NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

En la versión de texto sin formato, el texto en cursiva se indica con _guiones bajos_. El signo ^ representa un superíndice; así e^ representa la letra _e_ minúscula escrita como superíndice inmediatamente después del carácter precedente. Del mismo modo _{4} representa al subíndice 4.

Se han corregido errores de puntuación obvios y otros errores de impresión.

El Índice con el contenido ha sido movido del final al principio de la obra.

El esquema presentado por el autor en el relato "Ensayo de una cosmogonía en diez lecciones", en la versión de texto sin formato ha sido modificado de su diseño original para evitar un formato de exhibición no admitido por los programas de lectura de textos. El diseño original de ese esquema está disponible en las versiones HTML, EPUB y MOBI, donde se han incluido como imagen.

La portada del libro ha sido modificada por el transcriptor y se incluye en el dominio público.


LAS FUERZAS EXTRAÑAS

DEL AUTOR


Las Montañas del Oro; poema (agotado).

La Reforma Educacional; polémica (agotado).

El Imperio Jesuítico; ensayo histórico (agotado).

Los Crepúsculos del Jardín; versos.

La Guerra Gaucha (agotado).


Imprenta de Coni Hermanos, Perú 684

LEOPOLDO LUGONES

Las Fuerzas Extrañas

BUENOS AIRES
ARNOLDO MOEN Y HERMANO, EDITORES
Florida 323
1906

Leopoldo Lugones

ÍNDICE

La fuerza Omega [5]
La lluvia de fuego [27]
Un fenómeno inexplicable [47]
El milagro de san Wilfrido [63]
El escuerzo [77]
La metamúsica [87]
El origen del diluvio [109]
Los caballos de Abdera [123]
Viola acherontia [137]
Yzur [151]
La estatua de sal [169]
El psychon [181]
Ensayo de una cosmogonía en diez lecciones [201]
Proemio [203]
I.—El origen del universo [206]
II.—El origen de la forma [212]
III.—El espacio y el tiempo [216]
IV.—Los átomos [220]
V.—Nuestra teoría ante la ciencia [228]
VI.—La vida de la materia [237]
VII.—Los elementos terrestres [243]
VIII.—La vida orgánica [247]
IX.—La inteligencia en el universo [253]
X.—El hombre [265]
Epílogo [275]

LA FUERZA OMEGA

LA FUERZA OMEGA

No éramos sino tres amigos. Los dos de la confidencia, en cuyo par me contaba, y el descubridor de la espantosa fuerza que, sin embargo del secreto, preocupaba ya á la gente.

El sencillo sabio ante quien nos hallábamos, no procedía de ninguna academia y estaba asaz distante de la celebridad. Había pasado la vida concertando al azar de la pobreza pequeños inventos industriales, desde tintas baratas y molinillos de café, hasta máquinas controladoras para boletos de tranvía.

Nunca quiso patentar sus descubrimientos, muy ingeniosos algunos, vendiéndolos por poco menos que nada á comerciantes de segundo orden. Presintiéndose quizá algo de genial, que disimulaba con modestia casi fosca, tenía el más profundo desdén por aquellos pequeños triunfos. Si se le hablaba de ellos, concomíase con displicencia ó sonreía con amargura.

—Eso es para comer, decía sencillamente.

Me había hecho su amigo por la casualidad de cierta conversación en que se trató de ciencias ocultas; pues mereciendo el tema la aflictiva piedad del público, aquéllos á quienes interesa suelen disimular su predilección, no hablando de ella sino con sus semejantes.

Fué precisamente lo que pasó, y mi despreocupación por el qué dirán debió de agradar á aquel desdeñoso, pues desde entonces intimamos. Nuestras pláticas sobre el asunto favorito, fueron largas. Mi amigo se inspiraba al tratarlo, con aquel silencioso ardor que caracterizaba su entusiasmo y que sólo se traslucía en el brillo de sus ojos.

Todavía le veo pasearse por su cuarto, recio, casi cuadrado, con su carota pálida y lampiña, sus ojos pardos de mirada tan singular, sus manos callosas de gañán y de químico á la vez.

“Anda por ahí á flor de tierra, solía decirme, más de una fuerza tremenda cuyo descubrimiento se aproxima. De esas fuerzas interetéreas que acaban de modificar los más sólidos conceptos de la ciencia, y que justificando las afirmaciones de la sabiduría oculta, dependen cada vez más del intelecto humano.”

La identidad de la mente con las fuerzas directrices del cosmos—concluía en ocasiones filosofando—es cada vez más clara; y día llegará en que aquélla sabrá regirlas sin las máquinas intermediarias, que en realidad deben de ser un estorbo. Cuando uno piensa que las máquinas no son sino aditamentos con que el ser humano se completa, llevándolas potencialmente en sí, según lo prueba al concebirlas y ejecutarlas, los tales aparatos resultan en substancia, simples modificaciones de la caña con que se prolonga el brazo para alcanzar un fruto. Ya la memoria suprime los dos conceptos fundamentales, los más fundamentales como realidad y como obstáculo—el espacio y el tiempo—al evocar instantáneamente un lugar que se vió hace diez años y que se encuentra á mil leguas; para no hablar de ciertos casos de bilocación telepática, que demuestran mejor la teoría. Si estuviera en ésta la verdad, el esfuerzo humano debería tender á la abolición de todo intermediario entre la mente y las fuerzas originales, á suprimir en lo posible la materia—otro axioma de filosofía oculta; mas para esto hay que poner el organismo en condiciones especiales, activar la mente, acostumbrarla á la comunicación directa con dichas fuerzas. Caso de magia. Caso que solamente los miopes no perciben en toda su luminosa sencillez. Habíamos hablado de la memoria. El cálculo demuestra también una relación directa; pues si calculando se llega á determinar la posición de un astro desconocido, en un punto del espacio, es porque hay identidad entre las leyes que rigen al pensamiento humano y al universo. Hay más todavía: es la determinación de un hecho material por medio de una ley intelectual. El astro tiene que estar ahí, porque así lo determina mi razón matemática, y esta sanción imperativa equivale casi á una creación.

Entiendo, Dios me perdone, que mi amigo no se limitaba á teorizar el ocultismo, y que su régimen alimenticio, tanto como su severa continencia, implicaban un entrenamiento; pero nunca se franqueó sobre este punto y yo fuí discreto á mi vez.

Habíase relacionado con nosotros, poco antes de los sucesos que voy á narrar, un joven médico á quien sólo faltan sus exámenes generales, que quizá nunca llegue á dar pues se ha dedicado á la filosofía; y éste era el otro confidente que debía escuchar la revelación.

Fué á la vuelta de unas largas vacaciones que nos habían separado del descubridor. Encontrámosle algo más nervioso, pero radiante con una singular inspiración, y su primera frase fué para invitarnos á una especie de tertulia filosófica—tales sus palabras—donde debía exponernos el descubrimiento.

En el laboratorio habitual, que presentaba al mismo tiempo un vago aspecto de cerrajería, y en cuya atmósfera flotaba un dejo de cloro, empezó la conferencia.

Con su voz clara de siempre, su aspecto negligente, sus manos extendidas sobre la mesa como durante los discursos psíquicos, nuestro amigo enunció esta cosa sorprendente:

—He descubierto la potencia mecánica del sonido.

“Saben ustedes,—agregó, sin preocuparse mayormente del efecto causado por su revelación—saben ustedes bastante de estas cosas para comprender que no se trata de nada sobrenatural. Es un gran hallazgo, ciertamente, pero no superior á la onda hertziana ó al rayo Roentgen. Á propósito—yo he puesto también un nombre á mi fuerza. Y como ella es la última en la síntesis vibratoria cuyos otros componentes son el calor, la luz y la electricidad—la he llamado la fuerza Omega”.

—¿Pero el sonido no es cosa distinta?, preguntó el médico.

—No, desde que la electricidad y la luz están consideradas ahora como materia. Falta todavía el calor; pero la analogía nos lleva rápidamente á conjeturar la identidad de su naturaleza, y veo cercano el día en que se demuestre este postulado para mí evidente: que si los cuerpos se dilatan al calentarse, ó en otros términos, si sus espacios intermoleculares aumentan, es porque entre ellos se ha introducido algo y que este algo es el calor. De lo contrario, habría que recurrir al vacío aborrecido por la naturaleza y por la razón.

“El sonido es materia para mí, pero esto resultará mejor de la propia exposición de mi descubrimiento.”

“La idea, vaga aunque intensa hasta el deslumbramiento, me vino—cosa singular—la primera vez que vi afinar una campana. Claro es que no se puede determinar de antemano la nota precisa de una campana, pues la fundición cambiaría el tono. Una vez fundida, es menester recortarla al torno para lo cual hay dos reglas: si se quiere bajar el tono, hay que disminuir la línea media llamada ”falseadura“; si subirlo, es menester recortar la ”pata“ ó sea el reborde, y la afinación se practica al oído como la de un piano. Puede bajarse hasta un tono, pero no subirse sino medio; pues cortando mucho la pata, el instrumento pierde su sonoridad.”

“Al pensar que si la pierde no es porque deje de vibrar, me vino esta idea, base de todo el invento: la vibración sonora se vuelve fuerza mecánica y por esto deja de ser sonido; pero la cosa se precisó durante las vacaciones, mientras ustedes veraneaban, lo cual aumentó, con la soledad, mi concentración.”

“Ocupábame de modificar discos de fonógrafo, y aquello me traía involuntariamente al tema. Había pensado construir una especie de diapasón para destacar, y percibir directamente por lo tanto, las armónicas de la voz humana, lo que no es posible sino por medio de un piano, y siempre con gran imperfección; cuando de repente, con claridad tal que en dos noches de trabajo concebí toda la teoría, el hecho se produjo.”

