The Project Gutenberg eBook, La Isabelina, by Pío Baroja

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PÍO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

El aprendiz de conspirador.

El escuadrón del Brigante.

Los caminos del mundo.

Con la pluma y con el sable.

Los recursos de la astucia.

La ruta del aventurero.

Los contrastes de la vida.

La veleta de Gastizar.

Los caudillos de 1830.

La Isabelina.

El sabor de la venganza.

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LA ISABELINA

ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
PARA TODOS LOS PAÍSES


COPYRIGHT BY
RAFAEL CARO RAGGIO
1921

Establecimiento tipográfico
de Rafael Caro Raggio


PÍO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LA ISABELINA

RAFAEL CARO RAGGIO
EDITOR
MENDIZÁBAL, 34
MADRID


LIBRO PRIMERO
DOS HISTORIAS PARALELAS


I.
UN EX CLAUSTRADO

El año 1845—dice Leguía—estaba yo en Burdeos terminando una misión diplomática que me habían encargado los moderados, cuando conocí al padre Venancio Chamizo. Chamizo era un fraile ex claustrado que trabajaba por las mañanas en un escritorio y por la tarde daba lecciones de latín y de retórica a algunos muchachos, hijos de españoles y de franceses legitimistas.

Chamizo era hombre de cuarenta y cinco a cincuenta años, de mediana estatura, de cuerpo pesado y de mucho abdomen. Tenía la cabeza grande, calva, los ojos grises, la nariz gruesa y el mentón pronunciado. Se traslucía en su tipo al mismo tiempo el labriego, el fraile y el hombre de cultura.

En la conversación con Chamizo se habló de Aviraneta, y el ex claustrado me dijo:

—He tenido relaciones con ese réprobo.

—Creo haberle oído hablar de usted.

—¿Quizá mal?

—No, no; me parece que no.

—¿Es amigo de usted?

—Sí.

—Lo siento por usted. También es amigo mío.

—Yo le conozco mucho, y no sólo no me ha hecho daño, sino que me ha protegido—dijo Leguía.

—Lo creo, lo creo. El señor Aviraneta sabe proteger. Quizá sea usted también de su cuerda.

—Lo soy. Soy liberal, completamente liberal; pero eso es lo de menos. Usted puede hablar de él con completa confianza.

—¿Le interesa a usted el señor Aviraneta?

—Sí. Mucho. ¿Usted ha tenido algunas relaciones con él?

—Sí.

—Me gustaría que me contara usted eso.

—Pues yo le contaré a usted lo que sé de él, con una condición.

—Veámosla.

—Que me convide usted a una cena en una buena fonda de Burdeos.

—Muy bien. Acepto. Usted elegirá en qué sitio.

El padre Venancio vaciló; no sabía si sería mejor ir a la Fonda de la Paz, de la Cour de Chapeau Rouge, o a la de los Americanos, de la calle del Espíritu de las Leyes.

Por fin se decidió por esta última, y dijo que vendría a buscarme al Hotel de Ruan, donde yo paraba.

Marchamos a la Fonda de los Americanos, y encargué la cena en un gabinete reservado.

El padre Chamizo comió y bebió como un templario. Después de tomar café y unas copas de licor, me dijo:

—Ahora, para aligerar la lengua, mi querido señor Leguía, pida usted una botella de vino más. Es una mala costumbre antigua que me queda.

—¿Del convento?

—No, no. Parece mentira que diga usted eso, señor Leguía. ¿Es que usted también es enemigo nuestro? ¿Será usted un volteriano?

—Un tanto.

—¡Qué error, amigo mío! ¡Qué error!

—¿Y qué quiere usted, otra botella de Burdeos, padre Chamizo?

—No; ahora, Jerez...; sí, Jerez...; la beberé por patriotismo. Lejos de la patria, estas cosas se estiman más. La última la bebí en compañía del señor Usoz y Río, el cuáquero. No sé si le conocerá usted.

—Sí. ¿Y él bebía?

—No, él, no. ¿Adónde vamos a ir a parar? ¡Un cuáquero español! ¡Qué absurdo! Me estuvo hablando mal de los frailes y de España. ¡Hablar mal de un país que produce este vino!—exclamó, llenando la copa de Jerez, mirándola al trasluz y vaciándola de un trago.

—Realmente es no tener sentido.

—Ninguno, señor Leguía, ninguno.

—Comience usted, padre Chamizo, su relato; le oigo con atención.

—Mi relato se refiere a los años de 1833 y 1834. No sé si le interesará a usted.

—Me interesa, sí, me interesa.

—Bueno, pues voy allá.


II.
EN QUE EL PADRE CHAMIZO COMIENZA SU HISTORIA Y NO LA PUEDE TERMINAR

El padre Chamizo sacó un cuaderno del bolsillo, lo leyó aquí y allá, y, dejándolo entreabierto, dijo:

—Bien; comenzaré. Primeramente permítame usted que le diga dos palabras acerca de mi vida. Soy de la provincia de Palencia, de un pueblo próximo al del abate don Sebastián de Miñano y Bedoya, célebre autor de las Cartas del pobrecito holgazán, que tanto ruido hicieron y tanta influencia tuvieron contra nosotros los pobres eclesiásticos.

Mi padre murió joven, dejando a mi madre viuda, con varios hijos, de los cuales era yo el menor. Me creían listillo, yo no tenía afición al trabajo manual, y por amistad de un fraile que solía venir a mi casa, a llevarse el pobrecito lo que podía, me metieron en un convento de Palencia. Estuve algún tiempo de fámulo, sufriendo mil perrerías, lavando ropa sucia, llevando recados y haciendo de pinche en la cocina, hasta que vino de superior un buen hombre que me hizo estudiar, ordenarme y profesar. Tenía yo afición a las letras y creo que alguna disposición. Creía ya resuelta mi vida tranquila, dedicado al griego, al latín y a la historia; me habían enviado a un convento de Lerma, cuando en 1822 aparece por allí una columna del infernal Empecinado, se apodera del convento, y sus soldados me arrastran a mí a ir con ellos. En esa columna iba el malvado Aviraneta, ese aborto del infierno...; no sigo porque es amigo de usted. Me incorporan a las fuerzas liberales, me llevan de la derecha a la izquierda, me hacen perder las tranquilas costumbres del convento, y, en 1823, cuando la entrada del duque de Angulema, me cogen prisionero en Valladolid y me traen a Francia.

