BIBLIOTECA de LA NACIÓN

OCTAVIO FEUILLET

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HONOR DE ARTISTA

BUENOS AIRES

1919

Derechos reservados.

Imp. de La Nación.—Buenos Aires


ÍNDICE

I. [Pedro de Pierrepont]
II. [Fabrice]
III. [Beatriz]
IV. [Aquellas señoritas]
V. [La vizcondesa de Aymaret]
VI. [El secreto de Pedro]
VII. [Rivales]
VIII. [Marcela]
IX. [Gustavo Calvat]
X. [Confidencias]
XI. [«Fin de siglo»]
XII. [Del palco del Teatro Francés]
XIII. [Pasión]
XIV. [La apuesta]
XV. [Honor de artista]

I

pedro de pierrepont

Uno de los más nobles nombres de la vieja Francia, el de los Odón de Pierrepont, era llevado, y bien llevado, hacia 1875, por el marqués Pedro Armando, quien frisaba entonces en los treinta años, y venía a ser el último descendiente masculino de tan ilustre familia. Era el marqués uno de esos hombres que, por su bello y serio rostro, su gracia viril, su elegancia correcta y sencilla, hacía espontáneamente brotar de los labios esta frase de trivial admiración: tiene porte de príncipe.

Y en efecto, difícil hubiera sido figurárselo detrás de un mostrador, midiendo seda en un almacén o desempeñando otra profesión cualquiera que no fuese la de diplomático o la de soldado, que son, al fin, oficios de magnate. Por otra parte, habíase podido apreciar de qué fuera capaz el marqués de Pierrepont, vistiendo el uniforme militar, por cuanto en la guerra del 70 dio pruebas del más cumplido valor, volviendo pacíficamente, una vez terminada aquélla, a emprender su vida habitual de parisiense y de dilettante a que lo impulsaban tendencias, gustos, falta de ambición, y un poco también el deseo de complacer a cierta anciana tía, que no se contaba seguramente entre las fervientes admiradoras de la república.

Era esta tía la baronesa de Montauron, por su familia Odón de Pierrepont; cifraba en su apellido el más grande orgullo y era viuda y sin hijos, circunstancia que no la entristecía, puesto que, merced a ella, proponíase disponer a su muerte en favor de su sobrino, de los cuantiosos bienes que heredara de su difunto marido, dando por esta combinación nuevo brillo a los un tanto deslustrados blasones de su casa, porque sin que pudiera estrictamente decirse que los Pierrepont se hallasen arruinados, encontrábanse, de dos generaciones atrás, en menos que mediano estado de fortuna, sobre toda si se considera cuán grandes son las exigencias de la vida al uso de los tiempos que alcanzamos.

Una renta de escasas treinta mil libras fue todo lo que de la sucesión paterna pudo sacar el joven marqués, y si esta suma era suficiente para asegurar su independencia, no era bastante ni aun adicionada con el ligero suplemento que a título de aguinaldos dábale anualmente su tía, para llenar las necesidades de posición a que se veía obligado un hombre de su clase, representante de toda una estirpe de grandes señores. Ciertamente que la señora de Montauron, que tenía por su parte una entrada anual de muy cerca de cuatrocientos mil francos, habría podido muy bien no aguardar la hora de la muerte para dorar un poco el escudo heráldico de su sobrino, pero la dominaba una pasión todavía más decisiva que el orgullo de raza, y esa pasión era el egoísmo. Verdad es que la vida un tanto estrecha que las circunstancias obligaban a llevar a aquél, mortificaba grandemente la altivez de la vieja baronesa, pero, así y todo, no se resolvía a tomar sobre sí la obligación de mejorarla en algo mediante cualquier leve sacrificio impuesto a sus comodidades personales. Tenía esta señora, en la época de nuestro relato, cincuenta años, y según cálculos que hiciera sobre ciertas estadísticas de mortalidad, tenida en cuenta la longevidad de sus ascendientes, había venido a sacar en limpio que su existencia podría aún prolongarse cosa de treinta años, por término medio. La humillación de ver al último varón de su raza reducido a estado relativamente precario por tan largo espacio de tiempo, era para ella prueba penosísima, pero la sola idea de verse obligada a vender su casa de la calle Varennes o sus bosques de los Genets, presentábase a su imaginación cual rasgo de rematada locura, y, en su afán de conciliar sentimientos tan contradictorios, dio en la idea de mejorar la suerte del marqués por el único expediente posible, que era casarlo con una rica heredera.

Tal era el fin que perseguía con vehemente anhelo la señora de Montauron en los momentos en que principia esta verídica historia. Serias preocupaciones atormentaban a la baronesa acerca de que su hermoso sobrino, como ella lo llamaba, quien, por otra parte, era muy buscado en sociedad, sobre todo por las damas, se prestase fácilmente a abandonar su vida independiente y galante para doblar el cuello a la, marital coyunda, si bien debe observarse, como es bastante frecuente, que suelen ser aquellos hombres más llamados por sus atractivos personales a más rápidas conquistas de femeninos corazones, precisamente los que menos importancia dan a su envidiable fortuna: indiferentes hacia triunfos para ellos fáciles, carecen en general de esa fatuidad, de eso que pudiéramos llamar furor galante, característico en aquellos otros de sus congéneres cuyas victorias sobre el bello sexo débenlas únicamente a la constante lucha contra un modo de ser moral y físico en que no abundan como don natural los atractivos. Mucho se hablaba de los éxitos obtenidos en esas lides por el marqués de Pierrepont, si bien él, conduciéndose con caballeresca discreción, jamás confesó ninguno, por más que en lo que se decía mucho debía haber de verídico y auténtico; en resumen, no era un libertino, y aun puede asegurarse que había en él un fondo de seria dignidad que comenzaba a alarmarse de esos devaneos a que tarde o temprano lleva fatalmente la soltería.

Y como prueba de lo que venimos diciendo, manifestaremos que departiendo acerca de estos escabrosos particulares con el pintor Jacques Fabrice, a cuya casa solía ir por las tardes con el fin de tomar una taza de te y fumar un cigarrillo, se expresaba en estos términos el señor de Pierrepont, dirigiéndose a su amigo:

—¿Sabes lo que me pasa? Hoy cumplo treinta y un años.

—Hermosa edad—replicó el pintor, que dibujaba al amparo de la amplia pantalla de su lámpara.

—Es, en efecto, una hermosa edad—continuó el señor de Pierrepont—; es la edad en que el hombre se halla en la plenitud de sus facultades, pero es al mismo tiempo una hora crítica, una hora decisiva en la vida y sobre todo en la vida de un ocioso, de un simple dilettante como yo. Me encuentro en esa fatídica línea que separa la juventud de la edad madura... Si resbalo, en ese período de la existencia, llevando a él las pasiones y los hábitos de los pasados días, no puedo hacerme ilusiones sobre el porvenir que me espera... Me parece que tengo algunas nociones siquiera de honor y de buen gusto... además, profeso instintivo horror a todo lo que es falso y bajo... y, sin embargo, si me abandono al ciego destino en estos momentos de crisis, vislumbro un futuro que hiere todas mis singulares aprensiones... Entreveo en el horizonte amores de decadencia, una juventud artificial obstinándose en combatir en vano contra las advertencias y las humillaciones de la edad... secretas operaciones de tocador tan vergonzosas como inútiles... alguna vieja amante legítima in extremis... y otras mil cosas del mismo género, a las cuales, es cierto, amigo mío, que en nada me cedían cuanto a delicadeza, han concluído por resignarse mansamente... Pues bien, mi buen Fabrice, cuanto más reflexiono acerca del medio de escapar a este triste futuro, tanto más me convenzo de que no hay otro medio sino seguir la trillada senda de nuestros antecesores.

—¡Ah! ¡Ah!—dijo Fabrice.

—¡Naturalmente!—exclamó Pedro—; el matrimonio, sin duda que el matrimonio tiene sus inconvenientes, sus tristezas, sus peligros, pero, así y todo, es el mejor abrigo en que un hombre puede pasar tranquilo la vejez y aguardar la muerte sin deshonrar sus canas.

El pintor dio un hondo suspiro sin responder a Pedro.

—Dispénsame—le dijo su amigo—. Este asunto te enoja con razón. No debiera haberlo olvidado.

—Mi experiencia personal es muy triste a este respecto; tú lo sabrás, Pedro—contestó el pintor—; pero, después de todo, eso no quiere decir nada... Hice un matrimonio de loco... en fin, no me arrepiento, porque, al cabo, tengo a mi hija.

—Precisamente—añadió Pierrepont—, tienes una hija... yo también puedo tener otra, tal vez un hijo, y ésos son afectos, distracciones que hacen olvidar a un hombre el eterno femenino: digo más: pueden revestir de cierto prestigio la edad madura de la vida... Es hermoso ver a un padre todavía joven llevando a sus hijos de la mano a paseo... ¡Bueno! qué quieres, vas a admirar mi candor... pero... pero siento como un vago deseo de amar siquiera una vez en la vida a una mujer honrada.

Los ojos del pintor se apartaron un momento del dibujo para fijarse con aire de extrañada simpatía en el bello rostro de su amigo.

—¡Vamos! ¡Ya! quieres ensayar un segundo estilo... quieres saber si en materia de amor, hay algo más superior, algo que aventaje a eso que en lenguaje de mostrador se llama bisutería. Y bien, ¿qué te falta para realizar tan poético ensueño?

—Una mujer.

—Exactamente. Pero me parece que con tu nombre, tu porvenir... tus atractivos personales, si me permites que así me exprese, no te será difícil encontrarla con sólo quererlo.

—No sólo con quererlo yo; es preciso que también lo quiera mi tía.

—¿No me has dicho que tu tía deseaba casarte lo más pronto posible?

