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EL IMPERIO JESUÍTICO
EL IMPERIO JESUÍTICO
ENSAYO HISTÓRICO
POR
L. LUGONES
SEGUNDA EDICIÓN
CORREGIDA Y AUMENTADA
BUENOS AIRES
ARNOLDO MOEN Y HERMANO, EDITORES
Florida 323
1907
Imp. y estereotipia Casa Editorial Sopena.—Barcelona.
PREFACIO DE LA SEGUNDA EDICIÓN
La buena acogida que tuvo el presente libro en su primera edición, completamente agotada, ha dado ánimo á mis editores, los señores Arnoldo Moen y Hermano, para lanzar esta segunda, cuyo éxito esperan con mayor confianza que yo, y con mejor cálculo sin duda.
He querido corresponder á su intento, corrigiendo escrupulosamente mis páginas, enriqueciéndolas con nuevos datos y escribiendo otro capítulo, donde trato de la política que los padres desarrollaron en el Paraguay.
Reconozco que esta omisión desfavorecía mi primer trabajo; pero como es tan raro en las letras salir perjudicado por exceso de concisión, resulta que en el lapso de las dos ediciones, ha visto la luz un documento tan importante como la «Historia de las Revoluciones de la provincia del Paraguay», por el P. Lozano,[1] proporcionándome una nueva y preciosa fuente, en la cual mucho bebí desde luego. También ello me ha servido para definir mi opinión sobre Antequera y sobre el carácter de la revolución que encabezó; de suerte que no ha habido sino ventajas en aquel silencio, determinado, después de todo, por una recóndita vacilación de mi criterio.
Se dirá que no es de historiador esta confesión; pero no me tengo por tal, profesionalmente hablando, y desde Sócrates se ha hecho fácil ya, la confesión de la propia ignorancia...
No quise escribir sino lo que sabia bien, quedándome siempre en la conciencia, como carga asaz pesada, el remordimiento de no haberlo sabido mejor.
Es, por otra parte, lo que ofrezco á mis lectores con mayor confianza, por la fe que tengo en virtud tan principal como la sinceridad. La dulzura del fruto, es condición de su madurez; y lo tardío en ésta, lejos de perjudicar, encarece más bien el mérito de lo sabroso.
Abril de 1907.
PRÓLOGO
El Gobierno, en decreto de junio del año pasado, encargóme la redacción de este libro, que por voluntad suya, y por mi propia indicación, iba á ser una Memoria.
Los datos recogidos sobre el terreno, así como la bibliografía consultada, fueron ampliando el proyecto primitivo, hasta formar la obra que entrego á la consideración del lector. Habría podido, ciñéndome estrictamente al plan oficial, ahorrar mi esfuerzo, compensándolo con abundantes fotografías y datos estadísticos; pero he creído interpretar los deseos del Excelentísimo señor Ministro del Interior,[2] á quien debo esta distinción, agotando el tema.
Así, la «Memoria» primitiva se ha convertido en un ensayo histórico, al cual concurren la descripción geográfica y arqueológica, sin excluir—y esto corre de mi cuenta—la apreciación crítica del fenómeno estudiado.
En cuanto á las ilustraciones, he optado por concretarme á lo pertinente, aunque resulte de apariencia menos lucida que esa vaga profusión, cuyo abuso constituye una enfermedad pública; pero éste no es un libro de viajes ni una disertación amena.
Los dibujos y planos que presento—entre los cuales sólo hay dos fotografías,—tienden realmente á «ilustrar» el texto, sin esperar que el lector se divierta; por lo demás, los datos incluidos en él sobran hasta para guiar á los «turistas», si su intrépida ubicuidad llega á derramarse por aquellos escombros...
He titulado este trabajo EL IMPERIO JESUÍTICO, porque, como verá el lector, dicha clasificación cuadra mejor que ninguna á la organización estudiada. Los jesuítas habíanla clasificado con el nombre de República Cristiana, correcto también; pero la palabra «república» apareja ahora un concepto democrático, enteramente distinto del que corresponde á aquella sociedad.
Su carácter imperial fué ya notado, aplicándose también á un título, entre otros por el jesuíta Bernardo Ibáñez, quien escribió en 1770, bajo el nombre de «Reino Jesuítico del Paraguay», una obra contra la orden de la cual había sido expulsado.
No necesito advertir al lector, que fuera de ésta, no hay otra coincidencia entre mi libro y la diatriba del sacerdote rebelde; pues no tengo para los jesuítas, y por de contado para los que ya no existen en el Paraguay, cariño ni animadversión. Los odios históricos, como la ojeriza contra Dios, son una insensatez que combate contra el infinito ó contra la nada.
Creo inútil hablar de mi viaje por el territorio de las Misiones, bastándome decir que no se limitó á la parte argentina; pues temo que el lector vea en mí uno de esos viajeros que hacen del héroe fácil, por la misma razón á la cual debe su prestigio «el mentir de las estrellas».
Aprovecharé, sí, esta coyuntura, para agradecer en mi nombre y en el de mis compañeros de exploración, sus finezas á las personas que durante ella nos auxiliaron.
Ocupa el primer lugar el señor Juan J. Lanusse, gobernador de Misiones y distinguido caballero que me ayudó con toda decisión. El doctor Garmendia, Juez Letrado del Territorio, es también acreedor á mi gratitud; y ella se extiende al señor Rafael Garmendia, administrador de la Aduana; al ingeniero señor F. Fouilland; al Jefe de Policía, señor Olmedo; á los comisarios de San José, Apóstoles y Concepción, señores Silva, Rodríguez y Verón; al señor Gallardo, Juez de Paz de San Carlos; al señor Castelli, administrador de la colonia Apóstoles; al señor Augusto Gorordo, vecino de Concepción; á los señores Noriega y García, comerciantes de Saracura; al señor Caldeira, de Santa María; al señor Baumeister, cónsul argentino en Villa Encarnación (Paraguay); al señor Zarza, Jefe político de Trinidad en el mismo país; á la señorita Báez, maestra de escuela en el mismo punto; al señor Chamorro, vecino de Jesús (Paraguay); al señor Mariano Macaya, comerciante de Santo Tomás, y á los esposos Frèdèric Villemagne, cuidadores de las ruinas de San Ignacio, hospitalarios vecinos cuya generosidad es inolvidable.
En cuanto al territorio de Misiones, constituye, como es sabido, una belleza nacional que no necesita mi recomendación.
Junio de 1903-mayo de 1904.
NOTAS:
[1] Edición de la «Junta de Historia y Numismática Americana», benemérita de los estudiosos entre los cuales humilde y agradecido me cuento.
[2] Dr. D. Joaquín V. González.
ÍNDICE
ÍNDICE
| CAPS. | PÁGS. | |
| PRÓLOGO | [7] | |
| I. | El país conquistador | [11] |
| II. | El futuro imperio y su habitante | [87] |
| III. | Las dos conquistas | [119] |
| IV. | La conquista espiritual | [153] |
| V. | La política de los Padres | [195] |
| VI. | Expulsión y decadencia | [217] |
| VII. | Las ruinas | [235] |
| EPÍLOGO | [267] |
I
El país conquistador.
Antes de describir la situación y condiciones de la conquista espiritual realizada por los jesuítas sobre las tribus guaraníes, conviene sintetizar en una ojeada el estado del país donde aquéllos tuvieron origen y bajo cuya bandera ejecutaron su empresa, con el fin de no hallarnos de repente en su presencia, sin los antecedentes necesarios á toda investigación.
Ello es tanto más necesario, cuanto que hasta ahora el asunto se ha debatido entre los elogios de los adictos y las diatribas de los adversos—unos y otras sin mesura—pues para ésos y éstos la verdad era una consecuencia de sus entusiasmos, no el objetivo principal.
Tan escolásticos los clericales como los jacobinos, ambos adoptaron una posición absoluta y una inflexible lógica para resolver el problema, empequeñeciendo su propio criterio al encastillarse en tan rígidos principios; pero es justo convenir en que el jacobinismo sufrió la más cabal derrota, infligida por sus propias armas, vale decir el humanitarismo y la libertad.
Producto de la misma tendencia á la cual combatía por metafísica y fanática, el instrumento escolástico falló en su poder, tanto como triunfaba en el del adversario para quien era habitual, puesto que durante siglos había constituido su órgano de relación por excelencia, cuando no su más perfecta arma defensiva.
Uno y otro descuidaron, sin embargo, el antecedente principal—la filiación de la orden discutida y de la empresa que realizó.—Dando por establecido que los jesuítas son absolutamente buenos ó absolutamente malos, el estudio de su obra no era ya una investigación, sino un alegato; resultando así que para unos, las Misiones representan un dechado de perfección social y de sabiduría política, mientras equivalen para los otros al más negro despotismo y á la más dura explotación del esfuerzo humano.
No pretendo colocarme en el alabado justo medio, que los metafísicos de la historia consideran garante de imparcialidad, suponiendo á las dos exageraciones igual dosis de certeza, pues esto constituiría una nueva forma de escolástica, siendo también posición absoluta; algo más de verdad ha de haber en una ú otra, sin que pertenezca totalmente á ninguna, pero es mi intención que el lector y no yo saque las consecuencias del fenómeno descrito, y por bien servido me daré si hay coincidencia.
Tampoco creo que reporte perjuicio á nadie el examen preliminar antes indicado, y aun cuando así fuera, estoy completamente seguro que no ha de causarlo á la verdad. El estudio de la conquista requiere ese capítulo previo, que todas nuestras historias han descuidado, y que da en síntesis, así como la semilla al árbol futuro, el sucesivo problema de la Independencia. Lo más importante que hay en historia, es el origen de los acontecimientos, si se quiere explicarlos por medios humanos y clasificarlos en un orden cualquiera, dependiendo de este concepto científico la rectitud de relaciones entre el autor y el lector. Así la lógica viene á ser un organismo fecundo, no una mera construcción dialéctica.
El conocimiento del estado en que se encontraba España al emprender y realizar la conquista, resulta, pues, indispensable para apreciar este fenómeno con claridad, puesto que fué naturalmente una consecuencia de aquél.
Al descubrirse el Nuevo Mundo, España vacilaba entre el feudalismo declinante y la nacionalidad naciente, como el resto de los países europeos, agravada, sin embargo, esta situación de crisis, por un fenómeno especial de la mayor importancia. Quiero referirme á la impregnación morisca, que habían efectuado en su pueblo los ocho siglos de dominación sarracena.
Es innecesario demostrar que ningún pueblo sufre en veinte generaciones la conquista, sin resultar poco menos que mestizo del conquistador. Por resistido que éste sea, por mucho que se le aborrezca, á la larga establece relaciones inevitables con el vencido. Ellas son tanto más rápidas, cuanto es en mayor grado superior la civilización de aquél, pues une entonces al hecho consumado por la fuerza, la seducción que ejercen las artes de la paz. Tal sucedió, precisamente, con la conquista mahometana.
Sabido es que desde la confección y ejercicio de las armas, elementos tan capitales entonces, hasta los principios de las ciencias naturales, y las matemáticas introducidas por ellos en Europa, los árabes sobrepujaron decididamente al pueblo avasallado, estableciendo sobre él su dominio con tan decisiva ventaja. El feudalismo facilitó la impregnación, al celebrar los señores frecuentes alianzas con el enemigo común, para desfogar rencores ó dirimir querellas de vecindad; y así como las cotas de nudos, que trenzaban con lonjas brutas los guerreros godos, cayeron ante las hojas de Damasco, la rudeza nativa cedió al contacto de la cultura superior.
Rasgos étnicos que todavía duran, con mayor abundancia donde fué más intensa la conquista y donde el ambiente es más propicio á su conservación, sin dejar de revivir por esto en las otras regiones con intermitencias suficientemente reveladoras; el idioma, es decir lo último que ceden los pueblos conquistados, como lo demuestran polacos y albaneses, invadido de tal modo, que ni la reacción implícita en la adopción del dialecto aragonés y castellano como lengua nacional, ni la transformación latina de los humanistas, pudieron abolir desinencias, prefijos característicos, y hasta elementos tan genuinamente nacionales como las expresiones interjectivas, pues nuestro deprecatorio Ojalá es textualmente el «In xa Alá» (¡si Dios quiere!) de los sarracenos. La misma nobleza terciada de sangre judía, según lo propalaba un libelo contemporáneo, el Tizón de la nobleza de Castilla, atribuido al arzobispo Fonseca, que aun exagerando, por algo lo diría, así le hubiera inducido, como se pretende, un resentimiento nobiliario: todos éstos son elementos bastantes para demostrar la impregnación.
La independencia fué un desprendimiento lógico del tronco semita, el eterno fenómeno de la mayoría de edad que se produce en todos los pueblos, mucho más que un conflicto de razas.
Comprendo que sea más dramático y más susceptible de inflamar al patriotismo, aquel puñado de montañeses asturianos que empezó la heroica reconquista; mas los aragoneses tienen cómo oponer, y por iguales motivos, la cueva de San Juan de la Peña á la de Covadonga y Garci Ximènez á don Pelayo...
Algo de eso hubo sin duda, pero las guerras de independencia nunca son un arranque de aventureros; y en aquel choque, colaboró decisivamente el mismo elemento semita, el árabe español, que daba contra su raza por amor á su tierra natal. Tres siglos bastaron para producir el mismo fenómeno con los españoles en América: ¡cuánto más no alcanzarían ocho en la Península, y mezclándose el factor religioso para precipitar la separación!
El movimiento patriótico es, pues, bien explicable, sin necesidad de recurrir á la guerra de razas, para dilucidar cómo España consiguió su independencia del árabe, siendo substancialmente arábiga; pero sin profundizar mayormente la tesis, puede sostenerse con verdad que los dos pueblos en su largo contacto (la guerra lo es también, hasta en términos específicos) se impregnaron mutuamente, engendrando un tipo que, sin ser del todo semita, no era tampoco el ario puro de los demás países de Europa.
Como es natural, los rasgos comunes de los antecesores se robustecieron al sumarse, caracterizando fuertemente al nuevo tipo. El proselitismo religioso-militar, que había suscitado en el Occidente las Cruzadas y en el Oriente la inmensa expansión islámica; el espíritu imprevisor y la altanera ociosidad característicos del aventurero; la inclinación bélica que sintetizaba todas las virtudes en el pundonor caballeresco, formaban ese legado. Rasgos semitas más peculiares, fueron el fatalismo, la tendencia fantaseadora que suscitó las novelas caballerescas, parientas tan cercanas de las Mil y Una Noches;[3] y el patriotismo, que es más bien un puro odio al extranjero, tan característico de España entonces como ahora.
Creo oportuno recordar á propósito que el semitismo español no era puramente arábigo. Los judíos tenían en él buena parte, y sus tendencias se manifiestan dominadoras en algunas peculiaridades, como esa del patriotismo feroz.
Ellos y los árabes, resistieron cuanto les fué posible al destierro, prueba evidente de que se hallaban harto bien en la Península. Vencidos, perseguidos, humillados, sin esperanza de riqueza material siquiera, sólo la atracción de la raza puede explicar su constancia. Consideraban su patria á España, lo soportaban todo por vivir en ella—no digamos años sino siglos después de la derrota,—sin la más lejana idea de reconquista ya, dejando rastros de esta invencible afección en toda la literatura contemporánea.
Los moros nunca abandonaron sus costumbres del todo, no digamos ya en las Alpujarras donde disfrutaban de una autonomía casi completa, sino en el resto de la Península y bajo su forzada corteza de cristianos; igual sucedía con los hebreos, continuando esto, profundamente, la impregnación que la guerra había abolido en la superficie.
