Nota del Transcriptor:
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LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA
[OBRAS DE PÍO BAROJA]
| LAS TRILOGÍAS | |
| Tierra vasca | |
| Pesetas. | |
| La casa de Aizgorri. | 1,00 |
| El mayorazgo de Labraz. | 3,00 |
| Zalacaín, el aventurero. | 1,00 |
| La vida fantástica | |
| Camino de perfección. | 1,00 |
| Inventos, aventuras ymixtificaciones de SilvestreParadox. | 1,00 |
| Paradox, rey. | 3,00 |
| La Raza | |
| La dama errante. | 3,00 |
| La ciudad de la niebla. | 3,50 |
| El árbol de la ciencia. | 3,50 |
| La lucha por la vida | |
| La busca. | 3,50 |
| Mala hierba. | 3,50 |
| Aurora roja. | 3,50 |
| El Pasado | |
| La feria de los discretos. | 3,50 |
| Los últimos románticos. | 3,50 |
| Las tragedias grotescas. | 3,00 |
| Las ciudades | |
| César ó nada. | 4,00 |
| El mundo es ansí. | 3,50 |
| El Mar | |
| Las inquietudes de Shanti Andía. | 3,50 |
| MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN | |
| El aprendiz de conspirador. | 3,50 |
| El escuadrón del Brigante. | 3,50 |
| Los caminos del mundo. | 3,50 |
| Con la pluma y con el sable. | 3,50 |
| Los recursos de la astucia. | 3,50 |
| EN PRENSA | |
| La ruta del aventurero. | 3,50 |
PIO BAROJA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA
RENACIMIENTO
MADRID BUENOS AIRES
SAN MARCOS, 42 LIBERTAD, 172
1915
ES PROPIEDAD
Imprenta Renacimiento, San Marcos, 42.—Teléfono 4.967.
LA CANÓNIGA
Vulnerant omnes ultima necat: Todas hieren; la última, mata.
(Leyenda de algunos relojes.)
PRÓLOGO
Don Pedro Leguía y Gaztelumendi, verdadero y auténtico cronista de la vida de Aviraneta, escribió unas líneas preliminares para explicar la procedencia de los datos utilizados por él en esta narración.
Por lo que dice, las bases de su relato fueron la historia que le contó en Cuenca un constructor de ataúdes, y los comentarios y antecedentes que aportó á esta historia D. Eugenio de Aviraneta en Madrid. Valiéndose del indiscutible derecho del narrador, Leguía antepuso los antecedentes de Aviraneta á la narración del constructor de ataúdes, proceder no desprovisto de lógica, pues la faena de un constructor de ataúdes debe ser siempre una faena final y epilogal. El lector, si es un tanto aviranetista, quizá encuentre medianamente interesante la transcripción del preámbulo de Leguía.
I.
Unos años antes de la Revolución de Septiembre—dice Leguía—me encontraba en Madrid triste y débil, retraído de la vida pública por el fracaso de mis correligionarios y casi retraído de toda vida privada por padecer las consecuencias de un catarro gripal. En esto, un amigo senador se presentó en mi casa y me instó á que le acompañase á una finca suya, enclavada en el centro de los pinares de la serranía de Cuenca.
Tanto insistió y con tan buena voluntad lo hizo, que acepté y marché con él á su finca.
Pasé allí cerca de un mes. Cuando comencé á aburrirme y al mismo tiempo á restablecerme en aquella soledad, perfumada por el olor de los pinos, sentí la necesidad de salir y andar. Mi amigo visitaba los pueblos de su distrito, y alguna vez le acompañaba yo.
Estuvimos en Salvacañete unos días, y luego en Moya, en donde supe con sorpresa que mi tío Fermín Leguía había sido comandante del fuerte de este pueblo y dejado en él cierto renombre. Un viejo boticario de Moya le recordaba muy bien. Por lo que me contó, la villa de Moya, en tiempo de la Guerra civil, era un refugio de las familias liberales de los contornos, mientras Cañete constituía el gran baluarte defensivo de las familias carlistas. Moya goza de una gran posición estratégica, y tiene larga historia de sitios y de defensas en tiempo de los moros, y de las rivalidades entre aragoneses y castellanos.
En 1837—como digo—se hallaba de comandante del fuerte de Moya Fermín Leguía. En Octubre de este año, la partida mandada por el cabecilla Sancho, á quien se apodaba el Fraile de la Esperanza, se acercó á la villa y la sitió. El Fraile de la Esperanza sabía muy bien no era lo mismo sitiar estrechamente aquella plaza que tomarla; las fortificaciones del pueblo para entonces tenían gran valor, y como el que intentaba abrir las ostras por la persuasión, él quiso tomar el pueblo por el mismo procedimiento.
El Fraile envió á Leguía un oficio exhortándole á rendirse, con frases en latín, que creía le llegarían al alma. Leguía le contestó diciéndole que él no se rendía, y añadió que D. Carlos era un babieca; Cabrera, un bandolero; los carlistas, hordas salvajes y partidas de foragidos, y el latín un idioma ridículo para el que no lo entendía. El Fraile de la Esperanza, á este oficio contestó con un segundo muy respetuoso, diciendo á don Fermín no comprendía cómo un hombre distinguido calificaba de babieca á un Rey como Carlos V, espejo de la cristiandad, ni llamaba bandido al ilustre Cabrera, ni tenía tan mala idea de la lengua del Lacio. Leguía leyó la segunda carta, y mirando fieramente al parlamentario del Fraile, le dijo:
—Dígale usted al frailuco ese que no soy ningún académico ni quiero discutir esas cosas, y añada usted que si me manda otro correo lo fusilaré sobre la marcha. ¡Con que hala!
El correo desapareció de prisa, y el Fraile de la Esperanza abandonó pronto el sitio de Moya.
