EL
GIBARO.

CUADRO DE COSTUMBRES
DE LA
ISLA DE PUERTO-RICO.

por
D. Manuel A. Alonso.

Barcelona.
POR D. JUAN OLIVERES, IMPRESOR DE S. M.,
CALLE DE MONSERRATE, N. 10.


1849.

Dedicatoria.

Al Sr. D. Juan Alonso, Caballero de la Orden de S. Hermenegildo, condecorado con otras varias cruces de distincion, 2.º comandante del 6.º batallon de milicias disciplinadas de Puerto-rico, etc. etc.

Dedica esta obrita como una muestra de gratitud por sus muchas bondades su apasionado hijo

Manuel A. Alonso.

PRÓLOGO.

Algunos años hace que deseaba publicar en obsequio de mi país una memoria, en la cual se viera claramente la falta de armonía que reina entre los estudios hechos en aquella isla y los de la Península, para evitar á los padres de familia y á la juventud estudiosa tropiezos y sinsabores que una triste esperiencia me habia hecho conocer; mas el temor de una crítica severa ahogó los sentimientos de mi corazon, y un silencio estéril, y acaso reprensible, encubrió verdades, dolorosas sí, pero que siento haber callado tanto tiempo.

Cada Puerto-riqueño que venia á seguir una carrera literaria, se encontraba aterrado por obstáculos imprevistos y muchas veces insuperables: apareció la reforma del Plan de estudios, y con ésta crecieron aquellos hasta tal punto, que creí un deber lo que antes era un deseo. Resuelto ya, era preciso elegir formas que diesen un esterior no muy desagradable al desengaño; y entonces me ocurrió la idea de escribir una coleccion de artículos de costumbres, entre los cuales pudiera figurar uno relativo á la enseñanza. He aquí la historia del GIBARO.

Conforme á lo dicho en el prospecto, he reunido aquellas escenas que juzgo mas á propósito para dar una idea de las costumbres de nuestra Antilla, procurando ser exacto como narrador, indulgente ó severo segun las circunstancias, y teniendo siempre la mira de corregir las costumbres deleitando. ¿Habré logrado mi propósito?

Aparte de las grandes dificultades del estilo medio, que me ha sido forzoso adoptar, y, mas que todo, aparte del ingenio que estoy muy lejos de reconocer en mí, se oponen al logro de mis deseos dos barreras formidables: el tiempo y la distancia. Hace cerca de siete años que media el Océano entre mi patria y el lugar en que describo sus costumbres: así es que mi libro no lleva la pretension de una obra acabada, pero sí la de ser el intérprete fiel de mis sentimientos; quizá será un estímulo para los escritores de Puerto-rico y un aviso saludable á las personas influyentes en la Isla. Recíbanlo mis paisanos como el fruto de muchas horas robadas al sueño y al descanso de los estudios de mi profesion, y no podrán menos que juzgarlo con benevolencia.

ESCENA I.
ESPÍRITU DE PROVINCIALISMO.

I.

El lector puede que conozca hace tiempo á mi compadre Pepe, á quien conté la fiesta del Utuao en el año cuarenta y cuatro; y por si no le tiene presente, ó nunca oyó hablar de él, sepa que es uno de los Cubanos mas juiciosos que en mi vida estudiantil he tratado: sério, reflexivo y sentencioso algunas veces, decidor y muy chistoso otras, oportuno siempre, y molesto nunca; cautiva con la amenidad de su trato, y se hace desear hasta en sus ratos de mal humor, que tampoco le faltan, y no es entonces cuando está menos célebre.

La casualidad nos reunió poco despues de mi llegada á Europa, una emigración á la isla de Mallorca estrechó nuestras relaciones, y la conformidad en ideas y gustos, con la igualdad de vida y estudios, las han mantenido siempre sin que nada haya bastado á relajarlas.

Paseábamos en una tarde de junio por la muralla de Mar, hermoso paseo de Barcelona, disfrutando del rico y variado conjunto de trajes, y de la infinita diversidad de fisonomías que pasaban sin cesar á nuestra vista; mi amigo hacia las mas graciosas aplicaciones del sistema de Gall, á que es algo aficionado, mezclándolas con ocurrencias menos científicas, pero quizá mas exactas, sobre ciertas caritas, de las que decia que eran como la manzana de la Fábula.

Ocupados en esto, no vimos, hasta que llegó á saludarnos, á un jovencito, de quien el Saint-Remy de Sue pudiera tomar lecciones: su vestido era rico en su calidad, elegante en el corte, y llevado con un garbo muy difícil de pintar: este jóven hacia apenas un año que habia llegado de las Antillas, y ya conocia y saludaba á muchas de las señoras que encontrábamos; referia una anécdota escandalosa de cada una, y en no pocas era él el protagonista; nos encajó una relacion corregida y aumentada de sus conquistas amorosas, y destruyó á su modo algunas reputaciones sin mancha.

Compadecíame yo de tanta necedad, y miraba de reojo al amigo Pepe, que se le hinchaban los carrillos, y tragaba por no soltar las enormes bocanadas de risa. Quise sacarle del apuro, y dirigiéndome á nuestro compatricio, le dije:—Muy dichoso es V., paisano, hay criollito que lleva ya media docena de años de estar en este viejo mundo, y no puede contar una centésima parte de las aventuras que á V. se le vienen tan á la mano. Dichoso, repito, el que ocupado tan deliciosamente, vé correr con velocidad los dias, que á otros parecen eternos, porque estan ausentes de su país, sin que tengan esos ratos que V. nos cuenta.

—Verdad es (contestó con mucha petulancia), que no puedo quejarme de mi suerte, porque otros muchos mas bien parecidos (y aquí se miró cuanto pudo de su cuerpo) no han logrado lo que yo; pero á pesar de esto me veo fastidiado: este es un país en que hay tan poco trato, ese maldito dialecto ó jerga que me horripila, estas costumbres, estas comidas, todo en fin me aburre tanto, que he escrito á mi padre para que me permita ir á Madrid á continuar mis estudios.—No entiendo, pues, como se queja del trato, un hombre tan bien tratado; ¿y está V. seguro de llenar en Madrid ese vacío que halla en Barcelona.

—Seguro á mas no poder... ¡Vaya! ¿en la Corte quiere V. que no le llene? Allí que todo es lujo, todo diversiones, con una finura que no tiene límites, y con una variedad de espectáculos que nunca me dejará fastidiar, ¿qué mas puedo pedir?

—Menos diversiones, menos espectáculos, y puede ser que menos finura, para que quede mas tiempo que emplear en la Universidad y en los libros. Viéndose nuestro hombre atacado de veras, y recordando que se las habia con uno, que, como se dice vulgarmente, podia meterle el susto en el cuerpo, varió de conversacion, y se marchó á poco, incorporándose con una familia de las que peor habia tratado algunos momentos antes.

