TRES NOVELAS EJEMPLARES
Y UN PRÓLOGO
ES PROPIEDAD
Copyright by Calpe, 1920.
Papel especialmente fabricado por La Papelera Española.
MIGUEL DE UNAMUNO
TRES NOVELAS
EJEMPLARES
Y UN PRÓLOGO
CALPE
COLECCIÓN CONTEMPORÁNEA
MADRID-BARCELONA
1920
Imprenta Artística, Sáez Hermanos, Norte, 21.—Madrid.—Teléfono 17-65 J.
PRÓLOGO
I
¡Tres novelas ejemplares y un prólogo! Lo mismo pude haber puesto en la portada de este libro Cuatro novelas ejemplares. ¿Cuatro? ¿Por qué? Porque este prólogo es también una novela. Una novela, entendámonos, y no una nívola; una novela.
Eso de nívola, como bauticé a mi novela—¡y tan novela!—Niebla, y en ella misma, página 158, lo explico—, fué una salida que encontré para mis...—¿críticos? Bueno; pase—críticos. Y lo han sabido aprovechar porque ello favorecía su pereza mental. La pereza mental, el no saber juzgar sino conforme a precedentes, es lo más propio de los que se consagran a críticos.
Hemos de volver aquí en este prólogo—novela o nívola—más de una vez sobre la nivolería. Y digo hemos de volver así en episcopal primera persona del plural, porque hemos de ser tú, lector, y yo, es decir, nosotros, los que volvamos sobre ello. Ahora, pues, a lo de ejemplares.
¿Ejemplares? ¿Por qué?
Miguel de Cervantes llamó ejemplares a las novelas que publicó después de su Quijote, porque, según en el prólogo a ellas nos dice, «no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso». Y luego añade: «Mi intento ha sido poner en la gloria de nuestra república una mesa de trucos, donde cada uno pueda llegar a entretenerse sin daño de barras, digo, sin daño del alma ni del cuerpo, porque los ejercicios honestos y agradables antes aprovechan que dañan.» Y en seguida: «Sí; que no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan los oratorios, no siempre se asiste a los negocios por calificados que sean; horas hay de recreación, donde el afligido espíritu descanse; para este efecto se plantan las alamedas, se buscan las fuentes, se allanan las cuestiones y se cultivan con curiosidad los jardines.» Y agrega: «Una cosa me atreveré a decirte: que si por algún modo alcanzara que la lección de estas novelas pudiera inducir a quien las leyera a algún mal deseo o pensamiento, antes me cortara la mano con que las escribí que sacarlas en público; mi edad no está ya para burlarse con la otra vida, que al cincuenta y cinco de los años gano por nueve más y por la mano.»
De lo que se colige: primero, que Cervantes más buscó la ejemplaridad que hoy llamaríamos estética que no la moral en sus novelas, buscando dar con ellas horas de recreación donde el afligido espíritu descanse, y segundo, que lo de llamarlas ejemplares fué ocurrencia posterior a haberlas escrito. Lo que es mi caso.
Este prólogo es posterior a las novelas a que precede y prologa como una gramática es posterior a la lengua que trata de regular y una doctrina moral posterior a los actos de virtud o de vicio que con ella tratan de explicarse. Y este prólogo es, en cierto modo, otra novela; la novela de mis novelas. Y a la vez la explicación de mi novelería. O si se quiere, nivolería.
Y llamo ejemplares a estas novelas porque las doy como ejemplo—así, como suena—, ejemplo de vida y y de realidad.
¡De realidad! ¡De realidad, sí!
Sus agonistas, es decir, luchadores—o si queréis los llamaremos personajes—, son reales, realísimos, y con la realidad más íntima, con la que se dan ellos mismos, en puro querer ser, o en puro querer no ser, y no con la que le den los lectores.
II
Nada hay más ambiguo que eso que se llama realismo en el arte literario. Porque, ¿qué realidad es la de ese realismo?
Verdad es que el llamado realismo, cosa puramente externa, aparencial, cortical y anecdótica, se refiere al arte literario y no al poético o creativo. En un poema—y las mejores novelas son poemas—, en una creación, la realidad no es la del que llaman los críticos realismo. En una creación, la realidad es una realidad íntima, creativa y de voluntad. Un poeta no saca sus criaturas—criaturas vivas—por los modos del llamado realismo. Las figuras de los realistas suelen ser maniquíes vestidos, que se mueven por cuerda y que llevan en el pecho un fonógrafo que repite las frases que su Maese Pedro recogió por calles y plazuelas y cafés y apuntó en su cartera.
¿Cuál es la realidad íntima, la realidad real, la realidad eterna, la realidad poética o creativa de un hombre? Sea hombre de carne y hueso, o sea de los que llamamos ficción, que es igual. Porque Don Quijote es tan real como Cervantes; Hamlet o Macbeth tanto como Shakespeare, y mi Augusto Pérez tenía acaso sus razones al decirme, como me dijo—véase mi novela (¡y tan novela!) Niebla, páginas 280 a 281—que tal vez no fuese yo sino un pretexto para que su historia y las de otros, incluso la mía misma, lleguen al mundo.
¿Qué es lo más íntimo, lo más creativo, lo más real de un hombre?
Aquí tengo que referirme una vez más a aquella ingeniosísima teoría de Oliver Wendell Holmes—en su The autocrat of the breakfast table, III—sobre los tres Juanes y los tres Tomases. Y es que nos dice que cuando conversan dos, Juan y Tomás, hay seis en conversación, que son:
| Tres Juanes. | 1. | El Juan real; conocido sólo para su Hacedor. | |
| 2. | El Juan ideal de Juan; nunca el real, y a menudo muy desemejante de él. | ||
| 3. | El Juan ideal de Tomás; nunca el Juan real ni el Juan de Juan, sino a menudo muy desemejante de ambos. | ||
| Tres Tomases. | 1. | El Tomás real. | |
| 2. | El Tomás ideal de Tomás. | ||
| 3. | El Tomás ideal de Juan. |
Es decir: el que uno es, el que se cree ser y el que le cree otro. Y Oliver Wendell Holmes pasa a disertar sobre el valor de cada uno de ellos.
