OBRAS
DE
D. PEDRO ANTONIO DE ALARCON
de la Real Academia Española.
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COSAS QUE FUERON.
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Es propiedad del autor.—Quedan hechos los depósitos que marca la Ley.
COSAS QUE FUERON.
CUADROS DE COSTUMBRES
POR
D. PEDRO A. DE ALARCON.
La noche-buena del poeta.
Las ferias de Madrid.—El pañuelo.—Si yo tuviera
cien millones....—Cartas á mis muertos.—Lo que se ve
con un anteojo.—El año nuevo.—La fea, autopsia.—El
año madrileño.—Visitas á la Marquesa.—El cometa nuevo.
Á una máscara.—Bocanada de humo.—El carnaval de
Madrid.—Mis recuerdos de agricultor.
Un maestro de antaño.
Sunt lacrymæ rerum.
(Virgilio.)
MADRID.
IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE M. TELLO,
IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
Isabel la Católica, 23.
1882.
AL EXCMO. SEÑOR
D. MANUEL M. DE SANTA ANA,
Padrino que fué de la primera edición del presente libro, publicada el año de 1871, dedica también esta segunda edición
Su afectísimo amigo y compañero,
El autor.
PRÓLOGO
DE LA PRIMERA EDICIÓN.
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El genio há menester del eco, y no se produce
eco entre las tumbas.
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La palabra escrita necesita retumbar, y como
la piedra lanzada en medio del estanque,
quiere llegar repetida de onda en onda, hasta
el confín de la superficie...............
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.............Escribir como escribimos en Madrid
es tomar una apuntación, es escribir en
un litro de memorias, es realizar un monólogo
desesperado y triste para uno solo...
Ni escribe uno siquiera para los suyos.
¿Quiénes son los suyos? ¿Quién oye aquí?...
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Lloremos, pues, y traduzcamos.
(Mariano José de Larra.)
ON estas dolorosas palabras, arrancadas á la conciencia de su genio, quejábase el malogrado Fígaro hace años del indiferentismo de aquella época en que, sin embargo, brotaban á su vista las maravillas del arte romántico, repetía el aire las armoniosas desesperaciones de Espronceda, y esparcíanse los ánimos con las sales y agudezas de Breton de los Herreros. Quien no creaba, aspiraba á crear, ó tenía, como timbre de su vida pública, á gala y blasón cultivar algún género de literatura, ó rozarse al menos con los sacerdotes del arte, enorgulleciéndose si alguna vez lograba penetrar en el sancta-sanctorum ante cuyo dintel se detenían con respeto los profanos.
¿Qué hubiera dicho Larra, viendo el oficio sustituir al arte y el desprecio á la indiferencia de que tanto se condolía, y que sólo llorar le era ya dado, pues ni necesidad hay hoy de traducir? ¿No se venden más libros franceses que españoles?
Las letras van de caida: el vulgo, que tanto atormentaba á Horacio, ha ingresado en la orquesta, y con su ruido de gigante apaga todas las melodías. No hay á quien acusar de indiferente, porque no es posible que nadie se deje oir entre semejante barahunda, ver entre nivel tan constante, ni admirar entre igualdad tan deseada. Publicar un libro de recreo en este pobre país desvencijado, es convidar á mieles al hambriento ó á hacer cuadros vivos al desnudo. Cuando nuestras revoluciones han provenido de fuera, han traído entre sus negros pliegues de desventuras momentaneas algo fecundo que, semejante al polen acarreado por las tempestades, debía producir frutos iguales á aquellos que en campos más dichosos confiaron sus semillas al hálito del huracán pasajero.
Así vimos venir con la influencia del poder absoluto de Luis XIV los reglamentistas literarios que fustigaron á los autores de pasadas anarquías, y con la revolución é invasión francesas la libertad de pensamiento y el instinto de independencia artístico y propio, triunfante en aquella lucha, como el territorial y político.
Pero cuando las revoluciones no provienen de influencias generales, sino de exclusivas y fatales desesperaciones, el vulgo desconfiado á nadie reconoce por jefe, teme encontrar el engaño donde está la autoridad, la celada misteriosa donde le enseñan el deleite, y sin fiarse de nadie, temeroso de todo el mundo, no consiente en ser espectador de nada. Queriendo intervenir en todo, todo se degrada á su contacto, hasta que, convencido, como el niño que quiere acariciar la luna, de su libre impotencia, resígnase escarmentado, oye razones, atiende á consejos y confía, áun amenazando con su cólera, á manos más expertas que las suyas, lo que estas rompen ó desbaratan para que aquellas construyan ó edifiquen. Entonces los sabios crean, los cantores modulan, los poetas cantan y el vulgo, replegándose como en las tragedias antiguas á las filas del coro, deja que le enorgullezcan sus héroes ó que le entusiasmen y glorifiquen sus artistas.
Promovida, á mi ver, nuestra aún no terminada revolución política, más bien por la desesperación que en todos causaban constantes causas de seguros males, que por el deseo de nuevos ideales filosóficos, antes fué acto de cólera y término de paciencia, que meditado deseo de nuevas y radicales formas. Así es que la sociedad no tuvo que extremecerse en sus cimientos, y, más bien como axioma que como problema revolucionario, continuó siendo un hecho en sus primeros días la anterior forma del Estado. No sólo no cambiaron las ideas, sino que conquistaron para sí adversarios antiguos: pero lo que la común desgracia había derrocado tenía que reconstruirlo la desconfianza común. El número fué Deus ex machina, la cantidad engendró la calidad, y ufana y orgullosa de su anterior potencia, largo tiempo ha de durar la tutela de todos sobre el hijo que todos engendraron. Este será periodo de vulgo, que vulgo es la desconfianza, erigida en sistema, y no otra cosa impele á los que están por diversos empujes combatidos. Entre tanto, sólo una forma artística extravagante ó la conveniencia de los más darán triunfo pasajero á todo aquello que en artes, ciencias ó gobierno se elabore.
Quisiera engañarme; pero hablo con entera convicción. No há mucho se publicaron las excelentes obras del malogrado Becquer. Leed las colecciones de los periódicos. Pocas plumas se han deslizado sobre el papel en su alabanza ó censura, y aquel conjunto de sublimes creaciones ó delicadísimos detalles pasa inadvertido ante la grosera mirada del vulgo. ¿Qué escritos han acogido los admirables poemas de Campoamor? ¿Cuáles las poesías del autor de este libro? Algún saludo amigable, apoyo más bien á la especulación industrial que reflejo de atención literaria, es todo el triunfo que puede prometerse el autor del mejor libro en estos prosaicos días. ¿Significa tal cosa que estas obras no se lean? No por cierto. Hay quien las lee, hay quienes las aprenden de memoria; pero escribir sobre ellas, manifestar pública admiración, declarar que se ha dejado uno dominar por algo... ¿A qué conduce eso? ¿Qué ventajas trae? ¿Por qué aumentar una piedra al pedestal sobre que ha de colocarse un individuo, á quien mañana quizás convenga no ver tan elevado? En las épocas en que reina el vulgo, la humanidad se parece á los líquidos por su fluida tendencia al nivel constante. Si elige un jefe, si aplaude un concepto, si compra un libro, es por hallar representada en ellos su propia vulgaridad. En semejantes momentos el genio sólo se eleva sobre la multitud, tiranizándola como Napoleón, engañándola como Sixto V, ó esperando en el reposo del retiro ó de la tumba á que tiempos mejores le hagan completa justicia.
