E-text prepared by Juliet Sutherland, Chuck Greif,
and the Project Gutenberg Online Distributed Proofreading Team
(http://www.pgdp.net)
Transcriber's note:
The accentuation of the Spanish words has not been modernized.
Tres Comedias Modernas
EN UN ACTO Y EN PROSA
|
[LA MUELA DEL JUICIO] por Miguel Ramos Carrión [LAS SOLTERONAS] por Luis Cocat y Heliodoro Criado [LOS PANTALONES] por Mariano Barranco |
EDITED WITH NOTES AND VOCABULARY
by
FREDERIC WILLIAM MORRISON, M.A.
United States Naval Academy
NEW YORK
HENRY HOLT AND COMPANY
Copyright, 1909,
December, 1925
PRINTED IN THE U. S. A.
PREFACE
It is hoped that this collection of modern Spanish comedies may be found useful as a contrast to the heavier reading material provided by the Spanish novel and short story. The novel should be studied in our courses as the great literary achievement of Nineteenth Century Spain; the short story, because it possesses the virtue of concentration. But Spanish prose, whether of the novel or the short story, offers peculiar difficulties to the English-speaking student. The periodic sentence, a surfeit of qualifying epithets, inversion, rhetorical and sententious monologues (cf. Galdos's novels), and, in the longer novels, complication and elaboration of plot, are obstacles in the way of the student's appreciation of the real beauties of this literature.
The language of these prose comedies, slightly embellished as all literary expression must be, is that used in conversation by the Spaniard of to-day, and on that account should prove valuable in furnishing the student with those living idioms and constructions that are rarely found in the longer novels.
In deference to American propriety, an occasional word or two, and in two cases entire scenes, have been omitted. In La Muela del Juicio one scene has been omitted and another shortened on account of the presence of dialect; elsewhere, with a few exceptions, dialect forms have been given their Castilian equivalents. These changes have in no wise affected the plot or general interest of the plays.
It has not been thought necessary to furnish biographical sketches of the authors. With the exception of Ramos Carrión, who has attained a national reputation as a writer of comedies in prose and verse, they have not distinguished themselves from the many facile playwrights who entertain the public of Madrid.
The editor wishes to acknowledge his indebtedness to Dr. J. A. Ray, who was originally associated with him in the undertaking, but was compelled to withdraw from it at an early stage. About a third of the vocabulary is to be credited to him.
F. W. M.
U. S. Naval Academy, September, 1909.
BIBLIOGRAPHICAL NOTE
Padre Francisco Blanco García, La Literatura en el Siglo XIX, Madrid 1891-4, 3 vols., in vol. 2, Cap. XXIV, Últimas evoluciones de la literatura dramática (conclusión) = Los géneros cómico y bajo-cómico.
Jacinto Octavio Picón, Prólogo to selections of Ramos Carrión's plays in Teatro Moderno, vol. 1, Madrid, 1894.
E. Gómez de Baquero, in Letras é Ideas, Barcelona, 1905, pp. 9-22, article entitled Filosofía del Género Chico, pp. 9-22.
LA MUELA DEL JUICIO
PASILLO CÓMICO ORIGINAL Y EN PROSA
por
MIGUEL RAMOS CARRIÓN
| REPARTO | |
| Personajes | |
| Isidra | Raigón |
| Rocío | Peláez |
| Inocencia | El Garlopa |
| Don Atilano | Francisco |
| Un Caballero | Lelis |
Caballeros y señoras | |
ACTO ÚNICO
La escena dividida. Á la derecha del actor sala de espera, lujosamente amueblada. Frente á la puerta del foro, en el centro, un velador con libros y periódicos. Al foro puerta, á la derecha otra y á la izquierda una que comunica con el gabinete. Ésta debe tener mampara con muelle, que se cierra por sí sola. El gabinete de operaciones, también amueblado con lujo. Á la izquierda balcón y al foro puerta. Sillón de operaciones. Armario con instrumentos quirúrgicos apropiados. Cuadro lleno de moldes metálicos para dentaduras. El título de profesor dentista en un marco dorado. Lavabo con palangana y varios frascos. Enseres de gran lujo. Aparato de luz eléctrica. Plantas tropicales en los ángulos de la sala.
ESCENA PRIMERA
raigón, con batín (en el gabinete). luego francisco
Raigón.—¡Francisco! ¡Francisco! (Á voces.) Esto
no puede seguir así; no hay paciencia que baste.
¡Franciscoo!
Fransisco.—¿Qué manda usted?
Raigón.—Voy á ponerte á la puerta de la calle. 5
Fransisco.—Señorito...
Raigón.—¡Á callar! (Pausa.) Tú eres listo...
Fransisco.—Gracias.
Raigón.—Demasiado listo, tal vez.
Fransisco.—Es favor. 10
Raigón.—Pero no he visto hombre más descuidado
ni más holgazán. Yo quiero orden, y sobre todo orden,
y mira como tienes todo esto... Los instrumentos mezclados
con los cepillos, los frascos fuera de su lugar, la
cocinilla sin alcohol y todo embrollado, todo lleno de 5
polvo...
Francisco.—Pero, señorito...
Raigón.—¡Basta! Si no te corriges, date por despedido.
Unos por torpes y otros por haraganes, no se os
puede sufrir. ¡Vaya con los criados! No basta pagarles 10
bien y tratarles bien y ser amable y cariñoso con ellos...
(Gritando. Pausa.)
Francisco.—(¡Se necesita más paciencia!)
Raigón.—Voy á salir. Tengo que hacer una operación
importante en El Escorial y no volveré hasta la 15
noche...
Francisco.—En ese caso quitaré la mampara de la
escalera...
Raigón.—No; déjala como si yo estuviese. No conviene
nunca cerrar la puerta. Recibes á los que vengan, 20
les dices que estoy en cama algo enfermo y que vuelvan
mañana. ¿Has entendido?
Francisco.—Sí, señor, sí.
Raigón.—Lo creo: á listo no te gana nadie; pero á descuidado y á
sinvergüenza tampoco. 25
Francisco.—Muchísimas gracias.
Raigón.—Saca el estuche de operaciones. ¡El grande!
Francisco.—Al momento.
Raigón.—Voy á vestirme. Si viene algún cliente
antes de que me marche, no le dejes pasar, porque no 30
puedo entretenerme.
Francisco.—Está bien.
Raigón.—¡Y cuidado conmigo! (Vase Raigón por
la puerta del foro.—Francisco pasa á la sala.)
ESCENA II
francisco. luego don atilano
Francisco.—¡Pero qué tío más insoportable! Ya
estoy deseando perderlo de vista. ¡Qué palabrotas y 5
qué modales, y qué...! Vamos, hombre, que no es
para mi genio.
Atilano (Asomando la cabeza).—¿Se puede?
Francisco.—¡Don Atilano!
Atilano.—¡Francisco! ¡Tú en esta casa! 10
Francisco.—Estoy sirviendo aquí hace tres meses.
Atilano.—Ya supe por tus compañeros que te habían
dejado cesante.
Francisco.—Suprimieron dos ordenanzas y me tocó
la china. 15
Atilano.—¡Cuánto me alegro!
Francisco.—Hombre...
Atilano.—De que estés aquí.
Francisco.—¡Ah! ¿Y usted sigue lo mismo?
Atilano.—Peor. 20
Francisco.—¿Y yendo al Ministerio todos los
días?
Atilano.—Sin faltar uno. Allí me siento en el
banco de la paciencia para saber cuando salen el señor
ministro ó el señor subsecretario, y darles un avance. 25
Ahora confío en que me repondrán pronto, porque el
nuevo subsecretario... ¿Tú no le conoces?
Francisco.—No, señor; fué nombrado después de
quedar yo cesante.
Atilano.—Pues me ha recibido ya tres veces y ha
estado conmigo muy afectuoso...
Francisco.—¿Sí, eh? 5
Atilano.—Es muy amable y muy simpático. Y
yo, ya lo sabes, sigo la máxima del pobre porfiado...
Erre que erre.
Francisco.—Lo que es á paciencia no hay quien le gane á usted.10
Atilano.—¿Verdad que no? Las horas que me
has visto pasar en aquella portería, junto á la estufa,
fumando un cigarrillo y otro cigarrillo... Y á propósito
de cigarrillos... (Francisco echa mano como si fuera
don Atilano á darle uno.) No; iba á preguntarte si 15
tienes uno, porque me he venido sin ellos.
Francisco.—Tome usted un susini. (Se lo da.)
Atilano.—Gracias. ¿Me das una cerillita?
Francisco.—Sí, señor.
Atilano.—Gracias. 20
Francisco.—Por lo visto sigue usted á la cuarta
pregunta.
Atilano.—No, hijo mío; ya he llegado á la quinta.
Francisco.—Pero siempre de buen humor.
Atilano.—Es lo único que tengo bueno. 25
Francisco.—Mucho nos hacía usted reir á todos con
las cosas que nos contaba...
Atilano.—No se pasa mal el rato en aquella portería,
no. Te aseguro que en cuanto me empleen, casi, casi,
voy á echarla de menos. Aquel entrar y salir de 30
gente... Diputados, senadores, periodistas, pretendientes,
señoras... de todas clases... ¡Qué maremagnum!
Y los ordenanzas sin cesar de traer y llevar vasos de agua
con azucarillo. ¡Cuidado con lo que beben los empleados
públicos! Parece que no comen más que bacalao.
Francisco.—¡Ja, ja! ¡Qué cosas tiene don Atilano! 5
Atilano.—Son observaciones de cesante crónico...
Francisco.—¿Y qué le trae á usted por aquí?
Atilano.—Pues... necesito ver al señor Raigón.
Francisco.—Hoy es imposible.
Atilano.—¿Cómo? 10
Francisco.—Me ha dado orden de decir á todo el
que venga que está enfermo y que no recibe, porque
tiene que salir y no volverá hasta la noche.
Atilano.—No importa; vas á pasarle recado.
Francisco.—¡Quiá, no, señor! Me lo ha prohibido, 15
y tiene un genio que ya, ya.
Atilano.—A mí me recibe inmediatamente. Somos
amigos de la niñez y hace que no nos vemos muchos años.
Francisco.—Dispense usted; pero la orden ha sido
terminante. 20
Atilano.—Vamos, Francisquito, sé amable; hazme
ese favor. Necesito con urgencia hablarle dos minutos.
Francisco.—No puedo.
Atilano.—Pero, hombre, tú que me has hecho tantas
veces ver al ministro, nada menos que á su excelencia, 25
vas á negarte ahora...
Francisco.—No me atrevo, la verdad.
Atilano.—Yo te aseguro que no te regaña, que me
recibe al momento. ¡Pues poquito gusto que tendrá en
verme! Anda, pásale recado. 30
Francisco.—Mire usted que va á ser inútil.
Atilano.—No lo creas. Anda, Frasquito, anda.
Ya sabes; Atilano Fuentesaúco; acuérdate de los
garbanzos.
Francisco.—Bueno, le complaceré á usted.
(Vase por el foro.) 5
ESCENA III
don atilano
Yo espero que me reciba bien. Le hablaré de nuestra
infancia... Estos recuerdos son siempre gratos y llegan
muy adentro. (Sentido.) Y si veo que se conmueve...
le pido diez duros. ¿Qué menos? Un hombre que
gana tanto no creo que se niegue á favorecer á un amigo 10
tan antiguo... y tan desgraciado. Por lo menos lograré
lo de mi pobrecita hija; á eso no ha de negarse.
ESCENA IV
dicho, raigón y francisco, en el gabinete
Raigón.—¡Eres un torpe, un animal! Ya te dije
que no estaba para nadie.
Francisco.—Como insistió de esa manera... 15
Raigón.—Dile que entre... (Venir á entretenerme ahora...)
Francisco.—Pase usted. (Sosteniendo la mampara.)
Atilano.—Gracias, Francisquito. (Aparte al entrar
en el gabinete. Francisco sale á la sala y se queda escuchando 20
junto á la puerta.—Mirando á Raigón y puesto
casi en cuclillas, como cuando se hace fiestas á un niño.)
¡Je, je, je!
Francisco.—(¡Para bromitas está el hombre!)
Raigón (Muy serio).—Servidor de usted.
Atilano (Abriendo los brazos y yendo hacia
él).—¡Raigoncillo!
Francisco.—(¡Así lo entretenga dos horas!) (Vase 5
por el foro.)
Raigón (Dejándose abrazar y muy
serio).—Caballero...
Atilano.—Pero, ¿qué es esto? ¿No me conoces?
Raigón.—Sí, me parece recordar. 10
Atilano.—Fuentesaúco, Atilano, tu amigo de la
infancia, tu compañero del colegio de don Cosme.
(Abrazándole.)
Raigón.—¡Ah! Sí, sí. (Con frialdad.)
Atilano.—Ya lo creo, hombre, estas cosas no se 15
olvidan nunca. Muy transformado estás; pero te hubiera
reconocido al momento.
Raigón.—Bien, pues usted dirá...
Atilano.—¿Qué es eso de usted? Trátame con
toda confianza como yo á tí. ¡No faltaba más! Dos 20
amigos íntimos, que no se separaban nunca, que han
estudiado juntos todo el bachillerato... Siéntate, hombre,
siéntate. (Sentándose.)
Raigón.—Es que tengo mucha prisa.
(Sentándose.) 25
Atilano.—Ya me lo ha dicho el criado; pero tranquilízate,
porque seré muy breve. No he venido más
que para tener el gusto de darte un abrazo. Más despacio
otro día, hablaremos de aquellos tiempos felices...
¡Qué dichosos éramos entonces! Con la alegría de la 30
niñez, soñando un porvenir de color de rosa... ¡Ay!
Tú lo has realizado; pero yo... (Suspirando.) En fin,
no quiero entristecerte refiriéndote mis desgracias. Hoy,
por una casualidad, hablando con otro compañero nuestro,
aquél que llamábamos Pandereta, ¿te acuerdas?
¡Pandereta! 5
Raigón.—No.
Atilano.—(Éste no quiere acordarse de nada.) Pues
bien; hablando con ése en esta misma calle, ahí, frente
á esta casa, me dijo señalando á la muestra que tienes en
los balcones: «¡Ése sí que ha hecho suerte! Ahí le 10
tienes, el más famoso, el mejor dentista de España,
Manolito Pérez.»—«¡Manolito!» exclamé yo muy sorprendido.—«¿Pero
ese renombrado Raigón es Manolito
Pérez?»—«El mismo.»
Raigón.—Sí; como es menos común, uso el apellido 15
de mi madre.
Atilano.—Y muy bien usado. ¡Raigón! El apellido
más propio para un dentista. Siempre tuviste
disposición para estas cosas: en la clase de matemáticas
eras una especialidad para la extracción de raíces. ¡Je, 20
je! (No le ha hecho gracia el chistecito.)
Raigón.—Yo siento mucho no poder detenerme más;
pero me aguardan y...
Atilano.—Acabo al instante. ¿Sigues soltero?
Raigón.—Siempre. 25
Atilano.—Yo no. Soy viudo y tengo una hija,
un ángel, que es mi único consuelo en este mundo.
Cose para las tiendas y con eso vamos viviendo mientras no
me emplean. Trabaja la infeliz, dale que le das á la
máquina, una silenciosa que voy pagando á plazos. 30
¡Ay! (Suspira.) Pero hace dos semanas, mi pobrecita
hija, apenas puede coser, porque de noche y de día
está en un grito.
Raigón.—¿Pues?
Atilano.—Le ha salido la muela del juicio un poco
torcida y la hace sufrir de un modo horrible. No hay 5
más remedio que extraerla; pero, ¿cómo? Yo me encuentro
sin recursos, en una situación deplorable, puedes
creerlo, deplorable; ni aun dispongo para llevarla á un
mal dentista.
Raigón (Levantándose).—¡Acabáramos! Pues si no 10
es más que eso...
Atilano.—Nada más.
Raigón.—Los jueves, de tres á cinco, tengo consulta
gratis para los pobres.
Atilano.—¿Eh? (Levantándose.) 15
Raigón.—Ven con tu hija y se la operará como sea
preciso. ¡Vaya, adiós! ¡Francisco! (Llamando.)
Atilano.—Adiós, hombre, adiós. (Con amargura.
Pasa á la sala.)
Raigón.—¡Adiós! (Y para esto me ha entretenido 20
media hora.) (Poniéndose el sombrero.)
ESCENA V
dichos y francisco
Raigón.—Me marcho por la escalera interior para
no encontrarme con otro posma como ése, y por haberle
dejado entrar estás despedido. Puedes buscar casa
desde hoy; ya lo sabes. (Vase.) 25
Francisco.—Está bien, señorito.
ESCENA VI
don atilano y francisco, que pasa á la sala
Atilano.—¡Inhumano, grosero! ¡Sacamuelas!
Si siempre fué un adoquín, desde chico. ¡Y pensaba yo
pedirle diez duros!... ¡Cualquiera le pide nada á ese
hombre!
Francisco.—¡Don Atilano! ¿Todavía está usted 5
aquí?
Atilano.—¡Todavía!
Francisco.—¿Qué le pasa á usted?
Atilano.—¿Qué ha de pasarme? Que tu amo es el
tío más soez de la tierra. 10
Francisco.—Eso ya lo sabía yo.
Atilano.—Me ha recibido de la manera más descortés,
y al decirle que me encontraba sin medios y que
mi hija necesitaba sacarse una muela, ¿sabes lo que ha
dicho? 15
Francisco.—¡Qué sé yo!
Atilano.—Que los jueves tiene consulta para los
pobres; así, en seco. (Afligido. De pronto y con ira.)
¡Me han dado intenciones de saltarle dos muelas de una
bofetada! 20
Francisco.—Pues á mí me ha despedido por haberle
dejado pasar á usted.
Atilano.—¿De veras?
Francisco.—Ahora mismo me ha dicho que busque
casa. 25
Atilano.—Hombre, cuánto siento haberte perjudicado...
Francisco.—No señor, no; si me despide cada dos ó
tres días; tiene un genio insufrible; pero ya no le sufro
más, ahora va de veras y me largo. ¡Que lo aguante su
abuela! Siempre está furioso.
Atilano.—¡Parece mentira, ganando tanto 5
dinero!...
Francisco.—¿Dinero? Eso no lo sabe usted bien.
Esta casa es una romería. Días hay en que saca más
de quinientas pesetas.
Atilano.—¡Qué barbaridad! 10
Francisco.—Si por cualquiera cosa lleva un dineral.
Y cada vez más gente.
Atilano.—Sí, ¿eh?
Francisco.—Desde las once de la mañana hasta las
seis de la tarde esta sala está llena de señoras y de caballeros... 15
Y cada uno dos duros, ó cuatro ó diez;
conque eche usted la cuenta.
Atilano.—¡Qué suerte! ¡Un hombre tan bruto!
Francisco.—¿Y tacaño? Es de lo que no hay.
Con decirle á usted que para todo ese trabajo no quiere 20
un ayudante. ¡Nada! Todo para él. Es así. (Cerrando
el puño.) Y figúrese usted si le convendría tener
quien le ayudase; un día como hoy, por ejemplo, que
necesita ausentarse para hacer una operación en El
Escorial, pues pierde aquí todo ese dinero... y los 25
enfermos se van disgustados...
