The Project Gutenberg eBook, Memorias de un Hombre de Acción: #8 La Veleta de Gastizar, by Pío Baroja

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OBRAS PUBLICADAS

PÍO BAROJA

Paradox, Rey, 3,00 ptas. La feria de los discretos, 3,50. La Busca, 3,50. Nuevo tablado de Arlequín, 3,00. Juventud, egolatría, 3,50. El árbol de la ciencia, 3,50. La veleta de Gastizar, 4,00. Los caudillos de 1830, 4,00.

JULIO VALLÉS

El Niño (vida de Jaime Vingtras), 4,00 ptas.

ENRIQUE BARBUSSE

El fuego en las trincheras, 4,00 ptas.

CARLOS RIVET

El último Romanof (historia del Tsar de Rusia y su corte), 3,50 ptas.

JUAN GUALBERTO NESSI

Aventuras del submarino alemán U..., 2,00 ptas.

JULIÁN SOREL

Los hombres del 98. Unamuno, 2,00 ptas.

LORENZO GALLEGO CARRANZA

Lecciones de Topografía. Obra adaptada al nuevo programa de esta asignatura en la Academia de Infantería y aprobada como texto definitivo para la misma por R. O. de 25 de Junio de 1917, 9,00 pesetas. Contiene 32 láminas en colores.


OBRAS DE PÍO BAROJA

Vidas sombrías (agotada). Idilios Vascos (agotada). El tablado de Arlequín, 1,00 pta. Nuevo tablado de Arlequín, 3,00. Juventud, egolatría, 3,50.

LAS TRILOGÍAS

TIERRA VASCA

La casa de Aizgorri, 1,00 pta. El Mayorazgo de Labraz, 3,00. Zalacain el Aventurero, 1,00.

LA VIDA FANTÁSTICA

Camino de perfección, 1,00. Inventos, aventuras y mixtificaciones de Silvestre Paradox, 1,00. Paradox, Rey, 3,00.

LA RAZA

La dama errante, 3,00. La ciudad de la niebla, 3,00. El árbol de la ciencia, 3,50.

LA LUCHA POR LA VIDA

La Busca, 3,50. Mala hierba, 3,50. Aurora roja, 3,50.

EL PASADO

La feria de los discretos, 3,50. Los últimos románticos, 3,00. Las tragedias grotescas, 3,00

LAS CIUDADES

César o nada, 4,00. El mundo es ansí, 3,50

EL MAR

Las inquietudes de Shanti Andía, 3,50

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

El aprendiz de conspirador, 3,50. El escuadrón del Brigante, 3,50. Los caminos del mundo, 3,50. Con la pluma y con el sable, 3,50. Los recursos de la astucia, 3,50. La ruta del aventurero, 3,50. La veleta de Gastizar, 4,00. Los caudillos de 1830, 4,00.


MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

LA VELETA DE GASTIZAR

Copyright by Rafael Caro Raggio—1918.
Es propiedad.
Prohibida la reproducción.

Imp. de Alrededor del Mundo, Martín de los Heros, 65.


PÍO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LA VELETA DE GASTIZAR

NOVELA

RAFAEL CARO RAGGIO: EDITOR
Calle de Ventura Rodríguez, 18
1918


PRÓLOGO

Era un dragón, una sierpe, una salamandra, un monstruo hórrido, difícil de clasificar, con una corona de tres picos en la cabeza y un dedo de su mano derecha en los labios como para imponer silencio. ¿A quién? No lo sabemos.

Este dragón se hallaba encaramado sobre el mundo, una bola de hierro negra, sujeta en un vástago y tenía la humorada de señalar el Norte y el Sur, el Este y el Oeste, cosa no difícil de comprender si se añade que el grifo, basilisco o dragón, formaba parte de un pequeño y simpático artefacto que llamamos veleta.

Esta veleta coronaba la torre de la casa solariega de un pueblo labortano.

Era un monstruo rabioso, aquel monstruo indefinido que dominaba su mundo, un monstruo rechinador, malhumorado, que giraba desde hacía muchos años, no se sabía cuantos, en la vieja torre de Ustariz que tenía Gastizar por nombre.

Sus garras amenazaban alternativamente a los cuatro puntos cardinales, de su boca salían llamas que por arte mágico se convertían en una flecha, sus orejas estaban atentas a todo cuanto se hablaba y se murmuraba en el pueblo.

Para neutralizar la perversidad y la iracundia de aquella furia super-terrestre, para dulcificar su pérfida malicia, el artífice que le dió forma mortal le fijó para siempre en la cola el anagrama de Jesús-Cristo: J. H. S.

Así este dragón tosco y quimérico representaba el dualismo de las cosas humanas y divinas: por la cabeza al diablo y por la cola a Dios; por delante la ciencia, el materialismo, la duda; por detrás el misticismo, y la piedad; por un lado todo malicia, ironía y desprecio para los mortales por el otro todo benevolencia y resignación cristiana.

En aquella peligrosa altura, en aquella posición incómodamente ambigua, Ormuz y Ariman en una misma pieza, tenía que girar a todas horas el pobre y lastimero dragón de Gastizar. No era extraño que su genio se hubiese agriado y que rechinase con tanta frecuencia.

La soledad le había hecho melancólico. Las alturas aislan. Aquel viejo basilisco no tenía amigos; únicamente una lechuza parda se posaba en el remate de la veleta y solía estar largo tiempo contemplando desde allí arriba el pueblo.

