NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

Las reglas ortográficas del castellano cuando esta obra fue publicada por primera vez eran diferentes a las existentes cuando se realizó la transcripción.

Por ejemplo "vió", "fué", "dió", en esa época se escribían con acento ortográfico, mientras que vocablos que actualmente llevan acento ortográfico, como "reír" y "oír", cuando la obra fue publicada no lo llevaban.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de ortografía vigentes al momento de la publicación de la obra. Sólo errores evidentes de ortografía, impresión y/o puntuación, han sido corregidos.

La cubierta del libro fue modificada por el Transcriptor y ha sido puesta en el dominio público.

El Índice de capítulos ha sido agregado por el Transcriptor.


MANUEL GÁLVEZ

NACHA REGULES

NOVELA

EDITORIAL PAX

BUENOS AIRES
1919

DEDICO ESTE LIBRO

A LAS MUJERES DE CORAZÓN,
PARA QUE NO IGNOREN CÓMO ES DE TRISTE LA VIDA
DE SUS HERMANAS QUE CAYERON,
Y LES TENGAN PIEDAD Y LES OFREZCAN SUS MANOS
PARA LEVANTARLAS DEL TERRIBLE ABISMO.

ÍNDICE DE CAPÍTULOS

CAPÍTULO Pág
I [7]
II [22]
III [33]
IV [47]
V [58]
VI [74]
VII [92]
VIII [107]
IX [118]
X [132]
XI [147]
XII [159]
XIII [169]
XIV [186]
XV [202]
XVI [215]
XVII [226]
XVIII [239]
XIX [251]
XX [264]
XXI [277]
XXII [287]
XXIII [302]
XXIV [313]
EPÍLOGO [321]

I

Noche de Agosto. Buenos Aires ardía en millones de luces, deliraba en fiestas jubilosas, se exaltaba en la fiebre de su adolescente energía. En Mayo comenzaron las fiestas. Vinieron millares de gentes desde todos los rincones del país, desde las repúblicas vecinas. Y aun desde Europa vinieron.

Durante los grandes días, el gentío, en procesión monstruosa y lenta, cubrió el asfalto de las calles centrales. El pasar de las gentes era infinito; las calles y las casas parecían moverse. Al atardecer, cuando la multitud se espesaba, las calles producían la sensación de algo que se iba hinchando. Por las noches, cuarenta teatros e innumerables cines y conciertos apretaban, en sus salas, desbordantes trozos de muchedumbre.

En los cabarets se codeaban el ruidoso libertinaje y la curiosidad. El cabaret porteño—sólo el nombre de común, con el de París—, es un baile público: una sala, mesas donde beber y una orquesta. Jóvenes de las altas clases, sus queridas, curiosos y algunas muchachas "de la vida" que acuden solas, son los clientes del cabaret. El tango, danza allí casi exclusiva, y la orquesta típica—compadritos y mulatillos en su mayoría—, instalan entre el champaña y los smokings el alma del arrabal. Los músicos cantan ciertos tangos, gritan, golpean sobre las maderas de los instrumentos, gesticulan. Las siluetas de los danzantes se tuercen, se enredan, se paralizan. Y el bandoneón, con sus notas bajas y oscuras, subraya los tangos de largas sombras dolorosas.

Pero no todo en el cabaret es danza. Algunas noches el escándalo corta de golpe el baile, de un cabo al otro de la sala, como un vibrante y enorme tajo. Una terca mirada a la mujer de otro, un violento choque de parejas o una sospecha de burlas, hacen hinchar las bocas de amenazas y zigzaguear los revólveres. La "patota", protagonista usual de estas escenas, es un grupo de jóvenes malcriados. Su placer más fuerte consiste en molestar, insultar, agredir con los puños o con armas, trastornar en gresca tabernaria las reuniones pacíficas. Indignarse contra los patoteros o querer repulsar sus agresiones, es ofrecerse al brazo habituado o a la bala certera, que surgirán a traición, canallescamente.

Aquella noche de Agosto, en uno de estos cabarets, atestado de gente, se bailaba con frenesí. Dijérase que una gigantesca mano invisible, desde lo alto de la sala, revolvía las parejas insaciablemente. Todas las mesas, ocupadas. Las botellas de champaña sacaban sus cuellos aristocráticos de la prisión glacial que las ahogaba. Bajo las luces, los colores de las toalés femeninas se exacerbaban; y las carnes, que los pródigos escotes mostraban, aparecían relucientes, vibrantes y doradas. Tangos y más tangos. Dibujábanse, con rapidez cinematográfica y en mezcolanza fortuita, actitudes elegantes e involuntarias caricaturas. Los músicos, agitándose, gritaban "¿Qué me batís?", y otras frases de malevos. Una pareja de tanguistas emergió del conjunto entre aplausos. Súbitamente, el bloque movible se abrió redondamente en su centro, y allí, rodeada por el brocal de los rostros, por las palabras admirativas y pintorescas y por los aplausos, la pareja se contorsionó y se rehizo hasta el infinito, en matices minuciosos, bajo la turbia ansia sensual de un tango ardiente, que el bandoneón aplacaba con el dolor de sus sombras.

Cuando esto cesó, muchos ojos se amontonaron sobre un hombre extraño, solitario en una mesita. Era extraño a fuerza de tristeza y preocupación. Era extraño, por su absoluta indiferencia hacia todo lo que le rodeaba. Vestía de negro, con elegancia y severidad. Su rostro era magnéticamente atrayente. Se sentía que ese hombre tenía un alma. Y que esa alma sufría. Por sus facciones se diluía una expresión atormentada.

Fuera de su propia preocupación, sólo le acompañaba, en aquella su soledad, el mirar disimulado de una lindísima muchacha que, con varias personas, ocupaba una mesa próxima. Aquel hombre no estaba en el cabaret. Sus ojos, cuando no eran para la vecina, ascendían a lejanos mundos. Iban sin duda a buscar cosas muy distantes, para llenar con algo la soledad de su alma o para dárselas a aquella mujercita en la punta de una mirada.

Los individuos en cuya compañía estaba ella, formaban una patota. Eran cinco y tenían en su mesa tres mujeres. No pertenecían aquellos sujetos a la sociedad aristocrática, pero eran lo que se llama en Buenos Aires "gente bien". Sus apellidos tenían representantes en la política y en los negocios y salían con frecuencia en las crónicas sociales de los diarios. Personalmente, no eran ellos distinguidos. Hablaban a gritos, reían a carcajadas, usaban términos compadrones, bailaban exagerando los hombros, ostentaban su champaña y llevaban, en pleno invierno, trajes claros y corbatas llamativas. Unos "guarangos" típicos, pues.

La muchacha que había impresionado al hombre solitario estaba triste. Una dulce melancolía circulaba por su rostro alargado, por sus ojos ardientes y oscuros, por su boca, quizás un poco grande. Y todo en ella completaba el melancólico atractivo de su persona: el enorme sombrero, que le daba un aire ingenuo; la elegancia, un poco al desgaire, de su vestir; la actitud de abandono y nonchalance de sus largos brazos, flacos pero bien modelados, y cubiertos hasta más allá del codo por guantes blancos; su escote, que hacía resaltar el dorado desvanecido de la piel; sus cabellos de un color rubio amortiguado, que le caían en guedejas formando un lindo marco a la tristeza de su rostro. El hombre advirtió que ella se esforzaba inútilmente en alegrarse y reir con sus compañeros. La tristeza se había entercado en su persona, y a su voluntad le faltaba fuerzas para alejarla. Hubo un momento en que la tristeza aumentó hasta desbordar. Entonces sus compañeros lo notaron. Uno de ellos, en quien ya el vino operaba, gritó:

—¿Pero qué te pasa, ché? ¡Avisá si te está por dar el cólera!

Era un individuo desgarbado y feo, chato, movedizo, chillón, gesticulante. Llamábanle el Pato. Sus amigos festejaron la gracia con risotadas. La muchacha intentó una sonrisa. Y por la ventana de esa sonrisa, el hombre solitario vió el pozo interior del sufrimiento de aquella criatura. Y su rostro se contrajo ligeramente.

—Metéle champán, no más, que es bueno pal dolor de barriga—continuó el Pato, alentado por el éxito.

—No hagás caso, Nacha—dijo una de las mujeres, fríamente, como por obligación.

Nuevas risas en el grupo y aun en las mesas próximas. La muchacha, avergonzada, miraba con desconfianza y miedo hacia todas partes. Cuando sus ojos se encontraron con los del hombre solitario, aumentó su vergüenza.

La orquesta concluyó un tango. En la quietud que siguió, los patoteros se burlaron de Nacha. Uno, que parecía el amante, incitaba a los demás. Las mujeres se afiliaban hipócritamente a aquella bajeza. Casi todo el cabaret llegó a tomar parte en la burla. En cierto momento, Nacha, que ya no podía soportar aquello, se llevó las manos a la cara. Entonces el Pato gimió grotescamente:

—¡Ay, ay, ay!—, mientras algunos espectadores dislocaban sus hocicos en un escándalo de carcajadas exageradas, o coreaban al llorón:—¡Ay, ay, ay!

—¡Me estás poniendo en ridículo!—exclamó el amante, dirigiéndose a Nacha y agregando una palabrota.

Y otra vez, en la orquesta, un tanto. Las notas lánguidas, los ritmos cojeantes, el espeso abejeo del bandoneón, desalojaron a los gemidos y a las risas. Ya las parejas se hamacaban, o se deslizaban con los cuerpos rígidos y los rostros graves. El dueño de Nacha se levantó para bailar con ella. La infeliz resistía, y él, tomándola de los brazos con violencia, la plantó en medio de la sala.

—¡Dejáme! No puedo bailar...

—¡Vas a bailar, te digo! ¡...ciendo papelones!

—Mirá que no puedo, por favor...

Pero el sujeto ya la había tomado de la cintura y entraba con ella en la rítmica agitación. El hombre solitario se había estremecido al ver aquella brutalidad. Dentro de él una lucha se agrandaba. Muchos pares de ojos, convergiendo en este hombre, pregustaban inquietamente un drama.

Nacha, sin ánimos para bailar, no tardó en desasirse y en volver a la mesa, que estaba sola, pues sus compañeros danzaban. El sujeto, sonriendo de rabia, se sentó a su lado, la injurió y la amenazó. Hablaba adelantando la mandíbula inferior, apretando los dientes y haciendo con los labios contorsiones de enojo y de desprecio.

—¡Me la vas a pagar esta noche!—se le oyó mascullar una vez, mientras la sacudía de un brazo.

El hombre solitario examinaba a aquel sujeto alto y corpulento, cariancho, afeitado, con una cicatriz en la barba, de grandes espaldas, de piel oscura, de ojos chicos, duros y algo indígenas y de modales autoritarios y antipáticos. Gran perla en su corbata-plastrón, polainas blancas sobre los botines de charol y enormes anillos en los dedos. Individuo de ésos que abundan entre la gente porteña. Rastacueros, exhiben sus pesos y sus mujeres. Viven maritalmente con alguna muchacha bonita, pues si no lo hicieran así, si no tuvieran "hembra", se sentirían sin prestigio. Pasan las noches en los teatros y cabarets con otros amigos y sus queridas. Beben champaña, hacen ruido, molestan, hablan a gritos, "titean" a algún "candidato" ocasional. Son rumbosos, agresivos, audaces. ¡Cuidado del que mire a sus mujeres! ¡Cuidado del que detenga en ellos los ojos! El revólver les abulta el muslo derecho y es habitual apéndice de su mano. A las mujeres las tratan como a bestias de placer, sin delicadeza, ni ternura, ni simpatía humana. Y sin embargo, las mujeres se ligan fuertemente a ellos, tal vez porque los consideran muy machos, porque saben lucirlas y porque la violencia del instinto es tan grande en ellos que les hace inagotables en el amor. Algunos de estos hombres tienen título de abogado, o llevan un apellido notorio. Son todos carreristas y jugadores. Viajaron por Europa, injuriando, con su arrogancia y su rastacuerismo, a las gentes civilizadas. En París iban siempre acompañados de prostitutas, y escandalizaban en las tabernas y cabarets para mostrar su gracia y su coraje criollo. Tipos repugnantes, mezcla de bárbaros y civilizados, de compadritos y personas decentes, constituyen la descendencia urbana del gaucho Juan Moreira. ¡Seres sin escrúpulos, sin moral, sin disciplina, sin más ley que su capricho y su placer!

