The Project Gutenberg eBook, El doncel de don Enrique el doliente, Tomo IV (de 4), by Mariano José de Larra
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El doncel de Don Enrique el Doliente
EL DONCEL
DE
Don Enrique el Doliente:
HISTORIA CABALLERESCA
DEL SIGLO QUINCE
POR
D. MARIANO JOSÉ DE LARRA.
SEGUNDA EDICION.
TOMO IV.
MADRID:
Imprenta de I. Sancha,
1838.
CAPITULO XXXII.
En Castilla está un castillo
que se llama Rocafrida;
tanto relumbra de noche
como el sol al medio dia.
Rom. de Montesinos.
Existe á cinco leguas de Jaen una poblacion pequeña ahora, y pequeña en los tiempos á que se refiere nuestra narracion, que tiene por nombre Arjonilla, ora por haber sido fundacion de algunos habitantes salidos de Arjona; ora por su inmediacion á esta ó por las relaciones que con ella pudo tener en lo antiguo. Pertenecia esta villa al maestrazgo de Calatrava, y era una de las primeras que se habian declarado por don Enrique de Villena, á causa de la influencia que le daban á este en aquel punto varias posesiones que en su territorio tenia. En el siglo XV presentaba el aspecto, que aun en el dia suelen presentar muchos pueblos de nuestra patria. Algunas casas que, mas que viviendas de hombres, parecian cuevas de animales, esparcidas aqui y alli, formaban irregulares callejones. No era sin embargo tan pequeña su importancia, que tuviesen que acudir sus habitantes á algun pueblo vecino de mayor cuantía para cumplir con sus deberes espirituales. Poseía una iglesia parroquial, no muy grande en verdad, pero que no dejaba por eso de bastar para su reducido vecindario; y que se hallaba bajo la proteccion y advocacion de Santa Catalina. En el dia será todo lo mas si puede traslucirse su antigua grandeza en los restos míseros que la constituyen en la humilde gerarquía de ermita, pero en el reinado de Enrique III, nos dice Jimena en sus anales eclesiásticos de Jaen, no solo era la iglesia parroquial, sino que era una obra moderna que no tenia mas fecha que los años que hacia que habia sido reconquistado aquel pais á los moros.
A cosa de un cuarto de legua del pueblo rivalizaba en grandeza con la iglesia parroquial un castillo sombrío y viejo, que si no era de los mas fuertes y afamados de Castilla, no dejaba por eso de ser sólido, y una de las posiciones militares mas ventajosas de la comarca. Edificado como todos los de aquel tiempo en una eminencia, mejor diremos en la punta de una peña, podia servir de reducto á un tercio militar en retirada, ó de baluarte á un destacamento avanzado de un ejército invasor. Tenia su doble muralla almenada, torres, foso, contrafoso, puente levadizo, en una palabra, cuanto hacia necesario en semejantes edificios la táctica militar de ataque y defensa de aquella época belicosa, y de perpetuo temor y desconfianza. Crecia la yerba tranquilamente en derredor de las almenas, prueba evidente de que hacia mucho tiempo que no oponian obstáculos los artes de la guerra á su abundante vegetacion. Un largo litigio que sobre la pertenencia del tal castillo habia sostenido contra la corona de Castilla la orden de Calatrava habia sido ocasion de hallarse inhabitado algunos años, y se habian adherido á él, como en aquellos tiempos de ignorancia solia frecuentemente suceder, mil vagas tradiciones, mil supersticiones fabulosas que habian consolidado algunos malhechores, cobijándose en él secretamente y haciéndole cuartel general y centro de sus operaciones. Era fama por el pais que en tiempos anteriores un moro, mago, si jamas los hubo, habia sido fundador del castillo, cuya construccion se perdia en los tiempos remotos de la conquista y reconquista; opinion á que no daba poco realce el color negruzco de la piedra, y el aspecto todo venerable y misterioso de sus antiquísimas murallas. El mago habia construido el castillo, segun la mas recibida opinion, para satisfaccion de odios y rencores propios suyos: en él habia atormentado durante su vida á muchas hermosas doncellas que no habian querido rendirse á sus brutales deseos, pues todas las tradiciones convenian en que este habia sido el flaco del moro encantador y descomunal. Añadíase á esto que no le habia faltado razon para ello, pues se referia de él la siguiente historia. El moro habia amado en sus lucidos abriles á una mora llamada Zelindaja, hija de un reyezuelo de Andalucía; la cual habia correspondido primero á su pasion, pero le habia dejado despues sin verdadero motivo por otro y otros moros succesivamente con la natural facilidad y ligereza de su sexo leal y encantador. El moro, que debia de haber sido hombre de suyo sentado y poco aficionado á mudanzas, habia tomado la cosa muy á mal y el desaire muy á pechos, y en vez de volver los ojos á otra Zelindaja mejor que la primera, lo cual hubiera sido determinacion de hombre prudente, habia jurado vengarse castigando en el sexo todo la culpa de uno de sus individuos. Hé aqui la causa de su odio á las mugeres: para lograr sus fines habíase dado á la mágia y á la confeccion de bebidas y filtros amorosos. Con ellos enquillotrava á las doncellas, las cuales, al punto que apuraban á poder de engaños la pócima, asi quedaban del moro enamoradas como si en el mundo no hubiera habido otro hombre ni moro ni cristiano. Entonces entraba la parte de su venganza; entonces el pícaro moro hacíase de pencas y dejábalas llorar y suplicar, suspirar y gemir por los sus encantos, con lo cual íbanse consumiendo y acabando las enquillotradas doncellas, como bugía que se apaga. Conforme las iba el bribonazo del encantador seduciendo, íbalas encerrando en el castillo, y era todo su placer, cuando veía á una ya tan madura y encaprichada de él como juzgaba necesario, hacerla testigo de los enamorados motetes y de las apasionadas caricias que á otra fingia, usando despues con esta y con todas las succesivas de igual odioso manejo. Mesábanse los cabellos las infelices, y decíanle injurias y ternezas; pero el moro habia aprendido tan bien de su Zelindaja, que hacia oidos de mercader, y no parecia sino que habia nacido hembra y mora mas bien que varon y moro. Todo lo mas que solia decirlas cuando las veía presas en las redes de su pérfido amor era contestarlas como le habia contestado á él Zelindaja:—Mi honor, les decia, no lo consiente.—Cede, bien mio, replicaban ellas.—Imposible, reponia él con grave remilgamiento y afectado pudor y compostura. ¡Mi honor es lo primero!—¿Y los juramentos, ingrato, y las promesas, falso? solian responderle.—¿Yo juré nunca, prometí yo acaso? añadia el moro haciendo el olvidadizo.—¿Y los placeres que gozamos?—¡Insolente, qué osadía! ¿cuándo, en dónde?—Ved que mi muerte, moro mio, será obra de tu rigor, acababan ellas.—Podeis hacer lo que gusteis, concluia entonces el redomado moro cogiendo un abanico, é imitando con él y con el desvio de sus ojos el antiguo sistema de su pérfida Zelindaja. Con lo cual tenia á las perdidas doncellas en un infierno perpetuo, muy parecido al que pasan voluntariamente en esta vida los incautos que dan en creerse de palabras y juramentos, de prendas, en fin, y de ternezas de moras pérfidas y veleidosas.
No habia parado aqui el rencor del bribon del encantador. Efectivamente, incompleta hubiera sido su venganza si no hubiese caido en sus lazos la misma Zelindaja. Tuvo modo el mágico de engañar á una de sus doncellas, la cual le hizo beber, no se sabe á punto fijo con qué sutil arbitrio, una buena pieza del filtro ponzoñoso: no bien se le hubo echado á pechos Zelindaja, cuando sintió renovarse en sus venas el fuego antiguo en que habia ardido por el moro: desde entonces no perdonó medio alguno de anudar de nuevo sus rotas relaciones. Hízolo tambien el vengativo, que la obligó á que se decidiese á venir á hacer vida comun con él á su castillo, donde decia los esperaban delicias sin fin, y una vida entera de amor y fidelidad. Cayó en el lazo la incauta cuanto enamorada Zelindaja; pero no bien hubo pasado el rastrillo de la encantada fortaleza, cuando llamándose andana el astuto moro, dió dos zapateadas en el aire, como potro que sale, roto el freno, á gozar al campo de la conquistada libertad, sacudió el amor y comenzó á dar tal cual leccion de sufrimiento á la desvanecida hermosa, quien aprendió entonces lo que habrian sufrido sus amantes. Lloraba ella y gemía, y volvia siempre al moro, pero decíala él:—¡Ay! mora mia, es tarde.—¡Ay moro! le decia Zelindaja.—Es tarde, ¡ay! es tarde, contestaba el moro, afectando dolor y sentimiento. Tal era la esplicacion que se daba á un gran rótulo, labrada en la misma piedra sobre la puerta principal del interior del castillo, que decia efectivamente en letras gordas arábigas, y en árabe dialecto: es tarde.
No habia querido el moro que Zelindaja muriese como las demas á poder de sus desprecios: habia decidido por el contrario que Zelindaja viviese mas que todas, y que á su muerte, la cual el no podia evitar que sucediese algun dia, quedase á lo menos su sombra recorriendo perpetuamente los cláustros y galerías del castillo, pidiendo á las piedras la fidelidad que tanta falta le habia hecho en vida, y á los ecos su esposo, como llamaba en su delirio al rencoroso moro.
