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ANTOLOGÍA PORTORRIQUEÑA
PROSA Y VERSO
—PARA LECTURA ESCOLAR—
POR
MANUEL FERNÁNDEZ JUNCOS
NUEVA EDICIÓN AUMENTADA Y REVISADA POR EL AUTOR
HINDS, NOBLE & ELDREDGE
EDITORES
NEW YORK FILADELFIA
1913
"Es propiedad del autor, el cual se reserva todos los derechos."
Copyright 1907, 1913, by
HINDS, NOBLE & ELDREDGE
Á LOS NIÑOS.
Este libro fué compuesto expresamente para vosotros. Contiene noticias acerca de la vida y méritos de escritores y poetas portorriqueños ya difuntos, y muestras de sus trabajos científicos y literarios.
En general esos trabajos no fueron hechos para niños, y tratan sobre ideas y sentimientos que no se comprenden bien á vuestra edad; pero así y todo debéis leerlos y recordar con respeto los nombres de sus autores. Ellos impulsaron el movimiento político y educativo de esta sociedad en el siglo anterior, y á ellos debe Puerto Rico gran parte de la cultura que actualmente disfruta.
Pensad en el esfuerzo que han tenido que hacer para llegar á la altura de inteligencia y de sabiduría á que llegaron, en una sociedad menos propicia que la de hoy para los estudios, y en lucha con las instituciones nada expansivas del régimen colonial. No tuvieron como vosotros la gran ventaja de la escuela moderna, ni había siquiera, cuando ellos estudiaban, la cuarta parte de las escuelas que tiene hoy Puerto Rico. Y á pesar de todas esas dificultades lograron ilustrar su nombre y honrar á su país, realizando muchos de ellos este milagro con el solo esfuerzo de un resorte oculto que poseen desde niños todos los hombres. Este resorte, con el cual pueden obtenerse victorias admirables y realizarse las más grandes acciones, es la voluntad. Los autores de las obras contenidas en este libro, fueron ante todo hombres de estudio, hombres de acción, hombres de voluntad.
Vosotros podéis llegar á donde llegaron ellos. Quizá podáis subir más todavía; pero, aun cuando alcancéis esta gloria, admirad y respetad siempre á los precursores, que para ser lo que fueron han luchado mucho más que vosotros. Pregonad sus méritos antes de señalar sus deficiencias.
Un sabio historiador ha dicho que las nuevas generaciones parecen más grandes y lucidas, porque están sobre los hombros de las generaciones anteriores. Con esto quiso dar á entender que la cultura social no es obra única de la generación que la posee, sino producto de herencias y de acumulaciones sucesivas.
Más felices vosotros que vuestros antecesores, os halláis en posesión de una cultura adquirida por ellos con grandes dificultades. Éllos os han allanado el camino para nuevas y más espléndidas jornadas, y ahora se os ensancha el horizonte, como invitándoos á continuar en vuestro avance victorioso.
Estudiad con atención los trabajos contenidos en este libro, y tenedlos como señal ó punto de partida para medir los progresos que vayáis realizando.
—"Hasta aquí llegaron nuestros abuelos—diréis;—veremos hasta donde, con mejores medios, logramos llegar nosotros."
Y seguid, niños, seguid adelante, siempre adelante; de modo que cada nuevo día que llegue halle en vosotros un nuevo progreso, una moral más pura, una dirección más acertada y más firme de la voluntad.
Manuel Fernández Juncos.
ÍNDICE
ROMÁN BALDORIOTY DE CASTRO.
Entre el grupo de escritores y educadores portorriqueños que dieron impulso y dirección al movimiento intelectual de Puerto Rico en la segunda mitad del siglo XIX, se distinguió notablemente don Román Baldorioty de Castro, por la extensión y solidez de sus conocimientos, por la nobleza de su carácter, y por sus profundas convicciones de liberal y reformador.
Nació el día 14 de Marzo de 1822, en al caserío de Guaynabo, que perteneció después al distrito municipal de Bayamón. Aunque sus padres no eran ricos, en vista de las buenas disposiciones mentales que el muchacho había demostrado en la escuela primaria, decidieron enviarle á San Juan, para que asistiera á las cátedras del Seminario, y aprovechase á la vez unas lecciones de Química y Física, que daba gratuitamente el Padre Rufo Manuel Fernández. Estudió Román con tan buen éxito, que llegó á ser el discípulo predilecto del Padre Rufo; y cuando este ilustre educador fué enviado á España con cuatro jóvenes portorriqueños, para hacer de ellos cuatro Profesores de Ciencias, que se dedicaran luego á la instrucción de la juventud, uno de los favorecidos fué Baldorioty de Castro.
Estudió en Madrid con verdadero entusiasmo, hasta obtener en la Universidad el título de Licenciado en Ciencias Físico-Matemáticas, y el de Regente de 1ª clase, que equivalía entonces al Doctorado. Luego ingresó en la Escuela Central de Artes y Manufacturas, de París, en donde amplió y dió aplicación, más práctica á sus conocimientos.
Cuando volvió á Puerto Rico, ansioso de comunicar á sus jóvenes paisanos los conocimientos que había adquirido, se encontró con la triste noticia de que el Gobierno había decretado que no se estableciese el Colegio Central, del que Baldorioty de Castro había de ser Profesor. Algunos años más tarde desempeñó una cátedra de Náutica, sostenida por la Junta de Comercio y Fomento, y muchos alumnos de ella fueron excelentes pilotos. Algunos de los que todavía dirigen barcos de navegación trasatlántica ó recorren el mar de las Antillas, cursaron sus estudios técnicos en la cátedra de Baldorioty de Castro.
En 1867 fué nombrado Baldorioty por el gobierno de Puerto Rico, para que le representara en la Exposición Universal de París, celebrada en aquel mismo año, y la Memoria que aquél escribió acerca del magnífico Certamen forma un interesante libro, al cual pertenece el artículo América, inserto en esta Antología.
Elegido diputado por Puerto Rico á las Cortes Constituyentes españolas de 1869, expuso allí con noble entereza las aspiraciones políticas de sus paisanos; abogó briosamente por la abolición de la esclavitud, y cuando se puso á votación la forma de gobierno y la elección del príncipe Amadeo para rey de España, Baldorioty declaró que sus principios políticos, y el convencimiento de que aquella monarquía traería de nuevo la guerra civil, le impedían autorizarla con su voto.
La sinceridad y la energía de sus discursos en defensa de Puerto Rico, llamaron la atención de aquel famoso Congreso, en donde culminaba la elocuencia española. "Es innegable—decía—que Puerto Rico está en plena paz, y que no hay razón para continuar confiscándole sus derechos. Esta confiscación es contraria á la justicia, como lo son siempre las confiscaciones arbitrarias, hechas en nombre de la fuerza. ¡Los pueblos exterminadores no son jamás menos desgraciados que los pueblos exterminados!...
"Puerto Rico tiene hambre y sed de justicia, aunque se mantiene en paz, y aquí reclaman sus representantes, dentro de la legalidad, los derechos de aquel país. Andando el tiempo, si la suerte nos es adversa, si por una fatalidad inconstrastable perdemos la esperanza y continuamos de nuevo bajo la injusta reprobación de 1837, ¡ah! entonces, yo no creo en las ventajas de un pugilato desigual é imposible, pero temo su desgracia, porque los pueblos, como los individuos, cuando pierden el último rayo de luz de la esperanza, ó se degradan ó se suicidan."
Terminada su labor en las Cortes Constituyentes, volvió Baldorioty á su país, con ánimo de dedicarse á la enseñanza. Trató de fundar en Mayagüez una Escuela Filotécnica, aprovechando la expansión que se había dado á las leyes sobre enseñanza, durante el breve período de la República; pero la reacción política que sobrevino en 1874 le impidió poner en práctica su proyecto. Emigró entonces á Santo Domingo, y allí fundó el Colegio Antillano y fué Profesor en el Central.
Algún tiempo después regresó Baldorioty de Castro á Puerto Rico, y aquí se dedicó al periodismo, en defensa de las ideas liberales. Había publicado antes con buen éxito un periódico titulado El Derecho, dedicado á la propagación de la ciencia política, social y económica, y en 1880 empezó una formidable campaña política en La Crónica, de Ponce. Dos años después, como resultado de aquélla, formuló en dicha ciudad las bases del partido autonomista portorriqueño, del cual fué proclamado Presidente.
Fué varias veces perseguido por sus ideas políticas, y dió siempre ejemplos de serenidad y entereza de espíritu en la desgracia. Era hombre de carácter firme y franco, de gran honradez y generosidad, y muy afectuoso y ameno en su trato. Poseía un talento clarísimo y una elocuencia fluida y natural, sin grandes atavíos retóricos, pero con acentos vigorosos y persuasivos. El estilo de su oratoria era más enérgico y animado que el de sus escritos.
Ningún portorriqueño gozó en vida de más popularidad que don Román Baldorioty de Castro, ni fué más cariñosamente recordado por sus compatriotas después de muerto.
El siguiente artículo suyo pertenece al libro que escribió, para informar al gobierno y al país acerca de la Exposición Universal de París, en 1866. Al trazar en él la síntesis histórica del desenvolvimiento político del Nuevo Mundo, se expresa con notable lucidez y valentía, y tiene rasgos proféticos dignos de estudio. Nótese que el autor escribía en una época de gran meticulosidad política, y que imperaba entonces en todo su rigor la previa censura.
AMÉRICA.
Cuando se tiene un Mapa del mundo ante los ojos, la vista recorre vagamente su extensión, salva los mares procelosos, se desliza con indiferencia por entre los escollos de los archipiélagos, y se reposa de momento en momento sobre los continentes.
