Nota del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
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La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.


NOVELAS PUBLICADAS EN ESPAÑOL
POR
D. APPLETON Y CÍA., NUEVA YORK.

Pepita Jiménez.

Por Don JUAN VALERA.

Edición Americana Ilustrada. Un hermoso tomo de 219 páginas, con 7 láminas, el retrato y autógrafo del autor y varias viñetas alegóricas. Encuadernación de mucho gusto artístico y bonitamente decorada. Buen papel, tipo claro, etc., etc. Precio, $1.25.

La Casa en el Desierto.

Aventuras de una familia perdida en las soledades de la América del Norte.

Por el Capitán MAYNE REID.

Un bonito tomo de 348 páginas con 12 láminas, encuadernado en tela inglesa. $1.25.

La misma, edición económica, 50 centavos.

Las Minas del Rey Salomón.

Por H. RIDER HAGGARD.

Una novela inglesa llena de aventuras y de escenas interesantísimas. 50 centavos.


EL CASO EXTRAÑO DEL DOCTOR JEKYLL

NOVELA ESCRITA EN INGLÉS

POR
ROVERTO LUIS STEVENSON

TRADUCIDA AL ESPAÑOL POR
EMILIO SOULÉRE

NUEVA YORK
D. APPLETON Y COMPAÑÍA
1, 3, y 5 Bond Street
1891


Copyright, 1891,
By D. APPLETON AND COMPANY.

La propiedad de esta obra está protegida por la ley en varios países, donde se perseguirá á los que la reproduzcan fraudulentamente.


SOBRE LA PRESENTE OBRA.

El Caso extraño del Dr. Jekyll, ó sea del Dr. Jekyll y de Mister Hyde, es, después de La Isla del Tesoro, la obra más afamada de Stevenson y no será dudoso el que la primera sea aún más conocida que la segunda en los países anglosajones. Débese esto indudablemente á que además de haber sido y ser constantemente leída por casi todo el mundo, fué dramatizada y obtuvo tan buen éxito que se ha representado centenares de veces. Recientemente se publicó también una versión francesa: Le Cas Étrange du Docteur Jekyll, hecha con no poco gusto y tino por Mme. B. J. Low, esposa del reputado artista de este nombre, y ahora aparece la española, que estamos seguros ha de ser tan bien recibida como aquélla.

La novela posee ya de por sí un interés dramático poco común, y en toda ella se revela ese arte peculiar y característico de su autor en el relato, que desde el principio atrae la curiosidad del que la lee. En este trabajo psicológico ó psico-fisiológico, Stevenson ha logrado sacar, del misterio de la dualidad humana, efectos irresistibles, uniendo discretamente lo maravilloso con lo científico y la enseñanza moral con la narración más interesante de ese combate entre dos naturalezas distintamente opuestas, que luchan sin cesar entre sí, revelando el imperio que ejerce la más ruin sobre la más noble, cuando á tiempo no se logran dominar sus exigencias y caprichos.

La historia del Dr. Jekyll, despojada de ciertos atavíos, de todo adorno maravilloso y de la parte fantástica, es la historia de muchos que acaso todos conocemos y tratamos diariamente, sólo que en el presente caso está trazada por la mano maestra del reputado autor escocés.

Los Editores.

Nueva York, Abril, 1891.


EL CASO EXTRAÑO DEL DOCTOR JEKYLL.

HISTORIA DE LA PUERTA.

El Sr. Utterson, el abogado, era un hombre de rostro duro en el cual no brillaba jamás una sonrisa; frío, lacónico y confuso en su modo de hablar; poco expansivo; flaco, alto, de porte descuidado, triste, y sin embargo, capaz no sé por qué, de inspirar afecto. En las reuniones de amigos, y cuando el vino era de su gusto, había en todo su ser algo eminentemente humano que chispeaba en sus ojos; pero ese no sé qué, nunca se traducía en palabras; sólo lo manifestaba por medio de esos síntomas mudos que aparecen en el rostro después de la comida, y de un modo más ostensible, por los actos de su vida. Era rígido y severo para consigo mismo; bebía ginebra cuando se hallaba solo, para mortificarse por su afición al vino; y, aunque le agradaba el teatro, hacía veinte años que no había penetrado por la puerta de ninguno. Pero tenía para con los demás una tolerancia particular; á veces se sorprendía, no sin una especie de envidia, de las desgracias ocurridas á hombres inteligentes, complicados ó envueltos en sus propias maldades, y siempre procuraba más bien ayudar que censurar. "Me inclino,—tenía por costumbre decir, no sin cierta agudeza—hacia la herejía de Caín; dejo que mi hermano siga su camino en busca del diablo." Con ese carácter, resultaba á menudo, que era el último conocido honrado y la última influencia buena para aquellos cuya vida iba á mal fin; y aún á esos, durante todo el tiempo que andaban á su alrededor, jamás llegaba á demostrar ni siquiera la sombra de un cambio en su manera de ser.

Sin duda era fácil esa actitud para Utterson, pues era absolutamente impasible, y hasta sus amistades parecían fundadas en sentimientos similares de natural bondad. Es característico en un hombre modesto el aceptar de manos de la casualidad las amistades, y eso es lo que había hecho el abogado. Sus amigos eran sus parientes ó aquellos á quienes había conocido desde hacía mucho tiempo; sus afecciones, como la hiedra, crecían con el tiempo, pero no procedían de ninguna inclinación especial. De ahí, sin duda, provenía la amistad que le unía á Ricardo Enfield, uno de sus lejanos parientes, y hombre que frecuentaba mucho la sociedad. Para algunos había en ello un enigma; ¿qué podrían hallar uno en otro, y qué podía haber de común entre ambos? Los que los encontraban en sus paseos del domingo, referían que no se hablaban, que parecían sombríos, y que la aparición ó la llegada de algún amigo era acogida por ellos con evidentes signos de satisfacción y hasta de consuelo.

Á pesar de todo, ambos daban gran importancia á aquellos paseos, que eran como el principal placer para ellos, y no sólo rechazaban todas las demás distracciones, sino que prescindían en absoluto de los negocios, para disfrutar con mayor libertad de sus paseos.

La casualidad hizo que en una de aquellas excursiones, cruzasen una callejuela situada en un barrio comercial de Londres. Era sumamente tranquila, pero en los días de trabajo había en ella un comercio activo. Sus habitantes hacían todos buenos negocios, esperaban hacerlos mejores en el porvenir, y dedicaban el sobrante de sus beneficios al embellecimiento de sus residencias, de tal suerte, que las fachadas de las tiendas alineadas á lo largo de la calle parecían invitarlo á uno como hubieran podido hacerlo dos hileras de sonrientes vendedoras. Hasta el domingo, cuando aquellos atractivos encantos estaban ocultos y la calle parecía relativamente desierta, ofrecía marcado contraste con las inmediaciones, bastante sucias, contraste parecido al de un fuego brillante en medio de un bosque sombrío; no cabe duda de que aquellas persianas recién pintadas, aquellos bronces relucientes, y aquella nota de limpieza y de alegría sorprendían y agradaban á los transeuntes.

Á dos casas de distancia de la esquina de la calle, á mano izquierda yendo hacia el Este, la línea se hallaba cortada por la entrada de un callejón sin salida, en el que se levantaba un edificio de aspecto triste, cuyos aleros se extendían sobre la calle. Tenía dos pisos, ninguna ventana, solo una puerta en la planta baja, y el muro deteriorado que se elevaba hasta el extremo superior; en todo demostraba aquella construcción largo tiempo de abandono y descuido. La puerta, en la cual no había ni campanilla ni picaporte, estaba deteriorada y sucia. Los vagos acostumbraban sentarse en el escalón de ella, y la utilizaban para encender fósforos; los muchachos de las escuelas habían probado sus cuchillas en las molduras; y durante muchísimo tiempo nadie se había preocupado de rechazar á aquellos visitantes, ó de reparar sus daños.

El Sr. Enfield y el abogado cruzaban por el otro lado de la callejuela, y al llegar frente á aquel edificio, el primero señaló á la puerta con su bastón.

—¿Habéis observado alguna vez esta puerta?—preguntó; y cuando su amigo le hubo contestado afirmativamente, añadió:—se halla enlazada en mi memoria con una historia harto singular.

—¿De veras?—dijo Utterson, con una ligera alteración en la voz—¿qué historia es esa?

