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OBRAS DE PIO BAROJA
Vidas sombrías.
Idilios vascos.
El tablado de Arlequín.
Nuevo tablado de Arlequín.
Juventud, egolatría.
Idilios y fantasías.
Las horas solitarias.
Momentum Catastrophicum.
La Caverna del Humorismo.
Divagaciones sobre la Cultura.
LAS TRILOGÍAS
TIERRA VASCA
La casa de Aizgorri.
El Mayorazgo de Labraz.
Zalacaín el Aventurero.
LA VIDA FANTÁSTICA
Camino de perfección.
Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox.
Paradox, rey.
LA RAZA
La dama errante.
La ciudad de la niebla.
El árbol de la ciencia.
LA LUCHA POR LA VIDA
La busca.
Mala hierba.
Aurora roja.
EL PASADO
La feria de los discretos.
Los últimos románticos.
Las tragedias grotescas.
LAS CIUDADES
César o nada.
El mundo es ansí.
La sensualidad pervertida.
EL MAR
Las inquietudes de Shanti Andía.
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
El aprendiz de conspirador.
El escuadrón del Brigante.
Los caminos del mundo.
Con la pluma y con el sable.
Los recursos de la astucia.
La ruta del aventurero.
Los contrastes de la vida.
La veleta de Gastizar.
Los caudillos de 1830.
La Isabelina.
ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
PARA TODOS LOS PAÍSES
COPYRIGHT BY
RAFAEL CARO RAGGIO
1920
Establecimiento tipográfico
de Rafael Caro Raggio.
Pío Baroja
La dama errante
Rafael Caro Raggio
editor
Mendizábal, 34
Madrid
PRÓLOGO
No soy muy partidario de hablar de mí mismo; me parece esto demasiado agradable para el que escribe y demasiado desagradable para el que lee; pero puesto que esta «Biblioteca»[1] me pide un prólogo, interrumpiré mi costumbre de no dar explicaciones o aclaraciones personalistas y, por una vez, me entregaré a la voluptuosidad de decir yo hasta la saturación.
[1] Se refiere a la «Biblioteca Nelson».
Sería una estúpida modestia, por mi parte, que yo afirmase que lo que escribo no vale nada; si lo creyere así, no escribiría.
Suponiendo, pues, que en mi obra literaria hay algo de valor—como en matemáticas se supone a veces que un teorema está de antemano resuelto—, voy a decir, con el mínimo de modestia, cuál puede ser, a mi modo, el valor o mérito de mis libros.
Este valor creo que no es precisamente literario ni filosófico; es más bien psicológico y documental. Aunque hoy se tiende, por la mayoría de los antropólogos, a no dar importancia apenas a la raza y a darle mucha a la cultura, yo, por sentimiento más que por otra cosa, me inclino a pensar que el elemento étnico, aun el más lejano, es trascendental en la formación del carácter individual.
Yo soy, por mis antecedentes, una mezcla de vasco y de lombardo: siete octavos de vasco, por uno de lombardo.
No sé si este elemento lombardo (el lombardo es de origen sajón, al decir de los historiadores) habrá influído en mí; pero, indudablemente, la base vasca ha influído, dándome un fondo espiritual, inquieto y turbulento.
Nietzsche ha insistido mucho en la diferencia del tipo apolíneo (claro, luminoso, armónico) con el tipo dionisíaco (obscuro, vehemente, desordenado). Yo, queriendo o sin querer, soy un dionisíaco.
Este fondo dionisíaco me impulsa al amor por la acción, al dinamismo, al drama. La tendencia turbulenta me impide el ser un contemplador tranquilo, y al no serlo, tengo, inconscientemente, que deformar las cosas que veo, por el deseo de apoderarme de ellas, por el instinto de posesión, contrario al de contemplación.
Al mismo tiempo que esta tendencia por la turbulencia y por la acción—en arte, lógicamente, tengo que ser un entusiasta de Goya, y en música, de Beethoven—, siento, creo que espontáneamente, una fuerte aspiración ética. Quizá aquí aparece el lombardo.
Esta aspiración, unida a la turbulencia, me ha hecho ser un enemigo fanático del pasado, por lo tanto, un tipo antihistórico, antirretórico y antitradicionalista.
La preocupación ética me ha ido aislando del ambiente español, convirtiéndome en uno de tantos solitarios. Robinsones con chaqueta y sombrero hongo, que pueblan las ciudades.
Como España y casi todos los demás países tienen su esfera artística, ocupada casi por completo por hábiles y farsantes, cuando yo empecé a escribir se quiso ver en mí, no un hombre sincero, sino un hábil imitador que tomaba una postura literaria de alguien.
Muchos me buscaron la filiación y la receta. Fuí, sucesivamente, según algunos, un roedor de Voltaire, Fielding, Balzac, Dickens, Zola, Ibsen, Nietzsche, Poe, Gogol, Dostoievski, Maeterlinck, Mirbeau, France, Kropotkin, Stendhal, Tolstoi, Turgueneff, Hauptmann, Korolenko, Mark Twain, Galdós, Ganivet y de otra docena más, y, sobre todo, de Gorki. Esto último, el considerarme como un seudo-Gorki, se debió, principalmente, a que yo fuí el primero, o uno de los primeros, que escribió en español un artículo acerca de este escritor ruso.
Realmente, era suponer en mí demasiada candidez y poca malicia, el que yo presentara al público que había de leerme a un escritor a quien estaba desvalijando. Claro que, como yo no le desvalijaba ni seguía por su camino, no me importaba nada que fuera Gorki conocido en España. Mis admiraciones en literatura no las he ocultado nunca. Han sido y son: Dickens, Balzac, Poe, Dostoievski y, ahora, Stendhal. Generalmente, el crítico no se contenta con lo que le dice el autor. Supone que éste tiene que hablar siempre con malicia y ocultar algo, lo que demuestra que hay que atravesar muchas atmósferas de incomprensión para ser solamente escuchado.
Yo no quiero decir que en mis libros no haya influencias e imitaciones: las hay como en todos los libros; lo que no hay es la imitación deliberada, el aprovechamiento, disimulado, del pensamiento ajeno. Hay, por ejemplo, en una novela mía: La Casa de Aizgorri, una reminiscencia, según dicen, de La Intrusa, de Maeterlinck. Sin embargo, yo no he leído, ni antes ni después, La Intrusa; y ¿cómo se explica entonces la vaga imitación?
Se explica de una manera sencilla. Yo había oído hablar, antes de escribir mi libro, a algunos literatos de La Intrusa, de su argumento, de sus escenas. Sin duda, sin saberlo, me apropié la impresión reflejada en un español por el drama del autor belga, y la consideré mía; pero yo estoy seguro que el que comparase las dos obras minuciosamente, no encontraría una frase, una fórmula, nada parecido que indicara que yo haya seguido en el pensamiento a Maeterlink; porque no lo conocía, ni después me ha interesado. Es el ambiente, muchas veces, el que da semejanza a dos obras.
