Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.
La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público
Biblioteca de novelistas del Siglo XX
MIGUEL DE UNAMUNO
AMOR
Y
PEDAGOGÍA
BARCELONA—1902
Imprenta de Henrich y CA—Editores
Calle Córcega
Es propiedad
Al Lector,
dedica esta obra,
El Autor.
PRÓLOGO
Hay quien cree, y pudiera ser con fundamento, que esta obra es una lamentable, lamentabilísima equivocación de su autor.
El capricho ó la impaciencia, tan mal consejero el uno como la otra, han debido de dictarle esta novela ó lo que fuere, pues no nos atrevemos á clasificarla. No se sabe bien qué es lo que en ella se ha propuesto el autor y tal es la raíz de los más de sus defectos. Diríase que perturbado tal vez por malas lecturas y obsesionado por ciertos deseos poco meditados, se ha propuesto ser extravagante á toda costa, decir cosas raras, y lo que es aún peor, desahogar bilis y malos humores. Late en el fondo de esta obra, en efecto, cierto espíritu agresivo y descontentadizo.
Es la presente novela una mezcla absurda de bufonadas, chocarrerías y disparates, con alguna que otra delicadeza anegada en un flujo de conceptismo. Diríase que el autor, no atreviéndose á expresar por propia cuenta ciertos desatinos, adopta el cómodo artificio de ponerlos en boca de personajes grotescos y absurdos, soltando así en broma lo que acaso piensa en serio. Es, de todos modos, un procedimiento nada recomendable, aunque muy socorrido.
A muchos parecerá esta novela un ataque, no á las ridiculeces á que lleva la ciencia mal entendida y la manía pedagógica sacada de su justo punto, sino un ataque á la ciencia y á la pedagogía mismas, y preciso es confesar que si no ha sido tal la intención del autor—pues nos resistimos á creerlo en un hombre de ciencia y pedagogo—nada ha hecho por lo menos para mostrárnoslo.
Parece fatalmente arrastrado por el funesto prurito de perturbar al lector más que de divertirle y sobre todo de burlarse de los que no comprenden la burla. No sabemos bien por qué un hombre serio en su conducta, que ocupa una posición y que ni hace ni dice nada que se salga de los términos corrientes y ordinarios, padece de una morbosa manía contra las personas graves y aborrece tanto á los que no se salen nunca de su papel y adoptan siempre un continente severo. Acostumbra decir que todo hombre grave es por debajo tonto de capirote, y no tiene razón en esto.
Esta su manía de atribuir más á tontería que á maldad las mezquindades humanas acusa una cualidad de que debe curarse. Parece imposible que un hombre que lee, según nuestros informes, con alguna asiduidad los Evangelios no haya meditado más en el versillo 22 del capítulo V del Evangelio de San Mateo.
Mas repetimos que el defecto más grave que á esta obra puede señalársele es que no se sabe á punto fijo qué es lo que en ella se propone su autor, pues nos resistimos á creer que no se proponga más que hacer reir á unos y escandalizar á otros.
Perjudícale en gran manera la aversión que al dictado de sabio tiene y el empeño ridículo que pone en que no se lo apliquen. No acertamos á explicarnos por qué le molesta tanto ese tan honroso nombre, como no acertamos á explicarnos el que escribiendo con tanta frecuencia y siendo profesor de literatura griega ponga tanto cuidado en no escribir nunca de semejante literatura. ¿Será que la conoce mal y teme mostrar su flaqueza en aquello de que oficialmente es maestro? No sabremos decirlo.
Otra manía tiene que le daña también mucho, y es la manía contra la literatura española. Tan mal la conoce ó con tal suma de prejuicios la estudia—si es que la estudia—que suele decir que es la literatura española el más claro espejo de la vulgaridad y la ramplonería y que el espíritu que en ella se refleja es un espíritu ahito del más embrutecedor sentido común. Y á la vez que siente aversión hacia la literatura española siéntela, y no menor, hacia la francesa, y cuando el espíritu de una y otra se fusionan, surge algo que para él se simboliza en Moratín. Cuando de Moratín habla—le hemos oído hablar de él varias veces—pierde los estribos y no reconoce mesura alguna. «Moratín es un abismo de vulgaridad y de insignificancia—le hemos oído decir,—sus obras son el más insípido manjar que puede darse; ni tiene sentimiento, ni imaginación, ni inteligencia; es frío, no ha ideado ni una sola metáfora nueva, no piensa más que con el pensamiento de todo el mundo; es sencillamente un caso de imbecilidad por sentido común.» No sabemos que haya escritor á quien aborrezca más que á éste no siendo á Jenofonte. ¿Qué le habrá hecho Jenofonte?
Sí, esta es la cuestión: ¿qué le habrá hecho Jenofonte? Y puede ampliarse preguntando qué le habrán hecho Moratín y qué la literatura española y la francesa, y hasta el mismo espíritu español qué es lo que le habrá hecho. Porque lo primero que de un escritor debe exigirse es que tenga respeto á su público y le trate lealmente, y la verdad, á las veces se exterioriza de tal modo en sus escritos el autor de esta novela, que nos parece no llega su respeto al público que le lee al punto que debiera llegar, y esto es imperdonable. El público tiene ante todos los demás y sobre todos los demás el indisputable derecho de saber cuándo se le habla en broma y cuándo en serio, si bien es cierto que le divierte el que se le hable con cierta seriedad fingida ó con cierta fingida broma, según los casos. Ocasiones hay en que un lector suspicaz pudiera creer que no se propone nuestro autor otra cosa sino que sus lectores digan: «Esto ya pasa de la raya... este hombre quiere tomarnos el pelo.» Y tal propósito, si le hubiere, es en verdad intolerable.
Todas estas y otras aberraciones de su espíritu, que por no recargar este juicio pasamos en silencio, le han llevado al señor Unamuno á producir una obra como esta, que es, lo repetimos, una lamentable, lamentabilísima equivocación.
Obsérvese en primer lugar que los caracteres están desdibujados, que son muñecos que el autor pasea por el escenario mientras él habla. El don Avito nos hace sufrir una decepción, pues cuando todo hace suponer que impondrá un severo régimen pedagógico á su hijo, nos encontramos con que es un pobre imbécil que le tupe de cosas de libros, pero dejándole hacer, y que se entrega al don Fulgencio, sin advertir las mixtificaciones de éste. De Marina más vale no hablar; el autor no sabe hacer mujeres, no lo ha sabido nunca.
De buena gana nos detendríamos en analizar al don Fulgencio, que es acaso la clave de la novela, pero el autor mismo nos lo ha descubierto, descubriendo á la par otras cosas que mejor estarían ocultas, cuando en la última entrevista que el grotesco filósofo tiene con Apolodoro le habla del erostratismo.
