The Project Gutenberg eBook, El doncel de don Enrique el doliente, Tomo II (de 4), by Mariano José de Larra
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El doncel de Don Enrique el Doliente
EL DONCEL
DE
Don Enrique el Doliente:
HISTORIA CABALLERESCA
DEL SIGLO QUINCE
POR
D. MARIANO JOSÉ DE LARRA.
SEGUNDA EDICION.
TOMO II.
MADRID:
Imprenta de I. Sancha,
1838.
CAPITULO IX.
Ese caballero, amigo,
dime tú que señas trae.
Cancion. de Rom.
La hora del alba seria cuando el famoso caballero don Enrique de Villena, cansado de esperar inútilmente á su juglar, á quien habia comprometido, como sabe el lector, en el misterioso y nocturno acontecimiento de la víspera, vacilando entre mil ideas confusas, habia entregado al descanso sus miembros fatigados. Ni el miedoso juglar habia vuelto, ni él, desde el punto en que le enviara á esplorar quién fuese el músico, habia tornado á oir mas que el confuso ruido de las armas de los desconocidos combatientes. No habiendo querido dar sospechas á nadie en el alcázar de que pudiera tener la menor parte en los sucesos que él se figuraba haber ocurrido, no se habia determinado ni á salir en persona á reconocer el estado de las cosas, ni á dispertar á ninguno de sus pacíficos sirvientes. Habíale entretanto sorprendido el sueño en medio de la encontrada lucha de sus opuestos pensamientos, y vestido como estaba se habia reclinado en su rico lecho, determinado á esperar al dia y con él la aclaracion de los acontecimientos de la noche. El sol sin embargo, que á mas andar se venia, amaneciendo por las doradas puertas del oriente, daba la señal á caballeros y escuderos de tornar á las obligaciones diarias, porque en la época de nuestra narracion no se habia introducido aun la moda regalona de perder las gentes principales las horas mas hermosas del dia en el mullido y caliente lecho.
La cámara principal del señor de Cangas y Tineo, inmediata á su gabinete alquimístico (cuya entrada no era á todos permitida), presentaba un aspecto imponente, tanto por el lujo y afectacion con que se hallaba alhajada, como por las diversas personas que en ella se veían reunidas esperando á que se dignase recibir su acostumbrado homenage el ilustre pariente de Enrique III. Gentiles-hombres, caballeros y escuderos de su casa, oficiales de su servicio, donceles y pages conversaban en diversos grupos, pendientes del menor ruido que pudiera anunciarles la deseada presencia de su señor. Notábase solo la falta de dos personas, y no se oían mas que preguntas misteriosas sobre su estraña ausencia.
—¿Qué era del primer escudero? ¿Qué del juglar?
—¿Qué puede causar la tardanza de Fernan Perez?
—Por el señor Santiago que es cosa dificil de comprender. Cuando volviamos anoche de la batida, él se adelantó con un solo montero y se separó de nosotros. Desde entonces no le volvimos á ver.
—Sí, reponia otro: apostára la mejor pieza de mi arnés á que fue á ver bajo las ventanas de su amada esposa si andaban moros en la costa.
—Bravo modo de decirnos que el escudero es zeloso.
—¡Dios me perdone! como un moro.
—¡Oh! entonces, decia un tercero, ya se esplica su ausencia. Habrá tardado en conciliar el sueño... al lado de su dama...
—¡Chiton! la puerta de la cámara se ha abierto.
—Es el camarero.
—El camarero, el camarero, repitieron varias voces por lo bajo. Fijáronse las miradas de todos en Rui Pero, quien con la mayor inquietud preguntó:
—¿No ha venido aun Ferrus? su señoría pregunta por su juglar.
—Estará haciendo alguna trova, ó pensando algun donaire, dijo el mas atrevido de los caballeretes.
—Cierto que comienza su tardanza á inquietarme, dijo Rui Pero. Y acercándose á los principales personages de aquella pequeña corte.—Su señoría no se ha desnudado esta noche; Fernan Perez no parece; Ferrus tarda, les dijo misteriosamente: temo grandes novedades. Voy á prevenir á su señoría, añadió en voz alta, y se entró.
Duraron otro rato las misteriosas conversaciones de la cámara; pero no tardó mucho en venir á interrumpirlas la presencia del primer escudero.
—Dios nos dé su bendicion, dijo en entrando, al comenzar este dia, y se santiguó devotamente.
—Dios nos la dé, repitieron los circunstantes, é imitaron, como en las cortes se usa, la accion del valido. Bien venido sea el escudero de su señoría, esclamaron despues.
—Bien venido, sí, y bien despierto; la trasnochada me ha hecho ser indolente. Vuestras mercedes me darán licencia que entre á tomar las órdenes de nuestro amo. Ya hace rato que debiera estar á su lado.
No le dió lugar sin embargo á entrar la salida del conde en persona, á quien acompañaba su fiel camarero. Hízose como los demas á un lado respetuosamente Fernan Perez, y el conde, que le habia visto antes que á otro alguno, disimulándolo sin embargo, como para castigarle de su tardanza, dirigió comedidamente la palabra á sus principales cortesanos. Despues de las ceremonias y fórmulas de uso.—Caballeros, dijo el conde, asuntos de alguna importancia me obligan á separarme de vuesas mercedes. Podreis esperarme en la antecámara de su alteza, adonde no tardaré en seguiros. Fernan Perez, quedaos.
Inclinaron la cabeza los circunstantes, y hablando entre sí por lo bajo, dejaron la cámara desocupada, no muy contentos con el frio recibimiento del distraido conde de Cangas y Tineo.
—Y bien, Fernan Perez, dijo éste luego que quedaron solos, supongo que habeis encontrado en completa salud á la hermosa Elvira.
—Esa pregunta, señor...
—¡Oh! no: haceis bien: no se puede vacilar entre el servicio de una hermosa y el de un conde. Voy viendo que os debo de armar pronto caballero, porque ya sin serlo cumplís perfectamente con la orden de caballería. ¿A qué hora habeis entrado en Madrid?—Rui Pero, dispondreis que se busque dentro y fuera del alcázar á Ferrus. Su ausencia me inquieta.—Ya estamos solos, Vadillo. ¿A qué hora habeis entrado?
—Podrian ser las cuatro, si dicen las horas las estrellas.
—¿Las cuatro? A esa hora... ¿no habeis visto á la entrada á Ferrus?
—Ojalá, señor, que hubiera visto á Ferrus: algo peor es lo que be visto.
—¿Peor? esplicaos presto.
—Y peor lo que he oido.
—¿Habeis oido?
—Volvia, señor, de la batida, como me dejastes mandado, á la cabeza de los caballeros y monteros de tu casa; al llegar al alcázar, habíame adelantado algun tanto para hacer la señal de que nos echaran el rastrillo, cuando creí oir hácia cierto punto del alcázar, pero de la otra parte del foso, un laud asaz bien templado.
—Seguid, Vadillo.
—Parecióme mal que á tales horas se diesen serenatas hácia la parte precisamente del alcázar que habita...
—Seguid.
—Apreté los hijares al caballo: cuando llegué, la música habia cesado, pero un hombre que rodeaba el muro esterior, y que á la sazon se hallaba debajo de las ventanas de mi señora la condesa...
—¡Vadillo!
—De Elvira, señor... perdonad si mi lengua... ¡maldita sospecha! ahora caigo en que... aquel hombre, pues, no me pareció bien, y le acometí.
—Por Santiago que acertaste. ¡Es mi hombre! ¿era el músico?
—Sin duda, puesto que por alli otro alguno no se veía.
—¿Se defendió?
—Trató de defenderse, y trató de hablar pero mi venablo no le dió el espacio que él quisiera. Le disparé, y cayó.