Varias anécdotas me contó el boticario de mi tío Fermín que retrataban su genio vivo y sus resoluciones prontas.
II.
Después de la temporada transcurrida en los pinares, y ya completamente restablecido, determiné ir unos días á Cuenca, á la capital, que no conocía. La ciudad me gustó mucho, y estuve en ella un par de semanas.
Mi amigo el senador me había recomendado á varias personas, entre ellas á un cura joven recién llegado al pueblo. Este curita se hizo muy amigo mío.
Salíamos juntos, veíamos todo lo notable de la catedral, de los conventos y de las casas particulares. Una tarde, al volver á la fonda al obscurecer, se me acercó una vieja y me dijo que si quería ir á su casa podría enseñarme algo que me conviniera. Supuse trataría de proponerme la venta de algún cuadro ó talla antigua; le dije que iría, y me dió las señas de su casa.
Al día siguiente, por la tarde, paseaba en compañía del cura joven cuando recordé el ofrecimiento de la vieja. Era ya entre dos luces.
—¿Estará por aquí cerca la calle de la Moneda?—exclamé yo.
—Sí, creo que sí—me contestó el cura—; preguntaremos á estos chicos.
Los chicos nos indicaron la calle.
El cura y yo entramos en ella, buscamos el número y nos detuvimos delante de un estrecho portal obscuro. Había un hombre denegrido, demacrado, con aire de padecer tercianas, vestido con harapos, un pañuelo atado á la cabeza.
—¿La señora Cándida?—le pregunté.
—¿Vienen ustedes á verla?
—Sí.
—Aquí es.
El hombre, volviéndose al interior de la escalera, gritó:
—¡Señora Cándida!
Esperamos un rato, y poco después bajó por una escalera estrecha, alumbrándose con un candilejo de hoja de lata, la vieja que me había hablado la tarde anterior.
—¿No viene usted solo?—me preguntó con gran sorpresa.
—No.
—Bueno, pasen ustedes.
La presencia del cura dejó atónita á la señora Cándida.
Estuvimos un momento en el estrecho zaguán vacilando si seguir adelante ó no. La luz del candil iluminaba el grupo. La señora Cándida era una mujer adiposa, encorvada, con la cabeza metida entre los hombros, la cara roja, con dos ó tres lunares en la barba; tenía el pelo blanco, el cuerpo pesado y torpe, la sonrisa maligna y cínica, los labios rojos y lubrificados. A veces, á través de los párpados abultados y rojizos, lanzaba una mirada suspicaz, llena de claridad.
—Bueno, suban ustedes—repitió.
Subimos la escalera del tabuco negra é insegura; las ráfagas de aire amenazaban con matar la luz del candil.
—¡Demonio cómo sopla el cierzo!—dije yo.
—Sí, esta es la casa de los cuatro vientos—contestó la señora Cándida.
Tras de subir dos pisos llegamos á un cuartucho tan sucio, tan vacío, que nos sorprendió desagradablemente.
Recorrimos tras de la vieja unos pasillos tortuosos. En la casa había únicamente un cuarto un tanto limpio y curioso. Este cuarto tenía una mesa, un canapé y varias estampas; comunicaba con dos alcobas blanqueadas, cada una con su cama de colcha roja de percal desteñido. Una de las alcobas tenía un gran espejo dorado, que parecía estar allá asombrado de verse en tan mísero rincón. La señora Cándida nos llevó por la casa, en la que reinaba la más negra y trágica miseria, y en un guardillón nos mostró unos cuantos lienzos pintados. Eran cuadros sin ningún valor.
La vieja me preguntó:
—¿Qué le parecen á usted?
—No me gustan, la verdad.
—¿No quiere usted comprarme nada?
—No.
La señora Cándida suspiró.
Bajamos de nuevo la escalera hasta el portal. Al salir di una pequeña propina á la vieja por la molestia, y al recibirla, agarrándome de la manga y llevándome á un rincón, me dijo:
—Venga usted otro día solo, y verá usted.
—¿Tiene usted algo más en casa?—dije yo.
—En casa ó fuera de casa, es igual. Allí donde yo voy me abren.
Me chocó bastante lo enigmático de la frase y salí con mi acompañante.
Hablamos de la decadencia horrible de las mujeres viejas cuando caen en la miseria, mucho mayor aún que la de los hombres.
—Por fortuna, para esta gente—dije yo—la costumbre de la miseria los hace insensibles.
Me despedí del amable clérigo, y al día siguiente cuando vino como de costumbre á mi casa, dijo:
—¿Sabe usted que ayer hicimos una pifia gorda?
—¿Por qué?
—Porque estuvimos en casa de una Celestina.
—¿De manera que la vieja... la señora Cándida?
—Sí, es una Celestina á quien llaman la Canóniga. Parece que ha tenido fortuna y buena posición.
—De modo que no acertamos en nuestras suposiciones.
—Nada. Absolutamente nada.
—¿Le han contado á usted su historia?
—Sí, sin muchos detalles; me han dicho también que un viejo carpintero que hace ataúdes conoce su vida. Si le interesa á usted, iremos á verle.
—Bueno; iremos.
Fuimos, efectivamente, á una tienda de ataúdes del callejón de los Canónigos.
Estaba esta tienda en una casa antigua y negra, de piedra, con un arco apuntado á la entrada.
El taller se hallaba en el portal, un portal pequeño y cubierto de losas, con un banco de carpintero en medio y algunas herramientas del oficio en las paredes.
