Nota del transcriptor: La ortografía del original fue conservada.

LA LUCHA POR LA VIDA

Mala Hierba.

OBRAS DEL MISMO AUTOR
Vidas sombrías; un volumen.
La casa de Aizgorri, novela en siete jornadas; ídem.
Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox; ídem.
Camino de perfección (pasión mística), novela; ídem.
El Mayorazgo de Labraz, novela; ídem.
Idilios vascos; con ilustraciones de F. Periquet y R. Baroja; ídem.
LA LUCHA POR LA VIDA
La Busca (novela); un vol.
Mala hierba (novela); un vol.
Aurora roja (novela); un vol. (en prensa).

LA LUCHA POR LA VIDA
———

NOVELA
POR
PIO BAROJA

MADRID
Librería de Fernando Fé.
1904

Es propiedad.—Derechos reservados

[A]

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I
El taller.—La vida de Roberto Hasting.—Alex Monzon.

Roberto se había levantado de la cama, y vestido con su traje de calle y sentado á una mesa llena de papeles, escribía.

El cuarto era una guardilla trastera, baja de techo, con una gran ventana á un patio. El centro del cuarto lo ocupaban dos estatuas de barro, de un armazón interior de alambre, dos figuras de más del tamaño natural, descomunales y estrambóticas. Estaban ambas solamente esbozadas, como si el autor no hubiera sabido acabarlas; eran dos jigantes rendidos por el cansancio, los dos de cabeza pequeña y rapada, pecho hundido, vientre abultado y largos brazos simiescos. Los dos parecían agobiados por un abatimiento profundo. Frente á la ventana ancha había un sofá, tapizado con una percalina floreada; en las sillas y en el suelo se levantaban estatuas medio envueltas en trapos húmedos; en un ángulo aparecía una caja, llena de pedazos secos de escayola, y en un rincón un lebrillo con barro.

De cuando en cuando Roberto miraba á un reloj de bolsillo colocado sobre la mesa, entre los papeles; se levantaba y daba unos paseos por el cuarto. Por la ventana, en las galerías de las casas de enfrente se veían pasar mujeres desharrapadas y sucias; de la calle subía una baraúnda ensordecedora de gritos de las verduleras y de los vendedores ambulantes.

A Roberto, sin duda, no le molestaba aquella continua algarabía, y al cabo de poco rato se sentaba y seguía escribiendo.

Mientras tanto, Manuel subía y bajaba las casas de toda la calle en busca de Roberto Hasting.

Hallábase Manuel con decisión para intentar seriamente un cambio de vida, se sentía capaz de tomar una determinación enérgica y dispuesto á seguirla hasta el fin.

Su hermana mayor, que acababa de casarse con un bombero, le regaló unos pantalones rotos de su esposo, una chaqueta vieja y una bufanda raida. Además, añadió á la donación una gorra de forma y de color absurdos, un sombrero hongo anciano y algunos buenos y vagos consejos acerca del trabajo, el cual, como nadie ignora, es el padre de todas las virtudes, como el caballo es el más noble de todos los animales y la ociosidad la madre de todos los vicios.

Es muy posible, casi seguro, que Manuel hubiese preferido á estos buenos y vagos consejos, á esta gorra de forma y color absurdos, á la chaqueta vieja, al sombrero anciano, á la bufanda raida y á los pantalones rotos, una pequeña cantidad de dinero, ya fuera en cuartos, en plata ó en billetes.

La juventud es así, no tiene norte ni guía; imprevisora siempre, concede más valor á los dones materiales que á los espirituales, sin comprender en su ignorancia absoluta que una moneda se gasta, un billete se cambia, y las dos cosas pueden perderse, y en cambio un buen consejo ni se gasta ni se pierde, ni se reduce á calderilla, y tiene además la ventaja de que sin cuidarse de él para nada, dura eternamente, sin enmohecimiento ni deterioro. Prefiriese una cosa ú otra, hay que confesar que Manuel tuvo que contentarse con lo que le dieron.

Con este lastre de los buenos consejos y de las malas prendas de vestir, sin vislumbrar ni un cuarto de luz en su camino, Manuel repasó en la memoria la corta lista de sus conocimientos, y pensó que de todos, el único capaz de favorecerle era Roberto Hasting.

Penetrado de esta verdad, para él muy importante, se dedicó á buscar á su amigo. En el cuartel ya le habían perdido de vista hacía tiempo; doña Casiana, la de la casa de huéspedes, á quien Manuel encontró en la calle, no sabía las señas de Roberto, y le indicó que quizás el Superhombre las supiera.

—¿Sigue viviendo en su casa de usted?

—No, estaba ya harta de que no me pagara. No sé dónde vive; pero le encontrarás en El Mundo, un periódico de la calle de Valverde que tiene un letrero en el balcón.

