Nota del Transcriptor:
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OBRAS PUBLICADAS
PÍO BAROJA
Paradox, Rey, 3,00 ptas. La feria de los discretos, 3,50. La Busca, 3,50. Nuevo tablado de Arlequín, 3,00. Juventud, egolatría, 3,50. El árbol de la ciencia, 3,50. La veleta de Gastizar, 4,00. Los caudillos de 1830, 4,00.
JULIO VALLÉS
El Niño (vida de Jaime Vingtras), 4,00 ptas.
ENRIQUE BARBUSSE
El fuego en las trincheras, 4,00 ptas.
CARLOS RIVET
El último Romanof (historia del Tsar de Rusia y su corte), 3,50 ptas.
JUAN GUALBERTO NESSI
Aventuras del submarino alemán U..., 2,00 ptas.
JULIÁN SOREL
Los hombres del 98. Unamuno, 2,00 ptas.
LORENZO GALLEGO CARRANZA
Lecciones de Topografía. Obra adaptada al nuevo programa de esta asignatura en la Academia de Infantería y aprobada como texto definitivo para la misma por R. O. de 25 de Junio de 1917, 9,00 pesetas. Contiene 32 láminas en colores.
OBRAS DE PÍO BAROJA
Vidas sombrías (agotada). Idilios Vascos (agotada). El tablado de Arlequín, 1,00 pta. Nuevo tablado de Arlequín, 3,00. Juventud, egolatría, 3,50.
LAS TRILOGÍAS
TIERRA VASCA
La casa de Aizgorri, 1,00 pta. El Mayorazgo de Labraz, 3,00. Zalacain el Aventurero, 1,00.
LA VIDA FANTÁSTICA
Camino de perfección, 1,00. Inventos, aventuras y mixtificaciones de Silvestre Paradox, 1,00. Paradox, Rey, 3,00.
LA RAZA
La dama errante, 3,00. La ciudad de la niebla, 3,00. El árbol de la ciencia, 3,50.
LA LUCHA POR LA VIDA
La Busca, 3,50. Mala hierba, 3,50. Aurora roja, 3,50.
EL PASADO
La feria de los discretos, 3,50. Los últimos románticos, 3,00. Las tragedias grotescas, 3,00.
LAS CIUDADES
César o nada, 4,00. El mundo es ansi, 3,50.
EL MAR
Las inquietudes de Shanti Andía, 3,50.
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
El aprendiz de conspirador, 3,50. El escuadrón del Brigante, 3,50. Los caminos del mundo, 3,50. Con la pluma y con el sable, 3,50. Los recursos de la astucia, 3,50. La ruta del aventurero, 3,50. La veleta de Gastizar, 4,00. Los caudillos de 1830, 4,00.
PÍO BAROJA
LOS CAUDILLOS DE 1830
Copyright by Rafael Caro Raggio-1918.
Es propiedad.
Prohibida la reproducción.
Imp. de Alrededor del Mundo, Martín de los Heros, 65.
PÍO BAROJA
LOS CAUDILLOS DE 1830
NOVELA
RAFAEL CARO RAGGIO: EDITOR
Calle de Ventura Rodríguez, 18
1918
LIBRO PRIMERO
EL ETERNO CONSPIRADOR
I.
DON EUGENIO
Un día, al anochecer, apareció en la fonda de Iturri un hombre que llamó la atención de Lacy y de Ochoa. Era un tipo seco, amojamado, con la cara y las manos curtidas por el sol. Tenía el aire de cansancio de los que vienen de países tropicales.
Vestía redingot negro, pantalón con trabillas, sombrero de copa de alas grandes y corbata de varias vueltas.
—¿Quién es este hombre?—preguntaron Lacy y Ochoa a Iturri.
—Es un vascongado que viene de la Habana. Ahí está su nombre.
Los dos jóvenes leyeron el nombre: Eugenio de Aviraneta.
—¿Es de los nuestros?—preguntó Ochoa.
—Yo le he conocido aquí en 1824—dijo Iturri—creo que es liberal.
El recién llegado escribió unas cuantas cartas y se metió en la cama.
Al día siguiente preguntaron por él dos o tres personas, entre ellas el auditor de guerra y amigo íntimo de Mina, don Canuto Aguado.
Por lo que dijo Iturri, Aviraneta traía pasaporte del capitán general de la isla de Cuba, para Madrid, por la vía de Francia, pero como no se había presentado al cónsul español de Burdeos, no podía pasar a España.
A la hora de almorzar Iturri sentó a la misma mesa donde comía su sobrino y Lacy al recién llegado y éste al saber que Eusebio era hijo del general Lacy estuvo muy amable con él y habló largamente con los dos jóvenes. Aviraneta les hizo alguna impresión. Tenía marcada tendencia por la frase amarga y el epigrama, lo que hacía creer que era tipo desengañado y sarcástico.
