NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando la presente edición de esta obra fue publicada, en 1909, eran diferentes a las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vió, fué, dió, lo mismo que la preposición "á", y las conjunciones "é", "ó", "ú", por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido respetado.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de seguir las reglas de la Real Academia Española vigentes en ese entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

Por otra parte, las reglas de la Real Academia Española establecen que el acento ortográfico en las mayúsculas debe colocarse si es que un vocablo lleva acento ortográfico. Sin embargo, por una cuestión pragmática, en las imprentas ese criterio normalmente no era respetado. En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas establecidas por la RAE.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.

El Índice de capítulos, incluido en la publicación original al final, ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.


BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»

LUCIO V. MANSILLA

UNA EXCURSIÓN
Á LOS
INDIOS RANQUELES

OBRA PREMIADA EN EL CONGRESO INTERNACIONAL
GEOGRÁFICO DE PARÍS (1875)


TOMO II


BUENOS AIRES
1909


Imp. y estereotipia de LA NACIÓN.—Buenos Aires

ÍNDICE

Cap. Pág.
I. Visita del cacique Ramón.—Un almuerzo y una
conferencia en el toldo de Mariano Rosas.—Mi
futura ahijada.—Ideas de Mariano Rosas sobre
el gobierno de los indios comparado con el de
los cristianos.—Reflexiones al caso.—Explico
lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución.—El
pueblo comprenderá siempre mejor
lo que es la vara de la ley, que la ley
[5]
II. Camargo y José de visita en los momentos de
recogerme.—Me llevaban una música.—Horresco
referens.
—Fisonomía de Camargo.—Zalamerías
de José.—Por qué lo respetan los indios á
Camargo.—Vida de Camargo contada por él
mismo.—Por qué produce esta tierra tipos como
el de Camargo
[13]
III. Noche de hielo.—Dónde es realmente triste la
vida.—Preparativos para la misa.—Resuena
por primera vez en el desierto el Confiteor Deo
Omnipotenti
.—Recuerdo de mi madre.—Trabajos
de Mariano Rosas, preparando los ánimos
para la junta.—Como y duermo.—Conferencia
diplomática.—El archivo de Mariano Rosas.—En
Leubucó reciben la «Tribuna».—Imperturbabilidad
de Mariano Rosas.—Mi comadre Carmen
en el fogón
[21]
IV. Creencias de los indios.—Son uniteístas y
antropomorfistas.—Gualicho.—Respeto por los
muertos.—Plata enterrada.—¿Será cierto que
la civilización corrompe?—Crueldad de Bargas,
bandido cordobés.—Triste condición de los cautivos
entre los indios.—Heroicidad de algunas
mujeres.—Unas con otras.—Modos de vender.—Eufonía
de la lengua araucana.—¿La carne de
yegua puede ser un antídoto para la tisis?
[31]
V. Preparativos para la marcha á las tierras de
Baigorrita.—Camargo debía acompañarme.—Motivos
de mi excursión á Quenque.—Coliqueo.—Recuerdo
odioso de él.—Unos y otros se han
valido de los indios en las guerras civiles.—En
lo que consistía mi diplomacia.—En viaje rumbo
al Sud.—Confidencia de un espía.—El espionaje
en Leubucó.—Poitaua.—El algarrobo.—Pasión
de los indios por el tabaco.—Cómo hacen
sus pipas.—Pitralauquen.—Baño y comida.—Mi
lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral
[43]
VI. Una noche eterna.—Aspecto del campo al amanecer
después de la helada.—En marcha.—Encuentro
con indios.—Me habían descubierto de
muy lejos.—Medios que emplean los indios para
conocer á la distancia si un objeto se mueve
ó no.—La carda.—Un monte.—Gente de Baigorrita sale
á encontrarnos.—Baigorrita.—Su toldo.—Conferencia
y regalos.—Las botas de mis
manos.—Carneada.—Una cara patibularia
[53]
VII. Qué es la vida.—Reflexiones.—Los perros de los
indios.—Recuerdos que deben tener de mi
magnificencia.—Un intérprete.—Cambio de
razones.—Sans façon.Yapaí y
yapaí.—Detalles.—En Santiago y Córdoba los pobres
hacen lo mismo que los indios.—Fingimiento.—Otra
vez la cara patibularia.—Averiguaciones.—Una navaja
de barba mal empleada
[63]
VIII. Dos desconocidos.—El cuarterón.—El mayor
Colchao y su hijo.—Una cautiva explica
quién era Colchao y refiere su historia.—Provocaciones
de Caiomuta.—Gualicho redondo.—Contradicciones
del cuarterón.—Juan de Dios
San Martín.—Dudas sobre la fidelidad conyugal.—Picando
tabaco.—Retrato de Baigorrita.—Un
espía de Calfucurá
[73]
IX. Cansancio.—Puesta del sol.—Un fogón de dos
filas.—Mis caballos no estaban seguros.—Aviso
de Baigorrita.—Los indios viven robándose
unos á otros.—La justicia.—Los pobres son como
los caballos patrios.—Cena y sueño.—Intentan
robarme mis caballos.—Cantan los gallos.—Visión.—El
mate.—Un cañonazo
[87]
X. Baigorrita se levanta al amanecer y se
baña.—Saludos.—En el toldo de mi futuro compadre.—El
primer bautismo en Quenque.—Deberes
recíprocos del padrino y del ahijado.—Nociones
de los indios sobre Dios.—Promesas de mi
compadre sobre mi ahijado.—Me hablan de una
cosa y contesto otra.—Lucio Victorio Mansilla
sería algún día un gran cacique.—Pensamientos
locos.—Visita al toldo de Caniupán.—Usos
y costumbres ranquelinas.—Un fumador sempiterno
[97]
XI. El cuarterón cuenta su historia.—Recuerdo de Julián
Murga.—Los niños de hoy.—Diálogo con el
cuarterón.—Insultos.—Nuestros juicios son
siempre imperfectos.—Un recuerdo de la
Imitación de Cristo.—Dudas
filosóficas.—Última mirada al
fogón.—El cuarterón me da lástima.—Alarma.—Caiomuta
ebrio, quiere matarme.—Un reptil humano
[107]
XII. Medio dormido.—Un palote humano.—Un
baño de aguardiente.—Los perros son más leales
que los hombres.—Preparativos.—El comercio
entre los indios.—Dar y pedir con vuelta.—Peligros
á que me expuso mi pera.—En
marcha para Añacué.—Una águila mirando al
Norte, buena señal
[117]
XIII. Mi compadre Baigorrita me pide caballos
prestados.—El que entre lobos anda á aullar
aprende.—Aves de la Pampa.—En un monte.—Perdido.—Las
tinieblas.—Fantasmas de la
imaginación.—¿Somos felices?—Disertación
sobre el derecho.—El miedo.—Hallo camino.—Me
incorporo á mis compañeros.—Clarines y
cornetas