En esta peregrinación contemplativa, la historia de la humanidad, esta Judía errante de todos los tiempos, pasa confusamente por el espíritu y deja en el ánimo impresiones duraderas. En el Campo de Marte, donde no hay ni océanos ni fronteras, donde todos los climas se confunden en un solo clima, donde todos los hombres se tocan y se tropiezan como los habitantes de un mismo hormiguero, donde todas las categorías se codean, se empujan sin disculparse, se hablan, se preguntan y se responden sin ceremonias, el mapa del mundo se estrecha, se anima al rumor confuso de mil dialectos, y refleja la vida y el pensamiento de la sociedad humana, varia y distinta en la forma, idéntica en el fondo de su naturaleza. Diríase que en este gran espectáculo, en este concierto universal de los hombres, hay como una revelación espontánea, como una muestra inequívoca de la confederación necesaria de todos los pueblos: diríase que en la superficie del revuelto mar de las pasiones y de los intereses locales, ocultos en el fango del fondo, sobrenada al fin el espíritu regenerador de la igualdad, de la fraternidad humana. ¡Brillante alucinación del tiempo presente, realidad quizás de un futuro relativamente próximo!
Entre tanto el África inexplorada, se nos presenta hasta hoy, tal vez sin razón bastante, como una región adversa, inhospitalaria, incivilizable, á pesar de los vivos resplandores que el Egipto lanzó en otros tiempos sobre el mundo de los Hebreos, de los Griegos y de los Romanos. En nuestros días la república negra de Liberia, nacida bajo el amparo de la verdadera libertad, y animada por el soplo vivificador de la verdadera caridad cristiana, sin pensamiento ulterior de explotación, exenta de esa funesta protección que la codicia ha cubierto hasta ahora con el cínico emblema del gobierno paternal, marcha por sí misma en pos de un brillante destino: vendrá un día en que su civilización sea la civilización de todo un continente. El Asia por su parte, pletórica de gente, gastada en lo físico y moralmente degradada, parece pertenecer completamente al pasado. La Europa, dominadora del presente, pero malamente equilibrada por sus propias ambiciones, acotada como una heredad por una reglamentación mutiladora de las facultades del hombre, llena de teorías, sin criterio fijo y sin fe viva, dará todavía por mucho tiempo torrentes de luz al mundo; mas no tiene campo extenso para una gran multiplicación de la especie humana, ni en general, libertad bastante para realizar sus nuevos destinos. La América, grande como la mitad de los otros continentes, bien situada entre los dos grandes Océanos, con infinitos veneros de fortuna, con todos los climas en una cualquiera de sus zonas, sin gente apenas, sin dinastías celosas y contradictorias, y con instituciones amplias y generosas, que echarán con el tiempo fuertes raíces; la América, que no limita las aptitudes, ni fuerza el espíritu de los hombres en ninguna dirección exclusiva, es al parecer la tierra de promisión para la humanidad de los tiempos venideros. La Australia, á pesar de su distancia relativa, espera con seguridad los mismos destinos.
Ciertamente los resabios de la época de las conquistas subsisten en los gobiernos europeos; pero los pueblos que tan caramente han pagado siempre este cruento sistema, no son al presente muy favorables á este modo sangriento y costoso de adquirir: por otra parte las últimas tentativas que, bajo nombres diferentes, hemos visto, y que pueden repetirse todavía, prueban que la América de hoy no será fácil presa de estas cacerías. Si el contrato, acto moral iniciado por Guillermo Penn, y practicado en grande escala por la Francia, por la España y en nuestros días por la Dinamarca y por la Rusia, no estuviera destinado á reemplazar las violencias de la conquista; la emigración espontánea, cuyas proporciones crecen de día en día con los progresos de la navegación, dará tarde ó temprano este resultado.
Las corrientes pacíficas de la emigración europea están, digamos así, normalizadas hacia la América: las familias del norte, irlandesas y alemanas, se dirigen en gran número con preferencia á los Estados Unidos: la emigración meridional, franceses, españoles é italianos, menos abundante, se encamina con más frecuencia á las repúblicas hispanoamericanas. ¿No es probable que una y otra corriente tomen mayores proporciones con el tiempo? Los pueblos de oriente, que empiezan á ponerse en movimiento, ¿no llegarán también á fijar su atención en el hermoso porvenir que á todos brinda el nuevo mundo?
Un fenómeno social digno de ser analizado nos presenta el vasto continente en sus dos grandes secciones: el poder de asimilación, tan fuerte en la una, tan débil en la otra, ¿qué causas reconoce? Al Norte emigran las familias completas, al Sur no van de ordinario sino individuos: las primeras descuajan los bosques, fundan la propiedad agrícola, levantan ciudades, promueven la industria y fomentan la instrucción pública: se radican, en fin, y al cabo de pocos años miran esta patria adoptiva como la patria definitiva. Es un hecho que si recuerdan el suelo natal es para invitar á sus deudos á seguir su ejemplo, y con frecuencia, para proporcionarles los medios indispensables para emigrar. Los segundos no aman en general el trabajo de los campos: se diseminan por las ciudades y los pueblos, y sus ocupaciones son por lo común la bodega, las novedades de París, la lencería y algunas veces las artes y los oficios vulgares. La agricultura, la industria, la inventiva, la enseñanza pública y el aumento de la población estable les deben muy poco; es notable que, aun cuando el matrimonio ó el curso de sus negocios los retengan en el país hasta su muerte, su pensamiento fijo es, casi siempre, redondear una fortuna, grande ó pequeña, para abandonarlo.
Atribuir á una virtud del clima este doble fenómeno, nos parece poco acertado: ni los climas del Norte son más templados, ni sus terrenos son más feraces que los del Sur: la estabilidad política pudiera explicarlo, si ella no fuera parte del hecho mismo que se discute, y en cuanto á la prosperidad económica, ella es evidentemente una consecuencia y no una causa del fenómeno. Á nuestro juicio, la educación secular de una y otra raza, este clima moral mil veces más poderoso que los climas físicos, encierra todo el secreto y la explicación completa de estos hechos. Hubo un tiempo en que las razas del Norte, ignorantes, supersticiosas y abandonadas, vivían tiranizadas por los vicios, y poco estimadas de sí mismas y de los demás; las meridionales brillaban entonces por las artes, por las ciencias y por las armas; ni el clima de éstos era en aquellas épocas más frío, ni el de aquéllos más tibio que al presente. Un gran concurso de circunstancias favorecía la educación de los unos y los dotaba de perseverancia; mientras que para los otros todo era adverso, y todo contribuía á mantenerlos en la oscuridad y el atraso.
Más tarde, cuando todos los pueblos del mediodía olvidaban sus tradiciones y abdicaban en manos de la fuerza sus derechos, los pueblos del Norte pugnaban por robustecer y afirmar sólidamente los suyos. Las brillantes victorias que aquéllos alcanzaban, en los campos de batalla, bajo el imperio de la obediencia pasiva, no eran más que las piras siniestras que alumbran el principio de su decadencia, el oscurecimiento de su razón, la caída de sus libertades; el trabajo sangriento de las revoluciones del Norte, por el contrario, era la dolorosa gestación que anuncia la fecundidad: era la elaboración del libre examen y de la libre manifestación del pensamiento, con todas sus consecuencias. El trono y el altar embargaban el cuerpo y el alma de los unos: "Dios y mi derecho" era la convicción profunda y el resorte inquebrantable de los otros. Las bellas artes y las buenas letras olvidaron al hombre y se lanzaron á las regiones místicas, entre los primeros: la industria se despobló para poblar los conventos: el comercio se redujo á compañías privilegiadas: la navegación decaída plegó sus velas: la guerra misma perdió su vigor y su brillo, y la prosperidad meridional, como la población, tocó en los lindes de la bancarrota y de la miseria. Por el contrario, los hombres del Norte, llenos de su personalidad, dueños de su pensamiento y de su actividad, y responsables directamente de sus actos, fundaron su gobierno dentro de una esfera limitada de acción, dieron más fuerza á la ley que al funcionario, y se lanzaron con fe en la corriente de la discusión y del trabajo. Mientras los unos pasaban la vida rezando en las puertas de las iglesias y de los conventos, ó trabajando con la lentitud propia de los reglamentos y de los gremios, los otros oraban en espíritu y en verdad: exploraban atrevidamente, en el orden moral, el mundo de las ideas, y en el orden material, el mundo de las riquezas.
Ambas razas poblaron la América, y ambas trajeron á ella los efectos de su educación respectiva. La revolución moral de la primera estaba consumada, y al trasplantarse al vasto campo de un nuevo mundo debía dar todos sus frutos: seguridad personal completa; raíces profundas al sentimiento religioso individual, y ancho campo á todas sus formas, es decir, á todos los cultos: respeto ilimitado á la propiedad y por consiguiente gobiernos electivos, contribuciones previstas y discutidas, y gastos conocidos y eficaces para el bien de los gobernados: por último, la libertad de reunirse, de pensar, de hablar y de escribir, así como la libertad absoluta del trabajo en todas sus manifestaciones, constituían la vida misma de estos hombres. Ellos la transmitieron íntegra á las sociedades que fundaron en las comarcas de la América del Norte, saliendo de ella todos los bienes, como en otro tiempo salieron todos los males de la caja de Pandora, y dejando en el fondo el deseo ardiente y la esperanza activa de un perfeccionamiento indefinido. ¿Qué obstáculos serán bastante poderosos para torcer ó pervertir sus brillantes destinos? Si la Madre Inglaterra, por una triste veleidad de los tiempos, se empeña ciegamente en coartar sus libertades, sus hijos engrandecidos por la virtud y por el talento, encontrarán aliados, le harán una guerra digna y vigorosa, y victoriosos sabrán marchar con entereza por la senda de las naciones. El parlamento libre de la monarquía inglesa se convertirá fácilmente en la cámara republicana: el gobierno supremo será más brillante y más puro en las manos de Washington que en las manos de un Jorge. La libertad humana dará un paso hacia adelante, sin vacilaciones y sin crímenes: el pueblo está educado, y el triunfo de sus derechos no será un pretexto para abandonar el trabajo, sino un grande estímulo para enaltecerlo y desarrollarlo.