De aqui la tradicion misteriosa de que se oía en el castillo, sobre todo en las crudas noches del invierno, ó en épocas de tormentas, una voz de muger que pedia á los elementos todos su esposo; y no faltaba quien añadia haber visto con sus propios ojos, que habian de comer la tierra por mas señas, una sombra blanca, recorriendo, toda pálida y desmelenada, con una antorcha en la mano, las altas bóvedas, como quien busca efectivamente alguna cosa que no encuentra.
Escusado es, pues, decir que no tendria el castillo muchos aficionados, porque era comun opinion que el que llegaba á poner el pie en él, hallándose enamorado, ya nunca habia de oir mas consuelo ni esperanza amorosa que aquel fatal es tarde, que á la fundacion y suerte del castillo presidia.
Era igualmente aborrecido el moro, y maldecidos su nombre y su memoria en la comarca, porque no habia amante desairado que no creyese deberle aquel singular favor á la influencia que ejercia todavia en muchas leguas á la redonda, aun despues de su muerte. No habia padre que no creyese deberle la palidez de su hija, esposo que no imaginase obra suya el despego de su esposa, y zagal enamorado que no le pidiese mas de una vez, en sus secretas oraciones, la revocacion de la terrible suerte que habia dejado en herencia al pais en que habia vivido.
Nosotros, sin embargo, habremos de abogar por el moro, en primer lugar porque no creemos que tenga en el dia influencia alguna el tal mago sobre nuestras mugeres, y sin embargo ni dejan de estar pálidas las incautas jovencillas, ni dejan de dar su amor á todos los diablos los enamorados zagales, ni se ha acabado el despego entre los esposos, ni deja de suceder con las Zelindajas, de que se compone el bello sexo, lo que con los hilos de las sábanas de angeo de la venta de Puerto Lapice; de los cuales decia Cide Hamete, que si se quisieran contar no se perderia uno solo de la cuenta.
Si no tenia efectivamente otro delito el moro que engañar á sus amantes, enamorar primero para despreciar despues, y variar de amor como de camisa, mal haya si encontramos porque reconvenirle, en unos tiempos, sobre todo, en que cualquiera muger no necesita ser muy mora, ni muy hechicera por cierto, para hacer otro tanto cada y cuando le ocurre, que suele ocurrirles siempre. Somos demasiado defensores y amigos del bello sexo para hacer por ello inculpacion alguna al inocente moro.
Enfrente del castillo, pero á mas que respetable distancia, se veía el tercer edificio notable, la tercera maravilla de Arjonilla. Era esta una casa no muy grande, comparada con las mas pequeñas de las que adornan en el dia la capital de todas las Españas posibles, pero verdaderamente régia, puesta en parangon con la mas espaciosa de Arjonilla.
Una anchísima puerta, cuyo dintel presentaba al espectador la huella antigua y honda de la rueda, y un espacioso corral, mitad con cobertizo, mitad con el cielo por techo, hubieran indicado al caminante muy suficientemente que aquella era la posada, ó parador, ó venta, ó como se quiera, de la importante villa por donde transitaba, aun sin necesidad de reparar en un empolvado ramo que de una reja baja salia, inclinando sus secas y marchitadas hojas sobre el camino.
Entrábase dentro del tal ventorrillo, y siguiendo un callejon, en el cual servia la oscuridad de encubrir la poca limpieza, se llegaba á una cuadra, pasábase de esta á otra peor que la primera, y de alli á la gloria, como suele comunmente decirse, es decir, á la cocina, pieza principal de la casa. Un mal hogar, coronado de una alta y piramidal chimenea era todo el mueblage, si se esceptúan dos fementidas mesas, digámoslo asi, que comparáramos de buena gana en lo largas y estrechas con el alma de un vizcaino, si nosotros hubieramos visto alguna; estaban clavadas y arraigadas casi ya en el suelo, como todas las cosas malas en el pais. Dos bancos, remedos asaz perfectos en su instabilidad de las cosas de esta vida, y que en lo poco firmes mas que bancos parecian mugeres, tenian cogida en medio á cada mesa, y hacia cada mesa con sus dos bancos la misma figura precisamente que haria un galgo grande entre dos galgos chicos. La superficie de cada mesa era tan desigual, como la superficie del mar en un dia de tormenta: se tambaleaba ademas, y cedia al menor impulso con la misma flexibilidad que un periódico ministerial del dia. La construccion de los bancos era un tanto cuanto picaresca y maliciosa, porque cuando se sentaba una persona sola en una estremidad levantábase la otra irritada de la presion como si fuera á hablar con su huésped, y era preciso sujetar al rebelde si no queria dar consigo en tierra el recien sentado, cualidad en que parecia cada banco una balanza.
La llama del hogar, oscilante, y tan indecisa como un gobierno del justo medio, alumbraba á relámpagos los barbados rostros de unos cuantos arrieros y tragineros que secaban en la brasa sus húmedas alpargatas, ó disponian su cena en bollas y sartenes, asaineteando su rústica conversacion con mas votos y por vidas que palabras.
Pero como no podia bastar el resplandor intermitente de la leña para iluminar debidamente á los que ya en las mesas cenaban, el inteligente dueño del establecimiento, lleno de prevision, habia provisto á esta necesidad con un magnífico candil, cuya materia no era facil adivinar al través del ollin y grasa que le enmascaraba, el cual daba de sí mas aceite que luz. Pendíase unas veces de la misma pared, asegurando su gancho en un agujero practicado sencillamente al efecto, colgábase otras en una cuerdecita embreada de manchas de moscas: en el segundo caso columpiábase el luminar aquel de la noche de tal suerte que de buena gana le hubiera comparado un poeta del siglo XVI con el aura meciéndose blandamente en las ondeantes hebras de oro de Belisa, de Filis, ó de otra cualquiera no menos bella inspiradora. Habia ademas en la misma cocina, y como si digéramos ocupando el estrado y sirviendo de divan, un corpulento arcon que asi era de paja como de cebada, y adonde acudia no pocas veces el mozo de la posada, con detrimento notable de las ropas de los concurrentes, á los cuales no podia favorecer gran cosa el polvillo que, al cerner la cebada, del horadado harnero se desprendia. En dias de viento tenia la cocina la singular ventaja de parecerse al olimpo, mansion de los dioses, en las densas y misteriosas nubes que formaba el humo oprimido y rechazado en el cañon de la chimenea por las corrientes de aire que en la region atmosférica discurrian.
Cenaban á un lado dos paisanos que parecian, si no del pueblo, por lo menos de la tierra, y á otra parte solo, enteramente solo, un individuo muy conocido nuestro y de nuestros lectores, á quien parecia dedicar mil atenciones el dueño de la posada. Servíale primeramente en persona, mientras que servia á los demas, ó no los servia, una robusta Maritornes, que nada tenia que envidiar á la de Cervantes sino es la pluma de su historiador y cronista. En segundo lugar quitábasele la montera cada vez que aquel le dirigia la palabra; lo cual hacia este siempre, preciso es decirlo todo, con aire imperioso, y hablando como superior á inferior. En tercer lugar reíase á la menor palabra que decia el forastero. Y en cuarto le habia sacado de las provisiones reservadas de su hostalería unas aceitunas algo aventajadas, y cierto vino, no precisamente puro, pero en fin, del que tenia menos agua en su bodega.
El forastero cenaba mas bien como un gañan que como un señor; pero, fuera de esto, era preciso confesar que entre todos los que formaban aquella escogida reunion no habia nadie que tuviese un esterior tan cortesano, ni que mas se apartase del tipo primordial del hombre de la naturaleza, al cual estaban demasiado cerca en honor de la verdad aquellos sencillos arjonillanos. De todo el comportamiento del huésped para con el forastero no era preciso ser un lince para inferir que este era hombre que disponia de mas que medianas facultades, y que aquel se prometia una lucida paga de sus esmeradas y particulares atenciones.
—Traedme mas vino, dijo el forastero apurando la primera vasija que á su derecha habia puesto el posadero.
—Como gusteis, dijo éste riéndose, y no tardó un minuto en estar servido el huésped. No se bebe mejor, señor caballero, dijo aquel, en toda la tierra.
—El pan es el que es malo, dijo el viajero.
—¡Ah! sí señor, como gusteis, muy malo repuso riéndose obsequiosamente el hostalero. ¡Ya veis! añadió acercándosele al oido. Esta semana no se ha cocido en casa todavia, y ha cargado tanta gente que he tenido que recurrir á un vecino...
—Bien: basta, dijo con tono imperante el huésped.
—¡Eh! ¡eh! como gusteis, repuso el hostalero.
—Parece que el tiempo está bueno, dijo de alli á un rato el que cenaba.
—¡Ah! ¡ah! sí, como gusteis, señor caballero, respondió con una sonrisa agradable el amo.
—¿Teneis mucha familia?
—¡Eh! sí ¡eh! ¡eh! como gusteis, señor caballero; como gusteis, dijo el flexible.
—El hombre es categórico, dijo para sí el pregunton; no gusta por lo visto de quimeras ni de indisponerse con nadie; y volvió á sepultarse en su distraido cuanto importante y misterioso silencio.
—¿Y vendrá el señor huésped por mucho tiempo? se atrevió á preguntar el hostalero de alli á un momento, viendo que habia caido la conversacion, y creyendo hacer un obsequio á su huésped en renovarla.
—Como gusteis, le contestó secamente el forastero, encargándose á su vez de que no se diese de baja en el diálogo la muletilla del ventero.
