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Metamorfóseos o Transformaciones (1 de 4)

Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • La ortografía del texto original ha sido respetada, con normalización de las variantes a la grafía más frecuente.
  • Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final del tomo.
  • Se han reubicado muy ligeramente algunas ilustraciones para que no interrumpan un párrafo. Asimismo se han dividido algunos párrafos para alojar una ilustración.
  • Se ha añadido al final un listado de las estampas numeradas que ilustran el tomo.
  • Las páginas en blanco han sido eliminadas.

METAMORFÓSEOS o TRANSFORMACIONES
DE OVIDIO
traducidos al Castellano
con algunas notas para su inteligencia
por Don Francisco Crivell,
y adornados con estampas finas
por D. JOSÉ ASSENSIO
TOMO 1.º
MADRID
en la Imprenta Real
año 1805.

METAMORFÓSEOS

Ó

TRANSFORMACIONES DE OVIDIO,

TRADUCIDOS AL CASTELLANO,

CON ALGUNAS NOTAS PARA SU INTELIGENCIA,

POR DON FRANCISCO CRIVELL.

NUEVA EDICION.

TOMO I.

MADRID EN LA IMPRENTA REAL

AÑO DE 1805.

INDICE

de las Fábulas contenidas en este Tomo.

Pag.
[Prólogo.]VII
[Vida de Ovidio.]XVII
LIBRO PRIMERO.
[Introduccion.]3
[FÁBULA PRIMERA]. Del caos y de la creacion del mundo.4
[FÁB. II]. De la creacion del hombre.7
[FÁB. III]. La edad de oro.12
[FÁB. IV]. La edad de plata con las quatro estaciones del año.14
[FÁB. V]. La edad de bronce y de hierro.16
[FÁB. VI]. Los Gigantes destruidos por el fuego de los rayos.18
[FÁB. VII]. La asamblea de los Dioses.19
[FÁB. VIII]. Licaon transformado en lobo.23
[FÁB. IX]. El diluvio universal.25
[FÁB. X]. Neptuno amansa las aguas.31
[FÁB. XI]. Deucalion y Pirra vuelven á poblar la tierra.33
[FÁB. XII]. La serpiente Piton.38
[FÁB. XIII]. Dafne convertida en laurel.40
[FÁB. XIV]. Júpiter enamorado de Iö.47
[FÁB. XV]. Iö convertida en Vaca.50
[FÁB. XVI]. Siringa transformada en caña.54
[FÁB. XVII]. Mercurio corta la cabeza á Argos.58
[FÁB. XVIII]. Júpiter aplaca á Juno.59
LIBRO SEGUNDO.
[FÁBULA PRIMERA]. Faeton sube al palacio del Sol, y consigue gobernar su carro por un dia.65
[FÁB. II]. Faeton es herido de un rayo.83
[FÁB. III]. Las hermanas de Faeton transformadas en árboles, y Cicno en Cisne.85
[FÁB. IV]. Calixto engañada por Júpiter.90
[FÁB. V]. Calixto arrojada de la compañía de Diana.93
[FÁB. VI]. Calixto transformada en osa creyó ser muerta por su hijo.95
[FÁB. VII]. Coronis transformada en corneja.100
[FÁB. VIII]. Nictimene convertida en lechuza.103
[FÁB. IX]. Ociroe transformada en yegua.106
[FÁB. X]. Apolo conduce rebaños.109
[FÁB. XI]. Bato transformado en piedra de toque.110
[FÁB. XII]. Mercurio y Herse.112
[FÁB. XIII]. La Envidia se apodera de Aglaura.115
[FÁB. XIV]. Aglaura transformada en piedra.118
[FÁB. XV]. Europa robada por un toro.120
LIBRO TERCERO.
[FÁBULA PRIMERA]. Cadmo va á buscar á Europa.125
[FÁB. II]. Los compañeros de Cadmo devorados por un dragon.127
[FÁB. III]. Diana en el baño.133
[FÁB. IV]. Acteon transformado en ciervo.136
[FÁB. V]. Júpiter y Semele.140
[FÁB. VI]. Nacimiento de Baco.143
[FÁB. VII]. Eco transformada en voz.147
[FÁB. VIII]. Narciso transformado en flor.151
[FÁB. IX]. Las fiestas de Baco.157
[FÁB. X]. Pentéo despedazado por su madre.165

PRÓLOGO.

Si hubiera de manifestar en este prólogo mi dictámen acerca del mérito poético de los Metamorfóseos ó Transformaciones de Ovidio, sospecho ganaria pocas ventajas mi crédito y gusto literario en esta parte para con algunos, que se dexan deslumbrar de los oropeles y falsas apariencias. Diria seguramente cosas nada conformes á ciertos gustos, que se saborean con manjares poco substanciosos y de mero deleyte. Diria, por exemplo, que en este Poema solo se hallan tres cosas apreciables, y aun excelentes; que son la invencion, las transiciones, y la fluidez de los versos. Ovidio ciertamente no es inventor de ninguna de las fábulas que componen sus Metamorfóseos, pues en su tiempo ya contaban algunos siglos de antigüedad; pero las ilustró, las exôrnó, y las vistió de un modo agradable y halagüeño: en una palabra, las hizo suyas, acomodólas á su designio, amenizólas con algunas circunstancias que llamasen la atencion de los lectores, las encadenó con transiciones bastante naturales, y finalmente las hizo gustosas con fáciles y fluidos versos.

Diria que Ovidio en este Poema es en exceso redundante y nimio: es recargado y prolixo: es enfadoso, y pesado en sus descripciones; y á las veces algo amigo de conceptillos y de jugar del vocablo; pero en medio de estos, que me parecen lunares, hallo golpes y pinceladas las mas maestras, y rasgos apénas imitables. Ovidio quiso decirlo todo, y no dexar libertad al lector para que pensase y discurriese. No sabe dexar el pincel de la mano, ni apartarle de la tabla, cargando y recargando mas y mas sus quadros, hasta enervar el vigor de la invencion primera. El fluxo, el arrebatado raudal de frases y palabras, que hacia esfuerzos en su imaginacion por saltar á la pluma, no podia ménos de cerrar en gran parte el paso á la fuerza poética, y á las imágenes valientes que diferencia al poeta de los meros trobadores.

Las continuas repeticiones de una cosa dicha de tres ó quatro modos, cansan á todo juicio y gusto sazonado por buena, por bien dicha que la cosa sea. La miel, decia Gorgias Tarentino, no se debe probar con toda la mano, sino con la punta del dedo. Mel non cava manu, sed summis digitis degustandum.

Diria en fin, que las Transformaciones de Ovidio, sin embargo de ser un poema que no acabó de limar, es de mucho atractivo para la juventud, y propio para formar la fantasía de buenos poetas, y mucho mas para instruir en la Mitología á los pintores y escultores. Acaso fuera un poema mas completo, si Ovidio le hubiera compuesto en sus últimos años. Forjóle en el fuego de su juventud, y por lo mismo trasladó á él todo el vigor de su imaginacion, aun no madura; y quando en su destierro quiso quemarle ó corregirle, ya no pudo, por haberse multiplicado las copias en Roma y otras partes.

Yo he formado juicio de que los buenos maestros, los buenos jueces y los buenos censores en poesía son aun mas raros que los buenos poetas, con serlo tanto estos. Igualmente he fallado para mí, que la mayor parte de los preceptistas y escritores de artes poéticas, quando han querido poner en execucion sus mismas reglas y preceptos, no han producido nada de sublime, ni aun quizá han adquirido una medianía. Quanto á lo primero, hemos visto sabios que eleváron á Estacio sobre todos los poetas latinos: otros hiciéron á Lucano superior á Virgilio. Respecto á lo segundo, será buen exemplar Julio César Escalígero, que habiéndonos dexado excelentes preceptos de poesía, nos dexó tambien poemas que corresponden bien poco á lo que debíamos esperar de aquellos juiciosos preceptos. Sobre el modelo de Escalígero se han vaciado despues innumerables poéticas; pero los versos de sus autores no parecen fruto de las reglas que prescribiéron.

Pero volviendo á la prodigalidad de Ovidio en algunos lugares de sus Transformaciones, digo, que aunque podia causar algun fastidio al leer, por exemplo, el número y afectados nombres de los perros que despedazáron á su amo Acteon ([Libro III, verso 206]); y aunque en pedir perdon de sus errores es Ovidio cansado y enfadoso, como vemos en sus Tristes, elegía 6, libro I; esta misma, que parece pesadez, es un nuevo raudal poético por la diversidad con que lo dice.

Déxese, pues, en su lugar el mérito poético de las Transformaciones de Ovidio, y vamos á la necesidad que tienen de ellas los profesores de pintura y escultura, para el buen desempeño de las fábulas que se les ofrece executar en sus facultades. Hace muchos siglos que las inconcusas verdades de la religion cristiana corriéron del entendimiento humano el denso velo que cubria los ojos de la gentilidad, y el enemigo comun no pudo ya tenerla mas tiempo fascinada con deidades mentidas, é inventadas á capricho de los hombres; quedó demostrada con argumentos invencibles la imposibilidad y lo absurdo de tales seres. De Júpiter que manejaba los rayos; de Juno que gobernaba los ayres; de Vénus que repartia gracias; de Marte que vencia las batallas, y de otros infinitos seres de igual clase, nada mas ha quedado que sus nombres fabulosos, y la verdadera certidumbre de que los hombres los fingiéron, y de que jamas han exîstido.

Pero los hombres sabios, aunque sobradamente desengañados de la vanidad de tales Dioses, parece no han podido alejarles totalmente de su fantasía. Les han conservado un distinguido lugar en la dramática, en la lírica, en la épica, y aun mas en la pintura y escultura. Verdad es que los profesores de estas artes solo llaman en su socorro estos fabulosos Dioses para asuntos alegóricos, comparando sus acciones, gusto, genio &c. con los de aquellas personas que quieren simbolizar baxo de los geroglíficos que llaman fábulas.

¿Se han de representar las ilustres hazañas de un héroe guerrero? Inmediatamente se piensa en Hércules, triunfador valeroso en todas sus empresas y trabajos. ¿Se debe construir una fuente magnífica, rica y abundante de aguas? Al punto viene Neptuno con su tridente, carroza de conchas, caracoles y mariscos, cortejado de Nereydas, Tritones, Delfines y demas gente de escama. Para simbolizar la liberalidad y beneficencia de un Príncipe, he aquí que sale Júpiter, dador de todos los bienes. Quando se quiere significar la integridad de un Magistrado, se pintan los tres Jueces de la casa de Pluton, y Astrea con su balanza. Marte reyna en la guerra; Mercurio en el comercio; Ceres en los campos; Amaltea con su cornucopia demuestra la abundancia; Pluton gobierna los infiernos; Saturno, que es el tiempo, lo destruye y aniquila todo con su guadaña.

Estos y otros infinitos objetos alegóricos y mitológicos enriquecen la imaginacion de los artistas; y ciertamente no tenemos escritor alguno que mejor ni con mas gracia se les inspire y sugiera que Ovidio en estas Transformaciones: no se contentó con referirnos la teogonia, ó generacion de los Dioses fabulosos, como hizo Hesiodo, sino que imitando á Partenio (poeta griego que floreció algunos años ántes que Ovidio), y á otros dos ó tres fabulistas, fraguó sus Transformaciones, unas tomadas de la Mitología antigua, ampliadas á su gusto y facundia poética, y otras acomodadas á la física y cosas naturales: bien que casi todo fingido á placer, y no solo falso, sino tambien inverosímil, y exâgerado en extremo.

Mas esta misma variedad y travesura puede fecundizar la imaginacion de los artistas y poetas en invenciones caprichosas, como sepan y puedan contenerse dentro de los límites de la congruencia y decoro. Podrán, por exemplo, representar con elegancia los errores y temeridades de la desaconsejada juventud en Faeton, Icaro, Acteon, Merope, Neso, Ariadna y Narciso; la vanidad y presuncion en Marsias y Aracnea; la detestable voracidad en Caríbdis y Licaon; la bastarda avaricia en Bato; la hospitalidad en Filemon y Baucis; la criminosa pasion en Biblis y Macreo; la detestable fiereza y crueldad en Medea; los desgraciados amores en Píramo, Tisbe y en Adonis: la imprudencia en Ascalafo; la facilidad en Danae, Leda y Europa; la horrible brutalidad en Teréo, y la constancia en Filomela &c. En suma, la lectura de las Transformaciones de Ovidio será un mineral inagotable para los artistas; y para los otros sobremanera gustosa sobre todos los libros de Mitología. Aun la misma pesadez, nimiedad y redundancia, con que procede en algunas narraciones, puede convenir á ciertos artistas de invencion remisa y obtusa, á quienes hay necesidad de mover y estimular con repeticiones y nuevos modos de significar las cosas. En efecto, se hallan algunos artistas, á quienes nada sobra por mucho que una descripcion se les repita, para que la desenvuelvan, la vistan y la exôrnen en sus diseños.

Para los artistas seria mucho mejor esta obra si se pudiese poner en verso castellano con el mismo fuego que tiene en el latino; pero esto, en mi dictámen, es poco ménos que imposible. Aun quando hubiera quien saliese con tanto empeño, se dexaria una gran parte de las bellezas que tiene en el original, y las que pasasen á la version llegarian tan débiles y cansadas, que no las conoceria el autor que las produxo; pero por otra parte les seria mas perjudicial que útil, á mi corto modo de entender; porque careciendo muchos de ellos de los principios de la poesía, cuya sintaxîs es tan agena de la que usa la prosa; ó no comprehenderian muchas veces lo que el poeta queria decir, ó lo entenderian quizá muy al reves, y en tal caso seria mayor la pérdida que la ganancia. Por esta causa he preferido esta manera de traduccion á la de los versos, procurando hacer los esfuerzos posibles para expresar con toda claridad el sentido del original: si lo he conseguido ó no lo juzgarán los sabios imparciales, á los quales, si he atinado á complacer en este trabajo, daré por bien empleados los afanes que me ha producido.

(2) Ovidio recibe de su Musa favorita una
pluma arrancada de un ala del Amor.

VIDA DE OVIDIO.

Publio Ovidio Nason nació en Sulmona, pequeña ciudad del Abruzo, en Italia, el dia 19 de Marzo del año 710 de la fundacion de Roma, y 43 años ántes de la era cristiana, en el consulado de Hircio y Pansa, que fuéron muertos en aquel mismo año peleando contra Antonio cerca de Módena. Todas estas circunstancias nos las explica él mismo en varios lugares, y principalmente en la elegía 10 del libro 4 de los Tristes, en que hace un resúmen de su vida.

Sulmo mihi patria est gelidis uberrimus undis,

Millia qui novies distat ab urbe decem.

Editus hic ego sum: necnon, ut tempora noris

Cum cecidit fato Consul uterque pari.

Y poco mas abaxo explica el dia de su nacimiento de este modo:

Haec est armiferae festis de quinque Minervae,

Quae fieri pugna prima cruenta solet.

Sus padres fuéron de linage ilustre, de los quales heredó la dignidad de Caballero, con bastantes bienes de fortuna.

Tuvo un hermano de un año mas de edad que él; y lo que es mas de admirar, ámbos naciéron en un mismo dia.

Desde su juventud dió pruebas de su grande y singular talento; enviado por su padre á Roma, en compañía de su hermano, aprovechó tanto, y tomó tal inclinacion á las letras humanas, y principalmente á la poesía baxo de los mejores retóricos y poetas, que su padre tuvo que hacerle muchas reconvenciones para que dexase unos estudios en que podia brillar poco, y abrazase la jurisprudencia, en cuya carrera podia llegar á obtener los empleos mas honoríficos. Dócil á su padre, accedió á sus deseos; estudió con prolixidad los oradores, y trató con freqüencia á los mas brillantes retóricos. Pero luego le desagradó el foro, pareciéndole una carga superior á sus fuerzas, y volvió á reconciliarse con las musas: leyó con atencion á Homero y otros poetas griegos, y él fué respetado de los demas. Todas estas circunstancias las toca él mismo en el lib. 4 de los Tristes, elegía 10 ya citada, desde la línea

Protinus excolimur teneri, curaque parentis.

Imus ad insignes urbis ab arte viros:

Frater ad eloquium viridi tendebat ab aevo:

hasta

Utque ego majores, sic me coluere minores:

Notaque non tarde facta Thalia mea est.

Á pesar de ser ordinariamente atrevido todo poeta, y por conseqüencia satírico &c. tuvo tan buen porte Ovidio, que jamas fué ultrajado de nadie en sus escritos. Así lo afirma en la elegía 10 del libro 4 de los Tristes:

Nec qui detrectat praesentia Livor iniquo

Ullum de nostris dente momordit opus.