—¿Y usted trataría en seguida de volver al convento de Lerma, padre Chamizo?

—No; no traté de volver, señor Leguía, y éste fué mi error. Iba ya por el mal camino. Al quedar libre marché a Bayona, donde me acogí a la protección de Miñano. Llevaba trabajando tres años con él, y, mi querido señor Leguía, nuestra fe comenzó a vacilar. Nos dedicamos a las malas lecturas, leímos las inmundas obras de Voltaire, de Diderot y de otros réprobos; comentamos las innobles chacotas del Diccionario crítico-burlesco, de Gallardo, contra los frailes, en donde se nos llama peste de la República y animales inmundos encenagados en el vicio...

—Y bebimos un poco de más, quizá, padre Chamizo.

—Tiene usted razón; bebimos un poco de más y cometimos otros actos poco morales. Sí, sí..., es cierto. ¡Yo! ¡Sacerdote aunque indigno! Quantum mutatus ab illo! Por entonces don Sebastián Miñano me propuso entrar de preceptor en casa de una señora viuda de Saint-Palais. Yo acepto, y paso durante unos meses una vida cómoda y agradable. Buena comida, buenos vinos... En esto empiezan a decir que si yo me entiendo con la viuda..., la eterna maledicencia... Yo no digo que no me gustara, no; la carne es flaca, y aunque uno haya vestido, bien indignamente por cierto, el glorioso sayal, uno es un hombre... No; puedo afirmar que nadie me vió a mí cortejar a la viuda; pero un primo suyo y pretendiente recogió estas calumnias y me desafió... ¿Yo qué iba a hacer? ¡Yo, un sacerdote! Naturalmente, no fuí al terreno, porque aunque uno es un mísero pecador, ama uno la vida..., y la señora, al saber que no había acudido al desafío, me despreció y me despidió de su casa... ¡Sexo frívolo! Vuelvo de Saint-Palais a Bayona, donde conozco al malvado Aviraneta, y voy con él a Madrid. ¡Cuántos errores comete uno en la vida!

Y aquí nos tiene usted ahora dominando el latín, el griego, el inglés, la literatura, la teología, la historia eclesiástica y los cánones, y ganando treinta duros al mes en un almacén de cuerda del muelle y algunas otras menudencias por dos o tres lecciones que damos. Y España, ¿qué hace entretanto por uno? Nada. ¡Ingrata patria, no poseerás mis huesos! No haga usted caso. Es hablar por hablar. ¿Qué quiere usted, señor Leguía? Soy una víctima del destino... No es que yo sea, ni mucho menos, partidario de la predestinación. Lejos de mí semejantes errores, que defendían algunos discípulos extraviados de San Agustín en el monasterio de Adrumet, en Africa, Lucidus, sacerdote de las Galias, Jansenius y Primacio, el autor de Proedestinatus. No, no. En ésta, como en otras muchas cosas, conocemos el buen camino, aunque no siempre vayamos por él.

—¡Padre Chamizo!

—¿Qué?

—Dejemos a Primacio y vamos, si le parece a usted, con Aviraneta.

—Bueno, vamos con ese réprobo, con ese hijo de Satán. Déjeme usted consultar mis notas.

El padre Chamizo volvió a leer el cuadernito, concentró un momento la atención y dejó de desvariar.

Mientras iba leyendo se le cerraban involuntariamente los ojos, y se veía que estaba deseando echarse a dormir.

—Usted no puede conocer por su edad, señor Leguía—dijo el padre Chamizo—, la transformación verificada en Francia después de los sucesos de 1830. Los realistas españoles, que vivían en las ciudades del Mediodía como el pez en el agua, tuvieron que desaparecer de la superficie y hundirse en los líquidos abismos. A la emigración absolutista sucedió la emigración liberal.

En 1832 estaba yo en Bayona dando lecciones de latín y de español en un colegio, viviendo en una mala casa de huéspedes, cuando caí gravemente enfermo.

Mi protector Miñano se hallaba fuera, mis amigos realistas se habían marchado y mis ahorros eran nulos. Con todo esto no necesito decirle a usted que me encontraba lo más miserablemente que puede encontrarse un hombre, solo, abandonado, enfermo, y sin más asistencia que la de un matrimonio francés, avaro, que me robaba los libros raros que yo tenía para venderlos. En esto, una tarde, ya pensando en la ventura de morir, entra en mi cuarto su amigo de usted, el señor Aviraneta. Yo le conocí en seguida. Era el ayudante del infernal Empecinado, causante de mis desdichas. El no se acordaba de mí. Le habían hablado de un cura español liberal, enfermo, y venía a verme. Su amigo de usted, ese réprobo, me atendió y me cuidó cuando me encontraba yo tan débil y tan miserable, que no hubiera dado un ochavo partido por la mitad por mi vida. Cuando me curé nos reconocimos como habiendo peleado juntos con el Empecinado.

—Yo le creía a usted liberal—me dijo.

—No, no—y añadí—: enemigo de sus ideas siempre. Agradecido a su bondad siempre, también.

Yo, señor de Leguía, soy un hombre que ha practicado el culto de la amistad. Amigo de mis amigos. Esa ha sido mi divisa. No soy un fanático. Usted es turco, protestante, jansenista, revolucionario...; yo abomino de las ideas de usted; pero usted es un amigo mío y yo le favorezco si puedo. No me hable usted de sacrificarme por la República o por la Monarquía; no me diga usted que haga sucumbir a mis amigos por el Estado o por la patria. Esta severidad catoniana no está en mi alma. Dirá usted que es una debilidad. Lo reconozco. Voy a beber un poco más de vino.

Con la enfermedad—siguió diciendo el padre Chamizo—perdí la plaza que tenía en el colegio y me quedé en la calle. No tenía más recurso que Aviraneta y me uní a él. Naturalmente, si me pedía algún servicio, escribir una carta o redactar un escrito, lo hacía. Conocí también a algunos amigos suyos liberales, al auditor don Canuto Aguado, al coronel Campillo, a don Juan Olavarría, y a otros partidarios del tristemente célebre Mina. Yo no descubría entre ellos mis ideas, no me parecía oportuno. Me daba como moderado.

