BIBLIOTECA ARGENTINA

PUBLICACIÓN MENSUAL DE LOS MEJORES LIBROS NACIONALES

Director: RICARDO ROJAS

13

Descripción Colonial

POR

Fr. Reginaldo de Lizárraga

(LIBRO PRIMERO)

BUENOS AIRES

Librería LA FACULTAD, de Juan Roldán

436—Florida—436

1916


[ORÍGENES DE ESTA BIBLIOTECA]

I.—El año 1909, Ricardo Rojas proyectó por primera vez esta Biblioteca, como parte integrante de su más extenso plan de educación democrática, que llamó La Restauración Nacionalista, en el informe sobre nuestra enseñanza, presentado entonces al ministro de Instrucción Pública, doctor Rómulo Naon. (Véase en la citada obra el capítulo VII, páginas 430-434, y en el Apéndice, el acápite número 2, páginas 482-483.)

II.—En 1910, Ricardo Rojas, delegado al Congreso de Bibliotecas, reunido para el Centenario en Buenos Aires, renovó su iniciativa del año anterior, concretándola más aun, y dicha asamblea de educadores la aceptó por unanimidad, despues de oir, en sesión presidida por el profesor Pablo Pizzurno, los fundamentos y propósitos del autor. (Véase el proyecto y el voto pertinente del Congreso en La Nación y La Prensa del mes de junio de 1910.)

III.—En 1911, este proyecto de fundar una Biblioteca popular de autores argentinos, fué adoptado por el presidente del Consejo de Educación doctor José M. Ramos Mejía, quien, con la lealtad que le era ingénita, llamó espontáneamente al autor de la idea para ofrecerle la dirección y le pidió que redactara un informe ó prospecto sobre la proyectada Biblioteca. Ricardo Rojas accedió, indicando los mismos autores que publicaremos nosotros, con idéntico formato, precio y periodicidad; pero la renuncia del presidente Ramos Mejía, frustró tan generosa tentativa. (Véase en el Monitor de la Educación Común, tomo XXXIX, número 466, páginas 105-112, los antecedentes de este asunto y el proyecto de Rojas.)

IV.—En 1912, la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, confió á Ricardo Rojas la nueva cátedra de «Historia de la Literatura Argentina» y en la conferencia inaugural de su curso, leída el 7 de junio de 1914 en el anfiteatro de dicha facultad, encareció la urgencia de organizar, como base de sus estudios, la bibliografía nacional, restaurando textos corrompidos ó divulgando los olvidados, á fin de popularizar sus enseñanzas. (Véase dicha conferencia, parágrafo X, en el tomo XXI de la Revista de la Universidad de Buenos Aires.)

V.—En 1913, la iniciativa teórica de Ricardo Rojas, tan lentamente madurada, se convirtió en resolución de fundar la Biblioteca Argentina por iniciativa particular, y no disponiendo él de medios para hacerlo, nos convenció de que debíamos acompañarlo como editores en esta empresa de cultura popular, según tuvimos ocasion de publicarlo entonces, en nuestro primer prospecto dirigido á los futuros suscriptores. (Véase nuestra circular, que se titula Biblioteca Argentina, fechada y repartida en julio de 1914.)

VI.—Tal es el origen, públicamente documentado, de la Biblioteca Argentina que Ricardo Rojas dirigirá, por el derecho que le da su iniciativa y su versación en estas cuestiones. Realizaremos esta empresa casi en la misma forma y con los mismos libros del proyecto que presentó al doctor Ramos Mejía. La sanción que esta idea recibiera en el Ministerio de Instrucción Pública (1909), en el Congreso de Bibliotecas Populares (1910), en el Consejo de Educación (1911), han influído en nuestro ánimo, pero declaramos que nuestra confianza estriba, sobre todo, en el sólido prestigio de su iniciador. Nuestro éxito dependerá, no de la idea, sino del plan y el método. Lo que no hizo el Estado, lo hará la iniciativa particular. Desde 1914 hemos esperado para lanzarnos á la publicidad, tener un número discreto de suscriptores. Ya lo tenemos; pero aun con ellos, esta es una aventura patriótica, y probamos no perseguir ganancias, con sólo invocar el delicado trabajo que demanda cada tomo al Director, y el precio popular de nuestras ediciones.

El Editor.

BIBLIOTECA ARGENTINA

Volumen 13

BIBLIOTECA ARGENTINA

PUBLICACIÓN MENSUAL DE LOS MEJORES LIBROS NACIONALES

Director: RICARDO ROJAS

13

Descripción Colonial

POR

Fr. Reginaldo de Lizárraga

(LIBRO PRIMERO)

BUENOS AIRES

Librería LA FACULTAD, de Juan Roldán

436—Florida—436

1916

[ÍNDICE]

Págs.
[Noticia Preliminar, por Ricardo Rojas.][11]
LIBRO PRIMERO
Descripción breve de toda la tierra del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile, para el Excelentísimo Señor Conde de Lemus y Andrada, presidente del Consejo real de Indias, por Fr. Reginaldo de Lizárraga.
[I.] —De la descripción del Perú. De qué gente procedan los indios.[39]
[II.]—De la descripción del Pirú.[42]
[III.]—Prosíguese la descripción del Perú.[43]
[IV.]—De la punta de Santa Helena.[44]
[V.]—Del pueblo de Guayaquil.[46]
[VI.]—Del valle de Chicama.[54]
[VII.]—De Tumbes.[56]
[VIII.]—Del rio de Motape.[57]
[IX.]—Del puerto de Paita.[58]
[X.]—De la ciudad de Piura.[58]
[XI.]—[Del valle de Xayanca].[60]
[XII.]—De los Llanos.[60]
[XIII.]—Del camino de la costa.[64]
[XIV.]—De los demás valles.[65]
[XV.]—De Nuestra Señora de Guadalupe.[66]
[XVI.]—Del valle de Chicama.[66]
[XVII.]—De la ciudad de Trujillo.[68]
[XVIII.]—De la guaca de Trujillo.[73]
[XIX.]—Del valle de Sancta.[76]
[XX.]—De los demás valles á Los Reyes.[77]
[XXI.]—Del valle y ciudad de Los Reyes.[79]
[XXII.]—De la ciudad de Los Reyes.[82]
[XXIII.]—De nuestro Convento.[86]
[XXIV.]—De las Capillas.[88]
[XXV.]—De las capillas del lado de la Epístola.[91]
[XXVI.]—De la capilla de las Reliquias.[93]
[XXVII.]—De los Provinciales [que] han augmentado el convento.[95]
[XXVIII.]—De los Provinciales de nuestra Orden.[97]
[XXIX.]—De los demás Provinciales de nuestra Orden.[98]
[XXX.]—De los restantes Provinciales de nuestra Orden.[102]
[XXXI.]—De los religiosos que sustenta.[105]
[XXXII.]—De los Obispos.[105]
[XXXIII.]—Del convento de San Francisco.[110]
[XXXIV.]—Del convento de San Augustin.[112]
[XXXV.]—Del convento de la Merced.[114]
[XXXVI.]—Del convento del Nombre de Jesús.[114]
[XXXVII.]—Del convento de los Descalzos.[115]
[XXXVIII.]—Del monasterio de la Encarnación.[116]
[XXXIX.]—Del monasterio de la Concepción.[118]
[XL.]—Del monasterio de la Trinidad.[119]
[XLI.]—Del monasterio de las Descalzas.[120]
[XLII.]—De la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe.[121]
[XLIII.]—De las cofradías desta ciudad.[123]
[XLIV.]—De la capilla de la Cárcel.[125]
[XLV.]—De la Universidad.[127]
[XLVI.]—De los Colegios.[128]
[XLVII.]—De la capilla de Nuestra Señora de Copacavana.[128]
[XLVIII.]—De los hospitales.[129]
[XLIX.]—De la iglesia Mayor.[132]
[L.]—De los edificios.[133]
[LI.]—De los vestidos de las mujeres.[134]
[LII.]—Del acompañamiento del Santísimo.[135]
[LIII.]—De la cristiandad deste pueblo.[138]
[LIV.]—Las cosas contrarias á esta ciudad.[140]
[LV.]—De las calidades de los nacidos en ella.[142]
[LVI.]—Del puerto y pueblo del Callao.[143]
[LVII.]—De los valles que se siguen.[146]
[LVIII.]—Del valle de Cañete.[148]
[LIX.]—Del valle de Chincha.[151]
[LX.]—Del valle de Pisco.[155]
[LXI.]—Del valle de Ica.[156]
[LXII.]—Del valle de Guayuri.[157]
[LXIII.]—Del valle de la Nasca.[158]
[LXIV.]—De otros valles siguientes.[158]
[LXIV.]—De otros valles siguientes.[159]
[LXV.]—Del valle [de] Camaná.[160]
[LXVI.]—De la ciudad de Arequipa.[162]
[LXVII.]—Del puerto Arica.[164]
[LXVIII.]—De los demás valles hasta Copiapó.[167]
[LXIX.]—De la ciudad de Quito.[172]
[LXX.]—De la provincia de los Quijos.[176]
[LXXI.]—De Riobamba y Tumibamba.[178]
[LXXII.]—De la ciudad llamada Loja.[182]
[LXXIII.]—De la provincia de Cajamarca.[183]
[LXXIV.]—De la ciudad de Chachapoyas.[184]
[LXXV.]—De la ciudad [de] Guánuco.[185]
[LXXVI.]—De la villa de Oropesa, llamada por otro nombre Guancavilca.[187]
[LXXVII.]—Del asiento de Minas Choclococ[h]a, por otro nombre Castrovirreina.[190]
[LXXVIII.]—De la ciudad [de] Guamanga.[191]
[LXXIX.]—Del rio y caminos de Guamanga al Cuzco.[194]
[LXXX.]—De la ciudad llamada El Cuzco.[197]
[LXXXI.]—De los Andes del Cuzco y Coca.[203]
[LXXXII.]—Prosíguese el camino del Cuzco á Vilcanota.[208]
[LXXXIII.]—Prosigue el camino al Collao.[211]
[LXXXIV.]—De la laguna de Chucuito.[212]
[LXXXV.]—De los pueblos que hay en esta provincia de Chucuito.[216]
[LXXXVI.]—Del pueblo [de] Copacavana.[218]
[LXXXVII.]—Del pueblo [de] Cepita y [De]s[a]guadero.[224]
[LXXXVIII.]—Del pueblo de Tiaguanaco.[226]
[LXXXIX.]—Del camino de Omasuyo.[227]
[XC.]—De la ciudad de La Paz.[229]
[XCI.]—Del pueblo Calamarca y demás provincias del Collao.[230]
[XCII.]—Del tambo de Caracollo y camino por los valles hasta La Plata.[231]
[XCIII.]—De los valles y pueblos desde Cliza á Misque.[235]
[XCIV.]—De la provincia de Santa Cruz de la Sierra.[239]
[XCV.]—Prosigue el camino de Mizque á la ciudad de la Plata.[245]
[XCVI.]—De la ciudad de La Plata.[246]
[XCVII.]—De otro camino para la ciudad de La Plata.[253]
[XCVIII.]—De los pueblos de españoles en valles cerca de los Chiriguanas.[257]
[XCIX.]—De los Chiriguanas y sus calidades.[258]
[C.]—Del cerro de Potosí.[263]
[CI.]—Del cerro de Potosí.[269]
[CII.]—Las vueltas que ha dado Potosí.[271]
[CIII.]—De la abundancia de que goza Potosí.[273]
[CIV.]—De las perroquias de Potosí.[275]
[CV.]—De las cofradías.[277]
[CVI.]—De la destemplanza de Potosí.[279]
[CVII.]—De la provincia de las Chichas y Lipes.[280]
[CVIII.]—Del valle Tarija.[281]
[CIX.]—De otros pueblos en frontera y la tierra adentro de los Chiriguanas.[286]
[CX.]—Del cerro llamado Porco.[287]
[CXI.]—Del camino de Porco á Arica.[288]
[CXII.]—De la calidad y costumbres de los indios destos reinos.[290]
[CXIII.]—Cómo los gobernaba el Inga.[296]
[CXIV.]—Cómo se han de gobernar en algunas cosas.[302]
[CXV.]—El azogue consume muchos indios.[306]
[CXVI.]—Cómo se crian los hijos de los españoles que nacen en este reino.[307]

DESCRIPCIÓN COLONIAL


NOTICIA PRELIMINAR

POR

Ricardo Rojas

[NOTICIA PRELIMINAR]


Sumario: Quién era Fray Reginaldo de Lizárraga (1545-1615).—Descripción breve del reino del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile (1605).—Parte de esta obra que se refiere á la naciente sociedad argentina (capítulos LXII-LXXII).—Biografía de Lizárraga.—Fecha probable de su viaje por nuestro país: 1589.—Valor histórico de su obra.—Sus condiciones de observador.—Algunos ejemplos de juicios, etopeyas y paisajes.—Valor relativo de su prosa entre las crónicas del siglo XVI.

I

Al finalizar el siglo XVI llegó á Santiago del Estero, capital entonces del Tucumán, el padre fray Reginaldo de Lizárraga, visitador de los conventos dominicos en la dilatada provincia del Perú. Su verdadero nombre era Baltasar de Obando, como su padre, que habia entrado al Nuevo Mundo con los primeros conquistadores del imperio incaico. Nacido en 1545—unos dicen en Lima, otros en España, [1] —profesó á los quince años en la órden de Santo Domingo. Fué su maestro Fray Tomás de Argomedo, «varon doctísimo, de grande ejemplo en vida, é insigne predicador», quien, al consagrarle en 1560, le cambió el nombre paterno por el otro con que le conocemos en sus obras, pues aquél solia decir: «á nueva vida, nombre nuevo». Desde entonces le distinguieron por «Fray Reginaldo de Lizárraga». Por tal llegó á Santiago, y así firmó los libros que más tarde escribiera, entre ellos esta Descripción de su viaje, que ahora publica la Biblioteca Argentina [2].

En 1586 dividióse la provincia dominica del Perú, creándose la de San Lorenzo Mártir, que comprendía, más ó menos, Chile, la Argentina y el Paraguay actuales. Fray Reginaldo fué nombrado provincial de la nueva jurisdicción, y en tiempo de Sixto Fabro, general de la órden, mandáronle á visitar los conventos del vasto territorio que se extendía de Buenos Aires y la Asunción á Concepción y Coquimbo, y de Salta y Esteco á Córdoba y Mendoza. Por tal motivo llegó á Santiago hacia 1589, cuando gobernaba don Juan Ramírez de Velasco, de quien guardó muy halagüeño recuerdo, y del cual escribió pocos años más tarde: «caballero bien intencionado; el cual pobló de españoles las faldas de la cordillera vertientes á Tucumán». «Caballero dócil y que fácilmente recibe la razon y se convence»—como dice esta Descripción.—Más adelante agrega, recordando á Abreu, á Lerma, sus trágicos antecesores, «creo no le sucederá lo que á los sobredichos» [3].

Harto menguada era la situación de los dominicos en su convento de Santiago, cuando Lizárraga los visitó. «Pasando yo por esta provincia—escribe él mismo—(y esto me compelió ir por ella á Chile), hallé seis ó siete religiosos nuestros divididos en doctrinas; uno en una desventurada casa en Santiago; más era cocina que convento; es vergüenza tratar de ello; y teníanle puesto por nombre Santo Domingo el Real; viendo, pues, que no se podía guardar ni aún sombra de religión en él, lo saqué de aquella provincia; es cosa de lástima haya ningunos religiosos en ella, porque un solo fraile en un convento y en un pueblo, ¿qué ha de hacer? Una ánima sola—decíanos—ni canta ni llora.»—Era mejor el convento franciscano, con cinco ó seis religiosos; pero igualmente precario el de la Merced. En torno de ellos, la ciudad menguaba en fortín ó aldea, visible apenas entre selvas vírgenes y tribus nómades. Las gentes vivian del maíz; beneficiaban la miel silvestre que vendían en odres al Perú; vestían trajes burdos de lana, que allí mismo labraban y teñían. Un extranjero proyectaba por esos días—según nos cuenta el fraile escritor—montar un molino á la manera de los que él habia visto en «Alemaña», pero murió á la sazon sin lograr su empresa, y siguióse la molienda del trigo y maíz en morteros de piedra, según usanza de los indios. Habia, sin embargo, dos ó tres «atahonas» particulares. Las casas eran pobres, de adobe, y se desmoronaban fácilmente, por ser la tierra salitrosa. Y si ésta era la situación de la capital en la provincia, puede medirse cómo eran las otras aldeas y cómo todo el interior argentino al finalizar el siglo XVI. Tal como Fray Reginaldo de Lizárraga lo viera entonces, así volvemos á verlo nosotros en las páginas de este libro, donde nos dejó la «descripción» de sus viajes.

Antes de visitar nuestras ciudades, Fray Reginaldo habia residido en el convento de Lima; despues, vuelto al Perú, en diversas localidades: Arequipa, Cuzco, Guamanga, La Plata y otras, ya como doctrinero, ya como prior de su órden. Despues de 1591, estaba en Jauja cuando el virrey García Hurtado recomendóle ante Felipe II para el obispado de la Imperial ciudad chilena. Nombráronle en 1599. Por diversos inconvenientes no pasó á Chile hasta 1602, llegando á hacerse cargo de su sede en 1603, más bien con desabrimiento que entusiasmo. Los indios de Valdivia acosaban la region; ese obispado era pobre; y en una carta de 1604, el propio Lizárraga se lamentaba: «La iglesia, paupérrima; las misas se dicen con candelas de sebo, si no son los domingos y fiestas; el santísimo se alumbra con aceite de lobo, de mal olor. Si se halla de ballena no es tan malo». Intentó renunciar á semejante probenda... Dicen, no obstante, que era virtuoso, que lo amaba el pueblo. El gobernador Alonso de Ribera recomiéndalo al Rey así: «Usa el oficio con mucha edificación de letras, vida y ejemplo». Parece lógico, pues, que en 1607 lo trasladaran de obispo al Paraguay. Hacia 1602 murió en la Asunción, á los sesenta años de edad. Aseguran las crónicas eclesiásticas que murió santamente [4].

Los viajes de Lizárraga por el Perú le permitieron conocer las ciudades nombradas y los valles de Chincha, Pisco, Ica, Nasca, Cumaná, Chicoama, Tarija, y otros de que trata en su libro. De nuestro país, describe las comarcas y pueblos de Salta, Esteco [5], Santiago, Córdoba, Mendoza; toda la tierra que va desde la Puna hasta la cordillera de Cuyo. Durante esas jornadas conoció las riberas del Chucuito, los tambos del Collao, la quebrada de Humahuaca, los desiertos de Córdoba, las cordilleras de Mendoza. Hombre docto como era, trató á gobernantes y prelados, á caciques y conquistadores, á maestros y bandidos; inquirió noticias históricas sobre el pasado de estos reinos; observó las costumbres y caracteres de la época en que tocárale vivir; y legó á su posteridad la memoria de sus viajes en esta «Descripción», primer libro donde se muestra, en visión sedentaria, la tierra y la sociedad de la conquista argentina.

