[Nota de transcripción]

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A. M. D. G.


OBRAS DEL MISMO AUTOR

La paz del sendero (poesía).

Tinieblas en las cumbres (novela).

EN PREPARACIÓN

Troteras y danzaderas.

Fe y Encarnación.


A. M. D. G.

POR

RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Aucune secte, aucune société n’a jamais eu et ne peut avoir un dessein formé de corrompre les hommes.

Voltaire

La lengua ha jurado; el alma no ha jurado.

Eurípides

MADRID

BIBLIOTECA RENACIMIENTO

V. PRIETO Y COMP.ª, EDITORES

Pontejos, núm. 8

1911


Es propiedad.

Queda hecho el depósito que previene la ley.


Imprenta Artística Española, San Roque, 7


DEDICATORIA


Á D. Benito Pérez Galdós

Venerado Maestro: La premura con que hube de realizar esta obra no era muy á propósito para lograrla en cumplida sazón y madurez, de manera que temo mucho adolecer de osadía poniendo tan menguado fruto á la sombra inmortal de tan alto nombre. Mi empeño era arduo: las fuerzas, pocas. Considero que si hay algo digno de estimación en mi libro no es sino pretendido reflejo de aquella admirable serenidad, decoro y nobleza con que, en obras de linaje semejante al de la presente, vistió usted de carne artística y de hermosura inmarcesible el austero principio de la justicia: suum cuique tribuere. Porque si atinamos á encarecer sin envidia y á censurar sin veneno, participando la alegría de hacer el bien de la pesadumbre de causar tristeza, nos será otorgado el equilibrio interior.

Le ruego acepte con benignidad esta muestra, harto profusa, de mi ingenio.

RAMÓN PÉREZ DE AYALA

Caldas de Reyes, 23 de Octubre de 1910.


AB URBE CONDITA


I

Tierra adentro y cara al mar, asentado sobre una loma de los aledaños de Regium está el Colegio de segunda enseñanza de la Inmaculada Concepción. Lo regentan los Reverendos Padres de la Compañía de Jesús.

Es una mole cuadrangular, cuyas terribles dimensiones hácenla medrosa; la desnudez de todo ornato, inhóspite, y la rojura viva del ladrillo de que está fabricada, insolente. No tiene estilo. Su fachada lisa, de meticulosa austeridad, abierta por tres ringlas de ventanales, se ofrece á la mirada inquisitiva del viandante con la tristeza sorda y hostil de los presidios, de los cuarteles y los establecimientos fabriles. Sábese que es casa de religión porque hay una gran puerta ojival rematada por una cruz, al extremo siniestro del frente, según se mira, á la cual conduce una escalinata de piedra; un campanario voladizo de hierro, á manera de jaulón de micos, en el tejado y á plomo sobre aquella puerta, y unas letras de oro contiguas al alar, promediando el casón: A. M. D. G.

El edificio está á cosa de un tiro de piedra de la carretera real, que conduce á tierras de Castilla. Entre el camino y el colegio, así como aislador de paz que aquiete y embote el tráfago del siglo y sus pecaminosas estridencias, hay pradezuelos mullidos, muy rapados y verdes; los cortan aquí y acullá unas veredas de arena pajiza, las cuales, reptando y curvándose con cierta blandura jesuítica, van á meterse en el convento, por debajo de las puertas. Véase cómo por medio de un sencillo expediente nos inculcan provechosa lección á tiempo que se nos pone al cabo del espíritu de la Orden; porque veredicas y pradezuelos, lo mismo que la propincuidad con la carretera, todo ello obedece á plan y concierto. Quiere decirse que no lejos del camino de perdición está el cobijo de la gracia, y que para entrar en el reino de S. M. Divina, de la cual son ministros tan irresponsables como el propio soberano los Reverendos Padres de la Compañía, es menester trocar las holgadas y prósperas vías del mundo por pequeños y tortuosos senderitos, abajarse, rastrear, humillarse.

II

En los alrededores de Regium está la aldea de Arriares, y en ella una casita de campo, flamante y de rusticidad arquitectónica adredemente rebuscada; ventanucas, tejadillos, cuerpos adosados al principal, á modo de establos, cuadras ó cubiles. Los huecos están siempre en ceguedad, obturados por cortinas inmóviles de tela blanca. Un jardín sombrío, húmedo, aprisiona á la casa, y una alta cerca, enrejada por uno de sus costados, guarda el jardín. Es una casita que vive de sí misma, que tiene un alma misteriosa y activa. Su dueño, constructor y habitante es Gonzalfáñez.

Gonzalfáñez nació en Regium. De niño tuvo sólo un amigo, Dorín, el de Pedreña, garzón de cuna baja, paupérrima. Adolescente, Gonzalfáñez desapareció de Regium. Fueron cayendo los años en la sima de lo pretérito; murieron los padres de Gonzalfáñez; el pueblo olvidó al hijo.

Cierto día llegó á Regium un señor cenceño, rasurado, con esclavina de capucha, gafas negras y un bastón tremendo de gordo. Preguntó por Dorín, el de Pedreña; fuése á Arriares, en su busca; se aposentó en casa del aldeano, que tal era Dorín; estúvose allí hasta que vió terminada la rústica casita de arbitraria apariencia, y, entonces, Gonzalfáñez y Dorín se acogieron al nuevo nido.

Los dos amigos salían á vagar por el campo, preferentemente carretera adelante, rostro á Castilla, siempre que hubiese buen tiempo. Gonzalfáñez llevaba, en toda ocasión, colgando de sus hombros próceres y un poco claudicantes, aquella esclavina de capucha que era como el trasunto de un manto; lo mismo en invierno que en estío. Caminaban en silencio, de ordinario. Retenían el paso con frecuencia. Una vaca, un mirlo, un regato, una flor de genciana; todas las cosas y seres de Naturaleza ejercían tanto imperio sobre Gonzalfáñez que, reclamándole hacia sí, le hacían permanecer largo rato suspenso y como ajenado.

En Regium se sustentaban diferentes hipótesis acerca de Gonzalfáñez. Quiénes aseguraban que era demente, habiendo sido su padre alcohólico. Cuáles que sufría de infortunios amorosos, habiéndose casado en Circasia con una princesa de extraordinario ardor é insaciable venustidad. Estos, que las complicaciones de cierto horroroso atentado le mantenían recoleto en su fortaleza agreste. Aquéllos, que era un idiota, atacado de misantropía. Lo cierto es que ninguno sabía nada y que Gonzalfáñez, después de su vuelta á Regium, no se había dignado cruzar la palabra con ninguno de sus convecinos y paisanos, como no fuera Dorín.

Desde que se puso la primera piedra de los cimientos, Gonzalfáñez y Dorín seguían, día por día, la diligente erección del colegio jesuítico. El maestro de obras era un lego congestivo, agigantado, de pestorejo y cogullada inmensos, maneras de cómitre y empecatado acento vasco; el hermano Aurrecoechea.

Aurrecoechea intentó en veces diferentes trabar plática con Gonzalfáñez; mas la pertinaz cerrazón de éste hizo desistir al vizcaíno. Afortunadamente, si el uno le negaba este parvo sustento de la palabra, otorgábanselo, con creces, mujeres que conducían la comida á canteros, carpinteros y albañiles, y las mozas labriegas. No era raro verle en apretada cháchara con alguna rapaza pulida y fresca, alongados un trecho de las obras y guardándose bajo los árboles. No tardó en señalarse evidente favoritismo. La preferida fué Teresa, de la aldea de Cabeñes, rubia de miel, encendida y gustosa como un fruto. ¡Cuán pronto hubo de marchitarse su buena color! Lo que perdió en carmín la neña, fué compensado en vientre. El bárbaro Aurrecoechea la rechazó entonces. Cierta tarde hubo una llantina de Teresa, con manifestaciones dramáticas; fueron testigos, á distancia, Gonzalfáñez y Dorín. El de la esclavina rezongaba: «¡Mala bestia! ¡Mala bestia!»

Un día amaneció Aurrecoechea muerto, al pie de un muro en construcción. Tenía la cabeza hecha añicos, por obra de un garrotazo. Á la tarde, así que llegó Gonzalfáñez, por inspeccionar las obras como de costumbre, interrogó á un pinche:

—¿Y el lego grande?

—Matáronlo, señor, en la noche última.

—¿Del todo?

—Del todo, como á una rata.

Se dijera que Gonzalfáñez sonreía.