Pero yo tengo que tomarlo por otro camino que el intelectualista yanqui Wendell Holmes. Y digo que además del que uno es para Dios—si para Dios es uno alguien—, y del que es para los otros y del que se cree ser, hay el que quisiera ser. Y que éste, el que uno quiere ser, es en él, en su seno, el creador, y es el real de verdad. Y por el que hayamos querido ser, no por el que hayamos sido, nos salvaremos o perderemos. Dios le premiará o castigará a uno a que sea por toda la eternidad lo que quiso ser.
Ahora que hay quien quiere ser y quien quiere no ser, y lo mismo en hombres reales encarnados en carne y hueso que en hombres reales encarnados en ficción novelesca o nivolesca. Hay héroes del querer no ser, de la noluntad.
Mas antes de pasar más adelante cúmpleme explicar que no es lo mismo querer no ser que no querer ser.
Hay, en efecto, cuatro posiciones, que son: dos positivas: a) querer ser; b) querer no ser; y dos negativas: c) no querer ser; d) no querer no ser. Como se puede: creer que hay Dios; creer que no hay Dios; no creer que hay Dios, y no creer que no hay Dios. Y ni creer que no hay Dios es lo mismo que no creer que hay Dios, ni querer no ser es no querer ser. De uno que no quiere ser, difícilmente se saca una criatura poética, de novela; pero de uno que quiere no ser, sí. Y el que quiere no ser, no es, ¡claro!, un suicida.
El que quiere no ser lo quiere siendo.
¿Qué? ¿Os parece un lío? Pues si esto os parece un lío, y no sois capaces, no ya sólo de comprenderlo, mas de sentirlo y de sentirlo apasionada y trágicamente, no llegaréis nunca a crear criaturas reales, y, por tanto, no llegaréis a gozar de ninguna novela, ni de la de vuestra vida. Porque sabido es que el que goza de una obra de arte es porque la crea en sí, la re-crea y se recrea con ella. Y por eso Cervantes en el prólogo a sus Novelas Ejemplares hablaba de «horas de recreación». Y yo me he recreado con su Licenciado Vidriera, recreándolo en mí al re-crearme. Y el Licenciado Vidriera era yo mismo.
III
Quedamos, pues—digo, me parece que hemos quedado en ello...—, en que el hombre más real, realis, más res, más cosa, es decir, más causa—sólo existe lo que obra—, es el que quiere ser o el que quiere no ser, el creador. Sólo que este hombre que podríamos llamar, al modo kantiano, numénico, este hombre volitivo e ideal—de idea-voluntad o fuerza—tiene que vivir en un mundo fenoménico, aparencial, racional, en el mundo de los llamados realistas. Y tiene que soñar la vida que es sueño. Y de aquí, del choque de esos hombres reales, unos con otros, surgen la tragedia y la comedia y la novela y la nívola. Pero la realidad es la íntima. La realidad no la constituyen las bambalinas ni las decoraciones, ni el traje, ni el paisaje, ni el mobiliario, ni las acotaciones, ni...
Comparad a Segismundo con Don Quijote, dos soñadores de la vida. La realidad en la vida de Don Quijote no fueron los molinos de viento, sino los gigantes. Los molinos eran fenoménicos, aparenciales; los gigantes eran numénicos, sustanciales. El sueño es el que es vida, realidad, creación. La fe misma no es, según San Pablo, sino la sustancia de las cosas que se esperan, y lo que se espera es sueño. Y la fe es la fuente de la realidad, porque es la vida. Creer es crear.
¿O es que la Odisea, esa epopeya que es una novela, y una novela real, muy real, no es menos real cuando nos cuenta prodigios de ensueño que un realista excluiría de su arte?
IV
Sí, ya sé la canción de los críticos que se han agarrado a lo de la nívola; novelas de tesis, filosóficas, símbolos, conceptos personificados, ensayos en forma dialogada... y lo demás.
Pues bien; un hombre, y un hombre real, que quiere ser o que quiera no ser, es un símbolo, y un símbolo puede hacerse hombre. Y hasta un concepto. Un concepto puede llegar a hacerse persona. Yo creo que la rama de una hipérbola quiere—¡así, quiere!—llegar a tocar a su asíntota y no lo logra, y que el geómetra que sintiera ese querer desesperado de la unión de la hipérbola con su asíntota nos crearía a esa hipérbola como a una persona, y persona trágica. Y creo que la elipse quiere tener dos focos. Y creo en la tragedia o en la novela del binomio de Newton. Lo que no sé es si Newton la sintió.
¡A cualquier cosa llaman puros conceptos o entes de ficción los críticos!
Te aseguro, lector, que si Gustavo Flaubert sintió, como dicen, señales de envenenamiento cuando estaba escribiendo, es decir, creando, el de Ema Bovary, en aquella novela que pasa por ejemplar de novelas, y de novelas realistas, cuando mi Augusto Pérez gemía delante de mí—dentro de mí más bien—: «Es que yo quiero vivir, don Miguel, quiero vivir, quiero vivir...»—Niebla, página 287—sentía yo morirme.
«¡Es que Augusto Pérez eres tú mismo...!»—se me dirá—. ¡Pero no! Una cosa es que todos mis personajes novelescos, que todos los agonistas que he creado, los haya sacado de mi alma, de mi realidad íntima—que es todo un pueblo—y otra cosa es que sean yo mismo. Porque, ¿quién soy yo mismo? ¿Quién es el que se firma Miguel de Unamuno? Pues... uno de mis personajes, una de mis criaturas, uno de mis agonistas. Y ese yo último e íntimo y supremo, ese yo trascendente—o inmanente—¿quién es? Dios lo sabe... Acaso Dios mismo...