¿El dragón roñoso y la lechuza de plumas suaves y de ojos redondos se entendían? ¿Quién podía saberlo? ¿Venía ella—el pájaro sabio del crepúsculo—a recibir órdenes de aquel basilisco chirriante e infernal agobiado por su apéndice cristiano? ¿O era el basilisco el que recibía las órdenes de la lechuza?

Si alguien traía órdenes era indudablemente la lechuza. ¿De donde? Lo ignoramos.

El viejo dragón velaba sobre el pueblo. El dirigía los fantasmas de la noche, él hacía avanzar las nubes obscuras que pasaban delante de la Luna, él irritaba y calmaba los ábregos y los aquilones con sus movimientos bruscos y sus chirridos agudos.

En los días de tempestad mientras el vendaval soplaba con fuerza, el dragón mugía y chillaba escandalosamente; en las tormentas, a la luz de los relámpagos, se presentaba terrible e iracundo, en cambio en los días de sol, cuando la claridad dorada se esparcía por las colinas verdes del Labourt, ¡qué humilde! ¡qué domesticado! ¡Qué buenazo aparecía el dragón de Gastizar vencido por el anagrama cristiano de su cola!

Aun en estos días tranquilos miraba con cierta sorna a la gente que, sin duda, desde su altura le parecía pequeña, a veces se volvía despacio como para dirigir al espectador una cortesía amable, a veces le daba la espalda con un marcado desprecio.

A pesar de su maldad, de su energía y de su furia, el dragón de Gastizar desde hacía algunos años se movía con dificultad para dar sus órdenes.

¿Era que su aditamento cristiano le iba dominando y adormeciendo?

¿Era que sus articulaciones se entorpecían con el reumatismo y la gota?

¿Era solamente la edad?

Fuese lo que fuese era lo cierto que durante largas temporadas el dragón quedaba inmóvil, sin poder inclinarse ni a la derecha ni a la izquierda, furioso, amenazando con un ademán de cómica impotencia al universo.

A veces una ráfaga de aire le infundía un momento de vida y sus garras se agitaban estremecidas en el aire y su lengua de llamas vibraba con saña, pero al poco tiempo volvía a su inmovilidad con el aspecto triste de un paralítico.

Alguien, probablemente algún burlón había echado a volar la especie de que la anquilosis de la veleta coincidía con la tranquilidad de la villa y en cambio sus movimientos bruscos con los conflictos, con las guerras, con las pestes, con las revoluciones...


LIBRO PRIMERO
LA FAMILIA DE ARISTY


I.
LOS VIAJEROS

Habían salido los tres viajeros de Bayona, a caballo, por la puerta de Mousserolles, una tarde de otoño. Uno de los jinetes, ya viejo, con el pelo gris, tenía un aplomo al caer en la silla, propio de un militar; el otro, un joven rubio, montaba como el que ha tomado lecciones de equitación en un picadero, y el último, un muchacho moreno y de ojos negros brillantes, apenas sabía más que sostenerse sin caer sobre su cabalgadura. Afortunadamente para él llevaba una yegua blanca vieja y pacífica que a duras penas salía del paso.

Los tres jinetes eran españoles. Tomaron poco después de salir de Bayona por la carretera que corre al lado del río Nive y fueron charlando.

El tiempo estaba hermoso, la tarde tranquila y apacible; las hojas iban amarilleando en los árboles de ambos lados del camino y el follaje de los robledales en la falda de los montes comenzaba a enrojecer.

Había nubarrones en el cielo en la dirección de la costa.

Al pasar los jinetes por delante de Villefranque les sorprendió una turbonada; las nubes comenzaron a invadir rápidamente el cielo y lo encapotaron en poco tiempo; unos minutos después gruesas gotas redondas como monedas cayeron en la carretera.

El chaparrón fué arreciando y los jinetes tuvieron que picar la espuela a sus caballos, cosa un tanto comprometida para el joven moreno de los ojos brillantes, a quien se vió inclinarse a derecha e izquierda como un saco mal atado, a los movimientos del trote brusco de su yegua.

Llegaron los viajeros en el instante en que más arreciaba la lluvia a las proximidades de Ustariz, y se detuvieron enfrente de una gran cruz pintada de rojo con los instrumentos de suplicio.

—¿Qué hacemos?—preguntó el viejo.—¿Estamos ya en el pueblo?

—Ahí se ve la iglesia—advirtió el joven rubio.

Efectivamente, por encima de un grupo de árboles se destacaba el campanario de la iglesia en medio de la bruma.

—El pueblo creo que está desparramado por el valle—indicó el muchacho moreno;—voy a preguntar en una de estas casas por la posada.

—Yo voy contigo—dijo el joven rubio y bajó del caballo.

El moreno hizo lo mismo, y los dos llevando los caballos de las riendas pasaron un portillo y se acercaron a una casa que se veía a unos doscientos pasos de la carretera.

El muchacho moreno dió las riendas a su compañero y entró en el caserío. Un campesino viejo y flaco que fumaba una pipa de barro se le acercó.

—¿Esto es Ustariz?—le preguntó en vascuence el muchacho moreno.

—Sí, señor.

—¿Está lejos una casa que se llama Chimista?

—Sí, bastante lejos.

—¿Y la posada está también lejos?

—No, ahí cerca. Sigan ustedes por el camino, pasen ustedes la iglesia y pregunten por la Veleta.

El campesino salió al portal de la casa a indicar el sitio aproximado en donde estaba la posada.

