Índice:
[I], [II], [III], [IV], [V], [VI], [VII], [VIII], [IX], [X], [XI], [XII], [XIII], [XIV], [Erratas].
El conde de Candespina (1 de 2)
Nota de transcripción
- Los errores de imprenta han sido corregidos.
- La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
- También ha sido modernizada la puntuación, la grafía de los nombres propios de personas y lugares, y los laísmos y leísmos.
- Para facilitar la lectura, algunos pronombres enclíticos han sido separados de los verbos a los que acompañan.
- Las abreviaturas han sido expandidas y la presentación de los diálogos se ha adaptado a los modernos usos ortotipográficos, utilizando párrafos distintos para cada interviniente y aislando entre rayas los comentarios del narrador.
- El contenido de la [fe de erratas], situada al final del libro, ha sido incoporado al texto.
- En esta novela, el autor llama Alfonso VII al padre de la reina doña Urraca, pero los historiadores consideran que el padre de esta reina fue Alfonso VI, siendo Alfonso VII el hijo, y no el padre de doña Urraca.
EL CONDE
de
CANDESPINA
—
TOMO PRIMERO
EL CONDE
de
CANDESPINA
novela histórica original
POR
Don Patricio de la Escosura
Alférez del Escuadrón de Artillería
de la Guardia Real
MADRID y SEPTIEMBRE:
Imprenta, calle del Amor de Dios, n.º 14.
—
1832
¿Por qué de Roma tu ofuscada mente
Hazañas busca en la remota historia?
¿Para asombrar a la futura gente
No basta acaso la española gloria?
Cuando virtud y honor tu lira intente
Eternizar del mundo en la memoria,
Los campos corre de la madre España,
Y cada monte te dirá una hazaña.
(Don Ventura de la Vega, canto al Rey Nuestro Señor).
EL CONDE
DE
CANDESPINA
CAPÍTULO PRIMERO
Iluminaba la luna las altas torres del castillo de Castellar, situado a corta distancia de Zaragoza, una apacible noche de las más templadas del mes de junio; solo un centinela interrumpía, con el ruido de sus pasos y el crujir de las armas, el profundo silencio que reinaba en torno de la fortaleza, en tanto que el alcaide y la guarnición reposaban descuidados, pues no era de temer en el corazón del reino un ataque imprevisto.
Así lo pensaba también, sin duda, la ilustre cautiva que en él se encerraba entonces; y la siguiente conversación nos hará juzgar del desaliento y dolor a que se había entregado.
—Déjame, Leonor; déjame llorar: en esto solo encuentro alivio.
—¿Alivio, señora? Vuestra Alteza destruye su salud.
—¿Y qué me importa la salud ni la vida? ¿Para qué las quiero, si he de pasar mis días en este miserable encierro?
—No lo permita su Divina Majestad. Su Santísima Madre nos protegerá. Yo a lo menos así se lo ruego en todas mis oraciones.
—Y yo le tengo ofrecido un candelero de oro macizo al Santo Apóstol, patrón de España, si se digna alcanzar por sus méritos que yo vuelva a mis reinos.
—Y volverá Vuestra Alteza, señora. El corazón me dice que no hemos de tardar en ver a León.
—¡A León!... ¿A León, Leonor? ¡Pluguiera a Dios! Pero no lo creo.
—Vuestra Alteza pierde el ánimo, señora, y olvida que sus leales castellanos viven...
—¿Leales los castellanos? ¡Traidores! Abandonan a su reina y natural señora para entregarse a mi marido, mejor diré a mi tirano.
—Aún hay castellanos que aborrecen a Alfonso...
—¡Cobardes! Y ¿por qué no desnudan el acero?
—No es tarde, señora.
—¿No es tarde, y yo estoy cautiva? Leonor, tú has nacido para ser esclava.
—Perdóneme Vuestra Alteza, señora, pero no puedo resolverme a creer que no haya uno entre tantos como hacían alarde de adorar a su reina como a tal, y como a la más cumplida dama...
—Leonor, me adulas.
—Vuestra Alteza sabe mejor que yo que no es lisonja lo que digo, y que los encantos de su persona han hecho acaso más vasallos que su poder.
—Verdad es que dicen que ha querido Nuestro Señor poner en mí algo de eso que llaman belleza; pero tú exageras la causa y los efectos.
—¡Ah, señora, si estuviera aquí un caballero de Castilla, qué bien respondería!
—¿Un caballero de Castilla...? No sé de quién hablas.
—Del más galán, del más valiente, y también del más enamorado.
—Bien lo encareces, Leonor. ¿Eres su dama?
—¿Yo, señora? No merezco tanta honra. El campeón de quien hablo ha elevado sus pensamientos a más alto lugar.
—¿Más alto que una ricahembra de Castilla?
—Sí, señora; y si Vuestra Alteza me permite nombrarle cesará su sorpresa.
—No solo te lo permito sino que te lo mando.
—Es don Gómez.
—¿El conde de Candespina?
—El mismo.
—¡Ah!
Aquí siguió una breve pausa; la camarera, que tal era el empleo de doña Leonor de Guzmán, o no supo que añadir, o lo que es más probable, no se atrevió a darse por entendida en cuanto a la significación del suspiro con que la reina de Castilla doña Urraca había terminado la conversación, ni quiso interrumpir las reflexiones a que parecía entregarse su señora. Nosotros, imitando la discreción de aquella dama, dejaremos por un momento a la real prisionera meditar sobre su desagradable posición, y aprovecharemos este intervalo enterando a nuestros lectores de lo que indispensablemente necesitan saber para hacerse cargo de los acontecimientos que van a ocuparnos.
Después de un largo reinado, en el transcurso del cual estuvo casado diferentes veces, don Alfonso VII de Castilla tuvo la desgracia de perder, en la batalla de Uclés contra los almorávides, al único hijo varón que de todos sus matrimonios le quedaba. Murieron con este príncipe las esperanzas de su padre, y en el corazón de los grandes de Castilla nació el temor de verse sometidos a una dominación extranjera si se casase con un príncipe de fuera del reino la infanta doña Urraca, heredera del trono, hija de don Alfonso y viuda de don Ramón de Tolosa, conde de Galicia, de quien tuvo un hijo llamado como su abuelo. La memoria de la última guerra civil estaba grabada de tal modo en todos los corazones, y eran tan recientes las heridas del estado, que pecheros, prelados y grandes resolvieron sacrificar sus particulares intereses a la paz suspirada; y con este objeto se juntaron los magnates del reino en Mascaraque, donde la mayoría resolvió suplicar al rey casase a su hija con don Gómez Salvadórez, conde de Candespina, Oña, Tesla, Canderechas y Poza. No parece necesario encarecer la nobleza del linaje, valor, discreción y popularidad de este caballero, pues basta saber que los que bajo de todos aspectos podían considerarse como sus iguales, suplicaban que se lo diesen por rey y señor, para persuadirse de la superioridad de su mérito y del ascendiente que había sabido adquirir sobre el ánimo de los castellanos.
Era el conde corpulento, bien formado, de rostro moreno, facciones marcadas y condición más severa en general que afable; pero aunque criado en el ejercicio de las armas, su corazón conservaba más sensibilidad de la que en lo exterior parecía, y acaso de la necesaria para su ventura. Sea pues que la hermosura de doña Urraca, que en efecto era grande, le cautivase, o que la lisonjera perspectiva de reinar en Castilla estimulara su ambición; lo cierto es que don Gómez entró en el proyecto del matrimonio con una vehemencia que casi no podía disimular a pesar de sus esfuerzos. No podremos decir si entonces la infanta ignoraba o no el amor del conde; pero es de presumir que lo supiera, pues la dignidad de este le proporcionaba ocasiones de verla casi diariamente, y la distancia que en aquellos tiempos separaba a un ricohombre de las personas reales, no era comparable a la que hoy media entre los grandes y el trono.