Buscó Manuel el periódico de la calle de Valverde y lo encontró en seguida; subió al piso principal de la casa, y se detuvo ante una puerta cerrada con un cristal, en donde había grabados dos mundos, el antiguo y el moderno. No había timbre ni llamador de campanilla, y Manuel se puso á repiquetear con los dedos en el cristal, encima precisamente del nuevo mundo, y en esta ocupación le sorprendió el mismísimo Superhombre, que llegaba de la calle.

—¿Qué haces aquí?—le dijo el periodista, mirándole de arriba á abajo—¿Quién eres tú?

—Yo soy Manuel, el hijo de la Petra, la de la casa de huéspedes, ¿no se acuerda usted?

—¡Ah, sí!... ¿y qué quieres?

—Quisiera que me dijese usted si sabe dónde vive don Roberto, que creo que ahora es periodista.

—¿Y quién es don Roberto?

—El rubio... el estudiante amigo de don Telmo.

—¿El niño litri aquél?... ¡yo qué sé!

—¿Ni dónde trabaja tampoco?

—Creo que da lecciones en la academia de Fischer.

—No sé en qué sitio está esa academia.

—Me parece que en la plaza de Isabel II—contestó el Superhombre de un modo displicente, mientras abría la puerta de cristales con un llavín y entraba.

Manuel fué á la academia; aquí un ordenanza le dijo que Roberto vivía en la calle del Espíritu Santo, en el número 21 ó 23, no sabía á punto fijo, en un piso alto, donde había un estudio de escultor.

Manuel buscó la calle del Espíritu Santo; la geografía de esta parte de Madrid le era un tanto desconocida. Tardó en dar con la calle, que estaba en aquellas horas animadísima; las verduleras, colocadas en fila á los lados de la calle, anunciaban sus judías y sus tomates á voz en grito; las criadas pasaban con sus cestas al brazo y sus delantales blancos; los horteras echaban un párrafo recostados en la puerta de la tienda con la cocinera guapa; corrían los panaderos entre la gente con la cesta en equilibrio sobre la cabeza, y el ir y venir de la gente, el gritar de unos y de otros formaba una baraúnda ensordecedora y un espectáculo abigarrado y pintoresco.

Manuel, abriéndose paso entre el gentío y las cestas de tomates, preguntó por Roberto en los números que le indicaron; no le conocían las porteras, y no tuvo más remedio que subir hasta los pisos altos y enterarse allí.

Después de varias ascensiones dió con el estudio del escultor. En el extremo de una escalera sucia y obscura se encontró con un pasillo en donde charlaban unas cuantas viejas.

—¿Don Roberto Hasting? ¿Uno que vive en el taller de un escultor?

—Será ahí en esa puerta.

La entreabrió Manuel, se asomó y vió á Roberto escribiendo.

—Hola, ¿eres tú?—dijo Roberto—. ¿Qué hay?

—Pues venía á verle á usted.

—¿A mí?

—Sí, señor.

—¿Qué te pasa?

—Que me he quedado parado.

—¿Cómo parado?

—Sin trabajo.

—¿Y tu tío?

—¡Oh, ya hacía tiempo que no estaba allí!

—¿Y cómo ha sido eso?

Manuel contó sus cuitas. Luego, viendo que Roberto seguía escribiendo rápidamente, se calló.

—Puedes seguir—murmuró Hasting—, te oigo mientras escribo; tengo que concluir un trabajo para mañana y necesito correr, pero te oigo.

Manuel, á pesar de la indicación, no siguió hablando. Miró los dos jigantones derrengados que ocupaban el centro del taller y quedó sorprendido. Roberto, que notó el asombro de Manuel, le preguntó riendo:

—¿Qué te parece eso?

—Qué sé yo. Da miedo. ¿Qué quieren decir esos hombres?

—El autor los llama Los Explotados. Quiere dar á entender que son los hombres á quienes agota el trabajo. Poco oportuno el asunto para España.

Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los dos figurones y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de riqueza, ni siquiera de comodidad; Manuel pensó que el estudiante no marchaba bien en sus asuntos.

Roberto echó una rápida mirada á su reloj, dejó la pluma, se levantó, y paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el aspecto miserable del cuarto.

—¿Quién te ha dicho dónde vivía?—preguntó.

—En una academia.

—¿Y quién te ha indicado la academia?

—El Superhombre.

—¡Ah! El divino Langairiños... Y dime: ¿desde cuándo estás sin trabajo?

—Desde hace unos días.

—¿Y qué piensas hacer?

—Pues estar á lo que salga.

—¿Y si no sale nada?

—Creo que algo saldrá.

Roberto sonrió burlonamente.

—¡Qué español es eso! Estar á lo que salga. Siempre esperando... Pero, en fin, tú no tienes la culpa. Oye. Si estos días no encuentras sitio donde dormir, quédate aquí.

