Nota del Transcriptor:
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Con la intención de conservar el texto original, signos de interrogación y exclamación no se usan al principio de la mayoría de las preguntas y exclamaciones respectivamente.
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ABEL SÁNCHEZ
UNA HISTORIA DE PASIÓN
IMP. JOSÉ POVEDA.—PRÍNCIPE, 24.—MADRID
ABEL SÁNCHEZ
UNA HISTORIA DE PASIÓN
POR
MIGUEL DE UNAMUNO
RENACIMIENTO
SAN MARCOS, 42
MADRID
1917
ABEL SÁNCHEZ
UNA HISTORIA DE PASIÓN
Al morir Joaquín Monegro encontróse entre sus papeles una especie de Memoria de la sombría pasión que le hubo devorado en vida. Entremézclase en este relato fragmentos tomados de esa confesión—así lo rotuló—, y que vienen a ser al modo de comentario que se hacía Joaquín a sí mismo de su propia dolencia. Esos fragmentos van entrecomillados. La Confesión iba dirigida a su hija.
I
No recordaban Abel Sánchez y Joaquín Monegro desde cuándo se conocían. Eran conocidos desde antes de la niñez, desde la primera infancia, pues ya sus sendas nodrizas se juntaban y los juntaban cuando aun ellos no sabían hablar. Aprendió cada uno de ellos a conocerse conociendo al otro. Y así vivieron y se hicieron juntos amigos desde nacimiento casi, más bien hermanos de crianza.
En sus paseos, en sus juegos, en sus otras amistades comunes, parecía dominar e iniciarlo todo Joaquín, el más voluntarioso; pero era Abel quien, pareciendo ceder, hacía la suya siempre. Y es que le importaba más no obedecer que mandar. Casi nunca reñían. «Por mí como tú quieras...!» le decía Abel a Joaquín, y éste se exasperaba a las veces porque con aquel «como tú quieras...!» esquivaba las disputas.
—Nunca me dices que no!—exclamaba Joaquín.
—Y para qué?—respondía el otro.
—Bueno, este no quiere que vayamos al Pinar—dijo una vez aquel cuando varios compañeros se disponían a un paseo.
—Yo? pues no he de quererlo...!—exclamó Abel.—Sí, hombre, sí; como tú quieras. Vamos allá!
—No, como yo quiera, no! Ya te he dicho otras veces que no! Como yo quiera no! Tú no quieres ir!
—Que sí, hombre...
—Pues entonces no lo quiero yo...
—Ni yo tampoco...
—Eso no vale—gritó ya Joaquín.—O con él o conmigo!
Y todos se fueron con Abel, dejándole a Joaquín solo.
Al comentar éste en sus Confesiones tal suceso de la infancia, escribía: «Ya desde entonces era él simpático, no sabía por qué, y antipático yo, sin que se me alcanzara mejor la causa de ello, y me dejaban solo. Desde niño me aislaron mis amigos».
Durante los estudios del bachillerato, que siguieron juntos, Joaquín era el empollón, el que iba a la caza de los premios, el primero en las aulas y el primero Abel fuera de ellas, en el patio del Instituto, en la calle, en el campo, en los novillos, entre los compañeros. Abel era el que hacía reir con sus gracias y, sobre todo, obtenía triunfos de aplauso por las caricaturas que de los catedráticos hacía. «Joaquín es mucho más aplicado, pero Abel es más listo... si se pusiera a estudiar...» Y este juicio común de los compañeros, sabido por Joaquín, no hacía sino envenenarle el corazón. Llegó a sentir la tentación de descuidar el estudio y tratar de vencer al otro en el otro campo, pero diciéndose: «bah! qué saben ellos...» siguió fiel a su propio natural. Además, por más que procuraba aventajar al otro en ingenio y donosura no lo conseguía. Sus chistes no eran reídos y pasaba por ser fundamentalmente serio. «Tú eres fúnebre»—solía decirle Federico Cuadrado—«tus chistes son chistes de duelo».
Concluyeron ambos el bachillerato. Abel se dedicó a ser artista siguiendo el estudio de la pintura y Joaquín se matriculó en la Facultad de Medicina. Veíanse con frecuencia y hablaba cada uno al otro de los progresos que en sus respectivos estudios hacían, empeñándose Joaquín en probarle a Abel que la Medicina era también un arte y hasta un arte bella, en que cabía inspiración poética. Otras veces, en cambio, daba en menospreciar las bellas artes, enervadoras del espíritu, exaltando la ciencia, que es la que eleva, fortifica y ensancha el espíritu con la verdad.