El sistema feudal en el siglo XII, a cuyos principios se refiere la época de que hablamos, estaba en toda su fuerza y vigor en Europa, y no menos en nuestra España que en sus demás reinos. El formidable poder de los grandes y prelados igualaba en cierto modo al de los reyes, obligando a estos a ceder no pocas veces de sus derechos para conservar la paz, y en ocasiones hasta el trono y la vida; de lo que resultaban los disturbios y desórdenes inevitables en un estado cuyo gobierno no tiene la fuerza suficiente para hacerse obedecer de todos sus súbditos.
Sin embargo, Alfonso VII, a quien cuarenta años de victorias y un carácter firme y decidido habían hecho respetable, supo hacer entrar en su deber aun a los más osados, de tal modo que no hubo en la junta de Mascaraque ni uno solo que se atreviera a comunicarle la súplica de los grandes allí reunidos, y proponerle el matrimonio de la infanta, su hija, con el conde de Candespina. Es probable que la tal junta no hubiera llegado siquiera a noticia del rey si un médico judío llamado Cedillo, a quien distinguía particularmente, presumiendo de su privanza más de lo que debía no hubiese tomado a su cargo llevarle el mensaje. Menguada fue para el judío la hora en que tomó tal comisión, pues a pesar de haber esperado largo tiempo momento oportuno, y de no haber arriesgado la súplica sino en los términos más respetuosos y humildes, el rey al oírla montó en cólera, y mal le aviniera al entrometido médico si no se retirara inmediatamente como se lo mandó don Alfonso, desterrándolo para siempre de su presencia. No se limitó a este solo efecto el enojo de aquel príncipe, sino que para manifestar más claramente a los grandes que él solo mandaba en su reino y familia, dispuso y verificó inmediatamente el matrimonio de su hija con Alfonso, entonces príncipe y poco después rey de Aragón, que tuvo efecto en Toledo, a pesar de las mal reprimidas quejas de la nobleza y del clero, y la poca inclinación de doña Urraca hacia su esposo. Sea como quiera, los descontentos, por leales o temerosos, no se atrevieron a levantar la cabeza, y los desposados partieron para Aragón permaneciendo todo tranquilo en los reinos de Castilla hasta el fallecimiento del monarca, que acaeció cuatro o cinco años después.
Muerto don Alfonso, le sucedió con arreglo a su última voluntad doña Urraca, y por ser su marido se aclamó rey a don Alfonso de Aragón, quien, reuniendo en su cabeza la mayor parte de las coronas españolas, se llamó emperador de España. Temeroso de hallar resistencia, entró en Castilla con un numeroso ejército, pero todas las ciudades y villas le abrieron sus puertas, lo que sin duda debiera haber bastado a tranquilizarle; pero lleno de una desconfianza que no se concibe, puso guarnición aragonesa en la mayor parte de las fortalezas, dejando en sus alcaidías a muy pocos caballeros castellanos de los que sabía que eran sus más parciales, y entre ellos a don Pedro Ansúrez, conde y señor de Valladolid.
Sintió Castilla, como era razón, este proceder, y aún lo sintió más su reina, la cual como en despique despojó de su gobierno al conde Ansúrez a pesar de haber sido su ayo. Alfonso, creyéndose desairado, primero dio al conde en su reino magníficas posesiones, y por último indignado de que su esposa no disimulase el pesar que le causaban las cosas de Castilla, y sobre todo de que manifestase casi en público cuán disgustada estaba con su matrimonio, lamentándose de no haber casado con don Gómez, la hizo encerrar en el castillo de Castellar, y devolvió a Ansúrez su condado haciéndole otras muchas mercedes.
Más de treinta días habían corrido desde el de la cautividad de la reina cuando tuvo lugar el diálogo que hemos referido a nuestros lectores, los cuales ya no extrañarán que la reina llamase a Alfonso su tirano.
Doña Leonor, dama de la reina, o más bien su íntima amiga, pues con ella se había criado, sabía la pasión del conde de Candespina, y conociendo el carácter caballeresco de este y el orgullo nacional de los castellanos, formó, desde el momento en que supo que iba la reina a ser conducida a Castellar, el proyecto de valerse de uno y otro para sacarla de aquella esclavitud; y con este objeto envió un mensaje a don Gómez por medio de un criado de toda confianza, a quien hizo partir secretamente la noche de su prisión. Este era el motivo por el que tanta esperanza mostraba a doña Urraca. Pero esta, que desde su casamiento no había visto al conde ni oído hablar de él más que para ponderar su valor contra los moros de Granada o de Sevilla, se creía ya olvidada, y se contentaba, como hemos visto, con suspirar cuando se hablaba de él.
Engañábase empero: la pasión de don Gómez, reconcentrándose, había ganado en intensidad todo cuanto se había visto obligado a suprimir en demostraciones exteriores, y si abandonó la corte durante la vida de Alfonso de Castilla fue para no exponerse a manifestar lo que pasaba dentro de su corazón. Sus asuntos domésticos le condujeron a Candespina, y allí le halló el mensaje de Leonor, en el cual le conjuraba por cuanto hay de sagrado para un vasallo, caballero y amante, que corriese, sin perdonar riesgo ni fatiga alguna, a libertar a su reina de los hierros en que la crueldad de Alfonso la tenía; y para concluir indicaba la diestra cortesana cuánto podía esperar el conde de la gratitud de doña Urraca.
Los efectos de la chispa eléctrica no son más rápidos que lo fue el que esta noticia hizo en el inflamable don Gómez. Recibirla, reunir algunos de sus mejores amigos y fieles vasallos, montar a caballo y partir para el Aragón fue obra de tan pocas horas que ya estaba cerca de Zaragoza cuando en Castilla se le echó de menos.
Acercose la reina a la reja de su prisión, desde la cual, a favor de la claridad de la luna, descubría perfectamente toda la campiña inmediata a excepción de la parte que ocultaba un espeso bosque que a su derecha se veía, y cuyos límites tocaban al foso del castillo. No se movía un solo viviente, a excepción del centinela que bajo de la misma ventana ora se paseaba para espantar el sueño, ora apoyado en su lanza murmuraba en voz alta contra la lentitud del tiempo que no traía el momento del relevo tan pronto como él quisiera.
—Tú sabes —dijo la reina oyéndole—, tú sabes al menos el momento en que cesarás de padecer; pero yo, infeliz de mí, solo en la muerte espero.
La camarera estaba al lado de la reina, aunque un poco más atrás por respeto, y con razones semejantes a las que hemos referido al principio de este capítulo trató de consolarla, sin atreverse a manifestar el principal fundamento de sus esperanzas, pues aunque no creía saliesen vanas, era sin embargo arriesgado anunciar a doña Urraca el paso que había dado hasta ver el éxito que producía. Leonor conocía demasiado bien el carácter de su ama para dar un paso en falso, y por lo mismo calló, persuadida de que si don Gómez lograba quebrantar la prisión de la reina, la colmaría esta de gracias; pero si por el contrario la empresa se frustraba o el conde no quería aventurarse, era indudable que la indignación de su soberana sería el único premio de su oficiosidad.
Caprichosa a fuer de bella, altanera en extremo, inconstante en el amor, implacable en el odio, soberbia en la prosperidad, débil en la desgracia, Urraca era querida de muy pocos; pero su nacimiento, su hermosura y las gracias que sabía desplegar con aquellas personas que creía de su interés tener contentas la habían sin embargo adquirido algunos partidarios de corazón, a más de los que sus derechos incontestables al trono de Castilla y los cálculos de propia conveniencia de algunos unieron a ella en lo sucesivo; mas en el momento solo podía contar con el conde, a quien creía demasiado lejano para socorrerla. Convencida, pues, de que su situación actual era irremediable, hizo muy poco caso de los consuelos de su camarera, y cansada por fin de suspirar contemplando los astros, se arrojó vestida sobre el lecho, dejando abiertas las ventanas en razón del calor.
