Nota del Transcriptor:
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PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
El aprendiz de conspirador.
El escuadrón del Brigante.
Los caminos del mundo.
Con la pluma y con el sable.
Los recursos de la astucia.
La ruta del aventurero.
Los contrastes de la vida.
La veleta de Gastizar.
Los caudillos de 1830.
La Isabelina.
El sabor de la venganza.
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
EL SABOR DE LA VENGANZA
ES PROPIEDAD
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PARA TODOS LOS PAÍSES
COPYRIGHT BY
RAFAEL CARO RAGGIO
1921
Establecimiento tipográfico
de Rafael Caro Raggio
PÍO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
EL SABOR DE LA VENGANZA
SEGUNDA EDICIÓN
RAFAEL CARO RAGGIO
EDITOR
MENDIZÁBAL, 34
MADRID
PRÓLOGO
Hablemos un poco.
Goethe.
Estas historias violentas de sangre—dice nuestro amigo Leguía—me las contó Aviraneta en San Leonardo, un pueblo de la provincia de Soria, adonde don Eugenio iba a veranear los últimos años de su vida. Yo solía ir a ver a Aviraneta con frecuencia cuando estaba en Madrid y vivía en la calle del Barco. Aviraneta era ya viejo en este tiempo: andaba cerca de los ochenta años; y yo, aunque más joven que él, sentía que también para mí había pasado la época de la acción y del entusiasmo. Los dos, solitarios y olvidados, recordábamos nuestros tiempos, que nos parecían mejores que aquellos en que vivíamos.
Josefina, la mujer de don Eugenio, una francesa de Toulouse, con la que se había casado, ya viejo, me decía que no dejara de visitar a su marido.
—El pobre se aburre y a usted le quiere como a un hijo—me indicaba la francesa.
—Yo voy a verle siempre que puedo.
—¡Está tan abandonado!—añadía ella.
En la época de la guerra francoprusiana, Josefina me escribió que don Eugenio estaba en San Leonardo, un poco delicado de salud, y que se quedaba allí hasta reponerse.
Fuí a verle a don Eugenio al pueblo y lo encontré ya bien.
Pensaba volver en seguida a Madrid; pero me sorprendió una gran borrasca de frío y nieve y tuve que quedarme allí unos días hasta que pasara.
San Leonardo es un pueblo entre pinares, al lado de un cerro coronado por las ruinas de un castillo. Don Eugenio vivía en casa del nieto de un guerrillero del Cura Merino, a quien llamaban el tío Chaparro.
El tío Chaparro era dueño de grandes rebaños y tenía una hermosa casa de piedra con una cocina ancha, que cogía casi la mitad del piso bajo.
El hijo del guerrillero miraba a don Eugenio como a un héroe, y más que como a un héroe, como a un sabio: le escuchaba religiosamente, mandaba que todo el mundo le obedeciese y le ponía un gran sillón de cuero al lado de la lumbre. De noche, en la cocina, solía haber gran reunión de cabreros y de zagales que, por sus indumentarias toscas, sus túnicas como dalmáticas y sus capotes de lana cruda con capucha, me parecían pastores de nacimiento. Aviraneta y yo solíamos tener largas charlas al lado del fuego, en las que recordábamos sucesos políticos, y nuestras conversaciones las escuchaban con gran curiosidad los pastores.
Aviraneta se entretenía escribiendo una relación de sus aventuras de guerrillero de la guerra de la Independencia, las que pensaba cándidamente ofrecer como ejemplo a los franceses, para que viesen la manera de rechazar la invasión alemana.
Yo, entonces, estaba leyendo por primera vez la Biblia, en la traducción de Cipriano de Valera, y hacía comentarios acerca de sus máximas y de sus reflexiones, y, a pesar de que soy un espíritu muy poco bíblico, me entretenía la lectura, aunque muchas veces me repugnaba.
Un día le dije a don Eugenio:
—No me ha contado usted nunca con detalles su vida en la Cárcel de Corte el año 1834.
—¿Qué voy a contar de allí? Era la mía una vida monótona y siempre igual. En la cárcel los días se parecen demasiado uno a otro. Se vive recordando lo que ha pasado y pensando en lo que se va a hacer al salir de la prisión.
—Cuénteme usted con detalles todo cuanto recuerde de la cárcel y de su vida en ella.
—No creo que sea muy interesante, pero te lo contaré.
Los datos que me dió Aviraneta de su estancia en la Cárcel de Corte no fueron ni muy nuevos ni de gran interés.
Si los menciono aquí es porque la Cárcel de Corte sirve de marco a las historias sangrientas que siguen después.
Y ahora una advertencia:
Como los chicos cuando terminan un castillo de arena le adornan con unas banderolas vistosas para que tengan más apariencia, así he hecho yo poniendo después de acabada mi obra frases literarias de escritores célebres al frente de los capítulos.
Así he pretendido dar a éstos cierto aire de pompa y de solemnidad que, naturalmente, no tienen; porque yo nunca he sido ni pomposo ni solemne. De esta manera, al que no le guste el texto se puede entretener con las banderolas.
LA CÁRCEL DE CORTE
I.
EL CALAMAR
Sobre mi cabeza, ¡escuchad! Escuchad los gritos prolongados y frenéticos de aquellos cuyo cuerpo y cuya alma son igualmente cautivos.
Lord Byron: La lamentación del Taso.
Denunciado por Francisco Civat y preso por el inspector Luna—comenzó diciendo Aviraneta—ingresé el 24 de julio de 1834 en la Cárcel de Corte.
Martínez de la Rosa, que me tenía por un hombre peligroso, tomó precauciones para impedir que me escapara. A mi ingreso en la cárcel fueron destituídos el alcaide, un llavero y otros carceleros considerados como liberales y que pertenecían a la Milicia Urbana, y reemplazados por ex voluntarios realistas. El poeta granadino no era torpe, y comprendió que nada mejor para guardar a un conspirador liberal que unos carceleros absolutistas.