Si yo hubiera escrito esta misma novela: La Casa de Aizgorri, después de la Electra, de Pérez Galdós; si hubiera escrito La Busca, después de La Horda, de Blasco Ibáñez, y Paradox, rey, después de La Isla de las Pingüiños, de Anatole France, me hubieran acusado de imitador, porque hay mucha semejanza entre estas obras y las mías, y, probablemente, más que entre La Casa de Aizgorri y La Intrusa; pero las escribí antes. Sin embargo, no se me ocurrió decir que esos autores me habían imitado, sino que habían coincidido conmigo y habían coincidido con más éxito, pues las tres obras de esos autores fueron aplaudidas y las mías quedaron en la estacada.
Dejando esta cuestión, puramente literaria, seguiré con el autoanálisis, para mí más interesante. He dicho que soy antitradicionalista y enemigo del pasado, y, efectivamente, lo soy, porque todos los pasados, y en particular el español, que es el que más me preocupa, no me parecen espléndidos, sino negros, sombríos, poco humanos.
Yo no me explico, y probablemente no comprendo, el mérito de los escritores españoles del siglo xvii; tampoco comprendo el encanto de los clásicos franceses, excepción hecha de Moliére.
De esta antipatía por el pasado, complicada con mi falta de sentido idiomático—por ser vasco y no haber hablado mis ascendientes ni yo castellano—, precede la repugnancia que me inspiran las galas retóricas, que me parecen adornos de cementerio, cosas rancias, que huelen a muerto. Este conjunto de particularidades instintivas: la turbulencia, la aspiración ética, el dinamismo, el ansia de posesión de las cosas y de las ideas, el fervor por la acción, el odio por lo inerte y el entusiasmo por el porvenir, forman la base de mi temperamento literario, si es que se puede llamar literario a un temperamento así que, sobre un fondo de energía, sería más de agitador que de otra cosa.
Yo no considero estas condiciones sean excelentes, ni que con ellas se hagan obras maestras, sino que son, al menos a mí me parece que son.
Dados estos antecedentes, es muy lógico que un hombre que sienta así tenga que tomar sus asuntos, no de la Biblia, ni de los romanceros, ni de las leyendas, sino de los sucesos del día, de lo que ve, de lo que oye, de lo que dicen los periódicos. El que lea mis libros y esté enterado de la vida española actual, notará que casi todos los acontecimientos importantes de hace quince o veinte años a esta parte aparecen en mis novelas.
Esto las da un carácter de cosa política y momentánea muy alejado del aire solemne de las obras serias de la literatura. En el fondo, yo soy un impresionista.
La dama errante está inspirada en el atentado de la calle Mayor, contra los reyes de España. Este atentado produjo una enorme sensación. En mí la hizo grande, porque conocía a varios de los que intervieron en él.
Mateo Morral, el autor del atentado, solía ir a un café de la calle de Alcalá donde nos reuníamos varios escritores. Le solían acompañar un periodista, un empleado del tranvía, llamado Ibarra, que luego estuvo preso después del crimen, y un polaco, viajante o corredor de un producto farmacéutico.
Este polaco e Ibarra recuerdo que tuvieron una noche un serio altercado con un pintor que dijo que los anarquistas dejaban de serlo cuando tenían cinco duros.
Yo no creo que hablé nunca con Morral. El hombre era obscuro y silencioso; formaba parte del corro de oyentes que, todavía hace años, tenían las mesas de los cafés donde charlaban los literatos.
El tipo de Nilo Brull, que aparece en LA DAMA ERRANTE, no es la contrafigura de Morral, a quien no traté; este Brull es como la síntesis de los anarquistas que vinieron desde Barcelona, después del proceso de Montjuich, a Madrid, y que tenían un carácter algo parecido de soberbia, de rebeldía y de amargura.
Después de cometido el atentado y encontrado a Morral muerto cerca de Torrejón de Ardoz, quise ir al hospital del Buen Suceso a ver su cadáver; pero no me dejaron pasar.
En cambio, mi hermano Ricardo pasó e hizo un dibujo y luego un aguafuerte del anarquista en la cripta del Buen Suceso.
Mi hermano se había acercado al médico militar que estaba de guardia a solicitar el paso, y le vió leyendo una novela mía, también de anarquistas, Aurora roja. Hablaron los dos con este motivo, y el médico le acompañó a ver a Mateo Morral, muerto.
La angustia del doctor Aracil, paseando por las calles de Madrid, está inspirada en mi novela en la de los conocidos del terrorista, que anduvieron escondiéndose aquella noche.
Lo demás del libro, casi todo está hecho a base de realidad. La mayoría de los personajes son también reales. El doctor Aracil, aunque desfigurado por mí, vive; el que me sirvió de modelo para pintar a Iturrioz, murió; María Aracil pasea por las mañanas por la calle de Alcalá. Algunos supusieron, no sé por qué, que en María Aracil había querido yo pintar a Soledad Villafranca, la amiga de Ferrer, cosa absurda, que no tiene apariencia de verdad.
Yo, cuando escribí LA DAMA ERRANTE, no conocía a Soledad Villafranca; la conocí después, en París, en casa de un profesor, donde estuve convidado a cenar. Como ella es de Pamplona y yo me eduqué también allí, hablamos largo rato, y en el curso de la conversación me dijo que había leído LA DAMA ERRANTE. Como es lógico, no había encontrado ninguna alusión a ella en el libro, y, en cambio, sí había creído ver la contrafigura de Ferrer.
Los demás tipos de la novela fueron también tomados del natural, y el viaje por la Vera de Plasencia lo hicimos mi hermano y yo y un amigo, llevando en un burro provisiones y una tienda de campaña.
Los ventorros y paradores del camino son, poco más o menos, como los descritos por mí, con los mismos nombres y la misma clase de gente. El Musiú, el Ninchi y el Grillo es posible que anden todavía por esas aldeas, siguiendo su vida de trotar caminos y engañar a los bobos.
Probablemente, un libro como LA DAMA ERRANTE no tiene condiciones para vivir mucho tiempo; no es un cuadro con pretensiones de museo, sino una tela impresionista; es quizá, como obra, demasiado áspera, dura, poco serenada...
Este carácter efímero de mi obra no me disgusta. Somos los hombres del día gentes enamoradas del momento que pasa, de lo fugaz, de lo transitorio, y la perdurabilidad o no de nuestra obra nos preocupa poco, tan poco, que casi no nos preocupa nada.
pío BAROJA
Madrid, marzo, 1916.
