The Project Gutenberg eBook, El doncel de don Enrique el doliente, Tomo III (de 4), by Mariano José de Larra

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[Nota de transcripción]

[Índice]

El doncel de Don Enrique el Doliente



EL DONCEL

DE

Don Enrique el Doliente:

HISTORIA CABALLERESCA

DEL SIGLO QUINCE

POR

D. MARIANO JOSÉ DE LARRA.

SEGUNDA EDICION.


TOMO III.


MADRID: 1838.
IMPRENTA DE LOS HIJOS DE D.ª CATALINA PIÑUELA,
calle del Amor de Dios, núm. 7.


CAPITULO XXII.


Cuando la noche cerró,

ambos se fueron armare,

cabalgaron á caballo,

salieron de la ciudade,

armados de todas armas

á guisa de peleare.

Rom. del marques de Mántua.

Con feroz espresion de alegría llegó Abenzarsal á noticiar al conde de Cangas y Tineo el funesto resultado de su bien combinada intriga: gran parte habia tenido en ella la casualidad; pero ni creyó oportuno declarárselo asi al conde, ni acaso lo creería él mismo. Regocijóse mucho don Enrique de Villena al principio de su narracion, pero fue oscureciendo su rostro una nube de descontento cuando llegando al desenlace de la escena referida en nuestro anterior capítulo, calculó que á la hora en que él estaba escuchando tranquilamente de boca del empedernido viejo la horrible maquinacion, ésta podria estar costándole la vida á uno de los dos combatientes, pues no era dificil inferir que á pelear y no á otra cosa habian salido en aquella forma y á aquellas horas del alcázar el amoscado hidalgo y el impetuoso caballero. Parecióle de veras mal que pasase la burla tan adelante. Cuando habia admitido para este asunto los ausilios del astrólogo judiciario, ó se habia lisonjeado de que este conseguiria colocar las cosas en cierto punto del cual no pasasen, y que bastase sin embargo para poner fuera de combate á sus enemigos; ó lo que es mas probable, no se habia tomado el trabajo de reflexionar suficientemente que las pasiones no se manejan con la mano, y que el tino ha de estar en ver cómo se ha de soltar el leon de la jaula, porque una vez suelto ni hay retroceder, ni hay calcular dónde y cómo habrá de parar el estrago. Como todos los hombres débiles y faltos de energía, habia procurado ahogar en un principio los latidos de su conciencia, si se nos permite esta atrevida metáfora. En valde trató el viejo redomado de tranquilizar su espíritu y embotar sus remordimientos, presentándole el caso menos arriesgado de lo que era y debia ser realmente; en valde le citó mil ejemplos de desafios empezados y no concluidos, y enumeró infinidad de ellos terminados al llegar al campo por miedo de uno ó de los dos adversarios, ó por cualquiera estraña casualidad sobrevenida; ó llevados á cabo, en fin, á costa solo de algunas heridas de poca importancia y gravedad. Para haber cedido á la insinuante persuasion del físico, era preciso no haber conocido el pundonoroso espíritu del hidalgo, y haber ignorado completamente la fibra irritable y la arrojada decision del doncel. Luchaba el conde con mortales angustias entre el deseo de ver perdido al doncel y el temor de que quedase envuelto en su ruina su fiel escudero, cuyos leales servicios, y cuya probidad, solo cariño y respeto le podian merecer. Si hubiera sido posible que por una causa agena enteramente de él hubiera desaparecido Macías y callado para siempre la importuna honradez del hidalgo, hubiérase alegrado tal vez; pero la idea de que iba á recaer sobre su cabeza la sangre de un semejante suyo, no era bastante malvado para arrostrarla. ¡Estado infeliz del hombre que ni puede llamarse bueno ni malo completamente, en cuyo corazon domina todavia el conocimiento, de lo primero, sin el suficiente vigor para desechar lo segundo! El tiempo entre tanto corria y era forzoso decidirse presto.—Abenzarsal, dijo por fin Villena con la violencia que se hace el enfermo para pasar de un trago la amarga medicina, á que ha de deber mal su grado su salud, Abenzarsal, me habeis perdido. Nada habeis hecho por mi, si muere alguno. Corramos á evitar una catástrofe. ¡Ay de nosotros si llegamos tarde! No os mandé yo tanto.

—¿Qué dices, señor? repuso asombrado el astrólogo, que contaba todavia con la indecision del conde y con su propia elocuencia para acabarle de determinar. ¿Pretendes lograr tus planes con semejante cobardía? ¿nada quieres sacrificar? nada, pues, lograrás. El entendido maestro corta un brazo para salvar los demas miembros. Los términos medios nada remedian. Dejémosles correr su suerte. Si su constelacion por otra parte es morir, ¿qué poder tendrémos para contrastar los astros?

—¡Los astros! ¡los astros! acostumbrado á ese pérfido lenguaje, quereis deslumbraros á vos mismo. Si uno de ellos está pereciendo en este instante, ¿qué astro sino vuestra intriga los habrá perdido?

—Eso querrá decir don Enrique, que su constelacion era que los perdiese mi intriga.

—Basta, Abenzarsal, gritó Villena mirando al reloj. Cada grano de menuda arena, que veis caer en la parte inferior de esa vasija, es una gota de sangre tal vez; y no encierran tantas gotas las venas de ningun hombre como granos contiene ese arenero. Abenzarsal, yo quiero que su constelacion no ordene su muerte: venid conmigo...

—¿Adónde? ¿Quién es capaz de adivinar dónde han dirigido sus pasos enmedio de las tinieblas de la noche dos locos, que...?

—Locos, sí, locos; pero hombres, en fin, que cuerdos ó locos no tienen mas que una vida, y esa la perderán si los dejamos.

—¿Y bien? ¿Serán los primeros que hayan muerto víctimas de su necedad? ¿Soy yo, por ventura, quien los ha persuadido de que vale tanto una hermosura pasagera como la vida del hombre? Si no han aprendido á conocer á la muger, ¿será nuestra la culpa de su muerte? ¡Insensatos! Los que consienten en morir por un ser pérfido, no merecen que dé nadie dos pasos para salvarles la vida. ¿Serán por ventura mas felices cuando la conserven para vivir esclavos, y fascinados por el loco capricho de un sexo envenenador, para creer gozar en una falsa sonrisa, para llorar lágrimas de sangre ante un injusto desden? Su muerte será acaso su felicidad.

—¡Sofisma, Abenzarsal, bárbaro sofisma!

—Es decir, pues, replicó el viejo, batido en sus últimos atrincheramientos, es decir...

—Es decir, viejo insaciable, que no consiento réplicas. ¿Cuánto oro necesitas para ceder? ¿En cuánto aprecias la vida de dos hombres?

—Si por eso lo decís, en nada. De valde los salvaré.

—Tomad, sin embargo, repuso Villena arrojándole otro bolson, parecido al que poco antes le habia dado, tomad y acallad con oro vuestra conciencia, si es que os remuerde de obrar bien alguna vez. Vamos de aqui. ¡Quiera el cielo oir mis votos! Aseguremos sus vidas, y no nos faltarán medios despues para deshacernos de ellos de un modo menos culpable.

Al decir esto asió del brazo al astrólogo, que obedeció de mala gana á la violencia que se le hacia.—¡Hé aqui el hombre! salió diciendo entre dientes detras de Villena, que á pasos precipitados se lanzó fuera del aposento. Inventa recursos, Abenzarsal, añadió hablando consigo mismo, imagina arbitrios para engrandecer á un ser débil y de carácter indeciso, y él mismo derribará la obra que hayas edificado. ¡Remordimientos, remordimientos, dos hombres! Sin embargo, si mueren por una hermosa, la hermosa al saber su muerte la colgará como trofeo en el altar de sus conquistas, y volverá los ojos á emponzoñar tranquilamente con nuevas sonrisas y desdenes la existencia de un tercero. ¡Y nosotros entre tanto con remordimientos!

Mientras esto pasaba en la cámara de don Enrique de Villena, caminaban hácia el soto de Manzanares con el mayor silencio nuestros dos competidores. El hidalgo, al salir por la puerta del cubo de la Almudena, se habia vuelto á Macías, que le seguia con la indiferencia y serenidad de un hombre que nada espera y que está por consiguiente dispuesto á todo, y le habia dicho: “Caballero, mientras mas apartados de la poblacion, reñirémos con mas libertad.” Al decir estas palabras, que fueron sin duda oidas, aunque no contestadas, hizo un ademan con la mano dando á entender que debian seguir algun trecho mas adelante camino de la casa del Pardo, que á la sazon edificaba don Enrique el Doliente en medio del famoso soto. Macías manifestó su asentimiento á tal proposicion siguiéndole á pocos pasos. Asi anduvieron largo trecho, conservando siempre entre sí igual distancia y el mismo silencio; parecian en medio de la oscuridad dos troncos cortados á igual altura, que movidos de impulso estraordinario se trasladaban á otro punto, por entre sus muchos lozanos compañeros, que desafiaban á las nubes con sus altas copas, por cuyas ramas pasaba agitándolas y susurrando tristemente el viento de las vecinas sierras. Por fin, llegaron á una especie de plazoleta formada por los leñadores, que habian hecho su carga en aquel parage derribando algunos arbustos y matorrales. Paróse al entrar en ella el hidalgo, miró en derredor, y dando con el pie en el suelo y desembozando su corto capotillo, “Aqui, dijo con voz alterada por la cólera, aqui.” Imitó el doncel su accion, y desenvainando su espada sosegadamente, esperó á que le acometiera su contrario con resuelto continente. Desenvainó la suya tambien el escudero, pero antes de proceder al combate cruel que los esperaba,—No creo inútil, dijo al doncel, que fijemos los pactos de nuestro duelo. En primer lugar, deseo preguntaros si teneis noticia de una música que se dió no hace muchas noches al pie de la ventana de mi señora la condesa de Cangas y Tineo.

—Sí, contestó Macías secamente. Defendeos.

—Esperad. ¿Y sabeis quién era el músico?

—No me creo obligado á contestaros, repuso Macías en el mismo tono, volviendo á hacer ademan de dar principio al combate.

—¿Y quereis decirme quién era la dama enlutada que acusó esta mañana en pública corte á mi señor el conde?

—Los mismos datos teneis para conocerla que yo.

—¿Qué motivos tuvísteis para abrazar su defensa?

—Los que creí justos.

—¿Cómo os he encontrado solo con ella en el laboratorio del judío? ¿Sabeis que soy su esposo?

—He dicho una vez por todas que no me creo obligado á responderos. No acostumbro á sufrir interrogatorios.

—No me podréis negar que una entrevista de esa especie supone relaciones que mi honor...

—Vuestro honor está ileso. Vuestra esposa inocente.

—Probádmelo.

—Con la punta de mi espada al momento.

—¿No teneis, pues, otras pruebas...?

—Para hablar, hidalgo, no necesitábamos habernos apartado tanto de Madrid.