“Cuando se hace vibrar un diapasón que está al mismo tono con otro, éste vibra también por influencia al cabo de poco tiempo, lo que prueba que la onda sonora, ó en otros términos el aire agitado, tiene fuerza suficiente para poner en movimiento el metal. Dada la relación que existe entre el peso, densidad y tenacidad de éste con los del aire, esa fuerza tiene que ser enorme; y sin embargo, no es capaz de mover una hebra de paja que un soplo humano aventaría, siendo á su vez impotente para hacer vibrar en forma perceptible el metal. La onda sonora es, pues, más y menos poderosa que el soplo de nuestro ejemplo. Esto depende de las circunstancias, y en el caso de los diapasones, la circunstancia debe de ser una relación molecular, puesto que si ellos no están al unísono, el fenómeno marra. Había, pues, que aplicar la fuerza sonora, á fenómenos intermoleculares.”

“No creo que la concepción de la fuerza sonora necesite mucho ingenio. Cualquiera ha sentido las pulsaciones del aire en los sonidos muy bajos, los que produce el nasardo de un órgano, por ejemplo. Parece que las dieciséis vibraciones por segundo que engendra un tubo de treinta y dos pies, marcan el límite inferior del sonido perceptible que no es ya sino un zumbido. Con menos vibraciones, el movimiento se vuelve un soplo de aire; el soplo que movería la brizna, pero que no afectaría el diapasón. Esas vibraciones bajas, verdadero viento melodioso, son las que hacen trepidar las vidrieras de las catedrales; pero no forman ya notas, propiamente hablando, y sólo sirven para reforzar las octavas inmediatamente superiores.”

“Cuanto más alto es el sonido, más se aleja de su semejanza con el viento y más disminuye la longitud de su onda; pero si ha de considerársela como fuerza intermolecular, ella es enorme todavía en los sonidos más altos de los instrumentos; pues el del piano con el do séptimo, que corresponde á un máximum de 4200 vibraciones por segundo, tiene una onda de tres pulgadas. La flauta, que llega á 4700 vibraciones, da una onda gigantesca todavía.”

“La longitud de la onda depende, pues, de la altura del sonido, que deja ya de ser musical poco más allá de las 4700 vibraciones mencionadas. Despretz ha podido percibir un do, que vendría á ser el décimo, con 32.770 vibraciones producidas por el frote de un arco sobre un pequeñísimo diapasón. Yo percibo sonido aún, pero sin determinación musical posible, en las 45.000 vibraciones del diapasón que he inventado.”

—¡45.000 vibraciones, dije; eso es prodigioso!

—Pronto vas á verlo, prosiguió el inventor. Ten paciencia un instante todavía.

Y después de ofrecernos té, que rehusamos:

“La vibración sonora, se vuelve casi recta con estas altísimas frecuencias, y tiende igualmente á perder su forma curvilínea, tornándose más bien un zig-zag á medida que el sonido se exaspera. Esto se ha experimentado prácticamente cerdeando un violín. Hasta aquí no salimos de lo conocido, bien que no sea vulgar.”

“Pero ya he dicho que me proponía estudiar el sonido como fuerza. He aquí mi teoría, que la experiencia ha confirmado.”

“Cuanto más bajo es el sonido, más superficiales son sus efectos sobre los cuerpos. Después de lo que sabemos, esto es bien sencillo. La fuerza penetrante del sonido, depende, pues, de su altura; y como á ésta corresponde, según dije, una menor ondulación, resulta que mi onda sonora de 45.000 vibraciones por segundo, es casi una flecha ligerísimamente ondulada. Por pequeña que sea esta ondulación, siempre es excesiva molecularmente hablando; y como mis diapasones no pueden reducirse más, era menester ingeniarse de otro modo.”

“Había, además, otro inconveniente. Las curvas de la onda sonora están relacionadas con su propagación, de tal modo que su ampliación progresa con gran velocidad hasta anularla como sonido, imposibilitando á la vez su desarrollo como fuerza; pero tanto este inconveniente, como el que resulta de la ondulación en sí, desaparecerían multiplicando la velocidad de traslación. De ésta depende que la onda no pierda la rectitud, que como toda curva tiene al comenzar, y al logro de semejante propósito concurrió una ley científica.”

“Fourier, el célebre matemático francés, ha enunciado un principio aplicable á las ondas simples—las de mi problema—que puede traducirse vulgarmente así:

“Cualquiera forma de onda, puede estar compuesta por cierto número de ondas simples de longitudes diferentes.”

“Siendo ello así, si yo pudiera lanzar sucesivamente un número cualquiera de ondas en progresión proporcional, la velocidad de la primera sería la suma de las velocidades de todas juntas; la proporción entre las ondulaciones de aquélla y su traslación, quedaba rota con ventaja, y libertada por lo tanto la potencia mecánica del sonido.”

“Mi aparato va á demostrarles que todo esto se puede; pero aún no les he dicho lo que me proponía hacer.”

“Yo considero que el sonido es materia, desprendida en partículas infinitesimales del cuerpo sonoro, y dinamizada en tal forma, que da la sensación de sonido, como las partículas odoríferas dan la sensación del olor. Esa materia se desprende en la forma ondulatoria comprobada por la ciencia y que yo me proponía modificar, engendrando la onda aérea conocida por nosotros, del propio modo que la ondulación de una anguila bajo el agua, es repetida por ésta en su superficie.”

“Cuando la doble onda choca con un cuerpo, la parte aérea se refleja contra su superficie; la etérea penetra produciendo la vibración del cuerpo y sin ninguna otra consecuencia, pues el éter de cuerpo supuesto, se dinamiza armónicamente con el de la onda, difundido en él; y ésta es la explicación, que se da por primera vez, de las vibraciones al unísono.” “Una vez rota la relación entre las ondulaciones y su propagación, el éter sonoro no se difunde en la masa del cuerpo, sino que la perfora, ya completamente, ya hasta cierta profundidad. Y aquí viene la explicación misma de los fenómenos que produzco.”

“Todo cuerpo tiene un centro formado por la gravitación de moléculas que constituye su cohesión, y que representa el peso total de dichas moléculas. No necesito advertir que ese centro puede encontrarse en cualquier punto del cuerpo. Las moléculas representan aquí, lo que las masas planetarias en el espacio.”

“Claro es que el más mínimo desplazamiento del centro en cuestión, ocasionará instantáneamente la desintegración del cuerpo; pero no es menos cierto que para efectuarlo, venciendo la cohesión molecular, se necesitaría una fuerza enorme, algo de que la mecánica actual no tiene idea, y que yo he descubierto, sin embargo.”

“Tyndall ha dicho en un ejemplo gráfico, que la fuerza del puñado de nieve contenido en la mano de un niño, bastaría para hacer volar en pedazos una montaña. Calculen ustedes lo que se necesitará para vencer esa fuerza. Y yo desintegro bloques de granito de un metro cúbico...”

Decía aquello sencillamente, como la cosa más natural, sin ocuparse de nuestra aquiescencia. Nosotros, aunque vagamente, íbamonos turbando con la inminencia de un gran revelación; pero acostumbrados al tono autoritario de nuestro amigo, nada replicábamos. Nuestros ojos, eso sí, buscaban al descuido por el taller, los misteriosos aparatos. Á no ser un volante de eje solidísimo, nada había que no nos fuese familiar.

“Llegamos, prosiguió el descubridor, al final de la exposición. Había dicho que necesitaba ondas sonoras susceptibles de ser lanzadas en progresión proporcional, y á vuelta de muchos tanteos, que no es menester describrir, di con ellas.”

“Eran el do, fa, sol, do, que según la tradición antigua constituían la lira de Orfeo, y que contienen los intervalos más importantes de la declamación, es decir, el secreto musical de la voz humana. La relación de estas ondas es matemáticamente 1, 4/3, 3/2, 2; y arrancadas de la naturaleza, sin un agregado ó deformación que las altere, son también una fuerza original. Ya ven ustedes que la lógica de los hechos, iba paralela con la de la teoría.”

“Procedí entonces á construir mi aparato; mas para llegar al que usted en ven aquí, dijo sacando de su bolsillo un disco harto semejante á un reloj de níquel, ensayé diversas máquinas.”

Confieso que el aparato aquél nos defraudó. La relación de magnitudes forma de tal modo la esencia del criterio humano, que al oir hablar de fuerzas enormes habíamos presentido máquinas grandiosas. Aquella cajita redonda, con un botón saliente en su borde y á la parte opuesta una boquilla, parecía cualquier cosa menos un generador de éter vibratorio.

“Primero, continuó el otro sonriendo ante nuestra perplejidad, pensé en cosas complicadas, análogas á las sirenas de Koenig. Luego fuí simplificando de acuerdo con mis ideas sobre la deficiencia de las máquinas, hasta llegar á esto que no es sino una solución transitoria.”

“La delicadeza del aparato no permite abrirlo á cada momento; pero ustedes deben conocerlo, añadió destornillando su tapa.”

Contenía cuatro diapasoncillos, poco menos finos que cerdas, implantados á intervalos desiguales sobre un diafragma de madera que constituía el fondo de la caja. Un sutilísimo alambre se tendía y distendía rozándolos, bajo la acción del botón que sobresalía; y la boquilla de que antes hablé, era una bocina microfónica.

“Los intervalos entre diapasón y diapasón, tanto como el espacio necesario para el juego de la cuerda que los roza, imponían al aparato este tamaño mínimo. Cuando ellos suenan, la cuádruple onda transformada en una, sale por la bocina microfónica como un verdadero proyectil etéreo. La descarga se repite cuantas veces aprieto el botón, pudiendo salir las ondas sin solución de continuidad apreciable, es decir mucho más próximas que las balas de una ametralladora, y formar un verdadero chorro de éter dinámico cuya potencia es incalculable.”