—¿Ha tenido usted larga conferencia con Aguado?—le preguntó Ochoa.
—Sí.
—¿Qué dice?
—Poca cosa.
—¿No está contento de la marcha de los acontecimientos?
—Eso parece.
—¿Y el general Mina no tiene confianza?
—Muy poca. Por lo que he podido traslucir no está contento de la organización de la empresa. Se me figura que va arrastrado por la fogosidad y la imprudencia de todos.
—Es que el general está viejo, enfermo y naturalmente es desconfiado. Ya verá usted como todo sale bien—dijo Ochoa.
—Mejor, mejor; ¡ojalá!
Aviraneta contó sus viajes, y estaba hablando de sobremesa cuando se presentó Iturri con el italiano de la subprefectura que había dado los informes de las dos damas del Chalet de las Hiedras.
El italiano era un hombrecito calvo, de unos cuarenta años, la nariz arqueada y roja, el pelo rubio y la mirada viva a través de los lentes. Vestía un traje raído y sin brillo y llevaba los pantalones con rodilleras.
El señor Pagani, así se llamaba, era al parecer, insustituíble en su oficina; sabía cuatro o cinco idiomas a la perfección, trabajaba constantemente y ganaba poco.
—Me ha explicado mi amigo Iturri su situación—dijo hablando el castellano perfectamente.—¿Qué documentos tiene usted?
—Tengo el pasaporte del capitán general de la Habana para dirigirme a Madrid—dijo Aviraneta.
—¿Quiere usted enseñármelo?
—Ahora vengo con él.
Aviraneta entró en su cuarto y volvió poco después con unos papeles.
—He salido de la Habana con mi pasaporte pensando ir a Madrid, pero como me he encontrado con esta agitación revolucionaria, inesperada, no me he atrevido a entrar en mi país.
—¿Usted ha tenido que ver algo en política?—preguntó el italiano mirándole por encima de sus lentes.
—Sí, en parte—murmuró Aviraneta—yo fuí miliciano como otros muchos... obligado... y tuve que emigrar en 1823, pero no me he mezclado nunca activamente en política.
El italiano contempló con desconfianza a su interlocutor, después tomando el pasaporte comenzó a leerlo despacio.
—Está bien... en regla—fué diciendo mientras leía—visado por el cónsul general francés del puerto de la Habana... falta la presentación al consulado de España en Burdeos.
—Sí, ha sido un olvido—dijo Aviraneta.
—Esta falta—repuso el italiano—le imposibilita a usted para entrar en España porque se le considerará a usted como sospechoso y en el acto se le reducirá a prisión.
—Entonces no, no quiero entrar en España.
—Dígame usted. ¿Cuál es el plan de usted? ¿Qué es lo que usted desea?
—Yo, la verdad, soy un hombre pacífico—afirmó Aviraneta—si hay esos peligros de que usted habla, prefiero quedarme aquí. En vez de visitar a mis parientes de Irún y San Sebastián, a quienes no he visto hace años, les pediré que vengan a verme. Mi plan se reduce a estar en Bayona un par de meses.
—Lo bastante para hacer la expedición que proyectan los liberales españoles—dijo el italiano con ironía.
Lacy y Ochoa sonrieron.
—No, no—exclamó Aviraneta—eso la gente moza, yo ya soy viejo para esos trotes.
—¡Hum! Quizás yo me engañe, pero no me parece usted menos peligroso que estos jóvenes; en tal caso más.
—Es usted muy amable, señor Pagani. No. Estoy cansado de verdad. ¿Y cómo arreglaremos el asunto para que yo me pueda quedar en Bayona?
—Yo lo arreglaré, y si quiere usted que no le molesten no concurra usted a los cafés, porque están muy vigilados por los agentes de los dos gobiernos y por los espías que tiene el señor de Calomarde entre los mismos liberales.
—No tenga usted cuidado. No iré a los cafés.
—Su pasaporte de usted con los de los demás españoles residentes aquí los colocaré en la subprefectura en carpeta separada de los emigrados políticos y mañana por la mañana traeré a usted la carta de seguridad con cuyo salvoconducto no le molestará la policía.
El señor Pagani se despidió de todos y al día siguiente por la mañana volvió trayendo la carta de seguridad. Aviraneta le dió un luis que al italiano debió parecer por los aspavientos que hizo al recibirlo un verdadero capital.
Recomendó de nuevo a Aviraneta que tuviese cuidado con quien hablaba y añadió que si alguna dificultad se le ofrecía no tenía más que avisarle a la subprefectura por mediación de Iturri.
