LA QUINTA DE PALMYRA

LA QUINTA
DE PALMYRA

(NOVELA GRANDE).
POR
RAMÓN
GÓMEZ DE LA SERNA

BIBLIOTECA NUEVA
Propiedad.
Derechos reservados para todos
los países.
Copyright 1923 by
Ramón Gómez de la Serna.

Gran Establecimiento Tipográfico de «El Adelantado de Segovia»

[AL INDICE]


OBRAS DE RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

Entrando en fuego (agotada).—Morbideces (agotada).

El concepto de la nueva literatura.Cuento de Calleja (drama).

Mis siete palabras.El laberinto.La bailarina.El libro mudo.Las muertas.Sur del Renacimiento escultórico español.

Ex-votos.El teatro en soledad.

El ruso. En el «Libro Popular».—Ruskin el apasionado, estudio crítico publicado con la traducción de «Las piedras de Venecia». Editorial «Prometeo», Valencia.—Tapices (agotada).

El Rastro. Editorial «Prometeo», Valencia, 1,50 pesetas.

Pombo (tomo 1.º). Librería Beltrán, Príncipe, 16, 4 pesetas. Numerosos grabados.—Senos (ilustraciones de Apa). Librería Beltrán, Príncipe, 16.—Greguerías. Editorial «Prometeo», Valencia.

El Alba. Editorial «Saturnino Calleja».—Greguerías selectas. Prólogo de Rafael Calleja, 2,50 pesetas. Editorial «Saturnino Calleja».

El libro nuevo, 4 pesetas. Beltrán, Príncipe, 16.—Virguerías, 4 pesetas (Los pedidos al autor, Velázquez, 4, torreón)—Variaciones. Ilustrado por el autor, Atenea, Ferraz, 21.—El Prado, numerosos grabados, 2,50 pesetas. Beltrán, Príncipe, 16.—Toda la Historia de la Puerta del Sol y otras muchas cosas. Con numerosas ilustraciones, 1 peseta. Beltrán, Príncipe, 16.—El drama del Palacio deshabitado (2.ª edición, seguido de otras obras de teatro como La Utopía, Beatriz, La Corona de hierro, El lunático). Un tomo 5 pesetas. Editorial América. Sociedad General de Librería, Ferraz, 21.—El Doctor inverosímil. Novela grande. Atenea, Ferraz, 21. Disparates. Calpe. Colección de humoristas.—Pombo, segundo tomo, con numerosos grabados. Beltrán, Príncipe, 16, 10 pesetas.—Los muertos y las muertas, (Atenea).—El Gran Hotel. Novela grande. Editorial América, Ferraz, 21. Leopoldo y Teresa. En «La Novela Corta».—El olor de las mimosas. En «La Novela Corta».—Ramonismo. Ilustrado por el autor. Calpe. Colección humoristas.—El Novelista, (novela grande). Sempere, calle Martí. C. C. (Valencia).—El incongruente. Novela grande. Calpe.—La Saturada. «La Novela Corta».—Vida, pasión y muerte de un humorista (novela grande). Calpe.—El hijo del relojero, (novela grande).—El ramo de Begonias (novela grande).

El Chalet de las Rosas (novela grande), 4 pesetas. Sempere, calle Martí C. C. (Valencia).—El Circo (en la serie «Los Guasones»). 2.ª edición muy aumentada y corregida con portada de Bon e ilustraciones de Apa y del propio autor. Sempere, calle Martí C. C. (Valencia).—Cinelandia, novela grande, 4 pesetas. Sempere, Martí C. C. (Valencia).—La malicia de las acacias, novelas, 4 pesetas. Sempere, Martí C. C. (Valencia).—Gollerías, con numerosas Ilustraciones del autor (también en la serie «Los Guasones»), 4 pesetas. Sempere, calle Martí C. C. (Valencia).—Mauricio Barrés el enlutado, con grabados y fotografías. Sempere, calle Martí C. C (Valencia).

Obras publicadas por la «Biblioteca Nueva» (Lista, 66)

Muestrario, 4 pesetas.—In Memoriam, de Silverio Lanza, 4 pesetas.—El cubismo y todos los ismos (con numerosas ilustraciones).—Efigies (dos tomos con curiosos grabados, a 4 pesetas tomo).—Tomo I, Aloisyus Bertrán, Baudelaire, conde Villies de L’Isle Adam, Gerardo de Nerval.—Tomo II, Oscar Wilde, El conde de Lautreamont, D’Annunzio, Remy y Jean de Gourmont, Colette Willy, Edgard Poe.

NOVELAS GRANDES

LA VIUDA BLANCA Y NEGRA 4 PTAS.
EL SECRETO DEL ACUEDUCTO 4 »
LA QUINTA DE PALMYRA 5 »

TRADUCCIONES

Echantillons. (Trad. Valery Larbaud y Matilde Pomes en «Les Cahiers verts».) Seins. (con ilustraciones en «Les Cahiers d’aujourd’hui»). La veuve blanche et noire. (Prólogo de Valery Larbaud, trad. de Jean Cassou, en la editorial Simón Kra.) Le Docteur Invraisemblable (Prólogo de Jean Cassou y trad. de Marcelle Auclair, en la editorial Simón Kra.)—Gustave l’Incongru (traducción de Jean Cassou en la editorial Simón Kra).—El Incongruente, La viuda blanca y negra, Cinelandia, Ramonismo, El Doctor Inverosímil y El Gran Hotel, han sido traducidos al alemán.


LA QUINTA DE PALMYRA

I
DESCRIPCIÓN DE LA FINCA

Primero había una alta tapia cubierta de musgo pardo como si llevase sobre los hombros una capa de terciopelo. La puerta era una enorme puerta en cuyas dos columnas ponía: en la de la izquierda QUINTA, y en la de la derecha DE PALMYRA con su particular ortografía portuguesa. Sobre las columnas se destacaban dos jarrones tradicionales.

Los árboles, más que centenarios, intentaban ocultar el palacio; pero se le entreveía en el fondo recibiendo dos caminos en su puerta central, a la que se subía por una suntuosa escalinata.

Era un palacio clarito y triste. En los copones de sus esquinas estaba depositada el agua de las lluvias antiguas, como reservorio de las lágrimas del cielo.

En el centro, sobre el ángulo de la frente de la casa, como atributo divino, había una diosa pagana que se recogía la túnica sobre las bellas piernas. Era de mármol y tenía los colores variados del tiempo y los hoyuelos que hace la lluvia en el mármol como si le regastase el mar. ¡Cuánta lluvia había bañado a aquella mujer!