Poco hemos de decir del estilo. No más sino que peca de seco y á las veces de descuidado, y que eso de escribir el relato en presente siempre no pasa de ser un artificio que afortunadamente no tendrá éxito. Lo que sí hemos de hacer notar es que después de las prédicas del autor por esas revistas y periódicos en pro de la reforma ó revolución de la lengua castellana, escribe ésta lo más llana y lisamente posible, y si no la hace más castiza es porque no puede. En el fondo hay que reconocer que no tiene el sentido de la lengua, efecto sin duda de lo escaso y turbio que es su sentido estético. Diríase que considera á la lengua como un mero instrumento, sin otro valor propio que el de su utilidad, y que como el personaje de esta su novela, echa de menos la expresión algébrica. Vese su preocupación por dar á cada vocablo un sentido bien determinado y concreto, huyendo de toda sinonimia, de hacer una lengua precisa, suene como sonare. Realmente hay que hacerle la justicia de reconocer que cuando resulta oscuro no es por defecto de expresión ni de lenguaje, sino por cierto retorcimiento conceptista y por un vituperable empeño de decir cosas que se salgan de lo vulgar.
A pesar de todo lo que acabamos de decir, parécenos que es esta una obra digna de detenida atención y que hay en ella elementos y partes que la hacen recomendable. Y no precisamente por lo que el autor ha querido poner en ella, sino por lo que á pesar suyo no ha podido dejar de poner. Es casi seguro que lo valioso de esta novela es lo que en ella tiene por poco menos que desdeñable su autor, siendo en cambio de lamentar la inclusión de todo aquello otro en que parece haberse esmerado más éste.
Antójasenos que por debajo de todas las bufonadas y chocarrerías, no siempre del mejor gusto, se delata el culto que, mal que le pese, rinde á la ciencia y á la pedagogía el autor de esta obra. Si de tal modo se revuelve contra el intelectualismo es porque le padece como pocos españoles puedan padecerlo. Llegamos á sospechar que empeñado en corregirse se burla de sí mismo.
Mas es este un terreno delicadísimo y en él no queremos entrar.
Antes de terminar este prólogo, cúmplenos hacer una manifestación, para satisfacer con ella un deseo del autor. Cuando éste se dispuso á dar al público su obra, á pesar de los consejos que de ello pretendían disuadirle, preocupóse ante todo del tamaño y forma que había de dar al libro, pues nos manifiesta que da gran importancia á este punto.
Dice, en efecto, que hallándose el verano pasado en Bilbao, su pueblo nativo, y en una librería donde tiene consignados ejemplares de su novela Paz en la Guerra y de sus Tres Ensayos, le manifestó el librero que cuando volviese á publicar otro libro se cuidara mucho de su volumen y condiciones materiales, procurando que, á poder ser, tengan sus obras todas un mismo tamaño. A cuyo respecto le contó el librero lo que con uno de sus clientes le había ocurrido.
Fué el caso que un sujeto le había pedido en varias ocasiones las obras completas de Galdós, Pereda, Valera, Palacio Valdés y otros escritores de fama y éxito, y se las había servido. Pidióle luego las de Picón, y cuando llegaron éstas torció el cliente el gesto y les puso mala cara porque no eran todas de un mismo volumen, sino unas más largas y otras más anchas.
—¿Y cómo voy á encuadernar como «Obras completas de D. Jacinto Octavio Picón» si presentan tanta diversidad de tamaños?
El librero, como se trataba de un buen cliente, se ofreció en su obsequio á quedarse con ellas, y así se acordó, no llevándose el cliente más que dos ó tres, las que más le interesaban, ó sean las iguales en tamaño y forma. Y comentando luego el sucedido, decía el librero al señor Unamuno que procurara que sus libros todos fueran uniformes, pues así los vendería mejor.
Porque es indudable que hay quienes compran los libros para leerlos, y son los menos, y hay quienes los compran para formar con ellos biblioteca, y son los más. Y en una biblioteca está feo que los libros de un autor, que han de aparecer juntos, no puedan alinearse en perfecta formación y sin ningún saliente, ni hacia arriba ni hacia adelante.
Mas como por ahora no publica el señor Unamuno más que para lectores y no para bibliófilos, parécennos de poca importancia sus escrúpulos, y que debe dejar esas importantes consideraciones para cuando dé á la estampa su colección de «Obras completas», que nos complacemos en creer no ha de tardar mucho en hacerlo. Entonces publicará para las bibliotecas; por ahora debe contentarse con publicar para los lectores.
El mismo autor está conforme con estas consideraciones y le es indiferente, por ahora, el tamaño y demás condiciones materiales en que ha de aparecer su libro. Tal vez influya en esto, como en su estilo, cierto desdén, no bien justificado sin duda, hacia las formas exteriores.
Hechas tales manifestaciones, invitamos al lector á que entre en la lectura de una obra de la que ha de sacar algún deleite y creemos que también algún provecho.
I
Hipótesis más ó menos plausibles, pero nada más que hipótesis al cabo, es todo lo que se nos ofrece respecto al cómo, cuándo, dónde, por qué y para qué ha nacido Avito Carrascal. Hombre del porvenir, jamás habla de su pasado, y pues él no lo hace de propia cuenta, respetaremos su secreto. Sus razones tendrá cuando así lo ha olvidado.
Preséntasenos en el escenario de nuestra historia como joven entusiasta de todo progreso y enamorado de la sociología. Vive en casa de huéspedes, ayudando con sus sabias disertaciones de sobremesa, y aun de entre platos, la digestión de sus compañeros de alojamiento.
Vive Carrascal de sus rentas y ha llevado á cima, á la chita callando, sin que nadie de ello se percate, un hercúleo trabajo, cual es el de enderezar con la reflexión todo instinto y hacer que sea en él todo científico. Anda por mecánica, digiere por química y se hace cortar el traje por geometría proyectiva. Es lo que él dice á menudo: «sólo la ciencia es maestra de la vida» y piensa luego: «¿no es la vida maestra de la ciencia?»
Mas su fuerte está en la pedagogía sociológica:
—Será la flor de nuestro siglo—dice de sobremesa, mientras casca unas nueces, á Sinforiano, su admirador;—nadie sabe lo que con ella podrá hacerse...
—Hay quien cree que llegará á hacerse hombres en retorta, por síntesis químico-orgánica—se atreve á insinuar Sinforiano, que está matriculado en ciencias naturales.
—No digo que no, porque el hombre que ha hecho los dioses á su imagen y semejanza, es capaz de todo; pero lo indudable es que llegará á hacerse genios mediante la pedagogía sociológica, y el día en que todos los hombres sean genios...—engúllese una nuez.
—¡Pero qué teorías, don Avito!—prorrumpe, sin poder contenerse, el matriculado en ciencias naturales.
—¿Usted sabe, Sinforiano amigo, cómo hacen su reina las abejas?