El colegio medraba por horas. En corto plazo quedó rematado y en su punto. El lóbrego enjambre ignaciano lo invadió, distribuyéndose por las celdas, á llenar arcanas actividades. Y luego otro enjambre más numeroso, el de la cándida infancia, brotes de futura humanidad.

Y por la tarde, consintiéndolo el tiempo—á las horas postmeridianas en época de otoñada ó invernal, al levantarse la noche en verano y primavera—, Gonzalfáñez y Dorín hacían un alto en su paseo y contemplaban el colegio de la Concepción. Cuándo, tañía en la penumbra hermética de los claustros la campana del regulador, escandiendo la medida espaciada de la existencia comunal. Cuándo llegaban de patios y cobertizos la algarabía conmovedora de la infancia en asueto; el chaschás seco de la pelota contra el frontón; el bum cóncavo de los grandes balones de cuero, que á intervalos surgían en el aire, por encima de los muros...

Y Gonzalfáñez interrogaba:

—¿Te gustan los niños, Dorín?

—Según; cuando son guapos...

—¿Los quieres, Dorín, sean guapos ó feos?

—Hom, querelos... claro. ¿Quién no los quier?

—Los niños... Los niños... ¡Oh, puericia! ¡Oh, puericia! ¿Sabes lo que es un parque de puericultura, Dorín?

—Mal rayo me parta...

—Que no te parta, Dorín. Me quedaría yo solo.

Dorín sonreía, con su rostro benévolo y bobalicón.

¡Nunca te olvidaré, Gonzalfáñez; hombre extraño y nombre de romance antiguo! En los paseos nos sorprendías á la vuelta de una calleja, en la linde de un bosque, en la margen de un río, donde menos lo pensáramos. Recuerdo tu esclavina, y tu capucha, y tu bastón enarbolado cual si fuera un báculo, y tu rostro ceñudo y bíblico, cuando repetías infinitas veces según pasábamos y á tiempo que hundías tu pupila torva en los inspectores: «¡Oh, puericia! ¡Oh, puericia santa!» Los inspectores bajaban los ojos y nosotros nos apelmazábamos en las ternas, como rebaño pusilánime, porque los padres nos habían dicho que eras ateo. ¿Qué habrá sido de ti, Gonzalfáñez, nombre alto y sonoro, deidad esquiva de las encrucijadas rústicas?

III

¿Cómo y con qué recursos se edificó el colegio?

Dios, que viste de piedra, cuando no de ladrillo, las buenas intenciones, y de hermosura el lirio de los valles, y da alimento al pajarillo, y pajarillos al milano, dispuso la marcha de los días de manera que en Regium se alzase un cuartel de su amada milicia.

La Compañía de Jesús tiene por norma indeclinable no comenzar la construcción de una nueva casa si no se cuenta de antemano con todo el dinero preciso para darla fin. Lo contrario redundaría en deshonra del instituto, poniéndole quizá en pie de pedigüeñerías y mendigueces.

Las primeras avanzadas de batidores, en este fornido ejército ignaciano, llámanse residencias. Son las residencias pequeñas delegaciones que andan desparramadas por capitales de provincia y pueblos ricos, viviendo de la misa y de la predicación y explorando el terreno por si fuera á propósito para hacer una magna sementera de gracia.

En las últimas décadas del pasado siglo llegó á Regium una de estas delegaciones. La componían los Padres Anabitarte, Olano, Lafont y Cleto Cueto, con el Hermano Mancilla. Los enviaba el cacique de la región, don Nicolás Sol é Il, aquel célebre y ridículo político de la barba enmarañada y esponjosa, de la elocuencia enmarañada y esponjosa, del intelecto enmarañado y esponjoso. Alojáronse en un segundo piso de la plaza de Sol é Il, improvisaron una capillita, y con esto rompieron ya el avance hacia la conquista de la madreselva, que es como ellos, en la intimidad, llaman á la beata.

Las primeras jornadas fueron duras. Hubo noche en que los cinco religiosos se acostaron con las tripas horras.

Apenas si se decían misas, á causa del estipendio de cinco pesetas que la Compañía tiene señalado. Las gentes de Regium murmuraban: «¡Mi alma, cinco pesetas! Están locos. ¿Si pagamos una á don Rebustiano, y cuando muncho dos?» En su nesciencia teológica olvidaban que las misas oficiadas por jesuítas logran mayor eficacia que ninguna otra misa. Abundan razones que lo abonan. El Eterno nos ha patentizado, en el curso de lo temporal, su afición á la lengua del Latio. El arameo no lo eligió, ni el griego, ni el sanscrito, ni el hebreo, ni el catalán—nobilísimas lenguas todas—, para lengua litúrgica, sino el latín; infundió en Virgilio el soplo profético y en Ovidio la complejidad y sutileza amatorias que, andando el tiempo, habían de ostentar los casuístas. La prosodia latina de los jesuítas es más pura que la de todos esos infelices curas de chicha y nabo; bien lo saben y no se recatan para decirlo. Claro está que en el Cielo, así que celebra misa un Padre de la Compañía, el Eterno y su Estado mayor central se vuelven locos de contentos, porque le entienden todo lo que dice, y, naturalmente, le hacen caso. Además, los jesuítas tienen muy buenas formas. Esto es, no que resplandezcan en urbanidad ó que sus miembros se caractericen por cierta turgencia escultórica, sino que las partículas que emplean para consagrar son de clase extra y de mucho tamaño, con lo cual, en el punto curioso y sublime de la transubstanciación, Jesucristo encuentra holgado alojamiento, y lo agradece mucho. Todo lo que antecede ha sido revelado á un venerable de la Compañía, y como se supone, fué revelándose con toda cautela, á las personas piadosas de Regium, las cuales, habiéndose iniciado, satisficieron fervorosamente las cinco del estipendio.

Y, sin embargo, la residencia no prosperaba. El Padre Olano había llegado á formar frondoso cerco de madreselvas en torno á la viña del Señor; de ellas, carcamales y fétidas momias; de ellas, también, lindísimas muchachas y muy bellas casadas. El Padre Cleto Cueto mantenía comercio cotidiano con los politicastros católicos del pueblo; logró fundar un periódico nocedalino, La Reconquista. Anabitarte y Lafont cultivaban de su parte sendos círculos de relaciones masculinas y femeninas. Ninguno de los cuatro daba paz al zapato, recorriendo de continuo la provincia. Pero el dulcísimo y fecundísimo dinero acudía con parquedad y dolorosas intermitencias. En vano asediaban la casa de los ricachos santurrones de Pilares, la capital, insinuándoseles con dulzura oleaginosa y sahumerios de palabras suaves; cuándo, cerca de don Anacarsis Forjador, el multimillonario de semítica traza, bandolero de asalto en guarida, que no era otra cosa su banca; cuándo, sobre el marqués de San Roque Fort, por la gracia de Su Santidad León XIII, forajido sacristanesco más que marqués, que de lo uno llevaba cuatro meses mal contados y de lo otro algunos lustros poniendo á parir caudales ajenos, en amorosa complicidad con un su hermano, canónigo, incurso en simonía. Se les acogía bien, se les proporcionaba lastre para la andorga, hasta se les socorría, á pretexto de ciertas devociones; pero ¡con cuánta miseria! ¡con qué torpe y mal celada avaricia!

Recibióse en la residencia una carta del provincial. Decía: «Miren que, á lo que entiendo y por lo que se me dice, esa tierra es rica y va para más; que se abren nuevas minas y muchas fábricas cada día; que los tiempos son de impiedad, de peligro para la Compañía y para la Iglesia de Cristo; que toda esa parte la tenemos en barbecho, porque si se quitan las Provincias, puede asegurarse que el Norte nos ignora; que un colegio ahí paréceme que urge, etcétera, etc.» Luego: «Dícenme que hay una viuda de un tal señor Zancarro, mujer delicada de salud, pero de mucha fortuna. Infórmense con discreción, amadísimos Padres, que el asunto es de mucha monta para el servicio de Dios. Probablemente les enviaremos al Padre Sequeros. A. M. D. G.»

Al leer el anuncio del envío, siquiera fuese de un hermano en religión, los de la residencia arrugaron el morro, vejados y hostiles. Luego cambiaron una ojeada, en silencio. Sequeros gozaba de mucho renombre dentro de la Compañía por haber socaliñado, en París, unos millones de pesetas á la vieja duquesa de Villabella, hallándose la dama en trance de muerte.

Llegó Sequeros á Regium. Era un mozarrón de erguida testa y modesto ademán; sanguíneo, hermoso, abierto de corazón y de carácter, candoroso y leal; sus ojos miraban siempre al suelo ó al cielo; la voz, clara y masculina, ignorante de inflexiones capciosas é hipócritas; en el espíritu, voraz fuego apostólico y amor divino sin medida.

