Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
Páginas en blanco han sido eliminadas.
La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.


PÍO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

El aprendiz de conspirador.

El escuadrón del Brigante.

Los caminos del mundo.

Con la pluma y con el sable.

Los recursos de la astucia.

La ruta del aventurero.

Los contrastes de la vida.

La veleta de Gastizar.

Los caudillos de 1830.

La Isabelina.

El sabor de la venganza.

Las furias.


MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LAS FURIAS

ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
PARA TODOS LOS PAÍSES

COPYRIGHT BY
RAFAEL CARO RAGGIO
1921

Establecimiento tipográfico
de Rafael Caro Raggio


PÍO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

LAS FURIAS

RAFAEL CARO RAGGIO
EDITOR
MENDIZÁBAL, 34
MADRID


A Pablo Schmitz, de Basilea, a quien conocí todavía en plena juventud y al que vuelvo a encontrar de nuevo, pasados veinte años, en los linderos de la vejez, con el mismo entusiasmo ardiente por lo noble y por lo puro y el mismo desdén por lo ruin y por lo mezquino; al amigo y al maestro, al que me unen la comunidad de recuerdos y la comunidad de simpatías,

El Autor.

LAS FURIAS

PRÓLOGO

Hacia 1860—cuenta nuestro amigo Leguía—fuí con mi mujer, algo enferma del pecho, a pasar el invierno a Málaga, y me instalé en la fonda de la Danza, de la plaza de los Moros, en donde me hospedaba otras veces.

Esta fonda era de un gallego casado con una andaluza, y aunque no un hotel moderno (todavía no se habían implantado esa clase de establecimientos en España), se podía vivir con comodidad en ella. No dominaba por entonces el individualismo, un tanto feroz, que hoy reina en los hoteles, y se comía en la mesa redonda, y cada uno contaba a su vecino sus negocios y hasta sus cuitas. Teníamos mi mujer y yo, como compañero de mesa, un juez gallego que se quejaba constantemente de la comida de Málaga.

Para el juez gallego, todo lo de la ciudad y los alrededores era rematadamente malo. El juez estaba deseando que lo trasladasen a otro punto; pero como, al parecer, era un buen funcionario, las personas influyentes de la ciudad habían pedido que no lo sacasen de allí, y el Gobierno lo dejaba en su puesto. Según pude entender, el juez gallego constituía el terror de la gente maleante del Perchel y del puerto.

Solíamos estar en la mesa tranquilamente, cuando se oía de pronto la voz del gallego que gritaba:

—¿Peru qué sardinas sun éstas? Estu no vale nada; estu no está frescu.

—No me diga usted ezo, don Juan—terciaba la dueña del establecimiento—; presisamente ayé me desía don Pepe Rodrigue que en ninguna parte se comía el pecao como en eta casa.

—Pues, señora, ¡estu no está frescu!—gritaba el juez con la misma energía que si estuviera dictando una sentencia de muerte.

—¿Quié usté que le traigan un poco de pescá?

—¡Qué pescada ni qué niñu muertu! Que me pongan dos huevus fritus.

—¿Lo quiere uté con patata?

—¡Patatas! Aquí no valen nada las patatas ¡Aquellus cachelus!

Yo me reía interiormente de las divergencias de opinión del gallego y de la andaluza; para el primero no había nada superior a lo que se criaba en las proximidades del Miño, y para la andaluza, Málaga era el compendio de todas las excelencias culinarias y no culinarias.

Un día en que me hablaba el juez de sus campañas contra la gente maleante, le pregunté si sabía algo de la asonada política de Málaga en 1836, en que intervino Aviraneta y en la que murieron el conde de Donadío y el general Sanjust; pero el juez, por aquella época, no estaba en Málaga.

Preguntó a un joven, empleado en el Gobierno Civil, que se hospedaba en la fonda, quién podría tener datos de esta algarada.

—El que he oído decir que presenció este motín—dijo el joven—fué un señor de aquí.

—¿Quién?

—Pepe Carmona, un comerciante malagueño que es aficionado a escribir. ¿No le conoce usted?

—No.

—Pues es un hombre muy amable, muy tranquilo, muy frío, muy poco hablador, que parece un inglés. Sin embargo, su sino ha debido de ser tomar parte en estas trifulcas, porque de joven presenció una matanza que hubo en Barcelona en el mismo año que la de Málaga.

—Hombre, ¿qué me dice usted? Me interesa también ese movimiento de Barcelona—dije yo—. Me gustaría conocer a ese señor. ¿Podríamos verle?

—Sí; si usted quiere, le citaré una noche de éstas en el Casino.

—Muy bien; cítele usted.

—Pues ya le avisaré a usted para que vayamos a verle.

Pocas noches después fuimos al Casino el joven empleado y yo, y conocí a Pepe Carmona. Pepe Carmona era hombre de unos cuarenta y cinco a cincuenta años; hombre triste, amable y apagado. Tenía el tipo mixto que abunda en Málaga: los ojos azules, el pelo rubio, ya canoso; la nariz recta, la cara larga y huesuda; vestía con mucha pulcritud y lucía unas manos blancas, muy bien cuidadas. Al hablar ceceaba algo, pero con suavidad, sin aspereza alguna, y sonreía amablemente con frecuencia y con cierta timidez, un tanto rara en hombre ya de sus años.

Pepe Carmona me confirmó lo dicho por el joven del hotel y me aseguró que había conocido a Aviraneta en Barcelona, cuando las matanzas de la Ciudadela, en 1836, y que le volvió a ver en Málaga días antes de la muerte del general Sanjust, es decir, meses después de conocerle.

Le pedí me hiciera una relación de estos acontecimientos, de los cuales había sido testigo, y me dijo:

—Yo no sabría separar bien estos hechos con los recuerdos de mi vida; si usted quiere, le prestaré un cuaderno de mis memorias, en el que he escrito esos acontecimientos que a usted le interesan.

—Con muchísimo gusto. No tendré ese cuaderno mas que el momento indispensable para leerlo.

—No, no; puede usted guardarlo el tiempo que quiera.

El señor Carmona me envió al día siguiente al hotel un grueso cuaderno muy bien empastado. Estaba escrito con una letra inglesa de comerciante y había intercalado en el texto algunos dibujos hechos por el mismo Carmona. Tanto la relación escrita como los dibujos ostentaban cierta facilidad elegante, pero no una fuerte personalidad. Al parecer, Pepe Carmona, en su vida como en su literatura y en sus dibujos, era un hombre amable y distinguido; pero no pasaba de ahí.

De sus memorias copio todo lo que puede interesarnos a los aviranetistas.


I.
EL DIARIO DE PEPE CARMONA

Mi padre—dice Pepe Carmona—era un comerciante malagueño, nieto de un irlandés por la rama materna. El decía que su familia irlandesa procedía nada menos que de reyes. Mi madre había nacido en Málaga, pero era oriunda de Burgos, de un pueblo próximo a Salas de los Infantes, de donde salió mi abuelo para poner una mercería en la calle Ancha.

La procedencia, medio irlandesa, medio castellana, me ha dado a mí un tipo poco meridional, que es, sin embargo, frecuente en Málaga, en donde hay mucha mezcla de razas.

Mi padre contaba con relaciones comerciales en Inglaterra; había estado varias veces en Liverpool y en Londres y adoptado las costumbres e ideas de los ingleses. Una de ellas era el considerar como el sumum de la vida el tener las maneras de un gentleman. Mi padre consideraba lo mismo el ser gentleman que el ser rico; identificaba estos dos conceptos confundiendo el hecho con el derecho.

El caso fué que a mí me dió una educación de hijo de rico en un colegio de alto porte; que pasé temporadas en Madrid, y estuve en Inglaterra y en Francia. Naturalmente, yo me creí un hombre de fortuna que podía dispensarse costosas fantasías. En Londres me hice vestir por los mejores sastres, y en París tuve la humorada de tomar, como profesor de violín, a un alemán que me llevaba por cada lección un ojo de la cara.