Además España, militarizada en absoluto por aquella secular guerra de independencia, se encontró detenida en su progreso social; y este estado semibárbaro, que luego trataré detalladamente, unido al predominio del espíritu arábigo-medioeval antes mencionado, le dió una capacidad extraordinaria para cualquier empresa, en la que el ímpetu ciego, que es decir esencialmente militar, fuera condición de la victoria.
Carlos V sueña entonces la monarquía universal, que no era sino una transposición en el terreno político, del sueño de la Iglesia universal, ó si se quiere, su realización consecutiva; pero la Iglesia sostenía también un ideal semita, puesto que el Cristianismo, originariamente hebreo, era una prolongación de la ley mosaica, y pretendía realizar por cuenta propia las promesas de dominación universal, contenidas en ella para los hijos de Israel.
No faltaron al absurdo proyecto las coincidencias, que en ciertos momentos históricos parecen acumularse con milagrosa oportunidad en torno de un hecho cualquiera, bien que ello no demuestre sino una convergencia de causas más ó menos ocultas, al efecto que las caracteriza. Así el desequilibrio morboso, necesario para concebir como realizable ese sueño enfermizo también, tuvo en Carlos V y Felipe II dos augustos representantes.
La hipocondría hereditaria,[4] que produjo en uno el místico desvarío de la abdicación, y en el otro la torva displicencia que sombreó todas sus horas, engendró en ambos la misma ambición desatinada, quizá como una válvula de los tormentos atávicos; y así, fracasado el plan del Emperador entre las ruinas de un mundo que se desmoronaba, nació en Felipe II la idea del Imperio Cristiano. Era una reducción del mismo sueño, después de todo grandioso, pues contaba para efectuarse con el dominio de medio mundo. España y sus posesiones constituían la base de aquel designio, que si fracasó en su parte internacional, tuvo sobre el pueblo la influencia más desastrosa.
Aquellos absolutistas, como nuestros demócratas de ahora, pretendían conformar los acontecimientos humanos á principios metafísicos, tomando por norma el ideal católico, del propio modo que éstos pregonan su república universal sobre el concepto de una fraternidad abstrusa. Ambos caminos que conducen fatalmente al despotismo, como lo demostró tan claro el final imperialista de la Revolución, trastornan en la mente de los pueblos toda noción de progreso recto, y extravían á poco toda idea de libertad, substituyéndola por la rigidez de un principio unitario, cuando su desideratum racional es una constante variedad dentro del orden.
Los pueblos, que cuanto más ignorantes son, sienten más hondo el influjo de las capas superiores, pues se encuentran más desprovistos de medios de defensa y de apreciación, no tardan en conformar su vida al principio dominante que se les sugiere como ideal; proviniendo de aquí la importancia que tienen en su vida, las ideas fundamentales cuyo respeto se les ha imbuido. Á los conceptos falsos en la mente, corresponde casi siempre la falsedad de conducta, pues ideas y sentimientos son como vasos comunicantes en los que no puede alterarse parcialmente el nivel.
El Imperio Universal, y su sucedáneo el Imperio Cristiano, tuvieron consecuencias desastrosas sobre el pueblo, como que pretendían la supervivencia de un estado artificial; y de este modo, pronto desaparecen á su sombra todas las virtudes que constituyen el término medio común de las sociedades normales, para ser reemplazadas por las condiciones heroicas, es decir de excepción, necesarias al sostenimiento de un estado antinatural.
Por lo demás, la planta arraigó pronto, encontrando terreno propicio en las tendencias dominantes del pueblo, pues aquellas dos monstruosidades políticas fueron, ante todo, aventuras de paladines.
Bajo ese estado de crisis, mal cimentada aún la nacionalidad; el derecho en pleno conflicto de los fueros consuetudinarios con la unificación monárquica; el ideal absolutista en pugna con el sentimiento federal; el feudalismo que caía, poderoso aún, y el pueblo que se levantaba respetable; en esa crisis, el Descubrimiento produjo una inundación de riquezas. No podían llegar en peor momento para los destinos de la Península, pues fueron un tesoro en poder de un adolescente.
El equilibrio á que tendían aquellos antagonismos, y que hubiera llegado á establecerse después de las naturales oscilaciones, quedó roto para siempre asegurando el triunfo de la política absolutista. Floreció el pernicioso tema de la monarquía universal; y como el éxito no estaba en relación con el esfuerzo, el pueblo, falto del sensato reposo que da el trabajo para gozar de sus frutos, se entregó ciegamente á la dilapidación de su lotería.
De tal modo, las tendencias de raza, el sentimiento religioso, el concepto político, la misma obra de la independencia con su carácter de militarismo exclusivo, la ignorancia general y el interés como remate, constituyeron al pueblo español sobre un patrón heroico, que sustituyó á la honradez con el pundonor y al deber con el entusiasmo. Admirable máquina de guerra, la conquista formaba naturalmente su ideal, y el destino le deparaba, con el Descubrimiento, un mundo entero en qué realizarlo.
El siglo XVI fué el siglo del Conquistador. Al comenzar la Edad Moderna, éste continuó el espíritu de la Edad Media. Obligado á ser valeroso únicamente, pues era el defensor de la sociedad, que á la sombra de sus armas trabajaba, y exento de todo otro esfuerzo y de toda contribución, puesto que daba la de su sangre por labradores y artesanos que costeaban gustosos su franquicia, todo se aunó para constituirlo en ser privilegiado. El instinto aventurero que las Cruzadas aguzaron hasta la locura, le dominaba enteramente. La bravura, que después de todo era la única condición de sus empresas y la garantía de su éxito, constituyó para él un culto; y siendo solamente bravo, degeneró con toda facilidad en cruel. La misma cortesía, que fué el rasgo amable de su condición romántica, se tuvo por nada mientras no pudo tributar vidas de hombre á la prez de la dama preferida. Poco á poco, los trofeos de honor se convirtieron en su único salario, y como la guerra lo justificaba todo, el pillaje fué para él ocupación lícita; despojó á mano armada, los derechos más írritos, como el de fractura que enriqueció á tantos feudos ribereños, consagraron sus demasías, y la protección á los bandoleros, flor de sus huestes, fué tan celosamente conservada, que sólo bajo Felipe II, las Cortes de Tarazona dieron á los oficiales reales potestad de penetrar en los señoríos persiguiendo malhechores.
Con la ambición se hermanaban en su espíritu dos pasiones correlativas—la superstición y el juego, siendo éste al fin y al cabo un estado de guerra, en el cual, como en los trances bélicos, son elementos decisivos de triunfo la audacia, la oportunidad y la astucia; nada diré de la superstición, que fué la enfermedad espiritual característica de la Edad Media, y quizá la más lúgubre forma de la inquietud. Ya se sabe, por otra parte, que el jugador de raza es, sobre todo, supersticioso. La inquietud de la Edad Media, que avivaron de consuno iras celestes explotadas por la ambición de los monjes, y conflictos de mundos, como aquella eterna y nunca resuelta amenaza del Asia—exasperóse hasta la angustia en el alma sencilla del paladín.
Magias tenebrosas, importadas por órdenes como la del Temple, en cuyo exterminio tanto influyó el miedo; pestes atroces, de procedencia igualmente oriental; la alquimia cuyos prestigios confinaban con la brujería; el peligro enorme que implicaba el dominio de España y del Mediterráneo por fuerzas asiáticas; las leyendas de leprosos siniestros, que atravesaban la Europa con mensajes de inteligencia entre los sarracenos de Asia y los de España, para una acción conjunta de la cual era sagaz avanzada el comercio judío; la astronomía convertida en un simbolismo aterrador—todas estas circunstancias dieron á la superstición un vuelo inmenso.
Es un hecho averiguado ya, que los Cruzados sufrieron su contagio oriental, mucho más definido por cierto en España, donde el contacto no fué ocasional y meramente guerrero, sino habitual durante ocho siglos: otra circunstancia que acentúa los caracteres del aventurero español. Aquel contagio, no hizo sino avivar en el ánimo del paladín los rasgos fundamentales, puesto que provenía también de una civilización aventurera. Armas civilizadas, éste no las tenía para luchar con el terror que torturaba su espíritu. Toda su ciencia se reducía al blasón, la cetrería y las armas; la filosofía era una especialidad del monasterio; el arte una tarea de villanos y de vagabundos. No le quedaba, entonces, otro refugio espiritual que la fe. En ella se exaltó su bravura y se robusteció su superstición, puesto que era una fe ignorante; y de ella resultó otro rasgo también saliente de su carácter: la tenacidad.
Intrépido, no tenía en ello escasa parte su ignorancia, pues lo cierto es que en fuerza de creer pequeño al mundo, los descubridores se arriesgaron á la empresa que lo agrandó.
El orgullo de raza, despertado por las victorias sobre el infiel, agregaba otro motivo á la bravura; y tal conjunto de cualidades y defectos, entre los que sobresalían el coraje y la superstición, dieron igual fondo imperioso á su carácter y á su ideal. Éste era en lo cercano la fama y en lo remoto la religión, es decir dos pasiones. De aquí la intolerancia dominadora y la ausencia completa de espíritu práctico.
Idealista, la empresa que acomete no le interesa, sino porque puede darle timbres de honor; supersticioso, tiene el alma predispuesta á la fantasía de las tierras encantadas; bravo, la empresa más difícil le parece poco para ilustrar su nombradía; ignorante, carece de los puntos de comparación que podrían arredrarle, demostrando lo excesivo del esfuerzo.
Las grandes expediciones, sin consecuencia hasta hoy, ni aun á título de dato geográfico, cual la de aquellos temerarios aventureros que se cruzaron la América desde Quito á la boca del Amazonas; las exploraciones quiméricas en busca del clásico Eldorado, ó de las inhallables ciudades de los Césares,[5] revelan en el conquistador, de una manera concluyente, al paladín medioeval. Eran las Hircanias y Guirafontainas de Amadises y Gaiferos.[6]
Esa aventura de la conquista fué una prolongación, por otra parte, del estado militar en que dejó á España la guerra con el moro, sirviéndole á la vez de estímulo, en contraposición al interés civil y al progreso, afectados por el militarismo exclusivo. Después de todo, el Descubrimiento había sido una consecuencia de esa situación.
Cerrado, ó estorbado á lo menos, el acceso del Mediterráneo por la amenaza turca, la piratería trasladó al Atlántico su campo de acción, familiarizándose con la alta mar; y buscando por ella una senda de travesía, para evitar la obstruida ruta de las Indias, se dió con el Nuevo Mundo. Así, el tipo del paladín y el acto del Descubrimiento, fueron natural consecuencia de un estado social y político, no una excelencia de raza ni una invención genial. El prestigio del aventurero reside en lo pintoresco, tanto más acentuado cuanto es más discorde con su tiempo; y el mérito de la empresa estriba puramente en su audacia; pero tanto el hombre como la acción, son dos accidentes históricos, sin ninguna importancia intrínseca excepcional.
Ella está, para mi objeto, en la expansión que dió al proselitismo religioso-militar y al afán de riqueza inesperada, peculiares de la empresa aventurera, haciendo de España el país conquistador por excelencia.
Doble prueba de su especialidad en tal sentido, es su éxito y el fracaso de las naciones restantes. La tentación era demasiado fuerte, en efecto, para que éstas no intentaran un lance igual. El resultado les fué adverso, y no se diga que por falta de marinos. Inglaterra tuvo entre los mejores á Drake y á Frobisher; Italia, sin contar el Descubridor, á Vespucio, Corsali, Verrazzano y Marco Polo; Francia á Cartier, Roberval y Ribaut; sin contar aquellos bravos portugueses, cuya fama envolvía al globo en red de hazañas, desde el Catay famoso al bárbaro mar del África.[7] No llegaron ni con mucho á operar en la misma escala que los españoles, y tanto Cortés como Pizarro siguen siendo el modelo del Conquistador.[8]
Es que la conquista, por lo que tenía de quimérico, de colosal, de problemático, era una empresa medioeval, cuyo cumplimiento requería espíritus y tendencias medievales. Las demás naciones empezaban ya su evolución moderna, modificando rápidamente la antigua estructura; se hallaban en condiciones inferiores ante el caso especial, que requería las peculiaridades abandonadas. Más calculadoras y utilitarias, fracasaron en eso, porque progresaban en sentido moderno; y si no acrecieron la honra, aumentaron el provecho, mientras los otros realizaban el viejo ideal, alcanzando la miseria en la plenitud de su gloria estéril.[9]
Para abrir el Nuevo Mundo, se necesitaba conquistadores, es decir hombres de aventura que realizaran en un año lo que el colono, sedentario por naturaleza, habría efectuado en un siglo. Y sólo España tenía conquistadores. Los demás países, al volverse industriosos y comerciantes, se tornaron colonizadores, siendo la colonia y las instituciones representativas, consecuencias políticas del período industrial.[10] Así se explica cómo habiendo ejecutado España la apertura del Continente, fueron otros los que disfrutaron de su riqueza en definitiva.[11] El oro de América no enriqueció propiamente á España, puesto que no se transformó para ella en ramos permanentes de producción; pasó á su través como por un cedazo demasiado ralo, sin dejarle más que un residuo insignificante. En cambio le quitó, por medio de la selección violenta que efectuaron de consuno las aventuras y las quimeras, la población más viril; resultándole desastroso aquel oro que le compraba su sangre.
La consecuencia es mucho más terrible, si se considera que junto con los elementos mejores, perdía la esperanza de reaccionar, siendo aquello un fenómeno análogo al encadenamiento de procesos destructores que mina los organismos en decadencia.
Producto de la Edad Media que moría al empezar la conquista, el aventurero llevó al principio la ventaja, aunque para el concepto medioeval del paladín, es decir, del guerrero exclusivo á quien sucedía, sea ya un tipo de decadencia; pero al correr los años, el colono se sobrepuso lentamente hasta vencerlo, por su mayor conformidad con las tendencias dominantes; y los resultados de uno y otro tipo, con sus respectivos métodos de ocupación, quedan patentes en ambas Américas. La del Norte, al libertarse, produce sobre todo hombres de gobierno; si por algo peligra allá la libertad, es por carestía de militares. Acá, es todo lo contrario; sobran guerreros y faltan estadistas. Tal las consecuencias acarreadas por el predominio respectivo del colono y del conquistador. Ambos fueron lógicos en el momento de la conquista, porque éste era de transición, mas el uno fincaba su prestigio en el pasado, mientras el otro contaba con el porvenir.
Entretanto, los privilegios feudales pasaban al pueblo, que había combatido con el Rey contra los señores, bajo la forma de empleos en la administración, en la Iglesia y en el ejército. Pero esta alianza no quitó al privilegio nada de su carácter odioso, y hasta agravó su daño al difundirlo, determinando en el carácter nacional un individualismo agresivo, que hizo de cada español un pequeño tirano, mucho más cuando á esto se unía un enorme orgullo de raza, en el cual colaboraron el fatalismo de cepa oriental y el egoísmo del conquistador afortunado.
Junto con los poderes feudales, pasó al pueblo el ideal guerrero, con tanta mayor facilidad cuanto que aquél acababa de ser soldado con el Rey. El clero fué separándose cada vez más de Roma, para colocarse al lado del monarca, siguiendo la inclinación y las conveniencias que emanaban de su origen popular; por último el empleado, sobrepujó su exclusiva condición de amanuense, cuanto terminó la era puramente militar, convirtiéndose en un resorte esencial de gobierno, al acrecer su importancia la administración en la nacionalidad unificada. La Iglesia, la administración, y el ejército proporcionaron, pues, las profesiones más lucrativas, señaladamente este último. Los hombres de más talento y de mayor ilustración, enganchábanse como soldados rasos, tal era la estima en que se tenía á la carrera militar; pero semejante limitación profesional, aparejaba el desdén de la agricultura y del comercio. En estas ramas de la actividad no había nobleza, es decir privilegio, careciendo de importancia por consiguiente para el hidalgo—y el hidalgo formaba legión. En ciertas partes la hidalguía era un derecho de nacimiento.