Mas ¿cómo se había educado este pueblo? En las luchas dolorosas y sangrientas de la revolución inglesa: en las persecuciones religiosas, en las violencias de los partidos políticos, en los combates de la libertad contra los poderes usurpadores: por el martirio en las plazas públicas, por la abnegación en los campos de batalla, por la palabra en las calles, y en las tribunas, por la virilidad y el sufrimiento en todas partes y durante un siglo entero.
Cuando por estos medios llegaba él á la madurez del pensamiento político, las razas meridionales, surmergidas en los abismos del despotismo, ignorantes de sus derechos, supersticiosas, avezadas á las violencias de la conquista, sin resorte en la conciencia y sin amor al trabajo, comenzaban á despertar de su profundo letargo de tres siglos. En el año de 1810 aspiraba Venezuela á la libertad en el nombre de la Filosofía, Méjico en nombre de la religión, Chile á impulsos del masonismo: Bolívar, Hidalgo y San Martin, eran, con sus escasos amigos, el cerebro de toda la América de los meridionales: el pueblo seguía á ciegas estos prestigios ó los combatía con furor sin comprenderlos. La guerra civil debía devorar varias generaciones antes de que la antorcha de la libertad alumbrara con sus resplandores los llanos y las pampas de un mundo semisalvaje, y presenciamos en nuestros días los dolores de la regeneración, con todas sus peripecias. Ellos no son, ni tantos, ni tan grandes como los que sufrió esa misma raza del norte, antes de abandonar la tierra de Europa, y cuyos progresos actuales, así en el uno como en el otro continente, tanto nos admiran.
Cuando se estudian de cerca y sin pasión pueril los hechos, se reconoce que no hay razón, que no hay justicia alguna en exigir de los Americanos del Sur, lo que no han podido conseguir en igual tiempo sus propios padres, en ninguno de los pueblos meridionales de la misma Europa. En 1789 comenzó la gran revolución francesa, y esta nación culta, fuerte y populosa no ha llegado á constituirse todavía: ella ha amasado con su propia sangre dos repúblicas efímeras, un imperio despótico y guerrero, una restauración sin simpatías, una monarquía popular, y otro imperio vacilante, sin gloria militar y sin libertad política.
¿Y ha llegado acaso para Francia el día de la seguridad, de la libertad completa? ¿No está navegando en el proceloso mar de la revolución? Ciego será el que confunda su estado político con la situación estable de la raza inglesa: las costumbres públicas, esto es, la educación política de ésta, está consumada; la de la otra está lejos aún de su término: la una resuelve las cuestiones más graves por la ley, expresión fiel de la opinión; la otra mantiene todavía el interés de los partidos por la fuerza, la ley no tiene en ella otro apoyo. Aquel pueblo la acata y marcha; ó la combate en las urnas, la reforma, y progresa: éste la recibe, no la dicta: pugna contra ella, y la sufre ó la derrumba por la violencia, no por la discusión y por el voto. El sufragio de la primera es restringido, y sabe usar de él en su provecho: el sufragio de la segunda, es universal, y no acierta á emplearlo como le conviene.
Los americanos del Sur no pueden haber adquirido en menos tiempo, mejores costumbres que sus maestros. Ellos han resuelto en principio todas las dificultades sociales y políticas de nuestro tiempo, y sus gobiernos están basados en las máximas de la verdad y la justicia: les falta práctica, y ésta se adquiere en el ejercicio de la libertad. Las ambiciones turbulentas que agitan de tiempo en tiempo á estos hombres, no son eternas: ellas pasarán en la América del Sur como pasarán en Francia, como pasaron hace ya tiempo en Inglaterra. ¿Qué motivo racional hay para que así no sea? Solamente los hombres que permanecen en la servidumbre, son los que no llegarán jamás á ser libres.
Entre tanto no son sus trastornos, como suele pintarlos la pasión de los extraños, ininterrumpidos: ha mucho tiempo que, fuera del campo de batalla, no se derrama en esos pueblos sangre alguna por causas políticas: depuestas las armas, los hombres contienen sus resentimientos de partido, y se guardan entre sí las consideraciones de la amistad. El trabajo, escaso antes de la revolución por las trabas sin cuento que lo agobiaban, se ha desarrollado bajo el amparo de la libertad: lejos de decaer las grandes ciudades, se mejoran y prosperan: los caminos de hierro comienzan, y en algunas repúblicas, como en Chile, gozan ya de cierta importancia.
Sus ríos caudalosos, de origen desconocido y de navegación peligrosa, se exploran en todos sentidos: su suelo fecundo repone con prontitud los males de sus guerrillas pasajeras, y su comercio, proporcional á su población, aumenta con lentitud pero sin interrupción. Evidentemente, todas sus rentas, bien ó mal distribuídas por los Estados, vuelven á la circulación, y el trabajo se sostiene y aumenta.
La América del Sur posee escritores y poetas de primer orden, oradores elocuentes y diplomáticos versados en el derecho de gentes, de una habilidad y de una lucidez incontestables. La deuda de todas las repúblicas juntas no es para imponer miedo á ningún hacendista, y todo el mundo tiene la convicción, tanto en Europa como en América, de que para enjugarla en pocos años, no tanto necesitan los sudamericanos de un largo período de paz completa, como de costumbres morigeradas en todos los ramos de la administración.
La ambición vulgar de mando, los compromisos de una política interior bastarda, y el desorden consiguiente en el manejo y empleo de las rentas, son las causas principales del descrédito, exagerado á veces por el interés y por la pasión, que de vez en cuando se une al nombre de algunas de estas repúblicas. Su escasa población relativamente á la extensión de sus vastísimas comarcas, y la índole, los hábitos y la poca instrucción en los ramos más útiles del trabajo, que caracterizan á la gran mayoría de sus inmigrantes, agravan un tanto la situación. Mas, todos estos inconvenientes carecen de raíces profundas. La gran crisis de la libertad está consumada; las costumbres de la vida pública penetran en el corazón del pueblo, los soldados indomables de la independencia, abrumados por la edad, bajan al sepulcro ó abandonan con las esperanzas de sus ambiciones las riendas del Gobierno. Las nuevas generaciones, más ilustradas y menos avezadas á la vida de los campamentos, buscarán nuevas soluciones á las dificultades de la política, y asentarán el porvenir de la patria americana en la instrucción de las masas, en la actividad del trabajo, en las luchas viriles é inteligentes de la opinión, asegurando así la paz y la prosperidad interior. Acaso á fines del presente siglo, los hechos infecundos y dramáticos de sus guerras intestinas, pertenecerán á la leyenda, como los hechos de su gran transformación se inscribirán definitivamente en la historia. Á juzgar por la fuerza expansiva de la democracia, y por la manera con que ya en nuestros días se entiende y se practica la Federación de los pueblos, no nos parece temeridad pensar que para aquella época no haya en todo el vasto Continente más que una sola, grande, libre y poderosa nación.
MANUEL A. ALONSO.
Nació en Caguas durante el año 1823.
Cursó la segunda enseñanza en el Seminario Conciliar de San Juan, y se graduó de Doctor en Medicina en la Universidad de Barcelona, España. Estudiaban también por aquel tiempo en la misma Universidad otros portorriqueños inteligentes, y como Alonso, aficionados á la literatura, entre los cuales figuraban don Juan Bautista y don Santiago Vidarte, don Francisco Vasallo y don Pablo Sáez, y entre todos compusieron un libro de prosa y verso, titulado Álbum Puertorriqueño, que fué una de las primeras manifestaciones de la literatura del país.
Después que Alonso obtuvo el título de médico, vivió algún tiempo en Galicia, de donde era oriundo su padre; algunos años más tarde se trasladó á Madrid, en donde ejerció su profesión con buen éxito, y colaboró en periódicos importantes de la corte. Era médico del general Serrano en los albores de la revolución de 1868; le alcanzó la persecución ejercida contra este ilustre personaje en los últimos días del reinado de Da. Isabel, y fué desterrado á Lisboa. Más tarde volvió á Madrid, en donde puso sus influencias y su pluma al servicio de las reformas liberales de Puerto Rico.
Á la edad de cincuenta años, próximamente, regresó Alonso á su país natal, y aquí se dedicó á la práctica de la Medicina y á los estudios de costumbres, sin dejar de intervenir prudentemente en las luchas políticas.
Escribía con sencillez y gracia, era ingenioso y agudo en el decir, tenía una facundia admirable para improvisar y contar cuentos y anécdotas, y nadie dió en su tiempo tan exacto colorido como él á la pintura de costumbres campesinas portorriqueñas. Conocía perfectamente el dialecto de nuestros jíbaros, mezcla del lenguaje popular andaluz y del castellano viejo con algunas voces indígenas, y en ese dialecto escribía romances muy amenos y graciosos. En un libro titulado El Jíbaro, nos dejó el Dr. Alonso muestras muy estimables de estas composiciones, así como de su crítica de costumbres portorriqueñas, donosa y benigna.
Ejerció también el periodismo político, y fué director del periódico El Agente, durante algún tiempo; pero su carácter apacible y regocijado no era el más á propósito para las ardientes luchas de la prensa militante en aquel tiempo.