Cuando volví a Málaga le dije, cándidamente, a mi padre que no sentía la menor afición por el comercio: me gustaba más la poesía, y puesto que él contaba con medios de fortuna suficientes para vivir, y yo también, si no le parecía mal, me dedicaría de lleno a la literatura. También le dije que probablemente no viviría en Málaga, porque aquel sol y aquella sequedad del paisaje me ponían malo.

Mi padre no dijo nada en contra de estos proyectos, y los aceptó con cierta tranquilidad irónica. Yo me dediqué a leer. Mis entusiasmos entonces eran Ossian y Walter Scott; conocía también algo de lord Byron. Por aquel tiempo comencé un poema épico: La Batalla de Lepanto, y esto me hizo separarme un poco de los Fingal, de los Morven y de las Malvinas, de los Rockeby y de las Damas del Lago, para meterme de cabeza en la mitología grecorromana.

Compré la Odisea en una traducción francesa. La Eneida, en la versión de don Diego López, que, aunque decían que no era fiel, me servía para comprender el original, y La Jerusalén libertada, del Tasso. Sobre estos modelos me puse a imitar. Al mismo tiempo me enamoré de una muchacha de la buena sociedad malagueña. María Teresa era una chica muy buena y muy simpática; yo tenía por ella un entusiasmo loco. Nos conocíamos de niños, y nuestro afecto había ido naciendo lentamente. Yo me creía ya muy seguro en la vida, y, aun así, tenía por temperamento una gran timidez para todo.

Mi vida, por entonces, era muy agradable, y a pesar de que, para la mayoría de la gente, Málaga, en aquella época, pasaba por un pueblo aburrido y de poca sociedad, yo me encontraba admirablemente.

Mi tiempo transcurría en mi casa y en casa de mi novia. Los domingos paseaba con ella por la Alameda, y a todas horas le rondaba la calle. A veces me sentía muy melancólico, y esto lo atribuía a las pequeñas disensiones que tenía con mi padre y con mi novia.


II.
ARRUINADOS

En esto, mi padre, que estaba fuerte como una roca, así al menos lo decía él, cayó enfermo y en pocos días murió. Empezamos mi hermano y yo a intervenir en los asuntos de nuestra casa comercial, y resultó, según nos dijo nuestro socio, que mi padre, quitando algunas acciones de minas, que por entonces no producían nada, no tenía un cuarto.

Al poco tiempo todo Málaga se hallaba enterada de nuestra ruina. Hicimos un balance de cuentas que nos dejó espantados. Afortunadamente, mi madre, mujer enérgica, de carácter, tomó las riendas de la casa: cortó por lo sano; vendió joyas y mobiliario, quedándose sólo con lo imprescindible, y fuimos a vivir a una casita de campo de la Caleta.

Mi hermano y yo nos dispusimos a trabajar para ver el modo de poner a flote el negocio de mi padre.

El socio nos manifestó una mala intención señalada, y vimos claramente que quería quedarse con la casa comercial, dando una pequeña pensión a mi madre. Nos enteramos del valor que podían tener las acciones de la compañía minera en donde mi padre había metido varios miles de duros, pero estas acciones se hallaban por entonces muy en baja, y nuestros amigos nos aconsejaron que esperáramos algún tiempo para venderlas.

Es muy poco grato vivir en un pueblo en donde se ha pasado por rico: se molesta uno al ver que la gente conocida huye del arruinado y se tiende a la desconfianza y a la suspicacia.

Los meses que pasé en Málaga, después de la muerte de mi padre, fueron para mí muy desagradables. Creía ver en todo el mundo apartamiento y desdén. Sólo mi novia seguía queriéndome y tratándome como hasta entonces.

Poco después, su padre se me acercó en la Alameda, y tras de largas consideraciones y de decirme que no me quería mal, me indicó que no visitara ni escribiera a su hija. Amablemente, me cerraba las puertas de su casa.

Yo volví a la mía completamente deprimido. Por entonces comencé a decaer, me sentía cansado y triste. Mi hermana, con más genio que yo, se burlaba de mí y me decía que tenía sangre de chufas.

—Si éste es así, dejadle—observaba mi madre.

No era sólo pena y tristeza lo que yo tenía, porque pocos días después tuve que acostarme y pasé durante cuatro semanas la fiebre tifoidea.

Cuando empecé a levantarme, mi madre, viendo que seguía lánguido y triste y que no reaccionaba rápidamente en la convalencia, me dijo:

—Lo que tú tienes que hacer es marcharte de aquí.

—¿Adónde?

—Qué sé yo. El mundo es grande.

—Está uno bastante mal preparado para luchar en la vida.

—Otros con menos medios que tú han llegado a ser algo.

Sabía un poco de francés, inglés y cuentas. Me hubiera gustado ir a vivir a Inglaterra, pero comprendía que el aprendizaje allí sería demasiado caro y demasiado largo para un hombre sin medios.

Consulté con un capitán de barco, el capitán Barrenechea, que hacía la travesía de Cádiz a Barcelona, y éste me dijo que me llevaría a cualquier punto de su trayecto gratis. Quedamos, Barrenechea y yo, en que primeramente intentaría probar fortuna en Valencia. Era a principio de la guerra, en 1833. Me embarqué en la Bella Amelia, y estuve en Valencia un mes sin encontrar nada que me conviniera, y cuando volvió de nuevo el barco de mi amigo el capitán fuí con él a Tarragona.

Al bajar, en el puerto, Barrenechea me dió dos cartas de recomendación. Una, para un señor Serra, comerciante, y la otra, para un capitán de cabotaje, llamado Ramón Arnau, que vivía cerca del puerto.


III.
DOÑA GERTRUDIS Y EULALIA

El capitán Arnau, hombre tosco, no muy amable, me recibió de una manera un tanto ruda. Me convidó a comer en su casa y me llevó por la tarde al escritorio del señor Serra, que tenía un gran almacén de granos y de harinas en una calle próxima al puerto. El señor Serra me sometió a un interrogatorio, y gracias al capitán Arnau, que vino en mi ayuda, pude salir bien del paso. Hice valer mis conocimientos y entré en la casa como escribiente y tenedor de libros, con veinticinco duros al mes.

Ya aceptado y con un empleo fijo, tuve que pensar en la cuestión del alojamiento, cuestión difícil, porque había por entonces mucha guarnición en el pueblo y dos o tres regimientos más que de ordinario, con lo cual todas las fondas y casas de huéspedes estaban ocupadas por oficiales.

El hijo de mi patrón, Emilio Serra, me dió una tarjeta para que visitara a dos señoras, tía y sobrina, que vivían en la calle de las Moscas, calle del pueblo viejo, entre la muralla y la Catedral. Tardé bastante en encontrar la calle, que estaba en lo más elevado de la ciudad, cerca de la capilla de San Magín.

Encontrada la casa, llamé y subí hasta el último piso. Las dos señoras, tía y sobrina, eran castellanas; me recibieron amablemente y me alquilaron un cuarto espacioso, con una ventana que caía a la parte de atrás de la calle de las Moscas, hacia la muralla.

Al principio vacilaron en darme hospedaje completo con la comida; pero a lo último, y diciéndoles yo que me acomodaría a sus gustos y costumbres, quedamos en que comería con ellas.

Mis patronas, como he dicho, eran tía y sobrina. La tía, viuda de un comandante retirado, muerto en Tarragona; la sobrina, soltera. Doña Gertrudis era una señora de pelo blanco, ojos claros, de aire muy amable y muy inteligente, y vestida siempre de negro. La sobrina, Eulalia, de unos cuarenta años, tenía los ojos muy vivos, la boca grande, de dientes blancos, los ademanes enérgicos y apasionados. Eulalia vestía también de negro; según supe después, un novio con quien iba a casarse había muerto días antes de la proyectada boda y se consideraba como viuda.

A mí me parecía por su pureza y su fidelidad un tipo intermedio entre Astrea y Artemisa.

El primer día que comencé mi trabajo en la oficina de don Vicente Serra me pareció muy largo y penoso. Por la noche hablé con las dos señoras de mi casa largamente y les conté mi vida.