—¿Cayó? adelante, Vadillo. Tu recompensa igualará tu servicio.
—Apeéme del caballo para reconocerle, pero fue imposible: habia llovido, y él cayó en el fango: mi venablo le habia pasado por la frente, y su cara estaba llena de lodo y de sangre: la oscuridad ademas y mi turbacion no me permitieron conocerle. Figuréme sin embargo que no debia de estar muerto aun, pues latía su corazon y se quejaba. Deseoso de saber quién fuese el músico que á aquellas horas osaba comprometer el honor de las dueñas del alcázar, atravesélo en mi caballo: sin embargo antes de entrar lo encomendé al cuidado del montero que se habia adelantado conmigo: respondióme de su seguridad. Fui á dar órdenes para hospedar á la gente de la batida, y ahora solo espero las tuyas, gran señor, para reconocer al insolente trovador.
—¡Ah! ¿No sabeis aun quien sea?
—Solo sé que no está herido de muerte; pero el montero al anunciármelo añadió que el maestro á quien habia recurrido, al hacerle la cura, habia encargado que no se le viese ni hablase. Creí, pues, del caso esperar á la mañana. Parecióme sin embargo jóven y gallardo mancebo.
—Él es, no hay duda. Te tengo en mi poder, mal caballero. Vadillo, es preciso tenerle á buen recaudo.
—¿Conócesle tú entonces, gran señor?
—Sí: le conozco; tú le conocerás tambien. Necesito sin embargo á Ferrus. Á esa misma hora de las cuatro le envié á reconocer al músico; de entonces acá ha desaparecido. El villano cobarde ha tenido miedo sin duda; acaso luego se aparecerá y creerá desarmar mi enojo con alguna juglería. Entre tanto Rui Pero está en el encargo de encontrármele muerto ó vivo. Sus orejas servirán de pasto á mis lebreles si ha cometido villanía, por Santiago. Ahora, Vadillo, es preciso no perder tiempo: supuesto que está en nuestro poder quien pudiera únicamente desbaratar mis planes, dentro de una hora he de quedar servido. Hernan Perez, ¿teneis valor y resolucion?
—Dispon, señor, de mi vida.
—Venid conmigo; prontitud y secreto.
Dicho esto, salieron don Enrique y su primer escudero, y atravesando apresuradamente las galerías del alcázar, se dirigieron á las caballerizas del conde: dieron alli varias órdenes, al parecer de la mayor importancia: separáronse en seguida. El primer escudero buscó y habló misteriosamente á algunos escuderos de la casa de su señoría. El movimiento y el sigilo con que ciertos preparativos se hacian pronosticaban algun proyecto de la mayor importancia. Reuniéronse de nuevo el conde y su primer escudero, y en otra secreta conferencia aquel pareció dar á éste instrucciones de grave peso, despues de las cuales se dirigieron entrambos seguidos de los escuderos y armados que para su plan habian escogido, y desaparecieron entrándose por la cámara de don Enrique. Nada se trasluce en las crónicas del objeto de aquellas ignoradas conferencias. El lector sin embargo, si presta un poco de paciencia, podrá tal vez adivinarle por sus prontos resultados.
CAPITULO X.
Mate el conde á la condesa,
que nadie no lo sabria,
y eche fama que ella es muerta
de un cierto mal que tenia.
Rom. del conde Alarcos.
Cuando Fernan Perez de Vadillo hubo dejado su presa al cuidado del montero, se apresuró á desvanecer las sospechas que en su alma comenzaban á nacer acerca de la dueña á quien podria haber sido la serenata dedicada. Era evidente que el trovador se hallaba debajo de las rejas de doña María de Albornoz: ¿rondaba empero á la condesa, ó á alguna de sus dueñas y doncellas? ¿era acaso Elvira el objeto de tan intempestiva música? La conducta irreprensible de la condesa y de su esposa las ponian en cierto modo á cubierto de cualquier juicio temerario. Los maridos, sin embargo, que nos lean, no estrañarán que el zeloso escudero fabricase en el aire mil castillos fantásticos hasta la completa aclaracion por lo menos de sus terribles dudas.
El taimado pagecillo entre tanto al oir saltar de su lecho á su hermosa prima, se habia levantado, y habia conseguido hacer que ella volviese en sí de su aturdimiento, golpeando á su cerrada puerta, y preguntándola si necesitaba algun ausilio, y cual era la causa de aquel ¡ay! doloroso y del estraordinario ruido que acababa de oir.
Repúsose Elvira lo mejor que pudo, y tranquilizando al page, mandóle que se retirase á su lecho, y aun le trató de visionario y de curioso impertinente. A lo de curioso nada tenia el pobre Jaime que responder, pero en cuanto á lo de visionario, él sabia muy bien que no habia soñado lo que realmente habia oido, y si obedeció por entonces, no fue sin reservarse el derecho de averiguar todo el caso en amaneciendo. Elvira, satisfecha con el silencio del page, tornó á escuchar, pero no oyendo ruido alguno que pudiese ponerla en camino de dar con la verdad de lo sucedido, volvióse al lecho tambien; de suerte que á la venida inesperada del zeloso escudero pudo disimular convenientemente la reciente turbacion. Despues de las primeras preguntas que entre los dos pasaron acerca de aquella imprevista llegada, en valde trató Fernan Perez de sondear mañosamente el alma de su avisada esposa. Nada habia oido, nada sabia de cuanto á Vadillo traía inquieto. Hubo éste, pues, de conformarse y remitir á otra ocasion mas favorable la satisfaccion de sus deseos. Concilió el sueño de que tanta falta tenia, y cuando se dispertó se vistió apresuradamente, y despidiéndose de su amada esposa se dirigió á la cámara de don Enrique, como arriba dejamos indicado.
No deseaba Elvira otra cosa: cada vez mas inquieta acerca del obscuro sentido de las trovas de la noche pasada, presagiaba ya mil próximas desventuras: determinó dar aviso á la condesa, quien habia oido muy confusamente los sucesos referidos. Antes empero de dar este importante paso, llamó al page y le dijo como era inútil que guardase por mas tiempo el secreto de la venida del caballero de Calatrava, puesto que ella lo habia reconocido: añadióle que importaba mucho á la seguridad de su señora la condesa saber cuál habia sido el desventurado lance de la noche, y hablar al caballero, si habia quedado de él con vida y libertad, para que le aclarase sus misteriosos avisos: prometió el page indagar cuanto hubiese en el asunto, tanto por dar contento á su querida prima, como por el interes que en las cosas del caballero trovador se tomaba. Salió, pues, en busca de él, resuelto á no volver mientras no diese con él y no le indicase el deseo de la condesa, de agradecerle su fina amistad, é implorar al mismo tiempo su proteccion y amparo, si algo sabia que fuese en contra de ella ó de los suyos.
Mas tranquila despues de esta primera diligencia, acudió la triste Elvira á la cámara de su señora, á quien encontró levantada, pero no repuesta de las terribles escenas de la víspera. No contribuyó á aquietarla lo que Elvira le refirió, y entrambas á dos determinaron vivir con cautela, no dudando que las palabras del trovador tuviesen alguna relacion con los proyectos que el irritado conde habia dejado traslucir la noche antes, en medio de su colérico arrebato contra su inocente esposa.
Bien quisiera la condesa penetrar el arcano que las nocturnas trovas encerraban, y aun mas quisiera traslucir quién podia ser el caballero generoso que tan bien informado se hallaba de las asechanzas que contra ella se prevenian, y que tan singular interes por su seguridad tomaba. No eran pequeñas por otra parte la zozobra y la duda que á entrambas nuestras heroinas agitaban acerca de los resultados de la desgracia que al caballero le habia acarreado su generosidad.