—Hela aquí—replicó el Sr. Enfield.—Regresaba á mi casa desde un punto lejano, á eso de las tres de la madrugada, una obscura noche de invierno, y mis pasos me llevaron á una parte de la ciudad en donde no se veía más que los faroles. Todo el mundo dormía; las calles se hallaban iluminadas como para una procesión y completamente desiertas; mi ánimo había llegado á hallarse en aquel estado en que se desea ardientemente ver á un agente de policía. De pronto vi dos personas: una de ellas era un hombrecillo que caminaba á buen paso hacia el Este, y la otra una niña de ocho á diez años que corría tanto como le era dable, por una calle transversal. Al cruzarse en la intersección de las dos calles, chocaron uno con otro, y el hombre pisoteó con la mayor calma el cuerpo de la niña, dejándola tendida en el suelo y continuando su camino. Aquello no era el proceder de un hombre, sino más bien el del diablo indio Juggernaut. Lancé un grito, eché á correr, cogí á mi hombre por el cuello, y lo llevé al punto en donde ya, alrededor de la criatura, que se quejaba lastimosamente, había varias personas. Estaba enteramente tranquilo, y además, no opuso la menor resistencia, pero me lanzó una mirada que me infundió verdadero terror. Las personas que habían salido de la casa inmediata eran todas de la familia de la niña, y poco después llegó el médico, á quien habían ido á buscar. En realidad, la criatura no estaba gravemente herida, sino más bien asustada, según dijo el facultativo; y tal vez podríais suponer que las cosas no pasaron de ahí; pero había una circunstancia curiosa. Desde el primer golpe de vista había experimentado yo odio contra el agresor, así como la familia de la niña, lo cual era muy natural. Lo que más me sorprendió fué la conducta del médico. Era un tipo ordinario, sin nada de particular, con un marcado acento escocés, y de aspecto tranquilo y pacífico; pero no pudo menos de experimentar la misma conmoción que nosotros; cada vez que miraba á mi prisionero, veía yo que el doctor palidecía y contenía el deseo de arrojarse sobre él. Yo comprendía lo que pensaba, y él á su vez, también comprendía mi pensamiento; y como no era posible asesinar á aquel hombre, optamos por lo mejor. Le dijimos que nos proponíamos hacer tanto ruido respecto de aquel asunto, que su nombre sería maldecido de un extremo á otro de Londres. Mientras le decíamos esto, nos vimos obligados á defenderlo contra las mujeres, que parecían tan exaltadas como harpías. En mi vida he visto una reunión de caras que demostrasen el odio que aquéllas; y en medio de todos, nuestro hombre, parecía hacer alarde de una presencia de espíritu brutal, sarcástica—como desafiando á todos, aunque en el fondo yo veía que estaba asustado.

—Si lo que deseáis—dijo—es sacar dinero á costa de este incidente, me declaro vencido. Todo caballero desea evitar el escándalo—añadió;—decidme la suma que pretendeis.

La fijamos, no sin trabajo, en cien libras esterlinas para la familia de la niña; se comprendía que hubiera querido resistir, pero había en todas nuestras fisonomías algo que debió asustarle, y concluyó por acceder. Después fué preciso obtener el dinero; y ¿adónde creéis que nos llevó? precisamente al mismo lugar en que se halla esa puerta; sacó rápidamente una llave, entró, y volvió á salir con diez libras en oro y un vale por el resto, á cargo del Banco de Coutt, pagadero al portador y á la vista, y firmado con un nombre que no puedo decir; era un nombre muy conocido y más de una vez publicado en caracteres de imprenta. La suma era fuerte, pero la firma valía mucho más, si realmente era auténtica. Me tomé la libertad de hacer notar á nuestro personaje, que todo aquel negocio parecía fantástico, y que no era común que un hombre entrase á las cuatro de la madrugada por la puerta de una cueva para salir con un vale perteneciente á otra persona, por un valor de cerca de cien libras; pero acogió mi indicación con una tranquilidad perfecta y dijo con tono sarcástico:

—Tranquilizaos; voy á permanecer con ustedes hasta que se abra el despacho del Banco, y cobraré el vale yo mismo.—Partimos todos; el doctor, el padre de la niña, nuestro hombre y yo pasamos el resto de la noche en mi casa. Por la mañana, después de haber almorzado, fuimos juntos al Banco. Presenté el vale, dudando si sería falso; pero nada de eso; era bueno.

—Vaya, vaya—exclamó Utterson.

—Veo que experimentais igual duda que yo—repuso Enfield;—sí, es verdaderamente una historia original. En cuanto á mi hombre, era un ser con el cual nadie hubiera querido tener tratos; un hombre temible y peligroso; y la persona que firmó el vale pertenece á la flor de la alta sociedad, es muy conocida y, lo que da lugar á mayores sospechas es que forma parte de los que se tienen por hombres de bien, y á quienes se llama así. Yo creo que es un hombre honrado que tiene que pagar á peso de oro el silencio de alguien que conoce alguna locura de su juventud; así es que á esa casa de la puerta le llamo yo la casa de la difamación, aunque, como lo podéis comprender, todo esto se halla lejos de explicar las cosas—añadió; y después continuó pensativo, sumido al parecer en profunda meditación; pero no tardó en salir de ella, por la siguiente pregunta que le dirigió Utterson:

—¿Y no sabéis si el firmante del vale vive aquí?

—¡Ah! ¡sería verdaderamente una hermosa residencia para él!—repuso Enfield—pero he tenido la suerte de lograr algunas noticias relativas á sus señas; no vive aquí.

—¿Y jamás habéis preguntado nada respecto del sitio en que está la puerta?—volvió á decir el Sr. Utterson.

—No señor, he tenido esa delicadeza—añadió Enfield.—Tengo viva repugnancia por las preguntas; eso se asemeja demasiado á lo que se hará el día del Juicio final. Lanzáis una pregunta, y es como si tiráseis una piedra; estáis tranquilamente sentado en la cima de una colina, y la piedra desciende arrastrando á otras consigo; y resulta que un viejo pájaro cualquiera (el último de quien os acordáis), queda herido por la piedra en su propio jardín, en su misma casa, y la familia se ve obligada á cambiar de nombre á causa del escándalo. No, señor, he llegado á hacer de ello una regla de conducta; cuanto más sospechosa me parece una cosa, menos pregunto.

—Es, verdaderamente, un buen método—dijo el abogado.

—Pero he estudiado el paraje yo mismo—siguió diciendo Enfield;—la construcción no se parece apenas á una casa. No tiene ninguna otra puerta, y nadie ha entrado ó salido por esa en un largo espacio de tiempo, sino el caballero de mi historia. Hay tres ventanas, con vista al callejón sin salida, en el piso principal; debajo no existe ninguna; los postigos están siempre cerrados, pero se ven limpios. Además, tiene una chimenea que echa humo constantemente; luego, alguien debe vivir allí. Mas no es absolutamente seguro, pues las casas de aquel callejón sin salida encajan de tal modo unas dentro de otras, que es difícil decir dónde concluye una y comienza otra.

Caminaron durante algún tiempo sin decir una palabra.

—Enfield—exclamó el Sr. Utterson—tenéis una excelente regla de conducta.

—Así lo creo—repuso Enfield.

—Pero, á pesar de todo—continuó el jurisconsulto—hay una cosa que quisiera preguntaros; desearía saber el nombre del hombre que pisoteó á la niña.

—Bien—contestó Enfield—no veo ningún mal en ello. Era un individuo llamado Hyde.

—¡Hum!—dijo Utterson—¿qué clase de hombre es?

—No es fácil de describir. Se observa en todo su exterior cierta falsedad, algo desagradable, algo evidentemente detestable. Jamás he visto un hombre que me agrade menos, y casi no sé por qué. Debe haber en él algo deforme; produce el efecto de una gran deformidad, aunque no me sea posible precisarla. Tiene una mirada extraordinaria, y sin embargo, nada puedo especificar que se salga de lo común y ordinario. No, señor, no me es posible llegar á una conclusión, ni tampoco describirlo. Y no es por falta de memoria, pues puedo verlo en este mismo instante.

El Sr. Utterson anduvo algunos pasos más sin interrumpir el silencio, y luego preguntó, como obligado por sus reflexiones:

—¿Estáis seguro que hizo uso de una llave?

—Querido señor...—dijo Enfield, notablemente sorprendido por aquella pregunta.

—Sí, ya sé,—continuó Utterson—ya sé que eso debe parecer extraño. El hecho es que no os pregunto el nombre de la otra persona, porque la conozco ya. Lo veis, Ricardo, vuestra relación ha dado en el blanco. Si en algún punto habéis sido inexacto, haríais bien en rectificar.

—Creo que hubiérais podido avisarme—replicó Enfield, con algo de mal humor—pero he sido completamente exacto. El hombre tenía una llave; y lo que es más, la tiene todavía. Lo vi usarla no hace aún una semana.

Utterson lanzó un profundo suspiro, pero no volvió á hablar; y el joven, reanudando entonces la conversación, añadió:

—Hé aquí para mí una nueva lección y otro motivo para callar. Me avergüenzo de haber tenido la lengua demasiado larga, y convengamos en no volver á tratar ese asunto.

—De todo corazón—respondió el abogado—os doy mi palabra y un apretón de manos, Ricardo.


EN BUSCA DEL SR. HYDE.

