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HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS,
LEYENDA ÁRABE,
POR
D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ.
MADRID,
1863.
IMPRENTA DE MANUEL GALIANO,
Plaza de los Ministerios, 2.
HISTORIA DE LOS SIETE MURCIÉLAGOS.
La alabanza á Dios.
No hay otro Dios que Dios, el Altísimo y Unico; é puede apartar de nosotros las desgracias; él sólo es fuerte; él sólo sabe la verdad; él vive en lo pasado, llena lo presente y abarca lo porvenir: noche de horror, y sombra de espanto cubrirán al mundo cuando aparte de él sus ojos, porque él es la fuente de toda vida, y la claridad de toda luz; sin él nada existe; él es fuente de sabiduría, sin la cual el hombre seria comparable á los brutos, que no saben que han de morir, ni para qué han nacido: loado sea Dios, el Altísimo y el Misericordioso, autor y vida de todo lo creado: la luz de su espíritu brille sobre este libro, y le haga visible á todas las gentes, y se conserve hasta la más remota posteridad.
Esta es la Historia de los siete Murciélagos, que compuso Noeman D'zvn-Nun-el-Aziz-el-Ferag, poeta andaluz que residió mucho tiempo en Granada, y fué soldado sirviendo honradamente á su patria, y peregrinó por extrañas tierras, dejando en pos de sí por donde pasaba, el perfume y la suavidad de sus versos.
Él vió en las antiguas historias los sucesos de los Beni-Nazar, y los del magnífico rey Al-Hhamar, y las hadas le contaron hermosas historias de amores y encantamentos.
Escribiendo esas historias distrajo el poeta andaluz su pobreza, y vosotros podreis distraer leyéndolas vuestro ócio: ellas os llevarán de una aventura en otra, y os dirán cómo fuéron gentes y cosas que hace muchos años han dejado de existir.
Salud y paz de buena voluntad á los que leyeren este libro, y la alabanza á Dios autor de cuanto existe, y el sólo que no perece ni puede perecer.
I.
El Valle del Hedjaz.
I.
Habia en los montes del Hedjaz, en una de sus profundas gargantas, una oscura gruta, donde no penetraba más luz que la que se desprendia de un cielo tristísimo á través de un bosque de higueras silvestres, sobre las cuales, descollaba como un minarete entre chozas una vieja y altísima palmera; al pié de esta palmera brotaba una fuentecilla, que iba á formar más abajo entre las quebraduras de las rocas una pequeña laguna, y en este paraje solitario, no pisado hacia centenares de años por pié humano, ni por errante gacela, ni sediento leon, no se oia otro ruido que el del viento meciendo eternamente la palmera, el murmullo del arroyuelo, el canto de una rana moradora de la laguna y el grito de un buho que anidaba en lo más profundo de la gruta.
En los primeros tiempos de la Egira, cuando los árabes del Hedjaz dejaban sus rebaños y tomaban sus arcos para acometer á los árabes del Yémen, ó cuando estos subian á la montaña para robar los camellos á sus enemigos, este lugar era fértil y alegre; sus higueras producian fruto, su vieja palmera se doblegaba con el peso de los dátiles, y las aves y los animales venian á apagar su sed á la laguna henchida entonces de peces; las hadas se solazaban en su espesura á la luz de la luna, y la alegría de Dios se posaba sobre la gruta del Hedjaz.
II.
Una tarde, á la hora de alajá[1], cuando la luna se levantaba sobre los montes cercanos, un caballo cansado, cubierto de sangre y de sudor, montado por un árabe del Hedjaz, entró con toda la velocidad de su carrera en el valle, y cayó muerto de fatiga junto á la laguna. El dueño se levantó mal parado y fué á sentarse al pié de la palmera, donde permaneció inmóvil y silencioso, abismado en sus pensamientos. Aquel dia los habitantes de la llanura habian vencido á los pastores del Hedjaz y habian obligado á Aben-Zohayr, su caudillo, á salvarse en lo inaccesible de sus montañas.
Aben-Zohayr lloraba amargamente la pérdida de los suyos, su valor vencido y su orgullo humillado, cuando sintió agitarse la espesura, y al rayo de la luna vió dos jóvenes y alegres niñas que se adelantaban ligeras sin tocar casi con los pequeños piés las yerbecillas, y fuéron á sentarse á poca distancia de Aben-Zohayr, del cual sólo las separaba un bosquecillo de acacias.
III.
Eran las huríes Fayzuly y Rhadhyah; el que todo lo puede las habia dotado de una hermosura maravillosa; Fayzuly era blanca como la espuma de las cataratas del Nilo, y sus ojos y sus cabellos, negros como el fondo de las grutas del Hedjaz; su hermana Rhadhyah era morena como el sol y sus ojos brillaban con un fuego deslumbrador: llevaban ceñidas las frentes con guirnaldas de rosas blancas cogidas en el jardin de Hiram, y unas flotantes y blanquísimas túnicas de lino, trasparentaban las formas más hermosas que Allah en sus bondades concedió á una mujer.
Aben-Zohayr olvidó como por encanto su derrota y miró embelesado á las dos huríes. Oh, Santo Allah, dijo, si me concedieras el amor de la hurí blanca de los ojos negros, yo te sacrificaria cien corderos en la fiesta de Ayd-al-korban![2]. ¡Oh señor Allah, qué poderoso y qué grande eres!
El enamorado Zohayr calló para escuchar lo que hablaban las huríes: Fayzuly decia á su hermana con una voz más dulce que los trinos del ruiseñor:
—He visto mi porvenir, hermana mia; me amará el hijo de una hurí y de un rey, pero antes tendré que combatir con el mal espíritu que me entregará á un encantador; pero mi amado me salvará y vendrá conmigo á nuestros alcázares del aire y á nuestros jardines de los lagos.
—Y yo, dijo Rhadhyah, amaré á un creyente que será rey y perderá su reino é irá á morir al Mogrhebeb[3]; yo le seguiré al Edem; pero faltan aún ochocientos ochenta años.
—Novecientos esperaré yo á mi amado, contestó Fayzuly.
—¡Oh poderoso Profeta! exclamó Aben-Zohayr; ¿quiénes son estas doncellas que así esperan con los siglos su amor, que hablan de sus alcázares del aire y de sus jardines de los lagos? ¡Oh magnífico Allah! ¡concédeme el amor de la doncella blanca de los ojos negros!
IV.
Embebecido en esta plegaria no se apercibió el caudillo árabe de que las huríes habian desaparecido al reparar en él, huyendo á ocultarse en el fondo de la laguna. Pero cuando dirigió su vista al sitio donde se habian sentado, no encontrándolas creyó que sólo habian sido un delirio de su mente, y volvieron sus pensamientos tristes, como en una noche oscura, despues del pasajero brillo de un relámpago, vuelven las tinieblas.
—¡Oh! ¡mi alma! ¡mi alma! dijo Aben-Zohayr; he llevado mis kabilas al combate y vuelvo sin ellas á mi aduar: mis camellos se espantarán al verme volver sin mi corcel Rhadjih, y mis perros me ladrarán cuando noten la falta de mis hermanos, que no comerán más conmigo bajo el cuero de mi tienda el pan y la sal. No, no volveré. El árabe que huye cuando sus hermanos han muerto, es un cobarde; el caudillo que abandona los cadáveres de sus guerreros, incurre en el enojo del caudillo fuerte, del invencible, del grande sobre todos los valientes. ¡Oh! ¡mi alma! ¡mi alma!
Acordóse entonces de que habia olvidado la azalá de alajá (oracion de la noche) y su espíritu se contristó, porque Aben-Zohayr era un varon temeroso de Dios, y llegó á la fuente, hizo la ablucion y oró prosternado al pié de la palmera. Luego se levantó, rompió su espada que arrojó léjos de sí, y volviendo su corazon á Dios, le ofreció en expiacion de su cobardía, hacer en aquella gruta donde le habia conducido su ventura, la vida apartada y penitente de morabhita[4]. Comió algunos dátiles que cogió del suelo, quitó de su caballo una piel de tigre que le servia de silla, y extendiéndola en la gruta sobre un haz de yerba, arrojóse sobre ella y rendido por la fatiga se durmió.
V.
No bien habia tendido sobre él sus alas el genio de los sueños, cuando vió un jardin como no lo han visto ojos humanos, y se creyó tendido sobre el césped en un bosquecillo de oloroso sándalo; oíase el cantar de las aves á quien el poderoso Allah ha concedido dulces gorgeos, y parecíale que comprendia su lenguaje; se decian amores: asimismo las fuentes murmurando, las hojas de los árboles y de las flores agitándose, las auras que las movian suspirando, tenian voces para él, y leia palabras encantadas en las nubecillas, que parecian caractéres de nácar y azul; y las aves, y las fuentes, y los árboles, y las flores, y las auras, y las nubes decian: «Fayzuly es la hermosa de las hermosas, la hurí de los amores, la alegría de Salomon (¡Dios sea con él!), la doncella blanca de los ojos negros». Y volvian á repetir aquel nombre que llenaba el corazon de Aben-Zohayr y le dilataba, como el rocío al cáliz del tulipan y los céfiros de la alborada á las vírgenes siemprevivas.
Aben-Zohayr despertó á la hora de la azalá de azohbi[5], se levantó, purificó su cuerpo con la ablucion y oró. Despues se tendió desesperado en el mismo sitio donde habian estado sentadas las dos huríes.