—Bueno, muchas gracias. ¿Y la herencia de usted, don Roberto? ¿Cómo va?

—Marchando poco á poco. Antes de un año me ves rico.

—Me alegraré.

—Ya te dije que me figuraba que había un enredo de los curas en esta cuestión; pues, efectivamente, así es. Don Fermín Núñez de Letona, el cura, fundó diez capellanías para parientes suyos que llevaran su apellido. Sabiendo esto pregunté por estas capellanías en el Obispado; no sabían nada; pedí varias veces la partida de bautismo de don Fermín á Labraz; me dijeron que allí no aparecía tal nombre. Para aclarar este asunto he ido hace un mes á Labraz.

—¿Ha estado usted fuera de Madrid?

—Sí; he gastado mil pesetas. En la situación en que me encuentro, figúrate lo que representan mil pesetas para mí; pero no he tenido ningún inconveniente en gastarlas. He ido, como te decía, á Labraz; he visto el libro de partidas en la iglesia vieja y me he encontrado con que hay un salto en el libro desde el año 1759 al 60. ¿Qué es esto?, me dije. Miré, volví á mirar, no había señal de hoja arrancada; la numeración de los folios estaba bien, pero los años no concordaban y, ¿sabes lo que pasa?, que una hoja está pegada á otra. Después fuí al Seminario de Pamplona y conseguí encontrar una lista de los alumnos que estudiaron á fines del siglo XVIII y allí está don Fermín, y pone: Núñez de Letona, Labraz (Alava). De manera que la partida de bautismo de don Fermín se encuentra en la hoja pegada.

—¿Y por qué no ha hecho usted que la despeguen?

—No; ¿quién sabe lo que puede suceder?, podría levantar la caza. El libro queda allá. Yo he mandado á Londres mi escrito; cuando venga el exhorto, el Juzgado nombrará tres peritos que irán á Labraz y, ante ellos y ante el Juez y el Notario, se despegará la hoja.

Roberto, como siempre que hablaba de su fortuna, iba exaltándose; su imaginación le hacía ver perspectivas admirables de riqueza, de lujo, de viajes maravillosos. En medio de sus entusiasmos y de sus ilusiones apareció el hombre práctico; miró al reloj, se calmó en un instante, y se puso á escribir de nuevo.

Manuel se levantó.

—¿Qué, te vas?—le dijo Roberto.

—Sí; ¿qué voy á hacer aquí?

—Si no tienes para almorzar toma una peseta. No tengo más.

—¿Y usted?

—Yo como en casa de un discípulo. Oye, si vienes á dormir, adviérteselo á mi compañero. Estará aquí dentro de un momento. Aún no se ha levantado. Se llama Alejo Monzon, pero le llaman Alex.

—Bueno; sí, señor.

Almorzó Manuel pan y queso y volvió al poco rato al taller. Un hombre rechoncho, de barba negra y espesa, cubierto con una blusa blanca, la pipa en la boca, modelaba en plastelina una Venus desnuda.

—¿Usted es don Alejo?—le preguntó Manuel.

—Sí, ¿que hay?

—Yo soy amigo de don Roberto, y he venido á verle hoy y le he dicho que no tenía trabajo ni casa, y él me ha indicado que podía dormir aquí.

—Tendrás que acostarte en el sofá—dijo el de la blusa blanca—, porque no hay otra cama.

—No importa. Estoy acostumbrado.

—¡Qué! ¿Tú tienes algo que hacer?

—Yo no.

—Anda, entonces ponte sobre la tarima; me servirás de modelo. Siéntate en esta caja. Así. Ahora apoya la cabeza en la mano como si estuvieras pensando en algo. Bueno. Está bien. La mirada más alta. Eso es.

El escultor se sentó, machacó de un puñetazo la Venus que estaba modelando y comenzó á levantar otra figura.

Manuel se cansó pronto de posar y se lo advirtió así á Alex, quien le dijo que descansara.

A media tarde entraron en la guardilla una porción de muchachos amigos del escultor; dos de ellos se pusieron en mangas de camisa y comenzaron á amontonar barro en una mesa; un melenudo se sentó en un sofá. Llegaron poco después otros y comenzaron todos á charlar á voz en grito.

Hablaron y discutieron una porción de cosas, de pintura, de escultura, de comedias. Manuel pensó que debían de ser personas importantes.

Habían clasificado al mundo. Tal, era admirable; Cuál, detestable; H, un genio; B, un imbécil.

No les gustaba, sin duda, las medias tintas ni los términos medios; parecían árbitros de la opinión, juzgadores y sentenciadores de todo.

Al anochecer se prepararon para salir.

—¿Tú te vas?—preguntó el escultor á Manuel.

