Amor y llanto
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COLECCIÓN DE AUTORES ESPAÑOLES.
TOMO XXI
AMOR Y LLANTO.
COLECCIÓN DE LEYENDAS HISTÓRICAS ORIGINALES
DE
MARÍA DEL PILAR SINUÉS DE MARCO.
LEIPZIG
F. A. BROCKHAUS
—
1883.
ÍNDICE
| LA CORONA DE SANGRE | |||
| Pág. | |||
| [I] | . — | La familia real de Asturias y Galicia | [3] |
| [II] | . — | Esposo, hermano y verdugo | [9] |
| [III] | . — | Los amores de don Fruela | [12] |
| [IV] | . — | Una santa y un ángel | [16] |
| [V] | . — | La mujer fuerte | [20] |
| [VI] | . — | Una mujer sin corazón | [24] |
| [VII] | . — | Ángel de luz y ángel de tinieblas | [30] |
| [VIII] | . — | La sangre en la frente | [36] |
| [IX] | . — | La víctima | [40] |
| [X] | . — | La ermita | [44] |
| [XI] | . — | La agonía | [46] |
| [XII] | . — | El vengador | [51] |
| [XIII] | . — | Quien a hierro mata, a hierro muere | [56] |
| [XIV] | . — | La loca | [59] |
| LA DIADEMA DE PERLAS | |||
| PARTE PRIMERA | |||
| Los bastardos de Alonso onceno | [63] | ||
| PARTE SEGUNDA | |||
| El mártir del corazón | [97] | ||
| LUZ DE LUNA | |||
| [I] | . — | Tristeza | [141] |
| [II] | . — | El paje de la reina | [147] |
| [III] | . — | La corte de Enrique IV | [150] |
| [IV] | . — | Amor | [155] |
| [V] | . — | La entrada de Villena | [159] |
| [VI] | . — | El trono y el honor | [164] |
| [VII] | . — | ¡Castilla por don Enrique! | [168] |
| [VIII] | . — | Los Lunas | [171] |
| [IX] | . — | El sacrificio | [173] |
| LA PRINCESA DE LOS CASPIOS | |||
| [I] | . — | Hermione | [177] |
| [II] | . — | Dolores sin consuelo | [185] |
| [III] | . — | El regicida | [189] |
| [IV] | . — | El puñal de Estratón | [194] |
| [V] | . — | Justicia de Alejandro el Grande | [197] |
| [VI] | . — | El campamento | [207] |
| LA HERMANA DE VELÁZQUEZ | |||
| [I] | . — | La velada de San Juan | [213] |
| [II] | . — | Amor de artista | [218] |
| [III] | . — | El ruego de una madre | [223] |
| [IV] | . — | La hidalguía española | [227] |
| [V] | . — | Rey de nombre y rey de hecho | [230] |
| [VI] | . — | Isabel de Borbón | [235] |
| [VII] | . — | El rapto | [239] |
| [VIII] | . — | Juan de Pareja | [244] |
| [IX] | . — | El embajador | [247] |
| [X] | . — | Ana | [252] |
| [XI] | . — | El retrato de la reina | [260] |
| [XII] | . — | El taller | [263] |
| [XIII] | . — | El esclavo | [269] |
| [XIV] | . — | La cruz de Santiago | [272] |
| [XV] | . — | Ángel y mártir | [276] |
| [XVI] | . — | La doble tumba | [285] |
LA CORONA DE SANGRE
I
LA FAMILIA REAL DE ASTURIAS Y GALICIA
En una de esas tranquilas y apacibles tardes de primavera, tan bellísimas bajo el templado clima de Asturias, dos personas de diferente sexo, pero ambas jóvenes y hermosas, se encontraban en una sala octógona del castillo real de Pravia; tres enormes ventanas, abiertas de par en par, daban luz al aposento, que ostentaba por todo mueblaje algunos sitiales góticos, mezclados con taburetes groseros y oscuros, y una mesa bastante baja y cubierta de un tapete de lana roja, en el cual estaban bordadas en seda las armas reales de los reyes de Asturias y Galicia.
Las paredes, de maciza encina, veíanse decoradas con estandartes godos que formaban trofeos, confundidos y enlazados con alfanjes damasquinos, capacetes árabes y banderas desgarradas de los hijos de Islam: aquellos objetos habían sido arrancados sin duda a los árabes por los reyes montañeses que, desde Pelayo, habían vivido en aquel rincón de Asturias con los destrozados restos del imperio godo.
El aspecto del salón era pobre, severo, sombrío; solo la hermosa y diáfana luz de aquella alegre tarde de abril podía disipar un tanto la melancolía que en él se advertía.
A través de las ventanas se divisaban los cuadrados torreones del monasterio de San Salvador, y las peladas rocas que constituían en aquella época los únicos caminos de Asturias.
Era el siglo VIII y reinaba Fruela I, hijo de Alfonso el Católico, en aquel estrecho y olvidado pedazo del fecundo y hermoso reino de España, a la sazón ocupado casi todo por los árabes.
Una de las dos personas que se hallaban en el aposento que hemos descrito, era una joven, la cual estaba sentada y silenciosa junto a la mesa situada en el fondo de él: ocupaba un alto sitial, tallado, y su blanca y preciosa mano sostenía su frente serena como la de una niña.
Podría tener dieciséis años, y su talla gallarda y esbelta presentaba de lleno el magnífico tipo de la dama goda: su tez blanca y purísima era pálida y transparente; sus ojos azules, rasgados y brillantes, pero melancólicos; su cabellera copiosa, abundante y dorada; su boca rosada como un pimpollo a medio abrir; su nariz recta y delicada; su seno alto y turgente, y su talle esbelto y flexible.
Vestía un brial de lana azul, fino como la seda, de mangas flotantes y cuadrado escote, que dejaba ver una camiseta de blanquísimo lienzo, plegada en su cuello y sujeta con un broche de zafiros; cubría a medias su cabeza una pequeña toca de lienzo, blanca también, que no impedía contemplar cuatro largas, anchas y riquísimas trenzas rubias que se replegaban en el asiento del sitial.
Paseándose lenta y sombríamente por la estancia estaba un mancebo, que aparentaba cuatro o cinco años más que la joven: su belleza era superior a todo encarecimiento, aunque de un género opuesto a la de su compañera; sin embargo, era mucho más hermoso, y mi pluma intentaría en vano pintar sus fogosos y negros ojos, extrañamente grandes, su frente tersa y despejada y sus facciones todas de una perfección y encanto indescriptibles: era uno de esos seres que no se pueden definir, y que es preciso ver para comprender hasta dónde puede Dios hacer hermosa a una criatura humana.
Llevaba una túnica de lana blanca, de pliegues flotantes, ceñida a su esbelto talle con un cinturón de cuero oscuro que sostenía una pequeña daga; unas calzas de lana rojas descubrían las puras y juveniles formas de su pierna, y su cabellera, cortada en redondo a la altura de sus hombros, formaba cerquillo en la frente y bajaba en copiosas ondas oscuras, lucientes y ensortijadas.
Ambos personajes guardaban silencio: la joven, inmóvil, con la diestra en la frente y la mirada perdida, asemejábase a la estatua de la tristeza; el mancebo interrumpía su paseo de vez en cuando deteniéndose en frente de una de las ventanas: entonces sus ojos se fijaban en una inmensa mole de piedra, de las que en aquella época se llamaban castillos roqueños por estar edificados en la cumbre de una roca; la fisonomía del joven se oscurecía terriblemente, y al propio tiempo cerraba este los puños como dominado por un violento furor.
Diríase, sin embargo, que la cólera no podía marcarse durante largo espacio en aquel hermoso y benigno semblante, porque la expresión violenta, que por breves instantes le desfiguraba, desaparecía poco a poco para dar lugar a otra profundamente dolorosa.
La joven fue la primera que salió de sus meditaciones; contempló un momento al mancebo pintándose en su rostro un sentimiento vivísimo de amor y de piedad, y luego, dejando su asiento, fue lentamente a colocarse junto a él y apoyó suavemente en su hombro una de sus manos.
—Bimarano —dijo—, sosiégate; tu sufrimiento desgarra mi corazón... ten esperanza... ¿quién sabe?
—¡Esperanza! —repitió el mancebo cubriéndose el semblante con las manos—, ¡esperanza!... ¡oh, Adosinda! ninguna tengo ya...
—¡Acuérdate, hermano —repuso la doncella con acento digno—, acuérdate de que eres hijo de Alfonso el Católico, de que corre por tus venas sangre real!