Eblis,[6] el espíritu rebelde maldecido por Dios, el genio del mal que nunca duerme y que habia inspirado sueños tentadores á Aben-Zohayr, batió junto á él sus negras alas y el espíritu del árabe se entristeció; quiso recurrir á la oracion, pero entre él y Dios se habia colocado Eblis, y sólo le dejaba ver á Fayzuly, hermosa y desnuda, con todos los incentivos del amor. Aben-Zohayr era un espíritu débil, y pasó la hora de adoha, de adohar, de alazar, de almagrib, y llegó la de alajá sin que hiciese la azalá; Aben-Zohayr, que habia olvidado su derrota por Fayzuly, olvidaba por ella al vencedor, al grande, al poderoso Allah; Zohayr era el esclavo de Eblis: la mano del que todo lo puede se habia levantado sobre su cabeza, y si entonces su alma hubiese tenido que pasar el terrible puente Sirat[7], se hubiese precipitado en el fuego eterno.
—¡Oh Allah, poderoso Allah, murmuró el impío, dame el amor de la doncella de los ojos negros, dámelo y yo sacrificaré doscientos corderos blancos en tu mirab de Medina-Yastreb en la fiesta del Ayd-al-korban!
Y como esperase en vano despues de la salida de la luna la venida de Fayzuly, blasfemó:
—No hay Dios, dijo el réprobo revolviéndose sobre la yerba; Mahhomed-ben-A'bd-Allah[8] era un impostor, el Koran la obra de un loco. El hombre está solo sobre la tierra abandonado á su destino, como un camello sin guia, y más allá del último crepúsculo no hay más que sombra. Eblis, Eblis, ¡dame la doncella de las trenzas negras y te adoraré! ¡dame su amor y te levantaré un mirab[9], y te sacrificaré cien camellos!
VI.
En aquel momento Aben-Zohayr cayó aletargado sobre la yerba y vió en lo recóndito de su espíritu un sueño sombrío: un mancebo hermoso, como es hermoso un alcázar que ha herido un rayo y á quien la tormenta y el aguacero han manchado y corroido, se le presentó llevando á Fayzuly más hermosa que nunca, con la túnica desplegada, los labios entreabiertos por el deseo y los ojos radiantes y húmedos de amor. El corazon de Aben-Zohayr parecia iba á romperse, la sangre refluyó á su cabeza, y sus fáuces secas y ardientes arrojaron un gemido.
—¿Qué quieres? le dijo el espíritu condenado.
—Novecientos años de vida, los secretos de la astrología y Fayzuly.
—¿Y me darás tu alma?
—Sí, gritó el desdichado Aben-Zohayr.
—Pues bien, despierta y bebe agua de la laguna y tendrás lo que me has pedido.
VII.
Mientras Aben-Zohayr dormia, un genio horroroso se habia levantado sobre las aguas del lago; tenia cabeza de basilisco, alas de murciélago, cuerpo de leon y cola de serpiente; llevaba en la mano un cráneo de cocodrilo en forma de copa, lleno de un licor negro y flameante. El cielo se nubló, mugió el semoum, callaron las aves aterradas, y sólo se escuchó el canto de una rana, el grito de un buho y el zumbido del ramaje de las higueras y de la palmera. El genio vertió tres veces en la laguna parte del licor que contenia el cráneo hasta acabarlo, y dijo con una voz hueca y horrible, como el sonido de una losa al caer sobre una tumba.
—Perezca todo lo que existe en este valle; pero vive, tú, fuente, y tú, laguna, y tú, rana, y tú, buho é higueras y palmera; pero estériles como las lágrimas del impío. Vivid para cantar á Allah, el Santo, el Grande, el Justo.
Cuando Aben-Zohayr despertó, el genio del exterminio habia desaparecido y la luna brillaba á través de un ambiente despejado, pero triste, sin brisas, ni perfumes; los árboles se mecian sordamente sin que el más ligero céfiro los impulsase, y se oia el murmurar de la fuente, el canto de la rana y el grito del buho; Aben-Zohayr estaba pálido como un cadáver y sus ojos se habian hundido de una manera horrible: su frente se abrasaba y su garganta seca hacia producir un sonido ronco á su aliento; sintió sed y se arrojó á beber á la laguna. Entonces sintió que su corazon se ensanchaba, que una luz inmensa iluminaba su espíritu, que sus miembros se endurecian y crecia todo su sér; misterios impenetrables se abrian ante su inteligencia y todo aquel aumento de vida pesaba sobre él más que pesa la tierra de la fosa sobre el cadáver del justo. Su vista abarcó la inmensidad; vió sus hermanos los árabes del Hedjaz muertos sobre el campo de sangre devorados por las hienas y los buitres, y en su aduar delante de su tienda su cadáver cubierto con su arnés de guerra, y al lado su lanza y su espada. Aben-Zohayr no se estremeció; quiso hacer la prueba de su poder, y se acercó á su caballo que aún permanecia yerto junto á la laguna.
—Levántate Rhadjih, le dijo.
El valiente corcel se levantó, dió un relincho de alegría al conocer á su amo, pero en el mismo momento lanzó otro relincho de espanto y de dolor, y quedó inmóvil, cual si se hubiera convertido en una roca. Aben-Zohayr cogió agua de la laguna en el hueco de la mano y la aplicó á las narices del bruto; el sortilegio produjo un efecto terrible: Rhadjih se encabritó y quiso resistir á su ginete; pero Aben-Zohayr saltó sobre él y le sujetó.
Reinaba un silencio profundo: el impío evocó á Fayzuly, y una sombra blanquísima apareció en los aires y se posó inmóvil y aterrada junto al caballero maldito; era Fayzuly; llevaba en vez de túnica un sudario y sobre sus negros cabellos una corona de siemprevivas nacidas en el jardin de Hiram y regadas por genios con agua del pozo Zemzem; Aben-Zohayr quiso apoderarse de ella, pero Fayzuly huyó con la velocidad de una flecha, seguida siempre á corta distancia por Rhadjih que volaba dejando tras de sus cascos un rastro de fuego. Fayzuly, el caballero y el corcel, desaparecieron perdiéndose entre la niebla de la mañana en las revueltas de las montañas del Hedjaz.
Hé ahí por qué en el valle maldito no se oia otro ruido que el canto de la rana, el grito del buho, el columpiarse de las higueras silvestres, el gemido de la palma estéril y del arroyo solitario. Hé ahí por qué no venian á beber las aguas de la laguna la errante gacela y el sediento leon.
VIII.
Vinieron años tras años, y pasaron ochocientos ochenta y siete sobre el lugar maldito, sin que hombre, fiera ó pájaro, pisase su suelo ni cruzase por su aire.
Habian llegado los últimos dias de la luna de Safer del año novecientos y uno de la Egira[10]: era la hora de adohar y el sol brillaba abrasador suspendido en la mitad de su carrera; la rana cantaba ronca y desapacible y de la laguna casi seca se levantaba un denso vapor, cuando un peregrino cansado y sediento llegó al valle maldito del Hedjaz.
Era Abu-Kalek, anciano guerrero de la raza de los Almoravides que se dirigia en peregrinacion á la Meca, cumpliendo la última voluntad del rey de Granada Mohhamed-Aben-A'bd-Allah-al-Zaquir-al-Zoghoibi[11], (Boabdil) muerto en los campos de Bakuba, defendiendo contra los rebeldes jerifes al emir Muley Ahmet-ben-Merini. El anciano Abu-Kalek habia emprendido su viaje desde el Moghreb, y al fin habia puesto su cansada planta en las vertientes de las montañas que rodean á la Santa ciudad del Profeta[12].
Pero estaba escrito que el Almorabhid no llegaria al mirab de la gran mezquita; sus dias estaban contados y su sepultura abierta en el valle maldito del Hedjaz; las huríes le esperaban, y el alma del justo era tan pura como el blanco color de su venerable barba.
¡Qué grande y poderoso es Allah! En el mismo sitio donde apagó su sed el réprobo Aben-Zohayr, apagó la suya Abu-Kalek: un impío habia traido la maldicion de Dios sobre el valle, y un justo habia sido concebido para purificarlo. Cuando el Almorabhid bebió, sintió como el árabe que su vista se dilataba y su corazon ardia; su sangre débil y helada corrió por sus venas como fuego ardiente, y volvió á su juventud y á su fuerza; su encorvada espalda se irguió, sus ojos centellearon y en su boca apareció una profunda expresion de dolor.
—¡Oh Señor! exclamó el viejo prosternándose contra la tierra, ¿por qué me vuelves mi juventud y dilatas mi vida? ¿He dejado un solo dia de elevar á tí mi espíritu, ó mis labios han mentido ó mi espada ha derramado sangre del débil ó del inocente? ¡Oh señor Allah! ¿qué quieres de tu siervo Abu-Kalek?
Pero nada contestó á la plegaria del Almorabhid: la rana siguió cantando y el sol tendiendo sus rayos inflamados sobre la tierra. Abu-Kalek quiso continuar su camino, pero fué en vano; por donde quiera que se dirigia encontraba una roca tajada, un abismo ó un torrente; las huellas se borraban tras de sus piés.