—Saldré un momento á cenar.

—Bueno; ahí tienes la llave. Yo vendré á eso de las doce y llamaré.

—Está bien.

Manuel comió otra ración de pan y queso y dió un paseo después por las calles y, entrada la noche, volvió al taller. Hacía frío allá arriba, más frío que en la calle. Se acercó á tientas al sofá, se tendió y esperó á que vinera el escultor. Cerca de la una llamó y le abrió Manuel.

Alex venía ceñudo. Se metió en su alcoba, encendió una vela y anduvo paseando por el estudio hablando solo.

—Ese imbécil de Santiuste—le oyó murmurar Manuel—que dice que el no concluir una obra de arte es señal de impotencia. ¡Y me miraba á mí! Pero, ¿por qué le haré caso yo á ese idiota?

Nadie pudo dar al escultor una contestación satisfactoria, y siguió paseando por el cuarto lamentándose en voz alta de la estupidez y de la envidia de sus compañeros.

Después, ya apaciguada su cólera, cogió la bujía, la acercó al grupo de Los Explotados y lo miró durante largo tiempo con curiosidad. Vió que Manuel no dormía y le preguntó cándidamente:

—¿Has visto tú algo más colosal que esto?

—Es una cosa muy rara—contestó Manuel.

—¡Sí es!—replicó Alex—. Tiene la rareza de todo lo genial. Yo no sé si habrá alguien en el mundo capaz de hacer esto. Quizás Rodín, Hum... ¿quién sabe? ¿Dónde te figuras tú que pondría yo este grupo?

—No sé.

—En un desierto. Sobre un pedestal de granito cuadrado, tosco, sin adornos. ¡Qué efecto produciría, eh!

—Ya lo creo.

El asombro de Manuel lo tomó Alex por admiración, y con la bujía en la mano fué quitando los paños que cubrían sus estatuas y enseñándoselas.

Eran figuras espantables y monstruosas: viejas encogidas con los pellejos lacios y los brazos hasta los tobillos, hombres que parecían buitres, chiquillos jorobados y deformes, unos de cabeza muy grande, otros de cabeza muy chica, cuerpos todos sin proporción ni armonía. Manuel sospechó si aquella fauna monstruosa sería una broma de Alex; pero el escultor hablaba entusiasmado y explicaba por qué sus figuras no tenían la estúpida corrección académica tan alabada por los imbéciles. Todas eran símbolos.

Después de mostrar sus obras, Alex se sentó en una silla.

—No me dejan trabajar—exclamó con abandono—y lo siento, no creas que por mí, sino por el arte. Si Alejo Monzon no triunfa, la escultura en Europa retrocede cien años.

Manuel no podía decir lo contrario, y se echó en el sofá á dormir.

Al día siguiente cuando se despertó, Roberto estaba ya vestido elegantemente y escribiendo en su mesa.

—¿Está usted ya levantado?—le dijo Manuel con asombro.

—Hay que madrugar, amigo—contestó Roberto—, yo no soy de los que están á lo que salga. No viene la montaña á mí, pues yo voy á la montaña, no hay más remedio.

Manuel no entendió bien lo que quería decir Roberto con esto de la montaña, y desperezándose se levantó del sofá.

—Anda, le dijo Roberto—, ve por un café con media tostada.

Salió Manuel y volvió en seguida. Desayunaron los dos.

—¿Quiere usted alguna cosa más?—preguntó Manuel.

—No, nada.

—¿No piensa usted volver hasta la noche?

—No.

—¿Tantas cosas tiene usted que hacer?

—Muchas, ya lo creo. Ahora, después de traducir invariablemente diez páginas, voy á la calle de Serrano á dar una lección de inglés; de aquí tomo el tranvía y marcho al final de la calle de Mendizábal, vuelvo al centro, me meto en la casa editorial y corrijo las pruebas de la traducción. Salgo á las doce, voy á mi restaurant, como, tomo café, escribo mis cartas á Inglaterra y á las tres estoy en la academia de Fischer. A las cuatro y media voy al colegio protestante. De seis á ocho paseo, á las nueve ceno, á las diez estoy en el periódico y á las doce en la cama.

—¡Qué barbaridad! Pero entonces usted ganará mucho—dijo Manuel.

—De 80 á 90 duros.

—¿Y vive usted aquí?

—Es que tú ves los ingresos, pero no los gastos. Tengo que enviar todos los meses 30 duros á mi familia para que mi madre y mis dos hermanas vayan viviendo. El proceso me lleva mensualmente 15 ó 20 duros, y con lo demás voy pasando.

Manuel contempló con admiración profunda á Roberto.

—Pues hijo—exclamó Roberto—, para vivir no hay más remedio. Y es lo que debes hacer tú, buscar, preguntar, correr, trotar, algo encontrarás.