—No tenia á este (dije yo) por una cabeza tan infelíz; le habia hablado pocas veces, y como tiene un esterior tan agradable, confieso que me engañó.

—Como á otros, repuso Pepe, le hace falta quien le trate con severidad, y no le adule por su dinero, ó por su buena presencia. Este muchacho es hijo de un asturiano honradísimo, su padre fué á mi pueblo hace treinta años, y entró á servir en casa de un comerciante muy rico, allí á fuerza de trabajo y de virtuosa probidad llegó desde simple criado á socio del que antes servia, se casó despues con su hija única, y hoy es uno de los hombres mas justamente venerados en el país. Tiene dos hijos que él hubiera dedicado al comercio; pero su mujer, que carece de la dulzura de nuestras paisanas y á quien sobra mucha vanidad, ha querido educarlos á su modo, y á lo último ha gastado cada uno en estudios, que no ha hecho, y para los cuales no era á propósito, cien veces mas de lo que suelen gastar otros, instruyéndose bien.

A este le dió por ser abogado; los mejores profesores de Cuba enseñaron al niño que, aunque no era el mas aprovechado en el colegio, casi siempre sacaba algun premio que volvia loca de contento á la mamá: concluidos los estudios preparatorios en aquella Isla, vino á emprender el de la Jurisprudencia; hace un año que se pasea por aquí, y un año tambien debiera tener de carrera, pero por fas, ó por nefas, él no se ha matriculado y ya tiene un curso perdido.

Al principio manifestaba tener buenas inclinaciones, atendia cuando se le aconsejaba sobre sus deberes, y acaso hubiera llegado á ser útil para algo; pero aquello duró muy poco, dió en acompañarse con cierta clase de pájaros, que le ayudaban á gastar bonitamente sus muy buenas asistencias, y que, como él dice, no le dejaban un momento para fastidiarse. Estos le han hecho adquirir infinidad de relaciones perjudiciales que le han engreido de suerte, que ahora solo habla de estudios cuando le sirven de pretesto para alguna peticion loca, tal como la de ir á Madrid á hacer el papel de Duque; y con estos conocimientos y esta aplicacion censura las costumbres del país, que cree conocer, porque tiene en la memoria una lista de tontuelas que le desvanecen, y de personas de juicio que le desprecian.

—Tristeza me da, amigo mio, el ver á un padre engañado de ese modo; ¡pobre padre y pobre patria, si de él necesitan algun dia!

—Pues no hemos llegado á lo mas curioso, y es que él cree amar mucho á su país, porque contínuamente dice pestes de todos los demás, y alaba cuanto hay en aquel, sea bueno ó malo; ¿se trata de adelantos en las ciencias ó artes? pues allí es donde no pueden hacerse mayores; ¿de cultura, buenas costumbres, etc., etc.? su tono es decisivo y su juicio no tiene apelacion: mas de una vez me he sonrojado, porque delante de personas respetables por su edad y erudicion ensarta tales disparates que es capaz de trastornar al cerebro mejor sentado.

En este punto interrumpió nuestro diálogo la llegada de otros amigos, y nos olvidamos por entonces del objeto de él, hasta que la casualidad me facilitó el terminarlo de un modo que no esperaba.

II.

Cuatro ó cinco dias despues, volvimos á encontrarnos los dos, aunque en distinto lugar. Este era un café. Apurábamos cada uno su taza que parecia ser de Caracolillo segun la fragancia que despedia, recordando aquellas Islas en que tanto y tan bueno se cosecha, cuando vimos entrar al señorito conocido nuestro, del fastidio, y de las conquistas, el mismo que algunos dias antes nos habia dejado en la muralla, acompañado de otros no sé si maestros ó discípulos suyos, pero que se le parecian bastante. Saludámonos, y sentáronse en nuestra mesa. De repente se me ocurrió una idea, dí una ligera pisada al amigo Pepe, la cual acompañé con un signo de inteligencia, y dije:

—¿Saben Vds., señores, que he tenido esta mañana un malísimo rato oyendo hablar á un inglés recien llegado de mi país? Figúrense Vds. un hombre como un castillo, con una cara redonda como una jigüera, que á pesar de saber donde nací, se empeñó en decir que aquello es un destierro, que allí no hay mas que bárbaros, que la civilizacion no ha llegado aun, que se ignora hasta el a, b, c, de las artes que en todo el mundo estan ya olvidadas, y siguiendo así no dejó nada en paz.... ¡Infelices de nosotros, y qué tunda llevamos!

—¿Y qué le respondió V.? contestó nuestro jovencito.

—¿Qué hubiera V. respondido?

—¿Yo? que era un bestia, un mal educado, que no tenia presente que hablaba con un Puerto-riqueño.

—No hubiera sido mal dicho, porque bestialidad, mala educacion é insolencia, es decir mal de un país delante de quien nació en él, (esta vez fuí yo quien me sentí pisar debajo de la mesa); pero habia un pequeño inconveniente, y es, que á mí no me acomodaba batirme á puñetazos con un gigante, y menos siendo inglés, porque sus padres no le habian educado mejor.

—Yo no hubiera callado al oir semejante cosa.

—Tampoco yo callé, sino que esperando con aparente calma que concluyera, le pregunté con muy buen modo: ¿Estuvo V. mucho por allá, caballero?

—Mas de quince años.

—Friolera, pues V. conoce mi tierra mejor que yo.

—Ya lo creo que la conozco; sobre todo la Costa, porque en ella he ayudado á desembarcar varios cargamentos de negros de Africa.

—¡Hola! ¿con que hacia V. la trata; y no temia V. al celo filantrópico de sus paisanos? no le espantaba el temor de ir á Sierra-Leona?

—Maldita la cosa; reuní en cuatro años algunos centenares de duros; me embarqué despues en una goleta, y con mis pacotillas que traia de San Tomas hice un capitalito regular, con el cual compré en compañía de otro una hacienda, y en ella he pasado otros siete años trabajando siempre para poder retirarme, como lo haré, á mi país, despues de viajar un poco por Europa.

—Perfectamente: ha sido V. cuatro años negrero, otros cuatro semicontrabandista, y siete hacendado: total quince, para llegar despues á propietario acomodado, ¿y no perdona V. sus faltas á aquel país que se las ha pagado en libras esterlinas?

Los dueños de la casa se sonreian maliciosamente, y el inglés se volvia y revolvia en la silla dando muestras de grande enfado.

—Nunca, dijo finalmente, nunca podré querer bien aquella maldita tierra; porque además de todo lo que he dicho de ella, me hizo perder mi salud.... sí, mi salud (repitió, notando que se reian), mi salud; porque aquí donde VV. me ven tan gordo y de buen color, jamás tengo el estómago bueno; he gastado un dineral, y siempre lo mismo; los avestruces médicos de su Isla de V. (dijo mirándome) no saben curar nada, sino privándole á uno el tomar su copita de rom, que tan necesaria es para que se siente bien la comida.