Atilano.—Naturalmente.
Francisco.—Hoy se marcharán Dios sabe cuántos...
(De pronto, como asaltado por una idea feliz.)
¡Caracoles! 30
Atilano.—¿Qué?
Francisco.—¡Caracoles!
Atilano.—Ya lo he oído; caracoles.
Francisco.—¿Quiere usted vengarse de ese tío
grosero?
Atilano.—No deseo otra cosa. Desde que me dijo 5
aquello de los jueves, tengo las tripas como una
devanadera.
Francisco.—Pues hay un medio de que usted y yo
nos venguemos de sus groserías, ganándonos quince ó
veinte duros. (Muy alegre.) 10
Atilano.—¿Qué dices?
Francisco.—Él no volverá hasta la noche, y
tenemos todo el día por nuestro.
Atilano.—¿Para qué?
Francisco.—Para recibir á los pacientes que vengan. 15
Usted espera ahí dentro, muy serio y muy grave,
como sustituto del señor Raigón...
Atilano.—Pero, hombre, si yo no sé sacar muelas...
Francisco.—Ni hace falta. Á la mayoría de los
que vienen les pone un algodoncito empapado en un 20
elixir y cocaína. Yo estoy enterado de todo esto. Una
mechita, enjuáguese usted.—¡Dos duros!—¿Á ver
cómo va eso? Perfectamente. Siga usted con lo mismo.
¡Dos duros!—Abra usted la boca. Hay inflamación;
no debe operarse: ¡dos duros!—¡Y así, un jubileo 25
y venga guita!
Atilano.—¡Francisco, por Dios!... (Dudando, pero
deseoso de aceptar.)
Francisco.—No sea usted tonto. Usted no ha de
volver por aquí... 30
Atilano.—¿Yo? En mi vida.
Francisco.—Y yo me voy mañana, conque...
Atilano.—Paquito, que me comprometes... (Como
antes.)
Francisco.—Vamos al comedor; tomará usted
una copita de Pedro Jiménez para animarse. 5
Atilano.—¡Frasquito!
Francisco.—Que nos sacamos lo menos veinte duros
y nos los repartimos como buenos hermanos...
Atilano.—¡Diez duros! ¡La felicidad!
Francisco.—Yo le indicaré á usted lo que debe 10
hacer. Andando, que ya sube alguien...
Atilano.—¡Frasquito! ¡Frasquito!... (Dudando
y resolviéndose de pronto.) Andando. (Vanse.)
ESCENA VII
inocencia y lelis
Lelis.—Vamos, entra, no seas tonta.
Inocencia.—¿No hay nadie? 15
Lelis.—Nadie.
Inocencia.—Eso me tranquiliza.
Lelis.—Pero, por Dios, ¿á qué viene ese miedo?
Inocencia.—Temo encontrarme con algún conocido.
Lelis.—No hemos de tener esa desgracia. 20
Inocencia.—Si mi papá llegase á saber esto, yo creo
que del disgusto se moría y después me mataba.
Lelis.—No, mujer, sería antes.
Inocencia.—Eso es; no sé lo que digo, estoy trastornada. 25
Lelis.—¡Claro! Sin dormir hace tres noches.
Inocencia.—Cuatro.
Lelis.—¿Y querías que te dejara así, pudiendo
librarte de ese tormento? No, vida mía.
Inocencia.—¿Y cómo te has proporcionado esos
tres duros? Dime la verdad, porque tú... tú no sueles
tener mucho dinero. 5
Lelis.—Ni poco. Te lo contaré con toda franqueza.
Voy á abrirte mi corazón. (Deja el sombrero sobre el
velador.)
Inocencia.—Bueno, ábrelo.
Lelis.—Verás. Como ya te he dicho, todas las 10
noches te oigo quejarte á través del tabique. ¡Maldito
tabique! ¿Por qué la suerte ingrata nos ha colocado
pared por medio? Es decir, ¿por qué ha colocado esa
pared entre nosotros?
Inocencia.—Lelis; no digas eso. ¡Ay! ¡Ya me 15
vuelve! (Llorando y llevándose la mano al carrillo.)
Lelis.—Así, así te oía anoche, y dije: de mañana no
pasa. Si su pobre padre no puede sacrificar un par de
duros, yo los buscaré. Hoy me levanté muy temprano,
cogí una americana y unos pantalones... 20
Inocencia.—Y te los pusiste. Abrevia, hombre,
abrevia.
Lelis.—No me los puse, es decir, me puse otros y
aquéllos los llevé á una casa de préstamos. Por las dos
prendas me han dado tres duros. 25
Inocencia.—¿Y si tu mamá descubre lo que has
hecho?
Lelis.—Si lo descubre, lo descubro todo. Estoy
resuelto. Yo soy así, no me atrevo á nada; pero cuando
me atrevo soy atroz. 30
Inocencia.—Ya lo sé.
Lelis.—Pues para todo igual. Si mi mamá ó tu
papá se enteran de nuestras relaciones, yo soy muy
hombre para decirles: sí, la quiero con toda mi alma.
La vecinita de la derecha me ha robado lo que tengo á
la izquierda. (Señalando el sitio del corazón.) Suyo es 5
y suyo será...
Inocencia.—¡Ay, Lelis!
Lelis.—¿Qué?
Inocencia.—Que me duele mucho. (Llorando.)
Lelis.—Ten paciencia, monina, ya poco podemos 10
tardar. Somos los
primeros.
Inocencia.—¿Me hará mucho daño?
Lelis.—No, no tengas miedo, un tirón nada más.
Dicen que no hay mejor dentista en Madrid. Por eso
te he traído aquí, aunque cueste más caro... 15
Inocencia.—Gracias, gracias, no sé cómo
corresponder...
Lelis.—Ya te lo he dicho; dándome la muelita...
Quiero conservarla. ¡Tu muela del juicio! Sólo de
pensar en poseerla, pierdo yo el juicio. (Va á abrazarla.) 20
Inocencia.—Vamos, sé juicioso.
Lelis.—Me voy á hacer con ella un alfiler para la
corbata. (Se sienta Inocencia.)
ESCENA VIII
dichos, don atilano, con el batín de raigón, y francisco, en el gabinete.
Inocencia.—¡Ay! (Sigue quejándose en voz baja.
Lelis, de espaldas á la puerta del gabinete, enjuga á Inocencia 25
las lágrimas con su pañuelo y lo besa.)
Atilano.—Con esa copita de Pedro Jiménez me he
animado mucho. Creo que tendré valor para todo.
Francisco.—¡Pues claro! Buena bobada sería perder
esta ocasión... Creo que hay alguien esperando.
Atilano (Asustado).—¿Ya? 5
Francisco.—Veré. (Entreabriendo la puerta.)
Inocencia.—¡Ay!
Lelis.—¿Te duele mucho?
Inocencia.—¡Muchísimo!
Atilano.—¿Hay alguien? 10
Francisco.—Dos jóvenes: parecen matrimonio.
Atilano.—¡Pobrecitos! Voy á amargarles la luna
de miel.
Francisco.—Venga usted acá. Le explicaré cuál es
el elixir que se pone con el algodoncito. 15
Atilano.—Sí, sí, explícamelo todo. (Francisco,
hablando muy bajito con don Atilano, de espaldas al
público, figura irle instruyendo, mostrándole los instrumentos,
etc.)
Lelis.—Ya se mueven. Se conoce que va á salir el 20
que está.
Inocencia.—¡Ay! (Levantándose muy alegre.)
Lelis.—¿Qué?
Inocencia.—Que ya no me duele.
Lelis.—- ¿Cómo? 25
Inocencia.—¡Ay, qué gusto! La primera vez desde hace cuatro días.
Lelis.—¿De veras?
Inocencia.—Nada, no siento nada.
Lelis.—La impresión, el creer que ya ibas á 30
entrar. Eso dicen que es muy frecuente; pero estos
alivios son engañadores. Después el dolor repite más
fuerte.
Inocencia.—Sí; pero mientras no repita...
no tengo valor para sacármela.
Lelis.—¿Y qué hacemos? 5
Inocencia.—Irnos.
Lelis.—¿Y si te vuelve?
Inocencia.—Vuelvo.
Lelis.—Como quieras; pero no iremos á casa, ¿eh?
Inocencia.—¿Pues á dónde? 10
Lelis.—Ya que estás mejor, entraremos en un café
retirado y tomaremos alguna cosita. ¡No me digas que
no!
Inocencia.—Bueno. Así como así, hace cuatro días
que apenas como. 15
Lelis.—Pues ahora comerás y estaremos allí juntitos
y solos, como si ya hubiéramos realizado nuestras esperanzas.
¿Cuándo será, Dios mío? (Poniéndose el
sombrero.) ¿Cuándo meteré yo la cabeza en alguna
parte? 20
Inocencia.—Es que ya no me duele nada. ¡Vamos!
Lelis.—Vamos. (Quién sabe si podré ahorrarme
los dos duros.) (Vanse.)
ESCENA IX
don atilano y francisco
Francisco.—¿Está comprendido?
Atilano.—Perfectamente. 25
Francisco.—Les diré que pasen.
Atilano.—Bueno; ello ha de ser...
Francisco (Después de abrir la mampara).—¡Calle!
¡Se han marchado!
Atilano (Saliendo también á la sala).—Me alegro.
Francisco.—¿Cómo?
Atilano.—Digo, lo siento; pero ¿qué vamos á hacer? 5
Ya vendrán otros.
Francisco.—¿Pues no han de venir? Hoy nos
ganamos lo menos veinte duros.
Atilano.—No me lo digas, Frasquito, no me lo digas. 10
Francisco.—Venga usted allá adentro y seguiré
enseñándole algunos detalles que le conviene saber.
Atilano.—Sí, sí, y tomaré otra copita. Ese vino es
riquísimo. Entre Pedro Jiménez y yo (Como si descorchase
una botella.) verás lo que hacemos. (Vanse por el 15
foro.)
ESCENA X
rocío, luego un caballero
Rocío (Siempre con marcadísimo acento andaluz).—Buenos
días. ¡No hay nadie! Mejor, así entraré más
pronto. ¡Ay, Jesús! ¡Qué cansada estoy! Y qué aburrida
voy á estar aquí sola si tarda mucho el que está 20
dentro. ¡Parece mentira que haya personas aficionadas
á la soleá!... Á mí no me gusta más soleá que la de mi
tierra, la que se canta. ¡Ay! (Empezando á cantar y
batiendo palmas.)
Caballero (Entra tapándose la boca con el pañuelo y 25
mugiendo como un toro.)—¡Muú!
Rocío.—¡Qué barbaridad, cómo viene este hombre!
Caballero (Sentándose, después de saludar con la
cabeza).—¡Gracias á que no hay más que ésta esperando!
Entraré pronto. Yo no puedo más. ¡Uf! (Se levanta
y pasea de uno á otro lado de la escena.)
Rocío.—¡Pobrecito! Se conoce que está sufriendo mucho. 5
Caballero.—Esto ya no se puede aguantar. ¡Berr!
Rocío.—Caballero, ¿le duele á usted mucho, eh?
Caballero.—¡Mucho!
Rocío.—¡Ay! Yo no puedo ver sufrir á nadie...
Caballero.—Pues, señora, lo siento tanto: pero no 10
lo puedo
remediar. (Con malos modos.)
Rocío.—No, hijo mío, no, si no lo digo por eso.
Desahóguese usted todo lo que quiera. Al cabo y al
fin, el quejarse siempre es un consuelo. Los suspiros
que se quedan dentro son los que hacen daño. 15
Caballero.—(Buenas ganas de conversación tengo yo ahora.)
Rocío.—¿Y es fluxión ó caries lo que tiene usted?
Caballero.—No lo sé, señora.
Rocío.—Será de los nervios, porque tiene usted tipo 20
de ser muy nervioso.
Caballero.—Muchísimo.
Rocío.—¡Pues ya es desgracia, ya! Á mí me sucede
lo mismo. Y yo he padecido mucho de la boca, mucho,
pero nervioso nada más; hasta que hace dos años me 25
dieron el gran remedio, y no he vuelto á tener novedad.
¿Sabe usted cómo me he curado?
Caballero.—¡Qué sé yo!
Rocío.—No lo va usted á creer cuando se lo diga.
Pues oiga usted. Me he curado cortándome las uñas 30
todos los lunes. No se ría usted.
Caballero.—¡Qué me he de reir, señora, qué me he
de reir! (Muy incomodado.)
Rocío.—Parece brujería; pues no lo es. Me lo aconsejó
una cigarrera de Sevilla, y desde entonces todos los
lunes... riqui riqui-riqui. (Como si se cortara las 5
uñas.) Se acabaron los dolores de muelas. No me
retientan ni por casualidad.
Caballero.—¿Entonces, á qué viene usted aquí?
(Muy violento.)
Rocío.—¡Ay, Jesús! Hijo, me ha asustado usted. 10
Caballero.—Dispense usted, estoy rabioso.
Rocío.—Pues vengo á comprar un frasco de elixir, lo
único que uso; pero vea usted... (Enseñándole los dientes.)
Caballero.—Ya veo, ya. Dichosa usted. Tiene
una dentadura preciosa. 15
Rocío.—Gracias.
Caballero.—Preciosa; parecen perlas...
Rocío.—Perlas precisamente, no: porque si fueran
perlas no estarían ahí; pero, en fin, piñoncitos...
Caballero.—(¡Lástima que tenga yo dolor de 20
muelas!)
Rocío.—¿Está usted mejor?
Caballero.—Parece que se me va calmando algo.
Rocío.—¡Cuánto me alegro! Usted dirá que le estoy
mareando con la conversación... 25
Caballero.—Señora, yo no digo nada.
Rocío.—Pero, hijo mío, yo soy así, no puedo remediarlo.
Á mí, pídame usted lo que quiera, ¿comprende
usted? pero no me pida que no hable. Yo no comprendo
esas personas calladas, mohinas, como buhos... ¡Ay! 30
Á mí déme usted gente que hable mucho, que diga todo
lo que sienta, que no se guarde nada... ¡La conversación!
¿Hay algo más agradable en este mundo? Comunicar
una sus pensamientos, hasta los más hondos...
En eso nos diferenciamos de los animales... ¿Hay
algún animal que hable? 5
Caballero (Con la mayor naturalidad).—Sí, señora;
hay uno.
Rocío.—¿Cuál?
Caballero.—La cotorra.
Rocío.—Es verdad. ¡Ay qué gracioso! Está usted 10
mejor, ¿eh?
Caballero.—Sí, sí; me duele menos. La conversación
con usted, por lo visto, me ha distraído y me he
aliviado algo. Se conoce que el gusto de oirla... ¡Ay!
(De pronto dando un berrido.) 15
Rocío.—¿Qué? ¿Vuelve?
Caballero.—Son tirones. De pronto me dan y de
pronto se me pasan.
Rocío.—¿Y la que le duele á usted es de arriba ó de
abajo? 20
Caballero.—De arriba.
Rocío.—Á ver, á ver, puede que esté dañada.
Caballero.—¡Ésa! (Abriendo la boca y señalando
con el dedo.)
Rocío.—¡Ay, hijo mío; pero si tiene usted ahí la cueva 25
de Montesinos! Debe usted inmediatamente orificársela.
Caballero.—¡Quiá! ¡Fuera con ella!
Rocío.—¿Sacarla? Eso es lo último.
Caballero.—¿Opina usted?
Rocío.—Sí, señor. (Se acerca al velador y empieza 30
á hojear un libro.)
Caballero.—(Vaya si es graciosa la mujer.) (Pausa
corta.) ¿Es usted soltera?
Rocío.—Viuda, para servir á usted.
Caballero.—¡Qué más quisiera yo!
Rocío.—¡Guasón! Para valiente cosa le serviría yo 5
á usted.
Caballero.—Y por lo visto hace ya mucho que
perdió usted á su esposo...
Rocío.—No lo perdí yo; se perdió él.
Caballero.—Quiero decir que, á juzgar por el traje, 10
ya ha pasado tiempo...
Rocío.—El luto lo llevo en el corazón.
Caballero.—Tiene usted el corazón negro, ¿eh?
(Animándose cada vez más.)
Rocío.—Tengo aquí un plato de calamares. ¡Ay! 15
Si usted conociera mi historia...
Caballero.—¿Cómo se llama usted?
Rocío.—¡Rocío!
Caballero.—¿Rocío? ¡Qué casualidad! Yo me
apellido Flores. 20
Rocío.—¿Y que?
Caballero.—Que las flores necesitan rocío.
Rocío.—¿Sí? Pues duerma usted al sereno. (Siguen
hablando en voz baja, después de sentarse muy juntos
en el foro.) 25
ESCENA XI
dichos, francisco y don atilano, en el gabinete
Francisco.—Aquí tiene usted preparado el enjuague.
Éste sirve para todo.
Atilano.—Está bien.
Rocío (Riéndose).—¡Ay, pero qué malos son ustedes
los hombres!
Francisco (Saliendo á la sala).—¿Quién de ustedes
es el primero?
Rocío.—Servidora... 5
Francisco.—Puede usted pasar cuando guste.
(Abriendo y sosteniendo la mampara.)
Rocío.—Voy. Es decir, si no quiere usted pasar
antes...
Caballero.—Gracias, no me corre prisa, estoy mejor. 10
Rocío.—Me alegro mucho. Con permiso. (Entra
en el gabinete. Francisco por la puerta del foro de la sala.)
ESCENA XII
roció y don atilano, en el gabinete. el caballero, en la sala.
Rocío.—Servidora de usted.
Atilano.—Muy señora mía. (Estoy temblando.)
Rocío.—¡Ay! ¿No está el señor Raigón? 15
Atilano.—Está enfermo; pero es lo mismo, yo estoy
en su lugar. Usted dirá lo que quiere que le haga.
Rocío.—¿Á mí? Nada, hijo mío. Por fortuna no
necesito nada.
Atilano.—¡Cuánto lo celebro! 20
Rocío.—Vengo á comprar un frasquito de elixir
¿sabe usted? De los más chiquirrititos. De aquéllos,
de los de dos pesetas. (Señalando á los que debe haber
sobre el lavabo.) Soy parroquiana.
Caballero (Levantándose).—¡Caramba! ¡Qué bien 25
estoy ahora!
Atilano.—Tome usted. (Dándole el frasquito.)
Rocío.—Hombre, bien podía usted envolverlo en un papelillo.
Atilano.—Tiene usted razón. (Estoy aturdido.)
¿Dónde habrá papeles? (Buscando en los cajones.) 5
Caballero.—Me dan intenciones de marcharme.
No me duele absolutamente nada y ponerme ahora á
que me den un par de tirones... Podía esperar en el
portal á la andaluza. ¡Qué mona es! Ella me lo agradecería,
de seguro, y... ¡quién sabe! Vaya, que me 10
largo. (Vase.)
ESCENA XIII
dichos, menos el caballero
Atilano (Dándole un frasco envuelto ya en un papel).—Tome
usted, señora.
Rocío.—Ahí van las dos pesetas.
Atilano.—Mil gracias. 15
Rocío.—Quede usted enhorabuena. (Dándole la
mano y sacudiéndola dos veces acompasadamente.) y que
se alivie el señor de Raigón (Como antes.) y déle usted
expresiones... (Como antes.)