—¿Acaso piensas, Adosinda —interrogó Bimarano—, acaso piensas que me olvido yo de todo eso? ¿Crees que el hijo del gran Alfonso puede olvidar nunca que es un príncipe real? ¿Piensas que se apartan de su memoria un solo instante los ejemplos de fortaleza que le dio su noble padre? ¡Ah, no! ¿Qué sería de mí si hubiera perdido el sentimiento de mi dignidad?
—Pues entonces, Bimarano, sé fuerte en la desgracia —exclamó Adosinda—; si para ser noble y bueno, como eres, conservas las memorias de nuestro padre y sus santos preceptos, bástete para adquirir el valor del sufrimiento el ejemplo de la reina, que es más infeliz que tú.
—Es verdad, mi buena Adosinda —repuso Bimarano, tomando entre las suyas las manos de su hermana—: Fruela, el mal hijo, el mal padre, el mal hermano, es también el verdugo de su esposa.
—¡Calla! —se apresuró a decir Adosinda, poniendo la diestra en los labios del mancebo—. ¡Calla, y no olvides que es tu rey, ya que no recuerdas que recibió la vida en el seno de tu misma madre!
—¡Ah! —exclamó Bimarano—. ¡Es que yo, Adosinda, no tengo tu santa virtud, y mi dolor además es tan vehemente que acaba con mi razón! ¡Es que Fruela me roba, con mi amante, al hijo de mi amor!
—¡No! —gritó detrás de los dos jóvenes una voz fuerte y sonora—. ¡No temas por tu hijo, Bimarano!
Los dos príncipes se volvieron llenos de sorpresa; en el umbral de una puerta, situada a espaldas de Adosinda, había una mujer de continente severo y majestuoso, de elevada estatura, de robustas formas y de una belleza deslumbradora; su tez morena era purísima aunque pálida; sus negros ojos centelleaban bajo sus cejas de ébano vigorosamente trazadas, y sus negros cabellos bajaban riquísimos y ondeantes, envolviéndola como en un manto de seda; era una de esas soberbias cabelleras, que apenas se encuentran ahora, pero que en el siglo VIII coronaban las majestuosas y austeras frentes de casi todas las hijas de los godos: tal vez en aquellos tiempos las aromáticas pomadas no habían secado todavía la raíz de los cabellos o las cabezas de las mujeres no encerraban ese fuego devorador que consume su savia en nuestros días.
La aparecida representaba veinticinco años: su ropaje talar era blanco, de lana, y sobre la túnica llevaba un manto oscuro; sujetaba sus espléndidos cabellos una cinta blanca, y gracias a este dique dejaban su hermoso y apasionado semblante despejado de sus ondulantes rizos.
—¡Señora! —exclamó Bimarano inclinándose ante aquella mujer.
—¡Hermana! —murmuró Adosinda dirigiéndose a ella.
—¡No temas por tu hijo, Bimarano! —repitió la aparecida—: si tu hermano el rey Fruela I ha resuelto robártelo con su madre, la reina Munia, más piadosa, le ha puesto ya en salvo.
—¡Ah! —gritó el príncipe precipitándose a los pies de la reina—. ¡Dios te bendiga, señora y hermana mía!
—Levanta, Bimarano —dijo la reina con voz dulce y vibrante, en la cual, sin embargo, no se descubría la alteración más leve—. Levanta; nada me debes, porque soy madre también y abrigo la persuasión de que cuanto bien haga yo, me lo pagará Dios velando por mis hijos. ¡Ojalá —prosiguió—, ojalá me fuera posible guardarte del mismo modo a la madre del tuyo; pero no me es dado hacerlo!
—¿Y por qué, señora? —preguntó tímidamente Adosinda—. ¿Quién puede oponerse a tu voluntad?
—¡Pobre niña! —exclamó Munia, cuyos soberbios y hermosos ojos suavizaron algo de su fuerte brillo al fijarse en la doncella—. ¡Pobre niña! No quieras saber lo que está vedado a tu santa inocencia. ¡Contempla a tu hermano, y verás cómo el comprender un tenebroso secreto cuesta la paz del corazón!
La doncella fijó su dulce mirada en el semblante de Bimarano y no pudo contener un grito de angustia: pálido este y desencajado, miraba el castillo roqueño, que se descubría en lontananza.
—Parte, hermano —dijo la reina tendiendo su morena mano hacia la inmensa mole de piedra—; parte a donde te esperan y en donde es necesario tu consuelo, mientras que yo voy con Adosinda a velar por tu hijo.
Tomó, dicho esto, la mano de la princesa y se dirigió lentamente hacia la puerta que le había dado entrada.
—¡Una palabra, señora; una palabra por piedad! —exclamó Bimarano deteniendo a la reina—: ¿cuándo veré a mi hijo?
Munia iba a contestar; pero en el momento en que sus labios se entreabrían, otro joven pálido y jadeante se precipitó en el salón por la puerta principal.
—¡Aurelio! —exclamó la reina.
—¡Vete, señora mía! ¡Huye, hermano! —gritó el recién llegado—. ¡El rey me sigue!
Al escuchar estas frases, agitáronse los tres jóvenes a guisa de una bandada de palomas que descubren al inhumano cazador que las acecha.
—¡Huye, Bimarano! —repitió con mayor angustia Aurelio—; ¡el rey ha echado de menos a tu hijo, y aquí corre riesgo tu vida!...
Un gran rumor de armas, que se oyó cercano, cortó a Aurelio la palabra.
—¡Por allí, Bimarano! —gritó Munia señalando al joven una ventana—: tu hijo está en mis habitaciones... no temas por él... pero ve al lado de Sancha y huye con ella... ¡yo cuidaré de vuestro hijo!...
El príncipe besó la mano de la reina y, poniendo el pie en la ventana, desapareció; un segundo después se le vio saltar de roca en roca y tomar el camino que conducía a la parte opuesta del castillo real.
—Retiraos vosotros, hermanos —continuó la reina dirigiéndose a Aurelio y Adosinda—: quiero que el rey me encuentre sola.
Los jóvenes salieron de la estancia al mismo tiempo que don Fruela, fiero, iracundo y aterrador aparecía en la puerta principal; mas si su furor no le hubiera cegado, hubiera podido columbrar, no obstante, la sombra de su hermano Aurelio, medio oculto entre el gótico tapiz que adornaba la puerta situada a espaldas de la reina.
II
ESPOSO, HERMANO Y VERDUGO
Fruela I, rey de Asturias y de Galicia, parecía frisar en los treinta y cuatro años; su atlética estatura era corpulenta y forzuda; tenía la tez roja y curtida porque su única diversión era la caza de montería, distracción que estaba muy en armonía con su carácter fiero y casi salvaje; su cabello rojo, fuerte y ensortijado cubría a medias su frente, bajando por detrás hasta el nacimiento de su robusta espalda; sus ojos verdosos no hubieran carecido de belleza, si en vez de fulgurar con una luz bravía, hubieran estado animados por la dulzura y la benevolencia; su boca, que tenía un hermoso corte, era encendida como el coral, haciendo resaltar el esmalte nacarado de su magnífica dentadura; era imponderable la riqueza de sus oscuras cejas y pestañas, y tenía la nariz pronunciada y aguileña, pero recta y movible.
Vestía una fuerte armadura, ni más ni menos que si estuviese aprestado para dar una batalla; sus hercúleas formas, aunque cubiertas de pesadas escamas de acero, eran hermosas e intachables; una clámide goda, de blanquísima lana, encubría la mitad de su figura, bajando, hasta doblarse en el pavimento; llevaba un pequeño casco o capacete de acero y en el pecho la gran cruz de los godos.
Fruela, al entrar, tendió por el salón una mirada iracunda y brava, despidió con la mano a la escolta de rústicos montañeses que formaban su guardia, y luego se fijaron sus ojos centelleantes en la reina que, inmóvil y serena, sostuvo su sombrío resplandor.
—¿Dónde están mis hermanos? —le preguntó con su voz fuerte, enronquecida además por la cólera.
—No lo sé, señor —contestó Munia con reposado acento.
—¡Reflexiona bien lo que dices, señora!
—No lo sé —repitió la reina con el mismo tono sereno y reposado.
—¡Conque también conspira con ellos la reina! —exclamó Fruela con una voz que hizo temblar las altas bóvedas del salón—; ¡conque también la reina es traidora a mi trono!
