Nota del Transcriptor:
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PÍO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

LAS FIGURAS DE CERA

NOVELA

(SEGUNDA EDICIÓN)

EDITORIAL CARO RAGGIO
MENDIZÁBAL, 34, MADRID

ES PROPIEDAD

DERECHOS RESERVADOS

PARA TODOS LOS PAÍSES

IMPRENTA CARO RAGGIO: MENDIZÁBAL, 34, MADRID


PRÓLOGO

—¿Así que tú no conoces al que ha escrito esta relación?—preguntó Aviraneta, después de haber escuchado la lectura de varios trozos del manuscrito.

—No—contestó Leguía—. Este cuaderno me lo dejó doña Paca Falcón, hace unos años, en Bayona, y saqué una copia de él. Supongo que se hizo con algunas notas que escribió Alvaro Sánchez de Mendoza. ¿Qué le parece a usted?

—¡Psé! Así, así.

—¿Le parece a usted mal?

—No; los hechos positivos en que está basado el libro son ciertos; que el cónsul de España en Bayona, don Agustín Fernández de Gamboa, recibió barricas llenas de plata y de oro de las iglesias de Navarra, durante la primera guerra civil, para venderlas en Francia, es verdad.

—¿Usted lo sabía?

—Sí. Gamboa, como sus amigos Collado y Lasala, explotaron todo lo que pasó por delante de ellos. Unicamente así se puede conseguir una gran fortuna en poco tiempo.

—Es indudable. Sólo la guerra y la usura hacen a la gente rica con rapidez.

—Los que no somos contratistas del ejército ni usureros no hemos podido pasar de ser unos pobretones.

Esta conversación la tenían Aviraneta y Leguía en San Sebastián poco antes de la Revolución de septiembre, en una casa del barrio de San Martín, donde vivía don Eugenio por entonces. Aviraneta, de cuando en cuando, se miraba al espejo y se arreglaba una hermosa peluca rubia, casi roja, que le había arreglado su amigo y barbero Justo Lazcanotegui.

—¿Y usted no ha conocido a ese Chipiteguy trapero de la plaza del Reducto, de Bayona, que figura aquí?—preguntó Leguía.

—Sí, sí. ¡Ya lo creo! Era amigo mío; un viejo camastrón, epicúreo... hombre simpático, efusivo. Solía comer yo con frecuencia en su casa.

—Y a Frechón, ¿lo recuerda usted?

—¿Qué hacía ese Frechón?

—Era un empleado de Chipiteguy y, al parecer, un gran intrigante.

—Sí, sí, tengo idea; mas creo que le llamaban de otra manera.

—Debió de estar en casa de usted varias veces.

—¡Tantos estuvieron!

—Sí; pero debió de ir a hablar de política, de intrigas...

—Era a lo que venía todo el mundo a mi casa.

—Sí, su casa en Bayona debía ser un nido de intrigantes.

—Entre los que te contabas tú.

—Hombre, don Eugenio, yo no tanto.

—¿Te acuerdas de las letras S, T, U, V, Y, Z?

—Sí; ¿no me he de acordar? En ese final de abecedario, el que más y el que menos era un bandido.

—Sí, quizá... Pero era una época divertida. Se vivía con pasión. Hoy está todo más bajo, más cansado. Hoy intentamos vivir como personas sensatas, para lo cual parece que no tenemos muchas condiciones los españoles.

—Y de Roquet, ¿se acuerda usted?

—Sí, hombre; perfectamente.

—Bueno, don Eugenio; y en último término, ¿cree usted que este relato, del cual le he leído varios trozos, debe entrar en la historia de su vida, si alguna vez la publicamos?

—Sí, sí; tiene detalles curiosos; pero no me gusta esa forma novelesca. Creo que le debías quitar lo que tenga aire romántico; dejar la realidad, la verdad escueta.

—¡La verdad! ¿Es que es más verdad la historia que la novela?

—Naturalmente.

—Eso creía yo también antes; hoy no lo creo. El Quijote da más impresión de la España de su tiempo que ninguna obra de los historiadores nuestros. Y lo mismo pasa a la Celestina y al Gran Tacaño.

—Bueno; pero esas son obras maestras realistas.

—Usted siempre ha sido enemigo de la literatura de imaginación.

—Siempre.

—¿Usted no ha soñado nunca, don Eugenio?

—De esa manera, no. La verdad, la verdad en todo: ese ha sido siempre mi ideal.

Al decir esto, Aviraneta se planchaba su peluca roja, que tenía tendencia a abombarse y a separarse de su cabeza.

Qué cantidad de verdad puede tener una peluca fué una pregunta que le vino a Leguía a la imaginación. La cuestión de la verdad histórica la habían discutido muchas veces. Aviraneta era dogmático, partidario del realismo, y creía que tarde o temprano la verdad resplandecía, como el sol entre las nieblas. Leguía pensaba que en ese camposanto de la historia, lleno de huesos, de cenizas y de baratijas, cada investigador escoge lo que le place y lo combina a su gusto.

—¿Pero, a pesar de las fantasías novelescas, a esta relación le daremos entrada en sus memorias?—preguntó Leguía.

—Sí.

—¿Con su visto bueno?

—Sí, con mi visto bueno; pero podándola un poco.

Con la autorización de Aviraneta decidí, pues, publicar este relato.

No aparece aquí don Eugenio siempre; pero inspira los acontecimientos, asomándose, unas veces, al primer plano, y otras, al último.

Hecha esta aclaración con respecto a la parte histórica—sigue diciendo Leguía—, tengo que advertir, con relación a lo novelesco, que la obra no me llena. El autor describe demasiado, define demasiado, traza los contornos de los personajes, pero los mueve poco y, sobre todo, no los hace hablar. Tiene por la palabra una falta de cariño extraña. Sus hombres y sus homúnculos hablan el mínimo. Indudablemente, en la literatura, la palabra hablada es la que da a la obra una animación algo parecida al color en la pintura.