—Di mejor lo más ricamente posible—replicó el marqués acentuando amargamente la frase—: mi tía sostiene que, siendo el matrimonio una pura lotería, de lo que solamente debe uno preocuparse es del dote, abandonando lo demás al azar... Te aseguro que yo no opino del mismo modo... Compréndeme bien: no me encuentro en situación de mirar con desdén los títulos de renta al tres por ciento... pero, sin embargo, desearía, que al mismo tiempo me ofreciera mi prometida ciertas garantías de honor y de dicha... y todavía añado, garantías excepcionales... Ya tú sabes la educación que hoy reciben las niñas... eso aterra. Y ahí tienes por qué mi matrimonio, aun deseándolo tanto mi tía y yo, no acaba de salir de los limbos de la hipótesis... A propósito de mi tía: ¿vas a venir a los Genets? Mi tía me dice en su última carta que cuándo puede contar contigo.

—A partir del 15 de agosto estoy libre y a sus órdenes.

—¡Magnífico! No la conoces, ¿es verdad?

—No, hijo, ni aun de retrato.

—Bien, ya te he dicho que como retrato, sería... ¿cómo te diría yo?... sería... un poco ingrata.

—Ya trataré de conquistarla.

—Tendrás méritos si lo consigues.

—Hasta la vista, pues.

—Hasta la vista, adiós.

II

fabrice

¿Hay en el arte especial del pintor, en esa vida solitaria, semiclaustral que su profesión le impone, en esa afanosa carrera en pos de un tipo de absoluta belleza, jamás alcanzado, alguna secreta virtud que eleve su espíritu, que depure su moral personalidad? No lo sé, mas no me engañaría si asegurase que suelen encontrarse en los talleres del pintor, con más frecuencia que en cualquier otro sitio, esas almas candorosas y graves, esos corazones sencillos, rectos y altivos que tan alto hablan en honor de la humana especie; y sin que pretenda dar a mi observación la fuerza de una verdad axiomática, que sería irracional e injusta, puedo decir en conciencia, que pocos caracteres podrían compararse en nobleza con los de algunos artistas a quienes muy de cerca he conocido.

Los orígenes de Jacques Fabrice eran humildísimos.

Desempeñaba su padre modesto empleo en una de las alcaldías de París, y, aunque murió joven, vivió, sin embargo, lo bastante para contrariar por todos los medios la precoz disposición que para las artes del dibujo mostrara el niño. Ocupábase la madre en la, confección de flores artificiales, y dotada de más delicado instinto, simpatizaba secretamente con los gustos de su hijo. Una vez viuda, consiguió en breve hallar el camino de procurar a éste la indispensable enseñanza artística, alentándolo al propio tiempo en su noble vocación; y contaba el muchacho apenas quince años, cuando ya podía ayudar a la madre en los breves gastos de su pobre hogar, pintando para el caso muestras de tienda, en los estrechos intervalos que le dejaba el aprendizaje. Dícese que fue viéndole trabajar en la fachada de cierta miserable taberna de Meudon, donde uno de los príncipes de la pintura contemporánea echó de ver sus méritos, y tal afecto le cobró a poco, que no sólo lo recibió en su taller, sino lo que es más, dos años después llevólo consigo a Italia. Tuvo la madre de nuestro Fabrice la dicha inefable de presenciar los triunfos primeros de su hijo, quien le debía en parte no sólo la naciente nombradía, si que también esa atractiva mezcla de suavidad y de energía que es la natural y conmovedora consecuencia de ese doble papel de protegidos y de protectores que nos hacen, tantas veces jugar los acontecimientos.

No fue, sin embargo, hasta después del admirable cuadro que en el salón de 1875 expuso Jacques Fabrice, que su reputación quedó sentada cual hecho indiscutible; hasta entonces la fama de su competencia no había traslucido fuera de un limitado círculo de amigos y de admiradores, porque su trabajo, lento y concienzudo hasta la nimiedad, su gusto difícil, su horror a lo vulgar, en una palabra, su probidad artística, fueron causas que retardaron esa revelación brillante de su luminoso talento.

Por otra parte, había tenido que luchar en los comienzos de su carrera con abrumadores pesares. Una ligereza de juventud lo impulsó en sus veintidós años a contraer matrimonio con la hermana de uno de sus compañeros de taller: era ésta una muchacha bonitilla que parecía arrancada de un cuadro de Creuze, y como la madre de nuestro pintor, obrera en flores. Fabrice la veía trabajar asiduamente en su ventana, y parecíale al incauto artista que ella fuese la imagen misma de la dicha y de las domésticas virtudes, y forjóse un idilio, barajando en el desvarío de su inexperiencia la alianza de la casta pobreza con la naciente fortuna. Casóse, pues, con ella, y todos los tormentos que una inteligencia predestinada, todas las amarguras que un alma delicada puede sufrir al contacto permanente de la vulgaridad de espíritu y de la bajeza de carácter, todo eso lo sufrió Fabrice al lado de esa preciosa criatura. Incapaz de comprender siquiera las altas condiciones del artista, le reprochaba sin cesar con gritos de furia, la lentitud de sus estudios, la serena conciencia que ponía en su trabajo, impulsándolo a la premura productiva de la ruin producción comercial, y aun se dio caso de llevar ella misma ávidos mercaderes al taller de su propio marido, ausente éste, vendiéndoles a vil precio no acabados cuadros, con gran desesperación del artista sin ventura. No tuvo, por último, más que un mérito: murió al cabo de siete u ocho años, dejando a Fabrice una niña que por dicha no se parecía a su madre.

El joven marqués de Pierrepont, cuyo diletantismo ocupábase casi con idéntico entusiasmo en las cosas del sport como en las del arte, y que era un juez eximio en ambas materias, fue uno de los primeros en vislumbrar el gran porvenir que la fortuna reservaba a Jacques Fabrice. Se habían conocido durante los aciagos días del sitio de París, eran camaradas en la misma compañía de uno de los regimientos de marcha y habían sido también compañeros de ambulancia, los dos heridos en la batalla de Châtillon. Como resultado de estas relaciones, empezó el marqués a frecuentar el taller de su nuevo amigo, haciéndose desde este momento el apologista de su talento en la buena sociedad, talento todavía o ignorado, o discutido. Así, con el transcurso del tiempo, habíase venido a formar entre ellos una amistad tan estrecha y confiada, cual puede ella serlo tratándose de dos hombres por naturaleza altivos y reservados.

Pedro de Pierrepont procuró varias veces, aunque sin éxito, convencer a su tía de que se dejase retratar por su amigo, garantizándole su competencia e indiscutibles méritos, insinuándole que sería honroso para ella, y al mismo tiempo económico, ser una de las primeras en dar relieve a un artista llamado a alcanzar ruidosa reputación.

—Mira—le contestaba la tía—, me parece mejor aguardar a que esa celebridad se haya hecho por ministerio del prójimo; a mí no me gusta servir de muestra.

Pero los triunfos que en el salón de 1875 obtuvieron los cuadros de Fabrice decidieron a la desconfiada baronesa, dignándose por fin otorgar su protección a un hombre que precisamente ya en aquellos momentos para nada la necesitaba; pero el hecho fue que al cabo se resolvió, y después de ardua y detenida conferencia con Pierrepont, tuvo a bien invitar al pintor a que fuera a pasar algunas semanas en los Genets, donde ella podría entregarse a las molestias consiguientes a tal operación, con más comodidad y espacio que en París.

Por consecuencia de tan alta merced, Fabrice debía, según ya dijimos, trasladarse a la susodicha posesión, en el departamento de Orne, para reunirse allí con el marqués, una vez vuelto éste de las carreras de Deauville.

III

beatriz

La baronesa de Montauron, en cuya casa vamos a penetrar, siguiendo los pasos de su sobrino el marqués de Pierrepont, era una mujer de mucho talento y gracia suma, pero sin corazón: había hallado, sin embargo, modo de crearse sólida reputación de alma generosa, recogiendo cierta joven huérfana, lejana pariente de su marido, la cual huérfana le servía de lectriz, de enfermera y aun un poco de doncella.

Beatriz de Sardonne, era hija del conde de su apellido a quien las carreras de caballos principiaron a arruinar, rematándolo la Bolsa; murió, pues, dejando a su hija con mil francos de renta, y dicho se está que mil francos de renta son la miseria o el convento. La señora de Montauron, que envejecía en tiempo y declinaba en salud, hacía fecha que pensaba en procurarse una señorita de compañía que aliviase el peso de su soledad y la carga de sus enfermedades. Deseaba, naturalmente, que dicha señorita fuese distinguida, y esto por decoro de su casa y nombre: quería también que la candidata tuviera buen carácter (circunstancia más que esencial, indispensable, créanos el lector, para estar a su lado). Exigía que fuera hermosa, a fin de que su presencia viniese a ser como un cebo para el sexo fuerte, de cuyos atractivos había sido siempre la baronesa devota fervientísima. La señorita de Sardonne parecía responder a la perfección a tan varias exigencias, puesto que era de ilustre cuna, perfecta distinción y soberana belleza, y aun hay quien dice que demasiado soberana en sentir de la baronesa, pero era necesario ser indulgente en algo, dado que las señoritas de compañía no pueden mandarse hacer, como los sombreros. Era la señorita de Sardonne de bastante estatura, pero lo que sobre todo la hacía admirar era su magnífico aire: una reina. Ojos de obscuro purísimo azul, tez ligeramente morena, y al sonreír dos hoyuelos se abrían en sus mejillas. ¡Detalle por cierto encantador! Su traje tenía que ser por fuerza muy sencillo; casi siempre un vestido negro sin adornos; algunas veces lo cambiaba por otro tornasolado que modelaba finamente su soberbio busto de diosa, realzando cada uno de sus movimientos a un metálico rielar. Circunspecta por carácter y posición, no hablaba nunca más que para responder con breve urbanidad a las preguntas que se le dirigían, y obedecía, si no con paciencia, al menos con calma imperturbable las con frecuencia mortificantes órdenes y tiránicos caprichos de la baronesa: un imperceptible vertical pliegue entre los dos arcos de sus cejas, que se acentuaba algunas veces bruscamente, podía sólo dar testimonio de la secreta repugnancia que le causaba su casi servil situación.