Mientras tanto, Nacha, con las manos en el rostro, lloraba. El patotero se enfurecía, levantaba la voz, y la amenazaba cada vez con mayor enojo. La llamaba histérica, farsante, ridícula; y decía que todo lo aguantaba, menos los lloriqueos y los papelones. En el hombre solitario se iba desdibujando la inmovilidad de su silueta. Sin duda ya no podía soportar tanta maldad.

La fina espada del violín degolló el tango que agonizaba. Los patoteros y sus mujeres retornaron a la mesa. El llorón, ante las lágrimas de la víctima, volvió a sus ayes gemebundos. De pie, con los puños sobre los ojos y en la actitud de un pelele estúpido, berreaba grotescamente. La bulla explotaba en todos los lugares del cabaret. Cada átomo del cabaret reía. La víctima terminó por habituarse al espectáculo, y las lágrimas, en vez de subir a los ojos, fueron cayendo muy adentro. Y hasta fingió indiferencia, levantando los hombros y haciendo con los labios un desdeñoso gesto. Pero aquél que la miraba leyó en sus ojos, todavía enrojecidos, la confesión de un hondo sufrimiento.

Cuando el nuevo tango aplastó bajo sus pies innumerables la farsa innoble, otro de los patoteros, un muchachón flaco y alto, de cintura entallada femeninamente, quiso bailar con Nacha.

—Ya he dicho que no quiero...

—¿Qué?—exclamó el amante, abalanzándose sobre elle y agarrándola de los brazos, resuelto a levantarla.

—Por favor, no puedo, no puedo...

—¡Qué no puedo, ni no puedo!

La lucha duró un segundo. El hombre triunfó. Arrancándola de la silla, la sacó del sitio y la empujó hacia el centro de la sala, para que su amigo la tomara y bailara. Pero el perverso lo hizo con tal fuerza, que la arrojó al suelo.

En el mismo instante ocurrió algo inaudito. El hombre solitario, que al comenzar la lucha se había puesto de pie, avanzaba ahora. Avanzaba serenamente hacia el brutal sujeto. Estupor. Sensación. Por entre la masa de los espectadores culebreó un temblor de inquietud. Un anillo de siluetas ansiosas encerró a los protagonistas. Cortóse el tango. Sobró un gemido del bandoneón, que entristeció de negruras el ambiente.

—¿Qué hay?—escupió el patotero al rostro del intruso, mientras en sus ojos con algo de indio, y ahora más achicados y endurecidos que nunca, surgía una chispa de odio bárbaro, de maldad primitiva y ancestral.

Asombraba la impavidez del intruso. Frente al victimario de Nacha, permanecía sereno, casi indiferente. Apenas si un lacónico tic de los labios y un temblor en las manos denunciaba su indignación. Mirando fijamente a su interlocutor, dijo con firmeza y lentitud:

—Exijo que no maltrate a esa mujer.

Nadie supo si esto era inconsciencia o coraje. De regular estatura y más bien delgado, parecía que debiese ser devorado por aquel hombrón semibárbaro que era el patotero, y por sus cuatro compinches que, en ley de patota, le acometerían a golpes o a balazos. La estupefacción de los cinco hombres, sorprendidos de que uno solo se atreviese con ellos, había paralizado sus movimientos.

—¿Qué dice?—preguntó el patotero, como si no hubiese oído bien.

—Que le exijo...

Un súbito y unánime ataque de los cuatro patoteros guillotinó su frase. Simultáneamente removióse la concurrencia. Rodó alguna silla. Unos contra otros, aplastáronse muchos cuerpos sobre la estrecha puerta de salida.

—¡Apártense! ¡Nadie toque a ese hombre!—rugió despóticamente el dueño de Nacha.

Garras ansiosas y puños vibrantes quedaron en el aire. Luego el mandón, como sus amigos permanecieran junto al intruso con su asombro y sus deseos agresivos, los impelió uno a uno, hacia la mesa. Después se encaró con los espectadores. Sin duda tuvo intenciones provocativas, pero viendo allí una multitud, se limitó a decir:

—¡... pasao nada, señores! ¡A bailar!

Y dirigiéndose a la orquesta, gritó:

—¡Siga la música! ¡Tango!

La orquesta, que se había deshecho ante el escándalo, se rehizo instantáneamente. Recogida en sí misma unos segundos, empujó con presteza un tango al medio de la sala. Y la gente, parte por temor al mandón y a su patota, y parte queriendo olvidar un incidente que era lógico terminara a balazos, bailó en seguida. Pasado el peligro, a todos convenía suprimirlo para que no volviese.

Mientras tanto, los dos hombres, de pie, hablaban.

—No me conoce usted—dijo el sujeto, sobando sus anillos, como para entretener las manos rencorosas que, estremecidas, ansiaban dar el salto.—Pero yo lo conozco. Usted es el doctor Fernando Monsalvat. Y bueno, señor Monsalvat; voy a darle un consejo, ¿sabe? No se meta con nosotros, y váyase. Inmediatamente, sin chistar. Usted es más viejo que yo, tendrá más o menos cuarenta años; yo tengo treinta y soy más fuerte y estoy acostumbrado a estas cosas. Además, ahí están mis compañeros, saliéndose de la vaina, como quien dice. Váyase a su casa y no se exponga. Y si le doy este buen consejo, es porque tengo razones para dárselo.

Los patoteros se preguntaban con los ojos quién sería aquel hombre. Se preguntaban qué razones tendría su amigo para impedir que le rompiesen el alma. La muchacha, sentada, no quitaba los ojos de su defensor. La orquesta tocaba un tango sollozante, cortado de silencios, lúgubre a veces por el grueso esfumino del bandoneón. Innúmeras parejas bailaban, abrochadas las mujeres a los hombres. Monsalvat había oído con indiferencia a su interlocutor. Y replicó, sereno:

—Nada sé de su consejo. Lo que quiero es que no maltrate a esa infeliz.

—¿Qué...? ¿Infeliz?

Retrocedió fulminantemente, como en impulso de ataque. Sus ojos picotearon con rapidez a su alrededor. Una mano buscó el revólver. Pero la tranquilidad de Monsalvat le detuvo. Perplejo, azorado, creyóse un poco en ridículo. Aquel hombre ni le provocaba, ni le temía. Vió que la gente, aun sus amigos, no advirtieron su actitud, y decidió suavizarse. Se calmó otra vez. Pasaron dos o tres minutos. Monsalvat seguía allí, fuerte en su silencio y en su serenidad. De su alma surgían efluvios misteriosos que comenzaban a penetrar en el espíritu de su enemigo. Iba éste desconcertándose. Abandonó su aire bravucón y dijo, riendo falsamente, en tono despreciativo:

—No lo toco porque le tengo miedo, ¿sabe? Usted parece muy tigre. Y me da lástima por mis compañeros. No quisiera que se los comiese vivos...

Calló, comprendiendo la miseria de sus palabras y su inoportunidad. Fastidióse contra sí mismo. Luego se acercó más a su interlocutor, y colocándole una mano sobre el hombro, le dijo:

—Mire, señor Monsalvat... Agradezca que... Bueno, no se lo digo... Agradezca que soy quien soy. Pero para que vea su equivocación al juzgarme, va a hablar con ella ahora mismo. Puede preguntarle lo que quiera.

Se apartó y trajo a la muchacha. La presentó. Ella, aterrada, pálida, sonreía absurdamente. Sin duda imaginaba algo malo, perentorio, fatal. Sus ojos, temblorosos, se anidaron por un instante en la mirada vasta y profunda de Monsalvat. Pero la voz del dueño los arrancó de aquel refugio.

—Este señor,—profirió el patotero—me cree un asesino. Más o menos. Bueno... Decíle si estás contenta o no con tu suerte. Decíle la verdad. ¿De qué tenés miedo?

Monsalvat miraba a Nacha con encanto y tristeza. Pero apenas la veía. Sus ojos, empapados de una piedad dolorosa, habían rehecho la verdadera imagen de aquella muchacha de la vida. Ella no se atrevía a mirarle y levantaba la vista hacia su hombre. A Monsalvat parecía no interesarle aquel interrogatorio, cuyo resultado adivinaba.

—Respondé: ¿no estás contenta?

—Sí, sí estoy contenta—dijo ella, con voz apenas perceptible.

—¿Y por qué? Porque vivís tranquila, tenés casa... ¿No es así?

Nacha comprendió que era necesario hablar, declararse satisfecha. De otro modo, el enojo del patotero contra el intruso rebotaría hacia ella. Y se soltó a hablar, a borbollones, casi incoherente.

—Sí, estoy contenta. ¿Cómo no estarlo? Tengo una casa, vivo feliz... Ya no ando de aquí para allá, rodando, como antes. En mi casa hay lujo, gasto la plata que quiero. Tengo dos sirvientas. ¿Qué más puedo decir? Ahora sé lo que es la tranquilidad, después de tanto sufrir... Después de...

Y continuó, ya lanzada. Hablaba como en el vacío, sin dirigirse a nadie. Hablaba para ella misma, para distraerse con sus propias palabras. No para Monsalvat. Ella deseaba que Monsalvat no la oyese. Parecía una sonámbula. ¡Era un hablar, un hablar...! Monsalvat no la escuchaba. La miraba, y nada más. Bastábale sentir a su lado toda su dulzura. Bastábale la suavidad, el temblor de sus palabras y la melancolía de sus ojos. El tango les daba a las palabras y a los ojos una ardiente tristeza. El bandoneón los ennegrecía con el humo de su desoladora amargura. Y hasta el dueño de Nacha parecía sensible a la influencia letárgica y adormecedora de aquella música.

—Bueno, basta—interrumpió el patotero.—¿Ha visto? ¿Se ha convencido? ¿No le dije que estaba haciendo un papelón?

Luego, echándose hacia atrás, soltó una carcajada llena de altanería. Había cesado el tango y su influjo sobre las almas y las cosas. Había recobrado el sujeto su personalidad. Dirigiéndose a su querida, la empujó hacia sus compañeros. Sentados a la mesa, ellos esperaban la conclusión de la escena.

—Y ahora, váyase de aquí en seguida. Pero antes, quiero decirle quién soy. Le interesa, amigo. No se vaya. Podemos otra vez encontrarnos y... Míreme bien...

El individuo se puso serio. Su mano derecha apartó el smoking y buscó la cintura. Luego dijo, en voz baja y grave:

—Soy Dalmacio Arnedo, el Pampa Arnedo, como me dicen.

Monsalvat se estremeció. Sus facciones se convulsionaron. Instintivamente alzó una mano, pero en seguida la dejó caer. Los patoteros se arrojaron sobre él. Al mismo tiempo, alguien gritó:

—¡La policía!

El cabaret hirvió en agitados remolinos. Luego, fué una calma inquieta, una paz que se improvisó para los ojos turbios de la autoridad.

Desde un principio, se había formado entre los espectadores un partido en favor de Monsalvat. Su actitud frente a la patota le dió enormes simpatías. Algunos comprendieron la fuerza de este hombre. La situación de la muchacha infundió lástima, si bien nadie se sentía con ánimos para salir en su defensa. Dos o tres personas, entre las más apiadadas o prudentes, habían llamado a la policía, para que se instalara allí, en previsión de un escándalo.

Los patoteros, al grito de alarma, volvieron súbitamente a sus lugares. Monsalvat, mirando al individuo, masculló un "¡canalla!". Arnedo, desde su mesa, le contemplaba con sonrisa maligna, mientras sus amigos, sentados, hacían ruidos con la boca y se retorcían y brincaban, simulando una desaforada alegría. Nacha miraba a su defensor con lástima. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué quería de ella? La policía comprobó, en rápida ojeada, que el orden "no había sido alterado". Y se fué en seguida, solemne de prudencia, satisfecha de aquel inseguro remiendo de paz que su presencia había hilvanado en el cabaret. Monsalvat volvió a su mesa y pagó el gasto. El Pato comenzó a cantar, con la música de una zarzuelita en boga:

—¡Ya se va, ya se va, ya se va!