El autor no busca esta animación. Rechaza, además, la frase castiza, el giro idiomático. Todo esto, sin duda, le parece hojarasca, lugar común putrefacto, algo pestífero, de lo que hay que huír.


PRIMERA PARTE
LOS TRAPEROS DE BAYONA

I
LAS GALERAS

Una mañana de junio de 1838 varias galeras con toldo y cuatro ruedas, unas tiradas por dos, otras por un caballo de patas gordas, marchaban por el desfiladero de Roncesvalles, larga y empinada cuesta llena de zig-zags, de curvas y de meandros, que sube desde San Juan Pie de Puerto hasta Burguete.

El día estaba claro en la parte de Francia y obscuro y nublado en la de España.

En el valle del Nive, los montes, cubiertos de árboles, aparecían inundados de sol; hacia España las nubes iban agarrándose a los picachos y entrando en las hondonadas.

Este famoso desfiladero de Roncesvalles, que recuerda a Rolando con su olifante, al arzobispo Turpín y a los doce pares de Francia, no tiene el carácter áspero y terrible que le supone la leyenda.

Es el paisaje allí suave y verde, hay muchas praderas, campos cultivados, grupos de hayas y de robles. Las moles de piedra que los fieros vascones lanzaban contra las tropas brillantes de Carlomagno han desaparecido por escotillón; quizá no existieron nunca o fueron del tamaño de las almendras, y la batalla de los carlovingios con los sarracenos, según la versión francesa, o de los carlovingios con los vascones y godos, según la versión española, no tuvo más importancia que una pedrea de chicos. Verdad es que estas pedreas son más fecundas para la literatura que las grandes batallas modernas con sus enormes carnicerías y hasta sus salchicherías, inspiradas en métodos científicos y exactos.

El Monasterio de Roncesvalles, como muchas cosas antiguas, tiene más nombre que realidad.

Los carros que subían la cuesta hacia Burguete esta mañana fresca de junio eran, en su mayoría, galeras con el techo embreado, con las cuatro ruedas casi iguales. Por su aspecto parecían más bien ser franceses que españoles. Entre carro y carro conservaban una distancia de cien o doscientos metros. Podía suponerse que llevaban algún cargamento de armas para los carlistas, pues en aquel año de la guerra todos los puertos de la frontera vasco-navarra, excepción hecha de Irún, estaban ocupados por los facciosos. Al lado de las galeras iban los carreteros, que a veces tenían que calzar las ruedas con piedras y empujar luego a hombros, porque en algunas partes los caballos no podían con los pesados vehículos.

La primera galera que iba a la cabeza de la comitiva era un poco más larga que las otras y tiraban de ella dos caballos percherones.

La conducía un carretero y la vigilaba otro hombre que marchaba a su lado.

Este último tenía unos treinta años y el aire de un señor, aunque no muy amable ni simpático; el carretero, de unos cuarenta años, manejaba el látigo, hacía chasquearlo, cuando no lo llevaba liado al cuello, y gritaba y blasfemaba en los malos parajes en que los caballos se detenían.

El hombre de aire de señor, flaco, moreno, con patillas negras, parecía sombrío y misterioso; el carretero era un tipo tosco y vulgar.

Al acercarse la primera galera a Valcarlos, una patrulla carlista se destacó en el camino.

—Alto, ¿quién vive?—gritó el jefe.

—Francia—contestó el hombre moreno de las patillas.

—¿Qué gente?

—Gente de paz.

—¿Tienen ustedes pasaporte?

Los dos hombres mostraron los documentos que llevaban.

Los carlistas, unos al parecer del Resguardo, otros de una partida que vigilaba la frontera, todos perfectamente desarrapados, quisieron atisbar lo que llevaba la galera.

—¿Qué va ahí dentro?—preguntó el que hacía de jefe de la partida.

—Figuras de cera para la feria de Pamplona—contestó el hombre de las patillas con marcado acento francés.

—¡Hombre! ¡Figuras de cera!—exclamó uno de los carlistas—. ¿No las podríamos ver?

—No están armadas.

—¿No dan ustedes algo para beber?—dijo uno de los facciosos desarrapados.

—Eso, el amo—contestó el de las patillas.

—¿Dónde está el amo de ustedes?

—No es nuestro amo. Es el amo de las figuras de cera.

—¿Y dónde está ese señor?

—Dentro de poco pasará en un coche.

—¿Por este camino?

—Sí. Ha dicho que entre Valcarlos y Burguete nos alcanzará.

—Bueno, pueden ustedes seguir.

Marchó la carreta de nuevo, avanzando al paso de los caballos percherones; cruzó al mediodía por delante de la Colegiata de Roncesvalles, recorrió la única calle de Burguete y, al salir de este pueblo, camino de Espinal, el hombre de las patillas entabló en francés una conversación con el carretero.

—El amo nos encarga a nosotros la tarea más difícil: el marchar a pie—dijo—; en cambio él, con el niño ese, que Dios confunda, viene en coche.

—No se queje usted, señor Frechón—replicó el carretero—; el amo le ha dicho a usted varias veces que no venga si no le gusta este viaje.

El señor Frechón calló un momento y luego exclamó de mal humor:

—Tú eres un imbécil, Claquemain.

—¿Por qué? Sepámoslo.

—Porque te dejas explotar.

—¡Bah! Me pagan lo que trabajo.

—Es lo que crees tú, infeliz.

—Pues, lo que es por ahora, tenga usted la seguridad de que no me han explotado.

—Ahora nos está explotando. El viejo trama algo que yo sospecho...

—¿Qué va a tramar? Usted siempre está pensando que todo el mundo vive imaginando intrigas y complots, y luego no hay nada. Todas son fantasías de su cabeza de usted.