Una cosa es popularidad y otra vulgaridad. Ser amado de las multitudes no es ir envuelto entre ellas. Popular fué Moratín, y Comellas fué vulgar. Más tuvo que luchar Washington para no dejarse arrastrar por el vulgo, que para conquistar su gloria inmarcesible, y en tales momentos es cuando debe apreciar el hombre recto, en todo lo que vale, la fortaleza de los que se resisten á exigencias del momento, prestando fidelidad á los eternos principios de lo bueno y de lo bello.
No dejarse, pues, dominar por el vulgo, ni por huir de él separarse de la verdad para dar en la extravagancia, es el punto matemático, el fiel justo é infranqueable donde debe desarrollarse el espíritu. Quien logra conseguir empresa tan dificil ha hecho una gran cosa; pero el que lo ejecuta en España, donde sólo su propia conciencia le avisa que ha obrado bien, es un héroe.
Al número de estos, y no me ciega el cariño, pertenece el autor de este libro, D. Pedro Antonio de Alarcon.
II.
Cosas que fueron titula su libro, y á la lectura de tan sencillo lema ya se conoce que habla un artista. ¡Lacrimæ rerum! exclamaba Virgilio en su hermosísimo idioma para dar idea de ese mundo de melancolías en que se cierne el espíritu, recordando tiempos que huyeron, á presencia de los mudos objetos que fueron testigos de risueños planes y desengañadoras alegrías. Cosas que fueron, es decir, esperanzas convertidas en realidades, reflejos de aquella época que fué la juventud del autor, la mía, la de todos los que hoy van encaneciendo; sueños que, gracias al milagro de la imprenta y á la fantasía del narrador, jamás perderán su magia; muertos que vivirán siempre; artistas que conquistarán inextinguibles aplausos; sucesos idos que no pasarán nunca; retratos que no se borrarán jamás; frases, suspiros, notas, lineas, paises, aventuras, galanteos, puerilidades, llantos, risas, profecías, historias, toda un alma rica de ilusiones y de observación, de gloria y de sentimientos; toda una colección de años encerrados en un libro, siempre frescos y coloreados con su vigor primitivo, á la manera que el trasparente y bruñido cristal encierra en corto espacio olorosas y puras las mil flores cuyos gérmenes, esparcidos por el extenso llano, nacieron al beso del ardiente sol de un día de primavera.
Cosas que fueron, es decir, cosas que serán siempre: pues, como dice Augusto Ferrán en sus Cantares:
No otra cosa es un recuerdo
que una esperanza perdida.
Este es el libro á que he de poner prólogo, condenado á perpetuo encierro, ante la continuada espectación del público, entre un título que lleva en sí mil promesas y una colección de trabajos que son la ejecutoria brillante de uno de los escritores más personales, más distinguidos y más espontaneos que honran nuestra moderna literatura. No sé qué mala pasada habré jugado á Alarcon, siendo niños; ignoro si querrá vengarse de algún artículo político mío, siendo hombres, ó si intentará desacreditarme para burlarse de mí, siendo viejos; pero es el caso que escribiendo estoy y aún vacilo; pues para honra mía es mucho y para mi autoridad poco, ser yo precisamente designado por él para abrir las puertas del edificio de su ingenio. ¡Quizás no teniendo otra cosa que darme en premio del afecto que le profeso, quiera regalarme un pedazo de su fama, encadenándome á sus escritos! ¡Si esto es así, sea! Ya que no pude edificar el templo de Efeso, lo destruiré. Ya que no puedo publicar un libro como éste, emborronarelo.
III.
Los artículos que contiene esta obra no fueron escritos con la previsión de verlos nunca juntos. Como si fueran pedazos de las entrañas de un internacionalista, cada uno es hijo de una casualidad, y todos fueron publicados en tal ó cual periódico, á medida que el autor los iba escribiendo, no enjuta muchas veces la tinta del original, cuando ya estaban impresos y eran del dominio público. En cualquier país rico ó no indiferente, hubiera bastado la favorable acogida que obtuvieron sus repetidas inserciones en otros periódicos, y el ingenio y originalidad que revelaban para que algún editor hubiera tratado, en aras de su propio interés, de convertir al periodista en base de su fortuna, al propio tiempo que formaba la suya. Pero si Fortuny, Rico, Zamacois y otros pintores, han encontrado en el extranjero un Goupil para sus cuadros, aún no han florecido para los escritores de España los Levy, Dentu y demás inteligentes libreros de vecinas y de luengas tierras, á pesar de ser el habla de Cervantes la más extendida por ambos hemisferios, gracias al esfuerzo de nuestros valerosos é intrépidos progenitores. Trasformado en editor de novelas de á dos cuartos la entrega, prosigue aún su intrépido camino á través del populoso vulgo el antiguo publicador de romances de ciego, viniendo á sustituir á esta literatura en verso, su digna hermana, la que aseguraba hace poco que siendo de noche, sin embargo llovía, y otros milagros por el estilo. Todavía no ha entrado el público español por eso de comprar un libro de un tirón, aunque debo decir, en honor á la verdad, que de cada vez se va operando un saludable trastorno en nuestras rancias y poco civilizadas costumbres, pues las gentes vanse convenciendo de que más vale comprar un libro bueno por un duro, que no ir realito á realito, como quien lo da con miedo, depositando 80 rs. en manos de un editor por otras tantas entregas, llenas de más dislates que trazos de buril contiene la madera de los grabados. Gracias á este pordioserismo de la industria librera, solo el periódico es el punto donde de cuando en cuando, y si lo permiten los extractos del Congreso ó del Senado, las noticias del extranjero, de las provincias y de la capital, los anuncios, la bolsa y algún que otro comunicado, de esos que se pagan bien, es permitido hacer pinitos literarios á algún escritor de buen gusto, con cuyos trabajos tendría en Francia, Inglaterra ó Alemania lo bastante para ser solicitado de editores por todo el resto de su vida, mientras el limón tuviera jugo, y éste produjera con el laboreo de la industria sendos capitales para el productor y el industrial.
Escribiendo artículos, pues, ha pasado muchos años el Sr. Alarcon; por consiguiente, figúrese el público si serán innumerables. Aparte los políticos, que formarán acaso otro tomo, ha prescindido de centenares de revistas de Madrid, de críticas de teatros, de folletines, de polémica, etc., etc., donde, así como Bukingham dejaba caer perlas á su paso, él tiene desparramadas, entre un estilo siempre bello y facil, profundas observaciones, peregrinas ocurrencias ó genialidades tan propias y exclusivas, como encantadoras y felices.—Colecciónanse únicamente aquí los artículos que tienen algo genérico, los que retratan costumbres, los didácticos ó los que son literarios por sí mismos.
Para poder apreciarlos en todo lo que valen como estilo, basta leerlos; mas, para hacerse cargo de las facultades intelectuales de su autor, unidas á la claridad del juicio ó á la intuición del genio, preciso es retrotraer la imaginación á la época en que se escribieron.
Hace quince años España continuaba siendo el mismo territorio que hacía exclamar á Espronceda:
¡Cuán solitaria la nación que un día
poblara inmensa gente:
la nación cuyo imperio se extendía
del Ocaso al Oriente!
Víctima del egoísmo europeo, después de haber herido en medio del corazón al tirano que oprimía el continente, y desangrada en la guerra civil, su política exterior era nula, su industria exígua, sus vías de comunicación vergonzosos anacronismos, y la voz de sus cañones, que habían atronado al mundo lo mismo en su apogeo que en su agonía, no había vuelto á resonar desde muchos años. La marina, que iba renaciendo, estaba virgen y deseaba, para probar sus bríos, las cuestiones que luego llegaron de Africa, América y Occeanía. No había renacido la pintura española. Madrid se moría de sed, las zarzuelas levantábanse prepotentes y pretenciosas, el francés era fiel contraste de los héroes de salones, no se sospechaba la caida de una monarquía y de un imperio, el poder temporal sosteníase firme y enhiesto; la Internacional era una profecía horrible, un fantasma del miedo, y los gérmenes de la disolución social que hemos visto y que el autor señalaba, no eran, ni mucho menos, datos seguros para raciocinar con acierto, en medio del desaliento y de la desesperación que mudos reinaban en las almas.