A poco de entrar en la cárcel se comenzó mi proceso en el juzgado del teniente corregidor don Pedro Balsera.
Martínez de la Rosa eligió para juez de la causa a un tal Regio, absolutista exaltado, y le previno que estaba entendiendo en un proceso de alta traición; y de fiscal nombró a don Laureano de Jado, antiguo afrancesado del tiempo del rey José, después protegido de Calomarde y, por último, amigo de Rosita la pastelera.
Don Laureano era un lechugino muy peripuesto. Se hallaba indignado contra mí porque entre los papeles que me cogió la policía había dos circulares, en una de las cuales decía que el Estatuto Real estaba formado por una amalgama de afrancesados, anilleros y desertores del carlismo, y en la otra recomendaba la prisión y el destierro en bloque del gran Consistorio de abates renegados formado por Hermosilla, Lista, Miñano y sus amigos, que se entendían con Luis Felipe para impedir toda tentativa liberal en España.
A don Laureano, que había formado parte de la Comisión Militar de Madrid en tiempo del terror de Calomarde y Chaperón, le parecía mucha severidad la nuestra con la Junta de abates afrancesados, que siempre, vanagloriándose de su cultura, tenían que influír a favor de la rutina y del absolutismo.
Para escribano de la causa eligieron a don Juan José García, ex sargento realista, que pasados unos años figuró como secretario de la Junta facciosa de Morella.
Así, un liberal como yo, preso por un Gobierno liberal, estaba vigilado por furibundos absolutistas.
Al entrar en la cárcel se dijo que yo me había comido la lista de los comprometidos en la Isabelina, cosa absurda, porque una lista de dos mil nombres no se la come uno por buen estómago que tenga. Me batí con el juez y con el fiscal y les mareé con declaraciones contradictorias. Hice como el calamar, que enturbia el agua para escaparse.
Tan pronto aparecía la Isabelina como una sociedad secreta, de la que formaban parte la infanta Luisa Carlota, el infante don Francisco, Palafox y el conde de Parcent, como era un proyecto que no había pasado de utopía acariciada en mi imaginación.
Entre otras cosas le dije al juez que tenía guardados documentos importantísimos, y que si moría en la cárcel estos documentos se publicarían inmediatamente en París después de mi muerte.
La amenaza dió grandes resultados.
El juez me decía:
—Pruebe usted sus asertos, presente usted esos documentos.
—No presentaré documento alguno si no me dejan libre.
—¿Qué miedo puede usted tener?
—Miedo de que me quiten los documentos para poderme aplastar impunemente.
Le dije también al juez, en confianza, que el infante don Francisco y su mujer pretendían la expulsión de María Cristina y de sus hijas para quedarse ellos con la Regencia de España. Que después pensaban elevar al trono al infante don Francisco, y que se habían acuñado monedas con esta leyenda: «Francisco I, rey por la gracia de Dios y de la Constitución».
—¿Estos proyectos no se los habrán contado a usted los mismos infantes?—me dijo el juez con sorna.
—Sí.
—¿Es que ha hablado usted con ellos?
—Sí, señor.
—¡Bah!
—¡No lo crea usted! El ex ministro don Javier de Burgos y el inspector de policía Luna me encontraron en la antecámara de Palacio la primera vez que fuí a ver a los infantes, llamado por ellos. Pregúnteles usted a Burgos y a Luna: lo podrá usted comprobar.
El juez no sabía a qué carta quedarse. Yo le daba mezcladas la mentira y la verdad, y él no sabía separarlas. Indignado el hombre, en uno de sus escritos me llamó malvado y miserable, y dijo públicamente que yo acusaba al infante don Francisco y a Palafox.
Estas declaraciones mías, que se conocieron en Palacio, me valieron el odio de la infanta Luisa Carlota y de su marido, y luego la amistad de María Cristina, porque llegaron las dos hermanas a odiarse de tal modo, que los amigos de una eran sólo por esto enemigos de la otra.
El general Palafox se debió ver en un apuro; afirmó que no tenía relación alguna con la Isabelina y que no me conocía a mí, aunque por otra parte me creía persona de honor e incapaz de una impostura. Dijo que el plan revolucionario mío era una fantasía, y aseguró que el capitán Civat era un agente carlista que me había engañado a mí, sin decir que el primer engañado había sido él.
El mismo día Palafox envió a su sobrino a casa de mi hermana con el encargo de decirla que él pondría en juego sus altas influencias para sacarme lo más pronto posible de la cárcel.
A Palafox se le ordenó que quedara arrestado en un cuartel, y luego, con la benevolencia que se tiene siempre con los poderosos, se le dejó detenido en su propia casa, en comunicación con su familia y sus amigos.
Después, cuando se supo que yo no acusaba a nadie, sino que afirmaba que el único conspirador de la Isabelina era yo, y que, por lo tanto, no había conspiración, los que tenían miedo de aparecer complicados se tranquilizaron. El conde de las Navas, en las Cortes, interpeló al Gobierno por la prisión de Palafox; y Martínez de la Rosa contestó dando a entender que lo sabía todo.
Al mismo tiempo que yo fueron presos varios otros individuos que formaban parte de la Isabelina: Nogueras, Beraza, Calvo de Rozas, Olavarría, Romero Alpuente, Espronceda, García Villalta. Todos ellos ingresaron en la Cárcel de Corte. En provincias se hicieron también muchas prisiones.
A las dos o tres semanas no quedábamos allí mas que Beraza, Romero Alpuente y yo. Beraza no sé cómo se las arregló para salir pronto.
Espronceda y García Villalta, a pesar de su fachenda byroniana, cantaron la palinodia de una manera humilde, y se les sacó de la prisión y se les llevó desterrados a Badajoz.
Me quedé con el compañero peor, Romero Alpuente, viejo decrépito y sin ánimo.
