NOTA DEL TRANSCRIPTOR:
—Los errores obvios de impresión y puntuación han sido corregidos.
—Se ha mantenido la acentuación del libro original, que difiere notablemente de la utilizada en español moderno.
—El transcriptor de este libro creó la imagen de tapa utilizando la portada del libro original. La nueva imagen pertenece al dominio público.
DEL PLATA AL NIÁGARA
IMPRENTA DE PABLO E. CONI É HIJOS, PERÚ, 680
PAUL GROUSSAC
DEL
PLATA AL NIÁGARA
... J’étais là; telle chose m’advint.
(La Fontaine.)
BUENOS AIRES
ADMINISTRACIÓN DE LA BIBLIOTECA
79, PERÚ, 79
1897
A Carlos Pellegrini
No siendo estas notas personales el meditado estudio que correspondería á un encargo oficial, ni un homenaje digno del alto magistrado que tanto contribuyó á que yo las escribiese,—no las dedico al que era entonces Presidente de la República y es siempre una fuerza nacional y una gloria de su patria: sino, en prueba de afecto y agradecimiento, al juez más indulgente de mi esfuerzo, al fiel amigo de la juventud y de la madurez.
P. G.
PREFACIO
Algunas de estas páginas han visto la luz en La Nación de Buenos Aires, otras en La Biblioteca; el resto es inédito. Por lo demás, tienen todas ellas idéntica procedencia: han sido redactadas sobre apuntes personales, tomados durante el mismo viaje y sin hacer mucha cuenta de la opinión exterior. No espere, pues, el lector informarse aquí de impresiones ajenas, sino de las mías.
Escribo el prefacio de este libro sin haber visto reunidos jamás ni conocido por su orden todos sus capítulos; pues está demás advertir que la lectura tropezosa y fragmentaria de las pruebas, lejos de suministrar un buen elemento de juicio, tiene por efecto saturar de su prosa al enervado autor, inhabilitándole para volver á leerse impreso en mucho tiempo. No creo, sin embargo, que la parte inédita sea más débil que la que fué recibida con indulgencia, y tal vez suceda que los defectos de una y otra se atenúen en el conjunto. De desear sería que el escritor observase el precepto de Horacio, estacionando su obra recién nacida hasta que, olvidado de los «trabajos de Lucina», pudiese juzgarla con relativa imparcialidad y corregirla con acierto. Por mi parte soy bastante propenso á seguir el consejo; pero acaece que, una vez guardado en la gaveta, casi no hay manuscrito que vuelva á salir. Tengo la satisfacción de ser un autor inédito de gran avío y reserva. ¿Qué necesidad de exhibir el pensamiento, si el único deleite está en pensar? Lanzar una astilla más á la corriente que pasa ... ¿Para qué, para quién?
Á no bastar la experiencia de los años, sería suficiente la de mi oficio de bibliotecario para enseñarme la vanidad de estas protestas contra el invencible olvido. Debemur morti. Repletos están esos armarios de obras maestras que yo mismo no he leído ni leeré jamás. Durante el período veintenario del desarrollo mental, no se alcanza á leer realmente dos mil volúmenes; y apenas si se utiliza una décima parte de esos ingesta, eliminándose por inasimilable el resto de la materia alimenticia. Dedúzcase, además, la masa de lecturas inútiles, de frívola curiosidad ó manía erudita, fuera de las nocivas, que destejen el tejido anterior y, con nuevas opiniones sugeridas, agravan la servidumbre del espíritu. Más tarde, se cata uno que otro libro, para comprobar que casi todos se repiten.
Es gran consuelo de no poder leerlo todo, la conciencia de que fuera vana la empresa imposible. Una biblioteca es ante todo un cementerio: contiene mil autores muertos por uno vivo—que pronto morirá. El monumento enorme de la ciencia se viene edificando sobre un tremedal: no sólo en razón de su frágil estructura, sino porque al peso de cada hilada nueva, se hunde otra á flor de tierra hasta desaparecer. El aspecto de la ciencia cambia cada quince años; antes de concluída, cualquiera publicación extensa tiene ya partes caducas. Consiste el progreso científico en sustituir la semiverdad de ayer por la cuasiverdad de hoy—que durará hasta mañana. Cada generación surgente tiene por inmediato deber enterrar á la anterior. Casi nada subsiste útilmente; con una parte de los materiales antiguos, la fábrica flamante reemplaza á la decrépita. Cada «clase» recién llegada rehace por su cuenta la ciencia, la filosofía, la crítica. La historia es una tela de Penélope: todo es sustentable porque todo es incierto. Quien pretende vincular un hecho actual á su única causa lejana se parece al estadístico que, en un campo de batalla, probara á descubrir por inducción bajo qué bala enemiga había caído cada soldado. El hombre se agita y el destino le lleva, deduciendo las consecuencias infinitas de sus actos: el más ínfimo, tal vez, engendra las mayores, que su autor nunca sospechará.—En una noche de tormenta, á orillas del mar, una pobre anciana enciende su lámpara de aceite para remendar sus andrajos: es un faro de salvación para la nave perdida que corría á estrellarse en la costa ...
Se dice que el arte alcanza vida más distinta y prolongada; la obra maestra no parece en efecto sustituíble, siendo su esencia la originalidad. ¿Será verdad que los millares de volúmenes que obstruyen nuestros estantes representan otros tantos conceptos y expresiones individuales de lo bello? Es otra ilusión: el tesoro estético, como todos los tesoros, se ha obtenido con la acumulación de cinco ó seis materias «preciosas», más ó menos varias en la forma, pero de substancia idéntica. Una ó dos veces por siglo, alguien ensaya una nueva ó renovada aleación de las materias conocidas: ¡es un hombre de genio! La muchedumbre imitadora marca el paso y despacha su etapa en pos del conductor. A éste hay que admirarle «en bloque». La montaña es de oro nativo: no hay una escena de Shakespeare ó un terceto de Dante que no sea de inspiración divina ¡como los versículos de la Biblia!
Eso repite la pedantería escolar. En realidad se reduciría á mucho menos el quilate de la admiración, á no intervenir la sugestión omnipotente. Algunos autores «clásicos» se imponen á nuestra infancia inconsciente: tal es la base de nuestra devoción y de su prestigio. El día próximo en que la democracia utilitaria borre también este culto de su programa, Homero y Virgilio no saldrán más del Götterdämmerung, en que vagan el persa Ferdoucy y el sánscrito Kalidaça. Superstición aparte, de las obras antiguas no sentimos de veras sino los breves fragmentos que, á fuer de eternamente humanos, nos parecen modernos y en correspondencia con las obras nacionales contemporáneas. Espontáneamente, nadie vuelve á absorber por entero un poema que pase de cien páginas, en procura de emoción estética. Se ha entrado una vez en la Ilíada y la Divina Commedia, como en San Pedro de Roma, para contarlo; y se exhiben algunos estribillos de antología á guisa de relaciones brillantes con ese high life artístico. Quien sea sincero y tenga el valor de sus gustos, confesará que le bastan pocas obras selectas para el consumo poético, y agregará que las prefiere recientes y escritas en su lengua.—Ello, como se ve, tendería á reducir, aun más que para la ciencia, el elenco de la biblioteca literaria indispensable. Un gran poeta resume toda la poesía. Por entre cambiantes riberas y con nombres distintos, los grandes ríos surcan el planeta, reflejando cielos y horizontes diversos, arrastrando en su corriente múltiples vestigios de las regiones comarcanas: pero sus ondas todas cumplen la misma misión fecunda, y una sola es el agua que todos los pueblos vienen á beber.
Habrá de parecer extraño que las palabras anteriores sean el preámbulo de «un libro más», cuya necesidad, sin duda alguna, no se dejaba sentir en este ni el otro continente. La inconsecuencia es flagrante, y no pretendo justificarla. No he tenido, para incurrir en ella, una sola de las razones que otros suelen invocar: obligación profesional, ambiciones de «gloria», esperanza de lucro ó estímulo de amor propio—ni siquiera el puro gusto del ejercicio natural, análogo al del muchacho que «remonta» una cometa ... Un impulso, con todo, ha debido de moverme á recoger estas páginas; pero temo que sea otra ilusión. He esperado que esta obra sería útil en su fondo y en su forma, en sus tendencias honradas y sus anhelos artísticos, no sólo para la tierra á que estoy adherido por todas mis raíces adventicias—las únicas vivas ya—y cuyo mayor bien necesito perseguir, hasta por egoísmo bien entendido; sino también para esas otras comarcas americanas, que se han sentido y se sentirán lastimadas por mi franqueza, y juzgarán que la mentira halagüeña, no la verdad amarga, era el digno pago de la hospitalidad.
Respecto de estas últimas no necesito formular declaraciones ni protestas. Encuentro tan singular la hipótesis de que se embarque un escritor para lejanas tierras, con el propósito de observarlas de reojo y pintarlas de través, que me siento coartado para discutirla. Temo incurrir en ese terrible ridículo, que, en mi país, hiere más hondamente que las injurias y denuestos ... No debe, en efecto, ignorar el benévolo lector que, por algunas de las páginas que está llamado á juzgar, he sido seriamente deteriorado, en efigie—y con cierta inelegancia. Espero que, al releerlas hoy serenamente, mis fulminadores se sentirán sorprendidos, y acaso un poco avergonzados: será mi única venganza.
En este rápido bosquejo del continente americano, se echará de menos al país mismo de donde arranca el viajero: falta aquí la República Argentina, como falta en un cuadro el punto de vista. No se puede estar á un tiempo en la sala y en el escenario. Á este país, y sólo á él converge la perspectiva: mis observaciones más exteriores tomarían otro giro si las redactase para europeos. De ello se tiene una muestra en el Apéndice.—Del panorama que se desarrollaba ante mi vista asombrada ó entristecida; de las faltas y extravíos hispano-americanos; del estéril desgobierno ó del funesto despotismo; del ejemplo yankee, tan lleno de enseñanza en su enérgico desarrollo material, como en el exceso utilitario y egoísta que fatalmente paralizará su crecimiento: del estudio de los grupos sociales como del espectáculo de la naturaleza, he procurado extraer un estímulo ó una advertencia para la política, la educación, el arte,—las realidades y los ideales argentinos. Y he deseado que este libro fuera bueno para que pudiera ser eficaz.
Sentiría que la brevedad material de cada esbozo engañase respecto de su contenido. Por cierto que no he encerrado en uno ó dos capítulos la sociología de una región. Pero acaso algún lector atento advierta que la forma ligera encubre un fondo sólido, y que alguna vez la concisión puede ser condensación. Tampoco he creído que fuera indispensable adoptar un plan metódico y un tono doctrinario, rechazando la poesía y la sonrisa, y vaciando una materia, de suyo elástica y vagabunda, en un rígido molde artificial. Sin mucho cuidado del orden lógico, he transcrito mis sensaciones instantáneas y mis reflexiones inmediatas, no rehuyendo las contradicciones aparentes ó reales, que son legítimas cuando completan el aspecto de la verdad. No teniendo sistema ni ideas preconcebidas, he dejado que este libro se depositara en mí, página por página, á merced de mis impresiones sucesivas. No he intervenido conscientemente en el experimento, para desviarlo hacia tal ó cual preocupación de secta, escuela ó partido, porque no acierto á descubrir en mí la sombra proyectada por cuerpos que no existen. Con sus errores y deficiencias, este es un libro de buena fe.
Uno de los vicios fundamentales de la educación pública consiste, como tengo dicho, en uniformar las almas y las inteligencias; á este respecto, la jesuítica es la peor de todas, no en razón de su tendencia sino de su disciplina. Como dice Mefistófeles, «se comprime el espíritu en botas españolas», imponiéndole violentamente la noción del rigor lógico y de la ley absoluta, que no existe en las cosas humanas, y edificando sobre el suelo firme de la realidad los castillos de naipes de las reglas abstractas y del puro raciocinio. El criterio de las ciencias históricas y aun naturales no debe ser, por ahora al menos, el de necesidad y certidumbre, sino el de contingencia y verosimilitud. Todo concepto práctico es una transacción. Las pretendidas leyes sociológicas son exactamente como las líneas de las altas cumbres y del divortium aquarum de las cordilleras fronterizas: todo el mundo las menciona y las traza en el papel, pero nadie sabe determinarlas en la práctica, porque en su forma geométrica no existen—son una mera abstracción. Pero esto debería decirse desde el principio: debería ser el gran principio, para que la educación no falseara nuestro juicio á los veinte años, hasta que la experiencia propia lo enderece á los cuarenta. Ese pecado original, fomentado entre nosotros por la dialéctica curial y sus miserables sofismas, engendra á su vez la intolerancia esterilizadora y funesta, como un residuo de la ortodoxia sectaria y de la antigua escolástica. No se admite en teoría sino el criterio absoluto: y por eso la teoría resulta falsa é impotente, puesto que lo relativo y contingente es la atmósfera misma en que «nos movemos y somos». Tan de antiguo avasalla nuestra mente ese concepto de dogma, que hemos torcido su sentido hasta amoldarlo á nuestra preocupación: dogma no significa más que opinión ó parecer.
Ahora bien: ya se trate de juzgar un acto, de apreciar una evolución social, ó simplemente de exponer la sensación producida por la naturaleza ó la obra de arte ¿con qué se forma la opinión sincera y personal? Con la reacción, evidentemente, del sujeto ante el objeto. El sujeto es una inteligencia individual, nunca idéntica á otra, aunque la educación tenga por efecto y defecto atenuar la originalidad. Llevo ante las cosas el conjunto de mis ideas, tendencias, gustos y hábitos propios, y como éstos no son en ningún caso iguales á los de mi vecino, tiene que ser diferente en cada caso la impresión, si es espontánea y valedera.—Debe afirmarse que cualquiera opinión se falsea más y más al paso que se generaliza.—Sin duda, parece que ocurriera lo contrario, porque vivimos repitiendo juicios aprendidos y frases hechas. El consensus omnium es la contraseña de nuestra domesticidad mental. No hay un hombre entre cien mil que escape á la sugestión de un libro ó de un discurso, y lo que es peor, á la vulgarización creciente que se difunde por el periódico.
Ha dicho Amiel: un paisaje es un estado de alma. La fórmula no es nueva, como tampoco otras análogas de Diderot, Taine y el mismo Zola. Todas derivan de la de Bacon, mucho más amplia y comprensiva: ars, sive additus rebus homo. El arte, pues, es el hombre agregado á las cosas. En estas páginas, por consiguiente, no encontrará el lector la naturaleza y las gentes americanas, sino tal cual se han revelado al observador, al través de su idiosincracia y su humor variable. Cualquier otro observador, igualmente sincero, haría un cuadro muy distinto. Toda producción artística, buena ó mala, es una combinación de la realidad con la fantasía; y sin duda, cuando de impresiones de viaje se trata, lo que ante todo resulta parecido, es el retrato del viajero.
Espero, con todo, que en estos ensayos algo más importante se dejará traslucir: y es una tentativa literaria plausible, aunque se haya malogrado por insuficiencia del artista é imperfección de su instrumento.—Es muy sabido que el autor de estas páginas maneja una lengua que no es la suya. Muy lejos de erigir en sistema su propia torpeza, procura atenuarla cada día, acercándose á la corrección gramatical, base y fundamento del estilo. Si no escribe mejor en español, no es por soberbia francesa, sino porque no sabe más ...
Dicho esto con entera ingenuidad, me es imposible aceptar el castellano como un instrumento adecuado al arte contemporáneo. Sonoro, vehemente, oratorio, carece de matices, mejor dicho, de nuances—pues es muy natural que no tenga el vocablo, faltándole la cosa. Es la trompeta de bronce, estrepitosa y triunfal, empero sin escala cromática. La evolución presente tiende al fino análisis, á la sutileza, al cromatismo, como que obedece á la ley de disociación progresiva. En el arte, como en la moda que lo refleja, reina el matiz. Es probable que en el siglo XX—las disonancias wagnerianas lo hacen prever—no bastarán los intervalos y acordes usuales como medio de expresión armónica. Lo propio, naturalmente, acaece con la lengua literaria. Por ejemplo, el estado actual de la prosa francesa, la más elaborada de todas, es el último paso de una evolución incesante que, sólo en este siglo y desde Chateaubriand hasta Loti, cuenta siete ú ocho estadios visibles. La lengua española no ha sufrido ni admite este trabajo de transformación: se rige siempre é invariablemente por sus clásicos. Ahora bien: todo producto orgánico que se estaciona, se desvirtúa; y los que declaman sobre la riqueza presente de un instrumento secular, aplicando un concepto inmutable á un proceso esencialmente evolutivo, desconocen los términos de la cuestión.
No es este el lugar para mostrar cómo el sentido de la naturaleza y el delicado análisis del sentimiento tenían que quedar embrionarios, en un país que no cuenta un gran psicólogo ni, al lado de artistas soberanos como Velázquez y Murillo, un solo paisajista ... Sea de ello lo que fuese, no es discutible que sea la lengua escrita, en cualquier momento de la evolución social, el instrumento de expresión y exacta medida de la civilización ambiente. Eso es, y nada más. El español ha sido la primera lengua del mundo cuando la civilización española ocupaba el primer lugar. Durante la edad media la lengua de Virgilio se degradó al mismo nivel que el arte medieval; y lo que hoy se balbucea en Atenas, es una jerga gitana del luminoso verbo ático. No creo que se mire una ofensa en la simple comprobación de un hecho evidente. La civilización española contemporánea no es aislable de las infiltraciones exteriores: vive de reflejos, así en la idea como en la realización; y es singular ilogismo, en quien tan dócilmente acepta las cosas extranjeras, una oposición tan viva á las palabras, que son el signo inalienable de aquéllas. Puede que sea una crisis pasajera, y nadie lo desea más que yo.
Entretanto, considero atendible cualquier esfuerzo encaminado al propósito de alcanzar un estilo literario más sobrio y eficaz que nuestro campaneo verbal, á par que más esbelto y ceñido al objeto que la anticuada notación española. Tal empresa, sin duda, era superior á mis fuerzas,—acaso á las de cualquier escritor. Para renovar el estilo (no tanto en su letra, cuanto en su espíritu), sin rebajarle al nivel de una jerga cosmopolita, fuera necesario poseer por igual,—además del talento robusto unido al más delicado sentimiento del arte,—el espíritu extranjero en su más sutil esencia y el castellano ó nacional en toda su plenitud. Es un caso de imposibilidad, casi un círculo vicioso.—Con todo, la tentativa no habrá sido estéril si, entre los jóvenes argentinos que se preparan á sustituirnos, hay quien recoja siquiera la indicación ...
Pero, del mismo concepto antes formulado, se deduce que la reforma exterior implica otra más radical y profunda, ya que la general flaqueza del estilo no es sino el fiel indicio de un pensamiento sin vigor. Otro proceso más grave es el que falta iniciar, para que la mejora importe una transformación. La misma educación nacional es la que se debiera reconstruir por su base, desde la planta hasta el coronamiento, reservando la discusión frívola y bizantina de los diseños perfectos. Y es otra vanidad que he visto debajo del sol, esa inquieta per de los programas ideales—sin duda, ¡automóviles!—cuando en realidad lo único importante es inocular á la juventud, por la autoridad y el ejemplo, hábitos de trabajo obstinado y sincero ¡aunque éstos se aplicaran al aprendizaje del guaraní! En el viaje de aplicación de los guardias marinas, es casi indiferente el itinerario: lo esencial es aprender á navegar. Adquiramos el sentimiento del deber, el amor á la ciencia, la convicción del esfuerzo necesario, y todo lo demás vendrá por añadidura. Pero, aun suponiendo que se tuviera la palanca ¿dónde encontrar por ahora el punto de apoyo?
Esta juventud argentina me inspira inquietud. Varias generaciones han pasado por mis manos, más ó menos directamente, y conozco su fondo generoso y su inteligencia vivaz. Presencio anualmente la cosecha intelectual, y sobre darme cuenta de su insuficiencia, sé que aquélla no se renovará; para muchos el débil esfuerzo de los exámenes quedará único y definitivo: después del cultivo superficial, volverá la maleza á invadir el campo. Nosotros, los mayores, somos los culpables. Ni arriba ni al lado de ella, encuentra la nueva generación el ejemplo moralizador y severo. Nadie trabaja con perseverancia y energía, nadie soporta el peso de la meditación solitaria durante semanas y meses, nadie se arranca de las entrañas la concepción original largo tiempo incubada ... ¿Hasta cuándo seremos los ciudadanos de Mimópolis y los parásitos de la labor europea? Cortar de un sablazo heroico ese cordón umbilical de la colonia, era empresa fácilmente realizable para quien tenía altivez y valor: ¿cuándo lucirá el día de la emancipación moral, y alcanzará el intelecto sudamericano sus jornadas definitivas de Maipo y Junín?
No parece que sospechásemos el abismo que, en la procelosa derrota de la humanidad, media entre remolcadores y remolcados, entre pueblos productores y pueblos consumidores de civilización. No ser más que civilizado, es un estado pasivo y precario que debe ser transitorio: lo único que vale é importa, es vivir, en parte al menos, de la propia substancia é irradiar luz propia, siquiera sea débil y trémula. Al paso que se va conquistando el planeta, se dilatan más y más los territorios de colonización y adaptación europea, que se tornan mercados útiles ó débouchés de la productora exuberante. Son países civilizados—por ella—que fácilmente llegan á poseer, en cambio de su suelo virgen, todos los instrumentos de la civilización, desde el buque de acero hasta el libro de luz, en un todo iguales á los de allá: la única diferencia, más profunda aún para el libro que para el buque, está en que los civilizados compran lo que los civilizadores elaboran ...
Creo que muestro en las páginas siguientes cómo el grupo inerte ó violento de muchas nacionalidades hispano-americanas está condenado á vegetar indefinidamente en ese estado subalterno. Acaso las regiones tropicales no sean por ahora asimilables, y sí únicamente explotables para la civilización europea; puede que constituyan depósitos en reserva para el período futuro, cuando el planeta, enfriado en sus extremos, reconcentre hacia el ecuador la fecundidad y la vida. En todo caso, entre todos ellos, hay por lo menos dos pueblos que escapan á la ley fatal y tienen en su mano un porvenir divisable de independencia y grandeza. Sólo para con uno de ellos tengo que llenar una misión y cumplir un deber. Á éste que, por momentos, me trae el recuerdo de ese león del Paraíso Perdido, que entre todas las esbozadas creaciones del sexto día, brega por desligarse del limo nativo y sacudir al aire libre la roja melena: á éste de quien soy, puesto que es suyo todo lo mío, ofrézcole ahora este libro imperfecto y trunco, en que balbuceo lo que quizá no quiera entender ...
Cualquiera producción inspira á su autor algo de la solicitud paterna. Paréceme, con todo, que la presente estaba adherida cual ninguna á mis fibras secretas. Si la suerte le fuese adversa, figúrome que sentiría algo semejante á una herida personal. Y esto, no únicamente porque estoy siempre presente en sus páginas, sino porque este cuaderno de apuntes ha sido con toda verdad mi compañero y mudo confidente en las soledades de ese largo viaje por mar y tierra. No me separo de él sin alguna melancolía; y, por momentos, creo que si fuera tiempo aún no le lanzaría al escenario público, prefiriendo para él la existencia interna del espíritu, parecida á la de ese limbo sin sonido ni luz, donde, según la Fe católica, vagan eternamente las almas infantiles que se apagaron antes de recibir el bautismo.
Pero es tarde ya: Liber, ibis in urbem! ... ¡Que cumpla su destino y le sea clemente el aura popular! Si es actitud de simple justicia no hacer expiar al párvulo inocente los pecados del padre, acaso, el formular públicamente ese voto sea el mayor acto de humildad ...
DEL PLATA AL NIÁGARA
I
CHILE
LA ESTRUCTURA NACIONAL
Del cerro andino cuya meseta terminal separa las vertientes argentina y chilena, manan los dos arroyos que, al engrosar en breve su caudal propio con diez corrientes adventicias, dilatarán en la hoya respectiva su faja sinuosa hasta venir á ser los ríos de Mendoza y Aconcagua.
¡Aquí el rendez-vous de las prosopopeyas y frases hechas! Retórica obliga. Se llega cansado, hambriento, aterido y abrumado por la trasnochada á mula; harto de valles y quebradas uniformemente pintorescos, con la misma a «sierpe de plata» que se retuerce entre peñascos, reverberando al sol sus móviles escamas. Horas hace que no se alzan los ojos hacia las areniscas y conglomerados de la serranía; nos han fatigado hasta las visiones fantásticas que el crepúsculo y la distancia evocan: ruinas de castillos y catedrales disformes cuyos sillares colosales fueran los estratos ondulantes, remedando las estrías verticales de la roca ya góticas columnatas sin bóveda visible, ya juegos monstruosos de órganos para el Juicio final—con las nevadas cúpulas del Tupungato y Aconcagua sobre el poniente lívido ... No importa: es asunto entendido que, al pisar la cumbre, Perrichón ha estallado en gritos sublimes: «¡Dios! ¡Providencia! ¡Inmensidad! ¡Eternidad! ¡¡Oh!!..» Todo lo cual será redactado, tres días después, en un confortable hotel de Valparaíso, ¡y bien empenachado de signos admirativos!
La cordillera es imponente y bella; pero la cumbre no es más que su peldaño final, el menos interesante de todos; se la salva sin verla, embotados los sentidos por lo prolongado de la misma sensación. Por lo demás, así en lo físico como en lo moral, el último paso no conmueve ni sorprende: ha sido previsto, anunciado, descontado. Cuando la fortuna, el amor, la gloria cumplen al fin su gran promesa, llegan demasiado tarde; nos hemos saciado con la ilusión, la realidad nos deja tristes. Las emociones preliminares han agotado de antemano la del triunfo; la fruta madura tiene resabio de ceniza, y el destino nos brinda la copa llena cuando ya no tenemos sed.—En sí mismo, el paisaje carece de variedad y hasta de majestad. El paso de la Iglesia y la cumbre del Bermejo, á pesar de su altitud absoluta, son dos boquetes ó portillos, dos depresiones entre alturas mayores: es mediocre el horizonte contemplado. El cerro próximo, descarnado y sombrío, corta duramente el azul metálico del cielo; en los repliegues de la roca, algunas chapas de nieve hacen centellear sus agujas finísimas, cual hojuelas de mica; asoma la arcilla húmeda y negruzca debajo de la capa fundente: ello es la «corona inmaculada» de la poesía de bufete. Interminablemente, á lo largo de la senda estrecha, desgarrando la delgada epidermis caliza, las vértebras de la cordillera se suceden en rosario de peñones; y se roza con el estribo la cornisa sublime que, desde el valle, admirábamos ayer.—Ni un asomo de vegetación, ni un grito de ave, ni una fuga de insecto entre las grietas. Allá abajo, en el fondo del abismo, como un lustroso rastro de babosa en una piedra obscura, el torrente coagulado en su quebrada se alarga indefinidamente, terso é inmóvil por la distancia, sin una arruga, sin un rumor; en el aire rarefacto, un principio de fatiga y ansiedad penosa acrecienta la impresión de abandono, de soledad, de inhospitalidad. El hombre no se siente aquí pequeño, como suele decirse: tiene la vaga conciencia de ser un punto extraño, un detalle chocante en un medio hostil. Es este un paisaje lunar, reino inviolado del silencio y de la muerte, en cuya atmósfera esterilizada y glacial nuestra vida terrestre procura en vano el más efímero asiento. Concibe la imaginación la grandeza salvaje, el horror sublime de una noche de invierno en estas soledades, cuando la tempestad de nieve desata los ventisqueros y arroja al precipicio los aludes erráticos: pero tales cataclismos no se perpetran para ojos humanos, así como las erupciones volcánicas de nuestro helado satélite ... Ahora, la tibia caricia del sol amigo, la solidez del piso que retumba bajo el casco del la mula, el silbido del arriero indiferente, al desvanecer toda inquietud en la cruzada, acentúan su vulgar monotonía. Durante la breve travesía de la planicie divisoria, la sensación dominante no es otra que el deseo de bajar y divisar la posta del Juncal. Como el Augusto de Corneille, se experimenta la nostalgia de la llanura:
Et monté sur le faíte, on aspire à descendre...
Entre tanto, con mi hábito de la observación interna, me doy cuenta de que el desarrollo del paisaje, además de su reproducción pintoresca en la imaginación, ha movido la reflexión que creía adormecida: descubro que he pensado, además de soñar. Lentamente, en el espíritu casi pasivo, se está elaborando un concepto general, una como transposición abstracta del panorama material, provocada inconscientemente por las semejanzas y contrastes de la doble vertiente andina, trepada y descendida desde Mendoza. Poco ó nada ha cambiado en la decoración natural, en el aspecto de los sitios. Los accidentes de la montaña permanecen casi idénticos á los de la hoya argentina. La implacable serenidad del cielo bíblico se aviene siempre con la severidad adusta de las quebradas grises é impone el mismo sentimiento de postración. Me ocurre que las separaciones políticas han de ser más sutiles que las de la naturaleza ... Pero, muy luego, percibo netamente cierto cambio inicial: se nota lo escarpado de la pendiente chilena por la aspereza mayor de la bajada y los saltos bruscos del arroyo Juncal, primer tributario del Aconcagua. La misma falda, en el descenso, exhibe una primera prueba del enorme desnivel: hacia la derecha, en la intersección de las pendientes del Portillo, una vasta laguna, llena hasta rebosar en su pila ovalada, despliega deliciosamente bajo el cielo azul el virgen cristal de sus ondas glaucas, que sólo bañan el ala de las aves de paso. ¡Encantadora sorpresa! Es la primera «sonrisa húmeda» de esa Iliada de piedra y el anuncio próximo de otra Cibeles enternecida. Á poco, en los declives del Juncal, la enjuta vegetación asoma como un vello ligero en las paredes lisas de la roca; las verbenas y llaretas tapizan ya las depresiones del terreno, y las calandrinas alzan sus flores de púrpura por sobre la masa herbácea de las cañadas. Después de los arbustos de matorral, arrayanes y espinos, primeros triunfadores de la aridez ambiente, crecen laboriosamente las hayas y acacias en las riberas más clementes; los cactos erizados, los cirios rígidos yerguen en las pendientes más ásperas sus candelabros verticales. Pero, en el Salto del Soldado, las parásitas y enredaderas se enlazan ahora en los troncos de las encinas y nogales; el río ha ensanchado más y más su cuenca ya irrigable; las acequias orillan alegremente el rudo sendero pedregoso. Entonces, bruscamente, una erupción de frondosidades invade el paisaje: sauces, olmos, castaños, todo el reino cultivado ha tomado posesión del suelo humedecido; los altos cortinajes de las alamedas limitan los alfalfares y viñedos; las casas de campo y blancas alquerías emergen de los trigales y praderas: y Santa Rosa de los Andes, dormida en su marco de festones vegetales, anuncia la entrada en el espléndido valle de Aconcagua, gloriosa diadema de la patria chilena, populoso y fecundo como un pedazo de Francia, y donde todos los plantíos de la zona templada prosperan magníficamente. En un trayecto de pocas leguas, la flora ha recorrido la escala que en la opuesta vertiente requiere varios días para trasponerse, desde los pobres sembrados de Uspallata hasta los opulentos dominios de Santa Fe y Buenos Aires. Algunas horas más y se entra en Valparaíso: en menos de un día se ha cruzado á todo Chile, de la cordillera hasta el mar.
