Confusión.—Tal es el título de una preciosa obrita que acabamos de recibir, y que es una joya de la literatura Inglesa. Su autor, el famoso literato Conway, en esta nueva producción de su fecundo ingenio, ha sido tan feliz como en sus obras anteriores: una trama siempre viva é interesante que mantiene viva la atención del lector que ávido devora los capítulos tan correctos como elegantemente escritos.”—El Mentor de los Niños, Guadalajara.

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Misterio * * * *.—Hemos leído esta novela sin poderla dejar de la mano un solo instante, tal es el interés verdaderamente extraordinario de su argumento, así como la novedad del mismo y la admirable armonía de todos sus capítulos.”—La Lucha, Habana.

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Las Minas del Rey Salomón.—Esta obra está escrita sin pretensiones de ningún género, con esa sobriedad que tanto nos encanta en los novelistas Ingleses, con un lenguaje claro y correcto y un estilo gráfico y elegante, es un acabado cuadro de las costumbres de los habitantes del África austral, hecha con discreción, exactitud é imparcialidad.”—El Buscapié., Puerto Rico.

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Dora.—Profunda moralidad, correcto y elegante estilo literario, unidos á una viva é interesante trama, que mantiene siempre ávido al lector por continuar devorando sus capítulos, son las cualidades de esta joya de la literatura Inglesa.”—El Mentor de los Niños, Guadalajara, Méjico.

LA LETRA ESCARLATA
NOVELA ESCRITA EN INGLÉS

POR
NATANIEL HAWTHORNE

VERSIÓN CASTELLANA DE
FRANCISCO SELLÉN
TERCERA EDICIÓN

NUEVA YORK
D. APPLETON Y COMPAÑÍA, EDITORES
1903

COPYRIGHT, 1894,
BY D. APPLETON AND COMPANY.
La propiedad de esta obra está protegida por la ley en varios países,
donde se perseguirá á los que la reproduzcan fraudulentamente.

Traducción española, registrada según el Tratado Internacional de
Propiedad Literaria.

[INTRODUCCIÓN]
[PREFACIO DEL AUTOR Á LA SEGUNDA EDICIÓN AMERICANA]
[LA ADUANA]
[LA LETRA ESCARLATA:] [I, ] [II, ] [III, ] [IV, ] [V, ] [VI, ] [VII, ] [VIII, ] [IX, ] [X, ] [XI, ] [XII, ] [XIII, ] [XIV, ] [XV, ] [XVI, ] [XVII, ] [XVIII, ] [XIX, ] [XX, ] [XXI, ] [XXII, ] [XXIII, ] [XXIV.]

INTRODUCCIÓN

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AL presentar en lengua castellana la obra maestra del novelista americano Nataniel Hawthorne, que sin duda es también una de las más notables producciones de la literatura amena de los Estados Unidos, hemos creído conveniente hacerla preceder de la traducción de los párrafos que, á manera de prefacio, aparecen en una de las últimas ediciones de esta novela en su idioma nativo. Como verá el que lo leyere, se dan en dicho trabajo algunos detalles, que no carecen de interés, acerca de la obra y de su autor:—

"LA LETRA ESCARLATA fué la primera producción de gran aliento que escribió Hawthorne después de haberse dado á conocer con sus "Cuentos dos veces referidos;" y también el primero de sus libros que alcanzó popularidad. En el intermedio había publicado "El Sillón del Abuelo," para niños, y "Musgos de una antigua morada;" pero solo después de fijada su residencia en Salem, donde desempeñaba el empleo de Administrador de la Aduana de aquel puerto, fué cuando comenzó á experimentar la sensación, según manifestó él mismo á un amigo suyo, de "que una novela le bullía en el cerebro." Esta novela es la que hoy goza de fama universal y se ofrece á los lectores en el presente volumen. La comenzó á principios del invierno de 1849 á 1850, y la terminó en 3 de Febrero del año últimamente nombrado. Al día siguiente de concluída, escribió á su amigo Horacio Bridge diciéndole:—

"Ayer fué cuando vine á dar remate á mi libro, una parte del cual, el principio, se hallaba ya en prensa en Boston, mientras la otra, el final, aun yacía en las profundidades de mi cerebro, en esta ciudad de Salem; de modo que, como Vd. vé, la historia tiene por lo menos catorce millas de largo.[1]... Algunas partes están escritas con vigor; pero mis producciones nunca se han dirigido ni se dirigirán jamás á los sentimientos generales de la humanidad, y por lo tanto no serán nunca muy populares; y si bien hay personas que gustan mucho de mis escritos, hay otras á quienes les son completamente indiferentes y no encuentran en ellos nada digno de notarse. Precede á este libro una introducción (La Aduana) en la que bosquejo mi vida de empleado: hay de vez en cuando en ella ciertas pinceladas, que acaso la hagan más interesante que la historia misma, la cual es en extremo sombría."

Lo grave y lóbrego de la situación en que había colocado á Ester y á Dimmesdale le abrumaban de tal modo, que decía de sí mismo que, durante el invierno citado, su espíritu había sido "un tegido de dolores." Hawthorne, á semejanza de Balzac, se aislaba mientras estaba escribiendo una novela; y puede decirse, sin exageración, que entonces apenas veía á nadie. En ciertas épocas de su vida llegó á notarse que adelgazaba de una manera visible; y hasta qué punto le conmovían las vicisitudes de los seres creados por su imaginación, puede juzgarse por el siguiente pasaje de sus "Notas inglesas," donde con fecha de 14 de Septiembre de 1855, dice:—

"Al hablar de Thackeray, no puedo menos que sorprenderme de la indiferencia que mostraba respecto á las situaciones patéticas de sus obras, y compararla con la emoción que experimenté yo al leer á mi esposa la última escena de La Letra Escarlata, inmediatamente después de escrita. No puedo decir que la leí, sino que traté de hacerlo, pues mi voz se henchía y se elevaba, como si me viera levantado ó hundido, alternativamente, por las olas del mar cuando comienza á calmarse tras una tempestad."

Ni sólo en las horas en que, pluma en mano, se empleaba Hawthorne en la composición de sus ficciones embargaban éstas sus potencias. Mientras estuvo escribiendo La Letra Escarlata, se le veía con frecuencia olvidarse de cuanto le rodeaba, sumergido en profundo ensimismamiento. Refiérese que un día, hallándose en este estado, tomó del costurero de su esposa una pieza que ella estaba cosiendo, y la picó en pedazos muy menudos, sin reparar en lo que había hecho. Esta costumbre de destrucción inconsciente databa de su juventud. El que esto escribe posee un sillón mecedor que usó Hawthorne, y del que casi hizo desaparecer los brazos con un cortaplumas mientras estaba en el colegio ó estudiando sus lecciones, ó divagando con la imaginación por los espacios.

En Febrero de 1850 fué terminada La Letra Escarlata, pero no se publicó hasta el mes de Abril; y aunque el editor, que era el Sr. Fields, formó el más elevado concepto de su mérito como obra de arte, parece, sin embargo, que no tenía mucha confianza en su valor comercial inmediato, si hemos de juzgar por los hechos siguientes. La primera edición fué de cinco mil ejemplares, lo que ya era un bonito número; pero el tipo con que se había parado el libro se distribuyó inmediatamente, lo que prueba que no se abrigaban muchas esperanzas de obtener una venta rápida. Pero la edición desapareció en diez días, y hubo necesidad de parar de nuevo todo el libro y estereotiparlo para poder dar abasto á la demanda.

Una prueba de la manera con que llevaba á cabo Hawthorne sus tareas literarias, y de la madurez con que meditaba sus novelas desde que concebía la primera idea, nos la ofrece su historia de "Endicott y la Cruz Roja," escrita y publicada antes de 1845. Háblase en esa producción de—"una joven dotada de belleza nada común, cuyo destino fué llevar la letra A en el cuerpo del vestido, á la vista de todo el mundo, y aun de sus mismos hijos, quienes sabían lo que esa letra significaba. Como si se recreara en su propia infamia aquella criatura perdida y llena de desesperación, había bordado la divisa fatídica en paño de color escarlata, con hilos dorados, y con todo el arte de que es capaz la aguja; de tal modo, que aquella A mayúscula podría haberse tomado por la inicial de la voz Admirable ó de otra por el estilo, excepto la de Adúltera, que realmente significaba." Cuando se publicó dicha historieta, la Srta. E. P. Peabody le escribió á un amigo: "Ya oiremos algo más acerca de esta letra, pues es evidente que ha hecho profunda impresión en el ánimo de Hawthorne." Muchos años después de publicadas las líneas arriba citadas, que aparecen en sus "Cuentos dos veces referidos," el castigo especial aludido en ellas vino á transformarse, merced á una completa elaboración mental, en el argumento de La Letra Escarlata.

Es un hecho auténtico que el código puritano imponía semejante castigo; y se supone que Hawthorne lo vió mencionado en alguno de los archivos de Boston, y aún puede verse en las leyes de la Colonia de Plymouth del año 1658. No hace mucho que el erudito investigador de los anales de la Nueva Inglaterra, el Reverendo Dr. Jorge Ellis, vecino de Boston, manifestó incidentalmente, en una conferencia pública, que no había ni el más ligero asomo de verdad en lo referente al carácter y personalidad del ministro que tan importante papel desempeña en La Letra Escarlata. Sostiene el Dr. Ellis, que puesto que se hace predicar á Dimmesdale el sermón de la elección el año en que falleció el Gobernador Winthrop, es claro que Dimmesdale personifica también al Reverendo Tomás Cobbett, vecino de Lynn, que fué realmente quien predicó dicho sermón en el referido año; y agregó que deseaba defender su memoria de cualquier sospecha que pudiesen abrigar los que, como él, hubieran creído que Dimmesdale era simplemente una máscara bajo la cual se ocultaba Cobbett, el verdadero predicador de aquella época. En aquel tiempo, dijo, no había en Boston sino una iglesia, y sus pastores ó ministros eran Juan Wilson y Juan Cotton. En la novela se menciona á Wilson con su propio nombre; de modo que no puede confundirse su identidad con la de Dimmesdale; ni hay tampoco motivos para suponer que Hawthorne tuviese la más ligera intención de que Juan Cotton ó Tomás Cobbett, de Lynn, cargasen con el delito de su ministro imaginario. La mera circunstancia de ser ficticio el nombre de Arturo Dimmesdale, mientras el Reverendo Wilson y el Gobernador Bellingham figuran con sus nombres y títulos verdaderos, debería constituir suficiente prueba para no imputar los hechos de Dimmesdale al Reverendo Cobbett, predicador genuino del sermón de la elección en 1649. Téngase presente que esta disquisición erudita sirve tan sólo para realzar la verosimilitud de la novela, por ser incuestionables su verdad poética general y la posibilidad de que la acción pasara en la Nueva Inglaterra de los primeros tiempos.

Creo que hasta ahora no se ha mencionado la circunstancia de que cuando tenía Hawthorne casi concluída la novela, leyó lo escrito á su esposa, y preguntándole ésta cuál sería el desenlace, obtuvo por toda respuesta: "Realmente no sé." Á su cuñada, la Srta. Peabody, le dijo una vez: "La dificultad no estriba en cómo decir las cosas, sino en lo que se ha de decir,"—significando con esto, que cuando empezaba á escribir algo, tenía ya el asunto tan bien estudiado y desenvuelto en su cerebro, que sólo se trataba entonces de lo que debía elegirse; y fácil es de comprender que, al llegar á la solución final de un problema dificultoso, viéndose arrastrado en diversas direcciones por los intereses contrarios de los diferentes personajes, vacilase acerca del desenlace que tenía que dar á la obra.

Cuando se publicó La Letra Escarlata recibió Hawthorne numerosas cartas de personas desconocidas que, ó habían delinquido, ó estaban en gran peligro de delinquir, y se hallaban padeciendo las consecuencias de su situación especial. Estas personas se dirigían al autor en solicitud de consejos, como si se tratara de un amigo experimentado, ó de un antiguo y venerable confesor.

El capítulo titulado "La Aduana," que sirve de introducción á la novela, destinado por Hawthorne á que formara una especie de contraste con el cuadro sombrío de la historia, gracias á la ligereza de las pinceladas y al buen humor que en él reinan, realizó perfectamente el fin apetecido; pero en la época en que se publicó, su inocente desenfado concitó contra el autor las iras de algunos de los ciudadanos de Salem, que creyeron verse retratados á lo vivo en los bosquejos de empleados de quienes ya nadie se acuerda. Se asegura que hubo quien, á pesar de ser persona inteligente, se abstuvo por completo en lo sucesivo de leer nada de lo que Hawthorne escribió. ¡Extraña venganza que parece ideada expresamente en perjuicio del que la perpetró, sin que el autor padeciera lo más mínimo, pues nunca llegó á sus oídos semejante resolución!

Hasta aquí lo traducido. Poco tenemos que agregar á lo que en las páginas que preceden se dice acerca del mérito de este notable libro. Como se habrá visto en ellas, la primera edición, que constó de 5,000 ejemplares, se agotó en el breve espacio de diez días. Desde 1850, fecha en que se publicó LA LETRA ESCARLATA, su reputación ha ido constantemente en aumento, y las ediciones de todas clases y de todos precios, se han sucedido unas á otras, no sólo en los Estados Unidos, sino en Inglaterra, gozando de una gran popularidad en todos los países en que se habla el inglés. El teatro se ha apoderado de la novela, y la ha convertido en drama: tenemos noticias de dos. Uno, que se remonta á muchos años atrás, es producción de un dramaturgo americano, no muy conocido, Gabriel Harrison; el otro, más reciente, es obra del autor dramático inglés J. Hatton, y se ha representado en estos últimos tiempos en los teatros de Nueva York. Pero los dramas están muy por debajo de la novela. Se habla también de hacer una ópera de esta vigorosa obra maestra de la literatura novelesca de los Estados Unidos.

LA LETRA ESCARLATA se ha traducido á casi todos los idiomas europeos. No conocemos versión alguna en castellano, á lo menos no ha llegado á nuestras manos. En la presente hemos procurado reproducir, hasta donde es posible, las peculiaridades del estilo de Hawthorne, nada sencillo por cierto, antes al contrario, elaboradísimo y abundante en toda clase de metáforas, imágenes y comparaciones. Si lo hemos conseguido, el lector lo dirá.

F. S.

Julio de 1894.

PREFACIO DEL AUTOR
Á LA SEGUNDA EDICIÓN AMERICANA

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CON gran sorpresa del autor, y habiéndole proporcionado, si cabe, mayor divertimiento que sorpresa, ha llegado á sus noticias que el bosquejo que sirve de introducción á LA LETRA ESCARLATA, relativo á la vida oficial de los empleados de la Aduana de Salem, ha sido causa de no poca algarada y agitación en la respetable comunidad donde vive. Á duras penas habrían sido más intensos esos sentimientos, si el autor hubiese reducido á cenizas el edificio de la Aduana, apagando sus últimos rescoldos con la sangre de cierto venerable personaje, contra quien se le supone la más negra inquina. Y como la desaprobación del público, dado caso de merecerla, habría sido insoportable para el autor, desea éste manifestar que ha releído atentamente las páginas de dicha introducción, con ánimo de suprimir ó alterar todo aquello que pudiera parecer descomedido ó impropio, subsanando, en cuanto le fuera dable, las atrocidades de que se le acusa. Sin embargo, lo único que ha podido hallar en el bosquejo es cierto desenfado y buen humor, unidos á la exactitud general con que ha expresado la impresión sincera que dejaron en su ánimo los caracteres allí descritos. Y en lo que hace á inquina, malquerencia, ó enemistad alguna, ya política, ya personal, confiesa redondamente, que no hay nada de eso. Quizás el tal bosquejo pudo haberse suprimido sin pérdida para el público, ni detrimento del libro: pero una vez que tomó la resolución de escribirlo, no cree que pudiera haberse inspirado en sentimientos de mayor benevolencia, ni, hasta donde alcanzan sus fuerzas, haberlo llevado á cabo con mayor verdad.

Por consiguiente, el autor se ve obligado á reimprimir el bosquejo de introducción, sin alterar una palabra.

N. H.

SALEM, Marzo 30, 1850.

LA LETRA ESCARLATA

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LA ADUANA
INTRODUCCIÓN Á LA LETRA ESCARLATA

NO deja de ser singular que, á pesar de mi poca afición á hablar de mi persona y de mis asuntos, ni aun á mis amigos íntimos cuando estoy en mi hogar, al amor de la lumbre, se haya sin embargo apoderado de mí, en dos ocasiones distintas, una verdadera comezón autobiográfica al dirigirme al público. Fué la primera hará cosa de tres ó cuatro años cuando, sin motivo justo que lo excusara, ni razón de ninguna especie que pudieran imaginar el benévolo lector ó el autor intruso, obsequié á aquel con una descripción de mi género de vida en la profunda quietud de la "Antigua Mansión."[2] Y ahora, porque entonces, sin méritos que lo justificaran, tuve uno ó dos oyentes, echo de nuevo mano al público por el ojal de la levita, por decirlo así, y quieras que no quieras, me pongo á charlar de mis vicisitudes durante los tres años que pasé en una Aduana. Parece, no obstante, que cuando un autor da sus páginas á la publicidad, se dirige, no á la multitud que arrojará á un lado el libro, ó jamás lo tomará en las manos, sino á los muy contados que lo comprenderán mejor que la mayoría de sus condiscípulos de colegio ó sus contemporáneos. Y no faltan autores que en este punto vayan aún más lejos, y se complazcan en ciertos detalles confidenciales que pueden interesar sólo, y exclusivamente, á un corazón único y á una inteligencia en perfecta simpatía con la suya, como si el libro impreso se lanzara al vasto mundo con la certeza de que ha de tropezar con el sér que forma el complemento de la naturaleza del escritor, completando el círculo de su existencia al ponerlos así en mutua comunicación. Sin embargo, no me parece decoroso hablar de sí mismo sin reserva alguna, aun cuando se haga impersonalmente. Pero como es sabido que si el orador no se pone en completa é íntima relación con su auditorio, los pensamientos carecerán de vida y color, y la frase quedará desmayada y fría, es de perdonarse que nos imaginemos que un amigo, sin necesidad de que sea muy íntimo, aunque sí benévolo y atento, está prestando oídos á nuestra plática; y entonces, desapareciendo nuestra reserva natural, merced á esta especie de intuición, podremos charlar de las cosas que nos rodean, y aun de nosotros mismos, pero siempre dejando que el recóndito Yo no se haga demasiado visible. Hasta ese extremo, y dentro de estos límites, se me alcanza que un autor puede ser autobiográfico, sin violar ciertas leyes y respetando ciertas prerrogativas del lector y aun las consideraciones debidas á su persona.

Ya se echará de ver que este bosquejo de la Aduana no carece de oportunidad, por lo menos de esa oportunidad apreciada siempre en la literatura, puesto que explica la manera como llegaron á mis manos muchas de las páginas que van á continuación, á la vez que presenta una prueba de la autenticidad de la historia que en ellas se refiere. En realidad, la única razón que he tenido para ponerme en comunicación directa con el público, viene á ser el deseo de presentarme como autor de la más larga de mis narraciones; y al paso que realizaba mi objeto principal, me pareció que podría permitírseme, por medio de unas cuantas pinceladas, dar una vaga idea de un género de vida hasta ahora no descrito, bosquejando los retratos de algunas de las personas que se mueven en ese círculo, entre las cuales la casualidad ha hecho que se contara el autor.

Había en mi ciudad natal de Salem, hará cosa de medio siglo, un muelle muy lleno de animación, y que hoy sucumbe bajo el peso de almacenes de madera casi podrida. Apenas se ven otras señales de vida comercial que uno que otro bergantín ó barca, atracado al costado del melancólico muelle, descargando cueros, ó alguna goleta de Nueva Escocia en que se está embreando un cargamento de leña que ha de servir para hacer fuego en las chimeneas. Donde comienza este dilapidado muelle, á veces cubierto por la marea, se alza un espacioso edificio de ladrillos, desde cuyas ventanas se puede disfrutar de la vista de la escena poco animada que presentan las cercanías, y de la abundante hierba que crece por todas partes, y han dejado tras sí los muchos años y el escaso movimiento comercial. En el punto más alto del techo del espacioso edificio de que se ha hecho mención, y precisamente durante tres horas y media de cada día, á contar del mediodía, flota al aire ó se mantiene tranquila, según que la brisa sople ó esté encalmada, la bandera de la república, pero con las trece estrellas en posición vertical y no horizontal, lo que indica que aquí existe un puesto civil, y no militar, del gobierno del Tío Samuel.[3] Adorna la fachada un pórtico formado de media docena de pilares de madera que sostienen un balcón, debajo del cual desciende hacia la calle una escalera con anchas gradas de granito. Encima de la entrada se cierne un enorme ejemplar del águila americana, con las alas abiertas, un escudo en el pecho y, si la memoria no me es infiel, un haz de rayos y dardos en cada garra. Con la falta acostumbrada de carácter peculiar á esta malaventurada ave, parece, á juzgar por la fiereza que despliegan su pico y ojos y la general ferocidad de su actitud, que está dispuesta á castigar al inofensivo vecindario, previniendo especialmente á todos los ciudadanos que estimen en algo su seguridad personal, que no perjudiquen la propiedad que proteje con sus alas. Sin embargo, á pesar de lo colérico de su aspecto, muchas personas están tratando, ahora mismo, de guarecerse bajo las alas del águila federal, imaginando que su pecho posee toda la blandura y comodidad de una almohada de edredón. Pero su ternura no es grande, en verdad, aun en sus horas más apacibles, y tarde ó temprano,—más bien lo último que lo primero,—puede arrojar del nido á sus polluelos, con un arañazo de las garras, un picotazo, ó una escocedora herida causada por sus dardos.

El suelo alrededor del edificio que acabo de describir—que una vez por todas llamaré la Aduana del Puerto—tiene las grietas llenas de hierbas tan altas y en tal abundancia, que bien á las claras demuestra que en los últimos tiempos no se ha visto muy favorecido con la numerosa presencia de hombres de negocios. Sin embargo, en ciertos meses del año suele haber alguno que otro mediodía en que presenta un aspecto más animado. Ocasiones semejantes pueden traer á la memoria de los ciudadanos ya entrados en años, el tiempo aquel antes de la última guerra con Inglaterra[4] en que Salem era un puerto de importancia, y no desdeñado como lo es ahora por sus propios comerciantes y navieros, que permiten que sus muelles se destruyan, mientras sus transacciones mercantiles van á engrosar, innecesaria é imperceptiblemente, la poderosa corriente del comercio de Nueva York ó Boston. En uno de esos días, cuando han llegado casi á la vez tres ó cuatro buques, por lo común de África ó de la América del Sur, ó cuando están á punto de salir con ese destino, se oye el frecuente ruido de las pisadas de los que suben ó bajan á toda prisa los escalones de granito de la Aduana. Aquí, aun antes de que su esposa le haya saludado, podemos estrechar la mano del capitán del buque recién llegado al puerto, con los papeles del barco en deslustrada caja de hojalata que lleva bajo el brazo. Aquí también se nos presenta el dueño de la embarcación, de buen humor ó mal talante, afable ó áspero, á medida que sus esperanzas acerca de los resultados del viaje se habían realizado ó quedado fallidas; esto es, si las mercancías traídas podían convertirse fácilmente en dinero, ó si eran de aquellas que á ningún precio podrían venderse. Aquí igualmente se veía el germen del mercader de arrugado ceño, barba gris y rostro devorado de inquietud, en el joven dependiente, lleno de viveza, que va adquiriendo el gusto del comercio, como el lobezno el de la sangre, y que ya se aventura á remitir sus mercancías en los buques de su principal, cuando sería mejor que estuviera jugando con barquichuelos en el estanque del molino. Otra de las personas que se presenta en escena es el marinero enganchado para el extranjero, que viene en busca de un pasaporte; ó el que acaba de llegar de un largo viaje, todo pálido y débil, que busca un pase para el hospital. Ni debemos tampoco olvidar á los capitanes de las goletas que traen madera de las posesiones inglesas de la América del Norte; marinos de rudo aspecto, sin la viveza del yankee, pero que contribuyen con una suma no despreciable á mantener el decadente comercio de Salem.

La reunión de estas individualidades en un grupo, lo que acontecía á veces, juntamente con la de otras personas de distinta clase, infundía á la Aduana cierta vida durante algunas horas convirtiéndola en teatro de escenas bastante animadas. Sin embargo, lo que con más frecuencia se veía á la entrada del edificio, si era en verano, ó en las habitaciones interiores, si era en invierno, ó reinaba mal tiempo, era una hilera de venerables figuras sentadas en sillones del tiempo antiguo cuyas patas posteriores estaban reclinadas contra la pared. Con frecuencia también se hallaban durmiendo; pero de vez en cuando se les veía departir unos con otros en una voz que participaba del habla y del ronquido, y con aquella carencia de energía peculiar á los internos de un asilo de pobres y á todos los que dependen de la caridad pública para su subsistencia, ó de un trabajo en que reina el monopolio, ó de cualquiera otra ocupación que no sea un trabajo personal é independiente. Todos estos ancianos caballeros,—sentados como San Mateo cuando cobraba las alcabalas, pero que de seguro no serán llamados como aquel á desempeñar una misión apostólica,—eran empleados de Aduana.

Al entrar por la puerta principal del edificio se vé á mano izquierda un cuarto ú oficina de unos quince pies cuadrados de superficie, aunque de mucha altura, con dos ventanas en forma de arco, desde donde se domina el antedicho dilapidado muelle, y una tercera que da á una estrecha callejuela, desde donde se vé también una parte de la calle de Derby. De las tres ventanas se divisan igualmente tiendas de especieros, de fabricantes de garruchas, vendedores de bebidas malas, y de velas para embarcaciones. Delante de las puertas de dichas tiendas generalmente se ven grupos de viejos marineros y de otros frecuentadores de los muelles, personajes comunes á todos los puertos de mar, charlando, riendo y fumando. El cuarto de que hablo está cubierto de muchas telarañas y embadurnado con una mano de pintura vetustísima; su pavimento es de arena parduzca, de una clase que ya en ninguna parte se usa; y del desaseo general de la habitación bien puede inferirse que es un santuario en que la mujer, con sus instrumentos mágicos, la escoba y el estropajo, muy rara vez entra. En cuanto á mueblaje y utensilios, hay una estufa con un tubo ó cañón voluminoso; un viejo pupitre de pino con un taburete de tres pies; dos ó tres sillas con asientos de madera, excesivamente decrépitas y no muy seguras; y—para no olvidar la Biblioteca—unos treinta ó cuarenta volúmenes de las Sesiones del Congreso de los Estados Unidos y un ponderoso Digesto de las Leyes de Aduana, todo esparcido en algunos entrepaños. Hay, además, un tubo de hoja de lata que asciende hasta el cielo de la habitación, atravesándolo, y establece una comunicación vocal con otras partes del edificio. Y en el cuarto descrito, habrá de esto unos seis meses, paseándose de rincón á rincón, ó arrellanado en el taburete, de codos sobre el pupitre, recorriendo con la vista las columnas del periódico de la mañana, podrías haber reconocido, honrado lector, al mismo individuo que ya te invitó en otro libro[5] á su reducido estudio, donde los rayos del sol brillaban tan alegremente al través de las ramas de sauce, al costado occidental de la Antigua Mansión. Pero si se te ocurriera ahora ir allí á visitarle, en vano preguntarías por el Inspector de marras. La necesidad de reformas y cambios motivada por la política, barrió con su empleo, y un sucesor más meritorio se ha hecho cargo de su dignidad, y también de sus emolumentos.