—Dice V. muy bien, esa es una privacion terrible, mas valiera no tener una patata para entretener el hambre, como dicen que no tienen los Irlandeses del país eminentemente civilizado que llaman Inglaterra.

Cuando decia esto, tenia mi sombrero en la mano, y sin dar lugar á otra contestacion, me despedí disgustado, como es natural, de oir que un hombre que debia á mi patria la fortuna, de cuyas ventajas iba á disfrutar en otra parte, fuese tan ingrato con ella: pensaba, y no podia comprender como entre tantos que van pregonando la bondad del clima, la sencillez de costumbres, la dulzura de carácter y la hospitalidad de sus moradores, con otras muchas gracias que derramó allí el Criador á manos llenas, hubiese uno que llegara al estremo de desconocerlas.

En todo el dia no he podido olvidar aquella escena, y por mas que hago por vencerme, creo que el amor á mi país sofoca las muy justas reflecsiones que en vano procuro traer á la imaginacion.

—Y basta y sobra esa causa: yo no puedo sufrir que digan lo mas mínimo del mio (replicó nuestro criollito), así es que para vengarme no paso ninguna donde quiera que estoy, y á todo el mundo le canto clarito las faltas del suyo.

El compadre Pepe, viendo que no me habia comprendido, se espresó en estos términos:—No puede darse un país tan malo que no tenga algo que alabar; ni tampoco hay uno tan bueno que nada pueda decirse en contra suya: son los pueblos tan distintos unos de otros como los hombres entre sí: ¿qué hombre hay completamente hermoso? ¿y podria una misma hermosura parecer igual á todos los habitantes de la tierra? seguro es que no: desprecian estos lo que aquellos ensalzan, y aman aquellos lo que á estos es odioso. En una misma nacion, cada provincia quiere ser la mejor, en una provincia, cada poblacion, y en una poblacion, cada casa. Todos tienen sus buenas y malas cualidades, y del conjunto de ellas resulta un sello particular que distingue á unos de otros, y que sirve al hombre de talento, no para ajar á sus semejantes, sino para utilizar en provecho de la humanidad y en el suyo propio las virtudes, y aun los vicios, que todos tenemos.

Volviendo ahora á nuestras Antillas, ¿qué seria de ellas sin los muchos que allí van, como suele decirse, á hacer fortuna? Figurémonos por un momento que nada agradezcan, y que hagan como el inglés que tanto ha incomodado á nuestro paisano, ¿qué lograrán con esto? chocar si dan con uno que sea vivo de genio, ó que se les rian los que les oyen, si son personas instruidas y prudentes: mientras tanto ellos han abierto allá una casa de comercio, ó han montado una hacienda de caña ó cafetal, etc.; abandonan, es cierto, el suelo en que se enriquecieron; mas esto no es un crímen; ¿quién es el que no desea volver á ver á sus padres, sus amigos y allegados, los compañeros de sus juegos infantiles, la casa y los muebles cuyas señas recuerda uno tan bien cuando está ausente? ¿quién es el que no suspira por oir aquella campana que le llenaba de tristeza á la hora de ir á la escuela, y de placer la víspera de un dia festivo?

Poco importa al país que la casa corra bajo tal ó cual razon social, que la hacienda se llame con este ó el otro nombre; el resultado es que el propietario aquel deja un nuevo núcleo de riqueza que ya no se mueve de la Isla; á cada uno que sale de este modo, en vez de tildarle, débesele estar muy agradecido.

Cierto es que hay algunos, por dicha nuestra muy pocos, á quienes puede llamarse ingratos; pero á estos puede oponerse otro número, tambien afortunadamente muy escaso, de hombres que en nada estiman el adelanto y prosperidad de su patria, puesto que nada es para ellos el aumento de poblacion y riqueza.

Concluyo pues diciendo: que para hablar de un país es necesario antes conocerle y estudiarle mucho; que se debe apreciar y proteger en gran manera á los forasteros para que nunca puedan quejarse con justicia; que siempre es arriesgado el oficio de censor, y que nada prueba tanto los buenos sentimientos y la educacion esmerada como el juzgar de los demás con benevolencia.

Salimos del café y nos despedimos: luego que yo estuve solo me pregunté á mí mismo: ¿habrá aprovechado la leccion al paisanito? No lo sé: y puede que de nada valga, porque una mala costumbre no se quita con un sermon: y entonces volví á preguntarme: ¿Y podrá aplicarse á alguno en mi país?... ¡Ojalá!.. ojalá! mil veces que no.

ESCENA II.
El Bando de S. Pedro.

El bando de San Pedro debe ocupar un lugar, y no secundario, en un cuadro de costumbres Puerto-riqueñas, porque, además de su originalidad, viene á hacer precisa su aparicion en un libro el olvido en que comienza á caer este regocijo popular, que yo, á fuer de hombre amante de su país, quisiera se perpetuase en él para siempre. Para cumplir pues con mi propósito, y dar una idea de lo que comprende el título de esta escena, es necesario retroceder algunos años, pues de otra suerte no podria pintar el Bando de San Pedro sino en el período de su civilizada decadencia; y así supongo que nos quitamos doce ó catorce años de encima, lo cual harian de veras y con mucho gusto algunos de mis lectores.

Eran las diez de la mañana; el sol cubierto con un lienzo de nubes que debilitaba su ardor tropical, templado además por la brisa diaria en aquel clima durante las abrasadas horas del dia, alumbraba el recinto de una ciudad, que ya no ecsiste, tal es la trasformacion verificada en ella en tan corto espacio de tiempo.

Las calles no eran aseadas y agradablemente vistosas como en el dia; una recua de caballerías mayores y menores que recogian sus inmundicias, iba dejando por todas ellas señales no muy limpias de su paso; y gracias al empedrado, cuyas aceras de ladrillos puestos de canto, gastados unos, elevados otros, arrancados muchos y desiguales todos, el transeunte no podia dar un paso sin llevar, como suele decirse, los ojos en los pies; las plazas, hoy hermosas, estaban cubiertas de yerba que daba pasto al caballo del carbonero, al macho del borriquero y á unas cuantas vacas y cabras que iban de puerta en puerta, y sin que nadie las molestase, buscando los desperdicios que espresamente y para ellas estaban guardados.

