NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
En la versión de texto sin formatear las palabras en itálicas están indicadas con _guiones bajos_; mientras que las palabras en Versalitas se han escrito en mayúsculas. Además, una letra precedida por el signo “^” indica que esa letra es un superíndice. Por ejemplo ^e representa la letra “e” en tamaño más pequeño que la escritura del resto del texto y se encuentra ligeramente por encima de la línea de escritura. En la obra original aparecen letras o conjunto de letras con un signo diacrítico que muestra una línea horizontal (macrón) en la parte superior de esas letras. Algunos de esos signos no pueden representarse en la versión sin formatear y en consecuencia están representados con la marca [=texto]; es decir que ese signo representa la palabra "texto" con una línea horizontal superior sobre dicha palabra (texto).
La obra incluye una Introducción de Menéndez y Pelayo y una segunda parte donde se presentan obras del período analizado en este tomo. Estas obras no sólo ilustran las temáticas elegidas por sus autores, sino el estilo, el lenguaje, modismos propios de la época, la ortografía e. incluso, las características de las impresiones tipográficas de ese entonces.
El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción, para la Introducción escrita por Menéndez y Pelayo, ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española, vigentes cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.
Para el texto citado de otros autores y las novelas incluidas en la segunda parte, el criterio fue privilegiar que coincidiese con el texto que figura en la imagen utilizada para llevar a cabo la transcripción.
No se han modificado evidentes errores tipográficos ni de ortografía estimando que la intención de Menéndez y Pelayo fue de que no se corrigieran, pues formaban parte de lo que era lo habitual en ese período. Esta presunción está sustentada en el hecho de que el mismo Menéndez y Pelayo introdujo correcciones aclaratorias en varias de las notas al pie de página presentes en la obra.
El Índice ha sido reubicado al comienzo de la obra.
En la Nota [267] Menéndez y Pelayo haciendo mención de una obra de Masuccio expresa, citando el texto de dicho autor, que: «Due cavalieri fiorentini se innamorano de due sorelle fiorentine...».
Sin embargo, en un estudio de Giulia Depoli (Le donne di Masuccio: agency oltre l’«anatemizzazione» e la «sublimazione»; Adi editore, 2023), se menciona lo siguiente:
«...i due cavalieri francesi Filippo de Lincurto e Ciarlo d’Amboia, stanziati a Firenze, si innamorano di due sorelle...»
La cubierta del libro fue modificada por el transciptor y se ha agregado al dominio público.
Orígenes de la Novela
Tomo II
Nueva Biblioteca de Autores Españoles
bajo la dirección del
Excmo. Sr. D. Marcelino Menéndez y Pelayo.
Orígenes de la Novela
Tomo II
Novelas de los siglos XV y XVI, con un estudio preliminar
de
D. M. Menéndez y Pelayo
de la Real Academía Española.
Madrid
Bailly//Bailliére é Hijos, Editores
Plaza de Santa Ana, núm. 10.
1907
ÍNDICE GENERAL
| Pág. | |
| Introducción | [I] |
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IX. Cuentos y novelas cortas.—Traducciones de Boccaccio, Bandello, Giraldi Cinthio, Straparola, Doni, Luis Guicciardini, Belleforest, etc.—Silva de varia lección, de Pero Mexía, considerada bajo el aspecto novelístico.—Miscelánea de D. Luis Zapata.—Philosophia Vulgar, de Juan de Mal Lara: relaciones entre la paremiología y la novelística.—Sobremesa y alivio de caminantes, de Juan de Timoneda.—El Patrañuelo: estudio de sus fuentes.—Otras colecciones de cuentos: Alonso de Villegas, Sebastián de Horozco, Luis de Pinedo, Garibay.—Glosas del sermón de Aljubarrota, atribuidas á D. Diego Hurtado de Mendoza.—Floresta Española, de Melchor de Santa Cruz.—Libros de apotegmas: Juan Rufo.—El cuento español en Francia.—Silva Curiosa, de Julián de Medrano.—Clavellinas de recreación, de Ambrosio de Salazar.—Rodomuntadas españolas.—Cuentos portugueses, de Gonzalo Fernández Trancoso.—El Fabulario, de Sebastián Mey.—Diálogos dé apacible entretenimiento, de Gaspar Lucas Hidalgo.—Noches de invierno, de Antonio de Eslava |
[I] |
| CARCEL DE AMOR, DE DIEGO DE SAN PEDRO | [1] |
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TRACTADO QVE HIZO NICOLAS NUÑEZ, SOBRE EL QVE DIEGO DE SAN PEDRO COMPUSO DE LERIANO Y LAUREOLA, LLAMADO «CARCEL DE AMOR» |
[29] |
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SERMON ORDENADO POR DIEGO DE SANT PEDRO PORQUE DIXERON VNAS SEÑORAS QUE LE DESSEAUAN OYR PREDICAR |
[37] |
| QUESTION DE AMOR DE DOS ENAMORADOS | [41] |
|
DIALOGO QUE TRATA DE LAS TRASFORMACIONES DE PITÁGORAS, EN QUE SE ENTRUDUCE UN ZAPATERO LLAMADO MICYLLO E UN GALLO, EN QUYA FIGURA ANDA PITÁGORAS, POR CRISTOBAL DE VILLALON. |
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| Capítulo I.—Como el gallo despertó á su amo Micillo e los consejos que le da | [99] |
|
Capítulo II.—Como el Gallo da a entender a su amo Micyllo quel es Pitagoras y como fue trasformado en gallo y Mycillo dize vna fabula de quien fue el gallo |
[100] |
| Capítulo III.—Que quenta Mycyllo lo que le sucedio en el conbite del rico Everates | [100] |
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Capítulo IV.—Que pone lo que soñaba Micillo, y lo que da a entender del sueño; cosa de gran sentencia |
[102] |
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Capítulo V.—Pone a quantos peligros se ponen las personas por adquirir riquezas y lo que dello les sucede y si es lícito o no |
[102] |
| Capítulo VI.—Como cuenta que fue Euforbio y da a entender a su amo quél habia sido hormiga | [103] |
| Capítulo VII.—Que siendo Pitagoras lo que le acaesció | [103] |
|
Capítulo VIII.—Como siendo Pitágoras fue transformado en Dionisio rey de Sicilia y lo que por mal gobernar se sucede |
[104] |
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Capítulo IX.—Que pone como fue trasformado de Dionisio en Epulon el rico y cuanto trabajo tiene uno en ser rico y lo que le sucedio |
[106] |
|
Capítulo X.—Que pone como fue casado con quatro mugeres y lo que le sucedió con la primera; cosa de notar |
[107] |
| Capítulo XI.—Como fue casado la segunda vez y lo que pasó con la segunda mujer | [107] |
| Capítulo XII.—Como se casó la tercera vez y lo que con ella le sucedio | [108] |
| Capítulo XIII.—Como casó la quarta vez y lo que con esta muger le sucedio | [108] |
| Capítulo XIV.—Como de Epulon fue transformado en asno; cosa de notar y gran sentencia | [109] |
| Capítulo XV.—Como su amo siendo asno lo vendio á los recueros y lo que le sucedio | [110] |
| Capítulo XVI.—Cuenta como los arrieros lo vendieron á un húngaro y lo que allí le sucedió | [111] |
| Capítulo XVII.—Como el húngaro lo vendio á los soldados y lo que le acaescio con ellos | [112] |
|
Capítulo XVIII.—Como los soldados lo vendieron á unos alemanes que iban á Roma y lo que cuenta por el camino; cosa de notar |
[112] |
| Capítulo XIX.—Que cuenta en pronosticar y lo de los agüeros; cosa de notar | [115] |
| Capítulo XX.—Como fue convertido en rana y lo que le sucedio de allí | [117] |
| Capítulo XXI.—Como fue convertido en ramera mujer llamada Clarichea | [117] |
|
Capítulo XXII.—Como fue convertido en gañan de campo y como servio un avariento y después fue tornado pavón e otras muchas cosas |
[118] |
|
EL CROTALON, DE CHRISTOFORO GNOSOPHO, NATURAL DE LA ÍNSULA EUTRAPELIA, UNA DE LAS ÍNSULAS FORTUNADAS |
|
| Prólogo del auctor | [119] |
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Argumento del primer canto del gallo.—En el primer canto que se sigue el auctor propone lo que ha de tratar en la presente obra: narrando el primer naçimiento del gallo y el suceso de su vida |
[121] |
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Argumento del segundo canto del gallo.—En el segundo canto que se sigue el auctor imita á Plutarco en vn dialogo que hizo entre Ulixes y vn griego llamado Grilo; el qual auia Cyrçes conuertido en puerco. En esto el auctor quiere dar a entender, que quando los hombres estan encenagados en los viçios y prinçipalmente de la carne son muy peores que brutos, y avn ay muchas fieras que sin comparaçión los exceden en el vso de la virtud |
[126] |
|
Argumento del tercero canto del gallo.—En el terçero canto que se sigue el auctor imita á Luçiano en todos sus dialogos: en los quales siempre reprehende á los philosophos y Religiosos de su tiempo |
[132] |
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Argumento del quarto canto del gallo.—En el quarto canto que se sigue el auctor imita á Luçiano en el libro que hizo llamado Pseudomantis. En el qual descriue marauillosamente mil tacañerias y embaymientos y engaños de vn falso religioso llamado Alexandro, que en muchas partes del mundo fingió ser propheta, dando respuestas ambiguas y industriosas para adquerir con el vulgo crédito y moneda |
[137] |
|
Argumento del quinto canto del gallo.—En el quinto, sexto y septimo cantos que se siguen el auctor debajo de vna graçiosa historia imita la parabola que Cristo dixo por San Lucas en el capitulo quince, del hijo prodigo. Verse ha en agraçiado estilo vn viçioso mançebo en poder de malas mugeres, bueltas las espaldas a su honrra, a los honbres y a Dios, disipar todos los doctes del alma, que son los thesoros que de su padre Dios heredó; y verase también los hechizos, engaños y encantamientos de que las malas mugeres vsan por gozar de sus laçivos deleytes por satisfazer a sola su sensualidad |
[145] |
|
Argumento del sexto canto del gallo.—En el sexto canto que se sigue el auctor descriue por industria admirable de vna pintura las victorias que el nuestro inuictissimo Emperador Carlos quinto deste nombre obo en la prision del Rey Francisco de Francia en Pauia, y la que obo en Tunez y en la batalla que dio a Lansgraue y a Juanduque de Saxonia y liga de herejes alemanes junto al rio Albis en Alemania |
[152] |
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Argumento del séptimo canto del gallo.—En el séptimo canto que se sigue el auctor concluyendo la parabola del hijo prodigo finge lo que comunmente suele aconteçer en los mançebos que aborridos de vn viçio dan en meterse frayles; y en el fin del canto se descriue vna famosa cortesana ramera |
[158] |
|
Argumento del octauo canto del gallo.—En el octauo canto que se sigue el auctor se finge hauer sido monja, por notarles algunos intereses que en daño de sus conçiençias tienen. Concluye con una batalla de ranas en imitaçion de Homero |
[166] |
|
Argumento del nono canto del gallo.—En el nono canto que se sigue el auctor imitando a Luçiano en el dialogo llamado Toxaris, en el qual trata de la amistad, el auctor trata de dos amigos fidelissimos que en casos muy arduos aprobaron bien su intinçion. Enseñase quales deuen ser los buenos amigos |
[172] |
|
Argumento del deçimo canto del gallo.—En el deçimo canto que se sigue el auctor prosigue lo mucho que Arnao hizo por cobrar a Alberto despues que su muger se murio. En lo qual mostró bien el valor de su amistad, y quales todos los amigos deuen ser |
[180] |
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Argumento del honzeno canto del gallo.—En el honzeno canto que se sigue el auctor imitando a Luçiano en el libro que intituló de Luctu habla de la superfluidad y vanidad que entre los cristianos se vsa en la muerte, entierro y sepoltura. Descriuese el entierro del marques del Gasto, Capitan general del Emperador en la Ytalia; cosa muy de notar |
[185] |
|
Argumento del duodeçimo canto del gallo.—En el canto doze que se sigue el auctor imitando a Luçiano en el dialogo que intituló Icaro Menipo, finge subir al cielo y descriue lo mucho que vio allá |
[191] |
|
Argumento del deçimoterçio canto del gallo.—En el deçimoterçio canto que se sigue el auctor prosiguiendo la subida del çielo descriue la pena que se da a los ingratos |
[196] |
|
Argumento del deçimo quarto canto del gallo.—En el deçimo quarto canto que se sigue el auctor concluye con la subida del çielo y propone tratar la bajada del infierno, declarando muchas cosas que açerca dél tuuieron los gentiles historiadores y poetas antiguos |
[203] |
|
Argumento del deçimo quinto canto del gallo.—En el deçimo quinto canto que se sigue el auctor imitando a Luçiano en el libro que intituló Necromançia finge deçendir al infierno. Donde descriue las estançias y lugares y penas de los condenados |
[209] |
|
Argumento del deçimo sexto canto del gallo.—En el deçimo sexto canto que se sigue el auctor en Rosicler hija del Rey de Siria descriue la feroçidad con que vna muger acomete qualquiera cosa que le venga al pensamiento si es lisiada de vn lasçiuo interes, y concluye con el deçendimiento del infierno imitando a Luçiano en los libros que de varios dialogos intituló |
[214] |
|
Argumento del deçimo septimo canto del gallo.—En el deçimo septimo canto que se sigue el auctor imitando a Luçiano en el dialogo llamado Conuiuium philosophorum, sueña auerse hallado en vna misa nueua, en la qual descriue grandes aconteçimientos que entre clerigos en ella passaron |
[220] |
|
Argumento del deçimo octauo canto del gallo.—En el deçimo octauo canto o sueño que se sigue el auctor muestra los grandes daños que en el mundo se siguen por faltar la verdad de entre los hombres |
[229] |
|
Argumento del deçimo nono canto del gallo.—En el deçimo nono canto que se sigue el auctor trata del trabajo y meseria que ay en el palaçio y seruiçio de los prinçipes y señores, y reprehende a todos aquellos que teniendo alguna habilidad para algún offiçio en que ocupar su vida, se priban de su bienauenturada libertad que naturaleza les dio, y por viuir en viçios y profanidad se subjetan al seruiçio de algún Señor |
[238] |
|
Argumento del vigessimo y vltimo canto del gallo.—En este vigessimo canto el auctor representa a Demophon, el qual viniendo vn dia a casa de Miçilo su vezino a le visitar le halló triste y afligido por la muerte de su gallo, y procurando dexarle consolado se vuelue a su casa |
[245] |
|
LOS SIETE LIBROS DE LA DIANA, DE GEORGE DE MONTEMAYOR, DIRIGIDA AL MUY ILLUSTRE SEÑOR DON JUAN DE CASTELLA DE VILLANOUA, SEÑOR DE LAS BARONÍAS DE BICORB Y QUESA |
[251] |
| Libro primero | [252] |
| Libro segundo | [267] |
| Libro terçero | [286] |
| Libro cuarto | [295] |
| Libro quinto | [314] |
| Libro sexto | [325] |
| Libro séptimo | [331] |
|
LA DIANA ENAMORADA, CINCO LIBROS QUE PROSIGUEN LOS VII DE JORGE DE MONTEMAYOR, POR GASPAR GIL POLO |
[337] |
| Libro primero | [338] |
| Libro segundo | [353] |
| Libro tercero | [363] |
| Libro cuarto | [376] |
| Libro quinto | [386] |
|
EL PASTOR DE FÍLIDA, COMPUESTO POR LUIS GÁLVEZ DE MONTALVO, GENTIL-HOMBRE CORTESANO |
[399] |
| Primera parte | [401] |
| Segunda parte | [410] |
| Tercera parte | [421] |
| Cuarta parte | [430] |
| Quinta parte | [448] |
| Sexta parte | [464] |
| Séptima parte | [477] |
|
COLLOQUIOS SATÍRICOS, HECHOS POR ANTONIO DE TORQUEMADA, SECRETARIO DEL YLLUSTRISSIMO SEÑOR DON ANTONIO ALFONSO PIMENTEL, CONDE DE BENAVENTE, DIRIGIDOS AL MUY YLLUSTRE Y MUY EXCELENTE SEÑOR DON ALONSO PIMENTEL, PRIMOGÉNITO Y SUCESSOR EN SU CASA Y ESTADO |
[485] |
|
Colloquio en que se tratan los daños corporales del juego, persuadiendo á los que lo tienen por vicio que se aparten dél, con razones muy suficientes y provechosas para ello |
[488] |
|
Colloquio en que se trata lo que los médicos y boticarios están obligados á hacer para cumplir con sus oficios, y así mesmo se ponen las faltas que hay en ellos para daño de los enfermos, con muchos avisos necesarios y provechosos. Divídese en dos partes: en la primera se trata lo que toca á los boticarios, y en la segunda lo de los médicos |
[499] |
|
Colloquio entre dos caballeros llamados Leandro y Florian y un pastor Amintas, en que se tratan las excelencias y perficion de la vida pastoril para los que quieren seguirla, probándolo con muchas razones naturales y autoridades y ejemplos de la Sagrada Escritura y de otros autores. Es muy provechosa para que las gentes no vivan descontentas con su pobreza, no pongan la felicidad y bienaventuranza en tener grandes riquezas y gozar de grandes estados |
[510] |
|
Colloquio que trata de la desorden que en este tiempo se tiene en el mundo, y principalmente en la cristiandad, en el comer y beber; con los daños que dello se siguen, y cuán necesario sería poner remedio en ello |
[521] |
|
Colloquio que trata de la desorden que en este tiempo se tiene en los vestidos y cuán necesario sería poner remedio en ello |
[527] |
|
Colloquio que trata de la vanidad de la honra del mundo, dividido en tres partes. En la primera se contiene qué cosa es la verdadera honra y cómo la quel mundo comunmente tiene por honra las más veces se podría tener por más verdadera infamia. En la segunda se tratan las maneras de las salutaciones antiguas y los títulos antiguos en el escrebir, loando lo uno y lo otro y burlando de lo que agora se usa. En la tercera se trata una cuestión antigua y ya tratada por otros sobre cuál sea más verdadera honra, la que se gana por el valor y merecimiento de las personas ó la que procede en los hombres por la dependencia de sus pasados. Es colloquio muy provechoso para descubrir el engaño con que las gentes están ciegas en lo que toca á la honra |
[531] |
|
Colloquio pastoril en que un pastor llamado Torcuato cuenta á otros dos pastores llamados Filonio y Grisaldo los amores que tuvo con una pastora llamada Belisia. Va compuesto en estilo apacible y gracioso y contiene en sí avisos provechosos para que las gentes huyan de dexarse vencer del Amor, tomando enxemplo en el fin que tuvieron estos amores y el pago que dan á los que ciegamente los siguen, como se podrá ver en el proceso deste colloquio |
[548] |
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Colloquio pastoril en que se tratan los amores de un pastor llamado Torcato con una pastora llamada Belisia; el cual da cuenta dellos á otros dos pastores llamados Filonio y Grisaldo, quexándose del agravio que recibió de su amiga. Va partido en tres partes. La primera es del proceso de los amores. La segunda es un sueño. En la tercera se trata la causa que pudo haber para lo que Belisia con Torcato hizo |
[549] |
INTRODUCCIÓN
IX
Cuentos y novelas cortas.—Traducciones de Boccaccio, Bandello, Giraldi Cinthio, Straparola, Doni, Luis Guicciardini, Belleforest, etc.—«Silva de varia lección», de Pero Mexía, considerada bajo el aspecto novelístico.—«Miscelánea», de don Luis Zapata.—«Philosophia Vulgar», de Juan de Mal Lara: relaciones entre la paremiología y la novelística.—«Sobremesa y alivio de caminantes», de Juan de Timoneda.—«El Patrañuelo»: estudio de sus fuentes.—Otras colecciones de cuentos: Alonso de Villegas, Sebastián de Horozco, Luis de Pinedo, Garibay.—«Glosas del sermón de Aljubarrota», atribuidas á D. Diego Hurtado de Mendoza.—«Floresta Española», de Melchor de Santa Cruz.—Libros de apotegmas: Juan Rufo.—El cuento español en Francia.—«Silva Curiosa», de Julián de Medrano.—«Clavellinas de recreación», de Ambrosio de Salazar.—«Rodomuntadas españolas».—Cuentos portugueses, de Gonzalo Fernández Trancoso.—El «Fabulario», de Sebastián Mey.—«Diálogos de apacible entretenimiento», de Gaspar Lucas Hidalgo.—«Noches de invierno», de Antonio de Eslava.
Los orígenes más remotos del cuento ó novela corta en la literatura española hay que buscarlos en la Disciplina Clericalis, de Pedro Alfonso, y en los libros de apólogos y narraciones orientales traducidos é imitados en los siglos XIII y XIV. Más independiente el género, con grande y verdadera originalidad en el estilo y en la intención moral, se muestra en El Conde Lucanor, y episódicamente en algunos libros de Ramón Lull y en la Disputa del asno, de Fr. Anselmo de Turmeda. Pero cortada esta tradición después del Arcipreste de Talavera, la novelística oriental y la española rudimentaria que se había criado á sus pechos cede el puesto por más de una centuria á la italiana. Este período de reposo y nueva preparación es el que rompió triunfalmente Miguel de Cervantes en 1613 con la publicación de sus Novelas Ejemplares, que sirvieron de pauta á todas las innumerables que se escribieron en el siglo XVII. Entendida como debe entenderse, es de rigurosa exactitud esta afirmación del príncipe de nuestros ingenios: «Yo soy el primero que he novelado en lengua castellana; que las muchas novelas que en ella andan impresas todas son traducidas de lenguas estrangeras, y estas son mias propias, no imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendró y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa».
Estas lenguas extranjeras se reducen, puede decirse, al italiano. Pero no se crea que todos, ni siquiera la mayor parte de los novellieri, fuesen traducidos íntegros ó en parte á nuestra lengua. Sólo alcanzaron esta honra Boccaccio, Bandello, Giraldi Cinthio, Straparola y algún otro de menos cuenta. Por el número de estas versiones, que además fueron poco reimpresas, no puede juzgarse del grado de la influencia italiana. Era tan familiar á los españoles, que la mayor parte de los aficionados á la lectura amena gozaba de estos libros en su lengua original, desdeñando con razón las traducciones, que solían ser tan incorrectas y adocenadas como las que ahora se hacen de novelas francesas. Pero al lado de estos intérpretes, que á veces ocultaban modestamente su nombre, había imitadores y refundidores, como los valencianos Timoneda y Mey y el portugués Trancoso, que, tomando por base las colecciones toscanas, manejaban más libremente los argumentos y aun solían interpolarlos con anécdotas españolas y rasgos de nuestro folk-lore. Abundan éstos, sobre todo, en las colecciones de cuentos brevísimos y de forma casi esquemática, tales como el Sobremesa, del mismo Timoneda; la Floresta Española, de Melchor de Santa Cruz, y los apotegmas y dichos agudos ó chistosos que recopilaron Luis de Pinedo, D. Juan de Arguijo y otros ingenios, con quienes ya iremos trabando conocimiento. Son varias también las obras misceláneas que ofrecen ocasionalmente materiales para el estudio de este género embrionario, que por su enlace con la novelística popular despierta en gran manera la curiosidad de los doctos. Este aspecto muy interesante tenemos que relegarle á segundo término, porque no escribimos de la novela como folkloristas, sino como literatos, ni poseemos el caudal de erudición suficiente para comparar entre sí las narraciones orales de los diversos pueblos. Ateniéndonos, pues, á los textos escritos, daremos razón ante todo de las traducciones de novelas italianas hechas en España durante los siglos XV y XVI.
Ningunas más antiguas é interesantes que las de Boccaccio, aunque por ventura el Decameron fue menos leído y citado que ninguna otra de sus obras latinas y vulgares; menos seguramente que la Caída de Príncipes, traducida en parte por el canciller Ayala antes de 1407 y completada en 1422 por D. Alonso de Cartagena; menos que la Fiammetta y el Corbaccio, cuya profunda influencia en nuestra novela, ya sentimental, ya satírica, hemos procurado determinar en capítulos anteriores; menos que el libro De claris mulieribus, imitado por D. Álvaro de Luna y por tantos otros; menos que sus repertorios de mitología y geografía antigua (De Genealogiis Deorum, De montibus, silvis, lacubas, fluminibus, stagnis et paludibus et de nominibus maris). De todas estas y otras obras de Boccaccio existen traducciones castellanas ó catalanas en varios códices y ediciones, y su difusión está atestiguada además por el uso constante que de ellas hacen nuestros autores del siglo XV, citándolas con el mismo encarecimiento que las de los clásicos antiguos, ó aprovechándolas muy gentilmente sin citarlas, como hizo Bernat Metge en su Sompni[1].
El Decameron, libro reprobado por su propio autor[2] y que contiene tantas historias deshonestas, tuvo que ser leído más en secreto y alegado con menos frecuencia. No se encuentra imitación de ninguno de los cuentos hasta la mitad del siglo XVI, pero todos ellos habían sido trasladados al catalán y al castellano en la centuria anterior.
La primera novela de Boccaccio que penetró en España, pero no en su forma original, sino en la refundición latina que había hecho el Petrarca con el título De obedientia ac fide uxoria[3], fue la última del Decameron, es decir, la historia de la humilde y paciente Griselda, tan recomendable por su intención moral. Bernat Metge, secretario del rey D. Martín de Aragón y uno de los más elegantes y pulidos prosistas catalanes, puso en lengua vulgar aquel sabroso aunque algo inverosímil cuento, para obsequiar con él á Madona Isabel de Guimerá[4]. No se conoce exactamente la fecha de esta versión, que en uno de los dos manuscritos que la contienen lleva el título de Historia de las bellas virtuts, pero de seguro es anterior á 1403, en que el mismo autor compuso su célebre Sueño, donde atestigua la gran popularidad que la novela de la marquesa de Saluzzo había adquirido ya, hasta el punto de entretener las veladas del invierno, mientras hilaban las mujeres en torno del fuego[5].
Un arreglo ó traducción abreviada de la misma historia, tomada también del Petrarca, y no de Boccaccio, se encuentra en un libro castellano anónimo, Castigos y dotrinas que un sabio dava a sus hijas[6]. Es breve esta versión y tan apacible y graciosa de lengua, que me parece bien ponerla aquí, para amenizar la aridez de estos prolegómenos bibliográficos:
«Leese en un libro de las cosas viejas que en una parte de Italia en una tierra que se llama de los Salucios ovo un marqués sennor de aquella tierra, el qual era muy virtuoso y muy discreto, pero no curava de se casar, y commo ya fuese en tal hedat que devia tomar muger, sus vasallos y cavalleros le suplicaron que se quisiese casar, porque dél quedase fruto que heredase aquella tierra. Y tanto gelo amonestaron que dixo que le plazía, pero que él quería escoger la muger que avia de tomar, y que ellos le prometiesen de ser contentos con ella, los quales dixeron que les plazía. Y dende á poco tiempo él tomó por su muger á una donzella hija de un vasallo suyo bien pobre, pero de buen gesto y onestas y virtuosas costumbres. Y al tiempo que la ovo de tomar él se fué á casa de su padre, al qual preguntó si le quería dar á su hija por muger. Y el cavallero pobre, commo se maravillase de aquello, le rrespondió: «Sennor eres de mí y de mi hija. Faz á tu voluntad». Y luego el marqués preguntó á la donzella si queria ser su muger, la qual con grant vergüença le rrespondió: «Sennor, veo que soy yndigna para me casar contigo, pero si la voluntat de Dios es aquesta y mi ventura es tal, faz lo que te pluguiere, que yo contenta soy de lo que mandares». El marqués le dixo que, si con él avia de casar, que parase mientes que jamas avia de contradizir lo que él quisiese, ni mostrar pesar por cosa que á él pluguiese ni mandase, mas que de todo ello avia de ser plazentera, la qual le dixo que así lo faria. Y luégo el marqués en presencia de todos los cavalleros y vasallos suyos dixo que él queria á aquella por muger, y que todos fuesen contentos con ella y la onrasen y sirviesen commo á su muger. Y ellos rrespondieron que les plazía. Y luégo la mandó vestir y aderesçar commo á novia. Y en aquel dia hizo sus bodas y sus fiestas grandes. Y bivieron despues en uno muy alegremente. La qual sallió y se mostró tanto buena y discreta y de tanta virtud que todos se maravillavan. Y haziendo assy su vida el marqués y su muger, y teniendo una hija pequenna muy hermosa, el marqués quiso provar á su muger hasta do podria llegar su obediencia y bondat. Y dixo á su muger que sus vasallos estavan muy despagados dél, diziendo que en ninguna manera no quedarían por sus sennores fijos de muger de tan baxo linaje, que por esto le conplia que no toviese más aquella hija, porque sus vasallos no se le rrevelasen, y que gelo hazia saber porque á ella pluguiese dello; la qual le respondió que pues era su sennor, que hiziese á su voluntad. Y el marqués dende á poco enbió un escudero suyo á su muger á demandarle la hija, la qual, aunque pensó que la avian de matar, pero por ser obediente no mostró tristeza ninguna, y miróla un poco y santiguóla y besóla y dióla al mensajero del marqués, al qual rrogó que tal manera toviesse commo no la comiesen bestias fieras, salvo si el sennor otra cosa le mandase. Y el marqués embió luego secretamente á su hija á Bolonna á una su hermana que era casada con un conde dende, á la qual enbió rogar que la criase y acostunbrase commo á su hija, sin que persona lo supiese que lo era. Y la hermana hízolo assi. Y la muger commo quier que pensava que su hija era muerta, jamas le dió á entender cosa ni le mostró su cara ménos alegre que primero por no enojar á su marido. Y despues parió un hijo muy hermoso. Y á cabo de dos annos el marqués dixo á su muger lo que primero por la hija, y en aquella misma manera lo enbió á su hermana que lo criase. Ni nunca por esto esta noble muger mostró tristeza alguna ni de ál curava sino de plazer hazer á su marido. Y commo quier que harto bastava esta espiriencia para provar el marqués la bondat de su muger, pero á cabo de algunos annos, pensó de la provar más y enbió por sus hijos. Y dió á entender á la muger que él se queria casar con otra porque sus vasallos no querian que heredasen sus hijos aquel sennorio, lo qual por cierto era por el contrario, ántes eran muy contentos y alegres con su sennora, y se maravillavan qué se avian hecho los hijos. Y el marqués dixo á su muger que le era tratado casamiento con una hija de un conde, y que le era forçado de se fazer, por ende que toviesse fuerte coraçon para lo sofrir, y que se tornase á su casa con su dote, y diese logar á la otra que venia cerca por el camino ya, á lo qual ella rrespondió: «Mi sennor, yo siempre tove que entre tu grandeza y mi humildat no avia ninguna proporcion, ni jamás me sentí digna para tu servicio, y tú me feziste digna desta tu casa, aunque á Dios hago testigo que en mi voluntad siempre quedé sierva. Y deste tiempo que en tanta honrra contigo estove sin mis merescimientos do gracias á Dios y á ti. El tienpo por venir aparejada estoy con buena voluntad de pasar por lo que me viniese y tú mandares. Y tornarme he á la casa de mi padre á hazer mi vejez y muerte donde me crié y hize mi ninnez, pero siempre seré honrrada biuda, pues fuy muger de tal varon. A lo que dizes que lleve comigo mi dote, ya sabes, sennor, que no traxe ál sino la fe, y desnuda salli de casa de mi padre y vestida de tus pannos los quales me plaze desnudar ante ti; pero pídote por mercet siquiera, porque el vientre en que andovieron tus hijos no paresca desnudo al pueblo, la camisa sola me dexes llevar». Y commo quier que al marqués le vinieron las lágrimas á los ojos mirando tanta bondat, pero bolvió la cara. Y yda su muger á casa de su padre vistióse las rropas que avia dexado en su casa, las quales el padre todavia guardó rrecelando lo mismo que veya. Las duennas todas de aquella cibdat de grant compasion acompannavanla en su casa. Y commo y allegasen cerca de la cibdat los fijos del marqués, embió por su muger y díxole: «Ya sabes commo viene esta doncella con quien tengo de casar, y viene con ella un su hermano donzel pequenno y asimismo el conde mi cunnado que los trae y otra mucha gente, y yo querria les fazer mucha onrra, y porque tú sabes de mis costumbres y de mi voluntad, querria que tú hizieses aparejar las cosas que son menester, y aunque no estés así bien vestida, las otras duennas estarán al rrecibimiento dellos y tú aderesçarás las cosas nescessarias». La qual le rrespondió: «Sennor, de buena voluntad y con grant desseo de te conplazer faré lo que mandares». Y luégo puso en obra lo que era nescesario. Y commo llegó el conde con el donzel y con la donzella, luégo la virtuosa duenna la saludó y dixo: «En ora buena venga mi sennora». Y el marqués despues que vido á su muger andar tan solícita y tan alegre en lo que avia mandado, le dixo ante todas: «Duenna, ¿qué vos paresce de aquesta donzella?» Y ella rrespondió: «Por cierto, sennor, yo creo que más hermosa que ésta no la podrías hallar, y si con ésta no te contentas, yo creo que jamás podrás ser contento con otra. Y espero en Dios que farás vida pacífica con ella, mas rruégote que no des á ésta las tentaciones que á la otra, ca segun su hedat pienso que no las podrá comportar». Y commo esto oyó el marqués, movido con grant piedad y considerando á la grande ofensa que avia hecho á su muger y commo ella lo avia conportado dixo: «O muy noble muger, conocida es á mí tu fé y obediencia, y no creo que so el cielo ovo otra que tanta esperiencia de sí mostrase. Yo no tengo ni terné otra muger sino á ti, y aquesta que pensavas que era mi esposa, tu hija es, y lo que pensavas que avias perdido, juntamente lo has fallado». Y commo ella esto oyó con el grand gozo pareció sallir de seso y con lágrimas de grant plazer fué abraçar á sus hijos. A la qual luégo fueron traydas sus rropas, y en gran plazer y alegría pasaron algunos dias. Y despues siempre bivieron contentos y bienaventurados. Y la grant fama y obediencia desta sennora oy en dia tura en aquellas tierras».