Y ahora os digo que esos personajes crepusculares—no de medio día ni de media noche—que ni quieren ser ni quieren no ser, sino que se dejan llevar y traer, que todos esos personajes de que están llenas nuestras novelas contemporáneas españolas no son, con todos los pelos y señales que les distinguen con sus muletillas y sus tics y sus gestos, no son en su mayoría personas, y que no tienen realidad íntima. No hay un momento en que se vacíen, en que desnuden su alma.
A un hombre de verdad se le descubre, se le crea, en un momento, en una frase, en un grito. Tal en Shakespeare. Y luego que le hayáis así descubierto, creado, lo conocéis mejor que él se conoce a sí mismo acaso.
Si quieres crear, lector, por el arte personas, agonistas-trágicos, cómicos o novelescos, no acumules detalles, no te dediques a observar exterioridades de los que contigo conviven, sino trátalos, excítalos si puedes, quiérelos sobre todo, y espera a que un día—acaso nunca—saquen a luz y desnuda el alma de su alma, el que quieren ser, en un grito, en un acto, en una frase, y entonces toma ese su momento, mételo en ti y deja que como un germen se te desarrolle en el personaje de verdad, en el que es de veras real. Acaso tú llegues a saber mejor que tu amigo Juan o que tu amigo Tomás quién es el que quiere ser Juan o el que quiere ser Tomás o quién es el que cada uno de ellos quiere no ser.
Balzac no era un hombre que hacía vida de mundo ni se pasaba el tiempo tomando notas de lo que veía en los demás o de lo que les oía. Llevaba el mundo dentro de sí.
V
Y es que todo hombre humano lleva dentro de sí las siete virtudes y sus siete opuestos vicios capitales; es orgulloso y humilde, glotón y sobrio, rijoso y casto, envidioso y caritativo, avaro y liberal, perezoso y diligente, iracundo y sufrido. Y saca de sí mismo lo mismo al tirano que al esclavo, al criminal que al santo, a Caín que a Abel.
No digo que Don Quijote y Sancho brotaron de la misma fuente porque no se oponen entre sí, y Don Quijote era Sancho-pancesco, y Sancho Panza era quijotesco como creo haber probado en mi Vida de Don Quijote y Sancho. Aunque no falte acaso quien me salte diciendo que el Don Quijote y el Sancho de esa mi obra no son los de Cervantes. Lo cual es muy cierto. Porque ni Don Quijote ni Sancho son de Cervantes ni míos, sino que son de todos los que los crean y recrean. O mejor, son de sí mismos, y nosotros, cuando los contemplamos y creamos, somos de ellos.
Y yo no sé si mi Don Quijote es otro que el de Cervantes, o si siendo el mismo he descubierto en su alma honduras que el primero que nos le descubrió, que fué Cervantes, no las descubrió. Porque estoy seguro, entre otras cosas, de que Cervantes no apreció todo lo que en el sueño de la vida del Caballero significó aquel amor vergonzoso y callado que sintió por Aldonza Lorenzo. Ni Cervantes caló todo el quijotismo de Sancho Panza.
Resumiendo: todo hombre humano lleva dentro de sí las siete virtudes capitales y sus siete vicios opuestos, y con ellos es capaz de crear agonistas de todas clases.
Los pobres sujetos que temen la tragedia, esas sombras de hombres que leen para no enterarse o para matar el tiempo—tendrán que matar la eternidad—, al encontrarse en una tragedia o en una comedia o en una novela, o en una nívola si queréis, con un hombre, con nada menos que todo un hombre, o con una mujer, con nada menos que una mujer, se preguntan: «¿Pero de dónde habrá sacado este autor esto?» A lo que no cabe sino una respuesta, y es: «¡De ti, no!» Y como no lo ha sacado uno de él, del hombre cotidiano y crepuscular, es inútil presentárselo, porque no lo reconoce por hombre. Y es capaz de llamarle símbolo o alegoría.
Y ese sujeto cotidiano y aparencial, ese que huye de la tragedia, no es mi sueño de una sombra, que es como Píndaro llamó al hombre. A lo sumo será sombra de un sueño, que dijo el Tasso. Porque el que siendo sueño de una sombra y teniendo conciencia de serlo sufra con ello y quiera serlo o quiera no serlo, será un personaje trágico y capaz de crear y de recrear en sí mismo personajes trágicos—o cómicos—, capaz de ser novelista; esto es: poeta y capaz de gustar de una novela, es decir, de un poema.
VI
¿Está claro?
La lucha, por dar claridad a nuestras creaciones, es otra tragedia.
Y este prólogo es otra novela. Es la novela de mis novelas, desde Paz en la Guerra y Amor y Pedagogía, y mis cuentos—que novelas son—y Niebla y Abel Sánchez—ésta acaso la más trágica de todas—, hasta las Tres novelas ejemplares que vas a leer, lector. Si este prólogo no te ha quitado la gana de leerlas.
¿Ves, lector, por qué las llamo ejemplares a estas novelas? ¡Y ojalá sirvan de ejemplo!
Sé que en España, hoy, el consumo de novelas lo hacen principalmente mujeres. ¡Es decir, mujeres, no!, sino señoras y señoritas. Y sé que estas señoras y señoritas se aficionan principalmente a leer aquellas novelas que les dan sus confesores o aquellas otras que se las prohiben; o sensiblerías que destilan mangla o pornografías que chorrean pus. Y no es que huyan de lo que les haga pensar; huyen de lo que les haga conmoverse. Con conmoción que no sea la que acaba en... ¡Bueno, más vale callarlo!
Esas señoras y señoritas se extasían, o ante un traje montado sobre un maniquí, si el traje es de moda, o ante el desvestido o semi-desnudo; pero el desnudo franco y noble les repugna. Sobre todo el desnudo del alma.