—Yo lo creo, repuso el amo. Vuestra señoría fue de los que llegaron ayer... prosiguió luchando entre el temor de parecer demasiado pregunton é indiscreto, y la curiosidad natural de su oficio; de los que... es decir, de la casa del señor maestre de Calatrava...
—Como gusteis, respondió mas secamente aun nuestro hombre, levantándose y soltando en la mesa con desenfado una moneda de oro. Esta noche dormiré aqui. Me haréis disponer la cama.
—Como gusteis, señor; pero cama, eso no habrá, porque vuesa merced...
—¿No habrá, bellaco? ¿Cómo diablo tengo de gustar entonces...?
—Como gusteis, señor caballero; pero es decir que vuesa merced sabe que en estas casas...
—En estas casas... ¡voto va! Quereis cenar, y os dicen: Se guisará lo que traigais de vuestro repuesto. ¿Quereis dormir? Traeréis cama. ¿Qué hay, pues, posadero que Dios maldiga, en una posada?
—Lo que gusteis, señor, lo que gusteis... no siendo cosa de comer, ni de cama, ni cuarto, ni...
—Ni diablos que te lleven.
—Como gusteis, señor: ¡eh! ¡eh! repuso el hostalero sopesando en la mano la moneda de oro. Lo mas, señor caballero, que puedo hacer por vos si urge...
—¿No me ha de urgir, pícaro...? Mañana por cierto no dormiré aqui; pero en el castillo parece que estan tan provistos como si fuera una posada. No esperaban á nadie, y hasta mañana... Vamos, hablad: ¿no veis que escucho? ¡Voto va!
—Como gusteis... podeis dormir en la cama de mi muger.
—¡Por Santiago! herege... ¿es tu muger esa vieja?
—Es decir, señor, que la cama de mi muger es la misma que la mia: llámola asi porque la trajo ella en dote, y gusto de dar á cada uno lo que es suyo.
—¡Ah! de ese modo... porque de otro...
—Como gusteis; y nosotros dormiremos como podamos.
—Ea, pues, guiad, que he menester madrugar, y voto va que estoy cansado.
—Como gusteis, señor caballero. Señores, con perdon de ustedes, añadió el hostalero echando mano del candil que alumbraba á los que cenaban en la otra mesa, y atizándole con los dedos: bien pueden vuesas mercedes cenar á oscuras, porque hoy no hay mas que un candil en la casa, contando con este.
Dicho esto, echó á andar delante del viajero con su risita y su natural sumision, cuidándose poco de lo que quedaban diciendo las gentes de baja ralea que hospedaba aquella noche en su casa, y á quienes con tan poco comedimiento habia devuelto al caos y á las tinieblas de que el Hacedor Supremo los habia sacado al criarlos.
—¿Habeis visto, Peransurez? dijo al otro uno de los que cenaban.
—He visto, he visto, repuso su comensal; y pluguiera al cielo que siguiera viendo.
—Decís bien, porque el bueno de Nuño, atraido sin duda por el color de oro del pelo ensortijado del forastero, nos ha dejado ¡vive Dios! como solemos quedarnos al fin de los sermones de nuestro buen párroco, es decir, á oscuras.
—¿Y sabeis quién sea el forastero?
—Nadie nos lo podrá decir mejor que el mismo Nuño, si es que él ve mas claro en ese asunto que nosotros en nuestra cena.
Volvia á este tiempo Nuño, que asi se llamaba el hostalero: despues de restituido el candil á su primitivo lugar, y haberse escusado lo mejor que supo con sus huéspedes, comenzó á restregarse las manos con aire importante y misterioso, como de hombre que sabe raros secretos.
—Ya que habeis tenido por conveniente, señor Nuño, dijo Peransurez, llevarnos la luz, que supongo no nos pondreis en cuenta, ¿no nos podriais dar algunas luces, en cambio de la que nos correspondia, acerca de ese misterioso personaje que albergais en vuestro bien alhajado establecimiento?
—Alhajado, ó no, señores, como gusteis; es el mejor que de esta especie se conoce, voto á Dios, en muchas leguas á la redonda. Con respecto al forastero, no acostumbro á revelar...
—Vaya, señor Nuño, eche un trago de lo bueno, y siéntese y hable, que no nos dió el Señor en su sabiduría la lengua para callar las cosas que sabemos, dijo el mas arriscado: harto trabajo tenemos con haber de callar por fuerza las que no sabemos. Ese será algun pícaro...
—¡Chiton! dijo el hostalero apurando un vaso. ¡Chiton!
—Dígolo porque en estos tiempos anda el dinero por las nubes, y no se cogen truchas...
—Como gusteis; ¡pero Dios me libre de que se quite en mi casa la honra á nadie! Ademas, yo no suelo tratar de pícaro á un hombre que se ha cenado en menos de un cuarto de hora media despensa, y que paga... y que pagará...
—En hora buena, señor Nuño. ¿Y qué nuevas trae de la corte el hombre honrado que ha cenado media despensa...?
—Que á la hora esta estará ya la corte en Otordesillas, adonde se traslada porque nos ha nacido un príncipe...
—¡Oiga! Tendrémos mercedes.
—Sí, algun impuesto nuevo para sufragar á los gastos de las funciones, dijo uno de los huéspedes. ¡Voto va! que para nosotros pecheros...
—Como gusteis, señores; pero mirad que mi casa...
—Voto á la casa, señor Nuño, que hemos de hablar, y no nos habeis de quitar la conversacion como la luz. A oscuras vemos aqui mas claro que todos los hostaleros encandilados y por encandilar de Castilla y Andalucía. Vaya, ¿qué mas dice el forastero? Echad otro trago, que aun queda luz en nuestros bolsillos para aclarar mas de un punto.
—Parece que su alteza ha decidido que en cuanto llegue á Otordesillas se reuna el capítulo de Calatrava y elijan maestre.
—¡Voto va! Buena estará la eleccion, cuando ha elegido ya su alteza. ¿Y á quién, señor, á quién? A un hechicero mas nigromántico que el mismo moro del castillo. ¿Y qué se le ha perdido al señor pelo rojo en Arjonilla?
—Mas bajo, señores, dijo el pobre hostalero, que necesitaba vivir con todo el mundo.
—Será de la pandilla que llegó ayer, y que esperó fuera del pueblo á que anocheciera, sin duda por no enseñar algun punto que traerian en las medias.
—Como gusteis, repuso el hostalero. Lo cierto es que llegaron al castillo, que pertenece en el dia al de Villena; que les fueron abiertas las puertas; que el maldecido alcaide que le guardaba ha cedido las llaves al señor pelo rojo como le llamais, y que ha venido á hospedarse aqui, dejando en el castillo á su gente. Con respecto á ese punto que decís, hay quien asegura que han traido un prisionero...
—¿Un prisionero?
—¡Chiton!
—Vendrá á hacer compañía á la mora Zelindaja, que anda pidiendo su esposo á las paredes del castillo desde el tiempo de Abderramen...
—¡Ba! dijo el otro comensal: ¿vos os creeis tambien de moros encantados?
—¡Chiton, señores, chiton! repuso el hostalero; lo que yo sé deciros es, que no pasaria ni una hora despues de media noche, en el castillo. Mirad: yo habia oido contar á mi abuela muchas veces la historia del moro mago, y de la mora Zelindaja, y del letrero árabe del castillo; y lo que sé decir es, que nunca le dí un noven á mi abuela porque me lo contase, ni sus padres de ella le dieron una blanca porque lo creyese; lo cual digo para probar que nada se echaba de ella en el bolsillo por la mayor ó menor certeza del caso. Pero como al hombre le tienta el diablo muchas veces para que dude de las cosas que ve, cuanto mas de las que no ve, ni ha visto ni verá, yo me temia mis dudas, pesia á mí. Y era cierto que hacia algun tiempo ni se oían ruidos de noche en el castillo, ni voz de mora, ni de cristiana, ni...
—Adelante, Nuño, adelante.
—Como gusteis. Pero hace cosa de meses comenzó á decirse por el pueblo que se habia oido una noche á deshora rumor de gentes que habian entrado en el castillo, las cuales gentes no se han visto salir; quién sabe si serian gentes de estas que se usan: ello es que nadie los vió: desde entonces ha tornado el run run de las cadenas y de las voces, y de los espantosos nocturnos; y lo que sé decir es, que yo me pasaba una noche, no hace muchas, por el castillo, porque venia de trabajar la huerta que tengo mas allá: bien sabe Dios ó el diablo que yo me traía conmigo todas mis dudas; era tarde ya, y oí efectivamente yo mismo una voz lamentable que decia á grandes gritos: “Esposo, esposo mio.” Mirad, aun se me hiela la sangre en las venas: levanté los ojos, y en una de las ventanas mas altas de la torre, de donde parecian salir las voces, se veía una luz, pero una luz pálida y blanquecina que andaba de una parte á otra, y de cuando en cuando parecia ponérsele por delante una sombra, mas larga que una esperanza que no se cumple.
—¿Vos lo visteis? dijo Peransurez.
—¿No lo creeis? preguntó el hostalero mas espantado de la incredulidad de su huésped que del mismo caso que referia.
—Mirad, contestó Peransurez, toda mi vida tuve grandes deseos de conocer á un encantado, y nunca pude verle la cara á ninguno: desde que fuí monacillo, y sacristan despues de la Almudena, tengo ese pio. ¿Sois hombre, compañero, para apurar esta aventura y ver de hacer una visita á ese moro y á esa señora Zelindaja...?