“Si la onda va al centro molecular del cuerpo, éste se desintegra en partículas impalpables. Si no, lo perfora con un agujerillo enteramente imperceptible. En cuanto al roce tangencial, van á ver ustedes sus efectos sobre aquel volante...”

—...¿Qué pesa?... interrumpí.

—Trescientos kilogramos.

El botón comenzó á actuar con ruidecito intermitente y seco, ante nuestra curiosidad todavía incrédula; y como el silencio era grande, percibimos apenas una aguda estridencia, análoga al zumbido de un insecto.

No tardó mucho en ponerse en movimiento la mole, y ésta fué acelerándose de tal modo, que pronto vibró la casa entera como al empuje de un huracán. La maciza rueda no era más que una sombra vaga semejante al ala de un colibrí en suspensión, y el aire desplazado por ella provocaba un torbellino dentro del cuarto. El descubridor suspendió muy luego los efectos de su aparato, pues ningún eje habría aguantado mucho tiempo semejante trabajo.

Mirábamonos suspensos, con una mezcla de admiración y pavor, trocada muy luego en desmedida curiosidad.

El médico quiso repetir el experimento; pero por más que abocó la cajita hacia el volante, nada consiguió. Yo intenté lo propio con igual desventura.

Creíamos ya en una broma de nuestro amigo, cuando éste dijo, poniéndose tan grave que casi daba en taciturno:

“Es que aquí está el misterio de mi fuerza. Nadie, sino yo, puede usarla. Y yo mismo no sé cómo sucede.”

“Defino, sí, lo que por mí pasa, como una facultad análoga á la puntería. Sin verlo, sin percibirlo en ninguna forma material, yo dónde está el centro del cuerpo que deseo desintegrar, y en la misma forma proyecto mi éter contra el volante.”

“Prueben ustedes cuanto quieran. Quizá al fin...”

Todo fué en vano. La onda etérea se dispersaba inútil. En cambio, bajo la dirección de su amo, llamémosle así, ejecutó prodigios.

Un adoquín que calzaba la puerta rebelde, se desintegró á nuestra vista, convirtiéndose con leve sacudida en un montón de polvo impalpable. Varios trozos de hierro sufrieron la misma suerte. Y resultaba en verdad de un efecto mágico aquella transformación de la materia, sin un esfuerzo perceptible, sin un ruido, como no fuera la leve estridencia que cualquier rumor ahogaba.

El médico, entusiasmado, quería escribir un artículo.

—No, dijo nuestro amigo; detesto la notoriedad, aunque no he podido evitarla del todo, pues los vecinos comienzan á enterarse. Además, temo los daños que puede causar esto...

—En efecto, dije; como arma sería espantoso.

—¿No lo has ensayado sobre algún animal? preguntó el médico.

—Ya sabes, respondió nuestro amigo con grave mansedumbre, que jamás causo dolor á ningún ser viviente.

Y con esto terminó la sesión.

Los días siguientes transcurrieron entre maravillas; y recuerdo como particularmente notable la desintegración de un vaso de agua, que desapareció de súbito cubriendo de rocío toda la habitación.

“El vaso permanece, explicaba el sabio, porque no forma un bloque con el agua á causa de que no hay entre ésta y el cristal adherencia perfecta. Lo mismo sucedería si estuviera herméticamente cerrado. El líquido, convertido en partículas etéreas, sería proyectado á través de los poros del metal...”

Así marchábamos de asombro en asombro; mas el secreto no podía prolongarse, y es imposible valorar lo que se perdió en el triste suceso cuyo relato finalizará esta historia.

Lo cierto es—para qué entretenerse en cosas tristes—que una de esas mañanas encontramos á nuestro amigo, muerto, con la cabeza recostada en el respaldo de su silla.

Fácil es imaginar nuestra consternación. El aparato maravilloso estaba ante él y nada anormal se notaba en el laboratorio.

Mirábamonos sorprendidos, sin conjeturar ni lejanamente la causa de aquel desastre, cuando noté de pronto que la pared á la cual casi tocaba la cabeza del muerto, se hallaba cubierta de una capa grasosa, una especie de manteca.

Casi al mismo tiempo mi compañero lo advirtió también, y raspando con su dedo sobre aquella mixtura, exclamó sorprendido:

—¡Esto es substancia cerebral!

La autopsia confirmó su dicho certificando una nueva maravilla del portentoso aparato. Efectivamente, la cabeza de nuestro pobre amigo estaba vacía, sin un átomo de sesos. El proyectil etéreo, quién sabe por qué rareza de dirección ó por qué descuido, habíale desintegrado el cerebro, proyectándolo en explosión atómica á través de los poros de su cráneo. Ni un rastro exterior denunciaba la catástrofe, y aquel fenómeno, con todo su horror, era, á fe mía, el más estupendo de cuantos habíamos presenciado.

Sobre mi mesa de trabajo, aquí mismo, en tanto que finalizo esta historia, el aparato en cuestión brilla, diríase siniestramente, al alcance de mi mano.

Funciona perfectamente; pero el éter formidable, la substancia prodigiosa y homicida de la cual tengo ¡ay! tan desgraciada prueba, se pierde sin rumbo en el espacio, á pesar de todas mis vanas tentativas. En el instituto Lutz y Schultz han ensayado también sin éxito.

LA LLUVIA DE FUEGO

LA LLUVIA DE FUEGO

EVOCACIÓN DE UN DESENCARNADO DE GOMORRA

Recuerdo que era un día de sol hermoso, lleno del hormigueo popular en las calles atronadas de vehículos. Un día asaz cálido y de tersura perfecta.

Desde mi terraza dominaba una vasta confusión de techos, vergeles salteados, un trozo de bahía punzado de mástiles, la recta gris de una avenida...

Á eso de las once cayeron las primeras chispas. Una aquí, otra allá—partículas de cobre semejantes á las morcellas de un pábilo; partículas de cobre incandescente que daban en el suelo con un ruidecito de arenas. El cielo seguía de igual limpidez; el rumor urbano no decrecía. Únicamente los pájaros de mi pajarera, cesaron de cantar.

Casualmente lo había advertido, mirando hacia el horizonte en un momento de abstracción. Primero creí en una ilusión óptica causada por mi miopía. Tuve que esperar largo rato para ver caer otra chispa, pues la luz solar anegábalas bastante; pero el cobre ardía de tal modo, que se destacaban asimismo. Una rapidísima vírgula de fuego, y el golpecito en la tierra. Así, á largos intervalos.

Debo confesar que al comprobarlo, experimenté un vago terror. Exploré el cielo en una ansiosa ojeada. Persistía la limpidez. ¿De dónde venía aquel extraño granizo? ¿Aquel cobre? ¿Era cobre?...

Acababa de caer una chispa en mi terraza, á pocos pasos. Extendí la mano; era, á no caber duda, un gránulo de cobre que tardó mucho en enfriarse. Por fortuna la brisa se levantaba, inclinando aquella lluvia singular hacia el lado opuesto de mi terraza. Las chispas eran harto ralas, además. Podía creerse por momentos que aquello había ya cesado. No cesaba. Uno que otro, eso sí, pero caían siempre los temibles gránulos.

En fin, aquello no había de impedirme almorzar, pues era el mediodía. Bajé al comedor atravesando el jardín, no sin cierto miedo de las chispas. Verdad es que el toldo, corrido para evitar el sol, me resguardaba...

...¿Me resguardaba? Alcé los ojos; pero un toldo tiene tantos poros, que nada pude descubrir.

En el comedor me esperaba un almuerzo admirable; pues mi afortunado celibato sabía dos cosas sobre todo: leer y comer. Excepto la biblioteca, el comedor era mi orgullo. Ahito de mujeres y un poco gotoso, en punto á vicios amables nada podía esperar ya sino de la gula. Comía solo, mientras un esclavo me leía narraciones geográficas. Nunca había podido comprender las comidas en compañía; y si las mujeres me hastiaban, como he dicho, ya comprenderéis que aborrecía á los hombres.

¡Diez años me separaban de mi última orgía! Desde entonces, entregado á mis jardines, á mis peces, á mis pájaros, faltábame tiempo para salir. Alguna vez, en las tardes muy calurosas, un paseo á la orilla del lago. Me gustaba verlo, escamado de luna al anochecer, pero esto era todo y pasaba meses sin frecuentarlo.

La vasta ciudad libertina, era para mí un desierto donde se refugiaban mis placeres. Escasos amigos; breves visitas; largas horas de mesa; lecturas; mis peces; mis pájaros; una que otra noche tal cual orquesta de flautistas, y dos ó tres ataques de gota por año...

Tenía el honor de ser consultado para los banquetes, y por ahí figuraban, no sin elogio, dos ó tres salsas de mi invención. Esto me daba derecho—lo digo sin orgullo—á un busto municipal, con tanta razón como á la compatriota que acababa de inventar un nuevo beso.

Entre tanto, mi esclavo leía. Leía narraciones de mar y de nieve, que comentaban admirablemente, en la ya entrada siesta, el generoso frescor de las ánforas. La lluvia de fuego había cesado quizá, pues la servidumbre no daba muestras de notarla.

De pronto, el esclavo que atravesaba el jardín con un nuevo plato, no pudo reprimir un grito. Llegó, no obstante, á la mesa; pero acusando con su lividez un dolor horrible. Tenía en su desnuda espalda un agujerillo, en cuyo fondo sentíase chirriar aún la chispa voraz que lo había abierto. Ahogámosla en aceite, y fué enviado al lecho sin que pudiera contener sus ayes.

Bruscamente acabó mi apetito, y aunque seguí probando los platos para no desmoralizar á la servidumbre, aquélla se apresuró á corresponderme. El incidente me había desconcertado.