Á poco de llegar á Regium se le tenía por santo. La mayoría de las madreselvas se pasaron á Sequeros; le besaban la sotana y el fajín, y le decían: «¡Santín de Dios!» Á lo cual, el joven religioso sonreía, apartándolas dulcemente de su camino, porque él tenía una alta misión que cumplir: buscar los materiales para la ciudad de Dios.

Los vecinos de Regium echaron de ver muy pronto la ventaja que Sequeros hacía á sus hermanos. Por lo pronto, no llevaba los hombros constelados de caspa, como Olano y Anabitarte; ni tenía los dientes podridos, como Lafont; ni se dejaba la barba de cinco días, como Cleto Cueto. Se puede ser santo sin ser puerco. Sequeros era un jesuíta verdad, según la leyenda que el vulgo de ellos ha creado. Las madreselvas daban por descontada la aristocracia de su cuna. Todas las puertas se le abrían. Se le abrió, por ende, la de la viuda de Zancarro. Había sido el tal un desapoderado bandido que, con ocasión de las guerras coloniales, apilara su fortuna en la administración militar. Negáronle el trato los de Regium, lo persiguieron y afrentaron con tanta saña que él, acorralado, determinó suicidarse. Su viuda cayó en maniática religiosidad; no tenían descendencia.

Los jesuítas, con caritativo desinterés, se aplicaron á consolarla. La viuda rehuyó semejantes consuelos. Cuando Sequeros apareció fué otra cosa. Á poco de conocerlo, no podía pasar la vida sin requerir su presencia una vez cada dos días, por lo menos. Fiaba en él y creía en su santidad. Sequeros repartía sus horas entre la oración y la viuda. Habiéndose agravado la enfermedad de la señora, las visitas pasaron á ser diarias.

Una mañana llegó Sequeros á la residencia atropellando con todo y las pupilas en ignición. Se precipitó en la capilla y cayó de hinojos ante un cromo de San Ignacio. Sus compañeros curioseaban desde la puerta del oratorio; pellizcábanse y se hacían guiños. Salió el Padre Sequeros. La lumbre de los ojos se había atenuado. El Padre Cleto preguntó, balbuciendo:

—Bueno, ¿qué?

—Ha fallecido.

—¿Testamento?

—Hecha una santa.

—¿Testamento?

—Testamento.

—¿Cuánto?

—Seis millones de reales.

—Collegium habemus.

Y se abrazaron todos.

Á la hora de comer, hubo pollo, de extraordinario. Terminados los postres, sorbían plácidamente el café, cuando el Padre Lafont arremete contra el Padre Anabitarte, superior provisional.

—¡Ah, mon Père! ¡C’est un grand jour![1]. Yo creo que sería bien oportuno una pequeña copa de ron.

—Sí, Padre. Yo también creo que merece la pena celebrar el día con honesto regocijo.

—Sea. Mancilla, danos acá la botella de ron.

Sequeros se niega á beber. Los demás porfían. Al fin, accede. Levántase con la copita en alto. Síguenle los otros; chocan las copas. Sequeros tiene el rostro bañado en luz interior:

—¡Ad Majorem Dei Gloriam!


IANUIS CLAUSIS


I

El 21 de Septiembre comenzaba el curso en el colegio de Regium; era el cuarto, desde su apertura á la enseñanza.

El niño Alberto Díaz de Guzmán, conocido familiarmente por un diminutivo, Bertuco, salió de Pilares en el primer tren de la mañana. Acompañábale la vieja sirvienta Teodora, mujer de extremada sencillez, la cual había llenado cumplidamente para con Bertuco maternales menesteres desde la prematura orfandad del muchacho. Teodora iba aderezada con sus más ricos arreos y prendas; monumentales arracadas de aljófar, que le pendían hasta la base del cuello; pañuelo de seda recia y gayos colorines, anudado debajo de la barbeta; gran mantón negro, de seda también, con muchos bordados y luengos flecos torzales; falda muy fruncida, de merino; una docena de enaguas que abombasen y diesen buen aire al cuerpo andando, porque en esto consiste el toque del vestir de lujo y á lo señor; almadreñas, y un paraguas rojo. Bertuco, que comenzaba á prever atisbos del arte indumentario, consideraba que semejante acompañamiento le ponía en ridículo. Intentó ir solo á Regium, á lo cual Teodora acudió espantada:

—¿Tú qué dices, mi nenú?

—Voy para catorce años.

—¿Yo dejate solo?... ¡Non lo premita Dios!

Teodora pretendía tomar billetes de primera clase; mas Bertuco se obstinó en que habían de ser de tercera, y, á lo sumo, á lo sumo, de segunda. Asustábale pensar que las gentes de su propia condición le sorprendieran sometido á tan extravagante tutela.

En las calles de Regium los miraban con asombro, mofándose discretamente de aquella vieja, ataviada á usanza de tiempos remotos. Visitaron el bazar de Badila, en donde Bertuco se proveyó de lo necesario para el aseo personal durante el curso; llegaron hasta el puerto, por contemplar el mar, que andaba muy enfurruñado en aquella ocasión, y, poco antes del mediodía, tomaron el camino del colegio.

—¡Ay, Bertuco! ¿Por qué no vamos á comer á una fonda? Tiempo tienes de encerrate. Otros años, cuando venías con tu padre, ¿entrabas también pa comer? ¡Ay, Joasús!

Bertuco apretaba el paso; Teodora, siguiéndole malamente, enjugaba los ojos en un pañuelo á cuadros. Poco antes de llegar al colegio, Bertuco se plantó delante de la anciana.

—Oye, Teodora: no quiero que vayas con madreñas y con paraguas. Ya lo sabes. Tendrían risa los compañeros para todo el curso; no quiero que me tomen el pelo.

Teodora, sin atinar á decir cosa con cosa, exclamaba, haciéndose cruces:

—¡Joasús, Joasús!

Su consternación era tanta, que Bertuco sintió remordimiento de haber sido cruel.

—No seas boba. Es que los niños son muy malos; no me gusta que digan cosas de ti.

—Pero, ¿dónde los tó dejar, neñín de mío alma?

Bertuco la condujo, á campo traviesa, hasta la espalda del colegio, al pie de cuyas tapias había unas tupidas matucas.

—Escóndelos aquí.

Teodora dudaba.

—¿Y si me los arroban? ¡Ay! Y cómo están los praos, pingando mismamente. Tó coger un ruma con estos zapatos de satén; Dios m’ampare.

Volvieron á las vereditas que se hacen al frente del edificio. La aldeana detúvose y contempló recogidamente la grave y cejijunta mole.

—¡Joasús! Paez un maricomio.

—Teodora, se dice manicomio.

Penetraron en el portalillo, angosto y desnudo, como cosa inútil que es, pues los jesuítas saben no perder espacio ni tiempo en futilidades. Les abrió un fámulo de aborregado semblante. Desde el vestíbulo se columbra, á través de la puerta del fondo, el patio de la tercera división, preso en un claustro de arcos de medio punto, por donde discurrían, con paso presto, cuándo un pelotón de niños, cuándo una pareja de Padres. Teodora se mantenía inmóvil, tomada de religioso terror. De la ropería, que está, según se entra, al costado derecho del vestíbulo, salió el Hermano ropero, Santiesteban de apellido, esmirriado y amarillento; sonreía con expresión epicena, mostrando la sima lóbrega de una boca letrinal. Saludó á Teodora y Bertuco, acarició al niño y les condujo al salón de visitas, frontero á la ropería. Es el salón una pieza rectangular, muy vasta y severa, amueblada con sillas y sillones de enea; en las paredes penden fementidas copias de Murillo, pintadas por el Hermano Urbina, aquel prevaricador de insolente brocha que infestó de mamarrachos los colegios de la Orden.

En el salón estaba Coste, mocete desmadejado y bermejo, de ojos montaraces, carrillos tan rotundos y boca tan fruncida, que se dijera estaba tañendo de continuo un invisible instrumento de viento. Acompañábale su padre, un marino de sotabarba á la británica, hirsuta y entrecana, boca breve y ojos de lejanía. Llevaba un traje nuevo, de paño tan rígido que le embarazaba todo movimiento. Tenía la pipa en la boca; sin rechistar, seguía atentamente el discurso del Padre Eraña, Conejo de remoquete entre la grey de los alumnos.

En entrando Bertuco, los dos chicos corrieron á abrazarse. Coste traía ya la blusa puesta, un mandilón de dril agarbanzado, con orillas blancas. Conejo acudió también.