—Pero es que la Medicina tampoco es ciencia—le decía Abel.—No es sino un arte, una práctica derivada de ciencias.
—Es que yo no he de dedicarme al oficio de curar enfermos—replicaba Joaquín.
—Oficio muy honrado y muy útil...—añadía el otro.
—Sí, pero no para mí. Será todo lo honrado y todo lo útil que quieras, pero detesto esa honradez y esa utilidad. Para otros el hacer dinero tomando el pulso, mirando la lengua y recetando cualquier cosa. Yo aspiro a más.
—A más?
—Sí, yo aspiro a abrir nuevos caminos. Pienso dedicarme a la investigación científica. La gloria médica es de los que descubrieron el secreto de alguna enfermedad y no de los que aplicaron el descubrimiento con mayor o menor fortuna.
—Me gusta verte así, tan idealista.
—Pues qué, ¿crees que sólo vosotros, los artistas, los pintores, soñáis con la gloria?
—Hombre, nadie te ha dicho que yo sueñe con tal cosa...
—Que no? pues por qué, si no, te has dedicado a pintar?
—Porque si se acierta es oficio que promete...
—Que promete?
—Vamos, sí, que da dinero.
—A otro perro con ese hueso, Abel. Te conozco desde que nacimos casi. A mí no me la das. Te conozco.
—Y he pretendido nunca engañarte?
—No, pero tú engañas sin pretenderlo. Con ese aire de no importarte nada, de tomar la vida en juego, de dársete un comino de todo, eres un terrible ambicioso...
—Ambicioso yo?
—Sí, ambicioso de gloria, de fama, de renombre... Lo fuiste siempre, de nacimiento. Sólo que solapadamente.
—Pero ven acá, Joaquín, y dime: te disputé nunca tus premios? no fuiste tú siempre el primero en clase? el chico que promete?
—Sí, pero el gallito, el niño mimado de los compañeros tú...
—Y qué iba yo a hacerle...?
—Me querrás hacer creer que no buscabas esa especie de popularidad...?
—Haberla buscado tú...
—Yo? yo? Desprecio a la masa!
—Bueno, bueno, déjame de esas tonterías y cúrate de ellas. Mejor será que me hables otra vez de tu novia.
—Novia?
—Bueno, de esa tu primita que quieres que lo sea.
Porque Joaquín estaba queriendo forzar el corazón de su prima Helena y había puesto en su empeño amoroso todo el ahinco de su ánimo reconcentrado y suspicaz. Y sus desahogos, los inevitables y saludables desahogos de enamorado en lucha, eran con su amigo Abel.
Y lo que Helena le hacía sufrir!
—Cada vez la entiendo menos—solía decirle a Abel.—Esa muchacha es para mí una esfinge...
—Ya sabes lo que decía Oscar Wilde, o quien fuese, que toda mujer es una esfinge sin secreto.
—Pues Helena parece tenerlo. Debe de querer a otro, aunque éste no lo sepa. Estoy seguro de que quiere a otro.
—Y por qué?
—De otro modo no me explico su actitud conmigo...
—Es decir, que porque no quiere quererte a ti... quererte para novio, que como primo sí te querrá...
—¡No te burles!
—Bueno, pues porque no quiere quererte para novio, o más claro, para marido, tiene que estar enamorada de otro? Bonita lógica!
—Yo me entiendo!
—Sí, y también yo te entiendo.
—Tú?
—No pretendes ser quien mejor me conoce? Qué mucho, pues, que yo pretenda conocerte? Nos conocimos a un tiempo.
—Te digo que esa mujer me trae loco y me hará perder la paciencia. Está jugando conmigo. Si me hubiera dicho desde un principio que no, bien estaba, pero tenerme así, diciendo que lo verá, que lo pensará... Esas cosas no se piensan... coqueta!
—Es que te está estudiando.
—Estudiándome a mí? Ella? Qué tengo yo que estudiar? Qué puede ella estudiar?
—Joaquín, Joaquín, te estás rebajando y la estás rebajando...! O crees que no más verte y oirte y saber que la quieres y ya debía rendírsete?