Promediaba la siesta cuando subí nuevamente á la terraza. El suelo estaba ya sembrado de gránulos de cobre; mas no parecía que la lluvia aumentara. Comenzaba á tranquilizarme, cuando una nueva inquietud me sobrecogió. El silencio era absoluto. El tráfico estaba paralizado á causa del fenómeno, sin duda. Ni un rumor en la ciudad. Sólo, de cuando en cuando, un vago murmullo de viento sobre los árboles. Era también alarmante la actitud de los pájaros. Habíanse apelotonado en un rincón, casi unos sobre otros. Me dieron compasión y decidí abrirles la puerta. No quisieron salir; antes se recogieron más acongojados aún. Entonces comenzó á intimidarme la idea de un cataclismo.

Sin ser grande mi erudición científica, sabía que nadie mencionó jamás esas lluvias de cobre incandescente. ¡Lluvias de cobre! En el aire no hay minas de cobre. Luego aquella limpidez del cielo, no dejaba conjeturar su procedencia. Y lo alarmante del fenómeno era esto. Las chispas venían de todas partes y de ninguna. Era la inmensidad desmenuzándose invisiblemente en fuego. Caía del firmamento el terrible cobre—pero el firmamento permanecía impasible en su azul. Ganábame poco á poco una extraña congoja; pero, cosa rara: hasta entonces no había pensado en huir. Esta idea se mezcló con desagradables interrogaciones. ¡Huir! ¿Y mi mesa, mis libros, mis pájaros, mis peces que acababan precisamente de estrenar un vivero, mis jardines ya ennoblecidos de antigüedad—mis cincuenta años de placidez, en la dicha del presente, en el descuido del mañana?...

¿Huir...? Y pensé con horror en mis posesiones (que no conocía) del otro lado del desierto, con sus camelleros viviendo en tiendas de lana negra y tomando por todo alimento leche cuajada, trigo tostado, miel agria...

Quedaba una fuga por el lago, corta fuga después de todo, si en el lago como en el desierto, según era lógico, llovía cobre también; pues no viniendo aquello de ningún foco visible, debía ser general.

No obstante el vago terror que me alarmaba, decíame todo eso claramente, lo discutía conmigo mismo, un poco enervado á la verdad por el letargo digestivo de mi siesta consuetudinaria. Y después de todo, algo me decía que el fenómeno no iba á pasar de allí. Sin embargo, nada se perdía con hacer armar el carro.

En ese momento llenó el aire una vasta vibración de campanas. Y casi junto con ella, advertí una cosa: ya no llovía cobre. El repique era una acción de gracias, coreada casi acto continuo por el murmullo habitual de la ciudad. Ésta despertaba de su fugaz atonía, doblemente gárrula. En algunos barrios hasta quemaban petardos.

Acodado al parapeto de la terraza, miraba con un desconocido bienestar solidario, la animación vespertina que era toda amor y lujo. El cielo seguía purísimo. Muchachos afanosos, recogían en escudillas la granalla de cobre, que los caldereros habían empezado á comprar. Era todo lo que quedaba de la gran amenaza celeste.

Más numerosa que nunca, la gente de placer coloreaba las calles; y aún recuerdo que sonreí vagamente á un equívoco mancebo, cuya túnica recogida hasta las caderas en un salto de bocacalle, dejó ver sus piernas glabras, jaqueladas de cintas. Las cortesanas, con el seno desnudo según la nueva moda, y apuntalado en deslumbrante coselete, paseaban su indolencia sudando perfumes. Un viejo lenón, erguido en su carro, manejaba como si fuese una vela una hoja de estaño, que con apropiadas pinturas anunciaba amores monstruosos de fieras: ayuntamientos de lagartos con cisnes; un mono y una foca; una doncella cubierta por la delirante pedrería de un pavo real. Bello cartel, á fe mía; y garantida la autenticidad de las piezas. Animales amaestrados por no sé qué hechicería bárbara, y desequilibrados con opio y con asafétida.

Seguido por tres jóvenes enmascaradas pasó un negro amabilísimo, que dibujaba en los patios, con polvos de colores derramados al ritmo de una danza, escenas secretas. También depilaba al oropimente y sabía dorarlas uñas.

Un personaje fofo, cuya condición de eunuco se adivinaba en su morbidez, pregonaba al son de crótalos de bronce, cobertores de un tejido singular que producía el insomnio y el deseo. Cobertores cuya abolición habían pedido infructuosamente los ciudadanos honrados. Pues mi ciudad sabía gozar, sabía vivir.

Al anochecer recibí dos visitas que cenaron conmigo. Un condiscípulo jovial, matemático cuya vida desarreglada era el escándalo de la ciencia, y un agricultor enriquecido. La gente sentía necesidad de visitarse después de aquellas chispas de cobre. De visitarse y de beber, pues ambos se retiraron completamente borrachos. Yo hice una rápida salida. La ciudad, caprichosamente iluminada, había aprovechado la coyuntura para decretarse una noche de fiesta. En algunas cornisas, alumbraban perfumando, lámparas de incienso. Desde sus balcones, las jóvenes burguesas, excesivamente ataviadas, se divertían en proyectar de un soplo á las narices de los transeúntes distraídos, tripas pintarrajeadas y crepitantes de cascabeles. En cada esquina se bailaba. De balcón á balcón cambiábanse flores y gatitos de dulce. El césped de los parques, palpitaba de parejas...

Regresé temprano y rendido. Nunca me acogí al lecho con más grata pesadez de sueño.

Desperté bañado en sudor, los ojos turbios, la garganta reseca. Había afuera un rumor de lluvia. Buscando algo, me apoyé en la pared, y por mi cuerpo corrió como un latigazo el escalofrío del miedo. La pared estaba caliente y conmovida por una sorda vibración. Casi no necesité abrir la ventana para darme cuenta de lo que ocurría.

La lluvia de cobre había vuelto, pero esta vez nutrida y compacta. Un caliginoso vaho sofocaba la ciudad; un olor entre fosfatado y urinoso apestaba el aire. Por fortuna, mi casa estaba rodeada de galerías y aquella lluvia no alcanzaba á las puertas.

Abrí la que daba al jardín. Los árboles estaban negros, ya sin follaje; el piso, cubierto de hojas carbonizadas. El aire, rayado de vírgulas de fuego, era de una paralización mortal; y por entre aquéllas, se divisaba el firmamento, siempre impasible, siempre celeste.

Llamé, llamé en vano. Penetré hasta los aposentos famularios. La servidumbre se había ido. Envueltas las piernas en un corbertor de biso, acorazándome espaldas y cabeza con una bañadera de metal que me aplastaba horriblemente, pude llegar hasta las caballerizas. Los caballos habían deaparecido también. Y con una tranquilidad que hacía honor á mis nervios, me di cuenta de que estaba perdido.

Afortunadamente el comedor se encontraba lleno de provisiones; su sótano, atestado de vinos.
Bajé á él. Conservaba todavía su frescura; hasta su fondo no llegaba la vibración de la pesada lluvia, el eco de su grave crepitación. Bebí una botella, y luego extraje de la alacena secreta el pomo de vino envenenado. Todos los que teníamos bodega poseíamos uno, aunque no lo usáramos ni tuviéramos convidados cargosos. Era un licor claro é insípido, de efectos instantáneos.

Reanimado por el vino, examiné mi situación. Era asaz sencilla. No pudiendo huir, la muerte me esperaba; pero con el veneno aquél, la muerte me pertenecía. Y decidí ver eso todo lo posible, pues era, á no dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una lluvia de cobre incandescente! ¡La ciudad en llamas! Valía la pena.

Subí á la terraza, pero no pude pasar de la puerta que daba acceso á ella. Veía desde allí lo bastante, sin embargo. Veía y escuchaba. La soledad era absoluta. La crepitación no se interrumpía sino por uno que otro ululato de perro, ó explosión anormal. El ambiente estaba rojo, y á su través, troncos, chimeneas, casas, blanqueaban con una lividez tristísima. Los pocos árboles que conservaban follaje retorcíanse, negros, de un negro de estaño. La luz había decrecido un poco, no obstante de persistir la limpidez celeste. El horizonte estaba, esto sí, mucho más cerca, y como ahogado en cenizas. Sobre el lago flotaba un denso vapor, que algo prevenía la extraordinaria sequedad del aire.

Percibíase claramente la combustible lluvia, en trazos de cobre que vibraban como el cordaje innumerable de un arpa, y de cuando en cuando mezclábanse con ella ligeras flámulas. Humaredas negras anunciaban incendios aquí y allá.

Mis pájaros comenzaban á morir de sed y hube de bajar hasta el aljibe para llevarles agua. El sótano comunicaba con aquel depósito, vasta cisterna que podía resistir mucho al fuego celeste; mas por los conductos que del techo y de los patios desembocaban allá, habíase deslizado algún cobre y el agua tenía un gusto particular, entre natrón y orina, con tendencia á salarse. Bastóme levantar las trampillas de mosaico que cerraban aquellas vías, para cortar á mi agua toda comunicación con el exterior.

Esa tarde y toda la noche fué horrendo el espectáculo de la ciudad. Quemada en sus domicilios, la gente huía despavorida para arderse en las calles, en la campiña desolada; y la población agonizó bárbaramente, con ayes y clamores de una amplitud, de un horror, de una variedad estupendas. No hay nada tan sublime como la voz humana. El derrumbe de los edificios, la combustión de tantas mercancías y efectos diversos, y
más que todo la incineración de tantos cuerpos, acabaron por agregar al cataclismo el tormento de su hedor infernal. Al declinar el sol, el aire estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las flámulas que danzaban por la mañana entre el cobre pluvial, eran ahora llamaradas siniestras. Empezó á soplar un viento ardentísimo, denso, como alquitrán caliente. Parecía que se estuviese en un inmenso horno sombrío. Cielo, tierra, aire, todo acababa. No había más que tinieblas y fuego. ¡Ah, el horror de aquellas tinieblas que todo el fuego, el enorme fuego de la ciudad ardida no alcanzaba á dominar; y aquel hedor de pingajos, de azufre, de grasa cadavérica en el aire seco que hacía escupir sangre; y aquellos clamores que no sé cómo no acababan nunca, aquellos clamores que cubrían el rumor del incendio, más vasto que un huracán, aquellos clamores en que aullaban, gemían, bramaban todas las bestias con un inefable pavor de eternidad!...