—Decis bien, repuso el hidalgo, en quien crecia la ira mas y mas en el corazon con cada respuesta del arrogante mancebo; vengamos, pues, á los pactos de nuestro duelo. El que venza.

—El que venza, dijo Macías irritado ya por la tardanza, enterrará al otro, ó lo dejará, si le parece mejor, para pasto de los cuervos de Castilla.

—Si le venciese, empero, sin matarle, podrá imponerle...

—Os prevengo, hidalgo, que no me vencereis sino matándome. Por lo demas, recordad que no estais armado caballero, y que cuando me sujeto á reñir con vos, no puede haber pacto por consiguiente entre nosotros.

—No estoy armado, pero soy hidalgo. Por no haberla recibido no desconozco la orden de caballería...

—Probadlo, pues.

Bien vió el hidalgo que en valde intentaria obtener de su adversario mas ámplias esplicaciones. Meditó un momento buscando en su imaginacion algun medio que pudiera hacerle conocer si era realmente tan culpada su esposa como él lo habia imaginado, ó si habria procedido de ligero; pero no hallando ninguno, y temiendo, por fin, que sus dilaciones diesen motivo al doncel para dudar de su valor, púsose en actitud de acometer sin proferir mas palabra, y dentro de pocos instantes sonaban ya las espadas cruzándose con desapacible y temeroso ruido. La oscuridad no permitia una defensa tan hábil como la exigia la seguridad de cada uno; pero en cambio podemos decir que realmente entrambos á dos tiraban mas bien á ofender al contrario que á resguardar su propia vida del contrapuesto acero. Por otra parte los dos manejaban las armas y las conocian perfectamente. Imposible nos fuera enumerar y describir los golpes que se tiraron y las heridas que recibieron: nada dicen de esto las leyendas. Lo único que podemos asegurar como si lo hubiéramos visto, es que á poco rato de encarnizada refriega se hallaba ya tinto el suelo en mas de un parage con la roja sangre de los combatientes. Ni una palabra se oía; una esclamacion involuntaria que exhalaba alguno al sentirse herido, ó al conocer que su estocada habia dado en el cuerpo del contrario, y el aullido de algun lobo, que al ruido del hierro huía precipitadamente todo espantado del sitio del combate, era el único rumor que en gran trecho á la redonda se percibia.

De alli á poco, parándose de pronto el doncel y clavando en tierra la punta de su espada,—Hidalgo, dijo en voz baja, teneos: ¿no habeis oido algo?

—Nada, respondió el hidalgo cesando de pronto en el acometer.

—Imaginé haber oido pies de caballos en el camino inmediato, y aun si mi oido no me engaña, pasos de alguna persona entre esos espesos matorrales.

—Alguna fiera que busca su guarida. ¿Estais cansado?

—De vivir y de que me resistais. Espero que no podré temer una emboscada ni...

—¿Qué decís? ¿no hemos salido juntos?

—Perdonad.

—¿Estais herido?

—No, contestó Macías con voz que reprimia el dolor, tal vez, de los golpes recibidos. No es vuestra la herida que me duele.

—Ahora creo yo oir gente, dijo á su vez Fernan; sintiera que nos interrumpiesen.

—¿Interrumpir, hidalgo? ¡Ea! acabemos de una vez. A buen tiempo llegan; enterrarán al vencido.

—Acabemos, respondió Fernan.

Y volvieron con nuevo furor al interrumpido combate, no ya como hasta entonces batiéndose segun las reglas de la caballería, y atacando y respondiendo. Alzadas á un tiempo mismo las espadas, descargábanlas simultáneamente sin cuidar mas de la defensa que si tuvieran dos vidas. Iban á acabarse muy presto uno á otro, pues que si bien Macías llevaba indudablemente ventaja en el manejo de las armas, la oscuridad y su rabia no le permitian usar de ella, y el hidalgo reñia con zelos. La casualidad empero quiso que Hernan Perez al arrojarse sobre su adversario pusiese el pie en un parage del suelo humedecido con la sangre que ambos habian perdido, y por lo tanto resbaladizo: no bien le habia sentado, cuando el mismo impulso que su cuerpo llevaba le hizo venir á tierra á los pies del enfurecido doncel. Vencedor ya éste, dirigió la punta de su espada al rostro del caido.—¡Sois muerto! le gritó; pero al mismo tiempo una mano, mas fuerte que las manos unidas de diez hombres, asiendo del brazo del vencedor, no solo le detuvo en su mortífero intento, sino que levantándole en el aire le apartó largo trecho del sitio de la pendencia con la misma facilidad que lleva el viento un ligero copo de nieve de una parte á otra. No volvia el doncel de su aturdimiento, ni acababa de entender el caido hidalgo cómo le duraba la vida todavia.

Oyóse al mismo tiempo gran ruido de caballos que se abrian paso por entre la espesura de la selva.—¡Aqui estan, decian unos á otros, aqui!—Llegándose en seguida dos de los ginetes, que para alumbrarse traían teas en la mano, al que en el suelo yacía, iluminó su rostro el resplandor, y no debia de estar muy bien parado segun lo indicaba su estrema palidez; probó á levantarse al sentir sobre sí aquella máquina de gentes estrañas, pero inútilmente: el terrible golpe que acababa de llevar, cayendo cuan largo era, habia abierto mas sus heridas, y asi permaneció en tierra esperando en silencio el desenlace de aquella estraordinaria interrupcion. Macías en tanto buscaba con los ojos, por todo lo que alcanzaba á ver á la luz de las teas, al atrevido que habia osado apartarle de aquel modo tan incivil como peregrino de su ya conseguida victoria; pero en cuanto los de las teas hubieron reconocido al hidalgo y á su contrario, matando las luces de repente:—El caido es Fernan Perez, dijo el que parecia principal de ellos; el otro el doncel.—Y no bien hubo acabado estas palabras, cuando precipitándose tres ginetes sobre el doncel, que se dirigia ya hácia ellos con el objeto de reconocer qué gente fuese, desenvainaron las espadas y comenzaron á acometerle todos á una con la ventaja de los caballos y con la de gente no cansada ya como él de pelear. Amparó Macías en tan inminente peligro sus espaldas del tronco de un árbol, y defendíase como un leon acosado á la puerta de su caverna por una manada de hambrientos lobos.

—Date, le gritó uno de los tres: no queremos tu vida; sino tu persona.

—Jamas, cobardes, les gritó Macías defendiéndose con bizarría, y á los primeros golpes acertó á dejar á uno desmontado hiriéndole peligrosamente el caballo. Los compañeros, que vieron tan indeciso el combate, acudieron en número de otros tres al ausilio, y era evidente que Macías no hubiera podido resistir mucho tiempo á lucha tan desigual.

—Date, repitió el mismo que habia hablado al ver llegar el socorro, date ó eres...

No pudo acabar la frase, porque dió consigo en tierra desde el caballo, con no poca admiracion del doncel, que entretenido con otro, no habia podido ofender al que hablaba. Igual suerte tuvo de alli á un momento el que mas acosaba á Macías.

—¡Mueren por sí solos mis enemigos! esclamó Macías. Villanos, prosiguió cobrando ánimo con la invisible proteccion que el cielo le daba, rendíos, y decid quién sois, y qué intento os ha traido. Si sois salteadores...

—¡Muera! dijo uno de los tres que le quedaban acometiendo: ¡muera! Yo daré cuenta de su muerte. Él ha muerto á tres de los nuestros. Abalanzóse sobre él Macías, pero antes de que su espada hubiese llegado á tocarle,—¡Cielos! esclamó el desconocido: ¡soy muerto! y cayó cuan largo era.

Al oir esta esclamacion tan inesperada, llenos de terror sus compañeros dieron á correr gritando:—¡Es hechicero! ¡es hechicero! ¡el diablo le defiende!

Arrojóse tras ellos Macías, pero conoció que seria vano intento querer alcanzarlos; detúvole en aquel punto la misma mano que parecia haberle salvado aquel dia de tantos peligros.

—¿Quién eres? iba á decir Macías á su invisible protector, cuando una voz ronca que parecia hablar sola enmedio de las tinieblas dijo con reposado continente:

—¡Voto va! dejad ese venado, que ni sirven esas piezas para yantar, ni menos para vestir. El montero de ley no ha de cazar nunca raposas cuando puede cazar venado mas noble.

—¡Cielos! esclamó Macías: ¿eres tú, Hernando? ¿Es á tí á quien debo esta noche la existencia acaso...?

—¡Por Santiago! Yo creí que ya sabia mi amo el doncel Macías que donde está la fiera, alli está Hernando.

—¡Hernando! esclamó Macías arrojándose en sus brazos.

—Vaya, dejemos eso. Si esta noche me debeis la vida, yo os la estoy debiendo todo el año, pues me manteneis. ¡Voto va! ¿y qué pieza era esa que estaba ahí tendida?

—Hernando, me recuerdas mi deber; busquemos á ese desgraciado. Está vencido, y debemos dar treguas al rencor.

Pusiéronse á buscar en seguida al hidalgo, pero inútilmente.

—¡Esta es buena! dijo Hernando. Los pícaros lo han llevado. ¡Bella presa! ¿No dije yo, señor, que no podia salir nada bueno de ese astrólogo? A mí líbreme Dios de hombre que no caza. En su vida ha cogido un venablo.

—¡Ea! Hernando, esas reflexiones son para otro lugar; puesto que el hidalgo no parece, y que nosotros cumplimos ya con nuestro deber, partamos. Necesito curar mis heridas...

—¿Tambien eso? vamos, señor: ¡vive Dios! Hernando quiere que lo monteen á él si vuelve á suceder mientras estemos en esta maldita corte que se separe un punto de su amo y señor.

Concluida esta imprecacion hicieron otro rebusco por si á una parte ú otra podrian encontrar vivo ó muerto al escudero. Y yendo apoyado Macías en su fiel montero por el dolor que empezaban á causarle las heridas, tomaron en seguida el camino de Madrid, por el cual ningun vestigio habian dejado los de los caballos, si es que por él habian pasado.




CAPITULO XXIII.


¿Qué mal teneis, caballero?

¿Querédes me lo contare?

¿Teneis heridas de muerte?

¿O teneis otro algun male?

—Háme herido Carloto,

su hijo del emperante,

porque él requirió de amores

á mi esposa con maldade;

porque no le dió su amor,

él en mí se fué á vengare,

pensando que por mi muerte

con ella habia de casare.

Rom. del marques de Mántua y Valdovinos.