I.
LA ABUELITA
En nuestra época y en nuestro país es muy difícil ser niño. La vida se marchita pronto, cuando no brota ya mustia por herencia. La mayoría de los hombres y de las mujeres no han vivido nunca la niñez. Es verdad también que casi nadie llega a vivir la juventud. El padre, la madre, el criado, el profesor, la institutriz, el municipal, todos conspiran contra la infancia; como el negocio, el dinero, la posición social, la vanidad política, el deseo de representar, conspiran contra la juventud.
En España, y en nuestros tiempos de industrialismo, de lujo y de laxitud, para estar en buena armonía con el ambiente se necesita ser viejo desde la cuna, y, para consolarse un poco, decir de cuando en cuando: «Es preciso ser joven, hay que reír, hay que vivir». Pero nadie ríe, ni nadie vive.
Y España es hoy el país ideal para los decrépitos, para los indianos, para los fracasados, para todos los que no tienen nada que hacer en la vida, porque lo han hecho ya, o porque su único plan es ir vegetando...
María Aracil disfrutó la suerte de pasar los primeros años de su existencia un tanto abandonada, y, gracias a su abandono, pudo tener ideas de niña y vida de niña hasta los catorce o quince años. Huérfana de madre, sintió por su padre, el doctor Aracil, un gran cariño; pero el doctor no podía o no sabía atender a su hija, y la abuela fué la encargada de cuidar de María durante la niñez.
La abuela Rosa, madre del doctor, era una viejecita muy simpática y muy rara. Habitaba en el piso alto de un caserón grande y viejo de la calle de Segovia, y vivía completamente aislada y sola. En su casa reinaba el más absoluto desorden, y en medio de aquel desorden se encontraba ella a gusto.
Sus dos ocupaciones predilectas eran leer y hacer trabajos de aguja; continuamente tenía a sus pies un cestillo de mimbre lleno de lanas de colores, con las que solía tejer talmas y toquillas para su nieta.
Le gustaban a la abuelita Rosa los animales, y siempre vivía con perros y gatos. Tenía un perrillo de lanas, Ali, muy viejo, algo raído, con las lanas largas, la cola de zorro y el aire más inteligente que el de un cardenal italiano, y un gato blanco y gordo, el preferido, a quien solía dirigir la vieja largas recriminaciones. El gato se le ponía muchas veces encima del hombro, y así le solía ver María con frecuencia. Tenía también la abuelita Rosa un canario muy chillón y un loro.
La abuela no se trataba con nadie. Sólo una antigua criada, a quien conocía de la infancia, una vieja gruñona y de mal humor, Plácida de nombre, aunque no de genio, aparecía por allí, y, generalmente, cuando iba, solían reñir ama y criada.
En su soledad, el invierno, y aun el verano, la abuelita Rosa leía novelas antiguas, al lado de la estufa. Allí mismo guisaba sus comidas, siempre muy sencillas.
Con los anteojos puestos en la punta de la nariz, sentada al lado de la estufa, parecía la abuela Rosa una viejecita de cuento; muy chiquita, arrugadita como una pasa, encogida, con la nariz puntiaguda, la cara sonrosada y el pelo blanco como la nieve.
De noche encendía su quinqué y seguía leyendo o trabajando. Muchas veces pensaba María que su abuela debía ser muy valiente, para quedarse sola en aquella casa.
Cuando iba la niña a verla, entonces comenzaba con la vieja las idas y venidas, el revolver armarios y el contar cuentos. Siempre la abuela guardaba alguna golosina para su nietecita: pasteles, caramelos o crema.
La abuela Rosa la hablaba con una gran seriedad a María, y entre historia e historia y anécdota y recuerdo de la realidad, le contaba escenas de las novelas que había leído, y Montecristo, y Artagnán, el príncipe Rodolfo, todos estos héroes de la mitología folletinesca vivían ante la imaginación de María.
Tenía la viejecita una fantasía exuberante, y el trato continuo con la niña le había dado un infantilismo extraño. Muchas veces la vieja hacía de niña, y la niña de vieja; la abuela imitaba el hablar balbuciente de los niños, y la nieta la actitud severa de los viejos, y la vida en germen, y la vida en su declinación, parecían iguales y se entendían jugando.
Una de las diversiones de María y de la abuelita Rosa era sentarse en un sofá e imitar la marcha en un tren.
—Ya estamos en el vagón, ¿eh?—decía la vieja.
—Sí. Ya estamos—contestaba la niña—. Ponte el mantón, abuelita.
—No; hasta que no lleguemos a Ávila, no.
Y las dos imitaban la salida del tren, y luego el ruido de la marcha y los silbidos de la locomotora, y veían paisajes, y estaciones, y el mar, y los árboles, y los montes...
La vieja desarrollaba la imaginación de la niña hasta tal punto que ésta, que no sabía leer ni escribir, inventaba también cuentos y novelas, y se los contaba a la criada de su casa.
La abuela era, ciertamente, una mujer poco vulgar. Su padre, un médico volteriano, la había educado fuera de la religión; su marido no había sido hombre de energía, y vivió dulcemente, dominado por su mujer. La abuela Rosa quiso también dominar a sus hijos; pero éstos, que salieron a ella, se le insubordinaron pronto y la hicieron desgraciada.
Enrique, el mayor, el padre de María, se manifestó desde pequeño como un muchacho listo y aplicado; Juan, el segundo, resultó un calavera.
Enrique y Juan se odiaban. Enrique era el admirado por todos, el joven portento; de Juan no se sabían mas que barbaridades. En el fondo, el pequeño era el favorito de la madre, y esto, comprendido por Enrique, muy orgulloso y soberbio, le hizo perder casi por completo el cariño filial.
De la desunión de la familia, nadie particularmente tenía la culpa. La abuelita Rosa era mujer de gran corazón, pero de una personalidad absorbente: quería tener a todo el mundo bajo su yugo y era capaz de cualquier sacrificio por el que se acogiese a ella. Enrique era puntilloso, y Juan quería a su madre como casi todos los jóvenes calaveras, pero sus instintos le impulsaban a la vida viciosa, y ninguno de los tres se entendía.
Juan no llegó a tener profesión alguna; reunido con unos cuantos señoritos, hizo, a discreción, tonterías y calaveradas, hasta que en una de ellas, viéndose ya dentro de las mallas del Código Penal, encontró, como pudo, unas pesetas y desapareció de Madrid.
Se dijo que estaba en América, y no se supo más de él. La abuela cultivaba la memoria de su predilecto y le recordaba a todas horas. Muchas veces María la vió con una fotografía entre las manos arrugadas, mirándola absorta.
