aujourd’hui,
Atteindre indolents l’étang sans soleil,
J’entends les paons blancs, les paons de l’ennui,
Attendre indolents les temps sans soleil».
Todos los elementos concurren á simbolizar en esta estrofa el fastidio, el aburrimiento: la elección de una alimaña tan fastidiosa y tarda en sus movimientos como el pavón, el empleo de palabras largas y pesadas, la repetición de los nombres, de versos enteros, la insistencia y repetición de la misma idea. Pero sobre todo esas oes con n en sílaba acentuada, esos paons, que caen y vuelven á caer con el movimiento grave y enojoso de un péndulo. Es la ecolalia del enfermo aquel alemán, que decía y repetía palabras incoherentes en an:
Man kann dann ran Mann wann Clan Bann Schwan Hahn.
Y seguiría así dándole que le darás, como la onda sonora en el fondo de la boca al resonar n, que va y viene, viene y va, y cuya traducción pudiera ser aquel:
«Yo sé, yo sé, yo sé una habanera
que le da, que le da, que le da la lata á cualquiera».
Estribillo que se repite, hasta que el oyente queda prácticamente convencido de que realmente le han dado la lata la habanera y el que se la cantaba.
Augusto Lemaître en su Audition colorée et phénomènes connexes observés chez des écoliers trata largamente de los experimentos hechos por él mismo en niños de doce á catorce años en el colegio de Génova en 1900. Por la tabla de los colores, en la que resume los experimentos, se ve que ninguna vocal tiene el color violado, que a es lo más ordinariamente roja ó blanca, que é es amarilla, i blanca (más raras veces roja), o negra, u verde, pero tan á menudo negra, amarilla ó azul. Las preferencias generales concuerdan con las aducidas por Flournoy[11]; sólo hay divergencia en la o, que ordinariamente es roja ó amarilla en las preguntas de Claparède, y que Lemaître halla resueltamente como negra. He tratado despacio de este asunto en la Embriogenia del lenguaje, y no me detendré más en él.
Rojos son los instrumentos de cobre para Stuart Merril, no sé si por su color material ó por lo desgarrador de su estridencia. Por lo menos en sus Gammes se lee:
«Que les Espérances écloses
Clament au cœur des clairons roux
Dans l’Azur des apothéoses:
Gloire aux amants fervents et doux!».
Y nótese que el sonido silbante en que terminan estos versos expresa el salir y cortar, como sale el aliento cortado por los dientes.
Más sinestésico anduvo Pierre Richard hasta en el título de su
Tuba mirum spargens sonum,
que encabeza la descripción del Occidente, ardiendo en rojas llamas.
La silbante se encarga también aquí del trompeteo en las sílabas del golpe rítmico:
«Les Cuivres du couchant sonnent un long appel.
Et le métal en feu ruisselant sur le ciel
Couvre de ses clameurs les chansons éphémères
Du Rêve...
Ainsi que le buccin de l’Archange implacable
Évoquera les morts au dernier Jugement,
L’Angoisse, dans les cœurs, s’éveille, impitoyable
Aux sinistres fanfarres du soir coruscant...».
Las sensaciones auditivas despiertan en nuestra fantasía hasta formas geométricas. Bleuhler y Lehman han reconocido que los tonos elevados hacen fantasear á veces una serie de ángulos agudos; los graves, ángulos más obtusos, y hasta arcos de círculo. ¿Es un soñar despierto? Ni mucho menos. Los sonidos se encargan ellos mismos de demostrárnoslo pintando esos ángulos. Las llamas manométricas de Kœnig toman toda especie de figuras, según sean los sonidos que las originan. Las vocales más agudas en su nota característica y más abundantes en armónicos, la i por ejemplo, dan una llama más angulosa y aguda que las vocales graves como la u. «Un canto lento, desolado subía, el De profundis. Haces de voces rehilaban por las bóvedas, se fundían con los sonidos casi verdes de las armónicas, con los timbres punzantes de los cristales que estallaban. Apoyadas sobre el bramido continuo del órgano, recostadas en los bajos, tan huecos que parecían haberse bajado dentro de sí mismos como en un soterraño, brincaban saltando sobre el versículo.