Los semitas, excluidos de esas tres profesiones honoríficas, buscaron en el trabajo de la tierra y en el comercio, que por único recurso les quedaban, fructuosa compensación; y la necesidad dominó su indolencia oriental. Los judíos compraban la recaudación de las rentas y tributos reales, volviéndose doblemente odiosos al asumir este carácter fiscal, que era lo más aborrecido por un pueblo á quien las exacciones agobiaban; y para colmo sus hijas, á costa de crecidas dotes, enlazábanse con nobles tronados, según lo refiere el ya conocido Tizón de la nobleza de Castilla, iniciando esa conquista comercial del título, tan detestada en todos los tiempos y en todos tan eficaz.
El contraste alarmó bien pronto á los invadidos. La soberbia de raza no pudo tolerar aquellas fortunas. La religión atizó el descontento con su odio tradicional, y la expulsión, otra consecuencia absolutista, dió á España la unidad de la miseria, que por cierto no había buscado. España desapareció como país productor, y sobre el erial que diariamente aumentaba, en aquella lucha por la esterilidad, consecuencia de un ideal estéril, imperó como señor natural el hidalgo haragán y soberbio, para quien el tiempo fué arena que dejaba escurrirse al desgaire entre sus dedos, mientras mascullaba, susurrando coplas, el mondadientes simulador de meriendas; flotante en la altivez de su ojo arábigo un ensueño de Américas dilapidadas; su sangre hirviendo con la sed de fiestas crueles; su corazón arponeado por amores morenos; gran rodador de escudos, botarate magnífico, tan capaz de un heroísmo como de una estafa; místico bajo la cota, guerrero bajo la cogulla, y pronto siempre á tapar el cielo con el harnero de su capa familiar.
Nadie sintió el estrago, mientras duraron las empresas militares y la embriaguez de victoria que produjeron. Todo parecía conjurarse para realizar el ensueño de riqueza mágica, en las pintorescas regiones donde vestía de oro á su dueño la desnudez de la espada. Pero al producirse la contracorriente conquistadora, en los comienzos del reinado de Felipe II, comenzó el fracaso. La conquista no dió abasto ya para la satisfacción del ideal nacional. Cubiertos de heridas sin gloria por anónimas saetas de bárbaros; con un culto tal del coraje, que las milicias castellanas consideraban cobardía el atrincherarse; curtidos por su desamparo solar de ascios, que habían carecido hasta de su propia sombra; más bravíos, si cabe, al contacto de la breña virgen; orgullosos de haber sobrellevado peligros que semejaban fantasías de leyenda, volvían á arrastrar su fastidio en el suelo natal asaz estrecho.
Los pobres, se habían endurecido demasiado para doblegarse al yugo del trabajo, en su intimidad con los fierros de pelea; los ricos, se apresuraban á vaciar la escarcela en la carpeta. El desprecio del oro conseguido en la guerra, que no era sino una indirecta ostentación de valor, engendraba el desdén hacia toda aplicación productiva. Por nada de este mundo habría degenerado el héroe en comerciante ó en labrador. Acabada la fortuna, lo que acontecía en un tiempo harto breve, si estaba aún vigoroso volvía al teatro de sus hazañas; si viejo, se moría tranquilamente de hambre en su nostalgia de aventuras ultramarinas, ó se metía asceta, para liquidar en la atrición sus cuentas de sangre y de saqueo, pero sin que la reacción fuera jamás hacia el trabajo, penuria de siervos y de gañanes.
El raudal de sangre pura que atravesó el Océano, tornaba viciado por gérmenes de disolución, mucho más activos á causa del trasplante; y aquella diseminación de aventureros, corrompidos por esa atroz libertad de instintos que fué la conquista en el Nuevo Mundo, causó tanto daño á la Península como la invasión gitana, y el azote de las plagas inmundas con las cuales fué sincrónica.
La decadencia industrial de España asumió los caracteres de un derrumbe, tan brusco cual lo fué el abandono en pos del ideal conquistador. Cesaron las exportaciones de tejidos en lana y seda, de cerámica[12] y otros artículos, que durante la época arábiga iniciaron transacciones con Sicilia y Cerdeña, adquiriendo mayor importancia en los mercados flamencos y alemanes. La química industrial, aplicada á explotaciones como la del oleum magistrale y la potasa que surtían á Inglaterra, desapareció con los restos de la cultura morisca. El desierto y el bosque avanzaron sobre huertas y sembradíos; y no parece sino que una intención simbólica, bautizó al monumento clásico de la monarquía con el nombre del escorial.
El fanatismo religioso que precipitó la despoblación, y los impuestos excesivos, contribuyeron á matar el progreso español, presentándose como consecuencias del absolutismo. La importancia comercial de España había sido tan grande, que las naciones tenían adoptado por código marítimo internacional el Llibre del Consulat de Mar, promulgado en Cataluña, aceptando además como meridiano inicial el de las Azores. La absorción militar de esos centros parciales de cultura, anuló el progreso que habría sobrevenido, al incorporarse todos ellos en la nacionalidad común, viniendo á ser la unidad un azote para la Península; por otra parte, la conquista, al emplearse en ella lo más selecto de la población, arrastró á América los mejores industriales, y de consiguiente su industria, explicando esto cómo Méjico tuvo canales dos siglos antes que Inglaterra, y telares de seda en 1543; y cómo en tiempo del viaje de Humboldt se fabricaba pianos en Durango, mientras en España no había ya quien los hiciera.
La concentración de productos brutos que iban de América en cantidades inmensas, limitó la especulación comercial á un intercambio de materia prima y manufacturas extranjeras, prolongando el régimen medioeval de las transacciones en especies, al paso que toda la Europa salía completamente de él.
Bálsamos, maderas, alimentos tan preciados como el azúcar, plumas, pedrerías, pastas preciosas, artículos de fantasía que la riqueza extranjera pagaba sin regateos, llevaron á España el oro del mundo; improvisáronse fortunas colosales, los precios subieron hasta lo fabuloso. El rezago aventurero de la Edad Media que acababa, buscó aquel centro natural de reunión, agregando á la conquista su turbia gloria los mercenarios de toda la Europa, desde el lansquenete con su táctica famosa, hasta el griego insular con sus clásicas piraterías.[13]
Combustibles en una hoguera, aumentaban el esplendor fugaz; pero sus heces contribuyeron no poco á obscurecer el cuadro de la decadencia, á cuyo fondo tenebroso añadía el contrabandista gitano las escorias de su fragua clandestina.
La fácil transacción de toma y daca mató á la industria, ocasionando con su magnificencia retrospectiva, una vez pasado el torbellino, la continuación del sistema que produjo la decadencia. Los buques españoles abandonaron los puertos europeos, para largarse hacia las nuevas costas, cediendo el campo al comercio inglés. Éste dominó de tal modo y tan rápidamente en la misma Península, que en 1564, el gobierno español, en represalias de ciertas piraterías británicas, detuvo en sus puertos treinta buques ingleses con más de mil marineros. La industria española, que hubiera podido surtir al Nuevo Mundo, sucumbió en la persona de sus artesanos, contagiados por la fiebre aventurera, siendo sustituida por la británica[14] y volviendo más amargo el despertar de aquel ensueño de grandeza. Éste dominó contra todo. Tentación lograda, su prestigio subsistía en las mentes que trastornó, y si se tiene en cuenta las predisposiciones nativas, es fácil comprender lo imposible de una reacción. La fantasía suplió con sus creaciones al perdido fausto; el orgullo heredó de gloria á la nación; la tenacidad característica incrustó para siempre en su ánimo ese culto del pasado, que no impone responsabilidad alguna al deudo, por ser esencialmente decorativo.
El gobierno, aun siendo tan poderoso, defirió á las inclinaciones nacionales con mayor fuerza quizá, siguiendo una tendencia genérica. Efectivamente, «gobernar» en su acepción política, es la expansión metafórica de un vocablo náutico—en realidad dirigir el buque,—pudiendo continuarse la metáfora en sentido psicológico, si se aplica á la situación del timonel. Éste y el gobernante se encuentran realmente en la popa de la nave, no estando entonces llamados á descubrir las nuevas tierras; y he aquí por qué solicitar de los gobiernos iniciativas revolucionarias, equivale á sacarlos de su cometido.
Aquella monarquía peninsular, que ni con mucho podía ser calificada de progresista, dado su ideal absoluto y su concepto puramente militar del mando, tenía además en la ignorancia pública una garantía de impunidad á todo abuso. Excedióse, pues, en sentido retrógrado, y la acción depulsora, que es común á todas, fué decidida contramarcha en ella.
Las fortunas, pasajeras como es natural en un medio de pura especulación, y con tan rápida decadencia, desclasificaron, tanto en su elevación como en su caída, otra buena parte del pueblo; y la libertad de testar, adquirida por sucesivas desviaciones del derecho foral, durante el siglo XVI, agravó la perturbación; pues los señores la aprovecharon para heredar de preferencia á sus mancebas y bastardos. El azar se volvió entonces un arbitrio económico, disminuyendo, hasta perderse, toda noción de prosperidad normal. El empleado fué el único que siguió lucrando, en una administración cada vez más complicada por la necesidad de encontrar recursos en el impuesto, es decir, cada vez más artificiosa. Foro, clero y ejército eran sus campos de explotación, y cada uno tuvo su peculiar habitante.
En sus marchas á través de la Europa y del Asia, el soldado se había vuelto el transeúnte del mundo. La azarosa colección de aquellas milicias, que preludiaban en manera tan informe á nuestros ejércitos regulares; el carácter de esas guerras, con el bandolerismo nómade de los mercenarios que acudían á ellas como á una caza montes; la división en mesnadas, completamente análogas á las corporaciones de bandidos, con quienes las confederaban sus señores, hicieron de la vagancia una costumbre militar, á la cual contribuía con su ligereza específica la miseria del soldado. Éste la aceptó sin gran repugnancia. Recorrió el globo trampeando, pues el saqueo constituía su jornal; la vida errante le desvinculó de familia y patria; el ocio aventurero atrofió su capacidad productiva; el desamparo en semejante medio, llevó al auge su trapacería y sus mañas; y la adaptación á semejantes condiciones, tanto como el abandono de toda virtud pacífica, dieron predominio absoluto en su carácter al ingenio y al valor.
Con desenfado igual combatían por el Papa y mezclaban hostias al forraje de sus caballos; cálices y copones, teníanlos por vajilla de cantina; las vírgenes del Señor eran los pichones de su cuaresma; de emparejarles la apuesta, habrían volcado la bola del mundo en sus cubiletes. Langostas de la guerra, mucho más temibles que los enjambres alados, la tierra fué el rastrojo que se comieron. Durante años y años se los había visto pasar bajo los estandartes y las picas, como á través de escueta vegetación, repercutiéndoles en el enjuto estómago los tambores de piel de hombre; provocando el bigote con sus petulantes antenas; cubiertos de remiendos internacionales sus calzones de estambre y sus jubones de cordobán; limpios sólo de sable y de bolsillo; mordido de herrumbre el peto, el birrete de hierro apuntado por la mecha del arcabuz.[15]
Como ejemplo realmente épico que preludia dignamente la Conquista bajo su faz militar, debe de citarse siempre las nunca bien celebradas expediciones de los almogávares ó veteranos catalanes, que bajo las órdenes de Roger de Flor llevaron su contingente al imperio bizantino de los Paleólogos, amenazado hasta la ruina por los belicosos principados en que se había dividido el vasto imperio de los sultanes selyúkidos.
Llegados á Constantinopla en 1302, como salvadores del imperio, en ventajosa sustitución de la célebre guardia escandinava de los Værings, muy decaída por otra parte á la sazón, el emperador nombra á su jefe megaduque de la escuadra, otorgándole así el cuarto rango del imperio, y le casa con una princesa sobrina suya. Así asegurados, parten los almogávares para Cyzica, que toman como base de operaciones, iniciando éstas por la Anatolia y la Mysia. Una marcha triunfal, que dados la comarca y sus recursos resulta verdaderamente maravillosa para aquellos seis mil aventureros, gota de agua en el movedizo océano de las tribus sarracenas, les da el dominio de la Lidia y del valle del Hermos, al paso que sus galeras van haciendo paralelamente el periplo del Egeo. Ninfea, Meagnesia, Éfeso, todas las ciudades de la grande historia romana y cristiana, caen en su poder. Intérnanse más todavía, en las regiones casi legendarias de la Pisidia, la Licaonia, la Frigia, la Caria y la Capadocia, hasta el célebre desfiladero de las Puertas de Hierro, que da entrada por el macizo del Tauro á la Cilicia marítima. Regresan, después de haber impuesto con el de su fama el respeto del nombre bizantino en tan dilatado país, y traicionados por el emperador á quien parecieron ya temibles con tal victoria, se atrincheran en la península de Galípoli, cerrando así la entrada occidental del mar de Mármara.
Después de una tregua pasajera, en la que Roger de Flor encuentra el título de César—segunda dignidad del imperio jamás otorgada á ningún extranjero—y la muerte en pérfida emboscada dispuesta por el emperador, la guerra entre éste y los aventureros, vuelve á encenderse. Dos años batallan éstos en sus fortificaciones de Galípoli. Asolado el país circunvecino hasta las mismas puertas de Constantinopla, aquella especie de república militar emprende marcha con dirección á la Grecia, después de haber puesto á saco todo el litoral del mar de Mármara y sus islas, no sin haber alcanzado en audaz correría los mismos contrafuertes del temido Balkán; estréllase en un ataque infructuoso contra los monasterios del monte Athos; atraviesa el mar en dos ramas, conquistando una de ellas la Tesalia y forzando las Termópilas, como para que nada faltase á su gloria, apoderándose la otra de Negroponto y llegando ambas hasta la frontera del ducado franco de Atenas que hacen suyo en la sangrienta batalla de Copais, para conservarlo durante más de tres cuartos de siglo y celebrar sus hazañas bajo el mismo augusto techo del Partenón. Todo esto en sólo nueve años, de 1302 á 1311, repletos con las más grandes proezas y los más soberbios pillajes de la historia. La Anabasis griega resulta pequeña ante esta colosal empresa, cuyo parangón sólo podrían darlo las más audaces ficciones de los libros de caballería.
Distinguían al hombre de ley su venalidad y su torpeza. Si juez, el delito se le escapaba siempre; si alguacil, su pesquisa no daba sino en algún inocente desvalido, que pagaba por justos y pecadores. Era costumbre inveterada, desde dos siglos atrás, que los cuadrilleros de la Santa Hermandad sisaran en los robos que descubrían. Las pandillas de ladrones habían llegado á reservar la quinta parte de sus robos, en los recuentos semanales que practicaban, como renta de soborno; éste daba al empleado una fuente de recursos, si no lícita, tolerada á lo menos; y con tales costumbres, el ideal de justicia fué substituido por la perfección del procedimiento. La cuestión era tener víctima, y para esto servía cualquier prójimo, encargándose del resto la tortura. Derecho y jueces andaban á la greña. La obra escrita era admirable, y las leyes de Indias forman por sí solas un monumento; pero el hecho de ser uniforme para un Continente de regiones tan diversas, está revelando su carácter artificioso. El conflicto residió siempre en que la Corona legislaba, pero no tenía cómo aplicar su legislación. El hombre de ley era un empleómano y de aquí provenían todos sus defectos. Soberbio con el pueblo, bajaba en la oficina á instrumento de sus subalternos, que le ganaban el lado flaco de la venalidad, convirtiéndose en sus cómplices; y á estado semejante, correspondía por parte del pueblo el más profundo desprecio hacia el hombre de ley.