[127]
XIV. Mariano Rosas y su gente.—¡Qué valiente
animal es el caballo!—Un parlamento de noche.—Respeto
por los ancianos.—Reflexiones.—La
humanidad es buena.—Si así no fuese estaría
perturbado el equilibrio social.—El arrepentimiento
es infalible.—Lo dejo á mi compadre Baigorrita
y me retiro.—Un recién llegado.—Chañilao.—Su
retrato
[135]
XV. Quién es Chañilao.—Su historia.—El carácter
es un defecto para las medianías.—Diferencia
entre el gaucho y el paisano.—El primero
no es nada, el segundo es siempre federal.—¿Tenemos
pueblo propiamente hablando?—Sentimientos
de un maestro de posta cordobés
cuando estalló la guerra con el Paraguay.—Chañilao
y yo.—Frescas.—Intrigas.—Una china
[145]
XVI. Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado
á los de Leubucó.—Censura pública.—Nubes
diplomáticas.—Camargo conocía bien á
los indios.—Confío en él.—Camilo y Chañilao
no se entienden.—En marcha para la junta
grande.—Quieren que salude á quien no debo.—Me
niego á ello.—Ceden saludos.—Empieza la
conversación.—Discurso inaugural.—Entusiasmo
que produce Mariano Rosas.—El debate.—Un
tonto no será nunca un héroe
[155]
XVII. Repito la lectura de los artículos del tratado
de paz.—Los indios piden más qué comer.—Mi
elocuencia.—Mímica.—Dificultades.—El
recuerdo de un sermón de Viernes Santo me
salva.—El representante de la Liberté en Bruselas
y yo.—Cargos mutuos.—Argumentos etnográficos.—Recursos
oratorios.—En el banco
de los acusados.—Interpelaciones ad hominem.—El
traidor calla.—Redoblo mi energía é impongo
con ella.—Se establece la calma.—Apéndice.—Once
mortales horas en el suelo
[165]
XVIII. Revelación.—Más había sido el ruido que
las nueces.—Nuevas presentaciones.—El último
abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita.—Otra
vez adiós.—Mariano Rosas después
de la junta.—¡Qué dulce es la vida lejos
del ruido y de los artificios de la civilización!—Los
enanos nos dan la medida de los gigantes y
los bárbaros la medida de la civilización.—Una
mujer azotada.—No era posible dormir tranquilo
en Leubucó
[183]
XIX. La paz estaba definitivamente hecha.—El
doctor Macías.—Gotas maravillosas.—Padre é
hijo indios.—Lo pido á Macías.—Visita á Epumer
[193]
XX. Fama de Epumer.—Me esperaban en su
toldo.—Recepción.—Indias y cristianas.—Pasteles
y carbonada entre los indios.—Amabilidades.—Celo
apostólico del padre Marcos.—Puchero
de yegua.—Insisto en sacar á Macías.—Negativas.—Un
indio teólogo.—Un espectro vivo
[203]
XXI. Intrigas contra Macías.—Envidia de los
cristianos.—Preparativos para el bautismo.—Animación
de Leubucó.—Aspavientos de las
madres.—Sentimiento que las dominaba.—El
mal de este mundo es materia de religión.—Mi
ahijada, la hija de Mariano Rosas.—De gala, con
botas de potro de cuero de gato, y vestido de
brocado.—Invencible curiosidad.—No puedo explicar
lo que sentí.—Una cristalización en el
cerebro.—Regalos recíprocos.—Pobre humanidad
[213]
XXII. Se acerca la hora de partida.—Desaliento
de Macías.—El negro del acordeón y un envoltorio.—Era
un queso.—Calixto Oyarzábal anuncia
que hay baile.—Baile de los indios y de las
chinas.—En un detalle encuentro á los indios
menos civilizados que nosotros
[223]
XXIII. Solo en el fogón.—¿Qué habría pensado yo
si hubiera tenido menos de treinta años?—Con
las mujeres es mejor no estar uno solo.—El crimen
es hijo de las tinieblas.—El silencio es un
síntoma alarmante en la mujer.—Visitas inesperadas.—Yo
no sueño sino disparates.—Los filósofos
antiguos han escrito muchas necedades
[231]
XXIV. La loca de Séneca.—El sueño Cesáreo se
me había convertido en substancia.—Salida
inesperada de Mariano Rosas.—Un bárbaro pretende
que un hombre civilizado sea su instrumento.—Confianza
en Dios.—El hijo del comandante
Araya.—Dios es grande.—Una seña misteriosa
[239]
XXV. Astucia y resolución de Camilo Arias.—Última
tentativa para sacar á Macías.—Un indio entre
dos cristianos.—Confitemini Domino.—Frialdad
á la salida.—La palabra amigo en Leubucó
y en otras partes.—El camino de Carrilobo.—Horrible,
most horrible!
—Todavía el negro
del acordeón.—Felicidad pasajera de Macías
[247]
XXVI. Á orillas de un monte.—Un barómetro humano.—En
marcha con antorchas.—Ecos extraños.—Conjeturas.—Un
chañar convertido en
lámpara.—Aparición de Macías.—Inspiración
del gaucho.—Alrededores del toldo de Villarreal.—Una
cena.—Cumplo mi palabra
[257]
XXVII. Con quién vivía mi comadre Carmen.—Una
despedida igual á todas.—Yo habría hecho igual á
todas las mujeres.—Grupo asqueroso.—¡Adiós!—Una
faja pampa.—Arrepentimiento.—Trepando
un médano.—Desparramo.—Perdidos.—El
Brasil puede alguna vez salvar á los
Argentinos.—Llegamos al toldo de Ramón
[267]
XXVIII. El sueño no tiene amo.—El toldo de Ramón
nada dejaba que desear.—Una fragua primitiva.—Diálogo
entre la civilización y la barbarie.—Tengo
que humillarme.—Se presenta
Ramón.—Doña Fermina Zárate.—Una lección
de filosofía práctica.—Petrona Jofré y los cordones
de Nuestro Padre San Francisco.—Veinte
yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes
por una mujer.—Rasgo generoso de Crisóstomo.—El
hombre ni es un ángel ni una bestia
[277]
XXIX. La familia del cacique Ramón.—Spañol.—Una
invasión.—Despacho al capitán Rivadavia.—Cuestión
de amor propio.—Buen sentido de
un indio.—En Carrilobo soplaba mejor viento
que en Leubucó.—Suenan los cencerros.—Atíncar
(véase bórax).—El hombre civilizado nunca
acaba de aprender.—Me despido.—Cómo doman
los bárbaros.—¡Últimos hurrahs!
[287]
XXX. Á la vista de la Verde.—Murmuraciones.—Defecto
de lectores y de caminantes.—Dos cuentos
al caso.—Reglas para viajar en la Pampa.—La
monotonía es capaz de hacer dormir al mejor
amigo.—Dos polvos.—Suerte de Brasil.—Reproche
de los franciscanos.—¿Tendrán alma los perros?—Un
obstáculo
[297]
XXXI. Otra vez en la Verde.—Últimos ofrecimientos
de Mariano Rosas.—Más ó menos todo el mundo es como
Leubucó.—Augurios de la
Naturaleza.—Presentimientos.—Resuelvo separarme de mis
compañeros.—Impresiones.—¡Adiós!—Un
fantasma.—Laguna del Bagual.—Encuentro
nocturno.—Un cielo al revés.—Agustinillo.—Miseria
del hombre
[307]
Epílogo [321]

