El clavo
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BIBLIOTECA MIGNON
EL CLAVO (Causa célebre.)
BIBLIOTECA MIGNON
OBRAS PUBLICADAS
- I. Vicente Medina.—Aires murcianos. — Segunda edición.
- II. A. Palacio Valdés.—¡Solo! — Segunda edición.
- III. Clarín.—Las dos cajas.
- IV. Ricardo Wagner.—Historia de un músico en París.
- V. González Serrano.—Siluetas.
- VI. J. Valera.—El pájaro verde.
- VII. Luis Bonafoux.—Risas y lágrimas.
- VIII. J. O. Picón.—Cuentos.
- IX. R. Becerro de Bengoa.—El recién nacido.
- X. J. O. y Munilla.—Tremielga.
- XI. José M. de Pereda.—Para ser buen arriero...
- XII. Alfonso Daudet.—Una anécdota del segundo Imperio.
- XIII. V. Blasco Ibáñez.—La cencerrada.
- XIV. G. Martínez Sierra.—Almas ausentes.
- XV. Enrique Menéndez y Pelayo.—A la sombra de un roble.
- XVI. G. Nuñez de Arce.—Sancho Gil (novela fantástica).
- XVII. Blanca de los Ríos.—Melita Palma.
- XVIII. Arturo Reyes.—Cuentos andaluces.
- XIX. Pedro A. de Alarcón.—El clavo (causa célebre).
EN PRENSA
- XX. M. Tolosa Latour.—Hombradas.
XIX
Biblioteca Mignon.
—
PEDRO A. DE ALARCÓN
DE LA ACADEMIA ESPAÑOLA
EL CLAVO
MADRID
—
B. RODRÍGUEZ SERRA, DIRECTOR
Flor baja, 9.
Imp. de A. Marzo, Pozas, 12.
Pedro A. de Alarcón.
EL CLAVO
(causa célebre)
PRÓLOGO
Felipe encendió un cigarro y habló de esta manera:
FIN DEL PRÓLOGO
I
El número 1.
Lo que más ardientemente desea todo el que pone el pie en el estribo de una diligencia para emprender un largo viaje es que los compañeros de departamento que le toquen en suerte sean de amena conversación y tengan sus mismos gustos, sus mismos vicios, pocas impertinencias, buena educación y una franqueza que no raye en familiaridad.
Porque, como ya han dicho y demostrado Larra, Koch, Soulié y otros escritores de costumbres, es asunto muy serio esa improvisada e íntima reunión de dos o más personas, que nunca se han visto ni quizá han de volver a verse sobre la tierra, y destinadas, sin embargo, por un capricho del azar, a codearse dos o tres días, a almorzar, comer y cenar juntos, a dormir una encima de otra, a manifestarse, en fin, recíprocamente, con ese abandono y confianza que no concedemos ni aun a nuestros mayores amigos, esto es, con los hábitos y flaquezas de casa y de familia.
Al abrir la portezuela acuden tumultuosos temores a la imaginación. Una vieja con asma, un fumador de mal tabaco, una fea que no tolere el humo del bueno, una nodriza que se maree de ir en carruaje, angelitos que lloren y demás, un hombre grave que ronque, una venerable matrona que ocupe asiento y medio, un inglés que no hable el español (supongo que vosotros no habláis el inglés), tales son, entre otros, los tipos que teméis encontrar.
Alguna vez acariciáis la dulce esperanza de hallaros con una hermosa compañera de viaje; por ejemplo, con una viudita de veinte a treinta años (y aun de treinta y seis), con quien sobrellevar a medias las molestias del camino; pero no bien os ha sonreído esta idea cuando os apresuráis a desecharla melancólicamente, considerando que tal ventura sería demasiada para un simple mortal en este valle de lágrimas y despropósitos.
Con tan amargos recelos ponía yo el pie en el estribo de la diligencia de Granada a Málaga, a las once menos cinco minutos de una noche de otoño de 1844, noche oscura y tempestuosa, por más señas.