¡Y así anda nuestra literatura novelesca!
Literatura... sí, literatura. Y nada más que literatura. Lo cual es un género de subsistencia, sujeta a la ley de la oferta y la demanda, y a exportación e importación, y a registro de aduana y a tasa.
Allá van, en fin, lectores y lectoras, señores, señoras y señoritas, estas tres novelas ejemplares, que aunque sus agonistas tengan que vivir aislados y desconocidos, yo sé que vivirán. Tan seguro estoy de esto como de que viviré yo.
¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Dios sólo lo sabe...
DOS MADRES
I
¡Cómo le pesaba Raquel al pobre don Juan! La viuda aquella, con la tormenta de no tener hijos en el corazón del alma, se le había agarrado y le retenía en la vida que queda, no en la que pasa. Y en don Juan había muerto, con el deseo, la voluntad. Los ojos y las manos de Raquel apaciguaban y adormecían todos sus apetitos. Y aquel hogar solitario, constituído fuera de la ley, era como en un monasterio la celda de una pareja enamorada.
¿Enamorada? ¿Estaba él, don Juan, enamorado de Raquel? No, sino absorto por ella, sumergido en ella, perdido en la mujer y en su viudez. Porque Raquel era, pensaba don Juan, ante todo y sobre todo, la viuda y la viuda sin hijos; Raquel parecía haber nacido viuda. Su amor era un amor furioso, con sabor a muerte, que buscaba dentro de su hombre, tan dentro de él que de él se salía, algo de más allá de la vida. Y don Juan se sentía arrastrado por ella a más dentro de la tierra. «¡Esta mujer me matará!»—solía decirse, y al decírselo pensaba en lo dulce que sería el descanso inacabable, arropado en tierra, después de haber sido muerto por una viuda como aquélla.
Hacía tiempo que Raquel venía empujando a su don Juan al matrimonio, a que se casase; pero no con ella, como habría querido hacerlo el pobre hombre.
Raquel.—¿Casarte conmigo? ¡Pero eso, mi gatito, no tiene sentido...! ¿Para qué? ¿A qué conduce que nos casemos según la Iglesia y el Derecho Civil? El matrimonio se instituyó, según nos enseñaron en el Catecismo, para casar, dar gracia a los casados y que críen hijos para el cielo. ¿Casarnos? ¡Bien casados estamos! ¿Darnos gracia? Ay michino—y al decirlo le pasaba por sobre la nariz los cinco finísimos y ahusados dedos de su diestra—, ni a ti ni a mí nos dan ya gracia con bendiciones. ¡Criar hijos para el cielo..., criar hijos para el cielo!
Al decir esto se le quebraba la voz y temblaban en sus pestañas líquidas perlas en que se reflejaba la negrura insondable de las niñas de sus ojos.
Don Juan.—Pero ya te he dicho, Quelina, que nos queda un recurso, y es casarnos como Dios y los hombres mandan...
Raquel.—¿Tú invocando a Dios, michino?
Don Juan.—Casarnos así, según la ley, y adoptar un hijo...
Raquel.—¡Adoptar un hijo...! ¡Adoptar un hijo...! Sólo te faltaba decir que del Hospicio...
Don Juan.—¡Oh, no! Aquel sobrinillo tuyo, por ejemplo...
Raquel.—Ya te he dicho, Juan, que no hables de eso..., que no vuelvas a hablar de eso... Mi hermana, visto que tenemos fortuna...
Don Juan.—Dices bien, tenemos...
Raquel.—¡Claro que digo bien! ¿O es que crees que yo no sé que tu fortuna, como tú todo, no es sino mía, enteramente mía?
Don Juan.—¡Enteramente tuyos, Quelina!
Raquel.—Mi hermana nos entregaría cualquiera de sus hijos, lo sé, nos lo entregaría de grado. Y como nada me costaría obtenerlo, nunca podría tenerlo por propio. ¡Oh, no poder parir! ¡No poder parir! ¡Y morirse en el parto!
Don Juan.—Pero no te pongas así, querida.
Raquel.—Eres tú, Juan, eres tú el que no debes seguir así... Un hijo adoptado, adoptivo, es siempre un hospiciano. Hazte padre, Juan, hazte padre, ya que no has podido hacerme madre. Si me hubieras hecho madre, nos habríamos casado, entonces sí... ¿Por qué bajas así la cabeza? ¿De qué te avergüenzas?
Don Juan.—Me vas a hacer llorar, Raquel, y yo...
Raquel.—Sí, ya sé que tú no tienes la culpa, como no la tuvo mi marido, aquel...
Don Juan.—Ahora eso...
Raquel.—¡Bien! Pero tú puedes darme un hijo. ¿Cómo? Engendrándolo en otra mujer, hijo tuyo, y entregándomelo luego. ¡Y quiéralo ella o no lo quiera, que lo quiero yo y basta!
Don Juan.—Pero cómo quieres que yo quiera a otra mujer...
Raquel.—¿Quererla? ¿Qué es eso de quererla? ¿Quién te ha hablado de querer a otra mujer? Harto sé que hoy ya tú no puedes, aunque quieras, querer a otra mujer. ¡Ni yo lo consentiría! ¡Pero no se trata de quererla; se trata de empreñarla! ¿Lo quieres más claro? Se trata de hacerla madre. Hazla madre y luego dame el hijo, quiéralo ella o no.
Don Juan.—La que se prestara a eso sería una...
Raquel.—¿Con nuestra fortuna?
Don Juan.—¿Y a qué mujer le propongo eso?
Raquel.—¿Proponerle qué?
Don Juan.—Eso...
Raquel.—Lo que has de proponerle es el matrimonio...
Don Juan.—¡Raquel!
