E S T R E L L A
C O L E C C I Ó N E S M E R A L D A
CUANDO
LA TIERRA
ERA NIÑA
COPYRIGHT BY
G. MARTÍNEZ SIERRA, 1920
Tipografía Artística
Cervantes, 28.—Madrid
| [AL INDICE] |
LA CABEZA DE
LA GORGONA
EL PÓRTICO DE TANGLEWOOD
Bajo el pórtico de la quinta llamada Tanglewood, una hermosa mañana de otoño estaba reunido un alegre grupo de chiquillos, y en medio de ellos estaba en pie un joven alto. Habían proyectado una excursión para ir a coger nueces, y estaban esperando con impaciencia a que las nieblas se desvaneciesen en las vertientes de la montaña, y el sol derramase el calor del veranillo de San Martín sobre los campos y las praderas y en los escondrijos de los bosques. El día prometía ser de los más agradables que han regocijado nunca este hermoso y alegre mundo; pero la niebla de la mañana llenaba aún todo el valle, sobre el cual, en una altura de suave pendiente, se levantaba la quinta.
La masa de vapor blanco se extendía hasta unas cien varas de la casa. Escondía por completo todo lo que hubiera más lejos, excepto unas cuantas copas de árboles, rojizas o amarillas, que surgían aquí y allí, y estaban glorificadas por el sol madrugador, que también hacía brillar la ancha superficie de la niebla. Cuatro o cinco millas hacia el Sur se levantaba la cima de una montaña elevadísima. Quince millas más lejos, en la misma dirección, se alzaba otra mucho más alta, tan azul y etérea, que apenas parecía más sólida que el vaporoso mar de niebla que se extendía sobre ella. Las colinas más próximas, que bordeaban el valle, estaban medio sumergidas y manchadas con pequeñas guirnaldas de nubes, hasta en las mismas cimas. En resumen: había tanta nube y tan poca tierra sólida, que todo ello hacía el efecto de una visión.
Los niños antes citados, todos llenos de vida, se escapaban de debajo del pórtico y correteaban por la senda enarenada o por la hierba húmeda de la pradera. No puedo decir fijamente cuántos eran: no menos de nueve, no más de una docena, de todas clases, tamaños y edades, muchachos y chiquillas. Eran hermanos, hermanas, primos, juntos con unos cuantos amiguitos que habían sido invitados por el señor y la señora Pringle para pasar unos cuantos días de la deliciosa estación, con sus hijitos, en la casa de campo. No me gusta deciros sus nombres, ni llamarles con nombre ninguno que algún niño haya llevado antes que ellos, porque sé de cierto que muchos autores se ponen en grandísimos compromisos por haber dado a los personajes de sus libros nombres de personas reales y verdaderas. Por esta razón quiero llamarles Primavera, Bellorita, Amapola, Romero, Ojos azules, Trébol, Madreselva, Capuchina, Flor de Limón, Tomillo, Girasol y Mariposa, aunque, a decir verdad, estos nombres serían mucho más propios de un grupo de hadas, que de una reunión de niños de este mundo.
No hay que suponer que a estos niños les permitían sus cuidadosos padres y madres, tíos, tías o abuelos, andar vagando por bosques y campos sin la guarda de alguna persona mayor y especialmente seria. ¡De ningún modo! En el primer párrafo de mi libro recordaréis que he hablado de un joven alto, que estaba en pie en medio del grupo. Su nombre (y os diré el verdadero, porque considera grandísimo honor haber contado los cuentos que van aquí impresos), su nombre era Eustaquio Bright. Era estudiante y había alcanzado en aquella época la respetable edad de diez y ocho años; de modo que casi se parecía a si mismo abuelo de Bellorita, Romero, Madreselva, Flor de Limón, Tomillo y los demás, que eran no más la mitad o la tercera parte de venerables que él. Una molestia en la vista (como creen necesario tenerla muchos estudiantes de hoy día, para demostrar su aplicación) le había hecho abandonar las clases dos semanas antes de terminar el curso. Pero, por mi parte, pocas veces he visto un par de ojos que tuviesen aspecto de ver mejor o más de lejos que los de Eustaquio Bright.
El aplicado estudiante era delgado y un poco pálido, como lo son todos los estudiantes yanquis, pero de aspecto muy saludable, y tan ligero y activo como si tuviese alas en los zapatos. Como le gustaba mucho vadear arroyuelos y pisar la hierba de las praderas, se había calzado para la expedición botas fuertes de becerro. Llevaba una blusa de lienzo, una gorra de paño y un par de anteojos verdes, que se había puesto, probablemente no tanto para protegerse los ojos, como por la dignidad que daban a su apariencia. Sin embargo, pudiera habérselos dejado en casa, porque Madreselva, diablejo travieso, se subió en los hombros de Eustaquio cuando estaba él sentado en uno de los escalones del pórtico, le arrancó los lentes de la nariz y los plantó en la suya, y como al estudiante se le olvidó volverlos a coger, cayeron en la hierba, y allí se quedaron hasta la primavera siguiente.
Ahora bien: es preciso que sepáis que Eustaquio había alcanzado entre los niños gran fama como narrador de cuentos maravillosos, y aunque algunas veces fingía que le molestaba el que le pidiesen que les contase más y más, y siempre más, yo tengo mis dudas y pienso que no había cosa en el mundo que más le agradase. Había que ver cómo le brillaban los ojos, cuando aquella mañana, Trébol, Amapola, Capuchina, Mariposa y la mayor parte de sus compañeros, le pidieron que les contase uno de sus cuentos, mientras aguardaban a que la niebla se desvaneciese por completo.
—Sí, primo Eustaquio—dijo Primavera, que era una alegre chiquilla de doce años, con los ojos de risa y la naricilla un poco respingona—: la mañana es la mejor hora para oir los cuentos con que tan a menudo pruebas nuestra paciencia. Correremos menos peligro de herir tu susceptibilidad, durmiéndonos en el momento más interesante... como hizo anoche Capuchina.
—¡Qué mala eres!—exclamó Capuchina, niña de seis años—. No me dormí: es que cerré los ojos, para ver por dentro lo que Eustaquio nos estaba contando. Sus cuentos son buenos para oirlos de noche, porque puede una soñar con ellos, dormida; pero también son buenos por la mañana, porque puede una soñar con ellos despierta. Así es que espero que nos va a contar uno ahora mismito.
—¡Gracias, Capuchina!—dijo Eustaquio—. Tendrás el mejor de los cuentos que yo sea capaz de inventar, aunque sólo sea por haberme defendido tan bien contra esta perversa Primavera. Pero, niños, os he contado ya tantos cuentos de hadas, que me parece que no queda ninguno que no me hayáis oído por lo menos dos veces. Y temo que si vuelvo a repetir alguno de ellos, os vais a quedar dormidos de veras.
—¡No, no, no!—exclamaron Ojos azules, Bellorita, Girasol y otra media docena—. Los cuentos que más nos gustan son los que hemos oído dos o tres veces.
Y es verdad que los cuentos parecen aumentar de interés para los niños, no con una o dos, sino con innumerables repeticiones. Pero Eustaquio Bright, en la exuberancia de sus recursos, desdeñaba el aprovecharse de una ventaja que hubiese agradecido un narrador más viejo.
—Sería lástima—dijo—que un hombre de mis conocimientos (pasando por alto mi fantasía original) no pudiese encontrar cada día del año un cuento nuevo para chiquillos como vosotros. Os contaré uno de los que se inventaron para distracción de nuestra vieja abuela la Tierra, cuando era una chiquilla con refajito y delantal. Hay lo menos ciento, y me maravilla que hace mucho tiempo no se hayan puesto en libros de estampas para niñas y niños. En cambio, muchos sabios viejos, con largas barbas grises, se queman las pestañas leyéndolos en librotes llenos de polvo, escritos en griego, y se rompen los cascos queriendo adivinar cuándo y cómo y para qué se inventaron.
—Bueno, bueno, bueno, bueno, primo Eustaquio—exclamaron a una todos los chiquillos—: no hables más de tus cuentos, y empieza a contar.
—Sentaos todos—dijo Eustaquio—, y callad, porque a la primera interrupción, sea de la malvada Primavera, del infeliz Romero o de cualquier otro, daré un mordisco al cuento, y me tragaré el pedazo que falte por contar. Pero, en primer lugar, ¿alguno de vosotros sabe lo que es una Gorgona?
—Yo, sí—dijo Primavera.
—¡Pues, cállatelo!—replicó Eustaquio, que hubiese preferido que no hubiese sabido la chiquilla nada sobre el asunto—. Callad todos, y os contaré un cuento preciosísimo de la cabeza de una Gorgona.
Y así lo hizo, como podéis empezar a leer en la página siguiente.
LA CABEZA DE LA GORGONA
Perseo era hijo de Danae, que a su vez era hija de un rey. Y cuando Perseo era muy pequeño, unos malvados le pusieron con su madre en un arca y los lanzaron a las ondas. Sopló el viento fuertemente, y alejó el arca de la costa. Las ondas la sacudieron como si fuera una cáscara de nuez. Danae estrechó a su hijito entre sus brazos, temiendo por momentos que una ola mayor que las demás les sepultara para siempre en el fondo del Océano. El arca siguió, sin embargo, navegando, y no se hundió ni zozobró, hasta que al llegar la noche navegaba tan cerca de una isla, que se enredó entre las redes de un pescador y la sacaron con ellas a la costa. La isla se llamaba Serifo, y reinaba en ella el rey Polidectes, que era hermano del pescador que había recogido por casualidad en sus redes a los pobres náufragos.
Este pescador era hombre justo y compasivo. Trató con gran bondad a Danae y a su hijo, y continuó protegiéndoles hasta que Perseo llegó a ser un hermoso mancebo, fuerte y activo, y habilísimo en el manejo de las armas.
Mucho antes había visto el rey Polidectes a los dos extranjeros, madre e hijo, que en un arca frágil habían llegado a sus playas. No era Polidectes bueno y amable como su hermano el pescador, sino en extremo malvado, y resolvió enviar a Perseo a una empresa peligrosa, en la cual probablemente perdería la vida, y entonces, quedándose la madre sin defensa, podría él causarle algún daño grande. Con este fin, aquel rey de mal corazón pasó tiempo y tiempo pensando cuál sería la hazaña de más peligro que un joven pudiera emprender. Cuando, por fin, dió con una empresa que prometía tener el fatal resultado que deseaba, mandó llamar a Perseo.
El muchacho fué a palacio, y encontró al rey sentado en su trono.
—Perseo—dijo el rey Polidectes, sonriendo hipócritamente—, eres todo un buen mozo. Tú y tu excelente madre habéis recibido muchísimos favores, tanto míos como de mi hermano el pescador, y supongo que sentirás no poder pagar algunos de ellos.
—Con permiso de Vuestra Majestad—respondió Perseo—, arriesgaría con gusto mi vida por lograrlo.
—Muy bien; entonces—continuó el rey, siempre con la sonrisa en los labios—, tengo una aventura de poca monta que proponerte; y como eres un joven valiente y emprendedor, estoy seguro de que te alegrarás de tener tan buena ocasión de distinguirte. Debes saber, mi buen Perseo, que estoy en tratos para casarme con la hermosa princesa Hipodamia, y es costumbre, en ocasiones como ésta, regalar a la novia algo elegante y extraño, que haya tenido que irse a buscar muy lejos. Debo confesar que he estado bastante perplejo, sin saber dónde encontrar cosa capaz de agradar a princesa de gusto tan exquisito. Pero esta mañana me parece que he encontrado precisamente lo que necesitaba.
—¿Y puedo yo ayudar a Vuestra Majestad a conseguirlo?—exclamó Perseo con vehemencia.
—Puedes, si eres tan valiente como yo me figuro—repuso el rey Polidectes con la mayor astucia—. El regalo de boda que quiero ofrecer a la hermosa Hipodamia es la cabeza de la Gorgona Medusa, con sus cabellos de serpientes, y de ti depende el traerla, querido Perseo. Así es que como estoy deseando terminar los tratos para mi casamiento con la princesa, cuanto antes vayas en busca de la Gorgona, más me complacerás.