—Es que tú tienes la vista corta, Claquemain.

—Usted tendrá la vista muy larga, señor Frechón; pero por ahora no ve usted más que visiones.

—Y realidades. Tú lo verás.

—¡Bah!—y Claquemain hizo restallar el látigo en el aire.

—Aquí hay gato encerrado—siguió diciendo Frechón—, lo huelo. ¿A ti no te choca que el viejo Chipiteguy, hombre rico, vaya a las ferias de San Fermín, de Pamplona, en plena guerra, a poner una barraca con unas cuantas figuras de cera, por cierto muy malas, para ganar unos cuartos?

—A mí, no. ¿A qué otra cosa puede ir?

—¡Oh! Ya lo veremos. Te diré, en confianza, que el viejo ha ido a casa del cónsul de España en Bayona repetidas veces y ha tenido con él largas conferencias.

—¿Cómo lo sabe usted?

—Porque le he seguido.

—Cada uno su manía.

—El viejo lleva una misión que seguramente será para él muy fructífera.

—¿Qué misión puede llevar? ¿Misión política?

—Quizá también.

—Si es cosa política, no habrá dinero debajo.

—Me choca tu terquedad.

—A mí me choca la suya.

—Si hay algo, ¿qué dirás?

—¿Y si no hay nada?

—Como habrá... Al llegar a Pamplona veremos.

—En fin. Quizá, quizá... acierte usted alguna vez—murmuró el carretero.

El señor Frechón sabía perfectamente que en aquel viaje había su misterio; pero no quería ser más explícito. Si el amo tenía un plan al ir a Pamplona, él iba fraguando el suyo.

Al avanzar en el camino, Frechón y Claquemain se pararon a comer al borde de la carretera, en un barranco, con una fuente y un abrevadero. Pasado algún tiempo se acercaron otras dos galeras. Se hallaban los carreteros sentados en el suelo cuando oyeron los cascabeles y las pisadas de un caballo, y poco después apareció un carricoche, ocupado por un viejo de barbas blancas y un muchachito imberbe.

—¿Qué, hay alguna novedad?—preguntó el viejo a Frechón.

—Ninguna—contestó Frechón—. Estamos descansando.

—Los caballos, ¿se han portado bien?

—Muy bien.

—¿No han puesto dificultades los aduaneros carlistas de la frontera?

—Ninguna. Les hemos enseñado nuestros papeles y nos han dejado pasar.

—Bueno; pues ahora, a Larrasoaña. Allí nos reuniremos con una partida liberal e iremos hasta Pamplona—dijo el viejo—. En cuanto llegue comenzaré yo a ocuparme de la barraca y les esperaré allí. Con que adiós.

—¡Adiós!

—¡Adiós, señor Chipiteguy!

Frechón y Claquemain, que concluían su comida, vaciaron cada uno su botella de vino; se levantaron, engancharon de nuevo los caballos, que estaban inmóviles junto al abrevadero, y prosiguieron su marcha con su carro, seguidos de las otras galeras.

—El niño ese tiene buena suerte—dijo Claquemain de pronto, probablemente con la intención de molestar a su compañero.

—Le voy a dar un puntapié el mejor día que le voy a echar a su tierra—exclamó Frechón con cólera.

—No es difícil aquí en España, porque está en la suya—contestó Claquemain humorísticamente.

El otro no replicó.

La primera galera siguió su marcha despacio. La bruma cubría el campo, gris, azulada, y la vista no alcanzaba más que a poca distancia. Las rocas y los árboles aparecían de improviso a ambos lados de la carretera. Se oía entre la niebla el cencerro del ganado y el silbido de los pastores.

Al anochecer, en una aldea del camino, Claquemain y Frechón se detuvieron a descansar. Al día siguiente, al llegar a Larrasoaña, la fila de galeras hizo alto y se detuvieron los conductores durante una hora para comer. Poco después se encontraron con las tropas de una compañía de voluntarios liberales y con ellas avanzaron hasta Pamplona.


II
LA CASA DE LA PLAZA DEL REDUCTO

Es evidente que ya todos los pueblos y capitales de provincia han perdido su carácter tradicional en Francia y en los demás países europeos.

Las grandes ciudades, como París, Londres y Berlín, van uniformando las urbes provinciales, que a su vez modifican los pueblos y las aldeas.

Lo característico regional, el rincón pintoresco, tan amado en la primera mitad del siglo XIX por escritores y artistas, se ha perdido en las ciudades y en las villas y comienza a perderse en los lugares alejados de los grandes centros. No sólo se pierde lo pintoresco en lo exterior, sino el gusto de lo pintoresco. En casi todas partes, en el ámbito de una nación, se habla lo mismo, se viste lo mismo y se tienen idénticas diversiones y deportes.

Llegará un día en que ya no sean sólo las naciones las unificadas, sino también los continentes. El planeta, según un misántropo amigo del autor, será un queso de bola, uno e indivisible, con la misma clase de gusanos, que disfrutarán de los mismos derechos y de los mismos deberes.

Los pueblos y las comarcas van olvidando rápidamente su carácter tradicional, y los Goyas, los Balzac y los Dickens del porvenir, si es que los hay, no tendrán gran cosa que recoger y conservar en el acervo de las viejas costumbres y hábitos y en la guardarropía legada por los antepasados. Los dioses se van, las buenas formas se van, los sombreros de copa se van, la moral se va; lo único que vuelve a presentarse son las golondrinas y las letras que no se han pagado...

Bayona ha sido una de las ciudades francesas que ha guardado su carácter hasta hace poco. Hoy, ya no lo tiene.

Sin murallas, sin puertas, como un caracol sin su concha, al perder su dermato-esqueleto, empieza a aparecer un pueblo banal y de poco interés.