—¡Oh desdichado rey, exclamó el creyente, los espíritus invisibles me cierran el camino: yo moriré aquí como tú moriste en Bakuba! ¡Hágase la voluntad de Allah!
Abu-Kalek sintió hambre, pidió dátiles á la palmera, fruto á las higueras, peces á la laguna; pero la palmera y las higueras y la laguna eran estériles; en aquel momento una golondrina se cernió sobre el valle; Abu-Kalek, tomó una saeta de su aljaba y tendió el arco que le servia de apoyo en su marcha; la saeta hendió silbando los aires y cayó trayendo consigo á la avecilla, que se agitó en sus últimas convulsiones entre las manos del morabhita.
Sobre el pecho azul de la golondrina pendia una pequeña llave formada de una esmeralda, sujeta al cuello del pájaro por un collar de rubíes; el creyente tomó la llave y la golondrina espiró, diciendo en un débil gemido:
—¡Busca!
Abu-Kalek miró la llave y vió sobre ella escrito en pequeñísimos caractéres cúficos el mote: «¡La galib ille Allah!» (¡Solo Dios es vencedor!)
—¡Busca! murmuró el viento agitándose entre los árboles.
Abu-Kalek se dirigió al pié de la seca palmera.
—¡Busca! murmuró roncamente la rana en la laguna.
El morabhita llegó hasta su orilla.
—¡Busca! graznó el buho desde el fondo de la gruta.
Abu-Kalek se precipitó á través de las zarzas que cubrian la profunda grieta y buscó; el buho entre tanto batia las pardas alas graznando siempre:
—¡Busca! ¡busca! ¡busca!
En la parte más profunda y oscura de la gruta, en un lóbrego agujero, anidaba el buho, que huyó lanzándose al valle al acercarse á su nido el morabhita Abu-Kalek.
IX.
Era la hora de alajá: la noche levantaba su oscura faz al Occidente; en el opuesto confin el sol se hundia tras azules montañas, entre celajes de fuego: el lucero de la tarde le seguia saludando con trémulos resplandores á la blanca lumbrera de la noche, y se iban extinguiendo lentamente los innumerables rumores que acompañan al dia.
El creyente oró y su espíritu subió hasta el Señor: un clarísimo resplandor iluminó la gruta, y perfumes suavísimos inundaron el ambiente; aquel resplandor emanaba del agujero habitado por el buho, y en el fondo de él se veia una placa de oro, en la cual al rededor de una cerradura se leia en caractéres azules: «¡Allah Akbar!» (¡Dios es grande!)
Abu-Kalek introdujo la llave de esmeralda en la cerradura de oro; la roca se rasgó dejando descubierta la entrada de una escalera de pórfido, con paredes de cristal y techumbres de ágata en forma de estalactitas.
Un genio horrible defendia la entrada; tenia cabeza de basilisco, alas de murciélago, cuerpo de leon y cola de serpiente; el genio exterminador puesto por Allah á las puertas del Edem; era la última prueba del morabhita Abu-Kalek.
Rayos lanzaban sus ojos; sus alas batian las paredes produciendo un chasquido aterrador; su cola azotaba el pórfido y sus garras se tendian ensangrentadas y amenazantes hácia Abu-Kalek que se precipitó sobre el genio gritando: «¡Allah Akbar!»
El genio desapareció rodando hasta el abismo y el morabhita se encontró en un alcázar como no lo han visto ojos humanos. Las puertas eran de diamante, el pavimento de rubíes, las paredes de perlas y los techos de sándalo; por los arcos afiligranados se despeñaban cascadas de aguas olorosas que iban á regar rosas siempre purpúreas y tulipanes inmarchitos; sobre todo esto un cielo azul como el zafiro, resplandecia con la luz de los ojos de Dios.
Cantaban las perís y danzaban las hadas en torno de una cuna de aloe sostenida por genios, donde sonreia un bellísimo infante velado por paños de púrpura: junto á él fijaba su mirada inefable de madre, una mujer hermosísima; su larga cabellera negra lanzaba reflejos azulados junto á las perlas que la entrelazaban, y rodeando un rostro de mejillas morenas, caia en bucles ondulantes sobre sus desnudos hombros velando un seno purísimo; su túnica azul era de seda superior á la de Persia; su breve talle estaba contenido en el cíngulo misterioso de Salomon; sus pequeños y desnudos piés se hundian en una alfombra cubierta de signos cabalísticos, y entre sus brazos reposaba un hombre que absorbia en sus ojos la intensa mirada de amor de los negros y radiantes ojos de la hermosa.
Esta era Rhadhyah, la más pura de las huríes, la reina de las prometidas á los creyentes por el Señor.
El hombre que reposaba entre los brazos de Rhadhyah era un hermoso mancebo; ceñia su frente una toca blanquísima, prendida por una garzota de piedras preciosas, y entre la cual aparecia una corona de rey; vestia una pesada loriga de combate y sobre ella se plegaba un caftan más blanco que la luz de la alborada; pero aquel caftan estaba manchado de sangre, y bajo él se veia una corva cimitarra damasquina roja hasta la empuñadura.
Aquel hombre era Mohhamed-Ben-A'bd-Allah-al-Zaquir-al-Zoghoibi (Boabdil), último rey moro de Granada.
Su semblante hermoso y tranquilo estaba pálido como el de un cadáver; una ancha herida partia su frente y sus ojos absorbian con una expresion melancólica la mirada de amor de Rhadhyah, junto á la cual reposaba sobre la alfombra.
Abu-Kalek se prosternó y unió su rostro al pavimento.
—¡Oh invencible Allah, exclamó, qué grandes é incomprensibles son tus decretos! ¿Es este aquel desdichado rey rebelado contra su padre, combatido por su pueblo y arrojado por los nazarenos de su trono? ¿Es este aquel real mancebo á quien yo ví morir y por cuya alma oro cuando el sol aparece y cuando la luna se levanta con la noche?
Boabdil se desprendió de los brazos de la hurí; sus labios descoloridos se contrajeron en una tristísima sonrisa, y su mirada diáfana se posó con una expresion de amor en Abu-Kalek.
—Levántate, muslin, exclamó, mi viejo amigo, Brazo de Dios, el más valiente de los guerreros de mi tribu, levántate y escucha.
Abu-Kalek se levantó.
—Hubo un tiempo, prosiguió Boabdil, en que morábamos en un gran pueblo; nuestro nombre llenaba la tierra y nuestros guerreros eran el terror de los infieles; la espada del muslim estaba siempre roja, y nuestras fronteras eran el cementerio de los nazarenos. Pero estaba escrito que el creyente seria desterrado; los alcaides de la tierra perdieron una á una las fuerzas y las villas del reino, y los infieles llegaron hasta nuestros muros. Mis guerreros se dividieron: mi tio asesinó á mi padre, y la maldicion de Dios cayó sobre Granada. Dia terrible fué aquel en que vimos la cruz clavada sobre nuestro alcázar, en que, desterrados, salimos por la parte del Genil con las lágrimas en los ojos y los piés descalzos. Abandonamos cobardemente nuestra ciudad y entregamos nuestros hermanos á la tiranía y las infamias del vencedor; nuestro corazon brotó llanto de sangre á los ojos que vieron por última vez la Alhambra desde el alto del Padul. La mitad de mi alma atravesó el espacio para ir á morar en ella envuelta en un suspiro, y la otra mitad quedó desesperada para amargar los últimos dias del rey vencido. Habiamos cometido un crímen, y debiamos expiarlo; habiamos manchado nuestros nombres como cobardes, y debiamos lavar nuestra infamia muriendo como mártires: mi lanza enmohecida con el abandono en Granada, se enrojeció en África; olvidé mis retretes de oro y habité la tienda de cuero del guerrero; ansiando la muerte lidié, me revolví entre millares de enemigos, y la muerte fué conmigo. ¡Allah tuvo compasion de mí! ¡Allah aceptó la expiacion de sangre que le ofrecia y me envió su paz con mi amor! ¡Me envió á Rhadhyah, la querida de mi alma, la madre de mi hijo!
Boabdil se detuvo y miró sonriendo en un éxtasis de inefable felicidad á la hurí y al niño que dormia.
—Estaba escrito, dijo Rhadhyah, con una voz más armoniosa que el murmurio de las auras al pasar entre las flores; cuatro veces el sicómoro ha entregado al viento sus marchitas hojas desde el dia en que impelida por los espíritus invisibles llegué hasta mi amado: «Ve Rhadhyah, me dijeron, busca á tu prometido; el que todo lo puede ha puesto su mano sobre tu nombre en el libro de diamante del Destino y te permite ser madre[13]. Ve, el creyente te espera.» Llegué y desperté á mi adorado que dormia: tres veces la golondrina ha visitado las tierras de Occidente desde que alienta el hijo del rey y de la hurí; y dos veces aún el sol ha recorrido su círculo de fuego desde que el alfanje enemigo abrió al alma de mi alma las puertas del Edem. El seno de la hurí ha alimentado al hijo de mi amado, pero está escrito que peregrine sobre la tierra, y su destino se cumplirá.
—¡Oh luz del cielo! repuso Abu-Kalek, deslumbrado por el resplandor que emanaba del semblante de Rhadhyah; manda, tu siervo está ante tí.