Desde el primer día, en efecto, hiere la vista esa diferencia fundamental entre las dos regiones: dos epítetos que parecen triviales, y son profundamente significativos, vagan constantemente en los labios, al recorrer la accidentada falda chilena y la vasta llanura argentina: todo lo que pertenece á la primera trae adherido el calificativo de circunscrito, con todas las ideas conexas de altura, rigidez, densidad; del propio modo que evoca la segunda todas las derivaciones de lo ilimitado: amplitud, espacio, desarrollo sin fin. Y lo característico de esas voces que creíamos provisionales, es que preesisten después del examen detenido y del doble estudio histórico y sociológico, cual si entrañaran una definición completa en su imperiosa brevedad. Veremos cómo, sin deliberación ni prejuicio, todas las conclusiones materiales y morales respecto de Chile tienen por rasgo definitivo la condensación, del propio modo que las que á la Argentina se refieran evocan la noción opuesta de expansión.
En pocas leguas, antes de la confluencia del Putaendo, la adjunción del Juncal, del río Blanco y del Colorado han constituído al caudaloso Aconcagua, que riega copiosamente sus fértiles vertientes y, por cien canales abiertos que lo dejan casi exhausto, lleva la abundancia y la vida á las valiosas haciendas de Santa Rosa y San Felipe, rodea luego á Quillota, cada vez más lento y como deseoso de prolongar su obra fecunda, antes de cruzar la sierra de la costa y perderse en el mar. Como un pequeño Nilo, en su breve curso de 150 kilómetros ha derramado la prosperidad en toda la zona atravesada; aunque más y más detenida su velocidad inicial de torrente andino, tanto ha rectificado su curso que, salvo el sinuoso recodo de Quillota, el río casi sigue el camino más corto de su hoya; en un solo día ha concluído su misión benéfica desde la cordillera hasta el Océano. Compréndese que en esta faja estrecha y volcada hacia el Pacífico no haya espacio para los desiertos inmensos de la sabana argentina; y la comparación de esta corriente, tan bien empleada, con su antagónica de la vertiente opuesta se impone irresistiblemente. ¡Qué diferencia entre el laborioso Aconcagua y el río de Mendoza que abandonamos ayer! Apenas bañada la mínima parte de la provincia natal, muy lejos aún del mar buscado, muy antes de cruzar la pampa sedienta, desfallece nuestra corriente «criolla» y se arrastra perezosa hasta perderse en una laguna cenagosa é inerte ...
Poco á poco, alrededor de este núcleo material, vienen á envolverse mil datos y nociones fragmentarias, desprendidas de la sociología de ambos países: jirones de historia, geografía, estadística, política, que se enlazan en torno de la percepción presente como las lianas en un tronco secular. Al pronto, parece que la evolución general de los dos pueblos rivales pudiera simbolizarse con la carrera de los ríos divergentes que, naciendo en el mismo macizo y descendiendo casi por el mismo paralelo, desempeñan, en su curso tan breve, misión tan diferente y alcanzan tan diverso destino.—Frente á la evolución histórica del pueblo chileno, tan precisa y práctica en su marcha ascendente, se recuerda cuán dolorosa y contradictoria fuera la revolución argentina, siempre fluctuando entre los conflictos renacientes de la barbarie primitiva y la importada civilización, y remedando, con sus rápidos adelantos y sus bruscos retrocesos, los cataclismos elementales de un mundo en formación. Se admira involuntariamente el trazado tan neto y lógico de la primera, que forma cabal contraste con el tanteo penoso de la segunda; y, desde luego, se entra á desconfiar de que la exageración territorial, las realizaciones democráticas y liberales, el mismo incremento material sólo debido á la avenida europea, sean factores absolutos de grandeza nacional.
Pero, la duda no se prolonga. Con sumar mentalmente á Santiago con Valparaíso y compararlas á la sola Buenos Aires, renace la convicción de que ésta representa un esfuerzo civilizador que supera al de las otras agrupaciones urbanas de la América latina. Todos los extravíos pasados y presentes, lejos de aminorar este resultado, acentúan su importancia: si á esto se ha llegado luchando contra la corriente ¿qué no hubiera sido ayudándose con ella? Un lapso de medio siglo no es más que un día en la vida de los pueblos; y también es probable que se cumpla en sociología la ley biológica que proporciona el tiempo y los trabajos de la gestación á la longevidad é importancia del organismo engendrado. Volviendo entonces al punto departida, se descubre que el inmenso desierto argentino es la condición necesaria de esos colosos fluviales del Paraná y del Uruguay, depósitos de las grandes vertientes continentales, en cuyo seno se absorberían los Aconcaguas y Biobios sin alterar su nivel[1]. Por fin, sin dejar de aplaudir el espíritu de orden y economía que tan admirable partido ha sacado de un arroyo mediocre, se piensa que la misma corriente mendocina que vimos perderse en una travesía, embebe el subsuelo pampeano y contribuye á formar ese mar dulce que surgirá más tarde bajo la sonda del agricultor, continuando en otra forma y á la distancia su obra interrumpida de fertilización ...
Además de este concepto fortuíto, el viajero penetra en Chile con un conjunto de nociones más ó menos exactas, desprendidas de sus lecturas é informaciones anteriores. Al pronto, todo ello se aglomera para constituir un juicio a priori, provisional y fluctuante en los detalles. Esta hipótesis debe quedar flexible y rectificable; sin adelantar conclusión definitiva, sirve sobre todo para concretar las primeras impresiones confusas en torno de su núcleo consistente, del propio modo que un tronco de árbol en un delta favorece y activa el sedimento aluvial.
Puede escribirse de un país extranjero después de residir en él varios años, viviendo mezclado é interesado el escritor en la evolución colectiva, estudiando sus accidentes externos é internos, respirando largamente la atmósfera nacional hasta conocer al pueblo y su territorio en su historia, en sus órganos vitales y sus manifestaciones significativas. Parece que este método fuera el único practicable y legítimo; lo es, en todo caso, para escribir un libro de conjunto y dejar un documento duradero, si no definitivo. El método del viajero es casi fatalmente incompleto y superficial. Puede, sin embargo, no carecer de utilidad, y hasta suele contener un elemento precioso, casi siempre debilitado por la estancia prolongada: el choque vivo y directo del contraste. Esta impresión instantánea y sincera, en que se procede por comparación explícita ó sobrentendida, logra adquirir un valor inapreciable, si es analizada inmediata y escrupulosamente por un espíritu reflexivo. La sensación diferencial es la más espontánea y segura de todas; todas las otras sensaciones pueden ser ilusorias, pero la que comprueba una diferencia contiene siempre un fondo de verdad. No son, pues, necesariamente frívolas y despreciables las observaciones del transeunte, siempre que se formulen con buena fe, apoyadas en algún conocimiento anterior del país recorrido y referidas á un término de comparación que no sea ni muy análogo ni harto distante.—No necesito decir que, en este rápido bosquejo de Chile, la base de referencia no ha de ser mi país natal, sino la República Argentina: tengo para ello todas las razones de utilidad práctica y de conveniencia especulativa. Sobre un breve resumen de datos y rasgos significativos, procuraré asentar un juicio hipotético, una conclusión provisional, que someteré luego á la contraprueba de mis observaciones personales. Aunque fugaces y fragmentarias, éstas serán relativamente probantes si concuerdan con la teoría. No creo que exista otro método para que la impresión casi repentina del viajero que no es un simple descriptor alcance alguna eficacia documentaria. ¡Ojalá el que aquí habla no carezca en absoluto de perspicacia, como no le faltan la conciencia y la sinceridad, para que la observación directa y material sea una buena piedra de toque de las inducciones sacadas de la geografía y la historia!
Entre los factores sociológicos, son primordiales los permanentes ó lentamente modificables: así el suelo y la raza. Son componentes del primero, además de la extensión y naturaleza del territorio, su configuración general y situación geográfica, que rigen su clima y producciones. Ahora bien, entre todos estos elementos, sólo uno es común á ambos países limítrofes; pero es tal su importancia, que basta por sí solo para señalar una línea indeleble de separación entre éstos y los restantes del continente austral. En el grupo de las repúblicas latino-americanas, Chile y la Argentina son las únicas comarcas de vasta extensión cuyo clima y latitud correspondan á los de la región central europea.
Esta zona favorecida es la que parece, en la actualidad, plenamente adecuada á la civilización que llamaré «secundaria». México y el Perú, por ejemplo, han debido ser, por sus condiciones naturales, los asientos de la civilización primaria en América, lo propio que el Egipto y la India en el viejo mundo.—No es imposible, por otra parte, que en un porvenir lejano se establezca sobre las ruinas de la actual otra civilización «terciaria», más independiente del calor solar y del medio ambiente, y cuyos límites se extiendan hacia las regiones glaciales del norte y del sud. Pero, en el período presente y el futuro divisable, es evidente que los órganos complejos de nuestra civilización, fundada en la división del trabajo y las concurrencias nacionales, no se desarrollan y funcionan plenamente sino allí donde el clima intermedio y tonificante torna productiva la labor material y estimula el ejercicio del pensamiento. Con la identidad originaria de la raza europea,—muy modificada ya,—la analogía geográfica es, pues, el primer elemento común á la Argentina y Chile. Casi todos los otros son diversos, si no antagónicos; y ello ha bastado para crear, en tres ó cuatro generaciones, dos variedades sociológicas americanas profundamente distintas. Empero, y desde luego, no parece dudoso que en el continente sudamericano la hegemonía deba pertenecer á los dos pueblos favorecidos.
Para una población sensiblemente igual, que hoy mismo no alcanza á tres millones de nativos, la superficie de Chile (deduciendo las recientes anexiones) es la sexta parte de la República Argentina. Ahora bien, en el sentido americano, lo que significa la expresión organizarse nacionalmente, es, ocupar realmente el suelo bajo el triple aspecto demográfico, político y económico: abreviando las distancias despobladas y reduciendo los desiertos baldíos, multiplicando, por fin, las agrupaciones urbanas, ganglios sociológicos depositarios de la riqueza y transmisores de la civilización. La empresa acometida por uno y otro pueblo, durante el medio siglo de su evolución decisiva (1825-1875), ha sido, pues, tan desigual como la de dos propietarios que, con recursos presentes casi iguales, resolviesen amueblar y sostener sus casas respectivas, teniendo la una seis veces más capacidad y departamentos que la otra.
Así, desde el principio de la Independencia, el formidable problema de la organización nacional se ha planteado de una manera incomparablemente más accesible y resoluble para Chile que para la Argentina. En tanto que su medianía territorial (sin vedarle, como al Uruguay, las grandes ambiciones patrióticas) facilitaba una relativa condensación demográfica en los valles productores, su enorme alejamiento de Europa disminuía singularmente sus aptitudes como país de colonización. Á trueque de esta causa de lentitud en el desenvolvimiento económico podía alcanzar un grado mayor de homogeneidad y cohesión en su estructura social. El principio y el fin de cualquier estudio comparativo entre ambos países está resumido en esa última frase; todo lo que precede y seguirá no es sino su comentario.
Al hablar de la raza chilena, no debe confundirse la clase dirigente con la masa popular: si aquella capa superior es análoga por su origen á la correspondiente en las otras repúblicas hispano-americanas, no así la muchedumbre suburbana y rural. Al paso que la infiltración europea—fuera de la española primitiva—era muy escasa en el grupo superior chileno, es bien evidente que en la masa popular su mezcla infinitesimal no merece tenerse en cuenta. El dato demográfico que debe dominar constantemente todo paralelo entre estos pueblos limítrofes, es el siguiente: según el último censo de 1885, Chile contaba entonces, en todo su territorio, 26.241 europeos; ahora bien, ¡en el solo quindenio de 1871-1886 se han establecido en la República Argentina 650.000 extranjeros! Epilogad y reducid cuanto queráis: el rasgo diferencial queda indeleble, y es tan significativo que, lo repito, debe anteponerse á cualquiera otra consideración sociológica. Durante el solo año de 1884, por ejemplo, la Argentina se anexaba por la pacífica inmigración un número de agricultores europeos mayor que el de los peruanos y bolivianos amarrados á Chile por los resultados de la guerra. Admitiendo que ambos grupos anexos se hayan reproducido en proporción igual: ved ahí, por una parte, un contingente de chileno-peruanos, y por otra, un grupo igual de argentino-europeos, agregados al núcleo nacional respectivo: la consecuencia no ha de ser idéntica.
Es así como las leyes naturales de territorio y situación han creado las variedades sociológicas que con el tiempo, factor omnipotente, tendrán que acentuarse más y más. Mientras que la Argentina podía esperar los resultados de su evolución social por la mezcla é infiltración europeas, en Chile la necesidad desarrollaba en el propio seno, y casi con los solos elementos nativos, las aptitudes industriales, las virtualidades materiales é intelectuales, que forman la compleja estructura indispensable para la vida de un moderno organismo político. Siendo Chile una faja «de gran longura» y mediocre extensión entre la cordillera y el mar, tuvo su pueblo que procurar laboriosamente su desarrollo, ocupando la costa, surcando el océano civilizador, atacando la montaña receladora de tesoros ocultos, apropiando, por último, la zona intermedia y los valles centrales á la alimentación del grupo entero. Todo fachada sobre el Pacífico, ha sido marino, dedicado al tráfico internacional, y, á las veces, preparado para las conquistas litorales; al hacerle minero, la cordillera, que protegía su espalda é invadía su territorio escaso, le impuso también la obligación, como le enseñó los medios, de cultivar intensamente el suelo ingrato, abriendo sendas y canales, cortando, cavando, nivelando, luchando victoriosamente con la estéril arena y la roca enemiga. El aislamiento y la pobreza, por fin, acostumbrándole de antiguo á bastarse á sí mismo, fomentaron su tendencia fabril; y este propietario de las islas de Juan Fernández parecía en verdad predestinado á realizar en América el tipo nacional de Robinson. Agricultor, marino, industrial: sin influencias externas ni mezclas exóticas, ascendió rápidamente á una situación sociológica superior á la de otros pueblo más ricos, casi exclusivamente pastores ó expendedores de productos preciosos.
Al propio tiempo que las leyes permanentes de la raza y del medio delineaban los rasgos fundamentales de la fisonomía chilena, la ausencia de la gran inmigración europea, innovadora y perturbadora de la tradición, permitió conservar casi intacto el edificio colonial, sin más que cambiar la inscripción de su portada. La revolución chilena quedó exterior en sus causas y sus efectos: un ejército argentino cortó definitivamente el cordón umbilical que ataba la colonia á su metrópoli; y esta rápida operación, lejos de arrasar con lo existente lo mantuvo en pie, reduciendo el cambio de estado á un acto de emancipación y á la toma de posesión del país por los nativos. El dictador O’Higgins casi pudiera creer que recibía y administraba la herencia política de su ilustre padre, el fundador de Santa Rosa y Vallenar. Todo concurría, pues, á perpetuar la dualidad originaria del pueblo chileno: una clase dirigente en la punta de la pirámide, una masa anónima y sumisa abajo, con una faja de separación casi insalvable: así, en el cerro de Aconcagua, la zona amorfa de arenisca impide que se confunda el conglomerado de la base con las estrías del vértice. De suerte que, después de un breve extravío democrático y un experimento único de federalismo que produjeron la anarquía y bastaron á demostrar su falta de adecuación, elaboróse una constitución resueltamente centralista,—tan poco democrática, que las dos fracciones del grupo dirigente se han sucedido en el poder sin alterar la forma constitutiva; tan poco republicana en el fondo, que las facultades del presidente, unidas á la reelección indefinida—antes de la reforma de 1871—y á su irresponsabilidad inmediata, eran más importantes y absorbentes que las de un monarca constitucional.
Conviene insistir en este consorcio armónico de la raza y la estructura originaria con las circunstancias y las instituciones políticas, en esta feliz apropiación del pueblo chileno al medio ambiente, porque ello da la clave de esa evolución ulterior, que, con la colonia más lejana y pobre del dominio español, ha hecho al pueblo más civilizado y fuerte del Pacífico: á la nación que en cincuenta años de labor incesante y administración honrada, tenía ya alcanzada la legítima hegemonía moral en esta vertiente de los Andes, mucho antes que la conquista militar le agregara su sanción brutal. Votada sin grandes disidencias, después del sangriento conflicto que diera el triunfo al partido conservador, la constitución unitaria del año 33 ha quedado subsistente en sus grandes lineamientos, precisamente porque no era más que la consagración legal del orden político históricamente establecido. La accesión al poder del partido liberal no ha sido la señal de destrucción de la constitución conservadora: han bastado algunas reformas parciales y paulatinas para completar su adaptación. En lugar de las veinte constituciones de papel que, en el pueblo vecino, se volaban arrebatadas por cada tormenta anárquica, se ha podido aquí, una vez por todas, esculpir en el granito la carta fundamental; porque ésta no era una concepción artificial y postiza, una ley teórica encargada de modelar las costumbres de todo un pueblo, sino la reglamentación de los hábitos y tendencias seculares. Es posible que el molde ideado ó copiado por los legisladores argentinos fuera superior al chileno; pero éste fué hecho por medida y, sin esfuerzo ni sufrimiento, han podido vaciarse en él las generaciones sucesivas.—Una población centralizada y relativamente compacta; un grupo superior apoyado en el clero católico, muestra y modelo de las jerarquías, y apoyando á la vez sus pretensiones tradicionales; un gobierno elegido periódicamente en la sola clase privilegiada, rica y noble, que llevaba al poder sus tradiciones domésticas de honradez administrativa, y que no podía buscar en el mando la fortuna ó la satisfacción vanidosa que poseía desde la cuna; la existencia originaria de dos partidos antagónicos, pero extraídos de la misma clase superior y cuya rivalidad abierta era menos un peligro que una garantía; abajo, la muchedumbre innominada, vinculada al terruño, á la mina, al taller, sin más sentimiento común con la aristocracia que el mismo patriotismo exaltado é intransigente, tan pujante en el patricio que sacrifica fortuna y vida por la grandeza nacional, como en el roto humilde que vierte su sangre por una tierra que nunca le perteneció, y pelea por instinto de raza como sus antepasados del Arauco: tales son las grandes estratificaciones de la masa chilena, que la organización política y la historia han contribuído á solidificar.
No hay aquí espacio ilimitado, ni horizonte misterioso y tentador; nada, por tanto, que se parezca á la libre y feliz vagancia del gaucho argentino en sus desiertos pampeanos ó en sus montes «arribeños». Cada hombre del pueblo nace obrero, inquilino, peón, roto del campo ó del suburbio; todos tienen patrón, son moléculas de un fragmento compacto, pertenecen á una gens urbana ó territorial. Para mantener incólume contra la infiltración externa tan anticuado edificio, no bastaban los tradicionales hábitos de sumisión, fomentados por las supersticiones y la ignorancia popular, hasta hoy tolerada fuera de las ciudades: era necesario que todas las influencias ambientes y todos los resortes internos conspirasen al mismo fin. Por el lado extranjero: la distancia de Europa, la pronta ocupación del suelo, la escasez de buenas tierras disponibles y el desarrollo industrial criollo, mantenían desviada hacia el Plata la gran corriente inmigratoria é impedían la formación de una numerosa clase media; por el lado popular: la raza enérgica, el clima tonificante, la labor penosa de la montaña y del mar habían forjado una masa proletaria sufrida y ruda, capaz de disputar el suelo al inmigrante agricultor ó sostener contra el obrero europeo la lucha por la vida,—instrumento excelente en la guerra como en la paz, siempre que su arrojo brutal encontrara el saqueo como premio y corolario de la victoria, y se le permitiera devastar las comarcas opulentas que sus dueños enervados ó disolutos no sabrían defender. Por el lado dirigente, por fin: junto al lujo, á las pretensiones nobiliarias, á las distinciones de clase, á los mayorazgos y las vinculaciones, á las preocupaciones de raza y religión, á todas las vanidades prestigiosas que van desapareciendo,—han subsistido las verdaderas condiciones y salvaguardias de las aristocracias: el voto restricto; la ilustración y la autoridad moral; los grandes fundos productivos; la concentración del grupo gobernante en una capital mediterránea, lejos del contacto europeo y comercial; la ausencia casi completa de clase media, por exclusión, no como en otra parte, por confusión y mezcla de los rasgos sociales. Tal es la fuerte organización histórica que ha hecho al Chile actual, ó más exactamente al anterior á las últimas guerras: es decir, al primer pueblo de Sud-América, si se tuviera sólo en cuenta el desarrollo normal y la estructura coherente de la nacionalidad.
Advertid que este pueblo ha llegado al período adulto antes que todos sus vecinos, bastándose á sí propio casi completamente en su territorio, primitivamente el más pobre del dominio español. Ha creado con su propia substancia ó la rápida é inteligente iniciación, su administración moralmente ejemplar, su ejército y su marina, cuyas campañas han despertado la atención del mundo; sus industrias mineras y agrícolas, durante un medio siglo de orden interno que le ha conquistado en los mercados europeos, antes que la gloria militar, esa gloria económica que se llama el crédito. Además, ha llevado á las especulaciones más altas y desinteresadas que constituyen propiamente la civilización, sus cualidades nativas de conciencia juiciosa y paciente laboriosidad. Sin duda, hanle faltado, no sólo el genio, la llama sagrada, la originalidad soberana,—como á los otros pueblos americanos,—sino la gracia elegante y el mismo gusto artístico: el numen de Bello, descolorido y frío como el agua, ha presidido á sus inspiraciones. Pero en las ciencias aplicadas, en la historia y en el derecho ha seguido con paso mesurado y seguro las huellas de los maestros. Su propia escuela de pintura y escultura revela cualidades y aptitudes de disciplina poco comunes en América. Sus Facultades profesionales é Institutos superiores ó secundarios parecen igualmente dignos de aprecio por su administración y sus estudios. En suma, este país posee en pleno desarrollo todos los órganos necesarios al funcionamiento social: los que han quedado embrionarios ó faltan por completo no son indispensables. No está demostrado que una nación, aun en América, tenga que ser una democracia ateniense, ni siquiera una república; y si Chile hubiera de continuar siendo una aristocracia utilitaria más ó menos abierta, convendría estudiarlo imparcialmente desde ese punto de vista, sin tener desde luego por inferioridad lo que sólo revela al pronto una diversidad.
Las líneas generales y las deducciones abstractas no pueden forzosamente representar más que el esqueleto de un organismo tan vasto y complejo como lo es una sociedad; no dan cabida á los accidentes que alteran más ó menos profundamente el trazado teórico de la historia. En anatomía y fisiología, por ejemplo, se dibuja el esquema rectilíneo de un órgano ó aparato para explicar con eficacia mayor sus formas ó funciones; la «fisiognomonía» caracteriza el juego de los músculos expresivos de las emociones con rasgos precisos y rígidos, bosquejando una cara humana con cuatro ó cinco rectas esenciales: claro está que con ello no se pretende representar la imagen exacta y compleja de una fisonomía ó de un órgano, los cuales jamás contienen el elemento rectilíneo. Lo propio ocurre en estos ensayos de síntesis sociales: se acentúa un rasgo característico y se omiten los accesorios, en gracia de la sencillez y brevedad, pero sin pretender á la semejanza completa. Además, en estos bosquejos provisorios, es fuerza fijar é inmovilizar un estado general correspondiente á un período preciso y significativo, descuidando las lentas deformaciones que son obra incesante del tiempo y constituyen la evolución de un grupo nacional.
Por distante y aislado que estuviera, Chile no vivía solo en el continente: de ahí ciertas influencias y modificaciones que nacían de las infiltraciones vecinales, cuando no de las guerras de invasión ó conquista. Á pesar ó en razón misma de su concentración mediterránea en lo político y social, no podía dejar de fomentar el movimiento comercial europeo que le traía los elementos vitales de que carecía, en cambio de las materias primeras, cuya explotación y exportación eran su fuente de recursos: de ahí el desarrollo material de Valparaíso y demás ciudades litorales, cuyo contacto y corriente exótica introducían en la masa colonial un fermento transformador. Entre Santiago y Valparaíso la diferencia de naturaleza era tan profunda, que debía mantener vivo por mucho tiempo el antagonismo. Irresistiblemente, la «democratización» había de penetrar por la vía marítima; y la comunicación con el extranjero ó la incorporación del forastero al grupo nativo tenía que crear la clase intermedia, contigua al pueblo por su origen humilde, mezclada á la aristocracia nativa por su fortuna. Activarían este movimiento «igualitario» la difusión inevitable de la educación, las propagandas del libro y de la prensa, los compromisos y promiscuidades imprescindibles de las contiendas electorales.—Por otra parte, las consecuencias sociales de las dos últimas guerras, exterior y civil, serán probablemente mucho más considerables que las políticas. Podría desde luego demostrarse que la primera ha traído á la segunda; y que la militarización, unida á la brusca inflación de las rentas fiscales por la anexión del territorio salitrero, ha generalizado el espíritu de ambición y aventura, junto al gusto del agio y de las satisfacciones materiales en una proporción antes desconocida. Sin aceptar las exageraciones é injusticias partidarias, creo que la administración Balmaceda señala un acceso de megalomanía nacional, fomentada por el gobierno, pero cuyos estragos morales sobrevivirán al desgraciado dictador. ¡De esa convulsión terrible no es sólo el papel de banco el que sale quebrantado! Tal vez la misma conquista peruana contenga el desquite futuro de los vencidos, y, guardadas las proporciones, pueda aplicarse en cierto modo al vencedor el verso terrible de Juvenal:
Luxuria incubuit, victumque ulciscitur...
Todo ello, y mucho más, habría de considerarse en una síntesis de la sociología chilena, para redondear los ángulos agudos de una apreciación tan somera como la que vengo ensayando. Sin embargo, todas las variaciones adventicias no alcanzan á destruir los caracteres fundamentales y específicos. Si los elementos arriba indicados son realmente característicos, tienen que ser duraderos, aunque no absolutamente fijos; y á despecho de todas las modificaciones subsiguientes, Chile debe aparecer en conjunto al observador imparcial, tal cual he podido inducirlo por su historia evolutiva que nuevamente resumo. Políticamente: un pueblo centralizado, con un poder ejecutivo predominante, una clase dirigente emanada de la aristocracia de raza y fortuna territorial. Socialmente: un pueblo amigo del orden y sometido á la autoridad legal, con fuerte estructura orgánica y todas las cualidades y defectos de un patriotismo exagerado, casi español; práctico por el espíritu y la conducta; probo y severo en su administración; con horizontes intelectuales proporcionados á los materiales; concienzudo, laborioso, perseverante; económico, primero por necesidad y luego por hábito. En suma, una nación más intrínsecamente completa que sus hermanas del continente,—es decir, que ya ha pasado para ella el período de mayor crecimiento;—predestinada por su organización y fibra viril á ser vencedora de su vecina del Pacífico, cuya riqueza al alcance de la mano era una tentación tanto más irritante cuanto más segura era la presa. Un pueblo de tanta sensatez nativa, sin embargo, que contempla él mismo y confiesa ya la influencia perniciosa de la conquista, y que, prudente en los límites del honor nacional, parece sincera y verdaderamente curado de nuevas veleidades invasoras.
En sus grandes líneas fisonómicas, tal había visto al pueblo chileno antes de rozarme con él. Si, lo repito, mis inducciones son exactas, han de concordar con mis actuales observaciones. Bien sé que no he podido verlo todo ni estudiar nada bien; por más que en un país centralizado el estudio de la capital sea de importancia incomparable, comprendo que éste no basta, aunque le agregue rápidas correrías en los departamentos vecinos y algunas visitas á Valparaíso y demás pueblos litorales del tránsito. Con todo, los sondajes esparcidos en una vasta extensión del país y multiplicados en su centro pueden suministrar una base no despreciable para el estudio. No pueden tacharse de erróneas las conclusiones por el mero hecho de no corresponder sino á una proporción muy reducida de experimentos parciales respecto de la totalidad. Si hay mil bolillas de diversos colores mezcladas en una urna, y, extrayéndolas al azar, se obtiene una serie de diez bolillas iguales, puédese afirmar matemáticamente, sin más averiguación, que las de dicho color constituyen la inmensa mayoría.
En las páginas siguientes presentaré al lector algunos resultados de mi extracción.
II
CHILE
EXPERIMENTOS Y COMPROBANTES
Como un islote en una laguna, el cerro de Santa Lucía levanta en el corazón de Santiago su cono basáltico, frenéticamente adornado, tallado, acicalado, compuesto y descompuesto por el ilustre intendente Vicuña Mackenna, cuyo mayor defecto, así edilicio como literario, no fué precisamente la sobriedad. Esta giba municipal es el orgullo de los santiaguinos; todas las descripciones del país celebran la octava maravilla; no hay compendio escolar que omita su mención; y si os toca, al apearos del tren de los Andes, la fortuna de caer en brazos de un amigo chileno, tened por cierto que allí será la primera estación. Es la visita de etiqueta y estreno; pero se la repite cuatro ó cinco veces en una estancia de tres semanas. Hay un teatro de verano con su palpitante repertorio de zarzuela española, una terraza en belvedere, un restaurant francés servido á la chilena ¡todos los atractivos! Por fin, después de conocer la ciudad y sus alrededores, si queréis, al despediros, resumir en una hora veinte días de impresiones fugitivas, volved solo, una tarde, á trepar el peñón de Huelen. No hay observatorio más sugestivo: los accidentes del paisaje cobrarán ahora su real significado, como que serán efectivamente otros tantos signos materiales de ideas allí anidadas, síntomas visibles de una tendencia social y, para el transeunte, como el toque de llamada de las sensaciones dispersas.
Este mismo cerro, desde luego, es un precioso documento. Nada extraño sería que hubiera perpetrado su afeamiento arquitectónico un improvisador incoercible; lo importante es que tal adefesio haya sido consagrado como una reliquia nacional, hasta el punto de no poder criticarlo sin cometer un sacrilegio y ser declarado enemigo público. «De Santiago al cielo, y desde allí, etc.»: ya conocéis la fórmula. Hemos visto y veremos que tienen los chilenos muchas virtudes de perseverancia y energía impulsiva; pero la elegancia no es una virtud, ni el gusto una dependencia de la voluntad. Y en sus palacios de canto dorado, lo propio que en sus tentativas artísticas y preferencias intelectuales, notaremos tendencias parecidas á las que se ostentan en su querido peñasco.
Desde la rampa en espiral de su base hasta el mirador de su vértice, el cerro primitivo desaparece bajo una granulación postiza de piletas y rocallas, acueductos romanos con almenas medievales, grutas basálticas alumbradas con gas, precipicios de juguete con escaleras bien niveladas y molduras en las barandillas: un hacinamiento pretencioso al par que ingenuo de todas la cursilerías de cualquier estilo y edad, cuyo conflicto se continúa hasta en el contraste de la vegetación. Las enredaderas exóticas y sedientas se enlazan á los pimientos vulgares; por sobre los ingratos eucalyptus se erizan la cácteas, palmeras y demás plantas «literarias». Á guisa de puntuación de ese poema churrigueresco, pululan á cada paso las chucherías cerámicas odiosamente pintorreadas, las columnitas pseudo-griegas soportando jarros símili-etruscos y «monos» de baja alfarería. Ese baratillo ornamental evoca no sé qué recuerdos de vendedor de tutilimundi, cuyo ambulante escaparate se volcara en el jardín de un tendero romántico. Y el resultado de tanta orgía decorativa es pequeño, disparatado, mezquino, como un banquete de burgueses cicateros, un día de natalicio, cuando se echa la casa por la ventana. Á medida que se va subiendo, los contrastes grotescos se multiplican con verdadero ensañamiento. El cañón «de las doce», ó del merodiano, como dice mi cochero, queda tan cerca de la inevitable estatua de Valdivia, que me pregunto si no estará encargado de su disparo este ilustre inválido. Otra efigie, también vecina, la del obispo Vicuña, pariente del Cerrero mayor, parece bendecir la parroquia poco severa de las glorietas. Complemento patético: el zócalo de la estatua trae un soneto ilustrativo y firmado ... por otro pariente ¡naturalmente! ¿Quién duda que para ser buena, como dice el refrán, ha de ser la ... cuña del mismo palo? Por fin, el creador en persona no podía faltar á esta cita de familia: como para subscribir eternamente su obra maestra, que los trepadores no vacilarán en declarar de largo aliento, ha querido descansar en una capilla de la cumbre, que completa (geodésicamente hablando) la triangulación del teatro de tandas y del alegre fondín.—Desde el kiosko oriental que corona tanta belleza se contempla todo el valle de Santiago.