La indicación del «libro de las cosas viejas» nos hace pensar que el Sabio anónimo autor de los Castigos pudo valerse de alguna compilación en que el cuento de Griselda estaba extractado. Pero, como prueba con toda evidencia miss Bourland en su magistral monografía[7], este texto, cualquiera que fuese, estaba tomado de la versión de Petrarca y no de la de Boccaccio, puesto que conviene con la primera en todos los puntos de detalle en que el imitador latino altera el original. Por su parte, el imitador castellano no hace más que suprimir los nombres de los personajes, omitir ó abreviar considerablemente algunos razonamientos y convertir al padre de Griselda, que en el original es un pobre labrador, en un caballero pobre.
Es cosa digna de notarse que en las primitivas traducciones catalana y castellana del Decameron, que citaremos inmediatamente, la Griselda de Boccaccio está sustituida con la del Petrarca, que sin duda se estimaba más por estar en latín. Y del Petrarca proceden también por vía directa ó indirecta la Patraña 2.ª, de Timoneda; la Comedia muy ejemplar de la Marquesa de Saluzia, del representante Navarro[8], que sigue al mismo Timoneda y al Suplemento de todas las crónicas del mundo[9], y hasta los romances vulgares de Griselda y Gualtero, que andan en pliegos de cordel todavía[10]. Sólo puede dudarse en cuanto á la comedia de Lope de Vega El exemplo de casadas y prueba de la paciencia, porque trató con mayor libertad este argumento, que según dice él mismo andaba figurado hasta en los naipes de Francia y Castilla. De este raro género de popularidad disfrutaron también otros cuentos de Boccaccio. Fernando de la Torre, poeta del siglo XV, dice en una cierta invención suya sobre el juego de los naipes: «Ha de ser la figura del cavallero la ystoria de Guysmonda como le envia su padre un gentil onbre en un cavallo e le trae el coraçon de su enemigo Rriscardo (Guiscardo), el qual con ciertas yerbas toma en una copa de oro e muere»[11].
Todas las novelas de Boccaccio (excepto la última, que fué sustituida con la Historia de las bellas virtuts, de Bernat Metge) fueron traducidas al catalán en 1429 por autor anónimo, que residía en San Cugat del Vallés, monje quizá de aquella célebre casa benedictina. El precioso y solitario códice que nos ha conservado esta obra perteneció á D. Miguel Victoriano Amer y pertenece hoy á D. Isidro Bonsoms y Sicart, que le guarda con tantas otras joyas literarias en su rica biblioteca de Barcelona[12]. Pronto será del dominio público esta interesante versión, que está imprimiendo para la Biblioteca Hispánica el joven y docto catalanista D. J. Massó y Torrents. Á su generosidad literaria debo algunas páginas de esta obra, que es no sólo un monumento de lengua, sino una traducción verdaderamente literaria, cosa rarísima en la Edad Media, en que las versiones solían ser calcos groseros. Contiene no sólo las novelas, sino todas las introducciones á las giornate y á cada una de las novelas en particular, y todos los epílogos. Omite la ballata de la jornada décima, y en general todos los versos; pero en las jornadas primera, quinta, sexta y octava las sustituye con poesías catalanas originales, que no carecen de mérito. Muy linda es, por ejemplo, ésta, con que termina la jornada octava:
Pus que vuyt jorns stich, Senyora,
Que no us mir,
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
E quant eu pas per la posada
Eu dich, Amor, qui us ha lunyada
Que no us mir?
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
Yo dich, Amor, qui us ha lunyada
Lo falç marit qui m' ha reptada
Que no us mir?
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
E quant eu pas per la pertida
Eu dich, Amor, qui us ha trahida
Que no us mir?
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
Yo dich, Amor, qui us ha trahida
Lo falç gelos qui m' ha ferida
Que no us mir?
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
Todavía es más primorosa, aunque algo liviana, la canción final de la jornada sexta:
No puch dormir soleta no,
¿Que m' fare lassa
Si no mi spassa?
Tant mi turmenta l' amor.
Ay amich, mon dolç amich,
Somiat vos he esta nit,
¿Que m' fare lassa?
Somiat vos he esta nit
Que us tenia en mon lit,
¿Que m' fare lassa?
Ay amat, mon dolç amat,
Anit vos he somiat
¿Que m' fare lassa?
Anit vos he somiat
Que us tenia en mon braç,
¿Que m' fare lassa?
Así, por coincidencia de sentimiento ó de sensación, se repiten, á través de los siglos, las quejas de la enamorada Safo: «ἔγω δὲ μόνα καθεὐδω».
Es verosímil que estas composiciones sean anteriores á la traducción, y de autor ó autores diversos, porque una de ellas, la de la jornada primera, no es más que la primera estancia de una canción más provenzal que catalana, que Milá ha publicado como de la Reina de Mallorca Doña Constanza, hija de Alfonso IV de Aragón, casada en 1325[13].
Todavía es más curiosa la sustitución de los títulos ó primeras palabras de los cantos populares que cita el desvergonzadísimo Dioneo por otros catalanes, que á juzgar por tan pequeña muestra no debían de ser menos picantes ni deshonestos. Por lo demás, el anónimo intérprete no parece haber sentido escrúpulo alguno durante su tarea, y es muy raro el caso en que cambia ó suprime algo, por ejemplo, las impías palabras con que termina el cuento de Masetto de Lamporechio (primero de la tercera jornada). Alguna vez intercala proverbios, entre ellos uno aragonés (giorn. 7, nov. 2): «E per ço diu en Arago sobre cuernos cinco soeldos».
Contemporánea y quizá anterior á esta traducción catalana, aunque muy inferior á ella por todos respectos, fué la primitiva castellana, de la cual hoy sólo existe un códice fragmentario en la Biblioteca del Escorial. Pero hay memoria do otros dos por lo menos. En el inventario de los libros de la Reina Católica, que estaban en el alcázar de Segovia á cargo de Rodrigo de Tordesillas en 1503, figura con el número 150 «otro libro en romance de mano, que son las novelas de Juan Bocacio, con unas tablas de papel forradas en cuero colorado»[14]. Y en el inventario, mucho más antiguo (1440), de la biblioteca del conde de Benavente D. Rodrigo Alfonso Pimentel, publicado por Fr. Liciniano Sáez[15], se mencionan «unos cuadernos de las cien novelas en papel cebtí menor». No se dice expresamente que estuviesen en castellano, pero la forma de cuadernos, que parecería impropia de un códice traído de Italia, y la calidad del papel tan frecuente en España durante el siglo XIV y principios del XV, y enteramente desusado después, hacen muy verosímil que las novelas estuviesen en castellano[16]. Quizá la circunstancia de andar en cuadernos sueltos fué causa de que se hiciesen copias parciales como la del Escorial, y que tanto en estas copias como en la edición completa del Decameron castellano de 1496 y en todas las restantes se colocasen las novelas por un orden enteramente caprichoso, que nada tiene que ver con el del texto italiano.
El manuscrito del Escorial, cuya letra es de mediados del siglo XV, tiene el siguiente encabezamiento:
«Este libro es de las ciento novelas que conpuso Juan Bocaçio de Cercaldo, un grant poeta de Florencia, el qual libro, segun en el prologo siguiente paresce, él fizo y enbió en especial a las nobles dueñas de Florencia y en general a todas las señoras y dueñas de qualquier nascion y Reyno que sea; pero en este presente libro non estan más de la cinquenta e nueve novelas».
En realidad sólo contiene cincuenta, la mitad exacta; pero el prólogo general está partido en diez capítulos. Desaparece la división en jornadas y casi todo lo que no es puramente narrativo. No es fácil adivinar el criterio con que la selección fue hecha, pero seguramente no se detuvo el traductor por escrúpulos religiosos, puesto que incluye la novela de Ser Ciappelleto, la del judío Abraham, la de Frate Cipolla y otras tales, ni por razones de moralidad, puesto que admite la de Peronella, la de Tofano, la del ruiseñor y alguna otra que no es preciso mencionar más expresamente. Sólo el gusto personal del refundidor, ó acaso la circunstancia de no disponer de un códice completo, sino de algunos cuadernos como los que tenía el conde de Benavente, pueden explicar esto, lo mismo que la rara disposición en que colocó las historias. La traducción es servilmente literal, y á veces confusa é ininteligible por torpeza del intérprete ó por haberse valido de un códice incorrecto y estropeado. Miss Bourland publicó la tabla de los capítulos, pero no sé que ninguna de las novelas se haya impreso todavía. Por mi parte, atendiendo á la antigüedad, no al mérito de la versión, pongo en nota la 9.ª de la quinta giornata, de donde tomó Lope de Vega el argumento de su comedia El halcón de Federico[17].
Sabido es que la imprenta madrugó mucho en Italia para difundir la peligrosa lectura del Decameron. Á una edición sin año, que se estima como la primera, sucedieron la de Venecia, 1471; la de Mantua, 1472, y luego otras trece por lo menos dentro del siglo XV, rarísimas todas, no sólo á título de incunables, sino por haber ardido muchos ejemplares de ellas en la grande hoguera que el pueblo florentino, excitado por las predicaciones de Fr. Jerónimo Savonarola y de su compañero Fr. Domingo da Pescia, encendió en la plaza el último día de Carnaval de 1497, arrojando á ella todo género de pinturas y libros deshonestos.
Por extraño que parezca, ninguna de estas primitivas ediciones de las Cien Novelas sirvió de texto á la española, publicada en Sevilla en 1496 y reimpresa cuatro veces hasta mediar el siglo XVI (Toledo, 1524; Valladolid, 1539; Medina del Campo, 1543; Valladolid, 1550)[18]. Miss Bourland prueba, mediante una escrupulosa confrontación, que el texto de la edición sevillana está muy estrechamente emparentado en el del códice del Escorial para las cincuenta novelas que éste contiene. En muchos casos son literalmente idénticos; convienen en la sustitución de algunos nombres propios á otros del original italiano; tienen en algunos pasajes los mismos errores de traducción, los mismos cambios y adiciones. Coinciden también en dividir la introducción en capítulos, aunque no exactamente los mismos. Finalmente, se asemejan en la inaudita confusión y barullo en que presentan los cuentos, perdida del todo la división en jornadas, y en suprimir la mayor parte de los prólogos y epílogos que las separan, y por de contado, todos los versos, á excepción de la ballata de la décima jornada, que está en el impreso, pero no en el manuscrito[19].
Las otras cincuenta novelas están traducidas en el mismo estilo, no de fines, sino de principios del siglo XV, y casi de seguro por el mismo traductor. De todo esto se infiere con mucha verosimilitud que el Decameron de Sevilla, cuyo texto es un poco menos incorrecto que el del manuscrito escurialense, ya porque el editor lo cotejase y enmendase con el italiano, lo cual no puedo creer, ya porque se valiese de un códice mejor, representa aquella vieja traducción en cuadernos, los cuales, trastrocados y revueltos de uno en otro poseedor ó copista, llegaron á la extravagante mezcolanza actual, en que hasta los nombres de los narradores aparecen cambiados en muchos casos, y se altera el texto para justificar el nuevo enlace de las historias. Pero es imposible que la primitiva versión estuviese dispuesta así; lo que tenemos es un rifacimento, una corruptela, que tampoco puedo atribuir al editor de 1496, porque más fácil le hubiera sido restablecer el orden italiano de las historias que armar tan extraño embolismo. Se limitó, sin duda, á reproducir el manuscrito que tenía, y este manuscrito era un centón de algún lector antiguo que, perdido en el laberinto de sus cuadernos, los zurció y remendó como pudo, sin tener presente el original, que le hubiese salvado de tal extravío.
Dos cosas más hay que notar en esta versión, aparte de otras muchas de que da minuciosa cuenta miss Bourland. Contiene todas las novelas del Decameron, incluso las más licenciosas; únicamente suprime, sin que pueda atinarse la causa, la novela 5.ª de la jornada 9.ª (Calandrino), y la sustituye con otra novela de origen desconocido, aunque probablemente italiano. La Griselda, como ya indicamos, no está traducida de Boccaccio, sino de la paráfrasis latina del Petrarca.
Á pesar de sus cinco ediciones, el Decameron castellano es uno de los libros más peregrinos de cualquier literatura. Nuestra Biblioteca Nacional no posee, y eso por reciente entrada de la librería de D. Pascual Gayangos, más que la penúltima edición, la de Medina del Campo, y es también la única que se conserva en el Museo Británico. En París sólo tienen la última de 1550. Mucho más afortunada la Biblioteca Nacional de Bruselas, posee, no sólo el único ejemplar conocido de la edición incunable, sino también la primera de Valladolid. El precioso volumen de Toledo no existe más que en la Biblioteca Magliabecchiana de Florencia.
Vino á cortar el vuelo á estas ediciones la prohibición fulminada por el Concilio de Trento contra las Cien Novelas, consignada en el Índice de Paulo IV (Enero de 1559), y trasladada por nuestro inquisidor general Valdés al suyo del mismo año. Más de cincuenta ediciones iban publicadas hasta entonces en Italia. Sabido es que la prohibición fue transitoria, puesto que San Pío V, á ruegos del Gran Duque Cosme de Médicis, permitió á los académicos florentinos (llamados después de la Crusca) que corrigiesen el Decameron de modo que pudiese correr sin escándalo en manos de los amantes de la lengua toscana. Esta edición corregida no apareció hasta el año 1573, bajo el pontificado de Gregorio XIII; refundición bien extraña, por cierto, en que quedaron intactas novelas indecentísimas sólo con cambiar las abadesas y monjas en matronas y doncellas, los frailes en nigromantes y los clérigos en soldados. Respetamos los altos motivos que para ello hubo y nos hacemos cargo de la diferencia de los tiempos. Esta edición, llamada de los Deputati, fue considerada desde luego como texto de lengua, y á ella se ajustan todas las de aquel siglo y los dos siguientes, salvo alguna impresa en Holanda y las que con falso pie de imprenta se estamparon en varias ciudades de Italia en el siglo XVIII.
La Inquisición Española, por su parte, autorizó el uso de esta edición en el Índice de Quiroga (1583), donde sólo se prohiben las Cien Novelas siendo de las impresas antes del Concilio: «Boccacii Decades sive Decameron aut novellæ centum, nisi fuerint ex purgatis et impressis ab anno 1572», fórmula que se repite en todos los índices posteriores[20]. Á la traducción castellana, como completa que era, le alcanzaba de lleno la prohibición, y nadie pensó en expurgarla, ni hacía mucha falta, porque el Decameron italiano corría con tal profusión[21] y era tan fácilmente entendido, que no se echaba muy de menos aquella vieja traslación tan ruda y destartalada[22].
Precisamente la influencia de Boccaccio como cuentista y como mina de asuntos dramáticos corresponde al siglo XVII más que al XVI. Antes de la mitad de esta centuria apenas se encuentra imitación formal de ninguna de las novelas. No es seguro que el cuento de la piedra en el pozo, tal como se lee en el Corvacho del Arcipreste de Talavera, proceda de la novela de Tofano (4.ª de la jornada VII); una y otra pueden tener por fuente común á Pedro Alfonso[23]. Todavía es más incierto, á pesar de la opinión de Landau[24], que el romance del Conde Dirlos, que debe de ser de origen francés como todos los carolingios, tenga con la novela de Messer Torello (giorn. X, n. 9) más relación que el tema general de la vuelta del esposo, á quien se suponía perdido ó muerto, y que llega á tiempo para impedir las segundas bodas de su mujer. El romance carece enteramente de la parte mágica que hay en la novela de Boccaccio y no hay nada que recuerde la intervención de Saladino. En una versión juglaresca y muy tardía del romance de El Conde Claros añadió el refundidor Antonio de Pansac una catástrofe trágica (el corazón del amante presentado en un plato), tomada, según creo, del Decameron, ya en la novela de Ghismonda y Guiscardo (giorn. IV, 1), ya en la de Guiglielmo Rossiglione (Guillem de Cabestanh), que es la 9.ª de la misma jornada[25].
Escasas son también las reminiscencias en los libros de caballerías, salvo en Tirant lo Blanch, que tanto difiere de los demás, no sólo por la lengua, sino por el espíritu. Además de varias frases y sentencias literalmente traducidas, Martorell reproduce una novela entera (giorn. II, n. 4), la del mercader Landolfo Ruffolo, que después de haber perdido todos sus haberes en un naufragio, encuentra como tabla de salvamento una cajita llena de piedras preciosas. Hay otras evidentes imitaciones de pormenor, que recoge con admirable diligencia Arturo Farinelli, el primero que se ha fijado en ellas[26].
Otro libro de caballerías, excepcional también en algunas cosas, el Palmerín de Inglaterra, de Francisco Moraes, contiene una imitación de la novela de Ghismonda: «Tomó la copa en las manos, y diziendo al corazón de Artibel palabras de mucho dolor, y diziendo muchas lástimas, la hinchió de lágrimas»[27].
El ejemplo más singular de la influencia de Boccaccio en España es la adaptación completa de una novela, localizándose en ciudad determinada, enlazándose con apellidos históricos, complicándose con el hallazgo de unos restos humanos é imponiéndose como creencia popular, viva todavía en la mente de los españoles. Tal es el caso de la leyenda aragonesa de los Amantes de Teruel, cuya derivación de la novela de Girolamo y Salvestra (giorn. IV, 8) es incuestionable y está hoy plenamente demostrada[28], sin que valga en contra la tradición local, de la que no se encuentra vestigio antes de la segunda mitad del siglo XVI, tradición que ya en 1619 impugnaba el cronista Blasco de Lanuza[29] y que intentó reforzar con documentos apócrifos el escribano poeta Juan Yagüe de Salas. El «papel de letra muy antigua» que él certifica haber copiado y lleva por título Historia de los amores de Diego Juan Martinez de Marcilla é Isabel de Segura, año 1217, es ficción suya, poniendo en prosa, que ni siquiera tiene barniz de antigua excepto al principio, lo mismo que antes había contado en su fastidiosísimo poema publicado en 1616[30]. No por eso negamos la existencia de los Amantes, ni siquiera es metafísicamente imposible que la realidad haya coincidido con la poesía, pero sería preciso algún fundamento más serio que los que Antillón deshizo con crítica inexorable, aun sin conocer la fuente literaria de la leyenda.
Antonio de Torquemada, en sus Coloquios Satíricos (1553), y Juan de Timoneda, en su Patrañuelo (1566), son los primeros cuentistas del siglo XVI que empiezan á explotar la mina de Boccaccio. Después de ellos, y sobre todo después del triunfo de Cervantes, que nunca imita á Boccaccio directamente, pero que recibió de él una influencia formal y estilística muy honda y fué apellidado por Tirso «el Boccaccio español», los imitadores son legión. El cuadro general de las novelas, tan apacible ó ingenioso, y al mismo tiempo tan cómodo, se repite hasta la saciedad en Los Cigarrales de Toledo, del mismo Tirso; en el Para todos, de Montalbán; en la Casa del placer honesto, de Salas Barbadillo; en las Tardes entretenidas, Jornadas alegres, Noches de placer, Huerta de Valencia, Alivios de Casandra y Quinta de Laura, de Castillo Solórzano; en las Novelas amorosas, de Doña María de Zayas; en las Navidades de Madrid, de Doña Mariana de Carvajal; en las Navidades de Zaragoza, de D. Matías de Aguirre; en las Auroras de Diana, de D. Pedro de Castro y Anaya; en las Meriendas del ingenio, de Andrés de Prado; en los Gustos y digustos del Lentiscar de Cartagena, de Ginés Campillo, y en otras muchas colecciones de novelas, y hasta de graves disertaciones, como los Días de jardín, del Dr. Alonso Cano.
Hubo también, aunque en menor número de lo que pudiera creerse, imitaciones de novelas sueltas, escogiendo por de contado las más honestas y ejemplares. Matías de los Reyes, autor de pobre inventiva y buen estilo, llevó la imitación hasta el plagio en El Curial del Parnaso y en El Menandro. Alguna imitación ocasional se encuentra también en el Teatro Popular, de Lugo Dávila; en El Pasajero, de Cristóbal Suárez de Figueroa, y en El Criticón, de Gracián. Puntualizar todo esto y seguir el rastro de Boccaccio hasta en nuestros cuentistas más oscuros es tarea ya brillantemente emprendida por miss Bourland y que procuraremos completar cuando tratemos de cada uno de los autores en la presente historia de la novela. Pero desde luego afirmaremos que las historias de Boccaccio, aisladamente consideradas, dieron mayor contingente al teatro que á la novela. De un pasaje de Ricardo del Turia se infiere que solían aprovecharse para loas[31]. Pero también servían para argumentos de comedias. Ocho, por lo menos, de Lope de Vega tienen este origen, entre ellas dos verdaderamente deliciosas: El anzuelo de Fenisa y El ruiseñor de Sevilla[32]. Pero en esta parte no puede decirse que su influencia fuese mayor que la de Bandello. De todos modos, lo que Boccaccio debía á España por medio de Pedro Alfonso, quedó ampliamente compensado con lo que le debieron nuestros mayores ingenios.
Hasta la mitad del siglo XVI no volvemos á encontrar traducciones de novelas italianas. Apenas me atrevo á incluir entre ellas La Zuca del Doni en español, publicada en Venecia, 1551, el mismo año y por el mismo impresor que el texto original[33]. Porque propiamente la Zucca ó calabaza no es una colección de novelas, sino de anécdotas, chistes, burlas, donaires y dichos agudos, repartidos en las varias secciones de cicalamenti, baie, chiacchiere, foglie, fiori, frutti[34]. El anónimo traductor, que dedicó su versión al abad de Bibbiena y de San Juan in Venere en un ingenioso y bien parlado prólogo, que pongo íntegro por nota, era amigo del Doni y debía de tener algún parentesco de humor con él, porque le tradujo con verdadera gracia, sin ceñirse demasiado á la letra. Razón tenía para desatarse en su prólogo contra los malos traductores, haciendo especial mención del de Boccaccio. Curiosísimo tipo literario era el Doni, escritor de los que hoy llamaríamos excéntricos ó humoristas y que entonces se llamaban heteroclitos ó extravagantes, lleno de raras fantasías, tan desordenado en sus escritos como en su vida, improvisador perpetuo, cuyas obras, como él mismo dice, «se leían antes de ser escritas y se estampaban antes de ser compuestas»; libelista cínico, digno rival del Aretino; desalmado sicofanta, capaz de delatar como reos de Estado á sus enemigos literarios; traficante perpetuo en dedicatorias; aventurero con vena de loco; mediano poeta cómico, cuentista agudo en el dialecto de Florencia y uno de los pocos que se salvaron de la afectada imitación de Boccaccio[35]. En medio de sus caprichos y bufonadas tiene rasgos de verdadero talento. Sus dos Librerías ó catálogos de impresos y manuscritos con observaciones críticas se cuentan entre los más antiguos ensayos de bibliografía é historia literaria. Y para los españoles, sus Mundos celestes, terrestres é infernales[36], en que parodió la Divina Comedia, son curiosos, porque presentan alguna remota analogía con los Sueños inmortales de Quevedo, aunque no puede llevarse muy lejos la comparación.
Menos importancia literaria que la Zucca tienen las Horas de recreación, de Luis Guicciardini, sobrino del grande historiador Francisco. Á Luis se le conoce y estima principalmente por su descripción de los Países Bajos, que tuvo por intérprete nada menos que á nuestro rey Felipe IV. Á las Horas de recreación, que es una de tantas colecciones de anécdotas y facecias, cupo traductor más humilde, el impresor Vicente de Millis Godínez, que las publicó en Bilbao en 1580[37].
De todos los novelistas italianos Mateo Bandello fué el más leído y estimado por los españoles después de Boccaccio y el que mayor número de argumentos proporcionó á nuestros dramáticos. Lope de Vega hacía profesión de admirarle, y en el prólogo de su novela Las fortunas de Diana parece que quiere contraponerle maliciosamente á Cervantes: «Tambien hay libros de novelas, dellas traducidas de italianos y dellas propias, en que no faltó gracia y estilo á Miguel Cervantes. Confieso que son libros de grande entretenimiento, y que podrían ser ejemplares, como algunas de las historias trágicas del Bandelo; pero habían de escribirlos hombres científicos, ó por lo menos grandes cortesanos, gente que halla en los desengaños notables sentencias y aforismos». Aparte de estas palabras, cuya injusticia y mala fe es notoria, puesto que Cervantes, aunque no fuese hombre científico ni gran cortesano, está á cien codos sobre Bandello y á muy razonable altura sobre todos los novelistas del mundo, el estudio de las historias trágicas y cómicas del ingenioso dominico lombardo, superior á todos sus coetáneos en la invención y en la variedad de situaciones, ya que no en el estilo, fué tan provechoso para Lope como lo era simultáneamente para Shakespeare. Uno y otro encontraron allí á Julieta y Romeo (Castelvines y Monteses), y Lope de Vega, además, el prodigioso Castigo sin venganza, sin contar otras obras maestras, como El villano en su rincón, La viuda valenciana y Si no vieran las mujeres...[38]. Ya mucho antes de Lope el teatro español explotaba esta rica mina. La Duquesa de la Rosa, de Alonso de la Vega, basta para probarlo[39].
Aunque la voluminosa colección del obispo de Agen, que comprende nada menos que doscientas catorce novelas, fuese continuamente manejada por nuestros dramaturgos y novelistas, sólo una pequeña parte de ella pasó á nuestra lengua, por diligencia del impresor Vicente de Millis Godínez, antes citado, que ni siquiera se valió del original italiano, sino de la paráfrasis francesa de Pedro Boaystau (por sobrenombre Launay) y Francisco de Belleforest, que habían estropeado el texto con fastidiosas é impertinentes adiciones. De estas novelas escogió Millis catorce, las que le parecieron de mejor ejemplo, y con ellas formó un tomo, impreso en Salamanca en 1589[40].
Los Hecatommithi, de Giraldi Cinthio, otra mina de asuntos trágicos en que Shakespeare descubrió su Otelo y Lope de Vega El piadoso veneciano[41], tenían para nuestra censura, más rígida que la de Italia, y aun para el gusto general de nuestra gente, la ventaja de no ser licenciosos, sino patéticos y dramáticos, con un género de interés que compensaba en parte su inverosimilitud y falta de gracia en la narrativa. En 1590 imprimió en Toledo Juan Gaitán de Vozmediano la primera parte de las dos en que se dividen estas historias, y en el prólogo dijo: «Ya que hasta ahora se ha usado poco en España este género de libros, por no haber comenzado á traducir los de Italia y Francia, no sólo habrá de aquí adelante quien por su gusto los traduzca, pero será por ventura parte el ver que se estima esto tanto en los estrangeros, para que los naturales hagan lo que nunca han hecho, que es componer novela. Lo cual entendido, harán mejor que todos ellos, y más en tan venturosa edad cual la presente»[42]. Palabras que concuerdan admirablemente con las del prólogo de Cervantes y prueban cuánto tardaba en abrirse camino el nuevo género, tan asiduamente cultivado después.