Era para Elvira evidente que poco despues de haber callado el desventurado cantor, le habia sobrevenido un trance de armas: la caida de un cuerpo habia resonado luego funestamente en sus oidos y en su corazon, y el silencio y la duda habian sucedido á la catástrofe. Era de presumir que el muerto ó herido fuese el músico; pero era imposible saber nada á punto fijo antes de la vuelta del page; corria entre tanto el tiempo, si bien no tan aprisa como al desgraciado que espera le suele comunmente convenir, y el page no daba noticias de su persona.
Si nuestros lectores han esperado alguna vez, podrán formar una idea aprocsimada de la penosa agonía de la de Albornoz y Elvira, porque idea exacta de ninguna manera la podrán concebir.
—¿Has oido? preguntaba en medio del mayor silencio la condesa.
—¡Es Jaime! respondia Elvira; mas no, no suena nada, añadia despues de un momento de inútil espectacion.
—Ahora... ahora sí, esclamaba de alli á un rato la condesa.
—Sí; ahora; pasos son, y pasos acelerados...
—De muchacho.
—Jaime, Jaime es... ahora sí... repetia Elvira atenta á la puerta, los ojos fijos en sus batientes hojas, y palpitándole el seno aceleradamente con el movimiento de las olas azotadas por la brisa; veíala abrirse ya, se medio-incorporaba en su asiento, entreabria los labios para hablar á Jaime... La puerta sin embargo cerrada, fija, inmóvil como una pared. Los pasos se alejaban, apenas se oían. Nada ya.
—Seria algun criado que pasaba.
Una vez, en fin, la puerta se movió al morir en ella el ruido de los pasos; todavia no se podia ver al que iba á entrar: parecia sacudirse por sí sola, y antes de que se abriese lo bastante para dar paso al page, que era sin duda el que iba á entrar, la condesa y Elvira unánimemente inspiradas de uno de estos raptos del primer momento, tan comunes é irreprimibles como inesplicables en las mugeres, habian gritado:—¡Jaime! entra, Jaime.
Abrióse por fin la puerta enteramente, y entró don Enrique de Villena. Hay una inclinacion natural en el que espera á creer que nadie puede venir sino el esperado; nada tienen, pues, de particular el asombro y la repentina frialdad de la condesa y su camarera al ver echado por tierra tan inesperadamente todo el aéreo castillo de sus fantásticas esperanzas. Miráronse una á otra en el primer momento de estupor; el lector hubiera adivinado en sus semblantes infinidad de ideas que bullian en sus imaginaciones, y que por la vista se cruzaban, se comunicaban, se hablaban, se refundian en un solo objeto de entrambas comprendido sin mas verbal esplicacion.
Examinó un momento don Enrique de Villena las cambiantes fisonomías de la señora y su camarera.
—Bien veo, dijo pausadamente despues de un momento, bien veo, doña María, que no esperais á vuestro esposo. ¿Pudiera yo merecer vuestra confianza hasta el punto de saber cuál interes os liga al imprudente page que ha abandonado de una manera tan imprevista mi envidiado servicio? ¿callais? ¿me conservais rencor aun por la escena de anoche?
Dijo estas últimas palabras con tal acento de dulzura y de reconvencion, que no pudo menos la ilustre víctima de manifestar á las claras en su semblante su singular asombro. Tenia efectivamente el de Villena gran facilidad para revestir la máscara que á sus fines mejor convenia. Nadie hubiera reconocido en sus modales y palabras al tirano esposo de la víspera.
—¿No quereis, señor, que estrañe tan singular mudanza en vuestras acciones? ¿debo creeros, ó prepararme para otra...?
—Basta, doña María: ¿es posible que no acabeis de conocer los sentimientos de don Enrique de Villena? No negaré que pudierais estar justamente ofendida, pero vengo á reclamar mi perdon. He pensado mejor mis verdaderos intereses, he reconocido mi error: vuestras virtudes me han hecho abrir los ojos: si sois la misma que habeis sido siempre, Elvira puede ser testigo de nuestra reconciliacion.
—¡Don Enrique! esclamó alborozada la de Albornoz. Miró sin embargo á Elvira como para preguntarla con los ojos si podria creer en la sinceridad de las palabras del conde: Elvira bajó los suyos, y dejó sin respuesta la muda interrogacion de su señora.
—Desechad las dudas, doña María. Vengo á daros una prueba positiva de mi afecto. Espero que esta noche os presentareis brillante de galas y preséas en la corte de Enrique III. Quisiera que vencieseis en esplendor á todas vuestras émulas, y que la corte toda, á quien hemos dado harto motivo de murmuracion con nuestras anteriores contiendas, presenciase los efectos de nuestra nueva alianza. ¿Dudais aun?
—Esta duda, señor, repuso la de Albornoz, puede seros garante del deseo que en mi alma abrigaba de veros por fin esposo algun dia. ¡Ah! si vuestro amor, si esta reconciliacion fuesen una nueva artería, si fuesen un lazo...
—¡María!
—Perdonadme: vos habeis dado lugar á mi desconfianza; si esta paz aparente fuese solo la calma precursora de nuevas borrascas, seriais bien cruel y bien pérfido caballero: ¿qué gloria podria prestarle al leon el jugar con la inocente y crédula oveja? Ved mi alma: yo os perdono, don Enrique perdonémonos entrambos. Oid empero. Si solo intentais divertiros á costa de mi loca credulidad, Dios confunda al malsin, abandone la Vírgen Madre al engañador de las damas, y el buen Santiago al mal caballero. Apodérese el ángel malo del alma del traidor, y no le sean bastante castigo las penas todas de los condenados al fuego eterno. Hé aqui mi mano y mi amor, don Enrique.
Las últimas palabras enérgicas que la de Albornoz habia pronunciado con toda la entereza de la virtud y el entusiasmo de la inspiracion, habian hecho bajar los ojos al imperturbable don Enrique: un estremecimiento involuntario le habia cogido desprevenido, y estrechó la mano de la de Albornoz diciendo balbuciente y confuso:
—Ved aqui la mia: el cielo sabe la verdad de mis palabras.
Abrazáronse los consortes en presencia de la asombrada Elvira, quien, acostumbrada á la táctica de don Enrique, no hacia sino examinar su semblante como buscando en sus facciones y en el mas insignificante de sus gestos pruebas contra sus palabras. La de Albornoz, deslumbrada por su mismo deseo y su amor al conde, se entregaba mas facilmente á la esperanza de ver por fin su suerte mejorada. ¿No era por otra parte muy posible que sus virtudes hubiesen hecho realmente en don Enrique el efecto que este acababa de suponer? Nada hay mas facil que hacernos creer lo que con vehemencia deseamos. La de Albornoz tragó, pues, el cebo y el anzuelo.
Repuesto don Enrique de su primera turbacion, no perdonó medio alguno de inspirar confianza á su esposa: las palabras mas tiernas fueron por él prodigadas, y las mas vivas protestas de amor y fidelidad. Un amante no hubiera dicho mas que el hipócrita marido.
Poco tiempo podia hacer que esta escena duraba en la cámara de doña María de Albornoz, cuando la puerta misma que el dia antes habia proporcionado á don Enrique retirada se abrió con admiracion de los circunstantes, y se aparecieron seis figuras fantásticas, que un hombre del vulgo hubiera llamado entonces seis endriagos. Venian armados al parecer de pies á cabeza, pero unas especies de sayos que sobre la armadura traían, y cuya capucha cubria su cabeza y rostro, á manera de los que usaban los almogavares, no permitian ver quiénes ni qué especie de hombres fuesen.
Suspensas quedaron á tan estraña aparicion doña María y su camarera; mirábanse alternativamente, y miraban luego con atencion esploradora á don Enrique, deseosas de reconocer en su fisonomía si se presentaban los intrusos alli por su orden, ó si tendrian ellas motivo para temer algun nuevo peligro.