Atilano.—De parte de usted. 20
Rocío (Saliendo del gabinete).—¡Ay! ¡Se ha marchado
aquel caballero! Vaya, como si lo viera: está
esperándome en la calle... Estos viejos camanduleros...
(Viendo á don Atilano al volverse.) Servidora de
usted. (Le da la mano haciendo los sacudimientos como 25
antes y vase.)
ESCENA XIV
don atilano, solo
Pues señor, todavía no he hecho nada y estoy temblando
como un azogado. Necesito tomar otra copita.
¡Currito! (Vase por el foro de la sala.)
ESCENA XV
isidra y el garlopa. Ella trae el carrillo derecho muy inflamado y cubierto con un pañuelo negro.
Garlopa.—Ande usted adelante. (Empujándola para
que entre.) 5
Isidra.—¡Ay, hijo, qué bárbaro eres!
Garlopa.—Es favor. (Deteniéndola al ver que va á
entrar en el gabinete.) ¿Pero á dónde va usted?
Isidra.—Pues adentro.
Garlopa.—Señora, siéntese usted ahí y espere á que 10
nos llamen, que hay que aguardar turno.
ESCENA XVI
dichos, don atilano, en el gabinete
Atilano.—Estoy resuelto á todo. Esta última copita
me ha animado mucho. ¿Habrá alguien? (Abre
la puerta.) Adelante, pasen ustedes. (Entran en el
gabinete.) 15
Garlopa.—Buenos días. ¿Está usted bien? ¿Y la
familia? (Dándole la mano con tal fuerza que le lastima.)
Atilano.—¡Ay! Bien, gracias.
Garlopa.—Me alegro mucho. Pues aquí tiene usted
á esta señora que viene á que la vea usted eso.
Atilano.—¿Y qué es eso?
Isidra.—Pues le diré á usted: yo creo que esto me
ha salido á consecuencia de un sofoco. 5
Garlopa.—El señor no tiene para qué enterarse de
esas cosas. Usted le enseña lo que trae y se acabó.
Isidra.—¡Pues vea usted! (Se quita el pañuelo y
muestra el carrillo inflamadísimo.)
Atilano (Retrocediendo).—¡Dios mío! 10
Garlopa.—¿Es bueno, eh?
Atilano.—¡Atroz!
Garlopa.—Pero yo creo que con un pinchazo en su
sitio...
Atilano.—(Ó media estocada.) 15
Garlopa.—Ande usted á sentarse y á acabar pronto.
El miedo no sirve para nada. (Empujándola hacia el
sillón.)
Isidra.—Diga usted, caballero, ¿me hará usted
mucho daño? 20
Atilano.—Muchísimo.
Garlopa.—No le diga usted eso, hombre.
Atilano.—Yo ante todo la verdad.
Garlopa.—¡Pues qué remedio! (La obliga
á sentarse.) 25
Atilano.—¡Si esto es un melón!
Garlopa.—Yo creo que ya está maduro.
Atilano.—¡Qué sé yo, qué sé yo! La verdad...
no me atrevo á calarlo.
Isidra (Asustada).—¿Eh? 30
Atilano.—Á sajarlo.
Isidra.—¡Ah!
Atilano.—Es preciso esperar, no hay otro remedio.
Se enjuaga usted con malvavisco y adormideras.
Isidra.—Ya lo he hecho.
Atilano.—No importa, se enjuaga usted más. (Eso 5
no puede perjudicarla.) Y mañana... ó pasado, vuelve
usted por aquí.
Garlopa.—Pero, hombre...
Atilano.—No está en disposición de operarse.
Isidra (Levantándose del sillón y poniéndose el pañuelo).—Ya10
decía yo que esto estaba muy duro.
Garlopa.—Vaya, pues dejarlo. ¿Qué le debo á
usted?
Atilano.—La consulta, dos duros.
Garlopa.—¿Cómo? 15
Atilano.—Dos duros...
Garlopa.—¿Dos duros? Hombre, usted está demente,
de por fuerza. (Sonriendo.)
Atilano.—Es lo que llevamos.
Garlopa.—Vamos, hombre, que usted no me conoce 20
á mí. (Muy amable.)
Atilano.—No tengo ese gusto.
Garlopa.—Pues va usted á conocerme. (Á gritos.)
Isidra.—(Págale y calla.)
Garlopa.—No me da la gana. Pues hombre, dos 25
duros por no hacer nada.
Atilano.—Bueno, pues déme usted lo que guste y
vaya con Dios.
Garlopa.—¡Dos duros!
Atilano.—¡Francisco! (Yendo á la puerta del 30
foro.)
Garlopa.—Llame usted á quien quiera; pero yo no
pago los dos duros.
Atilano.—Está bien, no dé usted más voces...
¡Francisco!
ESCENA XVII
dichos, francisco
Garlopa.—¡Pues no faltaba más! 5
Francisco.—¿Qué pasa, qué es esto?
Atilano.—Acompaña á este caballero y á esta
señora.
Garlopa.—Ni que robara uno el dinero. ¡Dos
duros! ¡Dos duros! 10
Francisco.—Haga usted el favor... (Empujándole
suavemente y haciéndole salir del gabinete.)
Garlopa.—No me toque usted, que ya me marcho.
(Salen á la sala.)
Isidra.—(¡Ten prudencia, por Dios!) 15
Garlopa.—Cállese usted si no quiere que le iguale
los dos carrillos.
Isidra.—(¡Ay, qué bruto!)
Garlopa.—¡Dos duros! ¡Dos duros! ¡Ni en Sierra
Morena! ¡Dos duros! (Vanse.) 20
ESCENA XVIII
don atilano y francisco, ya en la sala
Atilano.—¡Gracias á Dios! ¿Lo ves? Como me
dijiste que por la cosa más sencilla se llevaba dos duros...
ahí tienes las consecuencias. ¡Un escándalo!
Francisco.—Eso ya pasó, no se preocupe usted.
Venga mi duro.
Atilano.—¿Qué duro?
Francisco.—El que me corresponde de los dos.
Atilano.—Si no me ha dado nada. 5
Francisco.—¡Hombre! ¿Y arma esa bronca? Voy
á decirle... (Deteniéndose á la puerta.) ¡Ah! Viene
alguien. Ande usted adentro. (Don Atilano entra rápidamente
en el gabinete.)
Atilano.—Con esta cuestión me he puesto más 10
nervioso.
ESCENA XIX
dichos y el señor peláez, con sombrero de copa y muy elegante.
Francisco.—Puede usted entrar, caballero, no hay
nadie.
Peláez.—Me alegro mucho. (Entra en el gabinete.)
Francisco.—Pase usted. (Éste no es de los que se 15
marchan sin pagar.) (Vase por el foro.)
Peláez.—Muy buenos días.
Atilano (Aterrado al verle).—¡Virgen Santísima! ¡El
Subsecretario!
Peláez.—¡Cómo! ¿Es usted Raigón? 20
Atilano.—No, señor, no: yo soy... el sus... el sus... el
sustituto. (¡Ay, qué susto!)
Peláez.—¿El señor Raigón está enfermo?
Atilano.—Sí, señor.
Peláez.—Pues, hombre, celebro tanto que sea usted 25
quien esté en su lugar, porque para esto parece que
inspira más confianza una persona conocida... (Quitándose
el sobretodo.)
Atilano.—Sí, señor, sí.
Peláez.—Yo ignoraba que usted fuese dentista...
Atilano.—Sí, señor, sí. 5
Peláez.—Pues aquí me tiene usted desesperado.
Atilano.—¿Sí, eh?
Peláez.—Hace ocho días que no descanso por una
maldita muela. Padezco mucho de la boca. No voy
á tener más remedio que ponerme dentadura postiza. 10
Vea usted, ¡estoy perdido! (Abriendo la boca.)
Atilano.—(¡Es verdad, perdido!) (Antes de
mirarle.)
Peláez.—Mire usted allá adentro.
Atilano (Acercándose á mirarle).—(¿Por qué no me 15
traga?)
Peláez.—Apenas me quedan huesos, porque yo para
esto he sido muy resuelto siempre. Me duele una,
¡fuera con ella!
Atilano.—¡Qué valor! 20
Peláez.—Ahora es ésta (Enseñándola.) la que me
atormenta.
Atilano.—(¡Qué gorda es!)
Peláez.—He pasado toda la noche sin dormir y ya
esta mañana dije: no sufro más, resueltamente me la 25
saco. Y aquí estoy decidido á todo... En este momento
no me duele nada, absolutamente nada...
Atilano.—¡Cuánto me alegro! Pues yo aconsejo á
usía...
Peláez.—Déjese de tratamientos... 30
Atilano.—Yo le aconsejo que se vuelva á su casa y
se acueste, ya que no ha dormido esta noche. Y allí,
muy tranquilito, se está hasta mañana, y si le retienta á
usía, se aguanta, y mañana vuelve por aquí.
Peláez.—No puede ser. Necesito asistir al Congreso
esta tarde. Está anunciada una interpelación, 5
tendré que hablar y no puedo exponerme á estar allí
rabiando... De ninguna manera. En estos casos no
hay que vacilar. ¡Ande usted pronto! (Se sienta en el
sillón.)
Atilano.—(¡Pero qué afán de que se la saque!) 10
Peláez.—Yo soy así para todas mis cosas.
Atilano.—Sin embargo, me permito volver á aconsejarle
que deje para otro día la extracción...
Peláez.—Pero, ¿por qué? Si no hay inflamación ni
nada. 15
Atilano.—Pues bien, yo... lo confieso. No me
atrevo... Si estuviera el señor Raigón sí; pero yo
solo... la verdad... El temor de hacer daño á usía,
una persona que me inspira tanto respeto...
Peláez.—Ésa es demasiada modestia. No me 20
obligue usted á ir á otro dentista cuando ya estoy aquí.
Si el señor Raigón le deja sustituyéndole será porque le
juzga á usted digno de ello...
Atilano.—Crea usía que yo...
Peláez.—Éste es un caso raro: el paciente animando 25
al doctor. (Riendo.) Vamos, hombre, le repito á usted
que á mí esto no me asusta. (Levantándose del sillón.)
Atilano.—(Á mí sí.)
Peláez.—Y para darle ánimo y vencer esa timidez,
hija del respeto, que yo agradezco mucho, voy á hacerle 30
una promesa solemne. Si me saca usted la muela de
un solo tirón, mañana mismo le doy la credencial
que solicita.
Atilano.—¿Eh?
Peláez.—Palabra de caballero.
Atilano (Con resolución trágica).—Siéntese usía. 5
(Casi obligándole á sentarse.) (Ahora ó nunca.)
Peláez.—(Ya se ha decidido. ¡Pobre hombre!)
Atilano.—(¡Empleado! ¡Empleado! ¡Le saco
cuanto hay que sacar!) Ésta es la cocaína, sí. Le untaré
mucha. Prepárese usía. (¡Dios ponga tiento en 10
mis manos!) (Le unta con el algodón empapado en la
cocaína.) Agárrese usía bien por si acaso.
Peláez.—Ya estoy, ya.
Atilano (Cogiendo el «forceps»).—Abra usía la boca...
Ea, valor. 15
Peláez.—Lo tengo.
Atilano.—No, si me lo digo á mí mismo. (¡Ay, qué
sudores!) Rece usía el credo. (Con naturalidad.)
Peláez (Riéndose).—Hombre, va usted á
ajusticiarme... 20
Atilano.—No; pero una oración siempre conviene
en los trances difíciles. (¡Santa Polonia, abogada de las
muelas, ven en mi auxilio!) Ésta ¿eh? (Metiéndole el
dedo en la boca.)
Peláez.—Sí, ésa. 25
Atilano (Tira y saca la muela sin que Peláez se queje).—Consumatum
est.
Peláez.—¡Gracias á Dios! (Se enjuaga.)
Atilano (Asombrado mirándola).—¡Se la saqué, se la
saqué! 30
Peláez (Muy sonriente).—No he sentido nada. (Se
levanta y durante el diálogo va á enjuagarse varias
veces.)
Atilano.—¡De veras!
Peláez.—Ni el más leve dolor. Tiene usted unas
manos admirables. 5
Atilano.—Sí, ¿eh?
Peláez.—Nada, nada, como que retiro mi promesa
de emplearle á usted.
Atilano.—¡Eh! ¿Qué dice usía?
Peláez.—Un hombre que tiene esa habilidad no debe 10
depender de un empleo. ¡Qué afán de destinos! Usted debe
dedicarse á esto exclusivamente.
Atilano.—¡Crea usía que ha sido una casualidad!
Peláez.—Yo he ido á los mejores dentistas de España
y del extranjero y ninguno lo ha hecho como usted. 15
Si no lo he sentido...
Atilano.—¡Yo sí! Por eso no puedo ejercer esta
profesión. Sufro mucho, me pongo nervioso y yo suplico
á usía, por lo que más ame en este mundo, (Casi afligido.)
que no me niegue ese modesto destino que pretendo. 20
Tengo una hija... crea usía que nos hace felices...
(Conmovido.)
Peláez (Riéndose).—Bueno, hombre, bueno. Vaya
usted mañana por el ministerio á recoger la credencial.
Atilano.—¡Ah, señor! ¿Cómo podré pagarle?... 25
Peláez.—Á propósito de pagar... ¿Cuánto le debo?
Atilano.—¡Nada!
Peláez.—Eso no: usted está supliendo al señor Raigón,
y no es justo que lo ponga de su bolsillo. Dígame 30
usted lo que es.
Atilano.—Lo que usía quiera.
Peláez.—Tome usted. (Le da dos billetes de veinticinco
pesetas.)
Atilano.—¡Diez duros! Es demasiado...
Peláez.—Me parece baratísimo. Estoy como en la 5
gloria.
Atilano.—(¡Santa Polonia bendita, yo te pondré seis
velas!) (Ayuda á Peláez á ponerse el sobretodo y le da
el sombrero.)
ESCENA XX
dichos, inocencia y lelis
Inocencia.—¡Ay, Dios mío, Dios mío! (Llorando.) 10
Lelis.—Aguanta un poco, monina. Se conoce que
hay gente dentro.
Inocencia.—¡Ay!
Lelis.—Eso ha sido del cabello de ángel.
Inocencia.—¿Por qué lo habré comido? ¡Ay! (Se 15
sienta.)
Atilano.—Tome usía el bastón.
Peláez.—Vaya, adiós. Hasta mañana, ¿eh?
Atilano.—No faltaré. Descuide usía. (Salen del
gabinete.) 20
Inocencia.—¡Esa voz!... ¡Mi papá! (Inocencia y
Lelis se ocultan detrás de la mampara.)
Lelis.—(¡Su papá!)
Atilano.—Ya verá usía, (Acompañándole hasta la
puerta.) en la nota que debe tener, que he sido auxiliar 25
tercero de la clase de quintos...
Peláez.—Quede usted tranquilo. Y conste que,
aunque usted esté empleado, será siempre mi dentista y
el de mi familia.
Atilano.—(¡Pobre familia!)
Peláez.—Adiós.
Atilano.—Vaya usía con Dios. (Se vuelve de pronto 5
bailando y castañeando los dedos.) ¡Qué felicidad, qué
felicidad! (Repara en Inocencia y Lelis, que están aterrados
y como pegados á la pared.) ¡Inocencia! ¡Tú
aquí! ¡Y usted!
Inocencia.—Oye, papá... 10
Lelis.—Don Atilano, yo soy el culpable. Yo la he
traído. Ya comprenderá usted que aquí no podíamos
venir con malas intenciones...
Atilano.—Pero tú... pero usted...
Lelis.—Yo, que la amo, sí; yo que no podía verla 15
padecer, porque es mi vida, mi bien...
Inocencia.—Perdón, papá...
Lelis.—Perdón, don Atilano. (Arrodillándose ante él.)
ESCENA XXI
dichos, francisco por la puerta del foro
Francisco.—¿Qué es esto? 20
Inocencia y Lelis.—¡Perdón!
Atilano.—Sí, hijos míos, hoy es día de que nos perdonen
á todos... ¡Á todos! (Á Francisco con intención.)
¡Francisco, tráeme la levita!
Francisco.—Pero... 25
Atilano.—Tráeme la levita... (Vase Francisco y
vuelve al instante con la levita de don Atilano al hombro.)
Inocencia.—Papá, ¿quieres explicarme?
Atilano.—Luego, en casa lo sabréis todo...
Francisco.—Aquí está esto, y dígame usted...
(Ayuda á don Atilano á ponerse la levita.)
Atilano.—Mira: diez duros. Cinco te corresponden.
Toma... Me los ha dado el subsecretario, á 5
quien he sacado una muela.
Lelis.—¡Usted!
Inocencia.—¡Tú! Pero sabías eso...
Atilano.—¡Sin dolor!
Lelis (Á Inocencia).—Pues que te la saque... 10
Atilano.—¡No, no quiero ser parricida!
Inocencia.—Si ya no me duele.
Francisco (Á don Atilano).—Pero, ¿quiere usted
decirme?...
Atilano (Á Inocencia).—Tu muela del juicio ha sido 15
mi fortuna. Por ella vine aquí, por ella seré colocado
mañana mismo.
Francisco.—¿Sí?
Inocencia.—¡De veras!
Atilano.—Sí. Ahora me voy con la conciencia 20
tranquila. Esto me lo he ganado yo con mi trabajo,
(Enseñándole el billete.) ¡ay!, con muchísimo trabajo.
ESCENA XXII
dichos. el caballero, que entra mugiendo como antes
Caballero.—¡Berr! ¡Esto no se puede aguantar!
Francisco.—¡El de antes!
Caballero.—¿Hay alguien dentro? 25
Francisco.—Nadie, pase usted. (Entra el Caballero
en el gabinete y resueltamente se sienta en el sillón. Francisco
á don Atilano.) Ande usted con él.
Atilano.—¡De ninguna manera!
Francisco.—Pues yo no pierdo esto. (Se pone el batín.)
Atilano.—¡Allá tú! 5
Francisco.—Al momento acabo. (Entra en el gabinete.
El Caballero sigue quejándose. Francisco le mira
la boca: figura preguntarle qué muela le duele, busca el
instrumento, etc. Todo esto mientras se dice el diálogo
siguiente.) 10
ESCENA ÚLTIMA
dichos, una Señora y un Caballero. Luego dos Caballeros. Luego Otro, y después dos Señoras que van sentándose como para esperar turno.
Atilano (Mirando á los que entran).—¡Más víctimas!
Lelis.—Don Atilano, ya comprenderá usted que mis
intenciones...
Atilano.—Ya hablaremos de eso. ¿Cómo se llama
usted? 15
Lelis.—Camilo de Lelis; pero todos me llaman Lelis.
Atilano.—Hacen bien. (Asustado al ver la gente
que entra.) ¡Dios mío! ¡Los innumerables mártires de
Zaragoza! (Francisco da un tirón al Caballero, que da un
grito. Ha de verse que no le ha sacado la muela, Francisco 20
retrocede asustado con el «forceps» en alto y el Caballero
queda en actitud amenazadora hasta que baja el telón.)
¡Jesús! (Á Inocencia y Lelis.)
