NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con _guiones bajos_.

La cubierta del libro fue agregada por el Transcriptor y ha sido puesta en el dominio público.

Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando la presente edición de esta obra fue publicada eran diferentes a las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido respetado.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes en ese entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas establecidas por la RAE. Según esa norma, las letras mayúsculas deben escribirse con tilde si les corresponde llevar tilde según las reglas de acentuación gráfica del castellano, tanto si se trata de palabras escritas en su totalidad con mayúsculas como si se trata únicamente de la mayúscula inicial.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.

El Índice de capítulos, incluido en la publicación original al final, ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.


LEOPOLDO ALAS (CLARÍN)

OBRAS COMPLETAS

TOMO III

DOCTOR SUTILIS

RENACIMIENTO
MADRID

DOCTOR SUTILIS

LEOPOLDO ALAS
(CLARÍN)

OBRAS COMPLETAS
TOMO III

DOCTOR SUTILIS

(CUENTOS)

RENACIMIENTO

MADRID BUENOS AIRES
SAN MARCOS, 42 LIBERTAD, 172

1916


ES PROPIEDAD



Imprenta de Juan Pueyo.—Mesonero Romanos, 34.—MADRID

ÍNDICE

Página
Doctor Sutilis [7]
La mosca sabia [23]
El doctor Pértinax [45]
De la comisión [63]
De burguesa á cortesana [81]
El diablo en Semana Santa [89]
Doctor Angelicus [103]
Los señores de Casabierta [115]
El poeta-buho [121]
Don Ermeguncio ó la vocación [127]
Novela realista [137]
La perfecta casada [147]
El filósofo y la «Vengadora» [153]
Medalla de perro chico [167]
Diálogo edificante [173]
Un candidato [181]
La contribución [187]
El rana [201]
Versos de un loco [211]
Nuevo contrato [219]
Feminismo [229]
Manín de Pepa José [237]
Álbum-abanico [257]
Un repatriado [269]
Doble vía [277]
El viejo y la niña [287]
Jorge [295]
Sinfonía de dos novelas [305]

DOCTOR SUTILIS

I

Si le hubiérais conocido hace ocho años... no le conoceríais ahora.

¿Veis esa cabeza rapada á punta de tijera, aunque el diccionario entiende que sólo se puede rapar á navaja? Pues hace ocho años era enmarañada selva de ébano.

¿Veis esos insignificantes ojos á que unos lentes de cristal de roca quitan toda expresión y dan estoica serenidad, irritante audacia? Pues eran hace ocho años llamaradas de un incendio que ardía en el corazón de Pablo.

Pablo tiene veintiocho años y es agente de bolsa.

Hace ocho años tenía veinte y era soñador de oficio.

Á los veinte años Pablo era pagano, como el santo de su nombre. Mirando á las estrellas del cielo, á las olas del mar, á las hojas del bosque, á las espigas de las llanuras, lloraba de repente sin saber por qué, y era feliz en medio de penas sin nombre y sin cuento.

De cada amapola que veía en un campo de trigo se enamoraba perdidamente, y se tenía por un ingrato sin corazón, si de una sola llegaba á olvidarse. Cada vez que el sol se ponía, despedíale Pablo con lágrimas en los ojos. Cuando en sus paseos solitarios por la campiña encontraba á un pastor que le pedía fuego para encender tabaco envuelto en una hoja de maíz, Pablo entablaba conversación con él, y al alejarse para siempre de aquel desconocido sentía que “se le partía el corazón.”

Comprenderá el lector que vivir así era imposible.

Tanto más cuanto que Pablo no tenía sobre qué caerse muerto... ni vivo.

Un día, su señor tío don Pantaleón de los Pantalones tosió tres veces consecutivas delante de su sobrino Pablo, que le estaba comiendo un lado, según aseguraba el tío hiperbólicamente.

El discurso estaba á la vuelta y sobrevino, que el mal nunca se anuncia en balde.

—Pablo—dijo don Pantaleón—esto no puede seguir así.

Pablo suspiró.

—Esto no puede seguir—prosiguió el tío—porque tú ya tienes más de veinte años y no piensas en hacerte hombre, es decir, en hacerte hombre en la verdadera acepción de la palabra, hombre rico, porque el llamar hombres á los demás es una corruptela del lenguaje. Yo te veo muy ocupado en pensar si habrá ó no habrá habitantes en los demás planetas, y sé que tienes escritos muy concienzudos trabajos acerca de la naturaleza de lo bello. Todo eso será muy bonito, muy interplanetario, pero no tiene sentido común. Figúrate que yo aprieto los cordones de la bolsa. ¿Qué harás tú en adelante? ¿Te comerás la vía láctea, ó el concepto de lo sublime? Estás muy empingorotado y es necesario que bajes á la vida real para alternar con los semejantes. En una palabra, te voy á hacer tenedor de libros.

Ésta es ocasión de decir que Pablo amaba á Restituta con una pasión sin freno, como el huracán; sin medida, como el océano; sin pies ni cabeza, como la política española.

Restituta debió empezar por no llamarse Restituta. ¿Á qué venía ese nombre en participio pasado y casi en latín?

Sin embargo, esta contrariedad léxica no desorientó á Pablo.

No era lo peor que Restituta se llamase Restituta, sino que además se llamaba Andana.

Muy buenos versos hacía Pablo; pero la niña, que había leído el Romancero de la Guerra de África escrito en verso por Eduardo Bustillo, había perdido el gusto en materia de versos.

Pablo era predominantemente subjetivo, como dicen en el Ateneo, sección de literatura; y Restituta era aficionada á lo épico hasta el punto de llegar á casarse con un capitán de cazadores en situación de reemplazo.

El mismo día en que el capitán pidió al padre de Restituta la mano de su hija, don Pantaleón de los Pantalones le pidió para Pablo una plaza de tenedor vacante en su establecimiento de paños y tejidos.

He aquí los versos que escribió Pablo con motivo de este segundo acontecimiento:

“El amor caminaba desnudo entre rosas y suavísimo césped; las brisas y las auras juguetonas le acariciaban. Cuando era esto no había telares en el mundo, ni se desnudaba á los animales de sus pieles para vestir al lobo humano.

“El amor, anda que te andarás, llegó á las breñas, halló angosto el camino y lleno de zarzas, cardos y espinas; á los primeros pasos vertió lágrimas de dolor; pero esperaba que volvieran las flores y sufrió las heridas de los abrojos resignado. Siguió andando y las rosas no volvieron á aparecer; las espinas de las zarzas eran cada vez más y más agudas. El amor iba hecho un San Lázaro. Entonces se detuvo; sembró lino en derredor, no sin desbrozar antes la tierra; inventó la lanzadera, el telar, todo lo que le hizo falta para fabricar tela; probó á andar otra vez, vestido de flotante túnica, pero la vida sedentaria le había hecho poltrón, afeminado, y las heridas de los abrojos le lastimaban más que cuando caminaba desnudo. Fué preciso fabricar el paño, hizo trampas para cazar animales; despellejó, curtió, tundió y se vistió de señorito. La ley de las salidas le aconsejó que trabajara en grande; el espíritu industrial se apoderó del amor, trabajó para afuera y tuvo que aprender la teneduría de libros. Cuando la razón social ‘Amor y Compañía’ se hizo respetable en todos los mercados, el amor probó de nuevo á emprender el viaje, y grande y agradable fué su sorpresa al ver que las espinas y los cardos y las breñas habían desaparecido. El camino era otra vez de rosas y suavísimo césped: las brisas y las auras acariciaban al viajero. Todo volvía á ser como al principio. No hubo más sino que, al pasar junto á una fuente, el amor se miró en sus aguas y vió que no era él mismo, ni cosa parecida. Desde aquel día el amor busca al amor y no parece.”

Lo primero que le extrañará al lector en esta poesía será el que esté escrita en prosa; ¿es que hay poesía en prosa, como pretende el Sr. Vidart? Nada de eso; lo que hay es que yo he traducido estos versos, escritos en alemán, en prosa castellana. Pablo, que había estudiado mucho cuando anduvo desnudo, escribía sus poesías íntimas en alemán con regular corrección.

Pero después de hacer ésta, ni en alemán ni otra lengua alguna, ni viva, ni muerta, volvió á encontrar consonantes, como no fuera por casualidad.

Esta poesía hizo crisis en el alma de Pablo, que desde aquel día empezó á ser hombre en la verdadera acepción de la palabra.

El señor de los Pantalones veía con asombro y con alegría que en las cuentas de su sobrino las sumas eran fiel representación del conjunto de los sumandos, y que ni por casualidad era un cociente mayor que el dividendo en las divisiones de Pablo. En los libros diarios no había raspaduras, ni al margen escollos rítmicos, ni suspirillos germánicos.

II

El capitán de cazadores, ¿cómo ocultarlo?, no era poeta; y para ser hombre en la verdadera acepción de la palabra, le faltaba medio escalafón. En la lista de los capitanes estaba como el alma de Garibay, muy lejos de ambas orillas, como un náufrago en las soledades del océano; si se miraba para atrás se veía que el bueno de don Suero de Quiñones debió ponerse las tres estrellas próximamente cuando el Gran Capitán, y si se miraba hacia adelante, se adivinaba que don Suero pondría galones en la bocamanga cuando ya fuese un hecho la paz perpetua.

Pero nada de esto inquietaba al principio á Restituta, quien confiada, como los economistas, esperaba que las causas represivas vinieran á mermar la clase de capitanes y á reducir considerablemente la población, por consecuencia.