—Vienes más delgado, Bertuco. Vamos á ver, ¿se te han olvidado las progresiones aritméticas y geométricas? ¿Sabes que soy Padre Ministro este año?—y le halagaba con suaves toquecitos en las mejillas.

Teodora, haciendo extraordinario acopio de energía, se decidió á besar la mano de Conejo. Mas éste se la apartó con ademán campechano y risa franca. El marino continuaba en su puesto, como clavado en tierra.

Aportó Santiesteban una blusa, que se vistió Bertuco. Luego pidió los envoltorios á Teodora.

—Padre, ¿me permite que lleve á la camarilla las cosas del aseo?

—¿Qué camarilla tiene, Santiesteban?—preguntó el Padre Ministro.

—La del año pasado.

—¿Ya no vuelves?—se atrevió á decir Teodora, con la voz quebrada.

—¿Es tu madre?—añadió Conejo.

Y Bertuco, secamente:

—Es una criada vieja.

Teodora, sin haber oído á su Bertuco, murmuraba entre sollozos:

—¡Probín! ¡No tien madre!

—Cierto, cierto, no recordaba—repuso el jesuíta—. Y bien, señor Coste, ¿quiere usted que el niño continúe aquí ó que vaya á preparar sus cosas?

El marino extendió el brazo en dirección á los senos misteriosos de la santa casa, como indicando que estaba dispuesto á la separación.

—Despídete, Romualdo. Despídete, Bertuco—ordenó Conejo.

Pero todos continuaban quietos, cortados, sin saber cómo afrontar el trance. Teodora fué la primera en precipitarse sobre Bertuco, estrujándolo, besuqueándolo, chillando é hipando con infinito desconsuelo. Bertuco se desasió en dos tirones, se arregló la ropa, apretó el entrecejo y refunfuñó, poseído de cólera:

—¡Vaya, vaya! Es ya mucho.

El señor Coste besó á su hijo en la frente.

—Adiós, Romualdo; sé formal, rec...—(Conejo bajó la cabeza)—siquiera un año. Adiós, Padre.

Era cosa de ver aquel hombre tieso y sarmentoso, con los ojos empañados y la voz femenina en fuerza de emoción. Echó á andar hacia la puerta, pero como tropezase con Teodora, se detuvo.

—¿Viene usted sin paraguas, señora? Salga conmigo, que yo la acompañaré hasta donde sea.

Y aquí de los apuros de la anciana. ¿Cómo recogería sus adminículos yendo en compañía de aquel señor tan serio? La pobre mujer interrogaba angustiosamente con los ojos á Bertuco. Este, adivinando el aprieto, no pudo disimular la gracia que le hacía.

—Vete ya. ¿Qué aguardas? ¿Piensas que el papá de Coste va á comerte? Vaya, ¡adiós!

Retozándole la risa en el cuerpo y á impulsos del cariño que allá en el fondo le inspiraba aquella cándida criatura, fué á abrazar á Teodora por última vez.

—No se atribule usted, señora—manifestaba el marino, por hacerse el fuerte, y, tomando del brazo á Teodora, salieron los dos al mundo.

Coste frunció los labios más que de ordinario, como si se esforzara en dar una nota aguda, y los ojos azules de Bertuco adquirieron helado fulgor.

II

Bertuco subió á las camarillas. Coste iba con él, por especial permiso de Conejo. Tomaron la escalera del torreón.

Los dormitorios ocupan un ala entera del piso tercero, la del Mediodía, y una buena parte de las de Levante y Poniente. Es una sala profunda, en cuya lontananza los ojos se extraviaban entre penumbra. Altas como cosa de dos metros y á lo largo de la sala, van en cuatro filas las camarillas, haciendo dos cuerpos, de manera que, de sus portezuelas, la mitad da á un pasillo central y la otra mitad á otros dos pasillos más angostos, los cuales corren siguiendo los muros laterales del recinto.

Bertuco pegó el rostro á los vidrios de un ventanal. Pensaba en Teodora: «¿Se habrá atrevido? ¿No se habrá atrevido?» Llovía copiosamente. El paisaje era un cuadro brumoso, espolvoreado de ceniza.

—¿Qué haces? Paeces fato—advirtió el carrilludo Coste, con mal humor.

—De buena gana abría esta ventana.

—P’ro hombre, con lo que llueve...

Llegaron á la camarilla de Bertuco. Como todas las demás, era un mechinal diminuto, con cabida para una cama infantil y una mesa de noche, que hacía de lavabo en alzándole la tapa. Por toda techumbre, una tela metálica. Á los pies, una percha; á la cabecera, estampas y una pila; en un ángulo, una rinconera, en donde Bertuco depositó, alineándolos, sus avíos de tocador.

Los dos niños se sentaron en el borde del lecho. Coste preguntó:

—Estás triste.

—¿Yo?... ¿Y tú?

—¡Psss!... Pienso escaparme en cuanto pueda. (Pausa.) ¿Te gozaste mucho este verano?

—Hombre, la verdad: yo no me gozo nunca mucho. Ya ves, en la aldea... Sin amigos... Tuve un seminarista de preceptor.

—¿Y de mozas?—Coste clavó sus ojos en Bertuco, el cual, muy encendido, guardaba silencio—. ¡Anda, ea...! ¿Á que resulta que no sabes gramática parda?

—Sí... ya... ya tengo malicia—balbuceó confuso.

—¿Y de mozas? ¿No estuviste con nenguna moza?

—Tú ya eres mayor...

—Sí, es verdad; yo soy mayor. Verás; un día fuimos desde Ribadeo á Lugo. Estuvimos en una casa de mujeres... Andan desnudas y con cintas de colores por aquí.

—¡Calla, calla...! Si nos oyeran...

—¡Bah! Se acababa antes todo. ¿Tú crees en el pecado?

—¿Oyes? Un ruido... ¡Dios mío, si nos oyesen!

Coste, que aunque se las daba de hombre terrible era en la entraña tan infeliz como patrañuelo, empalideció densamente ante la posibilidad de la expulsión ó de un castigo acerbo. En este punto sonó el pito de una fábrica; á poco, la campana del regulador conventual, llamando á la refección meridiana. Coste y Bertuco salieron corriendo. En cuatro brincos se plantaron en el refectorio.

III

El refectorio es una pieza alongada, de aire ceniciento; el piso, embaldosado de losetas grises; las paredes, grises y desnudas; al pie y adosados á ellas, bancos de pino; delante de los bancos, largas mesas con tablero de mármol gris; por fuera de las mesas, pequeños escabeles de pino. En la cabecera del refectorio, un crucifijo grande. De una banda, ventanales, y, promediándolos, un púlpito, desde donde el lector complementa y ensalza la torpe función de la comida material derramando sazonado y provechoso alimento para los espíritus.

Aquel día, como primero de curso, la refección se hacía sin el ritual y solemnidad establecidos en el reglamento. No hubo lector, porque apenas si había oyentes; Bertuco, Coste, Bárcenas y cuatro ó cinco nuevos, los cuales, en las mesas destinadas á la última división, hundían la nariz en el plato, emperrándose en no comer. Los demás alumnos, apurando los postreros y perentorios instantes de libertad, aguardaban la caída del día para venir á recluirse. De frente á frente del refectorio paseaban los que habían de ser, durante todo el curso, vigilantes de comidas: el nuevo Padre Ministro (Conejo) y el Padre Mur, segundo inspector de la primera división.

Conejo concedió inmediatamente «Deo gratias», esto es, permiso para hablar, y él mismo entabló, á seguida, conversación con sus amigos de años anteriores, enderezándose preguntas chuscas y haciendo payasadas y facecias, á que era muy inclinado. La carcajada muchachil, sincera ó hipócrita, puesta á guisa de comentario á raíz de sus donosidades y contorsiones, le originaba satisfacción tan plena como á un general romano la ovación.

Coste trasladaba al estómago los colmados platos, y al plato las colmadas fuentes. El Padre Mur lo aborrecía sin disimulo y lo asaeteaba con ojos fríos, acerados. Conejo contentábase con burlarse de tanta glotonería.

El Padre Mur se detuvo, cara á Coste. El muchacho, que en el instante aquel hacía presa en un trozo de carne, se quedó paralizado.

—Pero, hombre—susurró el jesuíta, frunciendo la boca como si se sintiese acometido de una náusea—, comes como un gorrino. Da asco mirarte. ¿No te han dado de comer, durante el verano, en tu casa?