—Saldré mañana, por la mañana—respondió Perseo.
—Te ruego que lo hagas así, valiente joven—aseguró el rey—. Y al cortar la cabeza de la Gorgona, ten cuidado de dar el golpe limpio para no estropearla. La traerás aquí lo mejor acondicionada que sea posible, porque la princesa Hipodamia es muy delicada de gusto.
Perseo salió del palacio, y apenas había pasado la puerta, el rey Polidectes se echó a reir; le divertía mucho, tan malvado era, que el pobre muchacho hubiese caído en la trampa. Pronto corrió la noticia de que Perseo se había decidido a cortar la cabeza de Medusa con su cabellera de serpientes. Todo el mundo se alegró al saberlo, porque casi todos los habitantes de la isla eran tan malvados como el mismo rey, y se hubiesen alegrado muchísimo de que les sucediese algún mal muy grande a Danae y a su hijo. Parece que el único hombre bueno en aquella desdichada isla de Serifo era el pescador. Cuando Perseo iba por la calle, las gentes le señalaban con el dedo y le hacían muecas de desprecio y le ridiculizaban, levantando la voz cuanto se atrevían.
—¡Ay!, ¡ay!—exclamaban—. Las serpientes de Medusa le van a morder lindamente.
Ahora bien; en aquel tiempo vivían tres Gorgonas, y eran los monstruos más extraños y terribles que hubieran existido desde que el mundo es mundo, y después no se ha visto ni se volverá a ver cosa más terrible que ellas. La verdad es que no sé por qué nombre de monstruo nombrarlas. Eran tres hermanas, y parece que tenían cierta remota semejanza con las mujeres; pero, en realidad, eran una temerosa y dañina especie de dragones. De veras es difícil imaginar qué espantosos seres eran las tres hermanas. Porque en vez de cabellos, tenía cada una en la cabeza cien serpientes enormes, vivas todas, que se retorcían, se enredaban, se enroscaban, sacando sus venenosas lenguas, ahorquilladas por la punta. Los dientes de las Gorgonas eran terriblemente largos. Las manos las tenían de bronce. Y el cuerpo cubierto de escamas, que si no eran de hierro, eran por lo menos tan duras e impenetrables como él. También tenían alas, y hermosísimas, os lo aseguro, porque todas las plumas eran de oro purísimo, brillante, centelleante, bruñido, y figuraos cómo resplandecería cuando las Gorgonas iban volando a la luz del sol.
Pero cuando alguien alcanzaba a atisbar un reflejo de aquel resplandor, pocas veces se detenía a mirarlo, sino que corría y se escondía a toda prisa. Acaso os figuráis que tenía miedo de que le mordiesen las serpientes que servían de cabello a las Gorgonas, o de que le destrozasen los terribles colmillos, o las garras de bronce. Todos esos peligros, aunque grandísimos, no eran los más difíciles de evitar. ¡Lo peor de aquellas abominables Gorgonas era que si un pobre mortal miraba de frente a una de aquellas caras, estaba seguro, en el mismo instante, de que su carne y sangre caliente se convirtiesen en piedra inanimada y fría!
Así es que, como comprenderéis perfectamente, la aventura que el malvado rey Polidectes había buscado para el pobre muchacho, era peligrosísima. El mismo Perseo, cuando se detuvo a pensar en ello, no pudo menos de comprender que tenía muy pocas probabilidades de salir con bien de ella, y que era mucho más probable convertirse en estatua de piedra que conseguir la cabeza de Medusa con su cabellera de serpientes. Dejando a un lado otras dificultades, había una que hubiese puesto en apuro a cualquier hombre de mucha más edad que Perseo. No sólo tenía que luchar con un monstruo de alas de oro, de escamas de hierro, de larguísimos dientes, de garras de bronce, con serpientes por cabellos, y cortarle la cabeza, sino que mientras estuviese luchando contra él, no podía mirar a su enemigo. Porque si lo miraba, al levantar el brazo para herirle se convertiría en piedra y se quedaría con el brazo en el aire siglos y siglos, hasta que el tiempo y el viento y el agua le destruyesen por completo. Y sería bien triste que le ocurriese esto a un joven a quien tantas cosas grandes quedaban por hacer y tanta felicidad que gozar en este hermoso mundo.
Tanto desconsolaron a Perseo todos estos pensamientos, que no tuvo valor para decir a su madre lo que se había comprometido a hacer. Por consiguiente, cogió su escudo, se ciñó la espada y atravesó la isla, yendo a sentarse a un lugar solitario; apenas podía contener las lágrimas.
Pero cuando estaba más pensativo y triste, oyó una voz junto a él.
—Perseo—dijo la voz—, ¿por qué estás triste?
Levantó la cabeza de entre las manos, en las cuales la había escondido, y ¡oh, asombro!, aunque creía estar completamente solo, encontró a su lado un desconocido. Era un joven de aspecto animoso y extraordinariamente inteligente, cubierto con una capa, y que llevaba en la cabeza un gorro muy extraño y en la mano un bastón trenzado, también de modo sorprendente, y colgada al costado una espada corta y muy retorcida. Tenía aspecto de gran ligereza y soltura de movimientos, como hombre acostumbrado a ejercicios gimnásticos, a correr y a saltar. Y, sobre todo, tenía una expresión tan alegre, tan inteligente y tan servicial—aunque, por supuesto, un poco maliciosa—, que Perseo no pudo menos de animarse inmediatamente que le miró a la cara. Además, como en realidad era valiente, le dió muchísima vergüenza que alguien le hubiese encontrado con las lágrimas en los ojos, como a un chiquillo de la escuela, cuando, después de todo, puede que no hubiera motivo para desesperarse. Enjugóse los ojos, y respondió al desconocido prontamente, poniendo la cara más alegre que pudo.
—No estoy triste—dijo—, sino pensando en una aventura que he emprendido.
—¡Oh!—respondió el desconocido—. Cuéntame en qué consiste, y puede te sirva yo de algo. He ayudado a muchos jóvenes en aventuras que al principio parecían bastante difíciles. Acaso hayas oído hablar de mí. Tengo varios nombres; pero el de Azogue me cae tan bien como otro cualquiera. Dime en qué consiste la dificultad, y hablaremos del asunto y veremos lo que se puede hacer.
Las palabras del desconocido animaron por completo a Perseo. Resolvió contarle a Azogue todas sus dificultades, ya que las cosas no podían ponerse peor que estaban, y acaso su nuevo amigo pudiera darle algún consejo que le sirviese de algo. Así es que en pocas palabras le explicó el caso: cómo el rey Polidectes necesitaba la cabeza de Medusa, con la cabellera de serpientes, para dársela como regalo de boda a la hermosa princesa Hipodamia, y cómo se había comprometido a ir a buscarla, pero temía verse convertido en piedra.
—Y sería lástima—dijo Azogue con su maliciosa sonrisa—. Es verdad que serías una estatua de mármol de muy buen ver, y que pasarían unos cuantos siglos antes de que el tiempo pudiera desmoronarte del todo; pero más vale ser joven unos pocos años, que estatua de piedra muchos.
—¡Oh, mucho más!—exclamó Perseo con los ojos húmedos otra vez—. Y además, ¿qué sería de mi madre, si su hijo tan querido se convirtiese en piedra?
—Esperemos que el asunto no tenga tan mal fin—repuso Azogue en tono animoso—. Precisamente soy la persona que acaso pueda ayudarte más eficazmente. Mi hermana y yo haremos todo lo posible por que salgas con bien de esta aventura, que ahora te parece tan desagradable.
—¿Tu hermana?—repitió Perseo.
—Sí, mi hermana—respondió el desconocido—. Es muy sabia, te lo aseguro; y en cuanto a mí, también suelo tener todo el talento que me hace falta. Si tú eres valeroso y prudente, y haces caso de nuestros consejos, no tienes que temer, por ahora, convertirte en estatua de piedra. Lo primero que has de hacer es pulir el escudo, hasta que puedas verte en él como en un espejo.
Esto le pareció a Perseo un principio de aventura más bien extravagante, porque pensó que más importaría que el escudo fuera lo bastante fuerte para defenderle de las garras de bronce de la Gorgona, que el que estuviese bastante reluciente para poderse ver la cara en él. Pero pensando que Azogue sabía más que él, inmediatamente puso manos a la obra, y frotó el escudo con tal diligencia y buen deseo, que pronto brilló como la luna en el mes de Diciembre. Azogue le miró y sonrió, aprobando. Entonces, quitándose la espada corta y retorcida, se la colgó a Perseo del cinto, en vez de la que llevaba.
—No hay espada en el mundo que pueda servir mejor al propósito que llevas—observó—. La hoja tiene temple excelente, y corta el hierro y el acero como un tallo tierno. Y ahora, en marcha: lo primero que tenemos que hacer es ir en busca de las Tres Mujeres Grises, que nos dirán dónde podemos encontrar a las Ninfas.
—¡Las Tres Mujeres Grises!—exclamó Perseo, a quien esto parecía únicamente una dificultad más en la aventura—. ¿Quiénes son esas Tres Mujeres Grises? Nunca he oído hablar de ellas.
—Son tres viejecitas muy raras—dijo Azogue, riendo—. No tienen más que un ojo para las tres, y un diente. Tendrás que encontrarlas a la luz de las estrellas o en las sombras de la noche, porque nunca se dejan ver cuando brillan el sol o la luna.
—Pero—dijo Perseo—, ¿a qué gastar el tiempo con esas Tres Mujeres Grises? ¿No sería mejor ir desde luego en busca de las terribles Gorgonas?
—No, no—respondió su amigo—. Hay bastantes cosas que hacer antes de encontrar el camino que te ha de llevar a las Gorgonas. No hay más remedio que ir a caza de esas tres señoras. Y cuando las hayamos encontrado, puedes estar seguro de que las Gorgonas no andarán muy lejos. De modo que vamos ligerito.
Perseo tenía ya tanta confianza en la sagacidad de su acompañante, que no hizo más objeciones, y aseguró que estaba pronto para emprender inmediatamente la aventura. Empezaron a andar, y a buen paso. Tan ligero, que a Perseo le costaba trabajo seguir a su amigo Azogue. A decir verdad, se le ocurrió la peregrina idea de que Azogue llevaba un par de zapatos con alas, lo cual, naturalmente, le ayudaba a las mil maravillas. Y, además, al mirarle de reojo, porque no se atrevía a volver del todo la cabeza, le pareció que también tenía alas a los lados de la cabeza, aunque si le miraba de frente no se veían las alas, sino un gorro muy raro. Lo que sí era seguro es que el bastón trenzado le servía a Azogue de grandísima ayuda para caminar, y le hacía andar tan de prisa, que aunque Perseo era muchacho fuerte, ya empezaba a perder el aliento.
—¡Vamos!—exclamó al fin Azogue, que de sobra sabía, vivo como era, el trabajo que a Perseo le costaba seguirle a su paso—; toma este bastoncito, que me parece que lo necesitas bastante más que yo. ¿No hay en la isla de Serifo mejores andarines que tú?
—Mejor podría andar—dijo Perseo, mirando atrevidamente los pies de su compañero—, si tuviese un par de zapatos con alas.
—Buscaremos un par para ti—respondió Azogue.
Pero el bastón ayudaba de tal modo a Perseo, que no volvió a sentir el menor cansancio. Parecía estar vivo en su mano y comunicar algo de su vida a Perseo. Él y Azogue caminaban ahora al mismo paso, con la mayor facilidad, hablando amistosamente, y Azogue contaba historias tan divertidas sobre sus aventuras anteriores, y lo bien que su ingenio le había servido en muchas ocasiones, que Perseo empezó a considerarle como persona maravillosa. Evidentemente conocía el mundo, y nada es tan encantador para un joven como un amigo que posea esta clase de conocimiento. Perseo escuchaba con ansia, esperando aumentar su propio ingenio con todo lo que oía.