Las Piacevoli Notti, de Juan Francisco de Caravaggio, conocido por Straparola, mucho más variadas, amenas y divertidas que los cien cuentos de Giraldi, aunque no siempre honestas ni siempre originales (puesto que el autor saqueó á manos llenas á los novelistas anteriores, especialmente á Morlini), hablaban poderosamente á la imaginación de toda casta de lectores con el empleo continuo de lo sobrenatural y de los prestigios de la magia, asemejándose no poco á los cuentos orientales de encantamientos y metamorfosis. Francisco Truchado, vecino de Baeza, tradujo en buen estilo estas doce Noches, purgándolas de algunas de las muchas obscenidades que contienen, y esta traducción, impresa en Granada por René Rabut, 1583, fué repetida en Madrid, 1598, y en Madrid, 1612, prueba inequívoca de la aceptación que lograron estos cuentos[43].
Juntamente con los libros italianos había penetrado alguno que otro francés, y ya hemos hecho memoria del rifacimento de las Historias Trágicas, de Bandello, por Boaystuau y Belleforest. No han de confundirse con ellas, á pesar de la semejanza del título, las Historias prodigiosas y maravillosas de diversos successos acaecidos en el mundo, que compilaron los mismos Boaystuau y Belleforest y Claudio Tesserant, y puso en lengua castellana el célebre impresor de Sevilla Andrea Pescioni[44]. Obsérvese que casi siempre eran tipógrafos ó editores versados en el comercio de libros y en relaciones frecuentes con sus colegas (á las veces parientes) de Italia y Francia los que introducían entre nosotros estas novedades de amena literatura, desempeñando á veces, y no mal, el papel de intérpretes, aspecto muy curioso en la actividad intelectual del siglo XVI. Andrea Pescioni, si es suya realmente la traducción que lleva su nombre, demostró en ella condiciones muy superiores á las de Vicente de Millis en lenguaje y estilo. Muy difícil será encontrar galicismos en la pura y tersa locución de las Historias prodigiosas, que salieron enteramente castellanizadas de manos del traductor, imprimiéndoles el sello de su nativa ó adoptiva lengua, como cuadraba al señorío y pujanza de nuestro romance en aquella edad venturosa, hasta cuando le manejaban extranjeros de origen, que no hacían profesión de letras humanas como no fuese para traficar con ellas, y aplicaban su industria á libros forasteros, que tampoco por la dicción eran notables, ni se encaminaban al público más selecto. Libro de mera curiosidad y entretenimiento es el de las Historias, recopilación de casos prodigiosos y extraordinarios, de fenómenos insólitos de la naturaleza, de supersticiones, fábulas y patrañas, escoltadas siempre con algún testimonio clásico: «No escriviré caso fabuloso, ni historia que no compruebe con el autoridad de algun escritor de crédito, ora sea sacro ó profano, griego ó latino» (p. 90 vuelta). Con esta salvedad pasa todo, ya bajo el pabellón de Eliano, Julio Obsequente, Plinio y Solino, ya bajo la de médicos y naturalistas del siglo XVI, como Conrado Gesnero y Jerónimo Cardano, á quien con especial predilección se cita. Hasta la demonología neoplatónica de Miguel Psello, Porfirio, Iámblico y Proclo logra cabida en esta compilación, llena, por lo demás, de disertaciones ortodoxas. Hay capítulos especiales sobre los terremotos, diluvios y grandes avenidas; sobre los cometas y otros «prodigios y señales del cielo»; sobre las erupciones volcánicas; sobre las virtudes y propiedades de las piedras preciosas, de las plantas y de las aguas. Pero el fuerte de los tres autores son los monstruos: su libro, de más de ochocientas páginas, ofrece amplio material para la historia de las tradiciones teratológicas, desde las clásicas de Sirenas, Tritones, Nereidas, Faunos, Sátiros y Centauros, hasta los partos monstruosos, las criaturas dobles ligadas y conjuntas, los animales de figura humana, los hombres que llevan al descubierto las entrañas, los cinocéfalos, los hermafroditas, los terneros y lechones monstruosos y otra infinidad de seres anómalos que Belleforest y sus colaboradores dan por existentes ó nacidos en su tiempo, notando escrupulosamente la fecha y demás circunstancias.
Aparte de estas aberraciones, contiene el libro otras cosas de interés y de más apacible lectura: curiosas anécdotas, narradas con garbo y bizarría. Así, en el capítulo de los amores prodigiosos (XXII de la 1.ª parte) ingiere, entre otras que llamaríamos novelas cortas, la de la cortesana Plangon de Mileto, tomada de Ateneo, historia de refinado y sentimental decadentismo, que presenta una rarísima competencia de generosidad amorosa entre dos meretrices. Así, al tratar de los convites monstruosos, añade Boaistuau á los referidos por los antiguos y á los que consigna Platina en su libro De honesta voluptate, uno de que él fue testigo en Aviñón cuando «oía allí leyes del eruditísimo y docto varon Emilio Ferreto» (p. 96), página curiosa para la historia de la gastronomía en la época del Renacimiento. En el largo capítulo del entendimiento y fidelidad de los perros no olvida ni al de Montargis, cuya historia toma de Julio César Scaligero, ni al famoso Becerril, de que habla tanto Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia de Indias.
No sólo las rarezas naturales y los casos extraños de vicios y virtudes, sino lo sobrenatural propiamente dicho, abunda sobremanera en estas Historias, cuyo único fin es sorprender y pasmar la imaginación por todos los medios posibles. Ninguno tan eficaz como los cuentos de aparecidos, fantasmas, visiones nocturnas, sueños fatídicos, travesuras de malignos espíritus, duendes y trasgos; combates de huestes aéreas, procesiones de almas en pena. De todo esto hay gran profusión, tomada de las fuentes más diversas. Á la antigüedad pertenecen muchas (los mancebos de Arcadia, en Valerio Máximo; la tragedia de Cleonice, en Pausanias; el fantasma que se apareció al filósofo Atenodoro, en Plinio el Joven). Otras son más modernas, entresacadas á veces de los Días Geniales, de Alexandro de Alexandro, como la visión de Cataldo, obispo de Tarento, que anunció las desventuras de la casa aragonesa de Nápoles (p. 103), ó de Jerónimo Cardano, como la historia de Margarita la milanesa y de su espíritu familiar (p. 109). Pero nada hay tan singular en este género como un caso de telepatía que Belleforest relata, no por información ajena, sino por haberle acontecido á él mismo (p. 361), y que no será inútil conocer hoy que este género de creencias, supersticiones ó lo que fueren vuelven á estar en boga y se presentan con vestidura científica:
«Algunos espíritus se han aparecido á hombres con quien en vida han tenido amistad, y esto á manera de despedirse dellos, quando de aqueste mundo partian. Y de aquesto yo doy fe que á mí mismo me ha acaecido, y no fue estando dormido ni soñoliento, mas tan despierto como lo estoy ahora que escrivo aquesto, y el caso que digo aver me acaecido, es que un dia de la Natividad de Nuestra Señora, que es á ocho de Setiembre, unos amigos mios e yo fuymos a holgarnos a un jardin, y siendo ya como las once de la noche, solo me llegué a un peral para coger unas peras, y vi que se me puso delante una figura blanca de un hombre, que excedia la comun proporcion, el qual en el aspecto me pareció que era mi padre, y se me llegó para abraçarme: de que yo me atemorizé, y di un grito, y a él acudieron aquellos mis amigos para ver lo que me avia sucedido, y aviendo me preguntado qué avia avido, les dixe lo que avia visto, aunque ya se avia desaparecido, y que sin duda era mi padre. Mi ayo me dixo que sin duda se devia de aver muerto, y fue assi, que murió en aquella hora misma que se me representó, aunque estavamos lexos en harta distancia. Aquella fue una cosa que me haze creer que la oculta ligadura de amistad que hay en los coraçones de los que verdaderamente se aman puede ser causa de que se representen algunas especies, ó semejanzas de aparecimientos; y aun tambien puede ser que sean las almas mismas de nuestros parientes ó amigos, ó sus Angeles custodes, que yo no me puedo persuadir que sean espíritus malignos».
Son de origen español algunos de los materiales que entraron en esta enorme compilación francesa. Á Fr. Antonio de Guevara siguen y traducen literalmente en la historia del león de Androcles (epístola XXIV de las Familiares); en la de Lamia, Laida y Flora, «tres enamoradas antiquísimas» (ep. LIX), y en el razonamiento celebérrimo del Villano del Danubio, esta vez sin indicar la fuente, que es el Marco Aurelio.
El obispo de Mondoñedo, con toda su retórica, no siempre de buena calidad, tenía excelentes condiciones de narrador y hubiera brillado en la novela corta, á juzgar por las anécdotas que suele intercalar en sus libros, y especialmente en las Epístolas Familiares. Recuérdese, por ejemplo, el precioso relato que pone en boca de un moro viejo de Granada, testigo de la llorosa partida de Boabdil y de las imprecaciones de su madre (ep. VI de la Segunda Parte).
Amplia materia suministró también á las Historias prodigiosas otro prosista español de la era de Carlos V, el magnífico caballero y cronista cesáreo Pero Mexía, compilador histórico y moralista ameno como Guevara, pero nada semejante á él en los procedimientos de su estilo (que es inafectado y aun desaliñado con cierto dejo de candidez sabrosa), ni menos en la puntualidad histórica, que nuestro Fr. Antonio afectaba despreciar, y que, por el contrario, respetó siempre aquel docto y diligente sevillano, digno de buena memoria entre los vulgarizadores del saber. Su Silva de varia leccion, publicada en 1540 y de cuyo éxito asombroso, que se sostuvo hasta mediados del siglo XVII, dan testimonio tantas ediciones castellanas, tantas traducciones en todas las lenguas cultas de Europa, es una de aquellas obras de carácter enciclopédico, de que el Renacimiento gustaba tanto como la Edad Media, y que tenía precedentes clásicos tan famosos como las Noches Aticas, de Aulo Gelio; las Saturnales, de Macrobio; el Banquete de los sofistas, de Ateneo. Los humanistas de Italia habían comenzado á imitar este género de libros, aunque rara vez los componían en lengua vulgar. Pero Mexía, amantísimo de la suya nativa, que procuró engrandecer por todos caminos, siguió este nuevo y holgado sistema de componer con especies sueltas un libro útil y deleitable. Los capítulos se suceden en el más apacible desorden, única cosa en que el libro se asemeja á los Ensayos de Montaigne. Después de una disertación sobre la Biblia de los Setenta, viene un discurso sobre los instintos y propiedades maravillosas de las hormigas: «Hame parecido escribir este libro (dice Mexía) por discursos y capítulos de diversos propósitos sin perseverar ni guardar orden en ellos, y por esto le puse por nombre Silva, porque en las silvas y bosques están las plantas y árboles sin orden ni regla. Y aunque esta manera de escrivir sea nueva en nuestra lengua Castellana, y creo que soy yo el primero que en ella haya tomado esta invencion, en la Griega y Latina muy grandes autores escrivieron, assi como fueron Ateneo... Aulo Gelio, Macrobio, y aun en nuestros tiempos Petro Crinito, Ludovico Celio, Nicolao Leonico y otros algunos. Y pues la lengua castellana no tiene (si bien se considera) por qué reconozca ventaja a otra ninguna, no sé por qué no osaremos en ella tomar las invenciones que en las otras, y tratar materias grandes, como los italianos y otras naciones lo hazen en las suyas, pues no faltan en España agudos y altos ingenios. Por lo qual yo, preciándome tanto de la lengua que aprendi de mis padres como de la que me mostraron preceptores, quise dar estas vigilias a los que no entienden los libros latinos, y ellos principalmente quiero que me agradezcan este trabajo: pues son los más y los que más necesidad y desseo suelen tener de saber estas cosas. Porque yo cierto he procurado hablar de materias que no fuessen muy comunes, ni anduviessen por el vulgo, que ellas de sí fuessen grandes y provechosas, a lo menos a mi juyzio».
Para convencerse de lo mucho que Boaystuau, Tesserant y Belleforest tomaron de la obra de Mexía, traducida ya al francés en 1552, no hay más que cotejar los respectivos capítulos de las Historias con lo que en la Silva se escribe «de los Tritones y Nereydas», «de algunos hombres muy crueles», «de algunos exemplos de casados que mucho y fielmente se amaron», «de los extraños y admirables vicios del emperador Heliogábalo, y de sus excesos y prodigalidades increibles», «de las propiedades maravillosas y singulares de algunos ríos, lagos y fuentes», «de algunas cosas maravillosas que aparecieron en cielo y tierra» y otros puntos que sería fácil señalar. Los testimonios alegados son los mismos, suele serlo hasta el orden y las palabras con que se declaran y los argumentos que se traen para hacer creibles tan desaforados portentos.
Pero la Silva de varia lección es obra de plan mucho más vasto y también más razonable que las Historias prodigiosas. No predomina aquí lo extraño, lo anormal, lo increíble, ni se rinde tanto culto á la superstición, ya popular, ya científica. En relación con su época, Pero Mexía parece un espíritu culto y avisado, que procura guardarse de la nimia credulidad y muestra hasta vislumbres de espíritu crítico[45]. Siempre que tiene que contar hechos muy extraordinarios se resguarda con la autoridad ajena, y aun así osa contradecir algunas cosas de las que escriben los antiguos. No quiere admitir, por ejemplo, aunque lo afirmen contestes nada menos que Plinio, Eliano, Plutarco, Apuleyo y San Isidoro, que la víbora muera en el momento en que da á luz sus viboreznos[46]. No parece muy persuadido de la existencia de hombres marinos y tiene por cuento de viejas la historia del pece Nicolao, mostrando en esto mejor crítica que el P. Feijoo, que todavía en el siglo XVIII admitía la fábula del hombre-pez de Liérganes[47]. Claro es que no se emancipa, ni mucho menos, de la mala física de su tiempo. Cree todavía en las propiedades ocultas y secretas de los cuerpos naturales y adolece, sobre todo, de la superstición astrológica, que le dió cierta extravagante fama entre sus conciudadanos, tan zumbones y despiertos de ingenio entonces como ahora. «El astrífero Mexía» le llama, pienso que en burlas, Juan de la Cueva. Y es sabida aquella anécdota que recogió Rodrigo Caro en sus Claros varones en letras, naturales de Sevilla: «Había adivinado Pero Mexía, por la posición de los astros de su nacimiento, que había de morir de un sereno, y andaba siempre abrigado con uno ó dos bonetes en la cabeza debajo de la gorra que entonces se usaba, por lo cual le llamaban Siete bonetes; sed non auguriis potuit depellere pestem; porque estando una noche en su aposento, sucedió á deshora un ruido grande en una casa vecina, y saliendo sin prevención al sereno, se le ocasionó su muerte, siendo de no muy madura edad».
Tan revuelta andaba en el siglo XVI la ciencia positiva con la quimérica, la astrología judiciaria con la astronomía y las matemáticas, que no es de admirar que Mexía, como Agripa y Cardano y tantos insignes varones del Renacimiento, cayese en esta confusión deplorable, escribiendo algunos capítulos sobre la influencia de los siete planetas en las siete edades y partes de la vida del hombre, sobre los días aciagos y años climatéricos, sobre el punto y signo del Zodíaco en que estaban el sol y la luna cuando fueron creados[48] y otras vanidades semejantes. Mexía, que era cosmógrafo de profesión en un tiempo y en una ciudad en que no faltaban buenos cosmógrafos prácticos, trata con mucho más tino las cuestiones hidrográficas y meteorológicas, y en vez de aquellas ridículas historias de monstruos que ocupan la mitad del libro de Belleforest, aquí se leen disertaciones elementales, pero sensatas, sobre los vientos; sobre los artificios útiles para comparar la densidad de las aguas y discernir su pureza; sobre la redondez y ámbito de la tierra; sobre la medida de los grados terrestres y el modo de trazar la línea meridiana, y sobre la indispensable reforma del calendario, que tardó bastantes años en realizarse[49]. No era Mexía un sabio, no era un investigador original; pero tenía linda manera para exponer las curiosidades de historia científica, por ejemplo, el problema de la corona del rey Hierón y otros descubrimientos de Arquímedes[50] basta libertad de espíritu para considerar como juegos y pasatiempos de la naturaleza los que otros estimaban misteriosas señales grabadas en las piedras[51].
Pero lo que predomina en la Silva de varia lección, como podía esperarse de las aficiones y estudios de su autor, es la erudición histórica, que se manifiesta de muy varios modos, bien calculados para picar y entretener el apetito de quien lee: ya en monografías de famosas ciudades, como Roma, Constantinopla, Jerusalén; ya en sucintas historias de los godos, de los turcos, de los templarios, de los güelos; ya en biografías de personajes sobresalientes en maldad ó en heroísmo, pero que ofrecen siempre algo de pintoresco y original, como Timón el Misántropo, Diógenes el Cínico, los siete Sabios de Grecia, Heráclito y Demócrito, el emperador Heliogábalo, el falso profeta Mahoma y el gran Tamorlán[52]; ya en anécdotas de toda procedencia, como la tragedia de Alboino y Rosimunda, que toma de Paulo Diácono[53], y la absurda pero entonces muy creída fábula de la Papisa Juana, que procura corroborar muy cándidamente con el testimonio de Martín Polono, Sabellico, Platina y San Antonino de Florencia[54].
El libro de Pedro Mexía interesa á la novelística, no sólo por estas cortas narraciones, que son las más veces verdaderas leyendas, sino por ser un copioso repertorio de ejemplos de vicios y virtudes, que el autor compila á diestro y siniestro, de todos los autores clásicos, especialmente de Plutarco, Valerio Máximo y Aulo Gelio[55], sin olvidar á Plinio, de quien entresaca las anécdotas de pintores[56]. Alguno que otro episodio de la historia patria refiere también, como la muerte súbita de los dos infantes D. Pedro y D. Juan en la entrada que hicieron por la vega de Granada, ó el de Ruy Páez de Viedma y Payo Rodríguez de Ávila en tiempo do Alfonso XI[57], ó las extrañas circunstancias que, según Muntaner, intervinieron en la concepción y nacimiento de D. Jaime el Conquistador, asunto de una novela de Bandello y de una comedia de Lope de Vega[58].
Otros capítulos de la Silva tienen carácter de arqueología recreativa, á imitación de Polidoro Virgilio en su libro De inventoribus rerum, tan explotado por todos los compiladores del siglo XVI[59]. Pero aunque tomase mucho de Polidoro y de todos los que le precedieron en la tarea de escribir misceláneas, Mexía se remontaba á las fuentes casi siempre y las indica con puntualidad en todos los puntos que he comprobado. La Tabla que pone al fin no es, como en tantos otros libros, una pedantesca añagaza. Había leído mucho y bien, y tiene el mérito de traducir en buen castellano todas las autoridades que alega. El círculo de sus lecturas se extendía desde el Quadripartito, de Tolomeo, y los cánones astronómicos de Aben Ragel, hasta las Historias florentinas y los tratados políticos de Maquiavelo, á quien cita y extracta en la vida de Castruccio Castracani[60] y á quien parece haber seguido también en el relato de la conjuración de los Pazzi[61]. Aunque el secretario de Florencia pasaba ya por autor de sospechosa doctrina y sus obras iban á ser muy pronto rigurosamente vedadas por el Concilio de Trento, se ve que Mexía las manejaba sin grande escrúpulo, lo cual no es indicio del ánimo apocado y supersticioso que le atribuyeron algunos luteranos españoles, enojados con él por haber sido uno de los primeros que descubrieron en Sevilla la herética pravedad envuelta en las dulces pláticas de los doctores Egidio y Constantino[62].
Con todas sus faltas y sobras, la Silva de varia lección, que hoy nos parece tan llena de vulgaridades y errores científicos[63], representaba de tal modo el nivel medio de la cultura de la época y ofrecía lectura tan sabrosa á toda casta de gentes, que apenas hubo libro más afortunado que él en sus días y hasta medio siglo después. Veintiséis ediciones castellanas (y acaso hubo más), estampadas, no sólo en la Península, sino en Venecia, Amberes y Lyón, apenas bastaron á satisfacer la demanda de este libro candoroso y patriarcal, que fue adicionado desde 1555 con una quinta y sexta parte de autor anónimo[64]. No menos éxito tuvo la Silva en Francia, donde fue traducida por Claudio Gruget en 1552 y adicionada sucesivamente por Antonio Du Verdier y Luis Guyon, señor de la Nauche. Hasta diez y seis ediciones de Les divers leçons de Messie enumeran los bibliógrafos y en las más de ellas figuran también sus Diálogos[65]. Todavía en 1675 un médico llamado Girardet se apropió descaradamente el libro de Pero Mexía, sin citarle una sola vez ni tomarse más trabajo que cambiar las palabras anticuadas de la traducción de Gruget[66]. En Italia las cuatro partes de la Silva fueron traducidas en 1556 por Mambrino Roseo da Fabbriano y adicionadas después por Francisco Sansovino y Bartolomé Dionigi.
Por medio de las traducciones latinas y francesas empezaron á ser conocidos en Inglaterra los libros de Mexía antes de que penetrasen en su texto original, y algunos célebres compiladores de novelas empezaron á explotarlos. Fué uno de ellos William Painter, que en su Palace of pleasure (1566) intercaló el extraño cuento del viudo de veinte mujeres que casó con una viuda de veintidós maridos[67]. Pero es mucho más importante la Forest or collection of historyes, de Thomas Fortescue (1571), porque en esta versión inglesa de la Silva, tomada de la francesa de Gruget, encontró el terrible dramaturgo Cristóbal Marlowe, precursor de Shakespeare, los elementos históricos que le sirvieron para su primera tragedia Tamburlaine[68]. No fue ésta la única vez que el libro del cronista sevillano hizo brotar en grandes ingenios la chispa dramática. Lope de Vega le tenía muy estudiado, y de él procede (para no citar otros casos) toda la erudición clásica de que hace alarde en su comedia Las mujeres sin hombres (Las Amazonas)[69].
En Inglaterra prestó también buenos subsidios á los novelistas. De una traducción italiana de la Silva está enteramente sacada la colección de once novelas de Lodge, publicada con este título: The life and death of William Longbeard[70]. No sólo los cuatro libros de Mexía, sino todo el enorme fárrago de las adiciones italianas de Sansovino y de las francesas de Du Verdier y Guyon, encontraron cachazudo intérprete en Thomas Milles, que las sacó á luz desde 1613 hasta 1619 (The treasurie of ancient and moderne times). La traducción alemana de Lucas Boleckhofer y Juan Andrés Math es la más moderna de todas (1668-1669) y procede del italiano[71].
Con el éxito europeo del libro de Mexía contrasta la oscuridad en que ha yacido hasta tiempos muy modernos otra Miscelánea mucho más interesante para nosotros, por haber sido compilada con materiales enteramente españoles y anécdotas de la vida de su propio autor, que á cada momento entra en escena con un desenfado familiar y soldadesco que hace sobremanera interesante su persona.
El caballero extremeño D. Luis Zapata, á quien me refiero, autor de un perverso poema ó más bien crónica rimada del emperador Carlos V (Carlo famoso), curiosa, sin embargo, ó instructiva, por los pormenores anecdóticos que contiene y que ojalá estuviesen en prosa[72], retrájose en su vejez, después de haber corrido mucho mundo, á su casa de Llerena, «la mejor casa de caballero de toda España (al decir suyo), y aun mejor que las de muchos grandes», y entretuvo sus ocios poniendo por escrito, sin orden alguno, en prosa inculta y desaliñada, pero muy expresiva y sabrosa, por lo mismo que está limpia de todo amaneramiento retórico, cuanto había visto, oído ó leído en su larga vida pasada en los campamentos y en las cortes, filosofando sobre todo ello con buena y limpia moral, como cuadraba á un caballero tan cuerdo y tan cristiano y tan versado en trances de honra, por lo cual era consultor y oráculo de valientes. Resultó de aquí uno de los libros más varios y entretenidos que darse pueden, repertorio inagotable de dichos y anécdotas de españoles famosos del siglo XVI, mina de curiosidades que la historia oficial no ha recogido, y que es tanto más apreciable cuanto que no tenemos sobre los dos grandes reinados de aquella centuria la copiosa fuente de Relaciones y Avisos que suplen el silencio ó la escasez de crónicas para los tiempos de decadencia del poderío español y de la casa de Austria. Para todo género de estudios literarios y de costumbres; para la biografía de célebres ingenios, más conocidos en sus obras que en su vida íntima[73]; para empresas y hazañas de justadores, torneadores y alanceadores de toros; para estupendos casos de fuerza, destreza y maña; para alardes y bizarrías de altivez y fortaleza en prósperos y adversos casos, fieros encuentros de lanza, heroicos martirios militares, conflictos de honra y gloria mundana, bandos y desafíos, sutilezas corteses, donosas burlas, chistes, apodos, motes y gracejos, proezas de grandes soldados y atildamiento nimio de galanes palacianos; para todo lo que constituía la vida rica y expansiva de nuestra gente en los días del Emperador y de su hijo, sin excluir el sobrenatural cortejo de visiones, apariciones y milagros, alimento de la piedad sencilla, ni el légamo de supersticiones diversas, mal avenidas con el Cristianismo[74], ofrece la Miscelánea de Zapata mies abundantísima y que todavía no ha sido enteramente recogida en las trojes, á pesar de la frecuencia con que la han citado los eruditos, desde que Pellicer comenzó á utilizarla en sus notas al Quijote, y sobre todo después que la sacó íntegramente del olvido D. Pascual Gayangos[75]. Detallar todo lo que en los apuntes de Zapata importa á la novelística exigiría un volumen no menor que la misma Miscelánea, puesto que apenas hay capítulo que no contenga varias historietas, no inventadas á capricho, sino fundadas en hechos reales que el autor presenció ó de que tuvo noticia por personas dignas de crédito; lo cual no quita que muchas veces sean inverosímiles y aun imposibles, pues no hay duda que el bueno de D. Luis era nimiamente crédulo en sus referencias. Son, pues, verdaderos cuentos muchos de los casos maravillosos que narra, y su libro cae en esta parte bajo la jurisdicción de la novela elemental é inconsciente. No sucede otro tanto con sus relatos personales, escritos con tanta sinceridad y llaneza, y que sembrados de trecho en trecho en su libro, le dan aspecto y carácter de verdaderas memorias, á las cuales sólo falta el hilo cronológico, y por cuyas páginas atraviesan los más preclaros varones de su tiempo. Era Zapata lector apasionado de libros de caballerías[76] y algo se contagió su espíritu de tal lección, puesto que en todas las cosas tiende á la hipérbole; pero juntaba con esto un buen sentido muy castellano, que le hacía mirar con especial aborrecimiento los embelecos de la santidad fingida[77] y juzgar con raro tino algunos fenómenos sociales de su tiempo. Dice, por ejemplo, hablando de la decadencia de la clase nobiliaria, á la cual pertenecía: «El crescimiento de los reyes ha sido descrecimiento de los grandes, digo en poder soberbio y desordenado, que cuanto á lo demás antes han crecido en rentas y en estados, como pelándoles las alas á los gallos dicen que engordan más, y así teniéndolos los reyes en suma tranquilidad y paz, quitadas las alas de la soberbia, crecen en más renta y tranquilidad... Pues demos gracias á Dios que en estos reinos nadie puede hacer agravio ni demasía á nadie, y si la hiciese, en manos está el cetro que hará á todos justicia igual»[78].
Era, como hoy diríamos, ardiente partidario de la ley del progreso, lo mismo que Cristóbal de Villalón, y de ningún modo quería admitir la superioridad de los antiguos sobre los modernos. Es curiosísimo sobre esto su capítulo De invenciones nuevas: «Cuán enfadosa es la gala que tienen algunos de quejarse del tiempo y decir que los hombres de agora no son tan inventivos ni tan señalados, y que cada hora en esto va empeorando! Yo quiero, pues, volver por la honra de esta nuestra edad, y mostrar cuanto en invenciones y sotilezas al mundo de agora somos en cargo... En las ciencias y artes hace el tiempo de agora al antiguo grandísima ventaja... Cuanto á la pintura, dejen los antiguos de blasonar de sus milagros, que yo pienso que como cosas nuevas las admiraron, y creo que aquellos tan celebrados Apeles y Protógenes y otros, a las estampas de agora de Miguel Angel, de Alberto Durero, de Rafael de Urbino y de otros famosos modernos no pueden igualarse... Ni en la música se aventajaron los antiguos, que en ella en nuestra edad ha habido monstruos y milagros, que si Anfion y Orfeo traían tras sí las fieras y árboles, háse de entender con esta alegoría que eran fieras y plantas los que de la música de entonces, porque era cosa nueva, se espantaban; que agora de las maravillas de este arte, más consumada que nunca, los hombres no se admiran ni espantan. Pues ¿cuándo igualaron á las comedias y farsas de agora las frialdades de Terencio y de Plauto?» Y aquí comienza un largo capítulo de invenciones del Renacimiento, unas grandiosas y otras mínimas, entusiasmándose por igual con el descubrimiento de las Indias, con la circunnavegación del globo terráqueo, con la Imprenta y la Artillería, que con el aceite de Aparicio, el guayaco y la zarzaparrilla, las recetas para hacer tinta, el arte de hacer bailar los osos y el de criar gatos de Algalia. Termina este curiosísimo trozo con la enumeración de las obras públicas llevadas á cabo en tiempo de Felipe II, á quien da el dictado de «príncipe republicano», que tan extraño sonará en los oídos de muchos: «Los príncipes piadosos y republicanos como el nuestro, avivan los ingenios de los suyos, y les hacen hacer cosas admirables, y se les debe la gloria como al capitan general de cuanto sus soldados hacen, aderezan y liman»[79].
Alguna vez se contradice Zapata, como todos los escritores llamados ensayistas (y él lo era sin duda, aunque no fuese ningún Montaigne). No se compadece, por ejemplo, tanto entusiasmo por las novedades de su siglo, entre las cuales pone la introducción del verso toscano por Boscán y Garcilaso, con otro pasaje, curiosísimo también, en que, tratando de poesía y de poemas, dice sin ambages: «Los mejores de todos son los romances viejos; de novedades Dios nos libre, y de leyes y sectas nuevas y de jueces nuevos»[80]. Como casi todos los españoles de su tiempo, vivía alta y gloriosamente satisfecho de la edad en que le había tocado nacer, y era acérrimo enemigo de las sectas nuevas, á lo menos en religión y en política. Ponderando el heroísmo de los ligueros en el sitio de París de 1590, que hizo levantar el príncipe de Parma, llega hasta la elocuencia[81]. Profesa abiertamente la doctrina del tiranicidio, y hace, como pudiera el fanático más feroz, la apología de Jacobo Clemente: «Salió un fraile dominico de París á matar por el servicio de Dios al tirano favorecedor de herejes; y llegando á hablarle, le dió tres puñaladas, de que murió el rey, no de la guerra que suele matar á hierro, á fuego, violenta y furiosamente, mas de la mansedumbre y santidad de un religioso de Dios y su siervo, al cual bienaventurado ataron á las colas de cuatro caballos»[82].