El mofletudo Coste miró al Padre Mur; primero, con la dolorida dulzura de un can á quien sin razón maltratan; luego, con la agresividad admonitoria de la bestia que se apercibe á hincar el diente en la mano que la hiere.

—Si le molesta mirar, no mire—gruñó, y al punto devoró la carne.

El Padre Mur le volvió la espalda. Este fué el único incidente de la comida. Terminada ésta, salieron á la recreación. Como llovía, se acogieron al cobertizo. Los contados alumnos fueron divididos en varios grupos, según la división á que pertenecían, y entregados á la tutela de sus inspectores correspondientes. Habiéndose ido á comer Mur, los de la primera división quedaron con el Padre Sequeros, su inspector primero. El Padre Sequeros no parecía el mismo que había llegado á Regium tiempo atrás, con el cráneo alto é imperativo, en son de conquista religiosa. Su cabeza, ahora, propendía á la humillación, como si el perseverante yugo de la adversidad la hubiera impreso una actitud sumisa; había enmagrecido y perdido la turgencia juvenil del rostro, bien á causa de una enfermedad, acaso por obra de morales sufrimientos, quizá en virtud de penitencias excesivas; tal vez por las tres cosas juntamente. Manifestábase con esa incertidumbre y timidez constantes de los seres inofensivos que viven en un medio hostil, sometidos á caprichosas vejaciones. Pero, cuando estaba á solas con sus chicos, se afirmaba en sí propio, desentumeciánsele las alas del corazón y comenzaba á esponjarse, á reir, á retozar... La cabeza tornaba, poco á poco, á adquirir noble imperio; los ojos se caldeaban; la voz se hacía tierna y velada; los brazos, larguísimos, según correspondía á su aventajada estatura, se desplegaban como una gran cruz que cobijase la infantil muchedumbre. En esto llegaba el Padre Mur, aquel drope gélido y narigudo. Repentinamente, el Padre Sequeros perdía toda animación, todo fervor, todo entusiasmo; volvía á ser el hombre ahuyentado, receloso, encogido.

El Padre Sequeros paseaba bajo el cobertizo, llevando á sus lados á Bertuco y á Bárcenas, segundón del marquesado del Santo Signo. Coste se entretenía jugando á solas con el balón. El jesuíta apoyaba sus manos en los hombros de los dos niños, atrayéndolos hacia sí al tiempo que les dirigía dulces palabras de afecto y bienvenida, junto con preguntas referentes al empleo del verano.

—Vamos á ver, ¿habéis conservado la devoción al venerable Padre Crisóstomo Riscal?

Los niños asentían tibiamente.

—¿Habéis contribuído á propagar su devoción?

—Yo, la verdad, Padre... como estuve en la aldea y los aldeanos no entienden mucho de eso...—dijo Bertuco.

—Yo, sí, Padre. Mis hermanas, sobre todo Amalia y Enriqueta, son ya muy devotas—aseguró Bárcenas.

—¿Y la Piísima?—interrogó el jesuíta—. ¿La habéis hecho todos los días?

Respondieron que sí. El Padre Sequeros se inclinó á mirarles, con expresión dubitativa y severa. Los niños se ruborizaron, considerando descubierto su embuste. Creían que el Padre Sequeros estaba dotado de sobrenaturales dones adivinatorios, y que no hacía sino mirar á una persona para leer en el más replegado y lóbrego rincón de su pensamiento. Al cabo de unos minutos de silencio, el jesuíta indicó que jugaran un rato, por bien hacer la digestión. Bárcenas fué á empeñarse en singular y desaforado combate con el mofletudo Coste. Bertuco, pretextando cansancio á causa del viaje y del madrugón, continuó paseando con el jesuíta. Eran muy aficionados el uno al otro. El Padre Sequeros gustaba de la riqueza sentimental y avispado juicio del muchacho; le amaba entrañablemente, recelando que había de ser carne de libertinaje y espíritu de impiedad en saliendo al mundo. ¡Pobre almita! ¡Tan sonora! ¡Tan apta para que los dedos capciosos del enemigo malo le arrancasen una música de infernal fascinación! Bertuco, á su vez, amaba al Padre Sequeros con un amor que participaba del respeto que nos inspiran las cosas grandes y misteriosas.

Paseando, Bertuco, en cuantas coyunturas se le presentaban, escudriñaba la fisonomía del amigo y maestro; ahora, con el rabillo del ojo; ahora, franca y descubiertamente, aprovechando que el Padre Sequeros caminaba abstraído. Era patente, en opinión de Bertuco, que el jesuíta recibía á sus alumnos con alegría dolorosa, así como aquel á quien devuelven prendas queridas, las cuales, con la ausencia, han sufrido detrimento y mal daño.

Detuviéronse á mirar cómo caía el agua en los grandes patios de recreación, vacíos y fangosos. Luego, el Padre Sequeros tomó á Bertuco dulcemente por las sienes, elevándole un poco el rostro, de manera que lo podía contemplar á su sabor, como lo hizo.

—Estás más delgado, Bertuco. Y algo pálido. ¿Por qué no levantas los ojos? ¡Ay, Bertuco! ¡Has perdido la pureza: estás en pecado mortal!

—No, padre. Por esta vez se equivoca—. Pero no lograba reirse, como pretendía.

—Calla, calla, Bertuco. No agraves tus faltas con la mentira—. En sus palabras no había acritud, sino infinita amargura.

Comenzaron á llegar los alumnos, lentamente. Los nuevos, de la tercera división, lloraban casi todos. Los antiguos se saludaban y abrazaban, con cierta timidez y encogimiento, como si los tres meses de separación les hubiera extrañado á unos de otros. Á las seis de la tarde estaba el hato completo, en la majada jesuítica.

IV

Las divisiones se encaminaron, en dos filas, á sus respectivas salas de estudio ó estudios, á secas, según el estilo vernacular del colegio.

Son los estudios grandes salas, de muros blancos y desguarnecidos; mesas de pino barnizado, cada una con cuatro pupitres ó cajones, que así se llaman, los cuales se abren en dos hojas laterales, de suerte que al ser usados no oculten la cabeza del alumno; miran todas las mesas en un sentido, y están repartidas en dos bandas, dejando en el medio angosto pasadizo; dominándolas, se levanta el púlpito del inspector, con acceso de uno y otro lado; en la pared, sobre el púlpito, un doselete y la Inmaculada Concepción.

Se rezó el rosario, se hizo lectura espiritual... Llegó el Padre Eraña, interrumpiendo la lectura, y fué á colocarse en la mesa de cabecera, vuelto hacia la división. El alto cargo que le habían conferido le tenía lleno de inocente orgullo, que se traicionaba en la sonrisa satisfecha y en cierta arrogancia pretendida, incompatible con la desmedrada humanidad del buen Conejo. Era hombre sencillo, de cortísimas luces y su rostro plebeyo. Usaba, como todos sus compañeros, bonete sin borla, de puntas desmesuradas, que á media luz y algo á lo lejos remedaban las erectas orejas de un asno. Se ignora la génesis del remoquete con que era caracterizado el Padre Eraña; veníale ya de Carrión de los Condes.

Conejo paseó su mirada sobre los muchachos; le bailaba siempre en los ojos la alegría de vivir, y ahora con harta razón. Hubo un gran silencio, que el Padre Ministro prolongó adredemente, gozándose en él como en una lisonja. Un hipo descomunal resonó en el estudio.

—¿Quién es el marrano?—preguntó Conejo, aparentando severidad.

Los vecinos del culpable, con esa baja intención característica de la infancia, y que los jesuítas cultivan con mucho esmero, en fuerza de miradas y gestos, lo colocaron en tanta turbación, que ella misma hubo de delatarle. Era Marcialito, hijo del heroico general Pandolfo.

—¿Es esa la educación que te dan en tu casa? ¿Te parece éste sitio para regoldar?—y Conejo fruncía las cejas de una manera tan ridícula, que todos rompieron en una gran carcajada.

Á seguida comenzó el reparto de libros de texto. Los niños pasaban, uno por uno, recogiendo los que le correspondían. Á Bertuco le entregaron la «Psicología, lógica y ética», de Ortí y Lara; la «Geometría», de Rubio, y el segundo de Francés, de Goicoechea. Concluída la distribución, Conejo preguntó quiénes querían inscribirse en las clases de adorno. Bertuco se matriculó en violín y dibujo. Coste, aterrorizado ante el hastío tremebundo de las interminables horas de estudio que tenía por delante, juzgó cómodo expediente solicitar alguna clase de adorno, ya que éstas se seguían hurtando el tiempo al estudio.

—Padre, yo quisiera...