(Tal me ha parecido el famoso cerro de Santa Lucía. No hago por ahora comparaciones: declaro simplemente que, al lado de este desborde de lirismo municipal, me parecen austeras todas las grutas y cascadas de nuestros intendentes bonaerenses. Ello no se opone á que sea la pasión sincera de los chilenos, su nostalgia incurable cuando lo dejan de ver y, como tal, el verdadero «rasgo prominente» que el poeta argentino Domínguez debería mencionar, entre «el sol ardiente»—¡tan característico del Brasil!—¡y el imponente ombú de nuestra «pampa grandiosa»! Sospecho que algunos lectores argentinos y muchos chilenos encontrarán que, por esta vez, carezco de entusiasmo. Basta á mi conciencia honrada saber que hago lo posible por ver bien las cosas y describirlas como las veo. Otros habrá que me declaren lince cuando prodigo elogios, y topo cuando formulo críticas: y éstos siquiera serán ingenuos. ¿Cómo no escribir de vez en cuando cum grano salis, si es en viaje, sobre todo, donde un hombre de gusto recibe cien heridas por día antes de devolver una por mes?)
Magníficamente, en su doble circo de serranías, el departamento de Santiago se despliega á mis pies: en proyección casi vertical el centro de la ciudad; los suburbios, en aérea perspectiva que huye gradualmente, reducida y esfumada, hasta fundirse en la primera ondulación de la montaña. No me cuesta imaginar que, en una fresca mañana primaveral, después de un aguacero que cristalice la atmósfera, lave los edificios y lustre las verduras flamantes, el panorama ha de ser encantador, sin perder nada de su grandeza. Me toca contemplarlo en esta tarde de otoño, agria y ventosa,—excepción tanto más deplorable cuanto que casi todos los días pasados han sido de una serenidad ideal,—después de seis meses de sequía que han tejido sobre las cosas su telaraña gris y tendido en el espacio un velo de polvo flotante, que empaña con la misma tinta neutral las construcciones nuevas y viejas, los mustios follajes de la alameda y los siempre verdes del encinar, los frescos cuadros de alfafares y praderas al pie de las colinas cercanas y los pedregales de sus laderas. La sola Cordillera, en su eterna y sublime tristeza, desafía estaciones y accidentes de luz: llena todo el naciente con su rugosa escarpa pizarreña, estriada de aristas y quebradas. Como una corona de plata sobre una frente encanecida, un blanco festón nebuloso aguirnalda la cumbre nevada: y en esa zona intermedia entre el cielo y la tierra, se duda si la cresta es un cirrus congelado, ó si será la desflecada nube un jirón de nieve de la cornisa andina, arrancado al pasar ...
El aspecto de la ciudad es monótono y triste. Como un vetusto damero divisado al soslayo, extiende sus manzanas sucesivas, regulares y descoloridas, sus azoteas de balaustradas alternando con el punteado de los tejados y las canaletas del zinc. Casi todas las casas, aun en los barrios centrales, tienen amplitud colonial; los follajes de los patios y jardines rebosan de los techos rectangulares, remedando los ribetes de musgo entre las losas de un patio secular. Desde aquí las habitaciones apiñadas recuerdan, bajo su capa blanquecina, un rebaño de ovejas apretadas en un corral; de trecho en trecho, como un pastor de pie dominando los vellones grises, un campanario de iglesia se yergue en el espacio. Ninguna originalidad, ni siquiera la copia correcta de estilo alguno. He visitado las iglesias, y su vista lejana me trae reminiscencias de su interior. La mezquina y moderna linterna de la Catedral acentúa aún las desproporciones de la pesada nave jesuítica. Las torres italianas de Santo Domingo son tan destituídas de carácter como las españolas de San Francisco, ó las góticas de tal ó cual otro templo de confección. Hacia el norte, cerca del cerro Blanco, la Recoleta Domínica evoca sus suntuosidades advenedizas: innumerables columnas y revestimientos de mármol blanco, pinturas murales de belleza oleográfica, arañas y candelabros, vidrieras y bóvedas de lujo flamante, dorado en todas las costuras, de una «banalidad» insuperable ... Por lo demás, esta decadencia de la arquitectura religiosa no es achaque especial de Chile, ni de América; reina en el mundo entero y hace cumplir su ley fatal. Hace más de dos siglos que las iglesias nuevas no son sino postizos de cal y canto—cuando no de adobe embadurnado. El templo levantado sin creencia es una copia inanimada que ni á la belleza externa logra alcanzar. Nace viejo y prolonga su existencia ficticia; se asemeja á una coraza de gliptodon: está intacta la envoltura, pero no es más una piedra lo que fué un organismo vivo.
Aun á la distancia, se nota la escasez del movimiento urbano, la casi nulidad de la labor moderna. No hienden el aire las chimeneas de las fábricas, no desgarran el silencio los agudos silbidos de las máquinas, ni llegan, por fin, á esta altura los potentes rumores de las colmenas manufactureras que, en otras partes, roncan de día y de noche y semejan la vasta respiración del monstruo industrial.—Pasa al pie del cerro la magnífica Alameda, llena de follajes y estatuas, bordada de mansiones señoriales, prolongándose desde el Mapocho hasta la Estación central de los ferrocarriles: no es mucho más concurrida y bulliciosa que la principal arteria de Mendoza. Al este, el río que acabo de nombrar suelta dos ó tres hilos de agua en su profundo lecho canalizado, separando el barrio popular de Ultra-Mapocho del resto de la ciudad; en su margen izquierda el Asilo de la Providencia, para niños expósitos, oculto entre frondosidades, me trae el recuerdo de una visita dolorosa ... Delante de mí, la calle de Agustinas se abre hasta la quinta Normal, con sus hileras de casas uniformes, sus veredas estrechas y vacías, sin más animación que tres ó cuatro puntos negros que se arrastran en cada cuadra.—Pero la vista quiere alzarse y descansar una vez más en ese admirable horizonte que bastaría á salvar á Santiago del mustio achatamiento. Como inmensas olas del diluvio súbitamente petrificadas á la voz de un Dios, las hileras de colinas se suceden, dominadas por otras mayores que dejan ver al macizo principal por sus anchas escotaduras. Por sobre los hombros graníticos de los cerros de Navia, San Cristóbal y Apoquindo, las dos grandes sierras extremas parecen observar eternamente el valle de Santiago. Al norte y al oriente la clara transparencia del cielo crepuscular destaca deliciosamente los finos dentículos de la montaña. Hacia el sud nebuloso, la hoya central de Chile se abre sombría y vaga, cerrando su paso el San Bernardo, como fuerte destacado que custodia la entrada ...
Por vez postrera, sin duda, paseo una lenta mirada de adiós por la primera ondulación de la cordillera, donde se recuestan en verde anfiteatro las praderas cercadas de arboledas europeas, los ricos parques y viñedos de Ñuñoa, Macul, Peñalolén, cuyo recuerdo tan reciente vuelve hacia mí ya velado de tristeza. ¡Oh! ¡estas nuevas simpatías á cada hora tronchadas son la gran amargura de los viajes! ¡Algunos amigos viejos han traído á muchos recientes, y en todos ellos he hallado manos y hogares abiertos, hospitalidad generosa y cordial, las mesas de familia con su tibia atmósfera reconfortante! ¡Cuánto cuesta cumplir con el deber de amar la verdad por sobre todo y, al decirla, herir acaso corazones leales que se quisiera acariciar!...
El crepúsculo ha sido breve; no hace una hora que el sol ha desaparecido tras la sierra de la Costa que, ahora, se proyecta duramente sobre el cielo opalino; se ha hundido en ese Pacífico que mañana surcaré, solo y sin muchas ilusiones. Ya cae la noche, instigadora y cómplice de las debilidades enervantes. Me siento melancólico como una vieja romanza. Por sobre la cumbre de los Andes, la luna asoma su cara pálida ¡y quedo mirando la luna! Sin cuidarme de estar ó no ridículo, llego á pensar que algo me trae de la Argentina: un tenue reflejo de otros ojos que la están mirando también, allá por el Retiro, en una casita llena de niños. Y tanto, tanto miro que, al fin, creo que el «sereno» me ha nublado la vista ... ¡Ay! ¡pobre Mefistófeles! ¿qué se hicieron tus ironías?...
Chile vale más mirado de dentro que de fuera, y esto es particularmente cierto respecto de su capital. Santiago no es, en detalle, tan mediocre como en conjunto. Olvidemos las exageraciones del patriotismo de campanario; no reparemos en los textos escolares que enseñan á los niños chilenos la evidente supremacia de su nación sobre todas las hispano-americanas, y celebran la grandiosidad de Santiago y la «magnificencia de sus edificios particulares y públicos». Es la verdad que la República Argentina no posee, sin disputa posible, una capital de provincia comparable con las dos principales ciudades chilenas. Ni Córdoba puede equipararse á Santiago de Chile, ni mucho menos el triste Rosario á Valparaíso. La capital, especialmente, posee algunos edificios bastante notables. No incurriré en la vulgaridad de prolongar estos paralelos materiales, ni estoy aquí para informar sobre albañilería; pero puedo afirmar que el palacio del Congreso nacional, la Escuela de medicina y algunas otras construcciones modernas, harían figura honorable en cualquiera ciudad americana. No dejaré de mencionar la Quinta Normal con sus múltiples aplicaciones, científicas, artísticas—y culinarias;—la Alameda soberbia, poblada hasta el exceso de estatuas militares y civiles, el gran hospital de San Vicente y, para no ser ingrato, el parque Cousiño, cuyas frondosas arboledas humillarían á las de nuestro Palermo. Pero si, para los porteños inteligentes, es materia entendida que Buenos Aires es una gran ciudad sin monumentos ¿cómo queréis que reservemos nuestra admiración para edificios como la Moneda, la Universidad, los bancos y teatros, las bibliotecas y colegios, los hospicios y prisiones, las iglesias y cuarteles—seguramente no superiores en general á los similares de allá, que reputamos insuficientes y provisionales? Algunas casas particulares son célebres por su lujo de construcción y amueblado ¡que las disfruten sus dueños y las admiren los snobs! Mientras existan los originales europeos, no tendré que celebrar sus copias americanas más ó menos correctas. Y seguro estoy de que algunas mansiones coloniales de aquella Lima, hoy arruinada y viuda de su antiguo esplendor, moverán mi sentido estético más hondamente que las opulencias allegadizas é importadas de ciertos palacios santiaguinos que no necesito nombrar y en los cuales, como diría Molière, abundan los «solecismos» de gusto y adaptación. Los grandes monumentos artísticos están en otra parte, allá donde se han desarrollado lentamente y florecido durante siglos las civilizaciones originales. Las naciones americanas son principalmente interesantes por sus sitios naturales, sus costumbres nativas en conflicto con instituciones más ó menos adventicias; y secundariamente por aquellas realizaciones materiales que son síntomas reveladores de su evolución política y estructura social. Á este respecto, la visita de algunas haciendas y fundos rurales es infinitamente más significativa que la de las «casas romanas» y «alhambras» de la capital.
En las puras democracias, es casi inevitable que la formación ó estructura urbana se extienda y predomine gradualmente sobre la rural. Durante mucho tiempo, puede, sin inconveniente y aun con provecho general, suceder lo contrario en las aristocracias. Desde este punto de vista, Chile y la Argentina se encuentran respectivamente en la misma situación que Inglaterra comparada con Francia. Entre nosotros, años hace que un gran «estanciero» ó agricultor no pasa sino por excepción algunos meses en su propiedad de campo. Dirige la explotación un mayordomo; los empleados y peones casi no conocen al verdadero patrón, que gasta en la capital—ó en Europa—el producto de la hacienda. No siendo dicha propiedad un punto de residencia habitual y, por otra parte, hallándose regularmente á distancia considerable de Buenos Aires, es natural que la casa é instalación sean provisionales y apenas confortables. Aquí las condiciones son muy diversas. La estrechez del territorio productivo aproxima las distancias, al par que la mediocre extensión de los fundos permite multiplicarlos en el mismo valle. Siendo terrenos de cultivo y regadío, es decir, de producción intensiva y valiosa—viñas, cereales, forrajes, etc.—su explotación es obra complicada y minuciosa que requiere la presencia del dueño y su inmediata vigilancia. Agregad á ello que el fundo es un feudo: la base y justificación de la estructura social, una morada estable así para el señor como para los siervos. De ahí que las haciendas rústicas chilenas sean, por lo confortables y hasta opulentas, verdaderas residencias «dominicales», habitadas gran parte del año por el propietario y su familia, que casi siempre han viajado en Europa, visitado á Francia, Alemania y sobre todo á Inglaterra, la gran escuela de la vida rural. Esta faz, con la minera, es la más interesante y característica de Chile. Lujo de ciudad, importado y chillón, lo hay en todas partes, y singularmente en las «tierras calientes». Lo que me parece propiamente chileno, es la sana y amplia existencia del gentleman farmer americano, en su fundo de viñedos y alfalfares surcados de acequias, con sus bodegas provistas de todos los aparatos de vinificación científica usados en Francia, disfrutando con su familia, en su casa llena de muebles, tapices, cuadros y libros, y rodeada de parques y jardines, todas las ventajas de la civilización urbana sin sus inconvenientes morales y físicos.
Esta faz social de Chile, lo repito, bastaría á revelar su estructura fundamentalmente aristocrática. Hay muchos otros rasgos que lo confirman. Algunos, como la educación pública, la vida política é intelectual, las preocupaciones de casta y religión son visibles á la distancia; otros son más íntimos y requieren observación directa: así, los gustos, las tendencias generales del carácter, las manifestaciones pasionales del individuo y de la colectividad. Estos son los más difíciles de determinar porque son los más importantes. Es facilísimo comprobar, por ejemplo, que la prensa periódica no ha salido aquí de la infancia, en cuanto á difusión é instrumento de información é influencia. El número de periódicos para todo el país es casi la mitad del nuestro; pero la circulación diaria total no excede por mucho la de un gran órgano platense. Su material es indigente; todos ellos se copian mutua y cándidamente; la misma noticia gira durante una semana, indefinidamente repercutida. La explicación es evidente: entre la clase dirigente, que es un grupo, y la masa popular que no sabe leer, falta á la prensa la inmensa clientela de la clase media.
¿Queréis ver confirmada esta última aserción, y comprobar la convergencia de ambos rasgos sociológicos? Observad el organismo educativo, y, desde luego, las estadísticas, que no acepto sino en globo y por sus totales más interesantes. En tanto que las cifras relativas á la educación superior y secundaria son en Chile mayores que las correspondientes en la Argentina, las estadísticas de la instrucción primaria revelan un cuadro exactamente opuesto. De las sumas respectivas, resultaría que las matrículas primarias alcanzan aquí á la mitad de las nuestras; pero si se consideran otros factores concurrentes, y especialmente la asistencia, creo que un tercio sería la proporción real. En cuanto á la calidad de la materia educativa suministrada, sería temeraria cualquiera afirmación categórica: pero si es posible extender á la totalidad los rasgos de una parte central, inducir el fondo por la superficie, la clase de enseñanza por el valor de algunos profesores, y el trabajo de los alumnos por el aspecto disciplinario del establecimiento, creo que también deben admitirse las diferencias cualitativas en el mismo sentido que las cuantitativas. La educación media y universitaria ha de ser más sólida aquí que allá; la común y normal decididamente inferior. Repito que estas apreciaciones son meramente conjeturales, casi instintivas, nacidas de impresiones forzosamente superficiales y fragmentarias. Además, la seguridad de ser leído en Chile me obliga á mantenerme en la vaguedad; no me resuelvo á precisar qué lecciones he oído, qué conferencias me han parecido deficientes; y no pudiendo torcer le verdad, prefiero omitirla.—La exacta justicia es posible con las colectividades, ó con ciertas individualidades cuyas obras y actos admiten de suyo la discusión. ¿Cómo sacar á la luz pública y en són de crítica á un modesto empleado, á un honrado profesor que se esfuerza quizá por ser irreprochable y tiene la ilusión de conseguirlo?
Existe, por otra parte, un criterio indirecto para apreciar la eficacia de la educación secundaria y superior de una nación; es el método evangélico: «por sus frutos los conoceréis». Fuera de las aptitudes personales, cuya selección se hace sin intervención extraña, hay un promedio de ilustración general, que se manifiesta en la prensa, en las revistas especiales, en la cátedra, en el parlamento,—y que puede tenerse por el producto directo de la educación. Agregando á lo que ya conocía, lo que en estos días he logrado colegir, creo poder ratificar la conclusión arriba formulada. Hay conciencia, estudio, aplicación en el vario ejercicio del pensamiento: pero este pensamiento en sí mismo carece de tendencia propia, de originalidad. La fibra nerviosa es sana y enérgica: no tiene espontaneidad. Ahora bien, esta irritabilidad delicada y espontánea es lo que se llama talento.—Pero un pueblo puede cumplir su evolución y ocupar dignamente su rango en la historia, sin que abunden en sus generaciones los hombres de talento original; así, la Suiza y, en cierto modo, los enormes Estados Unidos. Es verdad que los hábitos de estudio y conciencia científica no constituyen más que una asimilación; pero esta atmósfera intelectual es una condición de vida y fecundidad para los genios posibles. Otros países hay donde un espíritu superior que accidentalmente apareciera no podría desarrollarse por la inferioridad del medio circunstante. En Chile, el terreno está preparado para recibir al genio nacional que hasta ahora no ha surgido.
¡Dualidad extraña y al parecer contradictoria! Ese pueblo de fibra tan enérgica, ese conquistador lleno de audaz arrojo para la acción, se muestra en la especulación intelectual el más sumiso y tímido de los discípulos. Ha pedido á la Europa y á esta misma América sus iniciaciones diversas—á semejanza de sus antepasados coloniales que enviaron al Cuzco por civilización: ha oído las lecciones de Gay, Domeiko, Philippi, Courcelle-Seneuil, Bello, fuera de la pléyada argentina de la emigración que ilustró á Santiago, después de desbastar á Copiapó. No parece sino que esta prolongada influencia debiera imanar para siempre el acero nacional. Pero nada de esto ha sucedido: los sabios que desaparecen dejan un semillero de excelentes discípulos, juiciosos y aplicados, entre los cuales ninguno ascenderá á maestro. En la minería, que tanto han practicado, muchas modificaciones y procedimientos felices son chilenos—pero debidos á un ingeniero francés ó un boticario alemán aquí establecido. El vuelco favorable de su guerra con el Perú es en parte debido á la oportuna captura del Huáscar en Punta Angamos; ahora bien, un chileno me afirma que esa captura se hizo posible porque hubo en Valparaíso un extranjero que descubrió este huevo de Colón: limpiar los fondos del Blanco y del Cochrane, en pocos días y sin dique de carena, devolviéndoles así su perdida velocidad.—No son inventores en ramo ni grado alguno, porque no llegan jamás á dominar su materia con despreocupación y desdén de las fórmulas doctrinales. Magister dixit: tal es el principio y el fin de su sabiduría. Su actual discusión por la prensa nacional de la cuestión económica, es un «entrevero» de citas escolares: atribuyen á causas artificiales la desestimación de su moneda fiduciaria, en lugar de buscarla cada cual en el desequilibrio de su presupuesto casero, en el gasto superior á la producción,—lo mismo que entre nosotros,—á la baja de sus productos mineros, al desarrollo de la importación improductiva. Creen todavía en la anticuada majadería de Bastiat contra la «balanza del comercio» ó, despistados por el equilibrio aparente de su debe y haber, obtenido merced á la enorme partida de los salitres, no alcanzan á ver que esa exportación es ficticia para el país y sólo real para el fisco. En realidad, respecto de Chile, la situación económica no hubiera variado en absoluto si, en lugar de poseer á Tarapacá, impusiera á su legítimo dueño una contribución de guerra igual al producto fiscal de las salitreras. Fuera de la cuestión muy secundaria de los brazos chilenos allí empleados, es, pues, evidente que la exportación anual del nitrato de sodio podría subir de 20 á 40 millones de quintales y representar una entrada fiscal dupla de la actual, sin que la condición económica del país se modificara sensiblemente: no es producción nacional. En consecuencia, ¡se está clamando por una nueva discusión de la tesis en el Congreso reunido extraordinariamente, y por la promulgación de una ley que tenga la virtud de equilibrar el presupuesto de los que gastan más de lo que producen, y reciben mucho más de lo que envían á la Europa tutelar!
Esta tendencia intelectual á contentarse con las causas segundas y cobijar las opiniones propias bajo la garantía de una autoridad, se hace perceptible en todas las direcciones del pensamiento chileno. No siendo caso de una crítica personal, creo que puedo, sin faltar á las reglas de conveniencia que me he impuesto, aludir á una conferencia á que he asistido en la Escuela de medicina. Se trataba de una lección inaugural, ante alumnos ya casi médicos; la competencia profesional del catedrático no es para mí dudosa—agregaré que, lejos de ser un práctico estrecho, es un espíritu abierto á las múltiples manifestaciones del arte y la literatura; él mismo me había invitado á su clase y, por fin, el campo que se iba á recorrer previamente, antes de explorarlo en sus detalles, era esa región perturbante y crepuscular de las neurosis, á cuyo estudio ningún pensador moderno puede quedar extraño ... Esperé una exposición filosófica de la materia mas obscura y temerosa de la ciencia, una crítica elevada de los métodos todavía tan vacilantes, de las conclusiones tan conjeturales aún, de los resultados terapéuticos, tan caprichosos y contradictorios como las mismas entidades mórbidas acometidas.
Sin preámbulo ni resumen alguno, sin ensayar siquiera una clasificación, el profesor entró en materia con la descripción de la ataxia locomotriz: causas, pródromos, antecedentes precursores; hizo entrar á un enfermo, pidióle que contara su historieta, comprobó en él los síntomas clásicos, marcha, pupila, reflejo de la rodilla; después de una alusión al «pansifilismo» de Fournier, prescribió el tratamiento correcto, como si fuera infalible—y cuando pensé que iba á comenzar, había ya terminado. Era la conferencia de apertura. Ni una mención de las grandes y terribles cuestiones provocadas por el estudio psicológico y social de los accidentes ó degeneraciones del mecanismo nervioso; ni una vacilación respecto de la certidumbre de la etiología y la eficacia del tratamiento. Allí no asomó la duda, que es el initium sapientiæ y la estampilla del verdadero espíritu científico. Para esos jóvenes estudiantes, se presenta el mar tenebroso de la medicina bajo el aspecto de un camino de hierro cuyos viajeros conocen de antemano el itinerario, desde el punto de partida hasta el término, con exacta indicación de las estaciones intermedias y su minuciosa filiación.
—¡Oh! ¡sabia desconfianza y prudente escepticismo de Claudio Bernard! ¡Ignorabimus fecundo de Dubois-Reymond!
Lo propio en el arte que en la ciencia. Años ha que concibieron el propósito extraordinario de adjuntarse, con gran refuerzo de estudios pertinaces y laboriosa constancia, una «Escuela normal» de bellas artes: trajeron pintores europeos,—entre éstos estaba indicado Monvoisin, correcto alumno de David, algo así como un Bello de la pintura convencional,—enviaron á Europa escuadras de artistas bisoños ... Nosotros siquiera tenemos el consuelo de que muchos de nuestros pensionados huelguen infatigablemente: éstos estudian, buscan, se aplican, se dan un trabajo de los mil demonios, vacían durante veinte años arrobas de color sobre hectómetros cuadrados de lienzo; acometen la historia, el paisaje, el retrato, el bodegón con increible perseverancia. Prolongan su aprendizaje hasta los umbrales de la vejez, vuelven para continuarlo á la sombra inspiradora de sus montañas, y enriquecen con una generosidad afligente sus colecciones nacionales de reflejos y copias de todas las escuelas conocidas—excepto de la escuela chilena. Todos ellos son discípulos irreprochables en punto á conducta y aprovechamiento; aprenden su lección con toda conciencia, y algunos, como Lira, Valenzuela, Orrego, dibujan con habilidad ó muestran cualidades reales de coloristas: pero quedan discípulos, sin gusto propio, sin iniciativa original y, lo que es más incurable, sin la tentación de una audacia feliz. Pintan y esculpen incansablemente Valdivias y Caupolicanes, batallas terrestres y navales, con un ardor patriótico que merecería recompensas en cualquier otra parte que en el Salón. Pero es lástima y gran injusticia que con el más ardiente patriotismo no se supla al genio ausente. Todavía no hay gente en casa; si bien fuera impertinencia gratuita desesperar del porvenir.
En arquitectura, ut supra. En música, no creo que sus ambiciones pasen de la Marina para la generalidad, y de Rigoletto para los iniciados. He asistido, por ejemplo, á un atentado público contra la Misa de Verdi, que borra todas mis impresiones musicales de Bolivia y Tucumán: el público aplaudía frenéticamente. Al día siguiente quise desquitarme leyendo la protesta indignada de la prensa: todos los diarios pedían la reincidencia y maltrataban al público por no haber acudido en masa á esta «interpretación nacional».—En literatura, por fin, importaron á un Boileau venezolano que les enseñó la lengua hasta el purismo, la gramática hasta la superstición; se saben al dedillo la retórica, la poética, todas las nimiedades bizantinas de la literatura preceptiva,—y ello da por resultado un ciclo poético que arranca de las odas de dicho Bello ¡y remata en los sonetos de Guillermo Matta!
Nada, por fin, revela con más elocuencia esa vocación ó tendencia irresistible para catecúmenos intelectuales y discípulos jamás emancipados, que su evolución militar: con ser el pueblo más instintivamente guerrero de América, de amor propio más celoso y patriotismo más pronto á salirse de madre, acaece que sus grandes páginas de gloria han sido redactadas por extranjeros.—Anteponiendo el orgullo patrio á la vanidad nacional, con tal de asegurarse la victoria, los oficiales y soldados chilenos soportan hoy la autoridad técnica de un jefe alemán, depositario, según ellos, de los secretos que reservan el triunfo decisivo, y quien probablemente les revelará la táctica y estrategia con tanta eficacia como Monvoisin les enseñara pintura y Courcelle-Seneuil, economía política. Podría multiplicar los rasgos concurrentes que forman esta curiosa y compleja fisonomía de pueblo sudamericano, con su espíritu á la par conquistador y disciplinado, altivo y sumiso, ambicioso de ciencia y arte sin aptitudes visibles para sabio ni artista, perseguidor tenaz de la belleza á quien espera rendir con la voluntad paciente y el esfuerzo infatigable, á falta de gusto exquisito y gracia seductora,—casi tan tímido en la iniciativa cuanto resuelto y tenaz en la prosecución. En suma: una figura enérgica y digna de estudio por sus solos contrastes intelectuales, aunque sus rasgos morales no atrajeran imperiosamente nuestra atención, en razón directa, precisamente, de su diferencia radical con los rasgos más característicos y propios de la fisonomía argentina.
Como la Macedonia, como la Prusia, Chile es deudor de su poderío actual á su pobreza primitiva. Este país oligárquico es hijo de sus obras. La vida ruda y escasa es tan buena maestra para el pueblo como para el individuo. Á sus difíciles condiciones de existencia inicial, debe sus hábitos de orden, parquedad y economía, que se han traducido con igual fidelidad y eficacia en el carácter moral del ciudadano y en la estructura orgánica de la colectividad—y, desde luego, en su administración pública, severa y proba. Sus ejércitos han saqueado desapiadada y odiosamente á los peruanos: pero sin que un sólo jefe volviera rico por un acuerdo secreto ó una transacción. Han combatido, derrocado y maldecido con exagerada y frenética pasión, esa breve tentativa de gobierno personal que ellos llaman la «dictadura», pero no se ha oído una acusación de peculado contra el dictador ni sus «cómplices», mucho menos contra sus adversarios y sucesores. Con la misma facilidad inconsciente con que funciona normalmente un organismo sano—sin elaborar principios tóxicos los aparatos encargados de mantener la salud, ni producir desórdenes internos los centros directores—aquí, la dictadura, la revolución, la restauración constitucional, se han sucedido sin que en lo esencial se modificase ni alterase el mecanismo administrativo. Ningún régimen político ha necesitado justificar su accesión al poder, prometiendo castigar fraudes y malversaciones de sus antecesores ú opositores, porque está admitido y sobrentendido que tales delitos no han podido cometerse. Salvo excepciones, la honradez administrativa es allí tan elemental como el aseo físico en persona decente. Este rasgo heredado de la colonia y transmitido á las generaciones como un depósito sagrado, no tendría casi valor positivo en Europa y apenas merecería mención: en América debe considerarse como el mayor de los elogios, puesto que es la primera razon de la grandeza chilena y el secreto de su hegemonía en el Pacífico.
Chile ha tenido sesenta años de verdadera administración: esta proposición breve y sencilla es el resumen de su historia. Ha sabido utilizar desde el origen su fuerte estructura colonial para robustecer y perfeccionar ese funcionamiento administrativo, de tal suerte que su solidez ha resistido, sin destruirse ni falsearse, á todos los choques externos ó presiones internas de las guerras y revoluciones. Todos los hechos de su historia, todos los actos de sus gobiernos, todos los documentos de su existencia semisecular, demuestran á las claras la realidad á para que la eficacia de su sano régimen constitucional. Ahora bien, en la base del edificio, lo que siempre encontraréis es la severa probidad, la economía minuciosa, la escrupulosa honradez, así en el mandatario principal como en el subalterno. Sería muestra de tanta frivolidad superficial el despreciar este elemento íntimo de la estructura chilena, como tener por secundario en fisiología el estudio de la célula—unidad primordial de los tejidos y aparatos del organismo.
En Chile, donde el duelo no se conoce sino por accidente, el sentimiento del honor bien entendido, la seriedad y vigilancia de la opinión, la consideración adherida al empleo público que confiere un certificado de idoneidad muy apreciado, han sido suficientes hasta ahora para obtener del empleado el máximum relativo de capacidad y dedicación, con el mínimum de retribución pecuniaria. Sabido es que algunas de las funciones más importantes del Estado son gratuitas, honoríficas, en el pleno sentido de la palabra; además, la mayor parte de las retribuídas establecen tanta desproporción entre la importancia del cargo y su compensación material, que debe necesariamente ser llenado con algo el vacío intermedio, y restablecido de algún modo el equilibrio. Este algo intangible es la consideración pública;—¡ay de los países donde ese humo de puro incienso no flota eternamente en el espacio!—y vuelve á la memoria la vieja proposición de Montesquieu sobre «el honor, principio de las aristocracias». Desgraciadamente, no puede recordarse sin una sonrisa la proposición complementaria acerca del régimen democrático, ¡que descansa «en la virtud»!
El estudio comparativo de los presupuestos argentino y chileno sería fecundo en enseñanza; lo he practicado teniendo en cuenta todas las diferencias que fluyen de la diversidad en la organización general—y, desde luego, el hecho del régimen federal, que sobrepone entre nosotros catorce presupuestos provinciales al de la nación. Compréndese que no me sea posible en estas notas rápidas abundar en detalles y comentarios. Pero señalo la utilidad de este estudio razonado á alguno de nuestros jóvenes publicistas. Allí verá y pondrá en pública evidencia las diversidades de carácter y organización, que se revelan claramente por la desproporción general de los sueldos y pensiones en uno y otro país. No hay necesidad de decir de qué lado están la modestia y la prudente parsimonia. El departamento que, por muchas razones, llama especialmente la atención, es el de la guerra. La comparación de lo que cuesta á Chile su ejército actual, que no alcanza á la mitad del argentino, es altamente instructivo. Al pronto, y no considerando sino los totales, las proporciones están guardadas—7 millones para Chile y 13 para la Argentina;—pero cuando se analiza la composición de las planas mayores se llega á la estupefacción: aquí 12 generales por 42 allá; 18 coroneles en lugar de 124; 40 tenientes coroneles chilenos por 190 argentinos, fuera de 100 en la reserva, etc. ¿Cómo se establece entonces el equilibrio en los gastos presupuestos? Con la dotación del soldado, con su racionamiento severamente justificado, con su sueldo de 30 pesos mensuales, casi triple del sueldo del argentino.