—¡Vive Dios! esclamó don Enrique levantándose: ¿quién es el osado que os envia? ¿quién se atreve á interrumpir de un modo tan incivil las conversaciones del conde de Cangas y Tineo? salid fuera y...
No le dieron tiempo á proseguir los encubiertos: el que parecia ser gefe de ellos desenvainó una espada, á cuya señal se acercaron los demas con sendos puñales á las aterradas damas, todo sin proferir una palabra.
—¡Don Enrique! esclamó la de Albornoz arrojándose á sus pies y estrechando sus rodillas, al paso que éste con el acero, fuera ya de la vaina, parecia protejerla de todo estraño acometimiento.
—Traicion, señora, gritó Elvira, traicion: ¡nos han vendido! y quiso arrojarse hácia la puerta para demandar socorro. No se lo consintieron dos de las fantasmas, que arrojándose á su paso la sujetaron fuertemente y pusieron término á sus alaridos, cubriendo su boca con su fino cendal, y procediendo en seguida á sujetarla á una de las columnas de la cámara. Don Enrique entre tanto gritaba y maldecia.
—¡Por Santiago! he olvidado mi silbato de plata en mi cámara, y ningun criado me oirá aunque los llame. Pero venid, añadia al gefe de los invasores; llegad y arrancadme la vida antes que el honor.
En vano trató la de Albornoz de separar á su esposo del trance que le esperaba. Don Enrique la rechazó y cruzó su espada con la del desconocido, en tanto que los compañeros de éste, apoderándose de la casi desmayada doña María, vendaban su boca con su propio pañuelo, en cuyas puntas se veían ricamente recamadas en oro las armas reunidas de su casa y la de Aragon: cubriéronla toda con un largo manto negro, que de pies á cabeza la ocultaba, y comenzaron á sacarla fuera de la cámara por la puerta secreta, sin que pudiese oponerles resistencia alguna la consternada y ya enteramente enajenada víctima.
Combatia entre tanto don Enrique con el desconocido, el cual, visto lo hecho por sus compañeros, se replegaba defendiéndose con destreza. Miraba Elvira con atencion el semblante de don Enrique, por ver si descubria en él alguna señal que manifestase estar mancomunado con los traidores. Ofendia y se defendia éste, empero, con bizarría; voceaba llamando á sus criados y persiguiendo siempre al fuerte caballero que protegia la retirada de los suyos con su presa, mas sin poder herirle: al llegar á la puerta secreta el desconocido hizo un último esfuerzo para desembarazarse de su molesto perseguidor, y tirándole un furibundo mandoble desarmó al conde. Bien trató el al parecer irritado Villena de recojer su acero en cuanto vió que el encubierto no se habia aprovechado de su ventaja para rematarle, pero la accion de don Enrique dió tiempo al fugitivo; lanzóse á la escalera cerrando tras sí la puerta con el oculto cerrojo, de modo que cuando el conde, apoderado ya de su arma, volvió á la carga, no halló mas que una pared tersa é insuperable delante de sí, procurando en vano, tocar el resorte que la solia abrir.
Volvióse atras entonces el conde, y no parando mientes en Elvira, que atada y amordazada permanecia, salió por la puerta principal de la cámara, llamando socorro y armas contra los robadores, como los llamaba, y malandrines que acababan de arrebatar á su cara esposa de entre sus mismos brazos, allanando su propia habitacion por arte sin duda de Luzbel, y con ausilio de todas las potestades del abismo, contra su robusto y valeroso brazo.
—A la mina, mis escuderos, al campo, gritaba, al campo del moro, al Manzanares; alli los alcanzaremos: la escalera secreta no tiene otra salida.
No tardó mucho en esparcirse por el alcázar la noticia del estraordinario robo y desacato cometido en la persona de la condesa de Cangas y Tineo: caballeros y escuderos acudian todos á la voz del conde y en menos de media hora estuvo este en disposicion de traspasar el rastrillo en busca de los robadores; quien enlazaba este acontecimiento con la música oida la noche antes bajo la ventana de la condesa, quien suponia que el hecho era imposible, en vista de que solo don Enrique poseía las llaves de los candados que cerraban aquella salida al campo. Todos conjeturaban, todos hablaban, nadie veía clara la verdad.
No era sin embargo menos cierto que los robadores habian hallado el secreto de introducirse en la cámara de la de Albornoz por la puerta que la unia con la del conde, y que tenia salida á la escalera, y de alli á la larga mina no conocida de todos. Nada mas frecuente en los alcázares antiguos y de construccion morisca sobre todo que estas minas secretas: hacíanse prudentemente con la mayor reserva y secreto, y solian parar á una ó dos leguas á veces del alcázar á que pertenecian. Varias puertas y trampas de hierro, bien cerradas y puestas á trechos, impedian la entrada en ellas á los enemigos, aun en el caso de ser su boca descubierta, cosa de suyo poco menos que imposible; y podian ser de mucha utilidad á los poseedores del alcázar, tanto para hacer una salida imprevista como para introducir víveres, como tambien para salvarse por ellas en una noche la guarnicion del castillo, en el caso de verse reducida al último estremo por un ejército aguerrido y numeroso. Por una de estas minas, pues, escaparon los encubiertos; de suerte que ya se hallaban muy lejos de Madrid cuando pudieron llegar sus perseguidores á la boca de la mina, habiéndoles sido preciso reunirse, armarse, salir del alcázar, y dar un gran rodeo para su objeto, pues perseguirlos por la misma mina era caso imposible, puesto que habiendo sustraido y llevado las llaves de las diversas puertas los encubiertos, era claro que habrian ido cerrandolas todas sucesivamente tras sí, como con la primera de la cámara habia hecho el gefe de ellos, con el prudente objeto de asegurarse las espaldas.
Dejemos á don Enrique á la cabeza de los oficiales de su casa corriendo el campo del moro en busca de su robada Elena, y pidamos al lector un ligero descanso, que despues de la pasada refriega y aventura estraordinaria referida habernos en gran manera menester.
CAPITULO XI.
Cuando el conde aquesto vido
. . . . . . . . . . . . . .
fuérase para el palacio
donde el rey solia estar,
saludó á todos los grandes,
la mano al rey fue á besar.
Rom. del conde Grimaltos, Silva de varios rom.
La pequeña corte de la antecámara de don Enrique, que dejamos en anteriores capítulos descrita, era un imperfecto y pálido remedo de la del muy alto y poderoso rey don Enrique III.
Veíanse lucir en esta á mas de los que tenian los primeros oficios de la real casa de su alteza las principales dignidades de Castilla. Hallábanse en derredor del trono á derecha é izquierda, y por el orden de su dignidad y favor, el buen condestable don Rui Lopez Dávalos, el almirante don Alfonso Enriquez, don Fadrique, duque de Benavente, don Gaston, conde de Medinaceli, el conde don Juan Alfonso de Niebla, los maestres de Santiago y Alcántara, el mariscal don Garci Gonzalez de Herrera, don Juan de Velasco, camarero mayor, Diego Lopez de Stúñiga, justicia mayor, Pero Lopez de Ayala, chanciller mayor y del sello de la puridad, el adelantado Pedro Manrique, donceles y caballeros principales, en fin, que á la corte asistian. En el momento de nuestra narracion llegaba su alteza á ocupar su regia silla: acompañábanle al lado don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, don Juan Hurtado de Mendoza, su mayordomo mayor, y sosteníanle del brazo fray Juan Enriquez, su confesor, y don Mosen Abenzarsal, su físico. Don Enrique III, en medio de su juventud, tenia el natural aspecto enfermizo que á su rostro prestaban sus habituales dolencias. Semblante pálido y prolongado por la enfermedad, noble con todo, grave y lleno de magestad: sus ojos eran hermosos: mezclábase en ellos cierta languidez y tristeza con la penetracion y la severidad: su andar era lento y su voz flaca.