Eran doña Gertrudis y Eulalia de cerca del pueblo de la familia de mi madre, y con tal motivo intimamos, considerándonos como medio paisanos.

—Es extraño—me dijeron varias veces, una y otra—. Usted no tiene nada de andaluz.

La amabilidad de mis patronas suavizó la vida que llevaba en Tarragona. Mi patrón, don Vicente Serra, hombre de unos cincuenta y tantos años, no me resultaba nada simpático: era frío, soberbio, ordenancista; tipo del comerciante rico que se da en todo el Mediterráneo. Me dijeron que prestaba dinero a usura y que, a pesar de ser muy santurrón y de ir a todas las procesiones y ceremonias religiosas, andaba en relaciones con las Celestinas del pueblo.

El hijo, Emilio Serra, no era tampoco simpático: se manifestaba muy déspota y muy orgulloso de su riqueza. Los Serra tenían una de las casas más lujosas de la Rambla de San Carlos.

En los días siguientes de mi estancia allí me fuí haciendo cada vez más amigo de las señoras de mi casa. Arreglé mi cuarto, que era grande, espacioso, blanqueado, con vigas azules en el techo, a mi gusto. Puse en las paredes algunas estampas y litografías traídas de Inglaterra, un estante para mis libros, una mesa delante de la ventana, y me prestaron mis patronas un sillón, con los brazos terminados por cabezas de pato, muy cómodo.

Mi cuarto daba a una sala empapelada de verde, con su piano, su cómoda, el espejo pequeño con marco de caoba, dos retratos al óleo y varias estampas. Esta sala tenía una sillería de estilo inglés. Eulalia me dijo que podía escribir allí si quería, pero yo le contesté que con mi cuarto me bastaba.

Eulalia tocaba muy bien el piano, daba algunas lecciones y cantaba con mucho gusto. Yo la oía, sobre todo los domingos y días de fiesta, desde mi cuarto, sentado cerca de la ventana, por donde se veía, enfrente y a la derecha, el Campo de Marte, dominado por el alto del Olivo, y a la izquierda, la ribera del Francolí, un inmenso jardín lleno de bosques de palmeras, de limoneros y de almendros.

Aunque no conocía Grecia, me figuraba que así debían ser los paisajes cantados por los antiguos poetas bucólicos de la Hélade.


IV.
EVOCACIONES Y RECUERDOS

Por Eulalia me enteré, días después, que la casa donde vivíamos estaba en el emplazamiento del antiguo Foro y próximo al Capitolio.

—¿Así que vivimos entre el Foro y el Capitolio?—le pregunté a Eulalia.

—Sí, señor. Ya ve usted qué honor. Aquí cerca, al lado de la puerta del Rosario, están también los muros ciclópeos.

Contemplé estos trozos de murallas, construídos con enormes peñas por pueblos antiquísimos y fabulosos. El Capitolio, según me dijeron, ocupaba un espacio limitado por una línea que, partiendo de la calle de las Escribanías Viejas, pasaba por la parte superior del Horno de los Canónigos y la pared del claustro de la Catedral, y cruzaba por frente al convento de la Enseñanza, hasta la casa del Arcedianato de San Lorenzo. En este sitio había existido la torre del Patriarca, torre en donde estuvo prisionero Francisco I, después de la batalla de Pavía, antes de ser trasladado a Madrid, y que fué volada por los franceses en 1813. Dentro del recinto del antiguo Capitolio entraba también el jardín del Magistral.

El Foro, al parecer, comenzaba en el castillo de Pilatos y plaza del Rey, seguía por la calle de Santa Ana, yendo a formar ángulo con la de Santa Teresa, próximamente a la casa del Horno de Salas; desde aquí seguía en línea recta por la Mercería, escaleras de la Catedral y calle de la Civadería, trazaba un ángulo en la calle de las Moscas, seguía la línea por el arco de Toda y el huerto de la casa de las Beatas, cerrando la línea en la plaza del Pallol.

Del Foro se conservaba todo su ámbito: las bóvedas subterráneas en la calle de la Mercería, y las superficiales en la parte de atrás de la Catedral.

No lejos de casa estaba también el palacio de Augusto, la torre de Pilatos, y hacia el mar, el Circo, donde se encuentra ahora el presidio del Milagro.

Esta vecindad, con los antiguos monumentos ilustres de la época, me llenaba vagamente la imaginación de ideas trascendentales.

Cuando salía de mi trabajo e iba a casa de mis patronas marchaba muy alegre. Les contaba cómo había pasado el día, y les llevaba noticias que corrían por el pueblo acerca de la guerra. Ellas, a su vez, sabían otras noticias, y confrontábamos las suyas con las mías.

Por las noches de invierno, después de cenar, teníamos en la mesa-camilla, doña Gertrudis, Eulalia y yo, largas conversaciones. Doña Gertrudis me contaba escenas de la guerra de la Independencia, presenciadas por ella. Esta guerra había dejado, como en otras ciudades españolas, un terrible recuerdo en Tarragona. Tarragona se defendió contra los franceses con un gran valor, como Zaragoza y Gerona. Los dos meses que duró el sitio de la ciudad fueron de una espantosa carnicería.

Doña Gertrudis recordaba al viejo general don Senén Contreras, yendo y viniendo por los baluartes, rodeado por su Estado Mayor, hablando siempre a los soldados y a los guerrilleros con una gran energía y un frenético entusiasmo. Doña Gertrudis contaba con muchos detalles la vida del pueblo en los meses de sitio, las mil cábalas que se hacían acerca de la suerte de la ciudad y las versiones que corrían sobre la ferocidad de las tropas del mariscal Suchet.

Por lo que decía ella, a quien más odiaba entonces el vecindario era a la legión italiana, que estaba con un regimiento de sitio también italiano, entre el fuerte de Loreto y el mar.

Esta legión se hallaba formada por sicilianos, napolitanos y corsos, reunidos en un depósito de reclutamiento en la Isla de Elba. La legión se hallaba constituída por aventureros, bandidos y ladrones capaces de todo. Uno de sus sargentos, Bianchini, se supo que había hecho la apuesta de comerse el corazón del primer centinela español que matase, y, por lo que se dijo, se lo llegó a comer.

La crueldad y la violencia de este hombre se hicieron legendarias, y la gente le llamaba El Dimoni. El tal Bianchini hizo varios prisioneros españoles, y como premio pidió al general ser el primero para entrar al asalto en Tarragona. En la brecha cayó muerto.

El mariscal Suchet reconoció que los españoles se batían como leones.

La gente del pueblo insultaba con furia a los franceses desde las murallas, y patrullas de mujeres iban armadas con su fusil a las avanzadas. Una de ellas, la Calesera de la Rambla, tuvo gran fama en aquella época.

Durante los días del asalto, la rabia de sitiadores y sitiados llegó al colmo. Los españoles mataron, en un encuentro, al general Salme, y los franceses, después de fusilar a unos cuantos españoles, escribieron con la sangre de sus víctimas este letrero en la muralla: «Queda vengada la muerte del general Salme».

Los últimos días del asalto fueron terribles. Los franceses, enfurecidos, no daban cuartel; los españoles se habían refugiado en la Catedral, y desde sus puertas hacían un fuego horroroso. Los franceses tuvieron que tomarla a cañonazos y a tiros, y desde la plaza de Las Coles hasta la entrada del templo fueron dejando, en la ancha escalinata que sube hasta él, racimos de muertos. Cuando entraron en la Catedral no dejaron dentro vivo a nadie de los que allí se habían refugiado. El suelo estaba lleno de sangre. Los franceses no respetaron heridos, ni enfermos, ni mujeres, ni chicos. Se contaba que los granaderos echaban a los niños por las ventanas y los recibían en la calle otros soldados en las puntas de las bayonetas. Después de la gran matanza, los franceses hicieron ocho grandes hogueras alrededor de la ciudad para quemar los muertos, y estas hogueras estuvieron echando espirales de humo grasiento y horrible durante días y días.