Aquélla fué la edad de oro del rábula. La jurisprudencia, hermana de la teología que degeneraba rápidamente en casuismo, llegó á ser una habilidad de sofistas, en esgrima de cortapisas y subterfugios. El alegato adquirió más importancia que la prueba; y aquella literatura forense, presenta el más fértil enredo de suspicacia que se haya visto nunca, bordado con sutilidad bizantina desde en el auto del juez hasta en la rúbrica historiada del cartulario, sobre el fondo de barbarie inconmovible que hacía del proceso un ojeo de hombres.
Por otra parte, la misma Universidad comenzaba el estrago. El juez, el abogado, el escribano futuros, salían ya bribones de aquellas aulas, cuya tortura mental, deformando los espíritus, daba por fruto una moral igualmente contrahecha. Nada como el bachiller español en punto á estafas, raterías y travesuras brutales. Ni los salmantinos escaparon al contagio general. William Lithgow, viajero contemporáneo, decía en 1620, refiriéndose á la célebre universidad, que era en ella donde nacían «aquellos enjambres de estudiantes cuyas picardías, robos y mendicidad, poblaban la tierra.»
Esquilmados por sus tutores y bedeles; sin más recursos que la pensión insuficiente ó la magra beca; atiborrados de indigesta erudición, cohibidos por una disciplina de monasterio, la reacción de la Naturaleza así violentada, los conducía al fraude libertador. Aquella juventud, oprimida bajo el férreo arnés de juicios y prejuicios que formaban la ciencia de la época, se escabulló en una jocosa truhanería. Su vivacidad canalla fué, después de todo, el único regocijo en aquellos páramos de la escolástica, la única protesta contra esa ciencia en silogismos, que no había podido entender la lógica elemental de Colón—la buena, la franca jovialidad que abría al racionalismo un postigo con la sátira, concertando epigramas en el fondo de su bonete.
La avería del carácter no era menos honda, sin embargo. El descreimiento en todo lo que no fuera argucia, se hizo de regla; la pedantería, elevada á las nubes por una enseñanza insuficiente, injertó en la cepa soldadesca del fanfarrón, duplicando su fuerza; y este paso atrás se daba cuando Florencia, Londres y París, fundaban academias de ciencias á tres y nueve años de intervalo;[16] cuando el periodismo nacía en Venecia y en Amberes; cuando la filosofía positiva alboreaba con Bacon. Pero si España podía defenderse con la ignorancia común, todavía grande, aunque no intentara salir de semejante estado, alegando que el doctor Sangredo, por ejemplo, imperaba en las cátedras de todo el mundo, el derecho, que es la base de mi argumentación en esta parte, se veía contrariado por tropiezos inherentes al medio.
El estado larval que implicaba su existencia en los fueros, se perpetuó por la impotencia del gobierno monárquico para realizar la unidad, en el único sentido que la habría hecho duradera; pues el espíritu foral, enemigo encarnizado del romanismo, se conservaba violento á pesar de las deformaciones. Había sufrido, sin cambiar en substancia, la adaptación torpemente efectuada por los abogados del siglo XIV, é intentada desde el anterior, al contacto, diríase íntimo, con los bizantinos,[17] como que la madre de Jaime el Conquistador, por ejemplo, fué nieta de Manuel Comneno I.[18] La barbarie feudal de esos privilegios, chocó rudamente con el absolutismo latino de la monarquía, pero sin intervención del pueblo, á no ser como carne de cañón.
Las tentativas para suprimir semejantes focos de separatismo en las soberanías incorporadas, fueron éxitos más militares que políticos, pues á los abolidos no se los compensó con nada mejor, dado que la ley sustituyente era sólo un instrumento de explotación fiscal. Los subsistentes, lógicos en los tiempos feudales, quedaron como un arcaísmo, intrincando la legislación sin fruto alguno; y el Estado, como se verá en breve, fué nada más que una policía incómoda, dedicada por entero á la extorsión contributiva.
Sobrepúsose entonces la destreza leguleya al principio de equidad; toda noción de rectitud quedó suprimida por el cohecho, la justicia fué un privilegio á su vez en aquella subversión general, constituyéndose de hecho el pueblo bajo la forma de una sociedad primitiva, donde cada cual se hacía justicia á su modo, sin alcanzar el equilibrio de las agrupaciones civilizadas, en que el derecho, que es la conveniencia de los más, fundada y estatuida sobre el interés recíproco, se sustituye á la fuerza y al individualismo bárbaro de la época feudal.
Los pueblos salían, entretanto, del ideal de gloria, que la Edad Media mística y paladinesca les legara, entrando de lleno al de justicia, que las aspiraciones democráticas traían consigo; y nada más distante de él que ese derecho español, todo chicana bajo su cariz entre teológico y curial.
El clero experimentó una evolución análoga. Sus cismas y transgresiones, daban pasto abundante á la sátira popular. Ya durante la Edad Media, había quedado clásico el sucedido de Ramiro II, que profeso de los benedictinos y obispo de Pamplona, fué autorizado por el antipapa Anacleto para casarse con la hija del duque de Aquitania, en la cual tuvo á la reina Petronila; y durante el siglo XV, que acentuó más aquellos vicios, hubo casos como el de don Alonso de Aragón, hijo adulterino de Fernando el Católico y arzobispo de Zaragoza, padre á su vez de un vástago natural y sacrílego, que le sucedió en el sagrado cargo; ello sin contar la exaltación, mucho más concluyente, del primogénito del Papa Alejandro VI, á quien el mencionado monarca hizo duque de Gandía.
Tales excesos, rebajaron su prestigio. Con todo el respeto que inspiraba, su condición disoluta no escapó á las férulas del cuento picaresco. Éste reeditó, enriqueciéndolo con nuevos detalles, el tipo del clérigo vividor, que Novellinos y Decamerones habían paseado en bragas sueltas á través de la Italia galante. Prebendados de triple mentón y sensuales labios de berenjena; abades de culminante panza; novicios cavernosos de flacura—son los mismos que divierten á la Península, en parranda con mozas de chancleta y manga ancha; fieles al ósculo de la bota y ambos brazos ocupados, ése por la guitarra de las juergas, éste por la Justina ó la Flora, saladas biznietas de las picantes Caterinas.
La Inquisición hizo la vista gorda ante aquellas impertinencias, que denunciaban, por otra parte, un daño real. Toleró la avaricia y la incontinencia del clero, sin duda porque no encontraba en ellas un peligro para la integridad de la Iglesia; pero el cuento picaresco jamás se metió con el dogma. El respeto hacia éste fué siempre grande. Era la letra, es decir la forma intangible, que el Santo Tribunal cuidaba con celo atroz. Poco importaba que las virtudes desalojaran la construcción teológica. La religión se dejaba llevar también por el extravío de las ideas dominantes. Su programa de estabilidad eterna, se satisfacía con la permanencia del edificio.
Esta materialidad pervirtió su fervor primitivo, limitando sus persecuciones al hereje rico. Su desdén por los gitanos, introductores de brujerías tan peligrosas como los naipes, que fueron primitivamente libros de suertes, es una prueba. El gitano era pobre, no presentaba aliciente á la confiscación; resultando de esta tolerancia, que el elemento asiático cuya productividad estaba demostrada por el trabajo, fué expulsado; mientras el vagabundo de baja ralea, quedó influyendo sobre la desorganización general, y agregando, con su fecundidad característica, elementos de la peor especie al ya acentuado orientalismo de la raza.
Chalán de mala ley, albéitar por consecuencia, contrabandista por vocación, hechicero á ratos, trápala siempre, el gitano se halló pez en aquellas turbias aguas. El medio le fué tan propicio, de tal modo se avino con el pueblo, que las reales órdenes dadas en su contra con progresiva frecuencia, desde el siglo XV al XVIII, jamás produjeron efecto. Disfrutaba de la indiferencia pública, á causa de su condición nada envidiable, cosa que no había ocurrido con el judío y con el moro. Después de todo, el gitano era para éste charamí (ladrón) y para el español, gitano (egipcio) simplemente. La diferencia me parece significativa.
Infestó las campañas, que aún conservaban su núcleo de trabajadores, convertido en mesonero cuyo traspatio era refugio de bandidos, donde servían de añagaza al caminante adiestradas Maritornes.
La falta de caminos seguros y de ríos navegables, mató el comercio interno, á punto que algunas provincias abandonaban sus cosechas en el rastrojo por no tener cómo transportarlas, proveyéndose las otras de cereales en el exterior. El bárbaro privilegio de la mesta, que arruinaba la agricultura para hacer prosperar á los carneros, aumentó la miseria general. El campesino se volvió á su vez tramposo; la insolvencia esparció por las campañas sus negras inquietudes; leguleyos tronados cayeron á punto con su aparato de latines; el hidalguillo rural trocó la siembra por el pleito y bajó á la ciudad en busca de tribunales; el labriego, sin trabajo en las tierras abandonadas, y aplastado por servicios pesadísimos, como el de bagajería (acembla, corrupción de acémila) que prestaba al Rey y á los nobles, siguió sus huellas; produciendo esa enorme concentración urbana, que es una tendencia de raza hasta hoy, es decir aumentando la ya innúmera falange del proletariado crápula é incapaz.
Sólo la nobleza, que por sus condiciones de fortuna alcanzaba á sostenerse correcta, conservó la tradición de honor, aunque exagerando, por reflejo directo el orgullo del aventurero. Su ejemplo, que pudo ser eficaz sobre el pueblo, quedó nulo, dada la distancia á que se encontraba de él, así como su efectiva impotencia de minoría. El espectáculo de su pompa, exasperaba, por otra parte, la sed de riquezas á cualquier precio, con nuevos incentivos de fraude; y como elemento de gobierno, adolecía de los defectos ya enunciados en éste.
No puede negarse que fomentó, á porfía con el monarca, las artes y sobre todo las letras; pero éstas, retraídas al gabinete, carecieron de influencia popular. La escolástica habíalas alcanzado también, con la sola excepción de las novelas picarescas, que heredaron en el pueblo la boga de los episodios de caballería, en combinación con los cuales darían á España la joya más bella de su literatura.
Dichas novelas, destinadas á divertir ensalzando en prototipos nacionales la trampa, el robo y la farsa, fueron la manifestación más vigorosa del ingenio español, y la más original á la vez,[19] como lo prueba la influencia de que gozaron durante dos siglos sobre las literaturas europeas, así por la abundancia de sus traducciones,[20] como por la afición á imitarlas. El pícaro español se volvió un tipo internacional, debiéndose su éxito, así al efecto de contraste que causaba con el paladín de las ficciones caballerescas, como á los elementos realistas que componían su carácter. Cortado en la carne viva del pueblo—paladín á su vez de la picardía y del fraude,—fué el verdadero origen de la novela de costumbres, hasta por su indiferencia perfectamente moderna ante las consecuencias morales de su actitud. En la literatura española es lo único genuino, bien que lo escaso esté aquí compensado con exceso por lo excelente.
Las demás formas literarias, confinadas según he dicho al gabinete, fueron más bien obra de humanistas, como que su auge tuvo por preludio la adaptación de los fueros al Derecho Romano, coincidiendo con la reacción latina que recibió específicamente el nombre de gongorismo. El Renacimiento en arte, y la unidad en política, confluían al mismo cauce artificial. La teología y la jurisprudencia dominantes, influyeron mucho sobre las letras españolas. El estilo forense, antecesor inmediato del gerundiano, dejó su marca en la prosa seria, sin excluir los sermones, de corte fuertemente curial. Las parténicas del examen universitario, daban su modelo al discurso; el tono jurídico, era de rigor; las intrigas dramáticas, resultaban simples coartadas; en las más altas efusiones de la mística—otra veta casi original del genio español—hay algo de abogadil... Nada extraño en todo esto, si se considera la estrecha relación del derecho y de la teología en aquella época: el mismo diablo tenía abogado para discutir los procesos de canonización.
Las formas líricas, importadas de Italia,[21] que fué el granero intelectual del Occidente cuando terminó el poder morisco—influyendo, como ya dije, hasta en la novela picaresca, la creación literaria más española,—no eran tampoco muy accesibles al pueblo. Carecían de ilación con el romance, forma popular que no progresó; y siendo productos de gabinete, cayeron á poco andar en el culto de la retórica.
Esta calamidad enfermó á toda la literatura. El retruécano se volvió la gala más delicada del estilo, influyendo hasta sobre la ideación filosófica. En las mismas efusiones religiosas se usaba de él; y nada prueba lo vacío de semejante devoción, la falsedad intrínseca de tal literatura, el frío interior de aquel pueblo al borde mismo del brasero inquisitorial—como ese estilo que impone á los verbos sublimes, contorsiones de acróbata para desahogarse con Dios.[22]
No obstante, esa literatura que era al fin benéfica, y mantenía la dignidad intelectual enhiesta ante el derrumbe, pronto se ahoga bajo la profusión retórica y agostada por su aislamiento entre la ignorancia común. Al énfasis señorial de sus dramas, sucede una gárrula parla de espadachines; á sus noblezas críticas, un gramaticalismo de dómines; á su lírica un tanto endeble, míseras rimas en vocativo. Los dos escritores más notables de aquella época, dan con su caso respectivo una enseñanza más elocuente, si cabe. En efecto, la familia cervantina se multiplica profusa, pero en una sola dirección—el estilo del maestro. Ahora bien, el estilo es precisamente la debilidad de Cervantes, y los estragos causados por su influencia han sido graves. Pobreza de color, inseguridad de estructura, párrafos jadeantes que nunca aciertan con el final, desenvolviéndose en convólvulos interminables; repeticiones, falta de proporción, ese fué el legado de los que no viendo sino en la forma la suprema realización de la obra inmortal, se quedaron royendo la cáscara cuyas rugosidades escondían la fortaleza y el sabor.
Quevedo, en cambio, mucho más castizo, mucho más artista, verdadero dechado, fruto de meditación y flor de antología, murió sin sucesión, de pie como un monolito en la coraza de su prosa. Encogiéronse de hombros ante su profundidad tachada de «conceptismo», recogieron de su pródiga troje sólo las aristas que volaba el viento, y el más noble estilista español quedó transformado en un prototipo chascarrillero.
Llegó un poco más lejos, siendo más significativa, esa esterilidad.[23] Cuando Italia florecía en artistas, al propio tiempo que los Borgias imperaban en Roma, éstos, á pesar de su pródigo fausto, no tuvieron una iniciativa en pro de la belleza. Aquel siglo del Renacimiento, que en un solo año (1564) veía morir á Miguel Ángel y nacer á Shakespeare, nada tuvo que agradecer á la familia pontificia española, sucedida, para mayor contraste, por Julio II y por León X.
Otro detalle que revela el fondo artificioso de esa literatura, en toda su amplitud, es que la mujer apenas afecta á la poesía. España no tiene un solo «poeta del amor.»[24]
Nada, sin embargo, más propicio á la inspiración que la mujer española.
Poco interesa por de contado la alta dama, que es igual bajo todas las latitudes. Clase media y pueblo, menos nivelados por el artificio convencional, más sensibles al ambiente, más puros de raza, dan un tipo decididamente admirable.