Quiñones era un guapo mozo y Restituta le había amado por espíritu de cuerpo; porque Restituta, en el fondo del alma, era una mujer de infantería. Había nacido para casarse con un capitán del arma.

Ni por un momento se le ocurrió á Pablo hacer la competencia á un rival que tenía fuero privilegiado. Se dió por vencido desde la primera formación en que vió Restituta á don Suero.

Sea dicho en honor de Pablo, Restituta no había dejado de dar pábulo algunas veces á la pasión del mísero soñador. La niña no quería para sí aquel sonámbulo, incapaz de coger cotufas en el golfo; pero se había acostumbrado á verle padecer, languidecer, callar y llorar en silencio.

Es más, y esto sea dicho en honor de Restituta, la muchacha solía ir muy callandito al cuarto de Pablo. (Aquí debo advertir que eran parientes y vivían largas temporadas bajo el mismo techo).

¿Qué hacía Restituta en el cuarto de su desdeñado amador?

Revolver los cajones de la mesa, sacar papeles, leerlos, ponerse colorada, quedarse pensativa, soltar luego una carcajada, guardar todo aquello y echar á correr.

Pocos días antes de ascender Restituta á capitana, Pablo, por casualidad, la vió en su propia habitación entregada á las curiosidades que quedan apuntadas. Pablo, que acababa de escribir la poesía alemana que va unida á los autos, estuvo á punto de sentir amor usque ad mortem. El corazón ya lo tenía en la garganta; pero se dió un golpecito en la nuez, tragó saliva y volvieron las cosas á su sitio. Restituta no supo que su primo la había visto revolverle los papeles.

El primo, que otras veces se pasaba semanas y meses rumiando indicios, atisbos, asomos de simpatía que creía ver en la prima, esta vez no quiso sacar consecuencias de lo que había presenciado, no pensó en ello, es decir, no reflexionó sobre ello, no lo saboreó. Se limitó á consignar el hecho en el libro mayor bajo aquellas letras que dicen Debe.

III

Un capitán de cazadores tiene poco que aprender.

Evitemos la anfibología; no quiero decir que él, el capitán, tenga poco que aprender, porque ya lo sepa casi todo; he querido decir que á don Suero de Quiñones su mujer se lo supo muy pronto de memoria.

Á los maridos, especialmente á los maridos capitanes, les sucede lo que á la Naturaleza, son bellos per troppo variar. Don Suero fué bello y vario mientras no agotó las combinaciones posibles de su indumentaria: de paisano, de uniforme, de gala con uniforme, de levita de campaña, de gorra de cuartel, de ruso, y pare usted de contar. No había más. Restituta, después que se sació de ver todo esto, y no tardó mucho, quiso penetrar en los subterráneos del alma. Quiñones no tenía subterráneos. Su alma era una casamata á prueba de bomba y de psicologías. No tenía ideales muertos ni vivos: no tenía más ideal que el empleo inmediato superior.

En el entretanto, el tenedor de libros leía á ratos perdidos la Fisiología del matrimonio, no para tomar las lucubraciones de Balzac al pie de la letra, sino como aperitivo para las propias reflexiones.

Si le hubiérais visto, como Restituta le veía, con el tomo entre las manos, la cabeza inclinada y los ojos fijos en el suelo con mirada oblicua y llena de maligna expresión, si le hubiérais visto entonces morderse las uñas y como volviendo en sí mirar alrededor asustado y luego volver á la lectura, tal vez hubiéseis sentido la extraña curiosidad que sentía la prima, aunque en vosotros no fuese tan vehemente y misteriosa.

El padre de Restituta, Quiñones, Restituta y don Pantaleón, todos cuatro convenían en este punto: que Pablo estaba sufriendo una extraña (y saludable añadía el de los Pantalones) cuanto inesperada transformación.

El padre de la prima se alegraba por las ventajas que para su comercio tenía la buena administración de los libros. Don Pantaleón no es necesario decir por qué se alegraba; y Don Suero, desinteresadamente, participaba del contento general, por esa extraña atracción del abismo de que nos hablan los poetas y que tanto debieran meditar los maridos.

Restituta no se alegraba; se limitaba á sentir mucha curiosidad. Pero ¡ah! lo que es curiosidad, mucha.

IV

Pablo llegó á tener participación en los beneficios.

Y acabó por tomar tan por lo serio los negocios, que más de una vez se le vió disputar muy acalorado sobre asuntos mercantiles, ventilando lo que suele llamarse el cuarto y el ochavo.

Don Pantaleón sostenía que su sobrino era un Necker, porque le sonaba el nombre de Necker á pesos fuertes. Le confundía con Creso.

Una noche que se había quedado sola en casa, Restituta tuvo la tentación de volver al cuarto de Pablo. Pero ya no se puede decir el cuarto de Pablo, porque el amo de la casa le había cedido toda una crujía del caserón que habitaban. Pablo había alhajado sus habitaciones con gusto y elegancia. No tardó pocos minutos la prima en dar con la mesa, cuyos cajones registraba en otro tiempo. Al fin la vió en un rincón, muy barnizada y compuesta. Cada llave estaba en cada cerradura. Abrió trémula uno y otro y todos los cajones. ¡Qué desencanto! Aquellos desordenados papeles, unos cortos, otros largos, unos escritos en castellano, otros en caracteres desconocidos, ya no estaban allí. En su lugar había muchos y muy simétricos legajos con sendas carpetas, atados con cinta de lustre encarnada. Cuando firmó el contrato de matrimonio vió Restituta algo parecido en el despacho del Juez municipal.

Buscó por todas partes, pero no vió ni rastro de aquellos papeles que, valga la verdad, no había olvidado en tanto tiempo.

De algunas composiciones cortas quiso Restituta hasta acordarse de memoria. Por cierto que decía para sí, de vuelta á su hogar propiamente dicho:

—¡Cómo era aquel verso en que juraba mi primo que se reía y lloraba al mismo tiempo!

Viendo que no podía hacer memoria, pensó Restituta que mejor sería hacer entendimiento.

Y lo hizo. Tanto aguzó la inteligencia, tantas vueltas dió á los viejos recuerdos de los conceptos aprendidos en los papeles de Pablo, que al fin Restituta, allá en sus soledades, se convenció de que su señor marido y capitán era un beduino, ella una mujer no comprendida, y su primo un hombre que la hubiera comprendido perfectamente.

V

Ya había sido miembro de varias comisiones de hacienda municipal y provincial, y estaba á punto de ser diputado á Cortes Pablo Soldevilla, cuando su primer amor se decidió á sondearle aludiendo á las tristezas del pasado:

—¿No te casas, Pablo?—dijo Restituta cuando se vió á solas con él en la glorieta del jardín, cerca ya de la noche.

—¿Casarme? ¿Yo? Lo dicho, dicho, prima. Aunque lo haya dicho hace ocho años, dicho está. Yo he amado á una mujer, á una sola, ¿entiendes?, y de una vez para siempre. Ya sabes que creo en la pluralidad de los mundos habitados, que creo, como si lo viera, ¡que mi alma ha de vivir en todas esas estrellas que ahora empiezan á lucir allá arriba!... Te advierto que son infinitas; pues bien, Restituta; yo que espero vivir en todas, en todas seguiré amando á la mujer que amé aquí, en esta pobrecita y tristísima tierra que se va quedando tan obscura. (Y era verdad que obscurecía, y Pablo daba pataditas sobre una planta de violetas). Bien podrán preguntarme después de un millón de vidas: ¿No te casas, Pablo? Yo contestaré siempre: lo dicho, dicho.

Restituta apreció en todo su valor este trozo de literatura corrosiva, como la llaman, con razón, las almas honradas.

Hubo una pausa. Al fin Restituta, como quien varía y no varía de conversación, exclamó:

—Oye, y desde que te has hecho comerciante y sabio hacendista, ¿ya no haces versos? ¡Qué bonitos los hacías! Parece mentira; pero la verdad es que á la larga no se puede vivir sin versos, buenos, se entiende, como los tuyos.

—Hace ocho años escribí los últimos; son los únicos que conservo... en la memoria.

—¿Quieres recitarlos?

—¡Si los hice en alemán!

—Pues no importa; dime la substancia.

Pablo dijo la substancia, sin poner, pero no sin quitar, pues creyó del caso suprimir aquello de que el amor, al mirarse en la fuente, no se había conocido. Concluyó diciendo que el amor busca el amor.

¡Qué pensativa se quedó Restituta!

—Oye, Pablo—dijo cuando ya era noche del todo—qué amargos son esos versos; parece que piensas, según ellos, que nadie quiere el amor por el amor, que necesita otros atractivos, que ha de revestirse de mil requisitos y tomar mil precauciones para que no le lastimen los abrojos de la vida.

—Y es la verdad: á mí no me quisieron cuando ofrecí un amor sincero, inocente; mi tío me aseguraba que hasta que fuera hombre no me querrían... y trabajé y fuí hombre, y ahora, aunque me quieran, ¿qué me importa?, porque... lo dicho, dicho...


VI

Dicho y hecho.

Yo no tengo la culpa. Ni ellos tampoco. Restituta comenzó á comprender el amor puro, ideal, cuando la Naturaleza—natura naturans—ya había satisfecho sus primeras necesidades, cuando Quiñones no tuvo más uniformes que vestir y cuando las tinieblas caliginosas dieron paso en el cerebro de la hermosa niña á un poco de luz.