La desgracia de España hizo que, después de la postración producida por la guerra de la Independencia, viniera la lucha política encarnizada y cruel. Era, sin duda, indispensable alcanzar cierto grado de libertad de conciencia y de vida práctica. Los pueblos deshechos, despoblados, tardaban mucho en levantarse y en volver a la vida normal. Se había adquirido el hábito de la violencia; los hijos de los feroces guerrilleros, naturalmente, no podían ser mas que sanguinarios y crueles.

Después de la nueva campaña que hicieron los franceses realistas con el duque de Angulema, y que, afortunadamente, acabó pronto, vinieron las intrigas de los Descontentos. Eulalia había conocido a uno de sus jefes, al coronel Rafi Vidal, y vió a la señorita de Comerford en la casa del canónigo hospitalero de la Catedral, don Guillermo de Roquebruna. Eulalia me describió con entusiasmo la belleza de esta señorita irlandesa, que luego resultó enredada con un fraile.

Eulalia y doña Gertrudis me hablaron del terror que reinaba en Tarragona en tiempo del conde de España; los presos que venían de noche de los pueblos del llano y eran encerrados en el castillo de Pilatos o en el Fuerte Real, y de la bandera negra que aparecía en los baluartes, por lo cual se sabía que el día anterior se había enterrado o echado al mar un cadáver destrozado por las balas.

Todavía presentaba un carácter más horrible, según Eulalia, lo que pasaba en los calabozos de la Falsabraga, entre la barbacana y la muralla, hacia el palacio arzobispal. Desde la ventana de mi cuarto se oían en aquella época, casi todas las noches, gritos, lloros, lamentos y, con frecuencia, descargas cerradas. Luego se veían pasar hombres llevando algún bulto, precedidos por otro con un farol. Nadie se atrevía a acercarse al sitio en donde se sospechaba que alguien había sido enterrado; reinaba el más profundo terror, y la idea de ser llevado a la presencia del conde de España inquietaba a todo el mundo.

Yo escuchaba estas historias lleno de espanto, pero al mismo tiempo la tranquilidad de que gozaba por entonces me llenaba de satisfacción.

Doña Gertrudis me trataba como si fuera su hijo; yo iba sintiendo por ella gran afecto. Hicimos el proyecto de que, si acababa pronto la guerra, marcharíamos juntos a Salas de los Infantes. Ellas habían estado hacía pocos años; pero ya no podían soportar el frío de aquella región. Además, por estos días campeaba por allí el Cura Merino con su gente.

Llevaba yo un año en Tarragona. En medio de este ambiente apacible y algo melancólico me encontraba muy bien. En Málaga había vivido tan retraído, que la vida que hacía en Tarragona, quizá para otro monótona, a mí me bastaba.

Esta existencia rutinaria me llenaba por completo. Los domingos paseaba y, después de la misa, solía comprar alguna golosina para llevarla a casa. Por la tarde, a la hora de vísperas, casi siempre iba a pasear al claustro de la catedral. El jardín del claustro, con sus arrayanes y su pozo, sus cipreses y sus limoneros, me conmovía. No quería saber nada arqueológico; si a veces oía las explicaciones de algún cicerone, las olvidaba en seguida.

Me bastaba con disfrutar de aquel silencio, de aquel reposo lleno de misterio, que me daba la impresión de un lugar de Oriente. A la hora de las vísperas escuchaba el rumor lejano del órgano, el canto de los canónigos; veía a los mendigos envueltos en sus capas, rezando bajo una puerta primorosamente labrada, y todo esto me hacía soñar en una época pretérita y mejor.

Por la tarde iba al paseo de La Rambla, donde tocaba la música militar, y contemplaba a las señoritas de la aristocracia y a las menestralas, vestidas de negro, con unos cuerpos de diosa y la cara pálida de vivir a la sombra. Al anochecer, los días de fiesta, solíamos tener en casa alguna pequeña reunión musical, y yo tocaba el violín y Eulalia me acompañaba en el piano.

Por entonces se empezó a hablar de los carlistas catalanes Tristany, Brujó, Caballería, etc.

Entre estos había cabecillas audaces y atrevidos; pero no contaban con un hombre como los del Norte, con Zumalacárregui.

Luego, poco después, se empezó a hablar constantemente de Cabrera y de sus campañas en el Maestrazgo. A Cabrera, unos le consideraban como un monstruo, y otros, como el más acabado tipo del caudillo defensor del trono y del altar.

Zumalacárregui y Cabrera eran en este tiempo, y peleando en el mismo bando, dos símbolos de las dos corrientes opuestas y contrarias de la España clásica. El uno, la perseverancia y la visión clara y penetrante del hombre del Cantábrico; el otro, el brío, la gallardía y la fiereza del Mediterráneo. Mientrastanto, el resto de España esperaba.


V.
LA TORRE DE ARNAU

Algunas veces iba a visitar al capitán Arnau, a quien me había recomendado Barrenechea, el de la Bella Amalia. Don Ramón Arnau, hombre de unos cuarenta a cincuenta años, fuerte, enjuto, bien hecho, con la cara curtida por el sol y el aire del mar, era de estos tipos secos, avellanados, que produce la vida de a bordo.

Arnau iba siempre cuidadosamente afeitado y muy limpio; era hombre serio, de movimientos rudos, y hablaba de una manera casi siempre áspera y malhumorada. A mí no me manifestaba la menor simpatía; me consideraba, sin duda, como un señorito mimado, incapaz de un arranque de entereza.

Don Ramón se manifestaba liberal y anticlerical; no iba casi nunca a la iglesia; su mujer, aunque de menos edad que él, parecía más vieja, casi como si fuera su madre.

El capitán se mostraba con ella duro, dominador, creyendo, sin duda, que la misión de las mujeres es la de obedecer sin réplica y trabajar sin la menor distracción. La mujer del capitán seguía siempre la mirada de su marido y temblaba cuando éste se enfurruñaba. Arnau tenía esa idea de la autoridad del pater-familias romano, y se consideraba infalible e indiscutible.

En casa de Arnau conocí a sus hijas, María Rosa y Pepeta. María Rosa, muchacha rubia y blanca, me pareció un poco pava; la Pepeta, morena, con ojos verdes claros y tonos azules alrededor de los ojos, era verdaderamente bonita.

Las dos chicas, a pesar de su belleza y de su juventud, no me gustaban del todo por lo ásperamente que hablaban el castellano. Yo creía entonces, y tardé bastante tiempo en darme cuenta de tal preocupación, que por ser andaluz era superior a los catalanes. No comprendía que si un catalán puede ser ridículo hablando castellano entre castellanos, un castellano es ridículo hablando catalán entre catalanes. Lo mismo le pasa al español que habla francés, o al francés que habla español. Se cree también que unos idiomas son eufónicos y agradables al oído, y otros, no; pero todos los idiomas son eufónicos para el que está acostumbrado a ellos.

Arnau poseía una casa de campo en el camino de Barcelona, que va costeando por entre pinares y la marina, a poca distancia del Hostal de la Cadena. Esta torre, como la llamaban allí, era pequeña y blanca, tenía un hermoso huerto, un jardín con una terraza y una azotea desde la que se divisaba el mar. El huerto era grande, con naranjos, granados, limoneros y otros árboles frutales; el jardín tenía varios cuadros separados por boscajes de mirtos y de madreselvas, que formaban calles en sombra. Casi siempre, en invierno y en verano, resplandecían innumerables flores, y constantemente había frutos, pues cuando unos estaban ya maduros otros comenzaban a brotar. La naranja y el limón, las cerezas y los albaricoques, las peras y las manzanas, los higos, las granadas y las nueces se sucedían sin descanso.

Cuidaba este huerto Pascual, un mozo de unos veinticinco a treinta años, fuerte, tostado por el sol, algo pariente de Arnau. Pascual trabajaba constantemente y tenía un gran amor por la agricultura.

En el jardín había una pequeña glorieta cubierta con enredaderas y un gran pino alto, de copa redonda y tronco morado.

La tapia, pintada de azul, tenía encima jarrones de porcelana llenos de cristales de colores que despedían al sol brillantes destellos.