Raquel.—¡Sí, Juan, sí; el matrimonio! Tienes que casarte y yo te buscaré la mujer; una mujer que ofrezca probabilidades de éxito... Y que sea bien parecida, ¿eh?
Al decir esto se reía con una risa que sonaba a llanto.
Raquel.—Será tu mujer, y de tu mujer, ¡claro está!, no podré tener celos...
Don Juan.—Pero ella los tendrá de ti...
Raquel.—¡Natural! Y ello ayudará a nuestra obra. Os casaréis, os darán gracia, mucha gracia, muchísima gracia, y criaréis por lo menos un hijo... para mí. Y yo le llevaré al cielo.
Don Juan.—No blasfemes...
Raquel.—¿Sabes tú lo que es el cielo? ¿Sabes lo que es el infierno? ¿Sabes dónde está el infierno?
Don Juan.—En el centro de la tierra, dicen.
Raquel.—O en el centro de un vientre estéril acaso...
Don Juan.—¡Raquel...! ¡Raquel...!
Raquel.—Y ven, ven acá...
Le hizo sentarse sobre las firmes piernas de ella, se lo apechugó como a un niño y, acercándole al oído los labios resecos, le dijo como en un susurro:
Raquel.—Te tengo ya buscada mujer... Tengo ya buscada la que ha de ser madre de nuestro hijo... Nadie buscó con más cuidado una nodriza que yo esa madre...
Don Juan.—¿Y quién es...?
Raquel.—La señorita Berta Lapeira... Pero, ¿por qué tiemblas? ¿Si hasta creí que te gustaría? ¿Qué? ¿No te gusta? ¿Por qué palideces? ¿Por qué lloras así? Anda, llora, llora, hijo mío... ¡Pobre don Juan!
Don Juan.—Pero Berta...
Raquel.—¡Berta, encantada! ¡Y no por nuestra fortuna, no! ¡Berta está enamorada de ti, perdidamente enamorada de ti...! Y Berta, que tiene un heroico corazón de virgen enamorada, aceptará el papel de redimirte, de redimirte de mí, que soy, según ella, tu condenación y tu infierno. ¡Lo sé! ¡Lo sé! Sé cuánto te compadece Berta... Sé el horror que le inspiro... Sé lo que dice de mí...
Don Juan.—Pero y sus padres...
Raquel.—Oh, sus padres, sus cristianísimos padres, son unos padres muy razonables... Y conocen la importancia de tu fortuna...
Don Juan.—Nuestra fortuna...
Raquel.—Ellos, como todos los demás, creen que es tuya... ¿Y no es acaso legalmente tuya?
Don Juan.—Sí; pero...
Raquel.—Sí, hasta eso lo tenemos que arreglar bien. Ellos no saben cómo tú eres mío, michino, y cómo es mío, mío sólo, todo lo tuyo. Y no saben cómo será mío el hijo que tengas de su hija... Porque lo tendrás, ¿eh, michino? ¿Lo tendrás?
Y aquí las palabras le cosquilleaban en el fondo del oído al pobre don Juan, produciéndole casi vértigo.
Raquel.—¿Lo tendrás, Juan, lo tendrás?
Don Juan.—Me vas a matar, Raquel...
Raquel.—Quién sabe... Pero antes dame el hijo... ¿Lo oyes? Ahí está la angelical Berta Lapeira. ¡Angelical! Ja... ja... ja...
Don Juan.—¡Y tú, demoníaca!—gritó el hombre poniéndose en pie y costándole tenerse así.
Raquel.—El demonio también es un ángel, michino...
Don Juan.—Pero un ángel caído...
Raquel.—Haz, pues, caer a Berta; ¡hazla caer...!
Don Juan.—Me matas, Quelina, me matas...
Raquel.—¿Y no estoy yo peor que muerta...?
Terminado esto, Raquel tuvo que acostarse. Y cuando más tarde, al ir don Juan a hacerlo junto a ella, a juntar sus labios con los de su dueña y señora, los encontró secos y ardientes como arena de desierto.
Raquel.—Ahora sueña con Berta y no conmigo. ¡O no, no! ¡Sueña con nuestro hijo!
El pobre don Juan no pudo soñar.
II
¿Cómo se le había ocurrido a Raquel proponerle para esposa legítima a Berta Lapeira? ¿Cómo había descubierto no que Berta estuviese enamorada de él, de don Juan, sino que él, en sueños, estando dormido, cuando perdía aquella voluntad que no era suya, sino de Raquel, soñaba en que la angelical criatura viniese en su ayuda a redimirle? Y si en esto había un germen de amor futuro, ¿buscaba Raquel extinguirlo haciéndole que se casase con ella para hacer madre a la viuda estéril?
Don Juan conocía a Berta desde la infancia. Eran relaciones de familia. Los padres de don Juan, huérfano y solo desde muy joven, habían sido grandes amigos de don Pedro Lapeira y de su señora. Éstos se habían siempre interesado por aquél y habíanse dolido como nadie de sus devaneos y de sus enredos con aventureras de ocasión. De tal modo, que cuando el pobre náufrago de los amores—que no del amor—recaló en el puerto de la viuda estéril, alegráronse como de una ventura del hijo de sus amigos, sin sospechar que aquel puerto era un puerto de tormentas.
Porque contra lo que creía don Juan, el sesudo matrimonio Lapeira estimaba que aquella relación era ya a modo de un matrimonio, que don Juan necesitaba de una voluntad que supliera a la que le faltaba, y que si llegaban a tener hijos, el de sus amigos estaba salvado. Y de esto hablaban con frecuencia en sus comentarios domésticos, en la mesa, a la tragicomedia de la ciudad, sin recatarse delante de su hija, de la angelical Berta, que de tal modo fué interesándose por don Juan.