—¡No! —gritó Munia con voz tan firme y vibrante cuanto apacible había sido antes—: la reina no conspira contra ti, porque, aunque ya no te ama, respeta el nombre y la corona que le has dado; la reina no hace más que consolar de tus inicuas crueldades a los pobres príncipes a quienes tan injustamente llamas conspiradores.
—¿Luego sabes quién ha sustraído al niño Bermudo a mi justa saña?
—Yo he sido —dijo Munia adelantándose impávida hacia el rey.
—¿Y serás tú también la que protege los amores livianos de sus padres? —prosiguió Fruela sonriendo de una manera que hubiera dado espanto a cualquiera otra mujer que no hubiera sido la esforzada Munia.
—Sí —contestó esta—. ¡Yo, que creo más justo apretar los lazos con que Dios ha unido sus almas que tolerar tus odiosas persecuciones hacia Sancha de Ribadeo! ¡Yo que he sabido ser paciente y sufrida para no rebajarte a los ojos de los condes de tus reinos y asistir en silencio a la agonía del amor que llenaba mi alma, pero que no he querido con mi inacción hacerme digna de tus injurias! ¡Sábelo, Fruela! —continuó con voz profunda—: ¡Yo he protegido los amores de tu hermano Bimarano con la hermana del conde de Cangas! ¡Yo he guardado al hijo de entrambos!... ¡Y hace pocos instantes he enviado a Bimarano a aquel castillo a fin de que vele por Sancha porque su hijo está seguro!...
La reina, en la vehemencia de su razonamiento, había arrastrado a su esposo hasta una de las ventanas, y le mostraba con arrogante ademán el castillo de Cangas. Fruela, atónito con lo que estaba oyendo, había seguido maquinalmente a Munia, y fijaba su mirada espantada en la enorme cordillera de rocas, que servía de ceñidor a su real castillo.
De repente brillaron sus ojos como dos teas; sus tostadas mejillas se cubrieron de un rojo purpúreo, y apretó los puños desprendiéndose de la mano de Munia.
Al mismo tiempo se veía saltar de peña en peña a un hombre cubierto con la vestidura blanca de los príncipes reales, y que llevaba entre sus brazos a una mujer, cuyo largo manto oscuro flotaba a merced del viento.
La sombra del crepúsculo cubría ya las montañas con su blanquecino velo; pero la luna serena y hermosa alumbraba el paisaje, y permitió al rey y a la reina reconocer en el hombre que corría al príncipe Bimarano, y en la mujer que este llevaba en sus brazos a la hermana del conde de Cangas.
Una celeste expresión de dicha iluminó el semblante de la reina; pero sus facciones se cubrieron de una palidez mortal al columbrar en la poterna del castillo roqueño al joven conde de Cangas a la cabeza de un crecido número de montañeses armados de jabalinas que, a una seña del rey, se precipitaron como una furiosa jauría en persecución de los fugitivos.
Un ¡ay! doloroso, desgarrador, se escapó del pecho de la infeliz Sancha, y fue a clavarse derecho en el corazón de la reina, que convulsa y anhelante seguía su carrera con sus asombrados ojos.
El conde de Cangas había logrado acercarse a Bimarano, que se había detenido transido de fatiga; pero haciendo este un último e inconcebible esfuerzo, salvó de un salto la enorme peña, que le estorbaba el paso, y echó a correr desesperadamente por la falda de la montaña.
—Dispara, conde —gritó Fruela al de Cangas, que pasaba a la sazón por debajo de su ventana.
Apuntó este su jabalina, mas la voz de la sangre y el temor de herir al hermano de su rey contuvieron su brazo.
—¡Bárbaro verdugo! —exclamó Munia precipitándose hermosa, sublime de indignación, hacia su esposo—. ¡Guárdate de derramar la sangre de tu hermano!
El rey, furioso, desnudó su daga, y con mano forzuda hizo caer de hinojos a sus pies a la desventurada Munia; mas en aquel momento un brazo robusto sujetó el de Fruela, que encontró ante sus ojos a su hermano Aurelio, austero, sombrío y amenazador, cubriendo con el suyo el cuerpo de la reina.
—¡Atrás, príncipe! —gritó esta con tan imperioso acento, que Aurelio no pudo menos de retroceder—. ¡Hiere! —continuó Munia levantándose imponente y majestuosa, y mostrando al rey su pecho—. ¡Hiere, Fruela, y me harás una señalada merced, porque solo con la muerte podré olvidar que has levantado tu puñal sobre mi pecho! ¡Hiere! ¡Esta muerte me será más dulce que la que ha de causarme el recuerdo de tu crueldad!...
El rey contempló durante algunos instantes como aturdido la noble figura de Munia, que se asemejaba a la estatua de la justicia celeste; poco a poco fue bajándose su brazo, y por último, su mano calenturienta soltó el puñal.
Una inmensa gritería, que resonó muy próxima, le arrastró a la ventana, y un gozo cruel iluminó su semblante; Sancha estaba privada de sentido en los brazos de su hermano en tanto que algunos hombres de armas de este rodeaban al infante Bimarano, aunque sin atreverse a tocarle.
—¡Llevadle preso a los subterráneos de mi castillo! —gritó el rey a los montañeses, que desaparecieron con el príncipe.
Fruela I abandonó el salón precipitadamente, y la reina ocultó entre las manos su semblante, mientras Aurelio la sostenía, viéndola próxima a desfallecer, a pesar de la fortaleza de su alma.
III
LOS AMORES DE DON FRUELA
El rey don Alfonso el Católico murió en Cangas a la edad de sesenta y cuatro años; dejó de su mujer Ormesinda cuatro hijos: Fruela, Bimarano, Aurelio y la muy hermosa niña Adosinda, retrato fiel de la suavidad y dulzura de su madre. Alfonso el Católico dejó también otro hijo, habido en sus relaciones amorosas con una esclava árabe de peregrina belleza, el cual se llamó Mauregato, y ocupó algunos años después, para mal de España, el trono de Asturias y Galicia.
Alfonso y Ormesinda fueron sepultados juntos en el monasterio de Santa María de Cangas, por mandato expreso del monarca. Aquel hombre, a pesar de sus frecuentes infidelidades, había amado tanto a la hermosa y dulce Ormesinda, que quiso partir con ella su último lecho y su losa funeraria.
La corona pasó a las sienes de Fruela, hijo primogénito de Alfonso el Católico, pero el menos a propósito para gobernar un reino tan combatido y destrozado; desconociendo absolutamente la marcha política, que es siempre el timón de un buen rey, y que en aquellos tiempos se hacía tan necesaria para contrarrestar los hábiles manejos de los árabes, que inundaban toda la España; nulo para oponer la resistencia del talento a las negociaciones de los poderosos califas de Córdoba y Damasco; enteramente desposeído de dulzura y prudencia, el infante don Fruela no sabía hacer más que reñir, y no bien tuvo noticia de que los navarros intentaban rebelarse contra él, marchó en su busca a la cabeza de todos los feroces montañeses que pudo armar con arcos y jabalinas, y los redujo a obediencia combatiéndolos bárbaramente, aun antes de informarse de la causa de su descontento.
Una noche, después de saquear un pueblo, y al cruzar, seguido de sus numerosas huestes, una árida llanura para volver a su campamento, se sintió desfallecido de sed y de cansancio; tenía una anchurosa herida en la cabeza cuya sangre no había sido posible restañar, a pesar de los esfuerzos de los suyos, y la vista iba faltando ya a sus ojos y el aliento a su pecho; cuando divisó una lucecilla que fulguraba no muy lejos, dio orden a sus gentes de dirigirse hacia ella, y él mismo tomó el camino que le pareció más corto.
Poco tardaron en llegar, y la esperanza reanimó los abatidos ánimos de los guerreros: la luz partía de una pequeña lámpara que, encerrada en una grosera verja de hierro, ardía delante de la puerta de un monasterio.
El rey llamó; dijo su nombre, y muy pronto le fueron franqueadas las puertas; pero no bien la anciana abadesa se presentó a recibirle al frente de la comunidad, cayó desmayado en el pórtico mismo del templo.
Cuando volvió en sí, se encontró recostado en un blando y mullido lecho; sus capitanes y sus condes llenaban la estancia, y la anciana abadesa, de pie junto a él, esperaba el instante de que abriese los ojos para vendarle la herida y darle una bebida, preparada ya de antemano.