Aquella noche, el Sr. Utterson volvió á su habitación de soltero, con el ánimo sombrío, y se sentó sin placer ante la mesa en donde se hallaba servida la comida. Tenía costumbre, el domingo, cuando concluía de comer, de ir á sentarse junto al fuego, con un tomo de cualquier teólogo árido sobre su pupitre, permaneciendo así hasta que el reloj de la vecina iglesia tocaba doce campanadas, y entonces iba tranquilamente á acostarse. Sin embargo, la noche aquella, así que quitaron el mantel, tomó una bujía y fué á su gabinete. Allí abrió su cofre y sacó del sitio más secreto un documento envuelto en un sobre, en el cual estaba escrito lo siguiente: "Testamento del Doctor Jekyll," y se sentó melancólicamente para estudiar su contenido. El testamento era ológrafo, pues aunque Utterson se había encargado de guardarlo una vez hecho, no quiso intervenir en su redacción. Aquel testamento declaraba, que no sólo en el caso del fallecimiento de Enrique Jekyll, Doctor en Medicina, etc., etc., todos sus bienes deberían pasar á manos de su amigo y bienhechor Eduardo Hyde, sino que por la desaparición ó una ausencia inexplicable del Dr. Jekyll, ausencia que excediese de un período de tres meses, el referido Eduardo Hyde debería tomar posesión de los bienes de dicho Enrique Jekyll, sin ningún otro plazo, y libre de toda carga ú obligación, salvo algunas pequeñas sumas que pagar á los criados de la casa del doctor. Hacía ya mucho tiempo que aquel documento desagradaba al abogado. Le molestaba á la vez en su calidad de jurisconsulto, y en el concepto de partidario de los usos sensatos y ordinarios de la vida, y de enemigo de todo lo extravagante. Además, su desconocimiento de la persona del Sr. Hyde era lo que había aumentado su indignación; y ahora, gracias á un acontecimiento inesperado, le conocía. Ya era bastante malo que tuviese un nombre respecto del cual nada podía saber, que nada decía, y era mucho peor cuando aquel nombre fué revestido con detestables imputaciones; y el espeso y nebuloso velo que había cubierto sus ojos durante tanto tiempo se rasgó de golpe para dejarle ver á un verdadero demonio.

Después de esto, apagó la bujía, se puso un gabán, y salió. Encaminóse hacia la plaza Cavendish, ciudadela de la Medicina, en donde su amigo, el gran doctor Lanyón, tenía su casa, y recibía á sus numerosos clientes. "Si alguien sabe, será Lanyón," se dijo á sí mismo el jurisconsulto.

El solemne ayuda de cámara le conocía, y le saludó; como no se le sometía á las interminables antesalas de las visitas ordinarias, fué directamente desde la puerta hasta el comedor, en donde se hallaba el doctor Lanyón.

El doctor era un caballero que vivía bien, excelente compañero, saludable, bien portado y de rostro algo encendido; su cabello había encanecido antes de tiempo, y lo llevaba desordenado. Sus ademanes eran bruscos y alborotados. Al ver á Utterson, dejó la silla y corrió á su encuentro, tendiéndole ambas manos. Aquella efusión, que era uno de sus hábitos, tenía algo de teatral, pero se hallaba cimentada sobre verdaderos sentimientos de amistad, pues ambos eran antiguos camaradas y condiscípulos de la escuela y la Universidad, que se guardaban mutua consideración, y aunque no sea consecuencia de ello, les agradaba hallarse juntos.

Después de una corta y trivial conversación, el abogado llegó al asunto que le aguijoneaba penosamente el espíritu.

—Supongo, Lanyón—dijo—que vos y yo debemos ser los dos amigos más viejos que tiene Enrique Jekyll.

—Yo quisiera que los amigos fuesen más jóvenes—contestó riéndose el Dr. Lanyón;—pero creo que así es. ¿Y qué más? Lo veo tan poco á menudo ahora...

—¿Cómo?—exclamó Utterson—yo creía que teníais intereses comunes.

—Los hemos tenido—repuso el doctor—pero desde hace diez años, el Dr. Enrique Jekyll se ha vuelto demasiado fantástico para mí. Comenzaba á emprender un mal camino, mal camino desde el punto de vista intelectual, y aunque sigo, sin duda, interesándome por él, á causa de nuestro antiguo y buen compañerismo, he visto y veo muy rara vez á nuestro hombre en estos últimos tiempos. Sus extravagantes ideas—añadió el doctor poniéndose encarnado—hubieran hecho reñir á Damón y Pythias.

Ese pequeño estallido de cólera llevó un poco de calma y algo de alivio al ánimo de Utterson. "Habrán diferido únicamente de opinión en alguna cuestión científica," pensó para sí, y no siendo hombre capaz de tener pasiones científicas (salvo el caso del procedimiento y diligencias de su oficio) añadió, hablando consigo mismo: "no será cosa grave." Dejó algunos segundos de respiro para que se repusiese su amigo, y le lanzó la pregunta objeto de su visita:

—¿Habéis visto alguna vez á uno de sus protegidos, un tal Hyde?

—¿Hyde?—repitió Lanyón.—No, jamás he oído nada de él. Su amistad debe ser posterior á nuestras pequeñas diferencias.

Esos eran los únicos informes que llevaba el abogado al regresar á su gran lecho sombrío, sobre el cual se agitó en todos sentidos hasta las primeras horas de la mañana. Fué una noche aquella de poco descanso para su atormentado espíritu, envuelto en obscuridades y asediado por la duda.

Las seis daban en la cercana iglesia, tan bien situada con respecto á la habitación del Sr. Utterson, y éste continuaba soñando en su problema.

Hasta entonces sólo le había considerado desde el punto de vista intelectual; pero en aquel momento estaba dominado por las diferencias, por los saltos de su imaginación; y aunque acostado, y volviéndose de un lado para otro, en medio de la sombría obscuridad del cuarto, conservada por espesas colgaduras, la historia del Sr. Enfield se iba desenvolviendo delante de él, y todos los detalles se le presentaban como cuadros luminosos de un panorama.

Veía primero los espacios inmensos de una ciudad alumbrados por faroles; luego la forma de un hombre caminando rápidamente; después la de una criatura que volvía corriendo de la casa del médico, y en fin, su encuentro, y aquel diablo (Juggernaut) de apariencia humana, pisoteando á la niña y marchándose sin que le detuviesen sus gritos. Su visión continuaba: veía un cuarto, en una hermosa casa, en donde dormía su amigo, soñando y sonriendo á sus sueños, abrirse la puerta del cuarto, separarse los cortinajes, despertarse su amigo, y frente á él presentarse una forma que tenía el poder, aun en aquella hora indebida, de hacerle levantar y darle órdenes. Aquella forma con dos rostros tan distintos persiguió el espíritu del abogado toda la noche, y si lograba dormirse algunos instantes, seguía viendo la forma deslizarse disimuladamente á lo largo de las casas cerradas, ó caminando rápidamente, más rápidamente aún, hasta caer desvanecida, á través del laberinto de una ciudad alumbrada, iluminada, y luego, en la esquina de cada calle, pisotear á una criatura y abandonarla á pesar de sus lamentos y sus gritos. Y aquella forma no tenía jamás un rostro que permitiese reconocerla; hasta en sueños no tenía una cara conocida, ó la que tenía se ocultaba y desvanecía cuando quería mirarla; y así fué, gracias á ese sueño, como creció y creció en el ánimo del abogado aquella curiosidad verdaderamente extraña, casi extravagante, de conocer la fisonomía del verdadero Sr. Hyde. Pensaba que, si alguna vez llegaba á fijar sus ojos en él, se aclararía el misterio, desapareciendo en absoluto, como sucede con todo lo sobrenatural cuando se examina de cerca. Hallaría sin duda alguna razón para explicar la extraña preferencia ó esa esclavitud de su amigo (llámesele como se quiera), y también las cláusulas sorprendentes de su testamento. Sea lo que fuere, no cabe duda de que el rostro valía la pena de ser visto; ese rostro de un hombre cuyas entrañas no tenían compasión ni piedad ninguna, era rostro que sólo con presentarse había logrado inspirar en el ánimo del insensible Enfield un sentimiento de odio profundo.

Desde aquel instante, Utterson se puso á examinar frecuentemente la puerta de la callejuela de las tiendas. Por la mañana antes de la hora del escritorio, al mediodía cuando los negocios estaban en plena actividad y teniendo escaso tiempo, por la noche á la luz de una luna velada por la niebla, en una palabra, con todas las luces y á todas horas, solo ó en medio del gentío, podía verse el abogado en aquel sitio.

Al fin, su paciencia se vió recompensada. Era una noche hermosa y apacible; helaba, y las calles estaban tan limpias como el piso de un salón de baile; los faroles, cuyos mecheros no agitaba ni el más ligero soplo de aire, daban la cantidad de luz y de sombra requerida.

Hacia las diez, cuando todas las tiendas estuvieron cerradas, la callejuela quedó desierta y silenciosa, sin oirse más que el ruido sordo de sus alrededores. Del otro lado de la calle se percibían los movimientos, las idas y venidas en el interior de las casas, distinguiéndose los pasos de los transeuntes mucho antes de verlos. Hacía algunos minutos que Utterson estaba en su puesto, cuando llamó su atención un paso ligero y extraño que se aproximaba. En el curso de sus nocturnas peregrinaciones había llegado á acostumbrarse á distinguir en medio de los zumbidos y de los ruidos más diferentes de una gran ciudad, los pasos de una persona sola, lejos aún, y que venía bruscamente á él, pero nunca se había sentido su atención tan excitada ni tan fija como en aquel momento definitivo, y poseído de un presentimiento absoluto y supersticioso de un buen éxito, se ocultó en la entrada del callejón.

Los pasos se acercaban rápidamente, haciéndose más y más distintos en el recodo de la calle. El abogado, mirando desde su escondite, no tardó en ver con qué clase de hombre se las tenía que haber. Éste era pequeño, vestido con sencillez; su exterior, aun á aquella distancia, no fué enteramente del agrado del observador. El hombre fué derecho á la puerta, atravesando el arroyo para ganar tiempo, y sin dejar de andar, sacó una llave del bolsillo, como quien llega á su casa.