Al penetrar en el coche, con el billete número 2 en el bolsillo, mi primer pensamiento fue saludar a aquel incógnito número 1, que me traía inquieto antes de serme conocido.
Es de advertir que el tercer asiento de la berlina no estaba tomado, según confesión del mayoral en jefe.
—¡Buenas noches! —dije, no bien me senté, enfilando la voz hacia el rincón en que suponía a mi compañero de jaula.
Un silencio tan profundo como la oscuridad reinante siguió a mis buenas noches.
—¡Diantre! —pensé—: ¿si será sordo... o sorda mi epiceno cofrade?
Y alzando más la voz, repetí:
—¡Buenas noches!
Igual silencio siguió a mi segunda salutación.
—¿Si será mudo? —me dije entonces.
A todo esto, la diligencia había echado a andar, digo, a correr, arrastrada por diez briosos caballos.
Mi perplejidad subía de punto.
¿Con quién iba? ¿Con un varón? ¿Con una hembra? ¿Con una vieja? ¿Con una joven? — ¿Quién, quién era aquel silencioso número 1?
Y fuera quien fuese, ¿por qué callaba? ¿Por qué no respondía a mi saludo? ¿Estaría ebrio? ¿Se habría dormido? ¿Se habría muerto? ¿Sería un ladrón?
Era cosa de encender luz. Pero yo no fumaba entonces, y no tenía fósforos...
¿Qué hacer?
Por aquí iba en mis reflexiones, cuando se me ocurrió apelar al sentido del tacto, pues que tan ineficaces eran el de la vista y el del oído.
Con más tiento, pues, que emplea un pobre diablo para robarnos el pañuelo en la Puerta del Sol, extendí la mano derecha hacia aquel ángulo del coche.
Mi dorado deseo era tropezar con una falda de seda o de lana, y aun de percal...
Avancé, pues...
¡Nada!
Avancé más; extendí todo el brazo...
¡Nada!
Avancé de nuevo; palpé con entera resolución en un lado, en otro, en los cuatro rincones, debajo de los asientos, en las correas del techo...
¡Nada..., nada!
En este momento brilló un relámpago (ya he dicho que había tempestad), y a su luz sulfúrea vi... ¡que iba completamente solo!
Solté una carcajada, burlándome de mí mismo, y precisamente en aquel instante se detuvo la diligencia.
Estábamos en el primer relevo.
Ya me disponía a preguntarle al mayoral por el viajero que faltaba, cuando se abrió la portezuela, y a la luz de un farol que llevaba el zagal vi... ¡Me pareció un sueño lo que vi!
Vi poner el pie en el estribo de la berlina (¡de mi departamento!) a una hermosísima mujer, joven, elegante, pálida, sola, vestida de luto...
Era el número 1; era mi antes epiceno compañero de viaje; era la viuda de mis esperanzas; era la realización del sueño que apenas había osado concebir; era el non plus ultra de mis ilusiones de viajero... ¡Era ella!
Quiero decir, había de ser ella con el tiempo.
II
Escaramuzas.
Luego que hube dado la mano a la desconocida, para ayudarla a subir, y que ella tomó asiento a mi lado, murmurando un Gracias... Buenas noches... que me llegó al corazón, ocurrióseme esta idea tristísima y desgarradora:
—¡De aquí a Málaga solo hay diez y ocho leguas! ¡Que no fuéramos a la península de Kamchatka!
Entre tanto se cerró la portezuela y quedamos a oscuras.
Esto significaba ¡no verla!
Yo pedía relámpagos al cielo, como el Alfonso Munio de la señora Avellaneda cuando dice:
¡Horrible tempestad, mándame un rayo!
Pero ¡oh dolor! la tormenta se retiraba ya hacia el mediodía...
Y no era lo peor no verla, sino que el aire severo y triste de la gentil señora me había impuesto de tal modo, que no me atrevía a cosa ninguna.
Sin embargo, pasados algunos minutos le hice aquellas primeras preguntas y observaciones de cajón que establecen poco a poco cierta intimidad entre los viajeros:
—¿Va usted bien?
—¿Se dirige usted a Málaga?
—¿Le ha gustado a usted la Alhambra?