Cuando Elvira fue sacada de la mano por el astrólogo fuera de su cámara, á la inesperada entrada de Fernan Perez de Vadillo, apenas tuvo tiempo aquel de indicarla que habiendo informado ya á su alteza de sus circunstancias, la daba éste licencia para restituirse á su habitacion tranquilamente hasta el dia en que, realizándose el combate, hubiese de concurrir á sostener en el juicio de Dios su acusacion, por medio de sus pruebas ó del esfuerzo del caballero que habia escogido por campeon. Pero por una parte ella esperaba ya este resultado, y por otra el sobresalto en aquel primer momento no podia dar lugar á la reflexion; asi que, huir debió ser su primer cuidado. En realidad ninguna de las acciones de Elvira era culpable: por un esceso de amistad poco comun, y animada del espíritu caballeresco y reparador de agravios que se dejaba sentir tan generalmente en aquella época, se habia lanzado á un acto de generosidad que nadie podia reprocharle con razon fundada. Conociendo que no podia vengar á la condesa, ó descubrir su suerte y paradero sin ofender al conde, de quien al fin era escudero su esposo, un principio de delicadeza le habia inspirado la idea de ocultarse, á lo cual se habia añadido otra importante consideracion: no conocia en la corte de don Enrique caballero tan valiente ni generoso como Macías á quien dirigirse para que amparase su debilidad contra el enemigo que iba á grangearse; pero era demasiado perspicaz para no conocer cuán falsa era la posicion en que estaban uno respecto de otro, y demasiado virtuosa para no tratar de huir de toda ocasion en que pudiese aventurar aquel verbalmente una declaracion que ya tantas veces le habian hecho sus ojos con su elocuente silencio. En este asunto no habia, pues, en sus acciones otro delito ostensible contra su esposo sino aquella especie de reserva que con él habia guardado, reserva tanto mas disculpable cuanto que á no haber sido por la intriga del astrólogo, enteramente independiente de Elvira, y que no podia por consiguiente haber entrado en sus planes, le hubiera salido á medida de su deseo, puesto que solo se hubiera sabido que era ella la acusadora, del modo que sabemos haber estado en un baile de máscaras una persona á quien creemos haber conocido, pero que no se descubrió nunca en él, y que niega constantemente su asistencia; lo cual no es saber las cosas, sino dudarlas. El que su esposo la hubiese encontrado sola con el doncel en el laboratorio del químico, ella sabia, y el lector sabe perfectamente, que no podia ser argumento contra ella. Pero el lector sabia acaso una cosa que Elvira no sabia por lo visto, ó que no habia reflexionado bastante, y es que no hay posicion mas falsa que aquella en que se pone una persona al guardar secretos para otra que tiene derecho á exigir una total franqueza. El misterio hace aparecer culpables las cosas mas inocentes, y por otra parte es fuerza confesar que si las acciones de Elvira no eran culpables, acaso no podia ella decir otro tanto de sus pensamientos, por mas que procurase sofocarlos de continuo; y cuando nosotros mismos nos reconocemos culpados, de nada sirve para nuestra tranquilidad que nos tenga el mundo por inocentes. Si solo hubiera abrigado Elvira indiferencia con respecto á Macías, no se hubiera creido perdida al ver entrar á Vadillo; de lo cual es forzoso inferir: primero, que Elvira huyó de sí misma, creyendo huir de su esposo: y segundo, que para ser malo es preciso serlo del todo: una muger menos virtuosa que Elvira en todo este desgraciado asunto no hubiera comprometido ella misma su seguridad, porque hubiera calculado mas y dominado mejor sus emociones.

Su primer pensamiento fue huir sin saber adonde; pero á poca distancia del aposento de Abenzarsal ofreciéronse á su imaginacion las reflexiones todas que hubieran debido ocurrírsele un momento antes: era inocente; declararia á su esposo francamente su posicion, y esta franqueza le grangearia mas y mas su aprecio. ¿Y adónde podia dirigir sus pasos sino á su habitacion? Cualquiera otro partido hubiera sido indisculpable. Llena de la idea de que en último resultado nada podia echársele en cara, pues que habia sabido resistir á las seductoras palabras del doncel, y nada habia en su conducta verdaderamente reprensible, dirigióse á su departamento, no sin luchar algun tanto, y aunque á su pesar desventajosamente, con el recuerdo perseguidor del diálogo que acababa de tener con un hombre mas peligroso de lo que ella pensaba para su tranquilidad. Habíanla seguido sus dueñas, inquietas al notar su zozobra é indecision.

Quitáronla el manto en cuanto llegó y el antifaz, y pudo entregarse ya mas libremente á reflexionar sobre su verdadera posicion.

La primera idea que entonces le ocurrió fue el riesgo de un próximo rompimiento en que habia dejado á Macías y á su esposo. Segura empero de que en nada habia ofendido á este último, é ignorante al mismo tiempo de las sospechas y recelos que le atormentaban de algun tiempo á aquella parte, no creyó que lo ocurrido pudiese ser motivo suficiente para comprometer su existencia; á lo cual se agregaba la reflexion de que á aquellas horas y en aquel sitio tan inmediato á la cámara de su alteza no era posible que se enredasen de palabras hasta el punto de realizar sus temores; y para el otro dia se prometia haber desvanecido ya todo género de duda en el corazon de Vadillo con respecto á su conducta, porque en esta materia las mugeres suelen contar siempre demasiado con los recursos que concedió el cielo á su sexo, naturalmente fascinador y artificioso. Mas serena con estas reflexiones, esperó la llegada de su esposo con toda la tranquilidad que en su posicion cabia, si bien sin hacer caso de las continuas interrupciones con que el pagecillo cortaba de cuando en cuando el hilo de su meditacion. Viendo éste por fin que eran inútiles cuantos recursos empleaba para distraer á la melancólica Elvira, y que tampoco estaba ésta por entonces de humor de descargar en su pecho el peso de sus secretos, decidióse á guardar silencio, esperando otra ocasion mas propicia de averiguar las penas que debian afligir á su hermosa prima. Retiróse con mal humor á un rincon de la pieza por ver si le llamaba al cabo de un rato de desvío, pero no habiendo surtido tampoco efecto alguno este inocente arbitrio, quedóse al cabo de un rato profundamente dormido con aquel sueño que tan facilmente se toma como se deja en aquella feliz edad de la vida que nuestro page alcanzaba. Mucho tardó en llegar el momento tan deseado y temido al mismo tiempo de Elvira; pero cuando por fin despues de horas enteras de ansiosa espectativa vió á su esposo, ¡cuán distinto le vió de lo que esperaba!

Abrióse la puerta de la cámara, y lo primero que se ofreció á la vista de Elvira fue Fernan, llevado en brazos de dos siervos del conde de Cangas y Tineo. Apenas creía á sus ojos; pero cuando no pudo rechazar por mas tiempo la horrible realidad, arrojóse hácia él exhalando un ¡ay! que salia de lo mas hondo de su corazon, y que hizo abrir al herido los ojos lánguidamente, si bien volvieron á cerrarse casi en el mismo instante. ¡Vive! ¡vive! esclamó la desdichada esposa reparando su movimiento, y llegando sus labios á los suyos para reanimar su amortiguada vida. Dirigió en seguida á los que le traían mil preguntas, que se sucedian tan rápidamente unas á otras que apenas dejaban entre sí espacio para las respuestas. ¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó medio informada ya de lo ocurrido. ¡Hernan Perez! ¡Querido esposo! Estrechábale en sus brazos, regaba el pálido rostro de Vadillo con sus ardientes lágrimas, cogía una de las manos del herido entre las suyas, acercaba estas otra vez á su corazon por ver si palpitaba todavia... en una palabra, en aquel momento Macías entero habia desaparecido de su imaginacion: su esposo, herido, bañado en su sangre, moribundo, acaso por su imprudencia, la ocupaba toda. Toda lucha habia desaparecido, y el mas débil, el mas necesitado triunfaba entonces en su corazon de muger.

Dejémosla entregada á su acerbo dolor, y al tierno cuidado del doliente hidalgo: otros personages de nuestra historia reclaman por ahora nuestra atencion. Con respecto al caballero, no habia salido tan mal parado de la refriega, pero no dejaban de reclamar sus heridas algun cuidado. Apoyado en el brazo del tosco montero llegó á las puertas de Madrid y al alcázar poco despues que su adversario. Introducido en su cuarto, salió Hernando inmediatamente á buscar un maestro en el arte de curar, como se llamaba entonces generalmente á esos seres de suyo carniceros que llamamos en el dia cirujanos, el cual maestro declaró que ninguna de sus heridas era mortal, con tanta seguridad y un tono tan decisivo como si él efectivamente lo supiera. Aplicóle las yerbas que mas convenientes le hubieron de parecer, y por esta vez hubiera sido notoria injusticia dudar un solo momento de su ciencia. Corrióse por la corte al punto que el doncel favorito de su alteza, á quien nadie conocia en lo distraido desde su vuelta de Calatrava, habia tenido un duelo singular en el soto de Manzanares, de cuyas resultas debia guardar el lecho por algunos dias. Y en atencion á que el escudero de don Enrique Villena habia necesitado tambien los ausilios del arte, y se hallaba igualmente en cama, no se dudó un momento que hubiese sido entre los dos el ruidoso duelo. Ahora bien, sabido esto, no era dificil que la pública maledicencia añadiese alguna particularidad notable á las circunstancias de la desavenencia, y que tratase de hallar el verdadero motivo de ella. Algunos de los enemigos del conde de Cangas no necesitaron mas para asegurar que éste, cuya natural prudencia era pública, tratando de evitar la necesidad siempre desagradable de responder á la acusacion intentada contra él, y sostenida por el doncel, habia determinado á su escudero á acometer á aquel, acompañado de otros varios, una tarde que habia salido á alconear por el soto de Manzanares; relacion á que daba bastante verosimilitud la circunstancia de haber vuelto Hernan en brazos de algunos siervos del de Villena. Otros sin embargo de los amigos de Macías que habian notado su singular aislamiento, su profunda tristeza, y que habian creido interceptar en varias ocasiones algunas miradas de rencor dirigidas por el doncel á Vadillo, y que recordaban con este motivo una serenata dada cierta noche á los pies de las habitaciones de la condesa, no se sabia por quién, tuvieron lo bastante para decir que el doncel habia puesto los ojos en cierta dama, cosa que no le habia parecido bien, segun ellos, al hidalgo, que aunque no era caballero, era marido, y segun malas lenguas un si es no es zeloso. A esta version daba algun peso tal cual sonrisa maligna que el judío Abenzarsal habia dejado escapar en algunos corrillos de la corte, donde se habia referido el duelo singular. El propalar estas especies no era en verdad servir amistosamente la pasion de Macías, ni hacer gran favor á la buena opinion y fama de Elvira; pero hay autores que aseguran que la amistad no escluye la envidia, de donde infieren que las conversaciones de los amigos no son siempre las mas favorables. Nosotros, que estamos lejos de participar de esta opinion arriesgada, creemos mas bien que algun amigo de Macías sospechó aquella esplicacion como la mas satisfactoria y natural sobre el lance ocurrido: este en confianza comunicaria su idea á algun otro amigo, quien la trasladaria á otro bajo la misma fé del secreto, de cuyo modo fue corriendo la noticia; y como somos defensores acérrimos de los amigos, en los cuales creemos, como en nuestra salvacion, nos atrevemos á asegurar que al repetirse sus conjeturas de boca en boca, siempre irian acompañadas de aquellas espresiones cariñosas, tales como: “¡Pobre Macías! ¿Sabeis que el desafío fue por Elvira?—¿Qué decís?—Sí, no lo digais; pero es indudable: está perdido de amores por ella; y es lástima ciertamente,” y otras semejantes, que descubren á cien leguas la mas pura amistad hácia el objeto de tales conversaciones.