—¿Qué decís? interrumpió Nuño. Como gusteis, pero os suplico que mireis...
—¡Quite allá, señor hostalero! ¿Qué decís vos, comensal?
—La verdad, seor Peransurez, contestó su compañero, que en esas materias... bueno es mirar dos veces...
—Vaya, ya veo yo que vos no servís para caballero andante y aventurero. ¡Voto va! ¡que no tuviera yo aqui en Arjonilla á mi amigo Hernando, el montero de su alteza!
—¿Para qué, señor monacillo, y sacristan despues de la Almudena, ahora montero y guardabosques? preguntó Nuño con aire socarron.
—¿Para qué, voto á tal? Desde que me hicieron guarda de los montes de esta comarca por su alteza, no he vuelto á emprender una sola aventura de las que soliamos acometer y vencer en nuestros abriles. Con Hernando al lado, ya me curaria yo de moros y malandrines, de encantadas moras y cristianas. Yo entraria en el castillo; ó quedariamos en él entrambos encantados, ó desencantariamos con la punta de un venablo al mago, y á cuantos magos nos fuesen echando á las barbas...
—¿Entrar en el castillo decís, eh? preguntó sonriéndose el hostalero.
—¿Y por qué no?
—Mas facil seria entrar en vida en el purgatorio, señor monacillo y sacristan, montero y guardabosques.
—Eso no, ¡voto va! que para entrar en el castillo no he menester yo á Hernando, ni á nadie.
—¿Vos? preguntó de nuevo el hostalero, soltando la carcajada; aunque supierais mas latin que todos los sacristanes juntos de Andalucía.
—Yo: apostemos, repuso Peransurez, picado de la risa del amo y de sus frecuentes alusiones á su sacristanía de la Almudena.
—De buena gana, contestó Nuño.
—Una cántara de vino y media docena de embuchados de jabalí para todos los presentes, gritó Peransurez dando una puñada en la mesa, que estuvo por ella largo rato á pique de zozobrar.
Al llegar aqui la conversacion acalorada del montero Peransurez acercáronse todos los que en el hogar estaban.
—Señores, sean vuesas mercedes testigos, clamó Peransurez; Nuño y yo...
—¡Peransurez! dijo en voz baja al oido del montero exaltado un hombre de no muy buena apariencia que habia entrado no hacia mucho en el meson, y en quien nadie habia reparado, tanto por su silencio, como por hallarse el amo de la venta entretenido en la referida discusion; ¡Peransurez!
—¿Quién me interrumpe? gritó Peransurez, volviéndose precipitadamente al forastero.
—Oid, contestó éste apartándole una buena pieza de los circunstantes, que quedaron chichisbeando por lo bajo acerca de la apuesta, y de la posibilidad de llevarla á cabo, y del valor de Peransurez, y de la interrupcion del recien venido. ¿Hablais seriamente, seor Peransurez? dijo éste tapando todavia su rostro con su capotillo pardo.
—¿Cómo si hablo seriamente? gritó Peransurez.
—Mas bajo, que importa. ¿Insistís en lo que habeis dicho de aquel montero vuestro amigo...?
—¡Si insisto, voto va! Cuando yo he dicho una cosa... una vez...
—¡Bueno! ¿Quereis montear con un amigo?
—¿Pero á qué viene...?
—Mirad... dijo el recien llegado desembozándose parte de su cara.
—¿Qué veo? esclamó Peransurez: ¿es posible? ¿vos?
—¡Chiton! me importa no ser conocido.
—Dejad, pues, que cierre mi apuesta... y esperadme...
—No: ciad en la apuesta. El buen montero ha de saber perder una pieza mediana cuando le importa alcanzar otra mayor. Si quereis entrar en el castillo y desencantar á esa mora, nos importa el silencio.
—Pero, ¡y mi honor!
—¡Voto va! por el Real de Manzanares, algun dia quedará bien puesto el honor de vuestro pabellon. En el ínterin ved que nos ojean, y si no nos hemos de dejar montear, bueno será que no escatimen nuestro rastro. Os espero fuera y hablaremos largo.
—En buena hora, repuso Peransurez. Señor Nuño, añadió volviéndose en seguida á los circunstantes, un negocio urgente me llama. Mañana, si os parece, cerraremos la apuesta. Dijo, y salió.
—¿No decia yo? repuso triunfante Nuño; ¿no decia yo? ¡entrar en el castillo! ¿entrar? Como gusteis, añadió volviéndose hácia la puerta por donde ya habia salido Peransurez con el desconocido, como gusteis, seor guardabosques; pero paréceme que haríais mejor en guardar vuestra lengua para contar esos propósitos á un muñeco de seis años, y vuestro valor para los raposos del monte.
Una larga carcajada de la concurrencia acogió benévolamente el chistoso destello de ingenio del triunfante posadero: en vano quiso el comensal de Peransurez defender á su amigo citando hechos de valor, y atrevimientos suyos de bulto y calibre. Quedó por entonces convenido que el que quisiera beber vino y comer embuchados no debia aguardar á que entrase Peransurez en el castillo, cosa reputada tan imposible realmente, como entrar en vida en el purgatorio, segun la feliz espresion del hostalero, que se repitió de boca en boca, y que hizo reir á todos á costa del montero, que habia abandonado el campo de la apuesta al enemigo con notable descrédito de su honor y de su buena fama y reputacion.
CAPITULO XXXIII.
Bien sabedes, vos, señora,
que soy cazador real;
caza que tengo en la mano
nunca la puedo dejar.
Tomárala por la mano
y para un verjel se van.
Rom. del conde Claros.
¿Vos, Hernando, en Arjonilla? dijo Peransurez en cuanto se vieron apartados del ventorrillo todo lo que hubieron menester para no ser de nadie entendidos. ¿Podeis esplicarme cómo habeis dejado el lado del doncel Macías, á quien serviais no ha mucho, si mal no me acuerdo?
—Largo es de contar, amigo Peransurez, repuso Hernando deteniéndose en un ribazo enfrente del castillo, desde el cual se descubria todo él perfectamente. Pero si no teneis prisa en este instante, si podeis atender á la llamada de mi vocina, os referiré cosas que os admiren, y vereis si tenemos monte y venado en abundancia, lo cual haré con tanto mas gusto, cuanto que me habeis prometido ayudarme en la montería que me trae á este bendito lugar.
Refirió en seguida el montero Hernando, lo mejor que pudo y supo, cuanto dejamos en nuestros tres tomos anteriores relatado, ó á lo menos toda la parte que él sabia, que era lo muy bastante para poner al corriente á cualquiera de los negocios del doncel. Al llegar al punto donde dejamos nosotros á nuestros héroes al fin de nuestro capítulo 31, prosiguió Hernando en la forma siguiente:
—Habeis de saber, Peransurez, que desde el ojeo que dieron á mi amo en el soto de Manzanares aquellos desalmados siervos del conde, recelábame yo de cuanto nos rodeaba, y habíame propuesto no soltar la oreja de mi amo, el doncel Macías. Cuando llegó, sin embargo, la nueva del alumbramiento de nuestra señora la reina doña Catalina, un maldecido sarao hubo de darse. Ni podia entrar yo alli, ni mi leal Bravonel. Viendo con todo que tardaba ya el doncel en demasía, salí á esplorar el monte, y á ojear los alrededores del alcázar. En ese tiempo ¡voto va! debió de volver mi amo á nuestra cámara, porque cuando yo regresé faltaba un tabardo de velarte que primero no llevara y su espada. Volví á salir, y cansado de no hallarle, ocurrióme que acaso fuera de la villa y debajo de las ventanas de Elvira, que dan sobre la plataforma, podria estar el melancólico caballero tañendo su laud, y cantando alguna balada á la señora de sus pensamientos. Dirigí hacia allá, Peransurez, mi jauría, y al llegar ¡voto á san Marcos! hallé rastro. Un ruido estraño me habia llamado la atencion á alguna distancia: conforme nos acercábamos Bravonel y yo, habiamos oido algunas voces confusas, y pasos luego de caballos. Llegamos, y veíase abierta la reja de la cámara de Elvira. Dos ó tres piedras enormes, y colocadas una sobre otra, parecian indicar que acababan de servir de escala á algun atrevido caballero para alcanzar á la reja. A poco rato de observacion parecióme que andaba alguien en la habitacion con una luz en la mano: ocultéme debajo de la reja lo mas arrimado que pude á la pared: el que era se asomó efectivamente, y al resplandor de la luz que llevaba en la mano ví relucir en el suelo dos trozos de una espada rota. ¡Esta es la osera! dije para mí: no bien se hubo apartado el de la luz, que no pude ver quién fuese, reconocí los trozos; era la espada de mi señor. ¿Lo habrian muerto? No, porque estuviera alli su cuerpo, y porque le hubiera olfateado mi leal Bravonel, y hubiera puesto en los cielos el ahullido. ¿No es verdad, Bravonel? preguntó Hernando á su hermoso alano, que echado á su izquierda parecia escuchar atentamente la relacion del montero. Al oir esta pregunta, alzóse Bravonel en las cuatro patas, lamió la mano que lo acariciaba, como si quisiese dar á entender á su dueño que no se equivocaba en el buen juicio que acerca de su fidelidad acababa de emitir, dió una vuelta en derredor sobre sí mismo, y volvió á colocarse, poco mas ó menos, como estaba antes de la estraña interpelacion. ¡Bravonel! dije entonces á mi alano, el rastro, el rastro del doncel.
