NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

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En referencia a lo mencionado en el párrafo precedente, cabe destacar que palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido respetado.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.

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El Índice ha sido reposicionado al principio de la obra.

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OBRAS COMPLETAS
DE FÍGARO

PARIS.—ÉDOUARD BLOT, IMPRIMEUR, RUE BLEUE, 7

OBRAS COMPLETAS DE FÍGARO

DON MARIANO JOSÉ DE LARRA

NUEVA EDICIÓN

PRECEDIDA DE LA VIDA DEL AUTOR

Y ADORNADA CON SU RETRATO

TOMO II

PARÍS

LIBRERÍA DE GARNIER HERMANOS

CALLE DES SAINTS-PÈRES, 6

1870

COLECCIÓN DE ARTÍCULOS

...On me dit qu'il s'est établi dans Madrid un système de liberté qu s'étend même à la presse; et pourvu que je ne parle en mes écrits, ni de l'autorité, ni du culte, ni de la politique, ni de la morale, ni des gens en place, ni des corps en crédit, ni de l'opéra, ni des autres spectacles, ni de personne qui tienne à quelque chose, je puis tout imprimer librement, sous l'inspection de deux ou trois censeurs. Pour profiter de cette douce liberté, j'annonce un écrit...

Beaumarchais. Le Mariage de Figaro, 1784.

ÍNDICE DEL TOMO SEGUNDO

Pág.
Colección de Artículos Dramáticos, Literarios, Políticos y de Costumbres [3]
—Mi nombre y mis propósitos [5]
—Representación de los Zelos infundados [10]
—Yo quiero ser cómico [14]
—Ya soy redactor [21]
—Don Cándido Buenafé, ó el camino de la gloria [26]
—En este país [34]
—Representación de Contigo pan y cebolla [42]
—Don Timoteo ó el literato [48]
—La polémica literaria [58]
—La fonda nueva [64]
—Poesías de don Francisco Martínez de la Rosa [70]
—Las casas nuevas [74]
—Representación de La fonda ó la prisión de Rochester y de las Aceitunas [82]
—Varios caracteres [86]
—Nadie pase sin hablar al portero [91]
—La planta nueva, ó el faccioso [98]
—La junta de Castel-o-Branco [103]
—Las circunstancias [112]
—Representación de Un tercero en discordia [118]
Ídem de la Mojigata [124]
Ídem de el Sí de la niñas [128]
—Los tres no son más que dos [131]
El Siglo en blanco [139]
—Ventajas de las cosas á medio hacer [144]
—Hernán Pérez del Pulgar [148]
—Representación de Un novio para la niña [151]
—El hombre pone y Dios dispone [156]
—Vidas de españoles célebres [159]
—Representación de La niña en casa y la madre en la máscara [164]
—Espagne poétique [170]
—Representación de la Conjuración de Venecia [177]
—Las palabras [184]
—Representación de Numancia [188]
—Jardines públicos [190]
—Representación de Tanto vales cuanto tienes [194]
—Carta de Fígaro á un su corresponsal [200]
—Segunda ídem [206]
—Modas [210]
—La gran verdad descubierta [213]
—El ministerial [215]
—Segunda carta de un liberal de acá á un liberal de allá [220]
—Primera contestación de un liberal de allá á un liberal de acá [224]
—La cuestión transparente [228]
—¿Entre qué gentes estamos? [230]
—Dos liberales, ó lo que es entenderse (art. 1.º) [237]
Ídem (art. 2.º) [243]
—La vida de Madrid [247]
—Baile de máscaras. Billetes por embargo [252]
—La calamidad europea [256]
—Tercera carta de un liberal de acá á un liberal de allá [262]
—Lo que no se puede decir no se debe decir [266]
—Revista del año de 1834 [269]
—La sociedad [273]
—Un periódico nuevo [281]
—La policía [289]
—Por ahora [295]
—Literatura. Poesías de don Juan Bautista Alonso [299]
—Carta de Fígaro á su antiguo corresponsal [306]
—El hombre-globo [310]
—La alabanza, ó Que me prohíban éste [318]
—Un reo de muerte [325]
—Una primera representación [332]
—La diligencia [342]
—El duelo [350]
—El álbum [358]
—Las antigüedades de Mérida (art. 1.º) [365]
Ídem (art. 2.º) [370]
—Los calaveras (art. 1.º) [378]
Ídem (art. 2.º y conclusión) [384]
—Modos de vivir que no dan de vivir [393]
—La caza [404]
—Impresiones de un viaje [412]
—Cuasi, pesadilla política [419]
—Fígaro de vuelta, carta á un su amigo [425]
—Buenas noches [433]
—Dios nos asista [447]

COLECCIÓN
DE
ARTÍCULOS DRAMÁTICOS, LITERARIOS,
POLÍTICOS Y DE COSTUMBRES

Publicados

EN LOS AÑOS 1832, 1833 Y 1834 EN LA REVISTA ESPAÑOLA Y EL OBSERVADOR

Ignoro qué especie de interés puede tener para el público la colección que le ofrezco. Sea el que fuere, mis lectores conocerán fácilmente que si esa consideración hubiese de entrar en la publicación de los libros, apenas se imprimiría. Personas harto indulgentes acaso con mi corto talento, ó demasiado amigas mías para conocer los defectos de mis escritos, me han asegurado que esta idea no carecía de oportunidad. No se mire, pues, bajo el punto de vista de su mérito ó su demérito: no se le dé otra importancia que la que debe tener para el observador una serie de artículos que, habiéndose publicado durante épocas tan fecundas en variaciones políticas, puede servir de medida para compararlas. Con la publicación del Pobrecito Hablador empecé á cultivar este género arriesgado bajo el ministerio Calomarde; la Revista española me abrió sus columnas en tiempo de Cea, y he escrito en el Observador durante Martínez de la Rosa. Esta colección será, pues, cuando menos un documento histórico, una elocuente crónica de nuestra llamada libertad de imprenta.

He aquí la razón por que no he seguido en ella otro orden que el de las fechas. Esto presenta además cierta variedad al lector que quisiera leerla de seguido, pues encontrará un artículo grave de literatura entre otro de costumbres, y otro de política.

La precipitación con que se escribe en un periódico, y la influencia que ejercen las circunstancias en los redactores y en los lectores, son causa de que no pocas veces adquieran cierta efímera aceptación, en el momento de ver la luz, algunos artículos, que, examinados detenidamente á sangre fría algún tiempo después, mal pudieran resistir la critica más indulgente. Por eso he desechado sin piedad varios de aquellos mismos que habían parecido agradar, y que en el día ni aun á mí mismo me agradan ya.

He escogido los que presentan un interés general, los que aluden á circunstancias muy notables, los que pueden, en una palabra, dar una idea del estado de nuestras costumbres, de nuestra literatura, de nuestros teatros, y por fin de nuestras vicisitudes y parcialidades políticas durante los años 32, 33 y 34.

Los demás, al escribirse con destino á un periódico, obra que nace y muere en el mismo día, llevaban ya en su mismo objeto el castigo de su poca importancia.

Al formar esta serie he tratado de acrecentar su interés añadiéndole algunos artículos nuevos é inéditos, que someto como los demás al juicio de mis lectores.

Por último, he pensado que si existen efectivamente personas que dispensen alguna predilección á mis escritos, siempre les ofrece esta colección suficiente interés, en el hecho de tener en ella reunidos los artículos de Fígaro que han visto la luz, diseminados entres obras periódicas distintas, y cuyas colecciones es difícil que posea todas é íntegras una persona misma.

Nada me queda que añadir. Si no he acabado de escribir, si nuevos artículos de esta misma especie salen de mi pluma en lo sucesivo, y si el público, con la acogida que dé á esta colección, me prueba que no me he equivocado en creerlo siempre indulgente para mí, acaso se añada con el tiempo algún otro tomo á los que en el día con la mayor desconfianza le presento.

MI NOMBRE Y MIS PROPÓSITOS

Figaro..... Ennuyé de moi, dégoûté des autres.... supérieur aux événements, loué par ceux-ci, blâmé par ceux-là; aidant au bon temps, supportant le mauvais; me moquant des sots, bravant les méchants.... vous me voyez enfin....

Le comte. ¿Qui t'a donné une philosophie aussi gaie?

Figaro. L'habitude du malheur. Je me presse de rire de tout, de peur d'être obligé d'en pleurer.

Beaumarchais. Le Barbier de Séville, act. I.

Mucho tiempo hace que tenía yo vehementísimos deseos de escribir acerca de nuestro teatro, no precisamente porque más que otros le entienda, sino porque más que otros quisiera que llegasen todos á entenderle. Helo dejado siempre, porque dudaba las unas veces de que tuviésemos teatro, y las otras de que tuviese yo habilidad: cosas ambas á dos que creía necesarias para hablar de la una con la otra.

Otras dudillas tenía además: la primera, si me querrían oir: la segunda, si me querrían entender; la tercera, si habría quien me agradeciese mi cristiana intención, y el evidente riesgo en que claramente me pusiera de no gustar bastante á los unos y disgustar á los otros más de lo preciso.

En esta no interrumpida lucha de afectos y de ideas me hallaba, cuando uno de mis amigos (que algún nombre le he de dar) me quiso convencer no sólo de que tenemos teatro, sino también de que tengo habilidad: más fácilmente hubiera creído lo primero que lo segundo, pero él me concluyó diciendo: que en lo de si tenemos teatro, yo era quien debía de decírselo al público; y en lo de si tengo habilidad para ello, que el público era quien me lo había de decir á mí. Acerca del miedo de que no me quieran oir, aseguróme muy seriamente que no sería yo el primero que hablase sin ser oído, y que como en esto más se trataba de hablar que de escuchar, más preciso era yo que mi auditorio. Ridículo es hablar, me añadió, no habiendo quien oiga; pero todavía sería peor oir sin haber quien hable. Acerca de si me querrían entender, me tranquilizó afirmándome que en los más no estaría el daño en que no quisiesen, sino en que no pudiesen. Y en lo del riesgo de gustar poco á unos, y disgustar mucho á otros, «¡pardiez! me dijo, que os embarazáis en cosas de poca monta. Si hubieren cuantos escriben de pararse en esas bicocas, no veríamos tantos autores que viven de fastidiar á sus lectores: á más de quedaros siempre el simple recurso de disgustar á los unos y á los otros, dejándolos á todos iguales; y si os motejan de torpe, no os han de motejar de injusto».

Desvanecidas de esta manera mis dudas, quedábame aún que elegir un nombre muy desconocido que no fuese mío, por el cual supiese todo el mundo que era yo el que estos artículos escribía; porque esto de decir yo soy fulano tiene el inconveniente de ser claro, entenderlo todo el mundo y tener visos de pedante; y aunque uno lo sea, bueno es y muy bueno no parecerlo. Díjome el amigo que debía de llamarme Fígaro, nombre á la par sonoro y significativo de mis hazañas, porque aunque ni soy barbero, ni de Sevilla, soy, como si lo fuera, charlatán, enredador y curioso además, si los hay. Me llamo, pues, Fígaro; suelo hallarme en todas partes; tirando siempre de la manta y sacando á la luz del día defectillos leves de ignorantes y maliciosos; y por haber dado en la gracia de ser ingenuo y decir á todo trance mi sentir, me llaman por todas partes mordaz y satírico; todo porque no quiero imitar al vulgo de las gentes, que ó no dicen lo que piensan, ó piensan demasiado lo que dicen.