Porque Restituta era todavía muy joven cuando sucedió la escena de la glorieta. Veinticuatro años. Es cuando una mujer puede entender algo de los desengaños y gozar esa melancólica y poética perspectiva de los recuerdos, de la cual Dios libre, lector, á tu mujer, si la tienes. Amén.

En cuanto á Pablo, preciso es confesar que se portó como un bellaco, y como un cobarde primero.

Fué cobarde porque, ya que había nacido soñador, idealista, debió afrontar las desastrosas consecuencias de su vocación y de su carácter.

Fué bellaco porque no recitó delante de Restituta su última poesía íntegra. ¿Por qué no dijo, como era la verdad, que el amor al mirarse en la fuente no se había conocido?

¿Por qué no confesó que al tener entre los brazos el sueño cuajado en realidad, ó aquella mujer adorada en la primera juventud... sólo había sentido el placer de la venganza y del orgullo satisfechos?

Y ¡oh vergüenza! debió confesar también que á la segunda cita no acudió, sino muy tarde, porque sus deberes de agente le llevaron á la Bolsa.

Sí; fué cobarde, fué bellaco... pero fué agudo, fué sutil.

Oyó en los labios de su tío don Pantaleón de los Pantalones, que era tan bruto, las palabras de la sabiduría.

Amaba el ideal y le recordaron los dolores que acarrea. Huyó á tiempo del precipicio.

Si hubiese seguido soñando le hubieran sucedido las siguientes desgracias, alguna de ellas por lo menos:

1.ª. Morirse de hambre tarde ó temprano.

2.ª. Suponiendo que el hambre no hubiese sido puñalada de pícaro, su prima le hubiera martirizado durante toda la vida, porque el señuelo del desdén fué sin duda lo que la atrajo (ahora que ella no lo oye), y

3.ª. Dado que la prima se hubiese rendido, de todos modos, ¡qué amarga felicidad no hubiera traído consigo el amor adúltero al alma enamorada del pobre soñador!

No, y mil veces no. Pablo se convirtió de veras, perdió los sueños y el amor, dejó los versos y la poesía, y sólo fingió amor, sueños, poesía, versos, cuando sus planes lo exigieron.

Gozaba poco, es verdad, Pablo el convertido, pero no padecía nada.

Aquel amante podía exclamar: nada se ha perdido más que el amor.

Poetas de imitación, que buscais dolores íntimos para cantar endechas y publicar vuestras penas, si encuentran editor, no despreciéis á mi Pablo, no le tengais por menos que vosotros. Fué desertor del ideal, huyó de los ensueños dolorosos porque los sintió de veras... y según dicen los inteligentes, cuando se ama muy de veras se padece mucho.

LA MOSCA SABIA

I

Don Eufrasio Macrocéfalo me permitió una noche penetrar en el sancta sanctorum, en su gabinete de estudio, que era, más bien que gabinete, salón biblioteca; las paredes estaban guarnecidas de gruesos y muy respetables volúmenes, cuyo valor en venta había de subir á un precio fabuloso el día en que don Eufrasio cerrase el ojo y se vendiera aquel tesoro de ciencia en pública almoneda; pues si mucho vale Aristóteles por su propia cuenta, un Aristóteles propiedad del sabio Macrocéfalo tenía que valer mucho más para cualquier bibliómano capaz de comprender á mi ilustre amigo. Era mi objeto al visitar la biblioteca de don Eufrasio, verificar notas en no importa qué autor, cuyo libro no era fácil encontrar en otra parte; y llegó á tanto la amabilidad insólita del erudito, que me dejó solo en aquel santuario de la sabiduría, mientras él iba á no sé qué Academia á negar un premio á cierta Memoria en que se le llamaba animal, no por llamárselo, sino por demostrar que no hay solución de continuidad en la escala de los seres.

La biblioteca de don Eufrasio era una habitación abrigada, tan herméticamente cerrada á todo airecillo indiscreto por lo colado, que no había recuerdo de que jamás allí se hubiera tosido ni hecho manifestación alguna de las que anuncian constipado; don Eufrasio no quería constiparse, porque su propia tos le hubiera distraído de sus profundas meditaciones. Era, en fin, aquélla una habitación en que bien podría cocer pan un panadero, como dice Campoamor. Junto á la mesa escritorio estaba un brasero todo ascuas, y al extremo de la sala, en una chimenea de construcción anticuada, ardían troncos de encina, que se quejaban al quemarse. Mullida alfombra cubría el pavimento; cortinones de tela pesada colgaban en los huecos, y no había rendija sin tapar, ni por lado alguno pretexto para que el aire frío del exterior penetrase atropelladamente, sino por sus pasos contados y bajo la palabra de ir calentándose poco á poco.

Largo rato pasé gozando de aquel agradable calorcillo, que yo juzgaba tan ajeno á la ciencia, siempre tenida por fría y casi helada. Creíame solo, porque de ratones no había que hablar en casa de Macrocéfalo, químico excelente, especie de Borgia de los mures. Yo callaba, y los libros también; pues aunque me decían muchas cosas con lo que tenían escrito sobre el lomo, decíanlo sin hacer ruido; y sólo allá en la chimenea alborotaban todo lo que podían, que no era mucho, porque iban ya de vencida, los abrasados troncos.

En vez de evacuar las citas que llevaba apuntadas, arrellanéme en una mecedora, cerca del brasero, y en dulce somnolencia dejé á la perezosa fantasía vagar á su antojo, llevando el pensamiento por donde ella fuere. Pero la fantasía se quejaba de que le faltaba espacio entre aquellas paredes de sabiduría, que no podía romper, como si fuesen de piedra. ¿Cómo atravesar con holgura aquellos tomos que sabían todo lo que Platón dijo, y que gritaban aquí ¡Leibnitz! más allá ¡Descartes! ¡San Agustín! ¡Enciclopedia! ¡Sistema del mundo! ¡Crítica de la razón pura! ¡Novum organum! Todo el mundo de la inteligencia se interponía entre mi pobre imaginación y el libre ambiente. No podía volar. ¡Ea!—le dije—; busca materia para tus locuras dentro del estrecho recinto en que te ve encerrada. Estás en la casa de un sabio; este silencio ¿nada te dice? ¿No hay aquí algo que hable del misterioso vivir del filósofo? ¿No quedó en el aire, perceptible á tus ojos, algún rastro que sea indicio de los pensamientos de don Eufrasio, ó de sus pesares, ó de sus esperanzas, ó de sus pasiones, que tal vez, con saber tanto, Macrocéfalo las tenga? Nada respondió mi fantasía; pero en aquel instante oí á mi espalda un zumbido muy débil y de muy extraña naturaleza: parecía en algo el zumbido de una mosca, y en algo parecía el rumor de palabras que sonaban lejos, muy apagadas y confusas.

Entonces dijo la fantasía: “¿Oyes? ¡Aquí está el misterio! Ese rumor es de un espíritu acaso; acaso va á hablar el genio de don Eufrasio, algún demonio, en el buen sentido de la palabra, que Macrocéfalo tendrá metido en algún frasco.” Sobre la pantalla de transparentes que casi tapaba por completo el quinqué colocado sobre la mesa, que yo tenía muy cerca, se vino á posar una mosca de muy triste aspecto, porque tenía las alas sucias, caídas y algo rotas, el cuerpo muy delgado y de color... de ala de mosca, faltábale alguna de las extremidades, y parecía, al andar sobre la pantalla, baldada y canija. Repitióse el zumbido, y esta vez ya sonaba más á palabras; la mosca decía algo, aunque no podía yo distinguir lo que decía. Acerqué más á la mesa la mecedora, y aplicando el oído al borde de la pantalla, oí que la mosca, sin esquivar mi indiscreta presencia, decía con muy bien entonada voz, que para sí quisieran muchos actores de fama:

—Sucedió en la suprema monarquía
de la Mosquea, un rey que, aunque valiente,
la suma de riquezas que tenía
su pecho afeminaron fácilmente.

—¿Quién anda ahí? ¿Hospes, quis es?—gritó la mosquita estremecida, interrumpiendo el canto de Villaviciosa, que tan entusiasmada estaba declamando; y fué que sintió como estrépito horrísono el ligero roce de mis barbas con la pantalla en que ella se paseaba con toda la majestad que le consentía la cojera.—Dispense usted, caballero, continuó reportándose, me ha dado usted un buen susto; soy nerviosa, sumamente nerviosa, y además soy miope y distraída, por todo lo cual no había notado su presencia.

Yo estaba perplejo; no sabía qué tratamiento dar á aquella mosca que hablaba con tanta corrección y propiedad, y recitaba versos clásicos.

—Usted es quien ha de dispensar—dije al fin, saludando cortésmente—: yo ignoraba que hubiese en el mundo dípteros capaces de expresarse con tanta claridad y de aprender de memoria poemas que no han leído muchos literatos primates.

Yo soy políglota, caballero; si usted quiere, le recito en griego la Batracomiomaquia, lo mismo que le recitaría toda la Mosquea. Éstos son mis poemas favoritos; para usted son poemas burlescos, para mí son epopeyas grandiosas, porque un ratón y una rana son á mis ojos verdaderos gigantes cuyas batallas asombran y no pueden tomarse á risa. Yo leo la Batracomiomaquia como Alejandro leía La Ilíada...

Arjómenos proton Mouson yoron ex Heliconos...

¡Ay! Ahora me consagro á esta amena literatura, que refresca la imaginación, porque harto he cultivado las ciencias exactas y naturales, que secan toda fuente de poesía; harto he vivido entre el polvo de los pergaminos, descifrando caracteres rúnicos, cuneiformes, signos hieráticos, jeroglíficos, etc.; harto he pensado y sufrido con el desengaño que engendra siempre la filosofía; pasé mi juventud buscando la verdad, y ahora, que lo mejor de la vida se acaba, busco afanosa cualquier mentira agradable que me sirva de Leteo para olvidar las verdades que sé.