Esta resplandeciente beldad llena de encanto y de misterio, tenía, cual fácilmente puede concebirse, numerosísimos y a veces no muy delicados apreciadores entre los jóvenes y viejos amigos de la casa, pero la grave decencia, la fría reserva de la señorita de Sardonne derrotaban presto tan sospechosos homenajes. Tal vez en la ingenuidad de su alma, en la tranquila conciencia de su belleza, pudo quizás ella creer que algunas de estas adoraciones eran dictadas por leales sentimientos, por confesables intenciones, mas con su rápida y fina penetración de mujer, no tardó en comprender que todos estos postulantes que sin respiro la asediaban, aspiraban a todo, menos a su mano, y esta convicción diariamente ratificada concluyó por añadir a la honda melancolía que minaba el corazón de la huérfana, la sensación cruel del más acerbo desprecio. Y además, aun cuando ella no hubiese tenido tan alto y merecido concepto de sí propia, aun cuando ella no hubiese sido la hija del conde de Sardonne, contra las asechanzas más o menos tácitas de que pudieran hacerla blanco, tenía nuestra interesante huérfana broquel más templado que el desprecio, escudo más noble todavía que el honor mismo, porque la señorita de Sardonne había ya hecho a alguien merced de su alma.

Es muy raro, en efecto, que una joven no haya escogido, aun desde la infancia, allá en el secreto de su pensamiento, al hombre a que daría su mano, si bien es cierto que sus secretos votos rara vez se realizarán al compás de su voluntad. Encuentra ella siempre entre las personas que frecuenta, una determinada, respondiendo perfectamente al ideal que la mujer se forja del marido, es decir, del novio, porque en esta dichosa edad las dos palabras son sinónimas. Apenas contaba doce años Beatriz de Sardonne, cuando ya paró mientes en la acogida excepcionalmente favorable que en su familia y sociedad se hiciera a cierto joven vecino del campo que pasaba en París los inviernos. Era evidente para la niña que sus tías, sus primas, su mamá misma se conmovían más que de ordinario cuando el susodicho anunciaba una de sus visitas, hasta el punto que la conversación, con frecuencia lánguida aun entre mujeres en el campo, animábase de súbito.

No podía dudarse que la próxima llegada del esperado huésped despertaba en aquellos femeniles corazones grata emoción, y hasta se corría a las ventanas para espiar su venida: en fin, cuando Pedro de Pierrepont aparecía con su aire de príncipe, haciendo caracolear su caballo en torno del césped del jardín, las señoras acudían radiantes al patio, mientras que la señorita de Sardonne, observando las cosas a través del follaje, sentía que su joven corazón se agitaba en su pecho con palpitaciones a su edad proporcionadas.

Las impresiones de la niña, creciendo con ella, fueron tomando de año en año más profundo y reflexivo carácter. El marqués de Pierrepont era universalmente considerado como el prototipo del caballero, del hombre seductor, pero para Beatriz fue más todavía, porque su educación, sus gustos, sus preocupaciones mismas, la predisponían más que a persona alguna a admirar aquella graciosa figura del gentilhombre, aquel ser, por decirlo así, de lujo, que parecía moldeado en diferente arcilla que los hombres humanos y creado únicamente para nobles ocupaciones y elegantes quehaceres: guerra, caza, letras, amor.

Los sentimientos de la señorita de Sardonne por Pedro de Pierrepont habíanse ido desenvolviendo poco a poco hasta llegar a la adoración, adoración que la niña guardaba cual en un santuario, en el más oculto rincón de su casto pecho, sin que Pedro lo sospechara siquiera, pues tenía por las jóvenes de la edad de Beatriz el desprecio propio en un hombre de su temple y años.

Próximamente diez y siete tenía la señorita de Sardonne cuando viéndose sus padres al borde del abismo, donde los restos de su fortuna iban a perderse, retiráronse bruscamente del mundo, no conservando relaciones sino con dos o tres muy íntimos amigos. El marqués de Pierrepont, después de dos o tres infructuosas tentativas para forzar la consigna, había creído delicado no insistir, así, pues, perdió de vista a esta familia, sabiendo luego su total naufragio y la muerte del conde y la condesa. En consecuencia, no volvió a ver a Beatriz hasta el momento de su entrada en casa de la señora de Montauron bajo los tristes auspicios de prima en la miseria, de señorita de compañía; de comodín, en fin. Muy lejos estaba ciertamente de sospechar el marqués que a él se debiera en gran parte, quizás en todo, que la señorita Sardonne hubiera preferido al convento la casa de la baronesa, pero era de un natural demasiado generoso para no sentirse conmovido ante tal infortunio, aun cuando él no se hubiera presentado de por sí bajo formas tan dramáticas y atractivas.

Observábase que ponía particular empeño en realzar a fuerza de respetuosas consideraciones la humillante situación de la huérfana; pero al mismo tiempo parecía como que evitaba toda clase de intimidad con ella, y lo que es más, manifestábale habitualmente una reserva vecina a la frialdad, cual si desconfiara ora de ella, ora de sí propio.

Tales eran las recíprocas relaciones de estas dos personalidades en los días en que Pierrepont llegó a la posesión de los Genets, precediendo en algunos a su amigo Jacques Fabrice.

Los Genets era una antigua propiedad de aquella familia que había sido en parte destruída y en parte vendida, durante el período revolucionario, y sólo al cabo de cincuenta años decidióse el barón de Montauron, a instancias de su mujer, de quien aquél era el más seguro y el más humilde servidor, a rescatar en gran precio las tierras, restaurando al mismo tiempo el arruinado edificio, del cual no quedaba, otra cosa más que una hermosa y almenada torre sacrílegamente encuadrada entre dos construcciones modernas. El conjunto, a pesar de su irregularidad arquitectónica, no dejaba de ser imponente, y grandes avenidas de hayas, un parque y bosques cruzados por un afluente del Orne, acababan de dar a esta habitación eso que es de uso llamar señorial apariencia.

La señora de Montauron, que profesaba a la soledad cordialísimo aborrecimiento, concedía a sus amigos la más amplia hospitalidad en su campestre mansión, aunque, habiendo resuelto que aquel año de 1875 marcaría el fin del celibato de su sobrino, extendió aún más sus invitaciones en esta jornada, poniendo en la confección de las listas de convite los más diplomáticos cuidados. Admitió así, con mayor indulgencia de la acostumbrada, buen número de herederas pertenecientes a la alta banca francesa y cosmopolita, contando astutamente con que las intimidades de la vida de campo ofrecerían la deseada ocasión y harían madurar el perseguido proyecto, descartando con maquiavélica experiencia a las casadas jóvenes y bonitas, quienes podrían distraer la atención del neófito, en secundarias bagatelas.

Encontró, pues, el marqués en los Genets hasta media docena de lindas y candorosas señoritas, quienes, a pesar de su probada inocencia, parecían darse cuenta bastante exacta de la situación; por lo menos así se hubiese creído considerados sus respectivos comportamientos, pudiendo presumirse que estaban en el secreto y aun en la complicidad de la baronesa, visto cuanto cada una de ellas, según sus personales intuiciones y peculiar estilo, ponía de su parte, a fin de hacer triunfar su candidatura. Nada más natural.

El catecúmeno que se trataba de atraer a la buena senda era no sólo un hombre de raras seducciones personales, sino, lo que es más, el presunto heredero de una gran fortuna, que, por si algo faltaba, disponía también de una corona de marquesa, y no hay que decir, considerados estos graves antecedentes, si sería formidable el despliegue de trajes, gracia, candor, aturdimiento o afectada indiferencia a que se entregaron aquellas adorables señoritas.

No era, pues, en verdad aburrida la existencia en los Genets, porque familias de las invitadas, hermanos y amigos componían una divertida y animada colonia, pronta siempre a distraerse con los ejercicios de práctica en el campo, menudeando los paseos en coche, las partidas de pescas, los lawn-tennis por la mañana, pasándose las noches en inocentes juegos alternados con tal cual rigodón. La baronesa, a quien el silencio era odioso porque le hacía pensar en la muerte, gustaba de todo ese movimiento, si bien mezclándose poco directamente a él por cuanto el reuma no le dejaba casi momento de reposo; pero ya desde su sillón de donde daba órdenes como desde un trono, ya sentada a la sombra de los copudos árboles del parque, complacíase en ver agitarse aquella brillante juventud, que la formaba una pequeña corte, deleitándose en ver desfilar aquellos breacks, aquellos mails llenos de exquisitas elegancias, rebosando refinadas alegrías.

Espectáculo tal no parecía seguramente tan grato a la señorita de Sardonne, porque, descontadas las raras ocasiones en que la señora de Montauron se decidía a subir en carruaje, en cuyo caso llevaba consigo a su lectriz, la tenía sin misericordia encerrada en casa, bajo el pretexto de decencia social. La pobre Beatriz quedaba así fuera de aquella vida de placer y de lujo, en medio de la cual presentía, por otra parte, que su sencillo traje y modesto continente habría sido motivo de sonrojo. Educada ella misma en los esplendores de la vida mundana, tenía, como la mayor parte de las jóvenes de su clase, irresistibles aficiones a la elegante vida del sport. Era, en suma, más un corazón noble que un alma superior; altanera pero no reflexiva, tras los encantos de su hermoso sonreír, ocultábanse a veces amargos sufrimientos, y cuando seguía con la vista aquellos caballeros y aquellas amazonas que se perdían bajo los añosos árboles de las anchas avenidas, si su frente permanecía serena y pura, partíase su pecho al duro golpe del dolor.