Los demás patoteros, y aun algunos neutrales, corearon. Monsalvat, al levantarse, vió que la muchacha también cantaba y reía. Se detuvo un instante como para arrojarle una mirada de reproche. Dos lágrimas asomaron a sus ojos. Y silenciosamente, sin apresurarse, salió del cabaret, mientras el llorón volvía a su primer estribillo:

—¡Ay, ay, ay! ¡Ay, ay, ay!

II

Fernando Monsalvat encontrábase en una encrucijada de su vida. Hasta entonces—y tenía cerca de cuarenta años—, nunca vaciló en su camino. Pero ahora parecía que todo hubiese cambiado en él y que una transformación fundamental estaba operándose en su alma. Había vivido toda su vida sin juzgar el mundo de que formaba parte. Había sido un hombre más o menos feliz. Pero desde hacía algunos meses miraba todas las cosas con espíritu crítico y se consideraba desgraciado.

Era hijo natural. Su padre perteneció a una familia aristocrática y poseyó muchos millones. Había muerto repentinamente, sin testar, cinco años atrás. Su madre, hija de unos franceses que tenían un pequeño comercio, había sido seducida a los diez y ocho años. Su padre, como el chico era inteligente y distinguido, y su descendencia legítima formábanla sólo mujeres, le dió una buena educación. A fin de que no viviese con la madre, mujer inconsciente e ignorante, llena de ideas absurdas, internó a su hijo en un colegio. Sólo en las vacaciones veía el niño a la madre. Fernando recordaba las visitas de su padre a la casa, las discusiones con su madre, los consejos que a él le daba. Una vez le llevó a una de sus estancias cerca de Buenos Aires, una propiedad inmensa como un estado, con bosques maravillosos, con una casa que era un magnífico palacio, y con galpones repletos de toros gigantescos y lanudas ovejas. Pero más que todo, recordaba cómo su padre le llevaba casi a escondidas, y cómo no había contestado claramente cuando un amigo, en el tren, preguntó quién era el muchachito. Más tarde, en el colegio, aprendió su situación por algunos chicos que conocían a la familia legítima de su padre. Desde entonces comenzaron sus primeras timideces y vergüenzas a causa de su condición, y esto influyó en su vida poderosamente.

Cuando salió del colegio entró a estudiar Derecho. Fué un alumno excelente, y desde antes de recibirse ingresó en un famoso estudio de abogado. Socio más tarde del abogado, ganó dinero y algún prestigio. Pero por una cuestión de conciencia abandonó el estudio y se fué a Europa, donde permaneció dos años. Al regreso, teniendo treinta y dos y no deseando continuar en la profesión, obtuvo un consulado para una ciudad de Italia. Hacía seis meses que había vuelto, después de siete años de ausencia, ahora para quedarse en el país.

La madre de Fernando vivía aún. Enferma y envejecida, parecía achacosa, pero no pasaba de los sesenta años. Su hijo la veía poco. Ocupaba ella, en la compañía de una sirvienta mulata, casi una negra, un departamento bastante pobre, en una casa de varios pisos, frente al parque Lezama. Fernando tenía también una hermana.

Fernando Monsalvat había vivido como cualquier hombre decente de su condición social. Trabajó en el estudio de abogado con gran tenacidad, y como cónsul se desempeñó notablemente. Desde niño tuvo afición a los libros. Se había dedicado a la sociología; de cuando en cuando publicaba algún artículo. Sus opiniones eran tenidas en cuenta y se las comentaba en ciertos círculos intelectuales. Hombre mundano, a pesar de su timidez y su desconfianza, frecuentó los clubs en Buenos Aires, los grandes teatros, las carreras. A bailes asistió poco, pues, sin duda por ser hijo natural, no le invitaban en todas partes. Cuando estudiante vivió de una buena pensión que le pasaba su padre. Ahora, a la vuelta de Europa, se encontraba sin más recursos que los provenientes de una propiedad que su padre le regalara al recibirse de abogado y que le rentaba trescientos pesos mensuales.

Hasta qué punto la condición de bastardo había influido en su temperamento y en su orientación en la vida, era algo increíble. Cierto que, siendo estudiante en la Facultad, algunos muchachos distinguidos no quisieron ser sus amigos, y que más tarde, en sociedad, fué desdeñado en varias ocasiones. Pero él exageraba hasta el absurdo la realidad de estos desprecios. Si alguien no le saludaba en la calle, al pasar, atribuía el hecho al propósito de ofenderle. Si en un baile una muchacha solicitada por él rehusábase a darle el brazo, alegando tener excesivos compromisos, Monsalvat pensaba: "No quiere mostrarse conmigo porque sabe mi origen". Cuando en los exámenes le clasificaban con una nota inferior a la que creía merecer, no dudaba de que la culpa la tenía su condición de bastardo. Y así en todo. Jamás pasó un día que no tuviese una preocupación de esta índole. No se irritaba contra los demás; al contrario, le parecía natural que, dadas las ideas dominantes, se le tuviese en menos. Pero se sentía humillado, disminuido.

Todas estas cosas le obligaron a aislarse y contribuyeron a afirmar su vocación por el estudio. No tuvo nunca verdaderas amistades. Se consideró solo en la vida; solo espiritualmente, pues relaciones le sobraban. Era un hombre correcto, y, no obstante su frialdad aparente, amable y simpático, aunque con frecuencia se manifestase un poco huraño.

Lo único que varias veces le hizo creerse menos solo, fueron sus aventuras con mujeres. Era en cuanto a mujeres un hombre raro. Al revés de todos los jóvenes de su tiempo, apenas conocía a las muchachas "de la vida". No había entrado sino ocasionalmente en una casa pública. Pero había tenido varias amantes: entre ellas alguna dama de la sociedad distinguida. Tenía el don de agradar a las mujeres: una voz acariciadora, unos ojos profundos. Sabía despertar la compasión; y como nadie ignora, es el deseo de compadecer lo que más pierde a las mujeres. Pero Monsalvat no siempre las buscó: algunas le buscaron a él. En dos o tres casos creyó haberse enamorado; ¡ilusión, y nada más! Tampoco ellas le quisieron apasionadamente: todo era instinto, sensación; modesto amorío, cuando mucho.

En todas las demás cosas de la vida pudo considerársele un modelo y una excepción. Muy caballeresco, muy sencillo, sin antipatías para nadie, bondadoso y servicial, lleno de delicadezas. Jamás debió un centavo, ni aduló a quienes podían darle algo, ni tuvo deslealtades para con sus amigos ni devolvió mal por mal, ni se condujo en caso alguno en forma que no fuese clara y sincera.

Fué, pues, Fernando Monsalvat un hombre útil y honesto. Sin embargo, desde hacía algunos meses consideraba que había vivido mal. Creía haber llevado una existencia egoísta, mediocre, estéril para el bien. Se avergonzaba sobre todo de sus artículos sobre cuestiones morales y sociales, pensados con espíritu de casta, con el criterio individualista, insincero y convencional, que dominaba en la Facultad y obtenía los aplausos de los políticos hábiles y cultos. Se despreciaba por haber seguido la corriente, por haber vivido y pensado como los hombres de su mundo. ¿Qué gran obra de bien había realizado? Vivió para sí, trabajó para ganar dinero, escribió para obtener prestigio y alabanzas. Vivía ahora atormentado secretamente, disgustado de sí mismo, de la sociedad y hasta de la vida.

¿Cómo le había sobrevenido semejante crisis de conciencia? En los espíritus nobles y generosos tales situaciones son naturales: hay momentos en la vida en que hacen examen de su conducta, y entonces abominan del pasado. Pero ¿cuántos cambian de rumbo? Generalmente todo queda en el fondo del alma; y descontentos, pesimistas, tristes, continúan por el mismo camino, viviendo aquella misma vida que odian. Monsalvat sentíase acometido por la necesidad de un ideal y de una obra que rescatase sus treinta y nueve años inútiles. ¿Iba a seguir como antes, su existencia de egoísmo y de complicidad con el mundo?

Pero Monsalvat había llegado a su tragedia interior no naturalmente sino por motivos poderosos.

Dos pequeños hechos de igual índole, ocurridos en París, ennegrecieron el ánimo de Monsalvat. Convencido de que no debía permanecer en su soledad, quiso casarse, para lo cual intentó pretender a una aristocrática muchacha con la que hiciera gran amistad en Roma. Pero apenas la familia y aún la propia interesada vieron las intenciones de Monsalvat, se esfumó toda la simpatía; alguien llegó a insinuarle, tal vez por encargo de la muchacha o de sus padres, que él no podía pretenderla. Luego, en el hotel donde se alojaba, conoció a otra compatriota. Amistad, primero; un poco de flirt, después. Se interesó Monsalvat y hasta creyó haberse enamorado. Definió sus pretensiones, y fué tratado como un insolente, como si con su actitud intentara humillar a la preclara casta. Monsalvat, ante situaciones de esta especie, no sufría por sí mismo, no se avergonzaba de ser lo que era: sufría por la injusticia de los demás.

Monsalvat sentía un profundo disgusto de que fuese su propio sufrimiento lo que le hubiese llevado a abrir los ojos con respecto al mundo de que formaba parte y a su impávida injusticia. Motivos egoístas, llamaba él a sus razones. Pero en realidad no lo eran, pues a él le preocupaba su caso por lo que tenía de general y de humano. Por otra parte, nuestras razones egoístas influyen casi siempre en la realización de las grandes cosas.

Unos seis meses antes de aquella noche del cabaret, Fernando Monsalvat, con su dolor y su desilusión a cuestas, había llegado a Buenos Aires. Al principio se asombraba de juzgar a las gentes y a las instituciones con tan gran rigor. ¿Por qué todo lo veía malo? ¿Pesimismo? Pero luego comprendió que sus juicios severos eran la simple obra del espíritu crítico que había surgido en él. Hasta entonces aceptó las cosas como inmutables. La vida le había ofrecido cuantos goces quiso. Tuvo dinero, fué amado, alcanzó algún prestigio. Nada le importaron ni las imperfecciones, ni las iniquidades del mundo. Demasiado lleno de sus libros, de su vida, de sus placeres, no advirtió los trágicos lamentos subterráneos de los que gemían allá abajo. Vivía en un mundo feliz, en una sociedad sin angustias. Pero ahora se le estrujaba el corazón y, en la soledad de sus días, clamaba inquietamente por tantos años estériles.

Una tarde, la casualidad le hizo comprender hasta qué punto había sido egoísta su vida. El automóvil en que iba se había detenido al doblar una esquina, en la plaza Lavalle. Una multitud avanzaba cantando. Era domingo. Todas las puertas cerradas. La canción avanzaba por en medio de la calle, y también por entre los árboles. Avanzaba irritada, exasperada, tumultuosa. Monsalvat no veía sino las mil bocas frenéticas de aquella canción que le intimidaba y a la vez le atraía, y una bandera roja que parecía el alma de aquella canción. Bajó del automóvil. Y en esto, un clarín brutal desinfló la multitud, como el pinchazo de un puñal en una odre. Sonaron tiros. Los sables policiales, ciegos, enloquecidos de sangre, golpeaban las bocas proletarias que contestaban rabiosamente, dolorosamente, cantando su canción. Pero la violencia de arriba fué más fuerte que la ingenua violencia de la canción. La multitud se derramó por las calles próximas, se deshizo. Los sables buscaron ansiosamente a los que se escondían en los huecos de las puertas cerradas. Los ojos de los que huían volvíanse enormes de espanto. Allí, en la calle, quedaba el crimen, solo, brutal, despótico, monstruoso. Nadie recogía los muertos ni los heridos. Las casas de los bienhallados, de las familias de abolengo, de los burgueses y comerciantes permanecían cerradas, mudas. Monsalvat, enfermo de indignación, con el alma hecha un clamor, creyó advertir en aquello una complicidad horrible.