Esta antigua ciudad de Salem,—mi ciudad natal,—y no obstante haber vivido mucho tiempo lejos de ella, tanto en mi infancia como más entrado en años, es, ó fué objeto de un cariño de parte mía de cuya intensidad jamás pude darme cuenta en las temporadas que en ella residí. Porque, en honor de la verdad, si se considera el aspecto físico de Salem, con su suelo llano y monótono, con sus casas casi todas de madera, con muy pocos ó casi ningún edificio que aspire á la belleza arquitectónica,—con una irregularidad que no es ni pintoresca, ni rara, sino simplemente común,—con su larga y soñolienta calle que se prolonga en toda la longitud de la península donde está edificada,—y que estos son los rasgos característicos de mi ciudad natal, tanto valdría experimentar un cariño sentimental hacia un tablero de ajedrez en desorden. Y sin embargo, aunque más feliz indudablemente en cualquiera otra parte, allá en lo íntimo de mi sér existe un sentimiento respecto de la vieja ciudad de Salem, al que, por carecer de otra expresión mejor, me contentaré con llamarlo apego, y que acaso tiene su origen en las antiguas y profundas raíces que puede decirse ha echado mi familia en su suelo. En efecto, hace ya cerca de dos siglos y cuarto que el primer emigrante británico de mi apellido hizo su aparición en el agreste establecimiento rodeado de selvas, que posteriormente se convirtió en una ciudad. Y aquí han nacido y han muerto sus descendientes, y han mezclado su parte terrenal con el suelo, hasta que una porción no pequeña del mismo debe de tener estrecho parentesco con esta envoltura mortal en que, durante un corto espacio de tiempo, me paseo por sus calles. De consiguiente, el apego y cariño de que hablo, viene á ser simplemente una simpatía sensual del polvo hacia el polvo.

Pero sea de ello lo que fuere, ese sentimiento mío tiene su lado moral. La imagen de aquel primer antepasado, al que la tradición de la familia llegó á dotar de cierta grandeza vaga y tenebrosa, se apoderó por completo de mi imaginación infantil, y aún puedo decir que no me ha abandonado enteramente, y que mantiene vivo en mí una especie de sentimiento doméstico y de amor á lo pasado, en que por cierto no entra por nada el aspecto presente de la población. Se me figura que tengo mucho más derecho á residir aquí, á causa de este progenitor barbudo, serio, vestido de negra capa y sombrero puntiagudo, que vino ha tanto tiempo con su Biblia y su espada, y holló esta tierra con su porte majestuoso, é hizo tanto papel como hombre de guerra y hombre de paz,—tengo mucho más derecho, repito, merced á él, que el que podría reclamar por mí mismo, de quien nadie apenas oye el nombre ni vé el rostro. Ese antepasado mío era soldado, legislador, juez: su voz se obedecía en la iglesia; tenía todas las cualidades características de los puritanos, tanto las buenas como las malas. Era también un inflexible enemigo, de que dan buen testimonio los cuákeros en sus historias, en las que, al hablar de él, recuerdan un incidente de su dura severidad para con una mujer de su secta, suceso que es de temerse durará más tiempo en la memoria de los hombres que cualquiera otra de sus buenas acciones, con ser estas no pocas. Su hijo heredó igualmente el espíritu de persecución, y se hizo tan conspícuo en el martirio de las brujas,[6] que bien puede decirse que la sangre de éstas ha dejado una mancha en su nombre. Ignoro si estos antepasados míos pensaron al fin en arrepentirse y pedir al cielo que les perdonara sus crueldades; ó si aún gimen padeciendo las graves consecuencias de sus culpas, en otro estado. De todos modos, el que estas líneas escribe, en su calidad de representante de esos hombres, se avergüenza, en su nombre, de sus hechos, y ruega que cualquiera maldición en que pudieran haber incurrido,—de que ha oído hablar, y de que parece dar testimonio la triste y poco próspera condición de la familia durante muchas generaciones,—desaparezca de ahora en adelante y para siempre.

No hay, sin embargo, duda de que cualquiera de esos sombríos y severos puritanos habría creído que era ya suficiente expiación de sus pecados, ver que el antiguo tronco del árbol de la familia, después de transcurridos tantos y tantos años que lo han cubierto de venerable musgo, haya venido á producir, como fruto que adorna su cima, un ocioso de mi categoría. Ninguno de los objetos que más caros me han sido, lo considerarían laudable; cualquiera que fuese el buen éxito obtenido por mí,—si es que en la vida, excepto en el círculo de mis afectos domésticos, me ha sonreído alguna vez el buen éxito,—habría sido juzgado por ellos como cosa sin valor alguno, si no lo creían realmente deshonroso. "¿Qué es él?"—pregunta con una especie de murmullo una de las dos graves sombras de mis antepasados á la otra. "¡Un escritor de libros de historietas! ¿Qué clase de ocupación es esta? ¿Qué manera será esta de glorificar á Dios, y de ser durante su vida útil á la humanidad? ¡Qué! Ese vástago degenerado podría con el mismo derecho ser un rascador de violín." ¡Tales son los elogios que me prodigan mis abuelos al través del océano de los años! Y á pesar de su desdén, es innegable que en mí hay muchos de los rasgos característicos de su naturaleza.

Plantado, por decirlo así, con hondas raíces el árbol de mi familia por esos dos hombres serios y enérgicos en la infancia de la ciudad de Salem, ha subsistido ahí desde entonces; siempre digno de respeto; nunca, que yo sepa, deshonrado por ninguna acción indigna de alguno de sus miembros; pero, rara vez, ó nunca, habiendo tampoco realizado, después de las dos primeras generaciones, hecho alguno notable ó que por lo menos mereciere la atención del público. Gradualmente la familia se ha ido haciendo cada vez menos visible, á manera de las casas antiguas que van desapareciendo poco á poco merced á la lenta elevación del terreno, en que parece como que se van hundiendo. Durante más de cien años, padres é hijos buscaron su ocupación en el mar: en cada generación había un capitán de buque encanecido en el oficio, que abandonaba el alcázar del barco y se retiraba al antiguo hogar de la familia, mientras un muchacho de catorce años ocupaba el puesto hereditario junto al mástil, afrontando la ola salobre y la tormenta que ya habían azotado á su padre y á su abuelo. Andando el tiempo, el muchacho pasaba del castillo de proa á la cámara del buque: allí corrían entre tempestades y calmas los años de su juventud y de su edad viril, y regresaba de sus peregrinaciones por el mundo á envejecer, morir, y mezclar su polvo mortal con el de la tierra que le vió nacer. Esta prolongada asociación de la familia con un mismo lugar, á la vez su cuna y su sepultura, crea cierta especie de parentesco entre el hombre y la localidad, que nada tiene que ver con la belleza del paisaje ni con las condiciones morales que le rodean. Puede decirse que no es amor sino instinto. El nuevo habitante,—procedente de un país extranjero, ya fuere él, ó su padre, ó su abuelo,—no posee títulos á ser llamado Salemita; no tiene idea de esa tenacidad, parecida á la de la ostra, con que un antiguo morador se apega al sitio donde una generación tras otra generación se ha ido incrustando. Poco importa que el lugar le parezca triste; que esté aburrido de las viejas casas de madera, del fango y del polvo, del viento helado del Este y de la atmósfera social aun más helada,—todo esto, y cualesquiera otras faltas que vea ó imagine ver, nada tienen que hacer con el asunto. El encanto sobrevive, y tan poderoso como si el terruño natal fuera un paraíso terrestre. Eso es lo que ha pasado conmigo. Yo casi creía que el destino me forzaba á hacer de Salem mi hogar, para que los rasgos de las fisonomías y el temple del carácter que por tanto tiempo han sido familiares aquí,—pues cuando un representante de la raza descendía á su fosa, otro continuaba, por decirlo así, la acostumbrada facción de centinela en la calle principal,—aún se pudieran ver y reconocer en mi persona en la antigua población. Sin embargo, este sentimiento mismo viene á ser una prueba de que esa asociación ha adquirido un carácter enfermizo, y que por lo tanto debe, al fin, cesar por completo. La naturaleza humana, lo mismo que un árbol, no florecerá ni dará frutos si se planta y se vuelve á plantar durante una larga serie de generaciones en el mismo terreno ya cansado. Mis hijos han nacido en otros lugares, y hasta donde dependiere de mí, irán á echar raíces en terrenos distintos.

Al salir de la Antigua Mansión, fué principalmente este extraño, apático y triste apego á mi ciudad natal, lo que me trajo á desempeñar un empleo oficial en el gran edificio de ladrillos que he descrito, y servía de Aduana, cuando hubiera podido ir, quizá con mejor fortuna, á otro punto cualquiera. Pero estaba escrito. No una vez, ni dos, sino muchas, había salido de Salem, al parecer para siempre, y de nuevo había regresado á la vieja población, como si Salem fuera para mí el centro del universo.

Pues bien, una mañana, muy bella por cierto, subí los escalones de granito de que he hablado, llevando en el bolsillo mi nombramiento de Inspector de Aduana, firmado por el Presidente de los Estados Unidos, y fuí presentado al cuerpo de caballeros que tenían que ayudarme á sobrellevar la grave responsabilidad que sobre mis hombros arrojaba mi empleo.

Dudo mucho, ó mejor dicho, creo firmemente, que ningún funcionario público de los Estados Unidos, civil ó militar, haya tenido bajo sus órdenes un cuerpo de veteranos tan patriarcales como el que me cupo en suerte. Cuando los ví por vez primera, quedó resuelta para mí la cuestión de saber dónde se hallaba el vecino más antiguo de la ciudad. Durante más de veinte años, antes de la época de que hablo, la posición independiente del Administrador había conservado la Aduana de Salem al abrigo del torbellino de las vicisitudes políticas que hacen generalmente tan precario todo destino del Gobierno. Un militar,—uno de los soldados más distinguidos de la Nueva Inglaterra,—se mantenía firmemente sobre el pedestal de sus heroicos servicios; y, considerándose seguro en su puesto, merced á la sabia liberalidad de los Gobiernos sucesivos bajo los cuales había mantenido su empleo, había sido también el áncora de salvación de sus subordinados en más de una hora de peligro. El general Miller no era, por naturaleza, amigo de variaciones: era un hombre de benévola disposición en quien la costumbre ejercía no poco influjo, apegándose fuertemente á las personas cuyo rostro le era familiar, y con dificultad se decidía á hacer un cambio, aun cuando éste trajera aparejada una mejora incuestionable. Así es que al tomar posesión de mi destino, hallé no pocos empleados ancianos. Eran, en su mayor parte, antiguos capitanes de buque, que después de haber rodado por todos los mares y haber resistido firmemente los huracanes de la vida, habían al fin echado el ancla en este tranquilo rincón del mundo, en donde con muy poco que los perturbara, excepto los terrores periódicos de una elección presidencial, que podría dejarlos cesantes, tenían asegurada la subsistencia y hasta casi una prolongación de la vida; porque si bien tan expuestos como los otros mortales á los achaques de los años y sus enfermedades, tenían evidentemente algún talismán, amuleto ó algo por el estilo, que parecía demorar la catástrofe inevitable. Se me dijo que dos ó tres de los empleados que padecían de gota y reumatismo, ó quizá estaban clavados en sus lechos, ni por casualidad se dejaban ver en la Aduana durante una gran parte del año; pero una vez pasado el invierno, se arrastraban perezosamente al calor de los rayos de Mayo ó Junio, desempeñando lo que ellos llamaban su deber, y tomando de nuevo cama cuando mejor les parecía. Tengo que confesar que abrevié la existencia oficial de más de uno de estos venerables servidores de la República. Á petición mía, se les permitió que descansaran de sus arduas labores; y poco después,—como si el único objeto de su vida hubiera sido su celo por el servicio del país,—pasaron á un mundo mejor. No deja sin embargo de servirme de piadoso consuelo la idea de que, gracias á mi intervención, se les concedió tiempo suficiente para que se arrepintieran de las malas y corruptas costumbres en que, como cosa corriente, se supone que tarde ó temprano cae todo empleado de Aduana, pues sabido es que de dicha institución no arranca senda alguna que nos lleve derechamente al Paraíso.

La mayor parte de mis subordinados pertenecía á un partido político distinto del mío. Y no fué poca fortuna para aquella venerable fraternidad, que el nuevo Inspector no fuera lo que se llama un politicastro, ni hubiera recibido su empleo en recompensa de servicios prestados en el terreno de la política. De lo contrario, al cabo de un mes de haber subido el ángel exterminador las escaleras de la Aduana, ni un solo hombre del antiguo personal de funcionarios hubiera quedado en pie. Y en remate de cuentas, no habría hecho ni más ni menos que conformarse á la costumbre establecida en casos semejantes por la política. Bien visible era que aquellos viejos lobos marinos temían que yo hiciera algo parecido; y no poca pena, mezclada con cierta risa, produjeron en mí los terrores á que dió origen mi llegada, al notar cómo aquellos rostros curtidos por medio siglo de exposición á las tempestades del mar, palidecían al ver á un individuo tan inofensivo como yo; ó al percibir, cuando alguno me hablaba, el temblor de una vez que, en años ya remotos, acostumbraba resonar en la bocina del buque tan ronca y vigorosa que habría causado espanto al mismísimo Bóreas. Muy bien sabían aquellos excelentes ancianos que, según las prácticas usuales, y, respecto de algunos de ellos en razón de su falta de aptitud para los negocios, deberían haber cedido sus puestos á hombres más jóvenes, de distinto credo político, y más adecuados para el servicio de nuestro Gobierno. Yo también lo sabía, pero no pude resolverme á proceder de acuerdo con ese conocimiento. Por lo tanto, con grande y merecido descrédito mío, y considerable detrimento de mi conciencia oficial, continuaron, durante mi época de mando arrastrándose, como quien dice, por los muelles, y subiendo y bajando las escaleras de la Aduana. Una parte del tiempo, no poca en honor de la verdad, la pasaban dormidos en sus rincones acostumbrados, con las sillas reclinadas contra la pared, despertando sin embargo una ó dos veces al mediodía para aburrirse mutuamente refiriéndose, por la milésima vez, sus viejas historias marítimas y sus chistes ó enmohecidas jocosidades que ya todos se sabían de memoria.

Me parece que no tardaron en descubrir que el nuevo jefe era hombre de buena pasta, de quien no había mucho que temer. De consiguiente, con corazones contentos y con la íntima convicción de creerse empleados de utilidad y provecho,—á lo menos en beneficio propio, si no en el de nuestra amada patria,—estos santos varones continuaron desempeñando, nominalmente, en realidad de verdad, sus varios empleos. ¡Con qué sagacidad, auxiliados por sus grandes espejuelos, dirigían una mirada al interior de las bodegas de los buques! ¡Qué gresca armaban á veces con motivo de nimiedades, mientras otras, con maravillosa estupidez, dejaban pasar por alto cosas verdaderamente dignas de toda atención! Cuando algo por el estilo acontecía, por ejemplo, cuando un carromato cargado de valiosas mercancías había sido trasbordado subrepticiamente á tierra, en pleno mediodía, bajo sus mismas narices, sin que se lo olieran, era de ver entonces la energía y actividad que desplegaban, cerrando á doble llave todas las escotillas y aperturas del buque delincuente, redoblando la vigilancia, de tal modo, que en vez de recibir una reprimenda por su anterior negligencia, parecía que eran más bien acreedores á todo elogio por su celo y sus medidas precautorias, después que el mal estaba hecho y no tenía remedio.

Á no ser que las personas con quienes tenga yo algún trato, sean en extremo displicentes y desagradables, es mi costumbre, tonta si se quiere, cobrarles afecto; pues las cualidades mejores de mis compañeros, caso que las tengan, son las que comunmente noto, y constituyen el rasgo saliente que me hace apreciar al hombre. Como la mayor parte de aquellos viejos empleados del resguardo tenían buenas cualidades, y como mi posición respecto de ellos era casi paternal y protectora, y favorable por lo tanto al desarrollo de sentimientos amistosos, pronto se granjearon todos mi cariño. En el verano, al mediodía, cuando los fuertes calores que casi hacían derretir al resto del género humano apenas si vivificaban sus soñolientos organismos, era sumamente grato oirlos charlar recostados todos en hilera, como de costumbre, contra la pared, trayendo á la memoria los chistes ya helados de pasadas generaciones que se referían, medio balbuciendo, entre sonoras carcajadas. He notado que, exteriormente por lo menos, la alegría de los ancianos tiene muchos puntos de contacto con la de los niños, en cuanto que ni la inteligencia ni un profundo sentimiento humorístico entran por algo en el asunto. Tanto en el niño como en el anciano viene á ser á manera de un rayo de sol que juguetea sobre la superficie, impartiendo un aspecto luminoso y risueño, lo mismo á la rama verde del árbol, que al tronco decaído y seco. Sin embargo, en uno es un verdadero rayo de sol; en el otro, se asemeja más bien al brillo fosforescente de la madera carcomida.

Sería realmente injusto que el lector llegase á creer que todos mis excelentes viejos amigos estaban chocheando. En primer lugar, no todos eran ancianos: había, entre mis compañeros subordinados, hombres en toda la lozanía y fuerza de la edad: hábiles, inteligentes, enérgicos, y en todo y por todo superiores á la ocupación rutinaria á que los había condenado su mala estrella. Además, las canas de más de uno cubrían un cerebro dotado de inteligencia conservada en muy buenas condiciones. Pero respecto á la mayoría de mi cuerpo de veteranos, no cometo injusticia alguna si la califico, en lo general, de conjunto de seres fastidiosos que de su larga y variada experiencia de la vida no habían sacado nada que valiera la pena de conservarse. Se diría que, habiendo esparcido á todos los vientos los granos de oro de la sabiduría práctica que tuvieron tantas oportunidades de atesorar, habían conservado, con el mayor esmero, tan sólo la inútil é inservible cáscara. Hablaban con mayor interés y abundancia de corazón de lo que habían almorzado aquel día, ó de la comida del anterior, ó de la que harían el siguiente, que del naufragio de hace cuarenta ó cincuenta años, y de todas las maravillas del mundo que habían visto con sus ojos juveniles.

El abuelo de la Aduana, el patriarca, no sólo de este reducido grupo de empleados, sino estoy por decir que de todo el personal respetable de todas las Aduanas de los Estados Unidos, era cierto funcionario inamovible. Podría apellidársele, con toda exactitud, el hijo legítimo del sistema aduanero, nacido y criado en el regazo de esta noble institución, como que su padre, coronel de la guerra de la Independencia, y en otro tiempo Administrador de Aduana, había creado para él un destino en una época que pocos de los hombres que hoy viven pueden recordar. Cuando conocí á este empleado, tendría á cuestas sus ochenta años, poco más ó menos: con las mejillas sonrosadas; cuerpo sólido y trabado; levita azul de brillantes botones; paso vigoroso y rápido, y aspecto sano y robusto, parecía, si no joven, por lo menos una nueva creación de la Madre Naturaleza en forma de hombre, con quien ni la edad ni los achaques propios de ella, nada tenían qué hacer. Su voz y su risa, que resonaban constantemente en todos los ámbitos de la Aduana, no adolecían de ese sacudimiento trémulo á manera de cacareo de gallina tan común en la vejez: parecíase al canto de un gallo ó al sonido de un clarín. Considerándole simplemente desde el punto de vista zoológico,—y tal vez no había otro modo de considerarlo,—era un objeto realmente interesante, al observar cuan saludable y sana era su constitución, y la aptitud que en su avanzada edad tenía para gozar de todos ó de casi todos los placeres á que siempre había aspirado. La certidumbre de tener la existencia asegurada en la Aduana, viéndose exento de cuidados, y casi sin temores de ser dado de baja, junto con el salario que recibía puntualmente, habían sin duda contribuído á que los años pasaran por él sin dejar ninguna huella. Sin embargo, había causas mucho más poderosas, que consistían en la rara perfección de su naturaleza física, la moderada proporción de su inteligencia, y el papel tan reducido que desempeñaban en él las cualidades morales y espirituales, que para decir la verdad, á duras penas bastaban para impedir que el anciano caballero imitase en la manera de andar al rey Nabucodonosor durante los años de su transformación. La fuerza de su pensamiento era nula; la facultad de experimentar afectos, ninguna; y en cuanto á sensibilidad, cero. En una palabra, en él no había sino unos cuantos instintos que, auxiliados por el buen humor que era el resultado inevitable de su bienestar físico, hacían las veces de corazón. Se había casado tres veces, y otras tantas había enviudado: era el padre de veinte niños, la mayor parte de los cuales había pagado, á diversas edades, el tributo común á la madre tierra. Esto es bastante para hacernos suponer que la naturaleza más feliz, el hombre más contento con su suerte, tenía que dar cabida á un dolor suficiente para engendrar cierto sentimiento de melancolía. ¡Nada de esto con nuestro anciano empleado! En un breve suspiro se exhalaba toda la tristeza de estos recuerdos; y al momento siguiente estaba tan dispuesto y alegre como un niño; mucho más que el escribiente más joven de la Aduana que, á pesar de no contar sino diez y nueve años de edad, era con todo un hombre más grave y reposado que el octogenario oficial del resguardo.

Yo estudiaba y observaba á este personaje patriarcal con una curiosidad mayor que la que hasta entonces me hubiera inspirado ningún sér humano; pues era, en realidad, un raro fenómeno: tan perfecto y completo, desde un punto de vista, como superficial, ilusorio, impalpable, y absolutamente insignificante desde cualquiera otro. Llegué á creer á puño cerrado que ese individuo no tenía ni alma, ni corazón, ni intelecto, ni nada, como ya he dicho, excepto instintos; y sin embargo, de tal manera estaba compaginado lo poco que en realidad había en él, que no producía una impresión penosa de deficiencia; antes al contrario, por lo que á mí hace, me daba por muy satisfecho con lo que en él había hallado. Difícil sería concebir su existencia espiritual futura, en vista de lo completamente terrenal y material que parecía; pero es lo cierto que su existencia en este mundo nuestro, suponiendo que terminara con su último aliento, no le había sido concedida bajo duras condiciones: su responsabilidad moral no era mayor que la de los seres irracionales, aunque poseyendo mayores facultades que ellos para gozar de la vida, y viéndose exento igualmente de los achaques y tristezas de la vejez.

En un particular les era vasta, inmensamente superior: en la facultad de recordar las buenas comidas de que había disfrutado y que constituían no pequeña parte de su felicidad terrenal. Era un gastrónomo consumado. Oirle hablar de un asado, bastaba ya para despertar nuestro apetito; y como nunca poseyó otras dotes superiores, ni pervirtió ni sacrificó ningún don espiritual anteponiéndolo á la satisfacción de su paladar y de su estómago, me causaba siempre gran placer oirle discurrir acerca del pescado, de la volatería, de los mariscos, y de la diversidad de carnes, espaciándose en lo referente al mejor modo de condimentarlos y servirlos en la mesa. Sus reminiscencias de una buena comida, por antigua que fuera su fecha, eran tan vivas que parecía que estaba realmente aspirando el olor de un lechoncito asado ó de un pavo trufado. Su paladar conservaba todavía el sabor de manjares que había comido hacía sesenta ó setenta años, como si se tratara de las chuletas de carnero del almuerzo de aquel día. Recordaba con verdadero deleite, con fruición sin igual, un pedazo de lomo asado, ó un pollo especial, ó un pavo digno de particular elogio, ó un pescado notable, ú otro manjar cualquiera que adornó su mesa allá en los días de su primera juventud; mientras los grandes acontecimientos de que había sido teatro el mundo durante los largos años de su existencia, habían pasado por él como pasa la brisa, sin dejar la menor huella. Hasta donde me ha sido dable juzgar, el acontecimiento más trágico de su vida, fué cierto percance con un pato que dejó de existir hace treinta ó cuarenta años, pato cuyo aspecto auguraba momentos deliciosos; pero que una vez en la mesa, resultó tan inveteradamente duro, que el trinchante no hizo mella alguna en él, y hubo necesidad de apelar á una hacha y á un serrucho de mano para dividirlo.

Pero es tiempo ya de terminar este retrato, aunque tendría el mayor placer en dilatarme en él indefinidamente, pues de todos los hombres que he conocido, este individuo me parece el más apropósito para vista de Aduana. La mayoría de las personas, debido á causas que no tengo tiempo ni espacio para explicar, experimentan una especie de detrimento moral en consecuencia del género peculiar de vida de dicha profesión. El anciano funcionario era incapaz de experimentarlo; y si pudiera continuar desempeñando su empleo hasta el fin de los siglos, seguiría siendo tan bueno como era entonces, y se sentaría á la mesa para comer con tan excelente apetito como de costumbre.

Hay aún otra figura sin la cual mi galería de retratos de empleados de la Aduana quedaría incompleta; pero que me contentaré simplemente con bosquejar, porque mis oportunidades para estudiarla no han sido muchas. Me refiero á nuestro Administrador, al bizarro y antiguo general Miller quien, después de sus brillantes servicios militares y de haber gobernado por algún tiempo uno de los incultos territorios del Oeste, había venido, hacía veinte años, á pasar en Salem el resto de su honorable y agitada vida. El valiente soldado contaba ya unos setenta años de edad, y estaba abrumado de achaques que ni aun su marcial espíritu, ni los recuerdos de sus altos hechos podían mitigar. Solo con el auxilio de un sirviente, y asiéndose del pasamanos de hierro, podía subir lenta y dolorosamente las escaleras de la Aduana; y luego, arrastrándose con harto trabajo, llegar á su asiento de costumbre junto á la chimenea. Allí permanecía observando con sereno semblante á los que entraban y salían, en medio del rumor causado por la discusión de los negocios, la charla de la oficina, el crujir de los papeles, etc., todo lo cual parecía no influir en manera alguna en sus sentidos, ni mucho menos penetrar, perturbándola, en la esfera de sus contemplaciones. Su rostro, cuando el General se hallaba en semejante estado de quietud, era benévolo y afable. Si alguno se le acercaba en demanda de algo, iluminaba sus facciones una expresión de cortesía y de interés, que bien á las claras demostraba que aun ardía interiormente el fuego sagrado, y que sólo la corteza exterior se oponía al libre paso de su luz intelectual. Cuanto más de cerca se le trataba, tanto más sana se revelaba su inteligencia. Cuando no se veía como forzado á hablar ó á prestar atención á lo que se le decía, pues ambas operaciones le costaban evidentemente un esfuerzo, su rostro volvía á revestirse de la tranquila placidez de costumbre. Debo agregar que su aspecto no dejaba en el ánimo del que le contemplaba ninguna impresión penosa, pues nada acusaba en él la decadencia intelectual propia de la vejez. Su armazón corpórea, de suyo fuerte y maciza, no se estaba todavía desmoronando.

Bajo condiciones tan poco favorables, era difícil estudiar su verdadero carácter y definirlo, como lo sería, por ejemplo, reconstruir, por medio de la imaginación, una antigua fortaleza como la de Ticonderoga, teniendo á la vista sólo sus ruinas. Aquí y acullá tal vez se encuentre un paño de muralla casi completo; pero en lo general se vé únicamente una masa informe, oprimida por su mismo peso, y á la que largos años de paz y de abandono han cubierto de hierbas y abrojos.