En sus últimos años fué director del Asilo de Beneficencia, que ocupaba el local en donde está hoy establecido el Manicomio de San Juan.
Era hombre muy cortés y afable, de carácter bondadoso, de instrucción sólida y variada, y de excelente moralidad.
El artículo suyo que se inserta á continuación, fué copiado de El Jíbaro, en su edición aumentada—1882.
EL SUEÑO DE MI COMPADRE.
Como no podía menos de suceder en la tierra clásica de los compadres, tengo yo varios, y entre ellos uno que, con el necesario permiso, presento á mis lectores. Llámase Don Cándido, y le cuadra perfectamente el nombre: lo que no le cuadra es el apellido Delgado, porque pesa más de doscientas libras.
Este mi compadre es un bonachón á carta cabal, servicial y consecuente como pocos; pero fundido en el antiguo molde colonial. Para él el Gobernador es todavía el Capitán General de otros tiempos, la Audiencia, el ya olvidado Asesor de Gobierno, y los Alcaldes, los hace tiempo difuntos Tenientes á Guerra (Q. D. G. G.). Siempre que se le habla de gobierno, de administración de justicia ó de cualquier otro ramo, siempre que oye la relación de un suceso que necesita correctivo, siempre que alguien se queja de que le han hecho una injusticia, contesta de un modo invariable. "¡Si yo fuera Capitán General!"
—¿Qué harías?—le he preguntado algunas veces. Entonces me ha contestado sin vacilar, y según los casos: que separaría al Alcalde ó al Juez, que pondría en el castillo del Morro al Intendente, que embarcaría bajo partida de registro á toda la Audiencia, que desterraría al Obispo y hasta fusilaría á la Diputación Provincial. El bueno de mi compadre no se para en barras, y aunque incapaz de ver morir al pollo que han de servirle en el almuerzo, sería—por supuesto, de palabras—una fiera que acabaría con todos los empleados si, como él dice, fuera Capitán General.
Hace pocos días y al siguiente de uno en que habíamos discutido muy largo, no sobre la bondad de su sistema de gobierno, porque sobre este punto mi compadre no admite discusión, sino sobre las dificultades que habría que vencer al ponerlo en práctica, lo vi entrar en mi casa tan alegre, que le pregunté si había sacado el premio grande de la lotería.
—No he sacado premio grande ni chico; pero he sido ya Capitán General, y por cierto que no me ha gustado el oficio.
Quedéme parado al oir esto, porque se me ocurrió la idea de que el pobre hombre se había vuelto loco.
—Vaya, me dijo al notar mi turbación. ¿No quiere vd. saber cómo ha pasado cosa tan rara?
—Nada deseo tanto como saberlo.
—Pues allá va mi historia, me contestó, después de sentarse y de encender un cigarro:
—Anoche me recogí á la hora de costumbre; media hora después mi mujer me despertó, porque mis ronquidos no la dejaban dormir: me volví del otro lado, y á poco empecé á soñar que ocupaba el palacio de la Fortaleza como dueño de la casa. Mi ayudante de servicio estaba en su puesto para anunciarme las personas que iban llegando, y yo, como si en mi vida no hubiera hecho otra cosa, las recibía ó hacía esperar, según su importancia ó la del asunto que había de tratar con ellas.
Yo estaba completamente transformado: mi natural encogimiento se había convertido en soltura, mi timidez en arrogancia, y mi lenguaje torpe en elegante facilidad. Me encontraba más instruído en todas las materias que cuantos conmigo hablaban, y resolvía las cuestiones con un acierto que jamás hubiera creído tener. Todo esto me admiraba; pero lo que menos podía comprender era cómo había adquirido el don de leer en el interior de cada uno lo que pensaba cuando me dirigía la palabra; de manera que conmigo no había falsedad ni disimulo posibles.
El primero que se me presentó fué un señor, llegado de cierto pueblo de la isla, vestido por un buen sastre, aunque llevaba la ropa como el que á ella no está acostumbrado: lucía sobre el chaleco gruesa cadena y pesados dijes de reloj, y en la camisa ricos botones de brillantes; pisaba recio, hablaba alto, y en ciertos momentos ponía cara de traidor de melodrama. Hablóme mucho de sus tierras, de sus cañas, de sus ganados, y cuando hizo recaer la conversación sobre las personas más notables de su pueblo, me aseguró que allí no había más hombres honrados que él, dos amigos suyos y el Alcalde. Los demás, debían inspirarme muy poca ó ninguna confianza, porque eran díscolos, intrigantes, y sobre todo, enemigos del orden y del principio de autoridad. Por fortuna, y gracias al don de penetrar en su pensamiento de que yo disfrutaba, estaba oyendo que interiormente se decía:
"¡Si supiera este buen General que vendido todo lo que tengo, no alcanzaría para pagar á mis acreedores, que algunos de ellos están en la miseria, mientras yo nado en la abundancia, y que si recomiendo al Alcalde y á los otros dos sujetos, es para que no vean el lazo que les preparo, con el fin de acabar con ellos en la primera ocasión!..."
Tentaciones me dieron de echar aquel villano á puntapiés; pero me contuve y le despedí, cuando entraba otro sujeto de buena figura, tan cortés, tan elegante y de maneras y lenguaje tan respetuosos, que me agradó sobremanera. Traía el encargo de presentarme una exposición de un convecino suyo que, según me aseguró, era no sólo el más rico, sino también el protector, el padre de todos los habitantes de su pueblo, donde nada bueno se hacía sin su anuencia. Él socorría á los necesitados, ponía en paz á los desavenidos, era, en una palabra, la providencia que llevaba á todas partes la dicha y el contento.
También éste me engañaba, según leí en su interior. El padre, el bienhechor, la providencia era el azote de aquel pobre pueblo: se había hecho rico á fuerza de mil bajezas y crímenes, que habían quedado impunes, y la pretensión que ahora tenía era la de que se le concediera la explotación de un monopolio injusto y dañoso á sus convecinos.
Después de este agente de malos negocios se me presentó un maestro de escuela, que venía á quejarse del Alcalde y del Ayuntamiento. Á este infeliz cargado de familia le debían ocho meses de sueldo. Al principio encontró quien le prestara dinero al tres por ciento de interés mensual; pasado algún tiempo, otro sujeto se lo facilitó al de un real al mes por cada peso, y últimamente á ningún precio se lo querían dar. Acosado por el hambre fué á ver al Alcalde, y éste, que llevaba cobrados hasta el día todos sus sueldos, le contestó, como otras veces: "No hay dinero: veremos si se cobra algo."
—Lo que aquí no hay es justicia, y lo que se cobra es para pagar á otros y no á mí; replicó desesperado el mísero profesor.
Por esta contestación le suspendieron de empleo y sueldo, y se le formó causa por desacato á la Autoridad.
Esta vez, por más que escudriñaba en el interior de aquel hombre, nada vi que no estuviera de acuerdo con sus palabras, y se quedaba corto al hacer relación de las miserias y humillaciones que había sufrido. Debía á la caridad de una buena alma la pequeña suma que necesitó para venir á la Capital, y temía que, cuando me hablaba, estuviera espirando uno de sus hijos pequeños, que había dejado enfermo. Desde que salió de mi despacho el maestro no pude estar tranquilo, y no hacía más que discurrir sobre el castigo que iba á aplicar al Alcalde.
Recibí después hombres importantes que todo lo enredaban: empresarios de obras que pretendían hacer la felicidad del país enriqueciéndolo, después de enriquecerse ellos: Abastecedores de carne que iban á facilitar este artículo casi de balde á los pueblos, después de haber comprado las reses á los criadores en un cincuenta por ciento menos de su valor, y haber duplicado éste al vender la carne: Contratistas de alumbrado que nunca alumbraba: defensores, sin peligro, de la Religión, de la Justicia ó de la Caridad, con su correspondiente tanto por ciento de ganancia: protectores de Alcaldes, de viudas honestas, de huérfanas jóvenes y bonitas, de maestras completas é incompletas, de padres y madres con hijos y sin ellos.
Tantos y tan variados tipos recibí, que no me es posible recordarlos, y aburrido ya, iba á retirarme á descansar, cuando llegó la hora del despacho.
—Gracias á Dios,—pensé. Ahora sí que voy á hacer algo provechoso.
El empleado que venía á la firma entró con una carga de mamotretos capaz de asustar á cualquiera, y mucho más al que acababa de pasar una gran parte del día de un modo tan poco divertido.
—Antes que otra cosa, le dije, deseo ver el expediente formado al profesor de instrucción primaria del pueblo de.... F.
—Aquí está..
—¿Por qué se le encausa, y qué resulta?
—Ese maestro se presentó reclamando el importe de algunos sueldos que le adeudan los fondos municipales. El Alcalde le contestó que no había dinero en caja; que cuando se cobrara se repartiría, como otras veces, entre unos cuantos (aludía á la Autoridad) la cantidad que ingresara en los fondos, y amenazó al Alcalde con que se quejaría al Gobernador. Todo esto pasó en presencia de testigos que son: el secretario, el escribiente y el depositario de fondos municipales.
El informe del Alcalde presenta al sumariado como falto de respeto á la Autoridad, díscolo y de mala conducta. Debo añadir también que el Señor N. N., por cuyo conducto recibí esta mañana el expediente, confirma cuanto dice el Alcalde.
—¡Basta! dije encolerizado, pegando fuertemente con la mano sobre la mesa; basta de....
—Cándido: ¡por Dios! ¿te has vuelto loco?