En mi poema La Batalla de Lepanto introduje más o menos subrepticiamente el jardín de la torre de Arnau y lo convertí en el jardín de las Hespérides, con sus ninfas guardadoras de las manzanas de oro: Egla, Aretusa e Hiperetusa. A Pascual, el hortelano, le llamaba Vertumnio. Cierto que el mitológico jardín no tenía nada que ver directamente con el resto de mi poema; pero yo me consideraba con derecho para vagabundear como poeta en alas de la fantasía por el mundo entero.

Varias veces fuí a la torre de Arnau solo o acompañado por algunos amigos, sobre todo los días de fiesta. María Rosa y Pepeta reinaban en aquel huerto con sus trajes blancos y sencillos, como Flora y Pomona. Estas chicas catalanas, que no conocían la timidez ni el rubor, eran completamente ingenuas y naturales y hablaban de una manera terminante y enérgica. No tenían María Rosa y Pepeta nada de ninfas tímidas y ossianescas ni de damas lacustres; mejor hubieran podido pasar con un poco de imaginación por diosas paganas.

María Rosa todavía era algo romántica; Pepeta tenía un realismo aplastante.

Conmigo solían ir dos pretendientes de María Rosa y de Pepeta: Pedro Vidal y Juan Secret.

Pedro Vidal había sido teniente de voluntarios realistas, y en aquella época se manifestaba satisfecho de no serlo y se sentía partidario de la Reina. A pesar de esto, el capitán Arnau no le perdonaba el haber pertenecido a la milicia realista y le manifestaba una marcada antipatía.

Vidal era pariente del coronel Rafi, sublevado en Tarragona, al frente de los Descontentos, y a su familia se la consideraba en el pueblo como absolutista. Vidal y un hermano suyo vivían obscuramente con su madre en una callejuela próxima a la Catedral.

Secret gozaba de la completa simpatía del capitán Arnau. Secret era hombre bajito, rojo y barbudo; su gran preocupación consistía en parecer alto. Cuando se le oía andar sin verle, por ejemplo, de noche, se creía que pasaba un gigante; tales zancadas solía dar.

Secret tenía el título de maestro de escuela y se vanagloriaba de haber publicado un periódico liberal en Reus. Lector de la historia de la revolución francesa, sentía un frenético entusiasmo por sus doctrinas y por sus hombres.

Secret sabía el francés, había vivido unos meses en Perpiñán y leído obras del vizconde de Arlincourt, y estaba convencido de que su mirada magnetizaba y fascinaba como la de las serpientes de los cuentos. Creía que era de esos hombres fatales que destrozan el corazón de las mujeres, de esos hombres que ríen de sus víctimas con una risa sarcástica y mefistofélica y que tanto abundan en los novelones y en los melodramas.

Sus amigos se burlaban de él y aseguraban que, por entonces, al menos, no se sabía que hubiera hecho ningún gran destrozo en las vísceras cardíacas del bello sexo.

Eso de parecer un hombre fatal siempre ha sido y será, sobre todo en época de romanticismo, cosa muy agradable. Secret, antes de vivir en Francia, figuró entre los absolutistas y formó parte de los Descontentos.

Su estancia en Perpiñán trastornó sus ideas y comenzó de pronto a sentirse liberal, y acabó siendo antirreligioso y republicano.

Secret era bilioso, colérico y partidario de incendiar, de matar y de no dejar títere con cabeza. El decía que estaba afiliado a la sociedad de carbonarios, pero sus amigos tampoco lo creían. Secret echaba grandes discursos en castellano, desdeñaba el uso del catalán y dominaba con sus adulaciones, y lo tenía preso en su tela de araña al capitán Arnau. No sabía yo exactamente si este hombre se dirigía a María Rosa o a Pepeta, pero ninguna de las dos le acogía con agrado.

Los conocidos me daban broma por mi amistad con la Pepeta, pero era inútil: tenía en la memoria impreso de una manera imborrable el recuerdo de María Teresa, y, además, reconociendo que era una tontería, no podía pasar por el acento catalán áspero de Pepeta. No me parecía nada femenino.

Otro comensal de la casa amigo de Arnau y muy liberal era un farmacéutico, Castells, un hombre gordo, tranquilo, que tenía su farmacia en una esquina de la Rambla de San Carlos.

Castells era un tanto fantástico: tenía ideas raras y originales; creía que la ciencia, con el tiempo, realizaría todos los milagros que se suponen hechos en la antigüedad, y pensaba que por la química se llegarían a hacer seres vivos.

Este Castells daba siempre la nota pintoresca y extravagante. Cuando íbamos a su farmacia solía obsequiarnos con magníficos refrescos, que componía con varios ingredientes en alguna probeta con el mismo aire que si estuviera haciendo un experimento o una reacción química.

En la casa de Arnau, en último término se destacaba la tía Doloretes, pariente de la mujer del capitán. Era ésta una mujer muy vieja, negra como un cuervo, acartonada, con una mirada muy viva y una manera de hablar exagerada y expresiva.

La pobre vieja vivía con el hortelano Pascual constantemente en la torre; había tomado la misión de trabajar para los demás y cultivaba la huerta, y estaba satisfecha si sus sobrinas nietas le hacían alguna vez una caricia.

No se podía ir con frecuencia a la torre de Arnau, porque muchas veces se decía que algún grupo de carlistas rondaba por las proximidades del Hostal de la Cadena. Yo, en general, los días de fiesta prefería quedarme en casa y añadir unas cuantas octavas reales más a mi gran poema.

A veces desconfiaba de este mamotreto, que iba creciendo y creciendo de tamaño, y en el que yo me pintaba como un hombre atrevido, conquistador y valiente; pero otras, me entraba de lleno la ilusión y pensaba en legar al mundo una obra maestra.


VI.
LA CASA DEL NEGRE

Cerca de la torre de Arnau, y entre la carretera y el mar, delante de una estrecha playa pedregosa se levantaba una casucha terrera, construída con adobes, que tenía al lado un corralillo y un pequeño bancal, verde o amarillento, según las estaciones. En el corralillo se veían constantemente harapos puestos a secar al sol, sobre cuerdas de esparto, y algún montón de fiemo, a cuyo alrededor picoteaban gallinas y comía una cabra. En la playa, al lado de la puerta del corral, hasta donde subían las olas, que echaban sobre la arena grandes madejas de algas harapientas, se veía una barca vieja, con la quilla al aire, que se pudría con la humedad y el sol.

Esta casucha, próxima a la torre de Arnau y al Hostal de la Cadena, se llamaba la casa del Negre.

El Negre había sido un pescador borracho y contrabandista que durante muchos años antes de la guerra de la Independencia había vivido allí. El Negre parecía hombre jovial, pues se pasaba la vida fumando en su pipa, componiendo sus redes en la playa y cantando. Una de las coplas que más le gustaba repetir era ésta:

Cuan lo pare no te pa

la canalla, la canalla,

cuan lo pare no te pa

la canalla fa ballar.

Un día el Negre hizo un extraño descubrimiento. Tenía su barca estropeada y había ido a pescar a una roca próxima a Tamarit del Mar, con su caña y una cesta, en la que llevaba un pedazo de pan y una botella de aguardiente.

Por la noche el pescador volvió trastornado, y, en vez de quedarse en su casa, entró en el Hostal de la Cadena.

Según dijo el Negre, había visto claramente una sirena blanca que tenía el tronco de una mujer y el resto del cuerpo de pez, con escamas. Se le había agarrado a la cuerda de la caña, y al levantarla en el aire dió un grito, se hundió en el agua y desapareció.

Se discutió el hallazgo en la taberna. Unos se pusieron a favor, y otros, en contra. El Negre afirmó que él sabía lo que eran las sirenas, porque en su juventud había visto una en el mascarón de proa de un barco, medio blanca, medio verde y con un arpa dorada en la mano.

El Negre describió su sirena con toda clase de detalles. Era rubia, con los ojos azules y los pechos blancos. Unos días después, dos jóvenes fueron a la roca próxima a Tamarit y vieron que el agua se revolvía al pie. Quizá había alguna pareja de delfines.

Desde entonces los vecinos de por allá llamaron a la roca la Roca de la Sirena.