—Sí, siempre he sido antipático...
—Vamos, hombre, no te pongas así...
—Es que esa mujer está jugando conmigo! Es que no es noble jugar así con un hombre como yo, franco, leal, abierto... Pero si vieras qué hermosa está! Y cuanto más fría y más desdeñosa se pone más hermosa. Hay veces que no sé si la quiero o la aborrezco más...! Quieres que te presente a ella...?
—Hombre, si tú...
—Bueno; os presentaré.
—Y si ella quiere...
—Qué?
—Le haré un retrato.
—Hombre, sí!
Mas aquella noche durmió Joaquín mal rumiando lo del retrato, pensando en que Abel Sánchez, el simpático sin proponérselo, el mimado del favor ajeno, iba a retratarle a Helena.
Qué saldría de allí? Encontraría también Helena, como sus compañeros de ellos, más simpático a Abel? Pensó negarse a la presentación, mas como ya se la había prometido.
II
—Qué tal te pareció mi prima?—le preguntaba Joaquín a Abel al día siguiente de habérsela presentado y propuesto a ella, a Helena, lo del retrato, que acojió alborozada de satisfacción.
—Hombre, quieres la verdad?
—La verdad siempre, Abel; si nos dijéramos siempre la verdad, toda la verdad, esto sería el paraíso.
—Sí, y si se la dijera cada cual a sí mismo...
—Bueno, pues la verdad!
—La verdad es que tu prima y futura novia, acaso esposa, Helena, me parece una pava real... es decir, un pavo real hembra... ya me entiendes...
—Sí, te entiendo.
—Como no sé expresarme bien más que con el pincel...
—Y vas a pintar la pava real, o el pavo real hembra, haciendo la rueda acaso, con su cola llena de ojos, su cabecita...
—Para modelo, excelente! Excelente, chico! Qué ojos! Qué boca! Esa boca carnosa y a la vez fruncida... esos ojos que no miran... Qué cuello! Y sobre todo qué color de tez! Si no te incomodas...
—Incomodarme yo?
—Te diré que tiene un color como de india brava, o mejor, de fiera indómita. Hay algo, en el mejor sentido, de pantera en ella. Y todo ello fríamente.
—Y tan fríamente!
—Nada, chico, que espero hacerte un retrato estupendo.
—A mí? Será a ella?
—No, el retrato será para ti, aunque de ella.
—No, eso no, el retrato será para ella!
—Bien, para los dos. Quién sabe... Acaso con él os una.
—Vamos, sí, que de retratista pasas a...
—A lo que quieras, Joaquín, a celestino, con tal de que dejes de sufrir así. Me duele verte de esa manera.
Empezaron las sesiones de pintura, reuniéndose los tres. Helena se posaba en su asiento solemne y fría, henchida de desdén, como una diosa llevada por el destino. «Puedo hablar?», preguntó al primer día, y Abel le contestó: «Sí, puede usted hablar y moverse; para mí es mejor que hable y se mueva, porque así vive la fisonomía... Esto no es fotografía, y además no la quiero hecha estatua...» Y ella hablaba, hablaba, pero moviéndose poco y estudiando la postura. Qué hablaba? Ellos no lo sabían. Porque uno y otro no hacían sino devorarla con los ojos; la veían, no la oían hablar.
Y ella hablaba, hablaba, por creer de buena educación no estarse callada, y hablaba zahiriendo a Joaquín cuanto podía.
—Qué tal vas de clientela, primito?—le preguntaba.
—Tanto te importa eso?...
—Pues no ha de importarme, hombre, pues no ha de importarme...! Figúrate...
—No, no me figuro.
—Interesándote tú tanto como por mí te interesas, no cumplo con menos que con interesarme yo por ti. Y además, quién sabe...
—Quién sabe, qué?
—Bueno, dejen eso—interrumpía Abel;—no hacen sino regañar.
—Es lo natural—decía Helena—entre parientes... Y además, dicen que así se empieza.
—Se empieza, qué?—preguntó Joaquín.
—Eso tú lo sabrás, primo, que tú has empezado.
—Lo que voy a hacer es acabar!
—Hay varios modos de acabar, primo.
—Y varios de empezar.
—Sin duda. Qué, me descompongo con este floreteo, Abel?