Era mi pobre mujer, que gritaba asustada, porque había recibido en el hombro el puñetazo que, soñando, creía yo haber dado en la mesa del General. Con unos paños de árnica, y más aun con la risa que le produjo la relación de mi sueño, se le pasó pronto el dolor; pero no las ganas de reir, y rie á menudo y me pregunta si todavía deseo ser Capitán General.
—Y vd. le dije, ¿qué responde á esa pregunta, y qué piensa de su sueño?
—Á la pregunta de mi mujer nada contesté. Nos reimos á duo, y pare vd. de contar. En cuanto á lo demás, le confieso que me sucede lo mismo que cuando sueño que se me ha muerto un hijo. Veo, cuando despierto, que todo es falso, que mi hijo vive y está bueno; pero siento dolor al recordar que le vi amortajado. Del mismo modo me aflige el recordar lo que vi, por más que fuera soñando, y no me parece cosa tan fácil el gobernar pueblos, mientras los gobernantes no tengan el don de leer en el interior y saber de este modo lo que piensa cada uno.
—Tiene vd. razón, compadre: el gobernar debe de ser cosa muy difícil, é imposible el hacerlo bien al que carece de ciertas condiciones. El don de leer en el interior de los hombres se alcanza con el hábito de manejar negocios, y sólo en sueños se adquiere de repente. La honradez, la rectitud de miras, la ilustración suficiente, la firmeza, la prudencia y la abnegación que libran del maléfico influjo de las pasiones, son cualidades, naturales ó adquiridas, que necesita tener el gobernante.
Eso es lo que yo pienso. No hay que envidiar al que manda, porque, teniendo conciencia, debe sufrir mucho y á menudo. Es preferible á gobernar y no hacerlo bien, ser el último de los gobernados.
JOSÉ JULIAN ACOSTA.
Entre los portorriqueños ilustres que impulsaron el movimiento intelectual en esta isla durante la segunda mitad del siglo anterior, ninguno ha contribuído tanto como don José Julián Acosta á propagar entre sus paisanos el desarrollo de las ciencias. Dotado de una firme vocación para la enseñanza, la ejerció con breves intermitencias y en distintas formas por espacio de 37 años. Cuando no la ejercía directamente en la cátedra, la realizaba en la tribuna pública, en la Sociedad Económica de Amigos del País, y en el Ateneo más tarde; la ejercía también en todos los actos solemnes, en los cuales pronunciaba discursos llenos de enseñanzas útiles y de altas y fecundas ideas.
El mismo carácter docente que tienen sus últimas obras, se revelaba ya en las excelentes notas con que en su mocedad ilustró la "Historia de Puerto Rico" por el padre Iñigo Abbad, y que le valieron el título de miembro Correspondiente de la Real Academia Española de la Historia.
Nació en la ciudad de San Juan, el 16 de Febrero de 1825, y por las notables disposiciones que demostró en sus estudios primarios, obtuvo una de las doce becas de merced que concedía el Seminario Conciliar de esta ciudad á los escolares más aprovechados. Cursó con tan buen éxito las asignaturas del bachillerato, que á los 18 años era ya profesor de varias de ellas en algunos colegios particulares de San Juan.
Estas aptitudes del joven Acosta llamaron la atención de su profesor de Química, el Padre Rufo Manuel Fernández, quien le incluyó en el grupo de los estudiantes que habían de ir á Madrid para estudiar varias facultades en la Universidad Central, con objeto de enseñarlas después á la juventud estudiosa de Puerto Rico. En este grupo de jóvenes, que se embarcó en el puerto de San Juan, en Abril de 1845, custodiado y dirigido por su insigne maestro el P. Rufo, iba también don Román Baldorioty Castro.
Después de una brillante serie de estudios, obtuvo Acosta el título de Licenciado en Ciencias Físico Matemáticas, y la investidura de Regente de 1ª Clase. Visitó después las Universidades de París y Londres, asistió en Berlín á las lecciones del sabio Humboldt y á las clases de Química del célebre Rammelsberg, y regresó á Puerto Rico en 1853. Un año después desempeñaba ya aquí la cátedra de Agricultura, creada por la Junta de Fomento. Ejerció más tarde la enseñanza en otras varias instituciones, y por último obtuvo una cátedra en el Instituto civil de Segunda Enseñanza, del cual fué luego Director.
Ejerció también el periodismo, y fué el redactor más juicioso y sabio de El Progreso, que inició aquí las luchas políticas después de la revolución nacional del 68, y que era el periódico de más autoridad entre los que defendían las reformas liberales para Puerto Rico. Desempeñó también Acosta durante algún tiempo la jefatura del partido reformista.
Cuando el gobierno de Madrid, en 1866, solicitó el informe de algunos representantes de Cuba y Puerto Rico, acerca de las reformas que debían hacerse en el gobierno y la administración de ambas Antillas, Acosta fué uno de los representantes elegidos, y en aquella memorable Junta sostuvo con gran firmeza y valentía la petición de que fuese abolida inmediatamente la esclavitud en Puerto Rico, con indemnización ó sin ella. Algunos años después repitió estos mismos conceptos en un brillante discurso que pronunció en la Sociedad Abolicionista Española, de Madrid, y que contribuyó notablemente á la solución humanitaria dada al problema social de Puerto Rico por las Cortes de la República.
Era don José Julián Acosta hombre de sólida instrucción, de carácter firme y reposado; su elocuencia era majestuosa y solemne, su trato cortés y caballeroso. Entre sus aficiones intelectuales sobresalían las de educador de la juventud é investigador de asuntos históricos. Hombre de pensamiento más que de acción, defendió las libertades de su país con la palabra y con la pluma; pero nunca tomó parte en conspiraciones ni revueltas.
Además de sus importantes Notas á la Historia de Puerto Rico, escribió y publicó un Tratado de Agricultura, un extenso estudio sobre El derecho prohibitivo y la libertad de Comercio en América, otro sobre El Padre Didón y los Alemanes, una colección muy notable de artículos sobre asuntos varios, y otra de Discursos y Conferencias, y dejó inédita una obra histórica, á la que se dedicaba con gran amor en sus últimos años, y que tenía por título Jovellanos y su tiempo.
Los dos artículos suyos que se insertan á continuación de estas líneas, fueron escritos bajo la impresión de la lectura de dos famosos documentos relativos al sitio de París, y publicados en El Progreso—1870.
LA CARTA DE VÍCTOR HUGO Á LOS ALEMANES.
Pulsar las cuerdas de la lira y enviar al corazón ora piedad, ora terror, como Shakespeare y Calderón, es arduo y glorioso.
Luchar con todo linaje de obstáculos, perseverar en la acción bajo la fe de una idea, como Colón y Lincoln, es colocarse en el más alto punto de la escala moral.
Vivir no sólo en las puras regiones del sentimiento, sino abandonar también su atmósfera tranquila para mostrarse actor en los más graves conflictos de la humanidad y en medio del desencadenamiento de las pasiones más brutales, inspirándose siempre en la idea sublime del Derecho, es á la par y de consumo arduo, glorioso y culminante.
Las raras dotes que esta asociación extraordinaria presupone, embargan la mente.... Y sin embargo, nuestro siglo, inmensa masa en fusión, palenque abierto á todo género de pensamientos y empresas audaces, nos ha presentado muchos ejemplos de esta asociación extraordinaria. En sus victorias y derrotas, en sus catástrofes políticas, en sus descubrimientos maravillosos; resumiendo, en sus luchas continuadas con lo pasado y con la materia, ¡cuántos grandes hombres no se destacan! ¡cuán absorta no ha quedado nuestra mente en su contemplación!
Victor Hugo, terminado apenas el largo ostracismo á que le condenó primero la usurpación y en que le retuvo más tarde la conciencia de su derecho, y en pie sobre los muros de París, sitiada por los alemanes, dirigiéndoles su voz, ofrece un nuevo y magnífico ejemplo del genio en harmonía con la acción.
Él, con su imaginación dantesca, tan fecunda en la creación de episodios originales y dramáticos, no imaginó nunca ninguno tan original y dramático como el en que acaba de ser actor principal. En los tiempos futuros, cuando un nuevo Homero cante el sitio de esta nueva Ilion, la figura del gran poeta y del elocuente defensor de la abolición de la pena de muerte se elevará radiante en medio de la de sus émulos y compañeros.
Al canto sublime de la poesía se unirá la elocuente expresión de la escultura: se le erigirá una estatua, en que aparezca con su fisonomía reflexiva y varonil, rotos á sus pies todos los instrumentos de muerte, y con la copia de su carta inmortal en la diestra, mirando hacia el nacimiento del Sol.
Esa carta es un llamamiento á la dulce paz, á la fraternidad entre todos los hombres, es un sonido melodioso de un arpa celestial, un grito arrancado de lo más profundo del alma.
Ante tantas bellezas reunidas, ante esta síntesis admirable de la estética, ¡cómo analizarla! Nuestras fuerzas no bastan á tamaña empresa, y dejándonos dominar por el sentimiento que despierta, nos entregamos exclusivamente á darle culto en el fondo de nuestro corazón.
Nunca se elevó á tanta altura su prepotente genio. Con la admirable flexibilidad que lo ha distinguido siempre, sabe tocar todas las cuerdas y las fibras más delicadas de la sensibilidad moral. Así es como habla al corazón y á la inteligencia del gran pueblo alemán.
Cual si no hubiesen pasado por encima de él los años, la proscripción y las catástrofes domésticas, que tanto hieren á los corazones sensibles, se nos presenta en esa carta con toda la exuberante fecundidad de su juventud.