Por fin recordó que Azogue había hablado de una hermana suya, que había de prestar ayuda en la aventura que tenían emprendida.
—¿Dónde está?—preguntó—. ¿La encontraremos pronto?
—En cuanto la necesitemos—dijo su compañero—. Pero debo advertirte que esta hermana mía tiene un genio completamente distinto del mío. Es muy seria y muy prudente; no sonríe casi nunca; no se ríe jamás, y tiene por regla no pronunciar ni una sola palabra cuando no tiene algo muy profundo que decir. Ni tampoco escucha conversación alguna que no sea absolutamente razonable.
—¡Pobre de mí!—exclamó Perseo—. No me atreveré a pronunciar ni una sílaba delante de ella.
—Es una persona instruidísima, te lo aseguro—continuó Azogue—, y tiene al dedillo todas las artes y las ciencias. En una palabra: es tan asombrosamente sabia, que muchas gentes la llaman la sabiduría personificada. Pero, para decirte la verdad, para mi gusto le falta viveza, y dudo que a ti te pareciese tan agradable como yo para compañera de viaje. Tiene cosas buenas, desde luego, y ya verás de cuánto te sirve para tu encuentro con las Gorgonas.
Ya había anochecido casi por completo. Llegaron entonces a un sitio completamente desierto, silvestre, cubierto de malezas y zarzas, y tan solitario y silencioso, que parecía como si nunca nadie hubiese vivido en él ni hubiese pasado por allí. Todo estaba vacío y desolado en el crepúsculo gris, que a cada instante se hacía más obscuro. Perseo miró en derredor, más bien con desconsuelo, y preguntó si tenían que ir mucho más lejos.
—Chiss, chiss...—susurró su compañero—. No hagas ruido. Precisamente éstos son el tiempo y el lugar propicios para encontrar a las Tres Mujeres Grises. Ten cuidado de que no te vean antes de que tú las hayas visto, porque aunque no tienen más que un ojo para las tres, es tan perspicaz como media docena de ojos vulgares.
—Pero, ¿qué tengo que hacer—preguntó Perseo—cuando las encontremos?
Azogue explicó a Perseo cómo se las arreglaban las Tres Mujeres Grises con su único ojo. Parece que tenían la costumbre de usarle por turno, como si hubiese sido un par de lentes o—cosa que les hubiese convenido mejor—un monóculo. Cuando una de las tres le había disfrutado durante algún tiempo, se le sacaba de la órbita y se le daba a otra de las hermanas, la cual inmediatamente se le ajustaba en la frente y gozaba un ratito de la vista del mundo. Fácil es de comprender por esto que sólo una de las mujeres veía, mientras las otras dos permanecían en la obscuridad, y además, en el instante en que el ojo estaba pasando de mano en mano, ninguna de las pobres señoras veía gota. He oído contar muchas cosas extrañas en mi vida y he visto bastantes; pero ninguna, a mi parecer, puede compararse con la rareza de estas Tres Mujeres Grises, todas mirando con un ojo solo.
Esto mismo pensó Perseo, y estaba tan lleno de asombro, que llegó a figurarse que su compañero se estaba burlando de él y que no existían en el mundo semejantes mujeres.
—Pronto te convencerás de si es verdad o no—observó Azogue—. Chiss, chiss, chiss... ¡Ya vienen!
Perseo miró ansiosamente a través de la obscuridad de la noche, y con seguridad, a poca distancia, vió a las Tres Mujeres Grises. Como la luz era tan escasa, no pudo darse cuenta exacta de qué caras tenían; sólo descubrió que sus cabellos eran largos y grises; y cuando se acercaron, vió cómo dos de ellas no tenían sino una órbita vacía en medio de la frente. Pero en medio de la frente de su hermana había un ojo brillante, que centelleaba como un diamante en una sortija, y tan penetrante parecía ser, que Perseo no pudo menos de pensar que poseía el don de ver en la media noche más obscura lo mismo que a mediodía. La vista de tres pares de ojos de persona estaba concentrada en aquel ojo único.
De este modo las tres ancianas se arreglaban, después de todo, casi tan cómodamente como si todas pudiesen ver a un tiempo. La que tenía el ojo en la frente llevaba a las otras dos de la mano, mirando intensamente en derredor suyo; tanto, que Perseo temía que pudiese atravesar con la vista la espesa zarza tras de la cual él y Azogue se habían escondido. ¡Decididamente, era terrible encontrarse al alcance de ojo tan penetrante!
Pero antes de llegar a la zarza, una de las Tres Mujeres Grises exclamó:
—¡Hermana, hermana Espanto, ya hace mucho tiempo que tienes puesto el ojo! Ahora me toca a mí.
—Déjamelo un momento más, hermana Pesadilla—respondió Espanto—. Me parece que veo algo detrás de aquella zarza.
—Bueno, ¿y qué?—respondió Pesadilla con malos modos—. ¿No puedo yo ver tan bien como tú lo que haya detrás de la zarza? El ojo es tan mío como tuyo, y me parece que sé usarle tan bien como tú, por no decir mejor. Quiero que me lo entregues inmediatamente.
Pero al llegar aquí, la tercera hermana, cuyo nombre era Quebrantahuesos, empezó a quejarse, y dijo que a ella era a quien le tocaba tener el ojo, y que Pesadilla y Espanto siempre le querían sólo para ellas. Para terminar la disputa, Espanto se quitó el ojo de la frente y le levantó en la mano.
—Pues tomadle vosotras, y sea de quien quiera—exclamó—, y acabemos con esta disputa necia. Por mi parte, me alegraré muchísimo de estar un rato en la obscuridad. Agarrarle pronto, o me lo vuelvo a poner en la frente.
Pesadilla y Quebrantahuesos extendieron las manos, procurando ansiosamente arrebatar el ojo de la mano de Espanto. Pero como las dos estaban ciegas, no acertaban a encontrar la maño de su hermana; y como en aquel momento Espanto estaba tan ciega como ellas, tampoco acertaba a poner el ojo en sus manos. Así, como comprenderéis fácilmente, las tres viejas estaban en grandísimo apuro. Porque aunque el ojo brillaba y centelleaba como una estrella, ninguna de las tres mujeres alcanzaba una sola chispa de su luz, y estaban todas en obscuridad completa por su demasiada impaciencia por ver.
A Azogue le divertía tanto ver a Pesadilla y a Quebrantahuesos esforzándose en vano por encontrar a su hermana Espanto, que apenas podía contener la risa.
—Ha llegado el momento—dijo en voz muy baja a Perseo—. Vivo, vivo, antes de que alguna pueda pescar el ojo. ¡Quítaselo de la mano!
Y en un instante, mientras las Tres Mujeres Grises seguían disputando, Perseo saltó de detrás de la zarza y se hizo dueño de la presa. El ojo maravilloso, al pasar a su mano, centelleó más brillante que nunca, y pareció mirarle a la cara con aire de inteligencia, con la misma expresión que si hubiese tenido un par de párpados para hacer un guiño. Las Tres Mujeres Grises no sabían nada de lo que había sucedido, y suponiendo cada una de ellas que el ojo estaba en poder de una de las otras, empezaron a disputar de nuevo. Por fin, Perseo no quiso que las pobres viejas se insultasen más de lo necesario, y creyó que había llegado el momento de las explicaciones.
—Señoras mías—dijo—, tengan ustedes la bondad de no disgustarse unas con otras. Si hay aquí algún culpable, ese soy yo, porque tengo el honor de llevar en la mano vuestro brillantísimo y excelentísimo ojo.
—¡Tú, tú tienes nuestro ojo! ¿Y quién eres tú?—chillaron a un tiempo las Tres Mujeres Grises. Porque, naturalmente, se asustaron muchísimo al oir una voz extraña y comprender que su vista había caído en manos no sabían de quién—. ¡Ay, hermanas, hermanas! ¿Qué vamos a hacer? ¡Todas estamos en la obscuridad! ¡Danos nuestro ojo precioso y único! ¡Tú tienes dos para ti solo!
—Diles—apuntó Azogue a Perseo—que se lo entregarás en cuanto te hayan dicho dónde puedes encontrar a las Ninfas que tienen las sandalias que vuelan, el saco mágico y el yelmo de la invisibilidad.
—Mis queridas, buenas y admirables señoras—dijo Perseo, dirigiéndose a las Tres Mujeres Grises—: no hay motivo para que se asusten ustedes de ese modo. No soy un malvado, ni mucho menos. Les devolveré a ustedes el ojo sano y salvo, brillante como nunca, en cuanto me digan dónde puedo encontrar a las Ninfas.
—¿A las Ninfas? ¡Pobres de nosotras, hermanas! ¿Qué dice este hombre?—gritó Espanto—. La gente asegura que hay muchísimas Ninfas: unas que se pasan la vida cazando en los bosques, otras que viven entre los árboles, otras que tienen cómoda habitación en el agua de las fuentes. De ninguna sabemos nada nosotras. Somos tres ancianas desdichadas, que vamos caminando en la obscuridad, que nunca hemos tenido más que un ojo para las tres, y ahora nos lo han robado. ¡Devuélvenosle, buen desconocido; quienquiera que seas, devuélvenosle!
Y las tres mujeres extendían la mano, intentando coger a Perseo. Pero él tenía buen cuidado de mantenerse fuera de su alcance.
—Respetables señoras mías—dijo, porque su madre le había enseñado a emplear siempre la mayor cortesía—: tengo el ojo en la mano, y lo conservaré con el mayor cuidado hasta que tengan ustedes la amabilidad de decirme dónde están las Ninfas. Las que yo voy buscando son las que tienen el saco encantado, las sandalias que vuelan y... ¿cómo se llama?... ¡ah, sí!, el yelmo de la invisibilidad.
—¡Desgraciadas de nosotras, hermanas! ¿De qué habla este joven?—exclamaron Espanto, Pesadilla y Quebrantahuesos, dirigiéndose unas a otras con gran apariencia de asombro—. ¡Un par de sandalias que vuelan! Pero, ¿no comprende que si tuviera la locura de ponerse semejante calzado, los pies le echarían a volar por encima de la cabeza? ¡Y un yelmo de invisibilidad! ¿Cómo puede un yelmo hacer invisible a un hombre, a no ser que le cubra de pies a cabeza? ¡Y, por si era poco, un saco encantado! ¿Qué clase de bolso será ese? No, no, buen amigo; no podemos decirte nada de todas esas maravillas. Tú tienes tus dos ojos, y nosotras uno para las tres; mejor podrás tú que nosotras, pobres mujeres ciegas, encontrar todo lo que necesitas.
Perseo, oyéndolas hablar de aquel modo, empezó a creer que, en realidad, las Tres Mujeres Grises no sabían nada de lo que les preguntara, y le daba pena tenerlas en apuro tan grande; tanto, que ya estaba a punto de devolverles el ojo, pidiéndoles perdón por la molestia que les había causado; pero Azogue le sujetó la mano.
—No consientas que se burlen de ti—dijo—. Estas Tres Mujeres Grises son las únicas en el mundo que pueden decirte dónde encontrarás a las Ninfas, y si no consigues saberlo, nunca conseguirás cortar la cabeza de Medusa con los cabellos de serpientes. No te ablandes, y todo saldrá bien.
Y sucedió como Azogue decía. Hay pocas cosas que la gente quiera más que la vista de sus ojos. Y las Mujeres Grises querían al suyo como si hubiese sido media docena. Viendo que no había otro medio de recobrarlo, acabaron por decir a Perseo lo que necesitaba saber. Y en cuanto se lo hubieron dicho, él, con el mayor respeto, puso el ojo en la órbita vacía de una de sus frentes, les dió las gracias por su amabilidad y se despidió de ellas. Antes de que el joven se hubiese alejado lo bastante para dejar de oirlas, ya habían empezado otra disputa, porque dió la casualidad de que había entregado el ojo a Espanto, que ya había disfrutado de él antes de que empezase la cuestión con Perseo.