Los dos jóvenes volvieron a salir a la carretera y se unieron con el viejo compañero. Pasaron por delante de la iglesia y se detuvieron al par de una casa que tenía una muestra recién pintada con la bandera tricolor, en donde podía leerse:

A LA VELETA DE USTARIZ

CAFÉ. POSADA

El jinete viejo saltó de la silla rápidamente, le siguieron los dos jóvenes y entraron todos en el gran zaguán de la posada. Había allí un tilburí y dentro un señor esperando el paso de la tormenta.

—¿Qué hacemos?—preguntó el viejo español.

—Nos quedaremos aquí—contestó el muchacho moreno.

—Sí, si no van ustedes a ponerse perdidos—advirtió el posadero que se presentó para llevar los caballos a la cuadra.

—Yo me voy—dijo el caballero del tilburí al posadero,—porque hay lluvia para rato;—y saliendo del portal a la carretera hizo tomar el trote largo a su caballo.

El viejo y los dos jóvenes españoles quedaron en el zaguán. Al volver el posadero el viejo español le preguntó:

—¿Hay mucho de aquí a un caserío que se llama Chimista?

—Más de una hora.

—¿Buen camino?

—No muy malo. Ahora no pueden ustedes ir. Suban ustedes.

Los viajeros subieron hasta una sala del piso principal, donde se sentaron.

—¿Quieren ustedes algo?—preguntó el posadero.

—Tomaremos sidra—dijo el muchacho moreno.

—¿Van ustedes a cenar?

—Si escampa seguiremos la marcha—advirtió el viejo.

—Ya me parece que no escampa—replicó el joven rubio.

—Entonces lo dejaremos para mañana.

—Y yo mandaré hacer la cena—dijo el posadero.

—Bueno.

Los viajeros se sentaron a la mesa y esperaron a que el posadero viniera con unos vasos y dos botellas. Era el posadero hombre de treinta a cuarenta años, corpulento, de cara redonda y expresión tranquila y burlona. Vestía grandes botas con polainas, pantalones anchos de pana azul, faja encarnada, blusa negra adornada con bordados y boina muy grande.

Estando sirviendo la sidra le llamó la muchacha y el posadero salió de prisa del cuarto.

Poco después se oyó que hablaba con unas señoras.

Los dos españoles jóvenes salieron, movidos por la curiosidad, a la puerta de la sala y vieron en el pasillo a una señora ya de edad, con el pelo blanco, y a otra de unos treinta años, las dos muy elegantes. A juzgar por sus palabras habían entrado en la posada huyendo de la lluvia, y el posadero iba a mandar inmediatamente a la criada a casa de estas damas por dos paraguas. Las señoras fueron a descansar al comedor, que estaba en el extremo opuesto del pasillo adonde daba la sala en que se encontraban los españoles.

La muchacha volvió pronto con los paraguas y las señoras se dispusieron a salir.

El joven moreno, como si tuviera algo que hacer, salió de la sala y se cruzó con ellas. La más joven le echó una mirada viva y sonrió.

Al volver el posadero a la sala el muchacho le preguntó:

—¿Éstas señoras son de aquí?

—No; son españolas como ustedes.

—¡Españolas! ¿Cómo se llaman?

—Son la condesa de Vejer y su hija.

—¿Y viven aquí?

—Sí; viven en el chalet de las Hiedras, que les alquila madama de Aristy, la dueña de la casa de Gastizar. Madama de Aristy es la madre de este caballero que estaba antes en el portal con un tilburí.

El joven se asomó a la ventana y vió alejarse por la carretera a las dos damas.


II.
LA POSADA DE LA VELETA

Dos establecimientos de Ustariz rivalizaban en la obra de misericordia de dar posada al peregrino: uno la Veleta, el otro el Caballo Blanco.

Los dos representaban épocas distintas y enemigas; los dos simbolizaban un régimen político y social diferente: la Veleta de Ustariz era la posada de la monarquía de Julio; el Caballo Blanco había sido la de la Restauración Borbónica. Las posadas del Imperio y las anteriores no habían llegado en el pueblo al alto honor de tener nombre y enseña.

El Caballo Blanco había sido el primero que disfrutó estas mercedes en Ustariz. El Caballo Blanco, como casi todas las posadas y tabernas de Francia que tenían este nombre, intentó transformarse después de la Revolución de 1830 en la posada del Héroe de ambos mundos en honor del general Lafayette; pero esta transformación la llevó a cabo el posadero de Ustariz con tan poca fe y tan poca pintura, que el letrero antiguo se transparentaba por debajo del nuevo.

En los pueblos en donde el entusiasmo republicano era grande, y en vista de que Lafayette parecía aburguesarse y consideraba a Luis Felipe como la mejor de las Repúblicas, los Caballos Blancos tuvieron una segunda transformación y quedaron convertidos en los Caballos Tricolores. Para que los Caballos Blancos se convirtieran en Tricolores se añadía a los hipógrifos pintados en la muestra una escarapela o una bandera francesa.

El Caballo Blanco de Ustariz no era un caballo de pura sangre ni un caballo revolucionario; le faltó la energía para esta nueva carrera; no pudo transmigrar a su tercer avatar y se quedó durante algún tiempo en un Caballo Blanco vergonzante, hasta que, hostigado y mareado por su enemiga la Veleta, desapareció años después yendo probablemente a parar su muestra al cielo de los caballos pintados y de los demás animales fabulosos y reales de las enseñas de las tabernas.