—¿Viene usted de Granada?
—¡Está la noche húmeda!
A lo que respondió ella:
—Gracias.
—Sí.
—No, señor.
—¡Oh!
—¡Pchis!
Seguramente, mi compañera de viaje tenía poca gana de conversación.
Dediqueme, pues, a coordinar mejores preguntas, y viendo que no se me ocurrían, me puse a reflexionar.
¿Por qué había subido aquella mujer en el primer relevo de tiro y no desde Granada?
¿Por qué iba sola?
¿Era casada?
¿Era viuda?
¿Era...?
¿Y su tristeza? ¿Quare causa?
Sin ser indiscreto no podía hallar la solución de estas cuestiones, y la viajera me gustaba demasiado para que yo corriese el riesgo de parecerle un hombre vulgar dirigiéndole necias preguntas.
¡Cómo deseaba que amaneciera!
De día se habla con justificada libertad... mientras que la conversación a oscuras tiene algo de tacto, va derecha al bulto, es un abuso de confianza.
La desconocida no durmió en toda la noche, según deduje de su respiración y de los suspiros que lanzaba de vez en cuando...
Creo inútil decir que yo tampoco pude coger el sueño.
—¿Está usted indispuesta? —le pregunté una de las veces que se quejó.
—No, señor; gracias. Ruego a usted que se duerma descuidado... —respondió con seria afabilidad.
—¡Dormirme! —exclamé.
Luego añadí:
—Creí que padecía usted.
—¡Oh! no..., no padezco —murmuró blandamente, pero con un acento en que llegué a percibir cierta amargura.
El resto de la noche no dio de sí más que breves diálogos como el anterior.
Amaneció al fin...
¡Qué hermosa era!
Pero ¡qué sello de dolor sobre su frente! ¡Qué lúgubre oscuridad en sus bellos ojos! ¡Qué trágica expresión en todo su semblante! Algo muy triste había en el fondo de su alma.
Y, sin embargo, no era una de aquellas mujeres excepcionales, extravagantes, de corte romántico, que viven fuera del mundo devorando algún pesar o representando alguna tragedia...
Era una mujer a la moda, una elegante mujer, de porte distinguido, cuya menor palabra dejaba traslucir una de esas reinas de la conversación y del buen gusto que tienen por trono una butaca de su gabinete, una carretela en el Prado o un palco en la Ópera; pero que callan fuera de su elemento, o sea fuera del círculo de sus iguales.
Con la llegada del día se alegró algo la encantadora viajera, y ya consistiese en que mi circunspección de toda la noche y la gravedad de mi fisonomía le inspirasen buena idea de mi persona, ya en que quisiera recompensar al hombre a quien no había dejado dormir, fue el caso que inició a su vez las cuestiones de ordenanza:
—¿Dónde va usted?
—¡Va a hacer buen día!
—¡Qué hermoso paisaje!
A lo que yo contesté más extensamente que ella me había contestado a mí.
Almorzamos en Colmenar.
Los viajeros del interior y de la rotonda eran personas poco tratables.
Mi compañera se redujo a hablar conmigo.
Excusado es decir que yo estuve enteramente consagrado a ella y que la atendí en la mesa como a una persona real.
De vuelta en el coche, nos tratábamos ya con alguna confianza.
En la mesa habíamos hablado de Madrid, y hablar bien de Madrid a una madrileña que se halla lejos de la corte, es la mejor de las recomendaciones.
¡Porque nada es tan seductor como Madrid perdido!
—¡Ahora o nunca, Felipe! —me dije entonces—. Quedan ocho leguas. Abordemos la cuestión amorosa...
III
Catástrofe.
¡Desventurado! No bien dije una palabra galante a la beldad, conocí que había puesto el dedo sobre una herida...
En el momento perdí todo lo que había ganado en su opinión.
Así me lo dijo una mirada indefinible que cortó la voz en mis labios.
—Gracias, señor, gracias —me dijo luego al ver que cambiaba de conversación.
—¿He enojado a usted, señora?