Es muy posible que las Tres Mujeres Grises tuvieran demasiada costumbre de turbar su armonía con peleas de esta clase; lo cual era muy de sentir, ya que no podían vivir unas sin otras y estaban, evidentemente, destinadas a ser compañeras inseparables. Como regla general aconsejo a todos, hermanos o hermanas, jóvenes o viejos, que no tengan más que un ojo para disfrutarle entre varios, que cultiven la tolerancia y no se empeñen en gozarle todos a un mismo tiempo.
Azogue y Perseo, entretanto, caminaban lo más de prisa que podían en busca de las Ninfas. Las viejas les habían dado indicaciones tan detalladas, que no tardaron mucho en encontrarlas. Eran muy distintas de Pesadilla, Quebrantahuesos y Espanto, porque en vez de ser viejas, eran jóvenes y bonitas; en vez de un ojo para tres, cada Ninfa tenía un par de ojos muy brillantes, que miraban a Perseo con la mayor amabilidad. Parecían ser muy amigas de Azogue, y cuando les contó la aventura que Perseo había emprendido, no pusieron dificultad alguna para entregarle los valiosos objetos que estaban confiados a su custodia. En primer lugar, trajeron lo que parecía ser una bolsa pequeña, hecha de piel de ciervo y primorosamente bordada, y le encargaron mucho que cuidase de ella, para no perderla. Éste era el saco encantado. Las Ninfas sacaron después un par de zapatos o sandalias con un lindo par de alas sujetas al talón de cada una.
—Póntelas, Perseo—dijo Azogue—. Con ellas te encontrarás tan ligero de pies como puedas desear para todo el resto del viaje.
Perseo empezó a ponerse una y dejó la otra en el suelo, a su lado. De repente la sandalia que había dejado abrió las alas y saltó del suelo, y probablemente hubiese echado a volar, si Azogue no hubiese dado un salto y la hubiese atrapado al vuelo.
—Ten más cuidado—dijo a Perseo—. Los pájaros se asustarían si viesen una sandalia volando a su lado.
Cuando Perseo se hubo calzado las dos sandalias maravillosas, se sintió demasiado ligero para andar por la tierra. Dió un paso o dos, y—¡oh, maravilla!—se levantó en el aire muy por encima de las cabezas de Azogue y de las Ninfas, y le costó mucho trabajo volver a bajar. Las sandalias con alas y todas las cosas de esta clase resultan muy difíciles de manejar hasta que uno se acostumbra a ellas. Azogue se echó a reir de la involuntaria ligereza de su compañero, y le dijo que era menester no apresurarse tanto, porque aún tenían que aguardar a que les trajesen el yelmo de la invisibilidad.
Las amables Ninfas sostenían el yelmo con su hermoso penacho de ondulantes plumas, dispuestas a ponérselo en la cabeza a Perseo. Y entonces sucedió el incidente más maravilloso de todos los que os vengo contando. El momento antes de que le pusieran el yelmo, allí estaba Perseo, joven, buen mozo, con ensortijada cabellera rubia y mejillas sonrosadas, con la retorcida espada en el cinto y el bien pulido escudo al brazo: figura que parecía hecha de valor, fuego y gloriosa luz. Pero en cuanto el yelmo se apoyó en su frente blanca, ¡nada se vió ya de Perseo! ¡Nada, sino el aire vacío! ¡Hasta el yelmo que le cubría con su invisibilidad se había desvanecido!
—¿Dónde estás, Perseo?—preguntó Azogue.
—Aquí—respondió Perseo tranquilamente, aunque su voz parecía salir de la transparente atmósfera—. Donde estaba ahora mismo. ¿No me ves?
—No te veo, no—respondió su amigo—. Estás oculto por el yelmo. Y si yo no te veo, tampoco te verán las Gorgonas. Sígueme, y probaremos qué tal maña te das para usar las sandalias con alas.
Con estas palabras, el gorro de Azogue abrió las alas, como si la cabeza fuese a volar separándose de los hombros; pero todo su cuerpo se levantó en el aire, y Perseo le siguió. Cuando hubieron subido unos cuantos metros, el joven empezó a sentir cuán delicioso era dejar abajo la tierra dura y poder volar como un pájaro.
Era ya completamente de noche. Perseo miró hacia arriba y vió la redonda, brillante y plateada luna, y pensó que le gustaría más que nada levantar el vuelo, llegar a ella y pasarse allí la vida. Entonces volvió a mirar hacia abajo y vió la Tierra con sus mares y sus lagos y el curso de plata de sus ríos, y los nevados picos de sus montañas, y lo ancho de sus campos, y la mancha obscura de sus bosques, y sus ciudades de mármol blanco.
Y con la luz de la luna cayendo sobre ella, era la Tierra tan hermosa como pudiera serlo la luna misma o cualquier otra estrella. Y sobre todo, vió la isla de Serifo, donde estaba su querida madre. Algunas veces, él y Azogue se acercaban a una nube que, de lejos, parecía estar hecha de vellones de plata, aunque cuando entraban en ella se encontraban mojados y llenos de frío por la niebla gris. Tan rápido era su vuelo, sin embargo, que en un instante salían de la nube otra vez a la luz de la luna. Una vez pasó casi rozando a Perseo un águila que volaba muy alto. Lo más hermoso de todo lo que vieron fueron los meteoros, que centelleaban repentinamente, como si en los aires se estuviesen quemando fuegos artificiales, y hacían palidecer la luz de la luna muchas millas en derredor.
Mientras los dos compañeros volaban uno junto a otro, Perseo creyó oir a su lado un ligero rumor, como si fuera el roce de un vestido: era al lado opuesto a aquel en que veía a Azogue. Miró con atención, pero no vió nada.
—¿De quién es este vestido—preguntó—que parece moverse a mi lado con la brisa?
—¡Oh! ¡Es el de mi hermana!...—respondió Azogue—. Viene con nosotros, como ya te lo había anunciado. Nada podríamos hacer si mi hermana no nos ayudase. No tienes idea de lo sabia que es. ¡Y tiene unos ojos...! En este momento te ve como si no fueras invisible, y apuesto cualquier cosa a que ella es la primera que divisa a las Gorgonas.
En su rápido viaje por los aires, habían ya
llegado a la vista del gran Océano, y pronto volaron sobre él. A lo lejos, las olas se amontonaban tumultuosamente en medio del mar o se rompían formando una ancha franja de espuma sobre los peñascos de la orilla, con un ruido que en el bajo mundo parecía el del trueno, pero que en lo alto llegaba a los oídos de Perseo como un suave murmullo, como la voz de un niño medio dormido. Precisamente en aquel momento una voz habló a su lado. Parecía ser de mujer, y era melodiosa, aunque no precisamente dulce, sino grave y serena.
—Perseo—dijo la voz—, ahí están las Gorgonas.
—¿Dónde?—exclamó Perseo—. ¡No las veo!
—En la costa de esa isla, debajo de ti—replicó la voz—. Si dejases caer una piedra, caería entre ellas.
—Ya te dije yo que ella era la primera que había de verlas—dijo Azogue a Perseo—. Y ahí están.
Abajo, en línea recta a unos mil metros de distancia, Perseo alcanzó a ver un islote y el mar rompiendo en espuma en torno de su costa rocosa, excepto por un lado, donde había una playa de arena blanca como nieve. Descendió hacia ella, y mirando con atención hacia algo que brillaba, a los pies de un precipicio de roca negra vió a las terribles Gorgonas. Estaban echadas en el suelo, profundamente dormidas, arrulladas por el atronador ruido del mar; porque hacía falta un estruendo que hubiese dejado sordo a cualquier mortal para conseguir que se durmiesen aquellas criaturas terribles. La luz de la luna centelleaba sobre sus escamas de acero y sobre sus alas de oro, que caían perezosamente sobre la arena.
Las garras de bronce, horribles, se agarraban a los fragmentos de la roca, mientras las dormidas Gorgonas soñaban que estaban despedazando a algún pobre mortal. Las serpientes que les servían de cabellos, también parecían estar dormidas, aunque de cuando en cuando una se retorcía o alzaba la cabeza y sacaba la ahorquillada lengua, emitiendo un adormilado silbido, y dejándose luego caer entre sus hermanas serpientes.
Las Gorgonas se parecían más a alguna tremenda gigantesca especie de insecto—inmensas abejas con alas de oro o moscas-dragones o cosa por este estilo—, que a ningún otro ser vivo; sólo que eran como un millón de veces más grandes que insecto ninguno. Y a pesar de todo, había en ellas algo humano también. Afortunadamente para Perseo, tenían la cara escondida por la postura en que se encontraban; porque si las hubiese mirado un solo instante, hubiera caído pesadamente del aire, convertido en imagen de piedra.
—Ahora—susurró Azogue, que seguía al lado de Perseo—, ahora es el tiempo que has de aprovechar para tu hazaña. ¡Apresúrate, porque si una de las Gorgonas despierta, será demasiado tarde!
—¿A cuál es a la que debo herir?—preguntó Perseo sacando la espada y bajando un poco más—. Las tres parecen iguales. Las tres tienen cabellera de serpientes. ¿Cuál de las tres es Medusa?
Hay que saber que Medusa era la única de aquellos tres monstruos a quien Perseo pudiese cortar la cabeza, porque a las otras dos era imposible hacerles el menor daño, aunque hubiese tenido la espada mejor templada del mundo y la hubiese estado afilando una hora seguida.
—Sé prudente—le dijo la misma voz tranquila que antes le había hablado—. Una de las Gorgonas empieza a moverse en su sueño, y precisamente se va a volver. ¡Esa es Medusa! ¡No la mires! ¡Su vista te convertiría en piedra! Mira el reflejo de su rostro y de su cuerpo en el brillante espejo de tu escudo.
Perseo comprendió entonces por qué motivo le había aconsejado Azogue que puliese su escudo con tanto afán. En aquella superficie podía mirar con tranquilidad el reflejo del rostro de la Gorgona. Y allí estaba aquel rostro terrible, reflejado en la brillantez del escudo, con la luz de la luna cayendo de plano sobre él y descubriendo todo su horror. Las serpientes, cuya naturaleza venenosa no les permitía dormir por completo, se le enroscaban sobre la frente. Era el rostro más fiero y más horrible que nunca se haya visto ni imaginado, y sin embargo, había en él una extraña, terrible y salvaje belleza. Los ojos estaban cerrados, porque la Gorgona dormía aún profundamente; pero sus facciones estaban conturbadas por una expresión inquieta, como si el monstruo sufriese algún mal sueño. Rechinaba los dientes y arañaba la arena con sus garras de bronce.
Las serpientes también parecían sentir el sueño de Medusa e inquietarse con él cada vez más. Se trenzaban unas con otras en nudos tumultuosos, se retorcían furiosamente y levantaban cien sibilantes cabezas sin abrir los ojos.
—¡Ahora, ahora!—murmuró Azogue, que se iba impacientando—. ¡Hiere al monstruo!
—Pero con calma—dijo la voz, grave y melodiosa, al lado del joven—. Mira a tu escudo mientras vas volando hacia abajo, y ten cuidado de no errar el primer golpe.
Perseo bajó, volando cuidadosamente siempre, con los ojos fijos en el rostro de Medusa, reflejado en su escudo. Cuanto más se acercaba, más terrible se iba poniendo el rostro, rodeado de serpientes, y el cuerpo metálico del monstruo. Por fin, cuando estuvo sobre ella a distancia en que podía alcanzarla con el brazo, Perseo levantó la espada. En el mismo instante todas las serpientes que formaban la cabellera de la Gorgona se alzaron amenazadoras, y Medusa abrió los ojos. Pero despertó demasiado tarde. La espada era cortante. El golpe cayó como un rayo, y la cabeza de la horrible Medusa rodó separada del cuerpo.
—¡Admirablemente hecho!—dijo Azogue—. Apresúrate y mete la cabeza en el saco mágico.
Con gran asombro de Perseo la bolsita bordada que se había colgado al cuello aumentó de tamaño lo bastante para contener la cabeza de Medusa. Pronto, como el pensamiento, la levantó, cuando aún las serpientes se retorcían en torno de ella, y la metió en el saco.