Entendióme el animal, Peransurez; ¡admirable Bravonel! No bien le hube dicho aquella breve exhortacion, comenzó á olfatear la tierra, y antes de dos minutos ya se habia decidido por una senda. Quise probar, sin embargo, la certeza de la huella, y aparenté ir por otra, gritando siempre: “¡El doncel, el doncel!” Viéraisle entonces correr á mí, echar por la otra, ladrar, ahullar, tirarme, en fin, de la ropa con los dientes. ¡Ah! ¡Bravonel, Bravonel, luz de mis ojos! añadió el montero abarcando con la mano el hocico del animal, é imprimiendo en él un beso, mas lleno de amor y de cariño que el primero que da un amante al tierno objeto de su pasion. ¡Bravonel! el que no ha tenido un perro, no sabe lo que es querer, y ser querido. ¿Qué sirve la muger? la muger equivoca siempre la senda, la muger empieza por montear al venado de casa, y el perro no engaña nunca como lo muger. ¡Bravonel, juntos hemos vivido, y juntos moriremos!
—¿Y seguísteis la huella? preguntó Peransurez impaciente por saber el fin del cuento, que Hernando habia interrumpido con tanto placer por acariciar al animal.
—¿Cómo si la seguí? á pasos precipitados, con toda confianza ya: dos leguas anduvimos. Alli encontramos un pueblo: tomamos lenguas: el herrador nos dijo que acababa de pasar una partida de ginetes; que habian hablado pocas palabras, pero que habian tenido que detenerse á herrar un caballo desherrado; que caminaban de prisa; que debian llevar un preso, segun las señas, y que habian pronunciado en medio de su misterio la villa de Arjonilla. ¡Mia es la pieza! dije yo entonces. Até cabos y dije: “El preso es el doncel, y el que lo prende el conde de Villena.” Efectivamente, el mismo dia se habia servido su alteza señalar el dia quinceno para el combate que debia tener con el doncel Macías. ¿Mas claro, Peransurez? Era fuerza, sin embargo, asegurar mis dudas. ¿Qué hacia yo hasta entonces? y luego quise mas fiar de mi brazo y de mi venablo el logro de mi intento. Volví á Madrid, y supe que la corte salia al otro dia; sabedor de que don Luis Guzman era el que, por su posicion con Villena, debia interesarse mas por mi amo, víme con él y espúsele mis dudas: declaréle mi intento; aprobó mi idea, y yo le confié el cuidado de llevar con su menage á Otordesillas las prendas de mi amo y mias; entre otras la armadura mejor de Castilla, que si se perdiera, nunca de ello me consolara; es, al fin, la que tiene mi amo destinada por su buen temple para el aplazado combate. Armado despues de mi ballesta y dos aguzados venablos, seguido de mi leal Bravonel, y disfrazado lo mejor que pude, púseme la misma noche en camino.
Ayer parece llegaron ellos. Hoy he llegado yo. Hé aqui Peransurez la causa de mi venida. En aquel castillo, no hay duda, está el doncel. Hé aqui la presa que habemos menester rastrear. ¿Os acordais, amigo mio de un juglar de don Enrique de Villena que Dios maldiga, hombre de pelo crespo y rojo...?
—¡Ferrus! Recuerdo su nombre; pero él...
—Ferrus, pues, está aqui, y ese es el guardian de mi amo. Le he visto subir á un camaranchon de arriba, cuando yo entraba en la venta. Por qué duerme en esta encrucijada y no en su osera, eso no lo alcanzo. Lo que entiendo solo, Peransurez, es que ese es el oso que hemos de montear. ¿Insistís en vuestro ofrecimiento, ahora que sabeis cuánto motivo puedo tener de guardar silencio y sigilo, y cuán peligrosa sea la empresa?
—¿Cómo si insisto? Hernando, dijo Peransurez levantándose del suelo en que estaban sentados, no es esta la primera montería en que hemos andado juntos. Amo el peligro como buen montero, y osos mayores que ese, amigo mio, me ha prestado amistosamente piel para mas de una zamarra. Examinemos, si os parece, la posicion del castillo, discurramos el medio mas prudente...
—El medio, Peransurez, ¡voto va! es esperar aqui á ese perro de juglar, á esa raposa cobarde y rapaz, y clavarle en tierra con un venablo, como quien bohorda, mas bien que como quien caza. ¿Merece siquiera los honores de ser comparado con una fiera noble y denodada?
—Guardaos, amigo Hernando, de ejecutar tan descabellado propósito. Bien veo que seguís necesitando un consejero prudente que temple el ardor de vuestra imaginacion. Matareis á Ferrus; pero ¿y luego?
—Luego, voto va, luego... Dirigidme, pues, en hora buena. Bravonel y yo estaremos atentos al ruido de vuestra vocina. Soy yo mejor en verdad para obedecer que para mandar. Pero voto á Dios que os despacheis pronto, y nos digais cuanto antes contra quién he de disparar el venablo, que se me escapa él solo de las manos, y estan ya los dientes de Bravonel deseando hacer presa en el animal.
—Ea, pues, venid: demos disimuladamente la vuelta al castillo: en seguida volveremos á Arjonilla: vendreis á tomar un bocado conmigo, que el buen montero, riñon cubierto, y mañana amanecerá Dios, y con su dedo omnipotente nos señalará el rastro de los malvados.
—A la buena de Dios, replicó Hernando: ¡Bravonel, Bravonel, vamos! Guiad vos, Peransurez, que conoceis la tierra.
Dichas estas palabras comenzaron los dos amigos su esploracion, hecha la cual se retiraron á concertar los medios de introducirse en el castillo por mas guardado que estuviera, y de salvar al doncel, que presumian hallarse dentro, con no pocos visos y fundamentos de verdad.
CAPITULO XXXIV.
En una torre fue puesto
con cadenas á recado.
. . . . . . . . . . .
La condesa entrára dentro
do está el conde aprisionado.
. . . . . . . . . . .
Ambos hablan en secreto,
y conciertan en celado;
que por librar tal persona
á mas que esto era obligado.
Rom. de Sepúlveda.
Cuando Ferrus, encargado por el conde de Cangas y el astrólogo de la prision del enamorado Macías, pensó albergarse en la hostalería del complaciente Nuño, no fue ciertamente porque no hubiese en el castillo albergue digno de él.
Es fuerza remontarnos mas al origen de las cosas para esplicar de un modo satisfactorio esta singularidad.
Facilmente comprenderá el lector, impuesto ya en los diversos caractéres sobre que gira nuestra narracion, que necesitando los dos autores de esta intriga el mayor secreto, solo podian fiar tan importante comision al que ya estaba forzosamente en él: el reparo de la falta de valor no podia tener en este caso mucho peso, porque habian de acompañarle otros, los cuales solo sabian que debian prender á un hombre, sin saber quién fuese; y para mandar á estos y aprisionar con ellos á un caballero que salia descuidado de una cita amorosa no se necesitaba un gran fondo de arrojo y determinacion. Por otra parte, Ferrus era hombre friamente malo y cruel: ¿quién podia, pues, desempeñar mejor que él la inexorable comision que se le confiaba? Lográbase ademas de este modo la ventaja de apartar de la corte al único hombre que podria en un caso adverso comprometer al conde, y la de tener en el castillo un ente capaz de cualquier accion determinada si llegaba ocasion apurada en que estorbase la existencia del preso. Combinadas estas diversas circunstancias, solo quedaba que pensar en ligar el interes de Ferrus al feliz éxito de la espedicion de una manera que hiciese imposible toda traicion. El conde para esto creyó que no podria haber medios mejores que la gratitud por una parte y la esperanza del premio por otra; asi, decidió hacer libre á su siervo y loco favorito. Quitóle el collar de metal que en seña de servidumbre llevaba, é hízolo de su siervo su vasallo. Con estraordinario placer renunció Ferrus á su bonete de sonajas de juglar, y al molesto oficio de divertir con bufonadas á sus superiores; y sus sentimientos de fidelidad llegaron á tocar en un acendramiento dificil de esplicar, ni menos de igualar, cuando el conde le manifestó que le hacia libre entonces para confiarle la alcaidía del castillo de Arjonilla; añadiéndole, que si desempeñaba fielmente este importante cargo, no pararia en esto solo su favor. Bien entrevió Ferrus, por consiguiente, que toda su prosperidad futura dependia de que Villena saliese con el maestrazgo, y siendo esto imposible si se llegaba á probar algun dia que don Enrique habia muerto á su esposa, hizo firme propósito Ferrus de consentir primero en que le hiciesen pedazos que en dejar la menor esperanza de salvacion al asegurado doncel. Su muerte en último caso hubiera sido para él una grandísima friolera puesta en balanza con su futura grandeza.
El lector sabe que, merced á la tenacidad de Elvira, se habia logrado la industria del astrólogo con mas felicidad aun que lo que él podia nunca haber esperado, si bien habia contado siempre con la ventaja que le ofrecia el haber de bajar el doncel de la reja alta de una manera que impedia toda defensa. Llevó á Arjonilla unas instrucciones del conde, severas sí, pero no sanguinarias, y otras del judío aplicables á todas las circunstancias que pudieran ocurrir, y un tanto menos escrupulosas, porque éste se hallaba tan interesado como Ferrus en la grandeza del conde, y sumamente ligado á sus intrigas por el peligro que corria si llegaba á descubrirse algun dia la horrible maquinacion en que no habia tenido él la menor parte.