La Veleta de Ustariz rivalizó durante mucho tiempo con el Caballo Blanco y acabó por vencerlo; fué para el Caballo Blanco lo que Luis Felipe para la rama mayor de los Borbones.

En esta época de 1830 la Veleta no había conseguido aún su triunfo definitivo; no había conseguido que la diligencia se detuviera delante de su puerta, y por una tradición que a Esteban Irisarri, el posadero de la Veleta, le parecía irritante el coche correo seguía hasta el Caballo Blanco.

Había entonces en el pueblo dos servicios de coches públicos; la diligencia que se llamaba La Bayonesa y el Cuco, que tenía por nombre La Nivelle. La Bayonesa con sus carteras del correo paraba en el Caballo Blanco y el Cuco en la Veleta.

La Veleta de Ustariz se hallaba establecida en la carretera, en una casa grande de dos pisos, oculta en el verano, por la parte de atrás, por una parra.

Esta posada tenía en el piso bajo una tienda, mitad café y mitad taberna, con las paredes recién pintadas de color de sangre de toro muy brillantes.

En una esquina, el dueño había mandado poner un banderín de madera con los tres colores nacionales y en medio el letrero: A la Veleta de Ustariz.

En la planta baja había café, taberna, la bodega, la cuadra y una cocina espaciosa con chimenea de gran campana, dos mesas largas con bancos y el techo lleno de jamones y chorizos colgados y de quesos puestos sobre estantes de madera.

Desde el zaguán, enlosado con grandes piedras, partía una escalera de castaño carcomida y recompuesta hasta el rellano del primer piso.

De aquí se pasaba, por una puerta de cristales, a un corredor algo oscuro que tenía alcobas a un lado y a otro. En uno de los extremos del pasillo, hacia la carretera, estaba la sala, y en el otro lado, hacia la huerta, el comedor.

En la sala, tapizada con un papel verde aceituna, casi siempre con las ventanas entornadas, se veían algunos muebles descabalados de estilo Imperio, un espejo sin brillo y lleno de puntitos blancos y varias litografías de colores detonantes con las hazañas de Mazzepa y del príncipe Poniatowski.

Este salón de la Veleta de Ustariz pasaba en el pueblo por un salón elegante y confortable, digno de un hotel de Bayona.

Hacia el lado de la huerta el comedor de la posada daba a un balcón, en verano siempre en sombra por el follaje de una parra que hacia de cortina verde y tupida.

El comedor tenía un papel nuevo que Esteban Irisarri, el posadero de la Veleta, consideraba uno de los mayores atractivos de la casa. Representaba la catarata del Niágara, al natural, como decía él. Cerca de la catarata paseaban caballeros elegantes en briosos corceles, y señoras reclinadas en fastuosos landós con lacayos negros y perros de aguas.

Rompiendo una parte de la catarata había un ventanillo que comunicaba con un cuarto por el que se bajaba a la cocina, y por este ventanillo la mujer de Esteban, la Juana Mari, sacaba la comida para que la sirviera la criada. En el centro del comedor había una mesa ovalada donde podían sentarse quince o veinte personas. En este comedor de la Veleta de Ustariz se servía únicamente a los forasteros distinguidos por un módico sobreprecio. La gente del pueblo y los campesinos iban siempre a comer a la cocina.

Esteban Irisarri, el dueño de la Veleta, era hombre reformador y progresivo. Había sido sargento de Artillería y se había casado con la hija de un tratante de lana de Ustariz. Por entonces regentaba la posada y seguía con los negocios de lana.

Los tres viajeros que acababan de entrar en la Veleta de Ustariz eran constitucionales españoles; el viejo con aire de militar se llamaba don Juan López Campillo, había sido guerrillero en la guerra de la Independencia y estaba emigrado desde 1823; de los jóvenes, el rubio con aspecto enfermizo era Eusebio Lacy, hijo del general Lacy, fusilado en Bellver, y el moreno, un muchacho navarro ex seminarista llamado Manuel Ochoa.

Campillo había interrogado a Esteban el posadero en un mal francés pidiéndole informes acerca de las familias de aquel pueblo, y sobre todo del militar español que vivía en la casa llamada Chimista.

El posadero había soslayado la cuestión con el maquiavelismo espontáneo de un vasco; pero al dirigirle claramente la pregunta no tuvo más remedio que hablar.

—No tenga usted cuidado, hombre—le dijo Ochoa, el joven de los ojos negros, en vascuence—, no somos de la Policía; todo lo contrario.

Esteban el posadero valoró aquel todo lo contrario con una sonrisa significativa, y dió los datos que sabía acerca del viejo militar por quien le interrogaban. Después invitó a los huéspedes a pasar al comedor.

Precediéndolos fué por el pasillo, encendió la lámpara, y aunque no estaba del todo oscuro cerró las maderas del balcón. Los tres españoles se sentaron alrededor de la mesa.

—Se ha colocado usted en medio de la catarata del Niágara, mi coronel—dijo Ochoa a Campillo señalando el papel del comedor—. Se va usted a mojar.

—Sí—dijo el viejo sonriendo—. En cambio usted ha buscado buen sitio en ese bosquecillo.

—Lacy se nos ha ido con las damas—indicó Ochoa mostrando un grupo de damiselas pintado en el papel—. Este siempre tan galante.

El posadero explicó dónde había comprado aquel papel, que era una de las grandes atracciones de la casa, y como tenía que ocuparse de sus menesteres posaderiles, dijo:

—Si no desean ustedes otra cosa, me marcho. Si tienen que llamar, den ustedes una patada en el suelo. Así.