Aunque estaba del todo entregado á la poesía, no dexó de obtener algunos empleos honoríficos: fué Triumviro, aun siendo muy muchacho, y despues Decemviro. En Roma se grangeó muchos amigos, hasta al mismo Augusto, con quien tuvo íntima confianza. Sus costumbres eran apreciables; muy parco en comer y beber; y aunque muchos de sus versos respiran molicie y pasion al deleyte, él mismo confiesa que aquello mas lo hacia el espíritu que el corazon.

En la epístola 10 del libro 1.º del Ponto nos da una idea de todo esto.

Parvus in exiles succus mihi pervenit artus,

Membraque sunt cera pallidiora nova.

Non haec immodico contraxi damna Lyaco:

Scis mihi quam solae pene bibuntur aquae.

Non epulis oneror: quarum si tangar amore,

Est tamen in Geticis copia nulla locis.

Nec vires adimit Veneris damnosa voluptas:

Non solet in moestos illa venire toros.

Se casó por tres veces: la primera contra su gusto, y con una muger nada proporcionada á él: así lo dice en la elegía 10 del libro 4 de los Tristes:

Pene mihi puero nec digna, nec utilis uxor

Est data: quae tempus per breve nupta fuit.

Inmediatamente la repudió: con la segunda muger hizo lo mismo:

Illi successit, quamvis sine crimine conjux;

Non tamen in nostro firma futura toro.

Á la tercera tuvo mucho amor, y siempre la conservó en su corazon; y tuvo de ella algunos hijos.

Ultima, quae mecum seros permansit in annos,

Sustinuit conjux exulis esse viri.

Y en la elegía 11 del libro 3 dice:

Utque sit exiguum poenae quod conjuge cara,

Quod patria careo pignoribusque meis...

Hubiera sido muy feliz; pero la mucha familiaridad que tenia con César le acarreó su ruina. Habia sido este testigo de muchas acciones indecentes de Ovidio: publicó el Arte amandi, que causó muchos estragos en la juventud romana; y aunque habia ya corrido diez años ántes, César se valió de esta obra para desterrarle á la ciudad de Tomos en el Ponto Euxîno. El mismo Poeta alega dos causas de su destierro: primera, su Arte amandi; la segunda la calla: sobre esta hay varias opiniones; pero yo me inclino á que valido de la confianza que tenia con César, fué testigo inadvertidamente de alguna accion ménos decente de aquel, por cuya causa indignado Augusto le desterró inmediatamente. Esto es mas probable; pues él mismo confiesa que en la primera causa tuvo culpa, pero que en la segunda fué un descuido: así lo dice en el libro 2 de los Tristes:

Perdiderint cum me duo crimina carmen et error:

Alterius facti culpa silenda mihi est.

En muchos lugares confiesa que la primera causa de su destierro fuéron sus versos: ... y aunque nunca descubre la segunda, por no irritar mas á César, casi nos la manifiesta en la elegía 5 del libro 3 de los Tristes, y es la misma á que yo me inclino arriba.

Inscia quod crimen viderunt lumina, plector:

Peccatumque oculos est habuisse meum.

Non equidem totam possum defendere culpam,

Sed partem nostri criminis error habet.

El pais de su destierro, por su inmediacion al Norte, era muy frio y húmedo en extremo, y el mas abominable de todos por la barbarie de sus habitantes; y por eso escribió en él las elegías llenas de tristeza y amargura. Algunos le han tenido por muy afeminado, por las adulaciones que desde su destierro escribia á César, honrándole como á Dios &c.; pues en el mismo Ponto hizo erigir en su nombre una especie de templo donde le ofrecia inciensos; pero estas adulaciones no le salian del corazon, y solo las usaba como un recurso para ablandar el corazon de César, á fin de que le levantase el destierro, y le restituyese á Roma; pero todo fué en vano. Los Sármatas fuéron mas sensibles á sus desgracias: Ovidio no solo encontró humanidad en aquellos bárbaros, sino tambien mucha cortesía: le amáron, le honráron, y su muerte les fué muy sensible. Murió á los siete años de su destierro, cincuenta y siete de edad, y catorce despues de la venida de Jesucristo.

Todas sus obras son de mucho aprecio, y recibidas con aplauso en todas las naciones cultas. Escribió mucho; pero se ha perdido bastante, y solo se conservan de él los quince libros de los Metamorfóseos; seis de los Fastos Romanos; cinco de los Tristes; quatro del Ponto; las Heroinas; el Arte amandi; el Remedio del amor; la Carta de Ibis, y otras muchas &c.: obras llenas todas de fuego y entusiasmo poético; pero sobre todo de una facilidad incomparable en la estructura de sus versos.

METAMORFÓSEOS

Ó

TRANSFORMACIONES DE OVIDIO.


LIBRO PRIMERO.

ARGUMENTO.

Se divide el caos en los quatro elementos, y luego que cada especie de animales ocupó el lugar que le pertenecia, fué formado el hombre de agua y tierra. Síguense las quatro edades, acomodadas á las costumbres de sus vivientes. Maldad y castigo de los Gigantes. Nacen de su sangre hombres entregados á todo género de maldad. Licaon es convertido en lobo; y todo el orbe de la tierra sumergido en las aguas. Solo se libran Deucalion y Pirra: arrojan estos piedras, de las que nacen hombres, y todo el universo se repara. Nacen los demas animales de la tierra, y entre ellos la serpiente Piton. Mátala Apolo, y se establecen los juegos Pitios en memoria de esta victoria; en los que coronaban de hojas de encina á los vencedores, porque no exîstia el laurel, hasta que Dafne fué transformada en este árbol; por cuyo suceso concurren todos los rios ó á dar el parabien ó á consolar á su padre Penéo, faltando solo Inaco, que se hallaba desconsolado por la pérdida de su hija Iö, á quien transformó Júpiter en Vaca: la entrega Juno á la custodia de Argos. Este es muerto por Mercurio; sus ojos adornan la cola del Pavo real, é Iö es adorada entre los Egipcios por diosa con el nombre de Isis. Epafo, hijo suyo, tiene una contienda con Faeton, hijo del Sol. Acude éste á su madre, quien le aconseja camine al palacio del Sol su padre, para que le asegure de su legitimidad.

INTRODUCCION.

He tomado la resolucion de escribir en versos las transformaciones que ha habido de los cuerpos en nuevas formas. Favoreced ¡ó Dioses! mi intento, supuesto que vosotros habeis sido los autores de ellas, y haced con vuestro influxo que salga un Poema tan completo, que en él no se eche ménos nada desde el principio del mundo hasta estos últimos tiempos.

FÁBULA PRIMERA.

DEL CAOS Y DE LA CREACION DEL MUNDO.

El mar, la tierra y el cielo, que por todas partes les sirve de bóveda, no eran ántes otra cosa que un aspecto uniforme de la naturaleza[1] en todo el universo, al que los antiguos llamáron caos; porque era una masa tosca é informe, y un peso inerte, en que los principios de todos los seres estaban encerrados y confundidos. Aun no alumbraba Titan[2] con su luz al mundo; ni Febe[3] renovaba progresivamente los cuernos en su creciente.[4] Ni la tierra, sostenida en su misma gravedad, mantenia el equilibrio en medio de los ayres.[5]

(3) Dios desenvuelve el Chaos, saca de él los
Elementos y coloca cada cosa en su lugar.

Ni Anfitrite[6] extendia sus brazos[7] hasta la extremidad de la tierra, y por donde habia tierra habia tambien agua y ayre. De este modo ni la tierra era sólida, ni el agua fluida: al ayre faltaba la luz; y en suma, ningun elemento tenia aun su propia figura. Los unos servian de obstáculo á los otros; pues en cada uno de ellos[8] la frialdad chocaba con el ardor; la sequedad hacia resistencia á la humedad; la dureza á la blandura, y la levedad á la pesadez. Hasta que últimamente Dios, ó la Naturaleza[9] mas probida, puso fin á todas estas desavenencias, separando el cielo de la tierra; esta de las aguas, y el ayre mas raro[10] del mas denso. Desenvuelto el caos en esta forma, colocó á cada uno de los elementos en el lugar que le pertenecia, y los enlazó á todos en amigable concordia, bien que colocados en diversos lugares. Resplandeció aquella parte de fuego mas sutil y ligera del arqueado cielo, y fixó su asiento en el lugar mas eminente: el ayre es á este el mas inmediato en ligereza y situacion: la tierra, mas densa que estos, se apropió las partes mas crasas, y quedó en el centro equilibrada en su propio peso; y el agua que la ciñe ocupó el lugar último, coartando y penetrando la dura redondez de la misma tierra.

(4) Prometheo forma al Hombre
de Tierra y Agua.

FÁBULA II.

DE LA CREACION DEL HOMBRE.

Luego que aquel Dios,[11] quien quiera que sea, dividió aquella masa, y así dividida la distribuyó en sus partes; hizo redonda primeramente la superficie de la tierra á modo de un grande globo, para que su superficie quedase por todas partes á igual distancia del centro. Extendió los mares, y ordenó se embraveciesen con la rapidez de los vientos, y que circundasen las riberas de la tierra ceñida por todas partes de las aguas. Las distribuyó tambien en fuentes, estanques y lagunas; enfrenó en sus tortuosas márgenes á los rios, de los quales, aunque colocados en diversos lugares, parte embebe la tierra, y parte van á desaguar al mar; en donde teniendo un espacio de agua mas dilatado, hallan anchas riberas en lugar de las limitadas que ántes tenian. Tambien mandó á los campos extenderse, á las selvas cubrirse de hojas,[12] á los escarpados montes elevarse, y á los valles abatirse. Y así como dos zonas dividen por la derecha al cielo, otras dos por la izquierda, y en el centro está colocada la quinta, que es la mas ardiente; del mismo modo la providencia de aquel Dios dividió la tierra baxo la misma disposicion. La zona del medio es inhabitable,[13] á causa de su excesivo calor: las de los dos extremos estan siempre endurecidas con el rigor de la nieve y del hielo; pero las otras dos son templadas con la agradable alternativa de calor y frio. Sobre ellas está el ayre, que es tanto mas pesado que el fuego, quanto el peso del agua es mas leve que el de la tierra: en él[14] determinó que habitasen las nieblas, las nubes, los truenos, que atemorizan al hombre, y los vientos, que forman el rayo y el granizo. Pero el Criador del mundo no permitió á estos enseñorearse á su arbitrio alternativamente de los ayres, pues á pesar de tener cada uno sus límites, con mucho trabajo se les contiene, para que no destruyan al mundo:[15] ¡tan grande es la discordia que reyna entre estos hermanos! El Euro fixó su asiento en el pais de la Aurora, y reyna comunmente hácia la Arabia, la Persia y otros pueblos del Oriente. El lucero de Vénus, y las templadas riberas donde el sol se oculta, cupiéron por suerte al Céfiro. El terrible Boreas se apoderó de la Escitia, y de los helados climas del Septentrion; y la region contrapuesta[16] á este se humedece con las continuas nubes, y el viento meridional. Colocó sobre estos el éter mas puro y ligero, que nada tiene del ayre denso que nos rodea, y apénas habia prescrito á todos estos seres límites fixos, quando los astros, que habian estado ocultos en la masa comun del caos, empezáron á brillar por todo el cielo; y para que á ninguna region faltasen sus propios animales, las estrellas y los Dioses[17] ocupáron el cielo: los plateados peces habitáron las aguas, las fieras[18] pobláron la tierra, y las aves el ayre. Faltaba aun en el mundo un animal mas perfecto que todo esto, el qual, dotado de un espíritu mas sublime, fuese capaz de mandar á los otros. Fué hecho el hombre, sea que le formase de su divina semilla el Autor de la Naturaleza, orígen de mundo mas excelente[19], ó que la nueva tierra, separada poco ántes del sublime éter, encerrase dentro de su seno algunas partículas del cielo, nacido al mismo tiempo que ella; y Prometeo[20], amasándola con las aguas de los rios, la dió una forma semejante á los Dioses que todo lo gobiernan. Porque quando los demas animales llevan siempre inclinada la cabeza á la tierra, á este concedió el semblante erguido, y le mandó contemplar el cielo, y dirigir á las estrellas sus elevadas miradas. De este modo la tierra, que ántes era una masa informe y sin expresión, recibió con esta mudanza las figuras que ántes no eran conocidas.

FÁBULA III.

LA EDAD DE ORO.

Principió la edad de oro, y en ella se echaban de ver naturalmente la fidelidad y la justicia, sin que hubiera leyes que las hiciesen observar, ni jueces que las vindicasen. No se conocian ni el castigo ni el temor: ni se grababan en bronce las leyes amenazadoras; ni delinqüente alguno se miraba temblando en la presencia del juez; porque vivian todos seguros sin necesidad de quien los defendiese. No habia entrado en los mares árbol alguno cortado de los montes para descubrir tierras extrañas;[21] ni el hombre conocia otro pais que aquel en que habia nacido. Aun no ceñian las ciudades fosos ni murallas; los clarines marciales, trompas, morriones y las espadas no se conocian en este tiempo; pues sin la defensa del soldado vivian los hombres tranquilos en los brazos de la dulce paz. La tierra libre, y no tocada de los rastrillos, ni hendida con el arado, producia todo género de frutos, y sus habitantes, contentos con sus naturales producciones, se alimentaban de madroños, fresas, cerezas, y de la bellota, que sazonada caia de las copadas encinas.

(5) La edad de Oro y la de Plata en que reynaron
la Inocencia y la Justicia.

La primavera era continua: los blandos céfiros mansamente agitaban con suaves soplos las flores que nacian sin ser plantadas. Tambien la tierra producia trigo sin el cultivo del arado, y el campo, sin renovarle, se ponia blanco con las granadas espigas: ya corrian rios de leche, ya de néctar, y el verde sauce destilaba menudas gotas de la miel mas regalada.

FÁBULA IV.

LA EDAD DE PLATA CON LAS QUATRO
ESTACIONES DEL AÑO.

La edad de plata, inferior á la de oro, pero superior á la del pálido bronce, apareció sobre la tierra, luego que Júpiter precipitó en el obscuro Tártaro á su padre Saturno,[22] y se apoderó del imperio de la tierra. Acortó Júpiter la duracion de la antigua primavera, y dividió el año en quatro estaciones, que son el invierno, el estío, el inconstante otoño, y la corta primavera. Desde entónces se calentó el ayre abrasado con los ardorosos calores del estío; y se sintió la escarcha formada con los helados vientos del invierno. Entónces se viéron precisados los hombres á buscar donde guarecerse; pero sus primeras casas fuéron las cuevas, los espesos árboles, y las ramas entretexidas en los troncos.

(6) La Primavera, Estacion en que lo
reproduce todo la naturaleza.

(7) El Estío, estacion risueña,
y tan útil como hermosa.

(8) El Otoño, Estacion en que triunfa Baco.

(9) El Invierno estacion que aunque útil á la
Naturaleza la priva de sus bellezas.

Entónces la semilla de Ceres[23] fué envuelta por la primera vez en los surcos que prolongó el arado, y quando gimiéron los novillos oprimidos baxo el pesado yugo.

FÁBULA V.

LA EDAD DE BRONCE Y DE HIERRO.

Á las edades de oro y plata sucedió la de bronce, mas áspera que aquellas por la crueldad de los vivientes, y pronta para las horribles armas; pero no del todo viciada. La última edad fué la de hierro; é inmediatamente se originó de ella toda maldad con un siglo de peor vena.[24] Desapareciéron el pudor, la verdad y la lealtad; y en su lugar se entrometiéron el engaño, la traycion, la violencia, y la insaciable codicia. El piloto se entregaba á los vientos sin conocerlos; y las naves, que por tanto tiempo habian sido el decoro de los encumbrados montes, fuéron abandonadas á la furia de las olas no tratadas: ya se hizo indispensable que el diestro agrimensor señalase límites á la tierra, comun ántes á todos, como lo eran la luz y el ayre; y no contentos con las abundantes cosechas que producia, iban á extraer de sus entrañas las riquezas[25] que escondia, y habia depositado en el infierno,[26] y que despues fuéron el orígen de innumerables males.

(10) La edad de bronce y la de hierro en las
que se manifestó la ferocidad del género humano.

Ya estaba descubierto el nocivo hierro[27] y el oro aun mas perjudicial,[28] quando se apercibe la guerra á lidiar con ámbos,[29] y hace resonar por todas partes el estruendo de las armas con mano[30] sanguinaria. Vivíase del hurto, y el huésped arriesgaba su seguridad. El suegro no estaba seguro del yerno, y apénas los hermanos vivian en paz. Velaba el marido por quitar á su muger la vida, y esta al marido: la desapiadada madrastra hacia uso del veneno, y los hijos ántes de la muerte de sus padres averiguaban los años que podian vivir. La piedad estaba en el olvido, y la doncella Astrea[31] abandonó la última de los Dioses la tierra, contaminada ya con la sangre de los malos.