Para conocer ideas, costumbres, sentimientos y preocupaciones de una época ya remota, y que, sin embargo, nos interesa más que otras muy cercanas, libros como el de Zapata, escritos sin plan ni método, como gárrula conversación de un viejo, son documentos inapreciables, mayormente en nuestra literatura, donde este género de misceláneas familiares son de hallazgo poco frecuente. La de Zapata ofrece materia de entretenimiento por donde quiera que se la abra y es recurso infalible para las horas de tedio, que no toleran otras lecturas más graves. De aquel abigarrado conjunto brota una visión histórica bastante clara de un período sorprendente. Baste lo dicho en recomendación de este libro, que merecía una nueva edición, convenientemente anotada, así en la parte histórica como en el material novelístico ó novelable que contiene, y que generalmente no se encuentra en otras compilaciones, por haber quedado inédita la de Zapata.
Antes de llegar á las colecciones de cuentos propiamente dichas, todavía debemos consagrar un recuerdo á la Philosophia vulgar (1568), obra por tantos títulos memorable del humanista sevillano Juan de Mal Lara, que, á imitación de los Adagios de Erasmo, en cuyas ideas críticas estaba imbuido, emprendió comentar con rica erudición, agudo ingenio y buen caudal de sabiduría práctica los refranes castellanos, llegando á glosar hasta mil en la primera parte, única publicada, de su vasta obra[83]. En ella derramó los tesoros de su cultura grecolatina, trayendo á su propósito innumerables autoridades de poetas antiguos puestos por él en verso castellano, de filósofos, moralistas é historiadores; pero gustó más todavía de exornar la declaración de cada proverbio con apólogos, cuentecillos, facecias, dichos agudos y todo género de narraciones brevísimas, pero tan abundantes, que con entresacarlas del tomo en folio de la Philosophia Vulgar podría formarse una floresta que alternase con el Sobremesa y el Porta-cuentos de Timoneda. Algunas de estas consejas son fábulas esópicas; pero la mayor parte parecen tomadas de la tradición oral ó inventadas adrede por el glosador para explicar el origen del refrán, poniéndole, digámoslo así, en acción. Tres cuentos, un poco más libres y también más extensos que los otros, están en verso y no carecen de intención y gracejo. No son de Mal Lara, sino de un amigo suyo, que no quiso revelar su nombre: acaso el licenciado Tamariz, de quien se conservan inéditos otros del mismo estilo y picante sabor[84]. Pero de los cuentos en verso prescindimos ahora, por no hacer interminable nuestra tarea, ya tan prolija de suyo.
Mal Lara había pasado su vida enseñando las letras clásicas. ¿Quién se atreverá á decir que le apartasen de la comprensión y estimación de la ciencia popular, en que tanto se adelantó á su tiempo? Al contrario, de los antiguos aprendió el valor moral é histórico de los proverbios ó paremías. El mismo fenómeno observamos en otros grandes humanistas, en Erasmo ante todo, que abrió por primera vez esta riquísima vena y con ella renovó el estudio de la antigüedad; en el Comendador Hernán Núñez, infatigable colector de nuestros refranes, y en Rodrigo Caro, ilustrador de los juegos de los muchachos. Creía Mal Lara, y todo su inestimable libro se encamina á probarlo, que
No hay arte ó ciencia en letras apartada,
Que el vulgo no la tenga decorada.
No se ha escrito programa más elocuente de folk-lore que aquel Preámbulo de la Philosophia Vulgar, en que con tanta claridad se discierne el carácter espontáneo y precientífico del saber del vulgo, y se da por infalible su certeza, y se marcan las principales condiciones de esta primera y rápida intuición del espíritu humano.
«En los primeros hombres... (dice) al fresco se pintaban las imágenes de aquella divina sabiduría heredada de aquel retrato de Dios en el hombre, no sin gran merced dibuxado... Se puede llamar esta sciencia, no libro esculpido, ni trasladado, sino natural y estampado en memorias y en ingenios humanos; y, segun dize Aristóteles, parescen los Proverbios o Refranes ciertas reliquias de la antigua Philosophia, que se perdió por las diversas suertes de los hombres, y quedaron aquellas como antiguallas... No hay refrán que no sea verdadero, porque lo que dize todo el pueblo no es de burla, como dize Hesiodo». Libro natural llama en otra parte á los refranes, que él pretende emparentar nada menos que con la antigua sabiduría de los turdetanos. «Antes que hubiese filósofos en Grecia tenía España fundada la antigüedad de sus refranes... ¿Qué más probable razon habrá que lo que todos dizen y aprueban? ¿Qué más verisimil argumento que el que por tan largos años han aprobado tantas naciones, tantos pueblos, tantas ciudades y villas, y lo que todos en comun, hasta los que en los campos apacientan ovejas, saben y dan por bueno?... Es grande maravilla que se acaben los superbos edificios, las populosas ciudades, las bárbaras Pyrámides, los más poderosos reynos, y que la Philosophia Vulgar siempre tenga su reino dividido en todas las provincias del mundo... En fin, el refrán corre por todo el mundo de boca en boca, segun moneda que va de mano en mano gran distancia de leguas, y de allá vuelve con la misma ligereza por la circunferencia del mundo, dejando impresa la señal de su doctrina... Son como piedras preciosas salteadas por ropas de gran precio, que arrebatan los ojos con sus lumbres».
Coincidió con Mal Lara, no ciertamente en lo elevado de los propósitos, ni en lo gallardo del estilo, pero sí en el procedimiento de explicar frases y dichos proverbiales por anécdotas y chascarrillos a posteriori, el célebre librero de Valencia Juan de Timoneda, que en 1563, y quizá antes, había publicado el Sobremesa y alivio de caminantes[85], colección minúscula, que, ampliada en unas ediciones y expurgada en otras, tiene en la más completa (Valencia, 1569) dos partes: la primera con noventa y tres cuentos, la segunda con setenta y dos, de los cuales cincuenta pertenecen al dominio de la paremiología. Tanto éstos como los demás están narrados con brevedad esquemática, sin duda para que «el discreto relatador» pudiese amplificarlos y exornarlos á su guisa. Pero esta misma concisión y simplicidad no carece de gracia. Véase algún ejemplo:
Cuento XL (2.ª parte). «Por qué se dijo: perdices me manda mi padre que coma».
«Un padre envió su hijo á Salamanca á estudiar; mandóle que comiese de las cosas más baratas. Y el mozo en llegando, preguntó cuánto valía una vaca: dijéronle que diez ducados, y que una perdiz valía un real. Dijo él entonces: segun eso, perdices me manda mi padre que coma».
Cap. XLII. «Por qué se dijo: no hará sino cenar y partirse».
«Concertó con un pintor un gentil-hombre que le pintase en un comedor la cena de Cristo, y por descuido que tuvo en la pintura pintó trece apóstoles, y para disimular su yerro, añadió al treceno insignias de correo. Pidiendo, pues, la paga de su trabajo, y el señor rehusando de dársela por la falta que había hecho en hacer trece apóstoles, respondió el pintor: no reciba pena vuestra merced, que ese que está como correo no hará sino cenar y partirse».
Cap. LXVIII. «Por qué se dijo: sin esto no sabrás guisallas».
«Un caballero dió á un mozo suyo vizcaino unas turmas de carnero para que se las guisase; y á causa de ser muy ignorante, dióle un papel por escripto cómo las habia de guisar. El vizcaino púsolas sobre un poyo, vino un gato y llevóse las turmas; al fin, no pudiendo habellas, teniendo el papel en las manos, dijo: ¡ah gato! poco te aprovecha llevallas, que sin esto no sabrás guisallas».
Con ser tan microscópicos estos que Timoneda llama «apacibles y graciosos cuentos, dichos muy facetos y exemplos acutísimos para saberlos contar en esta buena vida», encontró manera de resumir en algunos de ellos el argumento de novelas enteras de otros autores. Tres del Decamerone (VI, 4; VII, 7; X, 1) han sido reconocidas por miss Bourland en El Sobremesa[86]. Todas están en esqueleto: la facecia del cocinero que pretendía que las grullas no tienen más que una pata pierde su gracia y hasta su sentido en Timoneda. Melchor de Santa Cruz, en su Floresta Española, conserva mejor los rasgos esenciales del cuento, aun abreviándole mucho[87]. El de cornudo y apaleado es por todo extremo inferior á una novela en redondillas que hay sobre el mismo asunto en el Romancero General de 1600[88]. El que salió menos mal parado de los tres cuentos decameronianos es el de la mala estrella del caballero Rugero; pero, así y todo, es imposible acordarse de él después de la lindísima adaptación que hizo Antonio de Torquemada en sus Coloquios Satíricos[89].
El mismo procedimiento aplica Timoneda á otros novellieri italianos, dejándolos materialmente en los huesos. Como en su tiempo no estaban impresas las novelas de Sacchetti, ni lo fueron hasta el siglo XVIII, es claro que no procede de la novela 67 de aquel célebre narrador florentino el gracioso dicho siguiente, que indudablemente está tomado de las Facecias de Poggio[90]:
«Fue convidado un nescio capitan, que venia de Italia, por un señor de Castilla á comer, y despues de comido, alabóle el señor al capitan un pajecillo que traia, muy agudo y gran decidor de presto. Visto por el capitan, y maravillado de la agudeza del pajecillo, dijo: «¿Vé vuestra merced estos rapaces cuán agudos son en la mocedad? Pues sepa que cuando grandes no hay mayores asnos en el mundo». Respondió el pajecillo al capitan: «Mas que agudo debia de ser vuestra merced cuando mochacho»[91].
Tampoco se deriva de la novela 198 de Sacchetti, pero sí de la 43 de Girolamo Morlini «De caeco qui amissos aureos suo astu recuperavit», el cuento 59 de la segunda parte del Alivio de Caminantes:
«Escondió un ciego cierta cantidad de dineros al pie de un árbol en un campo, el cual era de un labrador riquísimo. Un dia yendo á visitallos, hallólos menos. Imaginando que el labrador los hubiese tomado, fuése á él mesmo, y díjole: «Señor, como me paresceis hombre de bien querria que me diésedes un consejo, y es: que yo tengo cierta cantidad de dinero escondida en un lugar bien seguro; agora tengo otra tanta, no sé si la esconda donde tengo los otros ó en otra parte». Respondió el labrador: «En verdad que yo no mudaria lugar, si tan seguro es ese como vos decís». «Así lo pienso de hacer», dijo el ciego; y despedidos, el labrador tornó la cantidad que le habia tomado en el mesmo lugar, por coger los otros. Vueltos, el ciego cogió sus dineros que ya perdidos tenía, muy alegre, diciendo: «Nunca más perro al molino». De aquesta manera quedó escarmentado»[92].
En suma (y para no hacerme pesado en el examen de tan ligeras y fugaces producciones), el Sobremesa y alivio de caminantes, según uso inmemorial de los autores de florestas y misceláneas, está compilado de todas partes. En Bandello (parte 3.ª, nov. 41) salteó el cuento del caballero de los muchos apellidos, que no encuentra posada libre para tanta gente: en las Epístolas familiares, de Fr. Antonio de Guevara, varios ejemplos de filósofos antiguos y las consabidas historietas de Lamia, Laida y Flora, que eran la quintaesencia del gusto mundano para los lindos y galancetes de entonces.
Preceden á los cuentos de Timoneda[93] en las ediciones de Medina del Campo, 1563, y Alcalá, 1576, doce «de otro autor llamado Juan Aragonés, que sancta gloria haya», persona de quien no tenemos más noticia. Es lástima que estos cuentecillos sean tan pocos, porque tienen carácter más nacional que los de Timoneda. Dos de ellos son dichos agudos del célebre poeta Garci Sánchez de Badajoz, natural de Écija; tres se refieren á cierto juglar ó truhán del Rey Católico, llamado Velasquillo, digno predecesor de D. Francesillo de Zúñiga. Pero otros están tomados del fondo común de la novelística, como el cuento del codicioso burlado, que tiene mucha analogía con la novela 195 de Sacchetti[94], con la fábula 3.ª de la Séptima Noche de Straparola, con la balada inglesa Sir Cleges y otros textos que enumera el doctísimo Félix Liebrecht[95], uno de los fundadores de la novelística comparada.
«Solía un villano muy gracioso llevar á un rey muchos presentes de poco valor, y el rey holgábase mucho, por cuanto le decía muchos donaires. Acaesció que una vez que el villano tomó unas truchas, y llevólas (como solía) á presentar al rey, el portero de la sala real, pensando que el rey haría mercedes al villano, por haber parte le dijo: «No te tengo de dejar entrar si no me das la mitad de lo que el rey te mandare dar». El villano le dijo que le placia de muy buena voluntad, y así entró y presentó las truchas al rey. Holgóse con el presente, y más con las gracias que el villano le dijo; y muy contento, le dijo que le demandase mercedes. Entonces el villano dijo que no quería otras mercedes sino que su alteza le mandase dar quinientos azotes. Espantado el rey de lo que le pedía, le dijo que cuál era la causa por que aquello le demandaba. Respondió el villano: «Señor, el portero de vuestra alteza me ha demandado la mitad de las mercedes, y no hallo otra mejor para que á él le quepan doscientos azotes». Cayóle tanto en gracia al rey que luego le hizo mercedes, y al portero mandó castigar»[96].
Dos ó tres de los cuentos del Sobremesa están en catalán, ó si se quiere en dialecto vulgar de Valencia. Acaso hubiera algunos más en otra colección rarísima de Timoneda, El Buen aviso y portacuentos (1564), que Salvá poseyó[97], pero de la cual no hemos logrado hasta ahora más noticias que las contenidas en el Catálogo de su biblioteca: «El libro primero, intitulado Buen Aviso, contiene setenta y un cuentos del mismo género que los del Sobremesa, con la diferencia de que la sentencia ó dicho agudo y gracioso, y á veces una especie de moraleja de la historieta, van puestas en cinco ó seis versos. El libro segundo, ó sea el Porta cuentos, comprende ciento cuatro de éstos, de igual clase, pero no tienen nada metrificado». Algunos han confundido esta colección con el Sobremesa, pero el mismo Timoneda las distinguió perfectamente en la Epístola al benigno lector que va al principio de la edición de 1564 de El Buen Aviso: «En dias pasados imprimí primera y segunda parte del Sobremesa y alivio de caminantes, y como este tratado haya sido muy acepto á muchos amigos y señores mios, me convencieron que imprimiese el libro presente llamado Buen aviso y Porta cuentos, á donde van encerrados y puestos extraños y muy facetos dichos». Parece, sin embargo, que ambas colecciones fueron refundidas en una sola (Recreación y pasatiempo de caminantes), de la cual tuvo el mismo Salvá un ejemplar sin principio ni fin, y por tanto sin señas de impresión. La segunda y tercera parte de este librillo comprendían las anécdotas del Buen Aviso, con numerosas variantes y muchas supresiones[98].
Timoneda, cuyo nombre va unido á todos los géneros de nuestra literatura popular ó popularizada, á los romances, al teatro sagrado y profano, á la poesía lírica en hojas volantes, no se contentó con ensayar el cuento en la forma infantil y ruda del Sobremesa y del Buen Aviso. Á mayores alturas quiso elevarse en su famoso Patrañuelo (¿1566?), formando la primera colección española de novelas escritas á imitación de las de Italia, tomando de ellas el argumento y los principales pormenores, pero volviendo á contarlas en una prosa familiar, sencilla, animada y no desagradable. En lo que no hizo bien fue en darse por autor original de historias que ciertamente no había inventado, diciendo en la Epístola al amantísimo lector: «No te des á entender que lo que en el presente libro se contiene sea todo verdad, que lo más es fingido y compuesto de nuestro poco saber y bajo entendimiento; y por más aviso, el nombre dél te manifiesta clara y distintamente lo que puede ser; porque Patrañuelo se deriva de patraña, y patraña no es otra cosa sino una fingida traza tan lindamente amplificada y compuesta que paresce que trae alguna apariencia de verdad».
Infiérese del mismo prólogo qué todavía el nombre de novelas no había prevalecido en España, á pesar del ejemplo del traductor de Boccaccio y algún otro rarísimo: «Y así, semejantes marañas las intitula mi lengua natural valenciana Rondalles, y la toscana Novelas, que quiere decir: Tú, trabajador, pues no velas, yo te desvelaré con algunos graciosos y asesados cuentos, con tal que los sepas contar como aquí van relatados, para que no pierdan aquel asiento y lustre y gracia con que fueron compuestos»[99].
No pasan de veintidós las patrañas de Timoneda, y á excepción de una sola, que puede ser original[100] y vale muy poco, todas tienen fuente conocida, que descubrió antes que nadie Liebrecht en sus adiciones á la traducción alemana de la History of fiction de Dunlop[101]. Estas fuentes son tan varias, que recorriendo una por una las patrañas puede hacerse en tan corto espacio un curso completo de novelística.
El padre de la historia entre los griegos, padre también de la narración novelesca en prosa, por tantas y tan encantadoras leyendas como recogió en sus libros, pudo suministrar á la patraña diez y seis el relato de la fabulosa infancia de Ciro (Clio, 107-123). Pero es seguro que Timoneda no le tomó de Herodoto, sino de Justino, que trae la misma narración, aunque abreviada y con variantes, en el libro I de su epítome de Trogo Pompeyo, traducido al castellano en 1540 por Jorge de Bustamante. Algún detalle, que no está en Herodoto y sí en aquel compendiador[102], y la falta de muchos otros que se leen en el historiador griego, pero no en Justino, prueban con toda evidencia esta derivación. Por el contrario, Lope de Vega, en su notable comedia Contra valor no hay desdicha, tomó la historia de Herodoto por base principal de su poema, sin excluir alguna circunstancia sacada de Justino[103].
Del gran repertorio del siglo XIV, Gesta Romanorum, cuyo rastro se encuentra en todas las literaturas de Europa, proceden mediata ó inmediatamente las patrañas 5.ª y 11.ª, que corresponden á los capítulos 81 y 153 del Gesta. Trátase en el primero cierta repugnante y fabulosa historia del nacimiento é infancia del Papa San Gregorio Magno, á quien se suponía hijo incestuoso de dos hermanos[104], arrojado al mar, donde le encontró un pescador, y criado y adoctrinado por un abad. Esta bárbara leyenda, que, como otras muchas de su clase, tenía el sano propósito de mostrar patente la misericordia divina, aun con los más desaforados pecadores (puesto que Gregorio viene á ser providencial instrumento de la salvación de su madre), parece ser de origen alemán: á lo menos un poeta de aquella nación, Hartmann von der Aue, que vivía en el siglo XIII, fue el primero que la consignó por escrito en un poema de 3.752 versos, que sirvió de base á un libro de cordel muy difundido en los países teutónicos, San Gregorio sobre la piedra. Los antiguos poemas ingleses Sir Degore y Sir Eglamour of Artois tienen análogo argumento y en ellos fundó Horacio Walpole su tragedia The mysterious mother. En francés existe una antigua vida de San Gregorio en verso, publicada por Lazarche (Tours, 1857), que repite la misma fábula[105]; y no debía de ser ignorada en España, puesto que encontramos una reminiscencia de ella al principio de la leyenda del abad Juan de Montemayor, que ha llegado hasta nuestros días en la forma de libro de cordel[106]. Para suavizar el cuento de San Gregorio, que ya comenzaba á ser intolerable en el siglo XVI, borró Timoneda en el protagonista la aureola de santidad y la dignidad de Papa, dejándole reducido á un Gregorio cualquiera.
La Patraña oncena, que es la más larga de todas y quizá la mejor escrita, contiene la novela de Apolonio de Tiro en redacción análoga á la del Gesta, pero acaso independiente de este libro[107]. Son tantos y tan varios los que contienen aquella famosa historia bizantina de aventuras y naufragios, cuyo original griego se ha perdido, pero del cual resta una traducción latina muy difundida en los tiempos medios, que no es fácil atinar con la fuente directa de Timoneda. La suponemos italiana, puesto que de Italia proceden casi todos sus cuentos. De fijo no tenía la menor noticia del Libre d'Apollonio, una de las más antiguas muestras de nuestra poesía narrativa en el género erudito del mester de clerecía. Las semejanzas que pueden encontrarse nacen de la comunidad del argumento, y no de la lectura del vetusto poema, que yacía tan olvidado como todos los de su clase en un solitario códice, no desenterrado hasta el siglo XIX[108]. No puede negarse que el primitivo y rudo poeta castellano entendió mejor que Timoneda el verdadero carácter de aquel libro de caballerías del mundo clásico decadente, en que no es el esfuerzo bélico, sino el ingenio, la prudencia y la retórica las cualidades que principalmente dominan en sus héroes, menos emprendedores y hazañosos que pacientes, discretos y sufridos. En la escena capital del reconocimiento de Apolonio y su hija llega á una poesía de sentimiento que no alcanza jamás el compilador del Patrañuelo; y el tipo de la hija de Apolonio, transformada en la juglaresa Tarsiana, tiene más vida y más colorido español que la Politania de Timoneda. Prescindiendo de esta comparación (que no toda resultaría en ventaja del poeta más antiguo), la novela del librero valenciano es muy agradable, con mejor plan y traza que las otras suyas, con un grado de elaboración artística superior. Para amenizarla intercala varias poesías, un soneto y una octava al modo italiano, una canción octosilábica y un romance, en que la truhanilla, para darse á conocer á su padre Apolonio, hace el resumen de su triste historia:
En tierra fuí engendrada,—de dentro la mar nascida,
Y en mi triste nacimiento—mi madre fué fallescida.
Echáronla en la mar—en un ataud metida,
Con ricas ropas, corona,—como reina esclarecida...
Versos que recuerdan otros de Jorge de Montemayor (Diana, libro V), imitados á su vez de Bernaldim Ribeiro:
Cuando yo triste nací,—luego nací desdichada,
Luego los hados mostraron—mi suerte desventurada.
El sol escondió sus rayos,—la luna quedó eclipsada,
Murió mi madre en pariendo,—moza, hermosa y mal lograda...
Nada hay que añadir á lo que con minuciosa y sagaz crítica expone miss Bourland[109] sobre las tres patrañas imitadas de tres novelas de Boccaccio. En la historia de Griselda, que es la patraña 2.ª, prefiere Timoneda, como casi todos los imitadores, la refundición latina del Petrarca, traduciéndola á veces á la letra, pero introduciendo algunas modificaciones para hacer menos brutal la conducta del protagonista. La patraña 15.ª corresponde, aunque con variantes caprichosas, á la novela 9.ª de la segunda jornada del Decameron, célebre por haber servido de base al Cymbelino de Shakespeare. Timoneda dice al acabar su relato: «Deste cuento pasado hay hecha comedia, que se llama Eufemia». Si se refiere á la comedia de Lope de Rueda (y no conocemos ninguna otra con el mismo título), la indicación no es enteramente exacta, porque la comedia y la novela sólo tienen de común la estratagema usada por el calumniador para ganar la apuesta, fingiendo haber logrado los favores de la inocente mujer de su amigo.
Timoneda había recorrido en toda su extensión la varia y rica galería de los novellieri italianos, comenzando por los más antiguos. Ya dijimos que no conocía á Franco Sacchetti, pero puso á contribución á otro cuentista de la segunda mitad del siglo XIV, Ser Giovanni Florentino. Las dos últimas patrañas de la colección valenciana corresponden á la novela 2.ª de la jornada 23 y á la 1.ª de la jornada 10 del Pecorone[110]. Ni una ni otra eran tampoco originales del autor italiano, si es que existe verdadera originalidad en esta clase de libros. El primero de esos cuentos reproduce el antiquísimo tema folklórico de la madrastra que requiere de amores á su entenado y viendo rechazada su incestuosa pasión le calumnia y procura envenenarle[111]. La patraña 21 tiene por fuente remotísima la narración poética francesa Florence de Rome, que ya á fines del siglo XIV ó principios del XV había recibido vestidura castellana en el Cuento muy fermoso del emperador Ottas et de la infanta Florencia su hija et del buen caballero Esmere[112]. Pero la fuente inmediata para Timoneda no fue otra que el Pecorone, alterando los nombres, según su costumbre[113].
Dos novellieri del siglo XV, ambos extraordinariamente licenciosos, Masuccio Salernitano y Sabadino degli Arienti, suministran á la compilación que vamos examinando dos anécdotas insignificantes, pero que á lo menos están limpias de aquel defecto[114].
No puede decirse lo mismo de la patraña octava, que es el escandalosísimo episodio de Jocondo y el rey Astolfo (tan semejante al cuento proemial de Las Mil y Una Noches) que Timoneda tomó del canto 28 del Orlando Furioso, sin mitigar en nada la crudeza con que lo había presentado el Ariosto.
Mateo Bandello, el mayor de los novelistas de la península itálica después de Boccaccio, no podía quedar olvidado en el ameno mosaico que iba labrando con piedrecillas italianas nuestro ingenioso mercader de libros. Dos patrañas tienen su origen en la vasta colección del obispo de Agen. En la 19 encontramos una imitación libre y muy abreviada de la novela 22 de la Primera Parte[115] (Amores de Felicia, Lionata y Timbreo de Cardona), sugerida en parte por el episodio de Ariodante y Ginebra, en el canto V del Orlando Furioso, como éste lo fué por un episodio análogo de Tirante el Blanco[116]. Á su vez la novela de Bandello es fuente común de otra de Giraldi Cintillo, del cuento de Timoneda y de la comedia de Shakespeare Much ado about nothing[117].
No tiene menos curiosidad para la historia de la poesía romántica la Patraña sétima. «De este cuento pasado hay hecha comedia, llamada de la Duquesa de la Rosa». Esta comedia existe y es la más notable de las tres que nos quedan del famoso representante Alonso de la Vega. Pero ni la novela está tomada de la comedia ni la comedia de la novela. Alonso de la Vega y Juan de Timoneda tuvieron un mismo modelo, que es la novela 44, parte 2.ª de las de Bandello, titulada Amore di Don Giovanni di Mendoza e della Duchessa di Savoja, con varii e mirabili accidenti che v' intervengono. Bandello pone esta narración en boca de su amigo el noble milanés Filipo Baldo, que decía habérsela oído á un caballero español cuando anduvo por estos reinos[118], y en efecto, tiene semejanza con otras leyendas caballerescas españolas de origen ó aclimatadas muy de antiguo en nuestra literatura[119]. El relato de Bandello es muy largo y recargado de peripecias, las cuales en parte suprimen y en parte abrevian sus imitadores. Uno y otro cambian el nombre de Don Juan de Mendoza, acaso porque no les pareció conveniente hacer intervenir un apellido español de los más históricos en un asunto de pura invención. Timoneda le llamó el Conde de Astre y Alonso de la Vega el infante Dulcelirio de Castilla. Para borrar todas las huellas históricas, llamaron entrambos duquesa de la Rosa á la de Saboya. Uno y otro convienen en suponerla hija del rey de Dinamarca, y no hermana del rey de Inglaterra, como en Bandello. De los nombres de la novela de éste Timoneda conservó únicamente el de Apiano y Alonso de la Vega ninguno.
Timoneda hizo un pobrísimo extracto de la rica novela de Bandello: omitiendo el viaje de la hermana de Don Juan de Mendoza á Italia, la fingida enfermedad de la duquesa y la intervención del médico, dejó casi sin explicación el viaje á Santiago; suprimió en el desenlace el reconocimiento por medio del anillo y en cuatro líneas secas despachó el incidente tan dramático de la confesión. En cambio, añade de su cosecha una impertinente carta de los embajadores de la duquesa de la Rosa al rey de Dinamarca.
Alonso de la Vega, que dió en esta obra pruebas de verdadero talento, dispuso la acción mucho mejor que Timoneda y que el mismo Bandello[120]. No cae en el absurdo, apenas tolerable en los cuentos orientales, de hacer que la duquesa se enamore locamente de un caballero á quien no había visto en la vida y sólo conocía por fama, y emprenda la más desatinada peregrinación para buscarle. Su pasión no es ni una insensata veleidad romántica, como en Timoneda, ni un brutal capricho fisiológico, como en Bandello, que la hace adúltera de intención, estropeando el tipo con su habitual cinismo. Es el casto recuerdo de un inocente amor juvenil que no empaña la intachable pureza de la esposa fiel á sus deberes. Si emprende el viaje á Santiago es para implorar del Apóstol la curación de sus dolencias. Su romería es un acto de piedad, el cumplimiento de un voto; no es una farsa torpe y liviana como en Bandello, preparada de concierto con el médico, valiéndose de sacrílegas supercherías. Cuando la heroína de Alonso de la Vega encuentra en Burgos al infante Dulcelirio, ni él ni ella se dan á conocer; sus almas se comunican en silencio cuando el infante deja caer en la copa que ofrece á la duquesa el anillo que había recibido de ella al despedirse de la corte de su padre en días ya lejanos. La nobleza, la elevación moral de esta escena, honra mucho á quien fué capaz de concebirla en la infancia del arte.
Como Timoneda y Alonso de la Vega, aunque con méritos desiguales, coinciden en varias alteraciones del relato de Bandello, hay lugar para la suposición, apuntada recientemente por D. Ramón Menéndez Pidal[121], de un texto intermedio entre Bandello y los dos autores españoles.
Otras dos patrañas, la 1.ª y la 13.ª, reproducen también argumentos de comedias, según expresa declaración del autor; pero estas comedias, una de las cuales existe todavía, eran seguramente de origen novelesco é italiano. De la Feliciana no queda más noticia que la que da Timoneda. La Tolomea es la primera de las tres que se conocen de Alonso de la Vega, y sin duda una de las farsas más groseras y desatinadas que en tiempo alguno se han visto sobre las tablas. Su autor se dió toda la maña posible para estropear un cuento que ya en su origen era vulgar y repugnante. No pudo sacarle del Patrañuelo, obra impresa después de su muerte y donde está citada su comedia, de la cual se toman literalmente varias frases. Hay que suponer, por tanto, un modelo italiano, que no ha sido descubierto hasta ahora. Los dos resortes principales de la comedia, el trueque de niños en la cuna y el incesto de hermanos (no lo eran realmente Argentina y Tolomeo, pero por tales se tenían), pertenece al fondo común de los cuentos populares[122].
La patraña cuarta, aunque de antiquísimo origen oriental, fué localizada en Roma por la fantasía de la Edad Media y forma parte de la arqueología fabulosa de aquella ciudad. «Para entendimiento de la presente patraña es de saber que hay en Roma, dentro de los muros della, al pie del monte Aventino, una piedra á modo de molino grande que en medio della tiene una cara casi la media de león y la media de hombre, con una boca abierta, la cual hoy en dia se llama la piedra de la verdad... la cual tenía tal propiedad, que los que iban á jurar para hacer alguna salva ó satisfacción de lo que les inculpaban, metían la mano en la boca, y si no decían verdad de lo que les era interrogado, el ídolo ó piedra cerraba la boca y les apretaba la mano de tal manera, que era imposible poderla sacar hasta que confesaban el delito en que habían caido; y si no tenían culpa, ninguna fuerza les hacía la piedra, y ansí eran salvos y sueltos del crimen que les era impuesto, y con gran triunfo les volvían su fama y libertad».
