Índice:

[I], [II], [III], [IV], [V], [VI], [VII], [VIII], [IX], [X], [XI], [XII], [XIII], [XIV], [Conclusión], [Erratas].

El conde de Candespina (2 de 2)

Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
  • También ha sido modernizada la puntuación, la grafía de los nombres propios de personas y lugares, y los laísmos y leísmos.
  • Para facilitar la lectura, algunos pronombres enclíticos han sido separados de los verbos a los que acompañan.
  • Las abreviaturas han sido expandidas y la presentación de los diálogos se ha adaptado a los modernos usos ortotipográficos, utilizando párrafos distintos para cada interviniente y aislando entre rayas los comentarios del narrador.
  • El contenido de la [fe de erratas], situada al final del libro, ha sido incoporado al texto.
  • Se han añadido viñetas decorativas al final de algunos capítulos que no las traen impresas.
  • En esta novela, el autor llama Alfonso VII al padre de la reina doña Urraca, pero los historiadores consideran que el padre de esta reina fue Alfonso VI, siendo Alfonso VII el hijo, y no el padre de doña Urraca.

EL CONDE

de

CANDESPINA

TOMO SEGUNDO


EL CONDE

de

CANDESPINA

novela histórica original

POR

Don Patricio de la Escosura

Alférez del Escuadrón de Artillería
de la Guardia Real

MADRID y SEPTIEMBRE:

Imprenta, calle del Amor de Dios, n.º 14.

1832

¿Por qué de Roma tu ofuscada mente

Hazañas busca en la remota historia?

¿Para asombrar a la futura gente

No basta acaso la española gloria?

Cuando virtud y honor tu lira intente

Eternizar del mundo en la memoria,

Los campos corre de la madre España,

Y cada monte te dirá una hazaña.

(Don Ventura de la Vega, canto al Rey Nuestro Señor).

EL CONDE
DE
CANDESPINA


CAPÍTULO PRIMERO

A corta distancia de Soria, y oculto al pie de un pequeño cerro, había dejado un escuadrón el conde de Candespina, según hemos dicho; y así es que una vez fuera de los muros de aquella ciudad, pudo la reina deponer todo temor. Detúvose su litera el tiempo necesario para que despojándose algunos caballeros de sus vestidos de almogávares, calasen el morrión y montasen a caballo; y aprovechando este intervalo, enteró don Gómez a la reina de los medios que había empleado para sacarla por segunda vez del poder de su marido. Ocioso será decir que llena de admiración y reconocimiento, no encontraba doña Urraca expresiones bastantemente fuertes para ponderar su gratitud; y si hemos acertado a pintar con alguna verdad el carácter del conde, creemos también que no habrá uno de nuestros lectores que no conciba su placer viéndose tan favorecido de su señora, y que una sola de sus expresiones bastaría para hacerle arrostrar mil muertes en su defensa.

Concluidos los preparativos para la marcha, rompió su movimiento el escuadrón escogido, llevando en medio la preciosa litera. Verdaderamente era un magnífico espectáculo ver a aquellos guerreros cubiertos de fortísimas y brillantes armaduras, montados en soberbios bridones andaluces, y ostentando en la diversidad de colores de los pendones de las lanzas y de las bandas que adornaban las bruñidas corazas, las diferentes inclinaciones de sus damas, marchar con admirable concierto y uniformidad, como si todos fueran partes de una sola máquina, cuyo resorte principal fuese la voluntad de su caudillo. Flotaban a merced de los vientos las amarillas y negras plumas que adornaban la cimera del casco de este; el fogoso alazán que montaba, pareciendo sentir el gozo de su amo y envanecerse con sus triunfos, marchaba con la cerviz erguida, hinchado el ferviente pecho, sentando apenas las manos en la tierra, y cubriéndose a sí mismo de blanca espuma. La reina manifestaba en lo placentero del semblante cuál era su interior contento; y la dirección de todos los morriones indicaba que el objeto exclusivo a que atendía aquella tropa de leales era la misma doña Urraca.

Empezaba el sol a declinar al occidente, dejándose apenas sentir la benéfica influencia de sus rayos, cuando dieron vista al campo castellano don Gómez y su escuadrón. Los centinelas de los reales que vieron venir con tan buen orden a ellos un número bastante crecido de soldados, dieron la alarma. Resonaron en la vasta extensión del campo los bélicos instrumentos; corrieron a las armas soldados y caballeros; y en poco tiempo se reunieron bastantes para poder hacer frente al enemigo, mientras el resto se organizaba.

No había probado hasta entonces el conde de Lara más que las dulzuras del mando; y la crónica dice que, en el momento de que hablamos, creyendo que de improviso venía sobre él don Alfonso con todo su poder, hubiera de buena gana renunciado a su honorífico puesto. Hubo sin embargo de conformarse, y armado de todas armas se presentó al frente del campo.

Ya en esto se habían aproximado bastante a él los que acompañaban a la reina; y adelantándose el conde de Candespina se dio a conocer al ejército. Más de un soldado dicen que hubo a quien le pesase que en efecto no fueran aragoneses los que se presentaban, sintiendo renunciar a la idea de las honras que distinguiéndose en el combate esperaba conseguir; pero como este entusiasmo no es general, aun entre los valientes, se alegraron la mayor parte de su engaño, y más que todos el jefe del ejército.

—Bien ha hecho Vueseñoría, señor conde —dijo el de Lara—, en descubrirse a tiempo, porque si no, hubiéramos podido daros un mal rato.

—Dios solo sabe quién lo hubiera tenido, conde don Pedro; mas lo que importa es que Vueseñoría se aperciba para recibir dignamente a Su Alteza.

—¡Santos cielos! ¿Qué decís, don Gómez?

—¿A Su Alteza?

—¿A Su Alteza? —repitieron en coro los oficiales que rodeaban a don Pedro.

—¿A Su Alteza? —exclamaron oyéndolo los más próximos, y a la manera con que, herida la mansa corriente de un caudaloso río por una piedra, se forman sucesivamente en torno de esta multitud de círculos cada vez mayores hasta que se terminan en las orillas, así también la voz «¿A Su Alteza?» se extendió por todo el campo, repitiéndola confusamente los ecos de los vecinos montes.

—Sí, caballeros —continuó el conde de Candespina—, sí, soldados castellanos, nuestra reina doña Urraca es la que va a honrarnos con su presencia.

Viva la reina, viva su libertador —exclamaron unánimemente cuantos alcanzaron a oírle.

Y precisamente entonces llegó doña Urraca. Se apeó de la litera para gozar libremente, dijo, de la vista de sus vasallos, y habiéndose apeado también todos los caballeros, fue el conde de Lara a rendirla el debido homenaje, y tomar en su calidad de general las órdenes de Su Alteza.

—¿Cómo —exclamó doña Urraca entre sorprendida e indignada—, cómo? Conde de Candespina, ¿no sois vos el caudillo de mis tropas?

—Señora —contestó este—, el conde de Lara y yo alternamos en el mando.

—¿Y quién ha alternado con vos para exponerse dos veces a riesgos eminentes por salvarme? ¡Ah, castellanos, castellanos!

Felizmente para el conde de Lara, el respeto tenía bastante lejos de la reina a todos los jefes del ejército, sin lo cual hubieran oído la justa y amarga reconvención que sus últimas palabras contenían; mas no dejó de producir en don Pedro el más vivo resentimiento, o por mejor decir, la más negra envidia por lo que don Gómez acababa de hacer. Cualquier otro hombre de su calidad a quien la reina hubiera hecho semejante alusión, habría contestado con aspereza, y tal vez con desacato; mas el conde de Lara sabía dominarse, y contando con los recursos que aún le quedaban, no se dio por entendido de lo que oyó. La alegría del campo castellano era imponderable: el simple soldado que iba a la guerra sin más motivo que la voluntad de su señor feudal, veía llegar con el placer que puede imaginarse el momento de volver al cultivo de su campo, y a la dichosa oscuridad de su cabaña; y los ricos hombres y caballeros de más cuenta, empeñados en aquel partido, no desconocían que la sola presencia de doña Urraca daba más consistencia a su facción que cuantas victorias hubieran alcanzado sobre los aragoneses. Un solo hombre era el que entre tantos dichosos gemía dolorosamente viendo frustrados sus más caros proyectos, y pendiente sobre su cabeza la cuchilla de la justicia de la reina: don Pedro Ansúrez, custodiado por una fuerte escolta al mando de don Diego López, y conducido en pos de la triunfante doña Urraca, como en la soberbia Roma seguían los cautivos el carro de sus vencedores. ¡Extraña vicisitud de la fortuna! Veinticuatro horas antes pendía de su voluntad la suerte y la vida de los que en aquel momento eran árbitros de la suya.