Y tras una pausa, el órgano, acompañado de dos contrabajos, mugía arrastrando en su tornado las voces, los barítonos, los tenores y los bajos, y sin embargo, la vibrante voz de los sopranos agujereaba y pasaba al través de la tromba, como una flecha de cristal. Y al terminar el salmo, las voces infantiles se desgarraban en un gemido doliente de seda, en un quejido afilado, que temblaba sobre la palabra eis, la cual quedaba colgada del vacío... Estas voces claras y aceradas introducían en las nieblas del canto, claridades del alba...»[12].
Las líneas, las superficies, los espacios juegan en toda esta descripción, pero juegan en toda la expresión del lenguaje. Todo él se reduce á expresar las diversas relaciones espaciales[13].
He hecho hincapié en la audición coloreada de las consonantes, porque los psicólogos sólo han tocado la de las vocales, por ser de timbre más despejado, menos borroso al parecer. Sin embargo, las consonantes y los demás ruidos tienen tal vez un timbre más delicado y menos chillón, por ser cabalmente más ruidoso y esquinudo. Sólo que, como dice Remy de Gourmont, «la palabra tiene una forma determinada por las consonantes, un perfume, bien que difícil de percibir por lo grosero de nuestra fantasía». En una buena charanga ú orquesta, el estruendo de los instrumentos acompañadores, bombo y platillos, contrabajo, etc., no deben oscurecer la melodía, ni el acompañamiento sinfónico que suena entre ella y los ruidos bajos: debe ser como un zumbido que crece ó descrece, pero que forma como una atmósfera fónica que rodea y como fondo de un cuadro que da unidad y base al todo.
NOTAS:
[9] J. K. Huysmans, A Rebours, p. 63.
[10] Saint-Pol-Roux. Mercure de France, XLII, p. 90.
[11] Synopsies, p. 67.
[12] En Route. Stock, 1899, p. 5-15.
[13] Cejador.—Gérmenes del Lenguaje.
La ironía y el gracejo en los refranes
Dicen que los refranes encierran la sabiduría popular. La hay, cierto, á vueltas de no poca gramática parda y de mayor inspiración poética. No hay regla de retórica que no pudiera confirmarse con un buen montón de refranes. Pero lo que me parece más importante es buscar en ellos el ingenio nacional, que se retrata en las maneras graciosas de formular la sentencia. La flor y nata es la ironía, en sus variados matices. No es del caso hacer aquí un tratado de ella; baste recordar que consiste en decir lo contrario de lo que se quiere dar á entender, por manera que la forma contradiga al fondo, quedando éste por lo mismo tanto más clavado en las mientes cuanto más entra en ellas por el choque y chispazo debido al contraste. Brilla así más la doctrina y queda más hondamente impresa. Además, no sé qué de encanto tiene para el hombre el mentir, que, ya que no mintamos por el fondo, nos contenta mentir á lo menos por la forma. Ello es que la ironía es la única mentira provechosa y la flor más delicada y olorosa del ingenio. Y esta flor es variadísima y rica en matices; el caso es que tenga alguna pinta de ingeniosa mentira. En tiempo y lugar, el perder es ganar, dice un refrán de singular consejo. Paradoja hay entre el perder y el ganar, y mentira parece que gane el que pierde. Pero ahondad un poco, y hallaréis que el dar tiempo al tiempo, perdiéndolo al parecer, es ganar, y no sólo cualquier empresa, sino hasta ganar tiempo. Dígalo si no la tortuga, que se fué paso tras paso, y llegó antes que el caballo, el cual perdió el tiempo con quererlo aprovechar harto de corrida. Cede el lugar al superior, humíllate, y pronto te verás ensalzado, ganando puesto y lugar con lo que parece lo perdías.
En todo hay bellaquería, si no es en la ropería, dice otro. ¡Cómo!, ¿que no lo hay en la ropería? Porque allí no hay simple bellaquería, sino grandísima bellaquería, en grado superlativo. Mientras discurres, el refrán te va entrando más y más, y cuando caes en ello, ves que el contraste entre la forma y la idea te dice que no es como las demás la bellaquería de los roperos, sino de grado especial, al punto de que esa bellaquería ordinaria no existe realmente entre ellos.