La llegada de Pierrepont al castillo le aparejó aún más crueles suplicios, que por cierto no fue ella la última en prever, puesto, que la baronesa tenía muy poderosas razones para poner al cabo a la huérfana sobre las pretensiones y proyectos conyugales que acerca de su sobrino abrigara. Debemos decir en justicia que nunca Beatriz, una vez consumada la ruina de su familia, había alimentado esperanza alguna de ver un día compartidos sus sentimientos con el marqués, y sancionados por el matrimonio, advirtiéndole su razón distintamente cómo Pierrepont estaba para siempre perdido para ella y que sólo a milagro pudiera deber el verlo su marido; pero en fin, en tanto que Pedro continuase soltero podía tal vez el Cielo operar el prodigio... y este blando ensueño le daba la vida... más ahora... ¡Oh, ahora!... La dulce quimera habíase para siempre desvanecido.

Beatriz sentía cual cosa evidente que el temeroso suceso estaba a punto de realizarse: todo lo presagiaba: la baronesa, como ella misma decía a su lectriz, jugaba esta vez su última carta, y el joven marqués se prestaba al juego con toda buena voluntad, que el final resultado no podía ser dudoso.

Es difícil figurarse ni más acerbo ni más glacial tormento que aquel que hacía días venía sin piedad torturando el alma de la señorita de Sardonne; brillantes rivales se disputaban la mano del hombre de su amor, y ella veíase forzada a presenciar ese torneo en sonriente expectativa.

IV

aquellas señoritas

Pierrepont había llegado a los Genets un lunes. Hacia el mediodía del domingo siguiente, abandonó a los huéspedes de su tía, quienes tenían concertada una partida de pesca, para después del almuerzo, y se fue a la estación inmediatamente con el fin de esperar a su amigo y presentarlo a la baronesa. Encontraron a la señora de Montauron haciendo una labor cualquiera en una inmensa sala tapizada de blanco y en cuyas paredes campeaban antiguos retratos de familia: Beatriz, entretanto, leía un diario.

No tuvo el pintor necesidad de reflexionar mucho para decirse a sí propio que, si la elección le hubiese sido permitida, no habría sido seguramente la señora de Montauron la retratada. Sin embargo, no había que hacerse grandes ilusiones acerca de la acogida de la lectriz, quien sin levantarse le echó una hostil mirada y continuó en voz baja la lectura de su periódico, mientras que Fabrice cambiaba algunas frases con la señora de la casa.

—Tanto gusto de contarlo a usted en el número de mis amigos—dijo aquélla con su más amable sonrisa—, y muy orgullosa de que mi retrato sea hecho por mano tan experta... y por cierto que no es un estímulo retratar a una mujer de mis años.

—¡Señora!

—Pero, según tengo entendido, también es usted paisajista... Hay en los alrededores puntos de vista deliciosos... Ese será su desquite y su consuelo de usted.

—Señora baronesa, crea usted firmemente que no tengo necesidad ni del uno ni del otro.

—¿Permite usted que los modelos hablen durante la sesión? ¿No incomoda a usted eso?

—Todo lo contrario, señora; así se me ofrecerá la ocasión de darme más exacta cuenta de la fisonomía.

—¡Tanto mejor!... soy por naturaleza muy habladora... ¿no es verdad, Beatriz?

—Yo no me quejo, señora—dijo Beatriz sonriendo débilmente.

—¿Ve usted, señor? no se queja pero asiente.

El piafar de los caballos acompañado de un tumulto de risas y de voces anunció que la cabalgata estaba de vuelta. Tres o cuatro hermosas jóvenes se apearon, sosteniendo con sus manos las colas de sus vestidos, que por aquellos tiempos se tenía el buen gusto de llevar más largos que ahora, y presentaron sus frentes a los besos de la baronesa, mientras que otras en cortos y ligeros trajes de mañana se precipitaron detrás de las primeras, agitando con triunfal aire diminutas redes que esparcieron por el salón acre olor a pescado y a fango.

—¡Jesús, hijas!... ¡Qué perfume!... ¡Qué horror!—exclamó la baronesa—. Beatriz, en seguida mi tarro de sales; luego, que estas señoritas te den sus redes y llévalas a la cocina.

—Perdone usted, tía—dijo el marqués de Pierrepont, tomando vivamente aquellos artefactos—; las voy a llevar yo.

Fabrice, grande observador, por instinto y profesión, advirtió al momento que la lectriz palideció ligeramente y que por contrario efecto se encendieron las mejillas de la baronesa.

Llevadas por Pedro las redes a la cocina, acompañó después a Fabrice a sus habitaciones, pero antes de quedarse éste en ellas díjole al marqués:

—Dime, Pedro, ¿quién es esa señorita que leía el diario a tu tía?

—Una parienta, la señorita de Sardonne. Una pobre huérfana que mi tía ha recogido.

—Nunca me habías hablado de ella.

—No... phs... es posible... No ha habido ocasión... ¿Te parece bonita?

—Interesante.

—Sí... ¿no es verdad?... pobrecilla... He aquí tu instalación, he aquí tu celda, amigo Fabrice.

Y diciendo esto lo introducía en un pequeño departamento compuesto de saloncito y dormitorio, cuya comodidad y buen gusto ponderó mucho Fabrice, dejando en seguida a éste que se vistiera para comer.

Durante la velada, el pintor, a quien Beatriz cada momento más enamoraba a causa de su melancólica hermosura, de sus actitudes de reina en cautiverio, ensayó de interrogar de nuevo a Pierrepont sobre los antecedentes, la situación y el carácter de tan misteriosa y atractiva persona, pero no insistió como advirtiera en las breves respuestas de Pedro que este punto de conversación era para el marqués, si no desagradable, al menos decididamente tedioso.

—No te ocupes de la lectriz de mi tía—decía riéndose a Fabrice—. Sé amable conmigo y atiende a esas señoritas... Ven, te voy a presentar, estúdialas con detenimiento y dame luego cuenta de tus impresiones... Desde todo punto de vista mi confianza en tu buen gusto y en tu penetración es absoluta... Así me ayudarás en esa elección terrible a que por fuerza tengo que decidirme para no enajenarme la buena voluntad de mi tía... Ya ves que ha llamado a concurso de toda la Europa y ambas Américas... Es necesario, pues, que no trabaje para el obispo... Procura, mi buen Fabrice, leer en lo ojos y en los corazones de esas jóvenes esfinges... Si un pintor no es gran fisonomista, ¡qué diablo! ¿quién puede serlo?

—Querido Pedro—respondió Fabrice—, no podías haber hecho peor elección. Ignoro si mis compañeros de profesión se me parecen a este respecto... En cuanto a mí, soy un fisonomista detestable y estoy firmemente persuadido de que mis diagnósticos psicológicos resultan siempre falsos... Te juro que nunca puedo penetrar a fondo en el alma de las personas cuyos retratos hago... les presto, verosímilmente, multitud de pensamientos y pasiones; de virtudes y vicios a que ellos son de todo punto ajenos. Fíjate, para comprender esto que te digo, en lo que pasa en nuestros talleres: cantantes de café-concierto nos proporcionan cabezas de vírgenes... muchachuelas incapaces de coordinar dos ideas vienen a resultar el tipo de una de las musas... viejos pillastres de la más baja ralea conviértense en santos y en apóstoles... Y es que todas estas fisonomías son para nosotros meramente subjetivas. No vemos en ellas más que lo que nosotros les ponemos de nuestra cosecha; no sirven para otra cosa sino para fijar un poco la fugitiva, la indecisa idea... Desengáñate, tanto los artistas como los poetas, son los más cándidos de entre los hombres y los peores jueces que pueden encontrarse para establecer correlación entre lo físico y lo moral, porque no pintan lo que realmente ven, sino lo que creen ver a través del prisma de su imaginación... No pintan lo natural, sino según el natural, lo que no es lo mismo.

—Pero, entonces, ¿cómo hay parecido?—pregunto Pierrepont.

—Ahí tienes lo curioso; hay parecido y más que parecido, porque reproduciendo fielmente las líneas de una cara, por ejemplo, transfiguran su expresión... Porque, mira, no hay un rostro humano que no tenga su nota poética, su faceta luminosa: la cuestión es dar con ella, encontrarla... pero no busques esa nota, esa faceta en el alma del modelo... allí no existe... donde está es en el ojo del pintor, del propio modo que por lo general todas las gracias de una amante están menos en ella que en la vista de su enamorado. Así, pues, Pedro, no cuentes con mis luces para guiarte en tus delicadas maniobras... temería extraviarte... Pero esto no quiere decir que no me presentes a esas señoritas, aunque te aseguro, aquí entre nosotros, que me dan miedo... Solamente lo que sí te suplicaría es que lo dejases para mañana... esta noche me siento... así... pesado... Me parece que los excelentes vinos de tu tía se me han ido un poco a la cabeza, lo que explica la conferencia de estética que con tanta crueldad te he disparado, crueldad que, por otra parte, tú sabes que no es en mí consuetudinaria... Tú sabes también que detesto charlar sobre mi arte, y no ignoras cuál es la divisa que yo desearía ver escrita en la puerta de todos los talleres: «Trabaja y calla».

Estas palabras dichas, retiróse discretamente Fabrice en el momento que comenzó a bailarse. Su creciente reputación le había abierto de par en par las puertas de los salones y de la alta sociedad parisiense; pero, como la mayor parte de aquellos que nacieron fuera de ese medio y a él llegaron tarde, sentía siempre en el mundo cierta cortedad, cierta inquietud que lo desconcertaba, disgustándolo.

Al día siguiente, bastante temprano, la señora de Montauron mandó llamar a su sobrino, y cuando éste se presentó a la baronesa, acababa la anciana señora de tomar el desayuno.

—¿No mal de salud, tía, me parece?

—No, te he hecho venir tan temprano porque durante el día no estamos nunca solos y quiero hablarte... Siéntate... Principiaré por decirte que no estoy descontenta de tu grande hombre... el pintor... un poco corto, un poco tímido... ¡pero en estos hombres de talento hay siempre un encanto!... Y ahora hablemos de cosas serias... ¿Qué... piensas de matrimonio?... Vamos, ¿qué te han parecido mis niñas?