Romero Alpuente se quejaba de la Soledad, de la tristeza, de la falta de aseo y de los parásitos de la cárcel; después, cuando invadió el cólera la prisión, el pobre hombre se pasaba la vida en la cama escribiendo memoriales a la Reina.
II.
SOLO
Desgracia al hombre solo.
El Eclesiastés.
Poco a poco todos los complicados en aquella causa, por entonces célebre, quedaron libres. Yo solo permanecí en la cárcel vigilado estrechamente durante meses y meses, hasta que pude escapar, gracias a un pronunciamiento.
Nadie fué castigado en serio, y el denunciador de la Isabelina, don Francisco Civat, fué agraciado poco después por el ministerio, contra el dictamen del ministro, Moscoso de Altamira, con el empleo de vista de la aduana de Barcelona. Lo disfrutó poco tiempo, porque en el primer movimiento revolucionario que hubo allí tuvo que esconderse y fugarse a Francia, en donde tomó partido por Don Carlos.
Después de muchas declaraciones mías, el fiscal don Laureano de Jado declaró inocentes a todos los procesados, y consideró que el único culpable era yo. Mientras el proceso duró, la preocupación por lo que tenía que decir y que contestar me tuvo en tensión el espíritu; luego pasé una temporada aburrido y desesperado.
Se comenzó a olvidar mi causa. De tarde en tarde se hablaba de mí en los periódicos. Don Fermín Caballero, que no era de mi cuerda, y que tenía cierta rabia por los que nos sentíamos capaces de jugarnos la vida en una conspiración como la fraguada en julio, dijo que la Isabelina era una sociedad formada por calaveras y gente del trueno, que no tenía más misión que la de alborotar.
Cuando me nombraba a mí en el Eco del Comercio me llamaba el atolondrado Aviraneta. ¡Atolondrado! Claro es, porque yo había expuesto el pellejo y él no lo había expuesto nunca.
Hay demócratas—y al decir esto don Eugenio sonreía con cierto desprecio—, que creen que el mundo puede hacer desaparecer con el tiempo a los héroes y a los aventureros.
Esta idea me parece una idea falsa y ridícula. Siempre habrá un desequilibrio entre la realidad y la utopía que permita una aventura al que tenga fondo de aventurero.
¿Además, es apetecible que desaparezca todo lo que sea esfuerzo, improvisación y energía? No veo por qué el ideal de la vida haya de ser llegar a una existencia mecanizada y ordenada como una oficina de comercio. No creo que se pueda alcanzar esto. ¿Cuándo se han hecho cosas admirables sin esfuerzo y sin heroísmo? ¿Se harán alguna vez? Yo creo que nunca.
Por más que quieran cerrar, alambrar el recinto social, siempre habrá boquetes libres para escaparse; por más que los Gobiernos decreten que los hombres deben ser unos buenos cerdos tranquilos cuyo ideal sea el pesar muchas arrobas, siempre habrá jabalíes entre ellos.
Por esta época del cólera, el partido cristino tuvo el primer quebranto, al hacerse público que la Reina se había enredado con Muñoz y que había tenido un hijo. Todo Madrid debía estar comentando con fruición el caso, y la noticia llegó hasta la cárcel.
Se habló de las citas, en la Granja de Quitapesares, entre María Cristina y el guardia de Corps; se habló de la tía Eusebia, del estanquero de Tarancón, de la niña Gertrudis Magna Victoria, que, según los chuscos, podía poner con el tiempo en su escudo los lirios de los Borbones al lado de las cajetillas de tabaco de los Muñoces.
Se contó que estando de caza en el Pardo María Cristina con la Corte, la Reina le dijo a Muñoz, al ver saltar una pieza: «Para ti, Muñoz»; y que él contestó: «No; para ti, Cristina».
Se contó también que se había reunido el Gabinete con el objeto de discutir la cuestión de los amores de la Reina, y se habló en broma de lo que habían aconsejado los unos y los otros. Se decía que los más conspicuos del partido moderado estaban de acuerdo en aconsejar moderación a aquella italiana, ardiente y fogosa.
Martínez de la Rosa decía que Zarco del Valle, como militar galante, era el más a propósito para llevar a buen término, y de una manera delicada, esta gestión de índole moderada; Toreno aseguraba que Garelly era el más insinuante y jesuítico, y Garelly objetaba que el más indicado de todos era el duque de Rivas, puesto que podía dar a la observación un aire de poesía y de lirismo.
III.
LA CÁRCEL
Allí están los alegres y los tristes; allí hay hombres muriendo; allí hay hombres nacidos, hay hombres orando; al lado de un tabique de ladrillo hay hombres maldiciendo, y, en torno de todos ellos, está la noche inmensa y vacía.
Carlyle: Sartor Resartus.
La Cárcel de Corte de Madrid estaba formada, en parte, por ese edificio de la plaza de Santa Cruz, que luego ha sido Ministerio de Ultramar, y, en parte, por otro, anejo a él, que fué en tiempo pasado hospedería de los Padres del Salvador.
La Cárcel de Corte, con sus dos cuerpos, formaba un paralelogramo largo y estrecho. Los lados cortos los componían: uno, la fachada de la plaza de Santa Cruz, en donde había entonces una fuente, la fuente de Orfeo, y el otro, varias casuchas que daban a la calle de la Concepción Jerónima. Por los lados largos pasaban, casi paralelas, la calle del Salvador y la de Santo Tomás.
Una parte estaba dedicada a cárcel de mujeres, y muchas de éstas tenían sus hijos pequeños con ellas. Era muy difícil darse cuenta clara de la topografía de la cárcel, porque todo el edificio se hallaba dividido con tabiques, que formaban rincones y pasillos, y en aquellos recovecos se desorientaba uno en seguida.
En la cárcel había mucha más gente que la que buenamente cabía en ella; faltaba luz y ventilación, y, sobre todo en el verano, no se podía respirar por el mal olor. Cuando entraban los magistrados de la Audiencia solían quemar incienso y plantas aromáticas.