Mi casa empezaba á arder.

Bajé á la cisterna, sin haber perdido hasta entonces mi presencia de ánimo, pero enteramente erizado con todo aquel horror; y al verme de pronto en esa obscuridad amiga, al amparo de la frescura, ante el silencio del agua subterránea, me acometió de pronto un miedo que no sentía—estoy seguro—desde cuarenta años atrás, el miedo infantil de una presencia enemiga y difusa; y me eché á llorar, á llorar como un loco, á llorar de miedo, allá en un rincón, sin rubor alguno.

No fué sino muy tarde, cuando al escuchar el derrumbe de un techo, se me ocurrió apuntalar la puerta del sótano. Hícelo así con su propia escalera y algunos barrotes de la estantería, devolviéndome aquella defensa alguna tranquilidad; no porque hubiera de salvarme, sino por la benéfica influencia de la acción. Cayendo á cada instante en modorras que entrecortaban funestas pesadillas, pasé las horas. Continuamente oía derrumbes allá cerca. Había encendido dos lámparas que traje conmigo, para darme valor, pues la cisterna era asaz lóbrega. Hasta llegué á comer, bien que sin apetito, los restos de un pastel. En cambio bebí mucha agua.

De repente mis lámparas empezaron á amortiguarse, y junto con eso el terror, el terror paralizante esta vez, me asaltó. Había gastado sin advertirlo toda mi luz, pues no tenía sino aquellas lámparas. No advertí, al descender esa tarde, en traerlas todas conmigo.

Las luces decrecieron y se apagaron. Entonces advertí que la cisterna empezaba á llenarse con el hedor del incendio. No quedaba otro remedio que salir; y luego, todo, todo era preferible á morir asfixiado como una alimaña en su cueva.

Á duras penas conseguí alzar la tapa del sótano que los escombros del comedor cubrían...

...Por segunda vez había cesado la lluvia infernal. Pero la ciudad ya no existía. Techos, puertas, gran cantidad de muros, todas las torres, yacían en ruinas. El silencio era colosal, un verdadero silencio de catástrofe. Cinco ó seis grandes humaredas empinaban aún sus penachos; y bajo el cielo que no se había enturbiado un momento, un cielo cuya crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi pobre ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía como un verdadero cadáver.

La singularidad de la situación, lo enorme del fenómeno, y sin duda también el regocijo de haberme salvado, único entre todos, cohibían mi dolor reemplazándolo por una curiosidad sombría. El arco de mi zaguán había quedado en pie, y asiéndome de las adarajas pude llegar á su cima.

No quedaba un solo resto combustible y aquello se parecía mucho á un escorial volcánico. Á trechos, en los parajes que la ceniza no cubría, brillaba con un bermejor de fuego, el metal llovido. Hacia el lado del desierto, resplandecía hasta perderse de vista un arenal de cobre. En las montañas, á la otra margen del lago, las aguas evaporadas de éste condensábanse en una tormenta. Eran ellas las que habían mantenido respirable el aire durante el cataclismo. El sol brillaba inmenso, y aquella soledad empezaba á agobiarme con una honda desolación, cuando hacia el lado del puerto percibí un bulto que vagaba entre las ruinas. Era un hombre, y habíame percibido ciertamente, pues se dirigía á mí.

No hicimos ademán alguno de extrañeza cuando llegó, y trepando por el arco vino á sentarse conmigo. Tratábase de un piloto, salvado como yo en una bodega, pero apuñaleando á su propietario. Acababa de agotársele el agua y por ello salía.

Asegurado á este respecto, empecé á interrogarle. Todos los barcos ardieron, los muelles, los depósitos; y el lago habíase vuelto amargo. Aunque advertí que hablábamos en voz baja, no me atreví—ignoro por qué—á levantar la mía.

Ofrecíle mi bodega donde quedaban aún dos docenas de jamones, algunos quesos, todo el vino...

De repente notamos una polvareda hacia el lado del desierto. La polvareda de una carrera. Alguna partida que enviaban, quizá, en socorro, los compatriotas de Adama ó de Seboim. Pronto hubimos de sustituir esta esperanza por un espectáculo tan desolador como peligroso.

Era un tropel de leones, las fieras sobrevivientes del desierto, que acudían á la ciudad como á un oasis, furiosos de sed, enloquecidos de cataclismo.

La sed y no el hambre era lo que los enfurecía, pues pasaron junto á nosotros sin advertirnos. ¡Y en qué estado venían! Nada como ellos demostraba tan lúgubremente la catástrofe.

Pelados como gatos sarnosos, reducida á escasos chicharrones la crin, secos los ijares, en una desproporción de cómicos á medio vestir con la fiera cabezota, el rabo agudo y crispado como el de una rata que huye, las garras pustulosas, chorreando sangre—todo aquello decía á las claras sus tres días de horror bajo el azote celeste, al azar de las inseguras cavernas que no habían conseguido ampararlos.

Rondaban los surtidores secos con un desvarío humano en sus ojos, y bruscamente reemprendían su carrera en busca de otro depósito, agotado también; hasta que sentándose por último en torno del postrero, con el calcinado hocico en alto, la mirada vagorosa de desolación y de eternidad, quejándose al cielo, estoy seguro, pusiéronse á rugir.

¡Ah!... nada, ni el cataclismo con sus horrores, ni el clamor de la ciudad moribunda era tan horroroso como ese llanto de bestia sobre las ruinas. Aquellos rugidos tenían una evidencia de palabra. Lloraban quién sabe qué dolores de inconsciencia y de desierto á alguna divinidad obscura. El alma sucinta de la bestia agregaba á sus terrores de muerte, el pavor de lo incomprensible. Si todo estaba lo mismo, el sol cotidiano, el cielo eterno, el desierto familiar—¿por qué se ardían y por qué no había agua?... Y careciendo de toda idea de relación con los fenómenos, su horror era ciego, es decir, más espantoso. El transporte de su dolor elevábalos á cierta vaga noción de proveniencia, ante aquel cielo de donde había estado cayendo la lluvia infernal, y sus rugidos preguntaban ciertamente algo á la cosa tremenda que causaba su padecer. ¡Ah!... esos rugidos, lo único de grandioso que conservaban aún aquellas fieras disminuidas: cuál comentaban el horrendo secreto de la catástrofe; cómo interpretaban en su dolor irremediable la eterna soledad, el eterno silencio, la eterna sed...

Aquello no debía durar mucho. El metal candente empezó á llover de nuevo, más compacto, más pesado que nunca.

En nuestro súbito descenso, alcanzamos á ver que las fieras se desbandaban buscando abrigo bajo los escombros.

Llegamos á la bodega, no sin que nos alcanzaran algunas chispas, y comprendiendo que aquel nuevo chaparrón iba á consumar la ruina, me dispuse á concluir.

Mientras mi compañero abusaba de la bodega—por primera y última vez, á buen seguro—decidí aprovechar el agua de la cisterna en mi baño fúnebre; y después de buscar inútilmente un trozo de jabón, descendí á ella por la escalinata que servía para efectuar su limpieza.

Llevaba conmigo el pomo de veneno, que me causaba un gran bienestar, apenas turbado por la curiosidad de la muerte.

El agua fresca y la obscuridad, me devolvieron á las voluptuosidades de mi existencia de rico que acababa de concluir. Hundido hasta el cuello, el regocijo de la limpieza y una dulce impresión de domesticidad, acabaron de serenarme.

Oía afuera el huracán de fuego. Comenzaban otra vez á caer escombros. De la bodega no llegaba un solo rumor. Percibí en eso un reflejo de llamas que entraban por la puerta del sótano, el característico tufo urinoso... Llevé el pomo á mis labios, y...

UN FENÓMENO INEXPLICABLE

UN FENÓMENO INEXPLICABLE

Hace de esto once años. Viajaba por la región agrícola que se dividen las provincias de Córdoba y de Santa Fe, provisto de las recomendaciones indispensables para escapar á las horribles posadas de aquellas colonias en formación. Mi estómago, derrotado por los invariables salpicones con hinojo y las fatales nueces del postre, exigía fundamentales refacciones. Mi última peregrinación debía efectuarse bajo los peores auspicios. Nadie sabía indicarme un albergue en la población hacia donde iba á dirigirme. Sin embargo, las circunstancias apremiaban, cuando el juez de paz que me profesaba cierta simpatía, vino en mi auxilio.

—Conozco allá, me dijo, un señor inglés viudo y solo. Posee una casa, lo mejor de la colonia, y varios terrenos de no escaso valor. Algunos servicios que mi cargo me puso en situación de prestarle, serán buen pretexto para la recomendación que usted desea, y que si es eficaz le proporcionará excelente hospedaje. Digo si es eficaz, pues mi hombre, no obstante sus buenas cualidades, suele tener su luna en ciertas ocasiones, siendo, además, extraordinariamente reservado. Nadie ha podido penetrar en su casa más allá del dormitorio donde recibe á sus huéspedes, muy escasos por otra parte. Todo esto quiere decir que va usted en condiciones nada ventajosas, pero es cuanto puedo suministrarle. El éxito es puramente casual. Con todo, si usted quiere una carta de recomendación...

Acepté y emprendí acto continuo mi viaje llegando al punto de destino horas después.