Circulaba por toda la ciudad mayor número de personas que en los dias ordinarios, causando aquella especie de rumor que en las poblaciones de poco movimiento, como era entonces la capital de Puerto-Rico, es anuncio seguro de un dia de fiesta popular. Infinidad de personas, que por su traje y maneras mostraban ser de los campos de la Isla, discurrian acá y allá admirando la maravilla de una tienda de quincalla, de una confitería, ó de una de aquellas barracas de madera llamadas casillas, que llenas de juguetes y otras chucherías, estaban en la plaza de armas arrimadas á la negra y muy sucia pared del presidio, hoy bonita fachada del cuartel de Artillería. Los balcones, ventanas y puertas bajas se veian cuajados de gente de todas clases, la plaza de armas llena de caballos para alquilar, y los muchachos corrian por todas partes produciendo con sus gritos las notas mas agudas de aquel bullicioso conjunto de sonidos, que á fuerza de ser desacorde tiene su armonía particular. Poco despues veíanse pasar algunas máscaras á caballo que se encaminaban á la plaza principal, para formar un escuadron, que á estar en moda la mitología pudiera llamarse el escuadron de Momo. Reunidas allí todas, se dió la señal de marcha, seguida en el órden siguiente:

1.º Caseros, cotisueltos, lecheros y guaraperos; éstos sin disfraz, aunque disfrazados con sus mismos trajes; los primeros eran gíbaros montados en los caballos que por sus buenas mañas no habian podido alquilar, pero que con su garroneo y su fuete de á cuatro reales hacian ir mas ligeros que el viento; los segundos eran amigos de éstos de la capital, ó jornaleros que gastaban en aquella broma el salario de una semana; distinguíanse por los movimientos descompasados de todos sus miembros que hacian flotar su camisa como una bandera, y de aquí su denominacion; las otras dos clases eran los que habiendo despachado su mercadería, se solazaban en pasear por las calles al galope de sus encanijados é inseparables compañeros. Esta era la vanguardia, formada, como se ve, de gente de rompe y rasga, puesto que rota y rasgada llevaban no pocos la vestimenta.

2.º Caballería ligera; compuesta de los muchachos que por su buen comportamiento en la escuela, ó por otra causa, habian logrado el permiso de los papás; de jóvenes de todos oficios, artes y carreras, inclusos los que en todo el año no tenian otra ocupacion que correr aquel dia, y de las cumarrachas que muchos de estos llevaban á la grupa: los caballos que montaban, si bien no del todo buenos, podian sin embargo seguir á la vanguardia, y los trajes eran sino de grande invencion, caprichosos y variados desde el cuotidiano hasta el de arlequin, ó de negro, con la cara y brazos bien tiznados ó cubiertos de seda.

3.º Caballería pesada; componíanla hombres de mas edad, y entre ellos muchas personas de suposicion y respetables en todos conceptos: sobresalian por la exagerada ridiculez de sus trajes, y por la inutilidad de sus rocines, cojos, tuertos ó ciegos, desorejados, y con mas faltas que sobras. Entre estos (no entre los rocines) iban el que hacia de notario, el pregonero, y los tocadores de cornetas y timbales.

De esta suerte llegaron delante de la fortaleza ó palacio del Capitan General; el notario, acompañado del pregonero, se colocó debajo de las ventanas del edificio; los trompetas y timbales tocaron furiosamente y con el mayor desconcierto por algunos momentos, luego callaron todos, y poniéndose el primero unos anteojos de jigüera, comenzó á dictar, y el pregonero á repetir en alta voz, el siguiente

BANDO.

Don Tintinábulo Caralampio de los Lepidópteros nocturnos, Señor de las carambímbolas del Peñon de Rio Grande, Pachá de las Islas Baleares mayores y menores, que se hallan en tierra firme entre el Peloponeso y la Isla de Madagascar, Presidente del Senado de la China, y primer Cónsul de la República cochinchiniana, Conde del Manglar de Martin Peña, de las tembladeras de Loiza y de la cuesta del Cercadillo, Emperador de los Godos, Visogodos, Alanos, Puritanos y Samaritanos, Duque del Golfo de las Damas, y Cabo 2.º de la Compañía de Morenos de Cangrejos, etc. Hallándose el dia de San Pedro encima de nosotros, como nosotros encima de las bestias que nos rodean, y deseando que dicho dia se celebre con toda clase de celebraciones, y con la pompa, algazara y estrategia que son de costumbre, segun consta de los archivos del Agua-buena. Deseando además, que ningun bicho viviente ni por vivir altere en lo mas mínimo el buen órden y compostura, que debe reinar en estos dias en que corren por esas calles toda clase de animales, y con el fin de evitar contumelias y otros accidentes desagradables que pudieran ocurrir: Ordeno y mando.

Artículo 1.º Queda prohibido bajo pena de la vida el morirse, hasta pasados ocho dias de la publicacion de este bando.

2.º Todo individuo que coma, beba, duerma y haga otros menesteres que se dirán en caso preciso, está obligado á montar, como montan los hombres si fuere del género masculino, y á que le monten, á las ancas ó como mejor le pareciere, si es del femenino.

3.º Se previene á los tenderos de toda clase de comestibles, inclusos los de ropa, que enciendan hogueras (vulgo candeladas) en los dias de carreras; teniendo cuidado de apagarlas al toque de la oracion, para no iluminar lo que debe pasar á oscuras.

4.º Siendo las carreras de San Pedro una prueba de lo mucho que adelantamos, aunque siempre corremos por el mismo lugar, deben ser así mismo un modelo de cortesía; queda pues privada toda accion sospechosa, como toser, estornudar, etc.

5.º Queda igualmente prohibido el llevar las manos á las narices, orejas ni á ninguna otra parte de las que estan vedadas por la buena educacion; debiendo al contrario tenerlas siempre de manifiesto para evitar malas interpretaciones.

6.º El gobierno de las bestias queda á cargo del bello secso, por haber demostrado la esperiencia que el otro que no es bello, no contiene muchas veces la fogosidad de los potros que quieren salir de las calles en direccion al campo del Morro.

7.º Para impedir en dicho lugar caidas que pudieran causar rasguños, cardenales y chichones mas ó menos pronunciados, se pondrá al rededor de la cantera que hay en el mismo un guardian que avisará con un tiro de fusil la aparicion de todo ser animado.

8.º En caso de ser estas apariciones tan frecuentes que no tuviese tiempo de cargar el arma, se duplicará, triplicará, y centuplicará el número de guardianes, hasta que entre todos hagan un contínuo fuego graneado.

9.º No pudiendo usarse el agua, sino licores mas ligeros y menos dañosos, como el cañete, anisao, etc. quedan cerrados todos los algibes, pozos, y las cataratas del cielo, hasta pasados ocho dias contados desde la fecha.

10. Será declarado reo de lesa carátula todo el que contraviniere en lo mas mínimo las disposiciones adoptadas en este bando; siendo además juzgado con arreglo al código de Tio Luna.

11. Encargo á los magnates y sacatecas de mis dominios que guarden y hagan guardar el presente bando, á todo siniquitate que se halle bajo su férula, y que agarrochen á los que no quieran entrar por el surco. ¡Vivan las fiestas de San Pedro! ¡vivan las gentes de buen humor! ¡viva todo el mundo!

Dado en las Cuevas del Sumidero á 4 del mes de los gatos, y del año de las cornucopias.—Firmado—Tintinábulo Emperador de los Alanos, Puritanos y Samaritanos; Cabo 2.º de la Compañía de morenos de cangrejos.