—¿Quién es?—le preguntó María.
—Es tu tío Juan—y le enseñó el retrato de un joven todo afeitado, de cara aguileña y expresiva.
Una vez María fué a casa de su abuela y se la encontró en el sillón, con la cabeza reclinada en el respaldo y el pañuelo sobre los ojos. Al ver a María, la vieja quiso inclinarse para besarla, y no pudo.
—¡Abuelita!—dijo la niña.
—¿Qué?
—¿Estás mala?
—No. Es que tengo sueño.
Al día siguiente, el padre de María no estuvo ni un momento en casa; luego recibió muchas visitas y se puso una corbata negra. A María le dijo que su abuelita había ido a hacer un largo viaje.
María tendría siete años, y no sospechó ninguna otra cosa. Se aburría en casa y preguntaba todos los días a su padre:
—Papá, ¿cuándo viene la abuelita?
—Ya vendrá; no tengas cuidado, ya vendrá.
Pronto notó María que a su padre le molestaba la pregunta, y fué presentándose ante su imaginación la idea, cada vez más clara, de la muerte de su abuelita. Vaciló en preguntárselo a su padre, y al fin, con timidez, le dijo:
—¿Es verdad que la abuelita se ha muerto?
—Sí. ¿Quién te lo ha dicho?
—Nadie. Yo lo he comprendido.
—Pues sí, ha muerto.
—¿Y está enterrada?
—Sí.
—¿Como mamá?
—Sí.
—¿Ya me llevarás donde están?
—Bueno.
Repitió la niña la petición, y un día el doctor fué con su hija al camposanto. María puso unas flores en las tumbas de su madre y de su abuela y pasó el día bien; pero al irse a acostar le acometió un temblor nervioso, de miedo.
La impresión del cementerio le hirió de una manera tan profunda, que hasta le hizo enflaquecer. Afortunadamente, nadie, desde entonces, excitó su imaginación, y, paseando por la Moncloa con la criada y jugando, se tranquilizó pronto.
A los diez años, María ni sabía leer ni había puesto los pies en la iglesia. A ella misma le vino el deseo de aprender, y varias veces se lo expresó a su padre. Enrique Aracil ganaba ya bastante para darse el lujo de una institutriz, y buscó una. Tuvo la suerte de encontrar a miss Douglas, una mujer fea, pero buena y cariñosa, que enseñó a María a leer y a escribir, algunas nociones de Matemáticas y el inglés y el francés perfectamente.
El doctor Aracil la tomó con la condición expresa de que no hablara a la niña de religión; pero miss Douglas, como protestante fanática y catequista, llevó algunas veces a María a una capilla evangélica de la calle de Leganitos, pobre y triste y nada propicia para producir entusiasmos místicos.
El doctor no se trataba con la familia de su mujer; experimentaba por ella antipatía y desdén, sentimientos pagados en la misma moneda por los parientes de María.
Estos consideraban al doctor Aracil como un loco, casi como un monstruo; para Aracil, sus cuñadas y primos, por parte de su mujer, eran miserables, gente ruin, iglesiera, de mal corazón y de sentimientos viles.
María no conoció a sus tías y primas hasta los catorce o quince años. Era entonces María una muchacha de mediana estatura, más bien baja que alta, de ojos negros, pestañas largas, rostro ovalado y cabello entre rubio y castaño. Tenía una voz un tanto opaca, y, al hablar, un movimiento semimelancólico, semi-impaciente, de mucha gracia.
La primera vez que habló con sus tíos, aleccionada por su padre, le parecieron gente mezquina y de intención aviesa; pero luego fué comprendiendo que su padre había exagerado la pintura.
Sus primitas eran algo tontas, de una ignorancia terrible, pero no esencialmente malas. Lo característico en ellas era la falta de curiosidad por todo. Sus madres tenían la convicción de poseer unos portentos, unas mujercitas perfectamente aptas y educadas, y, sin embargo, estas muchachas vivían desde los trece a catorce años una vida inmoral, subordinando todos sus planes al marido futuro, si llegaba, estudiando las maneras de excitar el sentimiento sexual del hombre, dedicándose a la caza legal del macho, sin pensar que podían tener una vida suya, propia, independiente de la eventualidad del matrimonio.
La perspectiva soñada del marido rico les impedía realizar los actos más sencillos, de miedo a la opinión ajena.
La vida de la mujer española actual es realmente triste. Sin sensualidad y sin romanticismo, con la religión convertida en costumbre, perdida también la idea de la eternidad del amor, no le queda a la española sostén espiritual alguno. Así tiene que ser y es en la familia un elemento deprimente, instigador de debilidades y anulador de la energía y de la dignidad del hombre. Vivir a la defensiva y representar es todo su plan.
Cierto que las demás mujeres europeas no tienen un sentimiento religioso exaltado ni un gran romanticismo; pero con mayor sensualidad que las españolas y en un ambiente no tan crudo como el nuestro, pueden llegar a vivir con una sombra de ilusión, disfrazando sus instintos y dándoles apariencia de algo poético y puro.
María no participaba de estas ideas acerca de las mujeres; por el contrario, y con relación a ella, tenía fe en su vida y creía que no podía ser estéril y obscura, sino fértil y luminosa.
En aquel medio familiar, sobre todo entre las personas de alguna edad, María disonaba y experimentaba claramente la impresión de su desacuerdo con los demás. Todo lo que a los otros les parecía vituperable, ella lo encontraba digno de elogio, y al revés.
Luego veía siempre el entusiasmo por lo más vulgar, lo más pesado y estúpido, y el odio por la idea graciosa o el sentimiento un poco sincero.
La gracia amable sonaba allí como una chocarrería o una impertinencia, y si por casualidad brotaba alguna vez, todos, con apresuramiento, tíos, tías, primos y demás parientes y amigos, se esforzaban en enterrarla a fuerza de paletadas de vulgaridad y de sentido común.
La más simpática de los parientes era la tía Belén, hermana de la madre de María, casada con un empleado de Hacienda. Era esta señora buenaza y amable, sin gran talento ni comprensión, pero con un fondo de buena voluntad para todo. La cuñada de Belén, en cambio, la tía Carolina, era un basilisco. A mala intención no le ganaba nadie. Solterona, flaca, seca, de color cetrino, tenía la actitud fiera y el gesto desdeñoso.
Su alma era también seca como un cardo; no había en ella la más ligera benevolencia para nada ni para nadie; con todos se sentía implacable; odiaba a su hermano, a su cuñada, a sus sobrinos; inventaba desdenes u ofensas por el gusto de insultar y de mortificar. En la Zoología andaba, seguramente, cerca del ofidio. No le faltaba mas que el cascabel para pertenecer a la cofradía de las apreciables serpientes de este nombre.