Quitaba aquella escultura a la casa lo que de picudo tienen los tejados en forma de toca.

En señal de gratitud, ya que las chimeneas hacen tanto bien a las casas, como todas las chimeneas de Portugal, aquellas de la Quinta estaban elevadas y convertidas en algo más que en chimeneas y parecían palomares, vástagos de la casa con pretensión de ser alguna vez casas auténticas, nuevas casas más altas que la madre.

En los guisos campesinos y magníficos que se preparasen en aquella cocina tenían que influir las chimeneas artísticas de alargada y ancha rendija, muy boconas para dar salida a todo el humo de las grandes cazuelas.

En un lado del pecho de la casa había incrustados unos cuantos azulejos azules, de esos tan portugueses en que parece derrumbarse un cielo azul recién lavado, con nubes que aún no han acabado de destrizarse, nubes buenas que han endulzado el cielo con sus azucarillos.

Esos azulejos portugueses en que se refleja un día hermoso y un poco mojado decoraban las fachadas del palacio de Palmyra, palacio de melancolía antigua, melancolía deliciosa como lo es el vino viejo.

¡Qué reflejo de un día antiguo había en los ladrillos azulencos y optimistas!...

Entre todos los azulejos sin disimulo en sus junturas, se componía una viñeta marina, un navío azotado por los vientos y por la tempestad.

Ya esos cuadros de azulejos que suele haber siempre en las fachadas portuguesas ponen lágrimas, ojos azules a través de lágrimas, en la fisonomía de la casa.

¿Qué día indeleble se refleja en las placas sensibles de los azulejos? ¿El día inaugural y feliz de la casita?

El tono de la saudade está ya en esos azulejos azulosos, azulinos, azulosados.

A Palmyra le costaba siempre un suspiro el mirarlos.

A un lado, en lo alto, tenía la Quinta una espadaña con su campanita para pedir auxilio.

Los balcones eran todos desiguales. Unos tenían un saliente excepcional, otros tenían una visera de tejas en lo alto, alguno estaba cerrado por una especie de celosía pintada de verde. Las ventanas en lo alto, miraban a través de sus cristalitos, como ventanas encaramadas desde las que se veía el mar un confín más allá, un escalón más abajo del escalón visible del horizonte.

Todos los balcones y todas las ventanas tenían visillos blancos de fina batista con ondulada muceta. La ropa blanca de los balcones siempre estaba aseada y se lucían los embozos de la intimidad de la casa encañonados y pulidos como chorrera de blusa blanca.

Se presentía detrás de esas muestras un pecho limpio y puro de mujer pulcra que huele al alba angélica de la ropa blanca muy bien lavada y oreada.

Iría bien a los senos de la mujer que se asomase detrás de esos visillos su gran presentación rizada y atirabuzonada.

En el jardín se encontraban cenadores, mesas de granito, bancos de parque antiguo con aire de sofás de piedra y un estanque chiquitín al que servía de fuente un niño guiando un cangrejo, niño sentado en unas peñas cubiertas de conchas del mar, como si fuesen conchas de peregrino.

El jardín de la Quinta abrazaba al palacete y se veía que sentía mucho cariño por él. Estaba contento de rodear aquella casa de sensata traza, aquel refugio de segura intimidad.

En aquel rincón de Portugal, junto al pueblecito de Ardantes, la paz del mundo era regia y aquella Quinta respiraba felicidad y sosiego.

Todo el paisaje ayudaba a esa sensación, un paisaje de ningún lado del mundo, paisaje de los cuadros relojeros que tienen el reloj en una torrecita del panorama. Un paisaje lleno de nubes suspensas, de esas nubes que retienen los días inmóviles, como si fuesen desprendimientos dejados en su marcha y a flote en el ambiente calmo por el tren del tiempo.

Serán esas nubes como humo que no se deshará hasta la mañana siguiente, en esa hora disolvente del alba que puede con todo.

La Quinta estaba sola en un buen trecho de aquel gran paisaje; pero después se veían muchos hotelitos, hotelitos trazados por el tiralíneas del capricho, hotelitos felices que se hicieron con la ventana ideal en el sitio estratégico de la pared y en la forma que señaló con lápiz el mismo propietario.

Eran hoteles para el verano.

Por eso casi todos estaban cerrados. ¡Cuánta gente construye un hotel y a raíz de eso pierde la felicidad o escoge otro sitio o muere sin que nadie se ocupe en mucho tiempo del hotel cerrado!

¿Qué muebles nostálgicos, qué espejos secos por no tener imágenes en tanto tiempo y qué consolas carcomidas no habrá en el fondo de esos hotelitos?

Se destacaban los torreones, esos torreones inútiles en los que no hay nunca un vigía, hechos en balde para que no suba nunca nadie, torreones orgullosos a los que sólo ascendió el dueño de la casa el día de la inauguración.

Miraban sus deslumbrados cristales a sitios distintos, con visión de horizontes nuevos y como observando mares de distinta clase y de distinto color.

¡Qué pena los torreones inútiles!

Después, situando el hotel, venía el mar, un mar sin colonias próximas ni pueblecillos caídos en la ribera, un largo trecho de costa en que daba la casualidad que no había afincado nadie.

Del pueblo próximo, y para ver el célebre faro que se levantaba en aquel paraje, iban gentes que querían pasar un rato allí y se sentaban a tomar algo en la cantina del antiguo farero, que tenía una bella niña de ojos azules hija indudablemente del faro, como sueño de las olas y la noche.

Se producía en aquel paraje una de esas entradas en que el mar vive tranquilo y lame la costa.

En esa entrada alargada y tendida que hace muy pocas veces el mar en otros sitios, parece que descansa y añade también a todo el paisaje una emoción de serenidad manifiesta.

También venía aquí el mar a reponerse, a rehacer las fuerzas deshechas de tan trabajado y rebatido como se siente y está después de tantos siglos de labor.

Su lengua más vieja, su verbo más usado, era el que se adunaba y se reponía allí.

II
INTERIOR DE LA QUINTA

En el interior de la Quinta de Palmyra todo eso se remansaba más y las humedades del jardín se hacían compota en las compoteras de cristal tallado, de las que es agradable tocar la calidad de piña de cristal que tiene la tapadera.

Los muebles estaban pasando una temporada de primavera eterna, y por eso se les veía plácidos, como dedicados a la lectura y a la conversación.