—No, todavía no hemos llegado á eso...
—Entonces no sé si debo... porque el método...
—¡Oh, sí, sí, don Avito, sí! ¡qué teorías! ¡qué teorías!
—Pues es el caso que cogen un huevecillo cualquiera de hembra, uno cualquiera, uno como los demás, fíjese bien en esto, Sinforiano, un vulgar huevecillo de hembra, y mediante un trato especial y régimen de distinción, alimentando á la larva con pasta real ó regia, mediante una acertada pedagogía abejil, ó, si hemos de hablar técnicamente, melisagogía, sacan de él la reina...
—¡Qué teorías! ¡oh, qué teorías!
—No, amigo Sinforiano, no; son hechos. Y lo que hacen las abejas con sus larvas, ¿por qué no hemos de hacer con nuestros hijos los hombres? Tómese un niño, un niño cualquiera, con tal que sea niño y no niña...
—Me permite usted, don Avito—y ante el silencio del teorizante, prosigue Sinforiano:—¿por qué ha de ser precisamente niño?
—¿Y por qué ha de salir la reina precisamente de hembra? En la especie humana el genio ha de ser por fuerza masculino.
—¡Qué teorías!
—Tómese un niño cualquiera, digo, tómesele desde su estado embrionario, aplíquesele la pedagogía sociológica y saldrá un genio. El genio se hace, diga el refrán lo que quiera; sí, se hace... se hace... y ¿qué no se hace? Y lo demostraré...
Y ante el silencio de Sinforiano, que mira y calla, añade Carrascal rompiendo una nuez:
—¿Que cómo lo demostraré? ¿Cómo? ¡Pues... con hechos!
—¡Oh, los hechos!—suspira Sinforiano.
—¡Los hechos...!—repercute Carrascal, y quedan ambos mirando á la patrona, que pasa con un flan para el Delegado, que come aparte, en su cuarto.
—¿Están buenas las nueces?—les pregunta doña Tomasa.
—El hecho es que las más de ellas están huecas—contesta Carrascal.
—No puede ser, don Avito, porque son recientes y de veinticuatro perras celemín...
—No puede ser, señora doña Tomasa, ¡pero es!—responde con energía Carrascal.
Y así que ha despejado el campo doña Tomasa, yéndose envuelta en su prosaico vaho de cocina, Avito continúa:
—Con hechos, sí, amigo Sinforiano, ¡con hechos!
—¡Oh, los hechos!
—Tiempo hace que maduro un vasto plan para llevar á la práctica mis teorías, aplicando mi pedagogía sociológica in tabula rasa...
—¿Se va á hacer maestro?
—Algo más hondo.
—¿Más hondo?
—¡Más hondo, sí, voy á hacerme padre!
«¿Se hace uno padre ó le hacen tal?» piensa el matriculado en ciencias naturales, traduciéndolo en esta frase:
—Qué teorías, don Avito, ¡oh, qué teorías!
Y se levantan de la mesa, para madurar su plan el uno, para estudiar el otro la lección del día siguiente. Porque Sinforiano, como buen chico que es, se lleva siempre una lección por delante y unas cuantas por detrás.
Medita, en efecto, Carrascal buscar mujer á él y á su obra adecuada, y con ella casarse para tener de ella un hijo en quien implantar su sistema de pedagogía sociológica y hacerle genio. Por amor á la pedagogía va á casarse deductivamente.
Porque es de saber, antes de proseguir nuestro relato, que los matrimonios pueden ser inductivos ó deductivos. Ocurre, en efecto, con harta frecuencia, que rodando por el mundo se encuentra el hombre con un gentil cuerpecito femenino que con sus aires y andares le hiere las cuerdas del meollo del espinazo, con unos ojos y una boca que se le meten al corazón, se enamora, pierde pie, y una vez en la resaca no halla mejor medio de salir á flote que no sea haciendo suyo el garboso cuerpecito con el contenido espiritual que tenga, si es que le tiene. He aquí un matrimonio inductivo. En otros casos acontece que al llegar á cierta edad experimenta el hombre un inexplicable vacío, que algo le falta, y sintiendo que no está bien que esté el hombre solo, se echa á buscar viviente vaso en que verter aquella redundancia de vida que por sensación de carencia se le revela. Busca mujer entonces y con ella se casa en matrimonio deductivo. Todo lo cual equivale á decir que, ó ya precede la novia á la idea de casarse, conduciéndonos aquélla á ésta, ó ya el propósito del casorio nos lleva á la novia. Y el matrimonio del futuro padre del genio tiene que ser, ¡claro está!, deductivo.
Y como un hombre moderno, por mucho que en la pedagogía sociológica crea, no puede dejar de creer en la ley de la herencia, cavila noche y día Avito acerca del temperamento, idiosincrasia y carácter que su colaboradora ha de tener. Porque eso de que el huevecillo del futuro genio haya de ser un huevecillo como los demás, está bien en teoría, como postulado y punto de arranque de nuestra pedagogía, para los matriculados en ciencias, pero... ¿hemos de despreciar el instinto? A buscar, pues, novia.
Sentado ante su mesa, bien arrebujadas las piernas en una manta que imita una piel, y en largas horas de meditación fecunda, ha trazado Avito en unas cuantas cuartillas los caracteres antropológicos, fisiológicos, psíquicos y sociológicos que la futura madre del futuro genio ha de tener. Y tales caracteres en ninguna encarnan mejor que en Leoncia Carbajosa, sólida muchacha dólico-rubia, de color sano, amplias caderas, turgente y levantado pecho, mirar tranquilo, buen apetito y mejores fuerzas digestivas, instrucción variada, pensar libre de nieblas místicas, voz de contralto y regular dote. Avito ha puesto sus ojos en los de ella, por si éstos le dicen algo; pero Leoncia, á fuer de futura madre de genio futuro, no responde más que con la boca, y eso cuando se la pregunta.
Decidido á la conquista de Leoncia, pónese Avito á redactar con tiento y medida eso que se llama carta de declaración. La cual no cabe sea, ¡naturalmente! centón de esas encendidas frases que el amoroso instinto dicta, sino reposados argumentos que de la científica teoría del matrimonio derivan. Y del matrimonio mirado á luz sociológica. Doce horas, en seis noches consecutivas, le cuesta el documento. Y no es la cosa para menos, porque cuando al rodar de los años se estudie al genio obtenido por pedagogía, pieza de escogido estudio habrá de ser, sin duda, la Carta Magna que de preludio le sirve. Escríbela, por lo tanto, Avito para la posteridad, á través de Leoncia, la dólico-rubia de anchas caderas. Es todo un informe amoroso; allí, con la precisa hoja de parra, las ineludibles necesidades orgánicas, allí psicología del amor sexual al alcance de las Leoncias Carbajosas y de la posteridad á que resumen, con el genio de la especie y demás metafísicas, allí la ley de Malthus, allí la tendencia sociológica á la monogamia, y allí, en fin, el problema de la prole. Cuajado todo ello en un sutil tejido en que se le suelta á la imaginación su parte, haciéndole ver, cual tentador señuelo, allá, en gloriosa lontananza, al espléndido genio. Lee y relee el expediente, corrigiéndolo á cada lectura, se lo recita tomándose de posteridad, y cuando lo ha visto bueno saca de él copia y se guarda la pieza original esperando coyuntura propicia de que á la interesada se le traslade. Quiere antes prepararla para que sea menos brusca la emoción que le cause y el efecto útil mayor.