Muy en breve se sintió el rey tan mejorado, que manifestó sus deseos de partir; entonces la abadesa le pidió permiso para presentarle una joven huérfana que le había sido encomendada, hija de un conde navarro, rebelde a don Fruela, pero descendiente de los reyes de Navarra, y por consiguiente, parienta suya.
El rey de Asturias, que profesaba un ardiente amor a toda mujer que fuese joven y hermosa, consintió en ver a la noble huérfana en cuya busca salió la abadesa.
Ante la vista de Munia, quedó don Fruela mudo de asombro; aunque la doncella no contaba más que quince años, su hermosura era tan admirable y majestuosa que le dejó pasmado; vestía una larga túnica blanca, una toca de nevado y fino lienzo, y un largo manto como la túnica: una estatua romana no hubiera tenido, un siglo después, el continente más noble, más hermoso y altivo que aquella majestuosa niña.
—¿Cómo te llamas? —preguntó al fin el rey con mal segura voz.
—Antes me llamaba Memorana, señor —contestó la princesa con reposado y sonoro acento—; pero cuando entré en esta santa casa, tomé el nombre de la venerable abadesa que amparó mi orfandad. Llámome, pues, Munia.[1]
[1] Unos historiadores llaman Menina a la esposa de don Fruela; otros, Memorana; don Alonso el Magno, en su cronicón, la llama Munia, y la crónica general, Munina.
—¿Quieres venirte conmigo, Munia? —preguntó el rey con acento más cariñoso.
—No, señor rey.
—¿Por qué?
—Porque yo no te conozco y, aunque eres pariente mío muy lejano, debes comprender que no puedo seguirte sin menoscabo de mi honra.
—¿Quieres ser mi esposa?
—Muy de mi grado lo sería si me concedes, señor, el tiempo suficiente para que yo te ame —contestó Munia, cuyos hermosos y lucientes ojos no retrataron ni el más leve rayo de alegría al escuchar la oferta de un trono.
Fruela permaneció perplejo durante algunos instantes, y luego tornó a preguntar:
—Y si no te casas conmigo, ¿qué harás?
—Seré religiosa —contestó ella con la dulce calma que le era habitual—. Solo amándote con todo mi corazón, señor rey, seré tu esposa; pero si no lo consigo, me uniré a Dios.
El monarca salió pensativo del monasterio; mas al día siguiente volvió a él arrastrado por el poderoso ascendiente que la belleza purísima y vigorosa de Munia ejercía en su ánimo: quince después, se casó en el mismo monasterio con ella, con la cual y sus montañeses partió, pasados dos más, para Pravia, corte entonces de los reyes de Asturias.
Los navarros quedaban acuchillados y sometidos, pero también quedaban infinitas viudas y huérfanos que maldecían la crueldad de Fruela I, y compadecían profundamente a la hermosa doncella, que se llevaba unida a su destino.
IV
UNA SANTA Y UN ÁNGEL
La belleza de Munia cansó pronto al inconstante monarca, cuyo corazón duro era incapaz de albergar una pasión tierna y duradera, y cuyo carácter fiero necesitaba siempre luchar y vencer; la posesión de aquel ser enamorado, dulce y puro, no podía halagarle por mucho tiempo, y bien pronto buscó más arduas conquistas en las esposas, hermanas o hijas de sus condes.
Para interesar el corazón de Fruela y fijarlo, era necesario que la mujer, a quien momentáneamente prefería, fuese virtuosa, de intachable fama y que estuviese unida a otro hombre con los lazos sagrados del matrimonio o del amor; la mujer libre, por muy bella que fuese, rara vez le merecía una mirada, y si consintió en hacer su esposa a la princesa huérfana, fue por la resistencia que encontró en ella a corresponder a sus amores hasta santificarlos con la bendición de un sacerdote, y porque creyó que su carácter arrogante y altivo le daría ocasiones de ejercitar su dureza.
Pero Munia, como toda mujer que vive dominada por una pasión vehemente, tornose para su esposo dulce como una paloma: mirábase en sus ojos anhelando leer en ellos sus más leves deseos para satisfacerlos: espiaba con afán su sonrisa; salíale al encuentro cuando volvía de caza, y adivinaba con el instinto amante de su corazón cuándo iba a sufrir, mucho antes de que sufriese.
A semejante carácter no podía escaparse la primera muestra de hastío o frialdad del objeto de su amor.
Munia devoró la primera y otras cien, pero las absorbió en su corazón juntamente con el llanto que hicieron brotar: sin perder nada de su amor, su carácter noble, arrogante y altivo había vuelto a recobrar la energía, que la pasión enervara sin destruir.
El nacimiento de un hijo le infundió esperanzas: creía la inocente que el amor de su esposo hacia ella renacería al verla revestida del sagrado título de madre; mas en vano esperó día tras día una prueba de cariño. Es cierto que el rey se alegró en extremo de tener un hijo que heredase su corona; también lo es que le hizo poner el nombre de su padre, que para él era de buen agüero; pero después no pensó más ni en la madre ni en el hijo y volvió a entregarse a sus escandalosos amores.
Por aquel tiempo llegaron a Pravia los infantes Bimarano y Aurelio, hermanos del rey, los cuales no conocían a la esposa de Fruela: acababan de arrojar a los árabes de las fronteras de Galicia y volvían cubiertos de gloria y cicatrices, aunque ambos eran de muy corta edad, pues Bimarano apenas llegaba a veinte años y Aurelio solo contaba dieciocho.
La belleza de estos jóvenes era extremada, y en particular la de Bimarano no tenía igual: no podía mirársele sin sentir una admiración profunda, y en aquellos tiempos supersticiosos dábase por muy seguro que estando encinta la reina Ormesinda de su hijo Bimarano, y hallándose un día muy afligida a causa de las infidelidades de su esposo, se le apareció un ángel de parte de Dios y le dijo que, para recompensarla de lo que sufría, iba a dar a su hijo una belleza como jamás se vería en el mundo.
La hermosura del infante era, en efecto, prodigiosa; sus ojos no tenían la expresión común de la raza humana; parecían infiltrados de una luz celeste, y su boca, al sonreír, prometía un porvenir inmenso de gloria inmortal.
Su carácter era casi tan bello como su figura: dulce, paciente y dotado además de un generoso corazón y de un valor a toda prueba, fue bien pronto Bimarano el ídolo de toda la nobleza gallega y asturiana, despertando en el alma de Fruela los más feroces y bárbaros celos.
Aurelio era el retrato vivo de su padre Alfonso el Católico: tenía, como él, esa hermosura austera y varonil que se advertía también en Fruela, aunque alterada por los desórdenes y por las fatigas de la caza; empero su carácter difería mucho del de su augusto padre, participando más bien de la dureza y crueldad de el del rey su hermano; como Fruela, era valiente hasta la fiereza, y tenía, como él, instintos sanguinarios y duro corazón; su fe, no obstante, era inviolable, sus afecciones sinceras y su lealtad sin límites; todos los amores de su vida se hallaban concentrados en Bimarano, de quien jamás se había separado, y cuya natural dulzura era lo único que podía templar su carácter irascible.
Al ver a Munia, brotó en el corazón de Aurelio un sentimiento desconocido: la espléndida hermosura de la reina encendió en su pecho el volcán de la pasión primera, pasión que debía ser voraz, terrible en su alma juvenil y enérgica.
No bien se apercibió de sus sentimientos, corrió a participárselos a Bimarano; pero este con dulce firmeza le aconsejó que no alimentase culpables esperanzas ni destruyese la paz de la conciencia de la reina, único bien que podía consolarla en medio de los dolores que el desvío de su esposo le hacía sentir.
Aurelio, dócil como un niño a la voz de aquel hermano, a quien tanto amaba, encerró su pasión en lo más íntimo de su pecho, haciendo penosos esfuerzos para ahogarla; mas en vano se lanzó a esta desesperada lucha, porque no consiguió otra cosa que avivar el fuego que le abrasaba, y la serena mirada de Bimarano se apartó horrorizada más de una vez del fondo del corazón de Aurelio, donde estaba acostumbrado a leer como en un libro abierto, convencido de que el fatal amor que este concibiera, se hizo incurable al dejar la blanca senda de la adolescencia por el camino sembrado de abismos de la juventud.
Bimarano, el hermoso, el apacible joven amaba también: la hermana del conde de Cangas, señor de Cangas de Onís, había hecho una profunda impresión en su alma, y el mismo día en que le declaró su amor y obtuvo la seguridad de ser correspondido, pidió al rey permiso para casarse.