FÁBULA VI.

LOS GIGANTES DESTRUIDOS
POR EL FUEGO DE LOS RAYOS.

Y porque el sublime cielo no estuviese mas seguro que la tierra de estas atrocidades, cuentan que los Gigantes[32] le acometiéron tambien, y para escalarle pusiéron montes sobre montes hasta acercarse á las estrellas. Entónces Júpiter, vibrando el fuerte rayo, derribó el monte Olimpo, y destruyó al Pelion, aplanando tambien el Osa; quedando destruidos con su propio peso aquellos enormes cuerpos. Tambien dicen que se humedeció la tierra empapada con la sangre que habian derramado sus propios hijos, y que la reanimó estando aun caliente, para que produxese nuevos hombres, y se conservasen algunos indicios de una generacion tan bárbara y descomunal; porque esta generacion fué menospreciadora de los Dioses, ansiosa de muertes y de crueldades. Por la sangre se puede venir en conocimiento de tales hijos.

(11) Los Gigantes que intentaban escalar el Cielo
son destruidos por el rayo de Júpiter.

(12) Júpiter convoca á los Dioses y les propone
la destruccion del Universo.

FÁBULA VII.

LA ASAMBLEA DE LOS DIOSES.

Gimió Júpiter luego que observó esta tropelía desde su encumbrado alcázar, y considerando los crueles convites de la mesa de Licaon,[33] no divulgados por lo inaudito de la atrocidad, determina tomar una venganza digna de su persona; y para esto convoca á los Dioses, los quales concurriéron sin tardanza. Hay un camino muy elevado nombrado la via lactea,[34] fácil de observarse por su extremada blancura, quando está el cielo sereno. Por él se encaminan los Dioses al suntuoso palacio del gran Júpiter: por su derecha é izquierda se freqüentan las casas de los principales Dioses: los inferiores habitan diversos sitios; pero los mas nobles y mas poderosos fixáron su asiento á la entrada de la misma via lactea. Este es el lugar, al qual, si me es permitido, me atreveré á llamar el alcázar del alto cielo. Habiéndose pues sentado cada uno de los Dioses en una pieza interior fabricada de mármol, Júpiter, ocupando un asiento mas elevado, y apoyado en su cetro de marfil, sacudió tres y quatro veces la terrible melena de su cabeza, con cuyo movimiento hizo estremecerse la tierra, el mar y el cielo; y lleno de indignacion prorumpió en estas expresiones:

„Jamas me vi tan apurado y solícito para conservar el imperio del mundo, como ahora me veo, quando los dragones de los Gigantes, cada qual con sus cien robustos brazos, quisiéron hacerse dueños del cielo; porque aunque era poderoso y fiero el enemigo, la suerte de la guerra dependia de sola una multitud de hombres mancomunados, estimulados todos de una sola causa; pero hoy he de destruir al género humano por toda la redondez de la tierra, que baña Nereo, por hallarse atestada de maldades; lo juro por los rios infernales que corren baxo la tierra, por las selvas de la Estigia:[35] he procurado los medios posibles para salvarle; pero la parte incurable se ha de cortar, para que no inficione los miembros sanos. Tengo Semi-Dioses,[36] Ninfas, Faunos, Sátiros y Silvanos de los montes; á quienes permitiremos habitar las tierras que les hemos señalado, pues no les juzgamos aun dignos de entrar en el cielo. ¿Pero creeis, Dioses, que podrán vivir estos seguros entre los mortales, quando intentó quitarme la vida la conocida fiereza de Licaon; á mí, á cuya disposicion estan el rayo, y vosotros mismos, á quienes gobierno?” Se horrorizáron todos, y pidiéron con ardientes deseos la venganza de un delito tan horrendo. Del mismo modo se llenó de pasmo el género humano, y de horror todo el orbe, quando las manos parricidas quisiéron extinguir el nombre romano con la sangre de César. No os fué ménos grato, ó Emperador augusto, el zelo de vuestros conciudadanos, que á Júpiter el de los Dioses en esta ocasion; y despues que apaciguó con palabras y acciones el murmullo que habia excitado su discurso, calláron todos; y sosegado que fué el clamor, contenido por la gravedad del presidente, continuó hablando en estos términos:

„Ya queda castigado el delinqüente, no os altereis; pero os referiré su delito, y la pena que le he impuesto. Noticioso de los desórdenes á que los hombres se habian entregado, y deseando fuese falsa la noticia, baxo del Olimpo, y ocultando mi divinidad en forma humana, recorro todo el universo. Me detendria mucho si os dixese las abominaciones que en todas partes se cometian; porque el mal excede á todas las ponderaciones de la narracion.”

(13) Júpiter castiga á Licaon Rey de Arcadia
transformandole en Lobo.

FÁBULA VIII.

LICAON TRANSFORMADO EN LOBO.

Despues de haber pasado el espantoso monte Menalo, por ser habitado de diferentes fieras, los helados pinares del Licéo, con el Cileno, llegué al anochecer á la Arcadia, y entré en el cruel palacio del tirano Licaon, dando señales de que era un Dios. El pueblo principió á venerarme; mas Licaon, despreciando los religiosos cultos, pronto veré, dice, con una infalible experiencia, si este es un Dios, ó un mortal, de modo que no me quedará duda. En efecto, determinó (por este medio queria descubrir la verdad) matarme improvisamente quando durmiera. No contento con esto degolló á uno de los que tenia en rehenes de la nacion Molosa, y coció parte de sus palpitantes miembros, y parte asó: apénas me presenta en la mesa tal manjar, quando destruyo con vengadora llama su palacio, para que le sepultase entre sus ruinas con sus dignos penates. Licaon huye espantado quando ve abrasarse su casa; y llegando á un solitario campo, principia á dar fuertes ahullidos, haciendo vanos esfuerzos para hablar: la rabia se traslada de su corazon á la boca, y exerce en los ganados su acostumbrada carnicería; deleytándose aun entónces en derramar sangre. Sus vestidos se convierten en pelos, los brazos en piernas, y él en lobo; pero sin embargo de esta transformacion conserva señales de su misma figura, las canas son las mismas que ántes tenia, la misma fiereza en el semblante, el mismo fuego en sus ojos, y todo su cuerpo es un retrato vivo de la crueldad.

(14) El Diluvio Universal.

FÁBULA IX.

EL DILUVIO UNIVERSAL.

Pereció en verdad una casa; pero no es sola la que debe arruinarse: por todo el mundo reyna la impiedad y el furor; y parece que se han comprometido todos los hombres con un sacrílego juramento para practicar la maldad. „Ea, paguen todos prontamente su merecido.” Esta es la sentencia que fulminó. Parte de los Dioses aprueba de palabras el parecer de Júpiter, y le estimulaban mucho para que se executase: otros daban con gestos y acciones señales suficientes de su consentimiento; pero á todos era sensible la pérdida del género humano; y preguntaban á Júpiter, ¿cómo se encontraria la tierra no quedando en ella un linage tan ilustre? ¿Quién ha de ofrecer sacrificios al pie de los altares? ¿Acaso piensas abandonarla á la ferocidad de las bestias? Queda de mi cargo todo, responde el Rey de los Dioses á los que le preguntaban esto: no paseis pena por nada, que yo os prometo una generacion desemejante al pueblo primero, nacida de un modo maravilloso. Ya estaba para vibrar sus rayos sobre la tierra; pero se detuvo, temiendo que tanto fuego como era necesario para asolarla subiese hasta el cielo, y abrasase los exes en que se sostiene. Acordóse asimismo que estaba escrito en el libro de los destinos,[37] que vendria tiempo en que arderian el mar, la tierra, y aun los sagrados alcázares del cielo, y que padeceria mucho la costosa máquina del universo. Dexa los rayos que los Cíclopes[38] acababan de fabricar; forma el contrario designio de destruir á los hombres entre las aguas, y enviar de todo el cielo copiosas lluvias. Encierra al punto en las grutas de Eolo[39] al Aquilon, y demas vientos que disipan las nubes, dexando en libertad al del mediodia. Vuela este con húmedas alas, cubierto el rostro de una nube obscura, y la barba poblada de nieblas. Las nubes hacen asiento en su frente; sus alas y vestidos despedian un continuo rocío; y apénas este tempestuoso viento oprimió con sus manos las nubes suspendidas por toda la extension del ayre, se oyó un gran ruido, y el agua principió á caer fuerte y copiosamente. Iris,[40] mensagera de Juno, adornada de diversos colores, trae nuevas aguas, y va renovando la humedad de las nubes. Abátense las mieses; quedan sin efecto las súplicas de los labradores, y en un momento perece el trabajo de todo un año. No se aplaca la ira de Júpiter con las aguas que despide desde el cielo; acude su hermano Neptuno á socorrerle con las aguas de su cargo. Convoca en su palacio á los rios, y luego que se le presentan: „No hay necesidad de muchas palabras, les dice: dad libre curso á vuestras aguas, esto es necesario: abrid vuestras urnas;[41] y apartando qualquier obstáculo, soltad las riendas á sus torrentes.” Apénas les habia dado esta órden, quando se retiran los rios á sus mansiones; y quitando todo impedimento á las fuentes, corren con precipitado curso por la dilatada llanura de los campos.

El mismo Neptuno hirió la tierra con su tridente, con cuyo movimiento tembló esta, y abrió paso á las aguas que ocultaba en sus senos. Los rios, fuera de sus madres, inundan los espaciosos campos, destruyen los sembrados, los árboles, los ganados, los hombres, las casas, y aun los mismos templos; y si alguna cosa pudo resistir á tanto mal sin arruinarse, la sobrepuja enteramente el agua, y las torres mas altas quedan sepultadas debaxo de las corrientes. Ya no habia diferencia alguna entre el mar y la tierra: todo era un dilatado mar, y este no conocia ya sus antiguas riberas. Unos huyen al collado: otros se sientan en la cóncava barca, y reman por el mismo sitio que acababan de arar: estos navegan sobre sus mieses, ó sobre las alturas de su aldea ya anegada: aquellos hallan peces en la altura de los olmos. Si alguno echa casualmente el áncora, se clava en el verde prado: los baxeles reman sobre las viñas; y donde poco ántes paciéron las hambrientas cabrillas, descansan las monstruosas focas:[42] las Nereydas se admiran de ver debaxo de las aguas las grandes casas, las ciudades y los bosques: los delfines habitan las selvas, corren por las altas ramas, y sacuden los agitados robles: el lobo nada entre las ovejas: las olas arrastran tras sí á los leones y tigres. De nada sirven al jabalí sus fuerzas poderosas como las de un rayo, ni al arrebatado ciervo su ligereza para libertarse del naufragio. Caen al mar las aves, despues de tener sus alas cansadas, buscando inútilmente tierra en que descansar. Ya la inundacion cubria las montañas, y las nuevas olas batian en sus cumbres. Los mas de los mortales perecieron entre las olas, y los que no fuéron sumergidos en ellas viniéron á fenecer á los impulsos de la hambre.

La Fócida, que divide la Beocia del Ática, pais fértil quando era tierra, se convierte en un brazo de mar, y en un dilatado campo de agua.[43] Hay en ella un monte llamado Parnaso, que se eleva hasta el cielo por sus dos extremos, y cuya altura se empina hasta mas allá de las nubes. Luego que Deucalion con su muger llegáron conducidos de una pequeña barca á este sitio, que era el único á quien habian dexado descubierto las aguas, adoráron á las ninfas Corycidas,[44] á las deidades de aquel monte,[45] y á Temis, que entónces pronunciaba los oráculos. No hubo hombre mejor ni mas amante de la justicia que Deucalion; ni muger mas virtuosa y temerosa de los Dioses que Pirra.

(15) Neptuno sosiega las olas y manda
á Triton que toque su Concha.

FÁBULA X.

NEPTUNO AMANSA LAS AGUAS.

Viendo Júpiter el mundo reducido á líquidas lagunas, y que de tantos millares de hombres solo sobrevivia uno, y una muger de otras tantas; ámbos justos, ámbos adoradores de los Dioses, disipó las nubes, y arrollándolas con la impetuosidad del Aquilon, descubrió las tierras al cielo, y el cielo á la tierra. La ira del mar se aplaca; y Neptuno, deponiendo su tridente, amansa las aguas, y llama al cerúleo Triton,[46] que está siempre sobre ellas con sus brazos cubiertos de natural púrpura: le manda tocar la concha, y á los rios y olas que vuelvan á sus lugares, luego que se haga la señal. Toma la cóncava concha, bocina torcida hácia un lado, que va ensanchándose desde el principio, y que quando se toca en medio de la mar hace oirse de polo á polo. Luego que la llegó á su boca este Dios, mojada con la humedad de la barba, y promulgó, inflada, los preceptos que le habian dado, fué oida de todas las aguas, tanto de las de la tierra, como de las de la mar, y reduxo á sus antiguas márgenes á todas las que la oyéron. El mar vuelve á tener riberas, y los rios á correr dentro de su propia madre: báxanse estos, y parece que empiezan á salir los collados: la tierra se descubre poco á poco, y segun baxaban las aguas, iban creciendo los lugares. Las selvas, ocultas tanto tiempo entre ellas, presentan sus cumbres desnudas, y sus árboles cubiertos de cieno.

(16) Deucalion y Pyrrha vuelven á poblar la tierra
siguiendo el oráculo de Themis.

FÁBULA XI.

DEUCALION Y PIRRA.

Restituido á su ser antiguo el universo, libre ya de la inundacion, vió Deucalion la tierra enteramente desierta, y que se hallaba en un profundo silencio. Entónces afligido, y derramando muchas lágrimas, habló á Pirra en estos términos. „¡Ó hermana! ¡Ó amada esposa! ¡Ó muger la única que ha sido preservada de la desgracia de las demas, con quien la naturaleza, el deudo de primos, el lecho conyugal, y ahora unos mismos peligros me enlazan! nosotros dos somos los que quedamos ilesos de tanta multitud de hombres como habia de Oriente á Occidente: de todas las demas cosas es dueño el mar; pero ni aun ahora está segura nuestra vida: aun ahora abaten mi ánimo las nubes. Di, muger digna de compasion, ¿cómo se hallaria tu espíritu, si por decreto de los hados hubieras sido sola libre de la inundacion sin mi compañía? ¿Cómo podrias tolerar sola esta pena? ¿Quién te consolaria en tu desgracia? Porque yo te aseguro, querida esposa, que si las aguas te hubieran arrebatado, no podria sobrevivir á tu pérdida, y las mismas olas me servirian de sepulcro. ¡Oxalá que yo poseyera el secreto de mi padre Prometeo, para poder renovar el género humano, animando, como él lo hizo, un poco de barro! ¡Solo á nosotros dos ha quedado reducido el universo! Así lo quisiéron los Dioses, y nosotros solos somos los exemplares de los demas hombres.”

Habia dicho esto Deucalion, y seguian entrambos derramando lágrimas: resolviéronse á implorar el socorro del cielo, y á consultar los oráculos, y nada les detiene. Baxan á las orillas del Céfiso,[47] cuyas aguas, aunque turbias aun, tenian sus conocidas márgenes. Despues que se purificáron, derramando sobre sus cabezas y vestidos agua de este rio,[48] se dirigen al templo; se postráron en tierra, y llenos de temor besáron aquella yerta piedra, y dixéron estas palabras: „Si las Deidades se aplacan con justos ruegos, si los Dioses deponen su ira, te suplicamos Temis,[49] que nos digas de qué modo, ó con qué industria se podrá reparar el daño del género humano: concede generosa tu proteccion al universo sumergido.” Se movió á compasion la Diosa, la qual le responde en estos términos: „Salid del templo, cubrios la cabeza, desplegad vuestras vestiduras, y caminad esparciendo tras las espaldas los huesos de vuestra gran madre.” Admirados de lo que acababan de oir, guardáron un profundo silencio por algun tiempo, el que rompió Pirra la primera diciendo: „Que no debia cumplirse la órden de la Diosa; y con voz temerosa pide que la perdone, y teme turbar el alma de su madre, arrojando de aquel modo sus huesos.” Entre tanto meditan entre sí las palabras del obscuro enigma, que envolvia la respuesta dada, y procuran descubrir su verdadero sentido. Por último Deucalion consuela á Pirra con estas agradables palabras: „Ó yo me engaño, la dice, ó el oráculo de la Diosa está lleno de piedad, y ninguna maldad persuade. La gran madre es la tierra; y juzgo que las piedras son en ella los huesos de su cuerpo, y estos los que se nos mandan arrojar tras las espaldas.” Aunque este discurso inclinó á creerlo al espíritu de Pirra, quedó no obstante dudosa: ¡tan desesperanzados estaban el uno y el otro de los mandatos celestiales! ¿Pero qué daño puede originarse en hacer la experiencia? Con efecto, apartándose del templo, cubren sus cabezas, desplegan sus vestiduras, y arrojan detras de sus huellas las piedras, como Temis lo habia ordenado. Estas[50] (¿quién lo creeria, á no autorizarlo la antigüedad?) empezáron á ablandarse poco á poco, depuesta su natural dureza y rigor, y á tomar una nueva disposicion. Despues que se fuéron aumentando, y se les introduxo una forma mas suave, observóse, aunque confusamente, cierta semejanza de hombres; pero como si se fueran formando de mármol, y muy parecidas á unas toscas estatuas. Sin embargo, las partes humedecidas con algun xugo, y que tenian mas de tierra, se convirtiéron en carne; las mas duras en huesos, y las venas permaneciéron con el mismo nombre. De este modo en poco tiempo, por voluntad de los Dioses, las piedras que arrojó Deucalion tomáron la forma de hombres, y las mugeres se reparáron con las que arrojó Pirra. De aquí proviene la dureza del hombre, y el aguante que tiene en el trabajo, y en esto demostramos el orígen de que nacimos.