Una endiablada gritería y los mas furibundos toques de clarines, trompetas y timbales, anunciaron á larga distancia que habia terminado la lectura del bando que antecede; emprendieron la marcha en el mismo órden que habian venido, y fueron repitiendo la publicacion en los parajes mas públicos, despues de lo cual se desbandaron, durando las carreras hasta las dos ó las tres de la tarde.

Tal era el bando de San Pedro en la época á que me he referido; desde unos dias antes ya servia de tema de conversaciones muy animadas, y que tenian por objeto la redaccion del célebre documento, que todos deseaban leer; la invencion de un disfraz, el hallazgo de un jamelgo indefinible por sus viciosas anomalías, y otras muchas cosas que ocupaban á personas de todas las clase de la sociedad: los mas entonados iban á caza de alimañas que despreciaria el jitano mas hábil, y las mas lindas manos se ocupaban en hilvanar, prender, y atar ropajes, flores, y cintas, que adornaban á sus allegados, amigos y aun á ellas mismas.

Ahora que he procurado hacer que conozca, ó recuerde el lector el bando de San Pedro, reflecsionemos algo sobre el mismo; porque, como he dicho al principio, temo que los progresos de la civilizacion, arrebatándonos nuestra sencillez de costumbres, arrastren consigo todas aquellas diversiones que al par que deleitan, tienen el gusto de la originalidad; diversiones que recuerdan nuestra infancia, y que influyen no poco en el carácter de los habitantes de nuestras Antillas.

Ultimamente ha venido á reducirse esta costumbre, á carreras sin objeto ni fin alguno, y la clase privilegiada de la sociedad Puerto-riqueña se aparta cada dia mas de ella, considerándola quizás como indigna del buen tono y de la cultura, de que con sobrada razon blasona; pero en mi humilde sentir debieran interesarse en sostenerla, por ser un medio económico é infalible de divertir al pueblo, y de procurar salida á muchas cosas que no la tienen sino en tiempo de tales fiestas.

Aquel regocijo, á que eran llamadas todas las clases, y del que disfrutaban todos, ya como actores, ya como espectadores, se acomoda mucho á los gustos y hábitos del país. La afluencia de gentes de los campos, aumentando las relaciones de estos con la capital, satisfacia ese deseo innato de hospitalidad y franqueza tan conocido en los habitantes de Puerto-Rico. Cada casa de la Ciudad era una posada gratuita; y esto que de pronto parece una carga muy penosa, tiene allí indemnizacion segura; si una familia aloja y obsequia á otra que viene á divertirse con las máscaras de San Pedro, puede ir á su vez y por el tiempo que guste, á disfrutar de los encantos de la campiña, sin mas trabajo que un aviso dado algunos dias antes.

Escusado es decir que el comercio gana, y no poco, con el sostenimiento de esta y otras fiestas que empiezan á decaer; ¿quién es el que viene á una capital á divertirse sin que arregle su equipaje, que en los campos no suele estar siempre á punto de revista? ¿Quién es el que vuelve sin llevar un regalito para el pariente, amigo ó esclavo á quien dejó el cuidado de su casa? ¿Los mismos que reciben á estos forasteros, no tienen precision de ataviarse como ellos, para acompañarles á todas partes? ¿el consumo de la despensa es igual entonces al de los dias ordinarios? respondan á esto el bolsillo de algunos, y las balanzas y la vara de medir de otros.

Finalmente los hacendados que se dedican á la cria caballar, ganan tambien, porque si en la mañana de la víspera de San Pedro no se miran las buenas cualidades de las bestias, no sucede lo mismo por la tarde y al dia siguiente; cuando la concurrencia y rivalidad las ponen todas de manifiesto; y Dios sabe los tratos, ventas, y cambalaches á que esto da lugar; de manera que no sé como empieza á olvidarse una costumbre tan útilmente graciosa, y tan graciosamente útil; mil veces he pensado remitir á mis paisanos una cartita que tengo borroneada, pero no lo he hecho por cortedad. Esta carta la transmito en reserva á los suscritores del Gíbaro, y dice lo que sigue: «Queridos paisanos, los que vivis felices, entre Bieques y Sto. Domingo: gozoso estoy á mas no poder, con las noticias que recibo de esa nuestra tierra, porque segun ellas cada dia va siendo el país mejor de los posibles; por allá puede un hombre acostarse seguro de que, si no viene la pelona por sus pasos contados, dispertará al dia siguiente sin sustos ni cosa que lo valga, lo cual no sucede en todas partes por acá, en el mundo civilizado, y sino que lo digan los Parisienses que hace poco han tenido el inocente desahogo de mandar á la eternidad á mas de diez mil de sus hermanos, con su añadidura de robos, violaciones, mutilamientos, y otras lindezas que no hay mas que pedir.

Segun he sabido los caminos, puentes, calzadas, y otros medios de comunicacion que no hace mucho tiempo estaban buenos para los pájaros, ahora se van mejorando que es un gusto; la capital se ha convertido en una tazita de plata, y todos los demás pueblos la van siguiendo; de suerte que cuando yo vuelva, que no está muy lejos, tendré que tomar un cicerone, que me esplique cada una de las muchas novedades que se me ofrezcan á la vista.

No puedo menos de daros el parabien por tanta dicha, y lo haria, si es posible, de mejor gana, si no hubiera llegado á entender que comenzais á olvidar, junto con ciertas preocupaciones ridículas, algunas de nuestras sencillas y buenas costumbres: me han dicho, entre varias otras cosas, que apenas os acordais del bando de S. Pedro, que tanto nos divertia, y juro por la cuesta del Guaraguao, que no hemos de tener la fiesta en paz hasta que sepa que os habeis corregido. ¿Cómo se entiende, señores reformistas, quereis que no quede rastro bueno ni malo de los usos de nuestros padres? ¿teneis acaso la vanidad de pensar que nada es bueno mas que lo que hagamos nosotros? Si os molesta el sol porque os habeis vuelto mas delicados, mudad la hora, pero no toqueis á la costumbre; si algunas palabras que antes pasaban no pueden tolerarse en el dia, porque el buen gusto se ha desarrollado, ingenios hay en la Isla que os darán cada año un bando mejor que el Código Romano, y que las Tablas de Solon.

Cuidado, señores mios, no nos suceda lo que al loco que dió en tener asco á sus propias uñas, y para impedir que crecieran queria cortarse los dedos; vayamos con tiento, no afinar tanto la guitarra que se le rompan las cuerdas, y tengamos presente que hay un adagio que dice, que no por mucho madrugar, amanece mas temprano.

Fuera de esto, aplaudo ese espíritu de regeneracion bien entendida que se desarrolla entre nosotros, quisiera poder contribuir á nuestro adelanto; pero ya que no otra cosa, admiro vuestra cordura y sensatez, y quedo vuestro paisano y afectísimo S. S.—El Gíbaro de Caguas.

ESCENA III.
REFLECSIONES SOBRE INSTRUCCION PÚBLICA.

A los padres de Familia.