Manuel pensó que aunque le hubiesen prometido ser rey, no era capaz él de desenvolver una actividad semejante, pero se calló.

Esperó á que se levantara el escultor y hablaron los dos largamente de las dificultades de la vida.

—Mira, por ahora me sirves de modelo—dijo Alex—, y ya encontraremos alguna combinación para comer.

—Bueno, sí señor, como usted quiera.

Alex tenía crédito en la tahona y en la tienda de ultramarinos, y calculó que la alimentación de Manuel le resultaría más barata que pagar un modelo. Los dos se decidieron á alimentarse de conservas y de pan.

No era el escultor perezoso, ni mucho menos, pero no tenía constancia en el trabajo, ni dominaba su arte; no sabía concluir sus figuras, y viendo que al ir á detallarlas los defectos iban apareciendo con más fuerza, las dejaba sin terminar. Su orgullo le hacía creer después que el modelar exactamente un brazo ó una pierna era una labor indigna y decadente, y sus amigos, en quienes se daba la misma impotencia para el trabajo, corroboraban su idea.

Manuel no se preocupaba de cuestiones artísticas, pero muchas veces pensó que las teorías del escultor, más que convencimientos suyos, parecían pantallas para ocultar sus defectos.

Hacía un retrato ó un busto, y se le decía: No se le parece, y él contestaba: Eso es lo de menos, y en todo pasaba lo mismo.

Manuel se fué aficionando á las reuniones del estudio por la tarde, y escuchaba con atención lo que decían los amigos de Alex.

Dos ó tres eran escultores, otros pintores y literatos. Ninguno de ellos conocido. Pasaban el tiempo correteando de teatro en teatro y de café en café, reuniéndose en cualquier parte, para tener el gusto de hablar mal de los amigos. Fuera de esta conversación en la cual todos concretaban admirablemente, en las demás se divagaba con placidez. Era un continuo discutir y proyectar, afirmar hoy, negar mañana, que á Manuel, que no tenía base alguna de juicio, le despistaba por completo; no comprendía si hablaban en serio ó en broma; les oía cambiar de opinión á cada momento y le chocaba cómo uno mismo podía defender cosas tan contradictorias.

A veces una alusión embozada, un juicio acerca de éste ó del otro exasperaba á todos los de la reunión de tal manera, que entonces cada palabra tenía un retintín rabioso, y por debajo de las frases más sencillas se notaba que latía el odio, la envidia y la intención mortificante y agresiva.

En medio de aquellos jóvenes, casi todos de una mordacidad venenosa, solían acudir al taller dos tipos que permanecían tranquilos é indiferentes en medio del furor de las discusiones. Uno era ya algo viejo, grave, enjuto; se llamaba D. Servando Arzubiaga; el otro, de la misma edad que Alex, se apellidaba Santín. Don Servando, aunque literato, no tenía vanidad literaria, ó si la tenía era tan honda, tan subterránea, que no se le notaba.

Acudía al taller á distraerse, y fumando cigarrillos solía escuchar los diversos pareceres de unos y otros, sonriendo á las exageraciones, terciando en la conversación con alguna palabra conciliadora.

Bernardo Santín, el más joven de los contertulios indiferentes, no hablaba; le era muy difícil comprender que por una cuestión puramente literaria ó artística pudiesen reñir de aquella manera.

Santín era flaco, tenía la cara correcta, la nariz afilada, los ojos tristes, el bigote rubio y la sonrisa insípida. Se pasaba este hombre copiando cuadros en el Museo y cada vez lo hacía peor; pero desde que comenzó á frecuentar el estudio de Alex, las pocas aficiones al trabajo las había perdido por completo.

Una de sus manías era hablar de tú á todo el mundo. A la tercera ó cuarta vez de ver á una persona ya la tuteaba.

Los conciliábulos en el estudio de Alex se conoce que no bastaban á los bohemios, porque de noche volvían á reunirse en el café de Lisboa. Manuel, sin ser considerado como uno de ellos, era aceptado en la reunión, aunque sin voz ni voto.

Por lo mismo que no hablaba se fijaba más en lo que oía.

Eran casi todos ellos de malos instintos y de aviesa intención. Sentían la necesidad de hablar mal unos de otros, de injuriarse, de perjudicarse con sus maquinaciones y sus perfidias, y al mismo tiempo necesitaban verse y hablarse. Tenían, como las mujeres, el afán de complicar la vida con miserias y pequeñeces, la necesidad de vivir y desenvolverse en un ambiente de murmuraciones y de intrigas.

Roberto pasaba por en medio de ellos tranquilo, indiferente; sin hacer caso de sus proyectos, ni de sus discusiones.