Se decía que, enamorada de un hombre, su amor no correspondido le había agriado el carácter; pero esto era imposible de creer, porque aquella dama había sido agria desde el nacimiento.
La suposición de que la tía Carolina hubiese estado enamorada, sólo la podían hacer esas gentes que confunden el amor con las inflamaciones del hígado.
María, desde el primer momento, comprendió que su tía Carolina embestía, y la trató como a un toro furioso, y le daba cada capotazo que la desconcertaba.
Con sus primas, María llegó a simpatizar. Al principio creyó en su bondad y en su afecto, pero vió pronto lo superficial de sus ofrecimientos y protestas de amistad. En el fondo, las hijas de la tía Belén no la querían. Verdad es que odiaban a todas las mujeres. Decían de ella: «Sí; María es muy lista, muy elegante, no se puede negar; pero ¡tiene unas ideas tan raras!» Y en esto había ya como un intento de exclusión para su pequeña vida social.
Para aquellas muchachas, todo lo que no fuera esperar en el balcón al tenientito o al abogadito socio del Ateneo, tomaba el carácter de una extravagancia.
El sentimiento de la categoría social, unido al del pecado, enfermaba a estas mujeres el alma. Luego, el casuísmo de la educación católica les había infundido una hipocresía sutil: la idea de hallarse legitimado todo, con tal de llegar en buenas condiciones económicas a la prostitución legal del matrimonio. El hábito del disimulo y de la mentira, y el ir de cuando en cuando a jabonar en el confesonario sus pequeñas roñas espirituales, en compañía de un gañán moreno, de mirada intensa y barba azulada, les iba pudriendo lentamente el alma.
Para completarse y hacerse más desagradable, el poco ingenio que tenían estas niñas lo empleaban en decir chistes o en defenderse de los chistes. Para ellas todo el mundo era un guasón, y parecían creer que los hombres y las mujeres, al hablarse, no tenían más objeto que reírse unos de otros.
María, en medio de aquel ambiente infeccioso, intentaba luchar con otras armas, vivir con otras ideas, crearse una vida para ella sola, y esto lo comprendían sus primas y lo consideraban como una ofensa.
Veían también que una personalidad más fuerte atraía a la gente, y formaban ellas y sus amigas pequeñas conspiraciones para aislar y excluir a María.
A pesar de estos intentos de exclusión, la hija del doctor se desenvolvió fácilmente en el círculo de sus amistades, aprendió a bailar y a hablar en tono ligero e insubstancial, y ocultó con cuidado sus aficiones y sus gustos poco vulgares.
No le costaba ningún trabajo el aparentar una frivolidad que no sentía; al revés, la tomaba con una facilidad extremada. Para sentirse un poco seria, necesitaba estar en su casa, sola; si no, el ambiente la hacía ligera, inconstante y olvidadiza.
María Aracil se vió galanteada por jóvenes que le parecieron de una petulancia y de una vanidad ridículas, jóvenes irónicos, que no creían en nada mas que en sí mismos. María pensó que ninguno de ellos era de naturaleza tan preciosa para que valiese la pena de guardarlo cuidadosamente, y casarse con el escogido al cabo de algunos años.
Entonces, las primas y sus amigas dijeron:
—María tiene mucha cabeza, pero muy poco corazón.
Y un joven ateneísta añadió:
—Es una muñeca sin alma.
Para aquellos jóvenes irónicos y d’annunzianos, no entusiasmarse con sus gracias era no tener alma.
María quería llegar a vivir independiente, para ella, sin hacer alarde de su independencia; al revés, ocultándola como un defecto. Este sentimiento, poco común entre nuestras mujeres, procedía últimamente de un factor de gran importancia: la intimidad del hogar. María tenía un hogar y no tenía familia. El hogar es la quintaesencia del individualismo; en cambio, la familia es algo que está más bien fuera que dentro del individuo, algo que determina la clase social. El hogar no es aristócrata, ni burgués, ni obrero; la familia es todo esto y más aún; el hogar aisla, la familia relaciona. En España, la mayoría de la gente tiene familia, pero no tiene hogar.
María, viviendo aislada, se sentía, necesariamente, un poco puritana. La hipocresía, la afectación le indignaban; le molestaba oír esas conversaciones de amigas en donde todas las palabras suenan a una maldad. El ser sincera consigo misma primero, y después lo más sincera posible con los demás, constituía para ella un deber, una regla de conducta.
Aspiraba a ver las cosas próximas tales como eran, sin dejar por eso de ser una muchacha, sin terminar en orgullosa, satírica ni pedante, ni aspirar tampoco a catalogarse entre el ilustre grupo de esas mujeronas literatas, intelectuales, con sentimientos de cocinera, que honran las letras españolas.
Comprendía que sus primas y sus amigas, por instinto, con el fin de desembarazarse de ella, la impulsaban a que tomara en la vida una posición falsa, a hacerse marisabidilla; pero María sabía defenderse y hablar con la gente con una ligereza extraordinaria y demostrar que no tenía ni conocimientos ni gustos superiores a la generalidad.
Veía, al contrastarse con las demás muchachas, que las ideas de su padre, ideas de hombre, le habían hecho un ser de excepción.
Se acentuaban sus diferencias con las lecturas. En casa tomaba libros de la biblioteca del doctor, y los leía, sobre todo los de viajes. Leyó desde Heródoto hasta Nansen, y estas lecturas serenas, unidas a su falta absoluta de ideas religiosas, le permitieron poder pasear la mirada por encima de las doctrinas y de los hechos sin turbación alguna.
No llegó a formarse una concepción clara y definitiva, no ya del mundo, ni aun de su vida tampoco; pero consiguió no tener ni sombra de ese sentimiento malsano del pecado, herencia de una humanidad histérica y enfermiza.
La idea del pecado es una de las ideas más absurdas y más petulantes de las religiones. A primera vista, esta invención, que supone al hombre libre en absoluto, parece completamente austera; pero en el fondo no lo es, sino todo lo contrario.
El pecado es como la cáscara del placer: es el antifaz negro que vela el rostro del vicio y le da más promesas de voluptuosidad. Es, en último término, un excitante.
Un escritor, creo que Stendhal, cuenta que una princesa italiana del siglo xvii, al tomar un helado, una tarde sofocante de verano, decía:
«¡Qué lástima que esto no sea pecado!»
En el fondo, la frase es infantil, porque, o la princesa no creía gran cosa en el castigo del pecado, o suponía muy fácil el lavarlo con la confesión, o decía la frase por decirla. Seguramente, no hubiera dicho la princesa:
«¡Qué lástima que este helado no sea un veneno!» Porque entonces el peligro era real e inmediato. Con el fondo negro de la perversidad y del pecado, las tonterías humanas toman grandes perspectivas, y el hombre es, principalmente, un animal aparatoso y petulante.