—No, no, todo lo contrario. Este floreteo, como le llama, le da más expresión a la mirada y al gesto. Pero...
A los dos días tuteábanse ya Abel y Helena; lo había querido así Joaquín. Quien al tercer día faltó a una sesión.
—A ver, a ver cómo va eso—dijo Helena levantándose para ir a ver el retrato.
—Qué te parece?
—Yo no entiendo, y además no soy quien mejor puede saber si se me parece o no.
—Qué? No tienes espejo? No te has mirado a él?
—Sí, pero...
—Pero qué...
—Qué sé yo...
—No te encuentras bastante guapa en este espejo?
—No seas adulón.
—Bien, se lo preguntaremos a Joaquín.
—No me hables de él, por favor. Qué pelma!
—Pues de él he de hablarte.
—Entonces me marcho...
—No, y oye. Está muy mal lo que estás haciendo con ese chico.
—¡Ah! ¿Pero ahora vienes a abogar por él? Es esto del retrato un achaque.
—Mira, Helena, no está bien que estés así, jugando con tu primo. El es algo, vamos, algo...
—Sí, insoportable!
—No, él es reconcentrado, altivo por dentro, terco, lleno de sí mismo, pero es bueno, honrado a carta cabal, inteligente, le espera un brillante porvenir en su carrera, te quiere con delirio...
—Y si a pesar de todo eso no le quiero yo?
—Pues debes entonces desengañarle.
—Y poco que le he desengañado! Estoy harta de decirle que me parece un buen chico, pero que por eso, porque me parece un buen chico, un excelente primo—y no quiero hacer un chiste,—por eso no le quiero para novio con lo que luego viene.
—Pues él dice...
—Si él te ha dicho otra cosa, no te ha dicho la verdad, Abel. Es que voy a despedirle y prohibirle que me hable siendo como es mi primo? Primo! Qué gracia!
—No te burles así.
—Si es que no puedo...
—Y él sospecha más, y es que se empeña en creer que puesto que no quieres quererle a él, estás en secreto enamorada de otro...
—Eso te ha dicho?
—Sí, eso me ha dicho.
Helena se mordió los labios, se ruborizó y calló un momento.
—Sí, eso me ha dicho—repitió Abel, descansando la diestra sobre el tiento que apoyaba en el lienzo, y mirando fijamente a Helena, como queriendo adivinar el sentido de algún rasgo de su cara.
—Pues si se empeña...
-Qué...?
—Que acabará por conseguir que me enamore de algún otro...
Aquella tarde no pintó ya más Abel. Y salieron novios.
III
El éxito del retrato de Helena por Abel fué clamoroso. Siempre había alguien contemplándolo frente al escaparate en que fué expuesto. «Ya tenemos un gran pintor más», decían. Y ella, Helena, procuraba pasar junto al lugar en que su retrato se exponía para oir los comentarios y paseábase por las calles de la ciudad como un inmortal retrato viviente, como una obra de arte haciendo la rueda. No había acaso nacido para eso?
Joaquín apenas dormía.
—Está peor que nunca—le dijo a Abel.—Ahora es cuando juega conmigo. Me va a matar!
—Naturalmente! Se siente ya belleza profesional...
—Sí, la has inmortalizado! Otra Joconda!
—Pero tú, como médico, puedes alargarle la vida...
—O acortársela.
—No te pongas así, trágico.
—Y qué voy a hacer, Abel, qué voy a hacer...?
—Tener paciencia...
—Además, me ha dicho cosas de donde he sacado que le has contado lo de que la creo enamorada de otro...
—Fué por hacer tu causa...
—Por hacer mi causa... Abel, Abel, tú estás de acuerdo con ella... vosotros me engañáis...
—Engañarte? En qué? Te ha prometido algo?
—Y a ti?
—Es tu novia acaso?
—Y es ya la tuya?
Callóse Abel, mudándosele la color.
—Lo ves?—exclamó Joaquín, balbuciente y tembloroso.—Lo ves?
—El qué?
—Y lo negarás ahora? Tendrás cara para negármelo?
—Pues bien, Joaquín, somos amigos de antes de conocernos, casi hermanos...
—Y al hermano, puñalada trapera, no es eso?
—No te sulfures así; ten paciencia...
—Paciencia? Y qué es mi vida sino continua paciencia, continuo padecer?... Tú el simpático, tú el festejado, tú el vencedor, tú el artista... Y yo...