Era preciso hallarse dotado de gran fé en el arte, de excepcional inteligencia y de una perspicuidad de juicio admirable, para escribir entonces esto que va á leerse coleccionado, sin que ninguno de los sucesos ocurridos sea mentís inexorable de las fantasías del escritor.
Todo lo que este deseaba ó temía se ha verificado ya. La modesta linea, cuya inauguración describía en el artículo De Alicante á Valencia[1], es una red de ferro-carriles, y los doce años de silencio que median entre las profecías del autor y la publicación de este libro, son el cable submarino, el istmo de Suez roto, la perforación del Mont-Cenis, la caida de Francia, la formación de Italia y de Alemania, la gloria del Callao, la revolución de España, todo, en fin, lo que antes era un siglo. Vese, además, en estos artículos el tedio del soltero, su ardiente afán de descifrar un porvenir que hoy (digna recompensa á tantas penalidades) es una casa tranquila, una mujer hermosa, pura y buena, y una familia encantadora. En su estilo bullen la agitación de un hijo del siglo XIX, la tristeza de un español que no sabe de qué ufanarse, la angustia de un corazón afectuoso que llora sobre todo lo que desaparece; que en La Noche-buena clama por el hogar; en Las ferias de Madrid se resuelve contra esta vida de hotel que vamos adoptando, gimiendo sobre los muebles profanados ó las reliquias santas, vendidas al peso, y en el Mapa poético de España conduélese viendo desaparecer los varios caracteres, trages y costumbres de las provincias. La cualidad que más revela el autor en este libro, formado, como las diversas capas geológicas de la tierra, por diversas influencias é impresiones, es su idoneidad para todos los géneros de literatura.
Si queréis ver un crítico, más libre de la tutela de los preceptistas que el eminente Larra, leed los artículos sobre Fanny, Edgar Poe, Los Pobres de Madrid, La desvergüenza, Las zarzuelas[2]. En ellos, más que con el cartabón y la escuadra de los preceptos, hácese la crítica depurando en un crisol filosófico la esencia moral y social de las cosas.
Si queréis deleitaros con un espiritualismo lúcido y con un ascetismo inteligente, los veréis relucir en su Carta á Castelar, en De Villahermosa á la China y en el Año nuevo.
Los artículos Bellas Artes, La Ristori, y el viaje De Alicante á Valencia son la ejecutoria de un artista.
Como escritor analítico, son muestras de admirable observación y claridad de percepciones El pañuelo, La fea, autopsia, A una máscara, Cartas á mis muertos, etc.
Como estilista sin rival, como personalidad sin parecido en el terreno de las letras, donde brilla la figura de Alarcon con luz propia y bellísima, sirven de ejemplos constantes Las ferias, El pañuelo, los trozos del Diario de un madrileño y las Visitas á la marquesa, donde hay diálogos, descripciones y discursos que bastan por sí solos á hacer este libro una joya más de nuestra literatura, y un digno modelo para los que se dediquen en España á esta forma tan dificil y compleja, tan sin reglas y sin criterio, como que responde á la manera pública que tienen de manifestarse cosas tan difíciles de manosear, como el hogar doméstico, la fiesta de familia, la aventura galante, y todo ese mundo de acciones individuales que, por medio de la imprenta periódica, tienen su crítica constante en las columnas de los periódicos.
IV.
Clasificados ya por géneros los diferentes artículos que esta obra contiene, preciso se hace que justifiquemos nuestras alabanzas, ocupándonos de la importancia del escritor y sometiendo al análisis el conjunto de sus inspiraciones para deducir el caracter general que en ellos se revela, la resultante, por decirlo así, que producen fuerzas á tan opuestos fines dirigidas, y encontrar la unidad literaria y progresiva que dé justo título al Sr. Alarcon para figurar entre nuestros primeros escritores.
Así como el término de todos nuestros juicios son ideas absolutas, así todas nuestras acciones, por diversas y complejas que hayan sido, deben contener un fín único, invariable; y si tal cosa no se ha realizado, puede decirse del individuo que no ha vivido ó que ha derrochado su vida y dejado evaporar su espíritu entre la duda y la impotencia. Las ideas sin forma son delirios: las formas sin ideas son mecanismos del instinto animal. Arte, sin independencia, sin libertad, sin progreso, es cadaver embalsamado, marioneta, cuyos movimientos compasados y rígidos dejan traslucir lo inerte de la materia. Cuando toda la idea que del arte se tiene es prestar culto ciego á una forma antigua, el arte muere entre el ridículo de sus propias hechuras; porque lo plástico, lo material no es más que el ropaje y atavío exterior de la idea, y mal puede ésta, nueva, variable y progresiva, contenerse y adaptarse á moldes únicos y constantes. Pero así como en el progreso del cuerpo humano se llega á la pubertad, conservando todo lo integrante del niño, así en las nuevas formas que la idea se busca para manifestarse clara y artísticamente no hay que renegar de lo ya conquistado y poseido. Progresar no es destruir, sino continuar la perfección de una forma y de una idea anteriores, y esta noción tan clara y sencilla es la desesperación de los soberbios y la dificilfacilidad que sorprende á todas las multitudes.
La prosa española, á cuya formación contribuyeron afluentes tan ricos, fué poco á poco mostrándose con un carácter peculiar y propio; pero, detenida en mitad de su progreso por causas extrañas, tuvo que dedicarse á asuntos esencialmente casuísticos ó ascéticos, ó á la representación exacta de lo material y de costumbres rebajadas y groseras. Mientras tanto, la Europa continuaba su marcha, y España, que había estado á su cabeza, fué poco á poco quedándose más distante en el camino del progreso. Costumbres más francas, atrevimientos felices, asociaciones más cultas, investigaciones más profundas, especulaciones menos temerosas de la Inquisición ó del despotismo, osadías científicas, iban depositando en lenguas extrañas palabras y giros que no se implantaban al mismo tiempo en nuestro idioma. Este se hizo extravagante, después vulgar, luego rígido y severo con los preceptistas, ó libre y desenfrenado con la licencia, pero nunca natural, como el de Cervantes, ni conciso y claro como el de Melo y fray Luís de Granada, con el natural progreso de tiempos é ideas modernas y distintas.
Tras de Moratín vino Larra, cuya educación en el extranjero, su estudio de nuestros escritores y su genio propio marcaron en inmortales obras un nuevo progreso para el habla de Cervantes, en que por primera vez se pensaba libremente y se expresaba el resultado del pensar bajo la garantía del derecho del hombre.
La prensa periódica, al mismo tiempo que con la grosería del obrero señalaba por medio de giros extraños la falta de costumbre en el lenguaje para decir ciertas cosas, indicaba, sin embargo, al hablista culto una necesidad que era preciso satisfacer, dentro del caracter genérico y tradicional del idioma, y sometida la lengua á esta revolución diaria, si se corrompía por un lado con el uso de extraños giros, ganaba por otro con el culto que se rendía á la verdad y á lo gráfico de la expresión, sacrificando, si se quiere, tradicionales fórmulas y conceptuosas y pueriles sentencias, perífrasis y regímenes que están reñidos con la ideología universal.
Además, sería en muchos casos difícil, si no imposible, decir cuándo, entre idiomas del mismo origen etimológico y gramatical, es extraña en el uno la irrupcion del otro, ó cuándo se verificó esta, habiendo estado recíprocamente sometidos entre sí á influencias poderosas.