Los pobres lo pasaban horriblemente; muchos no tenían ropas ni mantas, y dormían en pleno invierno sobre el suelo, de piedra. Los alcaides solían arrendar los distintos servicios a pequeños industriales, que explotaban a los presos de una manera miserable.
El día de Jueves Santo se asomaban los presos a las rejas que daban a la plaza de Santa Cruz, y pedían limosna a los transeúntes, gimoteando y haciendo sonar sus cadenas.
El domingo y los días de fiesta los ladrones se exhibían en los patios de la cárcel y se daban tono. Había cantos, guitarreo y a veces riñas, en las cuales salían a relucir navajas y estoques.
Los empleados de la cárcel eran: un alcaide, un capellán, tres porteros, seis demandaderos, una demandadera, un llavero, un escribiente, un enfermero, un cocinero, un mayordomo, un médico y un cirujano. Los cuartos costaban: los de primera, siete reales al día; los de segunda, cuatro, y los de tercera, dos. La sección de políticos era más limpia y más cuidada que el resto. Yo tenía un cuarto bastante regular, con una mesa, una cama y una butaca. A los pies de la cama ponía cuatro cacharritos llenos de agua para que no subieran las chinches, porque a estos huéspedes no había manera de exterminarlos.
Al principio no quisieron dejarme tener libros, ni papel, ni tinta; pero luego, sí.
En los primeros días de cárcel, el alcaide me vigilaba de una manera molesta; no me permitía hablar con nadie sin estar él delante. Me trataba con gran consideración y me decía que no hacía mas que cumplir con su deber.
Don Paco, el alcaide, era uno de los mayores bribones de España: robaba a los presos y los explotaba de una manera inicua. Eso sí, lo hacía todo con una gran finura: no se le oía jamás un insulto o una palabra soez.
Don Paco había sido lego en un convento y tambor de una partida realista.
Era el tal don Paco, por entonces, hombre de unos cuarenta años, muy alto, muy encorvado, muy flaco, un verdadero espectro. Tenía la nariz aguileña, los dientes muy blancos, los ojos negrísimos, de extraña expresión; la piel obscura, y el pelo, como decían los autores románticos, del color del ala del cuervo. Iba siempre muy pulcro, muy bien afeitado, y tenía la costumbre de restregarse las manos haciendo un ruido como de huesos.
Su vigilancia sonriente me llegó a exasperar.
Al principio, iracundo por verme tan vigilado, para encontrarme solo comencé a no salir de mi calabozo.
Con aquella vida sedentaria y la humedad del cuarto se me exacerbaron los dolores reumáticos y tuve que guardar cama. El médico me visitó, y dijo que era indispensable para mí el hacer ejercicio, pues si no mi enfermedad se agravaría. Esta prescripción facultativa me obligó a salir al patio con frecuencia, y a dar vueltas y más vueltas, y a conocer a los detenidos.
La mayoría de los presos políticos de la Cárcel de Corte eran furibundos realistas; había también algunos liberales, sospechosos de haber tomado parte en la matanza de frailes. Los realistas eran casi todos de fuera de Madrid: curas, frailes, abogados, guerrilleros de la Mancha llevados a la corte para declarar en procesos de conspiración.
La sección de políticos rebosaba, y su personal era el más extraño y heterogéneo: había allí, desde carbonarios hasta absolutistas rabiosos; desde apóstoles hasta asesinos.
Por ser los carlistas presos gente de más fuste que los liberales, y por tener la protección decidida del alcaide y de los principales celadores, los absolutistas disfrutaban en la Cárcel de Corte de preeminencias y de ventajas que no disfrutábamos los demás.
El abogado carlista Selva, y algunos frailes amigos suyos, llevaban allí la voz cantante y dirigían y mandaban no sólo en el patio de los políticos, sino también en el de los detenidos por delitos comunes. En éstos se verificó una división parecida a la de los políticos, y hubo un grupo liberal y otro carlista, con sus pasiones, sus odios, su intolerancia y su fanatismo. Unos cuantos carlistas valencianos, capitaneados por un arriero, llamado el Roch, y por un esterero de Crevillente, apodado el Tate, entraron por instigación de los frailes y de Selva en el segundo patio, con el asentimiento del alcaide don Paco, y se dedicaron a hacer prosélitos.
Mis dos ayudantes en la cárcel eran Román, el hijo del librero de viejo de la calle de la Paz, y Gasparito, un zapatero remendón, hombre de muy buen sentido.
Además de estos dos tenía como compañeros y correligionarios al Mingo y al señor Bruno, que eran albañiles; al Mulato, que era albeitar, y al Sanguijuelero, que tenía esta profesión unida a la de sangrador y la de herbolario. Todos estos habían sido detenidos durante la matanza de frailes por excitaciones al pueblo.
Entre los carlistas presos, la mayoría eran campesinos, y tenían, en general, buen aspecto.
Había gran diferencia entre los carlistas, casi todos del campo, y los revolucionarios madrileños. Eran mejores tipos aquéllos, más fuertes, más nobles, más enteros; daban una impresión de mayor energía.
—Hoy lo mejor del pueblo es carlista—pensaba yo—; pero dentro de cincuenta años no pasará lo mismo.
Había también gran diferencia entre los presos políticos y los ladrones. Sólo a primera vista, por su aspecto, podían distinguirse los unos de los otros; los políticos tenían un aire más recogido, más ensimismado; los otros alardeaban de la fanfarronería y del cinismo que caracterizan a los criminales de profesión. Como estábamos los liberales en minoría, yo pensé que me convendría frecuentar el patio de los presos de delitos comunes para hacer prosélitos.
Un día encontré en la cárcel al célebre ladrón Candelas, a quien conocía y había tenido como agente de la Isabelina. Reconocimos ambos que estábamos metidos en un callejón sin salida. Candelas abrigaba la esperanza de escaparse. Me propuso un plan de fuga, pero no tenía condiciones para llevarlo a la práctica.