El verdadero título del libro es como sigue: Descripción breve de toda la tierra del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile [6]. Sabido es que en aquel primer momento de la conquista, todas estas regiones—ó «reinos» como se decia—formaban una sola entidad política y moral, cuyo centro era Lima. Posteriormente vinieron las segmentaciones administrativas y espirituales, núcleos tradicionales y geográficos de actuales naciones americanas en esta parte del continente. Pero en el siglo de Lizárraga vemos como los hombres y las cosas coloniales se movían á través de las susodichas regiones dentro de una sola unidad. Así por ejemplo en el capítulo LXVIII dice de don Juan de Garay, despues de escribir sobre la Asunción: «La segunda ciudad, el río abajo, según dicen 150 leguas, se fundó en nuestros días por el capitan Juan de Garay, de nación vizcaíno, hombre nobilísimo y muy temido de los indios, llamada Sancta Fe; conocílo y tratélo en la ciudad de la Plata» [7]. Probablemente conoció en La Plata, ó en Lima, ó en Oropesa, donde tambien residió, á Barco Centenera, autor del poema Argentina, y á algunos otros personajes del Río de la Plata. En el convento dominico de la ciudad de los Reyes, Fray Reginaldo habia sido compañero de noviciado con Fray Francisco Victoria, más tarde obispo del Tucumán, y de él nos dice en el capítulo VI: «...fuimos novicios juntos; varon docto y agudo; fuese á España, donde murió en corte, y hizo heredero á la magestad del Rey Felipe Segundo, de mucha hacienda que llevó, y loablemente lo hizo así. Sucedióle el reverendísimo señor Don Fray Fernando Trejo, que agora reside en su silla, y resida por muchos años» [8]. Así este libro de Lizárraga, que participa de la índole de los libros de viajes y memorias, abunda en sugestiones y noticias para nosotros interesantes, aun en los capítulos que no se hallan especialmente destinados á describir las tierras y las cosas que pertenecen hoy, políticamente, á los dominios de la República Argentina.

II

La obra que nos ocupa, divídese en dos partes. La primera es pertinente, más bien, á las cosas del Perú, Bolivia y Ecuador actuales. La siguiente se titula: «Libro segundo.— De los prelados eclesiásticos del reino del Perú, desde el reverendísimo don Jerónimo de Loaiza, de buena memoria, y de los virreyes que lo han gobernado, y cosas sucedidas desde don Antonio de Mendoza, hasta el conde de Monterrey, y de los gobernadores de Tucumán y Chile.» Mas á pesar de la limitación que el título parece marcar, la segunda parte no reviste carácter de relacion histórica escueta y retrospectiva, sino que, en los capítulos pertinentes á nuestras provincias del norte y del oeste, acentúa, por lo contrario, ese colorido, á veces conmovedor, de memoria personal ó relato de viajes.

La Descripción cuenta por todo 204 párrafos—116 de la primera parte y 88 de la segunda,—breves capítulos encabezados por sendos epígrafes. Los que expresamente se refieren á nuestro país son los postreros del libro, del LXII al LXXII, en la segunda parte. Despues de la extensa noticia histórica sobre los virreyes y obispos, el visitador reanuda el itinerario interrumpido en la primera parte al llegar á Tarija y regiones inmediatas, para continuar la descripción con este epígrafe: «Del camino de Talina á Tucumán» (LXII), el cual penetra de la provincia de Chichas en nuestro país actual, y sale de él con este epígrafe: «Del camino de Mendoza á Santiago de Chile» (LXXII), con lo cual penetra en el reino trasandino, donde Fray Reginaldo de Lizárraga llegó á ocupar la sede episcopal de la imperialense. A pesar de ello, no dedica á Chile más que quince capítulos. Describe á Santiago, Osorno, Valdivia, Castro; da la cronología de sus obispos hasta él; de sus gobernadores hasta Alonso de Ribera; y concluye con un capítulo sobre «cualidades de los indios de Chile».

Alusiones contenidas en esta obra, permítenme inducir dónde escribió su libro el obispo de la Imperial. Don José Toribio Medina, historiador de la literatura colonial de Chile, afirma sin vacilación que la escribió en aquel país.

Yo creo, sin embargo, que la obra fué en su conjunto formada con notas de diversas épocas de la vida de Lizárraga, reunidas con el ánimo de imprimirlas en España. Dicha obra, según su edición reciente, fué dedicada al señor conde de Lemos y Andrada, Presidente del Consejo de Indias. Procuraré dilucidar ahora la prueba y el lugar en que los varios fragmentos de la obra pudieron ser escritos, aunque lo haré con todas las reservas del caso, dada la precaria información que se posee sobre Lizárraga y sus obras. Con iguales reservas aparece esta edición, y si me he decidido á darla, es por lo interesante de las noticias argentinas que contiene y por la frecuencia con que esta obra ha empezado á ser citada por nuestros historiadores.

Fray Reginaldo de Lizárraga realizó dos viajes á Chile: uno entre 1586 y 1591, como visitador de la órden; otro en 1602, para ocupar el obispado de la Imperial. En 1591, término de su primer viaje, regresó de Chile á Lima para desempeñar el cargo de maestro de novicios. Creo que fué despues de 1591, en el Perú, donde escribió la primera parte de su obra y algo de la segunda. Despues de 1603, en el suelo de Chile, habria escrito los quince capítulos que se refieren á aquel país, y que complementan la memoria ó descripción de sus viajes. Me fundo para ello en el capítulo LXXVI de la primera parte, donde dice:—«Yo confieso verdad que en dos años que vivo en este pueblo de Chongos» [9], etc.—Luego estos capítulos eran escritos en el Perú. Esto se ratifica en otros pasajes como el LXXVIII, donde al hablar de la ciudad de Guamanga, dice:—«Edificó aquí un vecino desta ciudad, llamado Sancho de Ure», etc.—La segunda parte de la obra, da la impresión de que cambia de asunto, al acometer la cronología de los gobernantes y virreyes, pero sin cambiar de lugar. Esa impresión persiste en todos los capítulos, incluso en los que tratan del Tucumán, cuyos lugares aparecen como aludidos ó recordados desde el Perú. No ocurre lo mismo en los capítulos finales, referentes á Chile, donde nos encontramos con expresiones como la siguiente:—«En este estado dejó la tierra Alonso de Ribera á Alonso García Ramón, que vino á este reino», etc. (LXXXVII). Asimismo al tratar de los prelados y religiosos de las órdenes:—«La primera religión que pasó á este reino (Chile) creo fué de Nuestra Señora de las Mercedes», etcétera (LXXXII).—Y no sólo el cambio de lugar se advierte en la yuxtaposición de dichos fragmentos, sino el cambio de la época en que uno y otro fueron escritos: aquéllos en el Perú, entre 1591 y 1602, antes de ser obispo de la Imperial; éstos, en Chile, entre 1603 y 1607, año en que fué trasladado de la Imperial á la Asunción, donde Lizárraga falleció[10]. Así al hablar del último obispo de la Imperial, don Agustin de Cisneros, «á quién sucedí yo—agrega—en este tiempo tan trabajoso», «...empero, falta lo principal, que es la virtud, y el pusible, por ser obispado paupérrimo, que apenas se puede sustentar, y no tengo casa donde vivir, que si en San Francisco no me diesen dos celdas donde vivir, en todo el pueblo no habria cómodo para ello, con todo esto, tengo más de lo que merezco, por que si lo merecido se me hubiese de dar, eran muchos azotes» (LXXXI).—Tales alusiones, de tiempo presente, prueban que los escribió siendo obispo, y en la Imperial; pero tal cosa ocurre sólo en los contados capítulos adicionales de tema chileno, probándose por todos los anteriores (más de 150 párrafos) que no solamente los escribió en el valle de Chongos, sino que lo hizo antes de ser obispo. De suerte que cuando Fray Reginaldo describe las ciudades de Santiago del Estero y Mendoza, ó pinta los paisajes de la llanura cuyona, se refiere á aquellos lugares tal como los viera en su primer viaje de 1589, cuando pasó para Chile como visitador de los conventos de su órden, y no como pudo verlos en 1602, si es que pasó por tierra argentina, cuando fué á tomar posesion de su obispado trasandino. El viaje que describe es tan penoso por lo largo de las jornadas en el desierto y lo precario del hospedaje en los tambos indios, que sólo pudo realizar aquel viaje terrestre por necesidad de visitar los conventos. Parece probable que el viaje episcopal, libre de ese deber, lo realizara por la costa del Pacífico. Creo haber esclarecido, con las propias palabras de Fray Reginaldo, la cuestión bibliográfica que el señor Medina plantea, sin resolver definitivamente.

III

Cuando Lizárraga vino á nuestro país, dicen cronistas como Menéndez, que practicó su viaje á pie desde Lima hasta el Tucumán, más ó menos. Habia salido del Perú con sus alforjas y su bastón de caminante por precario avío. Acompañábale un fraile de su convento; pero cansado del camino, éste, menos santo que aquél, tornóse á Lima donde mentó las privaciones y asperezas que iba sufriendo el visitador en su larga jornada. Estas condiciones del viaje han sido puestas en duda por Medina [11]; pero sabemos que otros prelados como San Francisco Solano, Alonso de Barzana ó Luis de Bolaños, los realizaban habitualmente. Cierto que los biógrafos ó cronistas de las órdenes emulaban en su afán hagiográfico ó en su ilusión milagrera, pero no debemos extrañarnos de que los evangelistas realizaran por necesidad ó voto de virtud, lo que tambien á veces realizaban los conquistadores militares. Lo cierto es que el relato de Lizárraga, sobre todo en la parte del camino que media entre Santiago del Estero y Córdoba, abunda en observaciones que parecen propias de un caminante á pie, pues habia llegado á familiarizarse con el secreto de las tierras que recorría. El paisaje no se le presenta sólo como un espectáculo visual, accesible á los ojos extraños del observador, sino como un recuerdo de cosas vividas en la intimidad de nuestros desiertos. A tal pertenece el siguiente pasaje en que muestra á los avestruces de la llanura argentina, visto al ir hacia Córdoba:

«En toda esta tierra y llanuras hay cantidad de avestruces; son pardos y grandes, á cuya causa no vuelan; pero á vuelapié, con una ala, corren ligerísimamente; con todo eso los cazan con galgos, porque con un espolón que tienen en el encuentro del ala, cuando van huyendo se hieren en el pecho y desangran. Cuando el galgo viene cerca, levantan el ala que llevan caida, y dejan caer la levantada; viran como carabela á la bolina á otro bordo, dejando al galgo burlado» (LXV).

Otro pequeño cuadro rústico de la llanura santiagueña, se lo inspira la vida de los pájaros y su casa ingeniosa, que tres siglos más tarde dictó una bella página á Sarmiento [12].

«Es providencia de Dios—dice Lizárraga—ver los nidos de los pájaros en los árboles: cuélganlos de una rama más ó menos gruesa, como es el pájaro mayor ó menor, y en contorno del nido engieren muchas espinas; no parecen sino erizos, y un agujero á una parte por donde el pájaro entra, ó á dormir ó á sus huevos, y esto con el instinto natural que les dió naturaleza para librarse á sí y á sus hijuelos de las culebras» (LXV).

Cierto pasaje de este mismo capítulo LXV, da á entender que una parte de la jornada la hubiera hecho á caballo, pues hablando de sus pantanos y tremedales, dice: «se sumen el caballo y caballero en el cieno». Otro pasaje del capítulo LXVI, da á entender que de Santiago á Córdoba y de Córdoba á Buenos Aires, se hacía ya la travesia en carretas:—«El camino, carretero; y así caminé yo desde Estero (sic) á esta cebadad, que son poco menos de 200 leguas, si no son más, y desde aquí se toma el camino á Buenos Aires, tambien en carretas, que son otras 200, pocas menos; toda la tierra llana, y en partes tan rasa, que no se halla un arbolillo». Por el mismo transporte, en convoy de doce carretas cuyanas, pasó de Córdoba á Mendoza, que ya era estación carretera del tráfico andino. Los ferrocarriles actuales han seguido las rutas de 1590.

Pasajes de tal género, pudiera yo citar numerosos. Otros hay en que caracteriza á nuestros indios ó á los gobernantes españoles que vinieron á reducirlos. De los juries [13] dice, por ejemplo: «Son haraganes y ladrones» (LXXI); y de los guarpes [14]:—«Son mal proporcionados, desvaídos» (LXXI). De don Francisco de Aguirre dice:—«Varon para guerra de indios, bravo», y del licenciado Lerma:—«En Tucumán, unos le alaban, otros le vituperan» (LXVII).—Muéstrase, como se ve, capaz de caracterizar los hombres con un rasgo lacónico. Asimismo, logra á las veces caracterizar un paisaje, haciéndolo visible por una comparación, como cuando retrata las salinas de la Puna, ya explotadas entonces por los indios Cochinocas y Casavindos:—«De lejos, con la reverberación del sol—dice—no parece sino río, y á los que no lo han visto nunca, espanta, pensando que han de pasar río tan ancho; llegados, admira ver tanta sal» (LXII).—Y cuando retrata la estructura de aquellas nacientes sociedades argentinas, elige rasgos que han subsistido. Por ejemplo, de Mendoza, fundada «á las vertientes de estas sierras nevadas» dice su libro:—«La cibdad es fresquísima, donde se dan todas las frutas nuestras, árboles y viñas, y sacan muy buen vino que llevan á Tucumán ó de allá se lo vienen á comprar» [15]; es abundante de todo género de mantenimiento y carnes de las nuestras; sola una falta tiene, que es leña para la maderación de las casas» (LXXI).—Así van sucediéndose en el libro, anécdotas de cautivos, paisajes de la cordillera, asaltos de indios á las carretas, noticias sobre conventos y vecinos, hasta hacer de su libro un cuadro sugerente y muy completo de lo que fué el embrión de nuestro país en el siglo XVI, al terminar la primera conquista militar de los españoles. Así tambien el viaje de Concolorcorvo, realizado por aquellos mismos caminos que dos siglos antes recorriera Lizárraga, iba á ser el cuadro más completo de esa misma embrionaria sociedad argentina al concluir la colonización española, en las vísperas de la emancipación americana...

IV

No fué esta Descripción el único libro que escribió Reginaldo de Lizárraga. Menéndez, el cronista de los dominicos, le atribuye además de esa obra (que ese cronista conoció y aprovechó), estas otras sobre cuestiones religiosas: Los cinco libros del Pentateuco; Lugares de uno y otro Testamento que parecen encontrados; Lugares comunes de la Sagrada Escritura; Sermones del tiempo y Santos; Cartas y Comento á los Emblemas del Alciato. Hoy se dan por perdidos estos libros; pero yo no suelo abandonar jamás la esperanza de que vayan reapareciendo todos estos antiguos códices coloniales, á medida que las investigaciones paleográficas avanzan y se perfeccionan, mucho más si se tiene en cuenta que Lizárraga dejó preparados dichos papeles para su publicación, y que á los papeles de un religioso como él les han alcanzado menos las vicisitudes temporales de viajes y guerras, pues siempre tuvieron quien los guardara, ya en la órden en que fué provincial ó visitador, ya en las diócesis donde fué obispo. Pero aun perdido el texto, esos títulos bastan para revelarnos que Fray Reginaldo fué un hombre sabio en ciencias sagradas, que apasionaban en su tiempo; y acaso en letras clásicas, instrumento inherente á la cultura teológica [16]. Pero nada de todo ello se advierte en la Descripción que se ha salvado, sin duda porque á esta otra la caracteriza, por su género, un tono familiar, fluyente á la deriva de sus recuerdos espontáneos, tal que á la disertación abstracta y erudita, roban su sitio anécdotas expresivas, paisajes característicos, intencionadas etopeyas, mientras pasan por el espejo del recuerdo, tanto cosas, hombres y sitios como conoció en sus duras andanzas por las Indias.

El «estilo» de Lizárraga es casi siempre desaliñado, pero su observación es siempre aguda; su memoria, feliz; su sentimiento, plástico para su época. El temperamento belicoso de los conquistadores militares y el ascético temperamento de los conquistadores evangélicos, no dejaba mucho lugar á la contemplación sensual de las cosas mundanas, fuente de forma y de color en el arte. De ahí que estos libros de Indias no abunden en pasajes de verdadero valor literario. Cuando quieren describir, enumeran; cuando quieren narrar, enumeran tambien; y sus temas son siempre de utilidad para la acción perentoria ó para el arrobamiento extraterreno. En la Descripción de Lizárraga, yo he encontrado, sin embargo, pasajes que traducen su relativa delectación, como aquellas dos líneas, en las cuales, describiendo la ciudad de Arequipa, sus edificios, sus aguas, sus temblores, dice:—«Continuamente, la puesta del sol es muy apacible, por la diversidad de arreboles en los celajes, á la parte del Poniente» (LXVI). En el capítulo LV, diserta sobre las cualidades de «los criollos» («así les llamamos»), y entonces dice de las limeñas:—«De las mujeres nacidas en esta ciudad, como en las demás de todo el reino, Tucumán y Chile, no tengo que decir sino que hacen mucha ventaja á los varones; perdónenme por escribirlo, y no lo escribiera si no fuera notísimo». Ese juicio continúa siendo verdad; pero sorprende encontrarlo bajo la pluma de un cronista primitivo. Ni el sentimiento de la naturaleza ni el de la belleza femenina, asoman con frecuencia en la prosa colonial del primer siglo. En tal sentido, Lizárraga es una excepción en el Plata. Su libro es uno de los documentos más humanos de la primitiva literatura colonial, por su acento sincero, y por la profusión de noticias personales que enriquecen sus páginas. Entre tantas piezas cartularias, dogmáticas, protocolares, esta Descripción es un oasis de cosas vistas y sentidas, un espejo de vida verdadera. A los áridos testimonios de las «informaciones» y «probanzas», él les da forma: á los episodios oficiales de las «relaciones» y las «actas», él les da color de anécdota novelesca. Tal, por ejemplo, aquel pasaje en el cual habla del Cuzco y del convento de Santo Domingo en esta ciudad: «Nuestra casa es lo que antiguamente se llamaba, gobernando los Ingas, la Casa ó Templo del Sol»;—así dice Lizárraga.—Pinta despues cómo eran las murallas; cómo una fuente de piedra donde evaporaba el sol la chicha que bebia; cómo «una lámina de oro, en la cual estaba el sol esculpido» y que servía para tapar la chicha en la fuente litúrgica. Y á eso agrega su anécdota personal: «Cuando los españoles entraron en esta ciudad, le cupo en suerte (la lámina) á uno de los conquistadores que yo conocí, llamado Mansio Sierra, de nación vizcaíno y creo provinciano; gran jugador: jugó la lámina y perdióla: verificóse en él que jugó el Sol»... (LXXX).

Otra anécdota de carácter más novelesco que histórico, refiere, por ejemplo al hablar de los Andes del Cuzco; anécdota de color ciertamente salvaje:

«Estos Andes del Cuzco son fértiles destas víboras y de culebras que llaman bobas: éstas son muy grandes y muy gruesas; no hacen daño, si no es cuando, como dicen, andan en celos. Porque en aquellos Andes sucedió lo que diré: tres soldados volvíanse á sus casas de las chácaras de la Coca, á pie: no es tierra para caballos. El uno quedóse un poco atrás á cierta necesidad corporal; acabada, siguió su camino solo, pues los compañeros iban un poco adelante; prosiguiéndolo, ve atravesar una culebra destas que tienen de largo más de 16 pies y gruesas más que la pantorrilla de un hombre, silbando, y otra culebra en pos de ella, de la misma calidad; la postrera, viendo á nuestro soldado, cíñele todo el cuerpo, y la boca encaminaba á la garganta; el pobre, que se vió ceñido y la boca de la culebra cerca de su garganta, con ambas manos afierra de la garganta de la culebra con cuanta fuerza pudo, no dejándola llegar á su garganta; la culebra, sintiéndose apretada de las manos del soldado, apretábale con lo restante de su cuerpo fortísimamente, de suerte que le hizo reventar sangre por la boca, ojos, narices y orejas; el pobre, viéndose de aquella suerte, gemia; no podía gritar, sino bramar. Los compañeros, pareciéndoles que tardaba, pararon un poco, oyeron los bramidos; vuelven corriendo en busca de su compañero; halláronle de la suerte que lo hemos pintado. Uno sacó una daga que traía en la cinta y metiéndola entre el sayo y la culebra la cortó; luego aflojó la culebra hecha dos partes, y acabáronla de matar. El soldado quedó como muerto; lleváronle y albergáronle; volviósele la color del rostro y cuerpo amarilla como cera; vínose al Cuzco, y dentro de tres meses murió. Oí esto á hombres que le conocieron» (LXXXI).