Después de haber corrido en esta disposición todo el campo, para que los soldados se cerciorasen de que en efecto se hallaba en él, se retiró la reina a la tienda de Lara, que por su magnificencia, acaso extremada para un guerrero, se juzgó la más digna de tener la honra de hospedarla. En ella recibió a las personas más distinguidas del ejército, y nada le quedó que hacer para que todos saliesen a cual más encantado de su afabilidad y dulzura; pero el conde de Candespina fue la persona a quien particularmente parecía dirigir sus afectuosas miradas. Cada vez que un noble la felicitaba por su inesperada libertad, decía:

—Ved aquí al que ha hecho este milagro; Castilla le debe su reina, y doña Urraca la libertad y la vida.

—¡Ah, señora! —contestaba el conde—, ¿quién no expondrá gustoso mil vidas por una reina como doña Urraca?

Así que se hubo apaciguado algún tanto el tumulto causado por la inesperada aparición de doña Urraca, y que, satisfechos de haberla visto, los caballeros castellanos dejaron desembarazada su tienda, quedando solamente en ella los condes de Candespina y Lara, y algunas de las personas de más cuenta, volvió de nuevo a resonar el campo con gritos de alegría: la multitud de los soldados seguía a un caballero, montado en un caballo casi exánime de fatiga, y que apenas podía sostener su peso y el de una enlutada dama que a las ancas llevaba.

—Es Hernando de Olea —gritaban los soldados—. Es el valiente Hernando.

—Sí, camaradas —contestaba nuestro Hernando—. Yo soy: vuelvo a pelear, a vencer con vosotros.

Los talentos de Olea eran escasos, pero su valor, sobrado, y el soldado gusta de esta cualidad en sus jefes, perdonándoles fácilmente en favor de ella cualquier otro defecto. Así es que Hernando gozaba de la más alta reputación entre la tropa, y su venida fue para el ejército un verdadero júbilo.

—Leonor —exclamó la reina viéndola entrar—, ¿tú también aquí? Ya nada me falta.

—¡Ah, señora!, déjeme Vuestra Alteza besar sus pies.

—Alza y dame los brazos; ¿y a quién debo la dicha de tenerte a mi lado?

—Al incomparable valor del amigo del conde de Candespina.

—¿Al valiente Hernando? Venid acá, buen caballero, no estéis tan retirado; el servicio que me habéis hecho merece recompensa; pedid, y os será otorgada.

—Vuestra Alteza pondera más de lo que vale mi acción, que al cabo nada significa, y además lleva la recompensa en sí misma.

—¿No os parece, conde de Candespina, que vuestro amigo ha tenido más memoria que todos nosotros, acordándose de Leonor, y no poca osadía para quedarse solo en Soria por no dejarla en su convento?

—Verdaderamente, señora —contestó el conde, a quien las bondades de doña Urraca tenían de festivo humor—, parece que el buen Hernando ha apartado poco de su memoria a doña Leonor desde...

—Callad, conde, que hacéis ruborizar a mi camarera. Veamos, Hernando, qué recompensa pedís; os mando que la señaléis.

—Pues Vuestra Alteza lo exige, diré... que... señora... el conde ha indicado...

—Que amáis a Leonor; válgame el cielo, que amante sois tan tímido. Será preciso que yo hable por vos.

—Señora, Vuestra Alteza ha adivinado mis pensamientos.

—¿Y qué dices a esto, Leonor? Solo falta tu consentimiento para que seas esposa de Hernando.

—No tengo más voluntad que la de Vuestra Alteza; y Hernando tiene demasiados títulos a mi agradecimiento para que yo pueda negarle nada. Mas hasta tanto que Vuestra Alteza esté pacíficamente en su trono, Leonor de Guzmán no pensará en casarse.

—Todos a porfía queréis acumular las pruebas de vuestra fidelidad; plegue a Dios que llegue el momento en que pueda recompensaros.

La tienda de la reina era en aquel instante el templo de la felicidad, y el generoso Candespina aprovechó la ocasión para hablar de don Pedro Ansúrez. A pesar de haber sido este siempre su mortal enemigo, a pesar de las asechanzas que últimamente intentó poner en práctica para llevarle a un suplicio, y a pesar de sus traiciones, no podía dejar el conde de Candespina de mirar a don Pedro Ansúrez como a un compatriota, y compatriota desgraciado. Habló pues en su favor a doña Urraca; Lara se opuso a que se le diera libertad, pretextando que debía hacerse un escarmiento; pero las razones que alegó el conde de Candespina sobre la crueldad que habría en deshacerse de un enemigo ya indefenso, lo peligroso que sería enajenarse los ánimos de sus muchos parientes y allegados; y hasta la especie de felonía con que había sido forzoso sacarle de Soria, unidas a los generosos ruegos de Hernando, Leonor y don Diego López, decidieron la cuestión en favor del desgraciado conde de Ansúrez.

Aquella misma noche se le hizo saber la piedad de Su Alteza, y prestado que hubo juramento de fidelidad a doña Urraca, quedó libre para marcharse adonde mejor le pareciese.

Con acuerdo de la reina resolvieron los dos generales que el ejército se pondría en marcha al romper el alba de la próxima mañana, y tomadas las disposiciones convenientes, se retiraron a reposar de las fatigas de aquel día tan fecundo en sucesos no comunes.

CAPÍTULO II

Hemos dejado a don Alfonso de Aragón en Soria ocupado en despachar los negocios de su reino, cuando la dichosa temeridad del conde de Candespina sacó de aquella ciudad a la reina de Castilla. La poca armonía que reinaba entre él y su esposa era causa de que no se vieran, aun viviendo juntos, más veces que las necesarias para cumplir como suele decirse con el mundo; y el número de sus forzadas entrevistas se redujo en Soria a una sola al día, que se verificaba ordinariamente a la prima noche, y en presencia de tres o cuatro cortesanos de los más favorecidos. Así es que don Alfonso hubiera ignorado hasta la noche la fuga de su esposa, a no habérsela revelado antes la falta del conde don Pedro Ansúrez. Raro era el día en que este señor no veía al rey dos o tres veces para darle cuenta de los negocios de Castilla; y como jamás se verificó que dejase de presentarse al menos una vez antes de la noche, forzosamente hubo don Alfonso de extrañar que llegase la media tarde sin haberle aún visto. En consecuencia mandó que se fuera a buscarle a su casa, en la cual contestaron los criados que había salido horas hacía a ver a Su Alteza, según creían; con esta noticia fue el encargado al cuarto de la reina, y allí supo que en efecto don Pedro Ansúrez había estado a ver a doña Urraca, siguiéndole tres caballeros, y que después de haber tenido con ella una breve conferencia, y levantádose esta de su lecho salieron todos juntos, yendo la reina en una litera sin acompañamiento ninguno. En la antecámara de doña Urraca empezaron ya, según costumbre, a formarse conjeturas entre los palaciegos: uno decía que tenía datos muy positivos para creer que, cansado el rey de las altanerías e inconsecuencias de doña Urraca, la había enviado con todo secreto a un convento, y que impaciente por saber que se había ya verificado, enviaba a buscar a don Pedro Ansúrez, ejecutor de sus órdenes; el otro sabía por buen conducto que la salida de la reina encerraba gran misterio, «y vuesas mercedes lo verán dentro de poco», añadía con tono entre enfático y profético. Todos hablaban, todos decían su opinión, y cada cual se alejaba más de la verdad que el que le había precedido. Desde el cuarto de la reina al del rey enteró el criado a cuantos encontró de su comisión y éxito de ella, encargándoles a todos el secreto, sin duda para con los muertos, pues antes que don Alfonso sabían en Soria grandes y chicos que la reina y su mayordomo habían desaparecido de palacio, y que se ignoraba su paradero. Como quiera que sea, el comisionado dio cuenta al rey de Aragón del resultado de sus diligencias, que en resumen fue que no se sabía del conde Ansúrez ni de la reina.

—Mentís —dijo furioso el rey—, es imposible.

—Señor, Vuestra Alteza puede asegurarse por sí mismo de mi verdad.

—Tiembla si te has atrevido a engañarme.

—Mi cabeza responde.

—Fortún, no te habrás enterado bien.

—Desgraciadamente, no me cabe duda.

—La reina habrá salido a alguna de sus devociones. Sí; esto es. Al momento que se recorran todas las iglesias y monasterios de la ciudad; que no quede en el alcázar un solo criado. Fortún, que no se perdone diligencia para encontrarla al instante.