—Serás el maestro de mi hijo, exclamó Boabdil, y harás de él un príncipe perfecto, sábio, generoso y valiente; le tendrás contigo hasta que cumpla doce años, despues le abandonarás á su destino. Así está escrito. Si el príncipe cumple con los deberes de un buen muslim, la mano de Dios le protegerá y volverá trascurridos cinco años. Entonces le entregarás mi arnés, mi caballo de batalla, mi jacerina, mi alfanje y mi broquel; le harás cabalgar y volverás el caballo al Occidente; entonces darás una palmada en el cuello del bruto, y habrás terminado tu mision.
Boabdil extendió el brazo derecho hácia los genios, y dos de estos trajeron junto á él un caballo negro, encubertado con arreos de batalla; entre tanto se operaba en el rey una transformacion extraña; las manchas sangrientas de su caftan desaparecieron; la cicatriz que partia su frente se borró hasta quedar reducida á una sutilísima línea sonrosada, y sus ojos radiaron llenos de vida y de alegría; despojóse de la toca y de la corona que puso sobre el caparazon del caballo, y despues su caftan, su loriga y su alfanje. Rhadhyah se despojó del cíngulo, y al ponerlo sobre la espalda del bruto, dijo á Abu-Kalek:
—Cuando corran catorce años, lo entregarás á mi hijo. ¡Allah sea con él!
Entonces los genios y las hadas se agruparon sobre la alfombra: una neblina imperceptible se levantó en torno de ella, y lo envolvió todo; el alcázar mágico fué desapareciendo lentamente, y la niebla se condensó hasta envolver al morabhita en las más densas tinieblas; un caos pasó por su pensamiento; sintióse desfallecer, hizo un esfuerzo, y abrió los ojos en los que reflejó una claridad blanca y suave: estaba á la entrada de la gruta del Hedjaz, y la alborada pasaba volando sobre el valle.
X.
Pero este se habia trasformado; la palmera se inclinaba bajo el peso de los dátiles, la fuente brotaba de su pié, y la laguna estaba henchida de peces. Allah habia retirado de él su maldicion.
Abu-Kalek creyó que habia sido un sueño cuanto habia visto en el alcázar encantado; hizo la ablucion en la fuente, oró, cogió algunos dátiles, y se sentó á comerlos al pié de la palmera; á poco se le presentó un viejo acompañado de algunos árabes.
—¿Eres tú el morabhita Abu-Kalek el de Granada? le preguntaron.
—Sí, ¿qué quereis de mí? contestó el morabhita mirando á aquellos que le parecieron hombres y no eran otra cosa que genios.
—Sabemos, dijo el que le habia preguntado, que necesitas un alcázar.
Abu-Kalek miró estupefacto al genio y dejó de comer los dátiles.
—Sí, un alcázar y un mirab, para que more ahora y hable á Dios cuando conozca la ley, el príncipe que te han entregado.
Un débil vaguido salió de la gruta, donde al escucharlo entró presuroso el morabhita.
Su asombro fué inexplicable al ver sobre el césped, y en su cunita de aloe, el mismo niño que habia creido ver en sueños, sonriéndole y tendiendo hácia él sus bracitos.
En el fondo de la gruta, inmóvil, con el cuello erguido y la mirada centelleante, el corcel de batalla de Boabdil, mostraba sobre su espalda el cíngulo de Rhadhyah, la corona, el caftan y las armas del rey.
—¡No era sueño! exclamó Abu-Kalek en el colmo de la admiracion.
—Elige el sitio donde hemos de edificar el alcázar, exclamaron los genios que se habian agrupado á su alrededor.
Abu-Kalek se entristeció.
—No poseo más que mi alquicel, mi arco, dijo, y no tengo con qué pagar vuestro trabajo.
—Pagados estamos, repuso un genio, y tanto, que una vez concluido el palacio, pondrémos en él un tesoro, ricos divanes, alfombras de Persia y hermosos esclavos.
—Sea así, puesto que Allah lo quiere, dijo Abu-Kalek, saliendo de la gruta.
Atravesó el valle y subió á la montaña más cercana; volaban allí auras fresquísimas; despeñábanse claros arroyos, y desde la cima la vista se deleitaba contemplando los verdes campos, los montes rojizos, los horizontes azules de una tierra alumbrada por un sol brillante, girando en un espacio diáfano sin nubes ni neblinas; desde allí se veian, perdidas en la profunda garganta, la altísima palmera, la tersa laguna y la oscura gruta del valle.
—Aquí, dijo Abu-Kalek, clavando su arco en lo más alto de la cima.
XI.
Los campos, las montañas y los horizontes desaparecieron instantáneamente, y sólo quedó ante Abu-Kalek, un patio magnífico, cuyas galerías estaban sostenidas por arcos calados y delgadas columnas de alabastro; en el sitio donde habia fijado su arco, habia aparecido una fuente maravillosa sostenida por doce leones de piedra.
Entre los arcos vagaban esclavos etíopes de negro rostro y miradas feroces, cubiertos de fuertes armaduras y con largas picas en las manos; á las puertas de los retretes, blancos y hermosos mancebos asiáticos, ostentaban sus galas de púrpura y brocado; cantaban pintados pájaros en doradas jaulas de filigrana colgadas de las cúpulas, y el ambiente estaba embalsamado por el blanco humo de los perfumes que se quemaban en braserillos de oro; y los feroces guardas y los bellos esclavos, tenian fija en el Almorabhid su mirada, como el perro inmóvil que espera una seña de su amo para correr al sitio que le señale.
—¡El patio de los Leones! gritó Abu-Kalek, creyéndose aún entregado á un hermoso ensueño; ¡la sala de las Dos Hermanas! ¡El retrete de Lindaraja! ¡La Alhambra!
Y el anciano Almorabhid corria delirante por aquellos admirables retretes, reconociendo cada uno de sus recónditos sitios, gozando con cada uno de los labrados alhamís que encontraba por do quiera. Y vió aposentos embaldosados de mármoles más blancos y tersos que el marfil, con paredes adornadas de exquisita y menuda labor, con cúpulas doradas y matizadas de estrellas, como el cielo de una noche tranquila.
—¡La Alhambra! gritó entregado al frenesí de su alegría; ¡la Alhambra, no como ahora profanada por la planta del ambicioso y pérfido nazareno, sino la Alhambra como en tiempos de mis padres, fresca y sonora con el murmurio de sus fuentes y el canto de sus aves! ¡La Alhambra de Boabdil y de Muza-aben-Abil-Gazan! ¡El alcázar de las zambras, el libro de oro donde está escrita en caractéres de nácar la palabra de Dios! ¡La Alhambra! ¡La Alhambra! ¡La Alhambra!
Y lloraba como una mujer, y corria como un niño, y reia como un loco.
XII.
Entre tanto habia llegado á una sala más extensa que las otras; el pavimento era de riquísimo mosáico; los muros abiertos por alhamís con ajimeces en el fondo, eran altísimos y adornados de labor persa y caprichosos trasparentes por los cuales penetraba una ténue luz; la puerta arqueada con más gracia que las cejas de una hurí, dejaba ver un ancho patio y en él un dilatado estanque de mármol donde flotaban blancos cisnes y nadaban peces brillantes como el oro, rojos como la púrpura, y blancos como el velo de una vírgen esclava.
—No, no es la Alhambra de mis padres, exclamó Abu-Kalek mirando al campo desde uno de los ajimeces; si fuera ella, veria desde aquí el barrio de las gentes de Baeza[14], y el alegre Generalife dominando los cármenes de Aynadamar, y el Darro arrastrando entre ellos sus arenas de oro, Granada apoyando sus muros en la vega, y más allá Sierra Elvira y los montes de Loja por junto á los cuales se desliza el Genil. ¡No! ¡Esta es la Alhambra de los genios! ¡La Alhambra del Hadjaz! ¡Qué poderoso eres Allah, que con una mirada de tus ojos puedes reproducir la más hermosa de tus maravillas!
El morabhita se alejó suspirando del ajimez, atravesó retretes y galerías, y salió del alcázar; dirigióse á la gruta, tomó entre sus brazos la cunita que contenia al infante, y desandando el mismo camino, la depositó en el retrete de los ajimeces; el caballo de batalla de Boabdil le habia seguido, y se detuvo quedando otra vez inmóvil como una estátua junto al estanque donde flotaban los cisnes y nadaban los peces de colores.
—Aquí morarás, Aben-al-Malek (Hijo del rey), exclamó el anciano dirigiéndose al niño; el morabhita en la gruta del valle; pero subirá cada vez que el sol aparezca, para enseñarte la palabra de Dios y hacerte buen muslim y buen caballero.
Y así sucedió: los genios guardaban el alcázar, y servian al príncipe Aben-al-Malek, como jamás ha sido servido príncipe alguno; ofrecíanle los más exquisitos manjares, los perfumes más suaves, los lechos más frescos y regalados, donde velaban su sueño halagándole con sus alas invisibles: Abu-Kalek pasaba todo el dia á su lado, desarrollando en él las dotes que debe poseer todo buen muslim: temor de Dios, generosidad y valentía. Cuando el príncipe llegó á la edad de doce años, descifraba como un faquí los misterios del libro de Dios; cabalgaba sobre caballos salvajes; esgrimia la lanza como un Almorabhid; manejaba el alfanje como un Abencerraje; cogia una sortija á la carrera como un Zenete, y ponia una saeta á larga distancia en el blanco como un Scita; componia elegantes versos, tañia maravillosamente todo género de instrumentos y cantaba á la perfeccion: era hermoso como Rhadhyah y valiente y fiero como Boabdil.