Lo cierto es que esas voces corrieron, y como fieles historiadores nos creemos obligados á asegurar, porque lo sabemos de buena tinta, que ni Macías ni el hidalgo pudieron dar lugar á ellas. Aquel estaba harto interesado en guardar el mas rigoroso silencio sobre punto tan delicado; y á éste no podia convenirle en manera alguna poner en claro la causa verdadera del desafío, pues tan de cerca tocaba al honor de su esposa. El mismo Enrique III tentó mas de una vez el vado con Macías, usando de las espresiones mas afectuosas, pero nunca pudo recabar nada de él; y otro tanto sucedió con el hidalgo, á quien quiso arrancar el conde de Cangas y Tineo la confesion de aquello mismo que él sabia ya demasiado bien por el astrólogo judiciario.

Por lo que hace á éste y al ilustre colaborador de su funesta intriga, ya habrá conocido el lector que despues de los escrúpulos que habian atormentado, como arriba dejamos dicho, al indeciso conde, habian salido ambos con varios criados en busca de los desafiados, con el intento de salvar al escudero del peligro que le amenazaba peleando con tan acreditado caballero como era Macías, y de hacer desaparecer á éste de la corte, apoderándose de su persona, como en aquellos tiempos solian practicarlo los poderosos con los débiles, y encerrándole despues en alguno de los castillos del conde; desde donde no hubiera podido volver á poner obstáculos en su vida á los planes del nigromántico, como le llamaba el vulgo justa ó injustamente. Si este proyecto se habia malogrado, no habia sido en verdad por culpa del intrigante maestre, ni de su servicial consejero, sino merced al valor de Macías, y á la desconfianza, penetracion y fuerza sobrenatural del montero Hernando, quien luego que habia visto salir en aquella forma á su señor y al escudero, no habia dudado un solo momento en seguir sus pasos á lo lejos, y en espiar todas sus acciones, como el lector ha visto en nuestro capítulo anterior. Apenas habia podido distinguir en medio de la oscuridad cuál de los dos combatientes era su señor; pero luego que notó que uno de ellos habia caido, creyó que en todo caso lo mas seguro era separarlos, y solo al asir del que era realmente su amo le habia conocido. No sabemos si era su intencion favorecer, como favoreció, á su enemigo, pero lo que no se puede dudar es que sin su destreza en herir á los servidores del conde con los venablos arrojadizos de que se habia provisto antes de salir del alcázar, acaso se hubiera terminado nuestra historia mucho antes de lo que nosotros mismos deseamos, y de lo que quisiéramos que desearan tambien nuestros lectores.




CAPITULO XXIV.


Todo le parece poco

respecto de aquel agravio;

al cielo pide justicia,

á la tierra pide campo,

al viejo padre licencia,

y á la honra esfuerzo y brazo.

Rom. del Cid.

Despues del mal éxito que habia tenido la tentativa de don Enrique de Villena y del judío Abenzarsal para quitar de enmedio el estorbo de Macías, apenas les quedaba á estos otro recurso que esperar el sesgo que quisiesen tomar las cosas.

En realidad solo podian temer ya de él fundadamente el juicio de Dios, que acerca de la acusacion quedaba pendiente, porque las medidas que habian tomado para asegurar el maestrazgo habian sido tales y tan buenas, que aunque quedaban declarados por la parcialidad de don Luis Guzman gran número de castillos y lugares de la orden, podia contar el maestre sin embargo con la mayor parte. Estaban por el Alhama, Arjonilla, Favera, Maella, Macalon, Valdetorno, la Frejueda, Valderobas, Calenda, y otras villas del Maestrazgo, con mas infinitos castillos, en los cuales habia puesto ya alcaides á su devocion. Con respecto á Calatrava, donde estaba el primer convento de la orden y el clavero, hechura todavia del maestre anterior, no se habian apresurado á prestarle el homenage debido, sino que habian respondido tanto á él como á su alteza que convocarian el capítulo para elegir y nombrar segun los estatutos de la orden al maestre. Lisonjeábase el clavero en su respuesta de que la eleccion de su alteza hubiese recaido en un príncipe tan ilustre y de sangre real, y se prometia que los votos todos unánimes de los comendadores y caballeros serian conformes con los deseos del rey don Enrique; pero esto era en realidad resistirse á la arbitrariedad y ganar tiempo con buenas palabras. El artificioso conde no habia creido oportuno, sin embargo, intrigar para que se acelerase la reunion del capítulo, porque se prometia acabar de ganar las voluntades de sus enemigos en el ínterin, y solo don Luis de Guzman era el que no perdonaba medio de llevar á cabo cuanto antes sus intenciones. Presentóse en consecuencia á su alteza con una humilde demanda, firmada por él y sus parciales: en ella alegaba el derecho de la orden de elegirse su maestre, y no dejaba de apuntar el que creía tener á la dignidad de que estaba ya casi en posesion el de Villena. No fue tan bien recibida esta mocion de su alteza como se esperaba; pero el rey Doliente era demasiado justiciero para atropellar abiertamente los fueros de una orden tan respetable: convenido ademas de que el cielo habia designado para maestre á su ilustre pariente, curábase poco de creer en la posibilidad de otra eleccion, y asi, fue su decision que el capítulo se reuniria en cuanto él recibiese las noticias que esperaba de Otordesillas, que eran en realidad las que mas por entonces le ocupaban, pues deseaba ardientemente que su esposa doña Catalina diese á luz un príncipe digno de succeder en su corona, si bien estaba jurada ya princesa heredera por las cortes del reino la infanta doña María su primogénita. Mas de un astrólogo de los que en aquellos tiempos de credulidad y supersticion vivian especulando con la pública ignorancia le habia lisonjeado con esperanzas conformes con sus deseos. Quedó, pues, pendiente por entonces el litigio del maestrazgo, y cada uno de los contrincantes procuró aprovechar aquel intervalo para engrosar su partido. Don Enrique era entre tanto el mejor librado, pues disfrutaba á buena cuenta de las prerogativas y de gran parte de las rentas y dominios del maestrazgo, que la adulacion de sus parciales se habia adelantado á poner á su disposicion.

Quedaba en pie solamente la otra merced que en la mañana de la acusacion de Elvira habia dispensado su alteza al adversario de Villena. Pero no tardó mucho Macías en estar en disposicion de concurrir de nuevo á la corte, y de acompañar al rey en sus partidas de cetrería, especie de caza de que gustaba mucho su alteza, y en que su doncel sobresalia singularmente: afianzóse mas en ella la amistad que el rey le profesaba; en consecuencia de alli á poco su alteza mismo quiso, como lo habia prometido, poner el hábito de Santiago á su doncel: esta ceremonia, que con toda la solemnidad, que de tal padrino podia esperarse, se verificó en la iglesia de la Almudena, con presencia del maestre de la orden y de todos los comendadores y caballeros santiaguistas que asistian á la sazon á la corte; favor singular que hubiera lisonjeado singularmente el amor propio de Macías si hubiese él podido desechar la funesta idea que le perseguia siempre por todas partes, desde que por primera vez habia visto á Elvira, y en particular desde que la esplicacion desgraciada que habia tenido en la cámara del judío no habia podido dejarle á ella duda alguna acerca de su amorosa pasion. El doncel desde aquella funesta noche no habia vuelto á ver al objeto de su amor, que viviendo en el mayor retiro, y cuidando solo de la salud de su convaleciente esposo, evitaba toda ocasion de presentarse en público, fuese porque la tristeza, que cada vez se arraigaba mas en su corazon, la hiciese no hallar gusto sino en la soledad, fuese porque se hubiese afirmado en quitar al doncel todo motivo de esperanza; fuese, en fin, por desvanecer en el ánimo de Fernan Perez de Vadillo todo género de duda acerca de su irreprensible conducta. ¿De qué servia empero al doncel no ver personalmente á Elvira, si un solo momento no se separaba su recuerdo de su ardiente imaginacion?

Entre tanto se restablecia diariamente el hidalgo de sus heridas: el cuidado de su esposa, la flaqueza que aun le quedaba, y la ausencia del doncel, si no habian bastado á aplacar su rencor, contribuían no poco á debilitar la fuerza de sus sospechas, y á embotar en gran manera sus primeros zelos. Pero conforme iba volviendo la serenidad al corazon de su esposo, conforme iba el peligro desapareciendo, volvia á tomar imperio sobre Elvira el recuerdo de su perdido amante. Le hubiera sido ademas imposible olvidarle del todo. En la corte ningun caballero hacia mas papel que Macías: era raro el dia que no tenia que oir de sus mismos criados los elogios suyos, que de boca en boca se repetian. Ya habia abordado en la plaza con tal primor, que habia dejado atras á los mejores jugadores de tablas: ya habia compuesto una trova ó una chanzon tan tierna, tan melancólica, que no habia dama que no la supiese de memoria, ni juglar que no la cantase al dulce son de la vihuela de arco, instrumento de quien dice el arcipreste de Hita, autor contemporáneo,

La vihuela de arco fas dulses de bailadas,

adormiendo, á veces, muy alto á las vegadas,

voces dulses, sonosas, claras, et bien pintadas,

á las gentes alegra, todas las tiene pagadas.

¿Y cómo resistir sobre todo á este mágico poder, si al leer la trova ó la chanzon, donde los demas no veían mas que una brillante poesía, Elvira no podia menos de leer un billete amoroso? Parecia que sus composiciones la estaban mirando continuamente á ella, como los ojos de su autor. Miraba á veces á su esposo al parecer Elvira, y su imaginacion solia estar muy lejos de él. Una lágrima entonces, dedicada al doncel, solia asomarse á sus ojos. Vadillo, convaleciente aun, la miraba absorto y enternecido; “Elvira, le decia, da tregua á tu afliccion: todo peligro ha huido: me siento mejor ya, y esas lágrimas que por mí derramas solo pueden contribuir á afligirme.” Volvia en sí Elvira al oir esas palabras: un oculto sentimiento de vergüenza teñía sus mejillas de carmin, y la despedazaba la idea de abusar sin querer de la credulidad de su esposo.