Esta piedra, que parece haber sido un mascarón de fuente, se ve todavía en el pórtico de la iglesia de Santa María in Cosmedino y conserva el nombre de Bocca della Verità, que se da también á la plaza contigua. Ya en los Mirabilia urbis Romae, primer texto que la menciona, está considerada como la boca de un oráculo. Pero la fantasía avanzó más, haciendo entrar esta antigualla en el ciclo de las leyendas virgilianas. El poeta Virgilio, tenido entonces por encantador y mago, había labrado aquella efigie con el principal objeto de probar la lealtad conyugal y apretar los dedos á las adúlteras que osasen prestar falso juramento. Una de ellas logró esquivar la prueba, haciendo que su oculto amante se fingiese loco y la abrazase en el camino, con lo cual pudo jurar sobre seguro que sólo su marido y aquel loco la habían tenido en los brazos; Virgilio, que lleno de malicia contra el sexo femenino había imaginado aquel artificio mágico para descubrir sus astucias, tuvo que confesar que las mujeres sabían más que él y podían dar lecciones á todos los nigromantes juntos.
Este cuento, como casi todos los que tratan de «engaños de mujeres», fue primitivamente indio; se encuentra en el Çukasaptati ó libro del Papagayo y en una colección tibetana ó mongólica citada por Benfey. El mundo clásico conoció también una anécdota muy semejante, pero sin intervención del elemento amoroso, que es común al relato oriental y á la leyenda virgiliana. Comparetti, que ilustra doctamente esta leyenda en su obra acerca de Virgilio en la Edad Media, cita á este propósito un texto de Macrobio (Sat. I, 6, 30). La atribución á Virgilio se encuentra por primera vez, según el mismo filólogo, en una poesía alemana anónima del siglo XIV; pero hay muchos textos posteriores, en que para nada suena el nombre del poeta latino[123]. Uno de ellos es el cuento de Timoneda, cuyo original verdadero no ha sido determinado hasta ahora, ya que no puede serlo ninguna de las dos novelas italianas que Liebrecht apuntó. La fábula 2.ª de la cuarta Noche de Straparola[124] no pasa en Roma, sino en Atenas, y carece de todos los detalles arqueológicos relativos á la Bocca della Verità, los cuales Timoneda conservó escrupulosamente. Además, y esto prueba la independencia de las dos versiones, no hay en la de Straparola rastro de dos circunstancias capitales en la de Timoneda: la intervención del nigromante Paludio y la herida en un pie que finge la mujer adúltera para que venga su amante á sostenerla, no en traza y ademán de loco, sino en hábito de villano. De la novela 98 de Celio Malespini no hay que hacer cuenta, puesto que la primera edición que se cita de las Ducento Novelle de este autor es de 1609, y por tanto muy posterior al Patrañuelo[125].
Tampoco creo que la patraña 17 venga en línea recta de la 68 de las Cento Novelle Antiche, porque esta novela es una de las diez y ocho que aparecieron por primera vez en la edición de 1572, dirigida por Vincenzo Borghini[126], seis años después de haber sido aprobado para la impresión el librillo de Timoneda. Más verosímil es que éste la tomase del capítulo final (283) del Gesta Romanorum[127]. Pero son tan numerosos los libros profanos y devotos que contienen la ejemplar historia del calumniador que ardió en el horno encendido para el inocente, que es casi superflua esta averiguación, y todavía lo sería más insistir en una leyenda tan famosa y universalmente divulgada, que se remonta al Somadeva y á los cuentos de Los Siete Visires (sin contar otras versiones en árabe, en bengalí y en turco), que tiene en la Edad Media tantos paradigmas, desde el fabliau francés del rey que quiso hacer quemar al hijo de su senescal, hasta nuestra leyenda del paje de Santa Isabel de Portugal, cantada ya por Alfonso el Sabio[128], y que, después de pasar por infinitas transformaciones, todavía prestó argumento á Schiller para su bella balada Fridolin, imitada de una novela de Restif de la Bretonne.
Lo que sí advertiremos es que el cuento de Timoneda, lo mismo que la versión catalana del siglo XV, servilmente traducida del fabliau francés[129], pertenecen á la primitiva forma de la leyenda oriental; que es también la más grosera y menos poética, en que el acusado no lo es de adulterio, como en las posteriores, sino de haber dicho que el rey tenía lepra ó mal aliento[130].
La patraña catorcena es el cuento generalmente conocido en la literatura folklórica con el título de El Rey Juan y el Abad de Cantorbey. No creo, por la razón cronológica ya expuesta, que Timoneda le tomase de la novela 4.ª de Sacchetti[131], que es mucho más complicada por cierto, ni tampoco del canto 8.º del Orlandino de Teófilo Folengo, donde hay un episodio semejante. Este cuento vive en la tradición oral, y de ella hubo de sacarle inmediatamente Timoneda, por lo cual tiene más gracia y frescura y al mismo tiempo más precisión esquemática que otros suyos, zurcidos laboriosamente con imitaciones literarias. Todos hemos oído este cuento en la infancia y en nuestros días le ha vuelto á escribir Trueba con el título de La Gramática parda[132]. En Cataluña la solución de las tres preguntas se atribuye al Rector de Vallfogona, que carga allí con la paternidad de todos los chistes, como Quevedo en Castilla. Quiero transcribir la versión de Timoneda, no sólo por ser la más antigua de las publicadas en España y quizá la más fiel al dato tradicional, sino para dar una muestra de su estilo como cuentista, más sabroso que limado.
«Queriendo cierto rey quitar el abadía á un muy honrado abad y darla á otro por ciertos revolvedores, llamóle y díxole: «Reverendo padre, porque soy informado que no sois tan docto cual conviene y el estado vuestro requiere, por pacificación de mi reino y descargo de mi consciencia, os quiero preguntar tres preguntas, las cuales, si por vos me son declaradas, hareis dos cosas: la una que queden mentirosas las personas que tal os han levantado; la otra que os confirmaré para toda vuestra vida el abadía, y si no, habréis de perdonar». Á lo cual respondió el abad: «Diga vuestra alteza, que yo haré toda mi posibilidad de habellas de declarar». «Pues sus, dijo el rey. La primera que quiero que me declareis es que me digais yo cuánto valgo; y la segunda, que adonde está el medio del mundo, y la tercera, qué es lo que yo pienso. Y porque no penseis que os quiero apremiar que me las declareis de improviso, andad, que un mes os doy de tiempo para pensar en ello».
«Vuelto el abad á su monesterio, por más que miró sus libros y diversos autores, por jamás halló para las tres preguntas respuesta ninguna que suficiente fuese. Con esta imaginación, como fuese por el monesterio argumentando entre sí mismo muy elevado, díjole un dia su cocinero: «¿Qué es lo que tiene su paternidad»? Celándoselo el abad, tomó á replicar el cocinero diciendo: «No dexe de decírmelo, señor, porque á veces debajo de ruin capa yace buen bebedor, y las piedras chicas suelen mover las grandes carretas». Tanto se lo importunó, que se lo hubo de decir. Dicho, dixo el cocinero: «Vuestra paternidad haga una cosa, y es que me preste sus ropas, y raparéme esta barba, y como le parezco algun tanto y vaya de par de noche en la presencia del rey, no se dará á cato del engaño; así que teniéndome por su paternidad, yo le prometo de sacarle deste trabajo, á fe de quien soy».
«Concediéndoselo el abad, vistió el cocinero de sus ropas, y con su criado detrás, con toda aquella cerimonia que convenía, vino en presencia del rey. El rey, como le vido, hízole sentar cabe de sí diciendo: «Pues ¿qué hay de nuevo, abad?» Respondió el cocinero: «Vengo delante de vuestra alteza para satisfacer por mi honra». «¿Así? dijo el rey: veamos qué respuesta traéis á mis tres preguntas». Respondió el cocinero: «Primeramente á lo que me preguntó vuestra alteza que cuánto valía, digo que vale veinte y nueve dineros, porque Cristo valió treinta. Lo segundo, que donde está el medio mundo, es a do tiene su alteza los piés; la causa que como sea redondo como bola, adonde pusieren el pié es el medio dél; y esto no se me puede negar. Lo tercero que dice vuestra alteza, que diga qué es lo que piensa, es que cree hablar con el abad, y está hablando con su cocinero». Admirado el rey desto, dixo: «Qué, ¿éso pasa en verdad»? Respondió: «Sí, señor, que soy su cocinero, que para semejantes preguntas era yo suficiente, y no mi señor el abad». Viendo el rey la osadía y viveza del cocinero, no sólo le confirmó la abadía para todos los dias de su vida, pero hízole infinitas mercedes al cocinero».
Sobre el argumento de la patraña 12.ª versa una de las piezas que Timoneda publicó en su rarísima Turiana: Paso de dos ciegos y un mozo muy gracioso para la noche de Navidad[133]. Timoneda fué editor de estas obras, pero no consta con certeza que todas salieran de su pluma. De cualquier modo, el Paso estaba escrito en 1563, antes que el cuentecillo de El Patrañuelo, al cual aventaja mucho en desenfado y chiste. Con ser tan breves el paso y la patraña, todavía es verosímil que procedan de alguna floresta cómica anterior[134].
Aunque Timoneda no sea precursor inmediato de Cervantes, puesto que entre el Patrañuelo y las Novelas Ejemplares se encuentran, por lo menos, cuatro colecciones de alguna importancia, todas, excepto la portuguesa de Troncoso, pertenecen á los primeros años del siglo XVII, por lo cual, antes de tratar de ellas, debo decir dos palabras de los libros de anécdotas y chistes, análogos al Sobremesa, que escasean menos, si bien no todos llegaron á imprimirse y algunos han perecido sin dejar rastro.
Tal acontece con dos libros de cuentos varios que D. Tomás Tamayo de Vargas cita en su Junta de libros la mayor que España ha visto en su lengua, de donde pasó la noticia á Nicolás Antonio. Fueron sus autores dos clarísimos ingenios toledanos: Alonso de Villegas y Sebastián de Horozco, aventajado el primero en géneros tan distintos como la prosa picaresca de la Comedia Selvagia y la narración hagiográfica del Flos Sanctorum; poeta el segundo de festivo y picante humor en sus versos de burlas, incipiente dramaturgo en representaciones, entremeses y coloquios que tienen más de profano que de sagrado; narrador fácil y ameno de sucesos de su tiempo; colector incansable de memorias históricas y de proverbios; ingenioso moralista con puntas de satírico en sus glosas. Las particulares condiciones de estos autores, dotados uno y otro de la facultad narrativa en grado no vulgar, hace muy sensible la pérdida de sus cuentos, irreparable quizá para Alonso de Villegas, que entregado á graves y religiosos pensamientos en su edad madura, probablemente haría desaparecer estos livianos ensayos de su mocedad, así como pretendió con ahinco, aunque sin fruto, destruir todos los ejemplares de su Selvagia, comedia del género do las Celestinas[135]. Pero no pueden presumirse tales escrúpulos en Sebastián de Horozco, que en su Cancionero tantas veces traspasa la raya del decoro, y que toda su vida cultivó asiduamente la literatura profana. Conservemos la esperanza de que algún día desentierre cualquier afortunado investigador su Libro de cuentos; del modo que han ido apareciendo sus copiosas relaciones históricas, su Recopilación de refranes y adagios comunes y vulgares de España, que no en vano llamó «la mayor y más copiosa que hasta ahora se ha hecho», puesto que, aun incompleta como está, comprende más de ocho mil; y su Teatro universal de proverbios, glosados en verso, donde se encuentran incidentalmente algunos «cuentos graciosos y fábulas moralizadas», siguiendo el camino abierto por Juan de Mal Lara, pero con la novedad de la forma métrica[136].
En su entretenido libro Sales Españolas ha recopilado el docto bibliotecario D. Antonio Paz y Melia, á quien tantos obsequios del mismo género deben nuestras letras, varias pequeñas colecciones de cuentos, inéditas hasta el presente. Una de las más antiguas es la que lleva el título latino de Liber facetiarum et similitudinum Ludovici di Pinedo et amicorum, aunque esté en castellano todo el contexto[137]. Las facecias de Pinedo, como las de Poggio, parecen, en efecto, compuestas, no por una sola persona, sino por una tertulia ó reunión de amigos de buen humor, comensales acaso de D. Diego de Mendoza ó formados en su escuela, según conjetura el editor, citando palabras textuales de una carta de aquel grande hombre, que han pasado á uno de los cuentos[138].
De todos modos, la colección debió de ser formada en los primeros años del reinado de Felipe II, pues no alude á ningún suceso posterior á aquella fecha. El recopilador era, al parecer, castellano viejo ó había hecho, á lo menos, larga residencia en tierra de Campos, porque se muestra particularmente enterado de aquella comarca. El Libro chistes es anterior sin disputa al Sobremesa de Timoneda y tiene la ventaja de no contener más que anécdotas españolas, salvo un pequeño apólogo de la Verdad y unos problemas de aritmética recreativa. Y estas anécdotas se refieren casi siempre á los personajes más famosos del tiempo de los Reyes Católicos y del Emperador, lo cual da verdadero interés histórico á esta floresta. No creo que Melchor de Santa Cruz la aprovechase, porque tienen muy pocos cuentos comunes, y aun éstos referidos con muy diversas palabras. Pero los personajes de uno y otro cuentista suelen ser los mismos, sin duda porque dejaron en Castilla tradicional reputación de sentenciosos y agudos, de burlones ó de extravagantes: el médico Villalobos, el duque de Nájera, el Almirante de Castilla, el poeta Garci Sánchez de Badajoz, que por una amorosa pasión adoleció del seso. Por ser breves, citaré, sin particular elección, algunos de estos cuentecillos, para dar idea de los restantes.
Sobre el saladísimo médico Villalobos hay varios, y en casi todos se alude á su condición de judío converso, que él mismo convertía en materia de chistes, como es de ver á cada momento en sus cartas á los más encopetados personajes, á quienes trataba con tan cruda familiaridad. Los dichos que se le atribuyen están conformes con el humor libre y desgarrado de sus escritos.
«El Dr. Villalobos tenía un acemilero mozo y vano, porque decía ser de la Montaña y hidalgo. El dicho Doctor, por probarle, le dijo un día: «Ven acá, hulano; yo te querría casar con una hija mía, si tú lo tovieses por bien». El acemilero respondió: «En verdad, señor, que yo lo hiciese por haceros placer; mas ¿con qué cara tengo de volver á mi tierra sabiendo mis parientes que soy casado con vuestra hija?» Villalobos le respondió: «Por cierto tú haces bien, como hombre que tiene sangre en el ojo; mas yo te certifico que no entiendo ésta tu honra, ni aun la mía».
«Dijo el Duque de Alba D. Fadrique al doctor Villalobos: «Parésceme, señor doctor, que sois muy gran albeitar». Respondió el doctor: «Tiene V. S.ª razón, pues curo á un tan gran asno».
«El doctor Villalobos, estando la corte en Toledo, entró en una iglesia á oir misa y púsose á rezar en un altar de la Quinta Angustia, y á la sazon que él estaba rezando, pasó por junto á él una señora de Toledo que se llama Doña Ana de Castilla, y como le vió, comienza á decir: «Quitadme de cabo este judío que mató á mi marido», porque le había curado en una enfermedad de la que murió. Un mozo llegóse al Doctor Villalobos muy de prisa, y díjole: «Señor, por amor de Dios, que vays que está mi padre muy malo, á verle». Respondió el doctor Villalobos: «Hermano, ¿vos no veis aquella que va allí vituperándome y llamándome judío porque maté á su marido?» Y señalando al altar: «Y ésta que está aquí llorando y cabizbaja porque dice que le maté su hijo, ¿y queréis vos que vaya ahora á matar á vuestro padre?».
El Duque de Nájera, á quien se refiere la curiosa anécdota que voy á transcribir, no es el primero y más famoso de su título, D. Pedro Manrique de Lara, á quien por excelencia llamaron el Fuerte, sino un nieto suyo que heredó el ingenio más bien que la fortaleza caballeresca de su terrible abuelo. La anécdota es curiosa para la historia literaria, porque prueba el temor que infundía en su tiempo la pluma maldiciente y venal de Pedro Aretino.
«El Duque de Nájera y el Conde de Benavente tienen estrecha amistad entre sí, y el Conde do Benavente, aunque no es hombre sabio ni leído, ha dado, sólo por curiosidad, en hacer librería, y no ha oído decir de libro nuevo cuando lo marca y le pone en su librería. El Duque de Nájera, por hacerle una burla, estando con él en Benavente, acordó de hacerla desta manera: que hace una carta fingida con una memoria de libros nunca oídos ni vistos ni que se verán, los cuales enviaba Pedro Aretino, italiano residente en Venecia, el cual, por ser tan mordaz y satírico, tiene salario del Pontífice, Emperador, Rey de Francia y otros Príncipes y grandes, y en llegando al tiempo de la paga, si no viene luego, hace una sátira ó comedia ó otra obra que sepa á esto contra el tal.
«Esta carta y memoria de libros venía por mano de un mercader de Burgos, en la cual carta decía que en recompensa de tan buena obra como á Su Señoría había hecho Pedro Aretino, que sería bien enviarle algun presente, pues ya sabía quién era y cuán maldiciente. La carta se dió al Conde y la memoria, y como la leyese y no entendiese la facultad de los libros, ni aun el autor, mostróla al Duque como á hombre más leído y visto, el cual comienza á ensalzar la excelencia de las obras, y que luego ponga por obra de gratificar tan buen beneficio á Pedro Aretino, que es muy justo. El Conde le preguntó que qué le parescia se le debía enviar. El Duque respondió que cosa de camisas ricas, lençuelos, toallas, guantes aderezados y cosas de conserva y otras cosas de este jaez. En fin, el Duque señalaba lo que más á su propósito hacía, como quien se había de aprovechar de ello más que Pedro Aretino. El Conde puso luego por la obra el hacer del presente, que tardaron más de un mes la Condesa y sus damas y monasterios y otras partes, y hecho todo, enviólo á hacer saber al Duque, y dase órden que se lleve á Burgos, para que desde allí se encamine á Barcelona y á Venecia, y trayan los libros de la memoria; la cual órden dió después mejor el Duque, que lo hizo encaminar á su casa y recámara. Y andando el tiempo, vínolo á saber el Conde, y estuvo el más congoxado y desabrido del mundo con la burla del Duque, esperando sazón para hacerle otra para satisfaccion de la recibida».
Aun en libros de tan frívola apariencia como éste pueden encontrarse á veces curiosidades históricas. Lo es, por ejemplo, el siguiente cuentecillo, que prueba la persistencia de los bandos de la Edad Media en las provincias septentrionales de España hasta bien entrado el siglo XVI.
«En un lugar de la Montaña que llaman Lluena hay un clérigo que es cura del lugar, que llaman Andrés Diaz, el cual es Gil, y tiene tan gran enemistad con los Negretes como el diablo con la cruz. Estando un dia diciendo misa á unos novios que se velaban, de los principales, y como fuese domingo y se volviese á echar las fiestas, y viese entre los que habían venido á las bodas algunos Negretes, dijo: «Señores, yo querría echar las fiestas; mas vi los diablos y hánseme olvidado». Y sin más, volvióse y acabó la misa; y al echar del agua bendita, no la quiso echar á los Negretes solos, diciendo en lugar de aqua benedicta: «Diablos fuera».
Con los nombres famosos de Suero de Quiñones y D. Enrique de Villena y las tradiciones relativas á la magia de éste se enlaza la siguiente conseja:
«Contaba Velasco de Quiñones que Suero de Quiñones, el que guardó el paso de Orbigo por defender que él era el más esforzado, y Pedro de Quiñones y Diego, sus hermanos, sabio y gentil hombre, rogó á D. Enrique de Villena le mostrase al demonio. Negábase el de Villena; pero al cabo, vencido por sus ruegos, invitó un día á comer á Suero, sirviéndoles de maestresala el demonio. Era tan gentil hombre, y tan bien tractado y puesto lo que traia, que Suero le envidiaba y decia á su hermano que era más gentil hombre que cuantos hasta allí viera. Acabada la comida, preguntó enojado á D. Enrique quién era aquel maestresala. D. Enrique se reía. Entró el maestresala en la cámara donde se habia retraído, y arrimóse á una pared con gran continencia, y preguntó otra vez quién era. Sonrióse D. Enrique y dijo: «El demonio». Volvió Suero á mirarle, y como le vió, puestas las manos sobre los ojos, á grandes voces dijo: «¡Ay Jesús, ay Jesús!» Y dió consigo en tierra por baso de una mesa, de donde le levantaron acontecido. ¡Qué hiciera á verlo en su terrible y abominable figura!».
En un libro de pasatiempo y chistes no podía faltar alguno á costa de los portugueses. Hay varios en la floresta de Pinedo, entre los cuales elijo por menos insulso el siguiente:
«Hacían en un lugar la remembranza del prendimiento de Jesucristo, y como acaso fuesen por una calle y llevase la cruz á cuestas, y le fuesen dando de empujones y de palos y puñadas, pasaba un portugués á caballo, y como lo vió apeóse, y poniendo mano á la espada, comenzó á dar en los sayones de veras, los cuales, viendo la burla mala, huyeron todos. El portugués dijo: «¡Corpo de Deus con esta ruyn gente castellana!» Y vuelto al Cristo con enojo, le dijo: «E vos, home de bien, ¿por qué vos dejais cada año prender?».
Pero la obra maestra de este género de pullas, cultivado recíprocamente por castellanos y portugueses, y que ha contribuido más de lo que parece á fomentar la inquina y mala voluntad entre los pueblos peninsulares[139], son las célebres Glosas al Sermón de Aljubarrota, atribuidas en manuscritos del siglo XVI á D. Diego Hurtado de Mendoza, como otros varios papeles de donaire, algunos evidentemente apócrifos. No responderé yo tampoco de la atribución de estas glosas, puesto que en ellas mismas se dice que el autor era italiano[140], si bien esto pudo ponerse para disimular, siendo por otra parte tan castizo el picante y espeso sabor de este opúsculo. Además, el autor, quien quiera que fuese, supone haber oído el sermón en Lisboa el año de 1545[141] y precisamente durante todo aquel año estuvo D. Diego de embajador en el Concilio de Trento. Todas estas circunstancias hacen muy sospechosa la autenticidad de esta sátira, aunque no menoscaben su indisputable gracejo.
El tal sermón de circunstancias, lleno de hipérboles y fanfarronadas, en conmemoración del triunfo del Maestre de Avís contra D. Juan I de Castilla, sirve de texto ó de pretexto á una copiosa antología de chascarrillos, anécdotas, dicharachos extravagantes, apodos, motes y pesadas zumbas, no todas contra portugueses, aunque éstos lleven la peor parte. El principal objeto del autor es hacer reir, y ciertamente lo consigue, pero ni él ni sus lectores debían de ser muy escrupulosos en cuanto á las fuentes de la risa. Algún cuento hay en estas glosas, el del portugués Ruy de Melo, verbigracia, que por lo cínico y brutal estaría mejor entre las del Cancionero de Burlas; otros, sin llegar á tanto, son nauseabundos y mal olientes; pero hay algunos indisputablemente graciosos, sin mezcla de grosería; los hay hasta delicados, como el del huésped aragonés y el castellano, rivales en cortesía y gentileza[142]; y hay, finalmente (y es lo que da más precio á este género de silvas y florestas), hechos y dichos curiosos de la tradición nacional. Baste citar el ejemplo siguiente, que tiene cierta fiereza épica:
«Sólo quiero decir aquí de un gallego que se decía Alvaro Gonzalez de Ribadeneyra, que estando en la cama para morir, los hijos, con deseo de poner en cobro el alma de su padre, fueron á la cama y preguntáronle si en las diferencias pasadas del obispo de Lugo y las que tuvo con otros señores, si tenía algo mal ganado que lo declarase, que ellos lo restituirían; por tanto, que dijese el título que á la hacienda dejaba y tenía. Lo cual, como oyese el viejo, mandó ensillar un caballo, y levantóse como mejor pudo, y subióse en él, y tomando una lanza, puso las piernas al caballo y envistió á la pared y quebró la lanza en piezas, y volviendo á sus hijos, dijo: «El título con que os dejo ganada la hacienda y honra ha sido éste; si lo supiéredes sustentar, para vosotros será el provecho, y si no, quedad para ruines». Y volvióse á la cama, y murió».
No nos detendremos en el cuaderno de los Cuentos de Garibay que posee la Academia de la Historia[143], porque la mayor parte de estos cuentos pasaron casi literalmente á la Floresta Española de Melchor de Santa Cruz. Si el recopilador de ellos fué, como creemos, el historiador guipuzcoano del mismo apellido, que pasó en Toledo la última parte de su vida, allí mismo pudo disfrutar Santa Cruz su pequeña colección manuscrita é incorporarla en la suya, más rica y metódica que ninguna de las precedentes y de las posteriores.
Poco sabemos de las circunstancias personales de este benemérito escritor, salvo que era natural de la villa de Dueñas en Castilla la Vieja y vecino de la ciudad de Toledo. Su condición debía de ser humilde y cortos sus estudios, puesto que dice en el prólogo de sus Cien Tratados: «Mi principal intento fué solamente escribir para los que no saben leer más de romance, como yo, y no para los doctos». Y dedicando al Rey D. Felipe el Prudente la segunda parte de dicha obra, da á entender otra vez que toda su lectura era de libros en lengua vulgar: «El sosiego tan grande y dichosa paz que en los bienaventurados tiempos de Vuestra Magestad hay, son causa que florezcan en ellos todas las buenas artes y honestos ejercicios; y que no solamente los hombres doctos, mas los ignorantes como yo, se ocupen en cosas ingeniosas y eruditas, cada uno conforme á su posibilidad. Yo, poderosísimo señor, he sido siempre aficionado a gastar el tiempo en leer buenos libros, principal los morales que en nuestra lengua yo he podido haber (que no han sido pocos), de donde he sacado estas sentencias».
Todos sus trabajos pertenecen, en efecto, á la literatura vulgar y paremiológica. Los Cien Tratados[144] son una colección de máximas y sentencias morales en tercetos ó ternarios de versos octosílabos, imitando hasta en el metro los Trezientos Proverbios, Consejos y avisos muy provechosos para discurso de nuestra humana vida del abogado valenciano D. Pedro Luis Sauz[145]. Del mismo modo, la Floresta, cuya primera edición es de 1574[146], fué indudablemente sugerida por el Sobremesa de Timoneda. Pero el plan de Santa Cruz es más vasto y envuelve un conato de clasificación seguido con bastante regularidad, que hace fácil el manejo de su librillo.
Aunque Melchor de Santa Cruz da á entender que no sabía más lengua que la propia, no le creo enteramente forastero en la italiana, de tan fácil inteligencia para todo español, y me parece muy verosímil, aunque no he tenido ocasión de comprobarlo, que conociese y aprovechara las colecciones de Facezie, motti, buffonerie et burle del Piovano Arlotto, del Gonella y del Barlacchia: las Facezie et motti arguti di alcuni eccellentissimi ingegni de Ludovicico Domenichi (1547); las Hore di recreazione de Ludovico Guicciardini, no traducidas en aquella fecha al castellano, y algunas otras ligeras producciones de la misma índole que la Floresta. Y aun suponiendo que no las hubiese visto en su original, las conocía indirectamente á través de Timoneda, sin contar con los chistes que se hubiesen incorporado en la tradición oral. Pero estos cuentos son fáciles de distinguir del fondo indígena de la Floresta, cuyo verdadero carácter señala perfectamente el autor en su dedicatoria á D. Juan de Austria.
«En tanta multitud de libros como cada dia se imprimen y en tan diversas é ingeniosas invenciones, que con la fertilidad de los buenos ingenios de nuestra nacion se inventan, me pareció se habían olvidado de una no ménos agradable que importante para quien es curioso y aficionado á las cosas propias de la patria, y es la recopilacion de sentencias y dichos notables de españoles. Los cuales, como no tengan ménos agudeza, ni ménos peso o gravedad que los que en libros antiguos están escriptos, antes en parte, como luego diré, creo que son mejores, estoy maravillado qué ha sido la causa que no haya habido quien en esto hasta ahora se haya ocupado. Yo, aunque hombre de ningunas letras y de poco ingenio, así por intercesión de algunos amigos, que conocieron que tenia inclinación á esto, como por la naturaleza, que de esta antigua y noble ciudad de Toledo tengo[147], donde todo el primor y elegancia del buen decir florece, me he atrevido á tomar esta empresa. Y la dificultad que en escribir estos dichos hay es la que se tiene en hallar moneda de buen metal y subida de quilates. Porque así como aquella es más estimada que debaxo de menos materia contiene más valor, así aquellos son más excelentes dichos los que en pocas palabras tienen encerradas muchas y notables sentencias. Porque unos han de ser graves y entendidos: otros agudos y maliciosos; otros agradables y apacibles; otros donosos para mover á risa; otros que lo tengan todo, y otros hay metaforizados, y que toda su gracia consiste en la semejanza de las cosas que se apropia, de las quales el que no tiene noticia le parece que es el dicho frio, y que no tiene donayre, siendo muy al contrario para el que entiende. Otros tienen su sal en las diversas significaciones de un mismo vocablo; y para esto es menester que así el que lo escribe, como el que lo lee, tenga ingenio para sentirlo y juicio para considerarlo...
«En lo que toca al estilo y propiedad con que se debe escribir, una cosa no me puede dejar de favorecer; y es el lugar donde lo escribo, cuya autoridad en las cosas que toca al comun hablar es tanta, que las leyes del Reino disponen que cuando en alguna parte se dudare de algun vocablo castellano, lo determine el hombre toledano que alli se hallare[148]. Lo cual por justas causas se mandó juntamente: la primera porque esta ciudad está en el centro de toda España, donde es necesario que, como en el corazon se producen más subtiles espíritus, por la sangre más delicada que allí se envía, así también en el pueblo que es el corazon de alguna region está la habla y la conversacion más aprobada que en otra parte de aquel reino.
«La segunda, por estar lejos del mar, no hay ocasion, por causa del puerto, á que gentes extrangeras hayan de hacer mucha morada en él; de donde se sigue corrupcion de la lengua, y aun tambien de las costumbres.