En el centro de los grandes salones había asientos como esos de los Museos, que dan toda una vuelta alrededor del tronco redondo del respaldo. Sobre el pináculo de su remate se erigía una estatua que unas veces levantaba una palma en lo alto y otras tocaba una lira.

Numerosos veladorcitos con ceniceros, libros y cajitas revestidas de conchas se acercaban a los grupos de asientos en actitud servicial.

Varios relojes ingleses, de gran esfera matemática y con algo de mapa, se alzaban sobre muebles confidentes.

Bustos con la melena Luis XV estaban colocados en las esquinas de las habitaciones, resguardándose en las esquinas, y como dejando sitio para el paso para disfrutar una vida disimulada y pacífica.

Por detrás de todas las conversaciones, escondidos en un esquinazo, estaban sus cabezas.

Tenían su orgullo y su altivez de siempre y vivían la vida del palacio bien comida, tranquila, con el aroma de todos los vinos.

Tan opulento era el ambiente del palacio y tan sestero, que siempre serían en él una cosa vaga los cuadros y las cornucopias, algo así como una palmatoria en peregrinación por la galería de las paredes.

Se vivía en el cuajo de las habitaciones, en sus últimos rincones, lejos de su decorado y aceptándolo como un incontable aliciente. En aquel conjunto de cosas, casi sin trecho libre, siempre sería una sorpresa cada cosa y unos días se encontrarían los medallones en cera y pelo de los antepasados, y otro un relicario apenas visto.

Casa llena de caracolas como adorno de todo pie de consola o toda mesa libre. Se acordaba su ruido interno en un rumor incontrastable que se componía entre unos y otros. Estando muy atento se oía otro rumor que no era el del mar lejano, una especie de ruido de oídos de las caracolas. ¡Oídos incurables!

Unos cuantos mapas mundis y varias esferas armilares había repartidas por la casa y la daban una especie de trascendencia ultramarina y ultraterrestre.

Tenía siempre el aspecto de esos palacios pequeños que se enseñan cuando los reyes no están. Todas las habitaciones estaban como para no recibir a nadie, y, sin embargo, prontas para recibir a alguien. Había numerosos despachos y alcobas para huéspedes de una noche. Todos hallarían además un balcón ideal en cada cuarto.

La Quinta lo que estaba era muy entornada. Los párpados de sus persianas estaban entregados a un duerme vela constante.

Velos invisibles cubrían las cosas, las adormecían, las daban carácter de Semana Santa, cuando toda imagen se envuelve en un paño morado.

Las vitrinas eran auténticas y tenían cosas que habían tenido el sitio predilecto sobre el pecho de los que murieron. Había joyas en las que no se acababa de creer por lo excesivo que resultaba que fuesen verdaderas. Los brillantes tenían gotosa pesadez de cristal de roca, las pulseras eran como grilletes para la prisionera de la riqueza.

Pero en ese interior lo importante es la sombra de los rincones, la sombra de los que se fueron y la sombra de los que no pudieron estar nunca y que son los que hubieran llenado la soledad del palacio, seres excepcionales, animosos, magnánimos, que son los únicos que hubieran conseguido espantar la melancolía, que como las arañas, siempre tejía telas de sombra en las esquinas de las habitaciones de la Quinta.

Ninguno de los antepasados había podido reaccionar contra el dulce estrago de la Quinta, y casi todos habían acabado viviendo en Lisboa o en París. Sólo el primero de los Talares, el que compró la propiedad y edificó el palacio con tipo de castillo y de chalet, lo habitó hasta el día de su muerte, y sólo ahora, al cabo de los años, su única descendiente, Palmyra Talares, quería a toda costa vivir en el dulce retiro, tomar buena cuenta de todas las cosas en aquel dulce paraje, y oir la respiración de las cosas que se pierde en el ruido de la ciudad. Era Palmyra el alma flotante de la Quinta, la que la hacía apetecible y conseguía que todas las gentes que pasaban mirasen hacia el fondo de la avenida que paraba a la puerta de la casa.

En el pueblo de al lado, entre los que se hospedaban en los hoteles de alrededor, entre los aldeanos flotantes que tenían sus casas sembradas en el paisaje desigualmente, aquí una y mucho más allá otra, tenía un prestigio grande aquella bella mujer que no se iba, que vivía año tras año en la Quinta ideal.

Palmyra era esbelta, blanca, de nariz muy fina, de ojeras de niño de sangre azul, de los niños en su primera leche. Sus ojos eran unos ojos negros con un brillo metálico, brillo un poco dorado, ojos que se podrían llamar mordorés.

Su voz tenía la suavidad infantil que la daba el portugués.

No es que mezclase en sus palabras «eses» andaluzas, ni «ces» con zedilla, sino «equis», muchas x x x x intercaladas entre las palabras, dándolas exquisitez y dulzor.

Palmyra era un dechado de dulzuras y equis. Todo lo sugería y lo preguntaba al mismo tiempo, a todo lo daba vaguedad y dejaba que pudiese ser de otro modo.

Tenía una manera de envolverse en los grandes chales de lana que daba amor por ella, gustándola salir con los brazos desnudos, los brazos que amarilleaban y se ponían cárdenos de friolencia sin quejarse nunca. Sólo se abrigaba el pecho con gran cuidado, poniendo una mano sobre el cierre del abrigo.

Envuelta en sus larguísimas toquillas blancas, resultaba esponjosa, mayor, con unos opulentos senos guardados en el nido más tibio y cándido, el nido blando en que se mecían.

La cubierta del libro que siempre llevaba en la mano, la caracterizaba. Era una cubierta del lienzo que usan para las velas de los barcos, en el que una aguja paciente había bordado debajo de un precioso papagayo verde:

Papagaio da pêna verde
Naó venhas ao meu jardim
todas as penas se acaban.
Só as minhas nao tém fim

¿Pero qué penas eran las suyas? Ningunas. Las saudades del país en el inmenso caserón de la Quinta. Hasta la había dado esa melancolía aquella voz excepcional y pulida como por haber cantado mucho.

Siempre se la veía detrás de los cristales mirando su paisaje, las palmeras y el mar, un mar que resultaba un escarpado y ancho patio.