Abu-Kalek, que observaba la vida más austera en la gruta, durmiendo sobre la yerba y comiendo los peces que pescaba con gran paciencia en la laguna, se contristó al ver que habia llegado la época de separarse de Aben-al-Malek, á quien amaba con toda la ternura de un padre: á pesar de esto, el dia que señaló nueve años despues del en que el príncipe fué confiado á su fidelidad, fué á una oscura estancia del alcázar, donde se guardaba en dos jarrones de porcelana un innumerable tesoro, le cargó sobre dos camellos, montó en un asno y llevando á su lado á Aben-al-Malek, ginete en un poderoso caballo, abandonó el alcázar y se dirigió lentamente á la Meca.
XIII.
Un mes duró el viaje; al fin de él, una tarde, al trasmontar el sol los horizontes, divisaron los altos minaretes y las cúpulas de la mezquita de la Santa Ciudad: entraron en ella, y despues de haber hecho su ablucion en el pozo Zemzem, oraron en el mirab. Despues, en la puerta de la mezquita, dijo Abu-Kalek al príncipe, con las lágrimas en los ojos:
—Aben-al-Malek, vamos á separarnos; está escrito que peregrinarás sobre la tierra y pondrás á prueba tu corazon. Te dejo un inmenso tesoro y una lanza: no olvides nunca que el mejor objeto en que puedes invertir el primero, es en aliviar la miseria de tus hermanos, y la segunda en proteger al débil y combatir los infieles enemigos de Allah; huye de la indolencia y de la impureza, como de vicios fatales; y sé siempre generoso, valiente y fiel.
Abrazó al príncipe tras estos consejos, y montando en su asno, volvió triste y afligido á la gruta del Hedjaz.
XIV.
Cinco veces el viento del invierno habia arrebatado sus hojas á las higueras del valle, y cinco veces las brisas de la primavera habian murmurado entre el rico penacho de la vieja palmera, desde el dia en que Abu-Kalek habia abandonado á sí mismo al príncipe.
Era una de las primeras noches de la luna de Dilhagia; acababa Abu-Kalek de hacer su azalá de alajá, en que no habia olvidado su oracion particular por el príncipe, cuando sintió ruido entre la maleza y poco despues se presentó ante él un robusto mancebo: iba humildemente vestido; llevaba á la espalda una aljaba, un venablo en la diestra y una cimitarra pendiente de su costado. La luna alumbró su semblante y el morabhita lanzó un grito de alegría: era el príncipe Aben-al-Malek.
—¡Estaba escrito! gritó el morabhita arrojándose en los brazos del jóven; ¡bendito sea Allah!
El príncipe se sentó sobre la yerba, y contó sus aventuras á Abu-Kalek; estaban reducidas á lo siguiente: habia invertido su tesoro en los hospitales y en los pobres; habia viajado y hecho la guerra santa en los galeones muslimes sobre los mares de los nazarenos: volvia pobre, pero fuerte, como el brazo de Dios; hermoso como un cielo sin nubes, y tranquilo como el corazon del justo.
—Sin embargo, padre mio, añadió Aben-al-Malek prosiguiendo su relato; hay un sér que acompaña mis sueños, á quien veo despierto, por quien padezco ausente; es una mujer; tiene la tez blanca y los cabellos y los ojos negros: es hermosa como la felicidad y pura como el fuego; yo la tengo dentro de mi corazon; me parece haberla visto alguna vez y no recuerdo dónde: ahora mismo la veo: tiende hácia mí sus brazos; me llama: ¡oh padre mio, tú, que eres sábio, justo y bueno, dime dónde está el alma de mi alma!
Abu-Kalek reclinó la cabeza sobre su pecho y oró; el Señor iluminó el espíritu de Abu-Kalek y le dejó leer en el libro del porvenir, que abarca omnipotente los tiempos y los espacios. La mirada del Almorabhid era radiante y su voz profética.
—Príncipe, dijo á Aben-al-Malek, el sér á quien amas es una hurí.
El príncipe se prosternó.
—Pero esa hurí está sujeta á un espíritu rebelde, y duerme encantada hace más de ochocientos años. ¿Tienes valor para luchar por ella con los espíritus invisibles?
—Mi fortaleza está en Allah, contestó el príncipe.
—¿Vacilarás una vez aceptada la empresa?
—No.
—Pues bien, levántate y escucha: en las tierras de Occidente veo una altísima sierra, cuya cima toca á las nubes; al pié de esa sierra hay una ciudad tendida sobre tres montes: en el de en medio dominando á la ciudad, hay un fuerte castillo, y en el castillo una torre misteriosa: no hay guardas en sus almenas, ni en sus muros anidan aves, ni pié humano pasa sin temblar á su alrededor: en esta torre está encantada la querida de tu corazon; para llegar hasta ella, tendrás que pasar siete suelos; en cada uno de aquellos suelos hay un murciélago maldito: en cada uno de estos murciélagos vive encantado un espíritu condenado.
Para llegar hasta la amada de tu alma, tendrás que vencer siete terribles encantos; si los resistes con valor, alcanzarás la posesion de la hurí blanca de los ojos negros; si vacilas un solo momento, ella y tú quedareis sepultados en el fondo de la terrible torre en una noche sin fin.
—Acepto, dijo el jóven; Dios es grande y luchará conmigo.
Entonces Abu-Kalek asió al jóven, y le llevó al patio del estanque del alcázar; inmóvil como una estátua de mármol, erguido el cuello, las orejas enhiestas y los ojos centelleantes, el caballo de batalla de Boabdil estaba en el centro de una galería: Abu-Kalek se acercó á él, y tomó de sobre su espalda la loriga, el caftan, la toca y la corona del rey.
—Viste este traje, dijo el anciano á Aben-al-Malek, es el traje de guerra de un valiente.
El jóven se ciñó el traje en silencio.
—Ajusta tu cintura con este cíngulo; es el cíngulo de tu madre.
El príncipe besó con ternura el talisman y se le ciñó.
—Ahora toma este alfanje, esta jacerina y este broquel, y á caballo.
Aben-al-Malek cabalgó de un salto en el generoso bruto, que sacudió sus crines en un movimiento de alegría, y empezó á piafar impaciente.
El morabhita le asió de la rienda, y le sacó del alcázar; era la hora de azzohbi, la aurora tendia su blanca luz sobre los horizontes orientales, mientras al Occidente algunas estrellas tardías, acompañaban las últimas sombras de la noche: Abu-Kalek volvió el caballo al Occidente y miró por última vez al príncipe. Estaba hermosísimo; la profunda mirada de sus grandes ojos azules abarcaba la inmensidad, como si viese en ella un objeto fijo en su pensamiento. Firme sobre la silla; la adarga embrazada y la pica enhiesta, con la boca entreabierta en una ligera expresion de bravura, hubiera creido cualquiera aquel grupo compuesto de un caballero y un anciano, el genio de la guerra dominado por la prudencia.
Dos lágrimas rodaron por las secas mejillas del morabhita.
—¡Señor, dijo levantando su mano sobre el cuello del corcel, he cumplido mi mision! ¡cúmplase su destino!
La mano descarnada del viejo cayó sobre el cuello del bruto, que se estremeció de alegría, lanzó un relincho salvaje, se lanzó desde la montaña en el espacio, devoró los campos, pasó como una tempestad los montes, llegó á remotas playas, salvó las ondas y arribó á otras orillas; ave, bruto y pez, condujo al príncipe al pié de la torre misteriosa, que guardaba encantada á la querida de su corazon.
XV.
En cuanto el morabhita, una vez terminada su peregrinacion sobre la tierra, los genios le sepultaron en el alcázar maravilloso, que sirvió de morada en su infancia al príncipe Aben-al-Malek. Algunas mañanas, cuando el sol empieza á romper las neblinas, creen ver las caravanas que atraviesan el Hedjaz, las fuertes torres de un altísimo castillo: es la Alhambra de los genios; la Alhambra del Hedjaz; la sepultura del Almorabhid Abu-Kalek.
II.
Mohamet Abent-Al-Hhamar.
I.
En las regiones de Occidente hay una tierra fértil, rica de fuentes y de verdor; ancha alfombra es de flores, entre las cuales se deslizan las claras ondas del Darro y del Genil, murmurando tristemente, cual si les apenara el alejarse de aquellas márgenes orladas de lirios y violetas.
Sabrosas son las frutas de aquella tierra, y doradas mieses crecen en torno de copudos olivos, á quienes agobia el peso de su negro fruto.
En sus montañas se eleva el cedro del Líbano y en sus llanuras cimbrea la palmera de África.
El fúnebre ciprés descuella sobre el mirto, y el tulipan de Oriente brota á la sombra del espino del desierto.
Rodeada está aquella tierra de montañas, como un huerto de su vallado, y reina entre todas se eleva una sierra siempre cubierta de nieve, y cuya altísima frente domina á las nubes, cuando vuelan en torno de ella impelidas por el viento de la tormenta, ó á las brumas trasparentes de la mañana, cuando, precediendo al dia, inunda los horizontes la diáfana luz de la alborada.