Permítame usted, caballero, que siga hablando sin dejarle á usted meter baza, porque ésta es la costumbre de todos los sabios del mundo, sean moscas ó mosquitos. Yo nací en no sé qué rincón de esta biblioteca; mis próximos ascendientes y otros de la tribu volaron muy lejos de aquí, en cuanto llegó la amable primavera de las moscas y en cuanto vieron una ventana abierta; yo no pude seguir á los míos, porque don Eufrasio me cogió un día que, con otros mosquitos inexpertos, le estaba yo sorbiendo el seso que por la espaciosa calva sudaba el pobre señor; guardóme debajo de una copa de cristal, y allí viví días y días, los mejores de mi infancia. Servíle en numerosos experimentos científicos; pero como el resultado de ellos no fuera satisfactorio, porque demostraba todo lo contrario de lo que Macrocéfalo quería probar, que era la teoría cartesiana, que considera como máquinas á los animales, el pobre sabio quiso matarme, cegado por el orgullo, tan mal herido en aquella lucha con la realidad.

Pero en la misma filosofía que iba á ser causa de mi muerte hallé la salvación, porque en el momento de prepararme el suplicio, que era un alfiler que debía atravesarme las entrañas, don Eufrasio se rascó la cabeza, señal de que dudaba, en efecto, si tenía ó no tenía derecho para matarme. Ante todo, ¿es legítima á los ojos de la razón la pena de muerte? Y dado que no lo sea, ¿los animales tienen derecho? Esto le llevó á pensar lo que sería el derecho, y vió que era propiedad; pero, ¿propiedad de qué? Y de cuestión en cuestión, don Eufrasio llegó al punto de partida necesario para dar un solo paso en firme. Todo esto le ocupó muchos meses, que fueron dilatando el plazo de mi muerte. Por fin, analíticamente, Macrocéfalo llegó á considerar que era derecho suyo el quitarme de en medio; pero como le faltaba el rabo por desollar, ó sea la sintética que hace falta para conocer el fundamento, el porqué, don Eufrasio no se decidió á matarme por ahora, y está esperando el día en que llegue al primer principio, y desde allí descienda por todo el sistema real de la ciencia, para acabar conmigo sin mengua del imperativo categórico. Entretanto fué, sin conocerlo, tomándome cariño, y al fin me dió la libertad relativa de volar por esta habitación; aquí el aire caliente me guarda de los furores del invierno, y vivo, y vivo, mientras mis compañeras habrán muerto por esos mundos, víctimas del frío que debe hacer por ahí fuera. ¡Mas, con todo, yo envidio su suerte! Medir la vida por el tiempo, ¡qué necedad! La vida no tiene otra medida que el placer, la pasión desenfrenada, los accidentes infinitos que vienen sin que se sepa ni cómo ni por qué, la incertidumbre de todas las horas, el peligro de cada momento, la variedad de las impresiones siempre intensas. ¡Ésa es la vida verdadera!

Calló la mosca para lanzar profundo suspiro, y yo aproveché la ocasión, y dije:

—Todo eso está muy bien; pero todavía no me ha dicho usted cómo se las compone para hablar mejor que algunos literatos...

—Un día, continuó la mosca, leyó don Eufrasio en la Revista de Westminster que dentro de mil años, acaso, los perros hablarían, y, preocupado con esta idea, se empeñó en demostrar lo contrario; compró un perro, un podenco, y aquí, en mi presencia, comenzó á darle lecciones de lenguaje hablado; el perro, quizá porque era podenco, no pudo aprender; pero yo, en cambio, fuí recogiendo todas las enseñanzas que él perdía, y una noche, posándome en la calva de don Eufrasio, le dije:

—Buenas noches, maestro, no sea usted animal; los animales sí pueden hablar, siempre que tengan regular disposición; los que no hablan son los podencos y los hombres que lo parecen.

Don Eufrasio se puso furioso conmigo. Otra vez había echado por tierra sus teorías; pero yo no tenía la culpa. Procuré tranquilizarle, y al fin creí que me perdonaba el delito de contradecir todas sus doctrinas, cumpliendo las leyes de mi naturaleza. Perdido por uno, perdido por ciento uno, se dijo don Eufrasio, y accedió á mi deseo de que me enseñara lenguas sabias y á leer y escribir. En poco tiempo supe yo tanto chino y sánscrito como cualquier sabio español; leí todos los libros de la biblioteca, pues para leer me bastaba pasearme por encima de las letras, y en punto á escribir, seguí el sistema nuevo de hacerlo con los pies; ya escribo regulares patas de mosca.

Yo creía al principio, ¡incauta!, que Macrocéfalo había olvidado sus rencores; mas hoy comprendo que me hizo sabia para mi martirio. ¡Bien supo lo que hacía!

Ni él ni yo somos felices. Tarde los dos echamos de menos el placer, y daríamos todo lo que sabemos por una aventurilla, de un estudiante él; yo, de un mosquito.

¡Ay! Una tarde—prosiguió la mosca—me dijo el tirano: Ea, hoy sales á paseo.

Y me llevó consigo.

Yo iba loca de contenta. ¡El aire libre! ¡El espacio sin fin! Toda aquella inmensidad azul me parecía poco trecho para volar. “No vayas lejos”, me advirtió el sabio cuando me vió apartarme de su lado. ¡Yo tenía el propósito de huir, de huir por siempre! Llegamos al campo. Don Eufrasio se tendió sobre el césped, sacó un pastel y otras golosinas, y se puso á merendar como un ignorante. Después se quedó dormido. Yo, con un poco de miedo á aquella soledad, me planté sobre la nariz del sabio, como en una atalaya, dispuesta á meterme en la boca entreabierta á la menor señal de peligro. Había vuelto el verano, y el calor era sofocante. Los restos del festín estaban por el suelo, y al olor apetitoso acudieron bien pronto numerosos insectos de muchos géneros, que yo teóricamente conocía por la zoología que había estudiado. Después llegó el bando zumbón de los moscones y de las moscas, mis hermanas. ¡Ay! En vez de la alegría que yo esperaba tener al verlas, sentí pavor y envidia; los moscones me asustaban con sus gigantescos corpanchones y sus zumbidos rimbombantes; las moscas me encantaban con la gracia de sus movimientos, con el brillo de sus alas; pero al comprender que mi figura raquítica era objeto de sus burlas, al ver que me miraban con desprecio, yo, mosca macho, sentí la mayor amargura de la vida.

El sabio es el más capaz de amar á la mujer, pero la mujer es incapaz de estimar al sabio. Lo que digo de la mujer es también aplicable á las moscas. ¡Qué envidia, qué envidia sentí al contemplar los fecundos juegos aéreos de aquellas coquetas enlutadas, todas con mantilla, que huían de sus respectivos amantes, todos más gallardos que yo, para tener el placer, y darlo, de encontrarse á lo mejor en el aire y caer juntos á la tierra en apretado abrazo!

Volvió á callar la mosca infeliz; temblaron sus alas rotas; y continuó tras larga pausa:

—Nessun maggior dolore
Che ricordasi del témpo felice
Nella miseria...

Mientras yo devoraba la envidia y la vergüenza de tenerla y sentir miedo, una mosca, un ángel diré mejor, abatió el vuelo y se posó á mi lado, sobre la nariz aguileña del sabio. Era hermosa como la Venus negra, y en sus alas tenía todos los colores de iris; verde y dorado era su cuerpo airoso; las extremidades eran robustas, bien modeladas, y de movimientos tan seductores, que equivalían á los seis pies de las Gracias aquellas patas de la mosca gentil. Sobre la nariz de don Eufrasio, la hermosa aparecida se me antojaba Safo en el salto de Léucade. Yo, inmóvil, la contemplé sin decir nada. ¿Con qué lenguaje se hablaría á aquella diosa? Yo lo ignoraba. ¡Saber tantos idiomas, de qué me servía, no sabiendo el del amor! La mosca dorada se acercó á mí, anduvo alrededor, por fin se detuvo enfrente, casi tocando en mi cabeza con su cabeza. ¡Ya no vi más que sus ojos! Allí estaba todo el universo. Kalé, dije en griego, creyendo que era aquella lengua la más digna de la diosa de las alas de verde y oro. La mosca me entendió, no porque entendiera el griego, sino porque leyó el amor en mis ojos.

—Ven—me respondió hablando en el lenguaje de mi madre—: ven al festín de las migajas, serás tú mi pareja; yo soy la más hermosa y á ti te escojo, porque el amor para mí es capricho; no sé amar, sólo sé agradecer que me amen: ven y volaremos juntos; yo fingiré que huyo de ti...—Sí, como Galatea, ya sé, dije neciamente.—Yo no entiendo de Galateos, pero te advierto que no hables en latín; vuela en pos de mis alas, y en los aires encontrarás mis besos... Como las velas de púrpura se extendían sobre las aguas jónicas de color de vino tinto, que dijo Homero, así extendió sus alas aquella hechicera, y se fué por el aire zumbando: ¡Ven, ven!... Quise seguirla, mas no pude. El amor me había hecho vivir siglos en un minuto; no tuve fuerzas, y en vez de volar, caí en la sima, en las fauces de don Eufrasio, que despertó despavorido, me sacó como pudo de la boca, y no me dió muerte porque aún no había llegado á la metafísica sintética.