Pero Berta, cuando oía a sus padres lamentarse de que Raquel no fuese hecha madre por don Juan y que luego se anudase para siempre y ante toda ley divina y humana—o mejor teocrática y democrática—aquel enlace de aventura, sentía dentro de sí el deseo de que no fuera eso, y soñaba luego, a solas, con poder llegar a ser el ángel redentor de aquel náufrago de los amores y el que le sacase del puerto de las tormentas.
¿Cómo es que don Juan y Berta habían tenido el mismo sueño? Alguna vez, al encontrarse sus miradas, al darse las manos, en las no raras visitas que don Juan hacía a casa de los señores Lapeira, había nacido aquel sueño. Y hasta había sucedido tal vez, no hacía mucho, que fué Berta quien recibió al compañero de juegos de su infancia y que los padres tardaron algo en llegar.
Don Juan previó el peligro, y dominado por la voluntad de Raquel, que era la suya, fué espaciando cada vez más sus visitas a aquella casa. Cuyos dueños adivinaron la causa de aquella abstención. «¡Cómo le tiene dominado! ¡Le aisla de todo el mundo!»—se dijeron los padres. Y a la hija, a la angelical Berta, un angelito caído le susurró en el silencio de la noche y del sueño, al oído del corazón: «Te teme...»
Y ahora era Raquel, Raquel misma, la que le empujaba al regazo de Berta. ¿Al regazo?
El pobre don Juan echaba de menos el piélago encrespado de sus pasados amores de paso, presintiendo que Raquel le llevaba a la muerte. ¡Pero si él no tenía ningún apetito de paternidad...! ¿Para qué iba a dejar en el mundo otro como él?
¡Mas, qué iba a hacer...!
Y volvió, empujado y guiado por Raquel, a frecuentar la casa Lapeira. Con lo que se les ensanchó el alma a la hija y a sus padres. Y más cuando adivinaron sus intenciones. Empezando a compadecerse como nunca de la fascinación bajo que vivía. Y lo comentaban don Pedro y doña Marta.
Don Pedro.—¡Pobre chico! Cómo se ve que sufre...
Doña Marta.—Y no es para menos, Pedro, no es para menos...
Don Pedro.—Nuestra Tomasa, ¿te recuerdas?, hablaría de un bebedizo...
Doña Marta.—Sí, tenía gracia lo del bebedizo... Si la pobre se hubiese mirado a un espejo...
Don Pedro.—Y si hubiese visto cómo le habían dejado sus nueve partos y el tener que trabajar tan duro... Y si hubiese sido capaz de ver bien a la otra...
Doña Marta.—Así sois los hombres... Unos puercos todos...
Don Pedro.—¿Todos?
Doña Marta.—Perdona, Pedro, ¡tú... no! Tú...
Don Pedro.—Pero, después de todo, se comprende el bebedizo de la viudita esa...
Doña Marta.—Ah, picarón, con que...
Don Pedro.—Tengo ojos en la cara, Marta, y los ojos siempre son jóvenes...
Doña Marta.—Más que nosotros...
Don Pedro.—¿Y qué será de este chico ahora?
Doña Marta.—Dejémosle venir, Pedro... Porque yo le veo venir...
Don Pedro.—¡Y yo! ¿Y ella?
Doña Marta.—A ella ya iré preparándole yo por si acaso...
Don Pedro.—Y esa relación...
Doña Marta.—¿Pero no ves, hombre de Dios, que lo que busca es romperla? ¿No lo conoces?
Don Pedro.—Sin duda. Pero esa ruptura tendrá que costarle algún sacrificio...
Doña Marta.—Y aunque así sea... Tiene mucho, mucho, y aunque sacrifique algo...
Don Pedro.—Es verdad...
Doña Marta.—Tenemos que redimirle, Pedro; nos lo piden sus padres...
Don Pedro.—Y hay que hacer que nos lo pida también nuestra hija.
La cual estaba por su parte ansiando la redención de don Juan. ¿La de don Juan, o la suya propia? Y se decía: «Arrancarle ese hombre y ver cómo es el hombre de ella, el hombre que ha hecho ella, el que se le ha rendido en cuerpo y alma... ¡Lo que le habrá enseñado...! ¡Lo que sabrá mi pobre Juan...! Y él me hará como ella...»
De quien estaba Berta perdidamente enamorada era de Raquel. Raquel era su ídolo.
III
El pobre Juan, ya sin don, temblaba entre las dos mujeres, entre su ángel y su demonio redentores. Detrás de sí tenía a Raquel, y delante, a Berta, y ambas le empujaban. ¿Hacia dónde? Él presentía que hacia su perdición. Habíase de perder en ellas. Entre una y otra le estaban desgarrando. Sentíase como aquel niño que ante Salomón se disputaban las dos madres, sólo que no sabía cuál de ellas, si Raquel o Berta, le quería entero para la otra y cuál quería partirlo a muerte. Los ojos azules y claros de Berta, la doncella, como un mar sin fondo y sin orillas, le llamaban al abismo, y detrás de él, o mejor en torno de él, envolviéndole, los ojos negros y tenebrosos de Raquel, la viuda, como una noche sin fondo y sin estrellas, empujábanle al mismo abismo.
Berta.—¿Pero qué te pasa, Juan? Desahógate de una vez conmigo. ¿No soy tu amiga de la niñez, casi tu hermana...?
Don Juan.—Hermana... Hermana...
Berta.—¿Qué? No te gusta eso de hermana...
Don Juan.—No la tuve; apenas si conocí a mi madre... No puedo decir que he conocido mujer...
Berta.—Que no, ¿eh? Vamos...
Don Juan.—¡Mujeres... sí! ¡Pero mujer, lo que se dice mujer, no!
Berta.—¿Y la viuda esa, Raquel?
Berta se sorprendió de que le hubiese salido esto sin violencia alguna, sin que le tambaleara la voz, y de que Juan se lo oyera con absoluta tranquilidad.
Don Juan.—Esa mujer, Berta, me ha salvado; me ha salvado de las mujeres.