A un lado tenía un cuarto con una ventana, que daba á una hendidura, por donde se veía la Hoz del Huécar y por donde entraba el sol. Un chico nos hizo pasar á este cuarto. Había aquí una estantería con unos féretros pequeños de muestra, que hubieran podido servir para enterrar muñecas; había también varios relojes, de distintos tipos y clases: cuatro ó cinco, de esos pintados que se construyen en la Selva Negra, con las pesas y el péndulo al descubierto; dos ó tres, de cuco; otros de pared, cerrados, que los ingleses llaman reloj del abuelo, y entre todos ellos se destacaba uno alto de autómatas y de sonería, con el péndulo dorado y esmaltado en colores.
Este reloj tenía una caja de color de caramelo obscuro llena de pinturas con guirnaldas y flores. Fijándose bien, en cada guirnalda se veía disimulado en ella un atributo macabro: aquí, una calavera con dos tibias; allí, un ataúd; en este rincón, un esqueleto. El péndulo tenía en medio de la lenteja una barca de latón sujeta con un tornillo y un contrapeso por dentro que hacía subir y bajar la proa y la popa alternativamente al compás de los movimientos del péndulo. En la barca había una figurita de Caronte. La esfera, de cobre, estaba rodeada de una orla de bronce con la efigie de Cronos, viejo haraposo y meditabundo, con unas alas en la espalda y un reloj de arena en la mano. Debajo, en una cartela con letras negras, se leía este apotegma de los antiguos relojes de sol de las iglesias:
«Vulnerant omnes ultima necat: Todas hieren; la última, mata.»
Sin duda el constructor de aquella máquina tenía un gusto pronunciado por lo macabro. Había hecho algo como los cuadros de Valdés Leal, de la Caridad de Sevilla: algo alegre de color y triste de intención. Correteando por el portal, saltando de un reloj al armario de los féretros y de éste á otro reloj, andaba un cuervo, grande y negro, que se dedicaba al monólogo y á veces al diálogo, mientras un gato negro, viejo y escuálido, con los ojos amarillos, le contemplaba atentamente.
El constructor de ataúdes me mostró el reloj de autómatas y sonería, del que estaba muy orgulloso, y después, sentándose entre un ataúd grande de un hombre y otro pequeño de un niño, y tomando el gato cariñosamente en un hombro y al cuervo en el otro, se puso á hablar sonriendo con una amable sonrisa.
Hablaba, como un discípulo de Séneca, de la inestabilidad de las cosas humanas, de lo fugaz del placer y del roer del tiempo con sus horas fatídicas.
Su reloj de figuras, su cuervo, á quien llamaba Juanito, y su gato negro, Astaroth, tenían para él, por lo que vimos, la importancia de divinidades siniestras y macabras que presidían sus momentos.
El hombre de los ataúdes nos contó la historia de la Canóniga y la suya, adornando ambas con sus fúnebres pensamientos.
III.
Meses después en Madrid, á principios de otoño, fuí á casa de Aviraneta, que vivía en la calle del Barco con Josefina, su mujer.
Don Eugenio tenía entonces más de setenta años y estaba hecho una momia grotesca. Sus piernas se negaban á sostenerle, y para andar marchaba apoyado en un bastón grueso, dando golpes en el suelo como un ciego. Su cara, seca, arrugada, aparecía debajo de una gran peluca roja; su nariz, grande y también roja, amenazaba caer sobre el labio; sus ojos brillaban de inteligencia y de malicia.
A pesar de su edad y de sus enfermedades, Aviraneta conservaba brío y tenía las facultades tan despiertas como en sus buenos tiempos de conspirador.
Me encontré á Aviraneta en el cuarto de sus bichos. Era este un chiscón aguardillado con jaulas, donde tenía ratas sabias domesticadas, loros, cacatúas y una porción de cajitas con mariposas disecadas, escarabajos, moscones, conchas y espumas de mar.
Don Eugenio acababa de volver de los baños de Trillo, adonde iba todos los años á curarse el reúma, y, á pesar de que no hacía todavía frío, estaba envuelto en la capa y al lado del brasero. Hablaba á sus bichos, les echaba migas de pan y los observaba. Esta era una de sus principales ocupaciones; la otra, la de leer folletines.
Hablamos; le conté mi historia de Cuenca, y después de oirla, dijo riendo, con su risa sarcástica, que se convertía en algunos momentos en tos:
—Aun podría añadir yo algo á tu historia.
—Pues añada usted lo que sea.
Aviraneta explicó algunos antecedentes políticos que el viejo carpintero de Cuenca ignoraba y que don Eugenio conocía por haber convivido con algunos personajes de la época.
He aquí lo que me contó Aviraneta.
IV.
—En 1822—dijo don Eugenio—estuve yo en París, enviado por don Evaristo San Miguel, con el objeto de enterarme de los trabajos de los absolutistas españoles y franceses para provocar la intervención de Luis XVIII en España.
Algo averigüé, é hice cuanto pude para recabar el apoyo de los liberales franceses, aunque no conseguí gran cosa.
Sabía yo, como sabía todo el mundo, que habían ido varios delegados realistas españoles á París en busca de protección del Gobierno francés; lo que no supe, hasta pasado algún tiempo, fué de dónde salió el dinero que tuvieron para realizar sus planes.
Pagés, el secretario de D. Vicente González Arnao, á quien tú conociste en aquel restaurant de la calle de Montorgueill, el Rocher de Cancal; Pagés, á quien no hace muchos años vi en San Sebastián, ya viejo y enfermo, me lo contó.
La Regencia de Urgel había enviado en 1822 á D. Fernando Martín Balmaseda á París en busca de recursos para la Restauración española.
Balmaseda se dirigió á los absolutistas, desde los más altos á los más bajos; llamó á todas las puertas, y recogió una abundante cosecha de votos, promesas, protestas de amistad, manifestaciones de entusiasmo, etc., etc.