La idea que en aquel momento ocurrió a don Alfonso fue la de que doña Urraca, no pudiendo de otro modo sustraerse a su autoridad, se habría retirado al inviolable asilo de algún convento de religiosas: pensamiento plausible a primera vista; pero que debió desvanecerse con la consideración de que en tal caso lo primero que el conde de Ansúrez hubiera hecho sin duda sería ponerlo en noticia del rey. De todos modos se practicaron mil diligencias a cual más infructuosa, hasta que a un mismo tiempo dos circunstancias descubrieron la verdad del hecho. Los soldados que estaban de guardia en la puerta por la cual salió de Soria doña Urraca, notando que no cesaban de pasar por sus inmediaciones personas de la real servidumbre con aire presuroso y afanado, y movidos de la natural curiosidad, detuvieron a uno de aquellos criados para preguntarle la causa de su diligencia.

—La reina no parece en toda la ciudad —dijo el enviado.

—Ni es fácil —contestó un soldado—, no vengáis con chanzonetas, hermano, que pudierais viniendo por lana salir trasquilado.

—No me chanceo, caballeros, lo que digo es la pura verdad; más de tres horas hace que andamos buscando a Su Alteza inútilmente.

—Cuerpo de mi padre, y podréis buscarla hasta el día del juicio sin más provecho.

—¿Sabréis vos, señor soldado, por ventura, dónde está?

—Dónde está lo ignoro; pero puedo deciros dónde no está.

—Por san Pedro que me digáis...

—Lo que yo puedo decir es que no está en Soria.

—¿Cómo?

—Habiendo salido horas ha por esta puerta.

—¿Con quién?

—Con su mayordomo, dos caballeros armados de punta en blanco, y una tropa de almogávares.

—Las once mil vírgenes me amparen: acabad, por Dios.

—No sé más que a poco rato vino un caballero con otra dama encubierta, tomó un caballo, montó con ella y marchó como alma de sastre que llevan los diablos; y por último, que también se fueron en pos de él unos cuantos almogávares que esperándole estaban.

—¿Nada más?

—Nada más.

—Dios os guarde por la merced que me habéis hecho. Y diciendo así partió como un rayo a llevar las nuevas a palacio.

La otra circunstancia que hemos indicado fue la declaración de la abadesa del convento en donde doña Leonor estuvo en reclusión, sobre el modo con que había esta dama salido de él. De manera que a las ocho de la noche ya no le quedaba a don Alfonso ninguna duda de que su esposa había salido de Soria; y las apariencias eran de tal naturaleza que toda la culpabilidad recaía sobre el conde de Ansúrez. Don Alfonso maldecía la hora menguada en que depositó su confianza en el traidor conde; y si por desventura hubiera podido haberle entonces a las manos, parece posible que ni tiempo para justificarse le hubiera dejado.

Los guardas de la puerta fueron relevados y puestos en estrecha prisión por una culpa que no habían cometido ni podido evitar. Pero tal es la suerte de los débiles, siempre víctimas hasta de las flaquezas de los fuertes.

No era don Alfonso hombre cuyo enojo se limitara a simples amenazas; la saña que ardía en su pecho solo en la sangre de sus contrarios podía apagarse, y así resolvió hacerlo. Reunidos en poco tiempo en el alcázar los nobles aragoneses presentes en Soria, recibieron orden de hallarse dispuestos a salir con sus tropas al amanecer del siguiente día para pelear contra los castellanos. Dividiéronse los pareceres entre aquellos señores. Los jóvenes dejándose llevar por el ardor propio de sus pocos años, recibieron con indecible placer el mandato del rey; pero los más avanzados en edad, capaces de mayor reflexión, lo consideraban como imprudente. Las fuerzas de los castellanos eran en efecto considerables; la llegada de doña Urraca a su campo debía haber aumentarlo el entusiasmo de sus tropas; y el conde de Candespina era harto conocido por su pericia en el arte militar para que ni el mismo Alfonso pudiera lisonjearse de vencerle con fuerzas inferiores. No faltó quien hiciese estas y otras reflexiones semejantes al rey de Aragón, pero la ira le dominaba. El deseo de venganza triunfó de los avisos de la prudencia, y la salida contra los castellanos quedó irrevocablemente resuelta.

Por su parte los parciales de doña Urraca, que teniéndola ya consigo ninguna causa tenían para detenerse delante de Soria, movieron su campo hacia Burgos con todo el concierto y precaución posibles; pues aunque el conde de Candespina no quiso de ningún modo aceptar ostensiblemente el mando hasta que concluyese el plazo señalado en su pacto con el de Lara, sin embargo nada se hacía sin su acuerdo desde que se le vio tan favorecido de la reina.

Pocas horas llevarían de marcha cuando se recibió aviso de que se aproximaba a ellos aceleradamente un numeroso cuerpo de tropas a pie y a caballo, y nadie dudó de que fuese enviado por el rey de Aragón. La reina oyó aquella nueva con harto pesar; pero don Gómez le manifestó con tanta energía como brevedad que nada tenía que temer yendo en torno de ella tantos valientes castellanos; y autorizado competentemente pasó a dar las disposiciones necesarias para repeler al enemigo.

—A vos, conde de Lara —dijo el de Candespina—, toca como a principal caudillo velar directamente sobre la persona de Su Alteza. Tomad para ello los soldados que creáis necesarios, que, Dios mediante, yo haré con el resto de modo que don Alfonso, aunque venga en persona, no pueda estorbaros la marcha.

—Pésame en el alma —contestó el de Lara—, no poder quedarme aquí; mas pues así lo ha querido la suerte, sean en buen hora todas las glorias para vos.

—Consolaos, conde, que ocasiones sobrarán en que podáis acreditar vuestro brío.

—Así lo espero.

La reina continuó su marcha acompañada del conde de Lara, quien viéndose libre de la embarazosa presencia de don Gómez, empezó a dar libre curso a su carácter lisonjero.

—Preciso es, señora, confesar —decía a doña Urraca— que si es grande el valor del conde de Candespina, no lo es menos su buena estrella.

—¿Por qué?

—¿Y Vuestra Alteza lo pregunta? ¿Qué dicha puede apetecer un caballero mayor que la de consagrar sus servicios a la reina de Castilla, a la reina de la hermosura?

—No gusto de lisonjas, conde de Lara.

—Perdone Vuestra Alteza si mi lengua indiscreta ha ofendido su modestia; pero es tal la fuerza de la verdad...

—Dejemos eso, y decidme qué pensáis del resultado del combate que en este momento se está dando.

—Vuestra Alteza no puede dudar que será favorable a las armas de Castilla. Soldados que lidian por doña Urraca forzosamente han de vencer.

—Más que en otra cosa fío en la pericia de don Gómez.

La reina tenía razón. El conde de Candespina eligió tan bien sus posiciones para sacar partido de la ventaja que en el número tenía sobre los aragoneses que, a pesar de las acertadas medidas de don Alfonso, la victoria tardó poco en decidirse por los castellanos. Rechazados por todas partes los aragoneses volvían sin embargo a la carga repetidas veces, no perdonando sus jefes medio alguno para estimularlos al combate: mas todo fue inútil; los castellanos dieron sobre ellos con tal furia que, rotos los escuadrones enteramente, no les fue posible volver a rehacerse. El mismo don Alfonso, conociendo la imposibilidad de conseguir su fin, resolvió retirarse, y le fue menester emplear toda su ciencia y valor para poder hacerlo con los pocos que a su lado conservaban aún algún orden.

Conseguido su objeto, mandó don Gómez tocar retirada, mas Hernando de Olea, que en aquel combate, como en todos, había hecho prodigios de valor, se empeñó tanto en la persecución de los aragoneses que, separándose enteramente de los que le seguían, que no eran muchos, se vio rodeado de enemigos; y eran tantos los golpes que llovían sobre él, que hubiera sucumbido a no ser por el señor de Nájara. Este caballero, que aunque menos arrebatado no cedía en valor a Hernando, le había seguido muy de cerca y acudió a propósito para sacarle del eminente peligro en que se hallaba; uniéronse después con Candespina y todos juntos marcharon a encontrarse con la reina.

Esta seguía su marcha con no poco sobresalto, oyendo apenas las continuas y refinadas alabanzas que el conde de Lara la prodigaba, hasta que recibió noticias de la completa derrota de las tropas de su marido, que entonces ya, según algunos autores, empezó a saborear las lisonjas del galante conde, cuyo carácter no podía ser más a propósito para captarse su voluntad.