La tierra produxo de suyo á las demas especies de animales, despues que los rayos del sol calentáron el humor primero; y se entumeciéron el lodo y las húmedas lagunas con el calor: creciéron tambien las semillas de las cosas criadas formadas de la criadora tierra, como en el vientre de la madre, y con el tiempo empezáron á tener alguna forma. De este modo luego que el Nilo, dexando los húmedos campos, volvió sus corrientes á sus antiguas márgenes, y el sol calentó el cieno reciente, halláron los labradores muchos animales envueltos en los terrones, y entre ellos notáron unas cosas como empezadas al tiempo mismo que nacian, otras imperfectas y defectuosas en sus partes, y muchas veces se advertia que un mismo cuerpo era en parte viviente, y en parte una porcion de tierra crasa.

FÁBULA XII.

LA SERPIENTE PITON.

Porque despues que la humedad y el calor se atemperáron, concibiéron todas las cosas, puesto que no tienen otro principio que estas dos qualidades; y aunque el fuego sea contrario al agua, sin embargo el fuego, mezclado con el vapor húmedo, cria todas las cosas, y esta encontrada concordia es muy á propósito para la generacion. Calentada la tierra, que estaba cenagosa con el reciente diluvio, con los ardores del sol, produxo innumerables especies: á muchas restituyó su antigua figura, y crió asimismo nuevos monstruos. Á tí tambien te crió contra su voluntad, disforme Piton, que aterrabas á los nuevos pueblos: serpiente nunca vista, ¡quán grande espacio de monte ocupabas! Apolo,[51] Dios insigne por el arco, y que jamas habia usado de tales armas sino contra los gamos y cabras monteses, quitó la vida á esta espantosa serpiente, acribillándola á flechazos, despues de haber gastado casi todas las saetas que llevaba en su aljaba, haciéndola vomitar por ellas el negro veneno.

(17) La Serpiente Piton muerta
á flechazos por Apolo.

Y porque la antigüedad no pudiese borrar la memoria de un hecho tan admirable, instituyó con célebre certámen los sagrados juegos Pitios, así llamados por el nombre de la serpiente muerta. Qualquiera jóven que vencia en ellos, en la lucha, en la carrera ó en el carro, llevaba una corona de hojas de encina, porque entónces aun no habia laurel, y el mismo Febo adornaba sus sienes con las hojas de qualquier árbol.

FÁBULA XIII.

DAFNE CONVERTIDA EN LAUREL.

El primer objeto del amor de Apolo fué Dafne, hija del rio Penéo; pasion que no fué efecto del acaso, sino una venganza del amor irritado contra él. Orgulloso Delio[52] por la victoria que acababa de conseguir sobre la serpiente Piton, viendo al hijo[53] de Vénus, que estiraba su arco, le dice: „¿Qué pretendes hacer, jóven afeminado, con esas poderosas armas? Esas insignias son propias de mis hombros, y solo de mí, que puedo dar certeras heridas á las fieras, y dirigir acertados tiros á mis enemigos. Acabo de matar con innumerables heridas á la serpiente Piton, cuyo enorme cuerpo cubria muchas yugadas[54] de tierra. Tú, conténtate con que tus flechas provoquen á un no sé qué de amores; pero no hagas tuyas mis alabanzas.”

(18) Dafne perseguida de Apolo y convertida
en laurel por su padre.

„Tu arco, Febo, respondió á este el Amor, hiera á quantos te agrade; mas tú no has de poder huir del mio: y así tu gloria es menor que la mia en razon de lo inferiores que son á un Dios los animales que matas.” Esto dixo, y volando ligero surcó batiendo las alas el ayre, y se paró en la umbrosa cumbre del Parnaso. Allí sacó de su carcax dos flechas, cuyos efectos son tan contrarios, que la una enciende el amor, y la otra le apaga. La que enciende el amor es dorada y puntiaguda, y la que le apaga embotada y con la punta de plomo. Con esta tiró Cupido al corazon de Dafne, hija del rio Penéo, y con la otra hirió á Apolo, traspasándole hasta los huesos. Al punto este ama, y aquella huye hasta del nombre del amante; y queriendo imitar á Diana, tiene sus delicias en lo oculto de las selvas, y en las pieles de las fieras que cazaba. Se ataba desaliñadamente los cabellos con una cinta. Muchos la habian pedido por muger; pero ella despreciándoles, pasea impaciente, y libre de marido, los escabrosos bosques, sin cuidarse de qué cosa sean himeneo, amor y casamiento. Su padre repetidas veces la dixo: Hija mia, debes darme un yerno: debes darme algunos nietos. Mas ella, aborreciendo la tea nupcial[55] como un delito, y cubriendo sus mexillas un modesto rubor, se arroja á los brazos de su padre, y le habla de esta manera: „Concédeme, padre mio, guardar perpetua virginidad: esta gracia ha concedido ya ántes Júpiter á Diana.” Otorga su padre la peticion; pero tu hermosura, añade, repugna á tus deseos, y es un obstáculo para verificarlos. Apolo la ve, la ama, y desea poseerla: él lo espera; pero sus oráculos le engañan. Y así como arden las livianas pajas quitadas las aristas, ó se quema un vallado, al que el caminante aplica demasiado la tea, ó la dexa junto á él por descuido al rayar el dia, del mismo modo arde en llamas aquel Dios; así se abrasa el corazon de Febo; y con la esperanza va dando fomento á un amor vano y estéril. Mira los cabellos de la Ninfa, que sin adorno alguno caen por su cuello, y dice: ¿qué seria si estuviesen rizados? Ve sus ojos tan resplandecientes, que se asemejaban á las estrellas: observa su delicada boca; pero no se contenta con verla: alaba sus dedos y manos y los brazos medio desnudos; pero aun le parece mejor lo que oculta. Ella huye mas ligera que el ayre, ni se detiene siquiera á estas palabras que la dirige Apolo. „Espera, la dice, te suplico, bella Ninfa de Penéo, detente; no te sigo como enemigo. Aguarda Ninfa: así huye del lobo la oveja, del leon la cierva, y del águila la sencilla paloma, agitando tímidamente sus alas: todo animal huye de sus enemigos; pero á mí me obliga á seguirte el amor. ¡Ay desdichado de mí! Temo no sea que inclinada caygas sobre las espinas, y estas hieran tus rodillas, que no merecen ser maltratadas, y entónces sea yo la causa de tu dolor. Ásperos son los lugares por donde discurres; te suplico no corras tan precipitadamente, que yo moderaré el ardor con que te sigo. Considera sin embargo á quien ha sorprehendido tu hermosura. No habito yo en el monte; no soy pastor; no guardo aquí desaliñado ganados y rebaños. Ignoras, temeraria, ignoras de quien huyes, y esta es la causa de tu fuga. La tierra de Delfos, de Claros, Ténedos y los Reynos Patareos me rinden los debidos honores. Júpiter es mi padre; por mí se declara lo presente, pasado y venidero; á mí se debe el ingenioso arte de unir la voz al son de la lira; soy diestro en tirar las flechas; pero ¡ah! aquel que con la suya me hirió el corazon, libre de todo amor, es mucho mas que yo: mia es la invencion de la medicina, y el universo me mira como un Dios auxîliador y benéfico: conozco la virtud de las plantas; pero ¡ay de mí! no hay ninguna que pueda curar el amor; y mis inventos, tan favorables á todos, no pueden aprovechar al inventor.” Apolo quisiera hablar mas, quando Dafne, redoblando temerosa su paso, le interrumpe, y le dexa con las palabras á medio pronunciar. Parece mas hermosa con la precipitacion de la fuga. Los vientos descubren su cuerpo,[56] y los soplos contrarios tremolan sus vestidos: el ayre echa sus cabellos con una graciosa descompostura sobre las espaldas, y quanto mas huia, tanto mas se acrecentaba su belleza. Pero el jóven Dios ya no puede sufrir producirse en inútiles cariños; y segun le aconsejaba el amor, sigue sus huellas con precipitados pasos. Y á la manera que el galgo quando ve á la liebre en campo raso solicita la presa, al tiempo que ella su libertad, fiados ámbos en la ligereza de sus pies, y aquel como si estuviera cerca espera ya cogerla, y acelera sus pasos alargando el hocico, y ésta dudando estar cogida escapa de las mordeduras, y dexa burlada la boca que le va á los alcances; del mismo modo corrian Apolo y la hermosa Dafne; aquel ligero con la esperanza, y ésta con el temor. Parece que vuela Apolo animado de las alas del amor; y sin tomar descanso la va ya tan á los alcances, que hace mover con su aliento los cabellos esparcidos sobre los hombros de la fugitiva Ninfa. Fatigada ésta de tan veloz carrera, ve en fin que sus fuerzas la abandonan, y mirando las olas de Penéo con rostro pálido: „Amado padre, le dice, si es cierto que los rios gozan del privilegio de divinidades, socórreme: ó tú, tierra, en donde tanto agradó mi hermosura, recíbeme en tu seno, ó haz que yo pierda esta figura tan encantadora que tanto mal me causa.” Apénas habia concluido la súplica, quando todos los miembros se la entorpecen, sus entrañas se cubren de una tierna corteza: los cabellos se convierten en hojas: los brazos en ramas: los pies, que ántes eran tan ligeros, se transforman en retorcidas raices: ocupa finalmente el rostro la altura, y solo queda en ella la belleza.[57] Este nuevo árbol es no obstante el objeto del amor de Apolo; y puesta su mano derecha en el tronco, advierte que aun palpita el corazon de su amada dentro de la nueva corteza; y abrazando las ramas como miembros de su cariño, besa aquel árbol, que parece rehusa sus ósculos. Por último la dice: „Pues veo que ya no puedes ser mi esposa, á lo ménos serás un árbol consagrado á mi deidad. Mis cabellos, mi lira y mi aljaba se adornarán de laureles. Tú ceñirás las sienes de los alegres Capitanes, quando el alborozo publique su triunfo, y suban hasta el capitolio con los despojos que hayan ganado á sus enemigos. Serás fidelísima guarda de las puertas de los Emperadores, cubriendo con tus ramas la encina que está en medio;[58] y así como mis cabellos se conservan en su estado juvenil, tus hojas permanecerán siempre verdes.” Luego que Apolo dexó de hablar, hizo demostracion el laurel de aceptar la oferta, moviendo sus nuevas ramas; y como si tuviera cabeza, meneó tambien su erguida copa.

(19) Júpiter cubre la Tierra de nubes
para gozar de Iö.

FÁBULA XIV.

JÚPITER ENAMORADO DE IÖ.

Hay en Tesalia un bosque llamado Tempe, á quien rodea por todas partes una eminente selva. El Penéo, que nace de las raices del Pindo, se desenvuelve por estos lugares con espumosa corriente. Con su precipitado curso levanta una especie de nubes, que causan ligeras nieblas; con cuyo rocío parece riega las encumbradas selvas, y su ruido se oye hasta en los sitios mas distantes. Esta es la casa, este el asiento, y estos los recintos del gran rio Penéo, que habita en una cueva tajada de peñascos, desde donde gobierna las aguas, y á las Ninfas que veneran las olas. Todos los rios de ménos nombre vecinos se juntáron en este sitio, dudosos de si habian de dar el parabien á Penéo, ó le habian de consolar por la pérdida de su hija. Viene el rio Esperquio, cuyas riberas estan cubiertas de álamos, el inquieto Enipéo, que tiene siempre sus aguas agitadas, el anciano Apidano, el blando Anfriso, el rápido Aeas, y últimamente todos los demas rios, que llevan al mar las aguas golpeadas con los grandes rodeos por donde el ímpetu los arrebata. Solo entre estos falta Inaco, que encerrado en su profunda caverna acrecienta las aguas con sus lágrimas. Este desgraciado padre llora la pérdida de su hija Iö: ignora si es viva ó muerta; pero no hallándola por ningun lado, se persuade que ya en ninguna parte exîste, siempre inclinado á sospechar los sucesos mas desgraciados. Habia visto Júpiter á Iö, que salia del gremio de su padre, y la dice: „Ó doncella, digna de ser amada del mismo Júpiter, y que con tu mano harás feliz á no sé quien de los mortales: busca las sombras ó en estos ó en aquellos bosques (la señalaba las de derecha é izquierda) para evitar el ardor del sol, miéntras está en lo mas alto del cielo;[59] pero si temes entrar sola en los albergues de las fieras, no temas; penetrarás segura hasta lo mas oculto de los bosques, pues te acompaña un Dios, y no de los vulgares, sino el que tiene en su poder el imperio del cielo, y vibra los rayos. Ni huyas de mí (porque ya empezaba á hacerlo).” Habia pasado las majadas de Lerna y los campos Lircéos, poblados de árboles, quando cubriendo Júpiter con una espesa nube la tierra, la hizo obscurecer, detuvo á Iö en su precipitada fuga, y la robó el pudor. Entre tanto dió Juno[60] vuelta á la tierra con su vista, y admirándose de que las nieblas hubiesen convertido en noche la claridad y resplandor del dia, conoció que estas no provenian ni de los rios, ni de las humedades de la tierra. Busca pues á su marido, como que ya sospechaba sus adulterios, en que le habia cogido tantas veces, y no hallándole en el cielo: „Ó yo me engaño, dixo, ó se me hace traycion.” Y baxando á la tierra, mandó retirar las nubes.

FÁBULA XV.

IÖ CONVERTIDA EN VACA.

Júpiter previó la llegada de su esposa, y al momento transformó á Iö en una blanca becerra; pero aun en esta forma mantenia su hermosura. Juno alaba, aunque con violencia, la belleza de aquella novilla, y pregunta á su marido, como si estuviese ignorante, de qué toro era cria, de dónde habia venido, y á qué vacada pertenecia. Júpiter, para evitar que supiese el dueño de quien era, la respondió que la Tierra la acababa de producir. Entónces Juno se la pide como una fineza. Júpiter no sabe qué partido tomar: desprenderse de su amada le es muy doloroso; negársela á Juno le hace con ella sospechoso: el pudor le mueve á entregársela, y el amor lo reprueba. El amor hubiera vencido al pudor; pero como la solicitud de su hermana y esposa era de tan pequeña entidad como una novilla, podia creer Juno que no lo era, y así aumentarse en ella las sospechas. Entregada la concubina por Júpiter á su esposa, aun no se tranquiliza ésta, y teme de su marido que se la robe: hasta que por último la entrega á Argos, hijo de Arestor, para que la guarde.

(20) Júpiter transforma á Iö en Vaca para
ocultarla á la vigilancia de Juno.