Lágrimas que le reventaron en los ojos cortáronle la palabra.
—Y qué iba a hacer, Joaquín, qué querías que hiciese...?
—No haberla solicitado, pues que la quería yo...!
—Pero si ha sido ella, Joaquín, si ha sido ella...
—Claro, a ti, al artista, al afortunado, al favorito de la fortuna, a ti son ellas las que te solicitan. Ya la tienes, pues...
—Me tiene ella, te digo.
—Sí, ya te tiene la pava real, la belleza profesional, la Joconda... Serás su pintor... La pintarás en todas posturas y en todas formas, a todas las luces, vestida y sin vestir...
—Joaquín!
—Y así la inmortalizarás. Vivirá tanto como tus cuadros vivan. Es decir, vivirá, no! Porque Helena no vive; durará. Durará como el mármol, de que es. Porque es de piedra, fría y dura, fría y dura como tú. Montón de carne...!
—No te sulfures, te he dicho.
—Pues no he de sulfurarme, hombre, pues no he de sulfurarme! Esto es una infamia, una canallada!
Sintióse abatido y calló, como si le faltaran palabras para la violencia de su pasión.
—Pero ven acá, hombre—le dijo Abel con su voz más dulce, que era la más terrible—y reflexiona. Iba yo a hacer que te quisiese si ella no quiere quererte? Para novio no le eres...
—Sí, no soy simpático a nadie; nací condenado.
—Te juro, Joaquín...
—No jures!
—Te juro que si en mí sólo consistiese, Helena sería tu novia, y mañana tu mujer. Si pudiese cedértela...
—Me la venderías por un plato de lentejas, no es eso?
—No, vendértela no! Te la cedería gratis y gozaría en veros felices, pero...
—Sí, que ella no me quiere y te quiere a ti, no es eso?
—Eso es!
—Que me rechaza a mí, que la buscaba, y te busca a ti, que la rechazabas.
—Eso! Aunque no lo creas; soy un seducido.
—Qué manera de darte postín! Me das asco!
—Postín?
—Sí, ser así, seducido, es más que ser seductor. Pobre víctima! Se pelean por ti las mujeres...
—No me saques de quicio, Joaquín...
—A ti? Sacarte a ti de quicio? Te digo que esto es una canallada, una infamia, un crimen... Hemos acabado para siempre!
Y luego, cambiando de tono, con lágrimas insondables en la voz:
—Ten compasión de mí, Abel, ten compasión. Ve que todos me miran de reojo, ve que todos son obstáculos para mí... Tú eres joven, afortunado, mimado, te sobran mujeres... Déjame a Helena, mira que no sabré dirigirme a otra... Déjame a Helena...
—Pero si ya te la dejo...
—Haz que me oiga; haz que me conozca; haz que sepa que muero por ella, que sin ella no viviré...
—No la conoces...
—Sí, os conozco! Pero, por Dios... Júrame que no has de casarte con ella...
—Y quién ha hablado de casamiento?
—Ah, entonces es por darme celos nada más? Sí, ella no es más que una coqueta... peor que una coqueta, una...
—Cállate!—rugió Abel.
Y fué tal el rugido, que Joaquín se quedó callado, mirándole.
—Es imposible, Joaquín; contigo no se puede! Eres imposible!
Y Abel marchóse.
«Pasé una noche horrible—dejó escrito en su Confesión Joaquín—volviéndome a un lado y otro en la cama, mordiendo a ratos la almohada, levantándome a beber agua del jarro del lavabo. Tuve fiebre. A ratos me amodorraba en sueños acerbos. Pensaba matarles y urdía mentalmente, como si se tratase de un drama o de una novela que iba componiendo, los detalles de mi sangrienta venganza, y tramaba diálogos con ellos. Parecíame que Helena había querido afrentarme y nada más, que había enamorado a Abel por menosprecio a mí, pero que no podía, montón de carne al espejo, querer a nadie. Y la deseaba más que nunca y con más furia que nunca. En alguna de las interminables modorras de aquella noche me soñé poseyéndola y junto al cuerpo frío e inerte de Abel. Fué una tempestad de malos deseos, de cóleras, de apetitos sucios, de rabia. Con el día y el cansancio de tanto sufrir volvióme la reflexión, comprendí que no tenía derecho alguno a Helena, pero empecé a odiar a Abel con toda mi alma y a proponerme a la vez ocultar ese odio, abonarlo, criarlo, cuidarlo en lo recóndito de las entrañas de mi alma. Odio? Aun no quería darle su nombre, ni quería reconocer que nací, predestinado, con su masa y con su semilla. Aquella noche nací al infierno de mi vida.»