II.
ENTREVISTA CON MINA
Una de las condiciones características de Aviraneta era el enterarse y darse cuenta rápidamente de una situación. Al tercer día de su estancia en Bayona don Eugenio había hablado con los más conspicuos constitucionales, sabía sus opiniones, lo que pensaban acerca de la expedición que se estaba preparando, las simpatías y las antipatías que tenían.
Con su prudencia habitual de zorro encanecido en la intriga, Aviraneta no se presentó en ningún sitio bullanguero ni paseó por las calles en grupo con otros españoles.
La tarde del tercer día de su estancia en Bayona, don Canuto Aguado le avisó para que acudiese a las nueve de la noche a su casa. Aguado vivía en un tercer piso de la calle de Santa Catalina en el barrio de Saint Esprit, en un cuartucho barato, sórdido y sombrío.
Aviraneta al anochecer, cenó, se embozó en la capa y se marchó por el puente de barcas a Saint Esprit.
Al llegar a la calle de Santa Catalina buscó el número hasta dar con él. Aguado se encontraba esperándole en el portal.
—Aquí está Mina—le dijo.—Le he avisado para que hable con usted.
Aviraneta y Aguado subieron la estrecha escalera de la casa, iluminándose con un cabo de vela, y entraron en un cuarto diminuto, con un armario lleno de papeles. Sentado a la mesa, a la luz melancólica de un pequeño quinqué de petróleo estaba el general don Francisco Espoz y Mina.
El general se levantó con trabajo y estrechó la mano de Aviraneta. Aguado cerró la puerta del cuarto y los tres hombres se sentaron. Estaba el caudillo de la guerra de la Independencia avejentado y con aspecto de enfermo; tenía el pelo y las patillas blancas y las mejillas hundidas; llevaba una chaqueta de tela gruesa, un pañuelo de lana en el cuello y un capote sobre los hombros.
—Yo recuerdo haberle visto a usted...—dijo Mina dirigiéndose a Aviraneta con un hablar inseguro y algo vacilante—si... recuerdo, hará ya quince años... cuando la conspiración de Renovales creo que era ¿no?... sí cuando la conspiración de Renovales. Entonces debía usted ser muy joven.
—Tenía veintitrés años.
—¿Y qué ha hecho usted desde esa época?
—¡Oh, tantas cosas! que ya no me acuerdo.
Aviraneta contó rápidamente cómo había sido ayudante del Empecinado, su viaje a Egipto y a Grecia, y después su estancia en Méjico.
—Ultimamente he hecho la expedición a Tampico con el brigadier Barradas—terminó diciendo—y por la defensa de este pueblo el general Vives ha pedido al Gobierno la confirmación del empleo de Comisario ordenador de Guerra. En este momento, cuando iba a tomar posesión del cargo, llegó a la Habana la noticia de la Revolución de Julio de París, y a mí me avisaron por la Venta Carbonaria lo que se intentaba. Esto me movió a presentarme al capitán general y a manifestarle francamente mis deseos. Vives, que es amigo mío, intentó disuadirme, pero viendo que era imposible me dió el pasaporte para España.
Aviraneta lo mostró a Mina, quien lo leyó despacio y después dijo:
—¿Y ahora qué piensa usted hacer?
—Me uniré a ustedes.
—El caso es—murmuró Mina—que yo no voy a poder darle a usted cargo alguno en esta expedición... es tarde... cada cargo es una nueva fuente de riñas y de rivalidades... sí; es verdad...; no hablo por hablar, no... no sabe usted cómo están los míos, los que llaman ministas, con los valdesistas y los gurreistas... yo quisiera... pero no puedo... cada jefe quiere tener su partido y así no vamos a ninguna parte.
—Si no tengo cargo oficial trabajaré independientemente.
—¿Usted puede entrar en España, Aviraneta?
—Estoy pregonado por el corregidor de Roa en la causa del Empecinado, pero supongo que ese proceso estará ya sobreseído.
—¿Tiene usted parientes en España?
—Sí.
—¿En dónde?
—Aquí en el Norte, en San Sebastián y en Irún.
—Pues entonces podrá usted pasar. Si usted quiere, yo haré que le firmen el pasaporte.
—No; de ir, iré sin pasaporte. Conozco el país y tengo amistades en la frontera. Diga usted, mi general, sus intenciones y sus planes; yo, conociéndolos, veré qué es lo que puedo hacer.
—Está bien. Habla usted con franqueza..., y a pesar de que yo tengo fama de zorro le hablaré a usted con la misma claridad. No tengo interés en engañarle.
—Ni yo tampoco a usted, general.