Después de una temporada que estuve sin trabajar encontré una plaza de corrector de pruebas en la imprenta de Lamaignere, y comencé de nuevo a ganarme la vida.

Los días de fiesta, aunque me esforzaba por quedarme en casa, no tenía bastante voluntad, y me iba a buscar a Aviraneta. Ese réprobo amigo de usted, como sabía mi flaco, me llevaba a una fonda de un navarro, un tal Iturri, de la calle de los Vascos, y me convidaba a una cena suculenta. ¡Qué bien se guisaba en aquella casa! ¡Qué merluzas, qué angulas, qué perdices rellenas he comido allí! Ante unas comidas como aquéllas, ¿qué quiere usted, amigo mío?, yo era un hombre al agua.

Hay perfecciones dañosas, perjudiciales. Una persona de olfato muy fino, poco a poco, sin quererlo, se hace antisocial y enemigo de la plebe; un gastrónomo, un hombre de paladar refinado, pierde, a veces, la dignidad y los principios por una buena comida... Pero divago, y no quiero divagar.

En esto se supo en Bayona la noticia de la enfermedad grave de Fernando VII, el otorgamiento de poderes a favor de la reina masona, y el decreto de la amnistía general.

A principios de 1833, todos los liberales se prepararon para entrar en España. Como yo tenía en Bayona mis relaciones entre ellos, vi con tristeza que se marchaban.

A mediados de febrero encontré a Aviraneta en la calle y me preguntó:

—Usted, ¿qué va a hacer?

—Me voy a quedar aquí. Aquí solamente cuento con medios de vida. No tengo dinero para ir a España.

—Por eso no se preocupe usted—me dijo—. Si quiere usted entrar en España, venga usted. Yo tengo algún dinero y voy en compañía de mi primo Joaquín Errazu, que es un millonario mejicano. Este, si usted quiere, le pagará su viaje a Madrid. Para él es una bicoca.

Aviraneta me presentó a Errazu. Errazu me tomó por liberal y dijo que un hombre tan ilustrado y de ideas tan progresivas como yo era necesario en la patria, y que él, por su parte, con verdadero placer sufragaría mis gastos hasta que encontrara una colocación en España.

Pasé por liberal a la fuerza.

Se decidió que yo fuera a Madrid con Errazu y con Aviraneta. Por aquel tiempo había estallado con un ímpetu atroz el cólera morbo asiático y hecho estragos en París, Burdeos y en toda Francia. Si usted ha leído esa novela de Eugenio Sué titulada los Misterios de París, novela absurda, cínica, inmoral y de pésima literatura, habrá usted visto allá una descripción de los horrores del cólera.

Por entonces, en la frontera de España se hallaba establecido el cordón sanitario, y a los viajeros que intentaban entrar en la Península se les obligaba a una cuarentena rigurosa en el lazareto establecido en el puente del Bidasoa.

Salimos de Bayona en compañía de Errazu y de su criado, y, al llegar a San Juan de Luz, Aviraneta dispuso que nos embarcáramos en una escampavía, en el puerto de Socoa, y nos dirigiéramos a San Sebastián. Fuimos en la barca nosotros cuatro y un señor enfermo que viajaba con su mujer y su sobrino. Este señor, don Narciso Ruiz de Herrera, había sido embajador en Roma. Le acompañaba su mujer, doña Celia, que por la edad podía ser su hija, y el sobrino de don Narciso, un capitán de caballería, Francisco Ruiz de Gamboa, a quien luego llamamos siempre Paquito Gamboa.

Llegamos a San Sebastián, ingresamos en el lazareto, fuera de la muralla, en el cual no había nadie, pasamos unos días muy divertidos, y, concluída la cuarentena, entramos en la ciudad.

El señor Errazu fué llamado a Irún por sus parientes, y como Aviraneta tenía prisa para ir a Madrid, tomamos los dos la diligencia.

Aviraneta aseguraba que su propósito en la corte era hacer gestiones para reingresar en el ejército; yo me figuraba si tendría otros planes revolucionarios.

Llegamos a la corte; don Eugenio fué a vivir a casa de su hermana, a la calle del Lobo, y yo, a una de huéspedes de la calle de Cervantes.

Al llegar a Madrid fuí a visitar a don Sebastián Miñano, que me proporcionó varias cartas de recomendación para personas influyentes, y no encontré más que un trabajo mezquino de traducciones de noveluchas francesas del vizconde de Arlincourt y de otros autores por el estilo.

Mientrastanto, Aviraneta subvenía a mis necesidades, y yo, la verdad, me encontraba a mis anchas. Madrid, pueblo que no conocía, era un lugarón destartalado y feo, pero muy pintoresco y divertido. Iba a los cafés, recorría los puestos de libros viejos, hablaba en los corrillos de la Puerta del Sol y de San Felipe, me enteraba de una porción de cosas que ignoraba. Toda aquella gente, la que más bullía tenía su misterio en la política y algo que ocultar. Quién había servido al rey José, quién había estado en América de traidor contra España; otros podían dividir su vida en un período absolutista y otro liberal. Aquello era un Carnaval. En ningún sitio podía aplicarse mejor la frase de Goya, un pintor sordo que conocí aquí en Burdeos, que hizo una estampa de gente con careta, y puso al pie la leyenda: «Nadie se conoce».

Había por entonces una gran inseguridad en el origen de la mayoría de las personas conocidas; daba la impresión de que no se podía rascar mucho en la vida de la gente sin encontrar algo feo.

Todo el mundo era pretendiente a un destino, a un estanco, a una pensión, y por cada destino había cientos que lo solicitaban; se llamaba en broma a algunos aspirantes a pretendientes.

Yo también era aspirante, pues aunque don Eugenio seguía costeándome los gastos, quería independizarme lo más pronto posible.


En esto el padre Chamizo sintió que la nube de sueño que le venía encima era cada vez mayor, y balbuceó:

—Mi querido... señor Leguía... Creo la verdad, que he bebido demasiado...; tome usted el cuadernito éste, donde están mis notas... y haga usted lo que quiera con él... Me lo devuelve... o no me lo devuelve... Ahora me voy a dormir... porque no puedo más.

Leguía llamó al camarero y le mostró a Chamizo, que dormía.

—¿Qué se puede hacer con él?—le preguntó.

—Se le puede subir al hotel y echarle en la cama.

—Eso es. Muy bien.