Adornaban la cabeza de este cien ojos, y de estos, dos descansaban y dormian alternativamente, y los demas velaban y quedaban de centinela. En qualquiera parte que estuviese, jamas perdia de vista á Iö; y aun quando estaba vuelto de espaldas, siempre la tenia delante: de dia la dexaba pacer, y de noche la encerraba, y aherrojaba, lo que ella seguramente no merecia: se alimentaba de las hojas de los árboles y yerbas amargas:[61] la tierra, que no siempre está cubierta,[62] la servia de cama á esta infeliz, y el agua cenagosa era su ordinaria bebida; y quando intentaba suplicar á Argos con los brazos tendidos, veia que la faltaban para hacerlo; y haciendo esfuerzos para quejarse, solo se resolvia su voz en bramidos, cuyo eco la hacia temblar, causándola miedo su propia voz. Llegó tambien á las riberas del rio Inaco su padre, en donde acostumbraba muchas veces explayarse; pero habiendo visto en el agua los nuevos cuernos que tenia, se espantó, y queria huir de sí misma. Las Nayades sus hermanas ignoraban quien era, y aun su padre Inaco no lo sabia; pero ella seguia con docilidad á este y aquellas, de quienes se dexaba tocar, admirándose todos de su docilidad. El anciano Inaco la presentaba yerbas, que cortaba; y ella lamia y besaba sus manos, no pudiendo contener las lágrimas, y si la voz la ayudara,[63] le pediria socorro, le diria su nombre, y contaria sus desgracias: mas para suplir este defecto, le graba en la arena con el pie la triste historia de su transformacion: ¡ay desdichado de mí! exclamó el padre, pendiente de los cuernos y cerviz de la blanca novilla. ¡Ay desdichado de mí! ¿No eres tú, hija, la que he buscado por todas partes? No te hallé quando te buscaba, y te hallo ahora que no te busco: me causas mayor dolor que quando estabas perdida. ¿Por qué callas? ¿Por qué no respondes á mis palabras? Solamente arrancas suspiros de tu profundo pecho, y me contestas con bramidos, que es solo lo que puedes hacer. Yo, ignorando tu desgraciada situacion, te prevenia tálamo y teas, lisonjeándome con la esperanza de tener primero yerno y despues nietos. Pero ya tu marido y tus hijos serán del rebaño en que te hallas.[64] Esta es la ocasion en la que el ser Dios me es perjudicial, pues que siendo inmortal, ninguna esperanza me queda de que mis dolores tengan fin con la muerte; y así se prolongarán por una eternidad mis lágrimas. Quando Inaco se lamentaba de esta suerte con su hija, el estrellado Argos se la arrebata de su presencia, y la lleva á pacer por diversas partes: él ocupa á lo léjos la elevada cumbre de un monte, desde donde podia sentado registrarlo todo.

FÁBULA XVI.

SIRINGA TRANSFORMADA EN CAÑA.

No podia ya Júpiter sufrir los males á que veia expuesta á Iö; y para remediarlos, llamó á su hijo Mercurio, que es el que tuvo de Maya, y le mandó que diese muerte á Argos. No hubo en esto detencion; inmediatamente puso sus talares[65] en los pies: acomodó á sus sienes el petaso, y á su mano aquella misteriosa vara que tiene la virtud de adormecer. Luego que se acomodó en esta forma, baxó á la tierra desde el alcázar de su padre: en ella se quitó el sombrero, y dexó las alas, quedándose solamente con la vara; y baxo el disfraz de pastor guiaba las congregadas cabras por descaminados campos, tocando la flauta. Admirado Argos del sonido que oía, le habló en estos términos. „Tú, quien quiera que seas, puedes venir á sentarte conmigo en este peñasco, porque no hay un lugar mas fecundo de yerba para el ganado, y ves la sombra, que es tan regalada para los pastores.”

(21) Siringa, hija del Rio Ladon, perseguida
de Pan y convertida en Caña.

Aceptó el nieto de Atlante[66] la oferta de Argos; y despues de haberle divertido todo el dia con varios discursos, y cantado con el acompañamiento de la flauta, procuró se quedase dormido. Mas él trabaja con todo cuidado para no dexarse vencer del sueño; y aunque unos ojos dormian, no obstante velaban otros; y así pregunta á Mercurio quál era el orígen de aquella flauta que hacia poco tiempo era conocida. Entónces Mercurio le habló de esta manera:

„En los bien frescos montes de la Arcadia hubo entre las Amadriades[67] una Nayade[68] muy celebrada, á quien las Ninfas llamáron Siringa. Muchas veces habia esta burlado á los Sátiros[69] que la perseguian, y despreciado los homenages que la tributaron todas las Deidades que habitan, ó en los umbrosos bosques, ó en la fértil tierra. Veneraba á Diana, y la imitaba en los mismos exercicios de la caza y en su virginidad; de modo que vestida con el trage de aquella, podia engañar á qualquiera, y ser tenida por la misma Diana,[70] si no fuera su arco de cuerno, y el de la Diosa de oro. Pero á pesar de esta diferencia, no dexaban algunas veces de equivocarse. Pan,[71] coronada su cabeza con hojas de pino, la encontró un dia que baxaba del monte Licéo, y la habló en estos términos: cede, bella Ninfa, á los deseos de un Dios que quiere ser tu esposo. Aun le quedaba que referir otras palabras; y la Ninfa, poco sensible á sus discursos, huyó por caminos extraviados hasta llegar al rio Ladon; pero hallándose detenida por las aguas, rogó á las Ninfas, sus hermanas, que la transformasen: tampoco refirió que Pan habia corrido tras ella, y que creyendo tenerla asida, se halló abrazado con unas cañas; y que miéntras él suspiraba, las agitó el viento, resultando un sonido muy parecido á los ayes de quien se queja: que entónces, habiendo quedado suspenso Pan con el nuevo arte y dulzura de aquella voz, dixo: ha de haber sin embargo entre nosotros una estrecha conexîon; y tomando algunas cañas desiguales, las unió con cera, y de ellas formó la flauta que se llama Siringa, conservando en ella el nombre de la Ninfa.”

FÁBULA XVII.

MERCURIO CORTA LA CABEZA Á ARGOS.

Al ir á referir todo esto Mercurio, observó que todos los ojos de Argos se habian quedado vencidos del sueño: al momento calla; y tocando suavemente los ojos con la vara inficionada, les adormece mas, y sin detenerse divide de su cuello con una corva espada la titubante cabeza, que arrojó bañada en sangre sobre un alto peñasco, contaminándole con la misma sangre. ¡De esta manera yaces Argos! ¡Así se extinguió toda la luz que en tantos ojos tenias! ¡Una sola noche[72] envuelve entre sus sombras tus cien ojos! Entónces Juno, condolida de la muerte de Argos, recoge todas aquellas lumbreras, y las coloca en las alas del Pavo real, ave que le era consagrada, esmaltando su soberbia cola con tan resplandecientes piedras preciosas.

(22) Argos guarda de lo adormecido por
Mercurio que le corta la cabeza.

(23) Júpiter ruega á Juno mude la suerte de Iö.

FÁBULA XVIII.

JÚPITER APLACA Á JUNO.

No tardó Juno en encenderse en cólera por la muerte del fiel Argos, y no quiso diferir la venganza para otro tiempo. Presenta luego á la vista de su rival Iö una horrible furia, que la turbe su espíritu, é introduciéndola en el pecho ocultamente la rabia, la hace andar errante por todo el universo, llena de un anhelante terror: ¡tú solo, ó Nilo, no eras aun testigo de sus desgracias! Y luego que llegó á tus orillas se echó en la tierra fatigada, y puestas las rodillas en la márgen de las riberas con el cuello erguido, dirige sus miradas al cielo de la manera mejor que puede; y con gemidos, lágrimas y lúgubres bramidos, parece que se queja á Júpiter, y le pide que ponga fin á sus males. Júpiter, abrazando á Juno con semblante alegre, la ruega que finalice las penas de la desventurada Iö: „Cesen, la dice, tus rezelos, ésta no te causará en lo sucesivo ningun disgusto, y para crédito de la verdad, la Estigia nos será testigo de mis promesas.” Luego que se aplacó Juno por los ruegos de Júpiter, recobró Iö su perdida forma, y quedó como ántes: se cae el pelo de que estaba cubierta; desaparecen los cuernos; sus ojos se estrechan mas; la boca queda mas pequeña; los brazos y manos toman su primera figura; y dividiéndose la pesuña de los pies se convierte en cinco dedos: en una palabra, no conserva otra cosa de becerra sino la extremada blancura. Se levanta la Ninfa contenta, viendo que podia usar ya de solos dos pies; pero no se atreve á hablar, temiendo prorumpir aun en bramidos, como quando estaba convertida en becerra; y con bastante miedo repite entre sí las palabras que tanto tiempo tenia interrumpidas. Ahora es venerada por Diosa[73] de los que visten solo ropages de lino;[74] y se cree que esta es la madre de Epafo, á quien tuvo del gran Júpiter, tributándosele en todas las ciudades los mismos honores que á su madre.

Hubo un Faeton, hijo del Sol, que tenia la misma edad é inclinaciones que Epafo; mas este, ofendido de su presuncion, y de que se gloriaba igualarse á él, engreido de tener á Febo por padre, le habló de esta manera: „Tú neciamente crees á tu madre en todo quanto te dice, y así estás orgulloso con la opinion errada de un fingido progenitor.” Avergonzado Faeton, ocultó con el pudor su ira, é inmediatamente pasó á referir á su madre Climene[75] los oprobios que acababa de oir. „Y para que mas te muevas, ó madre, la dice: yo, aquel que soy tan atrevido y libre en hablar, callé por entónces. Es una mala vergüenza que haya habido atrevimiento para decirnos estos ultrajes, y que no hayamos podido contradecirlos. Por tanto, si es cierto que puedo gloriarme de tener á un Dios por padre, dame pruebas de mi nacimiento, y pon en claro que es celestial la sangre que corre por mis venas.” Luego que acabó de hablar, se abrazó al cuello de su madre, y la rogó por su vida, por la de Merope[76] su esposo, y por los casamientos de sus hermanas, le diese señales de su legítimo padre.

No sé si conmoviéron mas el corazon de Climene los ruegos de Faeton, ó la ira que agitaba su espíritu por un delito que se le imputaba; y así levantó ámbas manos al cielo, y dirigiendo la vista hacia el Sol: „Te juro, hijo mio, dixo, por este resplandor adornado de tan refulgentes rayos, que nos oye y ve, que tú eres hijo de este Sol que miras, de este Sol que gobierna todo el mundo. Él mismo me niegue sus luces, y sea este el dia postrero de mi vida si no te digo la verdad. Ademas que no te es muy difícil visitar los lares de tu padre: la casa de donde nace dista poco de nuestra tierra. Si te animas, ve y sabrás de él mismo tu orígen.” Luego que Faeton oyó este discurso de su madre, salió lleno de regocijo, y ya se creia estar dentro del cielo. Atraviesa la Etiopia y las provincias de los Indios,[77] que habitan debaxo del Sol, y llega con prontitud al claro y paterno Oriente.

LIBRO SEGUNDO.

ARGUMENTO.

Faeton injuriado por Epafo, el qual se atrevió á decirle que Apolo no era su verdadero padre, sube al alcázar del Sol, y le pide gobernar por un solo dia su carro en prueba de su legítimo nacimiento. Habiendo logrado su gusto, abrasa toda la tierra por no saber dirigirle, y los Etíopes se vuelven Negros. Es herido Faeton por un rayo, que le quita la vida; y despues de llorar algun tiempo esta desgracia sus hermanas y su pariente Cicno, aquellas son transformadas en árboles, y este en cisne. Con esta ocasion baxa Júpiter á recorrer todo el universo; y habiéndole vuelto á su antiguo estado, se enamora de Calixto, y la viola tomando la figura de Diana. Llena de ira Juno por esta accion, transforma á Calixto en Osa, y la hubiera quitado la vida su hijo Arcas, si Júpiter no lo estorbara, colocando á ámbos entre las estrellas. Quejándose Juno de este suceso al Océano, fué llevada al cielo en hombros de pavos reales, que poco ha estaban adornados de varios colores; así como hacia poco tiempo que el cuervo habia sido mudado de blanco en negro, por haber descubierto temerariamente el adulterio de Coronis, por no hacer caso de los consejos de Cornice, que le habia referido su transformacion en corneja, y la de Nictimene en lechuza. Ociroe es transformada en yegua, por haber pronosticado las aventuras de Esculapio. Quiron, padre de ella, invocó en vano el auxilio de Apolo; porque este Dios, hecho pastor en los campos de Mesena, no haciendo caso ya de las vacas, se ocupaba en otra cosa, lo que dió ocasion á Mercurio para que se las hurtase; cuyo robo no le vió sino Bato, á quien por su perfidia convirtió Mercurio en piedra de toque. Despues entrando en Ática se enamoró de Herse, hija de Cecrope, de quien teniendo envidia su hermana Aglaura, fué convertida en peñasco. Últimamente Júpiter, habiendo mandado que la vacada de Agenor fuese conducida á la playa, tomando forma de toro, llevó á Europa por el mar á la isla de Creta.

(24) Faeton sube al Palacio del Sol y pide á su Padre
le permita gobernar por un solo dia su carro.

FÁBULA PRIMERA.

FAETON SUBE AL PALACIO DEL SOL, Y CONSIGUE GOBERNAR SU CARRO POR UN DIA.