En los primeros dias habia esperado Elvira á que Fernan la hablase del acontecimiento que le habia reducido á aquel término, y lo habia esperado con ansia y con temor, pero en valde. El hidalgo, fuese por amor propio, fuese por no tener bastante seguridad para emprender una esplicacion en que él no podia hacer todavia el papel de acusador, guardó el mas rigoroso silencio. En vista de esta conducta, parecióle á Elvira que lo mejor que podia hacer era aventurar alguna pregunta; pero igual suerte tuvo su arrojo que su espectativa. No solo no consiguió ninguna esplicacion satisfactoria en este punto, sino que habiendo conocido que toda conversacion relativa á la noche del duelo alteraba visiblemente á Vadillo, hubo de renunciar á su importuna curiosidad. Creyendo el hidalgo tambien que su esposa le negaria haber sido ella la enlutada encontrada en el cuarto del astrólogo, y que mientras no tuviese otras pruebas irrecusables seria mas bien espantar la caza que asegurarla el hablar del caso, observaba sobre este particular la misma conducta que sobre el duelo, reservándose sin embargo dos cosas: primero, el propósito de espiar mas escrupulosamente en lo sucesivo todos los pasos de Elvira; segundo, la intencion decidida de terminar cuanto antes con cualquiera ocasion y pretesto que fuese el suspendido duelo con el hombre primero que habia aborrecido en su vida, y que habia aborrecido como se aborrece cuando no se aborrece mas que á uno.

Constante en estos propósitos, no bien estuvo Hernan Perez restablecido, dirigióse á la cámara de su señor el conde de Cangas. Su semblante dejaba ver todavia la huella de la enfermedad.

—Hernan Perez, le dijo don Enrique con afabilidad, ¿os han permitido ya dejar el lecho? Debiérais recordar sin embargo que vuestra salud es harto importante para vuestro señor, y no esponerla con tan temerario arrojo á una recaida peligrosa.

—Las heridas del cuerpo, gran príncipe, aquellas que hizo la lanza ó la espada, repuso Vadillo con reconcentrada tristeza, sánanse facilmente: las que recibimos en el honor son las que no se curan sino de una sola manera.

—¿Qué decís? ¿Será que por fin os habreis decidido á abrirme francamente vuestro corazon? contestó don Enrique. ¿Será que querais esplicarme los motivos de vuestra conducta, de ese duelo singular, cuyos efectos se ven todavia en vuestro rostro, y de esa reconcentrada melancolía que deja diariamente en él huellas aun mas indelebles y duraderas?

—Señor, contestó Vadillo, ya creo haber manifestado á tu grandeza en varias ocasiones que mi mayor pena es no poder confiarte las muchas que agovian á tu escudero.

—Quiero no darme por ofendido, contestó friamente Villena, de vuestra inconcebible reserva.

—Perdónala, señor, dijo Vadillo hincándose de rodillas, y permite que puesto á tus plantas solicite tu escudero de tu grandeza una gracia, que acaso nunca te hubiera propuesto sino en el campo de batalla, si una ofensa, y una ofensa mortal, no le obligara á ello.

—Alzad, Vadillo, y decid la gracia, que yo os juro por Santiago que os será concedida.

—No me levantaré, señor, mientras no sepa que nadie en lo sucesivo podrá decir impunemente á un hidalgo: “No ha lugar á pactos entre nosotros, pues no eres caballero.” Ármame, señor. Si mis largos servicios te fueron gratos, si pasando de la clase de doncel, en que fui admitido á tu servicio, á la honrosísima que ocupo hoy á tu lado, no dejé nunca de cumplir con esas sagradas obligaciones que los mas grandes señores no se desdeñan de ejercer; si desempeñé los deberes de la hospitalidad con tus huéspedes, y los de la mesa contigo; si fue siempre la fidelidad mi primera virtud; si has tenido pruebas de mi valor alguna vez, confiéreme, señor, esa orden tan deseada. Y si no bastan mis méritos, básteme esa hidalguía, de que en valde blasono si puede cualquiera deshonrarme impunemente como á villano pechero.

—Alzad, Vadillo, dijo don Enrique viendo que habia acabado su peticion el afligido escudero. Por mucho que me sorprenda vuestra demanda en esta coyuntura, continuó, por mucho que me dé que recelar, mal pudiera negaros una gracia á que sois, Vadillo, tan acreedor.

—Guarde el cielo, señor, tu grandeza...

—Remitid, Vadillo, vanos cumplimientos. Os armaré: os lo prometí en pública corte no ha mucho tiempo, y torno á repetíroslo ahora. Pero decidme, ¿qué causa en esta ocasion mas que en otra...?

—Tu honor y el mio. Has sido calumniado, atrozmente calumniado; porque tú me digistes, señor...

—Calumniado, sí, Vadillo, calumniado. Pongo al cielo por testigo, que podeis, fiado en la justicia de mi causa...

—Bástame tu palabra á desvanecer mis dudas todas. Quiero, pues, que mi primer hecho de armas, en que gane mi divisa, sea la defensa de mi señor. Yo alcé en tu nombre el guante que un mancebo temerario arrojó públicamente en testimonio de desafío. Yo responderé de él: si tu causa es justa, la victoria es segura.

—¿Cómo pudiera no aceptar vuestra generosa oferta, Fernan Perez? Quédame, sin embargo, una duda; duda que en obsequio vuestro quisiera desvanecer. Solos estamos: abridme vuestro corazon: decidme, no teneis alguna otra causa que os mueva...

—Señor...

—¿Presumís que puede tenerse noticia de vuestro encuentro con Macías en el soto... y del arrojo con que os adelantásteis en la corte á alzar el guante al punto que vísteis ser él el mantenedor de la acusacion, sin sospechar al mismo tiempo que causas muy poderosas...? Hablad...

—Acaso las hay. No lo niego.

—Escuchad, añadió Villena en voz casi imperceptible; ¿seria cierto que tuviéseis zelos...?

—¿Zelos, señor, yo zelos? Esclamó Fernan con mal reprimido amor propio. ¿Quién pudo decir...?

—Nadie, Fernan, nadie: yo solo soy el que he creido en este momento...

—¿Vos solo? si supiera...

—¿Y bien? ¿A mí por qué no descubrirme...? ¿Vuestra esposa sin embargo...?

—Basta, señor: no hablemos mas en eso. ¡Mi esposa, Dios mio! ¡Mi esposa! Si mi esposa pudiese faltar...

—¿Qué es faltar, Vadillo?

—Si pudiese tan solo con su pensamiento empañar la mas pequeña porcion de mi honor, no necesitára yo castigar á ningun atrevido, ni que me armára nadie caballero: dagas tengo aun: la última gota de su sangre, la última no seria bastante indemnizacion de tan insolente ultraje. ¡Elvira, á quien amo mas que á mí propio! ¡Mi bien! ¡Mi vida!

—Sosegaos, Vadillo: nunca fue mi propósito ofenderos, pero pudiérais, sin que Elvira hubiese empañado nunca vuestro honor...

—Jamas, señor. Si un atrevido hubiera osado poner sus ojos en mi esposa, ¿viviria aun, viviria? contestó el hidalgo pudiendo disimular apenas la lucha que existía entre sus palabras y sus ideas.

—Entonces, pues, ¿qué ofensa...?

—Permite, gran señor, que la calle. La hay, lo confieso, y si alguien pudiera vencerme en la lid, si me pudieran vencer todos, nunca Macías: un fausto presentimiento me dice que lavaré en su sangre mis ofensas. Confiéreme la orden de caballería, y yo te respondo, gran señor, de una victoria pronta y segura.

—Sea, contestó don Enrique, como lo deseais. Mañana os la conferiré. Mañana juraréis en mis manos defender su fé, el honor y la hermosura.

Despues de este breve diálogo, el candidato besó las manos del conde de Cangas, y se retiró á esperar, con mortal impaciencia, el nuevo dia que habia de poner término á todas las esperanzas que contentaban por entonces su ambicion.




CAPITULO XXV.


Agua le echan por el rostro

para facerlo acordado,

y vuelto que fuera en sí,

todos le han preguntado

qué cosa fuera la causa

de verlo asi tan parado.

Rom. del Cid.

A la mañana siguiente brillaban con fuego estraordinario los ojos de Fernan Perez. Leíase en su semblante la alegría que inundaba su corazon. Efectivamente la orden de caballería era en aquel tiempo la mas alta dignidad á que pudiese aspirar un hombre de armas tomar. Su virtuoso orígen y sus fines, aun mas virtuosos, le daban tal prestigio, que los reyes se honraban con tan honorífico dictado, y un caballero solo con serlo tenia derecho á comer en su mesa, honor que no disfrutaban ya ni sus mismos hijos, hermanos ó sobrinos, mientras no entraban en aquella noble cofradía. Era preciso ser hidalgo por parte de padre y madre, y con la antigüedad por lo menos de tres generaciones: era preciso haber dado pruebas de valor, y gozar de una reputacion pura é inmaculada. A muchos les costaba ademas pasar por el largo noviciado de page y escudero progresivamente. Los que habian entrado al servicio y á hacer prueba de su persona con un rey ó un príncipe de alta categoría, en calidad de pages, se llamaban donceles. Macías se habia hallado con Enrique III en este caso, y si se le llamaba todavia públicamente el doncel, era porque habiéndole tomado Enrique III, con quien se habia criado, mas afecto que á otro alguno, habíale conservado aquel nombre por modo de cariño, aun despues de haber recibido la orden de caballería. En el mismo caso se habia hallado con don Enrique de Villena el hidalgo Fernan Perez: habíale entrado á servir primero en calidad de page ó doncel, y habia pasado á ser su escudero. El cargo de escudero en estos tiempos, y hasta ese nombre, parecen sonar mal á los oidos delicados. Podemos asegurarles, sin embargo, que no solo no tenia en aquel tiempo nada de denigrante, sino que antes era tan honorífico, que muchísimos grandes, señores y príncipes que habian llegado á ser caballeros por el orden regular de los grados requeridos para ello en tiempos de paz, no se habian desdeñado de ejercerlo. En la recepcion de escudero, los padrinos ó madrinas del page prometian en su nombre religion, fidelidad y amor, con la misma formalidad é importancia que en la recepcion de un caballero. Reducíase la obligacion del escudero á seguir por todas partes á su señor ó al caballero con quien hacia veces de tal, llevándole su lanza, su yelmo ó su espada; llevaba del diestro sus caballos, en los duelos y batallas proveíale de armas, levantábale si caía, dábale caballo de refresco, reparaba los golpes que iban dirigidos contra él; pero solo en grandes peligros le era lícito tomar armas por sí en las pendencias y encuentros á que asistia. Sus deberes domésticos se ceñian á trinchar y presentar las viandas en la mesa, y aun á ofrecer el aguamanil á los convidados antes y despues de comer. Pero estos cargos se desempeñaban con tanta mas dignidad cuanto que los platos los recibia de mano del maestre-sala, que ya era por sí una dignidad, aunque mas subalterna, y el agua de mano de los pages, que la tomaban ellos ya de los domésticos inferiores. En público, y en los banquetes en que reinaba toda etiqueta y ceremonia, no podia sentarse el escudero á la mesa de su señor. Para probar que ni el oficio de doncel ni el de escudero eran sino muy honoríficos, concluirémos diciendo, que en las historias francesas del siglo XIII, hallamos designados estos donceles y escuderos con el nombre de Valets, mas humillante aun en el dia que los de Daoiseau y Ecuyer, que corresponden á aquellos en la lengua francesa. Diremos que Villehardouin en su historia hablando del príncipe Alexis, hijo de Isaác, emperador de los griegos, le llama en repetidas ocasiones el Valet (ó escudero) de Constantinopla, porque aquel príncipe, aunque heredero del imperio de Oriente, no habia recibido todavia la orden de caballería. Por igual causa son calificados con la misma designacion por los historiadores sus contemporáneos Luis, rey de Navarra, Felipe, conde de Poitou, Cárlos, conde de la Marcha, hijo de Felipe, y otros infinitos. Entre nosotros fue page y doncel el famoso y nobilísimo don Pero Niño, conde de Buelna, y el mismo don Alvaro de Luna, tan célebre por su prodigioso favor como por su ruidosa desgracia.