Bayona, antes, con su cintura de piedra, sus calles estrechas, sus arcos, sus tiendas con muestras y enseñas, sus casas grises y negruzcas, dominadas por las dos torres góticas de la Catedral; sus puertas fortificadas y sus dos ríos, que le daban un aire sombrío y húmedo, era un pueblo de un carácter típico y bien marcado.

Bayona, por su historia, su tradición, su influencia inglesa y española, su población mezclada, era un producto mixto de burguesía, de milicia, de comercio, de costumbres rancias y arcaicas, con detalles de ciudad corrompida. Había muchos elementos diversos reunidos en Bayona.

De sus tres barrios, la Gran Bayona, la Pequeña Bayona y Saint Esprit, la Gran Bayona, el más importante, se consideraba como el centro, el asiento del mundo oficial y del comercio rico. La gente de la Pequeña Bayona tenía un carácter más campesino, más pobre y más vasco; la de Saint Esprit era, en gran parte, judía.

Además de la población gascona, vasca y judía, había la marinera y de comercio fluvial de las orillas del Nive y del Adour, los pescadores, casi todos vascos, y la parte militar, entonces importante, porque Bayona era capital de una división.

Durante la primera guerra civil española Bayona estaba más animada que de ordinario; a sus varios elementos se unían los emigrados carlistas, que llevaban allí sus luchas y sus intrigas.

El marqués de Lalande y monsieur Xavier Auguet de Saint Sylvain, librero de viejo en Madrid y barón de los Valles por obra y gracia de don Carlos; el obispo de León y Aviraneta, el príncipe de Lichnowsky y el protestante Miñano, el canónigo Echevarría y el judío inglés Mitchell, habían encontrado allí campo para sus maquinaciones...

Uno de los sitios pintorescos de Bayona en aquella época, hoy convertido en explanada de aire vulgar, con una estatua de bronce de un obispo en medio, era la plaza del Reducto.

La plaza del Reducto estaba en la confluencia de los dos ríos bayoneses, formando espolón. Tenía, a un lado, el puente Mayou, sobre el Nive, y al otro, el de Saint Esprit, puente de barcas para cruzar el Adour.

Sobre este espolón, afilado por los dos ríos, se levantaba el antiguo baluarte llamado el Reducto, como el castillo de proa de un barco. La entrada del baluarte por el puente de Saint Esprit se llamaba la Puerta de Francia.

La Puerta de Francia era resto de la primitiva muralla galo-romana bayonesa, varias veces reconstruída.

Del viejo Reducto hoy no queda más que la explanada con su estatua y un trozo de muralla con una garita en el extremo del espolón, entre hiedras, que da al río. Andando el tiempo, la puerta de Francia se derribó y el puente de Saint Esprit se hizo de piedra.

El Reducto y sus balaurtes ocupaban la punta del espolón, entre los dos ríos, con sus muros aspillerados y sus garitas que caían sobre el agua.

El Reducto tenía salidas al río que solían estar llenas de ratas. Los soldados y los chicos se entretenían en cazarlas a pedradas.

Cerca del espolón del Reducto, en el Adour, había pilotes de madera para amarrar barcas, postes carcomidos y verdes por los líquenes y los musgos.

La Puerta de Francia, aneja al reducto, era la entrada principal de la ciudad. Por allí venían las diligencias de París y de Burdeos, pasando de antemano por el barrio de Saint Esprit, que aún conservaba algo de ghetto, sucio, cerrado y misterioso, con su población de judíos, antiguamente expulsados de España.

La plaza del Reducto era el espacio que había entre el baluarte y unas cuantas casas alineadas enfrente. A esta plaza desembocaban dos o tres calles del Pequeño Bayona, una de ellas la de Bourg-Neuf, de las más húmedas y sombrías del pueblo. Al lado de la calle de Bourg-Neuf se encontraban otras callejuelas: la del Puy, de los Capellanes de Doaline, de Coutetz, de Corn, de Moqueron, de Perhide, unas que han cambiado de nombre y otras que han desaparecido.

La mayoría de las casas bayonesas de por entonces eran casas pequeñas, de ladrillo, bastante mal construídas, aunque empezaban ya a levantarse las casas altas de cuatro y cinco pisos del siglo XIX, que dan una impresión perfecta de la vida monótona, burguesa, bien organizada y sin incidentes románticos de nuestro tiempo.

En la plaza del Reducto, esquina a la calle de Bourg-Neuf, vivía Chipiteguy, el viejo de las barbas blancas, que iba un día de junio en un cabriolé, camino de Pamplona, acompañado de un muchacho joven.

La casa de Chipiteguy era una casa vieja, de ladrillo cuarteada, que casi amenazaba ruina.

Tenía, para sostenerse, a un lado y a otro, dos filas de vigas, lo que le daba el aire de un barco que se estuviera construyendo, o de un tullido, apoyado en muchas muletas.

Otras varias casas había en la plaza del Reducto y en la calle de Bourg-Neuf sostenidas por vigas. Así como en los castillos de naipes, al caerse uno, arrastra a los demás, así allí, al tirar una casa, las otras de la vecindad querían venirse al suelo, y, si no se caían del todo, tenían la tendencia de cuartearse.

Era época en que, a imitación de París, comenzaban en las ciudades de provincia las demoliciones de los barrios viejos y malsanos.

Las casas que amenazaban ruina quedaban durante mucho tiempo como viejas paralíticas, aletargadas, sostenidas en sus muletas, mirándose unas a otras, contemplando su mutua miseria; algunas se presentaban negras y llenas de desconchaduras, con agujeros entre las maderas del entramado; otras se les caía el alero, como la visera de una gorra, y parecían quedar dormidas.

Había todos los matices de la ruina, de la decadencia. Una de aquellas casas avanzaba más en la línea y la arista de su esquina biselada tenía un mirador pequeño, con unos cristales redondos, que le daban el aire de los ojos de un pez; otra echaba una panza de hipocresía; una tercera un abultamiento como el bocio; algunas parecían la proa de un barco antiguo; a otras se les desarticulaban las ventanas, que quedaban como alas rotas, gimiendo y llorando de noche sobre el roñoso gozne.