Entre dos mozos cogieron a Chamizo como si fuera un saco y se lo llevaron. Leguía pagó la cuenta y se marchó a su casa. Las notas del ex fraile le sirvieron de base para escribir este libro.


III.
LA CASA DEL JARDÍN

El año 1833, el cuartel de la Montaña del Príncipe Pío, de Madrid, no estaba edificado aún, y el cerro que ocupa en la actualidad, con sus alrededores, formaba parte del Real Sitio de la Florida.

Esta posesión era muy extensa; se hallaba rodeada de una tapia de doce pies de altura, construída de cal y canto, con machones intercalados de ladrillo, y tenía para su comunicación con la villa cuatro puertas: una, la principal, que daba frente a las Caballerizas; otra, al cuartel de San Gil; la tercera, a la cuesta de San Vicente, y la más lejana, que comunicaba con el descampado de San Antonio de la Florida.

Dentro de los tapiales había varias huertas con sus pozos y sus fuentes, una granja de labor, un picadero y una cuadra para los caballos del infante don Francisco. Había también un edificio bastante grande, que se llamaba la Casa del Jardín. La Casa del Jardín, construída en el siglo xviii, ofrecía el carácter de las posesiones reales rústicas de aquel tiempo. Era de ladrillo amarillento, con los balcones muy espaciados, pintados de verde, y un tejado con lucernas. Rodeaban esta granja arriates abandonados, en los cuales las plantas parásitas habían sustituído a las cultivadas.

Por dentro, la casa tenía grandes salones de paredes pintadas con paisajes y guirnaldas, y los techos, llenos de amorcillos, y una galería de madera con los barrotes carcomidos por el sol y la lluvia.

La Casa del Jardín se hallaba desde hacía mucho tiempo abandonada, y sus grandes salas servían de guardamuebles y de graneros. Unicamente en un pabellón, adosado a una de las esquinas, vivía un domador de caballos con su mujer y dos chicos.

En la primavera de 1833, dos mozos hortelanos entraron una mañana en la Casa del Jardín, desocuparon una sala y un gabinete que daban a la galería, llevando los muebles amontonados allí al desván, y limpiaron los suelos; pocos días después un inquilino fué a vivir a la casa rústica. Era un joven demacrado, con aire de convaleciente de una enfermedad, flaco hasta vérsele los huesos, con las orejas que se le transparentaban a la luz. Este joven pálido tenía los ojos azules, el pelo rubio y el tipo elegante. El joven debía tener influencia sobre el mayordomo de Palacio, pues hizo que le dejaran entrar en las habitaciones cerradas y eligió varios muebles, que mandó llevar a la sala y al gabinete de que se había apoderado.

Eran estos dos salones hermosos; uno de ellos con una gran ventana que daba hacia el Campo del Moro; el otro, con una galería, desde donde se divisaba la Casa de Campo y el Pardo, con el fondo de las montañas azules del Guadarrama.

El joven de aire macilento mejoró pronto en la Casa del Jardín.

Al principio se pasaba allí todo el día contemplando el paisaje: el Manzanares, con su escasa corriente y las ropas blancas puestas a secar, que resplandecían al sol; la vega verde de los Carabancheles y de Getafe, el Palacio Real, que parecía de mármol al anochecer, y las notas de violeta que tomaba el Guadarrama al acercarse el crepúsculo. El enfermo, cuando se puso bueno, comenzó a pasear y a montar a caballo.

Al principio iba únicamente a verle un cura joven y tenían los dos largas conversaciones.

Poco después comenzó a visitar al joven otro señor que aparecía muy de tarde en tarde. Cuando llegaba éste, el joven y el cura esperaban, se encerraban los tres y charlaban largo rato.


IV.
LA PROTECCIÓN DEL CURA MANSILLA

Don Francisco Mansilla era un cura vallisoletano emigrado en París desde 1827. Este cura, hombre emprendedor, violento y mujeriego, había dado varios escándalos en Valladolid, falsificando unas firmas, y viéndose en posición difícil se escapó a París.

Mansilla era inteligente y de una actividad inagotable.

Sabía el latín a la perfección y se había especializado en la casuística. El estudio de la moral le había desmoralizado y conducido a mirar los hechos con un criterio semejante al de los jesuítas del siglo xvi y xvii.

Mansilla detuvo sus análisis y sus críticas ante los dogmas de la religión, comprendiendo que si interiormente los deshacía, se encontraría sin ningún punto de apoyo en la vida práctica y en la vida del pensamiento, lo cual para un hombre de voluntad no podía convenir.

Mansilla, al llegar a París, frecuentó los centros absolutistas y entró poco después de capellán en una casa del Faubourg Saint-Germain y alternó con lo más rancio y lo más decorativo de la nobleza francesa. El trato frecuente con la aristocracia realista hizo a Mansilla por dentro liberal exaltado.

El abate Mansilla, que ganaba muy poco sueldo y no tenía apenas medios, se pasaba la vida leyendo en su cuarto. Alguna vez que otra iba a visitar a los conocidos españoles para hablar con ellos y tener noticias de España.

En 1832, un día de Nochebuena, el abate supo que agonizaba un joven español, enfermo y abandonado en un hotel miserable de la calle del Dragón. Este joven era un tal Jorge Tilly, que en medio de una vida borrascosa había caído enfermo de una fiebre tifoidea. Mansilla no era hombre de sentimientos dulces, y, sin embargo, experimentó por el joven casi agonizante un impulso de simpatía, y decidió atenderle hasta su muerte o hasta su curación.

En la casa aristocrática donde estaba habló de su proyecto, que se tomó como una manifestación de la piedad cristiana del abate, y se permitió que se ausentara días y noches para cuidar del joven español. Jorge Tilly salió de la fiebre tifoidea; pero quedó después de la enfermedad sin fuerzas, en los huesos, presa de una laxitud terrible.

Cuando Tilly comenzó a levantarse, el abate y él hablaron largo tiempo, se contaron uno a otro sus respectivas vidas, se confesaron sus faltas, y después de una serie de explicaciones, se juraron simultáneamente un pacto de amistad y de ayuda recíproca. Ambos se hallaban cansados de la vida del extranjero y convencidos de que únicamente en el propio país se puede prosperar.

Decidieron con este pensamiento trasladarse a España. La dificultad era la falta de dinero.