Vemos al profundo filósofo que analizó los misterios de la terrible pasión de Claudio Frollo, y al suave pintor de las tiernas emociones que despierta en el corazón de una madre la vista del zapatito del hijo que yace en la tumba; vemos al autor de las escenas infernales de El Rey se divierte, en que quedamos abatidos bajo el peso de tanto horror; y al de la suave, dulce y melancólica "Oración por todos" que enseñamos á nuestros hijos para hacerlos sensibles y humanos. Á la vez manso arroyo é impetuoso torrente, sonido apacible y estridente trueno.
Así es como ha hablado y así es como debía hablar el genio galo al genio germano.
Nada de alardes de fuerza, ni de intimidación; sino la fría voz del buen sentido y la protesta estóica del que sabrá rechazar el ataque y morir como los romanos de los antiguos tiempos, cumpliendo con su deber.
Y al lado de esto ¡con qué efusión no proclama las inmarcesibles glorias de la Alemania en la obra de la civilización!
Todo espíritu reflexivo reconoce al punto cuánto de gratitud debe ésta á la Francia y á la Alemania. La una precedió á la otra en la brillante carrera, pero no tardó en ser alcanzada y aun superada en determinados departamentos del saber humano. Por lo general, han marchado paralelamente, completándose la una á la otra, conforme á la diversa índole de sus aptitudes y genio nacional.
¡Cuán abundante mies no han segado ambas, que es hoy patrimonio de la humanidad entera!
Si la Alemania dota al mundo de la imprenta, la Francia lanza una legión de escritores que hacen más y más fructífera la admirable invención.
Si la Alemania produce á Lutero, expresión viva del individualismo de las razas sajonas, la Francia les da á Calvino, que define y formula para una gran parte de esas mismas razas la nueva creencia.
Si la Alemania cuenta entre sus hijos más ilustres á Keplero, que con una paciencia verdaderamente sajona calcula, sin logaritmos, un día y otro día hasta descubrir las leyes de los orbes planetarios, exclamando: "¡poco importa que yo no encuentre quien comprenda mi libro, cuando mi Criador ha tardado siglos en encontrar un hombre que sepa leer en el libro de la naturaleza!", la Francia se enorgullece con justa razón de Laplace que, con un equilibrio admirable en sus facultades intelectuales, descifró el enigma de las perturbaciones celestes, y tranquilizó al hombre acerca de la estabilidad del sistema de que forma parte la tierra que habita, destruyendo así un error del mismo Newton.
Si la una dió el ser á Gottlob Werner, creador de la geognosia, la otra sirvió de cuna á Cuvier, que lo fué de la paleontología, y gracias á entrambos ha podido escribirse la historia de nuestro globo. El mismo Aristóteles quedaría absorto ante esos prodigiosos descubrimientos.
En todas las ramas del fecundo árbol de Minerva encontramos la misma gloriosa asociación. En Química, Stahl y Lavoisier, Richter y Proust; en Física, Otto de Guericke y Dionisio Papín, Arago y Humboldt; en Mineralogía, Bergman y Hauy. No terminaríamos si hubiéramos de enumerar la larga lista de sabios Alemanes y Franceses que nos ofrece en sus páginas la Historia, ora haciendo á la vez un mismo descubrimiento, ora rectificando los hechos y sus relaciones, para llegar á formular las verdaderas leyes de la naturaleza.
Tampoco terminaríamos si nos propusiéramos entrar en el vastísimo departamento de las bellas letras, de la Filosofía, la Lingüística y el Exégesis. Al lado de Voltaire y de Goethe, de Lamartine y Schiller, de Descartes y Kant, de Baur y Bournouff, hallaríamos otros y otros nombres ilustres.
Pero imposible es, en esta ocasión solemne en que escribimos, dejar en el silencio la estrecha amistad, el verdadero cariño fraternal que unió constantemente, durante su fecunda existencia, á los dos representantes más ilustres de la Alemania y la Francia modernas, Alejandro de Humboldt y Francisco Arago. ¡Con qué emoción recordamos hoy estas sentidas frases que el gran viajero escribió en la introducción que puso á la edición póstuma de las obras del gran astrónomo y del gran ciudadano: "Me enorgullezco al pensar que por mi tierna consagración y por la constante admiración que le he expresado en todas mis obras, le he pertenecido durante cuarenta y cuatro años, y que mi nombre será algunas veces pronunciado al lado de su gran nombre."
Sí, lo es hoy y lo será mientras la humanidad conserve el sentimiento de lo bello y de lo útil. ¡Ojalá viviesen los dos sabios ilustres, los dos íntimos amigos, para conjurar el horrible conflicto! Ambos eran patriotas, pero ambos amaban más la humanidad que la patria.
Y ahora aparece en toda su sublimidad el pensamiento de Victor Hugo y la profunda emoción que le dominaba al escribir su carta: la destrucción de París por los Alemanes sería un fratricidio, un suicidio para la humanidad.
Si llegara á consumarse ésta, hoy y aun más en los tiempos futuros, preguntaría el mundo á la Alemania inteligente y sabia: ¿qué has hecho de tu hermano?
Sería un fratricidio, porque ambos pueblos han marchado juntos á la conquista de la civilización, prestándose mutuo y poderoso apoyo; sería un suicidio, porque la humanidad necesita de París, como necesita de Berlín, para su progreso en el vasto campo de las ciencias y las artes. Extenso es el camino andado, pero el que queda por recorrer es aun indefinido.
Las bombas y balas alemanas destruirían las bibliotecas y los archivos que encierran todos los tesoros de la inteligencia humana; los conservatorios, las escuelas de cirugía y medicina, las de todas las ciencias y artes en fin, á donde van á instruirse ó á perfeccionarse, con una liberalidad digna de ser imitada, como en la antigua Atenas, los hombres estudiosos de todas las naciones y países, así los de las Indias orientales y occidentales como los del Norte y Mediodía de la Europa y del África, y los de la apartada Australia.
Destruirían incomparablemente mucho más que todo esto ¡horror da el pensarlo! á los ilustres representantes del saber moderno. Bajo ellas ¡inconscientes! caerían los Nelatón, Bernal, Payen, Laboulaye, Remusat, Broglie, sangre de Madama Staël, y tantos otros, columnas vivientes de la civilización, hoy más que nunca necesarias....
Y en la catástrofe general sería envuelto el gran poeta, el publicista eminente que acaba de levantar su elocuente voz, inspirado por los sentimientos más nobles del corazón humano, para conjurarla.
¿Habrá sido escuchado como lo fué al suplicar gracia para Barbes?
—¿Habrá sido desatendido como cuando pidió fervoroso la preciosa vida de John Brown?
Pronto sabremos si la humanidad tiene que vestirse de luto y registrar en sus sangrientos anales una nueva caída, una gran ignominia.
LA CARTA DEL OBISPO DE ORLEANS, Monseñor Dupanloup.
Væ victoribus.
Hace muy poco tiempo que consagramos nuestra atención al magnífico espectáculo que ofrecía á la vista del mundo, Victor Hugo, de pie sobre los muros de París, sitiada por los alemanes, dirigiendo á éstos su voz elocuente y patética.
Pero en nuestros días los acontecimientos se precipitan con tan asombrosa rapidez, y es tan conmovedora la situación inesperada por que atraviesa la Francia, que el vapor no ha tardado en traernos los graves acentos de otro de sus hijos más ilustres, de Monseñor Dupanloup, Obispo de Orleans. Á la hora en que escribimos los habrá escuchado todo el mundo civilizado, como escuchó en 1866 su oración pronunciada el Viernes santo, sobre la redención del esclavo.
Las convicciones profundas merecen universal respeto, y el genio sabe inspirar á todas sus producciones un sello indeleble de grandeza tal, que los individuos que poseen las unas y están favorecidos por el otro, caben todos fraternalmente en el templo de la gloria. Sólo la envidia, ciega cuanto ruin, desconoce esta verdad.
Así, aunque separados hasta la crisis actual, la historia mostrará íntimamente unidos en el cristiano propósito de poner término á la efusión de sangre humana y de salvar la patria invadida por el extranjero, los nombres ilustres de Hugo y Dupanloup. Nosotros nos complacemos en esta asociación, y en contemplar como contribuye cada uno, dados su distinto estado y educación, á la gran obra humanitaria.
Si la carta de Victor Hugo es un grito arrancado de lo más profundo del alma, la de Mr. Dupanloup es una lección severa, más que una lección, una admonición formulada en el Væ victoribus ¡Ay de los vencedores!
El uno con la admirable flexibilidad de su talento, excita con su lira en todos los tonos la sensibilidad moral, y se inspira principalmente en consideraciones políticas y humanas; en tanto que el otro, imitador de Cristo, apoyado y fortalecido por su profunda convicción en la justicia de Dios, amenaza con ella al vencedor, si no en su propia cabeza, en la de su posteridad.
Recomiéndase también la carta de Mr. Dupanloup por las reflexiones que despierta en el espíritu de los que la leen. Podemos considerarla como la síntesis de la filosofía de la historia.
Mr. Dupanloup ha dicho: "Si el vencedor no sabe mostrarse digno de su fortuna, si permanece sordo á la voz universal que le grita—"basta de sangre y de ruinas"—la maldición de los pueblos civilizados caerá sobre él. La experiencia demuestra que el Væ victoribus de la Providencia resalta hoy con más frecuencia en la historia que el Væ victis de los bárbaros. "Si su edad no le permite alcanzarlo, sus hijos lo alcanzarán".
Ante esta pavorosa profecía, los ánimos religiosos se sobrecogen y recuerdan naturalmente el elocuente tema de Bossuet, en su oración fúnebre por la Reina destronada, por la viuda de Carlos Estuardo, cuya cabeza cayó en el palacio de White-Hall bajo el hacha del verdugo. "Aprended, reyes: oid, los que juzgáis en la tierra."