Combates singulares de hombres con víboras gigantescas debian ser frecuentes en la conquista. Las crónicas nos refieren de algunos. En este mundo virgen, semejante confrontación de una terrible fauna nueva y de la cenceña imaginación de los soldados, exaltada por la reciente caballería, tales animales se les antojaban dragones algunas veces. Ulrich Schmidel en su «Viaje» y Barco Centenera en su «poema», nos han dejado el recuerdo de combates análogos con las temibles serpientes y yacarés del Paraná [17]. Pero esta descripción de Lizárraga es más realista, más animada y plástica que todas las otras. Esta podria pintarse. Por eso, aunque incorrecta, la trascribo, como muestra de su estilo y de sus facultades de descriptor y narrador, primitivas por cierto, pero apreciables en su tiempo, cuando los cronistas coetáneos carecían de ellas. Lizárraga mira con simpatía la naturaleza y los hombres, los campos y las ciudades, los gestos y las palabras, los españoles y los indios, los brillantes acontecimientos gubernamentales y las humildes anécdotas dramáticas, los virreyes y los obispos, los árboles y los animales. De ahí el interés humano de toda su obra, de ahí la prueba de su sensibilidad literaria, siquiera incipiente. Y no sólo se la cultivó á sí propio, sino que hubiera querido difundir la cultura entre los demás. Cuando estuvo en Guamanga, quiso fundar allí Universidad. Encontraba en ésta mejor clima que en la Ciudad de los Reyes, y no la alcanzaba el peligro de los temblores. «No sé yo—nos dice—si en lo descubierto se hallará mejor temple ni más sano para fundar una universidad, porque ni el calor ni el frio impiden todo el año que no se pueda estudiar á todas horas. Yo tuve casi concertado con un hijo de un vecino, hombre principal, fundase con su hacienda en nuestra casa, un colegio con que ennobleciese su ciudad. Sacóme la obediencia para este asiento (Chongos) y quedóse. Fuera obra heróica y de gran provecho para todo el reino; la ciudad se aumentara, y de todo el reino vendrian á oir Teología, porque los nacidos en la Sierra corren mucho riesgo de su salud en Los Reyes» (LXXVIII). Tal superioridad espiritual trasciende, desde luego, en esta Descripción, que no sólo nos dan el hilo de su vida, sino la visión de los pueblos que recorrió, haciendo de ella una valiosa fuente de pequeñas noticias locales, que empieza á ser explotada ya por nuestros historiadores. Datos no siempre guardados por documentos oficiales, los conocemos por ella; tales como la clase de vecinos que habitaban los pueblos, la índole de los indígenas comarcanos, la manera como estaban construídas las casas de los encomenderos y magistrados, los alimentos de que se proveían, la forma en que se realizaba el comercio, la dificultad de los viajes, los precios de las cosas, las pasiones de los hombres, el ambiente precario de los conventos, la epopeya instintiva de los indios, todo cuanto constituye, en fin, la vida argentina del siglo XVI, la primitiva conciencia del drama histórico en el vasto escenario virgen donde comenzaba entonces á fundarse nuestra civilización. He ahí por qué me ha parecido tambien que este libro tenia derecho á figurar en una Biblioteca Argentina, como otros de su índole, que más adelante publicaré.

Ricardo Rojas

DESCRIPCIÓN BREVE

DE TODA LA TIERRA DEL

PERÚ, TUCUMÁN, RÍO DE LA PLATA Y CHILE

PARA EL EXCMO. SR. CONDE DE LEMOS Y ANDRADA

Presidente del Consejo Real de Indias

POR

FR. REGINALDO DE LIZÁRRAGA

[CAPITULO PRIMERO]
DE LA DESCRIPCIÓN DEL PERÚ. DE QUÉ GENTE PROCEDAN LOS INDIOS

Lo más dificultoso de toda esta materia es averiguar de qué gentes procedan los indios que habitan estos larguísimos y anchísimos reinos, porque como no tengan escripturas, ni ellos ni nosotros sabemos quien fueron sus predescesores ni pobladores destas tierras, mucha parte dellas despobladas ó por la destemplanza del calor, ó por el demasiado frio, ó por los médanos de arena y llanos estériles por falta de las aguas. Porque afirmar lo que dice Platon en el libro que intituló Timeo, que desembocando por el estrecho de Gibraltar en el mar Occeano, no muy lejos de la tierra firme se descubria una isla mayor que la Europa y toda la Asia, que contenia en sí diez reinos, la cual, con una inundacion del mar toda se anegó y destruyó de tal manera que no quedó rastro della, sino el mar ancho que hay por ventura desde Cabo Verde al Brasil; lo cual no es creible, por no se hallar en ningun autor mencion dello, ni es posible. Lo que parece se puede rastrear de los primos genitores destos indios descubiertos desde las primeras islas: Deseada, Marigalante, Dominica y las demás, Sancto Domingo, Cuba, Habana, Puerto Rico y la Tierra Firme, reino de México y del Perú, es llegarnos á lo que dice Floriano de Ocampo en la Historia general que comenzó de España, que es lo siguiente: Que cuando los cartaginenses eran señores de alguna parte del Andalucia, desembocando con temporal por el estrecho de Gibraltar ciertos navios de los Cartaginenses se derrotaron hacia el Occidente, corriendo la derrota que agora se navega por aquel mar ancho, y no pararon hasta descubrir unas islas que por ventura son las arriba referidas, y viéndolas tan fértiles, pobladas de arboledas, rios y sabanas, que son llanos abundantes de yerba, como vegas de pastos, los más allí se quedaron, y volvieron los otros á Cartago, los cuales, proponiendo en el Senado lo que habian descubierto, y fertilidad de la tierra, convernia poblar aquellas islas despobladas. Empero por aquellos senadores cartaginenses fué acordado por entonces se dejase de tratar de aquello, mandando con mucho rigor nadie volviese á aquellas islas, porque tenian por más importante el señorio y riqueza de nuestra España que poblar nuevas tierras.

Destos pudo ser que navegando y buscando tierra firme diesen con ella, y dellos se poblasen estos reinos; y esto no parece dificultoso de imaginar, porque los cartaginenses que se quedaron en aquellas islas, con algunos navios se habian de quedar, con los cuales pudo ser que navegando para España ó buscando tierra firme se derrotaron y dieron en ella, que por lo menos en aquella derecera dista de las islas cien leguas, y más y menos como corre la costa, así de las islas como de la tierra firme; por que el dia de hoy, como me refirió un español qu' estuvo preso y captivo en la Deseada, que los indios della, en sus canoas, que son unas vigas más gruesas que un buey, de madera liviana, cavadas, largas y angostas, atraviesan á la tierra firme á la gobernacion de Venezuela, cien leguas por mar, y más; cuando hay viento, á vela, y cuando les falta, á remo, guiándose de noche por las estrellas que tienen marcadas en aquel tiempo, qu' es verano; donde el pobre remaba como captivo hasta que huyéndose al tiempo que las flotas nuestras vienen á Tierra Firme suelen aportar á la Deseada á tomar agua y leña, fué su ventura buena que á cabo de pocos dias despues de huido y llegado al puerto, surgió la flota en él y le tomaron los nuestros. De dia estaba escondido arriba en las copas de los árboles, que son muy grandes y altos y muy coposos y de ramas espesas, y de noche descendia, con no poco temor, á buscar algunas raíces dél conoscidas ó algun poco de marisco para comer, porque si sus amos le hallaran, como luego salieron, en echándole menos en busca dél, sin duda le flecharan y luego se le comieran. Son todos estos indios caribes, que quiere decir comedores de carne humana; bien dispuestos de cuerpo, morenotes, y así los varones como las mujeres andan desnudos, como si vivieran en el estado de la ignocencia [18]; son grandes flecheros y muy ligeros, y el cuero del cuerpo, por el mucho calor, muy duro. Estas islas son abundantes de muchas víboras ponzoñosas y culebras muy grandes que llaman bobas, y muy gruesas; tienen muchas aves de monte y críanse en ellas muchos venados. Lo que con mucha verdad podemos afirmar, que no se sabe hasta hoy, ni en los siglos venideros naturalmente se sabrá, de qué hijos ó nietos ó descendientes[19] de Noé los indios de todas estas islas, ni Tierra Firme, ni México, ni del Perú, hayan procedido.

[CAPITULO II]
DE LA DESCRIPCIÓN DEL PIRÚ

Descendiendo en particular á nuestro intento, trataré lo que he visto, como hombre que allegué á este Perú más ha de cincuenta años el dia que esto escribo, muchacho de quince años, con mis padres, que vinieron á Quito, desde donde, aunque en diferentes tiempos y edades, he visto muchas veces lo más y mejor deste Pirú, de alli hasta Potosí, que son más de 600 leguas, y desde Potosí al reino de Chile, por tierra, que hay más de quinientas, atravesando todo el reino de Tucumán, y á Chile me ha mandado la obediencia ir dos veces; esta que acabo de decir fué la segunda, y la primera por mar desde el puerto de la ciudad de Los Reyes; he dicho esto porque no hablaré de oidas, sino muy poco, y entonces diré haberlo[20] oido mas á personas fidedignas; lo demás he visto con mis propios ojos, y como dicen, palpado con las manos; por lo cual lo visto es verdad, y lo oido, no menos; algunas cosas diré que parece van contra toda razon natural, á las cuales el incrédulo dirá que de largas vías, etc., mas el tal dará muestras de un corto entendimiento, porque no creer los hombres sino lo que en sus patrias veen, es de los tales.

[CAPITULO III]
PROSÍGUESE LA DESCRIPCIÓN DEL PERÚ

Este reino, tomándolo por lo que habitamos los españoles, es largo y angosto; comienza, digamos, desde el puerto, ó por mejor dezir playa, llamado Manta, y por otro nombre Puerto Viejo.

Llámase Puerto Viejo por un pueblo de españoles, así llamado, que dista del puerto la tierra adentro ocho ó diez leguas; no le he visto, pero sé es abundante de trigo y maíz y otras comidas de la tierra, de vacas y ovejas, y es abundante de muchos caballos y no malos; el temple es caliente, aunque templado el calor; cria la tierra muchas sabandijas ponzoñosas, y con estar en la línea equinocial no es muy caluroso. Los aires de la mar le refrescan; llueve en él, aunque no mucho.

Los indios deste puerto son grandes marineros y nadadores; tienen balsas de madera liviana, grandes, que sufren vela y remo; los remos son caneletes; visten algodon, manta y camiseta; desde este puerto, enviando los navios que vienen la vuelta de tierra, salen con sus balsas, llevan refresco que venden, gallinas, pescado, maíz, tortillas biscochadas, plátanos, camotes y otras cosas. Tienen las narices encorvadas y algun tanto grandes; diré lo que vi, porque pase por donaire: cuando veniamos navegando cerca del puerto llegó una balsa con refresco; diósele un cabo; traía lo que tengo referido; un criado de mis padres, rescatando algunas cosas destas, y no queriendo el indio que era el principal piloto de la balsa (hablan un poco nuestra lengua) quebrar de la plata que pedia por el refresco, díjole: ¡oh qué pesado eres; no pareces sino judío! En oyendo esto el indio, saltó del navio en su balsa; larga el cabo y vira la vuelta de tierra; ni por muchas voces que se le dieron para que volviese, no lo quiso hacer; tan grande fué la afrenta que se le hizo y tanto lo sintió.

[CAPITULO IV]
DE LA PUNTA DE SANTA HELENA

Siguiendo la costa adelante, que toda ella desde punta de Manglares hasta el estrecho de Magallanes, que sin dubda hay más de mil leguas, corre Norte Sur (no creo son veinte leguas), está la punta llamada de Santa Helena; tiene pocos ó ningunos indios el dia de hoy; cuando la vi y saltamos en ella eran muy pocos los que allí vivian. En esta punta, aunque es playa, suelen surgir los navios que vienen de Panamá, toman agua y algun refresco. Hubo aquí antiguamente gigantes, que los naturales decian no saber dónde vinieron; sus casas tenian tres leguas más abajo del surgidero, hechas á dos aguas con vigas muy grandes; yo vi allí algunas traídas en balsas para hacer un tambo que allí labraba el encomendero de aquellos indios, llamado Alonso de Vera y del Peso, vecino de Guayaquil.

Vi tambien una muela grande de un gigante, que pesaba diez onzas, y más. Refieren los indios, por tradición de sus antepasados, que como fuesen advenedizos, no saben de dónde, y no tuviesen mujeres, las naturales no los aguardaban, dieron en el vicio de la sodomia, la cual castigó Dios enviando sobre ellos fuego del cielo, y así se acabaron todos; no tiene este vicio nefando otra medicina.

Hay tambien en este puerto, no lejos del tambo, una fuente como de brea líquida, que mana, y no en pequeña cantidad; del agua se aprovechan algunos navios en lugar de brea, como se aprovechó el nuestro, porque viniéndonos anegando entramos en la bahia de Caraques, doblado el cabo de Pasao, ocho leguas más abajo de Manta, de donde se invió el batel con ciertos marineros á esta punta por esta brea (creo se llama copey), y traída se descargó todo el navio; diósele lado y con el copey cocido para que se espesase más brearon el navio, y saliendo de allí navegamos sin tanto peligro.

Dicen es bonísimo remedio para curar heridas frescas como no haya rotura de niervo.

[CAPITULO V]
DEL PUEBLO DE GUAYAQUIL

De aquí por mar en balsas se va al segundo pueblo de españoles; no sé las leguas que hay, doblando esta punta hasta Santiago de Guayaquil, y tambien se camina por tierra llana, y en tiempo de aguas, cenagosa. Este pueblo Santiago de Guayaquil es muy caluroso por estar apartado de la mar; tiene mal asiento, por ser edificado en terreno alto, con figura como de silla estradiota, por lo cual no es de cuadras, ni tiene plaza, sino muy pequeña, no cuadrada. Por la una parte y por la otra deste cerro tiene la ribera de un rio grande y caudaloso, navegable, empero no se puede entrar en él si no es con creciente de la mar, ni salir si no es en menguante; tanta es la velocidad y violencia de el agua, cresciendo ó menguando. Críanse en las casas muchas sabandijas, cuales son culebras, y alguna víboras, sapos muy grandes, ratones en cantidad; están cenando, ó en la cama, y vense las culebras correr por el techo tras el raton, que son como las ratas de España; al tiempo de las aguas, infinitos mosquitos, unos zancudos cantores, de noche infectisimos, no dejan dormir; otros pequeños, que de día solamente pican, llamados rodadores, porque en teniendo llena la barriga, como no puedan volar, déjanse caer rodando en el suelo, y otros, y los peores y más pequeños, llamados jejenes, ó comijenes, importunísimos; métense en los ojos y donde pican dejan escociendo la carne por buen rato, con no pequeña comezon.

Es pueblo de contratación, por ser el puerto para la ciudad de Quito, y por se hacer en él muchos y muy buenos navios, y por las sierras de agua que tiene en las montañas el rio arriba, de donde se lleva á la ciudad de Los Reyes mucha y muy buena madera. Tiene dos ó tres excelencias notables: la primera, la carne de puerco es aquí saludable, las aves bonísimas, y sobre todo el agua del rio, particularmente la que se trae de Guayaquil el Viejo, que es donde se pobló este pueblo; van por ella en balsas grandes, en una marea, y vuelven en otra; dicen esta agua corre por cima de la zarzaparrilla, yerba ó bejuco notísimo en todo el mundo por sus buenos efectos para el mal francés, ó bubas por otro nombre, las cuales se verán aquí mejor que en parte de todo el orbe, y sana muy en breve los pacientes, dejándoles la sangre purificada como si no hobieran sido tocados desta enfermedad, con sólo tomarla por el órden que allí se les manda guardar; empero si no se guardan por lo menos seis meses, tornan á recaer; yo vi un hombre gafo en un valle distrito de Quito, llamado Riopampa, que no podía comer con sus manos, y lo pusieron en una hamaca para lo llevar á que se cúrase en este pueblo, y dentro de seis meses le vi en Los Reyes tan gordo y tan sano como si no hobiera tenido enfermedad alguna, y otros he visto volver sanísimos; suficiente excelencia para contrapeso de las plagas referidas. No se da trigo en este pueblo, mas dase maíz muy blanco, y el pan que dél se hace es mejor y más sabroso que el de nuestro trigo; danse muchas naranjas y limas, y frutas de la tierra en cantidad, buenas y sabrosas, y la mejor de todas ellas son las llamadas badeas por nosotros; son tan grandes como melones, la cáscara verde, la carne, digamos, blanca, no de mal sabor; por dentro tiene unos granillos poco menores que garbanzos, con un caldillo que lo uno y lo otro comido sabe á uvas moscateles las más finas; es regalada comida.

Por este rio arriba se sube en balsas para ir á la ciudad de Quito, que dista deste pueblo sesenta leguas, en la sierra y tierra fria, las veinticinco por el rio arriba, las demás por tierra.

Al verano se sube en cuatro ó cinco dias; al ivierno en ocho cuando en menos tiempo, porque se rodea mucho: déjase la madre del rio y declinando sobre la mano derecha á las sabanas, que son unos llanos muy grandes llenos de carrizo, pero anegados del agua que sale de la madre del rio, llévanse las balsas con botadores, porque el agua está enbalsada y no corre; es cierto que si la tierra no fuera tan cálida y llena de mosquitos, causara mucha recreacion navegar por estas sabanas.

En ellas hay algunos pedazos de tierras altas que son como islas, donde los indios tienen sus poblaciones con abundancia de comidas y mantenimientos de los que son naturales á sus tierras: mucha caza de venados y puercos de monte, que tienen el ombligo en el espinazo; pavas, que son unas aves negras grandes, crestas coloradas y no malas al gusto; hay tambien en estas islas tigres no poco dañosos á los indios, y es cosa de admiracion: en estas sabanas hay muchas casas, ó barbacoas por mejor decir, puestas en cuatro cañas de las grandes, en cuadro, tan gruesas como un muslo y muy altas, hincadas en el suelo; tienen su escalera angosta, por donde suben á la barbacoa ó cañizo donde tienen su cama y un toldillo para guarecerse de los mosquitos; aquí duermen por miedo de los tigres; muchos destos indios están toda la noche en peso sin dormir, tocando una flautilla, aunque la música, para nosotros á lo menos, no es muy suave; estas barbacoas no sustentan más que una persona.

Todo este rio, á lo menos en la madre que yo vi, es abundante de caimanes ó lagartos, que son los cocodrilos del rio Nilo, muy grandes, de veinte y cinco pies en largo, y dende abajo, conforme á la edad que tienen; encima del agua no parecen sino vigas, y son tantos, que muchas veces vi á los indios que remaban y guiaban las balsas darles de palos con los botadores para que los dejasen pasar.

Y pues habemos venido á tractar destos lagartos ó caimanes, será justo decir sus propiedades, las cuales he yo visto. Tienen la misma figura que un lagarto, pero tan largos como acabo de decir; son velocísimos en el agua, duermen en tierra, y en ella son perezosísimos, y esto es necesario, por ser de cuerpos tan grandes y de barriga anchos; los pies y manos cortos; el sueño es pesadísimo, porque lo que subcedió con uno destos en Panamá, é yo lo vi muerto en la playa, paso así: que una mañana de San Juan se salieron tres mujeres enamoradas, las cuales vi en aquella ciudad, con sus hombres á lavarse al rio, que es pequeño, y cerca del pueblo; el tiempo os caluroso y de aguas, por ser el ivierno, aunque por San Juan suelen cesar por algunos dias, y así se llama el veranillo de San Juan; llegaron al rio y en una poza se entraron á bañar, en la cual se habia un caiman quedado, que con avenida se subió de la mar por el rio arriba, y como cesó la avenida no pudo volverse á la mar, donde hay muchos; en este aroyo no se crian.