Paréceme que por hoy habré hecho lo bastante si me doy á conocer al público yo y mis intenciones. El teatro será uno de mis objetos principales, sin que por eso reconozca límites ni mojones determinados mi inocente malicia, y para que se vea que no soy tan satírico como dan en suponerlo, mil pequeñeces habrá que deje á un lado continuamente, y que muy de tarde en tarde haré entrar en la jurisdicción de mi crítica.

Con respecto por ejemplo á los actores, y sobre todo á los nuevos que nos van dando continuamente, y los cuales todos daría el público de buena gana por uno solo mediano, ya me guardaría yo muy bien de fundar sobre ellos una sola crítica contra nuestro ilustrado ayuntamiento. Acaso rija en los teatros la idea de aquel famoso general, de cuyo nombre no me acuerdo, si bien he de contar el lance que los actores, muchos, pero malos, me recuerdan.

Hallábase con su gente este general en su posición, y recibió aviso de que se acercaba á más andar el enemigo.—Mi general, le dijo su edecán, ¡el enemigo!—¿El enemigo, eh? preguntó el general. Déjele usted que se acerque.—¡Señor, que ya se le ve!, dijo de allí á un rato el edecán.—Cierto ¡ya se le ve!—¿Y qué hacemos, mi general?, añadió el edecán.—Mire usted, contestó el general, como hombre resuelto, mande usted que le tiren un cañonazo, veremos cómo lo toma.—¿Un cañonazo, mi general?, dijo el edecán. Están muy lejos aún.—No importa, un cañonazo he dicho, repuso el general.—Pero, señor, contestó el edecán despechado, un cañonazo no alcanza.—¿No alcanza?, interrumpió furioso el general con tono de hombre que desata la dificultad, ¿no alcanza un cañonazo?—No, señor, no alcanza, dijo con firmeza el edecán.—Pues bien, concluyó su excelencia, que tiren dos.

Eso decimos por acá. Darle un actor malo al público á ver cómo lo toma. ¿No alcanza, no gusta?, darle dos.

Menos diré por consiguiente que tanto los nuevos como los viejos creen que su oficio es oficio de memoria, y que puede asegurarse sin escrúpulo de conciencia que los más dicen sus papeles, pero no los hacen, porque acaso nuestros actores se lleven la idea de un loco que vivía en Madrid no hace mucho, solo en su cuarto y sin consentir comunicación con su familia. Movido de los ruegos de ésta, fuéle á visitar un amigo, y en el desorden de su cuarto notó entre otras cosas que no debía de hacer nunca su cama; tal estaba ella de mal parada. ¿Pero es posible, señor don Braulio, le dijo el amigo al loco, es posible que ni ha de consentir usted que hagan su cama, ni la ha de hacer usted, ni?...—No, amigo, no; es mi sistema.—¿Pero qué sistema?—Tengo razones.—¿Razones?—No, amigo, respondió el loco, no haré mi cama, no la haré; y acercándosele al oído, añadió con aire misterioso: «no la hagas y no la temas». Á este refrán se atienen sin duda nuestros cómicos cuando no hacen una comedia. No hacemos la comedia, dicen como el loco, porque: no la hagas y no la temas.

Pues tan comedido como con los teatros, he de ser poco más ó menos con todas las demás cosas. Ni pudiera ser de otra suerte: en política sobre todo, y en puntos que atañen al gobierno ¿qué pudiera hacer un periodista sino alabar? Como suelen decir, esto se hace sin gana, y si ya desde hoy no nos soltamos á encomiarlo todo de una vez, es porque somos como cierto sujeto de Úbeda, cuyo caso no he de callar por vida mía, más que en cuentos y relatos me llame el lector pesado.—Había llamado el tal á un pintor, y mandádole hacer un cuadro de las once mil vírgenes, y el contrato había sido darle un ducado por virgen, que por cierto no fué caro. Llevó el pintor el cuadro al cabo de cierto tiempo, pero era claro que ni cupieran once mil cuerpos en un lienzo, ni había para qué ponerlas todas: había, pues, imaginado el pintor de Úbeda figurar un templo de donde iban saliendo, y así sólo podrían contarse alguna docena en primer término, dos ó tres docenas en segundo, é infinidad de cabezas que de las puertas salían; contó callandito el aficionado á vírgenes las que alcanzaba á ver, y preguntóle en seguida al artista cuánto valía el cuadro conforme al contrato. Respondióle aquél, que claro estaba; que once mil ducados.—¿Cómo puede ser eso?, le repuso el que había de pagar, si aquí no cuento yo arriba de cien cabezas.—¿No ve vuestra merced, contestó el pintor, que las demás están en el templo y por eso no se ven? Pero...—¡Ah! pues entonces, concluyó el aficionado, tome vuestra merced por hoy esos cien ducados que corresponden á las que han salido, y con respecto á las demás yo se las iré pagando á vuestra merced conforme vayan saliendo.

Vaya, pues, haciendo nuestro ilustrado gobierno de las suyas, que conforme ellas vayan saliendo, nosotros se las iremos alabando.

Así que, me iré muy á la mano en éstas y en todas las materias, y antes de pronunciar que hay una sola cosa reprensible, veré cómo y cuándo, y á quién lo digo, asegurando desde ahora que no sé qué ángel malo me inspira esta maldita tentación de reformar, y que entro en esta obligación con la misma disposición de ánimo que tiene el soldado que va á tomar una batería.

REPRESENTACIÓN
DE LOS ZELOS INFUNDADOS, Ó EL MARIDO EN LA CHIMENEA

COMEDIA EN DOS ACTOS Y EN VERSO

DE DON FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA

La pasión de los zelos, tratada ya por otros en el teatro con más ó menos felicidad, ha sugerido al señor Martínez de la Rosa esta producción, de que presentamos á nuestros lectores un rápido análisis.

Don Anselmo, hombre entrado ya en la edad madura y enlazado en matrimonio con doña Francisca, joven y hermosa, sufre el tormento de los zelos, y como dice el autor en su bella exposición:

Marido entrado en edad
Y mujer de pocos años,
¿Qué había de suceder?

Don Eugenio, hermano de ésta, que acaba de llegar de la Habana, acompañado de su primo Carlos, intenta, á instancia de este joven atolondrado, corregir á don Anselmo de su manía, que alimenta diariamente con chismes y enredos un bribón de criado de éstos que

Son como perros de puerta;
Á una sombra, á un espantajo
Le ladran, se avanzan, muerden:
Viene un ladrón disfrazado,
Les echa un poco de pan,
Y le dejan libre el paso.

Don Anselmo no conoce á los recién llegados, y así es muy fácil hacer pasar al primo por el hermano; pónese el plan en ejecución, y don Anselmo cree tener en su casa en el amigo de su cuñado, que se finge sordo para poder ejecutar su parte más á la libertad, al seductor más perfecto de la tierra. Inútil es advertir que un hombre, ya por sí zeloso, no puede vivir tranquilo con semejante huésped, y más si á esto se agregan los continuos avisos del redomado sirviente. Préstase, pues, á una infinidad de ridiculeces que pone en práctica para averiguar las intenciones de su natural enemigo, y desciende hasta el extremo de esconderse en la chimenea para oir sus galanteos á su propia esposa.

Don Eugenio, como es de esperar, carga la mano en sus requiebros, y el marido sale de la chimenea cubierto de hollín, y decidido á echar de su casa al que, según él, intenta deshonrarle, lo cual pone en práctica por medio de una esquela.

Pero el seductor fingido, fuera ya de la casa, soborna fácilmente al criado, y se hace introducir en la habitación de doña Francisca durante la ausencia de su esposo: es de presumir que ha de dejarse sorprender para la realización de su plan. Vuelve don Anselmo, escóndese en una despensa á don Eugenio: de allí á poco un ruido extraordinario alarma al marido: su mujer tiembla las consecuencias de su inocente intriga, y se arroja á sus pies toda turbada. Don Anselmo corre en busca del escondido, y en el momento en que una trágica aventura hubiera podido desgraciar todas las benéficas intenciones de nuestros intrigantes, don Carlos descubre apresuradamente el enredo: le pone ante la vista la inocencia de su esposa, la identidad de sus personas, como hermano y primo, la índole del criado en que ponía su confianza, y que tantas veces ha dado lugar con falsas sugestiones á sus infundados zelos, y lo ridículo, en fin, de la posición de un marido que cree ver un seductor en todo hombre, y de la manía que le expuso á tener zelos de su mismo cuñado. El zeloso queda convencido, reconocidos los parientes, despedido el tunante del criado; y más enamorado don Anselmo que nunca de su virtuosa consorte, promete no volver á importunarla con nuevas sospechas injustas.

Un lenguaje puro, y hábilmente manejado, un estilo decoroso, un diálogo bien cortado, lleno de viveza y donaire, una versificación robusta, un conocimiento extremado de los recursos dramáticos, y de los efectos teatrales, y el hombre reducido á la convicción por medio del ridículo nos revelan al filósofo, al autor cómico, al poeta. Nuestra posición nos impone, sin embargo, el deber de entrar en pormenores mal nuestro grado. Primeramente, estos planes, como éste (y como el de la Indulgencia para todos por ejemplo), en que no nacen los incidentes y la convicción de la naturaleza de las cosas y de los acontecimientos que ocurren diariamente al protagonista, sino en que los demás personajes producen los sucesos á placer por medio de disfraces ó ficciones, no nos parecen los más seguros, porque de su naturaleza ha de resultar necesariamente que al descubrir al sujeto á quien se quiere corregir que todo ha sido un artificio, su convicción se ha de debilitar y se ha de volver en contra precisamente del fin que se desea. Un zeloso, que duda de la virtud de su mujer, y que escondido la oyó quedar triunfante, se tranquiliza; pero si se le descubre que el seductor era hermano de su mujer, y que ésta lo sabía, el hombre dará por nula esta prueba, y querrá justamente recurrir á otra: el demostrarle que su criado era capaz de soborno, no sólo no puede tranquilizarle sino que debe hacer renacer en él mil dudas antiguas acaso ya desvanecidas. Este zeloso, por otra parte, á quien se le presenta una nueva seducción de su mujer para hacerle ver que sus zelos son infundados, no es ningún visionario, no tiene tales infundados zelos, supuesto que él mismo la oye requebrar. El único medio de corregir á un zeloso, si hay alguno, es demostrarle hasta la evidencia que su mujer es virtuosa, y al zeloso de Martínez de la Rosa sólo se le demuestra que el que galanteaba á su esposa es su hermano. Así que, sólo quedara para corregirle el cuadro fuertemente coloreado de las ridiculeces á que se entrega el que vive de esta manera dominado de una manía de semejante especie. Barón en su zeloso incurrió, si mal no nos acordamos, en el mismo defecto de hacer galantear á su esposa por un su hermano: el zeloso dirá siempre una vez descubierto el estrecho parentesco, ¿era su hermano? cierto: soñé ofensas, ¿pero y cuándo no lo sea?

Nos parece algo traído por los cabellos el modo de enterarse el criado de la conversación de los dos hermanos, y el señor Martínez de la Rosa hubiera podido encontrar un medio más dramático y motivado. ¿No podría haberse justificado algo más la mudanza repentina del criado, á quien vemos en el primer acto tan adicto á su amo? No basta siempre el soborno, es preciso antes que el espectador esté convencido de que es sobornable el criado. Hemos creído notar algún trozo en que el autor ha remedado algún otro del Viejo y la Niña, sobre todo en el papel de Juan.