Tierra de bendicion es aquella: allí ostenta su luz más pura el sol, y la luna parece una lámpara de nácar suspendida de una bóveda de zafiros, donde brillan trémulos los luceros.
II.
Tendida en la vertiente de la sierra hay una ciudad, semejante á un canastillo de verdura, descollando por cima de fuertes y torreados muros; señora de una vega salpicada de aldeas, es dominada á la par por un castillo.
Aquella ciudad es Granada; aquel castillo la Alhambra.
La ciudad, fundada por gentes desconocidas, habia visto pasar razas bárbaras; habia sido su morada durante su poder y habia caido sucesivamente bajo la dominacion de otras razas.
Pero las kabilas del Yémen y del Hedjaz y los pastores de las montañas de Oman; cuantos calienta el sol desde el Eufrates hasta el estrecho de Bab-el-Manded, y desde el golfo Pérsico hasta el mar Rojo, vencedores en Grecia y conquistadores en Persia; llevando adelante sus huestes, inundaron el Moghreb, y detenidos por el mar fijaron la vista en las playas españolas. Los que habian atravesado el desierto salvaron en sus galeones el estrecho, que desde entonces se nombra de Geb-al-Taric (Monte de Taric), y dominaron la España. Los hombres de Oriente se extendieron sobre su tierra, y atraidos por el buen clima y la fertilidad de Granada, hicieron de ella una populosa ciudad, y levantaron una alcazaba sobre la colina en que se asentaba la Villa de los judíos.
Pasaron muchos años: la dominacion de los califas de Damasco cesó en España al lucir la estrella de los califas de Córdoba: vencida á su vez la dinastía Omniada; arrojados los árabes del suelo que habian conquistado, por los moros Almoravides; desterrados estos últimos por los Almohades; llegó en fin la fatal luna de Jaban del año 646 de la Egira[15], en que se rindió Sevilla á las armas nazarenas, siguiendo el destino de Córdoba y Jaen. Estas conquistas arrojaron á Granada centenares de familias musulmanas, que se refugiaron en el Albaicin, barrio fundado por los desterrados de Baeza.
Tantas tribus reunidas necesitaban un rey justo y fuerte que las gobernase, y Allah eligió á Mohamet natural y señor de Arjona, Aben Mohhanmed-ben-A'bd-Allah-ben-Juzef-ben-Nazar-al-Hhamar el Vencedor y el Magnífico[16].
III.
Era este mancebo y gentil á maravilla; tenia los ojos negros y radiantes, la tez blanca y la barba bermeja, por lo que le llamaban Al-Hhamar (el Rojo); su corazon estaba sin mancha, y su prudencia sólo podia compararse á su valor; diestro y afortunado caudillo, como Aben-Aby-A'mer-Almanzor[17], le precedia en el combate el terror, la muerte moraba en el filo de su espada, y en pos de él volaba la victoria.
Nieto de reyes, ciñó á su frente las coronas de Jaen, Guadix, Arjona y Baza, y cuando su enemigo el desgraciado Aben-Hud, murió por la traicion del alevoso alcaide de Almería Abderraman; proclamado por los parciales de este, señor de la tierra; el walí de Jaen, Aben-Chalid, ganó por su parte á los granadinos, y al fin en la luna de Ramazan del año 635 de la Egira, Al-Hhamar ciñó sobre las coronas que poseia, la de Granada arrancada por el crímen de otro de las sienes de Aben-Hud.
Engrandecido por las bondades de Allah, Aben-Al-Hhamar era el único sosten de los muslimes en España.
Reformó las leyes en Granada, la hermoseó, y cuando despues de la conquista de Sevilla, volvió armado caballero por el noble rey de Castilla Ferdeland[18], se dedicó al engrandecimiento de los reinos que le habia dejado la espada vencedora del afortunado rey de los nazarenos, y despues de haber edificado mezquitas, fundado hospitales y fortalecido á Granada, construyó para su residencia el alcázar de la Alhambra[19].
Oid porque, segun algunos cuentan, se construyó aquel palacio, maravilla de las maravillas, el de los techos de sándalo y las cúpulas de oro, donde vaga la hada de los amores y al que defiende una coraza impenetrable de torres.
IV.
Una tarde el rey Al-Hhamar descendia solo y fatigado de la caza por las vertientes del cerro del Sol: los lejanos montes estaban iluminados por la roja lumbre que acompaña al ocaso; las errantes estrellas aparecian lentamente y las alondras volaban á su nido.
El rey descendió aún hasta la distancia de un tiro de saeta, y se sentó al pié de un sauce, en la cumbre de una colina.
Las distantes montañas, la vega y la ciudad se presentaron á su vista: un vapor blanco y trasparente se levantaba de los campos: un silencio profundo acompañaba al crepúsculo y derramaba una dulce melancolía en el alma del rey.
«Allí está mi pueblo, dijo mirando la ciudad; allí mi campo de batalla, añadió señalando las lejanas fronteras; allí mi alcázar, y volvió los ojos á la Casa del Gallo, situada en lo más alto del Albaicin; mis guerreros son innumerables como las hojas que arrastra el viento del invierno, y los cristianos caen bajo el filo de mi espada como las mieses bajo la hoz del segador, porque Dios ha fortalecido mi brazo; la fama de mi nombre llena los hemisferios y no hay vida tan larga que baste á poder contar mis tesoros; para mí son las perlas del mar; los perfumes de Alejandría, el oro de la India, y la hermosura de las mujeres de Oriente; si tanto me ha dado Allah, ¿por qué su paz no es conmigo y siento en mi alma una tristeza profunda que hace mis dias sombríos y mis noches sin sueño?»
En el momento en que el rey se abismaba, no encontrando una explicacion al misterio de su tristeza, una gacela blanca y gentil, apareció trotando por el recuesto de la colina, se detuvo al ver al rey, elevó la esbelta cabeza en ademan de la mayor atencion, é instantáneamente se lanzó á la carrera, pasando por delante del rey con la velocidad del Borac[20].
Aunque profundamente distraido Al-Hhamar, se apercibió de la huida de la gacela y corrió tras ella; la bestiecilla descendió por la parte opuesta á la ciudad, entró en un barranco y penetró en una cueva; tras ella entró el rey que era uno de los cazadores más incansables y valientes de su tiempo; reinaba una oscuridad profunda y un silencio pavoroso; no se oia otra cosa que el seco y rápido ruido de la carrera de la gacela y de la potente carrera de Al-Hhamar, y así corrieron el hombre tras la bestia, bajando siempre y siempre en las tinieblas, sobre un pavimento duro y liso como una roca abrillantada.
Parecia aquel un camino sin fin cubierto por tinieblas eternas, y era necesario poseer un corazon tan firme como el de Al-Hhamar, para no estremecerse de terror en aquella resbaladiza pendiente siguiendo siempre á la gacela fugitiva.
Un relámpago azulado iluminó por un instante aquel oscuro camino; Al-Hhamar vió delante de sí, sobre una superficie negra y pendiente, á la gacela que corria, y tendió su arco que llevaba armado; la saeta produjo un silbido seco y agudo al atravesar aquel ambiente sin luz, y la gacela lanzó un balido de dolor, dejando tras sí un rastro de fuego que iluminó hasta los más recónditos senos de la gruta; aquel fuego brotaba del costado de la gacela, donde se veia clavada la saeta del rey. Y sin embargo, corria siempre y su carrera era cada vez más veloz, cada vez más radiante el fuego que á manera de sangre, emanaba de su costado.
Y la pendiente se hacia cada vez más rápida; el rey no corria; resbalaba sin poder contener su descenso sobre el mármol, bruñido como el pavimento de un alcázar; su vista no encontraba muros ni bóvedas; sólo alcanzaba delante de sí á la gacela despeñándose por un abismo, y en torno y sobre su cabeza una atmósfera de fuego. Y Al-Hhamar no temblaba; seguia resbalando con una rapidez espantosa tras la gacela herida de muerte.
—¡Allah Akbar! gritó el rey armando otra saeta y tendiendo su fuerte arco fabricado con tendones de leon, ¡Allah Akbar! Si los espíritus invisibles quieren poner á prueba mi valor, dispuesto está Al-Hhamar. ¡Oh Señor Allah! ¿Será tu siervo tan justo que pueda pasar el puente Sirat sin precipitarse en el fuego eterno?
Acababa el rey de dirigir esta pregunta al Señor fuerte, al invencible sobre los invencibles, cuando la gacela salvó con un inmenso salto del un borde al otro de una anchísima sima, en cuyo fondo se despeñaba bramando atronador un negro torrente; el rey llegó al borde al mismo tiempo que su saeta disparada, cortando la distancia, heria la cabeza de la gacela, y puso sus piés en la otra ribera, sin que su corazon se estremeciese, sin que la palidez del terror cubriese el color de sus mejillas.
Cesó la pendiente del camino, y el rey se encontró en un campo iluminado por una luz semejante á la que produce la luna llena en una noche sin nubes; el ambiente era fresco y perfumado, y en las oscuras alamedas de aquella tierra desconocida, gorjeaban multitud de ruiseñores.
Y la gacela seguia con más rapidez su carrera á través de aquel campo misterioso, y Al-Hhamar se esforzaba cada vez más por darla alcance; parecia que el semoum le habia prestado sus alas y se iba acortando sensiblemente la distancia que le separaba de la bestia corredora.