Palabras y giros hay en francés y en italiano que son españolicismos en dichos idiomas, al paso que arcaismos en el nuestro, y lo mismo puede decirse en contrario sentido.
Así como las personas se diferencian, no por las partes de que están compuestas, sino por la fisonomía general, así, á mi modo de ver, los idiomas congénitos se distinguen por su sintaxis y su prosodia, más que por su etimología. Conste, pues, que es arriesgado tildar de galicismo el uso de una palabra, que por no existir ó por haber caido en desuso, deja de representar una idea de necesaria emisión, al referir un concepto.
Con lo expuesto basta para deducir que, así como España necesitaba unirse por su política y por sus costumbres al ideal de la civilización de que había estado separada, hacía falta al idioma esa libertad de acción, esa moralidad, esa honradez con que la forma debe servir á la idea, no como esclava sumisa ni como señora imperante, sino como hermana dulce y bondadosa compañera.
A poco que se examinen los escritos de Alarcon, vése en ellos una genialidad propia, una felicidad de expresión, una tan natural y suave manera de ir sirviendo con el lenguaje á las ideas más espirituales ó á las transiciones más bruscas, que, aparte de lo que se dice en ellos, sus artículos vivirán siempre como una nueva eminencia que señala moderno adelanto en el idioma. No conocemos escritor compatriota que disponga de una forma más ductil y exacta para expresar de pronto y con rapidez pensamientos más distintos. Si la pereza del trabajo material no se apoderase de nuestra mano, citaríamos en montón trozos de riquísima prosa, en que con la rapidez del relámpago pasa una idea brillante, una observación cáustica, un gemido seco, una alegría infantil, sobre el tranquilo reposo de un periodo, ajeno á tales sensaciones por el objeto que describe ó el sentimiento que analiza.
Son, pues, estos trabajos, no sólo museo exquisito de cosas que fueron, sino expresión exacta del modo mejor de escribir, más artístico y más en consonancia con su tiempo y con la prosa castellana en mitad del siglo XIX: si defectos tienen son los de su época, como sus bellezas y sus giros. Habrá escritores más correctos que Alarcon, pero no más contemporaneos; que, si mérito tiene hoy quien esculpa una estatua de Júpiter Olímpico, no le vá en zaga el escultor que logre representar fielmente la grandeza de un Washington, de un Nelson ó de un Cavour.
Si se me tacha de exagerado, responderé con Chanford: «Acúsaseme de alabar á mis amigos; ¡como si antes de ser amigos mios no se hubieran conquistado mi amistad con esas mismas cualidades que en ellos alabo, y que no conocía!»
Lo que sí puedo asegurar, sin temor á que la experiencia me haga arrepentirme, es que el lector puede abrir este libro por cualquiera de sus páginas, sin miedo á hallar una vulgaridad de pensamiento ó una grosería de estilo.
Al frente de la obra del Sr. Alarcon podría estamparse el siguiente verso de Horacio, tan de común aplicación en la época presente
¡Odi profanum vulgus et arceo!
si en ella no figurase, á guisa de protuberancia escrita, este baladí prólogo mío.
Ramon Rodriguez Correa.
1871.
ADVERTENCIA
DE LOS EDITORES.
ON este mismo título de Cosas que fueron publicó el Sr. Alarcon hace once años una Colección de artículos literarios, hoy agotada, en la cual estaban revueltos y confundidos los cuadros de costumbres, los folletines de crítica y las relaciones de viajes, componiendo todo ello un tomo, por demás complicado y heterogéneo.
Posteriormente, el Autor ha ido escribiendo, y publicando acá y acullá, otros muchos artículos de cada clase, que, unidos á los anteriores, dan hoy materia para tres tomos y que nos permiten clasificarlos por géneros y darlos á luz como tres obras distintas.
La que ahora ofrecemos al público contiene todos los artículos de costumbres, y á ella es á la que de derecho corresponde llevar el título de Cosas que fueron, tan discretamente analizado por el Sr. Rodriguez Correa en el Prólogo de la edición primitiva.—A cambio de los trabajos que han pasado á otros tomos, figuran aquí tres nuevos, que son: El Carnaval de Madrid, Mis recuerdos de agricultor y Un Maestro de antaño, coleccionados hoy por primera vez.
Con la denominación de Juicios literarios y artísticos publicaremos en seguida los artículos críticos é históricos del Sr. Alarcon, referentes á Letras y Artes, así como su Discurso de entrada en la Real Academia Española y algunos otros escritos de estos últimos años.
Y, bajo el nombre de Viajes por España, daremos después á luz un tercer tomo, que contendrá, además de los relatos de viajes que figuraron en la primera edición de Cosas que fueron, otros nuevos, como la Visita al Monasterio de Yuste, De Madrid á Murcia y Cartagena (inédito), Dos días en Salamanca, De cómo yo he estado en Cuenca, etc.
Compondrán, pues, estas tres obras, aunque sueltas é independientes entre sí, una especie de conjunto de los trabajos del Sr. Alarcon, como articulista ó folletinista, papel que desempeñó muy asíduamente en nuestra literatura desde 1854 á 1860.
LA NOCHE-BUENA
DEL POETA.
«En un rincon hermoso
de Andalucía
hay un valle risueño...
¡Dios lo bendiga!
Que en ese valle
tengo amigos, amores,
hermanos, padres.»
(De El Látigo.)
I.
ace muchos años (¡como que yo tenía siete!) que, al oscurecer de un día de invierno, y después de rezar las tres Ave-Marías al toque de Oraciones, me dijo mi padre con voz solemne:
—Pedro: esta noche no te acostarás á la misma hora que las gallinas: ya eres grande, y debes cenar con tus padres y con tus hermanos mayores.—Esta noche es Noche-buena.
Nunca olvidaré el regocijo con que escuché tales palabras.
¡Yo me acostaría tarde!
Dirigí una mirada de desprecio á aquellos de mis hermanos que eran más pequeños que yo, y me puse á discurrir el modo de contar en la escuela, después del día de Reyes, aquella primera aventura, aquella primera calaverada, aquella primera disipación de mi vida.
II.
Eran ya las Animas, como se dice en mi pueblo.
¡En mi pueblo: á noventa leguas de Madrid: á mil leguas del mundo: en un pliegue de Sierra-Nevada!
¡Aún me parece veros, padres y hermanos!—Un enorme tronco de encina chisporroteaba en medio del hogar: la negra y ancha campana de la chimenea nos cobijaba: en los rincones estaban mis dos abuelas, que aquella noche se quedaban en nuestra casa á presidir la ceremonia de familia; en seguida se hallaban mis padres, luego nosotros, y entre nosotros, los criados...
Porque en aquella fiesta todos representábamos la Casa, y á todos debía calentarnos un mismo fuego.
Recuerdo, sí, que los criados estaban de pié y las criadas acurrucadas ó de rodillas. Su respetuosa humildad les vedaba ocupar asiento.
Los gatos dormían en el centro del círculo, con la rabadilla vuelta á la lumbre.
Algunos copos de nieve caían por el cañón de la chimenea, ¡por aquel camino de los duendes!
¡Y el viento silbaba á lo lejos, hablándonos de los ausentes, de los pobres, de los caminantes!
Mi padre y mi hermana mayor tocaban el arpa, y yo los acompañaba, á pesar suyo, con una gran zambomba que había fabricado aquella tarde con un cántaro roto.
¿Conocéis la canción de los Aguinaldos, la que se canta en los pueblos que caen al Oriente del Mulhacem?
Pues á esa música se redujo nuestro concierto.
Las criadas se encargaron de la parte vocal, y cantaron coplas como la siguiente:
Esta noche es Noche-buena,
y mañana Navidad;
saca la bota, María,
que me voy á emborrachar.