—Sí; el amor me horroriza. ¡Qué triste es inspirar lo que no se siente! ¿Qué haría yo para no agradar a nadie?
—¡Algo es menester que usted haga, si no se complace en el daño ajeno!... —repuse muy seriamente—. La prueba es que aquí me tiene pesaroso de haberla conocido... ¡Ya que no feliz, por lo menos yo vivía ayer en paz... y ya soy desgraciado, puesto que la amo a usted sin esperanza!
—Le queda a usted una satisfacción, amigo mío... —replicó ella sonriendo.
—¿Cuál?
—Que si no acojo su amor, no es por ser suyo, sino porque es amor. Puede usted, pues, estar seguro de que ni hoy, ni mañana, ni nunca... obtendrá otro hombre la correspondencia que le niego. ¡Yo no amaré jamás a nadie!
—Pero ¿por qué, señora?
—¡Porque el corazón no quiere, porque no puede, porque no debe luchar más! ¡Porque he amado hasta el delirio... y he sido engañada! En fin, porque aborrezco el amor.
¡Magnífico discurso! Yo no estaba enamorado de aquella mujer. Inspirábame curiosidad y deseo, por lo distinguida y por lo bella; pero de esto a una pasión había todavía mucha distancia.
Así, pues, al escuchar aquellas dolorosas y terminantes palabras, dejó la contienda mi corazón de hombre y entró en ejercicio mi imaginación de artista. Quiere esto decir que comencé a hablar a la desconocida un lenguaje filosófico y moral del mejor gusto, con el que logré conquistar su confianza, o sea que me dijese algunas otras generalidades melancólicas del género Balzac.
Así llegamos a Málaga.
Era el instante más oportuno para saber el nombre de aquella singularísima señora.
Al despedirme de ella en la Administración, la dije cómo me llamaba, la casa donde iba a parar y mis señas en Madrid.
Ella me contestó con un tono que nunca olvidaré.
—Doy a usted mil gracias por las amables atenciones que le he merecido durante el viaje, y le suplico que me dispense si le oculto mi nombre, en vez de darle uno fingido, que es con el que aparezco en la hoja.
—¡Ah! —respondí—; ¡luego nunca volveremos a vernos!
—¡Nunca!... Lo cual no debe pesarle.
Dicho esto, la joven sonrió sin alegría, tendiéndome una mano con exquisita gracia, y murmuró:
—Pida usted a Dios por mí.
Yo estreché su mano, linda y delicada, y terminé con un saludo aquella escena, que empezaba a hacerme mucho daño.
En esto llegó un elegante coche al parador.
Un lacayo con librea negra avisó a la desconocida.
Subió ella al carruaje, saludome de nuevo y desapareció por la Puerta del Mar.
Dos meses después volví a encontrarla.
Sepamos dónde.
IV
Otro viaje.
A las dos de la tarde del 1.º de noviembre de aquel mismo año, caminaba yo sobre un mal rocín de alquiler por el arrecife que conduce a ***, villa importante y cabeza de partido de la provincia de Córdoba.
Mi criado y el equipaje iban en otro rocín mucho peor.
Dirigíame a *** con objeto de arrendar unas tierras y permanecer tres o cuatro semanas en casa del Juez de primera instancia, íntimo amigo mío, a quien conocí en la Universidad de Granada cuando ambos estudiábamos Jurisprudencia y donde simpatizamos, contrajimos estrecha amistad y fuimos inseparables. Después no nos habíamos visto en siete años.
Según iba aproximándome a la población, término de mi viaje, llegaba más distintamente a mis oídos el melancólico clamoreo de muchas campanas que tocaban a muerto...
Maldita la gracia que me hizo tan lúgubre coincidencia...
Sin embargo, aquel doble no tenía nada de casual, y yo debí contar con él, en atención a ser víspera del día de difuntos.
Llegué, con todo, muy de mal humor a los brazos de mi amigo, que me aguardaba en las afueras del pueblo.
Él advirtió al momento mi preocupación y después de los primeros saludos:
—¿Qué tienes? —me dijo, dándome el brazo, en tanto que sus criados y el mío se alejaban con las cabalgaduras.