Manuel creyó comprender que á Roberto le molestaba verle tan metido en la vida bohemia, y para congraciarse con él, una mañana le acompañó hasta la casa en donde daba su lección de inglés. Le contó por el camino que había hecho una porción de gestiones infructuosas para buscar trabajo, y le preguntó qué marcha debía seguir en adelante.

—¿Qué? Ya te he dicho varias veces lo que debes hacer—contestó Roberto—; buscar, buscar y buscar. Luego trabajar hasta echar el alma por la boca.

—¡Pero si no tengo en dónde!

—Siempre hay donde trabajar si se quiere. Pero hay que querer. Saber desear con fuerza es lo primero que se debe aprender. Tú me dirás que no deseas más que vegetar de cualquier modo; pues ni eso conseguirás, y si te reúnes con los que vienen aquí al estudio, además de vago concluirás en sinvergüenza.

—¿Pero ellos?...

—Ellos yo no sé si han hecho ó no indignidades; como comprenderás, eso á mí no me va ni me viene; pero cuando un hombre no puede comprender nada en serio, cuando no tiene voluntad, ni corazón, ni sentimientos altos, ni idea de justicia ni de equidad, es capaz de todo. Si esta gente tuviera un talento excepcional, podrían ser útiles y hacer su carrera, pero no lo tienen; en cambio han perdido las nociones morales del burgués, los puntales que sostienen la vida del hombre vulgar. Viven como hombres que poseyeran de los genios sus enfermedades y sus vicios, pero no su talento ni su corazón; vegetan en una atmósfera de pequeñas intrigas, de mezquindades torpes. Son incapaces de realizar una cosa. Quizás haya algo genial, yo no digo que no, en esos monstruos de Alex, en esas poesías de Santillana; pero eso no basta, hay que ejecutar lo que se ha pensado, lo que se ha sentido, y para eso se necesita el trabajo diario, constante. Es como un niño que nace, y la comparación, aunque sea vieja, es exacta: la madre lo pare con dolor, luego le alimenta en su pecho y le cuida hasta que crece y se hace fuerte. Esos quieren hacer de golpe y porrazo una obra hermosa, y no hacen más que hablar y hablar.

Roberto se detuvo para tomar aliento, y continuó con más dulzura.

—Aun así, ellos tienen la ventaja de estar en la corriente, se conocen unos á otros, conocen á los periodistas, y, amigo, la prensa hoy es una fuerza brutal. Pero tú no, tú no puedes acercarte á la prensa; necesitarías siete ú ocho años de preparación, de buscar amistades, recomendaciones. Y mientras tanto, ¿de qué comes?

—No, si yo no quiero ser como ellos. Yo ya sé que soy un obrero.

—¡Obrero! ¡Quia! Ojalá lo fueras. Hoy no eres más que un vago y debes hacerte obrero. Lo que soy yo, lo que somos todos los que trabajamos. Muévete, actívate. Ahora la actividad para ti es un esfuerzo; haz algo; repite lo que hagas, hasta que la actividad sea para ti una costumbre. Convierte tu vida estática en vida dinámica. ¿No me entiendes? Quiero decirte que tengas voluntad.

Manuel contempló á Roberto desanimado; hablaban los dos en distinto idioma.

CAPÍTULO II
La señorita Esther Volowitch.—Una boda.—Manuel, aprendiz de fotógrafo.

A pesar de los consejos de Roberto, Manuel siguió sin buscar ni hacer nada útil, sirviendo de modelo á Alex y de criado á todos los demás que se reunían en el estudio.

Algunas veces, al pensar en las recomendaciones de Roberto, se indignaba en contra de él.

—Yo ya sé—pensaba—que no tengo su arranque, que no soy capaz de hacer lo que hace él. Pero su consejo es una tontería, al menos para mí. Me dice:—Ten voluntad,—Pero ¿si no la tengo?—Hazla. Es como si me dijesen que tuviera un palmo más de estatura. ¿No sería mejor que me buscase un sitio donde trabajar?

Manuel comenzó á sentir odio por Roberto. Esquivaba el encontrarse á solas con él; le daba rabia que en vez de proporcionarle algo, cualquier cosa, saliera del paso con un consejo metafísico imposible de llevar á la práctica.

Seguían los bohemios su vida desordenada, en su continuo proyectar, cuando hubo en la reunión una baja, la de Santín. Un día faltó al café, al siguiente no apareció por el estudio, y en un par de semanas no se le vió el pelo.

—¿Dónde andará ese ganso?—se preguntaron todos.

Nadie lo sabía.

Una noche Varela, uno de los literatos, dijo que había visto á Bernardo Santín paseando por Recoletos con una señorita rubia que parecía inglesa.

—¡Rediez con los tontos!—exclamó uno.

—Eso es cosa vieja—repuso otro—. Ya lo dijo Schopenhauer, los fatuos son los que tienen más éxito con las mujeres.