Ya que he rozado esta materia de interés siempre palpitante entre los dos países, y aunque no dudo que algunos recientes visitadores argentinos habrán visto mejor que yo los lados fuertes y débiles de la organización chilena, no prescindiré de unir mi testimonio al de los que se han producido por ambos lados de la Cordillera. Sinceramente, Chile quiere la paz. Mi condición de extranjero y, acaso, alguna facilidad mayor para gastar franqueza con algunos viejos amigos chilenos, me han dado la plena convicción de que, en la actualidad, todo peligro de guerra ha desaparecido—puesto que es harto evidente que el pueblo argentino no tiene ni tuvo jamás un pensamiento de agresión. La grandeza de la República Argentina no se funda en las anexiones, ni perturban su sueño las glorias ajenas: nuestra verdadera anexión fecunda é irresistible de un fragmento de Chile, será la avenida de chilenos que pedirán el bienestar y la abundancia á las territorios del sud de Mendoza y del Neuquen. Así las cosas, y calmada la agitación estéril que la cuestión de límites entretuviera entre pueblos de índole porfiada y curial, la paz está por algún tiempo asegurada. Y es de estricta justicia comprobar que tal ha sucedido, tan pronto como Chile deseó que sucediera. ¿Completaré mi pensamiento? Creo que, al indicarlo siquiera, cumplo con un deber: lo que ha fomentado en Chile el deseo de la paz, es el convencimiento evidente, irrefragable de su necesidad.
Si hubiéramos estado tan bien informados como ellos de las situaciones respectivas, habríamos comprendido que, á pesar de las faltas, de las deficiencias, de las llagas visibles de nuestra organización militar, la partida era desigual y, á la corta ó á la larga, no podía su resultado ser dudoso. El «boa constrictor» que se pintara alargado en el Pacífico hasta tener su boca en Tarapacá, podía mover hacia la Tierra del Fuego su cola aprehensora: tiempo ha que los dardos caudales pertenecen á la mitología. Y si la absorción del pedazo argentino era ya muy difícil, aun para un boa constrictor ¿cuánto más lo sería su digestión?—Los embarazos financieros y las inquietudes de la situación política justifican plenamente la actitud contenida del gobierno argentino. Pero, mejor informado, acaso hubiera juzgado que sus responsabilidades patrióticas no eran tan solemnes como se presentaban en la apariencia, y que, si la paz era para todos deseable y necesaria, en un momento dado el medio de cimentarla sólidamente pudo ser la entrega de sus pasaportes á un ministro imprudente ... En suma, todo ha concluido bien: all’s well that ends well.
Chile está enfermo. Con sus guerras de conquista ha revestido esa vieja «túnica de Neso», empapada en sangre ponzoñosa y que se adhiere á sus carnes inoculándoles el virus funesto. Lejos de ser un remedio, las engañosas riquezas de Iquique son la fuente del mal. El Perú le ha contagiado el germen de su propia decadencia: la riqueza fiscal, desmoralizadora y corruptora, cuyos corolarios son la prodigalidad disolvente en los presupuestos, los premios ofrecidos al condottierismo electoral, la empleomanía, el militarismo que, no encontrando presa por fuera, la busca por dentro y se torna elemento agitador. Coincidiendo con la baja de su producción industrial y la depreciación de su moneda, la repleción de las arcas fiscales no sería un síntoma de salud, sino de apoplegía cerebral. Balmaceda no habrá muerto en vano si su partido vive ó debe renacer. La instabilidad del gobierno se acentúa, y la anarquía empieza á manifestarse en las formas terribles del bandolerismo asesino é incendiario. Si es inevitable que los países nuevos sufran una vez en su vida esta viruela epidémica y febril: la anarquía social, ¿quién sabe si no ha sido mejor conocerla en los años juveniles de fácil curación y pronto restablecimiento? ¿Quién sabe si el estado presente del Brasil y el próximo de Chile no deben hacer llevadera para la República Argentina la larga prueba sangrienta que enluta su historia y que ya no puede volver?[2]
III
DE VALPARAÍSO Á LIMA
LA SERENA.—CALDERA.—ANTOFAGASTA.—IQUIQUE
Á bordo del Laja.
Aquí desembarcaba hace un mes, no fatigado seguramente por el viaje, que antes es tonificante y vigorizador, pero muy impregnado aún de vida argentina y casera; sobre todo, con el alma dolorida, magullada por los sacudimientos de la separación ... Al pronto, Valparaíso me pareció bastante mediocre de extensión y neutro de carácter. Á pesar del clima delicioso en este mes (abril) y del relativo confort de la vida física, el roce de cosas é intereses comerciales sin novedad ni amplitud, la inevitable monotonía de una actividad, para mí exterior y ajena, me saturaron en seguida. Temí entonces mostrarme injusto para con el primer puerto de Chile, si me detenía en él tan mal «acondicionado», en la brusca soledad del extrañamiento, y tomé el portante para Santiago, donde me esperaban algunos amigos de juventud ...
Vuelvo hoy al «puerto» para tomar el vapor de Lima. No me encuentro tan aislado como en los primeros días. Gracias á la benevolencia de los diarios y al viento favorable que sopla de la Cordillera—¡todo de paz y fraternidad!—me han salido al paso nuevas relaciones, más fáciles y numerosas de lo que pude sospechar. Frecuento dos ó tres clubs, algunas casas de familia, visito establecimientos públicos. Por supuesto que agradezco debidamente todas estas amabilidades, cordiales ó simplemente corteses, que constituyen la conquista menos discutible de la civilización y, como si dijéramos, la moneda fiduciaria de la amistad. Me aprovecho de todo ello para mirar de cerca lo que antes entreví.
Mi primera impresión general se modifica muy poco. El verdadero Chile está en Santiago, no en Valparaíso.—Con sus barrios populosos del Puerto y el Almendral, sus muelles y docks de vaivén poco vertiginoso, sus tres ó cuatro arterias de aceras europeas, medianamente agitadas, y cortadas por callejuelas que escalan al pronto los cerros rojizos; su población cosmopolita desarraigada, sus plazas é iglesias de imitación, sus tiendas previstas y sus monumentos modernos (el erigido á la «Marina Nacional» es interesante, si bien de efecto algo teatral),—Valparaíso es el puerto de comercio en sí, que recuerda á cualquiera de los otros, sobre todo á los menos vastos y pintorescos: el Rosario ó el Callao, Bahía y sus ascensores—menos el espléndido aderezo tropical,—una Veracruz más amplia y limpia, un Montevideo reducido á la mitad ... Pues, á pesar de las diferencias íntimas y el contraste de las latitudes, todos los puertos marítimos se parecen insoportablemente. El poderoso flujo mercantil pronto consigue nivelar ó rechazar á segundo término los relieves locales, y, donde quiera, el idéntico hormigueo de los embarcaderos y aduanas, de los malecones ó wharfs, refleja la agitada monotonía del Océano.
Fué Valdivia, según los unos, Saavedra, según los otros (Vicuña Mackenna) quien bautizó á Valparaíso. Extremeño ó castellano, el padrino llegado á Chile por el desierto de Atacama no sería descontentadizo en materia de paisaje. La boca del Aconcagua con algunos bañados verdecientes, acá y allá; el ondulado horizonte y la dulzura del clima pudieron darle la ilusión de un «valle del paraíso». Con todo, ¡fué mucho bautizar! El «paraíso» de Chile está en otra parte: en el rico valle de Aconcagua, ó, hacia el sud, en las encantadoras florestas de Concepción y Arauco.
En lo tocante á Valparaiso, hoy mismo, después de transcurridos tres siglos de apropiación humana,—desde los altos barrancos que dominan la bahía hasta la playa de Viña del Mar y los esteros de Quilpué, la árida roca revienta donde quiera la capa delgada del humus, por entre los bosquecillos de vegetación artificial y las malezas de pencas y aliagas. Del glauco mar dormido hasta los próximos declives, la ciudad se alarga en arco estrecho; y todo el barrio del escarpado Cerro, con sus casitas pintadas y sus jardincillos sobrepuestos en hilera, revuelto y apiñado por la perspectiva, remeda una alquería de Nuremberg, una caja de juguetes bruscamente volcada en la cuesta y á punto de rodar en la rada. Delante de nuestro buque que leva anclas y vira lentamente, desfilan á flor de agua las fortificaciones que defienden la entrada; luego el arrabal del Barón, al norte, con su caserío pintorescamente escalonado en aparador sobre las blandas colinas. Se pone el sol tras la Escuela naval, en el extremo opuesto de la bahía; la ciudad se enciende poco á poco; las últimas chalanas vacías se escurren hacia la tierra; pasamos delante de un buque de guerra chileno, cuya banda nos despide con el God save the Queen ... Estamos en marcha, con rumbo á los países calientes.
No es este Laja el mejor steamer de la Compañía sudamericana, pero es estable y bien distribuído; todo el personal, del capitán al marmitón, parece gastar humor tan manejable como el mismo mar Pacífico. Cierto manque de tenue, y aun de real confortable, me parece ampliamente compensado por esta facilidad del trato, esta francachela de las relaciones personales que es el atractivo potente, aunque rara vez confesado, de la existencia «criolla»—contra la cual se murmura sin tregua, pero cuyo hábito mecedor echamos de menos, más tarde, en Londres ó París. Todo se arregla: tal es la divisa hispano-americana, que bien vale á muchas otras. En viaje, sobre todo, llegan pronto á cansarnos los reglamentos angulosos, las minuciosas prescripciones y prohibiciones contra cuyos artículos nos golpeamos á cada instante, cual contra el techo muy bajo ó la puerta estrecha del camarote. Á trueque de estar un poco codeados por las gentes y maltratados por las cosas, gustaríamos de sentirnos menos protegidos. Es lo que se logra sin esfuerzo en todas nuestras administraciones nacionales ...
Para no sentirse muy desgraciado á bordo, la primera condición es estar solo en el camarote; la segunda, no estarlo en la mesa ó sobre cubierta. Cuando digo «solo», bien comprendéis que es remedio peor que el mal, esa larga mesa del comandante en que se inserta uno á la aventura, encontrándose demasiado tarde con vis-à-vis grotescos ó antipáticos, con vecinos extravagantes y fastidiosos que os cuentan cada día su historia con tal de averiguar la vuestra.—Yo tenía anuncio de hallarse á bordo un conocido chileno, explorador infatigable y geólogo sin par entre Catamarca y Copiapó,—¡l’homme de la montagne!—muy capaz, por otra parte, de interrumpir un análisis al soplete para escuchar un lied de Schumann, y hasta acompañarlo en el piano. Dotado de humor inalterable y estómago ejemplar, está en su casa á bordo como en un pozo de mina: enganchado á sus informes y correspondencias desde el alba, manipulando libros y planos, despachando en cada escala docenas de cartas á los innumerables comités, congresos y sindicatos de que forma parte; pues entra en todas las empresas mineras y salitreras que se proyectan en el Pacífico,—sobre todo en las que se liquidan con estampillas y telegramas.—Compañero precioso bajo cualquier aspecto, pero muy ocupado entre sus comidas para no requerir un sustituto. Él mismo me le busca y le trae al día siguiente.
Ha tenido buena mano: el recién venido, que completa nuestra petite table reservada, es aún más interesante que el cateador. Es un alemán de aspecto simpático, espíritu fino y modales correctos, que no me atrae perdidamente el primer día, pero que gana con el trato: love me little, love me long.—Junto con la madurez, ha conseguido el bienestar material, es decir la independencia: habita parte del año en Berlín, parte en París, desde donde administra sin fatiga su casa de Chile. Vive allá inteligente y suavemente, bien instalado, recibiendo á literatos y artistas,—íntimo amigo de Sarasate,—saboreando la existencia en su otoño, cuando exenta de pasiones y excesos se torna en realidad pacífica y buena.
Como el Graindorge de Taine, cuyo recuerdo me trae con frecuencia, después de una fuerte educación universitaria ha librado la batalla de la vida material, ganándola en quince ó veinte años. Los negocios no eran para él un fin, sino un medio: los ha plantado allí, tan pronto como pudiera. Es un sabio; y el gusto de las cosas del espíritu le ha preservado en parte del egoísmo de los solterones. Está de vuelta de muchas cosas, como bien pensáis,—entre otras, de la intransigencia patriótica que perturba la digestión,—pero no de la ciencia, del arte, de la belleza. Conoce bien á Kant y Schopenhauer, los dos muelles de la moderna filosofía; ama nuestros libros, nuestros salones, nuestro teatro: ni fariseo ni filisteo, aspira con delicia esa flor suprema de la civilización que se llama París. Algunas veces, por la siesta, en la toldilla donde relee á Goethe ó Heine, me hace pronunciar y traducir versos del Fausto, la queja de Mignon, ó una breve joya del exquisito Intermezzo:
Mir träumte wieder der alte Traum...
Pero, lo que siente profundamente, como todos sus compatriotas, es la música, el arte sagrado y nacional. La conoce en todas sus obras maestras, de Bach á Wagner y Grieg; se expresa sin necia preocupación acerca de los matices de la interpretación contemporánea, desde nuestra orquesta del Conservatorio—perfecta por la maestría y la habilidad técnica—hasta la ejecución de Bayreuth, incomparable por el fervor religioso y lo concienzudo de la iniciación ... Y todo esto, en el enredo de las maniobras, en el vaivén de los pasajeros chilenos, peruanos, bolivianos, que enarbolan gorras bordadas y trajes extravagantes para jugar al tejo sobre cubierta, ó, desde el alba hasta el anochecer, tendidos en sus sillas de tijera, acometen los «cachos» de bananas y canastos de aguacates.—Me ofrezco el placer de observar á mi germano que, al principio tan frio y reservado, se entibia poco á poco en este roce familiar de cada hora, de cada instante. Por varios días, ha estado indeciso y, como decimos, tanteando el agua, adelantándose con mesura y precaución. Á la altura de Mollendo, está completo el deshielo; en Lima, donde tendremos que separarnos,—pues él sigue camino para Nueva-York y Europa, en tanto que me detengo en el Perú,—me exige la promesa de volvernos á ver en París ó Berlín: y todo ello muy seriamente, con una insistencia, un cálculo meticuloso de las direcciones y épocas probables, en que siento el deseo sincero de estrechar esta amistad de chiripa. Nos separaremos con íntimo pesar.—Y forman la dulzura triste de los viajes, estas efímeras simpatías tronchadas de golpe, que quedan plantadas en el recuerdo como amorces sin empleo: esas tentativas de mutuo ingerto, de espíritu á espíritu, cuyo destino se acaba allí, sin que sepamos jamás si, con el tiempo, hubieran prendido y prosperado ... Disimule el lector la complacencia con que he referido mi única conquista en el Pacífico.
Dolce far niente!
Esta navegación del Pacífico, entre Valparaíso y Panamá, es de una serenidad ideal. El cielo invariablemente puro, el aire fresco ó tibio, el mar apenas arrugado por la brisa del largo, que llega débil, como cansada, del lejano fondo occidental: todo conserva un aspecto tan sosegado y apacible, que ni ocurre la idea de un temporal. Me dice el comisario que, en dos años de navegar, no ha conocido tormenta. La nave está distribuída casi como un barco de río, con la fila de camarotes sobre cubierta; á partir de Guayaquil, los pasajeros duermen al aire libre, sin la aprensión más lejana de un golpe de mar: los mismos camareros sacan los colchones de las camillas y los tienden sobre el puente; y á medianoche, cuando vagan los ojos en el estrellado cielo, buscando el «camino de Santiago», óyese el flic-flac de las sábanas bajo la brisa deliciosa.—Los pasadizos, hacia popa, están obstruídos por los vendedores de frutas y legumbres, que exponen su mercancía en escaparate, como en el mercado, sin cuidado por el balance imperceptible; renuévanlas en cada escala, cambiando sus verduras del sud por las bananas, piñas y mangos tropicales, cuya fragancia capitosa nos llega por ráfagas. Luego, es el embarque ó la bajada del ganado en todos los puertos de la costa: las ovejas tiradas en montón, hechas ya fardos de lana; las mulas chúcaras que cocean hasta en las chatas; los pobres bueyes pasivos que se dejan izar de las astas, sacando afuera sus ojazos despavoridos ... Uno de los tráficos importantes de la línea es este abastecimiento de algunas poblaciones y salitreras del litoral, en que no crece una mata de pasto,—donde sólo puede vivir el hombre empujado por la sacra fames: allí está, miserable y grandioso, encarnizado, invencible, desventrando la montaña metálica, escarbando aquel ingrato suelo, para extraer el nitrato que, en otro parte, engordará los surcos extenuados y hará brotar las mieses opulentas, ¡gracias á este mismo polvo blanquecino cuya presencia es aquí un indicio de incurable esterilidad!
Es otro encanto de esta navegación de recreo, el contraste del horizonte hacia uno y otro bordo de la ruta. Por babor, es el inmenso mar, el vacío infinito del Gran Océano que desarrolla en la luz sus anchas olas quietas, apenas onduladas por su misma amplitud, mucho más alla de esa línea esfumada donde el sol rojo se hunde cada tarde: hasta la Polinesia, las islas de coral vagamente presentidas; más lejos aún, á través del vasto archipiélago occidental, hasta el recuperado Oriente. Por la derecha: la tierra próxima que no se pierde de vista; arriba de la playa arenosa ó la acuchillada barranca que se costea sin cesar, se yergue la masa pizarreña de los Andes, con su cabeza encanecida. De este lado, la ola corta, siempre estremecida y retozona, parece que se divierte eternamente en acudir á la orilla, en emprender el asalto del acantilado que nunca tomará. Se siente que es un juego,—el juego seductor y formidable del abismo. Estas son las glad waters de Byron, las olas ociosas y festivas que, sin tener nada que hacer, brincan independientes y ligeras, desgarrando en los dientes del escollo su collarín de espuma. Aquellas otras, pesadas y lentas, son «medios de transporte»: hinchan el lomo, monstruosas bestias de carga, bajo los enormes navíos que deben soportar. Casi inspiran lástima; y la vista se vuelve hacia los rebaños juguetones de la costa, las «cabrillas» azules de cuernos blancos, que los españoles han bautizado con tanta gracia risueña ...
...Nubes, espumas, volutas de las olas: tales son las visiones evanescentes, las imágenes fluidas y fugaces que os envuelven en las largas horas de mecedora monotonía que á bordo diluyen la vida. Fácilmente se volvería á las sensaciones primitivas, á las ilusiones ingénuas de los marinos griegos y los viejos pescadores bretones, que miraban deslizarse nereidas blancas bajo el cerúleo cristal, ó revolotear en la cresta de las olas, alciones de plata que eran almas en pena. En el sillón de lona que un vago balanceo columpia blandamente, junto con el ronquido narcótico de la hélice, la siesta meridiana os aletarga en un delicioso entorpecimiento, abdicación gozosa del querer y pensar, en el vacío de una fantasía apenas esbozada, que flota abandonada y pasiva, bajo el aliento de este sopor más reposado que el mismo sueño.—Así deben sentirse vegetar los árboles tropicales, lejos del cierzo y la nieve del norte, en la húmeda pesadez del ambiente forestal, dejando que suba lentamente, de las raíces carnosas á las ramas eternamente verdes, su sangre henchida de jugo nutricio, la rica savia exuberante que siglos de floración perenne no pueden agotar ...
Sacude mi adormecimiento la campanada de la comida, devolviéndome á la maquinal existencia de pasajero-encomienda nos 66-67, á estribor. Encuentro en el comedor, pegando sobres delante de la sopa servida, á mi infatigable compañero chileno, el corresponsal automático que me recuerda al personaje de Galdós, perpetuamente afanado en contestarse las cartas que él mismo se dirigía. Mi amigo alemán acaba de releer á Schopenhauer: me habla del Nirvâna budhista, que es el supremo bien, siendo el aniquilamiento absoluto, la consecución del no-vivir. Lo conozco su Nirvana: yo soy quien lo disfruta—mientras no me perturba la campana fatal ...
Las horas de la noche son más laboriosas. Entonces es cuando el mar recobra todos sus derechos. Por más que nos esforcemos en prolongar la velada, sufriendo interminables sesiones de ajedrez, agarrándonos de cualquier rama, aceptando las peores coartadas: es fuerza, al fin, como el Tircis de Racan, penser à faire sa retraite. Las primeras noches teníamos momentos exquisitos: una señora norteamericana, después de su lección diaria á una adorable niñita de diez años, se sentaba ella misma al piano y tocaba, para los tres anabaptistas, algunas sonatas clásicas; se producía un amplio y saludable vacío á nuestro derredor, la gente huía á toda prisa: era un encanto. Pero nunca lo bueno es duradero. Un robusto mozo chileno, gobernador de un departamento del norte y muy prendado de una joven pasajera, le ha descubierto—prematuramente—talento musical. La pareja se apodera del piano desde el anochecer, bajo la mirada enternecida de los ascendientes; y es ¡un degranamiento delirante de habaneras, polkas y «perlas de salón» contemporáneas de la conquista! La dulce criatura toca según el precepto evangélico: ignorando su mano izquierda lo que hace la derecha. Pero se ensaña contra las teclas, vacilantes y amarillas como dientes de abuela, con una energía muy superior á su edad. Se estremece el piano secular bajo el asalto de esta furia juvenil, que parece tener diez dedos en cada mano. Y, hasta el castillo de proa donde nos hemos refugiado, llega el estruendo de los aplausos frenéticos.
Hay que ganar el camarote, melancólicamente, y tenderse á medias, en figura de gatillo, sobre el catre poco más ancho que una caja de violín. La siesta y la falta de ejercicio ahuyentan el sueño arisco. El ritmo sordo de la máquina semeja la pulsación de un monstruo potente que nos arrebata en la noche y el vacío; se percibe contra el bordaje el continuo chorrear del hondo surco abierto, como por una reja de arado ciclópeo. Me siento fuera de la vida normal, muy lejos de las ciudades bulliciosas—más lejos aún del rincón familiar. La larga procesión de los recuerdos comienza á desfilar, amarga y dulce. Se sufre con no poder retener delante de sí, en el campo de la imaginación, las caras fugitivas con que se quisiera soñar, siempre: los seres amados, cuya memoria nos punza en cualquier hora cual invisible cilicio, se borran á los pocos segundos, sin saber cómo, bajo perfiles desconocidos de transeuntes entrevistos en un puerto, en un tren, que vuelven á renacer con estúpida insistencia y nos persiguen con un encarnizamiento de pesadilla. Se hace esfuerzo por llamar á los que se adhieren al corazón por cada fibra: se recuerda una inflexión de voz, un jirón de frase, la risa de una madre joven, un gentil balbuceo de niño, que ayer nos hacía gracia y hoy nos da gana de llorar ... Y luego, otros resurgimientos involuntarios, más esfumados y lejanos, pero revividos por la sugestión del medio idéntico: la evocación de otros viajes por el mar, menos tranquilos y vacíos que éste, cuando érase joven y se abrían de par en par las puertas del porvenir, en la esperanza y el pleno orgullo de la vida ... En el silencio de un solo rumor persistente, los recuerdos se escurren del alma como el agua de una esponja embebida; y ese perpetuo chorrear de la ola contra la borda parece la fuga rápida, la vuelta irrevocable de la existencia misma hacia los limbos del no ser.
Muy de mañana, nos despierta el desarrollo del ancla que cae en el mar. Al pronto, produce cierta molestia la brusca inmovilidad; abierto el tragaluz, un puerto aparece: casas escalonadas en la costa, el penacho de una locomotora que trepa una pendiente, un parche de verdura, acá y allá. Ello sucede aquí todos los días; y en un primer viaje, cuando no se está espoleado por el deseo de llegar, este contraste de las mañanas en tierra y de las noches á bordo que duplica la travesía, produce agradables paréntesis en la navegación. Se pisa tierra con júbilo; se muda de régimen; se observa una nueva faceta de la pobre humanidad; se toman croquis y apuntes instantáneos. Hé aquí algunos.
Coquimbo.—La Serena.
En el fondo de un ancón en herradura, en el declive de un ribazo abrupto de granito gris, contrafuerte de la cordillera de la Costa, Coquimbo sobrepone sus grupos de casillas de pintada madera ó zinc acanalado. Forman los techos ligeros, latas de alerce: lo mismo podrían ser de tela ó papel, pues entramos en la zona pétrea—que se prolonga más allá de Lima—donde no llueve jamás. Pocos kilómetros hacia el norte, La Serena, capital de la provincia, se depliega en abanico sobre una meseta que domina la bahía, dentro de un marco de verdura: es una verdadera ciudad, al lado del pequeño puerto de aspecto mezquino.
Pero Coquimbo es un excelente surgidero, mucho más seguro que el de Valparaiso,—batido, en invierno, por los vientos del norte. Los comandantes ingleses lo prefieren también por otras razones menos meteorológicas: no ofrece tantos peligros como el gran puerto chileno para las «andanadas» de las tripulaciones. Y es por ello, tal vez, que ahora, en la apacible ensenada generalmente cubierta de gaviotas más que de embarcaciones, los dos cruceros ingleses de estación, Warspite y Melpomene, arrojan la imprevista nota guerrera de sus erizadas torres y sus blindajes cuadrados que se reflejan duramente en el agua inmóvil.
Á la distancia, gaviotas y botes pescadores parece que se desprendieran de los mismos nidos de la aldea marítima, adherida á la árida roca—igualmente obligadas, aves y gentes, á alimentarse de la mar. Se compadece desde lejos á los pobres seres humanos que, sin duda, han naufragado allí, manteniendo su existencia precaria á fuerza de pescados y mariscos; y por poco nuestra ignorancia esperaría que acudieran á la playa, cual modernos Robinsones, haciendo señales á la nave que les volverá á su patria ... Desembarcamos, y tropezamos donde quiera con docks y almacenes, escritorios y tiendas: un vaivén de comerciantes chilenos y extranjeros, de señoras con gorras floreadas, de soldados ingleses con la estrecha casaca roja, el casquete minúsculo pegado á la coronilla—á guisa de cápsula-tapón de esas botellas ambulantes.—Los hilos telegráficos y telefónicos se cruzan en las bocacalles, los pianos en actividad acompañan los roncos cantares de las tabernas numerosas. En la estación, donde tomamos el tren de La Serena, un abogado peruano, pierolista cesante, cuenta á mi compañero chileno—quien, por supuesto, tiene parte en el negocio ¡por correspondencia!—las peripecias de no sé qué tramway eléctrico ya concedido ... Así visto de cerca, ¡encuentro que está bastante «en el tren» el nido de gaviotas!...
Desde el vagón, miro desfilar el paisaje que, poco á poco, va perdiendo su aspecto marítimo. En los repliegues ensanchados del terreno menos pobre empiezan á verdear algunas cañadas; los dormidos pantanos reflejan los juncales de sus orillas, pobladas de aves acuáticas. Unas cuantas vacas pacen en las praderas húmedas; casitas de campo y alquerías con labranzas de Liliput escalan los declives y parecen abrigarse bajo la cornisa rígida y desnuda de la montaña de granito. Uno que otro arroyo sinuoso corta la vía ... Casi creería cruzar la provincia de Córdoba, hacia Quilino ... cuando después de una curva, por una escotadura del talud, el mar reaparece, como un fragmento de pizarra con una punta de lápiz en su centro: es nuestro Laja imponente, la cárcel flotante que, dentro de dos horas, nos volverá á encerrar.
Es la Serena una vieja ciudad, contemporánea de Valdivia, y que no parece en vía de rejuvenecer: muchos edificios desmoronados y en ruínas; en otros se han calafateado con tabla ó con zinc las brechas del adobe. Al revés de Coquimbo, la hallamos medio vacía, y la habitación resulta muy ancha para el habitante. Por todas partes, caserones silenciosos, tiendas sin clientes, aceras sin transeuntes. Una bonita plaza bien sombreada, llena de flores, está desierta. La catedral—pues es cabeza de obispado—está sólidamente construída en sillar, como para perpetuar la lucha encarnizada que allí sostienen, según mi amigo, todos los estilos arquitectónicos conocidos, desde el pelásgico hasta el italiano de exportación. En mitad de la fachada más ó menos griega se yergue, asentado en el mismo entablamento, un complicado campanillo cubierto con el casco-tiara de Juan de Leyden.
Se nos pasea por las desahogadas calles; algunos naturales abren sus ventanas, perturbada su siesta por la herrería insólita de nuestro anciano vehículo.—En una esquina, saliendo de una capilla, un ramillete de muchachas nos hace recordar que á la poesía le basta un poco de espacio y de sol, un rayo de belleza y juventud, caído en cualquier rincón de la tierra, para despuntar y florecer: una de ellas, pálida y grácil, con extraños ojos claros debajo de cabellos más negros que su mantilla, se destaca del grupo vulgar, como una Preciosilla extraviada entre cíngaros ... Y nunca sabrá, nunca jamás, que su encanto anónimo y fugitivo, asido al paso, anda por el mundo, cristalizado en una frase, como gota de agua en un fragmento de cuarzo hialino.
Un conocido de mi geólogo—tiene en todas partes, ¡hasta en la China-town de San Francisco!—se empeña en llevarnos al club: el café, la posada, la confitería—sobre todo el mentidero del lugar. Por el momento, la sociedad está siguiendo una «guerra» lánguida—faute de combattants. Se nos recibe con tacos abiertos; ¡en el acto, una vuelta de vermut internacional! Me presentan á algunos notables; el redactor de la Reforma: un camarada jaranero y palmeador, de terno gris y sombrero de copa en la oreja, que habla de su hoja de col bi-semanal como de una cosa terrible, una máquina de guerra formidable que los «intrusos» de la Moneda miran con inquietud y temblor; un viejo «capitalista»: usurero probable, vestido á la moda serenista de hace treinta años, prudente y suspicaz, siempre en guardia contra un sablazo de Damocles; otro «literato»: una fuina rubia, amable en demasía, que escribe «también» y me trata como cofrade. J’en passe ... Todos ellos son balmacedistas hasta el cerro de enfrente. Por lo demás, la provincia entera ha permanecido fiel á su antiguo senador que la enriqueció: es la razón de casi todas las convicciones políticas y el secreto de todas las popularidades,—do ut des.—Pero declina el día; por más que nos cueste, tenemos que romper ese círculo fascinador: el cocktail del estribo ¡y con brindis esta vez! Mi compañero brinda por La Serena, Coquimbo y Guayacán—¡esas tres Marías!—cuyo progreso y prosperidad, etc. ¡Viva Chile etc!... Acompañamiento triunfal hasta la estación. Esperaba un serenata que ha faltado: sin embargo era éste el caso—y el lugar.
Caldera.
Fondeamos al amanecer. Una caleta arenisca, en semicírculo, con la población en el fondo, formando anfiteatro; algunas casas de dos pisos,—recuerdos de pasado esplendor; la aduana, los docks, la estación del ferrocarril que baja de Copiapó y termina en el muelle. Algunas desvencijadas garitas de baño, esparcidas en la playa, acrecientan la impresión de decadencia y abandono.—En el momento de bajar á tierra, un muchacho me ofrece sardinas frescas. Es un verdadero regalo y estoy á punto de comprarlas, cuando el botero me enseña, á cien metros hacia la costa, á un pescador que, según él, me las venderá más frescas y hasta las sacará en mi presencia.