Resolvieron reunir sus medios en una alianza ofensiva y defensiva y estudiaron varios proyectos. El punto de mira fué Madrid. Tilly tenía las notas de dos mujeres que habían servido a la policía y se las prestó a Mansilla.

Mansilla las estudió, las extractó y creyó que eran aprovechables.

Era indispensable ir a Madrid. Vendieron los dos todo lo que tenían y Mansilla se presentó en la corte. El abate trató a los miembros de la sociedad de Los Apostólicos, visitó a Calomarde, intrigó a todas horas, y al poco tiempo conseguía ser nombrado capellán del convento de la Encarnación y bibliotecario en el palacio de la condesa de Benavente de la Puerta de la Vega.

Mansilla visitó a los parientes de Tilly y les aseguró que éste no era un calavera, sino un joven estudioso que en aquel momento estaba enfermo en un zaquizamí.

Mansilla consiguió que la familia de Tilly le diera algún dinero para Jorge, pero ninguno de sus parientes quería tenerlo en su casa.

Mansilla envió el dinero a París, en una letra, y escribió a Tilly lo que pasaba. Como el abate era un hombre de actividad, quiso encontrar para su amigo un rincón bueno en donde pudiera restablecerse.

Mansilla conoció a un guarda de la plaza de Oriente, con quien solía pasear al salir de la iglesia de la Encarnación, y por este guarda, a un domador de caballos de las caballerizas que tenía el infante don Francisco en la Montaña del Príncipe Pío.

Fué a ver este sitio, y como le pareció excelente para Tilly, propuso al domador aceptara como huésped a un sobrino suyo, delicado de salud. El domador de caballos dijo que no podía hacerlo mientras el mayordomo del infante don Francisco no le diera su autorización. Mansilla vió a uno y a otro, movió sus amistades y consiguió el permiso.

Cuando llegó Tilly pudo instalarse en seguida en la Casa del Jardín. La mujer del domador le preparaba la comida, y él mismo, en un hornillo, se hacía el desayuno y la cena.

—Ha hecho usted una admirable adquisición—dijo Tilly—, está uno fuera del pueblo y cerca. Este observatorio es magnífico. Aquí yo me curaré y después entre los dos haremos grandes cosas.

Tilly mejoró en seguida; paseaba, montaba a caballo, tomaba el sol. Casi todos los días iba Mansilla a ver a su amigo y tenían los dos largas conversaciones. Mansilla sabía todo cuanto pasaba; Tilly, como vivía en la soledad, podía hacer la crítica de los sucesos mejor que el cura.


V.
TRES AMBICIOSOS

Un poco antes de la muerte del rey, Tilly supo que Aviraneta se encontraba en Madrid, y le escribió una carta. Aviraneta se presentó en la Casa del Jardín, y hablaron. Tilly contó a don Eugenio su vida desde que habían dejado de verse; le habló de su enfermedad y de la protección del cura Mansilla, con quien estaba unido por agradecimiento y por interés.

—¿Qué clase de pájaro es ese Mansilla?—preguntó Aviraneta.

—Es un hombre inteligente, enérgico y liberal; todo lo liberal que puede ser un cura.

—¿Usted puede contar con él?

—Sí, en absoluto. Usted le verá dentro de un rato y charlará usted con él.

Tilly le dió a Aviraneta toda clase de detalles respecto a Mansilla.

Aviraneta explicó después a Tilly la empresa política en que se veía metido.

—Yo tengo organizada la Sociedad Isabelina, que ahora marcha viento en popa—le dijo—. Está formada, principalmente, por militares y por empleados; pero he pensado que al mismo tiempo podríamos organizar una serie de triángulos para ayudarnos.

—Me parece muy bien.

—Usted es un hombre que me conviene, decidido, ambicioso y enérgico. Nos ayudaremos mutuamente y escalaremos las más altas posiciones.

—Nada; cuente usted conmigo.

—¿Este cura Mansilla, querría formar parte de nuestro primer triángulo?

—Ya lo creo.

—Nos vendría muy bien un auxiliar en el Clero. Hay que tener todas las puertas abiertas. Si no se puede la llave, emplearemos la palanqueta.

—Estamos de acuerdo.

—¿Así que usted cree que podemos constituír el triángulo?

—Nada, está constituído.

—Muy bien; entonces lo formaremos usted, él y yo. Usted el número uno, Mansilla el dos, yo el tres.

—Muy bien, acepto. Dentro de poco vendrá Mansilla, a quien tengo citado.

Tilly puso en relación a Aviraneta con el abate Mansilla, y los tres se prometieron ayudarse y favorecerse. Desde aquel día se formó el primer triángulo del Centro. ¿Tenían algún dogma? ¿Tenían alguna doctrina? Al parecer, ni dogma, ni doctrina; su único objeto era ayudarse y prosperar.


LIBRO SEGUNDO
EL TRUENO


I.
EL PADRE CHAMIZO EN MADRID

El padre Chamizo fué a vivir a un tercer piso de la calle de Cervantes. Encontró un cuarto, gabinete con alcoba, bastante espacioso. Este gabinete había sido amueblado, con pretensiones, sin duda hacía ya mucho tiempo. Tenía un papel verdoso, desgarrado en muchas partes, una consola, un espejo sin brillo, un sofá de caoba y seis sillas. La alcoba estaba oculta con cortinas verdes, con los pliegues desteñidos, y la cama era de madera y parecía un barco. Chamizo, para arreglar el cuarto a su gusto, compró en el Rastro una mesa, una estantería para libros y un sillón cómodo.

La casa aquélla, cuya dueña era una señora pensionista, doña Purificación Sánchez del Real, no era una casa de huéspedes, sino algo muy indefinido y madrileño. Doña Puri alquilaba dos cuartos a caballeros estables y les daba de comer si éstos le anticipaban de antemano el dinero para la compra. Naturalmente, daba de comer mal, cosa terrible para Chamizo, y, además de esto, servía la comida a los caballeros estables en una encrucijada a la que llamaba el comedor, que era un sitio obscuro, entre pasillos, con una ventana de cristales empañados que daba a la cocina, que a su vez daba al patio. Sólo de noche se veía algo en aquel comedor, que según doña Puri estaba bien por su decoración. Doña Puri llamaba la decoración a unos armarios simulados que tenía el cuarto en las paredes. Doña Puri era una vieja encorvada con una mirada suspicaz y una voz de característica de teatro. Tenía esta señora la nariz corva, la boca sumida y unos lunares como cerdas en el labio. Era muy redicha y muy sentenciosa.