—Está bien—indicó Ochoa—; conocemos el procedimiento.

Lacy había abierto las maderas del balcón del comedor que daba a la galería de la parra.

El tiempo estaba desecho. El cielo violáceo se deshacía a torrentes y la lluvia caía en rayas negras y oblicuas. Un canalón del tejado vomitaba agua, formando un gran chorro en arco que iba a caer sobre unas coles.

—Cierra, que viene viento—exclamó Ochoa.

—Me gusta ver el temporal—dijo Lacy, y saliendo del comedor y recorriendo el pasillo bajó al zaguán y se asomó a la puerta.

La tarde estaba tibia; el aire, blando.

Un olor de raíces y de tierra húmeda venía del suelo. A veces había ráfagas de viento huracanado. El follaje amarillo y rojizo de los árboles se desprendía dejando las ramas desnudas; algunas hojas grandes al volar por el aire parecían murciélagos de vuelo tortuoso o nubes de mariposas que al agitarse daban el vértigo.

La hojarasca seca del camino corría de aquí para allí como en un sábado de brujas, galopando en frenéticos escuadrones, volando por encima de las copas de los árboles, aplastándose sobre los troncos y quedando inmóviles en los charcos.

—Dejan la vida en la inmovilidad para irse a la libertad y a la muerte—se dijo Lacy a sí mismo—. Así hacemos nosotros los hombres; unos para caer en el fango como ellas, otros para quedar olvidados en la cuneta del camino.

Largo tiempo estuvo el joven Lacy embebido en pensamientos melancólicos, mirando las nubes que marchaban rápidamente por el cielo. En esto la muchacha de la posada se acercó al joven absorto, y le dijo que iba a subir la cena.

Volvió Lacy al comedor y se sentó a la mesa.

Esteban el posadero, de pie, apoyado en el respaldo de una silla, amenizó la velada hablando.

Se había internado de lleno en una de las narraciones que a él le parecían más interesantes; la lucha de la Veleta de Ustariz con el Caballo Blanco.

Preguntó Ochoa, mientras mondaba el hueso de una chuleta, por qué le había dado este nombre a su establecimiento, y el posadero charló por los codos.

Se trataba, según dijo, de una veleta vieja que había en Gastizar, una de las mejores casas de Ustariz, propiedad de los señores de Aristy. Gastizar era una de las curiosidades de la villa y competía con Urdains, la finca del convencional Garat, el hombre ilustre del pueblo que todavía vivía en otoño de 1830, época en que comienza esta historia.

Al decir de Esteban el pasadero, la villa entera había dado en decir que la veleta de Gastizar era una veleta misteriosa y simbólica, que anunciaba o por lo menos coincidía con los grandes trastornos políticos y con las convulsiones que agitaban el país.

Esta veleta de la torrecilla de Gastizar se hallaba desde hacía tiempo mohosa y no giraba con el viento; sin embargo, cuando los acontecimientos políticos eran grandes, sin duda la fuerza de la historia le hacía girar, quieras que no.

Así, la veleta de Gastizar se había movido en la época del Terror, después de las matanzas de Septiembre, cuando Domingo Garat fué designado por Danton para ministro de Justicia; también se había movido el día del suplicio de los Girondinos, día en que el mismo Garat era ministro del Interior; luego la veleta misteriosa cambió de rumbo el 18 de Brumario, y volvió a cambiar cuando las tropas de Wellington pasaron por Ustariz y el lord Duque se alojó en casa de Garat. Las dos últimas agitaciones de la veleta habían coincidido con Waterloo y con la restauración Borbónica.

La revolución de Julio no había conseguido conmover la veleta de Gastizar, quizás no consideraba a Luis Felipe y a sus ministros de bastante importancia, quizás los vientos del verano no habían sido lo suficientemente fuertes para sacarla de su inercia.

La Veleta de Gastizar dependía de la política francesa, que a su vez en Ustariz dependía de Garat.

Garat, la veleta y la Revolución eran la trinidad política de Ustariz.

Esteban el posadero, como hombre partidario de las reformas, había tenido la idea feliz de bautizar su posada con el nombre de la Veleta, dando a entender que el establecimiento y su amo patrocinaban los más atrevidos cambios y las más radicales modificaciones sociales.

Muchos aseguraban, según dijo Esteban el posadero, que no había de tardar la veleta en moverse. No era la revolución de Julio un acontecimiento tan insignificante para que una veleta, por muy alta que estuviera, lo despreciara.

Esteban al explicar la cuestión con detalles se reía; pero estaba inclinado a creer que algún misterio existía en la veleta de Gastizar, aunque no fuera más que para amenizar la vida, algo insípida, del pueblo.

Mientras Esteban charlaba animadamente, los viajeros cenaban y la muchacha de la posada iba y venía mirando al joven Lacy con el rabillo del ojo.

Después de la cena Esteban se retiró y los viajeros se enfrascaron en una larga conversación política.

Estaban los tres metidos en la gran aventura que los constitucionales españoles iban a emprender por aquellos días. Campillo era amigo del coronel Valdés, y pensaba acompañarle; Ochoa se decía partidario de Mina, y el joven Lacy se hallaba dispuesto a seguir a cualquier caudillo que marchase adelante, a la victoria o a la muerte.

Después de una larga conversación en la que se discutieron ideas y personas, Campillo dijo:

—Bueno, vamos a la cama, que mañana tendremos que levantarnos temprano.