Balmaseda buscaba esto; pero buscaba también un préstamo de trescientas á cuatrocientas mil pesetas para la Regencia de Urgel, con las cuales pudiera comenzar sus trabajos.
Balmaseda vió, sin gran sorpresa, que á pesar de los grandes ofrecimientos, el dinero no aparecía por ningún lado.
Inventó algunas combinaciones, pero nadie cayó en el lazo.
Un día, en el hotel, ya en pleno desaliento, recibió la visita de un español que se llamaba Toledo. Toledo había huído de España por varias estafas, pero se hacía pasar por emigrado político realista.
Balmaseda tuvo la corazonada de oír á su compatriota, de darle una moneda de cinco francos y de explicarle las dificultades con que tropezaba para encontrar dinero.
Toledo le dijo:
—¿Ha visto usted á Fernán-Núnez?
—Sí.
—¿Y á los demás realistas ricos?
—A todos.
—¿Y nada? ¿No están en fondos?
—Nada.
—¿Sabe usted lo que haría yo?—dijo Toledo.
—¿Qué?
—Ir á ver á la princesa de Caraman Chimay.
—¿Y qué tenemos que ver con ella?
—La princesa de Caraman Chimay es nuestra compatriota, Teresa Cabarrús, madame Tallien.
—¡La revolucionaria!—exclamó Balmaseda.
—¡Bah! ya no es revolucionaria—replicó Toledo.—No hay princesas revolucionarias. Además ésta se va haciendo vieja, y como no tiene adoradores de carne, se dedica á los santos, y sustituye el boudoir por la iglesia.
Balmaseda, que era hombre un tanto de sacristía torció el gesto con la explicación, y preguntó secamente:
—¿Y qué puede hacer por nosotros Teresa Cabarrús?
—Mucho. Teresa Cabarrús ha sido la amante del banquero Ouvrard. Ouvrard es el único hombre capaz de prestar para una cosa así una millonada. Si Teresa se lo indica, lo hace.
Toledo se marchó, y Balmaseda quedó pensando que el consejo de aquel perdulario no dejaba de tener interés, y tras de vacilar un tanto, se decidió á escribir á la bella Teresa explicándole su misión y diciéndole lo que esperaba de ella.
La bella Teresa, la célebre Notre-Dame de Thermidor, que había lanzado á Tallien con un puñal contra Robespierre, estaba aquel día para salir de París á su palacio de Menars, cerca de Blois, pero había retrasado el viaje por la indisposición de un hijo suyo.
Teresa leyó la carta, y con una esquela suya mandó que se la enviaran á Ouvrard.
Ouvrard entonces era el lion de la especulación, el hombre de negocios de la época, un Law injerto en un Petronio.
Ouvrard fué uno de los primeros banqueros de París, uno de los que comenzaron el reinado de la plutocracia.
Ouvrard vivió como un nabab: dió las fiestas más espléndidas y ricas, alternó con la alta aristocracia. Ouvrard era hijo de sus obras; la suerte y el amor le favorecieron.
Ouvrard había sido una de las bellezas masculinas del Consulado; había sido llamado el bello Ouvrard. El bello Ouvrard tuvo amores con la bella Teresa Cabarrús, y de esta conjunción del Apolo bretón y de la Venus española nacieron varios hijos.
Bonaparte, celoso de la fortuna y de los éxitos del bello Ouvrard, lo prendió, lo desterró, lo anuló; pero Waterloo permitió al especulador entrar en Francia, y pronto volvió á brillar en París.
Al día siguiente de escribir Balmaseda á Teresa Cabarrús, el delegado realista español recibía una carta del banquero francés citándolo en su casa.
Balmaseda se presentó al banquero, y en pocas palabras le explicó lo que necesitaba.
—Soy delegado de la Regencia de Urgel—le dijo—y he venido para pedir al Gobierno francés un auxilio de dos millones de francos, orden para el paso de armas por la frontera, dos regimientos suizos, un buque de transporte y una fragata para auxiliar á los realistas de España.
—¿Y el Gobierno se lo ha concedido?
—En parte sí, en parte no. El dinero no lo tenemos aún, y como los trabajos urgen, he pensado si usted podría anticiparnos trescientos mil francos á cuenta de los dos millones que tenemos que cobrar.
—Amigo mío—dijo Ouvrard, sonriendo—su proposición me prueba que no es usted un hombre de negocios.
—¿Por qué?
—Porque yo no le puedo prestar trescientos mil francos; la Regencia los tragaría en un momento, y yo perdería mi dinero. Usted necesita cuatrocientos millones de francos, y yo se los puedo proporcionar á usted en ciertas condiciones.
El español, estupefacto, murmuró:
—Veamos en qué condiciones.
—Estas condiciones son: Primera. La Regencia de Urgel se llamará desde luego Regencia de España.
—Esto no creo que sea difícil—dijo Balmaseda.
—Segunda. La Regencia será reconocida con personalidad por el Congreso de Verona y por Francia.
—Trabajaré en ello. El ministro Villele parece que se muestra propicio.
—Tercera—siguió diciendo el banquero—. Se asegurará una amortización del 2 por 100.
—Está bien.
—Cuarta. Se pagará un interés del 5 por 100. De aceptar, M. Rougemont de Lowenberg será el banquero.
—Por ahora no encuentro nada imposible.
—Y quinta y última. El Gobierno español me reembolsará las sumas que le he prestado anteriormente, con los intereses.
A esto Balmaseda calló un momento y dijo, después de pensarlo, que no tendría más remedio que consultar con la Regencia.
—Consúltelo usted, y tráigame cuanto antes la contestación—replicó Ouvrard, levantándose é inclinándose fríamente.
Balmaseda comenzó al momento sus trabajos con gran diligencia. Escribió al Gobierno de Luis XVIII pidiendo que reconociese la Regencia de Urgel, pero Villele se negó á ello.