—Tu misión está cumplida—dijo la voz serena—. Ahora vuela, porque las otras Gorgonas han de hacer cuanto puedan para vengar la muerte de Medusa.
Era verdaderamente necesario alzar el vuelo, porque Perseo no había realizado su hazaña tan silenciosamente que el ruido de la espada, el silbar de las serpientes y el golpe de la cabeza de Medusa, al caer sobre la arena, batida por el mar, no hubiesen despertado a los otros monstruos. Se incorporaron un instante, frotándose los ojos adormilados con los dedos de bronce, mientras que todas las serpientes de sus cabezas se revolvían con sorpresa y venenosa malicia, no sabiendo contra quién. Pero cuando las Gorgonas vieron el escamoso cuerpo de Medusa sin cabeza, con las alas de oro erizadas y caídas y sobre la arena, fué realmente terrible oir sus alaridos. ¡Y las serpientes! Lanzaron mil silbidos, todas a un tiempo, y las serpientes de Medusa contestaron desde el saco mágico.
Apenas estuvieron las Gorgonas completamente despiertas, se levantaron en el aire, blandiendo sus garras de bronce, rechinando sus dientes horribles y moviendo las alas tan furiosamente, que algunas de las plumas de oro se arrancaron y cayeron a la playa. Y puede que aún estén allí desparramadas. Levantáronse, como digo, las Gorgonas, mirando horriblemente de un lado para otro con la esperanza de convertir a alguien en piedra. Si Perseo las hubiese mirado o hubiese caído en sus garras, su pobre madre nunca hubiera vuelto a besarle. Pero tuvo buen cuidado de volver la vista a otro lado, y como llevaba el yelmo de la invisibilidad, las Gorgonas no supieron en qué dirección seguirle, ni tampoco dejó él de hacer el mejor uso posible de las sandalias con alas, subiendo en línea perpendicular un kilómetro próximamente. A aquella altura, cuando los gritos de las abominables criaturas ya llegaban hasta él muy débiles, se dirigió en línea recta hacia la isla de Serifo, para entregar la cabeza de Medusa al rey Polidectes.
No tengo tiempo de contaros varias cosas maravillosas que sucedieron a Perseo al volver a su casa, tales como matar a un horrible monstruo marino que estaba a punto de devorar a una hermosa doncella; ni cómo convirtió a un enorme gigante en montaña de piedra con sólo enseñarle la cabeza de la Gorgona. Si dudáis de esta última historia, podéis hacer un viaje a África, cualquier día de éstos, y veréis la montaña, que todavía lleva el antiguo nombre del gigante.
Por último, nuestro valiente Perseo llegó a la isla, donde esperaba ver a su madre querida. Pero durante su ausencia el malvado rey había tratado tan mal a Danae, que se había visto obligada a huir y a refugiarse en un templo donde unos cuantos sacerdotes ancianos y buenos la habían recogido. Estos sacerdotes, dignos de alabanza, y el pescador de buen corazón, que fué el primero en dar hospitalidad a Danae y a Perseo, niño, cuando los encontró flotando en el arca, parecen haber sido las únicas personas de la isla que se preocupasen de hacer el bien. Todo el resto del pueblo, lo mismo que el rey Polidectes, eran notablemente malos y no merecían mejor destino que el que vais a saber que cayó sobre ellos.
No habiendo encontrado a su madre en casa, Perseo se fué derecho a palacio, e inmediatamente lo llevaron a presencia del rey. Polidectes no se alegró gran cosa de volver a verle, porque casi tenía por cierto, con regocijo de su mal corazón, que las Gorgonas habrían hecho pedazos al pobre muchacho y se lo habrían comido inmediatamente. Pero al verle volver sano y salvo, puso la mejor cara que pudo y le preguntó qué había hecho.
—¿Has cumplido tu promesa?—preguntó—. ¿Me traes la cabeza de Medusa con su cabellera de serpientes? Si no, hijo mío, te va a costar caro, porque necesito un regalo de boda para la princesa Hipodamia, y sé que no hay nada en el mundo que pueda ser tan de su gusto.
—Sí, Majestad—respondió Perseo tranquilamente y como si no hubiera por qué asombrarse de que un joven como él hubiese llevado a cabo tal hazaña—. Os traigo la cabeza de la Gorgona con todos sus cabellos de serpientes.
—¡De veras! Pues haz el favor de enseñármela—dijo el rey Polidectes—. Debe de ser
espectáculo curioso, si todos los viajeros que me han hablado de ella han dicho la verdad.
—Vuestra Majestad está en lo cierto—repuso Perseo—. Realmente es un objeto capaz de fijar las miradas de todo el que lo vea. Y si Vuestra Majestad quiere, me permitiré aconsejar que se declare el día de hoy fiesta nacional y que se llame a todos los súbditos de Vuestra Majestad para que vengan a contemplar esta curiosidad maravillosa. ¡Me parece que pocos serán los que hayan visto una cabeza de Gorgona, y acaso nunca puedan volver a verla!
Bien sabía el rey que todos sus súbditos eran haraganes rematados, aficionadísimos a espectáculos como suelen serlo todas las gentes perezosas; así es que siguió el consejo del joven y envió en todas direcciones heraldos y mensajeros para que tocasen la trompeta en todas las esquinas y en las plazas y mercados, y dondequiera se encontrasen dos caminos, y llamasen a todo el mundo a la Corte. Vino, pues, gran multitud de gentes inútiles y vagabundas, que todas, por puro amor al mal, se hubiesen alegrado muchísimo de que a Perseo le hubiese sucedido algún daño en la lucha con la Gorgona. Si algunas buenas personas había en la isla (yo quiero creer que las hubo, aunque la historia no dice nada de ellas), de seguro se quedaron tranquilamente en casa atendiendo a sus quehaceres y cuidando a sus hijos. Muchos de los habitantes, sea comoquiera, corrieron a palacio a toda prisa, y gritaron, y se empujaron, y se dieron codazos por afán de estar cerca de un balcón donde se veia a Perseo con el saco mágico y bordado en la mano.
En una tribuna colocada enfrente del balcón estaba sentado el rey Polidectes, con sus malvados consejeros y sus cortesanos aduladores, formando semicírculo en derredor suyo. Monarca, consejeros, cortesanos y pueblo, todos miraban ansiosamente a Perseo.
—¡Enseña la cabeza de la Gorgona!... ¡Enséñala!—gritaba el pueblo. Y había en sus gritos tal fiereza, que parecían querer hacer pedazos a Perseo, si lo que había de enseñarles no les satisfacía—. ¡Enséñanos la cabeza de Medusa con la cabellera de serpientes!
Un sentimiento de pena y de lástima sobrecogió a Perseo.
—¡Oh, rey Polidectes—exclamó—, y vosotros pueblo: no quisiera mostraros la cabeza de la Gorgona!
—¡Ah, canalla, cobarde!—gritó el pueblo, más furioso que nunca—. Se está burlando de nosotros. No tiene la cabeza de la Gorgona. Enséñanosla, si la has traído, y si no te cortaremos la tuya para hacer con ella una pelota de foot-ball.
Los malos consejeros hablaron al rey al oído; los cortesanos murmuraron, todos a una, que Perseo estaba faltando al respeto a su rey y señor, y el gran rey Polidectes levantó la mano y le ordenó, con la voz austera y grave de la autoridad, que enseñase la cabeza al pueblo, si no quería perder la suya.
—Muéstranos la cabeza de Medusa, o mando cortar la tuya.
Perseo suspiró.
—¡Ahora mismo!—repitió Polidectes—, o mueres.
—¡Miradla entonces!—exclamó Perseo con voz que resonó como un clarín.
Y alzó de repente la terrible cabeza. Ni un solo párpado tuvo tiempo de entornarse, y el rey Polidectes y sus malvados consejeros y sus feroces súbditos quedaron al punto convertidos en imágenes de un monarca y su pueblo. Todos quedaron fijos para siempre en su actitud de aquel instante. ¡La vista de la cabeza de Medusa les había transformado en blanco mármol! Y Perseo volvió a meter la cabeza en el saco, y fué a decir a su madre querida que ya no había por qué tener miedo al malvado rey Polidectes.
—¿Qué, no ha sido un cuento bonito?—preguntó Eustaquio.
—¡Ay, sí, sí!—exclamó Capuchina, palmoteando—. ¡Y esas viejas tan raras, que no tenían más que un ojo para las tres! ¡Nunca he oído cosa más extraña!
—En lo del diente—observó Primavera—no hay prodigio alguno. Supongo que sería un diente postizo. Pero, ¿qué es eso de haber convertido a Mercurio en Azogue, y de hablar de su hermana? ¡Es una ridiculez!
—¡Ah!, ¿no era hermana suya?—preguntó Eustaquio—. Si se me hubiese ocurrido antes, la hubiese descrito como una solterona que tenía un buho favorito.
—Bueno—dijo Primavera—; después de todo, con el cuento se ha desvanecido la niebla.
Y, en verdad, mientras el cuento se iba contando, los vapores habían desaparecido del paisaje casi por completo. Ahora se descubría un panorama, que los espectadores casi podían figurarse que había sido creado desde la última vez que habían levantado los ojos en la dirección donde ahora se extendía. A una media milla de distancia, en el regazo del valle, aparecía ahora un hermoso lago, que reflejaba una perfecta imagen de sus propias orillas, cubiertas de bosques, y de las cimas de las colinas más lejanas. Brillaba en cristalina quietud, sin huella de la más ligera brisa en parte alguna de su superficie. Al otro lado de su más lejana orilla estaba el alto monte, que parecía estar tumbado en el valle. Eustaquio le comparó a una inmensa esfinge sin cabeza, envuelta en un chal alfombrado; y verdaderamente era tan rico y tan diverso el follaje otoñal de sus bosques, que la imagen del chal no era en modo alguno demasiado exagerada de color respecto de la realidad. En el terreno bajo, entre la casa de campo y el lago, los grupos de árboles y los linderos del bosque estaban llenos de hojas amarillas o castaño obscuras, porque habían sufrido más con las heladas que el follaje de las vertientes de las colinas.
Sobre todo el paisaje brillaba alegre el sol, mezclado con ligerísima neblina, que hacía la luz imponderablemente suave y tierna. ¡Oh, qué día de veranillo de San Martín tan hermoso! Los niños cogieron apresuradamente sus cestillos, y se pusieron en marcha, saltando, corriendo, dando volteretas, mientras el primo Eustaquio demostraba lo muy digno que era de presidir la reunión, corriendo mucho mejor que ellos y dando algunos saltos tan perfectos, que ninguno de ellos podía ni imitarlos. Acompañábales también un perro, cuyo nombre era Ben. Era uno de los cuadrúpedos más respetables y de mejor corazón del mundo, y probablemente estaba convencido de que estaba en el deber de no dejar alejarse a los niños sin mejor guardián que aquel cabeza loca de Eustaquio Bright.
EL TOQUE DE ORO
ARROYO UMBRÍO
A mediodía, nuestra partida juvenil se reunió en una cañada, a través de cuya profundidad corría un arroyuelo. La cañada era angosta, y sus vertientes escarpadas desde la margen del arroyo arriba estaban cubiertas con espesura de árboles, principalmente nogales y castaños, entre los cuales crecían también unas cuantas encinas y unos cuantos arces. En el verano, la sombra de tantas ramas juntas, que se encontraban y se enredaban sobre el arroyo, bastaba para producir un crepúsculo en pleno mediodía. De ahí venía el nombre de Arroyo Umbrío. Pero ahora, desde que el otoño había llegado a aquel lugar oculto, todo el obscuro verdor se había cambiado en oro; así es que el ramaje incendiaba la cañada, en vez de darle sombra. Las brillantes hojas amarillas, aunque el día hubiese estado nublado, hubieran parecido conservar entre ellas la luz del sol; y tantas se habían caído, que todo el cauce y la margen del arroyo estaban sembrados de luz de sol también. Así el rincón umbrío, donde el verano se había refrescado, ahora era el sitio más lleno de sol que pudiera encontrarse.