Hasta el momento de la entrada de su alteza habíase tratado con raro interes entre los palaciegos del robo singular de doña María de Albornoz, y ninguno en consecuencia estrañaba la ausencia de don Enrique de Villena y de los caballeros de su casa. Succedió el mayor silencio á la entrada de su alteza, y éste recorrió con la vista apresuradamente el círculo de sus cortesanos, saludando á uno y otro lado con su natural sequedad.
—¿Y nuestro fiel pariente y vasallo don Enrique de Villena? preguntó su alteza: condestable, ¿creo que me habeis dicho que ha vuelto de la montería del Real de Manzanares?
—Señor, dijo el buen Lopez Dávalos inclinando su cabeza cana y despojada por el tiempo, cierto es lo que aseguré á tu alteza: don Enrique volvió ayer del Pardo.
—¡Por San Francisco! que no sabe sus intereses mi primo cuando olvida presentarse á su rey...
—¡Es una omision imperdonable...! pero, señor, hay causas á veces que...
—¿Causas? quiero saberlas.
—Seis enmascarados han robado á su esposa.
—¿Robado? ¿dónde?
—En su cámara misma.
—¿En mi palacio? no puede ser, condestable. Tal desacato costaria la cabeza... esplicaos.
—Nada hay mas cierto, señor.
Aqui el condestable, amigo del conde de Cangas y Tineo, refirió al rey cuanto en el alcázar corria acerca de tan estraño acontecimiento.
—Diego Lopez de Stúñiga, dijo el rey levantándose cuando hubo oido la relacion del caso. El rey Enrique no desmentirá jamas la fama que tiene granjeada de justiciero. Como justicia mayor de mis reinos os cometo la averiguacion del suceso. Compadezco á nuestro fiel pariente y vasallo, y quiero vengar la felonía cometida en la persona de mi muy amada doña María de Albornoz. Antes de tres meses me habreis descubierto quién sea el reo, y habrá pagado con su cabeza su atrevimiento. Juro por las llagas de San Francisco que no le podré dar seguro aunque me le pida.
Inclinó respetuosamente la cabeza Diego Lopez de Stúñiga, y volvió á ocupar su lugar.
—Vos, Pero Lopez de Ayala, tendreis entendido que quiero que se estienda hoy mismo la cédula que os dije: es mi real voluntad que no paguen mis reinos mas monedas, á pesar de no haberse acabado aun la guerra con Granada. ¿Qué os parece almirante?
—Paréceme, señor, que pudieran recrecerse graves daños de la supresion del tributo de las monedas, repuso el almirante: si bien con eso contentais á los pecheros y hombres de afan, tambien si los moros vuelven á hacer la entrada...
—No me lo digais, repuso el rey; estad cierto de que tengo yo mayor miedo de las maldiciones de las viejas de mis reinos que de cuantos moros hay de esta parte y de la otra parte del mar.
Calló el almirante, y alto murmullo de aprobacion acogió el paternal dicho de Enrique el Doliente.
Otra media hora pasaria en que el rey de Castilla despachó en medio de su corte algunos negocios del gobierno de sus reinos; ya iba á dar la vuelta á la cámara cuando se sintió ruido como de muchas personas armadas que se acercan; volviendo todos las cabezas hácia el sitio por donde el rumor sonaba, un faraute de su alteza llegando hasta el medio de la sala hizo una reverencia, otra á poca distancia, y hecha la tercera á los pies casi del trono.
—Poderoso rey, dijo en alta voz, y justo don Enrique, tu pariente y leal vasallo don Enrique de Aragon, conde de Cangas y Tineo, rico-hombre de estos reinos, y señor de Alcocer, Salmeron y Valdeolivas, viene á pedir á tus plantas justicia y reparacion.
—Decid que entre á mi pariente y leal vasallo.
Retiróse el faraute con las mismas cortesías sin volver jamas las espaldas, y llegado á la puerta, entrad, dijo con voz descomunal.
Dos farautes de don Enrique precedian. Don Enrique de Villena detras con rostro á la par airado y pesaroso. Seguia á su lado su primer escudero, y detras un caballero de su casa con el estandarte de sus armas, en que lucian sobremanera las barras paralelas de Aragon. El estandarte, pendiente de una asta á la manera de los que aun se usan en algunas procesiones, era ricamente recamado de oro y plata sobre campo azul. Venian despues armados como su señor los caballeros y escuderos vasallos del poderoso don Enrique.
Pedido y dado el permiso de hablar por su alteza, tres veces reclamaron los farautes de don Enrique la atencion y silencio de los demas señores y asistentes.
—Oid, oid, oid el desacato y felonía cometido en la persona de la muy noble é ilustre señora doña María de Albornoz, esposa del muy noble é ilustre señor don Enrique de Aragon, y de que en nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y de la Bienaventurada Vírgen gloriosa, viene á pedir justicia y reparacion.
Respondido hablad tres veces tambien por el faraute de su alteza, comenzó don Enrique, hincando en tierra una rodilla, á hacer relacion de como le habia sido en su misma cámara robada su muy amada esposa, y de como habia salido en persecucion de los robadores, entre los cuales contábanse criados de su casa, cuya falta habia notado al mismo tiempo.
—Alzad, le dijo el Doliente rey, conde de Cangas y Tineo, y decid cuál sea el fruto de vuestra espedicion.
—No me levantaré, señor escelso, mientras no acabe el cuento de mi cuita, y no esté seguro de que tu alteza me otorga lo que á pedirte vengo. Inútilmente he recorrido el campo en busca de los robadores; á haberlos encontrado, señor, no hubiera menester pedirte justicia, porque mi espada me la supiera dar muy suficiente. ¡Pero oh dolor! Gran rey, he hallado en vez de la esposa ó de la venganza que buscara, esos sangrientos despojos que solo una funesta catástrofe me pueden anunciar.
Adelantáronse al llegar á decir esto de entre el grupo de los caballeros dos escuderos, que tendieron á la vista del rey el manto y el velo de doña María de Albornoz todos ensangrentados.
—¡Cielo santo! esclamó horrorizado el piadoso rey: un movimiento de horror circuló por la corte, y todos apartaban la vista de los sangrientos restos.
—Hé aqui, señor, esclamó sollozando el desdichado esposo; ¡y ojalá no hubiera encontrado mas pruebas de mi desgracia!
—¿Qué decís? hablad, esclamó Enrique III.
—Un pastor, gran rey, que es el que ves y puede darte de ello testimonio, me ha asegurado que unas horas antes de encontrar con estas ropas, habia visto pasar á unos armados con un cadáver de una muger, á su parecer hermosa y jóven; mi esposa, señor. Receláronse de él, y quisieron echarle mano para impedir que su mal hecho se supiese; mas el conocimiento que tiene del pais, las quebradas de las peñas y sus buenos pies le salvaron por desdicha mia, para mi amargo desengaño.
—Pastor, llegad, dijo don Enrique; ¿vos habeis visto eso?
—Verdad dice su grandeza, repuso el pastor con visible turbacion, que achacaron todos al asombro de hallarse en tal parage. Llevábanla sin duda á enterrar en los sitios ocultos en donde los ví.
—Justicia, pues, señor, justicia. Otorgadme que me dé á buscar al alevoso, y que donde quiera que le encuentre pueda sin duelo ni formalidad alguna castigar al que como villano se portó.
—Yo os juro, don Enrique, justicia y reparacion. Alzad: ¿teneis vos indicios de quién pueda ser el robador?
—Ninguno, respondió Villena levantándose.
—¿Sospechais por ventura, si una venganza ó si una pasion...?