El alcaide, que vió que charlábamos Candelas y yo, no sospechó que pudiéramos conocernos de antemano; Candelas me indicó que me dirigiera a Francisco Villena (Paco el Sastre), por ser éste amigo suyo y hombre de recursos; y, efectivamente, me vi con él y conseguí que él intrigara en el patio de presos de delitos comunes para impedir que los absolutistas se hicieran dueños de la cárcel.
Poco después Candelas fué trasladado a otra prisión.
IV.
El PADRE ANSELMO
Feliz el que nunca ha visto más río que el de su patria, y duerme, anciano, a la sombra do pequeñuelo jugaba.
Alberto Lista: Entre las cimas del Alpe.
Entre los clérigos y frailes que estaban en la cárcel había un cura de pueblo, viejo, sordo, de sotana raída, que se llamaba don Anselmo Adelantado. Yo, al principio de conocerle, desconfié de él; se me acercaba, me saludaba y me mareaba a preguntas.
Yo pensé: éste es un espía, un echadizo. Y, naturalmente, con esa idea le daba informes falsos.
Luego empecé a sospechar que el padre Anselmo era un simple, un pobre de espíritu; sus compañeros y correligionarios presos le daban siempre de lado.
Cuando intimé más con él me convencí de que el padre Anselmo era un hombre de esos de espíritu angelical que pasan por la vida sin enterarse de las miserias de la Humanidad.
El padre Anselmo era un hombre sin ninguna malicia, y, a pesar de esto, se creía muy malicioso. Tomaba al pie de la letra todo lo que le decían.
Era de un pueblo próximo a Molina de Aragón.
Su historia se podría contar en pocas palabras. Le habían hecho cura, le habían nombrado párroco de un pueblo y había estado allí cuarenta años viviendo, primero con una hermana y luego con una sobrina. Al comenzar la guerra, los carlistas le habían hablado de que era indispensable que él les favoreciese y se pusiera de su lado; y como él estaba convencido de que los liberales tenían pacto con el demonio y de que la Reina Cristina era una masona, había ofrecido su concurso. Luego le habían denunciado y le habían traído a Madrid, a la Cárcel de Corte.
El padre Adelantado era un hombre de más de sesenta años, con una cara tosca y terrosa; la boca grande, las cejas, como pinceles blancos, caídas sobre los ojos, y las manos cuadradas y fuertes. Tenía una manera de hablar un poco ruda, entre castellana y aragonesa. Usaba en la cárcel una sotanilla raída, de color de ala de mosca, y un bonete.
Tenía una sotana nueva y un manteo, que guardaba en su maleta, que le parecían a él el colmo del lujo.
Las observaciones del padre Anselmo me regocijaban lo indecible.
Una vez había dos mujeronas de la vida airada en el locutorio esperando a alguno.
—¡Pobres muchachas!—dijo el padre Anselmo—; habrán venido a ver a sus padres o quizá a sus novios.
—Sí, seguramente.
Yo, cuando le oía alguna de estas cosas, hacía un gesto para no echarme a reír, y él se reía también, porque decía que, aunque cura, era muy malicioso.
Al padre Anselmo le gustaba fumar y yo le daba cigarros; pero él no quería.
—Un cigarrito, bien; pero nada más. Ya sería vicio.
Un día, después de muchas vacilaciones, me dijo:
—Don Eugenio.
—¿Qué?
—Me han dicho una cosa muy grave.
—¿Qué le han dicho a usted?
—Que usted es liberal.
—¡Ah!; ¿pero no lo sabía usted?
—No. ¡Así que usted es liberal! ¡Ave María Purísima! ¡Y yo que le creía a usted una buena persona!
—Y lo soy.
—Pero, bueno, dígame usted la verdad. ¿Usted ha hecho pacto con el Demonio?
—No, no; puede usted creerme, padre Anselmo: no he hecho pacto con él.
—¡Ah, vamos! Así que usted sigue siendo cristiano.
—Sí, sí.
—Porque hay otros, ¿sabe usted?, que van a las logias masónicas, y allí creo que hacen horrores. ¡Ave María Purísima!
El padre Anselmo me entretenía con su conversación, cándida e inocente.
Muchas veces me hablaba del campo, de lo que estarían haciendo por aquellos días en su pueblo. Su charla tenía un sabor de aldea que me encantaba. No hay sitio, ciertamente, en donde los recuerdos del campo tengan más valor, ni más encanto, que en la cárcel; así que yo le oía al cura viejo entretenidísimo.
V.
LUCHAS
Tienen dos madres, las dos madrastras: la ignorancia y la miseria.
Víctor Hugo: Los Miserables.
La Cárcel de Corte tenía tres patios, que servían para que pasearan los presos. El primero se hallaba dentro del edificio actual, y tenía alrededor oficinas y cuartos para nosotros los políticos; el segundo estaba entre los dos cuerpos del edificio, el que queda y el derribado, que daba a la calle de la Concepción Jerónima.
A los lados de éste se levantaban unos pabellones abovedados, horriblemente sucios y siniestros. A uno de ellos lo llamaban la Grillera. Allí solían estar encerrados los ladrones, y, en una especie de jaula, se metían todas las noches a los muchachos jóvenes y a los niños, jaula que se llamaba la Gallinería. De este patio central se pasaba a otro, pequeño y profundo, que daba hacia la calle de la Concepción Jerónima, y que había sido el antiguo cementerio de los Padres del Salvador. Cortando el edificio había un callejón estrecho, el callejón del Verdugo, por el cual entraba el ejecutor de la Justicia cuando tenía que acompañar a algún reo a la horca.
Hacia la Concepción Jerónima había calabozos irregulares, obscuros, que se destinaban a los grandes criminales y asesinos, y más atrás, una pequeña capilla para los condenados a muerte, en la cual se les tenía tres días.
Los presos del segundo patio vivían horriblemente: a muchos no les llegaba el rancho; si tenían algún dinero podían recurrir a una cantina, donde estaba todo carísimo; si no, se quedaban sin comer. Un preso murió de hambre en un calabozo. Aquel calabozo se le llamó el del Olvido.