Sin las sombras de la perversidad, ¿qué queda de don Juan? Con un poco de deshonor, de lágrimas y de infierno, don Juan se destaca como un monstruo; pero se suprime todo eso, desaparece el dilettantismo de la fechoría, de la deshonra y del demonio, lo malo se convierte en anómalo, y don Juan queda reducido a un hombre de buen apetito. En una sociedad en donde reinara el amor libre, el famoso burlador sería un benemérito de la patria, y el jefe del Estado le daría una palmadita en el hombro y le diría:
«Treinta años y cuarenta hijos. ¡Bravo, don Juan!», y le pondría una corona de laurel, en premio a su civismo.
A María, a causa de su educación, no le preocupaba la idea del pecado; cuando comprendía que había obrado mal, lo sentía; pero no daba significación trascendente a sus equivocaciones o a sus ligerezas.
En ella pesaba mucho un sentimiento de limpieza moral; alguna vez que comenzó a leer novelas de tendencia libre o erótica, al darse cuenta de ello, las dejó sin curiosidad.
Durante mucho tiempo estuvo arrepentida de haber leído Crimen y castigo, de Dostoievski, porque le turbó la conciencia y le produjo ideas turbias y desagradables. Y ella buscaba, sobre todo, sentir el alma limpia y ligera.
II.
EL HOMBRE BAJO LA MÁSCARA
María Aracil sintió desde niña un gran amor por su padre, aumentado luego con los años. El doctor Aracil se sentía orgulloso de su hija, viéndola tan bonita, tan fina, tan inteligente, y a María le halagaba también sobremanera ver a su padre joven aún, buen mozo, con una fama de médico inteligentísimo y de hombre extraordinariamente original.
María no podía juzgar a su padre con frialdad: viéndole a través de su cariño, le parecía un tipo de excepción, un ser superior y magnífico, sin el menor defecto ni mácula.
En realidad, el doctor presentaba todos los caracteres de un hombre de lujo, más superficial que hondo, más ingenioso que original y más cuco que sincero. Aracil no era capaz de experimentar grandes afecciones, ni de sacrificarse por nada ni por nadie; en cambio, sacrificaba a cualquiera por presentarse ante los demás en una postura gallarda o por colocar a tiempo una frase feliz.
Sentía el buen doctor una egolatría fundamental, de esas tan generales entre los cómicos, los profesores, los cantantes, los literatos y demás gente de perversa índole. Si su egolatría no se notaba en él en seguida, consistía en que era bastante listo para disimularla.
En su tertulia del café Suizo, formada en su mayor parte de médicos, era donde Aracil peroraba y lanzaba sus paradojas y sus frases brillantes.
Siempre estaba ideando algo, no con el fin de realizarlo, sino con el propósito de asombrar a la gente.
Oyéndole, y fijándose en sus frases, se notaba que tenía un repertorio de ingeniosidades, de salidas, de comparaciones, con el cual deslumbraba a sus interlocutores.
Tomaba una idea cerrada en una frase y la cambiaba mudando caprichosamente una de las palabras. Como lo mismo le daba asegurar blanco que negro, y no le importaba contradecirse, le era fácil el retorcimiento de la idea. El cambio le sugería otra frase, y así hacía marchar una tras otra, con travesura e ingenio; pero sus frases no terminaban en algo que pareciera una conclusión, sino que danzaban de aquí para allí, siguiendo un rumbo caprichoso, que muchas veces dependía del sonido o de la consonancia de un vocablo. Hay muchas personas que al decir una palabra recuerdan vagamente el objeto que representa: al oír decir libro, piensan en un libro en rústica o encuadernado; al oír decir casa, se la figuran grande o pequeña, con balcones o con ventanas, con tejado o sin él; pero otros muchos, y en general los oradores y los poetas, y más si son españoles, al decir una palabra no recuerdan ni la idea, ni el objeto que representa, lo que les permite el discurso brillante y el juego del vocablo.
La facundia proviene casi siempre de esta condición. En la cabeza del orador fácil, las ideas no brotan arrastrando las palabras, sino son las palabras las que van sugiriendo las ideas. Esto no es extraño; las palabras son vehículos del pensamiento, y les queda siempre un residuo espiritual. Un loro que repitiera palabras ambiguas llegaría a dar la impresión de un animal inteligente. Un orador que tiene un repertorio mucho más extenso que un loro, puede parecer inteligentísimo.
A Aracil le pasaba esto último; no iba más allá de las palabras.
Analizando los procedimientos de fabricar cosas originales de este médico sofista, se veía que procedían casi siempre de un artificio retórico. Uno de estos artificios estribaba en una antítesis casi mecánica, en una oposición sistemática de un concepto, por el contrario. Se decía delante de él, por ejemplo: «Hay que dar trabajo a los obreros», y él replicaba en seguida: «No; lo que hay que dar es obreros al trabajo». «Hay que europeizar España»; él contestaba: «Hay que españolizar Europa».
El otro procedimiento, también mecánico, de originalidad, usado por Aracil, era devolver la frase al interlocutor, aplicando palabras de ideas materiales a conceptos puramente espirituales, o al contrario, procedimiento que, a pesar de estar a la altura de cualquiera, no dejaba de producir efecto en los contertulios de Aracil.
Se le decía: «Habría que encontrar un medio de ventilar bien el hospital». Y él replicaba: «Lo primero sería ventilar bien las conciencias». Otro decía: «A los campos españoles les falta, sobre todo, abono químico». «Más abono químico les falta a nuestras almas, que están siempre en barbecho».
Este procedimiento lo había visto empleado Aracil, con éxito, por un catedrático de Medicina, de San Carlos; un señor a quien los papanatas de la Facultad tenían por un genio, porque, además de llevar melenas y de tocar el violín en el retrete, había tenido el desparpajo de construír, en pleno siglo xix, un sistema médico sobre la sólida base de unas cuantas frases, de unos cuantos chistes y de unas cuantas fórmulas matemáticas, aplicadas sin ton ni son, a los fenómenos de la vida.
Aracil, a veces, se sentía modesto y reconocía que no tenía sistema filosófico alguno; pero entonces aseguraba que no eran los hombres de ideas los que quedan, sino los hombres de frases.
—La cuestión es tener acierto—decía—; calificar al hombre superior de superhombre, se le ocurre a cualquiera; llamar a un hombre degradado ex hombre, como ha hecho Gorki, está a la altura de un ateneísta de capital de provincia; sin embargo, una invención de ésas, blandiéndola en el aire como una lanza, hace conocido a un autor y le puede dar celebridad.