CAPÍTULO II
—Por san Pedro, conde, que vos solo seríais capaz de tal empresa.
—¿Y por qué no cualquier otro? Las haciendas y las vidas de los vasallos son propiedad de los reyes.
—En buena hora, lo sé tan bien como vos. Pero lo que ahora hacemos, Dios me perdone si no es provocar al mismo demonio.
—Si os pesa, Hernando de Olea, podéis volveros, que no os habremos menester tanto que no concluyamos la demanda sin vos.
—¡Voto a...!
—No votéis a nada, que habemos menester la ayuda de todos los santos, y no será justo provocar su enojo con juramentos.
—Ya lo sé que no debo votar, pero lo que me habéis dicho, conde, lo que me habéis dicho, a no ser vos...
—Bueno está, Hernando, bueno está. Perdonad mi injusto enojo.
—Esa palabra en la boca del conde de Candespina desarmaría la cólera del mismo Lucifer. Mas ahora, decidme por vuestra vida si os parece cuerdo arrojaros en medio de un reino extraño con los doce hombres que os acompañamos.
—Hernando de Olea vale él solo por doscientos, y mi espada...
—Por la de mil de estos testarudos aragoneses. Maldición sobre ellos y sobre su rey diría si no fuera nuestro también. Con todo, conde, se pueden reunir tantos...
—¿Quién os ha dicho, Hernando, que yo voy a combatir cuerpo a cuerpo con todo el ejército de Aragón? Mi plan es caminar por sendas poco frecuentadas y llegar sin ser visto a Castellar. Los montes de Aragón me son bien conocidos, he hecho la guerra en ellos más de una vez, y yo os fío que llegaremos seguros.
—Así sea.
En efecto, la fortuna sirvió completamente al conde, y este tomó tan bien sus medidas, que con la sola precaución de caminar siempre de noche, y no entrar en poblaciones considerables, llegó al fin de su viaje sin encontrar el menor obstáculo. En el día sería muy difícil, cuando no imposible, que trece hombres armados corriesen las cincuenta leguas que por el más corto y peor camino hay desde Candespina a Castellar sin llamar la atención; pero en aquellos tiempos de ignorancia y desorden, semejantes sucesos eran tan frecuentes que no causaban la menor extrañeza. La escasez de pueblos, la falta de caminos que proporcionasen la comunicación entre los que había, y sobre todo la nula seguridad que el gobierno podía ofrecer a los viajeros hacían que los pobres y los plebeyos pensasen rara vez en salir del lugar de su domicilio, y que los nobles, que tampoco viajaban con frecuencia, lo hiciesen cuando se veían precisados a ello, siempre armados y llevando en su compañía gran número de guerreros.
Por esta razón, las pocas personas que nuestros viajeros encontraron en el camino no extrañaban verlos cubiertos de hierro; y aunque algunos tuvieran curiosidad de conocer al jefe o señor de aquella tropa, no juzgaron sin duda prudente entrar en contestaciones con ninguno de sus silenciosos individuos.
Entre todos los que acompañaban al conde, aunque la mayor parte eran nobles ninguno lo era tanto ni privaba con él como Hernando de Olea, su deudo y hermano de armas, quien por su parte le amaba entrañablemente. Valiente en extremo, temerario si se quiere, solo conocía Hernando la prudencia cuando se trataba de algún peligro que podía correr su amigo, y entonces su previsión rayaba ya en nimiedad. Opuso, pues, cuantas razones se le alcanzaron contra la resolución de don Gómez, que a la verdad no fueron pocas porque el proyecto era arriesgado y difícil; mas fue en vano: el amor, la ambición, la gloria, el espíritu caballeresco, todo llamaba al conde a Castellar. Llegó por fin el de Olea a convencerse de la inutilidad de sus reflexiones, y el último altercado que sobre la materia tuvieron los dos amigos fue el que acabamos de copiar literalmente.
En los ocho días que duró su viaje, se ocuparon únicamente del modo de dar fin a su empresa, que no presentaba pocas dificultades, pues era de presumir que la vigilancia del alcaide de Castellar sería proporcionada a la importancia del objeto que estaba a su cargo; y por otra parte las pocas fuerzas del conde no le permitían presentarse a cara descubierta a sitiar la fortaleza. De este modo caminaron creciendo por instantes la perplejidad del enamorado don Gómez, sin que Hernando, mucho más útil en la pelea que en el consejo, pudiese sugerirle el menor expediente para salir de apuros; hasta que pasado el Ebro, media legua antes de llegar a Castellar, hicieron alto para que los caballos tomasen aliento.
Llegose Millán García, criado del conde, a su amo a quitarle la celada y preguntarle si quería su señoría tomar alguna cosa, y como le respondiese que no, y que comiera él lo que le pareciese, dijo Hernando:
—Bueno, ¡cuerpo de Cristo!, en ayunas no sé cómo podréis pelear con esos bárbaros aragoneses que cada uno tiene tanta fuerza como una yunta de bueyes. Comed, conde, que si vos nos faltáis tanto montara no habernos movido de Candespina.
—Es imposible, Hernando —contestó con sentida voz el conde—: es imposible, no atravesara un bocado si me lo presentaran los ángeles.
—Pese a mi vida, ¿qué tenéis para dejaros morir de hambre como un caballo cansando?
—¿Qué he de tener? Ya estamos en el Castellar, y no sé cómo he de valerme para sacar a mi reina de la tal fortaleza.
—Ya os lo dije; pero algunas veces, perdonad, conde, parecéis natural de este país. Si me hubiérais creído se hubieran podido reunir a lo menos doscientas buenas lanzas, y con ellas en dos horas yo me prometía colgar en las murallas de su castillo al señor alcaide del Castellar.
—¡Excelente idea! Con doscientas lanzas declararíamos la guerra al rey de Aragón, a quien respetan navarros y franceses. ¡Con doscientas lanzas, Hernando! ¿Estáis en vos?
—¡Voto a...! Tenéis razón; no me había hecho cargo.
Calló Hernando, como le sucedía siempre que se veía cortado en su discurso, pues el esfuerzo que su imaginación necesitaba hacer para producir un argumento de algún peso no era obra de pocos minutos, y así decía él que rara vez disputaba con sus amigos porque siempre le convencían, y nunca con sus enemigos, pues para estos la mejor razón era la espada.
Millán se halló presente a esta conversación, y su celo por el conde le obligó a que, venciendo la repugnancia que le costaba hablar a su señor cuando este no se lo mandaba expresamente, propusiera que se caminase hasta una arboleda que cerca del castillo había, y que allí se podría con más conocimiento de causa, teniendo a la vista la fortaleza, tomar el partido conveniente. Pareció tan razonable esta proposición que inmediatamente se puso en práctica, y antes de un cuarto de hora estaban ya el conde y los suyos casi a la orilla del foso, en frente de la reja de la prisión de la reina.
Desde luego advirtieron que el foso estaba seco a la sazón, y que no había más que un centinela por aquella parte, de modo que con un hombre solo tenían que luchar. Empero este hombre estaba sobre una muralla, y con un grito suyo era indudable que acudirían todos los de la guarnición del castillo; esto contenía el impaciente ardor de Hernando y el entusiasmo del conde, hasta que por fin este, volviéndose de repente, como un hombre inspirado, a Millán, le dijo:
—Tú eres buen flechero.
—Señor, sé tirar una flecha con alguna violencia y dirigirla medianamente.
—Bien: ¿y te atreverás a hacer una buena puntería de aquí a la muralla?
—Sí —interrumpió vivamente Hernando—: ¿serías hombre de quitar de enmedio a aquel maldito centinela?
—Si vueseñorías me lo permiten —respondió el criado lleno de humildad—, probaré, y espero que con la ayuda de Dios podré darles gusto.