Férvidas morenas, que tienen, como la miel, su cualidad substantiva en su dulzura. Muelles en la pereza oriental, que están denunciando la pantorrilla baja, la lentitud cadenciosa del andar, el pie brevísimo, la mirada que anticipa en languidez tristezas de amores. Apasionada hasta la locura, su afecto era de una incorruptible fidelidad, que naturalmente se exteriorizaba en altivez. El amor accidental, la galantería, le eran casi desconocidos. La vida entera del amante le parecía poco, pero es porque ella amaba hasta la muerte. Doña Juana la Loca, es un caso de España. Su vida, consecuente con estos rasgos, se eclipsa en el hogar. Madre, impera; y esposa, reina. Pero la presión de los celos masculinos, la eternidad de aquella renunciación del mundo, que significa el desenlace de su amor, le infunden una gravedad cuyo fondo es tristeza; y la religión agrega su elemento terrorista á esa sombra, imponiendo una actualidad de dolor en una remota esperanza de ventura. No se amengua su exaltación, sin embargo, antes crece en la melancolía. La devoción, que es su segundo amor, la apasiona igualmente. Santa Teresa ha quedado proverbial. Fuego divino y llama infernal, lo mismo la queman. Carnal ó celeste, su amor vive en el arrebato. La monarquía, colaborando en esa devoción, más la había sublimado. Estaban para ejemplos las venerables doña María de Montpellier, doña Leonor, reina de Chipre, Santa Isabel de Portugal y aquella adorable monjita, la infanta de Aragón doña Dulce, que á los diez años fué religiosa. El hogar español, tan fieramente inviolable que recuerda desde luego al harem, profundiza con su aislamiento esa tendencia mística. Los hijos no podían sentarse á la mesa con sus padres, mientras no fuesen caballeros, y aquéllos estaban autorizados por la ley (Partida 4.ª, Título XVII, Ley VIII) á comérselos en caso necesario. Tal la rigidez de ese hogar, donde el mismo sol entraba furtivo. Su situación de plaza fuerte prolongó las formas domésticas de la Edad Media. La señora fué centro de un pequeño mundo. Desde la cocina al oratorio, toda la vida, con sus pequeñas industrias, sus necesidades comunes, estuvo para ella entre esas paredes. Lo que el castillo feudal había aislado por previsión guerrera, fué conservado por los celos orientales. Pero á causa de la igualdad monogámica, resultó favorable á la dignidad de la mujer. La calle fué para ella un terreno vedado, al cual no se aventuraba sin su dueña y su rodrigón; la escritura un arte galeoto; su aposento remedaba una celda monjil; hombres, no veía otro que su confesor, fuera del padre y los hermanos que la trataban con rígida cortesía.
La sangre, loca de sol, exasperada como por una infusión de especias, al soplo enervante de las brisas africanas, podía con todos esos recelos; y el discreteo de las «tapadas», que tornó clásicas la comedia congénere, vengó de tantos agravios á la libertad y á la belleza. Una amable rufianería de lacayos, escurrió billetes y madrigales por las junturas de las imponentes cancelas. La Celestina se volvió un personaje clásico; el percance de los galanes sorprendidos por la ronda, ó muertos en duelo anónimo al pie de cómplices rejas, fué argumento popular; pero justo es decir que semejante reacción, asaz natural por otra parte, jamás llegó á la corrupción de las costumbres. La dama española conservó integérrima su pulcritud en el arca de su fidelidad. El asalto á los hogares demasiado herméticos, no fué precisamente una proeza casquivana, y las conquistadas doncellas amaron por lo común sólo á sus dueños. La mujer de la clase media mantuvo su honestidad, y el adulterio fué casi siempre un pecado de Corte.
El pueblo no resistió tan bien á la corrupción general. El pícaro se desdobló á poco andar en la pícara, sujeto específico como él. De concierto con perillanes y bandidos, ésta fué activo fermento de corrupción. Mestiza de judío, de moro, de gitano, presa de la alcahuetería ó de la miseria, ella había operado la fusión de las razas, al descender los de casta superior hasta sus brazos tentadores y fáciles. Su tálamo fortuito en los pesebres de las ventas y los sotos silvestres, alzado en ocasiones hasta la alcoba real, efectuó la mezcla funesta para los elementos arios, que la guerra mantuvo libres del contacto semita. Agente de la disolución ahora, propagaba con fecundidad doblemente perniciosa las pestes del cuerpo y los males del espíritu. Pero siempre desinteresada é instintiva, su prostitución jamás fué sórdida; su fidelidad continuó descollando característica, en los tugurios de la hampa. La altivez nativa acentuó siempre su garbo, constituyendo una especie de lustre, que resaltaba lo mismo entre blondas que entre harapos; y nadie pisó la tierra con gallardía igual, cuando bajo la escolta de su majo pálido, derramaba por los barrios bravíos aquella delicia de su carne amorosa, purpureando en sus cabellos el clavel popular, suscitando con esos ojos, que evocaban melancolías de lunas agarenas, lampos de navajas y candencias de piropos.
Á ese impulso inspirador, que la verba improvisadora de los gitanos estimulaba, tuvo aquella mujer su poesía. La musa plebeya realizó en su honor, lo que no pudo el estro de los retóricos. Coplas mil nacieron, al sonar su chapín destalonado en las aceras que desdeñaba el brodequín de la duquesa; y la única poesía erótica de España, la que aún vive con su gracia original, cuando ya nadie menciona los atildados perifollos de academia, es fruto de su cuerpo.
La tristeza morisca, bien cultivada en aquel ambiente de opresión, impregnó tanto á esa poesía como á la mujer de quien ella emanaba, siendo éste otro rasgo genérico del femenino español. Los celos, más vivos también en el alma inculta, dieron á tales efusiones su elocuencia desesperada. El amante en sus coplas, si ofrece la vida, en cambio amenaza con la muerte. Las melodías arábigas, cuyas quejas y suspiros cesan apenas de alternarse, para traducir en ayes los aullidos del desierto, engendraron la música popular; y ésta formó, como quien dice, el comentario del despotismo, en consorcio con aquella poesía donde flotan las añoranzas y los desengaños de una raza, que en su literatura posee historias enteras «de árabes que han muerto de amor;»[25] las quimeras de éste, único paraíso para el esclavo, cuyos celos lo guardan cual sanguinarios mastines; la indefinida protesta de un pueblo aherrojado en el calabozo teológico, del cual es el monarca la centinela, cuando la nacionalidad al integrarse ensanchaba sus horizontes, que aun se amplificarían con el Descubrimiento hasta la infinitud del mar, convirtiendo en amargura el hondo contraste.
Chispa y buen humor, también perecieron en el naufragio. La misma novela picaresca fué ante todo un desahogo brutal, una carcajada cínica—en la cual había más desplante de perdido que gracia verdadera—y en el fondo, en su entraña recóndita, una venganza, menos baladí de lo que parece á primera vista, contra la opresión de la conciencia.
Ésta se extremaba en razón directa del absolutismo político. La misma teología, que era la filosofía de la época, experimentó una reacción mística. Declinó la vasta influencia interna é internacional de Vives y de Osorio, con su imperturbable serenidad y sus agilidades polémicas, respectivamente, sustituyéndosele la exaltación de Fr. Luis de Granada. Papistas antes que cristianos, lo que perdieron los místicos en latitud, ganáronlo en profundidad. Cierto es también que llegaban duros tiempos.
La inquietud político-filosófica que llenó el siglo XV, tuvo en la Península poderosa repercusión, no sólo popular, sino de cátedra, bastando para prueba la actitud del profesor salmantino Pedro de Osma, reputado por el hombre más sabio de su tiempo, y condenado en el concilio de Alcalá; del propio modo que el decisivo apoyo, prestado por Alonso V de Aragón al cisma de Basilea.
Depravaciones y simonías del clero, contribuían á inquietar más los ánimos, y así las cosas, la Reforma había penetrado, por el contacto comercial con los países herejes, no obstante el genio avizor de Carlos V. Libros prohibidos, de origen alemán y genovés, circulaban con relativa profusión, clandestinamente reimpresos algunos en la misma Castilla. La unión con Inglaterra, estrecha entonces, por la doble relación del comercio y de la alianza inalterable—que subsistió desde el primero de los Plantagenet y Alfonso VII de Castilla, hasta María Estuardo y Felipe II—fomentaba la propaganda herética. Así este monarca, una vez concluidas sus guerras en Italia y Francia, consagróse entusiastamente á la represión de la herejía, empezando su campaña en 1558.
El espíritu de la Edad Media, volvió á dominar imperioso. Durante ella, y bajo la influencia exclusiva de la Iglesia, había reinado la inmovilidad. Á condición de no cambiar nada, se podía discutir todo, siendo un error creer que no existía la libertad de discusión. Era, sin embargo, una libertad puramente dialéctica, puesto que demandaba, ante todo, la conformidad con lo establecido. De aquí que hereje, quiera decir estrictamente «disconforme». Tener opinión propia era el verdadero delito.
De esta inmovilidad fundamental, que limitaba las operaciones filosóficas á sacar consecuencias de los principios invariables, nació el predominio del silogismo. Ciencia y religión eran la misma cosa á este respecto, pues la Biblia y Aristóteles se conciliaban en el mismo concepto de autoridad. Corporal y espiritualmente, la unidad era el objetivo. Así, la única oposición provino de que tanto el papa como el emperador, se atribuyeron la representación de esa unidad, discutiendo sus parciales una mera cuestión de investidura. En España había vencido el emperador.
El protestantismo rompió este molde, con la agitación que causara. Ello fué involuntario sin duda, pues la Reforma, «querella de frailes», en efecto, al comenzar, quería la misma cosa, desde que discutía todo, menos la Biblia; pero á fuer de revolución, sobrepasó su objetivo, beneficiando su éxito al mundo.
La monarquía absoluta, cuyos privilegios hería de muerte aquella conmoción, reaccionó potente; y su triunfo en la Península quitó á ésta la última esperanza de abandonar la Edad Media en que permanecía. Bajo Felipe II, las Cortes de Tarazona prohibieron como un delito que se gritara Viva la Libertad.
Así como el Nuevo Mundo le quitó lo mejor de su raza, Inglaterra aprovechó sus talentos más libres, aunque no quizá los mejores; pero la cuestión no era de calidad individual, sino de ideas generales.
Desde 1559 comenzaron á llegar á aquel país los reformadores españoles perseguidos por la Inquisición. El sectarismo y la rivalidad política, que se pronunciaba cada vez más en ofensas, los acogían con predilección singular, reconociendo sus méritos hasta el punto de darles á desempeñar cátedras en la misma Oxford.
Arias Montano y Pérez de Pineda merecieron la admiración británica; Del Corro y Valera imprimieron sus obras en Inglaterra; y los españoles residentes allá, casi todos comerciantes, vale decir más accesibles al espíritu moderno, adoptaron la Reforma.
De tal modo España, al repudiar las tres manifestaciones correlativas de la civilización moderna que comenzaba: el comercio, y en consecuencia la colonización; la Reforma, fuente directa del racionalismo, y el concepto civil de la autoridad, base de las instituciones democráticas, abjuró de hecho el progreso.
El atraso intelectual, sobreviniente á la expulsión morisca, quitó á sus universidades la clientela inglesa, contribuyendo esto, tanto como la religión, es decir, en parte principal, á la pérdida de aquella alianza británica, cuya ruptura empieza la era de las grandes desgracias peninsulares. Las ciencias naturales acabaron del todo, y la medicina, que fué su resto, dió á poco andar en el más ridículo empirismo. La escuela griega se sobrepuso á la arábiga, dominando el campo desde los comienzos del siglo XVI, y ya España no fué su sede. La medicina española estaba reducida á los trataditos de Monardes, cuyos solos títulos bastan para denunciar su carácter: Tratado de la piedra bezoar y de la hierba escorzonera; Tratado de la nieve y del beber frío, etc. En la Academia de Medicina de Granada servía de texto la disparatada Medicina española contenida en proverbios vulgares de nuestra lengua, por el doctor Juan Soropán de Rieros. La misma Salamanca carecía de una cátedra de matemáticas. En Alcalá no se enseñaba derecho patrio. Servían de fundamento histórico, apocrifidades tan burdas como la Crónica de Ávila, cuya primera parte establecía «cuál de los 43 Hércules fué el mayor, y cómo siendo rey de España tuvo amores con una africana en quien tuvo un hijo que fundó á Ávila»(!). Desapareció toda idea de ciencia práctica, y la alquimia, que había producido siglos atrás sabios tan nobles como Raimundo Lulio, apagó su horno científico ante el quemadero inquisitorial.
Aquel desierto de ideas absorbió en su esterilidad la vida entera del país, cuya decadencia irremediable, á pesar de su bravura y de su genio, demostró que el progreso de las naciones no está en la raza, ni en la riqueza del suelo, sino en las ideas, cuyo es el espíritu animador.[26]
Quedaron sólo en pie, cada vez más enormes, cada vez más opresores, la Iglesia con su lúgubre maquinaria de tormento y su teología, y el insaciable Fisco, del cual eran danaides alcabalas y gabelas.
Una rapacidad sin ejemplo acosó al trabajo nacional. El hambre fué desde entonces «el diablo de España». Los mendigos se instituyeron en corporaciones que explotaban las ciudades por barrios, como los ladrones, con quienes tenían más de un parecido en lo desalmados y bellacos. Hasta la Naturaleza parecía complicarse en sus farsas, pues la hierba de los pordioseros (clematis vitalba L.) con que producían sus llagas artificiales, ha abundado siempre en España de una manera prodigiosa...
La caridad pública los fomentaba, sin embargo, á título de intermediarios con la divinidad; y el clero, improductivo como ellos, y como ellos mendicante de profesión, agravaba el daño con preconizarlo. Nada pudieron contra su difusión las disposiciones reales; la religión los amparaba, y exagerando los principios de caridad evangélica con sectario fervor, dió en el panegírico de la miseria.
Añadíase á éste otro azote de la misma procedencia. La vagancia, que reclutaba sus hordas en el bajo fondo social, donde la ilegitimidad creciente de los nacimientos aumentó, á la vez que los infanticidios,[27] los abandonos en cantidad prodigiosa. Esto último llegó á constituir un peligro social tan grande, que las Cortes de 1552 solicitaron la creación de funcionarios especiales, cuya misión fuera amparar y proporcionar trabajo á los niños abandonados; pues los bribones viejos formaban con ellos cuadrillas de bandoleros que asolaban arrabales y campañas.
La rapiña tomaba todos los caracteres de una industria regular. Un libro contemporáneo, La desordenada codicia de los bienes ajenos, enumera, imitando á los Liber vagatorum de la Alemania medioeval, las más selectas clases de ladrones. En realidad pasaban de treinta, pero no clasifica sino las siguientes, que transcribiré á título de curiosidad:
Eran ellos los salteadores, estafadores, capeadores, es decir, especialistas en capas; grumetes, porque robaban con escalas de cuerda; apóstoles, porque á semejanza de San Pedro, cargaban llaves; cigarreros, ó cortadores de vestidos; devotos, porque operaban en los templos; sátiros, ó ladrones campestres; dacianos, ó compra-chicos; mayordomos, ó ladrones de posadas; cortabolsas, duendes, maletas y liberales.
Admirablemente organizados, con sus señas y palabras de pase, tenían ramificaciones en todas las capas sociales. Monjes, estudiantes, mozos de cordel, lindas damiselas, venteros, señoronas beatas, ancianos venerables, cooperaban como espías; siendo la estafa una especialidad, que dió nombre en todas las lenguas al famoso «cuento del tío».