—Hombre, seré franco... —le contesté—. Nunca he merecido, ni pienso merecer, que me eleven arcos de triunfo; nunca he experimentado ese inmenso júbilo que llenará el corazón de un grande hombre en el momento que un pueblo alborozado sale a recibirlo, mientras que las campanas repican a vuelo; pero...
—¿Adónde vas a parar?
—A la segunda parte de mi discurso. Y es: que si en este pueblo no he experimentado los honores de la entrada triunfal, acabo de ser objeto de otros muy parecidos, aunque enteramente opuestos. ¡Confiesa, oh juez de palo, que esos clamores funerales que solemnizan mi entrada en *** hubieran contristado al hombre más jovial del universo!
—¡Bravo, Felipe! —replicó el juez, a quien llamaremos Joaquín Zarco—. ¡Vienes muy a mi gusto! Esa melancolía cuadra perfectamente a mi tristeza.
—¡Tú triste!... ¿De cuándo acá?
Joaquín se encogió de hombros, y no sin trabajo retuvo un gemido...
Cuando dos amigos que se quieren de verdad, vuelven a verse después de larga separación, parece como que resucitan todas las penas que no han llorado juntos.
Yo me hice el desentendido por el momento y hablé a Zarco de cosas indiferentes.
En esto penetramos en su elegante casa.
—¡Diantre, amigo mío! —no pude menos de exclamar—. ¡Vives muy bien alojado!... ¡Qué orden, qué gusto en todo! ¡Necio de mí!... Ya caigo... Te habrás casado...
—No me he casado... —respondió el juez con la voz un poco turbada—. ¡No me he casado ni me casaré nunca!...
—Que no te has casado, lo creo, supuesto que no me lo has escrito... ¡y la cosa valía la pena de ser contada! Pero eso de que no te casarás nunca, no me parece tan fácil, ni tan creíble.
—Pues te lo juro —replicó Zarco solemnemente.
—¡Qué rara metamorfosis! —repuse yo—. Tú, tan partidario siempre del séptimo sacramento; tú, que hace dos años me escribías aconsejándome que me casara, ¡salir ahora con esa novedad!... Amigo mío, ¡a ti te ha sucedido algo, y algo muy penoso!
—¿A mí? —dijo Zarco estremeciéndose.
—¡A ti! —proseguí yo—. ¡Y vas a contármelo! Tú vives aquí solo, encerrado en la grave circunspección que exige tu destino, sin un amigo a quien referir tus debilidades de mortal... Pues bien; cuéntamelo todo y veamos si puedo servirte de algo.
El juez me estrechó las manos, diciendo:
—Sí..., sí... ¡Lo sabrás todo, amigo mío! ¡Soy muy desventurado!
Luego se serenó un poco y añadió secamente:
—Vístete. Hoy va todo el pueblo a visitar el cementerio, y parecería mal que yo faltase. Vendrás conmigo. La tarde está buena y te conviene andar a pie, para descansar del trote del rocín. El cementerio se halla situado en medio de un hermoso campo, y no te disgustará el paseo. Por el camino te contaré la historia que ha acibarado mi existencia, y verás si tengo o no tengo motivos para renegar de las mujeres.
Una hora después caminábamos Zarco y yo en dirección al cementerio.
Mi pobre amigo me habló de esta manera:
V
Memorias de un juez de primera instancia.
I
Hace dos años que, estando de promotor fiscal en ***, obtuve licencia para pasar un mes en Sevilla.
En la fonda en que me hospedé vivía hacía algunas semanas cierta elegante y hermosísima joven, que pasaba por viuda, cuya procedencia, así como el objeto que la retenía en Sevilla, eran un misterio para los demás huéspedes.
Su soledad, su lujo, su falta de relaciones y el aire de tristeza que la envolvía daban pie a mil conjeturas; todo lo cual, unido a su incomparable belleza y a la inspiración y gusto con que tocaba el piano y cantaba, no tardó en despertar en mi alma una invencible inclinación hacia aquella mujer.