El Sr. Utterson atravesó la calle y le tocó el hombro cuando pasaba, diciendo:

—¿El Sr. Hyde, si no me equivoco?

Hyde retrocedió vivamente, y su respiración pareció cambiarse en un silvido. Pero su temor sólo fué momentáneo, y aunque no podía ver el rostro del abogado, contestó con sequedad:

—Ese es mi nombre. ¿Qué me queréis?

—Veo que vais á entrar—repuso el abogado.—Soy un antiguo amigo del Dr. Jekyll;—Utterson, de la calle Gaunt.—Debéis haber oído mi nombre, y encontrándoos tan á propósito, he pensado que tendríais la bondad de recibirme.

—No hallaréis al Dr. Jekyll; no está en su casa—replicó Hyde soplando en el cañón de la llave, y luego, de repente, sin mirar al abogado, añadió:—¿Cómo me habéis conocido?

—Ahora os toca á vos—dijo Utterson—¿queréis concederme un favor?

—Con mucho gusto—contestó Hyde—¿de qué se trata?

—¿Queréis dejarme ver vuestro rostro?—preguntó el abogado.

Hyde pareció vacilar; luego, impelido sin duda por alguna reflexión súbita, se volvió enseñando el rostro con cierto aire de provocación ó desafío, y ambos se miraron fijamente durante algunos segundos.

—Ahora os reconoceré—dijo Utterson—lo cual puede ser conveniente.

—Sí—replicó Hyde—no me disgusta que nos hayamos encontrado; y, á propósito, os daré las señas de mi casa—y le dijo un número de una calle en Soho.

—¡Dios mío!—pensó Utterson—¿se habrá acordado también él del testamento?—Pero guardó sus temores para sí, y murmuró algunas palabras como para agradecer las señas dadas.

—Bien, veamos—dijo Hyde—¿cómo me habéis conocido?

—Por una descripción—fué la repuesta.

—Una descripción, ¿de quién?

—Tenemos amigos comunes—añadió Utterson.

—¿Amigos comunes?—repuso Hyde como un eco y con voz ronca.—¿Quiénes son?

—Jekyll, por ejemplo—dijo el abogado.

—Jamás os ha dicho nada—exclamó Hyde con un movimiento de cólera.—No os creía capaz de mentir.

—Algo dura me parece esa palabra—replicó Utterson.

Hyde lanzó una estrepitosa carcajada, y con una rapidez extraordinaria, levantó el pestillo de la puerta y desapareció dentro de la casa.

El abogado se quedó inmóvil y desconcertado al ver la desaparición de Hyde. Al cabo de un rato echó á andar calle arriba, deteniéndose á cada paso y llevándose una mano á la frente, como un hombre preso de la mayor perplejidad. El problema cuya solución buscaba, según iba caminando, era de aquellos que rara vez la tienen. El Sr. Hyde era pálido y de pequeña estatura; producía la impresión de lo deforme sin que fuese posible designar esa deformidad con una palabra exacta; tenía una sonrisa desagradable; se había conducido con una mezcla criminal de timidez y de audacia; había hablado con una voz ronca, que silvaba por momentos, y algo cascada. Todos estos detalles le eran contrarios, pero aun reunidos no bastaban para explicar la repugnancia, el odio y el miedo con que los consideraba Utterson. Debe de haber algo más, se dijo perplejo. Hay algo más; si pudiese darle á eso un nombre. ¡Ese hombre apenas se parece á un ser humano! Tiene algo del troglodita. ¿Será esto como la antigua historia del Dr. Fell? ¿Ó es únicamente el simple reflejo é irradiación de un alma mala que pasa á través de él y que altera ó desnaturaliza su envoltorio corporal? Porque, ¡oh, mi pobre viejo Enrique Jekyll, si alguna vez he leído la firma de Satanás puesta en un rostro, ha sido en el de vuestro nuevo amigo!

Precisamente al doblar la esquina de la calle, había un grupo de antiguas y grandes casas, en su mayor parte ya muy deterioradas, divididas en pisos con habitaciones separadas que se alquilaban á hombres de todas clases y condiciones, grabadores, arquitectos, abogados sin clientes, y agentes de negocios dudosos. Una de aquellas casas, sin embargo, la inmediata á la de la esquina de la calle, se hallaba ocupada por un solo inquilino, y á la puerta de aquella casa, que tenía cierto aspecto de comodidad y de riqueza, aunque medio sumida en la obscuridad, porque únicamente la alumbraba un farol interior, fué donde se detuvo Utterson, y á la que llamó. Un criado anciano y de buen porte abrió la puerta.

—Poole, ¿está en casa el Dr. Jekyll?—preguntó el abogado.

—Voy á ver, Utterson—contestó Poole, haciendo entrar al jurisconsulto en un extenso recibimiento bajo de techo y embaldosado, adornado con hermosos armarios de roble, y calentado, al estilo de las casas de campo, por un gran fuego que ardía en una chimenea abierta.

—¿Queréis esperar aquí junto al hogar, caballero, ó preferís pasar al comedor?

—Aquí, gracias—contestó el abogado, aproximándose al fuego.

Aquella habitación, en la que se quedó solo por unos momentos, era la predilecta de su amigo el doctor, y el mismo Utterson tenía costumbre de hablar de ella como de la más agradable de Londres. Pero aquella noche Utterson se hallaba en una situación excepcional; el rostro de Hyde no se apartaba de su memoria; sentía (cosa rara en él) como disgusto de la vida, y su espíritu entristecido le hacía ver como una amenaza en los reflejos de las llamas sobre las partes brillantes de los armarios, y en los oscilantes movimientos de las sombras del techo.

Cuando Poole regresó y anunció que el Dr. Jekyll había salido;—he visto al Sr. Hyde entrar por la vieja puerta del gabinete de anatomía, Poole—le dijo el abogado—¿es eso natural no estando en casa el Dr. Jekyll?

—Completamente natural y regular, Sr. Utterson—repuso el criado.—El Sr. Hyde tiene una llave de aquella puerta.

—Vuestro amo, Poole, parece tener la mayor confianza en ese joven.

—Sí, señor, es verdad—contestó Poole—todos tenemos orden de obedecerle.

—No creo haber encontrado aquí jamás al Sr. Hyde—dijo Utterson.

—¡Oh! de seguro que no; nunca come aquí—añadió el ayuda de cámara.—En realidad pocas veces oímos hablar de él en este lado de la casa; casi siempre entra y sale por el laboratorio.

—Bien, buenas noches, Poole.

—Buenas noches, Sr. Utterson.

Y el abogado emprendió el camino de su casa con el corazón oprimido. ¡Pobre Enrique Jekyll! (decía hablando consigo mismo) tengo el presentimiento de que va por mal camino. Era libertino cuando joven, hace tiempo, es verdad, pero según la ley de Dios, siempre, tarde ó temprano, llega para cada uno el castigo de sus pecados. Y debe ser algo así; el espectro de algún antiguo pecado, el cáncer roedor de alguna vergüenza oculta, cuyo castigo viene cuando años después la memoria ha olvidado la falta y el amor propio la ha excusado.

Asustado por sus mismas ideas, recordó su pasado, buscando y escudriñando en todos los rincones de su memoria, temeroso de que algún antiguo pecado se mostrase en plena luz. Su pasado era bastante limpio y sin tacha; pocos hombres hubieran podido leer las páginas de su vida con menos temor y aprensión, y sin embargo, sentíase como profundamente humillado á causa de las numerosas malas acciones que creía haber cometido, al mismo tiempo que se gozaba con el recuerdo de las que había sabido evitar.

Volviendo al asunto que le preocupaba, tuvo un rayo de esperanza.

Si se pudiera profundizar en el estudio de ese Hyde.... dijo para sí—debe tener grandes secretos; secretos siniestros, á juzgar por su cara; secretos ante los cuales las peores acciones del pobre Jekyll serían como brillantes rayos de sol. Pero las cosas no pueden seguir así. Se me hiela la sangre cuando pienso que ese ser se arrastra como un ladrón hasta el lecho de Enrique; ¡Pobre Enrique, qué despertar el tuyo! Y lo más peligroso de todo eso es que si el tal Hyde sospecha la existencia del testamento, tendrá prisa por heredar. Es preciso que yo me ocupe de este asunto—si Jekyll quiere permitírmelo—añadió—si Jekyll quiere dejarme obrar—pues una vez más vió ante sus ojos escritas, con igual claridad que en el papel, las extrañas cláusulas del testamento.


EL DR. JEKYLL ESTABA TRANQUILO.

Quince días después, por una feliz casualidad, el doctor daba una de sus alegres comidas á cinco ó seis antiguos amigos, hombres inteligentes, respetables y conocedores del buen vino; el Sr. Utterson, que era uno de ellos, se arregló de modo que permaneció allí después de haberse marchado los demás. No fué aquello un hecho fortuito, porque ya había ocurrido otras veces. En donde querían á Utterson, lo querían de veras. Los anfitriones se complacían en retener al austero abogado, cuando los demás convidados, con la lengua suelta y el corazón alegre, habían traspasado el umbral de la puerta; les era grato permanecer algún tiempo en su discreta compañía, comenzando así á acostumbrarse á la soledad en que iban á quedar, y habituando el espíritu al silencio, pasada la exuberante alegría producida por el banquete. El Dr. Jekyll no era una excepción de esta regla; y sentado en el lado opuesto al fuego, él, hombre de unos cincuenta años, bien constituído, de rostro barbilampiño, con un aspecto quizá algo disimulado, pero de apariencia inteligente y bondadosa, daba á entender que experimentaba por Utterson una amistad tan viva como sincera.