En tiempos de guerra, y en los principios de la orden de caballería, se conferia esta con menos pompa y formalidad: el rey ó el general creaba caballeros antes y mas comunmente despues del combate: en esos casos reducíanse todas las ceremonias á dar la pescozada ó espaldarazo dos ó tres veces en el hombro del candidato con el plano de la espada, diciéndole en alta voz: Os hago caballero en nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Solia ser otras veces el teatro honroso donde se conferia la orden de los valientes, leales y esforzados, un torneo, un campo de batalla, el foso de un castillo sitiado ó asaltado, la brecha abierta ya de una torre, ó una fortaleza feudal. En medio de la confusion y tumulto de la refriega, arrodillábase el escudero á las plantas del rey, del general, ó de un caballero cualquiera acreditado ya por sus altos hechos de armas. Cuando el famoso Bayardo, caballero sin tacha y sin reproche, confirió de esa suerte la orden de caballería al rey Francisco II, “O espada mia, esclamó, mil y mil veces venturosa por haber dado hoy la orden de caballería á un rey tan grande y tan poderoso, yo te conservaré como preciosa reliquia, y te preferiré siempre á cualquiera otra.” Despues, añade el historiador que nos ha conservado este rasgo singular, dió dos saltos y envainó su espada.

En tiempos de paz, y cuando posteriormente hubo llegado esta famosa institucion á su mas alto grado de esplendor y á su verdadero apogeo, se solia aprovechar, para conferirla á los escuderos que se habian hecho de ella merecedores, alguna solemnidad. Un dia grande de la iglesia, el aniversario de una famosa victoria, la boda ó nacimiento de un príncipe ó una coronacion, eran las coyunturas mas comunmente escogidas, y en tales casos hacíase la promocion con otra pompa y con mas minuciosas formalidades; las cuales se complicaron mas y mas sobre todo desde el siglo XI, en que pareció tomar aquella orden un carácter nuevo con la mezcla de ceremonias religiosas y profanas, que para la admision de los señores en esta vasta cofradía se exigieron.

Fernan Perez de Vadillo no podia menos de dar á su nueva dignidad la importancia que en aquellos siglos tenia. Todo aquel dia empleó en los preparativos de la ceremonia solemne que se preparaba para él. El condestable Ruy Lopez Dávalos quiso ser su padrino, y obtuvo que fuese madrina la noble esposa de don Juan de Velasco, camarero mayor de su alteza. El conde de Cangas y Tineo era un personage bastante calificado para que la dignidad que iba á conferir á su escudero llamase la atencion de la corte. Su posicion ventajosa, en aquel momento mas que en otro alguno de su vida, le granjearon la asistencia á aquel acto, y la cooperacion de las primeras personas de Castilla. Don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, se brindó á oficiar en la ceremonia, y el mismo rey don Enrique, al señalar para ella la capilla de su regio alcázar, quiso presenciarla tambien desde una tribuna á pesar de sus dolencias. El candidato ayunó aquel dia, conformándose con los usos establecidos: revestido de una larga túnica cenicienta, verdadero trage de su clase de escudero, asistió á la comida que dió don Enrique de Villena á los que debian presenciar la ceremonia. El candidato, colocado aparte en una mesa pequeña mientras los demas comian en la principal, permaneció en ella servido por donceles del conde su señor; pero este, escrupuloso observador de la etiqueta, le intimó al sentarse que no podria hablar ni reir durante la comida, ni aun llegar bocado á los labios. Concluida esta ceremoniosa comida, fue llevado el candidato por sus padrinos, acompañado de los demas concurrentes, y seguidos de gran número de juglares y ministriles, que tañian gran variedad de instrumentos y cantaban baladas alusivas al acto que se preparaba, á la capilla del alcázar. Esperábale ya, custodiada por dos hombres de armas de Villena, una hermosa armadura blanca sin mote ni divisa, de que le hacia merced su señor. Separóse de él alli la concurrencia, y quedó Fernan Perez de Vadillo velando sus armas y en oracion la noche entera, despues de haberse despojado de la túnica escuderil, y haber vestido una cota, embrazado la adarga y empuñado la lanza. Llegada la mañana, confesó devotamente con fray Juan Enriquez, confesor de su alteza. No sabremos decir si vuelto su corazon á Dios hizo sacrificio ante el altar augusto de la penitencia del rencor y de los sanguinarios proyectos de venganza que le habian determinado á armarse caballero. Presumimos que asi lo haria, y creemos que si luego mas adelante la historia nos ha conservado algunos rasgos que podrian oponerse á aquella concesion cristiana, debe achacarse mas bien esta inconsecuencia á la flaqueza del corazon humano, ó á la mezcla estraordinaria de pasiones y religion que reinaba en aquella época, que á la falta de verdadera contricion del noble hidalgo. Hecha su confesion, y veladas ya las armas, retiróse el candidato por el mismo orden que habia venido, y llegado á su habitacion vistió el trage de caballero, mas rico y adornado que el de escudero, que acababa de dejar para siempre. Alli recibió las visitas y felicitaciones de sus deudos y amigos; y varios señores allegados á don Enrique de Villena vistiéronle sobre la cota de menuda malla una ancha loriga guarnecida de piel, adorno reservado solo en aquel tiempo á personas de categoría, y pusiéronle sobre los hombros un gran manto, cortado á manera de manto real. En esta forma, y llevando colgada del cuello la espada, llegó seguido de los padrinos, de los convidados y de sus amigos, á la real capilla, donde esperaban el momento de dar principio á la augusta ceremonia su alteza en su tribuna rodeado de varios dignatarios; el arzobispo, que habia salido al altar al verle llegar, y gran número de damas. Distinguíase entre ellas la madrina del novel caballero, ricamente ataviada, y á la derecha del buen condestable, arrodillados los dos al lado de la epístola en ricos reclinatorios de terciopelo carmesí, en que se veía recamado en oro el escudo de sus armas respectivas, y de que pendian largos borlones de aquel precioso metal. Algo detras, y entre otras damas principales, se veía á Elvira, esposa del hidalgo, cubierta con un velo, al través del cual se traslucia sin embargo su hermosura, como suele verse al través de ligeras nubecillas el resplandor del sol. A la otra parte se colocó el poderoso conde de Cangas, acompañado de algunos caballeros principales y seguido de dos de sus pages, con su yelmo el uno y el otro con las espuelas y demas piezas de la armadura que debian revestirle á Vadillo en acto tan solemne. El resto de la capilla estaba ocupado por la numerosa concurrencia que la calidad de las personas habia traido, y por bandas de ministriles que habian seguido la comitiva, tañendo dulcemente sus instrumentos. Era gran gusto oir la desacorde confusion que producian tocadas á un tiempo la cítola sonora, la guitarra morisca, de las voces aguda é de los puntos arisca, el corpudo laúd, el rabé gritador, el orabin, el salterio, la adedura albardana, la dulcema, é axabeba y el hinchado albogon, la cinfonia, el odrecillo francés y la reciancha mandurria, cuyos ecos distintos se unian al sonsonete de las sonajas de azofar, y al estruendo de los atambores y atambales, de las trompas y añafiles; instrumentos todos con que se verian tan apurados nuestros músicos del dia para organizar una sola tocata medianamente agradable, si se los trocaran de pronto con los que la civilizacion música les ha perfeccionado, como se verán nuestros lectores para formar una exacta idea de su figura y armónica melodía sin mas datos que esta breve enumeracion, por mas fidedigna que la constituya la autoridad del trovador arcipreste á quien la robamos.