—¡Bravo! El señor Coste quisiera... ¿Qué quisiera el señor Coste?

Un poco cortado ya, el mofletudo Coste continuó:

—Pues yo quisiera tocar algo...

—Pero, hombre, si parece que lo estás tocando siempre...

Carcajada unánime.

—No, si digo... vamos, algún instrumento.

—¿De viento?

—Bueno; tocar algo.

—Ya estás tocando el violón.

Nueva carcajada, sobre la cual salía la voz aguda de Manolo Trinidad, el hipócrita alfeñicado y casi femenino que se pasaba el curso haciendo la pelotilla, adulando y llevando chismes á los Padres. Coste se sentó furioso, y con disimulo hizo señas á Trinidad, dándole á entender que pensaba romperle algo, hacia la cabeza.

Conejo salió del estudio con aire marcial y exagerado contoneo.

El inspector, desde lo alto del púlpito, enderezó breves frases de salutación á los alumnos, y terminó diciéndoles que podían hojear los libros de texto en tanto llegaba la hora de la cena. Levantóse entonces un revuelo sordo, y, á poco, la muchedumbre de cabecitas se inclinaba atentamente sobre el pupitre.

V

Unos pasaban y repasaban con afán las páginas; otros meditaban, la cabeza hundida entre las manos; algunos cayeron dormidos. Había un religioso silencio. El Padre Sequeros derramaba una turbia mirada de misericordia sobre todos ellos; los escrutaba luego con ahinco, como si se esforzase en descifrar vagos enigmas. «¿Qué ha sido de ellos? ¿Qué será de ellos?», se decía. Su destino humano no le inquietaba, sino la eterna solución de aquellas vidas. «¿Cuántos se salvarán? ¿Cuántos se condenarán?» Y le tomaba un temblor de espanto.

La solución de ultratumba no queremos aventurarla. Pero como de esto han corrido muchos años, algo podemos decir del destino terrenal que pesaba ya sobre aquellos cráneos candorosos.

Sumidos en el triste recogimiento del estudio estaban: Luis Felipe Ríos, que había de morir frenético, de parálisis general; Rielas, que había de morir alcohólico; Lezama y Menéndez, á quienes habían de recluir en sendos manicomios; Macías Guarino, su hermano Enrique, Celedonio Pérez, Caztán y Borromeo Gusano, que habían de morir tuberculosos; Manolo Trinidad, que había de llegar á ser bardaje; Forjador, jesuíta, y Ricardín, alcalde de Regium. Nada queremos adelantar de Bertuco y Coste.

Entretanto, el Padre Sequeros seguía planteándose el para él magno problema: «¿Quiénes se salvarán? ¿Quiénes se condenarán?»

Á las ocho menos cuarto asomó por la puerta del estudio el temible morro del Padre Mur, un morro puntiagudo y vibrátil como el de las ratas de alcantarilla. El Padre Sequeros le dejó el púlpito y salió del estudio, á fin de tomar su refección vespertina.

El Padre Mur creyóse también en la obligación de pronunciar unas palabras. Hízolo muy secamente, mirando á los alumnos con manifiesto desdén y agrura. Insistió repetidas veces en lo saludable y provechoso de los castigos para quien los recibe, y, á guisa de epílogo, advirtióles que lamentables benevolencias de otros Padres tendrían necesaria compensación en su justa severidad (la de Mur). Los niños vieron en sus últimas frases una clara alusión al Padre Sequeros, á quien odiaba, y no era preciso ser muy listo para echarlo de ver.

Luego de terminar tan sucinta y rotunda plática, les conminó á que inmediatamente le fueran entregando relojes, monedas, cortaplumas y cualesquiera otros objetos prohibidos, por ser ocasión de distracciones en clases y estudios. Así lo hicieron todos.

Á las ocho comenzó la cena. Á las ocho y media había terminado. Después de una breve oración en la capilla particular, los colegiales subieron al dormitorio, yendo cada cual á guardarse en su respectiva camarilla.

VI

Bertuco fué despojándose pausadamente de sus vestidos. Contempló algún tiempo el camastro, pequeñuelo y blanquísimo, amable ensenada á donde se recogía después de los diurnos afanes, entregando su espíritu en brazos de los ángeles por que lo recreasen con dulces ensueños y anticipaciones de la gloria venidera. Había sido el lecho de su virginal candor; ya no podía volver á serlo. No se atrevía á acostarse, cual si fuese una profanación. Cruzó los brazos y abatió la cabeza. Estábase así cuando el Padre Sequeros le sacó de su ensimismamiento tocándole el hombro con blandura.

—¿Por qué no te acuestas, Bertuco? Vamos, acuéstate.

Obedeció el niño. El jesuíta le acarició la frente.

—Duerme, Bertuco. El Señor sea contigo—. Salió, cerrando por fuera la portezuela.

Bertuco hundió el rostro entre la almohada, solicitando el sueño ahincadamente, por huir de sus propios pensamientos.

Oíase el susurro de la lluvia contra los ventanales y algunos sollozos, saliendo ahogadamente de camarillas remotas.

Bertuco se acordó de que iba ya para dos meses que no hacía sus oraciones antes de dormirse; comenzó á bisbisear sin lograr aplicarse á infundirlas un sentido. Una sola idea se alojaba en su mente, expandiéndose, expandiéndose como si amenazase quebrarle el cráneo. Era la idea de tener que confesarse y descorrer ante un sacerdote el velo de sus pudores mostrándole aquella vergüenza. ¡Tenía ya malicia! El demonio le había iniciado en el gran secreto que rige al mundo.

Se le hacía presente la escena y el supremo minuto en que su infame preceptor le había sugerido inmundas verdades, induciéndole á pecaminosos actos con la hija del jardinero. Bertuco no quería oir; huyó aterrorizado. El seminarista, riéndose, corrió á darle alcance. Luego, había remachado sobre lo ya dicho. Bertuco protestó. ¡No, no podía ser tal monstruosidad! Le asaltó el recuerdo de su madre. «Entonces... mi madre... ¿Y la Virgen?» había suspirado roncamente. Acudió el seminarista con textos de la doctrina, los cuales en el instante adquirieron cabal sentido.

Fué un cataclismo. El edificio de su piedad y fe cayó, y entre la confusión ruinosa corrían los lagartos de los malos pensamientos y deseos, calentándose al sol interno de una lujuria meditativa, creciente, avasalladora, porque lo presunto érale incentivo y alimento. Se retrajo á los parajes esquivos de la aldea y á los rincones apartados de la casa. Su espíritu modelaba en todo punto fantasmagóricas esculturas de carne femenina y rectificaba las formas, aspirando á la realidad desconocida. Bertuco devoraba á las mujeres con ojos ardorosos, imaginando la desnudez plena por las sugestiones que le ofrecían pliegues, caídas y adherencias del ropaje; acechaba una pierna que en fugitivo movimiento se mostrase, un brazo arremangado, la hendedura y suave henchimiento de un descote... Comenzó á dudar de la sabiduría del omnipotente, que había dispuesto para la propagación de la especie acto tan torpe y puerco, y no un arbitrio más decoroso y amable. Sintió repugnancia de sus progenitores y desprecio de sí propio, considerando su bajo y vergonzoso origen. Llegó á mirar con odio á sus semejantes. Cada vez que tropezaba con una madre amamantando al pequeñuelo, con una señora encinta, con un matrimonio, volvía el rostro, asqueándose y reconstruyendo, á pesar suyo, hipotéticas intimidades é inmundas complacencias. Pero todo su ser aspiraba hacia la hembra. Una mano soberana é ígnea le asía por la nuca, lanzándole vertiginosamente al amor. Cayó. ¡Oh, aturdimiento y rabia de los primeros tanteos, en los cuales una ignorancia frenética se ayuntaba con otra ignorancia pasiva, incapaces de consumar el incógnito acto! Rosaura, la hija del jardinero, aquella rapacina pelirroja y tímida, fué la compañera de pecado: era una adolescente informe y glabra aún.

Después, las torturas de ver cómo el curso se le echaba encima, su despego de los deberes religiosos, su horror al tribunal de la penitencia, la aridez y tenebrosidad de corazón...

Y la lluvia batía contra los vidrios. Una voz angustiada hendía la paz del dormitorio: «¡Mamá! ¡Mamá!» De fuera del colegio llegó, apagado y suspirante, un canto campesino:

Á mí me gusta lo blanco.

¡Viva lo blanco! ¡Muera lo negro!

Á mí me gusta la niña

Con zapatitos de terciopelo.