Arduo es el asunto de esta escena de mi cuadro de costumbres puerto-riqueñas, y muy difícil el trazarlo de suerte que ciertas tintas no hieran demasiado la vista de algun amante de la sombra; porque esta hace grandes y á veces monstruosos los objetos que á la claridad son pequeños, y que no imponen, sino dan lástima.

Difícil será tambien que pueda mi pluma, harto por mi desgracia mal cortada, trasladar al papel cuanto pienso y cuanto quiero decir, porqué de sentir una cosa á espresarla tal como se siente hay la misma distancia que de comprenderla á ponerla en ejecucion. Mi audacia por lo tanto no está en haber emprendido una obra que hace tiempo bullia en mi cerebro, sino en querer encerrar en los límites de un solo artículo un pensamiento de cinco años.

No pretendo ser aplaudido por cuantos leyeren esta escena, antes creo que no faltará quien me trate de visionario; pero en este caso, comparen los padres de familia, á quienes la dedico, el interés que tengo yo en poner en claro la verdad, con el que acaso tengan otros en ocultarla: mediten sobre el resultado de despreciar este aviso, fruto de repetidas esperiencias, y piensen mucho que una buena educacion es el mejor legado que pueden hacer á sus hijos.

Con esta ligera advertencia paso á tratar de los estudios que hacen los jóvenes Puerto-riqueños. Para proceder con órden, me ocuparé primero de la instruccion que se recibe en la Isla; despues, de la que se da en la Península, concluyendo con la del estranjero.

Cinco son las carreras á que con preferencia se dedican los hijos de Puerto-Rico: el Sacerdocio, el Comercio, la Jurisprudencia, la Medicina y la Farmacia; sin incluir los Militares y los Ingenieros civiles.

El estudio de la Teología se debe hacer segun el plan de estudios del modo siguiente:

1.º año: Fundamentos de la Religion.—Lugares teológicos.

2.º año. Teología dogmática (parte especulativa).

3.º año. Teología dogmática (parte práctica). Lengua griega.

4.º año. Teología moral.—Lengua hebrea.

5.º año. Historia y elementos del Derecho canónico.—Oratoria sagrada.

6.º año. Sagrada Escritura.—Lengua griega (2.º curso).

7.º año. Historia y disciplina general de la Iglesia y particular de España.—Lengua hebrea (2.º curso).

Se necesitan por consiguiente siete profesores distintos, y que el alumno curse siete años para ser teólogo, y en Puerto-Rico todo se hace en tres con un solo profesor: á mis lectores dejo el deducir la consecuencia.

El Comercio es á mi entender la carrera que mejor puede seguirse en la Isla; no obstante, para perfeccionarse en los idiomas es casi indispensable la permanencia en el estranjero por dos años á lo menos. Esto tiene grandes ventajas, de las cuales, así como de los inconvenientes que ofrece, me ocuparé á su debido tiempo.

Llegamos á la Jurisprudencia, y á la Medicina: estas dos no pueden estudiarse en Puerto-Rico, pero sí la Filosofía como introduccion á dichas facultades. Veamos si esto se hace como es debido, y como lo reclama la ilustracion de la época; y aquí advierto de nuevo que al poner de manifiesto el estado de atraso de nuestra enseñanza es mi único objeto el despertar, si es posible, á mi patria de ese sueño que la hace marchar á tan larga distancia de la metrópoli.

El plan de estudios previene que se curse la Filosofía en cinco años de esta manera:

1.º año. Latin y Castellano.—Geografía.—Religion y Moral.

2.º año. Latin y Castellano.—Geografía.—Historia, Religion y Moral.

3.º año. Latin y Castellano.—Historia.—Religion y Moral.—Curso preparatorio de Matemáticas (Aritmética y algunas nociones de Geometría). Repaso de Geografía.

4.º año. Retórica y poética.—Historia.—Religion y Moral.—Matemáticas (Álgebra hasta las ecuaciones de segundo grado inclusive). Geometría, Trigonometría plana y nociones de Topografía.

5.º año. Psicología y Lógica.—Elementos de Física y nociones de Química.—Nociones de Historia natural.—Ejercicios prácticos de Retórica y poética.—Religion y Moral.

En Puerto-Rico se emplean dos, tres, ó mas años en la Latinidad; concluida esta, empieza la Lógica, que dura otro año; sigue la Física[1], y en el tercero la Ética y Metafísica. Las Matemáticas, nociones de Química y la Geografía se estudian tambien en algunos de estos años, y sin ser obligatorio.

[1] Gracias á los desvelos y sumo desinterés del Dr. D. Rufo M. Fernandez, hay un gabinete de Física esperimental, y un laboratorio de Química que regaló dicho Sr. á la Sociedad económica de Amigos del país.

Faltan por consiguiente la Historia, Retórica y poética, Historia natural y ejercicios prácticos de Retórica y poética; muchísimo mayor es el defecto en cuanto á los profesores.

Para desempeñar las cátedras de Filosofía se necesitan doce profesores por lo menos, cuando en el colegio de Puerto-Rico, sino fuera por las clases que sostiene la Sociedad económica de Amigos del país, solo habria dos de Latinidad y otro para el resto de la Filosofía. ¿Cómo es posible que uno solo pueda cargar con peso tan enorme? No es estraño que, al presentarnos en las universidades de la Península, se rian de nosotros y de nuestros certificados los que con mucha razon ven en la Filosofía el fundamento de todas las carreras literarias.

No pueden un médico ni un farmacéutico serlo completos sin algunas nociones de Historia natural; así como tampoco un abogado ni un teólogo pueden ser buenos oradores sin el conocimiento de la Literatura. Toda mi vida recordaré con pesar lo que sufrí al graduarme de bachiller en Filosofía. El catedrático llamado entonces de Literatura me dirigió una pregunta que no entendí, y tuve que confesar ruborizado que en mi país no se enseñaba....

Acabaré los estudios de la Isla hablando de la Farmacia, que se cursa tambien en ella (ignoro el como) y puede ejercerse en todo el país mediante un certificado que da la Subdelegacion de dicha facultad. Este certificado, título ó como quiera llamarse, puede igualar á jóvenes que en su vida han visto un gabinete de Mineralogía, ni un jardin botánico, ni otras muchas cosas, con hombres que en Europa han asistido siete años á estos sitios, y que, como suele decirse, «han gastado los bancos de las universidades.»

Pasemos á los estudios de la Península. Despues de haber invertido un padre sumas considerables durante cuatro ó cinco años, y cuando su hijo ha concluido la Filosofía, es preciso, si se dedica á la Jurisprudencia ó á la Medicina, que continue sus estudios en la Península; sobrevienen nuevos y grandes gastos para la familia, pero el cariño paternal todo lo allana, y al cabo de un par de meses se halla en Madrid, Barcelona ó Cádiz el aspirante al Bachillerato en Filosofía. Preséntase en la Universidad provisto de todos sus documentos; el Secretario los examina, y á cada párrafo, á cada punto, á cada frase menea la cabeza de un modo harto significativo para el pretendiente; porque en él puede comprenderse la respuesta que á mí me dieron el dia de aquel primer fallo. «No hay americano que traiga sus papeles en regla, y que haya estudiado todo lo que previene el plan de estudios. V. no puede graduarse.»