Ochoa llamó con el procedimiento de la patada en el suelo, y se presentó Esteban, que condujo a cada uno a su cuarto.

—Me parece que la veleta de Gastizar esta noche se va a mover—dijo el posadero frotándose las manos.

Lacy entró en su cuarto, dejó la palmatoria en la mesilla de noche y se sentó en una vieja butaca. La alcoba tenía en el techo grandes vigas pintadas de azul. En medio estaba la cama de madera, grande, ancha, con cuatro o cinco colchones y del techo colgaban cortinas pesadas que la envolvían. Más que una cama, aquello parecía un altar.

Sobre una cómoda, brillante y ventruda, se veía en un fanal un ramillete hecho con conchas. Lacy estuvo un momento pensativo; luego se acercó a la ventana. Se había levantado un viento terrible, huracanado.

Las ráfagas de aire daban alaridos, mugidos, silbidos; zarandeaban los árboles, cuyo follaje seco se estremecía y producían un rumor como el del mar en un robledal lejano. Algunas ramas golpeaban el cristal de la ventana como si fueran manos que llamaran.

Los relámpagos aclaraban el campo con su luz cárdena y resonaban los truenos largos en todas las concavidades del valle. Un momento la lluvia se convirtió en granizo y quedó todo el campo cubierto de perlas brillantes. Caía el granizo con un repiqueteo como el de un tambor. Lacy, después de un largo rato de contemplación, se desnudó, apagó la luz y se metió en la cama...

En las primeras horas de la noche la violencia del viento aumentó; después comenzó a caer una lluvia mansa, tranquila; cesó el viento y no se oyó en el silencio del campo más que el ladrido lastimero de un perro...

Al levantarse los viajeros albergados aquella noche en la Veleta de Ustariz, el sol brillaba en el cielo y el campo tenía un aspecto plácido e idílico.

—Saben ustedes—les dijo Esteban el posadero al saludar a sus huéspedes.

—¿Qué hay?

—La veleta de Gastizar se ha movido esta noche. Vamos a tener acontecimientos.


III.
USTARIZ Y SU GRANDE HOMBRE

Ustariz es una aldea vasco-francesa que está a dos leguas o dos leguas y media de Bayona en la orilla izquierda del Nive. Es uno de esos pueblos cuyo caserío esparcido por el campo y agrupado en barrios tiene una gran extensión.

Los barrios de Ustariz, muy lejanos unos de otros, llevan los nombres de Arrauntz, Eroritz, Erribere y Purgonia. De estos grupos de casas, el de Erribere, el pueblo bajo, núcleo principal de la villa, conservó hasta la Revolución ciertas prerrogativas.

Entre dos de estas barriadas, que ofrecen a las miradas del viajero casas muy típicas de aire vasco, está la iglesia moderna y sin carácter.

Ustariz se encuentra rodeado de robledales. Según algunos sabios del lugar, su nombre significa en vasco círculo de robles.

Ustariz es pueblo de horizonte despejado y de hermosas vistas. Desde los altos se divisa al Sur, el monte Larrun, a la derecha, y el pico de Mondarrain a la izquierda; hacia el Norte se extiende la gran llanura francesa hasta que se pierde de vista. Las cercanías de Ustariz son frondosas; colinas verdes con prados y bosques.

Ustariz forma parte de la antigua comarca vasca llamada Labourt. Toda la tierra que lleva este nombre es poética soñolienta, soleada. El río Nive la cruza de un extremo a otro.

El Nive es un río de rápida corriente, con cascadas y presas que mueven los molinos en la parte alta, y muy lento en su parte baja.

Mientras cruza la comarca de Suberoa es un río claro, alegre, saltarín, lleno de espumas; un riachuelo vasco, pequeño y alborotador, que corre por entre desfiladeros y gargantas poblados de hayas y de robles.

En su parte baja al entrar en el Labourt, sobre todo después de Ustariz, el Nive es profundo, oscuro, verde; espejo inmóvil donde se reflejan los árboles de las orillas y por donde se deslizan las barcas planas que en el país llaman chalantas.

Todo el estrépito de este río cuando es niño y navarro, se convierte en silencio y modestia al hacerse labortano y adulto. Entonces se esconde como avergonzado entre las colinas pobladas de árboles, pasa sin ruido y sin espumas por debajo de los puentes y marcha a reunirse con repugnancia en Bayona con el Adour, que es un río lento y turbio que viene de pueblos de lengua de oc, pueblos encalados y rodeados de tierras blancas y arenosas.

Ustariz era antiguamente la capital administrativa del Labourt y celebraba una asamblea todos los años casi tan famosa en el país vasco como la de Guernica. Esta asamblea, el Bilzaar donde se reunían los viejos labortanos para resolver los asuntos de la comarca, se congregaba en el bosque de Haitzea sobre una eminencia poblada de robles a la que se llamaba Capitolo-erri (lugar del Capitolio).

En 1830 Ustariz estaba en decadencia; muchas de sus casas se hallaban en ruinas; su pequeña industria no progresaba. Ya no se celebraba el Bilzaar como en los buenos tiempos; ya los sabios del país no acudían al bosque de Haitzea.

Ustariz había perdido su capitalidad administrativa, y las tres comarcas vasco-francesas: el Labourt, Soule y Suberoa no formaban un departamento como habían pedido los Garat y otros regionalistas del país al Gobierno revolucionario.