Al dirigirnos allí, mi compañero inseparable me muestra una punta de verga que sale del mar, precisamente en la querencia de las sardinas: pertenece al Blanco Encalada, echado á pique por la torpedera Lynch, durante la campaña revolucionaria.—Recuerdo que en Europa, en dicha época, se pretendió extraer de este desastre un nuevo argumento en favor de los torpedos ... Por este ejemplo,—y otros análogos ó peores,—lo que me parece demostrado, ante todo, es que la marina de guerra, aun más que el ejército, constituye una carrera de aristocracia moral: una institución cuyas altas responsabilidades necesitan apoyarse en una larga y gloriosa tradición de honor, de abnegación heroica, de virtud varonil. La situación del marino embarcado, sobre todo en tiempo de guerra, es la vida jugada á cara ó cruz. Allí el deber no es materia divisible, que pueda cumplirse á medias, como en tierra alguna vez; en la hora solemne, hay que echar el resto, sacrificarlo todo, so pena de caer cien grados bajo cero. ¿Qué significaría una marina de parada, cuyos galoneados jefes no supieran resistir á la tentación de divertirse en tierra, mientras que el enemigo ronda en acecho al rededor de la desertada nave? ¿Qué oficial sería aquel que, en el supremo instante del peligro, no se acordara de su rango sino para separar su suerte de la de sus hombres, y, con tal de salvar el pellejo, abandonase la tripulación en su épave desahuciada? Sin duda, la alternativa es tremenda; pero eso mismo es el principio y el fin de la noble carrera. El navío de guerra es un claustro heroico: no entréis en esa religión, ó romped vuestros votos, si no os sentís con la vocación sublime; pero, mientras estéis allí, depositario de la bandera patria, cualquiera debilidad humana, cualquier resabio de egoísmo puede arrastraros al deshonor.
Aquí, la catástrofe fué instantánea y terrible. De las versiones varias que he recogido en Caldera y otras partes, parece resultar que la oficialidad del Blanco estaba en tierra esa noche, fraternizando con los voluntarios de Copiapó, cubiertos de flores por las señoras entusiastas. Se dice que fueron omitidas las precauciones más elementales; la Lynch pudo acercarse para disponer su ataque. Sólo puso en alerta el primer torpedo lanzado: era demasiado tarde; con el sexto, que dió en el centro, la nave se fué á pique. Me hablan de ciento ochenta muertos, fuera de la pérdida del acorazado que, entonces, pudo ser irreparable. Creo que el comandante, bien emparentado, ha sido ascendido después del triunfo de los congresistas ... Pero no tomemos microscopio para mirar la paja en el ojo ajeno.
El bote llega sobre el Blanco á pique. La admirable transparencia del agua deja ver, á tres metros, todos los detalles del coloso volcado en el flanco: el casco de acero, las baterías y troneras abiertas, la cubierta rajada. El blindaje verde-azulado, como chapeado de escamas obscuras, está invadido por incrustaciones de mariscos: toda una población submarina hormiguea allí, alimentándose todavía con vestigios humanos que no han acabado de disolverse en el entrepuente y los camarotes. Millares de sardinas, ágiles y negruzcas, bullen en torno del anzuelo: véselas, como por el cristal de un aquarium, precipitarse y engullirlo sin que la experiencia de días y semanas «entibie su ardor». El pescador levanta su caña metódicamente, á ciencia cierta, casi sin mirar si está el pececito enganchado en la punta. Me arrima su cesto lleno para que escoja, diciendo en tono insinuante: «Elija usted las más aceitosas». ¡Aceitosas!... Procuro reaccionar en obsequio del positivismo: repetirme que, según las doctrinas más flamantes, tal es el circulus de la vida universal, en que se nutre el hombre con lo que vive del hombre, y que, diariamente, trago sin verlas otras y peores combinaciones ... Me hallaréis melindroso y repulgado: pues bien, decididamente, á pesar de Darwin y su escuela, no probaré las sardinas «aceitosas» de esta nueva Bahía de los Difuntos.
La visible decadencia de Caldera es toda de rechazo, como fuera mero reflejo su rápida prosperidad. Por sí misma, nunca valió gran cosa; pero era la puerta de Copiapó—ese efímero Potosí de la provincia de Atacama. Si huelgan estos ingenios y no se escapa el humo de las altas chimeneas; si esta línea férrea que serpea en la montaña—y fué la primera de la América del Sud—no alcanza á la décima parte de su tráfico antiguo, es porque las minas de Copiapó están broceadas. Medio siglo atrás, este árido distrito chileno fué una pequeña California de la plata, afluyeron emigrantes y aventureros; la aldea capital recibió un empuje de crecimiento increíble; poblóse este desierto, donde al principio el agua era más escasa que el precioso metal. Aquí se recogieron, en pocos años, las grandes fortunas de Santiago. Centenares de argentinos acudieron de las provincias andinas, Catamarca, Tucumán, Salta, y, tras ellos, el grupo de los proscritos de Rosas.—Un antiguo vecino con quien almuerzo (en un caserón vacío que con voz muda refiere la pasada opulencia), me habla familiarmente del abogado Rodríguez, de Alberdi, del doctor Tejedor que enseñaba entonces, en el colegio local, un cúmulo de materias—¡además del francés! También conoció mi huésped á Sarmiento, fantástico mayordomo de la mina Colorada, de donde tuvo que salir por «incapacidad»; todo marchaba á la desbandada, en tanto que el escritor en ciernes incubaba al Facundo, ¡y que el futuro grande hombre soñaba con Buenos Aires ó Argirópolis!
Debería escribir algún poeta—como lo hiciera Bret Harte para su California—la historia psicológica y real, mezcla de cálculos, experimentos y leyendas supersticiosas, de estos modernísimos Argonautas ... Estimulo á mi huésped, y veo encenderse sus ojos apagados al hablar de panizos y de derroteros perdidos. La historia de Juan Godoy, el descubridor de Chañarcillo,—cuya estatua se alza en Copiapó,—es un verdadero cuento oriental, una transcripción realista y pintoresca del inolvidable Alí-Babá: nada le falta, ni la caverna, ni los burros cargados de plata, ni la mujer reveladora—ni los «cuarenta ladrones».
La tradición es ingeniosa é interesante: os la referiré menudamente, alguna noche de invierno. Se han recogido en los Folk-lores las leyendas de la selva y del mar: las de las minas son más locales, menos nómadas y trashumantes. Algunas se conservan, en Chile y el Perú, desde los tiempos incásicos. Los genios de la tierra, los Nickels y Kobolds de las grutas subterráneas no han sido inventados todos en Alemania ó Escandinavia: se los encuentra en la Cordillera, más reales si no tan antiguos. La superstición moderna se ha ingerido en el mito. Así, después de los monstruos fabulosos, comunes á todos los tiempos y regiones, que guardan los tesoros ocultos, aparece aquí la india centenaria, la bruja que todo el mundo ha conocido: Flora Normilla, la madre de Godoy, Carmen Ollantay y cien más, que encierran su secreto bajo una fórmula enigmática, reservando su descubrimiento para algún Edipo de corazón valiente y espíritu sutil.
Por lo demás, quien ha bebido, beberá. Y son innumerables los antiguos mineros de Caldera y Copiapó que, semejantes á mi huésped, no se han resignado á la ruina, creen firmemente en una vuelta de la fortuna, y, después de perder su resto de vista en escudriñar los polvorientos archivos de las capillas y escribanías, dan al fin con el buscado derrotero, transmitido bajo juramento por un moribundo: invierten entonces sus últimas pesetas en expediciones y cateos, en procura del famoso Reventón del Zorro, fácil de reconocer por una serie de cruces profundamente marcadas á cuchillo en las rocas del sendero, y que viviente alguno volvió á encontrar, ni acaso lo viera jamás ... Después de todo, esa poesía inculta é inarticulada vale más que la nuestra, artificial y vacía como una cavatina: sea cual fuere su sueño en la tierra ¡dichosos los que sueñan, pues vivirán consolados de la realidad!
Antofagasta.
Bahía, puerto, ciudad: todo ello se sigue y se parece bastante, salvo que aquí la bahía está completamente abierta, el mar siempre picado, y las casas parecen más numerosas y pintorreadas que en las villas del sud. También Antofagasta es un producto minero, y muy reciente: fué el descubrimiento de Caracoles, hacia 1870, el que improvisó, puede decirse, la población actual. Recuerdo las expediciones de ganado por los valles de Salta, los gruesos dieces de plata que rodaban por allá, entre troperos y arrieros. La vena pingüe se agotó muy pronto; muchos que acudían desde lejos llegaron tarde. La marea ha bajado y el distrito minero ha perdido mucha población. Con todo, Antofagasta no ha sufrido la suerte de Caldera, gracias á su ferrocarril á Huanchaca—otro Caracoles—y á Oruro, en Bolivia.
También hay salitreras que empiezan á producir. Pero es en Tarapacá donde se debe observar lo que puede hacer un solo producto exportable con un abominable desierto: Iquique es Nitrópolis.—Aunque la actividad es aquí notablemente menor, como, al fin y al cabo, los procedimientos son idénticos, apenas desembarcado monto á caballo para ver de paso la elaboración del salitre. Los vagones llegan en convoy, bajando de la montaña, y descargan la materia bruta, el caliche rojizo, al mismo pie de los aparatos de tratamiento. Sucesivamente triturado, cernido, anegado, el producto disuelto pasa á hervir en grandes calderas sobrepuestas; este líquido decantado deposita la substancia terrosa en el fondo de los defecadores, pasando luego á la evaporación para cristalizar.
Vuelve á bajar por una cadena cargada con grandes cangilones, como de draga; luego se expone al sol en estrechas regueras donde se completa la cristalización. Esa nieve reverberante se recoge con pala y se despacha en bolsas á Europa y Estados Unidos; es lo que comemos, transformado en trigo y legumbres.
Hoy es domingo y, además, marca este día un aniversario memorable en los fastos locales ¡la fiesta de los bomberos! La ciudad entera está de pascua. Encuentro al Intendente de la provincia—hombre de mundo, inteligente y cordial—de gran parada, con la banda roja y blanca bajo el frac. Todas las compañías de bomberos están sobre las armas; hay cinco ó seis que rivalizan en lujo de uniformes guerreros, de estandartes multicolores, de cascos resplandecientes. Chilenos disfrazados de yankees, italianos de bersaglieri, ingleses de horse-guards, alemanes con cascos de punta y anchas barbas de Gambrinus, se disputan la palma de la actividad entusiasta. Pero todos se eclipsan ante los dálmatas. Rasgo curioso: estos esclavones forman aquí un grupo compacto y obstruyen, con su inevitable vich, las muestras de la ciudad. Han pedido y obtenido el privilegio de sustituir el pendón austriaco por su vieja bandera provincial cruzada de emblemas, y, con orgullosa satisfacción, la despliegan al viento, blanca y triangular, cual vela levantina. Vamos á la iglesia en corporación; las bandas estallan al mismo tiempo que las campanas echadas á vuelo. En seguida, bajo un rajante sol de montaña, que nos deja helar en la sombra, todos los notables—de que formo parte—rodeando al Intendente, apoyados en la baranda del palacio de tabla, asistimos á los ejercicios y al desfile de los bomberos.
Después de trepar á las escaleras y repetir infatigablemente las mismas maniobras, pasan al frente de las autoridades, tiesos, marciales, combando el pecho, enganchados á sus bombas relumbrantes, satisfechos y gloriosos como el regimiento de Madrucio[3].—Hasta estos últimos años, Antofagasta, como el resto del litoral, no disponía sino del agua destilada: naturalmente, quedaban sus habitantes reducidos á la «porción congrua». La institución languidecía, poniéndose sombría la vida. Pero tanto se forcejeó que se dió con el agua. Una compañía ha captado un arroyo en la montaña y lo trae al puerto, atravesando treinta leguas de cañería. ¡Qué entusiasmo, entonces, qué febril impaciencia, en acecho del primer siniestro que se hacía esperar! Y cuando estalló por fin ese incendio providencial ¡qué irrupción de salvamento, cuánta bomba en batería, cuánta agua! Que d’eau! ...—Lo mismo sucede en Santiago y en Valparaíso; pululan las compañías de bomberos voluntarios: es una vocación irresistible. Conviene agregar que cumplen valientemente con su deber, sin hacerse esperar ni quedar alardeando en las aceras. Bastante los he visto en función, allá, donde regularmente se producía un incendio por noche—¡á veces dos!
¡Al fin, solos! El Intendente arroja sobre un sofá su frac y su banda oficial; el capitán del puerto—un teniente de navío, instruído y amable—desabrocha espada y charreteras, y corremos al almuerzo. Dos buenas horas de charla. El Intendente, jovial y decidor, no agota sus anécdotas sobre la revolución, los Estados Unidos, que conoce á fondo, los collas que, al apearse de sus cumbres, quedan aturdidos y entusiastas ante el primer palmito blanco que les sale al paso,—en cualquier «venta» que, semejantes á Don Quijote, «imaginan ser castillo». Hacia el champagne, también el capitán acaba de desabrocharse y me desliza sub rosâ confidencias estupendas sobre el reverso de la campaña congresista.
Pero ha pasado la hora del reembarco. Un empleado del Resguardo nos avisa que el comisario del Laja reclama la salida.—«¡Cómo, su despacho! que espere el bote: saldréis con el señor, cuando concluya ...» Pasa otra hora; al fin, levantamos la sesión y me embarco en la falúa de la capitanía, con una mar alborotada—así es casi siempre en los puertos del Pacífico—que no mueve al vapor en su fondeadero. Y ante los oficiales y pasajeros furiosos por el atraso, me guardo muy bien de hacer alusión á mi calaverada bombo-gubernativa.
Al salir de la bahía de Antofagasta, doblamos la Punta Angamos, en el extremo de una arista pedregosa. Á derecha é izquierda pelícanos enormes, con su ancho pico de teja y su «coto repugnante», como diría Musset, puntean el mar con sus manchas parduscas; vuelan torpemente, rasando las olas y dejándose caer como piedras para asir el pez entrevisto que se les ve engullir. Una asociación de ideas me recuerda las sardinas de Caldera. Aquí fué capturado el Huáscar, después de muerto el almirante Grau—¡doble desastre igualmente irreparable para el Perú!
En esta guerra, los peruanos tuvieron á Miguel Grau, así como los chilenos á su Arturo Prat. La diferencia entre uno y otro—aparte los quilates personales de que no soy juez—consiste en que Prat fué ante todo un ejemplo, un símbolo, mientras que el otro era una fuerza efectiva: la mejor carta del Perú en esa desesperada partida. El marino peruano fué grande por su vida, como el chileno por su muerte. ¡Invencible tendencia idealizadora de las muchedumbres! Arturo Prat, cuyo supremo sacrificio—contra todas las versiones enemigas—debe ensalzarse como un rasgo de heroísmo igual al del caballero d’Assas, no tuvo más página saliente en su vida que su fin sublime. Con todo, aparece más grande que su émulo quien, durante meses, bastó á detener su patria en la pendiente del abismo. Prat es simbólico, y como tal quedará en la imaginación popular, mucho después que el combate de Iquique y toda la campaña estén casi olvidados.
Para apreciar la magnitud del desastre aquí sufrido, es menester recordar que hasta hoy, entre las naciones del Pacífico, no existe más camino que el océano: quien es dueño del mar se adueña de la tierra. La campaña naval, pues, fué la base y condición de la guerra; no pudiendo ser la terrestre más que su consecuencia y conclusión. He ahí por qué el concurso de Bolivia—aunque fuera efectivo—tenía que ser de escasísimo valor; y por qué también, en el caso de una guerra argentino-chilena, las condiciones del triunfo serían del todo distintas.—Á pesar de su ejército inferior y de la pérdida reciente del Independencia en Punta Gruesa, mientras el Perú conservó su rápido monitor para proteger sus convoyes, atacar los de los chilenos y forzar los bloqueos, pudo tentar la fortuna. Después de Punta Angamos, el denselace era sólo cuestión de tiempo y de sangre vertida. El ejército chileno podía elegir su hora, su punto de desembarco, bombardear y saquear el litoral, sin temer una sorpresa ni que se cortaran sus comunicaciones.—Todas las publicaciones especiales han celebrado las atrevidas correrías de ese pequeño Huáscar, que vino á ser un enemigo temible, debido á su agilidad y á la audaz pericia de su comandante. Sorprendido, aquí mismo, entre los dos blindados Cochrane y Blanco, se defendió desesperadamente. Derribado y muerto Grau en su torre de mando, por un obús del Cochrane, tres ó cuatro oficiales le sucedieron en pocos minutos y cayeron á su vez. El Huáscar fué tomado en el momento de irse á pique, cubierto de cadáveres y heridos ... Cuando se vuelve á ver el monitor ahora chileno, tan menudo al lado de su enorme adversario, se admira al vencido aún más que al vencedor. Saludemos con un recuerdo á los valientes de uno y otro bordo, que cayeron entonces donde pasamos hoy.
Iquique.
Nadie sospecharía, por el aspecto, que estamos ya en territorio legítimamente peruano, y otros que el enemigo hereditario—Erbfeind—podrían engañarse de buena fe. Es siempre la misma costa á la vista, árida y desierta entre dos puertos inmediatos, sin una mancha verde en que pueda asentarse la errante fantasía. Todo llega á cansar, hasta el mar sereno y el cielo azul; y tenemos gana de pisar esa nitrosa arena de Tarapacá, cuya capital surge alegremente de la tenue bruma matutina, rasgada por el primer rayo de sol.—Á la distancia, se manifiesta ya la importancia industrial de Iquique: los muelles cubiertos de vagones penetran en el puerto, hasta el fondeadero donde numerosos buques están cargando,—entre ellos el magnífico velero de cinco palos La France, uno de los mayores del mundo, especialmente construído y dispuesto para el transporte del salitre. Por la falda abrupta de la montaña trepa atrevida la línea férrea: los trenes se suceden con breve intervalo, todos cargados de caliche: contamos hasta seis que bajan juntos, uno tras otro. Las altas chimeneas de los ingenios derraman en el aire vibrante sus penachos de humo que dan la ilusión de nubes lluviosas.
Las autoridades del puerto se hacen esperar, y los pasajeros chilenos tienen tiempo sobrado para devanar el doble relato histórico que tuvo en esta bahía su trágico escenario. En el punto mismo donde nuestro Laja ha fondeado, es donde la corbeta Esmeralda fue echada á pique por el Huáscar: Arturo Prat cayó en la cubierta enemiga, á la vista de Grau que no le pudo salvar. El mismo día, un poco más al sud, en Punta Gruesa, la cañonera Covadonga, acosada por la Independencia, atrajo á ésta sobre las rompientes donde se perdió. Por fin, es muy sabido que Iquique fué el punto de reunión de las fuerzas revolucionarias y el asiento del gobierno congresista que venció al presidente Balmaceda ... Toda esta costa del Pacífico está sembrada de recuerdos guerreros, y, á manera de las grandes familias arruinadas, compensa con su nobleza la indigencia del aspecto físico.—En general, la inferioridad de los paisajes americanos, comparados con los europeos, proviene de estar desnudos de esas huellas humanas, que orientan y llaman hacia lo pasado nuestra imaginación. Aquí la historia es de ayer, pero tan patética, que no requiere perspectiva para ostentar grandeza.
La nueva Iquique es muy reciente, y queda algo de infantil en su alegre decoración: parece una soñada ciudad japonesa de tabla pintada, casi de cartón, cuyos tabiques se vendrían al suelo si les arrimara el hombro «mi hermano Yves». Cada casita es un esmerado juguete, con verandá y peristilo de barnizadas columnas. Las azoteas soportan un doble techo abierto para pasar la siesta, al resguardo del implacable sol, en este clima mineral que no conoce la lluvia. La playa está cubierta de garitas: tan seco es el aire y tan tibia el agua, que los extranjeros se bañan afuera el año entero. Toda la ciudad tiene el aspecto exuberante y rico de una población minera en su apogeo: las calles enarenadas revelan cuidado y limpieza exóticos; los almacenes y tiendas, llenos de mercancías costosas, rebosan de compradores: chilenos tostados, cholos lampiños, extranjeros rubicundos, señoras de estrepitosa elegancia. Donde quiera, hieren la vista, por las abiertas ventanas, los muebles y cortinajes lujosos. El salitre da para todo—hasta para los frecuentes incendios que arrasan periódicamente manzanas enteras de estas frágiles construcciones. Oigo decir que la misma arena de las calles, mezclada de salitre, ¡se ha incendiado alguna vez! Lo cierto es que las compañías de seguros perciben el diez por ciento.
La plaza es bonita y risueña, con su iglesia esbelta y sus calados kioscos. Los carruajes de alquiler son numerosos y mejores que en Santiago—lo que, á la verdad, no es mucho decir. Se respira un ambiente de bienestar: la anchura de la vida rumbosa, el dinero que fluye abundante y fácil—en desquite de la rudeza del trabajo. El mes pasado, el Banco de Iquique puso en jaque á los grandes establecimientos de Valparaíso. Almuerzo en casa de un caballero peruano, un tanto argentino, de cuya acogida cordial guardo buen recuerdo: servicio rico y correcto, buena cocina, cuatro ó cinco vinos legítimos. Hemos entrado de paso y nada se ha preparado. La casa está bien puesta, confortable, aunque flamante; en el piso alto un espacioso escritorio lleno de cuadros y libros. El dueño de casa, inteligente y cultivado, es el consejero y árbitro autorizado en negocios salitreros. Ha escrito folletos técnicos y una excelente Geografía de Tarapacá; pero se interesa en otras cosas que la «salitrería»: por ejemplo, en las urdimbres políticas de Piérola, para quien me da una carta que pongo en mi cartera, junto á la que llevo desde Buenos Aires para Cáceres.
El centenar de fábricas en actividad—pertenecientes casi todas á compañías inglesas—han exportado el año pasado cerca de 20 millones de quintales métricos de nitratos elaborados: podrían producir el doble sin temer que, antes de un siglo, se agotara la zona explotable. Pero la demanda actual del abono no pasa de esta cifra. Mi huésped, adversario de la «inflación», ha combatido la formación de compañías nuevas y sindicatos monopolistas. Por esta sola fuente de exportación, sin contar el guano y el yodo, percibe el fisco unos veinte millones de pesos: es lo más limpio de la renta chilena; y se comprende cómo el primer y exquisito cuidado del gobierno, en plena guerra, fuese «organizar provisionalmente» el territorio que sponte sua no evacuará jamás.
Tarapacá es el reino mineral: la única planta que allí existe es fósil: el tamarugo, que da su nombre á la pampa salitrera del Tamarugal. Aunque el agua abunda ahora, desde que una sociedad la trae de un valle andino, ningún árbol prospera en la arena hostil que absorbe el líquido—como por una criba—sin humedecerse. Fuera de la plaza principal, donde languidecen algunos pinos raquíticos, no se ve rastro de verdura en los patios y paseos. Recuerdo esa región de ensueño en que nos transporta el poeta de las Flores del mal,—llena de mármoles y agua vivas, pero donde las piedras preciosas reemplazan á las flores y follajes. Por eso, en Iquique, se tiene como excursión predilecta ir á Cavancha, á beber tisana de champagne bajo un kiosco, donde un europeo ha realizado el prodigio de hacer crecer algunas flores, dentro de un metro cúbico de tierra vegetal importada! Esos rudos trabajadores, americanos y europeos, después de sus faenas en la mina y el escritorio, ejecutan el invariable programa de recorrer tres kilómetros de desierto, en carruaje ó en tranvía, para aspirar la débil fragancia de algunas rosas ó gardenias que crecen precarias y enfermizas, como niños en un asilo ...
Continúa la navegación; los puertos y escalas se suceden, pero el interés decae: se parecen demasiado unos á otros. Después de Iquique, he aquí á Pisagua: una muralla de conglomerados arcillosos de un millar de metros, á pico sobre la estrecha playa en que la aldea cuelga sus graderías; un borracho que tropiece ha de rodar hasta el mar. Los chilenos tomaron por asalto esa cresta coronada de defensas bolivianas: es de una audacia inaudita—un irreflexivo heroísmo de araucanos. Con todo, uno se dice que, puesto que la guerra existe, es así como se debe hacer. Son esos golpes de loca intrepidez los que desconcertaron á los aliados—sobre todo á los bolivianos, que pronto abandonaron la partida. Un antiguo oficial—chileno por cierto—me cuenta que algunos pobres cholos, desbandados, sableados por la espalda, se daban vuelta para gritar á los rotos feroces: ¡No sea usted grosero!... El dicho caricatural es el residuo y la cruel moraleja de la campaña.
Arica viene en seguida; pero llegamos al anochecer para alzar anclas dos horas después. No bajo á tierra y doy las gracias al gobernador melómano que había pedido por telégrafo que nos preparasen caballos para trepar al Morro.—Como un soldado que custodia una zagala: encima de la ciudadita de ópera-cómica se yergue la masa prismática, inaccesible, duramente destacada en el crepúsculo gris. El grupo de las habitaciones tiene un encanto casi artificial. No parecen de verdad esas casitas abigarradas, esa capilla gótica extra-florida, ese espacioso chalet que resulta ser la aduana, ¡aquel oasis en el desierto pedregoso, con árboles reales cubiertos de hojas verdes que no son de zinc! Todo ello se exhibe muy pegadizo y flamante,—y vienen á la memoria los terremotos, las espantosas marejadas ciclónicas que azotan á las poblaciones y les impiden envejecer.—Luego, un islote fortificado vuelve á traer la nota trágica; los ojos se clavan en ese Morro fúnebre donde, esta vez, la defensa fué tan encarnizada como el ataque; allí unos y otros se batieron furiosamente. Después de rechazar la capitulación con los honores de la guerra, el coronel Bolognesi y casi todos sus jefes cayeron, muertos ó heridos—incluso el comandante Sáenz Peña que se granjeó allí, merecidamente, el rencor indeleble del vencedor.
Después de Arica, las aldeas peruanas despiertan escaso interés: la costa está lejana, á veces difícil de alcanzar con estas canoas chatas, en que los indígenas traen frutas á vender. Hombres y mujeres llevan el desairado sombrero oval, tal cual se encuentra en las pintadas figuras de otros siglos ... Después de Ilo y Mollendo,—donde embarcamos á una parisiense de Puno y un marsellés de La Paz,—Pisco despliega su ancha vega verdeciente. Por algunas escotaduras azuladas, se entreven los valles umbríos, plantados de cañaverales y viñedos—los que producen el aguardiente famoso en todo el litoral. Algunas casas blancas, campanarios, chimeneas de ingenios emergen de los follajes. Llegan mujeres en piraguas, como en los tiempos de la conquista; y con los mismos modales humildes y suaves que sus abuelas gastaban con los españoles, nos brindan frutas de la región, bananas, paltas, tejas de cidra en confite, pasas de sabor exquisito—casi de balde. ¿Qué vale la fertilidad asombrosa del suelo, si está muerto el comercio, y, como ya en Lima, falta la salida que desarrolle la producción?
La navegación se torna ya cruelmente monótona; se vuelve apenas la cabeza para ver pasar las islas Chincha: tres gruesas rocas cubiertas de guano, á cuyo alrededor pululan los pelícanos y cuervos marinos, como para demostrar el origen animal, largo tiempo discutido, de ese abono, hoy casi agotado y substituído. La vida de á bordo gravita pesadamente sobre las frágiles relaciones de ayer; ya nadie se busca, ó muy poco: basta con encontrarse regularmente en la mesa y sobre cubierta. Con tanto rozarse, los cuerpos se han cargado con la misma electricidad y tienden á rechazarse mutuamente.
Como en el primer día, vuelvo á buscar la soledad disolvente y triste, en que el alma, según la deliciosa imagen de un drama indio—Çakuntalâ—que me persigue, «vuela hacia atrás, como el pendón del soldado que camina contra el viento». Dos días, un día aún ... Divisamos, por fin, al través de la niebla matinal, pintorescas aldeas encaramadas en la costa: Chorrillos, Miraflores, nombres antes risueños, hoy fúnebres; algunos fuertes se alzan en torno de una ancha bahía de agua lechosa; luego torres, campanarios, edificios apiñados: una gran ciudad entrevista por entre una selva de mástiles, en una dársena con circuito de piedra. Es el Callao ¡ya era tiempo! Al saltar en tierra, caigo en los brazos de García Mérou, y, unos minutos después, volamos hacia Lima.
IV
LIMA
Messine est une ville étrange et surannée ...
...Desde mi entrada en Lima, por la estación de Desamparados, viene zumbando en mi oído este verso de Banville (á quien por cierto no cultivo mucho), cuyos apareados adjetivos descoloridos y musicales, con no tener nada en sí de raro ni sorprendente, alcanzan en su feliz combinación no sé qué belleza indefinible, sugeridora de líneas y colores, de arquitecturas arabescas y soñadas—como ciertas páginas vagas de Quincey. Étrange et surannée ... Por algo será—por algo que no comprendo—que esa reminiscencia me persigue por todas las aceras de esta «Ciudad de los Reyes»; y daría cincuenta de mis frases menos deformes por haber sido el soldador original de esos dos epítetos. Se dice que tales hallazgos de estilo son inconscientes y fortuítos; pero acontece en esta lotería lo contrario que en la otra; á saber, que son casi siempre los hombres de talento los que sacan los números premiados. Étrange ... pero, basta ya, que veo asomar á un personaje de Molière.
Y no es, seguramente, porque Lima «le deba nada» á su entrada. Después del triste Callao, las ocho millas del trayecto hasta la «desamparada» estación carecen de interés pintoresco. La inevitable niebla matutina funde los cultivos y las colinas en el mismo celaje gris. Se divisan por momentos los cerros de San Jerónimo y San Cristóbal, que dominan la ciudad: pero ¡hemos visto ya tantas montañas! El primer encuentro del Rimac, con su hilo de agua en el enorme lecho pedregoso, es un desencanto: trae el recuerdo del Mapocho, del Manzanares, de todos esos álveos famosos que parecen haber gastado sus ondas en alimentar su nombradía. Completa la semejanza un hermoso puente «romano», como el de Toledo y ese otro de Santiago, que los chilenos no han sabido conservar ... Se pasa delante de los pobres suburbios de Monserrate y La Palma; por poco se atraviesa el Matadero ... Positivamente el vestíbulo de Lima está destituído de prestigio. Es algo así como la entrada á una casa solariega por la caballeriza y la cocina. Después de apearse en el mejor hotel,—que merecería ocupar un puesto distinguido entre las ventas manchegas del Puerto Lápice,—el forastero echa á correr por estas plazas y calles estrechas, cuya apariencia entre colonial y morisca trae un primer encanto; cuyos nombres anticuados: Inquisición, Espaderos, Virreina, Judíos ... despiden desde luego no sé qué tufillo de poesía aviejadita, trascienden á sahumerio á la vez «perricholesco» y monacal.
Las capitales seculares que alcanzan originalidad son las que condensan los rasgos dispersos de su pueblo. Entonces, esos montones de piedras y ladrillos se impregnan de humanidad, hasta el grado de ser casi personas: y lo son para mí, simbólica á par que sociológicamente. París, en verdad, es un artista; Berlín, un soldado; Liverpool, un marino; Génova, un mercader. Y esto, sin calcular ó pesar al pronto la importancia positiva del íntimo carácter: Génova, por ejemplo, tiene menos comercio que París.—Lima es la ciudad-mujer. (¡Oh! por favor: ¡reprimid esa sonrisa intempestiva!)—Es una mujer, en su porte exterior, en sus primores y achaques arquitectónicos, en su índole toda política y social, en su alma, por fin, ó sea en su historia entera, femenina y felina, infantil y cruel. Como tal hay que verla, para juzgarla con equidad. Las joyas y adornos, los afeites y colores vistosos, la excesiva coquetería ornamental, la pasión del lujo y la preocupación permanente de agradar y seducir: todo lo que nos parece ridículo y displicente en el hombre, se torna atrayente en una dama de alcurnia que ha nacido rica y vivido ajena á los problemas de la existencia material. Disculpad su vanidad pasada, su ligereza, sus imprudencias ¡es una mujer! Otras ciudades son fuertes, heroicas, grandes por el pensamiento ó la acción: Lima ha sido encantadora; era su función y su excelencia—hasta el rayo terrible que la fulminó. Escribamos de ella, entonces, sin rigorismo austero. Al levantar el velo de su dolorosa decadencia, no olvidemos que él envuelve á una herida: hablemos de la pobre viuda que fué reina, con reverencia, con ternura, con piedad ...