Sus habitaciones estaban exactamente encima de las mías; de modo que la oía cantar y tocar, ir y venir y hasta conocía cuándo se acostaba, cuándo se levantaba y cuándo pasaba la noche en vela, cosa muy frecuente. Aunque en lugar de comer en la mesa redonda se hacía servir en su cuarto, y no iba nunca al teatro, tuve ocasión de saludarla varias veces, ora en la escalera, ora en alguna tienda, ora de balcón a balcón, y al poco tiempo los dos estábamos seguros del placer con que nos veíamos.
Tú lo sabes. Yo era grave, aunque no triste, y esta circunspección mía cuadraba perfectamente a la retraída existencia de aquella mujer; pues ni nunca la dirigí la palabra, ni procuré visitarla en su cuarto, ni la perseguí con enojosa curiosidad como otros habitantes de la fonda.
Este respeto a su melancolía debió de halagar su orgullo de paciente; dígolo, porque no tardó en mirarme con cierta deferencia, cual si ya nos hubiésemos revelado el uno al otro.
Quince días habían transcurrido de esta manera, cuando la fatalidad..., nada más que la fatalidad..., me introdujo una noche en el cuarto de la desconocida.
Como nuestras habitaciones ocupaban idéntica situación en el edificio, salvo el estar en pisos diferentes, eran sus entradas iguales. Dicha noche, pues, al volver del teatro, subí distraído más escaleras de las que debía, y abrí la puerta de su cuarto, creyendo que era la del mío.
La hermosa estaba leyendo, y se sobresaltó al verme. Yo me aturdí de tal modo, que apenas pude disculparme; pero mi misma turbación y la prisa con que intenté irme, la convencieron de que aquella equivocación no era una farsa. Retúvome, pues, con exquisita amabilidad «para demostrarme —dijo— que creía en mi buena fe y que no estaba incomodada conmigo», acabando por suplicarme que me equivocara otra vez deliberadamente; pues no podía tolerar que una persona de mis condiciones de carácter pasase las noches en el balcón oyéndola cantar (como ella me había visto), cuando su pobre habilidad se honraría con que yo le prestase atención más de cerca.
A pesar de todo, creí de mi deber no tomar asiento en aquella noche, y salí.
Pasaron tres días, durante los cuales tampoco me atreví a aprovechar el amable ofrecimiento de la bella cantora, aun a riesgo de pasar por descortés a sus ojos. ¡Y era que estaba perdidamente enamorado de ella; era que conocía que en unos amores con aquella mujer no podía haber término medio, sino delirio de dolor o delirio de ventura; era que le temía, en fin, a la atmósfera de tristeza que la rodeaba!
Sin embargo, después de aquellos tres días, subí al segundo.
Permanecí allí toda la velada; la joven me dijo llamarse Blanca, y ser madrileña y viuda; tocó el piano, cantó, hízome mil preguntas acerca de mi persona, profesión, estado, familia, etc., y todas sus palabras y observaciones me complacieron y enajenaron... Mi alma fue desde aquella noche esclava de la suya.
A la noche siguiente volví, y a la otra noche también, y después todas las noches y todos los días.
Nos amábamos y ni una palabra de amor nos habíamos dicho.
Pero, hablando del amor, habíale yo encarecido varias veces la importancia que daba a este sentimiento, la vehemencia de mis ideas y pasiones, y todo lo que necesitaba mi corazón para ser feliz.
Ella, por su parte, me había manifestado que pensaba del mismo modo.
—Yo —dijo una noche— me casé sin amor a mi marido. Poco tiempo después... lo odiaba. Hoy ha muerto. ¡Solo Dios sabe cuánto he sufrido! Yo comprendo el amor de esta suerte: es la gloria, o es el infierno. ¡Y para mí, hasta ahora, siempre ha sido el infierno!
Aquella noche no dormí.
La pasé analizando las últimas palabras de Blanca.
¡Qué superstición la mía! Aquella mujer me daba miedo. ¿Llegaríamos a ser, yo su gloria y ella mi infierno?
Entretanto expiraba el mes de licencia.
Podía pedir otro pretextando una enfermedad... Pero, ¿debía hacerlo?