Algunas otras observaciones haríamos, si no nos detuviese una reflexión que no podemos desechar, cuando se trata de un autor como el señor Martínez de la Rosa. ¿Serán éstos que nos parecen defectos realmente defectos, ó nos lo harán parecer tales nuestros cortos conocimientos? Mucha fuerza nos hace esta consideración, y más si recordamos las bellezas de los Zelos infundados: la exposición, la escena cómica de la chimenea y la cinta, la sordera tan oportunamente imaginada, de que ha sacado el autor tanto partido, el empeño de don Anselmo de hacer borracho al criado, su cojera supuesta y la manera original con que en esta escena aclara sus dudas el zeloso, etc., y el final, en fin, tan rápida como aguda y delicadamente concluido.

YO QUIERO SER CÓMICO

Anch' io son pittore.

No fuera yo Fígaro, ni tuviera esa travesura y maliciosa índole que malas lenguas me atribuyen, si no sacara á luz pública cierta visita que no ha muchos días tuve en mi propia casa.

Columpiábame en mi mullido sillón, de éstos que dan vueltas sobre su eje, los cuales son especialmente de mi gusto por asemejarse en cierto modo á muchas gentes que conozco, y me hallaba en la mayor perplejidad sin saber cuál de mis numerosas apuntaciones elegiría para un artículo que me correspondía ingerir aquel día en la Revista. Quería yo que fuese interesante sin ser mordaz, y conocía toda la dificultad de mi empeño, y sobre todo que fuese serio, porque no está siempre un hombre de buen humor, ó de buen talante para comunicar el suyo á los demás. No dejaba de atormentarme la idea de que fuese histórico, y por consiguiente verídico, porque mientras yo no haga más que cumplir con las obligaciones de fiel cronista de los usos y costumbres de mi siglo, no se me podrá culpar de mal intencionado, ni de amigo de buscar pendencias por una sátira más ó menos.

Hallábame, como he dicho, sin saber cuál de mis notas escogería por más inocente, y no encontraba por cierto mucho que escoger, cuando me deparó felizmente la casualidad materia sobrada para un artículo, al anunciarme mi criado á un joven que me quería hablar indispensablemente.

Pasó adelante el joven haciéndome una cortesía bastante zurda, como de hombre que necesita y estudia en la fisonomía del que le ha de favorecer sus gustos é inclinaciones, ó su humor del momento, para conformarse prudentemente con él; y dando tormento á los tirantes y rudos músculos de su fisonomía para adoptar una especie de careta que desplegase á mi vista sentimientos mezclados de afecto y de deferencia, me dijo con voz forzadamente sumisa y cariñosa:

—¿Es usted el redactor llamado Fígaro?...

—¿Qué tiene usted que mandarme?

—Vengo á pedirle un favor... ¡Cómo me gustan sus artículos de usted!

—Es claro... Si usted me necesita...

—Un favor de que depende mi vida acaso... ¡Soy un apasionado, un amigo de usted!

—Por supuesto... siendo el favor de tanto interés para usted...

—Yo soy un joven...

—Lo presumo.

—Que quiero ser cómico, y dedicarme al teatro...

—¿Al teatro?

—Sí, señor... como el teatro está cerrado ahora...

—Es la mejor ocasión.

—Como estamos en cuaresma, y es la época de ajustar para la próxima temporada cómica, desearía que usted me recomendase...

—¡Bravo empeño!—¿Á quién?

—Al ayuntamiento.

—¡Hola! ¿Ajusta el ayuntamiento?

—Es decir, á la empresa.

—¡Ah! ¿Ajusta la empresa?

—Le diré á usted... según algunos, esto no se sabe... pero... para cuando se sepa.

—En ese caso no tiene usted prisa, porque nadie la tiene...

—Sin embargo, como yo quiero ser cómico...

—Cierto. ¿Y qué sabe usted? ¿Qué ha estudiado usted?

—¿Cómo?, ¿se necesita saber algo?

—No; para ser actor, ciertamente, no necesita usted saber cosa mayor...

—Por eso; yo no quisiera singularizarme; siempre es malo entrar con pie en una corporación.

—Ya le entiendo á usted: usted quisiera ser cómico aquí, y así será preciso examinarle por la pauta del país. ¿Sabe usted el castellano?

—Lo que usted ve... para hablar, las gentes me entienden...

—Pero la gramática, y la propiedad, y...

—No, señor, no.

—Bien, ¡eso es muy bueno! Pero sabrá usted desgraciadamente el latín, y habrá estudiado humanidades, bellas letras...

—Perdone usted.

—Sabrá de memoria los poetas clásicos, y los comprenderá, y podrá verter sus ideas en las tablas.

—Perdone usted, señor. Nada, nada. ¡Tan poco favor me hace usted! Que me caiga muerto aquí si he leído una sola línea de eso, ni he oído hablar tampoco... mire usted...

—No jure usted. ¿Sabe usted pronunciar con afectación todas las letras de una palabra, y decir unas voces por otras, actitud por aptitud, y aptitud por actitud, diferiencia por diferencia, háyamos por hayamos, dracmático por dramático, y otras semejantes?

—Sí, señor, sí, todo eso digo yo.

—Perfectamente; me parece que sirve usted para el caso.

—¿Aprendió usted historia?

—No, señor; no sé lo que es.

—Por consiguiente, no sabrá usted lo que son trajes, ni épocas, ni caracteres históricos...

—Nada, nada, no, señor.

—Perfectamente.

—Le diré á usted... en cuanto á trajes, ya sé que en siendo muy antiguo siempre á la romana.

—Esto es: aunque sea griego el asunto.

—Sí, señor: si no es tan antiguo, á la antigua francesa ó á la antigua española: según... ropilla, trusas, capacete, acuchillados, etc. Si es más moderno ó del día, levita á la Utrilla en los calaveras, y polvos, casacón y media en los padres.

—¡Ah!, ¡ah! Muy bien.

—Además, eso en el ensayo general se le pregunta al galán ó á la dama, según el sexo de cada uno que lo pregunta, y conforme á lo que ellos tienen en sus arcas, así...

—¡Bravo!

—Porque ellos suelen saberlo.

—¿Y cómo presentará usted un carácter histórico?

—Mire usted: el papel lo dirá, y luego como el muerto no se ha de tomar el trabajo de resucitar sólo para desmentirle á uno... además que gran parte del público suele estar tan enterado como nosotros...

—¡Ah! ya... usted sirve para el ejercicio. La figura es la que no...

—No es gran cosa; pero eso no es esencial.

—¿Y de educación, de modales y usos de sociedad? ¿á qué altura se halla usted?

—Mal; porque si va á decir verdad, yo soy pobrecillo: yo era escribiente en una mala administración; me echaron por holgazán, y me quiero meter cómico, porque se me figura á mí que es oficio en que no hay nada que hacer...

—Y tiene usted razón.

—Todo lo hace el apunte, y... por consiguiente no conozco esos señores usos de sociedad que usted dice, ni nunca traté ninguno de ellos.

—Ni conocerá usted el mundo, ni el corazón humano.

—Escasamente.

—¿Y cómo representará usted tantos caracteres distintos?

—Le diré á usted: si hago de rey, de príncipe ó de magnate, ahuecaré la voz, miraré por encima del hombro á mis compañeros, mandaré con mucho imperio...

—Sin embargo, en el mundo esos personajes suelen ser muy afables y corteses, y como están acostumbrados, desde que nacen, á ser obedecidos á la menor indicación, mandan poco y sin dar gritos...

—Sí, pero ¡ya ve usted! en el teatro es otra cosa.

—Ya me hago cargo.

—Por ejemplo, si hago un papel de juez, aunque esté delante de señoras ó en casa ajena, no me quitaré el sombrero, porque en el teatro la justicia está dispensada de tener crianza; daré fuertes golpes en el tablado con mi bastón de borlas, y pondré cara de caballo, como si los jueces no tuviesen entrañas...

—No se puede hacer más.

—Si hago de delincuente, me haré el perseguido, porque en el teatro todos los reos son inocentes.

—Muy bien.

—Si hago un papel de pícaro, que ahora están en boga, cejas arqueadas, cara pálida, voz ronca, ojos atravesados, aire misterioso, apartes melodramáticos... Si hago un calavera, muchos brincos y zapatetas, carreritas de pies y lengua, vueltas rápidas y habla ligera... Si hago un barba, andaré á compás, como un juego de escarpias, me temblarán siempre las manos como perlático ó descoyuntado; y aunque el papel no apunte más de cincuenta años, haré del tarato y decrépito, y apoyaré mucho la voz con intención marcada en la moraleja, como quien dice á los espectadores: «allá va esto para ustedes».

—¿Tiene usted grandes calvas para los barbas?

—¡Oh! disformes; tengo una que me coge desde las narices hasta el colodrillo; bien que ésta la reservo para las grandes solemnidades. Pero aun para diario tengo otras, tales que no se me ve la cara con ellas.

—¿Y los graciosos?

—Esto es lo más fácil: estiraré mucho la pata, daré grandes voces, haré con la cara y el cuerpo todos los raros visajes y estupendas contorsiones que alcance, y saldré vestido de arlequín...

—Usted hará furor.

—¡Vaya si haré! Se morirá el público de risa, y se hundirá la casa á aplausos. Y especialmente, en toda clase de papeles, diré directamente al público todos los apartes, monólogos, gracias y parlamentos de intención ó lucimiento que en mi parte se presenten.

—¿Y memoria?

—No es cosa la que tengo; y aun ésa no la aprovecho, porque no me gusta el estudio. Además que eso es cuenta del apuntador. Si se descuida se le lanzan de vez en cuando un par de miradas terribles, como diciendo al público: ¡Ven ustedes qué hombre!

—Esto es; de modo que el apuntador vaya tirando del papel como de una carreta, y sacándole á usted la relación del cuerpo como una cinta. De esa manera, y hablando él altito, tiene el público el placer de oir á un mismo tiempo dos ejemplares de un mismo papel.

—Sí, señor; y, en fin, cuando uno no sabe su relación se dice cualquier tontería, y el público se la ríe. ¡Es tan guapo el público! ¡si usted viera!

—Ya sé ¡ya!

—Vez hay que en una comedia en verso se añade un párrafo en prosa: pues ni se enfada, ni menos lo nota. Así es que no hay nada más común que añadir...

—¡Ya se ve, que hacen muy bien! Pues, señor, usted es cómico, y bueno. ¿Usted ha representado anteriormente?

—¡Vaya! En comedias caseras. He alborotado con el García y el Delincuente honrado.

—No más, no más; le digo á usted que usted será cómico. Dígame usted, ¿sabrá usted hablar mal de los poetas y despreciarlos, aunque no los entienda; alabar las comedias por el lenguaje, aunque no sepa lo que es, ó por el verso más que no entienda siquiera lo que es prosa?

—¿Pues no tengo de saber, señor? eso lo hace cualquiera.

—¿Sabrá usted quejarse amargamente, y entablar una querella criminal contra el primero que se atreva á decir en letras de molde que usted no lo hace todas las noches sobresalientemente? ¿sabrá usted decir de los periodistas que quién son ellos para?...

—Vaya si sabré; precisamente ése es el tema nuestro de todos los días. Mande usted otra cosa.