Don Fruela no tuvo entonces por conveniente otorgar su consentimiento a tal enlace: conocía a la hermosa Sancha, y aunque no había fijado la atención en ella mientras fue libre, el día mismo en que la vio ligada a su hermano, se acordó de que era la doncella más hechicera de su corte y pensó en hacerla suya antes de darla al infante.
Declaró una parte de sus miras al conde de Cangas, y este sagaz cortesano negó la entrada en su castillo al infante, y abrió sus puertas al rey, halagado con la esperanza de medrar.
Empero, los obstáculos no extinguieron ni disminuyeron siquiera el amor que ambos jóvenes se profesaban.
Sancha, en la imposibilidad de ver a su amante durante el día, y arrastrada por la fuerza de su pasión, franqueaba por la noche una de las ventanas de su aposento a Bimarano, con quien sostenía dulces pláticas mientras dormían sus perseguidores.
Diez meses después de la noche primera en que Bimarano penetró en la estancia de Sancha, dio esta a luz un niño, cuyo acontecimiento descubrió a los amantes.
El conde hizo bautizar al recién nacido con el nombre de Bermudo, aparentando gran cólera, pero gozoso en su interior, porque el nacimiento de aquel niño aseguraba el enlace de su hermana con un príncipe real.
Por su parte, Bimarano reconoció por suyo al hijo de Sancha y consiguió del conde algunas entrevistas con ella, que tenían lugar, para que el rey no se apercibiese, en la habitación más retirada del castillo.
La pasión de don Fruela creció con la resistencia; lo que al principio había sido un solo capricho, llegó a convertirse en el amor más profundo y verdadero que sintió en su vida: al ver a Sancha madre, y por consiguiente ligada con un lazo indisoluble a su hermano, su pasión se acrecentó furiosamente y resolvió robarle su hijo, para obligarla de este modo a ceder a sus deseos.
Largo tiempo meditó este proyecto; mas un resto de piedad hacia su esposa le contenía. Munia acababa de dar a luz una niña, a la cual se puso por nombre Jimena, y que más adelante fue esposa del desgraciado conde de Saldaña.
Por fin triunfó su culpable pasión del amor que debía a su esposa y a sus hijos, y se decidió a apoderarse del infante Bermudo: mas este cruel designio fue sorprendido por Munia en algunas palabras que se le escaparon en medio del sueño, y ya se ha visto que puso en salvo al niño, amparándolo en sus propias habitaciones.
El amor de Aurelio seguía mudo, pero ardiente y devastador; la reina nada sospechaba de él, y el infante, sin atreverse a romper el silencio, sufría los tormentos de un condenado.
Únicamente Adosinda se conservaba dulce y tranquila entre aquella lucha desenfrenada de pasiones. Era el ángel bajo cuyas blancas alas iban todos a buscar la paz: ella consolaba a sus hermanos, que la amaban con entrañable afecto, enjugaba el llanto de la reina, dormía a Alfonso y a Jimena en su regazo con sencillos cantos, y hasta el mismo Fruela encontraba en ella consuelos, porque, en presencia de aquel querube de bondad y mansedumbre, se calmaban las borrascosas tempestades de su alma.
Adosinda conocía los amores desgraciados de Bimarano; la culpable pasión del rey hacia Sancha, la amiga de su infancia, y los dolores de la reina, a quien amaba como a una hermana; pero ignoraba completamente el amor de Aurelio a Munia, porque el príncipe respetaba tanto el candor y la santa inocencia de su hermana, que había ocultado cuidadosamente delante de ella hasta la muestra más leve de su insensata pasión.
Era un secreto que solo sabían Dios, Bimarano y Aurelio.
V
LA MUJER FUERTE
Poco tardó la reina en recobrarse del desmayo ocasionado por el terror que le había producido la horrible escena que describimos al final de nuestro capítulo segundo; desprendiose de los brazos de Aurelio, que con la cabeza abrasada y el corazón palpitante, ya no tenía fuerzas para sostenerla, y se encaminó a su habitación haciendo una seña al infante para que la siguiera.
Obedeció este, y pocos instantes después se encontraban ambos en la cámara de la reina, guardada por dos soldados de aspecto rudo y cubiertos de acero.
La reina se dirigió a un extremo de la cámara y abrió una puerta disimulada en los tapices; tras de ella apareció otra pequeña estancia en la cual penetró Munia con Aurelio, y cuya puerta cerró este a una indicación de aquella.
En el fondo del aposento y durmiendo sobre un reducido lecho, hallábase un niño de pocos meses, abrigado con un ropón de seda: era hermoso, de fisonomía dulce e inteligente, y sus rizos castaños cubrían una parte de su blanco y suave rostro.
Inmediato al lecho, velaba un anciano montañés con una jabalina preparada y un arco montado: su aspecto decidido y arrogante decía bien claro que estaba allí para defender al niño y que no se lo dejaría arrebatar sin oponer una temeraria resistencia.
—¿Ha llegado alguno a la puerta, Antar? —preguntó la reina al montañés, que al verla con el príncipe había echado a la espalda la capucha de lana burda de su sayo.
—Solo la princesa Adosinda, a la cual dejé pasar por no oponerse a ello tus órdenes, señora —contestó el anciano.
—Está bien; mi muy amada hermana puede entrar aquí.
La reina tomó a Aurelio por la mano sin notar el estremecimiento que, al contacto de la suya, agitaba la diestra del príncipe, y se aproximó con él al lecho.
—¿Amas mucho a tu hermano, Aurelio? —le preguntó mirándole con fijeza.
—Mucho —contestó el infante con voz firme y sin desviar los ojos del semblante de Munia, no obstante sentirse desfallecer con su mirada.
—¿Será tan grande ese amor que te anime a salvar a su hijo, sin temor a la cólera del rey?
—Sí —volvió a contestar Aurelio con entereza.
—¡Sálvale, pues, hermano! —exclamó la generosa reina, de cuyos ojos brotaron dos gruesas lágrimas—. ¡Sálvale, y Dios te otorgue el premio de tan noble acción!
Munia oprimió entre las suyas las manos del infante, que se apoyó en la pared para no caer.
—Salvando a ese inocente —continuó la reina señalando al niño—, libras a tu hermano y a tu rey, que es mi esposo, de cometer un odioso crimen. ¡Sí! —prosiguió en voz baja y temblorosa al ver al montañés retirado a una respetuosa distancia—. ¡Sí! ¡Librarás al padre de mis hijos de un crimen odioso, porque o matará a esta desgraciada criatura para vengarse de los desdenes de su madre, o cuando menos le hará pasar su vida en una prisión!...
Calló la reina inclinando la cabeza, como si el horror que aquellos pensamientos le inspiraban aniquilase sus fuerzas; mas pocos instantes después levantó de nuevo su frente pálida y serena.
—Parte a Navarra, Aurelio —dijo poniendo en los brazos del infante a la pobre criatura, que a la sazón estaba dormida—; ve al monasterio de Jesús y confía este niño a la superiora de parte mía: cuando estéis libres su padre y tú de la acusación de conspiradores que sobre vosotros pesa, id a buscarle allí, porque por ahora y mientras no salga de su inocente niñez, sería difícil encontrar un asilo más seguro para él.
El príncipe recibió al niño y le abrigó con el mismo cuidado que hubiera podido emplear su madre.
—Este niño es sagrado para mí desde el instante en que tú me lo entregas, señora —dijo apoyando sus labios en la diestra de Munia—; si su padre le falta, otro no menos amante ha de encontrar en mí.
Al decir estas palabras, hizo una seña al montañés, que le abrió una estrecha puerta situada enfrente del lecho y que estaba practicada en una bóveda de piedra, que sostenía uno de los ángulos del castillo real.
—Vuelve pronto para salvar a Bimarano y a Sancha —murmuró la reina al oído del príncipe, que ya se deslizaba por una dificultosa escalera formada por las mismas rocas.
Munia le siguió con los ojos hasta que le vio desaparecer en las sombras de la noche; luego cerró la puerta y volvió a dejar en su pebetero de encina la tea con que había alumbrado al príncipe.
En seguida se quitó sus zarcillos de diamantes, despojos de la guerra arrancados por don Fruela a una sultana árabe, y se aproximó al anciano montañés.
—Toma, mi buen Antar —le dijo presentándoselos—: yo quisiera tener otra prenda de más valor con que recompensar tu fidelidad, pero esto es lo mejor que poseo.