Era el tercer calabozo célebre de la cárcel; había otros dos que tenían nombre: el de La Sed y el del Dragón.
Cuando yo visité el segundo patio, en el calabozo del Olvido había un idiota vagabundo a quien tenían que traspasar al hospital. Este idiota chillaba y cantaba y hacía reír a los presos, que le consideraban como un hombre feliz.
Los criminales audaces conseguían allí lo que querían: comían bien, bebían, tenían armas y hacían que les visitasen las mujeres del otro departamento.
Paco el Sastre, a quien, como digo, Candelas me había recomendado, me hizo conocer a dos raterillos a quienes exigió que me obedecieran como a su jefe. Uno de éstos era el Gacetilla, un chico que llamaban así porque sabía todo cuanto ocurría dentro y fuera de la cárcel, y el otro, el Mambrú, un gimnasta que andaba con las manos y daba saltos mortales.
Por estos muchachos pude comunicarme libremente con mis amigos de fuera. Uno de los procedimientos que tenían era cantar. Un preso cantaba una copla, en la que decía disimuladamente lo que quería, y al día siguiente se ponía un ciego con la guitarra en la Concepción Jerónima, y en la canción que entonaba venía la respuesta.
Con Paco el Sastre comencé a organizar una campaña contra el alcaide y los carceleros carlistas. Los presos del segundo patio se dividieron también en liberales y carlistas; pero aquí las fuerzas estaban equilibradas.
Entre aquellos bandidos y estafadores, la influencia de un lugarteniente de Candelas, como Paco el Sastre, era decisiva. Yo les ayudé lo que pude a los que se vinieron al campo liberal.
Con motivo de la división entre carlistas y liberales se producían riñas constantes; un día hubo en el segundo patio una gran pelea entre un bandido que llamaban el Raspa, que había sido procesado a raíz de la matanza de frailes, y un guerrillero carlista, el Ausell.
Se desafiaron: el Raspa le tiró una navajada y le cortó la cara, mientras el otro le dió una cuchillada en el pecho que le dejó medio muerto.
Yo hice un padrón de los presos liberales, de los carlistas y de los indefinidos, y como prefacio al padrón, un ligero estudio acerca de la psicología de los tipos desde el punto de vista del mayor o menor valor que podían tener para una conspiración.
Aviraneta me confesó que en su tiempo pensó hacer, más o menos en broma, el manual del perfecto conspirador.
VI.
EL SEGUNDO PATIO
En el patio de la cárcel hay escrito con carbón: «Aquí el bueno se hace malo, y el malo se hace peor».
Carcelera.
Yo no soy precisamente un sentimental, ni un poeta de delicadezas ni de ternuras, y, sin embargo, la perspectiva del segundo patio, la primera vez que entré en él, me hizo un efecto terrible. Era un cuadrado con paredes altas y lleno de gente.
Aquel patio tenía algo de plazuela, de casa de juego, de manicomio, de foro, de plaza de toros y de hospital.
Todas las aglomeraciones de hombres solos son, indudablemente, malsanas, repugnantes; huelen a sentina, ya sean cárceles, cuarteles, seminarios o conventos; pero la cárcel es la cloaca máxima.
Allí se reúne la basura humana, los detritos de la sociedad. Lo que no está podrido se pudre pronto, y la infección envenena el ambiente con sus miasmas.
La cárcel es como la imagen negativa de la vida moral. Allí la bajeza, la fealdad, la maldad, el odio, todo lo más horrendamente humano, se muestra a lo vivo.
Es un pantano en una fermentación constante que exhala vapores fétidos bastantes para envenenar toda la atmósfera.
La cárcel es la universidad de lo perverso. La Naturaleza se divierte, a veces, en formar monstruos con lo físico o con lo moral. Los monstruos físicos vagan por el mundo; los monstruos morales tienden a reunirse en la cárcel. Aquí se completan, se complican, se hacen más perfectos en su monstruosidad.
En la Cárcel de Corte, por entonces, había de todo: políticos, homicidas, lechuguinos, jovencitos elegantes y bien puestos, viejos barbudos y enfermos, locos desnudos que lanzaban horribles lamentos, reñidores desesperados que pasaban la vida entre gritos y blasfemias.
Allí el robo, el asesinato, la estafa, la locura, el cinismo, la enfermedad, la miseria, la matonería, la sodomía se daban la mano y bailaban una terrible danza macabra.
Esta fermentación de la cárcel, que acaba con los sentimientos nobles del hombre, no sólo no acaba, sino que deja el egoísmo, el instinto de vivir más ágil que nunca. Nada se parece tanto a un gallinero, a una casa de fieras, a una selva virgen, a un bosque de bestias feroces, como una cárcel. El preso vive allí como un piel roja, siempre en acecho, dispuesto a destrozar al prójimo por la fuerza, por la malicia o por el engaño.
Lo característico de la cárcel es esto: que no hay piedad. El valiente allí muere o vence, el tímido sucumbe; para el desdichado sin energía son todas las miserias, todos los horrores, todas las groseras mixtificaciones.
El fuerte manda y gallea; el cobarde adula y se envilece. Allí no hay que hacerse ilusiones. Hay que dejar toda esperanza; no hay mas que miradas de odio, de rabia, de desesperación o de desprecio. El que teme caer, sabe que si cae todos pasarán por encima de su cabeza; por eso hay que pisar fuerte y no resbalar. En una cárcel no se puede ser mas que un santo, un miserable o un misántropo. Vivir en una cárcel es hacerse para siempre enemigo del hombre.
Al principio, al entrar en el segundo patio se creía notar que todos los encerrados allí tenían una gran alegría: se cantaba, se jugaba, se vociferaba; pronto se podía ver que la alegría era ficticia y que por debajo de ella latía una sorda irritación.