UNA EXCURSIÓN Á LOS INDIOS RANQUELES


I

Visita del cacique Ramón.—Un almuerzo y una conferencia en el toldo de Mariano Rosas.—Mi futura ahijada.—Ideas de Mariano Rosas sobre el gobierno de los indios comparado con el de los cristianos.—Reflexiones al caso.—Explico lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución.—El pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley.

Al día siguiente recibí la visita del cacique Ramón, que llegó con una numerosa comitiva.

Charlamos duro y parejo, como se dice en la tierra; bebimos sendos tragos á la usanza araucana, y quedamos apalabrados para vernos en la raya de las tierras de Baigorrita, el día de la junta, que no tardaría en tener lugar.

Bustos, el mestizo que tan buena voluntad me manifestó en Alliancó, venía con él.

Le di algo de lo poco que me había quedado, y al cacique le regalé mi revólver de veinte tiros, enseñándole el modo de servirse de él, cómo se armaba y desarmaba. No pareció muy contento del arma. Es linda, me dijo; pero aquí no nos sirven las cosas así, porque cuando se nos acaban las balas no tenemos de dónde sacarlas.

Le prometí surtirlo de ellas, si teníamos la fortuna de observar fiel y estrictamente la paz celebrada.

Me contestó que por su parte no omitiría esfuerzo en ese sentido, apelando al testimonio de Bustos para probarme que él era muy amigo de los cristianos. En la Carlota tengo parientes; mi madre era de allí, me repitió varias veces, agregando siempre: ¡cómo no he de querer á los cristianos si tengo su sangre!

Después que se marchó, mandé ver con el capitán Rivadavia si Mariano Rosas estaba en disposición de que habláramos de nuestro asunto,—el tratado de paz.

Mi viaje tenía por objeto orillar ciertas dificultades que surgían de la forma en que había sido aceptado.

Me contestó que estaba á mis órdenes, que fuera á su toldo cuando gustara.

No le hice esperar.

Entré en el toldo.

El hombre almorzaba rodeado de sus hijos y mujeres.

Se pusieron de pie todos, me saludaron atenta y respetuosamente, y antes de que hubiera tenido tiempo de acomodarme en el asiento que me designaron, me pusieron por delante un gran plato de madera con mazamorra de leche muy bien hecha.

Me preguntaron si me gustaba así ó con azúcar.

Contesté que del último modo, y volando la trajeron en una bolsita de tela pampa.

No había almorzado aún. Comí, pues, el plato de mazamorra sin ceremonias.

Me ofrecieron más y acepté.

Mis aires francos, mis posturas primitivas, mis bromas con los indiecitos y las chinas le hacían el mejor efecto al cacique.

—Usted ha de dispensar, hermano, me decía á cada momento.

Cuando le miraba fijamente, bajaba la cara, y cuando creía que yo no le veía, me miraba de hito en hito.

Hablamos de una porción de cosas insignificantes, mientras duró la mazamorra, que á eso sólo se redujo el almuerzo.

Meses antes, por cartas me había invitado para que nos hiciéramos compadres.

Me presentó á mi futura ahijada.

Era una chinita como de siete años, hija de cristiana.

Más predominaba en ella el tipo español que el araucano.

La senté en mis rodillas y la acaricié, no era huraña.