Sobre todo, a las horas de tren, estaba acodada sobre el alféizar de la ventana más bonita desde la que se le veía recortado sobre el mar, coincidiendo las dos ventanillas como marco del mar luminoso, más luminoso en la galería de marinas que eran las ventanas de los vagones que en la amplia marina que se destacaba por encima y a los lados del trenecito. Aquella emoción del tren sobre el mar, como poniendo las ventanillas en blanco, era de lo más particular de aquella visión del tren de la costa, en el que el mar era un aderezo contrastante.

El mar, bajo la mirada instigadora de Palmyra, refrescaba la sed eterna con cerveza salada y fresca, encaperuzada por la espuma de nieve de las bebidas refrescantes.

La eterna fiebre de las encías que siente el mundo en dentición perpetua, se calmaba con el mar.

Daba el mar al espíritu de Palmyra uno de esos baños de tina que la había dado su madre. Cada ola que se rompía era una medida de agua fresca que la echaba sobre la cabeza. Se rompía sobre su espíritu cada ola, con chasquido de agua que se rompe en el agua.

¡Cuántas conchas de agua vertidas sobre el agua! ¡Cuántos bautismos fatales!

Pero esos espectáculos más fuertes y constantes que nosotros, son los que añaden vida a la vida.

Las palmeras eran el otro espectáculo que formaba sus horas. ¿Las quería? ¿Las odiaba?

¡Siempre aquellas grandes palmeras serían de otro país, de más lejos!

Siempre, sin embargo, serían la portada de su vida, de su novela, de su muerte.

Eran aquellas palmeras de un color verde como semillas florecidas que trajo la brisa del Atlántico. Eran árboles en los que no anidaba la inquietud humana, árboles desposeídos de sentimentalidad, que sonríen aun los días más duros.

Notaba esa indiferencia de las palmeras, pero eran su alegría en medio de todo. Enjugaban sus preocupaciones con su gran simpleza y ese optimismo fiero, que hacía que su sombra, aun en las noches de luna, parecíase como recortada luz del sol en el paraje de las playas.

Palmyra apenas salía de esa contemplación y veía venir y alejarse los trenes, cuya nube de humo parece que les retiene, que no les deja andar más deprisa, como si esa ráfaga fuese su cola que se enreda en los árboles.

Pero tanto la magnífica soledad de la Quinta como la frialdad del mar, la hacían necesitar del amor como única reacción contra aquellas dos grandes influencias.

III
ARMANDO, EL FALSO ARISTÓCRATA

Palmyra, en esa necesidad de entonar el palacio, y viendo que el tiempo pasaba y nadie llegaba lealmente a casarse con ella, creyó que eso se debía a una especial rebeldía de los tiempos ante el matrimonio, y se dejó seducir por ese joven español que está a su lado, Armando Vivar, que se hacía tener por un aristócrata español y vivía en el palacio desde hacía muchos meses, tratado a cuerpo de rey, y recibiendo en sus brazos aquella blanca forma de Palmyra como suprema posesión del paisaje.

Armando era un huído de España no se sabe por qué misteriosos asuntos. Tenía media cara joven y la otra mitad vieja, cansada, pachucha, con un ribete de plata en las sienes.

Aceptaba de Palmyra todos los agasajos, pero no partía de él ninguno. Tenía displicencia de hombre que se mira la punta de los zapatos de charol mientras habla.

—¿Y tus posesiones de la India, cómo son?—preguntaba con visible entusiasmo.

—Son pueblos enteros... Me pertenece un río desde su nacimiento a su desembocadura.

—¿Y hay grandes árboles, de esos que tienen dos siglos?

—Tan enormes que sobre sus ramas principales han edificado los indígenas casas para varias familias...

A Armando le gustaban esas conversaciones novelescas y embobecidas en que el niño pregunta como un niño ávido.

Palmyra había encontrado en él al apuesto varón que solía colgarla de su brazo en la intimidad pasando la mano por debajo de su axila y depositándola siempre en la esfera apetitosa de su seno.

Ella temblaba de pensar que se pudiera ir aquel hombre que llenaba del masculino son de su voz toda la casa y era como el guarda seguro de la Quinta.

Se adornaba mucho para retenerle.

Se ponía sus pendientes de brillantes viejos, que brillaban con singular encanto a la luz del sol de la tarde, cuando se acercaba a las dulces ventanas.

Ponían en las paredes sus espejuelos refulgentes, estrellitas de luz movibles a cualquier gesto de su cabeza.

Armando miraba esa animación viva que lentejuelaba la pared como lanzamiento de los espejitos rotos de los pendientes y procuraba pasar la tarde a fuerza de puros. Siempre estaba abierta en la mesa más próxima la caja con su orla de fina puntilla y en la estampa un caballero de grandes bigotes, gran cadena, dije de oro y cargado de sortijas; pureador como un rey, con placidez de gran tendero en la expresión. Eran esos grandes señores de Partagás, de Bravo, o de Gómez, grandes amigotes de su soledad, retratos de parientes bonachones y con gran bigote.

La sedosa suavidad del puro habano le quería y le acallaba. La Quinta entera estaba siempre llena de humo, como si hubiese entrado en las habitaciones el humo de la cocina.

Palmyra tosía al sentir cerca el humo del tabaco, pero se metía en su muralla espesa y al fin se acostumbraba y le hablaba con voz apagada.

El no la escuchaba, muchas veces distraído en especulaciones ingenuas. Era un pecado que no oyese su dulce voz, y los muebles le reconvenían. «¿Por qué no te dedicas a oir su voz? Ya sería una buena ocupación». Y las cornucopias le dirigían miradas atroces.

El coche de dos caballos les esperaba a las cinco en la puerta. Era la hora de paseo, esa hora dulce en que se va en los coches como en barcas por los lagos del paisaje portugués.

Armando subía al coche un poco convencido por el paseo. Iban por la orilla del mar, al margen de los hotelitos, observando los balcones, la lámpara que se entrevé por el balcón entreabierto, los techos de pizarra en forma de escamas que parecen las cabezas encucurruchadas de unos dragones escamados.

Leían, como títulos de poesías sentimentales, «Recordaçoes», «Corbeille de urs», «Mon plaisir», «Saudades», «Rosiña», «Bella-mar», «El Ribazo», «Vasco», «Ermida», «O miradouro», «Roseiras», «Mascota», «Ribereña» y numerosas fincas con numerosos nombres de mujeres quizás muertas en su mayor parte, alguna con la placa del nombre a medio desprender.

Un padre con su niño detrás de los cristales. Torres almenadas.

Aquellas mujeres no se atrevían a dejar pasar la verja al caballero desconocido por si se hacía el dueño.