Aracil, además de creerse original, se jactaba de ser inoportuno; uno de los procedimientos más empleados por él, en la discusión, era el de cortar la frase a su contradictor para explicar la etimología griega o sánscrita de una palabra, cuyo significado usual y corriente estaba al alcance de todo el mundo. La mayoría de las veces, estas inoportunidades no le traían consecuencias; pero a veces caía con personas de malhumor, que no se contentaban con servir de trampolín para ejercicios acrobáticos, y tenía que oír el ser motejado de farsante y de botarate.
La profesión médica daba un poco de mundanidad y mitigaba la suficiencia de Aracil. Si en vez de médico hubiera sido profesor, su nombre hubiera alternado con el de los más ilustres pedantes de facultad que brillan fácilmente en nuestra Beocia española.
A pesar de alguno que otro ligero tropiezo, la fama de Aracil aumentaba. Esa clase de talento brillante, que ha encumbrado en España y dado nombradía de geniales y de profundos a muchos hombres de talco, la poseía Aracil en grado sumo, y, como casi todos los hombres ingeniosos, creía en la eficacia de sus juegos de palabras, que para él constituían movimientos hondos de ideas.
Aracil era un anarquista; pero un anarquista retórico, un anarquista de forma; no tenía esa tendencia apostólica, ese entusiasmo por la vida nueva que han encarnado tan bien algunos escritores rusos y escandinavos.
Su anarquismo era esencialmente antiformular; le indignaba el absurdo de las fórmulas sancionadas; pero no le hería, en cambio, un gran absurdo científico ni una gran aberración moral. Si alguien le llamaba «mi distinguido amigo», le molestaba; el poner al final de una carta: «su seguro servidor que besa su mano», le parecía una violencia intolerable; todas esas fórmulas sin valor, aceptadas por comodidad y por rutina, le ofendían y exacerbaban su humor cáustico; en cambio, para que un gran crimen o una enormidad social le sublevase, tenía que pesar el pro y el contra, y, aun así, le costaba decidirse.
Toda la intuición de Aracil se cebaba en la fórmula; todas sus observaciones terminaban en una frase brillante, con su preparada sorpresa al final.
Moralmente, el doctor era poco apreciable; tenía una semisinceridad candorosa, que constituía, como todas las semisinceridades, forma acabada y perfecta de la perfidia.
Algunos amigos entusiastas le reprochaban que perdiese su tiempo en el café, y él, en vez de confesar la verdad y decir que se entretenía en la tertulia, contestaba: «La mesa del café es un campo de experimentación; lanzo allí mis ideas y las veo ir y venir, y las voy contrastando»; y añadía, con petulancia: «Mis amigos son los conejillos de Indias, que yo utilizo para la vivisección espiritual».
Aracil tenía dos tertulias: una en la botica de un amigo y condiscípulo del doctorado, llamado don Jesús, y la otra la del café Suizo. En las dos, Aracil llevaba la voz cantante, pero los de la botica eran más entusiastas aún.
Había allí contertulios que creían de buena fe que para salvar a España había que «aracilearla».
El doctor, en el momento de decir una cosa, la creía, aunque estuviese en contradicción con sus costumbres y con su vida. Así, lanzaba anatemas contra los que juegan a cartas, y daba como suya la frase del espiritual filósofo, que dice que los jugadores, no teniendo ideas que cambiar, cambian pedazos de cartulina; sin embargo, él jugaba al tresillo; decía a todo el que le quería oír que los libros de Medicina franceses eran malos, y él no leía otros; hablaba con sarcasmo de los que se dejan guiar por la última moda en ciencia, y él hacía lo mismo. El plan de Aracil era despistar, quitar de su alrededor lo vulgar y lo chabacano, para dar a su figura mayor relieve. Cierto que todos, en grande o en pequeño, somos cómplices, con nosotros mismos, de una farsa parecida, y queremos aparecer ante los demás con un color más brillante que aquel que tenemos en realidad; pero este pensamiento en unos es transitorio, de ocasión, y en otros integra la vida entera, como en Aracil. Algunas veces nuestro médico, influído por la gran idea que los demás tenían de él, había sabido estar enérgico y decidido.
El dandismo del doctor no se concretaba a las ideas y a los sentimientos, sino que se traslucía también en la figura y en el traje. Aracil gastaba un poco de melena, llevaba la barba larga y puntiaguda; los quevedos, de concha, con la cinta gruesa; el sombrero, de copa, con el ala más plana que de ordinario, y levita. No usaba nunca gabán. Este detalle, al parecer sin importancia, le había dado más clientela que todos sus estudios. No le faltaba al doctor mas que un poco de estatura. Con dos o tres dedos sobre su talla, hubiera sido uno de los médicos de mayor clientela de Madrid.
Los dos amigos íntimos del doctor Aracil eran un antiguo condiscípulo, llamado Iturrioz, y un aristócrata cliente suyo, el marqués de Sendilla.
El doctor Iturrioz tenía, próximamente, la misma edad que el padre de María, pero representaba muchísimos más años que él; estaba completamente calvo y tenía la cara surcada por profundas arrugas. Era un tipo de hombre primitivo: el cráneo ancho y prominente, las cejas ásperas y cerdosas, los ojos grises, el bigote largo, lacio y caído, la mirada baja y la barba hundida en el pecho. El doctor Iturrioz había sido médico militar, y vivido durante mucho tiempo, como decía él, en línea, hasta que las enfermedades le habían hecho retirarse. Hombre insociable, de un humor taciturno, vivía en casas de huéspedes raras, de barrios bajos, y se aburría pronto de una y se marchaba a otra. Contaba historias picarescas de curas, de estudiantes, de empleados, con un tono entre irónico y furibundo, y sentía, de cuando en cuando, alegrías estrepitosas de hombre jovial. Al oírle, cualquiera hubiese dicho que era chanchullero y mala persona, y, sin embargo, era un hombre íntegro, de vida pura, aunque de palabra cínica. El doctor se había formado un tipo de hidalgo rudo, claro, sincero, poco sensible, y a veces creía de buena fe ser él la encarnación de ese tipo de español legendario; pero su impasibilidad se fundía al calor de unas ráfagas de sentimentalismo, que le indignaban. Tenía Iturrioz un entusiasmo ideal por la violencia. Se mostraba con los desconocidos áspero y brusco, y le gustaba contar horrores de la guerra, de las dos campañas en donde había tomado parte, miserias de los hospitales, para poder convencer a todo el mundo que era el hombre antisentimental por excelencia.
María le recordaba a Iturrioz desde niña, siempre sentado a la lumbre, azotando con las tenazas el fuego, con un aspecto de ogro, un poco extraño y loco. Ella le conocía muy bien y sabía a qué atenerse respecto a sus violencias de expresión.