—Lo comprendo. Bien, no le diga usted esto a nadie... esto que le voy a decir... La gente lo sospecha... pero yo no quiero confesarlo...: voy arrastrado a una expedición en la que no creo... que me parece imposible pueda tener éxito...; usted me dirá ¿por qué he entrado en ella?... Por los amigos...; me decían que yo, como más viejo..., con más representación... quizás pudiera ordenar el movimiento... No se ha podido hacer nada...; mis informes me hacen creer que hay traidores en nuestro campo, que el Gobierno está advertido... y que vamos al fracaso.
—¿Y no se puede aplazar esto?—preguntó Aviraneta.
—No. Ya me echan la culpa a mí de las dilaciones...; el general Gerard me recomendó que esperase...; creí que haría algo por nosotros, y nada... ahora si no marcho todo el mundo dirá que yo he entorpecido la expedición... que soy un traidor..., y voy a marchar... Si usted hubiese venido... antes... cuando organizábamos nuestras tropas... le hubiera nombrado jefe de una de ellas, pero esto está constituído... mal constituído... pero ¿qué se va a hacer?
-Ah. Nada. De eso no hay que hablar.
—Si usted hubiese venido antes, Aviraneta, yo le hubiese encomendado un trabajo comprometido... y peligroso.
—¿Cuál?
Mina se detuvo, palideció y murmuró llevándose la mano al costado.
—Estos días de otoño... las heridas... me duelen...; dígale usted, Aguado, cuál era nuestro proyecto.
—La idea del general—dijo Aguado—era no emprender esta expedición sin tener un apoyo en la península. Hubiésemos querido contar con San Sebastián y con Santoña antes de comenzar el movimiento en la frontera. Las dos plazas son fuertes e importantes. Con San Sebastián y Pasajes tendríamos la defensa de la costa y el paso abierto a la frontera; con Santoña podíamos defender la parte de Santander, tener abierto el camino de Burgos hacia Madrid y marchando mal defendernos de las tropas que vinieran de Vizcaya en el portillo de Gibaja y en la barca de Treto, y de los que llegasen de Burgos o de Asturias en la línea de Torrelavega.
—¿Y por qué no han intentado ustedes eso?
—Amigo Aviraneta—dijo Mina, ya un tanto aliviado del dolor,—nadie ha estudiado con calma nuestros proyectos... Todo el mundo cree que basta presentarse en la frontera... echar un discurso... para que el pueblo venga con nosotros...
—¿Y no dieron ustedes, mi general, algunos pasos?—preguntó Aviraneta.
—Sí; yo había escrito a algunos amigos de San Sebastián... diciéndoles que esperaran órdenes.
—¿Tiene usted allí amigos de confianza?
—Sí. Legarda, Amilibia, Baroja... y sobre todo Lorenzo Alzate.
—Alzate es primo mío. ¿Y cree usted, mi general, que ya no se puede hacer tentativa alguna en ese sentido?
—Eso creo.
—Yo volveré de nuevo a estudiar la cuestión y hablaré con usted.
—¿Ah, bien... muy bien!... ¿Qué, nos vamos?
—Sí—dijo Aguado.—Encienda usted la vela, Aviraneta.
Den Eugenio encendió una pajuela y luego el cabo de vela, y Aguado apagó el quinqué.
Aviraneta tomó el candelero, y Mina, apoyado del brazo de Aguado, bajó las escaleras y montó en un cochecito que había en la calle esperándole. Aguado y Aviraneta marcharon a Bayona por el puente.
III.
CONVERSACIÓN CON AGUADO
Estaba lloviendo; ni Aguado ni Aviraneta tenían ganas de entrar en sus casas, y se metieron en los soportales del Puente Nuevo.
—¿Qué le ha parecido a usted, Mina?—le preguntó Aguado.
—Sencillo, atento. Me lo figuraba así—dijo Aviraneta.—¿La opinión íntima acerca de la expedición que se proyecta es la que ha expuesto?
—Sí.
—¿No hay alguna cosa que nos haya callado?
—No. Es decir, no ha insistido en las diferencias que hay entre nosotros.
—¿Y cómo no se ha zafado de esta empresa, en la que tiene tan poca confianza?
—Esta pregunta me demuestra que lleva usted lejos de nosotros mucho tiempo—dijo Aguado.—Usted le ha conocido a Mina cuando era un general liberal, uno de tantos; hoy es el mayor prestigio del liberalismo activo y no se puede zafar de una empresa así como en tiempo de Renovales. Mina viene arrastrado. A raíz de la Revolución de 1830, Mina se encontraba en los baños de Bath. Se le escribió contándole con detalles las jornadas de Julio. Los emigrados que habían acudido a París creían que aquella era la ocasión propicia para emprender un movimiento favorable, con la ayuda de los liberales franceses y del Gobierno de Luis Felipe.