La casa de Chipiteguy, vieja, de construcción pobre, con el tejado en forma de piñón y chimeneas altas, terminadas en tubos en zig-zags; tenía dos muros de piedra laterales fuertes, y entre éstos, vigas que sostenían los pisos. Un entramado de madera cruzaba la fachada: en el dintel de la puerta aparecía esculpido un escudo borroso con varias medias lunas y cabezas de hombres barbudos y de expresión siniestra.

Los pisos estaban superpuestos: los dos de arriba, más salientes hacia la calle que el de abajo. La casa, indudablemente, se había movido, al derribar otra contigua, y se abultaba como un abdómen de cincuentón de una manera absurda y ridícula. En medio de la casa, en la planta baja, se abría un ventanal, convertido en escaparate; en el primer piso, varias ventanas con sus cortinas; en el segundo, otros huecos; después la guardilla, con un balcón saliente y una viga y una polea encima, y sobre el caballete del tejado, una veleta anquilosada, con una paloma de hierro, gruesa y paralítica.

La casa del Reducto, desde hacía dos o tres generaciones, pertenecía a un Chipiteguy, dedicado al comercio de trapos y de hierro viejo. Este comercio había tenido, en un principio, una enseña y el título de "Las fraguas de Vulcano"; pero hacía tiempo que las letras se habían borrado y que se había olvidado el nombre. Los Chipiteguy, traperos y chatarreros, se sucedían como los Borbones; en dinastía, menos conocida, aunque no menos capaz, siendo quizá mejores y más honrados traperos que los otros monarcas, sin que se pueda decir que se necesiten menos condiciones espirituales para ser buen trapero que buen autócrata.

Por dentro, la casa de Chipiteguy se resentía de su derrengamiento; los suelos se hallaban torcidos y curvados; las aristas de las esquinas, inclinadas. La casa de Chipiteguy no estaba muy flamante por fuera; el comercio de trapos y hierro viejo no era muy pulcro; pero por dentro se hallaba muy limpia y muy arreglada. Todo en ella parecía cómodo y bien dispuesto.

Si se entraba en la casa, se encontraba primero el portal obscuro; a la derecha, la tienda, con su mostrador y sus armarios; a la izquierda, la escalera, y en el centro, el patio, con dos cobertizos, en los que se hallaban amontonados fardos de trapos, calderas roñosas, barricas desfondadas, barandillas de hierro, toneles, bombas y unas grandes balanzas.

De la tienda se pasaba a los almacenes obscuros, repletos de géneros, metidos en cajones y en sacos puestos en el suelo.

Por la puerta de la izquierda se encontraba la escalera, estrecha, empinada, con los escalones muy desgastados. Subiendo por la escalera se llegaba al primer piso, donde estaban el comedor, la sala, la cocina y un despacho, y después al segundo, que constaba de gabinete, cuarto de costura y tres alcobas.

La casa, por fuera, tenía aire triste y obscuro, principalmente, por la humedad de los dos ríos, que ennegrecía cada año más la fachada.

Si por fuera parecía todo muy abandonado, por dentro se hallaba muy limpio: los suelos encerados, las puertas pintadas, los cortinones espesos y las cortinillas planchadas, con lazos en los cristales.

Los muebles eran casi todos antiguos, y únicamente el cuarto de la nieta de Chipiteguy, moderno y coquetón, estaba a la moda.

No era culpa de las mujeres de la casa el que no se hallaran todas las habitaciones lo mismo.

Chipiteguy, el trapero y comprador de hierro viejo, a pesar de ser rico, no quería arreglar la casa; le parecía que no valía la pena de gastar dinero en ella. Unicamente había dado con gusto lo necesario para decorar el gabinete de su nieta, el salón y el comedor. Decía muchas veces que la casa y él durarían lo mismo, y que su nieta, cuando fuera mayor, dejaría aquel rincón mugriento para no volver jamás a él.

Los amigos se burlaban de Chipiteguy por su indiferencia y abandono, y le decían que era como Cadet Rousselle:

Cadet Rousselle, a trois maisons,

qui n'ont ni poutres ni chevrons.

Las mujeres de la casa habían conseguido, a fuerza de reclamaciones, que Chipiteguy les diera algún dinero para arreglar el salón y el comedor.

Al salón, iluminado por un balcón corrido, le pusieron un papel verde, con flores; sillería de estilo inglés, con tela del mismo color; un piano, un reloj alto con esfera de cobre, y dos cuadros al óleo, uno de caza y otro una "Matanza de los Inocentes", tabla alemana, en donde unos guerreros, con trajes medievales, degollaban a unos chiquillos, blancos y redondos como pelotas.

Había también en la sala varios grabados, copias de unos cuadros de Lebrún, inspirados en la vida de Alejandro el Magno; "La familia de Darío", "El paso del Gránico", la "Entrada de Alejandro en Babilonia", "La batalla de Arbelas" y "Alejandro y Poro".

En todos estos grabados había leyendas en latín y en francés. En "El paso del Gránico" decía: "Virtus omni obice mayor. La virtud domina el mayor obstáculo".

El comedor tenía papel amarillento, chimenea de mármol, mesa oval, aparador con jarras vascas de cobre, sillas Imperio y algunas estampas, entre ellas la vista de Bayona, con la Avenida de Boufflers y la Puerta de Mousserolles. En el aparador, sobre pequeños manteles blancos, brillaba una vajilla Luis XV, espléndida, y una cristalería reluciente.

El comercio de hierro viejo y de trapos hacía que la parte baja de la casa estuviera siempre poco cuidada; los cargamentos de chatarra y papel, los carros que se detenían a la puerta, los traperos que iban y venían, le daban, naturalmente, un aire poco elegante y distinguido.