Esta trasmontó una colina, bajó á un valle y se precipitó á la carrera en una torre gigantesca, en la cual penetró Al-Hhamar tras su presa.
V.
Era la torre triste y solitaria; ni un ajimez se abria en sus muros, ni un guarda vagaba en sus almenas; entre estas se elevaba una cúpula dorada, y sobre ella una veleta de hierro rechinaba al embate de las auras.
Ni un aduar, ni una aldea se veian á lo léjos de los extensos horizontes; era la torre como una palmera solitaria en el desierto; como una nave abandonada en la inmensidad de los mares.
Tras la pequeña puerta de herradura que habia dado paso á la gacela y á Al-Hhamar, se extendia una galería con cupulinos matizados de colores y sostenidos por delgadas columnas de jaspe; esta galería daba paso á una sala embaldosada de alabastro y terminada por la cúpula cuya techumbre se veia en el exterior.
Aquella cúpula estaba rodeada por hermosos trasparentes, á través de los cuales pasaba una luz ténue y pálida, que daba un misterioso prestigio á los versos del Koran, escritos en los muros con caractéres de oro, sobre fondos azules y rojos.
En medio de la sala habia un braserillo con fuego, y sentado junto á él, sobre almohadones de seda, estaba un anciano de semblante severo y barba blanquísima, envuelto en una larga túnica; tenia junto á sí un gran libro y en la diestra una vara mágica.
La gacela pasó como un relámpago por delante del anciano, y desapareció por otra puerta, que se cerró con estruendo tras ella; Al-Hhamar se detuvo no atreviéndose á allanar la morada ajena.
—Allah te guarde, anciano, dijo dirigiéndose al hombre de la barba blanca; Allah te guarde y su paz sea contigo. ¿Qué tierra es esta adonde se llega por un camino tenebroso como la tumba, á quien defiende un abismo, y donde se eleva un alcázar solitario como mi alma y triste como mi pensamiento?
El anciano se levantó dejando conocer su aventajada estatura, y su ancho ropaje flotó como agitado por un impulso invisible.
—¡Creyente! exclamó con una voz vibrante y sonora como la de una trompeta de guerra: tu corazon es fuerte y tu pensamiento noble; tu brazo ha levantado la espada de Dios sobre la cabeza de los infieles, y dias de ventura han sido para la raza de Ismael, aquellos que han corrido desde el dia que tus ojos se abrieron á la luz; la misericordia de Allah te ha hecho grande entre los poderosos, y el genio de las mil lenguas ha extendido tu nombre sobre la haz de la tierra: has sido justiciero con el malvado, consolador con el triste y generoso con el vencido. Los pueblos acatan tus virtudes, y los hombres se inclinan ante tí: y á pesar de tu grandeza, ¿por qué pides su paz á Allah, y encuentras en tu alma una tristeza profunda que hace tus dias sombríos y tus noches sin sueño?
—¡Poderoso genio! contestó prosternándose Al-Hhamar, porque el corazon del hombre es insaciable, y sus ojos están ciegos. Yo he peregrinado sobre la tierra pisando siempre un camino de espinas, y no me ha abandonado la fe; he buscado un amigo entre esos hombres á quienes he tratado como hermanos, y no le he encontrado; he codiciado una mujer para dilatar mi espíritu en su amor, he visto mi alma solitaria y sedienta, en medio de mi harem habitado por las mujeres más hermosas del mundo, y en todas he hallado la impureza y la falsía. ¡Dichoso el creyente á quien Dios concede una mirada de paz, mientras duerme en su tienda de cuero, junto á una mujer alma de su alma!
El hermoso semblante de Al-Hhamar se contristó, y de su corazon, seco y árido, brotó una ardiente lágrima.
—¡Al-Hhamar! dijo la pujante voz del viejo, has llegado hasta mí, siguiendo á la gacela fugitiva de tu esperanza, y has recorrido sin temblar el oscuro camino de la muerte; el puente Sirat no se ha roto bajo tu planta, y estás en la última region donde la luz no alcanza fin; el alcázar eterno se ha abierto para tí, y Allah te permite leer en tu destino. Yo soy el que será; soy el genio del Porvenir.
—¡Allah Akbar! exclamó el rey uniendo su rostro al pavimento, ¿ha llegado el dia en que mi espíritu venga á morar entre los séres incorpóreos?
—Aún no, repuso el viejo; mas lo que ha de suceder sucederá.
Entonces tomó el libro y le abrió; sobre una de sus páginas se veia escrito el nombre de Al-Hhamar con caractéres de fuego, el genio rompió la hoja de pergamino que le contenia, y la arrojó al braserillo; bien pronto se alzó una llama azulada á la que sucedió un humo blanco y denso.
El anciano puso su vara en contacto con el humo que se dilató.
—¿Tienes valor para sufrir tu última prueba? preguntó el anciano al rey.
—¡Dios es fuerte! contestó Al-Hhamar, sea con él mi espíritu.
—Cúmplase lo que está escrito, dijo el genio.
Entonces tomó formas y vida la neblina producida por el humo, y Al-Hhamar vió levantarse ante él las montañas, la vega, y en fin, Granada tendida á lo léjos sobre las distantes colinas; el sol, cercano al ocaso, la iluminaba con sus rayos horizontales, y espesas nubes se columpiaban en los aires presagiando una tormenta.
Un hombre, cabalgando en un caballo negro, corria al galope sobre el camino que atraviesa el alto del Padul[21] en direccion á la ciudad. Su alquicel flotaba al viento, y el sol reflejaba en el bonete de acero, que rodeado de un turbante blanco, ceñia su cabeza; su fisonomía, en que se notaba el paso de sesenta inviernos, tenia una expresion semejante por lo feroz á la del lobo y por lo astuta á la de la zorra; aquel hombre iba sin duda impulsado por un grave motivo, puesto que espoleaba al bruto blasfemando, y blandiendo una larga lanza que empuñaba fuertemente en su diestra.
—¿Conoces á ese hombre? preguntó el genio á Al-Hhamar.
—Es Abu-Yshac, el más valiente de mis walis; una de las columnas del Islam, y el bravo entre mis guerreros. Mas ¿por qué abandona la alcaidía de mi castillo de Comares, mientras los nazarenos recorren la frontera, ansiando sorprendernos como el tigre africano que vaga en derredor de los fuegos de una caravana, cuando despliega sus tiendas de reposo en el desierto?
—Mira: dijo el genio extendiendo su vara mágica sobre la vision; ante tu vista va á pasar el porvenir; tú mismo te verás entre tus gentes, y mi poder te descubrirá los arcanos más profundos.
La vista de Al-Hhamar adquirió un alcance maravilloso y vió pasar ante él lo siguiente.
III.
El sueño del rey Al-Hhamar.
I.
Era ya de noche; las calles estaban envueltas en una oscuridad profunda; los ajimeces cerrados; los moradores, excepto los guardas nocturnos, retirados en sus casas; Granada parecia un cementerio.
En medio de aquel silencio, sólo se oia el duro choque de las pisadas del caballo, que dirigió el walí Abu-Yshac por la plaza de Bib-Rambla, el Zacatin y el Albaicin, hasta la plaza de Bib-Al-bolut.
Entonces Abu-Yshac desmontó, ató su caballo á una columna de un soportal, y deslizándose cautelosamente á lo largo de las murallas del castillo Hins-al-Roman[22], entró en el barrio del Zenete y se detuvo junto á una puerta poco distante de la Casa del Gallo.
Aquella puerta era la de una hospedería de las fundadas en el Albaicin por el rey, para viajeros á quienes sus negocios ó su deseo traian á morar transitoriamente en Granada, y era concurrida por los más ricos y nobles creyentes del reino. En ella encontraban baños limpísimos, blandos lechos y exquisitos manjares.
Abu-Yshac observó la casa atentamente, y cuando se hubo persuadido, por el silencio que dominaba en el interior, de que los habitantes de la hospedería estaban retirados en sus aposentos, tocó á la puerta con el pomo de su gumía; pasó un momento hasta que se dejaron oir unas pisadas cautelosas, y luego dieron por dentro sobre la puerta dos golpes casi imperceptibles. El walí repitió cuatro de igual modo, y la puerta se abrió.
II.
Un negro etíope, con una lámpara en la mano, examinó de alto á bajo á Abu-Yshac, y tras este reconocimiento le permitió entrar, cerró, y le condujo á un aposento en el extremo de la hospedería.
Junto á un hogar situado en el centro, estaban sentados dos hombres cubiertos con trajes de guerra; los dos eran jóvenes y en sus miradas se veia retratado un disgusto sombrío. Eran los walíes de Málaga y Guadix, Abu-Abdalá y Abul-Hassan.
—Allah sea con vosotros, amigos mios, dijo Abu-Yshac, y perdonadme si os he hecho esperar en una cita, que mi alma deseaba por vosotros, que alentais mis cansados años y me recordais con vuestra mocedad mis alegrías.
—Bien venido sea el sábio y el valiente. ¿Qué podrán contar las golondrinas á sus hermanas de África, cuando vuelvan huyendo de las heladas que se acercan?
—Calamidades, contestó Abu-Yshac. ¿Acaso no han visto á los leones humillados y ensalzadas á las serpientes?
Despues de esto calló, y sentándose junto al fuego inclinó la cabeza meditabundo.