Por fin, entramos á hablar de las paces, como se dice allí.

Mariano fué quien tomó la palabra.

—Yo, hermano, quiero la paz porque sé trabajar y tengo lo bastante para mi familia cuidándolo. Algunos no la han querido; pero les he hecho entender que nos conviene. Si me he tardado tanto en aceptar lo que usted me proponía, ha sido porque tenía muchas voluntades que consultar.

En esta tierra el que gobierna no es como entre los cristianos.

Allí manda el que manda y todos obedecen.

Aquí, hay que arreglarse primero con los otros caciques, con los capitanejos, con los hombres antiguos. Todos son libres y todos son iguales.

Como se ve, para Mariano Rosas nosotros vivimos en plena dictadura y los indios en plena democracia.

No creí necesario corregir sus ideas.

Por otra parte me hubiera visto un tanto atado para demostrarle y probarle que el Gobierno, la autoridad, el poder, la fuerza disciplinada y organizada no son omnipotentes en nuestra turbulenta república.

Aquí donde todos los días declamamos sobre la necesidad de prestigiar, robustecer y rodear al poder, siendo así que el hecho histórico persistente, enseña á todos los que tienen ojos y quieren ver, que la mayor parte de nuestras desgracias provienen del abuso de autoridad.

Recién vamos adquiriendo conciencia de nuestra personalidad; recién va encarnándose en las muchedumbres, cuya aspiración ardiente es conquistar y afianzar la libertad racional sobre los inamovibles quicios de la eterna justicia; recién vamos convenciéndonos de que lo que se llama soberanía popular es el ejercicio y la práctica del santo derecho; recién vamos entendiendo que el pueblo es todo, y que así como nadie puede reivindicar el honroso título de caballero si deja que se juegue con su dignidad personal, así también la entidad colectiva no puede enorgullecerse de sus conquistas morales, de sus progresos, de su civilización, si dócil y sumisa, irresoluta y cobarde se deja uncir al carro del poder para arrastrarlo según su capricho.

Por más entendido que fuera Mariano Rosas, ¿á qué había de perder tiempo en disertaciones políticas con él?

Como yo era en aquellos momentos un embajador (sic), y como siendo uno embajador debe tomar las cosas á lo serio, después de algunas palabras encomiando su conducta entré á explicar que el tratado de paz debiendo ser sometido á la aprobación del Congreso, no podía ser puesto en ejercicio inmediatamente.

Me valí para que el indio comprendiera lo que es Poder Ejecutivo, Parlamento, Presupuesto y otras hierbas, de figuras de retórica campesinas. Y sea que estuve inspirado, cosa que no me suele suceder,—no recuerdo haberlo estado más que una vez, cuando renuncié á estudiar la guitarra, convencido de la depresión frenológica que puede notarse observando en mi cráneo el órgano de los tonos,—y sea que estuve inspirado, decía, el hecho es de que Mariano Rosas se edificó.

Me convencieron de ello sus bostezos.

Podía quedarse dormido si continuaba haciendo gala de mis talentos oratorios, de mis conocimientos en la ciencia del derecho constitucional, de las seducciones que el hombre civilizado cree siempre tener para el bárbaro.

Me resolví, pues, á hacerle esta interpelación:

—¿Y qué le parece, hermano, lo que le he dicho?

—¡Qué me ha de parecer! que estando firmado el tratado por el Presidente, que es el que manda, nos costará mucho hacerles entender á los otros indios eso que usted me ha estado explicando.

—Haremos—continuó,—una junta grande, y en ella entre usted y yo, diremos lo que hay.

—Mientras tanto, hermano, cuente conmigo para ayudarlo en todo.

—Yo cuento con usted, porque veo que si no quisiera á los indios no habría venido á esta tierra.

Le contesté, como era de esperarse, asegurándole que el Presidente de la República era un hombre muy bueno; que se había envejecido trabajando para que se educaran todos los niños chicos de mi tierra; que no les había de abandonar á su ignorancia; que por carácter y por tendencias era hombre manso, que no amaba á la guerra; y que por otra parte, la Constitución le mandaba al Congreso conservar el tratado pacífico con los indios y promover la conversión de ellos al catolicismo; que el Congreso le había de dar al Presidente toda la plata que necesitase para esas cosas, y que como eran muy amigos no se habían de pelear si pensaban de distinto modo, porque los dos juntos gobernaban el país.

—Y dígame, hermano—me preguntó;—¿cómo se llama el Presidente?

—Domingo F. Sarmiento.

—¿Y es amigo suyo?

—Muy amigo.

—Y si dejan de ser amigos, ¿cómo andarán las paces con nosotros que ha hecho usted?

—Pero bien, no más, hermano, porque yo no puedo pelearme con el Presidente, aunque me castigue. Yo no soy más que un triste coronel, y mi obligación es obedecer.

El Presidente tiene mucho poder, él manda todo el ejército. Además, si yo me voy, vendrá otro jefe, y ese jefe tendrá que hacer lo que le mande el general Arredondo, que es de quien dependo yo.

—¿Arredondo es amigo del Presidente?

—Muy amigo.

—¿Más amigo que usted?

—Eso no le puedo decir, hermano, porque, como usted sabe, la amistad no se mide, se prueba.

—Y dígame, hermano, ¿cómo se llama la Constitución?

Aquí se me quemaron los libros. Y, sin embargo, si el Presidente podía llamarse D. F. Sarmiento, ¿por qué para aquel bárbaro, la Constitución, no se había de llamar de algún otro modo también?

Me vi en figurillas.

—La Constitución, hermano... La Constitución... se llama así no más, pues, Constitución.

—¿Entonces, no tiene nombre?

—Ése es el nombre.

—¿Entonces no tiene más que un nombre, y el Presidente tiene dos?

—Sí.

—¿Y es buena ó mala la Constitución?

—Hermano, los unos dicen que sí, y los otros dicen que no.