El arroyuelo corría, siguiendo su camino de oro, deteniéndose aquí para formar un remanso, en el cual pasaban como flechas los pececillos, nadando de un lado a otro; apresurándose luego cuesta abajo, como si tuviese mucha prisa por llegar al lago; olvidándose de mirar por donde iba, tropezaba con la raíz de un árbol, que se le atravesaba en la corriente. Os hubiera hecho reir oirle hacer ruido y echar espuma contra el inesperado obstáculo. Y aun después de haberle salvado, seguía el agua hablándose a sí misma, como si estuviera perpleja. Supongo que estaba maravilladísima al ver su cañada umbría tan iluminada, y al oir la charla y la alegría de tantos chiquillos. Así es que corría lo más aprisa que le era posible, y marchaba a esconderse en el lago.
En la cañada de Arroyo Umbrío, Eustaquio Bright y sus amiguitos se habían detenido para comer. Habían traído muchas cosas ricas de Tanglewood, dentro de sus cestillos, y las habían servido sobre troncos caídos, cubiertos de musgo, y con buenos manjares y mucha alegría habían hecho, en verdad, una comida deliciosa. Cuando terminó, ninguno quería moverse.
—Aquí descansaremos—dijeron algunos de los niños—, mientras el primo Eustaquio nos cuenta otro de sus cuentos bonitos.
El primo Eustaquio tenía tanto derecho a estar cansado como cualquiera de los chiquillos, porque había llevado a cabo grandes hazañas en aquella mañana memorable. Trébol, Romero, Capuchina y Girasol estaban casi convencidos de que tenía zapatillas con alas, como las que las Ninfas dieron a Perseo; tantas veces le habían visto en lo alto de la copa de un nogal, casi en el mismo instante en que acababan de verle en pie en el suelo. ¡Y entonces, qué chaparrones de nueces había hecho llover sobre sus cabezas, para que las atareadas manecitas las recogiesen en los cestitos! En una palabra: se había mostrado tan ligero como una ardilla o un mono, y ahora, tumbado sobre las hojas amarillas, parecía dispuesto a descansar un poco.
Pero los niños no tienen piedad ni consideración para el cansancio ajeno, y si no os quedase más que un solo aliento, os pedirían que le gastaseis en contarles un cuento.
—Primo Eustaquio—dijo Capuchina—, ¡qué cuento tan bonito el de la cabeza de la Gorgona! ¿Crees que serías capaz de contarnos otro tan bonito como ese?
—Sí, hija mía—dijo Eustaquio, tapándose los ojos con la visera de la gorra, como si se preparase a echar una siesta—. Podría contaros una docena, tan bonitos o más, si me diese la gana.
—¡Oh, Primavera y Margarita!, ¿oís lo que dice?—exclamó Capuchina, bailando de contenta—. ¡El primo Eustaquio nos va a contar una docena de cuentos, más bonitos que la cabeza de la Gorgona!
—No he prometido contar ni uno. Capuchina loca—dijo Eustaquio, casi con malhumor—. Y sin embargo, temo que no haya más remedio. ¡Ésta es la consecuencia de haber logrado una reputación! ¿Por qué no seré un poco más tonto de lo que soy, o por qué habré demostrado nunca las brillantes cualidades con que me ha dotado la Naturaleza? Así hubiera podido dormir la siesta en paz y en gracia de Dios.
Pero el primo Eustaquio, como creo haberlo indicado antes, era tan aficionado a contar cuentos como los chiquillos a oirlos. Su entendimiento libre y feliz se deleitaba en su propia actividad, y apenas requería impulso exterior para ponerse en movimiento.
¡Cuán diferente este espontáneo juego de la inteligencia, de la educada diligencia de los años maduros, cuando la tarea se ha hecho fácil a fuerza de costumbre, y el trabajo del día es indispensable para la felicidad del día, aunque todo lo demás se haya desvanecido como burbuja de jabón! Pero esta observación no hace falta que la oigan los niños.
Sin hacerse rogar más, Eustaquio Bright empezó a contar el cuento siguiente, realmente espléndido. Se le había ocurrido mientras estaba tumbado en el suelo, mirando hacia arriba a la copa de un árbol, observando cómo el toque del otoño había convertido cada una de sus hojas verdes en lo que parecía oro finísimo. Y ese cambio, que todos hemos presenciado, es tan maravilloso como cualquiera de los prodigios que Eustaquio relató al contar la historia de Midas.
EL TOQUE DE ORO
Vivió hace mucho tiempo un hombre muy rico, que además era rey. Se llamaba Midas. Tenía una hijita, de la cual nadie más que yo ha oído hablar nunca, y cuyo nombre nunca he sabido, o por mejor decir, he olvidado. Así es que, como me gustan los nombres extraños para las niñas, me parece bien llamarla Clavellina.
El rey Midas era aficionadísimo al oro. Apreciaba su corona real, principalmente porque estaba compuesta de tan precioso metal. Poseer oro, mucho oro, era la ambición más grande del rey Midas. Si algo había en la Tierra a que quisiese más que al oro, era a la preciosa niñita, su hija, que jugaba alegremente junto a su trono. Pero cuanto más la quería, más ansia le entraba de adquirir, buscar y amontonar riquezas. Pensaba, tontamente, que lo mejor que podía hacer por aquella niña, a quien quería tanto, era amontonar para ella inmensas cantidades de monedas amarillas y brillantes. Así es que jamás pensaba en otra cosa. Si por casualidad miraba por un momento las nubes doradas que se forman al ponerse el sol, sólo deseaba que fuesen oro de veras, para poder guardarlas en su caja fuerte. Cuando venía Clavellina, saltando y riendo, a buscarle con un ramo en la mano de flores amarillas del campo, lo único que le decía era:—¡Bah! ¡Bah, hijita! Si esas flores fueran de oro, como parecen, entonces sí que valdría la pena de recogerlas.
Y sin embargo, el rey Midas, cuando era joven y no estaba completamente dominado por el deseo desordenado de riquezas, había sido muy aficionado a las flores. Había plantado un jardín, en el cual crecían las rosas más grandes y más hermosas que haya visto u olido ningún mortal.
Las rosas seguían creciendo en el jardín, tan bellas, tan grandes y tan fragantes como cuando Midas acostumbraba a pasarse horas enteras mirándolas y gozando con su perfume. Pero ahora, si las miraba, era sólo para calcular cuánto más valdría el jardín si cada uno de los innumerables pétalos de las dichas rosas fuese una chapita de oro fino. Y aunque también en
otros tiempos fué muy aficionado a la música (a pesar de la historia que cuenta que sus orejas se parecían a las de los burros), la única música agradable para el pobre rey Midas era el tintín de una moneda al chocar contra otra.
Por fin (porque la gente se vuelve cada día más tonta, a no ser que tenga buen cuidado de hacerse cada día más y más cuerda), el rey Midas llegó a ser tan poco razonable, que no podía ver ni tocar cosa que no fuese de oro. Y tomó por costumbre pasar gran parte del día en una habitación obscura y subterránea en los sótanos de su palacio. Allí es donde guardaba sus riquezas. En aquel agujero feísimo, que apenas podía servir de calabozo, se encerraba el rey Midas cuando quería ser completamente feliz.
Allí, después de cerrar cuidadosamente la puerta, cogía un saco lleno de monedas de oro, o una copa de oro, grande como una palangana; o una barra de oro pesadísima, o un celemín lleno de polvo de oro, y los llevaba desde los rincones obscuros del cuarto hasta el único sitio donde caía un rayo de sol, brillante y estrecho, desde un tragaluz. Le gustaba mucho aquel rayo de sol, únicamente porque sin su ayuda no podía ver brillar su tesoro. Luego removía con las manos las monedas del saco, o tiraba la barra a lo alto y la recogía al caer, o hacía que se deslizara entre sus dedos el polvo de oro, o miraba la imagen extraña de su cara reflejada en la bruñida circunferencia de la copa, y se decía a sí mismo:—¡Oh, Midas, riquísimo rey Midas, qué hombre tan feliz eres!—. Pero era muy gracioso ver cómo la imagen de su rostro le hacía muecas desde la pulida superficie de la copa. Parecía como si aquella imagen comprendiese lo necio de su conducta y se burlase de él.
Midas se llamaba hombre feliz, pero dentro de sí mismo sentía que no lo era del todo. No podría llegar a la felicidad completa, a no ser que el mundo entero se convirtiese en un inmenso guardatesoros y estuviese lleno de amarillo metal, que fuese todo suyo.
No necesito recordar, a niños tan instruídos como vosotros, que allá en los tiempos antiguos, muy antiguos, cuando vivía el rey Midas, pasaban cosas que en nuestros tiempos y en nuestro país se nos antojarían maravillosas. Por otra parte, muchísimas cosas suceden ahora que no sólo nos parecen maravillosas a nosotros, sino que a las gentes de los tiempos antiguos les hubiesen dejado ciegas de asombro. Yo, por mi parte, creo que nuestros tiempos son mucho más extraños que los antiguos; pero, sea de esto lo que quiera, sigamos el cuento.
Un día estaba Midas gozando con la vista de sus tesoros en el obscuro subterráneo, cuando vió que una sombra caía sobre los montones de oro, y mirando de repente hacia arriba, vió la figura de un desconocido, que estaba en pie precisamente en el brillante y estrecho rayo de sol. Era un joven con cara alegre y rubicunda. No sé si porque la imaginación del rey Midas ponía un tinte amarillo sobre todas las cosas, o por cualquier otro motivo, no pudo menos de pensar que la sonrisa con que el desconocido le miraba tenía una especie de radiación dorada. Lo que sí era seguro es que, aunque la figura interceptaba el rayo de sol, los tesoros amontonados brillaban más que nunca. Hasta los más remotos rincones del cuarto participaban del resplandor misterioso y parecían iluminados cuando el desconocido sonreía, como si hubiese en ellos llamas o chispas.
Como Midas sabía que había cerrado cuidadosamente la puerta con llave, y que no había mortal capaz de penetrar en el cuarto donde guardaba sus tesoros, sacó en consecuencia que el visitante era algo más que un mortal. No hace falta deciros su nombre. En aquellos días, cuando la Tierra era relativamente nueva, se suponía que debían venir a visitarla de cuando en cuando seres dotados de poder sobrenatural, que tenían la costumbre de interesarse por las alegrías y las penas de los hombres, las mujeres y los niños, medio en broma y medio en serio. Midas había tropezado ya antes con seres de esa índole, y no le disgustaba encontrarse con ellos. El aspecto del forastero era tan regocijado, tan amable, ya que no demasiado bondadoso, que hubiese sido poco razonable sospechar que venía a hacer daño. Era más que probable que viniese a hacer un favor al rey Midas. ¡Y qué favor podría ser, sino aumentar sus montones de tesoros!
El desconocido miró por todo el cuarto. Y cuando su brillante sonrisa hubo centelleado sobre todos los objetos de oro que allí había, se volvió hacia Midas.
—Eres un hombre rico, amigo Midas—observó—. Me parece que no habrá en la Tierra otras cuatro paredes que contengan tanto oro como el que tú has conseguido amontonar en esta habitación.
—He hecho lo que he podido... lo que he podido...—respondió Midas en tono descontento—. Pero, después de todo, esto no es nada si se considera que he gastado la vida entera para reunirlo. Si pudiera uno vivir mil años, tendría tiempo para llegar a ser rico de veras.
—¡Cómo!—exclamó el desconocido—. ¿Todavía no estás satisfecho?
Midas movió la cabeza.
—¿Y con qué te contentarías?—preguntó el forastero—. Sólo por curiosidad me gustaría saberlo.
Midas se puso a meditar. Tuvo el presentimiento de que aquel desconocido, con su lustre dorado en la cara y su sonrisa de buen humor, había venido allí con poder y con intención de satisfacer sus mayores deseos. Por consiguiente, había llegado el feliz momento, y no tenía más que hablar para obtener todo lo posible, o al parecer imposible, que se le ocurriese pedir. Así es que pensó, y pensó, y pensó, y amontonó en su imaginación montaña sobre montaña de oro, sin llegar a figurarse una lo bastante grande para satisfacerle por completo.
