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FIGURAS AMERICANAS
PARÍS.—TIP. GARNIER HERMANOS, 6, RUE DES SAINTS-PÈRES, 6.
BIBLIOTECA SELECTA PARA LA JUVENTUD
FIGURAS AMERICANAS
GALERÍA DE HOMBRES ILUSTRES
POR
MIGUEL A. PÉREZ
PARÍS
GARNIER HERMANOS, LIBREROS-EDITORES
6, RUE DES SAINTS-PÈRES, 6
1891
PRÓLOGO
El nuevo volumen con que aumentamos hoy nuestra biblioteca juvenil, viene á llenar un hueco y tenemos la esperanza de que será bien recibido.
Nada más interesante que esta Galería de americanos ilustres, en la cual incluímos personajes de uno y otro sexo, no todos tan conocidos como por sus talentos ó por sus actos merecen.
Todos los jóvenes americanos, y aun los europeos, conocen los hechos, ó cuando menos los nombres, de las grandes figuras históricas ó científicas de América; nadie desconoce los nombres de Wáshington y Bolívar, ninguna persona medianamente ilustrada ignora descubrimientos ó los inventos de Maury, de Edison, de Morse; á pocas gentes no habrá llegado el eco gloriosísimo de nombres tan preclaros como los de Sucre y San Martín; nosotros mismos hemos alcanzado los tiempos de Juárez y de Lincoln, nombres no menos ilustres, que para nadie son desconocidos. Pero existen además, ó han existido, otros muchos hombres menos populares, apenas conocidos, tal vez enteramente ignorados, que son acreedores al respeto, á la estimación, algunos de ellos al cariño de la posteridad. No todos ciñen sus frentes con los nimbos de la gloria, pero muchos hicieron por su patria ó por la humanidad sacrificios ó esfuerzos dignos de ser imitados. Los unos combatiendo con las armas en la mano; los otros enseñando en las escuelas, y muchos divulgando por medio de sus libros el amor al ideal ó el sentimiento patrio, han conquistado un puesto digno y envidiable entre las figuras de su tiempo.
Hubo también ignorantes, malvados y traidores, cuyos hechos pueden servir de utilísima enseñanza, cuyos nombres no merecen desdeñoso olvido.
El que ayuda á los enemigos de su patria, el que tiraniza á sus conciudadanos, el que comete errores fecundos en funestas consecuencias, podrá ser justamente aborrecido, mas no será siempre con igual justicia condenado al menosprecio. Deberá menospreciarse, pues odiándole se le honraría, al que en sus crímenes ó en sus errores haya sido bajo, rastrero, mísero, cobarde; no al que en sus actos haya tenido grandeza—pues la hay hasta en el crimen;—no al que se haya equivocado con sana intención ó cumplida buena fe.
De todos modos, conviene presentar á las generaciones sucesivas los nombres y los hechos ejemplares, todos los ejemplos saludables ó perniciosos que la fértil historia suministra, que si los unos alientan, conmueven, estimulan ó entusiasman los otros son todavía más útiles, pues apartan á la juventud de las sendas peligrosas en que zozobraron los que las siguieron.
Alternadas con los hombres, figurarán en esta Galería bastantes mujeres célebres, que no han faltado en América ni antes ni después de la emancipación damas que honren á su sexo y á la humanidad. Lo que sentimos es no disponer de suficiente espacio para incluírlas á todas.
No hemos seguido un orden cronológico por creerlo innecesario. Alternando las figuras como lo hemos hecho, sin tener en cuenta los tiempos ni los países, creemos haber dado más amena variedad al libro que hoy ofrecemos y recomendamos á la juventud.
FIGURAS AMERICANAS
DON JUAN RUIZ DE ALARCÓN Y MENDOZA
Este ilustre americano floreció en la época de la dominación española. Por eso España lo cuenta como suyo, y también por la influencia que su talento ejerció en la literatura castellana. El teatro de Alarcón es digno de la patria de Calderón y Tirso de Molina. Hasta hoy no ha producido América un dramaturgo del genio y el alcance de Alarcón.
Nació este inmortal poeta en el virreinato mejicano, si bien se ignora en qué pueblo y en qué día. Alguien ha dicho que Tasco era el pueblo de su naturaleza; pretenden otros que vió la primera luz en la hermosa capital de Méjico. Sea como quiera, lo seguro es que nació antes del año de 1590, pues consta que en 1606 recibió en Méjico el grado de doctor.
No bien terminada su carrera, se embarcó nuestro joven para España, donde estuvo empleado en el Consejo de Indias. Era ya relator de este Consejo en 1624.
Las áridas tareas de su importante destino, el trato cortesano que frecuentó asiduamente, las murmuraciones y las críticas de los que no podían creer en la inspiración de un corcovado, hubieran bastado para que otro cualquiera cortara de raíz su comercio con las musas; pero Alarcón era poeta de veras y no se desalentó por ningún género de burlas ni sarcasmos. Así, pues, enriqueció la dramática española con multitud de piezas que, si por el número dan testimonio de la labor y fecundidad del poeta, por la calidad le ponen al nivel de las grandes figuras literarias.
Las comedias más conocidas de Alarcón son las siguientes:
- Los engaños de un engaño.
- La hechicera.
- Antes que te cases mira lo que haces.
- La culpa busca la pena y el agravio la venganza.
- Dejar dicha por más dicha.
- El tejedor de Segovia.
- Don Domingo de Blas.
- Dar con la misma flor.
- Ganar perdiendo.
- Los dos locos amantes.
- Lo que mucho vale poco cuesta.
- No hay mal que por bien no venga.
- Nunca mucho costó poco.
- Por mejoría.
- Quién engaña más á quién.
- Quien mal anda mal acaba.
- Quien priva aconseje bien.
- Siempre ayuda la verdad.
- La suerte y la industria.
- También las paredes oyen.
Por último, la obra maestra y capital de Alarcón (á juicio de algunos críticos de reconocida autoridad) que es La verdad sospechosa.
Uno de los más notables biógrafos de Alarcón, poeta dramático también y literato eminente[1], escribe lo que copiamos á continuación:
«Corneille, que tradujo en parte y en parte imitó La verdad sospechosa, solía decir que daría dos de sus mejores composiciones por haber inventado el original, que era lo que más le agradaba de cuanto había leído en español. Molière confesaba que La verdad sospechosa, imitada por Corneille, era la obra donde había conocido la verdadera comedia. Voltaire principia el prólogo que puso al Menteur de Corneille, diciendo que los franceses nos deben la primera comedia lo mismo que la primera tragedia que ilustró á Francia. Puibusque llamaba inapreciable tesoro á lo que halló Corneille en la obra de nuestro americano. Adolfo Federico de Schack, á quien debe Alemania dos volúmenes de piezas del Teatro español traducidas, y después una apreciabilísima historia de nuestra literatura dramática, sostiene, después de hacer grandes elogios de Alarcón, que no tiene comedia que no se distinga con ventaja. El autor de Edipo y el de la Oda á la beneficencia, el Curioso Parlante y el cantor de Guzmán el Bueno, han hecho de Alarcón grandes elogios. Los caracteres del maldiciente y el mentiroso, el del cortesano y benévolo Juan de Mendoza, en quien tal vez Alarcón se retrató á sí propio, con su nombre, apellido y fealdad; la Inés en El examen de maridos; El tejedor de Segovia; los protagonistas de Ganar amigos; Los favores del mundo y El dueño de las estrellas; algunas de sus damas, como la Leonor de Mudarse por mejorarse; alguna criada, como la Celia de Las paredes oyen; muchos criados, como el Tello de Todo es ventura, que es realmente el héroe; aquel Domingo de Blas, por cuyo bienhechor egoísmo se podría dar toda la virtud humanitaria de muchos; éstos y otros personajes de Alarcón tienen en sus comedias fisonomía propia, varia y bella; ni se parecen entre sí ni pueden equivocarse con figuras creadas por otros autores. Feliz en la pintura de los caracteres cómicos para castigar en ellos el vicio, como en la invención y desarrollo de los caracteres heroicos para hacer la virtud adorable; rápido en la acción, sobrio en los ornatos poéticos, inferior á Lope en la ternura respecto á los papeles de mujer, á Moreto en viveza cómica, á Tirso en travesura, á Calderón en grandeza y en habilidad para los efectos teatrales, aventaja sin excepción á todos en la variedad y perfección de las figuras, en el tino para manejarlas, en la igualdad del estilo, en el esmero de la versificación, en lo correcto del lenguaje.»
Como se ve, no puede ser más lisonjero el juicio de persona tan autorizada como el ínclito autor de Los amantes de Teruel.
Con más cariño si cabe y con más sentida admiración le juzga Roque Barcia en su Diccionario etimológico.
Muchos escritores y críticos de Méjico y de España le han consagrado artículos y libros, conviniendo todos en el mérito de su teatro.
Luis Eguílaz ha escrito un drama intitulado Alarcón, uno de los mejores que él ha escrito, en el cual figura como protagonista nuestro insigne poeta mejicano.
Pudo Alarcón, sin duda, quejarse de la injusticia de sus contemporáneos; pero la posteridad le ha concedido un desagravio completo. No fué popular en vida, pero pocos lo han sido tanto ni por tanto tiempo cuando ya no existen. Los palaciegos que se mofaban indignamente de sus deformidades meramente físicas, han desaparecido con todas sus bellezas, con todas sus gallardías, con todas sus elegancias, no dejando ni sus nombres, y sí solo el recuerdo de sus deformidades morales. En cambio han dejado de existir y nadie ve las jorobas del contrahecho y mal formado autor de tantas comedias admirables, pero quedan los frutos de su ingenio, se conservan las bellezas de su noble alma, fielmente reproducidas en los hermosos versos que han hecho imperecedero su preclaro nombre.