Dirígese Avito á casa de Leoncia á iniciar el advenimiento del genio.
—No hagas caso, Leoncia, esas son cosas de mi hermano, y á un hombre que como mi hermano tiene cosas, se le oye como quien oye llover...
—Es que como empiezo á padecer de reuma, me gusta poco el oir llover...
—¡Don Avito Carrascal!—anuncia la criada en este punto.
—¿Le conoces?—pregunta Leoncia á Marina.
—De oídas tan sólo...
—Pues merece que te le presente.
Y así que al entrar don Avito ha saludado á Leoncia, ésta:
—Avito Carrascal, mi buen amigo... Marina del Valle, mi casi hermana...
—¿Del Valle?—mormojea Avito mientras acariciando en el bolsillo el amoroso informe, se dice: «¿pero qué es esto? ¿qué es esto que me pasa? ¿qué me pasa? ¿dónde he tratado yo mucho á esta muchacha? ¡pero si no la he visto hasta hoy! ¿qué es esto?»
—¡Hermoso día!—exclama Leoncia.
—Es que estamos ya en primavera, Leoncia—dice Marina.
—¡Exactísima observación! Ayer equinoccio... Sin embargo, la savia de los vegetales...—y se detiene Avito al ver que los tersos ojazos de Marina se orientan á los suyos y que desplegando la boca se pone á oirle con todo el cuerpo y con el alma entera.
«Pero ¿qué tendré hoy—se dice el futuro padre del genio,—qué me pasará que no acierto á ligar dos ideas? ¿Se me rebelará la bestia?» Marina, en tanto, parece esperar lo de la savia de los vegetales; vésele el ritmo del pecho, y en sus cabellos de azabache se tiende á descansar la luz cernida por los visillos.
—La savia de los vegetales—prosigue Carrascal—hace tiempo que ha dado botones de flores...
—¿Le gustan á usted las flores?—le pregunta Leoncia.
—¿Cómo estudiar botánica sin ellas?
Marina, apartando sus ojos de Avito, los vuelve sonrientes á Leoncia y al hombre luego, como quien dice: ¡tiene gracia! Y al observarlo Carrascal oye una voz que en su interior le dice: «¡alma primitiva, protoplasmática, virginal! ¡corazón inconciente!» á la vez que su corazón, conciente y todo, empieza á acelerar su martilleo.
—Usted debe de saber muchas cosas, señor Carrascal.
—¿Por qué, mi señora doña Marina?
—Porque mi hermano cuando hay algo así, muy enrevesado, dice: ¡á Carrascal con eso!
—¿Su hermano?
—Sí, Fructuoso del Valle.
«¡Pobre muchacha!—piensa Avito—tan hermosa y en poder aún de ese...» y dice:
—Oh, no, es favor que don Fructuoso quiere hacerme y que tal vez me hace, porque eso de saber muchas cosas...—y se atasca.
«¿Qué cosas sabes tú, Avito Carrascal, qué cosas sabes frente á esos tersos ojazos cándidos que empiezan á decirte lo que no se sabe ni se sabrá jamás?»
Leoncia barrunta algo y hasta adivina qué. No es este Avito el Avito de otras veces, dueño siempre de sí y de su palabra, en el decir afluente y preciso, firme y exacto en el pensar. Tiene en la punta de la lengua esta pregunta: «pero ¿qué le pasa á usted hoy, Avito?»; mas coligiendo que no de paso sino de queda es lo que Avito siente, tira á abreviar la visita.
«Y ¿qué me hago de la exposición matrimoniesca?—piensa Avito.—A preparar su recepción vine... ¡habrá que pensarlo más despacio...!»
Se levanta para retirarse y las dos mujeres se levantan también. Y como si una planta frondosa y aromática se desplegase de pronto siente Avito en el ámbito del alma perfumada frescura. Le da la mano... y esto ¿qué es? ¿cómo se llama? ¡sí! ¿cómo se llama?
«¿Es que me he vuelto tonto?—dícese Avito ya en la calle;—¡buena manera de preparar á la futura madre del genio! ¿qué pensará de mí?» Y llegado á casa: «¿Qué es lo que me ha pasado? ¿cómo se llama? sí, ¿cómo se llama? porque aquí está el nudo de la cuestión, en cómo se llame. Durmamos, durmiendo es como se digieren estas impresiones... ¡Tengo para mí que ha entrado en juego el Inconciente... démosle su parte... á dormir!» Mete el amoroso informe bajo la almohada y se acuesta. Al despertar sabe ya de cierto que está enamorado de Marina; háselo dicho el sueño. Desde las excelsas cimas de la deducción se ha despeñado á los profundos abismos inductivos.
Y se abre la única batalla que hasta hoy ha empeñado Avito en su conciencia. Es en ésta un terremoto; agítansele ondulantes las oscuras entrañas espirituales; el elemento plutoniano del alma amenaza destruir la secular labor de la neptuniana ciencia, tal como así lo concibe, en geológica metáfora, el mismo Carrascal, escenario trágico del combate. «Ha entrado en juego el Inconciente», se dice á cada paso.
Leoncia, la deductiva, la dólico-rubia de sano color, anchas caderas, turgente y levantado pecho, mirar tranquilo y buen apetito, de una parte, de la parte de encima, en las aguas de la ciencia envuelta, y de otra parte Marina, la inductiva, por misteriosa ley de contraste braqui-morena, sueño hecho carne, con algo de viviente arbusto en su encarnadura y de arbusto revestido de fragantes flores, surgiendo esplendorosa de entre los fuegos del instinto, cual retama en un volcán.
Al poco agua y fuego vuelven, como de costumbre, á soldar un pacto; redúcese parte de aquélla á nube, apágase parte de éste. Empiezan á chalanear ciencia é instinto ahora que Avito ha vuelto á ver, como por acaso, á Marina y ha vuelto á departir con ella. El amoroso instinto de Carrascal se dispone á obedecer á la ciencia del teorizante; mas es indicándole antes en silencio, al oído y á oscuras, lo que ha de mandarle.