II

La mosca de mi cuento

Tras nueva pausa prosiguió llorando:
¡Cuánta afrenta y dolor el alma mía
halló dentro de sí, la luz mirando
que brilló, como siempre, al otro día!

Sí, volvimos á casa, porque yo no tenía fuerzas para volar ni deseo ya de escaparme. ¿Cómo? ¿Para qué? Mi primera visita al mundo de las moscas me había traído, “con el primer placer, el desengaño” (dispense usted si se me escapan muchos versos en medio de la prosa: es una costumbre que me ha quedado de cuando yo dedicaba suspirillos germánicos á la mosca de mis sueños). Como el joven enfermo de Chénier, yo volví herida de amor á esta cárcel lúgubre y sin más anhelo que ocultarme y saborear á solas aquella pasión que era imposible satisfacer; porque primero me moriría de vergüenza que ver otra vez á la mosca verde y dorada que me convidó al festín de las migajas y á los juegos locos del aire. Un enamorado que se ve en ridículo á los ojos de la mosca amada, es el más desgraciado mortal, y daría de fijo la salvación por ser en aquel momento, ó grande como Dios, ó pequeño como un infusorio. De vuelta á nuestra biblioteca, don Eufrasio me preguntó con sorna: “¿Qué tal, te has divertido?” Yo le contesté mordiéndole en un párpado: se puso colérico. “¡Máteme usted!” le dije.—“¡Oh! ¡Así pudiera! pero no puedo; el sistema no está completo; subjetivamente podría matarte; pero falta el fundamento, falta la síntesis”.

¡Qué ridículo me pareció desde aquel día Macrocéfalo! ¡Esperar la síntesis para matar, cuando yo hubiera matado á todas las moscas machos y á todos los moscones del mundo que me hubiesen disputado el amor, á que yo no aspiraba, de la mosca de oro! Más que el deseo de verla, pudo en mí el terror que me causaba el ridículo, y no quise volver á la calle ni al campo. Quise apagar el sentimiento y dejar el amor en la fantasía. Desde entonces fueron mis lecturas favoritas las leyendas y poemas en que se cuentan hazañas de héroes hermosos y valientes: la Batracomiomaquia, la Gatomaquia, y sobre todo, la Mosquea, me hacían llorar de entusiasmo. ¡Oh, quién hubiera sido Marramaquiz, aquel gato romano que, atropellando por todo, calderas de fregar inclusive, buscaba á Zapaquilda por tejados, guardillas y desvanes! Y aquel rey de la Mosquea, Salomón en amores, ¡qué envidia me daba! ¡Qué de aventuras no fraguaría yo en la mente loca, en la exaltación del amor comprimido! Dime á pensar que era un Reinaldos ó un Sigfrido ó cualquier otro personaje de leyenda, y discurrí la traza de recorrer el mundo entero del siguiente modo: pedirle á don Eufrasio que pusiera á mi disposición los magníficos atlas que tenía, donde la tierra, pintada de brillantísimos colores en mapas de gran tamaño, se extendía á mis ojos en dilatados horizontes. Con el fingimiento de aprender geografía pude á mis anchas pasearme por todo el mundo, mosca andante en busca de aventuras. Híceme una armadura de una pluma de acero rota, un yelmo dorado con restos de una tapa de un tintero; fué mi lanza un alfiler, y así recorrí tierras y mares, atravesando ríos, cordilleras, y sin detenerme al dar con el océano, como el musulmán se detuvo.

Los nombres de la geografía moderna parecíanme prosaicos, y preferí para mis viajes las cartas de la geografía antigua, mitad fantástica, mitad verdadera: era el mundo para mí según lo concebía Homero, y por el mapa que esta creencia representaba, era por donde yo de ordinario paseaba mis aventuras: iba con los dioses á celebrar las bodas de Tetis al océano, un río que daba vuelta á la tierra; subía á las regiones hiperbóreas, donde yo tenía al cuidado de honradísima dueña, en un castillo encerrada, á mi mosca de oro. Cazaba los insectos menudos que solían recorrer las hojas del atlas y se los llevaba prisioneros de guerra á mi mosca adorada, allá á las regiones fabulosas.

—Éste—le decía—fué por mí vencido, sobre el empinado Cáucaso, y aún en sus cumbres corre en torrentes la sangre del mosquito que á tus pies se postra, malferido por la poderosa lanza á que tú prestas fuerza, ¡oh mosca mía! con dársela á mi brazo por conducto del alma que te adora y vive de tu recuerdo.—Todas estas locuras, y aun infinitas más, hacía yo y decía, mientras pensaba don Eufrasio que estudiaba á Estrabón y Ptolomeo.—La novela en Grecia empezó por la geografía; fueron viajeros los primeros novelistas, y yo también me consagré en cuerpo y alma á la novela geográfica. Aunque el placer del fantasear no es intenso, tiene una singular voluptuosidad, que en ningún otro placer se encuentra, y puedo jurar á usted que aquellos meses que pasé entregado á mis viajes imaginarios, paseándome por el atlas de don Eufrasio, son los que guardo como dulces recuerdos, porque en ellos, el alivio que sentí á mis dolores lo debí á mis propias facultades.

Poetizar la vida con elementos puramente interiores, propios, éste es el único consuelo para las miserias del mundo: no es gran consuelo, pero es el único.

Un día don Eufrasio puso encima de la mesa un libro de gran tamaño, de lujo excepcional. Era un regalo de Año Nuevo, era un tratado de Entomología, según decían las letras góticas doradas de la cubierta. El canto del grueso volumen parecía un espejo de oro. Volé y anduve hora tras hora alrededor de aquel magnífico monumento, historia de nuestro pueblo en todos sus géneros y especies. El corazón me decía que había allí algo maravilloso, regalo de la fantasía. Pero yo por mis propias fuerzas no podía abrir el libro. Al fin don Eufrasio vino en mi ayuda: levantó la pesada tapa y me dejó á mis anchas recorrer aquel paraíso fantástico, museo de todos los portentos, iconoteca de insectos, donde se ostentaban en tamaño natural, pintados con todos los brillantes colores con que los pintó Naturaleza, la turbamulta de flores aladas, que son para el hombre insectos, para mí ángeles, ninfas, dríadas, genios de lagos y arroyos, fuentes y bosques. Recorrí ansiosa, embriagada con tanta luz y tantos colores, aquellas soberbias láminas, donde la fantasía veía á montones argumentos para mil poemas: el corazón me decía “más allá”; esperaba ver algo que excediera á toda aquella orgía de tintas vivas, dulces ó brillantes. ¡Llegué por fin al tratado de las moscas! El autor les había consagrado toda la atención y esmero que merecen: muchas páginas hablaban de su forma, vida y costumbres; muchas láminas presentaban figuras de todas las clases y familias.

Vi y admiré la hermosura de todas las especies, pero yo buscaba ansiosa, sin confesármelo á mí misma, una imagen conocida: ¡al fin! en medio de una lámina, reluciendo más que todas sus compañeras, estaba ella, la mosca verde y dorada, tal como yo la vi un día sobre la nariz de D. Eufrasio, y desde entonces á todas las horas del día y de la noche dentro de mí. Estaba allí, saltando del papel, grave, inmóvil, como muerta, pero con todos los reflejos que el sol tenía al besar con sus rayos las alas de sutil encaje. El amante que haya robado alguna vez un retrato de su amada desdeñosa, y que á solas haya saciado en él su pasión comprimida, adivinará los excesos á que me arrojé, perdida la razón, al ver en mi poder aquella imagen, fiel exactísima, de la mosca de oro. Mas no crea usted, si no entiende de esto, que fué de pronto el atreverme á acercarme á ella; no, al principio turbéme y retrocedí como hubiera hecho á su presencia real. Un amante grosero no respeta la castidad de la materia, de la forma; para mí no sólo el alma de la mosca era sagrada: también su figura, su sombra misma, hasta su recuerdo. Para atreverme á besar el castísimo bulto tuve que recurrir á mi eterno novelar; en mis diálogos imaginarios ya estaba yo familiarizado con mi felicidad de amante correspondido; y así, como si no fuese nuevo el encanto de tener aquella esplendorosa beldad dócil y fiel al anhelante mirar de mis ojos, sin apartarse de ellos, como quien sigue un deliquio de amor, acerquéme, tras una lucha tenaz con el miedo, y dije á la mosca pintada: “Estoy, señora, tan acostumbrado á que todo sea en mi amor desdichas, que al veros tan cerca de mí y que no huís al verme, no avanzo de miedo de deshacer este encanto, que es teneros tan cerca; tantas espinas me punzaron el corazón, señora, que tengo miedo á las flores; si hay engaño, sépalo yo después del primer beso, porque, al fin, ello ha de ser que todo acabe en daño mío”. No contestó la mosca, ni yo lo necesitaba; mas yo, en vez de ella, díjeme tantas ternuras, tan bien me convencí de que la mosca de oro sabía despreciar el vano atavío de la hermosura aparente y conocer y sentir la belleza del espíritu, que al cabo, con todo el valor y la fe que el amante necesita para no ser desairado ó desabrido en sus caricias, lancéme sobre la imagen de ricos colores y de líneas graciosas, y en besos y abrazos consumí la mitad de mi vida en pocos minutos.