Las zonas de explotación en los centros urbanos, estaban tan bien delimitadas, lo propio que las distintas especialidades, que ningún bribón podía casarse sino en las suyas, so pena de multa á título de dispensa. Y tal era su poder, que bandas de mendigos gitanos, los más peligrosos de todos, habían llegado á asaltar la ciudad de Logroño, para pillarla, mientras sus habitantes estaban atacados por la peste.
Todo revelaba, pues, una sociedad en descomposición, cuyo ideal terreno era vivir sin trabajar, aun á costa de la miseria. El mismo de la Edad Media, sin el fervor religioso que lo explicaba y engrandecía.
La anexión de Portugal acabó de realizar en la Península el ensueño absolutista, contribuyendo más, si cabe, á aumentar el maleficio con su gloria fugaz. Pero la situación se volvía cada vez más alarmante en el exterior. Ya hemos visto cómo se perdió la amistad de Inglaterra, natural aliada y tributaria comercial é industrial.[28] La unión, cimentada sobre dos matrimonios célebres,[29] había sido cultivada con toda clase de sacrificios, por la astuta política de Fernando y el genio del Emperador. El sueño de la unidad absoluta derribó aquel monumento. Quísose imponer á la fuerza la neutralidad británica en la cuestión de los Países Bajos, y el resultado fué perder ésa y éstos.
Fracasó igualmente la acción sobre Francia, rompiéndose otra antigua y fecunda unión. En efecto, desde fines del siglo XI y principios del XII, ésta se sostenía por la doble influencia política y religiosa. Los magnates más considerados en la corte de Alonso VI de Castilla, fueron borgoñones; las tres mujeres con que dicho monarca contrajo matrimonios, fueron francesas, y contó además por yernos á dos señores de Borgoña.[30] Un arzobispo de Toledo, y tal cual obispo de Sigüenza, de Salamanca, Zamora[31] y Osma, procedieron también de Francia. Los Papas de Aviñón, estuvieron en íntimas relaciones con España, de tal modo, que tres sobrinos de Clemente V tuvieron las catedrales de Zaragoza y de Tarazona, y el deanato de Tudela. El rito mozárabe fué sustituido por la liturgia de los cistercienses, orden enteramente francesa, como es sabido; y dichos frailes llegaron á poseer fuero propio, con derecho á justicia de Dios en el monasterio de San Facundo. Don Jerónimo, monje cluniacense, es decir francés por su orden, tanto como lo era por su nacimiento, fué capellán del mismo Cid, y profesor de aquella elegante y liviana doña Urraca, que tantos dolores conyugales debía causar á la honestidad aragonesa de Alfonso el Batallador. La célebre Unión de los nobles aragoneses, había estado entendida con el primero de los Valois, para el mejor éxito de su rebelión foral...[32]
Todo esto se perdió en la aventura, al paso que aumentaban los éxitos de la piratería turca. España quedó entonces aislada por el Pirineo y el Océano. Francia, con Enrique IV y Luis XIV, reduciría el Austria colosal de Carlos V á las dos primeras vocales de su divisa: A.E.I.O.U. (Austriæ[33] Est Imperare Orbi Universo); Inglaterra cerrábale el acceso al Occidente y á los puertos europeos; Holanda, al libertarse, había prohibido el tráfico con ella; estaba aliada de hecho con los ingleses, desde que en 1598 el embajador británico en París, había apoyado á los suyos en sus gestiones para obtener la neutralidad de Enrique IV, datando además casi desde entonces su rivalidad en el comercio de las especias; y no es acaso impertinente recordar, que el fracaso de la Grande Armada coincidió con la libertad de los mares, preconizada por Grocio en su memorable Mare Liberum, contra el mare clausum (para hablar con una frase de la época, que fué el título de la más célebre refutación al insigne holandés)[34] el mar cerrado de la conquista peninsular.[35]
La formidable tetrarquía, que formada por las casas de Castilla y Aragón, de Valois, de Tudor y de Habsburgo, había dominado de concierto á la Europa del siglo XV, se desvinculó enteramente en perjuicio de España. Logróse, con igual efecto, la segunda renovación germánica, y aquella grandeza cuyo remonte tuvo sanción en el Tratado de Blois, entraba al ocaso con el de Chateau Cambresis.
Por el lado económico, por el espiritual mismo, también se diseñaba el fracaso. La banca florentina, que venía dominando desde dos siglos atrás los cambios de Europa, estableció sucursales en los primeros centros, ampliando su acción con mengua de España, no obstante la dependencia nominal en que la República se hallaba respecto á ésta, por fuerza, no por afecto,[36] y la misma Roma volvióle las espaldas con Sixto V, negando al Imperio Cristiano la colaboración espiritual que era su fuerza y su pretexto.
Tantos desastres, en lapso tan breve, acarrearon el desencanto de las glorias patrias y el pesimismo sobre el porvenir. El pícaro, que por su carácter de correvedile popular, estaba en todos los secretos del alma española, no tenía empacho en disertar sobre «las vanidades de la honra». Vanitas vanitatum, que no aproxima sino en apariencia á Guzmán de Alfarache y al Salmista, pues para el uno es consecuencia de ese alto desdén que inspira la vida, á quienes saben dominarla desde las alturas de su virtud ó de su genio, mientras daba razón al otro para justificar sus pillerías.
La marcha triunfal de los descubrimientos se suspendía también. El lector recordará la cantidad superior de descubridores españoles, desde 1492 hasta 1610, año en que los jesuítas se establecieron en el Paraguay. Desde ese hasta 1700, y guardando las mismas proporciones de la nota citada, el resultado no es menos elocuente, al invertirse los términos; pues para 87 capitanes extranjeros, entre los que predominan ahora los holandeses, no encontramos sino 5 españoles. ¡El mismo número de ingleses que en los primeros 90 años del descubrimiento![37]
Al par se agravaba la carestía. Los altos precios de la época de abundancia, sosteníanse con mayor razón en la general lacería. Los impuestos aumentaban, en proporción con el descrédito y la improductividad, á pesar de lo cual el Estado precipitábase cada vez más en la insolvencia. En 1574 se debía 37.000.000 emprestados[38] al 32%, y la Corona repudió esta deuda alegando que los prestamistas habían procedido «contra la caridad y la ley de Dios.» Acababa, sin embargo, de confiscar en su provecho, por cinco años, todo el oro de las Indias; y esa verdadera trampa, realzada todavía por esta extorsión, es la mejor prueba de la inmoralidad común. El gobierno no temía el escándalo, á causa de que el pueblo se dejaba llevar por análogas corrientes, demostrándolo así la escasa resonancia de la iniquidad. La voracidad fiscal, correspondía al providencialismo de Estado, que constituía el modus vivendi predilecto del pueblo; y esto consumó la hostilidad contra todo individualismo, cimentando á la monarquía en el concepto de un Estado omnipotente.
Carlos había sido el tirano paladín; Felipe fué el tirano burócrata. Lo único que le sobrevivió, es decir su obra más perfecta, fué la administración, instrumento ingenioso de tortura económica en el cual colaboró la Inquisición misma, no obstante lo diverso de su destino.
Una lámina del libro del P. Nieremberg.
Fundada en efecto para defender la unidad política, bajo la monarquía que reemplazó al feudalismo, é incorporada al pueblo con este fin por medio del prestigio religioso, su sistema resultó de gran eficacia para la unidad, y Felipe calcó sobre ella su régimen administrativo. Este doble carácter religioso y fiscal, le dió una importancia inmensa, robusteciendo sus vínculos, es decir garantiendo su permanencia como institución normal. Su obra, entonces, resultó más funesta. Las ejecuciones en masa, que las damas iban á ver, coqueteando con sus abanicos cuando llegaba hasta ellas el humo del quemadero, ó tomando sorbetes, acostumbraron á la crueldad, acentuando hasta lo siniestro ese rasgo del tipo conquistador. Los sayones del duque de Alba, ajustaban un pito á la lengua de los herejes flamencos, para que sus gemidos en la tortura salieran agradablemente modulados...
De este modo la unidad absoluta, al evolucionar con los tiempos, dominando las diversas tendencias, desde la militar á la religiosa en el individuo y desde la gloriosa á la económica en el gobierno, deformó enteramente el carácter nacional, infestado en todas sus partes á virtud de las citadas trasposiciones; y así fué como Felipe, al dividirse la herencia del Emperador, imposibilitando el sueño universal de la monarquía, soñó el Imperio Cristiano como una oportuna compensación.
Las insurrecciones forales, habían mostrado con harta elocuencia la estructura intrínsecamente federal del país; vencidas, impusieron transacciones que contrariaban la soñada unidad. El gobierno carecía realmente de fuerza militar y económica para imponerla; los intereses eran distintos y aun adversos en las diferentes regiones; la raza y el idioma se encontraban en el mismo caso. Nada común tenían fuera de la religión, y á ella decidió apelar el monarca para realizar sus designios. La Inquisición llegaría con esto al máximum de poderío como instrumento fiscal.
Pero el sueño universalista no residió inútilmente en la cabeza del siniestro Habsburgo, de tal modo que su propósito tuvo por complemento la unificación «cristiana» de la Italia, la Francia y el Portugal.
Era un pensamiento político grandioso, pero anacrónico, y así no ocasionó consecuencias sino en el orden interno y bajo la faz religiosa, por ser la religión su inspiradora.
La conquista espiritual fué su producto, al haberse vuelto imposible la conquista política hacia la cual se marchaba secundariamente, y el gobierno adoptó en definitiva su ideal teocrático.
Semejante final se preparaba desde muy antiguo, pues ya Alfonso el Batallador había fundado en su época más de quinientas iglesias y dotado más de mil monasterios, acabando por heredar con su propio reino á las órdenes militares de la Tierra Santa. Era, pues, una tradición de la monarquía.
Cerca de diez mil casas religiosas, poblaron la Península;[39] el clero, instrumento precioso de la empresa, duplicó su poderío, que no hacía, después de todo, sino realzar el mal ejemplo de la improductividad; y como la conquista religiosa derivaba tan directamente de la guerrera, militar fué el espíritu de la orden que encarnó aquel ideal.
La Compañía de Jesús fué creada con el objeto ostensible de combatir al protestantismo—y hasta puede creerse que su fundador no tuvo otro; pero las instituciones populares, son siempre una copia reducida del medio donde nacen, dependiendo su éxito de su conformidad con las tendencias predominantes en él. El rápido incremento de la Compañía, demuestra entonces cuánta era esta conformidad.
San Ignacio que había sido militar, y hasta militar exageradísimo, por la natural expansión de su rica naturaleza, refundió en su creación la tendencia agonizante con la que venía á reemplazarla, en procura del mismo ideal dominador, pero adaptándose, en su carácter religioso, á los nuevos tiempos.
El remonte místico fué la postrer llamarada de un foco que se extinguía, pues á pesar de todo, el racionalismo de origen protestante, operaba de consuno con las necesidades de la naciente civilización. Predominó en la orden el carácter político, dentro de la organización militar (la «Compañía» y la «milicia de Jesús» son sus denominaciones corrientes); y al revés de las comunidades contemplativas, no rehuyó el contacto del mundo al tomar éste sus nuevas direcciones. La evolución conjunta del derecho y de la teología hacia el solo respeto de las formas, convirtióse en realidad. El posibilismo se substituyó á la intransigencia, vale decir la razón al sentimiento, pues según queda expresado, el ambiente racionalista se insinuaba también en la Iglesia, modificando su modus operandi; y ésta, en la persona de los jesuitas, se plegó á sus exigencias, conservando en su estructura externa aquella tradicional rigidez que tan bien simulaba la infalibilidad, base de su prestigio, pero en cuyo fondo estaba el escepticismo utilitario, que con tal de llegar á su fin no repara mucho en los medios.
Este modo de ver las cosas no fué, como el fanatismo anticlerical ha pretendido, una especialidad jesuítica. Su esencia está en la misma forma de la civilización comercial que empezaba, iniciando á la vez nuevos conceptos morales. Es que la respetabilidad, ó sea la conformidad puramente externa con los principios establecidos, reemplazaba, como norma de adaptación social, á la devoción del período místico, señalando nuevas posiciones á la conciencia humana, y haciendo posible entre otras cosas la libertad del pensamiento, ó produciendo, en términos más generales, un individualismo más radical. San Ignacio y Maquiavelo fueron contemporáneos.
La época se presentaba propicia para la evolución que señalo, pues las ideas modernas, que eran la degeneración progresiva de sus precedentes, no habían llegado á distanciarse de éstas tanto como para entrar en oposición, constituyendo otra circunstancia favorable lo poco definidas que estaban aún sus correlaciones. Nadie podía sospechar entonces, que el racionalismo y la libertad comercial, traían consigo las instituciones representativas; pues siendo el gobierno lo último que cambia, según advertí al comentar su verbo específico, las monarquías continuaron en floreciente situación.[40]
Intencionadamente ó no, los jesuitas se adaptaron al nuevo molde, y esto explica su éxito sorprendente. Pusiéronse de acuerdo con los tiempos, representando dentro de la Iglesia una tendencia moderna, aunque por fuera parezcan los más intransigentes, y sean los campeones de dogmas como el de la Inmaculada Concepción y el de la Infalibilidad; pues nadie exagera más su convicción, que quien necesita estimularla artificialmente.
Distintos de todos, prosperaron sobre el resto de sus contemporáneos, como lo prueban claramente las órdenes de Teatinos, Padres del Oratorio y Agustinos de Somasca ó clérigos de San Mayol, fundadas casi al mismo tiempo con éxito tan diverso. De tal modo, la actuación del jesuíta no le da sino un vago parecido con los otros sacerdotes. Su misma piedad es distinta. Al exaltado fervor de la mística, San Ignacio lo reemplaza con el procedimiento de sus Ejercicios, verdadero tratado de psicología en que el examen, del cual no podía prescindirse ya ni en las conversiones, suple al éxtasis inspirador. Basta comparar la tristeza contemplativa que llena las meditaciones de la Imitación, con el sagaz análisis del libro jesuítico. Comprendiendo que los tiempos de entusiasmo habían pasado, se sustituyó á la contrición, es decir al dolor de haber pecado, por la atrición, ó sea el temor del Infierno; de modo que el criterio utilitario primaba aun en las reglas de la conciencia.
La moral acomodaticia y la piedad afable, compusieron aquella política espiritual, como si el Renacimiento que helenizaba á la Europa, hubiera impuesto también á la religión un cariz de benevolencia griega.
Sixto V había preferido aliarse con Enrique de Navarra, Guillermo de Orange é Isabel de Inglaterra, es decir los representantes coronados de la herejía, contra la católica España, para evitar su engrandecimiento perturbador; poniendo así los intereses temporales de la soberanía pontificia, por sobre el proyecto de expansión católica que el lúgubre Felipe se proponía ejecutar.
Cada vez más alejados del Calvario, cuyo recuerdo inflamaba el heroísmo y suscitaba las meditaciones más dolorosas de la mística, los devotos sentían disminuir con su exaltación su intolerancia. Los jesuitas surgieron en ese momento; y la influencia moderna, sufrida sin advertirla, está demostrada por su posibilismo, que los acerca en política al concepto científico de la adaptación, y su psicología práctica—diríase mejor experimental—que les da un punto de contacto con el racionalismo. En ellos concluyó la devoción sentimental; la tristeza dejó de ser el estado preciso para entrar en las vías de perfección. La «iluminativa» y la «unitiva», que llevan á la santidad por la contemplación y el éxtasis, fueron cerrándose cada vez más; y la misma «purgativa», es decir penitenciaria exclusivamente, necesitó que toda la habilidad de los casuistas la allanara y redujera con mil arbitrios de transacción. Las reservas mentales constituyeron los resortes de aquella «teología moral», abriendo en el catálogo de los pecados ancha margen á la explicación acomodaticia. El jesuíta Sánchez descolló entre esos, hasta volverse dechado, y sus célebres «disputas» sobre el matrimonio, constituyen el más ingenioso dispensario de alcoba que se pueda concebir, si no son sencillamente un caso de erotomanía, en el que influyó tal vez su virginidad, que Renaud y Sotuel atestiguan con elogio.