Su transformación, sin embargo, era puramente interior. Algo había cambiado su vida: no frecuentaba el club, no iba a fiestas, no veía a la mayor parte de sus antiguos amigos. Pero en los seis meses, ¿qué había hecho de positivo? ¿Había descubierto, acaso, su verdadero camino? Estas preguntas le atormentaban sin cesar, y le sumían en largas horas de meditación.

Sólo había resuelto no trabajar como abogado. ¿Para qué necesitaba ganar tanto dinero? ¿Para guardarlo? ¿Para gastarlo en vanidades? Pensó que pudiera darlo. Pero, ¿a quién y cómo? Un amigo, abogado ilustre, que estimaba el saber jurídico de Monsalvat, quiso asociarle a su estudio; pero él no aceptó. Prefería un empleo, y lo pidió al Ministerio de Relaciones Exteriores, donde su preparación, adquirida en siete años de consulado, sería muy útil, y donde se le apreciaba grandemente. El Ministro le prometió un empleo y Monsalvat lo esperaba para aquellos días.

Mientras tanto, vagaba por las calles, triste y distraído. Huyendo de sus relaciones y de las fiestas del Centenario, gustaba recorrer los barrios pobres, los arrabales. A veces, en algunos festejos populares, se metió entre la multitud. Oyó las conversaciones de la gente y habló con varios hombres y mujeres. Se sorprendía de encontrarse tan bien entre ellos. Se sentía pueblo. Y era en efecto pueblo, por su madre, hija de obreros que llegaron a pequeños comerciantes. Un día fué a ver aquella casa,—un pequeño conventillo—de cuya renta vivía. Se indignó contra el encargado. Aquello era un antro inmundo e inhabitable donde se hacinaban unas quince familias de desgraciados trabajadores. ¿Cómo nunca se le ocurrió verlo? preguntábase, disgustado contra sí mismo. Pero luego recordó que lo había visitado varias veces, antes de su segundo viaje a Europa. Sólo que entonces aquella miseria le parecía cosa natural y hasta excelente. ¿No eran acaso situaciones como aquéllas las que despertaban las ambiciones de los obreros y los llevaban a trabajar con heroísmo y a enriquecerse por la fuerza de su voluntad? ¿No eran esas situaciones el primer escalón de la fortuna, en este país privilegiado "donde no se hacía rico sólo el que no quería serlo?" Monsalvat recordaba avergonzado sus antiguas ideas del liberalismo económico, de ese inicuo sistema que parecía inventado por los ricos para seguir explotando a los pobres. ¡Ah, sus magníficos artículos de otros años, cuánto daría por no haberlos escrito! Tuvo intenciones de hipotecar el conventillo con el propósito de transformarlo en una casa higiénica.

En sociedad, y sobre todo entre los hombres, el estado de ánimo de Monsalvat fué tomado a la burla Él apenas hablaba de sus ideas y sus preocupaciones, pero su aislamiento y algún artículo reciente en que explotara su sentimiento de protesta, indignando a las gentes distinguidas que le aplaudieron antes, revelaban algo raro en él, que la sociedad comentaba encarnizadamente. Unos decían que estaba loco; otros le consideraban enfermo. Más de una persona seria le miró con miedo, como a un enemigo de las instituciones.

Pero Monsalvat no era enemigo de nadie. Demasiado bueno, los sentimientos de rebeldía no duraban mucho en su corazón; se transformaban, a poco de nacer, en una indecible pena, en una angustia, en un desasosiego físico y moral. Sólo se odiaba a sí mismo, sólo se rebelaba contra sus años egoístas.

¿Qué quería ahora? ¿Qué buscaba? ¿Dónde pensaba hallar su camino? No sabía. No sabía absolutamente nada de lo que pudiera ocurrirle. Sentía a su alrededor un vacío enorme. Una sensación de infinita soledad le acompañaba incesantemente. Horas enteras pasaba meditando en su destino futuro. Su corazón se había sensibilizado de un modo extraño, y todo su ser parecía estar ya pronto para una fundamental transformación de su vida.

Una noche la curiosidad le llevó al cabaret. Ignoraba lo que fuese aquello. Hízole impresión el espectáculo. Los tangos, en la orquesta típica, causáronle una emoción intensa. El cabaret le pareció una nota de color en la aridez inmensa de Buenos Aires. Aquella noche se sintió más solo que nunca. En el cabaret y en los tangos encontraba, no sabía por qué, la misma tristeza profunda que él llevaba en su alma. A veces, cuando el bandoneón surgía como desde un hondo abismo, la música del arrabal, la música aquélla que hacía pensar en crímenes y en paisajes de miseria, le hablaba de desolaciones, de desesperanzas, de la amargura del vivir.

Aquella noche sus ojos encontraron los de Nacha por primera vez. Se miraron sorprendidos, algo azorados, como si se conocieran. La muchacha se había turbado. Bajaba los ojos, enredaba sus dedos unos con otros. Monsalvat permaneció en el cabaret dos horas, insistiendo en aquel flirt. Jamás le atrajeron las mujeres fáciles, cuya ausencia de reserva consideraba nada femenina. ¡Pero aquella criatura tenía tan lindos ojos! Pensó que tal vez ella pudiera amarle. Pensó que su soledad sería menos grande si una mujer le comprendiese. Al salir del cabaret la siguió en un auto. Ella y su amigo entraron en la casa donde seguramente vivían. Monsalvat bajó del coche y esperó un momento, en medio de la calle, bajo la oscuridad de la noche. Ella salió al balcón y permaneció allí un instante, mirando a veces hacia la calle.

Monsalvat retornó al cabaret algunas noches. Pero no la vió. La sensación de su soledad se le hizo aguda. Su inquietud aumentó. Parecíale que el mundo le rechazaba. Le fué más urgente que nunca el encontrar el sentido de su vida.

En esta situación se encontraba Fernando Monsalvat, en los días anteriores a la escena del cabaret.

III

Cuando salió Monsalvat del cabaret era la una. Apenas puso un pie en la vereda, el frío, que esperaba a la puerta como un ladrón, le saltó a la garganta y al rostro. Se abroqueló con el cuello del sobretodo y echó a andar lentamente. Su paso vacilaba un poco, y su mirada, siempre en el suelo, avanzaba por la vereda sin desviarse, como siguiendo un riel. En la primera esquina se detuvo un instante, pensando.

Pasaba gente. Salía de los espectáculos retardados y de los cafés. Tranvías atestados, carruajes, automóviles. La calle,—viviendas familiares, comercios dormidos, estaba pobre de luz. En los puntos más negros, mujeres solitarias y anhelantes esperaban escondidamente el paso de los hombres. Monsalvat siguió una cuadra hacia el sud, por la calle en sombra, hasta que le envolvió el polvillo de oro del barrio luminoso. Las inmensas vidrieras de los cafés exhibían multitud de mesitas y de bustos humanos, bajo una espesa humareda de cigarrillos, ardientes ondas de luz y densas marejadas de tango. En las esquinas de las calles, restos de aglomeraciones se estaban ahí estúpidamente. Mujeres de ojos ágiles, algunas lindas y elegantes, torcían hacia las sombras, encabezando pequeños grupos de hombres, dispersos y disimulados. Bocinas de automóviles, conversaciones en todos los idiomas. El timbre de un tranvía detenido acribillaba la noche, impacientemente, con pinchazos sonoros. Pero a pesar de toda la vida y la luz del barrio, ya no duraban en su integridad ni el ansia de vivir ni la energía de las primeras horas nocturnas. Aquel sobrante vital, que aún se retardaba, apegado a su noche como a un vicio, difundía en la calle una invasora sensación de cansancio.

Monsalvat seguía caminando. Insensible a la vida de aquellas calles luminosas, no veía sino sus propios sufrimientos. Iba cada vez más lentamente, como quien apenas puede andar porque lleva una agobiante carga de sensaciones dolorosas. Quería ordenar estas sensaciones, quería recordarlo y comprenderlo todo; pero no lograba sino exasperar su dolor y aumentar el peso de su carga. Sufría como jamás había sufrido. Hasta el imaginar las mutuas miradas con Nacha le hacía sufrir, pues la veía desgraciada, víctima de su urgencia de vivir y de la ajena perversidad; desleal y mala para con él, que la defendiera. Le hacía sufrir el recordar sus momentos desesperados, cuando se sentía incapaz, cobardemente incapaz de librar a Nacha de los ruines que la humillaban; el recordar sus momentos de dolor al mirar tanta tristeza en un ser humano. Le hacía sufrir el pensar en aquel minuto de angustia, cuando sintió que una cosa desbordante, imperativa, enorme, crecía en su alma y en su corazón, le arrancaba del asiento, le empujaba hacia los miserables que maltrataban a Nacha, y penetraba todo su ser de un coraje desconocido. Y sobre estos dolores multiformes, le hacía sufrir abrumadoramente, destacándose por encima de todos, haciéndolos más intensos y más crueles, ennegreciendo su vida, el recordar que había conocido al hombre que engañó a su hermana, a aquel Dalmacio Arnedo que había tal vez llevado a la depravación a la infeliz Eugenia Monsalvat; el recordar que había soportado su nombre, sus ojos y sus burlas; el recordar su angustia cuando la perdición de Eugenia; y más que nada, el recordar lo poco que hizo por educar a su hermana menor que él, lo poco que hizo por salvarla cuando fué perdida y lo poco que hizo hasta entonces por encontrarla, por arrancarla de la infamia en que tal vez vivía.

Caminaba lentamente, por la calle luminosa, cuando sintió que le tocaban un brazo. Era Amílcar Torres.

—Dos palabras, Monsalvat. Entremos aquí, ¿eh?

Penetraron en un café inmenso. Una orquesta de señoritas, con la sensibilidad lánguida de su valse tzigano, endulzaba las miradas de los hombres y les hacía entreabrir las bocas beatíficamente. Torres y Monsalvat se sentaron.

—Yo fuí quien dió parte a la policía—dijo Torres, marcando sílaba por sílaba, con acento muy expresivo, exageradamente enérgico, y sonriendo luego de pronto, con afectada malicia.

Era médico, y parecía un moro con sus encrespados cabellos negros, sus cejas retintas, sus ojos muy oscuros y adentrados y sus dientes blanquísimos. Llevaba un bigote espeso, de guías cortadas. Sonreía siempre, unas veces con tristeza, otras con ironía, otras con adoptada malevolencia.

Monsalvat no contestó. El médico cambió de postura, colocándose de lado. Montó una de sus largas piernas sobre la otra, de modo que ambas, sobresaliendo del territorio que podían naturalmente ocupar, obstaculizaban el tránsito.

—Y he venido siguiéndolo—dijo, torciendo la cabeza para hablar de frente a Monsalvat,—porque es indispensable que le advierta una cosa. Cuidado con esa gente, ¿eh? ¡Si los conozco! ¡Capaces de asesinarlo! Y he visto que... usted... y la muchacha... ¿eh?

Hizo un gesto señalando sus ojos y los de Monsalvat. Nuevamente había pasado de la expresión enérgica, un poco exaltada, a una expresión sonriente y maliciosa. Y vuelta la cabeza a su posición primera, obligado así a mirar de reojo, agregó:

—No niegue, hombre. ¡Si he visto todo! La muchacha es linda, no hay duda. Pero... cuidado, ¿eh? Lo pueden saquear...

—¿No estará exagerando usted, Torres? A mí me parece que la muchacha no es de ésas que...

—Que... ¿qué?—preguntó el médico, mirando siempre de reojo y sonriendo burlonamente.—No la conoce.

Y en seguida se colocó de frente a Monsalvat. Adoptó un rostro colérico, y con acento misterioso y grave, como quien hace una afirmación transcendental, pronunciando señaladamente cada sílaba, exclamó, mientras levantaba la mano derecha y movía el dedo índice en el aire:

—Por ésa... ¿eh?... ¡se ha hundido más de uno!