Por último, se le ocurrió una idea luminosa. Parecía, en realidad, tan brillante como el esplendoroso metal que tanto amaba.
Levantando la cabeza, miró al desconocido cara a cara.
—Ea, Midas—observó el visitante—, veo que por fin has pensado cosa que pueda satisfacerte por completo. Dime lo que deseas.
—Sólo esto—respondió Midas—. Estoy cansado de que me cueste tanto trabajo reunir mis tesoros y de ver que después de tanto cansarme aumentan tan despacio. ¡Deseo que todo lo que yo toque se convierta en oro!
La sonrisa del desconocido se hizo tan amplia, que pareció llenar la habitación, como el sol que centellease en un sombrío y hondo valle, donde las amarillas hojas del otoño (porque esto parecían los pedazos de oro) estuviesen esparcidas por el suelo y brillasen a la luz.
—¡El Toque de Oro!—exclamó—. En verdad, amigo Midas, te digo que eres hombre de imaginación. Pero, ¿estás completamente seguro de que con eso te quedarás satisfecho?
—¡Completamente!...—dijo Midas.
—¿Y que nunca te arrepentirás de poseer ese don?
—¿Por qué había de arrepentirme?—preguntó Midas—. Es lo único que pido para ser completamente feliz.
—Entonces, hágase como deseas—respondió el forastero, moviendo la mano en señal de despedida—. Mañana, al salir el sol, te encontrarás dotado con el Toque de Oro.
El rostro del desconocido, se puso entonces extraordinariamente brillante, y Midas, a pesar suyo, tuvo que cerrar los ojos. Al abrirlos de nuevo, no vió más que el único rayo de sol en el subterráneo, y alrededor suyo el centelleo del precioso metal que había empleado toda la vida en reunir.
La historia no dice si Midas durmió aquella noche como de costumbre. Dormido o despierto, su espíritu estaba probablemente en el mismo estado que el de un niño a quien se ha prometido por la mañana un juguete nuevo. Y apenas el día acababa de asomar por encima de los montes, ya el rey estaba completamente despierto, y extendiendo los brazos fuera de la cama, empezó a tocar cuanto se encontraba a su alcance. Estaba impaciente por probar si realmente le había llegado el Toque de Oro, según la promesa del desconocido. Para convencerse pasó el dedo por la silla que estaba a la cabecera de la cama y sobre otros varios objetos; pero tuvo una triste desilusión al ver que continuaban siendo de la misma substancia que antes. Entonces temió que la visita del reluciente desconocido hubiese sido un sueño, o que, aunque hubiese venido de veras a visitarle, hubiese sido únicamente para burlarse de él. ¡Qué cosa tan triste, si después de tantas esperanzas el rey Midas hubiese tenido que contentarse con el poco oro que pudiese juntar por medios ordinarios, en lugar de crearlo con sólo tocar!
Mientras pensaba esto, aún estaba la mañana gris, con un solo rayo brillante a lo largo de una nube, que Midas no alcanzaba a ver. Se volvió a echar en la cama, muy desconsolado por la caída de sus esperanzas, y se fué poniendo cada vez más triste, hasta que el primer rayo de sol pasó a través de la ventana y vino a dorar el techo sobre su cabeza. Parecióle a Midas que aquel brillante y amarillo rayo de sol se reflejaba de modo extraño sobre la colcha blanca de su cama. Mirando más de cerca, ¡cuál no sería su asombro y su alegría al ver que el tejido de hilo se había transformado en otro que parecía ser del oro más puro y más brillante! ¡El Toque de Oro le había llegado con el primer rayo de sol!
Midas se incorporó en una especie de frenesí gozoso, y echó a correr por la habitación, tocando cuanto encontraba al paso. Tocó uno de los barrotes de la cama, e inmediatamente se convirtió en estriado lingote de oro. Descorrió una cortina para ver mejor todas las maravillas que estaba realizando, y la borla se le convirtió entre las manos en un montón de oro. Tomó un libro de encima de la mesa. Al primer contacto se convirtió en el volumen más ricamente encuadernado y dorado que se haya visto nunca; pero al pasar los dedos sobre las hojas, ¡ay!, se convirtieron éstas en un montón de delgadas placas de oro, en las cuales todas las sabias letras del libro quedaron ilegibles. Se apresuró a vestirse, y se quedó encantado al verse con magnífico traje de tela de oro, que conservaba su flexibilidad y su suavidad, aunque le pesaba un poco más que de costumbre. Sacó el pañuelo que su hijita había hecho a vainica para regalárselo. También se hizo de oro, convirtiéndose las puntadas primorosas que había hecho la niña con tanto cuidado, también en hilo de oro.
A pesar de todo, esta última transformación no dejó satisfecho por completo al rey Midas. Hubiese preferido que el regalo de su hija se hubiese conservado siempre como cuando la niña se subió en sus rodillas, besándole para entregárselo.
Pero no era cosa de afligirse por una pequeñez. Midas sacó sus lentes del bolsillo y se los puso en la nariz para ver mejor cuanto le rodeaba. En aquellos tiempos aún no se habían inventado los lentes para el común de los mortales, pero los reyes, sin duda, ya los gastaban; porque si no, ¿de dónde iba a haberlos sacado Midas? Con gran asombro suyo, notó que aunque los cristales eran excelentes, no veía nada a través de ellos. Era la cosa más natural del mundo, porque al tocarlos, los transparentes cristales se habían convertido en discos de amarillo metal, y por lo tanto eran inútiles como lentes, aunque como oro valiesen bastante.
Molestóle a Midas pensar que, con toda su riqueza, ya nunca podría conseguir un par de lentes que le sirviesen de algo.
—Pero, después de todo, importa poco—se dijo a sí mismo con mucha filosofía—. No podemos tener un gran bien que no venga acompañado de algún ligero inconveniente. El Toque de Oro bien vale el sacrificio de un par de lentes por lo menos, ya que no de los ojos. Los míos me servirán para los usos ordinarios de la vida, y mi hijita Clavellina pronto será una personita formal y podrá leerme todos los libros que yo necesite.
El sabio rey Midas estaba tan contento con su buena suerte, que el palacio le parecía pequeño para contenerla. Por consiguiente, bajó las escaleras y sonreía al observar cómo la balaustrada y el pasamanos se iban convirtiendo en oro bruñido, según los tocaba. Levantó el picaporte de la puerta—era de bronce un momento antes, pero fué de oro en cuanto sus dedos le hubieron tocado—y salió al jardín. Encontró en él, como de costumbre, muchísimas rosas: unas completamente abiertas, otras en capullo. Deliciosa era su fragancia en el aire de la mañana. Su color delicado era una de las más lindas cosas que se pudieran ver; tan amables, tan modestas, tan llenas de tranquilidad parecían aquellas flores.
Pero Midas sabía el modo de hacerlas mucho más preciosas, según su modo de pensar, que ninguna otra rosa que hubiese en el mundo. Para conseguirlo se tomó el trabajo de ir de rosal en rosal, y ejercitó su Toque de Oro infatigablemente, hasta que todas las flores y todos los capullos, y hasta los gusanillos que había en el corazón de algunas de ellas, se convirtieron en oro. Cuando estaba terminando esta faena, llamaron al rey Midas a desayunar, y como el aire de la mañana le había despertado el apetito, se apresuró a volver a palacio.
En qué consistía generalmente el desayuno de un rey en los tiempos de Midas, es cosa que no sé, y ni puedo ahora detenerme a investigarlo. Supongo, sin embargo, que aquella mañana el desayuno consistía en panecillos calientes, una hermosa trucha, patatas asadas, huevos frescos, pasados por agua, y café para el rey Midas, y un tazón de sopas de leche para su hija Clavellina. Creo que este desayuno basta para un rey, y a mí me parece que fuese éste o no fuese el que el rey Midas acostumbraba a tomar, era ciertamente exquisito.
Clavellina no había llegado todavía. Su padre mandó que la llamasen, y sentándose a la mesa esperó que la niña llegara para empezar a desayunar. Para hacer justicia al rey Midas, hay que decir que quería muy de veras a su hijita, y mucho más aquella mañana, que estaba tan contento por la buena suerte que había caído sobre él. Pasó un momento y la oyó llegar; pero Clavellina venía llorando amargamente. Esta circunstancia le sorprendió mucho, porque era su hijita una de las niñas más alegres que se hayan visto nunca en un día de verano, y con las lágrimas que acostumbraba a llorar en doce meses no se hubiese podido llenar un dedal.
Cuando Midas oyó sus sollozos, decidió consolarla dándole una sorpresa agradable, e inclinándose sobre la mesa, tocó el tazón de su hija (que era de porcelana con figuritas muy lindas) y le cambió en oro reluciente.
Clavellina, muy desconsolada, abrió la puerta y se presentó delante de su padre, limpiándose las lágrimas con el delantal, y sollozando como si se le rompiese el corazón.
—¿Qué es eso, hija mía?—exclamó Midas—. ¿Qué te pasa, hoy que hace una mañana tan hermosa?
Clavellina, sin quitarse el delantal de los ojos, alargó una mano, en la cual estaba una de las rosas que su padre acababa de transformar.
—¡Muy bonita!—exclamó su padre—. ¿Qué hay en esa magnífica rosa que pueda hacerte llorar?
—Papá—respondió la chiquilla llorando a más y mejor—, no es bonita: es la flor más fea del mundo. En cuanto me he vestido, he bajado al jardín a cortar rosas para ti, porque sé que te gustan, y que te gustan más cuando te las corta tu hijita. Pero, ¿a que no sabes lo que ha sucedido? Una desgracia muy grande, muy grande. ¡Todas las rosas tan bonitas, que olían tan bien y tenían tantos colores, se han echado a perder! Se han puesto amarillas como ésta, y no huelen a nada. ¿Qué les habrá pasado?
—Bueno, hijita, no llores por eso—dijo Midas, a quien le dió vergüenza confesar que él mismo había producido el cambio que tanto afligía a la niña—. Siéntate y toma tus sopas de leche. Ya verás qué fácil es cambiar una rosa de oro como esa, que dura por lo menos cientos de años, por una vulgar, que se deshoja en un día.
—No quiero rosas como ésta—dijo Clavellina tirándola despectivamente—. No huele a nada, y con estos pétalos tan duros me araña la nariz.
La niña se sentó a la mesa; pero estaba tan preocupada con su pena por las rosas marchitas, que no reparó en la transformación maravillosa del tazón de China. Y más valió así. Porque Clavellina estaba acostumbrada a divertirse mirando las figurillas raras y las casas y los árboles tan extraños que estaban pintados en la superficie del tazón, y todos aquellos adornos habían desaparecido en el tono amarillo del metal.
Midas, entretanto, se había servido una taza de café, y, naturalmente, la cafetera, que no sé de qué metal era cuando la cogió, estaba convertida en oro cuando volvió a dejarla sobre la mesa. Pensó un momento que era demasiado lujo para un rey de costumbres modestas como las suyas tener servicio de oro para el desayuno, y empezó a pensar en el mucho trabajo que iba a costarle guardar y conservar en salvo todos sus tesoros. El aparador y la cocina no le parecían sitios bastante seguros para guardar cosa de tanto valor como tazones y cafeteras de oro.
Con estos pensamientos se llevó a los labios una cucharada de café, y al sorberla se quedó atónito, al notar que en el instante en que sus labios tocaron el líquido se convirtió en oro derretido, y un instante después se solidificó, formando un terrón dorado.
—¡Ah!—exclamó Midas casi con horror.
—¿Qué te pasa, papá?—preguntó Clavellina mirándole, aún con lágrimas en los ojos.
—¡Nada, niña, nada!—dijo Midas—. Toma la leche antes de que se enfríe por completo.