El montañés dio dos pasos hacia atrás y una lágrima empañó el brillo salvaje de sus ojos, casi cubiertos por cerdosas y blancas cejas.
—Guarda tus diamantes, señora —dijo con voz alterada—; yo, aunque soy muy pobre, recibo sobrada recompensa con la dicha de haberte servido: solo otra... añadió en voz baja y con vacilación, solo otra te pediría... si me atreviese.
—Pide, pide, Antar —exclamó Munia.
—¡Que me permitas, señora, besar la orla de tu manto!
—¡Ah, el manto no! —exclamó la reina, de cuyos grandes ojos brotó un caudal de lágrimas—: ¡toma, toma mis manos!
Munia tendió sus manos al anciano Antar que se arrodilló besándolas con adoración.
—¡Gracias, Dios mío! —exclamó después—; ¡gracias por haberme concedido besar la mano de una santa!
—Desde hoy, Antar, estás a mi servicio —dijo la reina—: cuidarás de mis hijos y me acompañarás a todas partes. Sígueme.
El anciano dirigió al cielo una ardorosa mirada de gratitud y siguió a la reina como un sabueso viejo y fiel sigue a su antiguo amo.
VI
UNA MUJER SIN CORAZÓN
Algunos días después de la noche en que Aurelio salvó al hijo de su hermano de la cólera del rey, se encontraban Sancha y Adosinda en la habitación de la primera.
La hermana del conde de Cangas era más hermosa que la infanta, pero no se advertía en ella la expresión de pureza que hacía que Adosinda se asemejase a un ángel: por el contrario, ardía en sus negros y rasgados ojos el fuego de las pasiones, y su tez, aunque blanca, límpida y hermosa, era mate y sin transparencia, signo seguro de una naturaleza sensual.
Su estatura era apenas mediana y sus formas redondas y torneadas; leíase en su marmórea frente la arrogante firmeza de su alma; en sus negrísimas y pobladas cejas, una gran frialdad de corazón; y en sus labios finos y un tanto hundidos en sus extremos, toda la ambición y disimulo de su carácter.
Sancha de Ribadeo había amado con pasión a Bimarano porque la sublime hermosura del infante había sido lo único que hiciera latir su corazón helado hasta que le vio, a pesar de que contaba veintidós años; su carácter ambicioso encontró además ventajoso un enlace con un príncipe real; mas cuando, por la oposición del rey, se convenció de que esta alianza era irrealizable y supo la causa de aquella, no quedó en su corazón más que el amor sensual que la belleza del infante le inspiraba, y se borraron de su mente las ideas de matrimonio, que poco antes acariciara.
Por más que yo crea en la virtud de la mujer; por más que la haya defendido en mis escritos, y que esté dispuesta a defenderla siempre; por más que yo profese a esa hija del cielo un amoroso culto, sé que en todas las épocas ha habido mujeres culpables y capaces de cometer mayores infamias que los hombres más depravados. La mujer que no alberga bastante sensibilidad de corazón para precaverse del demonio tentador del orgullo; la mujer que se deja dominar de la ambición; la que no doma sus pasiones —tan fuertes cuanto débil es su organismo— con el freno sagrado de la religión, correrá de abismo en abismo y quizá dejará manchada de sangre y crímenes la senda tortuosa de su vida.
La joven condesa de Ribadeo tenía al nacer un corazón en el pecho; pero perdió a su madre cuando apenas despuntaba la luz de su razón y careciendo también de padre desde antes de nacer, quedó bajo la tutela de su hermano Eurico, joven de veinte años y entregado a todos los vicios.
Sancha creció en medio de báquicos festines y de escenas de impúdicos amores. Aunque Eurico la amaba mucho, no se cuidó de buscar una mujer que velase por ella, ni vio el inconveniente de que fuese servida por escuderos ni más ni menos que él: limitábase a mandar que atendiesen a la pequeña condesa con preferencia a él mismo, y de este modo fomentó la soberbia arrogancia que Sancha heredó de su madre, y que una mano previsora y tierna hubiera podido ahogar en su germen.
Cuando la niña cumplió doce años, sabía de memoria el vocabulario amoroso que los hombres de armas de su castillo empleaban con las zafias montañesas, y hubiera sido difícil hacer asomar el rubor a sus mejillas ni aun con las palabras más groseras. Eurico, por otra parte, orgulloso de su belleza y de su gracia juvenil, la hacía asistir a los licenciosos festines que, después de una partida de montería, daba a sus amigos y mancebas, y ni las báquicas canciones, ni el chocar de los vasos, ni el estallido de los besos, ni todo el infernal estruendo de la orgía hacían alterar la límpida blancura del rostro de la noble doncella.
Como debe suponerse, no faltarían amadores a la joven Sancha, aun antes de salir de la niñez; pero su natural fiereza salvó su virtud, y entre los insolentes y desenfrenados jóvenes que la rodeaban, no hubo uno solo que pudiera jactarse de haber tocado ni aun el extremo de sus dedos.
Como fiel historiadora, debo decir, sin embargo, que ni uno solo tampoco pensó en pedir su mano a pesar de su hermosura, su nobleza y su opulencia; el hombre ha sido el mismo en todos tiempos, y pocos había entonces, como ahora, que fiasen su nombre y su honra a una mujer cuyo recato y virtud andaban en lenguas, por más que reuniese las más halagüeñas y seductoras ventajas.
Poco, en verdad, importaba esto a la condesa: sabía que era bella hasta lo imposible; que tenía un gran título enteramente independiente del de su hermano, cuyo condado era además tributario del suyo, y que hubiera desdeñado hasta de aceptar por estribo, para montar en su blanca hacanea, la rodilla del más noble y rico de sus numerosos amadores.
Cuando cumplió catorce años determinó emanciparse de su hermano y habitar sola uno de los castillos de su propiedad, eligiendo para morada, entre los muchos que poseía, uno fronterizo, ganado a escala franca por su noble padre pocos años antes.
Eurico quedó sobrecogido de espanto al saber esta decisión: lo que su hermana iba a hacer equivalía a entregarse a los árabes, pues no distando dos millas el primer castillo de estos del que estaba dispuesta a ocupar la atrevida niña, debía suponerse que no titubearían en arrollar la fortaleza de la cristiana, llevándose a su bella señora al harén del califa.
Pero en vano Eurico expuso a Sancha todas estas razones; en vano le hizo presentes todos los riesgos a que se exponía.
—Si me cautivan —contestó—, si me llevan a Córdoba al harén del califa, yo le obligaré a que se case conmigo y seré la sultana de occidente.
—¡Hermana! —exclamó Eurico, cuyo semblante se cubrió de un subido carmín—. ¡Hermana mía! ¿Puedes olvidarte de que has nacido cristiana?
Sancha se encogió de hombros con indiferencia: ni siquiera sabía lo que era ser cristiana; bien es verdad que nadie se lo había explicado tampoco.
Entonces conoció el conde a dónde podía arrastrar a su hermana el natural bravo e inculto que él no había cuidado de dirigir ni dominar: ciego de dolor corrió a Cangas, y echándose a los pies de Alfonso el Católico, le rogó que interpusiese su mediación para impedir tamaña locura.
Aquel buen rey le consoló y le dijo que volviese a su castillo; algunas horas después que él llegó una litera, escoltada por guardias del rey, y seguida de otra en la que iban dos damas ancianas de la servidumbre de la reina. El capitán de los guardias sacó de su vesta un pergamino enrollado y sellado con el sello real, y lo presentó a la condesa que lo leyó rápidamente.
Mandábasele en él partir a Cangas inmediatamente, por estar nombrada dama de la princesa Adosinda, niña de muy corta edad.
—Di al rey y a la reina que yo no quiero ser dama de su hija, ni servir a nadie —contestó volviendo la espalda al mensajero.
—Entonces, señora, no tomes a ofensa el que te conduzca en mis brazos a tu litera —contestó el anciano capitán—, porque tengo orden de llevarte de grado o por fuerza.
—¡Eso no! —exclamó Sancha echándose hacia atrás—: ¡primero morir, que consentir que tus feas y callosas manos toquen a la condesa de Ribadeo!
Y envolviéndose en su manto, salió serena e impasible sin abrazar a su hermano que, llevado de su ciego cariño, partió en seguimiento de su litera.
La dulce y amorosa Ormesinda recibió a Sancha como la más cariñosa madre; pero apartó de ella todo lo posible a la princesa su hija: el nombramiento de dama, hecho en favor de la condesa, era solo honorario, pues apenas veía esta a Adosinda, que permanecía siempre junto a la reina.