En medio de aquel vértigo de amor, en que yo estaba amando por dos á un tiempo, vi que la mosca pintada me decía, á intervalos de besos y entre el mismo besar, casi besándome con las palabras que decía: “Tonto, tonto mío, ¿por qué dudas de mí, por qué creer que la hembra no sabe sentir lo que tú sabes pensar? Tus alas rotas, tus movimientos difíciles y sin gracia aparente, tu miedo á los moscones, tu rubor, tu debilidad, tu silencio, todo lo que te abruma, porque juzgas que te estorba para el amor, yo lo aprecio, yo lo comprendo, y lo siento y lo amo. Ya sé yo que en tus brazos me espera oir hablar de lo que jamás supieron de amor otros machos más hermosos que tú; sé que al contarme tus soledades, tus luchas interiores, tus fantasías, has de ser para mí como ser divinizado por el amor; no habrá voluptuosidad más intensa que la que yo disfrute bebiendo por tus ojos todo el amor de un alma grande, arrugada y oscurecida en la cárcel estrecha de tu cuerpo flaco y empobrecido por la fiebre del pensar y del querer”. Y á este tenor, seguía diciéndome la mosca dorada tan deliciosas frases, que yo no hacía más que llorar y besarle los pies, aún más agradecido que enamorado. ¡Bendita fuerza de la fantasía que me permitió gozar este deliquio, momento sublime de la eternidad de un cielo! Al fin hablé yo (por mi cuenta) y sólo dije con voz que parecía sonar en las mismas entrañas:—¿Tu nombre? Mi nombre está en la leyenda que tengo al pie; esto dijo mi razón fría y traidora tomando la voz que yo atribuía á mi amada. Bajé los ojos y leí... Musca vomitoria.

Al llegar aquí, la voz de la mosca sabia se debilitó, y siguió hablando como se oye en la iglesia hablar á las mujeres que se confiesan. Yo, como el confesor, acerqué tanto, tanto el oído, que á haber sido la mosca hermosa penitente, hubiera sentido el perfume de su aliento (como el confesor) acariciarme el rostro. Y dijo así:

—¡Mosca vomitoria! Éste era el nombre de mi amada. En el texto encontré su historia. Era terrible. Bien dijo Shakespeare: “estos jóvenes pálidos que no beben vino acaban por casarse con una meretriz”. Yo, casta mosca, enamorada del ideal, tenía por objeto de mis sueños á la enamorada de la podredumbre. Allí donde la vida se descompone, donde la química celebra esas orgías de miasmas envenenados que hay en los estercoleros, en las letrinas, en las sepulturas y en los campos de batalla después de la carnicería, allí acudía mi mosca de las alas de oro, de los metálicos cambiantes, Mesalina del cieno y de la peste. ¡Yo amaba á la mosca vampiro, á la mosca del Vomitorium! Yo había colocado en las regiones soñadas, en las regiones hiperbóreas, su palacio de cristal, y en las Hespérides su jardín de recreo; ¡por ella había corrido yo las aventuras más pasmosas que forjó la fantasía, estrangulando mosquitos y otras alimañas en miniatura, sin remordimientos de conciencia! Pero lo más horroroso no fué el desengaño, sino que el desengaño no me trajo el olvido ni el desdén. Seguí amando ciega á la mosca vomitoria, seguí besando loca sus alas de colores pintadas en el tremendo libro que me contó la vergonzosa historia.

Procuré, si no olvidar, porque esto no era posible, distraer mi pena, y como se vuelve al hogar abandonado por correr las locuras del mundo, así volví á la ciencia, tranquilo albergue que me daría el consuelo de la paz del alma, que es la mayor riqueza. ¡Ay! Volví á estudiar, pero ya los problemas de la vida, los misterios de lo alto no tenían para mí aquel interés de otros días; ya sólo veía en la ciencia la miseria de lo que ignora, el pavor que inspiran sus arcanos; en fin, en vez de la calma del justo, sólo me dió la calma del desesperado, engendradora de las eternas tristezas. ¿Qué es el cielo? ¿Qué es la tierra? ¿Qué nos importa? ¿Hay un más allá para las moscas que sufrieron en la vida resignadas el tormento del amor? Ni yo sufro resignada, ni sé nada del más allá. La ciencia ya sólo me da la duda anhelante, porque en ella ya no busco la verdad, sino el consuelo; para mí no es un templo en que se adora, es un lugar de asilo; por eso la ciencia me desdeña. Perdida en el mar del pensamiento, cada vez que me engolfo en sus olas, las olas me arrojan desdeñosas á la orilla como cáscara vacía. Y éste es mi estado. Voy y vengo de los libros sabios á la poesía, y ni en la poesía encuentro la frescura lozana de otros días, ni en los libros del saber veo más verdades que las amargas y tristes. Ahora espero tan sólo, ya que no tengo el valor material que necesito para darme la muerte, que don Eufrasio llegue á la Sintética, y sepa, bajo principio, que puede en derecho aplastarme. Mi único placer consiste en provocarle, picando y chupando sin cesar en aquella calva mollera, de cuyos jugos venenosos bebí, en mal hora, el afán de saber, que no trae aparejada la virtud que para tanta abnegación se necesita.

Calló la mosca, y al oir el ruido de la puerta que se abría, voló hacia un rincón de la biblioteca.

III

Don Eufrasio volvía de la Academia.

Venía muy colorado, sudaba mucho, hacía eses al andar, y sus ojillos, medio cerrados, echaban chispas. Yo estaba en la sombra y no me vió. Ya no recordaba que me había dejado en su camarín, perfumado con todos los aromas bien olientes de la sabiduría.

Creía estar solo y habló en voz alta (al parecer era su costumbre), diciendo así á las paredes sapientísimas que debían de conocer tantos secretos:

—¡Miserables! ¡Me han vencido! Han demostrado que no hay razón para que el animal no llegue á hablar, pero afortunadamente no se fundan en ningún dato positivo, en ninguna experiencia. ¿Dónde está el animal que comenzó á hablar? ¿Cuál fué? Esto no lo dicen, no hay prueba plena; puedo, pues, contradecirlo. Escribiré una obra en diez tomos negando la posibilidad del hecho; desacreditaré la hipótesis. Estas copitas que he bebido en casa de Friné me han reanimado. ¡Diablos! Esto da vueltas: ¿si estaré borracho? ¿Si iré á ponerme malo? No importa; lo principal es que les falte el hecho, el dato positivo. El animal no habla, no puede hablar. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué hermosa es Friné! ¡Qué hermosa bestia! ¡Pues Friné habla! Bien, pero ésa no se cuenta: habla como una cotorra, y no es ése el caso. Friné habla como ama, sin saber lo que hace; aquello no es amar ni hablar. ¡Pero vaya si es hermosa!

Macrocéfalo sacó del bolsillo de la levita una petaca; en la petaca había una miniatura: era el retrato de Friné. Le contempló con deleite y volvió á decir:—No, no hablan, los animales no hablan. ¡Bueno estaría que yo hubiese sostenido un error toda la vida!

En aquel momento la mosca sabia dejó oir su zumbido, voló, haciendo un espiral en el aire, y acabó por dejarse caer sobre la miniatura de Friné.

Macrocéfalo se puso pálido, miró á la mosca con ojos que ya no arrojaban chispas, sino rayos, y dijo en voz ronca:

—¡Miserable! ¿Á qué vienes aquí? ¿Te ríes? ¿Te burlas de mí?

—¡Como usted decía que los animales no hablan!

—No hablarás mucho tiempo, bachillera—gritó el sabio, y quiso coger entre los dedos á su enemiga. Pero la mosca voló lejos, y no paró hasta meter las patas en el tintero. De allí volvió arrogante á posarse en la petaca.—Oye—dijo á Macrocéfalo—los animales hablan... y escriben...—Y diciendo y andando, sobre la piel de Rusia, al pie del retrato de Friné, escribió con las patas mojadas en tinta roja: Musca vomitoria. Don Eufrasio lanzó un bramido de fiera. La mosca había volado al cráneo del sabio; allí mordió con furia... y yo vi caer sobre su cuerpo débil y raquítico la mano descarnada de Macrocéfalo. La mosca sabia murió antes de que llegase Don Eufrasio á la filosofía sintética.

Sobre la tersa y reluciente calva quedó una gota de sangre, que caló la piel del cráneo, y filtrándose por el hueso llegó á ser una estalactita en la conciencia de mi sabio amigo. Al fin había sido capaz de matar una mosca.

EL DOCTOR PÉRTINAX

I

El sacerdote se retiraba mohíno. Mónica, la vieja impertinente y beata, quedaba sola junto al lecho de muerte. Sus ojos de lechuza, en que reverberaba la luz de la mortecina lamparilla, lanzaba miradas como anatemas al rostro cadavérico del doctor Pértinax.

—¡Perro judío! ¡Si no fuera por la manda, ya iría yo aguantando el olor de azufre que sale de tu cuerpo maldito!... ¡No confesarse ni á la hora de la muerte!...

Este impío monólogo fué interrumpido por un ¡ay! del moribundo.

—¡Agua!—exclamaba el mísero filósofo.

—¡Vinagre!—contestó la vieja sin moverse de su sitio.

—Mónica, buena Mónica—prosiguió el doctor hablando como pudo—; tú eres la única persona que en la tierra me ha sido fiel... tu conciencia te lo premie... esto se acaba... llegó mi hora, pero no temas...

—No, señor; pierda usted cuidado...

—No temas: la muerte es una apariencia; sólo el egoísmo... individual puede quejarse de la muerte... Yo expiro, es verdad, nada queda de mí... pero la especie permanece... No es sólo eso: mi obra, el producto de mi trabajo, los majuelos del pueblo, mi propiedad, extensión de mi personalidad en la Naturaleza, quedan también; son tuyas, ya lo sabes, pero dame agua.