—Y lo era, sin duda.
—Mina—siguió diciendo Aguado—se trasladó a París, conferenció con los emigrados españoles y quedó de acuerdo con ellos en hacer una intentona en la frontera, con ciertas condiciones. Decidido esto, Mina tuvo una conferencia secreta con el ministro de la Guerra, general Gerard.
—Y Gerard ¿qué dijo?
—Gerard recibió muy bien al guerrillero español, y le dijo que preparase su expedición a la chita callando. Mina fué también en compañía de Toreno a visitar al general Lafayette, pero no le pudo ver. Mina quería formar una falanje con los prestigios del liberalismo internacional y lanzarla sobre la frontera española.
—Era una magnífica idea.
—Y era lo que habían prometido todos. Ya que los franceses habían acabado con la libertad en España en 1823, justo era que intentaran restablecerla cuando pudieran. Sin embargo, no han hecho nada.
—No me choca. El francés siempre ha sido egoísta y roñoso para los demás.
—Mina quería el mando único, y tenía razón, porque lo que se intenta no es una revolución, sino un movimiento militar. La revolución, en tal caso vendrá después. Al mismo tiempo que Mina hacía sus trabajos, un grupo de impacientes que querían obrar con independencia se puso de acuerdo con Calvo y con Ardouin el banquero, que tenían hechos empréstitos a España desde la primera época constitucional, y los banqueros ofrecieron su concurso. Llamaron a Mendizábal y le dieron fondos para los primeros trabajos, y decidieron entre todos nombrar la Junta sin consultar con Mina.
—Siempre la divergencia y los celos—murmuró Aviraneta.
—El Directorio provisional del levantamiento de España contra la tiranía se formó en París y se trasladó en seguida a Bayona. Desde aquí escribió a Mina preguntándole si se podría contar con él. Era en el fondo una impertinencia. Mina, un poco molesto, contestó que sí y en la segunda semana del mes de Septiembre se presentó en Bayona. El 22 de este mes se verificó la primera Junta del Directorio provisional, y al día siguiente Mina, violentándose un poco, manifestó públicamente su adhesión a ella. Desde el primer momento comenzaron las rencillas y las diferencias.
—¿Por qué?
—Los partidarios de Torrijos y los militares independientes veían que allí donde estuviera Mina naturalmente tenía que ser la figura principal, cosa que no les agradaba.
—¿Pero hay algún motivo nuevo de odio?
—Ninguno. Las causas de esto son muchas y antiguas; pero la más principal no es ideológica, sino de temperamento. Mina es un vasco como usted, maquiavélico, de palabra confusa y enmarañada, pero por dentro, claro, lucido y calculador. Sus enemigos Torrijos, Valdés, Alcalá Galiano, San Miguel, López Baños y otros muchos son castellanos, andaluces, asturianos, más fáciles de palabra, más conceptuosos, más retóricos...
—Por una cosa o por otra, los españoles siempre estamos así—dijo Aviraneta con amargura.—Empiezo a sentir el haber venido. Allí, al menos, en Cuba tenía asegurada mi existencia.
—Sí, será verdad; pero no se puede vivir más que en el propio país; lo demás es vegetar, llevar una vida mísera y disminuída.
—En eso tiene usted razón. Lo que yo no comprendo bien es por qué si Mina no tiene defectos no se le unen los demás.
—Es que los tiene. Uno de los defectos del general, que a veces es un medio de defensa, es la desconfianza excesiva; otro es su tendencia burocrática y reglamentaria. Mina, que ha conspirado desde la primera emigración, está siempre en guardia con cualquiera que se le acerque; en cambio, Torrijos y Valdés son más efusivos y, al parecer, más francos. Mina trata a sus enemigos por el silencio, no habla de ellos; cosa que irrita; en cambio sus enemigos le intentan desacreditar. Se ha llegado a decir que Mina tiene miedo. Los partidarios de Valdés y de los otros echaron a volar esta especie, y un señor Chevallon, un francés majadero que venía con unos miles de francos de la Junta de París, ha llegado a decírselo cara a cara a Mina.
—¿Y Mina no le contestó con un puntapié?
—No, porque el general es hombre que se lo guarda todo. Los enemigos han inventado otra porción de calumnias estúpidas.
—¿Y esto influye algo en la opinión?
—Nada. En España no se cree más que en el general.
—¿Y cómo no mandan ustedes agentes a España para saber qué hacen allí?