Al llegar aquí no pude ya contener mi gozo por más tiempo, y arrojándome en los brazos de mi recomendado: «Venga usted acá, mancebo generoso, exclamé todo alborozado; venga usted acá, flor y nata de la andante comiquería: usted ha nacido en este siglo de hierro de nuestra gloria dramática para renovar aquel siglo de oro, en que sólo comían los hombres bellotas y pacían á su libertad por los bosques, sin la distinción del tuyo y del mío. Usted será cómico en fin, ó se han de olvidar las reglas que hoy rigen en el ejercicio».

Diciendo éstas y otras razones, despedí á mi candidato prometiéndole las más eficaces recomendaciones.

YA SOY REDACTOR

¿Por qué extraña fatalidad ha de anhelar el hombre siempre lo que no tiene? Preguntémosle á un joven barbilucio qué desea. ¿Cuándo tendré barbas?, exclama en su interior. Nácenle las barbas, y hele allí maldiciendo ya del barbero y de la navaja. ¿Cuándo hallaré en mi Filis correspondencia, le grita en el fondo de su corazón un deseo innato de amor y de ser amado? Ya oyó el sí. ¡Gozó el bien que deseaba! Y ya maldice del amor y sus espinas. ¿Le prefiere Laura? Pues todo su deseo se cifra en conquistar á Amira que le desprecia. ¿De qué nace esta sed insaciable, este deseo vividor, reemplazado por otros y otros deseos que rápidamente se suceden sin encontrar jamás sino imperfecta satisfacción? El padre Almeida, si mal no me acuerdo, dice entre otras cosas curiosas, y aun lo afianza, que la Providencia quiso poner en nosotros este deseo implacable, para que nos atestiguase eternamente que no hacemos en este mundo transitorio sino una corta peregrinación, y que la satisfacción de nuestros deseos no está en esta vida, sino en otra más perfecta y duradera. Así debe de ser, y cierto, que vivimos de todas suertes agradecidos á la previsión y ardiente caridad con que el reverendo padre nos quiso sacar de esta peregrina duda. Yo que no tengo un ápice de metafísico, y que dejo la resolución de estos problemas á aquéllos que tienen más noticias ciertas que yo de nuestro destino, me ciño á decir que el deseo existe, y esto basta para mi propósito.

Yo Fígaro, soy de ello una viva prueba: no bien me había tentado el enemigo malo, y sentí los primeros pujos de escritor público, cuando dieron en írseme los ojos tras cada periódico que veía, y era mi pío por mañana y noche: «¿Cuándo seré redactor de periódico?». Figurábaseme, sí, desde luego obra de romanos el llenar y embutir con verdades luminosas las largas columnas de un papel público; pero en cambio era para mí de la mayor consideración el imaginarme á la cabeza de una sección literaria, recibiendo comunicados atentos y decorosos, viendo diariamente consignadas en indelebles caracteres de imprenta mis propias ideas y las de mis amigos, y sin más trabajo, á mi parecer, que el haber de contar y recontar al fin del mes los sonantes doblones que el público desinteresado tiene la bondad de depositar en cambio de papel en los arcones periodísticos de una empresa, luz y antorcha de la patria, y órgano de la civilización del país.

Dejemos aparte las causas y concausas felices ó desgraciadas que de vicisitud en vicisitud me han conducido al auge de periodista: lo uno porque al público no le importarán probablemente, y lo otro porque á mí mismo podría serme acaso más difícil de lo que á primera vista parece el designarlas. El hecho es que me acosté una noche autor de folletos y de comedias ajenas, y amanecí periodista: miréme de alto abajo, sorteando un espejo que á la sazón tenía, no tan grande como mi persona, que es hacer el elogio de su pequeñez, y dime á escudriñar detenidamente si alguna alteración notable se habría verificado en mi físico; pero por fortuna eché de ver que como no fuese en la parte moral, lo que es en la exterior y palpable, tan persona es un periodista como un autor de folletos. Ya soy redactor, exclamé alborozado, y echéme á fraguar artículos, bien determinado á triturar en el mortero de mi crítica cuanto malandrín literario me saliese al camino en territorio de mi jurisdicción. Pero ¡ay de mí! insensato, que chasco sobre chasco, vivo hoy tan desengañado de periodista como de autor de comedias. Diré brevemente lo que me aconteció, sin descubrir por otra parte los recursos ocultos que mueven la gran máquina de un periódico, ni romper el velo del prestigio que cubre nuestros altares, que eso fuera sobrado é inoportuno desinterés; y juzgue el lector si no es preferible vivir tranquilamente suscrito á un periódico, que haberle sabia y precipitadamente de componer.

¡Señor Fígaro! un artículo de teatros.—¿De teatros? Voy allá.—Yo escribo para el público, y el público, digo para mí, merece la verdad: el teatro, pues, no es teatro: la comedia es ridícula: el actor A. es malo, y la actriz H. es peor. ¡Santo cielo! Nunca hubiera pensado en abrir mi boca para hablar de teatros. Comunicado á renglón seguido en mi papel y en todos los contemporáneos, en que el autor de la comedia dice que es excelente, y el articulista un acéfalo: se conjuran los actores, cierran la puerta del teatro á mis comedias para lo sucesivo, y ponen el grito en los cielos. ¿Quién es el fatuo que nos critica? ¡¡¡Pícaro traductor, ladrón, pedante!!! ¿Y esto logra el pobre amigo de la verdad y de la ilustración? ¡Oh qué placer el de ser redactor!

Precipítome huyendo del teatro en la literatura. Un señorón encopetado acaba de publicar una obra indigesta. «Señor redactor, me dice en una carta seductora, confío en el talento de usted y en nuestra amistad, de que le tengo dadas bastantes pruebas (por desgracia suele ser verdad), que hará un juicio crítico de mi obra, imparcial (imparcial llama él á un juicio que le alabe), y espero á usted á comer para que juntos departamos acerca de algunas ideas que convendría indicar, etc., etc». Resista usted á estas indirectas, y opte usted entre la ingratitud y la mentira. Ambos vicios tienen sus acerbos detractores, y unos ú otros se han de ensangrentar en el triste Fígaro. ¡Oh qué placer el de ser redactor!

¡Bueno! Traduciré noticias; al trabajo; corto mi pluma, desenvuelvo el inmenso papel extranjero; ahí van tres columnas.—¿Tres columnas he dicho? Al día siguiente las busco en la Revista, pero inútilmente.—Señor director, ¿qué se hicieron mis columnas?—¡Calle usted, me responde, ahí están; no han servido: esta noticia es inoportuna; es arriesgada: la otra no conviene; aquella de más allá es insignificante; estotra es buena, pero está mal traducida!—Considere usted que es preciso hacer ese trabajo en horas, replico lleno de entusiasmo; el hombre llega á cansarse...—Si usted es hombre que se cansa alguna vez, no sirve usted para periódicos...—Me dolía ya la cabeza...—Al buen periodista nunca le debe doler la cabeza...—¡Oh qué placer el de ser redactor!

Dejémonos de fárrago, yo no sirvo para él. Vaya un artículo profundo; ojeo el Say y el Smith; de economía política será. «Grande artículo, me dice el editor, pero, amigo Fígaro, no vuelva usted á hacer otro.—¿Por qué?—Porque esto es matarme el periódico. ¿Quién quiere usted que le lea, si no es jocoso, ni mordaz, ni superficial? Si tiene además cinco columnas... todos se me han quejado; nada de artículos científicos, porque nadie los lee. Perderá usted su trabajo.—¡Oh qué placer el de ser redactor!

—Encárguese usted de revisar los artículos comunicados, y sobre todo las composiciones poéticas de circunstancias...—Ay, señor editor, pero habrá que leerlas...—Preciso, señor Fígaro...—Ay, señor editor, mejor quiero rezar diez rosarios de quince dieces...—¡Señor Fígaro!...—¡Oh qué placer el de ser redactor!

Política y más política. ¿Qué otro recurso me queda? Verdad es que de política no entiendo una palabra. ¿Pero en qué niñerías me paro? ¡Si seré yo el primero que escriba política sin saberla! Manos á la obra; junto palabras y digo: conferencias, protocolos, derechos, representación, monarquía, legitimidad, notas, usurpación, cámaras, cortes, centralizar, naciones, felicidad, paz, ilusos, incautos, seducción, tranquilidad, guerra, beligerantes, armisticio, contraproyecto, adhesión, borrascas políticas, fuerzas, unidad, gobernantes, máximas, sistemas, desquiciadores, revolución, orden, centros, izquierda, modificación, bill, reformas, etc., etc. Ya hice mi artículo, pero ¡oh cielos! El editor me llama.—Señor Fígaro, usted trata de comprometerme con las ideas que propala en ese artículo...—¿Yo propalo ideas, señor editor? Crea usted que es sin saberlo. ¿Conque tanta malicia tiene?...—Si usted no tiene pulso...—Perdone usted; yo no creí que mi sistema político era tan... yo lo hice jugando...—Pues si nos para perjuicio, usted será el responsable...—¿Yo, señor editor? ¡Oh qué placer el de ser redactor!

¡Oh, si esto fuese todo, y si sólo fuera uno responsable, pobre Fígaro, de lo que escribe! Pero, ¡ah!, tocamos á otro inconveniente; supongo yo que no apareció el autor necio, ni el actor ofendido, ni disgustó el artículo, sino que todo fué dicha en él. ¿Quién me responde de que algún maldito yerro de imprenta no me hará decir disparate sobre disparate? ¿Quién me dice que no se pondrá Camellos donde yo puse Comellas, torner donde escribí yo Forner, ritómico donde rítmico, y otros de la misma familia? ¿Será preciso imprimir yo mismo mis artículos? ¡Oh qué placer el de ser redactor! ¡Santo cielo! ¿Y yo deseaba ser periodista? Confieso como hombre débil, lector mío, que nunca supe lo que quise; juzga tú por el largo cuento de mis infortunios periodísticos, que mucho procuré abreviarte, si puedo y debo con sobrada razón exclamar ahora que ya lo soy: ¡Oh qué placer el de ser redactor!

DON CÁNDIDO BUENAFÉ
ó
EL CAMINO DE LA GLORIA

Don Cándido Buenafé es un excelente sujeto, de éstos de quienes solemos decir con envidiable conmiseración: «Es un infeliz». Empleado desde pequeño en un ramo de no mucha importancia, es todo lo más si sabe leer la Gaceta, y redactar, con mala sintaxis y peor ortografía, algún oficio sobrecargado de fórmulas y traslados, ó hacer un extracto largo de algún expediente corto; pero en medio de su escasa ciencia, es bastante modesto para desear que su hijo Tomasito sepa más que él, para lo cual no le es necesario felizmente extraordinarios esfuerzos ni sacrificios. En el tiempo de la libertad de la imprenta, leía ó devoraba don Cándido los muchos papeles públicos que veían la luz, y llegó á formar alta idea de todo hombre capaz de escribir para el público; cosa que él vea por consiguiente en letra de molde, tiene para él una autoridad irrecusable, porque cuando ve que hay quien se toma la pena de imprimirla, mecanismo de que no tiene idea alguna, dice para sí: ¡sabido se lo tendrá! Por lo tanto era de buena fe liberal en los años nulos, porque acababa de leer y exclamaba: tiene razón; y después ha sido realista de buena fe en los años válidos, porque lee la Gaceta y exclama: ¡ya se ve! que dicen bien. Un partidario de este temple es una alhaja impagable para toda especie de gobiernos mientras haya imprenta; y más si añadimos que cree como en su salvación en los partes de los encuentros y escaramuzas que en los papeles públicos suelen venir consignados, y se extasía de placer cuando se encuentra con aquello de que: «de los enemigos murieron tantos centenares de hombres, y nosotros no hemos tenido más que un contuso y algún sargento desmayado», ó cosa semejante. «Daría yo, dice algunas veces, la mitad de mi sueldo por poder escribir un artículo de esos retumbantes de política. ¡Voto va!, ¡qué hombres ésos, y qué talentos! ¡Y cómo le convencen á uno con sus discursos! ¡Media vida diera yo, y la mitad de la otra media porque mi hijo Tomasito pudiera el día de mañana hacer otro tanto!». Llevado de esta idea ha hecho aprender latín al muchacho, y en el día le ha dado un maestro de francés, porque dice que en sabiendo francés ya se sabe todo lo que hay que saber; y que él conoce á no pocos sabios de campanillas en esta tierra que no saben otra cosa. Como dos meses llevaría el angelito, que tiene á la sazón catorce años, de traducir mal y leer peor el Calypso se trouvait inconsolable du départ d'Ulysse, cuando me lo trajo una mañana su papá, y ambos á dos me hicieron una visita, cuyos interesantes detalles no quiero en ninguna manera perdonar á mis curiosos lectores.