Mónica vaciló, y ablandándose al cabo, cuanto un pedernal puede ablandarse, acercó á los labios de su amo no sé qué jarabe, cuya sola virtud era trastornar el juicio del moribundo más y más cada vez.

—Gracias, Mónica, gracias, y adiós; es decir, hasta luego. Queda la especie; tú también desaparecerás, pero no te importe, quedarán la especie y los majuelos, que heredará tu sobrino, ó mejor dicho, nuestro hijo, porque ésta es la hora de las grandes verdades.

Mónica sonrió, y después, mirando al techo, vió en la obscuridad de arriba la imagen reluciente de un tambor mayor, de grandes bigotes y de gallarda apostura.

—¡No sería mala especie la que saliera de tu cuerpo enclenque y de tu meollo consumido por las herejías!

Esto pensó la vieja al tiempo mismo que Pértinax entregaba los despojos de su organismo gastado al acervo común de la especie, laboratorio magno de la Naturaleza.

Amanecía.

II

Era la hora de las burras de leche: San Pedro frotaba con un paño el aldabón de la puerta del cielo y lo dejaba reluciente como un sol. ¡Claro! Como que era el aldabón que limpiaba San Pedro el mismísimo sol que nosotros vemos aparecer todas las mañanas por el Oriente.

El santo portero, de mejor humor que sus colegas de Madrid, cantaba no sé qué aire, muy parecido al ça irá de los franceses.

—¡Hola! Parece que se madruga—dijo inclinando la cabeza y mirando de hito en hito á un personaje que se le había puesto delante en el umbral de la puerta.

El desconocido no contestó, pero se mordió los labios, que eran delgados, pálidos y secos.

—Sin duda, prosiguió San Pedro—, ¿usted es el sabio que se estaba muriendo esta noche?... ¡Vaya una noche que me ha hecho usted pasar, compadre!... ¡No he pegado ojo en toda ella, esperando que á usted se le antojase llamar; y como tenía órdenes terminantes de no hacerle á usted aguardar ni un momento!... ¡Poquito respeto que se les tiene á ustedes aquí en el cielo! En fin, bienvenido, y y pase usted; yo no puedo moverme de aquí, pero no tiene pérdida. Suba usted... todo derecho... No hay entresuelo.

El forastero no se movió del umbral, y clavó los ojos pequeños y azules en la venerable calva de San Pedro, que había vuelto la espalda para seguir limpiando el sol.

Era el recién venido, delgado, bajo, de color cetrino, algo afeminado en los movimientos, pulcro en el trato de su persona y sin pelo de barba en todo su rostro. Llevaba la mortaja con elegancia y compostura, y medía los ademanes y gestos con académico rigor.

Después de mirar una buena pieza la obra de San Pedro, dió media vuelta y quiso desandar el camino que sin saber cómo había andado, pero vió que estaba sobre un abismo de obscuridad en que había tinieblas como palpables, ruidos de tempestad horrísona, y á intervalos ráfagas de una luz cárdena, á la manera de la que tienen los relámpagos. No había allí traza de escalera, y la máquina con que medio recordaba que le habían subido, tampoco estaba á la vista.

—Caballero—exclamó con voz vibrante y agrio tono:—¿se puede saber qué es esto? ¿dónde estoy? ¿por qué se me ha traído aquí?

—¡Ah! ¿Todavía no se ha movido usted? Me alegro, porque se me había olvidado un pequeño requisito. Y sacando un libro de memorias del bolsillo, mientras mojaba la punta de un lápiz en los labios, preguntó:

—¿Su gracia de usted?

—Yo soy el doctor Pértinax, autor del libro estereotipado en su vigésima edición, que se intitula Filosofía última...

San Pedro, que no era listo de mano, sólo había escrito á todo esto Pértinax...

—Bien: ¿Pértinax de qué?

—¿Cómo de qué? ¡Ah! sí; querrá usted decir ¿de dónde? así como se dice: Tales de Mileto, Parménides de Elea... Michelet de Berlín...

—Justo, Quijote de la Mancha...

—Escriba usted: Pértinax de Torrelodones. Y ahora, ¿podré saber qué farsa es ésta?

—¿Cómo farsa?

—Sí, señor; yo soy víctima de una burla; esto es una comedia; mis enemigos, los de mi oficio, ayudados con los recursos de la industria, con efectos de teatro, exaltando mi imaginación con algún brebaje, han preparado todo esto, sin duda; pero no les valdrá el engaño: sobre todas estas apariencias está mi razón; mi razón, que protesta con voz potente contra y sobre toda esta farándula; pero no valen carátulas ni relumbrones; que á mí no se me vence con tan grosero ardid, y digo lo que siempre dije y tengo consignado en la página 315 de la Filosofía última..., nota b de la subnota alfa, á saber: que después de la muerte no debe subsistir el engaño del aparecer, y es hora de que cese el concupiscente querer vivir, Nolite vivere, que es sólo cadena de sombras engarzada en deseos, etc., etc. Conque así, una de dos: ó yo me he muerto, ó no me he muerto; si me he muerto, no es posible que yo sea yo, como hace media hora, que vivía; y todo esto que delante tengo, como sólo puede ser ante mí, en la representación no es, porque yo no soy; pero si no me he muerto, y sigo siendo yo, éste que fuí y soy, es claro que esto que tengo delante, aunque existe en mí como representación, no es lo que mis enemigos quieren que yo crea, sino una farsa indigna tramada para asustarme, pero en vano, porque ¡vive Dios!...

Y juró el filósofo como un carretero. Y no fué lo peor que jurase, sino que ponía el grito en el cielo, y los que en él estaban comenzaron á despertarse al estrépito, y ya bajaban algunos bienaventurados por las escalonadas nubes, teñidas, cuál de gualda, cuál otra de azul marino.

Entretanto San Pedro se apretaba los ijares con entrambas manos, por no descoyuntarse con la risa, que le sofocaba. Más se irritaba Pértinax con la risa del Santo, y éste hubo de suspenderla para aplacarle, si podía, con tales palabras:

—Señor mío, ni aquí hay farsa que valga, ni se trata de engañar á usted, sino de darle el cielo, que, por lo visto, ha merecido por buenas obras, que yo ignoro; como quiera que sea, tranquilícese y suba, que ya la gente de casa bulle por allá dentro y habrá quien le conduzca donde todo se lo expliquen á su gusto, para que no le quede sombra de duda, que todas se acaban en esta región, donde lo que menos brilla es este sol que estoy limpiando.

—No digo yo que usted quiera engañarme, pues me parece hombre de bien; otros serán los farsantes, y usted sólo un instrumento sin conciencia de lo que hace.

—Yo soy San Pedro...

—Á usted le habrán persuadido de que lo es; pero eso no prueba que usted lo sea.

—Caballero, llevo más de 1.800 años en la portería...

—Aprensión, prejuicio...

—¡Qué prejuicio ni qué calabaza!—grita el Santo ya incomodado un tantico—; San Pedro soy, y usted un sabio como todos los que de allá nos vienen, tonto de capirote y con muchos humos en la cabeza... La culpa la tiene quien yo me sé, que no se va más despacio en el admitir gente de pluma donde bendita la falta que hace. Y bien dice San Ignacio...

Á la sazón aparecióse en el portal la majestuosa figura de un venerable anciano, vestido de amplia y blanquísima túnica, el cual, mirando con dulces ojos al filósofo colérico, le dijo, mientras cogía sus flacas manos, con las que él tenía de luz, ó, por lo menos, de algo muy tenue y esplendoroso:

—Pértinax, yo soy el solitario de Patmos; ven conmigo á la presencia del Señor, tus pecados te han sido perdonados y tus méritos te levantaron, como alas, de la tierra triste y llegaste al cielo, y verás al Hijo á la diestra del Padre... El Verbo que se hizo carne.

—Habitó entre nosotros, ya sé la historia; pero señor San Juan, digo y repito que esto es indigno, que reconozco la habilidad de los escenógrafos; pero la farsa, buena para alucinar á un espíritu vulgar, no sirve contra el autor de la Filosofía última.—Y el pobre filósofo escupía espuma de puro rabiado.

El portal estaba lleno de ángeles y querubines, tronos y dominaciones, santos y santas, beatas y beatos y bienaventurados rasos. Hacían coro alrededor del extranjero y escuchaban con sonrisa... de bienaventurados, la sabrosa plática que tenían ya entablada el autor del Apocalipsis y el de la Filosofía última. Como San Juan se explicara en términos un tanto metafísicos, fué apaciguándose poco á poco el furioso pensador, y con el interés de la polémica llegó á olvidar la que él llamaba farsa indigna.

Entre los del coro había dos que se miraban de reojo, como animándose mutuamente á echar su cuarto á espadas. Eran Santo Tomás y Hegel, que por distintas razones veían con disgusto en el cielo al autor de la Filosofía última, obra detestable en su dictamen, esta vez de acuerdo. Por fin, Santo Tomás, terciando el manteo, interrumpió al filósofo intruso, gritando sin poder contenerse:

¡Nego suppositum!