Establecido ya el silencio, arrodillóse el hidalgo ante la reverenda persona del arzobispo, quien le quitó del cuello la espada que traía suspendida, y la colocó en el altar en que iba á oficiar. Comulgó en seguida el candidato con edificante fervor. Despues de un momento de oracion y recogimiento, principió el arzobispo los oficios, acabados los cuales se levantó el candidato, é hincándose de hinojos ante la persona de su señor feudal el poderoso conde de Cangas y Tineo, pidióle reverentemente que le hiciese merced de conferirle la orden de caballería. Juró en seguida en manos del ilustre maestre de Calatrava no escusar su vida ni sus bienes en defensa de la santa religion católica, apostólica, romana, y guerrear hasta morir en toda coyuntura y ocasion que se presentase contra los infieles de aquende y allende el mar; fórmula en que se comprendian no solo los moros que mantenian guerra todavia con los reyes de Castilla, sino tambien los sarracenos que poseian á la sazon el santo sepulcro, y contra los cuales se dirigian de todos los puntos de Europa continuamente innumerables cruzados. Juró amparar y defender las viudas y huérfanos que hubiesen recibido tuerto, y los desvalidos que á su fuerte brazo recurriesen para deshacer sus agravios, no pudiendo de otra manera los enderezar. Prestado este noble juramento, leyéronsele los evangelios, sobre los cuales le repitió nuevamente. Hecho lo cual, el arzobispo, cogiendo la espada que habia estado sobre el altar durante el oficio divino, la bendijo y se la ciñó. Llegándose á él sus padrinos, calzóle la una espuela el buen condestable don Ruy Lopez Dávalos, y la otra la esposa del noble don Juan de Velasco, á quienes el novel caballero dirigió las mas espresivas gracias por la merced singular que le dispensaban. Uno de los principales señores que acompañaban á don Enrique de Villena le ciñó la coraza antigua, compuesta del peto y espaldar, dándole paz despues. Don Enrique de Villena, adelantándose en seguida, le dió tres espaldarazos con el plano de la espada, armándolo caballero en nombre de Dios, de san Miguel y de Santiago. Recibióle despues en sus brazos, y en seguida hicieron con él igual ceremonia todos los demas asistentes, como para darle á entender que se gozaban mucho de tener admitido en su gremio caballero que tan completo prometia ser como el noble hidalgo. Alzóse entonces alegre estruendo de todos los instrumentos proclamando al nuevo caballero. Entre los que debian dar paz al recien admitido hallábase uno armado de pies á cabeza, que se habia mantenido constantemente inmóvil al lado del evangelio, y enfrente del sitio destinado á las damas principales de la corte. Ni el oficio divino, ni la larga ceremonia habian sido parte para sacarle de su asombrosa distraccion. Parecia la estátua del fundador de la capilla, como en aquellos tiempos solian verse algunas en las mas de las iglesias. Pero si se llegaba á presumir que era una persona y no una estátua, para comprender su perfecta inmovilidad, y la fijacion de sus ojos, era preciso creer que un maleficio particular ejercía sobre él una influencia funesta, y le obligaba á mirar á aquella parte con la misma irresistible fuerza con que un instinto fatídico obliga á la incauta mariposa á girar en torno de la vacilante llama que la ha de acabar, y con que una atraccion física llama hácia la serpiente cascabel al mísero pajarillo para hacerle víctima de su irresistible voracidad. Causaba aquel embeleso una dama que no habia podido menos de notarla, y que en valde habia pensado ponerle término interponiendo su velo entre las atrevidas miradas del caballero y su aciaga hermosura. Esta medida habia producido un efecto enteramente contrario al que esperaba. Si las miradas habian sido antes continuadas, pero naturales, tomaron despues un carácter de investigacion muy parecido al que tienen las de aquel que trata de leer durante el crepúsculo, ó á la opaca luz de la luna. Apenas quedaba concluido el acto, cuando deseosa la dama de esconderse á tan imprudentes miradas, se habia confundido y desaparecido entre la multitud: los ojos sin embargo del caballero, acostumbrados á ver en aquel punto su contorno, le seguian viendo gran rato despues de haber desaparecido, como le sucede al que se atrevió á mirar fijamente por largo espacio al luminar del dia. Horas enteras conserva su retina la impresion indestructible, y por mas que haya desviado ya los ojos de su deslumbrante luz, por mas que los cierre, en fin, ve el sol todavia donde no le hay. Al llegar Vadillo al caballero acababa de levantarse la dama. Tendió el hidalgo los brazos naturalmente á recibir de él como de los demas el beso de ceremonia, é hizo la misma figura que el que fuese á abrazar un árbol ó una columna. No pudo menos de levantar la cabeza, y de reparar en la especie de estátua que delante de sí tenia. Conociólo, y su primera accion fue volverse con la rapidez del rayo á seguir la visual del caballero, y ver en qué objeto se paraba: si alcanzó á ver algo todavia, ó si el punto á que las miradas se dirigian bastó á contestar á su muda pregunta, eso es lo que no sabemos. Diremos solo que su rostro se tiñó de carmin, y que vertiendo fuego por los ojos y los poros todos de su encendido semblante, sacudió con una mano al distraido diciendo por lo bajo, pero con reconcentrada cólera: “Ya puede haber pactos entre nosotros, que ya no soy escudero.” A esta sacudida inesperada volvió en sí el caballero como quien dispierta de un largo sueño. Reconoció su imprudencia al reconocer al que le hablaba, y no ocurriéndole nada que responder de pronto á su rara interpelacion, bajó los ojos y quiso enmendar su pasada distraccion tendiendo entonces los brazos al hidalgo. Este, empero, poniendo entrambas sus manos en ellos: “Dejad, le dijo, el abrazo para ocasion en que esteis menos ocupado, que yo quisiera que el que nos diésemos fuese mas estrecho y mas largo.” “Como gusteis, hidalgo, repuso el caballero con arrogancia, como gusteis.”

No habia podido menos de notarse por la concurrencia esta pequeña escena episódica lanzada en medio de aquel acto solemne: nadie oyó lo que se dijeron, pero los mas tuvieron algo que decirse al oido acerca de aquella rara singularidad. Nosotros diremos como fieles historiadores, que la dama cuando se creyó fuera ya del alcance de las miradas del importuno, volvió la cabeza y alcanzó aun á ver algo, que fue lo bastante para despertar en ella ideas de inquietud, á que hacia ya algun tiempo que no habia dado lugar en su corazon.

Acabada la ceremonia, retiróse cada cual, y el novel caballero, acompañado de sus padrinos y de sus deudos, se trasladó á la habitacion del señor de Cangas y Tineo, donde esperaban ya á la comitiva varias damas y convidados, y donde un magnífico banquete, dado por el ilustre maestre, terminó con toda la pompa digna de tal solemnidad un dia tan señalado en la vida de nuestro celoso hidalgo.




CAPITULO XXVI.


Mucho os ruego de mi parte

me lo querais otorgar,

pues que de nigromancía

es vuestro saber y alcanzar,

que me digais una cosa,

que yo os quiero demandar.

La mas linda muger del mundo

¿dónde la podria hallar?

Rom. de Roldan y Reinaldos.

La situacion de los principales personages de nuestra historia era bien precaria. No hablemos de la infeliz condesa de Cangas, á quien no pudimos menos de abandonar á su triste suerte. Aun entre los que en el dia ocupan nuestra atencion, habia mas de uno que no tenia motivos para estar contento con su estrella. Elvira en primer lugar llevaba continuamente clavado en el corazon el dardo que se ahondaba mas mientras mas esfuerzos hacia por arrancarle, y tenia no pocos motivos de inquietud y melancolía. La falta de la condesa, á quien echaba menos entonces mas que nunca, le recordaba sin cesar que tenia pendiente una acusacion, en el éxito de la cual se hallaba comprometida no solo la vida del hombre á quien no podia menos de amar, sino la suya propia, pues era condicion de tales juicios que habia de morir el acusado ó el acusador, si no en el combate, despues de él. Elvira se hallaba libre en su cámara, pero lo debia á la buena opinion que habia merecido siempre en la corte. Luego que se habia dado á conocer á Abenzarsal, y éste habia espuesto á su alteza sus circunstancias y las causas particulares que la obligaban á guardar secreto, se la habia dejado en libertad bajo su palabra, con la única condicion de haberse de presentar en el juicio, como acusadora, el dia que su alteza tuviese á bien señalar, dia que se retardaba ya demasiado, segun lo que solia en tales casos practicarse. El vulgo de las gentes sobre todo, que no habia podido dar esplicacion ninguna á la acusacion y circunstancias de la tapada, no sabia á qué achacar semejante tardanza, sino era á las brujerías de don Enrique de Villena. Mientras tanto no era menos cierto que Elvira debia estar en la mas cruel espectativa. La conducta de su esposo era incomprensible al mismo tiempo para ella: nunca le habia dicho una palabra del encuentro en la cámara del astrólogo: semejante reserva, agregada á aquella tristeza misteriosa que le habia dominado hasta el dia en que habia recibido la orden de caballería, manifestaba que tenia oculto algun proyecto, idea que no podia menos de hacerla temblar.

Hernan por su parte, á quien saben nuestros lectores ocupado únicamente en llevar á cabo su venganza contra el doncel, no era mas feliz. Habia llegado á creer fijamente que Macías estaba prendado de su esposa: la pequeña escena que habia pasado entre los dos en la capilla del alcázar no le podia dejar duda acerca de este particular: asi, pues, esperaba con impaciencia el momento de llegar á las manos entonces, que ya tenia permiso de su señor para defender su parte en el juicio de Dios. Con respecto á su esposa, debia estar seguro ya de que era la acusadora de don Enrique; pero justamente resentido de ese paso, tampoco la habia hablado de este asunto, y como tan complicado con el otro que en un mismo dia habia él de morir, ó castigar al atrevido y al objeto de su osadía, cuidábase ya poco de esto. No estaba seguro de que su esposa participase de la culpable pasion de Macías; pero eran tan vehementes sus sospechas, que esta era la única razon porque no habia temblado al considerar que ó habia de morir en el combate, ó habia de morir su esposa si él vencia. Triste alternativa por cierto para otro á quien no hubieran tenido tan ciego los zelos como al hidalgo. Entre tanto trataba con la mayor dulzura á su esposa, porque creía que este era, si habia alguno, el medio de asegurar mas la aclaracion de sus sospechas. No viendo ella en él ninguna señal alarmante, se abandonaria mas facilmente y caeria en el lazo que le tenia astutamente tendido.

Don Enrique de Villena no dejaba de estar inquieto tampoco. Cuando la fortuna se le presentaba tan favorable, cuando habia conseguido romper los funestos cuanto incómodos vínculos que le unian á su esposa, cuando tenia asido ya el apetecido maestrazgo, un doncel aventurero y una dama estravagantemente heróica se habian atravesado en el camino de sus planes: si él hubiera tenido maldad suficiente, nada mas facil que haber quitado de enmedio á toda costa tan importunos obstáculos, como continuamente le aconsejaba el judío; pero ya hemos visto que el indeciso conde creía tener ya harta carga sobre su conciencia con la desaparicion de doña María de Albornoz. El juicio de Dios le hacia temblar, no precisamente porque él estuviese convencido de que si el cielo tomaba cartas en el juego no podia estar nunca de su parte, sino porque creyendo mas, como creía, en el valor de los combatientes para semejantes trances que en la participacion de la justicia divina, no podia menos de asustarle la idea de que el contrario era Macías, que pasaba con razon entre las gentes por caballero mucho mas perfecto y cumplido que Hernan Perez. Este debia ser víctima probablemente de su temerario y generoso arrojo; y en este caso don Enrique, vencido en la persona de su campeon, tendria que recurrir á medios muy violentos, y que le repugnaban sobremanera, para conservar no solo el maestrazgo, sino tambien la vida. Hasta entonces habia tenido la fortuna de retardar el señalamiento del dia, pero esto no podia durar porque la otra parte instaria, y porque la acusacion habia sido demasiado pública y la sentencia demasiado terminante para que pudiese sobreseerse en el asunto. ¿Habria algun medio de evitar que la parte contraria compareciese el dia aplazado? Esto era lo que formaba el objeto por entonces de las maquinaciones de don Enrique de Villena, de su juglar confidente Ferrus y del astrólogo judiciario. En ese caso, tanto Elvira como Macías serian declarados infames, y reputados culpables de calumnia, y acreedores por consiguiente al castigo que habian reclamado en nombre de la ley contra el conde.

Macías era de todos el menos inquieto, y sin embargo el mas desgraciado. Él debia pelear por su amada; pero el que pendiese la vida de aquella del esfuerzo de su brazo, era para él una gloria, una fortuna inapreciable antes que un motivo de inquietud, fuese Villena, fuese otro mas valiente su contrario: y si Elvira no hubiera huido constantemente de sus miradas, si no le hubiese quitado todas las ocasiones de verla y hablarla, ¿quién como él? Pero desde la mañana en que habia sido armado caballero Fernan Perez, mañana en que habia bebido tan copiosamente el veneno del amor, Macías estaba en un estado continuo de delirio y de fiebre, que no le daba lugar á reflexionar que desde el punto en que el hidalgo habia llegado á concebir la mas leve sospecha, solo su estremada circunspeccion podia escusar á la desdichada Elvira mortales sinsabores. El mísero no veía al hidalgo, no veía el mundo que le rodeaba. Ansioso de saber del astrólogo lo que le habia querido decir la mañana de su presentacion en la corte, despues de su llegada de Calatrava, con sus misteriosas palabras, y no habiendo podido verificarlo por el funesto encuentro que en la cámara del judío tuviera, habia vuelto á visitar á este despues de su curacion. Abenzarsal, siguiendo el plan de enredar á los amantes en el laberinto de su pasion, aun á pesar del ciego temor del conde, pues trataba de salvar á este mal su grado, no dudó en echar leña al mortecino fuego de su esperanza.