—Deseaba hablaros, Jekyll—comenzó diciendo el Sr. Utterson—¿recordáis aquel testamento vuestro?

Un atento observador hubiera podido notar que el asunto no era agradable al doctor, pero lo acogió alegremente, al parecer.

—Mi pobre Utterson—le dijo—sois desgraciado tratándose de un cliente como yo. Jamás he visto á un hombre tan turbado como vos cuando mi testamento, excepción hecha del intratable pedante, el Doctor Lanyón, cada vez que habla de lo que llama mis herejías científicas. ¡Oh! bien sé que es un excelente compañero—no tenéis necesidad de fruncir el entrecejo—sí, un excelente compañero, y cada día deseo verlo más á menudo; pero, á pesar de todo es un intratable pedante; un pedante declamador é ignorante. Nunca me ha contrariado tanto un hombre como Lanyón, ni me he equivocado con otro, como con él.

—Ya sabéis que jamás he aprobado vuestro testamento—dijo el Sr. Utterson, volviendo al tema de su conversación.

—¿Mi testamento? Sí, ciertamente; lo conozco—añadió el doctor algo contrariado—ya me habíais hablado de eso.

—Pues bien, os lo vuelvo á decir—continuó el jurisconsulto—he sabido algo respecto del tal Hyde.

La ancha y hermosa cara del Doctor Jekyll palideció, y un círculo negruzco se dibujó alrededor de sus ojos.

—No deseo oir nada más—exclamó;—pensaba que no volveríamos á hablar de esa cuestión, según lo teníamos convenido.

—Lo que he sabido es horrible—dijo Utterson.

—No puedo variar nada; no comprendéis mi situación—replicó el doctor, con cierta incoherencia.—Mi situación es penosa, Utterson; mi situación es verdaderamente extraña; muy extraña. Es uno de esos asuntos que no se pueden arreglar con palabras.

—Jekyll—dijo Utterson—me conocéis; soy hombre en quien se puede confiar y á quien todo se puede decir. Decidme toda la verdad en confianza, y tengo la seguridad de poder sacaros de esa situación.

—Mi buen Utterson—repuso el doctor—lo que hacéis es bueno, es francamente una gran bondad de vuestra parte, y no puedo hallar expresiones suficientes para daros las gracias. Os creo en absoluto, me fiaría de vos antes que de cualquiera otro hombre, antes que de mí mismo, si tuviese que escoger; pero no es lo que os imagináis; no es tan malo; y para tranquilizar vuestro buen corazón, os diré una cosa, y es que en el instante mismo que yo quiera, podré librarme, desembarazarme del Sr. Hyde. Dicho ésto, he aquí mi mano; gracias otra vez. Sin embargo, quiero añadir una palabra, Utterson, y estoy persuadido de que no la llevaréis á mal: ese es un asunto privado, y os ruego que lo dejéis dormir.

Utterson reflexionó un momento, mientras seguía mirando al fuego del hogar.

—No dudo que quizá tengáis razón—dijo, en fin, levantándose.

—Pues bien, ya que hemos hablado de este asunto, y por última vez, según lo espero—siguió diciendo el doctor—hay un punto que desearía haceros comprender bien. Tengo, realmente, grandísimo interés por ese pobre Hyde. Sé que lo habéis visto; me lo ha dicho, y temo que haya sido grosero. Pero tengo afecto, muchísimo afecto por ese hombre; y si llego á perecer, Utterson, deseo que me prometáis sufrirlo y hacer valer sus derechos. Creo que lo haríais si lo supiéseis todo, y aliviaríais á mi espíritu de un gran peso si me lo prometiéseis.

—No puedo asegurar, á pesar de todo, que llegue á quererle—dijo el abogado.

—No es eso lo que os pido—contestó Jekyll, como si defendiese una causa, y apoyando la mano sobre el brazo de Utterson—no os pido más que justicia; os pido que le ayudéis por amor á mí, cuando yo no esté aquí.

Utterson no pudo impedir que se le escapase un profundo suspiro.

—Bien—dijo—lo prometo.


EL CASO DEL ASESINO DE CAREW.

Un año después, poco más ó menos, en el mes de octubre de 18**, la ciudad de Londres quedó horrorizada por un crimen que demostraba una brutalidad poco común, siendo el hecho más ruidoso aun á causa de la alta posición de la víctima. Una criada que vivía en una casa situada cerca del río, subía á acostarse hacia las once. Aunque la neblina había cubierto á la ciudad durante las primeras horas del día, la noche estaba clara, y la callejuela á la cual tenía vistas la ventana del cuarto de la criada, se hallaba brillantemente iluminada por la luz de la luna llena. Nuestra mujer tenía ideas románticas, pues se sentó sobre su baúl, que estaba colocado precisamente al lado de la ventana, y se entregó por completo á sus ensueños.

Jamás—acostumbraba á decir, derramando lágrimas, cuando refería después el acontecimiento—jamás se había sentido tan en paz con todos los hombres, ni había tenido ideas tan buenas acerca del mundo. Hallándose sentada así, vió á un caballero de edad, de buen porte, con el pelo blanco, que caminaba casi rozando la pared de la callejuela; á su encuentro fué otro caballero, de pequeña estatura, en quien no había reparado ella al principio. Cuando llegaron bastante cerca uno de otro para poder hablar, el hombre de más edad se inclinó, acercándose al otro con la mayor deferencia.

No pareció que el objeto de su pregunta fuese de grande importancia; y, según su manera de hablar, podía suponerse que sólo preguntaba el camino; la luna se reflejaba en su rostro mientras hablaba, y la muchacha se alegraba de verlo, porque parecía indicar un carácter ingénuo, con un no sé qué de altivo, y como de amor propio bien fundado.

En esto, los ojos de la joven se volvieron hacia el otro personaje, y le sorprendió reconocer en él á un Sr. Hyde, que había una vez visitado á su amo, y cuya presencia le desagradó. Tenía en la mano un pesado bastón, con el cual jugaba; no contestó, y parecía apartarse con una impaciencia mal contenida. De pronto tuvo un terrible acceso de cólera, pateando, blandiendo el bastón y agitándose como un loco (según los términos mismos empleados por la criada). El señor anciano retrocedió un paso, como sorprendido y ofendido; pero el Sr. Hyde, arrebatado, le acometió á palos y lo derribó. Al mismo tiempo, y con la furia de un mono, pateó el cuerpo, y le descargó una lluvia de golpes bajo los cuales se rompían los huesos, rodando la víctima hasta el arroyo. Viendo aquellos horrores y oyendo los golpes, la muchacha perdió el conocimiento.

Eran las dos de la madrugada cuando volvió en sí y fué en busca de la policía. El asesino había huído hacía ya tiempo, y la víctima yacía en medio de la callejuela, horriblemente mutilada. El bastón que sirvió para cometer el delito, aunque de madera dura, rara y pesada, estaba roto por la mitad á causa de los golpes dados con una ferocidad insensata; uno de los pedazos había quedado allí, y el otro debió, probablemente, llevárselo el asesino. Al registrar á la víctima, se le encontraron una bolsa y un reloj de oro, pero ninguna tarjeta ni papeles, salvo un sobre cerrado y sellado que iba, sin duda, á echar al correo y en el cual estaban escritos el nombre y las señas del Sr. Utterson.

Aquel sobre fué llevado al abogado al día siguiente por la mañana, antes de que se levantase; así que lo vió y supo las circunstancias en que había sido encontrado, sus labios se contrajeron.

—Nada diré hasta haber visto el cadáver—exclamó—esto puede ser muy serio. Servíos esperar á que me vista. Y con la misma cara impasible tomó su desayuno, y partió en coche hasta el vecino puesto de policía en donde se encontraba el cadáver.

Tan pronto como entró en la celda, inclinó la cabeza y dijo:

—Sí, le reconozco. Tengo el sentimiento de decir que es Sir Danvers Carew.

—¡Dios mío! ¡será posible! caballero—exclamó el agente de policía. Y sus ojos brillaron con el fulgor de la alegría del oficio.—Este asunto hará ruido, y quizá podáis ayudarnos á encontrar al asesino.—Luego refirió rápidamente lo que había visto la criada, y enseñó el pedazo roto del bastón.

Utterson se había extremecido ya al oir el nombre de Hyde; pero cuando le enseñaron el bastón no le quedó la menor duda; roto y todo, lo reconoció, por habérselo regalado hacía muchos años á Enrique Jekyll.

—¿Es Hyde—preguntó el abogado—persona de pequeña estatura?

—Es pequeño, y tiene muy mala mirada, según ha declarado la criada—añadió el agente.

Utterson reflexionó; luego, levantando la cabeza, dijo:

—Si queréis venir conmigo, en mi carruaje, creo poder llevaros á casa del asesino.

Serían, entonces, las nueve de la mañana, y era el primer día de gran neblina de la estación. Un inmenso velo sombrío cubría la ciudad, pero el viento rompía de cuando en cuando aquellas nubes de vapor, y como el coche caminaba con precaución, Utterson pudo presenciar á su sabor un continuo cambio de sombras y de luz; pues ya la obscuridad era como al anochecer, ya se veía, por el contrario, una claridad viva como la que proyecta un incendio, y ya, por fin, la neblina se desvanecía completamente, y un descolorido rayo de luz penetraba por entre los torbellinos de nubes.