Sin embargo, contemplando al viejo guerrero con afecto,—pues á pesar de nuestro poco trato mutuo, los sentimientos que hacia él abrigaba, como acontecía con cuantos le conocieron, no podían menos de ser afectuosos,—pude discernir los rasgos principales de su carácter. Descollaban en él las nobles y heroicas cualidades que ponían de manifiesto que el nombre distinguido de que disfrutaba, no lo había alcanzado por un mero capricho de la fortuna, sino con toda justicia. Su actividad no fué hija de un espíritu inquieto, sino que necesitó siempre algún motivo poderoso que le imprimiera el impulso; pero una vez puesta en movimiento, y habiendo obstáculos que vencer, y un resultado valioso que alcanzar, no fué hombre que cediera ni fracasara. El fuego que le animó un tiempo, y que aún no estaba extinguido sino entibiado, no era de esas llamaradas que toman cuerpo rápidamente, brillan y se apagan al punto, sino una llama intensa y rojiza, como la de un hierro candente. Solidez, firmeza, y peso: tal es lo que expresaba el reposado continente del General en la época á que me refiero, aun en medio de la decadencia que prematuramente se iba enseñoreando de su naturaleza; si bien puedo imaginarme que, en circunstancias excepcionales, cuando se hallase agitado por un sentimiento vivo que despertara su energía, que sólo estaba adormecida, era capaz de despojarse de sus achaques, como un enfermo de la ropa que le cubre, y arrojando á un lado el báculo de la vejez, empuñar de nuevo el sable de batalla, y ser el guerrero de otros tiempos. Y aun entonces su aspecto habría revelado calma.

Semejante exhibición de sus facultades físicas es solo para concebirse con la fantasía, y no fuera de desearse que se realizara. Lo que ví en él—fueron los rasgos de una tenaz y decidida perseverancia, que en su juventud pudiera haber sido obstinación; una integridad que, como la mayor parte de sus otras cualidades, era maciza, sólida, tan poco dúctil y tan inmanejable como una tonelada de mineral de hierro; y una benevolencia que, á pesar del impetuoso ardor con que al frente de sus soldados mandó las cargas á la bayoneta en Chippewa ó el Fuerte Erie, era tan genuina y verdadera como la que pueda mover á cualquier filántropo de nuestro siglo. Más de un enemigo, en el campo de batalla, perdió la vida al filo de su acero; y ciertamente que muchos y muchos quedaron allí tendidos, como en el prado la hierba segada por la guadaña, á impulsos de aquellas cargas á que su espíritu comunicó su triunfante energía. Pero de todos modos, nunca hubo en su corazón crueldad bastante para poder ni aun despojar á una mariposa del polvo brillante de sus alas. No conozco á otro hombre en cuya innata bondad tanto pudiera yo confiar.

Muchas de las cualidades características del General,—especialmente las que habrían contribuído en sumo grado á que el bosquejo que voy trazando se pareciese al original,—debían de haberse desvanecido ó debilitado antes de que yo le hubiera visto por primera vez. Sabido es que los atributos más delicados son también los que más pronto desaparecen; ni tiene la naturaleza por costumbre adornar las ruinas humanas con las flores de una nueva hermosura cuyas raíces yacen en las grietas y hendeduras de los escombros de donde sacan su sustento, como las que brotan en las arruinadas murallas de la fortaleza de Ticonderoga; y sin embargo, en lo que toca á gracia y belleza, había en él algo digno de atención. De vez en cuando iluminaba su rostro, de agradable manera, un rayo de buen humor socarrón; mientras que también podía notarse un rasgo de elegancia y gusto delicado natural, que no siempre se vé en las almas viriles pasada la primera juventud, en el placer que causaban al General la vista y fragancia de las flores. Es de suponerse que un viejo guerrero estima, antes que todo, el sangriento laurel para sus sienes; pero aquí se daba el ejemplo de un soldado que participaba de las preferencias de una joven muchacha hacia las bellas producciones de Flora.

Allí, junto á la chimenea, acostumbraba sentarse el anciano y valiente General; mientras el Inspector, que si podía evitarlo, raras veces tomaba sobre sí la difícil tarea de entablar con él una conversación, se complacía en quedarse á cierta distancia observando aquel apacible rostro, casi en un estado de semi-somnolencia. Parecía como si estuviera en otro mundo distinto del nuestro, aunque le veíamos á unas cuantas varas de nosotros; remoto, aunque pasábamos junto á su sillón; inaccesible, aunque podríamos alargar las manos y estrechar las suyas. Era muy posible que allá, en las profundidades de sus pensamientos, viviera una vida más real que no en medio de la atmósfera que le rodeaba en la poco adecuada oficina de un Administrador de Aduana. Las evoluciones de las maniobras militares; el tumulto y fragor de la batalla; los bélicos sonidos de antigua y heroica música oída hacía treinta años,—tales eran quizá las escenas y armonías que llenaban su espíritu y se desplegaban en su imaginación. Entre tanto, los comerciantes y los capitanes de buques, los dependientes de almacén y los rudos marineros entraban y salían: en torno suyo continuaba el mezquino ruido que producía la vida comercial y la vida de la Aduana: pero ni con los hombres, ni con los asuntos que les preocupaban, parecía que tuviera la más remota relación. Allí, en la Aduana, estaba tan fuera de su lugar, como una antigua espada, ya enmohecida, después de haber fulgurado en cien combates, pero conservando aun algún brillo en la hoja, lo estaría en medio de las plumas, tinteros, pisapapeles y reglas de caoba del bufete de uno de los empleados subalternos.

Había especialmente una circunstancia que me ayudó mucho en la tarea de reanimar y reconstruir la figura del vigoroso soldado que peleó en las fronteras del Canadá, cerca del Niágara, del hombre de energía sencilla y verdadera. Era el recuerdo de aquellas memorables palabras suyas—"¡Lo probaré, señor!"—pronunciadas en los momentos mismos de llevar á cabo una empresa tan heroica cuanto desesperada, y que respiraban el indomable espíritu de la Nueva Inglaterra. Si en nuestro país se premiase el valor con títulos de nobleza, esa frase,—que parece tan fácil de emitir, pero que solamente él, ante el peligro y la gloria que le esperaban, ha llegado á pronunciar,—esa frase, repito, sería el mote mejor, y el más apropiado, para el escudo de armas del General.

Mucho contribuye á la educación moral é intelectual de un hombre hallarse en contacto diario con individuos de hábitos no parecidos á los suyos, que no tienen interés alguno en sus ideas y ocupaciones, y que nos fuerzan en cierto modo á salir de nosotros mismos, para poder penetrar en la esfera en que se mueven sus pensamientos y sus aptitudes. Los accidentes de mi vida me han proporcionado con frecuencia esta ventaja; pero nunca de una manera tan completa y variada como durante el tiempo que permanecí en la Aduana de Salem. Había allí, particularmente, un hombre que me dió una nueva idea de lo que pudiera ser el talento, gracias al estudio que hice de su carácter. Poseía realmente las dotes que distinguen á un verdadero hombre de negocios: era vivo, muy listo, y de clara inteligencia; de una rápida mirada veía donde estaba la dificultad en los asuntos más embrollados, y tenía el don especial de hacerla desaparecer como por encanto. Criado y desarrollado, como quien dice, en la Aduana, era ésta el campo propio de su actividad; y las muchas complicaciones de los negocios, tan molestas y enojosas para el novicio, se presentaban á su vista con toda la sencillez de un sistema perfectamente arreglado. Para mí, era ese individuo el ideal de su clase, la encarnación de la Aduana misma, ó á lo menos el resorte principal que mantenía en movimiento toda aquella maquinaria; porque en una institución de este género, cuyos empleados superiores se nombran merced á motivos especiales, y en que raras veces se tiene en cuenta su aptitud para el acertado desempeño de sus deberes, es natural que esos empleados busquen en otros las cualidades de que ellos carecen. Por lo tanto, por una necesidad ineludible, así como el imán atrae las partículas de acero, del mismo modo nuestro hombre de negocios atraía hacia sí las dificultades con que cada uno tropezaba. Con una condescendencia notable, y sin molestarse por nuestra estupidez,—que para una persona de su género de talento debía de ser punto menos que un crimen,—lograba en un momento hacernos ver claro como la luz del día, lo que á nosotros nos había parecido incomprensible. Los comerciantes le tenían en tanto aprecio como nosotros, sus compañeros de oficina. Su integridad era perfecta; innata, más bien que resultado de principios fijos de moralidad. Ni podía ser de otro modo, pues en un hombre de una inteligencia tan lúcida y exacta como la suya, la honradez completa y la regularidad suma en la administración de los negocios, tenían que ser las cualidades dominantes. Una mancha en su conciencia, respecto á cualquiera cosa que se relacionase con sus deberes de empleado, habría atormentado á una persona semejante, del mismo modo, aunque en un grado mucho mayor, que un error en el balance de una cuenta, ó un borrón de tinta en la bella página de un libro del Registro. En suma, hallé en él lo que raras veces he visto en el curso de mi vida,—un hombre que se adaptaba perfectamente al desempeño de su empleo.

Tales eran algunos de los individuos con quienes me puse en contacto al entrar en la Aduana. Acepté de buen talante una ocupación tan poco en armonía con mis hábitos y mis inclinaciones, y me puse con empeño á sacar de mi situación el mejor partido posible. Después de haberme visto asociado á los trabajos y á los planes impracticables de mis soñadores compañeros del Brook Farm;[7] después de haber vivido tres años bajo el influjo sutil de una inteligencia como la de Emerson; después de aquellos días pasados en Assabeth en fantásticas especulaciones en compañía de Ellery Channing, junto á los trozos de leña que ardían en nuestra chimenea; después de hablar con Thoreau acerca de los pinos y de las reliquias de los indios, en su retiro de Walden; después de haberme vuelto en extremo exigente, merced á la influencia de la elegante cultura clásica de Hillard; después de haberme saturado de sentimientos poéticos en el hogar de Longfellow,[8]—era en verdad tiempo de que empezara á ejercer otras facultades del espíritu, y que me alimentase con un manjar hacia el cual, hasta entonces no me sentía muy inclinado. Hasta el octogenario oficial del resguardo de que he hablado antes, me parecía, como cambio de dieta, muy apetecible para un hombre que había conocido á Alcott.[9] Tengo para mí que, en cierto sentido, es prueba evidente de una constitución bien equilibrada, y de una organización en que no falta nada esencial, el hecho de que, á pesar de haberme asociado algún tiempo con hombres tales como los que acabo de mencionar, hubiera podido mezclarme después con individuos de cualidades completamente distintas, sin quejarme del cambio.

La Literatura, su ejercicio y sus fines, eran á la sazón objetos de poca monta para mí. En esa época no tenía por los libros interés alguno. La naturaleza—excepto la humana—la naturaleza visible en cielo y tierra, puede decirse que no existía para mis ojos; y toda aquella delicia con que la imaginación la había idealizado en otros tiempos, se había desvanecido en mi espíritu. Como suspensos é inanimados, si es que no me habían abandonado por completo, se hallaban un cierto don y una cierta facultad; y á no haber tenido la conciencia de que me era dado evocar, cuando quisiera, todo lo que realmente tenía algún valor en lo pasado, mi posición habría sido infinitamente triste y desconsoladora. Seguramente era esta una clase de vida que no podía llevarse con impunidad por mucho tiempo; de lo contrario, me habría convertido, de un modo permanente, en algo distinto de lo que siempre había sido, sin transformarme tampoco en algo que valiera la pena de aceptarse. Pero nunca consideré aquel estado de vida sino transitorio, pues una especie de instinto profético, una voz misteriosa me murmuraba continuamente al oído, diciéndome que en una época, no lejana, y cuando para bien mío fuera necesario un cambio, éste se efectuaría.

Entre tanto, ahí me estaba yo, todo un Inspector de Aduana, y hasta donde me ha sido posible comprenderlo, tan bueno como se pueda desear; porque un hombre que siente, que piensa, y que está dotado de imaginación (aunque fueran sus facultades diez veces superiores á la del Inspector) puede, en cualquiera tiempo, ser un hombre de negocios, si quiere tomarse el trabajo de dedicarse á ellos. Mis compañeros de oficina, los comerciantes y los capitanes de buques con quienes mis deberes oficiales me pusieron en contacto, me tenían sólo por hombre de negocios, y probablemente ignoraban por completo que fuera otra cosa. Creo que ninguno había leído nunca una página de mis escritos, ni hubiera pesado yo un adarme más en la balanza de su consideración, aunque hubiesen leído todo lo que he borroneado: aun hay más, poco habría importado que esas mal aventuradas páginas hubieran sido escritas con la pluma de un Burns ó la de un Chaucer,[10] que en su tiempo fueron como yo empleados de Aduana. No deja de ser una buena lección, aunque á veces algo dura, para el que ha soñado con la fama literaria y con la idea de crearse, por medio de sus obras, un nombre respetado entre las celebridades del mundo, descubrir de buenas á primeras que, fuera del círculo estrecho en que se tiene noticia de sus méritos y presunciones, nada de lo que ha llevado á cabo, ni nada de aquello á que aspira, tiene importancia ó significación alguna. No creo que yo tenía una necesidad especial de recibir lección semejante, ni siquiera como aviso preventivo y saludable, pero ello es que la recibí por completo, bien que no me causó ningún dolor, ni me costó un solo suspiro. Cierto es también que en materia de literatura, un oficial de marina que entró á servir en la Aduana al mismo tiempo que yo, con frecuencia echaba su cuarto á espadas conmigo en discusiones acerca de uno de sus dos temas favoritos: Napoleón y Shakespeare; y que también uno de los escribientes del Administrador, aun muy joven y que llenaba, según se decía en voz baja, las blancas cuartillas de papel de la Aduana con lo que á cierta distancia tenía la apariencia de versos, de cuando en cuando me hablaba de libros, como de un asunto que quizá me sería familiar. Á esto se reducía todo mi comercio literario, y debo confesar que era más que suficiente para satisfacción de mis necesidades intelectuales.

Pero aunque hacía tiempo que no trataba de que mi nombre recorriese el mundo impreso en el frontis de un libro, ni me importaba, no podía sin embargo menos de sonreirme al pensar que tenía entonces otra clase de boga. El marcador de la Aduana lo imprimía, con un patrón y pintura negra, en los sacos de pimienta, en las cajas de tabacos, en las pacas de todas las mercancías sujetas á derechos, como testimonio de que estos artículos habían pagado el impuesto y pasado por la Aduana. Llevado en tan extraño vehículo de la fama, iba mi nombre á donde jamás había llegado antes, y á donde espero que nunca irá de nuevo.

Pero el pasado no había muerto por completo. De vez en cuando, los pensamientos que en otro tiempo parecían tan vitales y tan activos, pero que se habían entregado al reposo de la manera más tranquila del mundo, cobraban vida y vigor. Una de las ocasiones en que mis hábitos de otros días renacieron, fué la que dió margen á que ofrezca al público el bosquejo que estoy trazando.

En el segundo piso de la Aduana hay una vasta habitación cuyas vigas y enladrillado nunca han sido cubiertos con torta y artesonado. El edificio, que se ideó en una escala en armonía con el antiguo espíritu comercial del puerto y la esperanza de una prosperidad futura que nunca había de realizarse, tiene más espacio del que era necesario y al que no se puede dar uso alguno. Por lo tanto, el gran salón que está encima de las habitaciones del Administrador, se ha quedado por concluir, y á pesar de las telarañas que adornan sus empolvadas vigas, parece como que espera la mano del carpintero y del albañil. En una extremidad de dicha habitación había cierto número de barriles, amontonados unos sobre otros, y llenos de líos de documentos oficiales, de los cuales gran número yacía también en el pavimento. ¡Tristeza causaba pensar en los días, y semanas, y meses y años de trabajo que se habían empleado en esos papeles enmohecidos, que eran ahora simplemente un estorbo, ó estaban ocultos en un olvidado rincón donde jamás ojos humanos les darían una mirada! Pero también, ¡cuántas resmas y resmas de otros manuscritos, llenos, no de las fastidiosas fórmulas oficiales, sino de los pensamientos de una clara inteligencia y de las ricas efusiones de un corazón sensible, han ido á parar igualmente al olvido más completo! Y lo más triste de todo, sin que en su tiempo, como las pilas de papeles de la Aduana, hubieran proporcionado á aquellos que los borronearon las comodidades y medios de subsistencia que obtuvieron los aduaneros con los rasgos inservibles y comunes de sus plumas. Sin embargo, esto último no es completamente exacto, pues no carecen de valor para la historia local de Salem; y en esos papeles podrían descubrirse noticias y datos estadísticos del antiguo tráfico del puerto, y recuerdos de sus grandes comerciantes y otros magnates de la época, cuyas inmensas riquezas comenzaron á ir á menos mientras sus cenizas estaban aún calientes. En esos papeles pudiera hallarse el origen de los fundadores de la mayor parte de las familias que constituyen ahora la aristocracia de Salem, desde sus obscuros principios cuando se dedicaban á trafiquillos de poca monta, hasta lo que hoy consideran sus descendientes una jerarquía establecida de larga fecha.

Es lo cierto que hay una gran escasez de documentos oficiales relativos á la época anterior á la Revolución, circunstancia que muchas veces he lamentado, pues esos papeles podrían haber contenido numerosas referencias á personas ya olvidadas, ó de que aún se conserva recuerdo, así como á antiguas costumbres que me habrían proporcionado el mismo placer que experimentaba cuando encontraba flechas de indios en los campos cerca de la Antigua Mansión.

Pero un día lluvioso, en que no tenía mucho en que ocuparme, tuve la buena fortuna de hacer un descubrimiento de algún interés. Revolviendo aquella pila de papeles viejos, y huroneando entre ellos; desdoblando alguno que otro documento, y leyendo los nombres de los buques que luengos años ha desaparecieron en el fondo del océano, ó se pudrieron en los muelles, así como los de los comerciantes que ya no se mencionan en la Bolsa, ni aún apenas pueden descifrarse en las dilapidadas losas de sus tumbas; contemplando esos papeles con aquella especie de semi-interés melancólico que inspiran las cosas que no sirven ya para nada, me vino á las manos un paquete pequeño cuidadosamente envuelto en un pedazo de antiguo pergamino amarillo. Esta cubierta tenía el aspecto de un documento oficial de un período remoto, cuando los escribientes trazaban sus signos en materiales de mayor solidez que los nuestros. Había en el paquete algo que despertó vivamente mi curiosidad y me llevó á deshacer la cinta de un rojo desvanecido que lo ataba, animado de la idea de que iba á sacar á luz un tesoro. Al desdoblar el rígido pergamino, ví que era el nombramiento expedido por el Gobernador Shirley en favor de un tal Jonatán Pue para el empleo de Inspector de las Aduanas de Su Majestad en el puerto de Salem, en la Provincia de la Bahía de Massachusetts. Recordé que había leído, creo que en los Anales de Felt, la noticia del fallecimiento del Sr. Inspector Pue, ocurrido hacía unos ochenta años; y que también en un periódico de nuestros días había visto el relato de la extracción de sus restos mientras se restauraba la Iglesia de San Pedro, en cuyo pequeño cementerio estaban enterrados. Por más señas que sólo hallaron un esqueleto incompleto y una enorme peluca bien conservada. Al examinar los papeles con mayor detenimiento, ví que no eran oficiales, sino privados, y al parecer de letra y puño del Inspector. La única explicación que pude darme del porqué se encontraban en la pila de papeles de que he hablado, consiste en que el Sr. Pue falleció repentinamente, y esos escritos, que probablemente conservaba en su bufete oficial, nunca llegaron á manos de sus herederos, por suponerse que tal vez se referían á asuntos del servicio de la Aduana.

Se me figura que las ocupaciones anexas á su empleo dejaban al antiguo Inspector en aquellos tiempos muchas horas libres que dedicar á investigaciones históricas locales y á otros asuntos de igual naturaleza. No pequeña parte de los datos que hallé en los papeles de que hablo, me sirvieron de mucho para el artículo titulado la CALLE PRINCIPAL incluído en uno de mis libros.

Pero lo que más me atrajo la atención en el misterioso paquete, fué algo forrado con paño de un rojo hermoso, bien que bastante gastado y desvanecido. Había también en el forro visibles huellas de un bordado de oro, igualmente muy gastado, de tal modo que puede decirse que apenas quedaba nada. Se conoce que había sido hecho á la aguja con sorprendente habilidad; y las puntadas, como me aseguraron damas muy peritas en el asunto, dan prueba patente de un arte ya perdido, que no es posible restaurar, aunque se fueran sacando uno á uno los hilos del bordado. Este harapo de paño color de escarlata,—pues los años y las polillas lo habían reducido en realidad á un harapo, y nada más,—después de examinado minuciosa y cuidadosamente parecía tener la forma de la letra A. Cada una de las piernas ó trazos de la letra tenía precisamente tres pulgadas y cuarto de longitud. No quedaba duda alguna que se había ideado para adorno de un vestido; pero cómo debió de usarse, y cuál era la categoría, dignidad ó empleo honorífico que en otros tiempos significaba, era para mí un verdadero enigma que no tenía muchas esperanzas de resolver. Y sin embargo, me produjo un extraño interés. Mis miradas se fijaron tenazmente en la antigua letra de color escarlata, y no querían apartarse de ella. Había con seguridad algún sentido oculto en aquella letra, que merecía la pena de investigarse, y que, por decirlo así, parecía emanar del símbolo místico, revelándose sutilmente á mis sentimientos pero rehuyendo el análisis de la inteligencia.

Mientras me hallaba así, todo perplejo, pensando, entre otras cosas, que acaso esa letra habría sido uno de los adornos de que hacían uso los blancos para atraerse la atención de los indios, me la puse casualmente sobre el pecho. El lector sin duda se sonreirá cuando le diga, aunque es la pura verdad, que me pareció experimentar una sensación, que si no enteramente física, casi era la de un calor abrasante; como si la letra no fuera un pedazo de paño rojo, sino un hierro candente. Me estremecí, é involuntariamente la dejé caer al suelo.

La contemplación de la letra escarlata me había hecho descuidar el examen de un pequeño rollo de papel negruzco al que servía de envoltorio. Lo abrí al fin, y tuve la satisfacción de hallar, escrita de puño y letra del antiguo Inspector de Aduana, una explicación bastante completa de toda la historia. Había varios pliegos de papel de á folio que contenían muchos particulares acerca de la vida y hechos de una tal Ester Prynne, que parecía haber sido persona notable para nuestros antepasados, allá á fines del siglo diez y siete. Algunos individuos, muy entrados en años, que vivían aún en la época del Inspector Pue, y de cuyos labios había éste oído la narración que confió al papel, recordaban haberla visto cuando jóvenes, y cuando dicha Ester era ya muy anciana, aunque no decrépita, y de aspecto majestuoso é imponente. De tiempo inmemorial era su costumbre, según decían, recorrer el país como enfermera voluntaria, haciendo todo el bien que podía, y dando consejos en todas las materias, principalmente en las que se relacionaban con los afectos del corazón, lo que dió lugar á que si muchos la reverenciaban como á un ángel, otros la consideraran una verdadera calamidad. Registrando más minuciosamente el manuscrito, hallé la historia de otros actos y padecimientos de esta mujer singular, muchos de los cuales encontrará el lector en la narración titulada "LA LETRA ESCARLATA"; debiendo tenerse presente, que las circunstancias principales de dicha historia son auténticas, como que cuentan con la autoridad que les da el manuscrito del Inspector Pue. Los papeles originales, juntamente con la letra escarlata, que diré de paso es una reliquia muy curiosa, están aún en mi poder, y se mostrarán á quienquiera que, incitado por el interés de esta narrativa, deseare verlos. Mas no por eso se crea que al compaginar esta novela, y al idear los motivos y pasiones que influyeron en los personajes que en ella figuran, me he ceñido servilmente á lo que reza la docena de páginas del antiguo manuscrito. Al contrario, me he tomado en ciertos puntos casi tanta libertad como si el asunto fuera enteramente de mi invención. Lo que deseo afirmar es la autenticidad de los hechos fundamentales de la historia.

El incidente del manuscrito despertó en cierta manera mis antiguas aficiones literarias. Me pareció ver en él la armazón de una novela. Fué para mí, realmente, como si el antiguo Inspector, con su traje de hace cien años, y su inmortal peluca, sepultada con él, pero que no pereció en el sepulcro, me hubiera visitado en la desierta habitación de la Aduana. Su porte tenía toda la dignidad de quien había desempeñado un empleo de Su Majestad Británica, y estaba iluminado, por lo tanto, con un rayo del esplendor que tan deslumbrantemente brilla en rededor del trono. ¡Ah! ¡Cuán diferente es el aspecto de un empleado de la República que, siendo un servidor del pueblo, se considera punto menos que un cualquiera, é inferior al más ínfimo de sus señores! Imaginé que con su mano espectral, la majestuosa figura del Inspector Pue me había dado el símbolo escarlata y el pequeño manuscrito que lo explicaba; y que también con su voz espectral me había exhortado á que, como una prueba de deber filial y de respeto hacia él,—que podía considerarse oficialmente mi antepasado,—diese al público sus lucubraciones ya mohosas y roídas por la polilla.—"Haz esto,"—dijo el espectro del Sr. Inspector Pue con un movimiento de cabeza que parecía tan imponente como su imperecedera peluca,—"haz esto, y el lucro será todo tuyo. Pronto lo necesitarás, pues estos tiempos no son como los míos en que los empleos eran vitalicios, y á veces hereditarios. Pero te pido que en este asunto de la anciana Señora Prynne, no olvides honrar como se debe la memoria de tu predecesor."—Y yo respondí al espectro del Sr. Inspector Pue:—"Lo haré."

Por consiguiente, dediqué mis pensamientos á la historia de Ester Prynne, que fué objeto de mis meditaciones muchas y muchas horas, mientras me paseaba á lo largo de mi habitación, ó atravesaba cien y cien veces el espacio, nada corto por cierto, que mediaba entre la puerta principal de la Aduana y una de las laterales. Grandes eran el fastidio y la molestia que experimentaban el octogenario empleado y los pesadores y aforadores, cuyo sueño se veía perturbado implacablemente por la acompasada y constante resonancia de mis pasos, de ida y vuelta en mi continuo andar. Mis subordinados, recordando sus antiguas ocupaciones, acostumbraban decir que el Inspector se estaba paseando en la toldilla del buque. Probablemente imaginaban que mi único objeto era despertar el apetito. Y en puridad de verdad, el único resultado valioso de mi infatigable ejercicio de piernas era el desarrollo de un buen apetito, aguzado por las ráfagas del viento del Este, que generalmente soplaba en aquel lugar. Pero tan poco favorable era la atmósfera de la Aduana para el cultivo de las delicadas producciones del espíritu, que si yo hubiera permanecido allí cuarenta años, dudo mucho que la historia de LA LETRA ESCARLATA hubiese visto jamás la luz pública. Mi cerebro se había convertido en un espejo empañado que no reflejaba las figuras con que trataba de poblarlo, ó si lo hacía era vaga y confusamente. Los personajes de mi narración no querían entrar en calor, ni podía yo convertirlos en materia dúctil con ayuda del fuego que ardía en mi imaginación. Ni me era posible conseguir que los inflamara la llama de la pasión, ni que experimentasen la ternura de sentimientos delicados, sino que conservaban toda la rigidez de cuerpos sin vida, que fijaban en mí sus horribles miradas como si me retaran desdeñosamente. Parecía que me apostrofaban diciéndome: "¿Qué tienes tú que ver con nosotros? La escasa facultad que en un tiempo poseíste para manejar las creaciones de la fantasía, ha desaparecido. La trocaste en cambio de un poco del oro del público. Vete á ganar tu sueldo." En una palabra: las inertes criaturas, hijas de mi imaginación, me tachaban de imbecilidad, y no sin algún fundamento.