Y retornó a su anterior postura cómoda, con aire indiferente y filosófico.

Monsalvat no creía. Los dulces ojos de Nacha negaban esas miserias de que hablaba Torres. Pero, ¿y si fuese verdad? Ansiaba saber, necesitaba saber. Cada segundo que iba pasando, crecía en él una pasión de saber. Sin embargo, no preguntaba nada. Torres le adivinó sus deseos, y, feliz de mostrar su sabiduría en vidas ajenas, habló largamente de Nacha y de su amante.

—Ese Arnedo, el Pampa, como le dicen, es de avería. Tipo de meter bala y falsificar firmas. Se ha escapado raspando, dos veces, de ir a la cárcel por estafador. Y usted ha visto cómo trata a su querida, ¿eh? La tiene dominada. Un tirano. Un salvaje. Pero... le deja un poco de libertad para que... ¿eh?... para que ella enamore a individuos con plata. Después, por medio de ciertas combinaciones... ¿eh?... ¿me comprende?... le sacan a la víctima los pesos que quieren. No se asombre. Estas mujeres...

—¿Cómo se llama ella? ¿Quién es?—interrumpió Monsalvat, disgustado de oir aquellas cosas, temiendo que su amigo continuase refiriendo monstruosidades en las que él no podía creer, no quería creer.

—Su nombre de guerra es Lila, y se llama Ignacia Regules. Nacha Regules le dicen. La madre tenía una pensión de estudiantes, que todavía existe. Yo la conozco a la madre, porque una vez...

—Cuénteme de Nacha, mejor.

—Ah, quiere saber su historia, ¿eh? ¡Cómo le interesa!—dijo el médico socarronamente y gozándose en la curiosidad de su amigo, sonrosado de mostrar tanto interés por una muchacha de la vida.—Le contaré algo de lo que sé. Pero no todo, ¿eh? Lo más interesante lo reservo. Bueno. El caso es que Nacha, en la pensión, se enamoró de un estudiante. Huyó con él de la casa. Una barbaridad, porque allí mismo hubieran podido... ¿eh?... El tipo la usó dos años, creo. Después la abandonó en un estado que... ¿se da cuenta? Nacha fué al hospital. El hijo nació muerto. Al salir del hospital entró ella en una tienda. Quería ser honesta. Pero usted sabe lo que pagan las tiendas, ¿eh? Una miseria. Y hay las multas. Y hay también el gerente que exige... ¿comprende? Total, que con estas cosas y el mal ejemplo de algunas compañeras, acabó por frecuentar ciertas casas donde ganaba diez veces más que en la tienda y con un trabajo... ¿eh?... relativamente fácil y agradable...

Y guiñaba un ojo, mirando a Monsalvat.

—Y usted, ¿cómo sabe esas cosas?

—Ah, eso no se dice...

Nacha había sido amiga de un íntimo de Torres. Una vez que él la atendió como médico, ella le contó su historia. Pero Torres, misterioso, lleno de cábulas, un poco mistificador, gozaba en ocultar sus fuentes informativas. Así creía dar más valor a sus noticias, y saboreaba el placer, para él exquisito, de intrigar a su interlocutor.

Monsalvat no había cesado de remover sus sufrimientos. Miraba a su amigo con fijeza, miraba hacia la orquesta, dejaba a sus ojos recorrer las caras de los desconocidos que le rodeaban. Pero en su lugar veía a su hermana, seducida y abandonada, prostituida tal vez; veía a su madre, llorando su propia ignominia y la de su hija; veía a Nacha Regules, bajo la garra brutal del Pampa Arnedo; se veía a sí mismo feliz, viajando, conquistando bellas mujeres, escribiendo artículos, o en el Club o en una fiesta, mientras Eugenia Monsalvat caía cada vez más abajo, se vendía al primer pasante, y mientras millones de mujeres padecían idéntica miseria; y veía al mundo de los bienhallados, insensibles a la tortura eterna de los de abajo, orgullosos de su dinero, de su fácil virtud, robando a los pobres sus mujeres, comprándoselas, pervirtiéndoselas, y gozando egoístamente de sus placeres, al mismo tiempo que sus hermanos los pobres, hombres como ellos, seres que han de morir como ellos, seres con una alma como la de ellos, sufren tormentos espantosos, bajo los tentáculos de aquellos monstruos apocalípticos que se llaman el Hambre, la Miseria, la Prostitución.

—¿Y después?—exclamó Monsalvat, notando que Torres le observaba, y deseando saber la vida de Nacha, toda la vida de esa mujer que en aquellos momentos imaginaba como un símbolo de las desgraciadas.

—¿Después? Dejó la tienda. ¿Y sabe por qué? ¡Porque quería ser decente! Decente... ¿eh? Se ocupó entonces en trabajos más modestos, no recuerdo cuáles, hasta que fué a dar a un café-concierto como camarera. ¡Fíjese! Decente y camarera... ¿Se da cuenta?

Monsalvat, sombrío de sufrimiento, casi mudo de indignación contra la sociedad, insinuó que tal vez Nacha fuese buena. Su deseo de trabajar y ser honesta demostraba algo en su favor.

—¿Buena? Sí, todas son buenas, casi todas. Se las juzga mal a estas infelices. Yo las conozco, ¿comprende?, y puedo asegurar que tienen corazón. Si hacen maldades es inconscientemente, sin saber... Y sus ideas morales son a veces elevadas. Elevadas, así como lo oye...

Ahora Torres ya no sonreía. Sin duda se habían metido en su espíritu, desalojando su aparente y superficial escepticismo, algunos recuerdos de los innumerables que tenía del mundo de las tristes, algunos recuerdos de bondades, de extrañas lealtades, hasta de heroísmos: oscuros, silenciosos y bellos heroísmos.

Ante los ojos de Monsalvat estaba Nacha. Allí estaba exigiéndole que fuera a salvarla. Y él la salvaría de su vida lamentable, de sus horas futuras y del recuerdo de sus horas pasadas. En su espíritu se instaló el deber de hablar con ella. ¿Cómo la vería? ¿Dónde? ¿Para decirle qué? Lo ignoraba. Pero él la vería, él la salvaría. Y la salvaría no sólo por ella, no sólo porque era un pobre ser humano desgraciado, no sólo porque era linda y se había mirado con él. La salvaría por su hermana, por él. Sí, por él mismo.

—Son simples víctimas estas infelices—agregó Torres.—Nacha me contó una vez que en la tienda, en las fábricas donde trabajó, en las oficinas donde pedía empleo, en todas partes, los hombres la perseguían. Y es que nosotros los hombres... ¿eh?... somos todos, hasta los que parecemos decentes, unos vulgares canallas. ¿No le parece, ché? Y dígame si una mujer que apenas gana para comer, que vive miserablemente, puede resistir a la tentación de un individuo amable, tal vez buenmozo, que le ofrece sacarla del infierno en que vive... No, ellas no tienen la culpa...

Monsalvat, ahora, veía al mundo como un astro siniestro, poblado por seres infames. Todo era negro, horriblemente negro; un abismo de perversas sombras. Él mismo era un criminal. Había seducido, había comprado caricias con recomendaciones y favores. Comprendía que era un canalla, tal vez como aquel vecino, y como el otro y como todos los hombres que allí estaban y como todos los hombres del mundo. Aquella modistilla que sedujo, aquella obrerita que fué su amante, ¿serían también rameras, más o menos disimuladas? ¿Y por culpa suya? ¿Se venderían también? ¿Habrían perdido todo derecho al aprecio del mundo, todo derecho a ser personas, todo derecho a ser compadecidas? ¿Y por culpa suya? Se despreció a sí mismo enormemente, y este desprecio le hizo soportable su dolor.

Mientras tanto, el valse de La viuda alegre flotaba lánguidamente sobre la espesura del aire, como tules sinuosos, ondulantes, armoniosos, luminosos, casi impalpables. Pero a Monsalvat aquella música se le envolvía a su cuerpo, se le envolvía hasta el infinito, como una venda interminable, como una venda que cada vez le oprimía más y que aumentaba sus sufrimientos traidoramente. Una melancolía de placeres mundanos se desflecaba de cada frase musical, de cada compás, de cada nota, para derramarse sobre el aire espeso del local. Siempre a Monsalvat le tornaron triste estas músicas de los bares y de los cafés, pero esa noche todo su ser llagaba, y los tules flotantes de aquellas melodías herían su alma lamentablemente.

—¿Y después?

Torres, que había callado, contestó a la pregunta casi mecánica, casi inconsciente de su amigo, refiriendo cuanto sabía de Nacha. La unión con un poeta bohemio, un muchacho romántico, Carlos Riga. La miseria espantosa, el alcoholismo de Riga, el abandono por Nacha, que no soportaba el hambre y que creía perjudicar al amante, quedando a su lado. Luego, el convencimiento de que era inútil querer ser honesta. La prostitución disimulada: dos meses con uno, seis con otro... Hasta que un día aceptó la idea de que viviendo con uno sólo, era infiel a Riga, al que adoraba. Y se entregó "a la vida", frecuentó las casas de citas. En una casa la encontró Arnedo. Bonita, inteligente, con mucho trato adquirido en "la pensión" de su madre, con cierta cultura que se le pegara cuando vivió con el poeta y entre muchachos escritores, Nacha era un tesoro para el Pampa, que deseaba una querida que luciese.

—¡Qué tristezas!...—exclamó Monsalvat lúgubremente.—¿Y habrá muchas como ella que...?

—¡Miles y miles! Lo sé porque soy médico. Médico de policía, ¿comprende? Y mi tesis, ¿eh? fué precisamente sobre prostitución.

Habló del tema, con los detalles más horribles. Monsalvat, que lo ignoraba, tenía sus ojos, sus oídos, sus sentidos todos, su alma entera y todo su cuerpo, ávidamente, en las palabras del amigo. Torres habló de las prostitutas vergonzantes, perdidas por el hambre; de aquéllas otras, víctimas de la maldad humana y de las preocupaciones morales: del novio que las sedujo y de la feroz moral paterna. Habló luego de las otras, las desdichadas convertidas en cosas, sin personalidad, sin alma, sin libertad. Esclavitud monstruosa, bajo la avaricia del traficante y de "la patrona". Esclavitud en la degradación obligatoria, sometidas las tristes mujeres a suplicios enormes. Esclavitud aceptada por la sociedad y por el Estado y protegida por las policías. Habló Torres de cómo los traficantes engañaban a las muchachas en Austria o en Rusia, llegando hasta casarse y traer la esposa virgen a Buenos Aires, para obtener de su venta un mayor precio; de cómo las mujeres eran vendidas a otros traficantes en pública subasta; de cómo estos hombres ganaban millones, tenían clubs, daban varios miles de votos a los políticos y se codeaban con personajes; de cómo las mujeres eran violentadas, atormentadas, y de cómo Buenos Aires era un vasto mercado de carne humana.

Monsalvat no podía hablar. Pensaba en su hermana, imaginaba su vida. Veíala abandonada, luchando por no caer, cayendo quizá. Veíala luchando de nuevo, por no caer más abajo. Y hundiéndose al fin en el lodo, tal vez bajo la garra de los traficantes; torturada, esclavizada, muerta... No podía hablar Monsalvat. Inmóvil seguía oyendo, seguía viendo. El mundo era una pesadilla lúgubre. Al cabo, pudo decir, balbuciente:

—¿Y qué se hace para remediar...?

—¿Qué se va a hacer? Nada. Sería preciso deshacerlo todo. Construir de nuevo la sociedad...

Y entonces Monsalvat, oprimiendo con fuerza extraña un brazo de su amigo, con los ojos húmedos de emoción, con la voz solemne de los grandes momentos, dijo lentamente, firmemente:

—Pues se deshace todo, se destruye todo... ¡Y se levanta una nueva sociedad!