El triste barrio de Soho, visto á través de aquellos rápidos claros, con sus calles enfangadas, sus transeuntes sucios, sus faroles encendidos para poder luchar contra aquella invasión de obscuridad, parecía en la mente del abogado como la parte de una ciudad presentada en una pesadilla, entrevista en sueños. Sus pensamientos, además, eran lúgubres, y al volver la vista hacia su vecino de coche, sintió algo de ese temor que inspiran siempre la ley y sus representantes, y que puede experimentar hasta el hombre más honrado.

Cuando el carruaje llegó frente al número indicado, la neblina se disipó un poco y le dejó ver una calle sucia, una taberna, una casa de comidas de precio ínfimo, una tienda en donde vendían periódicos á cinco céntimos y lechugas á dos cuartos, muchos niños harapientos acurrucados en las puertas de las casas, y numerosas mujeres de distintas nacionalidades que iban y venían, llevando en la mano las llaves de sus cuartos, de donde salían para ir á tomar el trago de la mañana. Poco después, la neblina volvió á ser intensa, y se halló separado de todos aquellos desagradables cuadros.

Allí estaba la residencia del favorito de Enrique Jekyll, de un hombre que debía heredar la cuarta parte de un millón de libras esterlinas.

Una mujer de edad, de rostro pálido y cabello blanco, abrió la puerta. Tenía mala cara, aunque suavizada por la hipocresía, pero sus modales nada dejaban que desear.

—Sí—dijo—aquí vive el Sr. Hyde, pero no está en casa.

Añadió, que había llegado por la noche, muy tarde, y que había vuelto á salir haría poco menos de una hora; nada de particular había en eso; sus costumbres eran muy poco uniformes, y estaba á menudo ausente; en prueba de ello, dijo que hacía dos meses que no lo había visto, hasta la tarde del día anterior.

—Perfectamente, deseamos ver su habitación—dijo el abogado—y como la mujer empezaba á manifestar que era imposible.—Bueno es que sepáis—continuó—que el señor es el inspector Newcomen del Distrito de Scotland.

Un relámpago de siniestra alegría brilló en el rostro de la mujer.—¡Ah!—exclamó—¿tiene que habérselas con la policía? ¿Qué ha hecho?

Utterson y el inspector cambiaron una mirada.

—Parece que no es hombre muy popular—observó el inspector.—Y ahora, buena mujer, permitidnos hacer un examen minucioso de la habitación.

En toda la extensión de la casa, que estaba enteramente vacía, salvo la presencia de la vieja, Hyde sólo ocupaba dos piezas, que se hallaban adornadas con lujo y buen gusto. Un armario estaba lleno de botellas de vino, la vajilla era de plata, la mantelería elegante, de la pared colgaba un buen cuadro, regalo (supuso Utterson) de Enrique Jekyll, quien era muy inteligente en pinturas, las alfombras gruesas y de colores agradables. Pero en aquel momento había en las dos habitaciones indicios numerosos de un desorden reciente y precipitado; se veían trajes en el suelo, con los bolsillos vueltos para fuera; en el hogar un montón de ceniza gris, como si hubiesen quemado muchos papeles. De entre las cenizas, calientes aún, sacó el inspector el lomo verde de un libro talonario de vales, que había resistido á la acción del fuego; la segunda parte del bastón roto se encontró detrás de la puerta; y como esto confirmaba las sospechas, el inspector se regocijó de ello. Una visita al Banco, en donde el asesino tenía un crédito de varios miles de libras, completó su satisfacción.

—Podéis estar seguro, caballero—dijo el inspector á Utterson—de que caerá en mi poder. Es preciso que haya perdido la cabeza, pues de otro modo jamás hubiera dejado aquí el trozo del bastón roto, ni el pedazo del libro talonario. No tenemos más que esperarlo en el Banco, y mandar publicar los anuncios con su filiación.

Sin embargo, esas señas no eran fáciles de dar, pues el Sr. Hyde tenía pocas intimidades; el amo de la criada sólo le había visto dos veces; no se tenía ninguna noticia respecto de su familia; jamás había sido fotografiado; y aquellas personas que pudieron describirlo, no estuvieron conformes en muchos puntos, como acostumbra suceder comunmente con los observadores inexpertos. Sólo convenían en una cosa, en esa idea vaga de una deformidad difícil de describir, que había llamado la atención de cuantos lo habían visto.


INCIDENTE DE LA CARTA.

Era ya muy entrada la tarde cuando Utterson llegó á la puerta de la casa del Doctor Jekyll, en donde fué recibido por Poole, quien lo condujo por las cocinas y atravesando un patio, que en otro tiempo fué jardín, hasta el edificio llamado indistintamente laboratorio ó gabinete de disección. El doctor había comprado aquella casa á los herederos de un célebre cirujano; pero como sus aficiones particulares le inducían más bien á la química que á la anatomía, había cambiado el destino del edificio situado al extremo del jardín. Era la primera vez que el abogado penetraba en aquella parte de las habitaciones de su amigo; examinó con curiosidad aquel edificio desaseado y sin ventanas; miró á su alrededor con extrañeza, mientras atravesaba la sala que antes se llenaba de estudiantes, y ahora se hallaba vacía y silenciosa. Las mesas estaban cubiertas materialmente de aparatos químicos, y el suelo de tarros y de manojos de paja. La luz bajaba obscura desde la cúpula, como en medio de una atmósfera nebulosa; en el extremo, unos cuantos escalones conducían á una puerta tapada con un lienzo rojo, y pasando por esa puerta, entró, en fin, Utterson en el gabinete del doctor. Era una pieza espaciosa, adornada con armarios con puertas de cristal, y entre cuyos muebles se veían un espejo grande, de cuerpo entero, y una mesa escritorio. Ese gabinete recibía luz por tres ventanas cubiertas de polvo, con vistas al patio. El fuego chisporroteaba en el hogar; una lámpara estaba colocada sobre la piedra de la chimenea, pues hasta dentro de la casa dejaba sentir sus efectos la neblina; muy cerca del fuego se hallaba sentado el Doctor Jekyll, al parecer, enfermo de cuidado.

No se levantó para ir al encuentro de su amigo, pero le alargó una mano helada, y le dió la bienvenida con voz conmovida.

—Y bien—le dijo Utterson, así que Poole se hubo marchado—¿ya sabéis la noticia?

El doctor se estremeció.

—La voceaban por el barrio—contestó.—Lo he oído todo desde mi comedor.

—Una sola palabra—repuso el abogado—Carew era cliente mío, vos también lo sois, y deseo saber lo que debo hacer. ¿Habéis sido bastante loco para ocultar á ese hombre?

—Utterson, juro por Dios—exclamó el doctor—que jamás volverán mis ojos á mirarlo. Os doy mi palabra de honor de haber concluído con él en este mundo. Todo tiene fin; y, en realidad, no necesita mi ayuda; no lo conocéis como yo; está en lugar seguro, enteramente seguro; atended bien á mis palabras, no volverá nunca más á tratarse de él.

El abogado escuchaba con tristeza; la actitud febril de su amigo no le agradaba.

—Parecéis estar muy seguro de él—le dijo—y por lo que os estimo, espero que tendréis razón. Si el asunto llega á los tribunales, vuestro nombre podrá salir á luz.

—Estoy completamente seguro de él—replicó Jekyll;—para semejante certidumbre, tengo razones que no me es posible comunicar á nadie. Pero hay un punto respecto del cual podréis darme consejo. Tengo... he recibido una carta, y estoy dudando si debo ó no enseñarla á la policía. Desearía dejarla en vuestro poder, Utterson; vos juzgaréis la cosa con saber y prudencia, estoy cierto de ello; ¡tengo tanta confianza en vos!

—¿Teméis, probablemente, que esa carta pueda llegar á hacerlo descubrir?—preguntó el abogado.

—No—contestó el doctor—no puedo decir que me preocupe lo que ocurra á Hyde; he concluído enteramente con él. Sólo pensaba en mí mismo; hasta dónde podría exponerme ese deplorable asunto.

Utterson reflexionó durante algunos instantes; le sorprendía el egoísmo de su amigo, y sin embargo, quedó en cierto modo tranquilo.

—Pues bien—dijo—dejadme ver la carta.

La carta estaba escrita con una letra extraña, casi perpendicular, y firmada: "Eduardo Hyde." Decía, en términos breves, que su bienhechor, el Doctor Jekyll, á quien desde tanto tiempo había recompensado tan indignamente las mil generosidades de él recibidas, no tenía que afligirse ni alarmarse en cuanto á su salvación, pues, para escapar, poseía medios en los cuales tenía absoluta confianza.

La carta agradó bastante al abogado, porque parecía dar un color más favorable á la amistad que existía entre Hyde y Jekyll; y se censuró interiormente por algunas sospechas que había llegado á concebir.

—¿Tenéis el sobre?—le preguntó.

—Lo he quemado—repuso Jekyll—antes de reflexionar en lo que podía contener; pero no tenía sello de correo. La carta ha sido traída á la mano.

—¿Debo guardar la carta y esperar á mañana para tomar una determinación?—preguntó Utterson.