Y no solo durante las tres horas y media que consagraba diariamente al desempeño de mis deberes en la Aduana sentía aquella especie de parálisis, sino que me acompañaba en mis paseos por la orilla del mar y por los campos, cuando, lo que no era frecuente, buscaba el vigorizador encanto de la naturaleza que tanta frescura y actividad de pensamiento me infundía desde el instante que traspasaba el umbral de la Antigua Mansión. Ese mismo marasmo intelectual no me abandonaba en mi casa, ni aún en la habitación que, sin saber á derechas por qué, llamaba yo mi gabinete de estudio. Ni tampoco desaparecía cuando, muy entrada la noche, me encontraba solo en mi salón desierto, iluminado únicamente por el resplandor del fuego que ardía en la chimenea y la luz melancólica de la luna, y trataba de representarme escenas imaginarias que me prometía fijar al día siguiente en páginas de brillante descripción.

Si las facultades creadoras se niegan á funcionar á semejante hora, hay que perder toda esperanza de que jamás puedan hacerlo. La luz de la luna, en una habitación que nos es familiar, dando de lleno en la alfombra y dejando ver con toda claridad las figuras en ella dibujadas, y haciendo igualmente visibles todos los objetos, por pequeños que sean, aunque de un modo diferente que á la luz de la mañana ó del mediodía,—es la situación más apropiada para que un novelista entre en conocimiento con sus huéspedes ilusorios. Ahí está el espectáculo doméstico que conocemos perfectamente: las sillas, cada una con su distinta individualidad; la mesa del centro, con uno ó dos volúmenes y una lámpara apagada; el sofá; el estante de libros; el cuadro que cuelga en la pared: todos estos detalles, que se ven de una manera tan completa, se presentan sin embargo tan idealizados por la misteriosa luz de la luna, que se diría que pierden su verdadera realidad para convertirse en cosas espirituales. Nada hay que sea demasiado pequeño ó insignificante para que se libre de esta transformación, adquiriendo con ella cierta dignidad. El zapatito de un niño; la muñeca, sentada en su cochecito; el caballito de madera,—en una palabra, cualquier objeto que se hubiere usado ó con que se hubiere jugado durante el día, reviste ahora un aspecto extraño y singular, aunque sea tan perfectamente visible como con la claridad del sol. De este modo el suelo de nuestro cuarto se ha convertido en una especie de terreno en que lo real y lo imaginario se confunden; algo así como una región intermediaria entre nuestro mundo positivo y el país de las hadas. Aquí podrían entrar los espectros sin causarnos temor: y de tal manera se adaptarían al medio ambiente, que no experimentaríamos sorpresa alguna si, al dirigir la vista á nuestro alrededor, descubriéramos la forma de un sér querido, aunque ya ausente de este mundo, sentada tranquilamente á la luz de este mágico rayo de luna, con un aspecto tal, que nos haría dudar si es que ha regresado de la región ignota, ó si nunca se alejó del hogar doméstico.

La dudosa claridad que esparcen los carbones encendidos que arden en la chimenea, tiende á producir el efecto que he tratado de describir. Vierten una luz suave en toda la habitación, acompañada de una ligera tinta rojiza en las paredes y en el cielo raso, y de un débil reflejo del pulido barniz de los muebles. Esta luz, más caliente, se mezcla con la frialdad de los rayos de la luna, y puede decirse que dota de corazón, de ternura y de sensibilidad humana, las formas que evoca la fantasía. De imágenes de nieve que son, las convierte en hombres y mujeres. Dando una mirada al espejo, contemplamos la moribunda llama de los carbones medio extinguidos, los pálidos rayos de la luna en el pavimento, y una reproducción de toda la luz y sombra del cuadro, que nos aleja más de lo real y nos acerca más á lo imaginario. En tal hora, pues, y con semejante espectáculo á la vista, si un hombre sentado solo en las altas horas de la noche, no puede idear cosas extrañas y conseguir que tengan éstas un aire de realidad, debe abandonar para siempre toda tentativa de escribir novelas.

Por lo que á mí hace, durante todo el tiempo que permanecí en la Aduana, la luz del sol ó de la luna, ó el resplandor de la lumbre de la chimenea, eran idénticos en sus efectos; y tanto importaban, para el caso, como la mísera llama de una vela de sebo. Cierto género de aptitudes y de sensibilidad, juntamente con un don especial para sacar partido de ellas,—ni muy grande ni de mucho valor por lo demás, pero lo mejor de que yo podía disponer,—había desaparecido por completo.

Creo, sin embargo, que si hubiera ensayado las fuerzas en otra clase de composiciones, no habría hallado mis facultades tan obtusas é inertes. Por ejemplo, podría haber puesto por escrito las narraciones de un veterano capitán de buque, uno de los empleados del resguardo, con quien me mostraría muy ingrato si no lo mencionara, pues apenas se pasaba un día sin que me movieran á la vez á risa y admiración sus maravillosas dotes de cuentista. Si hubiera podido conservar la fuerza pintoresca de su estilo, y el colorido humorístico con que adornaba sus descripciones, creo firmemente que el resultado habría sido algo nuevo en literatura. Ó pudiera haberme dedicado fácilmente á una ocupación más seria. En medio de mis diarias y prosaicas obligaciones era mi deseo, quizás insensato, lanzarme en alas de la imaginación á siglos remotos, ó tratar de crear las apariencias de la vida con materiales aéreos, cuando, á cada instante, la impalpable belleza de mis burbujas de jabón se deshacía al rudo contacto de algo real. Lo más cuerdo habría sido dedicar talento é imaginación á los asuntos del día, y buscar resueltamente el verdadero é indestructible valor que yace oculto en los pequeños y enojosos incidentes y en los caracteres comunes que me eran familiares. La falta fué mía. La página de la vida abierta ante mis ojos, me pareció vulgar y fastidiosa, sólo por no haber penetrado yo más íntimamente su significación. Allí había un libro mejor que el que jamás podré escribir, que se me iba presentando hoja tras hoja, precisamente como las llenaba la realidad de la hora fugitiva, y que se desvanecían con la misma rapidez con que habían sido escritas, porque mi inteligencia carecía de la profundidad necesaria para comprenderlas, y mi pluma de habilidad suficiente para transcribirlas. Algún día recuerde quizás unos cuantos fragmentos esparcidos por todas partes, y los reproduzca con gran provecho mío, hallando que las letras se convierten en oro en las páginas de mi libro.

Pero estas ideas se me ocurrieron demasiado tarde. Á la sazón, tenía tan solamente la conciencia de que lo que en un tiempo había sido un placer para mí, era ahora una tarea irrealizable. No era ocasión para entrar en lamentaciones acerca del estado de las cosas. Había cesado de ser un escritor de historietas y de artículos, bastante malos, para convertirme en un Inspector de Aduana tolerablemente bueno. Ni más ni menos. Sin embargo, no es nada agradable verse acosado por la sospecha de que nuestra inteligencia se va extinguiendo; ó que se va desvaneciendo, sin darnos cuenta de ello, como el éter en una redoma, que hallamos más y más reducido á cada mirada que le dirigimos. No me quedaba duda alguna del hecho; y al examinarme á mí mismo y á otros de mis compañeros, llegué á conclusiones no muy favorables relativamente al efecto que produce un empleo del gobierno en el carácter de los individuos. Acaso algún día me extienda más sobre la materia; por ahora, baste decir que un empleado del resguardo, de larga fecha, á duras penas puede ser persona digna de elogios ó de mucho respeto, por numerosas razones; entre otras, por las circunstancias á que debe su destino; y luego, por la naturaleza especial del mismo, que si bien muy honroso, como creo, es esta una opinión de que no participa todo el género humano.

Uno de los efectos que he notado, y creo que puede observarse más ó menos en cada persona que haya tenido uno de esos destinos, es que al paso que el hombre se reclina en el brazo poderoso de la República, su propia fuerza individual le abandona. Si posee una gran suma de energía natural, ó si el empleo público no ejerce en él su enervante influjo por mucho tiempo, podrá recobrar sus facultades embotadas. El empleado que ha perdido su destino, puede volver sobre sus pasos, y ser de nuevo todo lo que era antes. Pero esto rara vez acontece, pues por lo regular permanece en su puesto el tiempo necesario para que se efectúe su propia perdición y decadencia, y entonces le ponen de patitas en la calle, para que continúe su marcha por el camino de la vida como mejor pueda. Teniendo conciencia de su propia debilidad, y de que todo el temple de su espíritu ha desaparecido, en adelante sólo dirige miradas inquietas en torno suyo en demanda de quien le auxilie. Su constante esperanza,—que viene á ser una especie de alucinación que, á despecho de todo lo que sea desalentador, y sin hacer alto en imposibilidades le persigue mientras viva,—consiste en que al fin y al cabo, y en no lejano tiempo, merced á una reunión de circunstancias felices, será restablecido en su empleo. Esta esperanza, más que ninguna otra cosa, mina por completo y hiere de muerte, desde sus principios, cualquiera empresa que intente llevar á cabo. ¿Por qué trabajar y afanarse y tratar de salir de la miseria en que se encuentra, si de un momento á otro el brazo del Gobierno lo pondrá á flote? ¿Por qué procurar librarse la subsistencia aquí con el sudor de su frente, ó ir á California á extraer oro,[11] cuando no pasará mucho tiempo sin que ese mismo Gobierno le haga feliz, poniendo en sus bolsillos, con intervalos mensuales, un puñado de monedas brillantes procedentes de las arcas de la República? No deja de ser curioso, y triste al mismo tiempo, observar cuán pronto se inficiona con esta enfermedad un pobre diablo, por poco que haya probado el turrón de un destinillo. El dinero del Gobierno tiene, bajo este concepto, una cualidad semejante á la de los pactos con el demonio: quien lo toca, tiene que andar muy listo, ó de lo contrario al fin y al cabo, si no pierde su alma, como con el pacto mencionado, perderá muchas de sus mejores cualidades: la fuerza, el valor y constancia, la sinceridad, la confianza en sí mismo, y todo lo que constituye un carácter varonil.

¡Hermoso porvenir me esperaba por cierto! Y no porque el Inspector se hubiese aplicado á sí propio la moral de la historia, ó pudiese admitir que la continuación en su empleo, ó la cesantía, influiría en él de un modo desastroso. Nada de eso: pero á pesar de todo, mis reflexiones sobre el asunto no eran muy alentadoras. Comencé á volverme melancólico é inquieto, examinando constantemente mi inteligencia para descubrir si mis facultades estaban cabales, y ver qué detrimento habían experimentado. Traté de calcular cuánto tiempo podría aun permanecer en la Aduana, y salir de ella siendo todavía lo que se llama un hombre. Para decir la verdad, comencé á temer que,—puesto que no habría sido político declarar cesante á las calladas á un hombre de mi importancia, ni es muy corriente en un empleado del Gobierno hacer dimisión de su destino,—comencé á temer, repito, que podría darse conmigo el caso de envejecer y hasta de volverme decrépito en mi puesto de Inspector, convirtiéndome en algo parecido al octogenario empleado de marras. Y ¿por qué, en el curso de los largos años de la vida oficial que creía me estaban aun reservados, no me sucedería al fin y á la postre lo mismo que á mi venerable amigo; esto es, llegar á convertir la hora de la comida en la más importante del día, y el resto del tiempo pasarlo durmiendo á la sombra ó al calor del sol? ¡Triste perspectiva para un hombre que hace consistir la felicidad en vivir en el pleno ejercicio de sus facultades y de sus sentimientos! Pero durante todo este tiempo me estuve atormentando inútilmente, porque la Providencia había dispuesto la realización de cosas mucho mejores y benéficas para mí, que las que yo mismo pude jamás idear.

En el tercer año de mi empleo de Inspector hubo un acontecimiento notable, cual fué la elección del General Taylor á la Presidencia de los Estados Unidos. Para que se comprendan perfectamente las tribulaciones de la vida de un empleado del Gobierno, es preciso considerarlo en los primeros tiempos de la Administración de un Presidente que pertenece á un partido político distinto del suyo. Su posición es entonces realmente la más dificultosa y hasta desagradable en que pueda hallarse un infeliz mortal, casi sin alternativa alguna en buen sentido, aunque lo que él juzga como lo peor que le puede acontecer, sea tal vez lo mejor. Mas para un hombre digno y sensible es bien doloroso saber que sus intereses dependen de personas que ni le estiman ni le comprenden, y quienes más bien tratarán de hacerle daño que de beneficiarlo. Ni deja tampoco de sorprenderle, y mucho, al que supo conservar toda su calma durante una contienda electoral, ver la sed de sangre que se desarrolla en la hora del triunfo, y tener la conciencia de que él es una de las víctimas en que los vencedores tienen fijas las miradas. Pocas cosas hay tan feas en la naturaleza humana como esta tendencia á la crueldad, tan sólo porque se tiene el poder de hacer daño, que llegué entonces á notar en personas que después de todo no eran peores que sus vecinos. Si en vez de ser una expresión metafórica, aunque muy apropiada, fuera un hecho real lo de la guillotina aplicada á los empleados del Gobierno, después de una nueva Administración, creo sinceramente que los miembros del partido victorioso, en los primeros momentos de la agitación causada por su triunfo, nos habrían cortado la cabeza á todos los del partido opuesto.

Pero sea de ello lo que fuere, y á pesar de lo poco agradable que era mi situación, hallé que tenía más de un motivo para congratularme de estar del lado de los vencidos más bien que del de los vencedores. Si hasta entonces no habían sido muy ardientes mis convicciones políticas, en aquella hora de peligro y de adversidad comencé á sentir vivamente hacia qué partido se inclinaban mis predilecciones; y no sin cierto dolor y vergüenza llegué á vislumbrar que, según cálculos razonables, tenía yo más probabilidades de conservar mi destino que mis otros correligionarios políticos. Pero ¿quién puede ver en lo futuro más allá de sus narices? Mi cabeza fué la primera que cayó.

Tengo para mí, que cuando á un empleado lo declaran cesante, ó, para hablar metafóricamente, le cortan la cabeza, rara vez, ó nunca, es aquella la época más feliz de su vida. Sin embargo, como sucede en la mayor parte de nuestros grandes infortunios, aun ese grave acontecimiento trae aparejado consigo su remedio y su consuelo, con tal de que la víctima trate de sacar el mejor partido de su desgracia. Por lo que á mí respecta, el consuelo lo tenía á la mano, y ya se me había presentado en mis meditaciones mucho tiempo antes de que fuera absolutamente necesario apelar á ese remedio. En la Aduana de Salem, como anteriormente en la Antigua Mansión, pasé tres años; tiempo más que suficiente para que descansara mi cerebro fatigado y para que rompiera con antiguos hábitos intelectuales y adoptara otros nuevos; y tiempo también demasiado largo para la vida que llevé, tan completamente ajena á mis inclinaciones naturales, sin haber hecho en realidad nada que fuera provechoso ó agradable á algún sér humano, habiéndome retraído de una labor que, por lo menos, habría satisfecho los latentes deseos de mi espíritu. Además, la manera poco ceremoniosa con que le declararon cesante, y el haber sido considerado como enemigo por sus adversarios políticos, fué en cierto modo agradable al ex-Inspector de Aduana, puesto que su apatía en los asuntos de la política,—su tendencia á divagar, á merced de su voluntad, por el vasto y apacible campo en que todo el género humano puede codearse sin reparo, antes que ceñirse á los estrechos senderos en que los hermanos de un mismo hogar tienen que separarse unos de otros,—había hecho que sus mismos correligionarios le mirasen con cierta sospecha, dudando si en realidad les pertenecía. Pero ahora, después de haber obtenido la corona del martirio, la duda desapareció. Por otra parte, á pesar de lo poco heroica que es su naturaleza, parecía más decoroso verse también arrastrado en la caída del partido á que estaba afiliado, que no permanecer de pie cuando tantos hombres, mucho más meritorios, iban cayendo día tras día; y, por último, era eso preferible á quedarse cuatro años más en su puesto, á la merced de una Administración hostil, para verse á la postre obligado á definir su posición de nuevo, y mendigar tal vez la buena voluntad de los vencedores.[12]

Entretanto, la prensa periódica había tomado por su cuenta el asunto de mi cesantía, y durante un par de semanas me exhibió ante el público en mi nuevo estado de persona decapitada, deseando yo que me dejaran en paz y me enterrasen al fin, como conviene á un hombre políticamente muerto. Esto, hablando naturalmente en el sentido figurado, porque en la realidad, todo este tiempo en que se trataba de mí en los periódicos como del Inspector decapitado, tenía yo muy bien asegurada la cabeza en los hombros, y había llegado á la excelente conclusión de que no hay mal que por bien no venga; y empleando algunos cuantos reales en tinta, papel y plumas, abrí mi olvidado escritorio, y me convertí de nuevo en hombre de letras.

Entonces fué cuando dediqué toda mi atención á las lucubraciones de mi antiguo predecesor el Inspector de Aduana Sr. Pue; y como mis facultades intelectuales se hallaban un tanto entorpecidas por la falta de conveniente uso durante largo tiempo, pasó también alguno antes de que me fuera dado trabajar en mi narración de una manera algo satisfactoria. Y con todo, á pesar de que la obra absorbía por completo mis pensamientos, ésta se presenta á mi vista con un aspecto sombrío y grave, sin que la alegre un festivo rayo de sol, sin que se hagan sentir mucho en ella las dulces y familiares influencias que á menudo suavizan casi todas las escenas de la naturaleza y de la vida real, y debieran suavizar también la pintura que de ellas se hace. Este efecto poco halagüeño es quizás el resultado del período de agitación é incertidumbre en que la historia tomó forma; sin que indique carencia de buen humor en el espíritu del novelista, pues era más feliz mientras divagaba entre la lobreguez de estas tristes fantasías suyas, que en ninguna otra época desde que salió de la Antigua Mansión. Pero continuando con la metáfora de la guillotina política, si este bosquejo de la Aduana, que voy á terminar, pareciere por ventura demasiado autobiográfico para que lo publique en vida una persona que, como su autor, no es de mucho viso, téngase en cuenta que procede de un caballero que lo escribe desde ultratumba. ¡La paz sea con el mundo! ¡Mi bendición para mis amigos! ¡Mi perdón para mis enemigos! ¡Me encuentro en la región del reposo!

La vida de la Aduana yace en lo pasado, como si fuera un sueño. El octogenario empleado del resguardo,—que, siento decirlo, murió hace algún tiempo en consecuencia de la coz de un caballo, pues de lo contrario habría vivido de seguro eternamente,—así como todos los demás venerables personajes que se sentaban junto con él en la Aduana, se han convertido para mí en sombras: imágenes de rostros arrugados y cabezas blancas en canas, con quienes mi fantasía se ocupó algún tiempo y que ya ha arrojado á lo lejos para siempre. Los comerciantes, cuyos nombres me eran tan familiares hace sólo seis meses, estos hombres del tráfico que parecía ocupaban una posición tan importante en el mundo,—¡cuán corto tiempo se ha necesitado para separarme de todos ellos, y aun para borrarlos de la memoria, hasta el punto de haberme sido preciso un esfuerzo para recordar el rostro y nombre de alguno que otro!

Pronto, igualmente, mi antigua ciudad nativa se me presentará al través de la bruma de los recuerdos que la envolverá por todas partes, como si no fuera una porción de este mundo real y positivo, sino una gran aldea allá en una región nebulosa, con habitantes imaginarios que pueblan sus casas de madera, y pasean por sus feas callejuelas y su calle principal tan uniforme y poco pintoresca. Desde ahora en adelante cesa de ser una realidad de mi vida: soy un ciudadano de otro lugar cualquiera. No lo sentirán mucho las buenas gentes de Salem, pues aunque me he empeñado en llegar con mis tareas literarias á ser algo á los ojos de esos paisanos míos, y dejar una memoria grata de mi nombre en esa que ha sido cuna, morada y cementerio de tantos de mis antepasados,—nunca encontré allí la atmósfera genial que requiere un hombre de letras para que se sazonen debidamente los frutos de su inteligencia. Haré algo mejor entre otras personas; y apenas tengo que añadir que aquellas, que me son tan familiares, no echarán de menos mi ausencia.

LA LETRA ESCARLATA

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I
LA PUERTA DE LA PRISIÓN

UNA multitud de hombres barbudos, vestidos con trajes obscuros y sombreros de copa alta, casi puntiaguda, de color gris, mezclados con mujeres unas con caperuzas y otras con la cabeza descubierta, se hallaba congregada frente á un edificio de madera cuya pesada puerta de roble estaba tachonada con puntas de hierro.

Los fundadores de una nueva colonia, cualesquiera que hayan sido los ensueños utópicos de virtud y felicidad que presidieran á su proyecto, han considerado siempre, entre las cosas más necesarias, dedicar á un cementerio una parte del terreno virgen, y otra parte á la erección de una cárcel. De acuerdo con este principio, puede darse por sentado que los fundadores de Boston edificaron la primera cárcel en las cercanías de Cornhill, así como trazaron el primer cementerio en el lugar que después llegó á ser el núcleo de todos los sepulcros aglomerados en el antiguo campo santo de la Capilla del Rey. Es lo cierto que quince ó veinte años después de fundada la población, ya la cárcel, que era de madera, presentaba todas las señales exteriores de haber pasado algunos inviernos por ella, lo que le daba un aspecto más sombrío que el que de suyo tenía. El orín de que estaba cubierta la pesada obra de hierro de su puerta, la dotaba de una apariencia de mayor antigüedad que la de ninguna otra cosa en el Nuevo Mundo. Como todo lo que se relaciona de un modo ú otro con el crimen, parecía no haber gozado nunca de juventud. Frente á este feo edificio, y entre él y los carriles ó rodadas de la calle, había una especie de pradillo en que crecían en abundancia la bardana y otras malas hierbas por el estilo, que evidentemente encontraron terreno apropiado en un sitio que ya había producido la negra flor común á una sociedad civilizada,—la cárcel. Pero á un lado de la puerta, casi en el umbral, se veía un rosal silvestre que en este mes de Junio estaba cubierto con las delicadas flores que pudiera decirse ofrecían su fragancia y frágil belleza á los reos que entraban en la prisión, y á los criminales condenados que salían á sufrir su pena, como si la naturaleza se compadeciera de ellos.

La existencia de este rosal, por una extraña casualidad, se ha conservado en la historia; pero no trataremos de averiguar si fué simplemente un arbusto que quedó de la antigua selva primitiva después que desaparecieron los gigantescos pinos y robles que le prestaron sombra, ó si, como cuenta la tradición, brotó bajo las pisadas de la santa Ana Hutchinson[13] cuando entró en la cárcel. Sea de ello lo que fuere, puesto que lo encontramos en el umbral de nuestra narración, por decirlo así, no podemos menos que arrancar una de sus flores y ofrecérsela al lector, esperando que simbolice alguna apacible lección de moral, ya se desprenda de estas páginas, ó ya sirva para mitigar el sombrío desenlace de una historia de fragilidad humana y de dolor.

II
LA PLAZA DEL MERCADO

EL pradillo frente á la cárcel, del cual hemos hecho mención, se hallaba ocupado hace unos doscientos años, en una mañana de verano, por un gran número de habitantes de Boston, todos con las miradas dirigidas á la puerta de madera de roble con puntas de hierro. En cualquiera otra población de la Nueva Inglaterra, ó en un período posterior de su historia, nada bueno habría augurado el aspecto sombrío de aquellos rostros barbudos; se habría dicho que anunciaba la próxima ejecución de algún criminal notable, contra el cual un tribunal de justicia había dictado una sentencia, que no venía á ser sino la confirmación de la expresada por el sentimiento público. Pero dada la severidad natural del carácter puritano en aquellos tiempos, no podía sacarse semejante deducción, fundándola sólo en el aspecto de las personas allí reunidas: tal vez algún esclavo perezoso, ó algún hijo desobediente entregado por sus padres á la autoridad civil, recibían un castigo en la picota. Pudiera ser también que un cuákero ú otro individuo perteneciente á una secta heterodoxa, iba á ser expulsado de la ciudad á punta de látigo; ó acaso algún indio ocioso y vagamundo, que alborotaba las calles en estado de completa embriaguez, gracias al aguardiente de los blancos, iba á ser arrojado á los bosques á bastonazos; ó tal vez alguna hechicera, como la anciana Señora Hibbins, la mordaz viuda del magistrado, iba á morir en el cadalso. Sea de ello lo que fuere, había en los espectadores aquel aire de gravedad que cuadraba perfectamente á un pueblo para quien religión y ley eran cosas casi idénticas, y en cuyo carácter se hallaban ambos sentimientos tan completamente amalgamados, que cualquier acto de justicia pública, por benigno ó severo que fuese, asumía igualmente un aspecto de respetuosa solemnidad. Poca ó ninguna era la compasión que de semejantes espectadores podía esperar un criminal en el patíbulo. Pero por otra parte, un castigo que en nuestros tiempos atraería cierto grado de infamia y hasta de ridículo sobre el culpable, se revestía entonces de una dignidad tan sombría como la pena capital misma.

Merece notarse que en la mañana de verano en que comienza nuestra historia, las mujeres que había mezcladas entre la multitud, parecían tener especial interés en presenciar el castigo cuya imposición se esperaba. En aquella época las costumbres no habían adquirido ese grado de pulimento en que la idea de las consideraciones sociales pudiera retraer al sexo femenino de invadir las vías públicas, y si la oportunidad se presentaba, de abrir paso á su robusta humanidad entre la muchedumbre, para estar lo más cerca posible del cadalso, cuando se trataba de una ejecución. En aquellas matronas y jóvenes doncellas de antigua estirpe y educación inglesa había, tanto moral como físicamente, algo más tosco y rudo que en sus bellas descendientes, de las que están separadas por seis ó siete generaciones; porque puede decirse que cada madre, desde entonces, ha ido trasmitiendo sucesivamente á su prole un color menos encendido, una belleza más delicada y menos duradera, una constitución física más débil, y aun quizás un carácter de menos fuerza y solidez. Las mujeres que estaban de pie cerca de la puerta de la cárcel en aquella hermosa mañana de verano, mostraban rollizas y sonrosadas mejillas, cuerpos robustos y bien desarrollados con anchas espaldas; mientras que el lenguaje que empleaban las matronas tenía una rotundidad y desenfado que en nuestros tiempos nos llenaría de sorpresa, tanto por el vigor de las expresiones cuanto por el volumen de la voz.

—Honradas esposas,—dijo una dama de cincuenta años, de facciones duras,—voy á deciros lo que pienso. Redundaría en beneficio público si nosotras, las mujeres de edad madura, de buena reputación, y miembros de una iglesia, tomásemos por nuestra cuenta la manera de tratar á malhechoras como la tal Ester Prynne. ¿Qué pensáis, comadres? Si esa buena pieza tuviera que ser juzgada por nosotras, las cinco que estamos aquí, ¿saldría acaso tan bien librada como ahora con una sentencia cual la dictada por los venerables magistrados? ¡No por cierto!

—Buenas gentes, decía otra, se corre por ahí que el Reverendo Sr. Dimmesdale, su piadoso pastor espiritual, se aflige profundamente de que escándalo semejante haya sucedido en su congregación.

—Los magistrados son caballeros llenos de temor de Dios, pero en extremo misericordiosos, esto es la verdad,—agregó una tercera matrona, ya entrada en la madurez de su otoño.—Á lo menos deberían haber marcado con un hierro hecho ascua la frente de Ester Prynne. Yo os aseguro que Madama Ester habría sabido entonces lo que era bueno. Pero qué le importa á esa zorra lo que le han puesto en la cotilla de su vestido. Lo cubrirá con su broche, ó con algún otro de esos adornos paganos en boga, y la veremos pasearse por las calles tan fresca como si tal cosa.

—¡Ah!—dijo una mujer joven, casada, que parecía de natural más suave y llevaba un niño de la mano,—dejadla que cubra esa marca como quiera; siempre la sentirá en su corazón.