Al mismo tiempo comunicó al triunvirato de la Regencia: Eroles, Mataflorida y Creux, la proposición de Ouvrard. Estos no creyeron que podían comprometerse á tanto como pedía el banquero. Algunos emisarios del Gobierno francés, entre ellos el vizconde de Boiset, intentaron convencer á los miembros de la Regencia absolutista de las ventajas de la proposición Ouvrard; pero ellos, sobre todo Mataflorida y Creux, no quisieron ceder.
Balmaseda fué á ver á Ouvrard, se cambiaron las condiciones del empréstito, se prescindió de la Regencia de Urgel, se hizo que Eguía y sus amigos garantizaran la operación, y se firmó el compromiso el 1.º de Noviembre de 1822.
Desde aquel momento el papel de la Regencia de Urgel comenzó á bajar y el de los amigos de Eguía á subir.
El empréstito de Ouvrard, lanzado á la publicidad, tuvo sus dificultades. Nuestro embajador, el duque de San Lorenzo, denunció á Ouvrard ante el fiscal; el banquero M. Rougemont no quiso tomar parte en el negocio, y Ouvrard le sustituyó por M. Tourton, Ravel y Compañía; el Gobierno francés estaba indeciso, pero el empréstito se cubría.
En este lapso de tiempo la Regencia de Urgel, huída de Cataluña, se estableció en Tolosa de Francia, y después en Perpiñán.
Ouvrard, viendo que el Gobierno francés no se decidía á declarar la guerra á España, envió sus agentes á Eguía y á Quesada para activar las operaciones.
Quedaron de acuerdo en prescindir de la Regencia de Urgel y en obrar sin contar con ella para nada.
Los agentes de Ouvrard propusieron el que los generales realistas hicieran una intentona y se acercaran á Madrid.
Ni Eguía ni Quesada estaban en condiciones de intentar esta correría, y se decidió que la hiciera Bessieres.
Ouvrard mismo se vió con Bessieres y conferenció con él. Se sorprendieron ambos al saber que los dos eran masones. El banquero expuso su proyecto. Se trataba de reunir diez ó doce mil hombres, acercarse á Madrid, entrar en la capital y disolver las Cortes.
Bessieres, que era hombre de instinto militar, vió que el proyecto era factible, y expuso su plan. Formaría él un núcleo de tres ó cuatro mil hombres en Mequinenza y marcharía hacia el centro. En el camino se le reunirían las fuerzas realistas de Valencia, Aragón y el Maestrazgo, y todas juntas, en número de seis á ocho mil, avanzarían sobre la capital. Era, poco más ó menos, la misma operación militar que hicieron los aliados al mando de Stanhope y otros jefes en la guerra de Sucesión.
—Veamos el presupuesto de esta maniobra—dijo el banquero.
Bessieres, reunido con su lugarteniente Delpetre, su sobrino Portas y otros varios realistas, hizo este presupuesto:
Ouvrard encontró que la suma era muy crecida, y Bessieres la rebajó.
Después de regatear el cabecilla y el banquero quedaron de acuerdo en que Ouvrard iría girando cantidades á medida que Bessieres avanzara.
Así salió Bessieres, enviado por Ouvrard en enfant perdu—como decía el banquero—para pulsar al enemigo.
Bessieres tomó la parte del león, del dinero enviado por Ouvrard. Cincuenta ó sesenta mil duros fueron á parar á su bolsillo. Así se explica el lujo de sus uniformes, sus bordados y sus magníficos caballos en esta época. Corría por debajo el dinero de los tenderos y de los porteros de París después de pasar por la bomba aspirante de Ouvrard.
—Esta explicación—terminó diciendo Aviraneta con su voz ronca—no añade ni quita nada á la historia que me has contado; pero aclara un punto que siempre tiene interés: la procedencia del dinero. Así como en la averiguación de los crímenes se ha dicho: buscad á la mujer, en la investigación de las intrigas políticas, revolucionarias ó reaccionarias hay que decir: buscad el dinero.
—¡Qué rarezas tiene el Destino!—exclamé yo—. Un capricho de Teresa Cabarrús, en París, produce la catástrofe de dos enamorados en Cuenca.
—Es la Fatalidad, la Ananké—exclamó Aviraneta, que sabía lo que significaba esta palabra por haberla leído en Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo.
—Extrañas carambolas.
—Sí, muy extrañas; y Aviraneta se frotó las manos, movió con la paleta la ceniza del brasero y se echó el embozo de la capa sobre las piernas.
PARTE PRIMERA
I.
CUENCA
Cuenca, como casi todas las ciudades interiores de España, tiene algo de castillo, de convento y de santuario. La mayoría de los pueblos del centro de la península dan una misma impresión de fortaleza y de oasis; fortaleza, porque se les ve preparados para la defensa; oasis, porque el campo español, quitando algunas pequeñas comarcas, no ofrece grandes atractivos para vivir en él, y en cambio la ciudad los ofrece comparativamente mayores y más intensos.
Así, Madrid, Segovia, Cuenca, Burgos, Avila presentan idéntico aspecto de fortalezas y de oasis en medio de las llanuras que les rodean, en la monotonía de los yermos que les circundan, en esos parajes pedregosos, abruptos, de aire trágico y violento.
En la misma Andalucía, de tierras fértiles, el campo apenas se mezcla con la ciudad; el campo es para la gente labradora el lugar donde se trabaja y se gana con fatigas y sudores; la ciudad, el albergue donde se descansa y se goza. En toda España se nota la atracción por la ciudad y la indiferencia por el campo. Si un hombre desde lo alto de un globo eligiera sitio para vivir, en Castilla elegiría la ciudad: en aquella plaza, en aquel paseo, en aquella alameda, en aquel huerto; en cambio, en la zona cantábrica, en el país vasco, por ejemplo, elegiría el campo, este recodo del camino, aquella orilla del río, el rincón de la playa... Así se da el caso, que á primera vista parece extraño, la llanura monótona sirviendo de base á ciudades fuertes y populosas; en cambio, el campo quebrado y pintoresco escondiendo únicamente aldeas.