CAPÍTULO III

Al mismo tiempo que el ejército castellano levantó el cerco de Soria, marchando a Burgos, salió de los reales el conde don Pedro Ansúrez, libre de los hierros que temía arrastrar largo tiempo; pero abrumado con el peso de su repentina y terrible desgracia. Un solo instante había disipado el mágico edificio de sus esperanzas, y a la manera con que el infeliz que en sueños ve terminados sus males, halla al despertarse la triste realidad de su duración, así también don Pedro, pronto a conseguir cuanto deseaba, se vio de repente desamparado y solo en el universo. Su penetración era demasiada para que pudiese ocultársele cuán peligroso sería volver a Soria, pues aunque a la verdad estaba inocente en todo lo acaecido, le era imposible presentar de ello pruebas tan evidentes como sin duda exigiría don Alfonso. Por otra parte, aun suponiendo que lograra justificarse, no desconocía el conde que, a menos de renunciar para siempre a Castilla, no podía volver a unirse con los aragoneses; pues ya era demasiado general la sublevación de los castellanos para que llegase enteramente a sofocarse. Estas reflexiones y otras no menos graves le decidieron a marchar a Valladolid, ciudad principal de sus estados, en la cual podía permanecer con alguna seguridad de su persona hasta que la fortuna, decidiéndose por uno de los dos partidos, le indicase cuál era el que debía seguir; y así lo verificó en efecto.

Don Alfonso, imposibilitado por falta de tropas de renovar sus ataques contra el ejército de doña Urraca, regresó a Soria: de allí marchó a Aragón llamado por asuntos de la mayor importancia; y abandonando por entonces las cosas de Castilla en manos del destino, dedicó su atención a las guerras que continuamente sostenía contra navarros y franceses. Y no fue esta la única circunstancia que contribuyó a favorecer el partido de la reina, sino que apenas llegada esta señora a Burgos, ciudad que se entregó sin demora por capitulación, se recibieron cartas de Compostela en las cuales anunciaba su arzobispo que el Sumo Pontífice le había comisionado para que en su nombre juzgase definitivamente de la validez del matrimonio entre doña Urraca y don Alfonso. Esta nueva causó en la corte de Burgos la más agradable sensación: todos sabían que el grado de parentesco de los dos augustos contrayentes era bastante para que el matrimonio fuese de hecho nulo, y no se dudaba de que el juez nombrado por Su Santidad decidiese con toda justicia: porque don Diego Gelmírez, primer arzobispo de Compostela, era un prelado digno de los primeros tiempos de la Iglesia, por su celo, saber y virtudes; y su notorio patriotismo además le había hecho el ídolo de cuantos le conocían. Pero si los que miraban aquel negocio únicamente bajo el aspecto político se llenaron de gozo al saber la resolución del papa, figúrese el lector cuál sería el júbilo del conde de Candespina. Sus señalados servicios no solo al estado sino a la persona de la reina, y en particular el último, le daban en efecto derecho a esperar, no sin fundamento, que, libre doña Urraca de los lazos que la unían al rey de Aragón, podría tal vez verificarse el proyecto de los grandes que se juntaron en Mascaraque a fines del reinado de Alfonso VII; y, además, el agrado con que doña Urraca le continuaba tratando alentaba infinito sus esperanzas. Mas no por esto varió don Gómez de conducta: siempre modesto, siempre afable con sus inferiores e inflexible con los iguales, era adorado del pueblo, y respetado aunque no querido de los grandes. No así el conde de Lara, quien, fiado en su fortuna, también osaba aspirar a verse algún día rey de Castilla, cosa difícil mas no imposible. Aunque la reputación de este señor no fuera tan general ni tan sentada como la del conde de Candespina, sin embargo sus riquezas eran grandes, muchos sus parientes, y podía contar en su partido a infinito número de cortesanos amantes del ocio y la disipación, quienes preveían su inevitable ruina con el triunfo de don Gómez.

Todo esto lo sabía el conde de Lara, y de todo sacaba partido: su casa era el centro, el foco, digámoslo así, de cuantas diversiones y festejos se disfrutaban en la corte. De ella salían las modas en el vestir, las divisas para los torneos y las serenatas nocturnas; la reputación de las damas, no era, es verdad, muy respetada entre sus secuaces; pero en cambio no había género de galantería que no se inventase para deslumbrarlas, y particularmente a doña Urraca.

En la corte, en misa, en paseo, nunca dejaba de presentarse a la reina el conde de Lara con cuanta gala y bizarría podía ostentar; seguíanle sus amigos, y él y ellos no cesaban de alabar cuanto hacía y decía la reina. Desgraciadamente era esta harto sensible a la lisonja, y manejada con arte por un caballero galán y discreto, no podía dejar de hacerla alguna impresión, sobre todo por el notable contraste que ofrecía este proceder con el del conde de Candespina. Afluente y adulador el primero, lacónico y grave el segundo; severo el uno, licencioso el otro; encomendando aquel a los hechos de mostrar su pasión sin hablar nunca de ella, y manifestándola el otro con cuantas exterioridades alcanzaba: en todo eran distintos. Doña Urraca tenía inclinación a los placeres, y aborrecía sobre todas las cosas sujetarse a ajena censura; de modo que don Gómez era para ella un amigo de cuya sinceridad no podía dudar, pero al mismo tiempo un hombre rígido, a quien miraba más bien como a padre que como a amante: don Pedro de Lara, que por el contrario siempre se hallaba dispuesto no solo a tomar parte en cualquier diversión, sino a inventarlas en caso de necesidad, y que parecía adivinar los deseos de la reina, era muy a propósito para cautivar su corazón. El agradecimiento y la razón militaban por don Gómez; pero don Pedro tenía a su favor las naturales inclinaciones de la reina.

Aún no había pasado un mes desde que esta señora se hallaba en Burgos, y ya su conducta era totalmente distinta que cuando llegó a aquella capital de sus estados. Consultaba como siempre los arduos negocios del reino con el conde de Candespina; mas en vez de seguir solamente su dictamen, como al principio lo hacía, nunca dejaba de pedir el suyo al conde de Lara, cuya influencia y valimiento se aumentaban visiblemente. Mas a pesar de todo no estaba don Pedro satisfecho, conociendo que la lucha era todavía muy desigual, pues al cabo no podía desvanecer los servicios positivos de don Gómez. Se le ocurrió para alejarle de la reina un expediente plausible, y se lo propuso a esta en ocasión de un festín que se daba en el alcázar. El de Candespina rara vez concurría a tales asambleas, que no aprobaba mucho, pareciéndole que las circunstancias eran todavía harto peligrosas para pensar en diversiones; y precisamente por la misma razón de que él no iba a ellas, las promovía su rival con más empeño.

—Pensativo estáis, conde de Lara —dijo la reina, viendo que por primera vez no tomaba este, al parecer, interés en la brillante reunión que encerraba el alcázar.

—Confieso a Vuestra Alteza —contestó el conde— que lo estoy más de lo que yo quisiera.

—¿Estaríais por ventura enamorado?

—Pudiera decir a Vuestra Alteza que sí, en caso de poderse llamar amor el que se profesa a un dios; pero debe decirse de esto adoración.

—Sutil estáis; pero al cabo no sabremos qué os ocupa tanto el pensamiento.

—Lo que siempre, señora; los intereses de Vuestra Alteza.

—¿Mis intereses? Yo os lo agradezco. ¿Y no me diréis qué punto de ellos es el que tan importante os parece que ni aquí podéis apartarlo de la memoria?

—¿Y cuándo se aparta Vuestra Alteza de ella? Pero Vuestra Alteza me permitirá que le haga presente que este paraje no es el más oportuno para tratar negocios de importancia.

—Sin embargo, habréis de decírmelo, pues aunque reina soy mujer y, como tal, curiosa.

—La voluntad de Vuestra Alteza es ley para mí.

—Decid, pues.

—Pensaba, señora, que don Alfonso no dejará de tener sus agentes en Compostela, y que la presencia de Vuestra Alteza en aquella ciudad sería muy útil para la pronta y mejor decisión del juicio en cuestión.

—No está mal pensado, conde de Lara, y yo os agradezco la solicitud; pero no me parece prudente dejar Castilla en este momento.

—Vuestra Alteza juzga con su acostumbrado tino, mas no sería imposible obviar ese inconveniente.

—No lo alcanzo.

—Por ejemplo, si Vuestra Alteza dejase en estos reinos una persona de toda su confianza, como el conde de Candespina, ¿no bastaría su presencia para mantenerlos en la debida obediencia?

—Pudiera ser.

—Verdad es que tendría Vuestra Alteza que privarse por algún tiempo de sus consejos: mas doña Urraca ¿de quién necesita para dirigirse?

—Pensaré en vuestro proyecto, que no me parece despreciable.

—Mis intenciones, al menos...

—Conde de Lara, estoy penetrada de ellas.

Así se terminó con no poco placer de don Pedro esta conversación. Lejos del conde de Candespina veía muy bien que no tardaría en ser pronto el privado de la reina, y una vez llegado a tal punto no contaba dejar espacio a su rival para perjudicarle.

La reina, por su parte, empezaba a cansarse de la estancia en Burgos, y tanto para variar de posición, como con la idea de acelerar su divorcio, resolvió su viaje a Compostela, anunciándoselo así al conde de Candespina la mañana misma que siguió a la noche del festín de que acabamos de hablar.