—Tía, todavía estoy en el período de... de observación... Esta pléyade de sílfides me causa un cierto embeleso... Usted comprende que es natural.

—Sí, es natural... Yo no te pido que te decidas inmediatamente... pero, en fin, hace ocho días que vives en la intimidad de ellas... ya habrás sentido alguna impresión... principiará a manifestarse alguna preferencia...

—Tía, francamente, ocho días es poco tiempo para conocerlas a fondo.

—Dime, ¿y cuánto necesitas, según tú, para adquirir ese conocimiento?

—¡Phs!... no sé... algunas semanas, me parece.

—¡Algunas semanas!—exclamó la baronesa,—. ¡Pobre sobrino mío!... Al paso que vamos necesitarás un siglo, y no por eso estarás más adelantado... Una joven, hijo mío, es lo más impenetrable que hay en el mundo... sólo Dios puede saber lo que será una vez casada... ¡Y aun así!

—Sin embargo... tía.

—Sí, ya sé lo que vas a decir... y de antemano te prevengo que en esta materia no hay más que tres cosas acerca de las cuales pueda tenerse una aproximada certidumbre... a saber: familia, dote y figura... En cuanto a lo demás, es necesario entregarse piadosamente a la Providencia... si tienes en cuenta que no está todavía en uso de tomar las mujeres a prueba como los caballos... por más que se anuncia una ley estableciendo el divorcio absoluto... lo que será principiar a andar aquella senda... Pero, vamos, para salir de generalidades, a mí me parece que si yo hubiera sido hombre habría amado locamente a la señorita de Alvarez... ¿No te dice nada la señorita de Alvarez?

—Me dice demasiado, tía... Tiene una pupila demasiado incandescente para mis gustos... dicho sea con el respeto debido... Venus Ciprea... etc., etc.

—¡Bah! ¿Qué sabes tú? Nada hay más engañoso que esos ojos... debías tener experiencia a tu edad... Generalmente, los azules son los peores... Y esa adorable americanita, miss Nicholson... un querubín con tres millones de dote... y esperanzas.

—Es hermosa, tía... Solamente que anda como un hombre... y después, ¿no le parece a usted que tanto ella como su papá, tienen así como un vago olor a petróleo?

—¡Qué tontería! En fin, tomemos nota de ella, de esta encantadora miss Nicholson... ¿Y la deliciosa rubia, la señorita Lahaye?

—Muy bien también, tía... pero su padre vende vino... ¡eso es grave!...

—¡Sí, pero vende mucho! ¿Y qué me dices de la señorita de Aurigney? ¡qué radiante hermosura! ¡y tan distinguida!

—Muy distinguida, sin duda... ¡pero tan glacial!

—¡Magnífico! ¡ahora salimos con lo glacial! Hace un momento era Venus quien te asustaba... ahora es lo contrario... ahora es el hielo... ¡pero, entonces, hijo mío, tienes miedo de todo!... ¿qué significa esto, caballerito?

—Confesad, mi querida tía, que la señorita de Aurigney parece un sorbete.

—¡Tú sí que pareces un sorbete! Acabaré por creer que tus dificultades reconocen por causa una resolución tomada de antemano.

—Pero, mi buena tía, usted me pide que le manifieste mis impresiones, y así lo hago lealmente.

—Sí, pero es que encuentras objeciones a todo, y objeciones casi siempre pueriles.

—Es únicamente para hacer reír a usted... tía...

—¡Mira que la cosa no me causa risa!... vamos, y la señorita de Chalvin... un poco aturdida quizás... ¡pero tan elegante, tan encantadora!

—Y sobre todo tan bien educada, tía... ayer decía su madre refiriéndose a ella: Mi hija tiene un excelente carácter; verdad es que ni su padre ni yo la contrariamos nunca... es un caballito desbocado... cuando se abandona la brida nada la contiene.

—Su madre es incapaz... mas como no te vas a casar con ella... En fin... llegamos a mi predilecta... ¡una perla, hijo mío!... No, lo que es a ésta no permito que la critiques... ¡La señorita de La Treillade!

—Ciertamente, tía, es sin duda alguna lo mejor de la colección...

—¡Ya lo creo! Rostro de virgen... instruída, inteligente, modesta... no digo ella; su misma institutriz es una persona ejemplar... una verdadera perfección... Créeme, dedícate a estudiarla... ¡obsérvala, hijo mío!

—Se lo prometo a usted, tía.

—Bueno, ahora vete, tengo que escribir... mira, dile a Beatriz que venga.

Pedro se retiró, encargando a una sirvienta que encontró en la escalera previniese a la señorita Beatriz de que la señora la necesitaba; en seguida bajó algunos escalones, llamando al departamento de Fabrice. Era este departamento un piso bajo, o mejor dicho, una especie de entresuelo cuyas puertas se abrían sobre los antiguos fosos del castillo, ahora convertidos en jardines. El pintor, que debía empezar a mediodía el retrato de la baronesa, se ocupaba en preparar su paleta. Después de haberse cerciorado por sí mismo de que nada faltaba para la comodidad de su amigo, Pierrepont le daba algunos detalles históricos y arqueológicos acerca de los Genets, cuando se interrumpió de pronto al oír risas y femeniles voces bajo las ventanas del departamento; aproximóse rápidamente a la ventana del saloncito, que ocupaba una de las torrecillas de los ángulos del castillo, siendo por consecuencia fácil dominar desde allí con la vista el foso... Las persianas estaban cerradas para preservarse sin duda contra los rayos del sol de una ardiente mañana de agosto, pero a través de los listones inferiores, casi horizontalmente dispuestos, pudo echar Pedro una mirada al exterior, y volviéndose con viveza a Fabrice, hízole seña de que guardase silencio, diciéndole al propio tiempo, que sonreía y bajaba la voz:

—Yo no tengo la costumbre de escuchar entre puertas... ni entre ventanas... pero, en este caso, la tentación se me presenta invencible... ya te diré por qué...

—¡Lo que puede el mal ejemplo!—repuso Fabrice acercándose a su vez.

Pudo conocer entonces las dos señoritas cuyas voces llegaban hasta ellos; estas señoritas habían bajado, a lo que podía creerse, a uno de los jardinillos de bajo la torre con el fin de evitar el sol, y se paseaban del brazo protegidas por la fresca sombra de grandes rosales allí plantados; una de ellas, morena, pálida, con cara de arcángel, decía a la otra:

—Qué bien se está aquí para charlar, ¿no es verdad, hija?

—Sí—respondió la otra, que era muy encendida de color, aunque de buen ver y tenía ligero acento inglés—. Se está muy bien... sobre todo, puede una ponerse a tiempo en guardia contra los indiscretos... Continúe... ¡me interesa tanto lo que me está contando!

—Pues sí, esta Georgina, de que le hablaba, es muy complaciente con mi hermano, quien le paga en la misma moneda: como ya, le he dicho, Georgina Bacot trabaja en las Folies-Lyriques, por cuya razón mi hermano anda mucho entre bastidores, y allí se encuentra a menudo con la madre de Georgina, que fue también actriz en sus tiempos... y mi hermano nos contaba el otro día a mamá y a mí que una de estas noches pasadas había encontrado en la escena, durante un entreacto, a la madre de Georgina... Estaba mirando por el agujero del telón cuando de pronto se volvió a aquél y le dijo con voz llorosa... «Hay cosas que halagan a una mujer... ¿creerá usted, señor, que hay esta noche en la sala cuatro de mis antiguos amantes... y todos senadores?»

—¡Oh! Mariana—dijo la linda inglesa.

—Pero la historia del peluquero es todavía más divertida—replicó Mariana.

—¡Oh! cuénteme la historia del peluquero... cuéntemela.

Mariana titubeó un momento.

—No, mi cara Eva—añadió Mariana riendo—: ésta es realmente demasiado salpimentada.

—¡Se lo ruego, querida mía!

—Pues bien, ese peluquero... pero no... mi buena Eva... decididamente... es demasiado... no puede pasar... La dejaremos para una de esas noches en que se nos va un poco la mano en el champagne.

Pasaron cerca de un rosal. Mariana cortó una rosa y se la puso en el pecho.

—¿Y ese pintor que llegó ayer, qué le parece, Eva?

—Tiene buenos ojos y algo de genial en la fisonomía—respondió la interpelada.

—Sí, pero sin distinción—arguyó la niña, haciendo desdeñosa mueca—. El otro... ese sí... el amigo Pedro... ¡ese sí que quisiera yo encontrármelo una noche en cualquier rincón del bosque!

—El encuentro sería un tanto peligroso—objetó Eva.

—Donde no hay riesgo, no, hay deleite—apoyó Marianita—. Entre paréntesis, ninguna lástima tengo yo a mi prima la de Aymaret, que le ha dado su corazón... etc. Digo, así se dice, yo no sé si es verdad... lo que sí sé es que se ven casi todos los días... con este pretexto... y con aquél... y con el de más allá.

—Parece que no es muy dichosa con su marido la pobre vizcondesa, ¿es cierto?

—¿Qué mujer es dichosa con su marido, mi buena Eva? Y si no, vea qué bien se entienden los Laubécourt, que son nuestros compañeros de temporada.

—Es verdad, he notado que tienen siempre los dos caras de entierro... ¡mire usted que algunas mañanas en el almuerzo!

—¡Algunas mañanas! ¡Y peor algunas noches!

—¿Cómo así?—preguntó Eva.

—Pero, querida, mía, ¿no sabe usted las causas de sus desavenencias?... El señor de Laubécourt tiene pasión por los niños, en tanto que a la señora la horrorizan... y tiene razón, a mi entender.

—¡Oh! ¿por qué, amada mía?

—Primero, porque nada hay más incómodo ni más enojoso que esos muñecos para una mujer que ama la sociedad... segundo, porque cuando se es bonita desea conservarse el mayor tiempo posible... y los niños, es sabido, son los verdugos de la belleza.