Vámonos ya, basta de horrores.
(Al público.) 25
Perdonad al autor y á los actores.
LAS SOLTERONAS
JUGUETE CÓMICO EN UN ACTO Y EN PROSA
ORIGINAL
por
LUIS COCAT Y HELIODORO CRIADO
| REPARTO | |
| Personajes | |
| Pura | Procopio |
| Casta | Claudio |
| Sandalia | |
| La escena en Madrid.—Época actual | |
ACTO ÚNICO
Gabinete lujosamente amueblado. Puertas laterales á la derecha y otra en el fondo. Á la izquierda chimenea y al lado de ella dos butacas. Mesa de escritorio á la derecha, y una butaca delante de ella.
ESCENA PRIMERA
pura, casta, sandalia y procopio. Al alzarse el telón aparecen Procopio sentado á la mesa escribiendo; Sandalia y Pura sentadas en las butacas de junto á la chimenea; la primera haciendo calceta, y la segunda leyendo en un devocionario. Casta, sentada en la butaca de delante de la mesa, lee un periódico.
Procopio (Escribiendo).—Cinco, y me llevo seis...
seis, y me llevo siete... siete, y me llevo ocho...
Sandalia.—Pero, Procopio, veo que siempre te
llevas más de lo que dejas.
Procopio.—¿Qué sabes tú? Ésta es la aritmética, 5
mujer. Ajajá. (Sumando.) Cincuenta mil seiscientos
setenta y cuatro. Nuestra renta ha tenido este año un
aumento de diez mil setenta y cuatro reales. Por ahora
puede contar cada una de nuestras hijas con una renta
de unos veinticinco mil realitos. 10
Sandalia.—Más vale así.
Procopio.—¿Qué haces, Pura?
Pura.—Padre mío, leo los ejercicios del día.
Procopio.—¿Los ejercicios? ¿Ha venido tropa?...
¿Y tú, Casta?
Casta.—Estoy saboreando una magnífica composición
que se titula: «El día del juicio, ó el acabose.» El 5
mundo no es más que un inmenso espacio lleno de calaveras.
Los pelos se ponen de punta...
Procopio.—¿Los pelos de las calaveras? No lo
entiendo. ¿Y tú, Sandalia, haces calceta al amor de la
lumbre? 10
Sandalia.—Ya lo estás viendo.
Procopio (Levantándose y contemplándolas con regocijo).—Bien;
perfectamente bien. Hé aquí un cuadro
de familia en que todo respira felicidad, paz y sosiego.
Pero esto no puede seguir así, y no seguirá. 15
Sandalia.—¿Qué dices, Procopio? ¿Te disgusta
ver á tu familia feliz?
Procopio.—Al contrario, mujer. Quiero decir que
aun cuando éste es un espectáculo hermoso, tierno y
conmovedor, no me satisface por completo. Me preocupa 20
mucho el porvenir de nuestras hijas, quedándose
solteras, y es necesario que piensen seriamente en el
matrimonio.
Casta.—¡Horror! (Haciendo un gesto de disgusto.)
Pura.—¡Ave María! (Santiguándose.) 25
Procopio.—Ya me van cargando vuestros repulgos
y aspavientos siempre que se habla de casaros. ¿Qué
os proponéis de seguir así? Tú, Casta, pasas tu tiempo
ocupada en la literatura, en la música y en echarle alpiste
al canario. Tú, Pura, estás con tus rezos, novenas y 30
místicas ideas de tal modo abstraída, que ya todo
el mundo te llama la monjita. Es, pues, preciso que salgáis
de esta monotonía que os imprime cierta antipática
seriedad. Para desterrarla, nada como el amor, que os
brinda con... en fin, que hay que hacer algo.
Sandalia.—Procopio, no seas majadero. 5
Procopio (Como siguiendo el hilo de su discurso).—Eso
es. El amor llena la imaginación de gratas ilusiones,
nos hace amables, alegres, comunicativos. Dormir y
comer tranquilamente; como hacéis, no es bastante para
la vida, pues no sólo de pan se alimenta el hombre: es 10
preciso además...
Sandalia.—La carne.
Procopio.—Y el vino. ¿Te quieres callar? ¿No
ves que estoy filosofando? Pues como decía: es preciso
además atender á la vida del espíritu. Tú, Casta, tienes 15
ya veintinueve años.
Casta (Protestando rápidamente).—¿Yo? ¡Imposible!
¡Qué atrocidad!
Procopio.—Lo dicho. Y tú, Pura, treinta.
Pura (Con ira).—¡Falta usted á la verdad! 20
Procopio.—¿Eh? ¡Miren la monjita!
Pura (En tono dulce).—Perdone usted. He querido
decir que se equivoca.
Sandalia.—Pero, hombre, ¿á qué viene hablar de
edades? Eso no hace al caso ni está decente. 25
Procopio.—¿También tú? ¡Lo que son las mujeres!
¡Que no hace al caso!... Pues entonces no sé para
cuándo van á dejar el casarse.
Sandalia.—¿Pero tienen la culpa las pobres de que
sus novios hayan dado media vuelta? 30
Procopio.—Puede que sí. Generalmente, cuando
un hombre deja á su novia, es porque ésta no tiene lo
que vulgarmente se llama gancho. ¿Y qué es el gancho?
me diréis. Entre otras cosas, es la afabilidad, el cariño,
la dulzura; cierta estudiada sumisión que consiste en
aparentar ceder siempre, haciendo que él sea quien 5
transija inconscientemente con vuestros menores caprichos.
Hacer pequeñas concesiones; por ejemplo: que
él os estrecha la mano apasionadamente; pues no la
retiréis con indignación: al contrario, abandonadla como
si no os dierais cuenta de ello; que os pisa suavemente el 10
pie, contestad en la misma forma y no le apartéis rápidamente
á no ser que os diera en un callo. ¿Tenéis
vosotras callos?
Casta.—¡Qué pregunta, papá! ¿Quién tiene eso?
Procopio.—Toma; pues cualquiera. Yo, tu 15
madre...
Sandalia.—Pero, Procopio...
Procopio.—Déjame. Estoy poniendo los puntos
sobre las íes.
Sandalia.—Di más bien: los pies sobre los callos. 20
Procopio.—Y últimamente. Si la mujer tuviera un
poco más de sentido práctico, no se quedarían tantas
solteronas por perseguir fantasmas y no aprovechar bien
las ocasiones. La mayor parte de las niñas de buen
palmito y bien parecidas, y esto no hay ninguna que no 25
se lo crea al mirarse al espejo, sueñan á los quince años
con casarse con un título de Castilla: á los veinte, ceden
y se conforman con un banquero; á los veinticinco transigen
por fin con un empleado, abogado, comerciante,
etcétera, etcétera, y á los treinta, todos los hombres les son 30
igualmente simpáticos y agradables; hasta el aguador.
Sandalia.—¿Sabes que estás hoy elocuentísimo?
Procopio.—Es que la verdad se abre paso y hace
listos á los más imbéciles; y no es esto decir que yo lo
sea. (Dirigiéndose á Pura y Casta.) Conque, ¿qué
opináis vosotras? Hablad. 5
Casta.—Francamente; yo encuentro al hombre
sumamente antipático. En su exterior es grosero, ordinario.
(Animándose con ira mal reprimida.) ¡Moralmente
es aleve, traidor, falso, perjuro!... (Transición.)
Hago una excepción en favor de usted porque es mi 10
padre.
Procopio.—Gracias, hija. (Á Pura.) Y tú, ¿qué
dices?
Pura (Levantándose y con misticismo).—Yo, padre
mío, no juzgo al hombre físicamente. Bajo este punto 15
de vista son para mí todos iguales; me son indiferentes.
En cuanto á lo moral, no veo en él más que un fiel trasunto
del demonio, de quien hay que huir en absoluto.
Su palabra es engañadora, diabólica su sonrisa, y su
mirada... ¡ah! su mirada es tan satánica y penetrante 20
que hace asomar á la mejilla el color de la vergüenza.
¡Oh! Yo le aborrezco tanto, que lamento que usted,
padre mío, sea hombre. (Vuelve á sentarse.)
Procopio.—¿Pues qué había de ser siendo padre?
¿Sabéis lo que os digo? Que más que horror lo que 25
sentís es despecho porque no ha habido todavía quien
cargue con vosotras.
Casta.—¡Qué disparate!
Pura.—¡Dios me libre!
Procopio.—¿De modo que pensáis permanecer solteras? 30
Sandalia.—Pero, hombre, déjalas que hagan de su
capa un sayo. Además, lo primero que se necesita para
casarse es novio, y ellas no lo tienen.
Casta.—Por fortuna.
Pura.—Tienes razón. (Á Casta.) 5
Procopio (Á Pura).—No te pareces á tu madre,
que me atrapó siendo viuda y teniéndote á tí.
Sandalia.—Yo tuve siempre mucho gancho, como
tú dices.
Procopio (Á Casta).—Ni tú á la tuya, que en paz 10
descanse; que se casó conmigo en terceras nupcias,
siendo tú el fruto de nuestro tierno amor.
Sandalia.—Ésa tuvo más gancho todavía.
Procopio.—En fin, me aflige y me desatina veros por
ese camino. Parece mentira, que el elemento joven, 15
relativamente, de la casa, goce en el aburrimiento. El
día menos pensado, para alegrar esto, voy á tener que
salir bailando el cancán con vuestra madre.
Pura (Santiguándose).—¡Jesús!
Sandalia.—¡Pero qué cosas dices!... 20
Procopio.—Déjame, Sandalia. Estoy desesperado.
¿Ves? (Haciendo contorsiones con los brazos.) ¡Tengo
los nervios como las cuerdas de un violín!... Ven, y
hazme una taza de tila para calmarlos.
Sandalia.—Vamos allá. Lo que es hoy, parece que 25
tienes el diablo en el cuerpo. (Vanse Sandalia y Procopio
por la segunda puerta lateral.)
ESCENA II
pura, casta y á poco claudio
Casta.—¡Qué empeño en que seamos víctimas
de esos malvados! ¡Pues bonitos son los hombres!
Pura.—¡Qué han de ser bonitos! ¡Horribles!
Casta.—Mis convicciones son tan arraigadas, que
no cedo. 5
Pura.—Ni yo.
Claudio (Presentándose en la puerta del foro).—Muy
buenos días...
Casta.—¿Eh? ¿Quién es?
Claudio.—¿El señor don Procopio Canchalagua? 10
(Avanzando.)
Casta.—¿Busca usted á nuestro padre?
Claudio.—Sí, señora.
Casta (Muy marcado).—Señorita.
Pura (Lo mismo).—Señoritas. Las dos somos señoritas.15
(Desde que apareció Claudio, Casta y Pura le
examinan con atención.)
Claudio.—Perdonen ustedes, no había reparado...
Pues bien, señoritas, yo deseo hablar con su papá; pero
si incomodo... 20
Casta.—Nada de eso. Tome usted asiento, que
vamos á avisarle. ¿Su gracia de usted?
Claudio.—Ninguna.
Casta.—¿No tiene usted nombre?
Claudio.—Ah, sí; Claudio Pasalodos. 25
Casta.—Está bien. (Fijándose en él.) (Es muy
simpático...)
Pura (Lo mismo).—(Tiene unos ojos interesantes...)
(Vanse las dos por la segunda puerta lateral.)
ESCENA III
claudio y á poco procopio
Claudio.—Pero, ¿por qué me mirarán de ese modo
estas señoritas? No son feas. Y se han incomodado
porque las he llamado señoras... Yo quisiera saber 5
cómo va uno á conocer á la simple vista el estado de las
mujeres. (Examinando la habitación.) ¡Cuánto lujo!
No hay una casa así en el pueblo. Se conoce que don
Procopio tiene guita.
Procopio (Apareciendo).—Señor mío... Me han 10
dicho que me buscaba usted, y por cierto que su apellido
no me es desconocido.
Claudio.—Ya lo creo que no. Yo soy hijo de su
amigo don Policarpo Pasalodos.
Procopio.—Cuánto celebro... Pero siéntese usted. 15
(Se sientan.) ¿Y está bueno el papá?
Claudio.—Baldado: y con unos dolores, que le
hacen poner el grito en el cielo; pero por lo demás, está
completamente bien.
Procopio.—Lo siento mucho. 20
Claudio.—¿Que esté bien?
Procopio.—No; que esté baldado.
Claudio.—Pues como él no podía venir conmigo
á Madrid, me dijo:—toma esta carta (Saca una carta que
entrega á Procopio, y éste la lee.) para mi amigo Canchalagua, 25
que tiene muy buenas aldabas, y él te acompañará
como un perro á todas partes.
Procopio.—(¡Qué animal!) ¿Por lo que dice en la
carta viene usted á gestionar un asunto?...
Claudio.—Sí, señor. Como mi padre es ahora
alcalde, quiere que me nombren secretario del Ayuntamiento
de Matalauva, nuestro pueblo. 5
Procopio.—¡Ya; vamos! Sin duda para estar de
acuerdo y moralizar más fácilmente la administración.
Claudio.—¡Cá; no es eso!
Procopio.—¿Qué no?
Claudio.—No señor. El otro día me llamó y me 10
dijo:—Mira, Claudio; es menester que te calces la
Secretaría; porque siendo yo alcalde y tú secretario,
haremos la mar de chanchullos y comeremos á dos
carrillos.
Procopio.—¡Ya! Veo que á Policarpo los dolores 15
no le han quitado el apetito. (¡Qué salvaje ingenuidad!)
Claudio.—Y para eso vengo á ver al diputado del
distrito...
Procopio.—Pues nada; yo le acompañaré á usted al
Congreso y á cuantas partes sea necesario. ¿Usted no 20
ha estado nunca en Madrid?
Claudio.—Sí, señor, pero hace muchos años. Á
propósito; ¿sabe usted que sus hijas son muy guapas?
Procopio.—¡Que si lo sé!... (¡Le han parecido
guapas! ¡Bravo!) Calle usted, llaman la atención de 25
todo el mundo; tanto, que me violenta ir con ellas por la
calle, pues cuantos hombres vienen en dirección opuesta
á nosotros se quedan parados como estatuas y con el
cuello tieso viéndolas alejarse llenos de admiración.
Han producido muchas tortícolis. 30
Claudio.—¡Digo, digo!...
Procopio.—Son dos ángeles, amigo mío, dos verdaderos
ángeles. Casta, es la belleza romana. Pura, la
belleza griega. Y ambas por sus cualidades morales,
dignas de figurar entre las vestales más famosas.
Claudio.—¿Las qué? (Como no entendiendo lo que 5
oye.)
Procopio.—Yo las amo con delirio. Y el día que
cualquiera de ellas me diga;—Papá, me caso—será
un golpe terrible para mí. (¡Así fuese mañana!) Pero,
en fin, si se trata de un hombre honrado que las haga 10
dichosas...
Claudio.—¿Uno para las dos?
Procopio.—¡Picarillo! (Dándole un golpecito en la
mejilla.) Ellas por su parte labrarían la felicidad de
cualquiera, pues además de sus prendas físicas, reunen 15
otras cualidades de orden económico. Cuentan con una
buena dote, que unida á lo que tengan sus maridos, les
proporcionará vivir con cierto desahogo.
Claudio.—Eso está bien. (Levantándose.) Conque,
don Procopio, yo me voy. 20
Procopio (Lo mismo).—¿Tan pronto?
Claudio.—Mañana volveré por aquí...
Procopio (Reflexionando).—(¡Le han parecido guapas!...)
¿Dónde para usted?
Claudio.—Como mi padre no quiere que repare en 25
gastos, me he alojado en la mejor fonda de Madrid; y
ahí me tiene usted en la Posada del Peine.
Procopio.—(¡Oh, qué idea!) Pues yo no puedo
consentir...
Claudio.—¿Por qué? 30
Procopio.—Nada; que no puedo consentir que el
hijo de mi buen amigo Policarpo vaya á parar á una
fonda. ¡No faltaba más! Se instalará usted en mi casa
por todo el tiempo que necesite estar en Madrid. Supongo
que aceptará usted. Luego mandaremos por el
equipaje, y... 5
Claudio.—Bueno. Eso me ahorro.
Procopio (Indicándole la primera puerta lateral).—Mire
usted. Esta alcoba es independiente. La tenemos
destinada precisamente á estos casos. Ahí encontrará
usted cuanto necesite. Ea; voy á participar á la 10
familia esta combinación. ¡Sandalia; niñas!... (Acercándose á
la segunda puerta lateral.)
ESCENA IV
dichos, sandalia, pura y casta
Sandalia (Que aparece seguida de Pura y Casta).—¿Qué
quieres?
Procopio (Á las tres).—Tengo el gusto de presentaros15
al hijo de mi querido amigo Policarpo Pasalodos.
Sandalia.—Muy bien venido...
Procopio.—Le trae un negocio á Madrid, y le he
rogado que se aloje desde este momento en nuestra casa.
El me ha hecho la merced de aceptar, y... 20
Sandalia.—Así debe ser. ¡No faltaba más!...
Procopio.—Pero, sentémonos. (Aparte á Sandalia.)
Le han parecido guapas. ¡Hay que pescar este
congrio!
Casta.—(¡Se queda en casa!...) (Se sientan; Casta 25
al lado de Claudio. Sandalia al de Procopio, Pura junto
á la chimenea.)
Claudio.—(¡Es que son guapas!...) (Mirando á
Casta y Pura.)
Procopio (Señalándolas).—Aquí las tiene usted.
Casta es hija mía. Pura, de mi mujer. Nos casamos
siendo viudos, y no hemos tenido sucesión. Nos habíamos 5
reproducido ya anticipadamente y por separado.
(Pausa. Pura, Sandalia y Procopio miran á Claudio,
Pura revelando cierto despecho; Casta mira con cierto coquetismo
á Claudio. A parte á Sandalia.) Mira qué ojos
le echa á Casta. ¡Se conoce que es la que le ha flechado! 10
Sandalia (Por Pura. Á Procopio).—¡Si esta otra
es una boba!
Casta (Á Claudio, con coquetería).—¿Y á usted le
gusta la poesía?
Claudio.—No, señorita; me cargan los versos. Me 15
armo un lío con el sol, la luna, las estrellas y los luceros.
No me caben tantas cosas en la cabeza. La música, sí;
tanto, que en el pueblo me paso todo el día dale que le
das al acordeón.
Procopio (Por Casta).—Pues ahí tiene usted una 20
gran profesora. Toca el piano durmiendo.
Claudio.—¿Es sonámbula?
Procopio.—Quiero decir... (¡Qué materialista es
este hombre!)
Sandalia (Dándole á Procopio con el codo).—¡Calla! 25
Casta (Por Claudio).—(No es un Apolo; pero vestido
á la moda...)
Pura.—(¡Miren la de las convicciones arraigadas!
¡Cuánta gazmoñería! ¡Que le causan horror los hombres!...
¡Hipócrita!) (Claudio bosteza.) 30
Sandalia (Aparte á Procopio).—Suspira...
Procopio (Lo mismo á Sandalia).—Sí; un rebuz...
digo, un suspiro de amor.
Casta (Á Claudio).—¿Suspira usted?