«La tercera, por la habilidad y buen ingenio de los moradores que en ella hay; los cuales, o porque el aire con que respiran es delgado, o porque el clima y constelacion les ayuda, o porque ha sido lugar donde los Reyes han residido, están tan despiertos para notar cualquiera impropiedad que se hable, que no es menester se descuide el que con ellos quisiere tratar desto...».
Es libro curiosísimo, en efecto, como texto de lengua; pero debe consultarse en las ediciones del siglo XVI, pues en las posteriores, especialmente en las dos del siglo XVIII, se modernizó algo el lenguaje, además de haberse suprimido ó cercenado varios cuentos que parecieron libres ó irreverentes, á pesar de la cuerda prevención que hacía el mismo Santa Cruz en estos versos:
De aquesta Floresta, discreto lector,
Donde hay tanta copia de rosas y flores,
De mucha virtud, olor y colores,
Escoja el que es sabio de aquí lo mejor.
Las de linda vista y de buen sabor
Sirvan de salsa á las virtuosas,
Y no de manjar, si fueren viciosas,
Pues para esto las sembró el autor.
Las partes de la Floresta, que fueron diez en la primera edición toledana y once en la de Alcalá, 1576, llegaron definitivamente á doce, distribuidas por el orden siguiente:
«Primera Parte: Capítulo I. De Sumos Pontífices.—Cap. II. De Cardinales.—Capítulo III. De Arzobispos.—Cap. IV. De Obispos.—Cap. V. De Clérigos.—Cap. VI. De Frayles.
«Segunda Parte: Capítulo I. De Reyes.—Cap. II. De caballeros.—Cap. III. De capitanes y soldados.—Cap. IV. De aposentadores.—Cap. V. De truhanes.—Cap. VI. De pajes.
«Tercera Parte: Capítulo I. De responder con la misma palabra.—Cap. II. De responder con la copulativa antigua.—Cap. III. De gracia doblada.—Cap. IV. De dos significaciones.—Cap. V. De responder al nombre propio.—Cap. VI. De enmiendas y declaraciones de letras.
«Cuarta parte: Capítulo I. De jueces.—Cap. II. De letrados.—Cap. III. De escribanos.—Cap. IV. De alguaciles.—Cap. V. De hurtos.—Cap. VI. De justiciados.—Capítulo VII. De médicos y cirujanos.—Cap. VIII. De estudiantes.
«Quinta parte: Capítulo I. De vizcaynos.—Cap. II. De mercaderes.—Cap. III. De oficiales.—Cap. IV. De labradores.—Cap. V. De pobres.—Cap. VI. De moros.
«Sexta parte: Capítulo I. De amores.—Cap. II. De músicos.—Cap. III. De locos.—Cap. IV. De casamientos.—Cap. V. De sobrescriptos.—Cap. VI. De cortesía.—Cap. VII. De juegos.—Cap. VIII. De mesa.
«Séptima parte: Capítulo I. De dichos graciosos.—Cap. II. De apodos.—Cap. III. De motejar de linaje.—Cap. IV. De motejar de loco.—Cap. V. De motejar de necio.—Capítulo VI. De motejar de bestia.—Cap. VII. De motejar de escaso.—Cap. VIII. De motejar de narices.
«Octava parte: Capítulo I. De ciegos.—Cap. II. De chicos.—Cap. III. De largos.—Cap. IV. De gordos.—Cap. V. De flacos.—Cap. VI. De corcobados.—Cap. VII. De cojos.
«Nona parte: Capítulo I. De burlas y dislates.—Cap. II. De fieros.—Cap. III. De camino.—Cap. IV. De mar y agua.—Cap. V. De retos y desafíos.—Cap. VI. De apodos de algunos pueblos de España y de otras naciones.
«Décima parte: De dichos extravagantes.
«Undécima parte: Capítulo I. De dichos avisados de mujeres.—Cap. II. De dichos graciosos de mujeres.—Cap. III. De dichos á mujeres.—Cap. IV. De mujeres feas.—Cap. V. De viudas.
«Duodécima parte: Capítulo I. De niños.—Cap. II. De viejos.—Cap. III. De enfermos».
En una colección tan vasta de apotegmas no puede menos de haber muchos enteramente insulsos, como aquél que tanto hacía reir á Lope de Vega: «Hallé una vez en un librito gracioso que llaman Floresta Española una sentencia que había dicho un cierto conde: «Que Vizcaya era pobre de pan y rica de manzanas», y tenía puesto á la margen algun hombre de buen gusto, cuyo había sido el libro: «Sí diría», que me pareció notable donayre»[149]. Pero no por eso ha de menospreciarse el trabajo del buen Santacruz; del cual pueden sacarse varios géneros de diversión y provecho. Sirve, no sólo para el estudio comparativo y genealógico de los cuentos populares, que allí están presentados con lapidaria concisión, sino para ver en juego, como en un libro de ejercicios gramaticales, muchas agudezas y primores de la lengua castellana en su mejor tiempo, registrados por un hombre no muy culto, pero limpio de toda influencia erudita, y que no á los doctos, sino al vulgo, encaminaba sus tareas. Además de este interés lingüístico y folklórico, que es sin duda el principal, tiene la Floresta el mérito de haber recogido una porción de dichos, más ó menos auténticos, de españoles célebres, que nos dan á conocer muy al vivo su carácter, ó por lo menos la idea que de ellos se formaban sus contemporáneos. Por donde quiera está sembrado el libro de curiosos rasgos de costumbres, tanto más dignos de atención cuanto que fueron recogidos sin ningún propósito grave, y no aderezados ni aliñados en forma novelística. Las anécdotas relativas al doctor Villalobos y al famoso truhán de Carlos V. D. Francesillo de Zúñiga, que tantas y tan sabrosas intimidades de la corte del Emperador consignó en su Crónica burlesca[150], completan la impresión que aquel extraño documento deja. Del arzobispo D. Alonso Carrillo, del canónigo de Toledo Diego López de Avala, del cronista Hernando del Pulgar, y aun del Gran Capitán y de los cardenales Mendoza y Cisneros, hay en este librillo anécdotas interesantes. Aun para tiempos más antiguos puede ser útil consultar á veces la Floresta. Por no haberlo hecho los que hemos tratado de las leyendas relativas al rey Don Pedro, hemos retrasado hasta el siglo XVII la primera noticia del caso del zapatero y el prebendado, que ya Melchor de Santa Cruz refirió en estos términos:
«Un arcediano de la Iglesia de Sevilla mató á un zapatero de la misma ciudad, y un hijo suyo fué á pedir justicia; y condenóle el juez de la Iglesia en que no dixese Misa un año. Dende á pocos dias el Rey D. Pedro vino á Sevilla, y el hijo del muerto se fué al Rey, y le dixo cómo el arcediano de Sevilla había muerto á su padre. El rey le preguntó si habia pedido justicia. El le contó el caso como pasaba. El Rey le dixo: «¿Serás tú hombre para matarle, pues no te hacen justicia?» Respondió: «Sí, señor». «Pues hazlo así», dixo el Rey. Esto era víspera de la fiesta del Córpus Christi. Y el dia siguiente, como el Arcediano iba en la procesion cerca del Rey, dióle dos puñaladas, y cayó muerto. Prendióle la justicia, y mandó el Rey que lo truxesen ante él. Y preguntóle, ¿por qué habia muerto á aquel hombre? El mozo dixo: «Señor, porque mató á mi padre, y aunque pedí justicia, no me la hicieron». El juez de la Iglesia, que cerca estaba, respondió por sí que se la había hecho, y muy cumplida. El Rey quiso saber la justicia que se le habia hecho. El juez respondió que le habia condenado que en un año no dixese Misa. El Rey dixo á su alcalde: «Soltad este hombre, y yo le condeno que en un año no cosa zapatos»[151].
Es también la Floresta el más antiguo libro impreso en que recuerdo haber leído la leyenda heroica de Pedro González de Mendoza, el que dicen que prestó su caballo á D. Juan I para salvarse en la batalla de Aljubarrota[152]. Por cierto que las últimas palabras de este relato sencillo tienen más energía poética que el afectado y contrahecho romance de Hurtado de Velarde Si el caballo vos han muerto. «Le tomó en su caballo y le sacó de la batalla (dice Melchor de Santa Cruz); y de que le hubo puesto en salvo, queriendo volver, el Rey en ninguna manera lo consentia. Mas se volvió diciendo: “No quiera Dios que las mujeres de Guadalaxara digan que saqué á sus maridos de sus casas vivos y los dexo muertos y me vuelvo”».
Entre las muchas anécdotas relativas á Gonzalo Fernández de Córdoba es notable por su delicadeza moral la siguiente:
«El Gran Capitan pasaba muchas veces por la puerta de dos doncellas, hijas de un pobre escudero, de las quales mostraba estaba aficionado, porque en extremo eran hermosas. Entendiéndolo el padre de ellas, pareciéndole que seria buena ocasión para remediar su necesidad, fuése al Gran Capitán, y suplicó le proveyese de algún cargo fuera de la ciudad, en que se ocupase. Entendiendo el Gran Capitán que lo hacia por dexar la casa desocupada, para que si él quisiese pudiese entrar libremente, le preguntó: “¿Qué gente dexais en vuestra casa?※ Respondió: “Señor, dos hijas doncellas ”. Díxole: “Esperad aquí, que os sacaré la provisión”; y entró en una cámara, y sacó dos pañizuelos, y en cada uno de ellos mil ducados, y dióselos, diciendo: “Veis aquí la provision, casad luego con esto que va ahi vuestras hijas; y en lo que toca á vos, yo tendré cuidado de proveeros”».
La Floresta ha prestado abundante material á todo género de obras literarias. Sus chistes y cuentecillos pasaron al teatro y á la conversación, y hoy mismo se repiten muchos de ellos ó se estampan en periódicos y almanaques, sin que nadie se cuide de su procedencia. Su brevedad sentenciosa contribuyó mucho á que se grabasen en la memoria, y grandes ingenios no los desdeñaron. Aquel sabido romance de Quevedo, que termina con los famosos versos:
Arrojar la cara importa,
Que el espejo no hay por qué,
tiene su origen en este chascarrillo de la Floresta (Parte 12.ª):
«Una vieja hallóse un espejo en un muladar, y como se miró en él y se vió tal, echando la culpa al espejo, le arrojó diciendo: “Y aun por ser tal, estás en tal parte”».
Y aquel picaño soneto, excelente en su línea, que algunos han atribuido sin fundamento á Góngora y otros al licenciado Porras de la Cámara:
Casó de un Arzobispo el despensero...
no es más que la traducción en forma métrica y lengua libre de este cuentecillo de burlas, que tal como está en la Floresta (Parte undécima, capítulo III), no puede escandalizar á nadie, aunque bien se trasluce la malicia:
«Un criado de un obispo habia mucho tiempo que no habia visto á su mujer, y dióle el obispo licencia que fuesse á su casa. El Maestresala, el Mayordomo y el Veedor, burlándose con él, que eran muy amigos, rogáronle que en su nombre diese á su mujer la primera noche que llegase un abrazo por cada uno. El se lo prometió, y como fué á su casa, cumplió la palabra. Contándole el caso cómo lo habia prometido, preguntó la mujer si tenia más criados el obispo; respondió el marido: Si, señora; mas los otros no me dieron encomiendas».
Abundan en la Floresta los insulsos juegos de palabras, pero hay también cuentos de profunda intención satírica. Mucho antes que el licenciado Luque Fajardo, en su curiosísimo libro Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos, nos refiriese la ejemplar historia de los Beatos de la Cabrilla[153], había contado otra enteramente análoga Melchor de Santa Cruz (cuarta parte, cap. V):
«Un capitan de una quadrilla de ladrones, que andaban á asaltear, disculpábase que no habia guerra y no sabia otro oficio. Tenia costumbre que todo lo que robaba partia por medio con aquel á quien le tomaba. Robando á un pobre hombre, que no trahia mas de siete reales, le dixo: “Hermano, de éstos me pertenecen á mí no más de tres y medio; llevaos vos los otros tres y medio. Mas ¿cómo haremos, que no hay medio real que os volver?” El pobre hombre, que no veía la hora de verse escapado de sus manos, dixo: “Señor, llevaos en buen hora los quatro, pues no hay trueque”. Respondió el capitán:“Hermano, con lo mio me haga Dios merced”».
Con detención hemos tratado de un libro tan vulgar y corriente como la Floresta, no sólo por ser el más rico en contenido de los de su clase, sino también por el éxito persistente que obtuvo, del cual testifican veintidós ediciones por lo menos durante los siglos XVI y XVII. Todavía en el siglo XVIII la remozó, añadiéndola dos volúmenes, Francisco Asensio, uno de aquellos ingenios plebeyos y algo ramplones, pero castizos y simpáticos, que en la poesía festiva, en el entremés y en la farsa, en la pintura satírica de costumbres, conservaban, aunque muy degeneradas, las tradiciones de la centuria anterior, á despecho de la tiesa rigidez de los reformadores del buen gusto. En Francia, la Floresta fué traducida íntegramente por un Mr. de Pissevin en 1600; reimpresa varias veces en ediciones bilingües, desde 1614; abreviada y saqueada por Ambrosio de Salazar y otros maestros de lengua castellana. Hubo, finalmente, una traducción alemana, no completa, publicada en Tubinga en 1630.
Por más que Melchor de Santa Cruz fuese hombre del pueblo y extraño al cultivo de las humanidades, el título mismo de apotegmas que dio á las sentencias por él recogidas prueba que le eran familiares los libros clásicos del mismo género que ya de tiempo atrás hablaban en lengua castellana, especialmente los Apotegmas de Plutarco, traducidos del griego en 1533 por el secretario Diego Gracián[154]; la Vida y excelentes dichos de los más sabios philosophos que hubo en este mundo, de Hernando Díaz[155], y la copiosa colección de Apotegmas de reyes, príncipes, capitanes, filósofos y oradores de la antigüedad que recogió Erasmo de Roterdam y pusieron en nuestro romance Juan de Jarava y el bachiller Francisco Thamara en 1549[156].
Tampoco fué Melchor de Santa Cruz, á pesar de lo que insinúa en su prólogo, el primero que, á imitación de estas colecciones clásicas, recopilase sentencias y dichos de españoles ilustres. Ya en 1527 el bachiller Juan de Molina, que tanto hizo gemir las prensas de Valencia con traducciones de todo género de libros religiosos y profanos, había dado á luz el Libro de los dichos y hechos del Rey Don Alonso, quinto de este nombre en la casa de Aragón, conquistador del reino de Nápoles y gran mecenas de los humanistas de la península itálica que le apellidaron el Magnánimo[157]. No fué ésta la única, aunque sí la más divulgada versión de los cuatro libros de Antonio Panormita, De dictis et factis Alphonsi, regis Aragonum et Neapolis[158], que no es propiamente una historia de Alfonso V, sino una colección de anécdotas que pintan muy al vivo su carácter y su corte. Unido al De dictis factisque del Panormita va casi siempre el Commentarius de Eneas Silvio, obispo de Siena cuando le escribió y luego Papa con el nombre de Pío II[159].
Un solo personaje español del tiempo de los Reyes Católicos logró honores semejantes, aunque otros los mereciesen más que él. Fue el primer duque de Nájera, don Pedro Manrique de Lara, tipo arrogante de gran señor, en su doble condición de bravo guerrero y de moralista sentencioso y algo excéntrico. Un anónimo recopiló sus hazañas valerosas y dichos discretos[160]; y apenas hubo floresta del siglo XVI en que no se consignase algún rasgo, ya de su mal humor, ya de su picante ingenio.
Al siglo XVII muy entrado pertenece el libro, en todos conceptos vulgarísimo, Dichos y hechos del señor rey don Felipe segundo el prudente[161], que recopiló con mejor voluntad que discernimiento el cura de Sacedón, Baltasar Porreño, autor también de otros Dichos y hechos de Felipe III, mucho menos conocidos porque sólo una vez, y muy tardíamente, fueron impresos.
Son casi desconocidos en nuestra literatura aquellos libros comúnmente llamados anas (Menagiana, Scaligerana, Bolaeana, etc.), de que hubo plaga en Francia y Holanda durante el siglo XVII y que, á vueltas de muchas anécdotas apócrifas ó caprichosamente atribuídas al personaje que da nombre al libro, suelen contener mil curiosos detalles de historia política y literaria. El carácter español se presta poco á este género de crónica menuda. Pero no faltaron autores, y entre ellos alguno bien ilustre, que hiciesen colección de sus propios apotegmas. Á este género puede reducirse El Licenciado Vidriera de Cervantes[162], donde la sencillísima fábula novelesca sirve de pretexto para intercalar las sentencias de aquel cuerdo loco, así como Luciano había puesto las suyas en boca del cínico Demonacte.
De Cervantes al jurado cordobés Juan Rufo, infeliz cantor de D. Juan de Austria, es grande la distancia á pesar de la simpática benevolencia con que el primero habló del segundo en el famoso escrutinio de los libros del hidalgo manchego. Pero no le juzguemos por la Austriada, sino por Las seyscientas apotegmas que publicó en 1596[163] y por los versos que las acompañan, entre los cuales están la interesante leyenda de Los Comendadores, el poemita humorístico de la muerte del ratón, la loa ó alabanza de la comedia, precursora de las de Agustín de Rojas, y sobre todo la Carta á su hijo, que tiene pasajes bellísimos de ingenuidad y gracia sentenciosa. Juan Rufo, que tan desacordadamente se empeñó en embocar la trompa épica, era un ingenio fino y discreto, nacido para dar forma elegante y concisa á las máximas morales que le había sugerido la experiencia de la vida más bien que el trato de los libros. Sus apotegmas en prosa testifican esto mismo, y cuando se forme la colección, que todavía no existe, de nuestros moralistas prácticos y lacónicos, merecerán honroso lugar en ella. Sólo incidentalmente tocan á nuestro propósito, puesto que suelen ser breves anécdotas selladas con un dicho agudo. Entre los contemporáneos de Rufo tuvieron mucho aplauso, aun antes de ser impresos, y el agustino Fr. Basilio de León (sobrino de Fr. Luis y heredero de su doctrina) los recomendó en estos encarecidos términos: «Llegó á mis manos, antes que se imprimiesse, el libro de las Apotegmas del Iurado Iuan Rufo; con el qual verdaderamente me juzgué rico, pues lo que enriqueze al entendimiento, es del hombre riqueza verdadera. Y hay tanta, no sólo en todo el libro (que no es poco, segun salen muchos á luz, grandes en las hojas y en las cosas pequeños), sino lo que es más, en qualquiera parte dél, por pequeña que sea, que con razon puede juzgarse por muy grande, porque la pureza de las palabras, la elegancia dellas, junto con la armonía que hazen las unas con las otras, es de tanta estimacion en mis ojos quanto deseada en los que escriven. Allegose a esto la agudeza de los dichos, el sentido y la gravedad que tienen, la philosophia y el particular discurso que descubren. De manera que al que dice bien y tan bien como el autor deste libro, se le puede dar justissimamente un nuevo y admirable nombre de maravillosa eloquencia: pues los que hablan mal son innumerables, y él se aventaja á muchos de los que bien se han esplicado. El aver enxerido en el donayre y dulzura de las palabras, lo que es amargo para las dañadas costumbres, nacio de particular juyzio y de prudencia. Como el otro que á una dama á quien, ó por miedo, ó por melindre, espantava el hierro del barbero, la sangró disfraçandole astutamente con la esponja. En fin, no entiendo que avrá ninguno de buen gusto que no le tenga, y muy grande, con este libro, y Córdova no menor gozo, viendo cifrado en su dueño todo lo que en sus claros hijos luze repartido».
Hemos visto que el título de Apotegmas había sido introducido por los traductores de Plutarco y Erasmo. Creemos que Juan Rufo fue el primero que le aplicó á una colección original, dando la razón de ello: «El nombre de Apotegmas es griego, como lo son muchos vocablos recebidos ya en nuestra lengua; trúxole á ella, con la autoridad de grandes escritores, la necessidad que avia deste término, porque significa breve y aguda sentencia, dicho y respuesta; sentido que con menos palabras no se puede explicar».
Para dar idea del carácter de este curioso librito, citaré sin particular elección unos cuantos apotegmas, procurando que no sean de los que ya copió Gallardo, aunque no siempre podrá evitarse la repetición, porque aquel incomparable bibliógrafo tenía particular talento para extraer la flor de cuanto libro viejo caía en sus manos.
«Oyendo cantar algunos romances de poetas enamorados, con relacion especial de sus desseos y pensamientos, y aun de sus obras, dixo (Rufo): Locos están estos hombres, pues se confiesan a gritos». (Fol. 4.)
«Un año despues que estuvo oleado, le dixo un amigo, viéndole bueno: Harto mejor estays de lo que os vi aora un año. R. Mucha más salud tenía entonces, pues tenia más un año de vida». (Fol. 6 vuelto.)
«Mirando á una fea, martyr de enrubios, afeytes, mudas, y de vestirse y ataviarse costosamente, y con estraña curiosidad, dixo que las feas son como los hongos, que no se pueden comer si no en virtud de estar bien guisados, y con todo son ruyn vianda». (F. 7.)
«Preguntóle un viejo de sesenta años si se teñiria la canas, y R. No borreis en una hora lo que Dios ha escrito en sesenta años». (Fol. 7 vuelto.)
«El agua encañada, quanto baxa sube, y la palabra de Dios entra por los oydos, y penetra hasta el corazon, si sale dél». (Fol. 9.)
«Contava un cavallero una merienda que ciertos frayles tuvieron en un jardin del susodicho; y que tras la abundancia de la vianda, y diferencias de vinos que huvo, fue notable el gusto y alegria de todos aquellos reverendos. Y dezia tambien que uno dellos (devoto y compuesto religioso) se puso de industria á pescar en un estanque, por escusar la behetria de los demas. Oydo lo qual, dixo: no se podra dezir por esse: no sabe lo que se pesca». (Fol. 13.)
«El duque de Osuna, D. Pedro Giron, tenia á la hora de su muerte junto á sí una gran fuente de plata, llena de nieve y engastados en ella algunos vasos de agua, y dixo el Condestable de Castilla, su yerno: Ningun consuelo hay para el Duque igual á tener aquella nieve cerca de sí. R. Quiere morir en Sierra Nevada, porque no le pregunten por D. Alonso de Aguilar»[164]. (Fol. 15.)
«Huvo disciplinas en Madrid por la falta de agua; y como era en el mes de Mayo y hazia calor, no salian hasta que anochezia. De manera que toda la tarde no cabian las calles por donde avian de pasar los disciplinantes, de damas y gente de á cavallo; y andavan los passeos tan en forma, como si algun grande regocijo fuera la causa de aquel concurso. Visto lo qual, al salir los penitentes, dixo que parecia entremes á lo divino en comedia deshonesta». (Fol. 18.)
«Tratándose del Cid, y de sus grandes proezas, dixo, que fue catredatico (sic) de valentia, pues enseñó á ser esforçado á Martin Pelaez»[165]. (Fol. 19.)
«El hombre que más largas narices tuvo en su tiempo, dezia otro amigo suyo, que venia de Burgos á Madrid seis dias avia, y que le esperava dentro de una hora. No puede ser, le respondió Iuan Rufo, pues no han llegado sus narices». (Fol. 22.)
«Estando un carpintero labrando, aunque toscamente, los palos para hazer una horca, y otro vezino suyo murmurando de la obra del artífice, los puso en paz diziendo, que los palos de la horca son puntales de la republica».
«Sentia ásperamente un gentil hombre el hacerse viejo, y corriase de verse algo cano, como si fuera delito vergonzoso. Y como fuesse su amigo, y le viesse que en cierta conversacion dava señales desto, lo dixo para consuelo y reprehension, los versos que se siguen:
Si quando el seso florece
Vemos que el hombre encanece:
Las canas deven de ser
Flores que brota el saber
En quien no las aborrece».
(Fol. 24 vuelto.)
«Sin duda este tiempo florece de poetas que hacen romances, y músicos que les dan sonadas: lo uno y lo otro con notable gracia y aviso. Pues como es casi ordinario amoldar los músicos los tonos con la primera copla de cada romance, dixo á uno de los poetas que mejor los componen que escusase en el principio afecto ni estrañeza particular, si en todo el romance no pudiesse continualla; porque de no hazello resulta que el primer cuarteto se lleva el mayorazgo de la propiedad de la sonada, y dexa pobres á todos los demas». (Fol. 26 vuelto.)
«Considerados los desasossiegos, escándalos y peligros, gastos de hazienda y menoscabos de salud, que proceden de amorosos devaneos, dixo que los passatiempos del Amor son como el tesoro de los alquimistas, que costándoles mucho tiempo y trabajo, gastan el oro que tienen por el que después no sacan». (Fol. 67.)
«Alabando algunos justissimamente la rara habilidad del doctor Salinas[166], canónigo de Segovia, dixo que era Salinas de gracia y donaire, con ingenio de açucar». (Fol. 74.)
«El (autor) y un amigo suyo, que le solia reprehender porque no componia la segunda parte de la Austriada, passaron por donde estava un paxarillo destos que suben la comida y la bevida con el pico, entre otros que estavan enjaulados. Y como todos cantassen, y aquel no, dixo: Veys aqui un retrato del silencio de mi pluma, porque no soy paxaro enjaulado, sino aquel que está con la cadena al cuello. Preguntado por qué, dixo estos versos:
Para el hombre que no es rico
Cadena es el matrimonio,
Y tormento del demonio
Sustentarse por su pico».
(Fol. 94.)
«De quinientos ducados que el Rey le hizo de merced por su libro de la Austriada, fue gastando en el sustento de su casa hasta que no le quedaban sino cincuenta, los quales se puso á jugar[167]. Y preguntado por qué hazia aquel excesso, R. Para que las reliquias de mis soldados vençan, ó mueran peleando, antes que el largo cerco los acabe de consumir». (Fol. 99 vuelto.)
«Como hay mujeres feas, que siendo ricas se dan á entender que á poder de atavios han de suplir con curiosidad los defectos de naturaleza: de la misma manera piensan algunos que por ser estudiosos y leydos, han de salir buenos poetas, siendo cosa, si no del todo agena de sus ingenios, á lo menos cuesta arriba y llena de aspereza. Y para más confirmacion deste engaño, nunca les faltan aficionados que los desvanezcan. Pues como un hombre que era apassionadissimo de un poeta por accidente, defendiesse sus Mussas con dezir que era hombre que sabia, le dixo: No es todo uno ser maestro de capilla y tener buena voz». (Fol. 135.)
«Vivía en la corte un pintor[168] que ganava de comer largamente á hazer retratos, y era el mejor pie de altar para su ganancia una caxa que traya con quarenta ó cincuenta retratos pequeños de las más hermosas señoras de Castilla, cuyos traslados le pagavan muy bien, unos por aficion y otros por sola curiosidad. Este le mostró un dia todo aquel tabaque de rosas, y le confessó los muchos que le pedian copias dellas. R. Soys el rufian más famoso del mundo, pues ganays de comer con cincuenta mujeres». (Fol. 136.)
«Armándose en Flandes D. Lope de Acuña, para un hecho de armas, algo de priessa, dixo á dos criados que le ayudavan á armar que le pussiessen mejor la celada: la qual como fuesse Borgoñona, y al cerralla le huviessen cogido una oreja, le dava mucho fastidio. Los criados le respondieron una, y dos, y más vezes, que no yva sino muy en su lugar. Y como las ocasiones no lo davan para detenerse mucho, entró assi en la refriega, que fué sangrienta. Y desarmándose despues D. Lope, como se le saliesse la una oreja assida á la celada, en vez de enojarse, dixo con mucha mansedumbre á los que le armaron: ¿No os dezia yo que yva mal puesta la celada?» (Fol. 148.)
«Acabando de leer unos papeles suyos, le dixo uno de los oyentes: No sé por qué no os proveen en un corregimiento de los buenos de España; mas a fe que si en algo errárades, y yo fuera presidente, que os avia de echar á galeras, pues no podiades hazello de ignorancia. R. Rigurosissimo andays conmigo, pues antes que acepte el cargo me tomays la residencia»[169]. (Fol. 155.)
«Desde que el señor don Iuan murio, que le hazia mucha merced, nunca tuvo sucesso que fuesse de hombre bien afortunado, y tanto que era ya como proverbio su mala dicha. Estando, pues, un dia con dolor en un pie, diziéndole su doctor que era gota, respondió:
Aunque pobre y en pelota,
Mal de ricos me importuna,
Porque al mar de mi fortuna
No le faltasse una gota».
(Fol. 156.)
«Tan fácil y proprio dixo que seria á los prelados gastar todas sus rentas en hazer bien, como al sol el dar luz y calentar». (Fol. 163.)
«Siendo su hijo de once años, le sucedió una noche quedársele dormido en dos ó tres sitios muy desacomodados; por lo qual dixo uno que lo avia notado: Este niño halla cama donde quiera, y deve de ser de bronce ó trae lana en las costillas. R.
Qué más bronce
Que años once,
Y qué más lana
Que no pensar en mañana».
(Fol. 189 vuelto)[170].
Los apotegmas no son seiscientos, sino que llegan á setecientos, como expresa el mismo Rufo en una advertencia final. Á ésta como á casi todas las colecciones de sentencias, aforismos y dichos agudos cuadra de lleno la sentencia de Marcial sobre sus propios epigramas sunt bona, sunt quædam mediocria, sunt mala plura. Pero aunque muchos puedan desecharse por ser insulsos juegos de vocablos, queda en los restantes bastante materia curiosa, ya para ilustrar las costumbres de la época, ya para conocer el carácter de su autor, poeta repentista, decidor discreto y que, como todos los ingenios de su clase, tenía que brillar más en la conversación que en los escritos. Él mismo lo reconoce ingenuamente: «Importunándole que repitiesse los dichos de que se acordasse, dixo que no se podia hazer sin perderse por lo menos la hechura, como quien vende oro viejo: pues quando el oro del buen dicho se estuviesse entero, era la hechura la ocasion en que se dixo, el no esperarse entonces la admiracion que causó. Y que en fin, fuera de su primer lugar eran piedras desengastadas, que luzen mucho menos. O como pelota de dos botes, que por bien que se toque no se ganan quinze».
Tuvo Juan Rufo un imitador dentro de su propia casa en su hijo el pintor y poeta cordobés D. Luis Rufo, cuyos quinientos apotegmas (en rigor 455) ha exhumado en nuestros tiempos el erudito Sr. Sbarbi[171]. Pero la fecha de este libro, dedicado al Príncipe D. Baltasar Carlos (n. 1629, m. 1646), le saca fuera de los límites cronológicos del presente estudio, donde por la misma razón tampoco pueden figurar los donosos Cuentos que notó D. Juan de Arguijo, entre los cuales se leen algunas agudezas del Maestro Farfán, agustiniano[172].