No podía haber más temible ladrón de su casa que el que se sentase amistosamente en su gabinete.

Los pasos de nivel eran para él un camino de tragedia en que siempre se acordaba de aquel coche de carreras atropellado por el tren.

Se veían esos grupos de hombres que después del trabajo juegan a estar borrachos en la puerta de las tabernas y que parece que por lo menos van a tirar un corcho al coche que pasa.

Los eucaliptus dejaban caer sus cendales de olor, sus desgajados tules de perfume, sus grises ráfagas.

Armando, en el coche, la apretaba con abrazo de coche, o sea apretándola el costado, incrustándose en su brazo y hasta la cadera, como intentando volver a la mujer a su primitiva injertación en el costillar derecho.

—¿Me quieres como a la mujer que se desea en este encantador paisaje, o quisieras entrar en esas casas que se ven, buscando otras mujeres?

Armando respondía a esas sutilezas de un corazón enamorado que da vueltas ingeniosas a todas las posibilidades:

—No digas tonterías...

Y, sin embargo, se tenía que conmover ante aquel paisaje y aquella mujer.

Los dos caballos, bien amaestrados por los antiguos cocheros de la casa, componían ese verso de circo del paso bien braceado, que da al camino aire de pista, aire solemne y pretencioso de camino de orgullosos caballos.

Había siempre muchos humos en el paisaje.

Cada humo era un incienso. Eran humos lánguidos de la buena tarde. Ninguno perturbaba el cielo. Todos caían, y aun siendo caudalosos, eran humos de ara.

Por encima de ellos lucía el paisaje límpido, establecido con más asiento que en ningún lado del mundo. Era aquél un rincón inmóvil de felicidad.

«Este será—pensaba Armando, metiéndose más en el coche, replegándose en un rincón—el último refugio de la felicidad; será donde la dicha tarde más en apagarse.»

Todas las barquitas a lo lejos eran como flotadores de una gran red, como bastas con que la gran red estaba atada al mar.

Sin poder creer que aquéllas fuesen barcas, considerando que eran boyas, preguntaba a Palmyra:

—¿Son barcas?

—Sí... Son barquitas... Esperan, se ocultan en el mar, se disimulan para pescar más... Sacan el vivo dinero con que vivir los días malos.

—Que nunca les llega para zapatos...

—Nunca, es verdad... Aunque, como ellos dicen: «La planta del pie no necesita media suelas.»

A las seis de la tarde levantaban el vuelo todas las barcas, izando su vela, como cortapapeles de la tarde, igual que si fuesen el abrelibros del cielo y del mar.

En el vuelo, raudo sobre todo, tenía la agudeza rasgadora y sesgante de los cortapapeles el cuchillo triangular de la vela. Y abría, quizás, las hojas del atardecido, la lectura poética de la media luz, lo que sólo cuando se encienda la luz artificial se podrá leer, aunque se mate el tiempo esfoliándolo.

Entonces volvían apresuradamente, nadando los caballos el camino con braceo más enérgico.

El cielo tomaba ese color de las sedas irisadas a las que la luz se ha comido el color y en las que se hace así un borde y una huella insubsanable.

El mar, como espejo de luces extrañas, y con más luz cuando en la habitación de la tierra se apaga, recogía una anacrónica iluminación.

IV
LAS VISITAS

Algo entretenían a Armando las visitas de los habitantes de los pocos hoteles con gente.

Le gustaba encontrar aquella ansiedad de hablar con que les inquietaba la soledad. Entraban en la Quinta con una zalamería de gentes que temen que las echen y las exijan el silencio.

Se entablaba un diálogo tímido y que nunca se explayaba entre los moradores de la Quinta y los recién llegados.

Los recién llegados.—Venimos a tener un ratito de conversación... Déjennos ustedes tenerla...

Los moradores.—Siéntense; ¿pero de qué vamos a hablar?

Los recién llegados.—De nada... De esas cosas que se cazan al vuelo, de lo que sino se hablase de ello la vida sería demasiado imponente... Pequeñeces.

Los moradores.—Hágannos ustedes el programa.

Los recién llegados.—No será posible hacerlo nunca, y, sin embargo, surgirán las palabras...

Los moradores.—Con que nos digan cualquier cosa de las que pasan por el camino. ¡Pero de ninguna manera alabar nuestros cuadros!

Los recién llegados.—No... Intentaremos hablar de todo antes de ocuparnos de eso...

Los moradores.—También nosotros estamos deseando la conversación trivial.

Los recién llegados.—Pues no perdamos tiempo.

Y después de ese diálogo invisible comenzaban las conversaciones.

Entre los que iban con más constancia figuraban doña Manolita, don Vasco, una inglesa, antigua huéspeda de aquel paraje, que se llamaba Elisabeth, y un español, don Mariano Guisasol, que tuvo gran importancia social en España y se había metido allí para siempre.

Doña Manolita era una viejecita española que apenas tenía para vivir, y que agradecía con locura los tés de Palmyra.

Llegaba sobre las seis y media, hasta los días que llovía mucho y entraba toda chorreosa y brillante de lluvia.

Dejaba su sombrero en el perchero y entraba bufándose el pelo y llevando extendidas sus manos frías para calentarlas urgentemente.

Su sombrero de luto, con gran pena, colgado del perchero, ponía de luto toda la casa. Por eso no la quería Palmyra. Era visita que la angustiaba la tarde. Parecía ir a ver la felicidad que allí podía haber para estorbarla.

Pero, sobre todo, su sombrero en la percha ponía de luto la casa y la añadía gran pena.

Doña Beatriz, que era el antídoto de doña Manolita y que también estaba de luto, no enlutaba la casa. ¡Encogía, dobladillaba, guardaba tanto su manteleta! ¡Disimulaba tanto lo que había de dejar ocupando un sitio de la casa ajena!

La inglesa doña Elisabeth entraba, con mucho derecho a entrar, y se iba derecha a la butaca, que creía ya que la pertenecía.

No se acababa de saber de qué parte de Inglaterra era, ni hacia dónde caía su pueblo.

En su roñosería, en su modo de ser se veía la mujer que ha estado asomada al mostrador de una tienda de especias. Tenía los lentes de la que despacha o toma la cuenta muy por lo menudo a sus colonos.

Un inglés chic se hubiera dado cuenta de qué clase de inglesa era, aunque sin perjuicio de creer que era más persona que el resto de la humanidad.