Es verdad que Mr. Dupanloup con sus sentimientos cristianos ha buscado también la manera más delicada á que podía recurrirse para enviar la piedad al corazón del poderoso monarca, halagado hasta el momento en que escribía por los favores de la victoria, y de quien depende la vida de tantos hombres, trayendo á su memoria el recuerdo, siempre conmovedor para un hijo, del infortunio de sus padres, y repitiendo el sabio consejo de su ilustre madre: "El que no se modera y se deja cegar por la fortuna, pierde el equilibrio y no obra según las leyes eternas."
Pero no obstante la evocación de estos recuerdos sagrados, subsiste la tremenda afirmación, quedará siempre escrita con letras de diamante la pavorosa profecía. "Si su edad no le permite alcanzar el Væ victoribus de la Providencia, sus hijos lo alcanzarán."
Pero Mr. Dupanloup tenía que cumplir otros deberes y los ha cumplido, aunque desgarrando de seguro su corazón francés. Él lo ha dicho: "La patria es una asociación de las cosas divinas y humanas, es decir, el hogar, el altar, la tumba de nuestros padres, la justicia, la propiedad, el honor y la vida. Se ha dicho con verdad que la patria es una madre; amémosla más que nunca en su amargo dolor; sea para nosotros más querida á medida que es más desgraciada." Y sin embargo, en su alta imparcialidad, no ha podido menos de dirigir á su patria, á su madre, cargos austeros, y repetirle á su vez la inapelable sentencia de la Reina Luisa de Prusia: "Dios poda el árbol dañado. Esto debía suceder."
Con esta alta imparcialidad habla siempre el verdadero patriotismo: así es como debe hablarse á los pueblos. No los ama el que halaga la vanidad nacional y estravía sus pasiones, sino el que combate la una y sabe dar buena dirección á las otras. Acabamos de verlo en esa misma Francia tan impresionable: la amaba más Mr. Thiers oponiéndose á la pasión por la guerra, que los imperialistas que la fomentaban.
Con el recuerdo sin duda del espectáculo que ofreció el Cuerpo legislativo en la sesión del 15 de Julio, en que declaró la guerra á la Prusia, ha escrito Mr. Dupanloup estos pensamientos: "Los poderes de la tierra tienen demasiada necesidad de conocer la verdad. Los soberanos están condenados á que se les engañe, porque temen que se les ilumine. Se les sirve según su deseo, y las complacencias culpables y las lisonjas declamatorias usurpan el lugar de las advertencias leales y valerosas."
Hemos dicho al principio que puede considerarse la elocuente carta del Obispo de Orleans, como la síntesis de la filosofía de la historia. Y con efecto, el Væ victoribus no es más que la fórmula poética de este principio, eterno como el mundo: "No hay acción sin reacción."
Principio consolador que así debe servir para que los poderosos no abusen de su prepotencia, como para que los pueblos y los individuos no se entreguen á la desesperación en la adversidad.
Abundan en el vasto campo de la Historia numerosos ejemplos que son demostración elocuente de ese principio "No hay acción sin reacción." Sin ir más lejos, la historia entera de la vecina isla de Santo Domingo no es, á los ojos del filósofo, más que una serie sucesiva de oscilaciones sujetas á esa ley. Sin ir más lejos, el entusiasta tributo que paga Mr. Dupanloup al estandarte libertador de Juana de Arco, que se conserva en la ciudad de Orleans, es otra demostración de ese principio: la ilustre heroína condenada al fuego en Rouen por el Obispo de Beauvais, que temía perder, si se mostraba justo, su favor para con los ingleses dominadores de su Patria, obedeciendo así á los mismos sentimientos que Pilatos, es hoy invocada por otro Obispo francés, como el emblema de la abnegación, para lanzar del suelo sagrado de su patria al invasor que lo profana.
¿Pero qué más, cuando la cruz, suplicio afrentoso del esclavo entre los antiguos romanos, es hoy el símbolo de la redención del género humano?
La convicción profunda en la verdad de este principio es lo único que puede explicarnos la serena tranquilidad con que Mr. Lincoln se consagró al cumplimiento de su misión, al aceptar en 1860 la Presidencia de los Estados Unidos de América. Estaba convencido de que Washington sería su Jerusalén, y fué á Washington. Nos parece oirle cuando en una ocasión solemne exclamó: "¡Ay de aquel por quien el escándalo venga! Así habrá de decirse ahora, á fin de que los juicios del Señor sean al mismo tiempo verdaderos y justos."
Mr. Dupanloup, aunque no tan grande como Lincoln, posee iguales convicciones. Por eso nosotros, después de haber publicado su elocuente carta en el número anterior de El Progreso, le hemos consagrado estas ligeras reflexiones, que sabemos no tienen otra especie de mérito que el que pueda comunicarles el original, donde hemos procurado inspirarnos, á fin de que nuestros lectores se fijen más en las sanas doctrinas que lo recomiendan. Si la carta de Mr. Dupanloup es un nuevo esfuerzo intentado por un hombre ilustre, para poner término á los horrores de la guerra entre dos potencias cristianas, también es un código de los eternos principios de justicia y de equidad que deben presidir la gobernación de las naciones, y hasta las relaciones privadas de los ciudadanos de todo pueblo civilizado.
ALEJANDRO TAPIA.
Nació en la ciudad de San Juan, en 1827.
Hizo sus primeros estudios en el Colegio del conde de Carpegna, en esta Capital, y terminó en Madrid su educación literaria.
Tuvo desde niño una gran afición al cultivo de las letras, y en especial á la poesía.
En las frecuentes visitas que Tapia hacía á las Bibliotecas de Madrid, con objeto de ampliar sus conocimientos literarios, conoció al ilustrado bibliófilo cubano, don Domingo del Monte, cuya amistad le fué muy útil, y por indicación de éste y auxiliado por otros jóvenes portorriqueños residentes en la capital de España, reunió Tapia documentos de mucho interés histórico para Puerto Rico, y con ellos formó la colección que dió á la estampa en 1854, con el título de Biblioteca Histórica Puertorriqueña.
Vivió algún tiempo en la Habana, dedicado á trabajos de escritorio en una famosa fábrica de cigarrillos, y en las horas destinadas al descanso daba libre expansión á sus aficiones literarias. Con las obras en prosa y verso que compuso durante su residencia en la Habana, formó el abultado libro que publicó en 1862, con el título de El Bardo de Guamaní. En él figuran los dramas Roberto D'Evreux y Bernardo de Palissy, una leyenda veneciana en prosa con el título de La antigua sirena, un buen estudio biográfico del pintor Campeche y varias composiciones líricas. Volvió luego á Puerto Rico, y aquí compuso y dió al teatro los dramas Camóens, Vasco Nuñez de Balboa, La Cuarterona, La parte del León, y un monólogo trágico titulado Hero y Leandro. También compuso y publicó las novelas tituladas Cofresí, Leyenda de los veinte años, Póstumo el transmigrado, Á orillas del Rhin y Enardo y Rosael. Reunió además varios cuentos y estudios de costumbres en un tomo con el título de Misceláneas, y publicó en otro tomo una interesante colección de conferencias sobre Estética y Literatura.
En sus obras dramáticas hay situaciones bien preparadas, lenguaje apasionado y buenos estudios de caracteres.
Componía y escribía con gran rapidez, y la cantidad de su trabajo solía perjudicar á veces á la calidad.
Un sólo libro suyo le mereció mucho detenimiento y cuidado en la composición y revisión: el poema La Sataniada, que publicó en sus últimos años. Es obra extensa, y toda ella escrita en octavas reales, que representan un gran esfuerzo de versificación. Los episodios no carecen de interés, pero en general la acción resulta poco sobria, á fuerza de alusiones históricas y de conceptos metafísicos.
Dirigió y redactó también, durante algunos años, una revista de estudios literarios y sociales, titulada La Azucena.
Fué Tapia el más asiduo de los escritores portorriqueños de su tiempo, y el que conocía más extensa y profundamente la técnica del arte literario. Hizo de la literatura un verdadero culto. Fuera de las afecciones de la familia y de la amistad, en las que era fervoroso y constante, sólo vivía para el cultivo y propaganda de las letras y las artes. Ellas daban siempre asuntos predilectos á su conversación, y ejerció con entusiasmo y fruto la enseñanza de estas materias en el Museo de la Juventud y el Gabinete de Lectura de Ponce, y en el Ateneo de San Juan.
Dotado de un temperamento nervioso demasiado inquieto, carecía de paciencia bastante para corregir y perfeccionar sus obras. Aunque hay en éllas pensamientos nobles y rasgos de belleza innegables, á veces su prosa resulta desaliñada, y en algunos de sus versos domina el concepto sobre la harmonía y la flexibilidad. Valían más que sus obras su propia personalidad literaria, su ilustración extensa y su gran entusiasmo de agitador de ideas generosas, de propagandista del gusto literario y artístico y de factor de la cultura intelectual de su país.
Por eso en una antología de escritores portorriqueños no podrá en justicia prescindirse de Tapia, que fué el más activo é inteligente iniciador, el que abrió el surco y preparó la semilla que más tarde había de fructificar.
Murió Tapia repentinamente, el 9 de Julio de 1882, en la sala de actos del Ateneo Puertorriqueño, en medio de una Junta de la Sociedad Protectora de la Inteligencia, de la cual era vocal é inspirador. ¡Le mató un ataque cerebral, en los momentos mismos en que explicaba un plan para la educación de niños pobres!
LA FLOR DE LA CARIDAD.
Hay una flor en el cielo
De los ángeles encanto,
Cuyo perfume, que es santo,
Del alma cura el dolor.
Al ver al hombre sufriendo.
Enviarla Dios quería
Al mundo; mas ¿quién sería
Mensajero de su amor?