La ciudad española clásica colocada en un cerro, es una creación completa, un producto estético, perfecto y acabado. En su formación, en su silueta, hasta en aquellas que son relativamente modernas, se ve que ha presidido el espíritu de los romanos, de los visigodos y de los árabes.
Son estas ciudades, ciudades roqueras, místicas y alertas: tienen el porte de grandes atalayas para otear desde la altura.
Cuenca, como pueblo religioso, estratégico y guerrero, ofrece este aire de centinela observador.
Se levanta sobre un alto cerro que domina la llanura y se defiende por dos precipicios, en cuyo fondo corren dos ríos: el Júcar y el Huécar.
Estos barrancos, llamados las Hoces, se limitan por el cerro de San Cristóbal, en donde se asienta la ciudad y por el del Socorro y el del Rey que forman entre ellos y el primero fosos muy hondos y escarpados.
El foso, por el que corre el río Huécar, en otro tiempo y como medio de defensa podía inundarse.
El caserío antiguo de Cuenca, desde la cuesta de Vélez, es una pirámide de casas viejas, apiñadas, manchadas por la lepra amarilla de los líquenes.
Dominándolo todo se alza la torre municipal de la Mangana. Este caserío antiguo, de romántica silueta, erguido sobre una colina, parece el Belén de un nacimiento. Es un nido de águilas hecho sobre una roca.
El viajero al divisarlo recuerda las estampas que reproducen arbitraria y fantásticamente los castillos de Grecia y de Siria, los monasterios de las islas del Mediterráneo y los del monte Athos.
Desde la orilla del Huécar, por entre moreras y carrascas, de abajo á arriba, se ve el perfil de la ciudad conquense en su parte más larga.
Aparecen en fila una serie de casas amarillentas, altas, algunas de diez pisos, con paredones derruídos, asentadas sobre las rocas vivas de la Hoz, manchadas por las matas, las hiedras y las mil clases de hierbajos que crecen entre las peñas.
Estas casas, levantadas al borde del precipicio, con miradores altos, colgados, y estrechas ventanas, producen el vértigo. Alguna que otra torre descuella en la línea de tejados que va subiendo hasta terminar en el barrio del Castillo, barrio rodeado de viejos cubos de murallas ruinosas.
Salvando la hoz del Huécar existía antes un gran puente de piedra, un elefante de cinco patas sostenido en el borde del río que se apoyaba por los extremos, estribándose en los dos lados del barranco.
Este puente, que servía para comunicar el pueblo con el convento de San Pablo, había sido costeado por el canónigo D. Juan del Pozo en el siglo XVI. A fines del XVIII el puente del Canónigo se rompió, derrumbándose el primer machón y el segundo arco del lado de la ciudad, y quedó así roto durante muchos años.
De los dos ríos conquenses, el Huécar fué siempre utilizado en el pueblo para mover los molinos y regar las huertas. El Júcar, más solitario, era el río de los pescadores. Se deslizaba por su hoz tranquilo, verde y rumoroso. Desde su orilla, al pie del cerro donde se asienta Cuenca, se veía el caserío del pueblo sobre los riscos y las peñas, y en la parte más alta se destacaba la ermita de Nuestra Señora de las Angustias.
Como casi todas las ciudades encerradas entre murallas, Cuenca sintió un momento la necesidad de ensancharse, de salir de su angosto recinto, de bajar de su roca á la llanura. Tal necesidad la experimentó más fuertemente á principios del siglo XIX, y creó un arrabal ó ciudad baja.
En estos pueblos, con ciudad alta y ciudad baja, se da casi siempre el mismo caso: en lo alto, la aristocracia, el clero, los representantes de la milicia y del Estado; en lo bajo, la democracia, el comercio, la industria.
En estos pueblos el pasado está siempre en alto y el presente siempre en bajo. No hay que extrañar que el espíritu de su vecindario sea casi siempre retrógrado.
El arrabal de Cuenca, formado principalmente por una calle larga á ambos lados del camino real, se llamó la Carretería.
Desde principio del siglo el arrabal comenzó á tener importancia. En las luchas constitucionales únicamente la Carretería daba voluntarios para la Milicia Nacional.
La Carretería era progresiva; la ciudad alta era perfectamente reaccionaria, perfectamente triste, estancada, desolada y levítica.
Aquel Belén de nacimiento vivía con un espíritu de inmovilidad y de muerte.
En el arrabal se sentía de cuando en cuando alguna agitación: llegaba hasta allá la oleada del mundo, se hablaba, se discutía, se leían gacetas; en el Belén alto no había más agitación que la del aire cuando sonaban las campanas de la catedral, de las iglesias y de los conventos, cuando el organista tocaba sus motetes y sus fugas y sonaba la campanilla del Viático por las calles.
En el arrabal había movimiento: pasaba la diligencia con el correo, y muchos carros y caballerías sueltas que se detenían en las posadas y figones; en la plaza y en las calles próximas no se veía casi nunca á nadie: únicamente dos ó tres viejos que tomaban el sol, los chicos que salían de la escuela y tiraban piedras á los gorriones y á los perros; alguno que otro militar, y, á ciertas horas, grupos de curas que entraban en la catedral.
El mayor acontecimiento de este barrio era la salida y llegada del señor obispo en su carruaje.
Al anochecer solía pasar por las calles y callejones de la ciudad vieja un ciego con su guitarra que cantaba oraciones y milagros de los santos, con una magnífica voz de barítono.