Torres asintió con su expresión, sugestionado por la fuerza moral que sentía en Monsalvat, por el ambiente de emoción que acababa de crearse entre ellos, por aquel gran Bien y aquella gran Bondad que hablaban las palabras y los ojos del amigo. Asintió... Pero en seguida vino la reacción. Se defendió en su interior contra el lirismo ingenuo de Monsalvat. Miró a su alrededor. Volvió enteramente a la realidad. El hombre instintivamente generoso desapareció. Surgió el hombre de mundo, el hombre como todos, el hombre formado por las ideas y los sentimientos de todos, que empezó a encontrar ridículo todo aquello: Monsalvat, sus palabras, sus quijoterías, su dolor por cosas irremediables, aceptadas, sancionadas, necesarias. Surgió en seguida, casi encima, el médico. ¿No era todo eso cosa de nervios, de desequilibrio? Y dijo, escéptico, superficial como antes:

—Es un problema complejo, sin solución...

Monsalvat no le oyó. No oía sino una voz milenaria que le gritaba su culpa propia, su parte de culpa en el gran crimen social. Una campana lúgubre, hueca, desesperada era su corazón. Sus ojos veían el mundo como un escenario trágico. La tragedia de su madre, primero: de su madre engañada, sufriendo toda su vida, haciendo desgraciados a sus hijos. La tragedia de su hermana, luego. La tragedia de Nacha, después. Y como un coro lamentable, como un coro eterno, el coro más doloroso, más horrible, los llantos de las desgraciadas, los llantos de sus padres y sus hermanos, los ayes de sus hijos suprimidos, los gritos de la vergüenza, los clamores del hambre.

—¿Qué le pasa?—le preguntó Torres.—Será mejor que nos vayamos. Son las tres de la mañana.

Monsalvat accedió a marcharse. Dijo no sentirse bien. Se despidió de Torres, que iba hacia el norte, y él bajó hacia el sud, hacia la Avenida de Mayo, donde vivía.

En cuanto llegó al hotel, se acostó. Pero no durmió en toda la noche. Sin saber por qué, recordaba la matanza de los proletarios en la plaza Lavalle, y su canción se mezclaba molestamente, quitándole el sueño, con uno de los tangos del cabaret. Después, en una especie de semisueño, fué una cabalgata de imágenes espantables, un gemido aullante que se acercaba y crecía y se acercaba cada vez más, y era el gemido de la humanidad sufriente. Ya de día, dormitó unos instantes; pero esta sombra de sueño le trajo una pesadilla que le atormentó el corazón. Un fantasma monstruoso, cubierto de oro, sedas y piedras preciosas, y con unas fauces de bestia apocalíptica y unas garras trágicas, estaba allí, en su cuarto. Apenas cabía. Se acercaba a la cama, abría sus fauces, iba a devorarle. Y ese monstruo de vientre repugnante, donde yacían infinitas generaciones de los tristes del mundo, era la Injusticia Social.

Monsalvat se levantó tarde. Estaba tranquilo. Sentía una nueva vida en él. Las cosas todas tenían una nueva vida, un nuevo sentido. ¿Cuál era la nueva vida? Lo ignoraba. Pero sabía que en su interior comenzaba a crecer ahora una gran claridad.

Almorzó y salió a la calle. Pensó, sin decisión, en ir a casa de su madre. Pero caminando, caminando, sus pasos le llevaron en dirección distinta. Iba distraído, impregnado su espíritu de serenidad. No advertía por cuáles calles andaba. Cuando se enteró, vió con asombro que estaba a pocos metros de la casa de Nacha. Atribuyó el hecho a una voluntad del destino, y sin vacilar, con calma, seguro de que hacía una cosa buena, entró en la casa.

IV

Nacha no había podido dormir. Pocas veces en su vida de sufrimiento pasó una noche tan angustiosa. Al llegar del cabaret, Arnedo se acostó sin decir palabra, Aquella mudez de indio aterrorizó a Nacha. El miedo de ser abandonada y de tener que refugiarse en "la vida", el miedo a aquel hombre malo y violento, se mezcló entonces a las inquietudes de ese día: a la inquietud por su antiguo amante, Carlos Riga, el poeta bohemio que agonizaba en un hospital; a la inquietud por aquel hombre del cabaret, apasionado y noble, y cuya acción caballeresca sólo mereció de ella una burla, una burla de miedo, de timidez; de inconsciencia; a la inquietud por algo que esa noche creció en su alma extrañamente y que ella debió ocultar a Arnedo como si fuese un crimen. No había dormido un solo minuto. Presentía su desgracia. Adivinaba que el Destino quería su perdición. Un film incoherente y fragmentario, hecho de reminiscencias de esa tarde, de retazos de su vida, de sufrimientos futuros, de inmensos miedos, de raquíticas esperanzas, pasaba ante sus ojos. Pasaba a veces precipitadamente, a veces con ritmo de locura, a veces lento y doloroso como una trágica paz.

¡Cómo había ansiado que aquella noche transcurriera rápidamente! Para que no quedaran ni huellas de las horas de tormento que estaba viviendo, imaginaba sepultarlas bajo eternidades de olvido. Mientras tanto, esperando el amanecer, a cada rato encendía luz para ver la hora. Vió las cuatro, las cuatro y media, las cinco... ¡Nunca, nunca tardó tanto el día en llegar! Más de una vez pensó que el reloj atrasaba; se levantó para mirar si amanecía. Pero todo estaba oscuro y sombrío; apenas si una vaga lividez, allá en el fondo del cielo, presagiaba la posibilidad del amanecer. ¡Cuándo llegaría la mañana, para traer un poco de luz a su tristeza!

Toda la noche vió al hombre del cabaret. ¡Cómo la miraba! Nunca la miraron de ese modo. No había en los ojos de aquel hombre los deseos que ella advirtió siempre en los demás. Era otra cosa, otra cosa... Sobre todo desde que comenzaron a burlarse de ella. ¿Pero por qué la miraba así? Ya algunas noches antes, estando en el cabaret con el Pampa y sus amigos, sus ojos se encontraron con los de ese hombre. Su mirada se sintió atraída por la de él. No había podido evitarlo. Él la siguió, sin duda para ver dónde vivía; esperó en la calle y ella salió un instante al balcón. ¿Quién era? ¿Pretendía separarla de Arnedo y llevarla con él? ¿Y por qué quiso defenderla, perjudicándola? Él era culpable, en gran parte, del enojo de Arnedo. Ella lo odiaba al Pampa, pero no podría dejarlo. La tenía dominada. La insultaba, la abofeteaba, y ella, en lugar de rebelarse, seguía más sumisa que nunca. ¡Qué extraña, la vida! Nacha pensaba que jamás se entendería a sí misma. A veces creía tener en su interior otra persona que la obligaba a las cosas inexplicables que hacía contra su voluntad. Y si no, ¿por qué se condujo tan desagradecidamente, tan vilmente con ese hombre que la había defendido, que se interesaba por ella, que la quería, tal vez? ¿Por qué cometió esa indignidad? Durante toda la noche había tratado de no pensar en el desconocido. Pero era inútil. En sus actitudes, en sus ojos y en sus palabras veía algo de grande y de fascinante que le diferenciaba de cuantos ella conocía. ¡Qué coraje y qué rareza el atreverse con la patota! Se sentía incomprensiblemente atraída hacia él. Temía encontrarle alguna vez y al mismo tiempo deseaba verle de nuevo. ¿Y para qué deseaba verle? No sabía, no sabía y no deseaba saberlo.

Pero si esta preocupación era absorbente, no lo era menos el imaginar su porvenir. ¡Ah, si el Pampa la arrojase de su casa! Era horrible tener que buscar otro hombre, mendigar una protección, caer quizás en lo que tanto temía. Decíase que aceptaría los favores del sujeto más perverso, del más brutal, antes que vivir pasando de mano en mano. Lo que llamaban "la vida" se le presentaba como un fantasma aterrador. Ella se había dado a "la vida" en dos ocasiones de su existencia, y sabía que el vivir así significaba un atroz tormento, inagotables temores, la angustia del mañana. Prefería morir antes que resignarse a aquello. Ella quería ser buena, ser honesta, y nada envidiaba tanto como la situación de las mujeres que tienen la enorme dicha de poder vivir normalmente. Ella no se arrepentía de lo que había sido, de lo que era todavía. ¿Era suya la culpa? Un miserable la engañó; su madre, dominada por un hombre inconsciente y falto de toda simpatía humana, se negó a recibirla, arrojándola así al vicio; y en las tiendas, las fábricas, en todas partes donde estuvo empleada, la persecución de los hombres y la penuria de los sueldos la obligó a envilecerse. Pero ella no guardaba rencor contra nadie. A su madre ya la había perdonado y hasta le encontró razón. No, nadie tenía la culpa. Todo era obra del destino, que la condenara a ser mujer de la vida. Una implacable fatalidad la había empujado violentamente hacia el mal. Inútil defenderse, luchar. El mal era más poderoso que la voluntad de una pobre mujer. El mal la había vencido, arrojándola torpemente sobre un infame lecho de alquiler.

En cuanto al poeta bohemio que fué su amigo, el recordarlo atenuaba un poco los sufrimientos de la noche. Fué bueno, leal, compasivo. Tenía un gran corazón, sabía las más bellas palabras de consuelo que se inventaron en el mundo. Riga la había hecho más inteligente y le había enseñado a aceptar sin protesta las injusticias del destino. Y ahora, ¿estaría muriéndose? ¿Habría muerto ya, tal vez? La tarde anterior había leído en un diario la noticia de la enfermedad del poeta. Y esto la aniquiló, poniendo en su alma tal tristeza que en toda la noche del cabaret no pudo desasirse de ella un solo instante.

Nacha creíase casi culpable de la muerte de Riga. Porque ella le abandonó precisamente cuando él más necesitaba su apoyo. ¿Por qué hizo eso? ¿Por qué esa eterna contradicción en su vida? Dejó su casa cuando más quería a su madre y a su hermana; adoraba a Riga, y huyó de su lado; sentía simpatía y admiración por aquel hombre del cabaret y se burlaba de él. ¿Por qué era así? La noche entera pensó en Riga, desde el instante en que le conoció hasta el minuto trágico del abandono.

Fué en la casa de huéspedes de su madre. Allí se hicieron los dos bastante amigos. Más tarde, perdida ya ella, supo las desgracias del bohemio, y en medio de las gentes infames o groseras que le rodeaban le recordó como una alma noble y pura. Años después se encontraron, cuando ella trabajaba como camarera en un café-concierto. Riga pasaba por momentos de inmensa angustia. Se vieron algunas noches, se contaron sus penas, se emocionaron por sus mutuos sufrimientos. Y se unieron. Vivieron juntos tres años, adorándose, adorándose en medio de la miseria, del dolor, de la desesperación. Los dos trabajaban, pero el Destino, que quería ensañarse en ellos, fué más fuerte y los venció. Y cayeron, cayeron... Riga se hundió en el vicio, dejó de escribir. Ella padeció hambre, quitándose el pan de la boca para que él no pereciera. Pero llegó un día en que todo debía concluir. No era posible padecer ya más. La vida y la juventud reclamaban sus derechos. Y entonces ella se fué, llorando, sufriendo hasta más no poder, destrozada física y moralmente.

Poco antes de las siete saltó otra vez de la cama sin que Arnedo la sintiera, y, envuelta en su kimono, salió a la puerta del departamento. Vivían en un cuarto piso. Se acercó al ascensor y tocó el timbre para llamar al portero. Cuando el hombre subió, le pidió ansiosamente el diario La Patria, al que se hallaba suscrito Arnedo; y como le dijese que aún no llegara, lo mandó comprar con urgencia. Mientras el portero iba en busca del diario, Nacha, inquieta, no hacía sino asomarse a la ventana de la calle y salir a la puerta del departamento. La mañana estaba neblinosa y el cielo tenía un color amarillento, sucio. Había mucha humedad y los vidrios y las maderas sudaban largas gotas. Nacha tuvo un doloroso presentimiento. ¿Qué podía anunciar un día semejante sino tristezas? Pálida, temblando, corrió hacia la puerta, donde ya el hombre esperaba con el diario.