Las obras de Alarcón han sido coleccionadas por Hartzenbusch para la Biblioteca de Autores españoles de Rivadeneira, y publicadas en el tomo XX de la misma.
El coleccionador y el editor han merecido bien de la literatura castellana.
Sólo falta una estatua que todavía no tiene el autor de La verdad sospechosa, que es de justicia y que se la deben los mejicanos ó los españoles.
[FRANKLIN]
Fué uno de los hombres más notables de su siglo. Era hijo de un fabricante de velas y nació cerca de Boston en 1706.
Á la edad de doce años fué colocado como aprendiz en una imprenta de Boston. Aprendiendo el oficio, no descuidaba el estudio; cuantos libros ó manuscritos pasaban por sus manos, los leía con la mayor avidez. Por las noches, en las horas debidas al descanso, devoraba cuantas obras conseguía sin reparar el género.
Desde muy joven compuso poesías, y en 1720 colaboraba en un periódico fundado por un hermano suyo de más edad que él. Era el menor de seis hermanos.
El joven Benjamín se trasladó á Filadelfia en 1722. Su objeto era fundar una imprenta, para lo cual hizo un viaje á Londres en 1723, á fin de adquirir el material necesario.
Habiendo fracasado sus proyectos, regresó de Londres á Filadelfia en 1726. En Filadelfia tuvo una existencia de las más penosas, trabajando como cajista, siendo tenedor de libros en alguna casa y no dejando por eso de estudiar con ahinco las letras y las ciencias.
Pero no tardó en encontrar amigos generosos que le facilitaran los recursos precisos para adquirir una imprenta, conseguido lo cual se dió á conocer como escritor político. Sus artículos eran leídos con gusto y sus negocios marchaban perfectamente. Se dedicaba al comercio de papel, vendía objetos de escritorio y no dejaba por eso de escribir. Su popularidad y consideración aumentaban cada día, pues todos veían en él un modelo de ciudadano, y un hombre verdaderamente útil.
Publicaba á la vez un diario y un almanaque, siendo este último la obra más nueva, más original y acaso la más célebre que se publicó en América en su siglo. Encierra el almanaque de Franklin preciosas lecciones de moral social y de economía doméstica, máximas provechosas y sentencias que no ha olvidado, por fortuna suya, el gran pueblo de los Estados Unidos. Los pensamientos de Franklin, traducidos á todos los idiomas y conocidos en todo el universo, están tomados del almanaque antedicho.
Algún crítico asegura que los Proverbios del viejo Enrique ó ciencia del buen Ricardo (Filadelfia, 1757), es por su forma y su fondo la obra maestra de los libros populares.
Es indudable que las obras de Franklin ejercieron poderoso influjo en sus compatriotas y en su época; se puede decir que él formó una generación laboriosa y varonil, la que conquistó y consolidó la independencia y la libertad de América. Los enciclopedistas franceses están considerados como precursores de la Revolución; Franklin fué también enciclopedista y precursor, no sólo de la revolución francesa, sino de la americana. Los derechos del hombre fueron reconocidos y practicados en la América libre antes que se escribieran en Francia.
Ocupábase Franklin preferentemente en el estudio de la física, descifrando los misterios de la atmósfera. Él inventó el volantín eléctrico y el pararrayos, hizo estudios muy serios sobre el calórico y resolvió problemas difíciles de hidrodinámica. La física experimental le debe ensayos útiles que Franklin hizo antes que nadie.
Era un hombre de ciencia, pero al mismo tiempo era hombre práctico, dos cosas que rara vez se ven juntas. Franklin organizó en Filadelfia, en 1738, la primera compañía de seguros contra incendios.
Lo más admirable que hay en los ensayos físicos y en los experimentos mecánicos de Franklin, es que los hacía con aparatos imperfectos; carecía de instrumentos ad hoc, no tenía péndulo para medir el tiempo y se valía para esto de una vara que movía cantando como los músicos.
Comunicó sus trabajos y descubrimientos sobre la electricidad á un amigo de Londres (Cóllinson), el cual amigo á su vez lo puso todo en conocimiento de los sabios de Europa. El nombre de Franklin fué desde entonces conocido en ambos hemisferios. No hubo informe científico ni memoria académica donde no se le citara, ya para discutir sus grandes descubrimientos, ya para invocar su nombre como una autoridad. La universidad de Oxford le confería en 1762 el título de doctor en derecho. El gobierno de la metrópoli, por su parte, le nombraba director general de correos de las colonias angloamericanas.
Las distinciones del gobierno inglés no le hicieron olvidar que había nacido americano; jamás echó en olvido lo que debía á sus compatriotas; por eso, cuando la Cámara de los Comunes abrió una información parlamentaria con motivo de las quejas que formulaban las colonias, Franklin hizo un viaje á Londres como delegado de Pensilvania y expuso francamente la situación de las cosas. En 1775, habiendo expirado su mandato, regresó á América. Nada había conseguido en favor de su querida patria, ni en obsequio de la justicia que es ante todo. Los ingleses persistían en su política tirante, pretendiendo que la actitud rebelde de los americanos dificultaban toda concesión; los americanos hablaban ya de romper con la metrópoli separándose completamente de la madre patria, fundándose en la obstinación de los ingleses: era un verdadero círculo vicioso. La culpa, entre tanto, no era de unos ni de otros, sino del tiempo. No en balde marchan y se suceden los siglos; no en vano progresan las sociedades; no impunemente se trata á un pueblo viril como á colonia primitiva ó sociedad naciente. En la sociedad humana como en la naturaleza todo se modifica y se transforma; lo que no se renueva se petrifica, lo que no adelanta retrocede, lo que no se agita sucumbe. No hay sociedades en el quietismo, no hay entidades en la inercia, todo marcha en el mundo, desde el universo que tiene movimientos regulares y exactamente medidos por el cosmógrafo, hasta el pensamiento incalculable que abraza la eternidad y abarca lo infinito.
El movimiento separatista se había propagado en las colonias de América, y Franklin al regresar de Europa se asoció con toda su voluntad al incontrastable movimiento. Había visto por sus propios ojos la estrechez de miras de los poderes británicos, y sabía perfectamente que lo que no progresa regresa, que para su patria no había salvación sin libertad y que la libertad es incompatible con toda dependencia.
Una confederación de las colonias con la madre patria, moviéndose ésta y aquéllas con entera libertad en la esfera de sus intereses y en el círculo de sus funciones propias ó de sus atribuciones esenciales, habría sido una buena y digna solución del conflicto colonial. Pero Inglaterra no quería ceder en mengua de su autoridad ó en menoscabo de su prestigio, y por no conceder algo lo perdió todo. Las colonias británicas se hicieron independientes.
Franklin fué uno de los que coadyuvaron á la obra magna de la emancipación, figurando desde entonces como hombre público tanto como sabio. En 1775 llegó á París como embajador de las colonias inglesas y fué admitido en Versalles como tal embajador. La reina que compartía con Luis XVI el tálamo real, muchos príncipes y cortesanos que como ella habían de perecer más tarde en la guillotina, se burlaron de Franklin y de sus maneras, pues el ilustre sabio no conocía las reglas de la etiqueta y mucho menos los procedimientos de la cortesana adulación; pero el ilustre plebeyo, el cajista americano desdeñó la pequeñez de seres tan inútiles y tan mezquinos y acabó por hacerse respetar de todos.
Su permanencia en París se prolongó diez años, hasta el de 1785. Durante ellos consiguió más de lo que esperaba, acaso más de lo que se proponía, pues no sólo obtuvo recursos materiales y apoyo efectivo para la causa de América y el reconocimiento por parte de Francia de la independencia de los Estados Unidos, sino que los mismos ingleses trataron con él en París los preliminares de la paz. El 20 de enero de 1782 firmó Franklin un tratado con Inglaterra, mediante el cual la metrópoli reconocía de hecho la independencia norte-americana.
Á su vuelta á la patria recibió mil testimonios del cariño y respeto de sus conciudadanos y fué nombrado presidente del congreso de Pensilvania reunido en Filadelfia. Era casi octogenario; con todo, ni su edad ni sus deberes políticos le impidieron continuar trabajando en el campo de la ciencia. La agricultura, señaladamente, le debió nuevos progresos en los últimos años de su aprovechada y laboriosa vida.
Franklin murió el 17 de abril de 1790 á la edad de ochenticuatro años. El Congreso Federal acordó que los Estados Unidos llevaran luto por la muerte del ciudadano insigne, que representaba á Pensilvania en el Congreso y á la América entera en el mundo científico y filosófico. El luto oficial duró dos meses; el particular de cada ciudadano fué más largo todavía.
La Asamblea nacional de Francia tributó su homenaje á la memoria de Franklin, llevando tres días de luto por acuerdo unánime de aquella ilustre Asamblea, que fué la Asamblea de la Revolución.
El viejo Franklin moría; su obra no perecerá. Fué uno de los hombres más ilustres de su siglo, con ser el siglo más grande de la historia; fué, sobre todo, un hombre bueno, título más noble, más raro, más apetecible que el de grande. En las luchas de la pasión y en las tempestades de la vida conservó siempre su ingénita bondad; su envidiable grandeza fué la grandeza de los bienhechores.