Y diciendo y haciendo se colocó entre dos árboles, desde donde distinguía perfectamente al centinela; tendió su arco, y se disponía ya para apuntar cuando don Gómez, asiéndole del brazo, le dijo:
—¿Y si yerras el tiro, Millán?
—Si lo yerra —dijo con impaciencia Hernando—, si lo yerra, acertará otro.
—Y el soldado —repuso el conde— lo aguardará pacientemente sin dar la alarma.
—Tenéis razón, tenéis razón; pero si una flecha no nos quita ese estorbo, no sé cómo lo hemos de hacer.
Millán bajó el arco, el conde quedó suspenso, Hernando petrificado, y en tanto el tiempo volaba.
Más de una hora duró esta suspensión, hasta que por fin, convencido don Gómez de que si, como lo decía su amigo, una flecha no quitaba al centinela la posibilidad de estorbarles, les sería imposible entrar en el castillo, mandó sacar las escalas que a prevención traía y, dirigiéndose a Millán, pronunció con visible alteración estas palabras:
—Apunta, Millán, dispara, y Dios dirija tu mano.
Y diciendo así, cayó de rodillas y se puso a orar fervorosamente, en tanto que el criado, deseoso de servir a su amo y acreditar al mismo tiempo su destreza, dirigía sin el menor vislumbre de inquietud la puntería al malhadado centinela, quien de propósito parecía haberse parado debajo de la ventana de doña Urraca.
La naturaleza, más poderosa que las penas, había por fin proporcionado a la reina de Castilla el sueño, único y verdadero alivio de los miserables cautivos. Se representaban en su imaginación los venturosos tiempos de su unión con el conde de Galicia; creía verse aún en medio de sus vasallos, acatada de todos, dispensando mercedes, imponiendo castigos: mas por una de aquellas singularidades que casi siempre tienen los sueños, el conde de Candespina se mezclaba con aquellos sucesos, en los cuales ninguna parte había tenido. Era pues entonces tan feliz en el mezquino lecho de su encierro como hubiera podido serlo en el más mullido de su alcázar de Burgos o de León, cuando el sordo ruido que hicieron al pie de su ventana las armas del centinela, a quien Millán acertó a traspasar la garganta, la despertó repentinamente.
—¡Leonor!..., Leonor..., despierta..., vamos, despierta; tu reina te lo manda —dijo llamando a su camarera, que dormía profundamente, hasta que por fin logró despertarla no sin trabajo—. Vamos, ve a mirar lo que ha sucedido en la muralla; me parece haber oído cómo daba un gran golpe un hombre armado.
—Ya voy, señora; será algún soldado que habrá tropezado en alguna piedra —dijo Leonor, pensando entre sí que no debía tener gran necesidad de su persona la reina para llegarse a la ventana y satisfacer por sí misma su curiosidad.
Obedeció sin embargo con cuanta presteza se lo permitieron sus miembros, aún entorpecidos con el sueño, y se llegó a la ventana; mas hubo de estar un momento para acabar de abrir los ojos, y al cabo nada vio, nada oyó, y así se lo dijo a la reina. No podía esta persuadirse de que su camarera dijese lo cierto, porque estaba segura de haber oído caer a un hombre armado, y así, diciendo a Leonor que procurase otra vez abrir más los ojos para obedecer sus órdenes, se levantó ella misma; y llegada a la reja, por más que examinó cuidadosamente cuanto su vista alcanzaba a distinguir, tampoco descubrió nada.
—Parece imposible —exclamó—: imposible porque no me cabe duda de que lo he oído.
—Ya he observado a Vuestra Alteza —dijo Leonor con cierto aire de triunfo— que podría ser el centinela que hubiese tropezado.
—Y yo he observado que hasta aquí nadie se ha atrevido a dirigirme la palabra sin que yo se lo mande —respondió la reina.
Leonor se quedó muda con tan inesperada reprensión, y guardó silencio en tanto que la reina, entre despechada y colérica, volvió a su lecho.
Apenas vio Hernando caer en el suelo al centinela, exclamó lleno de alborozo abrazando a Millán:
—Bien: te has portado como un hombre, y yo te ofrezco una cadena de oro que pese tanto como tu arco en premio de este tiro que es el más acertado que en mi vida he visto.
—Loado sea Dios —dijo levantándose don Gómez—: amigos míos, de su voluntad y vuestro valor depende ahora el resto.
Salieron con esto del bosque, pero temiendo el conde que los que dormían en el cuarto bajo cuya ventana había caído el centinela, despertándose con el ruido se asomasen y viéndolos escalar la muralla dieran la alarma, se apartó a un lado, y en menos de dos minutos ya estaban todos dentro de la fortaleza.
Por esta razón no vieron la reina ni su camarera a ninguno de ellos, y solo a pocos momentos oyeron el ruido de sus pasos al tiempo que pasaban por debajo de la reja.
—Bien muerto está —dijo uno de los soldados mirando el cadáver del centinela—. Dios me libre de ser el blanco de Millán.
—Y a mí —contestó otro—. Si tuviera el conde unos cuantos ballesteros como él, ya podían sus enemigos echarse en remojo.
—Calla, no nos oigan y lo echemos todo a perder.
Las dos prisioneras habían vuelto a ocupar su puesto en la reja, y pudieron oír a su salvo el corto diálogo que acabamos de referir, el cual, lejos de satisfacer la curiosidad de la reina, no hizo más que irritarla. Leonor, por el contrario, al oír la palabra conde, concibió esperanzas de que fuese el de Candespina; y de buena gana hubiera dado a su señora cuenta de las conjeturas que formaba; pero la prohibición que poco antes la había hecho esta de dirigirle la palabra sin su expreso mandato la obligó a guardar silencio.
Doña Urraca por su parte no tardó en conocer que en los estrechos límites de una prisión no era posible observar estrictamente las leyes de la etiqueta como en un alcázar, y así, aunque no dejase de repugnarla algún tanto ser la que empezara, por decirlo así, su reconciliación con Leonor, rompió el silencio diciendo de esta manera:
—Nada dices, Leonor, del singular diálogo que acabamos de oír.
—Señora —contestó esta—, Vuestra Alteza me ha...
—Ahora te mando que hables.
—Entonces, señora, me parece que podré dar a Vuestra Alteza algunas luces sobre este asunto.
—¿De veras, Leonor? Vamos, di.
—Señora, tengo que suplicar primero a Vuestra Alteza se sirva perdonarme.
—Sí, mujer, sí; estás ya perdonada, ¿quién piensa en eso? Pero di.
—Es que no se trata de lo que Vuestra Alteza imagina, sino de una libertad que me he tomado en su nombre...
—¿En mi nombre? ¿Y quién te ha dado osadía para tanto?
—Permítame Vuestra Alteza que me explique. He dicho mal diciendo que había tomado en su nombre. No, señora, yo he obrado en el mío, pero he querido decir que lo que yo he hecho solo ha sido en interés de mi reina.
—Pero acabemos: ¿qué es lo que has hecho?
—Si Vuestra Alteza me deja hablar, yo se lo diré en pocas palabras.
—Y bien, Leonor, una hora hace que te estoy mandando explicarte y nunca acabas de hacerlo.
Aquí la camarera refirió su mensaje a don Gómez, y la conjetura de que fuese el de Candespina el conde de quien hablaban los dos soldados cuya conversación habían oído. No sabemos cuál hubiera sido la contestación de la reina, ni qué reflexiones hizo durante la breve narración de Leonor, porque la crónica dice que precisamente en el punto en que esta se acabó, resonaron las bóvedas del castillo con el ruido de las armas, los alaridos de los moribundos, y los gritos de Candespina y Castilla por una parte, Alfonso y Aragón por otra.
CAPÍTULO III
Tranquilamente dormía Íñigo Latorre, alcaide del castillo de Castellar, confiado, como hemos dicho en el capítulo primero, tanto en la posición de su fortaleza cuanto en la paz de que el Aragón disfrutaba en aquella época, cuando le despertaron el estruendo y voces de los combatientes: se levantó sobresaltado, tomó la espada, y apenas vestido, sin más armas defensivas que su casco y escudo, salió de su aposento y se dirigió, aunque con cautela, al paraje en que parecía estar lo más recio de la pelea.