En el castillo real fue en donde la joven condesa adquirió las primeras nociones de religión y de virtud; pero su corazón, naturalmente duro y viciado además por perniciosos ejemplos, se mantuvo cerrado a las santas máximas que Ormesinda se esforzaba por infiltrar en él: la viva inteligencia y el perspicaz talento de la joven debían, sin embargo, sacar algún fruto de aquellas lecciones, y el fruto fue proporcionado a la bondad de la tierra donde la mano piadosa de Ormesinda sembraba la semilla. Sancha adquirió una profunda y sorprendente hipocresía y aprendió a revestirse de las formas de la virtud de una manera tan perfecta, que engañó no solamente a la cándida y santa reina, sino también a su hermano, lo cual era algo más difícil, por lo bien que la conocía.
A la muerte de Alfonso el Católico y de Ormesinda, acaecidas ambas con cortos meses de intervalo, volvió Sancha al lado de Eurico sin conocer apenas a los infantes huérfanos, porque Fruela guerreaba contra los infieles en las fronteras de Galicia, y Bimarano y Aurelio, además de ser niños, habitaban el extremo opuesto del real castillo.
El conde de Cangas asistió con su hermana a todas las fiestas de la coronación de Fruela I; y cuando el nuevo rey fijó su corte en Pravia, la proximidad del castillo real con el que habitaban Eurico y Sancha hizo mayor la intimidad de ambos jóvenes con el rey y sus hermanos.
Adosinda, en particular, se acogió a la amistad de Sancha con el más tierno entusiasmo: la pobre niña se hallaba aislada desde que había perdido a su madre, y su dulce corazón se volvió entero a la condesa, porque ella le recordaba los serenos y apacibles días de su infancia.
Sancha, por su parte, le pagaba su cariño en cuanto permitía su corazón helado y egoísta, y es seguro que jamás profesó a nadie tan apasionado afecto como a la infanta.
Llegó por fin un día en que la llama del amor penetró en su alma, alumbrándola no con la luz purísima que derrama en las almas privilegiadas, sino con un resplandor desconocido: la hermosura de Bimarano la deslumbró, y sus dulces y apasionadas palabras hicieron latir su corazón con una fuerza insólita; pero ya hemos dicho que no bien conoció los designios del rey renunció a unirse con su hermano, anidando solo en su pecho el amor sensual, único durable en su pervertida naturaleza.
Poco, pues, tuvo que hacer el infante para triunfar de la virtud de Sancha: cuando dio esta a luz a su hijo, ni uno solo de los músculos de su rostro se animó con una expresión de dicha; supo que su hermano se había apoderado de él sin derramar una lágrima, y cuando Eurico entregó el niño a Antar para ponerle bajo la salvaguardia de la reina Munia, ni siquiera pidió que le dejasen imprimir un beso en su frente, ni se informó de cuándo le volvería a ver.
A pesar del amor que Eurico profesaba a su hermana, su indignación fue viva y profunda al advertir en ella tanta dureza: resolvió guardar aquel niño, que era una prenda de alianza con la familia real, y para ello no halló medio más seguro que encomendarlo al cuidado de la reina, aparentando además, sin embargo, favorecer la pasión que el rey don Fruela alimentaba por Sancha.
Cuando Bimarano, en la fuerza de su desesperación, arrebató a la condesa del castillo, los dos hermanos obraron según sus designios: Eurico creía así libre a Sancha de la culpable pasión del rey, y, persuadiéndose de que estaba sinceramente enamorado del infante, pensó que el mejor medio de apresurar la unión de los dos jóvenes era no oponerse a su fuga. Pero el decoro de su nombre le obligó a salir a la poterna de su castillo a la cabeza de sus hombres de armas, no sin dejar antes lugar a los fugitivos para que se alejasen.
Por lo que hace a Sancha, fingió acceder a las apasionadas súplicas de su amante y se dejó llevar sin resistencia; mas su propósito era negarse después obstinadamente a su enlace con Bimarano y escribir al rey poniéndose bajo su amparo. Para ella no era nada que el infeliz y leal príncipe pagase su amor con la prisión y la muerte; su genio infernal había columbrado una corona y un ataúd, en el cual dormía el sueño eterno la noble esposa de don Fruela I; más de una vez, cuando iba en los brazos del infante, durante su desesperada fuga, había llevado sus manos a la frente como para cerciorarse de que podría sostener la diadema real de Asturias y Galicia.
Pero al verse cercada de mortíferas jabalinas, cuando por una caída de su amante logró Eurico, aunque bien a su pesar, llegar hasta ellos, quedó desmayada, porque aquel demonio no carecía, para ser más tentador, de la debilidad que hace tan atractiva a la mujer.
VII
ÁNGEL DE LUZ Y ÁNGEL DE TINIEBLAS
Sentada Adosinda enfrente de la condesa de Ribadeo, tenía cogida una de sus manos y clavaba en su semblante sus grandes y hermosos ojos azules. Sancha, por el contrario, miraba con indiferencia la pendiente montaña sobre la cual se asentaba su castillo, y sus fogosos y apasionados ojos negros vagaban inciertos por los picos de las rocas que algunos días antes, y en medio de las tinieblas de una medrosa noche, había saltado Bimarano llevándola en sus brazos.
Los sitiales de entrambas estaban colocados junto a la ojival ventana de la cámara de la condesa, y el sol moribundo de la tarde, resbalando por los espesos y lucientes rizos negros de Sancha, hacía brillar los fúlgidos destellos de algunas sartas de gruesos corales que se enredaban en ellos.
Un brial rojo, de lana fina como la púrpura de Alepo, se plegaba en derredor de su talle robusto y voluptuoso descubriendo su redondo cuello y la mitad de sus torneados brazos, blancos y puros como apretada nieve.
Su boca pequeña, y de labios finos y delicados, era más roja y fresca que el coral que fulguraba en sus cabellos; su nariz recta y también pequeña se dilataba a cada aspiración, como absorbiendo el aire que parecía preciso a su seno alto, palpitante y tentador.
La infanta, vestida con una larga túnica blanca y ceñidos sus rubios cabellos, que se recogían en riquísimas y apretadas trenzas, con una banda azul, se asemejaba a una visión angélica.
Un suave sonrosado, comparable al matiz de una rosa blanca, cubría sus mejillas, cuya nitidez tenía algo de diáfana: su boca suspirante no ostentaba el lascivo carmín que vestía los labios de Sancha, y su puro y rosado arrebol la hacía más dulce e inocente.
La hermosura de la condesa, ataviada de púrpura, era un tanto siniestra e infernal; la belleza de Adosinda, velada por su blanco ropaje, era celeste y santa.
En el instante en que presento las dos jóvenes a mis lectores, fijaba la primera sus rasgados y hermosos azules en el semblante helado e impasible de Sancha, al mismo tiempo que estrechaba su mano entre las suyas con tierno cariño.
—Sancha, amiga mía —decía la infanta con su voz dulce y juvenil—, prométeme que irás conmigo esta noche a la prisión donde yace mi pobre hermano para que siquiera tu presencia pueda consolarle.
—Ya te he dicho, señora mía, que eso es imposible —contestó la condesa mirando serena y fríamente a Adosinda.
—¡Imposible! ¡Oh, Sancha! —exclamó la infanta dolorosamente—: ¡No dirías eso si conocieras el afán con que me pedía mi infeliz hermano que te llevase a verle aunque fuese solo por un instante!
—Yo no puedo verle, señora; no debo exponerme a la cólera del rey, tu hermano.
—Su cólera caerá sobre mí; no temas, Sancha: si llega a su noticia esa entrevista, yo me arrojaré a los pies de Fruela y le diré que únicamente has cedido a mis instancias. ¿No estamos además bajo la protección de la reina?
—¡De la reina! —replicó la condesa, en cuya bella y enérgica fisonomía se pintó, a pesar de sus esfuerzos, un sentimiento de odio profundo.
—Sí, de mi buena hermana... ¡si supieras, Sancha, cuánto te ama!
La condesa permaneció silenciosa y con la cabeza inclinada por algunos instantes: una persona que hubiera conocido su carácter se hubiera estremecido ante aquella inmovilidad, precursora siempre de algún proyecto cruel; pero la inocente Adosinda esperó pacientemente a que saliera de su meditación, halagada con la esperanza de verla ceder a su ferviente ruego.