Todo aquí revela á la ciudad noble: fenómeno extraordinario y casi único en América. Mucho más aún que la rica y populosa Méjico, ha sido Lima la verdadera patricia criolla; y es bien evidente que de su emancipación arranca su decadencia. La era moderna, igualadora y constitucional, la ha deformado más que embellecido. Así en lo material como en lo político, se ha mostrado inhábil y torpe para ese «progreso» tangible que Montevideo y Valparaíso se asimilaban maravillosamente. Muy al contrario de Buenos Aires, que renacía en verdad con la Independencia y comenzaba á dilatarse en la tabla rasa de su Pampa, indefinida como su ambición y su destino, barriendo desdeñosamente todo vestigio colonial: Lima ha vivido y permanecido como el injerto más floreciente del tronco indígena. La unión fecunda de Pizarro con la hermana de Atahualpa tiene el significado y la belleza de un símbolo: como el conquistador, Lima toda empalmó su nobleza histórica en la legendaria de los Incas. Hasta después de romper la aurora nueva, continuó soñando con su primacía. En el congreso de Tucumán, todavía, como solución del solemne problema futuro, ella era en realidad quien, inconsciente y mal despierta, balbucía el nombre incásico de no sé qué Huaina más ó menos Capac ... Á semejanza de su gloriosa metrópoli, había de encontrar en su grandeza antigua el primer obstáculo á su transformación; y como ella también, eternamente fluctuante entre sus tradiciones seculares y las exigencias de los tiempos nuevos, había de caminar adelante con la mirada hacia atrás por la pendiente sembrada de precipicios.
Según lo que era de esperarse, estos caracteres profundos brotan exteriormente en la forma y disposición de los edificios privados y públicos; del propio modo que la naturaleza salina de un asiento terrestre asoma por defuera en visible eflorescencia. La estructura material de una ciudad es la cristalización de sus costumbres; y así la arquitectura viene á ser el comentario perpetuo de las evoluciones sociales que constituyen, con sus capas sucesivas, la masa histórica nacional. Que el Perú, mucho más que la Argentina y el mismo Chile, resistió cuanto pudo la intrusión del espíritu moderno, bastarían á demostrarlo—sin acudir á los datos confirmativos de cien documentos escritos—el desarrollo precario ó nulo de las instituciones exóticas que implantaron en Lima el esfuerzo administrativo ó el mero prurito de imitación. Y no me refiero, por cierto, á muchas ciudades importantes del interior, como Cajamarca ó el Cuzco, donde se vive en pleno «indigenado», sino únicamente á la capital que puede, además, considerarse como una gran población litoral.
Es inútil decir que, poseyendo en abundancia oro y plata, guano y nitrato, no podían faltarle los iniciadores del progreso moderno: los Meiggs y Dreyfus, los Grace y sus «compañías» tenían que acudir, numerosos y voraces como los lobos marinos en la bahía del Callao. De ahí, los ferrocarriles en despeñadero, los vapores subvencionados, los sindicatos mineros, fabriles, agrícolas; de ahí también, los empréstitos usurarios y, como consecuencia, los pocos pero muy costosos edificios de utilidad ú ornato que disuenan en la histórica ciudad. Estas muestras de flamante civilización han quedado sin digerirse, como cuerpos extraños en el organismo colonial. Las calles de asfalto y macadam vuelven á su estado primitivo por falta de compostura; la higiene urbana queda como antes confiada en gran parte á los gallinazos ó zopilotes; el peregrino va en tranvía vacío al palacio y magníficos jardines de la «Exposición», donde ha de encontrar á cuatro forasteros. La imponente Penitenciaría, construída por un paisano de Meiggs—naturalmente—sobre el modelo de la de Filadelfia, está administrada á usanza de los antiguos presidios. Hay un admirable monumento al «Dos de Mayo», cuyo grupo inferior—creo que de Carrier-Belleuse—es probablemente la obra escultórica más bella de la América española: lo han relegado á una plaza lejana donde nadie lo ve ...
Es porque todo ello, lo repito—y multiplicaríanse los ejemplos indefinidamente—representa un conjunto de elementos adventicios y pegadizos que el pueblo no pedía antes ni aprovecha después. Lejos de embellecer á Lima, estas nuevas importaciones le quitan algo de su armonía. Hasta la animada cuadra de Mercaderes, con su fila de tiendas pseudo parisienses, sería una disonancia chillona, si sus inevitables «Villes de Paris» no se hallaran incrustadas entre rejas y balcones del buen tiempo. La verdadera Lima, la auténtica y genuína que queremos mirar y admirar, es la de las cincuenta iglesias, conventos y beaterios; la de los viejos caserones esculpidos, con sus rejas voladas y sus labrados balcones de vidrieras y celosías; la de las recobas y portales con su vaivén de tapadas, y sus grupos de cesantes que evocan recuerdos de licenciados famélicos y covachuelistas del virreinato; la de la Plaza de Toros y la Alameda de Acho, donde, al caer de la tarde, los árboles sombríos parecen esperar aún á las parejas enamoradas; la del «Paseo de Aguas» y de la Perricholi, cuyos descendientes vagan alrededor de los escombros señoriales sin sospechar su gloria de opereta; la Lima, por fin, de la historia y la leyenda, de las «tradiciones» que no sean gacetillas, de la poesía que no haya sido diluída en verso asonantado ni en novela por entregas.
Todo la evoca ante la imaginación, todo la vuelve presente y resucita tangible por sugestión omnipotente. Los edificios en otra parte más prosáicos, los que pudiéramos llamar «vulgares por destino»—como se dice de ciertos inmuebles por ficción legal,—se ostentan aquí ennoblecidos de historia ó iluminados de tradición. El actual Palacio de gobierno era la casa de Pizarro: allí fué asesinado el rudo y atroz conquistador, procurando besar antes de morir la cruz pintada con su propia sangre en el pavimento;—y salieron los asesinos de esta casa que tenéis á la espalda, en el portal de Bodegones y Botoneros. La Cámara de diputados es el antiguo claustro universitario de San Marcos, de cuyas aulas pedantescas se volaban anualmente bandadas de bachilleres y licenciados, llevando en el pico, en vez de gajo verdeciente, una astilla de enjuta escolástica. El recinto del Senado, en la plaza de la Inquisición, es la propia sala de consultas del Santo Oficio, que funcionó en Lima mucho tiempo después de no ser en España sino un recuerdo aterrador: el magnífico artesonado de nogal, maravillosamente tallado, fué regalo del Consejo central á su sucursal indiana más meritoria. Otra página sombría—moderna, esta vez—en el mismo vestíbulo: el ex-presidente Pardo—el hombre superior de su generación—entonces presidente del Senado, pasaba delante del piquete que le presentaba las armas; de repente, el sargento le descargó su fusil en la espalda: cayó mortalmente herido, en una losa del patio que se señala siempre ... Muchas iglesias son de gran riqueza y estilo, como las de San Pedro, de San Francisco, de Santo Domingo con sus airosas torres y fachada romano-moriscas y su claustro más opulento aún. Y cada monumento, además de ser bello, enseña en la perspectiva del pasado su noble vetustez, como por entre una larga avenida de recuerdos. La catedral famosa, con sus tres naves inmensas y sus altas bóvedas ojivales, ostenta un tesoro material en su altar mayor, y un tesoro artístico, mucho más raro y valioso, en su vasto coro capitular de innumerables asientos tallados en cedro, con su figura de alto relieve esculpida en cada respaldo monumental.
Después de recorrer su riqueza ostensible y, si tenéis en ello interés, examinar sus relicarios, no abandonéis aún la ornamentada basílica: en una cripta de piedra, debajo del altar mayor, os mostrarán, en su féretro de cristal, el esqueleto momificado de Pizarro, con la puñalada aún visible que le rompió la clavícula derecha. Este espectáculo os deja pensativo: deseáis, queréis estar seguros de su autenticidad—á pesar de no haber sido demostrada oficialmente sino por arqueólogos de Ateneo—y, por un momento, la imaginación reviste de carne esa máscara agestada y chata para devolverle el duro perfil del conquistador. ¡Qué sueño espléndido, rutilante de oro y sangre, fué su destino! Pero ¿quién sabe si lo sintió y midió como nosotros, y si no es nuestra fantasía más bella que la realidad?—Lo que no era ilusión, en todo caso, era el temple de esas almas de acero en sus cuerpos de bronce. Pizarro, después de todo, ha sido aún más valiente que cruel, más ávido de batallas que de suplicios;—y el poeta historiador que él no ha tenido hasta ahora, vacilará tal vez en decidir si la púrpura que envuelve al imperial aventurero es la del verdugo ó la del triunfador ...
Aunque nuestra moderna «economía política» nos permitiera invertir sumas tan cuantiosas y existencias enteras de artistas en tales obras arquitectónicas ¿cómo podrían jamás rivalizar nuestras fábricas advenedizas y flamantes con esos testimonios solemnes de la historia secular? Es conveniente, es necesario desdeñar la nobleza y los pergaminos; y digo que es necesario, porque, á no ser así, habría fuera de Lima y en todo este mundo nuevo, demasiada gente mal entretenida en perseguir un intangible ideal ...
¡La devoción, la codicia, el amor! Ha subsistido durante dos siglos y más, á orillas del Rimac, á tres mil leguas de la madre patria, una pequeña España criolla, semejante á la originaria bajo las tres faces características de su idiosincrasia. Pero era esta una colonia tropical, es decir una reproducción allegadiza, un injerto exuberante que abría sus flores bajo un cielo sin lluvias ni escarchas, y extraía la savia vital, no del mismo suelo nutricio, sino del tronco indígena á que la conquista lo adhirió. Por eso degeneró la fibra primitiva; y faltó á la hija indiana de los reyes el rasgo profundo y persistente del patriotismo vivaz, que completa y explica á la España caballeresca. Más que una Toledo ó una Burgos semicastellana, fué Lima una Granada mitad incásica, como la otra quedara mitad morisca, á pesar de las conversiones y los destierros. Y en sus feudos, más ricos y sumisos que los de Castilla y la misma Andalucía, la trasplantada aristocracia levantó iglesias opulentas, palacios y casas solariegas, derramó pródigamente el oro y la plata de sus minas repletas, resucitó en la tierra de los virreyes la vida de lances y torneos, de procesiones y amores, de corridas de toros y autos de fe que caracterizan á la España de la dinastía austriaca. Fué aquello la fiesta secular del virreinato—con breves intermedios de sublevación indígena que completaban la ilusión de la reconquista morisca. Las generaciones de siervos quedaban tendidas en las selvas y las minas, á guisa de espesa capa del humano mantillo que era necesario para que la Lima aristocrática y voluptuosa pudiera deslumbrar y florecer. Al lado de la nobleza de la sangre, surgía otra nobleza del oro, más fastuosa que la otra: una veta nueva pagaba la flamante ejecutoria. Á pesar de las precauciones y distinciones recelosas, en el misterioso crisol de la raza se mezclaban y fundían elementos heterogéneos: al modo que la ambición de los primeros conquistadores había creado una nobleza mestiza, más tarde los amores de los virreyes y magnates dejaban una aristocracia criolla, y tal cual chola picaresca hacía cepa de marqueses ...
Todo ello á la distancia, iluminado por la leyenda y la fantasía, forma un conjunto deslumbrador: tan fascinante y seductivo que al artista enamorado de lo bello casi le falta valor para hundir su mirada en las miserias y ruinas futuras que se encubrían debajo de aquellos esplendores; tan colorido y real para la imaginación, que el cuadro primitivo persiste aún después de tamaños trastornos y descalabros. Al pasar delante de esas mansiones señoriales de patios inmensos, de balcones calados como encajes, de grandes escaleras esculpidas, se espera vagamente ver salir á la marquesa de Guadalcázar ó á la condesa de Chinchón—la de la cascarilla—en sus largos vestidos de terciopelo henchidos por el guardainfante bajo la basquiña recamada de seda y oro. Al penetrar en el maravilloso palacio de Torre-Tagle, cuya fachada primorosamente labrada con sus dobles balcones, cerrados y tallados como cofres orientales ó cristianos relicarios, sugiere la idea de un santuario que fuera también un harén,—se busca en el poyo de piedra del espacioso portal á los lacayos de librea que os anunciarán á Su Excelencia. Por la mañana, ó más bien al caer de la tarde, en los antiguos barrios silenciosos «de la gente», todo conspira á preservar vuestra ilusión. De las calafateadas ventanas bajas, con su reja volada que permite ver sin ser visto, se escapa un cuchicheo femenino; una forma esbelta, rebozada en la manta negra, sale de un zaguán vecino; no habéis entrevisto sino algunos rizos de azabache sobre una frente de nieve, y el rápido espejeo de una mirada juvenil: basta para que la aparición furtiva traiga reminiscencias de citas amorosas, en esa alameda sombría á orillas del Rimac, ó en el atrio profundo y más discreto aún de una iglesia ... Pero ¿qué mucho? si en cualquier esquina, la realidad palpitante y viva se alza para solidificar vuestra ilusión.—Pasaba cierta noche con un amigo limeño por el Estanque de Aguas que el virrey Amat hizo construir, para que su Perrichola tuviera ese juguete de Semíramis debajo de sus ventanas; mi compañero me enseñaba la casa misma de la favorita, el teatro de esa pasión senil que fué un verdadero hechizamiento. Yo evocaba en el silencio la extraña figura de esa comedianta criolla que la parodia no ha podido vulgarizar y que el agudo buril de Mérimée adivinara mucho mejor que el esfumino de los «tradicionalistas» de oficio. De la esquina misma una sombra se destacó, y mi cicerone, tocándome el codo murmuró: «Es Amat, el bisnieto de la Perrichola ...»
¡Sueño resplandeciente y embriagador! Así vivió, divertida y soñolienta la población coqueta, mientras sus millares de esclavos traían á sus piés las riquezas al parecer inagotables de sus montañas. Pasaban los años; se desmoronaban los vetustos edificios coloniales, y ella creía que bastaba cambiar el escudo de su palacio y reemplazar con un gorro frigio su corona ducal. En tanto que en torno suyo todo se transformaba y renacía; que los duros hijos del trabajo echaban ya, al pasar por su lado, una mirada insolente á la sultana mecida en su hamaca, ella se encogía de hombros y seguía durmiendo al rumor del festín. Con su indiferencia de patricia, había dejado que se mezclasen y cruzasen en sus haciendas y montañas todas las razas inferiores, produciendo variedades más inferiores aún; los negros africanos después de los indígenas, los chinos asiáticos por sobre los zambos, mulatos, mestizos prietos y claros, cuarterones y «sacalaguas» de todo matiz. Y, después de reir y cantar, de deslizar su vida entre fiestas y siestas,—en una hora fatal sintió llamar rudamente á la puerta de su palacio: era el chileno, sobrio y audaz, enérgico y aguerrido, escapado, como ella decía con desprecio, «de ese antiguo presidio del sur»—¡era el chileno que buscaba una presa! Y Lima entonces no encontró para oponerle sino la multitud bastardeada de su imbele servidumbre; y como en los días antiguos de Cajamarca y Túmbez, las tropas peruanas se rindieron al conquistador.
II
En los vaivenes de la fortuna que constituyen su historia, casi todas las naciones han conocido las humillaciones de la derrota y los destrozos de la invasión. Casi todas también han reaccionado y, después de un desfallecimiento pasajero, han podido recobrar la fuerza y la salud. La pérdida de una provincia es una amputación; pero las naciones se asemejan á esos organismos de vida descentralizada y difusa que reconstruyen á la larga su miembro perdido. Cuando un pueblo languidece para siempre después de tal mutilación, es porque se hallaba de antemano herido en las mismas fuentes de la vida. Creo haber mostrado anteriormente las causas generales de la decadencia peruana. La catástrofe de la guerra chilena ha descubierto el mal latente y precipitado su crisis—pero no lo ha creado. Así como la posesión de Tarapacá no ha producido la prosperidad de Chile, su sola pérdida no podía acarrear la ruina irrevocable del Perú. Desearía muy de veras que esta revelación implacable del mal contribuyese á despertar de su letargo á un pueblo que no se puede conocer sin cobrarle simpatía; y por eso me atrevo á mostrarle á las claras el desarrollo creciente de su decadencia.
Esa decadencia es por todas partes y bajo cualquier aspecto, perceptible, patente,—temo que irremediable. No arranca la gravedad del mal de los territorios perdidos, de Chorrillos y Miraflores arruinados, de la marina y el ejército poco menos que aniquilados—ni siquiera del erario indigente, de las industrias paralizadas y de las fortunas particulares desvanecidas ó apocadas. La causa primera es más profunda. Los accidentes terciarios y ya constitucionales de la infección nacen en lo más hondo del organismo. El tejido celular de una nación, es el mismo pueblo; pues bien, este tejido esencial es el que está envejecido y enfermo en el Perú. ¿Dónde encontrar, entonces, el punto de apoyo para una reacción salvadora y radical, capaz de devolver al organismo postrado la elasticidad y el vigor de la juventud?
Los síntomas superficiales son meras indicaciones concurrentes para guiar al observador; todos ellos conducen y convergen á esta pregunta capital: ¿por qué? Después de doce años, la respuesta unánime de los peruanos es siempre la misma: la guerra chilena. ¡Oh! sin duda, la invasión ha revestido un carácter despiadado y feroz, tanto que en algunos casos rayó en ridícula, con ser tan rencorosa y mezquina. Lo he dicho ya y lo repetiré á su tiempo: el término de la campaña no ha honrado al vencedor. Pero con todo, después del saqueo y de la mutilación, el Perú disminuído ha quedado más rico, acaso más poblado que Chile después de sus provechosas anexiones. Examinad de paso ese marasmo persistente de una nación entera, en sus manifestaciones más palpables y elocuentes, y decid, con la imparcialidad del testigo antes simpático que adverso, si la respuesta del pueblo peruano es atendible y si puede señalarse la invasión chilena como la causa de la ruina general.
El aspecto todo de la vida limeña revela la pobreza ó la estrechez. El único medio circulante es esa gruesa moneda de plata, cuyo martilleo retumba en el mostrador de cada tienda ó almacén, como hace veinte años en Tucumán ó Salta. Las principales casas importadoras se sostienen escasamente; en cambio prosperan los «empeños», y es el primero de todos una «joyería» dirigida por un judío alemán, gran comprador de muebles y alhajas, vestigios de la pasada prosperidad. Las liquidaciones caseras, día á día, son incesantes: por todas partes os ofrecen cofres labrados, huacos, cuadros, aderezos, vestidos. Para una capital de 130.000 habitantes, hay dos ó tres fondas de tercer orden, amuebladas y servidas á la criolla. El único tranvía urbano lucha por la vida. En una estadística reciente, veo que el número anual de telegramas transmitidos por todas las oficinas de Lima—incluyendo la de Palacio—es de 8163, que ha producido poco más de 5000 soles. No hay teatros. He ido á la Plaza de Toros—inmensa, pintoresca, con sus capeadores criollos á caballo:—habría mil personas en los «tendidos» más baratos, entrando en cuenta un batallón de línea con bayoneta calada. Los portales y recobas de la Plaza Mayor hormiguean de día con un ejército de «cesantes», vulgo ociosos, como en la Puerta del Sol—pero sudando la pobreza, con levitas negras que espejean como charol, sombreros atornasolados y fisonomías de escribanos y alguaciles. De noche suelen tocar en dicha plaza dos ó tres bandas de música, juntas ó alternando: la «sociedad» no concurre, y el bajo pueblo, humilde y dócil, se sienta en la inmensa gradería de la catedral, que llena la mitad de la cuadra. (¿Cómo no recordar los bancos de mármol que allí faltan y adornan innoblemente la plaza de Santiago?) La Exposición, con sus jardines y sus salas de artes y antigüedades, es un paseo espléndido pero desierto. Allí he admirado huacos de trabajo finísimo, jarrones y ánforas dignos de la civilización asiria ó etrusca; las telas de Merino y de Montero sorprenden al que conoce las producciones pictóricas de Chile y la Argentina. (El cuadro famoso de los Funerales de Atahualpa carece de vida en su conjunto: la actitud teatral y congelada de los personajes recuerda una caída de telón de ópera, un final de tercer acto después del tutti infalible; los detalles son excelentes como carácter y dibujo; Pizarro algo convencional, pero el Inca es admirable de verdad; algunos monjes asumen una realidad sorprendente, y el colorido es rico y armónico.) Los parques y macizos de flores, llenos de plantas tropicales, están abandonados. He ido dos veces; no había diez personas, incluyendo á nuestra comitiva de cinco ó seis. La magnífica catedral está cerrada: el techo se viene abajo y faltan los fondos necesarios á su reparación. La vida social es casi nula; las famílias no salen sino á misa; los hombres hacen visitas los domingos, después de almorzar, como mujeres. Salvo excepciones, una visita nocturna, de improviso, sería casi una impertinencia: las señoras elegantes tendrían que arreglarse á escape, encender las lámparas: un zafarrancho general. Algunos amueblados son lujosos, todavía; pero las casas más ricas permanecen cerradas; las gentes de fortuna están viajando por Europa ó los Estados Unidos: en el grupo patricio hay un furor enfermizo de expatriación.
¿De qué proviene esta decadencia general? De la guerra, se os contesta. Pero la guerra no ha quitado definitivamente al Perú sino las salitreras de Tarapacá, que no representaban, lo mismo que ahora, sino la plétora perniciosa y malsana para el fisco nacional: es decir, los medios de fomentar la corrupción política en sus peores formas. Con ó sin estancos salitreros, hubiérase producido el empobrecimiento de las minas mal explotadas, el envilecimiento de los productos agrícolas confiados á la elaboración indígena ó china, á la dirección mercenaria. ¿Cómo admitir que el país entero se confundiese con la administración, no siendo rico sino por la riqueza fiscal y quedando pobre con la pobreza de aquélla?
La importación total durante el año de 1891 ha sido de 15 millones de soles, y la exportación de 12 millones: la diferencia se salda con liquidaciones, ventas, hipotecas usurarias. El presupuesto de la administración alcanza á 7 millones de soles, merced á un sistema de impuestos agobiador para las escasas fuerzas del país: supera la mitad de la exportación nacional. Hace poco menos de veinte años que, por vía de empréstitos, acciones y empeños, los gobiernos sucesivos han enajenado las fuentes de recursos más valiosas del Perú. Los mismos pastores han abierto la puerta del redil á los lobos de afuera. Algunos gobernantes han recogido, en esas pobres cajas semi vacías, fortunas escandalosas. En la actualidad, la suerte del Perú está fluctuando entre el ex-dictador Piérola, que entregó á Lima y enriqueció á Dreyfus, y el general Cáceres que perdió la última batalla y cedió á Grace los ferrocarriles y las minas del Cerro de Pasco. Este candidato es impopular en Lima y tiene en contra suya al Congreso; pero será elegido porque no existen en el Perú ni partidos organizados, ni elecciones, ni convenciones, ni cosa alguna que se parezca á vida política: nada que no sea la vegetabilidad inconsciente é inerte de las grandes postraciones.
Si después de daros cuenta de lo que es la actividad externa y social, queréis penetrar en la intelectual os encontráis con la estagnación ó el retroceso. La prensa está desarmada, más que por la mordaza administrativa, por su propia insignificancia ó pusilanimidad. Hay hasta dos diarios que no carecen de cultura y buena intención: lo que se busca vanamente en sus columnas castizas, es el acento convencido, la protesta dolorosa é indignada del patriotismo. Por lo demás, pocos los leen y nadie los escucha. Actualmente tiene descolgada la popularidad uno de esos pasquines virulentos y groseros que, para nosotros, parecerían contemporáneos del padre Castañeda. Ha hecho brotar una familia de «satíricos», cuya necedad sólo está superada por su pedantería. La cuarteta es la forma habitual de la discusión, siendo su fondo el retruécano sobre el apellido, la alusiones indecentes á los actos privados, á la mujer, á la familia del que se ataca hoy—y es el mismo á quien se abrazaba ayer y se adulará mañana. En todas partes los versos pululan, de toda laya y complexión. Hombres más que maduros, que han aspirado á estadistas, consumen los seis días de la semana en este oficio de remendón. Habiendo envejecido sin sospechar nada de la evolución moderna se sorprenden cuando, improvisados diplomáticos de sonsonete, pasan por nuestras traviesas ciudades del Plata, dejando un reguero de ridículo.
El pensamiento anémico de un pueblo entero acaba de extenuarse bajo ese régimen de verdadero parasitismo pedicular. Ahora bien, como remedio á los males presentes y á las catástrofes futuras; como Sursum corda generoso y varonil, enfrente de este descenso gradual de los espíritus y las conciencias, los «pensadores» no preconizan el trabajo material, la iniciación civilizadora, el deletreo paciente de la ciencia y la filosofía modernas; sino la redondilla y la décima, en español castizo.—Cuéntase que los bizantinos seguían discutiendo una regla gramatical, en tanto que los turcos batían sus murallas; pero no dice la historia que continuarán su tarea de eunucos después del saqueo y la rendición ... En Lima se siente ahora como una recrudescencia de la palabrería pedantesca y vacía. Funciona solemnemente una «Academia de la lengua», sucursal de la que elabora en Madrid tan exquisito diccionario. Para procrear una obra inspirada, para dar al fin con la originalidad y la vida, estos «excelentísimos» se cuelgan del pescuezo un abalorio y, puestos en cuclillas, formando rueda, teniendo cada cual en la mano su diploma de la academia matriz ¡se calientan al reflejo de una luna menguante! El achaque es epidémico y crónico. El mismo gobierno—el ministro del ramo es académico—que no pudo mandar á Chicago una sola muestra de las riquezas históricas y naturales del Perú, ha costeado en Madrid, durante el concilio de la «Lengua», á su correspondiente y distinguido defensor. Los resultados no pueden ser más tangibles; el representante los comunica alborozado: «Después de una descomunal batalla acerca del adjetivo de inca, quedaron fuera de combate, incásico, incano é inqueño, declarándose por quienes lo saben bien, que incáico es el derivado legítimo de los soberanos del Cuzco y el único que, como tal, debe ceñir la Mascaipacha y empuñar el Tupaccurí gramatical. ¡Victoria completa!»—Pobres victorias peruanas! Entretanto, la enseñanza primaria y profesional, las escuelas y colegios retroceden á un estado rudimentario y verdaderamente incáico ...
Todos esos rasgos son exteriores y parciales: podría en cierto modo dudarse de que sean plenamente significativos y sintomáticos de un estado general. Pero hay aquí, en mi sentir, dos estigmas profundos que anuncian ó caracterizan la degeneración orgánica. Es el primero el acceso libre y próspero de una raza inferior que, gradualmente, se infiltra en el elemento nacional, aunque sea el más bajo y débil, para debilitarlo más y rebajarlo aún. El segundo es la marcada superioridad de la mujer sobre su compañero social: manifestación que parece también un signo de atavismo regresivo propio de las razas envejecidas. No necesito decir que si, como materia de observación, ambos rasgos son interesantes y dignos de estudio, distan mucho de ser igualmente atrayentes.
Después de la bastardía étnica, debida á la antigua mezcla indígena y africana, el Perú está sufriendo ahora la del contacto asiático; y ello, en un grado de intensidad que no admite comparación con el de otras regiones invadidas. La colonia china de San Francisco, acaso más numerosa y rica que la de Lima, no es ni será nunca un elemento asimilado, ó sea un peligro nacional. La China town es el Ghetto de estos modernos judíos, que han sido tolerados como instrumentos de cierto tráfico ó del trabajo vil. Á mas de que su residencia en California se hace cada vez más precaria, no creo que haya ejemplo de una unión contraída ni de un real compañerismo entre «celestes» y terrestres. Permanecen allí como ilotas ó parias, aislados y rencorosos.—En el Perú, los he visto risueños, contentos, cariñosos como buenos perros domésticos. En las faenas del campo y de la ciudad, se mezclan y confunden casi con los «cholos» de cualquier matiz, hasta que logran desalojarles sin ruido de los oficios provechosos. Insensiblemente, van invadiendo como una lepra los departamentos del litoral y hasta del interior. No inspiran repugnancia á las criollas, ni ellos la tienen en absoluto por las costumbres indígenas. Después de algunos años se cortan la trenza,—la inmunda cola de lagarto que trae reminiscencias de soga y látigo,—se hacen kiu ó renegados, sin tornarse abominables para los recién llegados. Muchos son católicos, visten á la chola, se casan con mestizas y procrean abundantemente una nueva variedad de peruanos que me han parecido—¡cosa terrible!—más agraciados é inteligentes que los nativos de su condición. Son buenos padres, excelentes maridos, laboriosos, económicos—y sus mujeres viven felices. Ante esta adaptación perfecta, me siento inclinado á creer que han dado con hermanos de raza, y me aproximo á la teoría etnográfica que atribuye á una emigración asiática el poblamiento de esta vertiente del continente americano. Así se explicaría lo de ahora y lo de antes, y lo de más allá. En todo caso, esta fácil amalgamación es profunda y tristemente significativa. Para que pueda realizarse y ser fecunda esta nueva hibridación asiática, es necesario que las anteriores hayan rebajado la raza indígena casi á su nivel. Ahora bien, fuera de su destreza simiesca que sólo justificaría su colaboración provisional en los países nuevos, el elemento chino representa la parálisis evolutiva, la muerte de todo progreso, el opio difundido en el organismo nacional.—Y ante todo, es un tipo deforme y feo, no relativa sino absolutamente ¡la efigie divina se ha borrado de su máscara bestial!
He visitado dos veces el barrio chino de Lima; y acaso, después de conocer su colonia de San Francisco con sus teatros y bazares, vuelva sobre este tema curioso y pintoresco. Aquí sus tiendas especiales y puestos de comestibles ocupan un barrio entero, al rededor del mercado, de donde casi han desterrado á los indígenas. Se les ve agitarse y voltear sin ruido, en sus mesas de legumbres, carne, frutas,—ágiles é infatigables como mujeres que no supieran chillar y alborotar.