—¿Y usted es amigo de la Constitución?

—Muy amigo, por supuesto.

—¿Y Arredondo?

—También.

—¿Y cuál de los dos es más amigo de la Constitución?

—Los dos somos muy amigos de ella.

—¿Y el Congreso, cómo se llama?

—El Congreso... el Congreso... se llama Congreso.

—¿Entonces no tiene más que un solo nombre, lo mismo que la otra?

—Uno sólo, sí.

—¿Y es bueno ó es malo el Congreso?

—(¡Hum!)

Confieso que esta pregunta me dejó perplejo. Pero había que contestar. Hice mis cálculos para responder en conciencia, y cuando iba á hacerlo, dos perros que andaban por allí se echaron sobre un hueso y armaron una singuizarra infernal, interrumpiendo el diálogo.

Mariano se levantó para espantarlos gritando «¡fuera! ¡fuera!»

Yo aproveché la coyuntura para retirarme.

Entré en mi rancho, me senté en la cama, apoyé los codos en los muslos, la cara en las manos y me quedé por largo rato sumido en profunda meditación.

«He perdido el tiempo, me decía, con los ecos del espíritu. No es tan fácil explicar lo que es una Constitución, lo que es un Congreso.»

Mariano Rosas había entendido perfectamente lo que es un presidente, primero, porque tenía otro nombre, porque se llamaba Domingo lo mismo que habría podido llamarse Bartolo; segundo, porque mandaba el ejército.

Por consiguiente, resulta de mi estudio sobre las entendederas de un indio, que el pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley.

Los símbolos impresionan más la imaginación de las multitudes, que las alegorías.

De ahí, que en todas las partes del mundo donde hay una Constitución y un Congreso, le teman más al Presidente.

Algunas horas después volví á verme con Mariano.

Viéndole festivo, aproveché sus buenas disposiciones y le pedí permiso para decir una misa, al día siguiente, manifestándole el vehemente deseo de oirla que tenían muchos de los cristianos cautivos y refugiados en Tierra Adentro.

Llevéles la buena nueva á mis franciscanos, y, como verdaderos apóstoles de Jesucristo, la recibieron con júbilo.

Resolvimos decirla, si el tiempo estaba bueno, si no había viento ó tierra, en campo raso, apoyando el altar sagrado en el viejo tronco de un chañar inmenso, cuyos gajos corpulentos le servirían de bóveda.

Mañana estaremos de misa.

II

Camargo y José de visita en los momentos de recogerme.—Me llevaban una música.—Horresco referens.—Fisonomía de Camargo.—Zalamerías de José.—Por qué lo respetan los indios á Camargo.—Vida de Camargo contada por él mismo.—Por qué produce esta tierra tipos como el de Camargo.

Arreglaba mi cama para recogerme, después de haber cenado y convenido con los franciscanos que la misa se diría al día siguiente, de ocho á nueve, cuando una visita inesperada se presentó en mi rancho.

Mi futuro compadre Camargo, con uno de los lenguaraces de Mariano Rosas, llamado José, nativo de Mendoza, casado entre los indios, cuyos hábitos y costumbres ha adoptado hasta el extremo de hacer dudar sea cristiano. Es hombre que tiene algo, porque, como se dice allí, ha trabajado bien, y en quien depositan la mayor confianza, tanta cuanta depositarían en un capitanejo.

José está vinculado por el amor, la familia y la riqueza al desierto.

Los indios, que conocen el corazón humano lo mismo que cualquier hijo de vecino, lo saben perfectamente bien.

Le miran, pues, como á uno de ellos.

Ambos venían con los instrumentos del placer en la mano,—con una botella de aguardiente.

Les ofrecí asiento, y haciendo grandísimos esfuerzos para disimular su estado, lo aceptaron, invitándome á saborear con ellos el alcohólico brevaje, usando, por supuesto, de la fórmula consagrada.

Tuve que aceptar el yapaí.

Pero como estábamos solos, entre puros nosotros como dicen los paisanos, me creí eximido de ser tan deferente como en otras ocasiones.

No lo llevaron á mal.

Mis fueros de coronel, por una parte, por otra la comunidad de religión y de origen, circunstancia que en todas las situaciones de la vida establece fácilmente cierta cordialidad entre los hombres, ponían á mis huéspedes en el caso de no abusar de mi hospitalidad.

Además, ellos se consideraban honrados de ser admitidos á horas incompetentes en mi rancho; les bastaba fraternizar conmigo y beber solos con mi permiso.

Me lo pidieron con toda la picardía gauchesca, diciéndome:

—Dispénsenos, mi Coronel, si no estamos muy buenos; queremos acabar esta botellita aquí, en su rancho; si le parece mal, si le incomodamos, nos retiraremos.

—Estén á gusto—les contesté,—yo no soy hombre etiquetero.

—Ya lo sabemos—contestaron á dúo,—por eso hemos venido.

Y esto diciendo, José, que era muy zalamero, que había sido muy obsequiado por mí en el Río 4.º, me abrazaba, diciéndole á Camargo:

—Éste es mi padre—y mirándome significativamente:—Ya sabe, mi Coronel, quién es José.

Quedo enterado, decía yo para mis adentros, sabiendo mejor que él á lo que me debía atener.

Declaraciones de beodos son lo mismo que promesas de mujer.

¡Necio de aquél que se chupa el dedo!

Necio de aquél que al entregarle su corazón, sus esperanzas y sus ilusiones, olvida el dicho de Ninón de Lenclos:

Tout passe, tout casse, tout lasse.

Ser amable no es pecado.

Al contrario, es un deber cuya práctica nos hace simpáticos á los ojos del mundo.

Yo era, pues, tan amable con mis visitas, como el tiempo y el lugar lo permitían.