Volviendo ahora la vista fuera de las fronteras patrias, debemos hacer mérito de algunas misceláneas de varia recreación impresas en Francia para uso de los estudiosos de la lengua castellana, cuando nadie, «ni varón ni mujer dejaba de aprenderla», según testifica Cervantes en el Persiles (Libro III, cap. XIII). Una porción de aventureros españoles, á veces notables escritores, como el autor de La desordenada codicia de los bienes ajenos y el segundo continuador del Lazarillo de Tormes, vivían de enseñarla ó publicaban allí sus obras de imaginación. Otros, que no llegaban á tanto, se limitaban á los rudimentos de la disciplina gramatical, hacían pequeños vocabularios, manuales de conversación, centones y rapsodias, en que había muy poco de su cosecha. Á este género pertenecen las obras de Julián de Medrano y de Ambrosio de Salazar.
Julián ó Julio Iñiguez de Medrano, puesto que de ambos modos se titula en su libro, era un caballero navarro que, después de haber rodado por muchas tierras de España y de ambas Indias, aprendiendo, según dice, «los más raros y curiosos secretos de natura», vivía «en la ermita del Bois de Vincennes», al servicio de la Reina Margarita de Valois. Á estos viajes suyos aluden en términos muy pomposos los panegiristas que en varias lenguas celebraron su libro, comenzando por el poeta regio Juan Daurat ó Dorat (Ioannes Auratus):
Julius ecce Medrana novus velut alter Ulysses,
A variis populis, a varioque mari,
Gemmarum omne genus, genus omne reportat et auri:
Thesaurus nunquam quantus Ulyssis erit.
La verdad es que de tales tesoros da muy pobre muestra su Silva Curiosa, cuya primera y rarísima edición es de 1587[173]. De los siete libros que la portada anuncia, sólo figura en el volumen el primero, que lleva el título de «dichos sentidos y motes breves de amor». Los otros seis hubieron de quedarse inéditos, ó quizá en la mente de su autor, puesto que parecen meros títulos puestos para excitar la curiosidad. El segundo debía tratar de «las yerbas y sus más raras virtudes»; el tercero, de las piedras preciosas; el cuarto, de los animales; el quinto, de los peces; el sexto, de las «aves celestes y terrestres»; el séptimo «descubre los más ocultos secretos de las muieres, y les ofrece las más delicadas recetas». Ni del tratado de los cosméticos, ni de la historia natural recreativa que aquí se prometen, ha quedado ningún rastro, pues aunque lleva el nombre de Julio Iñiguez de Medrano cierta rarísima Historia del Can, del Caballo, Oso, Lobo, Ciervo y del Elefante, que se dice impresa en París, en 1583, este libro no es más que un ejemplar, con los preliminares reimpresos, del libro Del can y del caballo que había publicado en Valladolid el protonotario Luis Pérez en 1568, sin que para nada se hable del oso ni de los demás animales citados en la portada[174]. La superchería que Medrano usó apropiándose este libro para obsequiar con él, no desinteresadamente sin duda, al Duque de Epernon, da la medida de su probidad literaria, que acaba de confirmarse con la lectura de la Silva, especie de cajón de sastre, con algunos retales buenos, salteados en ajenas vestiduras. No sería difícil perseguir el origen de las «letras y motes», de las preguntas, proverbios y sentencias morales; pero limitándonos á lo que salta á la vista en cuanto se recorren algunas páginas de la Silva, vemos que Medrano estampa su nombre al principio de un trozo conocidísimo de Cristóbal de Castillejo en su Diálogo de las condiciones de las mujeres y da por suyo de igual modo aquel soneto burlesco atribuido á D. Diego de Mendoza y que realmente es de Fray Melchor de la Serna:
Dentro de un santo templo un hombre honrado...
Tales ejemplos hacen sospechar de la legítima paternidad de sus versos. Y lo mismo sucede con la prosa. Casi todos los «dichos sentidos, agudas respuestas, cuentos muy graciosos y recreativos, y epitafios curiosos» que recoge en la segunda parte de la Silva, habían figurado antes en otras florestas, especialmente en el Sobremesa de Timoneda, del cual copia literalmente nada menos que cuarenta cuentos, con otros cinco de Juan Aragonés[175].
Hay, sin embargo, en el libro dos narraciones tan mal forjadas y escritas, que sin gran escrúpulo pueden atribuirse al mismo Julián de Medrano. Una es cierta novela pastoril de Coridón y Silvia; y aun en ella intercaló versos ajenos, como la canción de Francisco de Figueroa:
Sale la aurora, de su fértil manto
Rosas suaves esparciendo y flores...
La otra, que tiene algún interés para la historia de las supersticiones populares, es un largo cuento de hechicerías y artes mágicas, que el autor supone haber presenciado yendo en romería á Santiago de Galicia.
No es inverosímil que Lope de Vega, que lo leía todo y de todo sacaba provecho para su teatro, hubiese encontrado entre los ejemplos de la Silva Curiosa el argumento de su comedia Lo que ha de ser, aunque al fin de ella alega «las crónicas africanas».
Dice así el cuentecillo de la Silva, que no tengo por original, aunque hasta ahora no puedo determinar su fuente:
«Un caballero de alta sangre, fué curioso de saber lo que las influencias ó inclinaciones de los cuerpos celestiales prometian á un hijo suyo que él tenia caro como su propia vida, y así hizo sacar el juicio de la vida del mancebo (que era ya hombrecito) á un astrólogo el más famoso de aquella tierra; el cual halló por su sciencia que el mozo era amenazado y corría un grandísimo peligro, en el año siguiente, de recibir muerte por una fiera cruel, la cual él nombró y (pasando los límites de su arte) dijo sería un leon; y que el peligro era tan mortal, que si este caballero no defendia la caza á su hijo por todo aquel año, y no le ponia en algun castillo donde estuviese encerrado y muy bien guardado hasta que el año pasase, que él tenia por cosa imposible que este mancebo escapase al peligro de muerte. El padre, deseando en todo y por todo seguir el consejo del astrólogo (en quien él creia como en un oráculo verísimo), privando á su hijo del ejercicio que él más amaba, que era la caza, lo encerró en una casa de placer que tenia en el campo, y dejándole muy buenas guardas, y otras personas que le diesen todo el pasatiempo posible, los defendió á todos, so pena de la vida, que no dejasen salir á su hijo un solo paso fuera de la puerta del castillo. Pasando esta vida el pobre mancebo en aquella cárcel tristísima, viéndose privado de su libertad, dice la historia que un dia, paseándose dentro de su cámara, la cual estaba ricamente adornada y guarnecida de tapiceria muy hermosa, se puso á contemplar las diversas figuras de hombres y animales que en ella estaban, y viendo entre ellos un leon figurado, principió á enojarse con él como si vivo estuviera, diciendo: «¡Oh fiera cruel y maldita! Por ti me veo aqui privado de los más dulces ejercicios de mi vida; por ti me han encerrado en esta prision enojosa». Y arremetiendo con cólera contra esta figura, le dió con el puño cerrado un golpe con toda la fuerza de su brazo; y su desventura fué tal que detrás de la tapiceria habia un clavo que salia de un madero ó tabla que alli estaba, con el cual dando el golpe se atravesó un dedo; y aunque el mal no parecía muy grave al principio, fué tal todavía, que por haber tocado á un nervio, en un extremo tan sensible como es el dedo, engendró al pobre mancebo un dolor tan grande, acompañado de una calentura continua, que le causó la muerte»[176].
César Oudín, el mejor maestro de lengua castellana que tuvieron los franceses en todo el siglo XVII y el más antiguo de los traductores del Quijote en cualquier lengua, hizo en 1608 una reimpresión de la Silva, añadiendo al fin, sin nombre de autor, la novela de El Curioso Impertinente, que aquel mismo año publicaba en texto español y francés Nicolás Baudouin[177]. Por cierto que esta segunda edición de la Silva dió pretexto á un erudito del siglo XVIII para acusar á Cervantes de haber plagiado ¡á Medrano! Habiendo caído en manos del escolapio D. Pedro Estala un ejemplar de la Silva de 1608, donde está la novela, dedujo con imperdonable ligereza que también estaría en la de 1583, y echó á volar la especie de que Cervantes la había tomado de allí, «no creyendo haber inconveniente ó persuadido á que no se le descubriría el hurto, si así debe llamarse». Á esta calumniosa necedad, divulgada en 1787, se opuso, con la lógica del buen sentido, D. Tomás Antonio Sánchez, aun sin haber visto la primera edición de la Silva, de la cual sólo tuvo conocimiento por un amigo suyo residente en París[178].
Compilaciones del mismo género que la Silva son algunos de los numerosos libros que publicó en Francia Ambrosio de Salazar, aventurero murciano que después de haber militado en las guerras de la Liga, hallándose sin amparo ni fortuna, despedazado y roto, como él dice, se dedicó en Ruán á enseñar la lengua de Castilla, llegando á ser maestro é intérprete de Su Majestad Cristianísima. La vida y las obras de Salazar han sido perfectamente expuestas por A. Morel-Fatio en una monografía tan sólida como agradable, que agrupa en torno de aquel curioso personaje todas las noticias que pueden apetecerse sobre el estudio del español en Francia durante el reinado de Luis XIII y sobre las controversias entre los maestros de gramática indígenas y forasteros. Remitiendo á mis lectores á tan excelente trabajo[179], hablaré sólo de aquellos opúsculos de Salazar que tienen algún derecho para figurar entre las colecciones de cuentos, aunque su fin inmediato fuese ofrecer textos de lengua familiar á los franceses.
Tenemos, en primer lugar, Las Clavellinas de Recreacion, donde se contienen sentencias, avisos, exemplos y Historias muy agradables para todo genero de personas desseosas de leer cosas curiosas, en dos lenguas, Francesa y Castellana; obrita impresa dos veces en Ruán, 1614 y 1622, y reimpresa en Bruselas, 1625[180]. Es un ramillete bastante pobre y sin ningún género de originalidad, utilizando las colecciones anteriores, especialmente la de Santa Cruz, con algunas anécdotas de origen italiano y otras tomadas de los autores clásicos, especialmente de Valerio Máximo. Las Horas de Recreación de Guicciardini, el Galateo Español de Lucas Gracián Dantisco (del cual hablaré más adelante), pueden contarse también entre las fuentes de este libro, poco estimable á pesar de su rareza[181].
Más interés ofrece, y es sin duda el más útil de los libros de Salazar, á lo menos por los datos que consigna sobre la pronunciación de su tiempo y por las frases que recopila, ó interpreta, su Espejo General de la Gramática en diálogos, obra bilingüe publicada en Ruán en 1614 y de cuyo éxito testifican varias reimpresiones en aquella ciudad normanda y en París[182]. Este Espejo, que dió ocasión á una agria y curiosa polémica entre su autor y César Oudín, no es propiamente una gramática ni un vocabulario, aunque de ambas cosas participa, sino un método práctico y ameno para enseñar la lengua castellana en cortísimo tiempo, ya que no en siete lecciones, como pudiera inferirse de la portada. La forma del coloquio escolar, aplicado primeramente á las lenguas clásicas, y que no se desdeñaron de cultivar Erasmo y Luis Vives, degeneró en manos de los maestros de lenguas modernas, hasta convertirse en el pedestre manual de conversación de nuestros días. Y todavía en este género la degradación fue lenta: los Diálogos familiares que llevan el nombre de Juan de Luna, aunque no todos le pertenecen, tienen mucha gracia y picante sabor; son verdaderos diálogos de costumbres que pueden leerse por sí mismos, prescindiendo del fin pedagógico con que fueron trazados. Los de Salazar, escritor muy incorrecto en la lengua propia, y supongo que peor en la francesa, valen mucho menos por su estilo y tienen además la desventaja de mezclar la exposición gramatical directa, aunque en dosis homeopáticas, con el diálogo propiamente dicho. De éste pueden entresacarse (como previene el autor) algunas «historias graciosas y sentencias muy de notar»; por ejemplo, una biografía anecdótica del negro Juan Latino, que Morel-Fatio ha reproducido y comenta agradablemente en su estudio[183].
No importa á nuestro propósito, aunque el título induciría á creerlo, el Libro de flores diversas y curiosas en tres tratados (París, 1619), en que lo único curioso son algunos modelos de estilo epistolar, sobre el cual poseemos otros formularios más antiguos, castizos ó importantes, como el de Gaspar de Texeda. Salazar había pensado llenar con cuentos la tercera parte de su libro; pero viendo que ocupaban muchas hojas y que su librero no podía sufragar tanto gasto, guardó los cuentos para mejor ocasión y los reemplazó con un diálogo entre un caballero y una dama[184].
Podemos suponer que estos cuentos serían los mismos que en número de ochenta y tres publicó en 1632, formando la segunda parte de sus Secretos de la gramática española, que ciertamente no aclaran ningún misterio filológico. La parte teórica es todavía más elemental que en el Espejo, y la parte práctica, los ejercicios de lectura como diríamos hoy, están sacados, casi en su totalidad, de la Floresta Española de Melchor de Santa Cruz, según honrada confesión del propio autor: «Lo que me ha movido á hacer imprimir estos quentos ha sido porque veya que un librito que andava por aqui no so podia hallar, aunque es verdad que primero vino de España. Despues se imprimio en Brucelas (sic) en las dos lenguas, y aun creo que se ha impreso aqui en París, y he visto que lo han siempre estimado del todo. Este librito se llama Floresta española de apoystemas (sic) y dichos graciosos, del qual y de algunos otros he sacado este tratadillo»[185].
Salazar, que multiplicaba en apariencia más que en realidad las que apenas podemos llamar sus obras, con cuyo producto, seguramente mezquino, iba sosteniendo su trabajada vejez, formó con estos mismos cuentos un Libro Curioso, lleno de recreacion y contento, que es uno de los tres Tratados propios para los que dessean saber lengua española (París, 1643), donde también pueden leerse dos diálogos, no sé á punto fijo si suyos ó ajenos, «entre dos comadres amigas familiares, la una se llama Margarita y la otra Luciana».
Mencionaremos, finalmente, el Thesoro de diversa licion (París, 1636), cuyo título parece sugerido por la Silva de varia leccion de Pedro Mejía, que le proporcionó la mayor parte de sus materiales, puesto que no creo que Salazar acudiese personalmente á Eliano, Plinio, Dioscórides y otros antiguos á quien se remite[186]. El Thesoro viene á ser una enciclopedia microscópica de geografía ó historia natural, pero lleva al fin una serie de Historias verdaderas sucedidas por algunos animales, que entran de lleno en la literatura novelística. Algunas son tan vulgares y sabidas como la del león de Androcles, pero hay también cuentos españoles que tienen interés folklórico. Todos deben de encontrarse en otros libros, pero hoy por hoy no puedo determinar cuáles. La historia del prodigioso perro que tenía un maestro de capilla de Palencia en tiempo de Carlos V se lee en el Libro del Can y del Caballo del protonotario Luis Pérez[187], pero con notables variantes. La leyenda genealógica de los Porceles de Murcia, que sirvió á Lope de Vega para su comedia del mismo título[188], se encuentra referida en Salazar á Barcelona, y acaso sea allí más antigua, puesto que en Provenza hallamos la misma leyenda aplicada á los Pourcelet, marqueses de Maiano (Maillane), poderosos señores en la villa de Arlés, cuyo apellido sonó mucho en las Cruzadas, en la guerra de los Albigenses, en las Vísperas Sicilianas y en otros muchos sucesos, y de la cual es verosímil que procediesen el Guarner Porcel, el Porcelín Porcel y el Orrigo Porcel, que asistieron con D. Jaime á la conquista de Murcia, y están inscritos en el libro de repartimiento de aquella ciudad, puesto que el blasón de ambos linajes ostenta nueve lechoncillos[189].
Más curiosa todavía es otra leyenda catalana sobre la casa de Marcús, que Ambrosio de Salazar nos refiere en estos términos:
«En la decendencia de los Marcuses, linage principal de Cataluña, se lee una Historia de una Cabra y un Cabrito, que aunque fué sueño tubo un estraño effecto, que un Hidalgo llamado Marcus, por desgracias y vandos de sus antecessores, vino á una grande pobreza y necessidad, tanto que lo hazia andar muy afligido y cuydadoso pensando cómo podria echar de sí tan pesada carga. Y con tales pensamientos sucedió, que durmiendo soñó un sueño que si dexava su tierra y se yva á Francia, en una Puente que está junto á la Ciudad de Narbona hallaria un gran Thesoro. El qual despertando estubo pensando si aquello era sueño ó fantasía. Por entonces no quiso dar credito al sueño, pero bolviendo otras dos vezes al mesmo sueño determinó yr allá, y provar sueño y ventura. Estando pues en la dicha Puente un dia entre otros muchos acaeció que otro hidalgo de aquella ciudad, por la mañana y a la tarde se salia por aquella Puente passeando; y como notasse y viesse cada dia aquel Estrangero, y que por mucho que él madrugase ya lo hallava ally, y por tarde que bolviesse tambien, determinó preguntarle la causa, como de hecho se lo preguntó, rogándoselo muy encarecidamente.
«El hidalgo catalan después de bien importunado respondió diciendo: «Aveis de saber, señor, que un Sueño me ha traydo aqui, y es éste: que si me venia a esta Puente avia de hallar en ella un muy grande Thesoro, y esto lo soñé muchas vezes». El Francés burlándose del Cathalan y de su sueño respondió riendo: «Bueno estuviera yo que dexara mi patria y casa por un sueño que soñé los dias passados, y era, que si me yva á la Ciudad de Barcelona en casa de uno que se llama Marcus, hallaria debajo una escalera un grandíssimo y famoso Thesoro»; el hidalgo catalan, que era el mesmo Marcus, como oyó el sueño del Francés y su reprehensión, se despidió dél sin dársele á conocer y se bolvió á su casa. Luego que llegó començó en secreto á cavar debajo su escalera considerando que podria aver algun mysterio en aquellos sueños, y á pocos dias ahondó cavando tanto que vino á descubrir un gran cofre de hierro enterrado ally, dentro del qual halló una Cabra muy grande y un cabrito de oro maciço, que se creyó que avian sido idolos del tiempo de los Gentiles. Con las quales dos pieças, aviendo pagado el quinto, salió de miseria, y fué rico toda su vida él y los suyos: y instituyó cinco capellanias con sus rentas, que estan aun oy dia en la ciudad de Barcelona»[190].
No todos los librillos bilingües de anécdotas y chistes publicados en Francia á fines del siglo XVI y principios del XVII tenían el útil é inofensivo objeto de enseñar prácticamente la lengua. Había también verdaderas diatribas, libelos y caricaturas en que se desahogaba el odio engendrado por una guerra ya secular y por la preponderancia de nuestras armas. Á este género pertenecen las colecciones de fanfarronadas y fieros en que alternan los dichos estupendos de soldados y rufianes. Escribían ó compilaban estos libros algunos franceses medianamente conocedores de nuestra lengua, como Nicolás Baudoin, autor de las Rodomuntadas castellanas, recopiladas de diversos autores y mayormente del capitán Escardón Bonbardón, que en sustancia son el mismo libro que las Rodomuntadas castellanas, recopiladas de los commentarios de los muy aspantosos (sic), terribles e invincibles capitanes Metamoros (sic), Crocodrillo y Rajabroqueles[191]. Y en algunos casos también cultivaron este ramo de industria literaria españoles refugiados por causas políticas ó religiosas, como el judío Francisco de Cáceres, autor de los Nuevos fieros españoles[192].
En estos librejos pueden distinguirse dos elementos, el rufianesco y el soldadesco, ambos de auténtica aunque degenerada tradición literaria. Venía el primero de las Celestinas, comenzando por el Centurio y el Traso de la primera, siguiendo por el Pandulfo de la segunda, por el Brumandilón de la tercera, por el Escalión de la Comedia Selvagia, para no mencionar otras. En casi todas aparece el tipo del rufián cobarde y jactancioso, acrecentándose de una en otra los fieros, desgarros, juramentos, porvidas y blasfemias que salen de sus vinosas bocas. Algo mitigado ó adecentado el tipo pasó á las tablas del teatro popular con Lope de Rueda, que sobresalía en representar esta figura cómica, la cual repite tres veces por lo menos en la parte que conocemos de su repertorio. El gusto del siglo XVII no la toleraba ya, y puede decirse que Lope de Vega la enterró definitivamente en El Rufián Castrucho.
No puede confundirse con el rufián, reñidor de fingidas pendencias y valiente de embeleco, el soldado fanfarrón, el miles gloriosus, cuya primera aparición en nuestra escena data de la Comedia Soldadesca de Torres Naharro. Este nuevo personaje, aunque tiene á veces puntas y collares rufianescos y pocos escrúpulos en lo que no toca á su oficio de las armas, suele ser un soldado de verdad, curtido en campañas sangrientas, y que sólo resulta cómico por lo desgarrado y jactancioso de su lenguaje. Así le comprendió mejor que nadie Brantôme en el libro, mucho más admirativo que malicioso, de sus Rodomantades Espaignolles, donde bajo un título común se reúnen dichos de arrogancia heroica, con bravatas pomposas ó hipérboles desaforadas. El libro de Brantôme más que satírico es festivo, y en lo que tiene de serio fué dictado por la más cordial simpatía y la admiración más sincera. El panegírico que hace del soldado español no ha sido superado nunca. Era un españolizante fervoroso; cada infante de nuestros tercios le parecía un príncipe, y á los ingenios de nuestra gente, cuando quieren darse á las letras y no á las armas, los encontraba «raros, excelentes, admirables, profundos y sutiles». Sus escritos están atestados de palabras castellanas, por lo general bien transcritas, y él mismo nos da testimonio de que la mayor parte de los franceses de su tiempo sabían hablar ó por lo menos entendían nuestra lengua. No sólo le encantaba en los españoles la bravura, el garbo, la bizarría, sino esas mismas fierezas y baladronadas que recopila «belles paroles profferées à l'improviste», que satisfacen su gusto gascón y no hacen más que acrecentar su entusiasmo por esta nación «brave bravasche et vallereuse, et fort prompte d'esprit». Síguese de aquí que aunque Brantôme fuese el inventor del género de las Rodomontadas, y el primero que las coleccionó en un libro que no puede llamarse bilingüe, puesto que las conserva en su lengua original sin traducción[193], lo hizo sin la intención aviesa, siniestra y odiosa con que otros las extractaron y acrecentaron en tiempo de Luis XIII.
Hora es de que tornemos los ojos á nuestra Península, y abandonando por el momento los libros de anécdotas y chistes, nos fijemos más particularmente en las colecciones de cuentos y narraciones breves que en escaso número aparecen después de Timoneda y antes de Cervantes. Una de estas colecciones está en lengua portuguesa, y si no es la primera de su género en toda España, como pensó Manuel do Faria[194], es seguramente la primera en Portugal, tierra fertilísima en variantes de cuentos populares que la erudita diligencia de nuestros vecinos va recopilando[195], y no enteramente desprovista de manifestaciones literarias de este género durante los tiempos medios, aunque ninguna de ellas alcance la importancia del Calila y Sendebar castellanos, de las obras de D. Juan Manuel ó de los libros catalanes de Ramón Lull y Turmeda[196].
El primer cuentista portugués con fin y propósito de tal es contemporáneo de Timoneda, pero publicó su colección después del Patrañuelo. Llamábase Gonzalo Fernandes Trancoso, era natural del pueblo de su nombre en la provincia de Beira, maestro de letras humanas en Lisboa, lo cual explica las tendencias retóricas de su estilo, y persona de condición bastante oscura, apenas mencionado por sus contemporáneos. Aparte de los cuentos, no se cita más trabajo suyo que un opúsculo de las «fiestas movibles» (Festas mudaveis), dedicado en 1570 al Arzobispo de Lisboa.
Á semejanza de Boccaccio, á quien la peste de Florencia dió ocasión y cuadro para enfilar las historias del Decameron, Trancoso fué movido á buscar algún solaz en la composición de las suyas con el terrible motivo de la llamada peste grande de Lisboa en 1569, á la cual hay varias referencias en su libro. En el cuento 9.º de la 2.ª parte, dice: «Assi a exemplo deste Marquez, todos os que este anuo de mil e quinhentos e sessenta e nove, nesta peste perdemos mulheres, filhos e fazenda, nos esfoçaremos e nāo nos entristeçamos tanto, que caiamos em caso de desesperação sem comer e sem paciencia, dando occasião a nossa morte». Trancoso hizo la descripción de esta peste, no en un proemio como el novelista florentino, sino en una Carta que dirigió á la Reina Doña Catalina, viuda de D. Juan III y Regente del Reino. En esta carta, que sólo se halla en la primera y rarísima edición de los Contos de 1575 y fué omitida malamente en las posteriores, refiere Trancoso haber perdido en aquella calamidad á su mujer, á su hija, de veinticuatro años, y á dos hijos, uno estudiante y otro niño de coro. Agobiado por el peso de tantas desdichas, ni siquiera llegó á completar el número de cuentos que se había propuesto escribir. De ellos publicó dos partes, que en junto contienen veintiocho capítulos. Una tercera parte póstuma, dada á luz por su hijo Antonio Fernandes, añade otros diez.
Con el deseo de exagerar la antigüedad de los Contos e historias de proveito e exemplo, supone Teófilo Braga que Trancoso había comenzado á escribirlos en 1544[197]. Pero el texto que alega no confirma esta conjetura, puesto que en él habla Trancoso de dicho año como de tiempo pasado: «e elle levaba consigo duzentos e vinte reales de prata, que era isto o anno de 1544, que havia quasi tudo reales». Me parece evidente que Trancoso no se refiere aquí al año en que él escribía, sino al año en que pasa la acción de su novela. Tampoco hay el menor indicio de que la Primera Parte se imprimiese suelta antes de 1575, en que apareció juntamente con la Segunda, reimprimiéndose ambas en 1585 y 1589. La tercera es de 1596[198]. No cabe duda, pues, de la prioridad de Timoneda, cuyas Patrañas estaban impresas desde 1566, tres años antes de la peste de Lisboa. No creo, sin embargo, que Trancoso las utilizase mucho. Las grandes semejanzas que el libro valenciano y el portugués tienen en la narración de Griselda quizá puedan explicarse por una lección italiana común, algo distinta de las de Boccaccio y Petrarca.
Trancoso adaptó al portugués varios cuentos italianos de Boccaccio, Bandello, Straparola y Giraldi Cinthio, pero lo que caracteriza su colección y la da más valor folklórico que á la de Timoneda es el haber acudido con frecuencia á la fuente de la tradición oral. La intención didáctica y moralizadora predomina en estos cuentos, y algunos pueden calificarse de ejemplos piadosos, como el «del ermitaño y el salteador de caminos», que inculca la necesidad del concurso de las buenas obras para la justificación, aunque sin el profundo sentido teológico que admiramos en la parábola dramática de El Condenado por desconfiado, ni la variedad y riqueza de su acción, cuyas raíces se esconden en antiquísimos temas populares. Otros enuncian sencillas lecciones de economía doméstica y de buenas costumbres, recomendando con especial encarecimiento la honestidad y recato en las doncellas y la fidelidad conyugal, lo cual no deja de contrastar con la ligereza de los novellieri italianos, y aun de Timoneda, su imitador. El tono de la coleccioncita portuguesa es constantemente grave y decoroso, y aun en esto revela sus afinidades con la genuina poesía popular, que nunca es inmoral de caso pensado, aunque sea muchas veces libre y desnuda en la dicción.
El origen popular de algunos de estos relatos se comprueba también por los refranes y estribillos, que les sirven de motivo ó conclusión, v. gr.: «A moça virtuosa—Deus a esposa» (cont. III); «minha mãe, calçotes» (cont. X), y otros dichos que son tradicionales todavía en Oporto y en la región del Miño.
Algunas de las anécdotas recogidas por Trancoso son meramente dichos agudos y sentenciosos que corrían de boca en boca, y no todos pueden ser calificados de portugueses. Así el conocido rasgo clásico de la vajilla mandada romper por Cotys, rey de Tracia, que aquí se encuentra aplicado á un rey de España. La fuente remota pero indisputable de esta anécdota, que pasó á tantos centones, es Plutarco en sus Apotegmas, que andaban traducidos al castellano desde 1533. Es verosímil, además, que Trancoso manejase la Floresta Española de Melchor de Santa Cruz, impresa un año antes que los Contos, pues sólo así se explica la identidad casi literal de ambos textos en algunas anécdotas y dichos de personajes castellanos. Puede compararse, por ejemplo, el cuento 8.º de la Parte Primeira del portugués con éste, que figura en el capítulo III de la colección del toledano:
«Un contador de este Arzobispo (D. Alonso Carrillo) le dixo que era tan grande el gasto de su casa, que ningún término hallaba cómo se pudiese sustentar con la renta que tenia. Dixo el Arzobispo: «¿Pues qué medio te parece que se tenga?» Respondió el Contador: «Que despida Vuestra Señoria aquellos de quien no tiene necesidad». Mandóle el Arzobispo que diese un memorial de los que le sobraban, y de los que se habian de quedar. El Contador puso primero aquellos que le parecian á él más necesarios y en otra memoria los que no eran menester. El Arzobispo tuvo manera como le diese el memorial delante de los más de sus criados, y leyéndole, dixo: «Estos queden, que yo los he menester; esotros ellos me han menester á mí»[199].
También pertenece á la historia castellana este dicho del Marqués de Priego, viendo asolada una de sus fortalezas por mandado del Rey Católico: «Bendito y alabado sea Dios que me dió paredes en que descargase la ira del Rey». (Cont. IX, parte 1.ª de Trancoso.)
Llegando á los cuentos propiamente dichos, á las narraciones algo más extensas, que pueden calificarse de novelas cortas, es patente que el autor portugués las recibió casi siempre de la tradición oral, y no de los textos literarios. Por eso y por su relativa antigüedad merecen singular aprecio sus versiones, aun tratándose de temas muy conocidos, como el «del Rey Juan y el abad de Cantorbery» (que aquí es un comendador llamado D. Simón), ó el de «la prueba de las naranjas», ó el de «los tres consejos», parábola de indiscutible origen oriental, que difiere profundamente de todas las demás variantes conocidas y ofrece una peripecia análoga á la leyenda del paje de la Reina Santa Isabel[200].