RIVADAVIA
Este gran ciudadano á quien tanto debe la República Argentina, quizá no merezca el pomposo título de grande hombre; pero nadie le negará otro título más envidiable y digno, cual es el de hombre útil. No son tan convenientes para las repúblicas los gigantes y los genios, á quienes ciega ó deslumbra en ocasiones la propia grandeza ó la estrella afortunada, como esos otros que unen la aplicación á la honradez, la constancia en su labor á la energía moral, una modestia digna á las virtudes cívicas de los buenos ciudadanos.
Bernardino Rivadavia fué incansable, activo, laborioso; no cejaba ante las dificultades cuando acometía cualquiera empresa; no vacilaba nunca entre su conciencia y las conveniencias fugitivas de un momento ó de una personalidad, aunque se tratara de la suya propia.
Como todos los hombres radicales, progresistas y reformadores, tuvo por enemigos á cuantos creyeron que su programa político amenazaba intereses, costumbres ó aficiones sancionados por el tiempo, la preocupación ó la rutina; pero hoy se le hace justicia por amigos y adversarios, por federales y unitarios, por nacionales y extranjeros. Todo el mundo reconoce que se le deben grandes beneficios y que él abrió la senda seguida más tarde por los argentinos con rumbo al progreso y á la perfección.
Nacido en el último cuarto del siglo XVIII, no era ciertamente un liberal como son en el día los de las escuelas avanzadas; pero su liberalismo no era menos sólido ni las circunstancias más difíciles lo entibiaron ni lo desmintieron.
Fué educado por un sacerdote, el doctor Marcos Salcedo, y después en el colegio porteño de San Carlos. Joven todavía, fué nombrado teniente de una de las compañías de milicianos que organizó Liniers después del primer ataque frustrado de los ingleses á Buenos Aires. En el segundo ataque se batió con sus gallegos, contribuyendo á rechazar la invasión[2].
Tomó parte en los disturbios que precedieron á la revolución, luchando en favor del general Liniers que era combatido por Alzaga. Sin embargo, su papel fué secundario hasta 1811, época en la cual empezó á tener intervención visible en los sucesos.
Nombrado por entonces ministro de Gobernación, Hacienda y Guerra, desempeñó conjuntamente cargos tan difíciles y pudo salir airoso, aunque combatido simultáneamente por las facciones políticas y por los no domados españoles que abiertamente conspiraban.
En aquella época agitada empezó á demostrar el joven Rivadavia sus dotes de estadista: fundó la libertad comercial, introdujo considerables mejoras en la administración, prohibió la trata de negros y al mismo tiempo deshizo más de un complot contra la seguridad del Estado y la paz pública. Fué derribado, empero, en 1812 por un movimiento que dirigió el doctor Medrano, personaje más conocido como poeta que como político.
En 1814 pasó Rivadavia á Europa, donde prestó servicios á la causa de la independencia y atesoró conocimientos que más tarde le fueron de suma utilidad.
En 1820, de vuelta en Buenos Aires, fué nombrado ministro de Gobierno y supo granjearse las mayores simpatías. Rivadavia estableció el sistema representativo, allí donde solo existía una dictadura revolucionaria; emprendió mejoras materiales, sin descuidar las morales que son la base del bienestar de los pueblos; creó el registro oficial, archivo, policía, casa de expósitos; fundó escuelas, bibliotecas, premios á los estudiantes, sociedades de beneficiencia presididas por señoras; popularizó la enseñanza pública y erigió, por último, la Universidad, decretada por el rey de España en el siglo precedente sin que el decreto hubiera tenido ejecución.
Buenos Aires le debió también dos cosas tan interesantes como el cementerio y la recova.
La Universidad de Buenos Aires, agradecida á su verdadero fundador, concedió á Rivadavia el título de doctor en uso de facultades que tenía para conferir los grados que estimara justos, sin necesidad de pruebas, «á los hombres ilustrados y eminentes»[3]. Esta concesión se hizo algún tiempo más tarde, siendo Rivadavia presidente de la República.
Antes de ocupar tan elevado puesto, hizo otro viaje á Europa con una misión diplomática cerca del gobierno inglés. Al regresar fué elegido presidente (1826).
El período de su presidencia fué notable, como se esperaba. No desmintió el presidente las lisonjeras esperanzas que había hecho concebir. La instrucción progresó considerablemente; se protegió y fomentó la cría de ganados, que tan útil y productiva es para la República Argentina; fundáronse pesquerías como la de Patagones; se buscó en Europa maestros de capacidad que secundaran la benéfica iniciativa del presidente; en los campos se fabricaron iglesias y se fundaron colonias; en fin, se hizo la independencia de Montevideo, á pesar del Brasil. Fué un período fecundo el del doctor Rivadavia. Si después ha adelantado tanto la República Argentina, política, industrial y comercialmente, si ha crecido la población, si han acudido inmigrantes de todas procedencias, si se ha extendido los límites de la República, sometiendo á los salvajes y explorando los desiertos, bien pueden decir los argentinos como en la célebre fábula:
¡Gracias al que nos trajo las gallinas!
Y el que llevó las gallinas fué sin duda Rivadavia, no negando con lo que decimos la gloria que les quepa á sus continuadores.
Á pesar de todo, Rivadavia fué muy combatido y se vió obligado á renunciar el poder.
En 1829 le encontramos en Europa. En 1834, gobernando sus mayores enemigos, tuvo el atrevimiento de volver á Buenos Aires para responder ante los tribunales de ciertas acusaciones que le dirigían. No quisieron juzgarle, pero se le desterró.
Después de residir algún tiempo en Mercedes y más tarde en el Brasil, buscó refugio en España.
Al cabo de tres años de residencia en Cádiz, falleció en 1845.
Fué Rivadavia un ciudadano virtuoso, un político bien intencionado y un patriota exclarecido. Se equivocó tal vez en sus apreciaciones, pero nadie es profeta en este mundo. Sus mismos adversarios han hecho justicia á su rectitud de proceder, reconocen sus talentos y su ilustración, celebran su indomable voluntad, agradecen y aplauden sus servicios...
¿Qué más puede esperar un nombre político de sus conciudadanos que imparcialidad, aplauso y reconocimiento?
¿Qué más puede pedir á la posteridad, si ésta le hace justicia?
PÁEZ
El general venezolano José Antonio Páez contribuyó principalísimamente á la independencia de su patria. Ningún otro caudillo de las guerras de América fué más afortunado, pero tampoco lo hubo más esforzado que él. No era un general á la moderna, sino un héroe forjado en moldes antiguos. No conocía la ciencia ni el arte de la guerra, no había estudiado estrategia ni fortificación, no entendía de castrametación ni de balística ni siquiera de táctica; pero tenía la pujanza de Murat, la bravura de Diego León, una astucia insuperable, una fuerza hercúlea y una serenidad á toda prueba.
Nació en la provincia de Barinas en 1790 y dedicó su infancia á los trabajos por demás penosos de la agricultura y la ganadería. Luchando con la corriente del rápido Apuré, con los caimanes del río y con las fieras del monte, con el sol de los llanos y con los rigores de la suerte, no sólo templó su alma para todas las pruebas y todos los sacrificios, sino que se hizo excelente nadador, inmejorable jinete, gran cazador, invencible machetero.
Un hombre formado en semejante escuela no podía permanecer impasible, como hicieron tantos, cuando sonó la hora de la revolución y de la guerra. Páez debía tomar parte por unos ó por otros en la contienda que iba á decidir de los destinos de América. Fué buscado y aun halagado por los españoles; pero optó sin vacilar por la causa de la independencia.
En 1810 se alistó voluntario en un escuadrón patriota, distinguiéndose mucho por su arrojo en la primera campaña, en la cual ascendió hasta sargento primero.
En la segunda campaña le vemos de capitán, sorprendiendo y derrotando una columna enemiga en el punto llamado Matas Guerrereñas.
Poco después, derrotado por los españoles y abandonado por los suyos que se desbandaron, fué hecho prisionero y sentenciado á morir. Puesto en capilla para ser ejecutado, debió su indulto á la generosidad del enemigo. Cayó segunda vez prisionero, y de seguro que entonces lo hubiera pasado mal si por su propio esfuerzo no se hubiera libertado. Los 511 prisioneros que con él estaban, dirigidos por él, desarmaron la fuerza encargada de su custodia y se salvaron.
Páez y los suyos se incorporaron á las fuerzas patriotas que mandaba García Sena. Este jefe confió á Páez el mando de su caballería, con la que realizó las más inauditas y portentosas hazañas. No había empresa temeraria que no se le confiara ni enemigo que le detuviera. Jamás contó el número de sus soldados ni el de sus enemigos. Avistarlos y embestirlos eran siempre dos cosas simultáneas.
En 1814 era Páez coronel de la caballería venezolana, combatiendo con sus 1.000 caballos en la acción de Chire á las inmediatas órdenes del general Ricaurte. En Mata de la Miel contribuyó eficazmente al desastre de los españoles. En las expediciones á través de los Andes, como en las persecuciones sufridas muchas veces hasta los llanos de Casanare y las selvas más remotas, era Páez el encargado siempre de las exploraciones, de los reconocimientos, de cubrir la retaguardia ó de contener al enemigo.
En la campaña del Apuré (1816) tomó Páez una ofensiva enérgica y vigorosa contra la división mandada por el general Latorre; la valentía de Páez no se desmintió en aquellas circunstancias, pero los resultados fueron negativos.