«Señor Fígaro, me dijo don Cándido abrazándome, aquí le presento á usted á mi hijo Tomás, el que sabe latín; usted no ignora que yo le crío para literato; ya que yo no pueda serlo, que lo sea él y saque de la oscuridad á su familia. ¡Ay, señor Fígaro, como yo le vea famoso, muero contento!» Hízome á esta sazón Tomasito una cortesía tan zurda que no pude menos de fundar grandes esperanzas en sus disposiciones literarias. Su exterior y sus palabras estaban en armonía con las de casi todos los jóvenes del día; díjome que era verdad que no tenía sino catorce años; pero que él conocía el mundo y el corazón humano, comme ma poche; que todas las mujeres eran iguales, que estaba muy escarmentado, y que á él no le engañaba nadie; que Voltaire era mucho hombre, y que con nada se había reído más que con el compère Mathieu, porque su papá, deseoso de su ilustración, le dejaba leer cuanto libro en sus manos caía. En cuanto á política me añadió: «Yo y Chateaubriand pensamos de un mismo modo»; y á renglón seguido me habló de los pueblos y de las revoluciones como pudiera de sus amigos de la escuela. Confieso que se me figuró el muchacho esa fruta que suelen vender en Madrid, que arrancada verde aún del árbol, y madurada por el traqueteo y la prisa del viaje, tiene todo el exterior de la pasada madurez, sin haber tenido nunca la lozanía ni el sabor de la juventud y de la sazón. «Los muchachos del ilustrado siglo XIX, dije para mí, llegan á viejos sin haber sido nunca jóvenes». Sentáronse mis amigos, el viejo joven y el joven viejo, y sacó don Cándido de su faltriquera un legajo abultado:

—Dos objetos tiene esta visita, me dijo: primero, para que Tomasito se vaya soltando en el francés, le he dicho que traduzca una comedia; hala traducido, y aquí se la traigo á usted.

—¡Hola!

—Sí, señor: algunas cosillas ha dejado en blanco, porque no tiene allí más diccionario que el de Sobrino... y...

—Sí...

—Usted tendrá la bondad de enmendar lo que no le parezca bien; y como usted entiende eso de darla al teatro... y las diligencias que hay que practicar...

—¡Ah! ¿Usted quiere que se represente?

—Sin duda... le diré á usted: el dinerillo que saque es para él...

—Sí, señor, dijo el muchacho, y papá me ha prometido hacerme un vestido negro para cuando acabe una tragedia excelente que estoy haciendo...

—¡Tragedia!

—Sí, señor, en once cuadros... ya sabe usted que en París no se hacen ya esas obras en actos... sino en cuadros...

—Es una tragedia romántica. El clasicismo es la muerte del genio, como usted sabe... ¿Le parece á usted que se podrá representar?

—¿Y qué inconveniente ha de haber?

—Le diré á usted, interrumpió don Cándido, tiene dada ya una comedia de costumbres.

—Con perdón de usted, se apresuró á decir Tomasito: cuando la hice no había leído á Víctor Hugo: ni tenía los conocimientos que tengo en el día...

—¡Ay! ya.

—Pues mi hijo dió esa comedia, y verá usted lo que sucedió, á mi entender. Entregámosla á un sujeto que corre con recibir las comedias: dijo que era corriente; y que la enviaría á la censura: la envió, pues.

—Papá, perdone usted, primero se perdió...

—Cierto... se perdió, y nunca se pudo encontrar, y hubo que sacar otra copia, y pasó á censura.

—Papá, perdone usted; que antes fué al corregimiento.

—Es verdad: fué al corregimiento, y de allí... pasó después á la censura eclesiástica; por más señas que fué á un excelente padre, y en un momento, esto es, en un par de meses, la despachó: volvió al corregimiento y fué de allí á la censura política: en una palabra, ello es que en menos de medio año salió prohibida.

—¡Prohibida!

—Sí, señor, y yo no sé á la verdad... porque mi comedia...

—Diga usted que hicieron bien, señor Fígaro: ¡¡¡éste escribe siempre con una intención!!! lo que ha mamado en sus libros... baste con decirle á usted que su madre se moría de risa al leerla, y yo lloraba de gozo... hubo que rehacerla... y por fin se logró que pasara la nueva.

—¡Hola!

—Pero aguarde usted: como los señores que dirigen la cosa no están muy allá que digamos en eso de comedias, la hubieron de enviar á un cómico que dicen que es hombre que lo entiende, y tiene gran mano en las compañías: éste dijo que no valía cosa, y todo fué, según yo pude averiguar, porque no tenía él un buen papel para lucirse: recogimos la comedia, y éste le puso un papel que era lo que había que ver; volvió y dijo que tampoco valía nada, y fué, según me dijeron, porque el papel era muy largo y él no debe de tener muchas ganas de trabajar. Dímosla al otro teatro, mas allí contestaron que ellos no eran menos que los del otro coliseo, y que no tomaban sobras: á fuerza, sin embargo, de emplear más empeños que para lograr una prebenda, se consiguió una orden á rajatabla de los señores que estaban á la cabeza del teatro; pero ya era tema: una actriz, sobre si la habían dado el papel de segunda siendo ella la primera, se puso mala la víspera; otro actor, también por etiquetas y rencillas, armó una intriga de todos los diablos: se pagó gente para el efecto, y si una noche se representó, una noche se silbó...

—¡Se silbó!

—¡Ya ve usted!, intrigas.

—¡Picardía!

—Conque yo quisiera que no sucediese otro tanto con la traducción ésta y la tragedia. El segundo objeto que nos trae es el de que usted le dirija, dándole algunos consejos á mi Tomasito, porque yo ya le he dicho que no debe limitarse al teatro... que el campo de la literatura es muy vasto, y que el templo de la fama tiene muchas puertas.

—Dice usted muy bien, señor don Cándido. Aquí recapacité, coordiné mis ideas un momento, y de la manera que el lector va á ver, enderecé poco más ó menos á mi joven cliente por la vía de la gloria literaria, á la cual, si él sigue y observa mi reglamento, temprano ó tarde debe sin duda llegar. Supongo, dije por último, dirigiéndome á mi Tomasito, que usted no querrá abarcar honra y provecho: esas estupendas rarezas que por acá nos vienen contando los viajeros de los Walter Scott, los Casimir Delavigne, los Lamartine, los Scribe y los Víctor Hugo, de los cuales el que menos tiene, amén de su correspondiente gloria, su palacio donde se da la vida de un príncipe, son cosas de por allá y extravagancias que sólo suceden en Francia y en Inglaterra: verdad es que no tenemos tampoco hombres de aquel temple, pero si los hubiera sucedería probablemente lo mismo.

No habiendo usted de reunir, pues, honra y provecho, querrá uno ú otro. Si quiere honra paréceme que está en camino de lograrla: en primer lugar usted no tiene sino catorce años; ésa es la edad en el día, ó poco más: la valeur n'attend pas le nombre des années. En cuanto á saber, usted no sabe sino francés, y como dice muy bien el señor don Cándido, tiene usted sólo con eso andada ya la mitad del camino. Haga usted unas cuantas poesías fugitivas; tal cual soneto, muy sonoro y lleno de pámpanos poéticos; no se apure usted si no dice nada en él: corra entre los amigos, saque usted mismo copias furtivas, y repártalas como pan bendito; sean destinadas sobre todo sus poesías á las mujeres, que son las que dan fama: haga usted correr la voz de que está haciendo una obra grande, cuyo título se sabrá con el tiempo: procure usted á fuerza de transposiciones y de palabras desenterradas del diccionario, no sabidas de nadie, que digan de él: ¡Cómo maneja la lengua! ¡es hombre que sabe el castellano! Porque aunque lo menos que puede saber un literato es su lengua, éste es, sin embargo, al ápice de la ciencia en el país: y en cuanto usted vea que pasa por muchacho de esperanzas, vaya usted á viajar: esté usted fuera diez ó doce años, en los cuales puede vivir seguro de que se hablará de usted más de lo que sea menester. Vuelva usted entonces: reúna usted en un tomo alguna comedia, media docena de odas y un romancito: diga usted en el prólogo que las hizo en los ratos perdidos que sus desgracias le dejaron libres; que los publica por haber sabido que algunas composiciones de ellas se han impreso en Amberes ó en América, sin su licencia y con faltas, hijas de la incuria de los copiantes, y que dedica usted á su cara patria aquel corto obsequio, y déjelas usted correr. No vuelva usted á escribir nada: silencio y aristocracia literaria, y yo le respondo á usted de que llegará á una edad provecta oyendo repetir á los pájaros: don Tomás, don Tomás, don Tomás es un sabio; y entonces ya puede usted con seguridad darle al público comedias, folletos, comentarios: todo será bueno, ¡que es de don Tomás!

Si usted no quiere honra, y si sólo el corto provecho que de aquí puede sacarse, es preciso tomar otro camino: póngase usted bien con los cómicos; mantenga usted un corresponsal en París, y cada correo una comedia de Scribe, que aquí las reciben con los brazos abiertos: busque usted medios de ingerirse en las columnas de un periódico, y diga usted que todo va bien, y que todos somos unos santos; ajústese usted con un par de libreros, los cuales le darán á usted cuatro ó cinco duros por cada tomo de las novelas de Walter Scott, que usted en horas les traduzca; y aunque vayan mal traducidas, usted no se apure, que ni el librero lo entiende, ni ningún cristiano tampoco. Sic itur ad astra, señor don Tomás.

Aquí se arrojó don Cándido en mis brazos; y tomando la mano á Tomasito: Ya se ve que dice bien el señor; ¡llega, hijo mío, le decía, y da las gracias á tu protector: ya lo ves, nada necesitas saber más de lo que sabes ya!, ¡qué fortuna, señor Fígaro!, ¡ya tiene hecha mi hijo su carrera! Folletos; comedias, novelas, traducciones... ¡y todo con sólo saber francés! ¡Oh francés, francés! ¡Ah! ¿Y periódicos? ¿No es verdad, señor Fígaro, que también ha dicho usted periódicos?—Sí, amigo mío, lo he dicho; concluí conduciéndolos hasta la puerta y despidiéndolos; pero le aconsejaría de buena gana que en eso de los periódicos no se fijase mucho, porque ya sabe usted que aquí no los hay siempre...—Sí, es verdad, es una casualidad el haberlos.—Así lo mejor será que se atenga á mis demás consejos. Éste es el camino.