«El genio ¿no es tan hijo de la naturaleza como del arte?—se dice Avito;—¿no es la naturaleza hecha arte, lo que equivale á decir que es el arte hecho naturaleza? ¿no es el feliz consorcio de la reflexión con el instinto, instinto reflexivo á la par que reflexión instintiva?» Démosle, pues—así piensa esto, en primera persona del plural del presente de subjuntivo, ó de imperativo si se quiere,—démosle su parte de naturaleza, de instinto, de inconciencia; no hay forma sin materia. El arte, la reflexión, la conciencia, la forma lo seré yo, y ella, Marina, será la naturaleza, el instinto, la inconciencia, la materia. Y ¡qué naturaleza! ¡qué instinto! ¡qué materia!... ¡qué materia sobre todo...!—le dicen las corrientes plutonianas con su lenguaje de sacudidas del corazón—¡qué materia! Yo la trabajaré, como las aguas á la tierra, la surcaré, le daré forma, seré su artífice. ¡Cállate! ¡cállate!—le dice á una voz de su interior que le murmura: «mira, Avito, que caes... que caes, Avito... que caes... eso es el señuelo... así no se llega al genio... que caes...» ¡Cállate!—Y termina en esta conclusión: ¡Marina es materia prima de genio, forma de él yo! ¿Pues qué? ¿la belleza física nada quiere decir? Los verdaderos genios, los de verdad, han debido de ser hijos de mujeres guapas, y si la historia lo negare ó es que el supuesto genio no es tal ó es que no se fijaron bien en su madre.
¿Y el informe amoroso? ¿Lo entenderá acaso la braqui-morena plutoniana? Oh, el instinto adivina lo que no entiende. Y recuerda Avito haber contemplado con qué atención observaba una vez una gata á un conejillo de Indias inoculado de tifoidea y la apacible familiaridad con que las aves del cielo se posan en los hilos del telégrafo, lejos de los lirios del campo. Cosa decidida, pues; el documento redactado para Leoncia irá, tal como lo está, á Marina.
Al acabar Marina de leerlo y mientras le danza el corazón, se dice, sin querer, con su hermano: «¡á Carrascal con esto!» Y luego: «¡qué Carrascal este, Dios mío, qué Carrascal! ¡acordarse de mí!» Va en seguida, sin quererlo también, á mirarse al espejo, en el que se encuentra con sus propios ojos que le dicen lo que no se sabe ni se sabrá jamás. «¡Oh, qué Carrascal! sí, está á la altura de su reputación, no hay duda. Y no es feo, no, no es feo, pero yo... Y tiene unas ideas... qué idea, qué idea esta de pretenderme, y de pretenderme así...»
Y ahora, cual avecilla del cielo posada en los alambres telegráficos, lejos de los lirios del campo, se dice: «¿ineludibles necesidades orgánicas...—súbesele el rubor á las mejillas—genio de la especie... ley de Malthus... matriarcado... matriarcado?... ¡matriarcado!... tendencia social á la monogamia... matrimonio y patrimonio... genio del porvenir... pedagogía sociológica... Y ¿cómo le digo que no? ¡Con qué cara le digo que no, yo, pobre de mí, Marina del Valle, á todo un don Avito Carrascal! Alguno había de ser, éste ú otro... pero don Avito... ¡don Avito Carrascal! ¿Cómo le digo que no? ¿Cómo se hace eso? Si viviera mi madre para aconsejarme... ¡pero Fructuoso, nada más que Fructuoso!» Al recordar á su hermano una ráfaga de aire frío le vuelve á la realidad, porque Fructuoso del Valle, tratante en granos y presidente del comité lopecista, es un saco del más barato sentido común.
Al recibir Carrascal carta de Marina, en que acepta ésta las relaciones que aquél le ha propuesto, se dice: «¡la ha copiado de algún manual!» y se satisface. ¿No es el copiar lo propio del instinto, de la naturaleza, de la materia? La carta dirá lo que quiera, ¿pero los ojos...? ¡Oh, los ojos! Estos sí que al copiarlo todo no copian nada; son absolutamente originales, con clásica originalidad, que de plagios se mantiene.
Procúranse una entrevista en que Avito se propone estar masculino, dominador, cual cumple á la ciencia, y domeñar á la materia al punto.
—Me hace usted mucho honor, don Avito...
—¿Usted? ¿don? háblame de tú, ¡Marina!
—Como no tengo costumbre...
—Las costumbres se hacen; el hábito empieza por la adaptación; un fenómeno repetido...
—¡Ay, por Dios!
—¿Qué te pasa?
—¡Lo del fenómeno!
—¿Pero qué?
—No hable de fenómenos, que tuve un hermanito fenómeno y parece que estoy viendo aquellos ojos que querían salírsele y aquella cabeza ¡qué cabeza, Dios mío! no hable de fenómenos...
—¡Oh la ignorancia, lo que es la ignorancia! fenómeno es...
—No, no, nada de fenómenos... y menos repetidos...
—¡Pero qué ojos, Marina, qué ojos!—y en su interior añade: «¡cállate!» á la voz que le murmura: «que caes, Avito... que caes... que la ciencia marra...»
—Pero no se ría si digo algo...
—Yo no me río cuando se trata de algo serio, y nosotros, Marina, tratamos ahora de lo más serio que hay en el mundo.
—Es verdad—agrega Marina con profunda convicción y maquinalmente, con la convicción de una máquina.
—Y tan verdad como es. Se trata, Marina, no ya de decidir de nuestra suerte, sino de la suerte de las futuras generaciones acaso...
Se pone la Materia tan grave que al abrir los ojos hace vacilar á la Forma.
—La suerte de las futuras generaciones, digo... ¿Sabes tú, Marina, cómo hacen las abejas su reina?—y se le acerca.
—No entiendo de esas cosas... Si no me lo dice...
—Háblame de tú, Marina, te lo repito; háblame de tú. Deja ese impersonal porque aquí es todo personal, personalísimo.
—Pues... pues... no sé...—pónese como la grana—si no me lo dices...
—¿Pero no, qué te importa lo que hagan las abejas, amor mío?—y luego á la voz interior: «¡cállate!» y se detiene.
«¿Amor mío?» ¿Quién ha dicho eso? ¿Qué es eso de «amor mío?» El genio de la especie ¡oh! el Inconciente.
—El genio de la especie...—continúa Avito.
—¡Qué ideas, Carrascal, qué ideas!
—¿Carrascal? No me gustan las mujeres que llaman á sus maridos por el apellido.
Al oir lo de marido y mujer se le encienden las mejillas á Marina, y encendido Avito por ello se le acerca más y le pone una mano sobre la cadera, de modo que la Materia quema y la Forma arde.
—¿Ideas? ¡mi idea eres tú, Marina!
—¡Oh por Dios, Avito, por Dios!—y le esquiva.