—¡Ay de quien osare ofender la memoria de mi esposa...!
—Nadie en mi presencia la ofenderá, conde de Cangas y Tineo. Imposible me fuera concederos que os entregueis á buscar al delincuente; necesito vuestra asistencia en mi corte. Pero los oficiales de mi justicia apurarán la verdad, y le hallarán donde quiera que se esconda. Os otorgo, sin embargo, en nombre de Dios Trino y Uno, á quien en la tierra representan los reyes ejercitando su justicia, que matéis al villano, si lo hallais, adonde quiera que lo halleis, armado ó desnudo, solo ó acompañado, por vuestra mano ó por la de villanos vasallos vuestros. Otorgo otro sí, que quede privado de cualquier gracia que pudiere yo hacerle ó le hubiere hecho sin conocerle; mando á quien le encuentre, caballero, escudero, noble ó pechero, y le requiero que le castigue como su villanía merece, y al que le mate hágole de su muerte salvo y perdonado. Alzad ahora, don Enrique.
—No esperaba yo menos, gran rey, de tu recta justicia.
Adelantándose entonces don Enrique el espacio que del trono le separaba, llegó con rostro apenado, y doblando de nuevo la rodilla ante el rey Doliente, quitóse el yelmo, besóle la mano, y dióle repelidas gracias por el favor singular que acababa de otorgarle. Retiróse en seguida á desarmar con sus caballeros por el mismo orden que habian venido.
Quedaron los cortesanos estupefactos de cuanto acababan de oir. ¿Qué motivo racional se podia efectivamente dar á la estraordinaria muerte de doña María? Todos discurrian y se hablaban al oido; pero ninguno conjeturaba la verdad, si bien muchos dudaban del relato y forma de la muerte por don Enrique referida. Pero donde el rey habia creido públicamente, no era lícito, ni aun á los mayores enemigos de don Enrique, dudar del caso sino en secreto. Todos por lo tanto callaron, y el físico de su alteza, que vió, que la animada audiencia de la mañana, y lo mucho que su alteza habia hablado, habia alterado visiblemente su color, le advirtió respetuosamente, que le convenia tomar algun descanso. Oido esto por el rey bajó del regio sillon, y despidiendo á sus cortesanos, entróse en su cámara con aquellos mismos que le habian acompañado á su salida, menos don Pedro Tenorio el arzobispo de Toledo, que quedó en la sala de audiencia con los mas grandes, dando y tomando en la singular aventura del que entonces mas que nunca comenzó á parecer verdadero hechicero á los ojos de los suspicaces cortesanos de don Enrique el Doliente.
CAPITULO XII.
Por dar al dicho don Quadros
dado ha al emperador.
. . . . . . . . . . . .
—¿Por qué me tiraste, infante?
¿por qué me tiras, traidor?
—Perdóneme tu alteza,
que no tiraba á tí, no.
Rom. ant. del infante vengador.
No bien hubo llegado don Enrique á su cámara despachó á sus caballeros, y solo quedó á su lado su predilecto escudero: depuesta alli la falsa máscara de la pena, cuando hubo quedado solo el intrigante conde con Fernan Perez de Vadillo trabó con él una breve conversacion.
—Fernan, nada tenemos que temer.
—Siempre tiene que temer quien no obra bien, señor.
—¡Fernan!
—Perdonadme, pero no apruebo lo hecho. Y ahora que he obedecido tus órdenes sin murmurar, tengo algun derecho á descargar mi conciencia.
—Vadillo, díjole al oido el conde, de nada tiene que acusarme la mia.
—¿De nada?
—Bien: convengo en que el medio ha sido violento; pero era preciso ser maestre de Calatrava.
—Callo, señor, obedezco; pero no lo apruebo. Permíteme que te lo diga por última vez.
—En buena hora: vuestro silencio y vuestra obediencia es lo que necesito. Y vamos á lo que mas importa. Tiéneme inquieto el camino que habrán tomado los armados.
—En cuanto á los que llevaron á la condesa, yo te respondo de su silencio y de su fidelidad.
—Bien; ¿y Ferrus?
—¿Tanto sentís la pérdida del juglar?
—¡Si la siento, Hernan! aquel nunca desaprueba nada: su conciencia es la del estúpido: nada le dice nunca: yo soy harto débil y harto bueno todavia para no necesitar tener á mi lado en mis fines un hombre honrado como vos. Quiero un instrumento, no un amigo. ¿Y el trovador prisionero?
—Podemos verle.
—¡Podemos!!! es indispensable. ¿No os dije yo que era él? Ved si ha estado detras del sillon del trono, como acostumbra, hallándose en la corte. El golpe nuestro será tanto mas seguro cuanto que nadie tiene noticia de su llegada. Habrá desaparecido del mundo, y quién sabe si alguien notará la coincidencia de su desaparicion y la de la condesa.
—Eso, señor, pudiera no convenirte.
—Conviéneme mucho ser maestre de Calatrava. Partamos. Guíame adonde esté.
Inquietos iban los dos acerca de la entrevista que con el nocturno músico los esperaba. Al odio que contra él por la denegacion referida abrigaba don Enrique, agregábase cierto recelo de que hubiese en su conducta algo mas que ley de caballería, y pura generosidad hácia la condesa: y aunque no amaba á su esposa, como bien á las claras lo acababa de probar, irritábale sin embargo la idea de que un simple caballero hubiese puesto los ojos en cosa suya y en tan alta persona. Con respecto á Vadillo no dejaba de tener alguna inquietud, pues no estaba muy claro para él si daba serenata á la condesa, ó si acaso su esposa... imposible y horrorosa le parecia tan descabellada sospecha de la virtud de Elvira... pero la duda se habia hecho lugar en su corazon, y es huésped por cierto que, una vez alojado, no se arroja del pecho á voluntad.
A entrambos parecia cosa indisputable que el músico era Macías, y nosotros, que desde la noche anterior nada sabemos de su existencia, no podemos menos de abundar en la opinion de los que tal pensaban.
Llegaron por fin á una puerta pequeña que en el estremo de una larguísima galería se encontraba.
—Alvar, dijo llamando Vadillo, y se abrió la puerta inmediatamente. Alvar era el montero á quien en la noche anterior habia confiado el escudero la importante presa. Entraron en una pequeña habitacion, cerrándose tras ellos la puerta.
—¿Y el preso? preguntó Vadillo.
—Descansa en la pieza inmediata; debia no haber dormido en un mes, segun ronca tranquilamente.
—¿Ronca? ¿No está, pues, herido de peligro?
—Mas daño debió de hacerle el miedo que vuestro venablo, señor escudero. Tiene algo arañada la cara de la caida, y un brazo vendado; pero el maestro que lo ha reconocido esta mañana asegura que podrá salir despues del medio dia.
—Despertad, pues, á ese caballero, interrumpió impaciente don Enrique.
—Despertad á ese caballero, repitió entre dientes Alvar.
—¿Qué respondeis en voz baja? Despachad, dijo Fernan. ¿Háse quejado de la violencia que con él se ha usado?
—Ayer noche todo era pedir que se le condujese á presencia de su amo el ilustre conde...
—¿Su amo? dijo el conde: el trovador ha perdido la cabeza.
—Voy á advertirle que vuestras señorías...
—Presto, Alvar, presto.
Entróse Alvar en la inmediata pieza, mientras que don Enrique y Hernan se preparaban á la estraña entrevista que iban á tener. No tardó mucho en volver á salir Alvar, asegurando que habia despertado al enfermo, quien sintiéndose completamente reparado de fuerzas con el pasado sueño, metia sus vestidos para salir á recibir á sus ilustres huéspedes.
—¿Es segura esa puerta, Alvar? preguntó el conde.