El Negre no sabía a punto fijo lo que había visto, y cuando hablaba del hallazgo de su sirena lo contaba todas las veces de distinto modo.

El Negre murió a fuerza de ver cosas raras, porque siempre que las veía llevaba su botella de aguardiente, y más cosas raras veía cuando más alcohol penetraba en su cuerpo.

Poco después de la muerte del Negre apareció, habitando la casa, un vagabundo medio gitano, a quien llamaban el Caragol. Este hombre, enfermo de tercianas y de color pajizo, vivía enredado con una mujer muy guapa, llamada Teodora, que no le guardaba la menor fidelidad, porque constantemente, y de noche, entraban y salían hombres en aquella casa.

Un día el Caragol vino con tres mujeres, que dijo eran hermanas de la que vivía con él. No se sabía de dónde llegaban. Hablaban estas mujeres una lengua mixta de catalán, de italiano y de ruso.

Venían de muy de lejos; quizá ni ellas mismas sabían dónde habían nacido. La gente creía que eran gitanas o medio gitanas estas hijas de la tierra. La Teodora, la del Caragol, al lado de ellas se destacaba como una Venus, confirmando la idea de los antiguos griegos de que Venus era hermana de las arpías.

Mientras el Caragol estaba enfermo, la Teodora anduvo enredada con un marinero. Sus hermanas, las tres flacas, secas, negras, malhumoradas, chillonas y amenazadoras, trabajaban en el bancal de la casa del Negre, lavaban la ropa y salían a pescar pulpos entre las rocas.

Las llamaban la Nas, la Escombra y el Mussol: la Nariz, la Escoba y el Mochuelo.

En mi poema, en donde les di también entrada a estas mujeres, eran Alecto, Thisiphone y Megera.

La Teodora tuvo una hija muy rozagante del marinero, y luego, en tiempo de la guerra de la Independencia, se enredó con Bianchini, el soldado de la legión italiana a quien llamaban el Dimoni, del que tuvo un hijo.

Poco después, el Caragol murió, y la Teodora desapareció del pueblo dejando a sus supuestas hermanas la chica y el chico.

Las tres viejas arpías, la Nas, la Escombra y el Mussol, quedaron en la casa del Negre, trabajando como bestias para mantener a los dos sobrinos.

Por lo que se supo después, las tres furias hacían contrabando.

Algunas noches se veían luces en el mar y en la casa del Negre; después un falucho se acercaba a la costa frente al Hostal de la Cadena, y tres sombras iban a la pequeña playa, entraban en el mar y salían con pesados fardos, que iban subiendo a depositarlos en el Hostal de la Cadena y en la casa del Negre. Paquetes de tela, de tabaco y armas para los carlistas habían sido llevados al hombro por aquellas tres mujeres.

Una noche en que el comandante de carabineros, de acuerdo con un contrabandista que dirigía el movimiento, había dispuesto enviar todos sus soldados lejos de la playa en donde se iba a verificar el contrabando, se presentaron dos carabineros al olor de la combinación, en la que ellos no participaban, pretendiendo tomar parte en el botín.

Uno de los carabineros mandó pararse a dos de las furias de la casa del Negre, a la Nas y al Mussol, a las que sorprendió subiendo por la playa cargadas con fardos. Estas tuvieron que echar su carga al suelo. El jefe de la maniobra terció en la cuestión, se entendió con los dos carabineros y siguió haciéndose el alijo.

Unas semanas después, una noche obscura, las tres hermanas volvían de la playa con unos fardos de tabaco al hombro, cuando uno de los carabineros que les había sorprendido noches antes les dió el alto.

—¡Alto! A ver esos fardos.

Las tres mujeres echaron los fardos al suelo. El carabinero los reconoció.

—¡Hala!—dijo después—; tenéis que venir conmigo a la comandancia.

Las tres mujeres suplicaron encarecidamente al carabinero que les dejara; pero el otro, con la petulancia del hombre armado y con uniforme que se cree autoridad, aseguró que no cedería.

Entonces las tres furias se hablaron en su lengua, y rápidamente se lanzaron sobre el carabinero; una le sujetó los brazos por detrás; la segunda le tapó la boca, y la otra, abriendo un cuchillo, le dió tres cuchilladas profundas en el pecho. El carabinero quiso gritar y mordió en la mano a una de las mujeres; pero entre las tres le tumbaron en la arena, y allí le dieron más cuchilladas, hasta que lo dejaron muerto.

Ante el cadáver, las tres hermanas conferenciaron; decidieron meterle en su bote, y, pasando por delante del puerto, lo dejaron cerca de la salida del río Francolí. Después volvieron, limpiaron el bote perfectamente, quitaron las huellas de sangre de la arena y guardaron sus fardos. Esta muerte hizo que se abriese un proceso, en que hubo indicios para acusar a las tres mujeres de la casa del Negre, que fueron a la cárcel.

Mi patrón, don Vicente Serra, que, sin duda, tenía alguna relación con estas mujeres por cuestiones de contrabando, les dió dinero para que pudiesen poner fianza y salieran a la calle.

Estas tres mujeres llegaron a producir el terror en los alrededores del Hostal de la Cadena. Tenían las tres el perfil agudo, algo de pájaro en la cara, una manera de andar llena de fuerza y de brío; sobre todo, una de ellas, la menor, el Mussol, parecía ir volando cubierta con sus harapos negros. La gente creía a estas tres mujeres capaces de todo. Algunos pensaban que hacían mal de ojo y que podían atraer las desgracias, las pestes y las calamidades sobre las personas que odiasen.

La mayor de ellas, la Nas, tenía una cara fuerte, dura, inmóvil; la nariz, recta y cortante como un cuchillo; el pelo, negro, en dos bandas; el pañuelo, también negro, en la cabeza, y el brazo, seco y membrudo, como una raíz retorcida. La Escombra se caracterizaba por sus pelos alborotados, andaba siempre sucia y greñuda, y se la tenía por aficionada al aguardiente. El Mussol parecía realmente un mochuelo. Nadie entraba en su casa. Si alguno se paraba a mirarlas desde la carretera, le insultaban. Los dos sobrinos de estas furias eran a cual más inútiles y perezosos. La chica, que se llamaba Teodora, como su madre, pero a la que decían Dora, era rubia, vagabunda, y andaba en el Hostal de la Cadena en compañía de otra muchacha de mala fama. Se las veía a las dos a orillas del mar hablando con marineros y carabineros. La Dora, perezosa, tumbona, rozagante, no hacía mas que vagabundear y cantar. Era una mujer guapa, fuerte, de muchas caderas, que hubiera podido servir de modelo a una Venus Calipiga.

Al chico, que entonces tendría quince años, le llamaban el Caragolet y el Dimoni; trabajaba por temporadas, yendo a pescar en algún falucho, y solía vagar por la playa y los alrededores. A los quince años ya galleaba, rondaba a las mozas, vestía muy pincho, con gorro rojo, camisa de color y pantalón blanco; era hipócrita y sanguinario. Tenía un perro sarnoso, que se llamaba Napoleón, que era el compañero de sus hazañas. Era un perro tan hipócrita como su amo, que se acercaba amablemente al que le llamaba y, de pronto, le mordía en una pierna y echaba a correr.

Las tres furias de la casa luchaban a brazo partido con la vida angustiosa y miserable; tenían que pagar deudas y dar a mi patrono Serra lo que éste les había prestado.

Mientrastanto, la Dora y el Caragolet se divertían.

Hasta las tres hermanas llegaba la mala fama de sus sobrinos y, sobre todo, las aventuras de la muchacha, que, a su modo de ver, las deshonraba.

Estas furias tenían un odio terrible contra todo y contra todos; el rencor de los parias por los prestigios que ellos no pueden alcanzar. A pesar de su miseria, la idea de la honra era en ellas extremada y vidriosa; odiaban furibundamente a los que andaban con su sobrina, y al mismo tiempo la admiraban a ella por el atractivo y el garbo que tenía.