Don Gómez, a pesar de que sentía vivamente tener que separarse de la reina, no se atrevió a oponerse a su voluntad; y consintió, aunque no sin pena, en sacrificar sus intereses personales a los de doña Urraca. Esta se manifestó con él tan cariñosa en aquella ocasión, que poco le faltó ya al conde para arrojarse a sus pies y declarar abiertamente su pensamiento; se contuvo, sin embargo, reflexionando que aún era esposa de otro, y reservó para tiempo oportuno manifestar sus pretensiones. Siendo tan ajena la envidia del carácter de Candespina como la cobardía, no le alarmó la privanza del conde de Lara: conocía su infinita superioridad sobre él, y ni por el pensamiento le pasaba que la reina pudiera nunca escoger a don Pedro para marido.

Sin duda no era aún en aquel tiempo proverbial la sentencia de que cuando las mujeres tienen en que escoger, escogen lo peor, que está muy vulgarizada en nuestro siglo.

CAPÍTULO IV

En tanto que pasaba en Burgos lo que acabamos de referir, llegó el conde de Ansúrez a Valladolid, y sabiendo que el pontífice había nombrado juez a don Diego Gelmírez en el pleito del divorcio de los reyes, no dudó un momento en abandonar el partido aragonés, y en efecto proclamó que reconocía la autoridad de doña Urraca y que sometía a ella cuantas ciudades, villas y aldeas de él dependían, haciéndoselo saber a la corte por medio de un mensaje. Bien hubiera querido doña Urraca despojarle de todos sus estados, pero el conde de Candespina se lo disuadió, y la única medida de precaución que se tomó fue la de poner alcaides de conocida fidelidad a la reina en los castillos y fortalezas que habían hasta allí seguido el bando aragonés. Mas don Pedro, al mismo tiempo que trataba de reconciliarse con sus compatriotas, no quiso perder enteramente la gracia del rey de Aragón, por si un día variaban de aspecto los negocios. Difícil empresa era la de conservar a un tiempo la amistad de dos potencias enemigas, como Castilla y Aragón, gobernadas por dos esposos a punto de divorciarse; pero sin embargo creyó el conde de Ansúrez haber hallado medio para conseguirlo. Con este objeto salió de Valladolid para Aragón, llevando en su compañía algunos criados, y cuando estuvo en el pueblo donde momentáneamente se hallaba don Alfonso, se presentó ante él vestido de ropas de sayal, cubierta la cabeza de ceniza, ceñido el cuello con una cuerda de esparto y descalzos los pies,[1] que más parecía penitente o ajusticiado que noble castellano. Fue esto en ocasión que el rey salía de su alojamiento con algunos cortesanos, y viendo aquel hombre tan extrañamente aderezado, se paró a considerarle preguntándole:

[1] El hecho que aquí se refiere es absolutamente histórico, y conviniendo en su relación cuantos han escrito sobre la materia, desgraciadamente para la memoria del conde, es indudable.

—¿Qué es eso, hermano, qué os ha acaecido que así venís?

—Vuestra Alteza no me conoce —contestó el conde—, y yo...

—¿Cómo, traidor, osas ponerte en mi presencia? ¡Hola! Prendedle.

—Rey Alfonso, escuchadme. Vedme aquí a vuestros pies: yo os he servido fiel y lealmente mientras he podido hacerlo; pero Dios dispuso las cosas de distingo modo del que vos y yo esperábamos. No fui yo quien sacó a la reina de Soria.

—¿Ni quien puso en su poder las plazas de Castilla la Vieja?

—He debido hacerlo. Toda Castilla...

—Callad, noramala, y quitaos de mi presencia, o pesaros ha.

Volvió con esto el rey la espalda al conde, dejándole mohíno y pesaroso del mal efecto que produjo su mojiganga. Desde allí regresó a Valladolid, donde despreciado por todos los partidos, empleó a lo menos útilmente el resto de sus días fundando diversos establecimientos piadosos, y construyendo varios edificios públicos, entre los cuales el puente que aún existe en aquella ciudad.

La reina, en este intermedio, se había trasladado con toda su corte a Compostela, donde estaba su hijo del primer matrimonio, a la sazón aún muy niño. Don Pedro de Lara, que la acompañó en aquel viaje, era quien todo lo gobernaba en su casa. Insensiblemente y a fuerza de lisonjas llegó a adquirir tal ascendiente sobre el ánimo de doña Urraca que no sabía esta dar un paso sin su consejo. Poco a poco fue abandonando la aparente moderación de que al principio usaba: todo había de humillarse en su presencia, so pena de caer en desgracia el que osara resistirle; y no contento con avasallar a los que dependían de la corte de Castilla, quiso hacerlo del mismo modo con los grandes de Galicia. Pero aquellos magnates tenían sobrado orgullo para ceder, y tanto más cuanto que a la sazón no eran realmente súbditos de doña Urraca, pues al morir el padre de esta princesa legó en su testamento a su nieto don Alfonso el condado independiente de Galicia; y a más, como ya se ha dicho, le habían aclamado rey de Castilla sus tutores los condes de Traba. Estos, que eran dos hermanos de linaje esclarecido y gran poder en Galicia, no podían tolerar las altanerías del conde de Lara; diariamente había entre ellos competencias sobre la preferencia en los asientos en asambleas y funciones; de estas nimiedades se pasó, como de ordinario sucede, a cosas de mayor importancia; y, por último, ambos partidos se declararon la guerra abiertamente. Doña Urraca, cediendo a las sugestiones de su privado, jamás quiso tratar a su hijo más que como a conde de Galicia, y los hermanos Traba pretendían que el conde de Candespina le había reconocido en nombre de Su Alteza como rey de Castilla. De aquí resultó que los compostelanos empezaron a mirar con no poca animosidad a doña Urraca, y que por fin estalló el furor popular de una manera espantosa.

En ocasión de una fiesta que se celebraba en la metropolitana iglesia de Compostela, se empeñó el conde de Lara en que la reina había de ocupar asiento preferente al de su hijo don Alfonso, y aunque los tutores de este al principio oponían una obstinada resistencia, cedieron sin embargo a las súplicas del dignísimo arzobispo don Diego Gelmírez. Llegó en efecto el día de la fiesta, y la reina ocupó su asiento sin dificultad; pero apenas vieron los gallegos al niño don Alfonso pospuesto a su madre, cuando, arrebatados de saña, salieron del templo, y ya fuera de sí con la cólera, se amotinaron pidiendo a voz en grito la cabeza de don Pedro de Lara y trataron con sobrado desacato la persona misma de doña Urraca. Conoció esta, aunque tarde, su imprudencia, y entonces echó de menos por primera vez a su leal don Gómez. Concluido el oficio divino, se trató de salir de la iglesia; pero el populacho furioso la rodeaba: los mismos condes de Traba procuraban en vano calmar el tumulto, y empezaban a temer algún funesto acontecimiento.

La reina y sus damas más parecían cadáveres que personas vivientes; el conde de Lara, poseído de un terror pánico, no acertaba a proferir una palabra; y solos tres individuos conservaban alguna sangre fría en aquel trance, que eran el arzobispo, Hernando de Olea y su inseparable compañero don Diego López. Estos dos últimos opinaban que formando un escuadrón los cortesanos, saliesen espada en mano con la reina y sus damas; pero don Diego Gelmírez no quiso consentir en ello.

—Harta sangre de cristianos —dijo— ha sido derramada por cristianos; y los enemigos de Dios triunfan con nuestras criminales enemistades. En nombre del que todo lo puede os prohíbo hacer uso de las armas.

—Padre mío —le contestó la reina—, vuestra elocuencia podrá tal vez calmar a esos furiosos.

—Señora, mi elocuencia es ninguna; pero Dios, que ve la pureza de mis intenciones, hablará por su siervo.

—Sí —dijo por fin el conde de Lara—, habladles, santo pastor, y tal vez...

—Tal vez —interrumpió Hernando, no pudiendo ya contenerse—, tal vez valiera más que vuestras locuras no hubieran irritado a ese pueblo.

Iba el conde a contestar, mas el arzobispo y la reina interpusieron su autoridad, lo que acaso no hubiera bastado para detener a Hernando, ya ciego de cólera; pero doña Leonor asiéndole del brazo no tuvo más que decirle, con una voz que penetró hasta lo íntimo de su corazón, «¡Hernando mío!», y el irritado león se convirtió en manso cordero.