Consulté a Blanca.
—¿Por qué me lo pregunta usted a mí? —repuso ella cogiéndome una mano.
—Más claro, Blanca... —respondí—. Yo la amo a usted... ¿Hago mal en amarla?
—¡No! —respondió Blanca palideciendo.
Y sus ojos negros dejaron escapar dos torrentes de luz y de voluptuosidad.
II
Pedí, pues, dos meses de licencia y me los concedieron... gracias a ti. ¡Nunca me hubieras hecho aquel favor!
Mis relaciones con Blanca no fueron amor; fueron delirio, locura, fanatismo.
Lejos de atemperarse mi frenesí con la posesión de aquella mujer extraordinaria, se exacerbó más y más: cada día que pasaba descubría yo nuevas afinidades entre nosotros, nuevos tesoros de ventura, nuevos manantiales de felicidad.
Pero en mi alma, como en la suya, brotaban al propio tiempo misteriosos temores.
¡Temíamos perdernos!... Esta era la fórmula de nuestra inquietud.
Los amores vulgares necesitan el miedo para alimentarse, para no decaer. Por eso se ha dicho que toda relación ilegítima es más vehemente que el matrimonio. Pero un amor como el nuestro hallaba recónditos pesares en su precario porvenir, en su inestabilidad, en su carencia de lazos indisolubles.
Blanca me decía:
—Nunca esperé ser amada por un hombre como tú; y, después de ti, no veo amor ni dicha posibles para mi corazón. Joaquín, un amor como el tuyo era la necesidad de mi vida: moría ya sin él; sin él moriría mañana... Dime que nunca me olvidarás.
—¡Casémonos, Blanca! —respondía yo.
Y Blanca inclinaba la cabeza con angustia.
—¡Sí, casémonos! —volvía yo a decir, sin comprender aquella muda desesperación.
—¡Cuánto me amas! —replicaba ella—. Otro hombre en tu lugar rechazaría esa idea si yo se la propusiese. Tú, por el contrario...
—Yo, Blanca, estoy orgulloso de ti; quiero ostentarte a los ojos del mundo; quiero perder toda zozobra acerca del tiempo que vendrá; quiero saber que eres mía para siempre. Además, tú conoces mi carácter, sabes que nunca transijo en materias de honra... Pues bien; la sociedad en que vivimos llama crimen a nuestra dicha... ¿Por qué no hemos de redimirnos al pie del altar? ¡Te quiero pura, te quiero noble, te quiero santa! ¡Te amaré entonces más que hoy! ¡Acepta mi mano!
—¡No puedo! —respondía aquella mujer incomprensible.
Y este debate se reprodujo mil veces.
Un día que yo peroré largo rato contra el adulterio y contra toda inmoralidad, Blanca se conmovió extraordinariamente; lloró, me dio las gracias, y repitió lo de costumbre:
—¡Cuánto me amas! ¡Qué bueno, qué grande, qué noble eres!
A todo esto expiraba la prórroga de mi licencia.
Érame necesario volver a mi destino, y así se lo anuncié a Blanca.
—¡Separarnos! —gritó con infinita angustia.
—¡Tú lo has querido! —contesté.
—¡Eso es imposible!... Yo te idolatro, Joaquín.
—Blanca, yo te adoro.
—Abandona tu carrera... Yo soy rica... ¡Viviremos juntos!... —exclamó, tapándome la boca para que no replicara.
La besé la mano y respondí:
—De mi esposa aceptaría esa oferta, haciendo todavía un sacrificio... Pero de ti...
—¡De mí! —respondió llorando—. ¡De la madre de tu hijo!
—¿Quién? ¡Tú! ¡Blanca!...
—Sí... Dios acaba de decirme que soy madre... ¡Madre por primera vez! Tú has completado mi vida, Joaquín; y, no bien gusto la fruición de esta bienaventuranza absoluta, quieres desgajar el árbol de mi dicha. ¡Me das un hijo, y me abandonas tú!...
—¡Sé mi esposa, Blanca! —fue mi única contestación—. Labremos la felicidad de ese ángel que llama a las puertas de la vida.