—Las fuerzas de diez hombres reunidos no bastarán, señor, á violentarla, respondió Alvar. Ademas, dos monteros le guardan conmigo y está indefenso: de aqui no saldrá sino para donde vuestras señorías determinen. Pero aqui está.
Salia en efecto el asombrado prisionero, el cual, no bien hubo visto al conde, cuando arrojándose hácia él, como quien ve á su libertador, se echó á sus pies, y con lágrimas de gozo y de temor, “Señor, esclamó besándoselos, ¿en qué ha podido ofenderte para merecer tan dura prision tu fiel Ferrus?”
Dos estátuas de mármol parecieron á tan inesperada vista el conde y su escudero. No seria mayor el asombro y la indignacion del rústico pastor que se viese torpemente cogido en el propio lazo que hubiera preparado para el raposo.
—¿Tú, Ferrus? esclamó despues de la primera sorpresa el furioso conde. ¿Tú, Ferrus?—Hernan, nos han vendido. Venid acá, don Villano, añadió derribando por tierra de un empellon al desesperado juglar, venid acá vos, Alvar, ¿es éste el preso que se os ha confiado? ¿Qué hicísteis, don Vellaco, del doncel de su alteza? Asíale de la garganta, y ahogárale sin remedio sino se le pusiera por medio Hernan, que mas sereno comenzaba á vislumbrar la verdad del caso.
—¿Qué doncel, señor? gritó cuanto pudo Alvar. Lleve mi alma el diablo si tuve yo jamas en mi poder mas preso que el que el señor escudero me entregó, y si no es ese el mismo de que me encargué.
—¿Qué es esto, Hernan? dijo don Enrique soltando la presa.
—¡Qué ha de ser, señor! que sin duda debió de ser Ferrus el músico que yo cogí.
—Negra fortuna mia, gritó don Enrique. ¡Qué músico habiais de coger, ni qué...! ¡Por Santiago! venid acá, Ferrus; ¿qué hicísteis vos de cuanto os encargué? ¿quién era el músico, juglar? acabad ó...
—Serénate, señor, respondió temblando el alterado Ferrus. Yo obedecí tus órdenes ciegamente: yo rodeaba el muro y me acercaba ya al que tañía, cuando él, echando de ver mi bulto, calló, y hundióse precipitadamente en la tierra; el diablo debia de ser sin duda, que tomó la forma de músico para perderme en tu estimacion...
—¿El diablo? malandrín... no pudo menos de sonreirse don Enrique al oir la simpleza de su juglar. ¿El diablo?
—Señor, lo jurára: lo cierto es que yo no le volví á ver mas: y cuando, todo ojos y orejas, me acercaba al sitio donde le habia visto, y buscaba el boqueron que habria dejado al hundirse, sin saber por dónde encontréme con un caballo encima y un caballero... Bien sabe Dios que en aquel trance me santigüé...
—Adelante; miserable, acaba.
—Por acabado, señor: desde aquel punto ni ví ni oí: cuando recobré el uso de mi razon halléme en ese camaranchon donde me curaban las heridas que el mal enemigo me habia hecho.
—Calle el necio, interrumpió, no pudiendo sufrir mas, don Enrique. ¡Vive Dios que nada comprendo, Hernan!
—Yo infiero, señor, dijo Hernan, que el músico debió ser si no diablo, muy ligero por lo menos, y yo debí tomar á Ferrus por el que tañía.
—Eso debió de ser sin duda. Pero voto á Santiago que todos los deseos que de encontrar á Ferrus tenia no me pagan del pesado chasco. Alza, Ferrus, y vente con nosotros. ¡Necio de mí, que fui á escoger para tan delicada empresa al mándria mayor que vió la tierra! ¿Enviéte yo para que cogieras al músico, ó para que te dejaras coger por el primero que llegase?
—Perdóname, señor, contestó algo repuesto Ferrus; dijérasme lo que habia de hacer contra el diablo en viéndole...
—¿Vuelves á mentar al diablo, menguado? ¿Dónde está el diablo, mal servidor? Enséñamele, desalmado.
—¡Jesus! Líbreme Dios. ¡Jesus! esclamó Ferrus santiguándose á mas y mejor.
—Vamos de aqui, Hernan. Juro no abrir libro ni hacer trova, y júrolo por el apostol Santiago, hasta no tener en mi poder al insolente doncel que de tal manera ha burlado mi esperanza. Ahora está libre vive Dios, y puede hacernos mucho mal. Alvar tu fidelidad será recompensada.
Inclinóse Alvar, y nuestros tres predilectos personages salieron silenciosamente á la galería; regocijado Ferrus de verse libre, en poder de su señor legítimo, y disipado ya el nublado que sobre su cabeza tronaba desde la noche anterior; disimulando Hernan la risa que en el cuerpo le retozaba al recordar á sangre fria el chasco inesperado; y mohino por demas el desairado conde, á cuya imaginacion se agolpaba entre otros peligrosos recuerdos el del secreto que habia imprudentemente confiado al perseguido doncel, y dándole no poco cuidado la reflexion de no haberle visto en la corte, siendo asi que ya no era la causa que él habia pensado la que podia habérselo impedido.
CAPITULO XIII.
¿Qué es aquesto, mi señora?
¿quién es el que os hizo mal?
Cancion. de Rom.
Largo tiempo hacia que Elvira, atada á la columna y sin poder pedir á nadie ausilio á causa del pañuelo que la tapaba la boca, esperaba con insufrible impaciencia á que la casualidad ó el transcurso del dia le deparase un libertador que de tan crítica situacion la sacase. Por fin llegó el momento deseado, y el page que tanto habia tardado en la averiguacion de lo que se encomendara á su cuidado, abrió las puertas de la cámara que de prision servia á la afligida hermosa. Miró en derredor y á nadie veía, hasta que fijando los ojos en la columna, ofrecióse á su vista el espectáculo de su aprisionada prima. Asustóse primero y esclamó:
—¡Santo Dios! ¿qué ha ocurrido aqui...?
Mal podia responderle Elvira sino con los ojos; pero cuando vió el pagecillo que no parecia nadie, ni habia asomos de peligro alguno, soltó la carcajada, impertinente á la verdad en aquel momento, y comenzó á dar brincos.
—¿Quién os ha puesto asi, mi señora Elvira? ¿os ató el señor escudero por...?
Dióle lástima al llegar aqui el ver que su prima no parecia gustar de la prolongacion de tan pesada chanza: llegóse entonces el atolondrado á Elvira, y desató sus crueles ligaduras.
—¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó Elvira en viéndose libre, alguna gran desgracia está sucediendo á mi señora la condesa. Corramos...
—¿Adónde vais tan deprisa? repuso el page deteniéndola; ¿y quién me paga mi recado? ¿quién escucha las nuevas que traigo? ¿quién sobre todo me cuenta lo que os ha sucedido, y la razon de haberos encontrado asi mano á mano con esa columna negra?
—¿Traes nuevas? preguntó Elvira olvidando todo lo demas. ¿Traes nuevas?
—Y buenas, contestó el page. El caballero de las armas negras era el que tañía...
—Lo sé... y...
—Pero sabed que le esperé inútilmente dos largas horas, mas largas que las del arenero...
—¿Inútilmente?
—Si, pero por fin llegó.
—¿Llegó? ¿Con que no era él el...? ¡Yo os bendigo, Dios mio...! Sigue.
—¡Si le vierais qué agitado! descompuesto el cabello, espantados los ojos, entró en su cámara y no me vió:—Negra suerte, esclamó, y despedazó con sus manos el laud que traía cruzado sobre la espalda. ¿No me servireis, dijo rompiendo las cuerdas, sino de gemir eternamente? vióme en seguida: ¿qué haces aqui? me dijo con voz terrible; pero al reconocerme templóse toda su ira. Page me dijo entonces con voz mesurada, ¿tornas aun con nuevas demandas del hechicero?