Nada tenía de atrayente el lugar. La estación con su techo de tejas coloradas; su andén crujiente de carbonilla; su semáforo á la derecha, su pozo á la izquierda. En la doble vía del frente, media docena de vagones que aguardaban la cosecha. Más allá el galpón, bloqueado por bolsas de trigo. Á raíz del terraplén, la pampa con su color amarillento como un pañuelo de yerbas; casitas sin revoque diseminadas á lo lejos, cada una con su parva al costado; sobre el horizonte el festón de humo del tren en marcha, y un silencio de pacífica enormidad entonando el color rural del paisaje.

Aquello era vulgarmente simétrico como todas las fundaciones recientes. Notábase rayas de mensura en esa fisonomía de pradera otoñal. Algunos colonos llegaban á la estafeta en busca de cartas. Pregunté á uno por la casa consabida, obteniendo inmediatamente las señas. Noté en el modo de referirse á mi huésped, que se le tenía por hombre considerable.

No vivía lejos de la estación. Unas diez cuadras más allá, hacía el oeste, al extremo de un camino polvoroso que con la tarde tomaba coloraciones lilas, distinguí la casa con su parapeto y su cornisa, de cierta gallardía exótica entre las viviendas circunstantes; su jardín al frente; el patio interior rodeado por una pared tras la cual sobresalían ramas de duraznero. El conjunto era agradable y fresco; pero todo parecía deshabitado. En el silencio de la tarde, allá sobre la campiña desierta, aquella casita, no obstante sus rasgos de chalet industrioso, tenía una especie de triste dulzura, algo de sepulcro nuevo en el emplazamiento de un antiguo cementerio.

Cuando llegué á la verja, noté que en el jardín había rosas, rosas de otoño cuyo perfume aliviaba como una caridad la fatigosa exhalación de las trillas. Entre las plantas que casi podía tocar con la mano, crecía libremente la hierba; y una pala cubierta de óxido yacía contra la pared, con su cabo enteramente liado por la guía de una enredadera. Empujé la puerta de reja, atravesé el jardín, y no sin cierta impresión vaga de temor fuí á golpear la puerta interna. Pasaron minutos. El viento se puso á silbar en una rendija, agravando la soledad. Á un segundo llamado, sentí pasos; y poco después la puerta se abría con un ruido de madera reseca. El dueño de casa apareció saludándome.

Presenté mi carta. Mientras leía, pude observarle á mis anchas. Cabeza elevada y calva; rostro afeitado de clergyman; labios generosos, nariz austera. Debía de ser un tanto místico. Sus protuberancias superciliares, equilibraban con una recta expresión de tendencias impulsivas, el desdén imperioso de su mentón. Definido por sus inclinaciones profesionales, aquel hombre podía ser lo mismo un militar que un misionero. Hubiera deseado mirar sus manos para completar mi impresión, mas sólo podía verlas por el dorso.

Enterado de la carta, me invitó á pasar, y todo el resto de mi permanencia, hasta la hora de comer, fué dedicado á mis arreglos personales. En la mesa fué donde empecé á notar algo extraño.

Mientras comíamos, advertí que no obstante su perfecta cortesía, algo preocupaba á mi interlocutor. Su mirada invariablemente dirigida hacia un ángulo de la habitación, manifestaba cierta angustia; pero como su sombra daba precisamente en ese punto, mis miradas furtivas nada pudieron descubrir. Por lo demás, bien podía no ser aquello sino una distracción habitual.

La conversación seguía en tono bastante animado, sin embargo. Tratábase del cólera que por entonces azotaba los pueblos cercanos. Mi huésped era homeópata, y no disimulaba su satisfacción por haber encontrado en mí uno del gremio. Á este propósito, una frase del diálogo hizo variar su tendencia. La acción de las dosis reducidas acababa de sugerirme un argumento que me apresuré á exponer.

—La influencia que sobre el péndulo de Rutter, dije concluyendo una frase, ejerce la proximidad de cualquier substancia, no depende de la cantidad. Un glóbulo homeopático determina oscilaciones iguales á las que produciría una dosis quinientas ó mil veces mayor.

Advertí al momento, que acababa de interesar con mi observación. El dueño de casa me miraba ahora.

—Sin embargo, respondió, Reichenbach ha contestado negativamente esa prueba. Supongo que ha leído usted á Reichenbach.

—Lo he leído, sí; he atendido sus críticas, he ensayado, y mi aparato, confirmando á Rutter, me ha demostrado que el error procedía del sabio alemán, no del inglés. La causa de semejante error es sencillísima, tanto que me sorprende cómo no dió con ella el ilustre descubridor de la parafina y de la creosota.

Aquí, sonrisa de mi huésped; prueba terminante de que nos entendíamos.

—¿Usó usted el primitivo péndulo de Rutter, ó el perfeccionado por el doctor Leger?

—El segundo, respondí.

—Es mejor; ¿y cuál sería, según sus investigaciones, la causa del error de Reichenbach?

—Ésta: los sensitivos con que operaba, influían sobre el aparato, sugestionándose por la cantidad del cuerpo estudiado. Si la oscilación provocada por un escrúpulo de magnesia, supongamos, alcanzaba una amplitud de cuatro líneas, las ideas corrientes sobre la relación entre causa y efecto exigían que la oscilación aumentara en proporción con la cantidad: diez gramos, por ejemplo. Los sensitivos del barón, eran individuos nada versados por lo común en especulaciones científicas; y quienes practican experiencias así, saben cuán poderosamente influyen sobre tales personas las ideas tenidas por verdaderas, sobre todo cuando son lógicas. Aquí está, pues, la causa del error. El péndulo no obedece á la cantidad, sino á la naturaleza del cuerpo estudiado solamente; pero cuando el sensitivo cree que la cantidad influye, aumenta el efecto, pues toda creencia es una volición. Un péndulo, ante el cual el sujeto opera sin conocer las variaciones de cantidad, confirma á Rutter. Desaparecida la alucinación...

—Oh, ya tenemos aquí la alucinación, dijo mi interlocutor con manifiesto desagrado.

—No soy de los que explican todo por la alucinación, á lo menos confundiéndola con la subjetividad, como frecuentemente ocurre. La alucinación es para mí una fuerza más que un estado de ánimo, y así considerada, se explica por medio de ella buena porción de fenómenos. Creo que es la doctrina justa.

—Desgraciadamente es falsa. Mire usted, yo conocí á Home, el médium, en Londres, allá por 1872. Seguí luego con vivo interés las experiencias de Crookes, bajo un criterio radicalmente materialista; pero la evidencia se me impuso con motivo de los fenómenos del 74. La alucinación no basta para explicarlo todo. Créame usted, las apariciones son autónomas...

—Permítame una pequeña digresión, interrumpí—encontrando en aquellos recuerdos una oportunidad para comprobar mis deducciones sobre el personaje; quiero hacerle una pregunta, que no exige desde luego contestación, si es indiscreta: ¿Ha sido usted militar?...

—Poco tiempo; llegué á subteniente del ejército de la India.

—Por cierto, la India sería para usted un campo de curiosos estudios.

—No; la guerra cerraba el camino del Tibet á donde hubiese querido llegar. Fuí hasta Cawnpore, nada más. Por motivos de salud regresé muy luego á Inglaterra; de Inglaterra pasé á Chile en 1879; y por último á este país en 1888.

—¿Enfermó usted en la India?

—Sí, respondió con tristeza el antiguo militar, clavando nuevamente sus ojos en el rincón del aposento.

—¿El cólera? insistí.

Apoyó él la cabeza en la mano izquierda, miró por sobre mí vagamente. Su pulgar comenzó á moverse entre los ralos cabellos de la nuca. Comprendí que iba á hacerme una confidencia de la cual eran prólogo aquellos ademanes, y esperé. Afuera chirriaba un grillo en la obscuridad.

—Fué algo peor todavía, comenzó mi huésped. Fué el misterio. Pronto hará cuarenta años y nadie lo ha sabido hasta ahora. ¿Para qué decirlo? No lo hubieran entendido, creyéndome loco por lo menos. No soy un triste, soy un desesperado. Mi mujer falleció hace ocho años, ignorando el mal que me devoraba, y afortunadamente no he tenido hijos. Encuentro en usted por primera vez un hombre capaz de comprenderme.

Me incliné agradecido.

—¡Es tan hermosa la ciencia, la ciencia libre, sin capilla y sin academia! Y no obstante, está usted todavía en los umbrales. Los fluidos ódicos de Reichenbach no son más que el prólogo. El caso que va usted á conocer, le revelará hasta dónde puede llegarse.

El narrador se conmovía. Mezclaba frases inglesas á su castellano un tanto gramatical. Los incisos adquirían una tendencia imperiosa, una plenitud rítmica extraña en aquel acento extranjero.

—En febrero de 1858, continuó, fué cuando perdí toda mi alegría. Habrá usted oído hablar de los yoghis, esos singulares mendigos cuya vida se comparte entre el espionaje y la taumaturgia. Los viajeros han popularizado sus hazañas, que sería inútil repetir. Pero, ¿sabe en qué consiste la base de sus poderes?

—Creo que en la facultad de producir cuando quieren, el autosonambulismo, volviéndose de tal modo insensibles, videntes, etc.

—Es exacto. Pues bien, yo vi operar á los yoghis en condiciones que imposibilitaban toda superchería. Llegué hasta fotografiar las escenas, y la placa reprodujo todo, tal cual yo lo había visto. La alucinación resultaba así, imposible, pues los ingredientes químicos no se alucinan... Entonces quise desarrollar idénticos poderes. He sido siempre audaz, y luego no estaba entonces en situación de apreciar las consecuencias. Puse, pues, manos á la obra.

—¿Por cuál método?