El palacio del Sol era elevado por sus altas colunas, insigne por el oro que brillaba en él por todas partes, y por el carbunclo que centelleaba. Su techo estaba cubierto de marfil bruñido, y las puertas resplandecian con el brillo de la plata: la obra excedia á la preciosidad de la materia; porque Vulcano[78] habia esculpido en ella los mares que rodean la mitad de la tierra; la redondez de esta, y el cielo que la sirve de bóveda; en el agua estaban cinceladas sus divinidades; el sonoro Triton;[79] el desconocido Proteo;[80] Egeon[81] oprimiendo con sus brazos monstruosas ballenas; Doris[82] con sus hijas, unas nadando, otras sentadas en las rocas como enxugando sus mojados cabellos, y otras conducidas por los mismos peces. Estas Ninfas no tienen el mismo semblante, aunque no es tan desemejante que no se las pueda conocer por hermanas. La tierra tenia de relieve los hombres, ciudades, selvas, fieras, rios, Ninfas y demas Deidades del campo. Sobre todo esto estaba puesta la brillante esfera del cielo y los doce signos del Zodiaco,[83] seis á las puertas de la derecha, y seis á las de la izquierda. Luego que Faeton llegó al palacio por un árduo camino, y entró en la casa de su dudoso padre, inmediatamente se dirige á su presencia; bien que se quedó algo distante porque no podia sufrir mas de cerca su resplandor. Estaba sentado Febo, vestido de púrpura, sobre un trono resplandeciente con brillantes esmeraldas: tenia á sus costados los dias, los meses, los años, los siglos, y las horas dispuestas á igual distancia. La Primavera estaba allí coronada de flores: el Estío desnudo con corona de espigas: el Otoño sucio en accion de pisar las uvas; y el erizado Invierno con su cabellera plateada. El Sol, colocado en medio de esta corte, vió con aquellos ojos con que todo lo registra al jóven Faeton, que estaba atónito con la novedad de todas aquellas maravillas, y le dice: „¿Qual es la causa de tu venida? ¿Qué buscas en este alcázar, Faeton, hijo querido de tu amante padre? ¡Ó luz comun de todo el mundo! responde el jóven: ¡ó padre Febo! si me permites usar de este nombre, y si Climene no oculta su culpa con mentidas apariencias, te suplico me des pruebas seguras que hagan conocer á todo el universo que soy tu hijo, y desvanece esta duda de mi corazon.” Habia dicho esto el jóven, quando el padre, deponiendo los resplandecientes rayos que rodeaban su cabeza, le mandó acercarse mas, y abrazándole: „No mereces, le dice, que yo niegue que eres mi hijo: Climene te ha dicho tu verdadero nacimiento; y para que no te quede duda alguna, pídeme la gracia que quieras, seguro de conseguirla: y tú, formidable laguna,[84] por quien juran los Dioses, y que mis rayos jamas han descubierto, sé testigo de mis promesas.” Apénas habia acabado de hacer este juramento, quando Faeton le pide que le permita manejar su carro, el mando y señorío de los alados caballos por solo un dia. Se arrepintio el padre de haber jurado; y moviendo tres y quatro veces la venerable cabeza, dixo; „He sido un temerario en concederte lo que me has pedido. ¡Oxalá pudiese no cumplir lo prometido! lo confieso, hijo: esto solo te negaria; pero aun me es permitido disuadirte. Tu deseo es arriesgado: grandes cosas pides, Faeton; y unos dones superiores á tus fuerzas y á tus cortos años. Tu condicion es mortal; lo que deseas es permanente;[85] é ignorante solicitas lo que no es permitido á los Dioses mismos conseguir. Estos podrán confiar de sí mismos quanto quieran; pero el conducir el ardiente carro que alumbra al mundo, está reservado á mí solo. El mismo Júpiter, siendo el que gobierna todo el universo, y que arroja los rayos con su terrible diestra, no le podrá manejar; ¿y quién es superior á Júpiter? Es tan áspero el principio del camino, que aun á mis caballos, quando salen de refresco por la mañana,[86] les es dificultoso superarlo; y es altísima la bóveda del cielo, desde donde me da miedo muchas veces mirar á la tierra y al mar, y me palpita el corazon de sobresalto. El fin de la jornada está cuesta abaxo, y por esta causa se necesita de un mas diestro y especial manejo; y este peligro es tan grande que aun la misma Tetis,[87] que me recibe en sus ondas,[88] suele temer no me precipite. Á todo esto has de juntar el continuo movimiento con que el cielo es arrebatado, y arrastrando consigo las mas altas estrellas[89] las hace dar vuelta aceleradamente: yo, aunque con algun esfuerzo, tomo un movimiento contrario, y no me lleva tras sí el ímpetu que á los demas; ántes bien hago un rumbo del todo opuesto á la rapidez del orbe. Figúrate que te he confiado la direccion de mi carro; ¿qué harás? ¿Tendrás fuerzas para resistir á los volubles polos,[90] y evitar que te arrebate su precipitado exe?[91] ¿Acaso imaginas, que hallarás en este camino bosques, ciudades, casas y templos? No es así, porque el camino está lleno de asechanzas, y de figuras de horribles fieras. Y aunque sigas el camino sin extraviarte, es forzoso que pases por entre los cuernos del contrapuesto Toro, por los arcos Hemonios,[92], por la boca del furioso Leon, por entre el Escorpion, que encorva sus nocivos brazos ocupando un largo espacio, y por el Cancer, que tuerce los suyos de distinta manera. Por otra parte no será fácil que tú puedas gobernar mis fogosos caballos, que siempre ardientes arrojan fuego por boca y narices. Apénas se sujetan á mí quando llegan á acalorarse, y se resisten al freno. Así que, hijo mio, no pretendas que yo te conceda una gracia tan perjudicial: muda de designio, supuesto que aun tienes tiempo. Tú me pides señales ciertas que te aseguren ser mi hijo; no puedo darte otras mas infalibles que el temor que me inspira el riesgo á que quieres exponerte. Con un temor paternal te pruebo ser tu padre. Mira, observa mi semblante; ¡y oxalá que pudiesen tus ojos penetrar mi corazon, para que vieses en su interior los sobresaltos paternales! Por último, hijo mio, exâmina todo lo mas exquisito que hay en el mundo, y pide lo mas apreciable que en sí contienen la tierra, el mar, y el mismo cielo, seguro de obtenerlo; solo una cosa te prevengo, y es que esto mas seguramente es castigo que honor: una pena pides por gracia, Faeton. ¡Ah! ¿para qué me abrazas con tanto cariño, ignorante? Tendrás lo que pides, no lo dudes; lo he jurado por la Estigia; pero tú, hijo mio, sé mas cuerdo en tus peticiones.” Con esto dexó de reconvenirle; pero Faeton no mudó por lo tanto de resolucion; y oponiéndose á todas las razones de su padre, se mantiene en su propósito, y arde en deseos de conducir el carro. El padre, pues, deteniéndose quanto pudo, lleva á su hijo al sitio en donde estaba el carro, que era obra de las manos de Vulcano. El exe, la lanza y las ruedas eran de oro, y los rayos de plata: los crisólitos y piedras preciosas colocadas con simetría, daban nuevo resplandor al reflexo de Febo. Miéntras se admira de todo el animoso Faeton, y registra aquella magnífica obra, he aquí que la vigilante Aurora abre las purpúreas puertas del Oriente, y sus atrios sembrados de rosas.[93] Desaparecen las estrellas[94] que recogió el lucero de Vénus,[95] retirándose el último. Pero el Sol, viendo que la tierra y el mundo se ponian roxos, y que la Luna se iba retirando, mandó á las veloces horas[96] que unciesen los caballos. Lo executan prontamente las Diosas, y sacan de los altos pesebres á estos exhalando fuego, satisfechos de ambrosía, y les ponen los frenos resonantes. Entónces el padre ungió el rostro de su hijo con sagrado ungüento, llenándole de fortaleza, para que no le incomodasen las llamas; ciñó su cabeza con los rayos; y repitiendo en su solícito pecho muchos suspiros, como presagios del llanto, le habló de esta manera: „Si puedes someterte á lo ménos ya á los últimos consejos de tu padre, no uses ¡ó jóven! de espuelas; maneja fuertemente las bridas, porque ellos por sí mismos se adelantan; la dificultad consiste en refrenar su fogosidad. No camines por alguna de las cinco zonas[97] por estar derechas; hay allí una senda obliqua[98] cercada de tres círculos, y que se aparta de los polos Árctico y Antárctico, que está junto al Aquilon. Por ella has de ir, como podrás observarlo en las señales que las ruedas han dexado estampadas. Y para que el cielo y la tierra participen igualmente del calor, es necesario que ni baxes ni subas demasiado el carro. Haciendo lo primero quemarás el cielo, y con lo segundo abrasarás la tierra: irás mas seguro por el camino del medio; y para que ni la rueda de la derecha te lleve hácia el dragon torcido,[99] ni la de la izquierda te guie á la ara oprimida,[100] camina entre estas dos constelaciones. Todo lo demas lo dexo á la fortuna, la que te deseo favorable: y quiero que tenga mas cuenta contigo, que tú la tienes de tu propia persona. Pero miéntras hablo, la noche ha terminado su carrera en la playa Hesperia;[101] no puedo detenerme mas, porque soy llamado. La Aurora resplandece ya, disipadas las tinieblas: toma las riendas en la mano; y si aun tu corazon puede mudarse, prefiere mis sabios consejos al deseo de conducir mi carro; todavía puedes, y aun te hallas en lugar seguro, y puesto que no oprimes los exes, que temerariamente deseas, dexa que yo alumbre la tierra, que tú puedes mirar seguro.” Faeton, sin escuchar las advertencias de su padre, ocupa el carro, ligero con un cuerpo tan liviano; se sienta en él, y gozoso de tomar las riendas en la mano, le da gracias de un favor que contra su voluntad le habia concedido.

Entre tanto los quatro alados caballos del Sol, Piroó, Eóo, Eton y Flegon, llenan el ayre de ardientes relinchos, é inquietos sacuden con los pies el pavimento de las caballerizas. Luego que los arrojó Tetis, sin prever la triste suerte de su nieto, y se manifestó todo el universo, tomáron velozmente el camino, y moviendo sus pies por los ayres, separan las nieblas que se les oponian; y sostenidos de las alas, pasan los Euros,[102] que nacian de la misma parte. Pero la carga era demasiado ligera, tanto que los caballos del Sol no la podian sentir, por carecer del yugo de su acostumbrado peso; y á la manera que las corvas naves, que no tienen el lastre suficiente, andan vacilantes por las olas, del mismo modo salta en el ayre el carro, falto de la acostumbrada carga, y se levanta en alto como si estuviera vacío. Luego que los caballos sintiéron esto, saltan y dexan el camino ordinario, corriendo desordenadamente. Se atemoriza Faeton; desconoce el manejo de las riendas que le habia entregado su padre, y el camino por donde debia guiarles, y aun quando lo supiera, no sabia como gobernarles. Entónces se abrasáron primeramente los helados Triones,[103] y tentáron en vano sumergirse en el Océano, donde no les es permitido entrar; y el Dragon, vecino al helado polo,[104] siempre entorpecido de frio, y á quien nadie habia jamas temido, sintió los efectos del calor, y se enfureció con sus ardores. Dicen que tú tambien huistes turbado, Bóotes,[105] aunque eras tardo, y tu carro te detenia. Luego, pues, que el infeliz Faeton vió desde el alto cielo la tierra, descubierta por una y otra parte, se explayó en su rostro la palidez, y de repente empezáron á temblarle sus rodillas, y á cubrirle sus ojos las tinieblas nacidas de tanta luz.[106] Ya quisiera no haber tocado los caballos de su padre; ya le pesa haberle conocido, y haber alcanzado lo que le pidió; y ya finalmente quisiera llamarse hijo de Merope. Es llevado así como la nave arrebatada del furioso Boreas, cuyo piloto ha desamparado el timon, dexándola encomendada á los ruegos y á los Dioses. ¿Qué haria en tal situacion? Mucha parte del cielo dexaba ya á las espaldas; pero era mayor la que tenia ante los ojos; mide en su interior estos dos espacios: unas veces mira al ocaso, adonde no le permiten llegar los Hados, otras, por último, mira al Oriente; y sin saber que hacer, se pasma, no suelta las riendas, ni puede refrenarlas, ni se acuerda de los nombres de los caballos; y ve tambien, trémulo, cosas estupendas á cada paso esparcidas por el cielo, y los simulacros de las grandes fieras.

Hay un lugar donde el Escorpion[107] doblega sus brazos en dos arcos semejantes, y los extiende por todo el espacio de dos signos[108] que forma, encorvando la cola y brazos por una y otra parte. Quando el jóven Faeton vió á este monstruo cubierto del negro veneno que exhalaba, y que amenazaba herirle con la punta de la cola, perdió enteramente el sentido, y afloxó las riendas con un frio temor; luego que estas tocáron las anchurosas espaldas de los caballos, se separan; y viéndose sin conductor, se van por los vientos de desconocida region: se precipitan desordenadamente por donde el ímpetu los lleva; y se remontan hasta las estrellas, que estan fixadas debaxo del alto cielo, arrebatando por extravíos al carro: unas veces caminan por las alturas, otras por lugares baxos y caminos pendientes, ó mas inmediatos á la tierra. La Luna se admira de ver correr los caballos de su hermano por el orbe inferior al suyo, y las nubes abrasadas empiezan á despedir humo. La tierra mas encumbrada se quema con las llamas, y dividida, hace aberturas, secándose con la falta de humedad. Los pastos se ponen roxos, los árboles se queman con sus hojas, y las áridas mieses dan materia á su daño; pero todo esto es nada. Las ciudades perecen con sus muros, y el incendio reduce á cenizas todas las gentes con sus pueblos: arden las selvas y montes: arde el Atos, el Tauro de Cilicia, el Tmolo, el Oeta, el monte Ida, ahora seco, y ántes célebre por sus fuentes; el virgíneo Helicon, el Hemo, que aun no habia visto á Orfeo.[109] Arde inmensamente el Etna[110] con el fuego interior y exterior, el Parnaso con sus dos cumbres, el Erix, el Cintio y el Otris; el Rodope, que vió entónces derretirse sus nieves, el Mimas, el Didimo, el Micale y el Citeron, hecho para los sacrificios. De nada sirven á la Escitia sus frios: arde el Cáucaso y el Osa con el Pindo, arde el Olimpo, superior á entrambos, los encumbrados Alpes, y el Apenino cubierto de nubes. Entónces mira Faeton al universo encendido por todas partes: no puede sufrir tanto ardor; percibe con el aliento el aura encendida como quando sale de un profundo horno; siente que su carro se quema; ya no puede resistir las cenizas y pavesas que saltaban de todas partes; ya se halla rodeado de ardiente humo; y cubierto de una negra obscuridad, no sabe donde está, ó adonde vaya, y es arrebatado al arbitrio de los alados caballos. Creese que los pueblos de los Etíopes traen el color negro de la sangre que entónces salió á la superficie del cuerpo. Entónces fué tambien quando la Libia se volvió árida, consumida su humedad con el calor, y las Ninfas, con los cabellos sueltos, lloráron la pérdida de las fuentes y lagos. La Beocia lamentó á Dirce, Argos á Antimon, Corinto á las ondas Pirenidas. Tampoco los rios, que lográron riberas distantes de este sitio, quedan exêntos: humeó el Tanais en medio de sus aguas, el viejo Penéo, el Teutrantéo, el Caico, el ligero Ismeno y el Erimanto, como igualmente Xanto,[111] que habia de arder segunda vez. El roxo Licormas, el Meandro, que se divierte en las torcidas ondas, el Melas, que corre en Mygdonia, el Eurotas, vecino del Tenario, el Eufrates,[112] que atraviesa por Babilonia; ardió el Oroste, el ligero Termedon, el Ganges,[113] el Fasis y el Danubio. Hierve Alseo, arden las riberas del Esperquio, y con el fuego corre el oro que el Tajo[114] arrastra en sus arenas. Se quemáron en el Caistro los cisnes, que con su dulce canto habian hecho célebre las riberas Meonias. Huye amedrentado el Nilo á las extremidades del mundo, y ocultó su cabeza, que aun ahora se desconoce.[115] Sus siete bocas quedáron reducidas á siete valles secos, y llenos de polvo. Toca la misma suerte al Hebro y Estrymon,[116] que riegan la Tracia, y á los rios occidentales, Rhin,[117] Ródano, Po y Tibre, á quien se le habia concedido el imperio del mundo.[118] Es hendida la tierra por todas partes; y la luz que penetró por las brechas que abrió hasta los infiernos, amedrenta á Pluton y Proserpina. El mar se estrecha, y se hace un campo de arena lo que poco ántes era agua: los montes, que cubrian las olas, se viéron entónces, y aumentáron el número de las apartadas Cicladas.[119] Se van á lo profundo los peces: y no se atreven los delfines á levantarse á los vientos sobre la superficie del mar, como acostumbraban. Nadan exânimes sobre las aguas los cuerpos de las Focas.[120] Aseguran tambien que aun el mismo Nereo, Doris, y sus hijas, se escondiéron en los cálidos retretes. Y que Neptuno, con cruel semblante, tres veces intentó sacar los brazos de las aguas, y otras tantas el ardor del ayre le obligó á esconderlos.

No obstante la sagrada Tierra, como estaba rodeada del mar entre las aguas del Piélago, y las fuentes que se habian congregado de todas partes para ocultarse en su seno, levantó seca hasta el cuello su cabeza, que tan fecunda era en otro tiempo: se puso la mano en la frente, é infundiendo en todas las cosas un horroroso temblor, se sentó un poco, y se halló mas abaxo de lo que solia estar, y con voz santa habló de este modo: „Si esta es tu voluntad, supremo Dios, y yo lo he merecido; ¿para qué cesan tus rayos? Permítaseme, si he de perecer á la fuerza del fuego, que perezca con el tuyo, y aliviaré mi desgracia, recibiéndola de mano de mi Autor.” Apénas pudo abrir la boca para articular estas solas palabras, porque el calor habia desecado sus fauces. „Mira mis cabellos tostados, mis ojos cubiertos de humo, y mi rostro de cenizas. ¿Es este el fruto que espero? ¿Esta recompensa me das en premio de mi fertilidad, y del servicio que hago en sufrir las hendiduras que me hace el corvo arado y los rastrillos, viéndome combatida todo el año? Esta es la recompensa de suministrar pastos á las bestias, al hombre frutos, y alimentos suaves, y á vosotros el incienso. Haya yo merecido en hora buena esta destruccion; pero ¿en qué la han merecido las aguas? ¿en qué mi hermano?[121] ¿Por qué se disminuyen los mares que le tocáron en suerte, y estan mas distantes del cielo? Pero si no te conmovemos mi hermano y yo, á lo ménos compadécete de tu cielo. Mira á una y otra parte, y verás humear ámbos polos; y si el fuego llegare á apoderarse de ellos, vendrá á ser reducido á ceniza tu mismo palacio. Mira padecer al mismo Atlante,[122] y que apénas puede sostener en sus hombros el ardiente cielo. Si perecen el mar, la tierra y los cielos, serémos confundidos en el antiguo caos: si ha quedado aun alguna cosa, líbrala de las llamas, y mira por el universo.” Este fué el discurso de la Tierra; y no pudiendo resistir mas el calor, ni seguir hablando, ocultó su cabeza en su centro hasta llegar á las cavernas mas inmediatas al profundo infierno.

(25) Júpiter hiere á Faeton con un rayo
para evitar un incendio universal.

FÁBULA II.

FAETON ES HERIDO DE UN RAYO.

Pero el Padre omnipotente, haciendo ver á los Dioses, y al mismo Febo que le habia entregado el carro, que iban á arruinarse todas las cosas, segun el fatal hado, si no se acudia con prontitud al socorro, subió á lo mas alto del Olimpo, de donde suele enviar las nubes á la tierra, y de donde hace resonar los truenos, y arroja los rayos; pero no teniendo entónces nubes que enviar, ni lluvias que poder arrojar del cielo, truena y arroja contra el Cochero[123] un rayo vibrado con todo el impulso de su brazo poderoso, con que le quita la vida, y á un mismo tiempo el carro, matando de este modo un fuego con otro fuego. De este modo se apagó el fuego con el mismo fuego. Se espantan los caballos, y dando un salto hácia atras, sacan el cuello del yugo, dexando las riendas rotas. Aquí quedan los frenos, allí el exe apartado de la lanza, en otra parte los rayos de las ruedas hechas mil pedazos; y finalmente por todas partes quedáron esparcidos despojos del derrotado carro. Cae de cabeza Faeton, abrasándole las llamas sus rubios cabellos, y es llevado por los ayres un dilatado trecho, así como muchas veces lo es una exhalacion, que, estando el cielo sereno, nos parece haber caido, aunque en realidad no cae. El Erídano le recibió en una region muy distante de su patria,[124] y le lavó su rostro cubierto de espuma.

(26) Cerca del Sepulcro de Faeton fueron
transformadas sus hermanas en Álamos
y el Rey Cicno en Cisne.

FÁBULA III.

LAS HERMANAS DE FAETON TRANSFORMADAS EN ÁRBOLES, Y CICNO EN CISNE.