Otra cosa se notaba, y es que no había nadie independiente; allí ninguno podía apartarse de la acción común. Ya el lenguaje era especial para la cárcel, mezcla de germanía y de caló. Jorge Borrow, el escritor inglés, me explicó varias veces cómo la germanía y el caló no son lo mismo, pues la germanía es una lengua figurada, como el argot francés, y, en cambio, el caló es un idioma.
Además de la comunidad de lengua, había en la cárcel la comunidad de la acción. Cuando se comía había que repartirse por cuadrillas; al hacerse la limpieza del patio, unos la hacían; otros, no; al jugar, unos tenían categoría para jugar; otros no podían ser mas que espectadores, y otros ni eso; para dormir existían también sus categorías. Había una disciplina cuya dirección se subastaba a cada paso, y se daba al más audaz y al más valiente. Cuando entré por primera vez en el segundo patio, me acompañaban Román y el padre Anselmo. A éste le dirigieron las más innobles chacotas:
—Oiga usted, pae cura. Me tiene usted que dar el modelo de esa sotanilla.
—La sotana es vieja—replicó el padre Anselmo—; pero los que no somos ricos no podemos llevarlas mejores.
—Bien dicho—afirmé yo.
—Oiga usté, pae cura—le preguntó otro de los presos—,¿cuántos hijos tiene usté en el pueblo?
—Yo no tengo hijos, porque soy cura—contestó él—; pero a todos mis feligreses los considero como si fuesen hijos míos.
El pobre hombre contestó varias veces con prontitud y con gracia, y llegó a hacerse respetar.
VII.
LOS MATONES
Hallóse allí Calamorra
sobre si no mata siete,
bravo de contaduría,
de relaciones valiente.
Quevedo: Romances.
Los matones del segundo patio eran Paco el Sastre, el Fortuna, el Mandita y el Manchado, que compartían el poder con dos falsificadores llamados los Pinturas, y con un caballero de industria, el señor Pérez de Bustamante. Paco el Sastre, amigo y cómplice de Candelas, se había escapado varias veces de distintas cárceles, lo que le daba gran prestigio.
El Fortuna, guapo de casa de juego, fanfarrón y atrevido, estaba preso por una muerte. El Mandita era ladrón, un tipo fino, de nariz larga, ojos claros e inteligentes, labios muy delgados, cara afilada, bigote ralo y mano de hierro.
El Mandita rompía las nueces con los dedos.
El Manchado era hombre de cara dura y color terroso, pómulos salientes, mandíbula grande y fuerte, los ojos torcidos, la boca recta como una cortadura. El Manchado parecía un calmuco y tenía una agresividad feroz. Durante la matanza de frailes se había exhibido, lleno de sangre, en la taberna de Balseiro, y había intentado vender ornamentos de iglesia. Estaba herido desde entonces y llevaba una venda sucia en la frente.
El Fortuna le temía al Manchado. El Fortuna había llegado a matón por inteligencia, por comprender la cobardía de los demás; el Manchado, no; éste no discurría; se sentía bruto naturalmente, sin complicaciones ni razonamientos.
Los Pinturas, padre e hijo, tenían mucha influencia. Los Pinturas eran falsificadores. El padre, un viejo calvo, apacible y burlón, tenía un aire de hombre frío y lleno de inteligencia, los ojos agudos y perspicaces, la frente ancha y desguarnecida, la boca muy cerrada, de labios finos.
El Pinturas joven parecía una araña, alto, delgado, sonriente, con cara de polichinela y voz de lo mismo. Era muy burlón y satirizaba con mucha gracia a todo el mundo. Tenía siempre a su disposición papel y pluma, y servía de memorialista a los presos. Les escribía cartas con la letra que quisieran. En un par de minutos de estudiar una letra, la adoptaba como si fuera suya y seguía escribiendo con ella. Al Pinturas joven le gustaba leer mucho; fabricaba juguetes con alambres y cartón, que conseguía vender en las calles, y cuando no tenía nada que hacer hacía juegos de manos.
Por lo que se decía, había falsificado escrituras, contratos, testamentos, y seguía trabajando en la cárcel.
Respecto al señor Pérez de Bustamante, era un caballero de industria, charlatán, mentiroso, que quería hacerse pasar por aristócrata.
Este hombre había vivido durante los primeros meses de la guerra haciendo suscripciones para viudas de oficiales muertos en la campaña, y cuando explotó el lado liberal pasó a cultivar el campo carlista. Pérez de Bustamante era hombre osado y decidido.
Otro tipo curioso era Doña Paquita, el cinedo de la cárcel, joven ambiguo que hacía ademanes de mujer. Este muchacho tenía la nariz respingona, con las ventanas muy abiertas, la barba azul, del afeitado, y la manera de hablar afeminada.
Algunos de los presos habían conseguido cierta independencia y hacerse respetar del grupo que cobraba el barato.
Uno de ellos era un topista, que llamaban Mangas, afiliado al grupo liberal. El Mangas tenía una cara de galgo, la nariz larga, la boca como recogida, los ojos pequeños y claros y el pelo rubio. Vestía bien, era gallego, aunque él decía que no. Se le había encontrado con unos cálices, después de la matanza de Julio, en una taberna de una vieja a quien llamaban la tía Matafrailes.
Entre los presos de delitos comunes que se decían carlistas había gente bárbara y maleante, como entre los que se consideraban liberales.
Uno de los carlistas de quien todos se reían era un labriego, el Paleto, que había robado una mula. El Paleto tenía la cara parada y estúpida, la cabeza grande y la voz chillona. Solía servir de blanco a las bromas de todos.
Otro carlista que se distinguía por su aire hipócrita era el Seminarista, que había sido estudiante de cura y tenía la especialidad de hacer digresiones místicas, en las que barajaba muchos latines. A este truhán le habían encontrado varias veces desvalijando los cepillos de las iglesias con una ballena untada de liga.
Al poco tiempo de entrar en el segundo patio, el alcaide se dió cuenta de que yo iba allí para hacer propaganda entre los presos contra los carlistas y contra él; entonces me prohibió el paso.