IV
—Helena—le decía Abel,—eso de Joaquín me quita el sueño...!
—El qué?
—Cuando le diga que vamos a casarnos no sé lo que va a ser. Y eso que parece ya tranquilo y como si se resignase a nuestras relaciones...
—Sí, bonito es él para resignarse!
—La verdad es que esto no estuvo del todo bien.
—Qué? También tú? Es que vamos a ser las mujeres como bestias, que se dan y prestan y alquilan y venden?
—No, pero...
—Pero qué?
—Que fué él quien me presentó a ti, para que te hiciera el retrato, y me aproveché...
—Y bien aprovechado! Estaba yo acaso comprometida con él? Y aunque lo hubiese estado! Cada cual va a lo suyo.
—Sí, pero...
—Qué? Te pesa? Pues por mí... Aunque si tú me dejases ahora, ahora que estoy comprometida y todas saben que eres mi novio oficial y que me vas a pedir un día de estos, no por eso buscaría a Joaquín, no! Menos que nunca! Me sobrarían pretendientes, así, como los dedos de las manos—y levantaba sus dos largas manos, de ahusados dedos, aquellas manos que con tanto amor pintara Abel, y sacudía los dedos, como si revolotearan.
Abel le cojió las dos manos en las recias suyas, se las llevó a la boca y las besó alargadamente. Y luego en la boca...
—Estate quieto, Abel!
—Tienes razón, Helena, no vamos a turbar nuestra felicidad pensando en lo que sienta y sufra por ella el pobre Joaquín...
—Pobre? No es más que un envidioso!
—Pero hay envidias, Helena...
—Que se fastidie!
Y después de una pausa llena de un negro silencio:
—Por supuesto, le convidaremos a la boda...
—Helena!
—Y qué mal hay en ello? Es mi primo, tu primer amigo, a él debemos el habernos conocido. Y si no le convidas tú, le convidaré yo. Que no va? Mejor! Que va? Mejor que mejor!
V
Al anunciar Abel a Joaquín su casamiento, éste dijo:
—Así tenía que ser. Tal para cual.
—Pero bien comprendes...
—Sí, lo comprendo, no me creas un demente o un furioso; lo comprendo, está bien, que seáis felices... Yo no lo podré ser ya...
—Pero, Joaquín, por Dios, por lo que más quieras...
—Basta y no hablemos más de ello. Haz feliz a Helena y que ella te haga feliz... Os he perdonado ya...
—De veras?
—Sí, de veras. Quiero perdonaros. Me buscaré mi vida.
—Entonces me atrevo a convidarte a la boda, en mi nombre...
—Y en el de ella, eh?
—Sí, en el de ella también.
—Lo comprendo. Iré a realzar vuestra dicha. Iré.
Como regalo de boda mandó Joaquín a Abel un par de magníficas pistolas damasquinadas, como para un artista.
—Son para que te pegues un tiro cuando te canses de mí—le dijo Helena a su futuro marido.
—Qué cosas tienes, mujer!
—Quién sabe sus intenciones... Se pasa la vida tramándolas...
«En los días que siguieron a aquel en que me dijo que se casaban—escribió en su Confesión Joaquín—sentí como si el alma toda se me helase. Y el hielo me apretaba el corazón. Eran como llamas de hielo. Me costaba respirar. El odio a Helena, y sobre todo, a Abel, porque era odio, odio frío cuyas raíces me llenaban el ánimo, se me había empedernido. No era una mala planta, era un témpano que se me había clavado en el alma; era, más bien, mi alma toda congelada en aquel odio. Y un hielo tan cristalino, que lo veía todo a su través con una claridad perfecta. Me daba acabada cuenta de que razón, lo que se llama razón, eran ellos los que la tenían; que yo no podía alegar derecho alguno sobre ella; que no se debe ni se puede forzar el afecto de una mujer, que, pues se querían, debían unirse. Pero sentía también confusamente que fuí yo quien les llevó, no sólo a conocerse, sino a quererse, que fué por desprecio a mí por lo que se entendieron, que en la resolución de Helena entraba por mucho el hacerme rabiar y sufrir, el darme dentera, el rebajarme a Abel, y en la de éste el soberano egoísmo que nunca le dejó sentir el sufrimiento ajeno. Ingenuamente, sencillamente no se daba cuenta de que existieran otros. Los demás éramos para él, a lo sumo, modelos para sus cuadros. No sabía ni odiar; tan lleno de sí vivía.»