Los españoles contaban por entonces con los refuerzos de España llevados á Venezuela por el general Morillo. Eran tropas aguerridas que en su mayor parte habían combatido contra los ejércitos de Napoleón. Y además tenían el auxilio poderoso de los terribles llaneros, que combatían por España á las órdenes del siniestro Boves.
Mal se ponían las cosas para los independientes. Los realistas se habían apoderado de la isla Margarita, de La Guaira, de todos los puertos de Costa Firme, incluso Cartagena. Entraron en Santa Fe, hoy Bogotá; Valencia capituló; fué preciso levantar el sitio de Puerto-Cabello. Al parecer estaba dominada la revolución.
Para otros no había esperanza; pero Páez, tan familiarizado con los reveses como con los triunfos, no se desalentó jamás ni perdió nunca la fe.
En las más adversas circunstancias y escuchando á todas horas los más siniestros y fatídicos augurios, organizó una fuerza de caballería con los dispersos que iba recogiendo y con nuevos voluntarios. Formó también con desertores de las filas realistas el batallón Páez, que se distinguió más tarde por su disciplina y su bravura.
Poco después se unieron Páez y Bolívar, que recíprocamente se admiraban y se estimaban antes de conocerse. Cuando se conocieron, creció singularmente la mutua estimación de ambos caudillos, que habían nacido para completarse. Era Bolívar la inspiración, el genio, el alma de la revolución; Páez era el brazo que ejecutaba las inspiraciones del Libertador, y el único capaz de llevar á término los planes gigantescos del hijo de Caracas.
Una vez reunidos ambos jefes, ansiaba fervientemente el general Bolívar dar comienzo á sus operaciones; pero no encontraba medio de salvar un caudaloso río por falta de elementos adecuados. Los españoles tenían ocupados los pasos más importantes ó más fáciles con sus embarcaciones, que eran lanchas artilladas y pertrechadas convenientemente. Solo Páez hubiera sido capaz de arrollar el obstáculo, y en efecto lo arrolló. Las lanchas realistas fueron atacadas y tomadas por la caballería, cargando á su cabeza el mismo Páez que tomó al abordaje catorce embarcaciones.
En 1819 llegó á su apogeo la gloria militar de los republicanos. El general Morillo, que había sido inexorable con los insurgentes, se decidió después de la batalla de las Queseras del Medio á conferenciar con los jefes de la insurrección, ofreciendo tratarlos como beligerantes regulares y no como rebeldes. Accedió Bolívar á los deseos del general español, y la entrevista se verificó en Santa Ana. La conducta de ambos caudillos fué caballeresca. El general Morillo confesó más tarde que en la época de la conferencia estaba ya decidido á regresar á España, pero que no quería abandonar la América sin conocer á Bolívar y abrazarlo, puesto que juntos habían de figurar en la historia; este deseo del general Morillo fué, sin duda, la causa principal de aquella fecunda conferencia. En ella se acordó civilizar la guerra, humanizarla, empezando por una suspensión de hostilidades que ambas partes beligerantes consideraban útil.
Terminada la tregua se dió principio á nuevas operaciones, las cuales aseguraron la independencia del país con la gran victoria de Bolívar en los campos de Carabobo. El general Páez tomó gloriosa parte en jornada tan insigne.
De la intervención del héroe en las contiendas civiles posteriores á la independencia, no queremos decir ni una palabra. Si en esas luchas hubo laureles y glorias para Páez, ciertamente no los había menester para vivir en el corazón de sus conciudadanos. Como ha dicho un compatriota suyo, «los siglos apagarán los volcanes y secarán los torrentes, pero serán impotentes para borrar su memoria».
Al fraccionarse Colombia después de la muerte de Bolívar, fué Páez elegido presidente de una de las tres repúblicas que se formaron: de la de Venezuela. Dos veces desempeñó tan alta magistratura, lo que no le impidió morir en tierra extranjera devorando en silencio la ingratitud de su patria.
Uno de los errores del general Páez, justamente en el período más brillante de su vida, fué aconsejar á Bolívar que fundara el imperio de los Andes y se hiciera emperador. Afortunadamente el gran Bolívar tuvo fe en la democracia; su patriotismo, su perspicacia y su sentido político, le dictaron la respuesta á Páez que va á continuación:
«Usted no ha juzgado imparcialmente de las cosas y de los hombres. Ni Colombia es Francia ni yo soy Napoleón. No lo soy ni quiero serlo. Tampoco pretendo imitar á César; menos á Iturbide. Tales ejemplos me parecen indignos de mi gloria. El título de Libertador es superior á cuantos el orgullo humano ha recibido.»
Vamos á terminar, copiando lo que dice de Páez el escritor argentino señor Decoud en su libro La Atlántida:
«...Tenía el instinto sagaz, realzado ante sus compañeros por una fuerza prodigiosa. En la pelea, el león desesperado no se avalanzaba con más furia... Sus soldados le respetaban y le temían, porque el insubordinado tenía por castigo someterse á una lucha personal con su jefe, en la cual estaba seguro de ser herido; y las cicatrices que dejaban las armas de Páez jamás se borraban...
»No tenía exigencias, no pretendía vestuarios, ni armas, ni raciones, ni sueldos. La carne sin sal le saciaba, no le afligía la intemperie, no le molestaba la lluvia. Había un río: lo pasaba. Había un pantano: lo salvaba. Había un llano prolongado como un desierto: lo cruzaba silencioso al paso monótono del animal... Su estrategia consistía en la traslación rápida de un punto á otro, su táctica en la sorpresa y su ataque en la impetuosidad irresistible de la carga. Peleaba sinceramente, por convicción, sin vanidad. Sólo sabía que todo hombre debe morir por su patria y que á esa patria subyugada es menester libertarla...»
En efecto, así era Páez.
MARIANO EDUARDO RIVERO
Tal es el nombre de una de las mayores celebridades científicas de América.
He dicho de las mayores, aunque en realidad sólo debiera decir de las mejor fundadas y de las más legítimas; pues si bien su fama ha sido tan grande como justificada y merecida, hoy se va desvaneciendo y las nuevas generaciones parecen olvidarla.
Nació Rivero á fines del siglo XVIII en una de las ciudades más bellas é importantes del Perú: en Arequipa.
Su padre, coronel de milicias y persona inteligente, procuró darle toda la enseñanza que entonces era posible en una ciudad del interior del Perú, lo cual quiere decir que el niño aprendió primeras letras y un poco de latín. Pero sus disposiciones, claramente reveladas en la primera enseñanza, y el afán que tenía por aprender, decidieron á su padre á enviarle á Europa cuando contaba apenas doce años.
Recibió, pues, la segunda enseñanza en un colegio de Londres, dedicándose á la vez al estudio de las lenguas vivas. El director del colegio era un distinguido matemático, el doctor Dowling, quien pronto echó de ver la afición de Rivero á las ciencias físicas y matemáticas, otorgándole por consecuencia su predilección y su cariño. El joven Rivero correspondió al afecto que se le demostraba, redoblando su aplicación y trabajando con celo y con provecho. Así llegó á ser el alumno más notable del establecimiento, el discípulo más aventajado, encargándole su director y maestros del arreglo de un observatorio y asociándolo después á las observaciones y tareas que se llevaban á cabo.
Al mismo tiempo se dedicaba Rivero con perseverancia al estudio de la química, asistiendo con puntualidad á los cursos que entonces explicaban sir Humphry Davis y otros sabios ingleses.
Cinco años estuvo nuestro joven estudiando en Inglaterra, de donde pasó á continuar sus estudios en la capital de Francia.
En París acudía puntualmente, como él acostumbraba, á oír las lecciones de los profesores más ilustres, especialmente las de Gay-Lussac, Thenard, Arago y Dulong. Comprendiendo la utilidad que podría reportar algún día á su patria si adquiría vastos conocimientos metalúrgicos, trató de ingresar en la Escuela real de minas, empresa harto difícil entonces para un extranjero. Muchas fueron las dificultades que se le oponían, logrando al fin vencerlas, gracias á la decidida protección del embajador de España.
Como ya tenía considerables conocimientos químicos, hizo con facilidad progresos muy notables que apreció debidamente el sabio profesor Berthier, jefe del laboratorio. Distinguióle igualmente el profesor Brochante de Villiers, que enseñaba con lucimiento geología y mineralogía.
Terminados sus estudios en la Escuela de minas, pasó á Alemania, deteniéndose en Sajonia para estudiar el importante distrito metalúrgico de Freiberga y su escuela especial, muy célebre y concurrida entonces.
Los trabajos de Rivero en distintas regiones alemanas, fueron mencionados en los informes dirigidos en 1821 á la Academia de ciencias del Instituto de Francia por Brogniard y Vauquelin. Estos hombres de ciencia hablaban de una sustancia descubierta en Alemania por el joven Rivero y bautizada por él con el nombre de humboltina, en honor de Humboldt.
Uno de los primeros trabajos de Rivero, después de su viaje científico á Alemania, fué una Memoria sobre la explotación del mineral de plata que se publicó mas tarde en el Perú.
Rivero dió á conocer en Europa el salitre de Tarapacá.
Sus trabajos mineralógicos y sus análisis en la Escuela de minas de París, le valieron una distinción honrosa de los profesores de la Escuela, de los del Jardín de Plantas y de los de la Universidad. Su reputación de sabio estaba hecha.
Por aquel tiempo hizo un viaje científico á la patria de sus progenitores; visitó en España las famosas minas de azogue de Almadén y fué de los primeros que hicieron en España estudios serios de geología. Él fué quien descubrió la magnesia silicílica de Vallecas, á dos leguas de Madrid.