A uno de los que consideraban como su mayor enemigo era a Pedro Vidal, que había andado con la Dora. Por entonces supe yo que don Vicente Serra había querido llevar a una casa de Tamarit del Mar a la Dora, y ésta, burlándose del viejo comerciante, había alardeado de sus amores escandalosamente con Vidal.

Las furias de la casa del Negre tenían un profundo odio por este muchacho, que impidió que la Dora llevase una vida de menos escándalo que la que había llevado hasta entonces. Según me dijo Vidal, muchas veces, al pasar por delante de la casa del Negre, había visto alguna de las viejas que le mostraba el puño con rabia.

Aquellas tres mujeres, siempre trabajando, despreciadas por todos, sin apoyo ninguno, me daban a mí una profunda lástima.


VII.
RECUERDOS Y EVOCACIONES

Hay ciudades en el Mediterráneo en las cuales su antiguo esplendor queda como sumergido en la obscuridad de la historia. Son ciudades que viven todavía una vida intensa y que las preocupaciones del momento les hacen olvidar los sucesos pasados. Hay pueblos muertos que no tienen mas que el prestigio de su pretérita grandeza, y pueblos lánguidos que se conservan sin morir, pero que no alcanzan a llevar una existencia lozana y fuerte.

De estos últimos era por entonces Tarragona, ciudad demasiado antigua y demasiado moderna que, entre su extrema antigüedad y su modernidad extrema, no tenía apenas rasgos de unión.

Esta urbe moderna, elevada sobre ruinas romanas y murallas ciclópeas de una antigüedad hundida en el misterio, tenía, a pesar de sus edificios, la mayoría nuevos, un carácter grandioso y severo.

Había algo como un poder huraño en sus ruinas robustas, olvidadas por el tiempo, que daba hasta a las construcciones modernas un sello de gravedad y de tristeza.

La silueta de Tarragona, desde cualquier punto que se la contemplase, tenía un aire de austeridad. El misterio lejano de aquellas fuertes murallas ciclópeas, de bloques de piedra no tallados, sobre los cerros pedregosos, hablaba a la imaginación de épocas obscuras. El esplendor de Roma llegaba todavía vagamente, pensando que allí había habido un Capitolio, un Foro, un palacio de Augusto, un Anfiteatro; grandes y tristes acueductos. La Catedral, con su interior grave y majestuoso, su ábside como una fortaleza y su claustro admirable, era lo medieval; después, todos aquellos muros y baluartes, con sus torres almenadas y sus baterías, recordaban las luchas de la edad moderna; fenicios y celtas, griegos y romanos, godos y árabes, judíos y cristianos, todos habían dejado sus recuerdos en la vieja ciudad. El comprobar que al lado de la urbe moderna existían restos de otras urbes antiguas, brotes espléndidos de civilizaciones desaparecidas, daba la impresión melancólica que producen las grandes ruinas.

Tarragona era en esta época un pueblo pequeño, de unas diez a once mil almas. Se dividía en ciudad alta, entonces, casi todo el pueblo, planteado sobre roca viva, inclinado hacia el mar y hacia la ribera del Francolí, y ciudad baja, que comenzaba en las proximidades del puerto y se iba extendiendo hacia el cerro, en donde se hallaba asentada la población amurallada y antigua. Esta última tenía la forma de una herradura alargada, abierta hacia el puerto y cerrada a espaldas del Seminario y de la Catedral.

Las dos ramas de la herradura, no del todo paralelas, sino abiertas hacia los extremos, estaban formadas por una serie de muros y de baluartes, la mayoría construídos sobre otras murallas primitivas, que daban hacia el mar y hacia el monte. Entre las dos ramas de la herradura se hallaba la explanada fortificada, que dominaba el puerto y separaba la ciudad vieja de la nueva, y donde luego se abrió la Rambla de San Juan. En esta época de que yo hablo, la Rambla, que se consideraba como lo más animado de la ciudad, era la Rambla de San Carlos. En la ciudad vieja, las calles, en su mayoría, eran irregulares, estrechas y pendientes.

Yo me encontraba muy contento en Tarragona, conocía y admiraba sus puntos de vista. Sobre todo, el trozo de muralla, desde el baluarte de Cervantes hasta el de San Antonio, con la Barbeta o el tambor del Toro, que caía sobre la punta del Milagro, lo recorría con frecuencia. Era aquel un balcón espléndido que dominaba el mar.

La parte de atrás de la Catedral era menos curiosa. Por el lado de la torre de San Magín y el palacio del arzobispo, hasta el Fuerte Real, donde quedaban aún restos del antiguo Capitolio, se dominaba toda la llanura del Francolí, llena de huertas y de árboles frutales. Algunas veces subía también al cerro del Olivo, y desde allí contemplaba Tarragona. Como una de aquellas estampas de la época en que el artista modificaba la realidad para sintetizarla recuerdo la vista que desde allí se divisaba. En medio, la torre de la Catedral, redonda, rodeada de murallas y de fuertes; a su izquierda, salvando un barranco, uno de los acueductos roto, el del agua del Puigpelat; a la derecha, el otro acueducto, íntegro, el puente de las Ferreras, o puente del Diablo; hacia el puerto, la cúpula de una iglesia, y por todas partes, murallas, baluartes y muros almenados, y en el fondo, el mar azul, muy obscuro, lleno de velas blancas bajo un cielo espléndido.

A pesar de ser mi vida un poco lánguida, no estaba descontento de ella. A veces, pensando en mi melancolía constante y habitual, me decía a mí mismo:

—Estoy triste porque ella me ha abandonado—pero comprendía que no, que estaba melancólico porque mi temperamento era así.

Esta tristeza de los pueblos de sol siempre ha sido para mí punzante. Muchas veces tenía que salir de la oficina y bajar al puerto para hacer algún encargo. Sólo había de cuando en cuando alguno que otro barco de vapor. En general, se veían goletas, místicos, polacras sicilianas, galeotas toscanas, y alguna que otra vez, embarcaciones raras que venían de los archipiélagos griegos, con el velamen airoso, la popa redonda esculpida y grandes mascarones pintados con colores vivos.

Allí se solían ver barcos de todas las costas próximas, y a veces se distinguía el pabellón soberano de los Estados del Papa, con la figura de San Pedro y San Pablo; la bandera real de Cerdeña, con un escudo en fondo blanco y la orla azul; el pabellón de Toscana, con una franja blanca y dos rojas y en medio su blasón; el de las dos Sicilias, con el escudo rodeado por el toisón de oro; la flámula de Módena, con su águila; la de Mantua, con una mujer de dos caras; la bandera de Ragusa, con la palabra Libertas; la de Génova, con una estrella roja; la de Grecia, azul, con una cruz blanca; la de los Estados unidos de las islas jónicas, la de Liorna, la de Lucca, y la de otros muchos pueblos libres que tenían una bandera propia y peculiar suya.

Con frecuencia venían faluchos cargados hasta el tope de naranjas, y estos faluchos, con sus grandes velas y su cargamento de frutos dorados, sobre el mar negruzco de puro azul, me parecían el símbolo del mar Mediterráneo.

En el puerto, cerca de la muralla del Fuerte Real, había un cordelero que era amigo mío, y con quien solía hablar: el señor Vicente, a quien llamaban el tío Corda. Le veía ir andando hacia atrás hilando la estopa de cáñamo que llevaba en la cintura, mientras un chico daba vueltas al carretel.

Este cordelero era un viejo fuerte, rechoncho, un poco cojo, con la cara redonda y la sonrisa socarrona. Hablaba con malicia y con ironía; había sido marino, viajado mucho, y había estado en la batalla de Trafalgar. Recordaba muy bien a Gravina, a Churruca, a Valdés, y sabía anécdotas de Nelson, a quien los marineros llamaban el Señorito, de Collingwood, el tío Calambre y de Villeneuve, a quien apodaban monsieur Corneta. El señor Vicente me contaba largas historias de sus viajes, y hablándome de sus cuerdas y explicándome para qué servían en los barcos, me hacía pensar en el mundo entero.

Cuando yo le preguntaba lo que le parecían los acontecimientos de la guerra me decía filosóficamente:

—¡Qué quiere usted, señorito! Nuestro tiempo es muy cruel y muy bestial. El hombre tardará mucho en ser algo razonable.