Todos los días le doy gracias á Dios por haberme concedido bastante flexibilidad de carácter para encontrarme á gusto, alegre y contento, lo mismo en los suntuosos salones del rico, que en el desmantelado rancho del pobre paisano; lo mismo cuando me siento en elásticas poltronas, que cuando me acomodo alrededor del flamante fogón del humilde y paciente soldado.

Las botellas, que no tenían la magia de ser inagotables, espichaban ya: José estaba completamente en las viñas del Señor.

Camargo, más fuerte, se mantenía en completa posesión de sus sentidos.

—¿Sabe, mi Coronel, que le traemos una música? Con su permiso.

—Muchas gracias, hombre, ¿para qué se han incomodado?

Camargo se levantó, apoyándose en los horcones del rancho, se asomó á la puerta, dijo algo, volvió á sentarse y acto continuo se presentó—horresco referens,—el negro del acordeón.

—¡Uff!—hice,—eso no, Camargo—le dije.—Denme todas las músicas que quieran. Pero con el acordeón, no, no. Estoy harto de la facha de ese demonio.

Y dirigiéndome al negro, proseguí en estos términos:

—¡Vete! ¡vete!

El negro no me obedeció.

Como pegado al suelo describía con su cuerpo curvas á derecha é izquierda, adelante y atrás.

Estaba ebrio como una cabra.

—¡Vete! ¡vete! lejos de aquí, volví á decir.

Y Camargo, viendo que el negro me revolvía la bilis, se levantó, y tomándole de un brazo le enseñó el portante.

Libre de aquella bestia, verdaderamente negra, resollé dando un resoplido como cuando en día canicular, jadeantes de fatiga, nos tendemos á nuestras anchas sobre cómodo sofá, habiendo escapado á las garras de alguno de esos soleros cuya vida es contar sus pleitos ó sus cuitas con la autoridad.

José se había quedado dormido.

Camargo se sentó, y bajo la influencia del aguardiente cayó en una especie de letargo.

Examiné su fisonomía.

Es lo que se llama un gaucho lindo.

Tiene una larga melena negra, gruesa como cerda, unos grandes ojos, rasgados, brillantes y vivos, como los de un caballo brioso; unas cejas y unas pestañas largas, sedosas y pobladas; una gran nariz algo aguileña; una boca un tanto deprimida, y el labio inferior bastante grueso.

Es blanco como un hombre de raza fina, tiene algunos hoyos en la cara y poca barba.

Es alto, delgado y musculoso.

Su frente achatada y espaciosa, sus pómulos saltados, su barba aguda, sus anchas espaldas, su pecho en forma de bóveda y sus manos siempre húmedas y descarnadas, revelan la audacia, el vigor, la rigidez susceptible de rayar en la crueldad.

Camargo es uno de esos hombres por cuyo lado no se pasa, yendo uno solo, sin sentir algo parecido al temor de una agresión.

Los indios le respetan, porque ellos respetan todo lo que es fuerte y varonil, al que desprecia la vida.

Y Camargo se cura poco de ella.

Pruébanlo bien las cicatrices de cuchilladas que tiene en las manos, su existencia agitada, turbulenta, azarosa, que se consume entre el aguardiente y las reyertas de incesantes saturnales, entre el estrépito de los malones y de las montoneras, como que hoy está entre los indios, mañana en los llanos de la Rioja con Elizondo y Guayama, volviendo después de la derrota á su guarida de Tierra Adentro, sobre el lomo del veloz é indómito potro.

Este gaucho, seame permitido decirlo, reivindica en los casos heroicos el honor de los cristianos. Cuando le place, lo mismo cara á cara que por detrás, cuerpo á cuerpo, que entre varios, apostrofa á los indios de «bárbaros». Yo le oí decir muchas veces á voz en cuello:

«Á mí, que no me anden con vueltas éstos, porque yo los conozco bien, y al que le acomode una puñalada se la ha de ir á curar al otro mundo.»

Después que examiné detenidamente aquel tipo de férrea estructura, en el que los caracteres semíticos de la persistencia estaban estampados, le dirigí la palabra, sacándole del silencio indeliberado en que había caído.

—¿Cómo te hallas aquí?—le pregunté.

Habla con mucha vivacidad, pero esta vez, contra su costumbre habitual, en lugar de contestarme, dió un suspiro, y se envolvió en las nieblas de sus recuerdos dolorosos.

—Vamos, hombre—le dije,—cuéntame tu vida.

—Señor—me contestó.—Mi vida es corta y no tiene nada de particular. No soy mal hombre, pero he sido muy desgraciado.

Yo soy de San Luis; de allá por Renca; mis padres han sido gente honrada y de posibles. Me querían mucho y me dieron buena educación.

Sé leer y escribir, y también sé cuentas. Desde chiquito era medio soberbio. Cuando me hice hombrecito, se me figuraba que nadie podía ser más que yo. Cuando oía decir que había un gaucho guapo, lo buscaba á ver si me decía algo.

Me gustaba ser militar, y soñaba con ser general. No había hecho mal á nadie, aunque tenía bastante mala cabeza.

Siempre andaba en parrandas, jugadas y peleas; pero nadie dirá que le pegué de atrás.

Me enamoré de la hija del comandante N... La muchacha me quería. Yo era joven, pues aquí donde me ve no tengo más que veinticuatro años (parecía tener treinta y dos).

Á más de eso como mis padres tenían alguna platita, yo andaba siempre aviao. El comandante N... sabía mis amores con su hija, no le gustaban. Un día me atropelló en las carreras, y vino á darme una pechada; yo le enderecé mi caballo y lo puse patas arriba con flete y todo. Era muy fantástico y no me lo perdonó.

Desde esa vez, decía siempre que me había de matar. Yo estaba en guardia. Me achacaron varias cosas, nada me probaron. Hubo una bulla de revolución.

Me fueron á prender. Eran cuatro de la partida. ¡Qué me habían de tomar! Sabía bien que me iba en la parada el número uno. Hice un desparramo y me fuí á los montoneros.

Le interrumpí preguntándole:

—¿Y qué opinión tenías?