—Os ruego que juzguéis vos mismo y que obréis como os parezca mejor—le contestó;—he perdido toda confianza en mí mismo.

—Bueno, examinaré la cosa—replicó el abogado—pero me queda todavía que haceros una pregunta. ¿Fué Hyde quien dictó las frases de vuestro testamento referentes á esa desaparición?

Pareció que una gran debilidad se apoderaba del doctor; apretó los labios y bajó la cabeza.

—Lo he sabido—dijo Utterson—tenía intención de asesinaros; ¡de buena habéis escapado!

—Pero hay algo que me ha contrariado mucho más que el peligro; ¡oh! ¡Dios mío, qué lección he recibido, Utterson!—Y se cubrió el rostro con ambas manos.

Al salir, detúvose el abogado y cambió algunas palabras con Poole.

—Decidme ¿han traído hoy una carta? ¿á quién se parecía el portador?

Poole afirmó que nada habían llevado sino por el correo, y sólo circulares.

Ante aquellas afirmaciones, Utterson volvió á experimentar sus antiguos temores. La carta habría llegado, sin duda, por la puerta del laboratorio. También era posible que hubiese sido escrita en el mismo gabinete del doctor; y en este caso, era preciso apreciarla de otro modo, examinarla con el mayor cuidado y con gran prudencia.

En la calle, los chiquillos, vendedores de periódicos, gritaban con voz ronca: "¡Edición extraordinaria! ¡Horrible asesinato de un miembro del Parlamento!"

Esa fué la oración fúnebre de un amigo y cliente; y el abogado no podía dejar de temer que la buena fama de otro de sus amigos se viese comprometida de rechazo en aquel escándalo. De todos modos, era una determinación difícil la que tenía que tomar, y aunque generalmente acostumbraba á fiarse de su propio discernimiento, comenzó á sentir la necesidad de pedir consejo á algún otro, si no directa, indirectamente.

Poco después, estaba sentado junto á la chimenea de su cuarto, y el Sr. Guest, su primer pasante, enfrente de él, teniendo entre ambos, á una distancia bien calculada del hierro, cierta botella de vino añejo, especial, que durante mucho tiempo había permanecido en la cueva de la casa. La neblina se cernía aún sobre la ciudad, y los faroles encendidos brillaban como carbunclos. En medio de los ruidos de todas clases, que las espesas nubes hacían más sordos, la vida general de la ciudad seguía su curso ordinario en las grandes arterias, imitando el rugido poderoso de un fuerte viento. Pero, gracias á la lumbre, el cuarto tenía un aspecto alegre; el vino había llegado ya al grado de calor deseado; el rojo había adquirido con los años tonos más suaves, parecidos á los colores tamizados de las vidrieras ojivales; el ardor de las calientes tardes de otoño sobre las colinas plantadas de viñas iba á poder salir de su recipiente y dispersar las neblinas de Londres. Poco á poco el abogado se fué volviendo más expansivo. No había hombre para quien tuviese menos secretos que para el Sr. Guest; y hasta creía haberle confiado demasiados. Guest había ido á menudo á casa del doctor para tratar de asuntos; conocía á Poole; era imposible que no hubiese oído hablar de la familiaridad con que el Sr. Hyde era tratado en casa del doctor; por consiguiente, debía haberse formado una idea, una opinión; ¿no era, pues, conveniente, enseñarle una carta que podía explicar aquel misterio? Y, además, siendo Guest un buen estudiante y perito en autógrafos, consideraría aquel paso como muy natural y corriente.

El pasante era, además, hombre de buen juicio; le hubiera sido difícil leer un documento tan extraño sin dejar escapar alguna observación, y según fuese ésta, podría Utterson orientar su futura conducta.

—Es un triste suceso ese de Sir Danvers—dijo el abogado.

—Sí, señor. Ha excitado vivamente el sentimiento público—repuso el Sr. Guest.—Aquel hombre debía estar loco.

—Me gustaría saber vuestra opinión sobre eso—contestó Utterson.—Tengo aquí un documento en forma de carta... esto con reserva y entre los dos, pues ignoro aún lo que haré; de todos modos es un negocio feo, pero he aquí el documento; es nada menos que el autógrafo de un asesino.

Los ojos de Guest brillaron; se recostó en la silla y leyó el documento con el mayor interés.

—No, señor—dijo—no es de un loco, pero la letra es muy extraña.

—Y según parece, el que lo escribió es también un hombre extraño—añadió el abogado.

Precisamente en aquel mismo instante, entró el criado con una carta.

—¿Es del Doctor Jekyll, señor?—preguntó el pasante;—me parece haber reconocido la letra. ¿Algún asunto privado?

—Me invita á comer, nada más. ¿Por qué? ¿Queréis ver la carta?

—Sí, permitidme por un momento.—Y el pasante colocó una al lado de la otra ambas hojas de papel, y las comparó cuidadosamente.

—Gracias, caballero—dijo al fin, devolviéndole una y otra—es un autógrafo muy interesante.

Se sucedió una pausa, durante la cual tuvo lugar una lucha en el ánimo del Sr. Utterson, que de repente preguntó al pasante:

—Guest, ¿por qué habéis comparado esas dos cartas?

—Pues bien, Sr. Utterson, hay entre ellas una rara semejanza; las dos letras son idénticas en muchos puntos; sólo difieren en su oblicuidad.

—Es cosa original, ¿verdad?

—Sí, señor, muy original—contestó Guest.

—No pienso hablar á nadie de esta carta, ¿me entendéis?—dijo el abogado.

—Sí, señor—contestó el pasante—ya comprendo.

Tan pronto como Utterson se quedó solo, se apresuró á guardar el documento en la caja de hierro, en donde permaneció siempre.

—¡Cómo!—pensó.—¿Será posible que Enrique Jekyll haya falsificado la letra de un asesino?—y la sangre se le heló en las venas.


NOTABLE INCIDENTE DEL DR. LANYÓN.

Transcurrió algún tiempo; ofreciéronse miles de libras esterlinas de recompensa, pues la muerte de Sir Danvers fué considerada por todos como un ultraje público, pero Hyde había desaparecido á pesar de las investigaciones de la policía, lo mismo que si jamás hubiese existido. Desentrañáronse, descubriéronse muchas cosas respecto de su vida pasada, y verdaderamente, el conjunto era vergonzoso. Refiriéronse historias sobre la crueldad á la vez insensible y violenta del hombre, sobre su vida abyecta, sus extraños conocidos, sobre el odio que había ido dejando tras sí; pero del momento presente, ni siquiera un indicio. Desde la mañana del asesinato, en que había dejado la casa de Soho, había desaparecido por completo; poco á poco, y con ayuda del tiempo, Utterson comenzó á reponerse de sus temores, y su tranquilidad fué aumentando. Á su juicio, la muerte de Sir Danvers se hallaba ampliamente compensada con la desaparición de Hyde. Ahora que aquella nefasta influencia no se ejercía, el Doctor Jekyll tenía una vida nueva. Dejó el encierro, reanudó las relaciones con sus amigos, volvió á ser su huésped familiar y su anfitrión, y como antes por su caridad, se hizo entonces notar por sus sentimientos religiosos. Estaba ocupado á menudo, fuera de su casa; tenía buena salud; su rostro parecía más franco, más dilatado, como si sintiese el golpe de rechazo del bien que hacía; y durante más de dos meses el doctor llevó una vida apacible.

El ocho de enero, Utterson había comido en casa del doctor en compañía de un pequeño grupo de invitados, Lanyón entre ellos; las miradas del doctor se dirigían de unos á otros, como en otro tiempo, cuando formaban los tres un trío de amigos inseparables. El doce, y después el catorce, cerróse la puerta para el abogado: "el doctor está encerrado en sus habitaciones—decía Poole—y no recibe á nadie." El quince trató otra vez de entrar, pero obtuvo igual negativa; y como durante los dos meses que acababan de transcurrir, se había acostumbrado á ver á su amigo casi todos los días, aquella vuelta á la soledad influyó en su ánimo. Cinco días después convidó á Guest á comer, y al siguiente se decidió á ir á casa del Doctor Lanyón.

Allí, á lo menos, no se le negó la entrada; pero desde que llegó junto al doctor, quedó sorprendido por el cambio operado en todo su ser. El doctor llevaba escrito en su rostro el signo de la muerte. Aquel hombre de tez sonrosada, se había vuelto pálido; sus carnes estaban caídas; distintamente se le veía más calvo y más viejo; pero no fueron sólo aquellas visibles pruebas de rápida decadencia física lo que llamaron la atención del abogado, sino más bien la mirada y la manera de ser del doctor, testimonio evidente de algún terrible espanto en su espíritu. Era poco probable que el doctor tuviese miedo á la muerte; así lo sospechó Utterson.—Es médico—pensó,—debe conocer su estado y saber que sus días están contados; y esa revelación es superior á lo que sus fuerzas le permiten soportar.—Y como Utterson le hizo notar su mala cara, el doctor con un acento de gran firmeza, le declaró que estaba perdido.

—He sufrido un choque—dijo el doctor—y no volveré á recobrar nunca la salud. Es cuestión de algunas semanas. Sí, la vida ha sido agradable; la he querido; sí, señor, tenía el hábito de quererla. Pienso algunas veces, que si lo supiésemos todo, nos iríamos con más gusto.