Jamás le condenaron, sin embargo, antes le alabaron por eso; y entre sus panegiristas, que fuera de los citados los tuvo tan buenos como Rivadeneyra y el mismo Clemente VIII, hubo alguno (Cambrecio) que llegó á calificar de feliz milagro su entrada en la Compañía: prueba de que su doctrina interpretó admirablemente la moral de la comunidad.
Aquel predominio de la razón y del examen sobre el sentimiento, se manifestó en todos los órdenes de la vida jesuítica; y, circunstancia que lo hace aún más notable: mientras las demás órdenes abundan en poetas, en ésta hay, sobre todo, hombres de ciencia.[41] El arte le interesa poco, á no ser como un atractivo sensual. De aquí la cargazón decorativa tan peculiar al templo jesuítico. Dorados y colores charros, retablos churriguerescos, esplendor chillón en que lo llamativo predomina sobre lo estético, son, por decirlo así, los marbetes de la mercancía mística, resaltando su carácter comercial en razón directa de su exceso. Aquello nada tiene que ver con el arte, siendo su objeto el pregón, y estando destinado, entonces, á hacerse notar sobremanera.
Mientras el éxtasis y el fervor dieron auge al sentimiento en las manifestaciones religiosas, el arte, que es siempre una expresión de amor, se manifestó en actos de fe. La obra artística vino á ser una plegaria á la divinidad, ora directamente en la poesía mística, ora bajo formas simbólicas en las demás artes, resultando de esto su carácter desinteresado y por lo tanto anónimo casi siempre.
El soplo racionalista agostó aquellos vergeles de la oración, y el abuso retórico que ya hice notar en la poesía profana del pueblo español, se advierte igualmente en su arte místico. Casi era innecesario anotarlo, pues se trata, al fin, de la misma cosa, tanto más si se considera que en aquellos tiempos, el arte se hallaba menos distante de la religión; pero esto viene para que se vea mejor la razón de su decadencia en poder de los jesuitas.
Nada más distante de mi espíritu que un reproche por esta causa, pues ellos no hacían otra cosa que adaptarse para vivir, perdiendo y ganando en el suceso todo cuanto éste traía aparejado de pro y de contra.
La reacción mística que los suprimió, ejecutada por Clemente XIV, franciscano, es decir miembro de una orden, que, al ser la más fervorosa y artista, resultaba naturalmente rival,[42] demostró con su fracaso cuál poseía mejores condiciones de vitalidad, es decir de adaptación al medio ya hostil en que ambas se desarrollaban; prueba concluyente, á mi ver, en favor de la Compañía.
El jacobinismo ha odiado á los jesuítas, porque ha visto en ellos á los más vigorosos paladines del ideal católico, sin comprender la razón de su fuerza; pero el espíritu imparcial, para quien lo único interesante es el progreso de las ideas, en el fondo y no en la forma, no puede menos de considerarlos como los representantes de ese adelanto en el seno de la Iglesia. Ello es naturalmente relativo, y está lejos de merecer elogio para los causantes, pues nadie ignora que se efectúa á su pesar; mas esto mismo demuestra con mayor evidencia la superioridad de las ideas modernas, á las cuales debieron tomar lo que tienen de más fecundo y humano sus adversarios mismos para poder subsistir.
Resulta así el jesuíta un tipo moderno, más lógico en nuestro estado que el monje de tradición medioeval; un hombre de acción sobre todo, para quien parece haberse hecho aquello de rogar y dar con el mazo.
Intransigente en el dogma, por la razón de perennidad antes enunciada, pero flexible en la conducta; adaptable, porque es utilitario y sólo le interesa la consecución de su propósito; hábil, antes que inspirado, y observador, antes que fervoroso; ahorrando cuanto puede de contemplación divina, para aplicarse de preferencia á la acción en la lucha humana; abandonando la tristeza, tan característica de la Edad Media, para entregarse á la ciencia que crea el bienestar, reaccionando sobre el odio al rico, que es la base del cristianismo puro, porque la filosofía, predominante en él sobre la mística, le ha enseñado que es mucho más humano y eficaz acoger á todos sin distinciones en la misma esperanza de salvación, y porque, siendo la riqueza el ideal social en boga, no es posible ir contra éste sin renunciar á la victoria; amable con la mujer, á quien no detesta como á instrumento de pecado, según la teología medioeval, sino que la aprovecha como precioso elemento de dominación; suave con el poder temporal, á cuyo creciente poderío cede; deferente con las aspiraciones populares, que sintetizadas en la instrucción barata ó gratuita, él cultiva hoy para dirigirlas mañana, convirtiéndose, al efecto, en profesor; fiando por último poco ó nada en el milagro, y todo en el esfuerzo inteligente, en la perseverancia, en la habilidad, nada puede objetársele por el lado de la lógica humana. Sus dos obras maestras—los «Ejercicios» y la «Mónita»—son una cartilla política y un tratado de psicología experimental.
Su deficiencia filosófica estaba en el ideal teocrático, al que se dirigía por otros caminos, pero sin modificarlo un ápice; su falla moral y su inferioridad social, consecutivas del defecto anterior, consistieron en la astucia con que se apoderó de los espíritus por cualquier medio, para hacerlos servir á su fin, y en el carácter conquistador, común á todas las instituciones españolas, que su orden revistió. Fué el rasgo nacional de ésta, por más que en su aparición y desarrollo influyeran, como ha podido verlo el lector, los factores enunciados.
Del propio modo que el rezago de aventureros medievales, encontró en España su ambiente natural, acarreándole como en tributo la más tremenda soldadesca de la Europa, los aventureros religiosos, que eran una variante del mismo tipo, engrosaron á porfía las falanges de la nueva institución, cuyo carácter prometía la permanencia del antiguo ideal en las nuevas formas á las cuales se adaptaba. El conquistador religioso reemplazó al militar tan fielmente, que hasta fueron suyos los nuevos descubrimientos en las tierras por cuyos ámbitos lo esparcía su celo; y como por su carácter unía el espíritu militar al prestigio religioso, en el cual residía el éxito del Imperio Cristiano, que fué desde entonces el ideal supremo de la monarquía española, ésta lo hizo su predilecto. Como teocracia, encontraba en él su elemento de acción por excelencia.
En la bula Unam Sanctam, que para los absolutistas era naturalmente dogmática, Bonifacio VIII había sostenido que las dos espadas, la temporal y la espiritual, pertenecían á la Iglesia: una en poder del Papa, y la otra en el del soldado, pero sujeto éste al sacerdote: in manu militis, verum ad nutum sacerdotis. Y los jesuítas alimentaban este ideal.
Luego, el desencanto producido por la decadencia de la gloria patria, y por la corrupción que asumía tan repugnantes formas, llevó á la corriente religiosa los mejores espíritus, aumentando, si aún lo necesitaba, el lustre de la nueva institución, con cuyo predominio aseguraba la Península su permanencia en la Edad Media.
Esta había concluido de hecho con el último desafío foral, que Carlos V presidiera en Valladolid; pero su espíritu seguiría incólume hasta hoy en el pueblo. El contacto íntimo de la nación con el soberano, al extinguirse el poder feudal, dando por fruto una exageración de militarismo, estableció las relaciones entre súbdito y monarca, sobre la base de una patriótica fidelidad. La monarquía hizo de esto su fuerza, erigiendo á la lealtad en virtud suprema y cultivándola profundamente, puesto que á su sombra se perpetuaba el privilegio, y las instituciones asumían, sin esperanza de cambio, la absoluta y anhelada inmovilidad.
La religión, única influencia íntima en el alma popular, fomentó aquella virtud, bajo la forma de respeto místico que la acercaba al culto, inmóvil también en su afirmación de eternidad; y esto sucedía precisamente cuando el mundo entero empezaba la evolución industrial, que había de producir la democracia en política y el positivismo en filosofía, formas flexibles por excelencia, es decir de adaptación constante á sus medios.
El ideal español procedía á la inversa, pues residiendo para él en la religión y en la monarquía la perfección absoluta, que les aseguraba por de contado la eternidad, era el medio lo que debía adaptarse á ellas. La existencia de aquel pueblo quedó establecida sobre esa transgresión de una ley natural, y todo su esfuerzo había de consagrarse en lo sucesivo á mantener semejante situación.
Nada lo acobardaría, ni siquiera el espectáculo de ese derrumbe vertiginoso, que un siglo después del gigantesco Carlos V, iba á desenlazarse, conservando el estigma atávico, en la elegante degeneración de Felipe IV—aquel dandy de la catástrofe, que veía arruinarse su imperio entre comedias, amores de bambalinas y disputas teológicas sobre la Inmaculada Concepción.
El estado anormal quedaba erigido en la ley eterna; y ese ideal absurdo, que el pueblo acogió con candorosa altivez, imposibilitaba para siempre todo progreso, á despecho de cualquier éxito material.
NOTAS:
[3] El parecido es de fondo, sin duda; en la forma, se siente la influencia de la caballería francesa y de la geografía británica, probablemente sugerida por las hazañas del Príncipe Negro en Nájera. Aquel paladín inglés fué un tipo de leyenda, aun en España.
[4] Á pesar de los argumentos con que Forneron y Groussac la niegan, sigo ateniéndome al concepto clásico; pues aquéllos me parecen más ingeniosos que positivos. La llamada ley de la herencia, tiene, sin duda, sus fallos; pero no es menos evidente la existencia común de ciertos caracteres en las familias.
[5] Según el P. Lozano, eran tres, llamadas de los Hoyos, del Muelle y de los Sauces. Creíanlas situadas en los Andes australes, frente al Chiloé, y construidas por unos náufragos españoles que se perdieron en el Estrecho en tiempo de Carlos V, razón por la cual se los habría llamado los Césares. Véase á este respecto el Cap. III.
[6] Una de las cosas que Colón se proponía con el Descubrimiento, y así lo manifestó á los Reyes Católicos, era llegar á Jerusalén por otro camino y rescatar el Santo Sepulcro. Su mismo carácter comercial y práctico, hasta el extremo que dejan ver las estipulaciones con la Corona, no escapó á la influencia paladinesca.
[7] Sinus Barbaricus. Así llamaba en su pintoresca terminología, al mar que baña las costas orientales del Continente Negro, el mapa-mundi publicado en 1529 por Diego Ribero, cosmógrafo del Rey.
[8] Esto puede precisarse en forma más concluyente, por medio de una comparación. Contando solamente los jefes de expediciones que surcaron el Océano y realizaron descubrimientos, desde 1492 hasta 1610, año en que los jesuitas se establecieron en el Paraguay, los españoles alcanzan á 84; mientras que el resto, en el cual incluyo juntos á ingleses, franceses, holandeses, italianos y portugueses, apenas llega á 72.
[9] Montesquieu en De l'esprit des Lois, Liv. XIX ch. X, reconoce el mismo fenómeno al paso qne alaba la honradez española; y más lejos, (liv. XXI, ch. XXII) fija en cincuenta millones término medio el comercio de las Indias, haciendo notar que España sólo concurría á él con dos millones.
[10] Montesquieu (op. cit.) llama al comercio «la profesión de los iguales.»
[11] Ya por el lado científico, empezaba á ser notable esta diferencia. En efecto, de 1492 á 1610, los globos, mapas y atlas extranjeros, que describían las tierras recién descubiertas, son cerca de 70, casi todos alemanes, portugueses é italianos, contra media docena de españoles; pudiendo agregarse que de los 30 grandes nombres de sabios, cuya gloria llena los siglos XVI y XVII, desde Copérnico á Papin, no hay uno solo español.
[12] Tan español este ramo, que las mayólicas perpetúan hasta ahora con su nombre, el recuerdo de su origen: Mallorca.
[13] Una de las cédulas firmadas el 30 de abril de 1492 para facilitar el viaje de Colón, prometía á cuantos se embarcaran con él, no perseguirlos por sus delitos anteriores, hasta dos meses después de su regreso á la Península. Este procedimiento se volvió práctica consuetudinaria.
[14] De tal manera fué notable esa sustitución, que ya á mediados del siglo XVI, los lienzos rojos y azules de Suffolk dominaban en la Península. Lienzos blancos más finos, cotonía de toda clase, sedas, brocados, joyas, vinos, hasta trigo y lana en rama, se importó de Inglaterra. Las propiedades inglesas en España, alcanzaron á un total de 60.000 libras.
[15] Los escritores tácticos españoles, como Sancho de Londoño, Bernardino de Mendoza, Gutiérrez de la Vega, etc., alcanzaron renombre internacional.
[16] Las mismas casas soberanas iniciaban la evolución en tal sentido, siendo notables, desde este punto de vista, aquellos Médicis, cuyo carácter parecía sintetizar la orgía de vida y el salvaje individualismo del Renacimiento. Comerciantes, representaban bien con su soberanía la evolución social operada, siendo Cosme y Francisco, químicos distinguidos. De los dos, éste fué el primero que fabricó porcelana chinesca en Europa, y habiendo aprendido de Benvenuto Cellini el arte de falsificar zafiros y esmeraldas, lo aplicó en negocios, si no correctos, brillantes. Descartando á la fiera medioeval, rugiente á ratos bajo la urbanidad toscana, diríase que ese admirable déspota preludió vagamente á Luis XV, hasta con su querida—aquella Blanca Capello cuyas cualidades, así como su situación respecto á la consorte legítima, le dan un parecido tan grande con la Pompadour. España, con su quemadero de herejes y su devoción siniestra, era ciertamente la antípoda de aquel Estado.
[17] Ya hemos mencionado la expedición de los almogávares. Conviene recordar que la unión hispano-bizantina, venía desde los árabes, hasta tal punto, que el arte arábigo-español de la segunda mitad del siglo X, se llama del período bizantino. Estrechas relaciones unían al califato de Córdoba con el imperio griego. El alcázar de Zahra, cerca de esta última ciudad, fué construido por arquitectos de Bagdad y de Constantinopla que Abderramán había llamado en 936. La fuente jaspe con su cisne de oro, obra la más admirable de la sala del califa, era bizantina, y sobre ella estaba suspendida la famosa perla que éste había recibido en presente del basilio. Igual origen tenia otra fuente cincelada y dorada de los jardines. El imperio bizantino había llegado en el siglo X al apogeo de su gloria y de su cultura, siendo bajo este aspecto el centro del mundo; lo cual explica la influencia mencionada.