Su hijo Doroteo, muchacho de unos veinte años, parecía por su aspecto una de esas aves estúpidas y perplejas de la orden de las zancudas. A fuerza de creerse sabio lo equivocaba todo y no hacía cosa a derechas.

Muchas veces don Venancio le dió encargos, que el joven Doroteo los equivocó completamente.

—Perdone usted, yo había entendido que usted quería decir...

—Pero, ¿por qué no entiende usted lo que se le dice simplemente?—le preguntaba Chamizo.

Tenía Doroteo una novia en la guardilla de enfrente; la pobre muchacha se pasaba el tiempo en la ventana bordando y Doroteo la escribía versos.

Doña Puri hablaba mucho al padre Chamizo de su hijo.

—Porque como usted, don Venancio, es como si fuera de la familia...—le decía, y le abrumaba con historias sin interés.

El otro huésped de la casa era un tal don Crisanto Pérez de Barradas, un señor de barba negra, alto, con melenas y anteojos ahumados. Don Crisanto tenía una voz hueca y campanuda de pedante. Chamizo, al verle por primera vez, aseguró que debía ser masón, y, efectivamente, resultó que lo era.

Don Venancio, los primeros días de su estancia en Madrid, se dedicó a andar por las calles, a recorrer los cafés y a visitar las librerías de viejo. Casi siempre volvía a casa con unos cuantos volúmenes empolvados, que colocaba con placer en los estantes.

—Mi marido—decía doña Puri—era también aficionadísimo a los libros. No sabe usted qué hombre más culto era.

Don Venancio leía mucho y leía de todo: libros religiosos y profanos, documentos históricos; tenía sus obras predilectas, que releía con frecuencia. Sus autores favoritos entre los profanos eran Horacio y Lucrecio, y entre los místicos, Malon de Chaide y fray Luis de Granada. La Guía de pecadores y el Símbolo de la fe, de fray Luis de Granada, le entusiasmaban por su lenguaje, y el libro de Malon de Chaide, La conversión de la Magdalena, por sus alusiones y sus chistes.

Chamizo era, como católico, poco practicante; se le olvidaba muchas veces la misa del domingo y no daba gran importancia a los rezos.

Para él esto era pura mecánica; probablemente, entre los rezos maquinales de los católicos, los molinos de oración de los tibetanos y de los chinos y las calabazas llenas de oraciones que los calmucos hacen girar con el viento, el ex fraile no encontraba mucha diferencia.

El padre Chamizo recorría Madrid de un extremo a otro, y le gustaba.

Madrid era entonces un pueblo curioso, más interesante que muchas ciudades de importancia y que muchos pueblos exteriormente típicos, por tener un carácter especial, el carácter del pueblo alto, seco, duro. Era difícil que por aquel tiempo hubiera en Europa una capital tan poco mezclada, tan poco cosmopolita como Madrid; no tenía esa vida arcaica de las ciudades viejas, como Venecia o Nuremberg; en España, como Toledo o Salamanca, ciudades todo fachada, ciudades que engañan y parecen existir para entusiasmar al extranjero ávido de lo pintoresco; no tenía grandes aspectos.

Madrid moral estaba en consonancia con el Madrid material: pobre, destartalado, incómodo, con casuchas míseras, con un empedrado malísimo, y, sin embargo, con rincones admirables, no tan suntuosos como los de Roma, pero con una gracia más ligera. Jorge Borrow comprendió en parte el carácter de Madrid como ningún otro escritor nacional y extranjero y notó su absurdo atractivo. Borrow sintió la extrañeza de Madrid mejor que Larra, que hizo la crítica un poco mezquina del señorito que se cree superior porque ha estado en París; sintió Madrid muchísimo mejor que Mesonero Romanos, que pintó el cuadrito de costumbres vulgar y ramplón, imitando a los costumbristas franceses del tipo anodino de Jouy.

Pueblo de poca tradición, no tenía Madrid, como las ciudades antiguas, el barrio típico, monumental, que interesa al arqueólogo; su carácter estaba en la vida de las gentes; no había allí la casa gótica, ni el alero con gárgolas y canecillos, ni la gran fachada del Renacimiento, pero dentro de la pobreza en la construcción, ¡qué tipo más acusado tenía todo, lo inanimado y lo vivo, las casas y las calles, como el alma de los hombres!

Chamizo se divertía en buscar los contrastes, en ver a los elegantes de la calle de la Montera y a los majos de Puerta de Moros, en oír a los políticos de la Puerta del Sol y a los paletos de la plaza de la Cebada, y se entretenía en mirar las tiendas, las pañerías de la calle de Postas, los comercios de cuchillos de las calles próximas a la Plaza Mayor. Quería apresurarse a sorber el espíritu castellano, que era el suyo; identificarse con su pueblo y hartarse de oír su idioma. Aunque comprendía que era absurdo, le gustaban, más que las plazas anchas y suntuosas de las capitales de Francia, aquellas plazoletas de Madrid como la de las Descalzas o la de la Paja, que no le parecían de ciudad, sino de aldea manchega.


II.
UNA LIBRERÍA DE VIEJO

El ex claustrado lo pasaba muy bien, muy entretenido en aquel medio ambiente madrileño, nuevo y extraño para él. La vida se le deslizaba de discusión en discusión. Discutía de política con los amigos de Aviraneta, que eran todos liberales; discutía de Filosofía y de Religión, y discutía, quizá con más entusiasmo que de otra cosa, de la gran cuestión literaria de la época, que dividía a la gente en clásicos y románticos. Naturalmente, Chamizo era de los clásicos y oponía a los nombres de lord Byron, de Walter Scott y de Víctor Hugo las figuras ilustres de los poetas de la antigüedad.

Muchas de estas discusiones se desarrollaban en un baratillo de libros, en el que Chamizo se hizo contertulio habitual. Estaba la tiendecita al comienzo de la calle de la Paz, y era su dueño un viejo ayacucho, el señor Martín. El señor Martín era un hombre de unos sesenta años, de cara dura y torva. Había sido sargento en América y estaba enfermo de reumatismo crónico; al andar arrastraba una pierna.