El caiman estaba durmiendo en tierra; bañáronse estas mujeres, y saliendo una á enjugarse, pareciéndole peña el caiman dormido, sentóse encima dél una, y saliendo la otra llamóla convidándola con la peña tan blanda; salió la tercera y convidándola sentóse más hácia la cola, donde los caimanes tienen unas conchas agudas, y como se espinase con ellas, dijo: ¡Oh! qué espinosa peña, y tentando con la mano, no era aún de dia, levantó la cola del caiman, y conosciéndolo dió voces: ¡caiman, caiman! las demás levántanse no poco alborotadas; llamaron á sus hombres, que se habian apartado un poco rio abajo; á las voces acudieron y con sus espadas mataron al caiman antes que entrase en el agua.

El mismo dia por la mañana le trajeron negros arrastrando á la ciudad, y lo pusieron en la playa, donde todo el pueblo lo fué á ver; conoscí é traté á uno de los que iban con estas mujeres que se halló presente, llamado Bracamonte, de quien y de otros oí lo referido; tenia de largo 18 pies.

Vi tambien en esta misma ciudad otro caiman muerto en el portete della, á donde los navios pequeños y fragatas con la marea entran y con ella salen, que unos negros de un vecino de aquella ciudad, llamado Cazalla, viniendo de una isla de su amo á este portete con la creciente de la marea, acaso le hallaron, que se habia quedado en la menguante precedente en la lama (aquí en esta playa de Panamá crece y mengua la mar tres leguas, y todo este espacio es lama); echáronle un lazo y muerto le trujeron por la popa de la fragata; este caiman era muy grande: tenia de largo 22 pies: yo le vi medir, vile desollar, y del buche le sacaron muchas piedras, que me parece habria tres copas de sombrero de los comunes, unas mayores y otras menores, y las mayores tan grandes como huevo de gallina; es cierto comen piedras y con el calor del buche las digieren; estaban lisas, y por algunas partes gastadas; vi tambien que debajo de los brazos, séame lícito decir, del sobaco, le sacaron unas bolsillas llenas de un olor que no parecia sino almiscle; esto curan al sol y huele como el mismo almiscle; entonces llegó del Perú un hombre rico llamado Bozmediano, y la piel deste animal le dieron; decia lo habia de llevar á España y ponerlo en Santiago de Galicia.

No tienen lengua, sino una paletilla pequeña con que cubren y abren el tragadero, por lo cual debajo del agua no pueden comer; tienen los dientes por una parte acutísimos, por la otra encajan unos en otros; hecha presa no la sueltan hasta que la han despedazado.

Es cosa graciosa verlos cazar gaviotas, pájaros bobos y cuervos marinos y otras aves; cuando éstas se abaten de arriba abajo á pescar, velas venir el caiman, y por debajo del agua va á donde la pobre ave da consigo en el agua, y veniendo con tanta velocidad no puede declinar la caida, como el caballo en medio de la carrera; entonces el caiman antes que llegue al agua abre la boca, y pensando el ave dar en el agua, da en la boca del caiman, y pensando cazar la sardina ó otro pece es cazada, y el caiman, la cabeza fuera del agua levantada, trágase la gaviota ó cuervo marino. El buche desta bestia es calidísimo; aprovéchanse dél, bebido en polvos, contra el dolor de la ijada; son amicísimos de perros y caballos, y por esto la balsa donde van la siguen muchas leguas.

Cuando están cebados y encarnizados en carne humana son muy dañosos, y hacen el daño desta manera: para hacer la presa en el indio ó negro que lava en el rio, ó coge agua, vienen muy ocultamente por debajo della, y viéndola suya, vuelven con una velocidad extraña la cola, y dan con ella un zapatazo en el indio ó negro; cae el indio en el agua, al cual al instante le echan mano con la boca, de donde pueden; llévanlo al rio ó mar adelante hasta que lo ahogan, y sacándolo á tierra se lo comen.

Destos caimanes hay mucha cantidad en otros rios, así desta costa como de Tierra Firme y México, como el temple sea caluroso; en ésta del Pirú no pasan del gran rio de Motape adelante.

Por este rio de Guayaquil arriba (como habemos dicho) se sube en balsas grandes hasta el desembarcadero, veinticinco leguas; hasta el dia de hoy hay requas de mulas y caballos que llevan las mercaderias á aquella ciudad y á otros pueblos que de Panamá vienen á Guayaquil. Viven en esta ciudad y su distrito dos naciones de indios, unos llamados Guamcavillcas, gente bien dispuesta y blanca, limpios en sus vestidos y de buen parecer; los otros se llaman Chonos, morenos, no tan políticos como los Guamcavillcas; los unos y los otros es gente guerrera; sus armas, arco y flecha. Tienen los Chonos mala fama en el vicio nefando; el cabello traen un poco alto y el cogote trasquilado, con lo cual los demás indios los afrentan en burlas y en veras; llámanlos perros chonos cocotados, como luego diremos.

Desde aquí á pocas leguas andadas se llega á un convento de San Augustín fundado en el valle llamado Reque, que tiene por nombre Nuestra Señora de Guadalupe, porque Francisco de Lezcano (á quien el marqués de Cañete, de buena memoria, por ciertos indicios desterró á España), volviendo acá trujo una imágen de Nuestra Señora, del tamaño de la de Guadalupe de España; púsola en la iglesia del pueblo de aquel valle que los padres de San Agustin tenian á su cargo, dándola el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe.

Luego que se puso hizo muchos milagros sanando diversas enfermedades, y particularmente á los quebrados. Oí decir al padre fray Gaspar de Carvajal (el cual me dió la profesion) que siendo muy enfermo, como tambien le vi para espirar de esta enfermedad, fué á tener unas novenas, y las tuvo en aquel convento, y al cabo de los nueve dias se halló sano y salvo de su quebradura, como si en su vida no la hobiera tenido, y nunca más padeció aquella enfermedad, viviendo despues muchos años; ya han cesado estos milagros y aun la devocion de la imágen, por la indevocion de los circunvecinos. El convento es religioso y de mucha recreacion; susténtanse en él de 16 á 20 religiosos, con mucha clausura y ejercicio de letras.

[CAPITULO VI]
DEL VALLE DE CHICAMA

Pocas leguas adelante, no creo son dos jornadas, corre el valle de Chicama, abundante; los hijos de los españoles que nascen en este pueblo, por la mayor parte son gentiles hombres, y las mujeres les hacen gran ventaja, y aun á todas las del Perú; créese que el agua es gran parte en este particular, porque donde la hay buena, las mujeres son muy bien dispuestas que donde no es tal; esto lo dice la experiencia.

Saliendo, pues, de la ciudad de Guayaquil para la mar en una marea ó poco más, menguante, se llega á la isla Lampuna, cuyo nombre corrompido llaman la Puna, cuyos indios fueron belicosos mucho; comian carne humana; era bastantemente poblada. Produce oro y mucha comida; toda su costa es abundantísima de pescado. Produce tambien cantidad de sabandijas ponzoñosas, culebras, víboras y otros animales; por la costa della, particular la que mira la tierra, se veen muchos caimanes; dista de la tierra firme poco más de ocho leguas.

Estos indios se comieron al primer obispo que hobo en estos reynos, llamado Fr. Vicente de Valverde, religioso de nuestra sagrada Orden, con otros españoles; fué obispo de más tierra que ha habido en el mundo, porque desde Panamá hasta Chile se prolongaba por mar y por tierra su obispado. Era fama en aquella isla haber un tesoro riquísimo que los indios tenian escondido; despachóle el Marqués Pizarro desde la ciudad de Los Reyes con poca gente para que lo descubriese y sacase; los indios eran recien conquistados; los cuales, recibiendo á nuestro obispo y á los que con él iban, de paz, y sabiendo á lo que venian, los descuidaron, y descuidados dan en ellos, mátanlos y cómenselos; por esto son afrentados de los indios comarcanos, llamándoles perros Lampuna, come obispo. Estos indios son grandes marineros, tienen balsas grandes de madera liviana, con las cuales navegan y se meten en la mar á pescar muchas leguas; vienen á Guayaquil con ellas cargadas de pescado, lizas, tollos, camarones, etc., y suben al desembarcadero que dejamos dicho del rio de Guayaquil; cuando en este rio se encuentran estos indios con los Chonos, se afrentan los unos á los otros; los Chonos dícenles; ¡ah! perro Lampuna, come obispo! Los Lampunas: ¡ah! perro Chono, cocotarro! notándolos del vicio nefando; ésto vi y oí. Hay en esta isla plateros de oro que labran una chaquira de oro, así la llamamos acá, tan delicada, que los más famosos artífices nuestros, ni los de otras nasciones la saben, ni se atreven á labrar; destas usaban las mujeres principales collares para sus gargantas; llevóse á España, donde era en mucho tenida.

[CAPITULO VII]
DE TUMBES

Prolongando la costa y corriendo Norte, Sur, pocas leguas adelante, no son veinte, llegamos al puerto llamado Tumbes, que más justamente se ha de llamar playa y costa brava; tiene esta playa un rio grande y caudaloso de buena agua, pero los navios que antiguamente allí aportaban no entraban en él por la mucha mar de tumbo y olas unas tras otras que cuotidianamente quiebran en su boca, viniendo más de media legua de la mar, por lo cual es dificultoso entrar en él aun balsas, y si son aguas vivas es imposible, so pena de perderse.

El rio tiene otro nombre, que es rio de Tumbez; solia ser mucho más poblado que agora, y los más de los indios tenian su pueblo casi cuatro leguas el rio arriba, donde agora están poblados. Los pescadores vivian en la costa; eran belicosos y fornidos. Llueve raras veces en este paraje, é ya desde esta costa, si no es por maravilla, no hay lluvias, y (como adelante diremos) hasta Coquimbo, el primer pueblo de Chile. Los que no vivian de pescar tenian por oficio ser plateros de oro, labraban la chaquira, que acabamos de decir en el capítulo precedente, tan delicada como los indios de la Puna, y aun más; lábranla desta suerte, como lo vi estando en aquel puerto: el indio que labra tiéndese de largo á largo sobre un banquillo tan largo como él, obra de un jeme alto del suelo; la cabeza tiene fuera del banquillo y los brazos, tendiendo una manta, y encima ponen sus instrumentos. Fueron no pocos, agora cuasi no hay algunos; hanse consumido y se van consumiendo; la causa, las borracheras.

[CAPITULO VIII]
DEL RIO DE MOTAPE

Pasando la costa adelante y metiéndonos un poco la tierra adentro, por ser la costa muy brava, llegamos veinte leguas andadas, poco más ó menos, al gran rio de Motape, donde hay un pueblo deste nombre. Quien antiguamente gobernaba en esta provincia, que por pocas leguas se extiende, eran las mujeres, á quien los nuestros llaman capullanas, por el vestido que traen y traian á manera de capuces, con que se cubren desde la garganta á los pies, y el dia de hoy, casi en todos los llanos usan las indias este vestido; unas le ciñen por la cintura, otras le traen en vanda. Estas capullanas, que eran las señoras, en su infidelidad se casaban las veces que querian, porque en no contentándolas el marido, le desechaban y casábanse con otro. El dia de la boda, el marido escogido se asentaba junto á la señora y se hacia gran fiesta de borrachera; el desechado se hallaba allí, pero arrinconado, sentado en el suelo, llorando su desventura, sin que nadie le diese una sed de agua. Los novios, con gran alegria, haciendo burla del pobre.

[CAPITULO IX]
DEL PUERTO DE PAITA

De aquí al puerto de Paita debe haber diez leguas, poco más ó menos. Es muy bueno y seguro; no le he visto; es escala de todos los navios que bajan del puerto de la ciudad de Los Reyes á Panamá y á México y de los que suben de allá para estos reinos; si tuviera agua y alguna tierra frutífera se hobiera allí poblado un pueblo grande; empero, por esta falta, y de leña, hay en él pocas cosas; el suelo es arena; traen en balsas grandes el agua de más de diez leguas, los indios pocos que allí viven.

Las balsas son mayores que las de Tumbez y la Puna; atrévense con ellas á bajar hasta la Puna y hasta Guayaquil, y volver doblando el cabo Blanco, que es uno de los trabajosos de doblar, y ninguno más de los desta costa del Pirú; aprovéchanse de velas en estas balsas, y de remos en calmas.

[CAPITULO X]
DE LA CIUDAD DE PIURA

De aquí nos metemos un poco la tierra adentro, deben ser otras doce leguas, á la ciudad llamada San Miguel de Piura; ésta fué la primera que edificaron los españoles en este reino. Era ciudad de razonables edificios, casas altas y los vecinos ricos; participaban de los indios de los llanos y de la sierra. Llueve en esta ciudad, aunque poco; es abundante de mantenimientos, así de los de la tierra como de los nuestros, y de ganados; es muy cálida, por estar lejos de la mar, y la tierra produce muchas sabandijas sucias, y entre ellas víboras, culebras y arañas; de las frutas nuestras, cuales son membrillos, granadas, manzanas y otras de muy buen sabor y grandes, son las mejores del mundo. Pero tiene esta ciudad un contrapeso muy notable, que es ser enfermísima de accidentes de ojos, y son incurables, porque al que no le salta el ojo queda ciego, con unos dolores incomportables; apenas vi en aquella ciudad hombre que no fuese tuerto. Esta enfermedad es comun en todos los valles que desta ciudad hay á la de Trujillo, aunque no son tan continuos ni ásperos, y á quien más frecuente les da es á los españoles: á los indios raras veces. En estos valles vi á hombres con semejantes accidentes, encerrados en aposentos oscurísimos, y con el dolor renegaban de quien les habia traido á estas partes; los vecinos desta ciudad, dos ó tres veces, por esta enfermedad la han despoblado y pasándose á vivir los más dellos á un valle llamado Catacaos (no le he visto); es muy fértil y libre de toda enfermedad, pero todavia han quedado algunos en la ciudad por no dejar sus casas y heredades, aunque de pocos años á esta parte se han mudado seis ú ocho leguas más cerca del puerto de Paita, á la barranca del rio de Motape.

[CAPITULO XI]
[DEL VALLE DE XAYANCA]

De aquí se camina la tierra adentro á doce, diez y menos leguas de la costa de la mar hasta la ciudad de Trujillo, que son ochenta leguas tiradas, en cuyo camino hay un despoblado de doce leguas y más sin agua hasta el valle de Xayanca; éste es muy fértil y de muchos indios, y el señor dél, indio muy aespañolado; vístese como nosotros, sírvese de españoles, con su vajilla de plata; es rico y de buenas costumbres.

El valle es tan abundante de mosquitos zancudos, cantores, y de los rodadores, que es como milagro poderlos sufrir los indios, ni los españoles; yo he caminado veces por los Llanos, y aunque en todos los valles hay mosquitos, no tantos como en éste.

[CAPITULO XII]
DE LOS LLANOS

Y para que se entienda qué llamamos Llanos y Sierra, adviértase que desde este valle Xayanca, y aun más abajo, desde Tumbez, aunque allí alcanzan (como dijimos) algunos aguaceros hasta Copiapo, que es el primer valle del distrito del reino de Chille, á lo menos desde el valle de Santa hasta Copiapo no llueve jamás, ni se acuerdan los habitadores dellos haber llovido. Todo el camino, diez leguas en algunas partes, en otras ocho, en otras seis y cuatro leguas en otras, hasta la costa de la mar, es arena muerta, aunque hay pedazos de arena ó tierra fija en algunas partes y á trechos. Entre estos arenales proveyó Dios hobiese valles anchos, unos más que otros, por los cuales corren rios, mayores ó menores, conforme á como tienen más cercana, ó vienen de más adentro de la sierra su nascimiento; la tierra de todos estos valles es de buen migajon, la cual regada con las acequias que los naturales tienen sacadas para regarlos, es abundantísima de todo género de comidas, así suya como nuestra; cógese mucho maíz, trigo, cebada, fríjoles, pepinos, etc.; tienen muchas huertas, con mucho membrillo, manzana, camuesa, naranjas, limas, olivos que llevan mucha y muy buena aceituna, la grande mejor que la de Córdoba, porque tiene más que comer; en muchos dellos se da vino muy bueno, y la caña dulce se cria mucha y gruesa, por lo cual son cómodas para ingenios de azúcar, en muchos de los cuales los hay, como en su lugar diremos. Extiéndense estos Llanos que llamamos (aunque hay grandes médanos de arena) desde el puerto de Paita hasta el valle que dijimos de Copiapo por más de 700 leguas ó poco menos, siguiendo la costa, sin que en ellas llueva; pero desde Mayo comienzan unas garúas, llamadas así de los marineros, que duran hasta Octubre; son unas nieblas espesas, que mojan un poco la tierra, mas no son poderosas á hacerla fructificar; son con todo eso necesarias para las sementeras, porque las defiende de cuando está en berza de los grandes calores del sol; con estas garúas en los cerros y médanos de arena se cria mucha yerba y flores olorosas, las cuales son admirable pasto para el ganado vacuno y yeguas; pero tiene un contrapeso grande, porque no falte á cada cosa su alguacil. Cuando éstas garúas son muchas críanse grande cantidad de ratones entre estas yerbas, y venido el verano, como se sequen y no tengan que comer, descienden ejércitos dellos á buscar comida á los valles, viñas y heredades, y cómense hasta las cáscaras de árboles; esta plaga es irremediable.

El aire que corre por estos arenales es Sur, algunas temporadas muy recio, y es cosa de ver que remolina en estos cerros de arena y levantando la arena la trasporta á otro lugar, y ha subcedido estar durmiendo en estos arenales, porque por ellos va el camino, el pasajero, y viniendo un remolino destos caer sobre el pobre viandante y quedarse alli enterrado en la arena. Fuera de la abundancia que los valles tienen de mieses, son abundantes de árboles frutales, como son guayabas, paltas, plátanos, melones, ciruelas de la tierra y otras fructas, mucho algarrobal; con la fructa de los árboles engordan los ganados abundantísimamente, haciendo la carne muy sabrosa; pero hay en algunas partes unos algarrobos parrados por el suelo, que llevan una algarrobilla, la cual comida de los caballos ó yeguas, luego dan con la crin y cerdas de la cola en el suelo, y porque en el valle de Santa hay más que en otros valles, se llama la algarrobilla de Santa, de donde, cuando algun hombre por enfermedad se pela, le dicen haber comido la algarrobilla de Santa. El rey desta tierra, á quien comunmente llamamos el Inga, para que en estos arenales no se perdiesen los caminantes y se atinase con el camino, tenia puestas de trecho á trecho unas vigas grandes hincadas muy adentro en el arena, por las cuales se gobernaban los pasajeros. Ya esto se ha perdido por el descuido de los corregidores de los distritos, por lo cual es necesaria guia.

Entrando en el valle, por una parte y por otra iba el camino Real entre dos paredes á manera de tapias hechas de barro de mampuesto, de un estado en alto, derecho como una vira, porque los caminantes no entrasen á hacer daño á las sementeras, ni cogiesen una mazorca de maíz ni una guayaba, so pena de la vida, que luego se ejecutaba.

Estas paredes están por muchas partes ya derribadas, y los caminos no en pocas partes van por detrás de las paredes; en tiempo del Inga no se consintiera. Por los arenales ya dijimos no se puede caminar sin guia, y lo más del año se ha de caminar de noche, por los grandes calores del sol; los guias indios son tan diestros en no perder el camino, de dia ni de noche, que parece cosa no creedera.

Lo que llamamos y es sierra son unos cerros muy altos, muchos de los cuales, por su altura, aunque están en la misma línea equinoctial, como es Quito y mucha parte de aquel distrito, y desde allí á Potosí, que son 600 leguas incluidas entre el trópico de Capricornio, porque Potosí está en veinte grados, es muy frio siempre y no pocas las sierras llenas de nieve todo el año, y otros lugares por el frio inhabitables; lo cual los antiguos filósofos tuvieron por inhabitable respecto del mucho calor por andar el sol entre estos dos trópicos, de Cancro á la parte del Norte y de Capricornio á la parte del Sur, veinte é dos grados y medio apartado cada uno de la línea.