Don Gómez y los suyos, dando la vuelta a la muralla, se encontraron con el cuerpo de guardia colocado en la torre que formaba el ángulo del castillo opuesto al que ocupaba la reina. El centinela que estaba a corta distancia dio el quien vive; pero por pronto que quiso hacerlo, no fue bastante para impedir que Hernando le contestara con tan buena estocada que dio con él en el suelo. No murió sin embargo en el momento; y cumpliendo como buen soldado:
—Alarma —gritó—, alarma compañeros: los enemigos están en el castillo.
No dijo más, pues, colérico, uno de los soldados de don Gómez le acabó de matar metiéndole la pica por la boca.
—Desdichado —dijo don Gómez—, has muerto cumpliendo con tu obligación; Dios te perdone la mala obra que nos has hecho.
—Que no es poca —añadió Hernando—, porque o yo me engaño, o en la torre suena ruido de armas.
Y, en efecto, tenía razón, porque alarmados los aragoneses con la voz de su compañero se atropellaban unos a otros para tomar, cuál la espada, cuál la adarga; y a no ser la confusión inevitable en aquel momento de sorpresa, no hubieran entrado el conde y los suyos en la torre; pues ya uno, más prudente que los otros, corría a cerrar la robusta y herrada puerta.
—¡Candespina y Castilla! ¡Santiago sea con nosotros! A ellos, caballeros, vencer o morir —dijo así el de Candespina, y dando el ejemplo al mismo tiempo que la orden entró por la puerta y cerró tan furiosamente con los contrarios, que por doquier seguían la muerte y el espanto sus pasos.
A su lado iba el denodado Hernando, tan valiente, tan furioso como su amigo, no parando más golpes que los que a este se dirigían, y despreciando los que llovían sobre él mismo.
La guarnición de Castellar, en aquellos tiempos pacíficos, no excedía de cincuenta hombres de armas, que por fortuna para los castellanos estaban todos reunidos en la torre atacada, pues mal les aviniera si estando divididos hubieran podido combatirles por retaguardia al mismo tiempo que de frente. Además, los compañeros del conde venían armados de punta en blanco y dispuestos a la pelea, al paso que los aragoneses, soñolientos y medio desnudos, necesitaban casi un valor heroico para oponer la menor resistencia.
No menos sorprendido que los demás, Íñigo Latorre, azorado, desnuda la espada en la mano derecha, y una lámpara encendida en la izquierda, y semejante más bien a un fantasma que a un guerrero, bajaba lentamente la escalera deteniendo el aliento y aplicando el oído a cada paso, hasta que por fin las palabras Candespina y Castilla, le hicieron conocer que eran castellanos los que habían sorprendido la fortaleza. Marchar a ellos inmediatamente, y mezclarse entre los demás combatientes fue el primer impulso del valiente alcaide; pero reflexionando después en que la falta de armas defensivas le exponía a caer a los primeros golpes, y que por otra parte más necesaria era su cabeza que su brazo, volvió a subir apresuradamente a su aposento, en el que ya habían entrado a buscarle algunos soldados.
En tanto que estos le ayudaban a armarse de pies a cabeza, seguía encarnizadamente el combate en el piso bajo de la torre: los aragoneses defendían el terreno palmo a palmo; pero no permitiéndoles la estrechez de este aprovecharse de la superioridad que en número tenían sobre los castellanos, les hacían estos sentir la ventaja inmensa que les llevaban en armadura y concierto.
La pérdida de los del castillo era ya de más de diez hombres entre muertos y heridos, cuando sus enemigos solo habían perdido uno; pero para estos toda pérdida era de suma importancia en razón de su corto número.
Dejemos por un momento a estos encarnizados guerreros combatir desesperadamente, para hablar de nuestras dos prisioneras, cuya posición era harto desagradable.
—¿Lo oye Vuestra Alteza, señora? Candespina y Castilla dicen —exclamó Leonor, apenas llegó a sus oídos el rumor del combate.
—También oigo —contestó la reina— las voces de Alfonso y Aragón.
—El conde vencerá sin duda.
—¿Qué seguridad tienes de ello?
—Señora...
—¡Ah, Leonor! ¡Ojalá tu celo no me sea funesto!
—¿Y por qué lo ha de ser? ¿Vuestra Alteza qué culpa tiene de lo que yo he hecho sin su conocimiento?
—Cierto que no tengo ninguna. Pero si el conde sucumbe, ¿qué dirán las gentes de mí? Acaso se atreverán a sospechar...
—Que el conde idolatra a su reina, y no será más que lo cierto.
—Cada vez es mayor el tumulto, Leonor, y sin embargo a nadie veo.
—Sin duda será el combate en la torre que cae sobre el río, que es la que ocupa el alcaide con sus soldados; al menos de hacia allí parece venir el eco. Si el conde supiera en qué paraje se halla Vuestra Alteza, hubiera ya venido a ponerla en libertad.
—Dios haga que no sea vencido, pues de lo contrario su temeraria tentativa no produciría otro efecto que el de empeorar mi situación.
—Vuestra Alteza se complace en verlo todo de la manera más triste que es posible imaginar. Don Gómez es un guerrero que tiene fama de ser tan prudente como esforzado, y no es de presumir que se haya metido en el castillo sin...
—¿Oyes, Leonor? ¡Qué tristes gemidos! ¿Oyes el sonido de las espadas?... ¡Qué horror!... ¿Qué será de nosotras? ¡Dios eterno!... —y cayó desmayada.
Leonor empleó cuantos medios estuvieron a su alcance para hacer volver en sí a su señora, e inspirarla un valor que, si hemos de decir verdad, no tenía ya ella misma.
En general, por más osada que una mujer sea en sus proyectos, por más que tenga costumbre de presenciar grandes acontecimientos y de figurar en ellos, llegado el caso de un combate, sus fuerzas la abandonan. Su horrorosa carnicería repugna a este sexo débil, destinado a domar con su dulzura las feroces pasiones del hombre; ha habido algunas excepciones, es cierto, a esta regla general; pero confesemos imparcialmente que son tan pocas que apenas merecen mencionarse.
No es pues de extrañar que doña Urraca, a pesar de su carácter ambicioso, flaqueara en aquella ocasión, y que costase infinito trabajo a su camarera disimular el espanto de que estaba poseída. Empero, como a nuestra impaciencia no le es dado precipitar los acontecimientos a medida del deseo, le fue preciso a la reina esperar y temer, y a su camarera disimular y dar consuelos, hasta que llegó el momento que estaba señalado para terminar sus inquietudes.
Más de un cuarto de hora había transcurrido desde la entrada de los castellanos en Castellar; y otro tanto tiempo hacía que duraba el combate, cuando lograron estos desalojar a los enemigos del piso bajo, y persiguiéndolos llegaron al principal, donde estaba la sala de armas y el aposento de Íñigo Latorre. Acababa este de armarse y de llegar al salón cuando entraron precipitadamente los suyos, y a dicha tuvieron el tiempo necesario para cerrar detrás de sí la puerta, tan fuerte como todas las que en aquel tiempo se usaban en semejantes edificios.
—¡Voto al santo de mi nombre! —dijo furioso Hernando, que llegó precisamente en el momento en que acababan los aragoneses de cerrar—. Estas malditas escaleras me han detenido, y como esos perros van desnudos, las han subido en un vuelo.
—No perdamos tiempo —le contestó el conde que llegó en seguida—, no perdamos tiempo en inútiles exclamaciones. Lo que importa es derribar la puerta.
—Un hacha de armas —exclamó Hernando—, pronto un hacha.
—Es inútil —le replicó el de Candespina—, nada conseguiréis; o cuando menos se tardará más tiempo del que es menester. Traed una tea encendida, soldados, y prended fuego a la puerta.