Siempre iba con sombrero de paja, sin tener en cuenta que aun siendo un buen clima el portugués, convenía ensamblarse con la moda y dar al invierno lo que es del invierno.

Su sombrero era como un sombrero viejo, un sombrero de pajilla fina, machucada, y de alas desigualmente rizadas por estar siempre en la horma del perchero.

A la servidumbre, a la gente del pueblo, los trataba con ese aire colonizador que tienen los ingleses.

No encontraba el bien del cambio. Esa alegría picaresca, como de pegársela al país en que su moneda está más alta, que tienen los españoles y que después se hacen perdonar teniendo largueza, los ingleses no la tenían. Estaban acostumbrados quizá a que las libras fuesen superiores a la moneda de los países que visitaban y adquirían en seguida la sensibilidad del dinero en el país en que estaban.

La inglesa vivía la vida con un firme deseo de vivir y con un imperio de pantera que, aun vieja, tiene que deber a su fiereza el seguir viviendo.

Don Vasco era un señor plegado en arrugas seguidas, un señor que estuvo en la China y que tenía la casa llena de cosas chinesas.

Recordaba unos días mejores que aquellos, unos días de un amarillo más puro.

Todos parecían al otro lado del mundo, detrás de las tapias de la vida, asomando la cabeza por encima de las barreras, en la ventana parapetada, en las terrazas apartadas de todo y frente al mar.

Ellos a quien querían era a Palmyra, pero no discutían si estaba bien o mal que tuviese a Armando a su lado. Le saludaban también con mucho aprecio y se ponían a conversar con él familiarmente, en entrañable confidencia.

Aquel clima absolvía de todo. Había que estar contentos con los que permaneciesen en la vida.

—Por fin van a aprobar el tren eléctrico—dijo don Vasco, dando una gran alegría a sus palabras para que creyesen al fin aquella consoladora mentira antigua, aquel proyecto ideal, el magno proyecto que comparte medio universo, la electrificación. Parece que entonces se irá a todos sitios como por teléfono y esa idea entusiasma sin reservas.

—¡Lo que ganará entonces la propiedad aquí!—dijo doña Beatriz, que sólo tenía una propiedad insignificante, con la reventa de la que pensaba comprar otra casita un poco más lejos y aumentar de modo fabuloso las rentas de su dinero.

La inglesa, pobre gallina coja que sólo permanecía allí por ver si perdía su cojera, no salía apenas de la carretera de sol, y por lo tanto no la importaba nada que electrificasen aquello, preocupándole íntimamente por el contrario la idea de poner un día el pie en la vía electrificada y que se sobrecogiese más su pata coja. Pero no se atrevía a decir esa aprensión de su ignorancia.

Don Mariano opinó:

—No está mal... Habrá chispazos de gran ciudad en la carretera, chispazos que en las noches de verano parecerán relámpagos.

Armando, que sólo entraba en las conversaciones nada más que cuando había una entrada alegre, dijo:

—Y pediremos billetes para la Puerta del Sol...

Palmyra, que reconoció la nostalgia, la salió al paso para quitársela.

—Así podremos ir más veces a los teatros de Lisboa...

—Lo malo—insistió Armando—es que tenga tipo de tren en vez de tener tipo de tranvía... Debían de pintar los coches de amarillo. Don Vasco, usted que conoce al Director de la Compañía, se lo puede proponer.

El tren eléctrico pasaba por sus imaginaciones como guión que suprimiría el campo, sin tener en cuenta que mientras se viese en el viaje todo aquel largo paisaje que se veía por las ventanillas de aquel viejo primer tren de juguete con que se inauguró el trayecto, no podría conseguirse aquel raudo traslado telefónico en que materialmente soñaban.

Se hizo una pausa, durante la que los viejos tranquilones y huídos reaccionaban ante la electrificación, pues veían al pensar en el caso con más atención, que se corrompería un poco su retiro, que aquello que habían ido a buscar iba a verse muy accedido por las gentes que se enganchan en los viajes rápidos y fáciles.

—¡Qué tarde ha hecho hoy!—exclamó el alegre español, en cuyo pecho anfisemático la presión poderosa de la orilla del mar mezclada a la cordialidad del tiempo abría todas las válvulas defectuosas.

—Ha sido una tarde de toros, una tarde de Corrida de Beneficencia—dijo Armando, que se sobrentendía con el español don Mariano.

Palmyra, siempre pronta para apagar la nostalgia, dijo:

—Ha sido una mañana de luar...

—Muy bien, muy bien; eso ha sido—dijo doña Manolita, y todos los presentes volvieron los ojos hacia la dueña de la casa, que tan bien había caracterizado el día con su paradoja, convirtiéndole en día lleno de luna, borracho de luna como un bizcocho borracho.

—Realmente es verdad...—intervino don Vasco—. El sol era el sol, de eso no cabe duda; pero era un sol blando, alunado, de suave luz o más que de luz suave, porque no se le podía mirar siquiera, de luz suavizada aquí abajo, en nuestro valle de lágrimas...

La tarde les había convidado a todos con sus vinos dulces y estaban embriagados como después de un día de santo. Veían con pena y aun con sed la copa vacía de los cristales de las ventanas.

Estaban clavados en sus asientos, iban a vivir en aquellas visitas, sobre todo antes, cuando Palmyra estaba sola e indecisa y gozaban entera la pasión inútil que se escapaba a su juventud y que no acababa de salir de las habitaciones, aunque se abriesen los balcones, porque se agarraba a los tiradores de las puertas, a las paredes, a los brazos de las butacas y a los sofás. Ahora vivían con una absorción de vampiros viejos de lo que flotaba de la pasión que todos aquellos vejanchones suponían frenética, más frenética que fueron sus pasiones, y eso que alguno, como don Vasco, las tuvo de serpiente de tierra caliente.

Como de esas coronas que hace el humo al salir del cigarro, así parecía haber quedado lleno el salón de las coronas de los abrazos que se habían dado en la noche Palmyra y Armando, y que, como todo lo condensado en la alcoba, daba un salto por encima del biombo que la separaba del salón.

Armando se adormecía en aquella tertulia, pero Palmyra, no; a Palmyra le gustaba hacer los honores, moverse de un lado a otro, ofrecer el té...

—A propósito del té, ¿ustedes saben una historia india...?—dijo don Vasco.

—Ya nos lo ha contado usted tres veces, señor Vasco—dijo Armando.

—Quizá a ustedes sí, pero, ¿pero qué espíritus nos acompañan esta tarde? ¿Saben ustedes si son los mismos de ayer? Probablemente, no.