En esta sierra hay muchas y muy grandes poblaciones en valles que hay, y en llanos muy espaciosos, como son los del Collao; corre esta cordillera comunmente de 17 á 20 leguas de la mar, y lo bueno deste Perú es esta tierra que dista de la cordillera á la mar, y aun de Chile, como en su lugar diremos.

[CAPITULO XIII]
DEL CAMINO DE LA COSTA

Volviendo á nuestro propósito, desde Xayanca á Trujillo, agora 43 años, poco más ó menos, se caminaba á la tierra adentro ocho leguas y diez de la costa de la mar, ó se declinaba á la costa; yo vine por la costa, donde las bocas de los ríos eran pobladas de muchos pueblos de indios, muy abundantes de comida y pescado; aquí hallábamos gallinas, cabritos y puercos, de valde, porque los mayordomos de los encomenderos que en estos pueblos vivian no nos pedian más precio que tomar las aves y pelallas, y los cabritos desollarlos, y el maíz desgranarlo. Todos estos indios se han acabado, por lo cual ya no se camina por la costa, que era camino más fresco y no menos abundante que el otro. Los indios que quedaban, porque totalmente no faltasen, los han reducido el valle arriba, donde los demás vivian. Era realmente para dar gracias á Nuestro Señor ver unos pueblos llenos de indios y de todo mantenimiento, el cual se daba á todos de gracia. La causa de la destruicion de tanto indio diré cuando tratare de sus costumbres, y para aquí sea suficiente decir, las borracheras. Bajando, pues, de Xayanca á la costa y caminando por ella se venia á salir á siete leguas de Trujillo, á un valle llamado Licapa.

[CAPITULO XIV]
DE LOS DEMÁS VALLES

Volviendo, pues, á Xayanca, y continuando el camino la tierra adentro, á pocas leguas unos de otros, se va de valle en valle, lo cual, si bien se considera, no parece sino que desde Xayanca á Trujillo es todo un valle en diversos rios, empero todos de muy buena agua, que los fertiliza en gran manera. Entre ellos hay uno llamado Zaña, abundantísimo, á donde de pocos años á esta parte se ha poblado un pueblo de españoles de no poca contratación, por los ingenios de azúcar y corambre de cordobanes y por las muchas harinas que dél se sacan para el reino de Tierra Firme; el puerto no es muy bueno; dista del pueblo algunas leguas; ni en toda esta costa, desde Paita á Chile, que es lo último poblado de Chile, los hay buenos; los más son playas. Con el que tienen embarcan sus mercaderias para la ciudad de Los Reyes y para Tierra Firme. Esta población de Zaña destruye á la ciudad de Trujillo, porque dejando sus casas los vecinos de Trujillo se fueron á vivir á Zaña.

[CAPITULO XV]
DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE [21]

[CAPITULO XVI]
DEL VALLE DE CHICAMA

[Es el valle de Chicama] abundante, ancho y largo, donde habia muchos indios dotrinados por religiosos de nuestra Orden, encomendados en el capitan Diego de Mora, varon muy principal en este reino. Entre otros religiosos nuestros de mucha virtud y cristiandad que en la doctrina de aquel valle se han ocupado, fué uno el padre fray Benito de Jarandilla, el cual, despues que entró en él nunca dél salió para vivir en otra parte; aquí se consagró á Nuestro Señor, predicando el Evangelio á los indios con admirable austeridad de vida en todo lo tocante á su profesion, sin jamás se conocer en él cosa de mal ejemplo, sino gran celo á la conversión de aquellos naturales, donde vivió más de 55 años, y ha pocos años, no ha dos cuando escrebí esto, que Nuestro Señor le llevó, como piadosamente creemos, á pagarle sus trabajos. Los indios deste valle tienen dos lenguas, que hablan: los pescadores una, y dificultosísima, y otra no tanto; pocos hablan la general del Inga; este buen religioso las sabia ambas, y la más dificultosa, mejor. Su caridad para con los indios era muy grande, porque curarlos en sus enfermedades, repartir con ellos su racion y quedarse ó contentarse para su mantenimiento con un poco de maíz tostado ó cocido, era como natural. Varon de mucha oracion y penitencia, doquiera que estaba se habia de levantar á media noche á rezar maitines, y á cualquiera hora que le llamaban para confesar al enfermo, con toda el alegria del mundo se levantaba, y aunque el rio viniese muy crecido, no le temia más que si no llevara agua, y es muy grande al verano. Este es comun lenguaje entre los indios, que decian pasaba el rio en un macho que la Orden le habia concedido á uso, por cima del agua, á cualquier hora y cuando más agua traía el rio. Esto no lo escribo por milagro, sino como cosa comunmente dicha entre los indios.

En este valle tiene nuestra sagrada Religion un convento priorato que este religioso venerable fundó, donde se sustentan de ocho á diez religiosos, y favoreciéndolo Nuestro Señor se sustentarán más, porque las haciendas van en crecimiento. El valle es abundantísimo de pan, vino, maíz y demás mantenimientos; danse en él admirablemente los olivos, que cargan de aceituna muy buena. Los demás mantenimientos á la tierra naturales, bonísimos; es famoso por un ingenio de azúcar que allí plantó el capitan Diego de Mora; una cosa que por ser peregrina la diré, que hay en este ingenio, y es que con ser cálido el temple en todo tiempo y todos los valles de los Llanos abunden en moscas y éste las tenga dentro y fuera de las casas de los indios y de los españoles, en la casa que llaman del azúcar y donde se hacen las conservas y están las tinajas llenas de todo género dellas no se halle ni se vea una ni más.

Helo visto, por eso lo digo, pues la miel y el azúcar, madre es de las moscas.

[CAPITULO XVII]
DE LA CIUDAD DE TRUJILLO

Dista la ciudad de Trujillo del valle de Chicama cinco leguas tiradas.

La primera vez que la vi era muy abundante y muy rica; los vecinos, conquistadores, unos hombrazos tan llenos de caridad para con los pasajeros, que en viendo en la plaza un hombre no conocido ó nuevo en la tierra (que llamamos chapeton), á mia sobre tuya lo llevaban á su casa, lo hospedaban, regalaban y ayudaban para el camino, si allí no le daba gusto hacer asiento; un vecino de aquellos, cuando salia de su casa ocupaba toda la calle; no habia meson entonces, ni en muchos años despues, ni carneceria; á todos sobraba lo necesario y aun más, y el que no lo tenia no le faltaba, porque los encomenderos les enviaban el carnero, vaca y lo demás cada dia. Liberalísimos para con los pobres; sus casas muy hartas y sus cajas muy llenas de oro y plata. Ya todo ha cesado y sus hijos han quedado pobres, porque no siguen la cordura, y raras veces retienen las sillas de sus padres.

Dista esta ciudad del puerto, si así se ha de llamar siendo costa brava, dos leguas; surgen los navios más de legua y media de la playa; en el desembarcadero hay mares de tumbo, unas tras otras, con tanta violencia cuanta experimentan los que allí se desembarcan. Aquí hay un poblezuelo que del puerto toma el nombre, llamado Guanchaco. Los indios son grandes nadadores y pescadores; no temen las olas, por más que sean; entran y salen en unas balsillas de juncos gruesos, llamados eneas, que no sufren dos personas, y las que las sufren han de ser muy grandes. En llegando á tierra, cuando vienen de pescar, toman la balsa á cuestas y la llevan á su casa, donde, ó en la playa, la deshacen y enjugan, y cuando se quieren aprovechar della tórnanla á atar.

Conoscí en esta ciudad, entre otros vecinos y encomenderos, al capitan don Juan de Sandoval, hombre muy amigo de los pobres, gran cristiano, muy rico, casado con una señora muy principal de no menores partes que su marido, nascida en el mismo pueblo, llamada doña Florencia de Valverde, hija del capitan Diego de Mora y de doña Ana de Valverde. Este caballero tenia antes que muriese capellanias instituidas en todos los monasterios; su enterramiento escogió en el de San Agustin, cuya capilla mayor edificó; aunque no quiso, el altar mayor fué suyo; al lado del Evangelio hizo un altar advocacion de los Angeles, que adornó con retablos famosos y muy ricos ornamentos labrados en España; dejó mucha renta y poca carga de misas, con la cual se va edificando el convento, ó por mejor decir se ha edificado. En el convento de nuestro padre Santo Domingo se le dice perpétuamente la misa de Nuestra Señora todos los sábados del año, y cada dia la Salve cantada, despues de Completas, como es antiguo uso en la Orden desde su fundación; dejó bastante renta.

En el convento de San Francisco tambien tenia su memoria de misas, y dejó renta para que se pague la limosna dellas.

Mucho tiempo del que vivió tenia en el puerto desta ciudad indios pagados á su costa, para que en llegando el navio al surgidero, que ya dije es de la playa más de legua y media, saliesen en sus balsillas, fuesen al navio y avisasen saliesen ó no saliesen á tierra, porque como el navio surge tan lejos, no venia quebrazon de las olas en tierra; avisados no corren riesgo. Antes de que este caballero tuviese pagados indios para esta bonísima obra perdianse muchos bateles, y los que en ellos venian, porque viniendo á desembarcar, metianse en tierra, no viendo el peligro, y cuando querian volver al navio no podian, por lo cual era necesario zozobrar y perderse. Solia esta ciudad ser de buena contractacion respecto del mucho azúcar y corambre que los vecinos tenian, y por el ganado porcuno que della se llevaba á la de Los Reyes; ya se va perdiendo.

Aunque dije arriba que desde Xayanca á Copiapo no llueve, añidí que á lo menos desde el Puerto de Santa, lo cual es así, porque de cuando en cuando suele llover en estos valles y arenales que hay desde Xayanca y aun más abajo hasta Trujillo y un poco más arriba; y tan recio, y con sus truenos, y en tanta abundancia, que saliendo los rios de madre destruyen los valles, pastos y heredades, como subcedió agora 16 años, poco más, que llovió tanto desde Trujillo para abajo, que se destruyeron muchas haciendas y hobo mucha hambre; oí certificar en Trujillo, donde llegué acabada de pasar esta inundacion, que se temió mucho no se llevase el rio la ciudad; hicieron los reparos posibles, pero como eran sobre arena, permanecian poco tiempo; llegó á tanto, que ya se habia apregonado que, oida la campana, cada uno se pusiese en cobro como mejor pudiese. Proveyó nuestro Señor con su misericordia que el rio divertió por otra parte. Perdióse mucha cantidad de vestidos; arruináronse muchas casas, porque como no se cubren con tejas, ni son á dos aguas, sino terrados y éstos muy leves, llovianse todas y no habia donde guarecer la ropa y comida. Los ornamentos de las iglesias, con dificultad se guardaron. Oí decir á personas que se hallaron en Trujillo en aquella sazon, y á los que en ella habia, que desde el valle de Chicama á Trujillo, que dijimos poner cinco leguas, corrian tres rios que no se podian vadear. Las madres dellos de muy antiguo se ven y se conocen haber por allí corrido rios; los nuestros decian haber quedado desde el diluvio. Los indios afirmaban haber oido á sus viejos que de muchos en muchos años acontecian semejantes aguas é inundaciones, y ahora un año subcedió tal azote, aunque no tan pesado.

Viviendo yo agora 15 años en Trujillo en nuestro convento (celebramos allí la fiesta de Nuestra Señora de la Visitacion con toda la solemnidad posible), cuando salíamos con la procesion ya se habia revuelto el cielo; tronó, relampagueó, llovió, y si las cubiertas de las casas fueran de tejas, corrieran las canales por un poco de tiempo.

Empero estos aguaceros no llegan al valle de Santa. Pasadas estas aguas, son tantos los grillos que se crian en los campos y tierras de pan, y en las casas, que es otro azote y plaga no menor; cómense lo sembrado y lo no sembrado, y en las casas hacen no poco daño. Demás desto, con la putrefaccion de la tierra con las aguas, críanse muchos ratones, que es otra peor plaga. Llueve tambien en esta costa más continuamente que por estos llanos de Trujillo para abajo, en un asiento llamado, mejor diré en unas lomas llamadas de Ariquipa; pero esto es porque la mar, haciendo un grande ensenada, se mete casi á las faldas de la tierra, donde alcanzan muchos aguaceros, por lo cual los indios que aquí habitan más son más serranos que yungas. Visten como serranos. Lo uno y lo otro he visto muchas veces.

Es esta ciudad, como las demás de los Llanos, combatida de terremotos, aunque no tan recios como desde ella para arriba.

[CAPITULO XVIII]
DE LA[S] GUACA[S] DE TRUJILLO

Hállanse en estos reinos, y particularmente en los Llanos, unos enterramientos, comunmente llamados Guacas, que son unos como cerros de tierra amontonada á manos, debajo de la cual los señores destos Llanos se enterraban, y con ellos, segun es fama, y aun experiencia, ponian gran suma de tesoros de oro é plata y la mayor cantidad de plata, tinajas grandes y otras vasijas y tazas para beber, que llamamos cocos. La guaca más famosa era una que estaba poco más de media legua de la ciudad de Trujillo, de la otra banda del rio, de un edificio en partes terrapleno, en partes de ladrillos grandes, ó por mejor decir de adobes pequeños.

Este edificio era muy alto, y en circuito ó de box (si como marineros nos es lícito hablar) debia tener poco menos de media legua.

Quien lo edificase no hay memoria, ni los indios tal oyeron decir á sus antepasados. Para edificarlo es imposible, sino que se pasaron muchos años y labraban en él suma de indios. Si no se ve no se puede creer. Siempre se entendió era enterramiento, y aun enterramientos ó sepultura de muchos señores, cuales fueron los de aquel valle de Trujillo, que se entiende fueron mucho antes que los Ingas, y poderosísimos así en riquezas como en ánimos para subjetar mucha parte deste reino, porque á cuatro leguas de la ciudad de Guamanga se ha hallado otro edificio, aunque diferente, pero figuras de indios como las de los deste valle de Trujillo, de donde se colige hasta allí haber llegado el señorío destos señores, y aun pasado hasta el Collao. Porque en un pueblo deste Collao, Tiaguanuco, se ve otro edificio de canteria, y piedras muy grandes, muy bien labradas, semejantes á este cerca de Guamanga, que los que allí hacen noche lo iban á ver á maravilla; la primera vez que por allí pasé, habrá 29 años, con otros dos religiosos, lo vimos y nos admiramos, porque no habiendo tenido estos indios picos ni escodas, ni escuadras, para labrar aquellas piedras, verlas labradas como si canteros muy finos las hobieran labrado, causaba admiracion; habia puertas de tres piedras y grandes: las dos que servian á los lados, la otra de umbral alto. Vimos allí una figura de sola una piedra que parecia de gigante, segun era grande, corona en la cabeza y talabarte como los anchos nuestros, con su hebilla.

Preguntar qué noticia se tiene desta gente no hay quien la dé, y porque este edificio es semejante al de junto á Guamanga, se cree haberlo hecho un mismo señor, y que este era señor de Trujillo, que para memoria suya donde le parecia lo mandaba edificar. Cosa cierta no hay.

Los señores principales deste valle de Trujillo se llamaban, como propio nombre, Chimo, y de uno hasta el dia de hoy hay memoria deste nombre, añidiéndole otro como por sobrenombre, Capac, que, junto se nombraba Chimocapac, que quiere decir chimo riquísimo. Lo que se colige es que destos Chimos era la guaca de Trujillo enterramiento. Los vecinos de Trujillo, viendo aquel famoso edificio y teniendo noticia haber allí gran tesoro enterrado, sin que hobiese rastro ni memoria quien allí lo puso, ni á qué herederos les hobiese de venir, juntárose algunos vecinos de indios y no vecinos, y hecha compañía determinaron de cavar á la ventura como dicen; dieron en algunos aposentos debajo de tierra, y finalmente, dieron en mucho tesoro, y no en el principal como se tiene por cierto. Cúpoles á más de 160.000 pesos, pagados quintos, pero no sé qué se tenia aquella plata, que ninguno la gozó; fuéseles como en humo. Verdad sea que gastaban á su albedrio y sin órden alguna; otros cavarian en otras partes, sacaron alguna plata, no tanta como los desta compañia. Comenzando á sacar plata desta guaca, todos los valles de los Llanos se hundian cavando guacas, y registrando sacaron plata de la bolsa pagando jornaleros cavadores y mucha tierra; nunca, empero, hallaron lo que deseaban. Hobo en este tiempo en el valle de Lima un famoso hereje, creo inglés, que junto al pueblo de Surco él solo cavaba una guaca, que llaman de Surco, y por lo que despues, cuando preso y descubierto ser hereje se entendió, aguardaba otros de su herejia que habian de venir; allí se estaba de dia y de noche cavando y sacando la tierra él propio, mal vestido; venia á la ciudad, que dista de la guaca una legua, pedia por amor de Dios y llevaba poco que comer, hasta que se descubrió ser hereje, preso por el Santo Oficio justísimamente. Le quemaron en el primer aucto que los señores inquisidores hicieron.

[CAPITULO XIX]
DEL VALLE DE SANCTA

Desde esta ciudad de Trujillo, 18 leguas más adelante, la costa en la mano, llegamos al valle y puerto llamado Sancta, abundante mucho de todo género de mantenimientos, donde se comienzan á hacer trapiches de azúcar y muy bueno; muy cerca del puerto se ha poblado un pueblo de españoles, el cual si tuviera indios de servicio fuera en mucho crescimiento; tiene pocos indios naturales; bajan los de la sierra de la provincia que llamamos Guailas; es en notable daño de los indios; son serranos y corren gran riesgo sus vidas, como en todas partes é todas las veces que á los Llanos bajan. Tiene muchas y muy buenas tierras, todas de riego, con acequias de un rio de bonísima agua, y muy grande, que pocas veces se deja vadear; pásase en balsas de calabazos, y es lo más seguro. Estas balsas las hacen los indios mayores ó menores, como es la gente ó hato que se ha de pasar. Los calabazos son muy grandes y redondos; ponen en una red á la larga ocho ó diez, otros tantos en otra, y así la ensanchan conforme son los que han de balsear; hácenla de seis, siete y ocho hileras de calabazos. Las redes atan unas con otras; atadas, encima echan leña y rama porque no se mojen las personas y el hato. Luego dos indios, grandes nadadores como lo son todos los de los Llanos, atan unas sogas á la balsa, y ciñiéndosela por el hombro toma cada uno su calabazo grande, y echándose sobre él nadan, y desta suerte llevan y pasan la balsa de la otra parte del rio, por poco precio que se les da. Este rio desemboca viniendo de Trujillo, un poco más abajo del puerto, por cuya boca no se puede entrar ni tomar agua; empero, de la acequia principal que pasa por cima del pueblo, sale una pequeña que cae en la playa del puerto.

[CAPITULO XX]
DE LOS DEMÁS VALLES, Á LOS REYES.

Desde este valle al de Chancay ponen cincuenta leguas, en las cuales á trechos pasamos por seis valles, todos abundantísimos, si los naturales no hobieran faltado, que los labraban, para todo género de mantenimiento, con agua bastante de riego; sus acequias sacadas, pero ya perdidas.

El primero es Cazmala baja y Cazmala alta, donde han quedado pocos indios, que apenas pueden sustentar un sacerdote; de aquí vamos á Guarme, mejor valle y de más indios, con puerto no muy seguro por la mar de tumbo que hay al desembarcar; tiene mucho pescado, mucha arboleda, algarrobas que se llevan á los Reyes para las carretas, é yo vi desde este valle llevarse navios cargados á Los Reyes de carbon, que no era poco provecho á la ciudad y al señor del navio, llamado el Carbonero.