Y todo era bullicio; todo contento. Los roscos, los mantecados, el alajú, los dulces hechos por las monjas, el rosoli, el aguardiente de guindas circulaban de mano en mano... Y se hablaba de ir á la Misa del Gallo á las doce de la noche, y á los Pastores al romper el alba, y de hacer sorbete con la nieve que tapizaba el patio, y de ver el Nacimiento que habíamos puesto los muchachos en la torre...
De pronto, en medio de aquella alegría, llegó á mis oidos esta copla, cantada por mi abuela paterna:
La Noche-buena se viene,
la Noche-buena se vá,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más.
A pesar de mis pocos años, esta copla me heló el corazón.
Y era que se habían desplegado súbitamente ante mis ojos todos los horizontes melancólicos de la vida.
Fué aquel un rapto de intuición impropia de mi edad; fué milagroso presentimiento; fué un anuncio de los inefables tedios de la poesía; fué mi primera inspiración... Ello es que ví con una lucidez maravillosa el fatal destino de las tres generaciones allí juntas y que constituían mi familia. Ello es que mis abuelas, mis padres y mis hermanos me parecieron un ejército en marcha, cuya vanguardia entraba ya en la tumba, mientras que la retaguardia no había acabado de salir de la cuna. ¡Y aquellas tres generaciones componían un siglo! ¡Y todos los siglos habrían sido iguales! ¡Y el nuestro desaparecería como los otros, y como todos los que vinieran después!...
La Noche-buena se viene,
la Noche-buena se vá...
Tal es la implacable monotonía del tiempo, el péndulo que oscila en el espacio, la indiferente repetición de los hechos, contrastando con nuestros leves años de peregrinación por la tierra...
¡Y nosotros nos iremos
y no volveremos más!
¡Concepto horrible, sentencia cruel, cuya claridad terminante fué para mí como el primer aviso que me daba la muerte, como el primer gesto que me hacía desde la penumbra del porvenir!
Entonces desfilaron ante mis ojos mil Noches-buenas pasadas, mil hogares apagados, mil familias que habían cenado juntas y que ya no existían; otros niños, otras alegrías, otros cantos perdidos para siempre; los amores de mis abuelas, sus trajes abolidos, su remota juventud, los recuerdos que les asaltarían en aquel momento; la infancia de mis padres, la primera Noche-buena de mi familia; todas aquellas dichas de mi casa anteriores á mis siete años... Y luego adiviné, y desfilaron también ante mis ojos, mil Noches-buenas más, que vendrían periódicamente, robándonos vida y esperanza; alegrías futuras en que no tendríamos parte todos los allí presentes,—mis hermanos, que se esparcirían por la tierra; nuestros padres, que naturalmente morirían antes que nosotros; nosotros solos en la vida; el siglo XIX sustituido por el siglo XX; aquellas brasas hechas ceniza; mi juventud evaporada, mi ancianidad, mi sepultura, mi memoria póstuma, el olvido de mí; la indiferencia, la ingratitud con que mis nietos vivirían de mi sangre, reirían y gozarían, cuando los gusanos profanaran en mi cabeza el lugar en que entonces concebía todos aquellos pensamientos...
Un río de lágrimas brotó de mis ojos. Se me preguntó por qué lloraba, y, como yo mismo no lo sabía, como no podía discernirlo claramente, como de manera alguna hubiera podido explicarlo, interpretóse que tenía sueño y se me mandó acostar...
Lloré, pues, de nuevo con este motivo, y corrieron juntas, por consiguiente, mis primeras lágrimas filosóficas y mis últimas lágrimas pueriles, pudiendo hoy asegurar que aquella noche de insomnio, en que oí desde la cama el gozoso ruido de una cena á que yo no asistía por ser demasiado niño (según se creyó entonces), ó por ser ya demasiado hombre (según deduzco yo ahora), fué una de las más amargas de mi vida.
Debí al cabo de dormirme, pues no recuerdo si quedaron ó no en conversación la Misa del Gallo, la de los Pastores y el sorbete proyectado.
III.
¿Dónde está mi niñez?
Paréceme que acabo de contar un sueño.
¡Qué diablo! ¡Ancha es Castilla!
Mi abuela paterna, la que cantó la copla, murió hace ya mucho tiempo.
En cambio mis hermanos se casan y tienen hijos.
El arpa de mi padre rueda entre los muebles viejos, rota y descordada.
Yo no ceno en mi casa hace algunas Noches-buenas.
Mi pueblo ha desaparecido en el oceano de mi vida, como islote que se deja atrás el navegante.
Yo no soy ya aquel Pedro, aquel niño, aquel foco de ignorancia, de curiosidad y de angustia que penetraba temblando en la existencia.
Yo soy ya... nada menos que un hombre, un habitante de Madrid, que se arrellana cómodamente en la vida, y se engríe de su ámplia independencia, como soltero, como novelista, como voluntario de la orfandad que soy, con patillas, deudas, amores y tratamiento de usted!!!
¡Oh! cuando comparo mi actual libertad, mi ancho vivir, el inmenso teatro de mis operaciones, mi temprana experiencia, mi alma descubierta y templada como un piano en noche de concierto, mis atrevimientos, mis ambiciones y mis desdenes, con aquel rapazuelo que tocaba la zambomba hace quince años en un rincón de Andalucía, sonríome por fuera, y hasta lanzo una carcajada, que considero de buen tono, mientras que mi solitario corazón destila en su lóbrega caverna, procurando que no la vea nadie, una lágrima pura de infinita melancolía...
¡Lágrima santa, que un sello de franqueo lleva al hogar tranquilo donde envejecen mis padres!
IV.
Conque vamos al negocio; pues, como dicen los muchachos por esas calles de Dios:
Esta noche es Noche-buena
y no es noche de dormir,
que está la Virgen de parto
y á las doce ha de parir.
¿Dónde pasaré la noche?
Afortunadamente, puedo escoger.
Y, si no, veamos.
Estamos á 24 de Diciembre de 1855—en Madrid.
Conocemos por su nombre á los mozos de los cafés.
Tratamos tú por tú á los poetas aplaudidos,—semidioses, por más señas, para los aficionados de lugar.
Visitamos los teatros por dentro, y los actores y los cantantes nos estrechan las manos entre bastidores.
Penetramos en la redacción de los periódicos, y estamos iniciados en la alquimia que los produce.—Hemos visto los dedos de los cajistas tiznados con el plomo de la palabra, y los dedos de los escritores tiznados con la tinta de la idea.
Tenemos entrada en una tribuna del Congreso, crédito en las fondas, tertulias que nos aprecian, sastre que nos soporta...
¡Somos felices! Nuestra ambición de adolescente está colmada. Podemos divertirnos mucho esta noche. Hemos tomado la tierra. Madrid es país conquistado. ¡Madrid es nuestra patria! ¡Viva Madrid!
Y vosotros, jóvenes provincianos, que, á la caida de la tarde, en el otoño, solitarios y tristes, sacáis á pasear por el campo vuestros impotentes deseos de venir á la corte; vosotros, que os sentís poetas, músicos, pintores, oradores, y aborrecéis vuestro pueblo, y no habláis con vuestros padres, y lloráis de ambición, y pensáis en suicidaros...; vosotros... ¡reventad de envidia, como yo reviento de placer!
V.
Han pasado dos horas.
Son las nueve de la noche.
Tengo dinero.
¿Dónde cenaré?
Mis amigos, más felices que yo, olvidarán su soledad en el estruendo de una orgía.
—«¡La noche es de vino!»—exclamaban hace poco rato.
Yo no he querido ser de la partida.—Yo he atravesado ya, sin ahogarme, ese mar rojo de la juventud.
—«La noche es de lágrimas»—les he contestado.