—¿Opinión? Yo no tenía más opinión que ser hombre alegre y divertirme. Las carreras y las mujeres eran toda mi opinión.

—¿Y qué hiciste con la montonera?

—Hicimos el diablo. Anduve una porción de tiempo con el Chacho, que era un bárbaro. Después que lo mataron anduve á monte. Cuando vino don Juan Saa, con otros nos juntamos á su gente. Nos derrotó en San Ignacio el general Arredondo, me vine con los indios de Baigorrita para acá.

—¿Y después de eso, qué has hecho, qué vida has llevado?

—Me fuí para San Luis, de oculto, traje mi mujer, mis hijos y algunos parientes, y aquí están todos.

—¿Y has andado en las invasiones con los indios?

—En algunas, señor.

—¿Y es cierto que tú has tenido la culpa de que los indios matasen una porción de cristianos?

—Es falso.

He estado en las casas de algunos pícaros, pero me he opuesto á que los degüellen. ¡Ah si no hubiera sido por mí! Habría unos cuantos diantres menos en este mundo.

Por aquí íbamos de nuestro coloquio cuando el negro del acordeón preludió una tocata, del lado de afuera.

Camargo se levantó, salió, y por ciertos vocablos con que rellenaba su intimación de que se alejara, calculé que el desgraciado Orfeo de Leubucó no era tratado como los artistas pretenden generalmente que se les trate, aunque sean malos.

Música y negro se fueron á otra parte. Camargo volvió, y, sin entrar, me dijo de la puerta del rancho: Buenas noches, mi Coronel, y dispense.

Era hora de pensar en dormir. Mis ayudantes Lemlenyi, Rodríguez, Ozarowski y los dos benditos franciscanos que habían asistido á la visita y confidencias de Camargo, bostezaban á todo trapo.

Desperté á José, llamé dos asistentes, y le hice llevar á un toldo vecino.

Y en tanto me aprestaba para pasar una noche toledana, porque soplaba viento muy fresco, y la tierra entraba al toldo como en su casa, por cuanto resquicio tenía, meditaba sobre esas existencias argentinas, sobre esos tipos crudos medio primitivos, que tanto abundan en nuestro país, que se sacrifican ó mueren por una opinión prestada. Porque nos sobran instituciones y leyes y nos falta la eterna justicia, la justicia que, cual genio tutelar, lo mismo debe velar el hogar del desvalido que la mansión suntuosa del rico potentado.

Bajo estas impresiones tuve un sueño—yo soy tan soñador,—I had a dream, which was not all a dream.

¡Soñaba!...

¡Si en este país hay quien ahorque á un hombre que tiene diez millones de pesos!

III

Noche de hielo.—Donde es realmente triste la vida.—Preparativos para la misma.—Resuena por primera vez en el desierto el Confiteor Deo Omnipotenti.—Recuerdo de mi madre.—Trabajos de Mariano Rosas, preparando los ánimos para la junta.—Como y duermo.—Conferencia diplomática.—El archivo de Mariano Rosas.—En Leubucó reciben la «Tribuna».—Imperturbabilidad de Mariano Rosas.—Mi comadre Carmen en el fogón.

La noche fué de hielo, larga y fastidiosa.

La arena entraba en el rancho por todas partes, como zarandeada.

Cuando la luz del día alumbró el cuadro que formaban mis oficiales y los frailes, acostados en el suelo, y yo, sobre mi tantas veces mentada cama, miré por una abertura que á guisa de respiradero había formado con las cobijas.

Mis compañeros habían desaparecido, cubiertos por una capa amarillenta, que presentaba el aspecto sinuoso de un medanito, cuya superficie se movía apenas al compás del resuello de los que yacían bajo su leve peso, durmiendo tranquilos el sueño de la vida.

¡Qué pensamiento tirano podía preocuparlos en aquellas alturas!

La existencia no es realmente triste, agitada y difícil sino en los grandes centros de población; allí donde todas las necesidades que excitan las pasiones nos condenan sin apelación á la dura ley del trabajo, verdadera rueda de Ixión, que, mal de nuestro grado, tenemos que mover, hasta que llegando al instante supremo tantas veces ansiado como temido, les damos un eterno adiós á las eternas vanidades, que eternamente nos corroen, nos subyugan y nos dominan, gastando los resortes de acero de las almas mejor templadas.

Sacudimos la pereza, la enervante y dulce pereza, de la que lo mismo se goza cuando los miembros están fatigados, reclinándose en el frío y duro umbral de una puerta de calle, que en elástica y confortable otomana cubierta de terciopelo.

Una vez en pie, nos pusimos en movimiento.

Los franciscanos sacaron afuera el baúl que contenía los ornamentos sagrados, preparándolos en seguida para la ceremonia de la misa.

Yo, después de bañarme en el jagüel, y de un ligero desayuno de mate con yerba y café, fuí á examinar el sitio donde debía hacerse el altar, si el viento calmaba.

El cielo estaba límpido, el sol brillaba espléndido.

Las horas se deslizaron sin sentir, arreglando lo que se necesitaba.

Se avisó á los cristianos circunvecinos, y viendo que no era posible celebrar los oficios divinos en campo raso, como yo lo deseaba, se buscó un rancho.

Todos estábamos muy contrariados.

El mismo sentimiento nos dominaba.

Como verdaderos creyentes, reconocíamos que á la inmensa majestad de Dios le cuadraba adorarla bajo las vastas cúpulas azuladas del firmamento, ó bajo las bóvedas macizas de las soberbias basílicas, cuyas torres audaces empinándose á grandes alturas parecen querer tocar las nubes, y hacer llegar al cielo los cánticos sagrados.

Allí donde el hombre eleva su espíritu al Ser Supremo, debe procurarse que la grandeza del espectáculo le inspire recogimiento.

La mística plegaria es más ferviente cuando la imaginación sufre las influencias poéticas del mundo exterior.