Cualquiera comprenderá la posicion nada agradable en que estas palabras colocan á un jóven sin edad ni esperiencia para oirlas con calma. Empiezan entonces las súplicas tanto de palabra como por escrito; quien recurre al Rector, quien al Gobierno de la nacion, y entre unos y otros pasa un jóven los peores dias de su carrera, hasta que por quitárselo de encima ó por compasion, le admiten al primer año de la facultad que quiere cursar.

Hasta aquí los trabajos; ahora empieza otra vida, que, si bien necesita laboriosidad, es metódica y mas descansada; cércanla empero graves escollos que pueden hacer naufragar al talento mas privilegiado.

Los padres de familia, por indiscreta confianza en sus hijos, los dejan á veces enteramente libres en un país nuevo para ellos y colmado de tales atractivos que pueden seducir al corazon mas frio: diversiones de todo género, mujeres tan hermosas como venales que pululan en los parajes mas públicos, compañeros harto complacientes para enseñarles el camino de su perdicion, y dinero en abundancia para satisfacer sus caprichos; son los elementos de su ruina: ¿somos acaso ángeles del cielo para poder resistir siempre á tanta seduccion?

Otros hay que por un esceso de celo se fian demasiado, y dan facultades amplias sobre sus hijos á sujetos indignos de tenerlas, y los cuales contribuyen no poco á que se estravien, teniendo para con ellos ó un absoluto descuido, ó un rigor inconsiderado.

La cantidad destinada para la instruccion y sustento de un jóven debe tambien pensarse mucho, no fiándose nunca de informes de personas estrañas, sino de los padres de alguno que esté en igual caso y que tenga buena conducta. Del olvido de esto puede resultar que un jóven se estravie por tener demasiado, ó que contraiga obligaciones que despues no pueda cumplir, por carecer de lo preciso para sostenerse con decencia y adquirir lo necesario á su carrera.

Hasta las cartas de recomendacion deben tenerse en cuenta al enviar un jóven fuera de su país: las dirigidas á personas ricas y de una clase elevada, no son las mas útiles en ciertas circunstancias; porque estos sujetos, si no tienen relaciones íntimas con el que recomienda, y quizás aunque las tengan, lo mas que hacen, por lo comun, es obsequiar al recomendado con su palco abonado en el Teatro, convidándole á comer, presentándole en tertulias y dándole todos los buenos ratos posibles, pero que cada uno de ellos no deja de ser una distraccion. Esta clase de recomendaciones son buenas para despues de pasado algun tiempo, mas no al principio, cuando es necesario todo el dia para empezar bien el estudio; por otra parte, creer que el que tiene escelente posicion social haya de ir acompañando á un jóven á suplicar y á cuestionar con los empleados de la Universidad, es creer un despropósito.

Una carta para uno de estos empleados, sea cual fuere su clase, ó para un estudiante adelantado en la carrera, vale mucho mas que aquellas, que, como he dicho, son buenas para mas tarde; y aun entonces deben economizarse, pues el jóven que se conduce bien, tiene entrada en todas partes, y le sobran siempre buenas relaciones.

Algunos de mis paisanos se dedican á la carrera de Ingeniero civil, ignorando sin duda sus muchas dificultades; y por esta razon advierto á los padres de familia, que en el colegio de Ingenieros civiles de Madrid, el único de España, solo se admite un número determinado de alumnos, que para entrar en él necesitan estudios que no pueden hacerse en Puerto-Rico, y que aun teniéndolos, y saliendo bien de un ecsámen rigoroso, no es seguro el conseguir una plaza solicitada por muchos otros con igual mérito, con favor y con grandes recomendaciones, porque del colegio salen ya con un sueldo pagado por el Gobierno. Hablemos de los estudios del estranjero.

Muy encontradas son las opiniones sobre si es conveniente ó no, que un jóven estudie en el estranjero; razones hay que á primera vista parece nos convencen de ser no solo útil, sino casi indispensable.

Es cierto que los métodos de enseñanza han llegado fuera de España á un grado mayor de perfeccion; mas no lo es menos que un jóven que desde niño se ha educado en una de esas capitales colocadas al frente de la civilizacion, al volver á Puerto-Rico siente en su alma un vacío inmenso: aunque ame á su familia, echa de menos aquellas costumbres en que ha sido criado, y que no halla en su patria. Adquiere un nuevo idioma, pero esto es no pocas veces olvidando el suyo. Yo he conocido jóvenes de instruccion brillante, que á los aficionados llamaban jugadores por amor, á la gorra de cuartel bonete de policía, que en lugar de V. me adula decian V. me flatea, y otras por el mismo estilo. ¿Debe pues huirse de ir al estranjero?

Mi opinion es que no; pero es preciso aguardar á que los hábitos del país se fijen con la edad y con el estudio, de suerte que, aunque los cubra el barníz estranjero, vuelvan á aparecer con los aires de la patria. En una palabra, debe un padre enviar su hijo á perfeccionarse en cualquier carrera; pero no á comenzarla y acabarla fuera de España.

Habiendo hablado de los estudios que se hacen en Puerto-Rico, en la Península, y en el estranjero, parece que debiera decir algo de los de la Isla de Cuba; pero como quiera que son ya muy contados los que van á seguir su carrera en aquella Isla, por ser los gastos mucho mayores en igualdad de circunstancias, me creo dispensado de hacerlo, en obsequio de la brevedad. Concluiré pues indicando algunos de los medios de mejorar en mi país la instruccion que en él se recibe, para que no haya obstáculos en las carreras cuando quieran continuarse fuera de él.

Es ante todo indispensable que la enseñanza siga una marcha uniforme, que haya un colegio en la Capital que forme el centro, y que todas las escuelas de la Isla sean ramificaciones suyas; porque mientras pueda cualquiera titularse Maestro y abrir un establecimiento que nadie se cuida de clasificar; mientras pueda seguir en él el método que le dicte su capricho; mientras, en una palabra, no haya para los padres de familia mas garantía que la buena ó mala fe de los maestros; mientras suceda todo esto (y lo digo muy alto), en Puerto-Rico se enseñará mal, y el que quiera ser sólidamente instruido en cualquier profesion, tendrá despues que estudiar gran parte de lo que debió saber al concluir la instruccion preparatoria.