Este ciego, el Degollado, tenía el cuello lleno de grandes cicatrices, la cara marcada con un taraceo de puntos azules producidos por granos de pólvora, los ojos huecos y la barba negra, de profeta judío.
Según algunos, el Degollado había quedado así en tiempo de la guerra de la Independencia; otros afirmaban que había pertenecido á una compañía de bandoleros, á la que hizo traición y que sus antiguos cómplices por venganza le dejaron como estaba.
El Degollado solía ir por las tardes por el pueblo, envuelto en su capa, tanteando con el bastón y abriendo las puertas de las tiendas y cantando un momento delante de ellas...
De noche la ciudad alta quedaba aislada y encerrada en sus murallas. Su recinto tenía seis puertas y tres postigos. De estas seis, exceptuando la de Valencia y la de Huete, las demás, la del Castillo, la de San Pablo, la del Postigo y la de San Juan, se cerraban á la hora de la queda.
Los postigos de las casas estaban tapiados y hacía tiempo que no se abrían.
Cuenca tenía á principios del siglo XIX pocas calles, y éstas estrechas y en cuesta. Quitando la principal, que, con distintos nombres, baja desde la Plaza del Trabuco hasta el Puente de la Trinidad, las demás calles del pueblo viejo no pasaban de ser callejones.
Las cuestas y desniveles de la ciudad hacían que la planta baja de una casa fuera en una calle paralela un piso alto; así se decía de Cuenca que era pueblo en donde los burros se asomaban á los cuartos y quintos pisos, y era verdad.
En 1823, época en que pasa nuestra historia, Cuenca era una de las capitales de provincia más muertas de España.
Entre los arrabales y la ciudad apenas llegaban sus habitantes á cuatro mil.
Tenía catorce iglesias parroquiales, una extramuros; siete conventos de frailes, seis de monjas, cinco ó seis ermitas y la catedral. Con este cargamento místico no era fácil que pudiera moverse libremente.
En esta época había llegado la ciudad á la más profunda decadencia: las fábricas de paños y de alfombras, que en otro tiempo trabajaban para toda España, y la ganadería, tan importante en la región, estaban arruinadas.
Durante la guerra de la Independencia, los saqueos de los mariscales Moncey, Víctor y Caulaincourt precipitaron la ruina de Cuenca...
Si por su poca vida comercial é industrial Cuenca estaba entre las últimas capitales de España, por su aspecto dramático y romántico podía considerársela de las primeras.
Recorrer las dos Hoces desde abajo, entre los nogales, olmos y huertas de las orillas del Júcar y del Huécar, ó contemplarlas desde arriba, viendo cómo en su fondo se deslizaba la cinta verde de sus ríos, era siempre un espectáculo sorprendente y admirable.
También admirable por lo extraño era recorrerla de noche á la luz de la luna, y, sentándose en una piedra de la muralla mirarla envuelta en luz de plata hundida en el silencio.
Poco á poco, para el paseante solitario y nocturno, este silencio tomaba el carácter de una sinfonía, murmuraban los ríos, estallaba el ladrido de un perro, sonaba el chirriar de las lechuzas, silbaba el viento en la copa de los árboles y se oía á intervalos el cantar agorero del buho como el lamento de una doncella estrechada en los brazos de un ogro en el fondo de los bosques.
En aquellas noches claras, las callejas solitarias, las encrucijadas, los grandes paredones, las esquinas, los saledizos, alumbrados por la luz espectral de la luna, tenían un aire de irrealidad y de misterio extraordinario. Los riscos de las Hoces brillaban con resplandores argentinos, y el río en el fondo del barranco murmuraba confusamente su eterna canción, su eterna queja, huyendo y brillando con reflejos inciertos entre las rocas.
II.
LA CASA DE LA SIRENA
En una calle estrecha, próxima á la plaza, no lejos del Seminario, existía por entonces una casa antigua, alta, de color gris. Por su aire medioeval y por su altura recordaba los palacios sombríos de Florencia; tenía varios pisos con ventanas estrechas, y únicamente en el principal dos balcones de mucho vuelo, con hierros labrados.
En la fachada, sobre el arco de la puerta de grandes dovelas, ostentaba un escudo, probablemente más moderno que la casa, con varios cuarteles; en el principal ó jefe se veía una sirena con un espejo y un peine, y en los demás un sol, varios dardos y una granada.
La sirena, sobre todo, estaba muy finamente esculpida: tenía una expresión libre y burlona; los pechos salientes y abultados, el cabello en desorden, y aparecía, con su cuerpo mixto de mujer y de pez escamoso, sobre el mar.
Al parecer se habían hecho varias suposiciones acerca de esta sirena, de aire erótico y picaresco; unos sospechaban indicaba la procedencia marina de la familia fundadora de la casa; otros afirmaban que esta figura simbólica era el blasón del valle de Bertiz Arana, en Navarra, y que el fundador de la familia procedería de allí; lo cierto era que los dos ó tres eruditos del pueblo no estaban de acuerdo en la historia ni en la genealogía de aquella burlona dama del mar llevada tan tierra adentro.
La gente denominaba la casa con el nombre de la Casa de la Sirena. La fachada de esta era de piedra sillería, admirablemente labrada; tenía ménsulas con figuras que sostenían los balcones y canecillos debajo del alero.
En el piso bajo ostentaba una reja labrada, y los batientes de la puerta estaban llenos de clavos repujados que parecían florones.
Por la parte de atrás, la casa daba á la hoz del Júcar, y desde sus ventanas, sobre todo de las altas, se dominaba el barranco, en cuyo fondo corría el río de un verde lechoso.