Yo estaba de acuerdo con él en lo que decía.

Veíamos, el cordelero y yo, trabajar a los presidiarios en el puerto, cosa triste; contemplábamos la llegada de las barcas de los pescadores, y al caer de la tarde yo volvía hacia el pueblo por la cuesta de Despeñaperros mientras los resplandores del sol poniente incendiaban las rocas y las murallas almenadas. Este sol dorado, los celajes espléndidos del anochecer, en que me parecía que mi alma se vaciaba en el ambiente, el son triste de las campanas de algún convento, la estrella del crepúsculo cantada por Ossian, que brillaba en el cielo, y el sollozo monótono del mar, me impulsaban a la suave melancolía. Luego, al volver hacia casa, por las calles, miraba el interior de las tiendecillas, apenas iluminadas, y veía las tertulias que se congregaban en las trastiendas.

Al mediodía y al anochecer pasaba la diligencia por el centro del pueblo con un gran estrépito de cristales, cubierta de polvo. Se repartía el correo y se comentaban las noticias de la guerra.

Al sonar el toque de ánimas, todo el mundo se retiraba a su casa. La idea de estar encerrado entre murallas me producía también una gran melancolía.

Esta melancolía era en mí algo inasible; pensaba muchas veces que si hubiera podido convertirla en tema literario, me hubiera, por lo menos en parte, librado de ella; pero no podía: mis versos eran siempre fríos y correctos, y mis octavas reales sonaban como un tambor. En este endiablado poema mío no podía poner nada personal. No salía de evocaciones y de rapsodias. Además, todo el mundo hablaba en él con una terrible solemnidad, comenzando por el personaje, que era yo, con el nombre de Edgardo, guerrero y atrevido nauta, que hacía grandes proezas y grandes conquistas, y siguiendo por don Juan de Austria, Doria, don Alvaro de Bazán, Farnesio, Cervantes y Alí-Bajá.

Muchas veces, roído por este fondo de tristeza, que comenzaba a comprender que no dependía mas que de mí mismo, marchaba al claustro de la Catedral y pasaba horas enteras nadando en un sentimentalismo confuso, que quedaba como flotando sobre mi espíritu.

A veces, mis amigos me impulsaban a salir fuera del pueblo; íbamos a la torre de los Escipiones o al Arco de Bará, a los pinares, donde murmuraba el viento, o nos embarcábamos en una lancha y contemplábamos la costa entre el cabo Salou y el cabo Gros; las colinas blancas, amarillas, secas, con las entrañas rojas y sangrientas, cubiertas en parte de pinos, de olivares o de tamarindos, y las olas azules llenas de espumas que habían servido de blondas en la cuna de Anfitrite. Esta luz y esta esplendidez del mar latino no me producía alegría ninguna, sino más bien tristeza. Toda esta costa mediterránea me parecía como consumida por la llama de la pasión.

Al volver a ver el pueblo con sus casas iluminadas por el sol poniente, brillando en sus vidrieras, sentía, como siempre, la misma punzada de abatimiento y de melancolía.

También me gustaba los días de fiesta quedarme en mi habitación, mirando por la ventana el cielo y el campo.

En las horas fuertes de sol y de calor la luz tenía reverberaciones de horno; en los paredones de las murallas corrían los lagartos y las salamandras; en el campo cantaban las cigarras, y algún abejorro rezongaba y se escondía en los agujeros de las piedras; luego, al avanzar la tarde y al pasar la soñolencia de la hora de la siesta, el aire perdía su pesadez y quedaba transparente y sutil, con un olor a hierbas secas y una luz clara y nítida, y después venía la magia del crepúsculo, con sus nubes rojas de fuego, sobre las cuales ideaba la imaginación enormes Babilonias de mil torres, incendiadas y doradas.

Cuando las tintas grises del anochecer subían del llano a la montaña, yo seguía con la mirada las curvas que trazaban en el aire las golondrinas y los vencejos, y los zig-zags de los murciélagos, y oía las campanadas lentas del reloj de la Catedral y el toque triste del Angelus.

De noche, muchas veces abría la ventana y miraba el llamear de las constelaciones y la faz curiosa de la luna, que acariciaba con sus rayos las piedras, los cerros y los bosques lejanos...

Sentía con intensidad vagas nostalgias; pretendía, a veces, trasladar estas impresiones fugitivas al papel, y no conseguía hacer mas que pesadas octavas reales sonoras y rimbombantes.


VIII.
LA CASA DE MONTFERRAT

Al cabo de algún tiempo de vivir en Tarragona, conocía a todo el pueblo. No pretendí entrar en la sociedad de la gente distinguida; lo que me había ocurrido en Málaga me servía de lección. Con mi trabajo, mis versos y la amistad de las dos señoras de casa, me bastaba.

De cuando en cuando recibía cartas de Málaga, por las cuales veía que nuestros asuntos económicos iban tomando mejor cariz. No me hablaba mi familia nunca de mi novia; pero por un amigo supe que iba a casarse. Me desesperé, y, para calmar mi dolor, hice una elegía; mas me resultó como todos mis versos: sin emoción.

Un día estuve con Eulalia en el Jardín del Magistral, y conocí allá a una de las mujeres más distinguidas y más elegantes del pueblo, Elena de Montferrat, a quien el hijo de mi patrón, Emilio Serra, galanteaba.

Elena era una mujer alta, delgada y esbelta. Tenía el perfil romano; el óvalo de la cara, alargado; la nariz, recta; la boca, grande, pero hermosa y fresca; los ojos, negros, brillantes, y el pelo, rubio obscuro. Como solía vivir largas temporadas a orillas del mar, en una finca de su madre, cerca de Torre de Embarra, y salía por las mañanas a pasear a caballo, no estaba pálida, como la mayoría de las muchachas del pueblo, sino dorada por el sol. El primer día que la vi se mostró muy amable, muy seductora conmigo. Paseando por entre los boscajes y los macizos de flores, me pareció Armida en sus jardines encantados.

En todos los ademanes de Elena había siempre una distinción aristocrática, unida a un gesto amargo y desdeñoso. A mí me parecía, por su tipo, una emperatriz romana.

Elena era pariente, por parte de su madre, del canónigo don Guillermo de Roquebruna. Elena vivía en la parte vieja de la ciudad, en una calle estrecha que cruzaba de las Escribanías Viejas a la calle de Caballeros. Era una calle triste y silenciosa, con algunas tiendecillas, con las casas cerradas, en la que se veía cruzar, de tarde en tarde, algún canónigo o alguna vieja enlutada.

Elena era amiga de Eulalia, la sobrina de doña Gertrudis, y había tomado con ella lecciones de piano. Elena vestía muy bien, tenía el sentido de la elegancia, y, cuando se proponía, era graciosa y amable. Hablaba el castellano casi sin acento.

A mí me manifestó, al poco tiempo de conocerme, cierto desdén, no sé por qué motivo, porque yo no la pretendía pensando que había una gran distancia entre una muchacha rica y aristocrática y un advenedizo arruinado como yo.

El hablar con ella me producía siempre una sensación de timidez y de encogimiento; verdad que ella se mostraba conmigo un tanto áspera, burlona y displicente.

—A mí no me gustan los hombres guapos que se creen guapos—me dijo una vez—, y menos los que se pasan la vida en una actitud melancólica.

Yo, al oírla, enrojecí molestado por este ataque directo y no legitimado, y haciendo fuerzas de flaqueza la dije:

—A mí tampoco me gustan las mujeres que saben que son guapas, y menos las que son muy orgullosas.

Elena, después de esta réplica un poco viva, se acercaba más a mí y me hablaba burlonamente:

—Ya sé que escribe usted versos—me dijo una vez—. Con el tiempo le llamarán a usted el Cisne de Tarragona.

—No; en tal caso, la Cigarra de Málaga.

—¿No nos va usted a leer alguna vez sus versos?

—No se burle usted de mí.

—No, no me burlo.

—Mis versos no tienen valor para que los lea ante un público; sirven para mí solamente.