—¿Por Dios? ¿Dios?... bueno... sí... todo es cuestión de entenderlo... Acabarás por hacerme creer en él—y lanzando un «¡cállate!» á la voz interior que le dice: «que marra la ciencia... que caes, Avito...», coge á la Materia en brazos y la aprieta contra el pecho.
—Déjeme, por Dios, déjeme... déjame... mi hermano...
—¿Quién? ¿Fructuoso?
—Lo mejor será acabar pronto, Avito.
—Querrás decir empezar pronto, Marina.
—Como quieras.
—Sí, empezar pronto como quiera. Y ahora ven, sellemos el pacto.
—¿Qué es eso?
—Ven, ven, y lo verás.
La coge ahora de nuevo, la aprieta en los brazos y le pega en la boca un beso, de los que quedan. Y así, sujeta, sofocada la pobre, con el corazón alborotado, dícele él:
—Tú... tú... Marina... tú...
—Ay, por Dios, Avito, ay... por Dios...—y cierra los ojos.
También Avito los cierra un momento, y sólo se oye el latir de los corazones. Y la voz interior le dice á Carrascal: «el corazón humano, esta bomba impelente y absorbente, batiendo normalmente, suministra en un día un trabajo de cerca de 20.000 kilográmetros, capaz de elevar 20.000 kilos á un metro...» Y en voz alta, como enajenado:
—Bomba impelente...
—Ay, por Dios, Avito... no... no...
—Tú... tú... vamos, tú... Mira que hasta tanto no te suelto...
Los labios de la pobre Materia rozan la nariz de la Forma y ahora ésta, ansiosa de su complemento, busca con su formal boca la boca material y ambas bocas se mezclan. Y al punto se alzan la Ciencia y la Conciencia, adustas y severas, y se separan avergonzados los futuros padres del genio, mientras sonríe la Pedagogía sociológica desde la región de las ideas puras.
Al saberlo Fructuoso se queda un rato mirando á su hermana, sonríe y da unas vueltas por la estancia.
—¡Pero mujer, con don Avito Carrascal!...
—Con alguno había de ser...
—¡Claro! ¡pero... con Carrascal!
—¿Tienes algo que oponer?
—¿Oponer? yo no.
«¡Con Carrascal!—piensa—¡cuñado de don Avito! ¡psé! Como marido tal vez lo haga bien... Fortuna... tiene... gastador no es... lo demás la familia lo trae consigo... Y después de todo, para lo que ella vale...» Todo esto pasa por la mente de Fructuoso que como saco de sentido común es profundamente egoísta, por ser el egoísmo el sentido común moral.
—¿Oponerme? ¡Dios me libre! ¡Cásate con quien quieras, siempre que sea persona honrada y que pueda mantenerte sin necesitar de tu dote, aunque sea con don Avito!
«¡Qué bruto!» se dice en su corazón Marina, que aun sin saberlo, ve en el matrimonio una manera de libertarse del tratante en granos.
Para Carrascal llega la segunda batalla, la de si habrá de casarse por lo religioso, transigiendo con el mundo. Acude á la sociología y ésta le convence á transigir.
Y he aquí cómo se unen la Materia y la Forma en indisoluble lazo.
II
«¡Has caído, Avito, has caído!—le dice la voz interior—¡has caído! has convertido á la ciencia en alcahueta... ¡has caído!» Y mientras echa de menos á su fiel Sinforiano, no le sirve repetir: «¡cállate! ¡cállate! ¡cállate!» Pasada la embriaguez de los primeros días, disipada la nube que de las aguas de la ciencia levantaran los fuegos del instinto, empieza á vislumbrar la verdad. Ha sido una caída, una tremenda caída á la inducción, mas es preciso aceptarla y aprovecharla en beneficio del futuro genio. Ahora que posee á Marina se acuerda más de Leoncia, oliendo la cabellera de la braqui-morena sueña en la de la dólico-rubia. ¡Si cupiera fundirlas en una!... ¿Por qué el goce de lo poseído ha de encendernos el apetito de lo que no poseemos?
«La Materia es inerte, estúpida: tal vez no es la belleza femenina más que el esplendor de la estupidez humana, de esa estupidez que representa la perfecta salud, el equilibrio estable. Marina no me entiende; no hay un campo común en que podamos entendernos; ni ella puede nadar en el aire, ni yo volar en el agua. ¿Educarla? ¡imposible! Toda mujer es ineducable; la propia más que la ajena.» Así piensa Avito.
¿Y Marina? A los pocos días de trasladada del poder de su hermano al del marido se encuentra en regiones vagarosas y fantásticas, se duerme y en sueños continúa viviendo, en sueños incoherentes, bajo el dominio de la figura marital que anda, come, bebe, y pronuncia extrañas palabras.
—¿Y tu marido?—le pregunta Leoncia un día.
—¿Mi marido? ah, sí, ¿Avito? ¡bien!
¡Qué casa, Dios mío, qué casa! Hay que dejar abierta de noche la ventana del cuarto, por donde entran las tinieblas exteriores y el aire fresco, no hay que espumar el puchero, hay que sumergir á cada paso los cubiertos en esa cubeta con solución de sublimado corrosivo que está sobre la mesa, y esos extraños vasos, graduados, y con su rótulo H2O, y el salero con su ClNa, y ese retrete de báscula y... ¡qué mundo, Dios mío, qué mundo!
Una noche, sacudiendo por el momento el sueño crónico y antes de entregarse al otro, susurra Marina unas palabras al oído de Avito, le abraza éste sin poder contenerse y no duerme en toda la noche. Ya está en función el pedagogo.
—¡Vamos, Marina, un poco más de alubias!...
—Pero si no me apetecen...
—No importa, no importa... ahora tienes que comer más con la reflexión que con el instinto, más con la cabeza que con la boca... Vamos, un poco más de alubias, alimento fosforado... fósforo, fósforo, mucho fósforo es lo que necesita...
—Mira que luego no voy á poder comer la chuleta...
—¿La chuleta? ¡no importa! ¿Carne? No, la carne aviva los instintos atávicos de barbarie... ¡fósforo! ¡fósforo!
Y Marina se esfuerza por hartarse de alubias.
—Y luego acabaré de leerte la biografía de Newton... ¡qué gran hombre! ¿no te parece? ¿no te parece que era un gran hombre Newton?
—Sí.
—Piensa bien qué gran hombre era... Si saliese nuestro hijo un Newton...—y agrega para sí: «me parece que estoy sugestivo... así, así...»
—¿Y si sale hija?—dice ella por decir algo, á lo que se pone muy serio Avito, que no quiere contar con la genia.
—Esta tarde iremos al Museo, á que veas las obras maestras y te empapes en ellas; allí te explicaré el papel social, digo sociológico, del arte.
—Pero si...
—¿Que no lo entiendes? No importa, no importa nada... no trato de instruirte, sino de sugestionarte... La sugestión es un fenómeno...