Á los diez años de residencia en Europa regresó Rivero al Nuevo Mundo; pero no á su país, donde todavía mandaban los españoles, sino á Colombia la Grande, regida á la sazón por el general Bolívar. La República independiente, la gran Colombia gobernada por Bolívar, comprendía en aquella época las naciones, separadas hoy, de Nueva Granada, Ecuador y Venezuela.
Llegó, pues, á Bogotá nuestro sabio arequipeño, siendo bien recibido y agasajado por el Libertador. Iba recomendado por el ministro Zea, que era el representante de Colombia en París. Le acompañaba una comisión de jóvenes ilustres, condiscípulos en su mayor parte y amigos de Rivero, en la que figuraban los célebres sabios Roulin y Boussingault. Esta comisión hizo estudios de la mayor importancia bajo la dirección de Rivero, siguiendo las huellas de Bonpland y Humboldt.
Todavía se recuerdan y se citan con elogio las numerosas observaciones meteorológicas y astronómicas, los estudios barométricos, geológicos y químicos de los insignes viajeros. Las aguas calientes de la cordillera de los Andes fueron analizadas por Rivero, que además asistió á Boussingault en sus operaciones barométricas hechas en la Guaira. También se dedicó la comisión á estudios interesantes sobre la botánica y la zoología, especialmente en las orillas del Meta y del Orinoco.
Deseando ver á su familia, deseo muy justo después de catorce años de separación, dejó su puesto de jefe de la comisión á su colega y amigo Boussingault, que con tanto lucimiento había colaborado en la común empresa.
El viaje de Bogotá á Lima fué largo y aprovechado, pues Rivero no había de recorrer aquellas comarcas prodigiosas y mal reconocidas, sin explorarlas con ojo inteligente y escudriñador. Subió las laderas escabrosas de la andina cordillera, trepó á los volcanes Chimborazo y Pichincha, siguió las huellas de don Antonio Ulloa, de Humboldt, de la Condamine, y llegó al fin á su patria adonde le había precedido su bien ganado renombre.
Rivero fué nombrado director general de Instrucción pública y minas del Perú, cargo que desempeñó con singular acierto y utilidad general. Fundó muchas escuelas y visitó los departamentos de Arequipa, Junín, Puno, etc., deteniéndose en el estudio del lago Titicaca.
Publicó en Lima el Memorial de ciencias naturales, obra que todavía se consulta y en la que colaboró don Nicolás de Piérola. En su colección se hallan las nivelaciones barométricas de Rivero, así como sus memorias sobre los minerales de Pasco, Puno y Lampa, sobre las aguas sulfurosas, ferruginosas y saladas de Jura, Tingo y otras muchas más, sobre el Guano de Pájaros, etc.
Como tantos otros, el sabio Rivero se vió perseguido por la saña de las facciones que en aquellos tiempos devoraban el Perú. Las alternativas de la guerra civil le hicieron emigrar, dejando de desempeñar unas funciones en las que era tan útil á su patria.
Refugiado en Chile, se dedicó á sus tareas habituales con más ahinco y más afán que nunca. La naturaleza de Chile no la había estudiado nadie como lo hizo él desde 1829 hasta 1831, así como en viajes que hizo posteriormente cuando ya se encontraba de nuevo en el Perú.
De vuelta en su patria en 1832, fué encargado de la dirección del Museo de Historia natural y antigüedades, establecimiento de nueva fundación. También por entonces fué elegido diputado.
La política no le era familiar ni estaba en su centro en una asamblea deliberante. Así figuró poco y brilló menos en las tareas legislativas, pospuestas siempre por él á los estudios científicos y á las faenas de la agricultura.
Sin embargo, desempeñó cargos administrativos de importancia, como la prefectura del departamento de Junín, y el general Vivanco lo propuso para ministro de Hacienda, cargo que él no aceptó.
Se deben á Rivero diversas publicaciones concernientes á la agricultura y á la ganadería, así como el descubrimiento de varias minas de carbón, cuya existencia se ignoraba por completo en el Perú.
En 1851 aceptó Rivero el consulado general de la república peruana en Bélgica, donde se ocupó en la publicación de su importante libro Antigüedades peruanas, contando con la cooperación del sabio Tchudi, naturalista y filólogo de Viena.
En estos años, que fueron los últimos de su laboriosa vida, hizo algún viaje al Perú, coleccionó sus trabajos científicos de largos años y consagró su tiempo á la educación de cuatro hijos.
Murió Rivero en París á fines de 1857.
Era miembro activo ó correspondiente de un gran número de corporaciones y sociedades científicas, entre ellas la Sociedad filomática y la Sociedad de ciencias naturales de París; de la de anticuarios de Dinamarca; las de geología de París, Londres y Estados Unidos; las de agricultura de Chile, Bélgica y Francia. Poseía varias condecoraciones, pero tuvo el buen gusto de no usarlas.
Don Mariano Eduardo de Rivero fué uno de los americanos más ilustres de su siglo; pocos de entre sus contemporáneos tienen tantos ni mejores títulos al respeto de la posteridad; es, en fin, una verdadera gloria del Perú.
SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ
Esta notable mujer vió la luz en Méjico en 1614 y murió en la misma ciudad en 1695. Durante su vida tuvo gran notoriedad; el tiempo transcurrido desde su muerte no ha sido bastante para que su justa celebridad se extinga ni se borre, pues se funda en su saber y su talento del que dejó gallardas muestras cultivando la literatura.
Décima musa la llamaban los mejicanos y todos los españoles de su tiempo; mas conocida por la monja de Méjico, figura con este nombre en las crónicas y los anales del siglo XVII. Dos tercios de siglo tuvo excitada la atención de los que en ella admiraron sucesivamente: primero la gentileza y gracia de su juventud, después la inspiración de la verdadera poetisa, por último la discreción, la caridad y las virtudes de una ancianidad respetable y respetada. Su consejo era tenido en mucho, y hasta los virreyes la consultaban en los casos arduos ó dudosos.
Educada por un sacerdote que era tío suyo, aprendió latín, estudió la retórica y la filosofía, cursó la teología y fué muy cursada en las letras humanas y divinas. Santa Teresa de Ávila fué en parte su modelo, sin que esto sea decir que no tuviere originalidad. Al contrario, su personalidad literaria es tan distinta de cualquiera otra, que no se asemeja en la forma ni en el fondo á los mismos modelos que imitaba. Dejó sonetos de bellísima estructura y composiciones poéticas inmejorables en los diversos géneros que cultivó. Su naturalidad inimitable, su facilidad espontánea, su lógica irrebatible, se ve y se admira en sus versos que pueden saborearse hoy con tanto deleite como cuando los produjo. Son de los que no envejecen, pues planteaba y resolvía problemas que no son de un pueblo ni de un siglo, sino de todos los países y de todas las generaciones.
En prueba de ello, vamos á copiar algunas de sus Redondillas contra las injusticias de los hombres al hablar de las mujeres:
Hombres necios que acusáis
Á la mujer sin razón,
¿No veis que sois la ocasión
De lo mismo que culpáis?
Si con ansia sin igual
Solicitáis su desdén,
¿Por qué queréis que obren bien
Si las incitáis al mal?
¿Qué humor puede ser más raro
Que el que, falto de consejo,
Empaña él mismo el espejo
Y siente que no esté claro?
Opinión ninguna gana
Pues la que más se recata,
Si no os admite es ingrata,
Y si os admite es tirana.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
En una pasión errada?
¿La que cae de rogada
O el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
Aunque cualquiera mal haga,
La que peca por la paga
O el que paga por pecar?
Dejad de solicitar,
Y después con más razón
Acusaréis la afición
De la que os fuere á rogar.
La joven poetisa tuvo la desgracia de perder su novio, muerto poco antes de la fecha fijada para el casamiento; murieron también sus padres y su tío, y entonces distribuyó su fortuna entre los pobres de Méjico y se hizo monja.
En el convento de San Jerónimo, donde tomó el velo y profesó, fué querida y respetada por sus modestas virtudes y por su gran saber.
La fama de sus méritos y de su sabiduría llegó á ser universal. Desde la pobre india hasta el altivo virrey; desde el arzobispo de la diócesis hasta el personaje más desconocido, se acercaban á ella para consultarla sobre casos graves particulares ó públicos. No obstante su apego al estudio y á la soledad, bajaba muchas veces al locutorio á fin de conferenciar con los que querían hablar con ella.
Dos veces fué nombrada abadesa y ambas veces renunció. Sus compañeras la elegían por unanimidad; con todo, no admitía. Su renuncia no se fundaba en lo espinoso del cargo, pues más lo hubiera sido para cualquiera otra, sino en su modestia y en su sencillez.
Falleció en su convento el día 22 de enero de 1695. Sus obras se publicaron en un tomo, con el título de Poesías de la madre Juana Inés de la Cruz (Madrid, 1670); figuran también en la Biblioteca de autores españoles, editada por Rivadeneira, tomo XLII (Madrid, 1853). Ugalde y Parra, en su Origen del teatro español, cita á sor Juana como autora de comedias.
La cierto es que sobresalió bastante en la poesía lírica, habiendo cultivado todos ó casi todos los géneros. Compuso magníficos sonetos, sextillas primorosas y redondillas tan acabadas como las citadas más arriba; pero pecó de gongorismo (fruta del tiempo) en algunas ocasiones.