No se habia previsto, empero, una circunstancia bien temible. El conde, que habia tenido grande interes en que su castillo de Arjonilla estuviese de algun tiempo á aquella parte bajo la custodia de alguno de sus mas allegados servidores por razones que él se sabia, y que algun dia sabrán nuestros lectores, habia confiado su alcaidía á su camarero Rui Pero, de quien no hemos vuelto á hablar por esta causa. Este era hombre duro y fiel; por lo tanto suspicaz é irascible. No pudo, pues, sentarle bien la orden que le intimó Ferrus en nombre del conde, su comun señor, ni menos el imperio y mal entendida arrogancia con que se la oía prescribir á un hombre que acababa de salir de la nada; á un siervo cuyo collar de metal acababa de romper su amo, y cuyas sonajas de azofar y bonete de loco estaban todavia demasiado recientes en la memoria del noble camarero para que le pudiese inspirar respeto ni estimacion el que venia á ocupar su mismo destino, con desdoro de su clase y prerogativas. Mandábale á decir el conde que siendo necesaria su asistencia á su lado, solo tardase en ponerse en camino para Otordesillas, donde debia encontrarle con la corte, el tiempo indispensable para hacer entrega del castillo al nuevo alcaide, y enterarle de cuanto él se figurase que conducia á su mejor servicio. Rui Pero, llevado de su mal humor, no perdonó medio alguno de inspirar terror á Ferrus acerca de la responsabilidad que sobre sí acababa de tomar; y de las dificultades que ofrecia la conservacion del secreto en un castillo tan inmediato á poblacion, y en que si era facil impedir la entrada á los estraños, no lo era tanto estorbar que tuvieran los de dentro alguna comunicacion con los de fuera: insistió bastante ademas en la fama que de encantado tenia el castillo, y en lo que de él contaban los habitantes, cosa que no contribuyó en nada á tranquilizar el ánimo de Ferrus, ya de suyo naturalmente enemigo de encantos y prodigios. Deseoso de averiguar si deberia temer ó no cuanto en el particular Rui Pero le referia, determinó dormir una noche en la hostalería del pueblo, asi para averiguar á punto fijo el fundamento que podrian tener aquellas tradiciones, que cual telas de araña se adhieren siempre á los edificios viejos, como para escudriñar si se habia traslucido algo entre los habitantes de Arjonilla acerca de los misteriosos secretos que encerraba á la sazon la antigua hechura del amante de Zelindaja, y acerca del objeto de su propio viage. Esta era la verdadera causa de aquella estravagancia.
No bien se habia dispertado Ferrus, cuando tenia ya á la cabecera de su cama al complaciente Nuño con la montera en la mano, y con un como gusteis siempre asomado á los labios para salir á la menor indicacion del huésped. Entablóse entre ambos mientras que Ferrus se vestia un diálogo, que por lo largo, é inútil á nuestro propósito, perdonamos á nuestros lectores con el interesado objeto de que nos perdonen ellos á nosotros cosas de mayor monta y trascendencia. Baste decir que por él pudo Ferrus formar una exacta idea de su verdadera posicion, y no le hubo de parecer tan mala como Rui Pero se la habia pintado, porque decidió volver inmediatamente á su castillo, y aun hizo propósito de darse por encargado y enterado de todo lo mas pronto posible; pues bien se le alcanzaba que el disgusto y mal humor del camarero solo podia resultar en daño de la intriga de su amo.
Tuvo el hostalero, prevenido por Peransurez en la madrugada del mismo dia, el buen talento de no hablar á Ferrus de la imprudente conversacion tenida en público la noche anterior en su cocina despues de haberse él recojido, y Hernando, á quien importaba no ser conocido, de Ferrus sobre todo, se mantuvo oculto hasta que supo que habia regresado al castillo el ex-juglar, pagada ya la cuenta de su gasto, aunque no tan opíparamente como el hostalero esperaba, cosa que se supo porque al despedirse Ferrus de él díjole:
—Dios os prospere, y os dé, buen Nuño, lo que mas os convenga. Y se notó que Nuño no le habia respondido el como gusteis de ordenanza. Esta observacion de los historiadores del tiempo, que hablan con toda profundidad del lance, es tan justa, que cuando Nuño habló con Peransurez despues de la partida de Ferrus no solo no insistió en la apuesta, sino que se inclinó ya, por cierta antipatía que habia nacido en su corazon repentinamente contra Ferrus, á la parte del emprendedor montero; diciéndole entre otras cosas que tendria un placer singular en que se jugase una pasada que metiese ruido al señor alcaide nuevo del castillo del moro, por su arrogancia y su petulante continente.
No echó Peransurez en saco roto esta buena predisposicion al mal del hostalero, y reuniéndose á toda prisa con Hernando, procedieron á dar el paso que en su deliberacion de la noche anterior les habia parecido mas conducente y atinado para el logro de su arrojado intento.
Entre tanto era varia la posicion de los habitantes del castillo. En los patios interiores divertian sus ocios tirando al blanco ó bohordando hombres de armas, á quienes estaba confiada su defensa y custodia; algun grupo de ballesteros ó archeros pacíficos discurrian mas apartados acerca de la singular reserva que reinaba en todas las operaciones de aquel edificio verdaderamente mágico, porque no eran todos sabedores de lo que encerraban sus altas murallas. Algunos sí sabian que habian traido ellos mismos un prisionero por ejemplo, pero ni sabian quién era, ni le habian vuelto á ver. Tales habian sido y eran las precauciones observadas sabiamente por los principales emisarios del conde.
Habia sido colocado el nuevo huésped en una sala baja incrustada, digámoslo asi, en el corazon de una mole de piedra, que esto y no otra cosa era cada paredon del castillo. No tenia mas adornos que el que le proporcionaban algunas telas de araña, indicio de la poca consideracion con que al caballero se trataba, y varios informes lamparones que dibujaba la humedad con caprichosa desigualdad en las desnudas paredes de aquel calabozo. Hacia mas horrorosa la prision un rumor monotono y profundísimo, muy semejante al que produce el brazo de agua que sale de la presa de un molino, que rompe por entre las guijas de una cascada, ó que se desprende de un batan. El que haya tenido alguna vez la desgracia de verse privado de su libertad en una oscura prision, oyendo dia y noche el acompasado golpeo de un reloj de péndola, será el único que pueda apreciar la situacion del doncel, condenado á aquel tristísimo son. No recibia mas luz aquel cavernoso nicho que la que le prestaba en los dias mas claros del año un agujero redondo y cerrado con cuatro hierros cruzados, y practicado en la parte mas alta del muro. Hallábase situado á orilla de una zanja, hecha á lo largo de la muralla interior: por la zanja corria, produciendo el rumor que hemos descrito un resíduo del torrente, que llenaba con sus aguas el foso esterior del edificio, y entre la zanja y la muralla interior habia una ancha y espaciosa plataforma. Era preciso, pues, pasar la zanja desde la plataforma para entrar en la prision destinada al doncel; pero esto solo se podia verificar bajando el rastrillo que la cerraba sirviéndole de puerta. La rara colocacion de aquella cueva indicaba que habia sido construida desde luego para encerrar presos de importancia, y á quienes se quisiese quitar la vida prontamente, como represalia, en caso de hallarse ya tomado el castillo por el enemigo. La situacion por otra parte, su hondura, y el ruido del torrente, impedian que pudiese ser oida en ningun caso la voz del prisionero que en aquella caverna se encerrase. Casi enfrente de ella venia á caer entre las dos murallas la torre principal de la fortaleza. Mirando oblicuamente por el agujero conductor de la luz, que dejamos descrito, divisábanse con trabajo algunas altas ventanas. Nada se podia ver de dia de lo que dentro de ellas pasaba; pero de noche, cuando reinaba la mas completa oscuridad, veía el doncel una luz arder en lo interior de una habitacion, moverse á ratos, mudar de sitio, desaparecer, y aun producir sombras de diversos tamaños y figuras, bastantes á atemorizar en aquel tiempo de supersticion un corazon menos determinado que el del doncel; sobre todo en un castillo que hacian encantado las tradiciones mas remotas del pais, y cuyo destino parecia ser realmente el de pertenecer siempre á seres nigrománticos, como le sucedia á la sazon, que era dueño de él el conde de Cangas, é quien nadie tenia por menos mago que al amante de Zelindaja. De noche tambien, y cuando se columbraban las temerosas sombras, era cuando solia mezclarse con el silbido del viento, y el ruido de la lluvia, ó el estruendo de la tempestad, una voz aguda y dolorosa, que era la que tenia espantada la comarca, y la que nuestro buen Nuño habia oido la noche que se retiraba de su labor, como en nuestro capítulo anterior dejamos dicho.
Finalmente, otra entrada tenia la prision del doncel. Una escalerilla de caracol la ponia en comunicacion con una larga galería interior del castillo; pero una puerta de hierro sumamente pequeña y cerrada por defuera con pesados cerrojos y candados, cuyas llaves poseía solo el alcaide, imposibilitaban por esta parte toda esperanza de evasion. Un mal lecho habia sido dispuesto á ruegos del prisionero en la caverna, y habia conseguido por favor singular que le dejasen el pequeño laud que á la espalda como trovador llevaba cuando su cita amorosa. Con él divertia su amarga posicion pulsándole blandamente, y regándole con sus acerbas lágrimas, los ratos que no escribia en las paredes con un punzon alguna tristísima endecha, dirigida á la ingrata señora de sus pensamientos, cuyo rigor le habia puesto en tan lastimero trance.