Abrió el periódico, buscó ávidamente... Allí estaba la terrible noticia que le traspasaba el corazón y la estremecía y le apretaba la garganta como una garra implacable. Sin fuerzas, pudiendo apenas caminar, fué hasta la salita y se arrojó en un sofá, con el diario en la mano. Se sentía deshecha. Allí permaneció mucho tiempo. Lloraba, lloraba la pobre Nacha... Aquel muerto, que el diario despedía con frases de cariño, era Carlos Riga, el poeta todo corazón, todo bondad, que había sido su amante y su amigo en los mejores años de su vida; el muchacho ingenuo que había purificado a su alma de lo material; el idealista que la había llenado de ilusiones y de ensueños; el hombre bueno que jamás tuvo para ella una palabra que no fuese afectuosa. ¡Ah, cómo no iba a llorar la muerte de un alma como aquélla! Ella no lo veía jamás, no podía verlo, pero deseaba saber que vivía para no ser del todo mala y no caer en el fango completamente.

¡Cómo lloró! Y era que aquella muerte se llevaba para siempre las únicas horas felices de su existencia de esclava, de su horrible existencia de paria. ¡Se llevaba su sola esperanza de redención! Toda su vida iba a ser trastornada ahora. Era llegado el momento de hacer examen de conciencia, de recordar, de recordarlo todo, todo... ¡Y estaba tan olvidada del pasado! Pero no porque hubiese querido olvidarse de su madre, de su hermana, de los años de la casa de huéspedes, de las dulces horas de amor que viviera con Carlos Riga. Era que para poder vivir necesitaba olvidarse de todo aquello. ¡Una continua lucha por olvidar había sido su vida!

Cuando Nacha se levantó del sofá, después de haber leído infinitas veces el cariñoso suelto de La Patria en elogio del poeta muerto, ya no tenía lágrimas, de tantas que había llorado. Compuso su rostro, pues temía que el Pampa ya estuviera en pie y viese su fisonomía alterada, y se dirigió a su cuarto de vestir. No oía ruido ninguno en el dormitorio, y se asomó. El Pampa roncaba, ignorando el drama interior que se desarrollaba a su lado. Entonces Nacha fué a su ropero y sacó el libro de Riga. Ella lo había comprado antes de ser su amante. Después él le puso una dedicatoria, amorosa y sentimental, que ocupaba las dos primeras páginas en blanco. La leyó apresurada, temiendo que Arnedo se levantase, hojeó el volumen varias veces y terminó por besarlo enternecidamente, con los ojos en lágrimas.

Luego volvió a la salita, tomó su desayuno, habló con la cocinera, intentó escribir a su hermana. Después no supo qué hacer. Habitualmente se quedaban en la cama hasta las once o las doce. Allí se desayunaban y leían el diario. Pero aquella mañana no hubiera podido permanecer en el lecho común, junto al Pampa. Tampoco podía quedarse en el cuarto de vestir. Temblaba de encontrarse frente a frente con Arnedo, pues sabía que él iba a pedirle cuenta de su tristeza de la noche anterior y de su empeño en no bailar. Se fué al comedor, que era el cuarto más alejado del dormitorio. Creía retardar así el momento que temía. Permaneció allí casi una hora, pensando en Riga, imaginando lo que el Pampa le diría. Se vió golpeada por su querido, arrojada de la casa a puntapiés. ¿Qué iba a pasar? Varias veces preguntó a la sirvienta si el señor se levantaba. Por ella supo cuándo se despertó, cuándo pidió el desayuno, cuándo fué al baño. Era de extrañar que no preguntara por ella, y este silencio le aterrorizaba. Por fin, a las doce, sabiendo que iba a terminar de vestirse, se preparó a esperarle. Estaba intranquila, turbada, muy nerviosa.

Luego, oyó sus pasos en el escritorio, cuarto vecino al comedor. Sintió que abría la puerta. Desde allí, mirándola apenas y sin darle los buenos días, el Pampa la llamó por medio de una seña.

Nacha, al entrar en el escritorio, sintió sobre ella los ojos agujereantes de Arnedo. Quedó cohibida. No sabía adónde mirar. El Pampa la observaba con una dura sonrisita perversa, complaciéndose en turbarla y afligirla. De pie, apoyando su espalda en una mesa, Arnedo tenía ambas manos en los bolsillos del pantalón y la galerita sobre la nuca.

—Quiero saber ahora mismo qué te pasaba anoche.

—Nada, estaba enferma, te lo dije...—habló ella sentándose.

El Pampa, como si no hubiera oído, se puso a silbar un tango. Nacha, muerta de miedo, apenas podía hablar.

—Enferma, ¿eh?

Los ojos del sujeto se clavaron sarcásticamente en los de la muchacha. Hubo un silencio que a ella le pareció inacabable. Oía el sonar de unas llaves que el Pampa agitaba con la mano dentro de un bolsillo. El Pampa fingía sonreír, cuando de pronto, en un impulso de exasperación, casi gritando y acompañando su exclamación de palabrotas, exclamó:

—¡Enferma! ¿Te pensás que me vas a engañar, sarnosa?

Nacha, asustada, se retiraba hacia el sofá. Le temblaban las piernas y las manos. Tartamudeando, medio llorosa, le pidió que no gritara así, que ella no había querido ofenderlo.

—¡He de gritar, desgraciada! Ya te he dicho que no permitiré que tengas amores con nadie. Tenías anoche esa cara de idiota porque te gusta alguno, quién sabe si el sarnoso que salió a defenderte. Y no he de tolerar que me pongás en ridículo. ¿Me has oído? Yo no mantengo una mujer para que vaya a lloriquear, a los cabarets y a hacer papelones.

—Estaba enferma, te digo.

—¡Mentira, he dicho! Si volvés a repetir ese pretexto, te rompo el alma.

—Perdonáme, Pampa... No grités así...

Arnedo empezó a pasearse por el cuarto y a vociferar como un energúmeno. De su boca salían las más groseras interjecciones. Sus ojos brillaban terriblemente. Nacha pensó en decirle la verdad: que su tristeza era debida a la agonía de aquel hombre a quien tanto quiso; pero tuvo la certidumbre de que Arnedo no le creería. Además, ¿no tenía razón para sospechar que su sentimiento hacia un hombre a quien nunca veía, y por lo mismo que Arnedo no podía comprenderlo, irritase más al Pampa? Prefirió callar, soportar en silencio sus injurias y su enojo.

Al fin, Arnedo decidió marcharse, ya algo apaciguado. Dijo que no volvería para almorzar. Y salió sin mirarla. Nacha le siguió hasta la puerta, sumisa, llena de miedo todavía. Hasta se le acercó, como para que él le diese un beso o le hiciera un cariño; pero Arnedo la apartó con desdén y golpeó tras sí la puerta del departamento. Nacha, apenas salió el Pampa, se echó a llorar. Necesitaba este desahogo. Y quedó contenta, pues el encuentro "había salido bien" para ella.

Durante el mediodía y las primeras horas de la tarde, no pensó sino en Riga. Había resuelto ir al cementerio, quería ver dónde lo enterraban. Se vestiría de negro, muy sencillamente, a fin de no llamar la atención. Deseaba también ser digna, en aquellos momentos siquiera, del poeta humilde que tanto la había querido.

Había terminado de vestirse, a eso de las tres, cuando la sirvienta vino a anunciarle que preguntaban por ella.

—¿Quién es? ¿Qué quiere?

—Un señor. Pero se niega a decir quién es.

Nacha tuvo un presentimiento. El corazón comenzó a latirle apresuradamente.

—¿Y no sabe que yo no recibo a ningún hombre? ¿Un señor, dice? ¿Bien vestido?

—Sí, señora.

—Dígale que no estoy. Pero espere... Sí, dígale que no estoy, no más.

La sirvienta salió, para volver en seguida.

—Señora... no ha querido irse... no ha querido por nada,—decía la muchacha alarmadísima, haciendo grandes gestos con los brazos.—Se ha entrado en el escritorio. Es un señor bien vestido, pero...

Nacha, nerviosa y con un poco de miedo, se dirigió al escritorio. Su estupefacción fué inmensa al encontrarse frente al hombre del cabaret.

V

—¿Quién es usted? ¿Qué quiere conmigo?—preguntó Nacha, pasado el primer momento de asombro y al ver a su visitante silencioso.

—¿Quién soy? Un hombre cualquiera, que la ha visto sufrir y que se interesa por sus desgracias.

—Pero señor... Debió comprender que no deseaba volver a verlo. No puedo recibirlo. Me hace un mal viniendo aquí. Me expone a un disgusto serio, tal vez a perder mi situación.

—Su situación es lo que usted más detesta...

—¿Cómo sabe? No es cierto. Aquí vivo tranquila, tengo casa, soy libre...

La mirada del hombre la hizo interrumpirse. Callaron. El visitante no apartaba sus ojos de Nacha. Ella veía que él intentaba hablar, pero evidentemente no se atrevía. Por fin, emocionado, y con una voz dulce y triste, empezó:

—Nacha... sé que así es su nombre... no me ha dicho la verdad. Ni vive tranquila, ni es libre. Usted sufre. Anoche he comprendido hasta qué punto sufre. Desde que la he visto he sentido por usted una profunda lástima...

—¿Ah, sí?—exclamó Nacha, riendo falsamente.

Estaba resuelta a no continuar aquella conversación. En aquel instante se encontraba molesta ante ese hombre que se había entrado en la casa, que la estaba comprometiendo y que todavía se permitía declararle que sentía lástima de ella.

—Sí, una profunda lástima—repitió él, que no se dió por aludido al verla reir.

—¡Qué bueno! ¿Sabe que es un tipo notable?—dijo Nacha, riendo siempre forzadamente.

—¡Vida dolorosa la suya!—continuó el visitante, como si hablara solo y no hubiese oído las palabras de Nacha.—Vive en la humillación, en el sufrimiento, en el terror constante de lo que vendrá. Eso no es vivir, Nacha.

—¿Será morir, entonces? ¿Sabe que me divierte? ¡Lástima que deba irse en seguida! Porque si el Pampa lo encuentra... ¡Ojalá viniera pronto!

Estaban aún de pie, en medio del cuarto. El visitante oía con tristeza a Nacha, que desahogaba su nerviosidad en palabras y palabras, precipitadamente, mezclándolas con un incesante reir simulado y con incoherentes movimientos de las manos y de los brazos.

—¿Se ha creído que yo me interesaba por usted...? ¡Qué gracioso! No se haga ilusiones. ¡Da risa pensar! Porque usted está loco. Solamente un loco hace estas cosas... Además, yo lo quiero al Pampa. ¡Ahí tiene lo que somos las mujeres! Me trata mal, me desprecia, me pega... Y bueno: yo no he de abandonarlo por cualquier monigote que se presente...

El hombre, por toda respuesta, le tomó una mano y la condujo hasta el sofá. La hizo sentar. Y con la misma voz de dulzura, de sinceridad y de afecto que hacía unos instantes, le habló así:

—Si usted, Nacha, no se rebela contra ese hombre, es porque teme una vida peor. Sufre intensamente sólo de pensar que mañana, el día en que la abandone, tendrá que andar de mano en mano.

—Eso no. ¿Con qué derecho me insulta? Yo soy una mujer honrada, ¿sabe? Honradísima.

Y encontrando, sin duda, cómicas sus palabras, se echó a reir de pronto. Parecía que en aquella risa mala mostraba Nacha un gran desprecio de sí misma y a la vez el orgullo de vivir como vivía. Su interlocutor la compadecía cada vez más.

—¿Por qué es así, Nacha?

—¿Cómo?—exclamó ella, sin cesar de reir.

—¡Quiere aparentar lo que no es! Quiere parecer mala y es buena.

Nacha, bruscamente, se puso seria. Bajó los ojos al suelo y así estuvo unos segundos. No se movía. Revelaba una honda preocupación. Al cabo levantó los ojos, y con lentitud, serenamente, miró al desconocido. Le miró hasta el fondo de los ojos y quedó asombrada de la limpidez y de la paz que había en ellos. Bajó los suyos otra vez, y otra vez volvió a levantarlos hacia él. Al cabo de un largo silencio, con voz suave y triste, hablando lentamente, le preguntó:

—¿Quién es usted? Dígame cómo se llama...