Desde las ventanas del piso alto y de la guardilla se veían, por encima de las murallas y tejados del Reducto, las aguas del Adour, hacia las Avenidas Marinas, y los mástiles de los barcos que reposaban en el río.

Los días de niebla, muy frecuentes en el invierno bayonés, el Adour parecía un lago de color de perla; no se veían sus orillas y los barcos, a lo lejos, tomaban un aire espectral, sobre todo cuando extendían sus grandes velas amarillentas.


III
CHIPITEGUY Y SU FAMILIA

Alberto Dollfus, conocido en Bayona por el apodo de Chipiteguy, era un viejo de cerca de setenta años, dedicado a la venta de trapos y de chatarra.

Dollfus, alsaciano de origen, llegó a Bayona, en tiempo de la Revolución francesa, de soldado; se estableció en la ciudad y estuvo en España de contratista del ejército durante la invasión napoleónica.

Dollfus se casó, a principios de siglo, con María Chipiteguy, la hija de su antecesor en el comercio de trapos y hierro viejo de la plaza del Reducto. Alberto Dollfus y María Chipiteguy tuvieron dos hijos, Juan y Graciosa. Juan, de instintos aventureros, fué a América; intentó hacer fortuna en distintos puntos, no lo consiguió, y por último, desapareció y no se supo nada de él.

Graciosa Dollfus se casó con un contratista de obras llamado Ignacio Ezponda. De este matrimonio nació una niña, María Ezponda, a quien llamaban Manón. Ignacio y Graciosa murieron jóvenes; él, de un accidente del trabajo; ella, del cólera, en la primera epidemia que asoló a Europa. Manón quedó con su abuelo, quien tenía por su nieta un gran cariño; el viejo sirvió de madre a la niña, la cuidó y la educó.

Alberto Dollfus, conocido por Chipiteguy, era hombre de pelo blanco y barba también blanca, larga, con tonos medio rojizos, nariz curva, ojos profundos, de expresión viva, debajo de unas cejas cerdosas y salientes.

Chipiteguy andaba con frecuencia con un balandrán de percal negro, mugriento, y boina de lana. Para salir a la calle solía llevar sombrero de copa alta, como un tubo, y zapatillas. Con esta indumentaria no se diferenciaba gran cosa de los judíos comerciantes y traperos del barrio de Saint Esprit, y algunos le tomaban por un hijo de Israel.

El viejo Chipiteguy se paseaba de arriba a abajo por su tienda, recorría los almacenes, los cobertizos del patio, inspeccionándolo todo, dando sus órdenes, siempre con la pipa en la boca.

El chatarrero de la plaza del Reducto era metódico y meticuloso, como un burócrata alemán o un relojero suizo. Chipiteguy era rico; el negocio del hierro viejo y de los trapos le había producido mucho.

Tenía, además, un almacén de botellas en la calle de España, dos casas en la calle de los Vascos y dinero en títulos de la Deuda y en la cuenta corriente del Banco de Francia. Poseía, también, una casa de campo en el camino de Biarritz, con una magnífica huerta con árboles frutales.

Chipiteguy era culto, a su modo; hablaba francés, alemán, español y vasco. Tenía un ingenio vivo y una marcada tendencia a la sátira y al humor.

Siempre había sentido curiosidad por leer y por enterarse; compraba libros y estaba subscrito a dos periódicos de París y a otros dos de Bayona. En una rinconada de la trastienda había formado una pequeña biblioteca con libros llegados a sus manos por casualidad. Tenía algunos volúmenes muy antiguos, colecciones de periódicos ilustrados incompletas, montones de grabados y de estampas litográficas, canciones y hojas en vascuence y pastorales vascas manuscritas.

Al principio, en su juventud, el trapero había recorrido las calles de Bayona con un saco al hombro, en compañía de su suegro, gritando: "¡Marchand d'habits, galons!" Después, cuando murió su padre político, Chipiteguy inventó un pregón pintoresco, que utilizaba en Bayona y en los pueblos vascos de la frontera, que decía así:

Atera, atera

trapua saltzera

eta burni zarra

champonian.

(Saca, saca, a vender trapos y hierro viejo en dos cuartos.)

Luego, este mismo pregón lo convirtió en anuncio, escrito en el escaparate de su tienda, y le añadió la siguiente coletilla:

Emen eroztenda

modu onian

diru au degulaco,

alde gucietatic

ongui etorri da

izan oi da.

(Aquí se compra de buena manera, porque tenemos dinero de todos lados. Bien venidos sean.)

Además de este anuncio, a Chipiteguy le gustaba poner otros burlones en vascuence y en francés, ofreciendo su mercancía.

El ¡atera, atera! de Chipiteguy se había hecho popular y él lo había convertido en su canción de bravura. Si hacía un buen negocio o llegaba una buena noticia, el trapero cantaba con entusiasmo su ¡atera, atera!

Cuando se murió su suegro y siguió con los negocios de éste, a Dollfus todo el mundo le llamó Chipiteguy, como si fuera indispensable que el trapero de la plaza del Reducto se llamara así.

El vendedor de trapos y de hierro era muy volteriano y un poco petulante; el que le consideraran audaz le encantaba. Cuando oía decir:

—El viejo Chipiteguy es capaz de todo—sonreía satisfecho.

Chipiteguy abarcaba mucho en su comercio, tenía la manía de adquirir lo que se le presentase; él aseguraba que lo difícil era comprar, no vender. Chipiteguy compraba a veces restos de ediciones, montones de folletos, de periódicos y de libros. Luego revisaba sus adquisiciones con cuidado.

En sus cobertizos del patio se podía encontrar de todo: ruedas, volantes, calderas, ejes de máquinas...