El señor Martín solía estar con su mujer y un chico en el mostrador pegando hojas y pastas con engrudo; los días muy fríos se embozaba en su capa y encendía un brasero con astillas.

El señor Martín, que había empezado su comercio en un portal vendiendo unos cuantos papeles viejos, tenía muchos libros e iba mejorando sus géneros. En su tienda había desde incunables hasta romances de ciego.

Su mujer, la señora Balbina, sabía también bastante del oficio; pero el que se preparaba a abrir las alas y a volar como un águila de la bibliografía era el aprendiz Bartolillo.

Bartolillo tenía una gran afición por los libros, y se enteraba de todo y cogía al vuelo lo que oía.

El señor Martín iba y venía de su puesto a las casas donde vendían libros, siempre cojeando, y traía carros de infolios y de papeles llenos de polvo, que iba depositando en un sótano próximo y luego llevándolos a la tienda y examinándolos.

El señor Martín vendía papel timbrado antiguo, documentos, pergaminos, libros de coro, aleluyas y colecciones de sellos. En esto Bartolo era el especialista.

A la tiendecilla solía ir mucha gente: criadas que compraban la historia del guapo Francisco Esteban, de José María el Tempranillo y de Miguelito Caparrota; estudiantes que vendían los libros de texto; soldados que pedían una novela de amor, y bibliófilos que iban a buscar la edición de Salamanca de la Celestina, o la Lex romana Visigothorum.

También había en la tienda sus tertulias. A primera hora de la tarde solían ir gentes de la vecindad: un zapatero remendón y un viejo memorialista que escribía las cartas a los aguadores y a las criadas, hombre muy seco, que tenía la cazurrería clásica del español, el señor Isidro; luego, al anochecer, comenzaban a llegar literatos, bibliófilos, periodistas, y solía haber largas discusiones.

Alguna que otra vez entraron Lista, Reinoso, Mesonero Romanos y otros varios escritores. El más asiduo era don Bartolomé José Gallardo. Gallardo hablaba pestes de todo el mundo. Era un hombre iracundo y violento, lleno de saña y de cólera contra los demás literatos. Su acento, extremeño recortado, daba más dureza a sus palabras. Tenía mucho odio a los abates afrancesados, y había escrito por esta época un folleto titulado Cuatro palmetazos bien plantados por el Dómine Lucas a los gaceteros de Bayona, contra Lista y Reinoso, y pensaba escribir otro, Las letras de cambio o los mercachifles literarios, para atacar violentamente a Hermosilla, Miñano, Lista y Burgos.

Gallardo aseguraba que aquella época era la más baja de la historia de la literatura española, y que nadie sabía nada, cosa que se asegura en todas las épocas con el mismo grado de certidumbre. Gallardo era amable con la gente que no podía ser rival suyo. Había visto la sagacidad y la curiosidad de Bartolillo, el chico de la librería, y le desafiaba y le mareaba a preguntas y luego le daba explicaciones, que Bartolillo las cogía al vuelo. Un día el padre Chamizo se encontró en la librería del señor Martín con un militar, Mac-Crohon, recién venido del extranjero. Este Mac-Crohon había sido muy amigo del abate Marchena, y quería recuperar algunos libros de historia del abate que no sabía adónde habían ido a parar después de su muerte.

Hablaba don Venancio con Mac-Crohon, cuando se acercó Aviraneta con dos señores: uno era don Bartolomé José Gallardo; el otro, el abogado de Burgos don José de la Fuente Herrero. Venían los tres discutiendo de política; decían que los liberales corrían un gran peligro por lo mucho que trabajaba el partido apostólico dirigido por la Sociedad secreta El Angel Exterminador.

—La masonería escocesa, a la que pertenecemos todos—decía Gallardo—, está desorganizada y sin trabajar, con sus columnas abatidas.

—Esta es la fraseología de los masones—pensó Chamizo, y no hizo mucho caso de ello.

Saludó a Mac-Crohon, que unos días después le regaló un tomo de Lucrecio, que había pertenecido a Marchena, y se dedicó a ver las estampas de Brambilla y Gálvez, del Sitio de Zaragoza, y las litografías que habían hecho hacía unos años de los Sitios Reales y de los cuadros del Museo, bajo la dirección de Madrazo, algunos dibujantes y litógrafos extranjeros como Brambilla, Asselineau y Pic de Leopold.

Cuando Aviraneta y sus amigos concluyeron su conversación salieron de la librería, y Chamizo comenzó a hablar con Gallardo de bibliografía y de historia eclesiástica. Dieron un paseo por la calle de Alcalá, volvieron a la Puerta del Sol y allí se despidieron todos.

Al marchar hacia casa juntos Aviraneta y Chamizo, por la calle del Príncipe, un señor viejo se abalanzó a Aviraneta y le estrechó entre los brazos...

—¡Adiós, don Venancio!—dijo Aviraneta al ex fraile—. Me voy con este señor.

—¿Quién es?—le preguntó Chamizo, por curiosidad.

—Es don Lorenzo Calvo de Rozas, un hombre que se distinguió en el Sitio de Zaragoza y que fué ministro en 1823.

Los días siguientes siguió Chamizo acudiendo a la librería de viejo del señor Martín, donde compraba algunas menudencias. Se hizo muy amigo de la casa.

El hijo del señor Martín era un joven de unos veintitrés años, llamado Román, a quien llamaban el Terrible. Román estaba casado con la hija de un encuadernador. Era hombre vicioso, impulsivo, violento, que no le gustaba trabajar y saqueaba a su padre. Muchas veces Chamizo presenció tremendas disputas entre el padre y el hijo, que acababan con insultos y con amenazas.


III.
UN JESUÍTA

Un día acababa Chamizo de levantarse de la cama y estaba leyendo la Historia secreta de Procopio, en una edición antigua, cuando llamaron a su puerta y entró en su cuarto un cura joven. Saludó éste al ex fraile y le dió una tarjeta donde ponía:

Jacinto Jiménez,
S. J.

—Usted dirá que desea—le preguntó Chamizo.

—Vengo a tomar informes de su vida y de su conducta.

—¿De mi vida?

—Sí, señor; de parte de los padres de la Compañía de Jesús.

—Señor mío—replicó don Venancio—, la Comunidad en la que yo profesé ha sido extinguida, y yo me considero con libertad de acción para vivir independientemente y sin tener que dar cuentas a ninguna otra Orden.