Blanca permaneció mucho tiempo silenciosa.
Luego levantó la cabeza con una tranquilidad indefinible, y murmuró:
—Seré tu esposa.
—¡Gracias! ¡Gracias, Blanca mía!
—Escucha —dijo al poco rato—, no quiero que abandones tu carrera...
—¡Ah! ¡Mujer sublime!
—Vete a tu Juzgado... ¿Cuánto tiempo tardarás en arreglar allí tus asuntos, solicitar del Gobierno más licencia y volver a Sevilla?
—Un mes.
—Un mes... —repuso Blanca—. ¡Bien! Aquí te espero. Vuelve dentro de un mes, y seré tu esposa. Hoy somos 15 de abril... ¡El 15 de mayo sin falta!
—Sin falta.
—¿Me lo juras?
— Te lo juro.
—¡Aún otra vez! —replicó Blanca.
—Te lo juro.
—¿Me amas?
—Con toda mi vida.
—Pues vete y ¡vuelve! Adiós...
Dijo y me suplicó que la dejara y que partiese sin perder momento.
Despedime de ella, y partí a *** aquel mismo día.
III
Llegué a ***.
Preparé mi casa para recibir a mi esposa; solicité y obtuve, como sabes, otro mes de licencia, y arreglé todos mis asuntos con tal eficacia, que al cabo de quince días me vi en libertad de volver a Sevilla.
Debo advertirte, que durante aquel medio mes no recibí ni una sola carta de Blanca, a pesar de haberle yo escrito seis. Esta circunstancia me tenía vivamente contrariado. Así fue que, aunque solo había transcurrido la mitad del plazo que mi amada me concediera, salí para Sevilla, adonde llegué el día 30 de abril.
Inmediatamente me dirigí a la fonda que había sido nido de nuestros amores.
Blanca había desaparecido dos días después de mi partida, sin dejar razón del punto a que se encaminaba.
¡Imagínate el dolor de mi desengaño! ¡No escribirme que se marchaba! ¡Marcharse sin dejar dicho a dónde se dirigía! ¡Hacerme perder completamente su rastro! ¡Evadirse, en fin, como una criminal cuyo delito se ha descubierto!
Ni por un instante me ocurrió permanecer en Sevilla hasta el 15 de mayo aguardando a ver si regresaba Blanca... La violencia de mi dolor y de mi indignación, y el bochorno que sentía por haber aspirado a la mano de semejante aventurera, no dejaban lugar a ninguna esperanza, a ninguna ilusión, a ningún consuelo. Lo contrario hubiera sido ofender mi propia conciencia, que ya veía en Blanca el ser odioso y repugnante que el amor o el deseo habían disfrazado hasta entonces... ¡Indudablemente era una mujer liviana e hipócrita que me amó sensualmente, pero que, previendo la habitual mudanza de su caprichoso corazón, no pensó nunca en que nos casáramos! Hostigada, al fin, por mi amor y mi honradez, había ejecutado una torpe comedia a fin de escaparse impunemente. ¡Y en cuanto a aquel hijo anunciado con tanto júbilo, tampoco me cabía ya duda de que era otra ficción, otro engaño, otra sangrienta burla!... Apenas se comprendía semejante perversidad en una criatura tan bella y tan inteligente.
Tres días nada más estuve en Sevilla, y el 4 de mayo me marché a la corte, renunciando a mi destino, para ver si mi familia y el bullicio del mundo me hacían olvidar a aquella mujer, que sucesivamente había sido para mí la gloria y el infierno.
Por último, hace cosa de quince meses, que tuve que aceptar el Juzgado de este otro pueblo, donde, como has visto, no vivo muy contento que digamos; siendo lo peor de todo que, en medio de mi aborrecimiento a Blanca, detesto mucho más a las demás mujeres, por la sencilla razón de que no son ella.
¿Te convences ahora de que nunca llegaré a casarme?
VI
El cuerpo del delito.
Pocos segundos después de terminar mi amigo Zarco la relación de sus amores, llegamos al cementerio.