En los almacenes, además de los fardos de trapo viejo, de cartón y de papel, había un local grande, lleno de objetos, procedentes de la guerra civil española. Este local era un museo de cosas, en su mayoría desagradables: uniformes con manchas de sangre coagulada, escapularios que habían tomado un color pardo, medallones hechos con pelo, pantalones, levitas, charreteras, cascos y tricornios agujereados por balas; toda clase de armas blancas y de fuego, toda clase de instrumentos de música de cobre, flautas, tambores y batutas; gran cantidad de galones y varias miniaturas, rosarios y medallas.

Los chatarreros ambulantes que entraban en España le traían estos géneros militares, y cuando los sacaban de los carros para meterlos en el almacén de Chipiteguy, enjambres de chicos de la vecindad se amontonaban delante de la tienda para verlos.

Chipiteguy mantenía relaciones con doña Paca Falcón, la de la tienda de antigüedades, y le vendía muchas cosas; pero había otras que no quería vendérselas y las guardaba para él.

Chipiteguy conocía y trataba a los judíos del barrio de Saint Esprit, los cuales, para ir y volver de Bayona a su barrio, habían de pasar por delante de la tienda del viejo trapero.

Con frecuencia se reunía en casa de Chipiteguy gran tertulia, y los judíos y otros tenderos que tenían puesto algún capital en negocios de España, escuchaban las noticias que daban los chatarreros que volvían del campo de la guerra.

En el comercio de Chipiteguy llevaba la contabilidad un tenedor de libros llamado Matías Frechón, hombre reservado, hipócrita y poco simpático, y había dos mozos para traer y llevar el género, uno llamado Quintín, y el otro, Claquemain. Quintín era bajito, delgado, afeitado, sonriente, y andaba moviéndose de un lado a otro con un balanceo especial, que parecía que lo hacía en broma.

Claquemain, grueso y fornido, de unos cuarenta años, con aire malhumorado y brutal, de nariz encarnada y bigote negro, largo y caído, era borracho y hombre de poco fiar.

Quintín se ocupaba del almacén y dormía en la casa. Claquemain servía de mozo y de carretero. Quintín, simpático, servicial, pulcro, tenía buenas palabras para todos; Claquemain, brusco, desagradable y sucio, pronunciaba el francés de manera confusa, como mascullando las palabras, y por cualquier motivo insultaba en seguida.

Quintín y Claquemain eran fieles a Chipiteguy; pero su fidelidad no ofrecía los mismos caracteres. Quintín sentía cariño por el patrón y le hubiera prestado cualquier servicio por gusto. Claquemain pensaba que, fuera de casa de Chipiteguy, no le sería fácil encontrar trabajo, porque no tenía oficio, y de aquí deducía que, mientras no le saliera alguna cosa mejor, lo que no era probable, serviría en el almacén del trapero.

En el pueblo, sobre todo en su barrio, Chipiteguy no disfrutaba de muy buena fama.

Algunos viejos recordaban que Chipiteguy perteneció al Comité de Salvación Pública de Bayona y que fué amigo de los convencionales Pinet, Cavaignac, Monestier y Dartigoeyte.

Se sabía también que había proporcionado datos al ciudadano Beaulac para escribir sus Memorias sobre la guerra entre Francia y España, en tiempo de la primera revolución, y se recordaba la fidelidad suya por el viejo republicano bayonés Basterreche.

Basterreche, a quien en una biografía publicada cuando era diputado, se le definía así: la tez morena, el talle corto, los cabellos crespos, los ojos de un sátiro y el andar de un vasco, era muy buen amigo de sus amigos y había favorecido a Chipiteguy en momentos difíciles. Los dos viejos solían tener largas conferencias.

Se creía que el trapero seguía siendo jacobino. Se sabía que más de una vez defendió a Danton y a Anacarsis Clootz con mucho calor. Algunos rumores extraños corrían acerca de él; se murmuraba que había hecho contrabando, y hasta moneda falsa; se añadía que había repartido hojas y papeles carbonarios y que pertenecía a una sociedad secreta republicana, titulada "Las Estaciones", en la que estaban afiliados hombres tan peligrosos como Blanqui y Barbés. A pesar de su republicanismo y de su volterianismo, Chipiteguy celebraba con grandes fiestas en su casa los dos patronos de los chatarreros, San Roque y San Sebastián; pero era porque cualquier pretexto le parecía bueno para un festín.

Mucha gente, sobre todo los legitimistas, se lo figuraban a Chipiteguy como un monstruo; le veían blandiendo una pica, en cuya punta llevaba una cabeza cortada, o escoltando con el sable en la mano y sin camisa un carro de condenados a muerte.

Vivía Chipiteguy en la casa de la plaza del Reducto con su nieta Manón, con la sobrina de su mujer, María de nombre; andre Mari (señora María, en vasco), que tendría unos cincuenta años, y dos criadas; una vieja, la Tomascha, y otra joven, la cocinera, la Baschili.

Manón, que a los catorce años era vivaracha y atrevida, prometía ser muy bonita. Manón era el entusiasmo del viejo Chipiteguy y de toda la casa. Chipiteguy necesitaba estar constantemente al lado de su nieta, a quien llamaba su perchanta, palabra que en vascuence quiere decir algo como avispada, lista, viva, y que el viejo empleaba con predilección al referirse a su nieta.

También la llamaba con frecuencia sorguiña (bruja).

—Tú desciendes de brujos—la había dicho una vez Chipiteguy a su nieta.

—¿Y tú no, abuelo?

—Yo, no. El segundo apellido de tu padre, Arguibel, era de brujos. Estos Arguibel eran parientes del célebre abate de Saint Cyran.

—¿Este abate era brujo?

—No; éste era jansenista, que es otra cosa más estúpida. En el tiempo de un proceso de brujas que hubo en San Juan de Luz, un viejo abate, Arguibel, fué quemado en Ascain, acusado de brujería. Era, sin duda, de los que iban a las aquelarres de Zugarramurdi y a la ermita del Espíritu Santo, del monte Larrun, a caballo, con la cerora a la grupa.