—¡Por Dios, Avito, por Dios! fenómeno no... no... no...
—Tienes razón, ¡torpe de mí! tienes razón... esa ignorancia... A la noche iremos á la Ópera, á que te armonices...
—Pero si acaba tan tarde... si no tengo ganas...
—Hay que hacerlas. Mira que ya no te perteneces, Marina, que ya no nos pertenecemos...
La mujer se deja hacer; come alubias á todo pasto, escucha biografías de grandes hombres según don Avito, mira cuadros, oye música...
—Mejor quisiera que me leyeses en el Año cristiano la vida del santo de hoy...—se atreve á suplicar un día desde su sueño.
Avito la mira diciéndose: «¡oh, el atavismo!» y arranca en una disertación contra los santos todos del Año cristiano, hombres anti-sociales y mejor aún que anti-sociales antisociológicos. Y al observar la expresión de su mujer se dice: «¡hasta las entrañas mismas! ¡esto hará su efecto!»
Marina se siente mal y Avito se alarma por ello. Ocúrresele si podrá ser un parto prematuro, y sorprendido de su imprevisión en este respecto, piensa pedir una incubadora Hutinel, por si acaso. Y hasta le halagaría, allá, por muy dentro, que fuera tal cosa, pues podría así comprobar en su hijo las maravillas de la ciencia. Y como la indisposición de su mujer se agrava, tiene que llamar al médico, un médico sociólogo también.
—¿Qué?—pregunta Avito ansioso, después del reconocimiento médico, pensando en la incubadora.
—No es más que una indigestión... una fuerte indigestión... ¿qué ha comido usted, señora?
—¡Alubias!
—Pero eso...
—Es que me hastían ya, las aborrezco...
—¿Pues por qué las toma?
—Soy yo, soy yo quien se las hago tomar... por causa del fósforo...
—¡Ah!—y poniéndole una mano sobre el hombro, le dice el médico:—No indigeste de fósforo al genio, amigo Carrascal, que no basta fósforo en el cerebro para que éste dé luz; no basta, pues acaso le tenemos todos de sobra.
—¿Entonces?
—¡Es menester además... raspa!
—¡Piedra, yesca y eslabón! que cantábamos de niños.
—¡Exacto!
—Ya que no quieres ir á la ópera—dice un día Avito á su mujer—he ideado lo que la sustituya...
Hace traer un aristón, coloca en él el disco de una melodiosa sonata, y puesta la mano en el manubrio dice:
—Quiero que oigas música. Además, las vibraciones rítmicas palpitarán en el aire y esas vibraciones habrán de trasmitirse en torno... Allá donde lleguen todo se acordará rítmicamente en cuanto sea posible, y no cabe duda, las tiernas células del embrión habrán así de hacerse más armónicas... Ven, acércate, siéntate ahí...
—Pero...
—¡Pero ahora escucha!
Empieza á darle al manubrio. La pobre Materia soñolienta mira con sus tersos ojazos cándidos á la figura dominante de su sueño; despiértale la sonata las dormidas ternuras maternales, y empieza á inundarle el corazón maternal piedad, piedad jugosa hacia el padre del futuro genio.
—Ven, acércate, que te lleguen al regazo las rítmicas ondulaciones; que envuelvan al tierno embrión...
Siente la pobre Materia que le hinchen las aguas profundas del espíritu, amargas linfas, que le ahogan el corazón de madre, que los objetos todos, la cómoda, las sillas, la consola, el espejo, el espejo sobre todo, la mesa, todos se ríen de ella; córrele la sangre al rostro, á reirse también viendo aquello, y avergonzada al sentir el rubor, empiezan á rezumar sus ojos silenciosas lágrimas y las lágrimas le acongojan.
—Oh, veo que te afecta demasiado, y tampoco eso... tampoco eso... No le quiero sentimental. Un sentimental no puede ser buen sociólogo. Y ahora, puesto que hace tan buen día, á pasear un rato, á tomar luz... ¡luz! ¡luz! ¡mucha luz!
Y ya de paseo, dice:
—La educación empieza en la gestación... ¿qué digo? en la concepción misma... antes, mucho antes, venimos educándonos ab initio, desde lo homogéneo primitivo.
Ella calla y él prosigue:
—Y tú, Marina, eres muy homogénea.
Adivina un insulto. ¿Insulto? ¿Pero es que esta figura insulta? ¿Qué quiere decir todo esto? ¿Hay algo que quiera decir algo?
Avito piensa: «Debería leerle algo de embriología; que sea conciente de lo que hace... ¡pero no! que sea inconciente, así saldrá mejor... sin embargo...» Y al siguiente día le enseña una preparación embriológica en el período correspondiente. Y ella, emergiendo del sueño crónico, exclama:
—Quita, quita, por Dios, quita, quita eso...
—Ah, si pariésemos los hombres...—suspira Avito, callándose lo de: «lo haríamos más científica y concientemente.»
—Es que si parieseis los hombres no seríais hombres, sino mujeres...
Al oir lo cual piensa Avito con regocijo: «genio, genio, ¡de seguro genio!» y luego, en vez de «¡cállate!», dícele á su voz interior: «¿lo ves?»
Han corrido días. La pobre Materia siente que el Espíritu, su espíritu, un dulce espíritu material, va empapándola y como esponjándola, pero no ya en aguas de amargura, sino en el más dulce rocío que de esa amargura al evaporarse queda. Cántale la Humanidad eterna en las eternas entrañas del alma. A solas se toca los pechos que empiezan á henchírsele; va á brotar del sueño la vida, la vida del sueño. ¡Pobre Avito! ¿despertará ahora? ¿se adormirá ahora?
Ha llegado el día; lo tiene ya de antemano dispuesto todo Carrascal, y aquí él, tranquilo, abroquelado en ciencia, al encuentro del Destino. Laméntase la Materia de cuando en cuando, levantándose, paseándose un momento, volviéndose á sentar.
—No puedo, no puedo, don Antonio, no puedo más... yo me muero ¡ay! me muero... no puedo más...
—Eso no es nada, Marina, un dolorcillo sin importancia; ayúdelo, ayúdelo... venga un dolor decente, un dolor como es debido y se acabó todo....
—Yo tengo más, don Antonio, yo tengo más... esto es otra cosa... esto es muy grave... yo me muero... ¡ay! adiós. ¡Avito!... yo me muero... me muero...
—Lo de todas, doña Marina, lo de todas... eso no es nada...
—¿Que no es nada?... ¡ay! me muero... me muero... quiero morirme... ¡adiós!
—¡Vaya, vaya! descanse un rato...
—Fruto de la civilización estos dolores—interviene don Avito,—la civilización habrá de suprimirlos. Bien te dije que el cloroformo...
—Cállate... no... no... cloroformo no... ¡ay! que me muero... ¡ay!... yo quiero morirme... Don Antonio... el cloroformo es cosa de judíos... ¡ay! que me muero...