—Los mandamos. Ahora tenemos algunos italianos carbonarios esparcidos aquí por el Norte, gente activa; tenemos a José Monti, napolitano, comerciante que vive en Vitoria y va a veces a Pamplona; a Pedro Galloti en San Sebastián, que se sirve para sus informes de los quincalleros paisanos suyos; a un tal Arrigoni, que ha ido a Santander, y a un D. Juan Rumi en Gibraltar. Estábamos comenzando la organización. Este movimiento quizás eche a abajo lo que habíamos preparado y tengamos que comenzar de nuevo.
—De todo esto se deduce que hay muy pocas probabilidades de éxito—dijo Aviraneta.
—Sí; tal creo yo también.
—A pesar de esto—repuso Aviraneta—yo le voy a hablar a Campillo. Si él quiere intentar algo en Santander, donde debe tener amigos, yo iré a San Sebastián.
—Bueno—dijo Aguado;—ténganos usted al corriente de lo que haya.
—Descuide usted—contestó D. Eugenio.
Y los dos hombres, después de darse la mano, salieron de los arcos y se separaron.
IV.
LA TINTA SIMPÁTICA
Al día siguiente por la mañana Aviraneta contó a Eusebio de Lacy y a Ochoa lo que había hablado con Mina y con el intendente Aguado; expuso a los dos jóvenes su plan, que lo aceptaron con entusiasmo, y decidieron mandar un aviso a Campillo para hablar con él.
Le citaron para después de comer en el café del Comercio. Estuvieron Lacy, Aviraneta, Campillo, en mesas separadas como si no se conocieran, luego se levantaron uno tras otro, recorrieron el puente de Saint Esprit, cruzaron el barrio de los judíos y fueron al campo por la carretera de Burdeos.
Se sentaron en un ribazo al pie de un olmo, y Aviraneta contó su conversación con Mina y explicó su idea de tantear San Sebastián y Santoña, y las ventajas que tendría de poder realizarse su proyecto.
Campillo no era de los enemigos declarados de Mina, pero desconfiaba.
—¿Y cuál es el plan de usted?—preguntó Campillo.
—Mi plan sería contar con San Sebastián y con Santoña antes de la expedición. Teniendo estas ciudades y asegurado el paso de San Sebastián por la frontera, se podría hacer mucho.
—Ah, claro. ¿Y contaba usted conmigo para trabajar en Santoña?
—Sí.
—Pues, hombre, no puede ser. Yo soy demasiado conocido en mi tierra y me prenderían inmediatamente al llegar. ¿Usted piensa entrar en San Sebastián?
—Es posible; pero no diga usted a nadie nada.
—Descuide usted, nadie lo sabrá. ¿Usted cree que se podrá hacer algo?
—No sé; pero creo que vale la pena de verlo... hablar con los oficiales y soldados, ver lo que piensan.
—¿Usted está convencido de que en esta ocasión Mina obra de buena fe?
—¡Qué duda cabe!
Campillo quedó visiblemente preocupado. Dijo que el espíritu público no era del todo hostil a los liberales en Santander, donde la mayoría del comercio era liberal y de mucha influencia sobre la masa del pueblo; pero, según él, fuera de la ciudad, en la parte rural, el vecindario estaba sobrecogido por los voluntarios realistas fanatizados por el clero y dominados por los caciques.
—¿No hay por los pueblos gente de la nuestra?—preguntó Aviraneta.
—Cerca de Santander—contestó Campillo—vive un hermano mío, capitán ilimitado, relacionado con otros oficiales que están en la misma situación y cuentan con algunos soldados que sirvieron conmigo en la guerra de la Independencia y en 1823; mas esto no basta. ¿Cómo quiere Mina ganar la guarnición de Santoña?
—Si se llegara a este caso—contestó Aviraneta—se necesitaría dinero para sobornar a los sargentos y a la tropa.
—No sé si con los jefes y oficiales que hay en Santoña se podrá contar—dijo Campillo,—porque el batallón que ha reemplazado al que había es nuevo en el país. Los jefes y oficiales de los Cuerpos facultativos son también nuevos y no conozco a ninguno.
—Para sondear los ánimos de la guarnición de la plaza ¿no encontraríamos algún agente sagaz que fuera de los nuestros?—preguntó Aviraneta.
—Mejor que nadie, mi hermano. No está significado por liberal—contestó Campillo.—¿Pero cómo entendernos con él, habiendo, como hay, tan gran vigilancia en los correos?
Aviraneta dijo que había tintas simpáticas; pero era indispensable que el corresponsal supiese emplearlas.
Después de hablar largo rato y de hacer cábalas acerca de lo que podía pasar, volvieron al pueblo los tres separados. Aviraneta escribió a su primo Lorenzo de Alzate diciéndole que estaba en Bayona, e hizo pasar la carta con una cascarota de Ciburu. Citaba a su primo para la semana próxima.