—¿De dónde habrá sacado esa inglesa?

—¡La ingle esa!... ¡Como no haya sido de la ingle!—dijo un jovencito, aprendiz de sainetero.

—¡Uf! Se va uno á intoxicar aquí con esos chistes—gritaron varios al mismo tiempo.

Se pasó á hablar de otra cosa. A los tres días de esta conversación apareció Santín en el café. Se le obsequió con un recibimiento estrepitoso, haciendo sonar las cucharillas y los platillos. Cuando terminó la ovación, le preguntaron:

—¿Quién es esa inglesa?

—¿Qué inglesa?

—¡Esa chica rubia con quien te paseas!

—Es mi novia; pero no es inglesa. Es polaca. Es una muchacha á la que he conocido en el Museo. Da lecciones de francés y de inglés.

—¿Y cómo se llama?

—Esther.

—Buena cosa para invierno—saltó el aprendiz de sainetero.

—¿Por qué?—preguntó Bernardo.

—Toma, porque una estera abriga mucho las habitaciones.

—¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Fuera!—gritaron todos.

—¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo!—replicó impertérrito el jovencito.

Santín contó cómo había conocido á la polaca. Todos sentían alguna envidia por el éxito de Bernardo, y se encargaron de amargarle su triunfo, insinuando que la polaca podía ser una aventurera, podía tener cincuenta años, podía haber tenido dos ó tres chiquillos con algún carabinero... Bernardo, que comprendió la mala intención, no volvió á presentarse en el café.

Un par de semanas después muy temprano aún dormía Manuel en el sofá del estudio, y Roberto, según costumbre, traducía sus diez páginas, lo que constituía su tarea diaria, cuando se abrió la puerta del estudio y apareció Bernardo. Se despertó Manuel al ruido de los pasos, pero se hizo el dormido.

—¿A qué vendrá éste?—se preguntó.

Bernardo saludó á Roberto y se puso á andar á un lado y á otro del estudio.

—Qué temprano vienes. ¿Pasa algo?—dijo Hasting.

—Chico—murmuró Santín deteniéndose en su paseo—, te tengo que dar una noticia muy seria.

—¿Qué hay?

—Que me caso.

—¡Que te casas tú!

—Sí.

—¿Con quién?

—¡Con quién ha de ser! Con una mujer.

—Me lo figuro. ¿Pero tú estás loco?

—¿Por qué?

—¿Con qué vas á mantener á tu mujer?

—¡Hombre... algo gano pintando!

—¡Pero qué has de ganar tú! No ganas dos perras gordas.

—Eso te parece á ti... Además, mi novia da lecciones.

—Y piensas vivir á su costa... Vamos, lo comprendo.

—No, no, señor. No pienso vivir á su costa. Voy á poner una fotografía.

—¡Una fotografía! ¿Tú? ¡Si no sabes hacer retratos!

—Nada. Yo no sé nada, según tú. Pues habrá otros más brutos que yo que hagan retratos. No creo que para ser fotógrafo se necesite ser un genio.

—No; pero se necesita saber, y tú no sabes.

—Ya verás, ya verás como sé, hombre.

—Además, se necesita dinero.

—El dinero lo tengo.

—¿Quién te lo ha dado?

—Una persona.

—¡Qué suerte tienes, chico!

—Ahí verás.

—¿A que le has sacado ese dinero á tu novia?

—No.

—¡Bah! No me engañes.

—Te digo que no.

—Y yo te digo que sí. ¿Quién te iba á dar el dinero si no? Una persona cualquiera se enteraría primero de tus conocimientos fotográficos, de si habías trabajado en algún taller; exigiría pruebas de tu habilidad. Sólo una mujer puede creer así, bajo la palabra de uno.

—Es una mujer la que me presta el dinero, pero no es mi novia.

—Bueno. No me vengas con embustes. No creo que habrás venido á contarme unas cuantas bolas.

Roberto, que había dejado de escribir, reanudó su tarea.

Bernardo no contestó y siguió paseando por el cuarto.

—¿Te falta mucho?—preguntó de repente, parándose.

—Dos páginas. Si tienes que decirme algo, te escucho.

—Pues mira, la cuestión es ésta. El dinero, efectivamente, es de mi novia. Ella me lo ofreció.—¿Qué podríamos hacer con esto?—me dijo. Y á mí se me ocurrió el instalar la fotografía. He alquilado un piso cuarto, con un taller muy hermoso, en la calle de Luchana, y tengo que arreglar la casa y la galería. Y la verdad, la galería yo no sé cómo arreglarla, porque hay que poner cortinas... Pero no sé cómo.

—Es raro eso en un fotógrafo, hombre, no saber cómo se arregla una galería.

—Yo sé manejar la máquina.

—Vamos, tú sabes lo que sabe todo el mundo, apuntar, dar al resorte y lo demás... que lo haga otro.