La habitacion que por ser la mejor y la mas espaciosa se habia reservado el alcaide, y que se habian repartido á la sazon Rui Pero y Ferrus, se hallaba en el piso bajo de la torre de que hemos hablado. Un salon anchuroso, adornado con varios trofeos y armas suspendidas en las paredes, era el departamento principal. Una larga mesa estaba clavada en medio: el hogar ardia en la cabecera de la sala, y en el estremo opuesto un aparador ó bufete encerraba la vajilla estilada en aquel tiempo para el servicio de la mesa.
Al anochecer del dia en que nos encuentra nuestra historia, dos hombres arrellanados en dos grandes poltronas de baqueta española, la mas apreciada entonces en Europa, conversaban tranquilamente uno enfrente de otro, y separados por la mesa como si hubieran necesitado de un cuerpo intermedio para no reñir. Asi parecia indicarlo su gesto displicente. El uno era Ferrus. En su rostro brillaba la satisfaccion petulante de un hombre que ha llegado á ocupar un destino superior á sus méritos y esperanzas. El otro era Rui Pero. Su continente era el de un hombre por el contrario herido en lo mas delicado de su amor propio por un disfavor no merecido, y habíaselas con el emancipado juglar, como podria habérselas un general acreditado por sus servicios y conocimientos con un guerrillero á quien hubiese igualado con él la fortuna.
Una lámpara suspendida del techo iluminaba los rostros de entrambos, y los iluminaba mejor una alta vasija, cuyo preñado vientre vaciaba de cuando en cuando en dos anchas copas cierto jugo vivificador que embaulaban nuestros dos interlocutores á tragos repetidos en su cuerpo como en un cubo desfondado.
—¿Cuando pensais partir, señor Rui Pero? preguntó Ferrus despues de uno de estos tragos, paladeando todavia el licor de Baco.
—¿Habeis tomado ya, señor juglar, repuso Rui Pero, es decir, señor Ferrus, alcaide del castillo de Arjonilla, las instrucciones que habiais menester?
—Estoy tan apto, señor Rui Pero, para desempeñar la alcaidía de este famoso castillo, como el mejor camarero de Castilla, contestó Ferrus picado.
—En ese caso, señor tal alcaide, pasado mañana al lucir el alba me pondré en camino para la corte, si no manda otra cosa vuestra señoría.
—Gracias, señor Rui Pero.
—¿Habeis mandado relevar las centinelas esteriores de la muralla, y las dos de las torres, y de la galería interior del preso?
—Bien sabeis, contestó Ferrus, que no es ese cargo mio mientras esteis vos en el castillo. Y espero que no me comprometereis con mi amo el señor conde, ni querreis faltar al deber...
—No acostumbro á faltar á mis deberes, señor Ferrus; yo voy por lo tanto á disponer...
—Esperad. Supongo que seguís con el cuidado de emplear en el servicio de centinelas los ballesteros que ignoran completamente la calidad de los prisioneros. De otra suerte...
—No habeis menester suponerlo, dijo apurando su copa Rui Pero; bastará con que lo creais á pies juntillas. Ademas, ya habreis conocido que necesita habilidad para escaparse el preso que tal intente hallándose encerrado en la prision de la zanja.
—Sí, segun me habeis dicho, no conociendo el secreto del rastrillo, solo la muerte seria el resultado de la menor tentativa de evasion. Admirable construccion la de este calabozo. ¿Y quién construyó...?
—¡Silencio! dijo Rui Pero al ver entrar un tercero en la sala, y gozoso de poder dar una leccion de prudencia al inesperto Ferrus. ¿Qué quereis vos? añadió dirigiéndose al estraño.
—Señor alcaide, respondió el faccionario que acababa de entrar, han llamado al castillo dos caminantes fatigados...
—A nadie se da hospedage, repuso Rui Pero mal humorado.
—Lo sé, señor alcaide. Pero advierta vuestra merced que no son caballeros ni hombres de guerra. Son dos reverendos padres, que piden albergue por esta noche.
—¿Y por qué no lo buscan en Arjonilla?
—Parece, señor, que van estraviados, y pasan á estas horas por el castillo ignorantes del camino que guia á la poblacion. La copiosa lluvia que ha engruesado el torrente les obliga á pedir albergue.
—¡Voto va! dijo Rui Pero. Lo mas que por ellos podemos hacer es que les enseñe el camino un hombre del castillo.
—Pero ese, señor, no los pasará en hombros á través del torrente, repuso el ballestero, temeroso de ser él elegido para aquella comision.
—Por otra parte, añadió Ferrus, á quien los vapores del vino daban confianza y determinacion, ¿qué peligro hay en albergar dos frailes? Dios sabe de dónde serán. Esos padres suelen venir de lejos é ir de paso; muy forasteros deben de ser, pues ignoran que el castillo es encantado y nada hospitalario. Van de paso.
—Sin embargo, si pudiesen pasar el arroyo... replicó Rui Pero.
—¿Y quereis, dijo Ferrus acercándose al oido del camarero, que nos espongamos á que pase un hombre del castillo la noche fuera de él, y suelte la lengua mas de lo preciso? Eso es peor...
—Peor, peor... refunfuñó entre dientes el camarero.
—Si gustais, señor alcaide, dijo el ballestero, se les contestará que vayan á buscar albergue á otra parte. Ello la noche es terrible.
—¿Terrible decís? repuso Rui Pero asomándose á una ventana. Sí; parece que el cielo se derrite en agua. Seria una inhumanidad por cierto.
—No podemos consentir, añadió Ferrus, que dos ministros del Altísimo queden á la intemperie en una noche...
—En buena hora; que entren, dijo Rui Pero al ballestero, quien se fue á cumplir la orden.
—¡Voto va! añadió Ferrus; eramos dos y seremos cuatro. Aun queda vino en esa vasija para otros tantos, y los padres no se desdeñarán de hacernos un rato de compañía, yendo sobre todo de camino. Todo el peligro que podemos recelar de los santos varones, señor camarero es que nos echen algun sermon en latin que no entendamos: y asi como asi, dentro de un rato ya no nos íbamos á entender nosotros dos segun la faena que damos á nuestras copas.
Una carcajada de Ferrus al concluir estas palabras probó que todavia no habia perdido la costumbre, que se habia hecho en él naturaleza, de decir bufonadas á todo trance, á pesar de su nueva dignidad.
De alli á poco entraron humildemente en el salon dos reverendísimos padres, cuyos hábitos derramaban á hilos el agua, como un paraguas espuesto por gran rato á la lluvia, y que se arrima á un rincon á medio cerrar.
Saludáronlos cortesmente nuestros dos amigos, y despues de los primeros cumplimientos los invitaron á que se acercasen para secar sus hábitos al hogar, donde quedaron mirándose unos á otros largo espacio los dos opuestos alcaides y los dos bien avenidos frailes.
CAPITULO XXXV.
Mentides, fraile, mentides,
que no decís la verdad.
. . . . . . . . . . .
Mató el fraile al caballero,
á la infanta va á librar:
en ancas de su caballo
consigo la fué á llevar.
Rom. del conde Claros.
Al entrar los dos modestos frailes en la sala, no habia dejado de llamar su atencion el agradable pasatiempo en que entretenian sus ratos perdidos el antiguo y el nuevo alcaide. Habíanse mirado uno á otro como inspirados de la misma idea, y este movimiento hubiera sido notado de los defensores del castillo, á no ser porque no habiendo creido estos que tendrian ya visitas con quien guardar ceremonia, habian menudeado en realidad del tinto mas de lo que á su prudencia convenia; su misma posicion les habia escitado á beber, y aun hay cronistas que aseguran que deseosos uno y otro de no tener compañero en el mando, y demasiado confiado cada cual en su propia resistencia, se habian animado recíprocamente á beber por ver si conseguian privar al cólega; plan que, merced á la igualdad de sus fuerzas, habia resultado en detrimento de la razon de entrambos.
—¡Por San Francisco! perdonen vuestras reverencias, dijo Ferrus, si les han hecho esperar á la intemperie mas de lo que ese hábito que visten merece. Pero sepan que á él solo deben esta acogida, porque el castillo á que han llamado no es en realidad de los mas hospitalarios que pudieran haber encontrado en su camino.
—Pax vobiscum, dijo el menos corpulento de los padres con voz grave.
—Como gusteis, padres, repuso Ferrus, segun el estribillo de mi huésped de ayer; porque han de saber sus reverencias que de dos dignos alcaides que tienen en su presencia ahora, ninguno sabe latin.
—En ese caso, Te Deum laudamus, repuso el padre respirando como aquel á quien le quitasen de encima una montaña.
—Gracias contestó de nuevo Ferrus, no queriendo ser tachado de poco político por dejar sin respuesta una lengua que no entendia. Dos cosas debemos suplicar á vuestras reverencias, prosiguió; primera, que se quiten esos hábitos que traen tan mojados...
—Et super flumina Babilonis, dice el salmista: vetat regula, la regla nos lo impide.
—Sea en buen hora; pero la regla no impedirá á vuestras reverencias que hagan lo que vieren adonde quiera que fueren; primera regla de hospitalidad entre caballeros, añadió Ferrus derramando vino nuevamente en las copas, y ofreciendo una al padre que habia llevado hasta entonces la palabra.