Zapatitos de terciopelo... Jamás los había visto Bertuco. Imaginólos en el acto, á manera de cimientos de una rica hembra desnuda, más rellenica que Rosaura y con penumbrosos recodos en alguna parte. Por evitar la tentación abrió los ojos. La luz era mortecina y amodorrante. Volvió la pupila llorosa hacia las estampas de la cabecera, y con determinada dilección la puso en la imagen de San José, aquel varón manso que había sido puro y sencillo. Incorporóse y besó la florecida vara del santo.

El sereno, con pie inaudible, se acercó á la camarilla de Bertuco, habiendo oído dentro algún rumor. Espió á través de la mirilla y penetró repentinamente en el mechinal, sorprendiendo al niño cuando besaba el cromo. Era el Hermano Mancilla, y habló malhumorado:

—¿Qué te haces, pues, ahí, mastuerso? ¡Ah! Tú, Bertuco, que te eres... Dispensa. ¿Qué majadería es esa? Duérmete, pues, de seguida.


A MAXIMIS AD MINIMA


I

Y empezó el curso.

Comenzó á funcionar aquel ingente y delicado mecanismo, cuya operación consiste en tejer la hilaza de la historia humana, de manera que Dios se gloríe de ella en la mayor medida posible, gracias á los hijos de San Ignacio. La infancia, levadura del pan de lo futuro, aportaba abundante é informe materia que bregar en las innumerables y quebradizas ruedas y engranes del maravilloso mecanismo. Comenzó á funcionar; pero marchaba torpemente aún, con rémora y pesadumbre, á causa del desuso é inacción de los meses estivales. Hacíale falta un pronto lubrificante, y ninguno más á propósito que el suavísimo aceite de la gracia, del cual son representantes sobre la haz de la tierra los jesuítas, como se sabe, y apercibían ya las aceiteras, desobstruyendo el pitorro, á fin de ablandar toda superficie de frotación.

II

Y empezó el curso.

Comenzó el celo jesuítico á pulir y adestrar á su modo inteligencias infantiles y á enderezar almas al fin de la gloria divina. Los primeros pasos eran difíciles. Las vacaciones habían destruído en gran parte la cauta edificación espiritual de otros cursos. Volvían los niños disipados, tibios, melancólicos, con la frente tostada de sol y libertad, el corazón lleno de añoranza y la voluntad rendida al desmayo. Á las horas de recreación volvían á ser fácilmente los antiguos alumnos; empeñábanse en duras partidas de balón y pelota, ó medían en la maroma el esfuerzo del brazo. Con el afán de la lucha y el entusiasmo del ejercicio, purpúreo el rostro y la mirada tranquila, eran de nuevo criaturas dóciles para quienes el pasado no existe. Pero llegaban á los estudios, á las clases... hundíanse en recogimiento... Entonces, á tiempo que el cansancio iba cediendo y el sofoco de la cara apagándose, el inspector, desde la atalaya de su púlpito, podía observar cómo aquellas pupilas se iban poblando de visiones lejanas y las cejas se fruncían con ahinco, como solicitando más energía y vivacidad en la imagen que se intentaba evocar, y las frentes, pensativas, apoyábanse con desaliento en las palmas, y el mundo—toda su claridad infinita, todo su armonioso bullir y sus sabrosísimos señuelos y sus halagüeñas futilidades—venía á alojarse en las tiernas mentes, y, aunque invisible, estaba allí, allí dentro.

Á los pequeñuelos, á los recién llegados, no era empresa ardua saturarlos presto de espíritu religioso, moviéndolos, á voluntad, por el asa del temor de Dios, cultivado sabiamente con narraciones de interés sumo y tales aciertos trágicos, que las carnes de los chiquitines se estremeciesen y el cuero cabelludo se les erizase. Los pipiolos de la tercera división, la mayor parte de ellos en los albores de la vida consciente, no ofrecían dificultad alguna pedagógica ni de otro linaje. Sus profesores é inspectores eran los Padres de más pobre inteligencia y breve ilustración.

En la segunda división, compuesta de niños de diez á doce años, no era tampoco difícil imbuir la resignación claustral, al propio tiempo que se cercenaban leves reliquias de los pretéritos meses de vacaciones. Al fin y al cabo, eran todos aún almas pasivas y ligeras como la arcilla en manos del alfarero.

El hueso estaba en la primera división. En ella había mozalbetes, había hombrecillos, los más eran púberes ya. Los primeros brotes del carácter, de la personalidad, se levantaban impetuosamente á la vida, en cada individuo. La poda de estas vegetaciones espontáneas no era muy hacedera, antes al contrario, faena de tacto y parsimonia exquisitos. De la forma de realizarla dependía el fruto que, andando el tiempo, habían de rendir aquellos arbolitos en flor. Para alguno de ellos era el último año de invernadero, de plantel, de calor artificioso y de cultivo amañado. Los troncos habían adquirido cierta reciedumbre y fortaleza; aspiraban á explayarse en giros fantásticos, y ya no cedían blandamente á la mano del jardinero que pretendía enderecharlos al cielo, perpendiculares, monótonos y adustos, como cipreses.

Á las horas de estudio eran contadísimos los que estudiaban. Unos, con exterior muy formal y los ojos fijos en el libro de texto, paladeaban memorias, vencidos de nostalgia. No era posible castigarlos, porque guardaban la debida compostura y aparentemente se aplicaban. Otros, aprovechando un descuido del Padre Sequeros, bisbiseaban con los vecinos, ó les transmitían recados escritos, ó hacían telégrafos de señales. Estos, aspirantes al laurel de Apeles, á pretexto de resolver cálculos algebraicos ó delinear figuras geométricas, componían minuciosos dibujos, con escenas de la vida de colegio. Bertuco era el más hábil en las artes del dibujo, así como en la poesía. Porque también había en la división unos cuantos poetas en canuto, que mantenían enconadísima lucha de rivalidades, como si ya fueran literatos hechos y derechos. Con todo, la opinión muchachil, casi en pleno, concedía la supremacía á Bertuco, en lo serio, y á Ricardín Campomanes, en lo jocoso. Entrambos tenían fácil vena; pero el carácter de las musas respectivas era opuesto. Así, con ocasión del santo del Padre Sequeros, uno y otro tañeron la lira. La oda de Bertuco comenzaba de esta suerte:.

¡Santo varón á quien la gracia ungiera

por la virtud propicia de Riscal...!

Las estrofas de Campomanes concluían con esta deprecación:

Pido al Padre Sequeros, que es gran petate,

nos regale pastillas de chocolate.

También había quienes enredaban en el estudio, sin disimulo ni cautela, especialmente estando presente el Padre Sequeros, cuya tolerancia y benevolencia eran proverbiales; no así en cuanto el odioso Mur asomaba por la puerta del salón la rubicunda nariz, inquisitiva y husmeante, que, en lo más avanzado de su punta, se complicaba manifestando turgente y sanguinolenta verruga. Conejo, desde que era ministro, tenía en jaque también á los alumnos. Inopinadamente y con pie tácito se filtraba en los estudios, y, andando de puntillas, iba de un lado á otro escudriñando lo que se hacía, metiendo el morro por encima del hombro de los chicos, afanoso de sorprender alguna acción punible, más que por castigarla por darse el gustazo de haberla descubierto, por dar á entender que era hombre á quien nadie engañaba, y, á última hora, por mostrarse, magnánimo y perdonar. Envidiaba á Argos, á causa de su centenar de ojos, y aun á la espléndida cola del pavón, á donde, luego de haber sido asesinado por Mercurio, Juno trasladó las cien pupilas metálicas del hijo de Arestor, porque Conejo era también muy fanfarrón, pero perfectamente ingenuo. Tenía, además, el instinto de lo grotesco y apayasado, que ejercitaba en cuanto veía coyuntura, y muchas veces sin haberla. Con su cuerpecillo diminuto y sus zancas exiguas, de manera que las asentaderas levantaban un palmo escaso de la tierra, hubiera llegado á emular la gloria bufa de Little-Tich, el celebrado clown, si en lugar de haberse adscrito á la milicia ignaciana hubiera seguido el quebrado derrotero del títere. Sentado, pasaba por persona, porque el cuerpo todo se le volvía torso, si bien le mermaba prestancia la cortedad de los brazos, á modo de fantoche. Sus dotes policíacas, su natural activo y diligente, su ineptitud para la enseñanza y su carácter probo, que le hacía simpático á los alumnos, todas estas circunstancias reunidas habían hecho que el Padre Arostegui, Rector, le nombrase Prefecto de disciplina, ó sea jefe de la jerarquía compuesta de inspectores, profesores é internos. Sobre él, en lo atañedero á la vida de los alumnos, no había otra autoridad de apelación que la del propio Rector. Los chicos llamaban al Padre Prefecto Padre Ministro, impropiamente.