En todo se mete Peralvillos, como el agua en los cestillos.—No es que se meta, sino que con la misma facilidad con que se mete se sale, como el agua que se echa en cesto. Á no ser así, allí dentro se quedaría; y entonces, ¿cómo se podría ir á meter en otro asunto?
En muriéndome yo, todo se acaba.—Valiente pata de gallo, está uno por decir; á no ser que salte y diga: te acabarás tú, que los demás... Y con todo, ni aquello es verdad, ni estotro; y ni es pata de gallo ó simpleza de vara y media, sino gravísima cordura; ni es cierto que se acabará el que lo dice, y no los demás, porque para él todo se acabó, y él de sí habla, no del Papa Marcelo II, de quien nada sabe ni le importa una higa. Salgamos de tan hondas filosofías, que á fe nos habían de anegar á poco que en ellas nos detuviéramos. No hay verdad más colosal que la de ese refrancillo, vestido de bobo.
En Hornachos, todos los asnos son machos.—Tiene gracia la perogrullada. Eso quiso el refrán ó el pueblo que lo inventó: que os cayera en gracia. Pero guardaos, no haya más en la aldehuela, que suena. No sea algún chalán, que os capee con esa gracia para atraeros y vender su mercancía. Y así es la verdad, que los asnos de Hornachos son ó eran antes, que yo no los conozco, pero me consta que fueron tamaños como machos ó mulos. El equívoco tiene de la ironía no menos que de la paradoja, puesto que una cosa dicen á la vista y otra tienen en el anverso, y la gracia está en que, engolosinados con la mentira, busquéis con mayor afán la verdad, volviendo la moneda, que ese manosearla os la dará mejor á conocer y os hará que menos la olvidéis.
Y ya que por machos va, vaya aquel otro: En efecto, que el Rey era macho.—¿No lo entendéis? Decidlo ante un corro, después que Fulano haya mostrado su crasa y supina ignorancia en cualquier materia, y á buen seguro que lo entiendan todos y vos con ellos.
Soñaba Gil, el ciego, que veía, y soñaba lo que quería.—Gracia tiene en el ciego Gil ó en el ciego Menga; pero más gracia tiene, por lo menos más risa da, en Perico el de los Palotes, que se despepita por servir á Don Espera-un-rato hasta echársele por los suelos, ó se quema las cejas á caza de consonantes en el Diccionario de los ídem, creyendo muy á pie juntillas que con eso va á subir á la cima del Parnaso, ó... ó... Añadid aquí, que tela hay cortada para cualquier parroquiano del barrio de la Quimera.
Enderezaos, Lucía, que váis torcida.—Este refrán no tiene hoy aplicación con las señoritas, por estar de moda el ir sobrado de tiesas y erguidas, bien sacados el polisón para atrás y los pechos adelante, porque no todo sea figurín pasado con un asador.
Envaine vuestra merced, que bien lo ha hecho.—Podéis decirlo á muchos militares, no después que hayan dejado de un guantazo roja como un tomate la cara del pobre quinto que se salió de la fila ó trabucó el paso, sino cuando los sintáis á las espaldas por el olor á perfumes, en lo que (en Dios y en mi ánima que no miento) vencen á las damas más emperejiladas. Bien podéis decirles aquel otro: En cueros y con sombrero y guantes y pañizuelo.
Entendió que pescaba bogas.—Tal vez se dijo por el que, llamados sus compañeros á cabo de gran esperanza y regocijo, sacó á la ribera el cadáver de todo un señor asno. Pero más vale dejarnos de glosas y saborear la ironía en los mismos refranes.
Entre bobos anda el juego, y eran todos fulleros.—La segunda parte en éste y sus semejantes suele naturalmente omitirse.
Entre gavilla y gavilla, hambre amarilla.—Paradoja que queda deshecha al advertir que se trata de la mengua que sienten los labradores entre la siega de la cebada y la del trigo, por haberse acabado el repuesto del año anterior.
Entre col y col, lechuga.—Así plantan los hortelanos; dícese del tomar algún alivio entre el trabajo.
Es moza de buen recaudo, que antes que salga se manca en el establo.
Es hablar adefesios.—Á quien no entiende, ó lo que es lo mismo, cosas disparatadas, que lo son para ese tal: como cuando San Pablo escribió ad Ephesios á los de Éfeso, que no le atendían por estar apasionados con su famoso templo de Diana.