»Fuí a la boda con el alma escarchada de odio, el corazón garapiñado en hielo agrio pero sobrecojido de un mortal terror, temiendo que al oir el sí de ellos, el hielo se me resquebrajara y hendido el corazón quedase allí muerto o imbécil. Fuí a ella como quien va a la muerte. Y lo que me ocurrió fué más mortal que la muerte misma; fué peor, mucho peor que morirse. Ojalá me hubiese entonces muerto allí.
»Ella estaba hermosísima. Cuando me saludó sentí que una espada de hielo, de hielo dentro del hielo de mi corazón, junto a la cual aun era tibio el mío, me lo atravesaba; era la sonrisa insolente de su compasión. Gracias! me dijo, y entendí: Pobre Joaquín! El, Abel, él ni sé si me vió. «Comprendo tu sacrificio—me dijo, por no callarse.» No, no hay tal—le repliqué;—te dije que vendría y vengo; ya ves que soy razonable; no podía faltar a mi amigo de siempre, a mi... hermano.» Debió de parecerle interesante mi actitud, aunque poco pictórica. Yo era allí el convidado de piedra.
»Al acercarse el momento fatal, yo contaba los segundos. «Dentro de poco—me decía—ha terminado para mí todo!» Creo que se me paró el corazón. Oí claros y distintos los dos sís, el de él y el de ella. Ella me miró al pronunciarlo. Y quedé más frío que antes, sin un sobresalto, sin una palpitación, como si nada que me tocase hubiese oído. Y ello me llenó de un infernal terror a mí mismo. Me sentí peor que un monstruo, me sentí como si no existiera, como si no fuese nada más que un pedazo de hielo, y esto para siempre. Llegué a palparme la carne, a pellizcármela, a tomarme el pulso. «Pero estoy vivo? Yo soy yo?»—me dije.
»No quiero recordar todo lo que sucedió aquel día. Se despidieron de mí y fuéronse a su viaje de luna de miel. Yo me hundí en mis libros, en mi estudio, en mi clientela, que empezaba ya a tenerla. El despejo mental que me dió aquel golpe de lo ya irreparable, el descubrimiento en mí mismo de que no hay alma, moviéronme a buscar en el estudio, no ya consuelo—consuelo, ni lo necesitaba ni lo quería,—sino apoyo para una ambición inmensa. Tenía que aplastar con la fama de mi nombre la fama, ya incipiente, de Abel; mis descubrimientos científicos, obra de arte, de verdadera poesía, tenían que hacer sombra a sus cuadros. Tenía que llegar a comprender un día Helena que era yo, el médico, el antipático, quien habría de darle aureola de gloria, y no él, no el pintor. Me hundí en el estudio. Hasta llegué a creer que los olvidaría! Quise hacer de la ciencia un narcótico y a la vez un estimulante!»
VI
Al poco de haber vuelto los novios de su viaje de luna de miel, cayó Abel enfermo de alguna gravedad y llamaron a Joaquín a que le viese y le asistiese.
—Estoy muy intranquila, Joaquín—le dijo Helena;—anoche no ha hecho sino delirar, y en el delirio no hacía sino llamarte.
Examinó Joaquín con todo cuidado y minucia a su amigo, y luego, mirando ojos a ojos a su prima, le dijo:
—La cosa es grave, pero creo que le salvaré. Yo soy quien no tiene salvación ya.
—Sí, sálvamelo!—exclamó ella.—Y ya sabes...
—Sí, lo sé todo!—y se salió.
Helena se fué al lecho de su marido, le puso una mano sobre la frente, que le ardía, y se puso a temblar. «Joaquín, Joaquín—deliraba Abel,—perdónanos, perdóname!»
—Calla—le dijo casi al oído Helena,—calla; ha venido a verte y dice que te curará, que te sanará... Dice que te calles...