Él le dijo quién era.

—Fernando... Monsalvat...—repitió ella, como si quisiera grabarse este nombre.

Y agregó, con una dulce sonrisa y con acento suave:

—¿Por qué ha venido a esta casa? ¿No es para traerme ningún mal?

—Es para traerle bien, amiga mía.

La muchacha volvió a sonreir y de nuevo bajó los ojos para mirar en seguida a Monsalvat.

—Amiga mía... ¡Qué lindas palabras! ¿De veras, sería mi amigo? ¿Amigo del corazón? ¡No sabe el bien que me hace, hablándome así! ¡No sabe el bien que me hace diciéndome que no soy mala! Pero sí, soy mala. Solamente que hago todo lo posible para que me crean peor.

Bajó aún más la voz, y, un poco avergonzada de sus palabras, dijo:

—Las mujeres de la vida tenemos necesidad de aparentar otra cosa. Parece que así nos olvidamos mejor... Parece que así fuésemos otras mujeres. Yo hasta creo que puedo no culpar a la de antes, de lo que hace la desgraciada que soy ahora...

Quedó en silencio, profundamente pensativa.

—¿Por qué tanto empeño en olvidar?—preguntó Monsalvat.—¿No sería mejor recordar, ya que para ustedes el presente es tan triste?

—¿Triste? No, no es triste. Con el criterio del mundo, puede ser; pero en la realidad, no. El presente es para nosotras peor que triste: es vacío, es inconsciente. Vivimos en el aturdimiento, vivimos casi... sin saber que vivimos...

—Pero recordar el buen pasado, soñar... ¿por qué no?

—¿Recordar?—preguntó ella con una expresión tristemente dolorida, como si un mundo de viejos sufrimientos se hubiese agolpado a su imaginación.—¿Para qué recordar? ¿Para sufrir?

—Sí, amiga mía: para sufrir. Si ustedes no sufrieran, serían criaturas odiosas. Si son dignas de simpatía y de piedad, es porque sufren. Por eso, ustedes deben desear, buscar, bendecir el dolor...

Nacha se llevó las manos a la cara. Monsalvat, en medio de la pena y de la compasión que experimentaba, púsose contento. Aquel dolor de Nacha significaba para él una esperanza.

—Pero no—exclamó Nacha, de pronto, exaltándose otra vez.—Nosotras no tenemos el derecho de sufrir.

—No hay derecho más respetable para el ser humano.

—¿Pero no ve que debemos estar siempre alegres, bailar, reir, dar caricias? ¿Cómo podríamos ser mujeres de placer si sufriéramos? Dejándonos dominar por el dolor, nos volveríamos antipáticas, porque en nuestro oficio no ser expansivas y alegres, no estar dispuestas para las bromas o las caricias, es ser odiosas, es como si robáramos el dinero que se nos paga.

Una sonrisa de amargura apareció entre sus labios. Monsalvat la escuchaba doblado, con un codo en la rodilla y la mano en el mentón, mirándola fijamente, como si quisiera beberle el alma.

—Nosotras necesitamos hacernos otro modo de ser—continuó Nacha.—Necesitamos cambiarnos el carácter como nos cambiamos el nombre. ¿Acaso nos mudamos nombre por vergüenza o por temor de nuestra familia? No, no es eso. Nos ponemos otro nombre porque así nos parece que no somos nosotras... Es como en el carnaval. Usted se disfraza y hace y dice cuantos disparates se le ocurren. ¿Y se avergüenza después? No, porque le parece, una vez quitado el disfraz, que no era usted mismo...

Después de un breve silencio, Monsalvat preguntó:

—¿Y anoche? ¿Por qué esa tristeza suya?

Por su conversación con Torres, él sabía cuál era el motivo. Sin embargo, esperó la respuesta con ansiedad.

—Ahí tiene las consecuencias de sufrir. No se va al cabaret para estar triste y para llorar como una sonsa. El Pampa tenía razón en su enojo. Pero yo, ¿qué iba a hacer? Estaba llena de dolor... Un verdadero amigo de otro tiempo, el único hombre que he querido de veras, se estaba muriendo. Hoy es un día de tristezas para mí. ¡Suerte que estoy sola! Así podré recordar muchas cosas lindas. Hoy puedo darme el placer de sufrir...

Al oir estas palabras, Monsalvat se estremeció. Se sentía feliz de que Nacha sufriese, pero al mismo tiempo aquel amor hacia el bohemio le infundía una vaga tristeza. Interrumpió a Nacha para decirle que había conocido a Carlos Riga.

—¿Lo conoció? ¿De veras? ¿Dónde, cuándo?

Desde este instante, Nacha consideró a Monsalvat como a un hermano. La extraña simpatía que experimentaba hacia su visitante llegó al colmo. Le tomó una mano y le rogó que le contase todo lo que supiese de Riga. Le miraba con una gran ternura. Los últimos restos de desconfianza habían desaparecido. Ahora le hubiera contado toda su vida, mostrado toda su alma. ¡Haber conocido a Riga! ¿Qué mayor título para alcanzar su amistad?

Hablaron de Riga largamente. Monsalvat refirió que le conociera por Eduardo Itúrbide. Pero no fueron amigos. Monsalvat jamás frecuentó los círculos literarios y bohemios que frecuentaba el poeta. Nacha exaltó las cualidades de su amigo: el alma más bella que hubo nunca, el ser más generoso, el corazón más lleno de bondad. Parecía que se iba emborrachando al acordarse de Riga. Hablaba como aturdida, en un monólogo atropellado, frenético a veces, en frases cortadas. Llegó un momento en que los ojos se le llenaron de lágrimas, en que temblaba, en que una grande emoción la conmovió intensamente.

—Y pensar que esta mujer, que esta mujer miserable que le habla, lo abandonó... ¡A él, el más bueno de los hombres! Y todo por miedo a la pobreza, al hambre... Yo he sufrido mucho, pero mucho, Monsalvat... Sufrí cuando el hombre que me deshonró quiso que evitáramos nacer al hijito que yo llevaba en mi vientre. Mi hijito, que era para mí la única seguridad de la vida, lo único que podía acercarme a mi madre, lo único que podía volverme a la vida honrada... ¡Cómo sufrí! Usted ahora me ve llorando y me tiene lástima, y esto no es nada al lado de la angustia de aquellos días, cuando supe que había tanta maldad en los hombres, tantas miserias en la vida. Padecí entonces horriblemente... Y sin embargo, tampoco eso era nada al lado de lo que sufrí al abandonar a Riga...

La pobre muchacha se puso a llorar con tal ansia que era como si toda la casa temblase con su llanto. Monsalvat, penetrado de un gran dolor, le decía palabras consoladoras. Y él mismo no sabía de dónde sacaba aquellas palabras, pues jamás las oyó ni las pronunció en su vida. El intenso sufrimiento de Nacha le hacía a él un extraño bien.

—Me acuerdo de aquella mañana en que lo dejé. Me acordaré en todos los días que me dé Dios. Vivíamos en un cuarto pobrísimo, oscuro, chico, sin aire, ¡el cuarto más miserable del más miserable conventillo! Ni muebles teníamos... Apenas nos quedaban dos catres, viejos, rotos, sucios... Yo no había dormido esa noche. La pasé llorando, meditando mi plan, imaginando la pena de él cuando no me encontrase...

Se detuvo un momento, porque el llanto la ahogaba. Aspiró el aire con toda la fuerza de sus pulmones, y prosiguió:

—Al amanecer me vestí y arreglé un atadito con las pocas ropas que tenía. Todo fué hecho con calma... con toda la calma imaginable. Quería retardar el momento terrible. Por fin llegó. ¡Iba a dejarlo, a él, que tanto me quería! ¡Cómo me costó resolverme! Lo miré. Dormía profundamente. Me acerqué en puntas de pie, lo besé en la cabeza... No sé lo que pasó por mí en aquel momento. Debí recostarme en la pared, porque el mundo se deshacía para mí. Me faltaba el corazón. Creí que me iba a morir. Allí estuve un largo rato, sin moverme, estupefacta. Cuando tuve fuerzas para apartarme de allí, me senté en mi catre llorando. Debí llorar lo menos una hora. Después comencé a salir. Cada paso me costaba un dolor en el alma. Avancé así, paso a paso, un paso cada siglo, ahogada en llanto, mirándolo siempre a él... ¿Por qué lo dejé? ¿Por qué, Dios mío, cometí esa infamia? Por fin, llegué a la puerta; y cuando creí que nadie de la casa podía verme, eché a correr, eché a correr como una loca, bajé la escalera... no, me arrojé escalera abajo, y cuando estuve en la calle, caí en el umbral y me quedé allí yo no sé cuánto tiempo llorando...

Monsalvat tenía que luchar consigo mismo para no emocionarse.

—Tiene que contarme su vida, toda su vida, desde que dejó la casa de su madre...

Nacha resistió un poco, pero terminó haciéndole la confidencia plena de sus desgracias.

—Yo tenía veinte años, pero era una chica. No sabía otra cosa que pelearme con mi hermana y cambiarme sonrisas y miradas con los pensionistas de mi madre. Uno de ellos, que se llamaba Belisario Ramos, consiguió enamorarme. Yo lo consideré mi novio y no dudaba de que se casaría conmigo. Una mañana se fué de la casa. Convinimos en encontrarnos esa tarde en la plaza del Once. "Para hablar de tantas cosas", me dijo él; "para combinar nuestros planes, ya que ahora nos será difícil vernos." Me hizo subir a un carruaje y me llevó muy lejos, a una casa cerca de la Chacarita. Yo no me imaginaba lo que él había planeado. Intentó la violencia contra mí. Yo me defendí, lloré, le pedí por favor que me dejara. Todo fué inútil. Era fuerte, era hábil y yo estaba enamorada. ¿Qué otra cosa podía suceder si no lo que sucedió? En fin, había pasado mucho tiempo, y yo, afligida por mi madre y mi hermana que me esperarían, quise salir de allí. Me dijo entonces que era demasiado tarde para volver a la casa. Me desesperé, lloré otra vez. Una mujer, dueña de la casa, vino a aconsejarme, a convencerme que me quedara allí con Ramos, que viviéramos juntos... Yo pensé que ante mi madre y toda la gente de la casa, ya estaba deshonrada. ¿Qué iba a decir si volviese? ¿Cómo explicaría semejante tardanza? Me quedé, resignada a todo, deseando que la policía viniese a buscarme y me llevase a casa. Y viví con Ramos, que es el hombre más canalla que hay en el mundo. No trabajaba en nada; el dinero con que comíamos era el que él pedía prestado y no devolvía jamás. A los dos meses quiso explotarme. Llevó al cuarto a algunos estudiantes que tenían dinero, y me dejaba sola con ellos, para que yo los enamorase. ¡Un miserable de la peor especie! Por fin, después de año y medio de la tarde funesta, supe con alegría que iba a ser madre. El canalla pretendía que no dejásemos nacer a nuestro hijito, a ese hijito mío que sería mi única dicha en la vida. Discutimos, me pegó brutalmente. Al último, me abandonó. Yo le escribí a mi madre, y mi madre no quiso oírme. El abandono del padre de mi hijo fué para mí algo monstruoso. No sólo por dejarme así, sino por la crueldad que eso significaba, por la maldad que mostraba aquel hombre. Me desprecié por haberlo querido y tuve una enorme lástima de mí misma. Me enfermé, fuí al hospital, perdí mi hijito, que nació muerto...

Se detuvo, fatigada, sufriente, dominada por la emoción. Monsalvat la contemplaba tan bonita, con su aire bastante distinguido, con su aspecto modesto, realzado ahora por aquel sencillo vestido negro que se había puesto para ir más tarde al cementerio. Monsalvat veía que era muchacha buena y honesta en el fondo, una víctima de la voracidad masculina, del egoísmo, de la injusticia social.