Méjico, país tan fecundo en poetas admirables, no ha producido hasta hoy una poetisa tan notable como la célebre monja.
HÁMILTON
Repetiremos aquí lo que hemos dicho en el prólogo: en esta Galería de americanos ilustres no necesitamos incluír á Wáshington, que llena el universo con su nombre; ni á Bolívar, que fundó la libertad en la América española; ni á Lincoln, redentor de los esclavos; ni á Benito Juárez, salvador de Méjico. Esas grandes figuras son conocidas y celebradas en América y en todo el mundo y no tienen necesidad de biógrafos, de historiadores ni de panegiristas. Lo que nos proponemos es dar á conocer la vida de otros hombres igualmente insignes, pero menos brillantes; figuras que la juventud americana debe conocer y respetar, estudiando sus ejemplos y no olvidando sus nombres.
Una de esas figuras es la del ilustre Hámilton, modelo de ciudadanos, ejemplo de patriotas y dechado de virtudes cívicas.
Alejandro Hámilton nació en 1757. Su padre era un escocés establecido en las colonias inglesas y casado allí con una antillana de origen francés.
La colonia inglesa donde nació el que tanto había de contribuir á emancipar colonias, sigue sometida al yugo inglés. Porque Hámilton vino á la vida en una de las Antillas menores, en la de Nevis, donde vivió hasta la temprana muerte de su madre.
Á los once años de edad fué enviado el niño Hámilton á la isla de Santa Cruz, para ser colocado como último dependiente en un establecimiento mercantil. Compartía sus ásperas faenas con el estudio, distinguiéndose por su aplicación y por su afán de saber. Sus cualidades llamaron la atención, y sus parientes le llevaron á un colegio de Nueva York cuando tenía quince años.
Antes de su salida del colegio empezó á mezclarse, como toda la juventud de entonces, en la agitación precursora de la independencia americana.
El primer Congreso de la revolución, celebrado en 1771, dió ocasión á multitud de hojas, folletos y otros escritos anónimos, entre todos los cuales llamó la atención pública uno que las gentes atribuyeron á Jay, que era un jefe de partido. Su autor, sin embargo, no era otro que Hámilton, joven desconocido, político ignorado, pero pensador discreto aunque sólo tenía dieciséis años. De gallarda manera hacía sus primeras armas como escritor público nuestro joven revolucionario el colegial isleño.
En 1775 recibía la causa de la Independencia su bautismo de sangre, y entonces fué cuando nuestro hombre, por no decir nuestro niño, organizó una compañía de colegiales con el nombre de Corazones de roble. «Libertad ó muerte», fué el lema que los Corazones de roble tomaron por divisa.
De improvisado jefe de escolares ascendió á capitán efectivo en 1776. Mandando una compañía provincial llamó la atención de generales como Wáshington y Lafayette.
Traduzcamos aquí lo que ha dicho uno de sus biógrafos:
«Habiéndose distinguido en la retirada de Long-Island, en Trenton y en Princeton, Wáshington le tomó como ayudante de campo con el grado de coronel, no tardando en ser el confidente del gran hombre de los Estados Unidos, de quien recibió siempre las más afectuosas muestras de aprecio.
»Sirvió, pues, brillantemente en la guerra de la Independencia, siendo el lazo de unión entre el improvisado ejército del país y el ejército francés, gracias á que poseía los idiomas de ambos y la confianza de Lafayette y Wáshington.
»Cuatro años después de proclamada la Independencia de los Estados Unidos, habiendo tenido un pequeño disgusto Wáshington y Hámilton, este último abandonó las armas para abrazar la carrera de abogado en Nueva-York, pues aunque casado con la hija del general Schuyler, veíase obligado á buscar nuevo modo de ganar la subsistencia.
»Tenemos ya al hombre en la plenitud de la vida, cambiado de carrera, enérgico como siempre, y siempre deseoso de ser útil á su patria y á la libertad. Á los dos años de residir en Nueva-York y de adquirir gran reputación se le mandó al Congreso.
»Los Estados Unidos pasaban entonces por una situación difícil. El ejército, durante la campaña de la Independencia, no recibió sus pagas; los oficiales estaban empeñados; la paz no estaba aún consolidada, y era de temer por todas estas causas una guerra civil.
»Hámilton en el Congreso defendió á sus antiguos compañeros de armas, y para que no se le creyera interesado, declaró antes que renunciaba todo cuanto á él correspondiera, pidiendo que fueran reconocidos los derechos de los oficiales. El Congreso, estando exhausta de fondos la Hacienda, desoyó á Hámilton, y sólo cuando el conflicto se hubo presentado decidióse á ser justo.
»Pero entonces presentó la cuestión otro cariz. Se reconocía la deuda que la nación tenía con los militares, mas no había modo de satisfacerla. La República estaba en vísperas de una bancarrota. El Congreso carecía de medios y datos para resolver la situación, pero en su seno contaba un Hámilton que, así como supo conquistar un puesto en el ejército y luego se improvisó abogado, improvisóse también hacendista. Con asombrosa facilidad dominó al punto la cuestión, ilustrando al Congreso y proponiéndole consolidar todas los deudas, tomando á cargo de la Confederación la deuda militar y las deudas de los Estados, creando la unidad financiera. Propuso, además, el establecimiento de aduanas en la costas de Norte-América, medida que se tomó con carácter de provisional, pero que ha subsistido.
»Fué Hámilton el verdadero iniciador, con Mádison, de la célebre Convención de Annapolis, que produjo tantos beneficios. Redactó el dictamen de dicha convención, dirigido al pueblo norte-americano, aconsejando que se reuniera otra Convención en Filadelfia para corregir los defectos y llenar las deficiencias de la Confederación. Proponía que la Constitución, después de redactada, fuera sometida á discusión popular.
»La Constitución se hizo en Filadelfia, mas no satisfacía por completo á sus autores. Sin embargo, todos reconocían la necesidad de adoptarla. Aquellos hombres tuvieron la abnegación de sacrificar una parte de sus convicciones, en aras del interés común, pero Hámilton descolló sobremanera. Tomó á su cargo hacer aceptar aquella Constitución á trece diversos Estados, que la discutieron trece veces, aprobándola, siendo preciso para llegar á tal resultado aunar intereses opuestos, acallar celos y rivalidades, para lo cual valióse siempre de armas de buena ley.
»No había bastante con esto, y Hámilton se unió á Mádison y á Jay, que representaban los distintos matices políticos, pero que estaban convencidos de que la Constitución aquella significaba la salvación del país. Los tres decidieron la publicación de una serie de artículos sobre la Constitución, cuyo trabajo se considera aun hoy día como sus mejores comentarios, y se hallan reunidos en abultado volumen bajo el título de The Federalist. Ochenta y cinco números aparecieron de esta serie, de los cuales redactó Hámilton cincuenta y uno, pero yendo todos firmados bajo el pseudónimo Publius.
»El interés que despertó la publicación de El Federalista y la campaña de propaganda emprendida por Hámilton determinaron en favor de la Constitución á todos los Estados y á todos los ciudadanos. El Federalista, no en balde calificado de «Manual de la libertad», es una de las epopeyas más simpáticas llevadas á término en favor de una causa. Apareció el número 1.º ó introducción el 27 de octubre de 1787 y el último ó la conclusión, el 15 agosto de 1788, redactados uno y otro por Hámilton.
»Cuando Wáshington ocupó la presidencia de los Estados Unidos en 1789, llamó para formar gabinete á Jéfferson, jefe del partido democrático, que juzgaba escasa la independencia concedida á los Estados, y á Hámilton, que encontraba limitadas las concesiones hechas al poder central, y asoció á ambos los generales Knox y Jay.
»Hámilton desempeñó la cartera de Hacienda, donde por falta de dinero y sobra de deudas residía el gran problema de la naciente Confederación. En este caso el gran ciudadano pudo realizar sus proyectos; salvó á su país de la crítica situación financiera, levantando el crédito á gran altura, á pesar de todos los rutinarios, y aun hoy Hámilton continúa siendo el más importante entre todos los ministros de Hacienda que han conocido los Estados Unidos.
»Pidió retirarse del gabinete en 1795, contando 38 años, después de haber fundado el sistema financiero de su país. Un historiador dice al llegar á este punto: «Ministro de Hacienda y liquidador de una enorme deuda, había restablecido la fortuna del Norte América; pero se había olvidado de hacer la suya.»
«Volvió al seno de su familia y á ejercer la profesión de abogado, cuando ya el país no tenía necesidad de sus servicios; pero en 1796, con motivo de una discordia entre Francia y los Estados Unidos, originada en una torpeza del Directorio, la Confederación creyó necesario estar dispuesta para la guerra, á cuyo efecto el presidente Adams ofreció su mando á Wáshington, quien declaró que no aceptaría sino á condición de que Hámilton fuese nombrado inspector general, como así fué, siendo él quien organizó aquel ejército, de cuyo mando se encargó á la muerte de Wáshington, pero no habiendo pasado á vías de hecho las enemistades de Francia con los Estados Unidos, Hámilton volvió á la vida privada en 1801, de la que no volvió á salir.
»Sin embargo continuaba interesándose por la cosa pública, y como hubiera expresado el concepto de «hombre peligroso» que le merecía el vice presidente de los Estados Unidos, coronel Aaron Burr, que se presentaba candidato para ser gobernador del Estado de New-York, éste ofendido, le retó.