Yo tenía mis medios de comunicación asegurados.
Mi duelo con el alcaide acabó con la victoria mía; pues conseguí al año que él se quedara preso y yo saliera libre.
LA MUERTE DE CHICO O LA VENGANZA DE UN JUGADOR
PRIMERA PARTE
ANTECEDENTES
I.
UNA NOCHE DE NIEVE
En la niebla y en la bruma, en la nieve profunda, en el bosque inculto, en la noche de invierno oigo el aullido hambriento del lobo y el grito sombrío de la lechuza.
Goethe: Lied del bohemio.
Al día siguiente en que don Eugenio nos contó su vida en la Cárcel de Corte, comenzó a caer una gran nevada. Habían acudido a la cocina del tío Chaparro más gente que la noche anterior, y los pastores y cabreros fantaseaban acerca de las consecuencias de la nevada y de la aparición de los lobos en la garganta de Covaleda y en los montes del Urbión.
Habían visto sus huellas en la nieve; habían dejado leña en las chozas, y quesos y cecina sobre las ramas altas de los pinos para que no los cogieran los lobos.
Aviraneta y yo estábamos al lado del fuego, sentados en dos grandes sillones; él llevaba puesto un abrigo grueso y tenía sobre la espalda un mantón de su mujer. Escuchábamos la conversación de los pastores, oíamos el ladrido de los perros y, a veces, el chirrido de la lechuza.
De pronto, Aviraneta me dijo en voz baja:
—Relacionándola con aquella época de la Cárcel de Corte de que te hablaba ayer noche, recuerdo una historia bastante siniestra en la que figuró un tal Castelo y el policía Chico. Ya te la habré contado, ¿verdad?
—No.
—¿No te la he contado?
—No.
—Pues es raro.
—Cuéntela usted, don Eugenio—dijo el tío Chaparro, terciando en la conversación—; mandaré traer un poco de café con aguardiente, echaremos más leña al fuego y dejaré a los muchachos aquí a que le oigan a usted, porque mañana es domingo y se pueden levantar un poco más tarde que de costumbre.
Aviraneta hizo una señal de asentimiento. Se puso una cafetera grande en las brasas y se trajo una botella de licor.
Por la pequeña ventana de la cocina se veía el campo nevado, y los grandes copos de nieve que caían lenta y blandamente, como espesos plumones blancos.
Aviraneta, que estaba empotrado en su sillón y mirando con sus ojos, de un azul brillante, el fuego, se recogió un momento, tomó una gran taza de café muy caliente que le sirvieron, contempló a su auditorio sonriendo y comenzó su relación así:
II.
UN PRESO NUEVO
El despertar que sigue a una primera noche de prisión es una cosa horrible.
Silvio Pellico: Mis prisiones.
Los lectores de folletines y de novelas por entregas, en los cuales hay con frecuencia odios sostenidos y venganzas a largo plazo, como en el Conde de Monte Cristo, suelen discutir si estos sentimientos son o no lógicos y verdaderos. Afirman unos, que la venganza es un instinto natural del hombre, que perdura y no se borra jamás; y dicen otros, que todo se olvida, hasta las mayores ofensas, con el transcurso de los años.
Yo siempre me he inclinado a pensar que la mayoría de la gente llega a perder el recuerdo de los agravios con el tiempo y que no se vengan mas que rara vez.
El caso que les voy a contar demuestra un rencor profundo y sostenido, terminado en una cruel venganza.
Como decía la otra noche, a los quince o veinte días de estar en la cárcel tuve que guardar cama una temporada, porque se me exacerbaron los dolores reumáticos.
Después se me permitió andar por la cárcel y entrar en el segundo patio, en donde se hallaban los presos de delitos comunes.
Hacía dos meses que estaba en la cárcel cuando conocí a un nuevo preso, de aspecto extraño.
Acababa de entrar. Era un muchacho joven, sombrío, moreno, de ojos negros, cabello largo, a la moda de la época, y aire reconcentrado y fuerte. Pasó por el primer patio vigilado por dos alguaciles. Subieron los tres a una oficina donde se tomaba la filiación a los detenidos.
En la mesa había un empleado escribiendo, un hombre con el pelo rizado y la mano llena de anillos.
Los alguaciles le hablaron en voz baja y le entregaron unos papeles, que el escribiente leyó con gran indiferencia.
—Ahora viene don Paco—dijo uno de los alguaciles.
Don Paco era el alcaide. Efectivamente, llegó, tomó los papeles que había traído el alguacil y los leyó con atención.
El alcaide interrogó al preso con una voz amable y una dulce sonrisa que, para el que sabía cómo las gastaba aquel hombre, no eran nada tranquilizadoras.
—Soy inocente—dijo el joven con aire dramático—. No tengo más dinero que el que he ganado con mi trabajo.
El alcaide sonrió, porque consideraba como algo lógico y natural que todo preso suyo y aun toda persona que tuviese que ver con él fuera un perfecto granuja.
—Si ha guardado usted el dinero en alguna parte yo no pretendo que me lo diga usted. Aquí sabemos también ser caballeros.
—Afirmo que soy inocente—replicó el joven.
El alcaide explicó a su nuevo huésped el precio de los cuartos que se alquilaban en la cárcel y las diferencias que había entre las distintas clases.
—Venga usted, caballero—le dijo después—; permita usted que le acompañe. Puede usted tranquilizarse.
—No necesito tranquilizarme. Estoy tranquilo.
—Quiero decir—repuso el alcaide—que aquí nadie le quiere mal. Le voy a llevar a su cuarto.
El joven preso siguió al alcaide hasta el fin de un corredor; un carcelero descorrió el cerrojo de una puerta maciza, al lado de la cual se veían dos mozos con un cabo de vara de aire siniestro.
Recorrieron otro corredor, salieron al segundo patio, y el alcaide mandó abrir la puerta de un cuchitril obscuro, bajo de techo y con un banco de madera.