—¡Ah! si supierais quién me envia, dije entonces, si supierais que una hermosa dama...
—Silencio, esclamó, no pronuncies su nombre... ¿Es posible?—Díjele entonces la comision que me dísteis en nombre de la señora condesa: largo rato suspiró y miró al cielo sin hablar.—Page, me dijo en fin, no nos veremos mas. He creido que mi brazo podia ser útil á una inocente; pero si es fuerte contra los hombres, es impotente contra los recursos de una ciencia misteriosa y... maldecida. El infierno me envia enemigos en medio de la soledad, y la Madre de Dios me abandona. Un acontecimiento estraordinario ha interrumpido mis avisos. He rondado la noche toda para volver á entrar en el alcázar; las órdenes mas rigurosas, dadas no sé por quién despues de mi salida, me han impedido verificarlo. He debido esperar á que entrase el dia para que no fuese mi entrada sospechosa. Pero mañana el alba me encontrará lejos, bien lejos de Madrid. Si alguna muger necesita mi amparo en cualquier ocasion, mal pudiera negársele un doncel de don Enrique. Dígame qué puedo hacer: por mí lo ignoro. A Dios.—Apretóme la mano de una manera, prima, que yo creí que le atormentaban otros recuerdos que los de nuestra amistad. Envolvióse entonces en su pardo gaban, y cubriéndose con él la cabeza, oíle sollozar y salí. Hé aqui, prima, las nuevas.
—Tristes, bien tristes, dijo pensativa Elvira. ¿Y de la condesa supiste...?
—¿La condesa? ¿Es su confidenta la que me pregunta...?
—Sí: ¿nada sabes?
—Pero querida prima, ¿qué teneis? vuestra palidez, vuestra agitacion me asustan...
—¡Ah Jaime! la condesa es víctima en este momento de la mas espantosa villanía... volemos á su socorro: no sé adonde me dirija; la menor imprudencia mia puede comprometer su suerte y el éxito mismo de mis diligencias. Si supiera... pero la mas completa oscuridad reina en todas mis conjeturas.
Meditó un momento Elvira el partido que tomaria mientras que hacia nudos á uno de los cordones, que de su cintura pendia, el distraido page. De pronto pareció que habia iluminado su entendimiento un rayo de luz.
—No hay mas recurso, dijo: para los casos estremos son los remedios violentos Jaime... deja ese cordon, déjale te digo... vamos á buscar á mi esposo: averigüemos primero qué voces corren de lo ocurrido, y qué se cree en el alcázar... despues, si eres prudente, si has de ser callado, pero callado como la muerte, tú, que sabes el camino, me guiarás adonde pienso ir.
—Puede que algun dia pruebe Jaime á su hermosa prima que no es tan atolondrado como le llaman.
Elvira apretó la mano del inteligente pagecillo con espresion de gratitud, y ambos salieron de la cámara que acababa de ser teatro de tan estraordinarias escenas.
Buscó Elvira á su esposo sin mas demora, por que si bien sospechaba que don Enrique hubiese tenido parte en la pérfida desaparicion de la condesa, ni veía claro en esto, ni menos lo podia asegurar. ¡Tan bien se habia representado por todos la farsa que dejamos descrita! Ni por otra parte, aunque á pies juntillas hubiera creido la traicion del conde, cabia en su imaginacion la menor sospecha acerca del estremado honor de su esposo: sabíale ligado á los intereses de su señor; pero que él hubiese tomado parte activa en el mal hecho, no le era lícito á Elvira imaginarlo siquiera.
Asi era la verdad: hidalga sangre corria por las venas del escudero, y hacia vanidad de honradez y de rectos sentimientos; no era uno de los pocos hombres ilustrados de la época; no hubiera sostenido una intrincada tésis con un teólogo; participaba de las preocupaciones de su siglo, pero era en sus acciones hidalgo, y esto es por lo menos tan recomendable como el talento. Alguna parte habia tenido en el criminal proyecto de don Enrique, pero solo aquella que no habia podido escusar en calidad de escudero suyo asi que, se habia opuesto constantemente á las miras de su señor, habíale afeado los medios, y le habia reconvenido despues, como arriba dejamos indicado; pero la misma probidad que le impulsaba á manifestar francamente sus sentimientos en tan delicado asunto, á riesgo de perder la gracia del conde, le impedia oponerse de hecho á sus deseos: era forzoso obedecer y callar por el propio honor del deslumbrado magnate: propúsose, pues, ser completamente pasivo y guardar el mas rigoroso silencio. Sospechando sin embargo que la primera que habia de poner á prueba su fidelidad habia de ser su esposa, no habia vuelto á desatar las crueles ligaduras en que habia quedado presa, y de que habia sido él la causa, pues desde luego habia manifestado al conde la imposibilidad de separarla de él, y la dificultad que hubiera encontrado para realizar su voluntad, mientras Elvira pudiese obrar libremente en los primeros momentos. Habia, pues, dejado á alguna casualidad que no podia tardar en sobrevenir el cuidado de su esposa, deseoso de retardar á cualquier costa el instante de una esplicacion con ella, para la cual no tenia todavia muy meditadas las respuestas.
Avínole mal no obstante, pues poco tardó Elvira en presentarse ante sus ojos con una agitacion tal, que no le pudo quedar duda al infeliz del objeto de su intempestiva venida. Hubiera él querido hallarse á cien leguas entonces de su consorte y del mundo entero, en cuyas miradas creía ver á cada paso otras tantas reconvenciones á su reservada y ambigua conducta. Repúsose con todo lo mejor que pudo, y ni las preguntas sencillas de Elvira, ni sus halagos, ni sus reconvenciones lograron recabar de él la menor noticia que pudiese dar luz sobre lo ocurrido á la desconsolada hermosa. Obstinóse en negar constantemente la menor participacion del conde en el robo de la condesa; en una palabra, manifestó con toda entereza hallarse en la misma ignorancia que la corte toda, y aun se indignó con notable aire de verdad á la menor idea de sospecha presentada por Elvira. Comenzaba ya ésta á dudar si serian sus juicios temerarios, pero nunca pudo convencerse á sí misma; vió ademas á don Enrique, y parecióle que brillaban al través de su aparente dolor sentimientos de otra especie. Dificil cosa es por cierto engañar la natural penetracion de una muger: la inutilidad de los esfuerzos del de Villena para dar con los robadores, y el horrible atentado cometido en una muger que á nadie habia hecho daño, reunidos á los antecedentes particulares que de aquel matrimonio desgraciado solo ella acaso tenia, la hacian ver mas claro en tan atroz intriga que todos los demas. Inesplicable fue su dolor cuando llegó á sus oidos la funesta nueva, que de boca en boca corria por el alcázar, de la desdichada muerte de su señora: afirmábanse al recordarla todas sus sospechas, ardia en deseo de venganza, y la idea de la impunidad la hacia padecer tormentos imponderables. Resolvióse, pues, á realizar el plan que tenia meditado, arriesgado en verdad, y delante del cual habia retrocedido muchas veces. El amor, en fin, que á la condesa habia tenido, una voz superior y celestial que creía oir continuamente, pidiéndole venganza y reparacion, la hicieron creer que el cielo mismo y su conciencia la obligaban á volver por la inocencia, y constituyóse entonces campeon de la ultrajada virtud. Seguida del inquieto page, que tan asombrado como ella lloraba tambien la desgracia de doña María de Albornoz, entróse en su aposento, donde la dejaremos poniendo los medios que mas propios creía para dar cima á la importante empresa que sobre sí tomaba, sin comprometer su honor por otra parte, su virtud y hasta su misma tranquilidad.