—Sí, prendedla fuego, no les estará mal a esos testarudos morir como judíos, porque...
—No permita Dios que yo cometa tal barbarie. No, Hernando, son cristianos como nosotros. Lo que yo quiero es quitar esta barrera de por medio y poder combatirlos como conviene a caballeros, pues en cuanto a la torre, es de fábrica y no puede incendiarse.
—Sea así, pero despachad, venga acá esa tea. Parece que en la vida habéis puesto fuego a una puerta.
Y el impaciente Hernando se puso a trabajar como un simple soldado.
Entretanto el conde, que nada olvidaba, bajó al cuerpo de guardia, en el cual había dejado a cargo de Millán y otro soldado los prisioneros que se habían hecho en el primer combate, que eran en bastante número.
Imaginando el alcaide que sus enemigos, siguiendo la rutina de aquel tiempo, emplearían inmediatamente el hacha o las palancas para derribar la puerta, mandó correr sus gruesos cerrojos y arrimar a ella una pesada y tosca mesa de madera de nogal que había en medio de la sala. En seguida hizo armar lo más completamente que le fue posible a sus medio desnudos soldados, y poniéndolos en buen orden esperó sosegadamente el éxito de aquel trance.
Había bajado el conde a examinar a los prisioneros no por simple curiosidad, sino con el objeto de obtener de ellos varias noticias que podían serle útiles; y en particular por saber en qué paraje se hallaba la reina. Algunos de aquellos desgraciados conservaban bastante serenidad para negar a su enemigo todo género de explicaciones; pero la mayor parte se manifestaron prontos a complacerle. Supo pues el conde cuál era la torre que encerraba a la reina, y que las fuerzas de que el alcaide podía disponer en la sala de armas no pasaban de veinte hombres, deducidas las pérdidas que hasta entonces había tenido. Bien hubiera querido don Gómez ir en derechura a echarse a los pies de la reina y ponerla en libertad; pero le pareció que no podía dejar el combate, y que presentarse como vencedor le sería más honroso.
Cuando volvió a subir ya ardía la puerta de la sala de armas, y consternados los aragoneses, que en el calor del combate no habían podido calcular exactamente el número de sus contrarios, dándose por perdidos pidieron a su alcaide que entrase en capitulaciones. Este se negó abiertamente a semejante proposición, y recordando a los soldados sus juramentos y las leyes del honor, les mandó que se dispusiesen a pelear hasta el último trance, logrando en efecto reanimarlos algún tanto. Estaba sin embargo resuelto por la divina providencia que, a pesar de sus buenos deseos, había de morir sin dar una sola cuchillada a los agresores.
El conde tenía razón en no temer que la torre se incendiase porque era de fábrica; mas no había calculado que estando cubierto de tablas el piso de la sala, precisamente se habían de sofocar cuantos estuvieran dentro de ella. Y en efecto, aún no había acabado el infeliz Íñigo su exhortación, cuando incendiándose las tablas del piso con extraordinaria celeridad, a causa de estar muy secas, se llenó enteramente de humo el aposento. Los desgraciados aragoneses viéndose arder empezaron a clamar:
—¡Piedad! ¡Piedad!
Los castellanos mismos tuvieron que apartarse, y Hernando gritó, de orden de su amigo, que sería salvo todo el que saliese de la sala. Algunos de los que estaban inmediatos a la puerta lograron escapar; pero la mayor parte, atolondrados con el mismo temor, perecieron allí miserablemente, y entre ellos el alcaide, sea porque no pudo, sea porque no quiso, ni aun en aquel caso extremo, entregarse a sus enemigos.
Cuando el éxito de un combate es tan cruel para los vencidos, no pueden los vencedores mismos, a menos que sean monstruos más dignos del nombre de fieras que de el de soldados, regocijarse de su victoria. Y así es que no podremos decir quiénes quedaron más aterrados y confusos: si los pocos aragoneses que sobrevivieron a este desastre, o don Gómez y los suyos.
El incendio absorbió la atención general: cesaron los gritos; se trajo agua de un pozo que indicaron los prisioneros, a quienes se hizo acarrearla con las correspondientes precauciones; y por fin, consumidas la mayor parte de las tablas y apagadas las demás, como también los pocos muebles que había en la sala, se logró terminar aquella horrorosa escena. No llegó a una hora lo que duró el incendio, mas fue lo bastante para que ni uno de los desdichados a quienes alcanzó quedase con vida. El cadáver de Íñigo Latorre se encontró entero, porque la armadura le había preservado de la acción de las llamas, y a pesar de que su rostro estaba enteramente negro, aún se descubrían en sus facciones señales del entusiasmo guerrero que le animaba pocos momentos antes de su muerte. El conde le miró compasivamente, y mandó que se recogiera y llevase a su propio aposento, al cual pasó en persona con la esperanza, que se verificó en efecto, de encontrar en él las llaves de todo el castillo.
Seguidamente, sin más compañía que la de Millán, y dejando a cargo de Hernando tomar las disposiciones necesarias para su seguridad y pronta marcha, fue don Gómez a la torre, prisión de la reina. Acostumbrado desde su más tierna infancia a los horrores de la guerra, no había el conde sentido la menor inquietud durante el combate; pero presentarse a la que un tiempo miró como destinada a ser su esposa, y en aquella ocasión tenía que acatar por señora y respetar como a mujer de otro, era para él un paso tan delicado como temible. Su corazón latía con violencia, mientras Millán probó sucesivamente las llaves en la cerradura de la puerta exterior de la torre hasta encontrar con la propia; entró temblando, y es indecible su turbación cuando al llegar al primer piso mandó a su criado que abriese.
Si fue grande la inquietud de la reina mientras resonaron en sus oídos los furiosos gritos de los combatientes, mayores fueron sus angustias cuando el incendio de la sala de armas hizo que a aquel estrépito sucediese un silencio horroroso. «¿Cuál será el vencedor?», he aquí la cuestión importante que ocupaba a las dos prisioneras, sin que ni una ni otra se atreviesen a proferir una sola palabra. En esta amarga situación pasaron la reina y su dama más de una hora, hasta que oyeron sonar primero los cerrojos de la puerta exterior, subir después la escalera precipitadamente, y ensayar por último varias llaves en la cerradura de la puerta de su propia estancia. Si doña Urraca y Leonor hubieran estado entonces libres del pánico terror, que ni discurrir las dejaba, desde luego la circunstancia de no abrir inmediatatamente les hubiera hecho ver que la visita que iban a recibir no era la del alcaide o cualquiera de sus subalternos, pues estos no podían menos de conocer las llaves de todas las estancias; pero el temor no les permitió hacer tan sencilla reflexión. Sobrecogidas, pues, y olvidando la diferencia de clases, se metieron abrazadas en el rincón más apartado de su aposento.
Ya en esto había Millán abierto la puerta y entrado el conde alzada la visera del casco, con ademán sumiso y rostro más sonrojado de lo que hubiera podido esperarse de su edad y profesión.
—¿Perdonará Su Alteza? —dijo hincando una rodilla en el suelo.
—¿Sois vos, conde? —exclamaron a un tiempo reina y camarera.
—Sí, señora —contestó el conde—, yo soy, que me he atrevido a entrar en la estancia de Vuestra Alteza sin su permiso...
—¿Y qué? ¿Estoy libre?
—Vuestra Alteza puede partir cuando guste.
—Ahora mismo; pero alzad, conde: la reina de Castilla no olvidará nunca lo que os debe.
—A mí, señora, nada me debe: soy su vasallo, y he cumplido con mi obligación sirviéndola.
—No esperaba yo menos de vuestra nobleza. Mas ocasiones habrá de manifestaros mi agradecimiento, y si Dios fuere servido, como lo espero, de llevarme con bien a mis reinos, no se tardará el día en que lo veáis.