Claudio.—No, señorita. Es que bostezo de debilidad,
porque como no he almorzado todavía... 5
Sandalia (Levantándose).—¡Qué oigo! ¿Sin almorzar...
y se está usted tan callado? (Todos se levantan.)
Claudio.—¡Claro! ¿Quién tiene ganas de hablar
con el estómago vacío?
Procopio.—Pero, ¿por qué no lo ha dicho? Á ver, 10
niñas, corriendo,
decid á la criada que le saque algo...
de comer. (Á Claudio.) Como nosotros ya hemos
almorzado... Pase, pase usted al comedor con mis
hijas. En seguida soy con ustedes...
Claudio.—Pasen ustedes. (Se entra antes que ellas.)15
Gracias.
Procopio.—(Deteniendo á Sandalia, que va á salir
tras de ellos.) Ven acá tú. (Vanse por la segunda puerta
lateral Pura, Casta y Claudio.)
ESCENA V
sandalia y procopio
Procopio.—Ya comprenderás mi idea al hospedar 20
en casa á este joven.
Sandalia.—Desde luego.
Procopio.—En cuanto ví revolotear el pájaro, le he
preparado la trampa.
Sandalia.—¿Sabes que me parece algo estúpido? 25
Procopio.—Pues que no te lo parezca; tenlo por
seguro. Mejor. Éstos caen en seguida. Ah, pero por
nuestra parte, nada de preferencias en favor de una ó
de otra. No vayas á creer que porque Casta es hija mía,
arrimo el ascua á mi sardina.
Sandalia.—Pues hasta ahora ella es la que...
Procopio.—¡Quién sabe si le gusta también Pura! 5
Sandalia.—Pero con las dos no va á casarse.
Procopio.—¡Ojalá! ¡Qué lástima que la ley no lo
permita! Es preciso que las aconsejes, que se dejen de
sueños y que procedan con él con mucho tacto.
Sandalia.—¿Y él, qué es? 10
Procopio.—Un imbécil. Ya lo hemos dicho.
Sandalia.—Me refiero á su profesión.
Procopio.—¿Su profesión? ¡Oh! Su profesión es
la de futuro Secretario del Ayuntamiento de Matalauva,
y si se casa con una de nuestras hijas, lo será también de 15
Matalavieja.
Sandalia.—¡Qué exagerado eres! ¡Pues mira que
tener que irse á vivir á un pueblo!...
Procopio.—¿Qué importa? La vida del pueblo es
sana y amena. Allí entre sus gallinitas, sus cerdos y su 20
marido, lo pasará muy bien. ¡Digo! ¡Y á ellas que les
gustan tanto los animales!...
Sandalia.—¿Pero tú tienes antecedentes de su familia?
Procopio.—¡Ya lo creo! Conozco al padre. ¡Buena
persona! Es un antiguo acaparador de cereales, que 25
hizo dinero. En cuanto venía un cargamento de cebada,
ya lo estaba comprando por grande que fuera. Nunca
había bastante cebada para él.
Sandalia.—¡Qué estómago!
Procopio.—Conque ve adentro, Sandalia, y haz tus 30
ensayos de suegra tierna y bondadosa.
Sandalia.—¡Qué papeles tiene una que hacer por
las hijas!
Procopio.—¡Ya, ya! El día que salga de ellas, ¡qué
peso se me va á quitar de encima!
Sandalia.—¡Hombre, ni que las llevaras á cuestas! 5
Procopio.—¡Anda, mujer, anda; que sabe Dios
cuándo nos veremos en otra! (Vase Sandalia por la
segunda puerta lateral.)
ESCENA VI
procopio, solo
Procopio (Frotándose las manos de contento).—Esto
es hecho. La verdad es que ser Secretario del Ayuntamiento 10
de un pueblecillo, no es una posición muy brillante.
Sin embargo, él es rico por su casa, y... peor
sería que fuese el barbero, el veterinario ó el herrador.
Esto último sí que sería peor que todo; porque eso de
que un padre entregue su hija al herrador... En cualquiera 15
de estos casos no sé lo que habría hecho; pero
casi estoy por asegurar que hubiera transigido. En fin,
voy á ver á mi futuro yerno... (Se dirige á la segunda
puerta lateral en el momento en que sale Claudio comiéndose
un bizcocho, y tropieza con Procopio.) 20
ESCENA VII
procopio y claudio
Procopio (Al tropezar).—¡Canastos!
Claudio.—Usted perdone...
Procopio.—¡Calle! ¿Ha almorzado usted ya? ¿Tan
pronto?
Claudio.—Yo acostumbro á comer en un pe...
pe... (Atragantándose con el bizcocho.)
Procopio.—(Sí; en un pesebre.)
Claudio.—En un periquete. Á poco me ahogo. ¿Sabe
usted que tiene usted un vinillo que se cuela sin sentir? 5
Procopio.—¿Le ha gustado?
Claudio.—Mucho. ¡Vamos, que estoy animadete!...
¡Jé!... ¡jé!...
Procopio.—¡Magnífico! Cuando se bebe con cierta
medida es muy bueno. El vino tomado así, tiene la 10
virtud de inspirar á los necios y hacer atrevidos á los
apocados. ¡Es una gran cosa!
Claudio.—Sí que lo es. Tanto que he requebrado
á sus hijas y hasta á su señora.
Procopio.—¿Á mi mujer también? Hola, hola... 15
(¡Pues es más valiente de lo que yo pensaba!...)
Claudio.—Son muy amables. Ya todos somos una
familia.
Procopio.—Eso: eso me agrada. (La cosa marcha.)
Mucha confianza, ¿eh? Nada de cumplidos. ¿Conque, 20
qué piensa usted hacer ahora? ¿Quiere usted que
salgamos?
Claudio.—No; ahora voy á escribir á mi padre.
Procopio.—Es muy justo. Pues aquí tiene usted
todo cuanto necesita. (Indicándole la mesa. Claudio se 25
sienta ante ella dispuesto á escribir.)
Claudio.—Bueno, bueno...
Procopio.—Entonces yo le dejo, para que
tranquilamente...
Claudio.—No se vaya usted. Á mí no me estorba 30
usted... Está usted en su casa...
Procopio.—Ya, ya lo sé; pero voy un instante allá
dentro... Vuelvo, vuelvo...
Claudio.—Como usted quiera. (Vase Procopio por
la segunda puerta lateral.)
ESCENA VIII
claudio, pura y después procopio
Claudio.—¡Qué buena gente es ésta! Yo estoy muy 5
contento de quedarme con ellos. (Escribiendo.) «Querido
padre: He llegado bien, por fortuna, pues en el
camino tuve una cuestión con un torero, que quiso matarme
cuando pasé por Toro. Fué horrible...» (Entra
Pura y mira por la habitación como buscando algo.) 10
(¿Eh? ¿quién anda ahí? Ah; es la mosquita muerta.
¡Y es muy mona! Se parece á la Santa Casilda, que hay
en la iglesia de mi pueblo.)
Pura.—(No le veo.)
Claudio.—¿Qué busca usted? 15
Pura (Con fingida sorpresa).—¡Ah! ¿Estaba usted
ahí? Buscaba mi devocionario.
Claudio.—Vea usted si en la mesa...
Pura (Acercándose á ella y mirando).—No, no está.
¿Escribe usted?... 20
Claudio.—Sí, una carta.
Pura.—¿Á su novia, sin duda?
Claudio.—No. Á mi padre. Vea usted.
(Dándosela.)
Pura (Mirándola).—¡Ay, qué buena letra! 25
Claudio.—La letra no es maleja; pero la ortografía...
Pura.—Sí; ya veo que pone usted horrible sin
hache.
Claudio.—¿Horrible se escribe con hache? Pues
no lo corrijo. Mejor. Así le parecerá más horrible todavía. 5
Pura.—Pues... ya le dejo.
Claudio.—No se vaya usted, señorita.
Pura.—No me llame usted señorita. Llámeme
Pura.
Claudio.—Pues bien, Pura, no se vaya usted. 10
Pura.—Temo molestarle...
Claudio.—¿Á mí? Al contrario. Tengo tanto
gusto en verla...
Pura.—Es usted muy galante. No ha entrado usted
en Madrid y ya se vuelve cortesano. 15
Claudio.—Confieso que desde que estoy con ustedes
me siento otro. No sé si será el vinillo... ¡Caramba!
¿No tiene usted frío?
Pura.—No.
Claudio.—Pues yo sí. 20
Pura.—Pobre Claudio... ¡Tiene frío!... Echaré
más leña en la chimenea. (Lo hace.) ¡Ajajá! Ya está.
Verá usted como ahora se le pasa.
Claudio.—Es usted muy buena.
Pura (Encontrando el devocionario sobre la chimenea y 25
tomándolo).—¡Ah! aquí está mi libro. Puesto que no
quiere usted que me vaya, mientras usted escribe, yo
leeré. (Se sienta en la butaca frente al público, y se pone
á leer. Pausa breve.)
Claudio.—Bueno. 30
Pura.—¿Se le pasa?
Claudio.—No.
Pura.—¡Claro! Está usted tan lejos de la lumbre...
Claudio (Levantándose y yendo hacia la chimenea).—Tiene
usted razón. Soy lo más topo... (Mirando el
fuego.) ¡Anda, como arde! (Se sienta junto á Pura.) 5
Esto ya es otra cosa. ¿Qué lee usted?
Pura.—Los medios de que se vale el diablo para
perdernos.
Claudio.—Deben ser muchos. ¿En cuál está usted
ahora? 10
Pura.—En «La Tentación.»
Claudio.—Vaya, no lea usted más. (Quitándola el
libro y echándolo en la butaca de al lado.)
Pura.—¿Y qué vamos á hacer?
Claudio.—Toma; pues... hablar: mirarnos... 15
Pura.—En cuanto á lo primero, mi conversación,
¿qué puede interesarle? Y respecto á lo segundo, ¿qué
encanto le puede ofrecer contemplar á una pobre mujer
sin atractivos?
Claudio.—No diga usted eso, Purita. Pues si tiene 20
usted unos ojos...
Pura.—¿No siente usted ya frío?
Claudio.—Ya, no. (Fijándose en el pie de Pura.)
Y un pie... ¡Ay, qué pie!... (Contemplándolo.)
Pura (Enseñando el pie con coquetería).—¿Qué tiene 25
mi pie de particular? Como todos.
Claudio.—Sí; como todos los pies bonitos. Y su
mano... (Cogiéndola.) Vaya una mano linda. (Acariciándola.)
¡Y qué cutis más fino!...
Pura.—Me va usted á hacer creer que soy un conjunto 30
de perfecciones. Vamos, estése usted quieto.
Claudio.—¿La incomodo á usted?
Pura.—No; pero... (Levantándose rápidamente y
pasándose la mano por la frente.) ¡Uf! qué calor despide
la chimenea. (Vase junto á la mesa, donde se queda en
pie jugando con los libros. Claudio, sin moverse de su 5
sitio, se pasa también la mano por la frente.)
Claudio.—Es verdad. Ha echado usted tanta leña
al fuego... (Breve pausa. Se oye tocar el piano.)
¡Hola! música;... ¿Quién toca el piano?
Pura (Con desdén).—Ésa. Mi... mi hermana. 10
Claudio.—Toca bien.
Pura.—¡Bah! Lo de siempre. No sale de ahí. Se
conoce que quiere desplegar ante usted todas sus
habilidades.
Claudio (Levantándose).—¿Cree usted eso? 15
Pura.—Pero no le molestará á usted mucho. ¡Tiene
tan pocas! (Como arrepintiéndose de lo que dice.) ¡Ah!
pero usted dispense: ahora caigo en que está usted enamorado
de ella, y...
Claudio.—¿Yo? No hay tal cosa. 20
Pura.—Pero le gusta á usted.
Claudio.—Eso sí: es bastante guapa.
Pura.—¿Que es guapa? No sé donde tiene usted
los ojos. ¿Qué ha visto usted en ella de notable? Sus
facciones son incorrectas; su figura es vulgar... 25
Claudio.—Sin embargo...
Pura.—Vaya, veo que tiene usted muy mal gusto.
(Hace un gracioso mohín y se sienta en la butaca. Cesa
el piano. Claudio se aproxima á ella.)
Claudio.—No lo tendré tan malo, puesto que usted 30
me gusta más que ella.
Pura.—¡Adulador!... (Muy cariñosa.)
Claudio.—Á su lado no sentiría lo que siento al de
usted. No me dominaría esta fuerza irresistible que me
hace cogerla á usted la mano, besársela...
Procopio (Saliendo de pronto y viendo que Claudio está 5
besándola la mano).—(¡Zambomba! ¡Esto va de veras!)
(Desaparece rápidamente por donde ha salido.)
ESCENA IX
pura, claudio y á poco casta
Pura (Levantándose).—Pero, ¿qué hace usted?
Claudio.—Pues ya lo ve. Probarle que la prefiero
á su hermana. 10
Pura.—¿De veras?... ¡Ay, Claudio! No me engañe
usted, y considere que sería una infamia que no
fuese verdad que había llegado el momento para mí de
dejar de ser...
Claudio (Viendo aparecer á Casta).—Su hermana 15
de usted...
Casta (Saliendo y reparando, contrariada, en Pura).—¡Calle!
¿Estabas aquí?
Pura.—Ya lo ves.
Casta.—Si estorbo, me voy. (Haciendo un movimiento 20
para ello. Claudio la detiene.)
Claudio.—No. Quien se va soy yo. Con el viaje
y las emociones que he tenido, necesito descansar. Voy
á echarme un rato. (Se dirige á la primera puerta lateral.
Á Casta y Pura.) Adiós... Aquí estoy. (Entra.) 25
ESCENA X
pura y casta
Casta.—Sentiría haber venido á interrumpir...
Pura.—Pues con no haber venido...
Casta.—Vamos, se conoce por tu contrariedad que
el diálogo era interesante.
Pura.—Interesantísimo. 5
Casta.—Un idilio de amor, sin duda.
Pura.—Eso es: y tan poético que hasta le han amenizado
con serenata.
Casta.—¿Serenata? Cencerrada querrás decir.
(Burlona.) 10
Pura.—Es verdad. No recordaba que quien tocaba
eras tú.
Casta.—¡Pero qué descarada! ¿Dónde está aquel
fervor religioso?
Pura.—Donde tu entusiasmo por las novelas 15
caballerescas.
Casta.—¿Das al olvido ya á los santos?
Pura.—Como tú les haces traición á tus trovadores.
(Riendo.)
Casta.—Miren la monjita, con ese aire modesto y 20
pudoroso.
Pura.—Pues y la literata, con esa majestad de reina
de comedia...
Casta.—Eres una hipócrita.
Pura.—Como tú: ni más ni menos. 25
Casta.—No te has dado poca prisa...
Pura.—Por si acaso.
Casta.—¿Temías que te lo robase?
Pura.—No sería tu primer hazaña.
Casta.—¿Qué, yo?
Pura.—Acuérdate de cuando me hacía el amor
Ricardito. Empezaste á hacerle tanta monada é insinuaciones, 5
que el pobre, ya aburrido, nos dejó plantadas
á las dos. Si eres el perro del hortelano...
Casta.—¡Pero qué embustera!
Pura.—Mira, no finjamos. Eso es bueno delante
de los hombres; pero entre nosotras no sirven esas pamemas. 10
Conocemos el personal.
Casta.—Me das lástima.
Pura.—Lo que te doy es envidia; pero, hija, llegas
tarde.
Casta.—Eso lo veremos. 15
Pura.—Claro que sí.
Casta.—Y no es porque me guste ese... tipo; sino
porque lo hago cuestión de amor propio.
Pura.—¡De amor propio! Es natural. Como que estás
rabiando por casarte. Pero por esta vez, perdone, hermana. 20
Casta.—¡Hermana! Yo no soy hermana tuya.
Pura.—Dices bien: perdona... prima. (Ríe.)
Casta.—¡Eres una insolente!... (Airadas se acercan
la una á la otra.)
Pura.—Á mí no me alces el gallo. 25
Casta.—¡Qué! ¿Me amenazas?...
Pura.—¡Más aún!... (Se cogen de las muñecas la
una á la otra y forcejean un instante. Aparecen Sandalia
y Procopio.)
Casta.—¡Adefesio! 30
Pura.—¡Espantajo!
ESCENA XI
dichas, sandalia y procopio
Sandalia (Corriendo á separarlas).—¡Jesús! Pero,
hijas, ¿qué es esto?
Procopio (Frotándose gozoso las manos).—Gracias á
Dios que se puede ya vivir á gusto en esta casa.
Pura (Abrazándola).—¡Mamá! 5
Casta (Lo mismo á Procopio).—¡Papá!
Sandalia.—¡Quién dijera que vosotras!...
Casta.—Es que Pura...
Pura.—Es que Casta...
Procopio.—Ni una palabra más. Ya me figuro lo 10
que ha pasado. Ese bribón de Claudio se ha permitido
hacer el amor á las dos, y vosotras os lo queréis ceder
como buenas hermanas.
Casta.—¡Cá! no es eso.
Pura.—No, señor. 15
Procopio.—Pues en ese caso no hay más remedio
que él elija; y á quien Dios se lo dé... Dejadme á mí,
que yo me pinto solo para estas cosas. ¿Dónde está él?
Pura.—En su cuarto.
Procopio.—Corriente. (Se acerca á la primera 20
puerta lateral, que abre.) ¡Caballerito! Tenga usted la
bondad de salir. ¡Ejem! Ahora veremos. (Casta y
Pura se colocan cada una al lado de una butaca durante la
escena siguiente.)
ESCENA ÚLTIMA
pura, casta, sandalia, procopio y claudio
Claudio (Saliendo).—¿Qué quiere usted?
Procopio.—¿Es así como corresponde usted á la
franca y cariñosa hospitalidad que le he dado?
Claudio.—¿Cómo?
Procopio.—¿Y usted me lo pregunta?... ¿Conque 5
ha tenido usted la avilantez de hacer el amor al propio
tiempo á mis inocentes y candorosas hijas?
Claudio.—¿Yo?
Procopio.—Sí, señor. Y esto, como comprenderá,
no puede quedar así. 10
Claudio.—Pero esto es una encerrona...
Procopio.—¡Silencio! Y aún se atreve... Concluyamos.
Elija usted la que más le guste de las dos.
Claudio.—¿Que elija? 15
Procopio.—¡Claro!
Claudio.—¿Y para qué?
Procopio.—¡Me gusta! ¡Para casarse!
Claudio.—¿Pero quién piensa en eso?
Procopio.—¿Cómo que quién piensa en eso? Ellas, 20
yo, su madre... que hace quince años que no pensamos
en otra cosa.
Claudio.—Pero si yo no puedo casarme.
Procopio.—¿Que no? ¿Por qué?
Claudio.—Toma, porque... Pues porque soy casado. 25
(Al oirle, Pura y Casta caen desvanecidas cada
cual en una butaca.)
Pura.—¡Ah!...
Casta.—¡Villano!...
Sandalia (Á Claudio).—¡Monstruo! ¡Las ha dado
usted la puntilla!
Claudio.—¿Yo? 5
Sandalia (Auxiliándolas).—¡Hijas mías!...
Procopio (Como vacilando para caer).—¡Casado!...