—No comprendo, Mariana, ¡a mí me parece...!

Aquí Mariana bajó la voz para responder, y pareció como que explicaba algún trascendental misterio a su amiga, quien enrojeció ligeramente.

—Ahora me explico—manifestó ésta con aire pensativo—por qué el señor de Laubécourt tiene un aspecto de tanta tristeza.

—¡Si no fuera más que tristeza!... pero es que casi todas las noches, en su cuarto, pasa con su mujer escenas terribles.

—¡Ya lo creo! ¡hay de qué! ¿Y qué es lo que aquélla le responde?

—Le responde... le responde... ¡chito!—concluyó Marianita.

Al decir esto las dos rompieron en una carcajada, y como la campana anunciara el almuerzo, se alejaron en dirección al comedor.

Aún no se habían perdido de vista, cuando Fabrice, que durante el sorprendido curioso diálogo cambiara con Pierrepont frecuentes y edificantes miradas, le preguntó a éste con la calma que le era habitual.

—¿Quién es esta expeditiva señora, esta preciosa Mariana?

—Mi buen Fabrice—dijóle el marqués—, no es una señora, es una señorita.

—¡Diablo!—replicó vivamente el pintor—. ¿Y la otra... Eva?

—Es su institutriz.

—¡¡Dia...blo!!—acentuó Fabrice con energía.

Y volvió tranquilamente a preparar su paleta.

—Como hoy mismo voy a presentarte a esas inocentes, sería inútil ocultarte que tan aventajada criatura es la señorita de la Treillade, y no parece de más advertirte que esta mañana precisamente, me la recomendaba, mí tía cual un modelo de todas las virtudes... Verdad es que añadía que era muy instruída... en lo que, como has visto, no se equivocaba... Cuando pienso que tal vez me hubiera decidido por ella, siento escalofríos... Ahora comprenderás por qué razón he prescindido de todos los principios de la delicadeza ante la idea de darme exacta cuenta sobre los principios de esa señorita... Diríase que la suerte me ha presentado la ocasión de juzgarla... Te aseguro que no me arrepiento de mi falta... ¡Vamos a almorzar!

V

la vizcondesa de aymaret

El primer impulso de Pierrepont fue ir a contar en caliente a la baronesa la instructiva conversación que acababa de sorprender, entre la que aquélla llamaba su joya predilecta y la digna institutriz de tal encanto; pero, después de haber reflexionado un poco, prefirió aplazar la modificación, reservándola como un argumento dilatorio para el día en que la señora de Montauron lo empujase de nuevo a resolverse en definitiva. Atormentado por dudas de que el lector conocerá pronto la causa real, si ya no es que la haya adivinado, el joven marqués, en sus indecisiones, deseaba ante todo ganar tiempo. Continuó, pues, durante aquel día y los sucesivos, tomando parte activa en las distracciones de la bulliciosa colonia que habitaba los Genets, haciendo creer a su tía que se ocupaba a través de juegos y de risas, en profundos estudios y maduras observaciones acerca del carácter de aquellas señoritas, quienes, en realidad, lo tenían sin cuidado.

Entretanto, el retrato de la señora de Montauron adelantaba poco a poco. Las sesiones artísticas se tenían en el salón blanco, y después de la interesada y del pintor, únicamente Beatriz asistía a ellas; pero autorizado por su competencia en materias artísticas, solía el marqués introducirse tal cual vez en el santuario, aparentando seguir con el más vivo interés el trabajo del pintor, quien pudo advertir con ese motivo las respetuosas atenciones que Pedro demostraba siempre a la lectriz de su tía. Era el único de entre los huéspedes del castillo que la tratase de igual a igual; todos los demás, con especial las señoras, tomaban ejemplo de la baronesa, para afectar con la pobre Beatriz aires de fina superioridad o de desdeñosa protección. Fabrice notó que aquella parte más penosa en las funciones de la lectriz las prevenía Pierrepont con el mayor cuidado; él era quien se levantaba para acercar el taburete, colocar un cojín, abrir una ventana, llamar un criado, desviviéndose, en fin, por satisfacer los caprichos sin número de una anciana señora enfermiza, nerviosa, y de un tan imperioso, cuanto superlativo egoísmo. Pero la baronesa parecía preferir con mucho los servicios de la señorita de Sardonne a los de su sobrino.

—Muy bien, Pedro... mucho te lo agradezco... y Beatriz también, supongo... aunque te diré con franqueza que los hombres tienen la mano demasiado pesada para estos delicados menesteres... no hay como Beatriz para arreglarme los cojines sin molestarme... ¿No es verdad, señor Fabrice?... Además, hijo mío, no quiero monopolizarte... tú eres aquí un poco dueño de casa... y te debes a mis huéspedes, que son también los tuyos... Anda, pues, con ellos... anda... ¡dame gusto!... anda.

De todas las amigas de infancia de Beatriz, una sola, mayor que ésta en dos o tres años, le había quedado obstinada y tiernamente fiel. Esa amiga era la vizcondesa de Aymaret, prima de la señorita de La Treillade, cuya linda calumniadora había perfidamente asociado el nombre de aquélla con el del marqués de Pierrepont, en su crónica escandalosa. La señora de Aymaret habitaba el verano la pequeña posesión de las Loges, situada a dos kilómetros, poco más o menos, de los Genets. En el campo como en París, dejaba raras veces pasar una semana sin ir a ver a Beatriz, arrostrando denodadamente para llenar tan sagrado deber de amistad, las temibles iras de la señora de Montauron, quien temía, juzgando por varias apariencias, que la amable persona no viniese a ser un obstáculo para el deseado casamiento de su sobrino.

Pierrepont, que tal vez sin motivo no tenía muy alta opinión de las femeninas virtudes, alababa con calor las de la señora de Aymaret, de lo que la baronesa venía a deducir, con mundana lógica, que era su amante.

Sea como quiera, es lo cierto, que la vizcondesa de Aymaret constituía para la señorita de Sardonne, tan sola, tan abandonada, un consuelo y una confidente de impagable precio: sólo delante de ella abandonaba alguna vez Beatriz su máscara impasible dejando correr sus lágrimas... Y, sin embargo, aun para ella guardaba su corazón un secreto. Cierto día, habiéndola encontrado la vizcondesa en su alcoba deshecha en llanto a consecuencia de una de esas humillantes escenas que la señora de Montauron no le evitaba, rogóle vivamente su amiga que abandonase el servicio de la vieja dama, aceptando un asilo en su propia casa. Beatriz titubeó al pronto, pero después de un momento de reflexión respondióle abrazándola:

—¡Qué buena eres!... ¡Cuánto te lo agradezco!... pero excúsame... soy todavía, a pesar de todo, demasiado altiva, para aceptar casa y mesa por pura caridad... Aquí al menos sirvo para algo... tengo deberes... presto algunos servicios, gano mi pan... en tu casa no sería otra cosa, al fin, que una parásita.

Como su amiga procurase afectuosamente vencer sus escrúpulos, Beatriz le replicó sonriendo tristemente...

—¡Y además, tu marido me haría la corte!

La señora de Aymaret, que conocía bien a su consorte y que lo sabía capaz de violar sin escrúpulo alguno las santas leyes de la hospitalidad, inclinó con dolor la cabeza y no insistió.

El vizconde de Aymaret hubiera deseado, como otros tantos en el mundo, haber sido un hombre honrado, sobrio, arreglado de conducta y enemigo de la sota de copas, y si le gustaban las mujeres, el juego y el vino hasta, el escándalo y la degradación, era... que no podía remediarlo. Los psicólogos lo mirarían quizás como una víctima del determinismo, pero para el común de mártires era sencillamente un tunante.

Tenía agradable aspecto, y no le faltaba inteligencia; mucho lo había amado su mujer, pero él hubo de observar tal comportamiento con ella que la vizcondesa concluyó por profesarle el más completo desprecio. Sentía hacia su marido, sin embargo, una especie de lástima, y aun se prestaba a la singular manía en que últimamente aquél había dado revelando a su propia mujer, sus pérdidas al juego, sus desventuras amorosas, su naufragio moral, y cómo le eran indispensables las mujeres para consolarse de las traiciones del juego, y el vino para olvidar las femeninas veleidades. Se dirá que en escucharlo probaba su mujer paciencia de santa, pero hay de entre aquéllas algunas que merecen ser canonizadas.

La señora de Aymaret tenía dos hijos de este indigno marido, dos hijos que fueron su consuelo y en los cuales cifraba todas sus afecciones. Era una de esas raras mujeres que el marqués de Pierrepont hubiese seriamente amado; la habría amado por sus suaves encantos, por un no sé qué de luminoso que orlaba su blonda cabeza, por la gracia de su aristocrático marchar, por la tierna claridad de sus tiernos ojos, que como los de Enriqueta de Inglaterra, parecían estar siempre pidiendo besos. Y todavía aún la hubiera amado porque era honrada, por ese atractivo inexplicable que para todo humano inmortal tiene el prohibido fruto; la habría también amado por un impulso de generosa simpatía, porque mejor que a nadie eran notorias a Pedro las íntimas tristezas de la vizcondesa. Miembro del mismo club que de Aymaret, había visto más de una vez a su consorte, en los comienzos de su matrimonio, venir a buscarlo en la mañana enrojecidos los ojos por las lágrimas y el insomnio.

En resumen, procuró al principio el vizconde consolarla, sin alcanzar su objeto; muy admirado de su previsto fracaso, acabó por aceptar francamente su situación, ese hombre de mundo, contentándose con esa especie de reservada amistad que le ofrecía su adorable cónyuge. Desde ese día, continuaron tratándose bajo el pie del confiado compañerismo, fácil, y no exento de cierta ironía.