—Jekyll está enfermo también—indicó Utterson.—¿Lo habéis visto?

Pero el rostro de Lanyón cambió, y levantó la mano temblorosa:

—Deseo no volver á ver ni oir jamás hablar del Doctor Jekyll—exclamó con voz trémula.—Todo ha concluído entre él y yo, y os ruego que evitéis cualquier alusión á alguien á quien considero muerto.

—Veamos—dijo Utterson, después de un largo silencio:—¿puedo seros útil para algo?—éramos tres viejos amigos, Lanyón; no viviremos lo bastante para tener otros.

—No hay nada que hacer—repuso Lanyón—interrogadle más bien á él.

—No quiere verme—contestó el abogado.

—No me sorprende—añadió Lanyón;—quizá algún día, cuando yo haya muerto, sabréis, Utterson, lo fuerte y lo débil de todo esto. No puedo decíroslo ahora. Y además, si queréis permanecer sentado y hablar conmigo de otras cosas, por amor de Dios, quedáos y hablad; pero si no podéis evitar tocar ese asunto, ¡oh! entonces en nombre de Dios, idos, pues no puedo sufrir esa conversación.

Así que regresó á su casa, Utterson escribió á Jekyll, quejándose de ser excluído, de no ser recibido por él, y preguntándole la razón de su desdichada ruptura con Lanyón. Al siguiente día, recibió una larga contestación, en la cual empleaba Jekyll expresiones muy patéticas, y á veces, con intención, términos obscuros y misteriosos. La disputa con Lanyón no tenía remedio ni arreglo. "No censuro á nuestro viejo amigo—escribía Jekyll—pero pienso como él, que no debemos volver á vernos. Desde ahora me propongo llevar una vida absolutamente retirada; no os sorprendáis y dudéis de mi amistad, si mi puerta está á menudo cerrada hasta para vos. Es preciso que me soportéis dejándome seguir mi sombrío camino. Llevo conmigo un castigo y un peligro que no puedo nombrar. Si soy el principal culpable, soy, también, la víctima principal. No creía que esta tierra pudiese contener un sitio para sufrimientos y terrores tan inhumanos; y vos, Utterson, no tenéis que hacer más que una cosa, aliviar mis sufrimientos, y para ello, respetar mi silencio."

Utterson quedó pasmado; separada la nefasta influencia de Hyde, había vuelto el doctor á sus antiguas inclinaciones y amistades; hacía una semana que sus ojos se habían alegrado ante repetidas pruebas de una dulce y honrada vejez; y ahora, pocos instantes después, amistad, tranquilidad de espíritu, todo el orden de su vida quedaba roto de nuevo. Un cambio tan grande y tan imprevisto indicaba, evidentemente, locura. Pero recordando el estado y las palabras de Lanyón, debía haber en todo aquello algún misterio más grave.

Una semana después, el Doctor Lanyón tuvo que meterse en cama, y antes de los quince días, murió. La tarde que siguió á los funerales, que le afectaron profundamente, Utterson abrió la puerta de su gabinete, y sentándose junto á la melancólica claridad de una luz, sacó de una gaveta y colocó enfrente de sí un sobre que le había sido dirigido por su difunto amigo, cerrado con su propio sello. Ese sobre llevaba la enfática inscripción siguiente: Personal. Para ser entregado en manos del mismo Sr. Utterson solamente, y en el caso de haber fallecido antes que yo, para ser destruído sin leer su contenido. El abogado temía abrirlo. "He enterrado á un amigo hoy—pensaba—¿qué sería si esto me costase otro?" Luego, considerando ese temor como un acto poco leal, rompió el sello. Pero había un segundo sobre, sellado lo mismo que el primero, y en el cual se hallaban escritas estas palabras: No debe ser abierto antes del fallecimiento ó de la desaparición del Doctor Enrique Jekyll. Utterson no podía creer lo que estaban viendo sus ojos. Otra vez la desaparición; otra vez, como en aquel insensato testamento que había devuelto hacía ya tiempo á su autor, la idea de desaparición y el nombre de Enrique Jekyll estaban juntos.

Pero en el testamento, la idea de desaparición era debida á la siniestra sugestión de Hyde, estaba allí con un fin harto claro y harto horrible. Mas, en la pluma de Lanyón, ¿qué significaba aquella palabra? Una gran curiosidad se apoderó del fideicomisario; tuvo deseos de no atender á la prohibición y de penetrar hasta el fondo, en busca de todos aquellos misterios.

Pero su profesión y la confianza que tenía en su difunto amigo le imponían severos deberes; de modo que el paquete fué á descansar en el más secreto cajón de su cofre particular.

Si por una parte su curiosidad se hallaba mortificada, por otra parecía excitada con violencia; y casi puede dudarse si desde aquel momento deseó Utterson con igual vehemencia la sociedad del amigo superviviente. Pensaba en él con afecto, sin duda; pero sus ideas estaban perturbadas y eran temerosas. Fué á verlo, sin embargo; quizá se congratuló de no ser conducido hasta su presencia; quizá también, en el fondo de su corazón, prefería hablar con Poole en la escalera y en medio de la atmósfera y de los ruidos de la gran ciudad, á penetrar en aquella casa en donde reinaba una esclavitud voluntaria, y sentarse á hablar con su impenetrable prisionero. Poole, además, no tenía nada bueno que comunicarle. El doctor, al parecer, se encerraba más que nunca en su gabinete ó en el laboratorio, en donde llegaba algunas veces, hasta á quedarse dormido. Estaba muy triste; hablaba poco, no leía, y hubiérase dicho que pesaba algo sobre su ánimo. Utterson estaba ya tan acostumbrado á aquellas respuestas idénticas, que poco á poco fué disminuyendo las visitas.


INCIDENTE DE LA VENTANA.

Aconteció un domingo, que dando su acostumbrado paseo con el Sr. Enfield, la casualidad los condujo de nuevo á pasar por la callejuela; cuando llegaron frente á la puerta, ambos se detuvieron un instante para examinarla.

—En fin—dijo Enfield—esa historia ha concluído. No volveremos á ver al Sr. Hyde.

—Así lo creo—repuso Utterson.—¿Os he dicho que lo vi una sola vez y que experimenté la misma repulsión que vos?

—Era imposible verlo sin experimentar ese sentimiento—añadió Enfield.—Y sea dicho de paso ¡por cuán tonto me habréis tenido, al saber que yo ignoraba que esta puerta trasera conducía á casa del Doctor Jekyll! Y por cierto que vos habéis sido la causa de que yo buscase y de que haya encontrado.

—Habéis hallado, pues, la comunicación ¿no es verdad?—preguntó Utterson—y ya que la conocéis, ahora podríamos detenernos en el patio y echar un vistazo á las ventanas. Á deciros verdad, estoy inquieto respecto del pobre Jekyll; y hasta en mi interior siento una voz que me indica el bien que podría quizá procurarle la presencia de un amigo.

El patio era muy frío y también un poco húmedo; reinaba en él un crepúsculo prematuro, aunque el cielo estaba aún brillantemente iluminado por los rayos del sol poniente.

La ventana de el medio se hallaba entreabierta, y sentado detrás de ella, tomando el aire, con un rostro muy abatido, como el de un preso inconsolable, vió Utterson al Doctor Jekyll.

—¡Hola! Jekyll—le gritó—supongo que estáis mejor.

—Estoy muy decaído, Utterson—contestó el doctor tristemente, con voz apagada.—No será por mucho tiempo, gracias á Dios.

—Permanecéis demasiado encerrado—siguió diciendo el abogado.—Deberíais salir para hacer ejercicio, como lo hacemos Enfield y yo. Es mi primo, el Sr. Enfield, el Doctor Jekyll.—Venid, poneos el sombrero y venid á dar una vuelta con nosotros.

—Sois demasiado bueno—repuso el doctor;—bien lo quisiera; pero no, es enteramente imposible. No me atrevo. Pero, de veras, Utterson, me alegro que hayáis venido; es realmente una gran alegría para mí el veros. Quisiera preguntaros á vos y al Sr. Enfield, pero el lugar no es del todo conveniente.

—¿Por qué?—exclamó el abogado con afabilidad;—lo mejor que podemos hacer es permanecer aquí abajo, y hablar con vos desde el sitio en que estamos.

—Era precisamente lo que iba á atreverme á proponeros—replicó sonriendo el doctor. Pero pronunció las palabras con dificultad; y antes que la sonrisa hubiese desaparecido por completo de su cara, ésta expresó un terror y una desesperación tales, que nuestros dos caballeros sintieron helárseles la sangre en el cuerpo.

Todo aquello duró nada más que un momento, pues la ventana fué cerrada instantáneamente; sin embargo, aquel instante les había bastado, y dieron media vuelta, saliendo del patio para cambiar algunas palabras. Atravesaron en silencio la callejuela, y sólo cuando llegaron á una calle inmediata, en la cual, á pesar de ser domingo, había alguna animación, fué cuando Utterson se volvió, por fin, hacia su amigo y lo miró.

Ambos estaban pálidos, y había en sus ojos una expresión de horror tan grande, que decía bastante por sí misma.

—¡Que Dios nos perdone! ¡Que Dios nos perdone!—exclamó Utterson.

El Sr. Enfield hizo gravemente un signo con la cabeza, y siguió en silencio su camino.