Sentados en sus tabernas, delante de sus tazones hondos, manejando con movimientos de ardilla sus palillos, como quien hace punto de media, engullen rápidamente, envueltas en azafrán, comidas conocidas—cordero, pollo, arroz—que me parecen nuevas, cosas limpias que me parecen inmundas. Con sus muecas involuntarias en la palidez de cera vieja de sus mascarones achatados y lisos, con sus divertidos ojillos porcinos de «hombre que ríe» y sus dedillos flacos y exangües de monos enfermos, parécenme caricaturales y grotescos, y hallo no sé qué de repugnante y obscenamente senil en su parodia eterna de nuestra humanidad. Por los callejones estrechos de sus refugios, en las guaridas obscuras donde se apiñan en anaqueles de tabla, un olor acre de opio y miasma os toma la garganta, y es necesario fumar todo el tiempo para precaverse de la náusea. Hay cuartos de juego donde mueven como prestidigitadores naipes grasientos y dóminos enormes, apuntando con puñados de judías; talleres liliputienses de remendones, sastres, costureros y planchadores de ropa,—rincones más inmundos aún. Las cocinas apestan; las tostaduras de maní levantan el estómago. Existe una gran piscina sombría para el baño común; y no sé por qué este último detalle es más nauseabundo que los demás: me figuro esos cuerpos obesos y pelados de batracios chapoteando en el agua turbia ... Y en los pasadizos resbalosos y húmedos, cuyo vapor semeja tufo visible, es un hormigueo de cosas y seres melosos, pegajosos, horriblemente olorosos, que me traen el recuerdo de esos montones de cucarachas tucumanas que hierven atascadas en un tarro de arrope ... Por fin, hay los dormitorios de opio—y esto es lúgubre. Sobre catres de tabla, la cabeza contra la pared descansando en una tijera de palo, bajo el papel rosado con sus tres signos negros que encierran una fórmula propiciatoria—de dos en dos, en una promiscuidad que hace más repelente sus formas hermafroditas: están fumando sus largas pipas de madera encima de la lamparita llena de aceite de maní, que clava una estrella rojiza en las tinieblas ambientes. Según el estadio de la embriaguez, varían las actitudes, más ó menos embrutecidas. El que comienza, sentado, aspira febrilmente el veneno por el tubo recto y activa la combustión de la resina negra; el humo acre se escapa en espiral blanquecina; otro, ya vencido á medias, despide bocanadas intermitentes, los ojos extraviados, una vaga sonrisa idiota en los labios blancos, la mano vacilante; por fin, hay los que han caído intoxicados, inertes, con la faz exangüe y cadavérica, los ojos vidriosos de la muerte, levantadas las costillas por un vago jadeo de éxtasis que parece una agonía. Un silencio de sepulcro:—y contemplo horrorizado ese columbario de bultos humanos, sintiendo mi alma agobiada bajo un terror desconocido—con el estremecimiento de la duda y del misterio. ¿Quién sabe si no hay cierta grandeza oculta en ese voluntario embrutecimiento, cierto melancólico desdén de la vida en esa obstinada prosecución del aniquilamiento? ¿Qué largo sufrimiento de la raza envejecida habrá transmitido á las generaciones la desesperación hereditaria é incurable, hasta el grado de sustituir al natural afán de la existencia el tétrico deseo del no ser?—Acaso, por sobre las repugnancias de la forma y las sordideces del medio material, no sea este desprecio de la realidad humana, esta sed inextinguible del ensueño, más que un inmundo remedo del gran desprendimiento terrenal en que se aletargó nuestra Edad Media: ¡Beati mortui quia quiescunt!...
Como carácter peculiar del grupo social peruano, he mencionado ese rasgo curioso y significativo de la superioridad innegable de la mujer. Este hecho se manifiesta, al contrario del anterior, en la capa aristocrática del pueblo limeño. Todos los viajeros han celebrado la belleza y la gracia de estas hijas del trópico; el brillo diamantino de sus ojos negros; la frescura claustral ó la mórbida palidez de estas flores delicadas, criadas en la sombra aunque nacidas al sol, y que prefieren al aire libre la media luz crepuscular de la iglesia y del salón. En su negro tocado tradicional, que tiene el atractivo supremo del adivinado misterio y del contorno entrevisto, pasan esbeltas y ligeras, batiendo el mármol de los atrios con su trotecito de pájaro, ó huyendo, al caer de la noche, por la acera callada, con un roce y vago aleteo de aparición.... No se ha celebrado bastante su fina elegancia intelectual, la maravillosa fluidez de su dicción cantante, su perpétua adivinación de lo que no pueden saber, la encantadora pedantería de su discreteo de «preciosas» nunca ridículas. Basta una sola de estas hechiceras para animar una tertulia de diez hombres, como basta un ruiseñor para un jardín. Hasta creo que ellas mismas lo prefieren así: devuelven el chiste, el epígrama, con una presteza y una soltura admirables. La palabra se escapa, como el volante de una raqueta, describe en el aire una curva graciosa y cae en el blanco sin vacilar. Se expresan con una corrección, una propiedad pasmosas; se deslizan por entre las asperezas de la «analogía», como la bolilla de marfil entre las púas de un billar inglés. Triunfan, decididamente, en la sintaxis; pero sin rigidez ni esfuerzo alguno. Son las hadas de la gramática. Algunas han leído librotes para extraer de esos mamotretos un átomo de miel que Vadius quisiera recoger en sus labios:
Ah! pour l’amour du grec souffrez qu’on vous embrasse!...
Positivamente, son instruídas, letradas—y me ha parecido ver, en la punta de algunos dedos de rosa, una manchita de tinta. Han nacido epistolarias; y en esas cartitas satinadas que van y vienen entre Lima, Santiago y Buenos Aires, no sospecharíais que se agita el equilibrio sudamericano, como paréntesis á una consulta sobre la supresión del flequillo ó la vuelta del traje imperio ... ¡Os digo que son únicas! Y, con todo eso, altivas, enérgicas, conscientes de lo que en los días luctuosos debía hacerse y no se hizo; soberbiamente vengativas por las heridas nunca cicatrizadas de su orgullo patrio y la ruina de su grandeza nacional. Todo esto lo saben los pobres vencidos de ayer: lo confiesan y reconocen con una ingenuidad que reemplaza todas las demostraciones ...
Y después de pasar quince días al lado de estos seres exquisitos y complicados, me embarcaré con el vago pesar de no haber encontrado el talismán que volviera á este país la prosperidad perdida, á sus hijos la energía reparadora y el esfuerzo viril—sin quitar á sus hijas la gracia soberana, en ellas inseparable de la suprema distinción.
Pero algo más buscaré y por muchos días aún, tendida la mirada hacia la costa peruana—algo que ya no encontraré sin duda en el largo viaje de destierro y soledad: la casa amiga, llena de gorjeos infantiles, cuya atmósfera tibia tuvo para mí la dulzura de un hogar; la cordialidad sincera de una mesa argentina, el contacto de cada día, de cada hora, con un espíritu de mi familia; la imanación refrescante del talento juvenil, la hospitalidad practicada como un parentesco—los brazos abiertos de García Mérou.
V
DE LIMA Á COLÓN
GUAYAQUIL.—PANAMÁ
Después de una quincena de gratísima estancia,—velada acaso por la impresión de conjunto que me ha sido penoso formular,—tengo que arrancarme de Lima, la muy noble y hechicera, que desprende el encanto melancólico de la grandeza venida á menos. Presiento que tan sólo ahora comienza para mí el verdadero y rudo viajar, es decir, el extrañamiento, la soledad moral sin el paréntesis de las arribadas á casas amigas: lo que en estrategia se llama «la pérdida del contacto». ¡Oh! ¡qué dura ha de ser esa larga abstinencia de charla familiar, el eterno soliloquio del espíritu replegado sobre sí mismo! Nunca más cierto que en la peregrinación el Væ soli! de la Biblia: ¡Ay del solo! que cuando cayere, no tendrá quien le levante ...
Hasta Lima había llegado, adelgazándose más y más al estirarse, el hilo invisible que me ata á Buenos Aires: no sólo encontraba donde quiera, en Chile y el Perú, una propagación de afectos ó relaciones fáciles, sino que comprobaba personalmente la irradiación directa de la tierra adoptiva. El hilo está roto. ¿Qué individualidad puedo yo esperar, allí donde la Argentina parece mucho más desconocida y distante que en París ó Londres? Tengo de ello una percepción inmediata, desde que piso la cubierta del vapor Imperial, que me lleva á Panamá. Once more upon the waters! Pero esta vez, Childe Harold encanecido y sin lirismo, me siento desorientado, aislado de veras, separado de mis cien compañeros de cautiverio, menos aún por la falta de trato anterior que por la ausencia de posible afinidad futura.
Desde que dejo de agitar el pañuelo hacia el grupo cariñoso que se queda en el Callao, la brusca invasión del aislamiento cae en mi alma como un gran silencio repentino; y en un ensayo de reacción infantil, me pongo á leer dos ó tres pobres cartitas de «recomendación» para Guayaquil y demás tierras calientes. Luego, semejante al medroso que canta en las tinieblas, me doy á pensar que, en adelante, mi mejor y fiel amigo hasta Méjico y California, mi interlocutor más sufrido en esa vasta terra incognita, donde me tornaré al pronto tartamudo y sordo á medias, será este cuaderno de papel blanco que he comenzado á ennegrecer.
¡Triste paliativo para quien el escribir es tan tedioso! ¿Será posible que exista un sér inteligente y delicado que, con toda buena fe y espontaneidad, se entregue á este fastidioso enhebrar de frases impotentes, desdeñando el noble deleite de imaginar á solas, sin lanzar á la plaza pública sus confidencias? Ello parece tan inverosímil como atribuir gustos de artista al ente subalterno que persigue mariposas en la pradera, con el único afán de fijarlas, muertas y descoloridas, en una caja de cartón ... Otra ha de ser la razón de los «apuntes de viaje». Creo hallarla en el fondo de perversidad humana que descubre especial fruición en el anhelo de lo vedado, ó, más generalmente, en la inobservancia del deber ...
Ejemplo al caso; este deplorable oficio de «corresponsal» y futuro autor de «impresiones», que tan de ligero me he impuesto, no tiene sino una faz agradable: el no cumplirlo. Entonces se vuelve encantador. El más insípido vagar cobra sabor de fruta prohibida. Decid al soldado en campaña que su fatigosa requisición de víveres es libre merodeo, ¡y le veréis volar á la corvée! ¿Quién osaría comparar las delicias de una «rabona» á la tibia satisfacción de un asueto legítimo? He descubierto, pues, este remedio—que me permito recomendaros—contra el pesado aburrimiento de las horas de viaje: el tener siempre por delante un programa de trabajo que no se ejecutará jamás. Así, al perder en cualquier chata partida, ó en la sola ociosidad, el tiempo que se debiera «consagrar» á la escritura, se experimenta una sensación de triunfo: «¡Otra que te raspé!» Este condimento del pecado es lo que llaman los moralistas el «remordimiento». Reflexionad: en la vida no hay más cosas buenas que las prohibidas,—las contrarias á la convención social, á las reglas de la prudencia, á la salud. La obligación—la misma palabra lo dice—es todo lo que liga al hombre, coartando su independencia y soberbia altivez. La santa Bohemia, ignorada de los burgueses y filisteos, sería en verdad la tierra de promisión, si éstos no fueran los más fuertes y no nos impusieran su ley.
Confieso, por otra parte, que esta filosofía de turista no sería inatacable, considerada «bajo el prisma» de la pedagogía ortodoxa. Pero ¡en viaje! Como el Maître Jacques de Molière, que cada uno de nosotros lleva consigo, trocaré mañana la sonrisa del escéptico por el gesto convencido del educador, de «uno de nuestros más autorizados educacionistas»! Aunque, en el fondo, no sabemos mucho más respecto de la virtud de nuestra pedagogía, que los médicos acerca de su terapéutica. Andamos á tientas: obscuré cernimus. Apenas si comenzamos á sospechar que los preceptos del catecismo y los sermones carecen de eficacia; y que la real educación del sér joven no modifica perceptiblemente el elemento innato de la raza y el atavismo, sino por la acción prolongada del medio, el choque diario de la experiencia, la presión brutal de la necesidad que elabora las ideas útiles y crea los poderosos hábitos ... Pero, queden para mañana los negocios serios!...
Guayaquil.
Reconocemos al pasar la histórica ruina de Túmbez, en su arenal, que amojona la frontera peruana por el norte, y ya estamos en la bahía de Guayaquil, remontando el amplio estuario. En esta hora matutina, la costa baja parece encantadora, con su isla y aldea de Puná, abigarrada de blanco y rojo, que se destaca netamente del verde intenso.—La primavera, la aurora, la infancia: todo ello se muestra hechicero bajo los trópicos: más tarde, muy pronto, la gracia se evapora con el fresco cendal de la mañana, los rasgos se espesan ó se entumecen bajo el clima disolvente y el sol abrasador.
Las riberas del caudaloso Guayas se aproximan lentamente; piraguas afiladas, canoas y jangadas cubiertas huyen delante de nosotros, traqueadas por el violento oleaje de nuestra singladura. Hacia el nordeste, adonde vamos, lindas colinas arboladas se desprenden del claro cielo, desenrollando hasta la ría sus tupidos vellones de follaje. En torno de las cabañas brotadas entre los acuáticos paletuvios, algunas vacas rojizas, potros airosos, dispáranse por la fresca pradera, húmeda todavía del rocío nocturno que el sol naciente absorbe en una hora. Garzas y cigüeñas blancas hunden en el légamo sus zancos rígidos; loros y cotorras salpican su color vivo en el paisaje; azuladas tórtolas revolotean en las esbeltas palmeras, se posan en las gruesas raíces adventicias de los mangles, que, bañándose en el agua inmóvil, remedan una imagen reflejada de su ramaje. Oigo cantar los gallos en los vecinos cortijos; y esta alegre diana que hace un año no escuchaba, transporta mi pensamiento muy lejos, á otras llegadas matinales entre la algazara y la risa de los niños bajados del tren medio dormidos: las temporadas de la estancia, los galopes á caballo por aquellos bosques balsámicos y amigos, cuyas sanas emanaciones, en vez de esta pérfida sombra tropical y su envenenada espesura, traían efluvios tonificantes, devolvíanme con la reposada existencia independiente la fuerza y la salud ...
La alta barrera de los Andes ha prolongado la breve aurora ecuatorial; pero, al punto de emerger el disco del sol sobre la cordillera, derrámase el incendio sobre el paisaje bruscamente iluminado; parece que el lejano Chimborazo estuviese en erupción de llamas y rayos ofuscadores; á poco se agita y hierve el río Guayas, haciendo espejear su epidermis resplandeciente, chapeada de escamas metálicas. En breve espacio, casi sin transición, hemos saltado del alba al mediodía, del clima templado al tórrido, del dulce floreal al ardiente termidor. Á medida que penetramos en el puerto fluvial, Guayaquil desarrolla su hilera pintoresca en la margen derecha. Por entre la caldeada atmósfera, cuyo espejismo hace vibrar las barcas en el río y las casillas de madera en sus orillas, cual si estuvieran en vías de derretirse, las manchas verdes de las palmas y los inmensos penachos de los plátanos distantes envían la ilusión de la frescura y de la sombra. Las casas sobre pilotes, con sus altos en desplome, se alinean interminablemente, confundiéndose con las balsas cubiertas que obstruyen el puerto, y remedan una pequeña Venecia tropical—sin historia ni monumentos.
Bajamos á tierra al medio día,—«en esta tierra, diría Tennyson, en que es siempre medio día»[4];—recorro el malecón y la calle del Comercio, en busca de la Casa de Correos. Encuentro una tienda obscura y estrecha, amueblada con un mostrador; un mocito con cara de terciana me vende una estampilla, y se retira tras de una mampara donde adivino un catre tentador. Al notar que la estampilla no está engomada, esbozo al paño un reclamo tímido. Sale una voz de la trastienda: «¡Ahí tiene el tarro de goma!». Efectivamente, está un enorme tarro de cola sobre el mostrador con un pincel descomunal. ¿En qué estaba pensando? Procuro realizar la operación,—sin éxito, probablemente, pues del centenar de cartas que durante esta media vuelta al mundo he de escribir, la de Guayaquil, con tarro y todo, será la única que no llegue á su destino. ¿Será cierto que el servicio de correos es correlativo del estado de civilización?
Echo á vagar por la ciudad. Casi todas las construcciones son de madera, desde las iglesias recargadas de florones y pinturas hasta las aceras de tablones escuadrados. Á la sombra de los portales en arcada, adorno y refugio del malecón y calles adyacentes, el hormigueo de los negros y mestizos, los puestos chinos con sus empalagosas emanaciones, las carnicerías criollas, las pirámides de piñas y bananas, las cocinas al aire libre, las tiendas con sus muestras vistosas tendidas en los largueros: todo eso y lo demás, ya muy visto y conocido, rehace para mí el cuadro sabido de memoria de todos los puertos tropicales. Ningún movimiento, ninguna vida aparente en las habitaciones de los pisos altos; ventanas y balcones tienen bajadas las celosías, como párpados cerrados.
Fuera de estas calles próximas al puerto, donde se mueven las exportaciones de caucho y cacao que convergen á Guayaquil, un vasto y pesado silencio amortaja el emporio ecuatoriano: el reino de la siesta. Entro en el principal bazar de la calle del Comercio: está vacío. Me enseñan «curiosidades»: esculturas á cuchillo postizamente bárbaras, adornos y chucherías de marfil vegetal, mamarrachos al óleo que remedan el arte quiteño—indios mascando el chonta-ruru, etc.,—y que, desde los quince pasos, huelen á baja factura italiana; y luego: pieles de fieras, cocodrilos embalsamados, sombreros de jipijapa,—todo el desembalaje cursi para turistas en demanda de color local ...
Me meto en un tramway vacío, tirado por dos mulas éticas que andan paso ante paso, respetando el descanso de su cochero y mayoral. Las afueras de la ciudad se muestran ya invadidas por la vegetación tupida, espléndida, inquietante, que exubera y chorrea savia nutricia. En la bóveda rebajada del cielo gris, la espesa colgadura de nubes se desprende á trechos, como cortina mal fijada, mostrando parches de lapislázuli. Se respira un tufo de sudadero romano, un denso vapor caliente, saturado de miasmas y fragancias vegetales que se arrastran por el suelo, entre los charcos de la lluvia de ayer y la atmósfera cargada y ya húmeda de un chaparrón cercano. Ya se desploma, circunscrito y local, en tanto que, acá y allá en torno nuestro, sigue el sol derramando sus cascadas de fuego. Sin un rumor, sin un hálito de brisa, las gruesas gotas tibias se aplastan en el camino, quedan en glóbulos de cristal sobre las anchas plumas verdes de los bananos. Junto á sus ranchos ó bohíos de bambú techados de palma, algunas mujeres y muchachos, sin inquietarse por el aguacero que gotea en su hamaca suspensa de una enramada, dejan correr la lluvia en su cutis de bronce. «Si va á pasar ... ¡Quién se toma el trabajo!...» ¡Sabia economía criolla del esfuerzo, religiosamente observada en Sud-América!
Volvemos á los barrios centrales; me bajo del tranvía para andar más á prisa. Visito la catedral de «estilo» jesuítico-español, cuyo frente cuajado de molduras y rosetones encubre un interior suntuosamente lúgubre; el colegio monumental y despoblado; el palacio episcopal, advenedizo y cualquiera. En la plaza de San Francisco, una estatua del presidente Rocafuerte—¿por Aimé Millet?—parece montar la guardia delante del convento. Esta capilla es parecida á sus congéneres de Santiago ó Lima, sencilla é interesante en proporción de su relativa desnudez. En la penumbra de la nave rectangular, tres ó cuatro mestizas arrodilladas forman un grupo confuso tras de una joven que reza, con la cabeza envuelta en su mantilla. La veo salir, bajo la plena luz del atrio, y quedo estupefacto ante su esplendor, que contrasta maravillosamente con todas las caras pálidas y marchitas que hasta ahora he visto en esta tierra envenenada. Rubia, fresca, de esbelta robustez, esta legítima flor ecuatoriana tiene el pelo de oro y los ojos azules de una wili, con la carnación divinamente transparente de la Santa Catalina del Correggio. ¡Extraño misterio, que en todos los pasajeros del Imperial producirá el mismo asombro! pues será nuestra compañera de viaje hasta Panamá, con su marido, rico comerciante francés que vuelve á la patria ¡extenuado por este clima fatal! Ella evoca el recuerdo de esas espléndidas orquídeas de las selvas natales, cuya mágica florescencia extrae frescura y brillo de una atmósfera de fuego. Con su pobre marido carenado por una estación en Vichy, la volveré á ver en París, indiferente y pasiva en los Campos Elíseos lo mismo que en el atrio de San Francisco, irradiando su belleza inalterable y fría como una gema,—á manera de esos témpanos cristalizados que su Cotopaxi arroja á la distancia, y son trozos de hielo salidos del cráter en ignición.
Al cruzar la plaza, leo en una pared blanca, con letras enormes como de muestra comercial, el nombre de un diario guayaquileño, y recuerdo que traigo una carta de Lima para su director. Falta una hora para levar anclas: aprovechémosla, puesto que viajo para instruirme.
En un cuarto bajo y blanqueado con cal, delante de la clásica mesa de redacción, más revuelta que un cuévano de trapero, me recibe un joven esbelto y pálido, de modales corteses y aspecto simpático; parece convaleciente, como casi todos los indígenas. Al ver mi carta, que viene de un antiguo dictador—ó poco menos,—el periodista me considera afiliado á su liberalotismo de oposición y me encuentro lanzado en plena corriente de política ecuatoriana, en las polémicas de campanario y las batallas liliputienses del papel—misterios todos que conozco al igual que los combates de los trogloditas. Felizmente, mi amigo flamante—«¡Cuente usted con un amigo!»—es otro pequeño Cotopaxi oratorio: escucho el desfile previsto de la vida y milagros del déspota del día—idénticos á los del déspota de ayer, y aun de antes de ayer. El gobierno actual es, por supuesto, una tiranía apenas disfrazada, y el clericalismo más subido impera en la capital. Guayaquil es la única ventana abierta sobre el mundo civilizado: aquí la mayoría es independiente, liberal, radical. Está en elaboración la próxima revolución, inevitable, triunfante, destinada á realizar todos los ideales, todos los progresos,—probablemente en nombre de Alfaro ó de Veintemilla, de quien creo que es pariente mi emancipador.—Poniéndonos en lo peor, la ventana sirve también para decampar ... Por lo demás—seamos justos—el tiranuelo actual, hombre de letras, no gasta medios violentos; deja á los periodistas libres, en Guayaquil; ni siquiera suprime los periódicos: se contenta con cortarles los pies, como hacían los déspotas orientales con sus cautivos, permitiéndoles arrastrarse por el suelo, en torno de su mesa. De acuerdo con el obispado—¡foco del obscurantismo!—el gobierno se limita á confiscar sin ruido todos los ejemplares de los diarios opositores que se envían por correo. Como el «avaro Aqueronte», el buzón no devuelve su presa. (¿Allí quedaría mi carta de marras?)—Pero todo está á punto de concluir, de reformarse: la próxima constitución—anexa á todo vuelco gubernativo—será perfecta y definitiva. Etc., etc ...
En tanto que el tórrido tribuno—sin duda, sincero—asesta en el vacío su «ecuatorial», miro la susodicha estatua por la ventana abierta; y aquella figura convencionalmente meditativa del caudillo guayaquileño, evoca por asociación las de sus predecesores y sucesores, cuya historia recorría á bordo, y no por cierto en autor adverso al tan hueco y estéril cuanto celebrado liberalismo[5].
¡Lúgubre y carnavalesco desfile de revoluciones sangrientas, de pactos y traiciones vergonzosos, de manotones «sorpresivos» y dentelladas famélicas, con el acompañamiento repugnante de esa fraseología jacobina, medio siglo después que en Europa ha sido arrojada á la espuerta de la basura! Figuraos una opereta en cien actos cuyas escenas trágicamente cómicas fueran reales, con asesinatos, envenenamientos, saqueos y orgías de verdad: las peripecias del Príncipe de Maquiavelo puestas en acción, no por Malatestas y Castruccios, elegantes en su misma corrupción y ferocidad, sino por mestizos lúbricos y ébrios, y al compás de la bámbula ... Más sencillamente: imaginad nuestra anarquía sanguinolenta de una década, prolongada por más de medio siglo—todavía dura—y, en lugar de nuestra franca barbarie provincial de vincha roja y chiripá, una parodia nauseabunda de constituciones deformes y proclamas idiotas, que parecen eructos á la libertad[6]!—Cada capítulo de esa historia repite el anterior con insoportable monotonía, tan sólo amenizada por lo grotesco del estilo.—Los anales del Ecuador ostentan la uniformidad abrumadora de su clima sin estaciones. Siempre la violencia impulsiva en el pueblo, como el estío implacable en la tierra; el atentado brutal ó la usurpación insidiosa para asaltar el efímero poder, que de antemano justifican y atraen las anárquicas represalias. Una sola década hace excepción en más de sesenta años: la de García Moreno, cuya mano de hierro se enguantaba de terciopelo clerical, y que fué bárbaramente sacrificado, no por su despotismo y más ó menos justificadas crueldades, sino por su energía autoritaria que creyó posible fundar el orden en el catolicismo intransigente. En suma, aquella dictadura, con sus errores y violencias connaturales, representa el único esfuerzo intentado para domesticar el anarquismo ecuatoriano. Con ella la nave nacional, bien ó mal orientada, seguía un rumbo fijo, en lugar de ser juguete de las olas embravecidas, como antes y después de la famosa Constitución de 1869 ...
Un tanto hipnotizado por el runrún oratorio, he seguido mi pensamiento, dejando vagar la mirada en torno de la estatua de Rocafuerte, ahora más que nunca meditativo, pues por efecto del vibrante miraje, paréceme que cabecea de pie. En un resuello de mi «amigo», murmuro distraídamente, designando al presidente de bronce:
—García Moreno ¿era de Guayaquil?
El periodista liberal me mira estupefacto: leo la indignación y el escándalo en su boca abierta, y aprovecho la coyuntura para esquivarme, después de las «cortesías de estilo», como dicen los repórters criollos: «¡Cuente V. con un amigo!».
Si escribiera para lectores europeos, no me sería perdonado el dejar á Guayaquil sin hacer mención de los cocodrilos del Guayas. Podrían servirme de disculpa mis sendas alusiones á los yacarés políticos ... En puridad, nada tengo que reprocharme. Caudillejos aparte, y á pesar del sol rajante (2° de latitud), habíamos fletado—seis ingleses y yo—un vaporcito armado en guerra para remontar el Guayas hasta la región de los saurios. Todo estaba pronto: provisiones, armas,—una colección de spencers, winchesters, etc., con que despoblar el reino de los caimanes,—hasta un aparato fotográfico, ad perpetuam rei memoriam ... El tiempo de entrar en mi camarote para cerrar mi baúl, y ya los amables ingleses se habían marchado, capturando el bote como un simple pedazo de Venezuela.—Por lo demás, este rasgo de forbantes no les ha sido de provecho. Tres ó cuatro horas después volvían al Imperial, trayendo á uno de los cazadores con una insolación. La aventura, felizmente, no ha tenido mayores consecuencias, merced á la intervención enérgica de la ciencia. El médico de á bordo, un mestizo rechoncho con cabeza de batracio, acude al pronto, arremangándose con convicción, seguido por el comandante cargado de frascos. Sinapismos, compresas heladas, friegas á brazo partido ... ¡nada! El enfermo, tendido en un banco sobre cubierta, no se movía: ya en camino, al parecer. Por fin, el doctor destapa un frasco azul, murmurando: agua sedativa, y echa una dosis en las manos del capitán puestas en escudilla sobre el pecho desnudo del paciente ... ¡Doble rugido del capitán que larga todo y del enfermo que recibe el chorro en el estómago! Era ácido fénico. El efecto ha sido maravilloso, y quedará, sin duda, como la curación más notable que haya perpetrado este descendiente de los brujos incásicos. Con semejante médico á bordo se puede viajar tranquilo: si se atreviere á nosotros el vómito negro ¡dará con la horma de su ojota!
Panamá.
La entrada de Panamá por el Pacífico es un encanto: parece una reducción de la de Río de Janeiro; sólo que aquí conviene llegar al alba, en tanto que la portentosa bahía brasileña necesita del sol declinante para resplandecer en toda su gloria magnífica y teatral. Desde la aurora estamos en pie—y no es mucho esfuerzo dejar cuanto antes el sudadero del camarote.—Con lentitud y precaución, por entre el dédalo invisible de los bancos de coral, el «steamer» da sus últimas vueltas de hélice para fondear á pocos cables de la isla Tobago.
Á nuestra izquierda, los conos arbolados de Naos y Flamenco surgen con deliciosa audacia del círculo espumante de los escollos. El viejo Panamá,—sombrío y erizado de rocas abruptas, que fueron bastiones y parapetos en tiempos de Morgan y Pointis,—y la ciudad nueva, un poco al oeste, pintoresca y alegre cual estampa iluminada, se yerguen contiguos bajo las puntas agudas del cerro de Cabras. Un oficial me enseña las torres cuadradas de la catedral, de ese recargado estilo hispano-colonial que no parece vulgar en este paisaje; la ensenada del canal interoceánico en la Boca; al pie de la colina de Ancón, el hospital de la Compañía, innumerable serie de pabellones elegantes, lujosos, escalonados en la falda, como chalets de recreo á la sombra de cedros y naranjos. El sol naciente y tibio apenas alza su disco sobre las islas verdes, arrojando en el paisaje el oro y la púrpura de la mañana; por doquiera, una vasta erupción de follajes y flores que alegran la vista y hasta rejuvenecen los arruinados terraplenes que la menguante deja en seco; la brisa fresca nos trae rumores de campanas entre ráfagas de fragancias forestales y perfumes de magnolias ... Y bajamos á tierra con esta impresión de alegría y bienestar, después de una pesada travesía. Todo parece arreglado para seducirnos, hasta este privilegio de puerto franco, que nos ahorra el enervamiento del equipaje trastornado por la inquisición aduanera. Estoy á punto de encontrar que Panamá, ciudad y clima, es adorable: un verdadero «paraíso terrenal», como lo llamaban los Wyse, Turr, Lesseps, Zavala: todos los del reclamo gigantesco que cruzaron el istmo á vuelo de buitre ...
Por su aspecto exterior, la ciudad no difiere mucho de las antiguas poblaciones peruanas; pero, sobre el antiguo fondo colonial, se encuentra á cada paso el contacto de las dos influencias rivales, yankee y francesa, que se han combatido ó yuxtapuesto. Muchos avisos y muestras comerciales están en las tres lenguas. El tramway eléctrico, el pavimento y las aceras de las calles centrales, la bonita plaza de la Catedral—donde hacen buena vecindad el Grand Hôtel, la Agencia del canal, el Banco del judío Ehrmann y el obispado; el alumbrado público y hasta los uniformes modernos de la policía: todos los adelantos materiales de la ciudad nueva son regalos más ó menos directos de la opulenta Compañía. La era de las obras del canal ha sido la edad de oro de esta provincia de Colombia, y, por rechazo, de todas las otras.—El cochero negro que me hace dar mi primer vuelta de Panamá me toma por un ingeniero, y me pregunta con vivo interés si los trabajos no volverán á seguir. Le afirmo que sí ¡palabra de ingeniero!
Por lo demás, este paseo es encantador. Vamos rodando desde las callejuelas de la ciudad vieja, con sus volados balcones de bastidores, hasta las espesuras umbrías de la colina que desciende á la Boca. El ambiente está delicioso: acá y allá, algunas gotas de lluvia, anuncio de la primera tormenta que caerá mañana, como estreno de la estación húmeda. Á derecha é izquierda del camino arenoso, en que las ruedas abren susurrante estela como en el agua, los ranchos de cañas dejan ver hamacas colgadas, catres de palo en los cobertizos; y en sus contornos, mangos, cocoteros, plátanos, sandiares: la vida abundante y fácil para la indiada ociosa y feliz. De éstos, muy pocos han quedado en los cortes y terraplenes del canal,—¡fuera de los jamaiqueños conchavados por centenares! Pero, como estos anónimos se enterraban en zanjones que se rellenaban después, á estilo de la langosta saltona, sería injusto achacarles mayor recargo en las estadísticas.
Todos los enterrados no han guardado el incógnito;—desde luego, los «celestes». Acaso este cementerio chino, tan característico, desprenda con su ínfima y muda protesta de los ignorados efímeros contra el olvido, una melancolía más intensa que los otros. Hasta en la tumba persiste la tendencia encogida y achaparrada de la chuchería chinesca: los túmulos uniformes y microscópicos se componen de piedrecitas verticales que rematan en una bola, en el lugar de nuestra cruz, enseñando cada cual su extraño jeroglífico negro que parece un coleóptero aplastado.