La señora de Aymaret, que era grande entusiasta por las artes, sentía viva admiración por los talentos de Jacques Fabrice. Poseía la vizcondesa algunas acuarelas que databan de los primeros tiempos del pintor, verdadero tesoro de cuya propiedad considerábase orgullosa. La llegada del artista a los Genets despertó en ella ardiente curiosidad, y le gustó el hombre por su modesto continente y su grave melancolía. Constantemente preocupada de la situación penosa y precaria de su amiga Beatriz, recordaba ella que antes de los desastres de la familia de Sardonne, había demostrado aquella joven serias aficiones por la pintura a la acuarela, y la señora de Aymaret se dijo que Fabrice podría darle algunas lecciones durante su residencia en los Genets, alentando al mismo tiempo sus naturales disposiciones y dando así vida a sólidas aptitudes que podrían asegurar tal vez a la huérfana una existencia independiente en lo futuro. Beatriz, a pesar de su amargo desapego a todo, aceptó la idea con algún interés.

—Pero—objetó a su amiga—, ¿cómo pedir semejante favor a ese caballero?... Yo nunca me atreveré.

—Podrías—replicóle la vizcondesa—rogar al señor de Pierrepont que se encargara de hablarle.

—No—dijo Beatriz—; el señor de Pierrepont podría disgustar a su tía dando ese paso.

—No me parece que la epidermis del marqués sea tan delicada por lo que se refiere a manías de la baronesa... Por otra parte, nada nos obliga a desenvolver a Pedro nuestro plan de operaciones... Es natural que tú procures perfeccionar tus conocimientos cuando la ocasión se te presente... ¿Quieres que yo le hable al marqués?

—Me harías un gran favor.

El mismo día que ocurrió esta conversación, la banda de invitados fue a visitar cierta estación termal próxima a los Genets. Pierrepont se había quedado en el castillo pretextando una ocupación cualquiera, y como la señora de Aymaret saliese del parque para volver a los Loges, atravesando el vecino bosque, advirtió que Pedro se hallaba desatando una canoa junto al estanque que alimentaba el riachuelo del parque.

—¿Cómo vamos?—díjole la vizcondesa, haciéndole con su sombrilla señas de que se acercase—. Tengo que hablar a usted.

—Escuchar es obedecer—respondió Pedro alegremente.

—Pues bien: usted sabe o no sabe que Beatriz trataba muy lindamente la acuarela antes de sus desgracias... Ella desea volver a las andadas y tomar algunas lecciones del señor Fabrice durante su residencia aquí... ¿Se puede contar con los buenos oficios de usted?

Pierrepont reflexionó algunos segundos.

—Con mis buenos oficios no puede contarse en este caso, vizcondesa; con los de usted, sí... Dicho se está que estoy enteramente a la disposición de usted y de la señorita de Sardonne... pero siendo Fabrice invitado mío, estoy seguro que usted se abstendría de pedirle cosa que podía tener los visos todos de una semi-imposición... mientras que si usted misma le presentase el memorial, ya eso tiene otra forma... Mire usted... precisamente iba a embarcarme para ir a buscarlo... Está sacando un croquis al pie de la cascada, allá abajo... ¿Quiere usted venir conmigo?

—¿Embarcada?—preguntó la señora de Aymaret.

—¡Embarcada! ¿Por qué no?... es a cinco minutos de aquí... Si es el tête-à-tête lo que asusta a usted, no será largo... Otros hemos visto peores, créalo usted... Por otra parte, así queda usted a dos pasos de su casa... Vamos, querida vizcondesa, confianza... confianza.

—¡Vamos, pues!

Y apoyándose en el brazo de Pierrepont, saltó con ligereza a la canoa.

Pedro tomó los remos, puso aquélla en movimiento y, abandonándola al hilo de la corriente, se dejó ir suavemente.

Y por cierto que era encantador este riachuelo oculto bajo el follaje de los sauces y de los fresnos que festoneaban sus orillas. Únicamente habíase practicado acá y allá algún ligero claro para comodidad de los aficionados a la pesca. Además, se deslizaba en silencio bajo arcos de verdura apenas interrumpidos lo bastante para que el sol dejara pasar tal cual dorado, tembloroso rayo.

Después de un momento de silencio, Pierrepont interpeló bruscamente a su compañera en ese tono, medio serio, medio irónico, que era de uso entre ellos.

—¡Señora de Aymaret!

—¡Mi querido amigo!

—¿Sabe usted que quieren casarme?

—¡Es natural!

—¡Pues bien... decididamente, huyo el cuerpo a ese santo lazo... estoy desalentado!

—¿Por qué?

—¡Porque cuanto más observo, más me convenzo de que ya no hay niñas honradas, y, por consecuencia, no puede haber tampoco fieles esposas!

—¿Qué ha dicho usted?

—Digo, que ya no hay mujeres honradas... al menos en nuestra clase... es una especie desaparecida.

—¡Perdone usted!—repuso la señora de Aymaret—. ¿A mí se atreve usted a decirme eso?

—Bien sabe usted que a usted la exceptúo... Usted ha nacido virtuosa, es su complexión de usted, pero... es una complexión rara.

—¡Ah! perfectamente—replicó la vizcondesa—, así nos juzgan ustedes... ¡no hay mujeres honradas!... y si se encuentra una de la que por casualidad no dudan ustedes... entonces es que ha nacido así como hubiera podido nacer tuerta... no hay mérito porque no ha habido ni tentación, ni lucha, ni nada... ¡Ay, Dios mío! ¡qué duro de oír es eso, y cuán ligeras, injustas y crueles son esas apreciaciones!

—¡Querida vizcondesa!—murmuró Pierrepont, conmovido por el sincero acento de aquélla.

La señora de Aymaret prosiguió diciendo en contenida, aunque vibrante voz:

—No puede llamarse una traición que yo hable de los detalles de mi vida íntima... todo el mundo los conoce, y usted mejor que nadie... Y usted sabe que si jamás una mujer tuviera disculpa en conducirse mal... esa mujer sería yo... pero no, tengo hijos... dos hijos, y quiero que mañana se diga... «Si el padre era un pobre hombre... un desgraciado loco... la madre fue una mujer honrada... una digna persona...» ¿Y usted cree que resignarme a esto me ha sido fácil... no es verdad?... Me ha sido fácil porque es mi temperamento... porque he nacido así... sin pasiones y sin debilidades... ¡Ay, Dios mío, Dios mío, y lo cree usted!... ¡lo cree usted! ¡usted!...

—¡Señora!—balbuceó el marqués con emoción y dificultad—; sería en mí una necedad insigne pensar siquiera... por más que halagase mi amor propio... Sin duda he comprendido a usted mal...

—¡No!—continuó la vizcondesa con mayor vivacidad aún—. Me ha entendido usted muy bien... de usted se trata... Usted me ha hecho la corte... No sé si usted me amaba entonces... en cuanto a mí, lo amaba a usted... y... lo amo todavía... lo confieso a usted atrevidamente... y lo confieso a usted porque mi franqueza no tendrá consecuencias... Honrada soy y honrada seré, por mis hijos... Así, pues, crea usted... crea usted... que nunca seré su amante... pero nunca tendrá usted una amiga mejor que yo... De eso puede estar seguro.

Y apartó su mirada del rostro de Pedro, enjugándose una furtiva lágrima.

—¡Déme su mano, señora!—díjole el marqués.

La vizcondesa accedió a su ruego, y él entonces, sin añadir una palabra, besó delicadamente la mano de aquélla.

Siguióse en seguida un largo silencio, apenas turbado por el leve murmullo del agua: Pierrepont lo rompió primero, procurando volver a la ligera tonalidad acostumbrada entre los dos.

—En realidad, usted tiene un poco la culpa en las contrariedades que me está haciendo soportar este matrimonio... porque si no hubiera conocido a usted sería menos difícil.

La señora de Aymaret movió graciosamente la cabeza sin responder.

—Me gustaría—añadió el marqués con seriedad—, recibir una esposa de su mano.

—Es muy delicado eso... Jamás me atreveré a arrostrar semejante responsabilidad... nunca osaría designarle una persona... aun cuando su nombre estuviera para caerse de mis labios.

—¿Qué quiere usted decir con eso?

—Nada.

—¿Piensa usted en alguien?

—En nadie.

—¡No es usted sincera en este punto!

—¡No! pero doblemos la hoja, hablemos de otra cosa, se lo ruego... ¿Es complaciente su amigo Fabrice?... ¿Sería amable conmigo si tuviese necesidad de pedirle algún favor? ¿Qué cree usted?

—Estoy seguro de que sí... Pero es necesario que bajemos aquí; de otro modo la corriente nos arrastraría por encima de la esclusa.

En efecto, el riachuelo caía en el Orne a poca distancia, franqueando un pequeño dique. El salto de agua se dividía en dos brazos, de los cuales uno daba movimiento a un molino instalado en la orilla. He ahí el motivo de paisaje que Fabrice bosquejaba cuando la señora de Aymaret y Pierrepont se le juntaron.

Después de los cumplimientos de usanza, la señora de Aymaret, ruborizada—por nada se ruborizaba esta mujer adorable—, habló al pintor de su pretensión, que el artista acogió con la mejor voluntad.

—Será para mí un placer—dijo a la vizcondesa—, dar consejos a la señorita de Sardonne, aunque ella haya abandonado un poco el estudio de la acuarela... ¿La señorita de Sardonne copiaba ya la naturaleza o únicamente la muestra?

La señora de Aymaret, siempre ruborizada, no pudo asegurarle nada sobre aquel particular.

—¿Y qué hora preferiría la señorita de Sardonne para sus lecciones?

La señora de Aymaret interrogó a Pierrepont con una mirada.

—Creo—respondió el marqués—, que la señorita Beatriz no tiene durante el día más que, una hora libre... es aquella en que mi tía duerme la siesta después del almuerzo.

—Perfectamente; entonces ésos son nuestros momentos.