Sin responderme, continuó:

—Los resultados fueron sorprendentes. En poco tiempo llegué á dormir. Al cabo de dos años producía la traslación consciente. Pero aquellas prácticas me habían llevado al colmo de la inquietud. Me sentía espantosamente desamparado, y con la seguridad de una cosa adversa mezclada á mi vida como un veneno. Al mismo tiempo, devorábame la curiosidad. Estaba en la pendiente y ya no podía detenerme. Por una continua tensión de voluntad conseguía salvar las apariencias ante el mundo. Mas poco á poco, el poder despertado en mí se volvía más rebelde. Una distracción prolongada, ocasionaba un desdoblamiento. Sentía mi personalidad fuera de mí, mi cuerpo venía á ser algo así como una afirmación del no yo, diré expresando concretamente aquel estado. Como las impresiones se avivaban, produciéndome angustiosa lucidez, resolví una noche ver mi doble.
Ver qué era lo que salía de mí, siendo yo mismo, durante el sueño extático.

—¿Y pudo conseguirlo?

—Fué una tarde, casi de noche ya. El desprendimiento se produjo con la facilidad acostumbrada. Cuando recobré la conciencia, ante mí, en un rincón del aposento, había una forma. Y esta forma era un mono, un horrible animal que me miraba fijamente.­­Desde entonces no se aparta de mí. Lo veo constantemente. Soy su presa. Á donde quiera que él va, voy conmigo, con él. Está siempre ahí. Me mira constantemente, pero no se le acerca jamás, no se mueve jamás, no me muevo jamás...

Subrayo los pronombres trocados en la última frase, tal como la oí. Una sincera aflicción me embargaba. Aquel hombre padecía, en efecto, una sugestión atroz.

—Cálmese usted, le dije, aparentando confianza. La reintegración no es imposible.

—¡Oh, sí! respondió con amargura. Esto es ya viejo. Figúrese usted, he perdido el concepto de la unidad. Sé quedos y dos son cuatro, por recuerdo; pero ya no creo en ello. El más sencillo problema de aritmética carece de sentido para mí, pues me falta la convicción de la cantidad. Y todavía sufro cosas más raras. Cuando me tomo una mano con la otra, por ejemplo, siento que aquélla es distinta, como si perteneciera á una persona que no soy yo. Á veces veo las cosas dobles, porque cada ojo procede sin relación con el otro...

Era, á no dudarlo, un caso curioso de locura, que no excluía el más perfecto raciocinio.

—Pero en fin, ¿ese mono?... pregunté para agotar el asunto.

—Es negro como mi propia sombra, y melancólico al modo de un hombre. La descripción es exacta, porque lo estoy viendo ahora mismo. Su estatura es mediana, su cara como todas las caras de mono. Pero siento, no obstante, que se parece á mí. Hablo con entero dominio de mí mismo. ¡Ese animal se parece á mí!

Aquel hombre, en efecto, estaba sereno; y sin embargo, la idea de una cara simiesca formaba tan violento contraste con su rostro de aventajado ángulo facial, su cráneo elevado y su nariz recta, que la incredulidad se imponía por esta circunstancia, más aún que por lo absurdo de la alucinación.

Él notó perfectamente mi estado; púsose de pie como adoptando una resolución definitiva:

—Voy á caminar por este cuarto, para que usted lo vea. Observe mi sombra, se lo ruego.

Levantó la luz de la lámpara, hizo rodar la mesa hasta un extremo del comedor y comenzó á pasearse. Entonces, la más grande de las sorpresas me embargó. ¡La sombra de aquel sujeto no se movía! Proyectada sobre el rincón, de la cintura arriba, y con la parte inferior sobre el piso de madera clara, parecía una membrana alargándose y acortándose según la mayor ó menor proximidad de su dueño. No podía yo notar desplazamiento alguno bajo las incidencias de luz en que á cada momento se encontraba el hombre.

Alarmado al suponerme víctima de tamaña locura, resolví desimpresionarme y ver si hacía algo parecido con mi huésped, por medio de un experimento decisivo. Pedíle que me dejara obtener su silueta pasando un lápiz sobre el perfil de la sombra.

Concedido el permiso, fijé un papel con cuatro migas de pan mojado hasta conseguir la más perfecta adherencia posible á la pared, y de manera que la sombra del rostro quedase en el centro mismo de la hoja. Quería, como se ve, probar por la identidad del perfil entre la cara y su sombra (esto saltaba á la vista, pero el alucinado sostenía lo contrario) el origen de dicha sombra, con intención de explicar luego su inmovilidad teniendo asegurada una base exacta.

Mentiría si dijera que mis dedos no temblaron un poco al posarse en la mancha sombría, que por lo demás imitaba perfectamente el perfil de mi interlocutor; pero afirmo con entera certeza que el pulso no me falló en el trazado. Hice la línea sin levantar la mano, con un lápiz Hardtmuth azul, y no despegué la hoja, concluido que hube, hasta no hallarme convencido por una escrupulosa observación, de que mi trazo coincidía perfectamente con el perfil de la sombra, y éste con el de la cara del alucinado.

Mi huésped seguía la experiencia con inmenso interés. Cuando me aproximé á la mesa, vi temblar sus manos de emoción contenida. El corazón me palpitaba, como presintiendo un infausto desenlace.

—No mire usted, dije.

—¡Miraré! me respondió con un acento tan imperioso, que á pesar mío puse el papel ante la luz.

Ambos palidecimos de una manera horrible. Allí ante nuestros ojos, la raya de lápiz trazaba una frente deprimida, una nariz chata, un hocico bestial. ¡El mono! ¡La cosa maldita!

Y conste que yo no sé dibujar.

EL MILAGRO DE SAN WILFRIDO

EL MILAGRO DE SAN WILFRIDO

El 15 de junio de 1099, cuarto día de la tercera semana, un crepúsculo en nimbos de sangre había visto por vigésima quinta vez al campamento cruzado, desplegarse como una larga línea de silencios y de tiendas pardas alrededor de Jerusalén, desde la puerta de Damasco hasta donde el Cedrón penetra en el valle de Sové que los latinos llaman valle de Josafat.

Sobre la llanura que se extendía entre el campamento y la ciudad, algunos bultos denunciaban cadáveres: restos de la jornada del 13 que los francos libraron sobre la antemuralla.

El monte Moria, alzábase frente de la puerta Esterquilinaria, al mediodía. Por el norte levantaban sus cumbres desoladas el Olivete y el monte del Escándalo donde Salomón idolatró. Entre estas cumbres, el valle maldito, el valle donde imperara la herejía de Belphegor y de Moloch; donde gimieron David y Jeremías; donde Jesucristo empezó su pasión; donde Joel dijo su memorable profecía: congregabo omnes gentes, etc.; donde duermen Zacarías y Absalón; el valle adonde los judíos van á morir de todas las partes del mundo, se abría lleno de sombra y de viñas negras...

Las murallas de la ciudad, altas de cien palmos, escondían á la vista las montañas de Judea que el rey Sabio hizo poblar de cedros. El recinto quedaba oculto, y sólo se divisaba por sobre la línea de bastiones, la cumbre rojiza del Acra, la monstruosa cúpula de cobre de la mezquita Gameat-el-Sakhra levantada por Ornar á indicación del patriarca Sofronio, sobre las ruinas del templo de Salomón—y algunas palmeras.

Una agonía sedienta consumía á los soldados de la cruz. Las fuentes de Siloé y de Rogel estaban exhaustas. El viento salado apenas dejaba aproximarse las nubes hasta Jericó. Y aquello estaba tan seco, tan calcinado, que las mismas tumbas antiguas parecían clamar de sed.

Sobre las tiendas de las huestes sitiadoras, ondeaban multicolores estandartes, en cuyo trapo, al impulso de la devoción y del heroísmo, iban germinando como futuros emblemas de gloria, las trece coronas y las treinta y seis cruces principales de la heráldica, desde la sencilla cruz patente hasta las embrolladísimas dobles y contra potenzadas, que llegarían luego á su máxima complicación en el bizarro jeroglífico de la familia Squarciafichi.

Estaban allí Godofredo, Eustaquio y Balduino; los señores de Tolosa, de Foix, de Flandes, de Orange, de Rosellón, de San Pol, de l’Estoile, de Flandes y de Normandía. Ya eran todos ilustres. Guicher había hendido en dos un león; Godofredo había partido por la mitad un gigante sarraceno en el puente de Antíoco...

Una tienda rasa se alzaba entre las otras. En aquella tienda un monje flaco y viejo que tenía un báculo de olivo, vivía mojando en lágrimas toda la longitud de su barba. Era Pedro el Ermitaño.

Aquel monje sabía que la ciudad ilustre fundada en el 2023 año del mundo, era una mártir.

Desde los hijos de Jebus, hasta Sesac; desde Joas hasta Manasés, hasta Nabucodonosor, hasta Tolomeo Lago, hasta los dos Antíocos el Grande y el Epifanio, hasta Pompeyo, hasta Craso, hasta Antígono, hasta Herodes, hasta Tito, hasta Adriano, hasta Cosroes, hasta Omar—cuánta sangre había manchado sus piedras, cuánta desolación había caído sobre la reina glorificada por la salutación de Tobías: ¡Jerusalem, civitas Dei, luce splendida fulgebis! Pedro había podido observar, como san Jerónimo, que en aquella ciudad no se veía un solo pájaro.


Esa tarde, un correo expedido de Kaloni, comunicó á Godofredo que en el puerto de Jafa acababan de anclar varias naves pisanas y genovesas, en las cuales venían los marineros esperados para construír las máquinas de guerra diseñadas por Raymundo de Foix.

Acababa de hundirse el sol, cuando tomaron el camino de Arimatea cuatro caballeros enviados para guardar las naves recién llegadas á Jafa. Eran Raimundo Pileto, Acardo de Mommellou, Guillermo de Sabran y Wilfrido de Hohenstein á quien llamaban el caballero del blanco yelmo.