»Teniendo Hámilton justo criterio sobre el desafío, no hubiera aceptado si no temiera la pérdida de toda su influencia. Recordaba que tenía esposa, hijos y deudos; que necesitaba vivir para los demás, pero como estaba decidido y no temía el duelo, aceptó declarando ante sus amigos que dejaría tirar dos veces á su adversario y que si le llegaba el turno él no tiraría.
»El 11 de julio de 1804 realizóse el duelo en Nueva-Jersey y habiendo tirado Burr el primero, hirió á Hámilton en el costado derecho, pasando la bala á través de las vértebras. Él mismo reconoció al momento que la herida era mortal.
»El día siguiente á las dos moría después de haberse despedido de su esposa é hijos; cuando se los llevaron cerró los ojos para no verles partir.
»Tales son los principales rasgos de la vida del gran hombre que tanto contribuyó á la obra de la Independencia del Norte América y á la consolidación de tal empresa.»
Si la muerte innecesaria de un hombre es siempre dolorosa, ¡cuánto más sensible es la de un ser útil, grande, bueno como Hámilton! Por no herir á su adversario, iba dispuesto á dejarse matar. Y su adversario no era más que un ente repugnante, que procuró después á su país terrible é inútiles complicaciones, como se verá en el siguiente capítulo.
AARON BURR
Este militar americano se improvisó como otros muchos en la guerra de la Independencia. Su primera profesión fué la de abogado; pero á poco de terminar sus estudios ingresó en el ejército revolucionario que se formaba entonces para combatir á los ingleses. Era popular en el ejército, no sólo por su bravura, sino también por el fogoso entusiasmo que le inspiraba la causa de la emancipación.
Sus servicios militares, debidamente apreciados por sus jefes, le valieron ascensos repetidos. En 1778 era ya teniente coronel; pero poco después abandonó el servicio militar sin que se conozca la verdadera causa. Sus biógrafos dicen que se había quebrantado gravemente su salud y que no podía soportar las fatigas de la guerra; pero en su tiempo se decía otra cosa: que estaba descontento por no haber obtenido un puesto que ambicionaba. Esta hipótesis es verosímil, pues Burr era ambicioso, díscolo, descontentadizo é insubordinado. Creemos, pues, que algún desaire sufrido, alguna pretensión no satisfecha ó algún deseo burlado, le impulsaron á romper su espada y abandonar las filas.
Se estableció Burr en Albany, dedicándose otra vez á ejercer la abogacía; pero se agitaba mucho como político ambicioso y hombre audaz que era, gustando más de perorar en público y de gritar en los clubs que de defender á sus clientes en los tribunales de justicia. Tal vez por eso mismo fué nombrado senador, distinguiéndose en el Senado por su actividad é inteligencia. Antes de tomar asiento en el Senado de los Estados Unidos, fué una temporada procurador general de Nueva York.
Los dos partidos, republicano y demócrata, luchaban entonces como ahora y se combatían con saña. Burr era uno de los jefes más visibles del partido republicano, y como tal figuró en 1800 en la lucha presidencial. Los dos candidatos más favorecidos fueron Burr y Jéfferson, que obtuvieron igual número de votos. El empate debía ser resuelto por el Congreso y éste designó á Jéfferson para presidente de los Estados Unidos, á Burr para vicepresidente.
Siendo vicepresidente de la República fué presentada su candidatura para gobernador de Nueva York, cargo que anhelaba el ex coronel Burr, que siempre ambicionaba alguna cosa y no tenía bastante con ninguna.
Muy combatida fué la candidatura del vicepresidente para gobernador, y uno de los que más la combatieron fué el célebre Hámilton, político severo y ciudadano virtuoso. La elección no fué favorable á Burr, quien despechado por su derrota y juzgándose ofendido por uno de los escritos de Hámilton, le mandó sus testigos.
Alejandro Hámilton no pudo ó no quiso negar á su adversario la reparación que le pedía y se batió con él.
En Nueva Jersey tuvo lugar el encuentro, que fué á pistola, y allí cayó mortalmente herido el valeroso Hámilton, en el mismo sitio donde su hijo mayor había perecido en otro lance no hacía muchos meses.
La muerte de Hámilton fué desastrosa para Burr, que perdió las simpatías de sus mismos partidarios y no fué reelegido.
Burr se despidió del Senado con un discurso elocuente; pero su actividad no le consentía permanecer ocioso y emprendió un largo viaje á las despobladas regiones del Oeste. Conocidos como eran su ambición y su carácter, el viaje de Burr dió pasto abundante á la murmuración. Pero la verdad es que entonces fué calumniado por los que supusieron que intentaba separar los Estados del Oeste, y por lo que llegaron á insultarle llamándole emperador ó rey del Misisipí.
Lo que Burr se proponía era conquistar el virreinato de Méjico, expulsar de allí á los españoles y agregar nuevos Estados á la Confederación. Y puede ser que eso mismo no lo pensara seriamente, pues dado su talento no podía desconocer que la empresa era difícil. Creemos que sus planes de conquista eran totalmente simulados y sin más objeto que recobrar la popularidad que había perdido. Porque, en efecto, una parte del pueblo de los Estados Unidos tiene la manía del engrandecimiento, sueña constantemente en anexiones y aspira á la posesión de todo el continente americano. Cada nuevo Estado que se crea ó que ingresa en la Federación, supone una estrella más en la bandera de los Estados Unidos. Trece eran las estrellas del pabellón americano á raíz de la independencia y son ya más de cuarenta. Los partidarios de la conquista ó de la anexión de toda América dicen que su pabellón irá aumentando el número de estrellitas, hasta que anexado todo el Nuevo Mundo luzca el pabellón americano la estrella salvadora, única, grande, que llaman ellos «estrella americana» ó «estrella del destino». Estas ilusiones son hijas de una interpretación aventurada y falsa de la llamada «doctrina de Monroe».
La idea de Burr era popular en los Estados Unidos, que ya hoy poseen una parte muy considerable de lo que fué en otro tiempo territorio mejicano. Pero no es fácil destruír una República tan valerosa como la de Méjico; no se destruye una gloriosa nacionalidad que tiene historia ilustre y vida propia; no ha de conquistar toda la América, desde el círculo polar al cabo de Hornos, ese coloso que con todas sus grandezas aún no ha vencido á los apaches.
Pero volvamos á Burr.
Sus manejos en la frontera de Méjico le valieron una acusación: la de atentar á la seguridad y los derechos de un país amigo. Las reclamaciones del gobierno de España dieron lugar á un proceso contra Burr, que fué reducido á prisión en 1807.
Burr se defendió á sí mismo con mucha habilidad, logrando convencer al tribunal de que no había organizado expedición alguna. Fué declarado inocente, se le puso en libertad y volvió á ejercer su profesión de abogado.
Este hombre que tanto había figurado murió en la obscuridad en 1836.
Había nacido en Newark en 1757.
O'HIGGINS
Nació este chileno ilustre en el pueblo de Chillán el 26 de agosto de 1776. Era hijo de un militar español de origen irlandés y de una ilustre dama de Chillán, doña Isabel Riquelme. En la época de su nacimiento era su padre teniente coronel; más tarde fué capitán general de Chile y virrey de Perú.
Se comprende que el joven don Bernardo O'Higgins había de recibir una educación muy esmerada, y así sucedió en efecto. Aprendió las primeras letras en Chillán, la segunda enseñanza en Santiago y en Lima, y completó sus estudios en Europa.
Al regresar á Chile era ya partidario de la independencia, habiendo contraído compromisos con algunos compatriotas que vivían en Cádiz preparando el movimiento que se presentía. La juventud ilustrada de aquel tiempo, no sólo en América, sino en la misma España, creía cercana la emancipación y trabajaba por ella.
No es extraño, pues, que O'Higgins tomara parte desde que llegó en el movimiento separatista que se había iniciado. Como coronel de las milicias de Laja se batió con bravura al ser atacado Chile por el general Pareja; fué herido en la acción del Roble; reemplazó más tarde al general Carrera en el mando del ejército patriota. Sus rápidos ascensos despertaron celos y rivalidades y le valieron la ojeriza del general Carrera; mas éste reconoció, como todos sus compañeros de armas, que el general O'Higgins era acreedor á todas las distinciones que se le concedían, pues las justificaba con su valor y con su intrepidez.
Cuando el general Osorio con 5,000 soldados marchaba sobre Santiago, donde residía la Junta, O'Higgins se defendió en Rancagua con la vanguardia chilena sosteniendo una lucha de treinta y seis horas y deteniendo la marcha de los españoles en una villa abierta. El día 1.º de octubre 1814, los defensores de Rancagua mandados por O'Higgins se abrieron paso cargando á la bayoneta, salvando sus banderas y evitando una rendición que parecía inevitable.
Después de Rancagua, dispersas y diezmadas las fuerzas de los patriotas, emigraron muchos de éstos buscando un refugio al otro lado de los Andes. O'Higgins se refugió también en la vecina República, donde era considerado como jefe de la emigración. Con tal título se asoció á la empresa del general San Martín. Los chilenos mandados por O'Higgins formaron parte de la expedición que pasó á Chile en 1817. Aquella marcha de un ejército bisoño á través de la cordillera andina, aquella invasión de Chile ideada por San Martín y ejecutada con éxito, constituye una de las páginas más gloriosas de la independencia y uno de los hechos más admirables de la historia militar del mundo.
Los invasores de Chile batieron en Chacabuco al ejército español, contribuyendo eficazmente á la victoria una carga briosa del general O'Higgins.