—Señora, si alguna cosa he hecho que merezca recompensa, suficiente la tendré en besar los pies a Vuestra Alteza.
—Tomad la mano, conde: y ojalá no la hubiese yo nunca dado...
Detúvose aquí, y el conde besó respetuosamente aquella mano, objeto de todos sus deseos.
—¿Podemos partir, conde? —continuó la reina.
—Señora —dijo este—, deme Vuestra Alteza permiso para bajar un instante y podré responderla.
—¿Y en tanto nos hemos de quedar otra vez solas? —replicó doña Urraca; y luego, avergonzada de haberse demostrando tan débil, añadió—: Leonor es una medrosa que se morirá si se ve sin más compañía que yo.
—¡Ah, Señora! ¿Y no vale esa más que la de un ejército? Pero es indispensable que yo baje: si Vuestra Alteza quiere conceder a este soldado la honra de que se quede en guarda suya...
—Consiento: y de hoy más será de mi servidumbre.
—Millán besa los pies de Su Alteza.
—Ahora idos buen conde, idos y apresurad nuestra marcha que en vos pongo mi esperanza.
—Ponedla en Dios, señora; Él solo ha vencido a los aragoneses; Él ha vuelto por vuestra causa.
Y diciendo así, saludó respetuosamente a su soberana y salió del aposento lleno de júbilo.
CAPÍTULO IV
En tanto que el conde conferenciaba con la reina, Hernando, que se ocupaba en registrar la fortaleza, halló la litera en que doña Urraca había venido a ella, y mandó disponerla para que hiciese su viaje a Castilla con más comodidad que a caballo, que era lo que se tenía pensado, y también se aprovechó de los caballos de la guarnición para montar a los ocho hombres que salieron con bien del combate, pues los suyos estaban harto cansados con la penosa marcha que acababan de hacer para emprender con ellos inmediatamente otra no menos rápida.
Tomadas estas disposiciones, hizo el conde prestar juramento sobre los santos Evangelios a los aragoneses, de que en ocho días contados desde aquel en que lo prestaban, no saldrían de su castillo, ni darían aviso a nadie de lo sucedido por medio alguno directo ni indirecto; precaución que le pareció necesaria y bastante para asegurar su retirada, pues en aquellos tiempos de ignorancia, dicho sea en mengua de nuestro siglo, cuando un hombre, y sobre todo un soldado, hacía un juramento, antes hubiera perdido mil vidas que faltado a él.
En efecto, los aragoneses cumplieron exactamente lo prometido, y la marcha de la reina a sus estados no sufrió el menor obstáculo.
Cuando don Gómez se decidió a marchar de Candespina, solo escuchó la voz de su pasión, y atendiendo demasiado a ella, olvidó lo que la prudencia, la política y la razón exigían, que era asegurarse en Castilla de un partido bastante respetable para defender a la reina del poder de su esposo, de quien sin duda no debía esperarse mirase con indiferencia aquella fuga; pero luego que conseguido su objeto empezó a restablecerse la tranquilidad en su agitado espíritu, todas las dificultades se presentaron de golpe.
El segundo día de su viaje, caminando el conde y Hernando un poco detrás de la litera de la reina, iba aquel tan pensativo que, a pesar de la poca penetración de que su amigo se hallaba dotado, no pudo menos de observarlo, y admirado de verlo así cuando solo estaban a media legua de la frontera de Aragón, le dijo:
—¿Qué tenéis, cuerpo de Cristo? Nunca os he visto tan pensativo.
—¿Os parece, por ventura, que me faltan motivos para estarlo? —contestó el conde.
—Al menos no los alcanzo. Ya poco tenemos que temer de los aragoneses.
—Los castellanos son los que yo temo.
—¿Los castellanos? ¿Y por qué?
—¿Sabéis, Hernando, con cuántos nobles podremos contar? ¿Creéis que habrá muchos que quieran incurrir en el terrible enojo de Alfonso de Aragón?
—¡En el terrible enojo del de Aragón! Terrible para los cobardes.
—Y para los prudentes, Hernando. La pasión no debe cegarnos. El poder de Alfonso es formidable, y si toda la nobleza, si todo el clero de Castilla no nos presta su apoyo, apenas podremos resistir algunos instantes a la tempestad que va a caer sobre nosotros.
—No sé por qué no se unirán a nosotros prelados y grandes. La reina...
—Esta con nosotros, es cierto, pero viene fugitiva.
—De su tirano, como ella dice.
—Sí, su tirano; pero también es su marido. Hernando, el negocio no está tan llano como a vos os parece.
—¿Y qué hemos de hacer, conde?
—Reparar en lo posible el tiempo perdido. Y si la fatiga, Hernando...
—La fatiga no me asusta. Mandad y seréis obedecido.
—¡Excelente, Hernando! ¡Cuánto os debo!
—Nada. Decid presto qué es lo que he de hacer.
—Vos conocéis a Diego López, señor de Nájara.
—Sin duda que le conozco, y es de mis amigos; buen soldado...
—Y tan mal cortesano como vos. Mas esto no es ahora del caso; lo que importa es que sirva a la reina.
—Y lo hará. Mejor vasallo no lo tiene Castilla.
—Así lo creo. Alfonso le quitó por esa misma razón las fortalezas que tenía a su cargo; mas no se atrevió a despojarle de sus estados.
—Ni pudiera aunque lo intentara. El conde tiene buenos puños y muchos servidores que hubieran dado que hacer a los señores aragoneses.
—Enhorabuena, Hernando. Yo sé que don Diego López, temeroso siempre de la mala voluntad de Alfonso, no se aparta nunca de Nájara.
—Decid más: nunca le faltan doscientos caballos y algunos peones de que disponer.
—Tanto mejor. Hernando, ya lo veis; veinte lenguas hemos andado en estos dos días, y la reina, a pesar de ir en litera, empieza a resentirse de tan acelerada manera de caminar. Habremos pues de acortar las jornadas en lo sucesivo. Su Alteza desea darse a conocer en llegando a sus estados...
—Es una temeridad.
—Tal vez, y yo así se lo he hecho presente. Pero su voluntad...
—No debe seguirse cuando es descabellada.
—Sea como quiera, Hernando, su voluntad es nuestra ley. Vasallo celoso, pero sumiso, aconsejaré a Su Alteza cuando lo crea necesario para bien suyo; mas siempre obedeceré sin replicar sus órdenes. Mas volvamos a nuestro asunto: caminando poco doña Urraca, y dándose a conocer desde luego, es muy de temer que alguno de los muchos alcaides aragoneses que tiene esta frontera...
—Os entiendo, proseguid.
—Para evitar, pues, un lance que malogre el fruto de nuestra empresa, es preciso que vos marchéis con toda diligencia a Nájara; que os presentéis a López y le digáis en qué situación nos hallamos.
—Eso bastará; conozco al señor de Nájara; ¿pero ahora mismo?
—No, Hernando, aún estamos en Aragón, y no sois hombre vos a quien yo separe de mi lado en ocasiones de peligro; a más, una carta de Su Alteza para don Diego sería muy del caso. Lo dicho: esta noche os separaréis de mí.
—Hágase como dispongáis.
Durante esta conversación iban juntas en la litera doña Urraca y su dama doña Leonor, más gozosas de verse fuera del Castellar, que apesadumbradas con lo largo de las jornadas y el melancólico aspecto del terreno por el que caminaban.