Salió sin perder tiempo el arzobispo a arengar al pueblo: el espíritu divino parecía inspirarle; sus razones eran concluyentes; mas el furor dominaba a los gallegos, y se obstinaron en que a nadie dejarían salir del templo más que a los sacerdotes, si no se entregaba a su venganza el conde de Lara. No faltó quien opinase entre los cortesanos que, pues la necesidad lo exigía, debía sacrificársele al interés general; mas ni la reina lo hubiera consentido nunca, ni aprobádolo la mayoría de aquellos caballeros. Probáronse en vano todos los medios imaginables para aplacar a los amotinados, y la ansiedad de la corte de doña Urraca no podía ser ya mayor, cuando el arzobispo imaginó un expediente tan ingenioso como arriesgado para él, con que salvar a los castellanos. Se despojó de sus sagradas vestiduras y cubrió con ellas al conde de Lara, quien a favor de este disfraz salió de la iglesia sin que nadie se lo estorbara, rodeado por los familiares del arzobispo, que tenían los curiosos a suficiente distancia para que no pudiesen conocerle; y pasado el tiempo que creyó bastante para que el conde, según habían concertado, saliese a caballo de Compostela, se mostró el mismo prelado al pueblo: le hizo relación del ardid de que se había valido para evitar que cometiese un crimen horrendo.

—Y si necesitáis absolutamente para calmar vuestra ira una víctima —dijo—, aquí me tenéis; pronto estoy a terminar, por complaceros, una vida que toda entera os he consagrado. Pero cuando el Dios de las venganzas me pregunte: «¿Qué has hecho del rebaño que te he confiado?». «Señor», diré, «el enemigo del género humano se ha apoderado de él, mis ovejas descarriadas corren ciegas a la perdición». Y entonces el Omnipotente, soltando la rienda a su irresistible enojo, dejará caer sobre vosotros todo el peso de su ira. La maldición de Dios... Pero no, compostelanos: aún es tiempo de reparar vuestras faltas. Acatad en la persona de doña Urraca la imagen de Dios en la tierra; dejadla salir libremente y yo imploraré para vosotros la divina misericordia.

Este breve discurso, las sugestiones caritativas de varios eclesiásticos que andaban mezclados entre el pueblo, y la idea de que ya se les había escapado el objeto principal de su venganza, redujeron a los rebeldes a términos más razonables, haciéndoles por fin consentir en dar libertad a la reina, con condición de que saliera en las veinticuatro horas de Compostela, reconociendo antes el título de rey de su hijo y su soberanía especial e independiente en el condado de Galicia. En todo consintió doña Urraca, y todo lo cumplió exactamente, pues suplicando al arzobispo el pronto despacho del pleito de su divorcio, salió aquella misma tarde para León.

Tales eran los aciagos sucesos del partido de doña Urraca en Galicia, mientras que el conde de Candespina, su leal servidor, lograba a fuerza de actividad, talento y política, reducir a su obediencia a Castilla y a León, y organizar un ejército capaz de hacer frente a don Alfonso, quien, habiendo hecho treguas con los navarros, era de presumir volviese las armas contra su mujer. Así lo hizo en efecto; pero sabedor de que doña Urraca se hallaba en Galicia, e ignorando el suceso por el que tuvo que ausentarse de aquel reino antes de lo que pensaba, se encaminó contra él. Derrotó completamente al ejército gallego, mandado por los hermanos Traba, y es posible que su hijastro hubiera caído en sus manos, si el arzobispo de Compostela no se hubiera refugiado con él en Portugal. Con noticia de estos acontecimientos trajo el conde de Candespina sus tercios a las fronteras de Galicia; pero la llegada del invierno terminó aquella campaña sin dar lugar a que castellanos y aragoneses viniesen a las manos, retirándose los primeros a sus cuarteles de invierno, y los segundos, ricos con los despojos de los infelices gallegos, a su patria. A pesar de la agitación continua en que las circunstancias tuvieron todo aquel tiempo a don Diego Gelmírez, no descuidó el íntegro prelado el examen del casamiento de doña Urraca con el rey de Aragón; y después de haberlo todo considerado con el tino y prudencia que le caracterizaban, declaró poco tiempo después de su regreso a Compostela, que en nombre del Sumo Pontífice decidía ser enteramente nulo el matrimonio de la reina de Castilla, promulgando su sentencia con las formalidades de costumbre.

CAPÍTULO V

Aprovechando el conde de Candespina las treguas que en aquellos tiempos daba el invierno a la guerra, fue a León, ciudad en que doña Urraca tenía entonces su corte, movido tanto por el deseo de verla como por el de empezar a disponer las cosas para su proyecto favorito; pues, disuelto ya el matrimonio de la reina, su pretensión era legal. La manera con que doña Urraca se había separado de él, prodigándole las señales del más sincero afecto, le hacía creer con fundamento que sus proposiciones serían favorablemente acogidas, y entregado a las más lisonjeras esperanzas dio vista a las torres de la ciudad de León; pero aún distaría una media legua de ella cuando salió a recibirle su fiel amigo Hernando de Olea. Pasada la alegría del primer momento, trabaron conversación como era natural sobre lo ocurrido en Galicia, y después de haber Hernando referido aquellos acontecimientos:

—Cómo ha de ser —dijo el conde—, ya no tiene remedio. Decidme ahora algo de vuestros asuntos: ¿cuándo os casáis con la bella Leonor?

—No se tardará mucho, don Gómez; por la reina ya estaría hecho, pero yo...

—¡Es posible! ¿Por vos, Hernando, se ha diferido?

—Sí, conde, por mí: ¿había yo de casarme sin estar vos presente? No por cierto.

—Conque en efecto la reina continúa interesándose por vos.

—¿Qué sé yo? No es todo oro lo que reluce.

—¿Cómo? No os entiendo.

—Ni es fácil; porque mientras habéis estado ausente son tantas las mudanzas que ha habido... Pero vos lo veréis por vuestros propios ojos.

—Explicaos, en nombre del cielo.

—No quisiera anticiparos un disgusto.

—Hernando, en nombre de la amistad que nos une, decidme qué es lo que se ha mudado.

—Todo: doña Leonor no goza ya de la privanza que antes con la reina; Hernando y don Diego López son respetados en la corte porque es fama que tienen muy larga la espada; el nombre de Candespina se pronuncia aún alguna vez en el alcázar, pero a modo de palabra de conjuro, en voz baja y como si fuera un delito.

—¡Qué me decís!

—¿Os sorprende? Es natural.

—Si me lo dijera otro que vos, no lo creyera.

—Mirad, conde, yo lo estoy viendo y apenas lo creo. Por lo mismo he ocultado en León vuestra llegada. Nadie en la corte sino don Diego y yo os espera: nadie está prevenido. Fácil os será, sorprendiéndolos, convenceros de mi verdad.

—¿Pero a qué atribuir tan extraña mudanza? Cuando la reina salió de Burgos...

—Cuando la reina salió de Burgos estaba muy reciente el servicio que acababais de hacerla, y no había tenido tiempo aún el vil don Pedro González...

—¡Hernando! ¡Hernando! ¿De un noble habláis así?

—Su nacimiento podrá ser noble; pero sus hechos son villanos. Siempre adulando al que tiene delante: siempre calumniando a los ausentes...

—Pero veamos...

—No hay más que ver sino que parece que ha hechizado a la reina. Perdóneme Dios; pero imposible es que no haya brujería.

—Dejad por la Virgen Santa eso, y decidme si, en fin, doña Urraca se ha mudado completamente.

—Pluguiera a Dios que yo me engañase; pero está desconocida. Castellar y Soria han desaparecido de su imaginación; no hay aragoneses que puedan contrastarla; y todo en el mundo se cifra en ese malaventurado don Pedro, que a fuerza de reverencias y palabras blandas la ha trastornado.

—¿Y es posible que haya caído en redes tan groseras?

—Es mujer, y...

—Teneos; es nuestra reina.

—Vos lo veréis.

—Podrá ser; pero nunca me olvidaré de que soy su vasallo.

—Ni yo, don Gómez; mas me duele ver que un miserable se lleve el fruto de vuestras fatigas.

—Dejémoslo a la mano de Dios, que él lo dispondrá como más convenga.

Razonando así llegaron a León. No dudaba el conde de la sinceridad de su amigo; pero como a pesar de todo el cariño que le profesaba no tenía la más alta idea de su penetración, dudó dar crédito a cuanto le refería, creyendo se hubiese fascinado por un exceso de amistad. Sin embargo, se engañaba: la privanza del conde de Lara era tan pública que no se necesitaba más que tener ojos para verla; y por otra parte, el frecuente trato con su futura esposa Leonor había civilizado, por decirlo así, a Hernando. De todos modos el conde, lleno de dudas harto fatales, hizo que su amigo anunciase a la reina su llegada; pidiendo al mismo tiempo permiso para presentarse a besar sus pies. Fue Hernando a desempeñar aquella comisión precisamente en un momento en que el conde de Lara se hallaba en compañía de la reina.