Las Ninfas de la Hesperia[125] dan sepultura al cuerpo, que aun humeaba con la llama de tres puntas, entallando en su sepulcro este epitafio.

AQUÍ YACE FAETON, COCHERO DEL CARRO DE SU PADRE, QUE AUNQUE NO LE RIGIÓ CON FELICIDAD, LO EMPRENDIÓ SIN EMBARGO CON ARROGANCIA JUVENIL.

Entre tanto su miserable padre habia inundado su rostro con el triste llanto;[126] y si se ha de creer la tradicion, no hubo sol un dia, y el mismo incendio sirvió de luz al mundo, hallándose de este modo alguna utilidad en medio de tanta desolacion. Pero Climene,[127] despues de prorumpir en todo lo que es propio de una madre sitiada de semejantes penas, recorre todo el mundo, llorosa, loca, rasgando sus vestidos y seno. Buscaba primeramente los miembros muertos de su hijo, y despues eran sus cuidados los huesos, que halló por último casualmente sepultados en tierra extraña. Sentóse en aquel sitio, y leyendo el nombre que estaba grabado en el mármol, le regó con sus lágrimas, calentándole despues con su desnudo pecho. Lúgubres llantos tributan á la muerte tambien las Heliadas;[128] consolándose de este modo vana é inútilmente, é hiriéndose el pecho con las manos, llaman de dia y noche á Faeton, que ya no puede escuchar sus compasivas quejas, y permanecen postradas sobre su sepulcro. Quatro veces habia iluminado la luna toda su redondez, uniendo sus puntas brilladoras,[129] y ellas continuaban sus lamentos (pues el uso se habia trocado ya en naturaleza) quando Faetusa, que era la mayor de las hermanas, queriendo sentarse en tierra, se quejó de habérsele endurecido los pies. Fué detenida, al ir á socorrerla la blanca Lampecia, con raices nacidas repentinamente; la tercera arranca hojas con sus manos, quando solo intentaba arrancarse los cabellos. Una se queja de que sus piernas se transforman en troncos: otra de que sus brazos se vuelven ramas; y miéntras estan admiradas con este prodigio, empiezan á cubrirse los muslos de corteza, que por grados ocupa el vientre, pecho, hombros y manos; solo les falta por cubrir la boca con que llaman á su madre. ¿Pero qué habia de hacer esta desdichada sino discurrir por acá y acullá como una loca, y miéntras puede, juntar sus labios amorosos con los de las hijas? No se contenta con esto, se empeña en arrancar sus cuerpos de las raices, y dividir con las manos las tiernas ramas; pero en vano, porque manan de ellas gotas de sangre, como de una herida. No hagas eso, madre, claman ellas heridas. Madre, rogámoste no lo hagas, porque nuestro cuerpo es despedazado en el árbol con los esfuerzos que haces. Quédate ya con Dios. Á estas últimas palabras acabó de cubrirse su boca con corteza. Corren lágrimas de estos árboles;[130] y el ámbar,[131] que destilan sus ramas, se endurece con el sol; la cristalina corriente le recibe, y lleva para uso de las matronas Romanas.

Presenció este prodigio Cicno, hijo de Esteneleo, quien, aunque estaba unido á Faeton, por el parentesco materno, lo estuvo mas por la amistad. Este Príncipe, Señor de muchas poblaciones de Liguria,[132] y de populosas ciudades, dexando sus Estados, se fué á las riberas del Erídano, y las llenaba de quejas, como igualmente á las selvas aumentadas por las hermanas de Faeton, quando la voz se le disminuye, y sus cabellos se le mudan en blancas plumas; del pecho le sale el cuello largo, y la juntura liga á los roxos dedos; y un pico redondo ocupa la boca; en una palabra, Cicno se transforma en cisne, ave nueva; pero acordándose del fuego, que tan injustamente arrojó Júpiter, no mira al cielo, ni á aquel; habita los estanques y espaciosos lagos, eligiendo por su morada á los rios, cosa contraria al fuego, que tanto aborrecia.[133]

Entre tanto Febo, desaliñado y privado de su hermosura, como quando se ve eclipsado, se aborrece á sí mismo, á la luz y al dia: se entrega á la tristeza; con ésta aumenta su ira, y no quiere alumbrar al mundo: bastante, dice, he trabajado desde el principio de él, y estoy pesaroso de un no interrumpido trabajo, que no me sirve de honor. Gobierne qualquiera otro el carro que lleva la luz; y si no hay ninguno, y confiesan todos los Dioses que no pueden, gobiérnele el mismo Júpiter, para que á lo ménos, y miéntras maneja mis riendas, dexe los rayos, que han de privar á los padres de los hijos. Pues quando vea por la experiencia el ímpetu de los ardientes caballos, conocerá que no fué digno de muerte el que no los gobernó bien. Á estas palabras rodean al sol todos los Dioses, y con rendidas voces le suplican no quiera introducir en el mundo las tinieblas. Tambien Júpiter se disculpa de haber arrojado el rayo, é imperiosamente añade las amenazas á los ruegos. El Sol recoge los caballos furiosos, y aun sobresaltados del terror, y castigándolos con la espuela y el látigo, se enfurece, y les da en rostro con la suerte desventurada de su hijo, imputándoles su muerte.

FÁBULA IV.

CALIXTO ENGAÑADA POR JÚPITER.

Pero el Padre omnipotente recorre el grande ámbito del cielo, y registra si hay alguna cosa maltratada de la violencia del fuego que amenace ruina; y viendo que todas estaban en su vigor, vuelve la vista á la tierra, y á los trabajos de los hombres.[134] Sin embargo tiene particular cuidado de su Arcadia;[135] renueva sus fuentes y rios, que no se atrevian aun á correr. Hace que la tierra produzca yerbas; viste los árboles de hojas, y manda que reverdezcan las selvas destruidas. Miéntras discurre por acá y acullá, fixó su atencion en la doncella Nonacrina,[136] y el amor que le causó su vista, le penetró hasta los huesos. Esta hermosa Ninfa no se ocupaba en hilar, ni en componerse los cabellos, sino que despues que recogia con un cíngulo sus vestidos, y con una blanca cinta sus desaliñados cabellos, echaba mano unas veces del ligero venablo, y otras del arco; era compañera de Diana, y no tuvo otra Menalo,[137] que mas agradase á Trivia,[138] pero ningun poder hay durable.

(27) Júpiter toma la figura de Diana para
hacerse querer de la Ninfa Calisto.

Ya habia pasado el sol del medio dia, quando ella entra en un espeso bosque, al que ningun contratiempo habia destruido. En él se quita de los hombros la aljaba, afloxa el flexîble arco, y se recuesta en el suelo entapizado de yerba, sirviéndola de almohada la pintada aljaba. Viéndola Júpiter cansada, y sin guarda: „mi muger, dice, seguramente ignorará este hurto, y si lo supiere, poco importa, son burlas, ¡oh! ¡son burlas de mucho precio!” Toma inmediatamente la figura y vestido de Diana; la dice: „Ó doncella, única parte de mis compañeras, ¿en qué collados has cazado hoy?” Ella, levantándose prontamente, „Dios te guarde, dixo, Deidad, á mi parecer, mayor que Júpiter, aun quando él me esté escuchando.” Oyelo, y se rie, alegrándose de que le prefiera á sí mismo; la da ósculos poco castos, y ménos dignos de una vírgen. Quando se disponia á contar en qué selva habia cazado, se lo impide abrazándola, y no se descubre, sino intentando un delito. Se resiste ella, y se defiende con quantos medios puede una muger. ¡Oxalá lo hubieras visto, hija de Saturno,[139] pues serias mas compasiva! Defiéndese en efecto; ¿pero qué muchacha ó mortal podrá vencer á Júpiter? Sube este al cielo despues de su victoria. Calixto aborrece aquel bosque y aquella selva, testigo de su delito, de donde al retirarse, casi se olvidó de recoger la aljaba con las flechas y el arco que habia colgado de un árbol.

(28) Las Ninfas descubren á Diana la
preñez de Calixto.

FÁBULA V.

CALIXTO ARROJADA DE LA COMPAÑIA DE DIANA.

He aquí á Diana, acompañada de su coro, que entra por el alto Menalo, orgullosa con las fieras que habia cazado; ve á Calixto, y la llama; pero ella huye, temiendo que Júpiter estuviese aun transformado en Diana; mas despues que conoció que las Ninfas andaban igualmente, se acerca á ellas persuadida á que no habia engaño. ¡Ah! ¡quán difícil es que no salga á la cara un delito! No se atreve á levantar los ojos del suelo; no va al lado de la Diosa, ni la primera de todas sus compañeras, como ántes solia; al contrario, guarda un profundo silencio, y con el rubor da señales de su pudor perdido. Diana, á no ser vírgen, hubiera conocido su culpa por muchos indicios; pero aseguran que las Ninfas la conociéron. Ya la Luna iba caminando á llenar por la nona vez su plateado rostro,[140] quando la Diosa cazadora, fatigada del calor de su hermano,[141] entró en un fresco bosque, del que baxaba un resonante arroyo, y corria por las golpeadas arenas. Despues que alabó aquel sitio, tocó con el pie la superficie de las aguas; y alabándolas igualmente, no hay testigo, dice, que nos vea: bañémonos en sus cristalinas corrientes. Se cubre Parrasia[142] de rubor: las demas Ninfas se desnudan, y ella sola busca dilaciones. Desnúdanla al verla dudosa, y su delito quedó luego patente. Atónita ella, y queriendo tapar el vientre con las manos, sal de aquí, la dixo Diana, y no contamines estas sagradas aguas; y la mandó apartarse de su compañía.

(29) Arcas va á matar á su madre Calixto
transformada en Osa por Juno.

FÁBULA VI.

CALIXTO TRANSFORMADA EN OSA CREYÓ SER MUERTA POR SU HIJO.

Hacia tiempo que sabia esto la muger del gran Tonante, y habia diferido el castigo para el tiempo conveniente. Pero no hay ya motivo de dilacion, quando habia ya nacido de la adúltera el niño Arcas, cosa muy dolorosa á Juno: luego que viéron á este niño sus airados ojos: „solo, dixo, me faltaba, muger adúltera, ver que fueses fecunda, y que con el parto se hiciera pública mi injuria, y se testificase la infamia de mi marido. No te quedarás sin castigo; yo te quitaré, muger odiosa, la hermosura con que te complaces, y que ha sido de tanto atractivo para Júpiter.” Dixo esto, y asiendo sus cabellos por la parte anterior de la cabeza, la hizo dar con la cara en tierra: ella le tendia los brazos pidiéndole perdon, quando empezáron á ponérsele horrorosos con negro vello, á torcerse las manos, y á crecerle en corvas uñas para servirle de pies; el rostro, recreo de Júpiter en otro tiempo, se para disforme con un largo hocico; y porque á nadie puedan mover á compasion sus ruegos y ociosas palabras, pierde tambien el uso de la habla, y solo la queda una voz iracunda, amenazadora y llena de terror, que sale de la ronca garganta. No obstante, aunque convertida en osa, conserva su antiguo entendimiento, y expresando sus sentimientos con continuos gemidos, levanta las que en otro tiempo fuéron manos al cielo y á las estrellas, é interiormente conoce ingrato á Júpiter, ya que no puede llamárselo. ¡Ah! ¡quantas veces, no atreviéndose á descansar sola en los desiertos bosques, se reclinaba delante de su casa, y en los campos en otro tiempo suyos! ¡Quantas veces se vió obligada á correr entre los peñascos estimulada de los ladridos de los perros! Huye amedrentada de los cazadores, habiendo sido cazadora: muchas veces se ocultó de las fieras que veia, olvidándose de lo que era; y aunque osa, se amedrentaba de los osos que habia en los montes, y temia igualmente á los lobos, no obstante que su padre estaba entre ellos. Preséntase aquí Arcas, descendiente de Licaon, y de quince años de edad, sin saber la desgracia de su madre; y quando persigue á las fieras, quando elige aptos bosques para el intento, y rodea las selvas de Erimanto con texidas redes, encuentra con su madre, que se detiene apénas le ve, dando á entender que le conocia. Él retrocede, é ignorante teme á la que sin cesar clavaba en él los ojos sin moverlos, y no se atreve á llegarse mas cerca. Hubiera traspasado su pecho con el penetrante venablo; pero lo impidió el Padre omnipotente, y separó de allí juntamente á ellos, é impidió la maldad;[143] y arrebatándolos con un rápido viento por los ayres, los colocó en el cielo, é hizo estrellas cercanas. Luego que vió Juno á la adúltera lucir entre las estrellas, se llenó de ira, y se presentó en el mar á la blanca Tetis, y al viejo Océano, á quienes dan mucho honor los Dioses; y al preguntarla la causa de su venida: „¿Quereis saber, les dice, por qué la Reyna de los Dioses se halla aquí abandonando los alcázares del cielo? Otra en mi lugar le ocupa. Tenedme por embustera, si quando la noche obscurece todo el orbe, no viereis honradas en lo alto del cielo á estas estrellas, deshonor mio, en la misma parte en que el último y mas pequeño círculo[144] rodea con su espacio al extremo del exe. ¿Habrá, pues, quien sienta ofender á Juno, y la tema ofendida, quando solo entre los Dioses hago bien, causando daño?[145] ¡Oh quánto he hecho! ¡quán vasto es mi poder! La privé de ser muger,[146] y la he hecho Diosa: así castigo á los culpados: de este modo es mi poderío engrandecido. Vuélvala Júpiter su antiguo semblante, quítele la figura de fiera, como lo hizo en la Argólica, hermana de Foronéo.[147] ¿Por qué no se casa con ella, repudiando á Juno, la coloca en mi tálamo, y hace á Licaon su suegro? Pero si en vosotros hace mella el desprecio de vuestra alumna ofendida, no concedais á los Septentriones las cerúleas aguas; apartad de ellas á estas estrellas, trasladadas al cielo en castigo del estupro, para que no se bañe en el puro mar una adúltera.” Concediéron los Dioses del mar su solicitud; sube á los rápidos ayres la hija de Saturno en su ligero carro, tirado por pintados pavones, tan poco ha estrellados con la muerte de Argos, como, loquaz cuervo, que súbitamente vestias alas negras, habiéndolas tenido ántes blancas; porque esta ave fué antiguamente tan blanca con nevadas plumas, que igualaba á todas las mas blancas palomas. No cederia ni á los patos, que estaban constituidos guardas del capitolio por su voz vigilante, ni al cisne amante de las aguas. Le dañó la lengua, haciendo su loquacidad que el color, que era blanco, fuese ahora contrario á lo blanco. No hubo otra mas hermosa en toda la Tesalia que Larisea Coronis. Agradote ciertamente, Délfico númen,[148] miéntras que, ó fué casta, ó estuvo sin guardas; pero la febéa ave conoció el adulterio; y para manifestar como centinela inexorable el oculto delito, caminaba á su Señor; síguele la parlera codorniz, batiendo las alas para indagarlo todo; y habiendo oido la causa de su viage, „inútil es tu camino, le dice: no desprecies los presagios de mi lengua.”

FÁBULA VII.

CORONIS TRANSFORMADA EN CORNEJA.

Atiende á lo que fui y á lo que soy, pregunta por qué lo he merecido, y hallarás que la fidelidad fué mi ruina; porque en otro tiempo habia cerrado Palas á Erictonio, hijo criado sin madre, en una cesta texida de mimbres de Ática; confiando su custodia á las tres hijas de Cecrope de dos formas;[149] pero con condicion de que no registrasen sus secretos. Yo, oculta entre las ligeras hojas, observaba sus operaciones desde un espeso olmo. Las dos hermanas Pandrosa y Herse guardaban sin fraude lo que se les habia confiado; solo Aglaura llama á las tímidas hermanas, y rompiendo los nudos con sus manos, ven un niño y un dragon puesto junto á él. Doy cuenta á la Diosa de este hecho, por lo que me da una paga tal, que se dice de mí haber sido abandonada de la tutela de Minerva, y pospuesta á la ave nocturna;[150] mi castigo sirva de exemplo á las aves, para que no busquen el peligro en su lengua.

(30) Coronis perseguida por Neptuno y convertida
en Corneja por Minerva.