Berta.—Te creo. Pero ahora...
Don Juan.—Ahora sí, ahora necesito salvarme de ella.
Y al decir esto sintió Juan que la mirada de los tenebrosos ojos viudos le empujaba con más violencia.
Berta.—Y puedo yo servirte de algo en eso...
Don Juan.—Oh, Berta, Berta...
Berta.—Vamos, sí, tú, por lo visto, quieres que sea yo quien me declare...
Don Juan.—Pero Berta...
Berta.—¿Cuándo te vas a sentir hombre, Juan? ¿Cuándo has de tener voluntad propia?
Don Juan.—Pues bien, sí, ¿quieres salvarme?
Berta.—¿Cómo?
Don Juan.—¡Casándote conmigo!
Berta.—¡Acabáramos! ¿Quieres, pues, casarte conmigo?
Don Juan.—¡Claro!
Berta.—¿Claro? ¡Obscuro! ¿Quieres casarte conmigo?
Don Juan.—¡Sí!
Berta.—¿De propia voluntad?
Juan tembló al percatar tinieblas en el fondo de los ojos azules y claros de la doncella. «¿Habrá adivinado la verdad?», se dijo, y estuvo por arredrarse; pero los ojos negros de la viuda le empujaron diciéndole: «Digas lo que dijeres, tú no puedes mentir...»
Don Juan.—¡De propia voluntad!
Berta.—¿Pero la tienes, Juan?
Don Juan.—Es para tenerla para lo que quiero hacerte mi mujer...
Berta.—Y entonces...
Don Juan.—Entonces, ¿qué?
Berta.—¿Vas a dejar antes a esa otra?
Don Juan.—Berta... Berta...
Berta.—Bien, no hablemos más de ello, si quieres. Porque todo esto quiere decir que sintiéndote impotente para desprenderte de esa mujer quieres que sea yo quien te desprenda de ella. ¿No es así?
Don Juan.—Sí, así es—y bajó la cabeza.
Berta.—Y que te dé una voluntad de que careces...
Don Juan.—Así es...
Berta.—Y que luche con la voluntad de ella...
Don Juan.—Así es...
Berta.—¡Pues así será!
Don Juan.—¡Oh Berta..., Berta...!
Berta.—Estáte quieto. Mírame y no me toques. Pueden de un momento a otro aparecer mis padres.
Don Juan.—¿Y ellos, Berta?
Berta.—¿Pero eres tan simple, Juan, como para no ver que esto lo teníamos previsto y tratado de ello...?
Don Juan.—Entonces...
Berta.—Que acudiremos todos a salvarte.
IV
El arreglo de la boda con Berta emponzoñó los cimientos todos del alma del pobre Juan. Los padres de Berta, los señores Lapeira, ponían un gran empeño en dejar bien asegurado y a cubierto de toda contingencia el porvenir económico de su hija, y acaso pensaban en el suyo propio. No era, como algunos creían, hija única, sino que tenían un hijo que de muy joven se había ido a América y del que no se volvió a hablar, y menos en su casa. Los señores Lapeira pretendían que Juan dotase a Berta antes de tomarla por mujer, y resistíanse por su parte a darle a su futuro yerno cuenta del estado de su fortuna. Y Juan se resistía, a su vez, a ese dotamiento, alegando que luego de casado haría un testamento en que dejase heredera universal de sus bienes a su mujer, después de haber entregado un pequeño caudal—y en esto sus futuros suegros estaban de acuerdo—a Raquel.
No era Raquel un obstáculo ni para los señores Lapeira ni para su hija. Aveníanse a vivir en buenas relaciones con ella, como con una amiga inteligente y que había sido en cierto modo una salvadora de Juan, seguros padres e hija de que ésta sabría ganar con suavidad y maña el corazón de su marido por entero, y que al cabo Raquel misma contribuiría a la felicidad del nuevo matrimonio. ¡Con tal de que se le asegurase la vida y la consideración de las gentes decentes y de bien! No era, después de todo, ni una aventurera vulgar ni una que se hubiese nunca vendido al mejor postor. Su enredo con Juan fué obra de pura pasión, de compasión acaso—pensaban y querían pensar los señores Lapeira.
Pero lo grave del conflicto, lo que ni los padres de la angelical Berta ni nadie en la ciudad—¡y eso que se pretendía conocer a la viuda!—podía presumir era que Raquel había hecho firmar a Juan una escritura por la cual los bienes inmuebles todos de éste aparecían comprados por aquélla, y todos los otros valores que poseía estaban a nombre de ella. El pobre Juan no aparecía ya sino como su administrador y apoderado. Y esto supo la astuta mujer mantenerlo secreto. Y a la vez conocía mejor que nadie el estado de la fortuna de los señores Lapeira.
Raquel.—Mira, Juan, dentro de poco, tal vez antes de que os caséis, y en todo caso poco después de vuestra boda, la pequeña fortuna de los padres de Berta, la de tu futura esposa..., esposa, ¿eh?, no mujer, ¡esposa...!, la de tu futura esposa, será mía..., es decir, nuestra...
Don Juan.—¿Nuestra?
Raquel.—Sí, será para el hijo que tengamos, si es que tu esposa nos lo da... Y si no...
Don Juan.—Me estás matando, Quelina...
Raquel.—Cállate, michino. Ya le tengo echada la garra a esa fortuna. Voy a comprar créditos e hipotecas... ¡Oh, sí, después de todo, esa Raquel es una buena persona, toda una señora, y ha salvado al que ha de ser el marido de nuestra hija y el salvador de nuestra situación y el amparo de nuestra vejez! ¡Y lo será, vaya si lo será! ¿Por qué no?
Don Juan.—¡Raquel! ¡Raquel!
Raquel.—No gimas así, Juan, que pareces un cordero al que están degollando...
Don Juan.—Y así es...
Raquel.—¡No, no es así! ¡Yo voy a hacerte hombre; yo voy a hacerte padre!