Eso y nada lleváoslo en la halda.—Todo eso no vale nada.
El mur (ratón) no cabía en el horado (agujero), y atóse una maza al rabo.
El muleto siempre parece asno, quier en la oreja, quier en el rabo.
El rosario al cuello, y el diablo en el cuerpo.—De los devotos farisaicos.
El hato de la liebre.—Para decir que no tiene más que lo puesto.
El harto de ayuno no tiene duelo ninguno.
El herrero de Arganda, que á puras martilladas olvidó el oficio.
El hijo de la cabra siempre ha de ser cabrito.—El natural tiene que aparecer en cada uno: El hijo del asno dos veces rebuzna; El hijo del gato mata al rato; ó El hijo de la gata, ratones mata; ó El hijo de la cabra, de una hora á otra bala.
En aldeas, pon la capa do la veas.—No te la espulguen.
En Aracena, quien no tiene pan no cena.—Y fuera de Aracena tres cuartos de lo mismo; como En Atienza, cada uno de sí piensa; y En el andar y el meneo, luego vi que era de Toledo, porque en todas partes En el andar y en el vestir, serás juzgado entre mil. Lo mismo: En la tierra de Matadura, quien no trabaja no manduca.
En eso estaba pensando.—Ironía con que niega uno lo que le piden.
En la mula de San Francisco.—Cuando uno camina á pie.
En Cantillana, el que madruga se levanta de mañana.
¿En qué mes cae Santa María de Agosto?—Á los simples; como ¿La mujer del quesero que será?
El polluelo del labrador y el bizcocho de la monja traen costa.—Dan poco para que les den mucho; ó El mensajero de Villamelera, lo que trae en el papo lo lleva.
El primer año, doctor; el segundo, licenciado; el tercero, bachiller; el cuarto, estudiante; el quinto, ignorante que comienza y quiere saber.—Atrás como el cangrejo es este progreso, aplicable de lleno á los estudiantes del día, gracias á los excelentes planes de enseñanza que nos desasnan.
El tal por tal debe ser igual, como el tanto por tanto, que es otro tanto.—Aclárase por el otro: El tal por tal es bueno, si es tanto, como tanto por tanto.
El tejedor del villar huelga toda la semana, y el domingo quiere trabajar.
El tiempo lo cura todo, ó lo pone del lodo; ó El tiempo aclara las cosas y el tiempo las oscurece.—Contra los que fían demasiado del tiempo diciendo: El tiempo cura las cosas; ó El tiempo y yo, para otros dos, como repetía Felipe II. Lo mismo: El tiempo todo lo trae y todo se lo lleva.
El toro se lo rompa.—Al que trae vestido nuevo, con ironía.
El villano y el nogal, á palos dan lo que dan.
El mejor lance de los dados es no jugarlos; ó El mejor nadar es guardar la ropa.
El mejor pienso del caballo es el ojo del amo; y con la cebada que le sobra, fregarle la cola; ó El pienso mejor es el ojo del señor.
El mozo bueno, bueno es; de tres torreznos, dadle los dos, y el mandado hacéoslo vos.
El buen estudiante, harto de sueño y muerto de hambre.—Se supone no de estudiar, sino de andar á picos pardos y ser gastador.
El buen hombre al sol se seque.—Ironía y maldición.
El buen vino ha de ser añejo, y ha de tener buen olor, y buen color, y buen gusto, y mal dejo.—Mala gana de dejarlo de la boca; esperábase buen dejo.
El caso es que me caso, y no hay más caso.—Linda repetición.
El caballo del rey cayó á mi puerta, y en mi portal la haca de la reina.—De los que se jactan de vanos favores de los mayores.
El que las sabe, las tañe; y eran campanas.
El que no tiene casa de suyo, vecino es de todo el mundo.
El convite del cordobés: ya habréis almorzado, no querréis comer.—Pasan por tacaños los cordobeses: no lo sé por experiencia. Las gentes maliciosas siempre achacan á otros las cosas. Así otros dicen de los toledanos: El convite del toledano: bebiérades, si hubiéredes almorzado.
El papagayo tiene cuartanas, porque no le dan almendras confitadas.—Contra regalones.
El pensar no es saber.—Del que menudea el pensé que; y le dicen: penseque, asneque, burreque.