(Con indignación.) ¿Y no le da á usted
vergüenza?...
Claudio.—¿De ser casado? No, señor. 10
Procopio.—Pero, hombre de Dios, eso se dice...
Claudio.—Pues bien claro lo estoy diciendo...
Pero si sus hijas quieren casarse, yo tengo un
medio...
Procopio.—¿Eh? 15
Sandalia.—Niñas, este joven tiene un medio...
(Pura y Casta vuelven en sí, se levantan y se acercan.)
Claudio.—Sí; yo tengo un medio para que se casen
en seguida.
Procopio (Anhelante).—¿Y cuál es? 20
Claudio.—Que se vengan á mi pueblo. En él escasean
las mujeres, y las pocas que hay son feas. Si
ellas van, estoy seguro que antes de quince días, es cosa
echa. Con decirle á usted que allí tienen gran partido
las tuertas, las cojas y hasta las jorobadas... En fin, 25
que todo se aprovecha. (Sandalia se acerca á Claudio,
con quien habla aparte animadamente.)
Procopio (Á Pura y Casta).—Ya lo oís. Este año
á veranear á Matalauva... (Al público.) Y á ver si
quiere Dios que se queden por allí en alguna parte. Si 30
no, ¡qué remedio! Paciencia y barajar.
Y en tanto que la ocasión
de casarlas se presente,
mi deseo es solamente
escuchar tu aprobación.
LOS PANTALONES
CUENTO EN UN ACTO Y EN PROSA
PUESTO EN ACCIÓN
por
MARIANO BARRANCO
| REPARTO | |
| Personajes | |
| Doña Paula | Pepa |
| Carmen | Juan |
| Luisa | Felipe |
| La acción en Madrid.—Época actual | |
ACTO ÚNICO
Comedor de una casa modesta. Aparador en el fondo; mesa en el centro, debajo de la cual se ve un felpudo. Á la izquierda un brasero con lumbre; sillas, etc. Es de noche.
ESCENA PRIMERA
doña paula, carmen y juan. Doña Paula y Carmen sentadas junto al brasero, leyendo cada una un periódico. Juan, sentado junto á la mesa del centro, escribe.
Paula.—¡Oh! ¡Qué bien habla este hombre! Oye...
oye...
Juan.—(¡No me dejarán acabar hoy!)
Paula (Leyendo).—«Yo acato y respeto á la autoridad
del presidente, pero repito por centésima vez que la 5
administración pública está perdida en España, perdida,
señores diputados...»
Carmen.—Y tiene mucha razón.
Juan.—(¡Por vida de la política!)
Paula (Leyendo).—«¿Y á qué se debe esto? Á que 10
los destinos públicos no han sido desempeñados nunca
por hombres de verdadero mérito, de reconocida probidad
y honradez, sino por ineptos, por paniaguados de
los señores ministros, de los caciques de los partidos, ó
de los asquerosos mercaderes de la política.»—«Murmullos 15
en la mayoría.»
Carmen.—¿Qué mayoría? Á todos comprenden
esos calificativos.
Juan.—(Perdonadlas, Señor, no saben lo que dicen.)
Paula.—Oye, oye. (Lee.) «Arrojemos á esos mercaderes
del templo de la Nación, como fueron arrojados 5
aquellos otros del templo de Dios, y nos encontraremos
limpios de polilla.»
Carmen.—¡Bravo!
Paula.—«Es tan grande en este momento el ruido
que se produce en la Cámara, que nos impide seguir 10
oyendo al joven orador.»
Carmen.—¡Ah! ¿Es joven?...
Paula.—Y por lo visto, un joven de provecho.
Carmen.—Si yo fuera gobierno le daba una cartera
á ese diputado. 15
Paula.—Y yo otra.
Juan.—¡Ea! Y si yo fuera ustedes me ocuparía en
zurcir los calcetines; ó me iría á leer á otra habitación...
porque así es imposible trabajar.
Paula.—¡Qué grosero es tu marido! 20
Juan.—¡Señora!
Carmen.—Si no trabajaras en domingo, como no
tienes obligación, no te sucedería eso.
Juan.—¡Claro! Si no trabajara no había caso.
Paula.—No he visto hombre más trabajador que tu 25
marido, y á quien menos le luzca el trabajo.
Juan.—¡Qué remedio!...
Carmen.—Tiene razón mamá. Métete en política,
conspira, ó dedícate á negocios y sube como suben otros.
Juan.—Ya vivimos en piso cuarto; me parece que 30
he subido bastante.
Paula.—¡Quita de ahí! ¡Tú no serás nunca nada
ni servirás para el caso!
Juan.—Conforme para lo que sea.
Carmen.—¿Qué ha de ser éste? Escribiente en el
ministerio de Hacienda con cinco mil reales de sueldo, 5
como hace catorce años.
Juan.—Esa antigüedad demuestra que soy un hombre
honrado y probo.
Paula.—Eso lo que demuestra, es que eres un tonto.
Juan.—Gracias. 10
Carmen.—Un bobo que no ha sabido aprovecharse
de las circunstancias.
Juan.—Bueno; sea lo que ustedes quieran, pero
déjenme al menos trabajar un rato.
Paula.—¡Trabajar!... ¿Y qué es lo que trabajas, 15
vamos á ver?
Carmen.—Eso; ¿qué es lo que trabajas?
Juan.—Estoy poniendo en limpio una minuta del jefe.
Paula.—¡Poniendo en limpio! Para eso sirves tú,
para ser el mozo de la oficina, para limpiar lo que otros 20
ensucian.
Juan.—¡Señora!
Carmen.—Para llevar el peso de todo, mientras que
los que cobran grandes sueldos se pasean ó conspiran
en provecho propio. 25
Juan.—Señora: poner en limpio una minuta es copiar
en letra clara y correcta una nota del jefe.
Paula.—¡Claro! Como que la mayor parte de los
jefes no saben escribir.
Carmen.—Lo que dice ese diputado: son paniaguados 30
de los
ministros.
Juan.—En fin: ¿me hacen ustedes el favor de dejarme
concluir?
Carmen.—¡Ay! Si yo hubiera sabido para lo poco
que tú servías, no me caso contigo.
Juan.—(¡Ay! ¿Por qué no lo supo?) 5
Paula.—Ni yo consiento en semejante unión.
Juan.—Ni yo hubiera tenido una suegra tan...
amable como usted.
Paula.—Parece que lo dices con retintín.
Juan.—Lo digo como lo siento, señora. 10
Carmen.—No haga usted caso.
Paula.—¿Cómo que no haga caso?
Juan.—(¡Adiós! ¡El diluvio!)
Paula.—Ha de saber tu marido que debe considerarse
muy honrado con haber entrado en una familia 15
como la nuestra. Somos nobles por los cuatro costados.
Juan.—(¡Y sin una peseta!)
Paula.—¿Lo duda usted?
Juan.—No, señora.
Paula.—Y si hoy, por circunstancias de la vida, no 20
nos vemos muy desahogados, nos han envuelto en ricos
pañales, y mi familia ha levantado siempre su cabeza,
aun en presencia de los magnates.
Juan.—No lo dudo, señora, pero...
Paula.—Déjeme usted en paz, mamarracho. 25
Juan.—Gracias.
Carmen.—Tiene razón mamá, tú debes considerarte
honradísimo con haberte casado conmigo.
Juan.—¿Quién lo duda, mujer, quién lo duda?
Paula.—¡Como si mi hija no hubiese tenido más pretendientes30
que usted!
Juan.—Vaya, con permiso de ustedes me voy á
escribir á otra habitación. (Recoge los papeles.)
Paula.—Vaya usted enhoramala.
Juan.—Gracias, señora, gracias. (¡Por vida de mi
debilidad de carácter!) (Vase.) 5
ESCENA II
doña paula y carmen
Paula.—Tú tienes la culpa. Si le hubieras dicho á
tu marido que con cinco mil reales de sueldo, y lo poc
que le dejó su tío el extremeño, no era posible establecer
una familia como la nuestra, no sucedería esto.
Carmen.—¡Es verdad; pero de habérselo advertido 10
antes, no se hubiera casado conmigo!
Paula.—¿Y qué? No te hubieran faltado proporciones
mejores.
Carmen.—¡Llevábamos ya tantos desengaños!
Paula.—Pues mételo en algo; haz que sea algo... 15
hazlo... cualquier cosa, mujer, hazlo, cualquier cosa.
Carmen.—¡Si tiene un carácter tan débil que no
sirve para nada!
Paula.—¡Ay! Si yo llevara pantalones y tu marido
enaguas... 20
Carmen.—Ó yo.
ESCENA III
dichas y luisa
Luisa.—Pues señor, he estado una hora en el balcón
y ése no parece, ni viene por lo visto.
Paula.—¡Otro que bien baila!
Luisa.—Y me he quedado helada. (Se sienta al
brasero.)
Paula.—Ya verás cuando venga como le hablo yo
claro. Hace tres meses que estáis en relaciones, y herrar
ó quitar el banco. Tú ya no estás para perder el tiempo. 5
Que se case con mil diablos.
Luisa.—No, mamá, con mil diablos no; basta que
se case conmigo.
Paula.—Bueno; pero que se decida de una vez.
Carmen.—Si es que ésta no sabe. Yo no tuve relaciones 10
con Juan más que el tiempo preciso para arreglarlo
todo.
Paula.—Y aun eso es mucho.
Luisa.—Sí; pero no vayan ustedes por querer darle
prisa á hacer que se escame. 15
Paula.—¿Cómo que se escame? ¿Y qué más
puede desear él? ¿Qué es el tal Felipe? Un músico,
un pianista sin lecciones, que porque obtuvo un premio
en el Conservatorio ya se cree más músico que
Metternich. 20
Luisa.—No, mamá, si Metternich no fué músico.
Paula.—Bueno; pues Metternach, es igual.
Carmen.—Tiene razón mamá; la solfa da poca
grasa á los garbanzos.
Paula.—Más cuenta te hubiese tenido hacerle caso 25
al teniente de casa de las de González.
Luisa.—¡Toma! Ya le hice todo el caso posible,
pero cuando se enteró que no teníamos un real, se llamó
andana y me dejó plantada.
Paula.—¿Y quién le dijo á él que no teníamos un 30
real?
Luisa.—Las de González, sin duda.
Carmen.—¡Envidiosas! Como ellas no han podido
casarse, y ya son jamonas...
Paula.—¿Qué han de casarse con aquellas narices
que parecen mangas de riego? Y eso que se han pasado 5
la vida dando reuniones para ver si enganchaban á
alguno.
Luisa.—¡Ah! Á propósito; ¿han leído ustedes en
La Correspondencia que esta noche dan una reunión?
Paula.—¡Cómo! ¿Reciben los González y no nos 10
han convidado?
Carmen.—¡Qué grosería!
Luisa.—Aquí, aquí lo dice: (Coge «La Correspondencia»
y lee.) «Mañana,» que es hoy, «inauguran sus
reuniones de invierno los señores de González, para cuya 15
fiesta han invitado á sus numerosos amigos.»
Carmen.—No hay duda.
Paula.—¿Y no nos han convidado á nosotras?
¡Qué grosería!
Carmen.—Serán otros González. 20
Luisa.—Yo le preguntaré á Felipe; él es amigo y
debe saberlo.
Paula.—Ellos serán, los muy...
ESCENA IV
dichos y felipe
Felipe.—Muy buenas noches, señoras.
Luisa.—(¡Él!) 25
Paula.—Buenas noches.
Felipe (Saludando).—Carmencita, ¿y don Juan?
Carmen.—Bueno; por allá dentro.
Luisa.—¡Buena hora de venir!
Felipe.—Vida mía, he tenido que hacer.
Luisa.—No sé qué.
Felipe.—Probar un piano que quiere comprar un 5
discípulo, y cuyas teclas no marchaban bien.
Luisa.—Sí; tú siempre tienes alguna tecla que tocar
para excusarte.
Felipe.—No seas maliciosa.
Paula.—Á propósito, Felipe, ¿tiene usted noticia de 10
si los González reciben esta noche?
Felipe.—Más que noticia, tengo una invitación.
Por eso vengo ya vestido para no tener que volver á casa
é ir con ustedes desde aquí.
Luisa.—¿Con nosotras? ¡Estás fresco! 15
Felipe.—¿Qué? ¿Acaso no las han invitado á
ustedes?
Paula.—¿Cómo que no? ¡Pues no faltaba más!
Estamos invitadas desde hace ocho días.
Felipe.—Entonces... 20
Paula.—Pero no vamos; á mí me duele mucho la
cabeza.
Carmen.—Y á mí.
Luisa.—Y á mí.
Felipe.—¡Caracoles! ¡Esta casa es un hospital! 25
¡Ah! Tal vez el tufo del brasero...
Paula.—Sí; puede.
Felipe.—He oído decir á un médico amigo, que el
brasero es una cosa muy malsana.
Carmen.—¡Bah! Nuestros antepasados no tenían 30
otro fuego.
Felipe.—Por eso se han muerto todos.
Luisa.—¿De modo que no yendo nosotras, supongo
que tampoco irás tú?
Felipe.—Hija... estoy comprometido á presentar
á un amigo; y además á tocar el piano para que bailen. 5
Luisa.—Eso es; pues que lo toque otro.
Felipe.—Ya cuentan conmigo.
Luisa.—Bueno; ¿y por dar gusto á esos cursis de
González, me has de disgustar á mí?
Felipe.—Mujer, yo creí... 10
Paula.—Tiene razón la niña; un joven que está en
relaciones y en relaciones tan formales como las de usted
con mi hija, no se pertenece, ni puede comprometerse á
nada sin contar con su futura.
Felipe.—Pero considere usted que hay 15
compromisos...
Carmen.—No le hubiera yo consentido á Juan semejantes
libertades.
Luisa.—Ni yo á éste... Si quieres ir... hemos
concluído. 20
Felipe.—Pero mujer...
Paula.—Tiene razón Luisa. Todo Madrid sabe
con la frecuencia que visita usted esta casa, y por lo
tanto, deducen lo próxima que está la boda.
Felipe.—(¡Caracoles!) 25
Paula.—Y eso de que en vísperas de casarse vaya
usted á un baile, mientras nosotras nos quedamos en
casa, ha de chocar á todo el mundo.
Felipe.—Pero, doña Paula, yo no he dicho que pensaba
casarme en seguida. 30
Paula.—¡Cómo es eso! ¿Trata usted, por ventura,
de entretener á mi hija, de ponernos en ridículo y de
abusar de nuestra bondad y confianza?
Felipe.—¡Señora!
Paula.—Esa conducta es indigna de un caballero; y
sepa usted que en esta casa hay hombre que pueda pedir 5
á usted una satisfacción.
Carmen.—¡Ya lo creo que se la pedirá!
Felipe.—Pero señora, ¿qué he dicho yo desde el
primer día?
Paula.—Lo que sin duda no pensaba usted cumplir. 10
Felipe.—¿Yo?
Luisa.—No; no se altere usted. Éste busca sin
duda un pretexto para concluir, y como á mí no me
duelen prendas... Puede usted ir á ese baile y á donde
le acomode. (Llorando.) 15
Paula.—Incluso á... ¡Qué barbaridad! ¡Lo que
iba á decir!
Felipe.—¡Pero señora!
Paula.—¡Ay, ay!... ¡Agua!... ¡Agua!...
Luisa.—Por Dios, mamá... 20
Felipe.—Pero ¿qué motivo hay para esto?
Carmen.—Usted es la causa de todo.
Felipe.—(¡Cáspita!)
Luisa.—¡Infame! Toma, mamá; toma. (La da
agua.) 25
Felipe.—Pero, por Dios, doña Paula...
Carmen.—¡Jesús!... ¡Está sin sentido!
Felipe.—Aflójela usted el corsé.
Paula.—¿Cómo es eso? ¿Quiere usted que me aflojen el corsé en su
presencia? 30
Felipe.—¡Señora!...
Paula.—¡Desvergonzado! ¿Para eso le he abierto
á usted las puertas de mi casa? Si cuando yo os decía
que sus intenciones no eran buenas...
Felipe.—(¡Demonio!...)
Luisa.—¡Infame! 5
Paula.—Puede usted marcharse cuando quiera.
Carmen.—Y ya irá Juan á entenderse con usted.
Luisa.—Eso es: á pedir á usted una satisfacción.
Felipe.—Pero vamos á ver: ¿qué ha pasado aquí? 10
Paula.—Usted lo dirá.
Felipe.—¿Que no les parece á ustedes bien que vaya
á esa reunión no yendo Luisa?
Luisa.—Claro.
Felipe.—Pues bien; no voy. 15
Luisa.—¿De veras?
Paula.—No; si por nosotras puede usted ir donde
le acomode.
Felipe.—Nada; no voy, no señora. Pero tendré
que ir á avisar al amigo que había citado, y al propio 20
tiempo escribir á los González para que busquen otro
que toque el piano.
Paula.—¿Y para qué avisar? Que toque el dueño
de la casa si quiere.
Felipe.—¡Si don José no es pianista! 25
Paula.—Bien ¿y qué?
Felipe.—Vaya, voy en un vuelo á avisar á ese
amigo, y vuelvo en seguida.
Luisa.—Pero no tardes.
Felipe.—No. ¿Están ustedes contentas? 30
Paula.—No hace más que lo que debe.
Felipe.—Ya lo sé, señora. (¡Caracoles, en la que
me he metido!)
Luisa.—Y múdate de ropa, porque si no, voy á creer
que vas después.
Felipe.—Bueno, mujer. 5
Luisa.—Adiós, vidita.
Felipe.—Adiós. (¡Caspitina! ¡Qué familia!) (Vase.)
ESCENA V
doña paula, carmen, luisa y después juan
Luisa.—¡Qué bueno es!
Paula.—Eso es: así estropeáis á los hombres con
llamarlos buenos. ¿Qué sería de vosotras sin mí? Al 10
hombre hay que tratarlo á puntapiés y sin consideración
ninguna para que nos respete. ¡Parece mentira que
hayáis estado á mi lado en vida de vuestro padre!
Luisa.—Pero, en fin, ha renunciado á ese baile por mí. 15
Carmen.—¿Qué más puede hacer?
Paula.—No haberse comprometido con esas cursis
de González sin haberlo consultado antes con nosotras.
¡Una familia que no se acuerda de invitarnos á una
reunión! ¡Unos trapisondistas que porque han hecho 20
dinero, no se sabe cómo, y por lo tanto de mala manera,
se dan más tono que el señor de Rodrigo en la horca!
¡Unos mamarrachos!
Juan.—¡Hola! ¿Hablan ustedes de los señores de
González? 25
Paula.—Sí, señor; hablamos de esos... trapisondistas.
Á menos tendría yo en ir á su casa.
Juan.—¡Ah! ¿Ya saben ustedes que dan una reunión
y no las han convidado?
Carmen.—Lo cual es una grosería.
Paula.—Pero que me complace en extremo. Así
me evitan el trabajo de contestarles que no admito su 5
convite.
Juan.—¡Ah! ¿No iban ustedes de todos modos?
Paula.—¿Nosotras? No podemos frecuentar semejante
sociedad.