EN ESTE PAÍS

Hay en el lenguaje vulgar frases afortunadas que nacen en buena hora y que se derraman por toda una nación, así como se propagan hasta los términos de un estanque las ondas producidas por la caída de una piedra en medio del agua. Muchas de este género pudiéramos citar, en el vocabulario político sobre todo; de esta clase son aquéllas que, halagando las pasiones de los partidos, han resonado tan funestamente en nuestros oídos en los años que van pasados de este siglo, tan fecundo en mutaciones de escenas y en cambios de decoraciones. Cae una palabra de los labios de un perorador en un pequeño círculo, y un gran pueblo ansioso de palabras la recoge, la pasa de boca en boca, y con la rapidez del golpe eléctrico un crecido número de máquinas vivientes la repite y la consagra, las más veces sin entenderla, y siempre sin calcular que una palabra sola es á veces palanca suficiente á levantar la muchedumbre, inflamar los ánimos y causar en las cosas una revolución.

Estas voces favoritas han solido siempre desaparecer con las circunstancias que las produjeran. Su destino es, efectivamente, como sonido vago, que son, perderse en la lontananza, conforme se apartan de la causa que las hizo nacer. Una frase empero sobrevive siempre entre nosotros, cuya existencia es tanto más difícil de concebir cuanto que no es de la naturaleza de ésas de que acabamos de hablar; éstas sirven en las revoluciones á lisonjear á los partidos, y á humillar á los caídos, objeto que se entiende perfectamente, una vez conocida la generosa condición del hombre; pero la frase que forma el objeto de este artículo se perpetúa entre nosotros, siendo sólo un funesto padrón de ignominia para los que la oyen y para los mismos que la dicen; así la repiten los vencidos como los vencedores, los que pueden como los que no quieren extirparla; los propios, en fin, como los extraños.

En este país... ésta es la frase que todos repetimos á porfía, frase que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea la cosa que á nuestros ojos choque en mal sentido. ¿Qué quiere usted?, decimos, ¡en este país! Cualquier acontecimiento desagradable que nos suceda, creemos explicarle perfectamente con la frasecilla: ¡cosas de este país! que con vanidad pronunciamos, y sin pudor alguno repetimos.

¿Nace esta frase de un atraso reconocido en toda la nación? No creo que pueda ser éste su origen, porque sólo puede conocer la carencia de una cosa el que la misma cosa conoce: de donde se infiere que si todos los individuos de un pueblo conociesen su atraso, no estarían realmente atrasados. ¿Es la pereza de imaginación ó de raciocinio que nos impide investigar la verdadera razón de cuanto nos sucede, y que se goza en tener una muletilla siempre á mano con que responderse á sus propios argumentos, haciéndose cada uno la ilusión de no creerse cómplice de un mal, cuya responsabilidad descarga sobre el estado del país en general? Esto parece más ingenioso que cierto.

Creo entrever la causa verdadera de esta humillante expresión. Cuando se halla un país en aquel crítico momento en que se acerca á una transición, y en que saliendo de las tinieblas comienza á brillar á sus ojos un ligero resplandor, no conoce todavía el bien, empero ya conoce el mal de donde pretende salir para probar cualquiera otra cosa que no sea lo que hasta entonces ha tenido. Sucédele lo que á una joven bella que sale de la adolescencia; no conoce el amor todavía ni sus goces; su corazón sin embargo, ó la naturaleza por mejor decir, le empieza á revelar una necesidad que pronto será urgente para ella, y cuyo germen y cuyos medios de satisfacción tiene en sí misma, si bien los desconoce todavía; la vaga inquietud de su alma, que busca y ansía, sin saber qué, la atormenta y la disgusta de su estado actual y del anterior en que vivía; y vésela despreciar y romper aquellos mismos sencillos juguetes que formaban poco antes el encanto de su ignorante existencia.

Éste es acaso nuestro estado, y éste á nuestro entender el origen de la fatuidad que en nuestra juventud se observa: el medio saber reina entre nosotros; no conocemos el bien, pero sabemos que existe y que podemos llegar á poseerle, si bien sin imaginar aún el cómo. Afectamos, pues, hacer ascos de lo que tenemos para dar á entender á los que nos oyen que conocemos cosas mejores, y nos queremos engañar miserablemente unos á otros, estando todos en el mismo caso.

Este medio saber nos impide gozar de lo bueno que realmente tenemos, y aun nuestra ansia de obtenerlo todo de una vez nos ciega sobre los mismos progresos que vamos insensiblemente haciendo. Estamos en el caso del que teniendo apetito desprecia un sabroso almuerzo con la esperanza de un suntuoso convite incierto, que se verificará ó no se verificará más tarde. Sustituyamos sabiamente á la esperanza de mañana el recuerdo de ayer, y veamos si tenemos razón en decir á propósito de todo: ¡Cosas de este país!

Sólo con el auxilio de las anteriores reflexiones puedo comprender el carácter de don Periquito, ese petulante joven, cuya instrucción está reducida al poco latín que le quisieron enseñar y que él no quiso aprender; cuyos viajes no han pasado de Carabanchel; que no lee sino en los ojos de sus queridas, los cuales no son ciertamente los libros más filosóficos; que no conoce, en fin, más ilustración que la suya, más hombres que sus amigos, cortados por la misma tijera que él, ni más mundo que el salón del Prado, ni más país que el suyo. Este fiel representante de gran parte de nuestra juventud desdeñosa de su país, fué no ha mucho tiempo objeto de una de mis visitas.

Encontréle en una habitación mal amueblada y peor dispuesta, como de hombre solo; reinaba en sus muebles y sus ropas, tiradas aquí y allí, un espantoso desorden de que hubo de avergonzarse al verme entrar.

—Este cuarto está hecho una leonera, me dijo. ¿Qué quiere usted? en este país...—Y quedó muy satisfecho de la excusa que á su natural descuido había encontrado.

Empeñóse en que había de almorzar con él, y no pude resistir á sus instancias; un mal almuerzo mal servido reclamaba indispensablemente algún nuevo achaque, y no tardó mucho en decirme:—Amigo, en este país no se puede dar un almuerzo á nadie; hay que recurrir á los platos comunes y al chocolate.

Vive Dios, dije yo para mí, que cuando en este país se tiene un buen cocinero y un exquisito servicio y los criados necesarios, se puede almorzar un excelente beefstek con todos los adherentes de un almuerzo á la fourchette; y que en París los que pagan ocho ó diez reales por un appartement garni, ó una mezquina habitación en una casa de huéspedes, como mi amigo don Periquito, no se desayunan con pavos trufados ni con champagne.

Mi amigo Periquito es hombre pesado como los hay en todos los países, y me instó á que pasase el día con él; y yo, que había empezado ya á estudiar sobre aquella máquina, como un anatómico sobre un cadáver, acepté inmediatamente.

Don Periquito es pretendiente á pesar de su notoria inutilidad. Llevóme, pues, de ministerio en ministerio: de dos empleos con los cuales contaba, habíase llevado el uno otro candidato que había tenido más empeños que él.—¡Cosas de España! me salió diciendo, al referirme su desgracia.—Ciertamente, le respondí, sonriéndome de su injusticia, porque en Francia y en Inglaterra no hay intrigas; puede usted estar seguro de que allá todos son unos santos varones, y los hombres no son hombres.

El segundo empleo que pretendía había sido dado á un hombre de más luces que él.—¡Cosas de España! me repitió.

Sí, porque en otras partes colocan á los necios, dije yo para mí.

Llevóme en seguida á una librería, después de haberme confesado que había publicado un folleto, llevado del mal ejemplo. Preguntó cuántos ejemplares se habían vendido de su peregrino folleto, y el librero respondió: ni uno.

—¿Lo ve usted, Fígaro? me dijo: ¿lo ve usted? En este país no se puede escribir. En España no se puede escribir. En París hubiera vendido diez ediciones.

—Ciertamente, le contesté yo, porque los hombres como usted venden en París sus ediciones.

En París no habrá libros malos que no se lean, ni autores necios que se mueran de hambre.

Desengáñese usted: en este país no se lee, prosiguió diciendo.—Y usted que de eso se queja, señor don Periquito, usted, ¿qué lee? le hubiera podido preguntar. Todos nos quejamos de que no se lee, y ninguno leemos.

—¿Lee usted los periódicos? le pregunté sin embargo.

—No, señor, en este país no se sabe escribir periódicos. ¡¡¡Lea usted ese Diario de los Debates, ese Times!!!

Es de advertir que don Periquito no sabe francés ni inglés, y que en cuanto á periódicos, buenos ó malos, en fin, los hay, y muchos años no los ha habido.

Pasábamos al lado de una obra de ésas que hermosean continuamente este país y clamaba: ¡Qué basura!, en este país no hay policía.

En París las casas que se destruyen y reedifican no producen polvo.

Metió el pie torpemente en un charco. ¡No hay limpieza en España!, exclamaba.

En el extranjero no hay lodo.

Se hablaba de un robo.—¡Ah!, ¡país de ladrones!, vociferaba indignado. Porque en Londres no se roba; en Londres donde en la calle acometen los malhechores á la mitad de un día de niebla á los transeúntes.

Nos pedía limosna un pobre.—¡En este país no hay más que miseria!, exclamaba horripilado. Porque en el extranjero no hay infeliz que no arrastre coche.

Íbamos al teatro, y—¡Oh qué horror!, decía mi don Periquito con compasión, sin haberlos visto mejores en su vida. ¡Aquí no hay teatros!

Pasábamos por un café.—No entremos. ¡Qué cafés los de este país!, gritaba.

Se hablaba de viajes.—¡Oh! Dios me libre; ¡en España no se puede viajar!, ¡qué posadas!, ¡qué caminos!

¡Oh infernal comezón de vilipendiar este país que adelanta y progresa de algunos años á esta parte más rápidamente que adelantaron esos países modelos para llegar al punto de ventaja en que se han puesto!

¿Por qué los don Periquitos que todo lo desprecian en el año 33 no vuelven los ojos á mirar atrás, ó no preguntan á sus papás acerca del tiempo que no está tan distante de nosotros, en que no se conocía en la corte más botillería que la de Canosa, ni más bebida que la leche helada; en que no había más caminos en España que el del cielo; en que no existían más posadas que las descritas por Moratín en el Sí de las Niñas, con las sillas desvencijadas y las estampas del Hijo Pródigo, ó las malhadadas ventas para caminantes asendereados; en que no corrían más carruajes que las galeras y carromatos catalanes; en que los chorizos y polacos repartían á naranjazos los premios al talento dramático, y llevaba el público al teatro la bota y la merienda para pasar á tragos la representación de las comedias de figurón y dramas de Comella; en que no se conocía más ópera que el Marlborough (ó Mambruc, como dice el vulgo) cantado á la guitarra; en que no se leía más periódico que el Diario de Avisos, y en fin... en que...

Pero acabemos este artículo, demasiado largo para nuestro propósito: no vuelven á mirar atrás porque habría de poner un término á su maledicencia, y llamar prodigiosa la casi repentina mudanza que en este país se ha verificado en tan breve espacio.

Concluyamos sin embargo de explicar nuestra idea claramente, más que á los don Periquitos que nos rodean pese y avergüence.