Mis tertulias están en los teatros.—¡Los madrileños celebran la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo oyendo disparatar á los comediantes!
Algunas familias, en las que soy extranjero, me han querido dar la limosna de su calor doméstico, convidándome á comer,—¡porque ya no cenamos!...—Pero yo no he ido; yo no quiero eso; yo busco mi cena pascual, la colación de Noche-buena, mi casa, mi familia, mis tradiciones, mis recuerdos, las antiguas alegrías de mi alma... ¡la Religión que me enseñaron cuando niño!
VI.
¡Ah! Madrid es una posada.
En noches como esta se conoce lo que es Madrid.
Hay en la corte una población flotante, heterogenea, exótica, que pudiera compararse á la de los puertos francos, á la de los presidios, á la de las casas de locos.
Aquí hacen alto todos los viajeros que van de paso al porvenir, al reino fantástico de la ambición, ó los que vuelven de la miseria y del crimen...
La mujer hermosa viene aquí á casarse ó á prostituirse.
La pasiega deshonrada á críar.
El mayorazgo á arruinarse.
El literato por gloria.
El diputado á ser ministro.
El hombre inutil por un empleo.
Y el sabio, el inventor, el cómico, el gigante, el enano; así el que tiene una rareza en el alma, como el que la tiene en el cuerpo; lo mismo el monstruo de siete brazos ó de tres narices, que el filósofo de doble vista; el charlatán y el reformador; el que escribe melodías y el que hace billetes falsos, todos vienen á vivir algún tiempo á esta inmensa casa de huéspedes.
Los que logran hacerse notar, los que encuentran quién los compre, los que se enriquecen á costa de sí mismos, se tornan en posaderos, en caseros, en dueños de Madrid, olvidándose del suelo en que nacieran...
Pero nosotros, los caminantes, los inquilinos, los forasteros, nos damos cuenta esta noche de que Madrid es un vivac, un destierro, una prisión, un purgatorio...
Y por la primera vez en todo el año conocemos que ni el café, ni el teatro, ni el casino, ni la fonda, ni la tertulia son nuestra casa...
Es más; ¡conocemos que nuestra casa no es nuestra casa!
VII.
La Casa, aquella mansión tan sagrada para el patriarca antiguo, para el ciudadano romano, para el señor feudal, para el árabe; la Casa, arca santa de los penates, templo de la hospitalidad, tronco de la raza, altar de la familia, ha desaparecido completamente en las capitales modernas.
La Casa existe todavía en los pueblos de provincia.
En ellos, nuestra casa es casi siempre nuestra...
En Madrid, casi siempre es del casero.
En provincias, cuando menos, la casa nos alberga veinte, treinta, cuarenta años seguidos...
En Madrid, se muda de casa todos los meses, ó á más tardar todos los años.
En provincias, la fisonomía de la casa siempre es igual, simpática, cariñosa: envejece con nosotros; nos recuerda nuestra vida; conserva nuestras huellas...
En Madrid, se revoca la fachada todos los años bisiestos, se visten las habitaciones con ropa limpia, se venden los muebles que consagró nuestro contacto.
Allí, nos pertenece todo el edificio: el yerboso patio, el corral lleno de gallinas, la alegre azotea, el profundo pozo, terror de los niños, la torre monumental, los anchos y frescos cenadores...
Aquí, habitamos medio piso, forrado de papel, partido en tugurios, sin vistas al cielo, pobre de aire, pobre de luz.
Allí, existe el afecto de la vecindad, término medio entre la amistad y el parentesco, que enlaza á todas las familias de una misma calle...
¡Aquí, no conocemos al que hace ruido sobre nuestro techo, ni al que se muere detrás del tabique de nuestra alcoba, y cuyo estertor nos quita el sueño!
En provincias, todo es recuerdos, todo amor local: en un lado, la habitación donde nacimos; en otro, la en que murió nuestro hermano; por una parte, la pieza sin muebles en que jugábamos cuando niños; por otra, el gabinete en que hicimos los primeros versos...; y, en un sitio dado, en la cornisa de una columna, en un artesonado antiguo, el nido de golondrinas, al cual vienen todos los años dos fieles esposos, dos pájaros de África, á críar una nueva prole...
En Madrid, se desconoce todo esto.
¿Y la chimenea? ¿Y el hogar? ¿Y aquella piedra sacrosanta, fría en el verano y durante las ausencias, caliente y acariciadora en el invierno,—en aquellas noches felices que ven la reunión de todos los hijos en torno de sus padres, pues hay vacaciones en el colegio, y los casados han acudido con sus pequeñuelos, y los ausentes, los hijos pródigos, han vuelto al seno de su familia?—¿Y ese hogar?... decidme... ¿dónde está ese hogar en las casas de la corte?
¿Será un hogar acaso la chimenea francesa, fábrica de bronce, marmol ó hierro, que se vende en las tiendas al por mayor y al por menor, y hasta se alquila en caso necesario?
¡La chimenea francesa! ¡He aquí el símbolo de una familia cortesana! ¡He aquí vuestro hogar, madrileños! ¡Hogar sujeto á la moda; que se vende cuando está antiguo; que muda de habitación, de calle y de patria: hogar, en fín (y esto lo dice todo), que se empeña en un día de apuro!
VIII.
He pasado por una calle, y he oido cantar sobre mi cabeza, entre el ruido de copas y platos y las risas de alegres muchachas, la copla fatídica de mi abuela:
La Noche-buena se viene,
la Noche-buena se vá,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más.
—He ahí (me he dicho) una casa, un hogar, una alegría, una sopa de almendra y un besugo, que pudiera comprar por tres ó cuatro napoleones.
En esto, me ha pedido limosna una madre que llevaba dos niños: uno en brazos, envuelto en su deshilachado mantón, y otro más grande, cogido de la mano.—¡Ambos lloraban, y la madre también!
IX.
No sé cómo he venido á parar á este café, donde oigo sonar las doce de la noche, la hora del Nacimiento!
Aquí, solo, aunque bulle á mi alrededor mucha gente, he dado en analizar la vida que llevo desde que abandoné mi casa paterna, y me ha horrorizado por primera vez esta penosa lucha del poeta en Madrid; lucha en que sacrifica á una vana ambición tanta paz, tantos afectos.
Y he visto á los vates del siglo XIX convertidos en gacetilleros, á la Musa con las tijeras en la mano despedazando sueltos, á los que en otros siglos hubieran cantado la epopeya de la patria, zurcir hoy artículos de fondo para rehabilitar un partido y ganar cincuenta duros mensuales!...
¡Pobres hijos de Dios! ¡Pobres poetas!
Dice Antonio Trueba (á quien dedico este artículo):
Hallo tantas espinas
en mi jornada,
que el corazón me duele,
me duele el alma!...
¡He aquí mi Noche-buena, del presente, mi Noche-buena de hoy!
Luego he tornado otra vez la vista á las Noches-buenas de mi pasado, y, atravesando la distancia con el pensamiento, he visto á mi familia, que en esta hora patética me echará de menos; á mi madre, extremeciéndose cada vez que gime el viento en el cañón de la chimenea, como si aquel gemido pudiese ser el último de mi vida; á unos diciendo: «¡tal año estaba aquí!»; á otros: «¿dónde estará ahora?...»
¡Ay! ¡no puedo más! ¡Yo os saludo á todos con el alma, queridos míos! Sí: yo soy un ingrato, un ambicioso, un mal hermano, un mal hijo... Pero ¡ay otra vez y ay cien mil veces! yo siento en mí una fuerza sobrenatural que me lleva hacia adelante y que me dice: «¡tú serás!» ¡Voz de maldición que estoy oyendo desde que yacía en la cuna!!