—¡Don Gómez en León! —exclamó algún tanto turbada doña Urraca.

—¿Sin consentimiento de Vuestra Alteza? —añadió imprudentemente Lara.

—¿Por ventura estaba desterrado el conde de Candespina? —le preguntó Hernando arrojándole una furiosa mirada al mismo tiempo.

—Y bien, decidle que puede desde luego presentársenos.

—Vuestra Alteza será obedecida.

Salió Hernando y quedaron solos la reina y Lara, pensativos además uno y otro. Por primera vez meditaba doña Urraca en qué había dejado que, bajo todos aspectos, adquiriese demasiado ascendiente en su espíritu el rival del conde de Candespina. Las pretensiones de este a su mano estaban autorizadas, no solo por sus recomendables prendas y servicios relevantes, sino además por la opinión del pueblo y el voto expreso de la mayoría de la nobleza; su conciencia decía a la reina que si algún hombre era acreedor a ser su esposo, sin duda había de ser el conde de Candespina; pero su inclinación hablaba a favor de Lara. Como hábil cortesano había de tal modo llegado a comprender don Pedro el carácter de doña Urraca que ella misma no se entendía tan bien como él. Debilidades, virtudes, inclinaciones, antipatías, de todo sabía aprovecharse, todo servía para sus fines. Sin embargo, la repentina llegada de su rival no dejaba de sobresaltarle. Don Gómez era hombre que tenía en sí tantos o más recursos que él para emplearlos en la intriga, si quería hacerlo; y si hasta allí había desdeñado tales medios, ¿quién aseguraba que en adelante haría lo mismo? Estas y otras reflexiones análogas ocuparon largo rato a doña Urraca y a don Pedro, hasta que pareciendo volver este en sí, dirigió en tono abatido la palabra a la reina de este modo:

—Vuestra Alteza me dará su permiso para que yo me retire.

—¿Y para qué? ¿Dónde vais?

—Señora, mi presencia en este momento, cuando no molesta, es al menos inútil.

—Si lo fuera, la reina os lo hubiera manifestado.

—No quiera Dios que yo ofenda a Vuestra Alteza; pero Vuestra Alteza va a recibir...

—¿Al conde de Candespina?

—Sí, señora, a ese mortal privilegiado que dos veces ha tenido la dicha de salvar a Vuestra Alteza; al que una vez fue propuesto para vuestro esposo.

—Vuestra presencia no me impedirá el recibirle.

—¡Señora!

—Quedaos.

—Por cuanto hay de sagrado suplico a Vuestra Alteza que me permita retirarme.

—¿No podré yo saber qué razones son las que producen tan extraña conducta?

—Permítame Vuestra Alteza que calle.

—No puede ser; explicaos.

—Vuestra Alteza quiere que yo mismo pronuncie mi sentencia de muerte.

—¿Qué estáis diciendo, conde de Lara? ¿Habéis perdido el juicio?

—Sí, señora, loco debo de estar pues he osado...

—¿Qué es lo que habéis osado?

—Voy a decirlo; pero al menos prométame Vuestra Alteza su indulgencia.

—Concedida; hablad.

—Y bien, señora, mi temeridad es inaudita: miserable mortal, me he atrevido a poner los ojos en el cielo. Amo, adoro, idolatro a Vuestra Alteza —dijo esto arrojándose a los pies de la reina—. Me habéis prometido indulgencia. Sabéis mi fatal secreto; queréis aún que presencie el triunfo del que...

—Basta; reportaos, que alguien se acerca —y humedecidos los ojos tendió la mano a Lara para ayudarle a levantarse.

Un hombre se acercaba en efecto, y era el mismo conde de Candespina. Jamás hubo personas más turbadas que la reina y los dos condes. El de Candespina a pesar de venir ya prevenido por Hernando, no quería dar crédito a sus ojos viendo la reserva de doña Urraca; esta, después de haberse informado de la salud de don Gómez, hizo rodar la conversación sobre asuntos políticos, con objeto de serenarse y disimular más bien su turbación; y Lara, recobrando en un instante su aire apacible y lisonjero, se mostró con el conde de Candespina como hubiera podido hacerlo su más sincero amigo.

La posición de los tres actores de aquella escena era tan violenta que no podía ser de larga duración. Don Gómez, que apenas acertaba a contener su enojo, fue quien primero pidió a doña Urraca permiso para retirarse, y ella, temiendo quedarse de nuevo a solas con Lara, le hizo seña para que saliese al mismo tiempo que el de Candespina. Salieron pues juntos ambos magnates de la cámara de la reina, absortos cada uno en reflexiones bien distintas en su especie: Lara, a quien no se ocultó la profunda emoción que causó en la reina su amorosa declaración, y que había presenciado la fría acogida que obtuvo su rival, rebosaba de júbilo y daba libre curso a los ambiciosos proyectos de su fantasía; Candespina, por el contrario, tocando la triste verdad de cuanto su amigo le había dicho, veía perdido todo el fruto de sus incesantes trabajos, sin saber a qué atribuirlo ni qué partido tomar. Todas las pasiones imaginables combatían a un tiempo su despedazado corazón, y a dar en hombre menos firme en la senda de la virtud, hubieran podido producir grandes trastornos en Castilla; pero el conde de Candespina no se desviaba jamás del camino recto. «Desconoce mi lealtad —decía entre sí—; paga mis servicios con frases estudiadas y vacías de sentido; prefiere el dulce veneno de la lisonja a la santa verdad que me es imposible ocultar. No importa: siempre es mi reina; mi vida es suya; consagrémosla a su servicio, y tal vez cuando yo no exista lograré al menos que mi memoria le cueste alguna lágrima».

Pero a pesar de toda su filosofía, aquel golpe fue mortal para don Gómez. Llegó a su casa tan demudado que los criados se asustaron al verle, mas él, asegurándoles que nada tenía de particular, se encerró en su cuarto dando orden que a nadie se dejase entrar, incluso al mismo Hernando de Olea. Así permaneció luchando entre mil afectos contrarios hasta el siguiente día por la mañana, que dio la orden de que todo se hallase dispuesto para salir de León antes de dos horas, y en seguida salió dirigiéndose al alcázar.

No había pasado aquellas veinticuatro horas doña Urraca muy agradablemente: la inclinación y el deber la indicaban dos caminos opuestos uno al otro. Su corazón se había ya decidido; pero la justicia clamaba contra aquella elección, y la reina no podía acallar el grito de su conciencia. Por otra parte no tenía a quien acudir pidiendo consejo; su confidente Leonor, apasionada y prometida esposa de Hernando de Olea, era demasiado parcial de Candespina para contar con ella; y las demás señoras que la servían, no habían llegado a adquirir suficiente confianza para depositar en ellas secreto de tanto peso. La reina no había querido recibir a nadie en particular, ni menos presentarse en público; pero cuando la anunciaron que el conde de Candespina solicitaba una audiencia, no se atrevió a negársela.

—Decidle que a nadie he recibido, pero que a él no sabré rehusarle que me hable cuando quiera —dijo a la dama que había entrado el recado, y cuando salió de la cámara añadió a media voz—: ¡cuán caros me cuestan tus servicios, conde de Candespina!

CAPÍTULO VI

Por más que un soberano quiera ocultar sus inclinaciones; por más estudio que ponga para que los que le rodean no conozcan quién es la persona que mayor afecto le merece, puede decirse que es casi imposible que los cortesanos no lleguen a descubrirlo. Únicamente ocupados en espiar las acciones del príncipe, son como la ligera veleta que varía de dirección a impulso del más apagado soplo del viento; el ensalzado conoce su fortuna en las adoraciones que los palaciegos le tributan antes que en los favores del soberano; y el pobre caído preverá su próxima desgracia, por poco tacto que tenga, en la imprudente altanería con que le tratarán. Decimos esto porque era curioso y deplorable a un tiempo observar la diversa conducta de la mayor parte de los cortesanos de Castilla respecto al conde de Candespina, antes de su ausencia y después de su regreso. Entonces no se hablaba más que de su valor y magnanimidad: el uno decía que era el mejor capitán de su siglo; el otro que no había hombre de estado que le igualase en saber; y el de más allá le citaba como el espejo de los caballeros. Todos se honraban con su amistad; haber hablado con el conde de Candespina un cuarto de hora seguido era una dicha de que se hacía el mayor aprecio, y el favorecido tenía cuidado de recoger las expresiones del héroe de Castellar para repetirlas como otros tantos apotegmas y textos sagrados. Un enjambre de hambrientas moscas no acude más presuroso a los panales que la multitud de los cortesanos corría en los salones del alcázar de Burgos a colocarse de modo que cada uno de ellos pudiera hacerse visible personalmente al libertador de la reina. Los menores movimientos de su rostro, una sonrisa, un gesto hecho impensadamente, el aire más o menos preocupado de su persona; todo daba pábulo a las conversaciones; todo producía interminables conjeturas. ¡Cuán diferente cuadro se hubiera presentado a la vista del observador en el alcázar de León!