Ocho leguas siguiendo la costa por do se caminaba es el de Parmunguilla, valle estrecho, de bonísima agua el rio, y que en su nacimiento se halla oro; abundante de trigo é maíz; ya no se camina por la costa, porque haberse consumido los indios fué causa de cerrarse con mucho cañaveral bravo; rodéanse más de cuatro leguas metiéndonos la tierra adentro, el cual pasado, parte términos con el de la Barranca, que le es muy cercano; las pocas tierras que tiene son muy buenas.

Luego entramos en el de la Barranca, fertilísimo de trigo é maíz, y de tierras muchas y muy gruesas; de aquí se lleva la mayor parte del trigo que en Los Reyes se gasta; hay en él dos ingenios de azúcar bonísimo; el rio no es tan grande como raudo y pedregoso, por lo cual en todo tiempo es dificultoso de pasar; tiene puente tres leguas arriba, á la cual por no ir, algunos se han ahogado.

Aquí hay unos pocos de indios poblados; pasado el rio, luego se sigue el de Gaura, que tiene las mismas calidades que éste, con otros pocos de indios, y de donde se lleva mucho maíz y trigo á Los Reyes por mar; tiene puerto no muy seguro.

Prosiguiendo por la costa adelante (si no nos queremos meter cuatro ó cinco leguas la tierra adentro) llegamos, once leguas andadas, al valle de Chancay, donde hay un pueblo de españoles llamado Arnedo. Este valle es muy ancho y de bonísimas tierras para todos mantenimientos, vino y olivares; de aquí se provee la ciudad de Los Reyes del mucho maíz y otras cosas, y aun melones de los buenos del mundo. Hácese buen vino, y fuera mejor si el vidueño fuera del que llamamos torrontés.

Tiene puerto, donde los vecinos de Arnedo embarcan sus harinas para Tierra Firme, y trigo é maíz para Los Reyes.

El rio es no de tan buena agua como los precedentes. De aquí á la ciudad de Los Reyes ponen once leguas, en cuyo camino se atraviesa la sierra de la arena áspera, y larga, por ser arena muerta; en tiempo de verano no se puede caminar sino de noche, con riesgo de negros cimarrones.

Ocho leguas andadas entramos en el valle de Carvaillo, donde hay muy buenas estancias ó chácaras de maíz é trigo, con un rio de buena agua con que las tierras se riegan; este valle dista de la ciudad de Los Reyes tres leguas, desde donde aun podemos decir comienza aún el valle desta ciudad, que tiene dos ríos, porque en medio de un valle y otro no hay arenales que los dividan, sino todo este trecho son tierras de pan, maíz, viñas, aunque pocas, pobladas con sus casas de los señores de las heredades. Hay en este valle de Carvaillo un poblezuelo de indios el rio arriba, donde se sustenta un sacerdote con las chácaras anejas.

[CAPITULO XXI]
DE LA CIUDAD DE LOS REYES

El valle donde se fundó la ciudad de Los Reyes, llamado Rimac en lengua de los indios, sin hacer agravio á otro, es uno de los buenos, y si dijere, uno de los mejores del mundo, muy ancho, abundante, de muchas y muy buenas tierras, todas de riego, pobladas de chácaras, como las llamamos en estas partes, que son heredades donde se da trigo, maíz, cebada, viñas, olivares (á las aceitunas llamamos criollas, son las mejores del mundo), camuesas, manzanas, ciruelas, peras, plátanos y otros árboles frutales de la tierra, membrillos y granadas, tantos é tan buenos como los de Zahara; las legumbres, así de nuestra España como las de acá, en mucha abundancia en todo el año.

El agua del rio no es tan buena como la de los demás valles destos llanos, respeto de juntarse con el rio principal otro no de tan buena que la daña. Pero proveyóle Dios de una fuente á tres cuartos de legua de la ciudad, de una agua tan buena que los médicos no sé si quisieran fuera tal. Oí decir á uno dellos, y el más antiguo que hoy vive, que la fuente desta agua le habria quitado más de tres mil pesos de renta cada año, porque despues que el pueblo bebe della, las enfermedades no son tantas, particularmente las cámaras de sangre, que se llevaban á muchos.

Esta agua se trujo á la ciudad, y en medio de la plaza hay una fuente muy grande, bastante para dar la agua necesaria; pero porque es grande y más sin costa se aprovechase della, en los barrios hay sus fuentes, como en la placeta de la Inquisicion, en la esquina de las casas del licenciado Rengifo, en el barrio de San Sebastian y en todos los monasterios y en casas de hombres principales, y en las cárceles y en el palacio hay dos, porque como las calles sean en cuadro, y el agua vaya encañada por medio de las calles, es fácil de la calle ponerla en casa.

Llamaron los fundadores, que fueron el marqués don Francisco Pizarro y sus pocos compañeros, á este pueblo, la ciudad de Los Reyes, porque en este dia la fundaron; diéronle, aunque acaso, auspicatísimo nombre, porque si muchos Reyes la hobieran ennoblecido, en tan breve tiempo como diremos, no hobiera crecido más, ni aun tanto; mas como el favor del cielo sea mayor que el de los hombres, Nuestro Señor, por intercesion de los Santos Reyes, la ha multiplicado; es la silla metropolitana de todo este reino de Quito á Chile; aquí reside el Virrey con el Audiencia, la Santa Inquisicion, y aquí se fundó la Universidad.

De todo diremos adelante más en particular lo que á esto toca, cuando tractaremos de los Virreyes y perlados eclesiásticos.

El rio desta ciudad, en tiempo de aguas en la Sierra, que llueve como en nuestra España, es muy grande y extendido; no tiene madre, como no la tienen los demás destos llanos; corre por cima de mucha piedra rolliza; antes que tuviese puente, muchas personas se ahogaban en él queriéndole vadear, porque aunque tenia un puente de madera hecho de horcones hincados en el suelo, estaba tan mal parada, que no se atrevian á pasar por ella, y no podian pasar sino uno solo, y con sus pies. Lo cual visto por el marqués de Cañete, don Andrés Hurtado de Mendoza, de buena memoria, llamado el limosnero, gran amigo de pobres, dió órden cómo se hiciese puente toda de ladrillo y cal, de siete ó ocho ojos, que comenzase desde la barranca del rio á donde casi llegaban las casas Reales, y desde los molinos del capitan Jerónimo de Aliaga, secretario que fué de la Audiencia, que hacen casi calle con las casas Reales; al cual diciendo los oficiales maestros de la obra que mejor se fundaría más abajo, donde estaba la puente de madera que acabamos de decir, aunque habia de ser más larga, porque haciéndola allí el rio se iba su camino, sin echarlo á la ciudad, lo cual forzosamente se habia de hacer haciéndola donde el Virrey mandaba, y que la barranca era señal evidente ya el rio habia llegado una vez allí y habia de llegar otra, por el comun refran, al cabo de los años mil vuelve el rio á su carril, respondió la mandaba hacer en aquel sitio porque los pasajeros que viniesen de abajo, y pliegos de Su Majestad de España, por tierra, entrasen á una cuadra de las casas Reales donde el Virrey viviese, y por la calle derecha á la plaza una cuadra della, y cuanto á echar el rio á la ciudad, que no habian de ser los Virreyes tan flojos quel rio la hiciese daño; palabras realmente de gran republicano, como lo era.

Con todo eso, como diremos, ha hecho daño el rio si los Virreyes no tienen ánimo para remediarlo.

[CAPITULO XXII]
DE LA CIUDAD DE LOS REYES

No creo ha habido en el mundo ciudad que en tan breve tiempo haya crecido en número de monasterios, ni iguale á los religiosos que en ellos sirven á Dios, alabándole de dia y de noche, y ejercitándose en letras para el bien de las ánimas, como esta de Los Reyes, habiendo ayudado muy poco ó nada los príncipes y gobernadores destos reinos al edificio dellos.

El más principal y el primero della es el nuestro, llamado Nuestra Señora del Rosario; no ha 68 años que se fundó; el primer fundador fué el padre fray Juan de Olias; su sitio es una cuadra de la plaza y muy cercado al rio. Oí decir á los viejos lo que aquí refiriré de su fundación.

Llegado el marqués Pizarro con los demás conquistadores á este valle, despues de haber preso en Cajamarca á Atabalipa y habiéndole muerto, vinieron con él dos religiosos, uno nuestro, el sobredicho, y otro de la órden del glorioso padre San Francisco; eligieron para fundar su ciudad el sitio que agora tiene, que es el mejor del valle junto al rio, á la parte casi del Oriente; á la del Sur por la parte de arriba, una acequia de agua ancha que atraviesa todo el valle de Oriente á Poniente. Por la parte del Poniente, el puerto llamado el Callao, dos leguas de la ciudad de Los Reyes; carreteras, por la parte del Norte el camino real para Trujillo, y dende abajo, señalaron sus cuadras y sitios para casas, y á los dos religiosos dijéronles: vosotros no sois más que dos, vivid agora juntos en este sitio que os señalamos, que es el que tiene agora nuestro convento; llana la tierra, y conquistados los indios del valle (que á la sazon eran muchos), el que se quisiese quedar con ese sitio se quedará con él; al otro le daremos el que más cómodo le pareciere. Sucedió así, aceptando los dos religiosos el partido, que un dia vinieron todos los indios del valle, y otros llamados, sobre los nuestros, los cuales dijeron á los religiosos: Padres, vosotros no habeis de pelear; tomad en esas botas vino y biscochos, y á los que estuvieren cansados y flacos dadles de comer y beber, y á los heridos recogedles y lavadles las heridas con vino. Los indios llegaron donde los nuestros les esperaban, con gran vocerío, así pelean; el padre de San Francisco, pareciéndole no le convenia esperar el fin de la batalla, ni hacer lo encomendado, que en aquel trance le era muy lícito, puso faldas en cinta, tomó la via del puerto, llega cansado, lleno de polvo, sudando, y á los pocos de los nuestros que allí habia dejado el Marqués con dos navios y no muchos soldados con dos caballos, dales nueva quel Marqués y los demás eran muertos, y sólo él se habia escapado. El capitan de los navios (creo era el capitan Juan Fernandez, de quien abajo haremos mencion), con los demás, hicieron el sentimiento justo, tuvieron por perdido el mejor reino del mundo, y perplejos no sabian qué se hacer, si por ventura desamparaban el puerto y se volverian á Panamá ó á Trujillo, ó aguardarían otra nueva; el buen padre instaba en ser verdad lo por él afirmado; finalmente, resolviéronse en que dos soldados, los más valientes, con sus armas tomasen los caballos, y caminando para la ciudad fuesen á ver si era así, y cuando lo fuese, no era posible todos quedasen muertos, algunos se escaparian y encontrarian en el camino, ó fuera dél, y á éstos recogiesen y volviesen al punto, y entonces deliberarían lo que más conviniese. Salen nuestros dos valientes soldados en sus caballos, armados, llenos de tristeza é no con menos temor; en el camino, que muy poblado era de arboleda, á lo menos la legua y media, cada hoja que se meneaba les parecia ejércitos de enemigos; pero prosiguiendo su camino, sin encontrar hombre viviente llegan á la ciudad y hallan á los nuestros, alcanzada la vitoria, curando á los heridos, y los sanos descansando del trabajo de la batalla.

Su alegria fué muy grande cuando vieron cuán al contrario era lo que el padre de San Francisco dijo, de lo que por sus ojos vieron; llegan donde estaba el Marqués, dan cuenta de lo dicho, y la razon por que vinieron, el cual con los demás estaban cuidadosos qué hobiese sido de aquel padre, no imaginando que se hubiese huido, sino que por ventura los indios se lo hubiesen llevado. Empero, sabida la verdad del hecho, el Marqués mandó embarcarlo, y en el primer navio que despachó á Panamá lo llevaron, con juramento que hizo que mientras viviese no le habia de entrar fraile de San Francisco en su gobernacion, y así se cumplió, no siendo bien hecho ni lícitamente jurado. Aquel no fué defeto sino de un fraile particular, pusilánime, y por este defecto no se habia de perder ni carecer del bien grande que la religion del seráfico padre San Francisco donde quiera que vive hace. Si los del puerto le desamparan, creyendo lo dicho por este religioso, en gran riesgo ponian al Marqués y á los demás de perderse, porque como el reino sea muy grande y muchos los indios, si les faltaran navios con que enviar á pedir socorro á Tierra Firme, totalmente se perderia. Nuestro religioso puso tambien sus faldas en cinta, arrebató su bota, biscocho y queso; no tenian conservas, ni regalos, y á los cansados dábales de beber y un bocado, á los heridos curaba como mejor podía, y así andaba en medio de los que peleaban. Desta suerte quedamos con el sitio que agora tenemos, el cual, aunque entonces pareció el más cómodo, agora no lo es, por no poderse extender tanto cuanto es necesario, y por el rio, que es mal vecino en todas partes.

Despues muchos años poblaron los padres de San Francisco y tienen el mejor sitio del pueblo, y más que todos los conventos juntos, aunque del rio corren un poco de riesgo, como nosotros, y se correrá más si no se remedia.

[CAPITULO XXIII]
DE NUESTRO CONVENTO

Quedando, pues, con este sitio, que es de cuadra y media de largo; de ancho no tiene cuadra entera (porque la barranca del rio no da lugar á ello, por correr al sesgo), se comenzó á edificar el convento; empero, quien con más ánimo, fué el valeroso, y no menos religioso, gran predicador, gran servidor de Su Majestad, fray Tomás de San Martín, á quien por otro nombre llamaban el Regente, por haberlo sido en la Española ó isla de Santo Domingo.

Este religiosísimo padre, siendo provincial en esta provincia, y el primero, á quien dió por nombre San Juan Baptista, comenzó el edificio de la iglesia de bóveda, de tres naves, y hizo la mitad de la iglesia, dejando los cimientos de lo restante sacados.

Oí decir al padre fray Antonio de Figueroa, un religioso nuestro muy esencial, gran siervo de Dios, verdadero hijo de Santo Domingo, que fué mi maestro de novicios, que le acaecia á este ínclito religioso, siendo como era provincial, salir de casa por la mañana con un bordon á pie, é ir una legua, poco más ó menos, á la Caleta, y estar allí todo el dia en peso hasta la noche, en que se venia al convento, sin comer, y lo que hallaba en el convento era un poco de capado fiambre, porque entonces no se habia multiplicado el ganado nuestro mayor ni menor, que hobiese carnero, ni se comia en la ciudad, y con tanta alegria pasaba este trabajo como si tuviera todo el regalo del mundo. Parecia adevinaba el augmento que nuestro Señor habia de hacer en breve tiempo, de religion, cristiandad y letras, en aquella casa. Despues fué este varon heróico primero obispo de la ciudad de La Plata, aunque no llegó á sentarse en su silla, llevándole la majestad del muy alto primero á gozar de su gloria.

El dia de hoy ya se ha acabado la iglesia con la buena diligencia del maestro fray Salvador de Ribera, hijo deste convento, aplicando justísimamente todo cuanto puede de los religiosos que se ocupan en doctrinar á los indios, y tan bien acabada, que en Indias ninguna hay mejor: sola una falta se le pone, y sin invidia, que la capilla mayor es pequeña, la cual tiene un retablo muy aventajado.

[CAPITULO XXIV]
DE LAS CAPILLAS

Las capillas colaterales por la parte del Evangelio. La primera se llama del Crucifijo; ésta es del capitan Diego de Agüero, varon famoso entre los conquistadores deste reino, el segundo despues del marqués Pizarro; dotóla bastantemente; dícensele dos misas cada semana, rezadas, sin vísperas, y misa mayor el dia de Santiago, en el cual dia tiene un jubileo plenísimo, y sin los aniversarios. Dejó demás desto la renta de unas casas, para reparos de la capilla, que hoy rentan más de quinientos pesos cada año. Su hijo el capitan Diego de Agüero la ha ennoblecido mucho; puso en ella un retablo grande á proporcion de la capilla, con un crucifijo de muy buena y devota figura, y en el retablo muchas reliquias de santos en sus medallas que le dió el convento.

Luego se sigue la capilla nombrada de San Juan de Letran, donde tiene un enterramiento junto al altar al lado del Evangelio el capitan Juan Hernandez, quien dijimos era el capitan de los navios que estaban en el puerto cuando el padre de San Francisco se huyó de la batalla que tuvo el marqués Pizarro con los indios en la plaza.

Dotóla su dueño muy aventajadamente con limosna para dos misas rezadas cada semana: en las octavas de Todos Sanctos, vigilia y misa cantada, y el dia de San Juan Baptista, vísperas é misa con sermon, con bastante limosna, y dejó para reparos de la capilla y ornamentos buena renta que la cobra el convento y la gasta en el uso dicho.

El arcediano de la sancta iglesia desta ciudad viene cada año, por nombramiento del señor de la capilla, á tomar cuenta en qué se distribuye la renta para el ornato de la capilla, y se le da un tanto señalado por el capitan Juan Fernandez por este cuidado y trabajo. Helas visto tomar á un provincial nuestro, Fr. Salvador de Ribera, susodicho, con poco acuerdo y aun con no poca nota; quiso quitar esta capilla y la advocacion della y darla á no sé qué otras personas; súpolo el heredero, salió á la contradiction, y viendo el provincial el agravio, á lo menos avisado lo hacia por el señor arzobispo de México, Bonilla, la volvió á sus herederos. Y no sé cómo tal cosa, no quiero decir injusticia, pretendió hacer, ni cómo los padres de consejo en ello vinieron. Porque esto oí decir muchas veces al padre fray Antonio de Figueroa, que fué mi maestro de novicios, y si no fué el primero, á lo menos el segundo hijo deste convento, varon verdaderamente hijo de Santo Domingo, que el capitan Juan Fernandez trujo en sus navios la tierra desta capilla desde[22] Panamá, porque en ella todos los que se quieren enterrar se les da sepultura de gracia, y para que los cuerpos se comiesen presto trujo esta tierra; vi un año de un catarro pestilencial que la capilla, con ser espacio de dos los que en ella se enterraban, que fueron muchos, al tercero dia los cuerpos estar consumidos, y queria un provincial quitar esta capilla á su dueño y darla á otros. Pero Dios volvió por la verdad y la justicia.

Todos los que aquí se entierran ganan indulgencia plenaria, y las gracias que los que se entierran en San Juan de Letran en Roma, y para el dia de San Juan Baptista hay jubileo plenísimo. Muchos años vi que el día deste gloriosísimo sancto, Virrey, Audiencia y toda la ciudad venian á nuestra casa á celebrar en este dia la fiesta de San Juan; ya por descuido de los padres prelados se ha caído, digo el venir los virreyes. El oficio se celebra este dia en esta capilla.

Luego se sigue la capilla de Santa Caterina de Sena, muy bien aderezada con retablo y imágen desta gloriosa sancta; los tintoreros desta ciudad la tomaron para su enterramiento y la tienen muy bien adornada; celébrase en ella la fiesta de la gloriosa virgen Caterina con mucha solenidad y con un jubileo plenísimo, que los fundadores trujeron para los cofrades, todo el pueblo con sus cofrades, y si no me engaño los tintoreros instituyeron la cofradia de los nazarenos que el Miércoles sancto de noche sale de nuestra casa con túnicas de buriel y cruces á los hombros, grandes, y muchos llevan consigo sus hijos niños con sus cruces. Gástase mucha cera.

[CAPITULO XXV]
DE LAS CAPILLAS DEL LADO DE LA EPÍSTOLA

Por la parte del lado de la Epístola, la primera capilla es de San Hierónimo; dotóla el capitan Hierónimo do Aliaga con dos misas rezadas cada semana, vísperas y misa el dia de San Hierónimo y sus aniversarios; dejó bastante limosna, pero como al tiempo de la rebelion de Francisco Hernandez fuese á España por procurador destos reinos, y no volviese más á ellos, muchos años la vimos muy mal parada, que no decíamos misa en ella, por no tener ornato, hasta que habrá seis años que una nieta suya, doña Juana de Aliaga, hizo un retablo al ólio, grande á proporcion de la capilla, con una imágen de la Concepción arriba, que le costó más de tres mil pesos, añadiendo paños de seda para las paredes y ornamentos para el altar; empero Nuestro Señor la llevó para sí á pagarle lo que en su servicio habia hecho, la cual si más vida le fuera concedida hiciera más.