No quiero decir que no haya algunos profesores muy dignos de serlo, pero estos serán los primeros en reconocer que hay tambien otros á quienes no vendrian mal unos cuantos años de escuela; si para llamarse maestros hubieran tenido que pasar todos por un ecsámen rigoroso sobre materias cuyo nombre ignoran quizá algunos de ellos, y las cuales son indispensables al que ha de conducir á los niños en los primeros pasos que dan por la senda del saber, entonces podrian los padres estar tranquilos, y no tendrian que separarse de ellos desde su mas tierna edad, como ahora sucede, para ponerlos en escuelas que les merecen mas confianza.

En cuanto al colegio centro de estas escuelas, en mi concepto deberia ser un establecimiento en el cual se enseñara la Filosofía tal como previene el plan de estudios que rige en España, adoptando en él los mismos métodos y obras, para que nada nuevo encontrara un estudiante al llegar á la Península, y que se diera grande extension é importancia á la agricultura, como primera fuente de la riqueza de la Isla, y al estudio de idiomas, como tan necesario á los que se dedican al Comercio, que es el que puede hacer valer los productos de ella.

Todo lo que sea pensar en las carreras facultativas, sin tener antes buenos medios de instruir á los jóvenes en los ramos arriba espresados, es querer llenar el país de medianías, que siempre son el descrédito de las ciencias y las artes.

A primera vista parece irrealizable el establecimiento de un colegio, y el hacer que todas las escuelas dependan de él; pero no hay cosa mas fácil mientras se desee de todas veras; y no se piense que al decir esto me refiero al Gobierno; no él, sino los padres de familia deben tomar la iniciativa; el pedir que el Gobierno haya de pensar en todo, sin que nada se le indique, saben muy bien todos los hombres de medianas luces que es pedir un imposible.

No es por otra parte un milagro lo que yo ecsijo que hagan los padres pudientes en mi país, porque es del todo igual á lo que pasa en España. En esta los colegios mejor montados no son propiedad del Gobierno, sino de particulares que adquieren con ellos gloria y bienes de fortuna, proporcionando á muchos hombres de talento una subsistencia decorosa. Toda la dificultad está en la buena administracion, y en que para Director se elija un hombre de Genio, y al corriente de la marcha que con el nuevo plan de estudios se sigue en dichos establecimientos.

En cuanto á la reunion de fondos suficientes no me seria difícil proponer un medio de hacerlo si estuviese en mi país, teniendo datos de que carezco á tan larga distancia; diré solamente que el Colegio Seminario, y las clases de la Sociedad Económica son elementos muy útiles para la reforma, que es indispensable se verifique si se quiere que no estemos un siglo atrasados en la enseñanza.

Sin instruccion no puede haber adelantos en las artes y la industria que tanto necesita el país; los estranjeros nos comprarán siempre nuestros productos para elaborarlos, y hacer despues que los paguemos á peso de oro; desvelémonos pues; y cuando todo esté allanado, reclamemos la proteccion del Gobierno, que nunca se la niega á un pueblo que pide medios de instruirse; venzamos todos los obstáculos, y digamos entonces al Soberano: «Somos religiosos, somos leales, somos honrados, somos hospitalarios; solo nos falta que nos permitais ser sabios.»

ESCENA IV.
UN CASAMIENTO GÍBARO.

I.

Cantando estaba ey pitirre

En la copa de una seyba,

Cuando salen de una casa,

O mejoy, de ebajo de eya,

Jasta unas treinta presonas

A cuay mas toas compuestas.

Diban tóos á cabayo,

(Ey que menos diba en yegua)

Los hombres ensapataos

Y casi toos con chaqueta,

Yeban aygunos pañuelo

Amarrao en la cabesa,

Y sombrero e pelo negro,

Tejío entero, ó de empleyta,

Camisas aymionáas,

Y carsones e tapeta.

Las mujeres yeban gorras

De pelo con plumas negras,

Guantes de algoón tejíos.

Y argunas, sayas e séa;

Sapatos e marroquin

Y tumbagas muy sobelbias,

De aqueyas de pocos riales

Que briyan como las pieiras;

Pañuelos y pañuelones

De too grandol y manera,

Y argoyitas y sarsiyos,

Y junquiyos y caënas.

Toiticos á cuay mas

Muy bien ensiyáa su bestia;

Unos con bocao e plata,

Y e colores las riendas,

Otros con jáquimas, y otros

Con sus frenos e correa.

Las tajarrias, asericos,

Aparejos y aguaeras

Eran tóos nobesitos

Y jechos pa aqueya fiesta,

Que era la boa de Peiro

Hijo der Guajon Iglesias,

Con Gilia, la muy pulía,

Hija de Toño Ribera,

Y aquey dia se casaban

Con grandísima querensia.

La mosa e cuando en cuando

Bia ar nobio e manera,

Que bien clarito le isia:

Peiro, tuya es esta prenda.

Y er sortaba caa bufío

De gusto ar miral su jembra,

Que ni con er susuncoyda

Se cambiara aunque er quisiera.

Ey soy estaba una vara

Mas arriba de la tierra,

Cuando pol medio ey Barrero

Caminaban pa la Iglesia;

Habiéndose ya apeao

En caje de una parienta.

Yegan, y er cura, que estaba

Asperándose á la pueita,

Los espachó, y dijo misa

Toyto en un requimeternan;

Mas ar salil encontraron

Abieytas ya toas las tiendas

De pulpería y de ropa,

Bentorriyos y rancheras;

Y los mosos, jumaseros;

Los muchachos y las viejas.

Ey pueblo entero asperando

A que los novios salieran.

¡Bárgame Dios que sanfransia,

Luego que estuvieron fuera,

De matracas y fotutos,

Y con palos y con pieyras

Pegando en los mostraores

Y gorpeando las pueytas!

Er uno gritaba: juse,

Carabuco bira y seja;

Er otro: mira; atarraya

Esa nobiya berrenda.

Y así bastante ajoraos

Fueron á cojel las bestias,

Y salieron dey Barrero

Camino dey Aguabuena.

II.

Ayí habia combiaos

Que pasaban e sesenta,

Y los músicos, que ay punto

Que yegó la gente nueba,

Sin aguayday que pasaran

Los cumplíos y etiquetas;

Cojiendo los estrumentos

Tocaron unas caenas,

Y er baile jasta er comey

Duró en caliente y e veras.

Los suegros y los pairinos

Con los nobios á la mesa

Se asentaron; los emas

Caa uno e su manera,

Ñangotaos, en las jamacas,

Paraos y en la escalera.

No faytó er arros con carne,

Con coco y con leche buena,

Ni los biñuelos de ñame,

Ni la naranja en conseyba,

Ni ey romo, ni ey anisao,

Ni ey vino, ni la giniebra.

Despues de yenal ey buche

Boybieron á andal las pieynas

Jasta la hora de senal;

Y así que pasó la sena

Con mas gana que ay prensipio

Too er mundo se menea.

Ey sor los jayó bailando

Sin que nayden se rindiera:

Entonces se espidieron,

Y aquí se acabó la fiesta.

De lo que pasó espues

Los nobios darán la cuenta.

ESCENA V.
BAILES
DE PUERTO-RICO.