Se sirvió una de las truchas, y por vía de experimento tocó la cola con el dedo. Con gran espanto suyo vió que se convertía de trucha admirablemente frita en un pez dorado, pero no como esos que se suelen ver en las peceras y bonitos estanques. No, porque era un pez de metal verdad, y parecía que le hubiese hecho con todo primor el mejor joyero del mundo. Las espinas eran ahora alambritos de oro; las aletas y la cola eran delgadísimas placas de oro, y quedaban en él hasta las señales del tenedor, y toda la apariencia delicada y ligera de un pez bien frito, exactamente imitado en oro. Cosa muy bonita, como podéis figuraros; pero el rey Midas en aquel momento hubiese preferido mejor tener en el plato una trucha de veras, que tener aquella primorosa y valiosa imitación.
—No comprendo—se dijo a sí mismo—cómo voy a arreglármelas para desayunar.
Cogió uno de los panecillos calientes, y apenas lo partió cuando, con gran mortificación suya, se puso amarillo (aunque era de la harina de trigo más blanca), mucho más amarillo que si hubiese sido pan de maíz. A decir verdad, si hubiese sido pan de maíz, le hubiese gustado a Midas mucho más que entonces, cuando el brillo y el peso le hicieron comprender, sin género de duda, que era de oro. Casi desesperado, se sirvió un huevo pasado por agua, que inmediatamente sufrió un cambio análogo a los de la trucha y el panecillo. Verdaderamente, el huevo pudiera haberse tomado por uno de aquellos que la gallina de oro de la fábula tenía costumbre de poner.
—¡Pues, señor, estoy divertido!—pensó recostándose en el respaldo del sillón y mirando casi con envidia a su hijita, que ya estaba tomando sus sopas de leche con gran satisfacción—. ¡Un desayuno tan rico sobre la mesa y no poder probar ni un bocado!
Esperando que a fuerza de darse prisa podría evitar el grave inconveniente, el rey Midas se echó sobre una patata caliente e intentó tragársela a toda prisa sin tocarla con la boca. Pero el Toque de Oro era más listo que él. Y se encontró con la boca llena, no por una patata harinosa, sino por un pedazo de metal sólido, que le quemó la lengua de un modo tan horroroso, que empezó a dar alaridos y a saltar y patalear por todo el cuarto; tanto le quemaba y dolía.
—¡Papá! ¡Papá!—exclamó Clavellina, que era una niña muy cariñosa—. ¿Qué te pasa, papá? ¿Te has quemado la lengua?
—¡Ay, hija mía!—murmuró Midas tristemente—. ¡No sé qué va a ser de tu pobre padre!
Y, verdaderamente, ¿habéis oído caso más lastimoso en toda vuestra vida? Aquí está literalmente el desayuno más rico que pueda servirse en mesa de rey, y su misma riqueza le hace absolutamente inservible. El labrador más pobre, sentado delante de un pedazo de pan y un vaso de agua, está realmente mucho mejor servido que el rey Midas, cuyos delicados manjares valían en realidad tanto oro como pesaban. ¿Y qué iba a hacer? Ya a la hora del desayuno; Midas tenía muchísimo apetito. ¿Iba a tener menos a la hora de comer? Y figuraos qué hambre de lobo tendría a la hora de la cena, que consistiría, sin duda, en manjares tan indigestos como los que entonces tenía delante. ¿Cuántos días pensáis que podría sobrevivir a un régimen tan substancioso?
Estas reflexiones conturbaron de tal manera al atribulado rey Midas, que empezó a poner en duda si, después de todo, las riquezas eran lo único deseable de este mundo o siquiera lo más deseable de todo. Pero esto no fué más que un pensamiento pasajero. Tan fascinado estaba Midas con el brillo del amarillo metal, que no hubiese querido renunciar al Toque de Oro por consideración tan mezquina como la de un desayuno. ¡Qué precio por unos cuantos comestibles! ¡Y además, perder tantos millones! ¡Es decir, pagarlos por una trucha frita y un huevo, una patata, un panecillo caliente y una taza de café!
—¡Sería demasiado caro!—pensó Midas.
Sin embargo, tales eran su hambre y la perplejidad de la situación, que volvió a quejarse en alta voz y muy tristemente. Nuestra lindísima Clavellina no pudo soportarlo más. Se quedó aún un momento sentada, mirando a su padre e intentando con todo el poder de su entendimiento comprender qué le pasaba. Luego sintió un deseo suave y triste de consolarle, saltó de su silla y corriendo hacia el rey, su padre, le rodeó las piernas con los brazos. El se inclinó a dar un beso a la niña. Y entonces comprendió que el amor de su hija valía mil veces más que todo lo que había ganado con el Toque de Oro.
—¡Clavellina, hijita, preciosa mía!—exclamó.
Pero Clavellina no respondió.
¡Ay, qué había hecho! ¡Cuán fatal era el don que el desconocido le había otorgado! En el momento en que los labios de Midas tocaron la frente de su hija, se operó en ella terrible cambio. Su suave y sonrosado rostro, tan lleno de cariño, se puso amarillento, y lágrimas amarillas también quedaron fijas en sus mejillas. Sus hermosos rizos obscuros tomaron el mismo color. Todas sus tiernas y blandas formas quedaron duras e inflexibles entre los brazos de su padre, que la rodeaban. ¡Oh, terrible desdicha! Víctima de su insaciable deseo de riqueza, había convertido a su propia hija en una estatua de oro...
Sí: una estatua era ya aquella bellísima niña, y su última e interrogadora mirada de cariño, de pena y de lástima, endurecida y como tallada en su rostro, era la cosa más bonita y más triste que ojos mortales han visto nunca. Todas las facciones y todos los detalles y peculiares gracias de Clavellina estaban en su estatua; hasta un encantador hoyito que tenía en la barba, y agraciaba delicadamente sus rasgos fisonómicos. Pero cuanto más perfecto era el parecido, mayores eran la agonía y desesperación del rey Midas, contemplando aquella imagen de oro, que era todo lo que quedaba de su hijita. Siempre que Midas acariciaba a su hijita, acostumbraba a decirla:—¡Vales más oro que pesas!—. La frase, desgraciadamente, era ahora literalmente cierta, y el dolorido monarca comprendía, aunque demasiado tarde, cuán infinitamente más vale un corazón amante y compasivo, que le tenga a uno cariño, que todas las riquezas que amontonarse puedan entre el cielo y la tierra.
Sería historia demasiado triste contaros cómo Midas, ahora que ya tenía todo lo que había deseado, empezó a retorcerse las manos y a maldecirse a sí mismo. Y como no podía ni mirar a Clavellina ni apartar los ojos de ella, excepto cuando los tenía fijos en la estatua, no podía creer que se había convertido en oro. Pero, volviendo a mirar, veía la preciosa figurita con una lágrima amarilla en sus mejillas de oro, y con una mirada tan compasiva y tan cariñosa, que parecía que la misma expresión tuviese que ablandar el oro y convertirlo en carne otra vez. Eso, desde luego, no podía ser. Así es que Midas volvió a retorcerse las manos y a desear ser el hombre más pobre del mundo, si la pérdida de todas sus riquezas pudiera volver al rostro de la niña el desvanecido color de rosa.
Cuando estaba en lo más tremendo de la desesperación, de pronto vió a un desconocido que estaba en pie junto a la puerta. Midas inclinó la cabeza, sin pronunciar palabra, porque reconoció la misma figura que se le había aparecido el día antes en el subterráneo y le había otorgado la desastrosa facultad del Toque de Oro. El rostro del desconocido aún tenía la misma sonrisa, que parecía derramar amarillo lustre sobre la habitación y centelleaba sobre la imagen de Clavellina y sobre los demás objetos que habían sido transformados por el tacto de Midas.
—¡Eh!, amigo Midas—dijo el desconocido—: ¿qué tal te va con el Toque de Oro?
Midas movió la cabeza.
—Soy muy desgraciado—dijo.
—¿Muy desgraciado, de veras?—exclamó el desconocido—. ¿Y cómo es eso? ¿No he cumplido fielmente la promesa que te hice? ¿No has tenido todo lo que deseaba tu corazón?
—El oro no es todo en este mundo—respondió Midas—, y he perdido lo que mi corazón realmente quería más que nada.
—¡Ah! ¿De modo que de ayer a hoy has hecho un descubrimiento?—observó el desconocido—. A ver, a ver. ¿Cuál de estas dos cosas te parece que vale más: el don del Toque de Oro o una copa de agua clara?
—¡Oh, bendita agua!—exclamó Midas—. ¡Ya nunca volverás a humedecer mi seca garganta!
—¿El Toque de Oro—continuó el desconocido—o un pedazo de pan?
—Un pedazo de pan—respondió Midas—vale por todo el oro del mundo.
—¿El Toque de Oro—preguntó el desconocido—o tu hijita palpitante, viva, suave y cariñosa como hace una hora?
—¡Oh! ¡Mi hijita, mi hijita!—exclamó el pobre Midas retorciéndose las manos—. ¡No hubiera dado yo el hoyito que tenía en la barba por el poder de convertir toda la tierra en una inmensa bola de oro!
—Eres más cuerdo que eras, rey Midas—dijo el desconocido—. Ya veo que tu corazón no se ha convertido totalmente de carne en oro. Si así fuera, tu caso hubiese sido desesperado. Pero aún pareces capaz de comprender que las cosas sencillas, las que están al alcance de todo el mundo, valen mucho más que las riquezas por las cuales tantos mortales se afanan y luchan. Dime ahora sinceramente: ¿deseas verte libre del Toque de Oro?
—¡Le odio!—respondió Midas.
Una mosca se le posó en la nariz, pero inmediatamente cayó al suelo; también ella se había convertido en oro. Midas se estremeció.
—Entonces—dijo el desconocido—, ve y báñate en el río que pasa por detrás de tu jardín. Toma un cántaro del agua misma y ve rociando con ella cada uno de los objetos que puedas desear que vuelvan a su antigua substancia. Si haces esto con buen deseo y sinceridad, puede que repares el daño que has causado con tu avaricia.
El rey Midas se inclinó profundamente, y cuando levantó la cabeza, el reluciente desconocido ya no estaba allí.
Comprenderéis fácilmente que Midas no perdió el tiempo, y fué a buscar un gran cántaro de barro; pero, ¡ay de mí!, en cuanto le tocó dejó de ser barro. Corrió, sin embargo, hasta la orilla del río. Según iba corriendo a través del huerto, que estaba plantado de grosellas y frambuesas, era maravilloso ver cómo el follaje se ponía amarillo, como si hubiese pasado por allí el otoño. Al llegar al río se tiró de cabeza, sin esperar siquiera a quitarse los zapatos.—¡Puf, puf, puf!—resopló el rey Midas al sacar la cabeza del agua—. Está bien. Éste es un baño refrescante, y supongo que me habrá lavado por completo del Toque de Oro. Ahora, a llenar el cántaro.
Al meter el cántaro en el agua alegrósele el corazón al verle convertirse, de oro que era, en el mismo honrado cántaro de barro que fué antes de que le hubiese tocado él. También notaba un cambio dentro de sí mismo. Parecía que se le había quitado del pecho un peso grande, duro y frío. Sin duda su corazón había ido perdiendo poco a poco su humana substancia y transmutándose en metal insensible; pero ahora iba ablandándose en carne de nuevo. Viendo una violeta que crecía a la orilla del río, Midas la tocó, y no cabía en sí de gozo al ver que la delicada flor conservaba su color característico, en vez de tomar un brillante amarillo. La maldición del Toque de Oro, por lo tanto, se había apartado de él.
El rey Midas se apresuró a volver a palacio, y supongo que algunos criados no sabían lo que les pasaba al ver a su real dueño llevando tan cuidadosamente un cántaro de agua. Pero aquel agua que iba a deshacer todo el daño que había causado su locura, era más preciosa para Midas que pudiera haberlo sido un océano de oro líquido. Lo primero que hizo, como apenas necesito deciros, fué echar agua a manos llenas sobre la dorada figura de su hija.
Apenas cayó el agua sobre ella, os hubieseis reído al ver cómo volvió el color de rosa a sus mejillas. ¡Y cómo empezó a estornudar y a sacudirse! Y qué asombrada se quedó al encontrarse toda mojada y ver a su padre que seguía echándole agua encima.