A esta capilla se sigue la del Rosario, con un retablo hecho en España, bueno, y una imágen de bulto de Nuestra Señora en el cóncavo del retablo, de las buenas piezas que hay en todo España, porque en Indias ninguna llega. A la redonda de la imágen los quince misterios del Rosario, de bulto, cuanto la proporcion del retablo lo sufre. En el pedestal la muerte de los niños inocentes, que parece cosa viva, con la adoracion de los Reyes al niño Jesús en el pisebre; fuera desto tiene en cuatro encasamentos cuatro santos de la Orden, de bulto, de muy galana proporcion y figura.

Lo alto de la capilla es dorado con unas piñas de yeso pendientes, grandes, todas escarchadas de oro. Adórnase la capilla en las fiestas del Rosario con paños de damasco y terciopelo carmesí unas veces, otras con paños de damasco verde y terciopelo verde. Tiene tres lámparas de plata grandes, que por lo menos la una arde perpétuamente.

Todo esto ha hecho la cofradia del Rosario con la industria de los devotos y mayordomos. Los primeros domingos de cada mes se hace una procesion por el claustro, que para los que en ella se hallaren confrades (creo confesados) se les concede indulgencia plenaria. Sácase una imágen de bulto de Nuestra Señora, muy devota, que llevan diáconos. Sírvese de mucha cera de cirios que llevan los veinticuatro sin la demás para los demás confrades religiosos. Concurre mucha gente por la devocion grande que se tiene particularmente á la imágen puesta en el altar. El segundo domingo se hace procesion con el niño Jesús por la confadria de los Juramentos, fundada en nuestra casa, ni puede fundarse en otra parte, por concesion de los sumos pontífices, ó con licencia del provincial donde no hobiere convento de la Orden, de la imágen de Nuestra Señora puesta en el altar. Si no fuéramos descuidados hobiera muchos milagros escriptos que ha hecho.

Siendo yo prior deste convento pretendí, dándome los señores inquisidores licencia para ello, sacarlos á luz, haciendo las diligencias necesarias; empero, el provincial que á la sazon era, no sé por qué respeto lo impidió.

[CAPITULO XXVI]
DE LA CAPILLA DE LAS RELIQUIAS

Luego más abajo se sigue la capilla de las Reliquias; llámase así porque tiene un retablo con sus vidrieras tan grande como un guadamecí, lleno dellas, traídas de Roma. Trújolo el reverendísimo fray Francisco de Victoria, primer obispo de Tucumán, hijo de esta casa, varon docto; fuimos novicios juntos y condiscípulos en las Artes y Filosofía.

Esta capilla de las Reliquias es celebrada por la multitud que dellas hay, mayores y menores en cantidad, de famosísimos sanctos; hay entrellas un poquito del verdadero lignum crucis, donde Cristo murió, y un cabello de Nuestra Señora. El provincial que quiso mudar ó quitar la capilla de San Juan de Letran dió esta capilla á los ministros del Santo Oficio, con una carga pesadísima, que fuese el convento por sus cuerpos y sacerdotes los trujesen en hombros, como si fueran sacerdotes, cosa bien excusada, si se diera á los señores inquisidores y en ella se enterraran, pasara, pero darla á oficiales no se puede tolerar, y sin ninguna limosna. Y aunque entre ellos hay personas nobles, hay familiares que tienen oficios bajos, y á éstos enterrarlos, como vi á uno, como si fuera inquisidor, es igualar lo alto con lo bajo y la nobleza con los que no la tienen, y con todo esto, alguno destos familiares se entierran en otras partes y la capilla está sin marido, como las demás lo tienen, dotadas con muchas ventajas.

Luego se sigue la del glorioso San Jacinto, con retablo dorado y figura del sancto muy buena; la capilla bien adornada; hízose una solenísima fiesta el dia que en esta ciudad se celebró la canonizacion del santo, con admirable adorno de la iglesia y más del claustro, con un coloquio famosísimo de la vida de este santísimo hermano nuestro, con tanta riqueza que parecia incomparable, y con ser tanta, no se perdió ni un alfiler.

Aquí se ha juntado la imágen de San Raimundo, agora nuevamente canonizado por el mismo Clemente octavo, que canonizó á Jacinto, en cuya fiesta fué mucho más el ornato admirable del claustro y iglesia que en tres dias no se pudo impedir al pueblo que no viniese á verlo, y no se hartaban; tampoco faltó cosa de momento.

Debajo del coro al uno y otro lado hay dos capillas; al de la Epístola, una de los indios, con imágen de nuestra Señora, de bulto, y otra de los negros, asimismo con imágen de bulto, de la misma Señora, que, conforme á su posible, no estan mal aderezadas.

Los mulatos toman otra, que es por donde se sale al claustro; ésta es la menos adornada; será nuestro Señor servido se adorne á su servicio y de su santísima madre.

[CAPITULO XXVII]
DE LOS PROVINCIALES [QUE] HAN AUGMENTADO EL CONVENTO

Dijimos arriba que el principal fundador deste convento fué el religioso y no menos valeroso padre fray Tomás de San Martin, primer provincial, el cual, despues de haber comenzado la obra de la iglesia fué el que buscó y atrajo á todos aquellos capitanes y otras personas á que tomasen las capillas y las dotasen; buscó y atrajo al convento mucha renta de otras partes, como fué que á su persuasion el capitan Gabriel de Rojas hizo limosna á este convento de 6.000 pesos ensayados, con no más obligacion de que le encomendasen á nuestro Señor en los capítulos, lo cual perpétuamente so hace y en las misas, como á principal bienhechor nuestro; ganó chácaras y tierras de pan y solares para casas, con no poco trabajo de su persona, á quien subcedió en provincial fray Domingo de Santo Tomás, maestro en sancta Teología, varon realmente apostólico, castísimo, libre de toda cobdicia y ambicion, gran predicador, así para los españoles como para los indios, y más dado á la predicacion y conversión de los indios que á la de los españoles; fué el primero que imprimió y redujo á arte la lengua general deste reino. Varon de grande entendimiento y prudencia cristiana, ferventísimo en el celo del bien y aumento de los naturales deste reino, por lo cual era de algunos aborrecido; empero decia lo que San Pablo: si agradase á los apetitos dañados de los hombres, no seria siervo de Dios. En el convento no sé qué haya aumentado, porque siendo provincial le fué forzoso ir á España y dende allí pasar en Italia al capítulo general que se celebraba de provinciales, y por esta razon no pudo augmentar como quisiera la casa, aunque, por no dar nota de aplicar más para su casa que para otras partes, hizo una cosa donde mostró el poco amor que á los bienes temporales tenia, ni para su convento, que para sí, ninguno.

Esto la ciudad toda lo vió y los religiosos, porque estábamos en el convento. Habia en la ciudad un mercader llamado Nicolaso Corso, hermano de Juan Antonio Corso, el rico; estando para se ir á España con 80.000 pesos y más, ensayados, dióle el mal de la muerte; envia á llamar al padre nuestro fray Domingo de Santo Tomás, que habia pocos dias llegado de España; dice le confiese y que allí tiene 80.000 pesos y más, ensayados; que como le fia el ánima, le fia y entrega la hacienda para que haga della lo que quisiere, en bien y descargo de su conciencia, porque no tiene heredero forzoso.

No creo otro que este apostólico varon hiciera lo quel hizo. Toda la hacienda repartió entre pobres, y particularmente al Hospital de los naturales desta ciudad dejó la mayor cantidad, donde hizo una capilla y la dotó; no á su convento, con poderle dejar toda, instituyendo un colegio para bien de todo el reino, con renta, al modo de los de San Gregorio, de Valladolid, y no fuera esta obra menos acepta á nuestro Señor que dejarlo al Hospital de Santa-Ana. Porque no se dijese aplicaba para su casa, huyendo esta nota, lo dejó al Hospital de los naturales, y no dejó á su convento más que á los otros, que fueron 100 pesos corrientes de limosna para cien misas, ni en el acompañamiento del difunto que de aquella enfermedad murió, pidió más religiosos de un convento que de otro. Bastante argumento es del poco amor que á la plata tenia. Luego dende á poco le hizo merced Su Majestad de la silla episcopal de la ciudad de La Plata; lo que allí hizo y su muerte, cuando tractaremos de los señores obispos destos reinos lo diremos.

[CAPITULO XXVIII]
DE LOS PROVINCIALES DE NUESTRA ORDEN

A este excelentísimo varon sucedió el gran fray Gaspar de Carvajal, religioso de mucho pecho y no menos virtud carretera y llana, el cual á todos los conventos que llegaba, cuando los iba á visitar, en lo espiritual y temporal, favoreciéndolo el Señor, dejaba augmentados. Varon abstinentísimo, de gran ejemplo, de una simplicidad extraña. En su tiempo, en parte dél fué prior desta casa el muy religioso fray Tomás de Argomedo, varon docto, de mucho ejemplo, buen predicador y acepto, el cual, el año de 60 me dió el hábito: á quienes, si no era cual ó cual, nos quitaba los nombres y nos daba otros, diciendo que á la nueva vida, nuevos nombres se requerian. Yo me llamaba Baltasar; mandóme llamar Reginaldo, y con él me quedé hasta hoy.

Este religiosísimo varon y padre fué el primero que en nuestro convento comenzó á poner órden en el coro; hasta entonces no la habia, por no haber religiosos que lo sustentasen; en pocos meses tomamos el hábito más de treinta, con los cuales y los demás sacerdotes del convento se comenzó de dia y de noche, como en el más religioso de España, á guardar la observancia de la religion, y lo mismo se comenzó en los demás desta ciudad, porque hasta este año de sesenta muy pocos religiosos habia en los conventos, los cuales faltando, no puede haber tanto concierto en el coro, ni en lo demás; de suerte que podemos decir, y justísimamente, que desde este año de 60, ó cuando mucho del 58, comenzaron los conventos á se aumentar; para que se vea cuán en breve tiempo la mano del Señor ha venido favorabilísima sobre todos ellos. Dióme la profesion el padre provincial fray Gaspar de Carvajal, cumplido mi año de noviciado, que ojalá y en la simplicidad que entonces tenia hobiera perseverado.

[CAPITULO XXIX]
DE LOS DEMÁS PROVINCIALES DE NUESTRA ORDEN

A este bonísimo varon sucedió el padre fray Francisco de San Miguel, venerable por sus canas y vida ejemplar, gran predicador, conforme á lo que entonces se usaba, que era (creo lo mejor) no tantas flores como agora, ni vocablos galanos; no se daba tanto pasto al entendimiento como agora se da, pero dábase más á la voluntad y más la aficionaban á la virtud; dióle nuestro Señor este don: tenia en su mano el auditorio para le alegrar y para le compungir y hacer derramar lágrimas; era de su natural grave, mas acompañaba á su natural gravedad mucha humildad y no menos sufrimiento; ninguna cosa aumentó en el convento, por no haber cómodo para ello.

Despues del cual fué provincial el padre fray Alonso de la Cerda, hijo de este convento, varon recto, de unas entrañas humanísimas y muy llanas, gran religioso y de muy buen ejemplo, libre de toda cobdicia y muy observante; siendo prior compró el retablo para el altar mayor, de madera talla de bonísimas figuras, que costó 3.500 pesos puesto en el altar; fué el primero que comenzó á edificar el convento, haciendo una enfermeria muy buena, con muy alegres celdas altas y bajas, como se requieren para el regalo de los enfermos. Ayudó mucho á esto una legítima que dejó, siendo novicio, para edificarla, el padre fray Tomás de Heredia, que al presente vive, maestro en sacta Teología y Lector que ha sido della, hombre religioso y de muy buen ejemplo, nacido en Guánuco, de nobles padres. La ligítima mandó se echase en renta, y así se echó y permanece, y no se puede gastar en otra cosa que en el regalo de los enfermos.

Todos los que en esta enfermeria mueren ganan indulgencia plenaria, como yo he visto las letras apostólicas que están guardadas en el archivo del convento. Siendo provincial el padre fray Alonso de la Cerda, fué prior el padre fray Antonio de Ervias, doctísimo varon y maestro mio en la Teología y no menos religioso; hizo el refectorio, que es muy buena pieza; despues fué obispo de Cartagena en el reino de Tierra Firme, como despues diremos.

Esta enfermeria se edificó en aquella parte del convento que cae sobre el rio, la cual con una avenida que el rio trujo se llegó tanto á la barranca, que rompiendo por ella se llevó un poco, y desde este tiempo no se puede pasar por detrás de nuestra casa entre la barranca del rio y nuestras paredes, por donde muy descansadamente podian ir dos carretas á la par. Otra vez, siendo yo prior en este convento, me vi en gran riesgo de que el rio rompiera por nuestra porteria que llamamos del rio. Fuí á pedir favor de indios para remediar mi casa y buena parte de la ciudad, al Virrey, que era el conde del Villar, y no le pedia sino indios para amontonar piedras y reparar el daño que se esperaba; la paga de los jornales yo la daba, y respondióme con mucha flema: ¡ah, este rio! ¡ah, este rio! Empero, viendo el poco remedio que se me daba, todas las noches destas avenidas, que son las mayores en Cuaresma, hice que despues de maitines á media noche se rezase la letania de Nuestra Señora, mediante el favor de la cual una noche que creí el rio habia de romper por el convento, por ser la avenida muy crecida y el ruido de las piedras que traía notable, fué Nuestro Señor servido, por intercesion de su santísima madre, que nos amontonó mucha piedra frontero de nuestra porteria, y recodando hacia el Rastro, derribó parte dél y nuestra casa hasta hoy, gracias á Dios, quedó libre; ya aquel año no hobo más avenida; luego con ayuda de la ciudad, que nos dió mil y quinientos pesos de limosna, la cual ayudé á pedir, y con otros tantos que el convento gastó, hicimos un reparo de cal y canto, con que al convento y á la ciudad habemos librado del rio, el cual, si hasta entonces el marqués de Cañete, de buena memoria, viviera, no nos pusiera en tanto estrecho; pero no le mereció el reino y llevóselo Nuestro Señor para sí.

Volviendo á nuestro provincial fray Alonso de la Cerda, en los cargos que en la Orden tuvo fué muy bien quisto de los religiosos por su llanísima condicion y bondad. Fué despues obispo de Puerto de Caballos, y luego de Los Charcas, como escribiremos en su lugar.

Sucedióle en el provincialato el padre fray Andrés Velez, hombre docto y buen predicador, de agudo ingenio; fuese á España, y por eso no tenemos nada que tratar dél en el augmento deste convento.

A quien sucedió el padre fray Gaspar de Toledo, varon, cierto, religioso, de bueno y galano entendimiento, pero no amplió cosa en el convento, como se pensó, y en su eleccion lo prometió el virrey don Francisco de Toledo, deudo muy cercano suyo; á cabo su cuadrienio, fué electo el padre fray Domingo de la Parra, tambien varon religioso y muy observante, aunque nimio en algunas cosas muy menudas en que los provinciales no se han de entremeter, sino avisar se guarden; donde no, castigar á los prelados. El tiempo que fué provincial hizo guardar en este convento nuestra constitucion que no se coma perpétuamente carne en el refectorio, y él la guardaba infaliblemente. Si no la guardábamos era por dispensacion que para ello tenemos en estos reinos, respecto de ser la tierra de los llanos enferma y la de la sierra falta de pescado, y en este convento haber cuotidianamente muchos enfermos, y la costa ser mucho mayor; y con decirle los médicos el riesgo de la salud de los religiosos, respondia un poco secamente: mueren en lo que profesaron. Fué á España y no volvió más; en acabando fué electo en el Cuzco el padre fray Domingo de Valderrama, maestro en sancta Teología, buen predicador, el cual comenzó la casa de novicios, de las buenas que hay en la Orden y fuera della; tiene casi 50 celdas altas y bajas, frescas y alegres, porque así lo pide la tierra. Hizo este edificio, digo la mayor parte dél, porque en su tiempo no se pudo acabar, con lo que aplicaba de los salarios que se dan á los religiosos que se ocupan en la doctrina de los naturales.

[CAPITULO XXX]
DE LOS RESTANTES PROVINCIALES DE NUESTRA ORDEN

Acabado el cuadrienio del mismo padre fray Domingo fué electo en provincial el padre fray Agustin Montes, Presentado en sancta Teología, hijo deste convento, donde tomó el hábito de quince años, varon religioso y amigo de ampliar con edificios su casa, el cual acabó la casa de novicios, lo tocante á las celdas, de todo puncto.

Hizo el claustro bajo, adornándolo con unos lienzos al ólio de figuras é imágenes de sanctos, muy perfectas y muy devotas; augmentó la sacristia con ornamentos y mucho servicio de plata, y un cáliz todo de oro. Aumentó tambien el retablo del altar mayor: á lo menos dejó con un entablador concertado el augmento de imágenes de media talla, y pagada parte de la hechura; hizo un cofre grande de plata, en que en el retablo se collocase el Sanctísimo Sacramento, porque hasta entonces no estaba sino en una cajita de madera. Trabajó lo que pudo con mucho y buen ejemplo. Puso mucha órden en las lectiones y estudio. Ordenó que hobiese cierto número de religiosos collegiales, y para ser recibidos pasasen por exámen muy riguroso, lo cual hasta hoy se guarda como conviene, porque desta suerte los no muy hábiles se animan, y los hábiles trabajan más, sin que en el coro se pierda punto. A quien sucedió el padre maestro fray Salvador de Ribera, hijo deste convento, en el cual tomó el hábito de 17 ó diez é ocho años, buen predicador; es hijo de padres nobles de todos cuatro costados; su padre se llamó Niculás de Ribera el viejo, respecto de otro vecino desta ciudad llamado del mismo nombre, pero el mozo. Su padre fué uno de los de la Fama de la isla del Gallo, varon liberal; su casa era hospital de todos los de su patria y enfermeria deste nuestro convento, porque todo lo necesario para los enfermos con toda liberalidad y caridad se hacia, y con sus propios hijos se inviaba de dia y de noche, y desto soy testigo de vista. La Madre se llamaba doña Elvira de Avalos, de cuya virtud en breve no se puede tratar. En su tiempo se acabó á gloria de Nuestro Señor dichosamente todo el cuerpo de la iglesia con tanta perfection que puede competir con las buenas iglesias de mucha parte de España. Adornó la capilla mayor de tal manera que se encubre la falta (que dijimos) ser pequeña. Acabó el aumento del retablo; hiciéronse paños de terciopelo carmesí bordados para la capilla mayor, con oro, que la cubren de alto á bajo, tan buenos que en nuestra España se hallan pocos iguales. Acabó el claustro y la porteria tan buena como las muy buenas de Castilla, sin otras cosas tocantes á la sacristia. Todo lo cual hasta aquí augmentado en este nuestro convento han hecho los provinciales con lo que han aplicado de los salarios de las doctrinas donde viven los religiosos. Al sobredicho padre sucedió el Presentado fray Diego de Ayala, hijo tambien deste convento, el cual por vivir poco é irse á España, y pasando en Italia murió en Roma, hay poco que decir dél. Sucedióle el padre maestro fray Juan de Lorenzana, el más docto destos reinos, hijo, creo, de Salamanca, buen religioso, de claro y galan ingenio, el cual, despues de haber leído muchos años Teología en este convento, fué electo en Provincial; gobierna á la hora que esto escribo; lo que haya augmentado no lo sé.

[CAPITULO XXXI]
DE LOS RELIGIOSOS QUE SUSTENTA

Y porque dije que en muy breve tiempo se ha multiplicado esta casa, favoreciéndolo la Majestad del muy Alto, el dia de hoy sustenta 130 religiosos y dende arriba, lo cual causa admiracion, porque no hay en toda la cristiandad conventos, de cuatrocientos años á esta parte fundados, si no son cual ó cual, que sustenten otros tantos. Celébranse en esta casa los oficios divinos, de dia y de noche, con tanto concierto como en el más religioso de la Orden.