—Espiritismos, de ningún modo—dijo Armando, riendo de la disculpa que había buscado don Vasco, para contar la noventa y nueve vez la historia del té.

—Este es siempre un té cada vez más tardío—dijo la inglesa con su construcción y su portugués estrambóticos...

—Acabaremos convirtiéndole en vermú—dijo Armando.

—¡Qué más da! El té no hace daño a ninguna hora—aseguró la pobre doña Beatriz, ansiosa siempre de reconfortarse con muchos bizcochos y cuatro o cinco tazas de té, en cuyo fondo quedaba después algo así como un final de sopas de ajo.

Lo que había de rincón del mundo en aquel paraje se acentuaba a aquella hora en que había llegado el último tren, después del que ya no podía esperarse ninguna sorpresa. Ya no se podría poner ni recibir un telegrama tampoco. Quedaban desligados del mundo como si fuesen un islote que al anochecido se separase de las tierras firmes.

Palmyra servía a Armando su té, mirándole mucho a los ojos, queriendo dialogar secretamente con él en medio de todas las visitas, pero Armando rehuía esa complicidad que temía que todos notasen. Ella, con esa insistencia de la mujer enamorada, volvía y volvía a envolverle.

—Ha vuelto la gripe—dijo doña Manolita, atemorizada, queriendo que la consolasen los demás de su miedo; porque los pánicos se esparcen y se siente la voluptuosidad de propagarlos y padecerlos.

—La gripe siempre vuelve—dijo el anciano don Mariano—. Yo siempre la he visto volver desde que era niño... Es el vaho de la muerte, ese humillo que ella también echa los días crudos del invierno... No hay nada más sutil ni de que pueda uno defenderse menos.

—No está mal la teoría—repuso don Vasco—. A la gripe la he visto yo, devastadora como nunca, en la India; mataba como siempre con frivolidad, sin anunciar su gravedad, sin ahuyentar de ella como ahuyenta la peste...

—Es lo único que nos amarga este retiro delicioso. Hasta aquí mata—dijo doña Beatriz.

—¿Y de dónde podrá venir aquí?—preguntó Palmyra.

—¿No la he dicho a usted, señora—volvió a intervenir don Mariano—, que sale de los cementerios?... Si quemásemos todos los cadáveres no pasaría eso.

Todos quedaron silenciosos un instante y se hubieran sacudido el aire con la mano como quien aparta un contagio invisible.

Después todos se fueron levantando, no sólo porque era tarde, sino como si huyeran unos de otros, como si esperasen que en la noche se declarase en alguno la gripe, como si huyesen a una mayor soledad.

Así era una tarde de visitas en la Quinta de Palmyra.

V
DÍA DE LLUVIA AMOROSA

Al abrir las contraventanas se encontró las viruelas de la lluvia en los cristales. Después vió que en los charcos dejaba caer sus chinitas pertinaces, boquiabriéndose el agua de los charcos como si los pececillos lanzasen fuera su burbuja de aire puro.

¡Otra vez esa confinación en el palacio por quince días dentro de los flecos interminables!

A Armando le faltaban palabras para Palmyra y esa era su principal tragedia, pues acariciarla la barbilla con ternura constante no era suficiente.

No tenía más horas álgidas que las horas comestibles, las doce y las ocho de la noche, pero eran horas ¡de tan breve duración!...

Era, pues, este día un día de estar muy pegado a las ventanas y de mirar la péndola del reloj de alta caja de la sala más clara, un reloj en cuya lenteja estaba pegado el retrato de la difunta madre de Palmyra.

Era una señora de peinado burgués y de cuello corto, que debió tener una gran bondad.

En la lenteja del reloj—¡qué ocurrencia!—parecía vivir con palpitaciones de reloj, como si su corazón, en vez de moverse de arriba a abajo, se moviese de izquierda a derecha. Era una manera excesiva de perpetuar los recuerdos, pero estaba bien por la originalidad.

Asomado a las ventanas de la Quinta, pensaba que aquéllas eran las ventanas de Europa; las ventanas del otro lado, las ventanas finales que daban a la luz del descampado mar de quince días de travesía. Devolvía aquel cielo la luz extensa y desorbitada del solar extensísimo del Océano Atlántico.

Eran las ventanas para lanzar los suspiros del alma desolada que al llegar al borde último de los continentes y las penínsulas suspira con fuerza y la gusta irse en el suspiro ancho y desahogado del cielo que se remonta y huye. Por eso había un suspiro claro de luz aun siendo un día lluvioso.

En seguida apareció Palmyra y fué hacia él.

—La lluvia borra el mundo—dijo Armando.

—No. Lo oculta para que vivamos de nuestra intimidad... Hoy la Quinta está más satisfecha y dice: «¡Gracias a Dios que se van a dedicar a mí sola!»—repuso Palmyra.

Resultaba reblandecida y sin curación en el fondo del salón, que parecía más profundo porque el cortinal de la lluvia era espeso y confundía la luz.

Lo que en su rostro pálido había de herpético—ese poco de herpético que es como el principio inicial de la corrupción—se acentuaba más en la tarde, que devolvía su condición de greda a la carne humana.

Lo que hay de más difícil de entretener es la mañana, y una mañana lluviosa sobre todo.

—Estamos como dentro de una pecera, colocados así detrás del cristal y viendo caer agua—dijo Armando.

—¿Y no es bonito estar en el nido de una pecera, los dos juntitos?—repuso Palmyra.

Armando tenía odio a los mimos y era hasta brusco con Palmyra.

Al ver sus brazos desnudos, que tanto la gustaba desnudar, la dijo con tono desabrido, como mordiéndola en el brazo y haciéndola daño:

—¿Pero no ves que es de una gran desvergüenza tener siempre los brazos desnudos?

Abrumada por la reprensión desmedida de Armando, Palmyra cruzó sus brazos y se cubrió con las manos los biceps mullidos y con plástica de aparatos musicales de la sensibilidad.

Palmyra le obedecía en todo, y cuando él se incomodaba se quedaba cohibida como una cordera bajo la influencia del eclipse.

La cuesta de la mañana la subían bastante silenciosos, manoseándola a ratos él como se manosea la caza, el pescado o la fruta que se compran en el dintel de la puerta.