Carmen.—Tiene razón mamá. 10
Juan.—Muchísima. Y como la veo á usted en
terreno muy firme y pensando muy cuerdamente por
primera vez en su vida...
Paula.—¡Caballero!...
Juan.—Permítame usted que la haga justicia. 15
Paula.—Yo he pensado siempre como ahora.
Juan.—Bueno; pues ya no tengo inconveniente en
decirle que acabo de recibir en este momento el convite
de los señores de González. (Sacando un papel.)
Paula.—¡Eh!... 20
Carmen.—¿El convite?
Luisa.—¿El convite para esta noche?
Juan.—Sí; con una nota muy expresiva, excusándose
de haberlo mandado tan tarde.
Paula.—¿Á ver? (Lo toma.) 25
Luisa.—¡Qué gusto!
Carmen.—Si no podía ser otra cosa.
Juan.—Pero como no han de ir ustedes, de todos
modos...
Luisa.—¿Eh? 30
Paula.—¡Oh! ¡Qué finura! Oíd, oíd lo que dice
Isabel de su puño y letra. (Leyendo.) «Si esta invitación,
que por un error llega tarde á ustedes, no les basta,
irá mi marido en persona á rogarles no falten á esta su
casa.»
Luisa.—¡Qué amabilidad! 5
Carmen.—¿Quién se niega?
Juan.—Nosotros por supuesto.
Paula.—¡Qué hemos de negarnos, hombre! ¡Pues
no faltaba más!
Juan.—¡Señor, Señor! ¡Éste es el mundo! 10
Paula.—Y como yo sé lo que me debo á mí misma,
iremos á ese baile.
Juan.—¡Ésta es la sociedad!
Carmen.—- Y tú también vendrás.
Juan.—¿Yo? 15
Paula.—¡Ya lo creo! Te conviene tratar á las
gentes, si has de llegar á ser algo alguna vez.
Carmen.—Y frecuentar la sociedad.
Paula.—Ahí tienes el ejemplo de González, que no
era nada, y ahora es todo un... 20
Juan.—¡Señora!... ¡Por las once mil vírgenes!
Paula.—Nada, nada, iremos.
Luisa.—¡Qué gusto! ¡Y el pobre Felipe que se
habrá quitado el frac!
Paula.—Pues se lo vuelve á poner, ¿qué más 25
quiere?
Luisa.—Claro: ha de tocar el piano para que
bailemos.
Paula.—Y que no puede dejar de ir.
Luisa.—Y que nadie toca como él. 30
Juan.—(Otra víctima como yo.)
Luisa.—Á mí me hacen falta guantes largos
de catorce botones.
Paula.—Es verdad; y á mí horquillas.
Carmen.—Y á mí polvos de arroz, y el abanico que
está á componer. 5
Paula.—Nada; éste va en un vuelo y lo trae todo.
Juan.—Pero señora, ¿y no los llamó usted cursis
y trapisondistas y...?
Paula.—¿Y qué tenemos nosotras que ver con lo
que inventan las gentes? Vamos, anda; guantes, horquillas 10
y polvos de arroz.
Juan.—(Y una soga para ahorcarme.)
Luisa.—Los guantes de catorce botones y color lila,
¿sabes?
Juan.—Ese color, sin pedirlo, me lo dan á mí en 15
cuanto me vean entrar en la tienda.
Paula.—Bueno; vamos, que tenemos que peinarnos
todavía, que no tardes, ¿eh? (Vanse doña Paula y
Luisa.)
Juan.—En seguida. (¡Por vida de mi carácter!) 20
ESCENA VI
carmen y juan
Juan.—Tu madre está dejada de la mano de Dios.
Carmen.—¡Dale con mi madre! Á tí no te parece
bien nada de lo que hace mi madre.
Juan.—Como que nada de lo que hace tiene sentido
común. 25
Carmen.—¡Juan, Juan!... Calla, y ve á comprar
todo eso.
Juan.—¿Á comprar? Pero ¿tú crees que yo fabrico
dinero?
Carmen.—No empecemos.
Juan.—Bueno; sea lo que quieras. ¡Ah! Pero yo
no puedo ir á esa reunión. 5
Carmen.—¿Por qué?
Juan.—Á menos que te tomes el trabajo de cortar
cuatro dedos de largo de mi pantalón negro.
Carmen.—¿Ahora?
Juan.—Ahora. El otro día, al entrar en la oficina 10
después del duelo de D. Andrés, me preguntaron los
compañeros si había comprado el pantalón en el Rastro,
y si el difunto era mayor. Como que tiene cola el
tal pantalón.
Carmen.—¿Y vas tú á presumir acaso? 15
Juan.—Una cosa es presumir, y otra no ir en ridículo.
Carmen.—Bueno; pues mañana se corta.
Juan.—Bueno; pues que se suspenda ese baile hasta
mañana.
Carmen.—¿Cómo se entiende? Tú vas á esa reunión 20
y llevas el pantalón como está.
Juan.—Considera que se ríen de tu marido.
Carmen.—¡Bah! Déjame en paz.
Juan.—Pero considera...
Carmen.—Ve á paseo. (Sale.) 25
ESCENA VII
juan, después luisa
Juan.—Al Congo me iría yo con tal de no veros.
Cualquiera se casa, sí señor, y se encuentra con una
mujer más ó menos buena; pero con una. Yo me he
casado con tres... y cada una de ellas es un grupo...
de fieras. ¡Ay! ¿Por qué me ha dado Dios tan poca
energía?
Luisa.—¡Calle!... ¿Aún estás aquí? 5
Juan.—¿Qué? ¿Habéis pensado por ventura no ir
á casa de González?
Luisa.—¿No ir? ¡Pues no faltaba más!
Juan.—¿Sí? Pues si tenéis empeño en que yo os
acompañe, me vas á hacer un favor. 10
Luisa.—¿Qué favor?
Juan.—Cortar mi pantalón cuatro dedos.
Luisa.—¿Yo? Pero hombre, ¿tú crees que yo no
tengo otra cosa que hacer que ocuparme de tu pantalón?
Juan.—Si es un momento. 15
Luisa.—Déjame en paz, y córtalo tú si quieres.
¡Vaya con el hombre! (Vase.)
Juan.—Gracias, mujer, gracias. Ésta también hará
feliz á su marido. ¡Ah! Mi suegra ha dicho muchas
veces que tiene afición á la ropa de hombre. Si por uno 20
de esos fenómenos extraños en ella quisiera complacerme...
Debe de estar en su cuarto. Probemos. (Sale.)
ESCENA VIII
felipe, después juan
Felipe.—¡Ea! Ya estoy de vuelta. ¿No hay nadie?
¡Esperaré! Me parece que he hecho mal en ceder;
pero á doña Paula le da un soponcio por mí; Carmen me 25
amenaza con su marido, y Luisa con concluir las relaciones...
¿Concluir? Quizás esto me conviniera.
Don Juan no parece muy feliz, y quién sabe si me espera
á mí igual suerte.
Juan (Saliendo con unos pantalones negros en la mano).—Nada;
me ha mandado á escardar cebollinos. ¡Qué
remedio! Lo voy á cortar yo y mañana se cose. 5
Felipe.—Hola, señor don Juan.
Juan.—Hola, víctima... digo, compañero de fatigas
sin glorias.
Felipe.—¿Compañero?
Juan.—Hombre, en cuanto se case usted; yo ya lo 10
estoy.
Felipe.—¡Ah! (Pues señor, me casan sin remedio.)
Juan.—Con permiso de usted, ¿eh? (Extendiendo
el pantalón sobre una
mesa.)
Felipe.—¿Va usted á quitar alguna mancha? 15
Juan.—No; á quitar paño que le sobra á este
pantalón.
Felipe.—¿Usted? ¿No hay mujeres en la casa?
Juan.—No; aquí no hay mujeres, son fieras.
Felipe.—¿Eh? 20
Juan.—Es decir; hago una honrosa excepción. (Me
conviene no escamarlo.)
Felipe.—Luisa, ¿eh?
Juan.—Por supuesto, Luisa, que es un modelo de
bondad y de... mansedumbre. 25
Felipe.—Ya me lo parecía á mí.
Juan.—Pues es usted listo. En fin, cásese usted con
ella, que va usted bien.
Felipe.—¿Cree usted?...
Juan.—Cuando le digo á usted que es un modelo... 30
Felipe.—Pero, sin duda ¿la madre?...
Juan.—¿Mi suegra? ¡Quiá! Después de todo, es
una infeliz. Tiene un carácter... pero no pasa de
ahí.
Felipe.—¿De dónde?
Juan.—De ahí; de... Estoy por aconsejarle á usted 5
que se la lleve cuando se case.
Felipe.—¿Á la suegra? ¡Caracoles!
Juan.—No; si eso no es suegra... eso es... una
madre, una... Yo tendría un sentimiento muy grande;
pero llévesela usted si tiene empeño. 10
Felipe.—No, ninguno.
Juan.—Bueno; pues nos la podemos repartir á
temporadas.
Felipe.—¿Á temporadas?
Juan.—Por ejemplo: puede pasar con usted doce 15
meses del año y el resto conmigo.
Felipe.—Eso es: ó lo contrario.
Juan.—También. El año entero con usted, y lo que
quede conmigo.
Felipe.—Ya hablaremos de eso. 20
Juan.—(Éste se la ha olido.) Vaya, ya está esto.
(Por el pantalón.) Mañana lo cosen para que no se
deshilache. Lo dejaré aquí hasta que vuelva. (Lo deja
sobre la silla.)
Felipe.—¿Á dónde están esas señoras? 25
Juan.—Ahora saldrán. ¿Usted también va de baile?
Felipe.—Iba; pero como se han empeñado en que
no vaya...
Juan.—¿Y no va usted, yendo la novia?
Felipe.—¡Cómo! ¿Van al baile? 30
Juan.—¡Ya lo creo!
Felipe.—¡Demonio! Y me han hecho escribir
excusándome...
Juan.—¿Sí? Pues como no piensen otra cosa van
á casa de González.
Felipe.—¡Por vida!... Eso es jugar conmigo y no 5
me he casado todavía.
Juan.—¡Oh! Eso es ahora; pero en casándose se
cuadra usted.
Felipe.—Ya lo creo que me cuadraré.
Juan.—Vaya; voy á comprar unas friolerillas. 10
Felipe.—¡Después que me he quitado el frac!
Juan.—Con tal que tenga usted los pantalones bien
puestos...
Felipe.—¡Quiá, hombre! Si se me están cayendo;
son anchos. 15
Juan.—¿Su sastre de usted es profeta?
Felipe.—No; es García.
Juan.—Lo mismo da. (¡Pobre chico!) (Vase.)
ESCENA IX
felipe, después doña paula
Felipe.—Después que me hacen escribir pretextando
un fuerte dolor de muelas y rogándoles que busquen 20
otro que toque el piano... salimos con que van ellas.
No; pues conmigo no se juega.
Paula.—¡Hola! Pronto ha dado usted la vuelta.
Felipe.—¡Claro! Como que por lo visto no había
necesidad de la salida. 25
Paula.—¡Ah! ¿Sabe usted ya que vamos al baile?
Felipe.—Sí; ahora que he escrito á esos señores
que un fuerte dolor de muelas me impedía ir á tocar
el piano.
Paula.—¿Qué, usted toca el piano con las muelas,
por ventura?
Felipe.—No, señora; pero toco cielo con las 5
manos cuando me pasan estas cosas.
Paula.—¿Es fuerte el dolor, eh? Arránquesela
usted si está picada.
Felipe.—Quien está picado soy yo.
Paula.—¿Sí? Pues enjuáguese usted. 10
Felipe.—Si no me duele nada.
Paula.—¿En qué quedamos?
Felipe.—Ha sido el pretexto para no ir.
Paula.—Entonces, yendo, ya no necesita usted
pretexto. 15
Felipe.—¿Después que me he quitado el frac y el
pantalón negro?
Paula.—Se lo vuelve usted á poner.
Felipe.—Eso es.
Paula.—¡Ah! Y á propósito: ¿ha visto usted á 20
Juan?
Felipe.—Salió ahora.
Paula.—Me alegro. (Le voy á sorprender cuando
vuelva. ¿Qué me cuesta darle gusto una vez? Le voy
á cortar el pantalón negro. Él dijo que unos cuatro 25
dedos... le cortaré cinco. Puesto que hay tiempo...
¡Ah! Éste debe ser, sí. En mi cuarto tengo tijeras.)
(Coge el pantalón.)
Felipe.—Pero ¿van ustedes al baile, eh?
Paula.—Sí, hombre; vaya usted á vestirse, vaya 30
usted. (Vase por la segunda izquierda.)
Felipe.—¡Caramba, Carambita! ¡Nada! Me zarandean
como les da la gana. ¡Y todavía dice don Juan
que podíamos partirnos á la suegra!... ¡Ya lo creo que
debíamos partirla! Pero por la mitad, y arrojar los
pedazos para que no pudieran aprovecharse... Porque, 5
vamos á ver. ¿Qué hago yo con esta carta, (Sacando una
del bolsillo.) que le he escrito á la de González, excusándome?
Afortunadamente no la he cerrado, ni se la he
mandado todavía; pero... ¡ah!... ¡qué idea! La
pongo una postdata, diciéndole que después de escrita 10
esta carta me encuentro bien, y por tanto, que no haga
caso de lo que la digo en ella... eso es. Ya que está
escrita, no me voy á quedar con la carta en el bolsillo.
¡Ay! ¡En qué lío tan gordo te has metido, Felipe! ¡Soy
lo más lila!... ¡Hasta don Juan ha conocido que se me 15
caen los pantalones, y no me he atrevido á devolvérselos
al sastre! ¡Ay! ¡Qué carácter tenemos algunos hombres!
¡Caracoles!... ¡Caracolitos!... (Sale por el
fondo.)
ESCENA X
carmen, vestida algo ridícula, sale y se mira al espejo. luego pepa
Carmen.—El espejo de mi cuarto es muy pequeño y 20
no me he podido hacer cargo de mi vestido. Vamos; no
está mal del todo... Pero si dan otro baile es preciso
que me haga uno nuevo... ¡nuevo!... ¿Cuándo será
algo mi marido? ¿Cuándo ascenderá al menos?
Pepa (Con el pantalón negro de Juan en la mano).—¡Anda,25
anda!... ¡Y qué maja se ha puesto usted!...
Carmen.—¿Qué te parece, Pepa, estoy bien?
Pepa.—Mejor que la sobrina del médico de mi
pueblo, cuando salía en la procesión del Jueves Santo.
Carmen.—No me satisface mucho el elogio; pero, en
fin... 5
Pepa.—¡Pues si es la más rica de Alcobendas!
Carmen.—¡Ah! Entonces... ¿Qué llevas ahí?
Pepa.—El pantalón del señor, que me lo ha dado su
mamá de usted para que lo lleve al cuarto.
Carmen.—¡Ah! ¿Lo has cortado tú? 10
Pepa.—¿Yo?... Yo no lo he tocado.
Carmen.—¡Pobre Juan! Voy á darle gusto siquiera
una vez; ¿qué me cuesta? Dame ese pantalón. Se lo
cortaré para que pueda ir al baile. (Vase por la primera
izquierda.) 15
ESCENA XI
pepa y luisa también vestida para la reunión
Pepa.—¡Digo! ¡Quién fuera señora para poder
llevar todos esos perifollos! (Viendo á Luisa.) ¡Anda!
¿También usted está compuesta?
Luisa.—¿Qué te parezco? ¿Me encuentras bien?
Pepa.—¡Ya lo creo! Parece usted Santa Fislomena, 20
la de la iglesia de mi pueblo.
Luisa.—¡Qué ocurrencia!
Pepa.—Que sí señora; que está usted pintiparada.
Luisa.—¿Cómo? ¿Pintada? ¿Se conoce mucho el
colorete? 25
Pepa.—¿El clorete?
Luisa.—¿Se ve mucho?
Pepa.—Pero ¿aonde tiene usted eso?
Luisa.—¡Aquí, en la cara, mujer!
Pepa.—¡Ah! Ahí no se conoce nada. Parece una
rosa.
Luisa.—¡Qué susto me has dado! 5
Pepa.—Yo quisiera vestirme así.
Luisa.—¡Buena estarías! ¿Has visto al señorito
Felipe?
Pepa.—Sí; volvió hace poco; pero se fué otra vez.
Luisa.—¡Ah! ¿Hablaría con mi madre, eh? 10
Pepa.—Creo que sí. Voy... (Contestando á la voz
de Carmen, que llama á Pepa.) Que sí, que está usted
muy guapa, vamos. (Sale primera izquierda.)
ESCENA XII
luisa, después pepa
Luisa.—Si no fuera por el pobre Felipe, esta noche
era ocasión de coquetear un poco con el teniente y darle 15
una lección. Pero Felipe es de los que se casan, y el
otro es un trucha.
Pepa.—Bueno; en su cuarto, ya sé.
Luisa.—¿Dónde vas?
Pepa.—Á dejar el pantalón negro del señor en su 20
cuarto.
Luisa.—¡Ah! (¡Qué trabajo me cuesta darle
gusto!) Yo lo llevaré. Allí habrá tijeras. (Vase
por el foro.)
Pepa.—¡Oh! Todas se llevan el pantalón. Por eso 25
dice el señor que aquí todos llevan pantalones menos él.
¡Y yo que no sabía por qué lo decía!
ESCENA XIII
pepa y juan trayendo varios paquetes
Juan.—Cuarenta y ocho reales de gasto un hombre
que no tiene más que treinta diarios. ¡Por vida de los
bailes!
Pepa.—Señor, ¡si viera usted qué guapas están las
señoritas! 5
Juan.—¿Sí, eh? Pues si vieras cómo estoy yo...
Pepa.—¿Qué? ¿También se va usted á poner disclotao
como la señorita?
Juan.—Sí, me voy á poner en guardia contra todos
estos despilfarros. 10
Pepa.—¿Qué traje es ése?
Juan.—Bueno; anda á fregar, hija mía, anda á
fregar.
Pepa.—¿Está usted mal humorado?
Juan.—No, cuestión de carácter. 15
Pepa.—¡Pues si es usted más bueno que el pan!
Juan.—¿Que el pan bueno, eh? Sí, desgraciadamente.
¿Has visto tú mi pantalón negro?
Pepa.—Sí; la señorita Luisa lo llevaba ahora á su
cuarto de usted. 20
Juan.—Bueno; pues entrégales todo esto á las señoras
cuando salgan, y di que estoy vistiéndome. ¿Hay
luz en mi cuarto?
Pepa.—Las luces las tienen todas ocupadas las
señoras. 25
Juan.—Bueno; me vestiré á obscuras, ¿qué remedio?
¡Ay! ¡Dichoso bailecito!
ESCENA XIV
pepa, doña paula y después carmen y luisa
Pepa.—No me parece que el señor tiene muchas
ganas de componerse.
Paula (Vestida con exageración).—¡Ea! Ya estoy corriente. ¿Dónde
están las niñas?
Pepa.—Por ahí drentro. 5
Paula (Mirándose al espejo).—Me parece que voy á
dar golpe esta noche. Diles que salgan. ¡Ah! Ven,
clávame un alfiler aquí detrás.
Pepa.—¿Detrás?