Iturrioz sentía una mezcla de cariño y de desprecio por Aracil, y éste experimentaba, a su vez, un sentimiento también mixto de estimación y de miedo por su amigo. La huraña probidad de éste le espantaba.
El aristócrata cliente de Aracil, el marqués de Sendilla, era un snob de esos que gastamos en Madrid y Barcelona, que visten siempre sus ideas y sus gustos a la moda de hace quince años. El marqués quería ser europeo, anglosajón; pero siempre era un anglosajón atrasado. Se enteraba de todo tarde; era su desgracia. Se entusiasmaba con las novelas de Paúl Bourget, cuando ya todo el mundo las consideraba un poco cursis, y tenía el talento de tomar las ideas y las modas cuando iban a marchitarse y a ser olvidadas.
Era partidario de los muebles modernos, y, llevado por sus gustos, había convertido su antigua casa solariega en una barraca llena de mamarrachos y de objetos de bazar.
III.
EL PRIMO BENEDICTO
En casa de sus tíos conoció una tarde María Aracil a un pariente suyo, primo carnal de su madre, que acababa de quedar viudo, con cuatro niñas pequeñas.
El primo Venancio venía de una capital de provincia, donde había pasado bastantes años.
Al parecer, era una notabilidad en Geología, y lo llamaban para destinarle a los trabajos del mapa geológico.
El primo Venancio era hombre de unos treinta y cinco a treinta y seis años, de mediana estatura, barba rubia y anteojos de oro. Tenía la frente ancha, la mirada cándida, vestía un tanto descuidadamente, y en sus dedos se notaban ennegrecimientos y quemaduras, producidos por los ácidos.
Las cuatro niñas del primo Venancio, Maruja, Lola, Carmencita y Paulita, eran muy bonitas; las cuatro casi iguales, con los ojos negros, muy brillantes, los labios gruesos y la nariz redondita.
Al conocerlas, María sintió por ellas un gran afecto, y las niñas, al ver a su prima, experimentaron uno de esos entusiasmos vehementes de los primeros años.
—Ya nos veremos, ¿verdad?—dijo el primo Venancio a su sobrina, al despedirse.
—Sí—le contestó María.
—Ya les diré dónde voy a vivir.
Venancio estuvo dos veces en casa del doctor Aracil, y María comenzó a visitar con frecuencia a su primo.
Alquiló éste una casa cuya parte de atrás daba al paseo de Rosales; habilitó y dispuso, para vivir constantemente en ellos, los dos cuartos más grandes y soleados; en uno arregló su gabinete de trabajo y en el otro el de las niñas.
Puso su despacho sin pretensiones de lujo; sobre estantes de pino, sin pintar, colocó piedras, fósiles, calaveras de animales, gradillas con tubos de ensayo; en las paredes fué clavando fotografías de minas, planos geológicos, lámparas de minero de nuevos sistemas, anuncios de cables, de vagonetas, de sondas para perforar, de máquinas para triturar piedras. Venancio era entusiasta de su profesión y le gustaba rodearse de objetos y de estampas que le recordasen de continuo sus aficiones científicas.
Pasados los primeros días, en que el ingeniero recibió algunas visitas de parientes y amigos, no fué nadie por su casa. Cuando María encontró este oasis tranquilo, comenzó a acudir a él y a cultivar el trato de su pariente. El primo Venancio era hombre bondadoso e ingenuo. Sus estudios y las lecciones que daba a sus hijas le ocupaban el día entero. Venancio era un excursionista terrible; había subido a todos los montes de España, y se había bañado en las lagunas de Sierra Nevada, de Peñalara, de Gredos y del Urbión. Venancio se ocupaba casi exclusivamente de cuestiones científicas; lo demás le interesaba poco; la literatura le parecía una cosa perjudicial, y, en su biblioteca, las únicas obras literarias que figuraban eran las novelas de Julio Verne.
—¿No las has leído?—le dijo una vez a María, a quien ya tuteaba, por razón del parentesco—. No tienen gran valor científico, ¿sabes?, pero están bien.
María se llevó las novelas de Julio Verne a su casa; la entretuvieron bastante, y, además, le hizo mucha gracia encontrar cierto parecido entre los tipos de sabios de estas novelas y su primo Venancio. Desde entonces comenzó a llamarle, en broma, el primo Benedicto, recordando un tipo caricaturesco de la novela Un capitán de quince años.
Se acostumbró a llamarle así, y algunas veces se lo decía a él mismo, sin notarlo.
María y el primo Benedicto se entendían muy bien.
Muchas tardes de otoño y de invierno iba ella a casa de su primo, y con él y con sus niñas marchaba al paseo de Rosales. Se sentaban allá; las niñas jugaban; Venancio y María daban a la comba, y venían otras chicas y hablaban todas y corrían por aquellas cuestas.
El primo Benedicto no dejaba de ser un guasón, a su manera. Un domingo fueron a Cercedilla, Venancio con sus hijas, la tía Belén con las suyas y María. Iban subiendo el pinar para comer en lo alto; Venancio marchaba con su traje de franela, su sombrero de alpinista y la botella de aluminio en el cinto. En uno de los altos de la marcha, volviéndose a María, ingenuamente, le dijo:
—Esto es bastante tartarinesco, ¿verdad?
A María le dió tal risa, que tuvo que pararse para reír.
Venancio sonrió; sus observaciones plácidas tenían el privilegio de regocijar a María.
Era el primo un hombre sincero, que llevaba a la práctica lo que pensaba. Estaba dando a sus hijas una educación natural, aunque en Madrid pareciese absurda. Los juguetes de sus niñas eran las brújulas, las lámparas de minero, la cinta, las piritas de cobre cuadradas y brillantes.
—Todas estas saben ya algo de Mineralogía—le dijo una vez Venancio a María—. Pregúntales por cualquier piedra de las que hay aquí.
Cogió María un mineral con cristales cúbicos, de color gris.
—¿Qué es esto?—preguntó.
—Galena con láminas de plata—dijeron las tres chicas mayores.
El padre hizo un ademán afirmativo.
—¿Y esto otro amarillo?
—Blenda.
—¿Y estos cuadraditos dorados?
—Calcopirita.
—¿Y esto amarillo, de color de canario?
—Oropimente.
—Es veneno—añadió Maruja, la mayor—, porque tiene arsénico, y echa olor a ajo si se quema.
María se echó a reír.
—Pero ¡son unas sabias estas chicas! ¿Y estas piedrecitas azules?—siguió preguntando.
—Lapislázuli.
—¿Y estos cuadrados?
—Espato fluor.