Seguía el conde de Candespina a una dama de la reina que le guiaba a la cámara de su señora; y ambos caminaban tan despacio y tan cabizbajos que era imposible verlos sin adivinar que cada uno iba entregado a sus reflexiones particulares, prescindiendo absolutamente del otro. La más profunda tristeza se veía estampada en el rostro de Candespina: no había podido perder aquella fisonomía, su natural nobleza; mas tampoco conservaban sus ojos la generosa audacia que le caracterizaba en tiempos más dichosos. La posición de los cortesanos era verdaderamente crítica. Si otro cualquiera hubiese caído de la gracia de la reina, tenían ya marcada la senda que seguir, cortando con él todo género de comunicaciones y afectando tratarle con el más alto desprecio. Pero con el conde de Candespina les era imposible portarse de tal modo. Las razones eran muchas y muy claras: ciertamente el conde don Gómez había cesado de ser el favorito de la reina; pero estaba lejos de hallarse malquisto de ella. Lara era el más querido; Candespina el más estimado; aquel el más obedecido; este el más respetado. Tratar con desprecio al conde de Candespina era arriesgarse a probar los filos de su terrible tizona; conservar con él los mismos ademanes respetuosos que en otro tiempo era perderse para siempre con el conde de Lara. ¿Qué hacer, pues? ¿Cómo navegar en aquel mar sembrado de escollos? Un solo arbitrio les quedaba: la fuga; y en efecto lo adoptaron. Nunca bandada de tímidas palomas se dispersa con más prontitud al acercarse el milano; ni huye más ligero el ciervo acosado por los lebreles a la espesura del bosque como, al presentarse don Gómez por segunda vez en el alcázar, se dispersaban y huían los áulicos de su presencia, evitando hasta el tener que saludarle. Era de ver la perplejidad de los que más torpes o menos ligeros no pudieron evitar su encuentro de ningún modo: unos para salir del compromiso fingían hallarse sumamente acalorados en la discusión de cualquier punto; otros, no tan discretos, se resolvían a saludar, y nada más ridículo, nada más asqueroso, permítasenos la expresión, que la manera con que lo hacían. Temor, vileza, falsedad, todo se veía pintado en su mirar oblicuo, engañosa sonrisa y ademanes encogidos. En otra ocasión se hubiera el conde reído de ellos, pero entonces puede decirse que ni los vio. Sus esperanzas destruidas en un solo instante, la felicidad de Castilla comprometida, y la existencia política de la misma doña Urraca aventurada, confiándose las riendas del gobierno a su rival, le ocupaban exclusivamente; y así llegó a presencia de la reina, sin haber reparado en ninguno de cuantos encontró al paso.

No era posible presentarse a doña Urraca en ocasión más oportuna para los intereses del conde de Candespina: la especie de reclusión en que la reina pasó las veinticuatro horas que hemos dicho había dispuesto su espíritu de muy distinto modo que se hallaba el día anterior. Lara no la había podido ver de ningún modo: doña Urraca conocía su debilidad; recibirle y exponerse a que renovara la plática de su amor era arriesgarse a darle, a su pesar tal vez, esperanzas a cuya realización se oponían gravísimas razones. Quiso pues tomarse tiempo para fortificarse en la resolución de prohibirle que la requiriese de amores, y cuantas reflexiones hacía con este objeto redundaban en favor de don Gómez.

El semblante de este descubrió desde luego a la reina la agitación en que se hallaba; y como la causa de ella no podía tampoco ocultársela, se conmovió singularmente.

—Entrad, conde —le dijo—, y sentaos, que vuestra salud no parece mucho mejor que la mía.

—Mi salud, señora, es harto buena. ¡Ojalá!... Mas yo no vengo a molestar a Vuestra Alteza con quejas de mi mala suerte, y sí solo a tomar su venia para retirarme de la corte.

—¿Cuándo?

—Hoy.

—¿Por cuánto tiempo?

—Lo ignoro; acaso por siempre, a menos que Vuestra Alteza tenga necesidad de mi persona, que entonces...

—Será pues excusado que os marchéis; vuestra persona me es siempre útil.

—Señora, ¿en las circunstancias actuales y en León, de qué puede servir el conde de Candespina? Es sobradamente sincero para ser buen cortesano, y no faltan a Vuestra Alteza caballeros que en esta materia suplirán muy ventajosamente su falta.

—Conde don Gómez, con mucho menos de lo que habéis dicho bastaría para que la reina de Castilla dejara libre para marcharse de su corte a cualquier otro caballero de ella; pero a vos, a quien debo el trono y la vida...

—Olvide Vuestra Alteza servicios que ya están recompensados.

—¡Olvidarlos! ¡Jamás!

—Pues bien, señora, en premio de ellos no pido a Vuestra Alteza más gracia que su licencia para dejar la corte.

—¿Qué es esto, don Gómez? ¿Quién ha sido el que os ha dado causa...?

—Nadie, señora. Mi carácter solo... Negocios particulares. En fin, señora, es indispensable, aun para la tranquilidad de Vuestra Alteza misma, que yo me retire de León.

—Es forzoso decís para mi tranquilidad que os retiréis de León...

—Sí, señora: lo es; crea Vuestra Alteza a mi celo, el mayor servicio que actualmente puedo hacerla es alejarme de su presencia.

—Si os conociera menos, creería, don Gómez, que dominado de alguna manía incomprensible habíais perdido la razón; pero vuestra cordura me es notoria.

—Vuestra Alteza tiene demasiada bondad en ocuparse tanto de lo que nada vale. Mi ausencia de la corte es asunto de pequeña importancia. Días ha que falto de ella y no se me ha echado de menos.

—Conde, conde, a vuestro pesar se os conoce que os domina la cólera.

—¡La cólera! ¿Por qué, señora? ¿Por qué? Si la cólera me dominase medios habría de satisfacerla; mi brazo puede aún manejar una espada, aún soy...

—Conde, recordad con quién habláis.

—¡Ojalá no lo tuviera tan presente! Ved, señora, uno de los motivos por los que deseo separarme de la corte: criado en los campos de batalla, acostumbrado al trato sin dobleces ni arterías del simple soldado, el conde de Candespina no puede vivir en donde, perdóneme Vuestra Alteza que lo diga, la verdad es un crimen, la adulación una costumbre, la hipocresía una virtud necesaria. No, señora, yo no puedo, no debo quedarme. Cuando Vuestra Alteza vea sus reinos amenazados por enemigos interiores o extraños, entonces mi espada, mi persona, mi vida, serán las primeras...

—No lo dudo, don Gómez, vuestra lealtad me es conocida, y en favor de ella puedo olvidar la dureza de algunas de vuestras expresiones. Mi amistad...

—¡La amistad de doña Urraca! ¡Amistad, señora! Yo hubiera querido no estar largo tiempo en presencia de Vuestra Alteza. La disposición de mi espíritu es sobradamente violenta para poder contenerme...

—Y bien, decid cuanto queráis; pero calmaos.

—¿Qué es lo que he de decir? Lo que Vuestra Alteza está cansada de saber; lo que nadie ignora en Castilla.

—No alcanzo.

—Sí, señora, Vuestra Alteza lo sabe. ¿Por ventura tan pocos años hace que amo a Vuestra Alteza?

—Amarme, ¿y os atrevéis?...

—¿Por qué no? ¿Es un delito amar? Tormento podrá ser para el infeliz amador; ofensa para el amado, jamás. La barrera está ya rota, ahora Vuestra Alteza debe saber el resto: quizá de este modo se convencerá de que debo alejarme.

—Norabuena: concluid.

—No seré largo; no molestaré a Vuestra Alteza recordándole las infinitas pruebas que tiene de mi amor, aunque jamás esta palabra haya salido de mi boca hasta hoy: no hablaré tampoco de que la nobleza y el clero de Castilla me honraron proponiéndome...

—Lo sé: continuad.

—Sí, señora; todo esto nada importa; la voluntad de Vuestra Alteza es la sola que puede decidir en esta materia, y ya ha decidido.

—Os engañáis.

—Pluguiera a Dios.

—Os lo aseguro.

—Señora, ¿por qué se complace Vuestra Alteza en atormentarme?

—Lejos de eso, deseo tranquilizaros.

—¡Imposible, imposible! Tranquilidad para mí, solo en la tumba. Cuatro años trabajando, suspirando sin cesar solo para conseguir un objeto, y en el momento en que más me lisonjeaba la esperanza, cuando tal vez hubiera podido lograrlo, otro hombre se presenta.