III

El Padre Francisco Xavier Arostegui, Superior ó Rector del Colegio de la Inmaculada, tipificaba con toda netitud y precisión el jesuíta vasco. Su cuna fué Azpeitia. Cenceño, aventajado de estatura, rígido, sobrio ó más bien nulo en el ademán. Constante en un mismo gesto, veíasele por primera vez y para siempre; perdurable y hermético como un destino. Cejiapretado, por donde se adivinaba su tenacidad; la boca muy sutil y contraída, componiendo una expresión en que complacencia y desdén se entremecían confusamente. Fanático, pero con fanatismo sordo y cauto, no con el bélico ardor de los corazones sencillos. Su máxima era el dicho del estratega antiguo: Σπευδε βραδεως, apresúrate lentamente. En palabras tan corto que de seguida quebrantaba locuacidades ajenas. En sus hechos, incógnito. Mandaba raras veces; pero se las componía de suerte que las cosas andaban conformes á su voluntad. Gustábale extremadamente que sus jesuítas vinieran á confiarle chismes y cuentos, unos de otros, si bien se guardaba de agradecerles el servicio ó de inducirles claramente á ello, sino que los alentaba con disimulo y por otros medios, estableciendo, por ejemplo, distinciones y privanzas á favor de los más celosos en las delaciones. Su valido era el Padre Mur, á quien exentaba de no flojos deberes, y lo hubiera hecho Prefecto de disciplina si de su inclinación se guiara; pero se lo impidieron, primero, los cortos años que Mur llevaba en la orden, y, segundo, la odiosidad que este joven jesuíta determinaba en los alumnos, razón ésta muy de pesar, que no va en prestigio de la Compañía que los muchachos se duelan de los maestros, ó que, andando el tiempo, guarden recuerdo esquivo de sus años de internado.

Los jesuítas de Regium, antes que respetarle, temían á su Superior, con ese temor mezcla de angustia que ocasionan las perspectivas vagas y de arcana solución.

Tan sólo tres estaban libres de este sentimiento: el Padre Urgoiti, aquel santo varón para quien no existía la realidad externa; el Padre Atienza, aquel varón santo y desenvuelto, excelente en doctrina y en virtud, en la elocuencia único y el más alto en talentos, que pagaba con desprecio la envidia de sus hermanos y la malquerencia con el alejamiento de su trato. Tampoco puede asegurarse que el Padre Sequeros temiera á su Superior; tan perseguido como el Padre Atienza, pero de ánimo más dúctil, había concluído por replegarse sobre sí propio en una actitud resignada, aguardando á cada minuto el mal cierto que sobre su cerviz había de caer; mas, no medrosamente.

IV

Children are excellent physiognomists and soon discover their real friends.

Sidney Smith

El Padre Atienza vivía hundido en el misterio de su celda. En ella comía; en ella explicaba su cátedra. Unos chicos aseguraban que lo tenían preso los demás Padres; otros, que estaba así porque le daba la gana; á casi todos asombraba que le hubieran hecho profesor de Psicología aquel curso, coincidiendo con la prisión ó lo que fuese. Le recordaban de otros años, descendiendo á los recreos y mezclándose en las diversiones de los alumnos, regalándoles confites y estampas alemanas, dándoles cariñosos capones y azotainas paternales. ¡Qué gracioso y qué bueno era!

Si se hubiera convocado un plebiscito entre los muchachos, con el fin de averiguar á qué Padre ó Padres preferían en sus cariños, es indubitable que la unanimidad hubiera recaído sobre Atienza y Sequeros. Y eso que los menores no los conocían sino de vista y por referencia. ¿Qué importa? Bien dijo Sidney Smith: «Los niños son excelentes fisonomistas; al punto averiguan quiénes son sus verdaderos amigos».

Más aún: si entre las gentes de Regium y de la provincia se hubiera hecho el propio ensayo que con los alumnos, el resultado hubiera sido idéntico. ¿Por qué? Eso se preguntaban, sin dar con la respuesta, los demás Padres y Hermanos del colegio al observar la muchedumbre de visitas de toda índole que preguntaban por Atienza ó Sequeros, el gran caudal de misas encomendadas con la voluntad expresa de que habían de celebrarlas Sequeros ó Atienza, los continuos requerimientos que de los pueblos venían solicitando un predicador para tal ó cual fiesta, y añadiendo á guisa de vale, que se vería con placer fuese Atienza ó Sequeros; las gustosas y abundantes golosinas que las beatas enviaban á sus dos Padres favoritos; y esta caprichosa é insultante preferencia fué la causa, que no otra, de que ninguna visita se realizase, cuándo por estar delicados de salud Atienza y Sequeros, cuándo por estar de oración Sequeros y Atienza; de que sus misas las dijeran siempre en la capilla particular y no en la iglesia pública; de que no volvieran á salir á predicar ni á misiones; de que las golosinas fuesen rechazadas á pretexto de la endeblez estomacal de Atienza y Sequeros, y, en suma, de que, al cabo de un tiempo, tanto Sequeros como Atienza, se hallasen acordonados, desgajados por entero del orbe, como pestíferos ó leprosos. Pasándose el uno de listo y no teniendo el otro nada de tonto, claro está que no ignoraban la traidora labor de aislamiento que sus dulces Hermanos ponían en práctica, sin cejar un momento. Cierto día, á la hora del recreo, halláronse, solos y juntos, paseando Sequeros y Atienza; muy raro en verdad, porque la Providencia quiso siempre que no les faltasen testigos presenciales un solo minuto. Paseaban por el tránsito de las celdas; era unos días antes de comenzar el curso. Atienza, poniéndose de puntillas, como si pretendiera colocarse á la par del gigantesco Sequeros, y procurando solemnizar la voz, dijo:

—¡Estamos solos, Sequeros! ¿Qué te parece?—Primero alargó el morro de una manera cómica, y luego rompió á reir abiertamente, mostrando sus grandes dientes, blancos é iguales. Añadió:—¿Pero ves qué gaznápiros?

Sequeros se encogía de hombros y sacudía la cabeza tristemente.

—Pero hombre, Sequeros, eres un sangre gorda, voto al chápiro. ¡Cómo te han cambiado!... Nunca dices nada...—continuó el impetuoso y vivaz Atienza.

—¿Qué quieres que diga? Es la voluntad de Dios... No me hacen ningún mal. Yo no deseaba otra cosa.

—¡Anda, qué cuerno! Y yo también. Si no, ¿crees que me callaba, canario? Te digo que estaba de madreselvas hasta aquí—poniendo la mano dos cuartas por encima del bonete—. Y luego, mira que son feas. ¡Chápiro, rechápiro!—y reía de nuevo con aquella cara miope que era tesoro de alegría honesta y espejo de hombría de bien.

—Vamos, Atienza...—Sequeros hablaba blandamente, así como si quisiera reprochar á su amigo, sin que en puridad hallase razón para hacerlo—. Cualquiera que te oyera...

—¡Qué cuerno! Ya sabes que yo se las canto al más pintado. Y esto, ¿qué tiene de particular, hombre? Las madreselvas me estomagan.

Oyeron pasos á la espalda. No quisieron volver la cabeza. Sequeros murmuró rápidamente:

—No deseaba otra cosa que dedicarme por entero á mis hijitos.

—Y yo á mis librazos, carape.

El Padre Mur se les emparejó. Atienza volvióse al intruso, y con tono campanudo lo interpeló:

—¿Qué hay, mi querida doña Petra? ¿Cuándo se corta usted esa verruga? Vaya, vaya, Petrita, no te enfurruñes, que por tu bien te lo digo. La verruga te afea bastante.

—¡Qué chanzas, Padre Atienza...! Á su edad...—rezongó muy mohino Mur.

—Pero, Petrita, ¿qué te has creído? Cuando más, te aventajo en ocho ó diez años. Pero, aun cuando fuera en cuarenta, ¿ignoras, Petrita, que es más viejo un burro á los veinte que un hombre á los sesenta?

—Bueno, Padre; ya sé que no soy ningún Séneca, ni tampoco entré en la Compañía para cubrirme de gloria mundana. La tiene usted tomada conmigo y yo le digo que un poco de caridad no le estaría mal. Yo no me defiendo; pero lo que usted hace es impropio de un hijo de la Compañía. Si el Padre Superior entendiera en estas minucias...