Los vascos de Francia entraban en el mismo montón que los bearneses y gascones, cosa que desagradaba profundamente a Garat el menor, vascófilo impenitente, a pesar de llamarse así mismo ciudadano del mundo.

Muchos de estos regionalistas vasco-franceses hubieran querido llegar a una aproximación con los españoles y formar una confederación vasca para defenderse de la presión niveladora de París y conservar el espíritu de la región; pero no encontraban, ni entonces ni después, colaboradores en los vascos españoles, tercos y cerrados para todo cuanto no fuera un estúpido absolutismo y un más estúpido fanatismo religioso. Por otra parte, la política natural de las grandes nacionalidades tenía que separar a los vascos de un lado y otro del Pirineo, cortando poco a poco las fibras sentimentales comunes. En esta época de decadencia de Ustariz quedaban en el pueblo dos curiosidades: la casa del convencional Domingo José Garat, que todavía vivía en Urdains y la veleta misteriosa de Gastizar.

Urdains estaba cerca del barrio de Arrauntz y de la colina de Santa Bárbara, desde donde se divisaba un magnífico panorama; Gastizar se hallaba dentro de Erribere.

Entre Garat y la veleta de Gastizar había grande semejanza. Los dos eran ornamentales, los dos versátiles; pero Garat había cambiado con los vientos reinantes mejor que la veleta de Gastizar, que se hallaba desde hacía tiempo enmohecida. Garat se movía también a impulsos de la bondad y del reconocimiento.

Los Garat habían tenido el sino de figurar en el mundo.

Garat el mayor, había sido diputado en los Estados generales durante la Revolución; Garat el menor, el célebre, fué ministro en plena efervescencia revolucionaria, y otro hermano más joven había sido uno de los tenores de más fama de la época.

Las mujeres de la familia también se habían distinguido, y la hermana de Garat, superiora del convento de la Visitación, de Bayona, llamaba la atención por su inteligencia y por su belleza extraordinaria.

Garat, el tenor, alcanzó el máximo de su popularidad en tiempo del Directorio; había dado antes lecciones de canto a la reina María Antonieta; fué el ídolo de los salones, y puso en boga en París una canción vasca que comenzaba así:

Mendian zori eder

Eper zango gorri.

(¡Qué bonita es la perdiz de patas rojas en el monte!)

Domingo Garat, el menor, hombre débil, brillante y versátil, había pasado por los momentos más terribles de la Revolución francesa, intentando dejar una amable sonrisa allí donde los demás dejaban una mueca de furor y de amenaza.

No le valió su amabilidad, y en los momentos trágicos tomó un carácter sombrío. Estuvo también preso y a punto de ser guillotinado. Garat cumplió la triste misión, siendo ministro de Justicia, de comunicar a Luis XVI su sentencia de muerte.

El sino del vasco Garat fué parecido al del bearnés Barere de Vieuzac; las circunstancias hicieron de estos ruiseñores meridionales tipos odiosos y odiados por la mayoría.

Los periodistas monárquicos que redactaban el periódico Las Actas de los Apóstoles agrupaban tres nombres como sinónimos: Carra-Garat-Marat, uniendo por la fuerza del consonante a hombres tan distintos como Marat el sanguinario, Carra el jacobino sospechoso, y Garat el ideólogo de las frases brillantes.

Garat toujours rempli de frayeur et d'espoir

A toujours le secret de dire blanc et noir.

S'exprimer franchement lui semble par trop bête

Et sauvent son pays il veut sauver sa tête.

(Garat, siempre lleno de miedo y de esperanza, tiene siempre el secreto de decir blanco y negro; expresarse francamente le parece muy tonto, y salvando el país quiere salvar su cabeza). Garat, a quien los monárquicos intentaban pintar como uno de tantos ogros de la Revolución, no era más que un hombre que había errado el camino. Garat era un hombre ligero y versátil, retórico y conceptista. Amaba a su pueblo y a su país, era vascófilo, meridionalista e hispanófilo, y firmaba a veces sus trabajos con el seudónimo de José de Ustariz.

Era Garat hombre amigo de novedades, y fué uno de los primeros franceses que antes de la Revolución quiso hacer trabajos para propagar en Francia la filosofía de Kant. El poeta danés Baggesen durante su estancia en París le comunicó el entusiasmo por el filósofo de Koenigsberg.

A medida que la Revolución francesa evolucionaba, Garat evolucionó con ella; fué alternativamente dantoniano, thermidoriano, bonapartista, imperialista, después abandonó la barca de la Revolución, que naufragaba, y se hizo partidario de los Borbones y devoto.

Messieurs, n'acusez pas Garat

De changer de doctrine.

(Señores, no acuséis a Garat de cambiar de doctrina) así comenzaba una poesía satírica dedicada a él.

En el Diccionario de las Veletas, publicado en París en 1814, Garat estaba en el número de las primeras veletas de Francia.

Hasta en Ustariz, su pueblo, donde todo el mundo le quería, se le motejaba de versátil, y durante la Restauración uno de los versolaris labortanos le dirigió estos versos:

Gastizarco veleta

Ez du ibiltzen aicea

Ez ifarra, ez igoa

Ez da Garat bezala

Uztaritzco lagun zarra

Bere borondatez eramana

Beti turnatzen al da

Alde guztiyetara

(A la veleta de Gastizar ya no la mueve el viento, ni el Norte ni el Mediodía. No se parece a Garat, nuestro viejo amigo de Ustariz, que llevado por su buena intención siempre anda dando vueltas en todos sentidos.)