Todavía tienen más hondas raíces en el subsuelo misterioso de la tradición primitiva, común á los pueblos y razas más diversas, otros cuentos de Trancoso, por ejemplo, el de la reina virtuosa y la envidia de sus hermanas, que la acusan de parir diversos monstruos, con los cuales ellas suplantan las criaturas que la inocente heroína va dando á luz. Innumerables son los paradigmas de esta conseja en la literatura oral de todos los países, como puede verse en los eruditísimos trabajos de Reinhold Köhler y de Estanislao Prato[201], que recopilan á este propósito cuentos italianos, franceses, alemanes, irlandeses, escandinavos, húngaros, eslavos, griegos modernos, en número enorme. Sin salir de nuestra Península, la encontramos en Andalucía, en Portugal, en Cataluña, y ni siquiera falta una versión vasca recogida por Webster[202]. La novelística literaria ofrece este tema con igual profusión en Las Mil y una noches, en Straparola (n. 4, fáb. III); en la Posilecheata del obispo Pompeyo Sarnelli, publicada por Imbriani (cuento tercero); en Mad. D'Aulnoy, La Princesse Belle-Etoile et le prince Chévi. Carlos Gozzi le transportó al teatro en su célebre fiaba filosofica «L'Augellino belverde», y D. Juan Valera le rejuveneció para el gusto español con la suave y cándida malicia de su deleitable prosa. Un nexo misterioso pero indudable, ya reconocido por Grimm, enlaza este cuento con el del caballero del Cisne y con las poéticas tradiciones relativas á Lohengrin. Tan extraordinaria y persistente difusión indica un simbolismo primitivo, no fácil de rastrear, sin embargo, aun por la comparación de las versiones más antiguas. La de Trancoso conserva cierta sencillez relativa, y no está muy alejada de las que Leite de Vasconcellos y Teófilo Braga han recogido de boca del pueblo portugués en nuestros días.
Persisten del mismo modo en la viva voz del vulgo el cuento del real bien ganado que conduce á un piadoso labriego al hallazgo de una piedra preciosa, y el de «quien todo lo quiere, todo lo pierde», fundado en una estratagema jurídica que altera el valor de las palabras. Y aunque todavía no se hayan registrado versiones populares de otras consejas, puede traslucirse el mismo origen en la de «la buena suegra», que tanto contrasta con el odioso papel que generalmente se atribuye á las suegras en cuentos y romances, y que en su desarrollo ofrece una situación análoga á la astucia empleada en la comedia de Shakespeare All's well that ends well, cuyo argumento está tomado, como se sabe, del cuento decameroniano de Giletta de Narbona (n. 9, giorn. III). Obsérvese que Trancoso conocía también á Boccaccio, pero en este caso no le imita, sino que coincide con él.
De El Conde Lucanor no creemos que tuviese conocimiento, puesto que la edición de Argote es del mismo año que la primera de los Contos; pero en ambas colecciones es casi idéntico el ejemplo moral que sirve para probar la piadosa máxima: «Bendito sea Dios, ca pues él lo fizo, esto es lo mejor»; salvo que en Trancoso queda reducido á la condición de médico el resignado protagonista de la pierna quebrada, que en la anécdota recogida por D. Juan Manuel tiene un nombre ilustre: D. Rodrigo Meléndez de Valdés, «caballero mucho honrado del reino de Leon». Los nombres y circunstancias históricas es lo primero que se borra en la tradición y en el canto popular.
El cuento «del hallazgo de la bolsa» se halla con circunstancias diversas en Sercambi, en Giraldi Cinthio y en Timoneda[203]; pero la versión de Trancoso parece independiente y popular, como lo es también el cuento de «los dos hermanos», que en alguna de sus peripecias (el pleito sobre la cola de la bestia, transportado por Timoneda á la patraña sexta y no olvidado por Cervantes en La Ilustre Fregona), pertenece al vastísimo ciclo de ficciones del «justo juez», que Benfey y Köhler han estudiado minuciosamente comparando versiones rusas, tibetanas, indias y germánicas.
La parte de invención personal en los cuentos de Trancoso debe de ser muy exigua, aun en los casos en que no puede señalarse derivación directa. Nadie le creerá capaz de haber inventado un cuento tan genuinamente popular como el «del falso príncipe y el verdadero», puesto que son folklóricos todos sus elementos: la fuerza de la sangre, que se revela por la valentía y arrojo en el verdadero príncipe, y por la cobardía en el falso é intruso, y el casamiento del héroe con una princesa, que permanece encantada durante cierto tiempo, en forma de vieja decrépita. Cuando Trancoso intenta novelar de propia minerva, lo cual raras veces le acontece, cae en lugares comunes y se arrastra lánguidamente. Tal le sucede en el cuento del hijo de un mercader, que en recompensa de su piedad llegó á ser rey de Inglaterra (cuento II de la 2.ª parte). Trancoso parece haberle compaginado con reminiscencias de libros caballerescos, especialmente del Oliveros de Castilla. Es una nueva versión del tema del muerto agradecido. Los agradecidos son aquí dos santos, cuyas reliquias había rescatado en Berbería el héroe de la novela, y que con cuerpos fantásticos le acompañan en su viaje y le hacen salir vencedor de las justas en que conquista la mano de la princesa de Inglaterra.
Los cuentos de Trancoso en que debe admitirse imitación literaria son los menos. De Boccaccio trasladó, no sólo la Griselda, sino también la historia de los fieles amigos Tito y Gisipo (Decameron, giorn. X, n. 8), transportando la acción á Lisboa y Coimbra. De Bandello, la novela XV de la Parte 2.ª, en que se relata aquel acto de justicia del Duque Alejandro de Médicis, que sirve de argumento á la comedia de Lope de Vega La Quinta de Florencia[204]. De las Noches de Straparola tomó, recortándola mucho, la primera novela, que persuade la conveniencia de guardar secreto, especialmente con las mujeres, y de ser obediente á los consejos de los padres. El cuento está muy abreviado, pero no empeorado, por Trancoso, y el artificio de simular muerto un neblí ó halcón predilecto del Marqués de Monferrato, para dar ocasión á que la mujer imprudente y ofendida delate á su marido y ponga en grave riesgo su vida, es nota característica de ambas versiones, y las separa de otras muchas[205], comenzando por la del Gesta Romanorum[206].
Giraldi Cinthio suministró á la colección portuguesa dos novelas, es á saber, la quinta de la primera década, en que el homicida, cuya cabeza ha sido pregonada, viene á ponerse en manos de la justicia para salvar de la miseria á su mujer é hijos con el precio ofrecido á quien le entregue muerto ó vivo[207]; y la primera de la década segunda, cuyo argumento en Trancoso, que sólo ha cambiado los nombres, es el siguiente: Aurelia, princesa de Castilla, promete su mano al que le traiga la cabeza del que asesinó á su novio Pompeyo. El incógnito matador Felicio, que había cometido su crimen por amor á Aurelia, vuelve del destierro con nombre supuesto, y después de prestar á la Princesa grandes servicios en la guerra contra el Rey de Aragón su despechado pretendiente, pone su vida en manos de la dama, la cual, no sólo le perdona, sino que se casa con él, cumpliendo lo prometido[208]. En la primera de estas leyendas fundó Lope de Vega su comedia El Piadoso Veneciano.
Si á esta media docena de novelas añadimos el conocido apólogo del codicioso y el envidioso, que puede leerse en muchos libros de ejemplos, pero que Trancoso, como maestro de latinidad que era, tomó probablemente de la fábula 22 de Aviano, que es el texto más antiguo en que se encuentra[209], tendremos apurado casi todo lo que en su libro tiene visos de erudición y es fruto de sus lecturas, no muchas ni variadas, á juzgar por la muestra. Ni estas imitaciones ocasionales, ni el fárrago de moralidades impertinentes y frías que abruman los cuentos, bastan para borrar el sello hondamente popular de este libro, que no sólo por la calidad de sus materiales, sino por su estilo fácil, expresivo y gracioso, es singular en la literatura portuguesa del siglo XVI, donde aparece sin precedentes ni imitadores. Los eruditos pudieron desdeñarle; pero el pueblo siguió leyéndole con devoción hasta fines del siglo XVIII, en que todavía le cita un poeta tan culto y clásico como Filinto Elysio: «os Contos de Trancoso, do tempo de nossos avoengos». Filinto se complacía en recordarlos y no desdeñaba tampoco (caso raro en su tiempo) los de tradición oral, «contos que ouvi contar ha mais de setenta e dois annos», como las Tres Cidras do Amor, João Ratão y la Princesa Doninha. «Com o titulo da Gata Borralheira, contava minha mãe a historia de Cendrillon. E nunca minha mãe soube francez»[210].
El cuento literario medró muy poco en Portugal después de Trancoso. Si alguno se halla es meramente á título de ejemplo moral en libros ascéticos ó de materia predicable, como el Baculo pastoral de Flores de Exemplos de Francisco Saraiva de Sousa (1657), el Estimulo pratico, la Nova floresta de varios Apophtegmas y otras obras del P. Manuel Bernardes, ó en ciertas misceláneas eruditas del siglo XVIII, como la Academia Universal de varia erudição del P. Manuel Consciencia, y las Horas de Recreio nas ferias de maiores estudos del P. Juan Bautista de Castro (1770). Sólo los estudios folklóricos de nuestros días han hecho reverdecer esta frondosa rama de la tradición galaico-lusitana, cuya importancia, literaria por lo menos, ya sospechaba un preclaro ingenio de principios del siglo XVII, que intentó antes que otro alguno reducir á reglas y preceptos el arte infantil de los contadores, dándonos de paso una teoría del género y una indicación de sus principales temas. Me refiero al curioso libro de Francisco Rodríguez Lobo Corte na aldea e noites de inverno, de que más detenidamente he de tratar en otra parte de los presentes estudios, puesto que por la fecha de su primera edición (1619) es ya posterior á las Novelas de Cervantes. Pero no quiero omitir aquí la mención de los dos curiosísimos diálogos décimo y undécimo, en que presenta dos tipos contrapuestos de narración, una al modo italiano (Historia de los amores de Aleramo y Adelasia—Historia de los amores de Manfredo y Eurice), otro al modo popular «con más bordones y muletas que tiene una casa de romería, sin que falten términos de viejas y remedios de los que usan los descuidados». Con este motivo establece una distinción Rodríguez Lobo entre los cuentos y las historias (sinónimo aquí de las novelle toscanas), donde puede campear mejor «la buena descripción de las personas, relación de los acontecimientos, razón de los tiempos y lugares, y una plática por parte de algunas de las figuras que mueva más á compasión y piedad, que esto hace doblar después la alegría del buen suceso», en suma todos los recursos patéticos y toda la elegancia retórica de Boccaccio y sus discípulos. «Esta diferencia me parece que se debe hacer de los cuentos y de las historias, que aquéllas piden más palabras que éstos, y dan mayor lugar al ornato y concierto de las razones, llevándolas de manera que vayan aficionando el deseo de los oyentes, y los cuentos no quieren tanta retórica, porque lo principal en que consisten está en la gracia del que habla y en la que tiene de suyo la cosa que se cuenta».
«Son estos cuentos de tres maneras: unos fundados en descuidos y desatientos, otros en mera ignorancia, otros en engaño y sutileza. Los primeros y segundos tienen más gracia y provocan más á risa y constan de menos razones, porque solamente se cuenta el caso, diciendo el cortesano con gracia propia los yerros ajenos. Los terceros sufren más palabras, porque debe el que cuenta referir cómo se hubo el discreto con otro que lo era menos ó que en la ocasión quedó más engañado...».
De todos ellos pone Rodríguez Lobo multiplicados ejemplos y continúa enumerando otras variedades: «Demás destos tres órdenes de cuentos de que tengo hablado hay otros muy graciosos y galanos, que por ser de descuidos de personas en quien había en todas las cosas de haber mayor cuidado, no son dignos de entrar en regla ni de ser traídos por ejemplo. Lo general es que el desatiento ó la ignorancia, donde menos se espera, tiene mayor gracia. Después de los cuentos graciosos se siguen otros de sutileza, como son hurtos, engaños de guerra, otros de miedos, fantasmas, esfuerzo, libertad, desprecio, largueza y otros semejantes, que obligan más á espanto que á alegría, y puesto que se deben todos contar con el mismo término y lenguaje, se deben en ellos usar palabras más graves que risueñas».
Trata finalmente de los dichos sentenciosos, agudos y picantes, dando discretas reglas sobre la oportunidad y sazón en que han de ser empleados: «Los cuentos y dichos galanes deben ser en la conversación como los pasamanos y guarniciones en los vestidos, que no parezca que cortaron la seda para ellos, sino que cayeron bien, y salieron con el color de la seda ó del paño sobre que los pusieron; porque hay algunos que quieren traer su cuento á fuerza de remos, cuando no les dan viento los oyentes, y aunque con otras cosas les corten el hilo, vuelven á la tela, y lo hacen comer recalentado, quitándole el gusto y gracia que pudiera tener si cayera á caso y á propósito, que es cuando se habla en la materia de que se trata ó cuando se contó otro semejante. Y si conviene mucha advertencia y decoro para decirlos, otra mayor se requiere para oirlos, porque hay muchos tan presurosos del cuento ó dicho que saben, que en oyéndolo comenzar á otro, se le adelantan ó le van ayudando á versos como si fuera salmo; lo cual me parece notable yerro, porque puesto que le parezca á uno que contará aquello mismo que oye con más gracia y mejor término, no se ha de fiar de sí, ni sobre esa certeza querer mejorarse del que lo cuenta, antes oirle y festejarle con el mismo aplauso como si fuera la primera vez que lo oyese, porque muchas veces es prudencia fingir en algunas cosas ignorancia... Tampoco soy de opinión que si un hombre supiese muchos cuentos ó dichos de la materia en que se habla, que los saque todos á plaza, como jugador que sacó la runfla de algún metal, sino que deje lugar á los demás, y no quiera ganar el de todos ni hacer la conversación consigo solo»[211].
De estos «cuentos galantes, dichos graciosos y apodos risueños» proponía Rodríguez Lobo que se formase «un nuevo Alivio de caminantes, con mejor traza que el primero». Es la única colección que cita de las anteriores á su tiempo, aunque no debía de serle ignorada la Floresta Española, que es más copiosa y de «mejor traza». Aunque Rodríguez Lobo imita en cierto modo el plan de El Cortesano de Castiglione, donde también hay preceptos y modelos de cuentos y chistes, sus advertencias recaen, como se ve, sobre el cuento popular é indígena de su país, y prueban el mucho lugar que en nuestras costumbres peninsulares tenía este ingenioso deporte, aunque rara vez pasase á los libros.
Algunos seguían componiéndose, sin embargo, en lengua castellana.
El más curioso salió de las prensas de Valencia, lo mismo que el Patrañuelo, y su autor pertenecía á una familia de ilustres tipógrafos y editores, de origen flamenco, que constituyen al mismo tiempo una dinastía de humanistas[212]. Aunque Sebastián Mey no alcanzó tanta fama como otros de su sangre, especialmente su doctísimo padre Felipe Mey, poeta y traductor de Ovidio, filólogo y profesor de Griego en la Universidad de Valencia, y hombre, en fin, que mereció tener por mecenas al grande arzobispo de Tarragona Antonio Agustín, es indudable, por el único libro suyo que conocemos, que tenía condiciones de prosista muy superiores á las de Timoneda, y que nadie, entre los escasos cuentistas de aquella Edad, le supera en garbo y soltura narrativa. La extraordinaria rareza de su Fabulario[213], del cual sólo conocemos dos ejemplares, uno en la Biblioteca Nacional de Madrid y otro en la de París, ha podido hacer creer que era meramente un libro de fábulas esópicas. Es cierto que las contiene en bastante número, pero hay, entre los cincuenta y siete capítulos de que se compone, otros cuentos y anécdotas de procedencia muy diversa y algunos ensayos de novela corta á la manera italiana, por lo cual ofrece interés la indagación de sus fuentes, sobre las cuales acaba de publicar un interesante trabajo el joven erudito norteamericano Milton A. Buchanan, de las Universidades de Toronto y Chicago[214].
Exacto es al pie de la letra lo que dice Sebastián Mey en el prólogo de su Fabulario: «Tiene muchas fábulas y cuentos nuevos que no están en los otros (libros), y los que hay viejos están aquí por diferente estilo». Aun los mismos apólogos clásicos, que toma casi siempre de la antigua colección esópica[215], están remozados por él con estilo original y con la libertad propia de los verdaderos fabulistas. Hubiera podido escribir sus apólogos en verso, y no sin elegancia, como lo prueban los dísticos endecasílabos con que expresa la moralidad de la fábula, á ejemplo, sin duda, de D. Juan Manuel, puesto que la compilación de Exemplos de Clemente Sánchez de Vercial debía de serle desconocida. Con buen acuerdo prefirió la prosa. Interrumpida como estaba después del Arcipreste de Hita la tradición de la fábula en verso, hubiera tenido que forjarse un molde nuevo de estilo y dicción, como felizmente lo intentó Bartolomé Leonardo de Argensola en las pocas fábulas que á imitación de Horacio intercala en sus epístolas, y como lo lograron, cultivando el género más de propósito, Samaniego é Iriarte en el siglo XVIII, y creemos que la pericia técnica de Sebastián Mey no alcanzaba á tanto. Pero en la sabrosísima prosa de su tiempo, y con puntas de intención satírica á veces, desarrolla, de un modo vivo y pintoresco, aun los temas más gastados. Sirva de ejemplo la fábula de El lobo, la raposa y el asno:
«Teniendo hambre la raposa y el lobo, se llegaron hazia los arrabales de una aldea, por ver si hallarian alguna cosa a mal recado, y toparon con un asno bien gordo y lucido, que estava paciendo en un prado; pero temiendose que por estar tan cerca de poblado corrian peligro si alli esecutavan en él su designio, acordaron de ver si con buenas razones podrian apartarle de alli, por donde acercando a él la raposa, le habló de esta suerte: «Borriquillo, borriquillo, que norabuena esteys, y os haga buen provecho la yervecica; bien pensays vos que no os conozco, sabed pues que no he tenido yo en esta vida mayor amiga que vuestra madre. Oh, qué honradaza era: no havia entre las dos pan partido. Agora venimos de parte de un tio vuestro, que detras de aquel monte tiene su morada, en unas praderias que no las hay en el mundo tales: alli podreys dezir que hay buena yerba, que aqui todo es miseria. El nos ha embiado para que os notifiquemos cómo casa una hija, y quiere que os halleys vos en las bodas. Por esta cuesta arriba podemos ir juntos; que yo sé un atajo por donde acortaremos gran rato de camino». El asno, aunque tosco y boçal, era por estremo malicioso; y en viéndolos imaginó hazerles alguna burla; por esto no huyó, sino que se estuvo quedo y sosegado, sin mostrar tenerles miedo. Pero quando huvo oido a la raposa, aunque tuvo todo lo que dezia por mentira, mostró mucho contento, y començó a quexarse de su amo, diziendo cómo dias havia le huviera dexado, si no que le devia su soldada; y para no pagarle, de dia en dia le traia en palabras, y que finalmente solo havia podido alcançar dél que le hiziese una obligacion de pagarle dentro de cierto tiempo, que pues no podia por entonces cobrar, a lo menos queria informarse de un letrado, si era bastante aquella escritura, la qual tenia en la uña del pie, para tener segura su deuda. Bolviose la raposa entonces al lobo (que ya ella se temió de algun temporal) y le preguntó si sus letras podian suplir en semejante menester. Pero él no entendiéndola de grosero, muerto porque le tuviesen por letrado, respondió muy hinchado que havia estudiado Leyes en Salamanca, y rebuelto muchas vezes a Bartulo y Bartuloto y aun á Galeno, y se preciava de ser muy buen jurista y sofistico, y estava tan platico en los negocios, y tan al cabo de todo, que no daria ventaja en la plaça a otro ninguno que mejores sangrias hiziese; por el tanto amostrase la escritura, y se pusiese en sus manos, que le ofrecia ser su avogado para quando huviese de cobrar el dinero, y hazer que le pagasen tambien las costas, y que le empeñava sobre ello su palabra; que tuviese buena esperança. Levantó el asno entonces el pie, diziendole que leyese. Y quando el lobo estava mas divertido en buscar la escritura, le asentó con entrambos piés un par de coces en el caxco, que por poco le hiziera saltar los sesos. En fin, el golpe fue tal, que perdido del todo el sentido, cayó el triste lobo en el suelo como muerto. La raposa entonces dándose una palmada en la frente, dixo assi: «Oh! cómo es verdadero aquel refran antiguo, que tan grandes asnos hay con letras como sin letras». Y en diziendo esto, echó a huir cada qual por su cabo, ella para la montaña y el asno para el aldea».
Compárese esta linda adaptación con el texto castellano del siglo XV, mandado traducir por el Infante de Aragón D. Enrique (Fábula 1.ª entre las extravagantes del «Isopo»), y se comprenderá lo que habían adelantado la lengua y el arte de la narración durante un siglo. Con no menos originalidad de detalle, picante y donosa, están tratadas otras fábulas de la misma colección, donde ya estaban interpoladas, además de las esópicas, algunas de las que Mey sacó de Aviano, v. gr.: la de fure et parvo: «del mozo llorante y del ladrón». Un muchacho engaña á un ladrón, haciéndole creer que se le ha caído una jarra de plata en un pozo. El ladrón, vencido de la codicia, se arroja al pozo, despojándose antes de sus vestidos, que el muchacho le roba, dejándole burlado. En la colección de Mey tiene el número 5.º y esta moraleja:
Al que engañado á todo el mundo ofende,
Quien menos piensa, alguna vez le vende.
De las fábulas de animales es fácil el tránsito á otros apólogos no menos sencillos, y por lo general de la misma procedencia clásica, en que intervienen, principal ó exclusivamente, personajes racionales, por ejemplo: «La Enferma de los ojos y el Médico»,[216] El avariento[217], «El padre y los hijos», todas ellas de origen esópico. Baste como muestra el último:
«Un labrador, estando ya para morir, hizo llamar delante sí a sus hijos; a los quales habló desta suerte: «Pues se sirve Dios de que en esta dolencia tenga mi vida fin, quiero, hijos mios, revelaros lo que hasta aora os he tenido encubierto, y es que tengo enterrado en la viña un tesoro de grandissimo valor. Es menester que pongays diligencia en cavarla, si quereys hallarle», y sin declararles más partió desta vida. Los hijos, despues de haver concluido con el entierro del padre, fueron a la viña, y por espacio de muchos dias nunca entendieron sino en cavarla, quando en una, quando en otra parte, pero jamás hallaron lo que no havia en ella: bien es verdad que por haberla cavado tanto, dió sin comparacion más fruto aquel año que solia dar antes en muchos. Viendo entonces el hermano mayor quánto se habian aprovechado, dixo a los otros: «Verdaderamente aora entiendo por la esperiencia, hermanos, que el tesoro de la viña de nuestro padre es nuestro trabajo.
En esta vida la mejor herencia
Es aplicar trabajo y diligencia»[218].
Las relaciones novelísticas de Sebastián Mey con las colecciones de la Edad Media no son tan fáciles de establecer como las que tiene con Esopo y Aviano. De D. Juan Manuel no parece haber imitado más que un cuento, el del molinero, su hijo y el asno. Con Calila y Dimna tiene comunes dos: El Amigo Desleal, que es el apólogo «de los mures que comieron fierro»[219], y El Mentiroso burlado; pero ni uno ni otro proceden de la primitiva versión castellana derivada del árabe, ni del Exemplario contra los engaños y peligros del mundo, traducido del Directorium vitae humanae de Juan de Capua, sino de alguna de las imitaciones italianas, probablemente de la de Firenzuola: Discorsi degli animali, de quien toma literalmente alguna frase[220]. Por ser tan raro el texto de Mey le reproduzco aquí, para que se compare con el italiano, que puede consultarse fácilmente en ediciones modernas:
Fábula XXVIII. El hombre verdadero y el mentiroso:
«Ivan caminando dos compañeros, entrambos de una tierra y conocidos: el uno de ellos hombre amigo de verdad y sin doblez alguna, y el otro mentiroso y fingido. Acaeció, pues, que a un mismo tiempo viendo en el suelo un talegoncico, fueron entrambos a echarle mano, y hallaron que estava lleno de doblones y de reales de a ocho. Quando estuvieron cerca de la ciudad donde bivian, dixo el hombre de bien: “Partamos este dinero, para que pueda cada uno hazer de su parte lo que le diere gusto”. El otro, que era bellaco, le respondio: “Por ventura si nos viesen con tanto dinero, seria dar alguna sospecha, y aun quiça nos porniamos en peligro de que nos le robasen, porque no falta en la ciudad quien tiene cuenta con las bolsas agenas. Pareceme que seria lo mejor tomar alguna pequeña quantia por agora, y enterrar lo demas en lugar secreto, y quando se nos ofreciere despues haver menester dineros, vernemos entramos juntos a sacarlos, y con esto nos quitaremos por aora de inconvenientes”. El hombre bueno, o si se sufre llamarle bovo, pues no cayó en la malicia ni engaño del otro, pretendiendo que su intencion era buena, facilmente vino en ello, y tomando entonces alguna quantidad cada uno dellos, enterraron lo demas a la raiz de un arbol que alli juntico estava, habiendo tenido mucha cuenta con que ninguno los mirase; y muy contentos y alegres se bolvieron de alli a sus casas. Pero el engañoso compañero venido el siguiente dia, puso en ejecucion su pensamiento, y bolviendo secretamente al sobredicho lugar, sin que persona del mundo tuviese aliento dello, quando el otro estava más descuydado, se llevó el talegoncico con todo el dinero a su casa. Pocos dias despues el buen hombre y simple con el vellaco y malicioso, le dixo: “Paréceme que ya será hora que saquemos de alli y repartamos aquellos dineros, porque yo he comprado una viña, y tengo de pagarla, y tambien he de acudir a otros menesteres que se me ofrecen». El otro le respondio: «Yo ando tambien en compra de una heredad, y havia salido con intento de buscaros por esta ocasion”. “No ha sido poca ventura toparnos (replicó el compañero), para poder luego, ir juntos”, como tenian concertado. “Que vamos en buen hora” (dixo el otro), y sin gastar más razones se pusieron en camino. Llegados al arbol donde le avian enterrado, por bien que cavaron alrededor, como no tuvo remedio de hallarle, no haviendo señal de dinero; el mal hombre que le havia robado, començó a hazer ademanes y gestos de loco, y grandes estremos y quexas diciendo: “No hay el dia de hoy fe ni verdad en los hombres: el que pensays que os es mas amigo, esse os venderá mejor. De quién podremos fiar hoy en el mundo? ah traydor, vellaco, esto me teniades guardado? quién ha podido robar este dinero sino tu? ninguno havia que supiese dél”. Aquel simplezillo que tenia más razon de poderse quexar y de dolerse, por verse despedido en un punto de toda su esperanza, por el contrario se vio necesitado a dar satisfacion y desculparse, y con grandes juramentos protestava que no sabia en el robo arte ni parte, aunque le aprovechaba poco, porque mostrandose más indignado el otro y dando mayores bozes dezia: “No pienses que te saldras sin pagarlo: la justicia, la justicia lo ha de saber, y darte el castigo que merece tu maldad”. Replicando el otro que estava inocente de semejante delito, se fueron gritando y riñendo delante el juez, el qual tras haver los dos altercado en su presencia grande rato, preguntó si estava presente alguno quando escondian el dinero? Aquel tacaño, mostrando más confiança que si fuera un santo, al momento respondio: “Señor, sí, un testigo havia que no sabe mentir, el qual es el mismo arbol entre cuyas raizes el dinero estava enterrado. Este por voluntad de Dios dirá toda la verdad como ha pasado, para que se vea la falsedad deste hombre, y sea la justicia ensalçada”. El juez entonces (que quiera que lo moviese) ordenó de hallarse las partes en el dicho lugar el siguiente dia, para determinar alli la causa, y asi por un ministro les hizo mandato so graves penas, que hirviesen de comparecer y presentarse, dando primero, como lo hicieron, buena seguridad. Pareciole muy a su proposito esta deliberacion del juez al malhechor, pretendiendo que cierto embuste que iva tramando, ternia por semejante via efeto. Por donde bolviendose a su casa, y llamando a su padre, le dixo assi: “Padre muy amado, un secreto quiero descubriros, que os he tenido hasta agora encubierto, por parecerme que assi con venia hazerse... Haveys de saber que yo propio he robado el tesoro que demando a mi compañero por justicia, para poder sustentaros a vos y a mi familia con más comodidad. Dense a Dios las gracias y a mi buena industria, que ya está el negocio en punto que solo con ayudar vos un poquito, será sin réplica ninguna nuestro». Y contóles todo lo que havia passado, y lo que havia provehido el juez, a lo qual añadió: «Lo que al presente os ruego, es que vays esta noche a esconderos en el hueco de aquel arbol: porque facilmente podreys entrar por la parte de arriba, y estar dentro muy a placer, sin que puedan veros, porque el arbol es grueso y lo tengo yo muy bien notado. Y quando el juez interrogare, disimulando entonces vos la boz que parezca de algun espiritu, respondereys de la manera que conviene”. El mal viejo que havia criado a su hijo tal qual era él, se convencio de presto de sus razones, y sin temerse de peligro alguno, aquella noche se escondio dentro el árbol. Vino alli el juez el dia siguiente con los dos litigantes, y otros muchos que le acompañavan, y habiendo debatido buen rato sobre el negocio, al cabo preguntó en alta voz quién habia robado el tesoro. El ruin viejo, en tono extraordinario y con boz horrible, dixo que aquel buen hombre. Fue cosa esta que causó al juez y a los presentes increible admiracion, y estuvieron suspensos un rato sin hablar, al cabo del qual dixo el juez: “Bendito sea el Señor, que con milagro tan manifiesto ha querido mostrar quanta fuerça tiene la verdad. Para que desto quede perpetua memoria, como es razon, quiero de todo punto apurarlo. Porque me acuerdo que antiguamente havia Nimfas en los arboles, verdad sea que nunca yo habia dado credito a cosas semejantes, sino que lo tenia todo por patrañas y fabulas de poetas. Mas agora no sé qué dezirme, haviendo aqui en presencia de tantos testigos oido hablar a este arbol. En estremo me holgaria saber si es Nimfa o espiritu, y ver qué talle tiene, y si es de aquella hermosura encarecida por los poetas. Pues caso que fuese una cosa destas, poco mal podriamos nosotros hazerle por ninguna via”. Dicho esto mandó amontonar al pie del arbol leños secos que havia por alli hartos, y ponerles fuego. ¿Quién podrá declarar quál se paró el pobre viejo, quando començó el tronco a calentarse, y el humo a ahogarle? Sólo sé dezir que se puso entonces con bozes muy altas a gritar: “Misericordia, misericordia; que me abraso, que me ahogo, que me quemo”. Lo qual visto por el juez, y que no havia sido el milagro por virtud Divina, ni por haber Nimfa en el arbol, haziendole sacar de alli medio ahogado, y castigandole a él y a su hijo, segun merecian, mandó que le truxesssen alli todo el dinero, y entregósele al buen hombre, que tan injustamente havian ellos infamado. Assi quedó premiada la verdad y la mentira castigada.