Los estudios con todo el rigor pusible, y las demás ceremonias muy al justo. El coro tiene sillas altas y bajas, de madera de cedro, labrados los respaldares, altos, de madera de talla, de admirables figuras de sanctos, que si fueran doradas no habia más que desear; costaron 18.500 pesos de á nueve reales, y el oficial perdió mucha plata.

[CAPITULO XXXII]
DE LOS OBISPOS

En este breve tiempo, como acabamos de decir, han salido deste convento siete obispos, y tres casi á un tiempo juntamente, en lo cual excede á todos los conventos, no sólo de nuestra Orden, pero de las demás en España y fuera de España, porque á conventos de muchos años fundados no ha sucedido otro tanto. El primero fué el reverendísimo fray Tomás de San Martin, de quien tractaremos arriba y trataremos algo más cuando escribiéremos los obispos que en este reino he conocido; primer obispo de la ciudad de La Plata, el cual obispado concluia en sí, entonces, todo el reino de Tucumán y la provincia de Santa Cruz de la Sierra.

El segundo, el reverendísimo fray Domingo de Santo Tomás, de la misma ciudad; el tercero, el reverendísimo fray Alonso de la Cerda, primer obispo de Puerto de Caballos [23]. El cuarto, el reverendísimo fray Alonso Guerra, primer obispo del Rio de la Plata, y despues de Mechoacán, ó Yucatán; el quinto, el reverendísimo fray Francisco de Victoria, primer obispo de Tucumán. Estos tres señores obispos son hijos deste convento, y todos tres se vieron obispos junctos en su casa, y su madre, que es esta casa, los vió todos juntos en ella. El sexto, el reverendísimo fray Antonio de Ervias, obispo de Cartagena, en el reino de Tierra Firme.

En un mismo tiempo sacó Su Majestad para obispos, estando todos tres presentes, al reverendísimo fray Alonso de la Cerda, fray Alonso Guerra, fray Antonio de Ervias, en lo cual, aunque hizo mucha merced á la Orden, sirviéndose della, á nosotros, llamo á nosotros los que acá estábamos y tomamos el hábito, la hizo, pero dejónos sin canas que nos gobernasen, lo cual hasta hoy sentimos; no me acuerdo haber leído que de un convento tres personas tales á un mismo tiempo se hayan sacado para iglesias, como deste nuestro de Los Reyes. El séptimo y menor y más indigno de todos soy yo, á quien la Majestad de Dios levantó á obispo de la Imperial, reino de Chile, y espero en Nuestro Señor se han de sacar más.

Demás destos señores obispos, ha hecho nuestro Señor merced á nuestra sagrada religion en nuestros tiempos, dándole en estas partes varones apostólicos que con mucho celo del servicio de nuestro Señor y de las ánimas han predicado á los naturales la ley evangélica, con claro ejemplo de costumbres y vida. Uno dellos fué el padre fray Melchior de Los Reyes, que por muchos años se ejercitó en este ministerio y murió en este convento de Los Reyes y se enterró en el capítulo, donde es costumbre enterrarse los religiosos nuestros, y abriéndose su sepultura á cabo de siete años y más, se halló su cuerpo entero y los hábitos y capa de anascote, sin lision alguna, y esto el señor arzobispo de México, Bonilla, visitador de la Audiencia Real, lo vió, é yo tambien, y todo el convento, queriendo echar en aquella sepultura otro religioso difunto.

En esta misma sala de Capítulo se halló otra sepultura con otro cuerpo, del padre fray Domingo de Narvaez, hijo desta nuestra provincia, buen religioso, entero, con todos sus hábitos y capa de anascote, sin lision alguna. Este religioso se habia ocupado en doctrinar los naturales deste reino con gran llaneza y sinceridad.

El padre fray Cristóbal de Castro, gran siervo de Dios, celosísimo de la conversión de los naturales, de clarísimo ejemplo y abstinentísimo, murió en su oficio loablemente. A este religioso, los curacas del valle de Chincha, donde por la mayor parte vivió ocupado en este ministerio, le ofrecian un navio cargado de oro y plata, y jamás se pudo acabar con él recibiese un grano, y haciéndole fuerza los curacas á que tomase alguna cosa, jamás lo pudieron acabar con él, ni para sí, ni para la Orden, ni para hombre viviente. Lo que hizo fué decir á los curacas hiciesen un cáliz de oro para su iglesia, como lo hicieron, y fué el primer cáliz que se hizo en el Pirú; á cuya sancta emulacion los curacas del valle de Lunaguaca hicieron para dos iglesias suyas en cada una un cáliz de oro, que yo he visto y dicho misa con ellos.

El padre fray Benito de Jarandilla, verdadero hijo de Santo Domingo, el cual por más de cuarenta años, en el valle de Chicama, cinco leguas de la ciudad de Trujillo, se ejercitó en la conversión de los naturales sin salir de aquellos valles, donde vivió con admirable ejemplo, así para con los naturales como para los españoles, y deprendió muy de raíz la lengua de los indios pescadores de aquel valle, que es dificultosísima de aprender. Los naturales le tenian por un hombre sancto, porque le vian guardar con mucho rigor su profesion, como verdadero hijo de Santo Domingo, y dicen dél que como le viniesen á llamar á cualquier hora de dia ó de noche, para confesar algun indio enfermo que viviese de la una parte ó de otra del rio, que en tiempo de aguas no se deja vadear, que es en verano, no temia el rio y en un macho en que andaba lo vadeaba, y los indios decian iba caminando por cima del agua. Acabó sus dias, llenos de buenas obras, con buena vejez.

El padre fray Baltasar de Heredia fué un religioso esencial, el cual, aunque no se ocupó tanto en doctrinar á los naturales, viviendo en conventos de pueblos de españoles se ejercitó en obras de mucha virtud y de gran caridad; es fama que le hallaron muerto hincado de rodillas en una chácara de la ciudad de La Plata, aviándose para venir al reino de Chile por vicario provincial y visitador, por tierra: lo cual este varon religioso acetó con gran humildad, aunque el trabajo y riesgos de tierra, caminos, rios é indios de guerra, por donde habia de pasar algunas veces, eran notables.

El padre fray Antonio de Figueroa, hijo deste convento, fué un varon religioso y muy esencial, gran trabajador en las cosas de la comunidad, muy libre de cualquier interés humano; para consigo riguroso y paupérrimo, pero las cosas del culto divino deseaba, y de la sacristia, que fuesen riquísimas.

Fué muy muchos años subprior deste convento, con mucho ejemplo de vida y costumbres.

Fué mi maestro de novicios, á quien debo más que á mis padres. Cuando á este gran religioso, por su virtud y trabajos y ejemplos, se le habia de mandar descansase, quitándole la carga del cuidado del convento, le mandó la obediencia ir á España á negocios de mucha calidad de la Orden: lo acetó con mucha humildad y se puso en camino, y llegando á Cartagena, de Tierra Firme, le llevó nuestro Señor para sí con una muerte como habia vivido; finalmente, murió obedeciendo.

Cuando llegó la nueva cierta de su muerte cayó tanta tristeza sobre todos los religiosos que en él viviamos, y cuando se le hizo su sufragio, que no osábamos mirarnos los unos á los otros: tanto era el amor que le teniamos, porque á casi todos nos habia criado y habia entonces en el convento poco menos de ochenta religiosos. A todos estos padres conoscí y traté mucho y no hablo sino de vistas.

Otros más ha habido buenos religiosos; empero éstos, conforme á lo que dellos conosciamos, son los más aventajados que para estos defectuosos tiempos son afamados.

[CAPITULO XXXIII]
DEL CONVENTO DE SAN FRANCISCO

Hay en esta ciudad otro convento del seráfico padre San Francisco, que en breves años ha florescido y floresce en religion, santidad, letras y número de religiosos, con admirable ejemplo, donde yo he conoscido famosos varones, grandes predicadores, de mucho pecho y celo para las ánimas y conversión de los naturales.

El padre fray Luis de Oña, que fué provincial, varon consumado y no menor púlpito; el padre fray Hierónimo Villacarrillo; el religiosísimo fray Diego de Medellín, deudo nuestro, obispo de Santiago de Chile, donde murió como un sancto, habiendo vivido en la Orden con gran religion, cristiandad, ejemplo y observancia más de sesenta años; halléme en su muerte siendo en aquel reino el primero provincial de mi Orden, no lo mereciendo, y fué Nuestro Señor servido hacerme esta merced: que porque el dia de sus obsequias no hobo sermon, respecto de ser los oficios muy largos, y las ceremonias con que se entierran estos señores obispos, el dia del novenario, aunque se habia encomendado al guardian del convento de nuestro padre San Francisco, por cierta ocasion no lo predicó, y se me mandó predicase, lo cual hice lo mejor que pude fundando mi sermon sobre esta sentencia: prœtiosa est in conspectu Domini mors sanctorum eius. El padre fray Juan del Campo, gran varon en opinion de sanctidad y letras, todos los cuales fueron provinciales y algunos vicarios generales ó comisarios, como en esta sagrada religión se nombran.

Es mucho más moderno quel nuestro, que no creo ha 45 años se fundó, por lo arriba dicho. Ha crecido, favoreciéndolo la mano del muy alto, en este breve tiempo, en edificios, porque está acabado; la iglesia, sombría é no de bóvedas.

El edificio de la casa bueno y alegre, con muchas fuentes, y un estanque que llaman, dado por el Marqués de Cañete el viejo, de buena memoria, el cual era como casa de recreacion del marqués Pizarro, de mucho sitio y de muchos parrales y árboles frutales, así de la tierra como de los nuestros; sustenta 130 y más religiosos, y estudio.

Han salido della tres obispos: el reverendísimo fray Diego de Medellín, de quien poco ha tractamos; el reverendísimo fray Juan Izquierdo, obispo de Puerto de Caballos y agora obispo de Yucatán; el reverendísimo fray Hernando Trejo, obispo de Tucumán, los dos últimos hijos desta provincia, y se espera habrá otros muchos más.

El padre fray Hierónimo Villacarrillo, y el padre fray Juan del Campo, no quisieron iglesias, enviándoles cédulas dellas Su Majestad. Tanta era la humildad y religion destos venerabilísimos padres.

[CAPITULO XXXIV]
DEL CONVENTO DE SAN AUGUSTÍN

El convento de nuestro padre San Augustín, ó por mejor decir nuestro abuelo, es más moderno, empero de buen edificio la iglesia, si un temblor muy grande no le abriera la capilla mayor. Comenzóse la iglesia toda de ladrillo y cal y de muy buena traza. Tambien ha crecido en número de religiosos en breve tiempo, porque no ha 44 años que se fundó esta Orden en este reino; hobiera crecido en más si las obras de los edificios dieran lugar á recibir novicios. Sustenta 60 religiosos y más, con mucha religion, letras y ejemplo.

Ha habido famosos varones, los cuales yo he conocido.

El padre fray Juan de San Pedro, tres ó cuatro veces provincial, varon de gran opinion y crédito. El padre fray Andrés de Santa María, varon gran religioso, murió siendo provincial; el padre Cepeda; el padre Corral, gran predicador que por predicar la verdad padeció un poco el riesgo en el Cuzco. El padre maestro fray Diego Gutiérrez, muchos años lector de Teología en su casa, maestro de los que agora son en su Orden varones doctos. El padre fray Juan de Almaraz, maestro en Sancta Teología, discípulo deste sobredicho padre, fué catedrático de Escritura en la Universidad, murió provincial y electo obispo del Rio de la Plata, hijo deste convento. El reverendísimo fray Luis López, obispo de Quito, varon docto y predicador, maestro de los que ahora predican y enseñan en su Orden, hombre prudente mucho, y de gran ánimo, emprendió el edificio de la iglesia todo de ladrillo y cal como acabamos de decir; otro que su amor no lo imaginara, siendo provincial y despues prior, varon derechamente religioso, de gran ejemplo y bondad. El padre maestro fray Alonso Pacheco, agora provincial y lo ha sido otra vez, hijo desta casa, donde tomó el hábito agora 37 años, siendo de 16, varon de letras, púlpito, ejemplar, gran religioso. Otros muchos religiosos tiene, que la brevedad no da lugar á tractar dellos.

A su Orden se le quede este cuidado. La capilla del Crucifijo de los plateros es muy devota y tiene cofradia de sangre; celébrase con mucho concurso de gente y mucha cera.

[CAPITULO XXXV]
DEL CONVENTO DE LA MERCED

El convento de Nuestra Señora de las Mercedes, despues del nuestro, es el más antiguo en esta ciudad; la iglesia es bien edificada, aunque no de bóveda, con sus capillas colaterales. Conoscí en este convento al padre Orense y al padre fray Juan de Bargas, que fueron provinciales, ambos varones religiosos y de mucho y buen ejemplo. El padre Angulo y el padre Ovalle, catedrático de Prima en la Universidad, de Teología, varon religioso. A las derechas sustenta 60 á 70 religiosos; la sacristia es adornada de muchos é buenos ornamentos.

[CAPITULO XXXVI]
DEL CONVENTO DEL NOMBRE DE JESÚS

En nuestros dias (siendo ya sacerdote) se fundó el colegio del Nombre de Jesús, de los Padres de la Compañía, habrá 30 años. Es para dar muchas gracias al Señor y á su santísimo nombre, ver en cuán breve tiempo ha crecido en número de religiosos y haciendas, porque el dia de hoy sustenta más de ochenta religiosos, sin la casa de los novicios que tiene fuera de la ciudad.

El primer fundador fué el padre Portillo, gran predicador y bonísimo religioso, con otros padres que con él vinieron. Hospedámoslos en nuestra casa, y de allí salieron para irse al sitio donde agora viven, uno de los mejores del pueblo. Ayudóles nuestro convento y acreditóles en todo lo posible, y los regaló el tiempo que en nuestra casa estuvieron; reconocen la buena obra que se les hizo, por lo cual, cuando llegamos á las suyas nos hacen toda caridad, como en particular la he recibido, hospedándome y regalándome con mucho amor; despues la augmentó el padre Acosta, provincial, gran predicador y muy docto, aceptísimo por su religion y buen ejemplo. Otros religiosos tiene grandes siervos de Dios, muy consignados á su servicio, para predicar á estos naturales, y con ánimos de se entrar por la tierra de guerra á predicar la ley Evangélica, sólo con las armas de la fe.

[CAPITULO XXXVII]
DEL CONVENTO DE LOS DESCALZOS

De pocos años á esta parte se ha comenzado á fundar de la otra parte de la puente y rio, no son catorce años pasados, el convento de los Descalzos, con gran abstinencia, religion y cristiandad. Este convento Nuestro Señor lo prosperará como cosa suya y donde se sirve mucho á su Divina Majestad.

[CAPITULO XXXVIII]
DEL MONASTERIO DE LA ENCARNACIÓN

El monasterio de la Encarnación, de monjas, que ha se fundó poco más de 45 años por doña Leonor Portocarrero y doña Mencia de Sosa, su hija, es como cosa de milagro ver en cuán poco tiempo cuánto ha crecido en toda virtud, y ahora recién profesó cuando se fundó, y se mudó de un sitio corto y breve que tenian junto al convento de San Augustín, que ahora es la perrochia de San Marcello y convento de monjas de la Trinidad, al sitio que ahora tienen, y en aquel dia de nuestra casa se hizo el oficio; yo serví de acólito en la misa mayor.

Ha crecido tanto el número de religiosas profesas, con favor del Altísimo Dios, que el dia de hoy sustenta más de 140 monjas, sin más de 40 novicias, y sin el servicio que tiene de las puertas dentro, con toda religion y ejemplo, cuanta Nuestro Señor la prospere en su servicio. Madre é hija fueron las dos principales fundadoras, las cuales han gobernado, é agora doña Mencia de Sosa abadesa (porque á su madre la llevó Nuestro Señor á gozar al cielo de Su Majestad por el servicio que se le hizo y hace tanta virgen alabando de dia y de noche á su sanctísimo nombre) con tanta prudencia y discrecion, que parece más que humana. Con madre y hija entraron otras dueñas y doncellas: Antonia de Castro y Antonia Velázquez, doña Juana Giron, dos hermanas, doña Isabel y doña Inés de Alvarado, doña Mariana de Adrada, doña Juana Pacheco; todas casi viven el dia de hoy. Tiene este convento una excellencia que no sé si en la cristiandad se halla el dia de hoy: el cuidado en celebrar los oficios divinos; la solemnidad y concierto, con tanta música de voces admirables, con todos géneros de instrumentos, que no parece cosa de acá de la tierra, y sobre todo los sábados á la Salve, donde concurre la mayor parte del pueblo y de las Ordenes muchos religiosos á oirla. Yo confieso de mi que si todos los sábados, hallándome en esta ciudad, me diesen mis prelados licencia para oirla, no la perderia.

Los señores inquisidores muchos sábados no la pierden, y los Virreyes hacen lo mismo.

Ha usado Nuestro Señor con este convento, como el de la Concepción, de su larguísima misericordia y particular cuidado en conservarlos en su servicio, que con no ser los edificios muy altos los ha guardado y guarda de suerte que jamás se ha imaginado cosa que no sea virtud y religion, porque ni duerme ni dormirá el que guarda á Israel.

Guardan la profesion y regla de las monjas de San Pedro de las Dueñas de Salamanca subjetas al Ordinario.

Pretendieron con todas sus fuerzas ser monjas nuestras; empero nunca pudieron acabar con el padre fray Gaspar de Carvajal, de quien arriba brevemente tractamos, siendo provincial, que las recibiese, aunque el prior del convento, el padre maestro fray Tomás de Argomedo, las favorecia todo lo posible y por muchos dias no perdieron la esperanza, y rezaban el órden de rezar nuestro, y guardaban las constituciones de nuestras monjas, hasta que ya perdida tomaron la que tienen y profesan; celebran en este convento el Tránsito de Nuestra Señora.

[CAPITULO XXXIX]
DEL MONASTERIO DE LA CONCEPCIÓN

El monasterio de monjas de la Concepción habrá veinticinco años se fundó; fué fundadora dél doña Inés de Ribera, con gran pujanza de hacienda, así en muebles como en raíces. Hale augmentado Nuestro Señor mucho á su servicio; susténtanse en él hoy más de 120 monjas de velo, y muchas novicias. Hay en él grandes siervas de Dios, grandes religiosas de mucha penitencia, buen gobierno, y entre ellas han gobernado no poco tiempo, con título de suprioras, hasta que Nuestro Señor llevó al cielo á la fundadora, á pagarle el servicio con su favor hecho y el que se hace y se ha de hacer: María de Jesús, gran religiosa, despues de la cual han gobernado dos hermanas: doña Leonor de Ribera y doña Beatriz de Horosco, ya con título de abadesas (porque acabando la una de ser abadesa elegian á la otra), con gran ejemplo, religion, prudencia, modestia y blandura y no poca penitencia, con lo cual á las demás animaban al cumplimiento de lo profesado. Víanlas en los trabajos las primeras, por lo cual nadie se excusaba. Hacen lo que Cristo nos enseñó: El mayor entre vosotros sea como menor, y el que manda sea siervo de los demás. Gracias á Nuestro Señor, ansí no se ha dicho deste monasterio, como ni del otro. Son sujectas al Ordinario.

En lo que toca á la celebracion de los Oficios Divinos, si no son iguales en la música al de la Encarnación, vanles pisando los carcañales, y no les hacemos en esto agravio, porque el otro, como más antiguo y principio, proveyóle Nuestro Señor de voces y destreza en el canto y todo género de música cual se requiere para alabar á su Majestad. No quiero decir más, no me apedreen. Aunque es así, que en este convento hay Religiosas muy diestras, y de voces admirables, y en el órgano famosas.

[CAPITULO XL]
DEL MONASTERIO DE LA TRINIDAD