—O bien se anticipará científicamente este acto y luego la incubadora...
—Calla, calla, calla...
Trágase á hurtadillas una cintita de papel, hecha rollo, cintita en que está impresa una jaculatoria en dístico latino, y luego otro papelillo en que hay una imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Son su cloroformo.
Llega el momento, asoma el futuro genio la cabeza para mirar al mundo, entra en el escenario y se pone á berrear. Es lo único que se le ocurre hacer, ya que ha de hacer algo al pisar las tablas. Juega con el aire; toca un chillido en el albogue de su gaznate. Avito mira al reló; las 18 horas y 58 minutos.
—Esa cabeza...—dice con desfallecimiento la madre.
—Ella se le arreglará sola—contesta el médico.
—Pero qué fea la tiene, ¡pobrecito!—y sonríe.
—¡Bah!—dice Avito,—ha sido el trabajo de nacer. ¿O crees que tú lo has hecho todo y él nada?
—Yo le he dado á luz, ¡hombre!
—¡Y él te ha nacido, mujer!
—Y ahora, ¿quiere usted morirse?—le pregunta el médico.
—¡Pobrecito!—contesta ella.
El padre le coge y le lleva á la balanza, á pesarle; luego á una bañera especial que á prevención tiene, y ¡adentro del todo!, que le cubra por completo el agua, para ver en el tubo registrador el número de litros que ha subido, el volumen. Con peso y volumen deducirá luego su densidad, la densidad genial nativa. Y lo talla, y le toma el ángulo facial y el cefálico y todos los demás ángulos, triángulos y círculos imaginables. Con ello abrirá el cuadernillo.
La casa está dignamente provista para recibirlo; techos altos, como ahora se lleva, iluminación, aereación, antisepsia. Por todas partes barómetros, termómetros, pluviómetro, aerómetro, dinamómetro, mapas, diagramas, telescopio, microscopio, espectroscopio, que á donde quiera que vuelva los ojos se empape en ciencia; la casa es un microcosmo racional. Y hay en ella su altar, su rastro de culto, hay un ladrillo en que está grabada la palabra Ciencia, y sobre él una ruedecita montada sobre su eje; toda la parte que á lo simbólico, es decir, á lo religioso, como él dice, concede don Avito.
III
Ya tenemos al niño, al sujeto, y ahora surge el primer problema, el del nombre. El nombre que á uno le pongan y que tenga que llevar puede hacer su felicidad ó su desgracia; es una perpetua sugestión. ¿No se oye decir á muchos: «me debo á mi nombre»? ¡Cosa ardua el cómo me llamen y cómo me llame á mí mismo!
El nombre tiene que ser griego por ser la lengua griega la de la ciencia, sonoro y significativo además. Relee Carrascal la carta en que el singular filósofo don Fulgencio ha contestado á su pregunta y que dice así:
«Hay quien lleva como un castigo su nombre, como joroba que al nacer le impusieron. En rigor debía aguardarse á que el hombre diese sus frutos para ponerle nombre á ellos ajustado; mientras no ostente carácter propio no debía tener más que nombre provisional ó interino, ya que no fuese anónimo. Los pseudónimos y los motes son más verdaderos que los nombres legales, ya que apenas hay cosa legal que sea verdadera, y la que verdadera resulte será á pesar de su legalidad, jamás merced á ella.» Y luego propone don Fulgencio varios nombres, entre los cuales Fisidoro, don de la naturaleza; Nicéforo, vencedor; Filaletes, amante de la verdad; Aniceto, invencible; Aletóforo, portador de la verdad; Teodoro, don de Dios, y Teoforo, portador de Dios, entendiendo por Dios lo que por él entiende el singular filósofo; Apolodoro, don de Apolo, de la luz del Sol, padre de la verdad y de la vida... Avito vacila; inclínase á Apolodoro por lo simbólico y sobre todo por empezar como Avito con A, lo que ha de permitir que se sirvan padre é hijo de un mismo baúl y que no haya que cambiar las iniciales de los cubiertos: A. C. Sólo tiene el inconveniente de eso de Apolo, una deidad pagana, una forma de superstición, dígase lo que se quiera. Aunque por otra parte lo de Apolo no puede entenderse ya más que como un símbolo, un símbolo del Sol, de la luz, del generador de la vida. Va á decidirse por Apolodoro, y la voz interior: «caíste ya y vuelves á caer, y caerás cien veces y estarás cayendo de continuo; transigiste con el amor, con el instinto, con lo carnal, transigirás con la superstición pagana y tu hijo llevará siempre como un estigma ese nombre y le llamarán abreviándoselo: Apolo; mejor es que le llames Teodoro, que al cabo es nombre más corriente y llano y equivale á lo mismo, pues ¿qué va de Apolo á Dios?» Y Avito contesta á ese importuno demonio que al enamorarse le entró, diciéndole: «No, no es lo mismo Apolo que Dios, no equivale Teodoro á Apolodoro, porque en Apolo no cree ya nadie y no pasa de ser una mera ficción poética, un puro símbolo, mientras aún quedan quienes creen en Dios, y así si le llamo Apolodoro nadie supondrá que pueda yo creer en la existencia real y efectiva de Apolo, mientras que si le bautizo, digo, no, si le denomino Teodoro podrá creerse que creo en Dios. De Dios se podrá hablar, podremos hablar los hombres de razón, cuando nadie crea en él, cuando sea un puro símbolo... ¡entonces sí que nos será útil!» Y la voz: «has caído, has caído y volverás á caer cien veces, y estarás cayendo sin cesar... ¿Si pudieras llamarle A. B. C. ó X. como por álgebra? Tan derogación es llamarle Apolodoro como Teodoro: ponle un nombre sin sentido, algébrico, llámale Acapo ó Bebito ó Futoque, una cosa que nada signifique y á que dé significado él; mete en un sombrero sílabas, saca tres y dale así nombre.» Y Avito replica: «¡cállate! ¡cállate! ¡cállate!» y se queda con Apolodoro, salvo confirmárselo ó rectificárselo según los frutos que dé.
El sueño de Marina se hace más profundo, baja á las realidades eternas. Siéntese fuente de vida cuando da el pecho al hijo. Desprende el mamoncillo la cabeza y quédase mirándola, juega con el pezón luego. Y cuando en sueños sonríe se dice la madre: es que se sueña con los ángeles. Con su ángel se sueña ella, apretándoselo contra el seno, como queriendo volverlo á él, á que duerma allí, lejos del mundo.
Avito no hace sino preguntarla: «¿Qué tal? ¿tienes leche suficiente? ¿te sientes débil?» Y no satisfecho con las seguridades que su mujer le da, envía á que se analice la leche, que se analice escrupulosamente, á microscopio y á química.