Ella estaba tan enamorada de Armando que no tenía pudor ni por la mañana, y se miraba y le volvía a mirar y se volvía a mirar para ver si le podía complacer a él lo entreabierto, insistiendo en el juego para encontrar en sus ojos una buena mirada de avidez como premio. Pero él la miraba como el que se para a contemplar la estatua de mármol mientras la quita el polvo, con mirada burda de doméstico.

Después Armando se ponía a pensar en la comida.

«Qué pez es el del día es lo que hay que preguntar—se decía—, que la carne ya sé cuál ha de ser, tanto la de la mujer como la de la ternera.»

A las doce, cuando ya estaba el menú preparado y habían escogido en la discusión de la cancela el pez más extraordinario de las banastas, hacía Armando su pregunta en voz alta:

—¿Qué pez es el del día?

—Hoy es pargo—le contestaba Palmyra, o bien le decían al servirle:

—Es un pez muy bueno que aquí llaman jabel.

—¡Sí, sí!... Ya sé—dijo Armando, que no quería recibir tantas explicaciones como un sordo.

La nieve del mantel caía ya sobre la mesa y él lo miraba desde lejos, a través de las puertas de cristales. Eso daba luz a la mañana. Las altas copas iban reanimando el día, y la lluvia perdía importancia.

Bebía con delectación su vino predilecto, que veía enrubiecido por la luz que caía del sol a través de las nubes.

Para su vinillo predilecto eran las mejores sonrisas del yantar, para aquel Bucellas claro como sangre cordial de mujer rubia. Muchas veces levantaba su copa para ver el día a través del licor y del cristal y encontraba así, sólo con esa mirada, transparente y ambarina, el suficiente optimismo.

El «Bucellas vielho» le insuflaba todo aquel tiempo que contenía, pues el tiempo suele buscar el fondo del vino para posarse, y así lo adensa y lo mejora.

«¡Es que me he bebido la esencia de tantos días!»—se decía Armando al sentirse un poco ebrio de una cosa vibrante, llena de minutos, espesa de segundos.

El se volvía decidido, anecdótico, náufrago alegre aun en los días grises, mirando por la vidriera el mar como si sólo fuese motivo de una vidriera policromada, en que cada ola se emplomase en las de al lado, en la de atrás y en la de delante.

Los brazos aireados de ella, los brazos que le irritaban y le atraían, jugaban al diábolo con sus miradas, que, como carretes del diábolo, se movían dentro del ángulo del brazo y después de saciadas le eran devueltas por la axila pálida, por el hueco muerto y triste que queda entre el brazo y el antebrazo.

Armando la veía en gran señora de la casa, erguida, airosa, muy castellana.

Todo su gesto era gesto de retener su perfil puro y escueto con mueca tersa, ese gesto elemental y sugestivo que es todo el pensamiento y todo el físico de muchas mujeres, y que cuando se las marchita y se las arruga es como si desapareciesen porque no han sostenido más que eso, no eran más que esa vigilancia de la boca fruncida, la frente estirada, los ojos vivos y la nariz esculpida.

¡Pero qué bien sostienen ese perfil algunas!

¡Cómo tiraban sus mejillas y todo su rostro del perfil que presentaba escueto, delgado, suave, agudo, triunfando en él y asteriscándole bien con las dos orlas de brillantes de sus lóbulos!

En aquel día lluvioso, pensando en salvar su situación, dijo Armando a Palmyra:

—Sabes... Voy a escribir a un amigo mío de la infancia, también aristócrata, para que venga a pasar unos días con nosotros.

—Bien, bien... Escríbele esta tarde misma—contestó ella con verdadero deseo de tener un huésped y de dar a la Quinta una de sus ilusiones insatisfechas, la de tener siempre huéspedes.

Sólo ante la noticia de aquel huésped, las cosas, todos los muebles, los quinqués, se fueron recomponiendo, atusándose y diciéndose: «¡Viene por fin un huésped!... ¡Viene por fin un huésped!»

VI
LA ÚLTIMA AMAZONA

Todavía montaba a caballo, pero ya no iba a los sitios en que parecía irse antes al montar a caballo. Se paseaba sólo por los paseos transitados y sabidos.

Engañaba aún a las gentes la amazona, pero ella tenía una gran tristeza en el corazón porque a caballo sobre todo se sabía que no hay sitio donde ir.

Era su caballo tan reluciente como unos zapatos recién lustrados, un caballo francés, al que llamaba «Rey».

—¡Roi...!—decía a veces en francés, como si eso la diese un aire más aristocrático y el caballo se calmase así más.

La última amazona salía sola a la tarde—muy pocas veces con Armando—y adquiría autoridad y personalidad sobre su caballo. Era su hora de generalísima.

Palmyra tomaba aire para su pecho y escondía ráfagas de salud dentro de su descote; todo para llevárselo a Armando, displicente, enredado hasta muy tarde con los licores y con el café ideal que ella le preparaba en tazas de oro, en cuyo fondo se quedaba el último sorbo que era como esencia de escarabajo pura.

La amazona, la última amazona, montaba dando empellones al aire con sus senos cuya ancha proa hacía que le fuese difícil al caballo romper el aire, porque todo el espacio se agolpaba para recibir el encontronazo.

Armando, que encontraba anticuado el hecho de que fuese amazona, la esperaba como si su paseo a caballo la renovase y como si sobre su caballo hubiese recibido nuevas fuerzas para el embite de la noche.

El camino portugués, solitario y arbolado, se encantaba con la amazona. Necesitaba esa emulación. Sólo por el hecho de que transite por los caminos una amazona, habrá más florecillas en las cunetas.

Palmyra era una amazona de pura sangre, que iba litografiándose en la soledad del camino, llenándole de su estampa, adornándole con una guirnalda de moños de gran rodete.

La devolvía nueva a la Quinta aquel paseo de después de comer sobre el caballo favorito, al que daba terrones de azúcar como una ecuyere.

Todo el paisaje portugués se conmovía con el paseo de Palmyra y se notaba después en el resto de la tarde la dulzura que había impuesto al ambiente el paso de la amazona. Hasta había algunos árboles del camino que la rozaban, que la querían abrazar.

Cumplía un deber Palmyra, un deber con la Quinta, con la puerta de la Quinta y con todo lo demás al salir sobre su caballo con el traje de etiqueta que exige el amazonismo y que es la vanidad del paisaje. Armando la había dicho:

—Eres la canela del paisaje, en el que dejas tus caminitos de canela, igual que los que pone la mano de la que hace arroz con leche sobre la superficie un tanto encallecida del dulce arroz.