El viento no cesaba.

Tuvimos que resignarnos á recurrir al rancho de un sargento de la gente de Ayala.

Le asearon lo mejor posible, y en un momento los franciscanos improvisaron el altar.

Poco á poco fueron llegando hombres y mujeres, y ocupando sus puestos.

Los pobres se habían vestido con la mejor ropita que tenían. Hincados, sentados ó de pie, esperaban con respetuoso silencio la aparición de los sacerdotes.

Miré el reloj, marcaba las nueve.—Es la hora, Padres, les dije, y me dirigí con ellos, acompañado de mis oficiales, á la capilla.

No podía ser más modesta.

Me consolé, recordando que aquél cuyo sacrificio íbamos á honrar había nacido en un establo, durmiendo en pajas.

Con ponchos y mantas los franciscanos habían tapizado el suelo y las paredes del rancho.

El viento no incomodaba, las velas ardían iluminando un crucifijo de madera, en el que se destacaba, salpicada de sangre, la demacrada y tétrica faz de Cristo; el altar brillaba cubierto de encajes y de brocado pintado de doradas flores, resaltando en él la reluciente custodia y las vinajeras plateadas.

Todo estaba muy bonito, incitaba á rezar.

El padre Marcos debía oficiar, ayudándole el padre Moisés y yo, aunque de mi latín de sacristía no me habían quedado sino recuerdos confusos y vagos.

Pero mi deber era dar el ejemplo en todo.

Lo revestimos al padre Marcos, y los oficios empezaron.

Grupos de indios curiosos nos acechaban.

Reinaba un profundo silencio.

La metálica campanilla vibró, invitando á hacer acto de contricción por la sangre del Redentor.

Era la primera vez que en aquellas soledades, que entre aquellos bárbaros, resonaban los ecos del humilde Confiteor Deo Omnipotenti.

Los cristianos oraban con intensa devoción.

Yo los miraba cada vez que la ceremonia me permitía darle el flanco al altar.

Entre ellos había varios indios.

En algunas mujeres sorprendí lágrimas de arrepentimiento ó de dolor; en otras vagaba por su fisonomía algo parecido á un destello de esperanza.

Todos parecían estar íntimamente satisfechos de haberse reconciliado con Dios, elevando su espíritu á él en presencia de la cruz y del altar.

Mientras duraron los oficios sagrados, yo pensé constantemente en mi madre.

Recordaba los martirios infantiles por que me había hecho pasar, llevándome todos los domingos á la iglesia de San Juan, para que ayudara á misa bajo su vigilante mirada:

—¡Pobre mi madre!—me decía,—¡qué lejos estás!

Rogaba á Dios por ella y por todos los que amaba; y le daba gracias por esos martirios, porque debido á ellos me era permitido experimentar el placer de prestigiar á la religión entre los infieles, tomando parte en la celebración de la augusta ceremonia que allí nos congregaba.

Después que se acabó todo, que los padres repartieron sus bendiciones, se deshizo el altar, se arrancaron los ponchos y mantas, y la capilla volvió á quedar convertida en lo que era, en un miserable rancho.

Se guardaron los ornamentos, se puso el baúl en mi rancho, y en seguida nos fuimos con los franciscanos á darle las gracias á Mariano Rosas.

Estaba lleno de visitas y almorzaban. Cada cual tenía delante de sí un plato de abundante puchero con choclos y zapallo.

El cacique nos recibió como siempre, cortésmente, se puso de pie, nos dió la mano, hizo que nos sentáramos y nos presentó á todos los circunstantes.

Estaba ocupado en algo muy grave.

Preparaba los ánimos para la gran junta que debía tener lugar, para que se vea que entre los indios, lo mismo que entre los cristianos, el éxito de los negocios de Estado es siempre dudoso, si no se recurre á la tarea de la persuasión previa.

Los franciscanos se retiraron y me dejaron solo.

Mariano Rosas hablaba unas veces en general, otras en particular; su palabra es fácil, calculada é insinuante; generalmente sus discursos eran templados, pero á veces se exaltaba levantando la voz, fijando su mirada en el indio á quien le contestaba, y accionando con los brazos, contra costumbre.

Me trajeron de comer y comí.

La conferencia iba larga.

Me retiré, pues, conviniendo en que más tarde fijaríamos el día de la junta.

Yo quería saberlo con alguna anticipación, porque me proponía pasar hasta las tierras de Baigorrita.

Dormí una buena siesta.

El capitán Rivadavia me hizo interrumpirla.

Mariano Rosas se había quedado solo, estaba en la enramada y me invitaba á pasar á ella.

Acudí á su llamado.

Entrábamos en materia cuando el negro del acordeón haciendo cabriolas y dándole duro á su instrumento, salió del toldo.

Aquel diablo me hacía el efecto de un gettatore.

Pero allí no había más remedio que aguantarle.

Ya he dicho que el dueño de casa gozaba inmensamente con él.

Mientras el negro estuvo ahí, fué excusado hablar de cosas serias.

El Cacique no estaba sino para bromas.

Me hizo una larga serie de preguntas, referentes todas á Buenos Aires y á la familia de Rosas. Sus recuerdos eran indelebles.

Me parecía que su objeto se reducía á cerciorarse de si efectivamente yo era sobrino del Dictador, cuyo retrato me pidió diciéndome que era el único que no tenía en su colección.

Y efectivamente así era.

Díjole al negro que trajera los retratos.

Entró éste al toldo y volvió con una cajita de cartón muy sucia, en la que había una porción de fotografías, la de Urquiza, la de Mitre, la de Juan Saa, la del general Pedernera, la de Juan Pablo López, la de Varela, el caudillo catamarqueño, y otras.

Devolvióle al negro la cajita para que la pusiera en su lugar.

El favorito la llevó, y felizmente se quedó en el toldo.

Entramos en materia.

Todo estaba arreglado con los notables del desierto.