—No; también sé lo demás.

—¿Sabrías reforzar una placa?

—Sí, ya lo creo que lo sabría.

—¿Cómo?

—¿Cómo?... Pues lo vería en un manual.

—¡Qué fotógrafo! Estás engañando á tu novia de una manera miserable.

—Ella lo ha querido. Yo no sabré nada, pero ya aprenderé. Lo que quiero ahora es que escribas á estas dos casas de Alemania que traigo aquí apuntadas, pidiendo catálogos de máquinas y de los demás aparatos de fotografía. Además quisiera que pasaras por mi casa, porque tú, con tu talento, me puedes dar una idea.

—Me adulas de una manera indecente.

—No, es la verdad; tú entiendes de esas cosas. Conque ¿irás?

—Bueno, iré algún día.

—Sí, vete. La verdad, créeme, me quiero hacer una persona decente y trabajar, para que mi pobre padre pueda vivir en la vejez tranquilo.

—Hombre, me parece bien.

—Oye otra cosa. Este muchacho que tenéis aquí, ¿os sirve?

—¿Por qué?

—Porque yo me lo podía llevar á mi casa, y allí podría aprender el oficio.

—Mira, también eso me parece bien. Llévatelo.

—¿Querrá Alex?

—Con tal de que quiera el chico.

—¿Le hablarás?

—Sí, ahora mismo.

—¿Cuento con que escribirás esas cartas?

—Sí.

—Bueno; me voy, que tengo que comprar unos cristales. ¡Háblale al chico!

—Descuida.

—Gracias por todo. Y vete por mi casa, ¿eh? Mira que de eso depende mi porvenir y el de mi padre.

—Iré por allá.

Bernardo estrechó las manos de su amigo con efusión y se fué. Roberto, al terminar de escribir, llamó.

—¡Manuel!

—¿Qué?

—Estabas despierto, ¿eh?

—Sí, señor.

—¿Has oído la conversación?

—Sí, señor.

—Pues si quieres, ya sabes. Ahí tienes un oficio que aprender.

—Iré, si le parece á usted bien.

—Lo que tú quieras.

—Entonces voy ahora mismo.

Manuel dejó la guardilla de Roberto sin despedirse de Alex y se marchó en busca de Bernardo Santín, á la calle de Luchana. Era la casa piso tercero, pero con el entresuelo y el principal resultaba quinto. Llamó Manuel y le abrió un viejo de ojos encarnados, el padre de Bernardo. Le explicó á lo que iba, y el viejo se encogió de hombros y se fué á la cocina en donde estaba guisando. Manuel esperó á que llegara Bernardo. La casa estaba todavía sin muebles; sólo había una mesa y unos cuantos cacharros en la cocina y en un cuarto grande dos camas. Llegó Bernardo, almorzaron los tres y dispuso Santín que el muchacho pidiera una escalera al portero y se dedicase á sujetar y á componer los cristales de la galería.

Después de dar estas órdenes, dijo que le esperaban y se fué.

Manuel el primer día se lo pasó en lo alto de una escalera sujetando los cristales con listas de plomo y los rotos con tiras de papel.

Le costó mucho tiempo el arreglar los cristales; después Manuel colocó las cortinas y empapeló la galería con papel continuo de color azulado.

A la semana ó cosa así apareció Roberto con los catálogos. Marcó con lápiz las cosas necesarias que se habían de traer, y le dijo á Bernardo cómo debía poner el laboratorio; le señaló un sitio en donde era conveniente hacer un tragaluz para poner las placas al sol y sacar las positivas, y le indicó otra porción de cosas. Bernardo se fijó en lo que le decía, y transmitió el encargo á Manuel. Bernardo, además de ser poco inteligente, era un gandul completo. No hacía absolutamente nada. Sólo cuando venía su novia á ver cómo marchaban los trabajos, fingía estar atareado.

Era la novia muy simpática; á Manuel le pareció hasta bonita, á pesar de tener el pelo rojo, y las pestañas y las cejas del mismo color. Tenía una carita blanca, algo pecosa, la nariz sonrosada, respingona, los ojos claros y los labios tan rojos y tan bonitos que despertaban el deseo de besarlos. Era de pequeña estatura, pero estaba muy bien formada. Hablaba rozando las erres y convirtiendo las ces en eses.

Parecía bastante enamorada de Bernardo, lo que á Manuel le chocó.

—Es que no le conoce—pensó.

Bernardo, con un convencimiento absoluto de su propia ciencia, le explicaba á la muchacha los trabajos que hacía, cómo iba á poner el laboratorio. Lo que oía á Roberto se lo espetaba á su novia con un descaro inaudito. La muchacha lo encontraba todo muy bien; sin duda se prometía un porvenir risueño.