Sancha levantó por fin la cabeza: brillaban sus ojos con resplandor siniestro, y en su ancha frente se veía reflejado un gozo sombrío.
—¡Iré! —dijo con voz segura—: indícame la hora en que debo estar en tu cámara, señora.
—¡Oh, gracias, gracias por mi hermano y por mí, Sancha! —exclamó la infanta estrechando amorosamente las manos de la condesa.
Y levantándose, añadió:
—Te espero en mi aposento esta noche a las once.
Adosinda abrazó a Sancha y salió acompañada del fiel Antar, que la esperaba en la puerta.
Media hora después, Fruela I, disfrazado con un sayo montañés, se encontraba en la estancia de la condesa que, sentada en sus rodillas, le refería la visita y la pretensión de Adosinda.
—¡Yo castigaré a esa imprudente niña! —exclamó el rey, rojo de furor y apretando los puños.
—¡Aguarda, señor, aguarda! —contestó Sancha con una sonrisa, helada como el filo de un puñal, pero que enloqueció aún más al enamorado monarca—. Si yo he consentido en llegar hasta la prisión del infante, ha sido porque por medio de la reina me ha amenazado con publicar mi deshonra.
—¿Cuándo?
—Hace dos días.
—¡Oh! —barbotó don Fruela con ojos chispeantes y voz sorda—. ¡Todos contra mí! ¡Bimarano, a quien he encarcelado por traidor a mi trono, y porque me roba tu amor! ¡La reina, que me parecía inofensiva! ¡Adosinda, que era a mis ojos el ángel cuyas blancas alas escudaban mi palacio! ¡Y Aurelio, que, según dicen mis condes, ha huido a alzar banderas para derribarme del solio de mi padre!...
La condesa sabía mejor que nadie que Aurelio había ido a salvar a su hijo, pero se guardó bien de decir ni una palabra al rey.
—¿Y tu hijo? —prosiguió don Fruela con furor creciente—. ¿Quién me ha robado ese niño, que era el objeto de todo mi odio, pero que al mismo tiempo me aseguraba la fidelidad de Bimarano? ¡Sancha! ¡Sancha! —continuó oprimiendo el brazo de la condesa—. ¡Tú debes saber lo que se ha hecho de tu hijo, y es preciso que me lo digas!
—Pregúntalo a su padre y a la reina, señor —contestó Sancha haciendo un gesto de indiferencia desdeñosa, no obstante que sentía prensado su brazo entre los dedos del rey—; en cuanto a mí —prosiguió—, nada sé de esa criatura, a la cual no consagro ni un pensamiento siquiera desde que me cercioré de que jamás había amado a su padre.
—¡Oh!... ¡Será posible, Sancha! —exclamó el rey soltando el hermoso brazo que estaba martirizando, y ciñendo con los suyos a la condesa—: ¡dime que no has amado a mi hermano!... ¡que te engañó tu corazón!...
—¡Yo no he amado más que a un hombre! —murmuró la condesa en voz tan baja que semejaba un suspiro de amor, y reclinando su rizada cabeza en el hombro de don Fruela de modo que los riquísimos bucles de sus negros cabellos acariciasen la mejilla del monarca.
—¡Oh! —se apresuró a decir este—; y... ¿ese hombre?... ese hombre... ¿quién es?
—¡El rey de Asturias y de Galicia! —volvió a murmurar la condesa a la vez que se rizaban sus hechiceros labios con una sonrisa burlona, excitada por el sarcasmo que estas palabras encerraban.
Ellas constituían, sin embargo, la única verdad que en toda la vida de Sancha había brotado de su boca: porque, en efecto, amaba, no a Fruela, sino al rey de Asturias y de Galicia.
El rey advirtió aquella sonrisa de inmensa ternura sin comprender su amarga burla, y besó mil veces los rizos de seda de la infernal sirena.
—Yo amo —continuó Sancha, recogiendo la anchurosa manga de su túnica y mostrando al rey su brazo redondo, torneado y blanco como el marfil, pero en el cual habían formado cinco surcos sangrientos los dedos de don Fruela—, yo amo de tal modo al hombre que ha puesto su mano en mi brazo, que hasta sus heridas me han arrobado como las caricias del amor primero.
Don Fruela besó con delirio aquel brazo magullado: cuando alzó la cabeza, corrían por sus mejillas dos gruesas lágrimas que fueron a perderse en la espesura de su barba. Aquel hombre frío y duro para el ángel que Dios le había dado por compañera, para la madre de sus hijos, amaba con locura a aquel demonio, y la pasión que le inspirara debía ser la única fuerte y poderosa de su vida. Los misterios del corazón humano han sido los mismos en todos los tiempos.
—¿Por qué, ya que tan intenso es tu cariño, no cedes a mi amante ruego? —exclamó Fruela mirando a Sancha con tristeza.
—Porque no quiero manchar por segunda vez la casa de mi hermano —contestó esta con entereza, y desprendiéndose de los brazos del rey.
—¡Déjame sacarte de ella! —gritó anhelante el enamorado monarca.
—Jamás la dejaré yo voluntariamente —repuso Sancha clavando en el rey una mirada profunda.
—¿No la dejaste por mi hermano?
—Por eso no volveré a hacerlo.
Don Fruela guardó silencio por un breve rato y pareció reflexionar. La condesa le devoraba con una mirada ávida y torva, como si quisiera leer en el fondo de su alma.
—¡Sancha! —dijo de repente el rey, levantándose y acercándose a ella—. ¿Estás decidida a ir esta noche a la prisión de mi hermano?
—¡Sí! —contestó la condesa con voz sombría, al mismo tiempo que radiaba en sus ojos una expresión de gozo—. ¡Sí, iré! ¡No quiero que publique mi deshonra al cobrar su libertad!
—¡Quizás no la cobre nunca! —murmuró don Fruela en voz muy baja, pero que, sin embargo, llegó claramente al oído avizor de la condesa; y luego, sacando de una vesta una llave:
—Toma —dijo presentándola a Sancha—: esta es la llave del calabozo de Bimarano. En vano la buscaría Adosinda, porque la guardo yo: ve a verle y consigue saber de él el paradero de tu hijo.
La condesa echó los brazos al cuello del monarca, y murmuró un ¡adiós! melancólico y tierno, que se confundió con el rumor de un beso.
El rey salió de la estancia ebrio y trastornado, pero llevando impresa en sus facciones una alegría siniestra.
Sancha le siguió con los ojos y luego lanzó un suspiro de felicidad.
—¡Yo no le amo! —murmuró al verse sola—. ¡Oh, no, le aborrezco por su brutal fiereza! ¡Pero ostenta una corona y su brillo deslumbra mi vista y conmueve mi helado corazón!
Al decir estas palabras, se aproximó a una mesa y roció con bálsamo las heridas de su brazo.
Mientras tenía lugar la escena precedente, Adosinda había contado a la reina su entrevista con la condesa. Cuando Munia oyó que consentía en ver a Bimarano, brilló en sus ojos una lágrima de ventura.
—¡Bendita seas, hermana mía! —exclamó abrazando amorosamente a la princesa—. ¡Bendita seas tú que haces tanto bien! ¡Yo os acompañaré a Sancha y a ti a la prisión del infante, y mi presencia os servirá de escudo si os amenaza el enojo del rey!
VIII
LA SANGRE EN LA FRENTE
Las once y media de aquella misma noche señalaba la luna clara y serena, brillando en el ancho firmamento, cuando la reina Munia entraba en una espaciosa cámara del castillo real, precedida del anciano y fiel Antar, que la alumbraba con una tea; un instante después entraban también en ella Adosinda y Sancha, envueltas en largos mantos negros.
Antar sacó un gran manojo de llaves, que llevaba pendiente de la cintura, y abrió una puerta, apareciendo una escalera tortuosa, estrecha, abierta en la roca viva, e iluminada con una tea colocada en una estaca fija en la pared; el anciano, obedeciendo a una señal de la reina, bajó el primero.
—¿No era mejor cerrar esta puerta, señora? —dijo Adosinda a la reina.
—¿Para qué? —contestó Munia—. Nadie puede venir por aquí.
Ambas bajaron la escalera precedidas de Antar, y Sancha las siguió sombría y silenciosa.
Al final de los mohosos peldaños, se veían dos anchas puertas de hierro, y la comitiva se detuvo junto a una de ellas.
—¿No me has dicho que tenías la llave del calabozo, Adosinda? —dijo la reina dirigiéndose a la joven.