Cuando oímos á un extranjero que tiene la fortuna de pertenecer á un país donde las ventajas de la ilustración se han hecho conocer con mucha anterioridad que en el nuestro, por causas que no es de nuestra inspección examinar, nada extrañamos en su boca, si no es la falta de consideración y aun de gratitud que reclama la hospitalidad de todo hombre honrado que la recibe; pero cuando oímos la expresión despreciativa que hoy merece nuestra sátira en bocas de españoles, y de españoles sobre todo que no conocen más país que este mismo suyo que tan injustamente dilaceran, apenas reconoce nuestra indignación límites en que contenerse.

Borremos, pues, de nuestro lenguaje la humillante expresión que no nombra á este país sino para denigrarle; volvamos los ojos atrás, comparemos y nos creeremos felices. Si alguna vez miramos adelante y nos comparamos con el extranjero, sea para prepararnos un porvenir mejor que el presente, y para rivalizar en nuestros adelantos con los de nuestros vecinos; sólo en este sentido opondremos nosotros en algunos de nuestros artículos el bien de fuera al mal de dentro.

Olvidemos, lo repetimos, esa funesta expresión que contribuye á aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas tenemos. Hagamos más favor ó justicia á nuestro país, y creámosle capaz de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento: ¡Cosas de España!, contribuya cada cual á las mejoras posibles; entonces este país dejará de ser tan mal tratado de los extranjeros, á cuyo desprecio nada podemos oponer, si de él les damos nosotros mismos el vergonzoso ejemplo.

REPRESENTACIÓN
DE LA COMEDIA NUEVA
de
DON MANUEL EDUARDO GOROSTIZA
TITULADA
CONTIGO PAN Y CEBOLLA

Es un error en nuestro entender bastante general creer que las novelas tienen la culpa de las locas bodas y desatinados enlaces que en el mundo se hacen y se han hecho. No está todo el daño en las novelas: la mayor parte está en el corazón humano; el amor, ora le llamemos como nuestros abuelos, que no veían más que el lado hermoso de las cosas, una noble pasión; ora le llamemos como nuestros despreocupados del día, que sólo ven el lado feo de las cosas, una vil necesidad rebozada, el amor existe en la naturaleza, y mientras exista, podrá ocurrir en la vida frecuentemente que no se halle de acuerdo con el interés. Desde los tiempos fabulosos que se remontan á la más atrasada antigüedad, desde Píramo y Tisbe, desde Leandro y Hero, que ciertamente no habían leído ninguna novela moderna, son conocidos estos desastrados amores. La organización de una mujer es la verdadera novela perniciosa, y por desgracia es la que no se le puede quitar; éste es el libro donde aprende á amar: á una belleza fría, de quien nada reclame su insensible corazón, dénsele todas las novelas del mundo, y dénselas sin cuidado; nosotros respondemos de su inalterable tranquilidad y de su eterna sensatez: aquélla empero, que ha recibido de la naturaleza el funesto don de una extrema sensibilidad, quítensele las novelas y será en balde; mientras no se le quiten los ojos respondemos de que hará todas las locuras del mundo por seguir el objeto que una vez la haya deslumbrado; por este estilo creemos que son la mayor parte de las locuras que hacen los hombres miserables; imperiosas leyes que impone la naturaleza y que paga el hombre. Los autores dramáticos van sin embargo con los tiempos: la recogida educación de los jóvenes del siglo pasado autorizaba la tiranía de los padres, y Moratín creyó hacer un señalado servicio á su país dando el Sí de las Niñas. De entonces acá hemos andado con pasos agigantados: y las costumbres del día, más que de la tiranía de los padres, resiéntense de la licencia é insubordinación de los hijos. Esto no es debido tampoco únicamente á las novelas. Otros muchos libros ha sido preciso escribir; muchas revoluciones de todas especies han debido pasar por los pueblos; otros hombres, á más de los novelistas, habían tenido que nacer antes para dar este impulso extraordinario en poco más de medio siglo al entendimiento humano. El hecho es con todo positivo; el abuso existe y reclama urgentemente la férula del poeta cómico. En el siglo actual se pueden contar tantas desgraciadas víctimas de los enlaces poco meditados, como en el pasado de las obligadas reclusiones de entonces. Era, pues, preciso sacar á la plaza toda la ridiculez de aquellos jóvenes irreflexivos que todo lo abandonan por el amor, las más veces sin considerar si se hallan verdaderamente enamorados, ó si sólo creen estarlo cuando exclaman: Contigo pan y cebolla.

El señor de Gorostiza, poeta ya conocido en nuestro teatro moderno, se ha apoderado de una idea feliz y ha escogido un asunto de la mayor importancia. ¿Halo desempeñado como de su talento nos debíamos prometer? Oiga el lector el argumento, y podrá responder á tan atrevida pregunta.

Matilde, hija de un padre que, según de la comedia resulta, no conoce sus inclinaciones ni su carácter, ama á don Eduardo de Contreras, joven de talento, rico, y que ocupa un puesto distinguido en la sociedad; pero ignora estas circunstancias sin embargo de que entra en su casa con frecuencia. Anímase don Eduardo á pedir la mano de Matilde á don Pedro, quien gustosísimo se la concede; pero en el momento de convenir en tan deseado enlace, sabe la heroína que don Eduardo no es pobre, nota que no hay en esta boda los obstáculos que en las de sus novelas ha leído, desama de pronto á quien tanto amó y despide á don Eduardo. Éste, que conoce de donde le viene el golpe, propone al padre, aturdido de tal mudanza, una ingeniosa ficción que ha de llevar á cabo sus deseos. Fíngese desheredado de un tío suyo, y desairado por don Pedro: aparenta la novelesca desesperación de un amante despedido, y estos extraordinarios medios hacen renacer el acomodaticio cariño de Matilde, que por lo visto sólo ama en casos dados. El padre sigue haciendo del negado y cuando vienen segunda vez entrambos á importunarle, se lleva la niña de un brazo y despide para siempre al amador. Con esto por fuerza ha de subir de punto la frenética pasión de Matilde: inténtase una escapatoria, la cual se verifica sin maldita la oposición del padre, que está él mismo en el complot que se le arma, y cooperando á ella un pobre criado á quien no le vale su honradez. El padre no ha querido oirle por no verse comprometido á impedir el rapto, y le amenaza por una parte don Eduardo con tirarse un pistoletazo, y por otra Matilde con tragarse un veneno que posee, si no abre una reja, por donde se escapa nuestra deslumbrada, sin embargo de hallarse la puerta libre y desembarazada; y en atención, según dice ella misma, á ser de rigor el salir en semejantes casos por la ventana.

En el cuarto acto, que parece un acto de otra comedia, Matilde se halla el día de tornaboda en una miserable boardilla, pero en compañía de su constante esposo; no han comido la víspera, no se han desayunado aquel día: medios, Dios los dé; dinero, por las nubes: en una palabra, pobres de solemnidad y solemnes pobres; la infeliz Matilde tendrá que levantar la cama, que por más señas está á la vista del espectador en un estado de desorden propio del día; tendrá que barrer, que jabonar, que pasar hambres, que estar sola, porque su marido habrá de salir á buscar dinero. Matilde comienza ya á padecer los inconvenientes de su posición: humíllala el casero, humíllala una antigua compañera de colegio, marquesa, que vive en la misma casa, y que dice que una cosa es casarse, y otra enamorarse; en lo cual nos parece su señoría un sí es no es verde y alegre de cascos: humíllala, en fin, una vecinilla ordinaria entre cotorra y contrabandista: llora Matilde y conoce su yerro. Vuelve entonces su esposo, y vienen impacientes papá y el criado honrado, descúbrese la ficción, y se van todos muy convencidos de que para quererse mucho es indispensable por lo menos haber comido algo; verdad indisputable de todos los tiempos y países, y que no bastarán á echar por tierra todas las pasiones reunidas que pueden agitar á un mísero mortal.

Ya puede inferir el lector qué de escenas cómicas ha tenido el autor á su disposición. El señor Gorostiza no las ha desperdiciado; rasgos hemos visto en su linda comedia que Molière no repugnaría, escenas enteras que honrarían á Moratín. El carácter del criado y las situaciones todas en que se encuentra son excelentes y pertenecen á la buena comedia; del padre pudiéramos decir lo que dice la marquesa de su marido: ni es feo, ni es bonito: es un hombre pasivo, es un instrumento no más del astuto don Eduardo. Éste es un bello carácter: la carta que escribe es del mayor efecto y pertenece á la alta comedia. El lenguaje es castizo y puro; el diálogo bien sostenido y chispeando gracias, si bien no quisiéramos que le desluciesen algunas demasiado chocarreras, como la de los malhadados fetos por efectos, la de la cebolla que repite, etc., y otras que no queremos citar porque no se nos tache de rigorosos. Estas gracias son de mal tono, de no muy buen gusto, y de baja sociedad, por más que el público las ría y las aplauda en el primer momento.

Después de haber tributado el debido homenaje de elogios que de nuestra pluma reclamaba imperiosamente la divertida comedia del señor Gorostiza, ¿nos será permitido indicar algunos de los defectos de que rara obra humana consigue verse completamente purgada? ¿Se dirá que nos ensangrentamos, que somos parciales, si ponemos al lado del elogio el grito de nuestra conciencia literaria? Quisiéramos equivocarnos, pero el carácter de la protagonista nos parece por lo menos llevado á un punto de exageración tal, que sería imposible hallar en el mundo un original siquiera que se le aproximase. Estas niñas románticas, cuya cabeza ha podido exaltar la lectura de las novelas, no reparan en clases ni en dinero; éste podrá ser su yerro; enamóranse de un hombre sin preguntarle quién es; ésta es su imprudencia: si sale pobre, verdad es, nada les arredra, y en las aras del amor sacrifican su porvenir; mas si sale rico, como ya están enamoradas, por esta sola circunstancia no se desenamoran. Por la misma razón, si tratan de escaparse, y no tienen otro recurso, se arrojan por una ventana; mas si tienen la puerta franca, aquel paso ya no es ni medio verosímil. Esta exageración hace aparecer á Matilde loca las más veces; quiere ser el don Quijote de las novelas. Pero acordémonos de que Cervantes, para huir de la inverosimilitud que de la exageración debía resultar, hizo loco realmente y enfermo á su héroe, y una enfermedad no es un carácter. Si la comedia pedía un carácter, era preciso no haber pasado los límites de la verosimilitud, pues pasándolos, Matilde no resulta enamorada sino maniática; por eso en varias ocasiones parece que ella misma se burla de sus desatinos: lo mismo hubiera sucedido con don Quijote si no nos hubiera dicho Cervantes desde el principio: miren ustedes que está loco. Peca además el plan por donde los más del mismo poeta: ya en otra ocasión hemos dicho que estos planes en que varios personajes fingen una intriga para escarmiento de otro, son incompletos y conspiran contra la convicción, que debe ser el resultado del arte.