Miráronse los padres uno á otro como para consultar entre sí lo que deberian hacer.
—¡Voto va! aqui se ofrece de buena voluntad, añadió Ferrus viendo su indecision: ¿no es cierto, señor camarero?
—Vos lo habeis dicho, repuso el camarero tomando una copa. Pero si sus reverencias no se atreven por respetos al cielo, nosotros, viles gusanos de la tierra...
—Vinum lætificat cor hominis, interrumpió el padre. Nosotros agradecemos á vuestras mercedes la buena voluntad; pero solo beberemos en la refaccion, si teneis por bien hacérnosla servir: vuestras mercedes beban, y mientras, nosotros exultemus, et lætemur.
—A la buena de Dios, dijo Ferrus vaciando su copa. ¿Y este padre que nada dice, es que no sabe latin, como si fuera alcaide?
Miraban los dos frailes á Ferrus, como buscando en sus ojos si encerraria alguna intencion ó sospecha aquella pregunta hecha de aquel modo, ó si seria meramente casual é hija de la poca aprension del que la hacia. Parecióles en conclusion, que no se podia leer en los ojos de Ferrus sino la espresion del mosto, y no dudó en responder con cierta serenidad el mismo padre.
—Mi superior está achacoso; es sordo ademas tanquam tabula...
—Sí, que es gran sordera, repuso Ferrus, presumiendo que asi se llamaba la enfermedad del padre.
—Y un tanto tierno de ojos, que es la razon de verle la capucha tan sobre ellos como notarán vuesas mercedes. La humedad, sobre todo, de esta noche debe de haberle perjudicado mucho. Benedictus qui venit. Venga ó no venga, añadió para sí el padre.
Efectivamente, no se le veía apenas rostro al padre que habia permanecido callado. Ocultábale el medio de abajo una larga barba blanca, y su capucha le envolvia todo el medio de arriba.
—¿Y viajan siempre vuesas reverencias con esos mozos de estribo? preguntó Ferrus, reparando en un hermoso alano que casi detras del padre silencioso reposaba, y que habia entrado sin ser antes de ellos sentido.
—¡Ah! repuso el padre. Dios nos perdone esos medios mundanos de defensa. Aunque manet nobiscum dominus, bueno es llevar ademas un amigo consigo. Es el perro del convento: nuestro reverendo abad no quiso que en estos tiempos de salteadores, ni el padre Juan, ni yo, padre Modesto, como me llaman, para servir á Dios y á vuesas mercedes, nos viniesemos sin ese corto ausilio siquiera para nuestra seguridad, si bien Deus vigilat.
—¿Y de dónde, bueno padre mio? preguntó Ferrus con audaz curiosidad.
—De Jaen, hijo, repuso con estremada serenidad el padre; sí, hijo, de Jaen. Llevamos una comision secreta, que bajo la fé de la obediencia no podemos revelar, para el reverendo prior del convento de Andujar de nuestra misma orden, que es como veis de San Francisco, hijos mios; pensábamos haber caminado toda la noche, y haber llegado alli antes de la mañana; empero Dios que nos ha enviado esta agua, y los achaques de mi compañero, nos han obligado á pedir hospedage. Introibo, dijimos, ad altare.
—Y bien dicho, habló por fin el camarero, que habia estado hasta entonces observando al silencioso fraile, muy bien dicho, aunque nosotros no lo entendamos. Pero lo dijo vuestra reverencia, y basta: si les parece á sus reverencias, que vendrán cansados, prosiguió el cortesano camarero, harémosles servir la refaccion para que se retiren, señor Ferrus.
—Amen, repuso el padre: tanto mas cuanto que mañana hemos de salir á la madrugada, si dais orden de que nos abran temprano en el castillo.
—Daránse las órdenes todas que fueren necesarias, repuso Ferrus, apartándose y hablando al oido al camarero. Pero ved que las centinelas no se han relevado aun.
—Pudierais vos mudarlas, le contestó Rui Pero, mientras yo hago disponer la cena; estos buenos padres nos dispensarán si los dejamos solos un instante por su propio servicio.
—Ite, misa est, replicó el padre echando una bendicion gravísima á entrambos alcaides, que se dieron el brazo mutuamente á pesar de sus interiores rencillas, sin duda olvidándolo todo en momentos en que necesitaban tanto de recíproco apoyo, y salieron de la sala.
—¡Cuerpo de Cristo! Por vida de Diego Gil y Martin Bravo, los mas famosos monteros de Castilla, que Dios perdone, esclamó el padre silencioso soltando una carcajada algo reprimida por la prudencia. ¡Voto va! que nunca hubiera dicho, fray Juan ó fray Peransurez, que tañeseis de ladradura con tal primor. Por mi venablo que se os entiende de cazar en latin á las mil maravillas.
—¡Prudencia, Hernando! Sepamos lo que nos hacemos, ya que yo no sé lo que me digo. ¿No os previne de que fuí monacillo y sacristan en cierto tiempo, durante el cual, si mucho escatimé el rastro de las vinagreras de la Almudena, no por eso dejé de oir las vocinas de los padres en el coro? aprendí á tañer la mia en latin como habeis visto, y alguna palabra entiendo voto á tal de cada ciento que digo.
—Pobre venado es este, Peransurez: es nuestro, dijo Hernando. Hace la señal del pezuño chica, y va en la reduña, ¡voto á tal! No tardarémos en tañer de oscisa. ¿Pondrémosle canes?
—Ved no nos obliguen á tañer de traspuesta: mirad que se levanta ya el venado á la ceba. Yo os avisaré el momento.
—Los tiempos nos dirán, conforme vengan...
—Sí; pero ved, Hernando, que no es lo dificil la entrada; mirad por la salida...
—Dios proveera, y mi venablo, repuso Hernando componiendo sus hábitos, y echando de nuevo su capucha. Ya vienen hácia el buitron.
Volvian en esto ya los dos alcaides. No tardó mucho tiempo en cubrirse la mesa, á la cual se sentaron los cuatro con la mayor armonía y fraternidad. Poco tiempo hacia que cenaban, con imprudente abandono Rui Pero y Ferrus, con mas reserva y comedimiento los dos frailes, cuando llamó á las puertas del castillo un espreso que enviaba el conde de Cangas y Tineo. Abriéronle inmediatamente, é introducido en la sala echóse de ver en su traza que habia corrido mucho, y que debia de ser en gran manera interesante su mensage. Tomó Rui Pero el pliego cerrado que para él traía, y apartándose un poco leyóle rápidamente, manifestando bien á las claras en su rostro cuánta sorpresa le infundia.
—Señor Ferrus, grandes novedades, dijo despues de haberle recorrido.
—¿Qué decís? preguntó Ferrus tartamudeando.
—Nuestro señor el ilustre conde de Cangas y Tineo, maestre de Calatrava, se halla á pocas leguas de aqui...
—¿Cómo? esclamó Ferrus levantándose.
—Sí, parece que el dia despues de vuestra salida de Madrid llegó á la corte la nueva de los disturbios de Sevilla. Las cartas y pesquisidores que envió su alteza á esa ciudad el mes pasado para poner en paz los bandos que han estallado entre el conde de Niebla, su primo, y el conde don Pedro Ponce y otros caballeros y veinticuatros, no surtieron efecto, y el mal se acrecienta por momentos. Temeroso su alteza de los resultados de tan grave daño, hizo suspender su viage á Otordesillas: háse contentado con espedir pliegos anunciando á la reyna doña Catalina que irá allá desde Sevilla, y mandando disponer para entonces las funciones reales y torneos que se preparaban en solemnidad del nacimiento del príncipe don Juan. Háse traido consigo á los principales señores de la corte, y esta noche debe dormir en Andujar.
—Gran novedad, por cierto, dijo Ferrus.
—Añádeme su señoría que en ese pueblo permanecerán tres dias, por hallarse señalada para mañana la prueba del combate. Encárganos con este motivo, añadió Rui Pero al oido de Ferrus, la mayor vigilancia.
—¡Voto á tal! no hay cuidado, dijo Ferrus dando una carcajada. No vencerá el doncel. ¿Y piensa venir su grandeza por aqui?
—Parece que no, pues de Andujar pasa su alteza á Córdoba; desde alli irá en la barca grande, el Guadalquivir abajo, á Sevilla, pues que está su alteza muy doliente, y no le deja caminar á caballo su físico Abenzarsal. Pero en atencion á todo esto, yo partiré mañana de madrugada.
—Sea en buen hora, como gusteis, repuso Ferrus. Esto entre tanto no altera el orden de nuestra cena. Podeis retiraros, buen hombre, añadió Ferrus al emisario.
—Que os den de cenar, dijo Rui Pero al mismo, y disponeos mañana á venir conmigo á la corte.
Retiróse el emisario, y siguieron cenando nuestros cuatro paladines, y conversando acerca de la determinacion del rey, y del singular acaecimiento que los habia acercado tanto á la corte.
—Bueno fuera, señor alcaide, dijo Peransurez dirigiéndose á Ferrus, que era el mas afectado del licor, bueno fuera que hubieseis de hospedar en este castillo á la corte...
—¡Ba! dijo Ferrus; no pasa por aqui, y ademas en un castillo encantado...
—¡Encantado! Dios nos perdone, dijo con afectado escrúpulo el padre.
—¿No ha oido hablar nunca el padre de la mora Zelindaja, Zelindaja la mora...? siguió Ferrus con dificultad, y riéndose á cada palabra con la estúpida espresion de la embriaguez.