Paula.—En la falda, mujer. Espera... ¿Tienes 10
las manos limpias?
Pepa.—Me parece que sí.
Paula.—Lo dudo.
Pepa.—Sí, señora; me las lavé el domingo para salir
á paseo. 15
Paula.—Bueno; ya está bien.
Carmen (Saliendo con el abrigo puesto).—Cuando
quieras.
Paula.—¿Está ya tu marido?
Carmen.—Debe estar. 20
Paula.—Pues venga el abrigo y en marcha. (Se
pone el abrigo.)
Luisa.—¡Ah! ¿Ya están ustedes?
Paula.—Sí, anda, arréglate.
Luisa.—Volvió Felipe y le dijo usted que íbamos al 25
baile, ¿eh?
Paula.—Naturalmente.
Luisa.—¡Pobre chico! Se habrá incomodado
de nuestra informalidad.
Paula.—¿Incomodado? ¡Vamos, cuando yo digo
que sois vosotras las que estropeáis á los hombres!
Luisa.—Pero como le dijimos que nos dolía la 5
cabeza...
Paula.—¡Claro! Y ya no nos duele.
Carmen.—Pepa, tírame un poco del vestido. (Pepa
lo hace.)
Paula.—Lo que tú has de hacer es poner buena cara 10
al teniente esta noche y no dormirte en las pajas.
Luisa (Mirándose los guantes).—¡Ay!... ¡Por
vida!...
Carmen.—¿Qué pasa?
Luisa.—Que tu marido es un torpe. Le digo que 15
sean de catorce botones, y no tienen más que doce.
Paula.—Es un imbécil, hay que confesarlo.
Carmen.—¡Bah! Lo mismo da.
Luisa.—Eso es; como no te los has de poner tú...
Paula.—Lo ha hecho por fastidiar. 20
Luisa.—Después que acabo de cortarle el pantalón
para que no vaya ridículo.
Carmen.—¡Cómo! ¿Se lo has cortado más?
Luisa.—No; cuatro dedos sólo, lo que él me dijo.
Paula.—¡Adiós! ¿Á que el muy animal nos lo ha 25
encargado á las tres?
ESCENA XV
dichos, juan vestido de frac y con los pantalones negros cortos hasta la rodilla.
Juan.—¡Ea! Cuando ustedes quieran.
Carmen.—¡Jesús! (Al verle los pantalones.)
Luisa (Idem).—¡Já, já! ¡Qué facha!
Paula.—Pero ¿qué es eso?
Juan.—¡María Santísima! (Mirándose.) 5
Paula.—¡Si me lo estaba temiendo!
Juan.—Pero ¿qué les ha pasado á estos pantalones?
¡Si yo no los corté más que cuatro dedos!
Luisa.—¡Ah! ¿Tú también?
Juan.—Sí. 10
Carmen.—Y yo.
Juan.—¿Eh?
Paula.—Y yo, mameluco, y yo.
Juan.—¡Demonio!
Paula.—¿Á quién se le ocurre encargar á las tres 15
que te cortemos
los pantalones?
Juan.—¡Ay, ay, ay! ¡Una vez que han querido
ustedes complacerme, se han lucido! Prefiero que continúen
negándose á todo.
Carmen.—¡Por torpe! 20
Juan.—¡Un pantalón nuevo!
Luisa.—¿Y cómo vas á venir así?
Juan.—¡Yo qué he de ir!
Paula.—¿Cómo que no? Sácale unas medias mías,
y va de calzón corto. 25
Juan.—¡Señora!
Paula.—¿Qué tememos?
Carmen.—Tiene razón mamá; si ahora es moda.
Juan.—Basta, señoras, basta. Si están cortos,
no implica eso para que yo les sepa llevar una vez siquiera
é impida que en mi casa mande nadie más que yo, ni se 5
me ponga en ridículo, ni se me...
Paula.—¡Cómo! ¿Tú te atreves?
Juan.—Sí, señora; me atrevo á todo.
Paula.—¡Ay! ¡Ay! ¡Agua! ¡Agua!
Luisa.—¡Mamá! ¡Mamá! 10
Paula.—¡Asesino!
Carmen.—¡Infame!
Juan.—(¡Adiós! ¡Metí la pata con calzón corto y
todo!)
Paula.—Pero no; sé cuál es tu intento: dejarnos sin 15
ir al baile, y no lo conseguirás. Vamos nosotras, vamos
nosotras.
Carmen.—Pero, mamá.
Paula.—Vamos, vamos.
Juan.—(Me alegro.) 20
Paula.—Y usted viene por nosotras después.
Juan.—Sí, vestido de lacayo.
Paula.—Vamos, vamos.
ESCENA ÚLTIMA
dichos y felipe
Felipe.—Deténganse ustedes.
Juan.—¿Eh? 25
Paula.—¿Qué pasa?
Felipe.—Nada; que me han hecho ustedes poner el
frac otra vez; y ya no era necesario.
Paula.—Pero, ¿qué ocurre?
Felipe.—Que los de González acaban de recibir la
noticia de la muerte de un pariente, y se ha suspendido 5
la reunión hasta nuevo aviso.
Luisa.—¡Qué fastidio!
Juan.—(¡Me alegro!)
Carmen.—¡Qué chasco!
Paula.—¡Pariente... pariente! Eso es que los 10
muy trapisondistas quieren darse tono sin gastar un
cuarto de esos que han hecho no se sabe cómo. Si yo
lo temía.
Juan.—¡Pero señora, por Dios!
Paula.—¡Vaya usted enhoramala, mamarracho! 15
Felipe (Mirándole los pantalones).—¡Calle! ¿Está
usted de manga corta?
Juan.—Para lo que me sirven... (Á Felipe.)
No se haga usted ilusiones.
Si insiste usted en casarse, 20
no hay más medio que entregarse
y abdicar los pantalones.
(Al público.)
Y si este cuento en acción
á ustedes no desagrada, 25
concedan una palmada
antes que caiga el telón.
NOTES
The large, heavy figures indicate pages; the light figures, lines.
LA MUELA DEL JUICIO
[1.]—3. Franciscoo; notice the emphatic lengthening of the final vowel.
5. Voy á ponerte á la puerta de la calle (i.e., discharge).
[2.]—9. Unos por torpes... no se os puede sufrir, literally, "some of you on account of (being) stupid, and others, on account of (being) indolent, cannot be endured"; trans. freely, the stupidity of some of you servants, and the insolence of others, make you simply unbearable; no se os puede sufrir, one cannot endure you, or you cannot be endured; the reflexive construction is widely used as a substitute for the passive voice. It is frequently rendered in English by the indefinite pronoun "one"; cf. French "on" and German "man."
10. ¡Vaya con los criados! see voc. under ir.—pagarles bien y tratarles bien; the objective forms of the personal pronouns of the third person admit of double or alternate forms, which, though hardly sanctioned by the best usage, are found in reputable authors. Les for los, as direct object plural (see above, pagarles, etc.), and le for lo as direct object singular when reference is made to things, are somewhat infrequent. Commoner are the forms lo for le as direct object masculine with reference to persons, and la for le (pl. las for les) as indirect object feminine with reference to both persons and things. The student would do well to avoid these alternate forms.
13. ¡Se necesita más paciencia! what a lot of patience one needs! For se, see note 2, 9.
[3.]—4. ¡Pero...! Goodness...!; pero may be used as an emphatic interjection introducing exclamatory or interrogative phrases.
6. Vamos, hombre, que no es para mi genio, well, it's simply this: my disposition won't stand for it; que may be used elliptically at the beginning of a sentence or clause, frequently with an emphatic force that does not admit of translation. Its syntactical status may be explained by supplying a verbal expression, such as no cabe duda, upon which the clause introduced by que may depend. For hombre, as an interjection, see line 17 of this page.
8. ¿Se puede? see voc. under poder. For se, see note 2, 9.
11. Estoy sirviendo aquí hace tres meses, I have been employed here for three months; an action begun in past time and continued in the present is expressed in English by the present tense, and the time-idea by "for." In Spanish the present tense is required and the time-idea is expressed by hace or desde hace. Similarly, estaba sirviendo aquí hacía tres meses would mean "I had been employed here for three months." But if the main verb is in the preterite, hace followed by a time-clause is equivalent to "ago"; thus, ESTUVE sirviendo aquí hace tres meses, "I was employed here three months ago." For further examples of these two constructions, see voc. under hacer.
12. Ya supe, I found out; the preterite of saber may express the idea of "learning," "finding out." The imperfect sabía usually means "I knew."
17. Hombre, why, what are you saying?; hombre as an interjection expresses surprise or remonstrance. It is addressed without connotation of sex to a woman as well as to a man, e.g., hombre, ¿estás loca? "why, are you crazy, (woman)?"
18. De que, that; Spanish verbs usually retain before substantive clauses the prepositions which are associated with them before ordinary substantives. Here de is retained as a reminiscence of its presence in such an expression as alegrarse de una cosa, "to be glad of a thing."
26. confío en que; for en, see previous note.
[4.]—7. sigo la máxima del pobre porfiado... Erre que erre, I follow the maxim of the insistent beggar... keep at it. The maxim referred to is pobre porfiado saca mendrugo, "the insistent beggar gets his crust of bread," i.e., "he who persists, wins his point."
9. Lo que es á paciencia... le gane á usted, in the matter of being patient, there is no one who can get ahead of you.
11. ¿Verdad que no? isn't that true? A conjunctive clause may be inferred after que. Atilano might say in full, continuing the idea of the previous statement, ¿Verdad que no hay quien me gane?
16. me he venido; a few intransitive verbs undergo a change of meaning on being made reflexive. There may be a decided change of meaning; e.g., ir, "to go," irse, "to go away"; dormir, "to sleep," dormirse, "to go to sleep"; marchar, "to march," marcharse, "to go away." In a few verbs the change of meaning is imperceptible; e.g., venirse (see above), which is practically equivalent to venir, "to come."
18. ¿Me das...? will you give me...? In familiar speech, the present is substituted for the future, to express vividly a future action and to emphasize the certainty of its occurrence.—cerillita (dim. of cerilla); the diminutive conveys to the Spaniard many fine distinctions not easy for the foreigner to seize. Besides their obvious diminutive sense, these diminutive endings may imply sympathy, familiar or intimate relations, comradeship, affection, pity, playful irony, entreaty, as well as depreciation or contemptuous pity. At times they merely create a mood or atmosphere. Thus mothers will address their children, and lovers each other, with an abundance of diminutives as a means of displaying tenderness, without causing any alteration of meaning in the word itself. Specific instances of the diminutive will be discussed later in their relation to the context. cerillita here would help to show that don Atilano desires to be friendly and informal with Francisco, though it would not be impossible, were it intelligible in the context, for it to mean a "small match."
21. Por lo visto... cuarta pregunta. Atilano.—No, hijo mío... á la quinta, evidently you are "hard up." Atilano.—No, my dear fellow, I'm worse than "hard up." For hijo mío, see voc. under hijo.
[5.]—3. ¡Cuidado con lo que beben los empleados públicos! my, what a lot these government employés drink!
5. ¡Qué cosas tiene don Atilano! how Atilano does carry on!
11. á todo el que venga, to whoever may come.
16. y tiene un genio que ya, ya; it is difficult to give an exact rendering of this use of ya, ya, which conveys the idea that Raigón has a temper so bad that words cannot express it; trans. freely, and Great Scott, what a temper he has!
17. recibe, see note 4, 18.
18. hace que no nos vemos muchos años, we have not seen each other for many years; see note 3, 11. Notice the syntactical dislocation of hace muchos años.
21. Francisquito; the diminutive ending is used here with a cajoling purpose; see note 4, 18.
24. hombre, see note 3, 17.
28-29. regaña,... recibe, see note 4, 18.
29. ¡Pues poquito gusto que tendrá en verme! why, he will be simply delighted to see me! Poquito, "quite a little," "a good deal": the inflection of the voice and the context give the above meaning to poquito, rather than the usual "very little."
[6.]—2. ... Atilano Fuentesaúco; acuérdate de los garbanzos. Fuentesaúco is a town in the province of León, about twenty-five miles southeast of Zamora. Fuentesaúco and its neighborhood are known for the excellent quality of the chick-peas (garbanzos) raised there. Atilano jokingly implies that if Francisco will remember where the chick-peas are raised, he will not forget his (Atilano's) name.
7. llegan muy adentro, go far in, i.e., reach the heart.
12. lo de, see voc. under lo.—pobrecita, diminutive implying pity and affection; see note 4, 18.
[7.]—3. Raigoncillo; here the diminutive brings out the idea of affection (feigned, of course) and comradeship; you dear old Raigón approximates the Spanish.
5. Así lo entretenga dos horas, I hope to goodness he'll keep him for two hours; for lo, see note 2, 10.
18. Bien, pues usted dirá..., well, what do you wish? i.e., "come to the point."
19. ¿Qué es eso de usted? the idea of using "usted" with me! i.e., "you ought to 'thee-and-thou' me, you know me so well." Former schoolmates would hardly address each other with the formal usted, but Raigón is disinclined to recall his early friendship with Atilano, divining, doubtless, the purpose of the latter's visit.
22. bachillerato; the bachillerato is not to be confused with the degree of Bachelor of Arts conferred by reputable American colleges. It is a much more elementary course, more or less equivalent to that of our high schools, including, perhaps, some of the work of our Freshman and Sophomore years in college. Candidates prepare for the degree of bachiller in the public and private colegios and institutos. The degree itself is conferred after examination by the university.
[8.]—10. Ése sí que ha hecho suerte, that fellow certainly has been lucky!; sí may be used as an expletive to emphasize an assertion. It is usually followed by que, and is best translated by "yes," "indeed," "certainly," or by some form of the emphatic auxiliary "do."
17. Raigón, see voc. for the joke on the meaning.
29. dale que le das á la máquina, always working away at the machine.
[9.]—8. ni aun dispongo para, I haven't even the wherewithal to.
10. ¡Acabáramos! we have got to the end of it at last, have we! This seems to be a use of the -ra form with the force of a simple preterite of the indicative (from the Latin pluperf. indic.), here with ironical effect.
[10.]—1. Si siempre fué un adoquín, why, he always was a blockhead!; the conjunction si is frequently used at the beginning of a phrase to express surprise or expostulation.
3. ¡Cualquiera le pide nada á ese hombre! imagine anyone asking a favor of that man!
9. ¿Qué ha de pasarme? what do you suppose is the matter with me?
14. sacarse una muela, to get a tooth pulled.
16. ¡Qué sé yo! literally, "what do I know?" Trans. freely, I can't imagine!
[11.]—1. si, see note 10, 1.
3. va de veras, see voc. under veras.—¡Que lo aguante su abuela! let his grandmother put up with him (i.e., "I won't").
8. Esta casa es una romería, i.e., in that Raigón's patients are as numerous as pilgrims at a shrine.
19. ¿Y tacaño? Es de lo que no hay, and stingy? why there is nothing like him.
20. Con decirle á usted que..., I have only to tell you; a conclusion such as todo queda dicho is necessary to complete the sentence.
21. Es así. (Cerrando el puño.), meaning by the gesture that Raigón is "tight-fisted."
[12.]—9. ganándonos; nos is the dative of advantage; express the idea with the preposition "for," making for ourselves, or omit in translation.
18. si, see note 10, 1.
22. Á ver, let's see; vamos á ver would be the full form.
25. ¡Y así, un jubileo y venga guita! literally, "a jubilee and let money come"; trans. freely, and so there will be a high old time and plenty of cash as well; for further examples of this use of venga, see voc. under venir.
[13.]—2. que, see note 3, 6; supply a verb like mira, "consider," upon which que may depend.
18. ¿á qué viene...? see voc. under venir.
22. moría... mataba; in the conclusion of a present condition "contrary to fact," we should expect the conditional (here, moriría, mataría), or the first form of the imperfect subjunctive (muriera, matara). The imperfect indicative may replace these subjunctive and conditional forms, especially in familiar and conversational style, adding emphasis and vividness to the verbal idea.
[14.]—10. Verás, it's this way, you see...; verás, verá usted, verán ustedes are used to introduce or announce an explanatory statement.
28. Si lo descubre, lo descubro todo, if she finds it out, I shall disclose everything; a play on the two meanings of descubrir.
[15.]—1. Pues para todo igual, I'm just that way in everything.
2. yo soy muy hombre para decirles, I'm thoroughly man enough to tell them; muy used immediately before nouns has the same value as when placed before adjectives; cf. muy señor mío, "dear Sir."
4. La vecinita de la derecha... á la izquierda, my little neighbor who lives on the right (i.e., Inocencia) has stolen from me what I have on the left (i.e., my heart).
10. ya poco podemos tardar, we shall only have to wait a little longer.
18. muelita, dear little tooth; here the diminutive does not necessarily imply that Inocencia's tooth is small, but that Lelis, the lover, views it with affection.
22. Me voy á hacer; me, the dative of advantage, is the indirect object of hacer. Its position before voy is explained as follows: when a pronoun is governed by an infinitive, which is itself dependent upon another verb, the pronoun may be affixed to the infinitive or precede the main verb. Hence voy á hacerme would be the alternate order.
[16.]—18. figura irle instruyendo, (Francisco) is represented as giving him instructions, one after the other; ir, in conjunction with the present participle, may denote progressive action.
20. Se conoce que va á salir el que está, apparently, the person (inside) there is going to come out.
[17.]—16. juntitos, close together; an elusive use of the diminutive which hardly admits of translation. It suggests here the amorous attitude of the two lovers. Men speaking of "being together" would naturally use juntos, or muy juntos; lovers, juntitos, with the added suggestion of being pretty near together.
19. ¿Cuándo meteré yo la cabeza en alguna parte? when shall I ever accomplish anything?
[18.]—7. ¿Pues no han de venir? why, of course they will come.
17. acento andaluz; the speech of Andalucía, the southern-most province of Spain, is not a dialect in the sense that the languages spoken in León, the Asturias, and Aragón are. Andalusian has had no distinct historical development apart from Castilian, and its peculiarities indicate generally a distortion of Castilian sounds rather than the existence of independent forms. Besides having a characteristic intonation, the speech of Andalucía possesses, among others, the following characteristics: c and z are equivalent to s, and s is frequently given the sound of z (i.e., dise for dice, sapato for zapato, uzté for usted, and ezo for eso; ll is pronounced as y i.e., cabayo for caballo); there may be an interchange of liquids like l and r (i.e., er for el, Albelto for Alberto); there is a persistent suppression or weakening of initial, medial, and especially final consonants (i.e., ute for usted, lo' rato' for los ratos, ice for dice, andao for andado, pagá for pagada). Needless to say the speech of the educated Andalusian is free from most of these peculiarities. Many of the characteristics of Andalusian pronunciation persist in the speech of the Spanish-American countries which were settled to a considerable extent by southern Spaniards.
22. soleá, see voc. under soleá for the play on the meanings of the word.
27. ¡Qué barbaridad, cómo viene este hombre! how awful, the condition this man is in!
[19.]—1. Gracias á que, thank goodness that; á is retained before the substantival clause as a reminiscence of its use in expressions like gracias á Dios, where it precedes a substantive.
2. Yo no puedo más, see voc. under poder.