—¿Qué estamos hablando aquí de marcas ó sellos infamantes, ya en el corpiño del traje, en las espaldas ó en la frente?—gritó otra, la más fea así como la más implacable de aquellas que se habían constituído jueces por sí y ante sí.—Esta mujer nos ha deshonrado á todas, y debe morir. ¿No hay acaso una ley para ello? Sí, por cierto: la hay tanto en las Sagradas Escrituras como en los Estatutos de la ciudad. Los magistrados que no han hecho caso de ella, tendrán que culparse á sí propios, si sus esposas ó hijas se desvían del buen sendero.

—¡El cielo se apiade de nosotros! buena dueña,—exclamó un hombre—¿no hay por ventura más virtud en la mujer que la debida al temor de la horca? Nada peor podría decirse. Silencio ahora, vecinas, porque van á abrir la puerta de la cárcel y ahí viene en persona Madama Ester.

La puerta de la cárcel se abrió en efecto, y apareció en primer lugar, á semejanza de una negra sombra que sale á la luz del día, la torva y terrible figura del alguacil de la población, con la espada al cinto y en la mano la vara, símbolo de su empleo. El aspecto de este personaje representaba toda la sombría severidad del Código de leyes puritanas, que estaba llamado á hacer cumplir hasta la última extremidad. Extendiendo la vara de su oficio con la mano izquierda, puso la derecha sobre el hombro de una mujer joven á la que hacía avanzar, empujándola, hasta que, en el umbral de la prisión, aquella le repelió con un movimiento que indicaba dignidad natural y fuerza de carácter, y salió al aire libre como si lo hiciera por su propia voluntad. Llevaba en los brazos á un tierno infante de unos tres meses de edad, que cerró los ojos y volvió la carita á un lado, esquivando la demasiada claridad del día, cosa muy natural como que su existencia hasta entonces la había pasado en las tinieblas de un calabozo, ó en otra habitación sombría de la cárcel.

Cuando aquella mujer joven, madre de la tierna criatura, se halló en presencia de la multitud, fué su primer impulso estrechar á la niñita contra el seno, no tanto por un acto de afecto maternal, sino más bien como si quisiera de ese modo ocultar cierto signo labrado ó fijado en su vestido. Sin embargo, juzgando, tal vez cuerdamente, que una prueba de vergüenza no podría muy bien ocultar otra, tomó la criaturita en brazos, y con rostro lleno de sonrojo, pero con sonrisa altiva y ojos que no permitían ser humillados, dió una mirada á los vecinos que se hallaban en torno suyo. Sobre el corpiño de su traje, en un paño de un rojo brillante, y rodeada de bordado primoroso y fantásticos adornos de hilos de oro, se destacaba la letra A. Estaba hecha tan artísticamente, y con tal lujo de caprichosa fantasía, que producía el efecto de ser el ornato final y adecuado de su vestido, que tenía todo el esplendor compatible con el gusto de aquella época, excediendo en mucho á lo permitido por las leyes suntuarias de la colonia.

Aquella mujer era de elevada estatura, perfectamente formada y esbelta. Sus cabellos eran abundantes y casi negros, y tan lustrosos que reverberaban los rayos del sol: su rostro, además de ser bello por la regularidad de sus facciones y la suavidad del color, tenía toda la fuerza de expresión que comunican cejas bien marcadas y ojos intensamente negros. El aspecto era el de una dama caracterizado, como era usual en aquellos tiempos, más bien por cierta dignidad en el porte, que no por la gracia delicada, evanescente é indescriptible que se acepta hoy día como indicio de aquella cualidad. Y jamás tuvo Ester más aspecto de verdadera señora, según la antigua significación de esta palabra, que cuando salió de la cárcel. Los que la habían conocido antes y esperaban verla abatida y humillada, se sorprendieron, casi se asombraron al contemplar cómo brillaba su belleza, cual si le formaran una aureola el infortunio é ignominia en que estaba envuelta. Cierto es que un observador dotado de sensibilidad habría percibido algo suavemente doloroso en sus facciones. Su traje, que seguramente fué hecho por ella misma en la cárcel para aquel día, sirviéndole de modelo su propio capricho, parecía expresar el estado de su espíritu, la desesperada indiferencia de sus sentimientos, á juzgar por su extravagante y pintoresco aspecto. Pero lo que atrajo todas las miradas, y lo que puede decirse que transfiguraba á la mujer que la llevaba,—de tal modo que los que habían conocido familiarmente á Ester Prynne experimentaban la sensación de que ahora la veían por vez primera,—era LA LETRA ESCARLATA, tan fantásticamente bordada é iluminada que tenía cosida al cuerpo de su vestido. Era su efecto el de un amuleto mágico, que separaba á aquella mujer del resto del género humano y la ponía aparte, en un mundo que le era peculiar.

—No puede negarse que tiene una aguja muy hábil, observó una de las espectadoras; pero dudo mucho que exista otra mujer que haya ideado una manera tan descarada de hacer patente su habilidad. ¿Á qué equivale esto, comadres, sino á burlarse de nuestros piadosos magistrados, y vanagloriarse de lo que esos dignos caballeros creyeron que sería un castigo?

—Bueno fuera,—exclamó la más cariavinagrada de aquellas viejas,—que despojásemos á Madama Ester de su hermoso traje, y en vez de esa letra roja tan primorosamente bordada, le claváramos una hecha de un pedazo de esta franela que uso para mi reumatismo.

—¡Oh! basta, vecinas, basta,—murmuró la más joven de las circunstantes,—hablad de modo que no os oiga. ¡No hay una sola puntada en el bordado de esa letra que no la haya sentido en su corazón!

El sombrío alguacil hizo en este momento una señal con su vara.

—Buena gente, haced plaza; ¡haced plaza en nombre del Rey! exclamó. Abridle paso, y os prometo que Madama Ester se sentará donde todo el mundo, hombre, mujer ó niño, podrá contemplar perfectamente y á su sabor el hermoso adorno desde ahora hasta la una de la tarde. El cielo bendiga la justa Colonia de Massachusetts, donde la iniquidad se vé obligada á comparecer ante la luz del sol. Venid acá Madama Ester, y mostrad vuestra letra escarlata en la plaza del mercado.

Inmediatamente quedó un espacio franco al través de la turba de espectadores. Precedida del alguacil, y acompañada de una comitiva de hombres de duro semblante y de mujeres de rostro nada compasivo, Ester Prynne se adelantó al sitio fijado para su castigo. Una multitud de chicos de escuela, atraídos por la curiosidad y que no comprendían de lo que se trataba, excepto que les proporcionaba medio día de asueto, la precedía á todo correr, volviendo de cuando en cuando la cabeza ya para fijar las miradas en ella, ya en la tierna criaturita, ora en la letra ignominiosa que brillaba en el seno de la madre. En aquellos tiempos la distancia que había de la puerta de la cárcel á la plaza del mercado no era grande; sin embargo, midiéndola por lo que experimentaba Ester, debió de parecerle muy larga, porque á pesar de la altivez de su porte, cada paso que daba en medio de aquella muchedumbre hostil era para ella un dolor indecible. Se diría que su corazón había sido arrojado á la calle para que la gente lo escarneciera y lo pisoteara. Pero hay en nuestra naturaleza algo, que participa de lo maravilloso y de lo compasivo, que nos impide conocer toda la intensidad de lo que padecemos, merced al efecto mismo de la tortura del momento, aunque más tarde nos demos cuenta de ello por el dolor que tras sí deja. Por lo tanto, con continente casi sereno sufrió Ester esta parte de su castigo, y llegó á un pequeño tablado que se levantaba en la extremidad occidental de la plaza del mercado, cerca de la iglesia más antigua de Boston, como si formara parte de la misma.

En efecto, este cadalso constituía una parte de la maquinaria penal de aquel tiempo, y si bien desde hace dos ó tres generaciones es simplemente histórico y tradicional entre nosotros, se consideraba entonces un agente tan eficaz para la conservación de las buenas costumbres de los ciudadanos, como se consideró más tarde la guillotina entre los terroristas de la Francia revolucionaria. Era, en una palabra, el tablado en que estaba la picota: sobre él se levantaba la armazón de aquel instrumento de disciplina, de tal modo construído que, sujetando en un agujero la cabeza de una persona, la exponía á la vista del público. En aquella armazón de hierro y madera se hallaba encarnado el verdadero ideal de la ignominia; porque no creo que pueda hacerse mayor ultraje á la naturaleza humana, cualesquiera que sean las faltas del individuo, como impedirle que oculte el rostro por un sentimiento de vergüenza, haciendo de esa imposibilidad la esencia del castigo. Con respecto á Ester, sin embargo, como acontecía más ó menos frecuentemente, la sentencia ordenaba que estuviera de pie cierto tiempo en el tablado, sin introducir el cuello en la argolla ó cepo que dejaba expuesta la cabeza á las miradas del público. Sabiendo bien lo que tenía que hacer, subió los escalones de madera, y permaneció á la vista de la multitud que rodeaba el tablado ó cadalso.

La escena aquella no carecía de esa cierta solemnidad pavorosa que producirá siempre el espectáculo de la culpa y la vergüenza en uno de nuestros semejantes, mientras la sociedad no se haya corrompido lo bastante para que le haga reir en vez de estremecerse. Los que presenciaban la deshonra de Ester Prynne no se encontraban en ese caso. Era gente severa y dura, hasta el extremo de que habrían contemplado su muerte, si tal hubiera sido la sentencia, sin un murmullo ni la menor protesta; pero no habrían podido hallar materia para chistes y jocosidades en una exhibición como esta de que hablamos: y dado caso que hubiese habido alguna disposición á convertir el castigo aquel en asunto de bromas, toda tentativa de este género habría sido reprimida con la solemne presencia de personas de tanta importancia y dignidad como el Gobernador y varios de sus consejeros: un juez, un general, y los ministros de justicia de la población, todos los cuales estaban sentados ó se hallaban de pie en un balcón de la iglesia que daba á la plataforma. Cuando personas de tanto viso podían asistir á tal espectáculo, sin arriesgar la majestad ó la reverencia debida á su jerarquía y empleo, era fácil de inferirse que la aplicación de una sentencia legal debía de tener un significado tan serio cuanto eficaz; y por lo tanto, la multitud permanecía silenciosa y grave. La infeliz culpable se portaba lo mejor que le era dado á una mujer que sentía fijas en ella, y concentradas en la letra escarlata de su traje, mil miradas implacables. Era un tormento insoportable.

Hallándose Ester dotada de una naturaleza impetuosa y dejándose llevar de su primer impulso, había resuelto arrostrar el desprecio público, por emponzoñados que fueran sus dardos y crueles sus insultos; pero en el solemne silencio de aquella multitud había algo tan terrible, que hubiera preferido ver esos rostros rígidos y severos descompuestos por las burlas y sarcasmos de que ella hubiese sido el objeto; y si en medio de aquella muchedumbre hubiera estallado una carcajada general, en que hombres, mujeres, y hasta los niños tomaran parte, Ester les habría respondido con amarga y desdeñosa sonrisa. Pero abrumada bajo el peso del castigo que estaba condenada á sufrir, por momentos sentía como si tuviera que gritar con toda la fuerza de sus pulmones y arrojarse desde el tablado al suelo, ó de lo contrario volverse loca.

Había sin embargo intervalos en que toda la escena en que ella desempeñaba el papel más importante, parecía desvanecerse ante sus ojos, ó á lo menos, brillaba de una manera indistinta y vaga, como si los espectadores fueran una masa de imágenes imperfectamente bosquejadas ó de apariencia espectral. Su espíritu, y especialmente su memoria, tenían una actividad casi sobrenatural, y la llevaban á la contemplación de algo muy distinto de lo que la rodeaba en aquellos momentos, lejos de esa pequeña ciudad, en otro país donde veía otros rostros muy diferentes de los que allí fijaban en ella sus implacables miradas. Reminiscencias de la más insignificante naturaleza, de sus juegos infantiles, de sus días escolares, de sus riñas pueriles, del hogar doméstico, se agolpaban á su memoria mezcladas con los recuerdos de lo que era más grave y serio en los años subsecuentes, un cuadro siendo precisamente tan vivo y animado como el otro, como si todos fueran de igual importancia, ó todos un simple juego. Tal vez era aquello un recurso que instintivamente encontró su espíritu para librarse, por medio de la contemplación de estas visiones de su fantasía, de la abrumadora pesadumbre de la realidad presente.

Pero sea de ello lo que fuere, el tablado de la picota era una especie de mirador que revelaba á Ester todo el camino que había recorrido desde los tiempos de su feliz infancia. De pie en aquella triste altura, vió de nuevo su aldea nativa en la vieja Inglaterra y su hogar paterno: una casa semi-derruida de piedra obscura, de un aspecto que revelaba pobreza, pero que conservaba aún sobre el portal, en señal de antigua hidalguía, un escudo de armas medio borrado. Vió el rostro de su padre, de frente espaciosa y calva y venerable barba blanca que caía sobre la antigua valona del tiempo de la reina Isabel de Inglaterra. Vió también á su madre, con aquella mirada de amor llena de ansiedad y de cuidado, siempre presente en su recuerdo y que, aún después de su muerte, con frecuencia y á manera de suave reproche, había sido una especie de preventivo en la senda de su hija. Vió su propio rostro, en el esplendor de su belleza juvenil é iluminando el opaco espejo en que acostumbraba mirarse. Allí contempló otro rostro, el de un hombre ya entrado en años, pálido, delgado, con fisonomía de quien se ha dedicado al estudio, ojos turbios y fatigados por la lámpara á cuya luz leyó tanto ponderoso volumen y meditó sobre ellos. Sin embargo, esos mismos fatigados ojos tenían un poder extraño y penetrante cuando el que los poseía deseaba leer en las conciencias humanas. Esa figura era un tanto deformada, con un hombro ligeramente más alto que el otro. Después vió surgir en la galería de cuadros que le iba presentando su memoria, las intrincadas y estrechas calles, las altas y parduscas casas, las enormes catedrales y los edificios públicos de antigua fecha y extraña arquitectura de una ciudad europea, donde le esperaba una nueva vida, siempre relacionándose con el sabio y mal formado erudito. Finalmente, en lugar de estas escenas y de esta especie de variable panorama, se le presentó la ruda plaza del mercado de una colonia puritana con todas las gentes de la población reunidas allí y dirigiendo las severas miradas á Ester Prynne,—sí, á ella misma,—que estaba en el tablado de la picota, con una tierna niña en los brazos, y la letra A, de color escarlata, fantásticamente bordada con hilo de oro, sobre su seno.

¿Sería aquello verdad? Estrechó á la criaturita con tal fuerza contra el seno, que la hizo dar un grito: bajó entonces los ojos, y fijó las miradas en la letra escarlata, y aún la palpó con los dedos para tener la seguridad de que tanto la niñita como la vergüenza á que estaba expuesta eran reales. Sí: eran realidades—¡todo lo demás se había desvanecido!

III
EL RECONOCIMIENTO

DE esta intensa sensación y convencimiento de ser el objeto de las miradas severas y escudriñadoras de todo el mundo, salió al fin la mujer de la letra escarlata al percibir, en las últimas filas de la multitud, una figura que irresistiblemente embargó sus pensamientos. Allí estaba en pie un indio vestido con el traje de su tribu; pero los hombres de piel cobriza no eran visitas tan raras en las colonias inglesas, que la presencia de uno pudiera atraer la atención de Ester en aquellas circunstancias, y mucho menos distraerla de las ideas que preocupaban su espíritu. Al lado del indio, y evidentemente en compañía suya, había un hombre blanco, vestido con una extraña mezcla de traje semi-civilizado y semi-salvaje.

Era de pequeña estatura, con semblante surcado por numerosas arrugas y que sin embargo no podía llamarse el de un anciano. En los rasgos de su fisonomía se revelaba una inteligencia notable, como la de quien hubiera cultivado de tal modo sus facultades mentales, que la parte física no podía menos que amoldarse á ellas y revelarse por rasgos inequívocos. Aunque merced á un aparente desarreglo de su heterogénea vestimenta había tratado de ocultar ó disimular cierta peculiaridad de su figura, para Ester era evidente que uno de los hombros de este individuo era más alto que el otro. No bien hubo percibido aquel rostro delgado y aquella ligera deformidad de la figura, estrechó á la niña contra el pecho, con tan convulsiva fuerza, que la pobre criaturita dió otro grito de dolor. Pero la madre no pareció oirlo.

Desde que llegó á la plaza del mercado, y algún tiempo antes que ella le hubiera visto, aquel desconocido había fijado sus miradas en Ester. Al principio, de una manera descuidada, como hombre acostumbrado á dirigirlas principalmente dentro de sí mismo, y para quien las cosas externas son asunto de poca monta, á menos que no se relacionen con algo que preocupe su espíritu. Pronto, sin embargo, las miradas se volvieron fijas y penetrantes. Una especie de horror puede decirse que retorció visiblemente su fisonomía, como serpiente que se deslizara ligeramente sobre las facciones, haciendo una ligera pausa y verificando todas sus circunvoluciones á la luz del día. Su rostro se obscureció á impulsos de alguna poderosa emoción que pudo sin embargo dominar instantáneamente, merced á un esfuerzo de su voluntad, y de tal modo, que excepto un rápido instante, la expresión de su rostro habría parecido completamente tranquila. Después de un breve momento, la convulsión fué casi imperceptible, hasta que al fin se desvaneció totalmente. Cuando vió que las miradas de Ester se habían fijado en las suyas, y notó que parecía haberle reconocido, levantó lenta y tranquilamente el dedo, hizo una señal con él en el aire, y lo llevó á sus labios.

Entonces, tocando en el hombro á una de las personas que estaban á su lado, le dirigió la palabra con la mayor cortesía, diciéndole:

—Le ruego á Vd., buen señor, se sirva decirme ¿quién es esa mujer, y por qué la exponen de tal modo á la vergüenza pública?

—Vd. tiene que ser un extranjero recién llegado, amigo,—le respondió el hombre, dirigiendo al mismo tiempo una mirada curiosa al que hizo la pregunta y á su salvaje compañero,—de lo contrario habría Vd. oído hablar de la Señora Ester Prynne y de sus fechorías. Ha sido motivo de un gran escándalo en la iglesia del santo varón Dimmesdale.

—De veras, replicó el otro. Yo soy aquí forastero; y muy contra mi voluntad he estado recorriendo el mundo, habiendo padecido contratiempos de todo género por mar y tierra. He permanecido en cautiverio entre los salvajes mucho tiempo, y vengo ahora en compañía de este indio para redimirme. Por lo tanto ¿quiere Vd. tener la bondad de referirme los delitos de Ester Prynne (creo que así se llama), y decirme qué es lo que la ha conducido á ese tablado?

—Con mucho gusto, amigo mío, y me parece que se alegrará Vd. en extremo, después de todo lo que ha padecido Vd. entre los salvajes, dijo el narrador, de encontrarse en fin en una tierra donde la iniquidad se persigue y se castiga en presencia de los gobernantes y del pueblo, como se practica aquí, en nuestra buena Nueva Inglaterra. Debe Vd. saber, señor, que esa mujer fué la esposa de un cierto sabio, inglés de nacimiento, pero que había habitado mucho tiempo en Amsterdam, de donde hace años pensó venir á fijar su suerte entre nosotros aquí en Massachusetts. Con este objeto envió primeramente á su esposa, quedándose él en Europa mientras arreglaba ciertos asuntos. Pero en los dos años ó más que la mujer ha residido en esta ciudad de Boston, ninguna noticia se ha recibido del sabio caballero Señor Prynne; y su joven esposa, habiendo quedado entregada á su propia extraviada dirección....

—¡Ah! ¡ah! comprendo, le interrumpió el extraño con una amarga sonrisa. Un hombre tan sabio como ese de quien Vd. habla, debería de haber aprendido también eso en sus libros. Y ¿quién se dice, mi excelente señor, que es el padre de la criaturita, que parece contar tres ó cuatro meses de nacida, y que la Sra. Prynne tiene en los brazos?

—En realidad amigo mío, ese asunto continúa siendo un enigma, y está por encontrarse quien lo descifre, respondió el interlocutor. Madama Ester rehusa hablar en absoluto, y los magistrados se han roto la cabeza en vano. Nada de extraño tendría que el culpable estuviera presente contemplando este triste espectáculo, desconocido á los hombres, pero olvidando que Dios le está viendo.

—El sabio marido, dijo el extranjero con otra sonrisa, debería venir á descifrar este enigma.

—Bien le estaría hacerlo, si aun vive, respondió el vecino. Sepa Vd., buen amigo, que los magistrados de nuestro Massachusetts, teniendo en cuenta que esta mujer es joven y bella, y que la tentación que la hizo caer fué sin duda demasiado poderosa, y pensando, además, que su marido yace en el fondo del mar,—no han tenido el valor de hacerla sentir todo el rigor de nuestras justas leyes. El castigo de esa ofensa es la pena de muerte. Pero movidos á piedad y llenos de misericordia, han condenado á Madama Ester á permanecer de pie en el tablado de la picota solamente tres horas, y después, y durante todo el tiempo de su vida natural, á llevar una señal de ignominia en el cuerpo de su vestido.

—Una sentencia muy sabia,—observó el extranjero inclinando gravemente la cabeza. De este modo será una especie de sermón viviente contra el pecado, hasta que la letra ignominiosa se grabe en la losa de su sepulcro. Me duele, sin embargo, que el compañero de su iniquidad no estuviera, por lo menos, á su lado sobre ese cadalso. Pero ¡ya se sabrá quién es! ¡ya se sabrá quién es!

Saludó cortésmente al comunicativo vecino, y diciendo en voz baja algunas cuantas palabras á su compañero el indio, se abrieron ambos paso por en medio de la multitud.

Mientras esto pasaba, Ester había permanecido en su pedestal, con la mirada fija en el extranjero; tan fija era la mirada, que parecía que todos los otros objetos del mundo visible habían desaparecido, quedando tan solos él y ella. Esa entrevista solitaria quizás habría sido más terrible aun que verle, como sucedía ahora, con el ardiente sol del mediodía abrasándole á ella el rostro é iluminando su vergüenza; con la letra escarlata, como emblema de ignominia, en el pecho; con la niña, nacida en el pecado, en los brazos; con el pueblo entero, congregado allí como para una fiesta, fijando las miradas implacables en un rostro, que debía haberse contemplado solo al suave resplandor de la lumbre doméstica, á la sombra de un hogar feliz, ó bajo el velo de novia en la iglesia. Pero por terrible que fuera su situación, sabía, con todo, que la presencia misma de aquellos millares de testigos era para ella una especie de amparo y abrigo. Preferible era estar así, con tantos y tantos seres mediando entre él y ella, que no verse faz á faz y á solas. Puede decirse que buscó un refugio en su misma exposición á la vergüenza pública, y que temía el momento en que esa protección le faltara. Embargada por tales ideas, apenas oyó una voz que resonaba detrás de ella y que repitió su nombre varias veces con acento tan vigoroso y solemne, que fué oído por toda la multitud.

—¡Óyeme, Ester Prynne! dijo la voz.

Como se ha dicho, directamente encima del tablado en que estaba de pie Ester, había una especie de balconcillo ó galería abierta, que era el lugar donde se proclamaban los bandos y órdenes con todo el ceremonial y pompa que en ocasiones tales se usaban en aquellos días. Aquí, como testigos de la escena que estamos describiendo, se encontraba el Gobernador Bellingham, con cuatro maceros junto á su silla, armados de sendas alabardas, que constituían su guardia de honor. Una pluma de obscuro color adornaba su sombrero, su capa tenía las orillas bordadas, y bajo de ella llevaba un traje de terciopelo verde. Era un caballero ya entrado en años, con arrugado rostro que revelaba mucha y muy amarga experiencia de la vida. Era hombre á propósito para hallarse al frente de una comunidad que debe su origen y progreso, y su actual desarrollo, no á los impulsos de la juventud, sino á la severa y templada energía de la edad viril y á la sombría sagacidad de la vejez; habiendo realizado tanto, precisamente porque imaginó y esperó tan poco. Las otras eminentes personas que rodeaban al Gobernador se distinguían por cierta dignidad de porte, propia de un período en que las formas de autoridad parecían revestidas de lo sagrado de una institución divina. Eran indudablemente hombres buenos, justos y cuerdos; pero difícilmente habría sido posible escoger, entre toda la familia humana, igual número de hombres sabios y virtuosos, y al mismo tiempo menos capaces de comprender el corazón de una mujer extraviada, y separar en él lo bueno de lo malo, que aquellas personas cuerdas de severo continente á quienes Ester volvía ahora el rostro. Puede decirse que la infeliz tenía la conciencia de que si había alguna compasión hacia ella, debía de esperarla más bien de la multitud, pues al dirigir las miradas al balconcillo, toda tembló y palideció.

La voz que había llamado su atención era la del reverendo y famoso Juan Wilson, el clérigo decano de Boston, gran erudito, como la mayor parte de sus contemporáneos de la misma profesión, y con todo eso hombre afable y natural. Estas últimas cualidades no habían tenido, sin embargo, un desenvolvimiento igual al de sus facultades intelectuales. Allí estaba él con los mechones de sus cabellos, ya bastante canos, que salían por debajo de los bordes de su sombrero; mientras los ojos parduscos, acostumbrados á la luz velada de su estudio, pestañeaban como los de la niña de Ester ante la brillante claridad del sol. Se parecía á uno de esos retratos sombríos que vemos grabados en los antiguos volúmenes de sermones; y para decir la verdad, con tanta aptitud para tratar de las culpas, pasiones y angustias del corazón humano, como la tendría uno de esos retratos.

—Ester Prynne, dijo el clérigo, he estado tratando con este joven hermano cuyas enseñanzas has tenido el privilegio de gozar,—y aquí el Sr. Wilson puso la mano en el hombro de un joven pálido que estaba á su lado,—he procurado, repito, persuadir á este piadoso joven para que aquí, á la faz del cielo y ante estas rectas y sabias autoridades y este pueblo aquí congregado, se dirija á tí y te hable de la fealdad y negrura de tu pecado. Conociendo mejor que yo el temple de tu espíritu, podría también, mejor que yo, saber qué razones emplear para vencer tu dureza y obstinación, de modo que no ocultes por más tiempo el nombre del que te ha tentado á esta dolorosa caída. Pero con la extremada blandura propia de su juventud, á pesar de la madurez de su espíritu, me replica que sería ir contra los innatos sentimientos de una mujer, forzarla á descubrir los secretos de su corazón á la luz del día, y en presencia de tan vasta multitud. He tratado de convencerle de que la vergüenza consiste en cometer el pecado y no en confesarlo. ¿Qué decides, hermano Dimmesdale? ¿Quieres dirigirte al alma de esta pobre pecadora, ó debo hacerlo yo?

Se oyó un murmullo entre los encopetados y reverendos ocupantes del balconcillo; y el Gobernador Bellingham expresó el deseo general, al hablar con acento de autoridad, aunque con respeto, al joven clérigo á quien se dirigía.

—Mi buen Señor Dimmesdale, dijo, la responsabilidad de la salvación del alma de esta mujer pesa en gran parte sobre vos. Por lo tanto, os pertenece exhortarla al arrepentimiento y á la confesión.