Era él rubio y fuerte como un arcángel. Sobre su tarja germana, sin divisa como todos los escudos de aquel tiempo, se destacaba formando blasón pleno un lirio de estaño en campo verde. Aquel lirio en forma de alabarda, era el único abierto de toda la flora heráldica; pues el de Francia permanecía aún en botón.

Pero lo extraordinario en la armadura del caballero, era su casco de metal blanquísimo, cuyo esplendor no velaba entre los demás la cimera de que carecían los yelmos de los cruzados. El nasal de aquel casco, dividiéndole exageradamente el entrecejo y bajando por entre sus ojos como un pico, daba á su faz una expresión de gerifalte.

Contábase á propósito de aquella prenda, una rara historia. Decíase que casado su dueño á los veinte años, antes de uno mató á la esposa en un arrebato de celos. Descubierta luego la inocencia de la víctima, el señor de Ilohenstein fué en demanda de perdón á Pedro el Ermitaño, quien le puso en el pecho la cruz de los peregrinos.

Antes de partir, quiso orar el joven en la tumba de su esposa. Sobre aquel sepulcro, había crecido un lirio que él decidió llevarse como recuerdo; mas al cortarla, la flor se transformó en un casco de plata, dando origen al sobrenombre del caballero. Poseídos aún del milagro que hizo llover lirios sobre la cabeza de Clodoveo, no tenían los camaradas del héroe por qué dudar de su aventura, mucho más cuando él la abonaba con su valentía y con un voto de castidad.

La noche estaba ya densa sobre los montes. Los caballeros cruzaron al trote de sus cabalgaduras, como cuatro sombras en rumor de hierro, la garganta estéril que une á Jerusalén con Sichem y Neápolis; el torrente donde David tomó las cinco piedras para combatir al gigante; el valle del Terebinto, el de Jeremías, dolorosa entrada de los montes de Judea poblados de jabalíes; los arrabales de Arimatea, los de Lydia sembrados de aquellas palmas idumeas bajo las cuales curó Pedro al paralítico; y al llegar al pozo de la virgen, la llanura de Sarón, cubierta de alelíes y tulipanes se desplegó ante ellos desde Gaza hasta el Carmelo, y desde los montes de Judea hasta los de Samaría, denunciándose en la obscuridad con el aroma de sus flores. Tal iban evocando los pasajes de la sacra historia por los mismos lugares de su tránsito, aquellos ilustres guerreros.

Wilfrido habíase rezagado un tanto. Los otros tres mantenían su piadosa conversación; y el señor de Sabran refirió á sus compañeros la historia de la ciudad adonde se dirigían.

Jafa está, decía, en la heredad de Dan y es más antigua que el diluvio. En ella murió Noé; á ella venían las flotas de Hiram cargadas de cedro; en ella se embarcó Jonás para cruzar el mar, aquel Gran Mar “que vió á Dios y retrocedió”, dice el Salmista; ella sufrió el peso de cinco invasiones y fué incendiada por Judas Macabeo. Allí resucitó Pedro á Tabita; allí Cestio y Vespasiano repletaron de oro sus legiones; y en su ciudadela manda ahora en nombre del Soldán, el feroz Abu-Djezzar-Mohamed ibn-el-Thayybel-Achary, á quien llaman familiarmente Abu-Djezzar, y cuyos sicarios recorren estos parajes buscando el rastro de los guerreros de Cristo.

El señor de Mommellou añadió á su vez que Jafa había sido teatro de las fábulas del paganismo. Su nombre era el de una hija de Eolo; y San Jerónimo cuenta que le enseñaron allí la roca y el anillo en que Andrómeda fué entregada al monstruo de Neptuno. Plinio añade que Escauro llevó á Roma los huesos de dicho animal, y Pausanias refiere que existe todavía la fuente donde Perseo se lavó las manos cubiertas por la sangre del combate.

Y todo lo contaron los caballeros Acardo de Mommellou y Guillermo de Sabran, porque sabían muchas letras de historia aprendidas en los pergaminos de los monasterios.

De repente, al llegar junto á las ruinas de una cisterna seca, advirtieron que Wilfrido no iba ya con ellos. Era indudable que se había extraviado en tan peligroso sitio, pero no podían buscarle, pues de las naves que iban á custodiar dependía la toma de la ciudad santa. Y por si era tiempo aún, galoparon soplando sus cuernos hacia las murallas próximas.


Abu-Djezzar gobernaba la ciudadela. La fortaleza se levantaba, dominando el mar, entre un bosquecillo de nopales y de granados. Mil musulmanes defendíanse allí esperando auxilios de Cesárea ó de Solima. Los fosos estaban llenos de agua y levantados los rastrillos, que apenas dejaban paso á las partidas de merodeadores.

Wilfrido de Ilohenstein, despojado de sus armas, fué traído ante el señor de la ciudadela. Era éste un musulmán de ojos aguileños y perfil enérgico como un hachazo.

—Perro, le dijo apenas le tuvo á su alcance; ya sabemos la situación de vuestros soldados que mueren de sed bajo los muros de Solima. Dime, pues lo sabes, si los cristianos abrigan todavía esperanzas.

Una sonrisa heroica iluminó la juventud del caballero.

—Sarraceno, replicó; los condes de Flandes y de Normandía acampan al norte, allá mismo donde fué apedreado san Esteban; Godofredo y Tancredo están al Occidente; el conde de Saint-Gilles al sur, sobre el monte Sión. Ya sabes dónde se hallan nuestras tropas, y también que los soldados de Cristo no retroceden. Pues bien, óyelo Sarraceno: Antes de un mes, los soldados de Cristo entrarán en Jerusalén por el norte, por el occidente y por el mediodía.

Abu-Djezzar rugió de rabia.

—Cortad maderos, gritó á sus soldados; haced una cruz y clavad en ella á este perro. ¡Que muera como su Dios!

Tres horas después, los soldados venían en grupos á contemplar el mártir. Wilfrido de Hohenstein, clavado en una cruz muy baja, parecía estar muerto en pie. Desnudo enteramente, cruzado su cuerpo de rayas rojas, la cabeza doblada, los cabellos rubios cubriéndole los ojos, las manos y los pies como envueltos en púrpura, semejaba una efigie de altar. La muerte no conseguía ajar su juventud, realzándola más bien como una escarcha fina sobre un mármol artístico. El patíbulo daba al mar, sobre la ciudad ruinosa, desamparado bajo el cielo. Y los soldados admiraban en voz baja, con palabras bárbaramente desgarradas en vómitos guturales, aquella juventud enemiga, tan viril bajo los cabellos rubios ceñidos ya por una gloria de apogeos.

El cuerpo de Wilfrido de Hohenstein no era ya sino un despojo. Estaba muy blanco, casi transparente, como un vaso de alabastro que ha dejado correr todo su vino; y bajo sus párpados entreabiertos, se vislumbraba una minúscula estrella azul.

Un buitre sirio, á inmensa altura, mecíase entre los cenitales esplendores. Los soldados lo vieron y entonces recordaron. Aunque la agonía del caballero fué larga, era indudable que ya estaba muerto. El agá se aproximó y levantó uno de los párpados. La estrellita azul se había apagado en el fondo de la órbita. De la comisura labial, desprendíase un hilo de sangre.

Nadie se atrevió á abofetearle, á pesar de que era la costumbre, porque su sueño apaciguaba con su inmensa blancura. Tendieron simplemente la cruz y empezaron á desclavarle. Pero la mano derecha resistía tanto, que el agá la cortó con su gumía dejándola clavada en el poste. Y como la cruz aquella podía servir para ajusticiar otros perros, resolvieron conservarla en la armería.

La mano permaneció así durante un mes. Nadie se acordaba ya de aquello, cuando el 12 de julio de 1099, un emisario sarraceno vino en su caballo moribundo á decir á Abu-Djezzar que los cristianos arrojando escalas sobre los muros de Solima, al rayar la aurora, y encerrados en fuertes ingenios de madera, hacían llover sobre los fieles del Profeta un aguacero de aceite y pez hirviendo.

Abu-Djezzar mandó afilar los alfanjes y descendió á la armería para inspeccionar los arneses de peones y caballeros.

Lucían los hierros en la penumbra de la sala. Había allí lorigas de Egipto, yataganes de Damasco; lanzas españolas, largas de diez palmos; adargas de cuero de hipopótamo, tomadas á los nubios; estribos tajantes al uso berberisco y puñales bizantinos que parecían de agua.

El musulmán recorría con ojo satisfecho aquel arsenal provisto por el califa, de tantas y tan hermosas armas. Sus babuchas sonaban en las lozas de la galería, y soberbiamente envuelto en su albornoz, examinábalo todo.

Habíase quitado el turbante, y su cabeza afeitada ostentaba en el occipucio el penacho de cabellos por donde el ángel Gabriel le conduciría al Paraíso el día del juicio. Nadaban en sus ojos dos chispas, y bajo su labio crispado, la dentadura fijaba un brillo siniestro.

Desde su sitio percibía la cruz disimulada en la sombra donde amarilleaba la mano del mártir. Y andando, andando, se encontró debajo de ella con la mirada fija en una de las perchas de la armería.

En ese momento eran las tres de la tarde. El caballero de l’Estoile acababa de saltar sobre las murallas de Jerusalén.

Y como el agá apareciera en la puerta, Abu-Djezzar le increpó:

—¡Alá los extermine! ¡Malditos perros!...

No pudo concluir. La mano, espantosamente viva, se había abierto como una garra, retorciéndose en su clavo y enredando entre sus dedos los cabellos del infiel.

El agá, loco de horror, huyó á lo alto de la ciudadela. Los soldados acudieron, mas nadie se atrevió á tocar aquella formidable reliquia que mantenía invenciblemente agarrada la presa enemiga.