Tomada poco después la capital de Chile, fué elegido el general chileno, Director supremo del Estado. San Martín se dirigió al Perú, quedando O'Higgins en Santiago. La dirección de O'Higgins duró desde febrero de 1817 hasta enero de 1823.
La escuadra chilena fué creada en tiempo del general O'Higgins; habiendo comprendido el Director supremo que Chile necesitaba una escuadra poderosa, para conquistar su independencia primero, para defenderla más tarde, para salvaguardia de sus costas, de sus intereses y de su pabellón en todos los sucesos y en las épocas todas de su vida, organizó las primeras fuerzas navales que tuvo la América española después de emanciparse. La escuadra chilena se cubrió de gloria en las aguas del Pacífico, haciendo sus primeras armas contra fuerzas navales superiores y recibiendo el bautismo de sangre ante las fortalezas del Callao, defendidas por los españoles con poderosa y brava artillería.
Al hablar de artillería potente y de naves poderosas, las consideramos con relación á su tiempo. No entendemos confundir las escuadrillas de vela ni los cañones lisos que se usaban entonces, con los acorazados que hoy existen ni con sus bocas de fuego.
Desde entonces ha progresado la marina chilena, al compás de las de otros países y al nivel de los más adelantados. Sus vasos náuticos, si no todavía tan numerosos como lo exigen las necesidades de una nación marítima, son buenos en general, bien artillados, bien tripulados y bien gobernados siempre. Los marinos chilenos han conservado su reputación de inteligentes y bravos, mereciendo que su país eleve un monumento en honra suya. Aunque la patria chilena no debiera más al general O'Higgins, la creación de la escuadra sería para él un título de gloria.
Terminó el gobierno del general O'Higgins, por renuncia que pronunció bajo la presión del pueblo; no cedió por debilidad, sino por convencimiento. Había pasado el tiempo de las direcciones incondicionales y de la dictaduras indiscutibles, y el jefe del Estado renunció su poder personal en manos de una Junta revolucionaria.
La enconada oposición que en Santiago y otras poblaciones hacían los patriotas al general O'Higgins durante los últimos meses de su mando, se dirigía al director supremo, al político poco afortunado, al estadista que parecía no estar á la altura de la situación; de ningún modo ni por un momento se le perdió el respeto debido al héroe de Rancagua ni se olvidó la consideración que el hombre merecía por sus servicios y por sus virtudes. No bien se desprendió del poder, cuando fué vitoreado por las mismas turbas populares que le habían exigido su renuncia. Contraste que honra tanto al general O'Higgins como al pueblo que le derribaba sin ingratitud y sin rencor.
Con la caída de O'Higgins terminó el período de gobierno militar, abriéndose nueva era para la joven República. Esta ha navegado por el derrotero de la Libertad y con rumbo al puerto de la Democracia, con más lentitud que otras, pero con más firmeza. No importa marchar despacio si se anda con paso firme, y Chile se ha desprendido ya ó se va desprendiendo poco á poco de las trabas rutinarias, de las usanzas pueriles, de las prácticas añejas de un fanatismo rancio, de las preocupaciones aristocráticas más ó menos peligrosas, que no han sido sino herencias de la época colonial, de la España del absolutismo y de la Inquisición.
O'Higgins comprendió que su presencia en Chile, después de haber ejercido tanto tiempo la suprema autoridad, podría ser motivo de disturbios si se tomaba su nombre por bandera de partido. Por eso emigró al Perú, á fin de no dar pretexto á las facciones para servirse de su presencia en perjuicio de la concordia y de la paz.
Murió en el mes de octubre de 1842; pero sus cenizas fueron trasladadas á Santiago de Chile, desde Lima donde reposaban, algunos años después de su fallecimiento.
Más tarde se le ha erigido por sus compatriotas un bello monumento conmemorativo: la estatua ecuestre del héroe de Rancagua.
MÁDISON
En la constelación de hombres ilustres, dignos de Plutarco, que apareció en los Estados Unidos con motivo de la guerra de la independencia; entre los varones más preclaros que contribuyeron á fundar la federación modelo; entre las figuras que honran á América y á la especie humana, se cuenta Mádison, compatriota de Wáshington, pues nació como él en un rincón de Virginia (1751.)
Era Jacobo Mádison de constitución tan débil y enfermiza, que sus padres no pudieron dedicarle como hubieran deseado á las faenas de la agricultura. Le enviaron á un colegio muy acreditado de Nueva Jersey, donde pronto se distinguió por su aplicación y su capacidad. En 1772 se graduó de abogado y regresó á Virginia.
En 1776 fué elegido por sus conciudadanos para formar parte de la Convención de Virginia, y en 1780 fué enviado al Congreso continental siendo en él uno de los más distinguidos diputados.
En todas las legislaturas subsiguientes figuró en el partido democrático y pronunció discursos elocuentes. Se le debe la «Declaración de la libertad religiosa», documento que defendió con singular talento y le valió una inmensa popularidad. Desde aquella fecha no hay religión oficial en los Estados Unidos, siendo allí una realidad la libertad de cultos.
El Estado de Virginia le eligió su representante en la Convención extraordinaria encargada de proponer una Constitución y fundar un gobierno nacional. Hombre de opiniones avanzadas, á Mádison se debe en gran parte el espíritu eminentemente democrático que informa algunos artículos de aquel Código inmortal. Á él se deben también las detalladas reseñas de las sesiones de aquella asamblea, trabajo acabadísimo que el Congreso de la Unión compró después de su muerte por 30,000 duros.
Promulgada la Constitución, Mádison fué uno de sus más decididos defensores. Sus notables artículos de El Federalista, periódico que publicaba en unión de Hámilton y de Juan Fay, y sus elocuentes discursos en la legislatura de Virginia, contribuyeron en alto grado á la sanción favorable que mereció de todos los Estados de Unión el pacto fundamental de su prosperidad é independencia.
Constituído el nuevo gobierno, Mádison tomó asiento en el Congreso de 1789, donde por su facilidad en el decir, y por la fuerza de su lógica, alcanzó gran ascendiente en todas las discusiones.
En 1801, Jéfferson fué elegido presidente y nombró secretario de Estado á Mádison, cargo el más importante de la administración de aquella República, y que desempeñó por espacio de ocho años. Durante aquel período se suscitaron graves y difíciles cuestiones, así interiores como internacionales, y en ninguna de ellas dejó el secretario de Estado de presentar á las Cámaras informes notables por su claridad y fuerza de argumentación. Partidario decidido de la política de neutralidad iniciada por Wáshington, dedicó todo su talento y energía á evitar la guerra con Inglaterra, guerra que estalló más tarde muy á su pesar, gracias á la desatentada conducta que con su antigua colonia observaba aquella arrogante nación marítima.
Terminada la presidencia de Jéfferson, que duró ocho años, fué elegido Mádison para sustituírle en 1809.
En circunstancias críticas se hizo cargo del poder. Inglaterra, so pretexto del bloqueo continental establecido por su rival el emperador Napoleón, apresaba los buques americanos, embargaba sus cargamentos y hacía prisioneros á sus tripulantes á quienes consideraba por el derecho de la fuerza como á súbditos ingleses; y las tribus indias que poblaban las fronteras del Oeste, impulsadas por agentes británicos, invadían y asolaban continuamente los Estados de la Unión limítrofes á aquellos territorios. Esto produjo una serie de notas y reclamaciones, de las que ningún caso hizo la orgullosa dominadora de los mares.
El hecho inaudito de haber sido contestada á cañonazos por una fragata inglesa la petición de auxilio de un buque americano durante la noche, exasperó de tal manera los ánimos, que el mismo Mádison, tan enemigo de la guerra, se vió precisado á pedir al Congreso la adopción de medidas de represión, y éste, el Senado y el Gobierno, votaron la guerra por una gran mayoría.
No estaban los Estados Unidos en situación muy favorable para tal empresa; su ejército y su marina eran reducidísimos, y su tesoro estaba casi exhausto. No obstante, Mádison comunicó la mayor actividad á todos los departamentos militares, y logró poner en pie de defensa el vasto territorio de aquella República, gracias á la actividad de su ministro ó secretario de guerra, general Monroe, á quien dedicaremos un capítulo.
Dos años duraron las hostilidades por mar y tierra sin resultado decisivo por una y otra parte, hasta que el almirante inglés Cockburn, que había ya amenazado atacar á Wáshington, después de haber sembrado la devastación y la ruina en varios puntos, se presentó de improviso delante de la ciudad amenazada, derrotó las tropas americanas que acampaban en sus inmediaciones y entró triunfante en ella, acompañado del incendio y del más rapaz saqueo. El Capitolio, la biblioteca del Congreso, la Casa Blanca, las oficinas del Estado, y un sinnúmero de edificios particulares fueron reducidos á cenizas, y grandes, y valiosos obras de arte fueron completamente destruidas. Las pérdidas que sufrió la ciudad se elevaron á algunos millones de pesos.
La indignación que produjo este acontecimiento inflamó de tal manera el amor patrio de los americanos, que acudieron presurosos á atajar en su marcha triunfal al audaz invasor. Las milicias populares alcanzaron algunos muy señalados triunfos, y Mádison los aprovechó para lograr de Inglaterra el más ventajoso tratado de paz, que se firmó en la ciudad de Gante el 24 de diciembre de 1814.
Después de la guerra, la administración de Mádison continuó tranquila, sosegada y próspera. El presidente dedicó todo su empeño á restañar las heridas de la patria y reparar los desastres causados por la guerra. Reelegido presidente, se retiró á la vida privada en 1817 sin terminar el tiempo legal de su magistratura.