[18] Un dato más interesante aún: La iglesia de San Juan del Hospital, en Valencia, conserva la tumba de una basilias bizantina, doña Constanza, fallecida en 1313 como religiosa de Santa Bárbara, después de haber llevado la más novelesca existencia. Era hija natural reconocida del emperador Federico II de Hohenstaufen y de la piamontesa Blanca Lancia, es decir hermana del famoso Manfredo de Sicilia á quien Dante encontró en su Purgatorio (Canto III) biondo e bello e di gentile aspetto, y del poético Enzio. Casada en 1244 con Juan Ducas III, llamado Vatacio, el gran enemigo de la iglesia romana y de los francos, vióse pronto suplantada en el corazón de su marido por una dama italiana, la Marchesina, que era á la vez su gobernanta, pues la princesa no contaba sino doce años mientras el emperador era ya quincuagenario. La italiana subyugóle de tal modo, que su séquito llegó á superar al de la soberana legítima, teniendo derecho hasta para calzarse de púrpura como una emperatriz. Muerto Vatacio, sucedióle Teodoro Lascaris, hijo de un primer matrimonio, sin que por ello mejorara la suerte de Constanza, pues éste nególe siempre el permiso que con reiteración pidiera para volver á su patria, conservándola como un rehén contra los latinos de Constantinopla, á pesar de las reiteraciones de Manfredo. El advenimiento de Miguel Paleólogo en 1260-61, la encontró joven de treinta y dos á treinta y tres años, y seguramente hermosa, pues el nuevo emperador enamoróse locamente de ella. Entraba en las pretensiones matrimoniales que éste manifestó desde luego, su parte de razón política; puesto que aquel casamiento, dando nuevamente á Constanza el trono bizantino, eliminaba á Manfredo, ya rey de Sicilia, de la liga latina formada para la reconquista de Constantinopla—echándole del lado griego. Pero el Paleólogo era casado, y su mujer, la basilias Teodora, madre de siete hijos, negábase obstinadamente al divorcio. El patriarca de Constantinopla púsose de su parte, amenazando al emperador con la excomunión. Decidido éste, entonces, á apartarse del objeto de su amor, canjeó á la desventurada princesa por el césar Stratigoponlos, prisionero de Manfredo, regresando aquélla á su tierra natal en 1263. Dos años, apenas, permaneció con su hermano, debiendo huir al cabo de este tiempo, ante la invasión del reino de Nápoles por Carlos de Anjou. Trofeo de los angevinos, como toda la familia de su hermano, fué quizá la única que no murió prisionera. En 1269 pasó á España con autorización de los vencedores, sin duda, siendo bien recibida por el infante don Pedro de Aragón, casado con una sobrina suya de su mismo nombre. Profesó en el monasterio de Santa Bárbara, en Valencia, donde vivió muchos años todavía.
Pido excusas al lector por la longitud de esta nota, en gracia del interés histórico que encierra.
[19] No obstante, he creído encontrar en las Mil y Una Noches (noche 132.ª trad. de J. C. Mardrus) el origen arábigo de este género; pues la «Historia de los Artificios de Dalila la Bribona», me parece un dechado de cuento picaresco. El libro en cuestión, ó por lo menos los cuentos que lo forman, debieron de ser populares en España, si se considera las estrechas relaciones de Córdoba con Bagdad. La pícara Dalila, resultaría, así, una abuela árabe de Justina y de Urdematas.
[20] El Lazarillo de Tormes, tronco de la familia, y primero entre las treinta y tres perlas que la forman, alcanzó más de 60 ediciones en diversas lenguas, desde 1554, fecha de su aparición, hasta 1700.
[21] Ya era una especialidad española la importación de los propios productos con marca extranjera. Efectivamente, dichas formas fueron introducidas en Italia por los trovadores, tomándolas éstos de los árabes, cuyas fueron originariamente, por la influencia intermediaria del papado de Aviñón sobre España; viniendo así ésta á recibir como subalterna, la preciosa herencia que no supo conservar.
[22] Es curioso que en la pintura española, y sobre todo entre los iluminadores de la Edad Media, falte casi por completo el azul, el color místico por excelencia, que da una luz de tal modo seráfica á los cuadros del beato Angélico y que había encendido con claridades empíreas las vidrieras de las catedrales del siglo XII, el más puramente místico en arte, así como las miniaturas de los libros de horas flamencos, alemanes y franceses. En la miniatura española, se advierte el predominio del púrpura, el rojo y el violeta.
[23] Isidoro de Sevilla y Aurelius Prudentius el insigne zaragozano, influyeron de tal modo en la Edad Media sobre la ciencia y la poesía respectivamente, que hasta las alegorías de la arquitectura gótica de toda la Europa central, se inspiraron en sus obras.
[24] No ignoro que se me objetará con Garcilaso; pero siendo fácil demostrar su constante imitación de Petrarca, el lector deducirá lo que podía haber de genuino en su tendencia amatoria.
[25] No conozco el libro; pero Stendhal lo cita en alguno de sus estudios sobre el amor, y Stendhal es de los autores á quienes puede creérseles bajo palabra.
[26] Montesquieu atribuye «á las especulaciones de los escolásticos todas las desgracias que han acompañado la destrucción del comercio.»
[27] Otra plaga social característica de la Edad Media. Roma llegó en tiempo de Inocencio III á infestarse con el hedor de los cadáveres de los párvulos arrojados al Tíber.
[28] En otra nota mencioné las hazañas españolas del Príncipe Negro. Ricardo Corazón de León, había ayudado brillantemente en la defensa de Santarrem contra los moros, y lord Rivers, con 300 hombres, asistió á la toma de Granada. Millares de peregrinos ingleses visitaban anualmente el santuario de Santiago en Compostela, y tan íntima era la unión religiosa, que en 1517 se construyó una iglesia británica en terreno donado por el duque de Medina Sidonia.
[29] Dos Leonores fueron las esposas en este par de matrimonios. La mujer de Alfonso VII de Castilla, hija del primer Plantagenet, y Leonor de Castilla, consorte de Eduardo I.
Anteriormente, una hija de Guillermo el Conquistador había estado desposada con el rey de Galicia, bien que el matrimonio no llegara á consumarse por muerte de la Princesa. Recuérdese, por otra parte, el romance X del Cid:
De paño de Londres fino
era el vestido bordado...
[30] Las tres vidrieras del segundo arco superior á la izquierda del coro en la catedral de Chartres, fueron donadas por San Fernando de Castilla cuya estatua ecuestre se ve aún en la rosa del mismo punto, y es lo único que resta de la donación, pues aquéllas fueron retiradas en 1788.
[31] Uno de los primeros ensayos de la imprenta en Francia, fué el Speculum vitæ humanæ, dedicado en 1470 á Luis XI por los impresores en señal de gratitud, y cuyo autor fué Rodrigo, obispo de Zamora.
[32] Un francés, Aimeri Picaud, había escrito en el siglo XII, la obra quizá más completa que exista sobre San Santiago, pues hasta contiene en uno de sus libros—el IV—los itinerarios para la peregrinación á Compostela. Esta obra fué atribuida durante mucho tiempo al papa Calisto II; hasta que Delisle y Le Clerc en Francia y el P. Fita en España, desvanecieron el error.
[33] Con un ligero error, que el lector salvará fácilmente, pues de otro modo la síncopa carecería de sentido.
[34] Éste fué en efecto el título de la obra de John Selden, que refutó á Grocio 37 años después, y es el trabajo más conocido en su género, aunque no el primero ni el único. En efecto, Welwood había hecho ya lo propio con su «An abridgement of all Sea-Lawes», en 1613; siguiéndole en 1625 el P. Freitas, con su «De Justo Imperio Lusitanorum Asiatico». La obra de Selden apareció en 1636.
[35] No eran los españoles los únicos en esto. Inglaterra, Venecia, Génova, tenían por de su dominio exclusivo el Mar del Norte, el Adriático y el golfo llamado entonces de Liguria; pero el libro de Grocio era sobre todo contra España, que hizo cuanto pudo para cerrar el Mar de las Indias á los holandeses.
[36] En el siglo XVIII, Holanda reglaba el cambio en Europa; su florín daba el tipo monetario de las cotizaciones.
[37] La coincidencia es curiosa por su perfecta exactitud. No hay, en efecto, desde 1492 á 1582, más que 5 grandes navegantes ingleses que surquen el Océano: Rut en 1527; Willoughby en 1553; Frobisher en 1577; Drake en 1577-80, y Gilbert en 1578-83: lo cual hace 90 años cabales.
[38] Aunque la Academia da por anticuada esta forma verbal la uso como función del sustantivo empréstito, que no la tiene ahora, pues «prestar» significa precisamente lo contrario.
[39] Esto fué en progreso creciente; pues Campomanes estimaba los religiosos de ambos sexos de su tiempo, en 200.000 individuos. Ciento treinta años antes, añade, es decir en 1622, pues se refiere á 1752, ascendían á sólo 60.000.
[40] En el acta de independencia de Holanda, los Estados Generales habían puesto, sin embargo, la significativa declaración de que «los pueblos no estaban hechos para los príncipes, sino los príncipes para los pueblos.»
[41] Alguna vez he mencionado las correcciones hechas al Breviario, en 1631, por los jesuitas Galucci, Strada y Petrucci, de orden de Urbano VIII. Llegaron á 900, y suprimieron cuanto en la poesía mística de los primeros siglos fué audacia de expresión, neologismo, forma nueva: todo quedó nivelado al cartabón pedante del humanismo.
[42] Véase en el capítulo V la participación de los franciscanos en la revolución Comunera. La análoga de Aragón, que tuvo por víctima expiatoria á Lanuza, parece que no les fué tampoco antipática, según era lógico, dado el carácter popular de la Orden. Fueron sus miembros quienes dieron sepultura á los restos del desgraciado Justicia.
II
El futuro imperio y su habitante.
El territorio que á los ochenta y cuatro años de su descubrimiento formaría el centro del Imperio Jesuítico, parecía realizar con su belleza las leyendas circulantes en la España conquistadora, sobre aquel Nuevo Mundo tan manso y tan profícuo.
Si Colón se había creído en las inmediaciones del Paraíso al tocar la costa firme, arrebatada su misma imaginación de comerciante con la maravilla tropical, los conquistadores que entraron al centro del Continente por el Plata y por el Sur del Brasil, pudieron suponer lo propio.
Menos grandioso el paisaje, pero más poético; añadiendo los encantos del clima y del acceso fácil á su gracia original, y alternando en discreta proporción el bosque virgen con la llanura, el río enorme con el arroyo pintoresco, su belleza se adaptaba mucho mejor á aquellos temperamentos meridionales.
Por grande que fuera su rudeza, el entusiasmo debió llegar á lo grandioso, si se considera el fondo místico de la empresa y sus contornos épicos. La geografía, recién escapada á las invenciones medievales, que durante mil años estuvieron tomando de Plinio cuanto hay en éste de más quimérico, aumentaba con lo incierto de sus datos la impresión legendaria.
Las ideas reinantes sobre el Nuevo Mundo eran en realidad tan vagas, que en 1526, cuando la expedición de Gaboto empezó definitivamente la conquista del Río de la Plata y del Paraguay, François de Moyne, en su tratado De Orbis situ ac descriptione, tomaba al Asia, á la Europa y á Méjico, por un solo continente, atribuyendo una costa no interrumpida y común á la Suecia, la Rusia, la Tartaria, Terranova y la Florida. Verdad es que en 1550, Pierre Desceliers protestó de semejante confusión en su mapa-mundi, aludiendo visiblemente á Moyne; pero la perplejidad siguió por muchos años todavía, engendrando los planes más insensatos.
El nuevo país de que la conquista se enseñoreaba, no favorecía mucho, sin embargo, las empresas puramente bélicas; y así, sus ocupantes debieron limitarse casi del todo al cometido de exploradores. Los naturales presentaron escasa resistencia, los grandes ríos facilitaron desde el comienzo las excursiones, y puede decirse que, fuera del bosque, la arduidad de la empresa no fué extrema.
La comarca se brindaba á primera vista para la fundación de un vasto imperio. Desde su geología hasta su habitante, todo presentaba caracteres uniformes.
Sobre las areniscas rojas, sincrónicas con el período cretáceo al parecer, y en todo caso muy antiguas, un vasto derrame de basalto imprimió al terreno su fisonomía actual. Otros dos productos de este fenómeno, la completaron en la forma enteramente peculiar que hasta hoy reviste. El primero es un ocre ferruginoso, que en las capas profundas se manifiesta compacto y negruzco, pulverizándose y oxidándose al contacto del aire, hasta constituir la arcilla colorada que forma el suelo de la región; el otro es un conglomerado de grava, en un cemento ferruginoso también, verdadera escoria que rellenó las grietas del basalto, y cuyo clivaje denota vagamente una disposición prismática, que facilita su desprendimiento en bloques casi regulares. La nomenclatura popular llama á esta roca piedra tacurú, por la semejanza que presenta con la estructura interna de los hormigueros de este nombre. Sus yacimientos, que fueron muchas veces canteras jesuíticas, permiten estudiarla bien, pues aquellos trabajos la pusieron al descubierto en grandes superficies; y la regularidad de sus bloques, de setenta á ochenta centímetros por costado generalmente, sorprende por su parecido con la cristalización basáltica á la cual acompañó.
Nuevos sacudimientos del suelo proyectaron á través de las grietas los asperones primitivos, cuyo horizonte actual patentiza claramente este fenómeno. En la costa paraguaya, frente á San Ignacio, hay una gruta que pone á la vista el levantamiento en cuestión; y los cerrillos de Teyú Cuaré, en la ribera argentina, lo ratifican mejor quizá con sus vivas estratificaciones. Si el cauce del Alto Paraná es, como se cree, una grieta volcánica, á lo menos hasta aquella altura—y ello me parece evidente,—esos bancos de arenisca en sus orillas, demostrarían la supuesta proyección.
Abundan también los lechos de cuarzo cristalino y aun agatado, aunque éste menos común, predominando la misma roca en los cantos rodados de los ríos. Las cornalinas y calcedonias que suele hallarse entre éstos, deben provenir de las sierras brasileñas, pues su pequeñez indica lo largo del camino que han debido recorrer; pero éstos son ya detalles geológicos.
Lo que predomina es el basalto y los compuestos ferruginosos, desde el ocre y el conglomerado que antes mencioné, hasta el mineral nativo, fácilmente hallable en la costa del Uruguay, y los titanatos que con aspecto de azúrea pólvora, jaspean profusamente las arenas.
Á esta exclusividad corresponde una no menos singular ausencia de sal y de calcáreo; pues fuera del carbonato de cal, elemento de las melafiras mezcladas al basalto en ciertos puntos, y de algunas tobas, estratificados de la misma sustancia, que figuran en nódulos libres, pero con mucha parsimonia en los terrenos de acarreo, no se advierte ni vestigios. Las aguas, extraordinariamente dulces, demuestran también esta escasez.
Un rojo de almagre domina casi absoluto en el terreno, contribuyendo á generalizar su matiz, los yacimientos de piedra tacurú, fuertemente herrumbrados; los basaltos y melafiras, con su aspecto de ladrillo fundido, y el variado rosa de los asperones; con más que éstos son accidentes nimios, pues la tierra colorada lo cubre todo.
El carácter geológico es uniforme, pues, y con mayor razón si se considera su área inmensa; pues tanto las arcillas rojas, como el traquito del que se las considera sincrónicas, se dilatan en línea casi recta hasta el Mar Caribe, constituyendo el asiento de la gran selva americana, extendida por la misma extensión, con el mismo carácter de unidad sorprendente. Diríase que la extraordinaria permeabilidad de ese ocre, facilitando la penetración de las aguas pluviales en su seno, y en caso de sequía la imbibición por contacto con los depósitos profundos, mantiene la humedad enorme que semejante vegetación requiere; ocasionando á la vez poderosas evaporaciones,[43] condensadas luego en aquellas lluvias constantes, cuya pluviometría alcanza al promedio anual de 2 metros en Misiones, y de 3 arriba en el Norte del Paraguay, contándose aguaceros de 800 milímetros. Esto explicaría bien, me parece, la relación entre el bosque y su suelo.