El Cristo quiere traerla,
Y Dios le muestra el martirio
Que del humano el delirio
Debe darle en gratitud.
Pero amor el Cristo es:
Por dar al Padre consuelo,
Por calmar del Hombre el duelo
Aceptó la ingratitud.
Y vino, y la flor celeste
Entre rabia y maldiciones,
Sembrada en los corazones
Dejó con tierna piedad.
Y aunque el odio reverdece
Y el Hombre matando aterra,
Va embelleciendo la tierra
"La flor de la caridad."
TRABAJAR ES ORAR.
La tarde está para caer en brazos de la noche. El labrador se dispone á terminar su tarea. El surco está dispuesto á recibir la semilla que devolverá con creces. La tierra es siempre agradecida á los afanes del labrador.
Si la tempestad se lleva el fruto, si la inundación lo arrastra, si el insecto lo aniquila, ¿es culpa de la tierra? Si ésta es pobre en las heladas zonas, al fin da lo que puede y de buena voluntad. Culpa es del Sol que no la mira cariñoso sino breve tiempo. En cambio en el Ecuador es opulenta, y sus rendimientos grandes: siempre da en proporción de sus posibles. No suele acontecer lo propio entre los hombres: los que más tienen, no son siempre los que más dan. La tierra agradece el trabajo que se le consagra, porque ella es bendición del cielo para el hombre; el sudor que la riega es culto para el cielo que la bendice, porque trabajar es orar.
¡Oh! no desmayes, trabajador. ¿Quién es ése que pasa junto á tí? Un opulento ocioso. Tú le miras con envidia, él á tí con desdén. Él olvida que vive por tí y que tu sudor engendra su opulencia. Pero no te desanimes: mira como se detiene un momento y reflexiona. El hastío de los placeres, el deseo insaciable, el vicio voraz, la dolencia que mina su seno, la esperanza burlada, la adulación que no logra engañarle.... ¡Ah! no, que no reflexione, porque acaso envidie tu cansada frente y tus manos toscas y maltratadas. Á tí te espera el descanso tranquilo, el amor del hogar y la familia, no envenenado por las exigencias y pasiones vanas del gran mundo. Cuando tú piensas, gozas; él para no sufrir, necesita no pensar. Sí, reflexiona, y verás como el trabajo es bien para tu alma, porque trabajar es orar.
Acaso piensas que al someterte á la ley del destino humano, llevas la peor parte y la más ruda tarea. ¡Ah! ¡cuánto mejor no es trabajar que sufrir, cuánto mejor no es suspirar de cansancio que de pesadumbre, cuánto mejor no es sentir el cansancio del cuerpo que el del alma!
Esa que ves pasar por tu lado en carroza brillante, que te insulta con sus joyas y te mira con soberbia, ¿puede humillarte acaso? Pregunta á su corazón, si ha sentido nunca los tranquilos goces que encierra el beso de una esposa pura, ó la caricia de los hijos amados. Mira su rostro, cuya vergüenza trata de encubrir con los afeites. Su trabajo es más penoso que el tuyo, su tarea es el continuo descaro. ¡Cuántos afanes por luchar con el mundo, que la corona de rosas para despreciarla! Si reflexiona, sufre también: su pensamiento es su verdugo, si es que puede pensar un alma muerta. En tanto tú, consolado por la reflexión, tornas á tus labores con más afán; tú la compadeces, á élla tan alta, desde la humilde tierra en que se abisman tus pies y que remueven tus manos lastimadas. Entonces comprendes que el trabajo es gran consuelo, que trabajar es orar.
Mira á César que pasa engreído y soberbio. Cree poner el pie sobre tu cuello, y sin embargo tiembla ante tí sobradas veces, aunque logre disimularlo. Sus días son brillantes, pero sus noches tristes, áun en medio de la orgía que busca afanoso para enloquecerse. Su sueño es pesadilla, la vigilia es noche para su alma. También huye del pensamiento, y sin embargo piensa en tí. No te envidiará seguramente en medio de sus pompas; pero cuando se despoja de la púrpura, quizás envidie tu sueño y tu conciencia. Acaso huya de los brazos de su esposa, temeroso de ser vendido, acaso huya de sus propios hijos, receloso de que le hereden antes de tiempo. Ya ves que su vida es afán continuo; pero esa tarea penosa y llena de ansiedades, no es tan productiva como la tuya, porque no le produce consuelo, sino agonía; porque ignora que trabajar es orar.
Pero ¿quién es el hombre modesto, casi andrajoso, que se acerca á tí? De cuantos te miran, es el único que te contempla con ternura. Su frente no suda cual la tuya, está seca y abrasada por el pensamiento que arde tras ella. Es un poeta, un filósofo, un pensador, un hombre que vive del pensamiento, cuando los demás huyen de pensar por aturdirse. También trabaja como tú, sólo que su tarea es muy penosa.
Tu faena es origen de salud para tu cuerpo; la suya es fuente de dolencias, pero que sobrelleva gustoso, porque la índole de su trabajo es encanto para su ser. Tal vez está resignado como tú á los andrajos y á la guardilla, porque rara vez la inteligencia que no se vende alcanza la riqueza. Él es obrero del pensamiento, como tú lo eres de la tierra; él trabaja con la mente, como tú con las manos; él con el alma, como tú con el cuerpo; por eso los dolores de su alma son como los de tus brazos: dolores que consuelan. Su trabajo es también una oración: trabajar es orar.
Pero ya los pajarillos que posan su nido en el árbol plantado por tí, te anuncian la noche; te festejan con sus cantos agradecidos. Ellos te recuerdan la voz grata del hogar y de tus hijuelos. Deja, pues, el azadón, enjuga tu frente, y mira al cielo.
Paréceme que escucho tu plegaria: "Señor, al trabajar, he cumplido la más necesaria y fecunda ley que diste á mi existencia; me hiciste superior al bruto, por la facultad del trabajo. Consuela con él mi alma, reálzala y elévala por él. Haz que mi sudor no sea infecundo; y si te cuadra que la escarcha ó el huracán destruya mi obra, dame fuerzas para empezar de nuevo; ya que trabajar es hacerme digno de tus beneficios, ya que trabajar es celebrarte, ya que trabajar es orar.
SANTIAGO VIDARTE.
Con este nombre firmaba sus poesías, y con él le designaban sus amigos y compañeros de estudio en la Universidad de Barcelona: con este nombre se le recuerda también en Puerto Rico; pero uno de sus más diligentes biógrafos asegura que no era ese su verdadero nombre de bautismo, y que usaba el apellido Vidarte por un delicado sentimiento de gratitud hacia don Rafael Vidarte, rico propietario de Humacao, que le había protegido desde la infancia, y le había enviado y mantenía en Barcelona, con objeto de que estudiase allí una carrera científica. Según este biógrafo,[1] el verdadero nombre de aquél era José Santiago Rodríguez, y había nacido en Yabucoa, el día 25 de Julio de 1828. Este joven gozó de notable popularidad entre sus paisanos de aquel tiempo, y aun hoy se le recuerda con cariño, porque en realidad fué el primer portorriqueño que se dedicó al cultivo de la poesía, con brillantez y entusiasmo. Por desgracia falleció cuando apenas había cumplido los veinte años; sus facultades de poeta no alcanzaron su madurez y apogeo, y las poesías que dejó escritas—si bien revelan inspiración y fantasía, y no carecen de espontaneidad y gracia—no tienen aquella elevación y belleza de pensamiento, ni las gallardías de lenguaje á que seguramente hubieran llegado las producciones de Vidarte, si hubiera vivido algunos años más.
Falleció en Barcelona, en 1848.
Su obra poética de mayor vuelo y más brillante es la titulada Insomnio, escrita cuando se sentía ya enfermo, y en la cual expresa la alegría con que soñaba con su regreso á la querida tierra natal. De esa poesía son las estrofas siguiente:
INSOMNIO.
Voguemos, voguemos
Al són de los remos;
La noche convida.
¡Qué bella es la vida
Que corre en la mar!
El aura ligera,
Veloz, plancentera,
Nos va susurrando,
Meciendo, empujando
La barca fugaz.
¡Qué plácida calma
Gozando va el alma!
La luna y estrellas
¡Qué luces tan bellas
Derraman aquí!
Voguemos, bien mío.
Que en dulce desvío,
Tranquilo, halagueño.
Vendrá presto el sueño,
Con ala sutíl.
¡No tengas recelo:
Azul está el cielo,
La noche es tan pura!
¡Oh! todo me augura
Fortuna y placer.
Mañana, hechicera
La lumbre primera
Del sol en oriente,
Te hará ver riente
Fantástico Edén.
Voguemos, voguemos
Al son de los remos.
¡Qué hermosa es la vida,
La vida del mar!
Se acerca la mañana: rompe el alba;
Su luz de rosa por oriente brilla....
Despierta, dulce bien, que pronto y salva
Otro puerto verá nuestra barquilla.
Auras de amor que pacíficas
Del mar las olas besáis.
Venid con livianas ráfagas
Nuestra esperanza á arrullar!
Venid, amorosos céfiros
Que la flor enamoráis,
Y con vuestras alas plácidas
Nuestra piragua empujad!
¡Soplad!
Despierta ya, alma mía, el tiempo avanza,
Y al asomar su disco el sol dorado,
Verás cual se dibuja en lontananza
Verde gigante de metal preñado.
Verás cabe su planta orgullecida
De flores un fantástico pensíl,
Donde rico de luz, amor y vida
Ostenta sus primores el abril.
Y verás más allá, cuando velera
Se vaya nuestra barca aproximando,
Una peña blancuzca y altanera
Que está del mar en brazos dormitando.