—¿Así iban?

—Sí.

—¿Pero las ceroras no serían tan viejas como ahora, abuelo?

—No; eran jóvenes, y me figuro que las habría guapas. Por entonces también quemaron a un tal Bocal, vicario joven de Ciburu, y a Juan de Miguelena, de Ascain, a los dos por brujos. A muchos de nuestros vascos, acusados de hechiceros, los quemaron dos magistrados franceses, los dos un tanto sospechosos de brujería; uno de ellos, de Lancre, y el otro, de Espagnet, que tenía una casa llena de esculturas y de signos mágicos en la calle de los Bauleros, en Burdeos.

El buen Chipiteguy sentía un gran cariño por su nieta y hacía cuanto se le antojaba a ella, a pesar de las protestas de la andre Mari y de la vieja criada la Tomascha, que aseguraban que, dejando hacer todas sus fantasías a Manón, le darían un carácter insoportable.

Manón llevaba una vida independiente. Andaba por el almacén y por la tienda de su abuelo arriba y abajo; hablaba con los compradores y vendedores, a pesar de la oposición de la andre Mari y de la Tomascha.

El viejo manifestaba el deseo de que su nieta no fuese una señorita tonta y melindrosa y la dejaba entrar en la tienda e intervenir en las ventas y en las compras; pero al mismo tiempo, cuando llegaban las horas de lección, la enviaba a su cuarto a estudiar. La chica tenía profesores que iban todos los días a darle lecciones.

El cuarto de Manón era el más elegante de la casa. Estaba cubierto de papel azul, tenía muebles de laca, sillas y sillones elegantes, una cama Imperio con colgaduras, tocador muy bonito, varios grabados ingleses y un piano nuevo.

Manón no sentía grandes deseos de estudiar; le gustaba mucho leer y, a veces, tocar el piano; pero tenía por esto una afición intermitente.

En su cuarto solía haber siempre una jaula de pájaros y dos o tres gatos sobre los almohadones, con los que jugaba la chica de la casa.

A Manón, como única heredera, le esperaba gran porvenir.

—Todo esto—decía el bueno de Chipiteguy, mostrando los montones de chatarra y los sucios fardos de trapos y de papel—se convertirá el día de mañana en trajes bonitos y en un coche magnífico para esta pícara.

Manón adoraba a su abuelo, y éste, cuando tenía a la muchacha cerca de sí, con sus mejillas sonrosadas y sus cabellos de oro, murmuraba con orgullo:

—No hay otra como la nieta del viejo Chipiteguy. Esta perchanta vale un mundo.

Si la andre Mari o la Tomascha se hallaban delante al oír la frase, gruñían con mal humor, porque así, según ellas, la muchacha se iba haciendo tonta y vanidosa.

Manón era un poco arrogante, de genio variable, en general alegre, pero a veces taciturna. Cuando hablaba con gente desconocida, lo hacía de una manera imperiosa y atropellada, sobre todo si la contradecían. En cambio, si le daban la razón, sin saber por qué, se intimidaba y confundía.

Manón era prima carnal de una muchacha, Rosa Lissagaray, cuya familia tenía un bazar en los arcos de la calle del Puerto Nuevo, que se llamaba "El Paraíso Terrenal".

Era un vivo contraste el que presentaban las dos muchachitas, que eran de la misma edad: Rosa, morena, con la cara larga, correcta, de poca expresión, la nariz bien dibujada, labios gruesos, color pálido y un poco miope; Manón, de cara redonda, ojos azules brillantes, expresión de viveza felina y de audacia un poco loca, el cabello rubio, en rizos alborotados y cortos, que extremaban la animación de su rostro.

Rosa, muy tímida, se ruborizaba con frecuencia, y una de sus actitudes más frecuentes era el quedar con las manos cruzadas, en señal de admiración.

En la cara de Manón se traslucían impulsos atrevidos y absurdos, una nerviosidad en los ojos y en la boca, un temblor en la comisura de los labios, y, a veces, cierta risa silenciosa, que le daba aspecto inquieto y lleno de malicia. Cuando estaba contenta solía tener un aire decidido y triunfal.

La perchanta, como la llamaba su abuelo a Manón, iba camino de ser una belleza. Rosita, más modesta, a pesar de la corrección de sus facciones, no llegaba a llamar la atención de nadie.

Manón tenía una petulancia cómica de chico travieso; repetía frases y epítetos que no comprendía bien, dándoles, por lo mismo, aire más alocado y grotesco.

Manón se burlaba de todo. Le agradaba embromar a su prima, diciéndole que a ella le gustaría ser bailarina, cómica o aventurera. Casi siempre tenía alrededor cuatro o cinco mozalbetes que le rondaban la calle y le escribían cartas de amor, de las cuales se reía.

En la tienda discutía con los compradores o con los chatarreros que venían a vender algo, y por cualquier motivo se le oía echar juramentos y decir palabrotas en francés, en castellano y en vascuence, imitándole al abuelo:

—Sacre nom! Je m'en fous! Qué p... de hombre! Váyase usted al c... ¡Arrayúa!

Estas barbaridades divertían mucho al viejo Chipiteguy y hacían llevarse las manos a la cabeza a la andre Mari y a la Tomascha, que creían que con esta educación la chica acabaría mal.

Manón escandaliza a su prima con sus ideas levantiscas. Cuando Rosita le hacía objeciones a sus fantasías, con su buen sentido práctico, Manón le replicaba cariñosamente:

—Eres una niña tonta y buena.

A veces, Manón, fingiéndose hastiada de todo, decía:

—Ya no quiero oír hablar de novios ni de amores. Prefiero una buena comida, una taza de café, una copa de coñac y después un buen cigarro.