En Molière y en Moratín no se encuentra un solo plan de esta especie: el poeta cómico no debe hacer hipótesis; debe sorprender y retratar á la naturaleza tal cual es: esta comedia hubiera requerido una mujer realmente enamorada, y que realmente hubiera hecho una locura, como en el Viejo y la Niña sucede; verdad es que entonces no hubiera podido ser dichoso el desenlace, y acaso habrá huido de esto el señor Gorostiza; éste era defecto del asunto, así como lo es también la aglomeración en horas de tantas cosas distintas, importantes, y regularmente más apartadas entre sí en el discurso de la vida. Si Matilde no se ha de casar más de una vez con Eduardo, si esa vez que se ha casado no ha hecho realmente locura alguna, supuesto que Eduardo es rico, ¿de qué puede servirle el escarmiento y el ver lo que le hubiera sucedido si hubiera hecho lo que no ha hecho? Á ella no, nos contestarán, á los demás que ven la comedia. Tampoco, responderemos, porque las que crean en novelas al pie de la letra, creerán al pie de la letra en la comedia, que es otra nueva novela para ellas; en la novela leen que aquél que se presentó incógnito se descubre ser luego hijo de algún señorón oculto, y en la comedia se descubre ser rico luego el pobre. Se enamorarán, pues, sin cuidado, seguras de que hacia el fin de su boda se ha de descubrir la riqueza del marido, así como creían que debían salir por la ventana por decirlo las novelas.

Á pesar de estas observaciones, que no podemos menos de hacer, nos complacemos en repetir que es mayor la suma de las bellezas que la de los defectos de la comedia. El señor de Gorostiza ha adquirido un nuevo laurel, y nosotros quisiéramos que la obligación de periodista se limitara á alabar: mucho nos daría que hacer aun en este caso esta composición dramática.

En cuanto á la representación, podemos asegurar que no nos acordamos de haber visto en Madrid nada mejor desempeñado en este género.

Sepan los actores que ningún placer podemos tener mayor que el que nos proporcionan el día en que sólo elogios tenemos que escribir de ellos. Para el elogio corre nuestra pluma rápidamente. Cuando se trata empero de vituperar, sólo á fuerza de horas podemos dar concluido á la prensa el artículo más conciso.

DON TIMOTEO Ó EL LITERATO

Genus irritabile vatum ha dicho un poeta latino. Esta expresión bastaría á probarnos que el amor propio ha sido en todos tiempos el primer amor de los literatos, si hubiésemos menester más pruebas de esta incontestable verdad que la simple vista de los más de esos hombres que viven entre nosotros de literatura. No queremos decir por esto que sea el amor propio defecto exclusivo de los que por su talento se distinguen: generalmente se puede asegurar que no hay nada más temible en la sociedad que el trato de las personas que se sienten con alguna superioridad sobre sus semejantes. ¿Hay cosa más insoportable que la conversación y los dengues de la hermosa que lo es á sabiendas? Mírela usted á la cara tres veces seguidas; diríjala usted la palabra con aquella educación, deferencia ó placer que difícilmente pueden dejar de tenerse hablando con una hermosa; ya le cree á usted su don Amadeo, ya le mira á usted como quien le perdona la vida. Ella sí, es amable, es un modelo de dulzura; pero su amabilidad es la afectada mansedumbre del león, que hace sentir de vez en cuando el peso de sus garras; es pura compasión que nos dispensa.

Pasemos de la aristocracia de la belleza á la de la cuna. ¡Qué amable es el señor marqués, qué despreocupado, qué llano! Vedle con el sombrero en la mano, sobre todo para sus inferiores. Aquella llaneza, aquella deferencia, si ahondamos en su corazón, es una honra que cree dispensar, una limosna que cree hacer al plebeyo. Trate éste diariamente con él, y al fin de la jornada nos dará noticias de su amabilidad: ocasiones habrá en que algún manoplazo feudal le haga recordar con quién se las ha.

No hablemos de la aristocracia del dinero, porque si alguna hay falta de fundamento es ésta: la que se funda en la riqueza, que todos pueden tener: en el oro, de que solemos ver henchidos los bolsillos de éste ó de aquél alternativamente, y no siempre de los hombres de más mérito; en el dinero, que se adquiere muchas veces por medios ilícitos, y que la fortuna reparte á ciegas sobre sus favoritos de capricho.

Si algún orgullo hay, pues, disculpable, es el que se funda en la aristocracia del talento, y más disculpable ciertamente donde es á toda luz más fácil nacer hermosa, de noble cuna, ó adquirir riqueza, que lucir el talento que nace entre abrojos cuando nace, que sólo acarrea sinsabores; y que se encuentra aisladamente encerrado en la cabeza de su dueño como en callejón sin salida. El estado de la literatura entre nosotros, y el heroísmo que en cierto modo se necesita para dedicarse á las improductivas letras, es la causa que hace á muchos de nuestros literatos más insoportables que los de cualquiera otro país: añádese á éste el poco saber de la generalidad, y de aquí se podrá inferir que entre nosotros el literato es una especie de oráculo que, poseedor único de su secreto y solo iniciado en sus misterios recónditos, emite su opinión oscura con voz retumbante y hueca, subido en el trípode que la general ignorancia le fabrica. Charlatán por naturaleza, se rodea del aparato ostentoso de las apariencias, y es un cuerpo más impenetrable que la célebre cuña de la milicia romana. Las bellas letras, en una palabra, el saber escribir es un oficio particular que sólo profesan algunos, cuando debiera constituir una pequeñísima parte de la educación general de todos.

Pero, si atendidas estas breves consideraciones es el orgullo del talento disculpable porque es el único modo que tiene el literato de cobrarse el premio de su afán, no por eso autoriza á nadie á ser en sociedad ridículo, y éste es el extremo por donde peca don Timoteo.

No hace muchos días que yo, que no me precio de gran literato, yo que de buena gana prescindiría de esta especie de apodo, si no fuese preciso que en sociedad tenga cada cual el suyo, y si pudiese tener otro mejor, me vi en la precisión de consultar á algunos literatos con el objeto de reunir sus diversos votos y saber qué podrían valer unos opúsculos que me habían traído para que diese yo sobre ellos mi opinión. Esto era harto difícil en verdad, porque, si he de decir lo que siento, no tengo fijada mi opinión todavía acerca de ninguna cosa, y me siento medianamente inclinado á no fijarla jamás: tengo mis razones para creer que éste es el único camino del acierto en materias opinables: en mi entender todas las opiniones son peores; permítaseme esta manera de hablar antigramatical y antilógica.

Fuíme, pues, con mis manuscritos debajo del brazo (circunstancia que no le importará gran cosa al lector) deseoso de ver á un literato, y me pareció deber salir para esto de la atmósfera inferior donde pululan los poetas noveles y lampiños, y dirigirme á uno de esos literatazos abrumados de años y de laureles.

Acerté á dar con uno de los que tienen más sentada su reputación. Por supuesto que tuve que hacer una antesala digna de un pretendiente, porque una de las cosas que mejor se saben hacer aquí es esto de antesala. Por fin tuve el placer de ser introducido en el oscuro santuario.

Cualquiera me hubiera hecho sentar; pero don Timoteo me recibió en pie, atendida sin duda la diferencia que hay entre el literato y el hombre. Figúrense ustedes un ser enteramente parecido á una persona; algo más encorvado hacia el suelo que el género humano, merced sin duda al hábito de vivir inclinado sobre el bufete; mitad sillón, mitad hombre; entrecejo arrugado; la voz más hueca y campanuda que la de las personas; las manos mijt y mijt, como dicen los chuferos y valencianos, de tinta y tabaco; gran autoridad en el decir; mesurado compás de frases; vista insultantemente curiosa, y que oculta á su interlocutor por una rendija que le dejan libres los párpados fruncidos y casi cerrados, que es manera de mirar sumamente importante y como de quien tiene graves cuidados; los anteojos encaramados á la frente; calva, hija de la fuerza del talento, y gran balumba de papeles revueltos y libros confundidos que bastaran á dar una muestra de lo coordinadas que podía tener en la cabeza sus ideas; una caja de rapé y una petaca: los demás vicios no se veían. Se me olvidaba decir que la ropa era adrede mal hecha, afectando desprecio de las cosas terrenas, y todo el conjunto no de los más limpios, porque éste era de los literatos rezagados del siglo pasado, que tanto más profundos se imaginaban cuanto menos aseados vestían. Llegué, le vi, dije: éste es un sabio.

Saludé á don Timoteo y saqué mis manuscritos.

—¡Hola! me dijo ahuecando mucho la voz para pronunciar.

—Son de un amigo mío.

—¿Sí? me respondió. ¡Bueno! ¡Muy bien! Y me echó una mirada de arriba abajo por ver si descubría en mi rostro que fuesen míos.

—¡Gracias! repuse, y empezó á hojearlos.

—«Memoria sobre las aplicaciones del vapor».

—¡Ah! esto es acerca del vapor, ¿eh? Aquí encuentro ya... Vea usted... aquí falta una coma: en esto soy muy delicado. No hallará usted en Cervantes usada la voz memoria en este sentido; el estilo es duro, y la frase es poco robusta... ¿Qué quiere decir presión y...?

—Sí; pero acerca del vapor... porque el asunto es saber si...

—Yo le diré á usted; en una oda que yo hice allá cuando muchacho, cuando uno andaba en esas cosas de literatura... dije... cosas buenas...

—Pero ¿qué tiene que ver?

—¡Oh! ciertamente ¡oh! Bien, me parece bien. Ya se ve; estas ciencias exactas son las que han destruido los placeres de la imaginación: ya no hay poesía.

—¿Y qué falta hace la poesía cuando se trata de mover un barco, señor don Timoteo?

—¡Oh! cierto... pero la poesía... amigo... ¡oh! aquellos tiempos se acabaron. Esto... ya se ve... estará bien, pero debe usted llevarlo á un físico, á uno de ésos...

—Señor don Timoteo, un literato de la fama de usted tendrá siquiera ideas generales de todo, demasiado sabrá usted...

—Sin embargo... ahora estoy escribiendo un tratado completo con notas y comentarios, míos también, acerca de quien fué el primero que usó el asonante castellano.

—¡Hola¡ Debe usted darse prisa á averiguarlo: esto urge mucho á la felicidad de España y á las luces... Si usted llega á morirse, nos quedamos á buenas noches en punto á asonantes... y...

—Sí, y tengo aquí una porción de cosillas que me traen á leer; no puedo dar salida á los que... ¡Me abruman á consultas!... ¡Oh! estos muchachos del día salen todos tan... ¡Oh! ¿Usted habrá leído mis poesías? Allí hay algunas cosillas...

—Sí; pero un sabio de la reputación de don Timoteo habrá publicado además obras de fondo y...

—¡Oh! no se puede... no saben apreciar... ya sabe usted... á salir del día... Sólo la maldita afición que uno tiene á estas cosas...

—Quisiera leer con todo lo que usted ha publicado: el género humano debe estar agradecido á la ciencia de don Timoteo... Dícteme usted los títulos de sus obras. Quiero llevarme una apuntación.

—¡Oh! ¡Oh!

—¿Qué especie de animal es éste, iba yo diciendo ya para mí, que no hace más que lanzar monosílabos y hablar despacio, alargando los vocablos y pronunciando más abiertas las aes y las oes?

Cogí sin embargo una pluma y un gran pliego de papel presumiendo que se llenaría con los títulos de las luminosas obras que habría publicado durante su vida el célebre literato don Timoteo.

—Yo hice, empezó, una oda á la Continencia... ya la conocerá usted... allí hay algunos versecillos.

Continencia, dije yo repitiendo. Adelante.

—En los periódicos de entonces puse algunas anacreónticas; pero no con mi nombre.

Anacreónticas; siga usted; vamos á lo gordo.

—Cuando los Franceses escribí un folletito que no llegó á publicarse... ¡como ellos mandaban!...

Folletito que no llegó á publicarse.