Visito después el cementerio francés, en muy buen estado, lleno de árboles y flores que las Hermanas del hospital cuidan esmeradamente, como un pedazo de patria. ¡Y cuántas hay de esas calles fúnebres, de esas hileras de cruces, de esas piedras grises y tablas negras, en que dos ó tres nombres van acolados al mismo apellido, como que encubren una sola familia! Diríase el campo mortuorio de una poblacion entera. Y de todos estos epitafios ingenuos y desconsolados, que ningún deudo lejano leerá jamás, de todos estos nombres humildes de seres jóvenes, heridos casi en la misma fecha, se alza un inmenso lamento sólo para mi alma perceptible,—sunt lacrymae rerum,—acusando el rigor del destino y el crimen de los hombres.—Bien sé que no eran ciudadanos ejemplares, muchos de los terrajeros caídos en este suelo envenenado. Pero con todo, encuentro harto dura la oración fúnebre colectiva que les dedicaban algunos financistas repletos de París, al atribuir los estragos que ya no podían ocultar, únicamente á la incuria, al libertinaje, á los excesos de los trabajadores. Me ocurre—y tengo datos para ello—que todas las víctimas no fueron la espuma y escoria de nuestra población, y que más de un jornalero llegó con mujer é hijos, impelido por la honrada pobreza y el deseo de mejorar la suerte de los suyos. No son únicamente vagabundos y mujeres perdidas los que duermen aquí, lejos de la aldea nativa, bajo una humilde piedra de limosna, al lado del viejo de barba gris que primero sucumbió. ¡Y entre tanto!—¡oh miseria é insensatez!—al rededor del vasto osario, junto al gran campamento de la Boca, al pie de la costosa Folie Dingler y á cien metros del río Grande donde podían derramarse,—los inmundos pantanos exhalando el miasma, apestando á fiebre y muerte, se extienden todavía allí, intactos, sin haber recibido jamás una sangría de drenaje, un ensayo de terraplén que, en cambio de algunas coimas cercenadas, habrían salvado la vida á centenares de hombres!... «Y ¡en estas condiciones de eterna primavera es como se concibe el paraíso terrenal!» ¿Quién habla así? ¡Un Bonaparte[7], pues! Es el estilo pastoso y enfático de esa familia de aventureros más ó menos coronados, que nunca logró hablar de corrida la lengua de Voltaire.
¡Pobres aldeanos franceses!
He permanecido cinco días en Panamá y sobre el istmo, recorriendo á caballo ó en bote las obras de la bahía de Limón, el río Grande arriba de la Boca, y el resto del canal al rededor de la bonita isla del Manglar hasta la Puerta Ebbé,—fuera de la parte análoga en la vertiente del Atlántico. La excursión por agua, sobre todo, me ha impresionado, en el silencio y la paz melancólica de esa gran esperanza perdida. El ancho canal cortado en talud se alargaba á nuestra vista, recto y profundo. Quería figurarme que se prolongaba así hasta muy lejos, sin interrupcion, después de vencidos los obstáculos, tajado el cerro de Culebra, embozado el Chagres brutal. Forjábame por instantes la ilusión de la empresa concluída, después de tanto dinero derrochado, llevada á feliz término por la ciencia aunada al patriotismo, é inaugurándose al fin en una universal y gloriosa aclamación ...
Dejemos los ensueños y volvamos á la realidad. En cuatro ó cinco horas, he recorrido la parte del canal definitivamente cavada; agregad un trecho doble ó triple por la vertiente atlántica, y tendréis concluída una tercera parte del trayecto en longitud, entrando en la cuenta las bocas naturales utilizadas; pero en absoluto y como proporción de la obra por realizar, apenas una fracción centesimal. Todo lo difícil y problemático queda en pie, sin haberse decentado más que de trecho en trecho y por vía de ensayo. El ingeniero en jefe que me acompaña no cree, naturalmente, que la partida esté perdida. Está en su papel profesional. Ha obtenido nuevos plazos en Bogotá, creo que con una enésima comisión de dos millones. La compañía futura tiene dos años para constituirse y volver á proseguir los trabajos. Se preconiza hoy el canal de esclusas que se atacaba diez años ha. El inevitable Wyse demuestra ahora que es salvable y hasta utilizable la dificultad del río Chagres. El bief superior se alimentaría con las aguas de dicho río, almacenado en el valle central. No se trataría ya más que de unos 500 millones de francos. Etc., etc.
No tengo opinión formada en la cuestión técnica. Me limito á desconfiar de las demostraciones «matemáticas» que ocurren tarde, y son diametralmente contrarias á las que se presentaban antes, como el fruto de veinte años de estudios no menos matemáticos. Por otra parte, si se encontrase el capital, es muy dudoso que el gobierno francés autorizara la formación de una nueva compañía, que no podría subsistir sino haciendo tabla rasa de la anterior. El proyecto se estrella contra un doble non possumus financiero y legal. Luego vendría la cuestión internacional. Por un concurso de circunstancias que ya no existen,—sin olvidar á Lesseps cuyo coeficiente personal tenía importancia incalculable, hasta en Washington y Nueva York,—los Estados Unidos soportaron hace veinte años lo que hoy combatirían enérgicamente. El reciente pegamiento—ó pagamiento—de Bogotá ha suscitado fuertes resistencias del lado yankee. Se ha logrado merced al convencimiento general de que carece de alcance práctico, y con ciertas reticencias que á todos aprovechaban: para el representante de la compañía, era un éxito personal; para los agentes colombianos, dos millones de francos al contado no son fruslería; por fin los Estados Unidos ganaban una situación privilegiada ante la sucesión abierta.
Las obras por el lago de Nicaragua han quedado interrumpidas, debido en parte á la presión de las grandes compañías ferrocarrileras. Con todo y contra todo, se hará el canal interoceánico, acaso en Nicaragua, más probablemente en Panamá. La influencia de la enorme república es invencible en esta parte del continente. Sin esfuerzo ni violencia, por la simple ley de la gravitación, se anexará á buen tiempo las regiones útiles del Centro y «protegerá» las del Sud. Cogerá á Guatemala, Costa-Rica, Cuba y el resto como peras maduras. El mutilado México se siente ya en la esfera de fascinación del pueblo constrictor: la era de anarquía, que infaliblemente sucederá á la dictadura actual, le hará rodar por la pendiente yankee. En este mismo Panamá, los americanos nos han reemplazado con admirable presteza, y lucran donde nos arruinábamos. Detentan el ferrocarril, el telégrafo, la prensa, el comercio de tránsito, que se reparten con los judíos sin detrimento para unos ni otros. Se han instalado en el famoso Hôtel Central, cuyo hall vió á Lesseps presidir banquetes tropicales en mangas de camisa; del bar al oficio, todo es yankee. Nadie sabe palabra de francés ... ¡ni de español! Los libros comerciales, los anuncios, las listas, las cuentas: todo está redactado en inglés ... Á propósito de judíos, recojo de paso esta bonita prueba del latitudinarismo colombiano. Se alza en la plaza el vasto palacio episcopal; como el obispo no ocupa sino el piso alto, alquila el bajo á un sanhedrín israelita (¡muy caro, para hacer obra pía!): de suerte que en medio de las cruces y emblemas católicos de la fachada florece, ad majorem Dei gloriam, esta muestra bancaria impregnada de modernismo: Isaac and Co—¡en grandes mayúsculas de oro!
¡Oh! sí, decididamente, ¡la creo sepultada para siempre la empresa francesa del Panamá! Es la impresión que del conjunto y de los detalles recibía, cuando iba recorriendo el canal por última vez, al descender el mudo crepúsculo. El material abandonado en la ribera, las lanchas inmóviles, las gigantescas dragas anquilosadas en sus posturas oblicuas: todo parecía aumentar el universal silencio, la sensación melancólica de soledad y abandono irrevocable. Los animales desalojados por los obrajes han reaparecido, y viven allí con toda confianza. Garzas blancas y flamencos rosados exploran el cieno, bajo los cangilones de hierro; y un caimán que sorprendemos al paso saca del agua su hocico disforme, y, en vez de bucear, se arrastra sin apuro hasta el vecino paletuvio, sobre sus patas en cartabón.
En resumen, de todo lo visto, oído y estudiado, resulta para mí la convicción de que la obra nunca fué conducida como debiera,—como la habría dirigido, sin duda alguna, en un espíritu de sano patriotismo y amor de la gloria verdadera, ese noble y honrado Michel Chevalier, cuya Memoria profética es, aún hoy, digna de ser leída y meditada. Todo el edificio del Panamá se ha construído en desplome, hilada por hilada. El público confiaba en Lesseps—una leyenda; Lesseps se entregaba á sus colaboradores ordinarios, politiqueros y arbitristas que concluían por creer á medias en los propios boniments que habían pagado; los profesionales estudiaban el asunto por encargo, y, bajo la hipótesis de un capital inagotable, concluían con un informe favorable; los sabios, del Instituto ó de la Sociedad de Geografía, resolvían la cuestión en abstracto, como un teorema, sobre la base de que los estudios de Wyse merecían confianza absoluta ...
Ahora bien, no la merecían en grado alguno, y el edificio, además del desplome, se asentaba en una base deleznable. Tan poco serias son las investigaciones históricas de Wyse, que ha ignorado—por confesión propia—el nombre y la obra de su predecesor más benemérito. Sus estudios de 1878, sobre el terreno, que han decidido la ejecución del canal á nivel, han durado tres semanas y pertenecen á Reclus. ¡Tres semanas para estudiar el trazado, las nivelaciones, los sondajes, el levantamiento de ochenta kilómetros, con obras de arte inauditas, insensatas!—¡como ese proyectado túnel de 43 metros de luz!—Entretanto el teniente Wyse negociaba en Bogotá la concesión, que era lo principal del asunto. Después de demostrar en un primer libro, perversamente escrito en todo sentido, que el canal á nivel era el único aceptable, afirma ahora, en otro libro, que fué aquello una exigencia colombiana,—cuando consta que la modificación que persiguió entonces é hizo anular ¡se refería á un canal de esclusas! Todo ha seguido ese giro científico. No ha existido jamás un trazado definitivo, completo, fundado en estudios geológicos y topográficos minuciosos: la Compañía del ferrocarril ha suministrado las distancias y niveles vagamente aproximativos, como que la línea dista mucho de costear el canal. El famoso congreso reunido por Lesseps no ha tenido más elementos de examen y discusión.
Entonces entró la aventura en su faz financiera y ejecutiva; y no tengo que volver á sacudir esos trapos cenagosos. Hoy mismo, y para un transeunte como yo, la sensación de desorden y despilfarro persiste y domina el cuadro. Fué el estreno de Wyse comprar el Panama Railroad á razón de 800.000 francos por milla: y todo rodó por esa pendiente «uniformemente acelerada», como se dice en mecánica. Après nous le déluge!—Para cebarse en paz, los gordos daban parte á los chicos. En París sólo han conocido el manipuleo francés: se ignora la tarifa local, la cuenta pasada por el patriotismo colombiano. Ingenuamente, Bonaparte Wyse insiste sobre la «estatua» que el congreso de Bogotá le ha votado, como á un padre de la patria; ello es apenas suficiente: para ese grupo dirigente y digiriente ha sido, no un padre, ¡sino una nodriza!
He visto las villas de los Lesseps en Colón; he ido á la de Dingler por la vía del Corozal, cortada á pico en la montaña, para evitar á la familia del director la humillación del camino común de la Boca, que pasa á cincuenta metros ... Lo fantástico de esas y otras obras de lujo, no es su ejecución sino su precio, apuntado en los libros de la Compañía. Todo ello ha sido dicho y repetido al tanteo por Drumont y otros—por los mismos informes oficiales con bastantes atenuaciones.
Pero algunos rasgos hay que no pueden ser tomados sino en el sitio, con el vivo color de la realidad. He aquí un rápido croquis de un contratista francés, socio de Lesseps junior, el cual, no teniendo nada que ver con el asunto financiero, disfruta tranquilamente en París sus millones pescados en los pantanos del istmo. Hace unos doce años, él caía en Lima, sin un cuarto, medio maquinista, medio vagabundo, y desertor por añadidura. Entró en un ingenio azucarero y, como tuviera la mano ligera,—ó pesada,—un buen día acogotó á un pobre culí chino. Su situación se tornó desagradable, no tanto por la justicia peruana, cuanto por los compañeros del muerto, quienes, dos ó tres veces, estuvieron á punto de suprimir al asesino. Al fin, tuvo que fugarse de noche para salvar su interesante pellejo. El patrón, apiadado por sus lágrimas de bonne crapule, como diría Zola, le hizo embarcar en el Callao: él mismo me refería el hecho, en el ingenio donde sucedió. Llegado á Panamá, el aventurero enérgico y audaz ascendió muy pronto; pasó del simple merodeo y la coima garitera á las proveedurías de río revuelto, descolgando á la postre pingües contratos, con participaciones anónimas. Volvió á París millonario. Al principio quisieron molestarle por su travesura militar; pero entonces ni los presidios ni las compañías argelinas de disciplina estaban hechos para los forbantes del Panamá ...
El inmenso y magnífico hospital de la Compañía ha sido otro negocio, pero algo largo de contar. Nada más pintoresco y lujoso que esos pabellones aislados, en la falda de la colina Ancón, en medio de parques y jardines llenos de esencias y flores espléndidas, entre grutas y juegos de agua. Aquello es realmente suntuoso, y por cierto que no exigían tanto los pobres calenturientos. Todos los pabellones están vacíos; sólo recorren los parques y jardines «principescos» algunas docenas de huérfanas guiadas por las Hermanas de caridad, y que viven con desahogo en la fastuosa villa Dingler, también abandonada. Y en la tarde apacible que pasé por allí, era un cuadro de infinita tristeza esa bandada de muchachitas pálidas y finas, de suerte más sombría que sus vestidos de luto, al cuidado de esas hermanas de cofia blanca que les hablaban francés con su voz dulce, vagando unas y otras sin destino por esos esplendores desiertos: aquellas maravillas del arte y de la naturaleza que son el resumen y residuo de tantas miserias sufridas, de tantos esfuerzos para siempre jamás inútiles ...
¡Ah! no escasea el material de construcción ni la maquinaria, á lo largo de la línea férrea que me llevaba esa mañana de Panamá á Colón—ni tampoco ¡las poblaciones enteras de villas, barracas, casillas y chalets vacíos! Debo decir que los talleres y campamentos de la Boca están bien cuidados y en orden perfecto—esperando á las visitas. Pero los otros—los que los viajeros entrevén rápidamente entre dos estaciones—tienen aspecto menos consolador. Las ruinosas fábricas, enmohecidas por el desuso y la intemperie, destrozadas por los huracanes, ostentan su esqueleto desvencijado, sus aparatos á medio desmontar, con el material sembrado á la rastra, ya roído por la herrumbre, ya invadido por hongos y musgos que remedan una lepra vegetal. Dragas, remolcadores, motores, mecanismos de todas clases y tamaños se hunden en el cieno, junto á las improvisadas poblaciones cuyo maderaje desarticulan y pudren las lluvias torrenciales del istmo. El krach de allá repercutió aquí como cataclismo. Ante el desastre y el ¡sálvese quien pueda! de la obra humana, la reconquista del desierto y la selva cobró no sé qué airada violencia de desagravio. La impetuosa avenida forestal terraplenó las zanjas, niveló á toda prisa los taludes, cual si la naturaleza se afanase por borrar sus estigmas y cicatrices, en tanto que los indios buscadores de caucho y los negros tagueros se albergaban en los chalets traídos para ingenieros y contratistas ... Nos pinta Virgilio el asombro de los labradores romanos al desenterrar con sus arados las armas y despojos de las edades heroicas ¡con qué extrañas reliquias tropezarán los campesinos colombianos del siglo veinte, si la humedad no ha conseguido destruir hasta entonces su último vestigio!
Salvo esa obsesión invencible que para mí empaña y entristece el paisaje, no puede imaginarse camino más pintoresco que el de Panamá á Colón. No he experimentado sino en el Brasil, y acaso menos intensa, esta sensación casi embriagadora del esplendor vegetal. Es como una erupción frenética de árboles y lianas, de flores y follajes, que estalla por doquier, en las faldas de los cerros, en las riberas del Chagres y sus arroyos tributarios, hasta en el balaste de la vía. Por momentos el tren se precipita por debajo de unos arcos triunfales de ramajes entrelazados, de bóvedas tupidas y sombreadas que despiden efluvios balsámicos, capitosos hasta dar vértigo. En el fondo de algunas quebradas estrechas, la marea vegetal revienta en oleadas y remolinos de verdura, evocando fantásticos aluviones de materia orgánica súbitamente germinada y frondescente, como en la obra de los seis días ¡tan imposible parece que esa flora exuberante haya brotado por entero del suelo tropical! Los cedros y caobas gigantescos, los preciosos palisandros y palos de rosa, los guayacanes de tronco en ánfora, los rectos membrillos de flores purpurinas, los sándalos amarillos, los gutíferos chorreando savia, los bongos enormes en que se ahuecan piraguas de treinta toneladas: todos los colosos forestales, cubiertos de enredadas lianas y deslumbrantes orquídeas como un guerrero bárbaro de arambeles y pedrerías, atropellándose por alcanzar el aire y la luz, estiran el tronco y las ramas casi verticales fuera del ambiente estancado y perennemente tibio del humus negro en que bañan sus raíces. Los euforbios lechosos y los desmayados plátanos alternan con las esbeltas palmeras que yerguen al sol sus rígidos abanicos; las hojas lustrosas del naranjo rozan el verde encaje de los helechos arborescentes;—y, por todas partes, aras multicolores, tórtolas azules, cardenales y colibríes, insectos de zafiro y esmeralda hienden el espacio, revolotean en los ramajes, chillan y zumban en la espesura, son la sonrisa y la gracia de esa magnificencia. Mariposas de cien matices se posan en los cálices abiertos, como flores inquietas sobre otras flores, y, por instantes, una ráfaga de brisa arrebata del mismo arbusto alas y pétalos, que vuelan confundidos por el aire ... ¡Es la selva virgen del trópico en el fecundo hervor de su verano eterno! Me siento perturbado, sofocado, aturdido por los perfumes y fermentos de esa inmensa orgía de savia derramada; y, vagamente, sueño con las épocas primitivas del mundo joven: cuando el loco ímpetu de la vida elemental se desbordaba en la corteza blanda y humeante del planeta, abortando organismos colosales apenas desbastados que se enredaban en las selvas espesas, pobladas de árboles gigantes que sobreviven en nuestros desmedrados arbustos de hoy; cuando reptiles monstruosos surcaban los mares ó abrían en la atmósfera densa horribles alas membranosas, esbozando torpemente el vuelo del ave futura ...
En la estación de Emperador, invade el único salón del tren una caravana de negras, vistosas y chillonas como una bandada de tucanes. Los hombres quedan en el balcón, haciendo muecas á través de los cristales.—El negro ríe siempre, con un encanto de bobería irresistible. Debajo de su tupida borra de betún, sus ojos de marfil viejo y su jeta simiesca se rien provisionalmente, antes de causar risa. Con su media lengua tartajosa, estorbada por el bezo, y su perpetuo zarandeo, participa del niño y del cachorro. Para cobrarle horror, es menester encontrarle en los Estados Unidos, pretencioso, insolente ¡ciudadano! complicando su husmo natural con repugnante perfumería. En cualquier otra parte nos divierte y le cobramos simpatía como á una criatura inferior, grotesca y jovial. No así el indio: éste es triste y taciturno, como que lleva el peso de su mortal decadencia, de su degeneración creciente é invencible. Éste representa la prueba malograda de un buen original; el negro es su caricatura. Por eso vive robusto, resistente, satisfecho de su condición, ahora lo mismo que antes.—Bajo el aparato melodramático del famoso y mediocre Uncle Tom’s Cabin hay mucha majadería. La pretendida sed de emancipación de los negros fué una merienda de blancos. La paradoja de que sean hoy menos útiles y felices que ayer es defendible. En cambio de las plantaciones del sud arruinadas, se tiene ahora á los libertos, sirvientes en Washington ó lustrando libremente, en todas las ciudades de la Unión, las botas democráticas de sus conciudadanos. Puro ó mestizo, el hombre de color untado de civilización adquiere un alma de mulato. C’est tout dire!
Criada con soltura y lejos de las ciudades, la negrita joven es graciosa. Delante de mí,—no demasiado cerca,—hay algunas monísimas, en su género. Una, sobre todo, compondría un bonito bronce policromo, enderezada y sosteniendo un candelabro al pie de la escalera. La pañoleta punzó, sobre el vestido blanco de mangas muy cortas, deja libre el ébano de los brazos y de la garganta; en la cabeza crespa lleva un madrás amarillo enroscado en turbante, con enormes zarcillos dorados en las orejas; y bajo este arreo estrepitoso revuelve sus ojos blancos, se ríe con toda su dentadura deslumbradora que remeda, en su hocico moreno, un tajo fresco en una nuez de coco. La «sapita», diría Voltaire, ha dado instintivamente con el perifollo y los colores adecuados para parecer bella á su crapaud. Hasta su collar de cuentas rojas es un hallazgo. Toda la gentil bestezuela está perfecta en su coquetería criolla y montaraz: evoca escenas de Pablo y Virginia ...
¡Pero en Matachín es donde los negrillos, escapados de los bohíos de cañas, acuden y nos invaden como cucarachas! Nos ofrecen ramos de jazmines y orquídeas fragantes; canastillos de palma llenos de guayabas, mangos, bananas, guabas—que semejan algarrobas enormes—chirimoyas, ananás,—y unas extrañas pomarosas que tienen aspecto de huevos verdes; por fin, sabrosas pastelerías de leche con miel. Con tanto ensordecernos, nos obligan á tomar su mercancía—aunque sea para regalarla á sus congéneres de enfrente. Por otra parte, casi de balde: todo ello superabunda en las cercanías ahora desiertas, y, á lo largo de la vía férrea, los racimos de bananas se pudren en las ramas, intactos.
Panamá conserva, á pesar de todo, su doble atractivo pintoresco é histórico. El advenedizo Colón es franca y siniestramente vulgar. ¡Hago moción para que se le inflija ó se le devuelva para siempre su nombre yankee de Aspinwall!—Bajo un cielo de estaño en fusión, en una atmósfera de fuego que no deja un instante de tregua ni trae un hálito de confortante frescura á las tres de la mañana, compone casi toda la población un reguero de casuchas voladas sobre el malecón, con algunas callejuelas llenas de pantanos, donde los sapos están de broma toda la noche. Los huecos del gran incendio reciente han quedado abiertos, como negros alvéolos de dientes caídos. La calle del puerto está ocupada por agencias marítimas, depósitos, almacenes, bars. No se encuentra una sola mujer en los portales—salvo negras: ninguna apariencia de familia, de hogar, en este campamento de mercaderes cosmopolitas. Á orillas del mar, las dos grandes villas de madera de los Lesseps se levantan, lúgubres y vacías, rodeadas de altas palmeras que surgen del ardiente arenal y parecen artificiales.
Corro á la agencia inglesa—todo aquí es inglés ó yankee—y pido informes sobre el vapor cuya salida para Veracruz se anunciaba en Panamá: es un cargo-boat, sin pasajeros, sin sombra de confort, tan desprovisto que el mismo comandante se entremete con el agente para que me devuelva el dinero y me deje embarcar por otro rumbo. Me describe el itinerario: tendremos quince días de navegación, tocando en infinidad de puertos imposibles, en Livingston, Belize, Progreso ... Acaba por confesarme que, á último momento, al alba, embarcaremos un centenar de negros jamaiqueños—de grado ó por fuerza—que se destinan á los terraplenes de Puerto Barrios. ¡He dado con un buque negrero!—No importa: á pesar del aspecto fúnebre del vapor, de la perspectiva inquietante, del furor sordo de los oficiales á quienes voy á incomodar, y de los ojos furibundos del steward que arroja mi equipaje en el camarote que antes ocupaba,—me embarco en el Engineer, de Liverpool, que leva anclas dos horas después,—porque, desde Buenos Aires, he resuelto entrar en los Estados Unidos por Méjico y California.
VI
DE COLÓN Á VERACRUZ
BELIZE.—PROGRESO.—MÉRIDA DE YUCATÁN
El vapor Engineer, de Liverpool, en que he tomado pasaje para Veracruz, es como dije un viejo cargo-boat de excelentes condiciones marineras, con un itinerario seductor: tocará en Guatemala, Honduras, Yucatán ... Lleva bastante carga y, accesoriamente, hasta ciento dos pasajeros de distinción: á saber, cien negros de buena tinta, el negrero (don Juan Baranda) y, por fin, este pobre blanco vergonzante que será el historiógrafo de la expedición. Por lo demás, nada falta á bordo. Tengo mi catre con dimensiones de ataud, sin sábanas ni fundas, en un camarote-estufa que se refresca de mañana al dulce gotear de la cubierta. No tratándose sino de quince días de travesía entre Colón y Veracruz, el hielo para la bebida ha parecido superfluo. En cambio: tocino, carne salada, judías secas y agua caliente á discreción. Asisto al embarco de mis compañeros de viaje: un hormiguero de jamaiqueños lustrosos que cruzan el pasadizo, haciendo muecas á la baqueta del «cómitre», y se apilan en el entrepuente. Nos ponemos en marcha á las ocho de la mañana, bajo un sol de plomo derretido. Tocan la campana para el almuerzo y me dirijo al comedor: un sudadero estrecho, con atmósfera y luz de sótano.
La mesa está obstruída por enormes fuentes llenas de cosas formidables; en una cabecera se sienta el capitán, en la otra, el primer oficial; con el dedo, el steward me enseña mi sitio, enfrente del negrero, entre el contador y el maquinista cuyas uñas ostentan la insignia profesional: gentes y guisos tienen caras de pocos amigos. El capitán inicia la fórmula horripilante: A slice of bacon, sir? ¡Tocino!... ¡yo que no sorportaba lo gordo de una chuleta! El primer oficial pertenece al género «chusco»: me dirige dos ó tres frases de tanteo, y, junto con mi primer resbalón en inglés, todos se sonrien, ¡hasta el negrero! Empiezo á sospechar que el judío Ehrmann, venteando mi antisemitismo, ha inventado este paquete para Veracruz....
¡Bah! á la larga cada piedrita hace su alvéolo. El viajar es una escuela de filosofía.—En la vida las cosas nunca son tan buenas como se las espera ni tan malas como se las teme. La existencia toda es una transacción entre la dicha absoluta y la desgracia completa. Todo pasa, todo se acomoda ó, lo que tanto vale, nos acomodamos á todo, y, como dicen los arrieros, «la carga se compone en el camino».—Después de desembarcar, creo que no guardaré mala memoria de este buque negrero. Durante esta cruzada tórrida por el mar Caribe y el Seno Mejicano, es lo cierto que no he sentido para nada mi humanidad, y que, con tocino y todo, he digerido como un ñandú. Á los tres días de aclimatación, ya me entraba como por mi casa en el cuarto del capitán; consultaba sus libros y mapas, me interesaba por el derrotero y las maniobras; chapurraba un inglés que causaba distracciones al mismo timonel, á despecho del reglamento[8]; y los oficiales no distaban mucho de tratarme como á igual ¡es decir como á inglés! La única nota sombría y melancólica era la ración de pan como oblea, anegada en una tinaja de té....
El mismo negrero no resultó tan negro; además de contarme su accidentada vida, que recordaré alguna vez, poseía un ajedrez de marfil vegetal con un tablero del tamaño de un naipe: y allí era el comernos las piezas como «porotos», sobre un canto de cajón dispuesto en la toldilla.
Salvo dos ó tres días de mar picada, las noches eran magníficas. Tendido en la tijera de lona del segundo capitán,—mi enemigo del primer día,—después de hundirse el sol de púrpura en las ondas iluminadas, me dejaba mecer por el lento balance, evocador de recuerdos lejanos; vivía de mi propia substancia, en esta Tebaida flotante tan avenida á la meditación.—De vez en cuando, la soledad es buena; es algo así como un retiro espiritual consagrado al examen de conciencia: un alto reparador en la carrera del mal, cometido ó sufrido, que forma la existencia más recta y más feliz. Á poco andar se extrae no sé qué amarga dulzura de esta abstinencia del mundo: cella continuata dulcescit, que dice la Imitación. Y así, hasta muy entrada la noche, pasaban las horas iguales, picadas por la campana y el grito del vigía en la proa,—All’s well!—tranquilas, uniformes, sin más accidentes que los de mi sueño interior: á semejanza de esas olas silenciosas que corrían á lo largo de la nave, sólo diferenciadas ellas tam por el fleco de espuma fosforescente que es otra fugitiva ilusión ...
Por la gran distancia, no conocí Puerto Barrios de Guatemala ni Livingston, donde descargamos nuestro «palo de ébano»—y, por añadidura, también á dos pobres muchachos ingleses, émulos de Robinson que se ocultaron en la bodega al salir de Liverpool: después de hacerlos trabajar duramente en el viaje, se les abandonaba ahora en esa playa insalubre, porque se arribaba á una posesión británica. ¡Oh! esas iniquidades perpetradas con impunidad, esas lágrimas del inocente vertidas en la sombra ¡cómo quisiera yo creer que son recogidas por algún testigo del infinito, que las condensa pacientemente hasta reventarlas algún día en tempestad justiciera y rayo vengador!—Confieso que sentí vagamente ver partir al negrero con su ajedrez. Parece muy probable que, á igual de su cutis, su conciencia pasara de castaño obscuro; además hay que reconocer que poseía un tablero más «endiantrado», como dicen en Lima, que la filiación de su poseedor. Pero ¡que el Guatemala le sea tan propicio como á su mercancía! Al cabo perdió sin chistar las dos últimas partidas: rasgo elevado que me deja alguna esperanza para su reforma y salvación. Por fin, se llamaba Baranda y esto mismo quizá contribuya á contenerle ...
Belize.
Á vuelta de otras gentilezas mías, Cané me dijo un día que, á fuer de francés, tenía yo el derecho de no saber geografía. (Picante coincidencia: precisamente era á propósito de la América Central.) Confieso que respecto al Honduras, británico ó criollo, hasta el momento de pisarlo había ejercido ese derecho en toda su plenitud. El mismo nombre de «Belize» se refería en mi memoria á una «mujer sabia» de Molière:
Nous l’avons cette nuit, Bélise, échappé belle ...
En sólo veinte horas de permanencia he logrado terraplenar esta laguna de mi educación. Ahora sé que Belize, ilustre capital del British Honduras, está situada en la embocadura del Old-River, que he cruzado á mediodía sobre un puente de hierro incandescente; tampoco ignoro que su nombre es la corrupción del de Wallace, un famoso pirata escocés; podría deciros que, en su población de seis mil almas, las negras superabundan en la misma proporción que entre los pasajeros del Engineer: tengo datos acerca de su temperatura tórrida porque la he sufrido, de sus mosquitos porque los he alimentado; de su parque pantanoso porque casi me he quedado en él. Pero convendrá el mismo señor Cané en que este método de aprender geografía es un tanto oneroso ...
Bajo á tierra á las doce del día, en un bote cuya vela gualdrapea á ratos contra su palo de bambú; en este ambiente de fuego, las ráfagas de brisa intermitente parecen suspiros de lasitud de aquella tierra tropical que se divisa á dos millas, baja y arenosa en la playa, sombreada de obscuras arboledas en su interior. Al cabo de tres horas de ceñir el viento escaso y ayudarnos con los remos flojos llegamos á la orilla y, como el portugués de la zarzuela, me entrego al primer indígena que me brinda un parasol. El indígena resulta alemán y me conduce á su hotel; una casilla de madera en forma de jaula, con galerías en contorno, paredes de enrejado, puertas y ventanas de celosías: todo ello abierto al sol, al aire, á las nubes de mosquitos y sabandijas que acechan á sus víctimas.