Los días siguientes Aviraneta fué con Lacy y Ochoa a casa de su antiguo amigo Juan Olavarría, donde acudían de tertulia Mancha, Peman, el coronel Núñez Arenas y algunos otros militares en su mayoría partidarios de Valdés.
Uno de los contertulios amigo de Mina era Ramón Corres. Corres parecía un hombre pacífico y grave aunque en realidad no lo fuese tanto.
Corres había tomado parte en la guerra de la Independencia y en las luchas del 20 al 23 en las que se batió con denuedo a las órdenes de Labisbal. Después emigró, fué a la isla de Jersey y allí se estableció de chocolatero, oficio que tenía en Marañón antes de la guerra de la Independencia. Corres estaba dispuesto a seguir a Mina. En la tertulia de Olavarría se celebraba su candidez y su simplicidad.
Una de estas noches al salir de casa de Olavarría se encontraron Aviraneta y Lacy con Campillo. Como llovía a chaparrón fueron a pasear a los arcos de la Galuperie, que en aquel momento estaban desiertos.
Campillo dijo que acababa de entrar en el Adour un quechemarin de Santoña; que el patrón, un convecino suyo, era un hombre honrado y de toda su confianza, y que había pasado la tarde y parte de la noche en su compañía.
—Le he esperado a usted para decirle que se presenta una buena ocasión para escribir a mi hermano; y como yo no sé poner las cosas en claro, quisiera que lo hiciera usted.
—Muy bien—dijo Aviraneta.—¿Cuánto tiempo va a estar aquí el quechemarin?
—Estará un par de días.
—Entonces hay que escribir en seguida.
—Sí.
—Bueno; ahora me pondré yo a redactar las instrucciones, mañana las consultaré con usted y con Mina, y si están ustedes conformes las escribiré con tinta simpática y le enseñaré al patrón del barco la manera de emplear el reactivo para que él, a su vez, se la enseñe a su hermano de usted y aparezca lo escrito.
—Muy bien.
Salieron de los arcos de la Galuperie y fueron a casa. Aviraneta y Lacy se encerraron en un cuarto de la fonda de Iturri y estuvieron escribiendo disposiciones durante toda la noche, buscando el modo de sintetizar y de poner las cosas claras.
Durmieron un poco por la madrugada, y a media mañana Aviraneta buscó a Aguado y en su compañía fué a leer su plan a Mina. El general estaba en la cama. Oyó atentamente lo escrito por Aviraneta, y dijo:
—Está bien, muy bien. Es usted un maestro.
Después le leyeron las clausulas a Campillo, que también dió su aprobación.
Aviraneta escribió entonces con tinta simpática y con letra muy apretada sus indicaciones. Encima redactó, de manera corriente, una carta de comercio.
Llegó el patrón del quechemarin, se le enseñó la carta y se le dijo la manera de descubrir lo escrito con tinta simpática empleando el frasquito del reactivo.
Al anochecer, Lacy, Campillo y Aviraneta vieron cómo el quechemarin salía hacia la boca del Adour remolcado por una lancha.
V.
PREPARATIVOS
Se aproximaba el momento de la acción, y por ninguna parte aparecía la unidad del plan necesario para una empresa de aquella índole. A las divergencias de los españoles iban añadiendo las suyas los franceses, los italianos y los polacos que se mezclaban entre ellos.
Los entusiastas habían conseguido que el general Mina se reconciliase oficialmente con sus enemigos Valdés y Chapalangarra. La reconciliación era falsa, sobre todo por parte de Valdés.
Cada caudillo comenzó a ocupar su punto estratégico.
Don Gaspar de Jáuregui, que tenía su banderín de enganche en Bayona, había formado una compañía de oficiales vascongados de la guerra de la Independencia.
Chapalangarra reunía sus tropas en Cambó, Méndez Vigo en Mauleón.
En San Juan de Pie de Puerto se iban alistando algunos voluntarios bajo la dirección del coronel de la antigua División de Navarra del tiempo de la guerra de la Independencia, D. Pedro Antonio de Barrena y de D. Félix Sarasa, que estaba con su hijo llamado Cholin.
Por la parte de Oloron había también sus voluntarios navarros y aragoneses, que se iban reuniendo a las órdenes de D. Patricio Domínguez, del jefe de batallón Moncasi y del canónigo don Lorenzo Barber. Mina envió a Oloron al coronel D. Alejandro O'Donnell en calidad de jefe de la plana mayor, para resolver las dificultades técnicas.
Gurrea había recorrido el Alto Aragón con el nombre de Antonio Gabara, y había hablado a sus amigos. Después se estableció en Bagneres de Luchon, donde se le fueron reuniendo sus partidarios. Se decía que uno de los que le seguirían sería el antiguo cabecilla absolutista Seperes, alias Caragol.