Don Juan.—¿Tú?
Raquel.—¡Sí, yo, Juan; yo, Raquel!
Juan se sintió como en agonía.
Don Juan.—Pero dime, Quelina, dime—y al decirlo le lloraba la voz—, ¿por qué te enamoraste de mí? ¿Por qué me arrebataste? ¿Por qué me has sorbido el tuétano de la voluntad? ¿Por qué me has dejado como un pelele? ¿Por qué no me dejaste en la vida que llevaba...?
Raquel.—¡A estas horas estarías, después de arruinado, muerto de miseria y de podredumbre!
Don Juan.—¡Mejor, Raquel, mejor! Muerto, sí; muerto de miseria y de podredumbre. ¿No es esto miseria? ¿No es podredumbre? ¿Es que soy mío? ¿Es que soy yo? ¿Por qué me has robado el cuerpo y el alma?
El pobre don Juan se ahogaba en sollozos.
Volvió a cogerle Raquel como otras veces, maternalmente, le sentó sobre sus piernas, le abrazó, le apechugó a su seno estéril, contra sus pechos, henchidos de roja sangre que no logró hacerse blanca leche, y hundiendo su cabeza sobre la cabeza del hombre, cubriéndole los oídos con su desgreñada cabellera suelta, lloró, entre hipos, sobre él. Y le decía:
Raquel.—¡Hijo mío, hijo mío, hijo mío...! No te robé yo; me robaste tú el alma, tú, tú. Y me robaste el cuerpo... ¡Hijo mío... hijo mío... hijo mío...! Te vi perdido, perdido, perdido... Te vi buscando lo que no se encuentra... Y yo buscaba un hijo... Y creí encontrarlo en ti. Y creí que me darías el hijo por el que me muero... Y ahora quiero que me le des...
Don Juan.—Pero, Quelina, no será tuyo...
Raquel.—Sí, será mío, mío, mío... Como lo eres tú... ¿No soy tu mujer?
Don Juan.—Sí, tú eres mi mujer...
Raquel.—Y ella será tu esposa. ¡Esposa!, así dicen los zapateros: «¡Mi esposa!» Y yo seré tu madre y la madre de vuestro hijo..., de mi hijo...
Don Juan.—¿Y si no le tenemos?
Raquel.—¡Calla, Juan, calla! ¿Si no le tenéis? ¿Si no nos lo da...? Soy capaz de...
Don Juan.—¡Calla, Raquel, que la ronquera de tu voz me da miedo!
Raquel.—¡Sí, y de casarte luego con otra!
Don Juan.—¿Y si consiste en mí...?
Raquel le echó de sí con gesto brusco, se puso en pie como herida, miró a Juan con una mirada de taladro; pero al punto, pasado el sablazo de hielo de su pecho, abrió los brazos a su hombre gritándole:
Raquel.—¡No, ven; ven, Juan, ven! ¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¿Para qué quiero más hijo que tú? ¿No eres mi hijo?
Y tuvo que acostarle, calenturiento y desvanecido.
V
No, Raquel no consintió en asistir a la boda como Berta y sus padres habían querido, ni tuvo que fingir enfermedad para ello, pues de veras estaba enferma.
Raquel.—No creí, Juan, que llegaran a tanto. Conocía su fatuidad y su presunción, la de la niña y la de sus papás; pero no los creía capaces de disponerse a afrontar, así, las conveniencias sociales. Cierto es que nuestras relaciones no han sido nunca escandalosas, que no nos hemos presentado en público haciendo alarde de ellas; pero son algo bien conocido de la ciudad toda. Y al empeñarse en que me convidaras a la boda no pretendían sino hacer más patente el triunfo de su hija. ¡Imbéciles! ¿Y ella? ¿Tu esposa?
Don Juan.—Por Dios, Raquel, mira que...
Raquel.—¿Qué? ¿Qué tal? ¿Qué tal sus abrazos? ¿Le has enseñado algo de lo que aprendiste de aquellas mujeres? ¡Porque de lo que yo te he enseñado no puedes enseñarle nada! ¿Qué tal tu esposa? Tú... tú no eres de ella...
Don Juan.—No, ni soy mío...
Raquel.—Tú eres mío, mío, mío, michino, mío... Y ahora ya sabes vuestra obligación. A tener juicio, pues. Y ven lo menos que puedas por esta nuestra casa.
Don Juan.—Pero, Raquel...
Raquel.—No hay Raquel que valga. Ahora te debes a tu esposa. ¡Atiéndela!
Don Juan.—Pero si es ella la que me aconseja que venga de vez en cuando a verte...
Raquel.—Lo sabía. ¡Mentecata! Y hasta se pone a imitarme, ¿no es eso?
Don Juan.—Sí, te imita en cuanto puede; en el vestir, en el peinado, en los ademanes, en el aire...
Raquel.—Sí, cuando vinisteis a verme la primera vez, en aquella visita de ceremonia casi, observé que me estudiaba...
Don Juan.—Y dice que debemos intimar más, ya que vivimos tan cerca, tan cerquita, casi al lado...
Raquel.—Es su táctica para sustituirme. Quiere que nos veas a menudo juntas, que compares...
Don Juan.—Yo creo otra cosa...
Raquel.—¿Qué?
Don Juan.—Que está prendada de ti, que la subyugas...
Raquel dobló al suelo la cara, que se le puso de repente intensamente pálida, y se llevó las manos al pecho, atravesado por una estocada de ahogo. Y dijo:
Raquel.—Lo que hace falta es que todo ello fructifique...
Como Juan se le acercara en busca del beso de despedida—beso húmedo y largo y de toda la boca otras veces—, la viuda le rechazó diciéndole:
Raquel.—No, ¡ahora ya no! Ni quiero que se lo lleves a ella ni quiero quitárselo.
Don Juan.—¿Celos?