—Decidme, padre mio, decidme, comenzó Macías, ¿cuál es el sentido de vuestras fatídicas palabras? Esa corte, que me habeis anunciado siempre como un...

—Sí, le contestó Abenzarsal, la primera vez que os ví conocí que la corte debia seros funesta.

—¿Funesta, Abenzarsal? ¿Pero qué llamais funesta vosotros? ¿Quereis decir que podrá acarrear mi muerte...? porque eso, Abenzarsal, no seria lo peor que pudiera sucederme. ¿Qué causa os conduce á pensar... qué secreto mio...? Mucho temo que esa ciencia de que os jactais sea vana y...

—Escuchadme, jóven temerario, interrumpió Abenzarsal. Antes de soltar vuestra inesperta lengua, aprended á respetar lo que no entendeis. ¿Pensais que puedo vivir ignorante de vuestras acciones, de vuestros deseos, de vuestros mas secretos pensamientos? Decid: ¿os acordais del dia en que os dije que al anochecer encontraríais en mi cámara la satisfaccion de vuestras dudas?

—Sí, sí: ¿cómo pudiera no acordarme? sin el concurso de circunstancias que impidieron entonces una entrevista entre nosotros, esta seria acaso escusada.

—Y bien, ¿y qué encontrásteis en mi cámara?

—¡Cielos! ¿qué encontré? ¿seria...?

—Jóven incrédulo, ¿no encontrásteis el verdadero astrólogo que buscábais? ¿quién os podia dar razon mas satisfactoria de lo que intentábais preguntarme?

—Lo sabe todo, lo sabe todo, dijo para si Macías. ¡Ah! tu ciencia es cierta. Yo nunca dije á nadie una palabra, Abenzarsal, tomad ese oro; es cuanto traigo: satisfaced ahora á mis preguntas. ¿Me ama, adivino, me ama? ¡Callais, santo Dios! ¡Oh! ¡bien me lo temia!

—¿Y qué hicísteis que no se lo preguntásteis? ¿A qué preguntarme á mí lo que ella debe saber mejor que yo?

—Viejo artificioso, ¿os burlais de mi dolor? ¿no habeis conocido nunca una muger? ¿encontrásteis una jamas que haya respondido , no, á vuestras inconsideradas preguntas? ¿no sabeis que la ficcion y el silencio son el arte de las mugeres?

—Harto lo sé: estas canas de que veis cubierta mi cabeza no nacen impunemente.

—Y bien, si tanto sabeis, respondedme: ¿me ama, ó me desprecia? ¿son sus miradas las peligrosas redes que las mugeres desvanecidas suelen tender á mil amantes que tal vez aborrecen, ó son las de una hermosa incapaz de engaño y de artificio? ¿son sus ojos solos, ó es su corazon tambien el que me mira? ¿es buena, ó es mala? ¿quién pudo conocer jamas á una muger? ¿soy su juguete por ventura, soy solo su trofeo, ó soy, Abenzarsal, su vencedor? ¡Ah! cuanto poseo es vuestro. ¡Si me ama, decídmelo! Entonces la corte no puede serme nunca funesta, porque aun muriendo, si muero amado seré dichoso. Si no me ama, callad. Yo he oido decir que conoceis los hechiceros mil medios que inspiran el amor. Enloquecedla, Abenzarsal, haced vos lo que debiera mi mérito haber hecho: ámeme ella, y sea como quiera. ¿Qué condiciones son precisas? ¿cuál es el premio de vuestro trabajo...? ¡Oh! Elvira, Elvira, ¡cuánto me cuestas! ¿Necesitais mi cuerpo, mi sangre? hé aqui, herid y consultad mis venas... ¿necesitais mi alma? ¡maldicion, maldicion! haced que me adore, Abenzarsal, y tomadla tambien. ¡Que me ame! ¡que me adore! y todo lo demas despues.

—Moderaos, jóven arrebatado. ¿Qué motivos teneis para tanta desesperacion? ¿no arde siquiera en vuestro corazon una chispa de esperanza?

—¿Y cuándo muere la esperanza en el corazon del hombre? Yo la he visto mil veces: sus ojos me miraban, y se detenian sobre los mios, como se detienen los de un amante sobre los de su querido. Cuando se encuentran nuestros ojos, no hay fuerza que los desvíe. Nuestras almas se cruzan por ellos, se hablan, se entienden, se refunden una en otra. Pero ¡ah! Abenzarsal, que huyen á veces, y su rostro airado...

—¿Airado habeis dicho? ¿y qué mas fortuna pedís? Cuando huyen sus ojos de los vuestros, entonces es cuando mas os ama; entonces, doncel, os teme.

—¿Qué decís?

—No huye la indiferencia, ni se enoja. ¿Y nunca la habeis hablado?

—¡Ah! por mi desgracia una vez...

—¡Por vuestra desgracia! ¿Le dijísteis...?

—Menos de lo que siento, pero le dije...

—¿Y respondió?

—¡Mas cómo respondió!!

—¿Os respondió que no, que la ofendíais... que huyéseis... que...?

—¡Abenzarsal!

—¿De qué, pues, os quejais? ¿queríais, mozo inesperto y precipitado, que una muger virtuosa, una muger que debe á su esposo...?

—¡Abenzarsal! gritó furioso Macías.

—¿Y bien? ¿quereis que me ria en vuestra cara de esa locura? ¿no os enojais ahora porque...? yo creí que teníais muy sabido...

—Sí, sabido, sí; ¡pero ay del que se complazca en repetírmelo!

—En buen hora. ¿Queríais que esa muger, cuyas perfecciones adorais...?

—Entiendo, entiendo.

—Sed mas confiado, señor, y menos impaciente. Vos mismo la hubiérais apreciado en menos, y eso las mugeres lo saben. Quieren ser premio de la victoria, pero de una victoria reñida, porque cuando son vencidas, doncel, ellas mismas hallan disculpa á su flaqueza, disculpa que no encontrarian si no se defendiesen. Las menos virtuosas, Macías, quieren parecerlo hasta á sus propios ojos. ¿Qué será, pues, las que realmente lo son?

—Sí, pero no confundais á Elvira con...

—En buen hora, doncel. Si os habeis prendado de un ángel, id á consultar ángeles: yo solo conozco el corazon humano.

—Judío, ¿y qué me aconsejais?

—¿Necesitais consejos despues de lo que os he dicho?

—¿Es posible? Ah, padre mio, no me hagais entrever la felicidad para arrancármela despues mas amargamente de entre las manos. Si mi constelacion...

—Las constelaciones, doncel, mandan que tengamos frio en el invierno, y sin embargo, si os sumergís en un baño de agua caliente en el corazon de enero, ¿no habreis de sudar?

—¡Cierto!

—Andad, pues, y venced, si podeis vuestra constelacion. Ella se os anunció funesta. Hacedla vos venturosa.

—Esplicaos mas claro, padre mio... ved que...

—Doncel, os he dado cuantas esplicaciones puedo daros. Recapitulad mis palabras, y partid. Solo os añadiré, y ved que no os hablo mas en el asunto, que para vencer es fuerza pelear, por mas que muchos que peleen no venzan. Vuestra constelacion es funesta; en vuestra mano está, sin embargo, vencerla. Confianza y audacia. A Dios.

—¡Confianza y audacia! salió diciendo Macías. ¡Santo Dios! ¿será mia? ¿será mia alguna vez? Dos lágrimas, hijas de la terrible emocion y de la alegría que henchía su corazon, surcaron sus encendidas mejillas. Desde entonces el audaz mancebo revolvió en su cabeza cuantos medios podian ocurrírsele para tener una entrevista con Elvira; desde entonces no vió mas que á Elvira en el mundo; y desde entonces pudiera haber conocido quien hubiera leido en su corazon que Elvira ó la muerte era la única alternativa que á tan frenética pasion quedaba.




CAPITULO XXVII.


Eres muger finalmente.

Rom. de Zaide á Zaida.

Jaime, decia una mañana Elvira á su page, que sentado á sus pies la miraba de hito en hito con ojos ora tiernos, ora indagadores; Jaime, ¿te habló hoy Fernan Perez á tí?

—¿A mí? prima mia, ya sabeis que no soy santo de su devocion; siempre que me ve hablando con vos mas de lo regular, hay motivo bastante ya para que tenga mala cara un dia entero. Sin embargo, nunca le hice mal alguno; antes le deseo mucho bien, porque os lo deseo á vos. Con que si no os ha hablado, lo que es á mí...

—¡Ah! tampoco: no sé qué secreta melancolía le devora desde la noche...

—Sí, aquella noche en que...

—No la recuerdes: mi falta de confianza acaso... el paso que dí... si llegó á cerciorarse de que era yo...

—Pudiera ser; pero me parece que tiene alguna cosa mas.

—¿Qué cosa?

—Yo he oido decir que los zelosos hacen lo mismo que vuestro esposo.

—¡Jaime! ¿Seria posible que Hernan Perez abrigase la menor duda acerca de la virtud de su consorte...?

—No digo eso; antes creo todo lo contrario. Alguna vez le he solido sorprender, hablándose solo á sí mismo: acaso me tenga rencor por eso... Elvira me ama, decia antes de ayer cuando yo le encontré distraido, me ama tanto como yo á ella, es imposible: no era culpable...

—¿Eso decia?

—Eso le oí...

—¡Dios mio! ¡cuán ingrata soy! Y en ese caso, esos zelos que dices...

—Esos zelos puede tenerlos de alguno, aun sin pensar que vos...

—¿De alguno?

—Escuchad. Ayer en la corte miró á un caballero, que conoceis, de una manera... ¡Ay! si sus ojos hubieran sido rayos, con la velocidad del relámpago hubiera sido reducido á cenizas el caballero.

—¡Cielos! ¿Qué os hice yo para merecer tanto rigor?

—Y como se dice que ya en una ocasion ha tenido algun lance con el mismo caballero, y que sus heridas...

—Basta, Jaime, no despedaces mi corazon; tú que le conoces, tú que sabes cuán inocente soy...

—¡Oh! si yo fuera esposo de la hermosa Elvira, ¡qué pocos cuidados me habian de dar los zelos! ¡cómo dormiria á pierna suelta! ¿no es verdad, prima?

Un estremecimiento involuntario fue la única respuesta de Elvira y un profundo silencio, indicio de la mayor distraccion.

—¿No es verdad, prima? preguntó de nuevo el inesperto niño, volviendo á aplicar el dedo imprudentemente en la llaga. Ello, por otra parte, á mí me da lástima.

—¿Qué te da lástima? preguntó Elvira.

—Si viérais en qué estado está mi pobre amigo; el que me solia llamar así...

—¿Qué amigo?

—¡Qué amigo quereis que sea! Si viérais que rostro tan pálido... tan desfigurado... Por fuerza está muy malo... Si el amor es capaz de hacer tantos estragos, no quiero nunca enamorarme.