Pero si acaso piensas, que no solo me desechó por esto, sino porque no fui digna de su compañía, te digo que ella me hizo su compañera contra mi voluntad, y sin pedir yo tal gracia. Pregúntaselo, si no lo crees, á la misma Palas, pues aunque ahora está contra mí airada, no te negará esto su enojo. La historia que te cuento es bien sabida; porque nací del ilustre Coronéo en la region de Fócida: yo era una rozagante doncella (¡ah! no me desprecies), y solicitada de ricos pretendientes. La hermosura fué mi daño; porque paseándome un dia con lentos pasos, como tenia de costumbre, sobre la arena, vióme el Dios del mar, y muy enamorado de mí, despues de haber gastado inútilmente el tiempo en blandas caricias, quiso valerse de la fuerza, y me persigue: yo huyo, y dexo la densa playa; pero en vano corro sobre la blanda arena; y no teniendo otro remedio, imploro la proteccion de los Dioses y de los hombres: á ninguno de estos mueve mi voz; y solo la Diosa de la virginidad[151] se condolió de mí por ser vírgen, y me prestó su socorro: pues quando levantaba yo los brazos al cielo, empezáron estos á ennegrecerse con ligeras plumas. Quando queria arrojar el vestido de los hombros, era ya pluma, y se habia arraygado profundamente en la piel. Quando intentaba herir mi desnudo pecho con las manos, no tenia ya ni uno ni otro. Corria, pero la arena no detenia ya mis pies como ántes, sino que me levantaba sobre la tierra; luego soy elevada por los ayres, y hecha, sin ser culpada, compañera de Minerva. ¿Pero de qué me aprovecha todo esto, quando goza del honor mio Nictimene, hecha ave por un exêcrable delito?[152]

(31) Nictimene convertida en Buho por el
incesto con su Padre Nictéo.

FÁBULA VIII.

NICTIMENE CONVERTIDA EN LECHUZA.

Porque ¿quién ignora la cosa mas sabida por toda Lesbos? que Nictimene violó el lecho de su padre. Ella ciertamente es ave; acordándose de su culpa, huye de la vista y luz, encubriendo su pudor con las tinieblas, y todas la aves la persiguen en la vasta region del ayre. Al estar diciendo esto, la responde el cuervo, „por vida tuya, que estos agüeros te sean perjudiciales, que yo, por mi parte, los desprecio como vanos.” Dichas estas palabras, sigue su camino, y da parte á su señor de haber visto á Coronis acostada con el jóven Hemonio.[153] Tanta fué la turbacion de Apolo al oir el delito de su amante, que se le cae la corona de laurel, se le demuda al mismo tiempo el semblante, dexa caer el plectro, pierde el color, é hirviendo su pecho en ira, toma las armas acostumbradas,[154] doblega el flexîble arco por las dos puntas, atraviesa con el inevitable dardo aquel pecho tantas veces unido al suyo. Gimió herida,[155] y sacando el hierro de la herida, tiñó con la roxa sangre sus blancos miembros. „Pude, Febo, dixo moribunda, pagarte mi culpa; pero bien podia haber parido ántes, y no que ahora morimos dos[156] juntamente.” No habló mas, y perdió la vida al mismo tiempo que la sangre. Un frio mortal se apoderó de su cuerpo ya sin alma. Se arrepiente su amante; pero ¡ah! tarde, de un castigo tan cruel, y se aborrece á sí mismo por haber dado oidos al cuervo, y haberse así enfurecido. Maldice al ave que le obligó á saber el delito y la causa de su dolor. Maldice la cuerda, arco y mano con que tiró las saetas, armas temerariamente manejadas. Procura socorrerla despues de haber caido; solicita vencer el hado con un tardo socorro, y se vale inútilmente de sus artes médicas. Mas luego que conoce que todos sus esfuerzos eran ya inútiles; que se preparaba la hoguera, y que sus miembros habian de arder en el último fuego, suspira y se queja de lo mas íntimo de su corazon (porque no era decoroso á un Dios derramar lágrimas) del mismo modo que lo hace la novilla quando ve matar su ternerillo delante de sus ojos. Mas luego que derramó en el pecho de su amada los tristes ungüentos, la abrazó, é hizo las no debidas exêquias, segun costumbre; no permitió que su descendencia pereciese en las mismas llamas; y para librar al hijo[157] le extraxo del vientre de su madre, y le entregó á Quiron[158] de dos formas; y al cuervo, que esperaba la recompensa de su lengua veraz, le despojó de la pluma blanca que ántes tenia.

FÁBULA IX.

OCIROE TRANSFORMADA EN YEGUA.

Se hallaba alegre el Semifiera con tener por alumno á un Dios, y preferia este honor al trabajo de educarle: quando he aquí que se le presenta con los hombros cubiertos de sus rubios cabellos su hija, á quien la Ninfa su madre puso por nombre Ociroe, habiéndola parido en las riberas del rápido rio Caico.[159] No se contentaba esta con haber aprendido las artes de su padre, sino que vaticinaba los secretos de los hados. Un dia pues, concibiendo en su mente los fatídicos furores, y cobrando vigor con el espíritu divino que tenia encerrado en su pecho, miró al infante,[160] y le dixo: „Crece ¡ó niño! que traes la salud al orbe:[161] muchas veces te deberán la vida los cuerpos de los mortales.

(32) Ociroe anuncia á su padre Quirón
el destino del niño Esculapio.

Se te permitirá volver á dar la vida; pero sabe, que aunque lo harás una sola vez[162] contra la voluntad de los Dioses, no se te permitirá otra vez, por el fuego de tu abuelo,[163] que te quitará la vida: despues de haber sido Dios, quedarás un cuerpo muerto; y el que poco ha eras cuerpo, volverás á ser Dios, y renovarás dos veces tus hados. Tú tambien, padre caro, no mortal, sino criado para ser eterno, desearás poder morir, quando te atormente la sangre de la venenosa serpiente, introducida por los miembros heridos. Los Dioses te harán de eterno mortal; y las tres Diosas[164] cortarán el hilo de tu vida.” Aun le quedaba algo que decir sobre el destino de su padre,[165] quando suspira de lo profundo de su pecho, y empieza á derramar copiosas lágrimas diciendo: „El destino se vuelve contra mí; no puedo hablar mas, y se me impide la articulacion de la lengua. No debian haberme sido tan apreciables las artes,[166] que me han acarreado la ira de Dios. ¡Oxalá hubiera ignorado lo futuro! Ya parece que se me quita el semblante humano; ya me agrada la yerba por comida; ya tengo deseo de correr por los dilatados campos; ya me convierto en yegua, y en unos pechos de quienes no degenero.[167] Pero ¿por qué soy mudada toda, puesto que mi padre es de dos formas?” Al decir esto, se le entendian ya muy poco sus últimos lamentos, y se confundiéron sus palabras. No pareció aquel primer sonido de yegua sino del que la imita: á poco tiempo prorumpe en claros relinchos, y aplica sus brazos á la yerba.[168] Entónces se juntan los dedos, y la ligera uña liga las cinco con un eterno casco. Se extiende su rostro y cuello. Se convierte en cola la mayor parte del prolongado manto; y como los sueltos cabellos se tendian por el cuello, se convirtiéron en hermosas crines, y á un mismo tiempo se innovó la voz y semblante, y tomó el nombre de aquel monstruo.

(33) Apolo guarda los ganados de Admeto
en los campos de Mesene.

FÁBULA X.

APOLO CONDUCE REBAÑOS.

Lloraba Filerio[169] la pérdida de su hija; y en vano imploraba tu socorro, ¡ó Apolo! porque ni podias inmutar los decretos del poderoso Júpiter, ni te hallabas entónces presente aunque pudieras: habitabas en Eli y campos Misenios; aquel era el tiempo en que vestias la piel pastoril, y en que el báculo de la silvestre oliva servia de peso á tu mano derecha, y á la izquierda la flauta hecha de siete cañas desiguales; y quando el amor es tu cuidado, y la zampoña tus delicias, se dice que se pasáron las vacas por tu descuido á los campos Pilios. Las ve el hijo de Maya[170] y las oculta con su arte[171] en las selvas.

FÁBULA XI.

BATO TRANSFORMADO EN PIEDRA DE TOQUE.

Nadie supo de este hurto, sino un viejo conocido en aquel campo con el nombre de Bato. Guardaba este pastor los bosques y dehesas abundantes de yerba del rico Neleo, y los rebaños de las excelentes yeguas. Á este teme Mercurio; y llegándose á él disimuladamente le dice: „Huésped,[172] quien quiera que seas, si alguno por casualidad busca estos rebaños, dile que no los has visto, y para que no quedes sin recompensa, toma en premio una blanca vaca.” Se la da, y luego que el huésped la recibe, „ve seguro, le responde: primero publicará tu hurto esta piedra que te muestro.” Marcha el hijo de Júpiter, mas volvió pronto; y mudando de figura y de voz á un mismo tiempo: „villano, le dice, ¿has visto ir por este campo unas vacas? dímelo, y no me ocultes el hurto, que te daré en premio una vaca con su novillo.” El viejo, luego que vió doble la recompensa, „estarán dice, á la falda de aquellos montes;” y en efecto, baxo de ellos estaban.

(34) Mercurio transforma en piedra
de toque al pastor Bato.

Se rió el nieto de Atlante, y le dice: „Pérfido, ¿me vendes á mí mismo?” y le convirtió en dura peña, que aun ahora se llama la señal, permaneciendo la antigua infamia en el peñasco, que no la merecia.

FÁBULA XII.

MERCURIO Y HERSE.

Se habia levantado de aquí Mercurio con próspero vuelo, y contemplaba por la region del ayre los Munichîos campos, la tierra agradable á Minerva,[173] y las arboledas del cultivado Licéo.[174] En este dia por casualidad llevaban las vírgenes á los sagrados alcázares de Palas sobre sus inclinadas cabezas (segun su costumbre) puros sacrificios en coronados canastillos. Las ve el alado Dios quando salian del templo, y no sigue su camino, sino que vuela á la redonda sobre aquel sitio. Así como el rapaz Milano, luego que ve las entrañas de las víctimas, temiendo á los Ministros del sacrificio miéntras estan presentes, discurre al rededor, no atreve á retirarse, y halaga su esperanza batiendo las alas: del mismo modo el ágil Cileno[175] inclina su curso á los Áticos alcázares, y rodea los mismos ayres.

(35) Mercurio, detenido sobre la Ciudad de
Atenas, se enamora de Herse.

Quanto el lucero excede en resplandor á las demas estrellas, y quanto á este la dorada hermana de Febo;[176] tanto aventajaba en hermosura á las demas doncellas, Herse, que era el honor de la pompa y de sus hermanas. Sorprehendió su belleza al hijo de Júpiter, y pendiente del ayre, no se enardeció ménos que la honda Mallorquina quando dispara la bola; vuela, pero con la agitacion mas se enciende, y halla en las nubes el fuego que no tenia. Muda de rumbo, y baxa por fin á la tierra: no quiere usar de disfraces: ¡tanta confianza tenia en su hermosura! la que acrecienta con el cuidado, aunque era muy perfecta: peyna sus cabellos, y se compone el velo, para que cayga bien é igual sobre los dos hombros, y hace que campee la faxa y todo el oro, y la delicada vara que da y quita el sueño luzca en su diestra, y los talares en sus hermosas plantas. Tenia tres aposentos la parte interior del palacio de Cecrope adornados de marfil y concha. Pandrosa, tú habitabas el de la derecha, el de la izquierda Aglaura, y el del medio Herse. Vió venir á Mercurio la primera, la qual tenia el izquierdo; y se atrevió á preguntar á este Dios su nombre, y la causa de su venida. El nieto de Atlante y Pleyone le responde de este modo: „Yo soy el que rompiendo los ayres, llevo á todas partes los mandatos de mi padre, que es el mismo Júpiter. Ni tampoco te ocultaré la causa de mi venida; solo quiero seas fiel á tu hermana, y te contentes con llamarte tia de mis hijos. Por Herse he venido; ayuda, te suplico, á un amante.” Mírale Aglaura con la misma curiosidad con que poco ha habia descubierto los secretos[177] de la roxa Minerva: le pide por la mediacion que iba á hacer mucho oro; y en el ínterin le manda salir de su casa. Puso la vista en ella la guerrera Diosa, é iracunda suspira con tanta fuerza, que conmueve á un mismo tiempo su pecho y el escudo llamado Egida, que trae de él pendiente. Se acuerda que esta profanó con impía mano sus secretos, viendo contra la fe prometida al hijo del habitador de Lemnos criado sin madre, y que seria ingrata á un Dios y á su hermana, queriendo enriquecerse con el oro que codiciosamente habia pedido.

(36) Palas manda á la Envidia que infunda celos
á Aglaura de su hermana Herse.

FÁBULA XIII.

LA ENVIDIA SE APODERA DE AGLAURA.

Camina Palas inmediatamente al templo de la Envidia, cubierto de negra podre,[178] que es una casa oculta en lo mas profundo de una gruta, donde habita la tristeza y el frio, á quien es desconocido el fuego, y donde siempre reyna la mayor obscuridad. Luego que llegó á ella esta muger varonil, temible en la guerra, se paró á sus umbrales (porque no le era permitido entrar), y llama á las puertas con la punta de su lanza. Apénas las tocó, quando se abren: ve en su interior á la Envidia comiendo carne de víboras, único alimento de sus vicios; aparta su vista horrorizada de este espectáculo; mas ella se levanta perezosa, y dexando á medio comer los cuerpos de las serpientes, se dirige á Palas con lentos pasos; y viéndola tan hermosa y con tales armas, empezó á gemir, é hizo asomar á su semblante la tristeza que sentia en su interior. Habita en su rostro la palidez; presenta consumido todo su cuerpo; mira siempre de reojo, y tiene los dientes ennegrecidos con el sarro; reverdece con la hiel su pecho; la lengua está inficionada con el veneno. Jamas se rie, sino quando ve el mal ageno; no puede dormir movida de los vigilantes cuidados; ve con horror los prósperos sucesos de los hombres, y viéndolos se consume; de suerte, que á un mismo tiempo daña y es dañada, siendo ella verdugo de sí misma. Tritonia,[179] aunque la aborrecia, la dixo en pocas palabras: „Inficiona con tu veneno á una de las hijas de Cecrope, que así conviene á mis intentos: Aglaura es esta.” Desapareció sin hablar mas; y clavando su lanza en la tierra la hizo temblar. Ella, mirando por encima el hombro á la Diosa en su fuga, murmuró secretamente, pesándole de la prosperidad futura de los sucesos de Minerva: toma su báculo, compuesto de espinosos nudos, y cubierta de negras nubes, destruye los floridos campos por qualquiera parte que pasa: abrasa la yerba, y aniquila los mas altos montes; contamina con su aliento pueblos, ciudades y casas; y por último, mira la ciudad consagrada á Palas, floreciente en ingenios, riquezas, y amable paz. Detiene con dificultad las lágrimas, porque nada ve digno de llanto. Pero luego que entró en el aposento de la hija de Cecrope,[180] pone en execucion las órdenes de la Diosa: toca su pecho con envidiosa mano, y llena sus entrañas de ramosas espinas: le introduce nociva la ponzoña, llena sus huesos del pestífero veneno, y le esparce por sus pulmones. Y para que no tarde en probar su dolor, presenta á su imaginacion á la hermana su feliz casamiento, y al hermoso Dios. Todo se lo propone grande; con cuyos remordimientos, estimulada la hija de Cecrope, se ve atormentada ocultamente, y gime noche y dia llena de sobresaltos. Empieza á consumirse la infeliz, no de otra suerte que se derrite el hielo con la presencia del Sol ardoroso: se abrasa envidiosa de la felicidad de Herse, del mismo modo que las espinosas yerbas quando se les aplica fuego; porque sin levantar llama se queman lentamente. Algunas veces se deseaba la muerte por no presenciar esto, y otras pretendia descubrirlo á su padre como si fuera un delito.

FÁBULA XIV.

AGLAURA TRANSFORMADA EN PIEDRA.

En fin, viendo Aglaura á Mercurio acercarse, se sentó al frente de la puerta para impedirle la entrada; y al comenzar á hablarle con caricias, súplicas y halagos, „basta, le dice: yo no me he de apartar de aquí sin que te vayas.” Permanezcamos, dixo el ligero Cileno, baxo de este comun acuerdo: abrió las cinceladas puertas con su vara; pero queriendo ella levantarse, no pudo mover aquellas partes de nuestro cuerpo, que se encorvan estando sentados. Forcejea ella por levantarse derecha, pero se le endurecen las junturas de las rodillas; por sus uñas corre el frio, y se ponen pálidas sus venas por la falta de sangre; y así como el cancer, mal incurable, suele dilatarse lentamente, y viciar las partes sanas, del mismo modo se apodera poco á poco de su pecho aquel frio mortal, y le impide los movimientos vitales y respiracion.

(37) Mercurio entra en el aposento de Herse
contra la voluntad de su hermana Aglaura.

No hizo esfuerzo para hablar; pero aunque lo hiciera no hubiera podido, porque ya el cuello era piedra, su boca se habia endurecido, y sentada parecia una estatua: ni aun la piedra era blanca, porque la habia inficionado su perverso corazon el veneno de la Envidia.

FÁBULA XV.