Lo directo de estas palabras atrajeron las miradas de toda la multitud hacia el Reverendo Sr. Dimmesdale, joven clérigo que había venido de una de las grandes universidades inglesas, trayendo toda la ciencia de su tiempo á nuestras selvas y tierras incultas. Su elocuencia y su fervor religioso le habían hecho eminente en su profesión. Era persona de aspecto notable, de blanca y elevada frente, ojos garzos, grandes y melancólicos, boca cuyos labios, á menos de mantenerlos cerrados casi por la fuerza, tenían cierta tendencia á la movilidad, expresando al mismo tiempo que una sensibilidad nerviosa, un gran dominio de sí mismo. Á pesar de sus muchos dones naturales y vastos conocimientos, había en el aspecto de este joven ministro[14] algo que denotaba una persona asustadiza, tímida, fácil de alarmarse, como si fuera un sér que se sintiese completamente extraviado en el camino de la vida humana y sin saber qué rumbo tomar, sintiéndose tranquilo y satisfecho tan sólo en un lugar apartado, escogido por él mismo. Por lo tanto, hasta donde sus obligaciones se lo permitían, su existencia se deslizaba, como si dijéramos, en la penumbra, habiendo conservado toda la sencillez y candor de la infancia; surgiendo de esa especie de sombra, cuando se presentaba la ocasión, con una frescura, fragancia y pureza de pensamiento tales que, como afirmaban las gentes, hacían el efecto que produciría la palabra de un ángel.

Tal era el joven ministro hacia quien el Reverendo Sr. Wilson y el Gobernador habían llamado la atención del público, al pedirle que hablase, en presencia de todos, del misterio del alma de una mujer, tan sagrado aún en medio de su caída. Lo difícil y penoso de la posición que así le crearon, hizo agolpársele la sangre á las mejillas y volvió trémulos sus labios.

—Háblale á esa mujer, hermano, le dijo el Sr. Wilson. Es de la mayor importancia para su alma, y por lo tanto, como dice nuestro digno Gobernador, importante también á la tuya, á cuyo cargo está la de esa mujer. Exhórtala á que confiese la verdad.

El Reverendo Sr. Dimmesdale inclinó la cabeza como si estuviera orando, y luego se adelantó.

—Ester Prynne,—dijo reclinándose sobre el balconcillo y fijando sus miradas en los ojos de aquella mujer,—ya has oído lo que ha dicho este hombre justo, y ves la responsabilidad que sobre mí pesa. Si crees que conviene á la paz de tu alma, y que tu castigo terrenal será de ese modo más eficaz para tu salvación, te pido que reveles el nombre de tu compañero en la culpa y en el sufrimiento. No te haga guardar silencio una mal entendida piedad y compasión hacia él; porque, créeme, Ester, aunque tuviera que descender de un alto puesto, y colocarse á tu lado, en ese mismo pedestal de vergüenza, sería sin embargo mucho mejor para él que así sucediera, que no ocultar durante toda su vida un corazón culpable. ¿Qué puede hacer tu silencio en pró de ese hombre sino tentarlo, sí, compelerlo á agregar la hipocresía al pecado? El cielo te ha concedido una ignominia pública, para que de este modo puedas conseguir un triunfo público sobre lo malo que en tí pueda haber. Mira lo que haces al negarle, á quien tal vez no tenga el valor de tomarla por sí mismo, la amarga pero saludable copa que ahora te presentan á los labios.

La voz del joven ministro, al pronunciar estas palabras, era trémulamente dulce, rica, profunda y entrecortada. La emoción que tan evidentemente manifestaba, más bien que la significación de las palabras, halló honda resonancia en los corazones de todos los circunstantes, que se sintieron movidos de un mismo sentimiento de compasión. Hasta la pobre criaturita que Ester estrechaba contra su seno parecía afectada por la misma influencia, pues dirigió las miradas hacia el Sr. Dimmesdale y levantó sus tiernos bracillos con un murmullo semi-placentero y semi-quejumbroso. Tan vehemente encontró el pueblo la alocución del joven ministro, que todos creyeron que Ester pronunciaría el nombre del culpado, ó que bien éste mismo, por elevada ó humilde que fuera su posición, se presentaría movido de interno é irresistible impulso y subiría al tablado donde estaba la infeliz mujer.

Ester movió la cabeza en sentido negativo.

—¡Mujer! no abuses de la clemencia del cielo,—exclamó el Reverendo Sr. Wilson con acento más áspero que antes.—Esa tierna niña con su débil vocecita ha apoyado y confirmado el consejo que has oído de los labios del Reverendo Dimmesdale. ¡Pronuncia el nombre! Eso, y tu arrepentimiento, pueden servir para que te libren de la letra escarlata que llevas en el vestido.

—¡Nunca! ¡jamás!—replicó Ester fijando las miradas, no en el Sr. Wilson, sino en los profundos y turbados ojos del joven ministro.—Está grabada demasiado hondamente. No podéis arrancarla. Y ¡ojalá pudiera yo sufrir la agonía que él sufre, como soporto la mía!

—Habla, mujer, dijo otra voz, fría y severa, que procedía de la multitud que rodeaba el tablado. Habla; y dale un padre á tu hija.

—No hablaré,—replicó Ester volviéndose pálida como una muerta, pero respondiendo á aquella voz que ciertamente había reconocido.—Y mi hija buscará un padre celestial: jamás conocerá á uno terrestre.

—¡No quiere hablar!—murmuró el Sr. Dimmesdale que, reclinado sobre el balconcillo, con la mano sobre el corazón, había estado esperando el resultado de su discurso.—¡Maravillosa fuerza y generosidad de un corazón de mujer! ¡No quiere hablar!... Y se echó hacia atrás respirando profundamente.

Comprendiendo el estado del espíritu de la pobre culpable, el ministro de más edad, que se había preparado para el caso, dirigió á la multitud un discurso acerca del pecado en todas sus ramificaciones, aludiendo con frecuencia á la letra ignominiosa. Con tal vigor se espació sobre este símbolo, durante la hora ó más que duró su peroración, que llenó de terror la imaginación de los circunstantes á quienes pareció que su brillo escarlata provenía de las llamas de los abismos infernales. Entretanto Ester permaneció de pie en su pedestal de vergüenza, con la mirada vaga y un aspecto general de fatigada indiferencia. Había sufrido aquella mañana cuanto es dado soportar á la humana naturaleza, y como su temperamento no era de los que por medio de un desmayo se libran de un padecimiento demasiado intenso, su espíritu podía solamente hallar cierto desahogo bajo la capa de una insensibilidad marmórea, mientras sus fuerzas corporales permanecieran intactas. En condición semejante, aunque la voz del orador tronaba implacablemente, los oídos de Ester nada percibían. Durante la última parte del discurso la niña llenó el aire con sus gritos y sus quejidos; la madre trató de acallarla, mecánicamente, sin que le afectara, al parecer, el desasosiego de la criaturita. Con la misma dura indiferencia fué conducida de nuevo á su prisión y desapareció á la vista del público tras la puerta de hierro. Los que pudieron seguirla con la vista dijeron, en voz muy baja, que la letra escarlata iba esparciendo un siniestro resplandor á lo lago del obscuro pasadizo que conducía al interior de la cárcel.

IV
LA ENTREVISTA

DESPUÉS de su regreso á la cárcel fué tal el estado de agitación nerviosa de Ester, que se hizo necesaria la vigilancia más asidua para impedir que intentase algo contra su persona, ó que en un momento de arrebato hiciera algún daño á la pobre criaturita. Al acercarse la noche, y al ver que no era posible reducirla á la obediencia ni por medio de reprensiones ni de amenazas de castigo, el carcelero creyó conveniente hacer venir á un médico, que calificó de hombre muy experto en todas las artes cristianas de ciencias físicas, y que al mismo tiempo estaba familiarizado con todo lo que los salvajes podían enseñar en materia de hierbas y raíces medicinales que crecen en los bosques. En realidad, no solamente Ester, sino mucho más aún la tierna niña, necesitaban con urgencia los auxilios de un médico; la niña, que derivaba su sustento del seno maternal, parecía haber bebido toda la angustia, desesperación y agitación que llenaban el alma de su madre, y se retorcía ahora en convulsiones de dolor. Era, en pequeña escala, una imagen viva de la agonía moral por que había pasado Ester durante tantas horas.

Siguiendo de cerca al carcelero en aquella sombría morada, entró el individuo de aspecto singular cuya presencia en la multitud había causado tan honda impresión en la portadora de la letra escarlata. Lo habían alojado en la cárcel, no porque se le sospechase de algún delito, sino por ser la manera más conveniente y cómoda de disponer de él hasta que los magistrados hubieran conferenciado con los jefes indios acerca del rescate. Se dijo que su nombre era Rogerio Chillingworth. El carcelero, después de introducirlo en la habitación, permaneció allí un momento, sorprendido de la calma comparativa que había causado su entrada, pues Ester se había vuelto inmediatamente tan tranquila como la muerte, aunque la criaturita continuaba quejándose.

—Te ruego, amigo, que me dejes solo con la enferma, dijo el médico. Créeme, buen carcelero, pronto habrá paz en esta morada; y te prometo que la Sra. Prynne se mostrará en adelante más dócil á la autoridad y más tratable que hasta ahora.

—Si Su Señoría puede realizar eso, contestó el carcelero, os tendré por un hombre indudablemente hábil. En verdad que esta mujer se ha portado como si estuviese poseída del enemigo malo; y poco faltó para decidirme á arrojar de su cuerpo á Satanás y á latigazos.

El extranjero había entrado en la habitación con la tranquilidad característica de la profesión á que se decía pertenecer. Ni tampoco cambió de aspecto cuando la retirada del carcelero le dejó faz á faz con la mujer que le había reconocido en medio de la multitud, y cuya abstracción profunda al reconocerle indicaba mucha intimidad entre ambos. Su primer cuidado fué atender á la tierna criaturita, cuyos gritos, mientras se retorcía en su cama, hacían de absoluta necesidad posponer todo otro asunto á la tarea de calmar sus dolores. La examinó cuidadosamente y procedió luego á abrir una bolsa de cuero, que llevaba bajo su traje, y parecía contener medicinas, una de las cuales mezcló con un poco de agua en una taza.

—Mis antiguos estudios en alquimia, dijo por vía de observación, y mi residencia de más de un año entre un pueblo muy versado en las propiedades de las hierbas, han hecho de mí un médico mejor que muchos que se han graduado. Oye, mujer, la niña es tuya, no tiene nada mío, ni reconocerá mi voz ni mi rostro como los de un padre. Adminístrale por lo tanto esta poción con tus propias manos.

Ester rechazó la medicina que le presentaban, fijando al mismo tiempo con visible temor las miradas en el rostro del hombre.

—¿Tratarías de vengarte en la inocente criatura? dijo en voz baja.

—¡Loca mujer! respondió el médico con acento entre frío y blando. ¿Qué provecho me vendría á mí de hacer daño á esta pobre y bastarda criatura? La medicina es buena y provechosa; y si fuera mi hija, mi propia hija así como tuya, no podría hacer nada mejor en beneficio suyo.

Como Ester aun vacilaba, no hallándose realmente en aquellos momentos en su sano juicio, el médico tomó á la niña en brazos y él mismo le administró la poción, que pronto dejó sentir su eficacia. Los quejidos de la pequeña paciente se calmaron, sus convulsiones fueron cesando gradualmente; y á los pocos momentos, como es la costumbre de los tiernos niños después de verse libres del dolor, quedó sumergida en un profundo sueño. El médico, pues así puede llamársele con todo derecho, dirigió entonces su atención á la madre. Con calma y despacio la examinó, le tomó el pulso, dió una mirada á sus ojos; mirada que le oprimió el corazón y la hizo estremecer, por serle tan familiar, y sin embargo tan extraña y fría,—y finalmente, satisfecho de los resultados de su investigación, procedió á preparar otra poción.

—No sé donde hallar el leteo ni el nepentes, dijo, pero he aprendido muchos nuevos secretos entre los salvajes; y esta receta que me dió un indio en cambio de algunas lecciones mías, tan antiguas como Paracelso, es uno de esos secretos. Bebe esto. Será sin embargo menos calmante que una conciencia limpia y pura; pero no puedo darte eso. Calmará á pesar de todo la agitación de tu pecho y las marejadas de tu pasión, así como lo hace el aceite arrojado sobre las olas de un mar tempestuoso.

Presentó la taza á Ester, que la recibió mirándole con fijeza de una manera lenta y seria; no precisamente con una mirada de temor, sino llena de dudas, como interrogándole acerca de lo que podrían ser sus propósitos, y al mismo tiempo dirigió también una mirada á la niñita dormida.

—He pensado en la muerte, dijo, la he deseado, hasta hubiera rogado por ella, si pudiera rogar por algo. Sin embargo, si la muerte se encierra en esta taza, te pido que lo reflexiones antes de que me veas beberla. Mira: ya la he llevado á los labios.

—Bebe, pues, replicó el médico con el mismo aire de sosiego y frialdad de antes. ¿Tan poco me conoces, Ester? ¿Podrían ser mis propósitos tan vanos? Aun en el caso de que imaginara un medio de vengarme, ¿qué podría servir mejor para mis fines que dejarte vivir, y darte estas medicinas contra todo lo que pudiese poner en peligro tu vida, de modo que esa candente ignominia continúe brillando en tu seno?

Al hablar así, tocó con el índice la letra escarlata, que parecía abrasar el pecho de Ester como si hubiera sido en efecto un hierro candente. El médico notó su gesto involuntario, y con una sonrisa dijo:

—Vive, sí, vive; y lleva contigo este signo ante los ojos de hombres y mujeres,—ante los ojos de aquel á quien llamaste tu marido,—ante los ojos de esa niñita. Y para que puedas vivir, toma esta medicina.

Sin decir una palabra, Ester apuró la taza, y obedeciendo á una señal de aquel hombre de ciencia, se sentó en la cama en que dormía la niñita, mientras él, tomando la única silla que había en la habitación, se sentó á su lado. Ella no pudo menos de temblar ante estos preparativos, pues comprendía que, habiendo ya hecho él todo lo que la humanidad, ó el deber, ó si se quiere, una refinada crueldad le obligaban á hacer en alivio de sus dolores físicos, iba á tratarla ahora como hombre á quien había ofendido de la manera más profunda é irreparable.

—Ester, dijo, no pregunto por qué motivos, ni cómo has caído en el abismo, mejor dicho, has subido al pedestal de infamia en que te he hallado. La razón es fácil de hallar. Ha sido mi locura y tu debilidad. Yo,—un hombre dado al estudio, una verdadera polilla de biblioteca,—un hombre ya en el declive de sus años, que empleó los mejores de su vida en alimentar su afán devorador de saber,—¿qué tenía que ver con una belleza y juventud como la tuya? Contrahecho desde que nací, ¿cómo pude engañarme con la idea de que los dones intelectuales podrían en la fantasía de una joven doncella arrojar un velo sobre las deformidades físicas? Los hombres me llaman sabio. Si los sabios fueran cuerdos en lo que les concierne, yo debería haber previsto todo esto. Yo debería haber sabido que, al dejar la vasta y tenebrosa selva para entrar en esta población de cristianos, el primer objeto con que habían de tropezar mis miradas, serías tú, Ester, de pie, como una estatua de ignominia, expuesta á los ojos del pueblo. Sí, desde el instante que salimos de la iglesia, ya unidos por los lazos del matrimonio, debería haber contemplado la llama ardiente de esa letra escarlata brillando á la extremidad de nuestro sendero.

—Tú sabes, dijo Ester,—quien á pesar del estado de abatimiento en que se encontraba, no pudo sufrir este último golpe que le recordaba su vergüenza,—tú sabes que fuí franca contigo. Ni sentí amor, ni fingí tener ninguno.

—Es verdad, replicó el médico: ¡fué una locura mía! Ya lo he dicho. Pero, hasta aquella época de mi vida, yo había vivido en vano. ¡El mundo me había parecido tan triste! Mi corazón era como una morada bastante grande para dar cabida á muchos huéspedes, pero fría y solitaria. Yo deseaba tener un hogar, experimentar su calor. Á pesar de lo viejo, de lo contrahecho y sombrío que era, no me pareció un sueño extravagante la idea de que yo podía gozar también de esta simple felicidad, esparcida en todas partes, y de que toda la humanidad puede disfrutar. Y por eso, Ester, te albergué en lo más recóndito de mi corazón, y traté de animar el tuyo con aquella llama que tu presencia había encendido en mi pecho.

—Te he agraviado en extremo, murmuró Ester.

—Nos hemos agraviado mutuamente, respondió el médico. El primer error y agravio fué mío, cuando hice que tu floreciente juventud entrara en una relación falsa, y contraria á la naturaleza, con mi decadencia. Por consiguiente, como hombre que no ha pensado ni filosofado vanamente, no busco venganza, no abrigo ningún mal designio contra tí. Entre tú y yo la balanza está perfectamente equilibrada. Pero, Ester, el hombre que nos ha agraviado á los dos vive. ¿Quién es?

—No me lo preguntes, replicó Ester mirándole al rostro con firmeza. Eso nunca lo sabrás.

—¿Nunca, dices?—replicó el médico con una sonrisa amarga de confianza en sí mismo. ¿Nunca lo sabré? Créeme, Ester, hay pocas cosas,—ya en el mundo exterior, ó ya á cierta profundidad en la esfera invisible del pensamiento,—hay pocas cosas, repito, que queden ocultas al hombre que se dedica seriamente y sin descanso á la solución de un misterio. Tú puedes ocultar tu secreto á las miradas escudriñadoras de la multitud. Puedes ocultarlo también á las investigaciones de los ministros y magistrados, como hiciste hoy cuando procuraron arrancar ese nombre á tu corazón y darte un compañero en tu pedestal. Pero en cuanto á mí, yo me dedicaré á la investigación con sentidos que ellos no poseen. Yo buscaré á este hombre como he buscado la verdad en los libros; como he buscado oro en la alquimia. Hay una simpatía oculta que me lo hará conocer. Le veré temblar. Yo mismo al verle, me sentiré estremecer de repente y sin saber por qué. Tarde ó temprano, tiene que ser mío.

Los ojos del médico, fijos en el rostro de Ester, brillaron con tal intensidad, que ésta se llevó las manos al corazón como temiendo que pudiese descubrir allí el secreto en aquel momento mismo.

—¿No quieres revelar su nombre? Sin embargo, de todos modos lo sabré,—continuó el médico con una mirada llena de confianza, cual si el destino lo hubiera decretado así. No lleva ninguna letra infamante bordada en su traje, como tú; pero yo la leeré en su corazón. Pero no temas por él. No creas que me mezclaré en la clase de retribución que adopte el cielo, ó que lo entregue á las garras de la justicia humana. Ni te imagines que intentaré algo contra su vida; no, ni contra su fama si, como juzgo, es un hombre que goza de buena reputación. Le dejaré vivir: le dejaré envolverse en el manto de su honra externa, si puede. Sin embargo, será mío.

—Tus acciones parecen misericordiosas, dijo Ester desconcertada y aterrada, pero tus palabras te hacen horrible.

—Una cosa te recomendaré, á tí, que eras mi esposa, dijo el sabio. Tú has guardado el secreto de tu cómplice: guarda también el mío. Nadie me conoce en esta tierra. No digas á ningún sér humano que en un tiempo me llamaste tu esposo. Aquí, en esta franja de tierra plantaré mi tienda; porque habiendo sido donde quiera un peregrino, y habiendo vivido alejado de los intereses humanos, he encontrado aquí á una mujer, á un hombre, y á una tierna niña entre los cuales y yo existen los lazos más estrechos que puedan imaginarse. Nada importa que sean de amor ó de odio, justos ó injustos. Tú y los tuyos, Ester, me pertenecéis. Mi hogar está donde tú estés y donde él esté. ¡Pero no me vendas!

—¿Con qué objeto lo deseas?—le preguntó Ester, negándose, sin saber por qué, á aceptar este secreto convenio. ¿Por qué no te anuncias públicamente y te deshaces de mí de una vez?

—Pudiera moverme á ello, replicó el médico, no querer arrostrar la deshonra que mancha al marido de una mujer infiel. Pudieran moverme también otras razones. Basta con que sepas que es mi objeto vivir y morir desconocido. Por lo tanto, tu marido ha de ser para el mundo un hombre ya muerto, y de quien jamás se recibirá noticia alguna. No me reconozcas ni por una palabra, ni por un signo, ni por una mirada. No descubras á nadie tu secreto, sobre todo al hombre que sabes. Si me faltares en esto... ¡ay de tí! Su fama y buen nombre, su posición, su vida, estarán en mis manos! ¡Guárdate de ello!

—Guardaré tu secreto, como guardo el suyo, dijo Ester.

—Júralo, replicó el otro.

Y ella prestó el juramento.

—Y ahora, Ester,—dijo el anciano Rogerio Chillingworth, como había de llamarse en lo sucesivo,—te dejo sola: sola con tu hija y con la letra escarlata. ¿Qué es eso, Ester? ¿Te obliga la sentencia á dormir con la letra? ¿No tienes temor de que te asalten pesadillas y sueños horribles?

—¿Por qué me miras y te sonríes de ese modo?—le preguntó Ester toda inquieta al ver la expresión de sus ojos.—¿Eres acaso como el Hombre Negro que recorre las selvas que nos rodean? ¿Me has inducido á aceptar un pacto que dará por resultado la perdición de mi alma?

—No la de tu alma,—respondió el médico con otra sonrisa. ¡No; no la de tu alma!

V
ESTER AGUJA EN MANO

TERMINADO el período de encarcelamiento á que fué condenada Ester, se abrieron las puertas de la prisión y salió á la luz del sol que, brillando lo mismo para todos, le parecía sin embargo á su mórbida imaginación que había sido creado con el único objeto de revelar la letra escarlata que llevaba en el seno de su vestido. Quizá padeció moralmente más cuando, habiendo cruzado los umbrales de la cárcel, empezó á moverse libre y sola, que no en medio de la muchedumbre y espectáculo que quedan descritos, donde se hizo pública su vergüenza y donde todos la señalaron con el dedo. En aquel entonces se encontraba sostenida por una tensión sobrenatural de los nervios y toda la energía batalladora de su carácter, que la ayudaban á convertir aquella escena en una especie de lóbrego triunfo. Fué, además, un acontecimiento aislado y singular que solo ocurriría una vez durante su vida; y para arrostrarlo tuvo que gastar toda la fuerza vital que habría bastado para muchos años de tranquilidad y calma. La misma ley que la condenaba, la había sostenido durante la terrible prueba de su ignominia. Pero ahora, fuera ya de la prisión, sola y sin compañía en el sendero de la vida, empezaba para ella una nueva existencia, y tenía que sostenerse y proseguir adelante con los recursos que le proporcionara su propia naturaleza, ó de lo contrario, sucumbir. No podía contar con lo porvenir para sobrellevar su dolor presente. El día de mañana aportaría su ración de pesadumbre, y lo mismo el siguiente y los sucesivos: cada uno traería su propio pesar que, en esencia, era sin embargo el mismo que ahora le parecía tan inmensamente doloroso. Los años por venir se sucederían unos á otros, y ella tendría que continuar sobrellevando la misma carga, sin poder jamás arrojarla; pues la sucesión de días y de años no haría más que acumular miseria sobre ignominia. Durante todo ese tiempo, despojándose Ester de su propia individualidad, se convertiría en el ejemplo vivo de que podrían servirse el moralista y el predicador para encarecer sus imágenes de fragilidad femenina y de pasión pecaminosa. Le diría á la joven y á la pura, que contemplasen la letra escarlata que brillaba en su seno,—que se fijasen en esa mujer, la hija de padres honrados,—la madre de una criaturita que más adelante sería también una mujer,—que recordasen que en un tiempo había sido inocente—y que vieran ahora en ella la imagen, la encarnación, la realidad del pecado; y sobre su tumba, la infamia que la había acompañado en vida, sería también su único monumento.

Parecerá sorprendente, que con el mundo abierto ante ella, sin ninguna restricción en su sentencia que la impidiera dejar aquella obscura y remota colonia puritana y volver al lugar de su nacimiento, ó á cualquiera otro país europeo, y ocultar allí su persona y su identidad, bajo un nuevo exterior, como si empezara por completo otra existencia,—y teniendo también á su alcance los bosques sombríos y casi impenetrables, donde lo impetuoso de su sér espiritual podría asimilarse al pueblo cuyas costumbres y vida nada tenían de común con la ley que la había condenado;—parecerá sorprendente, repito, que esta mujer pudiera aún dar el nombre de hogar á aquel sitio donde había ella de ser el tipo de la ignominia. Pero hay una especie de fatalidad, un sentimiento tan irresistible é inevitable, que tiene toda la fuerza del destino, que casi obliga invariablemente á los hombres á permanecer y vagar, á manera de espectros, en el lugar mismo en que un acontecimiento grande y notable ha influído en el curso de su vida, y que es tanto más irresistible cuanto más sombría ha sido su influencia. Su pecado, su ignominia, eran las raíces que la retenían en aquel suelo, que había llegado á convertirse en el hogar permanente y final de Ester. Todos los otros sitios del mundo, aun aquella aldea de Inglaterra donde corrieron su infancia feliz y su juventud inmaculada, se habían convertido en cosas extrañas. Los lazos que la ataban á este nuevo suelo estaban formados de eslabones de hierro que penetraban en lo más íntimo de su alma, sin que jamás llegaran á romperse.

Pudiera ser también,—y sin duda lo era aunque se lo ocultaba á sí propia, y palidecía cuando luchaba por salir de su corazón como una serpiente de su agujero,—pudiera ser también que otro sentimiento la hiciera permanecer en el lugar que tan funesto le había sido. Allí moraba, allí pasaba su existencia alguien á quien ella se consideraba unida con lazos que, si bien no reconocidos en la tierra, los llevarían juntos ante el tribunal del juicio final, donde quedarían enlazados para un futuro común de retribución inextinguible. El tentador del género humano había presentado repetidas veces esta idea á la mente de Ester, y se reía del gozo apasionado, al mismo tiempo que lleno de desesperación, con que ella al principio la acogía, y después se esforzaba en rechazarla. Apenas acariciaba semejante idea, cuando ya quería destruirla. Lo que al fin quiso creer, lo que ella misma consideró la razón suprema para continuar viviendo en aquel sitio, era en parte verdad y en parte una ilusión con que trataba de engañarse. Aquí, se decía para sus adentros, cometí mi falta, y aquí debe efectuarse mi castigo terrenal; y quizás de este modo las torturas de su diaria ignominia purificarán al fin su alma, dotándola de una nueva pureza en cambio de la que había perdido, más sagrada puesto que sería el resultado del martirio.

De consiguiente Ester no se movió de allí. En los lindes de la población, aunque no en la vecindad inmediata de ninguna morada, había una choza ó cabaña, construída por uno de los primeros colonos, y abandonada porque la tierra era demasiado estéril para el cultivo. Su aislamiento y distancia de la población, la ponían fuera del círculo de la actividad social que ya se notaba en las costumbres de los colonos. Aquella pequeña habitación estaba á orillas del mar, medio oculta por un bosquecillo de árboles no muy corpulentos; y en ese lugar solitario, con los pocos recursos que poseía, y gracias al permiso de los magistrados que aun ejercían una especie de vigilancia inquisitorial sobre Ester, se instaló ésta con su niñita. Inmediatamente se asoció á aquel lugar una vaga idea de algo misterioso y desconocido. Los niños, demasiado tiernos para comprender por qué aquella mujer se encontraba separada del resto de sus semejantes, se arrastraban lo más cerca posible para verla ocupada con su aguja sentada á la ventana de su cabaña, ó de pie á la puerta de la misma, ó trabajando en el jardincito, ó paseándose en el sendero que conducía á la población; y al contemplar la letra escarlata en el seno de su vestido, emprendían la carrera con un temor extraño y contagioso.