—Los Zenetes son zorros miserables, exclamó el jóven walí Abul-Hassan; los Zegríes cobardes perros que ladran entre los piés del amo que los proteje. ¿Pero, por ventura, se han enmohecido nuestras lanzas porque Al-Hhamar no ha contado con ellas para acorrer á los de Murcia?
—¿Quién habla aquí de Al-Hhamar? dijo una voz sonora desde la puerta.
Los tres walíes se estremecieron al escuchar aquella voz, y se levantaron para recibir á un gallardo mancebo que adelantó hácia ellos.
Su traje resplandecia como una cascada herida por los rayos del sol, á la luz de la lámpara que alumbraba la estancia; un joyel de diamantes prendia su toca blanquísima, y su túnica y su caftan estaban salpicados de perlas; llevaba unos borceguíes de grana, labrados con oro, y su mano derecha jugaba con un venablo, mientras la izquierda acariciaba la empuñadura de un corvo y reluciente alfanje, sujeto á su cintura en una faja de la India.
Era de mediana estatura, aunque robusto y gallardo; su semblante, imberbe aún, participaba de la alegre expresion de candor del niño y de la profunda reserva del anciano; á pesar de una eterna y burlona sonrisa, se adivinaba en su hermoso semblante blanco y pálido, de hermosos ojos azules, el paso de profundos pensamientos que hacian respetable á aquel mancebo de quince años, soberbio ya, y cuyas manos, hermosas como las de una mujer, apretaban membrudas, ora la espada de los combates, ora la lanza de las sortijas.
Era este niño el príncipe Juzef-ben-A'bd-Allah, hijo menor del rey Aben-Al-Hhamar.
—¡Ah! ¡sois vosotros! dijo el príncipe dirigiéndose á los tres walíes; ¿qué haceis aquí? ¿por qué los leopardos dejan sus guaridas cuando no los llama el leon?
El acento del príncipe al pronunciar estas palabras era tan marcado, que los tres walíes se miraron recíprocamente antes de contestar.
—¡Conspirais contra el rey! exclamó el príncipe fijando en ellos una mirada tan penetrante como la que tiende la serpiente á su presa.
—¡Esperanza de los creyentes! contestó el astuto Abu-Yshac: es cierto que hemos dejado sin licencia del rey nuestros castillos, y que hemos venido á Granada por ocultos senderos; pero tambien es cierto, que mañana se corren en Bib-Rambla toros y cañas en celebridad de la jura y proclamacion de tu hermano Mohamet, y hemos creido que debiamos aventurar algo para alcanzar una fiesta tan magnífica, y por añadir á la khotba pública[23] en la gran mezquita al nombre del magnífico rey Al-Hhamar, nuestro dueño, el del príncipe Mohamet, su sucesor y partícipe en el mando.
El viejo walí sorprendió una ligera indicacion de impaciencia en el rostro del príncipe, cuyas manos apretaron con más fuerza el venablo y la empuñadura del alfanje.
—Y sin duda, dijo Juzef con sarcasmo, deseosos de rendir ese justo homenaje á mi amado hermano, velais, cuando ya ha dejado oir su primer canto el gallo, para ser unos de los primeros que pidan por él al Altísimo en la azalá de azzohbi.
—Dios lee en los corazones, exclamó impetuosamente el ceñudo walí de Guadix, Abul-Hassan, y sabe cuál es la causa que tiene de pié á nuestro amado príncipe cuando están en la mitad de su curso las estrellas.
—¡Por los siete durmientes! exclamó Juzef, eres harto malicioso Abul-Hassan. Y por cierto que no debe ser muy grato á Allah el motivo que me desvela, añadió haciendo gala de su impiedad en una larga carcajada.
El respeto ató la lengua de los tres walíes, que no se atrevieron á aventurar una pregunta, por más que los inquietase sobre manera el lenguaje misterioso del príncipe.
—¡Por Salomon! continuó este, ¿creereis mis valientes alcaides, y el príncipe dió una intencion marcada á estas palabras, que Juzef-ben-A'bd alá, el hijo de Aben-Nazar el vencedor, su querido leoncillo, como le llama cuando besa sus mejillas, ha huido como un perro vagabundo de los guardas de la ciudad?
—¡Oh poderoso señor! exclamó hablando por primera vez el walí de Málaga Abu-Abdalá, y ¿quién se ha atrevido á insultar al real mancebo esperanza de los buenos creyentes?
—¿Quereis venir conmigo á castigar á esos miserables? preguntó el príncipe mirando fijamente á los tres africanos.
No habia medio de negarse, á pesar de que una inquietud mortal hacia temblar sus corazones.
—¿Y dónde hemos de ir, luz del cielo? preguntó dominándose Abu-Yshac.
—A la plaza de Bib-Al-bolut, contestó el príncipe; á la casa del judío Absalon. Quiero que me acompañeis, porque he encontrado un caballo en su soportal, y me pesaria escapase el dueño que sin duda está dentro.
—¿Este es un negocio de amor? dijo Abu-Abdalá; ¡por Mahoma! si te has enamorado de Betsabé, huye de ella como huirias de Satanás, príncipe mio.
—¿Y cómo huirias tú de ella, mi prudente walí? repuso con punzante ironía Juzef.
La sangre subió á las mejillas del walí; y su mano oculta entre los pliegues del alquicel, buscó entre su faja el puñal.
—El caballo que has visto en su puerta, dijo Abu-Yshac procurando distraer al príncipe, es mio, magnífico señor, y nada tienes que temer.
—Valientes caballeros, contestó el jóven, junto á vosotros desafío los ejércitos de Castilla y de Leon. Venid, pues; procuraré distraeros de manera que esteis dispuestos cuando el muecin suba al alminar para llamar á los fieles á la azalá de azzohbi.
Tras esto salió del aposento, y los tres walíes le siguieron mirándose recelosos.
El príncipe llegó á la puerta exterior.
—Makssan, dijo en voz baja al negro que habia abierto á Abu-Yshac, haz que se armen treinta arqueros de la guardia negra, y que me sigan descalzos sin dejarse sentir de los walíes.
Estos aparecieron entonces, despues de haber conferenciado á su vez antes de unirse al príncipe, que al verlos dió á Makssan algunas órdenes insignificantes en voz alta, saliendo despues seguido de los walíes, que temblaban al ver la imprudencia con que Juzef reia y cantaba al pasar junto á los guardas de Hins-al-Roman. Pero sea que estos descuidasen la vigilancia, sea que estuviesen prevenidos, los rondadores llegaron salvos á la plaza de Bib-Al-bolut.
III.
El príncipe se detuvo en el soportal de la casa donde Abu-Yshac habia dejado su caballo, y llamó á una ventana baja. Oyéronse tardos pasos en el interior, y la puerta se abrió. Un viejo cubierto con una hopalanda negra, de aspecto humilde hasta la bajeza, de blanca barba y lacios cabellos canos, sobre los que se ceñia un gorro amarillo, apareció llevando en la diestra un haz de gruesas llaves, y en la siniestra una lámpara, cuya luz lanzaba trémulos reflejos.
—¿Quién eres? preguntó á Juzef.
—Soy el que será, contestó con intencion el príncipe.
—¿Y quiénes son esos que te acompañan? insistió el viejo posando una mirada recelosa en los tres walíes.
—Son los que me ayudarán á ser, repuso en voz baja el jóven.
—El Señor de Abraham sea contigo y con los tuyos, dijo el viejo franqueando la puerta á los tres africanos que entraron á una indicacion del príncipe.
El dueño de la casa cerró, conduciendo á sus visitantes á un reducido aposento, cuya miseria contrastaba enérgicamente con la belleza de las casas de Bibal-bolut.
Las paredes estaban cubiertas por altos armarios forrados de hierro, que habia enmohecido la humedad de un pavimento mal cubierto por una rota y manchada estera de palma; negras telas de araña festoneaban el techo sustentado por vigas corroidas, y una fuerte reja, que correspondia á un patio oscuro, y ante la cual habia una mugrienta mesa, se dejaba ver en la parte del aposento desprovista de armarios.
El mueblaje se reducia á un taburete forrado de grasienta baqueta. El príncipe fué á sentarse en él, pero le detuvo el dueño de la casa.
—Espera, le dijo este, el águila no debe manchar su régio plumaje en el nido del buho.
Tras esta observacion, el viejo abrió uno de los armarios, y sacó un rollo de tela que brilló deslumbrante, herida por la opaca luz de la lámpara, y cortó de ella un pedazo con el cual cubrió hasta el suelo el viejo taburete; despues tendió delante una piel; la tela era brocado de oro sembrado de rubíes; la piel de leopardo, cuya cabeza mostraba aún los ojos inyectados de sangre y los afilados y blancos dientes.
—Muy espléndido estás, Absalon, observó el príncipe: este es un trono.
—O un tajo, contestó sombriamente el judío.
—Sea lo que quiera; ¿pero no tendrás otros tres asientos para mis tres valientes compañeros?
Los tres walíes se habian detenido en la puerta, y á más de estar envueltos en la sombra, se habian cubierto la cabeza con los capuces de sus alquiceles.
—¿Acaso el siervo se sienta al par de su señor? dijo el judío contestando á la pregunta del príncipe: el perro ha nacido para arrastrarse á los piés de quien puede zurrarle con su azote.