Doña Leonor poseía toda la astucia y flexibilidad de carácter naturales en una mujer educada en la corte, y además había llegado a conocer a su señora bastante bien, para no sufrir muy a menudo las tempestades que la versatilidad de esta producía con frecuencia. Reinaba pues la más completa armonía entre ambas; y doña Urraca se complacía en manifestar a su camarera los proyectos que para lo futuro iba haciendo. Encerrada en la prisión de Castellar, la reina de Castilla hacía sanas y acertadas reflexiones sobre su posición relativamente a los grandes de su reino, y conocía cuán poco podía esperar de ellos; pero la manera casi milagrosa con que obtuvo su libertad, el entusiasmo del conde y la fidelidad de su reducido escuadrón, desvanecieron enteramente sus temores. Olvidando que su altanería le había acarreado casi desde la infancia la enemistad de los nobles y prelados; olvidando que por no verse sujetos a ella sola habían querido casarla hasta con uno de sus iguales y tener a este por rey; doña Urraca, seducida por su amor propio, creyó encontrar todos los corazones dispuestos a recibirla, todos los brazos prontos a combatir en su defensa. Los derechos heredados de su padre, el glorioso nombre de este, y sobre todo sus gracias personales eran otros tantos motivos de confianza y seguridad para la incauta reina, y no veía, ni sus defectos, ni el poder de su marido, ni la fuerza de sus parciales.
Todas estas causas debilitaban de hora en hora la admiración y la gratitud que la heroica resolución de don Gómez la habían inspirado en el primer momento: desaparecieron sucesivamente de su imaginación el héroe y el libertador, no quedando el conde de Candespina por último en ella más que como un vasallo fiel, enamorado, valiente y acreedor a sus bondades. Por no ser prolijos omitiremos los diálogos de entrambas viajeras, y las conversaciones que mediaron con el conde, quien solía acercarse a menudo a la litera para informarse de si Su Alteza iba con la comodidad posible, de si deseaba alguna cosa, pedirla su venia para hacer alto, etc., etc. De este modo llegaron al último pueblo de Aragón, y así por esto como por su pequeñez y poca importancia, le pareció a don Gómez que podría alojarse en él la reina, esperando encontrar algunas comodidades. Se escogió la casa del pueblo que menos mala pareció, y sin usar de otra ceremonia don Gómez mandó a su dueño que recibiese en ella a la reina, aunque sin decirle que tal era su alta dignidad. Acostumbrados entonces los plebeyos a someterse de grado o por fuerza a la voluntad de los nobles, que les comunicaban sus órdenes con la punta de la lanza, no extrañaban ninguna de las exacciones de estos, y por lo mismo el villano aragonés no manifestó la menor repugnancia en conceder la hospitalidad que con tanta cortesía se le pidió. Introdujo pues a sus huéspedes en una que él llamó sala, en la cual no se veían más muebles que una tosca mesa de pino, algunos escaños o bancos de la misma madera, y un espacioso sillón con asiento de cuero, que daba indicios de ser el más antiguo y respetable de todos los enseres allí existentes. La misma sala tenía una alcoba con su cama correspondiente al resto del ajuar, la cual se destinó para doña Urraca.
Al entrar esta en aquella miserable choza, echó una mirada en derredor de sí, y expresó con un profundo suspiro cuánto echaba de menos el fasto de la corte: el conde lo comprendió, mas no pudiendo remediar nada, juzgó que lo más prudente era guardar silencio sobre aquel punto. Ocupado enteramente del proyecto relativo al mensaje de Hernando, apenas se sentó la reina dobló ante ella la rodilla, pidió permiso para hacerla una súplica, y obtenido que lo hubo, manifestó en breves pero evidentes razones, cuán necesario era solicitar el auxilio del señor de Nájara.
—Nunca hubiera creído —contestó la reina después de haber escuchado con algunas muestras de impaciencia el discurso del conde—, nunca hubiera creído que la reina de Castilla tuviese que mendigar el auxilio de sus vasallos.
—Vuestra Alteza —replicó don Gómez— no ha comprendido, sin duda por falta de explicación mía, lo que he querido decir: se trata, no de que Vuestra Alteza mendigue el socorro de nadie, sino de que se digne participar su llegada a estos reinos al señor de Nájara: esta honra bastará para empeñar más particularmente a este caballero en defensa de Vuestra Alteza.
—¿Y por ventura, conde, he yo menester tanto de su ayuda? ¿No me quedan más vasallos tan nobles, tan poderosos, tan esforzados como él en Castilla?
—Nobles hay en ella, y muchos y muy poderosos; pero, señora, siento decirlo, acaso no todos...
—Os entiendo: teméis que sean más parciales del rey de Aragón que de su natural señora. Mientras me han creído legítimamente unida a él, mientras que he estado ausente, tal vez don Alfonso habrá podido contar con ellos; pero en presentándome, creedlo, conde, no habrá uno que no siga mis banderas.
—Así debiera ser, y así lo deseo, mas no puedo persuadírmelo. Por lo menos, crea Vuestra Alteza que no sería prudente presentarse en Burgos sin más escolta que la corta con que hoy camina.
—Sois extraño, conde; no os parece bastante para caminar por mis estados la misma fuerza con que emprendisteis sacarme del poder de mis enemigos.
Doña Leonor, presente a esta conversación, conocía la razón del conde; mas veía al mismo tiempo que era inútil luchar contra la vanidad de su señora, y que a menos de presentarla el negocio bajo un aspecto enteramente distinto, jamás consentiría en lo que sus propios intereses exigían.
Se le ocurrió de pronto un feliz expediente, y arriesgándose a sufrir una áspera reprimenda se atrevió a mezclarse en la conversación diciendo a la reina:
—Si Vuestra Alteza me permitiera...
—¿También tú, Leonor, tienes desconfianza de la fidelidad de mis vasallos?
—No, señora —contestó la diestra cortesana—, lejos de eso creo absolutamente infundados los temores del conde.
—¡Doña Leonor! —exclamó este algo mohíno de ver que la camarera se oponía tan espontáneamente a su juicioso proyecto—: Doña Leonor, ¿habéis meditado bien?...
—Dejadla hablar —replicó la reina—; continúa, Leonor, veamos si tú podrás convencer a este buen caballero...
—No me parece —dijo Leonor— ni aun necesario rebatir los temores que el excesivo celo del conde de Candespina le ha hecho concebir; perdóneme su señoría si me atrevo a decirle que va enteramente descaminado en lo que dice. No hay, o yo me engaño mucho, un solo noble en Castilla que no esté dispuesto a sacrificarse en obsequio de las gracias de doña Urraca...
—De mis gracias no, porque no las tengo; pero de mis derechos sí.
—La modestia de Vuestra Alteza —continuó la dama— le hace hablar así; de todos modos Vuestra Alteza no necesita para su seguridad de las tropas del señor de Nájara, y sin embargo yo no vacilaría en enviarlas a buscar.
No es fácil describir el asombro de la reina y del conde oyendo concluir de un modo tan singular el discurso de doña Leonor; aquella la miró con enojo, y con admiración este; mas ella, que todo lo había previsto, sin darles tiempo para volver en sí, continuó de esta manera:
—Dígnese Vuestra Alteza escucharme un instante más y me comprenderá. Repito que los soldados del señor de Nájara no me parecen necesarios para seguridad; mas ¿dígame Vuestra Alteza si será decoroso para su alta dignidad entrar en Burgos en una misma litera, con su única criada, sin más servidumbre, sin más guarda que la de ocho o nueve soldados, valientes sin duda, pero con las armas aún teñidas en sangre y cubiertas de polvo?
—En verdad, Leonor, que tienes razón, y mandaré al señor de Nájara que venga a servirnos de guarda hasta nuestra capital de Castilla. Conde, escribid la carta, que yo la firmaré; pero cuidad bien de que en ella se exprese que el motivo de nuestro mandato es el que ha dicho Leonor, y no en manera alguna que tengamos el menor recelo de la fidelidad de nuestros vasallos.
Absorto y pensativo salió el conde a ejecutar lo que se le mandaba, pudiendo apenas figurarse ser verdad el ingenioso artificio con que doña Leonor había logrado de la reina, lisonjeando su vanidad, lo que él con razones más poderosas jamás hubiera conseguido. A estar menos preocupado en favor de la reina, nada hubiera visto de extraño en ello; pero un amante ve pocas veces claro cuando se trata de su dama.