Como el abate Swift gritaba en sus ratos de alegría: ¡Viva la bagatela!, Garat podía decir: ¡Viva la versatilidad!

Su versatilidad le había conservado joven y de buen corazón y tenía derecho a vitorearla.

Como se ve por estas explicaciones, Ustariz era un pueblo en 1830 que podía vanagloriarse de sus veletas. La de Gastizar y la de Urdains tenían fama en muchas leguas a la redonda.


IV.
GASTIZAR Y CHIMISTA

Si van ustedes a Chimista—dijo Esteban el posadero a sus huéspedes—irán ustedes mejor a pie que a caballo: al dejar la carretera el camino que hay que tomar estará húmedo y resbaladizo con la lluvia de esta noche.

—Nos vamos a poner perdidos—dijo Campillo.

—Si usted quiere ir a caballo—observó Ochoa—nosotros le seguiremos a pie.

—No; iré también a pie.

—Yo les acompañaré hasta dejarles en el camino de Chimista—indicó Esteban.

Los españoles, precedidos por Esteban, salieron de la posada y marcharon por la carretera. Al pasar por Gastizar, la casa de la misteriosa veleta, se detuvieron a contemplarla.

Era Gastizar un caserón grande colocado entre la carretera y el río, con las paredes de un color amarillento negruzco, las persianas verdes y el tejado de un tono rojo oscuro herrumbroso. Una de sus fachadas laterales tenía en un ángulo una ancha torre cuadrada, centinela en guardia que vigilaba la carretera.

En el país, Gastizar podía llamarse palacio. Eran sus paredes de mampostería y en las aristas de todo el edificio, como en las de la torre, ostentaba cintas de piedra rojiza tallada.

Las ventanas y balcones tenían grandes marcos de arenisca blanca.

Las persianas y puertas verdes estaban ya muy desteñidas; el alero, artesonado de cerca dos metros de saliente, se hallaba pintado de manera un tanto bárbara, con las zapatas que le sostenían azules y los entablamentos amarillos.

Un camino transversal que partía de la carretera pasaba por delante de Gastizar, cruzaba el río por un puente y seguía hacia Chimista. A este camino daba la fachada principal del palacio.

Tenía ésta un jardín delante circundado por una tapia baja, con dos grandes tilos y unos macizos de hierba.

Pasando la avenida se entraba por una portalada por encima de la cual avanzaba un gran balcón con los barrotes labrados y cuyo barandado estaba sujeto a la pared por arcos de hierro.

Enredándose en ellos se veía una glicina nudosa.

En el segundo piso había cinco balcones sin saliente con los cristales pequeños y verdosos y en medio del tejado cortando el alero una mansarda.

Los viajeros contemplaron un momento Gastizar.

Entre la casa y el río se extendía la huerta orientada al levante con dalias, rosas de todos colores y crisantemos de la India que hacía poco tiempo se habían introducido en el país y que en aquellos días de Octubre estaban aún en todo su esplendor.

Gastizar ofrecía distinto aspecto según del lado desde donde se le mirase.

Por la fachada, orientada al Norte, tenía un aire sombrío; los musgos verdosos nacían entre sus piedras y los hierbajos crecían sobre la cornisa de los balcones y en el alero.

Los otros tres lados eran más sonrientes y alegres y estaban rodeados de jardines; la parte que daba a la carretera con su torrecilla cuadrada se perfilaba con cierto aire feudal. Esta torrecilla tenía dos miradores y un tejado plano sobre el cual se erguía la misteriosa veleta de Gastizar con su dragón con la boca abierta, sujeto en un vástago de ocho o diez pies de alto terminado en una punta de lanza.

Esteban el posadero que mostró a sus huéspedes Gastizar y sus curiosidades dijo que algunos que se tenían por inteligentes aseguraban que esta veleta debió haber sido traída de otra parte porque parecía del siglo XV y la construcción de la casa databa del siglo XVI. Esteban añadió que un viejo del pueblo aseguraba que esta veleta la había visto él en un torreón de Larresore antes de la época revolucionaria y agregó que un señor condecorado que había estado en el pueblo dijo que antiguamente la importancia y nobleza de un castillo se podía medir por el número de veletas. Cuantas más tenía más noble y más importante era. Durante mucho tiempo los plebeyos no podían tener estos pequeños aparatos sobre el tejado de sus casas lo que a Esteban, que era un buen liberal, le parecía el colmo del abuso y una de las más abominables señales del despotismo del Antiguo Régimen.

Después de hacer gala de sus conocimientos, el posadero, indicando uno de los dos caminos en que se dividía el que iban siguiendo, dijo:

—Por ahí en media hora estarán ustedes en Chimista.

Marcharon los viajeros adelante, preguntaron en dos caseríos hasta detenerse en una casita pequeña y blanca que aparecía en medio de un robledal, rodeada de campos y a poca distancia del río. Era Chimista.

Tenía la casa que llevaba este nombre dos pisos con entramado de madera. Era del tipo clásico del país, el primer piso avanzaba un poco sobre el bajo y el segundo sobre el primero. Se abrían a un lado dos ventanas góticas del gótico conopial y una puerta en arco apuntado.

La puerta estaba abierta. Entraron en el zaguán y llamaron dando palmadas. No apareció nadie.

—Ahí al lado había unas mujeres. Voy a preguntarles si hay alguien en la casa—dijo Ochoa.

Acababa de salir el muchacho navarro cuando se presentó en el portal una mujer joven con un niño en brazos.