La casa de la Sirena era por dentro estrecha, obscura y sombría. Los muros, espesos, hacían que las ventanas pequeñas parecieran saeteras, por donde apenas entraba la luz; por todas partes olía á humedad y á cerrado. Sin duda el que mandó construir la casa temía al viento, que azotaba allí de firme, y no era muy apasionado del sol.
Los pisos de la casa, sobre todo los dos más altos, se hallaban desmantelados y con los suelos deshechos y los cristales rotos; en cambio, el piso principal estaba restaurado. Una escalera apolillada, que se torcía en unos tramos á la derecha y en otros á la izquierda, iba desde el zaguán enlosado hasta la guardilla.
Los cuartos altos daban una impresión de abandono y de pobreza. Las habitaciones eran pequeñas, con muchos tabiques que dejaban rincones y pasillos obscuros y sombríos; los techos se venían abajo y las paredes se cuarteaban.
De noche las ratas se paseaban por todas partes, corriendo, rodando, trotando y chillando.
La guardilla estaba abandonada á una tribu de lechuzas que tenían allí su vivienda. Casi todas las tardes, al anochecer, sobre la chimenea ó sobre la veleta roñosa, que ya no giraba, se colocaba una lechuza, grande y gris, de observación, y al hacerse de noche se lanzaba al aire con su vuelo tardo y pasaba á veces chirriando y dando aletazos cerca de las ventanas.
En el tejado se alojaban también una nube de golondrinas y vencejos que habían obturado con sus nidos las cañerías y las chimeneas.
El piso principal era el único arreglado en esta casa vetusta; se le habían abierto ventanas anchas y simétricas á la calle y al callejón, y embaldosado y empapelado algunas habitaciones. El mobiliario era también nuevo constituído por muebles recién barnizados, armarios grandes, cómodas ventrudas, veladores y canapés.
La casa de la Sirena de antiguo pertenecía á la familia de Cañizares.
Los Cañizares aparecían en Cuenca desde la Conquista.
Esta familia, emparentada con los Albornoces y los Barrientos, se había distinguido en la historia de la ciudad.
El último vástago de los Cañizares conservaba el derecho de entrar en la capilla de los Caballeros de la catedral.
Por los Barrientos, los Cañizares eran descendientes de una dama, Doña Inés de Barrientos, que en en tiempos de Carlos V se distinguió por su fiera venganza.
A raíz de la formación de las Comunidades de Castilla se puso al frente del movimiento, en Cuenca, un caballero de gran posición, D. Luis Carrillo de Albornoz. Este caballero, poco satisfecho del giro democrático y antirealista que tomaba la revuelta comunera, se retiró á su casa abandonando el mando á los regidores populares. Los regidores, deseando que los gobernara un caudillo de su clase, nombraron á uno de oficio frenero.
Carrillo estaba casado con Doña Inés de Barrientos, hembra brava y orgullosa.
Al dejar de ser jefe de los comuneros el pueblo señaló á Carrillo con su odio, y no había día en que no le insultara y le zahiriese públicamente.
Doña Inés, iracunda, juró vengarse, y para ello preparó su plan. Decidió mostrarse más comunera que su marido y ganarse la amistad de los trece regidores del Municipio. Ellos, satisfechos de verse atendidos y contemplados por una dama de tan alta alcurnia, iban con frecuencia á su palacio.
Una noche, Doña Inés convidó á cenar á los trece. Los regidores bebieron de más, se turbaron, y al salir, uno á uno, Doña Inés los hizo matar por sus criados, y después mandó colgarlos, por el cuello, de los balcones de su casa. A la mañana siguiente el pueblo quedó atónito al ver los trece cadáveres balanceándose en los balcones del palacio.
La familia de los Barrientos había sido de las más poderosas y ricas. En uno de los esquileos de la casa, á mediados del siglo XVIII, registró veinticuatro mil cabezas de ganado merino.
A fines del mismo siglo los Barrientos y los Cañizares comenzaron á decaer, y en tiempo de la guerra de la Independencia los Barrientos desaparecieron y los Cañizares quedaron completamente arruinados.
Por esta época el jefe de la casa era D. Diego Cañizares, militar que llegó á coronel en 1813. Don Diego se hallaba casado con Doña Gertrudis Arias. En su juventud, D. Diego había sido un calavera, y devorado su fortuna. A los treinta años, al entrar los franceses en España, se alistó en el ejército; peleó en Arapiles y Vitoria, y fué ganando sus grados hasta coronel en el campo de batalla.
D. Diego, que en la guerra de la Independencia, á juzgar por su hoja de servicios, tuvo momentos de heroicidad, al concluir la campaña se presentó en Cuenca y volvió á seguir su vida de calavera.
No veía la diferencia que hay entre un joven vicioso y un viejo perdido, y que lo que en uno parece ligereza en el otro semeja cinismo.
D. Diego recurrió á todos los medios para procurarse dinero, y se hizo jugador, tramposo y prestamista.
Su mujer, Doña Gertrudis Arias, era una señora severa y orgullosa que había sufrido en silencio los ultrajes inferidos por su esposo.
D. Diego y Doña Gertrudis tuvieron un hijo, Dieguito, que fué el retrato achicado y degenerado del padre. Dieguito era un alcohólico, un perturbado. A los veinticinco años le casaron con una señorita de Barrientos, prima suya en segundo grado, y de este matrimonio hubo una hija llamada Asunción.
La madre de Asunción murió poco después de la guerra de la Independencia.
El viejo D. Diego consideró indispensable que su hijo, viudo, se casara con alguna mujer rica, y se entendió con un contratista de la Carretería llamado el Zamarro y arregló el matrimonio de su hijo, con la hija del contratista. Pensaba explotar al consuegro mientras pudiera.
El matrimonio de Dieguito y la hija del Zamarro no pudo ser más lamentable.