¿Y qué he de ser yo, desdichado? ¿Qué he de ser?
Y nosotros nos iremos,
y no volveremos más.
¡Ah! yo no quiero irme: yo quiero volver: inmolo demasiado en la contienda para no salir victorioso: triunfaré en la vida y triunfaré de la muerte... ¿No ha de tener recompensa esta infinita angustia de mi alma?
Es muy tarde.
La copla de la difunta sigue revoloteando sobre mi cabeza.
La Noche-buena se viene...
¡Ah! ¡sí! ¡Vendrán otras Noches-buenas!—me he dicho, reparando en mis pocos años.
Y he pensado en las Noches-buenas de mi porvenir.
Y he empezado á formar castillos en el aire.
Y me he visto en el seno de una familia venidera, en el segundo crepúsculo de la vida, cuando ya son frutos las flores del amor.
Ya se había calmado esta tempestad de amor y lágrimas en que zozobro, y mi cabeza reposaba tranquila en el regazo de la paciencia, ceñida con las flores melancólicas de los últimos y verdaderos amores.
¡Yo era ya un esposo, un padre, el jefe de una casa, de una familia!
El fuego de un hogar desconocido ha brillado á lo lejos, y á su vacilante luz he visto á unos seres extraños que me han hecho palpitar de orgullo.
¡Eran mis hijos!...
Y he cerrado los ojos para seguir viendo aquella claridad rojiza, aquella profética aparición, aquellos seres que no han nacido...
La tumba estaba ya muy próxima... Mis cabellos blanqueaban...
Pero ¿qué importaba ya? ¿No dejaba la mitad de mi alma en la madre de mis hijos? ¿No dejaba la mitad de mi vida en aquellos hijos de mi amor?
¡Ay! en vano quise reconocer á la esposa que compartía allí conmigo el anochecer de la existencia...
La futura compañera que Dios me tenga destinada, esa desconocida de mi porvenir, me volvía la espalda en aquel momento...
¡No: no la veía!... Quise buscar un reflejo de sus facciones en el rostro de nuestros hijos, y el hogar empezó á apagarse.
Y cuando se apagó completamente, yo seguía viéndolo...
¡Era que sentía su calor dentro de mi alma!
Entonces murmuré por última vez:
La Noche-buena se va...
Y me quedé dormido..., quizá muerto.
Cuando desperté, se había ido ya la Noche-buena.
Era el primer día de Pascua.
1855.
LAS FERIAS DE MADRID.
Sunt lachrimae rerum.
(Virgilio.)
I.
o creais que es un artículo de costumbres, á la manera de los discretísimos y famosos de nuestro Curioso Parlante, lo que me propongo escribir hoy. Ni yo tendría fuerzas para tanto, ni, teniéndolas, incurriría en semejante anacronismo. Y digo esto, porque los artículos de costumbres no están ya de moda...—¡Cómo han de estarlo (perdonadme la rudeza de la expresión), si no se estilan ya las costumbres!!!... ¡Las costumbres, que son, ó que eran, el alma de la vida y la vida toda de la sociedad!
Propóngome aquí únicamente sacar una especie de fotografía de las Ferias de Madrid (este año que, faltando también á su costumbre inveterada, se han trasladado de la calle de Alcalá al paseo de Atocha) y consignar algunas reflexiones melancólicas, por las cuales he venido á deducir que, si de la moderna sociedad van desapareciendo las costumbres, no acontece lo propio con los vicios.
Manos, pues, á la obra.
II.
Como caen de los árboles las hojas secas, para abonar la tierra que embellecieron y sombrearon, y cooperar al florecimiento de otra primavera futura, así los trastos viejos de las Ferias de Madrid (impelidos por aquel mismo viento de la caida de la pámpana que arranca á los tísicos de las alcobas y se los lleva al campo-santo) se desprenden, todos los otoños, de los sotabancos y bohardillas de la corte, y se convierten en lúgubres mueblajes para casas de huéspedes, ó en ajuares de media tijera para matrimonios nuevos.—Tal es la ley universal de lo creado.
Yo he visto (y sirva de prólogo esta digresión) hacer la testamentaría de un soltero, menor de treinta años, mantenedor de la buena causa en el Prado y en los salones, muy distante de su familia y de su aldea, y muerto repentinamente al salir de un baile de máscaras.
Era una mañana de invierno, y á la pálida luz de un día de nieve, manos profanas revolvían pañuelos bordados, cuellos de casa de Dubost, guardapelos, cartas de distintas letras, guantes, algunos napoleones y cuatro ó cinco retratos, uno de ellos conocido (lo cual costó la honra á una mujer), los demás de buenas gentes de provincia (quizá padres y hermanos), y uno, en fín, del difunto, sacado cuando era niño y dirigía sus pasos al templo de Minerva...
Flores marchitas, fechas misteriosas, nombres adorados, reliquias venerandas, el libro predilecto, el afeite malicioso, el pagaré que le quitó el sueño algunas noches, los versos que se empeñó en hacer y no supo, todo pasó ante nuestros ojos como capítulos sueltos de varias novelas, ó como números atrasados de un periódico.
Diríase que íbamos descubriendo con un escalpelo, fibra por fibra, los ventrículos de un corazón todavía caliente. Quién rompía lo peligroso; quién apartaba lo útil: esto se destinaba á la familia; aquello á la sola, á la triste, á la desconsolada amante; el dinero se dió á la Parroquia para el Entierro, y se convirtió al día siguiente en pan, legumbres y chocolate; la ropa fué á la aldea en busca del hermano menor, á quien con el tiempo le valió una conquista; tal pariente deseó un libro, tal amigo una acuarela, fulano la petaca, mengano la pluma y el sello... Y se lloró, se habló, se rió, se terminó el acto, se enterró al joven (que nada sabía de lo que pasaba), y llegó la primavera al poco tiempo, y la naturaleza no se dió por entendida de la muerte de nuestro amigo...
III.
Conque prosigamos.
Ni los puestos de fruta que cambian de domicilio en estos días, ni las tiendas de juguetes que se salen al arroyo, ni las muchísimas encantadoras cursis en edad de merecer que andan de acá para allá, seguidas de sus madres ó empresarias, en busca de un mediano casamiento, son suficientes á quitar al mortuorio mercado del otoño madrileño su aspecto repugnante y desconsolador.
Quédense para otros pueblos las ferias animadas y bulliciosas en que, como en los tiempos primitivos, acuden de lejas tierras caravanas de mercaderes con grandes ejércitos de ganado lanar, asnal, caballar, mular, de cerda, vacuno y cabrío; en que se hacen grandes negocios, compras, ventas, cambios, robos y hurtos, dando lugar á cuantiosas emigraciones é inmigraciones de reses; en que se ven tantos bailes como tiendas de campaña, tantos cuadros de costumbres como familias de mercaderes, tantas comilonas como tratos cerrados; en que el uno acude para lucir á su serrana de negros ojos y terciado pañolón, el otro para lucir su yegua vistosamente enjaezada, todos de lujo y de fiesta, todos con un cinto lleno de oro, dispuestos á beber, y á reñir, y á jugar, y á dejar sin corazón á una docena de mujeres: quédense también para otros pueblos las ferias en que se compra lo nuevo, lo exótico, lo desconocido en todo el año, y lo tradicional, lo superfluo, lo util y lo imprescindible (la yunta, el caballo de regalo, el cerdo para la matanza, la vajilla, la ropa de invierno, el abrigo de la cama, los cuadros del estrado, los pendientes, el collar, la sortija, los cubiertos de plata); ferias deseadas, temidas, festejadas, memorables, que hacen época en la vida, que marcan el plazo de los casamientos, que terminan el ajuste de los criados, que señalan, por último, el fín de los días de huelga, alegría y reposo posteriores á la cosecha, y el principio del recogimiento y de los nuevos trabajos que constituyen el arreglo de las casas durante los cuarteles de invierno de las familias...