Á pesar de lo solitario de la situación de Ester, y aunque no tenía un amigo en la tierra que se atreviese á visitarla, no corría sin embargo el riesgo de padecer escaseces. Poseía un arte que bastaba para proporcionarle el sustento á ella y á su hijita, aun en un país que ofrecía comparativamente pocas oportunidades para su ejercicio. Arte que en aquella época, como hoy, era casi el único que estuviera al alcance de la mujer,—la costura. Llevaba en el seno, en la letra primorosamente bordada, una muestra de su habilidad delicada y de su inventiva, de que se habrían alegrado las damas mismas de la Corte poder aprovecharse para agregar á sus ricas telas de seda y oro los adornos aun más preciados del arte humano.

Cierto es que, dada la sencillez del traje negro que caracterizaba en lo general las modas puritanas de aquel tiempo, no se presentarían muchas ocasiones en que pudiera desplegar Ester sus talentos con la aguja; sin embargo, el gusto de la época que se complacía en lo que era complicado en esta clase de trabajos, no pudo menos de ejercer su influencia en aquellos severos puritanos, nuestros antepasados, que se habían desprendido de tantas cosas que hoy nos parecen muy difíciles de renunciar. Las ceremonias públicas, tales como la instalación de magistrados, y cuanto pudiera agregar majestad al modo con que un nuevo gobernador se presentaba al pueblo, se distinguían por un ceremonial imponente y una sombría pero estudiada magnificencia. Grandes cuellos ó lechuguillas, fajas de intrincadas labores, y guantes lujosamente bordados, eran de absoluta necesidad para los altos funcionarios al hacerse cargo de las riendas del poder; y su uso se permitía también á los individuos distinguidos por su posición ó riqueza, aunque las leyes suntuarias prohibían estos y otros lujos semejantes á los plebeyos. En los funerales, ya en el vestido del difunto, ó ya para expresar por variedad de signos emblemáticos de paño negro y linón blanco el dolor de los sobrevivientes, había también una demanda frecuente de la clase de labor que Ester podía suministrar. Los pañales y faldellines para niños, pues en aquella época los niños de tierna edad llevaban vestidos de gala, ofrecían también ocasión para labores delicadas de aguja.

Poco á poco, aunque no con mucha lentitud, los trabajos de Ester se fueron haciendo de moda, como hoy se dice, ya por compasión hacia una mujer cuyo destino había sido tan desgraciado, ya por la mórbida curiosidad que da un valor ficticio á cosas comunes ó que no tienen ninguno, ya porque entonces, como ahora, se concediera á ciertas personas, por cualquiera razón, lo que otros solicitan en vano, ó porque Ester llenara realmente un vacío que se dejaba sentir; es lo cierto que halló frecuente empleo para su aguja, y bien remunerado. Tal vez la vanidad escogió, como medio de mortificarse, llevar á las pompas y ceremonias del Estado los adornos labrados por sus manos pecadoras. Veíase su labor en los cuellos del Gobernador; los militares la mostraban en sus bandas y fajas; el ministro del altar también dejaba verla en su traje severo; adornaba el gorrito de los recién nacidos, y hasta los ataúdes de los que llevaban á enterrar. Pero no se recuerda un solo caso en que la habilidad de Ester se solicitase para bordar el velo blanco que debía de cubrir el rostro pudoroso de una novia conducida al altar. Esta excepción indicaba lo inextinguible del rigor con que la sociedad reprobaba su pecado.

Ester no trataba de adquirir más allá de lo necesario para su subsistencia, siendo ésta de la naturaleza más sencilla y ascética que pueda darse en lo que á ella se refería; y para su niña, alimentos muy sencillos si bien con abundancia. Los vestidos que usaba eran hechos de las telas más bastas y del color más sombrío, con un solo adorno,—la letra escarlata—que estaba condenada á llevar siempre. El trajecito de la niña, por el contrario, se distinguía por cierto corte y adornos caprichosos, mejor dicho, fantásticos, que servían para realzar una especie de encanto aéreo que desde muy temprano empezó á notarse en la criaturita, la que también daba muestras de una seriedad profunda. Ya hablaremos de esto más adelante. Excepto la pequeña suma que dedicaba Ester al adorno de su hija, el resto lo empleaba en obras de caridad, en infelices menos desgraciados que ella, y que con frecuencia insultaban la mano que los socorría.

Mucha parte del tiempo que hubiera podido aplicar á labores más productivos, la pasaba haciendo vestidos de estofas groseras para los pobres. Es probable que á esta clase de ocupación asociara ella una idea de penitencia, y que al dedicar tantas horas á esa ruda labor, las ofreciera como una especie de sacrificio de otros goces. En la naturaleza de Ester había algo de la rica y voluptuosa naturaleza oriental, un gusto por todo lo que era esplendorosamente bello, y que, excepto en las exquisitas producciones de su aguja, no encontraba en qué poder ejercitarlo. Las mujeres hallan en la delicada labor de la aguja un placer incomprensible para el sexo fuerte. Para Ester era quizás una manera de expresar la pasión de su vida, y por lo tanto de calmarla. Á semejanza de todos los otros goces, rechazó esta pasión como un pecado. Semejante mórbida intervención de la conciencia en cosas de poca monta pudiera muy bien considerarse indicio de una penitencia que no era genuina ni constante, sino más bien algo dudoso, y que en el fondo no era lo que debería ser.

De este modo Ester Prynne tuvo su parte que desempeñar en el mundo. Merced á la energía natural de su carácter, y á su rara inteligencia, no fué posible segregarla por completo de la sociedad, aunque ésta la había marcado con una señal más intolerable para el corazón de una mujer que la grabada en la frente de Caín. En todas sus relaciones con esa sociedad, no había sin embargo nada que la hiciera comprender que pertenecía á ella. Cada gesto, cada palabra, y hasta el silencio mismo de aquellos con quienes se ponía en contacto, implicaban y expresaban con frecuencia la idea de que estaba desterrada, y tan aislada como si habitase en otra esfera. Encontrábase separada de los intereses morales de sus semejantes, á pesar de estar tan cerca de ellos, á manera de un espíritu que volviese á visitar el hogar doméstico sin poder hacerse ver ni dejarse sentir; sin participar de sus alegrías, ni poder tomar parte en sus dolores; y que, caso de que llegase á manifestar los sentimientos que le estaban vedados, habría sido para despertar solamente terror y horrible repugnancia. Y en realidad esto, y el más acerbo desdén, parecía que era lo único que había para ella en el corazón de sus conciudadanos. No era aquella una época de delicadeza y refinamiento en las costumbres; y aunque Ester se diese exacta cuenta de su posición, y no hubiera peligro de que la olvidara, con harta frecuencia se la hacían sentir de una manera muy ruda, y cuando ella menos lo esperaba. Los pobres, como ya hemos dicho, á quienes había hecho el objeto de sus bondades y de su beneficencia, á menudo deprimían la mano que se extendía para socorrerlos. Las damas de alto copete en cuyas moradas penetraba á desempeñar sus labores de costura, acostumbraban destilar gotas de acíbar en su corazón; á veces, merced á esa alquimia secreta y refinada con que la mujer puede infiltrar un veneno sutil extraído de las cosas más baladíes; y en otras ocasiones, con una rudeza de expresión que caía en el pecho indefenso de aquella infeliz como un golpe asestado á una herida ulcerada. Ester se había amaestrado por largo tiempo en el arte de sufrir en silencio: jamás respondía á estos ataques, sino con el rubor que irresistiblemente enrojecía su pálida mejilla y después desaparecía en las profundidades de su alma. Era paciente, una verdadera mártir; pero se abstenía de rezar por sus enemigos, por temor de que, á despecho de sus buenas intenciones, las palabras con que implorase la bendición para ellos se convirtiesen irremediablemente en una maldición.

Continuamente, y de mil maneras, experimentaba los innumerables tormentos que para ella había ideado la sentencia imperecedera del tribunal puritano. Los ministros del altar se detenían en medio de la calle para dirigirla palabras de exhortación, que atraían una multitud implacable alrededor de la pobre pecadora. Si entraba en la iglesia los domingos, confiada en la misericordia del Padre Universal, era con frecuencia, por su mala suerte, para verse convertida en el tema del sermón. Llegó á tener un verdadero terror de los niños, que habían concebido, gracias á las conversaciones de sus padres, una vaga idea de que había algo horrible en esa triste mujer que se deslizaba silenciosa por las calles de la población, sin otra compañía que su única niña. Por lo tanto, dejándola al principio pasar, la perseguían después á cierta distancia con agudos chillidos, pronunciando una palabra cuyo sentido exacto no podían ellos comprender, pero que no por eso era menos terrible para Ester, por venir de labios que la emitían inconscientemente. Parecía indicar una difusión tal de su ignominia, como si esta fuera conocida de toda la naturaleza; y no le habría causado pesar más profundo si hubiera oído á las hojas de los árboles referirse entre sí la sombría historia de su caída, y á las brisas del verano contarla entre susurros, ó á los ábregos del invierno proclamarla con sus voces tempestuosas.

Otra especie de tortura peculiar que experimentaba la pobre mujer era cuando veía un nuevo rostro, cuando personas extrañas fijaban con curiosidad las miradas en la letra escarlata, lo que ninguna dejaba de hacer y era para ella como si le aplicasen un hierro candente al corazón. Entonces apenas podía contener el impulso de cubrir el símbolo fatal con las manos, aunque nunca llegó á hacerlo. Pero las personas acostumbradas á contemplar aquel signo de ignominia, podían hacerla sufrir también intensa agonía. Desde el primer momento en que la letra formó parte integrante de su vestido, Ester había experimentado el terror secreto de que un ojo humano estaba siempre fijo en el triste emblema: su sensibilidad en ese particular, lejos de disminuirse con el tiempo, era cada vez mayor, merced al tormento cuotidiano que sufría.

Pero alguna que otra vez, quizás con intervalo de muchos días ó acaso de varios meses, tenía la sensación de que una mirada—una mirada compasiva—se fijaba en la letra ignominiosa; y esto parecía proporcionarla un alivio momentáneo, como si alguien compartiera la mitad de su agonía. Pero un instante después se reduplicaba ésta con renovado dolor, porque en aquel breve momento había pecado nuevamente. ¿Había Ester pecado sola?

Su imaginación estaba un tanto afectada, y á haber poseído menos fibra intelectual y moral, se habría afectado aun mucho más, en consecuencia de la soledad y de la angustia continua en que vivía. Yendo al reducido mundo exterior con que estaba en relaciones y regresando á su morada, y siempre solitaria en esos paseos, creyó Ester, ó se imaginó creer, que la letra escarlata la había dotado de un nuevo sentido. Se estremecía al pensar, y no podía menos de pensar así, que aquella le proporcionaba una especie de conocimiento intuitivo de las culpas secretas de otras almas. Las revelaciones que de este modo se presentaron á sus ojos la llenaban de terror. ¿Y cuáles eran? ¿Pero qué podían ser sino las insidiosas insinuaciones del ángel malo, que habría deseado persuadir á aquella mujer, que estaba luchando y era solo su víctima á medias, que el aspecto exterior de pureza no era más que una mentira, y que si la verdad se conociera, la letra escarlata brillaría en más de un seno, y no únicamente en el de Ester Prynne? ¿Debía ella acaso recibir esas obscuras insinuaciones como si fueran una cosa real y positiva? Esta especie de sentido sobrenatural de que se creía dotada, era de lo más terrible é insoportable que hubiese experimentado en el curso de su desgraciada existencia. La llenaba de perplejidad y de malestar, pues á veces aquella marca roja de infamia en el pecho de su vestido, parecía como si latiera y se agitase cuando Ester pasaba junto á un venerable eclesiástico ó magistrado, modelos de piedad y de justicia, á quienes el mundo contemplaba como si fueran los compañeros de los ángeles.

—¿Qué malvado pasa junto á mí? Se decía Ester para sus adentros.

Y levantando con repugnancia la cabeza veía que en aquellos alredederes no había más ser humano que aquel hombre que todos consideraban un santo. Otras veces creía tener á su lado á una hermana en la culpa, y al levantar los ojos tropezaba con la forma de una devota y áspera matrona, cuyo corazón, según la creencia pública, había sido un pedazo de hielo durante toda su vida. Aquel hielo en el pecho de la matrona y la candente ignominia de Ester ¿qué tenían de común? Otras veces el estremecimiento eléctrico le daba la señal, como si le dijera: "Ester, ahí tienes una compañera,"—y al alzar los ojos, veía á una joven doncella que contemplaba la letra escarlata, á hurtadillas, y se alejaba rápidamente con un ligero rubor en las mejillas, como si su pureza se hubiera empañado con aquella ojeada instantánea. Semejante falta de fe en la virtud de los demás, es una de las consecuencias más tristes del pecado. Pero una prueba de que en esta pobre víctima de su propia fragilidad y de la dureza de las leyes del hombre, la corrupción no había hecho mucho progreso, consistía en la constante lucha de su espíritu para creer que ningún mortal era tan culpable como ella misma.

El vulgo, que en aquellos rudos tiempos añadía siempre el elemento de lo grotesco á todo lo que hiriera su imaginación, había inventado una historia acerca de la letra escarlata, que fácilmente podríamos convertir en una terrible leyenda. Afirmaban que aquel símbolo no era simplemente un paño escarlata, teñido con un color que era obra del hombre, sino que el rojo ardiente lo producía el fuego del infierno, y se le podía ver brillar con todo su fulgor cuando Ester se paseaba sola, junto á su morada, durante la noche.

VI
PERLA

HASTA ahora apenas hemos hablado de la niña; de la criaturita cuya inocente vida parecía una bella é inmortal flor brotada en medio de la excesiva lozanía de una pasión criminal. ¡Cuán extraña se presentaba esa niña á los ojos de la triste mujer, á medida que ésta contemplaba el desarrollo y la hermosura, cada vez más brillante, y la inteligencia que iluminaba con sus trémulos rayos las delicadas facciones de su hija, de su Perla! Tal era el nombre que le había dado Ester, no porque tuviese analogía alguna con su aspecto, pues no tenía nada del blanco, tranquilo y frío lustre que podría indicar la comparación; sino que la llamó "Perla," por haberla obtenido á un gran precio, por haberla comprado en realidad con todo lo que ella poseía, con lo que era su único tesoro. ¡Cuán singular era todo esto! El hombre había hecho patente la falta de esta mujer por medio de una letra escarlata dotada de tan grande y desastrosa eficacia, que impedía que aquella fuera objeto de las simpatías humanas, á no ser de personas igualmente culpables. Pero la naturaleza, en compensación de esta falta que el hombre había castigado, la dotó de una niña encantadora, que reposaba en aquel mismo seno infamado por la ley, para poner por siempre á la madre en relación con la raza humana, y para que llegara al fin á ser un alma escogida en el cielo. Sin embargo, estas ideas llenaban la mente de Ester con sentimientos de temor más bien que de esperanza. Sabía que su acción había sido mala, y por lo tanto no podía creer que sus resultados fueran buenos. Con creciente sobresalto contemplaba el desarrollo de la criatura, temiendo siempre descubrir alguna peculiaridad sombría y extraña, que guardara correspondencia con la culpa á que debió el ser.

Defecto físico no había ninguno en la niña: por su forma perfecta, por su vigor y la natural agilidad en el uso de sus tiernos miembros, era digna de haber nacido en el Edén; de haber sido dejada allí para que jugara con los ángeles, después de la expulsión de nuestros primeros padres. Poseía una gracia ingénita que no siempre acompaña á la belleza perfecta: su traje, á pesar de su sencillez, despertaba en el que la veía la idea de que era precisamente el que más le convenía. Pero la tierna Perlita no estaba vestida con silvestres hierbas. Su madre, merced á cierta tendencia mórbida, que más adelante se comprenderá mejor, había comprado las telas más ricas que pudieran procurarse y daba rienda suelta á su fantasía creadora en el arreglo y adorno de los vestidos de la niña, cada vez que ésta se presentaba en público. Tan magníficamente lucía aquella criaturita ataviada de esa suerte, y era tal el esplendor de la propia belleza de Perla, brillando al través de los trajes vistosos que habrían podido apagar una hermosura mucho menos radiante, que puede decirse que en torno suyo se formaba un círculo de fulgente luz en el suelo de la obscura cabaña. El aspecto de Perla tenía un encanto de infinita variedad: en aquella niña se compendiaban y resumían muchos niños, comprendiendo desde la belleza á manera de flor silvestre de un niño campesino, hasta la pompa, en escala menor, de una princesita. En toda ella había sin embargo algo de apasionado, una cierta intensidad de color de que nunca se despojaba; y si en alguno de sus cambios ese color se hubiera vuelto más débil ó más pálido, habría cesado de ser ella, no habría sido Perla.

Esta movilidad externa indicaba y expresaba completamente las diversas condiciones de su vida interior. Parecía que en su naturaleza la profundidad se hermanaba con la variedad; pero, á no ser que los temores de Ester la engañasen, diríamos que le faltaba la facultad de adaptarse al mundo en que había nacido. La niña no podía someterse á reglas fijas. Al darle la existencia, se había quebrantado una gran ley moral, y el resultado fué un sér cuyos elementos tal vez eran bellos y brillantes, pero en desorden, ó con un orden que les era peculiar, siendo difícil, ó casi imposible, descubrir donde empezaban ó terminaban la variedad y el arreglo. Ester únicamente podía darse cuenta del carácter de Perla, y eso de una manera vaga é imperfecta, recordando lo que ella misma había sido durante aquel período crítico en que el alma y el cuerpo de la niña se estaban formando. El estado de agitación apasionada en que se hallaba la madre había servido para transmitir á la criaturita por nacer los rayos de su vida moral; y por claros y puros que fueran primitivamente, habían adquirido ciertos tintes ya vivos y brillantes, ya intensos y sombríos. Pero sobre todo, se había perpetuado en el alma de Perla aquella violenta lucha que reinaba en el ánimo de Ester, quien podía reconocer en su hija el mismo espíritu libre, inquieto, provocativo y desesperado, y la misma ligereza de su carácter, y aun algo del mismo abatimiento que se había apoderado de su corazón. Ahora todo eso estaba iluminado por los rayos de la aurora que doran el cielo de la infancia, pero más entrado el día de la existencia terrenal, pudiera ser fecundo en torbellinos y tempestades.

La educación de la familia era en aquellos tiempos mucho más severa que ahora. El entrecejo, la reprensión áspera y la aplicación de la correa ó de las varillas, no tenían por objeto castigar solamente faltas cometidas, sino que se empleaban como un medio saludable para el desenvolvimiento de todas las virtudes infantiles. Sin embargo, Ester, la madre solitaria de esta su única hija, corría poco riesgo de pecar por demasiado severa. Teniendo plena conciencia de sus propios errores y de sus infortunios, trató desde muy temprano de ejercer una estricta vigilancia sobre la tierna alma cuyos destinos estaban á su cargo. Pero esta tarea era superior á sus fuerzas, ó á su capacidad. Después de probar tanto la sonrisa como el entrecejo, y viendo que nada ejercía una influencia notable, decidió por fin dejar que la niña obedeciera á sus propios impulsos. Por supuesto que la restricción ó la compulsión producían su efecto mientras estaban vigentes; pero toda otra clase de disciplina moral, ya se dirigiere á su inteligencia ó á su corazón, daba ó no daba resultados según fuera la disposición caprichosa de su ánimo á la sazón. Cuando Perla era todavía muy tierna, su madre había observado en ella cierta expresión peculiar de la fisonomía, que era señal de que entonces todo cuanto se hiciera para que la niña obedeciese sus órdenes sería en vano. Aquella expresión era tan inteligente, y sin embargo tan inexplicable, tan perversa, y á veces tan maligna, aunque en lo general acompañada de una gran exuberancia de extravagante buen humor, que Ester no podía menos de preguntarse si Perla era en realidad una criatura humana. Parecía más bien un espíritu aéreo que, después de haberse divertido con sus juegos fantásticos en el suelo de la cabaña, desaparecería en los aires con una sonrisa burlona. Siempre que sus ojos profundamente negros y brillantes tomaban esa expresión, la niña semejaba á un sér intangible de indefinible extrañeza. Se diría que se estaba cerniendo en el aire y que podría desvanecerse á manera de una luz que no sabemos de dónde viene ni á dónde irá. Entonces Ester se veía obligada á arrojarse sobre la niña, á perseguirla en la carrera que invariablemente emprendía el pequeño duende, y á estrecharla contra el seno cubriéndola de besos y caricias, no tanto por un efecto de excesivo amor, sino para cerciorarse de que era la misma Perla en carne y hueso, y no una forma completamente ilusoria. Pero la risa de Perla cuando se veía atrapada, bien que armoniosa y rebosando contento, solo daba por resultado aumentar las dudas de su madre.

Herida en el corazón por esta especie de misterio indescifrable y desconcertador que con tanta frecuencia se interponía entre ella y su único tesoro, tan caramente adquirido, y que era todo su universo, Ester rompía á veces en amargo llanto. Entonces, y sin saber por qué, Perla fruncía el entrecejo, cerraba el puño, y daba á su pequeño rostro una expresión dura, severa y de seco descontento; ó bien prorrumpía de nuevo en una risa más ruidosa que antes, como si fuera un sér incapaz de sentir y comprender el pesar humano; ó acaso, aunque muy raramente, experimentaba convulsiones de dolor, y en medio de sollozos y palabras entrecortadas expresaba su amor hacia su madre, y parecía que deseaba probar que tenía un corazón haciéndoselo pedazos. Sin embargo, Ester no confiaba mucho en aquel exceso de ternura, que pasaba con tanta rapidez como se había presentado. Pensando en todas estas cosas, la madre se encontraba en la posición de una persona que ha evocado un espíritu, como se lee en las historias fantásticas, pero que ignora la palabra mágica con que debe mantener bajo sus órdenes y dominar aquel poder misterioso. Sus únicas horas de completa tranquilidad eran cuando la niña yacía en el reposo del sueño. Entonces estaba plenamente segura de la criaturita, y gozaba de deliciosa y apacible felicidad hasta que, acaso con aquella perversa expresión que se veía vislumbrar bajo los entreabiertos párpados,—Perla despertaba.

¡Cuán pronto!—y realmente ¡con cuánta extraña rapidez!—alcanzó Perla una edad en que ya era capaz de oir algo más que las palabras casi sin sentido con que una madre habla á su pequeñuela. Y ¡qué felicidad habría sido entonces para Ester poder oir la voz clara y sonora de Perla mezclada al tumulto de otras voces infantiles, y distinguir y reconocer los sonidos que emitiera su adorado tesoro entre la mezcla confusa de la gritería de un grupo de niños juguetones! Pero semejante dicha le estaba vedada. Perla, desde que nació, era una proscripta del mundo infantil. Siendo un enjerto del mal, emblema y producto del pecado, no tenía derecho á estar entre niños bautizados. Era muy notable el instinto con que la niñita comprendía su soledad y el destino que había trazado un círculo inviolable en derredor suyo; en una palabra, todo lo peculiar de su posición respecto á otros niños. Jamás, desde que salió de la cárcel, había arrostrado Ester la presencia del público sin ir acompañada de Perla. En todas sus visitas á la población, iba Perla también: primero, cuando tierna niña, la llevaba en brazos; luego, más crecida, iba como una pequeña compañera de su madre, asida de un dedo y dando saltitos. Veía á los niños del pueblo ora sobre la hierba que crecía en las aceras de las calles, ya en los umbrales de las puertas de sus casas, jugando de la manera que les permitía su educación puritana, esto es: jugando á ir á la iglesia; ó á arrancar cabelleras en simulacro de combates con los indios; ó bien asustándose mutuamente con algo en que trataban de imitar actos de hechicería ó brujería. Perla lo veía todo, lo contemplaba todo intensamente, pero jamás trató de trabar conocimiento con ninguno de los niños. Si le hablaban, no respondía. Si los niños la rodeaban, como acontecía á veces, Perla se volvía realmente terrible en su cólera infantil, cogiendo piedras para arrojarlas á aquellos, acompañando la acción con gritos y exclamaciones incoherentes y penetrantes que hacían temblar á su madre, porque se asemejaban á los acentos de una maldición que pronunciara una hechicera en algún idioma desconocido.

La verdad del caso era que aquellos puritanitos en agraz, como dignos vástagos de la casta más intolerante que jamás haya existido, abrigaban una vaga idea de que había algo extraño, misterioso y fuera de lo común y diario tanto en la madre como en la hija, y por lo tanto las despreciaban en lo íntimo de su corazón, y con frecuencia las insultaban de voz en cuello. Perla resentía la ofensa, y se vengaba con todo el odio de que puede suponerse capaz un pecho infantil. Estas explosiones de un carácter violento, tenían algún valor y aun servían de consuelo á la madre, puesto que por lo menos revelaban cierta seriedad comprensible en aquella manera de sentir, lo que no acontecía con los caprichos fantásticos que tantas veces la llenaban de sorpresa y que no acertaba á explicarse en algunas manifestaciones de su hija. Le aterraba, sin embargo, discernir aquí y allí una especie de reflejo del mal que había existido en ella misma. Todos estos sentimientos de enemistad y de cólera los había heredado Perla de su madre: en el mismo estado de exclusión de todo trato social, se encontraban la madre y la hija; y en la naturaleza de esta última parecía que se perpetuaban todos aquellos elementos de inquietud que tanto agitaron á Ester antes del nacimiento de la niña, y que después habían comenzado á calmarse merced á la influencia benéfica de la maternidad.

Al lado de su madre, en el hogar doméstico, Perla no tenía necesidad de mucho trato social. Su imaginación prestaba los atributos de la vida á millares de objetos inanimados, como una antorcha que enciende una llama donde quiera que se le aplique: la rama de un árbol, unos cuantos harapos, una flor, eran los juguetes en que se ejercitaba la magia creadora de Perla; y sin que experimentasen ningún cambio exterior, se adaptaban á todas las necesidades de su fantasía. Prestaba su voz infantil á multitud de seres imaginarios, viejos y jóvenes, con quienes emprendía de ese modo animados diálogos. Los antiguos pinos, negros y solemnes, que emitían una especie de gruñido y otros rumores melancólicos cuando los agitaba la brisa, convertíanse sin dificultad en clérigos puritanos á los ojos de Perla; las hierbas más feas del jardín, eran sus hijos; hierbas que la niña pisoteaba y arrancaba sin compasión. Era en realidad sorprendente la vasta variedad de formas en que se complacía su inteligencia, sin orden ni concierto, siempre en un estado de actividad sobrenatural, sucediéndose unas á otras como las emanaciones y despliegues caprichosos de la aurora boreal. En el mero ejercicio de la fantasía y la festiva disposición de una mente en desarrollo, tal vez no hubiera mucho más de lo que se podría observar en otros niños dotados de facultades brillantes, excepto que Perla, por verse privada de compañeros de juego, acudía, para reemplazarlos, á los recursos que le prestaba su imaginación. Lo singular del caso consistía en la actitud hostil que la niña desplegaba hacia esas criaturas hijas de su fantasía y de su corazón. Jamás creó un amigo, sino que siempre, á imitación del Cadmo de la fábula, parecía sembrar á derecha é izquierda los dientes del dragón, de los que brotaban batallones de enemigos armados á los cuales la niña declaraba al punto la guerra. Era en extremo triste observar en un sér tan tierno esta idea constante de un mundo adverso, y el fiero despliegue de energía que la preparaba para las luchas del mundo; y fácil es de suponer el dolor intenso que todo esto produciría en su madre, que hallaba en su mismo corazón la causa de aquel fenómeno.