A pesar de que los entusiastas e impacientes no hablaban más que de éxitos y aseguraban que presentarse en la frontera y marchar triunfantes y sin obstáculo a Madrid sería todo uno, no se advertían más que dificultades y síntomas de discordia y de descomposición.
Cada grupo llevaba una política contraria.
La Junta masónica de Bayona hablaba en sus comunicaciones solapadamente contra Mina; los carbonarios hacían la guerra a los masones y mandaban proclamas confusas precedidas de estas iniciales:
U y L.
que quería decir Unión y Libertad, y terminaban con este grito:
¡Vivan los h. de S. T.!
lo que para los iniciados significaba: ¡Vivan los hijos de San Teobaldo!
Los partidarios de Valdés afirmaban en todas partes que Mina era un traidor vendido a Calomarde; los de Méndez Vigo decían que Valdés era tan reaccionario y tan pastelero como Mina.
La discusión iba en aumento; los ministas los valdesistas, los gurreistas, los masones, los comuneros, los carbonarios, los franceses, los italianos y los polacos no hacían más que intrigar y echarse en cara unos a otros la culpa de lo que ocurría.
En primeros de Octubre, Valdés, Chapalangarra y Méndez Vigo volvieron a reñir con Mina y dijeron que desconfiaban de sus dilaciones.
El Gobierno de Calomarde mientras tanto estaba sobre aviso. No se permitía la entrada en España de ningún papel de carácter liberal. Se había establecido en la frontera una policía militar y el espionaje era perfecto. Se supo que entraron en España varios números del Representante del Pueblo, que se publicaba en Londres en francés, y del Precursor, que se imprimía en castellano en París, y se llegaron a coger, número por número, todos. Cierto que se abría la correspondencia con una perfecta impunidad.
Las precauciones del Gobierno eran tales y su presteza y actividad tan extremadas, que hacían imposible que una acción tan desperdigada, tan anárquica y tan mal dirigida como la de los emigrados pudiera tener éxito.
VI.
LAS IDEAS DE TILLY
Al día siguiente de enviar la carta a Santoña con el patrón del quechemarin se presentó Jorge Tilly en la fonda de Iturri.
Venía de San Sebastián, en compañía de un joven inglés alto, moreno, de cabeza pequeña y enérgica. Habían estado los dos en Madrid, en Sevilla y en Barcelona. Tilly traía mucho que contar; había tenido una serie de aventuras y de amores muy extraños.
Lacy presentó su amigo Tilly a Aviraneta, quien le hizo una porción de preguntas relativas a la situación política; todo parecía confirmar que el Gobierno español estaba admirablemente preparado.
—¿Enseñaste mi carta?—dijo Tilly a Lacy.
—Sí.
—¿Y qué dijeron?
—Muchos creyeron que era una fantasía. Respecto del comandante Oro se duda...
—¿Cómo que se duda? ¡Si ya está en España trabajando por Calomarde!
—¿De verdad?
—Sí, él, el francés Husson de Jour y un español, D. Manuel Ruiz, estaban en Vitoria cuando yo he pasado por allí.
Tilly venía con un gran caudal de impresiones nuevas de la península; su punto de vista general era creer que España era un país aparte de los otros.
En los días siguientes se estableció entre Tilly y Aviraneta una relación cortés y de suspicacia ambos se hablaban como para estudiarse; parecía que se habían adivinado los dos como intrigantes, y estaban en guardia.
—He conocido a un Tilly hace unos años—le dijo Aviraneta.—Venía de Jersey.
—Sí, probablemente algún pariente mío.
—¿No lo sabe usted?
—No; somos tantos los Tillys, que no hay manera de saberlo. Los hay franceses, los hay alemanes, los hay españoles...; unos son liberales, otros reaccionarios.
—El que yo conocía creo que era conde.
—Quizás; había un conde, tío de mi padre. No sé más. Como le digo a usted, no conozco la historia de estos Tillys. Respecto a mí, sólo sé que mi padre desapareció de casa hace años y que probablemente murió; mis hermanos están ahora con unos tíos, excepto una hermana que se encuentra en San Sebastián.
—¿Y tú pensarás sacar adelante a tu familia?—dijo Lacy.
—Yo pienso ver cómo salgo adelante yo. Cada cual que se las arregle como pueda.
Lacy no veía con agrado tan tranquilo egoísmo y afeó este sentimiento de su camarada; pero Tilly se rió; él creía que el ser egoísta era una condición necesaria para la vida.
—¿Y tu hermana?—le preguntó Lacy.
—Está en San Sebastián con unas señoras amigas, pero no quiere quedarse con ellas; me ha dicho que el mejor día se escapará.