Las Ferias de Madrid son todo lo contrario. ¡Doquiera que se vuelven los ojos no se ve más que tristeza, miseria, dolor, profanaciones, olvido!
Prescindamos del contingente que las Américas y el Rastro suministran á esa pavorosa exposición... Pasemos con los ojos cerrados y las narices tapadas por delante de los puestos en que se hallan de venta las ropas lavadas del que murió en el hospital, la ropa perdida por el jugador, la ropa execrada que llevó un ahorcado y la ropa ensangrentada del suicida desconocido...—Entre esos puestos hay algunos que pueden compararse á una cesta de trapero, á un montón de mugre, á un tiesto de basura. En ellos se ven mezclados la mitad de unas tijeras, media cruz de Isabel la Católica, la peana de un Santo, unas hilas ya usadas, el faldon de un frac, el ala de un sombrero, la muleta de un cojo que murió, el mango de un cuchillo, el mástil de una guitarra, el tacón de una bota, una caja sin fondo, tres hojas de un libro, la pasta de otro, un pedazo de entorchado de General, un zapato viudo, un guante soltero... ¡y todo sucio, oxidado, agujereado, deshilachado, y apestado además por el ósculo de la muerte!
Apresurémonos, sí, á dejar á nuestra espalda esos nauseabundos puestos, y fijemos la atención en otras tiendas donde se venden objetos más importantes, más limpios y más cuidados; objetos servibles, en fín, aunque servidos, y ellos nos harán esperimentar la honda tristeza inherente al inventario de esta gran testamentaría que la muerte ó la pobreza sacan en Madrid á pública subasta durante el equinoccio de setiembre,—cabalmente los mismos días en que el Oceano, fustigado por el Cordón de San Francisco, arroja á las playas á cada instante melancólicos restos de buques náufragos.
Mirad.—Las bibliotecas reunidas con mil afanes por el hombre estudioso; los libros con dedicatoria; los retratos de familia; los muebles consagrados por el uso; el medallón que ya fué tumba; el abanico que agitó la virgen; el reclinatorio en que rezó la desposada la noche de novios; el bastón de alcalde, tan respetado y temido en tal ó cual alboroto; la charretera que saludaron tantos soldados; el sable que acometió tan altas empresas; el sofá que oyó una conversación de amores; el tintero con que se escribió una grande obra; el caballete en que estuvo colgado un renombrado lienzo; el anillo nupcial; lo que legó un moribundo á un vivo; lo que un vivo dedicó á un muerto; la pistola que empleó el suicida; lo querido, lo venerado, lo íntimo, lo consuetudinario, lo familiar; lo que se regó con llanto, lo que se tiñó con sangre, lo que calentó nuestro cuerpo, lo que se empapó con el sudor de nuestra frente; nuestro pasado, nuestra historia, nuestro ser, nosotros mismos en venta... ¡esa es la Feria de Madrid!
De aquí proviene que, cuando recorremos los puestos de la Feria, nos parece que visitamos un cementerio, y que cada objeto es una tumba; ó que ya estamos en el Valle de Josaphat, y asistimos á la gran cita de los pecadores, en que cada uno debe presentarse con su historia á la espalda, descalzo de pié y pierna, y no sabiendo quién lo rematará á su favor, si Dios para aumentar su gloria ó el diablo para aumentar su infierno.
¡Ah! ¡Sí! La Feria de esta Villa y Corte pudiera llamarse la Resurrección de los muebles.
Durante ella, y para los que tenemos algo de sexto sentido, esos muebles, arrumbados durante todo el año, se animan, gesticulan y hablan, de cuyas resultas es facil oir sangrientos apóstrofes, horrorosos sarcasmos y verdades como puños.
Un catre de tijera sale al encuentro de fulano que es Ministro, y le dice irónicamente:
—¿Me conoces? Yo te dormí en mi regazo mucho tiempo... ¿Por qué me abandonaste? ¡De seguro que no duermes tan bien ahora!
La prenda empeñada y no redimida acusa de ingrato al calavera á quien sacó de un apuro y del que no mereció luego igual merced...
Los uniformes de miliciano de 1836 se rien al ver pasar á los neo-católicos de 1857.
Las sillas de Vitoria que asistieron á la boda de tal banquero, cuando era aguador, hablan pestes de las butacas en que se sienta hoy. El becerro de oro finge no conocerlas, y aprieta el paso. Y las sillas de Vitoria se quedan diciendo, como si lo oyera:
—¡Anda!... ¡anda!... ¡La verdad es que ahora no eres tan feliz como cuando te sentabas en nuestras rodillas!
La pobre arca vieja que guardó antaño el pobre y plebeyo equipo del actual marqués improvisado, se queja amargamente del abandono en que la dejó, y, al verlo cruzar en busca de un libro de heráldica, le sopla al oido estas palabras aterradoras:
—¡Que lo digo!
Aquí un espejo reconoce á su primitiva propietaria, que ya es vieja y fea, y le dice con ferocidad:
—¡Ya me quisieras ahora, infame! Yo te hallé siempre pura y hermosa; pero tú me abandonaste por otros espejos más dorados, que marchitaron tu pureza y hermosura...—¡Hoy te desprecio, y me horrorizo de mirarte!
Allí una cama de matrimonio se cuadra delante de un caballero que lleva del brazo á una señora, y le pregunta por su primera esposa, á quien juró no olvidar.
En un lado da voces un palanganero de pino, diciendo:
—¡Aquel es mi amo! Yo le hacía la toilette cuando era escribiente... ¡Desde el día en que me dejó, no ha vuelto á cantar al tiempo de lavarse!
En otro lado las cómodas descerrajadas tiran de la levita á los ladrones desconocidos.
La palmatoria que presenció los ensueños del poeta, le hace guiños, como trayéndole á la memoria los instintos sublimes de su adolescencia...—Pero el poeta es diputado á Cortes, y pasa de largo...
Alfombras, cuadros, pupitres, cepillos, tenazas, confidentes, lavabos, atriles, armarios, baules..., todos saben algo, todos reconocen á alguna persona, todos representan una ingratitud, una injusticia, una decepción, una desgracia, un escándalo, una ruina!—¡Y todos dicen muy principalmente aquella gran verdad de que Madrid es una casa de huéspedes, donde no hay familia, ni hogar, ni casa, ni recuerdos, ni veneración, ni tradición, ni costumbres, ni religión... en el sentido lato de la palabra!
¡Oh, jóvenes recién llegados á la corte! Tratad superficialmente á vuestros muebles;—yo os lo aconsejo.—No toméis cariño ni á vuestra cama, ni á vuestro sillón, ni á vuestro escritorio: no intiméis con el sofá ni con las sillas: no contéis vuestros pesares al espejo: no selléis con vuestra sangre ningún bronce: no derraméis lágrimas sobre ningún mármol! ¡No améis nada en Madrid! ¡Nada!! (entiéndase siempre que hablo de objetos inanimados). Saludad á la ligera la portière y la cortina: tocad con el filo de los labios la taza en que tomáis el té y el vaso en que bebéis el agua; mirad con la misma indiferencia la chimenea que os conforta y el baño que os refresca; no depositéis vuestra confianza ni en la carpeta en que escribís, ni en la caja de palo-santo donde guardáis la ceniza que se os va cayendo del corazón...
¡Sed finos y corteses (¡y nada más!) con el estuco y el cerezo, con el hierro y el oro, con el alcornoque y el cristal, ó temed, si les tomáis cariño, encontrarlos de venta en las ferias del año venidero!
1858