—¿Pero usted se considera dentro de la Iglesia?—preguntó el curita.

—Sí.

—Pues entonces debe usted obedecer.

—Según a quién—contestó Chamizo; y a las observaciones del jesuíta replicó con citas de San Agustín, San Juan Crisóstomo, San Jerónimo, Orígenes, etc. El padre Jacinto no andaba muy bien en cuestiones de disciplina eclesiástica, y dijo:

—Dejemos, si usted quiere, esas cuestiones teóricas, y vamos a la realidad. Se ha sabido que usted tiene relaciones con masones y revolucionarios. Se le ha visto a usted con frecuencia en una librería de viejo en compañía de don Bartolomé José Gallardo, que es uno de los enemigos más acérrimos de la religión.

—Hablo con él porque es un escritor erudito; pero yo no participo de sus ideas. A esa librería de viejo van también algunos eclesiásticos.

—Bueno. Aquí deseamos saber, padre Chamizo—preguntó el padre Jacinto echándoselas de hombre franco y campechano—, si usted está con nosotros o con ellos.

—Yo no estoy con nadie. Yo no intento mas que encontrar un medio de ganarme la vida honradamente, y nada más.

—Nosotros se lo proporcionaremos.

—¿Ustedes?

—¡Sí! Con una condición.

—¿Y es?

—Que usted nos comunique los trabajos que hagan sus amigos liberales.

—¡Pero si no hacen trabajo alguno!

—Sí, sí; los hacen.

—Bien; aunque los hagan, yo no los conozco, y si los conociera porque me los hubieran comunicado en confianza, yo no iba a dar parte de ello al primer reciénvenido.

—Es que yo no soy el primer reciénvenido—dijo irguiéndose el padre Jacinto—; soy la Iglesia.

Quedó el ex fraile anonadado al oír el tono que empleó el jesuíta al decir esto.

—De todas maneras—concluyó diciendo Chamizo—, yo para espiar no sirvo. Que me den un trabajo cualquiera, y lo haré; pero espiar, no.

—Está usted muy embuído en las ideas del siglo, padre Chamizo—replicó el jesuíta—. Todo lo que se hace para mayor gloria de Dios está bien hecho. Volveré otro día, y creo que le convenceré a usted.

Diciendo esto, el jesuíta sonrió y se retiró del cuarto.


IV.
SILUETAS DE CONSPIRADORES

Al día siguiente, por la tarde, don Venancio se encontró a Paquito Gamboa, el militar con quien había estado en el lazareto de San Sebastián, en la calle de Atocha; dieron un paseo, y, a la vuelta, entraron en el Café de Venecia, de la calle del Prado. Se sentaron cerca de la ventana. Era aquel local un sitio obscuro, ahumado, con un olor especial en que se mezclaban el aroma del café tostado, con el humo del tabaco, y un tufo como de polilla que echaban los divanes ajados de terciopelo.

—¿Y la mayoría de esta gente son militares?—preguntó Chamizo.

—No—contestó Gamboa—. Muchos de estos son vagos, que esperan que llegue el buen momento charlando en un rincón, fumando y jugando al billar. Algunos, que se dan por militares indefinidos y de la reserva, son aventureros, perdidos, cuando no estafadores.

Gamboa le habló después a Chamizo de que se conspiraba activamente. Suponía que Aviraneta andaba en el ajo y que debían estar complicados Calvo de Rozas, Romero Alpuente, Flórez Estrada, Gallardo y otros constitucionales.

Gamboa pensaba hablar a Aviraneta y ofrecerse a él. Le invitó a ir a Chamizo a casa de doña Celia, y se fué porque tenía que acudir a la guardia.

Acababa de salir el joven militar, cuando entraron en el café Calvo de Rozas, con un señor grueso, de patillas, y después, formando otro grupo, dos viejos carcamales, en compañía de Aviraneta y de un hombre con aire frailuno.

Se sentaron todos en una mesa: los dos carcamales, Flórez Estrada y Romero Alpuente, se sentaron en el diván, y los demás, en sillas alrededor. La conversación se refirió a motivos generales de política.

Calvo de Rozas, hombre de mal talante, de aspecto ceñudo y sombrío, hablaba con una sequedad antipática. Se decía que en el Sitio de Zaragoza había mandado despóticamente como un bajá. Se le tenía por aragonés, pero había nacido en Vizcaya. En Francia, en tiempo de la Revolución, hubiera figurado entre los jacobinos.

Romero Alpuente, un viejo repulsivo, amarillo, con un aspecto de cadáver y con los ojos vidriosos, hablaba despacio, de una manera petulante, y mezclaba en su conversación frases chocarreras, que él era el primero en reír con un gesto tan frío y tan triste, que daba horror.

Respecto a Flórez Estrada, parecía una sombra, un anciano decrépito, con un pie en la sepultura.

El señor grueso de las patillas era don Juan Olavarría, hombre que se tenía por sesudo y por serio y que vivía en una continua fiebre proyectista. Los canales, los puertos, las fábricas, el convertir los montes en llanuras y las llanuras en montes, era su obsesión.

El otro personaje era el masón Beraza. Beraza tenía un aire frailuno. Iba afeitado, tenía una calva hasta el cogote, la frente abultada y la nariz respingona. Su cuerpo era gordo y fofo, y sus ademanes, un tanto femeninos. Debía de ser un hablador frenético, porque constantemente se le veía perorando con un dedo en el aire y sonriendo con una sonrisa plácida y estólida.

Al cabo de algún tiempo salieron del café, en fila, los contertulios liberales, todos de capa y de sombrero redondo. Estos conspiradores de capa y copa iban muy serios y ceñudos.

Al salir, Aviraneta le vió a Chamizo y se acercó a él.

—¡Hombre! Le voy a presentar a usted a estos señores.

—No, no.

—¿Por qué no?

—Usted anda ahí en su fregado revolucionario, que a mí no me conviene.

—¡Bah! Usted es de los nuestros, padre Chamizo.

—No; no soy de los de ustedes. Yo soy católico, apostólico, romano y monárquico, y ustedes son unos impíos, unos anarquistas, unos conspiradores...

—¡Ca, hombre! No haga usted caso. ¿Quién le ha metido a usted esas bolas?