Contemplando á Perla, dejaba con frecuencia Ester caer la costura en el regazo, y rompía á llorar con una aflicción que hubiera deseado ocultar, y que se manifestaba con sollozos y palabras entrecortadas exclamando:—"¡Oh Padre que estás en los cielos! si es que eres aun mi Padre, ¿qué criatura es esta que he traído al mundo?"—Y Perla, al oir esta exclamación, ó al percibir aquellos sollozos de angustia, volvía hacia su madre la viva y preciosa carita, sonreía dulcemente y continuaba su juego.

Nos resta hablar de una peculiaridad de esta niñita. La primer cosa que notó en su vida, no fué la sonrisa de la madre respondiendo á lo que, como en otros niños de tierna edad, puede tomarse por una sonrisa, ó mejor dicho, embrión de sonrisa. No: el primer objeto que parece haber llamado la atención de Perla, fué la letra escarlata en el seno de Ester. Un día, al inclinarse ésta sobre la cuna, las miradas de la niñita se fijaron en el brillo del bordado de oro que cercaba la letra, y extendiendo las manecitas trató de asirla, sonriendo sin duda, aunque con una extraña expresión que hizo que su rostro pareciera el de un niño de mucha más edad. Entonces Ester, trémula y convulsa, apretó con la mano el signo fatal, como si instintivamente quisiera arrancárselo del seno. ¡Tan intensa fué la tortura que le causó la acción de aquella criaturita! Y como si la agonía que revelaba el rostro de la madre, no tuviera otro objeto que divertirla, la niñita fijó las miradas en ella y se sonrió. Desde esa época, excepto cuando Perla estaba durmiendo, Ester jamás tuvo un instante de seguridad, ni un momento en que gozara con plena calma de la compañía de su hija. Cierto es que á veces transcurrían semanas enteras sin que las miradas de la criaturita se fijaran en la letra escarlata; pero también es cierto que lo contrario acontecía cuando menos se esperaba, y siempre con aquella sonrisa peculiar y la extraña expresión de los ojos de que ya se ha hablado.

Una vez, mientras Ester contemplaba su propia imagen en los ojos de su hija, como es costumbre en las madres, brilló en ellos esa expresión singular y fantástica; y como las mujeres que viven solitarias y cuyo corazón está inquieto se hallan sujetas á innumerables ilusiones, se imaginó de repente que veía, no su propia imagen en miniatura, sino otra faz que se reflejaba en los ojos negros de Perla. Era un rostro enemigo, lleno de malignas sonrisas, pero que sin embargo tenía gran semejanza con facciones que había conocido muy bien, aunque raras veces las animara una sonrisa y jamás una expresión malévola. Se diría que un espíritu maligno se había posesionado de la niña, y se mostraba en sus ojos. Después de ese suceso, Ester se vió atormentada varias veces con la misma ilusión de sus sentidos, aunque no con tanta fuerza.

En la tarde de cierto día de verano, cuando ya Perla había crecido lo bastante para poder andar sola, se divertía la niña en recoger flores silvestres, arrojándolas una á una al regazo de su madre; y ejecutando una especie de baile cada vez que una de las flores acertaba á dar en la letra escarlata. El primer movimiento de Ester fué cubrir la letra con ambas manos; pero fuese orgullo ó resignación, ó la idea de que la pena á que había sido condenada la satisfaría más pronto por medio de este dolor indecible, resistió el impulso y se irguió en su asiento, pálida como la muerte, mirando con tristeza profunda á Perla cuyos ojos brillaban de inusitado modo. Y siguió la niña lanzándole las flores que invariablemente daban contra la letra, llenando el pecho maternal de heridas para las que no podía hallar bálsamo en este mundo, ni sabía cómo buscarlo en el otro. Al fin, cuando concluyó de arrojar las flores, la niña permaneció en pie mirando á Ester precisamente como aquella imagen burlona del enemigo que la madre creía ver en el abismo insondable de los ojos negros de su hija.

—Hija mía ¿quién eres tú?—exclamó la madre.

—¡Oh! yo soy tu pequeña Perla, respondió.

Pero mientras Perla decía esto, se echó á reir y empezó á bailar con la gesticulación petulante de un pequeño trasgo, cuyo próximo capricho sería escaparse por la chimenea.

—¿Eres tú en realidad mi hija? le preguntó Ester.

Y no fué una pregunta ociosa la que hizo, sino que, en aquel momento, así lo sentía; porque era tal la maravillosa inteligencia de Perla, que su madre hasta llegaba á imaginarse que la niña conocía la secreta historia de su existencia y se la revelaría ahora.

—Sí; yo soy tu pequeña Perla, repitió la niña continuando sus cabriolas.

—¡Tú no eres mi hija! ¡Tú no eres mi Perla! dijo la madre con aire semi risueño, porque frecuentemente en medio del más profundo dolor le venían impulsos festivos.—Díme, pues, quién eres y quién te ha enviado aquí.

—Dímelo, madre mía,—respondió Perla con acento grave, acercándose á Ester y abrazándose á sus rodillas,—dímelo, madre, dímelo.

—Tu Padre Celestial te envió, respondió Ester.

Pero lo dijo con una vacilación que no escapó á la viva inteligencia de la niña; la cual, bien sea movida por su ordinaria petulancia, ó porque un maligno espíritu la inspirara, levantando el dedito índice y tocando la letra escarlata, exclamó con acento de convicción:

—No; Él no me envió. Yo no tengo Padre Celestial.

—¡Silencio, Perla, silencio! Tú no debes hablar así,—respondió la madre suprimiendo un gemido. El Padre Celestial nos ha enviado á todos á este mundo. Hasta me ha enviado á mí, tu madre; y con mucha mayor razón á tí. Y si no ¿de dónde has venido tú, niña singular y caprichosa?

—Dímelo, dímelo,—repitió Perla, no ya con su carita seria, sino riendo y dando brinquitos en el suelo. Tú eres quien debes decírmelo.

Pero Ester no pudo resolver la pregunta, encontrándose ella misma en un laberinto de dudas. Recordaba, entre risueña y asustada, la charla de las gentes del pueblo que, buscando en vano la paternidad de la niña, y observando algunas de sus peculiaridades, habían dado en decir que Perla procedía de un demonio, como ya había acontecido más de una vez en la tierra; ni fué Perla la única á quien los puritanos de la Nueva Inglaterra imputaron origen tan siniestro.

VII
LA SALA DEL GOBERNADOR

UN día fué Ester á la morada del Gobernador Bellingham á llevarle un par de guantes que había ribeteado y bordado por orden suya, y que debía de usar en cierta ceremonia oficial, porque si bien no desempeñaba ya el alto puesto de antes, aun ocupaba un destino honroso é influyente en la magistratura colonial.

Pero algo más importante que la entrega de un par de guantes bordados, obligó á Ester entonces á solicitar una entrevista con un personaje de tanto poder y tan activo en los negocios de la colonia. Había llegado á sus oídos el rumor de que algunos de los principales habitantes de la población trataban de despojarla de su niña, deseosos de que imperaran más rígidos principios en materias de religión y de gobierno. Suponiendo estas buenas gentes, como ya se ha dicho, que Perla era de estirpe diabólica, creyeron que para mayor beneficio del alma de la madre, convenía quitarle ese obstáculo de su sendero; agregando, que si la niña era realmente capaz de una educación religiosa y moral, y tenía en sí los elementos de su futura salvación, gozaría indudablemente de todas estas ventajas si se la separase de su madre y se confiara su educación á persona mejor y más cuerda. Se decía también que entre los promovedores de esta idea, era el Gobernador uno de los más activos.

Parecerá singular, y hasta ridículo, que un asunto de esta naturaleza haya sido cuestión públicamente discutida, en la que tomaron parte en pro y en contra varias personas eminentes del gobierno. Pero en aquella época de prístina sencillez, negocios de menor importancia pública, y de menor trascendencia que el bienestar de Ester y de su hija, tenían cabida en las deliberaciones de los legisladores y en los actos del Estado; y hasta se refiere que una disputa relativa al derecho de propiedad de un cerdo dió margen, en una época anterior á la en que pasa nuestra historia, á debates acalorados en el cuerpo legislativo de la colonia, y ocasionó importantes modificaciones en el modo de ser de la Legislatura.

Llena, pues, de temores, aunque con tan pleno convencimiento de su derecho, que no le parecía desigual la lucha entre el público de una parte y una mujer solitaria de la otra, Ester se puso en marcha saliendo de su cabaña acompañada, como era de esperarse, de Perla. Esta había alcanzado ya una edad que la permitía correr al lado de su madre, y como estaba siempre en constante movimiento desde la mañana hasta la noche, hubiera podido hacer una jornada mucho más larga. Sin embargo, á veces, más por capricho que por necesidad, pedía que la llevaran en brazos; pero á los pocos momentos quería que la dejasen andar, y continuaba junto á Ester dando saltitos y tropezando á cada instante.

Hemos hablado de la belleza singular de Perla, belleza de tintes vivos y profundos, de tez brillante, ojos que poseían á la vez fulgor é intensidad meditativa, y un cabello de color castaño, lustroso, suave, y que más tarde serían casi negros. Toda ella era fuego y parecía el fruto de un momento de pasión impremeditada. La madre, al idear el traje de su hija, había dado rienda suelta á las tendencias vistosas de su imaginación, y la vistió con una túnica de terciopelo carmesí, de un corte peculiar, abundantemente adornada con caprichosos bordados y floreos de hilo de oro. Tal lujo de colores, que habrían dado un pálido y macilento aspecto á mejillas menos brillantes, se adaptaba admirablemente á la belleza de Perla, y la convertían en la más reluciente llama que jamás se haya movido sobre la tierra.

Pero era una particularidad notable de este traje, y en realidad de la apariencia general de la niña, la de traer irremediablemente á la memoria del que la contemplaba el recuerdo del signo que Ester estaba condenada á llevar en su vestido. Era la letra escarlata bajo otra forma: la letra escarlata dotada de vida. La madre misma,—como si aquella ignominia roja se hubiera grabado profundamente en su cerebro de modo que todas sus ideas revistieran su aspecto,—la madre misma había encontrado aquella semejanza, empleando muchas horas de mórbida ingeniosidad en hallar una analogía entre el objeto de su cariño y el emblema de su falta y de su tormento. Pero como en realidad Perla era al mismo tiempo una y otra cosa, pudo Ester imaginarse perfectamente que la apariencia de la niña guardaba completa semejanza con la letra escarlata.

Al llegar madre é hija á los linderos de la población, los niños de los puritanos, en medio de sus juegos, ó de lo que pasaba por juego entre aquellos sombríos chicuelos, fijaron en ellas las miradas y dijeron:

—Ahí viene la mujer de la letra escarlata; y á su lado viene saltando lo que también se parece á una letra escarlata. Vamos á arrojarles fango.

Pero Perla, que era una niña intrépida, después de fruncir el entrecejo, de golpear el suelo con el piececito y de apretar el puño con diversos gestos amenazadores, se lanzó de repente contra el grupo de sus enemigos y los puso á todos en fuga. Al mismo tiempo chilló y gritó con violencia tal, que el corazón de los fugitivos tembló de espanto. Terminada su victoria, Perla regresó tranquilamente al lado de su madre, á la que dirigió una risueña mirada.

Sin otra aventura llegaron á la morada del Gobernador. Era ésta una gran casa de madera, fabricada al estilo de las que aun se ven en las calles de nuestras ciudades más antiguas; ahora cubiertas de musgo, derrumbándose, y de aspecto melancólico, mudos testigos de las penas ó alegrías de que fueron teatro sus obscuras habitaciones. Entonces, sin embargo, había en su exterior la frescura de la juventud, y en sus ventanas, iluminadas por el sol, parecía brillar aquel contento que reina en las moradas humanas en que aun no ha entrado la muerte. La casa del Gobernador tenía, á la verdad, una apariencia muy alegre: las paredes estaban cubiertas con una especie de estuco con innumerables fragmentos de vidrio, de modo que cuando el sol alumbraba oblicuamente el edificio, brillaba y fulguraba como si sobre él se hubieran arrojado diamantes á manos llenas, lo que le hacía parecer más propio para el palacio de Aladino, que para mansión de un viejo y grave jefe puritano. Estaba además adornado con figuras y diagramas extraños y al parecer cabalísticos, de acuerdo con el raro gusto de la época, que habían sido dibujados en el estuco cuando se acabó de poner, y se habían endurecido con el tiempo, sin duda para que sirvieran de admiración á las edades futuras.

Perla, cuando contempló esta especie de casa maravillosa, comenzó á palmotear y á bailar, y pidió con acento decidido que arrancaran todo aquel frente radiante del edificio, y se lo dieran para jugar con él.

—No, mi querida Perlita, le dijo su madre. Tú misma tienes que procurarte tus rayos de sol; yo no tengo nada que darte.

Se acercaron á la puerta, que tenía la forma de un arco, y estaba flanqueada á cada costado por una torre estrecha ó proyección del edificio, con ventanas de enrejado de alambre y postigos de madera. Levantando el aldabón de hierro, Ester dió un golpe al que respondió uno de los siervos del Gobernador, inglés de nacimiento y libre, pero que á la sazón era esclavo por siete años. Durante ese tiempo tenía que ser la propiedad de su amo, lo mismo que si fuera un buey. El siervo llevaba el traje azul que era el vestido ordinario de los siervos de aquella época, como lo fué también mucho antes en las antiguas casas solariegas de Inglaterra.

—¿Está en casa Su Señoría el Gobernador Bellingham? preguntó Ester.

—Ciertamente que sí, respondió el siervo, contemplando con tamaños ojos la letra escarlata, pues habiendo llegado recientemente al país, no la había visto todavía. Sí, Su Señoría está en casa; pero con él hay un par de piadosos ministros, y al mismo tiempo un médico: no creo que podáis verle ahora.

—Entraré, sin embargo, replicó Ester.

Y el siervo, juzgando tal vez por el tono decisivo con que pronunció estas palabras, y el brillante símbolo que llevaba en el pecho, que era una gran señora del país, no opuso resistencia alguna.

Madre é hija fueron, pues, admitidas en el vestíbulo. El Gobernador, teniendo en cuenta la naturaleza de los materiales de construcción disponibles, así como la diferencia del clima y costumbres sociales de la colonia, había trazado el plano de su nueva morada á imitación de las de los caballeros de moderados recursos en su país natal. Había por lo tanto un ancho y elevado vestíbulo que se extendía hasta el fondo de la casa y servía de medio de comunicación más ó menos directa con todas las otras piezas. En una extremidad se hallaba alumbrada esta espaciosa habitación por las ventanas de las dos torres; y en la otra, aunque protegida por una cortina, lo estaba por una gran ventana abovedada, provista de un asiento de almohadones, en el que había un volumen en folio, probablemente de las Crónicas de Inglaterra ú otra literatura por el estilo. El mueblaje consistía en algunas sillas macizas, en cuyos respaldares había esculpidas guirnaldas de flores de roble; en el centro había una mesa del mismo estilo que las sillas, todo del tiempo de la Reina Isabel de Inglaterra, ó quizás anterior á él, y traído de la casa paterna del Gobernador. Y en la mesa, como prueba de que la antigua hospitalidad no había muerto, un gran jarro de peltre en el fondo del cual el curioso podría haber visto la espuma de la cerveza bebida recientemente.

Colgaba en la pared una hilera de retratos que representaban los antepasados del linaje de Bellingham, algunos vestidos con petos y armaduras y otros con cuellos alechugados y ropa talar. Como rasgo característico, tenían todos aquella severidad y rigidez que invariablemente hay en los antiguos retratos, como si en vez de pinturas fueran los espíritus de hombres ilustres, ya muertos, que estuvieran contemplando con dureza é intolerancia, criticándolos, las acciones y placeres de los vivos.

Hacia el centro de los tableros de roble que cubrían las paredes del vestíbulo había suspendida una cota de malla y sus accesorios, no una reliquia hereditaria, como los retratos, sino de fecha más moderna, fabricada por un hábil armero de Londres el año mismo en que el Gobernador Bellingham vino á la Nueva Inglaterra. Allí había un yelmo, una coraza, una gola y grebas, con un par de manoplas, y colgando debajo una espada; todo, y especialmente el yelmo y la coraza, tan perfectamente bruñido, que resplandecían con un blanco radiante, iluminando el pavimento. Esta brillante panoplia no servía de simple ornato, sino que el Gobernador se la había endosado más de una vez, especialmente á la cabeza de un regimiento en la guerra contra los indios, pues aunque por estudios y profesión era un abogado, las exigencias del nuevo país habían hecho de él un soldado y un Gobernante.

Perlita,—á quien agradó la resplandeciente armadura tanto como el brillante frontispicio de la casa, se entretuvo algún tiempo mirando la pulida superficie de la coraza que resplandecía como si fuera un espejo.

—¡Madre! gritó, madre, te veo aquí. ¡Mira! ¡mira!

Ester, por complacer á su hijita, dió una mirada á la coraza, y vió que, debido al efecto peculiar de este espejo convexo, la letra escarlata parecía reproducida en proporciones exageradas y gigantescas, de tal modo que venía á ser lo más prominente de toda su persona. En realidad, parecía como si Ester se ocultara detrás de la letra. Perla le llamó también la atención á otra figura semejante en el yelmo, sonriendo á su madre con aquella especie de expresión de duendecillo tan común á su inteligente rostro. Esta mirada de traviesa alegría se reflejó igualmente en el espejo, con tales proporciones y tal intensidad de efecto, que Ester no creyó que pudiera ser la imagen de su propia hija, sino la de algún trasgo ó duende que trataba de amoldarse á la forma de Perla.

—Vamos, Perla, dijo la madre llevándosela consigo. Ven á ver este hermoso jardín. Quizás haya en él flores más hermosas que las de los bosques.

Perla se dirigió á la ventana abovedada en el fondo del vestíbulo, y tendió la mirada á lo largo de las calles del jardín, alfombrado de hierba recién cortada, y guarnecido con algunos arbustos, no muchos, como si el dueño hubiera desistido de su idea de perpetuar en este lado del Atlántico el gusto inglés en materia de jardines. Las coles crecían á la simple vista, y una calabacera, plantada á alguna distancia, se había extendido al través del espacio intermediario, depositando uno de sus gigantescos productos directamente debajo de la ventana indicada. Había, sin embargo, unos cuantos rosales, y cierto número de manzanos, procedentes probablemente de los plantados por los primeros colonos.

Perla, al ver los rosales, empezó á clamar por una rosa encarnada, y no quiso estarse tranquila.

—Cállate, niña, cállate, dijo la madre encarecidamente. No llores, mi querida Perla. Oigo voces en el jardín. El Gobernador se acerca acompañado de varios caballeros. Cállate.

En efecto, por la avenida del jardín se veía cierto número de personas con dirección hacia la casa. Perla, sin hacer caso de las tentativas de su madre para aquietarla, dió un grito agudísimo, y guardó entonces silencio; no debido á un sentimiento de obediencia, sino á la viva y móvil curiosidad de su naturaleza que hizo que todo su interés se concentrara en la aparición de estos nuevos personajes.

VIII
LA NIÑA DUENDE Y EL MINISTRO

EL Gobernador Bellingham, vestido en traje de casa, que consistía en una bata no muy ajustada, y gorra, abría la comitiva y parecía ir mostrando su propiedad á los que le acompañaban, explicándoles las mejoras que proyectaba introducir. La vasta circunferencia de un cuello alechugado, hecho con mucho esmero, que proyectaba por debajo de su barba gris, según la moda del tiempo antiguo, contribuía á darle á su cabeza un parecido á la de San Juan Bautista en la fuente. La impresión producida por su rígido y severo semblante, por el que habían pasado algunos otoños, no estaba en armonía con todo lo que allí le rodeaba y parecía destinado al goce de las cosas terrenales. Pero es un error suponer que nuestros graves abuelos,—aunque acostumbrados á hablar de la existencia humana y pensar en ella como si fuese una mera prueba y una lucha constante, y aunque se hallaban preparados á sacrificar bienes y vida cuando el deber lo requería,—hicieran caso de conciencia rechazar todas aquellas comodidades, y aun regalo, que estaban á su alcance. Semejante doctrina no fué nunca enseñada, por ejemplo, por el venerable pastor de almas Juan Wilson, cuya barba, blanca como la nieve, se veía por sobre el hombro del Gobernador Bellingham, mientras le decía que las peras y los melocotones podrían aclimatarse en la Nueva Inglaterra, y que las uvas de color de púrpura podrían florecer si estuvieran protegidas por los muros del jardín expuestos más directamente al sol. El anciano ministro tenía un gusto legítimo y de larga fecha por todas las cosas buenas y todas las comodidades de la vida; y por severo que se mostrase en el púlpito en su reprobación pública de transgresiones como las de Ester Prynne, sin embargo, la benevolencia que desplegaba en la vida privada le había grangeado mayor cantidad de afecto que la concedida á ningún otro de sus colegas.

Detrás del Gobernador y del Sr. Wilson venían otros dos huéspedes: uno el Reverendo Arturo Dimmesdale, á quien el lector recordará tal vez por haber desempeñado, no voluntariamente, un corto papel en la escena del castigo público de Ester; y á su lado, como si fuera su compañero íntimo, el viejo Rogerio Chillingworth, persona de gran habilidad en la medicina, y que hacía dos ó tres años había fijado su residencia en la colonia. Se decía que este sabio anciano era al mismo tiempo el médico y el amigo del joven eclesiástico, cuya salud se había deteriorado mucho últimamente á causa de su abnegación sin límites y su consagración completa á los trabajos y deberes de su sagrado ministerio.

El Gobernador, adelantándose á sus huéspedes, subió dos ó tres escalones, y abriendo una de las hojas de la gran ventana del vestíbulo, se encontró cerca de Perla. La sombra de la cortina ocultaba parcialmente á la madre.

—¿Qué tenemos aquí?—dijo el Gobernador mirando á la figurita color de escarlata que estaba delante de él. Confieso que no he visto nada parecido desde los días de mis vanidades, allá en mis tiempos juveniles, cuando consideraba inestimable favor ser admitido en los bailes de disfraces de la Corte. Había entonces un enjambre de estas pequeñas apariciones en los días de fiesta. ¿Pero cómo ha entrado este huésped en mi antecámara?

—Sí, en efecto, exclamó el buen anciano Sr. Wilson, ¿qué pajarito color de escarlata podrá ser éste? Me parece haber visto algo semejante cuando el sol brilla al través de los cristales de una ventana de variedad de colores, y dibuja imágenes doradas y carmesíes en el suelo. Pero eso era allá en nuestra vieja patria. Díme, niña, ¿quién eres, y qué ha movido á tu madre á aderezarte de un modo tan extraño? ¿Eres una niña cristiana? ¿Sabes el catecismo? ¿Ó eres acaso uno de esos petulantes duendes ó trasgos que creíamos haber dejado para siempre en la alegre Inglaterra?

—Yo soy la hija de mi madre, respondió la visión escarlata, y mi nombre es Perla.

—¿Perla?—más bien Rubí, ó Coral, ó Rosa encendida por lo menos, á juzgar por tu color, respondió el anciano ministro extendiendo la mano, inútilmente, para acariciar la mejilla de Perla.—¿Pero dónde está tu madre? ¡Ah! Ya comprendo, agregó; y dirigiéndose al Gobernador le dijo en voz baja:—Esta es precisamente la niña de que hemos hablado; y ved ahí á esa infeliz mujer, á Ester Prynne, su madre.

—¿Eso dices? exclamó el Gobernador. Sí, deberíamos haber pensado que la madre de tal niña tenía que ser una mujer escarlata, y un tipo digno de Babilonia. Pero á buen tiempo llega, y trataremos de este asunto inmediatamente.

El Gobernador entró en la antecámara seguido de sus tres huéspedes.

—Ester Prynne, dijo clavando la mirada naturalmente severa en la portadora de la letra escarlata, en estos días se ha hablado mucho de tí. Hemos discutido con toda calma y seso, si nosotros, que somos personas de autoridad é influencia, cumplimos con nuestro deber confiando la dirección y guía de un alma inmortal, como la de esta criatura, á quien ha tropezado y caído en medio de los lazos y redes del mundo. Habla, tú que eres la madre de esta niña. ¿No crees que sería mejor, tanto para el bienestar temporal como para la vida eterna de tu pequeñuela, que se te prive de su cuidado, y que vestida de una manera menos vistosa, se la eduque en la obediencia y se la instruya en las verdades del cielo y de la tierra? ¿Qué puedes hacer en pró de tu niña en este particular?

—Yo puedo instruir á mi hija según la enseñanza que he recibido de esto,—respondió Ester tocando con el dedo la letra escarlata.

—Mujer, esa es tu insignia de vergüenza, replicó el severo magistrado. Precisamente en consecuencia de la falta que indica esa letra, deseamos que tu hija pase al cuidado de otras manos.

—Sin embargo, dijo la madre tranquilamente, aunque volviéndose cada vez más pálida, esta insignia me ha dado, y me da diariamente, y hasta en este momento, lecciones que harán á mi hija más cuerda y mejor, aunque para mí no sean ya de provecho.

—Ahora lo sabremos, dijo el Gobernador, y decidiremos lo que hay que hacer. Mi buen Señor Wilson, os ruego que examinéis á esta Perla, pues tal es su nombre, y veáis si tiene la instrucción cristiana que conviene á una niña de su edad.

El anciano eclesiástico se sentó en un sillón é hizo un esfuerzo para atraer á Perla entre sus rodillas. Pero la niña, acostumbrada solamente al tacto familiar de su madre y no al de otra persona, se escapó por la ventana abierta y se plantó en el escalón más alto, pareciendo entonces un pájaro tropical silvestre, de brillante plumaje, dispuesto á emprender el vuelo en los espacios. El Sr. Wilson, no poco sorprendido de esto, pues era una especie de patriarca favorito de los niños, trató sin embargo de proceder al examen.

—Perla, le dijo con gran solemnidad, tienes que recibir instrucción para que, á su debido tiempo, logres llevar en tu seno una perla de gran precio. ¿Puedes decir, hija mía, quién te ha creado?

Perla sabía perfectamente qué responder, porque siendo Ester la hija de una familia piadosa, poco después de la conversación que había tenido con su niña acerca de su Padre Celestial, había comenzado á hablarle de esas verdades que el espíritu humano, cualquiera que sea su estado de desarrollo, oye con intenso interés. Por lo tanto Perla, aunque solo contaba tres años de edad, podría haber sufrido con buen éxito un examen en algunas materias religiosas; pero la perversidad más ó menos común á todos los niños, y de la cual la chicuela tenía una buena dosis, se apoderó de ella en el momento más inoportuno, y la hizo cerrar los labios ó proferir palabras que no venían al caso. Después de llevarse el dedo á la boca, y de muchas negativas de responder á las preguntas del buen Sr. Wilson, la niña finalmente anunció que no había sido creada por nadie, sino que su madre la había recogido en un rosal silvestre que crecía junto á la puerta de la cárcel.

Esta respuesta fantástica le fué probablemente sugerida por la proximidad de los rosales del Gobernador, que tenía á la vista, y por el recuerdo del rosal silvestre de la cárcel, junto al cual había pasado al venir á la morada de Bellingham.

El viejo Rogerio Chillingworth, con una sonrisa en los labios, murmuró unas cuantas palabras al oído del joven eclesiástico. Ester dirigió una mirada al hombre de ciencia, y á pesar de que su destino estaba colgando de un hilo, se quedó sorprendida al notar el cambio verificado en las facciones de Rogerio, que se había vuelto mucho más feo, su cutis más atezado, y su figura peor formada que en los tiempos en que le había conocido más familiarmente. Sus miradas se cruzaron un instante, pero inmediatamente tuvo que prestar toda su atención á lo que estaba pasando respecto á su hija.