Volvióse el doctor Pértinax con altiva dignidad para contestar como se merecía al Doctor Angélico, el cual, después de haberle negado el supuesto, se preparaba á anonadarle bajo la fuerza de la Summa teológica que al efecto hizo traer de la biblioteca celestial. Diógenes el Cínico, que andaba por allí, puesto que se había salvado por los buenos chascarrillos que supo contar en vida, no por otra cosa, Diógenes opinó que la mejor manera de sacar de sus errores al doctor Pértinax era enseñarle todo el cielo, desde la bodega hasta el desván. Á esto, Santo Tomás apóstol, dijo:—Perfectamente; eso es, ver y creer. Pero su tocayo, el de Aquino, no se dió á partido; insistió en demostrar que la mejor manera de vencer los paralogismos de aquel filósofo era recurrir á la Summa. Y dicho y hecho; ya llegaba con cuatro tomos como casas sobre las robustas espaldas una especie de mozo de cordel muy guapo que llamaban por allí Alejandrito, y era efectivamente Alejandro Pidal y Mon, tomista de tomo y lomo que estaba en el cielo de temporada y en calidad de corresponsal. Abrió Santo Tomás la Summa con mucha prosopopeya, y la primer q con que topó vínole como pedrada en ojo de boticario. Ya el Santo había juntado el dedo índice con el pulgar en forma de anteojo, y comenzaba á balbucir latines cuando Pértinax gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Callen todas las Escolásticas del mundo donde esté mi Filosofía última! En ella queda demostrado...

—Oiga usted, señor filósofo, interrumpió Santa Escolástica, que era una señora muy sabida; yo no quiero callar, ni es usted quién para venir aquí con esos aires de taco, y lo que yo digo es que ya no hay clases, y que aquí entra todo el mundo.

—Señora, exclamó el Santo Job, haciendo una reverencia con una teja que llevaba en la mano y usaba á guisa de cepillo—; señora, sea todo por Dios, y dejemos que entre el que lo merezca, que todos cabemos. Yo creo que mi amigo Diógenes dice bien; este caballero se convencerá de que ha vivido en un error si se le hace ver el Universo y la corte celestial tal como son efectivamente; esto no es desairar á Santo Tomás, mi buen amigo, Dios me libre de ello; pero en fin, por mucho que valga la Summa, más vale el gran libro de la Naturaleza, como dicen en la tierra; más vale la suma de maravillas que el Señor ha creado, y así, salvo mejor parecer, propongo que se nombre una comisión de nuestro seno que acompañe al doctor Pértinax y le vaya haciendo ver la fábrica de la inmensa arquitectura, como dijo Lope de Vega, á quien siento no ver entre nosotros.

Grandísimo era el respeto que á todos los santos y santas merecía el Santo Job, y así, aunque otra le quedaba, el de Aquino tuvo que dar su brazo á torcer, y Pidal volvió con la Summa á la biblioteca. Procedióse á votación nominal, en la que se empleó mucho tiempo, por haber acudido al portalón del cielo más de medio martirologio, y resultaron elegidos de la comisión los señores siguientes: el Santo Job, por aclamación; Diógenes, por mayoría, y Santo Tomás apóstol, por mayoría. Tuvieron votos: Santo Tomás de Aquino, Scoto y Espartero.

El doctor Pértinax accedió á las súplicas de la comisión y consintió en recorrer todas aquellas decoraciones de magia que le podrían meter por los ojos, decía él, pero no por el espíritu.

—Hombre, no sea usted pesado—le decía Santo Tomás, mientras le cosía unas alas en las clavículas para que pudiese acompañarles en el viaje que iban á emprender. Aquí me tiene usted á mí, que me resistía á creer en la Resurrección del Maestro; vi, toqué y creí; usted hará lo mismo...

—Caballero, replicó Pértinax—, usted vivía en tiempos muy diferentes; estaban ustedes entonces en la edad teológica, como dice Comte, y yo he pasado ya todas esas edades y he vivido del lado de acá de la Crítica de la razón pura y de la Filosofía última, de modo que no creo nada, ni en la madre que me parió; no creo más que en esto: en cuanto me sé de saberme, soy conscio, pero sin caer en el prejuicio de confundir la representación con la esencia, que es inasequible, esto es, fuera de, como conscio, quedando todo lo que de mí (y conmigo todo), sé, en saber que se representa todo (y yo como todo) en puro aparecer, cuya realidad sólo se inquieta el sujeto por conocer por nueva representación volitiva y afectiva, representación dañosa por irracional y pecado original de la caída, pues deshecha esta apariencia del deseo, nada queda que explorar, ya que ni la voluntad del saber queda.

Sólo el Santo Job oyó la última palabra del discurso, y rascándose con la teja la pelada coronilla, respondió:

—La verdad es que son ustedes el diablo para discurrir disparates, y no se ofenda usted, porque con esas cosas que tiene metidas en la cabeza ó en la representación, como usted quiere, va á costar sudores hacerle ver la realidad tal como es.

—¡Andando, andando!—gritó Diógenes en esto—á mí me negaban los sofistas el movimiento, y ya saben ustedes cómo se lo demostré: ¡andando, andando!

Y emprendieron el vuelo por el espacio sin fin. ¿Sin fin? Así lo creía Pértinax, que dijo:—¿Piensan ustedes hacerme ver todo el Universo?

—Sí, señor—respondió Santo Tomás apóstol (único Santo Tomás de que hablaremos en adelante)—, eso pronto se ve.

—¡Pero hombre, si el Universo (en el aparecer, por supuesto) es infinito! ¿Cómo conciben ustedes el límite del espacio?

—Lo que es concebirlo, mal; pero verlo, todos los días lo ve Aristóteles, que se da unos paseos atroces con sus discípulos, y por cierto que se queja de que primero se acaba el espacio para pasear que las disputas de sus peripatéticos.

—Pero ¿cómo puede ser que el espacio tenga fin? Si hay límite, tiene que ser la nada; pero la nada, como no es, nada puede limitar, porque lo que limita es, y es algo distinto del ser limitado.

El santo Job, que ya se iba impacientando, le cortó la palabra con éstas:

—¡Bueno, bueno, conversación! Más le vale á usted bajar la cabeza para no tropezar con el techo, que hemos llegado á ese límite del espacio que no se concibe, y si usted da un paso más, se rompe la cabeza contra esa nada que niega.

Efectivamente; Pértinax notó que no había más allá; quiso seguir, y se hizo un chichón en la cabeza.

—¡Pero esto no puede ser!—exclamó, mientras Santo Tomás aplicaba al chichón una moneda de las que llevaban los paganos en su viaje al otro mundo.

No hubo más remedio que volver pie atrás, porque el Universo se había acabado. Pero finito y todo, ¡cuán hermoso brilla el firmamento con sus millones de millones de estrellas!

—¿Qué es aquella claridad deslumbradora que brilla en lo alto, más alta que todas las constelaciones? ¿Es alguna nebulosa desconocida de los astrónomos de la tierra?

—¡Buena nebulosa te dé Dios!—contestó Santo Tomás—; aquélla es la Jerusalén celestial, de donde bajamos nosotros precisamente; allí ha disputado usted con mi tocayo, y eso que brilla son las murallas de diamantes que rodean la ciudad de Dios.

—¿De manera que aquellas maravillas que cuenta Chateaubriand y que yo juzgaba indignas de un hombre serio?...

—Son habas contadas, amigo mío. Ahora vamos á descansar en esta estrella que pasa por debajo, que á fe de Diógenes, que estoy cansado de tanto ir y venir.

—Señores, yo no estoy presentable—dijo Pértinax—; todavía no me he quitado la mortaja, y los habitantes de esa estrella se van á reir de este traje indecoroso...

Los tres ciceroni del cielo soltaron la carcajada á un tiempo. Diógenes fué el que exclamó:—Aunque yo le prestara á usted mi linterna, no encontraría usted alma viviente ni en esa estrella, ni en estrella alguna de cuantas Dios creó.

—¡Claro, hombre, claro!—añadió muy serio Job—; no hay habitantes más que en la tierra: no diga usted locuras.

—¡Eso sí que no lo puedo creer!

—Pues vamos allá—replicó Santo Tomás, á quien ya se le iba subiendo el humo á las narices. Y emprendieron el viaje de estrella en estrella, y en pocos minutos habían recorrido toda la vía láctea y los sistemas estelares más lejanos. Nada, no había asomo de vida. No encontraron ni una pulga en tantos y tantos globos como recorrieron. Pértinax estaba horrorizado.

—¡Esta es la creación!—exclamó—; ¡qué soledad!

Á ver, enséñeme usted la tierra; quiero ver esa región privilegiada: por lo que barrunto, debe de ser mentira toda la cosmografía moderna, la tierra estará quieta y será centro de toda la bóveda celeste; y á su alrededor girarán soles y planetas y será la mayor de todas las esferas...

—Nada de eso—repuso Santo Tomás—; la astronomía no se ha equivocado; la tierra anda alrededor del sol, y ya verá usted qué insignificante aparece. Vamos á ver si la encontramos entre todo este garbullo de astros. Búsquela usted, santo Job, usted que es cachazudo.

—¡Allá voy!—exclamó el santo de la teja, dando un suspiro y asegurando en las orejas unas gafas. ¡Es como buscar una aguja en un pajar!... ¡Allí la veo! ¡allí va! ¡mírela usted, mírela usted qué chiquitina! ¡parece un infusorio!

Pértinax vió la tierra, y suspiró pensando en Mónica y en el fruto de sus filosóficos amores.

—¿Y no hay habitantes más que en esa mota de tierra?

—Nada más.

—¿Y el resto del Universo está vacío?

—Vacío.

—Y entonces, ¿para qué sirven tantos y tantos millones de estrellas?

—Para faroles. Son el alumbrado público de la tierra. Y sirven además para cantar alabanzas al Señor. Y sirven de ripio á la poesía. Y no se puede negar que son muy bonitas.

—¡Pero vacío todo!