La propiedad de la vizcondesa hallábase frente del molino: los dos amigos la acompañaron hasta la portada y volvieron a los Genets haciendo comentarios sobre los atractivos de aquella encantadora criatura; mas de Beatriz no hablaron ni una sola palabra.

VI

el secreto de pedro

Fabrice presentó aquella noche misma sus servicios a la señorita de Sardonne, quien pagó su atención con una de aquellas hermosas sonrisas que tan de tarde en tarde iluminaban con dulzura tanta sus trigueñas mejillas. Deseó el pintor ver algunos de los bosquejos por Beatriz comenzados, mostrándoselos ésta con cierto aire de confusión; eran copias directas de la naturaleza misma que el artista no halló desacertadas. Convinieron, pues, en que a contar del día siguiente al de la entrevista empezarían de nuevo, y durante la siesta de la baronesa, los interrumpidos estudios sobre la acuarela, bajo la dirección de Fabrice.

Imposible era poner en práctica proyectos tales sin contar de antemano con el no fácil beneplácito de la señora de Montauron, encargándose el marqués de empresa tan de por sí escabrosa, y éralo ella tanto, que tía y sobrino estuvieron a punto de reñir con este motivo ligera escaramuza. La baronesa creía que bajo las inesperadas artísticas aficiones de su lectriz emboscábase una intentona de emancipadora rebelión, y ya que no pudiese oponer un formal veto sin manifestar al desnudo su celoso despotismo, desahogó su mal humor presentando un diluvio de objeciones.

—¡Es gracioso que esa señorita se permita disponer de su tiempo sin mi permiso!—dijo a su sobrino.

—Perdone usted, tía, no dispone sino de aquel que buenamente le deja usted libre.

—¡Es que puede hacerme falta a cada momento!

—¡Vamos, tía! ¿para qué puede usted necesitarla mientras se halla usted durmiendo?

—¡Sí, pero me parece absurdo que yo la tenga toda la vida a mi lado para proporcionarme el placer de verla embadurnar papel de marquilla!

—¡La pobre no tiene tantas distracciones que digamos, mi buena tía... y ésta es tan inocente!

—¡Sí, inocente!... ¡por supuesto!... ¡qué tontísimo eres!... yo estoy segura de que Fabrice gusta a... a su señoría... No puede negarse, la verdad que es hermoso, con la más peligrosa de las hermosuras... la hermosura tenebrosa de los hombres de inteligencia... y luego, eso, el prestigio del talento... ¿Crees tú que esos cotidianos tête-à-tête entre maestro y discípula no han de traer sus consecuencias?

—Sí, tía, lo creo... sobre todo cuando el alumno es la señorita de Sardonne.

—¡Muy bien! ¡Me gusta! ya verás cómo esas dichosas lecciones nos van a proporcionar un disgusto.

Así, después de haber dado rienda suelta a su enfado, se resignó la anciana dama a que Beatriz tomase lecciones de acuarela: por ende todos los días, entre una y dos de la tarde, instalábase la huérfana en una silla al lado de Fabrice para dibujar a la vista de éste, ya un paisaje, ya un motivo de arquitectura, si bien por atendibles razones de decencia, nunca se apartaron de debajo de las ventanas del castillo, donde, por otra parte, encontraban suficiente tema de estudio, ora aquel señorial edificio, ora en las rientes circunvecinas campiñas.

Entretanto había llegado la apertura de la caza, y esta novedad trajo a los huéspedes de los Genets otro elemento de animación y de placeres. Las señoritas de la colonia se ensayaban en este género de sport, con gran desesperación y terror grande de los cazadores serios. Pierrepont era, según inapelable sentencia de su tía, el encargado de iniciar y moderar los venatorios ímpetus de aquellas jóvenes Dianas, dándole en sus funciones no escaso trabajo Mariana de La Treillade, quien, para la caza, como para otras muchas cosas, mostraba singularísimas disposiciones. Debemos confesar, a fuer de sinceros, que el marqués se ocupaba con predilección marcada de aquella señorita desde que descubriera cómo aquellos grandes y cándidos ojos encubrían tesoros de precoz perversidad, porque la verdad es que esta mezcla picante divertía su incurable dilettantismo.

La señora de Montauron, que estaba siempre en acecho, ojo avizor y oreja al viento, cayó en la eterna trampa de las apariencias, interpretándolas a la medida de sus deseos. Resolvió en vista, coger al vuelo eso que ella denominaba, el momento psicológico, y firme en sus propósitos hizo cierta mañana comparecer al marqués en la hora habitual de sus audiencias secretas. Al inexorable mandato acudió inquieto y receloso Pierrepont, porque bien, le decía su claro instinto que su tía iba a ponerlo, sin escape alguno, entre la espada y la pared.

—¡Amigo mío!—rompió la baronesa con aire de triunfo—, me parece de más preguntarte si te has decidido. Tus procederes con la señorita de La Treillade son, por dicha mía, bastante significativos; así, pues, recibe mi enhorabuena.

—Tía, ¡cuantísimo siento tener que desengañar a usted! Cierto es que la señorita de La Treillade me interesa... porque, a pesar de su extremada juventud, es una excelente actriz... pero, con franqueza, nunca me casaré con ella.

—¡Cómo! ¿qué quiere decir eso?—preguntó la baronesa roja de cólera.

—Escúcheme usted, tía.

Y Pedro le contó sin omitir punto ni coma la conversación que cierta mañana sorprendiera desde las ventanas de Fabrice, entre la señorita de La Treillade y su institutriz.

—Si antes no le había contado esto—añadió—, ha sido porque me costaba trabajo causar a usted semejante desilusión.

Desconcertada un instante bajo el golpe de tal desencanto, la baronesa recobró pronto su sangre fría y con agrio tono repuso a su sobrino:

—Después de todo, yo no veo en eso más que niñerías... baladronadas de muchacha que juega a la señora... apostaría que a pesar de eso no dejará de ser con el tiempo una honrada y amable esposa.

—¡Es posible! pero no quiero exponerme a la prueba—objetó Pedro.

—¡Nadie te fuerza, hijo mío! pero si pretendes casarte con una niña criada en una cueva, con una niña que nada haya visto ni oído y que lleve a la cámara nupcial el candor de la cuna, eres más inocente de lo que yo conjeturaba.

—Tía, no creo realmente manifestar ridículas exigencias, pidiendo a mi futura mujer principios más sólidos que los de la señorita de la Treillade, para quien los niños son polichinelas molestos, verdugos de la belleza... y en cuanto a las escandalosas historias, a las pocas decentes bromas, a los eróticos equívocos con que aquella señorita esmalta sus conversaciones con sus amigas, sé de sobra que por desdicha, es hoy moneda corriente entre señoras de alta sociedad, y aun, lo que es peor... entre solteras... Pero, si me caso, es precisamente para no oír en mi casa lo que escucho en la de cualquier cortesana... Todo lo contrario, deseo para siempre olvidar ese tono, ese lenguaje de que me siento harto hasta el fastidio... ¡Quiero respirar un poco de aire puro en mi hogar!

—Amado mío—replicó con cierta dulzura la baronesa, en quien el firme y serio acento de Pierrepont causó efecto—, esos sentimientos te hacen honor ciertamente... si tantas prevenciones guardas contra las jóvenes del día, bien puedes ir pensando en renunciar al matrimonio... porque, dime, ¿en qué parte del mundo vas a encontrar una señorita que no sea un puro misterio?

—¡Tía, francamente! antes de correr el riesgo de casarme con un misterio como la señorita de La Treillade, preferiría mil veces meterme en la Trapa... pero, en fin, si es imposible, como el otro día me decía usted, tomar las mujeres a prueba, no creo que lo sea encontrar alguna que ofrezca ciertas garantías... alguna que especiales circunstancias... una educación particular... aquélla, por ejemplo, que se adquiere en la desgracia... hayan puesto de relieve sus méritos... y cuyo pasado constituya una seguridad para el futuro.

La vieja dama echó furtivamente torcida y equívoca mirada a su sobrino, y frunciendo sus pálidos labios objetóle con agridulce tono:

—¡Sí, sin duda! puede encontrarse la joya que deseas... pero debo antes observar que las niñas criadas en la escuela de la adversidad, generalmente no tienen un cuarto.

—¡Tía, el dote para mí es cuestión secundaria!

—¡Claro está!... ¡Eres tan rico!... ¡tienes gustos tan sencillos!... verdad es que, según toda probabilidad, serás mi heredero... pero me permitirás te recuerde que tendrás que esperar mucho tiempo... Mi padre murió de ochenta y cinco años, de lo que puede deducirse que yo tengo aún treinta por delante... y no te ocultaré que mi intención es ésa...

—¡Tía!—exclamó Pierrepont con acento de sentido reproche.

—¡Bien!, te ofendo... tienes razón... estas decepciones me ponen de mal humor... ya hablaremos de nuevo... ¡ahora vete!

Y Pierrepont se retiró, besando antes a la baronesa en las dos manos.

Una vez sola, levantóse aquélla bruscamente de su sillón y dio algunos pasos por su gabinete, aspirando con descomunal ira el frasco de inglesas sales, mientras que se entregaba para su corpino a este aproximado monólogo:

—¡No hay duda! Piensa en ella... ¡Como que ya yo lo había barruntado!... ¡Claro, sus atenciones para con ella!... ¡Su distraída indiferencia hacia las demás!... ¡Sus perpetuos aplazamientos!... ¡Nunca lo hubiera creído capaz de semejante locura!... ¡Qué absurdo!... ¡Qué absurdo tan culpable!... ¡Primero, quitarme a esa muchacha que ha llegado a serme indispensable!... Después, imponerme la carga de mantenerlos, porque los desafío a que vivan si yo no los ayudo... ¡Están frescos!... Pero, ¿se entienden?... ¿Se han puesto de acuerdo?... ¿Es tiempo todavía de parar el golpe?... ¡Eso es lo que ante todo necesito averiguar!

Llamó, presentándose una doncella.

—A la señorita Beatriz, que venga.